Kitabı oku: «Lecciones de compromiso»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2007 Lucy Monroe

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Lecciones de compromiso, n.º 307 - enero 2021

Título original: What the Rancher Wants...

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-1375-194-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Si te ha gustado este libro…

A mis hijos…

Vuestro apoyo lo significa todo para mí.

Estoy muy orgullosa de vosotros por haberos convertido en unas maravillosas personas.

Capítulo 1

Carlene Daniels aparcó el coche en el vado, delante de la casa más imponente que había visto en su vida. Al ser de la zona petrolera de Texas había visto muchas, por no mencionar las mansiones construidas por millonarios famosos que buscaban algo de intimidad durante las vacaciones.

Aquella casa de tres plantas, con paredes de estuco y estilo colonial, relucía inmaculada a la luz del sol; el techo de teja y los detalles de hierro forjado le daban un aire más elegante que histórico. Carlene se preguntaba quién viviría allí, porque el anuncio no daba información sobre la familia para la que iba a trabajar.

Aunque Sunshine Springs no era un hervidero de oportunidades laborales, y menos para una ex maestra convertida en camarera de un bar de copas, había llegado el momento de dejar de ocultarse tras las minifaldas ceñidas y el trabajo en el bar. Lo había comprendido después de la experiencia con Grant Strickland.

Se había marchado de Texas dolida y decidida a dejar atrás para siempre su antigua vida. Cuando, al llegar a la ciudad, sólo se le había presentado la oportunidad de ser camarera, la había aceptado porque no le recordaría en absoluto su trabajo ni a los niños que tanto quería. Pero el cambio de ambiente no la había hecho olvidar, y quería recuperar su vida.

Bajó un poco las ventanillas y puso un protector tras el parabrisas para evitar que el sol convirtiera el coche en un horno, antes de apearse para llamar a la puerta. Abrió la verja de hierro, entró en la propiedad y llamó al timbre. Esperó unos minutos y, al ver que no contestaban, volvió a llamar. A fin de cuentas, habían puesto un anuncio pidiendo un ama de llaves. Si no habían contestado, sería porque no habían oído el timbre.

En aquel momento se abrió la puerta.

–¿A qué viene tanta prisa?

La voz ronca y masculina que había hecho la pregunta la tomó por sorpresa. Aquel hombre era absolutamente exquisito. Pelo negro, ojos azul cobalto y un cuerpo alto y musculoso.

–Eh… –balbuceó ella.

Los ojos azules de mirada penetrante la recorrieron de los pies a la cabeza y de la cabeza a los pies, provocando que se estremeciera. Carlene no se lo podía creer. Su intención había sido que viera a la mujer que había sido en otra época, antes de aceptar el puesto de camarera en el Dry Gulch. Una época en que la ropa y la actitud reflejaban cómo era interiormente.

En vez de los atuendos provocativos que usaba en el bar, se había puesto una falda vaquera, una camisa blanca holgada y sandalias bajas. Después de meses de usar tacones de aguja para añadir centímetros a su baja estatura, se sentía casi en zapatillas.

La única concesión que había hecho a su habitual aspecto llamativo era el cinturón de plata y turquesas. Apenas se había maquillado, y hasta se había hecho un moño para recoger los rizos que solía llevar sueltos. Parecía exactamente lo que quería parecer: una buena chica, de aspecto corriente y perfecta para el puesto de ama de llaves.

Contuvo un resoplido sarcástico ante la idea. Por muy holgada que fuera, la camisa no bastaba para disimular sus curvas generosas. Unas curvas que le habían causado problemas desde los doce años y que indudablemente habían motivado las miradas y la leve sonrisa de aquel hombre de gesto adusto.

Sin embargo, no pensaba hacerse una reducción de pecho para tener un aspecto más decente, como le había sugerido su madre. Le gustaba su cuerpo; sólo le molestaba lo que la gente daba por sentado sobre su forma de ser.

Estaba empezando a sentir el mismo malestar de siempre y se obligó a mantener el aplomo. Había superado aquella etapa de su vida. No iba a permitir que siguiera afectando a su presente y, menos aún, que determinara su futuro.

–¿Eres Carlene Daniels? –preguntó él.

Ella asintió, dominada por una extraña mudez.

–Win Garrison. Esperaba a alguien mayor.

–Yo también.

Las palabras le salieron de la boca antes de que se diera cuenta de que las iba decir. Había acordado la entrevista con la antigua ama de llaves, que no hablaba mucho inglés y no le había dado más datos sobre la familia para la que trabajaba que los que aparecían en el anuncio. Lo único que sabía Carlene era que Rosa había dejado de trabajar el día anterior y que le había organizado una entrevista con sus antiguos jefes para aquel día.

Sin embargo, había oído hablar del rancho de Win. El Bar G era famoso por su criadero de caballos mustang, por no mencionar que tenía el programa de entrenamiento y los purasangres más prestigiosos de aquel lado de las Rocosas. Lo que jamás habría imaginado Carlene era que el dueño sería tan joven. Garrison debía de tener treinta años como mucho.

Sin molestarse en contestar al comentario, Win se volvió y avanzó por el vestíbulo, dando por sentado que lo seguiría.

–Te entrevistaré en el jardín trasero –dijo.

Mientras lo seguía, Carlene no podía dejar de catalogarle los atributos como si le estuviera haciendo el inventario. A pesar de su fortuna, Win iba vestido de trabajador. Llevaba unos vaqueros descoloridos que se le ceñían al trasero casi con indecencia, y el pelo negro le rozaba el cuello de la camiseta, que se le tensaba sobre los músculos al andar.

Era demasiado atractivo para la paz mental de Carlene. Tal vez aquel trabajo no fuera una buena idea; las botas que taconeaban el suelo delante de ella la arrastraban ineludiblemente a un futuro tan incierto como el pasado que había dejado atrás.

Se preguntaba dónde estaría la esposa y por qué se ocupaba él personalmente de entrevistar a las candidatas.

Win la llevó por el vestíbulo hasta un pasillo interior que rodeaba el jardín trasero. Era un diseño pensado para los inviernos fríos del centro de Oregón. Salieron por una puerta corredera. Carlene lo siguió hasta un gran patio de ladrillo y no pudo evitar admirar la belleza de la decoración durante el camino. Había una fuente de cemento de dos niveles rodeada de pequeños arbustos, césped y caminos de piedra que llevaban a la casa.

–Es precioso –dijo.

–Gracias.

Win se adelantó para acercarle una de las sillas de hierro forjado del patio.

–¿Te apetece tomar algo? –preguntó.

–No, gracias. Estoy bien así.

Él asintió y se sentó enfrente.

Al ver que no empezaba a interrogarla de inmediato, Carlene decidió hacerle algunas preguntas.

–Me temo que no sé casi nada ni de ti ni de tu familia. Cuando llamé por el anuncio del periódico y hablé con tu ama de llaves, lo único que me dijo, prácticamente, fue que pensaba irse ayer. ¿Tienes hijos? ¿Tu mujer también me va a entrevistar?

Aunque la ponía muy nerviosa tener que pasar por dos entrevistas, sabía que sobreviviría. Sólo significaba que tendría que esperar bastante para saber si el puesto era suyo o no. Lo que quería preguntar en realidad era si se habían presentado muchas candidatas.

Él se reclinó en la silla; las botas chirriaron contra el suelo.

–No –contestó.

Carlene esbozó una sonrisa ante el laconismo de la respuesta.

–¿Te importaría explayarte un poco más?

–No tengo hijos ni estoy casado. No habrá más entrevistas.

Ella no tenía claro si la información la aliviaba o la inquietaba.

–En ese caso, ¿qué te parece empezar con ésta?

Él entrecerró los ojos.

–¿No te molestaría? Parecías muy interesada en entrevistarme tú.

Carlene maldijo para sí. Se había vuelto a dejar dominar por el instinto docente. Había creído que después de tanto tiempo lejos de las aulas conseguiría no tratar a los adultos como a sus alumnos. Aunque, en realidad, a veces los clientes del bar necesitaban ese tratamiento.

–De acuerdo –dijo con una sonrisa–. Podemos empezar por despejar el resto de mis dudas. ¿Tendría que mudarme aquí?

–No.

Carlene reprimió un suspiro de alivio. Trabajar de interna para un hombre tan atractivo como el que tenía delante podría ser una fuente inagotable de rumores, y lo último que quería era que corrieran más rumores sobre su vida.

–Entonces, ¿cuál sería el horario?

–Rosa trabajaba de siete y media a cuatro –contestó él.

–Bien. ¿Y qué tareas realizaría exactamente?

Win frunció el ceño y se encogió de hombros.

–¿No lo sabes? –preguntó ella, mirándolo horrorizada.

–¿Por qué crees que necesito un ama de llaves? Para que se ocupe de las cuestiones domésticas. No quiero tener que preocuparme por eso. Hay un servicio de limpieza que viene dos o tres veces por semana. Rosa se encargaba de contratarlo.

Carlene no se lo podía creer. Si el ama de llaves sudamericana había contratado el servicio de limpieza, era probable que las asistentas también hablaran español. Esperaba que supieran algo de inglés, porque el francés de la universidad no le iba a servir de gran cosa para comunicarse.

–¿Qué más hacía Rosa?

El entrecejo de Win se frunció aún más.

–Ya te he dicho que no lo tengo claro. Yo me ocupo de mi rancho y mis cuadras; Rosa se ocupaba de la casa.

–¿Y eso es lo que quieres que haga? ¿Que me ocupe de la casa?

Él asintió, casi sonriendo.

–Sí.

–¿Rosa te preparaba todas las comidas?

–Sí, a mí y a los trabajadores.

–Bien –dijo ella, sintiendo que por fin se estaban entendiendo–. ¿Te hacía la cama?

Carlene se maldijo por su pregunta. No era que no necesitara saberlo, sino que habría preferido no relacionar a aquel hombre con ninguna cama.

Pero Win ya estaba pensando en la respuesta.

–El servicio de limpieza no viene más de tres veces por semana, pero cuando me voy a dormir, siempre me encuentro la cama hecha y el baño recogido… Sí, supongo que me hacía la cama.

–¿Y la colada?

A Carlene se le ocurrían un montón de tareas domésticas en las que imaginaba que Win no había pensado nunca. Debía de ser agradable tener suficiente dinero para poder delegar aquellas cosas.

–Sí, claro.

–Cualquiera diría que quieres contratar una esposa –bromeó ella.

Él no sólo no sonrió sino que frunció mucho más el ceño.

–Lo último que quiero es una esposa, con contrato o sin él. Si estás pensando algo en ese sentido, deberíamos dar por terminada la entrevista.

Carlene sintió una extraña mezcla de diversión y enfado ante las palabras de Win. Le hacía gracia que alguien pudiera ser tan directo, pero le molestaba que diera por sentado que tenía expectativas.

No podía negar que, después de que el último hombre decente con el que había salido se casara con otra, había llegado a la conclusión de que quería un marido, una casa con jardín y dos o tres niños. Los tipos que había conocido en el Gulch no sólo no eran candidatos para aquel escenario romántico, sino que por lo general sólo les interesaba una cosa y, con el cuerpo que tenía Carlene, esperaban conseguirla sin mucho esfuerzo.

Pero Win Garrison no conocía sus sueños secretos, y ella no había insinuado en ningún momento que lo estuviera considerando para el papel de padre y esposo.

–He venido a ofrecerme para el puesto de ama de llaves, no de esposa –replicó–. Además, no me interesa casarme con un hombre que cree que las respuestas monosilábicas y la grosería son un comportamiento aceptable socialmente. No te preocupes. Si me contratas, tu soltería estará a salvo.

Win no se inmutó por los insultos. De hecho, pareció satisfecho con la respuesta.

–Bien –dijo–. En tal caso, podemos seguir con la entrevista.

–Me temo que no es una buena idea.

Carlene se puso en pie. Estaba usando la falta de modales de Garrison como excusa para alejarse de un hombre que le resultaba peligrosamente atractivo.

–Te agradezco mucho tu tiempo –añadió–, pero creo que es mejor que me vaya.

Tenía que haber otro trabajo que la ayudara a salir del Dry Gulch y tal vez volviera más atractiva su solicitud para enseñar en el colegio de Sunshine Springs. El hecho de que aquélla fuera la primera oferta decente que había visto en las dos semanas que llevaba buscando empleo no significaba que no hubiera otras posibilidades.

–Siéntate, Carlene.

–No, en serio. Tengo que irme.

Ella se giró para marcharse, pero la detuvo la voz de Win.

–He dicho que te sientes –le ordenó, con un tono pausado que sonaba más intenso que un grito.

Carlene se volvió y, al verlo sonreír, se le hizo un nudo en el estómago. Era una mala señal.

–Si no puedes acatar una orden sencilla –dijo él–, vamos a tener una relación laboral bastante complicada, ¿no crees?

Carlene se quedó de pie con el ceño fruncido.

–No creo que tengamos ninguna relación laboral.

–¿Por qué? ¿Es porque a veces hablo con monosílabos?

–No. Porque eres un grosero y no se me da bien trabajar con groseros.

Era verdad. En el Dry Gulch la habían regañado más de una vez por increpar a algún cliente maleducado.

–Si te pido disculpas, ¿seguirás con la entrevista? –preguntó él.

Carlene no creía que Win fuera alguien que se disculpara muy a menudo.

–Depende.

–¿De qué?

–Primero, de por qué has sido descortés.

–¿Puedo preguntar qué te ha parecido una falta de cortesía? ¿Mis respuestas monosilábicas o mi advertencia?

Ella se sonrojó, porque también había sido grosera. Lo había insultado, aunque Win no le había dado gran importancia. Suspiró.

–La advertencia. A la mayoría de las mujeres les sentaría mal que nada más conocerlas dieras por sentado que te ven como un posible marido.

Mientras hablaba, Carlene se sentía tonta. Se lo estaba tomando como algo demasiado personal.

La risa sarcástica de Win no la hizo sentirse mejor.

–Cariño, soy un hombre rico con un nivel de vida al que aspira mucha gente –replicó él–. Para muchas mujeres el matrimonio sería una buena forma de conseguirlo. Hace tiempo que aprendí a dejar claro desde el principio que no tengo ningún interés en casarme, sea cual sea la relación que tenga con ellas.

Desde luego, aquélla no era una respuesta monosilábica.

–¿Dices que se lo adviertes tanto a tus parejas como a tus empleadas?

–Sí. En este momento no tengo trabajadoras en el Bar G, pero se lo advertí a la veterinaria la primera vez que vino a ver a los caballos.

–Es una obsesión que tienes –dijo ella, intimidada por la vehemencia de Win.

–Podría decirse que sí. Veo que tienes un vocabulario demasiado elaborado para dedicarte al servicio doméstico.

Tenía razón. Carlene era profesora de lengua y tenía una licenciatura en literatura francesa.

–¿Eso es una desventaja? –quiso saber.

–No lo sé. ¿Por qué no te sientas y lo hablamos?

Win sonrió al ver que accedía a la petición, y ella decidió que prefería que frunciera el ceño. Tenía una sonrisa absolutamente sensual, y lo último que necesitaba era pensar en su jefe en términos de sensualidad. Mucho menos tratándose de aquel jefe. A él no le interesaba el matrimonio, y a ella no le interesaba tener una aventura, por lo que el sexo quedaba fuera de la ecuación.

–¿Qué experiencia tienes? –preguntó él.

–No demasiada. Nunca he trabajado de cocinera, pero sé cocinar y me he ocupado de mi casa desde que me fui a la universidad.

Desde luego, su habitación de la residencia de estudiantes y los pisos en los que había vivido no eran nada comparados con aquella mansión de tres plantas. Aun así, se las arreglaría.

–Si cocinas tan bien como hablas, los peones te adorarán.

Volvió a recorrerla con sus ojos azules. Pero esta vez, en lugar de escalofríos, le hizo sentir calor en zonas a las que la mirada de un jefe no debería afectar.

–En realidad –añadió–, cuando te vean se sentirán en el paraíso, aunque tu comida sepa a tarta de boñiga.

Era algo a lo que estaba acostumbrada. Podría afrontarlo. O al menos era lo que quería creer. Llevaba años oyendo lo que decían los hombres sobre su cuerpo, y hacía tiempo que había aprendido que era mejor hacer caso omiso de los comentarios.

–¿Has comido alguna? –preguntó.

–¿Alguna qué?

–Tarta de boñiga.

–No –dijo él esbozando una sonrisa.

–Entonces, supongo que no sabrás si mi comida sabe peor que eso, ¿verdad?

La sonrisa se convirtió en carcajada.

–Supongo que no. Empiezas mañana, Tex.

–Me llamo Carlene.

–Pero tienes acento texano.

–Pues tendré que hacer algo al respecto, porque no pienso vivir allí nunca más.

Había sufrido demasiado para querer volver.

Win se relajó en el sofá del salón y agitó la copa de whisky antes de echar un trago. Habían pasado varias horas desde que Carlene se había marchado. Pensar en su nueva ama de llaves lo hizo sonreír.

Carlene tenía un cuerpo capaz de hacer que la mayoría de los hombres se sintieran incómodos con los pantalones y hablaba como una maestra de colegio remilgada y diminuta. El recuerdo de las curvas que la camisa no había podido ocultar le hizo repensar la idea. No era precisamente diminuta; al menos, no en algunas partes. Tampoco era demasiado grande. Era una venus de bolsillo perfecta, con curvas muy femeninas que confluían en una cintura estrecha por naturaleza. Era el sueño de cualquier adolescente, el sueño de cualquier hombre.

Y, desde luego, Win no había dejado de pensar en ella. Aún no podía entender qué lo había impulsado a ofrecerle el trabajo; no tenía experiencia. Lo único que esperaba era que supiera cocinar. Los peones estarían encantados al ver a una mujer tan sensual como ella, pero eso les duraría poco si no les daba bien de comer.

Suspiró y pensó que tal vez le conviniera enviar a Shorty para que la ayudara hasta que se acostumbrara a las tareas. El hombrecillo cocinaba fatal, pero sabía las cantidades y los platos que comían los jinetes.

Probablemente, Carlene lo desquiciaría. Le gustaba tener la última palabra y era obvio que estaba acostumbrada a mandar. Pero mientras se limitara a dar órdenes en la casa, no tendrían ningún problema. Win no quería tener que preocuparse por nada que no fuera dirigir el Bar G y las caballerizas Garrison. Con las yeguas a punto de parir no tenía tiempo para pensar en cosas como la comida y la limpieza de la casa.

Sentía curiosidad por saber dónde habría adquirido Carlene aquella veta mandona y en qué había trabajado antes, ya que no tenía experiencia como ama de llaves. No podía creer que no se lo hubiera preguntado durante la entrevista. Ni siquiera le había pedido que llenara una solicitud de empleo. La había contratado por puro instinto, algo muy impropio de alguien tan precavido como él.

Aunque odiaba reconocerlo, también habían influido las hormonas. Le costaba asumir que con treinta años aún podía dejarse afectar tanto por la visión de una mujer hermosa. Lo que pasaba era que hacía demasiado tiempo que no veía ninguna. Llevaba meses sin salir con nadie y bastante más sin tener relaciones sexuales. Estaba harto de juegos y de sexo desinteresado, y las dos cosas parecían estar asociadas a su falta de interés por el matrimonio.

Había momentos en los que la casa parecía vacía, en los que él se sentía vacío. Aun así, seguía convencido de que el matrimonio era para los idiotas. Había aprendido muy bien la lección desde muy pequeño. Su madre se había casado cinco veces y se había divorciado cuatro. El único motivo por el que no se había separado del último marido era que había muerto antes de volver a aburrirse de la dicha conyugal.

En otra época, Win había estado dispuesto a creer que no todas las mujeres eran como su madre. Era demasiado joven y estúpido. Acababa de terminar el instituto, estaba agobiado por la responsabilidad de tener que cuidar de su hermana de trece años y había conocido a una chica tímida y encantadora que quería casarse: Rachel. Había creído que Rachel lo ayudaría con su hermana y que podría hacer que aquella casa devastada por la muerte de su madre volviera a convertirse en un hogar.

Se había equivocado. Rachel pretendía que vendiera el Bar G y se mudaran a la ciudad. Tenía ilusiones y no iba a dejar que nadie se interpusiera en su camino; menos aún su joven esposo y la hermana necesitada. Desde entonces, él no había querido saber nada más del matrimonio. Había aprendido la lección de la peor manera, pero la había aprendido.

Carlene se había ofendido cuando se lo había planteado directamente. Había reaccionado con todo su orgullo femenino, y él había tenido que hacer un esfuerzo para no reírse. Era muy ingenua si creía que la mayoría de las mujeres que conocía no lo veían como un billete para una vida de lujo, caviar y cubiertos de plata.

Aunque ella pensara lo contrario, no había sido grosero por dejar las cosas claras desde el principio. Había sido justo, y era un hombre justo. Carlene tenía derecho a saber cuáles eran sus intenciones; la deseaba y quería tener algo con ella, pero no estaba interesado en casarse.

La deseaba desde que había abierto la puerta, molesto por la insistencia con la que llamaban al timbre. La mujer que estaba en la entrada había sido tan distinta de lo que se había esperado que se había sentido idiota. Idiota y muy excitado.

No cabía duda de que había pasado demasiado tiempo sin compañía femenina. Afortunadamente había tenido el acierto de contratar a Carlene y no tardaría en rectificar la situación.

Capítulo 2

A Carlene le cayó bien Shorty desde que lo conoció. El peón que le había asignado Win para ayudarla en la cocina tenía canas, ojos grises y una sonrisa que compensaba su baja estatura.

–Win dice que no tienes mucha experiencia, pero yo te echaré una mano hasta que aprendas cómo funciona todo. ¿Sabes cocinar?

Ella se echó a reír.

–Tendría que ser bastante tonta para aceptar este trabajo si no supiera. ¿Te parezco tonta?

Shorty la estudió con detenimiento como si estuviera meditando seriamente la respuesta, y Carlene sintió aún más respeto por él. El hombre se concentró sobre todo en la cara.

–No, no me pareces tonta en absoluto –contestó con un suspiro de alivio–. Menos mal que vas a sustituirme, porque a Win y los otros no les gustan mucho mis comidas.

Aquello le hizo preguntarse para qué lo habían enviado a ayudarla en la cocina. Shorty se lo explicó con su siguiente comentario.

–Pero nadie más, ni siquiera el jefe, sabe hacerlo mejor –dijo–. Puede que mi comida no sea muy apetitosa, pero por lo menos no se me quema.

Carlene se acercó al fregadero y se lavó las manos.

–Te voy a contar un secreto, Shorty. No sólo no quemo la comida, sino que más de uno ha dicho que mis platos son más que pasables.

–Bendita seas, ¡qué alivio!

Carlene esperaba que los demás trabajadores compartieran el entusiasmo de Shorty cuando se sentaron a comer en la cocina. Había hecho emparedados y ensalada césar, y galletas para el postre.

Win se sentó en un extremo de la mesa, flanqueado por Shorty, a la izquierda, y por un tal Joe, a la derecha. Lo presentaron como el encargado del adiestramiento de los caballos y parecía de la misma edad que el jefe. Los otros cuatro peones tenían edades variadas, desde uno que parecía recién salido del instituto hasta otro que tenía tantas canas y arrugas como Shorty. Aparentemente, la mayoría trabajaban para Joe, mientras que Shorty y Lonny, un jovencito moreno de ojos grises y mirada fría, estaban en la cuadra de los purasangres con Garrison.

Carlene les sirvió los platos, empezando por Win. No se dio cuenta de que había estado esperando su aprobación hasta que la miró y asintió.

–Tiene buena pinta –dijo.

Ella le dio las gracias y siguió sirviendo con una sensación de satisfacción ridícula. Cuando terminó se volvió hacia la encimera donde había dispuesto los ingredientes para las tortillas que pensaba hacer.

–¿No vas a comer con nosotros? –preguntó Joe.

Ella se giró y esperó a ver si Win secundaba la invitación. Como no lo hizo, replicó:

–Tengo cosas que hacer. Comeré más tarde.

–Venga, mujer –dijo un pelirrojo–. Nos encantaría tu compañía.

Lonny la miró con complicidad y dio una palmadita en el asiento contiguo.

–Puedes sentarte aquí, Carlene.

Normalmente se habría reído ante una invitación como aquélla, pero había algo en Lonny que la ponía nerviosa. Su mirada despiadada le recordaba la del alumno que le había destrozado la vida en Texas. Reprimió un escalofrío y se recordó que allí no había ningún director descontento dispuesto a apoyar a Lonny para hacerle daño. Sólo estaba Win, y no lo imaginaba reaccionando al rechazo de un modo tan bajo como su ex jefe.

Se abstuvo de contestar de mala manera para no ofender a los demás en su primer día de trabajo.

–No, gracias. Como he dicho, tengo cosas que hacer.

Carlene miró a Win para ver qué pensaba de la situación. Estaba mirando al jovencito con una frialdad estremecedora. Pero cuando volvió la cabeza para dirigirse a ella tenía una expresión mucho más cálida.

–Organízate como mejor te parezca, pero no dejes de comer.

–Sí, jefe –contestó ella con una amplia sonrisa.

–Si tienes hambre, los chicos se cambiarán de sitio para que puedas sentarte al lado de Shorty.

Ni a ella ni a los otros se les pasó por alto que aquello la situaría junto a él. A Carlene no le importaba; comparado con Lonny, Win era una apuesta mucho más fiable. El problema era que podía sentar un precedente. Si aceptaba el ofrecimiento, siempre que comiera con ellos le cederían el lugar entre Shorty y Win.

Su estómago eligió aquel preciso instante para hacer ruido. Los hombres se echaron a reír, y Carlene sonrió avergonzada.

–Tal vez debería comer ahora.

Horas más tarde, Carlene había preparado una cena que Shorty sólo tenía que calentar y estaba lista para irse. No estaba tan cansada como después de una noche en el bar, pero le dolía la espalda por el esfuerzo. Se había pasado el día cocinando, limpiando y tratando de descifrar las instrucciones que había dejado Rosa en una mezcla confusa de español e inglés. Se preguntaba por qué la otra mujer habría dejado el trabajo tan repentinamente.

Estaba colgando el delantal en un gancho, junto a la nevera, cuando Shorty comentó:

–Se nota que sabes organizarte en la cocina de un rancho.

Ella se volvió a mirarlo y sonrió.

–Gracias. Me crié en el campo, en Texas.

–Te felicito, Shorty. En cinco minutos le has sacado más información de la que le saqué en toda la entrevista.

Carlene levantó la cabeza al oír la voz de Win. Estaba apoyado en el umbral del comedor, con una sonrisa pícara y un aspecto arrebatador. Llevaba casi lo mismo que en la entrevista, sólo que la camiseta era negra y tenía un sombrero texano en la mano.

Carlene habría preferido que dejara de sonreír de aquella manera; la hacía olvidarse de lo que tenía que hacer.

–Será porque no preguntaste –replicó.

Él entró en la cocina y olfateó la cazuela con gesto de aprobación.

–Huele bien.

–Gracias.

Win levantó el trapo que cubría las dos tartas de mora que había hecho Carlene para la cena, imaginando que a los hombres les gustaría el relleno ácido de fruta.

–Por cierto –dijo, volviendo a taparlas–, te equivocas.

–¿De qué hablas?

–Sí que pregunté –contestó antes de volverse a mirarla–. Recuerdo perfectamente que te pregunté por tu experiencia.

–Me preguntaste si tenía experiencia como ama de llaves. Te dije que no había trabajado en esto, pero que sabía cocinar y limpiar una casa.

–¿Por qué te fuiste de Texas? ¿Por el placer de la aventura?

Ella no pudo contener la risa.

–Si tuviera afán aventurero, no habría acabado en Sunshine Springs.

–Es cierto –admitió Win con una sonrisa.

–¿Y por qué te fuiste? –preguntó Shorty.

–Porque era hora de irme.

–¿De dejar atrás a un amante contrariado?

Carlene frunció el ceño. La pregunta de Shorty no se alejaba demasiado de la verdad.

–De dejar atrás una vida que ya no era para mí.

–¿Esa vida incluía un marido? –preguntó Win con una mirada que helaba la sangre–. ¿Niños?

Carlene se puso tensa. Le ofendía que la considerara capaz de abandonar a sus propios hijos.

–No, nunca me he casado.

A Win no se le suavizó la expresión.

–¿Y lo haces muy a menudo?

–¿Qué? ¿Irme?

Carlene se preguntaba si le preocupaba la posibilidad de que se fuera y lo dejara plantado como Rosa.

–No te preocupes –añadió–. Cuando decida marcharme, te avisaré con tiempo.

La mirada de Win se volvió aún más severa.

–Entiendo.

–No hay nada que entender. Soy una trabajadora responsable y no te dejaré en la estacada.

–Has dicho que me avisarás cuando te marches, no si te marchas. Eso significa que planeas irte.

Carlene no entendía por qué le hablaba como si lo estuviera traicionando. Tan sólo era una empleada.

Además, ella misma era un ejemplo de lo fácil que era sustituir a un ama de llaves. Pensó en la posibilidad de contarle su plan de volver a la docencia en otoño, pero descartó la idea de inmediato. No estaban hablando de un puesto de trabajo con expectativas de ascenso a largo plazo. Mientras trabajara para él haría el trabajo para el que la habían contratado y lo haría bien, y cuando decidiera irse, avisaría con el tiempo suficiente para que encontrara una sustituta. No se le podía pedir más.

–Si sólo aspirara a cocinar y limpiar durante el resto de mi vida, sería una persona muy distinta.

Win asintió con la mirada perdida.m

–Sí, serías otra persona.

Capítulo 3

Un par de días después, Lonny entró en la cocina cuando Carlene estaba lavando los platos del desayuno. Shorty había dejado de ir a ayudarla en cuanto vio que se había familiarizado con el funcionamiento del lugar, de modo que estaba sola con el peón de la cuadra. Hizo caso omiso de la incomodidad que le generaba la idea. Aunque Lonny tuviera los ojos más fríos del mundo, podía lidiar con un jovencito como él.

Decidida a tener el control de la situación desde el principio, se plantó una sonrisa en los labios y dijo:

–Si buscas a Shorty, está en el establo.

–No he venido buscando a Shorty. He venido a hablar contigo.

Lonny se apoyó contra la encimera a pocos centímetros de donde estaba Carlene. Ella puso el último plato en el lavavajillas, lo cerró y se enderezó para secarse las manos con un paño.

–¿Qué necesitabas? –preguntó.

–No quería nada en especial.

Carlene sabía que estaba mintiendo. En los ojos del joven había una intención clara, además de una seguridad inconfundible. Una seguridad que no le serviría de nada si intentaba hacer algo indebido. Al igual que el antiguo jefe de Carlene, averiguaría que ella no era ni sería nunca una presa fácil. Por suerte, Lonny no podía vengarse del rechazo con la misma crueldad que el director del colegio. Al menos esta vez, Carlene podría decir que no sin perder el trabajo y la reputación en el proceso.

Aprovechó que tenía que sacar una fuente que pensaba usar en la comida para alejarse de él. Fue un esfuerzo vano, porque la siguió.

–¿No deberías estar trabajando? –preguntó sin ocultar su exasperación.

–Si sólo me dedicase a trabajar, sería muy aburrido. Y yo soy todo menos aburrido, nena.

Carlene dejó la fuente en la encimera con más energía de la necesaria.

–Me llamo Carlene y no soy tu nena. Y la verdad es que soy bastante aburrida. Cuando me pagan por trabajar, trabajo. Tengo que preparar la comida y limpiar la casa, así que si me disculpas…

Lonny avanzó hasta arrinconarla, la tomó de la cadera con una mano y apoyó la otra en la pared.

–No te preocupes –susurró–. Yo te enseñaré a divertirte.

Carlene le puso los puños en el pecho. Lejos de inmutarse, él le recorrió el cuerpo con la mirada y se detuvo en los senos ocultos bajo el delantal antes de seguir. La mirada lasciva le hizo sentir retortijones. Lo último que necesitaba era tener que enfrentarse a aquello.

–Aunque estoy seguro de que con el cuerpazo que tienes sabes pasártelo bien, ¿no es así, nena?

Cuando bajó la cabeza como para besarla, a Carlene se le agotó la paciencia. Había hombres que no comprendían cuándo una mujer no estaba interesada. Lonny podía ser joven, pero ya tenía edad suficiente para aprender la lección.

Aquel día, Carlene llevaba tacones y no dudó en clavarle uno en la bota con todas sus fuerzas. Él lanzó un gruñido y retrocedió a trompicones. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, ella cerró un puño y lo golpeó justo debajo de las costillas, tal y como le había enseñado el profesor de defensa personal en Texas.

Mientras Lonny se retorcía de dolor y soltaba una catarata de insultos, Carlene se irguió con su metro sesenta y cuatro y dijo:

–No soy la nena de nadie, y menos la tuya. ¿Te ha quedado claro?

Él levantó la cabeza sin dejar de cubrirse el estómago con los brazos.

–Sí.

–Puede que no tenga edad para ser tu madre, pero soy demasiado mayor para ti. Y ni siquiera puedo ser tu amiga, porque no me fío de los idiotas a los que no se les ocurre nada mejor que acosar a una compañera en horas de trabajo.

Él se la quedó mirando sin decir nada.

–Trabajamos para la misma persona y espero que me trates con el mismo respeto que a los demás –continuó Carlene–. ¿Entendido?

Lonny se enderezó, aunque siguió respirando con dificultad.

–Entendido, pero no sabes lo que te pierdes.

Ella le permitió el desliz, porque sabía que lo había herido en su orgullo. Sólo le quedaba una cosa por decir.

–En cuanto a si mi cuerpo tiene algo que ver con lo bien que me lo puedo pasar, te diré que tengo las mismas partes que cualquier mujer. La diversión, en especial la que parece que buscas, es un estado mental, no físico.

Él asintió y se escabulló de la cocina sin hacer más comentarios.

Win llegó justo cuando se estaba yendo.

–¿Te has olvidado de lo que hablamos esta mañana? –le preguntó.

Lonny sacudió la cabeza.

–Tenía que hablar de una cosa con Carlene.

–¿Algo que yo tenga que saber?

El chico se puso colorado.

–No, jefe. Nada importante.

Win miró a Carlene.

–¿Es verdad?

Ella asintió.

–Definitivamente, no era nada importante.

Lonny corrió hacia la cuadra antes de que su jefe pudiera hacer más preguntas.

–Voy al pueblo a comprar algunas cosas –anunció Win–. ¿Quieres venir y hacer la compra?

Carlene se tomó más tiempo del necesario para contestar. Necesitaba comprar cosas, pero no quería ir al pueblo con Win. Hacía lo imposible por evitarlos a él y a la intensidad que sentía cuando lo tenía cerca. Y después de lo que había pasado con Lonny no quería más situaciones incómodas con machos de la especie.

–No me había dado cuenta de que era una pregunta tan difícil –dijo Win con un gesto burlón.

Ella frunció el ceño. Tenía la impresión de que él sabía muy bien por qué vacilaba. Inexplicablemente, aquello la hirió en su orgullo.

–Sí, estaría bien ir de compras –contestó–. Espera que busque el bolso.

–No lo necesitas. Yo pagaré las cosas.

–¿No sabes que las mujeres nos sentimos desnudas sin el bolso?

A Win le brillaron los ojos, y Carlene se puso tensa esperando una respuesta locuaz. Sin embargo, él se limitó a decir que alguna vez su hermana se lo había comentado un par de veces y la llevó al coche.

–No sabía que tuvieras una hermana –dijo ella–. ¿Vive por aquí?

–No. Vive con su marido en Portland.

Carlene ocupó el asiento del acompañante de la furgoneta de Win y se puso el cinturón de seguridad.

–¿Y cómo se llama?

Si Win pensaba que era una entrometida, no dijo nada. Puso el motor en marcha y avanzó hacia la autopista.

–Leah Branson. Su marido dirige Branson Consulting, en las afueras de Portland. Puede que hayas oído hablar de esa empresa. Sale en los periódicos de vez en cuando.

–Me temo que no.

–Supongo que no te interesa mucho la sección de Economía del periódico.

–A decir verdad, no –dijo ella, molesta por su tono condescendiente–. Me gusta leer noticias de interés social, no artículos aburridos sobre el estado de la economía.

También le gustaba la narrativa popular. En la universidad se habían burlado de ella por sus gustos literarios, pero se negaba a avenirse a las ideas ajenas sobre lo que debía leer o no una especialista en literatura francesa.

Se dio cuenta de que otra vez se estaba ofendiendo porque sí y suspiró.

–Lo siento. No pretendía ponerme a la defensiva.

–Y yo no pretendía ofenderte, cariño.

Carlene se preguntó por qué no le molestaba que Win la llamara «cariño» y le crispaba tanto que Lonny la llamara «nena».

–No me has ofendido, pero que no me interese la sección de Economía del periódico no significa que sea tonta.

Él apartó la vista de la carretera unos segundos para mirarla a los ojos.

–¿Eso ocurre con frecuencia?

–¿A qué te refieres?

–A que la gente piense que eres tonta.

–¿Porque no leo los informes bursátiles?

–No. Por tu aspecto.

–La gente da por sentadas muchas cosas por el aspecto que tengo. Supongo que es una suerte que no sea rubia, porque no quiero imaginar lo que dirían de mi inteligencia.

–¿Por eso te fuiste de Texas? –preguntó él con el ceño fruncido–. ¿Te juzgaban mucho por tu aspecto?

La sensibilidad de Win le impresionó tanto que tardó en contestar. No sabía cuánto quería contarle y optó por ser críptica.

–Es una manera de decirlo –contestó.

–Preferiría que me lo explicaras con tus palabras.

–No me gusta hablar del pasado.

–De acuerdo.

La rápida aceptación de Win debería haberla tranquilizado, pero tenía la impresión de que sólo estaba ganando tiempo. Estaba prácticamente segura de que volvería a insistir con el tema y se apresuró a hablar de otra cosa.

–Cuéntame más de tu hermana –dijo.

A él se le suavizó la expresión.

–Tiene cinco años menos que yo y dos niños adorables.

–¿Y tus padres dónde están?

Win tensó los dedos en el volante.

–No sé donde estarán su padre ni el mío. Mi madre se mudaba después de los divorcios, y perdimos el contacto. Tampoco es que defendieran mucho su derecho a visitarnos.

–¿Y tu madre?

–Murió en un accidente de avión hace doce años.

–¿Quién crió a tu hermana?

–Yo.

–Debió de ser muy duro perder a tu madre y tener que asumir de inmediato la responsabilidad de criar a una hermana adolescente.

–Estaba acostumbrado a cuidar de Leah –afirmó él–. Mi madre estaba demasiado ocupada casándose y divorciándose para prestarnos atención. Leah fue mi responsabilidad desde el día en que mi madre la trajo del hospital. Me sigue desesperando cada vez que llora.

La declaración de Win la conmovió profundamente. Era algo que no se habría esperado que dijera jamás.

–El divorcio es muy traumático para los niños. Me cuesta imaginar cómo habrá sido pasar por dos.

–Por cuatro –precisó él.

Ella lo miró estupefacta.

–¿Tu madre se casó cuatro veces?

–Cinco. Se divorcio cuatro. Supongo que un psicólogo diría que tenía un problema con el compromiso.

–¿Y qué pasó con el quinto marido?

Carlene sabía que estaba preguntando más de lo que debía, pero lo cierto era que no se podía contener.

–Hank Garrison murió con ella en el accidente de avión.

–Usas el apellido de tu padrastro. ¿Te adoptó?

Win soltó una carcajada amarga.

–No, pero mi madre insistía en que nos cambiáramos de nombre cada vez que se casaba. Así que he tenido más apellidos que animales domésticos.

–Pero te quedaste con el de Garrison.

–Sí.

La lacónica respuesta de Carlene era una señal de que no quería hacer más comentarios al respecto.

–Lo siento mucho –dijo ésta, poniéndole una mano en el brazo.

Win le lanzó una mirada fría mientras aparcaba en la entrada de la tienda de comida.

–No sufras por mí. He sobrevivido.

Ella se sintió agredida y apartó la mano. Prefería reservarse la compasión para alguien que la necesitara, alguien que conservara algún resquicio de sensibilidad. El problema era que le dolía el corazón cada vez que pensaba en la infancia de Win. Al menos entendía la aversión al matrimonio que había expresado el día de la entrevista. Tenía motivos para desconfiar de la institución.

Win la observó avanzar por el aparcamiento y no pudo evitar admirar cómo balanceaba las caderas al andar. Carlene se volvió cuando llegó a la entrada de la tienda y lo llamó con impaciencia. Él suspiró y obedeció a regañadientes.

Al salir a la carretera meditó sobre la conversación que habían tenido en el coche. No le gustaba hablar de su madre, pero tenía la esperanza de que si revelaba algunas cosas de su pasado, Carlene haría lo mismo. De todas maneras, él era un libro abierto. Cualquiera de los residentes más antiguos de Sunshine Springs podía contar su historia con todo lujo de detalles.

Tanta curiosidad le parecía una buena señal. Las mujeres querían informarse sobre los hombres que les interesaban. Aunque no le cabía duda de que Carlene se sentía atraída por él, le había dado un montón de señales contradictorias. Algo la estaba reprimiendo.

Win tenía la sensación de que en Texas le había pasado algo que la había dejado asustada, como un animal herido. La deseaba y, si quería que se entregara, tendría que ayudarla a superar el pasado y seguir adelante.

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