Kitabı oku: «Tus grandes ojos oscuros»



Torres, Lucía Victoria
Tus grandes ojos oscuros / Lucía Victoria Torres. – Medellín: Editorial EAFIT, 2020.
232 p.; 24 cm. -- (Letra x letra)
ISBN: 978-958-720-668-5
ISBN: 978-958-720-669-2 (versión EPUB)
1. Novela colombiana. I. Tít. II. Serie
C863 cd 23 ed.
T693
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
Tus grandes ojos oscuros
Primera edición: octubre de 2020
© Lucía Victoria Torres
© Editorial EAFIT
Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23
http://www.eafit.edu.co/editorial
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-668-5
ISBN: 978-958-720-669-2 (versión EPUB)
Edición: Marcel René Gutiérrez
Corrección: Carmiña Cadavid
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imágenes de carátula y guardas: Javier Restrepo (1943-2008). La leche embellece, 1977. Acrílico sobre tela, 100 x 100 cm. Colección familiar.
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
1
Ken tenía razón. La vida es lo que ocurre, no lo que se espera o planea. Y cualquier cosa puede ocurrir. Siempre. A la edad que sea. Todo depende del lugar y el momento en que uno se encuentre. Qué tan agrestes serán, lo ignoramos. Pueden ajustarse a nuestras pretensiones o ir en contravía de las ilusiones alimentadas a lo largo de los años. En mi caso me he llevado una sorpresa. Enorme. Desagradable. Triste porque nada volverá a ser como antes ni como lo había pensado para el futuro. Me había hecho a la idea de morir en casa acompañada de Flor. Creo que la muerte se facilita si ocurre en un lugar querido y con una persona de confianza al lado. Leal y sincera como ha sido Flor. Pero ya ni sé qué pasará conmigo ni qué será de mis casas. Las dejé el día en que el comandante de policía vino y me dijo: “Lamento mucho, doña Margó, pero ya no podemos garantizarle nada, el presidente ordenó recuperar la zona y se hará una operación de más alcance con tropas especiales de las Fuerzas Armadas que vienen en camino, es una imprudencia quedarse, le recomiendo salir esta noche, si quiere nosotros le ayudamos”. Eran mis casas. Son mis casas. Pero ellos querían una. Dijeron que si no se las daba me secuestraban. Empezaron con anónimos por debajo la puerta. Siguieron con llamadas por teléfono. Hasta que se atrevieron a ir en persona. Yo me sostuve en que no. Ceder al chantaje podía ser el comienzo de algo peor. Claro que negarse también traía consecuencias. Estaban pidiéndome además los fondos de la obra que para administrarlos. Don Rafa les contó que yo manejaba la caja menor y la cuenta del banco. Que le preguntaron por vecinos y conocidos el día que fueron a exigirle plata en efectivo para no quitarle la camioneta. Ese señor. Tanto como nos colaboró en la Fundación con las diligencias y embarrarla de esa manera. Pero no me queda juzgarlo. Cualquiera se intimida ante hombres dispuestos a matar si no se les obedece. Ya había pasado lo de don Alirio a quien le duplicaron la cuota y como se ranchó lo sacaron de la casa por la noche y lo dejaron en el morro con un tiro en la cabeza. Le reclamaron porque estaba poniendo su taller como parqueadero nocturno. Les explicó que necesitaba pagar la universidad de su hijo. Le contestaron que eran dos negocios y por lo tanto dos pagos. Les dijo que primero cerraba y se iba del barrio que darles más dinero. Pero no alcanzó a irse. Pobre hombre. Qué culpa tenía de que su local fuera amplio y lo aprovechara para ganar un dinero extra. Estaba tan orgulloso de que su muchacho hubiera pasado a la universidad. Pensaba sostenerlo hasta el último semestre aunque se sentía cansado de trabajar. Otra familia con los sueños rotos. Pero con esos hombres nadie podía. Tenían doblegados a débiles y fuertes. A la empresa de buses le cayeron encima con cuatro vacunas diferentes. Todos los bandos recibían pago del dueño de la flota. A los transportadores independientes les exigían plata por cada vehículo. A los tenderos les fijaron una cuota que pasaban recogiendo los lunes sin falta. Si las ventas habían estado malas sacaban de los cajones lo que encontraran. Un día don Óscar reviró y le dieron la paliza. Se lo llevaron y lo molieron a golpes en uno de los ranchos que mantenían desocupados para castigar a quienes supuestamente se manejaban mal con el barrio. Ladrones y viciosos o maltratadores de mujeres. ¡Solapados! No tenían derecho. Ellos también violaban muchachas. Robaban. Se drogaban. Hacían daño. Peor. Eran unos matones sin corazón. Cuántas veces de esos ranchos sacaron sin vida a sus víctimas que porque les había parecido grave la falta cometida y mucho el perjuicio ocasionado. Cuántos cadáveres desaparecieron dejando a las familias sin la posibilidad de sepultar a su muerto. Tanta gente de la que nadie volvió a dar razón. Yo vi las listas de perdidos. Ellos ni se inmutaban cuando se las mostraban. Decían que se limitaban a cuidar el barrio. Y como había gente que los apoyaba aunque les temieran… Una vez le oí decir a una señora que esos hombres eran muy queridos porque no se metían con nadie y vigilaban que no hubiera delitos ni delincuentes. Que qué más daba pagarles si con lo que cobraban hacían mejoras y el barrio progresaba… Así pensaban unos. Qué falta de criterio. O de autoridad. O mucha dificultad en las circunstancias. Por eso prosperaron esos hombres cuando se nos metieron al barrio. ¿Que si milicianos o guerrilleros o paramilitares? De todo había y de todo tenían un poquito. De mercenarios. De espías. De guardianes. No podría decirte con precisión lo que eran. En mi caso no supe con certeza con quién estaba tratando. Sé que era más de un bando en pelea y que todos delinquían e infundían miedo y aparentaban trabajar por la comunidad. Yo los veía pasar. Me impresionaba ver tanto jovencito armado. Algunos iban de civil. Otros con uniforme militar y un brazalete de tela por encima de la manga de la camisa con las letras CAU. Nunca los vi con pasamontañas. No les importaba que los identificáramos. Ni siquiera cuando nos paraban en los retenes donde se nos ponían cara a cara. Con los retenes controlaban las entradas a los barrios más periféricos, sobre todo. Ellos definían unas fronteras y teníamos que aguantarnos. No nos aclaraban por qué. Nunca se justificaban. Pero uno sí tenía que explicarles quién era y dónde vivía. Se paraban ahí las veinticuatro horas. Eran cautelosos. Se mantenían alertas a cualquier movimiento. Usaban radioteléfonos y binoculares. Seguido los llamaban. Se avisaban cosas. A algunos se les notaban los nervios. A uno también le daban nervios. Sabíamos que estaban buscando desafiar al enemigo y generar enfrentamientos. Qué tal uno ahí parado y que los del bando contrario salieran a atacar. La vida expuesta. El riesgo de quedar metido en una balacera seguía aun después de que lo dejaran pasar a uno pues hacían devolver al transporte y tocaba seguir a pie. ¿Cómo salir corriendo a mi edad? ¡Y a oscuras! Porque adrede disparaban a las lámparas que para camuflarse mejor. Por el lado del cementerio yo también podía llegar a la casa. Era una vía más corta pero sin alumbrado y por lo tanto muy sola. Prefería entrar al barrio por el lado de la urbanización de San Miguel. Aunque por ahí montaban el retén más azaroso. Tan azaroso era que lo llamaban La Morgue. En ese retén les vi la cara por primera vez y por primera vez sentí miedo de un arma. Yo a veces anduve por la casa con el revólver en el bolsillo del delantal. Pero un fusil es otra cosa. Me dio escalofrío verme parada ante esos hombres tan armados. En ese retén aprendí que debía guardarme en casa temprano. Me pasó algo que me perjudicó y todavía ni entiendo. Desde entonces no volví a hacer diligencias por la tarde. Eran como las nueve de la noche y venía del centro. Casi no encuentro cómo llegar. Ningún taxista quiso llevarme. Uno me dijo: “Eso allá es pura candela”. Otro que era lo más peligroso de la ciudad. Y así por el estilo. Yo ya no sacaba el jeep pues sabía que le tenían ganas. Tuve que viajar en el metro y después tomar el colectivo que me dejaba en la puerta de mi casa. Pasando los edificios nos topamos con ellos. Nos hicieron bajar a los cinco. Al conductor y a los pasajeros. Yo era la única mujer. El corazón me latió duro y rápido. Creí que se me desprendía. Me eché la bendición. Al apearme un vecino me dio la mano. La sentí helada. También él temblaba. Todos temblábamos. Alcancé a mirar a uno de ellos directo a los ojos. Otro de ojos enrojecidos como trasnochados me reparó bastante mientras nos requisaban. Noté que al que miré comentó con un compañero. Me examinaron de arriba abajo. Me revisaron los documentos y la cartera. Luego murmuraron entre ellos. Yo ni hablé. Después de que verificaron que éramos del barrio nos dijeron: “Pasen tranquilos”. Desde ahí empezaron a molestarme. No me explico qué pudo haber pasado. En realidad nada raro ocurrió. Excepto que me chequearon. Y eso sí era maluco. Esa presión me ha parecido más insoportable que los enfrentamientos que oía por las noches desde mi casa. Qué estruendos aquellos. De tanto oírlos aprendí a identificar si eran ráfagas o explosiones. Balaceras o granadas. Me había acostumbrado a que el alboroto se apagara al amanecer. Pero un día salió el sol y seguía. Los papás faltaron al trabajo y los niños a la escuela. Así fue una y otra vez y otra. Me dio duro ver la guerra a plena luz del día. Además tenía que encerrarme a la fuerza y a mí eso me choca. Lo mío ha sido andar el mundo. Estar con la gente. Lo supe en mis años de noviciado y lo ratifiqué en los años como inmigrante sin papeles. Solo las nevadas han podido acorralarme en casa sin hacerme sentir el peso del encierro. Era el espacio que se le daba a la naturaleza para que hiciera su trabajo y yo aprovechaba para hacer muchas cosas. Ordenaba y limpiaba la casa. Lavaba cortinas. Sacudía muebles. Aspiraba alfombras. Les sacaba brillo a las ollas. También me cuidaba yo. Me hacía mascarillas en la cara. Me arreglaba las uñas. Me pintaba el pelo. Cocinaba. Comía bien. Practicaba el inglés con mi suegra. Veíamos películas en la televisión. Poníamos música. Si a ella la vencía el sueño y Ken no había llegado me ponía a leer. Anotaba frases bonitas que me encontraba. Escribía cartas a las amigas. A los sobrinos. A mis hermanos. Miraba los copos de nieve por la ventana. El tapete blanco que dejaba en la yard. Me sentía tranquila. Segura. La vida pasaba silenciosa. Tenía cierta pureza. No había estallidos ni detonaciones ni confusión. Yo podía dormir sin pesadillas. Sabía que afuera todo transcurría en paz. Llovía nieve en vez de balas. El campo de batalla no lindaba con los alrededores de mi casa. Había guerras pero estaban lejos. Aquí en cambio se ponía en acción la naturaleza de unos hombres cuya principal experiencia de vida es la muerte. Cómo mantenerse sereno cuando sabes que afuera suceden cosas dolorosas y censurables. Te llegan sus gritos y hasta su olor. Imaginas lo que te encontrarás al salir. Los efectos inevitablemente los verás. Sangre. Muertos. La vida extinguida. Pero lo único que puedes hacer es esperar a que todo pase. Es agotador. Más cuando lo malo no cesa sino que se alarga. Cuando el sol despunta y siguen oyéndose tiroteos hasta las nueve de la mañana. Las diez. Las once. Llega el mediodía y todavía percibes el eco lejano de los últimos disparos. Los sientes extraños en medio del cielo azul. El crimen suele escudarse en las sombras. Pero esos hombres al final no respetaban. Se aparecían por las calles a cualquier hora y disparaban los fusiles en medio de la gente sin importarles el destino de unas balas que podían recorrer kilómetros. Asomarnos por las ventanas se nos volvió tan arriesgado como estar afuera. En algunas partes la gente tenía que andar con cuidado en la propia casa. Donde Martica un tiro traspasó la pared y rompió un escaparate que estaba al otro lado. Cuando empezaban las balaceras ella se metía debajo de la mesa del comedor o se refugiaba en el pasillo y dormía sobre una colchoneta. Pobre mujer en esas y sola. No fue capaz de vivir con los hijos regados donde familiares. Un tiroteo de dos días definió su destino y el de otros que se cansaron y se fueron como ella. Se multiplicaron las familias con equipajes y los camiones de trasteo. También los avisos de venta en San Miguel. Apartamentos a mitad de precio. Edificios prácticamente desocupados. Zonas verdes y jardines vueltos maleza. Maleza llena de ratas y gatos y chuchas. El problema extendiéndose y extralimitándose. Cada día nos traía novedades. Menos momentos de tregua y más alrededores comprometidos. Una mañana me topé con un retén. Otra me enteré de que un disparo había aterrizado en una casa de los barrios acomodados de la margen sur y matado a una niña que huía por la ventana. Me pareció que la guerra era de tiempo completo y para todos. Las autoridades no reconocían que gente inocente moría en los tiroteos. Saber quién había muerto se volvía especulación. La verdad es solo conjetura cuando se esconde. Pero negarla de puertas para afuera no implicaba ignorarla adentro. Yo era consciente de los riesgos que corría y no me gustaba vivir como en una prisión. Estaría mejor en otro lado. Pero decidí quedarme. Como muchos otros. ¿Para dónde más irse? ¿Cómo dejar todo a la deriva? ¿Por qué? Fui obstinada. No oí los ruegos y consejos de la familia. Me sostuve en mis pretextos. Hasta que empezaron a acosarme y a pedirme la casa y vino el comandante de policía y ocurrieron los peores bombardeos. Fue una suerte salir antes. Lástima la forma como tuve que hacerlo. Pienso mucho en Flor. Me dijo que ya todo lo tenía empacado. Cómo habrá padecido allá sola con esa última operación. Me contó que hizo un refugio con los colchones. Que aquello parecía un temblor de tierra y que mis casas no sufrieron daño. De todos modos soy de las más afectadas. El sentido de mi vida estaba en la comunidad. Fuera de mí. Me involucré demasiado. Pierdo más. Pero si me equivoqué con lo que hice ya no queda arrepentirse. Impotente he visto cómo se disuelve lo bueno en lo malo hasta caer en una situación escabrosa. Tal vez moriré sin ver el desenlace de la batalla. Qué importa. Tengo suficiente con sufrir el efecto que tiene en mí. Cómo imaginar que apenas un disparo y un muerto pudieran desencadenar semejante cosa. Porque reaccionaron fue por el tiro a la comitiva oficial y el asesinato del oficial que investigaba los crímenes del barrio. La mayoría dice que siquiera el Gobierno intervino. Es cierto que donde se permite vivir sin ley surgen problemas graves. Pero qué manera de hacerse presente. Lo hicieron mal y tarde. Solo unos ineptos dejan agravar de esa manera un conflicto conocido. Y solo un gobernante pendenciero puede aprobar un ataque de esa magnitud en medio de gente inocente. Ser tan frío ante el sufrimiento ajeno. Porque hemos sufrido mucho. Todos. La gente ni se lo imagina. Le han dado bastante despliegue a nuestra situación. Cierto. Pero la prensa nunca logra dibujar las cosas como son en realidad. Menos una guerra. El desamparo. La maldad. La injusticia. A pesar de las fotos de caras tristes y gente llorando y la destrucción. Mostrar un alma destrozada es imposible. Cómo fotografiar un miedo de días. Una zozobra de meses. Lo que queda al final de la batalla. La ira. La confusión. La tristeza de la derrota. El desconsuelo por un fracaso producto del desafuero y la arrogancia. Yo sé que muchos en el barrio consideran que los buenos deben volverse malos porque en zonas tan enormes y corrompidas el bien no puede imponerse al mal. Creo que el bien existe pero allí parece imposible hacer justicia o poner autoridad como corresponde a los seres humanos y las sociedades. Es lo más problemático que yo he conocido en mi vida. Tanta falta de dinero y de normas. Tanto caos. No hay quien lo resista. Allá ha sobrado lo malo y engendrado cosas peores. Pero era de esperarse. Lamentablemente nuestra comunidad nació infectada. Por eso al comienzo a Ken y a mí se nos cruzaban los sentimientos cuando la Policía llegaba a tumbar ranchos y a expulsar a los invasores. Por un lado deseábamos que los sacaran por haberse apoderado de una tierra hermosa con laderas verdes y árboles espesos y una quebrada nítida. Era el paisaje y la tranquilidad que soñamos para nuestra vida en las casas que acabábamos de edificar. Una ilusión que empezó a disiparse cuando se murió el dueño de los lotes alrededor. Un terrateniente de ciudad sin herederos es bastante propicio para que caiga una invasión. Por el otro lado nos indignaba ver niños llorando alrededor de unas mamás que eran arrastradas por los agentes. Cómo gritaban esas mujeres. Cómo pataleaban. Me daba lástima semejante pelotera tan bárbara. Ken nunca había visto algo así. Más de una vez se enfrentó a los policías por defender a los invasores. Dejó de hacerlo cuando nos dimos cuenta de que aquello no tenía la inocencia que aparentaba. Al otro día del desalojo los veíamos izando las banderas de nuevo. En un lote. En dos. En tres. Hasta seis para una sola persona. Clavaban el tricolor y después empezaban a negociar los terrenos. A una señora que tenía casa al otro lado de la ciudad le pregunté por qué venía a adueñarse de un lote. Me contestó que quería otra casa. La pobreza también es ambiciosa. Quisimos irnos. Vacilamos. Nos cuestionamos. Perdimos el sueño. A Ken le pareció una imprudencia quedarse. Dijo que no sería un buen lugar para vivir. Que vendiéramos las casas. Que estábamos a tiempo. Pero yo ya me había hecho a la idea de que era nuestro último hogar. No quería moverme más. Insistí. Lo convencí. Y quedamos atrapados pues cómo cruzarse de brazos ante semejante situación. Me nació ponerme a ordenar ese caos y arrastré a Ken y a los mismos invasores. Empezamos con los senderos y caminos. E impotentes vimos lo que hacían los aprovechados y lo que ocurría. Nunca pude aceptar que se tomaran tierras ajenas y las repartieran. Las adjudicaban a los necesitados y luego les cobraban por todo. Por el derecho a sacar agua de un pozo o de una quebrada. Por cocinar en fogones comunitarios de leña o de petróleo. Por alcantarillados de mentiras construidos con materiales desechables. Por la conexión fraudulenta de mangueras y cables a tuberías del acueducto y postes de electricidad. Agua y energía robadas que la gente debía pagarles mensualmente. En menos de dos años nos inundaron las invasiones. Mil quinientas familias censamos una vez. Venían de pueblos o de otros barrios de la ciudad. Las funcionarias de la Alcaldía nos insistían en que no les dijéramos invasores o tugurianos sino “personas que tienen por costumbre prácticas invasoras de apropiación del terreno”. Que porque con esa marca nominal dificultábamos nuestra integración como habitantes de la zona. ¡Discutía con ellas! Me gusta llamar las cosas por su nombre y valorarlas en su justa medida. Nosotros habíamos pagado por el lote. Éramos residentes legales. Los invasores no. Pero forcejearon y se opusieron. Soportaron y sobrevivieron. Lo convirtieron en un acto de resistencia. Hasta que el despropósito pegó. Se asentaron y nació un barrio aquí y otro allá y uno más allá. Les ponían nombres acordes al hecho mismo. Las Independencias. Los Héroes. Nuevos Conquistadores. Libertad. Al nombrarlos los hacían reales. Y vea el resultado. Dieciocho barrios. Una comuna entera. Sin darme cuenta pude haber recorrido los siete kilómetros cuadrados que tiene el sector. No reconozco a toda la gente. Imposible. Sé que son más las mujeres que los hombres porque a ellos los matan más. Que hay menos casas que familias y que todas son de clase baja. Las funcionarias del Gobierno también nos recalcaban que dijéramos estrato socioeconómico y que especificáramos si era bajo-bajo, bajo o medio-bajo porque en el barrio no todos estaban en las mismas condiciones. Para mí no existía diferencia. La vida era difícil para todos y en todo sentido. Demasiada desocupación y carencia de lo básico. Aun así fuimos organizando la comunidad y saliendo adelante con ella. Que servicios públicos. Que transporte. Que puesto de salud. Que la escuelita para los niños. Hasta que empezó a meterse gente rara y se fue perdiendo el control. Primero aparecieron los guerrilleros. Detrás llegaron los paramilitares que los combatían. De ahí pasamos a los narcotraficantes y sus sicarios. Los peores porque para ellos el crimen es una forma de trabajo. Les gusta hacer dinero con el mínimo esfuerzo. Matan al que se les oponga y pagan lo que sea. Con ellos todo se enredó más. Se volvió ingobernable. Se depravó. Empezó a ser escabroso. Desplazaron a unos policías que no sabían defenderse y vacilaban para entrar a nuestro barrio. Se renovaban los delitos y los delincuentes y la población aumentaba pues la guerra del país seguía botando desplazados a las ciudades. Quien huye busca un lugar para aterrizar. Necesita donde acomodarse. Se somete con tal de alejarse de los enemigos aunque exista el riesgo de que surjan otros nuevos. Batalla en otro campo de batalla. Entonces el barrio crecía y a la vez se deterioraba. Los policías se rindieron y nos dejaron a la deriva en manos de inmorales y pícaros. Con su ausencia favorecieron el exceso y el atropello. Una situación así es ineludible cuando se la padece. De alguna manera hay que enfrentarla. La gente clama que alguien intervenga. Se cansa. Hace lo que sea para combatir el mal. El barrio no se quedó atrás. “Si la justicia privada es la única forma posible de defendernos, ¿por qué no aceptarla?”, le oí decir a uno de la acción comunal. Después otro señor dijo que como el presidente de la república había fundado las cooperativas de autodefensa para proteger sus tierras, “entonces no hay nada malo en hacerlo nosotros que trabajamos por una comunidad”. Me dio temor que se tratara de tolerar grupos armados como los que había en otras partes de la ciudad. Grupos de limpieza social. Me horrorizaba dicha alternativa. Pero la mayoría estuvo de acuerdo. Hasta ese día les fui a las reuniones. Lo que no se puede cambiar hay que tolerarlo y si no puedes tolerarlo tienes que alejarte. Concluí que también lo pernicioso se copia así conduzca al infierno. Me di cuenta de que eso era un círculo vicioso y peligroso. Que el miedo a las balas doblega a buenos y malos y que donde se carece de gobierno y nadie se atreve siempre hay quien se aproveche. Terminaron mezclándose guerrilleros con gente que estaba dispuesta a armarse, y paramilitares con policías que no sabían moverse solos. Todos querían mandar. Imponer su ley. Unos y otros lograron apoyo. Se propagaron. Se adueñaron de la zona por sectores. Aplacaron a las bandas de asaltantes y matones. Es verdad. Se volvieron autoridad. Cuando los guerrilleros alcanzaron el control ahí el Gobierno sí se preocupó. Aterrizó con un programa de mejoramiento para cambiar ranchos por casas de material. Sobre todo en la parte alta. La más conflictiva. Millones de préstamos internacionales invertidos y sin embargo poco mejoró la vida con eso. Siguió teniendo la misma dureza. La vida allá era una tragedia social desbordada. Saber que ahí están mis casas y queda todavía Flor. Mi muchacha me recuerda a las mujeres que lavaban ropa en la quebrada. Muchas veces llegué hasta donde ellas para conversar. No paraban de restregar la ropa y darle golpes contra las rocas mientras hablábamos. Yo me sentaba en una piedra. Me quitaba los zapatos y metía los pies a la quebrada. Era tan limpia el agua que me veía las uñas patenticas. Mis pies se hinchaban con las caminadas por las lomas. Qué asoleadas aquellas. Yo me ponía un sombrero. Tenía la costumbre de los sombreros. Desde niña en la finca los usábamos mis hermanas y yo. Luego en el verano en Estados Unidos. También echaba en el bolso una camisa vieja de Ken de manga larga para ponérmela encima. Siempre había algo de qué protegerse. Los mosquitos. Un alambrado. Una llovizna inesperada. El viento en la tarde que enfriaba. El invariable sol de una ciudad sin estaciones y en primavera perpetua. A esas mujeres el solazo les caía directo. Tenían las mejillas resecas y tostadas. Se metían descalzas a la quebrada. Se les emparamaba la barriga. Por las sienes les chorreaba el sudor que les humedecía el pelo y las hacía echarse agua en la cara y el cuello. Conversábamos bueno. Tranquilas. Con confianza. Como mujeres. Se desahogaban. Las oía con verdadero interés. En el colegio me enseñaron que una simple conversación puede transformar vidas. Que con un gesto sencillo de generosidad, por ejemplo, es posible cambiar un panorama oscuro. Y la lección más grande que recibí de la vida religiosa fue la aceptación de lo que nos pasa y no quisiéramos que nos pasara. Entonces se los decía a ellas y ahora me lo digo a mí. Trato de encontrar maneras de aceptar mi situación. De ayudarme así como me hubiera gustado ayudarles a todas esas mujeres de la quebrada. Era lo que intentaba. Ofrecerles al menos unas palabras que les dieran esperanza en un futuro más claro. Tan claro como el agua que tomábamos en las manos para mitigar la resequedad que nos dejaba en la boca la confesión de la intimidad. Para limpiar el llanto derramado al confiarla a otro. También yo sentía ganas de llorar. Pero me cohibía. Si era quien estaba consolando no podía desmoronarme. Oprimía las lágrimas y se las devolvía a mi corazón. Él me castigaba ocasionándome como un desgarre en el pecho. Yo le hacía entender que podía desahogarme por el camino de vuelta. A veces la perturbación me bloqueaba el llanto hasta por la noche cuando llegaba a casa y se me chorreaban las lágrimas apenas cerraba la puerta. Hablar con la gente humilde me ponía triste. Pero yo necesitaba descubrir a aquellas personas. Saber cómo enfrentaban su situación. En las historias cotidianas que me contaban veía el coraje que exige llevar una vida como la suya. Un coraje que la mayoría ignora porque la gente mal vestida y revejida con niños desnutridos nada les da a entender ni les dice. Es gente que apenas significa algo para quienes los aman. O para mí que los tuve cerca. Una gente que me enseñó la cara verdadera de la solidaridad. Lo que yo tanto he pregonado. En ninguna otra parte conocí personas capaces de privarse de algo para compartirlo con otro aunque nadaran en la necesidad. Los ricos que nos ayudaban desconocían el verdadero significado de su gesto. En algunos era solo apariencia y conveniencia. A otros ni les interesaba saber que los pobres existen y son gente buena. Cuando iba por las donaciones me tropezaba con su imponencia. Me atropellaban con su mezquindad. Me humillaban con su actitud. Me hacían sentir miserable y darles la razón a los que se sublevan. ¿Qué hace una persona con necesidad y hambre que recibe desdén de quien podría tenderle la mano con algo de comida o ropa o techo para hacerle la vida más llevadera? Me tildaban de paternalista. No valía explicarles que la asistencia social y humana ha existido por siglos. No les interesaba saber que en el mundo entero hay voluntarios que trabajan por los necesitados. Gente preparada que promueve la caridad. Universidades que piensan la pobreza. Nunca pudieron entender que eso también puede ser una inquietud de la inteligencia. O yo no pude convencerlos como sí logré convencer a esas mujeres que recordaré siempre y extrañaré tanto como al barrio. Porque aun en medio de tanta carencia y doblez el barrio tuvo sus momentos bonitos. Y tenía otro nombre cuando Ken y yo llegamos. San Javier. Nombre de origen vasco que curiosamente significaba casa nueva o castillo. Compramos el lote porque nos pareció muy agradable todo alrededor. La primera vez que fuimos a verlo había tres vacas y dos terneros masticando hierba. Me gustó la arboleda en la parte más alta. Sigue casi igual. Quién sabe si se conservará en el futuro. Servía de escondite a los guerrilleros y por ahí escapaban los delincuentes cuando empezaron los allanamientos y requisas. Al lado de ese bosque nació el botadero de escombros a donde han ido a dar los desaparecidos de estos años. Cientos de muertos sepultados en una fosa común impensada. Se sabe por el olor. Es inevitable ignorarlo. Cómo imaginarse entonces semejante porvenir. Nos ilusionaba construir una casa a nuestro gusto y al final decidimos hacer dos. Una encima de la otra. La de abajo para alquilar. La de arriba para vivir con mamá. Durante nueve meses vimos cómo levantaban cada parte de las casas. Sé por dónde van las tuberías y los cables de la electricidad. Aún me parece sentir el olor de los adobes húmedos y el piso de tierra cuando íbamos en las tardes a ver cómo había avanzado el maestro de obra. Seguramente lo tenía cansado yendo a diario a chequear lo que estaba haciendo. Que si el inodoro allí y que si el lavamanos allá. Que la poceta y la instalación para la lavadora. Que esto y aquello. Me emocionó mucho ver el armazón de madera para techar la casa de encima. Lloré cuando terminaron de poner las tejas de barro. Yo fui artífice y testigo del nacimiento de lo que hoy me quieren quitar y tuve que dejar. Mis casas no tienen balazos en las paredes como las de tantos en el barrio o como las escuelas. Sin embargo están en peligro. Las quiero por lo que llegaron a representar para mí. Nunca antes había tenido una casa propia. Ni soltera ni casada. La casa de Ken era la de él y su madre. Ella terminó aceptando que cambiara cosas. Un mueble. Una alfombra. El puesto de las ollas. Ella terminó muriéndose y yo pude hacer lo que quise. Pero esa casa nunca fue mía ni pude sentirla como mía. Quería tener una y en mi país. Hacer la casa de los dos. Fue el inicio de una nueva vida. Nuestra vida aquí. No sabíamos cómo podía resultar. Tomamos el riesgo con ilusión. Ken terminó conformándose y trabajando en lo menos pensado. Ken no había necesitado plantearse el servicio a los demás. Desconozco qué significó para él conocer la pobreza extrema y vivir rodeado de ella trabajando para hacerle frente. Nunca se me ocurrió preguntárselo. Lo embarqué en una empresa y un compromiso que lo extenuaban. Pero jamás le oí renegar por ello. Lo asumió con seriedad y nobleza. Se dedicaba a los contactos y a conseguir las ayudas con los curas y las entidades estatales. Ser extranjero y hombre le facilitó las cosas. La presencia y el acento le abrieron puertas. Le caía en gracia a la gente por la forma como se vestía y hablaba. Fue el gestor del centro médico que tanto nos enorgulleció después de haber empezado en una carpa en la calle con practicantes de medicina y las novicias como enfermeras. Fue mi cómplice y compañero en la aventura. Me alentó en momentos en que quise darme por vencida. Por eso merece que le perdone lo que me hizo. Aún no logro excusarlo del todo. Pero el día llegará. Fue justo el homenaje en la Alcaldía y que le dieran la ciudadanía. Mínimo reconocimiento por sus servicios a un país que no era el suyo y lo recibió de esa manera. Yo pienso y pienso en toda esa gente amontonada de mi barrio querido. Gente sencilla. La gente sencilla conmueve. Más si es honesta y trabajadora. Nunca podré olvidar la mirada de respeto que siempre nos dirigieron. El tono de voz cuando nos hablaban. Acordarme de eso me resarce ahora que tuve que echarme para atrás. Me hace ver un lado diferente de las cosas y me evita arrepentimientos. En ese momento era lo que había que hacer. Alguien tenía que hacerlo. Nos tocó a nosotros. No me pesa. Me ha gustado vivir en la frontera. Eso ofrece otra mirada. Ayuda a entender la verdad del otro. Enseña que la de uno es solo una entre muchas y no necesariamente la correcta. Que hay ideas más valederas. No es fácil llegar y entrar de manera segura sin levantar sospechas. Generar rechazo o correr peligro. A Ken le tocó lo bueno dentro de todo eso tan nefasto. Siquiera se libró del chantaje. Las amenazas. La decadencia. Hasta donde pude le oculté las llamadas y los anónimos. Me sentía culpable. Pero estuvo a salvo. Yo también lo estuve mientras vivió a mi lado. Había estado opacada por él y se fijaron en mí apenas quedé sola. Ahí mismo fueron a visitarme. Ni siquiera había terminado el novenario. Primero llegó un hombre solo. Que a darme el primer aviso que porque no habíamos hecho caso de las boletas debajo de la puerta y las llamadas. Como estaba haciéndose el bueno, con un cinismo desvergonzado, entonces me tocó cantarle la tabla. Se me grabó la conversación.
—No se la venga a dar de redentor que yo llegué primero que ustedes a este barrio y empecé el trabajo con la comunidad cuando no había nada –le dije. Entonces me contestó:
—Yo no sé cómo habrán sido las cosas ni me importa. En todo caso el encargado de la seguridad del barrio con quien tiene que entenderse va a venir para que cuadren la cuota.
—Que ni se aparezca.
—Yo no sé, doña. Cuadre con él para que la deje vivir tranquila. Verá que le colabora si usted le colabora. Para que sepa, eso se hace un negocio de palabra, solo de palabra, con plata en efectivo. Vea que ya arreglaron la cancha y están haciendo el mantenimiento de las cunetas.
—Eso le toca al municipio, por qué no se lo piden a ellos, presenten un proyecto para el presupuesto comunitario, esta ciudad tiene con qué.
—¡Meterse con el Gobierno! Es mejor tenerlo lejos. Son unos corrompidos.
—Los corrompidos son ustedes, y perezosos, además, porque les gusta lo fácil.
—Puede que haya uno que otro corrompido y echado, pero también gente caritativa y trabajadora. La mayoría. Si no, cómo cree que nosotros hemos hecho todo esto. Ya se lo dije. Yo cumplo con hacerle la advertencia. –Y se fue.
A los dos días llegaron tres hombres. De civil. Dos se quedaron afuera en las escaleras. El que me habló no pasó de la puerta. Se presentó como el responsable de la seguridad del barrio. Venía a exigirme que les diera una casa.
—Usted no puede tener dos casas tan grandes y buenas en un barrio de pobres donde hay tanto necesitado. Eso es una ofensa para la comunidad.
—Ofensa es lo que ustedes me están haciendo porque esas casas son mías y son producto del trabajo de mi marido y yo que las conseguimos honestamente y con mucho esfuerzo.
—Y eso qué –me contestó–. Lo que importa es que las tiene y no las debe tener.
Le pregunté por qué no habían dicho nada cuando Ken estaba vivo. Ni se inmutó. Le pedí que dejara de aprovecharse porque ya me veían sola. Le recordé que Ken y yo nos habíamos sacrificado por el barrio. Dijo que eso tampoco tenía que ver. Le insistí. Inútil. Me parece oír su ultimátum:
—Nos tiene que entregar una y esa es la norma y para todos es igual y usted no va a hacer la excepción. Puede escoger si la de arriba o la de abajo. Le damos esa ventaja.
Y se fue con sus compinches. Ningún argumento valió para convencerlo de lo contrario. Después vino el comandante a advertirme del peligro. Si la Policía no podía darme garantías qué más iba a hacer. Los unos me echaban. Los otros me pedían plata. Todos me mandaban decir que cuidado. Todos andaban tan armados y mataban tan fácil. Y yo una anciana ya. No es lo mismo que cuando se tienen bríos. Lograron perturbarme la vida. Trastocarla. Por eso tengo que irme para ese asilo a donde nunca imaginé ir a parar y dónde no sé cómo me irá ni cómo voy a sentirme. Un asilo puede caer bien a mi edad. Los viejos somos silenciosos. Es nuestra mayor ventaja. Si ahora hablo y hablo es porque tú me obligas y quiero que escribas mi historia. Te lo agradezco porque además como todo está tan fresco me sirve para desahogarme. A veces son penosas y fatigantes estas confesiones. Me dejan pensando. Me retroceden a cosas ya olvidadas. Es bueno recordar algunas. Me sorprendo de lo que he sido capaz de vivir y hacer. Eso le da dimensión a mi vida que ahora vale tan poco. De otras no es tan bueno acordarse. Me reviven lo malo. Todas me corroboran que la resistencia es lo único que queda cuando las cosas llegan al límite. Así uno resulte vencido. De un modo u otro iba a tener problemas. Era malo si me quedaba y ha sido peor salir pues significa abandonar mi mundo. He quedado en el limbo y mis casas a la deriva. Poco podrá hacer Flor. Pobre muchacha. Cómo estará de angustiada. Cómo habrá pasado todos estos días. Debe ser como para enloquecerse. Cuánto me ha ayudado. Me desvela pensar en ella y en el puñado de gente que quedó allá y debe seguir llena de miedo. Ya me convencí de lo que decía Ken. Somos humanos. No tenemos el control. Su pérdida ha sido doblemente difícil y dolorosa. Me asusté cuando murió. Se me convirtió en recuerdo al instante. El presente vuelto pasado. De un día para otro deja de ser y estar lo que tengo y amo. Su muerte me ha hecho pensar en cómo prepararme para la mía. Pero sobre todo me dejó sin norte. Creí que mi refugio era mi casa. Qué va. Mi verdadera coraza y protección se llamaba Kenneth Wilson. Era el centro y desconocía que lo fuera. Me he dado cuenta de que todo lo equilibraba. Las fuerzas sobre todo. No lo parecía. No me lo esperaba. Había leído que el amor no siempre puede salvarnos pero sí darnos un motivo para luchar. No sé si es mi caso. Ken me dejó un vacío y un pesar inmenso. Quizás insanable. Mi amor por él lo he comprobado en la falta y en la ausencia. En la necesidad que tengo de él. Sobre todo ahora en mi situación.
2
Van a ser las tres de la tarde y es la tercera vez que se sienta. Se paró de la cama a las cinco de la mañana, desayunó de pie mientras supervisaba la sacada del pequeño trasteo, se sentó en el auto que la llevó al asilo y luego en el restaurante donde almorzó con sus sobrinos y su hermana. Sin embargo, aún conserva energía y piensa seguir trajinando. Se da un respiro probando la cama que ha comprado. Es una cama sencilla, lo más razonable cuando el hábitat se reduce a una pieza de asilo, el estado civil es la viudez y se desestima la presencia de hombres en el lecho. Después de más de tres décadas durmiendo en cama doble y acompañada, volverá a ser como una mujer soltera o una monja. Imagina que no volverá a sentir el desierto frío y desolador que ha acompañado sus noches desde la muerte de Kenneth. Supone que morirá en esa cama cuya calidad comprobará esta noche. Por lo pronto, soba la cabecera con los dedos, acaricia con las yemas la refinada lisura del roble barnizado. Luego palpa con las manos el mullido edredón, extiende las palmas y presiona ligeramente. El cobertor se ve imponente y aún conserva atada al bolero inferior la etiqueta con el precio, una etiqueta que resulta imperceptible así esté rozándole los mocasines de gamuza. “El colchón se siente cómodo”, piensa. “Y el cuarto también”. Le ha tocado la habitación ciento doce, de las diecinueve que tiene el único piso de la edificación. Mira alrededor, repasando cómo ha quedado el sitio que en adelante será su hogar. Luego se levanta, saca del clóset el portarretrato con la foto de José Luis y lo pone encima de la nevera, pequeña, como de cuarto de hotel, que se estrena en su perenne faena de congelación.
—No es el mejor lugar, pero toca dejarlo aquí mientras tanto, y prefiero exhibirlo en vez de mantenerlo guardado –dice y vuelve a sentarse en la cama.
Elvira contempla el retrato. “Qué hermoso era”, piensa. Ha conseguido agua caliente en la cocina del asilo. El termo, la azucarera, el frasco de café instantáneo y la bandeja con pocillos se estrechan en una mesa auxiliar, al lado de la nevera.
—Jóse corrió con suerte. ¡Tener dos mamás! –dice Elvira concentrada en la preparación del café.
—Mamá solo hay una.
—Hay excepciones también. Y el trato de él contigo es distinto. De mucha deferencia.
—Exageras.
—Adelantó el viaje. Jamás había hecho algo así. Detesta cambiar de planes. Todo por ti.
¡Qué palabras! Se sienten como un reclamo. Así las recibe María Margarita. Sin embargo, se queda callada. Elvira ha sido la más leal y confiable de sus hermanas, a pesar de la distancia en edad. También ha sido admirable la fuerza de sus sentimientos y de su voluntad.
—Solo quise ser una buena madrina –dice mirando la foto.
Por un instante, sin quererlo, se percata de su respiración, que se expande en el tórax, que le ocasiona un vacío opresivo en el pecho. Nota que Elvira termina de llenar los pocillos con agua, cierra el termo y toma la azucarera.
—Al mío solo una cucharadita. Voy a empezar a reducir el azúcar –aclara.
Recibe el café y ve a Elvira sentarse con su pocillo en el taburete que le ha prestado. Viejo pero bien conservado, es el único que hay por ahora en la habitación. Se fija en el reloj sobre la mesa de noche.
—Nos ha rendido, son las tres y ya estoy acomodada.
—Gracias a los muchachos. Sin su ayuda, quién sabe dónde iríamos.
—Jóse es tan diligente.
—Afanoso, diría yo. Estaba convencida de que iba a quedarse más tiempo, pero ya dizque se va… Ay, Margó, ¿no se te hace muy rápido?
Margó es como le dicen en la familia.
—¿Qué hacemos ahora? –Elvira trata de animarse.
—Organizar nuestras vidas, la tuya, la mía, y preparar el viaje, a ver si nos olvidamos de este desastre.
—¡Nooo, que qué hacemos ya! –aclara.
—Ah… aquí nada queda para arreglar, al menos por hoy.
—Podríamos dar una vuelta por el lugar. Así vas conociendo a la gente, saludas y ves si…
—No no no, ahora no, mañana cuando tenga más ánimos.
—¿No salimos entonces? ¿Y las compras que querías hacer?
—Tomémonos este café primero.
—O prefieres descansar.
—No, todavía es temprano, me gustaría al menos arrimar a una agencia de viajes.
—¿Vas a buscar otro presupuesto? Pero si ya le hemos echado todas las cuentas a ese viaje.
—Es para ir haciéndome a la idea y ocuparme de otra cosa, pensar en que voy a volver a caminar por Manhattan me resulta más edificante en este momento, siempre añoraré Nueva York.
—¡¿En invierno?!
—Tiene su gracia. La nieve siempre es conmovedora.
—¡¿A nuestra edad?! Dudo que se le sienta el encanto.
—Puede ser…, sí, sería preferible aguardar a que pase tanto hielo.
—Así nos da más tiempo de resolver todo.
—Eso sí, y podría irme más tranquila.
—Parece que ya se está arreglando este problema.
—Ajá…, por lo menos salí de tu casa y voy a dejarte en paz.
—¿En paz? Quién te dijo que… ¿Por qué me dices eso? Yo te recibí con mucho gusto. La casa de un hermano es como la casa de uno.
—Lo sé, pero… es que en esas condiciones… caerte así de improviso, sin poder planear nada…
—¿Y es que el destino puede planearse? Si a eso vamos… Mira yo cómo terminé en ese apartamentico tan estrecho.
—¿Estrecho? No seas malagradecida, Elvira, cómo nos acomodamos de bien, la chica en su habitación, Julián en la suya, yo tuve la mía, y ahora te quedan dos desocupadas, y si la chica se independiza… Si hubieras conocido al menos un rancho de los miles que visité en el barrio, hasta diez metidos en una pieza con un mero colchón… peor, encima de un arrume de arena para darse calor.
—Quién iba a creer que te cayera encima semejante problema. Justo a ti. Cómo les ayudaste. Tantos años resolviéndoles las necesidades y peleando por esa gente y…
—Y terminé de arrimada.
—¿Arrimada? ¡¿Te sentiste muy arrimada en mi casa?!
—Es una manera de decir.
—Así sea, ni lo debes pensar.
—No te enfades por eso.
—Claro que sí. He estado en deuda contigo. Siempre quise pagarte, retribuirte por lo de Jóse.
—Nada te he cobrado.
—Yo sé. Pero siempre lo tengo presente.
—No tendrías por qué hacerlo.
—Su visita a la tumba del papá me lo recordó más.
—Ay, esa visita… le dio duro, pobrecito, casi ni habló en el almuerzo.
—Claro. ¡Con lo que Fonso le hizo! Y me hizo a mí. No me separé por no cargar más problemas. ¡Que un papá eche a un hijo de la casa! Siempre que me acuerdo me pregunto con qué clase de hombre me casé.
—Nunca se sabe con qué puede salir un hombre. Mira a Ken.
Sin ponerse de acuerdo, las dos mujeres coinciden en sorber su café. Silenciosas, miran alrededor e inspeccionan de nuevo la organización del cuarto.
—Bueno, ¿y cómo quieres los zapatos?
—Descansados. –Margó se mira los pies–. Parecidos a estos.
—¿Como esos? Cómprate algo menos rudo. Ya no tienes que preocuparte si te sacarán ampollas o no y si la suela aguanta las piedras.
—Creo que serán los últimos que compre. Muere también mi engorrosa búsqueda de zapatos.
Vuelven a quedarse en silencio. El significado de lo dicho por Margó está claro para Elvira. En realidad, desde los sesenta años de edad uno podría empezar a considerar como últimas muchas cosas, especialmente el hecho de adquirir nuevas posesiones. Hasta las más simples o indispensables terminan siendo revaluadas. El desprendimiento de los objetos materiales se hace más fuerte a medida que la conciencia de la muerte se vuelve presencia en la vida diaria, en ese momento en el que la frontera entre la vida y la muerte es cada vez más sutil. A la edad de Margó algunos incluso ponen en duda el sentido de comprarse una propiedad para vivir solos y les resulta más sensato meterse en esos internados de viejitos tan parecidos a los conventos.
Gracias a las semanas en casa de su hermana, Margó pudo buscar con cierta calma dónde acomodarse. Un sitio digno, acorde a su estatus y capacidad económica. La habitación asignada se ajusta a su condición y a su nivel de exigencia. Dio la talla cuando inspeccionó cada huella posible de suciedad: pisos brillantes, paredes blancas recién pintadas, rincones exentos de telarañas o mugres acumulados, baldosines casi nuevos en el baño, griferías y conexiones en buen estado. Un espacio casi inmaculado. La limpieza del lugar, infalible, la convenció de que era el mejor. En otros que visitó, los olores a orines y a viejos sin bañarse la espantaron en la puerta de entrada.
—No previmos lo de la cortina, pero siquiera no hay que comprar y me defiendo con la que vas a prestarme mientras traigo las mías.
—Creo que te agradará. Tenemos gustos parecidos.
—Cómo es la vida, sin cortina y con el montón de trapos que tenía, algunos se quedaron sin estrenar.
—Si te hubieras ido cuando empezaron esas invasiones habrías podido lucir las bellezas que trajiste de Estados Unidos.
—Lo que debí hacer fue no guardar nada, pero uno siempre está como a la espera de algo, sabiendo que el futuro nunca puede adivinarse, sencillamente no existe.
—Lástima la vajilla tan fina. Apenas la usaste.
—Era indigno en medio de tanta miseria.
—Y el cristal. ¡Y ese montón de porcelanas!
—Ya, Elvira, ya, deja eso.
—Es que… ¡qué vas a hacer con tanta cosa!
—Ya veremos, nunca tuve tiempo de pensar en eso, ahora me sobrará, por ahora solo me interesa la cortina.
—Mañana te la mando.
—Pero no molestemos más a los muchachos que ya han volteado demasiado y qué pena haberlos preocupado por una cortina.
—Preocupados han estado y estarán hasta que se resuelva todo. Lo malo es que lo de Flor los ha puesto más ansiosos.
—Por qué Flor no me contestará. Para eso le dejé el teléfono, para mantenernos comunicadas. Debí comprar el celular. Cómo voy a vivir sin teléfono aquí.
—Convéncete. Cortaron la línea. Esos hombres te cogieron bronca.
—Se supone que ya están derrotados, ¿para qué han sido tantas operaciones entonces?, y no fue bronca, ni a mí solamente, con todo y por todas partes se metieron.
—Son como una plaga. Con razón Julián dice que eso es muy difícil de erradicar. Ay, ese muchacho. Es capaz de irse para allá si Flor no da señales de vida de aquí a mañana.
—Si va, me gustaría que me trajera el baúl, no se me quita de la cabeza, no sé por qué.
—¡Ese armatoste! ¿Para ponerlo dónde?
—En esa esquina, con las otras fotos, y allá va a ir el escritorio.
—Un escritorio es muy necesario, pero ¿si cabe aquí?
—Ahí junto a la vidriera, sí.
—¿Tapando la salida al patio?
—Ya lo calculé y da justo.
—¿Y en el patio qué? ¿Vas a poner matas?
—Todavía no sé.
—Pon una mesita con un par de sillas plásticas. Tomar el sol es muy necesario. Respirar aire.
—¡En esta ciudad tan contaminada!, cómo se te ocurre, ¿no ves que esto está en pleno centro?
—Como sea, pero el encierro del todo es más perjudicial. Estás acostumbrada a casa con patio, terraza y balcón… Para que no extrañes mucho, eh.
Las dos mujeres caen en un vacío de palabras que aunque corto se siente pesado. Margó mira las baldosas de granito blanco y sin levantar la vista dice con la voz mermada:
—Siempre extrañaré todo, especialmente esto que me está pasando, creo que nunca voy a entenderlo, la vida nunca es lo que uno se imagina y al final como que nada vale la pena.
—Mejor no pensemos. –Elvira se levanta y da una vuelta por el cuarto–. A ver, entonces el escritorio, aquí, y la silla giratoria… no cabe…, ¿qué harás con ella?
—Ni sé.
—Consíguete una más pequeña, sin brazos. Como la de Violeta.
—La de Ken es mejor y le valió mucho, mira que la hizo tapizar en puro cuero, él no era de lujos pero se descrestó con el comino crespo, esa silla y el escritorio son unos muebles finos que vale la pena conservar por el valor sentimental además.
En esa silla giratoria con su escritorio Margó y Kenneth se sentaron horas a apuntar lo entregado por las parroquias. A dejar consignada meticulosa, honradamente, cada cosa que conseguían para los necesitados. A echar cuentas. A pensarle a la repartición de las limosnas entre tanto pobre. Años de tardes y noches registrando cada mercado y cada atado de ropa, nueva o usada. Cada donación, en especie, monedas, billetes o cheques. Revisando listas de anotados. Verificando nombres de viudas y dejadas del marido. Chequeando el número de hijos por hogar. Corroborando las edades de los huérfanos. Decidiendo qué remediar primero con las medicinas: si la escasez de la farmacia del puesto de salud o la penuria de los habitantes de los ranchos.
Encima del escritorio Margó desea poner los dos portarretratos de siempre: el de su ahijado y el de su boda. En cada imagen habita un significado diferente, pero ambas le han ayudado a hacerle frente a lo difícil. La primera fue una precaria manera de llenar la sufrida ausencia de José Luis cuando lo mandó para Nueva York luego de los años de convivencia con él. La otra foto le permitió sobrellevar más de una decepción conyugal y obedece a un consejo de su madre. “La foto de matrimonio hay que tenerla siempre a la vista para mirarla en los momentos de crisis, recordar el sentimiento de entonces, espantar ideas caprichosas de separación y superar las iras que suelen generarle a uno las torpezas de los hombres”. Así le dijo mamá Rosita. Ya que el recuerdo de Kenneth quedó en peligro de nublarse después de su muerte, le conviene tener la foto a la vista. La mesa de noche es buen lugar mientras llega el escritorio.
—Ojalá que le haya puesto el plástico como le dije, a ver si así la deja quieta y no la desajusta de nuevo, pero no siempre hace caso y no he podido recalcárselo.
—Qué tal esa muchacha, ¡ponerse a jugar con una silla! Cómo sería la bulla con semejantes rodachinas para allí y para acá por ese corredor. ¿La inquilina de abajo nunca se quejó?
—Claro que llegábamos a recibir quejas, aparte de que no le rendía el oficio… Dejar sola a Flor era un riesgo a veces, pero había que correrlo.
—Le debe estar rindiendo mucho el tiempo ahora. ¡No más cuidando una casa!
—Ah, pero en ese barrio y sola…, debe ser duro, pobre, la considero.
—Siempre la has considerado más de la cuenta. Yo no sé, pero a mí esa muchacha me parece rara a veces. No me convence del todo.
—Es ingenua, inmadura y algo torpe, ignorante también, un poco silvestre, aunque la hemos pulido, pero de ninguna manera es mala, bastante me ayudó a cuidar a Ken en sus últimos días, y le estoy muy agradecida por lo que está haciendo, ahora no vamos a hablar mal de ella, es de origen humilde, se crio en el monte y eso hay que entenderlo, pero trabaja bien y ha sido de toda mi confianza.
—¿Entonces por qué no quisiste contarle que te venías para acá?
—Ya te lo expliqué.
Elvira, que se había vuelto a sentar, se levanta de su taburete, como hastiada.
—¿Terminaste?
Margó le entrega el pocillo vacío y la ve ir hacia el lavamanos del baño. Pensar en que no tiene lavaplatos la transporta a su época de inmigrante ilegal, arrendataria de un cuarto que era todo a la vez, como ahora. Piensa en decir: “No creí que volvería al comienzo”. Sin embargo, permanece callada. Es inevitable: Margó luce derrotada. Mira de nuevo el reloj. En el estante inferior de la mesa de noche está el cofre de las llaves. Es de una madera robusta y no le cabe una llave más. Llaves de puertas, de clósets, de candados, de carros, llaves en desuso, inútiles, recogidas a lo largo de los años, llaves que Margó se ha negado a botar y guarda como un símbolo de esperanza, con el convencimiento de que ayudarán a que nunca le queden cerradas todas las puertas. Saca de su cartera la llave del viejo jeep, por fin vendido, y la deposita en el cofre.
—Tal vez no se abran más puertas en la tierra, pero alguna ventanita quedará en el cielo por donde pueda entrar o encontrar una salida, aunque ya ni sé qué es mejor, si entrar o salir.
Elvira sale del baño, toma una toalla de papel, seca los pocillos y los pone donde estaban. Vuelve a entrar y deja la puerta abierta para seguir la conversación.
Mientras su hermana se acicala, Margó espera sentada en la cama. Piensa. El lugar le da cierto temor, intuye una vida solitaria y aislada, de reclusión y retiro que podría llevarla a añorar lo que fue su vida, a comparar con lo que esperaba que fuera y a lamentarse por el resultado.
—No entiendo por qué no me recibieron en Nazaret.
—¿Acaso no te dijeron que era un asilo para pobres y no dabas la talla?
—Sí, pero no es razón válida.
—Para ellas, sí.
—Me ilusionaba el contacto con esa comunidad, me habría gustado ser misionera y maestra como las nazarenas.
—Ya para qué lamentarse. Pídele a Dios que te ayude a pasar de la frustración a la resignación. Es lo mejor que puede ocurrirte.
—Ay, Elvira, a veces sería mejor callar.
—Entonces no digo más.
“¡Cómo hubiera podido ayudar con las obras de caridad!, le ofrecí a la superiora un porcentaje de la venta de las casas, pero no valió”, le dijo Margó a Julián cuando volvió desmoralizada del asilo de Nazaret. “¡Qué es eso, tía! ¿Y por qué les tiene que dar plata a esas monjas?”, respondió él. “Ser vecina de un convento me serviría de consuelo en medio de este desastre en que se convirtió mi vida”. “¿Acaso a usted no la echaron de un convento pues? Eso estaba contando la otra noche”. “Pero allí aprendí cosas esenciales para mi vida, discreción, respeto, confianza, lo que se necesita para ganarles a los otros”. “Para saber eso, tía, no hay que meterse en un convento”. Y ahí terminó la conversación con su sobrino.
Ciertas cosas del asilo sugieren una vida conventual: los corredores brillantes y sosegados, el patio central saturado de plantas florecidas, los hábitos de las religiosas que administran el lugar, la división por pabellones, la numeración de las habitaciones. Asumir la nueva situación la devuelve fugazmente a la época de noviciado. Es inevitable. Las ideas se atraviesan silenciosas, sin aspavientos, con cautela y discreción por la mente de Margó, pero alcanzan a inquietarla. Se atreve a expresarlas.
—Me da cierto temor sentirme sola, esto me recuerda el convento o cuando llegué a Estados Unidos, yo sé lo que es añorar compañía, lamentarse por no tenerla, sobre todo cuando se está enfermo, o cuando se ha sido tan andariega y activa como yo.
—Te lo he dicho. Una mujer casada corre el peligro de irse quedando sola, y es peor cuando envejece o deja de trabajar. Por eso son buenos los costureros –contesta Elvira desde el baño–. Te quedaste demasiado tiempo en ese barrio y le entregaste la vida.
—Si algo me dio el barrio fue la sensación de estar acompañada, eso me gustaba.
—Pero no cultivaste amistades. Tus amigas eran las vecinas y se fueron. Esperemos que aquí hagas relaciones. Sola no estarás. Tendrás compañeras. Y siempre es posible hacer amigos, más cuando se enviuda o se cambia de ambiente –dice Elvira saliendo del baño con una lámpara de estudio en las manos–. ¿Dónde pongo esto?
El objeto, fino y sobrio, podría hacer parte del surtido de una tienda de antigüedades de lujo. Fue de los pocos enseres que quiso traer Kenneth consigo. Margó se levanta, recibe la lámpara y la deposita sobre la nevera. Le parece más reluciente y más intenso el verde del metal lacado de la pantalla.
—Dejémosla aquí mientras llega el escritorio, ¿hay algo más en el baño?
—Nada.
Margó siente el olor del fijador que Elvira se ha puesto en el pelo. Se pasa las manos por sus bucles canosos. Se espabila.
—Voy a arreglarme entonces –dice con nerviosismo–, debo estar como una muerta, no me echo labial desde esta mañana que salimos de la casa, para que nos vamos, qué bueno unos zapatos nuevos, también quisiera ropa interior, y un pijama, por si una enfermedad sobre todo…, ah, y un delantal.
—¿Delantal? ¿Vas a ponerte a hacer oficio aquí? Si estás pagando.
—Por qué no, ojalá resultara alguna actividad, en todas partes siempre hay algo por hacer, nunca he podido quedarme quieta y si me toca ayudar, pues lo hago, así sea doblando ropa en la lavandería o cosiendo ropita para los huérfanos, o también puedo ayudar con las curaciones y las inyecciones, todavía soy capaz de ponerlas.
—¡Pero te invité a mi costurero y dijiste que no!
—No es de mi gusto encontrarme con señoras que hacen de la caridad un club social…, allá hay señoras que solo van a coser chismes y a jugar cartas –contesta Margó escabulléndose para el baño con la excusa de que “voy a ensayar el gabinete que los muchachos colgaron”.
Elvira la mira impaciente.
—Bueno, compramos también el delantal. Aunque considero más urgentes los zapatos. En verdad los necesitas. Y ropa distinta. Porque, ¡qué vestiditos los tuyos! –dice Elvira en tono corrosivo. Le gustaría agregar “la ropita de dama de la caridad y los zapatos de monja que se queden en la vida que no volverá”, para desquitarse por lo dicho sobre su costurero. Sin embargo, se contiene. Margó es la hermana mayor y la respeta como si fuera su madre. Hay que tenerle consideración, por la edad y por su situación. ¿Cómo podría ofenderla?, ¿y para qué reñir? Ningún sentido tienen ya las disputas entre ellas, así sean lo natural a su condición de hermanas.
Pero Elvira tiene razón sobre la forma de vestirse de Margó y lo que le exige su naciente situación de residente de asilo privado. Le irían bien una ropa menos elemental y modesta, y unos zapatos más ligeros. Los que tiene fueron los indicados para las extensas jornadas empacando y repartiendo mercados o para hacer los recorridos por las pendientes del barrio, para bajar y subir escaleras de cien, doscientos, trescientos y hasta cuatrocientos escalones, ese escalerío contra la naturaleza, tan natural en zonas altas, única forma de transitar por la cadena de viviendas que como un rosario, y un milagro, encaraman en los cerros de las ciudades los desplazados y despojados, también los inescrupulosos que, sacando partido de la miseria y de la tierra, hacen de las invasiones un rentable negocio.
Claro que, vístase como se vista, Margó no pierde su presencia agradable y distinguida; la irradia en gestos, hablado y aspecto físico. También en el cutis, lozano por naturaleza y cuidado con método. Hasta en el aroma perfumado que siempre lleva consigo. Es una mujer de edad irreal a primera vista. De su rostro se han borrado años gracias al esmero por la salud, el gusto por el arreglo personal y el respeto a los hábitos que ello demanda. Ha sido leal a las cremas humectantes e hidratantes, a las cepilladas de dientes, al enjuague de canas, a los rulos nocturnos y al fijador de pelo, así como al maquillaje, que no pasa de un poco de polvo translúcido y toques leves de color en labios, cejas, pómulos y uñas. Tampoco abandona el collarcito de perlas, los aretes de piedrecillas preciosas y el infaltable pisargolla de oro, solitario desde que enviudó y concluyó que el anillo matrimonial no merecía el lugar que hasta entonces había ocupado.
—También me gustaría ir a la Basílica, llevo años sin entrar –dice Margó cuando sale del baño.
—Se mantiene cerrada. No le quité el ojo mientras almorzamos y nunca abrieron.
—Seguro abren para el rosario y la misa de seis.
—Sí, podemos volver. Así te encomiendas.
—O encomiendo esta nueva vida.
—Yo también quisiera verla… Quedó muy bien el espejo, ¿cierto?
—Lo que no quedó bien fue este pelo mío, cambiar de peluquera es lo peor.
—Te lo dejaste cortar demasiado.
—¿Yo?…, no sabía cómo era tu peluquera… Hablando de peluqueras, ¿para dónde se habrá ido Claudia?, la he llamado y tampoco contesta, me contó doña Amparo que le quitaron los secadores y le quebraron los espejos.
—¿Y eso?
—Empezaron a molestarla desde que abrió el salón de belleza en la casa, que porque no les pidió permiso, y a presionarla con el impuesto semanal, pero ella no quiso pagarles.
—¿Era mucho?
—Lo que ganara en un día de trabajo, pero a veces no le llegaban clientes, entonces el jefe de la banda le dijo que le pagara en especie.
—¿Recibían víveres también?
—No, Elvira, ay, cómo eres, en qué mundo vives… que semanalmente tenía que acostarse con él.
—¡Madre mía! ¿Y entonces?
—Obviamente se negó, pero empezaron a insultarla en la calle y al esposo lo cogieron un día a golpes, y al niño también se lo insultaron cuando iba para la escuela y al perro se lo patearon cuando lo sacaron a orinar…
—Salvajes. No aguanta nadie.
—Era buena peluquera, la tuya no me pareció tan profesional.
—Lo es, pero estabas acostumbrada a otra.
—¡Mira cómo me dejó de trasquilada!
—Finalmente el pelo se organiza solito con el tiempo. Y es saludable cortarlo.
—Pero no tan rapado…, eso para las monjas… Claro que a mí en el convento no me echaron tijera así, la motilada era cuando se hacía el matrimonio con Dios y se vestían los hábitos para siempre.
—Te salvaste entonces. Menos mal te saliste.
—Me salieron, dilo como es –contesta Margó. Por un instante se queda quieta con los ojos perdidos en las baldosas y se le pasan por la mente unas palabras que no pronuncia: “Echada del convento, deportada y ahora sacada de mi propia casa, espero que esto pare aquí”.
—Solo esa vez te he visto el pelo largo largo. ¿Te acuerdas de cómo llegaste?
—Supongo que caminando, no tengo memoria de esa parte, no sé muy bien cómo hice, estaba más atortolada que ahora.
—No, digo, con el pelo más abajo de la cintura. Yo estaba asomada a la ventana y de pronto vi a una mujer que no era del barrio. Quién será esa con semejante pelero, pensé. A medida que te acercabas..., porque venías por la calle en dirección hacia nuestra casa…, a medida que te acercabas te iba reconociendo.
—No nos acordemos de eso, mejor vamos.
Al salir de la habitación, las mujeres se encuentran con una muchacha que desliza la trapera de un lado para el otro, del zócalo de la pared al borde de la zanja del patio, de este al zócalo otra vez, de principio a fin del corredor, de muro a muro. Sin quererlo, sin saberlo, la muchacha hace que los recuerdos de Margó insistan, que le traigan otra vez la época de monja y la de enfermera. Cuántas veces trapeó y trapeó corredores como lo hace esa muchacha, con las mangas del hábito remangadas, el vuelo de la falda recogido con ganchitos de nodriza y la humildad que caracterizó su paso por la vida religiosa. Incontables fueron también las caminadas por corredores de hospitales, de bata y toca blancas, unas veces chequeando enfermos e historias clínicas, otras fijándose en las condiciones laborales y recogiendo firmas para cumplir los compromisos con el sindicato. Conventos y hospitales, dos espacios familiares para ella, tienen algo en común con el asilo. Cambian la vestimenta y la condición de sus moradores, pero al fin de cuentas todo se reduce a hábitos, uniformes y rutinas. El asilo, lugar ajeno, empieza a ser parte de su vida, su vida misma. De ahí, ¿para dónde? “Para los pabellones y los jardines del cementerio”, lo piensa por un instante, pero no se atreve a decírselo a Elvira; sabe que para su hermana es espantosa la idea de la muerte, indeseable, así signifique la posibilidad de encontrarse con los seres ya idos: Alfonso, Luciano, Ramón, mamá Rosita o Iris.
Un hogar de ancianos parecía ir en contra de la naturaleza de Margó. Poco a poco hermanos y sobrinos fueron aceptando lo impensable. “¿Para dónde más va a irse?”. “Se está volviendo caprichosa”. “La vida en comunidad es lo que le ha gustado”. “Ha vivido en función de los otros”. “No sabe vivir sola”. También ella fue haciéndose a la idea. Las pérdidas llegan cerrando posibilidades. En este caso, de compañía, como en los tiempos opacos del noviciado y la existencia escondida de inmigrante ilegal. Sale del barrio, se distancia de las vecinas, se priva de la criada. Obligada a dejar todo. Para Julián, la culpa la tiene el Gobierno “por su insensatez y desidia”. Margó responsabiliza a las autodefensas. La realidad es que la muerte de Kenneth determinó el desenlace, aunque la decisión final fue solo de ella. Antes de que el comandante de policía llegara a advertirla, ya había dicho “ni crean que voy a pagarles extorsiones, y tampoco les doy el gusto de matarme, prefiero desocupar”. Y cumplió su palabra.
En la puerta de salida a la calle, las dos mujeres se detienen para saludar al portero y empezar a grabarse su cara. Al ver el teléfono sobre el escritorio del hombre, Margó no aguanta la tentación y pide prestado el aparato “para una llamada cortica”. Una llamada que debe colgar sin modular palabra.
—Nada que contesta –dice saliendo de la portería.
—Todavía no lo entiendo. –Elvira ve la oportunidad para insistir en que Flor debería enterarse de la decisión de Margó de irse para el asilo.
—Ni yo, ¡por qué no me responde!
—No. Me refiero a que no entiendo por qué no le has dicho nada.
Margó se detiene antes de empezar a caminar por la acera, acerca su cara a la de su hermana y viéndola a los ojos le dice sin vacilar:
—Para qué insistes si es mejor explicárselo personalmente, sé que va a angustiarse mucho, pensaba que íbamos a seguir viviendo juntas, creía que iba a cuidarme la vejez como a Ken, se lo hice prometer, le generé la expectativa, ¿cómo salirle con un cambio de planes tan grande en una llamada telefónica?, no merece que le haga eso, una cosa así es para hablarla frente a frente, además, han sido varias decisiones a la vez, que salir del barrio, que irme para tu casa, que optar por un asilo, es difícil, necesito coger fuerzas para hacer la parte que sigue, si apenas fuera despedir a Flor, pero tengo que acabar de desbaratar mi casa, mi pieza escasamente la toqué, quedó llena de cosas, y ya con otra aquí a la que le faltan tantas, y tengo que vender esas casas, si es que algún día puedo con lo desvalorizadas que han quedado con semejante guerra que nunca se acabará, porque te acordarás de mí, Elvira, eso allá no tiene remedio mientras siga existiendo toda esta injusticia, corrupción y pobreza…, y vámonos que estamos estorbando a los peatones.
3
—¿Será peligroso ir?
—Vivir es peligroso. Y al final termina uno muriéndose de todos modos.
José Luis queda atónito con la respuesta de Julián. Se fija en cómo va la embetunada de su calzado. Ve que el hombre aplica la grasa sobre la piel del segundo botín.
Se antojaron de hacerse limpiar los zapatos al ver los puestos callejeros de lustrabotas en el pasaje peatonal adoquinado. Venían del restaurante donde con Margó, Elvira y Violeta, y una comida típica, sellaron la jornada de instalación de la tía en el asilo.
Por la mañana, cuando salieron de la casa, aún no habían llevado el periódico al apartamento. Julián lo vio en el casillero de la portería del edificio, lo tomó y lo puso en la mochila arahuaca que cada mañana se tercia al hombro. Se acuerda de que lo tiene, lo saca. Empieza a leer los informes sobre la situación en la comuna.
—Qué tal si vamos por ese baúl. Por ahí derecho buscamos una cortina –propone José Luis.
Al oírlo, su hermano deja pendiendo de un hilo la lectura.
—Hablar con Flor es más importante que un cajón viejo y un trapo –contesta sin voltear a mirar. Otra respuesta contundente que hace callar.
En realidad la cortina dejó de ser indispensable cuando Elvira evalúo la colcha en la ventana y dijo: “No se ve mal”. Entonces Margó contempló las flores del estampado y palpando los flecos por la parte inferior dijo: “En New Jersey me tocó hacer lo mismo cuando llegué y todo el mundo me admiraba las telas que ponía para tapar las ventanas”. Violeta, interesada en que el asunto concluyera y le dejara más tiempo para rebuscarse mejor el libro y los bizcochitos que deseaba llevarle a Eva, concluyó: “Si a usted le gusta, tía, no se diga más. Por ahora esa será la cortina de esta habitación. Es bobada que se ponga a comprar una nueva sabiendo que de su casa le van a sobrar. Ya las recuperará”. Así, la cortina pasó a ser lo de menos y cobró importancia el baúl, asunto imposible de resolver de forma tan práctica. Durante años Margó lo ha tenido relegado a la indiferencia, pero saberlo distante le genera inquietud. Al salir del apartamento de Elvira con el exiguo trasteo hacia el asilo, volvió a lamentarse por ese bendito cajón de madera que guarda lo desconocido, pues solo ella, si acaso lo recuerda, sabe lo que contiene. Al menos así lo cree. Culpó a Flor de no haberlo podido llevar consigo. Al fin y al cabo más resistente y sin más uso conocido que estorbar en el remate del corredor principal, a la empleada le pareció natural ponerle encima y alrededor las cajas de cartón en las cuales iba quedando empacada la casa. Lo dejó ahogado, atrapado, invisible, imposible de sacar en semejante apuro. “Deme tiempo, doña Margó”, rogó. Pero ni modo con una salida tan brava como la que tuvo que enfrentar.
José Luis se fija en los zapatos del lustrabotas, impecables, dignos de su oficio; de lo brillantes, parecen emitir destellos con el sol de las tres de la tarde que les cae encima. Parecido a las losas de mármol negro vistas esa mañana en la visita al cementerio. Su mente liga la imagen de ahora con la de entonces, la situación del cementerio con la que se plantea. Le cambia la perspectiva.
—La cortina, el baúl, si fueran lo trascendental. Es cierto, uno se muere y qué, todo se pierde. Mi madrina debería olvidarse de las cosas que se quedaron. Agradecer que pudo salir de allá. E ilesa.
—Agradecer, no sé. Pero tiene que recuperar esas putas casas. ¿Las va a dejar perder? De qué va a vivir. Si tuviera la propiedad de Estados Unidos creo que no dudaría en montarse en un avión e irse para allá, y más teniéndote cerca. Pero como Ken resultó mezquino.
—Sobre eso prefiero pensar que ocurrió algo que tal vez ni sabremos –contesta José Luis sin dejar de fijarse en el trabajo del lustrabotas.
—Y hay que sacar a Flor de allá.
—¿Le pasaría algo?
—Ojalá que no, pero todo puede esperarse en ese barrio. Lo que se vive allá es un infierno.
—O sea, hay que hacer la vuelta ya.
Julián abandona la página del diario para ver la cara de quien habla tan decidido, pero se topa con las infaltables, pequeñas y oscurísimas gafas de sol de José Luis que impiden verle los ojos. Regresa a su periódico proponiendo ir el sábado.
—Ya me comprometí con Tica para el día de campo –responde José Luis–. Vamos mañana.
—No puedo faltar más al trabajo. Hoy me declaré en calamidad doméstica, ayer tuve compensatorio y necesito una tarde para acompañar a Lorena a la ecografía.
—Pero si tú eres tu patrón. Que se encargue el socio.
—¡Valiente socio! Ya descubrí que hace negocios por su cuenta dentro del mismo negocio.
—Confróntalo.
—Se mantiene armado y es explosivo. Estoy pensando cerrar. No tiene sentido haber terminado una carrera con tanto esfuerzo para perseguir maridos infieles. El trabajo en la Fiscalía puede ser más gratificante. Y es más estable un empleo con el Estado.
—¡Otra vez en conflicto con el trabajo! Parece que no aprendiste de la experiencia en el almacén.
—Donde no quería trabajar y menos con Rubén de jefe, pero como mamá insistió…
—Agradécele. Tuviste lo que necesitabas para volver a la universidad.
—Por lo mismo, porque terminé la universidad, puedo aspirar a algo mejor que resolver casos de mujeres celosas. Qué güevonada. Les hemos hecho promoción a otros servicios pero es lo que más sale. Y ese no era el perfil que pensé para la agencia.
—Trabajo es trabajo.
—No, pero qué clientes más difíciles. Si el marido resulta bisexual, les cuesta aceptarlo, aun viendo las fotos. Para ellas sería preferible que hubiera otra mujer. Y eso afecta el pago.
—¿No haces un contrato antes?
—De nada sirve cuando no les da la gana de pagar. El otro día una señora me exigió devolverle el anticipo. Que el caso no estaba bien investigado, dijo, y que las fotos eran un montaje. ¡Atrevida! Por eso voy a aplicar a la Fiscalía. Y si paso, cierro eso.
—Piénsalo. ¿Lorena no podría administrar el negocio? Dices que es la mejor investigadora.
—Quiere cuidar el bebé en casa. Estoy de acuerdo y ya le dije que la mantengo. Por eso también debo volverme asalariado. No tengo capital.
—Algo te quedará si liquidan la agencia.
—Deudas y la cartera por cobrar… Lorena es lo mejor que me queda. –Julián descarga el periódico en las rodillas y voltea a ver a su hermano–. Tremenda investigadora. Solo tenía un curso en la Policía y otro en la Fiscalía. Cuando Pancho me la presentó y la entrevisté me pareció poco formada, demasiado joven e inexperta… Pero bueno, estábamos con lo del barrio. ¿Vamos el domingo?
—¿Víspera de viaje? Preferiría pasar el último día en casa con mamá. Se va a sentir muy sola sin mi madrina y sin ti. Además tengo que acabar de organizarles la ida en primavera.
—A veces dudo de que mamá haga ese viaje.
—Si es acompañada, sí va.
—Se hubieran ido desde ya contigo. Margó se habría ahorrado el asilo estos meses, ahora que le obliga economizar.
—El invierno no les conviene. Son ancianas.
—Lo serán más cada día. A su edad, un mes envejece… Entonces, ¿cuándo vamos?
—¿Le molesta la musiquita?
La interrupción del lustrabotas deja en suspenso la propuesta de ir al barrio.
—¿Usted sí cree que tenga sentido en este ruido tan berraco? –contesta Julián por José Luis–. ¿Sabe cuántos decibeles registra este sitio? ¡Ochenta! ¡Ochenta para que se sepa! Y las autoridades ambientales, calladas.
—Yo sin mi musiquita no podría vivir.
—Yo tampoco. Y él, menos –dice Julián señalando a su hermano–. ¿Sabe a quién le está embetunando los zapatos?
El lustrabotas alterna miradas entre los dos clientes. No atina a decir nada. Cuando Julián le informa “A un músico”, el hombre se entusiasma, “¡músico!”, exclama, “¿y en qué orquesta canta?”, indaga.
—Cantante no, señor, le dije que músico. Y en los iunais estéis –dice Julián remarcando cada sílaba.
—¿En la usa? –pregunta el lustrabotas sin dejar de mover el cepillo de crin y mirando alternadamente a José Luis y a Julián.
—Cómo le parece.
—¿Y dónde va a presentarse?
—Nada. Él no da conciertos aquí. Vino por asuntos familiares.
La boda de Julián, celebración anhelada, se juntó con el problema de Margó, drama anunciado. Por eso en la fiesta, la tía más echada para adelante acaparó tanta atención como los novios, aunque lució frágil, vulnerable, indefensa, desvalida, indecisa, amilanada, acongojada, afligida, entristecida, vencida, desengañada, desencantada. Cada cual le puso el adjetivo que mejor le pareció, todos negativos. Cada cual especuló sobre el sitio donde iría a quedarse. Todos opinaron. Que debería vender esas casas por lo que le den pero salir de ellas cuanto antes, que es mejor no venderlas, que en un barrio en guerra ni regaladas, que los paramilitares no se las dejan negociar, que con la operación del Gobierno eso se va a componer, que ya es demasiado tiempo con Flor sola cuidando la casa, que tan confiada la tía, que a Flor se le puede dañar el corazón, que qué será lo que guarda Margó en ese baúl. De Margó a Flor, de esta a aquella. Y los novios apenas despertaron los comentarios precisos aunque se casaban preñados.
Ya salieron de la boda y sigue sin resolverse del todo el problema de la madrina querida de José Luis, principal asunto que él vino a atender. Llegó hace tres semanas y le quedan tres días. Por eso, la ida al barrio es para cogerla de una vez por los cuernos. Julián lo capta y embiste con una última propuesta.
—Hay que ir hoy, no nos queda de otra.
Al oírlo tan decidido, José Luis se llena de ese frío interno que suele pasarle por los brazos cuando se siente frente a algo inevitable pero determinante. “¿Será peligroso?”, se dice en una duda fugaz y recóndita. Se queda mirando al lustrabotas que desliza con velocidad una bayetilla roja de un lado para el otro en su empeño por sacarle más brillo al cuero. Tal operación de limpieza se siente cálida y suave, como un masaje en los pies. Hay una entrega admirable en el gesto del hombre. Le evoca al hermano menor.
—Ignoraba que los restos de Luciano estaban en San Francisco. Menos mal se murió primero que mamá.
—Era lo que ella quería. Se lo oí decir desde que nació. Rezaba para que así fuera. Vivía con miedo de que lo maltrataran o le dijeran mongólico.
—Con razón. Son personas demasiado sentimentales y se dan cuenta de ciertas cosas, así otras no las capten. Luciano las percibía cuando íbamos por la calle, preguntaba que por qué la gente lo miraba raro. Se tranquilizaba y sonreía con la explicación de mamá. Ella me dejó pasmado el día que le dijo que lo miraban porque era muy guapo.
Julián vuelve a parar la lectura, descansa el periódico en sus piernas.
—No sé qué tanto pensaría Luciano sobre sí mismo y su condición, lo cierto es que hablaba muy bien. A algunos no se les entiende nada. Menos mal le enseñamos a comunicarse. –Mira a su hermano–. Ya que dices pasmado, ¡tremenda pasma te dio en el cementerio! ¿Qué te pasó?
—No sé… Es que impresiona ver tanta tumba de la familia. Todos enterrados. Todos juntos.
—Y todos vamos para allá. Ahí iremos quedando. Sin misterio. –Julián regresa a su periódico.
—Yo no. A mí me dejan en Nueva York.
—Lógico. Te han tratado mejor allá. Es un infierno distinto –Julián estira el periódico y sigue mirando las páginas extendidas–, porque qué caos tan berraco esto aquí. La cosa fue seria.
Pasa una hoja. Otra. Ve fotos de casas destrozadas, con las fachadas llenas de huecos, fotos de encapuchados armados, de uniformados también, fotos de gente que llora, de gente que carga heridos ensangrentados, de gente común atrincherada como soldados. José Luis revisa el segundo zapato, lo aprueba, baja el pie de la caja y paga por el servicio.
—Cóbrese de una vez la de él –le dice al lustrabotas que ya ha empezado a cepillar con ímpetu el primer zapato de Julián–. Este señor me hizo acordar de las embetunadas de Luciano –dice al oído de su hermano–. Cómo era de metódico con la limpiada de los zapatos. No se me quita de la cabeza, lo siento cerca, como si estuviera vivo. Será por la ida al cementerio.
—Su tumba es él de alguna manera. –Julián quita la vista del periódico y mira al frente, hacia ningún punto en especial, pensativo–. ¿Te acuerdas de que al principio se volvía mierda? Y volvía todo mierda. Tuvo que practicar mucho para convertirse en el embolador oficial de la familia.
Dolorosa llega la imagen del hermanito por cuyas manos pasaron los zapatos de la casa: los de ellos, los de Violeta, los de Rubén, los de Brenda, los de Teresa, los de la mamá, los del papá y hasta los de Iris. Los devolvía como nuevos. En retribución, cada uno hacía su aporte monetario. Así, con un gesto natural y amoroso, nació el primer trabajo remunerado del niño de la casa, aunque a él nunca se le habría ocurrido cobrar por sus servicios, que cubrían además la organizada de los clósets y la sacada de mugre acumulada de cualquier cosa.
José Luis se deja llevar por los recuerdos. Ve a Luciano metido en un overol de obrero poniéndose guantes plásticos y escogiendo las medias viejas que utilizará para lustrar. El muchacho las separa por el color, que debe ser parecido al tono del betún y estar acorde con el cuero de cada par de zapatos. Extiende los periódicos para no manchar las baldosas. Iris y la mamá sonríen encantadas con el juicio del niño. Pero el papá, Violeta y Julián se alborotan al descubrir las noticias del día forrando el piso del patio. Sentado como está en una banqueta de patas cortas con zapatos de todo tipo rodeándolo, cajas de betún y cepillos, el muchacho deja la impresión de hallarse frente a un oficio bastante tedioso. Sin embargo, se ve a gusto con su obligación, esforzándose por hacer las cosas lo mejor posible. Parece ser el más consciente de su limitación, como si la consciencia del síndrome que padece hiciera parte del mismo. Julián voltea a mirar a su hermano.
—¿Te arrepientes de haber ido al cementerio?
—No, arrepentirme no.
—Según mamá, querías visitar la tumba de papá porque te remuerde no haber venido al sepelio.
—Más que arrepentimiento, era una deuda por saldar.
—¿Y cómo se salda una deuda con un muerto?
—No era con él. Era conmigo. Esa visita me ha hecho pensar que las cosas existen solamente cuando estamos frente a ellas. Yo he estado lejos. Si uno no ve lo que le representa dolor, pues no lo siente. Pero verlo es otra cosa. Se revive.
—Si se trata de algo que no ha sido elaborado, sí.
—Puede ser que no lo haya procesado totalmente y apenas lo esté descubriendo.
—Un buen comienzo para cerrar el asunto.
—Sí, es posible que la visita al cementerio ayude a la liberación total. Quise ir para ponerme a prueba, te lo confieso. Mi papá ha sido como una ausencia que al mismo tiempo ha significado una presencia imposible de evadir. ¿Entiendes?
—Más o menos.
—He llegado a la conclusión de que fui el deshonor de mi padre y soy la tragedia de mi madre. Pero como es irrefutable que nací de ellos, eso los hace responsables, en cierto modo.
—Ja, si lo tienes claro, ¿entonces cuál es la bobada?
—Su cara de ira cuando me echó y sus insultos, eso me quedó de él y no se me olvida.
—Eso sí es bobada. ¡Seguir pegado de eso! No vale la pena. Suéltalo ya. Estás muy viejo para andar como un adolescente.
—Creí que ya no me afectaría.
—Más te vale saldar la deuda completa para que te sientas en paz. Hacer las paces siempre es conveniente. Lo supe cuando aclaré con mamá y papá por qué me les perdí sin avisarles. Por eso pude volver a vivir con ellos.
—Lo tuyo les pareció menos grave, como una travesura de juventud que podían olvidar. A mí no podían admitirme. En el fondo consideraban vergonzoso que no me gustaran las mujeres.
—Eso fue papá. De resto, ninguno se atrevió a decir nada. Nunca oí que comentaran, ni siquiera Rubén. Al contrario, él te defendía cuando en la gallada se atrevían a decir algo. Mientras que a mí me criticaron. Sobre todo Rubén y Tere que preguntaban que por qué volvían a recibirme después de todo el sufrimiento que había ocasionado.
—Es que tú te largaste y a mí me echaron. Papá me ocasionaba un sufrimiento y a ustedes seguramente yo les inspiraba lástima. Conmigo solo podían sentirse solidarios. Así lo interpreto. En cambio tú quedaste como un desconsiderado e insensible. Un irresponsable. Lógico que estuvieran enojados contigo.
—Puede ser. Sí. Fue una embarrada perderme así sin decir nada. Pero tenía mis motivos.
—Te volviste un desaparecido y tú sabes lo que eso significa, sobre todo en un país tan difícil. Yo hablaba con mamá por teléfono y le sentía la angustia. Ese año le cambió la voz. Cada día la oía cavilar en todas las posibilidades. Cuando emigré, me decía que no la llamara tanto porque me salía muy caro. Pero me daba pesar por lo que sufriría con dos hijos perdidos.
—Sentir pesar por los papás es una trampa. Cae uno en hacer sacrificios por ellos, así como ellos dicen que los han hecho por uno, aparte de haberle dado la vida. Y uno sin haber pedido nada.
—El amor tiene una dosis de sacrificio. Es su naturaleza. No hables que vas a ser papá y tendrás otra perspectiva.
—Seguramente caeré en lo mismo y me volveré un papá convencional. Yo que pensaba cambiar el mundo.
—Ya que decidiste tener una familia haz lo posible porque sea diferente. Ahí puede estar el cambio, a menor escala, claro, pero válido.
—Y tú esfuérzate por ponerte en paz con papá, a ver si puedes vivir tranquilo el resto de tu vida.
—Me mortifica más haber faltado al entierro de Luciano. Me di cuenta hoy, lo sentí en el cementerio. Es que solo era tomar un avión y en cuestión de horas estaba aquí. ¿A ti no te pesa?
—¿Pesarme? –Julián hace una mueca de fastidio y regresa al periódico–. Yo nunca he tenido remordimientos por eso –dice malgeniado. Pasa con afán las hojas del diario. No lee–. Hice lo que había que hacer, dos días llevaba salir de donde estaba, primero caminé y caminé, luego monté en bestia, después en chalupa y en bus, hasta que pude coger una avioneta, pero ya había pasado todo y Teresa me dijo que no convenía que me apareciera, que no me dejara ver, ¿qué culpa iba a tener?
—¿Tere hizo eso? Yo no me acuerdo.
—Porque no viniste, porque no fuiste capaz de montarte en ese avión como decías. En cambio yo sí hice el viaje. Apenas llegué al aeropuerto llamé a la Tere y me salió con que sería otra emoción muy fuerte, que no era el momento y que ella me avisaba cuando fuera prudente. No había casa además y ella no podía recibirme en la suya, menos Brenda y mucho menos Rubén. Tica, papá y mamá estaban repartidos. Mi aparición en vez de ser un alivio hubiera sido un problema más, así me dijo. Y me tocó devolverme.
—A nosotros solo nos contó que tenía noticias tuyas. Por lo menos eso le entendí.
—Se comprometió a avisarme cuándo podía venir. Yo le di los datos para que me ubicara y me dejó esperando el aviso. Tuve que quedarme en ese monte queriendo estar acá. Por eso no cargo remordimientos. Pero me atormenté mucho imaginando cómo había sido todo, pensando en Tica en el hospital quemada, con Iris. Imaginando a papá y a mamá en el apartamento en medio del incendio, a Luciano y su perrita muertos. Fue terrible. Unos días muy difíciles. Sabía que Tica estaba sentida conmigo por no haberle contado que me iría y haberla sometido a meses y meses sin saber dónde estaba, si estaba vivo o muerto. Nosotros nos confiábamos todo. Pero la dejé con la incertidumbre. Por eso le he venido facilitando las cosas. Me he encargado de mamá para que no la joda tanto y pueda hacer su vida. ¿Entiendes?
—Claro, claro, entiendo… Ya que lo mencionas, no entiendo la obsesión de mamá con Tica. Preocupada por su futuro a estas alturas cuando la olvidó en Campoalegre. ¿Te acuerdas cómo le rogábamos que mandara por la niña? Nosotros vamos por ella, le dije un día. Pero no hizo caso.
—No ha querido leer la historia que escribió. Pero le mandó una carta. Yo le ayudé a enviarla por el correo electrónico. –Julián estira las piernas, se mira los zapatos y se levanta del puesto del lustrabotas–. Ha rendido el día.
—Aún nos quedan cosas por hacer. –José Luis también abandona el asiento.
—Aquí dice que eso sigue militarizado allá. –Julián lee mientras camina–. Se creó un comando, un puesto de Policía. Oí los nombrecitos que los generales les ponen a sus batallas: Invierno, Verano, Lejanías, Ébano, Gorrión, Futuro, Coronel, Fortuna, Hoguera, Urano, Cóndor. Mira estos gráficos, son los últimos reportes de las operaciones en la comuna.
Los gráficos sintetizan las diez intervenciones del Ejército, seis de ellas en el barrio de Margó, el más perjudicado. En febrero, en abril, en mayo, en junio, en agosto, en octubre, en noviembre. Dice que la de mayo, sangrienta, costó la destitución a su comandante ya que para entonces se reportaban quinientos muertos en total, y que la que acaba de pasar ha sido la peor porque mil uniformados de todas las fuerzas, apoyados con mercenarios de las autodefensas, embistieron seis barrios, ocasionaron un fuego cruzado que mató un número incierto de habitantes e hirió a cientos, y como solo pudieron dar de baja a cinco guerrilleros, y en cambio perdieron a seis tenientes, apresaron doscientos civiles, todos sospechosos, según dicen. Las cifras están en el periódico. Cifras rotundas, para evaluar la magnitud de los hechos, convencerse de su gravedad, aproximarse a la realidad de un barrio que José Luis habitó y ha tenido a miles de kilómetros de distancia por décadas. Los desplazados de la violencia rural que emigraron hace más de medio siglo a la urbe ahora tienen que pasarse de un barrio a otro dentro de la misma ciudad. De esa manera esquivan las ráfagas de las armas de largo alcance de los diversos bandos, la lluvia de proyectiles de los helicópteros artillados, la llegada de la guerra ancestral del campo a la cabecera de una ciudad de renombre. Es un desplazamiento intraurbano, dicen los académicos que categorizan y nombran a su manera los fenómenos sociales. Y el mismo ocurre a pocos minutos de donde ellos se encuentran. Mientras caminan hacia la parada principal del metro comentan los sucesos.
—Los escuadrones de soldados y de policías se metieron en secreto. A los tres meses tuvieron que reconocer que estaban ahí, cuando fue atacado el vehículo donde el alcalde iba a inspeccionar la zona porque los asesores dizque le recomendaron dar la cara a los millones de ciudadanos bajo su responsabilidad. Bobos. No se han dado cuenta de que así sean Gobierno, ese es un mundo aparte, justamente porque está atrapado en el desgobierno.
A la entrada de la estación, Julián arroja el periódico en una papelera. Ya es basura, aunque no ha sido basura lo leído. Los dos pasan los torniquetes con la tarjeta de Julián. Sin afanarse, alcanzan el tren que sale y a esa hora tiene asientos vacíos.
—Claro que si el Gobierno tomó el control habrá menos peligro.
Al oír a su hermano, Julián, que es más joven, lo mira como un padre que se conmueve ante la inocencia del hijo.
—Hombre, cómo se nota que no vives aquí.
—Lo que recuerdo de ese barrio y sus alrededores es que todos los días la gente salía a trabajar cuando apenas estaba amaneciendo. Como mi papá, como mi madrina. Ella no tenía obligación pero estaba esclavizada con sus obras de caridad. Me decía “es que con tanto necesitado al lado cómo se queda uno tranquilo”. Llegaba agotada, a veces llorando y sin ganas de comer por las historias que se encontraba. Un día, al verla así, le cuestioné su aventura. Entonces me llevó con ella, que para ayudarle, y me hizo cambiar de idea.
—Tanto altruismo y abnegación y de nada le sirvió. Es que uno se equivoca en la vida. Mejor dicho, se la juega y a veces pierde. Yo empecé a dudar cuando vi que por hacer el bien se hacía el mal. No te imaginas cómo se abusaba de los campesinos. Eran los que pagaban pues quedaban en la mitad de guerrilleros y Ejército. Y la guerrilla les hacía daño, así fuera sin intención. Por eso me decepcioné… Claro, también me dio rabia la manera como me abandonaron cuando me quebré el pie. Tú sabes esa historia.
—A medias. Por boca de otros. Creo que nunca te la oí.
—Creí que te la había contado… Tuvimos que salir corriendo. Me tiré por un despeñadero, como de diez metros, que iba a dar a un charco. Fue tremenda la sensación de caer en esa agua cristalina. Más intensa que el susto de la persecución y el rumor del helicóptero del Ejército que sobrevolaba el campamento. Solo después me di cuenta de que un pie dio contra una roca adentro. No sentí dolor. Me acordé de la finca y de cuando Iris nos enseñaba a saltar desde la piedra alta en La Hundida… ¿A vos también te enseñó?
—Claro, hacía lo mismo con todos. Primero nos advertía que no le contáramos a mamá. Por eso creíamos que éramos los únicos.
—El agua me salvó, haberme tirado al charco. El dolor en el pie vino después, cuando salí y empecé a correr. Como a los veinte metros me cogió un dolor tenaz. Me metí en un matorral y me quité el zapato. Cuando volví a ponérmelo no me servía, ya el pie estaba hinchado. Un compañero que fue capaz de tirarse al agua conmigo llegó y me sirvió de muleta. El comandante solo me dijo: “Como usted es de familia de plata, que ellos le paguen los gastos porque nosotros no podemos, váyase a que lo cuiden allá”. Me sentí traicionado. Pero me dieron la posibilidad de no volver. De alguna manera me habían echado. Me facilitaron las cosas porque yo ya tenía la sensación de estar metido en algo que no iba por el camino que había imaginado. Pero era solo una sensación. No sabía cómo explicar lo que me pasaba y así no podía hablar con los comandantes. Con ellos había que tener razones de peso, argumentos, y no los tenía. Era como si ellos fueran por una ruta y yo por otra. Fue difícil reconocerlo, implicaba aceptar la derrota, después de haber apostado todo. Dejé empezada la universidad, abandoné la familia, una novia…, ¿te acuerdas de Lina?…, y todo para nada. Para sentirme vigilado todo el tiempo, sin un peso en el bolsillo y sin saber cómo salir vivo. Estuve a punto de desertar. Y me pasó el accidente. Me costó este pie que me hace cojear a veces, pero no la vida. Siquiera, porque al poco tiempo el comandante del frente nuestro tuvo que entregarse a las autodefensas. Lo tuvieron preso varios meses dudando si lo mataban o no, y al final no se la perdonaron.
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