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Irlanda del Norte.

Historia del conflicto

Luis Antonio Sierra


ISBN: 978-84-15930-64-8

© Luis Antonio Sierra, 2015

© Punto de Vista Editores, 2015

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El autor

Luis Antonio Sierra Gómez (Úbeda ─Jaén─, 1972) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Granada. Los lazos entre el autor y la isla de Irlanda comienzan en 1997, durante su estancia como profesor de Español en la ciudad norirlandesa de Derry. A su vuelta a España publicó su primer libro, Irlanda del Norte. Historia del conflicto (Sílex, 1999) –revisado y actualizado en esta edición–, el cual se ha convertido en uno de los textos en español de referencia sobre el asunto.

Posteriormente, ha combinado su labor docente en Estados Unidos y España con su estudio de la realidad de Irlanda desde diferentes perspectivas. Así, ha impartido conferencias en España y en el extranjero sobre el conflicto norirlandés o sobre literatura irlandesa, ha colaborado con el director de cine Achero Mañas en el guión del documental Blackwhite, donde los polos se tocan (Sogecable y New Atlantis, 2004), ha sido coautor del libro Historia breve de las islas Británicas (Sílex, 2006) dentro de un grupo de investigación de la Universidad de Jaén coordinado por el doctor Jesús López-Peláez Casellas, ha publicado el libro Irlanda, una nación en busca de su identidad (Sílex, 2009, asimismo en su versión digital para Punto de Vista), o ha participado como editor adjunto en la revista de la Universidad de Jaén The Grove, Working Papers on English Studies.

Por otra parte, en octubre de 2011 participó en el II Congreso Internacional “Redes de nación y espacios de poder; la comunidad irlandesa en España y la América española, 1600-1825”, organizado por el CSIC y el Ayuntamiento de Valladolid, con la presentación de la ponencia: “La literatura como vehículo de representación de España en la obra de Maria Edgeworth”, recogida en un libro que lleva el mismo título que el congreso y publicado por Albatros Ediciones en 2012.

Actualmente ejerce su actividad docente como profesor de Lengua y literatura española y de Inglés en el Centro de Educación de Personas Adultas Ramón y Cajal de Parla (Madrid) y está embarcado en una tesis doctoral que estudiará la novela contemporánea sobre el conflicto norirlandés y el retrato de la mujer en dichas obras.

Para Marta:

No habrá suficientes dedicatorias para agradecerte todo este tiempo

AGRADECIMIENTOS

Cuando los directores de Sílex Ediciones, Ramiro Domínguez, y de Punto de Vista, José Luis Ibáñez, me propusieron realizar una revisión y actualización de este libro, pensé que esta tarea no iba a entrañar demasiadas dificultades. Creí que, aunque habían pasado más de trece años desde que Sílex publicara el libro en 1999, el trabajo de poner al día el conflicto norirlandés no iba a ser especialmente complicado. Estaba equivocado.

Al revisar el texto que había escrito hacía tanto tiempo, me di cuenta de que mi perspectiva era otra. Todos cambiamos y evolucionamos; las experiencias vitales y la lectura nos hacen modificar nuestros puntos de vista. Así que, aunque básicamente el contenido de la revisión es el mismo, sin embargo la manera de contarlo se ha visto alterada: páginas y páginas reescritas porque el estilo utilizado hace años no cuadra con mi actual manera de escribir, aclaraciones que ahora he creído conveniente hacer y que entonces no me parecían necesarias, etc. Por lo que respecta a la ampliación de lo que ha sucedido en Irlanda del Norte hasta la actualidad, como ya he dicho, ha sido un trabajo bastante complicado sobre todo por la falta de bibliografía disponible –ya se sabe que la Historia hay que reflexionarla y luego escribir sobre ella. Por ello, y siguiendo con la filosofía de lo que fue la primera edición, esto es, la inclusión del libro en la colección Periodismo Histórico, no me ha quedado más remedio que echar mano de los documentos periodísticos tanto de publicaciones nacionales (El País, El Mundo, Público, eldiario.es, etc.), como internacionales (The Guardian, The Times, Belfast Telegraph o Derry Journal, entre las más utilizadas). Así también, el epílogo ha tenido que ser reescrito prácticamente en su totalidad. Probablemente, las conclusiones que hay en esas páginas son, más o menos, las mismas, pero la manera de llegar a ellas ha cambiado, bien porque el devenir de los acontecimientos lo ha provocado, bien porque en la propia evolución de los hechos –como en la personal del autor– también hayan variado las perspectivas.

A lo largo del año largo que he tardado en reescribir y ampliar el contenido de este libro han sido muchas las personas que, de una forma u otra, han estado pendientes de su evolución. Me gustaría empezar por los grandes culpables de que este libro vea la luz: Ramiro Domínguez, director de Sílex Ediciones y socio de Punto de Vista, y José Luis Ibáñez, director de Punto de Vista. La idea surgió de Ramiro, con quien publiqué en 1999 la primera edición de este libro y al que tengo que agradecerle todo el camino que hemos recorrido juntos en este mundo tan complicado de los libros, sobre todo si hablamos de aquellos que publican editoriales pequeñas e independientes –y tan necesarias– como la suya. Por otra parte, ha sido todo un lujo contar con la ayuda y supervisión de José Luis, con quien trabajar en la publicación de esta obra ha sido tan fácil. En el capítulo más personal, no puedo olvidarme de mi hermano, Juan Carlos Sierra, poeta, ensayista y crítico literario, que siempre me ha apoyado y se ha preocupado por el devenir de las páginas de este libro. Y, last but not least, como atinadamente se dice en inglés, no puedo dejar de nombrar a Marta Martín, mi confidente, mi compañera, quien, si bien no empezó este viaje que se remonta a 1998, sin embargo, ha estado conmigo durante los últimos ocho años compartiendo otro viaje mucho más importante, el vital, y quien siempre me ha dado comprensión, paciencia, apoyo e ilusión en todos los proyectos en los que me he embarcado en este tiempo, incluida esta actualización de Irlanda del Norte, historia del conflicto.

Además de estos nombres, también tengo que agradecer el apoyo de mis dos familias, la de siempre y la política, porque ellos también se han preocupado por este libro, así como de amigos y compañeros de trabajo que me han dado ánimos y han aportado, de formas variadas, su granito de arena para que este proyecto finalmente salga adelante.

Por todo ello, gracias, muchas gracias a todos y todas.

Índice

Introducción

De los celtas a Enrique VIII

Las nuevas prácticas políticas y religiosas y su influencia en Irlanda: absolutismo, colonización y la reforma protestante

El conflicto político-religioso europeo y sus consecuencias en Irlanda: primeros alzamientos nacionalistas

La Gran Hambruna: 1845-1850

El movimiento feniano y la lucha por la propiedad de las tierras

Los intentos por conseguir la autonomía irlandesa: Home Rules (1886-1914)

El largo camino hasta la consecución de la República para Irlanda

La Gran Guerra y el Levantamiento de Pascua

Consecuencias del Levantamiento de Pascua de 1916, el Dáil Eireann, la guerra por la independencia y el Tratado Anglo-Irlandés

Consecuencias del Tratado Anglo-irlandés: guerra civil en Irlanda

Desde el final de la guerra civil hasta la consecución de la república en 1949

Irlanda del Norte desde 1921: formación y consolidación de un estado unionista

El principio del conflicto: desde la aparición de las organizaciones de derechos civiles hasta la intervención de las tropas británicas (1967-1969)

1969-1972: Definición de posturas

El Domingo Sangriento (Bloody Sunday)

1972-1980: del gobierno directo de Westminster hasta el comienzo de las huelgas de hambre. Iniciativas para solucionar el conflicto

La huelga de hambre y sus consecuencias

Nuevos intentos de dar una salida política al conflicto: la filosofía de los “votos y las armas” del Sinn Féin y el Acuerdo Anglo-irlandés (AIA)

Primeros contactos para promover un proceso de paz: (1988-1992)

La Declaración Conjunta de Hume y Adams, el alto el fuego del IRA de 1994 y su posterior ruptura en 1996

Febrero de 1996-julio de 1997: De la ruptura de un alto el fuego a la proclamación de otro

El proceso negociador y el Acuerdo del Viernes Santo de abril de 1988

Las elecciones a la Asamblea del Ulster y los problemas para su puesta en funcionamiento (junio de 1998-diciembre de 1999)

La tregua del LVF y las elecciones de junio

El difícil verano de 1998: Drumcree y Omagh

Apertura formal de la Asamblea Norirlandesa y problemas para formar gobierno

Hacia la difícil normalización política de Irlanda del Norte: enero de 2000-mayo de 2007

Hacia una política de “pan y mantequilla”

Epílogo

REFERENCIAS

Bibliográficas

Periodísticas

Visuales

Entrevistas

APÉNDICES

Siglas

Cargos políticos

Introducción

Irlanda del Norte, Ulster o los seis condados son algunas de las denominaciones que, con más o menos intención, se utilizan para referirse a esa parte de la isla de Irlanda que en 1921 quedó unida al Reino Unido mientras que el resto se conformaba como Estado independiente. Aquí, la utilización del lenguaje no es inocente y puede denotar simpatías, filiaciones y fobias. Así, por ejemplo, un lealista siempre llamará Londonderry a la segunda ciudad más poblada de la región, mientras que para un nacionalista o un republicano este nombre quedará reducido a Derry, el término gaélico de esta población.

Hasta la lengua está atravesada por el conflicto que ha desangrado a este pequeño rincón del mundo desde finales de la década de los años sesenta del siglo XX. Y no solo el uso de las palabras divide a los norirlandeses. También lo hacen la religión, las tradiciones o hasta la forma de vestir. Como es lógico, estas diferencias se ceban entre las clases menos privilegiadas ya que, en realidad, el trasfondo de los conocidos como Troubles tiene más que ver con la economía que con la religión, a pesar de los intentos de muchos de hacer parecer lo contrario.

Desde que en 1998 se firmara el Acuerdo del Viernes Santo – y todos los que le han seguido hasta llegar al del 24 de diciembre de 2014–, la política ha dado pasos muy importantes en el camino hacia la normalización de la vida en la región. Pero no es suficiente. La desconfianza, las desigualdades, la segregación y el sectarismo siguen presentes en el día a día de los habitantes de Irlanda del Norte.

Por ello, para intentar comprender qué sucedió en estos seis condados de Irlanda durante los años de plomo del conflicto y los siguientes hasta llegar a nuestros días, es necesario echar la vista atrás y remontarse a otros tiempos que fueron dando forma a hechos más recientes. Esta es la intención de Irlanda del Norte, historia del conflicto, esto es, presentar al lector los acontecimientos y las opiniones de algunos de sus protagonistas para que saque sus propias conclusiones. Si el fin de quien se acerque a esta publicación es conocer la historia de este conflicto, el epílogo con el que se cierra el libro es prescindible ya que en este el autor analiza desde un punto de vista mucho más personal y subjetivo los posibles pasos que deben de darse para superar tantos años de ignominia. Pero si la intención del lector es ver hasta qué punto sus propias conclusiones coinciden con las del autor, entonces tendrá que leerlo hasta el final.

De cualquier forma, esta revisión y actualización de Irlanda del Norte, historia del conflicto –libro publicado por primera vez por Sílex Ediciones en 1999– viene a refrescar todo lo dicho entonces, así como a introducir nuevos contenidos e incluso perspectivas sobre el conflicto que no se encontraban en aquella edición.

PRIMERA PARTE

EL LARGO CAMINO HASTA EL CONFLICTO

CAPÍTULO I

De los celtas a Enrique VIII

Antes de la llegada del cristianismo allá por el siglo V de nuestra era, la isla de Irlanda era territorio dominado por tribus celtas. Las primeras olas invasoras llegaron hacia finales de la Edad del Bronce irlandesa (siglo VI a.C.), mientras que la cultura celta de finales de la Edad del Hierro conocida como La Tène hizo lo propio en el siglo II a.C. La mayoría de los restos encontrados de esta civilización se concentran en las actuales provincias del Ulster y Connacht, lugares donde, por otra parte, se desarrollan muchas de las historias narradas por la tradición épica irlandesa, la cual cuenta con héroes protagonistas como Cú Chulainn o Conchobar mac Nessa.

La población de la isla que fue testigo de la llegada de los celtas se adaptó a las costumbres de los nuevos pobladores: adoptó su lengua, sus costumbres y asimiló plenamente la cultura que traían. Esta nueva sociedad irlandesa desarrolló instituciones que permanecieron en la cultura de la isla durante siglos. Hablamos de el fine o unidad familiar, pero, sobre todo, de la tuath o pequeño reino, base de la vida política. La isla de Irlanda acabó dividida en cinco grandes tuatha, de las cuales la titularidad del reino de Leinster del Norte, cuya capitalidad residía en Tara, tenía un significado simbólico por el carácter sagrado de colina donde se asentaba el lugar. Quien ocupaba el reino de Tara también solía llevar aparejado el título de único rey de Irlanda (High King of Ireland), pero dicho título en realidad no significaba que dicho rey (toísech, en gaélico) estuviera por encima de los monarcas de otros reinos ni que Irlanda estuviera unificada. De hecho, las luchas por el poder entre las diferentes dinastías locales fueron casi endémicas.

El siguiente acontecimiento relevante en la historia de Irlanda es la llegada del cristianismo, circunstancia que va a determinar el devenir de la isla hasta nuestros días. Su introducción se remonta al siglo IV de nuestra era y para el año 431 debía de estar razonablemente bien instalado ya que fue entonces cuando el papa Celestino envió a Irlanda al primer obispo, Palladius Patricius, para gobernar la diócesis irlandesa, señal de que el proceso evangelizador hacía tiempo que se estaba llevando a cabo con cierto éxito. La leyenda nos habla también de otro Patricio, el Bretón, a quien se atribuye dicha evangelización a pesar de que la historiografía lo sitúa en Irlanda unos treinta años después de la muerte del primero. San Patricio, el patrón de Irlanda, es probablemente una figura sincrética de estos dos personajes, el obispo y el esclavo llevado a Irlanda, convertido allí al cristianismo y encargado de extender la palabra de Dios por toda la isla. Sea por la razón que sea, el hecho demostrable es que para el año 500 la práctica totalidad de la isla estaba cristianizada, aunque con matices respecto al mismo proceso en el resto de Europa. Lo curioso del caso irlandés es que los elementos nativos y extranjeros en la isla se fundieron y dieron lugar a una nueva cultura cristiana. Así, siglos de tradición pagana se combinaron con el arte de la escritura y los libros en latín traídos por los cristianos a Irlanda. Los artistas irlandeses aprendieron a decorar manuscritos con viejos diseños y nuevos esquemas y dedicaron sus antiguas habilidades para glorificar a la Iglesia cristiana.

Un aspecto aparejado al cristianismo y que influyó en la vida social y política de los habitantes de la isla fue la introducción de la vida monástica. Los monasterios que se fundaron se convirtieron en centros religiosos, académicos, pero, sobre todo, en centros de poder ya que bajo su tutela se encontraban las tierras y la actividad económica aparejada a ellas. Con el tiempo, la titularidad de los monasterios adquirió un carácter hereditario y las familias a su frente llegaron a pugnar y a luchar por el control de los mismos.

El siguiente acontecimiento que va a sacudir los cimientos de Irlanda va a ser la llegada de los vikingos, que arribaron a la isla en diferentes oleadas. Durante la primera, entre los años 795 y 836, su fin principal fue el saqueo. Una flotilla de dos o tres embarcaciones atacaba por sorpresa enclaves costeros –normalmente monasterios–, se hacía con el botín y volvía a la base de la que había partido. Ya la segunda oleada tuvo otro fin, esto es, establecer enclaves permanentes en Irlanda. El primero de ellos fue instalado en la boca del río Liffey –origen de la ciudad de Dublín– y desde allí se prepararon grandes expediciones hacia el interior del país. Este cambio de estrategia vino provocado fundamentalmente por el importante crecimiento de la población en tierras escandinavas que forzaba a buscar nuevos asentamientos.

El éxito de los asentamientos vikingos se debió en parte a que la Irlanda de la época no tenía una organización política capaz de defender toda la isla. Había muchos pequeños reinos y existía una división tradicional de la isla en dos mitades: Leth Cuinn al norte, dominada por los Uí Néill de Tara, y Leth Moga al sur, dominada por los Eóganachta de Cashel. El final de ese siglo IX fue testigo del conflicto directo entre estas dinastías cuyo resultado fue la derrota de la dinastía Cashel, y el comienzo de un declive del que jamás se recuperó completamente. Los mandatarios vikingos solían mantenerse al margen de todas estas disputas, pero cuando sus intereses se veían afectados, no dudaban en buscar alianzas con los señores irlandeses que favorecieran sus posturas.

A principios del siglo X se dieron nuevas incursiones vikingas a gran escala, las cuales sólo encontraron una gran resistencia en el norte del país mientras que en el sur apenas si la hubo. En la segunda mitad de ese mismo siglo, un nuevo y agresivo poder apareció en Munster gracias a la expansión de un antiguo pequeño reino del este de Clare, Dál Cais. El líder del ahora poderoso reino, Mathgamain, murió en el año 976, pero su hermano Brian Boru puso bajo su control en muy poco tiempo a Limerick y luego a todo Munster. Mientras tanto, los vikingos de Dublín también sufrieron una importante derrota en la batalla de Tara en el 980 a manos de Máel Sechnaill, quien accedió al trono de Tara ese año. A partir de entonces la lucha se centró entre estos dos reyes pasando los vikingos a desempeñar un papel secundario en la isla. La pugna por el poder acabó en el año 1002, cuando Brian Boru se convirtió en rey de Irlanda y pronto se vio a sí mismo como una especie de Carlomagno irlandés, si bien en la batalla de Clontarf en el año 1014 contra una alianza vikinga e irlandesa formada por antiguos enemigos de Boru, este encontró la muerte y su proyecto unificador fue abortado.

La contribución vikinga en Irlanda tiene varios frentes: por un lado, el factor económico y, por otro, el político. Las ciudades fundadas por los vikingos (Dublín, Wexford, Waterford, etc.) se convirtieron en centros comerciales que ayudaron a incrementar el poder de los reinos en los que estaban asentadas. Esto llevó a que dichos reinos aspiraran, gracias a su cada vez mayor poder económico, a la expansión en detrimento de territorios más pobres. En su intento por mantener lo conseguido, las familias gobernantes aseguraron la transmisión de su poderío a sus descendientes haciendo valer derechos hereditarios sobre las antiguas costumbres en las que la elección del rey se realizaba entre los nobles más destacados. Este hecho provocó que la aristocracia existente alrededor del rey le rindiera vasallaje, lo que, en definitiva, supuso que en Irlanda se adoptara un nuevo sistema político, el feudalismo, que ya llevaba tiempo funcionando en el resto de Europa.

Ya en el siglo XI y dentro de las continuas luchas por conseguir el trono irlandés, aconteció un hecho que para muchos investigadores supone el punto de partida de la futura problemática histórica de Irlanda. Dermot MacMurrough, rey de Leinster y arquetipo del traidor según la leyenda popular irlandesa, buscó la ayuda del rey normando de Inglaterra, Enrique II, para recuperar su reino. Este monarca ya había contemplado la posibilidad de conquistar la isla de Irlanda en su intento de acaparar reinos que dejar en herencia a sus sucesores. Hasta consiguió una bula del papa Adriano IV (Laudabiliter) que le permitía entrar en Irlanda bajo el pretexto de remediar sus deplorables condiciones religiosas y morales. Pero no llegó a utilizarla nunca ya que prefirió mandar a sus ejércitos a solucionar otros problemas más importantes para el futuro de su reino que tenía planteados en la zona continental, en Normandía. Sin embargo, Enrique II aceptó el vasallaje de MacMurrough y le dio permiso para que reclutara entre sus hombres un ejército con el que satisfacer sus ansias de recuperar el poder perdido. MacMurrough encontró al sur de Gales un puñado de señores normandos que decidieron seguirle. A la cabeza de estos estaba Richard FitzGilbert de Clare, más conocido como Strongbow, quien exigió al rey irlandés que si la empresa tenía éxito, él entraría en la línea sucesoria al trono de Leinster mediante su enlace con Aoife, la hija de MacMurrough. Este accedió y Strongbow lideró un ejército de nobles normandos que en 1169 comenzó la conquista de la isla. Hacia el año 1250, tres cuartas partes de Irlanda estaban bajo dominio normando.

Durante el primer siglo y medio de dominio normando, Irlanda consiguió ciertos logros inexistentes anteriormente. Los normandos, por ejemplo, fueron los primeros que dieron a Irlanda una administración centralizada en el Castillo de Dublín, donde se estableció un gobierno muy activo. Además, en 1297 se creó un Parlamento con representantes elegidos de cada condado, aunque sus sesiones estuvieran previamente controladas y dirigidas desde Londres. Cuando una zona era ocupada por los normandos, ésta alcanzaba la paz y el orden, lo que no se conseguía con una política de exterminio o expulsión de sus tierras de la población nativa. De hecho, los normandos se aseguraron que los irlandeses de origen gaélico se quedasen para guardar el ganado y cultivar la tierra. Por primera vez Irlanda conocía lo que era una agricultura sistemática y una dirección efectiva de las tierras. Las únicas gentes que se vieron desplazadas fueron los nobles gaélicos, esto es, aquellos aristócratas descendientes de los irlandeses que habitaban la isla antes de la llegada de los normandos. Esto no se debió a una política antigaélica por parte de los invasores, sino que fue una consecuencia directa de la lucha de poder que inevitablemente se produjo entre la aristocracia normanda y la gaélica. Los normandos vinieron, sin lugar a dudas, a conquistar y transformar, pero, como hicieron anteriormente en otros lugares, también a adaptarse al país. De hecho, se produjeron muchos matrimonios mixtos entre nobles normandos e hijas de príncipes nativos.

La colonización de Irlanda por parte de los normandos se basó en tres pilares fundamentales: el castillo, la iglesia y el burgo. El control militar se aseguró con la construcción de impresionantes fortalezas nunca vistas antes en la isla y supuso el primer paso para el establecimiento de señoríos controlados por la nobleza normanda. A continuación, llegaron las órdenes religiosas –muchas francesas– que fundaron monasterios y catedrales y contribuyeron a reforzar tanto el dominio militar –Templarios u Hospitalarios de San Juan–, como el económico, mediante la explotación de las tierras que controlaban. La Iglesia también contribuyó al control de la cultura con la marginación del uso de la lengua irlandesa en favor del latín y el francés dentro de los monasterios. Como tercer pilar está la creación de los burgos –origen de muchas ciudades irlandesas– al abrigo de los castillos y monasterios instalados en las zonas de dominio normando. El desarrollo de los burgos también trajo consigo el crecimiento del comercio, tanto interior como con el extranjero.

A mitad del siglo XIII, ciertos factores frenaron el avance normando sobre la isla. La población normanda fuera de Leinster y ciertas partes de Munster era poco importante y había escasez de herederos varones en las principales familias. Además, la falta de un control de los asuntos irlandeses por parte de los reyes ingleses o la ausencia de un plan organizado para sojuzgar toda la isla contribuyeron a esta pérdida de control. Como consecuencia de todo esto, muchas de las batallas que los opositores al invasor libraron durante esos años acabaron con importantes derrotas normandas. Existían por toda Irlanda enclaves gaélicos independientes desde los cuales se podían lanzar ataques contra la colonia. Así, por ejemplo, los O’Donnells de Donegal consolidaron su independencia cuando frenaron la expansión inglesa hacia el noroeste a mediados del siglo XIII.

Todos estos movimientos de resistencia suelen recibir por parte de algunos historiadores el término de “renacer gaélico”, aunque otros recelan de esta denominación porque entienden que todas estas acciones contra los normandos obedecieron más a intereses puramente personales que a proyectos colectivos de naturaleza protonacionalista. Dentro de este contexto de enfrentamiento abierto contra el invasor normando, hubo varios intentos de unificar la lucha por parte de la nobleza gaélica. El primero de ellos consistió en el acuerdo de muchos aristócratas gaélicos de dar en 1258 el título de rey de Irlanda a Brian O’Neill. Pero no todos los nobles estaban de acuerdo y, por ejemplo, uno de los vecinos en el Ulster de O’Neill, O’Donnell de Donegal, se negó a aceptar la autoridad de éste, mientras que otros aristócratas, como MacCarthy de Desmond, ni siquiera estuvieron presentes en ese encuentro y, por lo tanto, también rechazaron la autoridad del recién nombrado rey. Esta nueva situación tuvo un penoso final cuando Brian O’Neill fue derrotado y asesinado en la batalla de Downpatrick en 1260. Tres años más tarde, otro intento de restaurar la monarquía fracasó cuando el rey Haakon de Noruega, a quien se le había ofrecido ocupar el trono de Irlanda a cambio de ayuda militar para derrotar a los normandos, murió antes de llegar a Irlanda y aceptar su nuevo papel. Desde entonces, todos los intentos por encontrar un líder nacional fracasaron.

En el siglo XIV, las esferas de poder anglo-irlandesas se dieron cuenta de que era imposible mantener por sí mismas una defensa efectiva contra los insurgentes jefes gaélicos y, como consecuencia de esta situación, la colonia se vio obligada a pedir ayuda a Inglaterra, auxilio que fue posible durante cierto tiempo. Pero Inglaterra tenía sus propios problemas, como el conflicto que la enfrentaba con Escocia y, sobre todo, la guerra de los Cien Años que mantuvo contra Francia desde 1338 hasta 1453. A finales de este siglo XIV, la paz con Francia y la tregua firmada con Escocia permitieron al rey Ricardo II intervenir decisivamente en los asuntos irlandeses. En el otoño de 1394 se dirigió a la isla y pronto todos los grandes líderes gaélicos fueron sometidos. Parecía que el “renacer gaélico” había sido controlado y el rey volvió a Inglaterra, pero a los pocos meses la guerra se reanudó y Ricardo II se vio obligado a regresar de nuevo a Irlanda. Mientras este luchaba en Leinster, su gran enemigo, Enrique de Lancaster, se apoderó del trono de Inglaterra, de manera que Ricardo tuvo que retornar a Inglaterra sin dejar resuelto el problema irlandés. La nueva dinastía de Lancaster se enfrentó a grandes problemas en casa, los cuales le dejaban muy poco tiempo para ocuparse de Irlanda. De esta manera, la isla dejó de ser controlada directamente desde Inglaterra, excepto la zona conocida como The Pale –Dublín y alrededores–. Por lo tanto, la nobleza gaélica y la anglo-irlandesa se vieron obligadas a aprender a vivir juntas. Además, a mitad del siglo XV comenzó la lucha por el trono inglés entre las casas de Lancaster y de York, más conocida como la guerra de las Dos Rosas, circunstancia que también bloqueó cualquier financiación para restituir el orden en la colonia y ampliar el control inglés en la isla. Así las cosas, ningún rey inglés hasta Enrique VIII (1509-1547) se preocupó de Irlanda y mucho menos estuvo dispuesto a financiar una reconquista.

Por cierto, cuando en esta obra hablamos de gaélicos nos referimos a los habitantes nativos descendientes de los celtas para así distinguirlos de los anglo-irlandeses, que provienen de los normandos llegados a Irlanda en el siglo XII.

CAPÍTULO II

Las nuevas prácticas políticas y religiosas y su influencia en Irlanda: absolutismo, colonización y la reforma protestante

Desde finales del siglo XV comienza a producirse en Europa el cambio de la sociedad feudal hacia el capitalismo. Esta primera etapa, el precapitalismo, es considerada como una época de transición hasta llegar al desarrollo de la sociedad burguesa clásica del siglo XVIII. La consecuencia más inmediata que esta quiebra del viejo orden provocó fue el debilitamiento del orden estamental y la aparición de una incipiente burguesía que trataba de acaparar poder económico y político. Esto llevó a que en Europa surgiese un nuevo orden cuya expresión política fue un sistema de estados territoriales en los que las monarquías más importantes aumentaban su poder y cuya expresión cultural más importante fue la ruptura del cristianismo medieval gracias a la Reforma protestante. Además, Europa se vio inmersa en una dinámica imperialista que, aunque tuvo como motores principales a las fuerzas económicas y políticas, los motivos religiosos también jugaron un papel destacado. Todos estos procesos tomaron una forma peculiar en Gran Bretaña e Irlanda, ya que cuando las posesiones inglesas en Francia desaparecieron en 1540, la expansión territorial inglesa se concentró en Gales, Escocia, Irlanda y, posteriormente, en América.

Desde principios del siglo XIV Irlanda era para Inglaterra una región fronteriza de señores anglo-irlandeses semiautónomos y de señores gaélicos completamente autónomos. Los primeros eran más poderosos y, por consiguiente, siguieron siendo leales a la corona, mientras que los segundos fueron olvidados por ella. La reafirmación del poder inglés en Irlanda vino motivada por la necesidad de asegurar el flanco occidental y por hacer que este territorio se adecuase a las nociones religiosas, políticas, económicas y culturales del Estado. El método para conseguir dicho poder residía en la combinación de medidas coactivas con otras pacíficas. Al principio se tendió a la conciliación, pero al venirse esta política abajo a finales del siglo XVI, se impuso la coacción y los traslados de población.

Enrique VIII subió al trono de Inglaterra en 1509 sin tener asegurado eficazmente el dominio inglés en Irlanda. Su reinado inauguró una nueva etapa de la historia de la isla. Antes de Enrique VIII la corona inglesa tenía en su poder muy pocas partes de Irlanda, pero tanto él como sus sucesores se empeñaron en dominarla al completo, y no sólo pusieron a todo el país bajo el control de un gobierno central, sino que también se aseguraron de que éste fuera inglés. De hecho, hacia 1534 el rey pudo prescindir de la ayuda de los nobles anglo-irlandeses y fue capaz de tener un control más directo sobre los asuntos irlandeses. Además, se rodeó de sirvientes ingleses leales a la corona que dirigirían a Irlanda en favor de Inglaterra e incluso en 1541 el Parlamento irlandés, creado tiempo atrás, lo coronó como rey de Irlanda.

Enrique VIII no tenía ni la intención ni los recursos económicos para continuar una ofensiva militar que le garantizase el control total de la isla. Por lo tanto, y a pesar de que el gobierno inglés seguía demostrando su fuerza, el rey recomendó formas de persuasión más discretas y mejores que dieron su fruto y, para cuando le llegó la muerte en 1547, cuarenta de los principales señores gaélicos y anglo-irlandeses se habían sometido a las leyes británicas. Estas medidas se conocieron con el término de Surrender and Regrant (‘rendición y cesión’) y consistían en que los señores que las aceptaban, entregaban sus tierras a la corona inglesa y estas les eran devueltas en forma de feudos. Lo que el rey pretendía era sustituir a los diferentes grupos de poder que conformaban la población irlandesa (anglo-irlandeses y gaélicos) en uno solo, los discípulos del rey, los cuales tenían que adoptar el modo de vida inglés.

Pero Enrique VIII también introdujo la Reforma protestante en Irlanda. Su intento por que fuera asimilada en la isla formaba parte de un plan que pretendía adecuarla al modelo inglés. La reforma, en estos primeros estadios, tuvo muy poco éxito y fue consolidándose relativamente a lo largo del tiempo gracias a las diferentes medidas tomadas por los sucesivos reyes y reinas de Inglaterra. Así, Eduardo VI, que subió al trono tras la muerte de Enrique en 1547, intentó introducir cambios doctrinales que fueron rechazados. Su sucesora en el trono, María, que era católica, reinstauró oficialmente su religión en los dominios ingleses. Isabel I, la última Tudor, buscó establecer cierta uniformidad en el protestantismo dentro de sus dominios, pero la resistencia que encontró en Irlanda fue incluso mayor que la que tuvo su padre. El Parlamento irlandés intentó en 1560 hacer de Irlanda un país protestante a base de leyes, pero el conservadurismo religioso de la gente, el hecho de que la religión protestante fuera asociada a un gobierno extranjero y los esfuerzos evangelizadores de los agentes contrarreformistas hicieron posible que el catolicismo prevaleciera. Esta religión pronto se reveló como una fuerza en pro de la unidad irlandesa y la resistencia a Inglaterra.

Desde mediados del siglo XVI hasta principios del siglo siguiente, los irlandeses se levantaron en armas en varias ocasiones contra el dominio inglés. La primera rebelión fue dirigida por Shane O’Neill en el Ulster y se dio por finalizada cuando éste murió en 1567; la segunda, liderada por James FitzMaurice FitzGerald, surgió en Munster y fue sofocada en 1572; el tercer levantamiento también se dio en Munster, esta vez comandado por el conde de Desmond y finalizado cuando éste murió en 1583; la última y más importante ocurrió en el Ulster y fue dirigida por el conde de Tyrone, Hugh O’Neill. El carácter de rebeliones católicas contra un poder protestante como era Inglaterra puso las bases para un esquema ideológico que perduró, y todavía lo hace para algunos, en las relaciones entre Irlanda e Inglaterra, esto es, el de una Irlanda católica dominada por la fuerza superior de una Inglaterra protestante, aunque ésta última sea minoritaria en número. A partir de esa época la religión empezó a jugar un papel político muy importante al endurecerse y preservar enemistades de carácter nacionalista.

Como acabamos de mencionar, las mayores resistencias a la presencia inglesa en Irlanda se dieron en la región del Ulster.

Llegados a este punto, habría que aclarar que cuando hablamos aquí del Ulster, nos referimos a una de las cuatro provincias en las que históricamente se dividía la isla de Irlanda, esto es, Leinster, Munster, Connacht y Ulster. Bien diferente es el término por el que se conoce hoy día al Ulster, y que comprende los seis condados del noroeste de la isla –Londonderry, Antrim, Down, Armagh, Fermanagh y Tyrone– que forman la región de Irlanda del Norte, perteneciente en la actualidad al Reino Unido.

El Ulster, en definitiva, se había mantenido al margen durante mucho tiempo de los cambios acaecidos en el resto de la isla. La desconfianza de los señores del Ulster hacia Inglaterra era evidente y los intentos de la corona por controlar la zona fueron destacados. Para los ingleses, el Ulster representaba la Irlanda más recalcitrante, un lugar propicio para los enemigos de Inglaterra –desde donde podrían realizar incursiones para atacarla– y un mal ejemplo para los habitantes de otras provincias que se habían convertido sin demasiada convicción a la religión protestante, o que habían sido coaccionados para hacerlo.

Algunos de los señores del Ulster habían estado luchando por conservar su soberanía y mantener a los ingleses fuera de la provincia desde 1593. En 1595, Hugh O’Neill, conde de Tyrone, que había apoyado a sus vecinos en sus luchas, se unió abiertamente a ellos. Desde ese momento, y hasta 1603, todo giró en torno a la guerra en el Ulster. En realidad, lo que pretendía O’Neill no era conseguir la independencia de Irlanda respecto a Inglaterra, sino evitar la injerencia de la corona en los territorios bajo su dominio. Para conseguir aliados, O’Neill disfrazó sus pretensiones de consignas religiosas y sentimientos de pertenencia a Irlanda. Como sus alianzas con los señores irlandeses no eran suficientes para hacer frente a las tropas inglesas, buscó apoyos más allá de las fronteras de Irlanda entre los enemigos de Inglaterra. Así se granjeó la amistad de la Monarquía Hispánica, la cual comprometió el envío de tropas. Con la intervención de las potencias continentales en la isla, se convertía en realidad uno de los grandes temores de los Tudor, que los enemigos de Inglaterra utilizasen Irlanda para atacarla. Hasta finales de 1601, año en el que llegaron los españoles a Kinsale, los habitantes del Ulster permanecieron a la defensiva, pero cuando decidieron atacar, la inexperiencia de las tropas irlandesas en las técnicas de batalla en campo abierto unido a la rendición de los españoles después de estar sitiados en Kinsale provocaron que O’Neill y sus aliados del Ulster, Connacht y Munster fueran derrotados. La batalla de Kinsale lo decidió todo. Cuando la sublevación de O’Neill acabó finalmente en 1603, a los rebeldes se les permitió quedarse en sus tierras, pero estos, incapaces de aceptar el nuevo orden y conscientes de que era casi imposible que se repitiera otra insurrección armada a corto plazo, optaron por el camino del exilio a la Europa continental. Esta “huida” de los grandes señores dejó al Ulster sin líderes y a su gente indefensa, circunstancia que le resultó ideal al gobierno inglés para intentar resolver definitivamente el problema irlandés por medio del envío de colonos a Irlanda. Por fin Irlanda, y a pesar de la resistencia ofrecida por sus señores, había sido conquistada en su totalidad.

Según la ideología política de la época –expresada claramente por Maquiavelo en su obra El Príncipe (1532)–, para asegurar el control de un territorio conquistado había que fomentar el asentamiento de contingentes de civiles fieles al poder colonizador que conseguirían el desarraigo de la población nativa. Así, el planteamiento de la fuerza colonizadora inglesa fue que, ya que no se podía convertir a los irlandeses al protestantismo, habría que llevar protestantes a Irlanda. Siguiendo esta premisa, casi todas las tierras de los condados de Armagh, Cavan, Coleraine, Donegal, Fermanagh y Tyrone –todos pertenecientes a la provincia del Ulster– fueron confiscadas y posteriormente entregadas a estos nuevos propietarios procedentes fundamentalmente de Escocia –y en menor medida de Inglaterra y Gales– con la condición de que empleasen a protestantes para cultivar dichas tierras. Los años posteriores a 1609 vieron la llegada al Ulster de gran cantidad de estos colonos que también traían con ellos sus tradiciones, instituciones y modos de vida. Como consecuencia, se forjó en esta región una nueva sociedad completamente ajena a las costumbres originales de la zona y muy diferente de la del resto de la isla. A pesar de la llegada de toda esta población foránea, el proyecto de asentamiento no pudo completarse exclusivamente con ella. Por ello, muchos irlandeses oriundos del Ulster se quedaron a trabajar las tierras de estos nuevos señores, o fueron desplazados hacia el oeste de la provincia a tierras descartadas por los protestantes por su escasa productividad. A toda esta estrategia colonizadora se la conoció con el nombre de ‘plantación’ (Plantation). En el caso que nos ocupa, se consiguió casi por completo en el Ulster, mientras que en el resto de Irlanda los resultados no fueron tan esperanzadores.

Por lo que respecta al resto de la isla, el gobierno inglés se dio cuenta rápidamente de que la derrota militar de los irlandeses no significaba necesariamente el fin del catolicismo. Incluso dentro de las clases dominantes había un grupo muy importante de católicos, los conocidos como ‘ingleses viejos’ (Old English), que eran descendientes de los primeros colonizadores normandos. Aunque estos dejaron de controlar el gobierno de Irlanda en favor de los ‘ingleses nuevos’ (New English), esto es, los colonos venidos de Inglaterra desde el último tercio del siglo XVI, todavía poseían un tercio de la tierra del país y seguían siendo fieles a la corona inglesa. Para contrarrestar la pérdida de poder político, en 1628 los “ingleses viejos” pidieron a la corona inglesa que tomara una serie de medidas, conocidas como ‘las Gracias’ (Graces), para que se les garantizase su posición de privilegio. El monarca inglés Carlos I no estaba dispuesto a confiar en ellos, pero se vio obligado a aparentar que sí lo hacía ya que la guerra que mantenía con España requería la ayuda económica de estos individuos. Pero cuando la guerra acabó y el dinero también se gastó, las promesas se diluyeron. Además, otro factor que contribuyó a la marginación de este grupo fue la presencia cada vez más importante de protestantes en el Parlamento irlandés como consecuencia de la colonización del Ulster. El Parlamento estaba controlado por Thomas Wentworth, quien apoyaba decisivamente la causa protestante, y rápidamente los “ingleses viejos” se dieron cuenta de que esta institución se iba a convertir en un instrumento que se iba a utilizar en contra de ellos. Por poner un ejemplo, una de las medidas que tomó el Parlamento fue la confiscación de un cuarto de las tierras de Connacht sin hacer distinción sobre si eran posesión de irlandeses gaélicos o de estos “ingleses viejos”.

Una vez más, los acontecimientos que ocurrían en Inglaterra tuvieron una influencia decisiva en Irlanda. El rey inglés Carlos I tuvo que convocar al Parlamento de su país para pedirle su apoyo económico y militar cuando comenzó la guerra contra los presbiterianos en Escocia. Debido a la tradicional oposición del Parlamento a la corona, aquél condicionó su apoyo al monarca a la aprobación de una serie de reformas que recortarían mucho el poder regio. Mientras tanto, en Irlanda el conflicto entre el rey y el Parlamento se veía de la siguiente manera: la debilidad del rey en su propio país sería muy poco ventajosa para los católicos irlandeses ya que el Parlamento, más fuerte, era radicalmente protestante y también lo eran sus aliados. Si el Parlamento ejercía su poder en Irlanda, la política que llevaría a cabo consistiría en suprimir el culto católico que Carlos I había tolerado y además ampliaría la zona colonizada. Dicho conflicto entre el Parlamento y el monarca británico cristalizó en 1642 con el estallido de una guerra civil entre los partidarios del rey y los del Parlamento, liderados por Oliver Cromwell. Esta reacción de la cámara inglesa es un claro ejemplo del cambio de sociedad que se viene experimentando desde finales del siglo XV, ya que los representantes del Parlamento en su mayoría eran miembros de esa nueva burguesía que había aparecido y que en Inglaterra había adquirido ya un poder económico real, pero que necesitaba alcanzar también el político para que su control de los recursos fuera total.

Tanto los irlandeses residentes como los exiliados en Europa vieron en este conflicto el momento oportuno para levantarse en armas contra el poder colonial, con el fin primordial de recuperar las tierras de las que habían sido expulsados. Los planes para la rebelión fueron preparados por un grupo de nobles de origen irlandés radicados en el Ulster y conocidos como ‘irlandeses viejos’ (Old Irish). Se pensó asaltar el castillo de Dublín y capturar a los miembros más importantes del gobierno y al mismo tiempo apoderarse de las principales plazas fuertes del Ulster. El plan resultó ser un fracaso. Aunque el levantamiento en el Ulster se llevó a cabo y se extendió rápidamente bajo el liderazgo de sir Phelim O’Neill, el ataque al castillo de Dublín no se puso en práctica. Al principio, los irlandeses del Ulster encontraron solamente la oposición de los habitantes de la zona, pero poco después tuvieron que enfrentarse a las tropas gubernamentales. Los “ingleses viejos” hicieron causa común con los católicos del Ulster ya que sospechaban de las intenciones del Parlamento inglés y, como consecuencia de esta alianza, el movimiento insurgente se extendió por toda Irlanda dando la sensación de que iba a tener éxito. Los sublevados –finalmente una coalición de la “irlandeses viejos”, “ingleses viejos” y la Iglesia católica, cuyos fines últimos no eran de carácter nacionalista sino de lealtad a la corona británica y, de paso, de intento de no perder sus prerrogativas– se autoproclamaron como “Católicos Confederados de Irlanda” y establecieron una Asamblea General –un parlamento– que se reunió por primera vez en Kilkenny en octubre de 1642. Esta confederación, conocida popularmente como la Confederación de Kilkenny, alcanzó una tregua con las tropas reales en Irlanda para que estas pudieran volver a Inglaterra y concentrarse en su lucha contra el Parlamento inglés. Al mismo tiempo, el propio Parlamento inglés envió también un ejército de contención a Irlanda para detener los envites de la Confederación. Y si el escenario no era ya complejo, un tercer ejército proveniente de Escocia llegó al Ulster para defender a sus compatriotas. El fin de la guerra civil en Inglaterra, ganada por el Parlamento que inmediatamente ejecutó al rey en 1649, también supuso el principio del fin de la Confederación. El Parlamento envió al mismísimo Cromwell con un poderoso ejército con el único fin de conquistar la isla. Era la riqueza de las tierras irlandesas la razón por la que el gobierno inglés estaba tan interesado en recuperar el control del territorio. Y para ello dirigió toda su ira contra aquellos que poseían esas tierras. Dividió a los propietarios católicos en dos grupos: los que habían estado envueltos en la rebelión y los que no. Los primeros perdieron todas sus posesiones y derechos, mientras que a los segundos solo se les permitió ser dueños de una pequeña parte de las tierras que antes habían sido suyas. Pero no se trataba de las mismas propiedades porque Irlanda fue dividida en dos partes: por un lado, la provincia de Connacht y el condado de Clare, donde se envió a los que se les tenía que devolver parte de sus posesiones, y por otro, el resto de los veintiséis condados, en donde las tierras fueron confiscadas y utilizadas para pagar las deudas del gobierno. Lo que cambió realmente en Irlanda fueron los individuos que poseían las tierras, no la gente que las trabajaba. La colonización llevada a cabo por Cromwell fue más bien un trasvase de las fuentes de riqueza y poder de los católicos a los protestantes. En definitiva, no se creó una comunidad protestante en el estricto sentido de la palabra, sino más bien una clase dominante de origen protestante.

En el este del Ulster no sólo pertenecían a la comunidad protestante los dueños de las tierras, sino también la mayoría de los que las trabajaban, casi todos presbiterianos escoceses que llegaron a estas tierras como consecuencia de un nuevo flujo de inmigración. El levantamiento también tuvo un profundo efecto en la comunidad protestante del Ulster ya que provocó un sentimiento de solidaridad entre ellos situándolos frente a los católicos y definió su identidad y memoria históricas. De este período viene la creencia unionista de que su papel en Irlanda no es otro más que el de civilizar el país y asegurarlo para la corona británica.

CAPÍTULO III

El conflicto político-religioso europeo y sus consecuencias en Irlanda: primeros alzamientos nacionalistas

Cuando la monarquía fue restaurada en Inglaterra en 1660, Carlos II fue nombrado rey por el Parlamento inglés. Los católicos irlandeses, que habían apoyado a su padre durante la guerra civil y habían seguido a este nuevo monarca en su exilio, esperaban, con su llegada al trono, recuperar las tierras que se les habían confiscado, además de cierta tolerancia religiosa. El rey se encontraba en una difícil posición debido a que, como había sido llamado por el Parlamento y le debía también obediencia, no podía retirar la propiedad de las tierras irlandesas a todos aquellos que las habían conseguido después de la victoria de Cromwell. La política de devolución de tierras a los católicos irlandeses no fue fácil y estos consiguieron recuperar sólo una pequeña proporción de las que tenían antes de Cromwell. Los nuevos colonos se resistieron a entregar parte de sus propiedades y, de hecho, después de que estas medidas fueran adoptadas, los católicos llegaron a poseer sólo una quinta parte del total de estas, cantidad muy alejada de las tres quintas partes que controlaban antes de 1641. Entre los católicos que consiguieron recuperar parte de sus tierras no se encontraba ninguno de origen gaélico. Fueron completamente ignorados y discriminados.

Los veinticinco años de reinado de Carlos II estuvieron marcados por la frustración de muchos católicos y por el difícil e incómodo dominio que los protestantes ejercían. Pero este tiempo también se caracterizó por el crecimiento económico en Irlanda, circunstancia que tuvo también sus consecuencias políticas en los tiempos venideros ya que, aunque los protestantes continuaban siendo dueños de la mayoría de las tierras y mantenían una posición de dominio en la administración del Estado y en el comercio, se formó un núcleo de nobleza católica, burguesía terrateniente, abogados y comerciantes que podrían conformar la base de un renacer católico si se presentaba la ocasión. Ésta llegó en 1685, cuando el católico Jacobo II accedió al trono de Inglaterra a la muerte de su padre Carlos II. Su principal intención fue volver a instaurar el catolicismo en los dominios ingleses. Así. en Irlanda la administración del Estado y el ejército vieron cómo los principales puestos de responsabilidad pasaban a ser controlados por católicos, con el consiguiente recelo de los protestantes.

Pero una vez más la situación política en Inglaterra vino a determinar los acontecimientos en Irlanda. En 1688, destacados personajes de la vida pública inglesa invitaron al holandés Guillermo de Orange, marido de la hija protestante de Jacobo, a invadir Inglaterra y echar del trono a su suegro. La Revolución Gloriosa (Glorious Revolution) de ese mismo año lo llevó al trono de Inglaterra y provocó que, en el intento por recuperar su lugar, Jacobo II organizara un ejército católico en Irlanda y convocase un parlamento en Dublín para reclamar la devolución de las tierras a los católicos. La campaña de Jacobo II tuvo como efecto en el Ulster la resistencia armada de los protestantes. De hecho, el conflicto comenzó en esta provincia, en Derry y Enniskillen. El fracaso de Jacobo II por dominar el norte de la isla tuvo unas consecuencias muy negativas para sus intenciones. Su ejército se retiró de la zona después del fallido sitio a Derry, circunstancia que dejó el camino expedito a la llegada de las tropas de Guillermo de Orange. El 12 de julio de 1690 se libró la batalla del Boyne, que, pese a que la victoria de las tropas protestantes no fue decisiva para el final del conflicto, tuvo un efecto sicológico muy fuerte sobre las tropas irlandesas debido a la precipitada huida de Jacobo a Francia y la desbandada de las tropas católicas hacia el sur hasta llegar a reunirse al oeste del río Shannon, mientras que Dublín y todo el este de Irlanda caían bajo el dominio de Guillermo. La guerra acabó en 1691 con la firma del Tratado de Limerick el 3 de octubre, el cual contemplaba que los católicos irlandeses, siempre y cuando respetaran las leyes de Irlanda, tendrían libertad de credo, tal y como la habían tenido durante el reinado de Carlos II. Pero cuando el tratado llegó a Londres para ser ratificado, esta cláusula se ignoró a la vez que el Parlamento protestante de Dublín se negó a aprobarlo. Los protestantes irlandeses pensaron que el tratado era demasiado generoso y su reacción al mismo consistió en ofrecer y, de hecho, dar a los católicos mucho menos de los que esperaban.

El período del reinado de Guillermo de Orange tuvo unas consecuencias históricas muy importantes ya que instauró la fundación del mito protestante que enfatizaba su unidad y la constante vigilancia contra la amenaza católica que sólo se asegurarían si se mantenía a los católicos sojuzgados. Con tal fin, a partir de 1691 se fueron aprobando una serie de normas legislativas, conocidas como Leyes Penales (Penal Laws). Que la gobernabilidad de toda una isla como Irlanda dependiera de una minoría vulnerable no era deseada por Inglaterra, pero, pese a todo, los protestantes –aquellos ‘ingleses nuevos’ que fueron llegando durante el reinado de Isabel I– seguían suponiendo la mejor esperanza para lograr la estabilidad, la lealtad y la sumisión política de Irlanda.

Las Leyes Penales contemplaban una serie de restricciones tanto para católicos como los presbiterianos del Ulster concebidas para apartar a ambas confesiones de la vida pública irlandesa y afianzar la supremacía de la minoría anglicana en la isla. La única diferencia entre las medidas que se adoptaron contra ambas creencias fue que a los presbiterianos se les permitió tener representantes en el Parlamento irlandés, mientras que a los católicos se les prohibió taxativamente. Por lo demás, católicos y presbiterianos fueron apartados de cualquier puesto de responsabilidad administrativa, judicial o militar, y obligados también a pagar diezmos a la Iglesia anglicana de Irlanda. Otro aspecto en el que las Leyes Penales se emplearon a fondo fue el intento por erradicar el catolicismo en Irlanda. Para ello, sólo se permitió predicar a religiosos legos, se prohibió que los católicos crearan escuelas o, incluso, se prometían beneficios económicos a aquellos sacerdotes católicos que apostataran.

Una consecuencia directa de la aplicación de estas leyes fue la creación entre los sectores marginados de la vida pública de un sentimiento nacionalista que en ocasiones borraba la división religiosa. Además, las leyes propiciaron el estancamiento de la incipiente industria de la lana del Ulster: las restrictivas políticas arancelarias así como las limitaciones impuestas al comercio y a la industria por parte de la metrópoli impidieron su desarrollo y, ante las escasas perspectivas de progreso, muchos presbiterianos del Ulster decidieron emigrar a América.

Las presiones que los católicos ejercieron a favor de reformas eran vistas por los protestantes como el primer paso para la subversión del poder. Así, la mayoría de los protestantes decidieron mantenerse firmes en sus posturas inmovilistas y resistir a los cambios que pudieran amenazar su posición. La actitud del gobierno británico era más abierta ya que podía incluso contemplar medidas para mejorar las condiciones sociales de los católicos a cambio de su lealtad. La dificultad residía en que las reformas necesarias para satisfacer a los católicos podían alarmar a los protestantes y poner en peligro la posición británica en Irlanda.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aumentó la habilidad de los católicos para presionar y conseguir ciertos cambios, así como el deseo del gobierno británico de reconciliarse con ellos. Este hecho sólo reflejó un cambio en el equilibrio de poder dentro de la estructura existente que acabó, hacia finales del siglo XIX, con la polarización de Irlanda a nivel nacional en dos comunidades: la nacionalista, compuesta mayoritariamente por católicos; y la unionista, de origen protestante. Esta polarización comenzó a fraguarse a finales del siglo XVIII, cuando Gran Bretaña entró en guerra contra la Francia revolucionaria. Con la intención de poner a su favor a los irlandeses en el conflicto, el gobierno británico presionó al Parlamento irlandés para que retirase de la legislación todas las desventajas que sufrían los católicos, entre otras la concesión del derecho al voto. A pesar de que esto se llevó a cabo en 1793, los católicos todavía estaban excluidos de ocupar escaños en el Parlamento, de la carrera judicial y de desempeñar altos cargos en la administración del Estado.

Pero esta década vivió también la alianza entre católicos y presbiterianos. Ambas comunidades unieron sus fuerzas en la revolución conocida como de los Irlandeses Unidos (United Irishmen), aunque la coalición duró poco. Los Irlandeses Unidos, liderados por Theobald Wolfe Tone y muy influidos por el ideal de la Revolución Francesa de 1789, pretendían hacer de Irlanda una república como la francesa y romper cualquier conexión con Inglaterra. La rebelión estalló en 1798 sin un plan determinado y tuvo como principales focos el Ulster, donde fueron los presbiterianos los que se alzaron en armas; Wexford y Waterford, donde lo hicieron los católicos. En ambas zonas, la rebelión fue sofocada antes de que llegase la ayuda francesa en agosto de ese año. Wolfe Tone fue capturado y condenado a muerte, aunque se suicidó antes de ser ejecutado, convirtiéndose así en uno de los primeros mártires de la causa nacionalista.

La rebelión tuvo una consecuencia muy importante: demostró que Irlanda constituía por sí misma un gran problema político que había que resolver. Para evitar sucesivas rebeliones se aplicaron leyes que favorecieran la unión entre Irlanda y Gran Bretaña, junto a otras que contribuyeran a la emancipación total de los católicos. Así, se aprobó el Acta de Unión (Act of Union) en 1800, por el que se creaba el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, se abolía el Parlamento anglicano de Dublín y la toma de decisiones sobre Irlanda pasaba a ser ejercida directamente desde el Parlamento de Westminster.

El desarrollo de los católicos como una comunidad política cohesionada se produjo en el siglo XIX gracias a la expansión comercial que los incluyó dentro de la economía nacional y amplió su clase media y media-baja. La movilización política de las masas católicas bajo el control de su clase media les dio una identidad política única. Además, la Iglesia católica jugó un papel muy importante en este proceso ya que logró reorganizarse y colaborar con esta cohesión.

Daniel O’Connell fue el primer líder de un movimiento de masas irlandés. Su carrera política está asociada inevitablemente a la lucha por la emancipación de los católicos y por el rechazo a la unión con Gran Bretaña. En 1823 formó una organización conocida como Asociación Católica (Catholic Association), la cual fue concebida como una institución que gozaría del apoyo popular. Esto se aseguró de dos formas: con la ayuda de la Iglesia católica, extendida por todo el país y con la posibilidad de que sus miembros se convirtieran en auténticos líderes del movimiento, y gracias a lo que se conoció como “renta católica”, una cuota de un penique al mes que los miembros de la asociación tenían que pagar y que proporcionó tanto medios económicos al movimiento como la preocupación de los que la pagaban por la marcha de la organización. Toda esta infraestructura y los resultados tan positivos que consiguieron en las diferentes elecciones celebradas durante los años veinte del siglo XIX dieron como resultado que el gobierno británico aprobara en 1829 la Ley para la Emancipación de los Católicos (Catholic Emancipation Act), que contemplaba la participación de los católicos en la vida pública como parlamentarios, ministros, jueces, generales o almirantes, puestos de los que antes estaban excluidos, aunque se mantuvieron algunas restricciones. La ley también tuvo sus consecuencias entre la comunidad protestante irlandesa –anglicanos y presbiterianos–, que vio en la ley una clara amenaza a sus privilegios. Para contrarrestar la nueva influencia católica, formaron un frente común anticatólico de carácter conservador tanto en lo religioso como en lo político que cristalizó en el masivo incremento de miembros de la Orden de Orange, creada en 1795 con el único fin de defender por todos los medios la supremacía de la comunidad protestante irlandesa.

En 1841, los conservadores llegaron al poder en Gran Bretaña y ello significó para O’Connell el momento oportuno para pedir un parlamento propio para Irlanda. Animado por los resultados obtenidos años antes con la Asociación Católica, comenzó el segundo movimiento de masas en su carrera política: la campaña para rechazar la unión entre Gran Bretaña e Irlanda. Para ello, fundó en 1840 la Asociación por la Revocación (Repeal Association) y puso en práctica la petición de una cuota a favor del movimiento, además de asegurarse el apoyo del clero católico tal y como había hecho anteriormente durante la campaña por la emancipación de los católicos. Pero el método más contundente de su campaña fue la organización de grandes mítines para conseguir el apoyo popular que, si bien se habían dado ya durante su proyecto anterior, no lo habían hecho de la forma en que ahora se organizaban. La intención principal de O’Connell era conseguir la independencia de Irlanda sin que hubiera derramamiento de sangre, única y exclusivamente por medios pacíficos tal y como se había conseguido la emancipación católica. Pero no apreció la gran diferencia que existía entre ambas aspiraciones y es que mientras que más de la mitad de la Cámara de los Comunes británica estaba a favor de la emancipación, dicho foro parlamentario rechazaba casi en su totalidad la idea de que Irlanda dejara de formar parte de Gran Bretaña. Así, y siguiendo con la premisa de mantenerse siempre dentro de la ley, O’Connell canceló el gran mitin que se iba a celebrar en Clontarf el 8 octubre de 1843 ya que el gobierno lo había prohibido. Esto no significó el fin de la campaña a favor de la revocación, pero sí el declive del movimiento. Más tarde, O’Connell y sus colaboradores fueron detenidos, juzgados y encarcelados, aunque puestos en libertad al poco tiempo. Esto sirvió para que la vía pacífica representada por O’Connell para conseguir la separación de Irlanda del Reino Unido encallara y antiguos aliados suyos como los pertenecientes al movimiento nacionalista conocido como la Joven Irlanda (Young Ireland) entendieran que el único camino para conseguir la independencia del Reino Unido pasaba por el uso de la fuerza. En 1848, mientras Irlanda estaba inmersa en la crisis humanitaria más trágica de su historia –la Gran Hambruna–, los nacionalistas de la Joven Irlanda liderados por William Smith O’Brien se alzaron en armas contra el poder británico. La sublevación fue casi anecdótica y el derramamiento de sangre escaso ya que, previendo lo que iba a pasar, el gobierno británico se había adelantado a los acontecimientos: se incrementó la presencia militar en las calles de Irlanda, especialmente en Dublín, y se detuvo a casi todos los líderes de la organización. Para lo único que sirvió esta intentona fue para dar aliento al movimiento revolucionario irlandés, aunque habría que esperar a que llegaran tiempos mejores para un nuevo levantamiento.

CAPÍTULO IV

La Gran Hambruna: 1845-1850

De entre todas las calamidades que Irlanda ha sufrido a lo largo de su historia, la hambruna, que en diferentes ciclos asoló la isla entre 1845 y 1850, puede considerarse como la más devastadora en todos los sentidos. No solo nos referimos a las vidas que se cobró, sino también a sus consecuencias de carácter económico, social o político.

La economía irlandesa de principios del siglo XIX se había visto muy favorecida por la guerra que libraron Gran Bretaña y Francia entre 1793 y 1815, al convertirse Irlanda en el principal abastecedor de sus vecinos ante la imposibilidad británica de alimentar a su población con importaciones provenientes del continente europeo. Esto hizo que el precio pagado por los cereales, la carne o los lácteos prácticamente se duplicara entre 1810 y 1814. Sin embargo, el fin de la guerra provocó una drástica caída de la demanda de dichos productos y, por consiguiente, de su precio, circunstancia que se prolongó durante buena parte de la primera mitad del siglo. Además, la gran masa de jornaleros que trabajaba para los arrendatarios vio disminuir su salario, o las minúsculas extensiones que se les cedían a cambio de su trabajo. Para salir de la crisis, muchos propietarios decidieron utilizar gran parte de sus tierras para un negocio más fructífero, la cría de ganado, cerrando así la posibilidad de alimento para la subsistencia de muchas familias de jornaleros. A esta difícil situación hay que añadir el importante crecimiento demográfico que experimentó Irlanda durante esta primera mitad del siglo XIX –se pasó de casi siete millones de habitantes en 1821 a ocho millones y medio en 1845. Por otra parte, también contribuyó al aumento de la precariedad la crisis en la industria textil, sobre todo la de la lana y el algodón, pero no así la del lino que permitió que el noroeste de la isla no se deprimiera económicamente tanto como el resto. Aún con todo, el crecimiento de la economía irlandesa siguió un ritmo lento, pero constante.

Dentro de la economía de subsistencia a la que se vieron abocadas las clases más desfavorecidas, la patata se convirtió en protagonista indiscutible de la dieta de millones de irlandeses. De este resistente y nutritivo tubérculo se obtiene una producción bastante buena incluso en tierras muy húmedas y duras como son las del centro y, sobre todo, el oeste de Irlanda, donde, dicho sea de paso, se concentraba el porcentaje más alto de irlandeses que vivía al límite de la subsistencia. La relativamente escasa demanda de patatas en el exterior y su baja consideración social como alimento favorecieron su bajo precio. Se estima que cada irlandés comía a la semana entre cuatro y cinco kilos de patatas. Pero eso era todo. En contadas ocasiones se añadiría leche a la dieta, o pescado y algas los que vivían cerca de la costa.

El origen de la hambruna está en una especie de hongo llamado phytophthera infestans que convertía al tubérculo en una masa viscosa de color entre negro y morado. Al principio se creyó que la causa de la importante reducción de la cosecha en 1845 –de quince millones de toneladas en 1844 a diez– se debía a la gran cantidad de lluvia y de heladas acaecidas. Por esa razón, los asesores del Gobierno aconsejaron a los agricultores que se deshicieran de las partes podridas de las patatas recogidas y que plantaran el resto para la siguiente cosecha. Lo que desconocían es que los trozos supuestamente sanos también estaban infectados por el hongo. Así, cuando se plantaron, la siguiente cosecha fue más desastrosa. De los diez millones de toneladas de 1845 se pasó a solo tres millones en 1846, y en 1847 a dos millones, tres millones al año siguiente y cuatro en 1849.

Como consecuencia de la disminución de la producción, ya en 1845 los precios de la patata se dispararon y familias que anteriormente podrían haber recurrido por su situación económica a otros productos, también se vieron abocadas a su consumo, con lo que la situación se volvió dramática para más personas. Para remediar la situación, el gobierno de sir Robert Peel compró maíz americano por valor de 100.000 libras y lo repartió por Irlanda a precio de coste, con el fin de frenar la subida del precio de la patata. Asimismo, promovió la realización de obras públicas para dar trabajo al importante número de desempleados existentes y, de esta manera, proporcionarles un sustento con el que alimentar a sus familias. Estas medidas sofocaron la situación momentáneamente, pero un nuevo brote de la enfermedad al año siguiente hizo que la preocupación fuera a más.

Cuando se dio este rebrote, el Gobierno británico había cambiado de manos y fue al primer ministro liberal John Russell y su gabinete a quienes les tocó lidiar con la nueva crisis. Partidarios como eran de la economía de libre mercado, o laissez faire, apoyaban la no intromisión del Estado en las cuestiones económicas ya que suponía, según ellos, una inaceptable injerencia en el orden económico natural de Dios. Firme partidario de esta filosofía económica fue Charles Edward Trevelyan quien, como primer secretario del ministro de Economía, había sido anteriormente responsable de todo el operativo de socorro del Gobierno de Pitt aunque no fuera partidario de ese tipo de medidas. Con el nuevo ministro de Economía, Charles Wood, la consonancia de pareceres era total. Su planteamiento se basaba –por inocente que parezca– en la creencia de que la plaga había sido enviada por la divina providencia y que tenía como fin mejorar, aunque fuera a través del dolor, las condiciones de vida en la isla. Detrás de esta idea se alineaban, por ejemplo, periódicos tan prestigiosos como The Times que consideraba que la hambruna era para Irlanda una bendición disfrazada. Por todo ello, tanto Trevelyan como Wood pensaban que el Estado debía mantenerse al margen en Irlanda ya que el propio mercado del grano se autorregularía y conllevaría una bajada de precios. Craso error.

Conscientes del fracaso que supuso dicha política y para remediar la situación, Russell decidió incrementar el número de obras públicas en Irlanda y, por consiguiente, de personas empleadas. Las obras consistían, fundamentalmente, en carreteras construidas a base de gravilla a partir de grandes moles de piedra que los trabajadores, a razón de tres peniques la hora –una auténtica miseria–, se encargaban de reducir, pico en mano, a minúsculos trozos. Para hacernos una idea de la importancia de estos trabajos para la supervivencia de la población, la cifra de medio millón de personas empleadas en diciembre de 1846 es muy significativa. Este sistema de obras públicas se abandonó poco después debido a la imposibilidad de dar trabajo a la gran cantidad de gente que lo solicitaba y al tremendo gasto que suponía para las arcas británicas, sobre todo para un gobierno no intervencionista. Se optó por cambiar de estrategia y ofrecer ayuda directa a través de comedores dirigidos por la beneficencia victoriana, instituciones u organizaciones privadas.

Pero los irlandeses seguían pasando hambre, sobre todo los que vivían en el oeste. Las niñas se cortaban el pelo para venderlo, se comía hierba o los desperdicios de las verduras, familias enteras se dispersaban por los campos en busca de repollo silvestre que luego cocían en casa, se comían nabos crudos, algas en dudoso estado. Estos nada buenos hábitos alimenticios provocaron la aparición de epidemias y enfermedades que, a la larga, se cobraron más vidas que el hambre. Apareció la llamada ‘fiebre de la hambruna’, que no era sino el tifus y fiebres constantes; la disentería se extendió y se agravó con un variedad llamada ‘flujo sangriento’ que adquirió dimensiones epidémicas; y el escorbuto, la hidropesía o la tuberculosis se hicieron tristemente familiares para los irlandeses.

Los comedores de beneficencia llegaron a alimentar en el verano de 1847 a unos tres millones de personas al día, esto es, casi un cuarenta por ciento de la población total de Irlanda. Desde su puesta en funcionamiento, esta medida se tomó como algo temporal hasta que se pusiera en marcha la Ley de Pobres de Irlanda, que se aprobó en 1848 y cuyo eje principal, para alivio del Gobierno británico, giraba en torno al asunto de su financiación, que pasaba a depender de los impuestos pagados por los contribuyentes irlandeses. Los 130 asilos para indigentes que se habían creado desde 1845 no tardaron en llenarse gracias, en parte, a una enmienda a la ley que produjo el efecto contrario al deseado. Para evitar que se masificaran, se pensó admitir la entrada solo a aquellas personas que vivieran en un cuarto de acre o menos. La idea fue contraproducente ya que la inmensa mayoría de los campesinos arrendatarios necesitaban más tierra de la estipulada para poder simplemente alojar y alimentar a sus familias, con lo cual, la mayoría optó por entregar sus pequeñas explotaciones a los terratenientes y así asegurarse un sustento en los asilos ya que, de mantener las tierras, hubiesen acabado por ser desahuciados ante la imposibilidad de abonar las rentas que tenían que pagar por su ocupación. Ante la perspectiva de eliminar los minifundios y utilizar grandes extensiones de tierra para la cría de ganado, muchos terratenientes, apoyados por la policía y el Ejército, se dedicaron a no dejar piedra sobre piedra de las casas de los arrendatarios que se habían marchado, pero, al mismo tiempo, se llevaron por delante muchas otras de campesinos que habían sido desahuciados a la fuerza por atrasar el pago de sus rentas o simplemente por no pagarlas. Así, a finales de 1847, los asilos albergaban a unas 100.000 personas y en muy poco tiempo pasaron a 300.000, por no hablar de la ayuda que prestaban a personas no alojadas. Como consecuencia de esa masificación, los asilos se convirtieron también en focos de enfermedades que propagaban fuera de sus muros las personas que acudían a ellos para recibir ayuda.

Para muchos irlandeses, la única salida que les quedaba para sobrevivir pasaba por abandonar la isla. Aunque el fenómeno migratorio llevaba tiempo dándose en Irlanda, lo realmente novedoso en estos años fue el elevadísimo número de personas que tomó esta opción. Se calcula que, aproximadamente, 1,5 millones de irlandeses dejaron la isla entre 1845 y 1851. Si bien la mayoría cruzó el Atlántico hacia tierras canadienses y, sobre todo, estadounidenses, un número bastante importante –unos trescientos mil– se instaló en ciudades inglesas como Liverpool o Manchester y, en menor medida, escocesas como Glasgow, donde la demanda de mano de obra para la industria ofrecía una vía de escape para los más pobres de entre los pobres, aquellos que no podían marchar a Norteamérica porque no tenían el dinero suficiente para pagarse el pasaje.

Los barcos con destino a América partían, al principio, desde la ciudad británica de Liverpool y su salida estaba restringida a la primavera y el verano, pero la avalancha fue tal que los viajes empezaron a hacerse mucho más periódicos y no sólo desde las costas inglesas. Aprovechando la perspectiva de negocio, algunos irlandeses dueños de viejos barcos de mediano tamaño comenzaron a fletarlos con destino a Estados Unidos y desde pequeños puertos de Irlanda. Muchas de estas embarcaciones recibieron el triste apelativo de “barcos ataúd” por las penosas condiciones en las que se realizaba el viaje. De hecho, se estima que una quinta parte de los irlandeses que emigró a Norteamérica no llegó a su destino a causa de las enfermedades contraídas durante la travesía.

Es interesante apuntar que, aunque la hambruna se extendió por toda la isla, se cebó más en ciertas regiones, habitadas mayoritariamente por católicos. El nordeste de la isla, donde se concentraba la mayor parte de la población protestante, salió razonablemente airoso de la crisis. Y no por una cuestión religiosa como algunos –por sorprendente que parezca– quisieron pensar, sino simplemente por una razón de carácter alimenticio. Mientras la dieta en la mayor parte de Irlanda se basaba en la patata, en el nordeste estaba compuesta básicamente por cereales como la avena que, al ser inmune a la enfermedad de la patata, favoreció que las consecuencias en los condados del nordeste se hicieran sentir en mucha menor medida. Aun así fueron numerosos los habitantes del Ulster que emigraron, en su mayoría a Escocia. Se estima, por ejemplo, que, en 1848, llegaban a Glasgow unos mil emigrantes a la semana, los cuales se encargaron de transformar la composición social y religiosa de la zona ya que eran mayoritariamente de origen católico y gaélicoparlantes y llegaban a un territorio fundamentalmente calvinista en la religión y angloparlante. A la larga, esta inmigración irlandesa en Escocia, al igual que sucedió en ciudades de Inglaterra como Liverpool, hizo que afloraran tensiones de tipo racial y religioso y que organizaciones sectarias como la Orden de Orange cobraran mucha fuerza en lugares donde su presencia había sido meramente testimonial.

Según la lógica de Trevelyan, tanto el desahucio como la emigración eran esa dolorosa revolución social que Irlanda necesitaba para comenzar un auténtico desarrollo como nación. Como ya hemos dicho, los desahucios y el abandono de las tierras permitieron el cambio del sistema de producción agrario con la desaparición de los minifundios. El nuevo sistema que resultó de la hambruna fue el de explotaciones familiares dedicadas a partes iguales a la agricultura y a la ganadería. Esta circunstancia provocó también cambios en la estructura social ya que, para no subdividir las tierras entre los herederos, muchos fueron los que decidieron no casarse y así no tener descendencia, mientras que los que se casaban lo hacían más tarde de lo que había sido costumbre hasta el momento. Por otro lado, muchos de los hijos de pequeños propietarios o de arrendatarios que no iban a heredar nada, junto con aquellas chicas que no conseguirían una buena dote para casarse, se dieron cuenta de las pocas posibilidades que les ofrecía el mundo rural para formar una familia y, sin nada que les retuviera en la isla, siguieron el camino de la emigración. Otro de los cambios sociales fue que el número de jornaleros y pequeños arrendatarios, las clases sociales que más sufrieron los estragos del hambre y las enfermedades, disminuyó drásticamente y con el paso del tiempo llegó a ser minoría dentro de una sociedad donde lo que predominaba eran las granjas familiares.

Sin duda, la importancia de la Gran Hambruna de 1845-1850 no reside sólo en la pérdida de vidas y de capital humano que perdió Irlanda en tan poco tiempo –alrededor de 2,8 millones de habitantes entre 1841 y 1871. Esta crisis tuvo también sus consecuencias ideológicas al fomentarse entre los que más la habían sufrido, los católicos, un sentimiento de rechazo sistemático a todo lo británico y a lo que significaba la unión política. Ésta era sinónimo de esperanzas frustradas, de injusticias no resueltas, de negación de libertad, pobreza, atraso y, sobre todo, hambre y miseria. Sin embargo, para los que no se vieron afectados por la hambruna, la aristocracia protestante y los protestantes del norte, la unión con Gran Bretaña debía ser mantenida a toda costa ya que, a todos los efectos, les era beneficiosa pues su desarrollo industrial, el del norte queremos decir, les hacía sentirse más cerca de sus vecinos de la isla mayor.

CAPÍTULO V

El movimiento feniano y la lucha por la propiedad de las tierras

Recién terminada la Hambruna, hubo quienes retomaron la acción política nacionalista con la intención de saldar cuentas con el pasado más reciente. Entre estos se encontraba Charles Gavan Duffy, quien, inspirado por las ideas de Thomas Davis –uno de los líderes de la Joven Irlanda–, intentó reactivar el espíritu nacional con la creación, en 1850, de un partido panirlandés de arrendatarios, la Liga Irlandesa de Arrendatarios (Irish Tenant League). El fin de esta agrupación política se resumía en lo que se conocieron como las tres f: una renta justa (Fair rent), arrendamientos fijos (Fixity of tenure) y libertad de venta (Freedom for the tenant to sell his interest in his holding). Según Duffy, estas reivindicaciones se harían realidad con la participación en la política institucional de un partido irlandés independiente como el suyo. En las elecciones de 1852 fueron elegidos cuarenta miembros de la Liga de un total de 130 parlamentarios para Irlanda. Pero la vida de este partido fue muy corta y se debió, entre otras razones, a la desafortunada acción de algunos de sus líderes de origen católico. Estos, conocidos como la “brigada irlandesa” o “la charanga del papa”, aprovecharon su posición para desviar la acción del partido hacia reivindicaciones de carácter religioso. La desaparición de la Liga Irlandesa de Arrendatarios de la vida política hizo cundir el desánimo entre los que veían la vía pacífica como solución a los problemas de Irlanda, pero, al mismo tiempo, reactivó la idea de que únicamente se acabaría con ellos utilizando la fuerza.

Entre los que apostaban por esta segunda vía, e imbuidos por el movimiento nacionalista italiano de la década de 1860 de Mazzini, se encontraban muchos de los que habían participado en el frustrado levantamiento de 1848 de la Joven Irlanda. Un número importante de ellos había escapado a Estados Unidos y allí había encontrado la comprensión de muchos emigrantes irlandeses que, como ellos, sentían un odio casi visceral hacia los británicos y los responsabilizaban del exilio involuntario en el que se encontraban. Uno de ellos, James Stephens, tras un breve periplo por París, fundó en Dublín, en 1858, la Hermandad Republicana Irlandesa (Irish Republican Brotherhood, IRB), mientras John Mahony creaba una organización gemela en Nueva York, la Hermandad Feniana (Fenian Brotherhood). A estos grupos de republicanos se les conoció, en general, con el nombre de fenianos, término que se deriva de Fianna y que hace referencia a un grupo legendario de guerreros gaélicos que, según la leyenda, eran seguidores del rey Finn y se encargaron durante años de luchar contra los invasores extranjeros que llegaban a la isla. Ambas organizaciones, de carácter secreto, tenían una inspiración revolucionaria y partían de la premisa de que la única forma de acabar con la dominación británica en Irlanda pasaba por promover la insurrección armada. Eso sí, sólo cuando las condiciones fueran favorables, es decir, cuando, por una razón u otra, Gran Bretaña estuviera en clara desventaja. Sus filas se nutrieron fundamentalmente de las clases obreras, circunstancia que los diferenciaba de otros movimientos nacionalistas anteriores –socialmente más elitistas– y en menos de una década contaban en Irlanda con miles de simpatizantes dispuestos a tomar las armas si llegaba el momento. Otra circunstancia sin precedentes en la historia del nacionalismo irlandés fue que el apoyo a la organización no sólo se encontraba en casa, sino también entre los irlandeses emigrados a Gran Bretaña y, sobre todo, entre los que vivían en Estados Unidos. El hecho de que propusieran la separación Iglesia-Estado y que la base feniana fuese mayoritariamente obrera provocó la animadversión de ciertos sectores de la sociedad irlandesa, entre ellos la Iglesia católica, que los tildaron de comunistas y de no poseer un proyecto social para Irlanda al tener como único fin la consecución de la independencia mediante la insurrección armada.

El IRB vio un buen momento para el levantamiento una vez acabada la guerra civil en Estados Unidos. Tras la conocida como guerra de Secesión, en 1865, muchos curtidos soldados y oficiales norteamericanos pusieron rumbo a Irlanda con la idea de participar ese mismo año en la insurrección. La ayuda estadounidense se completaría con un envío de armamento que, por discrepancias entre los fenianos americanos, no llegó cuando estaba previsto, razón por la cual el levantamiento tuvo que posponerse. El Gobierno británico aprovechó el retraso y se dedicó, gracias a la labor de espionaje dirigida desde el castillo de Dublín, a arrestar a todos los líderes fenianos antes de que la revuelta estallase en 1867. Ésta apenas duró veinticuatro horas y se quedó en una mera anécdota. Sin embargo, el IRB no desapareció. Sus cuadros de mando fueron renovados y se siguió esperando ese momento oportuno para un nuevo intento. Dado su carácter secreto y su inactividad pública durante los casi cincuenta años siguientes, las autoridades británicas incluso llegaron a pensar que había desaparecido, aunque, como veremos más adelante, no fue así.

A pesar del fiasco del alzamiento, lo que sí ganaron los fenianos fue la batalla propagandística porque, aunque la opinión pública británica se oponía al uso de la violencia que pregonaban aquéllos, esta misma sociedad acabó finalmente asumiendo la trascendencia del problema irlandés del que se acostumbraron a considerar que únicamente se solucionaría afrontándolo y no mirando para otro lado, como había sido la costumbre.

Esta idea también fue interiorizada por la clase política británica y muy especialmente por su primer ministro, el liberal William Ewart Gladstone. Durante su primer periodo en el cargo (1868-1874), Gladstone se embarcó en un programa de reformas para Irlanda con el propósito de mejorar su situación socioeconómica. En primer lugar se ocupó, en 1869, de romper los lazos entre Iglesia y Estado con la Ley de Separación del Estado (Disestablishment Act), mediante la cual la Iglesia anglicana de Irlanda no sólo se desligaba por completo del Estado, sino que, y quizás esto es lo más importante: sufría una desamortización de sus bienes, en su mayoría tierras, que en parte se utilizaron para sofocar la pobreza en Irlanda. Asimismo, por esta ley todas las religiones adquirían el mismo estatus legal, con lo que se quería contentar tanto a católicos como a presbiterianos, subordinados durante mucho tiempo a la voluntad de la Iglesia anglicana dominante.

En la campaña electoral que llevó a Gladstone al poder en 1868, el líder liberal también prometió una reforma agraria para Irlanda. Casi dos años después, en 1870, se aprobó la Ley para Propietarios y Arrendatarios de Tierras (Landlord and Tenant Act) –más conocida como la primera Ley de la Tierra (Land Act)–, que contemplaba una serie de medidas tendentes a reconocer los derechos de los arrendatarios sobre las tierras que ocupaban. De esta manera, se pretendía debilitar el poder político de los terratenientes –antiliberales por naturaleza–, así como detener los desahucios a los que los arrendatarios se enfrentaban con frecuencia. Ambas pretensiones no se consiguieron en su totalidad, pero sí se logró que la cuestión de la propiedad de las tierras, probablemente el problema más acuciante en Irlanda desde que llegaron los normandos, ocupara un lugar destacado dentro del debate político en Westminster.

Tras el paréntesis para los asuntos irlandeses que supuso el Gobierno del conservador Benjamin Disraeli (1874-1880), Gladstone volvió a dirigir los designios británicos tras las elecciones generales y abordó la reforma agraria en Irlanda, que se conseguiría parcialmente al año siguiente, cuando Westminster aprobó la segunda Ley de la Tierra y, finalmente, al año siguiente con la firma del conocido como Tratado de Kilmainham.

Estos logros en el mundo rural no se hubieran conseguido sin la aparición en la escena sociopolítica de Michael Davitt y su Liga Agraria Nacional Irlandesa (Irish Nacional Land League). A finales de la década de 1870, la relativa bonanza económica que había disfrutado Irlanda desde el final de la Hambruna llegó a su fin e incidió con más virulencia en el campo con despidos masivos de jornaleros y subida de rentas a los arrendatarios, haciendo así reaparecer los viejos fantasmas del hambre y los desahucios. Michael Davitt, un activista feniano comprometido con la justicia social y crítico con su propia organización por su excesivo dogmatismo, vio en la defensa de los intereses de los arrendatarios una expresión nacionalista complementaria a la de la Liga por un Gobierno Autónomo. Junto con un grupo de camaradas fundó en 1879 la citada Liga Agraria Nacional Irlandesa, más conocida como la Liga Agraria o de la Tierra (Land League). Los fines de esta asociación eran básicamente tres: reducir las rentas y resistirse a los desahucios para lograr el gran objetivo de hacer a los arrendatarios dueños de las tierras que trabajaban. El apoyo que consiguió la Liga Agraria fue mucho y variado: el IRB, la Iglesia católica, los nacionalistas irlandeses en el exilio, y el que, en breve, se convertiría en el nuevo líder de la Liga por un Gobierno Autónomo (Home Rule League), el terrateniente protestante Charles Stewart Parnell, quien, a su vez, fue nombrado presidente de la propia Liga Agraria. Esto hizo que, lo que en principio era un movimiento agrario de ámbito local, trascendiese esos límites y se convirtiera en uno de los movimientos de masas más importantes que ha visto Irlanda en su historia moderna.

Aunque la Liga Agraria rechazaba oficialmente la violencia, la utilizó en numerosas ocasiones para conseguir sus fines. Esto dio lugar a la conocida como Guerra de la Tierra (Land War) cuyo comienzo lo podríamos situar en 1879 y su final en 1882 con la firma del ya mencionado Tratado de Kilmainham. Las tácticas empleadas por los seguidores de la Liga Agraria eran variadas: manifestaciones en apoyo de las familias desahuciadas, manutención de estas familias, o el aislamiento de aquellos que apoyaban a los terratenientes. En ciertas ocasiones, estas tácticas pacíficas eran complementadas con otras que no lo eran tanto y, así, también se llegó a mutilar ganado, incendiar graneros, tirotear casas a modo de advertencia, o incluso a cometer algún que otro asesinato. Uno de los episodios más famosos, y con trascendencia lingüística incluso, fue el protagonizado por un tal Charles Boycott. Éste, un militar inglés reconvertido en arrendatario y cobrador de las rentas del terrateniente absentista lord Earnle, sufrió el ostracismo que le impuso la Liga Agraria y solo se libró de él con la llegada de un grupo de cincuenta voluntarios orangistas apoyados por un fuerte contingente de tropas que se ocuparon de recoger su cosecha.

El mismo año en que esto sucedía, 1880, las elecciones generales devolvían, como hemos mencionado más arriba, a Gladstone a la jefatura del Gobierno británico y Charles Stewart Parnell se convertía en máximo dirigente de la Liga por un Gobierno autónomo, rebautizada posteriormente como Liga Nacional Irlandesa (Irish National League). Una de las primeras medidas que Gladstone tomó para acabar con la Guerra de la Tierra fue de naturaleza coercitiva: la aprobación de la Ley de Represión, la cual contemplaba, por ejemplo, la detención preventiva, puesta en práctica con el ingreso en la cárcel de muchos líderes agrarios, entre ellos el propio Davitt. La respuesta irlandesa se plasmó en el Parlamento con tácticas de obstrucción parlamentaria como la prolongación hasta el hartazgo de debates sobre temas menores. Para intentar desbloquear la situación, Gladstone promovió la aprobación en el Parlamento de una segunda Ley de la Tierra (Land Act), lograda a mediados de 1881. Aunque la ley contemplaba la aceptación de la reivindicación de las tres f y fue apoyada por la mayoría de los diputados irlandeses, no decía nada sobre la propiedad de los agricultores sobre las tierras, lo cual hizo que el conflicto no acabase. Así las cosas, Gladstone respondió con la ilegalización de la Liga Agraria y la detención e internamiento en la cárcel dublinesa de Kilmainham de los máximos dirigentes políticos, Parnell incluido. Consciente del malestar provocado y de que esta medida sólo empeoraba la situación –la hermana de Parnell, por ejemplo, había creado la Liga Agraria Femenina (Ladies’ Land League) y las protestas se generalizaban–, Gladstone mantuvo negociaciones secretas con Parnell. Producto de las conversaciones surgió en 1882 el Tratado de Kilmeinham, mediante el cual el Gobierno británico se comprometía a liberar a Parnell y los suyos, además de hacer más concesiones a los arrendatarios, a cambio de que la revuelta acabara definitivamente. Aunque la liberación de Parnell apaciguó un poco los ánimos, no todos siguieron el llamamiento a la calma de su líder. Pocos días después de la excarcelación de Parnell, el recién nombrado primer secretario para Irlanda, lord Frederick Cavendish, y su secretario, Thomas Burke, fueron salvajemente asesinados en el parque dublinés de Phoenix por un grupo de terroristas autodenominados Los Invencibles. La reacción inmediata del gobierno de Gladstone fue doble: por un lado, se aprobó una nueva Ley de Represión que daba potestad a la policía para realizar registros y arrestos sin orden judicial previa y creaba tribunales especiales sin jurado; sin embargo, por otro lado, se continuaba con el proceso de reformas y con la colaboración con Parnell para acabar de una vez por todas con la Guerra de la Tierra. En los años sucesivos se aprobaron leyes como la Ley Ashbourne (Ashbourne Act) de 1885 y la Ley Wyndham (Wyndham Act) de 1903, que contribuyeron a abolir el viejo sistema de propiedades agrarias y a convertir a Irlanda en una tierra de nuevos dueños gracias, entre otras cosas, a que el Gobierno británico ofreció créditos a los arrendatarios para que se hicieran con la propiedad de las tierras que habían trabajado durante siglos.

CAPÍTULO VI

Los intentos por conseguir la autonomía irlandesa: Home Rules (1886-1914)

El año en el que Benjamin Disraeli accedió a la jefatura del Gobierno británico, 1874, un nuevo partido político irlandés obtuvo más de la mitad de los escaños designados para Irlanda. Ese partido era la Liga por un Gobierno Propio (Home Rule League), heredero de la Asociación por un Gobierno Propio (Home Government Association), que había sido creada en 1870 por un pequeño grupo de protestantes y que pretendía, fundamentalmente, parar las reformas comenzadas por Gladstone ya que, según ellos, los valores, estructuras y la herencia consolidados con la unión de Irlanda a Gran Bretaña se estaban desmoronando. En definitiva, su máximo afán pasaba por conservar su influencia política bajo el esquema de un parlamento con sede en Dublín. A este grupo se unieron, por las perspectivas que abría la reivindicación de cierta autonomía, individuos de muy diversos intereses políticos, desde fenianos a terratenientes, pasando por conservadores o católicos. Por lo que respecta al sector protestante del movimiento, se asumía que era vital adaptarse a la situación política que pudiera resultar de una hipotética autonomía para asegurarse así un papel protagonista en la política irlandesa y de ahí su apoyo finalmente a las reformas. Evidentemente, las aspiraciones de los que provenían del sector feniano iban mucho más allá de la autonomía.

Entre los miembros fundadores de la Liga se encontraba Isaac Butt, claro ejemplo de esas contradicciones dentro del partido. Diputado por el partido conservador desde 1852 a 1868 y antiguo opositor a los postulados de Daniel O’Connell y su Repeal Association, su delicada situación económica provocó su implicación en cuestiones públicas inimaginables para él hasta entonces, en parte con la idea de rehacer sus finanzas. Así, a la par que defendió a finales de la década de 1860 a los prisioneros fenianos encausados en Manchester –más conocidos como los Mártires de Mánchester–, también vio la necesidad de la puesta en marcha de ciertas reformas políticas para evitar el paulatino ascenso de la causa feniana, y, por ende, separatista. Estas agendas paralelas le granjearon la simpatía y el apoyo tanto de los fenianos –siempre secreto– como de la Iglesia católica, que, si bien al principio miró con recelo a la Liga por su naturaleza protestante, acabó apoyándola al darse cuenta de la necesidad política mutua que se tenían. De un encuentro entre miembros de la Iglesia católica y del partido en 1873 surgió aquella nueva organización de la que hablábamos al principio del capítulo, la Liga por un Gobierno Autónomo (Home Rule League), mucho más popular que su predecesora y con más pegada política en años venideros.

El momento de la Liga, rebautizada en 1880 con el nombre de Liga Nacional Irlandesa (Irish National League) y férreamente liderada por Charles Stewart Parnell, llegó después de las elecciones generales de finales de 1885, que volvieron a poner al frente del gabinete británico a Gladstone. Éste vio con claridad que el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda tendría los días contados si no se tomaba alguna postura conciliadora con las distintas versiones del nacionalismo irlandés aglutinadas en torno a la Liga Nacional Irlandesa, formación que había conseguido 86 escaños en las elecciones, es decir, todos los asignados a Irlanda menos los del Ulster y la circunscripción del Trinity College de Dublín. Parte del éxito de la Liga Nacional Irlandesa se debió a la reforma electoral de 1884 (Reform Act), que había ampliado el derecho al voto a todos aquellos varones propietarios o arrendatarios de las casas que habitaban. Así, el número de electores en Irlanda pasó de 220.000 a 700.000, muchos de los cuales eran agricultores partidarios de las tesis nacionalistas. De esta manera, la gobernabilidad del Reino Unido pasaba a depender del apoyo de los diputados irlandeses al gobierno de Gladstone. Por todo ello, Gladstone, y a pesar de las opiniones contrarias de los conservadores e incluso dentro del seno de su partido –algunos creían que había perdido realmente la cabeza–, presentó en 1886 el primer proyecto de ley de autonomía para Irlanda, comúnmente conocido como Home Rule, que contemplaba la creación de un parlamento irlandés dentro del seno del Imperio británico siguiendo el modelo de experiencias similares que ya se habían puesto en práctica en otros dominios británicos como Canadá o Australia. La propuesta fue rechazada no solo por los diputados conservadores, sino también por 91 miembros del propio partido de Gladstone.

Una de las consecuencias más trascendentales que tuvo la introducción de este primer Home Rule para la historia de Irlanda fue el desarrollo en el noroeste de la isla del unionismo como corriente política en las antípodas del nacionalismo irlandés y fuente de muy serios conflictos en la historia irlandesa más reciente. Para Gladstone, el Ulster y el autogobierno para Irlanda no eran términos excluyentes. Pensaba que la minoría protestante sería integrada por la mayoría nacionalista en las instituciones que emanaran del Home Rule sin mayores problemas ya que lo que buscaba la ley era mejorar las condiciones de vida de todos los habitantes de la isla. Lo que Gladstone no contempló fue la lectura que los protestantes del Ulster hacían de sus antiguas alianzas con Parnell o de las perspectivas separatistas que, según ellos, se abrían con un hipotético Home Rule. Para ellos, el autogobierno supondría la destrucción del Acta de Unión y la pérdida de la identidad británica a la que se sentían tan ligados. La consecuencia más inmediata de la introducción del Home Rule fue la creación, en 1886, del Partido Unionista (Unionist Party). Este partido nacionalista británico surgió de la coalición entre el movimiento liberal presbiteriano y el conservador anglicano, apoyados incondicionalmente por la Orden de Orange. Los lazos de unión de los protestantes del Ulster con Gran Bretaña, cuestiones religiosas aparte, tenían mucho que ver con factores de carácter económico o político como el hecho de que la revolución industrial en Irlanda se hubiese localizado prácticamente en el noroeste, o que el comercio derivado de esta se realizara fundamentalmente con Gran Bretaña. De esta manera, el desarrollo y prosperidad de esta zona de Irlanda dependía de sus buenas relaciones con la metrópoli, fomentándose así una ideología que separaba a los irlandeses del norte de los del resto de la isla.

Mientras llegaba el segundo intento de introducir el Home Rule para Irlanda, las filas nacionalistas fueron testigos de la caída en desgracia de su líder, Parnell, por un asunto de carácter privado muy alejado del mundo de la política. Hacía tiempo que Parnell mantenía una relación con una mujer casada, Katharine O’Shea, con la que tenía su propia familia. Esta relación, conocida y tolerada por el marido de Katharine, el capitán William Henry O’Shea, saltó a la luz pública cuando la tía de Katharine murió y dejó una importante cantidad de dinero a su sobrina, excluyendo a su marido de la misma, circunstancia que probablemente motivó que éste, por venganza, hiciera pública su situación en 1889. Las reacciones en Irlanda y en Gran Bretaña no se hicieron esperar. El electorado liberal pidió a sus líderes que rompieran de forma inmediata sus relaciones con la Liga Nacional Irlandesa –o Partido por el Autogobierno, como también era conocido–, a no ser que Parnell dimitiera de su cargo. En Irlanda, la Iglesia católica no podía seguir apoyando a una persona con una “conducta moral tan desviada” y el resto del partido consideraba que, dadas las circunstancias, la situación de Parnell limitaba muchísimo las posibilidades de conseguir el autogobierno. A pesar de las peticiones de dimisión, Parnell se negó y provocó la división del partido entre los que seguían apoyándolo y la Federación Nacional Irlandesa (Irish National Federation) que aglutinaba a sus opositores por considerar que había traicionado al partido, al país y a la causa autonomista. Parnell y Katharine se casaron en junio de 1891, después de que los tribunales de justicia hicieran firme la resolución de divorcio, aunque su matrimonio no duraría mucho ya que él moriría cuatro meses después. Pronto su memoria como héroe traicionado por los suyos se sumó a la larga lista de mártires de la causa irlandesa. En el aniversario de su muerte, bautizado como el Día de la Hiedra (Ivy Day), se le recordaba celebrando solemnes ceremonias. Y autores como William Butler Yeats o James Joyce escribieron sobre él recalcando la idea de la traición al gran líder, aunque también simplificando la compleja realidad de su vida.

En las postrimerías del siglo, la situación política de Irlanda no varió demasiado, a pesar del segundo intento de Gladstone por convertir el proyecto de autonomía para Irlanda en una realidad. Esta vez, en 1893, sí fue aprobado por la cámara baja británica, la de los Comunes, pero fue rechazado por la alta, la de los Lores, quienes tenían la potestad de vetar las resoluciones tomadas por la Cámara de los Comunes. Esta segunda propuesta no difería mucho de la primera, es decir, ambos proyectos de ley contemplaban la creación de un Parlamento irlandés encargado de legislar las cuestiones de índole doméstica, mientras que Londres mantendría las competencias en política exterior, fuerzas de seguridad, comercio, aduanas e impuestos, además del derecho a veto sobre cualquier ley que se aprobara en Dublín. La única diferencia entre ambos borradores estaba en la organización parlamentaria. El primer proyecto contemplaba una estructura bicameral de veintiocho miembros pertenecientes a las clases más altas y 75 provenientes de las clases medias respectivamente. La composición de las dos cámaras en el segundo borrador difería un poco: el Consejo Legislativo (Legislative Council), con cuarenta y ocho miembros elegidos entre la clase alta, estaba pensado para proteger los derechos de la minoría protestante, y la Asamblea Legislativa (Legislative Assembly) tendría 103 miembros elegidos por el resto del electorado. Ambas cámaras serían independientes y tendrían mutuo derecho a veto. A pesar de las evidentes concesiones a los unionistas, éstos rechazaron diametralmente la proposición y sus protestas adquirieron mayores dimensiones que las producidas durante la discusión del primer Home Rule. Es de destacar en este orden de cosas la convocatoria de la Convención Unionista del Ulster (Ulster Unionist Convention) que, en la primavera de 1892, convocó a 12.000 delegados pertenecientes a todo el abanico social protestante. El tono de los documentos allí aprobados había subido; mientras se reafirmaba más que nunca el carácter británico del Ulster, también se advertía que nunca se aceptaría una autoridad nacional irlandesa bajo amenaza de hacer estallar la violencia. Por su parte, los orangistas afirmaron que, de prosperar el Home Rule, promoverían la separación por la fuerza del Ulster. También se fundó en aquellos días una de las organizaciones paramilitares más longevas del protestantismo norirlandés, la Unión para la Defensa del Ulster (Ulster Defense Association, UDA), que comenzó casi de inmediato a recibir armamento y muchas adhesiones del otro lado del mar de Irlanda.

El tercer y último intento de otorgar a Irlanda su autonomía política llegó tras las elecciones generales en el Reino Unido de 1910 que dieron una pírrica victoria al Partido Liberal. Éste necesitó para gobernar el apoyo del Partido Irlandés (Irish Party), resurgido en 1900 de las cenizas de lo que había quedado del movimiento liderado años atrás por Parnell y ahora dirigido por John Redmond. A pesar de la posición inicial contraria a la autonomía irlandesa tanto de los liberales como de su líder, Herbert Asquith, su dependencia respecto al Partido Irlandés les obligó a presentar en 1912 un nuevo proyecto de ley de autogobierno para Irlanda ante el Parlamento de Westminster. En esta ocasión había más posibilidades de que el Home Rule prosperara ya que, gracias a la nueva Ley del Parlamento (Parliament Act) –aprobada un año antes–, el veto de la Cámara de los Lores sobre las leyes aprobadas por los Comunes sólo podía tener una vigencia de dos años, pasados los cuales las leyes entrarían en vigor.

Como era bastante factible que esta vez se aprobara el Home Rule, el movimiento unionista, opuesto a la autonomía y que en ocasiones anteriores había ejercido una tímida resistencia, mostró su rechazo con más determinación, sobre todo a raíz de la aprobación de la Ley del Parlamento. Los unionistas fueron apoyados por el Partido Conservador británico, que encontró en este asunto la excusa perfecta para unir a una formación política inmersa por entonces en disputas internas.

La historia del movimiento unionista en el siglo XX comenzó con la aparición de una voz discordante con el discurso establecido. En 1904, y creada por el unionista liberal conde de Dunraven, apareció la Asociación Irlandesa por la Reforma (Irish Reform Association) que proponía la devolución a Irlanda de algunas competencias administrativas. La creación de esta efímera organización provocó un terremoto en el mundo unionista que se aplacó con la formación, al año siguiente, del Consejo Unionista del Ulster (Ulster Unionist Council, UUC), organismo permanente y representativo de todos los sectores unionistas del Ulster que, como era de esperar, no toleró aventuras heterodoxas como las del conde de Dunraven. La ortodoxia unionista se vio reforzada en 1910 con el ascenso al liderazgo del movimiento de sir Edward Carson. Su oposición al Home Rule se basaba en la idea de que el progreso de Irlanda pasaba por su permanencia dentro del Imperio británico. Obviamente, lo que Carson defendía eran unos intereses de clase, los de la clase dominante, o dicho de otro modo, el mantenimiento del estatus de privilegio que el Ulster tenía tanto dentro de la Unión como en relación al resto de la isla. Carson vio en la persona de James Craig, verdadero ideólogo de la oposición unionista al Home Rule, al colaborador ideal para sus proyectos y así, mientras sus obligaciones parlamentarias lo mantenían en Londres, sabía que tenía en casa a alguien en quien podía confiar plenamente. Para Craig, que entró en política en 1903, todas las energías en esos días difíciles para el Ulster debían dirigirse a reforzar la causa unionista. De esta manera, organizó grandes mítines, como el de Craigavon el 23 de septiembre de 1911 donde se congregaron unas 50.000 personas, o promovió también la movilización paramilitar de los orangistas con la formación, en 1913, del UVF (Ulster Volunteer Force-Fuerza de Voluntarios del Ulster).

El nuevo proyecto de Ley para el Autogobierno de Irlanda (Home Rule Act) fue introducido por Asquith en los Comunes el 11 de abril de 1912. Había pocas diferencias entre este y los dos anteriores y se seguía enfatizando la supremacía de Westminster sobre las decisiones que pudiera tomar la futura Asamblea irlandesa. Para calmar las inquietudes de los unionistas, el borrador de la ley contemplaba una serie de medidas destinadas a acomodar sus reivindicaciones. Así pues, la futura Asamblea irlandesa estaría dividida en dos cámaras: el Senado o cámara alta, elegida a dedo en Westminster y con una mayoría garantizada de unionistas pertenecientes a las clases dirigentes, y el Parlamento o cámara baja, donde habría una representación proporcionalmente mayoritaria de parlamentarios unionistas, además de mecanismos que obligaran a las dos cámaras a adoptar resoluciones conjuntas, con lo que el poder de decisión de los representantes unionistas quedaba asegurado. A pesar de estas concesiones, la desconfianza por parte del unionismo fue tan evidente que reaparecieron en el debate viejas ideas como la expuesta por Joseph Chamberlain en 1886 sobre la división de la isla para resolver el problema. De los nueve condados que forman el Ulster, en cinco de ellos –Donegal, Monaghan, Cavan, Tyrone y Fermanagh– los nacionalistas habían obtenido la mayoría en las elecciones de 1910, mientras que en los cuatro restantes –Londonderry, Antrim, Down y Armagh– habían sido los unionistas. Según estos datos, y tal y como se planteó durante el debate de la ley, lo más razonable sería dejar a los cuatro condados de mayoría unionista fuera del Home Rule, pero Carson propuso que, al menos, fueran seis, es decir, los cuatro antes referidos más Tyrone y Fermanagh, posibilidad que fue aceptada a regañadientes por el gobierno de Asquith después de contemplar cómo el 28 de septiembre de 1912 miles de ciudadanos de origen protestante firmaban, a instancia de Carson y Craig, el Pacto por el Ulster (Ulster Covenant), mediante el cual se comprometían a defender su estatus como ciudadanos del Reino Unido ante cualquier injerencia contraria a alterar dicha situación. El rechazo de los nacionalistas no se hizo esperar y proclamaron que, si bien estaban dispuestos a entenderse con los unionistas en muchas cosas, la única cuestión innegociable era la división de la isla. Ante esta respuesta, el Gobierno británico modificó su planteamiento inicial anunciando que la separación duraría cinco años, pasados los cuales el Ulster pasaría a depender del Parlamento irlandés a no ser que Westminster decidiera otra cosa. Aunque esta idea no era del agrado de los nacionalistas, se vieron obligados a aceptarla ya que las circunstancias políticas habían variado en el seno del Parlamento británico. En esos momentos la posibilidad de alianza entre conservadores y liberales en contra del Home Rule era factible si se rechazaba esta última propuesta. Dentro de los esfuerzos para dar una solución al problema irlandés, el propio rey de Inglaterra, Jorge V, decidió involucrarse convocando a todos los líderes políticos implicados en el asunto. Entre el 21 y el 24 de julio de 1914 se celebró la Conferencia del Palacio de Buckingham, a la que asistieron Asquith, los conservadores, los unionistas del Ulster y los nacionalistas. Por desgracia, no se llegó a ningún acuerdo definitivo sobre la división del Ulster y, para complicar más las cosas, pocos días más tarde estalló la Primera Guerra Mundial, con lo cual los esfuerzos del Gobierno británico se centraron en ese nuevo frente. Con el trasfondo de la guerra, el 18 de septiembre de 1914 el rey sancionaba dos leyes: la nueva Ley de Autonomía para Irlanda, o Home Rule, y otra que retrasaba su entrada en vigor un año o hasta que acabara la contienda, lo cual ocurriría cuatro años más tarde… con la cuestión del Ulster todavía por resolver.

CAPÍTULO VII

El largo camino hasta la consecución de la República para Irlanda

Los acontecimientos que se dieron en Irlanda durante el primer cuarto del siglo XX definieron la organización política y territorial actual de la isla. Uno de los aspectos más dolorosos para todos los habitantes de la isla fue la escisión de la isla en dos: el norte, que incluye seis de los nueve condados de la provincia del Ulster; y el sur, que engloba a los 26 restantes. Esta medida, en principio tomada con carácter temporal, se asentó y ha sido fuente de conflictos desde su creación. Calificábamos esta separación como dolorosa porque, en definitiva, no satisfizo las aspiraciones de nadie y fue una solución intermedia para salir de la crisis política en la que se vio sumida la isla a partir del tercer intento por parte del Gobierno británico de otorgar la autonomía a Irlanda, un nuevo Home Rule. Esta nueva propuesta de autonomía desató un proceso plagado de capítulos violentos que comenzaría con el Levantamiento de Pascua (Easter Rising) de 1916 y culminaría con la proclamación formal de la República de Irlanda, o Eire, en 1949.

La Gran Guerra y el Levantamiento de Pascua

Casi toda la Irlanda nacionalista apoyó el nuevo Home Rule, a pesar de que sus aspiraciones habían sido en parte cercenadas. Decimos casi porque ciertos sectores del espectro sociopolítico consideraron insuficiente lo conseguido. Entre los contrarios a la ley estaban , los fenianos, o los socialistas republicanos de James Connolly y el Sinn Féin (‘Nosotros mismos’), un nuevo partido de corte independentista creado por Arthur Griffith en 1905. Antes de la aprobación de esta ley, Irlanda se había convertido en un país militarizado debido, precisamente, a los temores que provocó la presentación del proyecto de ley en 1912. Como se mencionó anteriormente, la Fuerza de Voluntarios del Ulster (Ulster Volunteer Force, UVF) se había creado en 1913 a instancias de James Craig con el único fin de oponerse al proyecto de autonomía. En poco más de un año, el UVF llegó a contar con unos 100.000 miembros dirigidos por oficiales británicos en la reserva, curiosa circunstancia si tenemos en cuenta que el Ejército británico estaba, en teoría, aislado de toda cuestión política. La realidad demostró que no era así y, de hecho, la mayoría de los altos rangos militares simpatizaban con los postulados de los unionistas del Ulster en cuanto a su pertenencia al Reino Unido. Por ello, el Gobierno británico desconfiaba de la lealtad del ejército ante una posible sublevación en el Ulster, sobre todo después de que las fuerzas de seguridad hicieran la vista gorda cuando en abril de 1914 permitieron el desembarco de material de guerra procedente de Alemania y destinado a armar al UVF.

La respuesta a la formación del UVF en el sur no se hizo esperar y, a finales de noviembre de 1913, se creó otra organización paramilitar: los Voluntarios Nacionales Irlandeses (Irish National Volunteers). Entre sus promotores se encontraban el IRB, el Sinn Féin e, incluso, algunos miembros del moderado Partido Irlandés de Redmond. Todos ellos crearon un Comité Provisional de los Voluntarios (Volunteer Provisional Committee) compuesto por treinta miembros y presidido por Eoin MacNeill. La presencia de elementos moderados en el Comité Provisional favoreció el apoyo popular a los Voluntarios ya que en su seno se encontraban representadas prácticamente todas las sensibilidades de la familia nacionalista. Los Voluntarios, claramente superiores en número al UVF pero no en armamento, buscaron la forma de compensar este desequilibrio. Se pensó que sir Roger Casement, miembro del Comité Provisional y funcionario consular, se encargara de conseguir las armas. Estas llegaron en dos pequeñas embarcaciones a Kilcoole (condado de Wicklow) y Clontarf, pero la intervención policial impidió que todas alcanzaran su destino, Dublín. Los disturbios que se dieron poco después en la capital irlandesa causaron la muerte de varias personas a manos del Ejército, acontecimiento que se sumó a la larga historia de represión sobre la población civil que siguió alimentando el rechazo a la presencia británica en la isla.

El tercer movimiento paramilitar existente en la convulsa Irlanda de principios de siglo fue el Ejército Ciudadano Irlandés (Irish Citizen Army), dirigido por James Connolly y fundado en 1913 para defender a los huelguistas durante las protestas laborales que desde agosto de ese año se venían dando en Dublín con el fin de reclamar la mejora de las condiciones de vida del proletariado irlandés. Connolly concebía la necesidad de tener una organización de este tipo para enfrentarse a la explotación capitalista y la represión policial, aunque su visión iba más allá ya que logró aunar socialismo y nacionalismo. Pensó que los problemas de la clase obrera irlandesa sólo se solucionarían cuando la isla se convirtiese en una república de corte socialista donde los irlandeses fueran dueños de la tierra, de los medios de producción, distribución e intercambio. Esta fue la razón por la que el Ejército Ciudadano superó su función inicial y desempeñó un papel destacado en los acontecimientos de 1916.

El cuarto grupo paramilitar era la Hermandad Republicana Irlandesa o IRB (Irish Republican Brotherhood). Formado por pocos miembros y reunificado después de las divisiones internas de finales del siglo XIX, vio una muy buena oportunidad de conseguir la independencia con el estallido de la Primera Guerra Mundial siguiendo la máxima de que cualquier acontecimiento que hiciera a Gran Bretaña desviar su atención sobre Irlanda sería positivo para una sublevación exitosa. La implicación del Reino Unido en la guerra provocó el desplazamiento de tropas desde Irlanda hacia el continente europeo. Esta situación de indefensión en la que se dejaba a Irlanda motivó que Redmond propusiera que la isla fuera defendida tanto por el UVF como por los Voluntarios Nacionales Irlandeses, cada uno en su zona de influencia. Dicha proposición la hizo antes de que el nuevo Home Rule fuera aprobado, lo que motivó el rechazo inicial de los Voluntarios que condicionaron el papel sugerido por Redmond a la sanción de la ley, circunstancia que se solventó en muy poco tiempo. Otra de las ideas que lanzó Redmond fue la del alistamiento voluntario de los irlandeses en el Ejército británico bajo el prisma de que una rápida victoria británica favorecería la pronta autonomía de Irlanda. La campaña de alistamiento fue apoyada de forma masiva, aunque unos pocos miembros de los Voluntarios Nacionales, ligados a los fenianos del IRB, junto con el Sinn Féin y sectores nacionalistas radicales pensaban que ese colaboracionismo no interesaba a Irlanda. Esta diferencia de criterios provocó una crisis entre los miembros del Comité Provisional. Veinte de ellos abandonaron sus puestos y, bajo la dirección de Eoin MacNeill, organizaron otro cuerpo paramilitar, los Voluntarios Irlandeses (Irish Volunteers), también conocido como Voluntarios del Sinn Féin (Sinn Féin Volunteers). Esta organización logró reunir tan solo a unos 13.500 miembros de los 188.000 que tenían los Voluntarios Nacionales, quienes iban paulatinamente perdiendo el apoyo popular ante la larga duración de la Primera Guerra Mundial y el desgaste que suponía el alistamiento en la moral de los irlandeses. Si a esto añadimos que, ante la falta de soldados en el frente, el Gobierno británico se planteó iniciar una campaña de alistamiento forzoso en Irlanda, se entiende fácilmente que muchos de los Voluntarios Nacionales se pasaran a las filas de los Voluntarios Irlandeses que estaban diametralmente opuestos a esta medida y a cualquier forma de colaboración con el esfuerzo bélico británico. Tanto los Voluntarios Irlandeses como el Ejército Ciudadano seguían manteniendo la tesis de que la debilidad británica suponía una oportunidad para la insurrección armada y esta idea comenzó a cristalizar cuando en mayo de 1915 los dirigentes del IRB formaron un comité militar destinado a organizar una rebelión que llevara a Irlanda a independizarse del Reino Unido. Ese comité estaba formado por el poeta Joseph Plunket, Eamon Ceannt –miembro destacado de la institución cultural Liga Gaélica– y Patrick Pearse, profesor y fervoroso republicano, a los que poco después se les unieron Tom Clarke y Sean MacDermott. Buscaron el apoyo de los enemigos de Gran Bretaña y lo encontraron en Alemania. Sir Roger Casement –quien había renunciado a su puesto en el cuerpo diplomático británico en 1912 y se había unido al IRB– fue enviado a este país para, por un lado, reclutar una brigada irlandesa entre los prisioneros de guerra que Alemania tenía en su poder, por otro, asegurarse de que este país reconocería a la República Irlandesa una vez se consiguiese la independencia y, finalmente, acordar el envío de armas y tropas para apoyar la insurrección. La misión de Casement no tuvo demasiado éxito ya que solo consiguió reunir un puñado de prisioneros y el armamento enviado por Alemania estaba muy por debajo de lo que se esperaba conseguir. El Consejo Militar fijó la fecha del 23 de abril de 1916 para iniciar las hostilidades. El plan era que una vez se recogieran las armas procedentes de Alemania, los batallones de voluntarios las distribuirían por todo el país y ocuparían lugares estratégicos como puestos de policía o de la Administración, pero sin definir cuáles o cómo se procedería a continuación. Desde un punto de vista militar, y como luego se demostró, todo lo previsto era inútil ya que, para llevarlo a cabo, se necesitaba un ejército numeroso y bien armado, y ese no era el caso de los Voluntarios Irlandeses.

En febrero de 1916 y a través de John Devoy, líder feniano residente en Estados Unidos, el Consejo Militar envió la orden a Alemania de que las armas deberían llegar a la costa de Kerry entre el viernes 21 y el domingo 23 de abril. Una embarcación alemana, el Aud, cargada con 20.000 rifles y diez ametralladoras, salió para Irlanda el 9 de abril. Después de zarpar, el Consejo Militar decidió que el barco tenía que llegar el domingo, pero esa noticia nunca llegó al Aud, que arribó a la bahía de Tralee el viernes 21. Ante la ausencia de los Voluntarios para recoger el cargamento, los tripulantes del Aud decidieron navegar por las cercanías hasta que llegaran. Quien lo hizo fue la Marina británica, que capturó el barco y lo hundió.

Mientras todo esto sucedía, el Consejo Militar tenía que resolver otro problema: la movilización de los voluntarios para que estuviesen listos el lunes de Pascua. Estos solo lo harían si su comandante en jefe, Eoin MacNeill, se lo ordenaba. La dificultad principal residía en que MacNeill solo contemplaba la posibilidad de entrar en acción si el ejército británico intentaba desarmar a su grupo, y ese no era el caso en aquellos días. El miércoles 19 de abril apareció en los periódicos un extraño documento que contenía una lista de nombres de personas que iban a ser detenidas por las autoridades. Este documento, que venía del centro del Gobierno británico en Irlanda, el Castillo de Dublín, había sido falsificado casi con seguridad por MacDermott y Plunkett, pero MacNeill creyó que era auténtico y ordenó de inmediato a sus voluntarios que se resistiesen a la acción gubernamental. Al día siguiente, 20 de abril, MacNeill fue informado de que iba a producirse un levantamiento durante la Pascua y se dirigió a ver a Pearse, que le confirmó que el IRB era quien lo había planeado. El 21 de abril MacNeill comenzó a cancelar todas las órdenes que había dado a sus seguidores, pero Pearse y MacDermott le hicieron una visita y le contaron lo de la llegada de las armas el domingo 23 procedentes de Alemania. Asumiendo que el enfrentamiento era inevitable, MacNeill volvió a dar las órdenes del miércoles a los Voluntarios Irlandeses. El sábado 22 de abril, las noticias sobre el apresamiento del Aud con todo su cargamento llegaron a Dublín y, ante el fracaso evidente de la insurrección, MacNeill volvió a cancelar todos los actos y maniobras de los Voluntarios Irlandeses previstos para el domingo 23. Ese día, mientras el Gobierno consideraba que el levantamiento no se produciría por lo acontecido en días anteriores, el Consejo Militar se reunió y, a pesar del caos de órdenes y contraórdenes, decidió juntar al mayor número de efectivos para comenzar la lucha. A pesar de que eran conscientes de sus escasas posibilidades de éxito, estaban dispuestos a realizar el gesto y mantener vivo el espíritu nacional.

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22 ekim 2025
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381 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788415930648
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