Kitabı oku: «Paraguas rotos»

Índice
Prólogo
Capítulo Primero: Un ramo de crisantemos Los muertos también lloran Juegos en silencio Evangelio según Judas Iscariote Que Dios me perdone Sofocado
Capítulo segundo: Trompeta del Diablo Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente Lucidez Insidia Luto Inestabilidad Cauchemar Nostalgia
Capítulo tercero: Flor de neón Conciencia expandida
Capítulo cuarto: Rosas salpicadas de carmesí Asesino a cobro revertido Copilul Bisericii Negre La muerte de un grillo Tanatofobia Nueve Uno Tres El hombre del saco Reflejos macabros
Paraguas rotos
© autor Luis Alberto Henríquez Hernández
© edición 2021 Ediciones Garoé
Imagen de cubierta: Tanya | St Adobe
Imágenes autor: Nieves Delgado
Portada composición: María Ibaya Yuste González
Maquetado Ebook: CaryCar Servicios Editoriales
Corrector: Víctor J. Sanz
España
ISBN: 978-84-124013-2-5
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A párvulos 2, 142;
a los difuntos olvidados;
a los locos y a los ausentes.
PRÓLOGO
«Era tarde y hacía frío. Un viento helado arrastraba unas gotas finas de lluvia que amenazaban con atravesar nuestra piel, como agujas de vudú congeladas por acción de las artes oscuras. El paraguas que empleábamos para protegernos de las inclemencias del tiempo estaba preparado para hacer frente a enemigos climáticos más benévolos, pero aquí, en el corazón del continente, se mostraba incapaz de mantenernos a salvo. Su estructura se doblaba y se retorcía como si estuviera siendo sometida a un exorcismo y la lluvia fuera agua bendita que caía de las mismísimas manos del Creador. Apretamos el paso con la intención de ponernos a salvo lo antes posible. ¡Lo que habríamos dado por un par de paraguas de calidad!
Nuestros pasos resonaban solitarios. La luz tenue de las farolas se reflejaba en el pavimento, formando una composición psicodélica de colores simples. El viento arrastraba a lo lejos una lata de refresco y provocaba un verdadero estruendo en la soledad de aquellas calles. Y nosotros avanzábamos, congelados bajo un manto nocturno tan denso como el contenido de las conferencias a las que asistiríamos al día siguiente.
Callejeamos medio perdidos hasta que, al fin, enfilamos una calle que parecía devolvernos al hotel. A derecha e izquierda, decenas de papeleras aparecían llenas de paraguas, de paraguas rotos. Como si fueran paragüeros funerarios, como si de los nichos de un cementerio de paraguas se tratara, los cubos de basura rebosaban de aquellos objetos tan necesarios como inservibles en este momento. Los había de plástico, de tela, plegables, de bastón, de colores vivos, de señora, de caballero, incluso con motivos infantiles; los había con mango de madera, de esos que se despliegan de forma automática con solo apretar un botón; los había manuales, grandes y pequeños. Pero todos estaban rotos; todos yacían rotos. Y nosotros estábamos calados de frío por la lluvia que arreciaba, implacable e insensible a nuestra sangre del sur.
Y ninguno de aquellos paraguas servía.
Solo nos quedaba tirar el nuestro y caminar hasta encontrar el hotel.
—¿Sabes? —dije a mi compañera—, ya tengo título para el próximo libro».
Sirva esta narración previa para contar el origen del título de la presente obra, escrita en parte a bordo de aviones, en habitaciones de hotel y en mesas ajenas; manuscrita a veces en libretas promocionales, en agendas de eventos y hasta en servilletas, entre junio de 2017 y enero de 2020.
Sin previo aviso, casi por sorpresa, se materializa esta nueva colección de relatos cortos, como si fuera una horda de qlifot invocada por un experimentado mago. Un total de veinte relatos divididos en cuatro bloques que giran en torno a una idea elemental: los sentimientos que despiertan la locura y la muerte.
Paraguas rotos es el tercer libro que publico. No hay dos sin tres, dice la sabiduría popular. Ni tres sin cuatro, espero.
Así que, por tercera vez me siento a escribir una breve nota de agradecimiento a todos aquellos que han contribuido, de una manera u otra, a que Paraguas rotos sea una realidad.
Mi agradecimiento y amor eterno a Esther Hernández Martín, David Santana García y Mayte Martín; mi trío favorito de ases literarios. Jamás podré corresponder, como se merece, a los ánimos y el apoyo que me han dado para avanzar por la espinosa senda de la creación literaria.
A María Yuste y a la familia de Ediciones Garoé, que han creído en este proyecto y han hecho que Paraguas rotos sea una realidad tangible. Extiendo este agradecimiento a Víctor J. Sanz, por su profesionalidad y cercanía; jamás un gerundio fue tan importante.
A mi familia y a mis amigos, gracias por toda esa energía, transformada y canalizada para idear muchas de las historias aquí contenidas. Gracias a Gloria Navarro, que inspiró el título de esta publicación.
Agradecimiento especial a mi familia más cercana, esa que se ve obligada a convivir con mis inseguridades, con las obsesiones del proceso creativo; la que sufre mis ausencias y mis frustraciones; la que comparte visceralmente las mieles del éxito más modesto: a Vanesa Valencia Santana y a mis tres mosqueteros: Elisa, Javier y Alberto.
Por último, mi más sincero y profundo agradecimiento a ti, lector, que apuestas por las editoriales independientes y los autores desconocidos.
Gracias por leer Paraguas rotos.
Luis Alberto Henríquez Hernández
Capítulo primero
Un ramo de crisantemos
[…] voy a acostarme boca arriba
y a envolverme en vuestros cortinajes,
¡oh, refrescantes tinieblas!
Charles Baudelaire
Los muertos también lloran
Aquellos versos del poeta, leídos en la soledad de una noche de invierno, marcaron el final de mi vida. Sin esperarlo, los más temibles fantasmas del pasado se abrieron paso a través de mi ser; rasgaron la realidad, que se rompía como un espejo y me devolvía unas imágenes grotescas que, hasta hoy, eran armoniosas y cuerdas.
Los muertos, los pobres muertos, sufren grandes dolores,
y cuando octubre, podador de viejos árboles, lanza
su viento melancólico en torno a sus mármoles,
seguro que debe considerar muy ingratos a los vivos,
por dormir, como hacen, calientes bajo sus mantas,
mientras ellos, devorados por oscuros sueños,
sin compañía en el lecho, sin agradables charlas,
viejos esqueletos helados, comidos por los gusanos,
sienten cómo gotean las nieves del invierno
y cómo pasa el siglo, sin amigos ni familia
que cambien los jirones que cuelgan de su reja.
Leí y releí aquel poema sin título, arropado entre cojines y bajo un edredón mullido mientras, en el exterior, la lluvia tocaba con insistencia los cristales de las ventanas y el viento soplaba tímido pero constante. Por un instante, imaginé lo desolador que sería estar muerto. Muerto en un ataúd. En un ataúd alojado en un nicho. A solas y a oscuras, saturados los sentidos por la humedad, el frío y el crepitar de las cuadrillas de la muerte, esos insectos que acuden en orden para convertir diligentemente la carne en polvo y transformar el recuerdo en olvido.
¿Cuánto hacía que no llevaba flores a la tumba de mi padre? Con el libro aún abierto entre mis manos, intenté echar cuentas. ¿Un año? ¿Dos? Un profundo sentimiento de tristeza se agarró a mi garganta como si de un estrangulador se tratara, e hizo aflorar unas lágrimas contenidas que brotaron con dolor. Un dolor que había sido enterrado hacía tiempo, mucho antes incluso de que el viejo falleciera. Una ráfaga repentina de viento mandó la lluvia contra el cristal de la ventana. Las gotas se estrellaron en el vidrio con violencia. Una miríada de frías acumulaciones de agua que parecían mirarme con reproche para, inmediatamente después, deshacerse y desaparecer vidrio abajo formando una red de caminos tortuosos en un viaje a ninguna parte. Sobresaltado, decidí cerrar el libro y apagar la luz, resuelto a ir mañana al cementerio a llevarle flores a mi padre.
Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces. El pelo se le caía de mechón en mechón. A través de sus fosas nasales, el cerebro escapaba disuelto y formaba un riachuelo de masa encefálica grumosa e inservible. Los ojos se hundían por momentos, los pómulos resaltaban formando ángulos quebrados que daban la bienvenida a la reducción esquelética del cadáver. Un ejército de polillas y escarabajos trabajaba sin descanso. Los insectos me atravesaban en sueños y llegaban hasta el cuerpo de mi padre, que poco a poco tomaba el aspecto del destino de todo ser humano. Las articulaciones se descoyuntaron una tras otra hasta que nada quedó de él más que una sonrisa desquiciada en su cráneo, a medio camino entre el dolor y la locura. Por un instante, me pareció que una lágrima se derramaba desde una de las cuencas orbitales vacías. Una lágrima de tristeza. De dolor. De soledad. Quién sabe. Una suave brisa de viento, fría como la propia ausencia, fue llevándose el polvo en que se había convertido mi padre, y yo sentí que me iba con él.
Al despertar, húmeda la cara por mi propio llanto y húmedo mi cuerpo por la intensidad de la pesadilla, vi que el vendaval y la lluvia habían vencido los pestillos de la ventana, y entraban en la habitación el invierno y quizá las partículas vitales a las que había sido reducido mi progenitor.
Llegué a las puertas del cementerio municipal antes de que abriera. Esperé en el coche con la calefacción puesta: intentaba en vano sacar de dentro de mi cuerpo un frío que iba más allá de la baja temperatura ambiental. Por fin, un funcionario del Ayuntamiento procedió a la apertura de las puertas del camposanto, pero fui incapaz de salir del coche.
¿Qué pretendía hacer?
¿Por qué estaba allí?
Fue entonces cuando me di cuenta de que si quería llevar flores a la tumba de mi padre primero tendría que comprarlas. Mientras esperaba a que los puestos ambulantes de venta de flores estuvieran operativos, decidí hacer tiempo en la capilla que estaba justo a la entrada del cementerio. Salí del vehículo arrebujado en mi abrigo. Subí las solapas de la chaqueta en un vano intento por protegerme del viento, que, implacable e incansable, soplaba frío y cruel.
Crucé el aparcamiento a grandes zancadas. Pasé bajo una serie de altas columnas y llegué a la puerta enrejada que había justo detrás. Una escalera breve como la existencia daba acceso a la entrada y, sobre ella, a gran altura, una inscripción en una placa de mármol anunciaba lo siguiente: «Templo de la verdad es el que miras. No desoigas la voz con que te advierte de que todo es ilusión menos la muerte».
Reflexionando acerca de la autoría y el profundo significado de aquellas palabras a la entrada de un cementerio, accedí a la pequeña capilla evitando mirar la extensión de tumbas y nichos que se desplegaba ante mí.
Una última ráfaga de viento pareció querer tirar de la solapa de mi abrigo justo en el momento en el que, a mi espalda, se cerraba la puerta de madera del adoratorio. Un silencio hueco y un fuerte olor a incienso y maderas viejas me dieron la bienvenida. El receptáculo estaba iluminado a medias por luz artificial y algunas velas, cuyas llamas habían abandonado su quietud al son de la ventisca y creaban sombras animadas que danzaban delante del Cristo como lo hacían las prostitutas en Babilonia. Dos pequeños ventanucos dejaban entrar la poca luz diurna que procedía de un sol censurado por las nubes de invierno. El lugar era pequeño. Contenía los elementos imprescindibles de la imaginería cristiana: un pequeño altar con un cirio encendido; una cruz con un Jesucristo doliente, ojos implorantes al cielo, muñecas sangrantes y corona de castigo; una imagen de santa Rita con un clavo incrustado en la frente y un hábito negro como el carbón de un horno crematorio; un sagrario; un ambón de madera; y una silla destinada al sacerdote durante el tiempo de reflexión tras la comunión, ese momento en el que el Creador toma el alma de los creyentes y se reafirma en la promesa de la salvación eterna de persistir en su fe. El espacio se completaba con dos hileras de asientos de madera con una capacidad para albergar a no más de medio centenar de feligreses. Avancé por el pasillo que quedaba en medio de los bancos y me senté. La madera se quejó bajo mi peso, como si quisiera alertar al mismísimo Dios de que el traidor había llegado y solicitaba audiencia. No supe qué hacer. Encaré al Cristo crucificado sin entender aquel sacrificio del que hablaba la leyenda. «Tanto dolor, ¿para qué?», murmuré. Hacía tiempo que transitaba el sendero de la mano izquierda, tan pedregoso y angosto como el otro. «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo». Poco importaba continuar el salmo con «tu vara y tu cayado me sosiegan», que hacerlo con «la luz de la estrella de la mañana me guía». Si Caín le daba significado a Abel, y Goliat se lo daba a David, Lucifer era el complemento perfecto de Dios. A lo que no estaba dispuesto es a que se me negara comer del árbol prohibido, a que se me ocultaran las respuestas a las grandes preguntas y a que me amenazaran con un castigo eterno por querer vivir en libertad. Noté la soberbia y el orgullo ascender caliente por mis venas. Pugné contra la luz blanca que emanaba de aquella figura torturada. Apreté los dientes y proyecté unos cuernos de fuego que salieron de mi frente para derretir las cadenas de la sumisión. Aquel era un lugar de dolor. En la capilla solo se habrían celebrado misas de difuntos. Nadie había sido feliz y pleno bajo aquel techo.
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás».
—Mentiroso —dije en voz alta. Y salí en busca de las flores.
Una mezcla de sentimientos perforaba mi espíritu, que oscilaba entre la aflicción y la ira como un péndulo que se mueve de forma perpetua en el vacío de una existencia que había perdido todo su sentido.
Por mucho menos de lo que me imaginaba, compré un ramo de crisantemos blancos y, armándome de fuerza, volví a franquear el conjunto que formaban las columnas, la inscripción de mármol y la puerta enrejada que daba acceso al cementerio. Bajé dos escalones eternos como la tortura de un reo inocente y pisé terreno sagrado.
Una amplia extensión de terreno aparecía ante mí; ocupaba una superficie cercana a las trece hectáreas. Originalmente situado a las afueras de la ciudad, en la actualidad había sido rodeado por la decadencia de la vida moderna y, como si fuera una especie en extinción, se veía acorralado por residenciales modernos, centros comerciales y hasta pabellones deportivos. No obstante, el tiempo parecía detenerse tras las puertas del cementerio municipal. Atrás quedaba el bullicio de una ciudad que, como todas, daba sus últimos coletazos y se ahogaba, sin saberlo, en un mar de desesperanza y deshumanización.
Pero allí nada de eso importaba. No importaba el sueldo que ganaras, el número de seguidores que tuvieras en las redes sociales o esas reuniones insoportables que tenías los lunes a primera hora. Allí no había lunes. Allí no había clases sociales ni jefes ni rebajas perpetuas ni horarios laborales draconianos. Lo único perpetuo que allí había era la quietud de la inexistencia. Allí no había que sonreír al vecino ni acudir a la cena de Nochebuena. Allí solo había muertos y silencio. Muertos en distintos estados de descomposición que, de alguna manera —se me ocurrió—, quizá establecería una especie de jerarquía entre los miles de restos humanos que yacían en el cementerio. Allí solo había muertos y silencio. Un silencio roto por el viento frío que soplaba y arrastraba las hojas caídas de los árboles y, como decía el poema: «se lanzaba melancólico en torno a las lápidas» y los nichos.
Avancé a través de una especie de paseo flanqueado por una hilera de cipreses descuidados. A derecha e izquierda, se extendían porciones de terreno que albergaban las tumbas más antiguas, aquellas que alojaban ataúdes en las entrañas de la tierra. Aquí y allá se alzaban algunos panteones propiedad de familias adineradas que pensaron que las apariencias sociales debían mantenerse más allá de la vida, sin saber que los gusanos, las polillas y los escarabajos se comerían la cara de sus difuntos igual que comían la cara de los mendigos. Allí no había clases sociales.
El paseo avanzaba cuesta abajo, de manera sutil parecía querer llevarme a las entrañas del cementerio sin que fuera consciente de que hacía esfuerzo físico alguno. Me arrastraba sin yo saberlo al corazón de la ciudad de los muertos. Pronto, los bloques de nichos se adueñaron del paisaje; se alzaban como rascacielos silenciosos en una ciudad sin alma. El viento movía las flores que adornaban las lápidas más altas y arrastraba por el suelo restos de una corona funeraria de algún entierro reciente. Una cinta ancha de color violeta y letras doradas se arremolinaba, perdida, en busca de su dueño muerto.
«Tus enemigos no te olvidan», me pareció leer, posiblemente, de forma errónea.
Giraba a derecha e izquierda entre los bloques de nichos. Ciudad de calles sin nombre. Sin detenerme, leía algunas inscripciones en las lápidas y contemplaba el diseño de las losas.
«Cuánto católico apostólico romano —pensé al ver una cruz en todas y cada una de las tumbas—. Cuánto seguidor de Cristo junto —reflexioné al ver un grabado de la cara del Mesías en un importante número de mármoles—. Cuánta hipocresía eterna» —me dije, vacío mi espíritu de toda empatía.
«Tu familia no te olvida».
«Vives en el recuerdo».
«No es morir el vivir en los corazones que dejamos tras nosotros».
«Siempre estarás en nuestros corazones».
Se me antojaban frases sin emoción, propias de un catálogo funerario de tres al cuarto. Otras inscripciones, sin embargo, eran algo más poéticas y elaboradas, aunque seguían pareciéndome frases indignas de estar escritas a perpetuidad en una lápida a modo de epitafio.
«Aunque el mundo no note tu ausencia, para nosotros ya no será lo mismo sin ti».
«Aunque se vayan de aquí, siempre estarán en mi mente. Nunca serán mi pasado, siempre serán mi presente».
«Me disteis tanto, me quisisteis tanto, que la vida sin vosotros ya no tiene sentido. Os amo».
«Quererlos fue fácil, olvidarlos, imposible».
Este tipo de dedicatorias adornaban de alguna forma las lápidas, cuyo diseño se completaba con los datos personales del difunto y la fecha del óbito. A veces, la leyenda era reemplazada por pasajes bíblicos. En ocasiones se incluían objetos personales de distinto origen, entre los que predominaban los objetos religiosos: más cruces, rosarios, velas y escapularios. Ocasionalmente, el grabado de la cara del Cristo era reemplazado por una foto del difunto.
Pensé en mi propia lápida y en cómo me gustaría que fuera.
Los mármoles lindaban unos con otros como un macabro rompecabezas. Los colores se alternaban —negro, mate o brillo; blanco, perlado o roto; o gris en todas sus variantes— y formaban un mosaico funerario sin aparente orden. Independientemente del diseño o del color, todas las lápidas estaban numeradas. De izquierda a derecha. De arriba abajo.
Decepcionado, vi cómo el nicho 666 no albergaba a ningún miembro de las huestes del averno. Era solo otra lápida más, importante únicamente para el puñado de familiares y amigos que quedaran vivos.
Algunos mármoles lucían orgullosos, en letra de molde y en mayúsculas, la palabra «PROPIEDAD».
¿Quién querría tener un nicho en propiedad? No parecía un buen lugar de veraneo, más por lo estrecho del habitáculo que por lo tranquilo del lugar. Ni siquiera podía uno venir a celebrar el divorcio de algún amigo o a despedir el año, más por los horarios de apertura y cierre del recinto que por lo tranquilo del lugar.
¿Qué más daba dónde lo enterraran a uno?
Una opinión que no parecía ser compartida por muchos, cuyas lápidas mostraban familias enteras metidas en el mismo nicho. Un sentimiento de claustrofobia me causó cierto mareo, al imaginarme a perpetuidad con hermanos, cuñados y demás familia, con los que no siempre uno se lleva bien, hueso contra hueso, compartiendo ataúd, mortaja y gusanos.
Me llamó la atención un elemento discordante entre toda aquella decoración mortuoria. Se trataba de una pegatina blanca en la que en letras rojas ponía:
AVISO
Estimado Sr./a:
Se ruega al titular de este nicho que, por favor, se ponga en contacto con el Ayuntamiento.
Gracias.
El anuncio incluía un número de teléfono local.
Por lo desgastado del elemento, no parecía que nadie hubiera hecho demasiado caso, y me pregunté cuánto tardarían en desalojar al muerto, y si se lo tomarían tan en serio como los desalojos de los vivos. Me preguntaba si habría organizaciones que protegieran a los muertos de los desahucios. O si, al contrario, a nadie le importaba lo más mínimo. Ni a los propietarios. Ni al Ayuntamiento. Ni al muerto.
El viento arreció en el pasillo donde estaba, empujándome a avanzar como si quisiera llevarme a alguna parte. Apreté el paso y resguardé el ramo de crisantemos contra mi cuerpo. Las nubes grises se arremolinaban en el cielo como un escuadrón que se agrupara y preparara para la ofensiva. Amenazaba lluvia.
Entre todo aquel mosaico de colores oscuros, llamaban la atención dos cosas. Por un lado, los nichos vacíos que, aquí y allá, esperaban turno para hospedar un nuevo cuerpo sin vida. Por otro, los nichos cerrados que carecían de lápida y que identificaban al muerto con el pertinente número, las iniciales del difunto y la fecha de nacimiento. Ni flores ni escapularios ni objetos personales de ningún tipo. Solo cuerpos olvidados detrás de un muro de cemento.
Pensé de nuevo en mi propia lápida y en cómo me gustaría que fuera.
Deambulaba a derecha e izquierda, invadido por una terrible soledad, en pos de la tumba de mi padre mientras pensaba que, a pesar del tiempo transcurrido, no había olvidado el lugar exacto donde yacían sus restos. La intensidad emocional del entierro había dejado una huella profunda en mi interior y estaba seguro de poder localizar aquel nicho a media altura situado casi al final del cementerio, en uno de los bloques de la derecha. Eso me decía, convencido de saber llegar al sitio. Hasta que tuve que aceptar que andaba desorientado y perdido en aquel lugar de cadáveres ordenados.
Maldije mi suerte. No me habría pasado aquello de no haber estado entretenido mirando dedicatorias y demás patochadas. «¿Cuánto tiempo llevo caminando?». Me fue imposible decirlo. Pensé en buscar el camino principal y regresar por donde había venido. Al fin y al cabo, el viejo estaba muerto y remuerto, y este manojo de estúpidas flores blancas no iba a traerlo a la vida.
A punto estaba de tomar esa decisión cuando me encontré, por primera vez en todo el trayecto, con alguien. De manera instintiva reprimí mis aspavientos y coloqué mis sentimientos contrariados en el asiento de atrás de la nave. El hombre parecía ausente, allí, de pie, frente a una de las tumbas. Vestía de forma elegante un traje bastante pasado de moda, con corbata ancha del tamaño de sus patillas, que destacaban sobremanera en una figura rocosa y espigada. Quise calcular la edad, pero no fui capaz.
—Perdone que le interrumpa, señor —dije de forma educada, con la intención de iniciar una interacción con un ejemplar desconocido de la especie a la que pertenecía—. Igual usted puede ayudarme.
Le di la fecha de defunción de mi padre. Supuse que los números de las lápidas debían correlacionarse de alguna forma con las fechas de fallecimiento, aunque los bloques de nichos no parecían seguir una secuencia lógica.
Como única respuesta obtuve un mutismo impasible.
Pensé que el señor rezaba, o bien que estaba demasiado compungido como para escuchar y contestarme.
Insistí. Esta vez alargué la mano para tocar ligeramente su hombro y reclamar así su atención. Las palabras quedaron atrapadas en mi garganta, atragantadas como las excusas de un mentiroso cogido en falta.
El suelo pareció abrirse bajo mis pies. Un vértigo indescriptible se llevó mi juicio al ver cómo mi mano no encontraba superficie sólida y atravesaba el cuerpo, como si aquella imagen fuera una proyección holográfica salida de lo más profundo de mi imaginación.
Justo en ese momento, la figura pareció retornar a la vida.
—Joven, debe usted aprender a respetar el descanso de los muertos. Sobre todo, cuando esperan pacientemente visita.
Solo fui capaz de mover los ojos en dirección al nicho ante el cual se situaba aquel, ¿cómo llamarlo? ¿Espectro? ¿Aparición? ¿Fantasma?
«Tu esposa no te olvida», rezaba la lápida.
Un fugaz vistazo a las fechas de nacimiento (19 de mayo de 1951) y defunción (14 de enero de 1994) me permitió calcular la edad: cuarenta y tres años.
—Sé que vendrá y me pondrá flores. Solía venir. Antes solía venir.
No podía explicar lo que veían mis ojos. Tras aquella frase, triste y llena de abandono, la figura pareció oscurecerse y desvanecerse. No supe qué decir. La situación era tan inesperada como fantástica. En el manual de buenas prácticas sociales no venía ningún capítulo sobre cómo consolar a los difuntos. La visión se plegó sobre sí misma y por el lateral de la mejilla vi correr una lágrima. Una única y solitaria lágrima que contenía toda la tristeza y la amargura de un alma atribulada. Era probable que la mujer a la que esperaba hubiera encontrado un nuevo compañero. Demasiado tiempo había pasado y de tener edades similares, sería joven en aquel entonces. Podía incluso darse el caso de que la mujer hubiera muerto igualmente, enferma y sola como lo estaba su difunto esposo, y que estuviera esperándolo amargamente en aquel mismo cementerio. Tan cerca y tan eternamente lejos.
Sin nada más que decir, vacío de toda esperanza, reanudé la búsqueda de la tumba de mi padre, guiado por mi instinto, empujado por el gélido frío bajo unas nubes cada vez más negras. Me alejé de aquel personaje espectral, calle abajo y sin mirar atrás. No sabía qué me daba más terror, si que siguiera allí o si que, al mirar, hubiera desaparecido.
Mis pasos me llevaron a un bloque de nichos con un diseño nuevo. Todas las lápidas eran del mismo tono de blanco, ninguna de ellas estaba identificada en modo alguno y todas tenían la omnipresente cruz cristiana, perfilada en negro de una manera muy sutil. Ni flores ni objetos personales ni nada de particular. Reflexioné acerca de aquello. ¿Quiénes yacían al otro lado de los mármoles? Los mendigos no merecían tan cuidado diseño. ¿Soldados caídos en el frente cuyos restos no habían podido ser identificados? ¿Víctimas anónimas del terrorismo de Estado? ¿Alienígenas? Sonreí al sentirme en la piel de un famoso agente del FBI amante de las teorías conspiratorias. De tener un amigo juez, le pediría que ordenara la exhumación inmediata de alguno de aquellos nichos.
Con más preguntas que respuestas, más por inercia que por iniciativa propia, giré a derecha e izquierda, pasando delante de más y más y más nichos. Lápidas negras, grises y blancas. Números correlativos que ponían orden de entrada al cielo. Y al infierno. Flores lustrosas, flores secas. Tumbas sin flores. Más tumbas sin flores. Más y más mensajes de despedida y de recuerdo. Mensajes de dolor a veces mal disimulado. Más y más muerte en estado de quietud. De normalidad.
«Tumba vacía», habían escrito sobre cemento en uno de los nichos que, curiosamente, aparecía sellado. ¿Tumba vacía? ¿Qué necesidad había de tapar la sepultura y escribir luego aquel mensaje? De haber estado a una altura más accesible, habría comprobado la verosimilitud del aviso. ¿Cabía la posibilidad de que la tumba no estuviera tan vacía como se quería dar a entender? No se me ocurría mejor forma de engañar a las funerarias y al Ayuntamiento que metiendo un ataúd y convencer luego al sepulturero de que pusiera aquellas dos palabras en el cemento que precintaba el nicho. Hasta muerto había que seguir pagando impuestos.
Una algarabía me sacó de mis pensamientos, que divagaban sin control ni freno. Un alboroto que solo los niños son capaces de producir. ¿Niños? Por instinto y curiosidad malsana, guie mis pasos en dirección al runrún que rebotaba entre las tumbas de manera extraña, impropia. Pensé en la posibilidad de que hubiera algún tipo de excursión en el cementerio.
—Niños, hoy iremos a visitar el cementerio —dijo la maestra de la guardería, que recibió como respuesta una ola de vítores alegres.
Desde luego, este contacto íntimo con las necrópolis no era común en nuestro país, pero me constaba que en otros países más al norte, los cementerios no solo eran un lugar donde enterrar a los vivos que habían dejado de serlo, sino que además eran lugares de agradables paseos, a donde se podía ir con el perro y que, en ocasiones, eran nombrados, incluso, patrimonio de la humanidad.
Los grititos y las risas estaban cada vez más cerca, al otro lado de la esquina. Curioso y precavido, eché un vistazo. Ciertamente, delante de un bloque de nichos se extendía una porción de terreno donde convivían cipreses y tumbas antiguas. Un puñado de críos jugaba al pillapilla, a la rayuela o con las palmas de las manos, mientras entonaban canciones tradicionales que mi memoria había olvidado. Un grupito de ellos jugaba al escondite. Así, mientras un chiquillo de apenas cuatro años, elegantemente vestido como si fuera a hacer su primera comunión, contaba de forma errática contra el mármol de los nichos, sus amigos, de edades parecidas, se ocultaban tras lápidas, cruces y ángeles de piedra en actitud piadosa.
Salí de mi esquina y me expuse a la vista de los chicos. No se inmutaron. Siguieron a lo suyo. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Miré los mármoles y comprobé que me encontraba ante un bloque completo de tumbas dedicadas exclusivamente a albergar niños. Los nichos vacíos dejaban ver unas oquedades más pequeñas. Se me encogió el corazón. A diferencia del resto de las lápidas que había visto, aquí todas rezaban de la misma forma: «Voló al cielo».
Aturdido, avancé en paralelo al bloque de sepulcros, dejando que los críos, en sus juegos, pasaran a través de mí.
«Voló al cielo».
«Voló al cielo».
«Voló al cielo».
Una lápida compartía dos difuntos, uno de seis meses y otro de dos años. Se me encogió el corazón, un poco más aún.
«En vida fuiste una bella realidad y ahora serás el más bello de nuestros recuerdos». «Voló al cielo». «Voló al cielo». «Voló al cielo».
Los objetos personales eran peluches, pequeños muñecos de colores quemados por el sol y chupetes. Se me encogió el corazón, un poco más, y más aún.
«Voló al cielo». «Voló al cielo». «Voló al cielo».
Flores blancas aquí y allá, como los crisantemos que llevaba para mi padre. Algunas tumbas lucían lustrosas, limpias y adornadas. Otras, sin embargo, aparecían descuidadas y olvidadas. «Voló al cielo». En aquel mural donde lucía sincera la injusticia, y la crueldad de la vida se llevaba sin piedad a los seres más inocentes; en aquel dique de huecos rellenos de pureza y candidez; en aquel bloque de tumbas destinadas a los niños, había un nicho que era diferente a todos, por su tristeza y su desdicha. Ni lápida ni cemento que sellara el hueco. Únicamente una montaña de escombros caídos tras la que había un ataúd blanco, de pequeño tamaño, raída la pintura, desamparado. Desolado. A la vista de todos. Sin peluche, sin chupete, sin flores blancas.
Se me rompió el corazón. Las lágrimas brotaron de mis ojos enrabietadas ante aquella ofensa, ante un olvido imperdonable. Un silencio sepulcral envolvió de pronto la escena y supe, de inmediato, que los niños que jugaban ya no estaban allí. El llanto rabioso dio paso a un llanto triste y, posteriormente, a un gimoteo de consuelo para aquella criatura abandonada y olvidada en su nicho derruido.
Tomé uno de los crisantemos blancos que llevaba en el ramo y lo deposité sobre la montaña de escombros.
—Vuela al cielo.
El viento frío azotaba mi piel, secando las lágrimas. Poco a poco, la calma pareció volver a mi espíritu, que se sentía derrotado y abatido ante tantas emociones intensas.
Noté que algo tiraba de la pernera del pantalón. Al mirar, un chiquillo de ojos enormes y manos regordetas señalaba insistentemente un bloque de nichos situado más abajo. De inmediato, reconocí el lugar. Allí estaba enterrado mi padre. Sin duda, aquel era el lugar. Cuando fui a darle las gracias al chiquillo, este ya no estaba. Me arrebujé dentro del abrigo y seguí la dirección dada, como una polilla que se dirigiera hacia la luz de una vela, donde, sin saberlo, moriría como Ícaro cuando intentó alcanzar el sol.
No había tenido la oportunidad de despedirme de él. Todo había sucedido de forma repentina; de una manera tan inesperada que había dejado una herida en mi alma que todavía supuraba resentimiento, rabia y soledad. El viento soplaba helado y el día se oscurecía por momentos, lo que creaba una sensación opresiva a mi alrededor. Los pasos resonaban huecos contra el suelo de cemento, un sonido que rebotaba en las lápidas para después ser arrastrado por el ventarrón y diluirse camino al firmamento, como el espíritu de los creyentes.
A medida que me acercaba, el estómago se encogía y la boca se me secaba. ¿Nervios? ¿Ansiedad? ¿Qué buscaba, en realidad? ¿Qué haría si el viejo se me aparecía? ¿Qué le diría? ¿Lo siento? ¿Siento no haber venido antes a visitarte? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no me abrazaste más a menudo? ¿Por qué no recuerdo un «te quiero» tuyo? La garganta se me anudó y el llanto amenazó con regresar de nuevo.
Y de repente, allí estaba yo, delante de la tumba de mi padre, con un ramo de crisantemos blancos en una mano y el corazón roto en la otra. Por un instante me sentí ridículo. No supe qué hacer. Hacía mucho que había olvidado cualquier plegaria y se me antojaba ridículo hablarle al vacío. Si al menos estuviera allí, conmigo, como lo estuvieron los críos o el hombre de patillas anchas. Los segundos caían uno tras otro, haciéndome viejo, tiñéndome el pelo de blanco, arrugándome la piel y dejando opacos mis ojos.
—Papá —dije en un murmullo quedo—. Papá, ¿dónde estás?
El mármol negro lucía sucio. Los dos pequeños floreros destinados a mantener vivo el recuerdo aparecían vacíos y descuidados. Fui absolutamente consciente de que era demasiado tarde. Demasiado tarde para un abrazo. Demasiado tarde para una mirada de amor. Demasiado tarde para un «te quiero». Demasiado tarde para nada.
Caí de rodillas, derrotado, sobre el cemento, tan frío como el hielo, y empecé a llorar sin consuelo.
—Papá —dije gritando—. Papá, ¿dónde estás?
Notaba cómo mil pares de ojos me miraban, salidos de los nichos, de debajo de la tierra, desde arriba, en las alturas, más allá de las nubes.
Me incorporé, decidido a cerrar la herida de una vez para siempre. Toqué la lápida. Helada y húmeda, y recordé los versos del poeta.
Los muertos, los pobres muertos, sufren grandes dolores,
y cuando octubre, podador de viejos árboles, lanza
su viento melancólico en torno a sus mármoles,
seguro que debe considerar muy ingratos a los vivos […]
Tiré del mármol hacia mí, resquebrajando la lápida como Jesucristo había resquebrajado al morir el velo del templo de Jerusalén. Trozos de piedra negra y cemento se desprendieron, abriendo el nicho tal y como hiciera el ángel del Señor con el sepulcro del Mesías. El fuerte olor que salió de la oquedad no me impidió seguir con la tarea. Contemplé el ataúd de mi padre, madera rústica quebrada por el paso inexorable de la eternidad. Me encaramé al hueco escalando a duras penas sobre las lápidas que quedaban debajo. Empujando el féretro a un lado, busqué y encontré la manera de meterme allí dentro.
El sonido del viento se escuchaba ahora lejano y, sin esperarlo, me sentí en casa. El olor de los crisantemos perfumaba la estancia. Abajo, los niños reconstruían la lápida como si fuera un rompecabezas sencillo mientras el señor que vestía de forma elegante un traje bastante pasado de moda, con corbata ancha del tamaño de sus patillas y figura rocosa y espigada recolocaba la losa en su lugar.
Fuera empezaba a llover.
Y yo sentía ya a las cuadrillas de la muerte relamiéndose por el inminente festín.1
Juegos en silencio
A aquella hora de la noche el guardián terminaba la ronda, asegurándose de que ninguna pareja de enamorados o ningún deportista de mediana edad, de esos que corren con camisetas promocionales de algodón, se quedaban a propósito o por despiste en el interior del parque.
El lugar gozaba de bastante fama entre los habitantes de la ciudad, que acudían a diario a pasear, a hacer algo de ejercicio o, sencillamente, a disfrutar del tiempo libre. Contaba con amplias extensiones de césped, un rocódromo, un circuito para hacer deporte e incluso un pequeño lago con una cascada de agua donde vivían media docena de patos y cisnes que parecían no aburrirse nunca de su anodina vida. Las familias acudían a merendar, y los bancos de madera se ocupaban con gente que miraba pasar a otra gente. Aunque diversos carteles alertaban de la prohibición de alimentar a los animales, estos acudían al encuentro de las personas porque sabían que era la única forma de variar la dieta.
A pesar de toda la oferta de actividades al aire libre, la principal atracción del parque era la zona infantil. Dividida en dos áreas —una para niños menores de cinco años y otra para los mayores—, recibía cada día la visita de muchos chiquillos, que llenaban el lugar de alegría, carreras y experiencias divertidas. Columpios, toboganes y diversos conjuntos modulares de juegos equipados con puentes, pasarelas y escaleras. Balancines y remos para uno o varios críos, casetas de pequeño tamaño y un suelo acolchado capaz de amortiguar las más aparatosas caídas y que, muy a menudo, aparecía pintado con tiza, listo para jugar al tejo. Una valla con tablones de colores delimitaba el perímetro de la zona de juegos, que contaba, además, con varios carteles que advertían a los adultos de las medidas de seguridad y las normas de uso. Nada de pelotas. Nada de carreras. Nada de patines. Nada que no se pudiera incumplir.
A aquella hora de la noche, el viento mecía las ramas de los árboles que, de día, ofrecían sombra a los bancos repartidos por el parque y que, por la noche, entonaban su lamento a las almas tristes. Un cántico dedicado a las ánimas que no encontraron nunca consuelo. Las farolas, repartidas aquí y allá como si de un acto de caridad se tratara, emitían una luz tenue y tímida, más propia de los jardines de un sanatorio. El guardián del parque acababa cada noche el turno cerrando la verja principal de entrada al recinto, dos puertas enrejadas cuyos goznes chirriaban tan agudos como el grito de los cerdos en el matadero justo antes de cortarles el cuello de oreja a oreja. Las puertas chocaban una sobre la otra y quedaban definitivamente atrancadas al pasar el cerrojo, tal y como se hace con las puertas del cementerio.
A medianoche, las farolas se apagaban por la acción de un reloj programable y el agua de la cascada dejaba de caer. Solo los árboles continuaban con sus cánticos, aderezados a veces por el susurro de las hojas secas que, caídas al suelo, eran arrastradas por el viento nocturno.
A partir de esa hora venían ellos. O los otros. Aparecían en el parque infantil flotando etéreos entre colores primarios. Espectros. Fantasmas. Apariciones. Espíritus de niños que acudían a vagar entre columpios y toboganes con la mirada perdida. Jugando a su manera. En silencio. Sin risas ni llantos. Sin gritos alborotados. No jugaban a la gallinita ciega ni al escondite. Ni saltaban a la comba. No hacían el juego del pañuelo ni había juegos con las palmas de las manos. Solo ánimas mudas que deambulaban entre el mobiliario urbano, conservando aún sus rasgos mortales. Aquel que había muerto de cáncer y lucía calva y ojeras. Aquel otro que, habiendo caído a la piscina sin que nadie se diera cuenta, murió ahogado y mostraba todavía la piel arrugada y los labios amoratados. Alguno que sufrió la frustración de un padre cobarde y presentaba, fresca, la marca de las manos del fratricida alrededor del cuello y las hemorragias petequiales en los ojos. Niños. Niñas. De cinco años. «Yo tengo casi seis». De siete. De ocho y de nueve. Y de un año, que recién aprendieron a caminar cruzaron inocentemente el asfalto y ahora se movían por el parque infantil sin dolor ni cojeras, exhibiendo su masa encefálica a través del cráneo fracturado. Subían y bajaban. Se cruzaban entre ellos. Los columpios se balanceaban sutilmente y el muelle de los balancines apenas emitía sonido alguno.
La noche avanzaba entre juegos en silencio, bajo la atenta mirada de la luna que, allá arriba en el firmamento, cuidaba de las almas atribuladas. Hasta que los pájaros despertaban y los patos graznaban al alba reclamando su dosis de comida. Entonces, los niños se disolvían en el viento. Poco a poco. De uno en uno. Como pompas de jabón que explotan al azar. Y para cuando el parque abría sus puertas, ni los árboles cantaban ya.
Y así pasaban los días. El sol salía y el parque abría de nuevo sus puertas para recibir a los empleados de mantenimiento. Al cuidador de las aves. A los jardineros que cortaban el césped. Al personal de limpieza de los baños y al que barría las hojas secas. Aquellas que quedaron agotadas en el pavimento tras una larga noche de cantos funerarios.
Pronto llegan los primeros usuarios. Jubilados que hacen sus estiramientos y grupos de practicantes de yoga que extienden sus esterillas sobre la hierba y gestionan sus centros de energía. A media mañana, cuando el sol recorta la sombra de los árboles, llegan los primeros niños, a bordo de sus carros o sobre sus bicicletas de plástico con ruedas anchas. Los más pequeños son siempre los más madrugadores, algo que se ve en la expresión resignada de sus padres. Y el parque infantil se llena otra vez de vida. De gritos y de juegos. Los niños corretean entre las atracciones sin saber que en ellas han estado jugando ellos. O los otros. El enfermo. El ahogado. El ahorcado y el atropellado. El que murió de forma súbita y solo gateaba. Y el otro que se cayó, con tan mala suerte que su cabeza se estrelló en una esquina. El que falleció de meningitis y el que salió volando del coche en una de las vueltas de campana por no llevar el cinturón de seguridad.
Así, el parque se llena a medida que pasan las horas y la actividad infantil va en aumento, como pasa con el agua que se pone al fuego y empieza a calentarse, hasta que aparecen unas pequeñas burbujas que anuncian que pronto comenzará la ebullición. Tal y como ocurre con la hormiga que encuentra una mosca muerta y corre a anunciar al resto que hay trabajo que hacer, y pronto el número de insectos es tal que cargan con los restos del díptero como si de una procesión profana se tratase.
Ahora no es la luna quien custodia a los infantes, sino sus padres y madres y abuelas y tíos y hermanos mayores. Vigilan a los niños sin darse cuenta de que más allá de las vallas de colores, por detrás del respaldo de los bancos de madera, hay una presencia fantasmagórica de hombres y mujeres adultos. Siempre a la sombra de los árboles, discretos, observando con tristeza cómo juegan sus hijos. Aquellos que se quedaron sin progenitor y que crecerán sin el recuerdo real de papá o de mamá. Allí está, bajo la luz dorada del sol, aquel que bebió demasiado antes de coger el coche. Aquella que, deprimida, saltó del noveno piso. Y el que, sin razón aparente, fue reclamado de improviso por las fuerzas cósmicas. Acuden cada día a ver a sus hijos. En sus caras, esa media sonrisa triste de payaso, amarga como un trago de decepciones. Los ven crecer. Se alegran de sus pequeños logros y gozan escuchando sus risas, sabiendo que tarde o temprano cambiarán el parque por otro tipo de entretenimientos, y ya no habrá razón para volver.
Para cuando el guarda comienza a avisar del cierre de las instalaciones, los fantasmas adultos se disuelven en el aire, como el vapor de azufre en los confines del averno. Y la luna vuelve a estar alta y las farolas se apagan. Entonces, los fantasmas infantiles regresan y se alegran de ver que en el suelo alguien hizo dibujos con tiza.
Evangelio según Judas Iscariote
El olor continuaba adherido a su glándula pituitaria como un parásito chupasangre a la piel de un perro callejero. Por más que el ritual incluyera una ducha caliente y una exfoliación de restos orgánicos ajenos, el olor permanecía y le hacía compañía en los más íntimos quehaceres de su rutina.
Cada noche, antes de meterse entre sábanas, después de otra jornada más sin tocar fondo, se sentaba a solas en el borde de la cama, con la luz tenue de la mesilla de noche como única guía de su alma. Un faro sin farero. Un barco sin capitán. Un mar embravecido en una noche sin luna. Y lloraba. En silencio.
Lloraba a solas y en silencio. Derramando lágrimas que no recibirían consuelo. Unas lágrimas que brotaban de un corazón roto sin remedio. Roto hacía demasiado tiempo. Y recordaba lo que una vez tuvo. Y lamentaba lo poco con lo que se conformaba. Mientras las lágrimas caían estériles en una inmensidad de oscuridad y silencio. Un terreno baldío donde los sentimientos alienantes florecían igual que la mala hierba en un campo infantil descuidado. Así hasta que el llanto iba dejando paso a una calma extraña, como la arena de una playa azotada por una pleamar violenta.
Antes de apagar la luz se preguntaba si conseguiría algo arrepintiéndose ante Dios por todo aquello que, un día más, había hecho. Devolver las treinta monedas de plata, llevar un escapulario con la imagen de la Virgen del Rosario o purgar el cuerpo portando un cilicio. Pero hacía tiempo que Dios se había jubilado.
Cada noche, el sueño llegaba a través de un camino largo y ventoso. Y por ese camino transitaba, llevando a la espalda la leña obtenida en los bosques de la autoestima y la dignidad. Y justo antes de dormirse, prendía la madera. Y el fuego lamía su espíritu. Pero el olor a quemado nunca llegaba. Y aquel otro olor permanecía adherido a su ser. Restos orgánicos ajenos. El fuego purificador le mortificaba en sueños. Crepitaba violento azuzado por la conciencia.
Todas las noches transcurrían de igual forma. Hasta que la oscuridad de la madrugada ganaba la batalla y extinguía el fuego redentor, convirtiendo los remordimientos en cenizas y los malos pensamientos en sueño.
Y así, día tras día, en una espiral difuminada hacia el vacío más absoluto de una existencia fallida.
Que Dios me perdone
«En la herradura de los Cárpatos se han juntado todas las supersticiones del mundo, es como si nos halláramos aquí en una especie de torbellino de la imaginación».
Bram Stoker
Encendí el teléfono móvil en cuanto el avión tomó tierra. A pesar de que los aparatos electrónicos debían mantenerse apagados hasta la apertura de las puertas, estaba ansioso por saber qué había pasado con el padre de Iliana. El pobre hombre, un octogenario de esos que tienen lo que comúnmente se llama mala salud de hierro, se había caído en su casa con tan mala suerte que se había golpeado la cabeza, quedando inconsciente. Florin había sido encontrado inerte por una vecina que había avisado a Iliana de forma inmediata desde la única cabina telefónica que había en el pueblo. Situado en las cumbres de la cordillera de los Cárpatos, hasta allí no llegaban las antenas de telefonía, la televisión por cable o las señales de radio. En Braşnov, el tiempo se había detenido algunas décadas atrás.
Aquellas eran las últimas noticias que había recibido de Iliana justo antes de apagar el teléfono y tomar el vuelo que me llevaría a la capital de Rumanía. Una vez allí, tomaríamos un coche en Bucarest e iríamos a Braşnov. Una distancia de unos doscientos kilómetros hacia el norte que tardaríamos en recorrer unas cuatro horas. Pero dadas las circunstancias, la chica había tenido que salir inmediatamente hacia el pueblo y ya no había tiempo para anular el viaje. Esperaba y deseaba que el incidente no hubiera ido a mayores y que todo se hubiera quedado en un susto.
El teléfono tardó más de lo habitual en conectarse a la red local de telefonía. Unos minutos que se me hicieron eternos, como ocurre cuando se tiene una necesidad fisiológica inmediata y no hay lugar donde aliviarse. Habíamos estado planeando el viaje desde hacía algunos meses. Pasaría una semana en Rumanía, junto a Iliana, visitando los lugares más pintorescos de Transilvania. Habíamos planeado recorrer los senderos del parque nacional Piatra Craiului, visitar el lago Esmeralda, el castillo de Bran o el santuario de osos de Zarnesti. Pero ahora, tal y como cambia el viento, se habían torcido nuestros planes y el teléfono seguía sin cobertura. Cuando por fin pude marcar el número, unos pitidos entrecortados y débiles daban una señal que no tuvo respuesta. Haciendo cálculos, era posible que Iliana estuviera ya en Braşnov, lo que significaba que probablemente estaría ocupándose de su padre. El teléfono sonaba y sonaba; me recordaba la cadencia de una máquina de soporte vital. Un pensamiento funesto cruzó mi mente y creí escuchar como el sonido quedaba sostenido en el tiempo, como ocurre cuando el corazón se para. Colgué inmediatamente.
Salí del avión y recogí mi equipaje, me dirigí al mostrador de una empresa de alquiler de coches y cambié dinero en una oficina del aeropuerto. Tardé más de una hora en hacer todo aquello, lo que, sumado a la diferencia horaria, significaba que llegaría a Braşnov de noche, conduciendo en la oscuridad a través de los Cárpatos. En otras condiciones, aquello sería una aventura divertida. Pero yendo solo y con la incertidumbre de lo que podría haberle ocurrido a Florin, la situación me causaba cierto temor. Desconocía el país, la manera que tenían de conducir los rumanos, el estado de las carreteras —especialmente en la montaña—, su iluminación y su cobertura de telecomunicaciones. Confieso que perderme en cualquier cruce de caminos en los bosques de Transilvania, en mitad de la noche y sin señal de geolocalización, no me hacía demasiada gracia. Había leído en las guías de viaje la alerta que se le hacía a los senderistas respecto a la posibilidad de encontrarse en la espesura con osos, lobos y perros salvajes. Más allá de los terrores psicológicos generados por la mitología del lugar, estaba el peligro real que ofrece la naturaleza despiadada.
Intenté contactar de nuevo con Iliana antes de emprender el viaje por carretera. No tuve éxito. Un sentimiento aciago había anidado en mi corazón y por un momento quise dar la vuelta y tomar el primer vuelo de regreso a casa. Experimenté ese tipo de sensación que se tiene al presentir un desastre. Una perturbación del ánimo que avisa a nuestra consciencia de un peligro intangible que se cierne, inevitable, sobre nuestra realidad. Una señal de alerta a la que rara vez se le hace caso. En nombre del raciocinio se ignoran signos místicos que podrían incluso salvarnos la vida. El progreso tecnológico no solo ha desechado la superstición y la superchería, sino que, además, la ha estigmatizado, haciendo sentir ignorantes a aquellos que, por prudencia, hacen caso a esas señales cósmicas que nos indican que el camino de la izquierda es mejor que el de la derecha. No obstante, quizás Iliana me necesitara. Tal vez Florin estuviera bien y todo había quedado en un susto. Era posible que, aunque perdiéramos uno o dos días, pudiéramos disfrutar finalmente del plan vacacional que con tanto esmero habíamos confeccionado. Encendí la radio del coche de alquiler y emprendí el camino hacia el norte. Con un poco de suerte, llegaría a Braşnov antes de la medianoche.
Una autopista de tres carriles me sacó de la capital rápidamente y en apenas una hora, me encontraba a los pies de las montañas. Estas se cernían imponentes contra el cielo. El verde oscuro del bosque contrastaba con el azul violáceo del ocaso. Noté su influjo. Sugestionado tal vez por las leyendas que tenían su origen en aquella región, sentí la vibración de los Cárpatos. Un poder intenso que pareció extender sus garras hacia mi corazón, como unas raíces poderosas que rodearan una piedra hasta terminar haciéndola añicos. Sentí su presencia. Su vitalidad. Las luces del coche se encendieron de forma automática, lo que me recordó que, efectivamente, atravesaría el bosque en plena noche.
Conocía a Iliana desde hacía unos años. Había sido invitada a dar una conferencia en la facultad de medicina de la universidad en la que trabajaba. Hasta entonces, ignoraba la forma holística que tenían los rumanos de acercarse a la ciencia. Para ellos, la investigación parecía ser algo más que el mero hecho de publicar artículos científicos y ganar cuanto más dinero mejor. Su particular localización geográfica situaba a Rumanía entre Oriente y Occidente y parecían haber aprendido a integrar la espiritualidad de unos y el materialismo de los otros. De alguna forma, era como si fueran el punto de encuentro del hemisferio cerebral derecho —el creativo, situado al este— y el izquierdo —el analítico, al oeste—. Anatómicamente hablando, Rumanía parecía ser el cuerpo calloso del planeta, conectando las dos formas antagónicas de vida que había a uno y otro lado del globo terráqueo. Iliana impartió una conferencia tan interesante como entretenida. Posteriormente, tuve la oportunidad de conocerla en persona y pronto encontramos nexos que iniciarían una interesante y prolija colaboración científica entre dos instituciones separadas entre sí por más de cinco mil kilómetros. Con el tiempo, el aprecio mutuo dio pie a una amistad sincera, y, por fin, había encontrado el tiempo suficiente para visitar su país. Preparamos el viaje con todo detalle: una estancia de una semana que ahora quedaba en suspenso a la espera de lo que pudiera haberle ocurrido a su padre.
Las figuras de los abetos, los robles y los álamos se alzaban imponentes sobre mí. La carretera serpenteaba con suaves curvas, subiendo y bajando, introduciéndose a cada kilómetro en el corazón del bosque. Unas nubes oscuras amenazaban lluvia. El sol cedió sin demasiada resistencia su paso a las tinieblas, que reclamaron su dominio sin admitir réplica. Por encima, invisible, la luna quedaba oculta por el celaje. Había entrado en su fase creciente unos días atrás y estaría llena durante mi estancia en los Cárpatos. Una coincidencia que ahora solo contribuía a aumentar el mal presagio que ocupaba mi mente. Decidí sacudirme los malos pensamientos. Cambié de sintonía en la radio buscando alguna canción animada. Ninguna emisora llegaba con claridad y la música aparecía sucia por el sonido de la estática. Apagué el aparato y seguí avanzando mecido por el ronroneo del motor. Las luces proyectadas por los faros del coche creaban sombras extrañas a orillas del camino, y cuando quise darme cuenta, era noche cerrada. Las primeras gotas de lluvia se estrellaron contra el parabrisas. El sensor de agua se activó automáticamente y el limpiaparabrisas se puso en marcha. La goma seca de las escobillas emitió un sonido agudo al frotarse con el cristal que me sobresaltó y me hizo dar un volantazo que a punto estuvo de sacarme de la carretera. Tomé el control del vehículo notando que el corazón latía en mi garganta. A lo lejos, un relámpago iluminó la noche y el cielo se deshizo en lágrimas.
En mi periplo hacia Braşnov atravesé varias aldeas. Pequeñas agrupaciones de casas unifamiliares con tejado y chimenea, hechas de ladrillo y madera, preparadas para soportar el crudo frío de las montañas. Aquí y allá, el paisaje se veía salpicado por hoteles modestos que eran ocupados por senderistas en verano y por esquiadores en invierno. La lluvia arreciaba mientras los limpiaparabrisas del coche intentaban seguirle el ritmo, como si fueran un par de bailarines noveles incapaces de seguir una melodía que aumentaba gradualmente del allegro al prestissimo. Procuraba no perder detalle de la carretera, guiándome por la línea continua del borde lateral derecho del camino. Me sentía cansado. No había visto ningún área de servicio desde que comencé el ascenso y, desde luego, no veía seguro pararme en mitad de la vía, con lo que tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para seguir adelante. En esas me encontraba, concentrado en la conducción, cuando el sonido del teléfono móvil, agudo y absolutamente antinatural en aquel entorno, sonó a un volumen excesivo. La melodía —mi melodía— fue irreconocible por un instante, y sentí que se me erizaban los pelos de la nuca por la magnitud del susto. El coche zigzagueó cuando aparté la vista para contestar. Era Iliana.
La voz de mi amiga llegaba entrecortada y metalizada a través del manos libres, que solo contribuía a empeorar la calidad de la conversación. Desde la primera frase supe que algo malo había pasado. Tuve que pedirle que me repitiera parte del mensaje, más por el hecho de no dar crédito que por el efecto de la mala cobertura. Florin había fallecido. A partir de entonces, todo iba a cambiar en mi vida.
Llegué a Braşnov casi a medianoche. Una aldea pequeña en mitad del bosque, donde, por lo que sabía, apenas vivía medio centenar de vecinos. No había servicios médicos ni escuela. Ni teatro. Ni estadio de fútbol para el equipo local. Tampoco contaba con un Apple Store ni un Starbucks. Solo árboles. Y montaña. No me costó demasiado dar con la casa del difunto. Era la única que permanecía completamente iluminada a esa hora de la recién estrenada madrugada.
Salí del coche. La lluvia parecía estar dando una tregua más que necesaria. Noté que los zapatos se me hundían en una tierra húmeda y fría. Me acerqué hasta la puerta, que estaba entreabierta, y llamé con timidez. Pronto fui recibido por Iliana, que se abrazó a mí desecha en lágrimas, musitando palabras en una lengua que me era desconocida. Pasados unos minutos pareció tranquilizarse. Se esforzó por sonreírme y darme la bienvenida al país; y lamentó las circunstancias imprevistas del viaje. Iliana no tenía hermanos y su madre había fallecido hacía unos años. Fue en ese momento cuando fui consciente de que tendría que pasar esa, y probablemente las siguientes noches, en compañía de un cadáver.
No había visto un difunto desde hacía tiempo. Pero desde luego, nunca había visto un muerto como aquel. El cuerpo de Florin estaba tendido en una cama enorme, coronada por un cabecero de madera oscura. La habitación tenía el olor de la vejez y la muerte recién estrenada. Hacía frío. El golpe en la cabeza del finado era claramente visible. El cráneo aparecía hundido en un lateral, por lo que supuse que el anciano habría muerto de hemorragia cerebral por el golpe. Ya daba igual. La imagen me sobrecogió por lo integrada que estaba en lo cotidiano. Nada de funerarias ni ambulancias. Nada de papeleo ni elección de lápidas. Pregunté a Iliana qué podía hacer por ella. Me respondió que estaría por siempre agradecida si le ayudaba a preparar a su padre para el velatorio que tendría lugar los siguientes tres días. En aquel instante no tenía ni idea de lo que supondría para mi cordura el estar involucrado en todo aquello.
Encendimos la chimenea del hogar antes de comenzar las maniobras de tanatopraxia. El fuego calentaría la casa, aunque yo estaba seguro de que ni el más grande de los incendios acabaría con el frío que había en mi interior. Primero, lavamos el cuerpo del muerto. La piel lucía pálida y fría al tacto. Noté esa falta de turgencia natural propia de los órganos vivos. Era como tocar el cuerpo eviscerado y refrigerado de una res. La piel muerta no comunicaba nada y ese silencio táctil era tan extraño como sobrecogedor. Después lo vestimos con la ropa más elegante que encontramos en el armario. Florin era un hombre corpulento y tuvimos que esforzarnos para moverlo a un lado y a otro y dejarlo listo. Afortunadamente, la muerte había sucedido hacía poco y el estado de rigidez cadavérica aún no había hecho acto de presencia. Colocamos el cuerpo sobre la cama —que rehicimos para la ocasión— vestido y calzado; con la mandíbula, los pies y las manos atadas con jirones de sábana. A continuación, recorrimos toda la casa buscando espejos. Todos y cada uno de ellos debían ser cubiertos con telas. Así se evitaba que el alma del difunto quedara atrapada o que alguien viera su imagen reflejada, algo que, según una vieja creencia, indicaría el próximo en morir. Ayudaba a Iliana intentando procesar todas esas costumbres propias del folclore local, que impactaban más profundamente en mí debido a lo extraño de la situación que estaba viviendo. Las puertas y las ventanas debían permanecer abiertas para facilitar el tránsito del alma del muerto. La noche avanzaba y yo experimentaba un cansancio corporal y mental que comenzaba a afectarme. Bien avanzada la madrugada, colocamos un paño negro en la puerta de la casa, algo que indicaba públicamente que allí se estaba de luto. Iliana me anunció que permanecería el resto de la noche al lado de su padre. Mi habitación era justo la contigua. Me metí en la cama sobrecogido por todo lo que había vivido en un solo día. Tuve la sensación de haber iniciado aquella jornada años atrás. El impacto emocional había sido intenso. No iba a ser fácil conciliar el sueño. Fuera no llovía, pero el aullido de los lobos, lastimero y melancólico, me encogió el corazón. Dentro, el espejo en la habitación estaba parcialmente descubierto. La tela que lo cubría se había desprendido por un extremo. No fui capaz de levantarme a colocarlo. Cuando la claridad anunciaba el alba, yo seguía sin pegar ojo.
En algún momento de la noche debí quedarme traspuesto, pues me despertó el ajetreo matutino de la casa. Por un instante, no supe ubicarme. No sabía dónde estaba. Esa extraña sensación que se tiene a veces cuando se viaja mucho y uno despierta un día en una habitación de hotel y al siguiente en otra. Notaba mi mente turbia, como envuelta en una nube densa mezcla de cansancio e inquietud. Al otro lado de la puerta, varias voces —femeninas— se entremezclaban en una danza de palabras que destilaba tristeza y desconsuelo. Pude distinguir la voz de Iliana. Hablaban en rumano, pero las emociones humanas suenan igual en todos los idiomas. Para los sentimientos más profundos, las palabras sobran.
Tardé unos minutos en salir. Me había acostado con la ropa de viaje y no me había aseado desde que saliera de casa el día anterior. La puerta chirrió, alertando de mi presencia. Las voces venían de la habitación en la que yacía Florin. Allí estaba mi amiga acompañada por tres mujeres más. Señoras mayores, entradas en carnes, que vestían de negro de los pies a la cabeza. También Iliana se había cambiado de ropa y llevaba ahora un luto riguroso que le cubría incluso la cabeza. Me presentó a las mujeres. Vecinas del pueblo. Una de ellas había sido quien había avisado a mi amiga del accidente de su padre. Iliana ejercía de intérprete y el inglés nos servía, a medias, para comunicarnos.
Pronto, la casa se fue llenando de vecinos que iban y venían. Hombres y mujeres. Más jóvenes o más viejos. Algunos traían comida. Todos vestían de negro. A pesar de la cantidad de personas que había en el domicilio, las voces no se alzaban por encima del murmullo: «Dumnezeu să-l ierte». El respeto hacia el fallecido parecía mezclarse con una veneración morbosa de la propia muerte, que aceptaban de una forma tan cotidiana como perturbadora.
Al poco rato llegó a la casa un sacerdote. A tenor de las ropas que vestía, debía ser un pastor ortodoxo. Era viejo. De piel arrugada adherida a los pómulos de la cara. Con unos labios finos que dibujaban una expresión cruel. Manos nudosas como raíces de álamo. Caminaba con dificultad, apoyado en una especie de báculo. El frío de la mañana envolvía su figura en un halo gélido y fantasmagórico. Le vi pasar a mi lado sin dirigirme siquiera una mirada. Era un extraño contemplando las costumbres ancestrales de un pueblo celoso de guardar sus más íntimas tradiciones. Me sentía fuera de sitio, como si estuviera en una fiesta a la que no había sido invitado. Un intruso al que nadie había dado vela para el entierro.
Decidí salir de la casa y dar un paseo. Darles la máxima intimidad a Iliana y a Florin. Además, necesitaba sobremanera recuperar puntos de cordura y asimilar todo lo ocurrido. Me había visto envuelto en un ritual funerario para el que no estaba preparado. Fuera, el aire olía a bosque y a tierra húmeda. El otoño se había adelantado un par de semanas y las hojas de los árboles caían al suelo discretamente, dejando al descubierto unas ramas esqueléticas que se extendían lánguidas hacia la lejana primavera. Respiré profundamente y por un instante me sentí renovado por la naturaleza que me rodeaba.
La luz de la mañana tenía un tono mortecino. Entre gris y amarillo. Me recordó el color de la piel de Florin. Los árboles se alzaban, imponentes, apenas a una decena de metros de las casas, como estalagmitas de madera y savia. Comencé a andar sin rumbo, vagando, con la mirada perdida en mis pensamientos, reordenando las emociones de lo acontecido en las últimas horas. Reconozco que me sentía superado por la situación. No entraba en mis planes tener que acicalar cadáveres o enfrentarme a supersticiones ancestrales propias de una tierra extraña y misteriosa. Definitivamente, el viaje iba a tener que sufrir una reorganización profunda. Al menos durante los siguientes tres días —tiempo que duraría el velatorio— debería permanecer en Braşnov acompañando a Iliana durante el doloroso trance. Estaba sola. Y ella haría lo mismo por mí. Supongo.
Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque.
Nada.
Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso en alerta.
Di dos pasos a la derecha.
Me sobresalté con el chasquido de unas ramas rotas bajo mi propio peso. La alerta dio paso al nerviosismo y por un momento me pregunté qué pasaría si me perdía realmente y no podía salir de allí.
Miré al cielo en busca de referencias en el firmamento. Pero sus habitantes allá arriba hacía tiempo que me habían dado la espalda. No podía contar con ellos para salir de esta. El nerviosismo cedió su lugar al miedo. De repente, sentí la necesidad de gritar. Pero no me atreví a romper el silencio del bosque. Me imaginaba siendo atacado por los árboles en respuesta a la violación de su entorno. Como serpientes que se lanzan sobre un ratón cuando este decide erróneamente emprender la huida. Inmovilizado por ramas y raíces que tirarían de mis extremidades hasta desmembrarme. No. No me atreví a gritar. Daba pasos erráticos y ya no sabía la dirección que había tomado o si estaba dando vueltas en círculo.
Creí escuchar un ruido detrás de mí. Me giré. Blanco. Niebla densa de color blanco. Me cegaba. Pero el ruido persistía. Un gruñido amenazante, de advertencia. Letal. Me encaré con la fuente del sonido y, al instante, un enorme perro surgió de entre la niebla. Arrugaba la nariz, enseñando los dientes y las encías. Daba pasos cortos. Acercándose. Era de un color negro que contrastaba con el fulgor rojo de unos ojos terribles. El pelaje se le erizaba en la zona del lomo más próxima a la cabeza, y las orejas, puntiagudas, apuntaban al cielo como los cuernos de Bafomet. El miedo se transformó en pánico. Sostenía la mirada de la bestia mientras reculaba, balbuciendo palabras tontas e intentando calmar al animal. Parecía una especie de perro. Su color y su tamaño no se correspondían con los de un lobo. Aunque eso daba igual. Me despedazaría de la misma forma y guardaría mis entrañas como reserva para el invierno. En mi retirada, tropezaba contra los árboles, con sus raíces y sus ramas, que tejían una trampa mortífera carente de piedad. El aliento se condensaba en el aire con cada exhalación. Mientras, el perro salivaba profusamente, derramando rabia y furia. Su mirada transmitía un odio ancestral y primitivo. Estaba absolutamente seguro de que me mataría en cuanto tuviera la oportunidad.
Unos gritos llegaron desde alguna parte. Gritos humanos seguidos de una algarabía. Una voz masculina y grave daba órdenes estrictas en rumano. El perro escuchó lo mismo que yo y, sin más, desapareció en la niebla.
Eché a correr en dirección contraria y, para mi sorpresa, llegué a la linde del bosque casi inmediatamente. Identifiqué el origen del alboroto. Todo procedía de la casa de Iliana. La bulla era mayor a medida que me acercaba. Corría con el susto metido en el cuerpo tras el encuentro con el perro salvaje. ¿Había sido real? Aminoré el paso, me palpé las manos y el cuerpo para asegurarme de que todo estuviera en su sitio. Por un instante recordé esas viejas películas en las que uno se convertía en hombre lobo tras un encuentro como aquel. Pero siempre ocurría de noche, a la luz de la luna llena y llevaba asociado un mordisco, un arañazo o algún tipo de herida que desde luego yo no había sufrido. Pero aquellos ojos… Tenían el poder de hipnotizarme, de embrujarme. Un hechizo animal capaz de hacerme cualquier cosa.
Alguien salió de la casa, escoba en mano, espantando a golpes a un gato negro que huía con la cola tiesa en dirección a las nubes. Supuse que debía ser alguna nueva superchería. Pronto supe que se trataba de algo mucho peor. Dentro, los asistentes al velatorio se santiguaban murmurando plegarias, con el gesto compungido y llenos de temor. Llegué hasta donde estaba el cuerpo de Florin. Iliana lloraba desconsoladamente sobre el pecho de su padre. Un llanto que entremezclaba la pena con la rabia. El sacerdote hablaba en voz alta —sin duda, las palabras que oí en el bosque eran de él— salmodiando al difunto y esparciendo agua bendita sobre el cadáver, la cama y el entorno de la habitación. No entendía nada, pero algo malo parecía haber sucedido. Lo cierto es que no sabía si mi mente sería capaz de absorber más oscuridad.
El día pasó. Y el siguiente también. La casa nunca dormía. Las luces permanecían encendidas día y noche, puertas y ventanas abiertas y un vaivén de vecinos que acudían a acompañar a Florin y a su hija. Pronto me enteré de que lo acontecido días atrás era terrible. Según la tradición, ningún animal puede entrar en la habitación donde se vela un cadáver, y mucho menos pasar bajo su cuerpo. Si eso sucedía, el alma del difunto no solo no podría marchar, sino que se convertiría en algo maléfico. Un espíritu maligno que traería mala suerte al lugar y a sus gentes. A esos entes sobrenaturales los llamaban strigoi. Podían tener forma etérea o vagar hasta encontrar un cuerpo que habitar, de persona o de animal. Strigoi. La palabra, pronunciada en boca de aquellas gentes y en aquel lugar, daba auténtico pavor.
Solo había una forma de evitar que el muerto se convirtiera en un strigoi, una tradición que daba sentido al mito más tétrico de la cultura de aquella región.
Al tercer día se llevaría a cabo el enterramiento. Una ceremonia sencilla que consistía en llevar al muerto en procesión hasta el cementerio, desatarle los pies y las manos, y sepultarlo con el mayor de los respetos. La ceremonia se inició a última hora de la tarde. Los astros habían tenido tiempo de madurar y la luna nos observaba desde lo alto, emitiendo una luz fulgurante que creaba sombras entre las lápidas. Un séquito de vecinos acompañaba al difunto. En silencio.
Depositaron el ataúd a los pies de la tumba. El sacerdote pronunció una breve homilía destinada a dar descanso al alma de Florin. Cuando acabó, Iliana se acercó al cuerpo de su padre. Su rostro estaba descompuesto por el dolor y la falta de descanso. Yo no daba crédito a lo que veía. El clérigo sacó una caja y tomó de ella un palo corto y grueso, afilado en un extremo y plano en el otro. Tendió el objeto, así como un martillo de madera, a Iliana. Susurró algo al oído de mi amiga. Sin duda serían palabras de ánimo, a juzgar por lo que tendría que hacer a continuación.
Solo había una forma de asegurarse de que el espíritu de Florin marchara en paz.
Iliana colocó la estaca sobre el pecho de su padre. Sus ojos derramaban lágrimas y su mandíbula se apretaba en un gesto de dolor insoportable. Elevó el martillo y, de un golpe, hundió la madera en la carne. El cuerpo inerte absorbió la energía del impacto sin inmutarse. Iliana se derrumbó sobre el cuerpo profanado, llorando. El sacerdote tomó el relevo y golpeó la estaca hasta el fondo, mientras se protegía con un crucifijo y agua bendita. Sonido mate y amortiguado. Lejano. Originado más allá de la cordura. Por fin, cerraron el ataúd y dieron sepultura al pobre hombre.
Pasé el resto de la semana en la casa con Iliana. Apenas hablábamos, aunque nos hacíamos compañía. El ambiente era triste. Funesto. Los días eran oscuros. Llovía continuamente y el frío crecía con cada jornada. Me marché de Braşnov dejando a mi amiga allí. Prometió compensarme la próxima vez que nos viéramos, pero yo no estaba seguro de que hubiera próxima vez.
Hace justo un mes que viví toda aquella aventura. Una especie de pesadilla que me ha robado el descanso. Duermo inquieto, soñando a menudo con los ojos de aquel perro salvaje del bosque. Escuchando el sonido de la madera clavándose en la carne muerta. Me atormentan los árboles y la niebla, y a menudo me despierto en mitad de la noche bañado en sudor frío y con las uñas clavadas en mis propias manos.
Esa sensación es hoy aún más intensa. Me noto febril. Como cuando los niños sufren hipertermia al dar un estirón. Me pregunto si un strigoi sabe que lo es o si ocurre como con la demencia: que el loco no sabe que lo está. No sé si se trata solo de un delirio o si de verdad he podido ser víctima de la superstición. Si me he contagiado sin saberlo, como si fuera una enfermedad desconocida y mortal.
Me miro al espejo, pero no veo nada excepcional. Ni colmillos extendidos, ni garras en las manos, ni sed de sangre. El espejo me devuelve un reflejo extraño. Unos ojos tristes y una expresión agotada. Me veo envejecer y me pregunto qué interés tendría un ánima maléfica en poseer esta carcasa inservible.
Me meto entre sábanas y apago la luz. Las tinieblas me traen un sonido extraño, cercano, que me sobresalta. En mi propio dormitorio, apenas a medio metro de la cabecera de la cama, algo ha caído al suelo. Un golpe seco propio de un objeto ligero. Enciendo la luz sabiendo que no me va a gustar lo que voy a encontrar. En el suelo hay un trozo de cartón doblado por la mitad.
Parece un recordatorio funerario.
Lo tomo entre los dedos sin salir de la cama.
Leo el nombre. Mi propio nombre.
Apago la luz y busco acomodarme en el catre sabiendo que mi cara se refleja en todos los espejos de la casa. Percibo que debajo de mí yace un perro negro de ojos rojos y que una niebla densa se arremolina envolviendo mi cuerpo en una especie de mortaja volátil. Soy consciente de que mañana todo va a ser diferente. Que Dios me perdone, porque mañana prometo que todo será diferente.
Sofocado
Aquel viaje había surgido como todas las cosas importantes en la vida: por casualidad. No en vano, fue así como los ilustres Newton o Fleming realizaron sus mejores descubrimientos. Había tenido poco tiempo para organizar el periplo. Me gusta explorar las rutas sobre el papel y familiarizarme con la red de trasporte antes de toda partida. Sería un viaje relámpago, pero buscaría la manera de ir a visitar a mi viejo amigo Jacques fuera como fuese. Después, atendería las obligaciones que me habían traído hasta aquí.
La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques.
Durante mi traslado inicial, adquirí un plano del metro. No uno de esos pequeños, sino un buen plano digno de una oficina de turismo de primera división, con la red de transporte superpuesta al callejero más relevante y donde quedaban resaltados los principales monumentos de la urbe. Las hileras de colores de las diferentes líneas se entremezclaban y entrecruzaban a lo largo y ancho de la ciudad, recorriéndola bajo tierra como si fuera la mansión de una familia de hormigas mutantes. Todas parecían emerger desde un punto central. Un tumor primario que extendía decenas de nuevos vasos sanguíneos para seguir alimentándose y consumir así al huésped. Observaba aquel pedazo de papel intentando llegar de un lado a otro de la ciudad, y me daba cuenta de que, aunque la red subterránea parecía bien dotada, la conectividad entre los distintos itinerarios no parecía lógica. Así, por ejemplo, la línea siete —la que estaba más cerca del hotel en el que me alojaba— se dividía hacia el sur en dos brazos y, posteriormente, uno de ellos volvía a dividirse. Algo parecido ocurría con el color verde botella al norte y el azul celeste, que se desdoblaba en la parte superior del plano para tomar direcciones absolutamente opuestas. Un caso curioso lo constituía la línea diez, que en el oeste se dividía en dos para volver a fusionarse dos paradas más allá y terminar languideciendo en una única vía. Un intento frustrado de independencia. Por último, llamaba la atención la presencia de tres líneas bien gruesas, de colores vivos, que resaltaban por encima del resto y que partían a la ciudad en porciones casi simétricas. Todo esto, añadido al hecho de que las estaciones tenían nombres impronunciables para un extranjero que no dominaba la lengua local, hizo que esa noche me sumergiera en un descanso frágil que entremezclaba la ansiedad del traslado y la emoción del encuentro con Jacques.
Al día siguiente me desperté antes de que sonara el despertador. Encendí el televisor y sintonicé alguna emisora local de noticias. A pesar de que no entendía prácticamente nada de lo que decían los periodistas y tertulianos, poco importaba. De alguna forma, las noticias son básicamente iguales en casi todos los lugares del mundo. El día amanecía frío y amenazaba lluvia, así que metí un par de calcetines limpios en la mochila. No hay nada peor que caminar con los pies húmedos. Un par de guantes de lana, un gorro y el plano de metro completaban mi equipaje. Tomé el abrigo y la bufanda y me dispuse a desayunar. Es curioso cómo cambian algunos hábitos cuando se viaja. De forma general, mi desayuno cotidiano se compone de un zumo de naranja, una taza de café solo y una tostada. Pero cuando estoy de viaje, hago uso del desayuno continental en su máxima expresión. Así, aunque el zumo y el café son denominador común, la expresión matemática la completa un amplio surtido de queso y embutidos, pan con semillas, salchichas, huevos revueltos y una selección cuidada de la bollería industrial disponible. Metí a hurtadillas una pieza de fruta en la mochila y me dispuse a marchar. ¿Se consideraba acaso eso un robo? ¿Me convertía aquello en un delincuente en un país extranjero? ¿Entrarían los gendarmes a detenerme impidiéndome así visitar a Jacques? Me levanté sonriendo a la simpática camarera que en aquel momento se disponía a recoger la mesa y salí disparado hacia la boca de metro más cercana.
Para llegar a la morada de mi amigo tendría que tomar tres líneas de metro: la rosa —cuatro paradas—, la roja —gruesa como las cicatrices de un trasplantado— y la azul marino —cuatro paradas más—. Eso implicaba realizar dos trasbordos. Llegué a la entrada del metro y bajé las escaleras acompañado de cuerpos presurosos que me obligaban a avanzar a una velocidad superior a la que deseaba. Era la hora punta de la mañana y en esos momentos todos aquellos seres anónimos buscaban llegar cuanto antes, y de la forma más aislada posible, a su destino. Una fuerte corriente de aire cálido soplaba en sentido inverso, como expeliendo el alma aún caliente de los ilusos mortales que cada día se dejaban parte de su tiempo finito en aquella vorágine. Saqué un billete de cartón y accedí a la red de transporte subterráneo. La corriente humana me arrastraba y yo había olvidado mi salvavidas varios miles de kilómetros al sur.
La arteria principal se dividía en dos arteriolas que marcaban la dirección del convoy. Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y recordé que el plano estaba en la mochila. Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
La corriente aceleraba su ritmo. Me sentía como un dado de seis caras.
Par o impar.
Par o impar.
Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
Hice amago de quitarme la mochila, pero el tráfico se enlenteció de repente y me vi inmovilizado entre abrigos de piel sintética, pelos engominados y alientos matutinos.
Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
La masa de carne arrancó de nuevo, como el vagón de una montaña rusa.
Par o impar. Derecha o izquierda.
Derecha o izquierda.
Un fogonazo de memoria visual apareció justo en el momento preciso: la estación final que marcaba la dirección correcta en la que tenía que ir contenía una fecha.
¡Izquierda! Siempre el sendero de la mano izquierda.
El pasillo se estrechó, lo que hizo que el ritmo se ralentizara de nuevo. Giramos a un lado y a otro para acabar desembocando en una escalera mecánica que parecía descender sin fin hasta el mismísimo averno.
Vista desde arriba, la imagen era bastante sobrecogedora: decenas de cuerpos humanos alineados entre sí, tan pegados unos a otros y a la vez tan distantes entre ellos. Si alguno de aquellos seres se hubiera caído, el resto habría pasado por encima sin darse cuenta siquiera del obstáculo, ensimismados en sus quehaceres vitales y preocupados por ganar el suficiente dinero como para viajar a un lugar más cálido el verano siguiente. Habrían aplastado al desdichado que tropezara y cayera, y al llegar a casa, con los zapatos manchados de sangre y carne ajena, la preocupación sería prepararse una cena sana para estar al día siguiente presto y dispuesto para la vida moderna. Esa en la que se pisa a la gente y no importa.
Una especie de vértigo agitó mis sentidos. Si por algún casual éramos un experimento y aquella escena estaba siendo vista por un investigador gigante a través de un microscopio, yo no sería en absoluto diferente a aquellos que me rodeaban. Y ese pensamiento me puso muy triste.
Desde abajo, una nueva corriente de aire —esta vez helada— traía el sonido del tren que se acercaba. La masa se agitó como un estómago justo antes de vomitar. De haber tenido cinturón de seguridad me lo habría puesto. En cuanto la escalera mecánica llegaba a su fin, el magma humano era regurgitado con potencia, avanzando hacia adelante a través del pasillo subterráneo como una tenia intestinal.
Se escuchó el sonido de los frenos del vagón, lo que indicaba que el tren había llegado y había que cogerlo. El siguiente pasaría cuatro minutos más tarde, pero ese lapso era demasiado largo cuando de ganar dinero se trataba.
Las puertas de los vagones se abrieron y expelieron personas, como si fuera una exhalación profunda, para, acto seguido, inhalar a aquellos que pretendíamos entrar al vagón. Un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico, que aguantaba la respiración cerrando de nuevo las puertas y conteniendo en su interior al más tóxico posible de los elementos vivos. Dentro, agolpados y a años luz unos de otros, cientos de personas avanzaban por fin hacia la siguiente estación.
El tren me recordaba a un buceador que, habiendo descendido demasiado hacia las profundidades, se sintiera desfallecer en su intento por llegar de nuevo a la superficie para coger aire. Con las pupilas dilatadas, mirando desesperado al sol danzante situado al otro lado del agua y los músculos de las piernas agarrotados de nadar. Exhalar en la próxima estación, inhalar profundamente, y de nuevo al fondo.
Una voz neutra anunció la llegada a la estación de mi primer trasbordo. Sin ofrecer demasiada resistencia, fui arrastrado fuera del vagón; tuve mucha precaución del hueco que había entre el coche y el andén. En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público.
Un sentimiento de sofoco se abrió paso hasta mi piel, y comencé a sudar. La gente que se había marchado había sido sustituida inmediatamente por una nueva entrega de seres humanos anónimos de color gris. Busqué entre los letreros aquel que me indicara la dirección correcta para llegar a la siguiente línea. Localicé un lugar donde sentarme para tomar un respiro y sacar el plano de metro de la mochila, pero todos los asientos disponibles estaban ocupados. Decenas de personas se agolpaban tumbadas unas encima de otras, sobre cartones que una vez contuvieron artículos de lujo —televisiones de plasma, muebles desmontables y piezas de decoración—, envueltos en mantas de colores desteñidos y bordes deshilachados. Descansaban juntos, como si fueran una familia de hámsteres. Pelos enmarañados, uñas roídas del color de la pobreza, ojos llenos de desesperanza y una expresión facial propia del hambre y la exclusión social. Un colectivo invisible que amanecía bajo tierra, escondido en el lugar más transitado de la ciudad, como ratas que hacen su nido bajo el sillón de la sala de estar.
Quise salir de aquel lugar y ver el sol y respirar aire fresco. Pero aún me quedaba camino que recorrer antes de regresar a la superficie. El sonido del siguiente tren me puso en alerta. Tenía que irme antes de que llegara la próxima ola de personas, así que abandoné el andén y subí por una escalera mecánica.
Aproveché para echar un ojo al plano y reubicarme, tomar aire e intentar retomar el control. Mientras, la escalera subía y subía, lenta pero sin pausa. No sé cuánto tiempo pasé mirando aquel papel, obnubilado por el complejo entramado de colores que trepanaba el mundo subterráneo tal como hace un parásito cerebral. Lo cierto es que el sonido de la marabunta fue lo que me devolvió a la realidad. Miré hacia abajo y vi que una masa informe de individuos avanzaba en mi dirección; ascendía por la escalera a una velocidad de vértigo y amenazaba con alcanzarme y devorarme como una lengua de lava. Violenta. Inmisericorde. Imparable.
Doblé el plano. O lo intenté al menos. No conseguí doblarlo a la primera de forma correcta. Odio que se quede arrugado y abultado. Así que volví a desdoblarlo. Miré hacia abajo. Estaban cerca. Cada vez más cerca. Se me secó la boca. Volví a intentar doblarlo. Tragué saliva y sentí que me raspaba la garganta. Esta vez sí. El plano quedó doblado como si de un pañuelo de algodón recién planchado se tratara. Casi los tenía encima. Notaba su calor. Sus deseos de engullirme y defecarme por la parte trasera de la masa impersonal de seres humanos.
Y corrí.
Salté los escalones de dos en dos hacia arriba, con unas ganas locas de gritar de terror. Por fin llegué al final de la escalera. Avancé todavía unos pasos para detenerme en mitad de un enorme vestíbulo de techos altos y deslumbrante iluminación adonde llegaban, desde múltiples puntos, personas y más personas. Hormigas atareadas que enloquecían por hacer lo que estaban programadas para hacer.
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