Kitabı oku: «Un compromiso en peligro»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Lucy King

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un compromiso en peligro, n.º 2818 - noviembre 2020

Título original: A Scandal Made in London

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-914-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

QUÉ DIABLOS…?

Desde su despacho, situado en el piso más alto del edificio de cuarenta y cuatro plantas del grupo Knox, Theo Knox se quedó mirando la página web que ocupaba toda la pantalla del iPad que su jefe de seguridad acababa de colocar delante de él.

Parecía ser una tabla de información.

«Harmony», ponía en el encabezado. Y debajo estaban los detalles:

Edad: 26 años

Altura: 1,85

Cabello: Rubio

Ojos: Azules

Intereses: Viajar, leer, música.

Experiencia sexual: Ninguna

¿Y la página web? Los ángeles de Belle, según el elaborado logotipo con enredaderas que brillaba en la esquina superior derecha. Todo eso estaba muy bien, pero, ¿a él de qué le servía? ¿Y por qué Antonio Scarlatto, un empleado valioso al que hasta ahora consideraba competente, creía que podía servirle?

Theo no tenía ningún interés en páginas de citas, ni en ningún tipo de cita, porque las aventuras de una noche ocasionales cuando surgía la necesidad era más que suficiente para él. Y aunque no fuera así, no tenía tiempo para otra cosa. Como dueño y director de una empresa mundial que empleaba a miles de personas y valía millones de dólares, tenía una gran cantidad de asuntos que reclamaban su atención. Y actualmente el principal era cómo iba a persuadir al sentimental dueño del negocio que quería comprar para que se lo vendiera.

–¿Por qué me haces perder el tiempo enseñándome esto? –preguntó Theo alzando la vista de la pantalla y clavándola en el hombre que estaba al otro lado del escritorio.

–Está relacionado con un miembro de tu equipo –dijo Antonio sin pestañear–. Está registrada en esta web y esta es su página. Intentó iniciar sesión desde el ordenador del trabajo hace veinte minutos. Nuestro sistema de seguridad lo registró. La política de la empresa prohíbe acceder a este tipo de sitios, así que quería saber qué acción tomar.

–Es una página de citas –dijo Theo sin entusiasmo.

–No es solo una página de citas –replicó Antonio–. En ese caso no te habría molestado. Sigue bajando.

Theo suspiró y volvió a centrar la atención en la tableta, centrándose en la información mostrada.

Y se quedó paralizado.

Porque la descripción de Harmony estaba acompañada de media docena de fotos. De la mujer en cuestión con varios atuendos y en poses provocativas. En las primeras cuatro fotos al menos llevaba ropa, aunque ajustada. En las dos últimas iba vestida con una especie de negligé, pero como si no llevara nada, porque era completamente transparente y no le ocultaba ni las curvas ni las piernas largas. Nada.

Y su rostro…

Theo conocía aquel rostro. Era Kate Cassidy. Harmony, con su cuerpo lujurioso, era Kate Cassidy. Theo sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

¿Qué diablos pretendía?

Hizo un esfuerzo por recuperar la compostura, siguió bajando y leyó el texto que acompañaba a las fotos. Se le heló la sangre en las venas. Antonio tenía razón. Los ángeles de Belle no era solo una página de citas, y Kate no iba tras una cita normal. Cuando entendió lo que estaba leyendo, las preguntas empezaron a darle vueltas por la cabeza. ¿En qué diablos estaba pensando Katie? ¿No se daba cuenta de lo peligroso que era aquello? Y lo que era más importante, ahora que Theo sabía lo que planeaba, ¿qué iba a hacer al respecto?

Porque estaba claro que tenía que hacer algo, pensó mientras navegaba por la página cada vez más horrorizado. Estaba claro que Kate necesitaba vigilancia. De hecho, Theo tendría que haberles echado un ojo a ella y a su hermana pequeña desde la muerte de su hermano mayor, Mike, nueve meses atrás. Discretamente, desde lejos. Asegurarse, en cualquier caso, de que estaban bien por la enorme deuda que tenía contraída con él. Mike había muerto por algo que Theo podría haber evitado, y además ellas no tenían a nadie más.

Entonces, ¿por qué no había hecho nada? ¿Por qué no era siquiera consciente de que Kate estaba trabajando para él?

Bueno, por lo que fuera, aquello se terminaba ahí. Estaba claro que Kate había perdido la cabeza. Y peor todavía, al inscribirse en aquella página en particular se había puesto en peligro, y eso resultaba inaceptable.

–¿Qué acción quieres que tome? –preguntó Antonio atajando los pensamientos de Theo antes de que continuaran por el camino de la muerte de Mike y el recuerdo de sus turbulentos años adolescentes.

–Cerrar ese sitio –dijo Theo girando la tableta en dirección a Antonio–. Cueste lo que cueste. Ciérralo.

El jefe de seguridad asintió brevemente con la cabeza.

–¿Y con la empleada en cuestión?

–Yo me encargo de eso.

En los cinco meses y medio que Kate llevaba trabajando para el grupo Knox, nunca la habían llamado a la última planta del edificio de Londres, y a ella le parecía bien. Su posición de contable no merecía aquel dudoso honor y, sinceramente, cuanto menos tuviera que relacionarse con el odioso Theo Knox, mejor.

No se conocían bien, gracias a Dios. A lo mejor había sido amigo de su hermano, pero ella solo lo vio una vez. En el funeral de Mike nueve meses atrás. Y desde entonces no era que tuvieran precisamente una relación cordial. Después de todo, él era el hombre que le había dicho fríamente que no estaba interesado y le dio la espalda cuando ella cometió el tremendo error de pedirle apoyo. Lo único que Kate quería era una copa rápida después del funeral. Para hablar. Nada más. Todo los demás se habían marchado y ella se sentía destrozada y sola, así que solo quería prolongar la tarde hablando de su hermano con alguien que al parecer lo había conocido bien. Pero estaba claro que el poderoso y altivo Theo se había tomado su sugerencia como una invitación, y la había tratado con desdén antes de darse la vuelta sobre sus talones.

Kate se quedó allí mirando como se marchaba sin saber si reír o llorar. ¿De verdad había pensado que estaba intentando ligar con él? ¿En el funeral de su hermano? No podía ser más absurdo. Su arrogancia resultaba increíble. Pero peor había sido cómo se sintió por su rechazo inesperado. No tendría que haberle importado lo que él pensara porque no significaba absolutamente nada para ella, pero su respuesta había pulverizado la poca autoestima que le quedaba.

Así que si hubiera estado en posición de rechazar la oferta de trabajo de su empresa que llegó poco después, lo habría hecho. Pero tenía facturas que pagar y el sueldo que ofrecía era demasiado generoso para rechazarlo. Aunque por supuesto, no lo suficiente para cubrir la estratosférica suma de dinero que exigía la residencia de su hermana, ni la cada vez más alta suma de la deuda de su hermano, pero sí lo bastante para que Kate quisiera pasar el periodo de prueba. Y esa era la razón por la que, cuando recibió una llamada de la asistente de Theo requiriendo su presencia en la planta alta a las seis en punto de la tarde, la hora en la que tendría que estar marchándose a casa, Kate obedeció al instante.

Cuando salió del ascensor y llegó al mostrador de recepción, le indicaron que se dirigiera a las puertas de madera. Aspiró con fuerza el aire, levantó la barbilla y llamó. No tuvo que esperar mucho hasta escuchar el ladrido de una voz masculina:

–Adelante.

Kate se preparó y entró. En cuanto cruzó por la puerta, su atención se centró al instante en el hombre que estaba al otro lado del enorme escritorio de roble, el hombre que la miraba con una intensidad que irradiaba autoridad y sugería un control absoluto de sí mismo.

–Cierra la puerta.

Kate obedeció y se acercó a él, la oficina se iba haciendo más calurosa y claustrofóbica a cada paso que daba. Y teniendo en cuenta el ultramoderno sistema de control de temperatura con el que contaba el edificio, resultaba extraño, por no decir un poco inquietante.

Igual que la manera automática en la que hizo un inventario automático de su aspecto. En el funeral de Mike estaba demasiado afectada para fijarse en nadie. Pero ahora, tenía que reconocer a regañadientes que las revistas del corazón estaban en lo cierto. Con el cabello corto y negro, los ojos de obsidiana y las facciones cinceladas, era probablemente el hombre más guapo que había visto en su vida. Tenía unos hombros increíblemente anchos bajo la chaqueta del traje, a tono con lo alto que era. Y eso sabía que era así porque aunque ahora estaba sentado, había tenido un destello de memoria de haber tenido que mirar hacia arriba cuando le sugirió aquella tarde que fueran a tomar algo, algo poco habitual para ella, ya que medía un metro con ochenta y dos centímetros.

Pero daba lo mismo que fuera guapísimo y que tuviera un envidiable control sobre sí mismo. Seguía siendo un ser humano profundamente desagradable.

Kate se detuvo frente al escritorio e hizo un esfuerzo por mantener la calma, porque no serviría de nada hacerle saber la opinión que tenía de él ni lo vulnerable que se podría sentir si seguía recordando lo mal que la había hecho sentir.

–¿Quería verme, señor Knox? –preguntó con frialdad.

Algo brilló en la profundidad de los ojos de Theo durante un instante.

–Sí –dijo señalando con la cabeza una de las dos modernas butacas que había al lado del escritorio–. Me puedes llamar Theo. Siéntate.

Kate se sentó con mucha calma y ocupó un par de segundos estirándose la chaqueta y atusando la falda. Necesitaba tranquilizarse. Resultaba ridículo que le latiera el pulso con tanta fuerza.

–¿Cómo estás?

Kate se quedó un segundo paralizada y frunció el ceño. ¿Cómo? ¿Ahora quería ser cortés? Bien, ella también podía serlo. Podía olvidar cómo se habían conocido por el momento. En cualquier caso, seguramente él no lo recordaba.

–Muy bien –afirmó con entusiasmo–. ¿Y tú?

–También. ¿Café? ¿Té?

–No, gracias. No quiero nada.

–¿Y qué tal el trabajo?

Ajá. ¿Cuál? Además de como contable, ahora trabajaba también en un bar cinco noches a la semana y paseaba perros sábado y domingo. El poco tiempo que le quedaba lo utilizaba para ir a ver a su hermana o llevando libros de contabilidad como freelance.

–Extraordinariamente bien –afirmó con una sonrisa radiante–. Lo disfruto mucho.

–Bien –Theo se inclinó hacia delante–. Bueno, Kate. Háblame de Los ángeles de Belle.

Y así, sin más, toda su compostura desapareció, igual que la falsa sensación de seguridad de la que hasta ese momento disfrutaba. Se le borró la sonrisa y sintió un nudo en el estómago. ¿Qué sabía Theo Knox de Los ángeles de Belle? ¿Y cómo? Sin duda no sería usuario. No tendría ningún problema para conseguir una cita. Pero, ¿habría visitado el sitio web? ¿Habría visto su página? La idea de que Theo hubiera visto sus fotos la hacía sentir muy débil.

–¿Qué pasa con eso? –preguntó Kate con cuidado, porque la expresión de Theo no revelaba absolutamente nada.

–Estás ahí.

Ah. Muy bien. Pillada.

Kate no vio la necesidad de negarlo ni de inventarse ninguna excusa.

–Así es –dijo recordándose que no tenía por qué disculparse y sentirse avergonzada.

Y si había visto su página, ¿qué más daba? Las fotos eran buenas. Empoderadoras. O algo así. Al menos se le había ocurrido una solución a la traumática situación que le quitaba el sueño, aunque era cierto que había traído consecuencias inesperadas y algo incómodas.

–Has intentado acceder desde el trabajo.

Era cierto. Aquella misma tarde a primera hora. Se había inscrito el día anterior, y su perfil había generado muchísimo interés, especialmente la alusión a la virginidad, por lo que había recibido una oleada de correos, algunos de pura curiosidad, otros un poco raros y algunos directamente escalofriantes. Como no sabía qué hacer y quería detener la avalancha, había decidido cambiar los ajustes de la cuenta mientras encontraba una solución.

–Así es.

–Lo cual supone un incumplimiento de la política de la empresa.

Cuando escuchó aquello, Kate se quedó completamente paralizada y el corazón le dio un vuelco. Oh Dios. No había pensado en eso. Pero tendría que haberlo hecho.

–Ha sido un error –dijo mientras las terribles consecuencias le pasaban por la cabeza–. No volverá a ocurrir.

–Así es –respondió él con mirada inescrutable–. No volverá a ocurrir.

A Kate se le formó un nudo en la garganta y tragó saliva para pasarlo.

–¿Me estás despidiendo?

–No. Digo que no volverá a ocurrir porque he hecho que cierren el sitio.

¿Cómo? Aquello no iba bien.

–No puedes hacer eso –murmuró abatida al darse cuenta de que si aquello era verdad, Theo había estropeado su única posibilidad de conseguir mucho dinero fácilmente.

–Puedo y lo he hecho. No ha sido tan difícil.

No, seguramente no, teniendo en cuenta que era un hombre de mucho poder e influencia, pero…

–No tenías derecho. ¿Por qué lo has hecho?

Theo alzó las cejas, el único gesto expresivo que le había visto hacer desde que entró.

–Habías firmado para entrar a formar parte de una agencia de acompañantes, Kate.

Su tono sonó brutal y condenatorio, pero Kate se negó a dejarse intimidar. Para él era muy fácil, con miles de millones en el banco. Pero la gente normal como ella tenía que ser más creativa si no querían destrozar la felicidad y la seguridad de su vulnerable hermana pequeña, y además perder la casa que habían compartido con su adorado hermano.

–¿Y qué? –preguntó Kate resistiendo el impulso de alzar la barbilla. No quería mostrar desafío para que no reconsiderara su decisión de no despedirla–. Los ángeles de Belle ofrece distintos servicios de acompañamiento, y yo solo he firmado por el nivel uno.

Theo la miró como si fuera una extraterrestre.

–¿De verdad crees que alguien te iba a pagar mil libras por una hora de conversación?

–¿Por qué no? –afirmó ella–. Soy una conversadora de primera clase.

–No me cabe duda. Pero créeme, tus… clientes… esperarían mucho más que eso.

–Sí, bueno, está claro que tú tienes mucha más experiencia con ese tipo de sitios que yo.

En respuesta a su comentario, la expresión de Theo se ensombreció y la miró con dureza.

–He oído historias –afirmó–. Ninguna de ellas buena. ¿Tienes idea de lo peligroso que podría haber sido?

Kate abrió la boca para contestar y volvió a cerrarla, porque tal vez ahí tuviera razón. Lo cierto era que no estaba pensando con mucha claridad cuando se inscribió en aquel sitio la noche anterior. Acababa de llegar otra exorbitante factura que no podía pagar, y estaba viendo en televisión un reportaje sobre vídeos sexuales caseros. Y en medio de su desesperación, le vino la idea de que el sexo vendía. Y aunque no estaba tan desesperada por el momento como para actuar delante de una cámara, seguramente habría opciones menos extremas.

Le resultó increíblemente fácil encontrar el sitio apropiado y registrarse. Luego pensó en la ropa que había comprado a lo largo de los años porque le hacía sentirse femenina y provocador, aunque no se la pusiera, y tuvo la impresión de que las estrellas se habían alineado. Por supuesto que había considerado las posibles consecuencias del plan, no era completamente idiota. Pero estaba al borde del precipicio, y los pros pesaban más que los contras.

Pero ahora se daba cuenta de que tal vez había tenido suerte al escapar de aquella situación, aunque significara que su única esperanza se había desvanecido y ahora estaba como al principio.

–Esto no es asunto tuyo –aseguró. No estaba dispuesta a admitir que Theo pudiera tener razón.

–Eso no es estrictamente cierto.

No. Bueno. Estaba el asuntillo de la política de la empresa, pero de todas maneras no tenía derecho a meterse en sus asuntos de aquel modo. De ningún modo.

–No necesito que me rescaten, Theo –dijo con voz tranquila–. Tengo veintiséis años. Soy muy sensata y perfectamente capaz de tomar mis propias decisiones.

–No lo parece.

Oh, aquello era insufrible.

–¿Y a ti qué más te da?

Theo se la quedó mirando en silencio un instante. Para su consternación, Kate se dio cuenta de que ella no podía apartar la vista. Apenas podía respirar. De pronto quería levantarse, subirse al escritorio y apretarse contra él. Y luego quería… bueno, no estaba muy segura de lo que quería hacer porque tenía poca experiencia en aquellos asuntos, pero quería averiguarlo. Tanto que ardía.

Abatida por su reacción, Kate se movió en un intento de aliviar el nudo que tenía en el estómago, pero lo único que consiguió fue que se le subiera la falda por los muslos. En aquel momento, la oscura mirada de Theo fue a parar a sus piernas y se quedó allí unos instantes. Tal vez Kate volvió a moverse, tal vez dejó escapar un gemido audible. No lo sabía. Pero Theo volvió a alzar la vista de golpe con expresión una vez más fría e inescrutable.

–Supongo que necesitas el dinero –dijo bruscamente.

Por supuesto que necesitaba el dinero, pensó ella tirando de la falda hacia abajo con dedos temblorosos como si el recordatorio de su precaria situación financiera hubiera eliminado la sensación de vértigo y hubiera vuelto a centrar la atención.

–Así es.

–¿Cuánto?

–Cien mil, además de unas cinco mil al mes durante los próximos sesenta, tal vez setenta años.

Theo alzó las cejas.

–Eso es mucho dinero.

–Soy consciente de ello –afirmó Kate con frialdad.

–Es una preocupación. Para mí –aclaró Theo–. Eres contable en mi empresa. Estás a punto de finalizar tu periodo de prácticas, y en ese momento tendrás acceso a ciertos niveles de las cuentas de banco de la empresa. Hay riesgo de fraude.

Kate parpadeó sin dar crédito a lo que oía. ¿Estaba hablando en serio?

–¿Estás sugiriendo que podría cometer un delito para pagar mis deudas?

–Es una posibilidad.

–¡No lo es, porque no soy una delincuente! –afirmó Kate acaloradamente.

–¿Para qué necesitas el dinero?

Kate aspiró con fuerza el aire para calmar la sensación de ultraje que la atravesaba.

–Tengo una hermana pequeña –dijo–. Milly. Ella estaba en el accidente de coche que mató a mis padres hace diez años –tragó saliva para poder continuar–. Sobrevivió, pero sufrió daños cerebrales graves. No puede vivir sola. Necesita cuidados las veinticuatro horas. El seguro solo paga las prestaciones básicas, y eso no es suficiente.

Theo no dijo nada durante un largo instante. Luego frunció el ceño y después asintió con la cabeza, como si algo hubiera cobrado sentido en su mente.

–Tu hermano pagaba el resto.

Ah, así que sabía quién era. Bien.

–Sí –murmuró Kate–. Y quedaba algo de dinero suyo, pero ya se acabó. Su apartamento era alquilado, y unos meses antes de su muerte lo dejó y se vino a vivir conmigo.

–¿Seguro de vida?

–No tenía. Créeme, si hubiera dinero en algún sitio lo habría encontrado. Cuando murió descubrí que había estado solicitando créditos a un interés altísimo. Y tenía que haberlos pagado así como ayer.

–Entiendo.

Kate se preguntó si sería verdad y tragó saliva para pasar la dura bola de emoción que se le había alojado en la garganta. Lo dudaba mucho. La combinación de desesperación, culpa, rabia, dolor y miedo que había sentido cuando supo lo que había hecho Mike resultó explosiva. Además, ¿había necesitado Theo dinero alguna vez tan desesperadamente como para hacer cualquier cosa con tal de conseguirlo? Lo dudaba mucho. Había conseguido su primer millón a los diecisiete años, y su fortuna no había hecho más que crecer desde entonces.

–Lo tendrás.

Ella se lo quedó mirando asombrada. ¿A qué se refería? ¿Tener qué?

–¿Disculpa?

–Dame tus datos bancarios y yo pagaré la deuda y estableceré un fondo de fideicomiso para pagar todo lo que tu hermana necesite durante todo el tiempo que sea necesario.

¿Cómo? Aquello era imposible.

–¿Estás hablando en serio? –preguntó sin dar crédito.

–Sí.

–¿Por qué harías algo así?

Los ojos de Theo se nublaron y Kate distinguió un destello de lo que parecía… ¿qué? ¿Culpabilidad? ¿Angustia? ¿Remordimiento? Aunque seguramente se trataría solo de irritación porque Kate hubiera interrumpido su ocupada agenda con lo que él percibía como un problema.

–Porque puedo hacerlo –dijo Theo finalmente.

Eso era una verdad innegable. Era uno de los diez hombres más ricos del mundo, según un artículo del periódico que había leído. Pero en cualquier caso, ¿qué hombre de negocios con reputación de implacable haría algo así?

–¿De verdad esperas que me crea que eres así de altruista? –preguntó Kate, incapaz de contener el escepticismo.

–No me importa demasiado lo que creas.

Qué amable.

–Bueno, pues muchas gracias , pero no puedo aceptarlo –afirmó ella con rotundidad–. Es demasiado.

–¿Y de dónde vas a sacar el dinero?

–Ya se me ocurrirá algo.

–Más te vale que sea pronto.

Sí, esa era la cuestión. Se estaba quedando sin tiempo. Y se sentía agotada por la preocupación del dinero.

–Solo por curiosidad, ¿qué querrías a cambio? –preguntó. No porque se lo estuviera planteando, que no, sino porque sin duda semejante cantidad de dinero tendría un precio.

–Nada.

Ella se lo quedó mirando fijamente.

–¿Nada? ¿Y por qué no?

–¿Necesito una razón?

–Yo sí. Tú estás en el mundo de los tratos. Nadie consigue nada gratis. Hasta yo sé eso.

–Tienes mi palabra.

–No sé cuánto vale tu palabra –¿y si, en el hipotético caso de que Kate aceptara, Theo decidiera de pronto que su dinero le daba derecho a decidir sobre el futuro de Milly? ¿Y si en algún momento decidía dejar de pagar?

–Haré que mis abogados redacten un contrato –dijo él. Estaba claro que había leído el escepticismo en su rostro–. Tú puedes poner la condiciones. No las cambiaré.

–Las cosas que parecen demasiado buenas para ser verdad, generalmente lo son.

Theo apretó las mandíbulas.

–Acepta mi oferta, Kate. Es la única sobre la mesa.

Cierto. Pero…

–Nunca podré devolvértelo.

–No hay necesidad.

–Me sentiré en deuda.

–Entonces te sugiero que lo superes –respondió él con sequedad– Porque debes saber que voy a hacer esto, con tu consentimiento o sin él. Si accedes las cosas irán más rápido, esa será la única diferencia.

Y de pronto, ante tanta intransigencia, lo que quedaba de la resistencia de Kate se vino abajo.

¿Por qué seguía luchando contra aquello? Las llamas estaban a punto de alcanzarla. Y lo que Theo proponía borraría todas sus preocupaciones de un plumazo. Si él podía permitírselo y quería ayudar, ¿por qué no iba a dejarle hacerlo? Tal vez sí tuviera sentimientos, al fin y al cabo. Tal vez Mike y él sí hubieran sido buenos amigos. Y al final, ¿qué más daba? No tenía por qué caerle bien, y sus motivos no eran asunto de Kate. Le estaba ofreciendo un acuerdo sin letra pequeña que le quitaría a los acreedores de encima, y lo que era más importante, aseguraría la comodidad de Milly para el resto de su vida, además de los mejores tratamientos disponibles. Así que, aunque sentía que estaba haciendo en cierta forma un pacto con el diablo, no podía no aceptar su ayuda.

–Muy bien, de acuerdo –murmuró asintiendo con la cabeza–. Tú ganas.

Capítulo 2

THEO no estaba tan seguro de haber ganado. Tal vez hubiera conseguido el resultado que buscaba, pero teniendo en cuenta la gigantesca deuda que tenía con Mike, lo menos que podía hacer era apoyar económicamente a Kate y a su hermana, y desde luego no disminuía la tremenda y omnipresente culpa que sentía por la parte que le tocaba en la muerte de su hermano. De hecho se sentía todavía peor, porque tendría que haber sabido lo de los créditos.

Y luego estaba la batalla para mantener el control, que había empezado a perder desde el momento en que Kate entró en su despacho, detonando una reacción salvaje y completamente inesperada en él.

No estaba preparado para el efecto que produjo en él. La primera y única vez que se habían visto, después del funeral de Mike, una experiencia extremadamente dura por varios motivos, no dio pistas al respecto. Sin embargo, cuando había entrado por la puerta todos sus sentidos se pusieron en alerta. El modo en que se movía, de forma lánguida y sinuosamente elegante, le había hipnotizado. Y cuando se acercó al escritorio, las fotos de la página web regresaron de golpe a su cabeza. A cada paso que avanzaba hacia él, la sangre de Theo se calentaba y las preguntas empezaban a resonarle en la cabeza. «Olvídate de los datos y las aficiones», pensó con el pulso latiéndole con fuerza y el cuerpo duro. Eran otras cosas lo que le interesaban.

Y luego estaba el pequeño pero significativo detalle relacionado con su experiencia sexual. El «ninguna» implicaba que todavía era virgen, pero independientemente de su significado, no debería haber despertado el más mínimo interés en él. Y, sin embargo, para su rabia, lo encontraba fascinante porque en lo único que podía pensar era en por qué. Tenía veintiséis años no podía deberse a falta de oportunidades. Tenía el aspecto de una diosa. Tal vez no se tratara de una belleza convencional, pero desde luego era impresionante con su cabello largo y rubio, los grandes ojos azules y la estatura.

Pero Theo estaba haciendo un buen trabajo disimulando la atracción que le corría por las venas de forma bastante efectiva, porque estaba acostumbrado a mantener conversaciones que no tenían nada que ver con lo que le estaba pasando por dentro. Kate no sabría nunca nada sobre el fiero deseo que latía en su interior. Además, era algo puramente físico y que carecía de importancia.

–¿Necesitas algo más? –le preguntó con frialdad. Su voz no daba ni una pista de las turbulencias que estaba experimentando por dentro.

–No, gracias. Lo tengo todo bajo control.

Suerte para ella.

–Si eso cambia, házmelo saber.

–Por supuesto –dijo Kate haciendo amago de levantarse. Pero pareció pensárselo mejor–. Y por cierto –añadió–, gracias por tu ayuda. Ese «tú ganas» ha sido una grosería.

–Así es.

–Aunque para ser justos, habías pasado como una apisonadora por mis planes sin ninguna consideración por mis sentimientos.

Tenía razón, pero Theo no era de los que se disculpaban.

–Tal vez.

–En cualquier caso, no es excusa –continuó Kate–. Lo siento. Mis padres hacían mucho hincapié en los buenos modales –una sombra de tristeza cruzó por su mirada–. Bueno, que te agradezco mucho la oferta –dijo bruscamente–. Y de paso te doy también las gracias por haber cerrado ese sitio web. Me llegaron algunos correos perturbadores. Hay mucha gente enferma.

–¿Qué esperabas? –preguntó Theo–. Eres un caso bastante único. Una mujer de veintiséis años virgen en esta época es bastante inusual.

Kate se encogió de hombros.

–Supongo que sí.

–¿Cuál es el problema?

–No es asunto tuyo –Kate ladeó la cabeza–. Y además, ¿por qué quieres saberlo?

Buena pregunta. Apenas la conocía, y no tenía ninguna intención de ayudarla con aquello. ¿De dónde diablos había salido esa idea?

–Tengo curiosidad.

–No me parece un tema apropiado para una conversación entre jefe y empleada –contestó Kate–. Además, todavía estoy en periodo de prueba.

Ahí no había ningún problema. Theo había hablado con el responsable de contabilidad para saber si había que despedirla. Afortunadamente no, el trabajo de Kate era excelente y constituía un miembro confiable y valioso del equipo.

–Eres excelente en tu trabajo –afirmó–. Pasarás el periodo de prueba. Y hemos cruzado la línea entre jefe y empleado en el momento en que intentaste acceder a Los ángeles de Belle desde un ordenador de mi propiedad.

–En cualquier caso, no.

–Muy bien, de acuerdo –dijo Theo, molesto consigo mismo por insistir–. Ya puedes irte.

Kate vio cómo Theo señalaba en dirección a la puerta antes de volver a centrar la atención en el ordenador, y pensó que nunca la habían echado de ningún sitio de forma tan directa. Ella se había negado a jugar a la pelota, y Theo perdió interés.

Pues muy bien. No tenía el menor interés en compartir los problemas relacionados con su inexistente vida sexual con su jefe, nada menos. No quería ni imaginarse lo humillante que resultaría.

Y, por lo tanto, iba a hacer lo que él le pedía. En aquel instante. Iba a levantarse y a volver a casa, donde podría repasar tranquilamente lo sucedido en aquella conversación surrealista y luego pellizcarse para creerse que por fin habían terminado sus problemas económicos.

Entonces, ¿por qué no se movía? ¿Por qué sentía como si tuviera el trasero pegado a la silla? ¿Por qué le latía el corazón tan deprisa que le parecía que se le iba a salir del pecho? No podía estar pensando en contárselo, ¿verdad?

Pero para su horror, cada vez se sentía más tentada a hacerlo. ¿Qué estaba pasando? ¿Le había aplicado Theo algún tipo de psicología inversa y por eso de pronto deseaba desesperadamente compartir con él hasta el último detalle? ¿O se debía simplemente a que ahora que había experimentado una pizca de interés por su parte, quería más? Y de pronto ya no tuvo fuerzas para resistirse.

–Bueno, si de verdad quieres saberlo –dijo vagamente confiando en no haberse sonrojado–, se debe principalmente a mi altura–. Cuando cumplí quince años ya medía un metro ochenta. Era desgarbada y torpe, y mucho más alta que los chicos de mi clase. Había muchas otras chicas entre las que elegir, chicas normales.

–Tú no tienes nada de anormal –afirmó Theo deslizando la mirada por su cuerpo y encendiéndole la piel.

–No todo el mundo piensa eso –contestó Kate, decidida a ignorarlo–. En cualquier caso, fue una época difícil. Mis padres acababan de morir y mi hermana de doce años estaba en el hospital luchando por sobrevivir. La vida tal y como la había conocido quedó hecha pedazos.

Theo apretó las mandíbulas de modo casi imperceptible.

–Tardé un tiempo en superar la pérdida de mis padres, la nueva realidad de mi hermana y la culpa porque mi hermano tuviera que dejar la universidad para cuidar de mí. Y cuando estuve mejor, me di cuenta de que los hombres adultos también se sentían intimidados por mi altura. Al parecer resulta intimidante.

–Eso es patético –gruñó Theo.

Kate se encogió de hombros, como si los años de rechazo que habían mutilado su autoestima no tuvieran importancia.

–Bueno, las cosas fueron como fueron. Así que durante la época que mis compañeros de universidad salían con otras personas, yo estudiaba. Saqué las mejores notas posibles y ahora tengo un trabajo que me encanta.

–A mí tu altura no me resulta intimidante –afirmó Theo sin apartar los ojos de los suyos ni un instante.

–Normal –respondió ella sintiendo un escalofrío en la espina dorsal–. Eres un hombre de negocios de gran éxito con el mundo a su alcance. Dudo que te dejes intimidar por nada.

–Te sorprendería.

Los labios de Theo se curvaron en una media sonrisa, y Kate se dio cuenta de que le costaba trabajo respirar. Se sentía atrapada en su mirada. En llamas.

–En cualquier caso –continuó ella, sorprendida por aquel repentino deseo–, tu experiencia con la altura es seguramente muy distinta a la mía. ¿A que a ti nadie te ha preguntado cómo es el tiempo en las alturas, ni te ha sugerido que te dedicaras al baloncesto?

–No.

–Me lo imaginaba. El problema es que te abracen –afirmó Kate asintiendo con la cabeza.

Aunque no sería un problema si fuera Theo quien la abrazara, ¿verdad? Podría perfectamente esconder la cabeza en su cuello. El cuerpo se le ajustaría perfectamente al suyo. Y podría saber con exactitud lo duro y musculoso que estaba…

Pero, ¿qué le ocurría? Tenía que salir de allí cuanto antes. Si se quedaba allí, quién sabe qué más podría desvelar. Ya se había humillado suficiente. No se había callado desde que empezó a hablar.

–Bueno, pues ahí lo tienes –dijo esbozando una sonrisa débil–. La razón por la que sigo siendo virgen. Básicamente, nadie me desea. Y ahora debería irme, seguro que tienes mucho trabajo y ya te he robado bastante tiempo. Así que siento lo de la página web en el trabajo, y, eh, gracias por todo… Sí, será mejor que me vaya. A menos, por supuesto, que quieras algo más…

Capítulo 3

ALGO más?

Dios.

Pasaban tantas cosas por la cabeza de Theo que no sabía cómo desenredarlas. No entendía cómo era capaz de controlar la situación. Si hubiera sido consciente del caos que iba a desencadenar Kate, no le habría preguntado nada.

Cuando le contó todo lo que había pasado, se le revolvió todo el cuerpo. Cuando mencionó a la gente que le había rechazado durante años, apretó los puños y sintió el deseo de golpear algo por primera vez en catorce años, seis meses y diez días. Y luego estaba el deseo, el anhelo profundamente inapropiado de querer demostrarle a Kate lo que su propio cuerpo era capaz de sentir. De lo que serían capaces de hacer juntos.

La fuerza de su reacción hacia ella no tenía sentido. No era en absoluto la mujer más hermosa que había conocido, y Theo siempre había preferido la sofisticación de la experiencia antes que la ingenuidad. No tenía ninguna razón para sentirse así cerca de ella. Era demasiado visceral, demasiado dramático y completamente inaceptable.

Nunca había sentido nada así con anterioridad, pensó con amargura mientras Kate cruzaba sus piernas imposiblemente largas y colocaba las manos en los brazos del asiento. Y por supuesto, Theo no quería sentir nada así. Se había pasado la mayor parte de su vida adulta tratando de evitar precisamente algo así. Ya había vivido suficiente error, confusión e incertidumbre cuando era niño, y ahora le gustaba tener su vida controlada, ordenada y estéril.

El modo en que respondía a Kate ponía en peligro todo aquello. Le hacía añicos el cerebro y se burlaba de todo lo que consideraba primordial. Así que tenía que dejar que se fuera y ya. Ni siquiera se lo estaba poniendo difícil. Al ponerse de pie, atusarse la ropa y girar la cabeza hacia la puerta, tomando claramente el silencio de Theo como asentimiento, le estaba facilitando la mejor conclusión que podía esperar para la tarde.

Y, sin embargo, no era la conclusión que él quería. Ni por asomo. Quería tenerla tumbada en horizontal debajo de su cuerpo. Quería pasarse la noche recorriendo con las manos cada centímetro de aquel cuerpo glorioso para ver si era tan suave como parecía. Quería descubrir qué sonidos haría cuando alcanzaba el orgasmo, y con un instinto primitivo que nunca imaginó poseer, quería ser el primer hombre que la llevara a hacer aquellos sonidos.

Estaba perdiendo la batalla por el control. Cuando Kate llegó a la puerta, a un segundo de salir de su vida para siempre, Theo pensó que no debería dejarla salir de allí con la autoestima baja sin ninguna necesidad, pensando que nadie la deseaba cuando había alguien que sin duda sí lo hacía.

Él.

–Espera –dijo bruscamente levantándose sin saber muy bien qué estaba haciendo.

Kate se quedó quieta con la mano en el picaporte y se dio la vuelta con expresión confundida.

–¿Qué pasa?

Theo se paró delante de ella, lo bastante cerca como para poder tocarla. Pero se metió las manos en los bolsillos para no hacerlo.

–Hay una cosa más. Estás equivocada sobre lo de ser deseable. Eres muy, muy deseable.

Theo vio cómo el pulso se le aceleraba en la base del cuello–. Y te lo puedo demostrar.

–¿Ah, sí? –preguntó ella alzando la barbilla y arqueando una ceja–. ¿Y cómo?

Kate tenía los inocentes ojos abiertos de par en par, y entonces Theo se dio cuenta de que respiraba casi jadeando y que estaba mirándole los labios.

–Así –murmuro dando un paso adelante, tomándole el rostro entre las manos y apoyando la boca con fuerza en la suya.

Theo se movió con tal rapidez, de un modo tan inesperado, que durante una décima de segundo, Kate no supo qué estaba pasando. Estaba demasiado ocupada intentando procesar el seísmo que la había atravesado cuando le pidió que esperara y se lanzó hacia ella con la trayectoria fija de un misil. La firmeza de la mandíbula, la mirada ardiente y el tono ronco habían hecho que Kate se estremeciera de la cabeza a los pies. Y cuando se paró delante de ella con la tensión emanándole de todos los poros, algo dentro de Kate cobró vida y le hizo hervir la sangre. Y luego sus palabras. ¿Deseable? Sí, claro. No supo qué la llevó a pedirle una prueba de ello ni sabía qué esperaba, pero ahora que la estaba tocando, abrazándola y besándola como si le fuera la vida en ello, y desde luego Theo no parecía ser la clase de hombre que hiciera algo que no quisiera.

Kate cerró los ojos y se apoyó en él, besándole a su vez. Theo le puso las manos en la cintura, y en aquel instante, la química que Kate no había sabido identificar antes por ignorancia se encendió. En cuanto sus lenguas se encontraron, Theo gimió y la besó más apasionadamente y con destreza. Un líquido caliente le recorrió las venas y se le asentó entre las piernas. Kate movió instintivamente las manos por su espalda y él movió las caderas. Entonces sintió la dureza de su erección presionándole el abdomen, y de pronto deseó sentirlo en su interior con un deseo desgarrador.

Todo pensamiento racional se evaporó de su mente, y sus sentidos se apoderaron de la situación con asombrosa ferocidad. No era consciente de nada más que de Theo, la solidez de su ancho pecho contra su piel, su masculino aroma y el embriagador sabor de su boca.

Kate exhaló un ligero gemido y él la apretó de pronto contra la puerta, atrapándola con su grande y duro cuerpo.

Pero ella no se quejaba. ¿Por qué iba a hacerlo si se sentía viva y en llamas y por primera vez en su vida sentía que alguien la deseaba? Por eso cuando Theo retiró las manos de su rostro y se las volvió a poner en la cintura, Kate le garantizó mejor acceso arqueando ligeramente la espalda y rodeándole el cuello con los brazos. En respuesta, Theo le subió la falda con una mano. Ella sintió una poderosa oleada de deseo y se apretó instintivamente contra su cuerpo para aliviar la creciente tensión. Entonces él le deslizó la mano bajo la blusa, cubriéndole un pecho y deslizando el pulgar por su tirante pezón.

Era como si el encaje del sujetador no estuviera allí, porque Kate sintió el calor de su mano como una marca de fuego. La fricción resultaba casi insoportable y, sin embargo, Kate quería más. Así que apretó las caderas un poco más, y las chispas de electricidad que le recorrieron el cuerpo le resultaron tan exquisitas y poderosas que se puso tensa instintivamente y jadeó…

Y el hechizo que aquel deseo salvaje y desesperado había creado alrededor de ellos se disipó.

Theo se quedó instantáneamente paralizado, como si le hubieran arrojado por encima un cubo de agua helada. Apartó las manos de ella y dio un paso atrás soltando una palabrota. Parecía asombrado. Tenía la mirada oscurecida y respiraba con dificultad.

–Esto no tenía que haber pasado –murmuró pasándose las manos por el pelo, claramente tan impactado por la fuerza de la química entre ellos como Kate.

No, estaba claro que no, pensó atusándose la ropa con manos temblorosas, inmensamente agradecida de tener la puerta detrás para apoyarse en ella.

–Lo siento.

Theo la miró fijamente antes de alzar las cejas.

–¿Qué? No –gruñó frotándose la cara con las manos mientras negaba con la cabeza–. No, no tienes nada que sentir. Soy yo quien ha cruzado la línea. Te pido disculpas.

–Creí que no había líneas.

–Sí, hay una –los ojos de Theo brillaron y Kate se estremeció–. Y deberías irte.

–¿Y si no qué? –lo retó ella respondiendo al tono de advertencia que había en su voz

Theo dejó escapar una carcajada rápida y sin asomo de humor.

–No quieres saberlo.

–Sí quiero.

–Muy bien –le espetó él– Si no te vas, cruzaremos esa línea juntos y tu virginidad será historia.

Sus palabras se quedaron durante unos instantes flotando en el espacio entre ellos, cargando el aire de electricidad y tensión, y luego Kate tragó saliva. Dios, ¿qué estaba diciendo?

–¿Hablas en serio? –preguntó con voz ronca–. ¿Quieres tener sexo conmigo?

Él la miró a los ojos mientras metía las manos en los bolsillos.

–Sí –afirmó dando un paso atrás–. Así que por tu propio bien, te sugiero que te vayas, Kate. Ahora.

Era un consejo excelente. De eso no cabía duda. La tarde había dado un giro inesperado. Kate se sentía como si no hiciera pie y corriera el peligro de ahogarse. Pero no quería irse. No quería sentirse segura. Quería más besos salvajes como los de antes, más oscuridad magnética y pasión arrebatadora. Y lo quería con una urgencia que le resultaba asombrosa.

La fuerza de sus sensaciones tendría que haberla hecho sentirse recelosa. Pero se sentía llena de vida. Hacía años que quería liberarse de su virginidad. Por muy increíble que pareciera, Theo parecía estar a punto de quitársela, y deseaba desesperadamente que lo hiciera. Así que al diablo con las consecuencias. ¿Y qué si Theo y ella vivían en mundos completamente distintos? Ni que fueran a encontrarse de nuevo. Además, los últimos acontecimientos le habían enseñado que la vida era corta y, sinceramente, prefería arrepentirse de lo que había hecho que de lo que no había hecho.

Aspiró con fuerza el aire, se humedeció los labios, que sentía repentinamente secos, y abrió la boca para hablar.

–Piénsatelo bien, Kate –murmuró Theo como si le hubiera leído el pensamiento–. No voy a hacerte ninguna promesa.

–No las necesito. Con una vez es suficiente.

Theo dio un paso hacia ella con la mirada clavada en la suya, y todo el cuerpo de Kate empezó a temblar de deseo y anticipación.

–Es tu última oportunidad, Kate –dijo él con voz grave.

–No voy a ir a ninguna parte.

Y fue en aquel preciso momento cuando a Theo se le acabó la paciencia. Había intentado varias veces darle una oportunidad para que se fuera. Si elegía quedarse, entonces que se enfrentara a las consecuencias.

–Sí, vas a ir a alguna parte –murmuró agarrándola de la mano y saliendo por la puerta con decisión.

–¿No va a ser aquí? –preguntó Kate con cierta sorpresa.

¿Contra una puerta? ¿Su primera vez? Ni hablar.

–No, aquí no. Será en mi cama –dijo llevándola hacia la puerta empotrada en la pared y que estaba oculta en la librería.

–¿Qué? –Kate se retiró un poco, resistiéndose a la idea de atravesar una pared.

Pero Theo la abrió.

–Oh, vaya –murmuró Kate mirando la habitación blanca bañada por la suave luz del atardecer–. Tienes una suite.

Theo cerró la puerta, le soltó la mano y pasó por delante de ella hacia la cama.

–Sí. Es conveniente –afirmó aflojándose el nudo de la corbata para quitársela.

–¿Para seducir a las vírgenes raras que aparezcan en tu despacho?

Theo la miró.

–Eres la primera, y no eres rara.

Theo dejó la corbata en la butaca que había en la esquina de la habitación y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa.

–Si en algún momento decides cambiar de opinión, pararemos.

Kate asintió brevemente con la cabeza, y el alivio que Theo sintió fue tan poderoso que no quiso pararse a analizarlo.

–No quiero que pares –aseguró mirando su pecho ahora descubierto con avidez–. Sobre todo si lo haces bien. Espero grandes cosas de esto.

–No sabes qué esperar.

A ella le temblaron los labios en una sonrisa que, por alguna razón, se le clavó en el pecho.

–Ah, ahí te equivocas, Theo. He tenido orgasmos. Buenos. Pero quiero más. Quiero fuegos artificiales.

–Ven aquí.

Kate se acercó a él balanceando las caderas y se quitó la goma del pelo para dejarlo caer sobre los hombros como oro líquido, y Theo tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse y no tumbarla al instante sobre la cama. Pero consiguió controlarse para únicamente estrecharla entre sus brazos y capturar su boca con otro beso que lo dejó sin palabras.

Porque Kate respondió con la misma fiereza que la primera vez que la tomó entre sus brazos y se besaron sin haberlo planeado.

Y ahora, mientras se devoraban el uno al otro, ella le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra su cuerpo. Cada centímetro de su piel parecía ajustarse perfectamente al suyo, y el deseo le golpeaba las venas.

En algún rincón escondido de su mente sabía que no debería estar haciendo esto, que si sabía lo que le convenía se detendría en aquel momento y pondría la mayor distancia posible entre Kate y él. Pero no hubiera podido pararse ni aunque alguien le pusiera una pistola en la cabeza. Lo deseaba de una forma imposible de ignorar.

Theo dejó de besarla un instante, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo.

–Cualquiera diría que has hecho esto antes –murmuró mientras ella empezaba a desabrocharle los botones de la camisa y él empezaba a quitarle la suya.

–Una vez llegué hasta la segunda base –susurró Kate con respiración agitada–. Pero fue por una apuesta.

¿Una apuesta? Una parte del cerebro de Theo sabía que tenía que procesar aquella pequeña bomba, pero no iba a hacerlo en aquel momento. Ahora toda la sangre del cerebro había ido a parar a otra parte de su autonomía.

–Da igual –Kate frunció el ceño y se mordió el labio inferior–. Esto no funciona –dijo con cierta frustración.

Theo se apartó para sacarse la camisa por la cabeza. La dejó encima de la chaqueta, y un instante más tarde la ropa de Kate y sus pantalones habían formado un montón creciente en el suelo. Deslizó la mirada por su cuerpo, disfrutando de cada centímetro de él, de su piel dorada bajo el sol del atardecer. Se centró en el encaje del sujetador y las braguitas, tan en contraposición con el traje de chaqueta anodino azul marino que llevaba.

–Qué sexy –dijo tocándole la cadera y recorriendo el encaje con las yemas de las dedos.

Escuchó y vio cómo contenía el aliento, y saber que estaba tan excitada con tan poco hizo que la sangre se le acumulara en los oídos. Le puso las manos en los hombros y la giró. Le desabrochó el sujetador y se lo quitó, luego le apartó el pelo a un lado y puso los labios en el punto en el que el cuello se le juntaba con el hombro. Kate se estremeció. Apoyó la cabeza en su hombro y se dejó caer hacia atrás.

Theo cerró los ojos, su aroma le inundó la cabeza y le deslizó las manos bajo los brazos para cubrirle los senos. Ella jadeó suavemente y se arqueó, apretando el trasero contra la dureza de su erección. Theo tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para quedarse donde estaba en lugar de donde quería estar. Su deseo alcanzó un nivel casi agónico. Siguió acariciándole el pecho y el pezón con una mano, mientras que deslizaba la otra por la sedosa planicie de su vientre hasta el encaje de las braguitas y llegó al suave vello que tenía entre los muslos.

Kate se puso tensa durante un segundo ante la intimidad de aquella caricia.

–¿Quieres que pare? –murmuró él rezando para que no fuera así.

–Ni te atrevas –jadeó ella abriendo las piernas y agarrándose a su antebrazo.

Theo la abrió con los dedos y la acarició, y estaba tan húmeda y tan caliente que estuvo a punto de dejarse ir. Pero Kate no había hecho aquello nunca antes, y tenía que ir despacio y ser suave para darle tiempo a ajustarse.

Le dejó el pecho, le tomó la barbilla y le giró ligeramente la cabeza para besarla mientras deslizaba primero un dedo en su resbaladizo calor y luego otro. La acarició despacio sintiendo cómo temblaba, escuchando sus suspiros y gemidos y registrando sus respuestas. Cuando Kate gimió en su boca, aquel sonido se le disparó en el cerebro y no pudo evitar mover los dedos un poco más deprisa. Ella le puso la mano en la nuca y sus besos se hicieron más frenéticos. Con la otra mano le cubrió la virilidad, urgiéndolo a moverse exactamente donde quería que estuviera. Movió las caderas, primero despacio y luego más salvajemente, apretándose contra sus dedos, y era tan sexy y tan intenso que Theo estuvo a punto de alcanzar el clímax allí mismo con ella.

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