Kitabı oku: «Tenerlo por escrito»

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Tenerlo por escrito

Lucía Lorenzo


colección narrativas ocultas / 1

ISBN 978-9915-9313-3-3

Tenerlo por escrito

Todos los derechos reservados.

1ª edición, Montevideo, Uruguay, Setiembre 2019

1ª edición ebook 2021

© civiles iletrados

civiles iletrados editores

Castillos 2572

Montevideo, Uruguay

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Diseño Cubierta: D/G José Prieto, www.prieto.com.uy

Diagramación: D/G José Prieto

Cuidado de edición: Cecilia Ríos

Conversión a formato digital: Libresque

Días así

Hacía calor y no escalarían una montaña. Tomaban cerveza y no hablaban del futuro. Tenía gracia. Tenía gracia estar allí, así, encaramadas, viendo todo desde lo alto, sin pretensiones. Como si el tiempo, o sus vidas hasta ahora, fuesen nada. Debajo, la amplia carcasa viva, iluminada. Tomaban del pico de la botella; la botella, ese deporte; cada movimiento, un movimiento duplicado. ¿Te gusta el cansancio? ¿Cansarte? Hablarían de los trabajos que habían tenido, hasta ahora. No había sido tan malo. Se podía hacer de cuenta que todo eso había sido más que trabajo, vida. Los días habían pasado así. ¿Y cuando vos te escondías en el cuarto de máquinas? Esa sola frase, que la otra agradecía, inspiraba todo tipo de imágenes, diez relatos diferentes sobre un escenario cambiante, y no siempre verosímil. Eso era de cuando trabajamos en Conaprole, decía una después, concreta, bajando a tierra el relato. Tomaban cerveza y repasaban antiguas cosas. Ilaciones vitales breves que sucumbían enseguida. Y la vez que casi te revienta la mano una máquina. Eso también era de la época de Conaprole. Se quedaron calladas; quizá, queriendo cambiar de anécdotas. La ciudad abajo era, también, bastante inverosímil. ¿Dónde está el Salvo? Ni siquiera era posible identificar cúpulas, feas estructuras, grandes fachadas. Puede ser cualquier ciudad, dijo una. Eso era bueno. Se podía soñar, un poco, con estar en cualquier otra parte. No ahí, siempre ahí, envejeciendo despacio. Se miraron y se rieron de eso último. Se reirían de cualquier acotación semejante. Toda esa cosa hilarante sobre las edades, las ciudades, y los cuartos de máquinas. Sobre envejecer despacio. La botella iba, pesada, de una mano, a la otra mano. Y también fumaban. Un cigarrillo y casi enseguida, otro cigarrillo. Se habían convertido en grandes fumadoras. Eso tampoco era raro. La vida era más acorde así. Voy a renunciar y me voy a ir a vivir a Chile, dijo una. ¿A Chile? Hablaron un rato sobre tener dinero y viajar, rellenando los vacíos con imágenes ideales. Casi siempre era así. La cerveza, los vacíos, las imágenes ideales, los cigarros. Escucharon un poco de música en el celular. Sin graves, sólo líneas agudas, ascendiendo, trazando caminos conocidos. Un baile, los bailes, los bonitos bailes. Después, una habló sobre su hijo, eso concreto, vivo, esa enorme dosis de realidad. Y la otra hizo breves acotaciones, simpática pero desinteresada. Vieron quince, treinta fotos en las que un niño chico sonreía en diferentes poses, casi siempre con una gran pared blanca detrás. ¿Con quién lo dejaste?, preguntó una. Hoy le tocaba con el padre, contestó la otra. Y una, o ambas, imaginaron un poco el mundo del padre (siempre algo turbio, como si se cocinaran allí oscuros negocios), y al niño viviendo en ese mundo, siempre otro niño, siempre un niño raro, distinto. Cuando la pantalla se apagó, las dos se quedaron calladas, viendo las luces abajo. Es precioso, dijo una mucho rato después. Tu hijo, aclaró enseguida. La otra le pasó la botella y se inclinó un poco como para ver, con detenimiento, algo abajo. ¿Qué hay? ¿Hay algo? Se quedaron viendo y escuchando nada. Y casi desilusionadas, volvieron a lo de antes. La botella, nuevos cigarros. Calibraron opciones, las futuras, las de ahora, las que habían tenido, un día. ¿O no todos calibraban opciones? Claro que sí. No era impúdico eso. Se miraron entre medio, se rieron con enormes carcajadas, y una rodó, un poco, por el verde pasto. Había sido vida, aquello. Claro que sí. No había sido, únicamente, trabajo. Claro que no. ¿Y qué hacías en el cuarto de máquinas? ¿Dormías, dormitabas? ¿O sólo disfrutabas del engaño? Negarse a ser productivo. No producir todo el tiempo algo. No producir entonces nada. Sólo estados mentales. Un fuego artificial explotó a lo lejos, quizá en la bahía. Gran alboroto de colores, arriba. Después, desfasados, nuevos ruidos como grandes golpes, y unos segundos más tarde, nuevos colores por todas partes. El alboroto se repitió muchas veces más y en todas direcciones. Feliz año. Sí, feliz año. Un abrazo simple, un abrazo rápido, como una broma. Y enseguida se rieron otra vez, por nada. Miraron el cielo, todos aquellos fogonazos desatinados, todo aquel estruendo sin sentido. Qué exagerados, dijo una. Sí, demasiado, dijo la otra. Una abrió la segunda cerveza. ¿Está muy caliente? No tanto. Podría ser peor. Todo podría ser peor, siempre. Se quedaron un largo rato así, tomando del pico y fumando, viendo todo aquel impulso de color y ruido, sin decir nada. Y una pensó en su hijo, el niño chico, quizá ya adormilado, ajeno al ruido y al jolgorio, entregado a su sueño insólito. Y la otra pensó en su sitio, su lugar, el resumen de ella, de sí misma, ¿qué?, ¿qué?, imaginando todavía otra posible, otra insólita vida abajo. Allá está el Salvo, ¿lo ves? Sí, lo veo. Lo vieron, las dos, rápido. ¿Cómo no verlo? La botella, ese hobby, se bamboleó hacia acá y hacia allá. Los fuegos se irían apagando despacio.

Mañana

Estos son los minutos. Los miran. Los cuentan. Los señalan. Traeme un libro. ¿Qué libro? Uno, el que sea. ¿Cualquiera? Sí. La espalda duda. Se mece frente a la biblioteca. Demora, se mece, demora, duda. No hay libros, al parecer, en la biblioteca. Sólo estantes y minutos; estantes y minutos. Uno cualquiera, repite él. La mano choca contra uno. Lo elige por el color. Azul, ¿o rojo?, (recién era azul). Lo desempolva, lo refresca, le habla al oído, le da una orden mínima de consecución. Este, dice y se lo entrega con cierta agonía, de la mano o del brazo, del centro cerebral que ya indica error (libro equivocado). Lo devolverá. Dirá que ya lo leyó. Que lo leyó ayer. ¿Ayer, martes? Sí, ayer martes. Pero si ayer fue lunes. Sólo ella va a reírse. Él la mirará de soslayo, odiándola un poco. Esa es la escena. Esos, los minutos.

La espalda ya está otra vez frente a la biblioteca. Demora, se mece, demora. Abrí la ventana, ordena él. Ella mira la ventana, a un costado, a quince pasos de donde está, y piensa en, precisamente, ventanas. La abre. Mira para afuera. Crecen los niños de golpe. Se estropean las cosas, los vestidos. Caen y se pudren los higos. El libro, dice él. Lo mira. Está acostado, tiene tres almohadas en la espalda, los brazos delgados, quietos, a los lados. Deja de mirarlo y vuelve a los estantes. Le da el azul (¿o el rojo?, ¿otra vez el rojo?). Lo hojea. Lo ve hojearlo. Pasar las páginas, olerlo, meter su nariz allí, sacar su nariz de allí, buscar el índice, pasar un dedo por encima, reprocharle al índice algo, abrirlo en cualquier parte, y fingir leer.

Ella vuelve a la ventana. Es más joven cuando vuelve a la ventana; tiene un trabajo mejor, cierta belleza, y los hombres que ella conoce son como espigas tiernas por las que ella avanza, acariciada, ida, vuelta de regreso de un sitio que. Tose. Lo oye toser. Entonces, morirá por el pulmón. Le pedirá agua, para distraerla. Le pedirá cosas, cualquier cosa, para distraerla. Deja de toser. Se pasa la mano por el pelo mohoso. La viscosa mano por el mohoso pelo. Esa es la imagen. Oye su respiración. Es tensa, abigarrada. La respiración de un hombre que está dormido, que ya está dormido. Lo mira. Finge que lee (¿o no todos fingen que leen?). Vuelve al afuera. Vuelan pequeñas cosas. Se agitan por segundos. No pesan nada. ¿Qué?, lo oye decir. Lo mira. Se miran.

-¿Qué pensás?

Ella duda (no sabe decirle la verdad).

-En el temporal -dice.

Él la mira, incómodo, la cabeza esforzándose por mantenerse de perfil, desacomodado.

-Dicen que va a haber un temporal.

Él continúa mirándola, esperando.

-En eso y en mañana -agrega ella.

-¿Mañana? -pregunta él, la cabeza en el aire ahora.

Ella sonríe, le sonríe.

-¿Quiere agua? -pregunta.

-Agua no -dice él, volviendo la cabeza a su lugar.

Un día entrará a la habitación y él estará muerto. Piensa eso mientras cierra la ventana y mira (amarillo, dice para sí, ya todo es amarillo). Él estará muerto y ella sin trabajo; despedida de la forma violenta de los que cuidan, de los que cuidaron algo, mucho, un día. Será vieja entonces, aunque no lo sea. Él pide que le acomode un poco las almohadas. Ya se hace la hora. El enfermero, un hombre grande, casi musculoso, llegará en un rato para hacerle la higiene. ¿Quién es, cómo se llama ese hombre?, le pregunta, para testear su memoria. Con R. Es con R. ¿Raúl? No. ¿Ricardo? No. Se llama Roberto, dice ella y le sonríe. Le sonríe, mirándolo y despidiéndose, ahora que ya casi está afuera, en la calle, del otro lado de la ventana. Y enseguida se inclina para acomodarle las almohadas y él la mira acomodándole las almohadas. Y siente su olor básico, ajeno, su delicioso olor básico, ajeno. ¿Mañana?, le pregunta. ¿Mañana qué?, dice ella, olvidada ya del resto de aquella conversación. Mañana qué. Se sostiene eso en el aire. Ella sonríe. Mueve los brazos alrededor suyo y esparce su perfume personal. Amarillea. El libro, le dice después, y ella lo lleva y lo coloca en algún lugar de la biblioteca. ¿Otro? ¿Uno marrón? ¿Uno anaranjado? (si es que todos fingían leer). Él niega sin mirarla. Sabe que ya se va, que ya está afuera. Sabe que eso se termina. Sabe que se terminó.

Épocas

La soledad, como la fiebre, medra en la noche

Truman Capote

Los niños volvían a la escuela después de unos días de ausencia y decían: se murió mi abuelo. Si estabas cerca, podías intentar imaginártelo. Pero era imposible. La palabra murió al lado de la palabra abuelo era un error del lenguaje. Ni siquiera se podía sentir lástima por el niño. Sólo se podía identificarlo después en medio del patio. Y mirarlo correr en la distancia, subiendo y bajando, desplazándose hacia los costados, con todas las características de un niño pero siempre demasiado liviano, demasiado imposible, como si sólo fuese el viento arrastrando y empujando algo. Eso es todo lo que había sabido sobre duelos, durante su infancia. Y ahora ella lo vivía, ahora lo vivía en carne propia, y hasta le daba gracia la expresión “en carne propia”. Aunque no se tratara de la muerte de nadie, dolía como un duelo. Era como estar inmersa en algo, soñando. Sentada, soñando, fingiendo algo. Fingiendo tener un nombre, un cuerpo, una cara. Fingiendo un movimiento y, enseguida, otro movimiento. Repitiendo, para el que quisiera oírlo, que algo había pasado. Sólo esa información mínima, dicha así, mientras la muchacha daba un vuelto, y uno estiraba mecánicamente la mano. Dicha en medio de cualquier actividad cotidiana. Y la voz sonando dentro de su cabeza como si se tratara de una voz grabada, refiriendo el hecho casi sin cambios, sin cambiar nada. Nada que fuera sustancial. Quizá tenía miedo. Miedo del tiempo, de lo que el tiempo pudiese hacer con las palabras, de lo que no pudiese hacer. ¿Sentían lástima por ella? No se detenía en averiguarlo. ¿La culpaban?, ¿creían que algo en ella la había colocado donde estaba, doliente y sin significado? No lo sabía. Sólo sabía que a las personas no les importaba. No del todo o no lo suficiente. Y que si la veían levantarse de una silla, y volverse a sentar, creerían que no era, finalmente, tan grave.

Nada era tan grave, si es que uno podía seguir levantándose de una silla. Si uno podía salir al patio como en un día cualquiera, entreverarse con los otros, correr y sudar, mostrarle a los demás que todavía podía gritar cualquier cosa banal y, una tras otra, infinitas cosas banales. Nada era tan grave si uno era todavía capaz de reaccionar. Ese día el niño volvía del recreo completamente rojo. Agotado porque había corrido el doble y gritado el doble y gesticulado el doble. Entraba al salón casi tembloroso, una vena latiéndole en el cuello, la cara entera latiéndole, como si dijera que no, como diciéndoles a todos que no, que él estaba bien, que no era nada y todo estaba bien. Todo está bien, decía ella cuando contestaba a las preguntas y tenía la delicadeza de usar eufemismos, o metáforas simples y conciliadoras. Y todo estaba bien, les decía cuando, aun sin ganas, atendía el teléfono y les hacía creer que no era ninguna molestia, por el contrario, siempre era bueno saber que había alguien del otro lado. Los límites entre ella y los demás, no eran demasiado claros. Podía, incluso, haber dejado que la invadieran, que la asediaran, llenándola de respuestas, de consejos, y de opiniones. Podía haber dejado que decidieran por ella. Y hasta podría haber dejado que ellos la alimentaran.

En las noches, cuando llegaba la angustiosa pregunta, ¿qué soy?, ¿qué soy ahora, entonces?, recorría zonas lejanas de su niñez, sitios que nunca había vuelto a ver. Repasaba con obligada lentitud su biografía. Lo que había vivido, y también lo que había imaginado. Se buscaba allí como a un reflejo, su nombre, su cuerpo, su cara; el nombre y el cuerpo y las caras de los demás. Ella, sus primos, sus hermanos, todos los desconocidos niños que nunca había vuelto a ver. Y antes todavía. Antes también. Cuando ella no era nada. Sólo un cuerpo que se podía desnudar, vestir y volver a desnudar. Sólo ese cuerpo levantado en el aire. Y una suave mano puesta allí, dirigiendo su cabeza para que saliera de frente en las fotografías. Lo posible y lo imposible, todo lo repasaba. Y al niño todavía en el patio, repitiendo para el que quisiera oírlo que su abuelo había muerto, diciéndolo en voz baja y tenue, como si evocara un recuerdo lejano y triste, o diciéndolo en voz alta y fuerte, como una dolorosa amenaza, una advertencia, un presagio. Ensayando formas y alternando estilos.

Y algunas noches le parecía que el niño no corría ni gesticulaba trágicamente, y que era apenas una sombra quieta contra el alto paredón del patio. Sólo una silueta allí, igual que ella, quieta y esperando, contando minutos y comparando tardes, sufriendo las burlonas semejanzas. Sabiendo ahora que los días podían separarse unos de otros, que podían diferenciarse, juntarse todos y apartarse, dejarse a un costado, llamarles después época, adjuntarles ese nombre como una etiqueta, y dejar que fueran esa pequeña carga que se desprende, quedando siempre a la vista, a la deriva e insólita.

Helechos

Como un mundo aparte. Ser viuda, alcohólica quizá, ser vieja. Ser demasiado vieja para todo. Para cualquier cosa congruente. No responder ya a nada, ni a nadie. Una parte de su cuerpo, muriendo. Y la otra, también. En salud, incluso en salud. Mira el jardín que una vez improvisó. Lo repasa sin amor. Preguntándose cómo, a partir de qué idea, de qué impulso. Deambula un poco más. Con su alma arrastrada hacia atrás, como un resabio inútil, un lastre que no se desprende.

Mira los helechos, crecidos, creciendo aún. Mientras el cerebro registra otra actividad paralela. ¿Tiene algo para tomar, ahora, enseguida, después? Vieja y alcohólica, qué raro eso. Llegarán sus hijos, sus nietos, esos, los reporteros de su infortunio. Vendrán a almorzar, otra vez, como cada domingo. En masa, casi militarmente, con ese, y otros beneficios. Y ella fingiendo cuidar, todavía, los helechos. ¿Cuida, todavía, la abuela, los helechos? Alcanza con verlos, esas enormes cosas verdes, creciendo incluso así, solos, y apartados. Un dato (crudo) de la realidad.

Tendrá que cocinar, también. Incluso hablar. Ser congruente. Y no dejarles saber (nadie, nada, nunca) que ella es, ya, otra cosa. ¿Y qué, qué cosa es? Avanza por el patio insistiendo en nombrar esa planta, y la otra. Aliviada, o asustada, por poder recordar sus nombres. Llegarán y tendrá que estar atenta, un poco seria y un poco alegre, siempre maternal y eficiente. Le recordarán la vida, afuera. La obligarán a hacer ese repaso. La someterán a ese interrogatorio. Algunas consultas médicas, exámenes nunca hechos, resultados jamás retirados. Cuidar el cuerpo era otro dato (crudo) de la realidad.

Se queda viendo las plantas altas, colgantes, allí, junto al muro. Y enseguida aparece una vieja, una normal, del otro lado. La vieja la mira, le hace un comentario a medida, como si le guiñara un ojo. Ella le mira la cabeza y el pelo, ese enjambre aéreo, la graficación de un impulso, de una voluntad, de un deseo. Hablan a través de las plantas y ella siente que su voz y la voz de ella, del otro lado, son sólo un eco que el patio le devuelve. Otro eco, uno más. Como ellos, llegando en tropel un poco después del mediodía. Y ella atendiéndolos como si tuviese ese pelo, el de la otra, una taza flotante y plateada arriba de su cabeza. Una cosa prolija, y calculada, arriba de su cabeza. Haciéndoles creer que sí, que todavía. Piensa eso mientras mira la cara de la otra, hundiéndose ya detrás del muro, como un sol inútil.

Vuelve a la cocina, intenta concentrarse allí, revuelve aquello, le baja el fuego, lo mira, lo huele un poco. Sale, lo deja, lo olvida. Deambula por el interior de la casa, se queda de pie, en el centro del living vacío, mira alrededor y deja que se despierte esa idea. Sólo un aperitivo, así le llamaban las personas. Sólo ese empujón chico. La idea no le parece desatinada, así que deshace el camino y, en la cocina, se sirve tres dedos de vermú en una taza de café. Le tira un hielo, una lasca de frío, adentro. Lo toma de a sorbitos mientras mira el patio por la pequeña ventana y recuerda neblinosamente un diálogo que había tenido con su hijo mayor. Él había hablado, ella no había dicho nada, o casi nada. Era sobre el alcohol y el hábito, sobre la afición y el vacío, sobre ser digno, quizá, hasta el final. Ella cree, ella está casi segura de que había sido sobre eso, el diálogo. Porque todavía podía ver al hijo levantando la taza, oliéndola, una vez, dos veces, como para cerciorarse, mirándola a la cara después, largamente, desde un momento cualquiera del pasado y, probablemente, pensó ella, odiándola como se odia a las madres, cuando no están a la altura de las circunstancias. Así le pareció que había sido, así fue, seguramente, el diálogo.

Mira de reojo la olla y el vapor en la olla y piensa en riesgos y accidentes. En cosas que suceden porque sí, azarosamente. Lo contrario a un peinado de peluquería, piensa, sonriendo, y apaga el fuego. Vacía de un solo trago la taza, esa pequeña taza, sintiéndose mejor, sintiendo que algo se desprende, y jura enseguida, a sí misma o a alguien, que serán sólo tres dedos más. Se sirve una medida generosa, busca una referencia temporal en la luz, afuera. Hay tiempo todavía.

Sale al patio con su taza, y se sienta allí, como tantos otros mediodías. Mira alrededor, el pequeño jardín, repasándolo con amor, con los restos de ese amor, improvisado un día. Y entre los helechos, su taza, su lasca de tiempo, la parte alta de un peinado que aparece y desaparece detrás de uno de los muros, y los colgantes, verdes brazos crecidos, creciendo aún, ella siente de una manera irrefutable que su situación (nadie, nada, nunca) es bastante buena, es más que buena, y que daría tres, seis, todos sus helechos con tal de prolongar esa certeza.

Club

Sobre todo, el cloro. Impregnado en cada cosa. Ese algo volátil, persistente. Pero el club era así, el club era eso. Infección, desinfección. Alrededor, sobre aquello, contra aquella persecución, ella podía nadar diez piscinas, y más. Era sana, era el colmo de la sanidad. Las cosas invisibles, quizá, le gustaban. Entre brazada y brazada, esos lentos, muy lentos movimientos, pensaría un poco más en eso. Un largo trayecto para pensar. Y al llegar, al terminar el recorrido, las piernas allí, como un propulsor atómico. Se desplazaba. Desplazarse era el colmo de la sanidad. Quizá podría, también, acercar a los otros su biografía. Se quedaba en el borde, respirando agitada, repasando los hechos. Había un motivo, siempre, detrás de cada cosa, un motivo real. Entonces buscó, había buscado en sus posibles aficiones. Eligió una. Hizo que tomara forma, que regresara. Había escuchado decir que se podía, que eso se podía. Se quedaba semi recostada contra el borde de la piscina, respirando tranquila, envuelta en esa brumosa estadía de sólo cloro, y cloro, pensando y observando. Todo estaba un poco desfasado, en el club. Un aplauso aislado y diez segundos después, la imagen del hombre aplaudiendo. A veces, el brazo de un hombre de su misma edad, allí, cercano, húmedo. Se lo quedaba mirando, pensaba en brazos, después era el perfil y enseguida, la voz del hombre, abierta, como un paracaídas oscuro, descendiendo. Era casi imposible saber qué era lo que decía. O quizá, no dijera nada. No estaba segura. Se quedaba viendo aquello, toda esa infraestructura complicada, y se asombraba cuando alguien, otro nadador o un profesor, le contestaba. Pero el club era así. Comunicación, incomunicación. Las personas se paseaban blandas, casi desnudas, las caras apretadas, ceñidas en sus gorras de goma. Todo se convertía en algo gutural. No era posible, por ejemplo, decir nada sobre ese brazo. Ella podía mirarlo diez veces, continuas veces, sin obtener ninguna información relevante. No había nada relevante, en el club. Pero desde el borde miraba hacia atrás, la celeste extensión, y algo sucedía. Algo se concretaba. Nadaría una, dos piscinas más. Sería larga, extendida, una flecha sinuosa que avanza, con sus escasos recursos. Quizá, había dejado de participar. Pero en qué momento había dejado de participar. ¿Cómo había dejado de participar? Eso no lo sabía. Había rastreado hacia atrás y no había encontrado nada. Después, eligió entre sus aficiones. O eso creía que había hecho. O eso le dijeron que hizo, que hiciera. No estaba del todo segura. La secuencia temporal no era del todo clara. Nadaría. Cuando nadaba sentía que el tiempo, entre cada extremo de la piscina, no era medible. O quizá era ella, que no sabía cómo medirlo. Le parecía que al regresar, allí donde había estado recién, respirando agitada, serena, olvidando, el hombre de su misma edad ya no estaría. Y sin embargo estaba. Pero siempre se podía volver a pensar en el cloro, impregnando cada cosa, devolviéndole en dosis, dosificada, cierta sensación de control y bienestar. Sabía que algunas personas hacían amistades, incluso en el club. Pensaba que quizá, que a través de muchos quizá, ella podría avanzar en ese sentido. Y que si era el mismo brazo, o un brazo distinto, eso no era algo que importara.

Se quedaba así, respirando en el medio, contra la dureza práctica del andarivel, aparentemente despejada ahora, lejos del hombre, de la falsa euforia de los profesores, de las mujeres a un costado. Se quedaba a mitad de camino, blanca o pálida, retirada o apartada, rumiando variables, despejando posibilidades. Hasta que lograba entender una palabra, una orden, una frase. No podía permanecer ociosa en el andarivel. Y, después, un dedo, señalándola. La orden era para ella. La piscina no era una diversión, no era una broma. Recuperar la seriedad, le daba un poco de gracia. Pero obedecía, era obediente. Esperaría la hora libre para ver cada cuerpo, cada cosa, como a una novedad. Nadó hacia el margen donde el hombre gutural continuaba ocioso, vertical, flotando flojo, como un recién nacido. Lo oyó reírse, esparcir su escasa, su torpe intensidad. Pensó que sería un antiguo socio, el saludado durante todo el trayecto, el bienvenido. Ella no. Ella era la socia nueva, la que no conocía las reglas del club, la que confundía los motivos. Miró sus propios brazos húmedos contra el borde y tampoco obtuvo ninguna información relevante. El hombre la miró, la vio mirándose los brazos, y enseguida se hundió una vez y dos veces, y arregló su escaso cabello, hacia atrás. El profesor la miró, hizo chapotear un poco sus chancletas de goma, sacó un pie de allí y volvió a introducirlo allí, y lo mismo con el otro pie, mientras el hombre seguía arreglando su escaso cabello, hacia atrás. Las mujeres a un costado, las buscó. Todos esos cuerpos espesándose, agrupados bajo una consigna que ella desconocía, rezumando consignas, órdenes inmaduras. Volvió la vista hacia la celeste extensión y envuelta en el brumoso, violento eco, lo decidió. Sería, sólo, el colmo de la sanidad. Apenas el colmo de la sanidad. Y enseguida un largo, extenuante crol, hacía allá, y hacia acá, fuera de la hora libre, lejos de los andariveles, de los sonidos guturales, de toda aquella persecución.

Mar

Desde nuestra ventana podemos ver la pequeña plaza, mil veces, todos los días. Y enfrente, el mar siniestro. Chato y gris, la mayor parte del tiempo. Mueren los ancianos, sus mascotas, y el mar sigue allí, plano, ni siquiera rugiente. Abrimos los postigones cada mañana y lo vemos. Los entornamos los mediodías de verano y aun así seguimos viéndolo. Sólo un golpe fuerte, violento, lo esconde por completo. Y entonces nos sentimos súbitamente asfixiados.

De pie y algo incómodos, apostados en el pequeño y macizo balcón, miramos alternativamente el mar, la plaza y, lejano, un brumoso retazo de ciudad. Ese es todo nuestro panorama desde este sitio, un edificio curvo, que simula ser un barco (nuestra alma náutica).

En tardes como la de hoy, él vuelve a preguntarse si deberíamos irnos del país. Él se pregunta eso, a veces. Y no llega, no llegamos a ninguna conclusión aceptable. Entonces hace una mueca y mira el mar, otra vez. Pero es siempre lo mismo. Es siempre el mar allí, plano y casi quieto, quieto y casi simpático, como desinteresado de todo mensaje.

-Si nos fuéramos a vivir a otra parte, estaríamos siempre un poco somnolientos. Ciegos, somnolientos.

Así intento convencerlo a él de no emigrar.

-Y al volver, en caso de regresar un día a nuestro rectángulo natal, nadie nos tocará el hombro para reclamarnos. A nadie le importará si nos vamos o si venimos. Podemos regresar de visita, un día, o podemos no regresar nunca. Podemos tomar cualquier decisión al respecto y cualquier decisión estará bien.

Digo eso mientras él mira el mar y yo miro la plaza, sus tres hamacas rotas, el herrumbrado tubo de metal, la estructura de madera casi derruida. El viento que avanza ahora como un protagonista y un perro merodeando el banco solitario.

-Llovió mucho ayer -dice él-. Llovió tanto que se miraron entre sí los animales –dice y los dos nos reímos de eso. El arca de Noé y Noé, cualquier comentario sobre las últimas cosas.

Dejo de mirar aquello, desvencijados bancos, pastos crecidos y precarias hamacas, y busco otra imagen, una imagen mejor. Y entonces me recuerdo de muy joven, volviendo un día a la ciudad. Es la primera vez que tengo conciencia de haberme ido, de estar volviendo. Me veo haciendo aquel recorrido, ese conocido trayecto que volveré a hacer después, miles de veces: vacas y ovejas, plateados silos, árboles amontonados (la noche se cierra completa sobre las cosas). Y casi enseguida: cuadras de anchas veredas, casas con balcones y redondas ventanas, como insólitos barcos encallados. La ciudad, mi biografía.

Es probable, es muy probable que no nos vayamos nunca, pienso entonces. Lo miro, miro su perfil, la mirada soñadora ubicada siempre un poco más allá; casi triste, casi nostálgica.

-Tenemos que dejar de pensar en eso –le digo y espero su reacción–. Tenés que dejar de pensarlo.

Él me mira. Parece que va a decir algo pero sólo hace esa mueca indefinida.

-Yo soy de esos niños –dice después.

Niños. Bueno, qué niños.

-Cuando estaba contento y entretenido con algo, mi madre siempre venía y me ofrecía hacer otra cosa, algo distinto de lo que estaba haciendo -dice, sin dejar de mirar el mar.

Yo continúo atenta a la plaza. Un hueco oscuro, ahora. Y miro también el oscuro esqueleto de cada cosa; su zona de sombra.

-Si me veía contento jugando en un parque, ella venía y me proponía ir a jugar a otro parque. El parque de enfrente o el parque de al lado. Siempre era así, siempre tenía que haber algo más.

-La señora insaciable, la dueña de la insaciabilidad –remato yo y espero, espero el contundente efecto, como el de una ola del mar.

-Es una posible explicación –dice él, varias horas después. Está de espaldas a mí y hace algo en la cocina, quizá intente abrir una lata de atún con un cuchillo.

-Es eso y el edificio con forma de barco –dice.

-Y los barcos –agrega.

Los vemos pasar, uno tras otro, entrar y salir de puerto, buscar algo en la línea del horizonte.

Los señores insaciables, los dueños de la insaciabilidad.

Dos veranos

Estoy sola y alguien duerme adentro. Miro hacia el camino esperando ver aparecer una bicicleta. Primero el ruido del pedregullo y casi enseguida la bicicleta entera. Pero no hay nadie. Nadie apareciendo, nadie llegando. Me quedo viendo eso cuando oigo un golpe en la casa de al lado.

Sale la vecina. Es hemipléjica. ¿Qué parte era? La izquierda. Esa parte quieta, casi quieta, sólo allí, señalando un evento del pasado. Todas esas cosas confortables, dejadas atrás. Se queda a mitad de camino, con su andador ortopédico, el complicado aparato luminoso, y me mira. Quiere que la salude, quiere que sea amable, confortable como todas las cosas que ya no lo son. Le prometo que sí y me sonríe.

Nena, me dice. Qué calor.

Calor, pienso yo. Que es como decir apatía, desgana, tedio.

La veo mirar el jardín, calcular algo sin la tristeza suficiente, y me pregunto por qué vive, por qué sigue viviendo.

Ahora comienza un rodeo a la silla, lento, silencioso, otra vez complicado. Hasta que se sienta, logra sentarse. Allí está, así estará un rato más, observando. Todo es pacífico, casi dolorosamente pacífico a esta hora. Me acerco unos pasos y la veo mover su mano para que vaya con ella.

Estamos las dos sentadas mirando el jardín. Saca un cigarrillo y un encendedor de alguna parte de su cuerpo. Y después el humo, como una gran posibilidad.

¿Su esposo?, le pregunto.

Mueve la cabeza, señalando el interior de la casa.

Mirando televisión, dice después.

Siempre pienso, repaso; siempre pienso que su esposo está muerto. Que está adentro de la casa, muerto, y ella no lo sabe. Hablo con ella pensando eso. Pienso eso mientras voy dejándola que hable.

Este cigarro, dice.

Se queda así, callada, mirando el cigarrillo, casi con amor.

No debería, dice.

Es aburrido el verano, dice después, y me mira.

Incluso el verano. Sobre todo el verano. En el balneario, a tres cuadras de la playa, a cualquier edad, con o sin hemiplejia.

Antes, cuando yo era joven, dice, pero ya no la escucho. Es sólo la voz, desprovista de significado, lo que me gusta.

¿Y tus amigas?, escucho que me pregunta después.

¿No están? ¿Se fueron? ¿Antes del fin de la temporada? ¿Y antes aun? O crecieron ¿Crecieron? Se ríe. Una carcajada corta, como una tos rara.

Tus amigas, dice. Crecieron.

Me pregunto cómo lo sabe.

Están en el club, le digo.

¿Y qué hacen en el club, además de no estar en la playa?

No sé. Están ahí.

Me mira con curiosidad, sin lástima. La mano hace girar el encendedor y yo me quedo viendo eso. Me observa con la mitad de su cara, seria y como si intentara recordar algo.

En dos veranos más, vas a estar en el club. No acá, conversando conmigo.

Dice eso y el encendedor se cae al suelo. Lo agarro y se lo doy. Ahora las dos miramos un poco el suelo.

No voy porque no quiero, digo yo, después.

Son más grandes. Te aburrirías, dice ella, con amabilidad.

El verano que viene. Dentro de dos veranos, dice, repite.

Nos quedamos calladas, un rato. Ya que nadie llega. Era largo, sobre todo era largo el verano. Y las tardes de verano. Y su quietud reacia. Algunos no sabíamos cómo hacer. Qué hacer con eso. En la hora imprecisa, lenta, difusa.

¿Su esposo?, le pregunto, otra vez.

Vive mirando televisión. Como si el enfermo fuese él. ¿Es él?, se ríe, me pregunta.

La veo tantear en su ropa, entre sus ropas, buscando otro cigarrillo. No hay, no tiene, sabe que no debe. La mano se detiene, se resigna y se repliega.

Ella podría pasar tres horas, cuatro horas, todas las horas muerta, en el jardín, y él no lo notaría.

Si no fuera por este aparatito, dice, tocando el andador.

Y las dos nos quedamos mirando el andador. Después yo me quedo viendo el club, sola, sin ella, las bicicletas y la arena, yo misma dentro de dos veranos, con mi edad oportuna, mientras ella acaricia aquello, una y otra vez, todas esas tardes futuras, casi con amor.

Biografía

Tiene su placa en la falda, se desliza, se cae, la traslada a la silla vecina, la deja allí, sentada, como a una niña. Lo miraban. Un gesto para nadie, recibido por alguien. No, no era para él, era detrás de él, una mano, un brazo moviéndose en lo alto, diciendo Yo. Quiso girar para asegurarse, pero no lo hizo. Se tocó el saco. Los bolsillos. Metió las manos. Miró la placa, transparente, disuelta un poco en el blanco del sobre, pero visible, visible a millas y millas de distancia. Enconada casi. La manoteó. La placa se agitó, se resistió en el aire; orgánica, densa, complicada. La volvió a su lugar, la dejó sentada allí, cómoda, pacífica, como una niña. Se toca la garganta ahora, mide un hueco del tamaño de un dedo, presiona. Se haría asmático, como para protegerse. Eso quisiera sí. Quisiera poder protegerse. Construirse ya otra biografía. Piensa algo parecido a eso cuando una señora o su hija, quizás ambas, le piden una silla, la silla que está frente a él. ¿Está libre? Se la llevan, rápido, antes de darle tiempo a contestar; se la llevan con alegría y con rapidez. Y él se queda viendo eso. Él se queda viendo que ya nadie podrá sentarse frente a él. De pronto ve a su padre. ¿Es su padre?, se pregunta. Allí, de pie, en la puerta, ¿entrando? ¿Ya avanzó el tumor? ¿Leyó demasiado? Ve al hombre de espaldas, lo ve de perfil, lo ve girar ahora, y ya de frente. Claro que no, claro que no es. Ni siquiera era viejo. Además, el tipo estaba muerto. ¿Tipo? ¿Dijo Tipo? No podía ser, él nunca lo llamaría así. Las puertas se cierran, se abren, nacen otra vez las personas. Allí, bajo la luz cenital, con esa desmesura, acercándose, oliéndose, golpeándose con los codos. Ahora alguien señalaba algo debajo de su mesa. ¿Es suyo?, preguntaron. Negó. Nada era suyo. Hasta ahora. Se torció para mirar, se dobló. No vio nada debajo de la mesa. No había nada. Apenas restos del anterior. El hombre que estuvo sentado en esa misma mesa, con su placa escurridiza, benigna, estadísticamente así. No caben, no cabemos dos en una misma tarde. ¿Cómo era tener cuerpo, no tener cuerpo, pasar de uno a otro con cierta elasticidad? Ser el hombre anterior. Mira para adelante y una vez más a la silla que tiene al lado. Quizá se la pidan también. La idea le da pánico. Vuelve a tocarse la garganta, se instruye su cerebro en ese tic nuevo, parsimonioso, ciego. Siente a su cerebro instruirse en tres cosas nuevas. Tres cosas nuevas. Repasemos. Salió de la consulta, tenía un tumor maligno, era viejo, no tenía hijos, en la ciudad había pocos bares, cada vez menos bares, su única hermana vivía en Rivera, él odiaba Rivera, salió de la consulta con esa cosa molesta en la mano, abanicándose insulsa, y enseguida empujándolo, y enseguida arrastrándolo, siempre unos pasos adelante, blanca, enorme, potente, una cosa poderosa y delgada, salió de la consulta desarmado, sin su winchester de brazo largo, diez kilos más flaco, muchos años más viejo, alucinando una avenida más ancha, calles con más tránsito, plazas como hangares, cada cosa dibujada a cientos de kilómetros, ubicadas en algún punto de un horizonte imposible, mientras el médico le preguntaba si tenía familiares y él decía En Rivera (no había librerías en Rivera, la última que hubo cerró porque nadie iba, no había cines en Rivera, no había nada en Rivera), y mientras lo decía sentía el calor agobiante de Rivera en verano, la sonoridad hueca ronca aguardentosa de la voz de su hermana, ebria a las diez de la mañana, llamándolo Reinaldo, Reinaldo, y él tratando de adivinar cuál de todos los hombres de ella se había llamado así y, en todo caso, cuál era su apellido. No, no repasemos. Se tocó el saco. Sintió que se le caía, que se le escurría de los hombros. O, quizá, ya no tenía hombros. Bueno, ¿y qué esperaban para llegar a sacarle la silla? ¿Qué estaban esperando?

Prueba de admisión

Miro la pared mientras espero a que me llamen.

La puerta se abre y pasa la siguiente, tiene el pelo recogido y da la impresión de un gran trabajo manual, de al menos una media hora su mamá y ella aplicadas al pelo, concienzudamente, pero distraídamente también, aplicadas a eso, a sólo eso. La madre se queda afuera y la puerta se cierra detrás de su hija. Apenas veo, como última cosa, un vuelo pequeño de su pollera, un vuelito de nada, casi como una mano de niña saludándome, pidiéndome perdón por entrar ella primero.

La próxima soy yo. No me imagino adentro, y si lo hago soy yo fingiendo. Sin embargo, no me detengo en eso, quizá porque tengo esperanzas de que suceda otra cosa, algo distinto, algo inesperado. La prueba de baile es para niñas con ilusiones; sale esa frase de mi cabeza y trato de no hacerle caso. La prueba de baile es sólo para niñas con grandes ilusiones.

Llega otra más. Se desploma en la silla al lado mío, pregunta la hora y se queda quieta mirando la pared.

-Un cuadro de caballos, al menos -dice.

-¿Qué?

-Hubiesen puesto al menos un cuadro de esos, con caballos -dice y señala la pared vacía.

-Sí, por lo menos -digo yo y pienso en el cuadro y el vuelo de la pollera, en el vuelo de la pollera y el cabello, sujetado allí arriba como un monumento.

-¿Qué edad tenés? -pregunta después, mirándome fijo.

-Doce.

-Qué chica.

-¿Vos?

-Diecisiete, estoy en el límite.

-No sabía que aceptaban de diecisiete.

-Sí. Es el tercer año que me presento, como es público.

-¿Qué tiene que sea público?

-Es gratis. No hay que pagar.

-Ah.

La madre de la niña se acerca y se aleja de la puerta, avanza y retrocede con un ritmo de danza exótica. Le veo los ojos y pienso que no ve nada, que no está viendo nada, sólo se traslada apretándose los nudillos, los codos salientes en punta, como con ansias de volar.

-¿Vos es la primera vez?

-Sí.

-¿Te gusta bailar?

-No sé. Creo que sí.

La puerta se abre y la pollera sale, se arremolina con rapidez contra el cuerpo de la madre y así, ambas abrazadas, representando no sé qué drama de ilusiones no realizadas, parecen un monstruo de dos cabezas, concienzudo y conservador, como todo lo demás en ellas. En eso la puerta se abre y una cara se asoma, dice algo sobre una segunda oportunidad, sobre una vez más, sólo una vez más. El monstruo se deshace y la pollera escapa, dubitativa, no ligera, hacia la puerta, y la madre se queda así, como una estatua pálida y de brazos abiertos.

La chica de diecisiete me mira.

-Otra oportunidad -dice, con tono neutro pero buscando complicidad. La complicidad entre extraños tiene algo de obsceno, pienso, y entonces no contesto nada, no agrego nada, sólo miro a la madre, su perfil fijo en la puerta cerrada.

-A mí me gustaría otra oportunidad -dice ella y esta vez la miro; quisiera poder ocuparme de ella, pero no puedo, estoy cansada y nerviosa, abrumada por la posibilidad de entrar y dar la prueba. Entrar y no poder recuperar nada, ni la calma, ni la gracia, ni la valentía. La niña va a salir en cualquier momento y será mi turno, por orden de llegada; pienso eso y la miro a ella, la chica de diecisiete con experiencia en esto, ni siquiera nerviosa, ni siquiera ansiosa por ser aceptada, sólo allí, deseando un cuadro de caballos.

-¿Querés entrar vos primero? -le pregunto.

-Como quieras -me dice con naturalidad, sin sorprenderse.

-Debe tener nueve, diez años como mucho -oigo que dice después.

-Sí, por ahí.

-Está en el límite también.

La miro y le muestro mi cara. Ella me mira y se repliega, vuelve la cara a la pared blanca y quizá se pregunte qué estaba haciendo ella a los diez años, qué cosa estúpida estaba haciendo.

-¿Cómo te enteraste de la escuela?

-Por una prima que viene.

-¿En qué año está?

-En primero.

-¿Y? ¿Le gusta?

-Sí, creo que sí.

Todos dicen Va a la Escuela Nacional de Danza y esa frase es como un cartel, un anuncio de algo mejor, algo que vendrá, inevitablemente, y que será mejor de una manera progresiva y cadenciosa, casi como una obra de arte.

-A ver los pies.

-¿Qué?

-Mostrame los pies.

Levanto un poco los pies y me pregunto yo también por qué no habrán puesto un cuadro de caballos, salvajes, no desbocados, avanzando en grupo, ordenados, hacia un sitio donde habrá comida, sombra y agua.

-¿Cuánto calzás?

-Treinta y cinco.

Ella levanta los pies y se los mira.

-Qué suerte. Yo calzo treinta y ocho. Tengo pies de gigante.

-Están bien. No tiene nada que ver.

-Tiene. Los pies son fundamentales.

Le miro los pies un poco más y la imagino dentro de unos años haciendo pruebas de admisión para cualquier otra cosa.

Miro a la madre. La veo estrujarse las manos y girar un poco en la sala de espera, clavando a cada vuelta los ojos en la puerta; es un ritual, arcaico e inútil, admonitorio. Si estuviese en el cuadro de caballos, ella iría atrás, iría última, deseosa de tomar la delantera. Ella sería el caballo con un brillo raro en los ojos.

Se abre la puerta. La niña sale. Por su cara me doy cuenta de que no le han contestado todavía, de que lo están pensando más, un poco más. Esta vez ella se queda cerca de la puerta y es la madre la que tiene que acercarse. Se quedan de pie, algo separadas, y en silencio.

-Qué nervios -dice la chica de diecisiete, como si hablara por la niña.

-Qué nervios -repite.

De golpe la puerta se abre y la cara sale y dice, moviendo las manos, que no alcanza. Que no alcanzó. Y que lo lamenta mucho. Madre e hija asienten con la cabeza, o las cabezas asienten mientras allí dentro se espesa, se resume, se define todo aquello: el temor y la certeza, la intuición y la superstición, todas las cosas que podían significar o reflejar, hasta ese momento, la esperanza. Qué engaño, finalmente. La cara retrocede y la puerta se cierra. La madre abraza a la hija y la hija se deja abrazar, a pesar de que eso es lo último que quiere.

-Mala suerte -dice la chica de diecisiete.

-Otra vez será -insiste, como consolándose a sí misma.

Miro cómo los volados se agitan un poco y cómo el monumento en el pelo se va desarmando a través de las manos de la madre. Eso es lo último que veo antes de irme; eso y el pelo de ella que le llega hasta la cintura; eso y cuatro, cinco horquillas repiqueteando contra el piso; eso y la chica de diecisiete apurándose a levantar las horquillas y ofrecerlas, como una muestra, pienso, de lo liviano que es todo; lo infinitamente liviano que es todo.

Continuidad

Se queda viendo a través del desfile de automóviles los instantes efímeros, el avance inmóvil de minutos que lo acercará al mediodía. Sabe que algo tendrá que hacer entonces. Ponerse de pie, caminar, salir. (Comprarse un auto. Aprender a manejar. Manejarlo. Ser él mismo la velocidad.) Repasa su versión natural. Mira hacia afuera, abre su agenda mental, la sobrevuela. Ese día y a esa hora. Detrás, habla la persona. Se calla la persona. Una tibia desconcentración. Las cosas que tiene que hacer, quizás no las comprenda. Sin embargo, las órdenes son simples; seguían siendo simples. ¿Sucede algo, doctor? Habla la persona. ¿Le sucede algo? Se calla la persona. Está viendo el movimiento recostado en un sillón, de espaldas al televisor encendido. Apenas quince minutos para el mediodía. Lo sabe por el cartel municipal. Siente que se duerme, sabe que podría dormirse así. Pero le molesta ese sonido. Recuerda a la mujer. Las voces del aparato la abastecen, le dan la sensación de estar pensando. Ahora se mueve en la otra habitación. Sí, cree oírla del otro lado del pasillo. Toda esa innecesaria limpieza. Se concentra en esa imagen mientras va perdiendo de vista el movimiento de la avenida. Cabecea. No se permite cabecear. ¿Se siente bien? Se calla la persona. Calibra su sanidad natural. Le habían dicho algo sobre la somnolencia. Un médico allegado suyo. Sobre el cansancio prematuro; eso era casi una habilidad, casi una destreza. Le habían aconsejado no manejar y él no manejaba. Nunca había aprendido. ¿Necesita algo, doctor? Se callan las personas. Intenta no perder de vista la avenida. Todos esos automóviles, todos esos conductores diestros, ilesos. Le habían aconsejado incluso dejar de trabajar. No tenía sentido. Las órdenes de los allegados no tenían sentido. Eran bruscas, nuevas, diferentes, otras. ¿Será ya mediodía? No sabe, no está seguro. Ya no está seguro de nada. Se concentra en el rostro del médico aledaño, un hombre joven todavía y plano, vacío de circunstancias apremiantes. Podría soñarlo ahora y reinventar cualquier respuesta. (Cómprese un auto, aprenda a manejar, manéjelo, sea usted mismo la velocidad, sea usted mismo.) Enseguida, el zumbido. ¿Qué era ese zumbido? Debería ya levantarse, desprenderse de todas esas efímeras sensaciones. Continuar. Ser en la continuidad. ¿Era tarde; ya era tarde? Quizá sí, quizá ya era tarde. Se apaga el zumbido. Regresa el zumbido. Toda esa limpieza rutinaria. ¿Me oye, doctor? Elabora un mapa general de la persona. Lo cambia, lo mejora. La hace hablar. La hace decir la hora exacta del mediodía. La mujer dice las doce. Repite las doce. Y él siente una vez más esa zozobra. Su incapacidad para vigilarla. Su incapacidad para vigilar cualquier cosa que sea vigilable. Le habían hablado del deterioro, de prevenir y deteriorarse. Prevenir y deteriorarse. Viaje, le había dicho el médico adjunto. Vuelva otro, más cansado, más indiferente, menos preciso. Vuelva siendo el anciano que usted es. Descubra en veinte días todo lo que ya no puede hacer. Se calla la persona. Una enorme, triste desconcentración. Abre un poco los ojos y alcanza a ver una vez más la avenida. Busca la hora municipal y no la encuentra. Sabe que tiene que ponerse de pie, caminar, salir, abrir su agenda mental, sobrevolarla. Asistir a sus últimas, penúltimas jornadas. No detenerse en su versión natural. Ejercerse otro, una versión menos antipática, menos agria de sí mismo; un hombre diez, quince años más joven, capaz todavía de ofrecer su verdad a hombres diez, quince años más viejos. Con esa facilidad y esa indolencia. ¿Se siente mal, doctor? Cree oírla, esta vez. Y enseguida la ve, frente a él. La oye decir la hora y repetir la hora. Pero no puede moverse. No sabe moverse. Se ve allí, inmóvil, devastado por una, por dos órdenes sencillas, por sólo dos órdenes sencillas. Deje de trabajar, viaje. Contrate a una mujer, hágala decir la hora cada quince minutos, haga que lo repita. Deje ciertas cosas a su cargo. Aprenda su nombre. Nómbrela. Tómele cariño. Confúndala. Llámela mamá, un día. Interrúmpase.

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9789915931333
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