Kitabı oku: «La guerra cristera»

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Nota a la presente edición

En el año 2001 se publicó una primera versión de este libro con el título Testimonios sobre la revolución cristera. Hacia una hermenéutica de la conciencia histórica, por el Centro Universitario del Norte de la Universidad de Guadalajara y El Colegio de Jalisco. Once años después, dado que su tema sigue siendo de gran interés y es importante objeto de estudio, se presenta esta nueva edición, con modificaciones que ayudarán a una lectura más ágil, con un título más sencillo, pero no menos profundo.

La guerra cristera. Narrativa, testimonios y propaganda —como le he llamado ahora— pretende presentar las visiones generadas durante varias décadas sobre el conflicto armado de los años 1926-1929, así como del segundo levantamiento en algunas regiones, en los años treinta; a partir del análisis de los discursos que la refieren: la narrativa, los testimonios y la propaganda.

Si bien el corrido es la forma de expresión popular más utilizada para preservar la memoria de los acontecimientos importantes, sobre todo en sectores sociales olvidados por la historia oficial, la narrativa popular cumple también esa función. Aquí la presentamos como el primer género discursivo, ya que, a través de ella, se han expresado visiones de un conflicto de no fácil asimilación en nuestra conciencia del pasado. Así también, en los cuentos y novelas encontramos las reflexiones que en torno a los sucesos se hacen los miembros de la generación participante, y cómo los van asimilando las futuras generaciones. La segunda fuente de análisis son los testimonios de protagonistas y testigos de la guerra cristera, cuyo valor se incrementa en la medida en que se trata de una generación ya desaparecida. Hay 70 testimonios, grabados en diferentes poblados del occidente de México durante varios años, que constituyen un referente para la reconstrucción de los hechos históricos; pero, sobre todo, de la percepción que del conflicto tuvo esa generación, la cual nos fue transmitida a través de relatos maravillosos, o muy crueles. La lectura de los testimonios, cuentos y memorias de la guerra cristera nos comunica los sentimientos de impotencia y frustración, las huellas de dolor que este conflicto entre la Iglesia católica y el Estado dejaron arraigadas en la conciencia histórica de esa generación de mexicanos. El tercer tipo de discurso se refiere a la propaganda, y nos lleva a una época que aparentemente había quedado en el pasado, pero que, al compararse con los discursos actuales, muestra cuánto de aquella mentalidad prevalece en nuestra visión del mundo en el tercer milenio.

Un ejemplo de esa mentalidad que perdura lo encontramos en el libro Cristeros. Textos, documentos y fotografías, publicado en lujosa edición por el Gobierno del Estado de Jalisco en 2007 —una larga lista de documentos de los archivos Histórico de Jalisco, Municipal de Guadalajara “Salvador Gómez García”, Archivo Histórico de la Universidad de Guadalajara y Archivo Municipal de Tepatitlán—; y, aunque no contiene un estudio introductorio elaborado por un especialista en el tema, los comentarios del que era en ese momento secretario general de Gobierno, Fernando Guzmán Pérez Peláez, muestran una interpretación de la guerra cristera, la cual coincide plenamente, hasta en el uso de las metáforas, con la de la jerarquía católica (que se analiza en el apartado tercero de este libro). Para Guzmán, “no se trató de una guerra civil donde la sociedad se divide en bandos opuestos…, sino de una lucha social en contra no del Estado sino del gobierno en turno”. Y añade que “la cristiada ha sido una de las últimas guerras idealistas”, que, a semejanza de la lucha de Madero en pro del ideal democrático, luchaba en pro de la libertad religiosa, amenazada por “las leyes religiosas de la constitución de 1917 [que] daban a legisladores y gobernantes la posibilidad de reducir a nada la organización religiosa de la comunidad… hiriendo a la sociedad mexicana en un punto que ha sido sagrado para todos los pueblos del mundo, sus creencias religiosas”. Estas afirmaciones, aunque se declare una supuesta neutralidad frente al conflicto, buscan imponerse como la versión católica de la guerra.1

Esta misma postura se repite en la reciente película que, bajo el título Cristiada, se filmó con actores mexicanos y estadounidenses, fuertes recursos propagandísticos y una importante inversión económica. En esta película, además de difundirse las versiones del Episcopado mexicano con respecto al conflicto (que se analizan en este libro), se hace una exaltación del martirio y de la figura de los nuevos santos, para fomentar su veneración y acelerar la construcción del tan conflictivo santuario de los mártires de Cristo Rey.

En el caso de la narrativa, en esta nueva edición se incluyen también dos obras que me parecen relevantes, y que se publicaron en los años posteriores a la primera edición. El libro ¡Viva Cristo Rey!, de Josefina Arellano viuda de Huerta.2 Se trata de sus memorias de la guerra como esposa de Refugio Huerta, uno de los dirigentes cristeros de los Altos de Jalisco, en la que describe su participación, de manera oculta y silenciosa, en apoyo al movimiento; uno de los pocos ejemplos de narrativa testimonial femenina. El segundo libro es de Adalberto Gutiérrez, En los vientos rumorados, novela que aborda el tema de la guerra cristera en el occidente de México, basada en relatos de la tradición oral.

Para esta segunda edición, publicada por El Colegio de Jalisco y la Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara, quiero agradecer la manera desinteresada y enriquecedora de quienes me ayudaron en el acopio de información: Fernán Gabriel Santoscoy, miembro de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, por brindarme todas las facilidades para consultar la biblioteca del profesor José Ramírez Flores; en este archivo, bajo su resguardo, se conserva una de las colecciones más completas e interesantes de propaganda de la guerra cristera, indispensable para adentrarme en la época a través de sus discursos. Asimismo, agradezco a don Federico Munguía Cárdenas, historiador y cronista de Sayula, miembro destacado también de esta institución, quien se involucró apasionadamente en la obtención de los testimonios anticristeros en el sur de Jalisco —producto de este trabajo conjunto es el libro Protagonistas y testigos de la guerra cristera, publicado por la Universidad de Guadalajara en 2002—, y quien, a raíz de esta investigación, propuso mi ingreso a la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística en 2002.

Lindau, Boudensee, septiembre 2012.

Notas

1 Agradezco a Paulina Carvajal de Barragán, miembro de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística de Jalisco, haberme obsequiado este valioso ejemplar.

2 Josefina Arellano viuda de Huerta, ¡Viva Cristo Rey! Narración histórica de la revolución cristera en el pueblo de San Julián, Guadalajara, edición de autor, Amate, 2003.


Palabras previas a manera de prólogo: un tema antaño “intrascendente”
José María Muriá

Comencé a interiorizarme en el tema de los cristeros por las páginas de una novela hallada en los anaqueles paternos. Era un libro que su dueño tenía en muy alta estima, pero yo lo tomé, un tanto al azar, un domingo ayuno de fútbol por la mañana, sin más recomendación de que no era un tratado de religión, como había erróneamente supuesto hasta entonces y, por eso mismo, no me había dado aún la oportunidad de leerlo.

Resultó, ser uno de esos libros imposibles de soltar, de manera que el lunes por la mañana estaba ya en condiciones de ir al Vesubio y hablar ampliamente de él, con todo conocimiento de causa.

El Vesubio eran apenas unas cuatro mesitas que estaban adosadas al restaurante Nápoles. Ahí generalmente se servía café sólo a un grupo de intelectuales conocidos como los “imprescindibles”, porque se hacían presentes en cuanta actividad cultural se llevara a cabo. No eran muchos, pero constituían sin duda el auténtico Parnaso de la Guadalajara sesentina.

A algunos jóvenes se nos permitía graciosamente estar ahí, aunque implícita era la consigna de sentarnos a una distancia mayor de la mesa que los titulares y, sobre todo, no abrir la boca si no se nos preguntaba.

Era frecuente que la conversa del día empezara con el comentario del primer libro que llegaba en la axila de algún tertulio. Así había sido muchas veces, de manera que el dueño del ejemplar tenía oportunidad de abrir el fuego diciendo lo que pensaba del mismo.

La misma oportunidad esperaba yo, pero me equivoqué por completo. En cuanto vieron los sabios que se trataba de Los cristeros, de José Guadalupe de Anda, se me dejó venir una andanada de comentarios peyorativos sobre la obra de marras, que me dejaron sin habla. En su conjunto se redujeron a dos: el autor era malo, y el tema, intrascendente.

En cuanto a lo primero, esto es, a la calidad de la novela, no pasaron muchos años antes de que, en El Chamberi, una sede ulterior de tan distinguido cónclave, se apersonara Ignacio Arreola con una carta de Hugo Gutiérrez Vega, en la que transmitía los comentarios que Alberto Moravia le había hecho sobre lo que consideraba una de las mejores novelas mexicanas. Precisamente la referida y menospreciada obra de referencia. Lamentaba, además, Moravia, que no se hubiera vuelto a editar desde 1942.

Ante tal padrino, los vituperios de otrora se tornaron en elogios irrestrictos. Pero en lo que no dieron su brazo a torcer fue en lo que se refiere a la futilidad del tema.

El entonces flamante jefe del Departamento de Bellas Artes, el mejor que Jalisco ha tenido, Juan Francisco González, entusiasta y joven como era a la sazón, al saber de la carta de Gutiérrez Vega, pidió de inmediato que se le consiguiera un ejemplar de dicho libro para publicarlo de nueva cuenta, pero resultó que ninguno de los presentes lo tenía. ¿En dónde lo habían leído, pues? Ni modo que en la biblioteca, a donde iban con frecuencia, pero nomás a platicar.

Señores, me levanté diciendo, yo prestaré mi ejemplar con mucho gusto para que se reedite esta obra, pero a partir de mañana tomaré mi café en el Madrid, cuyos parroquianos no hablan más que de fútbol, aunque de partidos que sí han visto...

Oír hablar de cristeros, y pensar en Moravia y el Parnaso tapatío de entonces, es un todo en uno. Pero, en este caso, recurro al hecho como testimonio de la generalizada minimización que existía entonces respecto del tema de los cristeros, antes de que Jean Meyer escribiera su famoso e importante libro. Coincidían en ello tiros y troyanos. Por un lado, los temas “regionales” eran vistos por encima del hombro; por otro, la jerarquía eclesiástica no dejaba de preferir que se soslayara lo más posible la memoria del alzamiento popular aquél, que primero promovieron, y después, no sólo desautorizaron y abandonaron a su suerte, sino que además lo fustigaron. Finalmente, la visión oficial prefería también pasar por encima y no parar mientes en un conflicto que, como a la postre se vio, lejos está de haberse resuelto.

Igual que a mí me sucedió, para saber de los cristeros era indispensable entonces leer novelas no fáciles de conseguir o escuchar a los ancianos de muchos pueblos.

Años después, en mis frecuentes recorridos por el territorio de Jalisco y los estados vecinos, husmeando en el pasado y en pos de saber algo de eso que los antropólogos llaman “identidad”, me topé muy a menudo con evidencias de que la vocación cristera ahí está, latente pero viva, al tiempo que se vislumbraba también que el fenómeno era mucho más complejo que el de unos cuantos fanáticos religiosos azuzados por un puñado de curas trabuqueros y buscabullas.

Asimismo, por doquier oí decir barbaridad y media del “gobierno”, de los malvados soldados que lo encarnaban y de las tropelías que hicieron, lo cual no tenía nada que ver con la infinita bondad de que siempre hizo gala el mayor Herminio Zepeda, quien trabajó conmigo en la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Mis conversaciones con él sobre el asunto me dejaron perfectamente claro que, de los cristeros, a quienes combatió en sus épocas de soldado federal de infantería, nunca tuvo una idea que fuera más allá de unos simples “alzados”.

Un tema complejo

Poco a poco se han descubierto aristas agrarias y económicas en aquella compleja situación, y han aflorado también las relaciones de la rebelión con ciertas características regionales.

No fue una sola, es cierto, la llamada rebelión cristera. Bien podría decirse que cristeros hubo y hay de muchos tipos, aunque los alteños de Jalisco y los abajeños de Guanajuato parecen haber asumido que los meros meros fueron y siguen siendo ellos. Mas en el norte jalisciense, mayormente por Huejuquilla y Mezquitic, también se dieron muestras importantes con matices muy notables, lo mismo que en el sur de Jalisco, a pesar de la raigambre liberal de que otrora hicieron gala también sus moradores.

Pero durante los últimos años, en especial los pobladores del occidente de México, se han quitado el bozal y se han dado a escribir y hablar públicamente de los cristeros más que en muchos lustros anteriores. Ha habido de todo, desde retórica incendiaria de quienes quisieran volver a las andadas, hasta análisis cuidadosos y muy enriquecedores del estudio formal que comenzó Meyer.

En suma, de conformidad con lo que se ha procedido a escribir en los tiempos recientes, puede decirse que, además de haberse ahondado en el conocimiento de aquella aventura, se ha dejado claro que, para comprender cabalmente el asunto, deben tomarse en cuenta, por un lado, las peculiaridades cada vez más claras de las diferentes expresiones cristeras y, por el otro, las demás razones, aparte de las religiosas, que latieron explícitamente en el corazón de los rebeldes y de quienes los auxiliaron desde una vida aparentemente civil, además del papel que les hicieron jugar en la confrontación de la Iglesia con el Estado, en aquel entonces.

¡Qué bueno que el tema de los cristeros se ha puesto sobre el tapete! Muy necesario resulta su análisis y, mejor, su entendimiento y comprensión. De lo más insano resultaba tratar de mantenerlo oculto, pues de esta manera, además, se ha contribuido a distorsionarlo sobremanera, de acuerdo con perspectivas e intereses posteriores. Además de las adulteraciones conscientemente dolosas, debe estarse consciente de que la preservación de la memoria de boca en boca es una manera eficiente de mantener vivo el recuerdo, pero también tiende a modificar y, sobre todo, a mitificar los hechos. Es así como se va gestando la conciencia popular.

Asimismo, debemos tomar en cuenta que el caso de los cristeros, además de un asunto histórico y, por tanto, materia de la historiografía, también se está convirtiendo en un tema político; esto es, buena parte de las ideas esgrimidas entonces y, especialmente, la intención de imponerlas a costa de lo que sea y recurriendo a cualquier método, han vuelto a cobrar vigencia entre algunos sectores de la sociedad y a darle sustento a diversas organizaciones de ella que, de seguir creciendo, a lo mejor derivan en un problema, igual que antaño, sumamente difícil de resolver.

Entre las muchas explicaciones que se pueden hallar a la guerra cristera, no debe perderse de vista a los sectores más conservadores e intransigentes de nuestra sociedad, que constituyen sin duda un escollo para el proceso democratizador en el que estamos inmersos.

Dicho de otra manera, deben aplaudirse, entre otras cosas, los estudios actuales sobre los cristeros a efecto de que no se vuelvan a repetir tales expresiones de intransigencia y falta de consideración por la discrepancia.

Un nuevo libro

El libro que tenemos en las manos, originalmente la tesis doctoral de Lourdes Celina Vázquez Parada, camina precisamente con la intención de explicarnos el papel que ha ido jugando la “Revolución cristera” en la conciencia histórica de los diversos estratos y sectores de la sociedad jalisciense, a lo largo de los años.

Encaja plenamente en lo que se denomina historia de las ideas. Los fenómenos históricos se ven, aprehenden y asimilan de manera distinta según van cambiando las circunstancias con el paso del tiempo. Uno de los modelos clásicos de este ejercicio lo constituye el discurso de ingreso de Edmundo O’Gorman a la Academia Mexicana de la Historia, donde hace un análisis de los cambios sufridos por la imagen generalizada que se tuvo de la figura del cura Miguel Hidalgo y Costilla, en el siglo xix y principios del xx, desde ser considerado un auténtico forajido y encarnación de los peores pecados en contra de la religión y de la Iglesia, hasta convertirse, con el aval de todos y cada uno, sin importar el credo y condición, en el principal elemento del panteón cívico mexicano, cuando se concibieron los muchos monumentos que habrían de erigirse para celebrar el primer centenario del Grito de Dolores.

Queda claro con ello, lo mismo que con el presente libro, que el acercamiento a la historia está influido siempre por una cierta carga de subjetividad, determinada mayormente por la formación de la gente y las circunstancias que la rodean; satisfacen o angustian. Dicho de otro modo, precisamente esta subjetividad relaciona, de manera estrecha, al presente con el estudio que se haga del pasado.

Vázquez Parada, por su parte, lo que hace es estudiar con meticulosidad y ahínco qué papel han jugado entre nosotros las ideas que tenemos hoy y hemos tenido de los cristeros a través del tiempo. Lo ha hecho después de husmear durante mucho tiempo en bibliotecas y hemerotecas, públicas y privadas, y sobre todo, convirtiendo pacientemente sus oídos en recipiendarios de la tradición oral de infinidad de pueblos y rancherías, en especial del sur de Jalisco, tierra en la que ha centrado su atención desde hace ya mucho tiempo.

En este sentido, el libro de Celina Vázquez quita el monopolio “alteño” de todo lo que tuviera que ver con los cristeros, que algunos han pretendido establecer.

Además, tiene el enorme mérito —que muchos han perdido recientemente— de prestar oídos también a quienes saltaron a la palestra para combatir a los cristeros o que, simplemente, no simpatizaron con ellos. También entre los agraristas había legitimidad y gente de buena fe, no debemos olvidarlo. De ello deja las cosas muy claras Celina Vázquez cuando se mete con la otra cara de la moneda.

Charlas e interrogatorios constituyen una parte muy importante del andamiaje de este libro, pero no lo es menos la revisión de novelas, artículos y revistas. Sólo así alcanza la feliz realidad de ofrecernos lo que ella misma denomina una verdadera “hermenéutica de la conciencia histórica” de la Revolución cristera, que culmina con los últimos acontecimientos relacionados con el tema: el sensible incremento del santoral por la vía más rápida posible, y la construcción, que parece haberse emprendido ya, a pesar de las muchas críticas y reticencias, de un gigantesco santuario de “los mártires” cristeros. No podía ser de otra manera, si se piensa que la autora es una persona que, como debe ser, vive su tiempo de la manera más consciente posible.

Tales fenómenos recientes no dejan de constituir una muestra de cómo ha revaluado la Iglesia de hoy a los cristeros, después de haberlos ignorado, como resultado de los famosos Acuerdos que, bajita la mano, tuvieron con el gobierno un puñado de obispos, sin tomar en cuenta para nada a los combatientes. Lo mismo que le sucedió a Hidalgo, a fin de cuentas: la jerarquía eclesiástica ahora ha puesto a los cristeros en un lugar preeminente de su panteón.

No cabe duda de que la lectura cuidadosa de este libro nos ayudará a entender actitudes asumidas hoy, al tiempo que nos hará ver cuán manipulable es la historia y cómo se convierte en sustento de posturas contemporáneas.

Creo que en el fondo se trata de un libro anticlerical, pero, a la manera de los liberales decimonónicos, resulta sumamente respetuoso de las creencias religiosas. Pero la Iglesia, que es, a fin de cuentas, otro ente histórico —con más historia que la mayoría de los entes— también cambia de manera de pensar y de ser; ahora sorprende y a veces ofende, cuando hace públicos planteamientos mundanos que antes solía hacer bajo el agua. En este sentido, hay que reconocerle el mérito a Carlos Salinas de Gortari: ora se discute abiertamente lo que antes se arreglaba en corto, además de que, claro está, sin cortapisa legal alguna; ahora se pueden meter los eclesiásticos en terrenos que, supuestamente, fueron dejados para el César por parte de aquel Jesús que, a veces, los jerarcas parecen olvidar que también era cristiano.

Introducción

El delirio en que estábamos no nos permitía ver la atrocidad del hecho... Pero las luchas civiles, las guerras políticas ofrecen estos desastres, que no pueden apreciarse aisladamente. El pueblo se engrandece o se degrada a los ojos de la Historia según las circunstancias. Antes de empezar, nunca sabe si va a ser pueblo o populacho. De un solo material, la colectividad, movida de una pasión o de una idea, salen heroicidades cuando menos se piensa, o las más viles acciones. Las consecuencias y los tiempos bautizan los hechos haciéndolos infames o sublimes. Rara vez se invoca el cristianismo ni el sentimiento humano... Pues fue un acto de esos que se llaman insensatos cuando salen mal, y heroicos cuando salen bien...

Benito Pérez Galdós1

Durante los primeros tiempos de la era cristiana, los siglos iv y v,

junto a aquellos que dieron su vida por la fe, comenzaron a ser venerados los restos mortales de los ermitaños que, con sus actos de renuncia por amor a Cristo, de algún modo también habían muerto al mundo. Muy pronto este culto se hizo extensivo a todos los cadáveres de los obispos destacados por su caridad, por su sabiduría y por su labor en la difusión del cristianismo. Los cuerpos de los mártires, de los eremitas y de los obispos se convirtieron en reliquias y las tumbas que los contenían se volvieron santuarios de peregrinación, lugares donde se tocaban el cielo y la tierra. Un largo trayecto se había recorrido desde el cristianismo primitivo, que consideraba santo a todo creyente bautizado, hasta esta religión institucionalizada y jerarquizada que comenzaba a rendir culto a una élite de seres excepcionales que vivían en un ciego palaciego, como cortesanos alrededor de la figura imperial de Cristo.2

En su libro La santidad controvertida, Antonio Rubial muestra cómo la mayoría de las religiones ha rendido culto a quienes se distinguen por su virtuosidad y estrecha relación con lo divino; pero en el caso del catolicismo, además, los santos cumplen funciones muy importantes como preservadores de la memoria colectiva, ejemplo de las virtudes que se busca fomentar y, sobre todo, como intermediarios entre Dios y los hombres. De manera que, si ya de por sí las iglesias median esa relación que como parte de la condición humana el hombre establece con la divinidad, en el catolicismo los santos establecen una doble intermediación.

La situación de los primeros siglos del cristianismo parece repetirse al inicio del tercer milenio cuando, en este nuestro país tan necesitado de santos, son llevados a los altares 25 mártires de la guerra cristera, 14 de los cuales pertenecen al estado de Jalisco.

La cultura religiosa en Jalisco, durante las últimas décadas del siglo xx, tuvo como característica fundamental el quiebre de la influencia hegemónica del catolicismo en el nivel de las creencias, mediante la asimilación de tradiciones religiosas no católicas y en muchos casos, no cristianas. En una sociedad que se había caracterizado por ser católica, tradicional y conservadora, la aceptación de nuevas creencias y el crecimiento acelerado de otras iglesias puso en vela a la jerarquía y a sus clérigos, quienes lanzaron, aprovechando su estructura institucional, fuertes campañas de deslegitimación y las atacaron como “extranjerizantes” y hasta diabólicas.

Junto a ello, la incertidumbre del fin de milenio provocó ,en amplios sectores de creyentes y practicantes católicos convencidos, una incesante búsqueda de formas más cercanas de relación con lo divino; búsqueda que tuvo como resultado un gran número de apariciones y revelaciones milagrosas durante la década de los años noventa. Alrededor de una cincuentena de imágenes marianas y de cristos aparecieron en muros, piedras, árboles o cualquier objeto casero, como muestras fehacientes de la manifestación divina al exterior de los espacios eclesiales, y apropiadas por los videntes y sus seguidores; fueron revelados muchos mensajes a mansos y humildes de corazón, a gente sencilla, pobre, y casi en todos los casos, sin educación, en los que se anunciaba la venida definitiva de Cristo, el descontento y la tristeza de María y su Hijo por los pecados que se cometían, y se llamaba a la oración y al arrepentimiento.

Algunas de estas imágenes fueron efímeras, pero otras se han conservado como testimonio de una época y como centros de peregrinación. A través de ellas recordaremos también los recursos que una sociedad emplea cuando, en situaciones de crisis, percibe amenazadas sus creencias.

Este es el contexto en el cual fueron canonizados los que la jerarquía católica consideró como mártires de la guerra cristera. El gran número de jaliscienses señala la relevancia que este acontecimiento tiene en especial para el estado. Con 14 nombres incorporados al santoral, Jalisco tiene ahora más santos que toda América Latina junta. Este es, también, el contexto en el cual se ubica este libro, como resultado de una investigación que duró varios años, en la que se plantearon preguntas e intentaron encontrar respuestas satisfactorias a una etapa todavía oscura de nuestra historia nacional. Lo que está escrito en estas páginas, de ninguna manera pretende ser una explicación definitiva a un episodio que apenas empieza a investigarse; más bien intenta aportar elementos que nos permitan analizar, desde nuevas perspectivas, los hechos y las visiones que en torno a la guerra cristera subyacen en la memoria colectiva y en nuestra conciencia histórica. Con ello se pretende ampliar el círculo de la comprensión, en un esfuerzo que necesariamente debe ser colectivo e interdisciplinario.

Entre los objetivos particulares que pretende cubrir este libro, he tenido presentes los siguientes: primero, recuperar las voces de los testigos y protagonistas de la guerra cristera, acalladas en las versiones de la historia oficial, para mostrarlas como integrantes de la conciencia histórica de la Cristiada, la cual forma parte de nuestra tradición, y por ello de nuestra recepción del pasado en el presente.

El segundo objetivo tiene que ver con la cuestión metodológica: la clasificación de los textos y la selección de herramientas adecuadas. Como “lo que llena nuestra conciencia histórica es siempre una multitud de voces en las que resuena el eco del pasado”, señala Gadamer, hubo necesidad de manejar textos y fuentes orales y escritas, de géneros diversos cuyo análisis requirió de metodologías variadas. El caso de los testimonios y de la historia oral es más complejo y apenas recientemente planteado en la teoría literaria; en lo particular, me incorporé a la discusión de sus problemáticas con colegas testimonialistas de otros países, así como con los miembros de la Asociación Internacional de Historia Oral, para dilucidar las características de este género, las cuales no están todavía muy precisas. En varios capítulos de este libro se aborda la discusión de los diferentes géneros, y se retoman las propuestas de autores recientes, que resultan esclarecedoras.

El tercer objetivo de este libro consiste en avanzar en la comprensión de la conciencia histórica de la Cristiada, con la incorporación de nuevos sentidos donde se expresa abiertamente la subjetividad y se asume como parte fundamental de la comprensión. En un proceso que nos lleva hacia una hermenéutica de la conciencia histórica.3 Quiero subrayar el hacia, ya que este trabajo debe considerarse como parte de un esfuerzo colectivo por comprender cómo quedó asimilado en nuestra conciencia histórica el episodio de la guerra cristera, con nuevos elementos que nos permitan ampliar el círculo de la interpretación. Esto quiere decir que la nuestra no es la hermenéutica de la conciencia histórica, sino una perspectiva particular que aporta nuevos elementos al esfuerzo colectivo de comprensión e interpretación.

Se asume que no es posible una única interpretación objetiva de los textos literarios o históricos. En todo caso, de acuerdo con Gilberto Giménez,4 la cientificidad consiste en hacer al objeto esencialmente discutible. El problema de la interpretación (hermenéutica) ha sido discutido por muchos autores, quienes desde sus diferentes campos de investigación señalan aspectos relevantes. Para unos, como Jensen, la validez de la interpretación “normalmente no puede ser objeto de (des)acuerdo en una comunidad científica o en un foro público. Más bien, la validez de tal interpretación se hace depender de la confianza en la experiencia y sensibilidad del intérprete, en su legitimidad y autoridad, o también de la percepción de que la interpretación es original y estimulante”;5 otros, como Umberto Eco y Gilberto Giménez, aluden a la elección y el uso de un método adecuado para el análisis del texto, como parte fundamental de la validez de la interpretación. A partir de estas disyuntivas, planteadas en el capítulo i de este libro, se pretenden incorporar las reflexiones de este trabajo al marco más general de la perspectiva hermenéutica, al considerar que la lectura e interpretación de los hechos históricos se hace desde contextos temporales y culturales diferentes. En este sentido, las aportaciones de Hans Georg Gadamer, en su obra Verdad y método, fueron fundamentales:

El comprender debe pensarse menos como una acción de la subjetividad que como un desplazarse uno mismo hacia un acontecer de la tradición, en el que el pasado y el presente se hallan en continua mediación. Esto es lo que tiene que hacerse oír en la teoría hermenéutica, demasiado dominada hasta ahora por la idea de un procedimiento, de un método [...] Esto significa entonces que la expectativa cambia y que el texto se recoge en la unidad de una referencia bajo una expectativa de sentido distinta.6

Es, por tanto, la recepción del pasado en el presente colectivo, a través de mi propia comprensión, lo que está planteado en estas páginas. La visión de la conciencia histórica a partir de mi propio horizonte.

En la búsqueda de una teoría unificadora a partir de la cual pudieran ordenarse los diferentes textos y temas tratados en este libro, recurrí a la propuesta de la triple mímesis de Paul Ricoeur en Tiempo y narración. Desde esta perspectiva epistemológica, que pone como centro de su atención —y no como explicación última— al hombre, y donde, además, se integran las aportaciones de diferentes disciplinas y metodologías para aspirar a una interpretación creadora, intenté analizar la conciencia histórica de la Cristiada. Como podrá observarse, estas tres preocupaciones centrales de la hermenéutica se corresponden con los tres niveles de análisis propuestos por este autor:

Mímesis i, corresponde al primer objetivo planteado. En este nivel se describe (y no se deduce) la pre-comprensión del mundo de la acción, sus estructuras inteligibles, sus recursos simbólicos y su carácter temporal; se aborda la descripción fenomenológica del objeto, con el rescate de la subjetividad inmanente y la comprensión del sujeto-objeto en relación de inclusión y pertenencia. A este nivel corresponden la elaboración de entrevistas, la recuperación de los testimonios (su transcripción y selección), la elección de las obras narrativas y los textos que se integraron finalmente al corpus, así como todas las observaciones y elementos de la pre-comprensión que fui elaborando durante los años que duró esta investigación. Es aquí donde la fenomenología, la historia de las mentalidades y la historia y sociología de la cultura, me fueron sumamente esclarecedoras para definir y encontrar las representaciones simbólicas presentes en nuestras visiones del mundo y que son parte de la conciencia histórica.

En el nivel de la Mímesis ii, que se refiere propiamente al análisis de los textos, fue preciso utilizar diferentes metodologías de acuerdo con las características particulares de los textos. El apoyo de la estilística, la semántica o la lingüística referencial fueron fundamentales para el análisis de los textos a partir de sus leyes internas. En este nivel es donde deben ubicarse las observaciones de Umberto Eco y Gilberto Giménez en torno a la cientificidad y la interpretación objetiva de los textos literarios e históricos, que se abordan en el capítulo 1.

Por otra parte, Mímesis iii es el momento culminante de la tarea hermenéutica, el de la interpretación creadora; de la elaboración de una filosofía del sentido del sentido: “no es una interpretación alegorizante que pretenda culminar en una filosofía enmascarada bajo el disfraz imaginativo del mito, sino una filosofía a partir de los símbolos que busca promover; [...] instaurar el sentido por medio de una interpretación creadora: una deducción trascendental del símbolo”.7 Se trata de un esfuerzo de síntesis hacia el cual apunta el presente trabajo.

En los testimonios de los protagonistas de la guerra cristera encontramos aspectos que marcan fuertemente su perspectiva del pasado; entre ellos cabe hacer notar las dificultades de su integración a la vida social, una vez terminado el episodio armado: los que antes fueron héroes llegaron a sus pueblos derrotados y considerados ladrones y asesinos. Este sentimiento de rechazo está presente, además, en la narrativa, y queda expresado con toda su carga subjetiva en el testimonio de José Verduzco Bejarano, incluido en el capítulo 5, así como en la novela La sangre llegó hasta el río, de Luis Sandoval Godoy, la cual se analiza en el capítulo 3. El silencio impuesto, la vergüenza, el sentimiento de derrota, aunados a la fidelidad a la institución eclesial, son rasgos que destacan en la conciencia histórica de la Cristiada, y que se analizan en estas páginas.

Dos ejes vectores articulan los capítulos propuestos: el primero se refiere a los diferentes géneros literarios a través de los que se abordan las experiencias humanas (de la prosa no narrativa tenemos ensayos; y de la narrativa, novelas, cuentos, autobiografías, memorias y testimonios), y el segundo corresponde al análisis propiamente dicho de los documentos seleccionados, de acuerdo a la temática de cada capítulo.

A lo largo de estos años de investigación, la estructura de este libro se fue modificando conforme se avanzaba en la selección y el análisis de los documentos. De tal manera que, si al principio se pretendía abordar exclusivamente el campo de los testimonios, con el tiempo creí indispensable incluir algunos apartados más que nos permitieran ampliar y confrontar las visiones del mundo de los testigos y protagonistas (recogidas en los testimonios), con la visión de la narrativa (cuentos y novelas) y los documentos emitidos por la institución eclesial católica.

De esta manera, se estructuró finalmente en cuatro partes: i. La guerra cristera a través de sus discursos; ii. La narrativa cristera en el occidente de México; iii. Protagonistas y testigos de la guerra cristera, y iv. Memoria cristera de la Iglesia católica.

Ya que tanto la narrativa de temática cristera como los testimonios buscan convencer de una interpretación particular de los hechos, se utiliza el análisis de la metáfora, entendida como discurso persuasivo. Ricoeur señala que para hablar de los elementos voluntarios, el lenguaje directo es suficiente; pero cuando nos referimos a la culpa o queremos descubrir los elementos involuntarios de un discurso, utilizamos un lenguaje simbólico, expresiones no accesibles a primera vista, pero perceptibles a través de los diferentes estratos lingüísticos en que se manifiestan, como las metáforas y las paradojas.

En el caso de los documentos analizados en la tercera parte, puesto que se trata de textos que pretenden convencer de algo mediante la utilización de argumentos cuasi lógicos, el análisis se propone descubrir la estrategia discursiva a través de la cual se quiere imponer una visión particular de los hechos de la Cristiada.

Hay otras voces que se suman, desde diferentes épocas y lugares, a las de los protagonistas y testigos de la guerra cristera: los epígrafes que abren cada capítulo nos permiten enmarcar los hechos de la guerra cristera en una perspectiva geográfica y temporal más amplia: de Benito Pérez Galdós —a quien se puede considerar un historiador de las mentalidades, según Sergio Pitol— quise rescatar su interés por tratar como personajes principales a los fulanos y menganos olvidados por la historia; ellos son quienes se hacen presentes también en los cuentos y los testimonios que forman el corpus de este trabajo. Augusto Roa Bastos nos ejemplifica la universalidad de los fenómenos de religiosidad popular, al crear sus propios símbolos y la transmisión de la tradición en la voz del viejo. Albert Vigoleis Thelen nos habla de los fanatismos religiosos en Europa que, bajo el nombre de Cristo Rey, cometieron todo tipo de abusos; y Eugen Drewermann nos transporta a la época de la Santa Inquisición con el caso de Giordano Bruno. Los epígrafes tomados de los testimonios buscan demostrar, a partir de sus propias voces, las temáticas abordadas en cada capítulo.

Finalmente, una acotación que no puedo pasar por alto, y que se refiere a la utilización de algunos conceptos que permean este libro: nombro “revolución cristera” a un acontecimiento que, en estricto sentido, no modificó las condiciones económicas, políticas o sociales de nuestro país; pero el término “revolución” puede utilizarse entendido como “la acción o efecto de revolver o revolverse”, y éste, a su vez, como “inquietar, enredar, causar disturbios”. Hablo de revolución cristera en el sentido de “revuelta”, y pienso que es el término más referido en el lenguaje popular, inserto en nuestra conciencia histórica. Tal vez esto tenga su explicación en que, en muchos sentidos, la guerra cristera fue para la generación que vivió la época, una continuación de la revolución de 1910-1917.

Asimismo, el término “Cristiada” se ha generalizado con la difusión de la obra de Meyer, aunque vale la pena reflexionar acerca de su origen, ya que aparece en varios testimonios de personas que vivieron la guerra, y que con toda seguridad no conocieron la obra de este investigador francés. Este término también ha sido cuestionado recientemente por algunos académicos. Moisés González Navarro y Francisco Barbosa hablan adecuadamente de “rebelión cristera”, en tanto que para Alicia Puente se trata de un movimiento popular; pero esto es parte de otro debate entre académicos, que por el momento dejo pendiente.

Notas

1 Benito Pérez Galdós, Ángel Guerra, pról. de Emilia Pardo Bazán, México, Porrúa, “Sepan Cuántos”, 1985, pp. 12-15.

2 Antonio Rubial García, La santidad controvertida, México, unam/fce, 1999, p. 21.

3 Éste es el nombre a uno de los capítulos finales de la obra monumental de Paul Ricoeur, Tiempo y narración, 3 vols., México, Siglo xxi, 1995, 1996.

4 Gilberto Giménez (comp.), “Introducción”, en La teoría y el análisis de la cultura, Guadalajara, sep/Comecso/Universidad de Guadalajara, 1988.

5 Klaus B. Jensen, Humanistic Scholarship as Qualitative Science: Contributions to Mass Communication Research, Nueva York, Routledge, 1991.

6 Hans Georg Gadamer, Verdad y método, vol. i, Salamanca, Sígueme, 5a ed., 1993, pp. 360-361.

7 Paul Ricoeur, “Mímesis iii”, en Paul Ricoeur, Tiempo y narración, vol. i, Configuración del tiempo en el relato histórico, op. cit., cap. iii.


I. La guerra cristera a través de sus discursos

CAPÍTULO 1.
El lenguaje como medio de la experiencia hermenéutica

Lo que llena nuestra conciencia histórica es siempre una multitud de voces en las que resuena el eco del pasado. Sólo en la multitud de tales voces el pasado es presente: esto constituye la esencia de la tradición de la que formamos ya parte y en la que queremos tomar parte. En la propia historia moderna, la investigación no es sólo búsqueda, sino también transmisión de tradición.

Hans Georg Gadamer1

¿Por qué la revolución cristera?

Los grandes testimonios son aquellos en que la vida es intersectada por las convulsiones de la historia.

Georg Lukács2

Más de un siglo de la historia de nuestro país estuvo marcado por las difíciles relaciones entre la Iglesia católica y el Estado. De este periodo, los años más álgidos fueron sin duda los de 1926-1929. La guerra cristera, como todo conflicto, tuvo un periodo de gestación y otro de conclusión que rebasa con mucho los años del movimiento armado.

Este conflicto, que involucró a las dos instituciones más importantes, la Iglesia católica y el Estado, tuvo su origen durante la segunda mitad del siglo xix, cuando el gobierno del presidente Benito Juárez promulgó las Leyes de Reforma para institucionalizar la separación de poderes y fortalecer al Estado mexicano. El proceso legislativo de la reforma liberal tenía como metas:

1 La desamortización de la propiedad corporativa, especialmente la eclesiástica, con el fin de poner en circulación recursos que no eran debidamente explotados.

2 Nacionalizar los bienes eclesiásticos para desarticular el poderío económico y político del clero.

3 Separar al Estado de la Iglesia.

4 Ejercer el dominio estatal sobre la población mediante su registro, y

5 Suprimir los fueros eclesiásticos y militares.3

La primera respuesta de las corporaciones religiosas fue manifestarse en contra de estas medidas —sobre todo las relativas a la venta de sus propiedades y a la amortización de sus capitales, por considerar que afectaban el patrimonio de la Iglesia—, pero hubo otro aspecto alrededor del cual movilizaron a los fieles católicos: el establecimiento de la libertad de cultos, estipulado en el artículo 15 en la Constitución del 5 de febrero de 1857.

La inconformidad del clero mexicano fue avalada por las declaraciones del papa Pío ix en contra de la legislación reformista y el proyecto de constitución mexicana, lo que propició que algunos obispos decretaran ilícitos “que los católicos juraran obediencia a la Constitución, indicando que quienes lo hicieran no podían recibir los sacramentos si antes no se retractaban públicamente”.4

Aunque la batalla parecía perdida para la Iglesia católica, durante el régimen porfirista se establecieron relaciones cordiales y la aplicación de la ley se mantuvo en suspenso. Fue en este contexto, durante las primeras décadas del siglo xx, cuando la Iglesia católica promovió la organización de la sociedad civil como parte de su apostolado, con la infraestructura y los postulados de la encíclica Rerum Novarum. A través de estas organizaciones parroquiales y gremiales se formaron destacados cuadros dirigentes quienes, llegado el momento en 1926, condujeron el levantamiento armado del pueblo.

Para la generación que vivió esta época de cambios profundos, era impensable abstenerse. Participar en la Cristiada significó ser partícipe de los grandes acontecimientos que han marcado nuestra historia nacional; fueron arrastrados por las aguas caudalosas del río revuelto en que estaba convertida nuestra nación. Fue, para los jóvenes de ese tiempo —porque así se manejó en el discurso del Episcopado mexicano—, un acto de conciencia. La defensa de la fe y de la libertad de culto, que desde su perspectiva se veía amenazada por el gobierno de Calles, era considerada una misión a la cual se estaba predestinado. Por eso tomaron las armas y por eso, en algunas regiones, sobre todo las más conservadoras, se estuvo de acuerdo con los arreglos entre las cúpulas a pesar de no haber tenido claro en qué consistían.

La guerra cristera fue una lucha desigual y fratricida que alcanzó a cubrir tres cuartas partes del territorio nacional, con 50 mil creyentes levantados en armas, además del apoyo logístico que se les brindaba en ciudades y pueblos. La resolución formal del conflicto se dio, como ya es conocido, con los arreglos entre el gobierno de Emilio Portes Gil y, por parte del Episcopado mexicano, el obispo Pascual Díaz y el arzobispo Ruiz y Flores en junio de 1929, a espaldas de los insurrectos. Esto significó, para muchos combatientes cristeros convencidos, una traición; la mayoría entregó las armas obedeciendo las órdenes de la jerarquía católica, y otros, los menos, continuaron en la lucha. Quienes permanecieron, aun sin el respaldo institucional, estaban todavía convencidos de sus posibilidades de triunfo; nuevos grupos se les unieron, más que por abanderar la causa, por vengar agravios o por obtener beneficios personales. A esta nueva etapa de la lucha se le conoce comúnmente como la segunda Cristiada, y se desarrolló durante los años 1932-1938.

Aunque durante las décadas siguientes la lucha armada había dejado de ser una opción, las diferencias entre ambas instituciones no se habían resuelto y las asperezas en su relación continuaron latentes. Ambas, Iglesia y Estado, mantuvieron un profundo silencio con respecto al conflicto y, por supuesto, tampoco contemplaron hacer un balance sensato de su actuación en el periodo. Tal vez con ello se pretendía borrar de la memoria colectiva este episodio vergonzoso y, así, además, exculparse de su responsabilidad frente a la historia.

Para la Iglesia, si bien los cultos habían sido nuevamente abiertos a raíz de los acuerdos pactados en 1929 —en tanto que el Estado se desentendía de aplicar la legislación que había causado tanto conflicto—, existía un nuevo problema al cual volcó sus energías, y denunció lo que consideraba un atentado a los preceptos y la moral católicos: la educación socialista. En los boletines parroquiales de las décadas de los años treinta y cuarenta, hay críticas exacerbadas con respecto a la educación que imparte el Estado a través de las escuelas oficiales, a la cual consideran ateizante y de ideas comunistas.5

Un ejemplo significativo es el siguiente poema titulado Del ateneo jalisciense:

En la Normal del Estado / hace poco se efectuó

un estupendo certamen / del que te hablaré, lector.

De Sociología fue el tema; / mas reconozco mi error:

es alta Suciología / lo que allí se enseña hoy.

Da esta clase un individuo / que sostiene con tesón

que descendemos del mono, / (Te sientes cola, lector?).

Si sólo de él lo afirmara / yo le daría la razón,

pues sus facciones recuerdan / a su ilustre antecesor.

Te proporciono estos datos / porque formes opinión

del intelecto y figura / del flamante profesor.

“Entre el hombre y la mujer / ¿cuál es conveniente unión?”

fue el tema, ¡De rechupete! / ¡para muchachas, ad hoc!

Tres trabajos se premiaron, / que un boletín publicó,

con la efigie, de las dueñas / para darles más honor.

Demostraron las premiadas, / en maleja redacción,

que resultan estorbosos / la vergüenza y el pudor.

Y más una tal Luisita / que el primer premio alcanzó,

derrochando desvergüenza / y alardeando de impudor.

Lástima que esos primores, / en total, no pueda yo

transcribirte: me abochorno / como anticuado que soy.

Pero allí te van algunos: / (de muestra basta un botón)

Es de parecer la niña / que el matrimonio, son dos

prostituciones que se unen. / (¡Para sus padres, qué flor!)

y prosigue la sucióloga, / con gala de erudición:

El hijo de la soltera / es el hijo del amor…

Los demás? de compromiso! / Y de ésos somos tú y yo!

Después de esto, ¿qué le queda? / proclamar el libre amor

¡Cuidado con la muchacha / femenino Salomón!

Ni una salvaje del Congo / lo hubiera hecho mejor!

Ya te imagino pensando / que en el Liceo no quedó

para remedio una alumna./ ¡Qué anticuado eres, lector!

¿son las chicas siglo veinte? / ¡pues las madres veintidós!

De tener hijas suciólogas / ¿cómo perder la ocasión?

Se reducen sus afanes / a que saquen el tostón.

¡Si les pesa mantenerlas / y a muchas quieras que no

se las entregan atadas /al simiesco profesor.

¡¡Qué brutas!! Encantadazas, / cuando llegue la ocasión,

coserán las camisitas / para el nieto del amor!

En algunos testimonios, que presentamos en el capítulo 4 de este libro, se menciona cómo los párrocos de los pueblos amenazaban con excomulgar a quienes mandaran a sus hijos a estudiar en las escuelas de gobierno; el conflicto, por tanto, seguía latente a través de otras instancias.

Fue hasta 1988, con el acercamiento salinista con el Vaticano, cuando las relaciones diplomáticas entre ambos Estados toman un nuevo giro que pretende subsanar sus diferencias. La reforma al artículo 130 constitucional, que otorga personalidad jurídica a la Iglesia (reforma que fue pensada en relación con la Iglesia católica y que necesariamente hubo de ampliarse a las demás denominaciones), marcó el inicio de una nueva etapa. A muchos sorprendió la presencia de los altos prelados católicos en la toma de posesión de Carlos Salinas de Gortari como presidente de los Estados Unidos Mexicanos en 1988, pero esta invitación era el anuncio de los cambios que el nuevo régimen intentaba y que culminó con la reforma citada en 1992. En este nuevo contexto, la jerarquía de la Iglesia católica inició el proceso de beatificación de los mártires de la guerra cristera, que culminó en el Gran Jubileo del año 2000, en el mes de mayo siguiente.

Estos procesos de canonización, se pueden interpretar como una respuesta de la jerarquía católica a un problema no resuelto; que sigue estando presente en la conciencia histórica con muchas implicaciones que causan confusión, crisis de conciencia, dificultades en la integración de la identidad cultural, falta de credibilidad en la institución y la búsqueda cada vez mayor de nuevas opciones religiosas. Podemos preguntarnos hasta qué punto la secularización de la sociedad y el notorio crecimiento y desarrollo de ofertas religiosas no católicas en el centro occidente de México son producto del desaliento provocado por la decisión de la jerarquía católica, primero de involucrar a sus fieles en una guerra por la defensa de la institución —expresada en el contexto como defensa de la fe— y posteriormente de aceptar los arreglos sin consultar a los grupos levantados en armas.

¿Cómo influyó esta decisión en el juicio de los fieles católicos? Para responder a esta pregunta, consideré indispensable recuperar de viva voz los testimonios de esa generación que estaba extinguiéndose; había que conservar las narraciones de sus experiencias, perpetuándolas a través de la escritura, porque era el medio al cual tenía acceso, y posibilitaría compartir estas vivencias con un público lector amplio. Pensaba, como Halbwachs, que

Cuando la memoria de una serie de acontecimientos ya no tiene por soporte a un grupo —el grupo que estuvo implicado en ellos o que haya padecido sus consecuencias, o bien el grupo que haya asistido a dichos acontecimientos o que haya recibido un relato vivo de los mismos de parte de los principales actores y espectadores— cuando esta memoria es dispersa en los espíritus de algunos individuos perdidos en nuevas sociedades a las que estos hechos ya no interesan porque les resultan decididamente exteriores, entonces el único medio de salvar tales recuerdos es fijarlos por escrito en un relato continuado, ya que, mientras las palabras y los pensamientos mueren, los escritos permanecen.6

Testigos y protagonistas, ex combatientes del ejército federal o del ejército de Cristo Rey, reflexionaron con el paso de los años sobre el papel que jugaron y el significado de su lucha; asimilaron sus experiencias en su particular visión del mundo, que al transmitirla se incorporó como parte constitutiva de nuestra conciencia histórica.

Análisis de la guerra cristera

Para analizar cómo quedó grabada la guerra cristera en nuestra memoria colectiva, debemos basarnos en los estudios anteriores, con el fin de ampliar en campo de la comprensión. Este es el camino que puede observarse en las publicaciones que abordaron el conflicto cristero. Al respecto, hay que destacar que las aparecidas durante las décadas inmediatas posteriores, estuvieron marcadas por un apoyo casi incondicional a un bando y a la descalificación del otro. Estas primeras obras podemos agruparlas en dos campos: las memorias —que por su carácter son una importante fuente de información— y las biografías de líderes cristeros. Entre las memorias destacan, por la información que contienen, la amenidad de los relatos y la ubicación privilegiada de los autores en el conflicto, las siguientes: Los cristeros del volcán de Colima, de Enrique de Jesús Ochoa (publicada en Italia en 1933 y en México hasta 1942, bajo el seudónimo de Spectator); Las Memorias, de Jesús Degollado Guízar, jefe de la División del Sur de Jalisco y general en jefe de la Guardia Nacional Cristera a la muerte de Gorostieta (publicado en México en 1957); Por dios y por la patria. Memorias de mi participación en la defensa de la libertad de conciencia y culto durante la persecución religiosa en México de 1926 a 1929, de Heriberto Navarrete (publicada en México en 1961; este mismo autor publicó en 1968 Los cristeros eran así…, en la que abordaba aspectos de la vida cotidiana en los campamentos); José Gutiérrez y Gutiérrez, quien fuera general de la División Sur de Jalisco, escribió sus memorias en Recuerdos de la gesta cristera (publicada en tres volúmenes en Guadalajara, de 1972 a 1976); de Víctor López Díaz se publicó, en 1970, Memorias. El escuadrón de Jalpa de Cánovas y el regimiento cristero de San Julián; recientemente se publicó una de las memorias más logradas, que narra la visión de los hechos de la guerra cristera en San Julián en la voz de Josefina Arellano, viuda de Refugio Huerta, dirigente cristero en los Altos de Jalisco. El título es ¡Viva Cristo Rey! Narración histórica de la revolución cristera en el pueblo de San Julián, Jalisco (publicado en 2003, en edición de autor).

A esta lista de memorias cristeras sólo se añade una, desde la perspectiva contraria: se trata de La Iglesia católica y la rebelión cristera en México, escrita por Cristóbal Rodríguez y publicada en dos partes: 1966 y 1967; este autor, quien estuvo vinculado con el general Joaquín Amaro, presenta a los cristeros como víctimas de la jerarquía católica.

Otra serie de textos comprende las biografías de los protagonistas del conflicto. Entre ellas, son importantes, las de María Sodi de Pallares, Los cristeros y José León Toral (publicada en México en 1936); de Antonio Gómez Robledo, Anacleto González Flores. El maestro (publicada en 1947); de Vicente Camberos Vizcaíno, la biografía Miguel Gómez Loza (publicada en dos volúmenes en México, en 1953); Alfonso Trueba, bajo el seudónimo de Martín Chowell, presenta la biografía de Luis Navarro Origel. El primer cristero (publicada en 1959).

Existen otras obras enfocadas desde la perspectiva del martirio. El sacerdote José Dolores Pérez, de León, Guanajuato, presenta una lista de los eclesiásticos mártires en La persecución religiosa de Calles en León (1942). La misma óptica tiene Capítulos sueltos o apuntes sobre la persecución religiosa en Aguascalientes, del sacerdote Felipe Morones (publicado en Aguascalientes en 1955); de Joaquín Cardoso, El martirologio católico de nuestros días; los mártires mexicanos (México, 1958); asimismo, del sacerdote Nicolás Valdés, México sangra por Cristo Rey (editado en Lagos de Moreno en 1964), con datos sobre cuatro mil cristeros caídos en combate; así como Apuntes para la historia de la persecución religiosa en Durango, de José Ignacio Gallegos (México, 1965).

Pionera en el estudio de este tema desde la perspectiva histórica, Alicia Olivera Sedano (quien publicó Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929. Sus antecedentes y consecuencias) señala que, entre las dificultades para realizar su trabajo durante la década de los años sesenta, se contaban la falta de información, ya que no estaba permitido consultar los documentos referentes a la guerra cristera en el Archivo General de la Nación; la Iglesia católica tampoco permitía la consulta de sus documentos; los militares que habían participado tampoco estaban dispuestos a conceder entrevistas, y los jefes de gobierno quienes, antes que aportar alguna información, terminaban entrevistando.7 Tal vez era necesario que alguien ajeno a nuestras raíces se planteara con toda seriedad abordar esta investigación, como hizo Jean Meyer: “debo decir que este trabajo no hubiera sido posible sin la colaboración de los antiguos cristeros, varios centenares de mexicanos que se dignaron confiar en el extranjero (por la edad y el origen social más que por la nacionalidad) que vino a importunarlos entre 1965 y 1969”.8

Esta investigación de Jean Meyer, posterior a la de Alicia Olivera, se ha convertido en consulta obligada para los interesados en el tema. Fue publicada en tres tomos, en 1973, bajo el título de La cristiada.9 Entre las fuentes que consultó Meyer se encuentran los archivos públicos de México, Estados Unidos y Francia, archivos particulares de protagonistas, archivos parroquiales, narrativa, artículos y ediciones periódicas. A ello añade una importante serie de entrevistas con los protagonistas del conflicto: 400 a cristeros y 200 a agraristas. En este mar de fuentes, se nota la ausencia de material recabado entre militares federales que participaron en el conflicto.

También importante es La Iglesia y el Gobierno Civil, de Francisco Barbosa Guzmán, la cual forma parte de una obra amplia titulada Jalisco desde la Revolución.q Barbosa consultó con minuciosidad los archivos del Arzobispado de Guadalajara, Congreso del Estado de Jalisco, Histórico de Jalisco, General de la Nación, la sección Fondos Especiales de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, los archivos y bibliotecas inah-sep, además de casi 150 obras relativas al periodo.

Estos estudios históricos están en la base de nuestra hermenéutica de la conciencia histórica, y nos permiten contextualizar las escenas narradas en los testimonios, así como ubicar en el tiempo y espacio las declaraciones, los relatos y documentos que constituyen el material de nuestro análisis.

La memoria de la guerra cristera a través de sus discursos

Muchos años de silencio separan esta investigación de la época del conflicto cristero. A través del silencio, se pretendía borrar de la memoria colectiva un acontecimiento vergonzoso que cobró miles de vidas, las cuales fueron entregadas sin condiciones a la defensa de la fe y la libertad religiosa, concretizada en la defensa de la institución eclesial católica. ¿Por qué entonces volver a tratar el tema?

Hay que luchar contra la tendencia a no considerar el pasado más que bajo el punto de vista de lo acabado, de lo inmutable, de lo caducado. Hay que reabrir el pasado, reavivar en él las potencialidades incumplidas, prohibidas, incluso destrozadas. En una palabra, frente al adagio que quiere que el futuro sea abierto y contingente en todos sus aspectos y el pasado cerrado y unívocamente necesario, hay que conseguir que nuestras esperas sean más determinadas, y nuestra experiencia más indeterminada. Éstas son las dos caras de una misma tarea: sólo esperas determinadas pueden tener sobre el pasado el efecto retroactivo de revelarlo como tradición viva. Es así como nuestra meditación crítica sobre el futuro exige el complemento de una meditación análoga sobre el pasado.w

El concepto de horizonte (el ámbito de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde un determinado punto) ha sido fundamental para la teoría hermenéutica, es decir, la interpretación. Gadamer retoma de la fenomenología de Husserl la idea de que “todo lo que está dado como ente, está dado como mundo, y lleva consigo el horizonte del mundo”e y que por tanto toda intencionalidad está inmersa en la continuidad básica del todo, y lo aplica a la conciencia pensante para hablar de la estrechez del horizonte, de la posibilidad de ampliar el horizonte, de la apertura del horizonte, etc. Entre nuestras interpretaciones orientadas hacia el pasado, y nuestras expectativas dirigidas hacia el futuro, Reinhart Kosellek propone su concepto de Erfharung, que comprende el espacio de experiencia (el pasado adquirido en nuestra experiencia y convertido en hábitus) y el horizonte de espera (la espera en relación con el futuro, inscrita en el presente), y concluye que ni el pasado ni el futuro están cerrados, como suponemos. De aquí que la memoria colectiva comprenda diferentes versiones sobre un mismo acontecimiento histórico (no hablamos de varias memorias históricas, asumiendo las críticas de Roger Chartier a los historiadores de las mentalidades),r y que las expectativas hacia el futuro sean también diferentes.

Las premisas que subyacen y orientan este trabajo están enunciadas en la propuesta de Paul Ricoeur para elaborar una hermenéutica de la conciencia histórica, a través de la cual se intenta concebir la historia como historia por hacer, como un proyecto de la historia. El énfasis está en observar las continuidades —más que las rupturas—, es decir, en la asimilación de nuestro pasado en el presente. El pasado debe ser considerado, entonces, como la continuidad de la memoria colectiva hasta el presente, a través de la cual proyectamos nuestro futuro. Sólo a través de este acercamiento será posible comprender nuestra identidad cultural y nuestras visiones del mundo, concretizadas en las prácticas de vida cotidiana, valores y tradiciones. Es necesario, señala este autor, “tomar el problema por el otro extremo, y explorar la idea de que estas perspectivas rotas pueden encontrar una especie de unidad plural, si las reunimos bajo la idea de una recepción del pasado, llevada hasta la de un ser marcado por el pasado. Pero esta idea sólo toma fuerza y sentido opuesta a la de hacer la historia. Pues ser marcado es también una categoría del hacer”.t

¿Qué aprendimos de la guerra cristera las generaciones posteriores? La historia oficial, que se nos enseñó a través de los libros de texto gratuitos, excluyó deliberadamente este tema; en tanto que la Iglesia católica, a través de sus boletines parroquiales, se dedicó a atacar la enseñanza socialista con el mismo ardor con que anteriormente combatió a Calles. Lo que aprendimos de acerca de este episodio fue, principalmente, lo que nuestros abuelos, padres y tíos nos narraban en las tertulias familiares como acontecimientos milagrosos, mezclados con historias de aparecidos y tesoros enterrados. En este ambiente católico, las versiones sobre la Cristiada se presentaban envueltas en un discurso donde los hechos de los cristeros se magnificaban y aparecían como milagros. Se les comparaba con los primeros cristianos perseguidos por el Imperio romano y sacrificados en los coliseos, escondidos en las catacumbas, que entregaban su vida en defensa de la religión. El enemigo principal de la Iglesia —y por consiguiente del pueblo católico— era Plutarco Elías Calles, el diablo; y todo lo que tuviera relación con las instituciones del Estado, quedaba asociado a esta figura maligna. Indiscutiblemente, la causa de la guerra fue que “Calles mandó cerrar los templos porque quería acabar a la Iglesia católica”. A esta visión se añadía, en la conciencia católica del conflicto, una versión triunfalista de la guerra gracias a un milagro; el respaldo y simpatía del pueblo a la causa cristera y el abastecimiento de sus tropas gracias al apoyo popular. El enemigo, el ejército, se percibía como algo ajeno a la comunidad católica: de fuera, gobiernistas, y se les calificaba de ateos y comunistas.

Detalles más, detalles menos, eso es lo que quedó grabado de la Cristiada en la conciencia histórica de la comunidad católica; lo que nos fue transmitido en el ámbito de los colegios religiosos, las parroquias, familias creyentes y practicantes del occidente de México. Éste es, además, el objeto de la presente investigación: tratar de analizar las visiones de la guerra cristera que se conservaron en la memoria colectiva y forman parte de la conciencia histórica. Para decirlo en términos de Fossaert: “se trata de comprender lo que los pueblos pueden decir de sí mismos conforme sus sociedades se transforman”.y ¿Qué se conservó acerca de la guerra cristera en la memoria colectiva de la generación que vivió la época? ¿Cómo se transmitió de una generación a otra la experiencia de la guerra, a pesar del silencio impuesto y la falta de una reflexión crítica por parte de las instituciones involucradas? ¿Cómo se asimila en la conciencia histórica, en nuestra reflexión sobre el pasado, desde la perspectiva del presente?

Toda comprensión es una interpretación

Nuestra conciencia histórica tiene por objeto explorar los campos a través de los que se ha ido conformando nuestra identidad colectiva. Parte fundamental en la reelaboración de la historia de la Cristiada, ha sido la recuperación de los testimonios de protagonistas y testigos; de los olvidados por la historia oficial, pero cuyas experiencias hechas relatos impregnan nuestras visiones del mundo, nuestros sistemas de creencias y valores, así como nuestras maneras de actuar y afrontar la realidad cotidiana.

A través de la transmisión, casi siempre oral, de sus historias vividas, esta generación que fue silenciada durante décadas nos ofrece en sus testimonios sus explicaciones de la guerra cristera; las circunstancias que la originaron, el contexto en que se desarrolló, sus angustias, temores y esperanzas. En muchos casos, se desmitifica la historia oficial, sus héroes y mártires, y se destaca el papel de los propios héroes y mártires, a quienes la religiosidad popular canonizó espontáneamente, y quienes, en respuesta, les conceden milagros.

La interpretación de la conciencia histórica se realiza necesariamente mediante un proceso de comunicación, a través del cual los interlocutores abordan el problema y establecen un consenso. Para Gadamer, el medio no sólo más adecuado sino universal de la experiencia hermenéutica es el lenguaje: “El lenguaje es el medio universal en el que se realiza la comprensión misma. La forma de realización de la comprensión es la interpretación”.u La hermenéutica, entendida como el intento de dominar la comprensión por el arte, se realiza a través de un proceso lingüístico. Es en la comprensión donde se realiza la experiencia de sentido a través del lenguaje:

Todo comprender es interpretar, y toda interpretación se desarrolla en el medio de un lenguaje que pretende dejar hablar al objeto y es al mismo tiempo el lenguaje propio de su intérprete. Con esto el fenómeno hermenéutico se muestra como un caso especial de la relación general entre pensar y hablar, cuya enigmática intimidad motiva la ocultación del lenguaje en el pensamiento. Igual que la conversación, la interpretación es un círculo encerrado en la dialéctica de la pregunta y respuesta. Es una verdadera relación vital histórica, que se realiza en el medio del lenguaje y que también en el caso de la interpretación de textos podemos llamar conversación. La lingüisticidad de la comprensión es la concreción de la conciencia de la historia efectual.i

Para Gadamer, el lenguaje mantiene su universalidad, ya que todos nuestros sentimientos, impresiones y experiencias se expresan a través de él; además, como toda crítica —que nos lleva más allá del esquematismo de nuestras frases—, adquiere la forma lingüística; el lenguaje se mantiene a la altura de la razón: “La conciencia hermenéutica se limita aquí a participar en lo que hace la relación general de lenguaje y razón […] El lenguaje es el lenguaje de la razón misma”.o

Al partir de la idea de Gadamer, de que toda comprensión es una interpretación, en la nuestra seguramente está presente la propia carga intelectual, afectiva y valorativa:

La conciencia histórica se malentiende a sí misma cuando para comprender pretende desconectar lo único que hace posible la comprensión. Pensar históricamente quiere decir en realidad realizar la transformación que les acontece a los conceptos del pasado cuando intentamos pensar en ellos. Pensar históricamente entraña en consecuencia siempre una mediación entre dichos conceptos y el propio pensar. Querer evitar los propios conceptos en la interpretación no sólo es imposible sino que es un absurdo evidente. Interpretar significa justamente aportar los propios conceptos con el fin de que la comprensión del texto se haga realmente lenguaje para nosotros.p

La conciencia histórica está presente también en la selección misma de los textos escritos y la recuperación de los testimonios, donde, además de mi propia carga afectiva e intelectual, se suma la de los entrevistados. Esto es inevitable porque, desde la perspectiva hermenéutica (de acuerdo con Husserl), somos “ser en el mundo”, sujetos con intuición frente a un complejo campo de significados.

Pero, ¿cómo penetrar en la conciencia histórica de la Cristiada si mi propia interpretación parte de sentidos interpretados? Esa es precisamente la tarea hermenéutica, en la medida en que pretende constituirse en una filosofía sobre el sentido del sentido: leo e interpreto los elementos que permanecen en la conciencia histórica de testigos y protagonistas, narradores y la jerarquía católica, acerca del hecho cristero, para integrarlos y analizarlos como elementos constitutivos de la conciencia histórica del occidente mexicano en el tercer milenio; luego, entonces, mi interpretación es una lectura de hechos previamente interpretados.

Esta multiplicidad de interpretaciones posibles, y su relatividad, sólo complejizan el problema de la objetividad de la interpretación de los textos. ¿Qué se puede decir al respecto? A la lectura de la guerra cristera que hicieron los testigos y protagonistas, los autores de cuentos y novelas y el Episcopado mexicano y su Comisión para las causas de beatificación de los mártires de la guerra cristera, se sumaría mi propia lectura de los hechos a través de los textos seleccionados, testimonios recogidos y documentos emitidos. Una interpretación de otras interpretaciones. ¿Cuál es, entonces, la especificidad de mi lectura? Interpretar significa para mí —parodiando a Gadamer— aportar mis propios conceptos con el fin de que la conciencia histórica de la guerra cristera se haga discutible y cada vez más comprensible.

Esto nos lleva a reconocer que no hay una única interpretación “objetiva” de los textos literarios o históricos. La situación se complejiza en el caso de los testimonios —textos mediatizados— que se analizan en los capítulos v y vi. Desde la perspectiva hermenéutica, tanto en Gadamer como en Ricoeur, se reconocen dos limitantes: en primer lugar, la renuncia al saber absoluto, a la identificación del fundamento trascendental y a la justificación última de toda ciencia; en segundo, que en la hermenéutica la subjetividad no tiene la pretensión de ser el fundamento último, ya que la comprensión de sí coincide con la interpretación que se haga de los elementos mediadores (signos, símbolos y texto). En resumen, en la propuesta de Ricoeur, la interpretación está sujeta a una triple contingencia: la de los símbolos y los textos escogidos —que son parte de una cultura, no tienen significado unívoco, y la individualidad del intérprete.

Si cada lector puede dar a los textos la interpretación que quiera, ¿cuáles son entonces los límites de la interpretación? Desde una visión pesimista, en cuanto a las posibilidades de objetivar la interpretación, Jensen parece asumir la postura extrema de la relatividad cuando señala que la interpretación “normalmente no puede ser objeto de (des)acuerdo en una comunidad científica o en un foro público. Más bien, la validez de tal interpretación se hace depender de la confianza en la experiencia y sensibilidad del intérprete, en su legitimidad y autoridad, o también de la percepción de que la interpretación es original y estimulante”.a Además de esta postura basada en la confianza y autoridad moral del intérprete, otros autores abordan el problema y aportan elementos desde sus respectivas disciplinas.

Umberto Eco, quien distingue entre “interpretación” y “uso” de los textos, señala que “El texto es un artificio cuya finalidad es la construcción de su propio lector modelo”; además, un texto debe tomarse como parámetro de las propias interpretaciones (aunque cada nueva interpretación enriquezca nuestra comprensión de ese texto, o sea, aunque cada texto sea siempre la suma de la propia manifestación lineal y de las interpretaciones que de él se han dado). Pero, para tomar un texto como parámetro de las propias interpretaciones, debemos admitir —al menos por un instante— que existe un lenguaje crítico que actúa como metalenguaje y permite la comparación entre el texto, con toda su historia, y la nueva interpretación.s La objetividad de la interpretación, para Eco, está en la semiosis; en la comprensión del texto dentro de su contexto y su recepción histórica, y la comparación que se establezca desde una nueva interpretación basada en el uso de un lenguaje crítico o metalenguaje.

En ello parece coincidir Gilberto Giménez, cuando establece la prioridad del método para la objetivación de la interpretación; así, la interpretación se vuelve objeto de discusión. Para Giménez, la cientificidad consiste en hacer al objeto esencialmente discutible, y esto se logra sólo si la interpretación está basada en la utilización adecuada de un método.d

Como propuesta epistemológica, la hermenéutica pretende ir más allá: recuperar y describir las diferentes posibles interpretaciones; apropiarse de las diversas metodologías para el análisis interpretativo, y hacer uso de ellas para obtener un conocimiento profundo del texto; comparar las diversas interpretaciones y llegar al momento hermenéutico, planteando una interpretación creadora. La hermenéutica se propone como perspectiva epistemológica y no como metodología particular para el análisis de textos históricos y literarios; perspectiva desde la cual puede accederse al conocimiento científico a través de las diferentes disciplinas, con el hombre como centro de su atención —no como explicación última.

Los niveles del análisis

La teoría de la interpretación de Paul Ricoeur, con estas características, se ofrece como alternativa para el análisis de los textos que componen el objeto de este libro. Sugiere un método de análisis con tres grandes momentos importantes y que denomina la triple mímesis: descripción fenomenológica, participación en la dinámica del simbolismo e interpretación creadora; el autor explica su propuesta alrededor de su concepción relacional del tiempo y la narración: “entre la actividad de narrar una historia y el carácter temporal de la existencia humana existe una correlación que no es puramente accidental, sino que presenta la forma de necesidad transcultural. Con otras palabras, el tiempo se hace tiempo humano en la medida en que se articula en un modo narrativo, y la narración alcanza su plena significación cuando se convierte en una condición de la existencia temporal”.f Se trata de una epistemología con fundamento ontológico que basa toda comprensión de sí en la mediación del análisis de los signos, símbolos y textos en general, y hace depender la comprensión del ser de la interpretación hermenéutica. La identidad simbólica es la identidad del yo a partir de la interpretación de los símbolos. En la hermenéutica de Ricoeur, en Tiempo y narración, la identidad del yo se constituye como una identidad narrativa o narrada.

Descripción fenomenológica del simbolismo. Mímesis I

La hermenéutica recupera la preocupación de la fenomenología por rescatar la subjetividad inmanente (Husserl) y la comprensión del sujeto-objeto en relación de inclusión y pertenencia (Heidegger). Pero, la hermenéutica no pretende constituir a la subjetividad en fundamento último. La comprensión de sí (Mímesis iii) coincide con la interpretación de los elementos que la hacen posible: signos, símbolos y textos. Aquí pueden integrarse aquellas propuestas que analizan las mediaciones simbólicas de la acción, así como las de la antropología cultural (Clifford Geertz) que señalan el carácter estructurado del mundo simbólico.

Para Ricoeur, en el campo de nuestra experiencia temporal, la composición de la trama se enraíza en la pre-comprensión del mundo de la acción: de sus estructuras inteligibles, recursos simbólicos y su carácter temporal. Son rasgos que (estructurales, simbólicos y temporales), más que deducirse, se describen.g Es aquí donde las aportaciones de la fenomenología (su interés por rescatar el sentido subjetivo) y de la historia cultural resultan de gran valor. En este nivel de interpretación, es fundamental rescatar y considerar la percepción que del pasado se tiene en la conciencia histórica: la memoria colectiva aparece aquí como el fundamento de la conciencia histórica.

Al concebir a la memoria como fundamento de la identidad cultural,h partimos de la premisa de que la elaboración de las representaciones simbólicas de los habitantes de una región tiene que ver directamente con el pasado histórico y con el reciente, con la manera como se integran en nuevos contextos económicos y políticos; con la modificación, permanencia o readecuación de sus manifestaciones culturales que reflejan su muy particular visión del mundo.j

Jacques Le Goff define la memoria como la “capacidad de conservar determinadas informaciones”, que, por tanto, “remite a un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las cuales el hombre está en condiciones de actualizar impresiones o informaciones pasadas, que él se imagina como pasadas”.k La conservación de la memoria tiene la característica de ser un proceso activo y constructivo de percepciones. Los estudiosos más recientes de la memoria ponen el acento sobre los aspectos de estructuración y las actividades de autorganización; de tal manera que los procesos de la memoria, tanto desde la perspectiva biológica como psicológica, no son más que los resultados de sistemas dinámicos de estructuración y restructuración, y existen sólo en cuanto la organización de los esquemas mentales los conserva o reconstituye.l

Al abordar el problema de la memoria, no podemos dejar de lado su contraparte: el olvido. El fenómeno de la amnesia no es privativo de la individualidad, sino que se presenta también en las sociedades, como una perturbación de la memoria colectiva. Al respecto, Le Goff afirma que “a nivel metafórico, pero significativo, la amnesia no es sólo una perturbación en el individuo, sino que determina perturbaciones más o menos graves de la personalidad y, del mismo modo, la ausencia o la pérdida, voluntaria o involuntaria de memoria colectiva en los pueblos y en las naciones, puede determinar perturbaciones graves de la identidad colectiva”.;

En este campo de la Mímesis i se ubica la selección y recuperación de mi corpus de trabajo. Desde el inicio, mi interés fue recuperar los testimonios de ex combatientes y sobrevivientes del hecho histórico, con un sin fin de limitantes objetivas, como la posibilidad de encontrarlos en los diferentes poblados, el que accedieran a la entrevista, que me ganara su confianza y, además —algo que no dependía ya de nadie—, que conservaran sus recuerdos. Mi búsqueda se orientó siempre a obtener una versión diferente a la ofrecida por las investigaciones de corte historiográfico. No me interesaba presentar una reconstrucción histórica de la Cristiada —de las que ya hay varias y bastante confiables—, sino a conocer la versión humana del conflicto, en la cual se expresaran los sufrimientos, temores y angustias que se viven en cualquier guerra; que me describieran las condiciones de vida del momento y a los “héroes” y “mártires” como seres humanos. Me ha interesado conocer, además, el simbolismo que se ha creado alrededor de este hecho histórico y la interpretación que dan a determinados hechos, como la intervención de las fuerzas sobrenaturales en favor de uno u otro bando. Quise así recuperar la perspectiva subjetiva, con toda su riqueza de imágenes, sus diferentes versiones e interpretaciones de la realidad.

Participación en la dinámica del simbolismo. Mímesis II

Este momento constituye el eje del análisis en Ricoeur; por su función de ruptura, abre el mundo de la composición poética e instituye la literalidad de la obra literaria. Tiene en cuenta únicamente las leyes internas de la obra literaria sin considerar el antes y el después; pero el estudio de las leyes internas posibilita su facultad de mediación, ya que conduce al texto del antes al después.

El nivel de Mímesis ii es el de la semiótica del texto; es aquí donde pueden recuperarse las aportaciones de Eco, Greimas y demás acerca de la interpretación, así como las diferentes propuestas metodológicas para el análisis de los textos. En este nivel se puede ignorar la diferencia que afecta a la dimensión referencial de la narración, y limitarse a los caracteres estructurales comunes. Para ello es posible apoyarse en la estilística, la semántica o la lingüística referencial.z

Una interpretación creadora. Mímesis III

Este es el momento culminante del trabajo hermenéutico y, en sí, al que se le considera como tal: no es una interpretación alegorizante que pretenda culminar en una filosofía enmascarada bajo el disfraz imaginativo del mito, sino una filosofía a partir de los símbolos que busca promover; instaurar el sentido por medio de una interpretación creadora: una deducción trascendental del símbolo. La hermenéutica se preocupa de reconstruir toda la gama de operaciones por las que la experiencia práctica intercambia obras, autores y lectores.x

En este momento de la interpretación es donde el estudio de la memoria colectiva aparece como uno de los modos fundamentales para afrontar los problemas del tiempo y de la historia, ya que nos permite analizar nuestro presente y proyectar nuestro futuro a través de la comprensión y asimilación de los hechos del pasado. La memoria, “en la medida en que se distingue de la rutina, representa una difícil invención, la conquista progresiva, por parte del hombre, de su pasado individual, así como la historia constituye para el grupo social la conquista de su pasado colectivo”.c

Hacia una conciencia actualizante

No es la historia la que nos pertenece, somos nosotros los que pertenecemos a ella —dice Gadamer en su extenso estudio acerca de la verdad y el método—, ya que, mucho antes de que nos comprendamos en la reflexión, nos estamos comprendiendo ya de una manera autoevidente en la familia, la sociedad y el estado en que vivimos. Por ello, “la autorreflexión y la autobiografía no son hechos primarios y no bastan como base para el problema hermenéutico porque reprivatizan la historia […] La lente de la subjetividad es un reflejo deformante. La autorreflexión del individuo no es más que una chispa de la corriente cerrada de la vida histórica. Por eso los prejuicios de un individuo son, mucho más que sus juicios, la realidad histórica de su ser”.v

En la conservación de la memoria colectiva en Occidente, de acuerdo al estudio a Jacques Le Goff, la cristianización y el proceso de consolidación de la Iglesia católica, como institución, han jugado un papel determinante desde la época medieval:

mientras la memoria social popular, se escapa casi enteramente, la memoria colectiva formada por los estratos dirigentes de la sociedad experimenta, en el curso del medievo, profundas transformaciones. La esencial proviene de la difusión del cristianismo como religión y como ideología dominante, y el cuasi monopolio conquistado por la Iglesia en el campo intelectual. Cristianización de la memoria y de la mnemotécnica, subdivisión de la memoria colectiva en una memoria litúrgica que se mueve en círculo y en una memoria laica de débil penetración cronológica; desarrollo de la memoria de los muertos y ante todo de los muertos santos; rol de la memoria en la enseñanza fundada sobre lo oral y sobre lo escrito al mismo tiempo; aparición, en fin, de tratados de memoria (artes memoriae): he aquí los lineamientos más característicos de la metamorfosis operada por la memoria durante el medievo.b

Si la memoria colectiva (popular) se transmitía desde entonces a través de la tradición oral, con el gravísimo riesgo de perder partes importantes de su contenido; el culto cristiano, a través de la conmemoración de sus mártires y santos ha logrado conservar su versión sobre el pasado e imponerse, de esta manera, como ideología dominante. Tales riesgos no desaparecen en las sociedades actuales donde la oralidad sigue constituyendo la parte fundamental de la tradición. Este es el caso de la memoria cristera.

La memoria colectiva se constituye prioritariamente con las versiones que han impuesto los grupos dominantes, y que han difundido no sólo a través de la escritura sino con el apoyo de los medios modernos de comunicación. En el caso de la memoria cristera, han sido fundamentales, además, las versiones pregonadas constantemente en los sermones eclesiales y la enorme cantidad de publicaciones parroquiales. A través de la enseñanza católica, se conforma la memoria colectiva y, a través del culto, se conmemora a sus santos “para que sean para nosotros modelo de virtud y camino a seguir”, como dice el Episcopado mexicano.

La incorporación de los santos en el memorial católico, como una manera de conservar y apropiarse de la memoria colectiva, se expande sobre todo en el campo de la religiosidad popular. Con la muerte de los mártires, cristaliza la memoria de los cristianos en torno a sus recuerdos. Las vidas de aquellos cuyo recuerdo era objeto de plegarias se registraron en los libri memoriale. Sus tumbas constituyeron el centro de iglesias, y el lugar donde estaban ubicadas se nombraban confessio, martyrium, o memoria. Esta práctica, que nació del antiguo culto de los muertos y de la tradición judaica de las tumbas de los patriarcas, se desarrolló fundamentalmente en África, donde la palabra deviene sinónimo de reliquia. La asociación de la muerte con la memoria asume en efecto rápidamente una extensión enorme en el cristianismo, que le extrajo del culto pagano de los antepasados y de los muertos, y la desarrolló.n

Además de la conmemoración de las festividades del santoral católico, ha sido fundamental para el desarrollo de la memoria la intercesión de éstos para obtener milagros. Retablos y exvotos son muestras fehacientes de la devoción de los santos, que han permanecido como testimonios. Esta práctica sigue siendo fuertemente fomentada dentro de la religiosidad católica como parte constitutiva de la conciencia histórica, y un ejemplo de ello lo tenemos en los procesos de canonización de los mártires de la guerra cristera, y lo que conlleva, ya que se proponen como “modelos de virtud y camino a seguir”. El cardenal Norberto Rivera menciona al respecto: “Es importante que junto con el proceso de beatificación o canonización, se tenga el proyecto de dar a conocer a la persona que se está presentando como ejemplar, que se conozca su vida, sus obras, su carisma, el don que recibió para ponerlo al servicio de la sociedad, para ponerlo al servicio de toda la iglesia”. Sin embargo, en la presentación de las semblanzas de los nuevos santos, al igual que sucede con la hagiografía en general, no importa lo que pasó en la realidad, sino lo que es ejemplar, las virtudes que la institución pretende reforzar; de tal manera que “la individualidad en la hagiografía cuenta menos que el personaje. Los mismos rasgos o los mismos episodios pasan de un nombre propio a otro: con estos elementos flotantes, palabras o joyas disponibles, las combinaciones componen una u otra figura y le señalan un sentido. Más que el nombre propio, importa el modelo que resulta de esa artesanía, más que la unidad biográfica, importa la asignación de una función y del tipo que la representa”.m

Cuando hablamos de conciencia actualizante nos referimos a la perspectiva que desde nuestra ubicación en el presente tenemos del pasado. La lectura de los documentos históricos adquiere así el sentido que los habitantes de las sociedades de tercer milenio le otorgamos. Desde la perspectiva de la interpretación de los discursos, no interesa la mera relación de los hechos del pasado, ni el aprendizaje de cifras, nombres y fechas concretas; el interés está enfocado en comprender ese pasado como parte constitutiva del presente y elemento fundamental en la proyección del futuro. Compartimos las inquietudes de Bell y Weinstein cuando anuncian que, “lo que a nosotros nos interesa no es si a los personajes llamados santos fueron figuras reales o creaciones de la leyenda, del mito o de la propaganda, sino que a través de ellos, una sociedad dada manifiesta, por medio de la antítesis y de la proyección, sus propios valores”., Tal descentramiento hace posible acercarse al conocimiento de la conciencia histórica para acceder a una conciencia actualizante.

La auténtica verdad de una conciencia actualizante “reside en un ámbito que actúa precisamente cuando afrontamos el futuro y ensayamos lo nuevo”, señala Gadamer y añade:

Una de las mayores intuiciones que yo he recibido por vía ajena es la que me proporcionó Heidegger hace algunos decenios cuando puso en claro que el pasado no existe primariamente en el recuerdo, sino en el olvido. Este es, en efecto, el modo de pertenencia del pasado a la existencia humana. Gracias a que el pasado posee esa naturaleza del olvido, podemos retener y recordar algo. Todo lo transitorio acaba en el olvido, y es este olvidar el que permite retener y conservar lo que se perdió y cayó en el olvido. Aquí tiene su raíz la tarea de dar continuidad a la historia. Para el hombre que vive en la historia el recuerdo que conserva algo cuando todo perece constantemente no es un comportamiento actualizante de un sujeto cognitivo, sino que es la realización vital de la tradición misma. Su misión no consiste en ampliar indefinida y arbitrariamente el horizonte del pasado, sino en formular preguntas y encontrar las respuestas que descubrimos, partiendo de lo que hemos llegado a ser, como posibilidades de nuestro futuro..

Paul Ricoeur —quien retoma las propuestas de Gadamer en torno a la hermenéutica de la conciencia histórica— concibe a la historia como una historia viva, un proceso abierto y continuo, “el único capaz de añadir una acción política vigorosa a la memorización de las potencialidades asfixiadas o reprimidas del pasado”; desde esta perspectiva, la tradición “significa que la distancia temporal que nos separa del pasado no es un intervalo muerto, sino una transmisión generadora de sentido. Antes de ser un depósito inerte, la tradición es una operación que sólo se comprende dialécticamente en el intercambio entre el pasado interpretado y el presente que interpreta”. De tal manera que “no estamos nunca en posición absoluta de innovadores, sino siempre y en primer lugar en situación relativa de herederos”./

El lenguaje como expresión de la subjetividad y medio de comprensión

No podemos pensar al hombre sin el lenguaje, señala acertadamente Benveniste en contra de aquellas teorías que imaginan el desarrollo de la capacidad humana de hablar, en un momento determinado de la historia: nunca alcanzamos al hombre reducido a sí mismo, ingeniándose para concebir la existencia del otro. Por tanto,

es en y por el lenguaje como el hombre se constituye como sujeto; porque el solo lenguaje funda en realidad, en su realidad, que es la del ser, el concepto de ego. La subjetividad (la capacidad del locutor de plantearse en sujeto) se define, en este contexto, como la unidad psíquica que trasciende la totalidad de las experiencias vividas que reúne, y que asegura la permanencia de la conciencia; la subjetividad no es más que la emergencia en el ser de una propiedad fundamental del lenguaje: ego que se dice ego frente al tú.Q

Ubicados como parte de la historia, desde la perspectiva hermenéutica de Gadamer resulta “forzoso reconocer que toda comprensión está íntimamente penetrada por lo conceptual y rechazar cualquier teoría que se niegue a aceptar la unidad interna de palabra y cosa”; la comprensión sólo se realiza si concebimos la tradición como la unidad entre lo que se transmite (cosa) y el acto de transmisión (a través de la palabra). Esto, dice Gadamer, “es algo que tenemos que tener presente si queremos que la lingüisticidad propia de la comprensión se libere del dominio de la llamada filosofía del lenguaje”; ya que “una teoría instrumentalista de los signos, que entienda las palabras y los conceptos como instrumentos disponibles o que hay que poner a disposición, no es adecuada por principio al fenómeno hermenéutico”: la ciencia y la filosofía del lenguaje trabajan bajo el presupuesto de que su único tema es la forma del lenguaje; en tanto que “por el camino de nuestro análisis del fenómeno hermenéutico hemos llegado a la

función universal de la lingüisticidad. En cuanto que el fenómeno hermenéutico se revela en su propio carácter lingüístico, posee por sí mismo un neto significado universal. Comprender e interpretar se adscriben de una manera específica a la tradición lingüística. Pero al mismo tiempo van más allá de esta adscripción no sólo porque todas las creaciones culturales de la humanidad, aún las no lingüísticas pretenden ser entendidas de este modo, sino por la razón mucho más fundamental de que todo lo que es comprensible tiene que ser asequible a la comprensión y a la interpretación. Para la comprensión vale lo mismo que para el lenguaje.W

Ni la comprensión ni el lenguaje pueden considerarse como simples hechos a investigar empíricamente, no pueden ser nunca simples objetos, ya que ambos abarcan todo lo que, de un modo u otro, puede llegar a ser objeto.

Bajo estos supuestos, la hermenéutica de la conciencia histórica de la Cristiada, objeto de este libro, se realiza a partir del análisis de los textos que nos parecieron más ilustrativos, tanto de aquella época como de la actual, y los testimonios que con el paso de los años fui recolectando entre la generación que vivió y padeció esta época.

Notas

1 Hans Georg Gadamer, Verdad y método, vol. ii, Salamanca, Sígueme, 1992, p. 458.

2 Georg Lukács, Historia y conciencia de clase, trad. de Manuel Sacristán, México, Grijalbo, 1969 (1923).

3 Gerardo Sánchez, “Desamortización y secularización en Michoacán durante la Reforma Liberal”, en Enrique Florescano (coord.), Historia general de Michoacán, vol. iii, El siglo xix, Instituto Michoacano de Cultura-Gobierno del Estado de Michoacán, 1989, p. 41.

4 Ibidem, p. 53.

5 La Honda. Semanario de Orientación, año i, núm. 3, mayo de 1936, pp. 1 y 3.

6 Maurice Halbwachs, Les cadres sociaux de la memoire, París, puf, 1950, en Gilberto Giménez (trad. y comp.), La teoría y el análisis de la cultura, “Programa Nacional de Formación de Profesores Universitarios”, Guadalajara, sep/Universidad de Guadalajara/Comecso, 1987, p. 503.

7 Intervención en el Seminario “La Guerra cristera: Nuevos enfoques”, El Colegio de Jalisco, Zapopan, 27 al 31 de julio de 1998.

8 Jean Meyer, La Cristiada, t. 1, La guerra de los cristeros, México, Siglo xxi, 8a edición, 1983, pp. 1-2.

9 Ibidem, 3 vols., trad. Aurelio Garzón del Camino, México, Siglo xxi, 1973, 1974. Los volúmenes llevan por títulos: 1- La guerra de los cristeros (“historia militar que pretende ser relato vivo, dejando la palabra a los actores en la medida de lo posible”); 2- El conflicto entre la Iglesia y el Estado 1926-1929 (“Historia política y diplomática que intenta abarcar más que esto, ya que se remonta a las raíces del combate”) y 3- Los cristeros (“Su ejército y los factores de su reclutamiento, su gobierno, su guerra, su ideología y su religión”).

q Mario Aldana Rendón (coord.), Jalisco desde la Revolución, t. vi, Francisco Barbosa Guzmán, La Iglesia y el gobierno civil, Guadalajara, Gobierno del Estado de Jalisco/Universidad de Guadalajara, 1988.

w Paul Ricoeur, “Hacia una hermenéutica de la conciencia histórica” en Tiempo y narración…, vol. 3, op. cit., p. 953.

e Hans Georg Gadamer, Verdad y método, vol. i, op. cit., p. 309.

r Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, trad. Claudia Ferrari, Barcelona, Gedisa, 2ª ed., 1995.

t Ibidem, p. 939. El subrayado es mío.

y Robert Fossaert, La societé, t. 6, Les structures ideologiques, París, Seuil, 1983, citado en Gilberto Giménez (trad. y comp.), op. cit., p. 485.

u Hans Georg Gadamer, Verdad y método, vol. i., Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Salamanca, Sígueme, 5a ed., 1993, p. 467.

i Ibidem, pp. 467-468.

o Ibid., p. 482. El subrayado es mío.

p Ibid., p. 477. El subrayado es mío.

a Klaus B. Jensen, Humanistic Scholarship as Qualitative Science: Contributions to Mass Communication Research, op. cit., p. 18.

s Umberto Eco, “La falsación de las tergiversaciones” en Umberto Eco, Los límites de la interpretación, Barcelona, Lumen, 2a ed., 1998, pp. 42-43.

d Gilberto Giménez, “La interpretación de la cultura”, en La teoría y el análisis de la cultura, op. cit., p. 26.

f Véase “La triple mímesis”, en Tiempo y narración, vol. i, op. cit., p. 113.

g Ibidem, pp. 115 y ss.

h Lourdes Celina Vázquez, Identidad, cultura y religión en el sur de Jalisco, Zapopan, Colegio de Jalisco, 1a reimp., 1998.

j El concepto visión del mundo es definido por Goldmann como “el conjunto de aspiraciones, de sentimientos y de ideas que reúne a los miembros de un mismo grupo […] y los opone a otros grupos” (apud Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural…, op. cit., p. 27). Nos lleva a pensar en la articulación entre los pensamientos y lo social. Fue propuesto por Lúkacs y retomado posteriormente por Goldmann, Luckmann y Berger, Chartier, entre otros autores.

k Jacques Le Goff, El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, trad. Hugo F. Bazúa, Barcelona, Paidós “Biblioteca Básica”, núm. 51, 1991, p. 131.

l Lourdes Celina Vázquez, “Identidad y equilibración”, en Identidad, cultura y religión en el sur de Jalisco, op. cit., pp. 24-27.

; Jacques Le Goff, El orden de la memoria…, op. cit., p. 133.

z Paul Ricoeur, Tiempo y narración, vol. i, op. cit., pp. 113-114, 130 y ss.

x Ibidem, pp. 139 y ss.

c Vernant, apud Jacques Le Goff, El orden de la memoria…, op. cit., p. 144.

v Hans Georg Gadamer, Verdad y método, op. cit., vol. i, p. 344.

b Jacques Le Goff, El orden de la memoria…, op. cit., pp. 149-150.

n Ibidem, p. 154.

m Michel de Certeau, La escritura de la historia, trad. Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana, 1985, p. 294.

, Rudolph M. Bell y Donald Weinstein, Saints and Society, citado por Antonio Rubial, La santidad controvertida, op. cit., p. 12.

. Hans Georg Gadamer, Verdad y método, op. cit., vol. ii, p. 143. El subrayado es mío.

/ Paul Ricoeur, Tiempo y narración, vol. iii, El tiempo narrado, op. cit., pp. 958-961.

Q Émile Benveniste, Problemas de lingüística general i, México, Siglo xxi, 18a ed., 1995, pp. 179 y ss.

W Hans Georg Gadamer, Verdad y método, op. cit., vol. i, p. 485.


Los libros que forman la capa papirácea de este siglo, como dijo un sabio, nos vuelven locos con su mucho hablar de los grandes hombres, de si hicieron esto o lo otro, o dijeron tal o cual cosa. Sabemos por ellos las acciones culminantes, que siempre son batallas, carnicerías horrendas o empalagosos cuentos de reyes y dinastías, que agitan al mundo con sus riñas o sus casamientos, y, entretanto, la vida interna permanece obscura, olvidada, sepultada. Reposa la sociedad en el inmenso osario sin letreros ni cruces ni signo alguno; de las personas no hay memoria, y sólo tienen estatuas y cenotafios los vanos personajes… Pero la posteridad quiere registrarlo todo: excava, revuelve, escudriña, interroga los olvidados huesos sin nombre; no se contenta con saber de memoria todas las picardías de los inmortales desde César hasta Napoleón; y deseando ahondar lo pasado, quiere hacer revivir ante sí a otros grandes actores del drama de la vida, a aquellos para quienes todas las lenguas tienen un vago nombre, y la nuestra llama Fulano y Mengano.

Benito Pérez GaldósE

EBenito Pérez Galdós, El equipaje del rey José, “Episodios nacionales” (segunda serie), en Obras completas, Madrid, Aguilar, 4ª reimp., cap. VI, 1979, p. 1205.


II. La narrativa cristera en el occidente de México

CAPÍTULO 2.
Novelas y cuentos

[…] cuando uno ha tomado parte en hechos tan graves, cuando tiene uno la verdad metida en la mollera, como algo que le congestiona, o revienta o ha de vaciarla. Esto no lo contaría a nadie más que a ti, porque sé que no has de venderme […]

—Ten por cierto que cuando se escriba la historia de esta tracamundana […], pues yo creo que algún desocupado va a escribirla […], no te han de nombrar para nada. Que fueras tú a San Gil o no fueras, lo mismo da […]

La revolución era ya un verdadero adefesio. Tú dirás que a qué iban los sublevados a la estación. Te lo explicaré, te lo explicaré, para que concuerdes conmigo en que plan más disparatado no podía imaginarse. ¿Quién de los que me escuchan se atreverá a sostener que en el plan había siquiera asomos de sentido común?

Benito Pérez Galdós1

En la narrativa, así como hay una novela de la Revolución, existe una novela de la Cristiada, donde estos acontecimientos quedan grabados. Aunque tanto por su desarrollo como por el manejo de recursos estilísticos, esta última es menos importante que la primera, en la narrativa cristera encontramos situaciones y visiones del mundo planteadas desde la perspectiva de sus autores. La Cristiada no es el orgullo de los mexicanos y, por tanto, son pocos los autores que la recogen como tema para sus obras literarias. Un escritor como José Guadalupe de Anda, autor de la Los cristeros, no está a la altura de Mariano Azuela o de Martín Luis Guzmán. Aunque no encontremos muchas novelas sobre la Cristiada, si hay, sin embargo, una gran cantidad de testimonios y memorias, cuyos autores, por lo general, no tienen pretensiones literarias.

El texto literario sólo de manera indirecta es un documento histórico. Una novela como Los de Abajo, de Mariano Azuela, nos puede servir como fuente histórica, ya que los datos concretos utilizados por el autor coinciden con la realidad, y lo mismo puede decirse de la geografía en la obra de Azuela. En el Pedro Páramo, de Juan Rulfo, por el contrario, la geografía es ficticia. Comala es una localidad que existe en el estado de Colima, pero la Comala de Juan Rulfo no es exactamente la misma que la Comala real, aunque esto no tiene mayor importancia en su obra literaria; detrás de los hechos históricos concretos hay una verdad más profunda que no se expresa en fechas exactas y lugares geográficos determinados. El texto literario —en especial la novela histórica— puede servir como fuente de investigación en las ciencias sociales, pero su importancia estriba en que ofrece al lector una visión del mundo que le es ajena y va más allá del mero testimonio documental.

A continuación agruparé en dos grandes campos las obras de la narrativa cristera en el occidente de México: el primero, con las novelas cuya temática central es la Cristiada, y el segundo, los cuentos.

La novela cristera

En el campo de las novelas, los autores más representativos son el sacerdote David G. Ramírez (quien escribe bajo el seudónimo de Jorge Gram); Fernando Robles, de Guanajuato; José Guadalupe de Anda, de los Altos de Jalisco; Aurelio Robles Castillo, de Guadalajara; y José Goytortúa Santos, del Distrito Federal. Para el análisis de las obras de estos autores, tomo como punto de partida el estudio “La novela cristera” de Wolfgang Vogt.2

Héctor, de Jorge Gram

Bajo este seudónimo se publicó la que es considerada la primera novela cristera, en 1930,3 por el sacerdote David G. Ramírez, obra frecuentemente reeditada. Se trata de un texto panfletario que difunde los intereses de la derecha católica, sin que su autor se preocupe mucho por la forma literaria. Desde la crítica, se considera que “El canónico y doctor en teología describió la acción de los buenos contra los malos; los primeros son los cristeros y los segundos, los partidarios del gobierno… [Sin embargo] a no ser porque Héctor fue una de las novelas mexicanas de mayor difusión durante las tres décadas posteriores a la guerra cristera, tal vez sería conveniente no mencionarla”.4

Se trata de una novela donde las escenas sangrientas de la guerra y los conflictos de conciencia son resueltos de una manera muy esquemática, en la que se justifican siempre las acciones de “los buenos”, los cristeros, en contra de “los malos”, el gobierno. Esta escena en un confesionario así lo demuestra:

—Padre, yo me alegro en extremo cuando sé que éstos son derrotados, cuando sé que caen muchos heridos y muchos muertos… yo siento grande gozo cuando los hacen añicos… ¿Es esto pecado?

—¡No, hija mía; no es pecado! No es el odio al prójimo lo que te mueve, es el odio al mal lo que te anima.

Afirmaciones como éstas, fueron un lugar común durante la época de la guerra para justificar la lucha armada y alentar la participación de los campesinos. Se difundían en los boletines parroquiales, panfletos y volantes, y circulaban profusamente entre las familias católicas. Aunque la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa siempre deslindó de responsabilidades al clero en las decisiones militares que tomó, no cabe duda que detrás había teólogos que intentaban justificar estas acciones por encima de los preceptos evangélicos. Héctor, del doctor en Teología David Ramírez, es un interesante ejemplo del discurso católico de la época.

La virgen de los cristeros, de Fernando Robles

Fue publicada en 1934 por el guanajuatense y terrateniente cristero Fernando Robles, durante su exilio en Argentina;5 se editó en México hasta 1959, y se difundió ampliamente desde entonces. En esta obra se reflejan muchos rasgos autobiográficos del autor, quien es miembro de una vieja y respetada familia; perspectiva desde la cual aborda el conflicto:

No aprueba la política agraria del gobierno ni las persecuciones religiosas, pero de ninguna manera está dispuesto a aceptar las crueldades de las huestes cristeras […] Robles no es un cristero fanático, sino un católico liberal que vio peligrar sus principios tradicionales. No se opuso a la reforma agraria, pero consideró injusta e inútil la repartición de tierras hecha por el gobierno revolucionario y pensó que ésta no benefició realmente a los campesinos y sí perjudicó a los hacendados. En La virgen de los cristeros se reflejan las preocupaciones auténticas de un mexicano conservador de la época de la Revolución.6

Los cristeros, la guerra santa de Los Altos, de José Guadalupe de Anda

En esta novela, publicada en 1937 (así como en su siguiente obra), José Guadalupe de Anda trata el tema de la Cristiada en Los Altos de Jalisco, uno de los escenarios más importantes del conflicto.7 Sus protagonistas son los campesinos de esta región, retratados de una manera magistral; reproduce fielmente su lenguaje y personalidad, y continúa de esta manera con la tradición de Azuela en Los de abajo. Policarpo es un campesino honesto que se incorpora de buena fe a la causa cristera, pero no se da cuenta de que es manipulado por el clero. Como no participa en las intrigas de los sacerdotes cristeros, éstos lo mandan fusilar con una acusación de traición.

La figura de Policarpo está contrastada con la de su hermano Felipe, quien representa la postura crítica. Sin embargo, como Felipe abandonó el seminario, nadie le hace caso cuando trata de convencer a su familia de no apoyar a los cristeros. Nunca le perdonan el haber cometido el “sacrilegio” de abandonar sus estudios religiosos y ponerse en contra del movimiento.

En esta novela, las figuras negativas son los sacerdotes, representados en las figuras de los padres Vega y Pedroza —aunque no son ellos, tampoco, los principales responsables, sino la jerarquía católica que alienta la lucha desde su comodidad en las grandes ciudades y sin comprometerse realmente—. En ella se “refleja la complejidad de la problemática cristera. Los rebeldes descritos por De Anda no son malos ni buenos, sólo víctimas de su ignorancia. El autor juzgó con cierta simpatía la posición del gobierno, pero también criticó sus errores”.8

Los bragados, de José Guadalupe de Anda

En Los bragados (1942), José Guadalupe de Anda trata el tema de la continuación de la guerra cristera en el segundo levantamiento.9 Los bragados son bandoleros que se dedicaron a saquear en los pueblos con el pretexto de luchar en contra de los “maestros impíos” de las escuelas oficiales. El tema central lo constituyen los sufrimientos de los maestros rurales que se sacrificaron por la educación del pueblo.q

La guerra santa, de Aurelio Robles Castillo

Este es el título de la novela con la que se dio a conocer Aurelio Robles Castillo, autor nacido en Guadalajara en 1901. Esta novelaw tuvo una amplia difusión, tanto en su versión escrita como en la cinematográfica, y en ella se presenta la versión gubernamental del conflicto frente a un pueblo sencillo y fanatizado por el clero; las presiones morales que éstos ejercieron para arrastrar a los campesinos a una lucha que no comprendían, y cómo un ingeniero organiza las tropas agraristas para acabar con los cristeros. Se trata de una novela sensacionalista y trivial, que poco refleja el conflicto real.

Pensativa, de José Goytortúa Santos

En esta obra de José Goytortúa Santos (1944),e la figura central es una generala del ejército cristero, y la trama se desarrolla en la etapa posterior al conflicto. Pensativa no se escapa de los arquetipos clásicos de la mujer combatiente: extremadamente bonita, rica y buena. Después de la guerra, se refugia en su hacienda destruida, en la que vive en el anonimato, acompañada por sus soldados sobrevivientes. Cuando conoce a su verdadero amor, y éste no acepta que su futura esposa haya estado involucrada en tan sangrientos hechos, escapa a Europa y decide tomar los hábitos. Literariamente, es una novela importante y bien estructurada, donde la figura femenina es central.r

¡Viva Cristo Rey! Narración Histórica de la Revolución cristera en el pueblo de San Julián Jalisco, de Josefina Arellano

Josefina Arellano viuda de Huerta fue esposa de Refugio Arellano, capitán del ejército cristero. Nació en 1885 y murió en 1975 en San Julián, Jalisco. Se trata de sus memorias de la guerra cristera en los dos episodios (1926-1929 y 1932-1938). “La historia verdadera narrada no por pláticas de alguna persona ni ayudada de nadie, fue escrita por quien pasó por todo esto que ella contiene”, nos dice. Junto al de Jovita Valdovinos, es uno de los pocos testimonios femeninos que refieren este episodio de la historia del país. Josefina narra su vida al lado de su esposo y su apoyo incondicional a la tropa: esconde a los combatientes, a quienes alimenta con sus escasos recursos o los cura. Pero lo que resulta en particular interesante es su experiencia como mensajera de los combatientes y los dirigentes de la Ciudad de México, quienes le encomiendan estos delicados trabajos, aprovechando su situación de mujer embarazada o lactante.

En esta versión, se narran los acontecimientos desde la perspectiva cristera. Casi en todos los enfrentamientos, que fueron muy “desastrosos”, hubo “mucho derramamiento de sangre, pero la mayor parte fue de los puros pelones y no de los cristeros”. Refiere con lujo de detalles “lo que pudimos hacer las mujeres”: “traer en el cuerpo de las cinco cerca de cuatro mil cartuchos, adheridos al cuerpo, en unos especie de corsé hasta su destino, donde llegaban uno o más jefes cristeros a recogerlo. Como yo era esposa del jefe de armas, con más confianza me llamaban a recibir órdenes algo difíciles de cumplir y después de vencer todas las dificultades eran cumplidas al pie de la letra”. Josefina asumió los encargos de mensajera encomendados por los líderes cristeros con valentía y de manera arriesgada, de manera que era “el Avión” de ellos.

Se trata de un ejemplo de narrativa testimonial muy importante para conocer la participación de la mujer en la guerra cristera, escrito de manera detallada y coloquial. Llama la atención cómo en su perspectiva no existe ninguna duda acerca de la validez de la lucha que llevaban, su amor a la Iglesia y una profunda fe en el Cristo al que proclamaban. Josefina utiliza metáforas muy elocuentes para referirse a los episodios de la guerra, en cuya narración no se olvida de describir los sucesos cotidianos, como el paisaje, el tiempo, las puestas del sol, etcétera.

En los vientos rumorados, de Adalberto Gutiérrez

Se trata de una novela histórica que describe los hechos de la guerra, basada en documentos escritos y en la historia oral. La distancia temporal en que se ubica permite al autor presentar un punto de vista crítico con respecto al conflicto, a partir de los testimonios y relatos que ofrecen los sobrevivientes de esta época.

Adalberto Gutiérrez ubica la novela en un pueblo imaginario de los Altos de Jalisco, al cual llama El Porvenir. Mediante las voces de sus habitantes, narra episodios de la guerra a través de los relatos de sus personajes. Esta técnica le permite mostrar los puntos de vista de quienes estuvieron a favor y en contra del levantamiento. Sus personajes principales retratan a prototipos reales de esta época: el presidente municipal, su esposa y un joven sacerdote con dificultades para asumir una vida célibe.

Uriel Santillán, presidente municipal de El Porvenir, forma parte de la naciente clase política que busca congraciarse con los ricos y poderosos del lugar, pero que en su intento asume actitudes serviles. Rosalía, su esposa, quien se siente poco atendida por su marido, se involucra afectivamente con el joven párroco y mantiene relaciones amorosas con él. La novela inicia con los relatos del joven sacerdote —narrados en primera persona— acerca de sus impresiones de los estragos que causa la guerra a su llegada al pueblo de El Porvenir, en donde se refugia después de “varios meses en que andábamos a salto de mata, trasladándonos de un lado para otro sin descanso alguno, sufriendo grandes dificultades”; desde su observatorio en una azotea, describe en hojas viejas las imágenes de esta guerra. Para él, igual que lo dijo la jerarquía y lo creyeron los cristeros, se trató de luchar contra un gobierno que perseguía a la Iglesia, pero su punto de vista se contrasta con el de los otros personajes.

Rosalía, la esposa del presidente municipal, mantiene relaciones con el joven sacerdote, lo que le ocasiona a éste un serio conflicto moral. Arrepentido, se presenta con su obispo para renunciar a su carrera eclesiástica, pero la Iglesia le perdona sus pecados y le exige pregonar “con pasión encendida la palabra de Dios” en estos tiempos difíciles de guerra.

En los vientos rumorados no se presenta una visión en blanco y negro de la guerra cristera; tampoco se califica a los bandos como buenos o malos, sino que se muestra cómo las circunstancias obligaron a sus protagonistas a tomar partido a favor o en contra de los cristeros o los agraristas. El político, en la figura del presidente municipal, es víctima de las intrigas de su pueblo, narradas por el autor de manera detallada. El párroco no tenía aspiraciones de mártir, pero asume su papel con resignación y dignidad. Rosalía se mueve entre estos dos frentes y no es más culpable que los otros dos protagonistas. “Es una novela que no defiende causa ninguna, sino un libro que nos presenta las difíciles situaciones humanas que surgieron con esta infeliz guerra cristera que causó tantas desgracias”.t

Imágenes de la Revolución cristera en algunos cuentos del occidente de México

Aunque no es muy grande el número de cuentos que tratan de la guerra cristera, seleccioné algunos en los que se refleja la visión que de este acontecimiento quedó grabada en la memoria colectiva; esto permitirá entender al lector la complejidad de este episodio histórico. No escogí cuentos muy conocidos, como los de Juan Rulfo, por ejemplo —que ya han sido muy estudiados—. Me baso, sobre todo, en cuentos publicados en la región centro occidente de México, cuyos autores observaron la Cristiada durante su infancia, o en donde se recogen los testimonios de sus familiares que participaron en el enfrentamiento. Lo anterior nos permitirá descubrir aspectos que hasta el momento han sido poco analizados, pero que se han transmitido de una generación a otra por medio de la tradición oral.

A través de esta selección de cuentos, no pretendo reconstruir la historia de la guerra cristera en el occidente de México, sino averiguar cómo este episodio quedó grabado en la memoria colectiva de una gran parte de la población de Jalisco y México. No hay que olvidar que, aunque cada autor presente su visión “personal” de la Cristiada, en la medida en que están insertos en la sociedad, ésta nos ofrece también la visión de su grupo social. Mediante este acercamiento, lograremos entender este episodio desde una perspectiva diferente a la que ofrecen obras con una gran cantidad de datos concretos y que, por lo mismo, son de difícil acceso para la población en general —como es el caso de los minuciosos estudios históricos cuya lectura se reservan los académicos o profesionistas—. Los estudios de esta naturaleza son, sin duda, imprescindibles; pero no hay que limitarse a ellos cuando se quiere recuperar el sentido que los propios actores sociales dan a los hechos del pasado, si se quiere llegar a conocer la historia como historia vivida, con su fuerte carga de expectativas, frustraciones y deseos cumplidos.

Los primeros cuentos que analizaré son los de José Gudiño Villanueva (nacido en Sahuayo, Michoacán, en1916), los cuales fueron publicados en 1979 bajo el título Hombres de armas, edición del Colegio Internacional de Guadalajara. A pesar de que su fama se reduce al occidente de México, este pequeño libro de cuentos muestra que el autor es un escritor de talento, quien tuvo contacto directo con la Cristiada en su infancia, ya que contaba con diez años de edad cuando el levantamiento inició.

Por otra parte, Alfredo Leal Cortés (nacido en Guadalajara en 1931) es un autor regional que no vivió la Cristiada, pero la conoció a través de las narraciones de sus padres y tíos, combatientes cristeros. Los padres heredan al hijo el trauma de la causa perdida, la cual se refleja en su cuento 1927, luto en primavera.y

En los cuentos de Adalberto González González, Los colgados;u de Luis Sandoval Godoy, El peso de la palabra,i y de Augusto Orea Marín, El seis,o encontramos una visión más neutral. Estos tres autores conocen a fondo la vida en los pueblos del occidente de México, pero en sus cuentos no se refleja un compromiso personal a favor de la causa cristera. Gudiño presenció las luchas armadas durante su infancia; Leal Cortés conoció la Cristiada a través de los relatos de sus familiares, quienes habían sido protagonistas, pero los otros tres autores escogen la Cristiada como tema de creación literaria.

“Hombres de armas”

José Gudiño nos presenta narraciones de los episodios violentos de nuestra historia vividos desde su infancia. Los primeros seis cuentos se refieren a la revolución de 1910-1917, y se titulan “Final” (de la revolución y su primer aniversario de vida), le siguen “Llanto”, “Encuentro”, “Hombres de armas”, “El nuevo adepto” y “El coronel”; en “Aquellos días”, aborda el tema de la Cristiada; en “Dichoso el real”, se refiere al segundo levantamiento cristero de 1932, y finaliza con “Mi amigo el general”, donde narra la vida de Gumaro Peña y su participación en estos acontecimientos.

El cuento “Aquellos días” se refiere directamente a la Cristiada. Primero describe la situación desde la perspectiva de un niño, en donde indica a la vez fechas concretas. El capítulo v se inicia con las siguientes palabras:

1926. Año en que pasan cosas raras en el pueblo. Creo que en todas partes. El clero y el gobierno civil están en pugna. Aquél excomulgando a los padres y tutores que manden a sus hijos a las escuelas oficiales, —las únicas que están en funciones— éste, el gobierno queriendo llevarnos a la fuerza, para lo que ha lanzado a la gendarmería en persecución nuestra.

En esto llega el día 4 de agosto y a la más alta autoridad de la región se le ocurre cerrar los templos. Sordos rumores han corrido al respecto desde tiempo antes y las gentes del lugar se aprestan a la defensa. Unos consiguen rifles, otros pistolas y la mayoría simples cuchillos o machetes. Las mujeres quieren tomar parte también en el motín y (válgales su buena voluntad) han molido chile seco y lo han mezclado con cal para, en el momento oportuno, arrojarlo a los ojos de los atacantes.

El niño no se interesa mucho por el pleito, y comenta lo que ha oído decir. Se excomulga a los padres que mandan a sus hijos a las escuelas oficiales, y por todos lados se avisa del peligro de los masones, considerados, en el discurso cristero, como ateos y enemigos de la Iglesia.

Una afirmación común entre las personas que vivieron la época, es que el cierre de los templos, que fue la causa principal que motivó al pueblo a levantarse en armas, fue una decisión de las autoridades civiles. Gudiño recoge este hecho con la afirmación de que, a la más alta autoridad de la región se le ocurre cerrar los templos. Ahora sabemos con certeza que la jerarquía católica, y no la autoridad civil, tomó esa decisión; pero desde la perspectiva del niño, no puede saberse, porque él relata lo que oye decir a los adultos. La situación se vuelve cada vez más tensa, y se desata una cruel lucha armada entre los dos bandos. El niño escucha el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, y ve cómo un par de damas vacían sus pistolas sobre un policía indefenso. Hay varios muertos y heridos, pero él no comprende la gravedad de la situación y goza “mirando cosas tan pintorescas”. A un policía herido en el estómago, gritan él y su primo: “ya te tumbaron, Gacho”.

Después, el autor cambia la perspectiva del niño por la del adulto. Los sacerdotes tienen que esconderse y los cristeros eligen a uno de los suyos como general. Surgen conflictos de conciencia entre los gobiernistas, porque ellos también son cristianos. El jefe político, hijo de padres cristianos, cristiano él mismo en el fondo, promete que “no será colgado ni un cura del lugar en tanto que las riendas del poder estén en sus manos”.

Curiosamente, en el texto no aparece la palabra “católico”; se habla de “Cristo Rey”, “cristianos” y “cristeros”. La gente suele decir “yo soy cristiano”.

En el capítulo vii, el autor explica el conflicto cristero desde su punto de vista:

Las gentes se dividen en dos facciones irreconciliables y fanáticas. El católico se considera portaestandarte de santidad y de limpieza, aunque su fariseísmo tenga flores de lascivia, de rapiña y de crueldad. Odia con toda el alma a los elementos gobiernistas olvidando las máximas del Evangelio. Por su parte, el del bando contrario se encuentra juzgado réprobo, un anticristo y se conduce como tal, procurando llegar hasta el exceso, a pesar de que ayer se sentía cristiano. El uno se autoperdona concupiscencias y asesinatos porque “no ha renegado de Dios”, mientras que el otro, sugestionado por la idea de la reprobación temporal y eterna, piensa, habla y obra como condenado en vida.

Todo esto no impidió que los soldados, de cualquiera de los bandos, pidieran la ayuda de un sacerdote al caer heridos. El autor no apoya ciegamente alguna de las posturas; acusa al católico de fariseísmo y de olvidarse del evangelio. Tampoco aprueba el papel de anticristeros que juegan los del bando contrario. A la hora de la muerte, los unos son tan cristianos como los otros. En el fondo, no hay tanta diferencia entre los elementos gobiernistas y los alzados cristeros.

En el capítulo xi, Gudiño describe cómo los cristeros recién amnistiados entran a su pueblo: “El pueblo los vitoreaba, ellos recibían palmas con dignidad solemne. Las campanas, regocijadas, después de años de enmudecimiento, cantaban a gloria, y este repicar hacía que brincara el corazón de las gentes como si volvieran a una vida de felicidad, buscada con anhelo, durante mucho tiempo. Era la apoteosis del triunfo —así lo creíamos los pacíficos—”.

Aquí no se presenta a la Cristiada como una lucha gloriosa, sino como una pesadilla. Todo mundo está contento porque ya se puede vivir en paz. Al autor no le preocupa el hecho de que los cristeros no hayan ganado su guerra; para él sólo se terminó un capítulo sangriento de la historia mexicana, y por eso concluye sus recuerdos de infancia con las siguientes palabras: “Una época de nuestra historia quedaba escrita en los archivos del pueblo… y de mi existencia”.

Sin embargo, a pesar de las paces entre el gobierno y la Iglesia, algunos líderes cristeros continuaron la lucha. En “Dichoso el Real…”, Gudiño nos cuenta un episodio de esta segunda fase de la Cristiada. Para él, Ramón de la Cruz, el héroe de su historia, es sólo uno de los numerosos revolucionarios que prefiere la vida de bandolero a la de un campesino pacífico. Para la gente, los soldados de Cruz “nunca dejaron las armas, siguieron peleando por su cuenta. ¿Peleando? ¿Contra quién? Siguieron asaltando, pidiendo préstamos aquí y allá, y asesinando a quienes no se plegaban a sus exigencias…”

A Cruz, cualquier conflicto social le sirvió de pretexto para levantarse en armas: “Después de Villa vino la Cristiada y los de la Cruz se aprovecharon de ella, robaron y mataron hasta que quisieron con la etiqueta de cristeros”.

El gobierno, con el pretexto de perseguir a “los alzados”, hizo lo mismo. También a Ramón de la Cruz lo persiguen, y un día sitian su casa, donde se encuentra con fiebre, en la cama. Ramón no tiene convicciones políticas pero sí es un hombre valiente. No se rinde y defiende su casa, a pesar de su enfermedad, a capa y espada: “En el pecho de doña Engracia brincó el orgullo de verse madre de un hombre así”.

Ramón de la Cruz se asemeja a Demetrio Macías, el protagonista de Los de Abajo de Mariano Azuela; al final de su vida, Demetrio tampoco sabe por qué causa está luchando; pero cuando el enemigo lo sorprende en una emboscada, no se entrega ni pide clemencia, sino que se defiende hasta el último momento, y muere como héroe. Pero Ramón, de cuya valentía está tan orgullosa su madre, logra salvar su vida al ofrecer dinero a un sargento y traicionar a su asistente, quien muere en su lugar. Para el autor, más que un hombre valiente, Ramón es un “viejo zorro de Los Altos”. Al describirlo de esta manera, desmitifica la Cristiada, que para él no fue una época gloriosa de la historia patria, sino un episodio que causó graves desgracias a los mexicanos.

“1927, luto en primavera”, de Alfredo Leal Cortés

En este cuento, Alfredo Leal Cortés presenta la Cristiada en Guadalajara, desde la perspectiva de sus padres y tíos. A través de sus familiares, quienes perdieron gran parte de su fortuna a causa de esta guerra, reconstruye el ambiente tenso en Guadalajara durante estos años. Como los templos están cerrados, se organizan misas clandestinas en casas particulares; durante una de ellas, en casa de los padres del autor, llegan los soldados y detienen a su familia y a sus amigos, y, cuando salen de la cárcel, se enteran que los militares habían detenido y fusilado a Anacleto González Flores.

No es tanto la acción sencilla, sino la atmósfera de resignación y angustia que refleja, lo que hace interesante el cuento. Los familiares del autor aún no han aceptado su derrota y piensan que con más apoyo hubieran ganado la guerra cristera: “El tío Carlos soltaba sus fuimos traicionados, dentro y fuera; con armas suficientes hubiéramos tumbado al gobierno”. Es ésta la actitud típica de un derrotado, que se constata también en numerosos testimonios. Una actitud de este tipo genera desconfianza; nadie se atreve a hablar del tema por miedo a la represión, pero ya no hay remedio: es necesario aceptar la derrota: “La tía Ana se colocaba el dedo en los labios, suplicándole con la mirada que ya no hablara del tema, y rápido los dos cambiaban de conversación y se metían al silencio”.

“Silencio” es una palabra clave en este cuento: “ya te das cuenta que lo conveniente era callarse”. Un poco más adelante, el autor se expresa con más claridad: “Lo cierto entre el silencio y las palabras sueltas fue la denuncia”.

Víctima de la denuncia fue Anacleto González Flores. Su muerte desmoralizó a los cristeros de Guadalajara: “Doña Rosario… desde aquel día se hizo más taciturna, casi inabordable y no por mal humor: intuyó o supo de la traición, del chivatazo y la desconfianza se adueñó de ella hasta volverse misteriosa”.

No pudo olvidarse de lo que había pasado y se aisló cada vez más. Hasta su muerte, a cada pariente y a cada amigo lo miraba “con sospecha y con perdón”. Su familia se dedicó a “resistir en silencio y practicar la doctrina”.

El cuento está lleno de sospechas y miedo a los chivatazos. El gobierno fomenta la espiada para descubrir las casas donde se decían las misas, que de esta manera se habían convertido en centros de conspiración. A la acción de los soldados se enfrentan con valentía las esposas de los cristeros, “aquellas anónimas mujeres”. La gente ya no recobró la confianza, “parecían haberse contagiado de una enfermedad muy rara y destructiva: el silencio”. Silencio que es interrumpido sólo con el rumor de la muerte de Anacleto. Ahora el gobierno empieza a controlar la situación. Muchos miembros de las familias cristeras son desterrados de la ciudad.

Al final del cuento, en una reunión familiar ocurrida veinte años después de los acontecimientos, se platica acerca del destino de los cristeros desterrados, y se llega a la conclusión de que “todo fue una barbaridad”.

Alfredo Leal nos pinta un cuadro impresionante del miedo y terror que reinaba en Guadalajara en 1927, año en que acribillaron a Anacleto González Flores. Se trata de un cuento lleno de detalles interesantes, por ejemplo, la descripción de las misas clandestinas; pero lo que expresa con mayor precisión es el ambiente de desconfianza y sospechas que surgió en este tiempo y que afectó la vida de familias enteras.

La celebración de misas clandestinas es un acontecimiento típico de la Cristiada. Elena Garro aborda este tema en su novela Los recuerdos del porvenir; pero a Garro ningún lazo directo la une con la Cristiada, de manera que su descripción de las misas clandestinas es sólo una referencia histórica. Alfredo Leal, en cambio, nos hace ver las consecuencias nefastas que tuvieron estas prácticas clandestinas para muchas familias mexicanas, y pone frente a nuestra vista el caso de su propia familia. Con 1927, luto en primavera, logró un excelente cuento sobre el silencio, el miedo y la desconfianza que surgieron durante la Cristiada en Guadalajara, así como en otras ciudades. Silencio, miedo y desconfianza son los sentimientos que quedaron marcados más fuertemente en la memoria colectiva, sentimientos que prevalecieron durante mucho tiempo entre la gente, pero de ninguna manera frente a la Iglesia católica, en la que a pesar de todo se siguió confiando. Para Alfredo Leal, igual que para José Gudiño, la Cristiada dejó recuerdos desagradables y es una etapa vergonzosa de la historia de México.

El peso de la palabra, de Luis Sandoval Godoy

Luis Sandoval Godoy (El Teúl, Zacatecas, 1931) nos narra cómo un cristero lleva a su compañero muerto a su tierra natal para enterrarlo allí: “no me hacía el ánimo a dejarte en tierra extraña y menos en este rancho compuesto de pura gente enemiga”.

El cuento es un monólogo interior que inicia de la siguiente manera: “Vi cuando te tumbaron y dije: Me lleva la rechintola, te desgraciaron, hermano, pero eso no se queda así. Voy a vengarte. No sé cómo ni dónde. Ora, mañana o al rato, pero este asunto se va a arreglar”.

Estas palabras expresan una rabia impotente. Es imposible localizar al soldado que mató al compañero. El enemigo había ganado esta batalla, pero el narrador está convencido de que los cristeros van a triunfar: “Dónde iban a acabar con los que luchábamos por Cristo Rey…”

Luis Sandoval simpatiza con la causa cristera y no la cuestiona. La describe como una lucha heroica del pueblo creyente. Gudiño duda en algunos puntos de la moralidad de los cristeros, y Antonio Leal nos hace ver con nitidez el ambiente desagradable de desconfianza provocado por la lucha clandestina de los cristeros urbanos. Para Sandoval, no hay problemas morales o ideológicos de ningún tipo. Su protagonista es un campesino que cree firmemente en la causa de Cristo Rey; es un hombre que prometió a su compañero enterrarlo en su tierra natal, y a pesar de muchas dificultades trata de cumplir con su palabra, pero no logra completamente su propósito: “Ya está bueno de tanto andarte zangoloteando por todos lados. Ya es justo que descanses”.

El cristero no continúa su viaje y termina su narración con las siguientes palabras: “A los muertos les dicen que descansen en paz y tú podrás descansar en paz, muy tranquilo y quitado de la pena cuando te lleve a ese rincón, tierra de gente buena como es la de Huejuquilla”.

El peso de la palabra es un cuento costumbrista donde se refleja, sobre todo, la forma de pensar y actuar del campesino mexicano. Reproduce el habla del pueblo, menciona las fiestas y describe las mercancías que se venden en las ferias. El narrador las visita porque es vendedor ambulante: “Ellos venden fruta de Bolaños, ropa que traen de Aguascalientes, loza de aquí de la región. Yo ya tengo muchos años arriando esto de la mercería y tanto nos vemos, y tanto nos encontramos en las fiestas de los pueblos de acá, que hemos acabado por ser casi amigos”.

Los valores que Sandoval destaca en este relato son la amistad y la lealtad de los hombres sencillos e ingenuos de estos pueblos, y no su religiosidad ni las causas de la guerra. El autor nos ofrece un cuadro colorido del occidente de México, sólo ensombrecido por el muerto que lleva a cuestas: “Ahora en esta fiesta; después en Las Moras; la semana pasada en El Encanto. Ahora por San Antonio, otro día por San Isidro, después por Señora Santa Ana. Puras fiestas y puro alboroto en esta letanía de pueblos, pero ni ésta ni otras, ni ninguna, me hacen que me olvide de ti. No puedes quejarte, hermano, de tu hermano”.

Luis Sandoval se presenta en este cuento como un maestro del cuadro costumbrista. El narrador ficticio es un vendedor ambulante involucrado en la Cristiada, que viaja de feria en feria y de fiesta en fiesta. Con cariño, el autor nos describe el carácter de la gente del pueblo mexicano, pero no profundiza en los problemas de la guerra cristera. Para el narrador ficticio de este cuento, la rabia por la muerte de su amigo no es algo específicamente cristero. Un episodio de este tipo puede darse en cualquier guerra civil. En el cuento, El peso de la palabra, no está la reflexión sobre la Cristiada, sino el elogio de la amistad y la lealtad.

Mucho más importante que este relato —para la comprensión de la problemática de la guerra cristera— es la novela testimonial La sangre llegó hasta el río, de Luis Sandoval, en la cual nos cuenta la vida de la generala de cristeros Jovita Valdovinos y del soldado cristero Eugenio, obra que analizamos en el siguiente apartado.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
410 s. 17 illüstrasyon
ISBN:
9786077421580
Telif hakkı:
Bookwire
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