Kitabı oku: «La civilización del Anáhuac: filosofía, medicina y ciencia»

Yazı tipi:

Índice

1  Preliminares

2  Índice

3  Prefacio

4  Introducción

5 ¿Por qué Anáhuac?

6 ¿América o Mesoamérica?

7 Civilizaciones y culturas

8 ¿Por qué Toltecáyotl?

9  Las fuentes

10 Fuentes directas

11 Fuentes indirectas

12 Fuentes no escritas

13  CAPÍTULO I El pensamiento filosófico náhuatl sobre la divinidad y el cosmos

14 Premisa

15 La concepción de la divinidad

16 La concepción del cosmos

17 Las cuatro regiones cósmicas y sus colores

18 La topografía del cosmos náhuatl

19 Las eras cósmicas

20  CAPÍTULO II La concepción filosófica del hombre

21 La noción de persona y la concepción de la vida en la filosofía náhuatl

22 El ideal educativo

23 Elementos de ética y escatología

24 El origen cósmico-divino del hombre

25 El sentido de la muerte

26 El nahualismo

27  CAPÍTULO III La antropología física de los anahuacas

28 Características somáticas del indio anahuaca

29 La alimentación de los habitantes del Anáhuac

30 Higiene personal y salud pública

31  CAPÍTULO IV Características generales de la medicina náhuatl

32 Introducción

33 Las entidades anímicas

34 La concepción de la enfermedad

35 La acción de las divinidades

36 Enfermedades causadas por seres humanos

37 Afecciones debidas a la pérdida del alma

38 Determinación astrológica de enfermedades

39  CAPÍTULO V La práctica médica de los nahuas

40 Los médicos y médicas nahuas

41 La cirugía

42 La obstetricia

43 La herboristería

44  CAPÍTULO VI Raíces éticas y humanistas de la tecnología del Anáhuac

45 El concepto de tecnología

46 La astronomía

47 El calendario

48  CAPÍTULO VII El papel de la mujer en la civilización del anáhuac

49  CAPÍTULO VIII Sacrificios humanos, ¿mito o realidad?

50  Conclusiones

51  Bibliografía

52  Colofón

Landmarks

1  Cover

Velázquez, Lourdes

La civilización del Anáhuac: filosofía, medicina y ciencia 1a. edición, 2019

ISBN: 978-607-9857-22-6

Editorial Notas Universitarias, S. A. de C. V.

Impreso en Ciudad de México

Formato: 15 × 21 cm

216 pp.

Editorial NUN

Es una marca de Universitarias, S. A. de C. V.

Xocotla 17, Tlalpan Centro, Tlalpan,

Ciudad de México, C. P. 01400

www.editorialnun.com

© Copyright: Lourdes Velázquez

Reservados todos los derechos. Ni en su totalidad ni parte de esta publicación pueden reproducirse, registrarse o transmitirse, por un sistema de recuperación de información, por ningún medio o forma, sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético o electroóptico, fotocopia, grabación o cualquier otro sin permiso por escrito del editor.

Versión impresa ISBN: 978-607-98459-7-1

Versión digital ISBN: 978-607-9857-22-6

Dirección editorial y portada: Miryam Meza Robles

Diagramación: Carlos A. Vela Turcott

Versión digital: Bogard Alfonso Verdiguel Vázquez

Edición y corrección de estilo: José Agustín Escamilla Viveros

La civilización
del Anáhuac:
filosofía, medicina
y ciencia



La civilización

del Anáhuac:

filosofía, medicina

y ciencia

Lourdes Velázquez


Tlapializtli significa: lo que nos compete preservar… así lo hacemos nosotros también, para nuestros hijos, nietos, los que tienen nuestra sangre y color, los que saldrán de nosotros para que ellos cuando ya nosotros hayamos muerto, también lo guarden…

Hernando Alvarado Tezozomoc

Crónica mexicayotl

A mis hijos Aldo, Arianna y Alessandro alentándolos a preservar el patrimonio cultural de esta civilización de la que son herederos.

Prefacio

El presente volumen es el fruto de una labor de investigación y de una pasión intelectual que ha ido creciendo e intensificándose desde hace más de veinticinco años y que ha tenido la oportunidad de manifestarse en mis publicaciones y en mi vida académica. Se trata de un interés por la historia de las culturas del México antiguo, articuladas en el rico abanico de sus concepciones filosóficas y religiosas, en sus cosmovisiones, en sus conocimientos médicos y científicos, en sus costumbres, en sus prácticas educativas, en su concepción del hombre, de la vida y de la muerte, en su creatividad artística dentro de la arquitectura no menos que en la calidad de sus esculturas, de sus pinturas y composiciones literarias.

Todo este mundo ha sido borrado o enterrado como consecuencia de la “conquista” realizada por los españoles, y lo poco que de ello se conocía fue durante un largo periodo la imagen inadecuada contenida en pocas obras de escritores casi todos europeos, filtradas a través de sus prejuicios culturales y, a veces, inspiradas por el deseo de justificar la dominación colonial como una obra de “civilización” de indígenas incultos. El éxito paradójico de todo esto es que, hasta la fecha, cuando nuestros jóvenes estudian la “Historia de México” en nuestras escuelas se les presenta como si comenzara con la Conquista, mientras que los siglos anteriores se condensan en un resumen en que nombres de poblaciones casi desconocidas se mezclan con cuentos que tienen el sabor de mitos y leyendas mucho más que de relatos históricos. Y esto para no hablar de tantas creencias que en todo el mundo pasan por hechos pacíficamente aceptados y carecen de base histórica. Sería suficiente mencionar la creencia que los antiguos mexicanos practicaban sacrificios humanos, tomada como un hecho comprobado por serios historiadores extranjeros quienes elaboraron descabelladas hipótesis explicativas, afirmando que estos sacrificios se hacían para compensar la pobreza protéica de la dieta indígena mediante el consumo de carne humana (lo que no corresponde ni a lo que históricamente conocemos acerca de la dieta de aquellas poblaciones, ni a alguna evidencia histórica que compruebe la existencia de dichos sacrificios, como se podrá leer en este libro).

Afortunadamente la situación ha venido cambiando en las últimas décadas y tuve la suerte de entrar en contacto con algunos de los historiadores mexicanos que investigaron las antiguas culturas de nuestro país desde varios puntos de vista y quedé fascinada por su riqueza y profundidad, lo que ha producido en mí una verdadera pasión que me ha llevado a cultivar este campo de estudios de manera regular y sistemática, al lado de otras actividades académicas que vine desarrollando en el campo de la filosofía y la bioética. Así, por ejemplo, estuve a cargo de la asignatura de Filosofía Prehispánica durante cinco años en la Universidad Pontificia de México, he dado seminarios sobre filosofía y medicina en el México antiguo en la Universidad de Génova en Italia y sobre la ciencia Maya en la Universidad Católica de Milán, al igual de varias conferencias sobre estos temas en Colombia, Argentina, Brasil, Italia y España. También presenté ponencias sobre estos temas en varios congresos internacionales. La misma continuidad se encuentra en mis publicaciones: mi libro Filosofia e medicina nel Messico antico, publicado en italiano en 1998 y varios artículos entre los que destaca Mexican Pre Columbian Civilisation en la revista Filosofia Neo-Scolastica. Además de los artículos de divulgación publicados en mi columna “Toltecáyotl: Cultura Viva” de la revista digital Carta de México. En la “Bibliografía” del presente volumen aparecen los títulos de algunas de las publicaciones que aparecieron durante este intervalo temporal, cuyos contenidos han sido incorporados a veces en algunos capítulos de esta obra.

Quiero terminar agradeciendo a las personas cuyo apoyo me ha sido particularmente útil durante estos años de estudio e investigación, no sólo por el contenido de sus obras que he estudiado con mucho provecho, sino también por contactos personales, consejos, discusiones, colaboraciones a vario título. En el plan intelectual fueron principalmente Mercedes de la Garza, José Luis Guerrero† y Guillermo Marín. Además de Miguel León-Portilla, Alfredo López Austin, Paolo Rossi, Carlos Viesca, Leopoldo Zea† y, en el plan práctico, Diego Barboni y Fulvio Filipponi por haber traducido del italiano al español algunos de los materiales de este libro. Mi sincero agradecimiento se acompaña con la declaración que los posibles límites e imperfecciones de esta obra son imputables solamente a su autora.

Ciudad de México, Coyoacán, 12 de diciembre de 2018

Lourdes Velázquez

Introducción
¿Por qué Anáhuac?

El título de este libro requiere un comentario, debido a la presencia de la palabra “Anáhuac” o mejor aún “Anawak” (así debe escribirse) que probablemente suene exótica y no evoque un significado preciso al oído del lector mexicano “culto”. Se trata de una situación paradójica ya que esta palabra se refiere de manera exacta a una de las raíces más profundas de la identidad mexicana, raíz que, como consecuencia de varias circunstancias históricas, ha quedado, por una parte, oprimida y, por otra parte, oculta y, sin embargo, brota en miles de detalles de la manera de vivir y de pensar del mexicano. Por otro lado, la perspectiva de considerar esta raíz como una especie de trasfondo implícito de la mexicanidad sería muy limitada, ya que se trata de una dimensión más amplia, que abarca mucho más que el territorio geográfico de México (sea el actual o el histórico) y, sobre todo, se define en términos socioculturales y hasta filosóficos, religiosos y morales de gran alcance.

Mucho se ha dicho y escrito, que los mexicanos somos el producto del choque de dos culturas, el encuentro de dos maneras distintas de ver el mundo, dos formas diferentes de entender las grandes preguntas del cómo y el por qué de nuestra existencia. Pero la cultura del Anáhuac ha sido poco estudiada, se ha soslayado, se sabe poco o casi nada de ella, incluso, por desgracia, para algunas personas el anahuaca que llevamos dentro, tanto genética como culturalmente, ha desaparecido y el legado ha quedado irreconocible. Para otras personas, por fortuna, ese anahuaca pugna por salir y se muestra en cada uno de los aspectos de la vida, en las relaciones sociales, en la alimentación, en la manera de convivir, en la forma de amar, de llorar, de recibir una nueva vida y de despedir a los muertos.

La sabiduría de nuestros viejos abuelos encontró la manera de ocultar todos estos aspectos para preservarlos y que fueron la base de la civilización del Anawak. Ocultaron la danza y la hicieron conchera, transformaron lo católico en guadalupano, adoptaron el español y lo llenaron de nahuatlismos y expresiones de doble sentido, convirtieron los ritos funerarios católicos en nueve días de rezos acompañados de la levantada de la cruz, y así un largo etcétera. Pero todo lo ocultaron tan bien y durante tanto tiempo que nos resulta muy difícil reconocer el sincretismo de nuestras costumbres que muchos ya dan por perdidas y completamente olvidadas.

Se atribuye al pueblo olmeca el privilegio de ser la raíz del conocimiento del Anáhuac, pero ese nombre se le asignó hace poco menos de un siglo y no existió un pueblo llamado así. Sin embargo, en la zona denominada olmeca se han encontrado los primeros vestigios de civilización, y de donde parte la influencia cultural hacia lo largo y ancho del Anáhuac. Acostumbramos a distanciar a una cultura de otra, creando la ilusión de que eran pueblos separados, alejados y sin relación alguna entre sí, pero la situación de estas regiones no puede ser juzgada con la óptica actual de lo que son los territorios, las fronteras y naciones. En la época en que la mayoría de los pueblos eran nómadas recolectores, el asentamiento de una civilización en un territorio creaba zonas de influencia cultural, no países. Al igual que el antiguo Egipto no tenía fronteras, no había una marca territorial que denominara lo que era Egipto y lo que no, salvo su zona de influencia, lo mismo ocurre con las primeras civilizaciones de aquí. Sería muy difícil precisar los límites del territorio olmeca, salvo ahí a donde llega su influencia cultural. Ningún olmeca marcó los límites de su territorio, todos los pueblos que adoptaron los conocimientos provenientes de siglos de observación de la naturaleza son los denominados olmecas.

Como en todo proceso evolutivo, la influencia se crea en el tiempo y el espacio, es decir, con el pasar de los años y con la expansión cultural. Pero esta influencia evoluciona, se enriquece y transforma, generando “nuevas culturas”, un ejemplo de este proceso evolutivo son los mayas, que crearon un calendario exacto y una sociedad perfectamente organizada, debido a que son la respuesta evolutiva al conocimiento olmeca. Lo mismo ocurre con los zapotecas, teotihuacanos, mexicas y demás pueblos que a su manera siguieron evolucionando el conocimiento de milenios.[1]

Todos parten de una misma raíz, todos están influenciados por un mismo pasado, todos tienen la misma concepción filosófico-religiosa. ¿Por qué verlos como pueblos distanciados o culturas diferentes? A pesar de tener los mismos símbolos matemáticos, mismas creencias, misma alimentación, misma organización social y compartir una misma raíz nos empeñamos en verlos como un racimo de pueblos diferentes que apenas se relacionaban entre sí. Otro error que cometemos es pensar que los invasores europeos dieron unidad y cohesión a estos pueblos.

En las consideraciones anteriores utilizamos el término Anawak (Anáhuac) o sus declinaciones para indicar la región en donde se desarrolló históricamente la gran civilización de los antiguos pueblos que habitaron el territorio mexicano y de ahí se difundieron, pero todavía no hemos dicho de dónde viene esta palabra, si es un término artificial propuesto por los etnólogos y arqueólogos o algo diferente. La respuesta es que se trata del nombre con que aquellos pueblos indicaban en su idioma su propia localización en el mundo, esa era la expresión Cem Anahuac.

Cem Anahuac significa (como se reconoce analizando su composición etimológica) “lugar totalmente rodeado de agua por sus cuatro lados”. Debido a que la palabra Anawak se originó de “atl” agua y “nahuac” rodeado, que sumado a “Cem” nos da el significado antes expresado.[2] Cem Anahuac era el nombre de la parte del continente que abarcaba desde Nicaragua (Nicananahuac: “hasta aquí el Anahuac”) hasta el norte de Canadá. Los antiguos habitantes de esa región estaban conscientes de que vivían en una parte de un territorio mucho más amplio del cual ignoraban las fronteras, al que llamaban: Ixachilan, que era el nombre del continente entero, “el lugar inmenso”, “la inmensidad”.

¿América o Mesoamérica?

Si comparamos los nombres “Anáhuac” con “América”, nos damos cuenta de que este último es inmerecido porque no lo describe, no hace referencia a lo que contiene, no es un nombre creado por los pueblos originarios y, peor aún, hay un desacuerdo sobre su origen. Oficialmente se dice que proviene de Amerigo Vespucci (que en realidad se llamaba Alberico), pero en la actualidad se dice que se originó en la región nicaragüense de Amerique, que en maya quiché significa “la tierra donde sopla el viento”, lugar donde desembarcó en alguna ocasión Amerigo.

La parte de esta América que fue colonizada por la Europa latina es la que nos identifica en la actualidad como país occidentalizado y con una parte cultural proveniente de Europa. Nos hermana culturalmente con un mismo idioma desde el sur de los Estados Unidos hasta la Patagonia, dejando a un lado a los países colonizados por la Europa anglosajona (Canadá, Belice, Guyanas, Bahamas, Jamaica, Haití). Además del idioma compartimos una religión, ciertas costumbres y parte de código genético. La parte de nuestra cultura que recibió la embestida europea fue la cultura del Anahuac-Tawantinsuyo, la parte que nos hermana con todos y cada uno de los pueblos del continente porque nos unen profundos aspectos culturales, todos poseemos idiomas originales que han sido relegados, pero que aún permanecen en el habla de los pueblos más arraigados (náhuatl, otomí, guaraní, quechua, maya, navajo, entre otros) y que han impregnado al idioma español actual. Compartimos similares costumbres familiares, una alimentación basada en el maíz y una espiritualidad distinta a la europea.

Las consideraciones hechas acerca del término “América” explican por qué en este libro no utilizaremos la expresión “Mesoamérica”, que se encuentra a menudo en los estudios de las culturas del México antiguo. Esta palabra fue acuñada por Paul Kirchhoff, un antropólogo alemán de origen judío y que tenía ideas políticas comunistas, el cual se refugió en México en 1937, se naturalizó mexicano en 1941, fue cofundador en 1938 de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, donde impartió cursos de etnología hasta su muerte. A partir de 1952 fue investigador de la Sección de Antropología del Instituto de Investigaciones Históricas (unam), donde permaneció hasta su jubilación, 13 años después. En 1943 publicó Mesoamérica, sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales,[3] que representó una aportación original y de fuerte impacto en los estudios de las antiguas culturas de la región. El concepto de Mesoamérica es una construcción teórica que agrupa algunas características socioculturales típicas, como la economía basada en la agricultura, el cultivo del maíz, el uso de dos calendarios (el ritual de 260 días y el civil de 365), los sacrificios humanos como parte de ritos religiosos, la tecnología de la piedra y la ausencia de la técnica del metal. Los pueblos que compartían esas características ocupaban el área geográfica que incluye la mitad meridional de México y los territorios de Guatemala, El Salvador, Belice y la parte meridional de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. El mérito de este concepto es que elaboró un modelo de características capaz de unificar una variedad de culturas que tenían idiomas diferentes y peculiaridades específicas, que impulsó a varios especialistas (y al mismo Kirchhoff) a discutirlo, desarrollarlo y, a veces, modificarlo. El término Mesoamérica tiene un cierto límite debido a que fue inspirado por la noción “Mitteleuropa”,que fue utilizada por varios autores de los siglos xix y xx, con la cual se designaba una Europa “intermedia” entre el mundo germánico y el mundo eslavo, y caracterizada por la presencia sociopolítica del imperio hasbúrgico en el cual la postura central de Austria se combinaba con la convivencia de muchas poblaciones diferentes por lengua, costumbres y tradiciones. Por tanto, se trata de un enfoque en un cierto sentido eurocéntrico, además aplicado a un concepto puramente geográfico como el de América. Por estas razones, aunque no existan objeciones al uso del término “Mesoamérica” para denotar convencionalmente un cierto tipo de estudios, parece ser más significativo utilizar el término Anahuac para denotar este campo de estudios, que corresponde, a lo que las mismas poblaciones utilizaban para denotar su propio ambiente.

Hay algo más importante: a la noción de Anáhuac no se asocia a aquella característica de “territorialidad” que es ínsita en la denominación de “Mesoamérica” y esto permite considerar a la civilización del Anáhuac como una de las “Civilizaciones madre” en la historia de la humanidad, cómo comentaremos brevemente.

Civilizaciones y culturas

En las páginas anteriores hablamos de la “civilización” del Anáhuac y de diferentes “culturas” (olmeca, zapoteca, azteca, maya, entre otras). Este hecho indica que consideramos estos dos conceptos como relacionados, pero no como sinónimos, aunque en el discurso ordinario se utilicen así. ¿Cuál es entonces el significado de cada uno y la diferencia entre los dos? La respuesta es compleja, ya que este asunto ha sido tratado de manera distinta por varios autores a lo largo del tiempo y con soluciones también diferentes. Por esta razón, después de dar algunos detalles históricos, propondremos una definición en un cierto sentido convencional y que tiene la ventaja de ser adoptada por muchos especialistas de estos temas.

Cultura es un término de origen latino que indicaba la labor de “cultivar” los campos (agri-cultura) y en seguida también al cuidado particular dedicado a las deidades (a las cuales se ofrece un “culto”) y el cuidado puesto en la formación del ser humano mediante la educación (con el fin de que sea una persona “culta”). Este último significado coincide aproximadamente con la noción griega de paidéia que encontramos, por ejemplo, en Platón y Aristóteles y que en la tradición latina se designó con el concepto de humanae litterae o sea de “humanidades” como aún se dice en varios idiomas. Este término se refería al conjunto de conocimientos (tradiciones y saberes) que un determinado pueblo considera como fundamentales y dignos de ser transmitidos a las futuras generaciones. Un hecho típico de la cultura occidental fue considerar que el conocimiento se encuentra básicamente en los libros (de ahí vino la idea que la cultura de un hombre se basa en un sistema de “buenas lecturas”). Además, el adquirir esta cultura requería invertir mucho tiempo durante bastantes años, era obvio que fuera reservada a personas pertenecientes a los estratos sociales más elevados y ricos, y no a los esclavos o a los siervos. Por esto la enseñanza era sólo para los hombres “libres” (es decir, excluía a las mujeres y a los esclavos). En la Edad Media la enseñanza se articuló en los currículos de estudio de las artes y se identificó con lo que se enseñaba en las “artes liberales”, claramente separadas de las artes “mecánicas” que implican trabajo manual y se consideraban de valor inferior desde el punto de vista social. Era un privilegio de las clases altas la posesión de conocimientos, creencias, modales de comportamiento y convenciones sociales, y que una persona debía tener para ser considerada culta.

Esa concepción aristocrática de la cultura declinó a partir del Renacimiento, en especial después de la creación de la ciencia natural moderna por parte de Galileo, Newton y sus seguidores, la cual comportaba un aprecio especial de las matemáticas y de las tecnologías; esto preparó el cambio de perspectiva que ocurrió en la época de la Ilustración, que concibió a la razón como característica del ser humano, y la consideró como fundamento de la dignidad personal y del progreso social, que se alcanzan mediante la educación, como subrayaron filósofos como Rousseau y Kant. Dentro de esa perspectiva, la cultura se presentaba como un bien universal y los autores franceses empezaron a llamarla civilisation (utilizando un término que anteriormente significaba un conjunto de buenos modales) y de tal manera la civilización no aparecía en oposición a la cultura, sino como una dilatación ideal de la misma. En tanto que para los pensadores alemanes cultura (Kultur) y civilización (Zivilization) tenían un significado casi opuesto. La cultura era esencialmente algo relacionado con la auténtica naturaleza humana presente en cada individuo. Mientras que la civilización era considerada como un conjunto de reglas y valores más exteriores y convencionales. Esta oposición, claramente presente en Kant, se desarrolla en los autores del Idealismo, en Schopenhauer, en Nietzsche y culmina con la famosa obra de O. Spengler, El ocaso de Occidente, en donde la Zivilization se presenta como el momento culminante de un ciclo de Kultur que se ha convertido en algo rígido y artificial y es el signo de la decadencia de ese ciclo y de su próximo fin.

Estas caracterizaciones “ideológicas” de los conceptos de cultura y civilización han alimentado muchas discusiones que han mezclado varios elementos, que sería imposible identificar un significado suficientemente unívoco de estas nociones. Por tanto, resulta más útil apoyarse en unas caracterizaciones más “descriptivas” que se desarrollaron durante el siglo xx y se basan en características muy generales y relativamente elementales que sirven para agrupar en una misma civilización una variedad de culturas a su vez caracterizadas por un abanico mucho más amplio de rasgos materiales, intelectuales, de creencias, costumbres y formas de vida que acumulan durante periodos más o menos largos y dentro límites geográficos variables de ciertas poblaciones. Esta concepción más descriptiva o empírica es la que adoptamos en este libro, siguiendo la línea trazada por autores como Guillermo Marín y Bonifaz Nuño,4 entre otros, por eso hemos hablado de una civilización del Anáhuac y de varias culturas que se han desarrollado dentro de la misma.

En este punto es interesante mencionar que la historia de la humanidad ha conocido sólo un número pequeño de civilizaciones madre, esto es, de civilizaciones que han surgido sin tener antecedentes de las cuales hayan derivado. El catálogo de estas civilizaciones madre es en cierta medida convencional e incluye las siguientes civilizaciones originarias o civilizaciones madre: Egipcia, Mesopotámica, China, India, Anáhuac, Andina.

Esta lista no pretende designar las civilizaciones “más excelentes” o “más importantes” de la historia, sino las más “antiguas” u “originales” debido a que no son derivadas de otras civilizaciones. Así, por ejemplo, la civilización romana ha sido, sin duda, una de las más grandes e importantes de la historia; sin embargo, no se considera una civilizaciones madre (no obstante su larga duración hasta los tiempos modernos y su amplia articulación en diferentes culturas a lo largo de su evolución) porque en sus orígenes entraron varios elementos de culturas anteriores, como la etrusca, las itálicas autóctonas, la griega, etcétera.

En resumen: las civilizaciones madre tuvieron un origen autónomo, se asentaron en un territorio y empezaron a cultivarlo asegurándose la base de su nutrición. Por esto, cada una se caracteriza por un determinado grano (trigo, maíz, arroz, etc.) que constituye su base alimenticia. Después de haber cubierto sus necesidades elementales de subsistencia, crearon una filosofía, una religión, un Maestro, un lenguaje y varias instituciones sociales. Esto significa que cada una de ellas tuvo una estructura de pensamientos no sólo para interpretar el mundo y los eventos de la vida, sino también para darle un sentido a la existencia y abordar el problema de la transcendencia, tanto desde el punto de vista del individuo como de la comunidad. De estas exigencias fundamentales se desarrollaban cuatro sistemas básicos concernientes a la alimentación, a la salud, a la educación y a la organización social. Como se ve, se trata de marcos muy generales comunes a las diferentes culturas que históricamente se han desarrollado dentro de una misma civilización y que cada cultura a su vez ha concretado de manera diferente. Sin embargo, mucho más fuertes y marcadas son las diferencias con respecto a otras civilizaciones. Por ejemplo, el sistema de educación practicado en la cultura medieval occidental –con sus planes de estudio basados en las “artes” del trivio y cuadrivio, y destinados para clérigos y laicos, y enmarcados dentro de una concepción cristiana del ser humano y de la divinidad– es muy diferente del sistema educativo de la toltecáyotl que practicaban las diferentes culturas del Anáhuac, siendo abierto a todos los miembros de la comunidad, sin diferencia de género y con finalidades de formación física y espiritual bien definidas en el marco de una original cosmovisión al mismo tiempo filosófica y religiosa que trataremos en los próximos capítulos.

¿Por qué Toltecáyotl?

La civilización del Anáhuac y las culturas que de ella surgieron, en particular la náhuatl, encuentran en la toltecáyotl las condiciones necesarias para darle sentido a su existencia.

La flor y el canto, arte y poesía, son las herramientas para conocer las cosas esenciales de la vida en el camino espiritual, el camino del conocimiento. Este conocimiento lleva a tener una vida en equilibrio, que es el fin de la toltecáyotl “el arte de vivir en equilibrio”. La toltecáyotl es la mayor y más valiosa herencia que nos legaron nuestros ancestros, fundadores de la milenaria civilización denominada Anáhuac.

Por medio de la flor y el canto (in xochitl in cuicatl, arte y poesía) el gran guerrero, no un soldado, mantenía su guerra florida contra su yo interno, Necoc Yaotl, es decir, eran sus armas contra su ego e importancia personal. Ella le brinda los recursos necesarios al ser humano para lograr la plenitud existencial, la sabiduría, la experiencia individual y colectiva indispensables para solucionar los problemas de orden material, y una vez resueltos, valerse de la sabiduría milenaria, para resolver el desafío existencial de trascender la vida en el plano espiritual.

Las culturas surgidas en el Anáhuac proclamaron ser buscadoras de la ciencia espiritual. Su objetivo era que las personas llegaran a ser integrales. Para ello crearon escuelas en las que se enseñaba astronomía, herbolaria, matemáticas, artes marciales y danza; además la educación era obligatoria, gratuita y estaba a cargo del Estado. También era universal, ya que estaba abierta a todas las maneras de concebir el mundo. Crear seres humanos dueños de un rostro (in ixtli) y de un corazón (in yollotl) –una personalidad y una espiritualidad– por medio de un sistema educativo que contemplaba todos los aspectos de la mente, el cuerpo y el espíritu.

La Toltecáyotl es la mayor y más valiosa herencia que nos han legado, quienes son los padres fundadores de nuestra milenaria civilización. El Patrimonio Cultural que han producido a través de la sabiduría producida por la investigación y sistematización del conocimiento a lo largo de ocho mil años.

Si la India tiene a Buda y China al Tao, nosotros, la civilización del Cem Anáhuac, –tan antigua como ellas–, tenemos la Toltecáyotl. Sabiduría humana que nos ha permitido satisfacer las necesidades y desafíos materiales de la vida. Pero también, dar respuesta al desafío de trascender la limitada y efímera existencia humana en el plano material.[5]

Los mexicas lo llamaron nawi ollin teotl, que significa “energía que gira en cuatro puntos”: del instinto a la inteligencia y de la voluntad a la conciencia. A sus escuelas las llamaron casa de jóvenes y atado de casas (telpochcali y calmecac).

Además nuestros ancestros consideraban la existencia de cinco elementos principales en la naturaleza:

 Tletl, fuego.

 Atl, agua.

 Ehecatl, viento.

 Tlalli, tierra.

 Ollin, que era considerado como el principio o elemento integrador de los otros cuatro, el movimiento.

Todas las culturas de la civilización del Anáhuac reconocieron al término ollin como el elemento integrador; esta es una demostración de lo profundo de la toltecáyotl, un reconocimiento de que el movimiento es lo que le da sentido a las cosas, es lo que crea la ilusión del tiempo, es lo que da forma al universo tal y como es, pues en un inicio todo estaba quieto, y ahora no hay nada fijo en el microcosmos ni en el macrocosmos, todo está en movimiento.

Consideramos que la toltecáyotl, la gran cultura del pueblo anahuaca era superior en todo a las naciones europeas excepto en armamento. Con la Conquista muchos templos de energía (teocalli) situados en puntos geomagnéticos abiertos para el trabajo mental y espiritual fueron destruidos y en su lugar se edificaron iglesias situadas estratégicamente a modo de fuertes militares, conventos tipo fortalezas, típicos del siglo xvi.

Se destruyeron los observatorios astronómicos donde se practicaba un deporte cósmico –el juego de pelota u olama o tlachtli– y también se demolieron las casas de danza y canto, así como los recintos de conocimiento integral (científico espiritual), y pronto se construyeron las universidades, cuya misión era llevar la pauta de un nuevo sistema educativo laico, pero aún así lavacerebros, alejado del conocimiento indígena, que fue de mal en peor hasta la situación que vivimos actualmente.

En la Facultad de Medicina no se enseña medicina totonaca. En la Facultad de Arquitectura no se enseñan los modelos cósmicos de las grandes ciudades precuauhtémicas. En la Facultad de Ciencias Políticas no se enseña la organización política de los pueblos del Anáhuac. En ciencias no se enseñan matemáticas mayas. En la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea no se enseña la danza azteca. En la Escuela Nacional de Artes Plásticas no se enseñan los modelos toltecas. Luego, entonces, lo universal de las universidades es un mito.

Porque dentro del conjunto de lo universal está incluido lo propio: ¡En la realidad está excluido!

Todas las teorías, formas, deportes, artes, técnicas y saberes que se enseñan en las universidades provienen de Europa y Estados Unidos. La unam, las demás universidades y, en general, todo el sistema educativo de nuestro país se basan en un modelo de educación importado en el cual no quedan huellas de nuestras raíces culturales, de nuestra toltecáyotl.

Nos cambiaron las escuelas de ciencia integral por fábricas de burócratas (¡empleados y desempleados!), ignorantes de su propio origen, apáticos, carentes de amor a la naturaleza y a su cultura (toltecáyotl).

Muchos se convierten en zombis con título, con profesión, orgullosos de haber logrado ser alguien en la vida. Otros se vuelven ladrones de tesis, profesores con la misma cantaleta ensayada mil veces, preocupados por obtener un mísero ascenso en lugar de formar seres íntegros y capaces. Se han convertido en fabricantes de “pseudolíderes”, con una formación profesional técnica especializada, quienes a la primera oportunidad huyen de su nación sólo para insertarse magistral (o doctoralmente) en la burocracia de otro país.

Otros estudian con un método impecable a nuestros indígenas como si fueran simples objetos con el fin de escribir un artículo más para la gran antropología nacional y obtener un grado más en la larga cadena de burócratas aferrados y así poder presumir (¡a quien sea!) su gran conocimiento. Por supuesto, conozco excepciones, alumnos y maestros con un corazón de jade y turquesa, pero ellos también son engañados o utilizados y algunos otros tienen que soportarlo por necesidad.

En este libro no cometeré el error de estudiar a mis hermanos como si fueran cosas para añadir un renglón más a mi currículum. Prefiero ser “india” para conocer mi origen, mi herencia y mi destino. No quiero estudiar “ruinas arqueológicas”, quiero danzar en ellas. Los universitarios técnicos en restauración arqueológica son muy necesarios y agradecemos su invaluable trabajo, pero no son los dueños de las zonas sagradas. Éstas pertenecen a los pueblos indígenas y a todo aquel que se asuma como indígena de alguna nación y, en general, a todo el pueblo de México.

Todos los universitarios y aún más los anahuacas, que quieran transformarse y transformar el sistema educativo deberán indagar mucho su origen más antiguo, el que ha estado en la tierra por miles de años, el endémico. Para crear mexicanos orgullosos de su cultura amantes de la toltecáyotl, en la cual se encuentra la raíz latente y la esencia de su existencia. Recordemos que nadie ama lo que no conoce y sólo quien conoce su origen puede saber su destino.

Es importante señalar, que en este libro se mencionarán palabras de la lengua náhuatl con cierta frecuencia y, por consiguiente, se presenta el problema de su correcta escritura. Este problema es común a todos los estudios en los que se debe transliterar en el idioma del expositor las palabras de otro idioma y los lingüistas han elaborado ciertas convenciones bastante complejas acerca de la fonética y la ortografía. Otra dificultad similar es la determinación de la sílaba sobre la cual cae el acento tónico. La solución de este problema en el caso de las lenguas no escritas es relativamente incierta, aunque se presente también para lenguas escritas (basta pensar en el latín y el inglés). ¿Deben acentuarse las palabras de origen náhuatl? Podemos decir que las formas acentuadas y no acentuadas de las voces nahuas son correctas. Las variantes escritas de buena parte de los nahuatlismos se deben al hecho de que, al incorporarse al idioma español se adaptaron a sus reglas ortográficas y la acentuación de algunas cambió. En nuestro caso, siendo el náhuatl una lengua no escrita, utilizaremos la transcripción de sus palabras según las reglas fonéticas y ortográficas de la lengua española, así como se utilizan en los estudios redactados en este idioma, añadiendo también los acentos tónicos que algunos autores prefieren no utilizar, a mí me parece correcto hacerlo de acuerdo con las reglas del español, ya que esta solución práctica es adecuada para los fines de este libro y facilita su lectura. Además considero que si escribimos en español y usamos palabras del náhuatl, debemos usar las reglas establecidas por la Real Academia Española, todo esto sin pretensión alguna de constituir una autoridad.

[1] Guillermo Marín, Los viejos abuelos: nuestra raíz indígena, México, Universidad José Vasconcelos de Oaxaca, 2000, pp. 30-31.

[2] Marc Thouvenot, Diccionario náhuatl-español, colaboración de Javier Manríquez, prólogo de Miguel León-Portilla, México, Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Históricas / Fideicomiso Felipe Teixidor y Monserrat Alfau de Teixidor, 2014, p. 484.

[3] Paul Kirchhoff, “Mesoamérica, sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales”, en revista Tlatoani, suplemento núm. 3, México, 1967, p. 12. Disponible en: <http://alfinliebre.blogspot.com/>. Consultada el 2 de febrero de 2019.

[4] Guillermo Marín, “Rubén Bonifaz Nuño, biografía”, en Toltecáyotl, publicada el 16 de agosto de 2009, disponible en: <https://bit.ly/2stRI8o>. Consultada el 24 de noviembre de 2018.

[5] Guillermo Marín, op. cit., disponible en: <https://bit.ly/2stRI8o>.

Las fuentes

Todo trabajo histórico debe hacer una referencia preliminar a las fuentes en las que se basa. En el caso de la historia del México precuahtémico (no utilizamos el concepto peyorativo de “prehispánico” que borra los 7 500 años de desarrollo humano endógeno de una de las seis civilizaciones más antiguas de la humanidad), la cuestión de las fuentes es compleja e instructiva porque, al tratarse de una civilización con una cultura muy avanzada en la que existía una clase culta sumamente articulada, la calidad y cantidad de las fuentes es, por consiguiente, variada. Este tema ha sido tratado en forma abundante por numerosos historiógrafos y carece de sentido entrar en demasiados detalles. Sin embargo, es indispensable proporcionar los elementos principales de este marco.

Contrariamente a lo que algunos podrían pensar, existen pocas fuentes escritas relacionadas con las formas “altas” de la cultura del México antiguo. Las que podríamos llamar “directas” están redactadas en náhuatl, es decir, en un idioma de orígenes muy antiguos, hablado por muchas poblaciones del altiplano mexicano, y que al momento de la llegada de los conquistadores españoles era la “lengua nacional” del Imperio mexica (mal llamado Azteca). Ésta no se extinguió de inmediato, y hasta la fecha es hablada por algunos millones de mexicanos, en especial en muchas localidades de la provincia del país. Las fuentes que podríamos llamar “indirectas” están redactadas en español y están constituidas por relatos de conversaciones que algunos religiosos sostuvieron, en los años inmediatamente posteriores a la Conquista, con varios “informantes” indígenas de nivel cultural bastante elevado. Algunas de estas fuentes son muy significativas, porque también contienen la versión en náhuatl de los testimonios recopilados, debido a esto pueden ser incluidas entre las fuentes directas.

Como veremos más adelante, por medio de algunos ejemplos, el náhuatl no fue una lengua elemental y pobre. Por el contrario, poseía una estructura gramatical y sintáctica muy compleja que, entre otras cosas, permitía también (gracias a un sutil juego de sufijos, prefijos e infijos) la expresión de nociones abstractas. Como prueba de esto, es suficiente decir que existen algunas gramáticas y diccionarios de esta lengua,[1] la cual hoy en día es enseñada en algunas universidades e instituciones culturales, de modo que la lectura de las fuentes relativas no presenta mayores dificultades que las encontradas en la lectura de textos redactados en una de las lenguas muertas generalmente estudiadas.

Por esta razón, sería científicamente más correcto hablar de civilización náhuatl o del Anáhuac (y paralelamente, de filosofía, cosmología, antropología, cultura y medicina náhuatl), en lugar de civilización mexicana del periodo precuauhtémico. De hecho, el adjetivo “mexicano” podría dar la impresión de que se pretende hablar de la cultura de los mexicas, es decir, del pueblo que estaba en su apogeo cuando llegaron los españoles, y que muy a menudo es erróneamente identificado con los aztecas (en realidad, éstos eran un grupo étnico pequeño dentro del pueblo de los mexicas, que gracias a sus habilidades militares, había subyugado a muchos pueblos). Los mexicas llegaron al Valle de México en una época bastante tardía, y su capital México-Tenochtitlán (que constituye el núcleo histórico de la actual Ciudad de México) se fundó en 1325, sólo trescientos años antes de que Cortés la subyugara, en 1521. Es cierto que los mexicas habían alcanzado una posición de hegemonía política y cultural (este hecho explica por qué se remonta a ellos la etimología de la palabra “México”); sin embargo, a pesar de que imprimieran rasgos específicos a su cultura, ésta tenía raíces mucho más antiguas, que se encuentran precisamente en las culturas de lengua náhuatl y, por ejemplo, en lo que respecta a la medicina, el arte y la filosofía se remontan hasta el legendario pueblo de los toltecas, quienes (según los testimonios recopilados por los primeros conquistadores españoles) eran considerados por los indígenas cultos como los inventores de la ciencia médica y la filosofía.[2]

Lo que decimos no es, en realidad, nada extraño, si pensamos que estamos acostumbrados a hablar de las civilizaciones griega o latina simplemente refiriéndonos a la lengua en la que estas civilizaciones se expresaban, abarcando de esta manera pueblos muy distantes en el espacio y el tiempo, e incluso pertenecientes a etnias diferentes. A pesar de estas notables diferencias, ellas formaban parte de la misma koiné, es decir, un patrimonio común de conocimientos, ideas, concepciones del mundo y del hombre, tradiciones y costumbres, que eran vehiculados a través de la lengua común. En un sentido perfectamente análogo, entonces, se puede y se debe hablar de una civilización náhuatl o del Anáhuac (y no se trata de una opinión personal, ya que es compartida por muchos especialistas del tema): ésta no sólo es mucho más antigua que México-Tenochtitlan, sino que supera ampliamente los estrechos confines del dominio mexica e integra elementos de todas las grandes culturas que existieron antes, incluyendo gracias a su sincretismo los frutos de las culturas de los olmecas, de los teotihuacanos y de los toltecas.

En particular, su expansión (consecuencia de su prestigio, mucho más que efecto de una conquista) alcanzó áreas que los mexicas nunca dominaron militarmente.[3]

La lengua náhuatl era hablada y escrita. Sin embargo, su escritura no era de carácter alfabético-fonético, sino esencialmente ideográfico, estaba constituida de forma prevalente por pinturas muy coloreadas, a las que se añadía un sistema de glifos que contenía un gran número de grafemas, algunos de ellos de tipo ideográfico, y otros que representaban sílabas. Estos grafemas eran suficientes para establecer fechas, expresar nombres de lugares y personas, cuerpos celestes, fenómenos meteorológicos como los terremotos, conceptos y prácticas religiosas, una gran cantidad de objetos, plantas, animales, piedras, metales, edificios, cargos sociales, eventos de la vida, acciones, etc. En pocas palabras, tenía características similares a las de la lengua escrita del antiguo Egipto. Esta lengua aparece en los más antiguos “códices”, es decir, los que fueron escritos antes de la Conquista. De hecho, los primeros conquistadores (o mejor dicho, en la mayoría de los casos, los religiosos que los acompañaban con el propósito de evangelizar a los pueblos indígenas) son los artífices de que el náhuatl también recibiera una transcripción fonética, utilizando el alfabeto y los fonemas de la lengua española de la época. Los misioneros de todos los tiempos tuvieron que aprender los idiomas de los pueblos indígenas para comunicarse con ellos, así como para poder predicar y evangelizar. Pero los religiosos a los que nos referimos no se limitaron a este aprendizaje práctico (que en sí mismo no suponía la necesidad de pasar a una escritura), sino que se preocuparon por conocer a fondo los hábitos, las costumbres, creencias, tradiciones de los pueblos conquistados: para tal fin, recopilaron y examinaron una enorme cantidad de testimonios directos, expresados en náhuatl, por “informantes” indígenas (casi siempre de nivel cultural apreciable) y los transcribieron con fidelidad utilizando la escritura fonética. De esta manera, también descifraron, con la ayuda de dichos informantes, la escritura ideográfica de los códices más antiguos. Este trabajo fue ulteriormente facilitado y desarrollado gracias al hecho de que muchos indígenas cultos aprendieron el español, por lo que en unos pocos años un grupo bastante numeroso de personas dominó perfectamente el español y el náhuatl.

Finalmente, a esto se añadió el hecho de que la Corona de España exigiera a sus funcionarios informes muy meticulosos sobre el estado de la Colonia bajo los aspectos más diversos (incluidos los de naturaleza más “culta” en vista de las disputas muy acaloradas que surgieron acerca del estatus que se les debía reconocer a los indígenas, es decir, si debían considerarse o no como simples paganos idólatras, rudos y primitivos, y, por tanto, como pertenecientes a una raza inferior y dignos de ser tratados como esclavos o seres subhumanos).

A este propósito, una cuestión importante es la referente al peso que debe atribuirse a la tradición oral. Hoy en día, la metodología histórica ha justamente reconocido el valor de este tipo de fuente, pero permanece la tendencia a tomarla en serio sólo en los casos de culturas desprovistas de escritura. Se trata de un malentendido deplorable: incluso en el mundo occidental, la transmisión oral desempeñó un papel importantísimo hasta la invención de la imprenta, gracias a la cual los textos escritos pasaron a ser fácilmente disponibles y, de esta manera, condenó a una progresiva decadencia del ejercicio del aprendizaje mnemónico. Por otro lado, en todas las culturas tradicionales el aprendizaje mnemónico siempre ha jugado un papel esencial: no sólo porque, para cada individuo, el saber coincide con lo que recuerda de lo que aprendió (“no hace ciencia el entender sin retener”, sentenció Dante con toda razón), sino también porque la calidad del conocimiento de una persona era proporcional a su exactitud, su minuciosidad, a la confiabilidad de lo que había aprendido y eso consistía principalmente en saber retener los conocimientos acumulados de una tradición.[4] El único inconveniente grave no es la infidelidad de la memoria (no muy diferente a la posibilidad de transmisión de errores al copiar los manuscritos o de errores de impresión), sino en el peligro de la extinción. Mientras que un manuscrito o un libro pueden reposar durante siglos en una biblioteca y ser consultados por alguien mucho tiempo después, el saber de una persona muere con ella, a menos de ser continuamente retransmitido y aprendido por otras personas, es decir, a menos que este conocimiento sea parte de una tradición viva.

Los españoles encontraron en México una cultura viva y floreciente, cuyos maestros, verdaderas enciclopedias humanas, preservaban y transmitían oralmente los contenidos de una larga tradición, de forma en gran medida independiente de la existencia (por notable que esta fuera) de textos escritos.

Además, formaba parte de esta tradición oral la enseñanza relacionada con la forma de interpretar los textos escritos, de modo que los jóvenes que recibían la que podríamos llamar educación superior, especialmente en los calmécac, aprendían a “descifrar” los textos escritos, y memorizaban una gran cantidad de composiciones, desde himnos sagrados hasta anales históricos. Por tanto, cuando los primeros misioneros (o los indígenas cultos, o los funcionarios, como especificamos anteriormente), consultaron a los grandes “maestros” de esta tradición, transcribiendo en forma fiel sus informes y llenando miles de páginas en lengua náhuatl (formulada fonéticamente), no hicieron más que traspasar a una forma escrita de tipo alfabético una tradición oral fielmente conservada, que incluía, entre otras cosas, la decodificación de las fuentes escritas redactadas con la escritura pictoglífica de los códices más antiguos. Por esta razón, es correcto incluir entre las “fuentes directas” este tipo de testimonio, como lo haremos más adelante.[5] Si a esto le sumamos el hecho de que estas transcripciones del náhuatl eran acompañadas a menudo por las respectivas traducciones al español, no podemos dejar de notar cómo la combinación de estos factores haya significado, para el desciframiento de la lengua de los antiguos mexicanos, el equivalente al descubrimiento de la Piedra de Rosetta para el desciframiento del lenguaje del antiguo Egipto.

La que acabamos de describir fue una época afortunada y muy breve. De hecho, el afán de un conocimiento documental meticuloso, fiel y exhaustivo, complementado además por una comprensible curiosidad espontánea, fue motivado, entre otras cosas, como dijimos, por el programa consistente en suplantar esta cultura, así como por el prejuicio casi obsesivo de que se tratara de poblaciones dedicadas a creencias y prácticas idolátricas y supersticiosas, e incluso sujetas a influjos diabólicos. En pocas palabras, se trataba de una cultura que era útil conocer a fondo para erradicarla en forma eficaz de las mentes y de los corazones de esas poblaciones, y así implantar en ellas las semillas de la civilización cristiano-occidental (además de poder subyugarlas y explotarlas sin escrúpulos). Por esta razón, la cultura náhuatl fue destruida y reemplazada por una cultura hispanoamericana que, aun sin poder (lógicamente) borrar por completo el componente indígena, resultó ser fuertemente europeizada y, en particular, adoptó el español como lengua culta. Por eso muchos hablan de un “México prehispánico”. De hecho, si por un lado es muy cierto que no pocos mexicanos se distinguieron, en los siglos sucesivos, en los sectores “altos” de la cultura,[6] por otra parte hay que recordar que su trabajo era parte de la cultura hispánica y, en ella, ocupó una posición sustancialmente subordinada hasta el momento de la descolonización.

Por último, queremos eliminar una duda que podría surgir a propósito del valor “científico” de las fuentes en lengua náhuatl recopiladas por los españoles en las formas anteriormente descritas.

Podría pensarse que los diligentes frailes que reunieron los testimonios de los indígenas carecían por completo de esas cualidades “metodológicas” que consideramos indispensables hoy en día para la confiabilidad de la documentación resultante. Sin embargo, no fue así, y para aclararlo presentaremos la forma en que trabajó uno de los misioneros más significativos, fray Bernardino de Sahagún, franciscano que llegó a México en 1529. Fray Bernardino aprendió muy rápido el náhuatl y mostró desde el principio un interés insaciable por documentarse acerca de las características de la cultura “gentil” (es decir, “pagana”) de las poblaciones que llegaba a conocer. En todos los lugares que visitaba, buscaba a los ancianos más sabios y les pedía que le contaran todo lo que recordaban sobre su antigua cultura. Apuntaba o hacía apuntar todo literalmente, tal como ellos lo expresaban, y luego lo comparaba con los relatos de otros informantes corrigiendo, suprimiendo, añadiendo innumerables veces.

En relación con su método de trabajo, fray Bernardino de Sahagún explicó que durante tres años leyó y repasó por su cuenta sus anotaciones, y las dividió en libros, y cada libro en capítulos, y algunos libros en capítulos y párrafos.

El resultado de este trabajo fue una obra monumental, una verdadera enciclopedia del mundo náhuatl, en la que es posible encontrar de todo: desde la teología hasta el conocimiento médico, pasando por las recetas de cocina.

Pero el hecho metodológicamente aún más significativo es que fray Bernardino de Sahagún tuvo la honestidad intelectual de conservar incluso las minutas de su paciente trabajo, con los textos originales intactos. Pocas veces cedió a la tentación de criticar o condenar lo que estaba traduciendo y, puesto que conservamos esos originales, aún hoy podemos descubrir y corregir los eventuales e inevitables prejuicios y errores que se han infiltrado en su traducción. Tampoco puede ser ignorada la actitud fundamentalmente positiva que asumió hacia las doctrinas que encontraba, tratando de interpretarlas, cuando le parecía posible, para resaltar sus cualidades. Por ejemplo, en una carta dirigida al Papa Pío V el 25 de diciembre de 1570, fray Bernardino de Sahagún escribió:

Entre los antiguos filósofos, algunos dijeron que no existía Dios, y esta opinión era muy difusa: Ximócrates dijo que había ocho dioses y diosas. Antístenes dijo que había muchos dioses populares, pero solo un dios omnipotente, creador y gobernante de todas las cosas. Esta opinión o creencia es la que he encontrado a lo largo de toda esta Nueva España. Creen que existe un Dios que es puro espíritu, omnipotente, creador y gobernador de todas las cosas... A este Dios le atribuían total sabiduría, belleza y benevolencia.[7]

Después de todas las explicaciones proporcionadas, podemos proceder a un breve elenco de las fuentes más importantes, limitándonos a las que también han sido publicadas. Nos limitaremos a indicar los títulos de las fuentes, remitiendo a la bibliografía que se encuentra al final de este libro en donde se incluyen las indicaciones relativas a los datos completos de su publicación.

Fuentes directas

Los textos nahuas[8] más antiguos están contenidos en códices pintados, redactados en material vegetal muy resistente, obtenido de algunas especies de agave y similar al “papel amate” que sigue siendo utilizado para crear coloridos dibujos de carácter artesanal, bastante conocidos por los turistas que visitan México. Eran muy numerosos, pero muchos de ellos fueron destruidos por los conquistadores españoles, quienes se empeñaron en erradicar las tradiciones culturales indígenas, impulsados, entre otras cosas, por un malentendido afán de evangelización. Como resultado, se buscaron y destruyeron una gran cantidad de aquellos textos que representaban la base culta de una cultura considerada “pagana” e “idólatra” (lo que, por desgracia, es común en casi todas las formas de conquista colonial habidas a lo largo de la historia).[9]

Dicho esto, cabe señalar que los españoles habían sido precedidos en esta obra de destrucción por los aztecas, quienes, conscientes de su inferioridad cultural e intelectual con respecto a los pueblos del Valle de México a los que habían subyugado militarmente, intentaron fortalecer su dominio neutralizando las manifestaciones de la cultura superior de sus sumisos (dicho de otra forma, la conquista azteca también fue una forma de “colonización interna” de los pueblos amerindios). Los códices supérstites cruzaron el Atlántico, y se encuentran dispersos en varias bibliotecas europeas. Es difícil estimar su número porque la mayor parte de ellos no ha sido publicado, ni estudiado y ni siquiera catalogado de forma adecuada.[10] Los que son conocidos no son, a final de cuentas, gran cosa.

Cuando hablamos de “códices” consideramos tanto a los que fueron redactados antes de la Conquista (y que están escritos, como se ha visto, en escritura pictográfica), como a los posteriores, que contienen las transcripciones en lenguaje fonético y, a veces, incluso las traducciones en lengua española, como se ha dicho. Esta denominación se basa en el hecho de que, en parte, fueron realizados de acuerdo con las viejas técnicas de los códices prehispánicos, y en parte porque, al no tratarse de textos impresos, se consideran “códices” en el sentido más común del término. He aquí una lista de los más importantes:

 El Códice Vaticano A 3738, también conocido como Códice Ríos (del nombre del religioso del siglo xvi que añadió una serie de comentarios en un italiano lleno de hispanismos). Contiene principalmente doctrinas acerca de los orígenes cósmicos, los trece cielos, las divinidades y los soles cosmogónicos, el calendario y los datos posteriores a la Conquista, hasta 1563. Las pinturas que incluye son reproducidas a partir de un original prehispánico, y aparecen también en un códice de contenido similar, conocido como el Códice Telleriano-Remense (del nombre de monseñor Le Tellier, arzobispo de Reims, que lo poseía).

 El Códice Borgia, también perteneciente a la Biblioteca Vaticana, es quizás el más hermoso por la riqueza de colores y el valor artístico de sus pinturas. Se centra principalmente en el calendario y contiene, entre otras cosas, una hermosa estilización de la concepción cosmológica náhuatl.

 El Códice Borbónico es totalmente precuauhtémico, ya que contiene, entre sus últimas pinturas, la representación de la solemnidad del “nuevo fuego”, que cayó en 1507 (de acuerdo con los cálculos occidentales). Al ser un libro de arte adivinatorio, es muy importante para el estudio de las concepciones de los nahuas en relación con el calendario y la astrología.

 El Códice Mendocino (latinamente Codex Mendoza, resguardado en la biblioteca Bodleiana de Oxford), toma su nombre del virrey Antonio de Mendoza, quien ordenó alrededor de 1541 la recopilación de datos que éste contenía sobre la fundación de Tenochtitlán, el Imperio azteca y sus sistemas administrativos, fiscales, legales y educativos.

 El Códice de Chimalpopoca, llamado así por el abate Brasseur de Bourbourg debido a que su primera versión parcial en español había sido realizada por Faustino Galicia Chimalpopoca. Es un texto heterogéneo que consta de tres documentos distintos. El primero se conoce como Anales de Cuauhtitlán, y consiste en textos de nahuas recopilados antes de 1570, en gran parte de carácter histórico (y relativos a muchas localidades, además de Cuauhtitlán), pero también es muy importante para la reconstrucción del pensamiento religioso y cosmológico náhuatl. El segundo es un Breve informe acerca de los dioses y ritos de la gentilidad, escrito en español por Pedro Ponce. El tercero es un texto náhuatl llamado Manuscrito de 1558, redactado por un anónimo en ese mismo año y llamado por del Paso y Troncoso Leyenda de los Soles. Esta leyenda tiene un gran interés cosmogónico ya que, como veremos en su momento, presenta las líneas fundamentales de la visión cosmológica de los nahuas.

 El Códice Barberini (del nombre del cardenal que inicialmente lo poseía) también se conoce con el título de Libellus de medicinalibus indorum herbis, lo que indica su importancia fundamental para la historia de la medicina, así como la del Códice Badiano.

Los testimonios en lengua náhuatl de los informantes de fray Bernardino de Sahagún son muy importantes y debido a las modalidades de su recolección merecen ser catalogados entre las fuentes directas. Se recolectaron a partir de 1547 en Tepepulco (hoy Texcoco), importante centro político y cultural de los mexicas, así como en Tlatelolco y en México (es decir, en la antigua capital de los aztecas también llamada Tenochtitlán). Los indígenas que informaban a fray Bernardino eran, por lo general, ancianos que habían estudiado en su juventud en las dos grandes instituciones educativas de los mexicas: el Calmecac y el Telpochcalli, donde se aprendían de memoria los contenidos “altos” de su cultura, así como las modalidades de interpretación de los textos escritos. De este inmenso material (sometido a la rigurosa recopilación que mencionamos en la “tercera fase”, que tuvo lugar en San Francisco de México), la parte más antigua está contenida en los dos códices:

 Códices Matritenses (llamados así por ser conservados en Madrid), conocidos respectivamente como el códice del “Palacio Real” y el códice “de la Real Academia de Historia”, dependiendo del nombre de las dos instituciones en cuya biblioteca se encuentran.

 Códice Florentino. Más completa, pero de época más reciente, es una copia bilingüe en cuatro volúmenes y numerosas ilustraciones, conservadas en la Biblioteca Laurenciana de Florencia. El famoso erudito Francisco del Paso y Troncoso publicó en 1905-1907 una espléndida edición fototípica de los códices matritenses, porque sólo había podido publicar una parte del material de Florencia. El contenido del Códice Florentino fue publicado parcialmente, tiempo después, por varios estudiosos, y hoy está disponible su edición completa.

 El Códice Ramírez, obra del jesuita Juan Tovar.

De importancia menor, en cuanto esencialmente relativos a la historia eclesiástica de la nueva colonia, son otros códices, por ejemplo:

 El Códice Franciscano, que se remonta al siglo xvi.

 El Códice Mendieta, que reúne documentos franciscanos de los siglos xvi y xvii.

A estos textos deben ser añadidos:

 El libro del Coloquio de los doce. Así llamado porque reúne las entrevistas que los primeros doce frailes franciscanos (que habían llegado con Cortés) tuvieron en 1524 con los tlamantimine, los sabios ancianos indígenas. Esta fuente es muy importante porque se trata de testimonios directos proporcionados por las personas más cultas de aquella población. Ella revela, en particular, que entre los nahuas existían diferentes categorías de sabios, y muestra la habilidad y tenacidad con las que los indígenas defendieron sus creencias y su concepción del mundo. Cabe además recordar que este documento es el relato de un debate público, y concretamente de la última aparición pública de los sabios nahuas, que fueron invitados a defender sus concepciones ante su pueblo, contra las objeciones de los primeros doce misioneros cristianos.[11]

 La Colección de los “cantares” mexicanos. Es importante para la reconstrucción de las ideas filosóficas nahuas, expresadas en versos y en poesía por los sabios tlamantimine.

 La Conversación de los viejos. Se trata de discursos de carácter pedagógico, destinados a niños, jóvenes y adultos, sobre el nacimiento, el matrimonio, el ingreso en las instituciones educativas de los telpochcalli. Es una fuente totalmente precuauhtémica muy importante para la reconstrucción de la ética de los nahuas.

 Los Anales de la nación mexicana. Informes analíticos redactados por varios cronistas a lo largo de las diversas épocas de la historia de las poblaciones nahuas.

 Algunos textos de la Historia Tolteco-Chichimeca, anónimo, cuyo contenido se refiere a la historia del México precolonial, pero que también contiene poemas sobre la concepción de la divinidad.

Fuentes indirectas

Parte de las fuentes indirectas para el estudio de nuestro pasado son los relatos o crónicas. Su valor histórico se debe a que narran en español o náhuatl la fundación de Tenochtitlán, la migración azteca, algunos usos y costumbres, ritos religiosos, etc. Documentos como la Crónica Mexicáyotl, la Crónica Mexicana, la Relación de Tovar, la Historia de Durán y la Historia de Acosta, son considerados muy fieles al pasado y los que mejor relatan la realidad mexica, pero ¿de qué fuente provienen estos relatos?, ¿sobre qué documento se basan estas crónicas?

Esta pregunta se la han hecho muchos investigadores a lo largo de los años, personajes como el antropólogo Robert Barlow, la historiadora belga Sylvie Peperstraete o el historiador José Fernando Ramírez, dedicaron muchos años de investigación para responder a esta pregunta, tarea a la que se apegó el maestro en estudios mesoamericanos Gabriel Kenrick Kruell y la expone en su artículo “La Crónica mexicáyotl: versiones coloniales de una tradición histórica mexica tenochca”, llegando a una conclusión. Todos estos escritos provienen de una única crónica de tradición oral que en determinado momento se transcribió, fuente a la que nombraron Crónica X.

La Crónica X representaría una hipotética fuente en náhuatl extraviada, de la cual derivarían directa o indirectamente cuatro documentos bien conocidos por los historiadores: el primer volumen de la Historia de las Indias del dominico Diego Durán, escrito en 1581. La Crónica mexicana de Hernando de Alvarado Tezozomoc, redactada probablemente hacia 1598; la Relación del origen de los indios del jesuita Juan de Tovar, obra que representa un resumen de la Historia de Durán; y la renombrada Historia natural y moral de las Indias publicada en Sevilla en 1590 por el erudito jesuita José de Acosta, el cual se sirvió de la Relación de su compañero de orden, Tovar, para la composición de algunos pasajes de su magna obra.[12]

Especialmente importante para la historia de la medicina es el trabajo del doctor Francisco Hernández, quien fue médico de Felipe II, y por encargo de éste redactó una Historia Natural de la Nueva España. Sus Obras completas constan de seis volúmenes. Hablaremos de esta fuente con más detalle cuando tratemos la práctica médica de los nahuas.

Otras obras de españoles (conquistadores o cronistas) que contienen testimonios indígenas directos y cualificados acerca de las tradiciones y las concepciones de los pueblos subyugados son consideradas de importancia menor.

No se puede decir que sean textos irrelevantes, sin embargo, su valor como “fuentes” reales debe ponderarse en forma cuidadosa caso por caso, por esta razón nos eximimos de mencionarlos, dado además su considerable número. En cambio, señalamos que entre estas fuentes a tratar con cautela también figuran escritos de indígenas o mestizos, quienes escribieron en su propio idioma o en español. Entre ellos, los principales son: Hernando Alvarado Tezozomoc (nacido alrededor de 1525), quien escribió en náhuatl y en un español rudimentario; Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1575?-1650), mestizo casi totalmente europeizado, pero que dominaba a la perfección ambas lenguas; Diego Muñoz Camargo (1524-1614?), también mestizo. Estos personajes pueden considerarse como “fuentes indígenas”, a pesar de ser indirectas, puesto que obtenían de los indígenas sus informaciones. Sus escritos se consideran parciales, ya que reflejan, a veces, de manera transparente, las ásperas rivalidades que dividían a los diferentes grupos étnicos del Valle de México (rivalidades que fueron hábilmente aprovechadas por Cortés y le permitieron una conquista a todas luces desproporcionada con respecto a la fuerza militar con la que contaba). Es así que en Tezozomoc encontramos la perspectiva mexica; en Ixtlixóchitl, la texcocana; en Muñoz Camargo, la tlaxcalteca. Aunque esto pueda, a veces, conllevar dudas legítimas sobre la objetividad de algunos relatos. Por otro lado, tiene el indiscutible interés de darnos a conocer el testimonio y la opinión de quienes se encontraban del otro lado de la barricada (o el punto de vista de los vencidos), brindándonos a la vez datos que de no ser por ellos nunca habríamos conocido.

Fuentes no escritas

Desde hace mucho tiempo perdió vigencia el dogma que afirmaba que la “historia” de un pueblo comienza a partir del momento en que se cuenta con testimonios escritos de la misma. En particular, si la historia abarca los aspectos culturales en un sentido muy general, está claro que los restos arqueológicos tienen una importancia considerable. Este discurso es aún más válido cuando se trata de culturas que han desarrollado un fuerte sentido del simbolismo (prácticamente todas las culturas que no estén permeadas por una fuerte dimensión racionalista). Éste es el caso de la civilización náhuatl. De ahí que fuentes como las obras de arte diferentes a la literatura, es decir, pinturas, esculturas, decoraciones, arquitectura, resulten útiles: ellas entrañan un vasto contenido de ideas expresadas en símbolos, cuya interpretación (más allá de las dificultades que cualquier operación de este tipo encuentra relativamente a cualquier época y cultura) se ve facilitada por el hecho de que algunas representaciones simbólicas también se encuentran en los códices y, de este modo, el conocimiento de ese tipo de escritura a menudo ayuda a descifrar el símbolo.

La tradición oral ha sido siempre muy importante para el estudio de la historia, y aunque se le tache de “teléfono descompuesto” al momento de escuchar el mismo relato hablado por distintas bocas y diferentes versiones, la idea central trasciende y se mantiene. Esto mismo ocurre en la actualidad en los calpultin de nuestro país, donde maestros de la tradición oral comparten las enseñanzas de sus abuelos y las cuentan tal y como se las narraron a ellos y las enseñan tal y como se las enseñaron, algunos tienen unas versiones, los demás otras igualmente valiosas, pero la idea central es siempre la misma. La tradición oral es un arte de composición de la lengua cuyo fin o función es transmitir conocimientos históricos, culturales y valores ancestrales que se actualizan desde una temporalidad cíclica que le otorga su sentido más profundo. Estos relatos están profundamente relacionados con la espiritualidad de estos pueblos, porque en el acto de narrar un relato no sólo se cuenta una historia sino que se genera la unión entre lo terrenal y lo espiritual, dando sentido a la identidad cultural de los pueblos indígenas.

Los relatos de la tradición oral de nuestros viejos abuelos, conforman su memoria colectiva. Por ello, estas culturas los consideran como la antigua palabra o la palabra de los ancestros, se les concibe como la autoridad máxima en el establecimiento del orden social y la transmisión de valores y enseñanzas. Son la vía de transmisión de la cosmovisión, conocimientos filosóficos, religiosos, económicos, artísticos, tecnológicos, políticos, que las generaciones adultas transmiten a las jóvenes. Los relatos, junto a los tejidos, pinturas, diseños gráficos, danzas, música, son las bibliotecas de estas civilizaciones.[13]

No todas las fuentes que hemos mencionado son de igual importancia para la historia, entendida en sentido estricto. Sin embargo, ya se dejó claro en la “Introducción” cómo esta historia no puede prescindir de marcos conceptuales más amplios. Cuando llegue el momento de centrar nuestra atención en los temas más estrictamente médicos y filosóficos, también mencionaremos cuáles de estas fuentes son las más significativas a este respecto.

[1] Nos limitaremos a mencionar, a título de ejemplo: Ángel María Garibay, Llave del náhuatl, México, Porrúa, 1994 (es, en cierto sentido, la primera gramática de esta lengua realizada con base en criterios científicos, y contiene un apéndice y un breve diccionario). Anteriormente, César Macazaga Ordoño publicó un Diccionario de la lengua náhuatl (México, 1991) basado en la gramática de esta lengua redactada por el sacerdote jesuita Horacio Carochi a mediados del siglo xvii.

[2] En el fondo esta es la misma razón por la que muchos autores llaman “lengua mexicana” a la lengua náhuatl. Esto ocurre desde los primeros tiempos, y también se puede explicar porque los españoles prefirieron usar el topónimo de México para nombrar la capital azteca. Este topónimo, sin embargo, es náhuatl (significa “colocado en el ombligo del maíz”) y también era utilizado por los nativos. Más tarde, sirvió para nombrar a todo el país, sustituyendo, tras la descolonización, el nombre de Nueva España introducido por los conquistadores.

[3] La presencia del náhuatl es atestiguada por topónimos en esta lengua encontrados desde los estados del sur de los Estados Unidos de América hasta América del Sur, pero se concentra en especial en América Central. Las poblaciones que la hablaban vivían en el territorio conocido como Anáhuac, que se extendía más allá de los límites del México actual (por ejemplo, Nicaragua), a pesar de que no lo cubriera de manera uniforme. De hecho, la civilización maya floreció en la península de Yucatán y aunque geográficamente forma parte de México, es muy diferente a la náhuatl, sobre todo, por lo que se refiere a la lengua. La lengua maya también es hablada, hoy en día, en la península de Yucatán.

[4] Tomando en cuenta todo esto, no es sorprendente que en el pasado hubiera personas que conocían de memoria los poemas homéricos, los clásicos latinos, la Biblia y los textos jurídicos justinianeos. Sin ir más lejos, es suficiente pensar que la educación religiosa ha consistido, hasta hoy, en memorizar, sin recurrir a la ayuda del texto escrito, oraciones, letanías, cantos, complicadas fórmulas de catecismo, a veces en una lengua muerta que la mayoría no podía entender, como el latín.

[5] Una discusión articulada de este problema se puede leer en el apéndice final: “¿Nos hemos acercado a la palabra antigua?” de la última edición de la obra de Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993, pp. 397-435).

[6] Es suficiente con pensar que figuras como Alonso de la Vera Cruz (1504-1584), Carlos Sigüenza y Góngora (1645-1700), Francisco Javier Clavijero (1731-1787), cuyas obras y actividades alcanzaron una fama considerable incluso en Europa, eran mexicanos, o desarrollaron en México la mayor parte de su actividad.

[7] Esta carta se conserva en el Archivo Secreto Vaticano, A.A.Arm.I-XVIII, 1816, Documento, hojas 3.

[8] Nahuas es el plural de náhuatl.

[9] Para indicar este tipo de preocupación, es suficiente mencionar lo que León-Portilla informa (op. cit., pp. 10-11) sobre la obra de fray Bernardino de Sahagún. Ésta demostró ser tan objetiva y fiel, en la reconstrucción de las creencias indígenas, que algunos misioneros la consideraron peligrosa, ya que corriendo incluso el riesgo de revivir y fortalecer estas creencias. Ellos comunicaron sus inquietudes a Madrid y obtuvieron la promulgación, por parte de Felipe II, de una Real Cédula, fechada al 22 de abril de 1577, que dice:

“De algunas cartas que nos han sido escritas desde estas provincias hemos aprendido que el Fray Bernardino de Sahagún, de la Orden de San Francisco, ha compuesto una Historia Universal de las cosas más importantes de la Nueva España, la cual es un relato muy vasto de todos los ritos, ceremonias e idolatrías usados por los indígenas en su infidelidad, dividida en doce libros y en lengua mexicana; y aunque se entiende que el afán de Fray Bernardino había sido bueno, y dictado por el deseo de que su trabajo fuera fructífero, nos ha parecido que no es conveniente que tal libro se imprima, ni que circule de ninguna manera y bajo ningún concepto por esos lugares; por lo tanto, les ordenamos que, tras recibir esta cédula, con el mayor cuidado y diligencia procuren hacerse con estos libros, encargándose de que no quede el original ni ninguna traducción, y los envíen con todas las precauciones, a la primera oportunidad, a nuestro Consejo de Indias, para que puedan ser examinados; asimismo, les pedimos que pongan toda su atención en no permitir de ninguna manera que se escriban cosas que aludan a las supersticiones y formas de vida que tenían estos indios, en ningún idioma, por así convenirle al servicio de Dios nuestro Señor, y al nuestro”. Citado en Códice Franciscano, Salvador Chávez Hayhoe (ed.), México, 1941 (Siglo xvi, Nueva Colección de Documentos para la Historia de México). Afortunadamente, fray Bernardino conservó una copia de sus manuscritos y se salvaron de la destrucción.

Lo que se conserva de la documentación recopilada por él se encuentra en Madrid y Florencia. Los textos más antiguos de su investigación se encuentran en los dos Códices Matritenses, de los que se hablará más adelante.

[10] Se sabe que una parte de ellos es de propiedad de la Biblioteca Vaticana, pero según el testimonio del erudito Carlos Viesca, en la Biblioteca Nacional de París existirían unos trescientos códices nahuas prácticamente inaccesibles para los estudiosos.

[11] El ostentoso título en español de este documento indica cómo los conquistadores creyeron haber refutado públicamente los errores de los paganos, obteniendo su conversión: Coloquios y Doctrina Cristiana con los que los Doce Frailes de San Francisco enviados por el Papa Adriano Sexto y el Emperador Carlos Quinto convirtieron a los Indios de Nueva España, en lengua Mexicana y Española. El manuscrito original mutilado (únicamente contiene 14 de los 30 capítulos originales) fue descubierto en el Archivo Secreto del Vaticano en 1924, siendo posteriormente publicado en varias ocasiones.

[12] Gabriel Kenrick Kruell, “La Crónica mexicáyotl: versiones coloniales de una tradición histórica mexica”, en Revista Estudios de cultura náhuatl, núm. 45, México, unam, enero-junio 2013, pp. 197-232.

[13] Gabriela Fernanda Álvarez, Los relatos de la tradición oral y la problemática de su descontextualización y re-significación, Buenos Aires, 2012. Tesis (Magíster en escritura y alfabetización), Universidad Nacional de la Plata.

CAPÍTULO I
El pensamiento filosófico náhuatl sobre la divinidad y el cosmos
Premisa

Como vimos en la “Introducción”, no es posible entender adecuadamente el significado de la ciencia, la filosofía y la medicina en una época y cultura determinadas sin tomar en cuenta el contexto de ideas y creencias de carácter general en las que está inscrita. La razón de ello es sencilla, por ejemplo: la medicina se propone combatir, o al menos aliviar, básicamente tres fenómenos que el ser humano percibe espontáneamente como “negativos”, como “males”: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Está claro que el propósito de combatirlos presupone que estos sean “interpretados” y que, en virtud de esta interpretación, sea posible indicar sus “causas”, a partir de las cuales se podrán a su vez indicar los respectivos “remedios”. Por tanto, se entiende que si la enfermedad o el sufrimiento son interpretados como el efecto de una voluntad divina, es lógico suponer que el remedio debe buscarse en ritos u oraciones capaces de propiciar el favor de la divinidad; si se interpretan como consecuencia de una culpa, se resolverá eliminarlos a través de formas de expiación; si en cambio son interpretados como el efecto de los agentes físicos, se intentará eliminarlos mediante contramedidas adecuadas de tipo físico. Además, no es de descartar que estas interpretaciones se entremezclen entre sí, porque quien es afectado por estos “males” es el ser humano considerado en su totalidad, en su angustia existencial. Incluso hoy en día, a pesar del carácter “científico” adquirido por la medicina, son muy comunes preguntas de este tipo: “¿Por qué tuvo que tocarme a mí esta enfermedad?” “¿Por qué un niño inocente tiene que soportar este terrible sufrimiento?”. Muchos consideran que preguntas de este tipo simplemente “no tienen sentido”, pero esto sucede porque la mentalidad contemporánea ha perdido en gran medida la dimensión de lo divino o, por lo menos, ha ido separando la esfera física de la moral y la religiosa hasta el punto de asumir que no existe una relación entre ellas; además, se considera que el objeto de la medicina únicamente es el cuerpo del hombre, el cual a su vez es interpretado como un sistema puramente físico. Y bien, esta tampoco deja de ser una “concepción del mundo” de carácter general, que determina nuestra forma de interpretar y practicar la medicina aunque apenas estemos conscientes de ello.

Lo que hemos llamado la “concepción general del mundo” se puede indicar, más significativamente, como una “concepción filosófica”. Por tanto, aun en el caso de la medicina náhuatl, es preciso describir brevemente el marco filosófico en el cual se inscribe. Sin embargo, aquí surge una objeción: ¿es correcto atribuir a los nahuas una filosofía? Esta objeción, lejos de aplicarse únicamente a esta cultura, se presenta cada vez que se habla de culturas diferentes a la occidental. Y es que, hasta tiempos relativamente recientes, era muy común la opinión que veía la filosofía como una manifestación exclusiva de la cultura occidental, a la que sólo últimamente han tenido acceso algunas élites pertenecientes a otras culturas, quienes han aceptado occidentalizarse en mayor o menor grado. Esta opinión es aceptable sólo si se considera la filosofía como una reflexión de carácter rigurosamente racional, argumentativo y sistemático, pero es menos convincente si distinguimos entre la actitud y los problemas de naturaleza filosófica por un lado, y por el otro, el método para enfrentarlos.

La actitud filosófica puede caracterizarse en primer lugar como una “búsqueda del por qué”, y en segundo lugar, como un planteamiento “desde el punto de vista de la totalidad”. La búsqueda del por qué, que coincide con el esfuerzo por encontrar las “razones” de las cosas, los hechos, los acontecimientos, se articula a su vez en la búsqueda de las “causas” y de “principios”, los cuales no pueden ser encontrados al nivel de la experiencia directa, y nos permiten “explicar” y “dar sentido” a todo lo que llega a ser objeto de experiencia. Por otra parte, el punto de vista de la totalidad significa que la pregunta filosófica siempre considera las diversas realidades “como un todo”, y al mismo tiempo se propone elaborar un marco coherente en el que todos los aspectos de lo real encuentren una colocación coherente. En cuanto a los problemas filosóficos fundamentales, éstos tienen que ver con la constitución y el origen del mundo, la naturaleza del hombre, el significado de la vida y la muerte, la posible supervivencia después de la muerte, las posibilidades de nuestro conocimiento, la naturaleza y las formas de la vida moral. A lo largo de la historia del pensamiento, a estos problemas se han ido añadiendo muchos más, los cuales, sin embargo, es innecesario enumerar.

Cuando esta actitud y estos problemas estén presentes, es legítimo afirmar que estamos en presencia de una concepción filosófica, aun cuando las respuestas que se les da se valen de métodos diferentes. En particular, es posible hablar de filosofía cuando estos problemas son desarrollados en obras de arte, o en mitos, o a través de alegorías, en lugar de usar el método “técnicamente” filosófico del análisis conceptual, de la argumentación lógica, de la arquitectura sistemática. Es por eso que con respecto a la cultura de Occidente es legítimo hablar, por ejemplo, de la filosofía contenida en las obras de los grandes dramaturgos trágicos griegos, en la Divina comedia de Dante Alighieri o en las novelas de Dostoievski, o incluso afirmar, como lo han hecho intelectuales prestigiosos, que el mayor filósofo italiano del siglo xix ha sido Giacomo Leopardi. De hecho, el mismo Platón no dudó en recurrir al mito a la hora de expresar concepciones filosóficas demasiado complejas y profundas para poder ser explicadas en un discurso argumentativo probatorio.

En el caso de la civilización del Anáhuac, nos enfrentamos precisamente a una situación de este tipo. Sus concepciones filosóficas a menudo son implícitamente expresadas en maravillosas creaciones artísticas, en la arquitectura y la escultura, en la riqueza de los colores de su pintura mural y sus códigos, así como en sus concepciones religiosas e instituciones sociales. Pero también hay formulaciones más explícitas, contenidas especialmente en obras literarias como poemas, versos y cantos. Dicho esto, sería limitante considerar que la filosofía náhuatl sólo puede ser “deducida” a partir de estos testimonios, que de alguna forma no dejan de ser indirectos. Así como la misma filosofía griega racional y sistemática se desarrolló después de un largo periodo de gestación expresando, reelaborando, criticando y sistematizando los temas contenidos en el pensamiento mítico, religioso, artístico y poético que la había precedido, de la misma forma, dentro del saber náhuatl tradicional, llegó el momento en que pequeños grupos de “hombres sabios” (los tlamantinime) empezaron a organizar una serie de afirmaciones para expresar (independientemente de lo que les había heredado la tradición religiosa) los problemas y respuestas que surgían en su conciencia de seres racionales frente al espectáculo del mundo, impulsados por el sentimiento de estar sumergidos en el gran entramado y misterio del universo, así como la preocupación por alcanzar la verdad y descubrir el sentido de la vida humana. Su forma de expresarse todavía está hecha de metáforas, y está contenida en aquellos textos que llevan el nombre de “flor y canto”, pero ya se trata de reflexiones escritas, aunque estén redactadas en forma poética, de las que no es difícil deducir una cosmología, una teología racional, una antropología filosófica, una ética, un esbozo de la teoría del conocimiento, una paidéia o ideal educativo. Las únicas disciplinas filosóficas que no se derivan de los textos de estos pensadores son la ontología (es decir, una teoría general del ser como tal) y la lógica: ellas son un producto típico de la filosofía occidental, puesto que requieren un alto y refinado grado de abstracción, que sólo el típico método conceptual-racional de esta filosofía ha permitido construir. Dentro de las doctrinas filosóficas elaboradas por estos sabios nahuas, es posible hallar analogías significativas con las corrientes del pensamiento occidental como el escepticismo, el epicureismo, el estoicismo. Sin embargo, ésta no es la verdadera razón que permite atribuir la característica de “filosofía”, la cual se basa, en cambio, en las razones más importantes arriba señaladas.

Existe, con respecto a la filosofía occidental, una diferencia significativa. Los textos que establecen y tratan los diversos problemas filosóficos no son atribuidos a este o aquel pensador en particular (con muy pocas excepciones, como las de Tlacaelel y Netzahualcóyotl), sino que son parte de una tradición anónima que se transmitía de generación en generación, sin ser atribuida a ningún personaje en particular, siendo más bien considerada como el legado de naciones o grupos humanos existentes en la antigüedad, preservado y transmitido con reverencia y convicción. Un hecho de este tipo se explica fácilmente teniendo en cuenta que –como hemos analizado en el capítulo dedicado a las fuentes– estos textos escritos son en realidad el resumen de una larga y compleja tradición oral.

La concepción de la divinidad

Para poder comprender el nivel sumamente elevado de refinamiento y abstracción alcanzado por el pensamiento náhuatl, no hay mejor tema que el de la naturaleza de la divinidad. Abordando este tema, es posible apreciar características profundas de la religión de esta cultura que nos costaría esclarecer si únicamente nos guiáramos por sus leyendas, rituales, concepciones o creencias particulares. Estos últimos nos remiten inevitablemente a la idea de una religiosidad politeísta, animista, “pagana” e “idólatra”, que es la que se formaron los primeros conquistadores (y que no sería diferente, dicho sea de paso, a la opinión que un observador externo podría formarse sobre el cristianismo cuando su conocimiento estuviera limitado a los ritos, creencias, leyendas relativas a la Virgen, los diversos santos y sus atribuciones específicas con respecto a los eventos naturales y humanos, los efectos atribuidos a ciertas prácticas, etcétera). Esta dimensión metafísica más profunda y auténticamente “teológica” fue claramente percibida, en cambio, por esos mismos occidentales que, desde un inicio, se preocuparon por conocer y reflexionar seriamente sobre lo que los sabios nahuas les exponían, como ya hemos podido ver en el capítulo dedicado a las fuentes, hablando del trabajo de fray Bernardino de Sahagún.

A continuación, nos dedicaremos a pasar rápidamente en reseña las líneas fundamentales de la teología náhuatl, eximiéndonos de la obligación de la documentación puntual de nuestra relación, cuyos propósitos son únicamente dos: en primer lugar, a través de unas cuantas nociones de discusión filológica, será posible comprobar lo anteriormente afirmado acerca de la complejidad gramatical y sintáctica de la lengua náhuatl, y su capacidad para expresar adecuadamente incluso conceptos muy abstractos; en segundo lugar, la presentación de este núcleo metafísico nos permitirá comprender adecuadamente todas esas articulaciones de lo divino y de las diversas deidades sin las cuales corremos el riesgo de llegar a una representación distorsionada de la concepción náhuatl del cosmos y del hombre, concepciones que tienen una conexión directa, en particular, también con la medicina náhuatl.[1]

En las culturas de todas las épocas podemos encontrar la pregunta fundamental: “¿Quién hizo el universo? ¿Dónde vive? ¿Cómo está hecho?”. O, dicho de forma más general: “¿Cómo y de dónde se originó el mundo? ¿Qué energías lo han producido?”. De estas preguntas nace, para todas las religiones, el concepto de Dios, es decir, un ser infinito, perfecto, eterno, productor o generador de todo lo que existe, y regidor de los destinos del mundo y del hombre. La idea de una fuerza cósmica es comparable a la de una luz que rompe la oscuridad y da forma, organización, variedad y significado a lo que existe, inculcando en el hombre un sentido de respeto y miedo, que trae consigo la necesidad de honrar y amar este invisible y enigmático principio cósmico. Los nahuas llamaron Teotl a este principio que denota, por tanto, en un sentido general, a Dios. Este núcleo lexical esencial lo podemos encontrar en diferentes expresiones que indican las funciones fundamentales atribuidas al ente divino y que, por tanto, constituyen distintas denominaciones del mismo. Así, por ejemplo, In neli teotl es, para los nahuas, el principio supremo referido como “el estable, el inmaculado, el fundamento”. Cuando se pasa, por así decirlo, de una visión estática a una dinámica, es decir, cuando en este principio se individua el origen, el orden y el señorío con respecto a lo que concretamente existe, este adquiere la denominación de Ometeotl. Este es el principio cósmico en el seno del cual todo lo existente es generado y concebido, él es el que se extiende más allá del tiempo y del espacio, el que vive por encima de todo, siendo la razón y el sostén de lo que existe y vive en lo más alto del universo.

Muchas filosofías, en Oriente y en Occidente, han concebido el principio divino de esta manera; sin embargo, como es sabido, la mayor dificultad conceptual consiste en explicar cómo del uno haya podido surgir lo múltiple, y sabemos que este es uno de los problemas metafísico-ontológicos más complejos y controvertidos. No es casual que la solución a este problema haya sido muy a menudo individuada en una suerte de subdivisión o dinámica interna al mismo principio único y supremo. Así, por ejemplo, el pensamiento hinduista habla de una Trimurti constituida por Brahma, Vishnu y Shiva, mientras que el pensamiento cristiano habla de una Trinidad constituida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sin que esto implique la negación de la unidad de Dios. Los anahuacas-nahuas advirtieron más claramente que otras culturas la paradoja de la dualidad-unidad que se presenta en una infinidad de manifestaciones del mundo concreto: luz-oscuridad, vida-muerte, masculino-femenino etcétera. Sintieron que, si bien estas polaridades parecen fragmentar lo real para dar lugar a la infinidad de lo múltiple, en realidad están estrictamente unidos, son partes inseparables y complementarias de la misma realidad. Al igual que Platón, entre otros, pensaron que estas divisiones y antagonismos no son más que aparentes, ya que la realidad, en su raíz profunda, es única y armoniosa. La raíz de esta unidad era precisamente Dios, en el cual se identifican la unidad y la dualidad. Por esta razón, le dieron a Dios, desde este punto de vista, el nombre de Ometeotl, es una expresión para designar una rica filosofía producto de una civilización culta con un pensamiento metafísico altamente sofisticado. Para adentrarnos al conocimiento detrás de este término, primero es necesario conocer el origen de la palabra, así como clarificar las confusiones interpretativas que han surgido en su estudio. El término es el resultado de la unión de ome (el número dos) y Teotl (Dios). Este nombre no significa “dos dioses” (lo cual, en el idioma náhuatl, se dice Ome Teteo), sino “el Dios de los dos”, “el Señor de la dualidad”. Denominación sumamente significativa si pensamos que Ometeotl fue el que dio origen al mundo, y los anahuacas se daban cuenta de que en la naturaleza todo se reproduce a través de la aportación conjunta de la pareja dual hombre-mujer. Esta es la razón por la que Ometeotl contiene en sí un principio masculino y uno femenino, llamados respectivamente Ometecuhtli (el Señor dual) y Ometecihuatl (la Señora Dual).[2]

Este principio dual vive en el lugar más alto del cielo, llamado Omeyocan, es decir, el lugar de la dualidad. En él, Ometeotl mantenía encerrados los cuatro elementos fundamentales: tierra, agua, aire y fuego, en un espacio rodeado de hermosas flores y un aroma celestial.

Este espacio sagrado, residencia de Ometeotl, del cual emanaba cada principio, no sólo contenía tesoros y bellezas de tipo sensible, sino también un tesoro aún más precioso: In Xochitl, in cuicatl, literalmente “la flor y el canto”, es decir, la esencia de la poesía, el arte y el simbolismo que constituían el sagrado nelhuayotl y neltiliztli, cuyo significado es “la raíz y la verdad de las cosas”. En pocas palabras, el reino de la divinidad contenía tanto los principios sensibles como los inteligibles de la realidad, la raíz de las cosas y los principios de la verdad, la sabiduría y la belleza. De lo anterior, resulta evidente que los nahuas atribuían a la expresión poético-simbólica la función de expresar las verdades más profundas: de ahí que pusieran el nombre de “flor y canto” a los textos en los que recopilaron sus doctrinas sobre el origen y el sentido del mundo y de la vida.

Unas pocas referencias etimológicas nos ayudarán a penetrar mejor la complejidad y la agudeza de esta concepción. En primer lugar, el vocablo Teotl presenta una admirable profundidad filosófica. Te es un pronombre que se refiere exclusivamente a las personas, a diferencia de Tla que se refiere a las cosas. Por ejemplo, para denotar fieras que devoran a los seres humanos, se utiliza el verbo te-cua. Por tanto, no es una exageración afirmar que una concepción personal de Dios está presente en los nahuas. La adición del sufijo otl o yotl sirve para formar sustantivos abstractos, cuyo significado depende del nombre al que se agregan: así, de talli (padre), se forma tayotl (paternidad), de tilli (tinta negra) se forma tlilyotl (el negro), de teopixqui (sacerdote) se forma teopixcayotl (sacerdocio). Por tanto, a partir de te (persona), se forma Teotl (la personalidad), quedando de esta forma claro que Dios constituye, en la filosofía náhuatl, una suprema sustancialización de lo abstracto, de manera sorprendentemente parecida a la concepción platónica de las Ideas, o como la teología cristiana afirma que Dios es suprema Bondad, Sabiduría, Belleza, Justicia, etc. (características que no son “propias” de Dios, sino que están identificadas con su misma naturaleza).

Este mismo procedimiento lleva al pensamiento náhuatl a introducir la dualidad como un auténtico principio. De hecho, al combinar el sustantivo ome (que, como hemos visto, significa dos) y el sufijo yotl, obtienen Omeyotl, que significa precisamente “dualidad”; sin embargo, dicho sustantivo no se considera como un puro concepto, sino como un atributo divino, identificándose (de acuerdo con la noción técnicamente filosófica de atributo) con la naturaleza misma de Dios. La Dualidad náhuatl, al igual que la Trinidad cristiana, no es una propiedad genérica de Dios, sino Dios mismo. De ahí que el principio creador y sostenedor del universo, según los nahuas, es Omeyotl: es, por así decirlo, la razón y la causa que permite el desarrollo en la realidad de esas potencialidades duales que están contenidas en Ometeotl. De hecho, Omeyotl creó una generación de elementos cósmicos intermedios entre Ometeotl y los hombres, y que participan de la naturaleza cósmica. Estos principios o elementos, de acuerdo con la filosofía náhuatl, son: Tlatlauqui Tezcatlipoca, Xipe-Totec o Camaxtle, Quetzalcoatl y Huitzilopochtli. A estos cuatro principios les fue encargada la creación del mundo visible. Otros fueron encargados de su conservación, como Ehecatl, Tláloc, Chalchiutlicue y Heuhueteotl, que son los responsables de regular los vientos, las aguas y el fuego, respectivamente. Finalmente, también están los principios de los que dependen los animales y los alimentos, como Mixcoatl, Amimitl, Xilonen, Chicomecoatl. En las presentaciones habituales de la religión del México antiguo, estos nombres son indicados como denotaciones de sendas divinidades, lo que facilita la impresión de una religión politeísta y animista. Sin embargo, lo poco que hemos dicho ya es suficiente para apreciar la auténtica naturaleza de esta genealogía, que en ningún caso rompe el enfoque monoteísta fundamental, y se propone explicar cómo del único principio supremo derivan y dependen los diversos constituyentes y aspectos del mundo, y su orden.

Aún más obvio es que no pueden interpretarse como identificaciones de la divinidad ciertas representaciones simbólicas suyas que son de tipo material. Típico es el caso del sol: en los escritos jeroglíficos, la palabra Teotl es representada con un sol. Acabamos de decir que la imagen del sol representa la “palabra” Teotl, para enfatizar que su denotación no es el astro, sino la divinidad: la representación del sol, en ausencia de una escritura alfabética, tiene el valor de un signo gráfico, es decir, de una palabra. Los nahuas, por tanto, no creían que el sol fuera la entidad suprema, sino más bien su símbolo, y la elección de este símbolo parecía totalmente natural en virtud de que éste, entre las criaturas visibles, es la manifestación más poderosa de la energía, ofreciéndole luz y calor a todos los seres. En resumen, Teotl era representado como el sol porque Teotl es la energía suprema, y el sol es la fuente máxima de energía en el mundo concreto. Y es que el culto al sol es común a muchas culturas, por razones similares a las que inducían los nahuas a practicarlo, pero en el caso de estos últimos hay elementos suficientes para decir que no eran adoradores del sol, sino adoradores de Dios, simbolizado a través de la estrella más significativa de su poder vivificante.

Para dejar claro que, al afirmar lo anterior, no estamos tratando de forzar la evidencia histórica, será suficiente mencionar algunas expresiones de las cuales resulta claro que los nahuas tenían una concepción espiritual e inmaterial de la divinidad. Por ejemplo, entre las invocaciones que se dirigían a Ometeotl encontramos esta: “Eres invisible e impalpable, como la noche y el aire”. Lo consideraban eterno, el alma del universo, el señor de la tierra, gobernante del mundo, señor de las batallas y las riquezas (todos los epítetos con los que nos dirigimos a Dios también en la tradición bíblico-cristiana). En una de sus invocaciones, leemos: “con tu mirada penetras las piedras, viendo lo que está oculto, y por la misma razón ves y entiendes lo que hay dentro de nuestros corazones y ves nuestros pensamientos”. Refiriéndose a Ometeotl, Mendieta (el redactor del código mencionado en el capítulo sobre las fuentes), afirma: “Es el símbolo creador dual –Moyocoatzin ayac oquiocox, ayac oquipic– lo que significa que nadie lo creó, lo formó, sino que, con su autoridad y voluntad, lo produce todo”.

Es importante señalar también que en la “espiritualidad”, que no religión de los anahuacas, no existía idolatría, toda vez, que cada 52 años se destruían las figuras con las que se representaban las múltiples manifestaciones de Moyocoatzin, llamado también Ipalnemohuani que significa “Aquél por quien se vive”, que era: invisible, impalpable e innombrable, es decir, era una abstracción, ya que era una “frecuencia vibracional”.

Resumiendo, podríamos decir que el discurso náhuatl sobre la divinidad (Ometeotl) se articulaba más o menos de acuerdo con las siguientes líneas: sabemos que Él no puede ser más que uno. Por tanto, no existe en Él ni lo masculino ni lo femenino, porque estas limitaciones duales son en Él la unidad. Pero nada nos impide, ya que hablamos de él en términos poéticos, concebirlo como si fuera parecido a nosotros, imaginándolo como Ometecutli y Omechihuatl (“Señor del dos” y “Señora del dos”), como In tonan in tota (“nuestro padre y nuestra madre”), como “padre y madre” de las cuatro divinidades principales arriba mencionadas (los cuatro Tezcatlipocas), como “abuelo y abuela” de sus hijos, y así sucesivamente. La genealogía sigue hasta llegar a este mundo cambiante y voluble, confuso, lleno de antagonismos, en el que vemos unas “divinidades” limitadas y en guerra entre ellas. Estas limitaciones, estas luchas, son reales únicamente para nosotros, son flor y canto, y nos ayudan a comprender mejor su unidad y su armonía.

Esta visión no es nada inusual dentro de la misma filosofía occidental: expresa la idea de una identidad profunda entre lo divino y lo terrenal, concibe el mundo como una “manifestación” de la divinidad la cual, más que producir el mundo separándolo de sí misma, lo impregna y forja desde adentro, identificándose con él. Es la conocida figura filosófica del panteísmo, que nos impide hacer una separación tajante entre lo divino y lo humano, entre lo material y lo espiritual: los distingue sin separarlos. A partir de Heráclito, quien dijo que “el mundo está lleno de dioses”, siguiendo con los estoicos, Plotino, toda la tradición neoplatónica, el pensamiento de Bruno y Spinoza, el mismo idealismo trascendental de Schelling y Hegel, y llegando hasta la visión cosmológica de Einstein, esta concepción del mundo nunca ha dejado de estar presente en el seno de la cultura occidental. Precisamente esta filosofía es también la de los nahuas.

Asumiendo un punto de vista estrictamente religioso, podemos decir que los antiguos mexicanos no eran precisamente politeístas, sino más bien monistas. Y es que existen concepciones religiosas estrictamente monoteístas, como la judeo-cristiana o la musulmana; existen concepciones verdaderamente politeístas, como las del antiguo paganismo grecorromano y de muchas culturas “menores”; y existen concepciones auténticamente monistas, como el hinduismo, que incluye una cantidad innumerable de deidades, pero las considera como manifestaciones de la única deidad suprema: Brahma. Esta era precisamente la concepción de los nahuas, quienes admitían varias y confusas divinidades las cuales, sin embargo, eran todas consideradas como manifestaciones parciales del único Ometeotl. Se entiende así como fray Bernardino de Sahagún podía afirmar que, básicamente, la concepción religiosa de los mexicanos no contrastaba con el Cristianismo, ya que ellos le reconocían a la divinidad los mismos rasgos esenciales del Dios cristiano. Se podría observar que este juicio era demasiado optimista, porque la de los nahuas parece ser una religión inmanentista, mientras que el monoteísmo judeo-cristiano es rigurosamente transcendentista, es decir, exige una clara diferencia de naturaleza entre Dios y la creación. Sin embargo, este aspecto no debe ser sobreestimado. De hecho, es bien sabido el inmenso esfuerzo que les costó a los teólogos cristianos conciliar la trascendencia de Dios con la tesis de que Dios es omnipresente en el mundo; que, de acuerdo con san Pablo, “está dentro de nosotros más que nosotros mismos”. Y se sabe que muchos pensadores cristianos, especialmente antes del redescubrimiento medieval de Aristóteles, pero también más tarde, encuadraron su teología en el marco del neoplatonismo. En realidad, sólo el concepto (filosóficamente muy difícil de definir) de creación puede ofrecer alguna solución a este problema.

Probablemente sería excesivo pretender que el concepto de creación esté disponible para una cultura tan diversa como la de los nahuas. Por tanto, cuando se usa el término “crear” para traducir algunas de sus doctrinas, es prudente entenderlo en el sentido amplio de “producir”, casi de acuerdo con la “emanación” plotiniana, más que en el sentido técnico de la creatio ex nihilo de la teología cristiana. Sin embargo, aun así no faltan las sorpresas. Entre las cualificaciones atribuidas a Ometeotl, se encuentran en los textos las siguientes: Moyocoyani y teyocoyani. En ambos casos, se trata del participio presente del verbo yucuya o yocoya (que significa “idear”, “forjar con pensamiento”), al que se le añade en el primer caso el prefijo reflexivo mo (que significa “sí mismo”), y en el segundo caso el prefijo transitivo de persona que ya conocemos, te (que significa “los otros”). La unión de las dos denominaciones significa, por lo tanto, que Ometeotl es “el que, pensando, confiere la esencia a sí mismo y a todos los demás”. ¿Cómo negar que en esta concepción se encuentra una analogía impresionante con el concepto teológico cristiano de Dios como ens a se, como causa incausada, y con la tesis bíblico-cristiana según la cual Dios crea el mundo pensándolo? El hecho de que Ometeotl le dé la existencia “a todos los demás” reitera que los demás “dioses” también son sus criaturas, o mejor dicho (como ya se ha especificado) sus aspectos parciales.

En esta visión podemos percibir cómo la unidad de Dios confiere un orden y un sentido no sólo a todo el universo, sino también a la vida de los hombres e incluso a la muerte (es decir, cómo ésta también contiene una escatología). Por tanto, cerramos este rápido excursus citando una última invocación a Ometeotl: Totecuiyo in ilhuichua in tlatipaque in mictlane, que significa “nuestro Señor, amo del cielo, de la tierra y la región de los muertos”: incluso después de la muerte, el hombre permanece bajo la benevolente y ordenadora custodia de Dios.

Antes de concluir el argumento, me gustaría hacer una aclaración que considero pertinente.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
24 şubat 2026
Hacim:
274 s. 7 illüstrasyon
ISBN:
9786079857226
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar