Kitabı oku: «La única esposa»

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28001 Madrid
© 2000 Lucy Gordon
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La única esposa, n.º 1155- agosto 2020
Título original: The Sheikh’s Reward
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1348-735-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
ERA un príncipe de los pies a la cabeza. Alto, pelo negro, con la cabeza en un ángulo orgulloso, el príncipe Alí Ben Saleem, jeque del principado de Kamar, atrajo la mirada de todos al entrar en el casino.
No se trataba solo de sus facciones atractivas y de la combinación de poder y gracia de su cuerpo. Había algo en él que parecía proclamar que era diestro en cualquier cosa que se propusiera. Por ello los hombres lo contemplaban con envidia y las mujeres con interés.
Frances Callam observó con los demás, pero sus ojos exhibían un propósito peculiar. Alí Ben Saleem era el hombre al que había ido a estudiar.
Era una periodista independiente, muy solicitada por su habilidad para retratar a las personas. Los editores sabían que resultaba insuperable en historias en las que había involucradas grandes sumas de dinero. Y Alí era uno de los hombres más ricos del mundo.
—Mira eso —musitó asombrado Joey Baines sin apartar la vista del avance imperial de Alí en dirección a las mesas.
Joey era un detective privado a quien ella a veces contrataba como ayudante. Esa noche lo había llevado de tapadera mientras recorría el casino y analizaba a Alí.
—Estoy mirando —murmuró—. No cabe duda de que se encuentra a la altura de su leyenda, ¿verdad? Al menos en apariencia.
—¿Cuál es el resto de la leyenda?
—No tiene que justificar ante nadie de dónde viene su dinero ni adónde va.
—Pero nosotros sabemos de dónde viene —indicó Joey—. De esos pozos de petróleo que tiene en el desierto.
—Y mucho se pierde en sitios como este —Fran miró alrededor con desaprobación.
—Eh, anímate. ¿No puedes disfrutar de la vida entre los ricos al menos durante una noche? Es por una buena causa.
—Es por la causa de definir a un hombre al que no le gusta responder a preguntas sobre sí mismo, y averiguar qué tiene que ocultar —afirmó.
Joey se pasó el dedo por el interior del cuello de la camisa. Parecía incómodo con el esmoquin que tenía que llevar por norma.
—Es un arrogante —musitó Fran, viendo cómo besaba la mano a una mujer—. Los hombres como él se supone que se han extinguido.
—Solo aquellos que no logran sobrellevarlo —repuso Joey—. Los que sí, son tan malos como siempre.
—Estás celoso —comentó indignada.
—¡Todos lo estamos, Fran! Mira a tu alrededor. Todos los hombres que hay aquí desean ser él, y todas las mujeres anhelan acostarse con él.
—Todas no —aseveró con firmeza—. Yo no.
Alí había terminado su marcha real y se acomodaba a una de las mesas. Fran se acercó más, tratando de observarlo sin parecer demasiado interesada.
Realizaba apuestas elevadas y cuando perdía se encogía de hombros. Fran se atragantó con las sumas que despilfarraba como si no representaran nada. También notó que en cuanto comenzaba la mano, se olvidaba de las mujeres que tenía al lado. Un instante coqueteaba con ellas y al siguiente dejaban de existir. Su irritación se incrementó.
Empeoró cuando la partida se detuvo y él volvió a concentrarse en la seducción, esperando reanudarla en el punto en que la había dejado. Y lo lamentable es que ellas se lo permitían.
—¿Ves eso? —le musitó a Joey—. ¿Por qué alguna no le escupe a la cara?
—Intenta hacerlo tú a la cara de cien mil millones de libras —repuso Joey—. Comprueba lo fácil que es. ¿Por qué eres tan puritana, Fran?
—No puedo evitarlo. Me educaron así. No es decente que un hombre tenga tanto… tanto.
Iba a decir «tanto dinero», pero el jeque Alí tenía demasiado de todo.
Había heredado el pequeño principado a la edad de veintiún años. Su primer acto había sido cancelar todos los contratos con las poderosas corporaciones petroleras del mundo para renegociarlos, consiguiendo para Kamar grandes beneficios. Las empresas habían clamado al cielo, pero terminaron por ceder. El petróleo de Kamar era de una calidad inapreciable.
—¿Sabe Howard que te encuentras aquí esta noche? —preguntó Joey, refiriéndose al hombre con el que solía salir Fran.
—Por supuesto que no. Jamás lo aprobaría. De hecho, no aprueba que realice esta historia. Le pregunté qué podía decirme sobre Alí, y me dio la versión oficial de su gran importancia y el valioso aliado que era Kamar. Cuando mencioné que había demasiados misterios, se puso pálido y repuso: «Por el amor del cielo, no lo ofendas».
—¡Qué miedoso! —provocó Joey.
—Howard no es un miedoso, pero es un banquero y sus prioridades son las de un banquero.
—¿Y piensas casarte con ese tipo?
—Nunca he dicho eso —se apresuró a contestar—. Es probable. Algún día. Quizá.
—Sin embargo, estás loca por él, ¿no?
—¿Podemos concentrarnos en lo que hemos venido a hacer? —preguntó con voz fría.
—¡Hagan sus apuestas!
Alí empujó una fuerte suma en fichas hasta el veintisiete, rojo, luego se reclinó en la silla con un supremo aire de indiferencia. Lo mantuvo mientras la ruleta giraba y la bola rebotaba de rojo a negro, de un número a otro.
—Veintidós, rojo.
El croupier retiró las fichas. Con el ceño fruncido, Fran observó al jeque Alí. Él ni siquiera le echó un vistazo a la fortuna que era retirada. Toda su atención estaba centrada en su nueva apuesta.
De pronto, alzó la vista hacia ella.
Fran se quedó boquiabierta. Dos puntos de luz la atravesaron y la inmovilizaron.
Entonces Alí sonrió; fue la sonrisa más perversamente encantadora que ella había visto jamás. La invitaba a una silenciosa conspiración y algo en ella despertó para aceptar. Descubrió que le devolvía la sonrisa; no supo cómo ni por qué. Sencillamente el gesto se apoderó de su boca, luego de sus ojos y al final de todo su cuerpo.
El sentido común le informó de que solo el azar había hecho que mirara en su dirección, pero no lo creyó. La había percibido ahí. Entre mucha gente, supo que lo miraba y había sentido el impulso de que sus ojos se encontraran.
Alí se adelantó hacia ella y extendió la mano por la estrecha mesa. Como hipnotizada, Fran apoyó su esbelta mano en la suya. Él la sostuvo un momento y ella experimentó la sensación de una fuerza acerada en esos dedos largos. En ellos había poder suficiente para quebrantar a un hombre… o a una mujer.
Entonces se llevó la mano a los labios. Fran contuvo el aliento cuando la boca le rozó la piel. Fue un contacto leve, pero bastó para que sintiera al hombre poderoso, vibrante, sensual, peligroso.
—Hagan sus apuestas, por favor.
La soltó para adelantar sus fichas al veintidós, negro, aunque no dejó la vista allí. Olvidaba a las otras mujeres en cuanto la ruleta se ponía a girar, pero en ese momento mantuvo los ojos en ella, sin prestar atención a la bola. Fran le devolvió el escrutinio, incapaz de desviar la mirada.
«Veintidós, negro».
Alí pareció salir de un sueño para darse cuenta de que el croupier deslizaba fichas hacia él. Había sido una apuesta importante y con un acierto prácticamente había recuperado todas sus pérdidas. Sonrió, mostrando unos dientes blancos, y con una ligera inclinación de cabeza indicó el sitio que tenía a su lado.
Fran rodeó la mesa en su dirección. La expresión de las otras mujeres se tornó hosca, pero él las descartó con un leve gesto.
Sintió como si se moviera en un sueño. De forma súbita la suerte había caído en su camino. Su intención había sido estudiar a Alí esa noche, y el destino le presentaba la oportunidad perfecta.
—Me ha traído suerte —comentó cuando se sentó a su lado—. Debe permanecer a mi lado para que la suerte continúe.
—¿No me diga que es supersticioso? —preguntó ella con una sonrisa—. La suerte cambiará. No tiene nada que ver conmigo.
—Pienso de otra manera —pronunció con un tono que acallaba cualquier otro argumento—. El hechizo que proyecta es solo para mí. Para ningún otro hombre. Recuerde eso.
—Hagan sus apuestas.
Con un gesto de la mano, le indicó que hiciera su apuesta por él. Fran puso las fichas en el quince, rojo, y contuvo el aliento mientras giraba la ruleta.
«Quince, rojo».
La gente que rodeaba la mesa suspiró.
Menos Alí. Tenía los ojos clavados con expresión de admiración en ella. Aceptó las fichas con un encogimiento de hombros.
—No me lo creo —musitó Fran.
—Usted hizo que pasara —aseveró Alí—, y hará que se repita.
—No, fue casualidad. Debería parar ya, cuando gana.
—Vuelva a apostar por mí —repitió—. Todo.
Aturdida, movió todas las ganancias sin saber en qué número dejarlas.
—No puedo decidirme —reveló nerviosa.
—¿Cuál es el día de su cumpleaños?
—El veintitrés.
—¿Rojo o negro? Elija.
—Negro.
—Entonces será el veintitrés, negro.
Fran miró con agonía mientras la ruleta giraba.
—No mire —sonrió Alí—. Míreme solo a mí y deje que los dioses de la mesa se ocupen de lo demás.
—¿Es que también consigue que hagan lo que usted quiere? —susurró.
—Puedo lograr que todos y todo hagan lo que yo quiero —repuso con sencillez.
La ruleta se detuvo.
«Veintitrés, negro».
Fran sintió un escalofrío. Era algo extraño. Alí vio su expresión sobresaltada y rio.
—Es brujería —comentó—. Y usted es la bruja más hermosa de todas.
—No… no me lo creo —tartamudeó—. No puedo creerme que haya ganado.
—Ha pasado porque usted es mágica. Y yo no puedo resistirme a la magia.
Bajó la cabeza y posó los labios sobre la palma de la mano de ella. Al instante Fran sintió como si se abrasara, aunque el contacto de sus labios fue suave. La sensación comenzó en su piel y no tardó en abarcar todo su ser. Experimentó una cierta alarma y habría apartado la mano, pero a tiempo recordó que ese acto grosero no encajaría con el papel que interpretaba. Sonrió con la esperanza de reflejar que recibía esas atenciones a diario.
El croupier le deslizó las ganancias.
—Yo las tomaré —anunció Alí.
Un hombre de pie detrás de él las contó y escribió el total en un trozo de papel. Fran se quedó boquiabierta al leerlo.
Mientras el hombre iba a cambiar las fichas, Alí se levantó y se la llevó lejos de la mesa.
—Ahora, cenaremos juntos —dijo.
Fran titubeó. Una antigua sabiduría femenina le señaló que no sería inteligente aceptar una invitación tan repentina de un hombre al que había conocido media hora antes. Pero iba buscando una historia, y no la conseguiría si rechazaba la primera oportunidad que le concedían.
Por el rabillo del ojo vio a Joey boquiabierto. Le guiñó el ojo y enlazó el brazo con el de Alí.
Su Rolls Royce esperaba fuera, con el chófer de pie ante la puerta abierta. Con galantería, Alí la ayudó a subir. El chofer se puso al volante y arrancó sin aguardar instrucciones.
Una vez en marcha, se volvió hacia ella, le sonrió con picardía e introdujo las manos en los bolsillos. De uno extrajo un collar de perlas exquisitas y del otro uno de diamantes.
—¿Cuál? —preguntó.
—¿Cuál…?
—Uno es suyo. Elija.
Fran abrió la boca con incredulidad. ¿Llevaba cosas semejantes en los bolsillos?
—Aceptaré el de diamantes —dijo, sintiéndose como si hubiera sido transportada a otro planeta. La voz no le pareció suya.
—Gire el cuello para que pueda quitarle el colgante de oro —ordenó—. El hombre que le regala esas baratijas no sabe cómo valorarla.
Los dedos le rozaron el cuello y se vio obligada a respirar de forma trémula y entrecortada. No se suponía que la velada debiera transcurrir de esa manera. Había ido preparada a analizar al jeque Alí, a que le cayera mal y a despreciarlo. Pero no había estado lista para verse abrumada por él.
—Están hechos para usted —declaró al girarla para dejarla de frente—. Ninguna mujer ha estado jamás mejor con diamantes.
—Habla desde su amplia experiencia, ¿no?
Él rio, ni ofendido ni avergonzado.
—Más amplia de lo que puede imaginar —garantizó—. Pero esta noche no existe ninguna otra mujer. Solo está usted en el mundo. Dígame cómo se llama.
—Mi nombre… —tuvo una súbita inspiración—. Me llamo Diamond.
—Es ingeniosa —se le iluminaron los ojos—. Excelente. De momento bastará. Antes de que termine la noche me revelará su verdadero nombre —sostuvo su mano izquierda y estudió sus dedos—. No lleva anillos —observó—. No está casada ni prometida, a menos que sea una de esas mujeres modernas que desdeñan informarle al mundo de que pertenecen a un hombre. ¿O tal vez desdeña ser de otro?
—No pertenezco a ningún hombre —repuso—. Soy mía, y ningún hombre será jamás mi dueño.
—Entonces nunca ha conocido el amor. Cuando lo conozca, descubrirá que sus arrogantes ideas no significan nada. Cuando ame, dará, y deberá ser todo su ser, o el regalo no tendrá ningún sentido.
—¿Y a quién pertenece usted? —exigió con atrevimiento.
—Esa es otra cuestión —rio—. Pero podría decir que pertenezco a un millón de personas. Kamar tiene una población de un millón de habitantes. Ninguna parte de mi vida me pertenece por completo. Ni siquiera el corazón es mío para regalarlo. Hábleme del hombre que había con usted. Me preguntaba si sería su amante.
—¿Y eso habría marcado una diferencia con usted?
—Ninguna en absoluto, ya que no se esforzó en protegerla de mí. Un hombre incapaz de retener a su mujer no es un hombre.
—¿Necesito protección de usted? —musitó, provocándolo con los ojos.
Él le besó la mano.
—Me pregunto si no terminaremos por descubrir que los dos necesitamos protección del otro —repuso pensativo.
—¿Quién sabe? —respondió tal como requería su papel—. El placer estará en descubrirlo.
—Y usted es una mujer hecha para el placer.
Fran respiró hondo, sorprendida por lo mucho que la afectaron las palabras. Howard admiraba su aspecto, pero también aclamaba su sentido común. Y este le indicaba que así como la pasión importaba, no lo era todo en la vida. Aunque ya no estuvo segura de eso.
—No va a fingir que desconoce a qué me refiero —añadió él ante su silencio.
—Hay muchas clases de placer.
—No para nosotros. Para usted y para mí solo hay uno… el placer compartido por un hombre y una mujer en el calor del deseo.
—¿No es un poco pronto para pensar en el deseo?
—Pensamos en él en cuanto nuestros ojos se encontraron. No intente negarlo.
No habría podido. La verdad aturdía, pero seguía siendo la verdad. Alí le tocó el rostro con las yemas de los dedos. Lo siguiente que supo Fran es que le daba el beso más ligero que jamás había experimentado en los labios. Luego bajó a la barbilla, a la mandíbula, subió a los ojos y regresó a los labios. Apenas los sintió, pero sí sus efectos por el hormigueo que le produjeron en el cuerpo.
Era alarmante. Si hubiera intentado abrumarla con poder, podría haberse defendido. Pero el jeque Alí era un artista que dedicaba toda su destreza a someterla bajo su encantamiento. Y contra eso no parecía existir defensa.
Se movió impotente contra él, sin devolverle los besos ni rechazarlos. Él la miró a la cara, pero estaba demasiado oscuro. No pudo ver la expresión de incertidumbre que apareció en sus ojos.
El lujoso coche se detuvo en una calle tranquila de la zona más exclusiva de Londres. Despacio la soltó. El chófer abrió la puerta y Alí le tomó la mano para ayudarla a bajar. Al hallarse sobre la acera Fran comprendió lo que tendría que haber pensado antes, que no la había llevado a un restaurante, sino a su casa.
Supo que ese era el momento en que tendría que haber obrado con sensatez y huir, pero, ¿qué clase de periodista huía a la primera señal de peligro?
«Desde luego que no hay peligro», se dijo. No supo por qué había pensado eso.
Las altas ventanas de la mansión irradiaban luz. Una, en la planta baja, tenía las cortinas abiertas para revelar candelabros de cristal y muebles suntuosos.
Despacio se abrió la puerta de entrada. Un hombre alto con túnica árabe ocupó casi todo el espacio.
—Bienvenida a mi humilde hogar —dijo el príncipe Alí Ben Saleem.
Capítulo 2
AL entrar en la casa, el magnífico entorno la hizo parpadear. Se encontró en un gran recibidor, dominado por una escalera enorme y curva, con puertas dobles a ambos lados.
Cada juego de puertas estaba cerrado, pero en ese instante un par se abrió y un hombre salió. Se acercó a Alí, sin dar la impresión de notar la presencia de Fran, y se dirigió a él en una lengua que ella no entendió. Mientras los dos hablaban, miró por las puertas y vio que la habitación era un despacho. Las paredes estaban cubiertas con mapas, había tres aparatos de fax, una hilera de teléfonos y un ordenador que no se parecía a ninguno que ella hubiera visto. Adivinó que sería un último modelo. De modo que ahí realizaba los tratos que le hacían ganar millones en un día.
Alí notó hacia donde miraba ella y le habló con sequedad al hombre, quien retrocedió al interior del despacho y cerró la puerta. Pasó un brazo por los hombros de Fran y la alejó de allí. Sonreía, pero era inequívoca la presión irresistible que ejercía.
—Solo se trata de mi despacho —indicó—. Allí hago cosas muy aburridas que no le interesarían.
—¿Quién sabe? ¿Y si me interesara? —provocó.
—Una mujer tan hermosa solo ha de pensar en cómo puede ser todavía más hermosa —rio—, y en complacer al hombre cautivado por ella.
«Vaya con la idea», pensó, irritada. Era un hombre prehistórico y chovinista…
Alí abrió el otro juego de puertas y Fran se quedó boquiabierta ante la visión que tuvo. Era una estancia grande y lujosamente decorada con un mirador, en la que había preparada una mesa para dos. La vajilla era de la más fina porcelana brillante. Frente a cada plato se erguían tres copas de labrado cristal. La cubertería era de oro sólido.
—Es hermoso —murmuró.
—Para usted nada es demasiado bueno —declaró él.
«Para mí… o para quienquiera que hubieras elegido», pensó Fran, decidida a no perder la cabeza.
—Es demasiado amable —fue lo único que dijo.
La condujo a la mesa y le apartó la silla. Fran tenía todos sus sentidos de periodista en alerta, y así como daba la impresión de aceptar con languidez todo lo que le acontecía, no perdía ni un detalle.
Al mismo tiempo, no podía negar que estaba disfrutando. Alí era el hombre más atractivo que había visto jamás. En el casino lo había observado principalmente sentado a la mesa de juego o desde lejos. En ese momento se hallaba de pie y tan cerca que experimentaba el pleno impacto de su magnificencia.
Medía un metro ochenta y cinco, con piernas largas y hombros anchos. Sin embargo, no daba la impresión de tener una complexión pesada. Caminaba con suavidad, sin hacer ruido alguno, aunque nadie habría podido pasarlo por alto. Sus movimientos exhibían la gracilidad de una pantera a punto de saltar.
—Yo mismo le serviré —dijo—, si le parece bien.
—Es un honor que te atienda un príncipe —musitó Fran.
Cerca había un carrito; con un cazo sirvió un líquido de un amarillo pálido en el plato. Era espeso, estaba mezclado con arroz y sabía delicioso.
—Sopa de calabaza —explicó Alí—. Siento debilidad por ella, de modo que cuando me encuentro aquí el chef la tiene siempre lista —se sirvió y se sentó frente a ella. La mesa era pequeña, de modo que aun cuando se hallaban en lados opuestos, seguían cerca—. ¿Ha probado alguna vez la comida árabe?
—Un poco. Hay un restaurante al que voy a veces. Sirve el pollo con dátiles y miel más delicioso que he probado. Pero el ambiente es vulgar. Las paredes están cubiertas con murales del desierto y oasis de neón.
—Conozco el tipo de lugar al que se refiere —hizo una mueca—. Realizan una gran exhibición del desierto, pero ninguno de ellos sabe cómo es.
—¿Cómo es? —preguntó ella con interés—. Hábleme del desierto.
—¿Cómo saber qué decir? Hay tantos desiertos. Está el de por la noche, cuando el sol se pone rojo y es tragado por la arena. En Inglaterra tienen crepúsculos prolongados, pero en mi país puede ser pleno día y minutos más tarde caer la absoluta oscuridad. Pero todos los desiertos comparten una cosa, y es el silencio: un silencio más profundo del que puede imaginar. Hasta no haber estado en él y observado las estrellas, jamás habrá oído el silencio de la Tierra mientras gira sobre su eje.
—Sí —murmuró—. Era lo que pensaba.
Sin saberlo, sus ojos exhibieron una expresión soñadora. Alí la captó y frunció el ceño.
—¿Lo pensó? —inquirió.
—Solía soñar con lugares como esos —reconoció—. De niña esos sueños eran importantes para mí.
—¿Qué sucedió en su infancia? —preguntó con interés.
—Es extraño, pero siempre que pienso en aquel tiempo, recuerdo lluvia. Supongo que no pudo llover cada día, pero lo único que veo es un cielo encapotado y gente a juego.
—¿La gente fue desagradable con usted?
—No, no estoy siendo justa. Después de que murieran mis padres me criaron unos primos lejanos en su granja. Tenían buenas intenciones, pero eran mayores y muy serios, y no sabían nada sobre los niños. Hicieron lo mejor que pudieron por mí, me animaron a que me esforzara en el colegio, pero no había entusiasmo, algo que yo anhelaba —emitió una risa leve y tímida—. Probablemente piense que se trata de una tontería, pero empecé a leer Las Mil Y Una Noches.
—No me parece una tontería. ¿Por qué iba a ser así? Yo mismo las leí de pequeño. Me encantaron esos cuentos fantásticos, con su magia y su drama.
—Sin duda eso abundaba —recordó Fran—. Un sultán que tomaba una esposa nueva cada noche y la mataba por la mañana.
—Hasta que encontró a Scheherazade, que llenó su mente de historias extraordinarias con el fin de que tuviera que dejarla vivir para averiguar qué sucedía a continuación —continuó Alí—. Adoraba esas historias, pero adoré aún más el ingenio de Scheherazade. Solía leer el libro en el desierto, y contemplaba el horizonte mientras el sol ardía antes de morir. Qué triste debió ser para usted anhelar el sol en este frío país.
—Sí —asintió—, y vivir en una casa fría, mirando la lluvia en el exterior, siempre escasa de dinero porque… cito: «no debemos ser extravagantes».
No había sido su intención dar a entender que tuvo tantas privaciones. Sus primos mayores no habían sido mezquinos, solo estaban decididos a enseñarle el valor del dinero. Al tiempo que se rebelaba contra sus patrones frugales, de algún modo también los había asimilado. Había consaguido graduarse en Economía, pero le había resultado árida. De modo que cambió a periodismo, especializándose en historias en las que el escándalo se mezclaba con el dinero. En la investigación de secretos sombríos de los personajes famosos había encontrado el estímulo que tanto anhelaba. Pero no podía contarle eso a Alí Ben Saleem.
Había mucho más que no podía contarle, como las enseñanzas del tío Dan sobre «dinero y moralidad». El anciano temeroso de Dios jamás había comprado para su familia o para sí mismo algún lujo pequeño sin donar una cantidad similar a la caridad.
Su mujer había compartido sus puntos de vista sobre la vida frugal hasta que Fran cumplió los dieciséis años y se convirtió en una belleza. La tía Jean había querido celebrar el magnífico aspecto de la joven con un guardarropa nuevo, pero habían hecho falta muchas discusiones para lograr que Dan cambiara de parecer. Aquel verano les había ido bien a las instituciones locales de caridad.
Los dos habían muerto, pero su influencia austera y amable perduraba. A Fran le apasionaba la ropa bonita, pero jamás se había comprado algo sin aportar también dinero a una causa justa. No era de extrañar que el estilo de vida del jeque Alí despertara su indignación.
—Sé a qué se refiere cuando habla de restaurantes que recurren a los estereotipos —dijo Alí—. He estado en algunos locales con pésimas decoraciones del inglés típico e histórico.
—Supongo que ambos padecemos el mismo tópico sobre nuestros respectivos países.
—Pero Inglaterra también es mi país. Mi madre es inglesa, yo asistí a la Universidad de Oxford y a la academia militar de Sandhurst.
Estuvo a punto de decir que lo sabía, pero se contuvo a tiempo.
Al terminar la sopa de calabaza, Alí señaló una variedad de platos.
—De haber conocido sus preferencias, habría pedido que prepararan pollo con dátiles y miel. Prometo que se servirá la próxima vez que cenemos juntos. Hasta entonces, quizá pueda encontrar algo de su agrado en esta humilde selección.
Esa «humilde selección» se extendía sobre una mesa larga. Fran quedó abrumada. Al final eligió un plato de habas.
—Están muy picantes —advirtió él.
—Cuanto más, mejor —manifestó con osadía. Pero el primer bocado le indicó su error. Estaban condimentadas con cebolla, ajo, tomate y pimienta de cayena—. Deliciosas —alabó con valor.
—Le sale humo por las orejas —sonrió—. No las termine si es demasiado para usted.
—No, están bien —aunque aceptó algunas rodajas de tomate que le acercó él, y para su alivio mitigaron el fuego en su boca.
—Pruebe esto —sugirió Alí. Era una ensalada fría de hígado que no presentó ningún problema. Comenzó a relajarse aún más. Resultaba tentador ceder al hechizo seductor de la noche.
Y entonces, sin advertencia previa, sucedió algo desastroso. Alzó la vista, se encontró con sus ojos y descubrió en ellos las últimas cualidades que habría esperado: calor, encanto y una dosis de diversión. Le sonreía, no con seducción ni cinismo, sino como si su mente bailara sincronizada con la suya y ello le gustara. De pronto ella sospechó que podría tratarse de un hombre verdaderamente encantador, generoso, divertido y arrebatador. Un absoluto desastre.
Se esforzó por despejar la mente, pero la sonrisa que le obsequiaba él inició un resplandor en su interior.
Se serenó.
—Tiene un hogar precioso —comentó con voz forzada.
—Sí, lo es —convino—. Pero no sé si se lo puede llamar hogar. Tengo muchas casas, aunque paso tan poco tiempo en cada una que… —se encogió de hombros.
—¿Ninguna es un hogar?
—Al decir esto me siento como un niño pequeño —sonrió con melancolía—, pero mi hogar se encuentra allí donde está mi madre. En su presencia hay calor y amabilidad, más un sentido de benévola calma. Le caería muy bien.
—No me cabe la menor duda. Parece una gran dama. ¿Vive en Kamar todo el tiempo?
—Casi siempre. A veces viaja, pero no le gusta volar. Y… —pareció un poco tímido—… no aprueba algunos de mis placeres, por lo tanto…
—¿Como ir al casino? —rio Fran.
—Y otras pequeñas concesiones. Pero principalmente el casino. Dice que un hombre debería tener mejores cosas que hacer con su tiempo.
—Y tiene razón —afirmó de inmediato.
—Pero, ¿cómo habría podido pasar mejor esta velada que conociéndola?
—No pensará decirme otra vez que fue el destino, ¿verdad?
—¿De pronto se ha convertido en una cínica? ¿Qué ha sido de todo ese folclore árabe que tanto le gustaba? ¿No le enseñó a creer en la magia?
—Bueno —reflexionó—, me enseñó a querer creer en la magia, y eso casi es lo mismo. A veces cuando mi vida era muy aburrida, soñaba con que una alfombra voladora entraba por mi ventana y me llevaba a tierras donde los genios salían de las lámparas y los magos urdían sus encantamientos en nubes de humo de colores.
—¿Y el príncipe encantado? —bromeó.
—Salía del humo, desde luego. Pero siempre se desvanecía en humo y el sueño terminaba.
—Pero usted jamás dejó de esperar que apareciera la alfombra voladora —comentó con suavidad—. Finge ser muy sensata y adulta, pero en el fondo de su corazón está segura de que algún día llegará.
Se ruborizó un poco. Desconcertaba que le leyera tan bien los pensamientos.
—Me parece que para usted —continuó Alí—, la alfombra llegará.
—No creo en la magia —afirmó y movió la cabeza.
—Pero, ¿a qué llama usted magia? Cuando esta noche la vi allí de pie, eso fue una magia más poderosa que la de los hechizos. Y a partir de ese momento todo me salió bien —le sonrió con ironía—. ¿Sabe cuánto me ha hecho ganar su hechicería? Cien mil libras. Mire.
Alí introdujo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, extrajo una chequera y con calma comenzó a rellenar un cheque por toda esa cantidad.
—¿Qué hace? —jadeó ella.
—Le doy lo que por derecho le corresponde. Usted lo ganó. Haga con él lo que quiera —lo firmó con una filigrana y luego la miró con expresión burlona—. ¿A nombre de quién lo expido? Vamos, reconozca la derrota. Ahora tendrá que darme su nombre completo.
—Oh, no lo creo —musitó. Alzó la copa y dejó que sus ojos coquetearan por encima del borde—. Sería muy tonta si cediera en este momento, ¿no?
—Pero necesito un nombre para extender el cheque —Fran se encogió de hombros—. Sin nombre no puedo entregárselo.
—Entonces, quédeselo —repuso con gesto elegante—. Yo no le he pedido nada.
—No teme jugar con apuestas altas —entrecerró los ojos con admiración.
—No juego con nada —rio ella—. He vivido muy feliz sin riqueza y puedo continuar de la misma manera.
Alí miró con ironía su cuello, que lucía una fortuna en diamantes. Sin titubear ella se lo quitó y lo depositó a su lado.
—Para que no haya ningún malentendido, no busco nada de usted. Nada en absoluto.
No era del todo verdad, pero lo que buscaba de él tendría que surgir en otra ocasión y en otro lugar.
Con un encogimiento de hombros adelantó el cheque hacia ella con el espacio para el nombre en blanco. Después se incorporó y se acercó con la intención de volver a ponerle el collar. Pero Fran se lo impidió.
—Usted quédese con eso. Yo me quedaré con esto —indicó el cheque—. Después de todo, no quiero ser codiciosa, ¿verdad?
Alí volvió a sentarse en su sitio y se llevó la mano de ella a los labios, sin quitarle la vista de encima. Sus ojos siempre estaban alerta, sin importar lo que dijera.
—No muchas mujeres pueden afirmar haberme superado —confesó—. Pero veo que está acostumbrada a jugar y es muy buena. Eso me gusta. Me intriga. Sin embargo, lo que más me fascina es esa sonrisa.
—Las sonrisas pueden transmitir mucho más que palabras, ¿no le parece? —preguntó Fran con inocencia.
—No obstante, lo que se transmite sin palabras se puede negar con facilidad. ¿Es eso lo que hace usted, Diamond? ¿Se protege ante el momento en que quiera negar lo que pasa entre nosotros?
Alarmada, pensó que era como estar desnuda. Él veía demasiado. Para distraer su atención de ese punto peligroso, guardó el cheque en el bolso.
—Sería muy difícil negar aquello que ha pasado entre nosotros —observó.
—Muy cierto. No me cabía duda de que una inteligencia aguda acechaba detrás de esos ojos inocentes.
—No confía en mí, ¿verdad? —preguntó en un impulso.
—Nada. Pero estamos igualados, porque me da la extraña sensación de que usted tampoco confía en mí.
—¿Cómo iba a poder dudar alguien de la rectitud, virtud, moralidad y justicia de Su Alteza? —repuso con máxima inocencia.
—¿Qué hombre podría resistirse a usted? Sinceramente, yo no. Pero deje de llamarme «Su Alteza». Mi nombre es Alí.
—Y el mío es… Diamond.
—Empiezo a pensar que debería llamarla Scheherazade, por su ingenio, que supera con creces el de las demás mujeres.
—También soy más inteligente que unos cuantos hombres —replicó, y no pudo resistir añadir—: Espere y lo verá.
—La espera es la mitad del placer —asintió—. ¿Contestará sí o no? Y si contesta que no, ¿contendrá su voz alguna invitación secreta?
—No puedo creer que alguna vez tenga ese problema. No me diga que alguna mujer lo rechaza.
—Un hombre puede tener a todas las mujeres del mundo —se encogió de hombros—, aunque quizá a nadie a quien desee. Si esa en particular lo rechaza, ¿qué significan las demás?
Fran lo observó divertida, sin dejarse engañar. Las palabras eran humildes pero el tono arrogante. En ellas iba implícito el hecho de que ninguna mujer lo rechazaba, aunque le pareció cortés fingir lo contrario.
—Yo habría considerado que todas las otras estarían bien. No le dejarían tiempo para sufrir.
—Habla como una mujer a la que nunca le han roto el corazón. ¿Es verdad eso?
—Es verdad.
—Entonces, jamás ha amado y me resulta imposible de creer. Usted está hecha para el amor. Lo vi en sus ojos cuando nos miramos en el casino.
—Usted no pensaba entonces en el amor, sino en el dinero —repuso con ligereza.
—Pensaba en usted y en el hechizo que irradiaba. Fue ese hechizo el que me cambió la suerte.
—¡Oh, por favor! Son palabras muy bonitas, pero solo fue suerte.
—Para algunos no existe la suerte —afirmó él con seriedad—. Lo que está escrito en el libro del destino es lo que algunos ponen en él. Yo intento discernir mi destino a través del humo que lo rodea, y en él veo su caligrafía.
—¿Y qué… qué más ve? —tartamudeó.
—Nada. El resto se halla oculto. Solo está usted.
Al hablar la ayudó a levantarse y la tomó en brazos. Fran se había considerado preparada para ese momento, pero cuando llegó, sus bien trazados planes parecieron desvanecerse. Los besos fugaces en el coche habían insinuado la promesa de lo que sucedería, y en ese momento, supo que era imposible que hubiera podido dejar solo a Alí esa noche sin descubrir si mantendría la promesa.
Y la mantuvo de forma magnífica. La envolvió en sus brazos de una manera que aislaba todo lo demás, como si solo ella importara.
La boca de él era fuerte pero inmensamente sutil. Le recorrió los labios antes de pasar a sus ojos, su mandíbula, su cuello. Con infalible precisión encontró ese pequeño punto bajo su oído de una sensibilidad suprema, para continuar por el resto del cuello. Nada podría haberle hecho contener el suspiro de placer que emitió.
—¿Estás jugando conmigo ahora? —gruñó él.
—Desde luego. Un juego que no entiendes.
—¿Y cuándo lo entenderé? —le gustó su respuesta.
—Cuando haya terminado.
—¿Y cuándo terminará?
—Cuando yo haya ganado.
—Cuéntame tu secreto —exigió.
—Lo conoces tan bien como yo —Fran sonrió.
—Contigo, siempre habrá un secreto nuevo —musitó con voz ronca y volvió a cubrirle los labios.
La guió hacia el sofá junto al mirador. Ella sintió los cojines bajo su espalda y la luz de la luna en la cara. La acarició con los labios mientras las manos comenzaban una exploración delicada de su cuerpo. Jadeó ante ese contacto leve. No había sabido que poseía un cuerpo así hasta que sus dedos reverentes se lo revelaron, y también le contó para qué lo tenía.
Era para dar y recibir un éxtasis de placer; no lo había sospechado hasta ese momento en que él le hizo entender lo que era posible más allá de su fantasía más descabellada.
Fran movió la boca de forma febril sobre la suya, sin recibir ya, sino buscando y exigiendo con una urgencia que asombró a Alí… y también le encantó, siempre que su reacción sirviera como pauta. La insistencia de él se tornó feroz. Era un hombre muy peligroso. Podía besarla hasta que Fran ya no supiera qué le sucedía, o incluso quién era. ¿Y después? Débilmente, como desde una gran distancia, el orgullo la instaba a salvarse, porque en poco tiempo sería demasiado tarde…
Pero fue otra cosa lo que la salvó. Un timbre en la pared sonó bajo pero de manera persistente. Alí se retiró con un suspiro de irritación, alzó un teléfono próximo y espetó algo.
Casi de inmediato su voz cambió. Fue evidente que el mensaje era urgente, ya que se levantó de un salto.
—Perdona —se disculpó—. Un asunto importante requiere mi atención —indicó la mesa—. Por favor, sírvete vino. Volveré a tu lado en cuanto pueda.
Salió de la estancia.
Aún aturdida, al principio Fran no fue capaz de entender qué había pasado. En el cenit de una experiencia sensual como jamás había conocido, él sencillamente la había abandonado. Los negocios lo habían llamado y ella había dejado de ser importante, incluso de existir.
«Bueno, ya lo sé», pensó con furia. «Vine aquí a averiguar cosas de Alí Ben Saleem, y he descubierto cuáles son sus prioridades. Los pozos de petróleo, uno. Las mujeres, cero».
Mientras su respiración se serenaba y regresaba del sueño erótico en el que la había sumido con molesta facilidad, su furia aumentó.
—¿Quién cree que soy? —musitó.
No, no quién, sino qué. Una muñeca a la que se puede devolver al anaquel hasta que tuviera ganas de volver a jugar. Y al igual que con una muñeca, esperaba encontrarla tendida en la misma posición•.
Le enseñaría una lección.
Se levantó con celeridad y tanteó en busca de las sandalias, preguntándose cuándo y cómo las había perdido. Eso le hizo pensar hasta dónde la había subyugado aquel hombre, la facilidad con que la había hecho perder el control. Debía escapar.
Se asomó con cautela al recibidor.
Un hombre, evidentemente un portero, estaba sentado ante la puerta de entrada. Con nerviosismo se preguntó si tendría órdenes de impedir que se marchara. Solo había una manera de averiguarlo.
Respiró hondo, y cruzó el suelo de mármol con aire de suprema seguridad. El hombre se puso de pie con expresión de incertidumbre. Pero, tal como Fran había esperado, ninguna de sus órdenes abarcaba esa situación sin precedentes. Con el corazón desbocado, realizó un gesto imperioso, y él le hizo una profunda reverencia al abrirle la puerta para que saliera a la noche.
Capítulo 3
ESTÁS loca si piensas volver a la guarida del león —protestó Joey por enésima vez.
—Eso es lo más divertido —Fran se dio los últimos retoques a su inmaculado aspecto.
—Tuviste suerte de que estuviera allí para rescatarte la otra noche.
—Para ya, Joey —rio entre dientes—. Salí de su casa por mis propios pies.
—Y me encontraste esperándote fuera en mi coche. No dejé de seguirte desde que saliste del casino.
—Pero hoy no me hará falta que me rescates. Ha aceptado concederme una entrevista.
—Con la salvedad de que desconoce que eres tú. Y cuando lo averigüe le va a dar un ataque.
—Eso es lo que espero —le brillaron los ojos.
No se parecía en nada a la sirena de la noche anterior. En vez de un vestido seductor, llevaba una blusa blanca de seda y un traje gris con botones de plata.
Llevaba el pelo recogido en la nuca. Irradiaba una elegancia serena y profesional. Esa era Frances Callam, periodista financiera. Diamond, la criatura magnífica que había brillado fugazmente sobre el horizonte, había sido un espejismo. Al mirarse en el espejo, no pudo ver rastro de ella.
«Lo cual es una pena», reflexionó. Diamond se había divertido mucho. Cierto que también se había metido en una situación peligrosa. Pero había logrado escapar y todo lo sucedido le pareció en ese momento una aventura excitante.
—Espero que te paguen el cheque antes de que te vea —comentó Joey.
—No acepté el dinero para mí —indicó—. Lo expedí a nombre del Fondo Internacional para la Infancia y lo entregué ayer. Sin duda le escribirán para darle las gracias. Me gustaría ver su cara entonces.
—¿Donaste todo ese dinero? —Joey palideció.
—Bueno, no podría habérmelo quedado —mostró una sorpresa sincera.
—Yo sí lo habría hecho.
—No creo que te lo hubiera dado a ti —rio.
—Sigo sin creerme que aceptara esta entrevista.
—Hablé con su secretario y dije que Frances Callam quería entrevistarlo para The Financial Review. Me dieron una cita sin ningún problema.
—Ha llegado tu taxi —comentó Joey al mirar por la ventana—. ¿Seguro que no quieres que te lleve?
—Me parece que en esta ocasión debo entrar en la guarida del león sola.
—Creo que debería esperarte para cuando te eche.
—No va a echarme.
—¿Después del modo en que desapareciste y lo dejaste como un tonto?
—Eso simplemente le indicó que conmigo no se puede jugar. Confía en mí, Joey. Esta vez el control lo llevo yo.
Más tarde recordaría la suprema seguridad con la que subió al taxi y pidió que la trasladara a la casa de Alí Ben Saleem. Pero pareció muy sencillo en ese momento.
Al principio no sucedió nada para que cambiara de parecer. En cuanto llamó al timbre de la casa de Alí, el portero abrió la puerta e inclinó la cabeza en pregunta silenciosa.
—Buenos días —saludó Fran—. Tengo una cita con el príncipe Alí Ben Saleem —pasó por delante de él al hablar. El hombre la siguió con expresión alarmada—. ¿Quiere informarle a Su Alteza, por favor, que ha llegado Frances Callam?
En ese instante se abrió la puerta del despacho y salió él. El portero hizo un gesto de alivio y retrocedió hacia la puerta. Fran respiró hondo y se enfrentó a Alí con una radiante sonrisa.
Al verla él frunció el ceño, luego se le iluminó el rostro y avanzó hacia ella con ambas manos extendidas y una sonrisa de bienvenida.
Fuera lo que fuere lo que Fran había esperado, no era eso. Alí tendría que haberse mostrado irritado ante el recuerdo de su abandono. Quizá no la reconocía. Pero sus primeras palabras desterraron esa ilusión.
—¡Diamond! ¡Mi hermosa Diamond! Qué placer volver a verte. Ven —le indicó el comedor y ella lo siguió—. Sé por qué has venido —comentó al cerrar la puerta.
—¿Sí…?
—Estás enfadada conmigo por lo de la otra noche. Mi pobre Diamond, fue tan poco caballeroso por mi parte dejarte y no volver. Mi única excusa es que me vi agobiado por los negocios. Envié a mi secretario para cerciorarse de que regresabas bien a casa, aunque me habría gustado despedirme personalmente.
Fran respiró hondo y buscó palabras mientras varias imágenes aleteaban en su mente: la mejor era darle una patada en la espinilla, aunque cocerlo en aceite hirviendo no le iba muy a la zaga.
No había vuelto.
Todo ese tiempo había imaginado su cara al descubrir que se había marchado, y él ni siquiera lo sabía. Simplemente la había olvidado.
Lo más probable es que su secretario tuviera miedo de se enfadara al informarle de que no estaba en el comedor y se había inventado alguna historia sobre que la había llevado a casa. Seguro que también el portero había guardado silencio.
—Espero que pronto podamos disfrutar de esa velada interrumpida —continuó Alí—, pero de momento me temo que estoy muy ocupado. De hecho, debes marcharte de inmediato, pues tengo una cita con una periodista.
—Creía que jamás recibías a periodistas —comentó Fran, preparada para disfrutar de los siguientes minutos.
—Por lo general, no, pero el señor Callam es de un periódico serio.
—¿Has… has dicho el señor Callam?
—El señor Francis Callam. He aceptado la entrevista porque hay cosas que me conviene dejar claras en los periódicos.
Los pensamientos de Fran eran un torbellino. Pero pronto comprendió que Alí estaba a punto de recibir la sorpresa de su vida.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó con inocencia.
—Ni se me pasaría por la cabeza aburrirte con semejantes detalles —sonrió.
—Bueno, sé que solo soy una mujer estúpida —musitó con humildad—, pero sé cómo se deletrea finanzas. F-I… no, no es I, ¿verdad?
—Tu ingenio me encanta —rio él—. Pero ya no tengo más tiempo para juegos. El señor Callam llegará en cualquier momento.
—¿No quieres conocer mi nombre primero?
—Ya he dado algunos pasos para averiguarlo. Me pondré en contacto contigo cuando disponga de tiempo.
—No deseo que te tomes tantas molestias —repuso—. Me llamó Frances Callam. Señorita Frances Callam.
—¿Me estás diciendo…? —comenzó despacio.
—Que soy la periodista a la que esperas.
—Me engañaste —dijo con voz dura.
—No. Me puse en contacto con tu secretario y dije que Frances Callam quería hablar contigo para un artículo para The Financial Review. Los dos disteis por hecho que se trataba de un hombre porque jamás se os ocurrió que un periodista financiero pudiera ser una mujer. Caisteis en la trampa de vuestros propios prejuicios.
—¿Y la noche pasada? ¿Fue simple coincidencia que aparecieras en The Golden Chance?
—No. Te observaba.
—¿Y después? ¿Te atreves a afirmar que eso no fue un engaño?
—Bueno, puede que ocultara algunas cosas. Pero tú me lo pusiste fácil.
—Y en todo momento te reías de mí —entrecerró los ojos—. ¿Sabes lo que le pasaría a una mujer que osara hacer eso en mi país?
—Dímelo tú. No, espera —hurgó en el bolso y sacó un cuaderno de notas—. Dímelo ahora. ¡Eh! —Alí le había quitado el cuaderno para arrojarlo a un lado.
—No tomarás notas sobre mí —soltó con los dientes apretados—. No escribirás nada sobre lo que sucedió la otra noche…
—Oh, no pensaba hacerlo. Escribo para un periódico serio. No les interesaría la línea sentimental que me mostraste.
—Yo…
—Bueno, tienes que reconocerlo, ¿no? Los crepúsculos ardientes y las tiendas agitándose bajo la brisa… Pero no te culpo.
—¿No? —sonó aturdido.
—Estoy segura de que a la mayoría de las chicas les encanta. No seguirías usándolo si no fuera así, ¿verdad?
—Es cierto —se le iluminaron los ojos—. Verás, una cosa que he aprendido sobre las mujeres es lo siguiente: cuanto más tonto el discurso, mejor.
—¡No me digas!
—Siempre hay alguna jovencita cabeza hueca que se lo cree. La experiencia me ha enseñado todo lo que necesito saber sobre tu sexo.
—¿Te atreves a llamarme jovencita cabeza hueca?
—No sé por qué eso habría de molestarte, ya que te esforzaste por hacérmelo creer. Deberías ceñirte a ese papel. Te sienta mejor que intentar hacerte pasar por hombre.
—No hago nada parecido —repuso con furia—. Me gano la vida como periodista. Me prometiste una entrevista, y aquí estoy. ¿Por qué no empezamos?
—Si crees que pretendo discutir mis asuntos privados contigo…
—No los privados, sino los de negocios —no pudo resistir añadir con provocación—. Creo que ya hemos abarcado los privados.
—Que quede bien claro que no hablo de negocios con mujeres. No es el papel de una mujer.
—¿El papel de una mujer? —repitió escandalizada—. Eres un prehistórico…
—Piensa lo que quieras de mí. ¿Crees que me importa? No estoy acostumbrado a tomar en consideración la opinión de las mujeres y no sé por qué voy a comenzar ahora. En mi país las mujeres conocen su sitio y lo mantienen. Es una disposición que funciona muy bien.
—Me pregunto qué pensará tu madre de eso —soltó con pasión—. Es inglesa, ¿no? Educada para ser igual que los hombres…
—Ninguna mujer es igual que los hombres. Y no hables de mi madre. No pienso hablar contigo y eso es definitivo.
—No te molestó hablar cuando me consideraste un juguete —espetó.
—Desde luego. Para eso están las mujeres.
—No es para lo que estoy yo.
—Eso crees, pero en mis brazos te comportaste como una verdadera mujer. No me digas que lo has olvidado.
—Fingí —lo miró desafiante.
Alí sonrió y algo en el gesto la perturbó.
—No me lo parece. Sé reconocer cuando una mujer finge. También cuando cede a sus deseos más hondos en los brazos del hombre que puede inflamar esos deseos. La otra noche algo sucedió entre nosotros, algo verdadero y real.
—Como si pudiera suceder algo verdadero y real entre un hombre de la Edad de Piedra y yo.
—¿Por qué quieres negarlo? ¿Qué temes? ¿Que tus teorías puedan verse barridas por una pasión que te revelará tu verdadero yo? ¿Por eso intentas reducirme a palabras en una página, porque crees que someterás la verdad bajo tu control?
Estaba peligrosamente cerca. Fran dio un paso atrás y al instante supo que había cometido un error táctico. Alí había descubierto que la ponía nerviosa.
—La única verdad que me interesa en lo que a ti respecta —dijo ella—, es qué sucede en esos tratos de negocios que tan en secreto guardas.
—Y yo te digo que no interfieras en lo que no es de tu incumbencia y que sin duda estará más allá de tu comprensión. Por favor… —alzó una mano—… no me aburras con discursos sobre tu inteligencia. ¡La inteligencia de una mujer, por el amor del cielo!
—¡La tenemos!, ¿sabes? —su tono desdeñoso la puso furiosa—. Pertenecemos a la misma especie. Y la otra noche te hallabas dispuesto a reconocer que Scheherazade tenía inteligencia.
—No, Scheherazade tenía ingenio. Ese ingenio femenino que deslumbra a un hombre. No algo que lo desafía. Entonces pensé que eras ingeniosa y sutil, pero al parecer estás decidida a demostrarme lo contrario. Si quieres que te escuche, Diamond, olvida tu diploma y háblame de tu pelo, que es como un río de oro fundido en el crepúsculo. Entonces dispondrás de toda mi atención. Desde aquella noche no he dejado de pensar en tu pelo, en cómo sería pasar mis manos por él y adornarlo con invaluables joyas. También me obsesiona tu piel, que posee la suavidad del satén. He soñado con cómo sería tenerte pegada a mí cuando estemos en la cama…
—Jamás —susurró indignada.
Él se acercó un paso y la miró directamente a los ojos. Los suyos ardían.
—En este momento yo también siento ganas de decir nunca. Nunca llevaré a mi cama a una mujer que rechaza su propia feminidad y, por ende, mi masculinidad. Nunca me molestaré con una mujer que no sabe nada sobre los hombres y las mujeres y lo que el destino ha creado entre ellos. La despediría y pensaría que así estaba mejor. Pero luego observo las profundidades de tus ojos y sé que no es tan fácil. Tú y yo nos conocimos porque teníamos que hacerlo, y en nuestra despedida final ninguno de los dos será el mismo. Qué placer exquisito habrá en dar y recibir contigo y en saber que lo que me des no se lo habrás dado a ningún otro hombre, porque no sabías que existía. Ese sería un tesoro por el que valdría la pena luchar.
Ni siquiera la tocaba, pero el corazón le latía con fuerza por el efecto de sus palabras y las imágenes que invocaron en su cerebro febril. Estaba vestida, pero el modo en que la acarició al hablar le dio vida a su piel. Sintió como si sus dedos y su lengua abrieran senderos por su cuerpo, por su boca, sus pechos… haciendo que deseara todo en el mundo, sabiendo que era el hombre con el poder para dárselo.
—¿No lo sientes también tú? —inquirió Alí—. ¿Que debe ser así?
—No —respondió y retrocedió un paso—. No, no puede ser. No puedes hacer que algo así acontezca mediante una orden.
Alargó la mano hacia ella. Fran dio otro paso atrás pero chocó contra el sofá, perdió el equilibrio y tuvo que sentarse. Intentó ponerse de pie, pero él la inmovilizó con una mano en el hombro y se sentó a su lado.
—La orden ya ha sido dada —indicó—. Y fuiste tú quien la dio. Tú fuiste a The Golden Chance a buscarme, y yo te reconocí en el acto como la mujer que desempeña una parte especial en mi vida. Es demasiado tarde para dar marcha atrás. Además, ¿por qué lo querrías? ¿Tienes miedo?
No la besó. Simplemente alzó una mano y con suavidad le tocó los labios con la yema de un dedo para trazar el perfil de su boca. Las sensaciones que era capaz de evocar con un gesto tan sencillo la dejaban atónita. Estaba encendida y no había esperanza para ella.
Quiso hablar, emitir una protesta airada, pero la boca le temblaba a la espera del siguiente contacto. De algún modo, no recordó cómo, se acercó a ella, hasta que sus labios se posaron en los suyos.
Como si fuera la señal que Alí había estado esperando, tomó posesión del beso y la reclamó como un conquistador que acepta la rendición. Fran tampoco pudo negarse, ya que la traición surgía de su propio interior y era su deseo el que lo había invitado.
Era un hombre que sabía ir despacio para prolongar el placer de ambos. Ella gimió con suavidad y él entró en su boca con movimientos rápidos y exploratorios que la embriagaron.
Luego, deslizó los labios por su cuello para seguir bajando, abrir los botones de la blusa con escote en V y posarlos sobre los pechos. El deleite fue inimaginable y Fran cerró las manos detrás de su cabeza en un gesto de aceptación y súplica. Tenía el corazón desbocado y supo que él debía sentirlo, pero no le importaba. Era como si todo a su alrededor se desintegrara y adquiriera una forma nueva.
Entonces, Alí levantó la cabeza y la observó, convencido de que todo iba bien mientras la tuviera en sus brazos.
Despacio la tumbó sobre los cojines.
—¿Lo ves? —comentó con voz un poco trémula.
—¿Ver? —preguntó desconcertada.
—Cuando nos encontramos juntos… algo sucede, no puedes negarlo.
—No lo niego —murmuró—. Pero no es… —se esforzó por soltar la palabra—. No es importante.
—La pasión siempre lo es.
Fran se obligó a ordenar su mente. No confiaba en ese hombre. Y cuanto más lo anhelaba su cuerpo, menos confianza le inspiraba.
—Pero sientes pasión por tantas mujeres —logró manifestar.
—No… —movió la cabeza—. Así no.
Algo en su voz le indicó que estaba desconcertado. Había hecho lo que quería, aunque también para él había sido una sorpresa. Temblaba, y cuando volvió a hablar, dio la impresión de que se forzaba a regresar a la realidad, porque los reinos del placer lo alarmaban.
—Ahora debes irte. Por el momento. Cuando sea el tiempo apropiado para que volvamos a reunirnos, te lo haré saber.
Su arrogancia sirvió para enfriarla. Furiosa se liberó y se apresuró a abotonarse la blusa.
—¿Me lo harás saber… cuando lo hayas decidido?
—Cuando los hados lo hayan decidido —corrigió con suavidad.
—Oh, no. Quiero la entrevista prometida. Si me marcho sin ella, no volveré, jamás.
—Lo veremos —sonrió—. Pero desde luego que te marcharás sin ella.
El mundo volvía a ser real. Cambió de táctica.
—Mira, ¿por qué no te muestras razonable y podemos…?
—No te servirá, Diamond. La respuesta es no.
—No me llames Diamond.
—No, tu nombre es Frances Callam. No tendría que haberme esforzado tanto en averiguarlo.
—¿No te lo contó tu secretario? ¿El que me llevó a casa? —ironizó.
—No formaba parte de sus deberes preguntártelo —repuso.
—Pero debió decirte dónde vivía —insistió—. Podrías haber descubierto mi nombre de esa manera.
Los ojos de él centellearon y Fran tuvo la certeza de que Alí había regresado al salón para descubrir que se había marchado y que había inventado la historia del secretario.
—¿Por qué voy a necesitar métodos semejantes cuando dispongo de una manera mejor? —se encogió de hombros—. He de hacerte una confesión… acerca de ese cheque.
—¿El de las cien mil libras?
—Correcto —le sonrió y a pesar de lo irritada que se sentía, Fran experimentó otra vez una agitación interior—. Me temo que lo he cancelado —reconoció Alí—. Mi banco no lo pagará, pero me informará a nombre de quién está. Si hoy no hubieras vuelto, de todos modos habría averiguado tu nombre.
—¿De verdad?
—He sido poco amable, ¿cierto?
—Mucho. Pero yo también hice algo poco amable. No intenté cobrar el cheque en persona, sino que lo libré al Fondo Internacional para la Infancia, y se lo entregué ayer, con tus saludos.
Él soltó una carcajada.
—Excelente historia. Pero, mi querida Diamond, ¿de verdad creíste que se me pasaría por la cabeza que una mujer pudiera rechazar semejante cantidad de dinero?
—Te devolví el collar.
—Que vale una décima parte de ese cheque. Entregar cien mil libras es otra cosa.
—Pues lo hice —insistió—. Como pronto averiguarás. Cuando devuelvan el cheque, tu nombre no valdrá nada… y probablemente aparezca en los titulares de los periódicos del mundo.
—No, no, no sigas. Ha sido un buen intento, pero no se me engaña con facilidad. Y ahora me temo que he de irme. Me has hecho perder bastante tiempo.
—Sí, no debo distraerte de ganar dinero, ¿verdad?
—Hasta nuestro próximo encuentro —la acompañó hasta la puerta.
—Me pregunto si habrá otro.
—En mi país decimos… la respuesta está escrita en la arena.
Alí la observó hasta que desapareció de vista. Al dar la vuelta su secretario salía del despacho, muy pálido.
—Excelencia, alguien del FII está al teléfono; quiere agradecerle el generoso cheque que les ha entregado, pero debido a un malentendido con el banco…
Alí soltó un juramento y desapareció en su despacho. Hizo falta todo su encanto para eliminar el problema, y en cinco minutos expidió un cheque nuevo. Mientras cerraba el sobre sus ojos eran inescrutables.
—Me engañó —murmuró—. Cien mil libras y nada a cambio.
Sacó una hoja de papel y escribió Frances Callam.
Después de observarlo unos momentos, lo tachó y escribió Diamond.
Tachó también ese y lo sustituyó por el de Scheherazade.
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