Kitabı oku: «El hospital del alma»
El hospital del alma
Lourdes Cacho Escudero

ISBN: 978-84-15930-95-2
© Lourdes Cacho Escudero, 2016
© Punto de Vista Editores, 2016
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ÍNDICE
BIOGRAFÍA DEL AUTOR
CAPÍTULO 1 - CEREZAS
TIEMPO
SABORES
CAPÍTULO 2 - LA CALLE
PUERTAS
CANDADOS
CAPÍTULO 3 - APRENDIZAJES
ÁBACOS
PIZARRAS
CAPÍTULO 4 - LA SIESTA
LAS SÁBANAS
EL SUDOR
CAPÍTULO 5 - MEMORIAS DE UN RÍO
EL AGUA
LA SED
CAPÍTULO 6 - EL HOSPITAL DEL ALMA
EQUIPAJES
EL HOSPITAL DEL ALMA
BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Lourdes Cacho Escudero (Nalda, La Rioja, 1970) es, según sus propias palabras, poeta y escritora. Comenzó colaborando en un periódico local llamado El Arco la Villa y ha obtenido premios regionales tanto en poesía como en relato. Diplomada en Enfermería, aunque ejerce este trabajo muy de vez en cuando, aspira a ser como Antonio Machado y sueña en poesía y vive en prosa y escribe porque le prometió a su abuela escribir su historia. De 2015 es su poemario titulado El tiempo merecido (Ediciones 4 de agosto). El hospital del alma es su primer libro de relatos.
CAPÍTULO 1
CEREZAS
TIEMPO
Cerezas
… a mi padre.
Mi padre tuvo otra infancia. Mis abuelos otro campo. El del sol a sol, el de la necesidad, el que daba de comer. Era un sacrificio ser padre y ser hijo. A veces había que salirse de la escuela para hundir los pies en la tierra y regar con el sudor demasiado joven la medida de un cantero. Un pañuelo de cuatro nudos les protegía del sol. Un bota de vino, del frío. Cuando yo nací, mi padre estaba en el campo; eran las cinco de la tarde de un día de verano de últimas cerezas. Mi madre dio a luz a la antigua usanza: rodeada de vecinas que inundaron la habitación con la descripción de sus partos y que observaban sin distracción alguna los pasos del practicante. La primera vecina que me cogió en brazos se llamaba Lorenza y ella fue quien me puso en los brazos de mi padre, que llegó con el corazón en la frente. Cada vez que abrazo a mi padre me sabe a cerezas porque me lleva suavemente a aquel espacio de luz donde el amor entre cuatro paredes era propiamente la vida y el único pecado en el “renque” de una calle era propiamente el amor. Porque yo, ya nací en otro tiempo y poder mirarlo a los ojos sé que es propiamente la vida…
El jardín de las nubes
A mi madre…
En el verano de 1984, mi madre nos hizo el mejor regalo que podíamos imaginar: Cóbreces. El caso es que yo fui refunfuñando porque dejaba durante quince días las noches llenas de estrellas de Nalda y un séquito de amigas con las que compartir secretos. Recuerdo la sensación de angustia, el dolor de los primeros momentos en mi garganta y el miedo a que el tiempo se quedara anclado en aquel lugar que parecía embrujado. Y eso que mi hermano y yo teníamos suerte: mi madre también estaba allí. Todo lo cambió el primer paseo, cuando aquella playa se puso ante mis ojos, aquel trozo de mar que ya jamás olvidaría y aquellas miradas de unos a otros que nos hicieron cómplices, los mejores aventureros del mundo. Siguen en su sitio la fábrica de quesos, la cabina desde la que cada tarde llamábamos a mi padre y el bar de Manolo, al que una noche nos llevaron a Amaia y a mí a ver la final olímpica de baloncesto entre Estados Unidos y España. Y sigue esa maravillosa sensación de acariciar otra vida desde el acantilado del Bolao. He vuelto a cazar gamusinos, a escuchar a aquel chico fuertote pedir cada día mi mano a mi madre a la hora de servirle la comida, a reír con aquel pelirrojo que se enamoró de Fabiola y que incluso suspiraba al mirarla y he vuelto a ver a Ángel, el de Andrea, como si lo tuviera delante de mis ojos. Lo que trabajaron José Andrés y él porque los baños se estropearon. En fin, que un montón de recuerdos, todos bonitos, se han agolpado en mi cabeza con el olor a mar, con el roce de la arena y con la maravillosa paz que en Cóbreces se respira. Tenía que regalárselo a mi madre porque cuatro años después de aquel verano nos volvimos a apuntar al campamento: ella como cocinera y yo como monitora. Y en el último momento me eché a atrás porque tenía que estudiar para Selectividad que me había quedado por la dichosa Filosofía y porque aquel chico de ojos azules que andaba recorriendo Europa vendría y yo no estaría y… ¡Caramba! ¡Tenía que casarme con él!…
Me sentí culpable de no haberla acompañado y este viernes pasado recordándolo en un paseo hacia Novales, mi presbicia me hizo leer en un letrero algo que no ponía: “el jardín de las nubes”. Me pareció tan bonito que mi cabeza comenzó a hilar una historia y volví a tener catorce años. Y volví a necesitarla como entonces. Mis “te quiero” le fueron llegando ese día en forma de primavera verde y de nubes de mar, de cielo de acantilado y de mareas, de lectura en los brazos del amor. Porque también la quiero con aquel verano que hizo horizonte entre mi niñez y mi cordura.
Aprobé Selectividad. En septiembre cayó Darwin y la evolución de las especies que había dado en Biología me adaptó al medio. Y la descomposición de una molécula de glucosa, los 38 ATP de energía para pasar sin problemas la prueba. Bendije el Ciclo de Krebs y la fosforilación oxidativa. Así que mis besos salados siempre llevan un poco de glucosa, una molécula para ser exactos. Y también un jardín de nubes, el que sin lugar a dudas me ha dado mi madre…
El aprendiz de pintor
La ceguera fundó su territorio oscuro en uno de sus ojos. El espacio de luz estrechó las fronteras del paisaje y el horizonte alargó su talle. Las estrellas subieron la escalera de su perspectiva para ocupar el escalón más alto y la noche conquistó todas las batallas de la memoria. Paciente y en silencio, mi abuelo abría un bloc de páginas templadas con mi cariño y adaptaba una boca de grafito al cuerpo sugerente de un papel en blanco. La silueta del miedo, del dolor indescriptible de los días de cárcel iba ocupando la dimensión del tiempo, el retal de savia en donde trataba de explicarme su pasado. Sentada en su costura, antes de ser amordazada por el pañuelo del olvido, mi abuela entre sus hilos, zurcía calcetines para pasar el rato. Cada cinco minutos el rabillo de su ojo observaba mi falda o el pantalón vaquero que marcaba el nacimiento de mis caderas. A mi edad, en sus tiempos, se ganaba la vida y no tenía padre al que obedecer ni madre donde refugiarse. Mi adolescencia vino con un pan bajo el brazo, sin retraso en los trenes, sin amor clandestino en pensiones baratas, sin portales adictos a los candados; la primavera llegaba puntual a una canción de rock y las ganas se descamisaban a plena luz del día; el río se arrodillaba ante los besos y no sobre las tablas de lavar y la cara era el espejo del alma. Pero en los dibujos de mi abuelo, las caras reflejaban un alma amenazada, una libertad afligida, un agujero de lana donde la vida se ovillaba para pasar desapercibida. La soledad de otro tiempo humedecía el lápiz que en sus manos se encadenaba a una saca o anudaba la luna en la garganta de un aula de química a la que el horror vistió con barrotes; el olor de aquel espacio ácido de pizarras que le retuvo preso y el pH elevado del insomnio, de los amaneceres emparedados, de las monstruosas cunetas de cementerios que hurgaban en el aroma de mis ojos produciendo salinas. Porque yo no entendía que por ser aprendiz de pintor él fuese un demonio ni que quisieran dejarme huérfana de sus colores… En el tuerto equilibrio de una paz silenciosa acaricié las sinuosas formas del consuelo, la largura de un tiempo aún cerrado a las palabras, la oquedad de los pasos baldíos, la dentera de una lana que todavía abrigaba el invierno del miedo…
El bolsillo de mi bisabuelo
Había en las tardes una madeja que me llevaba a otro laberinto. En un banco a la vuelta del frontón, en la pared de un bar en la que años más tarde aprendí a esperar al amor y a seducir a la risa, mi bisabuelo me recogía como si acabase de vencer al minotauro. El algodón de mis dedos se entrelazaba entre sus manos grandes llenas de otra labranza, la de los años. Y al compás de sus pequeños pasos y su bastón comenzábamos a subir la cuesta que me llevaba hasta la casa donde mi tía me recibía con la merienda. Él se sentaba en la mesa camilla junto al balcón y sacaba las cartas con las que me enseñó a jugar a la brisca y que guardo impecables en mi memoria. “¡Abuelo! ¡Has tirado triunfo!—le decía a veces sorprendida— “¡Qué despiste!”—me decía él— Y señalaba con los ojos mi merienda que cada vez se hacía más grande y que acariciaba mi boca solo si oía acercarse los pasos de mi tía. Al cabo de un rato, cuando daba por imposible mi apetito y la silueta de mi madre se hacía cada vez más bonita al otro lado del balcón, el bolsillo de mi abuelo, cómplice otra vez, daba cobijo al pan con chocolate y dos besos en las mejillas sellaban nuestro secreto y el hilo de la ternura volvía a atarse a mi dedo.
Mujeres
Si tuviera que describirte a mi abuela como una estación, ella sería el verano. Porque mi abuela olía a campo, a labranza y el campo en verano es cuando más bonito está. Podría decirte que en su mirada llevaba un tren, el que la sacó un dieciséis de julio de Nalda hacia Bilbao para sustituir a su hermana que iba a dar a luz, en el oficio de repartir el pan. Un tren triste que a mí me dio la oportunidad de conocer la distancia, no la objetiva, sino la distancia del tiempo. Mi abuela también fue una mujer joven y enamorada. El amor lo describía perfectamente en las historias que contaba sentada en una silla junto al balcón, con las manos entrelazadas, girando los pulgares, definiendo una sensualidad que la austeridad de la posguerra le obligó a guardar. Porque ella regresó por amor. También en un tren, desde Francia, una primavera en plena guerra. Así que su juventud yo la rodeo de violetas. Digamos que mi abuela era verano y tren, y que su corazón era de violetas como el amor que me enseñó.
Fue alegre. Muy alegre. Quizás porque ella, al igual que otras muchas mujeres llevaron la sombra de la muerte a sus espaldas durante mucho tiempo y el miedo de la oscuridad o de la incertidumbre en cada centímetro de tela de su delantal y aprendieron a valorar la vida de otra manera, desde su esencia. Podría decirte así, sin tapujos, que ella me encendía el sol con sus canciones que también disfrutaron mis hijos.
Recordar la piel de sus mejillas es recordar la ternura, como el almíbar de la conserva de septiembre. Dejarle un beso era inscribir en mi paladar unos gramos de azúcar. Y todos mis domingos, sin excepción, son dulces porque me dejo acariciar por el recuerdo que me lleva con ella a la plaza, tras una mesita de dulces y gominolas y al abrigo de un brasero donde ella y mi abuelo asaban castañas.
No tengo abrazos rotos si pienso en ella, ni tristeza alguna, ni dolor porque ella entre otras muchas cosas me enseñó a ver la vida desde el espejo de las cosas bonitas, el que refleja un lugar en el corazón, el equipaje cómplice del amor o la fragancia de un cuerpo desnudo; ese espejo que a mí también me enseñó a ser poeta.
La flor del azafrán
Justo debajo del castaño que custodia la ermita había una finca que llevaba mi bisabuelo Raimundo. Desde el camino que da la mano a la montaña que me despierta, a veces lo imagino en aquel tiempo de espera del almuerzo cuidando el azafrán con el que dar sabor al guiso del invierno. Yo aún no había llegado, tampoco el desconsuelo que haría más hondo el silencio de los hombres, ni el barbecho del corazón, aquellos años en los que el amor descansó y el odio se convirtió en el peor enemigo de todos.
Las flores del azafrán se extendían en la blanca mesa de una cocina donde las manos de mi bisabuela, de nombre Mercedes, sacaban las hebras rojizas con el cariño de toda una vida. Sobre su delantal, que amamantó el regazo de nueve hijos, el reflejo azul de sus ojos daba la sensación de pintar aquel mar que durante días y noches la tuvo navegando hasta llegar a Puerto Rico, al paisaje de plantaciones de caña de azúcar que le endulzaron sin duda alguna la paciencia y la delgadez. A ella la tuve que memorizar desde las fotografías porque yo tenía dos años cuando murió pero saberme en sus brazos ya enfermos, en sus brazos de aya, de madre, haciéndole subir un escalón en el árbol genealógico me alimenta la ternura.
Como en todas las historias de amor, llegaron el uno al otro porque tenían que llegarse. Él como hijo de viuda se libró de la guerra de África para mantener a su madre con la tierra. Ella, como la mujer de su vida, debía esperar los cinco años que marcaba la ley, en estos casos, para poder casarse. Así que comenzó su ajuar una mañana en el puerto de una Barcelona quemada, de la mano de unos condes que le ofrecieron trabajo como nodriza en una de sus mansiones de Puerto Rico. Supongo que aquellos cinco años fueron un letargo de tierra y de calor, de veranos de campo y limonada, de noches de amantes sigilosos sobre la almohada del pensamiento. Transcurrido el tiempo de nieve establecido por la ley, aquella condición que mantuvo a mi bisabuelo alejado de las armas, la primavera de mil novecientos catorce trajo de vuelta a mi bisabuela, con su baúl de sábanas bordadas y toallas de algodón que suavizaron el afeitado del resto de los días. Su casa, al final de la cuesta que durante años fue guardián de las puertas de un cine, albergó risas y llanto, pobreza y consuelo, muerte y esperanza, ni más ni menos de lo que albergaron las casas vecinas.
Yo, al igual que el castaño que custodia la ermita, custodio desde el camino el azafrán, como si la exquisita flor de la memoria fuese a sacar la hebra de sus manos, de su delantal, de su amor, de su paciencia en una mesa blanca donde extiendo palabras…
El hielo
África quedaba entre los límites del desconsuelo, a dos días de camino y siglos de cartas, a dos pasos del costo y de la rebeldía, a medio paso de una sublevación que todavía dolía en la memoria. Parecía un destierro, un castigo de un Dios que aún no había tenido bastante, la venganza de un muerto desalmado o la equivocación voluntaria de un destino cacique. El caso es que fuera como fuese, el último de los hijos de mi abuela, el de jerséis de pico y pantalones de campana, el que escuchaba a Triana, el que llevaba unas botas que a mí me hacían soñar se tuvo que ir a Ceuta para cumplir con la obligación de soldado y yo, al igual que mi primo, me quedé huérfana de juegos y de fotografías. Porque el invierno dormitaba en una tarde de balcón y brasero, de sumas y costura, de puzles que guardaban las cajas de quesitos y que me hacían recorrer el mundo. Nunca se derretían los carámbanos del tejado, nunca de las montañas desaparecía la nieve, nunca veía la cara amoratada de los atardeceres de primavera asomarse tímidos a mis pupilas. Mi tío parecía haber entrado en una máquina del tiempo de la cual era imposible salir y yo rezaba a oscuras sobre el consuelo de la almohada para despertar en los días de calor porque mi abuela nos decía que el sol lo traería de nuevo. “Debe ser por las manos”—le decía a mi primo— “que no las junto bien”. Porque yo intención ponía y apretaba fuertemente los ojos como si así se fuese a producir el milagro de hacer desaparecer el frío. Años más tarde, en un pelotón de fusilamiento, a mis dieciséis años, recordé con Aureliano Buendía, aquella tarde remota en que mi padre me llevó a conocer el hielo. Habían hecho una gran bola de nieve en la plaza y el aliento salía de la boca y se podía tocar. Cerraba los ojos para imaginar las palmeras que en Ceuta daban sombra a mi tío, mientras desde los tejados el hielo con su cuerpo alargado y su cabeza de punta me miraba como si quisiera hipnotizarme. Fue el invierno de los descubrimientos, el invierno en que mi abuelo a punto estuvo de morir, el invierno en que las mariposas negras visitaron por primera vez el árbol de mi jardín, el invierno en que los carámbanos, tras su presentación oficial en la plaza, se asentaron cual nómadas en la tierra fértil de las inmediaciones de mi ventana.
No recuerdo la vuelta, así como sus cartas o sus fotografías crecieron en cajones y sobre cómodas de una habitación que fue descifrando los pergaminos de los años, su regreso ocupó el espacio de lo cotidiano; supongo que el sol se puso una mañana y el campamento de hielo de mi ventana desapareció tras haber pasado allí cien años de invierno y nunca más regresó “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Tardes de campo
En las tardes de río y azadilla, la cuesta de los guardias se convertía en el comienzo de una carrera distinta. Llevaba en mis coletas el alivio del gris, de haber dejado el luto de la siesta en la calle en silencio, el calor, entre las cuatro paredes de una casa sujeta a las costumbres. Para llegar a la pieza de tierra de mi abuelo había que cruzar el puente de la Venta, el que el río en crecidas se asomaba para besarlo y alguna que otra vez había pretendido su cuerpo de cemento. Era como un premio escuchar la desnuda corriente del agua, el dormitar de los chopos, aquel sereno espacio que tras la faena soltaría con mimo mis coletas y acortaría discretamente la largura de mis cabellos. El camino se anchaba al llegar a la finca, no sé si era real o es que tomaba las medidas de un gigante al divisar la higuera y la caseta. Recuerdo las esquinas del sudor de un pañuelo, los huecos que en la tierra, a cubierto del sol por los enormes brazos de la higuera, mi primo y yo cavábamos con prisa en nuestro oficio de labradores. Mi abuelo nos miraba, anclado entre dos surcos, dando color rojizo a los tomates o aleccionando a las lechugas para evitar otro alzamiento. Yo aún desconocía su tiempo de soldado, de hombre hecho de un día para otro, de joven a la espera de un amor clandestino al otro lado de la frontera. Mi única preocupación era que no llegara hasta la alubia verde, que después me miraba dos horas desde el mediodía de un plato, hasta que no me quedaba más remedio que darle cobijo en mi interior. La merienda era una forma de dar cuerda al reloj, de comer los minutos en un bocadillo de chorizo o salchichón o en rebanadas de pan, vino y azúcar. Después llegaba el río, la extraña sensación de que el mundo era agua o de recibir aquel otro bautismo que carecía de normas estrictas o de atamientos pobres, el pequeño relajo donde el sol se sentaba para echar un bocado antes de acostarse, antes de resumir el día en la bodega. Los pájaros se acercaban desde los chopos para beber, para humedecer el vuelo de la tarde que, otra vez calurosa, les había mantenido en una rama de sombra al margen del cielo. Noble daba frescor a su hocico cual Narciso a su rostro y los juncos me ofrecían una diadema. En el regreso a casa, los pájaros cantaban como ahora y la cama del sol descubría sus sábanas sobre el horizonte. La calle había abierto sus puertas y candados y el calor de las cuatro paredes de la casa daba paso a la fresca…
Noviembre
De todos sus santos, en noviembre, San Martín era mi preferido. No porque en algunas casas comenzara la moraga sino porque a la mía traía su veranillo. Las sayas de mi abuela eran un libro abierto de historias de otro tiempo, se acababan las misas por los muertos y el triste cementerio volvía a su tertulia con los cipreses. Noviembre comenzaba con flores amarillas, crisantemos en forma de cruz y algún que otro clavel en un tarro de cristal que fue morada del almíbar de septiembre. Mi madre sacaba brillo a la tumba de su abuela y yo la acompañaba, con las flores y el agua y la curiosidad de leer cada nombre que había sido vida o de dar movimiento a las fotografías que hacían de epitafio. Un extraño hormigueo recorría mi espalda y la edad de los muertos, relativa, a mí me parecía muy lejana pero a la vez me ponía en contacto con el silencio brutal del descanso eterno. Pulmonía, un cólico cerrado, escarlatina, un rayo, la cirrosis, el tufo de un brasero, se olvidó las cerillas y no salió del lago, el corazón, la rabia, las cornadas del hambre… Yo tenía a mi madre en un continuo trajín de la memoria, en una sala de autopsias y recuerdos, diagnosticando la causa de cada muerte: de la de la niña vestida de comunión, de la del joven que se parecía a Machado y que resultó ser mi tío abuelo, de la del niño rubio que tenía la piel tan blanca que parecía de porcelana. Al irnos, mi madre recorría las tumbas de los huérfanos de flores y ponía un puñado de pétalos en cada una para distraerlos del olvido. Y la escalera en casa, las rajas para ser plato de lumbre, la sopa de gallina o el arroz, el flan o las torrijas eran muda del uno de noviembre. En los días siguientes, una misa de siete acortaba aún más la luz del día y pedía a su dios recordar a sus hijos. Así que San Martín era como poner camisa blanca al otoño y sábanas limpias a la cama de un domingo, hacer bosque en la calle y encontrar un trébol de cuatro hojas entre la hierba de la ermita, recoger los enseres del duelo y aliviar por fin a los muertos del inevitable trance de ir de boca en boca…
Las casas del verano
El otoño cerraba las puertas a los besos. El jaleo se recogía en maletas envueltas por el paso del tiempo y la tristeza se acodaba en las esquinas de la calle y en las cuerdas vacías de los tendederos. El sonido de una guitarra se escondía en las rendijas de un banco de madera que a veces permanecía sobre el cemento a la espera de algún fin de semana donde el sol saliera de cuentas. Al principio, el silencio con las manos a la espalda saboreaba un beso o el resplandor rojizo de finales de junio, el nirvana de la segunda estación que, de nuevo, comenzaba su viaje hacia otras tierras. Desde la esquina donde un balón ocupó alegremente los años de mi calle, contemplaba aquella ceremonia de maletas que otra vez se llevaba el calendario. Entonces no contaban sino el agua y la risa, la dulce coincidencia de miradas que te hacían familia, cómplices de un territorio que yo aún no sabía que ocuparía un resto hasta el final, hasta igualar los años, las medidas de la respiración, el amor al fin y al cabo. La despedida guardaba los olores tras las puertas, el particular aroma de cada casa que salía a la calle en el verano: la lavanda poeta o el incienso de una vainilla virgen que nunca te empachaba. A veces me quedaba un ratito en la pared después de que el bullicio se hubiese marchado y cerraba los ojos y ponía nombre a los olores, que poco a poco a la vez que la tarde se acortaba se iban mezclando en la cercana humedad del invierno. Al abrigo de las cuatro, en los meses de frío, las cáscaras de almendrucos saltaban en la lumbre de los mayores mientras la escuela me refugiaba entre pupitres de números y volcanes. Las chimeneas hablaban como si fuesen recuerdos y los montes hacían más largos los aullidos de los lobos; entonces la soledad salía al escenario; como si la madera de mi pecho o el telón de mi memoria se abriera, los olores de cada casa del verano, del bullicio, de la alegría, caminaban despacio por un reloj de cuerda para representar su función, y el corazón, protagonista, aflojaba las tuercas a mis ojos en el primer acto de una obra que se llamaba Vida…
El turrón de pobre
La Navidad se acercaba en bolas de cristal que se agitaban para hacer nieve. En el comedor donde una tele en blanco y negro mostraba los pies del comienzo de otra era, los días olían a mazapanes y la inocencia sacaba brillo a sus zapatos. Las manos de mi abuelo daban cuerda a un martillo que deshojaba los frutos de los almendros y las nueces del nogal que me llevaba al río en el verano eran molidas en el almirez donde mi abuela emprendía la laboriosa tarea de hacer turrón de pobre. En la escalera, un árbol no muy grande, vestido de espumillón, anunciaba vacaciones y señalaba el camino donde el frío tenía otro refugio: los botes de cristal con la conserva, las pasas sobre cama de cañizos, el último jamón, los orejones, aquel dulce de higo que endulzó las tostadas de mi abuelo, las pocas avellanas que como oro en paño guardaba para hacerme feliz de tarde en tarde. Las horas en el desván donde la casa custodiaba el esfuerzo y emparedaba el hambre pasaban despacio ante mis ojos, observando cualquier mínimo indicio de otra vida: un par de zapatillas, una cuna a cubierto del óxido, el cabezal de una cama donde el amor murió joven, las cartas de una adolescencia que creció en silencio o las fotografías de un soldado que nunca quiso serlo. La guerra de otro tiempo, la miseria de tejados abombados y barrizales pastosos se colaba en los tímpanos de la memoria como la voz del afilador que llamaba a su piedra a las navajas del almuerzo. Mi madre horneaba los mazapanes con un baño de azúcar que hiciera diferentes los recuerdos y mis manos de niña pintadas con papeles de colores los guardaban en cajas de cartón en el bolsillo de la despensa. En el pasillo, un belén simulaba el nacimiento del hombre y una estrella guiaba mis ojos hacia el cajón donde el betún me esperaba para dar brillo a los zapatos de los muertos que no tuvieron bolas de cristal… Al anochecer, la cuerda del martillo llegaba a las puertas del cansancio y el turrón de pobre se detenía en la cuchara que llenó mi paladar de un sabor que nunca olvidaría. Y dormía sobre un colchón de paz que el delantal sereno de mi abuela creaba en un instante. En el desván donde el frío se refugiaba, la Navidad del frente era cosa de hombres…
La edad de la inocencia
La sobremesa de un domingo colocaba una mesa de dulces en la plaza. Mi abuela, al otro lado de todos los manjares que solo se mostraban en los días de fiesta, esperaba la risa de los niños, la paga que en moneda compraba unos boletos o alguna piruleta y chicles que se llenaban de un oxígeno competidor cuya meta era un beso. En invierno, el carbón de un brasero calentaba sus manos mientras las castañas se asaban al calor de sus ojos, a la intemperie del dolor, a orillas por fin de la ceguera que le acompañó una temporada. Mi abuelo, en la partida de mus o dominó, de copa y puro, de camisa impecable y chaqueta que delataba el día de la semana esperaba la hora de la rifa y yo, en mi empeño por aprender el reloj, contaba y respiraba despacio hasta sesenta, hasta que el codo de mi abuela me anunciaba el momento y mis latidos quedaban recogidos en el ábaco de la tarde. Cuatro cartas pequeñas en tiras de cartón rectangulares simulaban la feria, la tómbola de fiestas de vendimia, la pequeña derrama de la ilusión. De docena en docena, las castañas besaban la piel de un cucurucho de papel que abrigaba la espera. Mi abuelo llegaba del mus con sus naipes y barajando el alma de aquel pequeño espacio me dejaba cortar mientras gritaba: “arriba la baraja” y el gesto indescriptible de algún niño o de la novia tímida que por fin aceptaba un abrazo o del hombre callado que buscaba alimentar su silencio delataba el ganador de un cucurucho caliente que agrietaba a la tristeza del frío. En verano, el premio eran almendras y era la risa de un pañuelo sobre unos hombros desnudos quien decía el nombre del afortunado y abría la temporada de conquista, porque en dosis pequeñas de tirantes y faldas y vestidos de flores que polinizaban los sentidos se rifaba entre murmullos la edad de la inocencia…
Relojes
… a mi madre.
Mi madre tenía en la cocina uno de esos relojes que me traicionaban, un plato donde crecía la comida y la voz hecha a un cuento para que yo abriera la boca. Que no tuviera hambre parecía un delito pero es que en aquel tiempo mi estómago se llenaba solo con levantar la tapa de la cazuela y además me gustaba escucharla. De vez en cuando yo miraba la hora, que nunca terminaba de maquillarse, y me llevaba una cucharada a la boca para que ella no se enfadara. Y así un cuento tras otro, un cuento tras otro, la escuela me libraba de rebañar el plato y de la carne que hacía bola en mis papos. Supongo, como la oía decir, que le quité mucha vida. Porque todos aquellos remedios caseros: que si el jugo de caballo, la leche a todas las horas o un filete pasado en el puré conmigo no funcionaban. Porque las calorías me las daba su voz, al igual que ahora. Bueno, tal vez ahora las calorías también me las den sus ricas comidas pero es para demostrarle que he aprendido bien, que ahora sé comer de todo.
Las tardes estaban hechas para sus manos, sus telas, sus dobladillos, sus revistas de moda y patrones que a mí me gustaba curiosear y que me hacían imaginarme en París de la mano de algún galán de cine o firmando ejemplares de una de esas novelas que algún día escribiría. Mi bocadillo crecía a una velocidad endiablada y no tenía el bolsillo de mi bisabuelo ni el hongo mágico de Alicia. Y aquella máquina de coser que ella manejaba con destreza era capaz de verlo todo. Hay días en que creo que me hilvanó el camino o el tiempo o la memoria porque las madres son costureras de pasos y madejas de remedios. Y en otros, al mediodía me hago niña para volver a escuchar aquellos cuentos. Porque ahora, quizás porque estoy entrando en el otoño de mi vida, tengo hambre de ella y necesito rebañar su plato…
Levadura
Las maletas de mi tía Isabel traían el aroma del pan a la calle. Por el Carmen, como si no hubiesen pasado los años, la fiesta de los marineros llegaba a la casa de mis abuelos desde Bilbao y ocupaba la alcoba de los invitados. Era la panadera más guapa que jamás nadie había visto, la mayor de una familia de seis hermanos, la que escribió una historia de amor con harina y levadura. El mes de julio hacía higuera en sus ojos y la sombra de su mirada recuperaba el verde de una infancia en brazos de una madre. Cuando llegaba, su despacho de pan se trasladaba hasta una tarde sin siesta donde ella saboreaba las horas, hasta una piscina donde cinco hermanas hilvanaban secretos, hasta una bodega donde el único hermano respiraba en familia la vida regalada y me guiñaba un ojo en la memoria de un nueve de julio. La noche entre escabeche y baile de parrilla se adentraba en los platos y yo miraba el rojo de un tomate que en ellos era vida y el pan de cada día unos huevos cubiertos de fritada. El vino resbalaba por la obediente garganta que guardaba el peso de los años en baúl de silencio y las blancas mejillas de la luna simulaban la miga del pan tierno que vencía a mi sueño. Amasaba en sus brazos canciones de otro tiempo y cuando quedó viuda volvió a mis diecisiete para vivir un siglo. La corteza de la vejez le endulzó la sangre y le robó una pierna y la ciencia del amor al ver a mi madre asear sus penas, llenar de lavanda sus mañanas, hidratar su piel y tallar su equilibrio llenó de una inocencia necesaria mi perspectiva del invierno. Antes de morir me regaló su alianza comprada con el sudor del pan y horneada en el sacrificio. La llevo en mi anular cual currusco que quita el hambre o harina con que amasar el corazón, cual levadura que aumenta el espesor de mis latidos…
La suerte de la margarita
Los caminos del monte te llevaban al trueque de alimentos entre el hambre y las ganas; uno de los alimentos más preciados era la harina de trigo. El pan se amasaba en casa con un extraño temblor entre las manos y un ritual de oraciones que se ahogaban en la garganta a la hora de llevarlo a cocer al horno, escondido bajo el delantal. A veces había suerte. Otras, el horno era registrado y el pan blanco tomaba la senda del cuartel o la de otro reparto siempre desproporcionado. Las hechuras de la miseria eran grandes dimensiones de tierra baldía y los pobres, los perdedores, solo tenían dos opciones: obedecer y callar.
En enero de 1955 el invierno todavía era frío y mi abuela dio a luz al tercero de sus hijos entre carámbanos y calles blancas en un hospital amoldado a la austeridad y a los caprichos de la muerte. Ahora sé que la ceguera que padeció después del parto podría haber sido debida a una diabetes gestacional. Mi abuelo reunió sus ahorros; dejó a sus tres hijos bajo el cuidado de su suegra y una sobrina de catorce años que ejerció de aya y en un tren oscuro partió con mi abuela hacia Barcelona. Regresaron unas semanas más tarde con la luz del amor y del sacrificio en las pupilas y sin leche en los pechos de mi abuela…
En la escuela repartían leche en polvo que mandaban los americanos. Había otro reparto para las parturientas. No para todas. Una sotana que hacía las veces de juez, deshojando una margarita parecía decir: “me quiere”, “no me quiere”, “me quiere”, “no me quiere”, “vencedores”, “vencidos”, “vencedores”, “vencidos”... Y a mi abuela aquel reparto siempre la vencía, nunca la quiso. Una vecina que también acababa de tener un niño, agraciada con la suerte de la margarita, compartía su leche con ella a escondidas. Porque también había gente buena en otro reparto, en el del corazón. Mi tío y aquel niño son amigos del alma. Pero yo tengo la certeza de que son algo más, de que son hermanos, hermanos de leche en polvo.
SABORES
Las musas
La siesta convocaba a las musas en la escalera. El olor a lejía refrescaba la boca de las baldosas mientras la tarde comenzaba a resbalar por el sudor de la memoria. El orden estricto del silencio hacía el amor bajo las sábanas que olían a campo y una cortina de incertidumbre me llevaba descalza al hueco de la casa donde escribir me transportaba a otro tiempo. Tú me esperabas en el primer escalón, envuelto en el apetito de los secretos, haciendo noche en el inicio de las horas gastadas y día en la piel desconocida de mis piernas. Tus dedos caían como pequeñas gotas de agua por la redondez de mis muslos tempranos hacia el verde valle de algodón que frecuentaba las ganas. Los renglones de mi escritura se torcían irremediablemente hacia el sabor de tus manos. “Las musas —te susurraba al oído—. Que se me escapan”. Y salía corriendo a la vez que los ruidos de la hora levantaban de su colchón de campo al deseo. Al cabo de un rato volvía con mis trenzas arregladas y mi cuaderno al escondite donde cada tarde tú intentabas descifrar la criptografía de aquel extraño sentimiento. Ni la muerte ni el dolor existían en aquel espacio. La edad de la inocencia, la que es cómplice del principio de una escalera me dejó en un papel arrugado, a la orilla de mis pies, tu letra: “las musas no existen— escribías en cada siesta— pero tú sí…”
La última fila
Por aquel tiempo, todos los sabores confluían en la espalda de un cine. En la última fila, las manos se adentraban en otra pantalla más pequeña donde los protagonistas eran cuerpos inexpertos que necesitaban sentir. Aprenderse en la penumbra bajo una cazadora era como poner al tiempo cuellos almidonados y camisas de seda; porque el rumor de los besos irrumpía despacio en una sala donde el sexo era dirigido por la incertidumbre. Los años necesarios para saber nunca llegaban; siempre era demasiado pronto para explicar el placer, y los secretos de una piel eran como pequeños murmullos desordenados que se adentraban por la mirilla de una nuca. El nombre de una película llevaba a unos labios, a un eterno hormigueo en la cintura, a las caderas de una tela que no había forma de desenredar de la memoria. Porque hasta los segundos de aquellas tardes en brazos del séptimo arte se hilvanaban en los bolsillos de un pantalón que delataba las ganas. Si me acerco hasta el consuelo de aquella espalda, me viene al pensamiento El nombre de la rosa, el frío en las aceras en aquel enero de 1987 y el rubor de mi estómago a tu lado, el miedo entre las yemas de mis dedos que aunque no destilaban tinta azul parecían morir solo por el hecho de leerte. Pero como todos, fuimos escribanos bajo una cazadora, en aquellas tardes de última fila donde las caricias se rodaban a oscuras.
Mirillas
Las pupilas de una puerta la llevaban a un espacio de luz desde el cual él la miraba. Las baldosas de un cuarto de baño adquirían la forma de una cerradura por donde su cuerpo, transparente, caía entre los brazos del sexto mandamiento. Él no comprendía aquella conducta, que años más tarde le haría perder el sentido hasta querer volver al catecismo del otro lado de la puerta. Porque había un extraño desconsuelo en los años, una frontera entre el placer y las sábanas, una amarga creencia que hacía al sexo cosa de hombres. Ella imaginaba su rostro desconcertado y en la pila bautismal de aquel espacio de carne y cerámica templaba el agua que había de derramar por su frente para iniciarlo en la doctrina de la piel y las manos. Apadrinado por aquel tiempo de cerezas, los faldones de una tradición desgastada le inclinaban a otras creencias. Las mirillas eran jornaleros que a tiempo parcial mostraban el sencillo mecanismo de los sabores, pizarras que describían el equipaje frágil de la sensualidad, órbitas boquiabiertas que susurraban al sudor. Después de aquel ritual húmedo, de aquella oración que arrodillaba el sentido común, las escaleras del abismo se llenaban de caramelos de incomprensión y de monedas que expiaban las culpas. Y él, sin saberlo, recibía su premio…
El mediodía del vino
Hacia la conquista de un castillo partía el mediodía del vino. El verano ponía punto de abeja a los vestidos de niña y sayas de luna a las madres. Las mozas casaderas lucían bajo el delantal blusas que abotonaban el diccionario del frío en el comienzo de un escote. La calleja que nos llevaba a las eras de tierra y mariposas o a las laderas de tomillos y caracoles servía a la vez de escondite a las bocas en celo. La sombra ocultaba allí los nombres y la memoria, la prisa por escribir en el corto espacio del sol de los emperadores una historia de amor condenada a la distancia. Siempre había un porrón, mediador de las ganas, un fruto de bodega que cronometraba el tiempo de la tarea obligada en la cuba de unos labios frescos. Apenas el cortejo rozaba las mejillas de un sentimiento que anudaba el ombligo, septiembre regresaba el campo a la siesta, el vino a las cepas y el amor de una calleja a las cartas. Los días de otoño se hacían en el macuto de un cartero, las mozas descalzaban el desconsuelo si las palabras escritas llegaban a fermentar ante sus ojos. A veces, morían los suspiros, envenenados por el carbónico paso de los días sin carta. Pero la mayoría de las veces, un lago de cartón oculto bajo la cama dejaba reposar aquel amor de tinta en sus entrañas. Después se embotellaba el corazón en las barricas de un calendario de roble y el invierno silbaba en la calleja…
Antes de que me diese cuenta, la primavera descorchó su botella en el comienzo de mi escote. El verano llegó a mi blusa con su calleja y el otoño con sus cartas. Porque el mediodía del vino nos hace sumilleres de una conquista.
Vías secundarias
En el horizonte del invierno, el amor dibujaba en su cabeza las “vías secundarias”. En el viaje obligado o en la triste partida que apenas integraba un equipaje de hambre y lágrimas, la búsqueda de otra vida mejor avanzaba por raíles de misericordia. Siempre rojos los labios y los ojos abiertos a un mundo diferente eran parte de la estrategia que calzaba tacones los domingos de cine y vestía uniforme entresemana. La ciudad no entendía de árboles caducos; el tiempo pasajero al final se instalaba en una portería a la que no llegaba el campo y te daba un apellido de casada. De los días, labraba las sordas escaleras que ocultaban un hueco para fregar los besos o el portal donde la rutina se cerraba a las diez para encerar los secretos. Apenas había tiempo para ocultar el hambre de la piel; en las noches, la sombra de un despertador condenaba al amor a las prisas y el turno de una fábrica a un desayuno en penumbra. Nunca pudo ahorrar lo suficiente para salir de pobre porque el progreso se pagaba a plazos y el sexo en hijos a los que se les debía otra educación. Y cuando la vida, por fin, le ofreció una tregua y un cristal desde el que contemplar la tarde, los años y el cansancio llenaron su memoria de andenes y equipajes; se pintaba los labios del color de las cerezas y abría bien los ojos tras la ventana mientras subía a un tren que dejaba atrás los recuerdos de una ciudad perenne y la llevaba de vuelta a casa…
La espera de almíbar
Sobre la hierba de las tardes de junio repasábamos los apuntes de todo un año. Los exámenes se teñían de calor y mientras el silencio echaba una cabezada en un sofá de mimbre, los trece años se rodeaban de cuadernos sobre la verde y embaucadora alcoba de la primavera. Las piernas guardadas durante todo un año eran una tierna descripción de la metamorfosis y un principio brutal de incertidumbre donde el tacto de la edad asumía el papel de partícula. La espalda se templaba contra el tronco de un árbol y las rodillas sujetaban el conocimiento. Pero las frases escritas entraban y salían por los ojos ataviadas con adyacentes que cambiaban el sentido de los años y su distancia; de las partes de la célula estudiada en el invierno, el citoplasma se asemejaba ahora a un paladar húmedo donde la energía era suministrada por mitocondrias de piel que hacían de la respiración un universo de murmullos. Todo ello se complementaba con la tentadora lujuria de los cerezos que nos sorprendían desde el valle, la extraña voluptuosidad con la que el espejo rojo del atardecer se mimetizaba con sus frutos. Las hojas de papel se convertían en espera de almíbar y el tronco de las horas en el resumen concreto de una lección donde lo más importante se subrayada con tinta de cerezas…
La espera de almíbar
Sobre la hierba de las tardes de junio repasábamos los apuntes de todo un año. Los exámenes se teñían de calor y mientras el silencio echaba una cabezada en un sofá de mimbre, los trece años se rodeaban de cuadernos sobre la verde y embaucadora alcoba de la primavera. Las piernas guardadas durante todo un año eran una tierna descripción de la metamorfosis y un principio brutal de incertidumbre donde el tacto de la edad asumía el papel de partícula. La espalda se templaba contra el tronco de un árbol y las rodillas sujetaban el conocimiento. Pero las frases escritas entraban y salían por los ojos ataviadas con adyacentes que cambiaban el sentido de los años y su distancia; de las partes de la célula estudiada en el invierno, el citoplasma se asemejaba ahora a un paladar húmedo donde la energía era suministrada por mitocondrias de piel que hacían de la respiración un universo de murmullos. Todo ello se complementaba con la tentadora lujuria de los cerezos que nos sorprendían desde el valle, la extraña voluptuosidad con la que el espejo rojo del atardecer se mimetizaba con sus frutos. Las hojas de papel se convertían en espera de almíbar y el tronco de las horas en el resumen concreto de una lección donde lo más importante se subrayada con tinta de cerezas…
La Reina de los Mares
A mi abuelo.
En la playa de Abril, la lluvia salpicaba con su danza la arena de los juegos. La tropa de escarabajos se acomodaba en los camarotes de papel de un barco hecho a mano y una bandera negra izaba las tibias de los sueños y la calavera de un tesoro escondido. Descalzo sobre el cemento de una calle aún en duelo, un mar descrito por las orillas de casas rocosas simulaba una tormenta perfecta y el camino hacia una isla en la que años más tarde se perdieron tus ojos. Amarrada a un mástil imaginario yo debía callarme para ser la dama secuestrada en el galeón La Reina de los Mares ycuyo rescate aún no tenía fijado un precio. Un reloj de bolsillo donde el norte se había parado en las doce hacía las veces de brújula y un pañuelo caído desde un acantilado de ladrillo levaba las anclas. La patente de corso se aferraba a tu mano mientras el horizonte pintaba el arco iris en mi boca de niña. El barco navegaba los mares donde el Sur imantaba el exilio, la búsqueda descrita en un plano paralelo a la paz o la cara de la moneda de la vida. Piratas de seis patas y un parche blanco cambiaban el curso de la Historia mientras la lluvia bordeaba las costas de tu memoria. Supongo, que a mi espalda, la muerte amargaba el ron de tus bodegas y el escorbuto sangraba en tus encías. Pero yo no podía hacer otra cosa que no fuera encontrar con mi mirada aquella tierra virgen que fijaba, sin saberlo, un precio de lágrimas a mi rescate…
Cover me…
El comienzo del otoño tenía un idioma distinto. La tarde se cerraba en las caderas de un autobús y el orden de las horas me esperaba en casa para la cena. Septiembre había guardado la comba y los papalotes y, en las calles, el olor de la uva pisada se adentraba en las formas de una imaginación que comenzaba a desnudarse. Las ondas de mi pelo se volvieron rebeldes. Había en las mañanas un ritual de sábanas que me ataban al sueño y una prisa pegada a mi espalda, acorralada por los austeros límites de nuevos horarios. En el huso de aquellos años, llegábamos temprano a las puertas del instituto; la tregua del sol servía para extender los párpados sobre las blancas mesas de una cafetería cerrada y los ojos se acomodaban a una espera que dividía a las asignaturas en retos. A mí me perseguían el miedo y su guadaña, la extraña percepción de ser un bicho raro contando con los dedos las sílabas que me quemaban por dentro. Disimulaba como podía el eco de una sed poeta que se instaló en mi cuerpo, discreto en el lenguaje de las curvas; escribía a escondidas en todos los rincones de aquel instituto donde empeñé definitivamente mi niñez para comprar ropa en los grandes almacenes de la adolescencia. Aprendí a fumar leyendo a Machado porque había que estar al día con lo que tocaba y con la pizarra. Por la noche, al llegar a casa, me sorprendía ordenando el clasificador de apuntes y el de hormonas, la música de un muchacho de pantalón vaquero ajustado y pañuelo rojo en el bolsillo trasero… Tres décadas más tarde, en uno de esos domingos en los que los pájaros lloran, necesité su Cover me como el campo al agua de mayo, regresar a las aulas de un instituto, pretender las mariposas y las palabras, hacer virgen al desconsuelo, desear un cuerpo desnudo en la ventana de la siesta, “come on, baby, cover me”… porque había perdido al hombre de la sonrisa más bonita del mundo y precisaba volver a los diecisiete, recoger en una coleta la rebeldía de una pizarra, escribir a tiza los números hasta el cien, desempeñar el tiempo de mis caderas para ser lectora de ese amor que musita a las puertas de un instituto.
“Come on, baby, cover me”…
El lenguaje secreto de una tregua
En la edad de la noche, en el té preparado por la luna con la yerbabuena de un chamizo, el calor sujetaba las cinturas con las manos pequeñas. Había en la penumbra de una triste bombilla una música lenta y un reloj que parado entre las piernas aceleraba el pulso. Los pecados menores distraían las sombras de la noche en las paredes de húmedo salagón y entre el olor a vino con azúcar, a clarete mezclado con limón y canela, los labios sonrosados sonreían a espaldas del cansancio o del amanecer que llegaría con los ojos del campo. A lo lejos se oía el rumor de los besos sobre sacos de paja, el estertor oculto de cuerpos que inocentes desnudaban el miedo; y en un rincón discreto, sentado en el vacío, cabizbajo, se escuchaba el ronco corazón de quien llevaba unas copas de más y el nudo de la soledad a la garganta. El radio de un número de pie marcaba la silueta de una circunferencia que mecía dos cuerpos, una pista de baile que escuchaba la orquesta de una piel y obedecía al aire mientras se dilataban las pupilas para guardar un rostro en la memoria. En las estrictas calles principales que fuera de aquel cuarto encubierto por la mejilla gris de una cortina seguían con la fiesta, los hombros de los hombres descansaban por fin de las tareas y acomodaban tercos las costumbres en mujeres decentes de espaldas de mantilla y de ombligos sedados. Pero había otro tiempo en las casas de pobres, en las calles estrechas donde el hambre hizo amor de estómago y fresquera de sueños. Allí el amanecer era mendigo y las puertas platillos sin monedas y el invierno lector y la fiesta una tregua…Tras los biombos de lona de la sabiduría del esfuerzo, el consuelo del baile provocaba una extraña dulzura, una liviana carga de conciencia que dejaría caer sobre la almohada de los días siguientes el sabor agridulce de lo desconocido. Porque a amar se aprendía con las alforjas puestas, con las últimas tardes del tempero que apuraban la siembra de las manos, con los surcos cautivos de quien jamás podría salir de la miseria. Las cerezas marcaban el ritmo del verano; tempranas o tardías derramaban despacio su sabor en el plato de un tocadiscos y una generación que aún no preguntaba fue acortando las faldas al deseo y la soberbia a una dictadura; su rebelde sigilo me ofreció a mí un tempero a la medida de un libro, la siembra en un pupitre y el apocado rostro de un invierno lector se convirtió en la realidad de una pizarra. Mi baile ya tenía permiso para amar aunque aún desconociera el lenguaje secreto de una tregua…
Livingstone
Cuando el atardecer era de seda, la bodega vestía con un mantel de cuadros el cuerpo de una mesa de roble. El olor a escabeche me llevaba a salir de mi escondite, de un lago donde el agua se teñía en octubre del color granate del sueño, de un rincón donde tú y yo vendimiamos sin pausa nuestro otoño. Los sarmientos, en la calle, se envolvían en fuego; y periódicos viejos aseaban con mimo las parrillas donde las chuletas se convertían en manjar. El humo, delirante, difuminaba el valle y el salero en mis manos esperaba la orden de mi padre, aquella puesta en blanco que aderezaba la entrada de la noche. La voz mansa del río te traía despacio a mi memoria con tu atuendo viajero, explorador de mundos existentes que a mí me parecían tan lejanos, un Livingstone hurgando sin saberlo en el territorio de mis recuerdos. A tiempo paseaban los porrones en busca de otra cena, a tiempo el rojo intenso de un tomate era la propia vida, a tiempo la cebolla hacía escarcha y el tierno corazón de una lechuga era esperanza para el hambre. Para no levantar sospechas, yo me sentaba cerca de la fuente ovalada y transparente que contenía la carne, lejos del banco donde descubriste las cataratas de mi alma y mi boca, a cierta distancia de los ojos profundos de mi madre. Todavía el desorden de lo que no se entiende oprimía mi pecho en su costumbre de alargar los minutos y en el postre palidecían todos mis órganos y tu ausencia se alojaba en mi estómago; igual que las cenizas que guardaban el rojo incandescente del tacto de las vides, así te presentabas de repente, bajo mi frente herida, haciendo imprescindible aquella forma extraña de quererte y el lago y las chuletas; y el río y su remanso; y el banco encadenado a una sospecha…
Recogía la mesa con la frágil paciencia de la prisa por llegar a mi almohada, por poblar de recónditas montañas mi inocente cintura, por hacer agua dulce en mis pupilas y cascada en mis venas. Sacudía los cuadros de un mantel con tu nombre a la espalda; con olor a parrilla me llevaba mezclado el secreto de tu aroma hasta el diario febril donde hacías palabras, donde pausadamente deshojabas los pámpanos aún tiernos de mi otoño. Saberte fue de pronto como un porrón vacío en medio de la siega…
Mus
Después de la ternura de las sayas me llegó el vértigo desde la mirada de mi abuelo. Las cartas barajaban el bolsillo remendado de los sentimientos y yo, cual aprendiz de mus, siempre dejaba la grande en paso para que mis ojos no parecieran faroles. Mi abuelo me llevaba a una Salamanca fría, a amores que ocupaban los asientos de un cine en tardes de domingo, a muchachas bonitas heridas por el hambre, a la soledad de las paredes húmedas de una pensión barata. Guardaba los secretos, en el alto donde las pasas se hacían a la sombra, entre los cañizos que habían besado la hierba del campo, a ras de la ventana desde la cual se divisaba el monte y si cerrabas los ojos, se podía escuchar la angustia chirriante de la huida. En el corto espacio en que piedras y amarracos ocupaban las aristas de una mesa, la superficie vital de su memoria (los celemines de amor y las fanegas de lágrimas guardadas) envidaba mi escucha. A veces, en los pares, las medias se saldaban con el recuerdo de dos piernas prohibidas, de noches censuradas de soldado en tugurios que ocultaban su condición de rojo, del malnutrido cuerpo del deseo pintando las pestañas de la noche. Yo, sin bajar la guardia al paso o al envite pisaba los rincones de una plaza donde las lunas fueron de guadaña y los días oscuros. Mi inocencia, tan blanca, daba luz al latido del pasado y el himen de mis cartas descosía en el juego su bandera con tres sietes y sota soleada. “Envido más —decía con aires infantiles de princesa—. Vaya republicana, con un reino en las manos —sospechaba él en voz alta—”. Y tiraba las cartas como mártir y mirando mis ojos, la silueta de un ángel silencioso le llevaba de nuevo a una litera, al podrido colchón de la penumbra, a besos refugiados, a pieles desgastadas por el hambre, a la metralla adicta a la conciencia…
Trueques
En la plaza de la fuente, los miércoles de escuela pintaban un mercado. Contando los minutos, la destreza seducía a una pizarra de números y resolvía los problemas a tiempo para el recreo. Antaño había sido la plaza de la Tela la que albergaba el imperio del trueque, el cambalache para paliar el hambre, la permuta de una alacena donde pasar el invierno. Pero ahora su ancho de frontón y su largura de reino, hacían de ella la corte donde olvidar durante media hora las obligaciones del aprendizaje, y la harina, el aceite, el azafrán o el jabón de lavanda, seducidos por otra necesidad, se vestían con pantalones vaqueros “lois” o “cimarrón”, con bragas de puntillas y con zapatos siempre discotequeros en puestos que describían una órbita alrededor de un manantial de piedra del cual manaba un agua solo para guisar. Las madres esperaban la hora del recreo sujetando en las manos dos tallas de un pantalón y el fin de mes afilando sus tímpanos. Aquella economía sumergida en el compartimento secreto de una cartera o bajo una baldosa del cuarto de la plancha hacía de los miércoles un domingo cualquiera donde estrenar la muda de la felicidad. Y al tiempo que a su hora tocaba la campana de vuelta a los libros, la otra edad de los hombres desataba despacio el delantal de la tarea y compraba enaguas de seda para la siesta y la memoria. Porque en el fondo, todavía habitaba una conciencia de subsistencia en la órbita caprichosa de los miércoles donde el agua de una fuente compensaba a los hombres con guiso de domingo.
Medidas
El estrecho camino de un metro tomaba las medidas a mi cuerpo. Las manos de mi madre hacían malabares en el ancho descrito por mis hombros o en el descubrimiento de mis caderas. Los días en que Logroño era una lista interminable de recados, un portal del fin del mundo nos abría sus puertas y nos llevaba hasta el piso donde las telas permanecían en silencio. Un metro de madera describía semicírculos imaginarios al contar sobre el retal como si lo estuviese haciendo sobre mi piel, como si fuese un presagio de amor o me estuviese diciendo que un hipnotizador de números y lector de teoremas se incorporaría a la escala métrica de mi vida. Los encajes, la seda, el algodón, el lino… formaban parte de aquel desorden de color extendido en largas mesas rectangulares donde se contaba a la medida del deseo. Donde yo veía color, mi madre veía un vestido, los pliegues de una falda, el escote de una camisa o las rodillas sedientas del verano. Sus ojos me miraban, sus manos componían de nuevo mis coletas, el retal ocupaba mi menuda figura y aquel que hacía magia, aquel que sin esfuerzo daba luz a mi rostro se cortaba con mimo cual si mi nombre ya estuviera inscrito en él. A veces las puntillas adornaban el peso de los hombros y la sobriedad de unos tirantes se adhería a los blancos detalles que alargaban el tiempo de la niñez y ponían un toque de inocencia al camisón de una madre. La tela, envuelta en un papel de calco que a mí me serviría para copiar dibujos y acariciar la desnuda transparencia de un cristal mientras mi madre cosía, esperaba en un mostrador el turno de los botones: un botón a la espalda o tres en un costado para hacer diferente lo sencillo… La tarde se medía en semicírculos y mi madre describía el patrón de una sonrisa sin límites, de un vestido nuevo que estrenaría una estación…
Las cremalleras llegarían más tarde, cuando el camino narrado por la piel necesitara entallar la cintura del tacto desconocido, cuando las caderas se ajustaran al movimiento, cuando un vestido cayera en línea recta por el precipicio de un cuerpo; un metro de diez dedos tomaría medidas al principio de mi espalda mientras abría un espacio nuevo, mientras el color doblaba en pliegues al pecado y mis manos componían despacio una coleta, un alboroto sereno en la nuca que mostraba un retal donde un lector de teoremas dividió el tiempo y un presagio hizo realidad el amor en el ancho descrito por mis hombros.
Densidad
Los humores de Hipatia salieron de mi cuerpo en febrero. El miedo fue de pronto una herejía e implantó su mandato en la órbita de la ternura. El sol se convirtió en extraño; la densidad del tiempo comenzó a depender del peso de las palabras y el volumen de la vida se ponía ante el astrolabio de mis pupilas. La doctrina de la prohibición tomaba entre sus manos la primera piedra y observaba de frente su amenaza; el paño que manchado entre mis piernas me nombraba mujer alertaba también de la rebeldía de mis caderas o del cuerpo desnudo de un amor que ya no era el impuesto. Los años me tendían su trampa, la túnica secreta de la luna me cubría los hombros, la piel de mi niñez era desollada por el vértice marchito del silencio… Aún no conocía el mar y la estrategia de las mareas se acomodaba en mi vientre con su reflujo, con su seductora fuerza, con su voz incansable. Creí que moriría, de pronto las muñecas pasaban a ocupar otra quietud y era inquieto el espejo en donde me miraba. Un ciclo me tenía en la puerta de cada estación: eran frías y lejanas las nanas deshojadas en una cuna, la muerte comenzaba a ser una posibilidad y mientras en mi piel, la primavera tejía su coartada, el miedo, acalorado, se ruborizaba entre mis piernas. Pero los planetas, mantenían su equilibrio alrededor del sol y describían su voz, como de costumbre. Caminé asustada entre la multitud por una Alejandría desconocida y en el templo de lo que no había que decir el aprendizaje de las constelaciones sedujo a la sensualidad de la noche que acababa de llegar y el amanecer secreto de una niña mudaba su piel en una tierra desconocida…
Carmela y las palabras
-I-
Carmela se puso de parto. Andaba faenando por la cocina cuando la cálida humedad del nacimiento se precipitó por sus piernas en busca de la vida y alborotó sus quehaceres. Todavía no había salido de cuentas, y no sentía el más mínimo dolor, pero la presión húmeda de su bajo vientre le advertía de que el parto estaba cerca y que no podía descuidarse. Puso agua en un puchero y al agacharse para encender la cocina de leña, un dolor punzante recorrió sus riñones y se alojó durante unos segundos debajo de su ombligo. ¡Vaya! —pensó— No se anda con bromas la criatura—. Preparó las toallas, la palangana, el trapo para morderlo; no pensaba gritar, no ante la multitud de vecinas que, seguro, abarrotarían su habitación husmeándolo todo y no se irían hasta haber inspeccionado bien al recién nacido. Después, abrió su cama, la misma en la que ella había nacido. Por último, llamó a Sofía, su vecina. Anda —le dijo—. Ve a buscar a mi madre y al practicante. Y manda a algún hombre en busca de Juan, fue a coger fresas a La Venta.
Después, se acostó con su pequeño cuaderno de escribir bajo la almohada, para que nadie lo curioseara y esperó, pacientemente, las contracciones.
-II-
En los pueblos, cada territorio de labranza, de regadío o de secano, responde a un nombre, que da nombre a su vez a todos los campos que lo componen. Así, Juan y Carmela, tenían fresas y huerta en La Venta, ciruelos en Los Linares, una viña en Los Majuelos y otros veinte renques de fresas en Cabrilla. Juan madrugaba mucho, siempre se iba de noche al campo, y allí en cuanto amanecía comenzaba a trabajar como un mulo. Carmela le había estado ayudando hasta que sus pies, que se hinchaban como botas, le obligaron a permanecer por la casa y a echar un ratito de siesta cada tarde, poco más… Juan la echaba de menos en el campo porque ella tenía el don de decorar la vida con las palabras, inventaba cuentos para él, cuentos de dragones, de caballeros, de amor, cuentos que le permitían olvidarse de la miseria, del hambre, de la injusticia… Por la boca de Carmela las palabras nacían más libres de lo que eran ellos y a Juan le habían alentado a forjar un sueño: el de hacerla plenamente feliz. Su maestro, que tuvo que esconderse por los montes, les había enseñado a luchar costara lo que costase, a ser constantes, a aprender cada día. Juan conservaba todos los libros que él le dio antes de huir, en el alto de su casa, en un falso pilar que Carmela y él construyeron en una sola noche, pegadito a la pared para que no llamara la atención en los días de registro, aislado en un rincón como la libertad. Nunca los demás lo tocaron, nunca llamó la atención, siempre bien cubierto de telarañas, un pilar tan culto, decía riendo Carmela cada vez que cogía un libro, el cemento es más culto que la mente de algunos. A Juan, los libros que más le gustaban eran los que hablaban sobre el universo, se sabía el nombre de cada constelación y, en las noches de verano, abría la ventana y desde la cama alzaba la mano y hacía el gesto de coger una estrella, y después se la ofrecía a Carmela. Y ésta ¿cómo se llama? —le preguntaba Carmela— Irene —le respondía él—, como la paz. Todas las estrellas se llamaban Irene. Una noche, una de esas estrellas le trajo un cuaderno, tinta y una pluma. Escribe todo lo que me cuentas —le dijo Juan—.
-III-
Las contracciones aparecieron a la vez que el practicante, su madre lo hizo después, y Carmela supo que algo pasaba porque traía mala cara y además llegaba tarde; puede ser que Sofía le avisara la última —pensó, pero se le hacía tan raro—. Ninguna vecina, a las que escuchaba murmurar por afuera pasó a la habitación. Ande madre —le dijo—. Salga por la cocina a dar una vuelta y asegúrese que no miren entre las alubias, tengo un libro de Machado que no me dio tiempo a esconder. La madre salió al instante, como si el hecho de estar allí junto a su hija le causara incomodidad. A Carmela le bastó aquella prueba para saber que algo grave pasaba, pero las contracciones, que se habían cebado con su cuerpo, le obligaron a morder el trapo y a no preguntar. Y justo en el momento de dar a luz, la mano de Juan le ofreció una estrella y sin ver a la criatura supo que era niña, y en el instante en que rompió a llorar tocaron a muerto y entonces sí que Carmela comenzó a gritar, porque no estaba preparada para aquél dolor tan fuerte, para vivir sin Juan.
-IV-
Estuvo dos días en cama sin hablar, con la niña en el pecho todo el rato para que la leche le subiera. No pudo ir al entierro, ni el cuerpo de Juan pudo esperar a que ella se recuperase, hacía calor y urgía darle sepultura. Al tercer día, la madre de Juan se presentó con su hijo mayor para conocer a la niña. Necesitas un hombre que te cuide hija —sugirió—. Luis tratará a la niña como si fuera su hija… No le dejó continuar. No voy a casarme con Luis —respondió Carmela—. Saldremos adelante, no se preocupe, no necesito ningún hombre, sé arreglármelas solita.
Pero…—balbuceó su suegra—
No hay pero ni pera, y no hay más que hablar —dijo Carmela—. Fue la primera discusión de las muchas que tuvo en aquellos días con todo el mundo, parecía como si una mujer no fuese capaz de vivir sola; pues ella saldría adelante. Sofía y su madre le ayudarían y no les haría falta nadie más. ¡Qué manía con las tradiciones! ¡Qué manía con casar a la gente! También discutió por el nombre, la mayoría decía que la niña había de llamarse Juana, en honor a su padre y porque había nacido en junio, el mes en el que se celebra San Juan, o al menos Dora, como su abuela paterna. Ella le puso Irene, como cada estrella que Juan le regalaba y porque su maestro, aquél que tuvo que irse al monte, les contaba que Eirene era la más bella de las tres horas o estaciones que formaban la paz, el orden y la justicia. A Juan, le encantaba aquella historia. Irene significa paz, madre —le explicó—, y a través de ella vendrá la prosperidad.
Como tú quieras hija — aceptó su madre—.
-V-
Nadie pensó que fuera fácil. El verano fue duro, el campo es lo que tiene; Sofía y Carmela se pasaban el día en él, no menos que las demás mujeres del pueblo, salvo que ellas estaban solas y las demás “ayudaban” a sus maridos; claro, lo de siempre; la realidad era que trabajaban en el campo con ellos y en la casa mientras ellos echaban la siesta o iban a la bodega. Juan no era así, él no hubiera sido como ellos —sedecía todos los días Carmela—.
La niña se criaba bien, se agarraba al pezón de su madre como si le fuera a faltar el alimento y, cada tres horas, Carmela dejaba su trabajo en el campo para darle el pecho. Los martes y sábados por la tarde descansaban del campo para ir a lavar al río y los domingos ella escribía cuentos y enseñaba a leer y a escribir a Sofía mientras su madre acudía a misa para no llamar demasiado la atención, y así, cada una en sus quehaceres fueron pasando los días y las estaciones; no obtuvieron grandes beneficios, los justos para seguir tirando, pero consiguieron que todos los hombres las odiaran y las mujeres las envidiasen. Eran luchadoras de los pies a la cabeza. Mujeres así no convienen —comentaba el alcalde en la partida de cada tarde—. Si apedreara, suplicarían el matrimonio al primero que se le ponga delante —añadía el boticario—. Pero no apedreó ni nadie tuvo ganas de hacerles la vida imposible. Allá ellas, ya caerían del burro.
Una tarde de lluvia invernal, las mujeres, que habían andado hablando por el lavadero, se presentaron en casa de Carmela: “queremos aprender —le pidieron—, la maestra dice que bastante tiene con nuestros hijos”. Y así fue como el alto de aquella casa se convirtió en una escuela, donde Carmela enseñó a leer y a escribir a todo el que quisiera a cambio de nada. Alguna tarde contaba las historias que su maestro le había enseñado y les hablaba de las constelaciones y de Eirene y sus hermanas. Más tarde les enseñó los números, al principio contaban con garbanzos, después con destreza. Sofía, que sorprendió a todas con su habilidad con el carboncillo, comenzó a plasmar en papel aquellas lecciones y el sueño de Juan casi casi se hizo realidad. En primavera, los hombres reclamaron la presencia de sus mujeres en el campo pero Carmela, a la que acababan de publicar su primer libro de cuentos, las contrató. Para la mayoría de ellas, que en su vida habían salido del pueblo, supuso el primer sueldo, una victoria contra la opresión que les habían impuesto por el hecho de ser mujeres. Más que a leer y a escribir habían aprendido a luchar, a que sus opiniones importaran, a tomar decisiones. Cuando en la Cooperativa, aquel verano, no quisieron recoger la cosecha de Carmela, lejos de venirse abajo, las mujeres fundaron una cooperativa propia que recogió las cosechas de todo el valle. Todavía hoy la Cooperativa de Carmela, que así se llamó, recoge los frutos de la poca gente que se dedica al campo; también alberga un recinto, que en invierno hace las veces de escuela, en el cual las palabras y los números se aprenden con el aroma de las frutas, de las hortalizas, de las legumbres… En una de las ventanas que mira hacia el valle, un telescopio permite ver el cielo y los vecinos dicen que en la noche de San Juan, la noche más corta del año, cuando uno mira a través de él, cada estrella toma forma de nombre y todo el universo, en esa noche, pasa a llamarse Irene.
A todas las mujeres del mundo rural, y a todas las que han hecho posible que sus voces se oyeran.
CAPÍTULO 2
LA CALLE
PUERTAS
Labradores
Nací en un pueblo de labradores. En una calle de labradores. El otoño entraba en ella descalzo para pisar la uva y las casas se teñían con el color del vino. Había restos de escarcha en el tiempo, rincones donde el registro de los años pasados había quitado el hambre cerrando bocas y el invierno a jornal podaba la palabra. El amor se prestaba sin esperar nada a cambio. Las mujeres cosían a la sombra mientras los hombres faenaban; el río cambiaba la muda los domingos. En primavera las cocinas florecían con los árboles y los atardeceres se vestían con el aroma del campo; la vida se ponía su falda corta y plisada y una diadema llenaba mi cabeza con el canto de pájaros alegres.
Los menos afortunados pagaban sus deudas con el dinero de las primeras fresas que en junio esperaban al sol para tachar con lápiz los préstamos apuntados en los cuadernos. En verano la distancia se acortaba y uno quedaba libre de culpa; el sudor de la siega se calmaba con el néctar de una bota y el porrón hacía el amor con la bodega.
Se compartía la comida y la tristeza, el caballo, el delantal, la tierra, la moraga, los surcos de la memoria, la risa, la radio… En enero se adobaba el corazón para mantenerlo a salvo del rencor y se recogía el agua de la lluvia. Los besos se aireaban en los altos entre cañizos y abril tenía otra lectura.
Nací en una calle de labradores, en un pueblo de labradores. La tierra no sacaba de pobres pero daba de comer.
Los secretos de los tacones
A la memoria de Ángel Ramírez, zapatero y capitán de calle…
En las mañanas de los sábados de invierno, el tic-tac de un reloj de zapatos nos llevaba a mi primo y a mí a un pequeño taller a la vuelta de casa. Mi “ángel zapatero”, como así le llamaba, rodeado de cueros y lonas y de una horma donde estoy segura ensanchaba su corazón me enseñaba los secretos de los tacones. Alguna vez, tras pedírselo mil veces, dejó que le lustrara algún par de zapatos de piel y parecía propiamente que le estuviera sacando brillo a mi sonrisa o a la suya que acababa en una de esas carcajadas al ver mis manos teñidas de negro. Solía cantar y era entre otras cosas hijo de cestero, capitán de calle y labrador de días. Y aunque su cadera le hacía cojear y a veces apoyar el pie en el suelo fuese un suplicio, él escondía el dolor al tiempo que me guiñaba un ojo, en uno de esos compartimentos secretos de los tacones y de las cuñas y a golpe de martillo terminaba la faena murmurando en mi oído: “ya está. De aquí el dolor ya no sale” Cada vez que doy betún a mi memoria me envuelven sus alas; cada vez que pongo un pie en la calle y miro su casa escucho el rumor de su risa y el traqueteo de un taller. Y guiñándole un ojo al silencio voy hasta la horma donde él ensanchaba su corazón y haciendo más ancho el mío a golpe de latido termino la faena murmurando con la mano en mi pecho: “ya está; de aquí ya no sales”
El Oeste de la memoria
A Luis.
De todos los oficios que había en mi calle, el de ojeadora de puertas era el que más me gustaba. Porque me hacía ocupar un puesto de guardia con el sol de las cuatro junto al hueco por donde Noble, mi caballo del alma, asomaba su cabeza. Como una niña buena, yo peinaba con mimo a las muñecas y apuntaba la hora en que un Paul Newman, jovencito y serrano, pasaba ante mis ojos. La tienda imaginaria de bicicletas y artículos de cine era una tapia enfrente de mi casa en cuyo escaparate estaban escritas las iniciales del nombre de mi abuelo. Mi Paul Newnam de calle llevaba los vaqueros ajustados y fumaba a escondidas. Yo filmaba discreta el hoyuelo insinuante de su barbilla, su andar de actor seguro de sí mismo, la infinita complicidad de su rostro, en unos exteriores donde la primavera ya no era detenida y el cielo azul comenzaba a ser fútbol. Nunca llevó sombrero, aunque luego los años desprendieron su aroma de cowboy o la magia de un Oeste aprendido en la calle o la camisa recién planchada del sol de las cuatro. Ahora, en la ventana que una vez fue hueco, la parte de una puerta por donde Noble asomaba su cabeza, miro las bicicletas de la imaginaria tienda de enfrente, la esquina de la tapia donde firmó mi abuelo y hago hierba en las piedras y el cemento; y casa en el desierto de la tarde. De puntillas regreso a mis muñecas, a un estudio de cine en donde el calendario ya ha rodado su historia, a la espalda del tiempo. En el primer ojal de la camisa de mis años, Noble vuelve a asentir cual confidente hecho a mis caprichos mientras suelto a una niña sus coletas oscuras y ojeo lentamente la puerta abierta del Oeste de la memoria.
Las acuarelas del mar
A Tomás.
“Al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero” — cantaban mi abuela y mi madre mientras me daban a la comba—.
El barquero pasaba en su barca las acuarelas del mar. En el estuario del verano y a veces, en abril, la casa del pintor abría sus puertas y la calle se llenaba de colores. En sus lienzos, la luna parecía poner en práctica su influjo y la asombrosa voz de las mareas susurraba en el blanco y rectangular tímpano que sobre un caballete narraba en azules y violetas su atenta escucha. A veces eran los barcos de los pescadores quienes llegaban al puerto de una Pasaia que él conocía de memoria y que imprimía seguro en un atardecer que sabía a pescado. Años más tarde, “Buenavista” puso en mis ojos su memoria, la barca y el barquero que amarraban la vida en las orillas de la luna, la paleta de colores de los veranos de sal y caracolas. La piedra de una puerta abierta al océano erosionó mis pupilas y tuve la sensación de haber estado allí antes, quizás transportada por el banco de madera que pegado a la pared de su casa me ofrecía un sitio de recreo desde el cual leía la escritura de sus pinceles. Ahora miro su trozo de mar y, desde la orilla donde el Txotxolo es aroma de marisco y vino, veo la entrada de los barcos que buscan las luces del amanecer y las casas que cuelgan sobre el agua. La calle del verano y de abril, se convierte en un puerto de regreso y un banco de madera en desembocadura de acuarelas.
“Al pasar la barca me volvió a decir, las niñas bonitas no pagan aquí” —cantan mi madre y mi abuela mientras salto a la comba—.
El barquero pasaba en su barca las acuarelas del mar.
Las postales del verano
A Luciano y Paco.
Cuando el candil del río se apagaba y el alba se lavaba la cara junto a los chopos, el cartero cruzaba el puente hacia el empalme del pueblo en busca de la correspondencia. Con el macuto al hombro y el silencio del sueño, emprendía después su viaje de regreso dejando en el camino el olor de la tinta de los nombres que serían escucha. Las cartas de América tenían unos sellos nunca vistos que mirados con lupa agrandaban el hueco y la distancia de familias separadas por el ancho océano y que, probablemente, jamás volverían a abrazarse; y la cenefa azul y roja del correo aéreo, en el que yo imaginaba azafatas de cartas que en las bodegas del avión podían adaptarse al frío y cambiar las malas noticias por primaveras de palabras. Porque la muerte en tiempos del noviazgo de mis abuelos llegaba por escrito y sin censura y el amor se guardaba en los cajones de una mesa de roble que tenía el poder de crucificarlo. Cuando yo era muy niña, la boina y la gabardina del cartero en los días de lluvia me esperaban con carta de Bilbao o Madrid o de una Pontevedra donde mi corazón de dieciséis fue bruja y aquelarre de mariposas. Mi abuela se ponía las gafas y en la silla chica me leía en voz alta las noticias alegres y guardaba las tristes para la almohada con mi abuelo. A veces, una foto narraba la belleza del tiempo y el desembolso de unos ahorros, el esfuerzo inmaculado en el alquiler de un vestido de comunión o de la costura de noches sin descanso. Las fotos de familia llegaban en Navidad, con participaciones de lotería y postales de nieve que yo miraba durante largas horas y que se guardaban en cajas para las tardes largas de brasero. Pero era en el verano de camisetas blancas de tirantes y faja en los riñones y campo y criba de sol a sol cuando llegaban postales de alegría que anunciaban la playa y las palabras parecían desprenderse de la ropa de abrigo, tumbarse en la toalla y besar las mejillas del calor o el abanico de la siesta. Porque en invierno todas las despedidas acababan en un cordial saludo o un abrazo sin adyacente, ni adjetivo ni adverbio; y los besos de las postales del verano acababan en la piel.
La primera postal que envié desde una playa, en un aquelarre de gabardina y lluvia, sin amor censurado, ni roble, ni cajones en forma de cruz, terminaba con: “besos de cartero”.
Planetas de mimbre
A Venancio y Chuchi.
En el camino que llevaba a la charca, el croar de las ranas anunciaba la hora de la algarabía. Los juncos de la orilla salían a mi encuentro para poner en mis manos el equipaje de un cestero que trenzaba la mimbre. Padre y abuelo de capitanes, su puerto era una calle donde amarraba cestos y cunachos y comportas con sueños de vendimia. Lo recuerdo sentado en mi puesto de guardia, en alguna mañana de un otoño templado al volver de la escuela. Las bases circulares rodeaban la sombra de sus piernas mientras esperaban los nudos de las ramas para simular un sol que podía tocarse. Después, sus manos, con el cuidado de un aprendizaje heredado, describían las órbitas de una habilidad que a mí me dejaba con la boca abierta. Los planetas de mimbre habitaban la galaxia del mediodía y la memoria de los juncos, la pana desgastada del pantalón de los años. En la charca, el influjo de Hipatia o de la luna, que ya habían precisado el horario de las mareas en mi vientre, descubrían la órbita del cestero y la perpendicularidad de los rayos del sol en las estaciones de los recuerdos. “Yo sí soy de esta calle” me decía a mí misma, como si lo tuviera delante y tuviera que mostrar la identidad que me hacía habitar en la galaxia en la cual él me juzgaba en broma, forastera. Al final de mi adolescencia, su nieto me enseñó la textura del verbo en una mesa de café de artistas con lenguaje de mimbre. Septiembre siempre es una base circular donde anudo verbos y ramas para simular un sol que puede tocarse.
Duérmete niño
Las cantadoras de nanas deambulaban por los pasillos de las calurosas noches del verano. El mecer de la carne y el olor de la leche amamantando el sueño refrescaba el sudor de una calle cerrada a las aguas del río por el toque de queda. Las ventanas eran sigilosas cuevas de murmullos donde manos entrelazadas bajo las sábanas de un tiempo de asperezas escuchaban el canto de las madres y obviaban la cantinela del sexo, fatigadas por la tarea de sufrir. Las vagalumes que llegaban en las cartas de América iluminaban el camino de la memoria, los arbustos que ofrecían cama a los amantes y brotes de sabor a las yemas de unos dedos aprendices de un cuerpo, los deseos que volaban con las estrellas fugaces antes de ser desterradas. “Duérmete niño, duérmete pronto” Y una cuna, un celemín, unos brazos… crujían y daban voz al suelo y alivio al insomnio. “Duérmete niño, duérmete pronto” Y agosto hipnotizaba las pupilas aun tiernas y el deseo cruzaba la frontera de almohadas y colchones… Las cantadoras de nanas moldeaban los corazones de barro con los pechos desnudos y el pie en el torno de las lágrimas de un niño. El pezón y la boca calmaban la sed impuesta por el verano y el hambre exigida a los pobres. Los besos de las nanas eran de leche y los lobos nunca se atrevieron a devorar la tierna partitura de la noche.
Matrioskas
Las muñecas de madera que ocupaban la estantería de un salón que parecía haber llegado de otro mundo decoraban la imaginación de Inés con historias de amor y secretos de enaguas. Había salido de su calle de pueblo un uno de septiembre con la tierra empapada de lluvia y el vértigo de las tormentas encajado en el costado del corazón. Las manos de su madre, encorvadas por la artrosis apenas daban tregua a la mujer que mejor había bordado ajuares y sus hermanas, hechas para la conquista de salmos y rezos, no encontraban remedio para su dolor ni para la memoria distraída de un padre que apenas distinguía ya la realidad. Inés contaba catorce años y una maleta hecha con el indulto de la adolescencia. La ciudad no le impuso otra norma que la de cocinar y limpiar sin descanso, sin cháchara en la escalera, sin amantes en las esquinas de los recados, sin escaparates donde los vestidos desnudaban la inquietud de una virgen. Así que reparaba en las matrioskas y deshacía sus cuerpos hasta quedarse con la última y pequeña muñeca irrompible, como si en ella estuviera el festón aún necesario de su madre. La guardaba en el bolsillo de su delantal como si fuese un amuleto que acortara la interminable tarde o templara el anochecer enfriado por una sopa de letras que no formaba palabras y por la mesa rectangular del silencio ordenado. Al final de cada mes, un boticario que la hubiese esperado el tiempo necesario le preparaba ungüentos para calmar el dolor de su madre y hierbas para relajar la incertidumbre de su padre. Pero su familia esperaba el dinero que acortaba el hambre y los días, con el que Inés sabía que bordaba un remedio para la miseria y un lugar en el corazón de la calle.
El tiempo acomodó sus caderas a los ojos de un señorito caprichoso, a las noches de mano en la boca y trote rápido, a los jadeos de un hombre que deshacía su cuerpo cual si fuera una muñeca de madera. Pero Inés no tenía una pequeña Inés irrompible y nunca pudo regresar, ni a fin de mes siquiera, al bolsillo del delantal de su madre.
Recaderos
Después de comer, cuando el calor se convertía en siesta y apresaba el deseo de los mayores, los recados eran la forma de alejarnos a mi primo y a mí de la calle, de las ruidosas fechorías de las que siempre algún vecino daba queja. Mi abuelo sacaba el caballo y daba el ramal a mi primo y había que ir hasta el pilón que hay debajo del cementerio para darle agua. Entonces, los sábados en la tele daban una serie sobre una niña pelirroja y con pecas, llamada Pipi, que vivía sola y hacía tortitas y tenía un mono, como uno de los hijos de los feriantes que llegaban en fiestas. También tenía un caballo al que pintaba de vez en cuando y dos trenzas que le daban un aire divertido. Si en una de esas tardes de pilón, mi madre me había hecho trenzas, al llegar al Arco de la Villa, camino de calmar la sed de Noble, el caballo de mi abuelo, éste se paraba porque ya se sabía de memoria el ritual: mi primo me daba el ramal y yo me quitaba las trenzas por si acaso aquel chico rubio que vivía en la plaza se asomaba a la puerta o estaba echando un “primi” en el frontón o jugando al “matarro” en la terraza del bar de la serrana. El pelo suelto parecía poner perfume a mis andares, las gomas recoger mi infancia en mis muñecas y el ramal poner años al ejercicio de un recado o a la vergüenza de mi primo. Al llegar al pilón, la gran lengua de Noble, sosegaba en el agua la sed y su paciencia y los “cucharones” llamaban al cristal de nuestros ojos. Una bolsa de plástico o un bote eran los enseres propios de una pesca de pilón que acunaba la siesta de los mayores. De regreso, el ramal de la incertidumbre aceleraba mis pulsaciones y mis mejillas se llenaban de pecas imaginarias que sonreían a un tiempo que todavía no había llegado. Ser recadero, aparte de ser casi un rey godo, te daba una recompensa: a mí la del sabor del vértigo, a mi primo una bolsa de renacuajos, a Noble la fresquera de la garganta y a los mayores… a los mayores la lectura desnuda de la siesta.
Susana
En la casa de mi bisabuelo Cacho el portal es de piedra y huele a sopa de la tía Salo. Una silla roja pequeña me recuerda las veces en las que me sentaba a esperar a mi prima Susana mientras leía una revista o cruzaba las piernas y capturaba musas. Ayer, me esperó ella, en el bar de las piscinas, en una silla blanca que yo pinté de rojo por eso de la nostalgia y en una mesa con amigos y buena comida que me supo a sopa de la tía Salo y a portal empedrado. Me olvidé el abanico aunque el aire de la buena tertulia o el color de sus ojos me trajeron una brisa de mar y los achaques propios de mis años se marcharon y me dejaron comer y disfrutar a gusto. Su sonrisa, que es como un caramelo de café con leche me recuerda a su padre, no lo puedo evitar, y ahora que dedico buena parte del día a observar el pasado, le veo en la parrilla de un sábado, en el aceite de un tomate o en un seiscientos amarillo que parecía el camarote de los hermanos Marx. Y luego recité; el vino, el bacalao y las croquetas, los hielos del cubata o el helado que hace pliegues en mi tripa pusieron en mis labios el poema que ella eligió; sabía que sería el de una Lourdes subida a la escalera ¡dónde va a ser si no! Sacando versos a un limpiacristales mientras pulía al estilo de Kárate Kid. “Luego escribirás algo”—suplicó tras cinco horas de sentada—. Y en la ermita, feliz y agradecida de encontrar tanto tiempo de mi vida en una sobremesa de palabras, mirando hacia la casa de mi bisabuelo, Montalbano inmortalizando en una foto mi sonrisa, le dije: “luego, luego me sentaré en la silla roja y cruzaré las piernas”.
Trashumancia
A Mero y Piano.
En Logroño, uno de los relojes que cuentan con música las horas junto a los quehaceres del espolón, te hace pastor y te lleva a Extremadura. La trashumancia, que yo no conocí, habita la cañada real de lo narrado en las tardes de invierno y acerca los lobos hasta el comienzo de una sierra que se queda triste y oscura. En mi calle, el invierno de los pastores era almuerzo de lana y de balidos, el monte mediodía y la tarde regreso. No había tren de piedras, ni huida de una nieve que nunca se quedaba más de siete días; si acaso en el verano, los corrales del monte que simulaban balnearios de hierba apartaban tres meses a las ovejas del ajetreo de los vecinos, de las tardes de cartas y abanico, de los balones, del regreso del campo. En junio, los esquiladores llegaban de la sierra y contábamos los días que quedaban para comenzar las vacaciones. Los vellones parecían patrones de un abrazo y una piel sin estancia se exhibía desnuda mientras las manos del tiempo se llenaban de piedras y de espera. A veces, nos dejaban probar y un mechón era el premio que nos bautizaba conquistadores, caballeros andantes de un ejército de metáforas. Y después era el sol quien desnudaba el silencio y la risa, el balar de las horas, el canto de un reloj, los años que pasaron sin darnos cuenta, la trashumancia del tiempo. En mi calle hubo ovejas y queso y cabras y leche, cabritos que no montaban y que fueron pasando de pastor en pastor, secretos de lana y hasta sueños de torero con espada de palo y capote de chaqueta.
Vendedores de vida eterna
La primera vez que desobedecí a mi padre tenía casi siete años y era abril. Mi prima Charo (no sé si se acordará), la del pastelero de Casalarreina, hizo de espía y me preparó el terreno y en cuanto mi padre salió de la habitación donde su abuelo se moría yo me colé en ella para que no se fuese sin mi beso. Después salí corriendo entre la gente que esperaba lo inevitable y que yo no entendía y me fui hacia el castillo como si fuese el mejor escondite del mundo. Mi bisabuelo murió de pulmonía, como don Guido y su entierro que quiso la casualidad que fuese en domingo lo ofició el obispo; yo, desde la puerta del cine vi salir el sepelio y me decía: “ahora, en cuanto huela a anillo de obispo, a cirio y a puerta de evangelio, resucita”. Porque mi bisabuelo era alérgico a los salmos y al vino de cáliz. Si no llega a ser porque Poli, el cura que más quiero, estaba al lado y porque yo llevaba en la mejilla el beso de su última fatiga y porque mi abuelo y mis tías lloraban y porque mi padre llevaba la caja y me miró al pasar… me planto cual Miguel Ángel delante de la puerta de la iglesia, con los guantes de parar balones y allí no entra ni Dios. Pero yo era una chica y el fútbol era cosa de hombres, así que me metí en la iglesia con todos los ahorros de mi hucha en mi pequeño bolso de abalorios y busqué el puesto donde se vendía esa vida eterna de la que oía hablar para comprársela y volver a casa, que era ya la hora de su partida de brisca conmigo y de guardarme el pan de la merienda en el bolsillo de su chaqueta de pana. Durante muchos días leí su nombre en la esquela recortada de un periódico, bajo una cruz de tinta, esperando con la moto del afilador o las voces del azafranero algún vendedor ambulante de “vidas eternas y pasajes de vuelta.” Pero no llegó ninguno, quizás por aquello de lo que hablaban todos los mayores más serios que un plato de habas, algo de estar en plena transición… y los vendedores de vida eterna seguro andaban preocupados por su futuro.
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