Kitabı oku: «Un pueblo olvidado, pero feliz»

Yazı tipi:


©Copyright 2021, by Luis Calderón Cubillos

lp_1966_@hotmail.com

Colección El tren de las Novelas

«Un pueblo olvidado, pero feliz» Novela chilena, 256 páginas Primera edición: julio de 2021 Edita y Distribuye Editorial Santa Inés Santa Inés 2430, La Campiña de Nos, San Bernardo de Chile (+56 9) 42745447 Instagram: santaines editorial Facebook: Editorial Santa Inés librosdelaeditorial@gmail.com www.editorialsantaines.cl Registro de Propiedad Intelectual N° 2020-A-1419 ISBN: 9789566107187 eISBN:9789566107194 Edición Gráfica y Literaria: Patricia González Ilustración de Portada: Luis Calderón Cubillos Diseño de Portada: Benjamín Vergara Edición de Estilo y Ortografía: Susana Carrasco Edición elecrónica: Sergio Cruz Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados


El autor

LUIS CALDERON CUBILLOS, Quillota, Chile, 1966, hijo de Marta Cubillos Olivares y de Juan Calderón Arévalo, sus estudios primarios los cursó en la escuela N° 60, de la localidad rural La Tetera y los secundarios en el Liceo Industrial de la ciudad La Calera y liceo A-12 de la ciudad de Quillota.

A los 18 años, ingresa a cumplir con su servicio militar en la Armada de Chile, permaneciendo dos años en dicha institución alcanzando el grado de Licenciado. Regresa a su pueblo natal donde trabaja en el campo ayudando a sus padres y terminando sus estudios en un colegio nocturno. Posteriormente, el año 1990, ingresa al cuerpo de Carabineros de Chile, que es la policía de dicho país, donde vive las más extraordinarias aventuras, estando muchas veces al borde de la muerte, motivo por el cual se decide a escribir sobre lo frágil y delgada que es la línea de la vida.

Participa en ferias de libros y eventos culturales. Además, es comentarista literario en el semanario «Futuro» de Villa Alemana, ciudad donde reside actualmente.

Ha publicado: «Francisco, un héroe de 15 años», «No se duerman (historias policiales)», «En un rincón de tu corazón», «Un ir y venir (las vueltas de la vida)», «La muerte con silueta de mujer» y, ahora, nos entrega «Un pueblo olvidado, pero feliz».

Prólogo

Alejandro regresa a su pueblo después de terminar sus estudios secundarios y universitarios en la capital con la esperanza de reencontrase con sus antiguos amigos de juegos, pero no encontró a ninguno. No obstante, en el carro del tren en el que regresaba venían otros pasajeros con diferentes características, los que una vez llegado al pueblo de San Pedro, fue conociendo uno a uno, convirtiéndose en los verdaderos protagonistas de esta historia: Jorge, un joven poeta; Favio, un hombre de negocios; José, un candidato a político; y, Virginia, una decidida joven que lo hace aceptar la igualdad de géneros. A todos ellos, hay que agregar a Hortensia, la hermana del protagonista, que se descubre como una adelantada a su época, en la lucha de clases y la liberación femenina. Una historia donde dos jóvenes de mundos diferentes, nos enseñan que todas las discriminaciones y obtáculos que nos impone la sociedad, no son nada si los enfrentas con un amor fuerte y verdadero.

Luis Calderón Cubillos

Un pueblo olvidado, pero feliz

Alejandro Estrada mira el paisaje que pasa rápidamente a la vista de sus ojos, son campos muy verdes, rodeados de álamos que parecen soldados en una larga fila, además a los pies de los cerros se puede ver una selva tupida de eucaliptus. Los cerros son de un color verde y sus puntas se ven de color café y plomizo. Alejandro mira por la ventana del tren que parece adormecerlo en ese vaivén casi monótono, además los postes que pasan cada cinco segundos también tienen algo que aportar con ese chucu, chucu que lo sume en recuerdos. Observa a su alrededor y puede ver a los ocupantes de este carro, los que cada uno sumido en sus pensamientos se ignoran entre sí.

Un señor gordo de cara rechoncha, mejillas rojizas y con un puro en su boca, el que fuma como si se fuera a acabar el mundo, ve por la ventana y cada cierto tiempo saca de su bolsillo un reloj al que mira achicando sus ojos para ver la hora, viste terno de color café que, al parecer, dejó de ser su talla hace bastante tiempo porque uno de sus botones delanteros parece gritar ¡cuidado, sálvese quien pueda! Está próximo a salir disparado al no poder soportar el volumen de su abdomen. El señor gordo hace caso omiso de las súplicas de su botón y sigue moviéndose en su asiento.

También, en otro asiento va una dama con dos niños que se ven muy inquietos mirando hacia afuera y a los demás pasajeros, su madre trata de tranquilizarlos dándoles sin que se note pequeños tirones a sus ropas y susurrándoles en sus oídos las más terribles amenazas al parecer, ya que estos niños se calman de inmediato, pero, al rato, vuelven nuevamente a molestarse entre ellos mismos y así ha sido durante todo el viaje, la mujer tratando de pasar inadvertida, pero en vano.

Otro señor vestido con terno y abrigo negro, parece un banquero u hombre de negocios, que no deja de mirar cada cierto tiempo el techo del tren y después a una libreta en la que escribe algo, podrían ser números, sumas y restas, pero también podría tratarse de un poeta que va escribiendo sensaciones que le llegan a la mente.

Pero definitivamente no tiene aspecto de poeta, es un hombre de negocios, de eso se da cuenta Alejandro porque con su mirada ya encontró al poeta del tren.

Un joven que va mirando en forma absorta el paisaje hasta que se pierde de su vista y luego anota en su libreta al parecer lo que ha visto, porque de nuevo gira su cabeza para poder ver lo que ya había pasado unos minutos antes y parece terminar una idea en su cuaderno, además su figura resalta entre los pasajeros por su desplante y manera de vestir, que es un traje de color verde suave, camisa blanca, corbatín de seda del mismo color de su bestón, cremalleras en sus puños que dejaban ver sus manos de largos dedos los que parecían no haber trabajado nunca en labores pesadas, su piel blanca, cabello ondulado y negro, que llamaba la atención de quien observara el entorno.

Otra pasajera que llamaba la atención de Alejandro era una dama que podría tener entre 20 a 25 años. Viajaba sola y con un bolso a su lado, el que no soltaba a pesar de la insistencia del cobrador de boletos de subirlo a la parrilla ubicada arriba de cada asiento.

Alejandro pensaba cómo sería el recibimiento en su pueblo después de tanto tiempo lejos. Esperaba que aún estuvieran las personas que había dejado y se imaginaba que estarían cambiadas físicamente y que los más viejos, posiblemente, fallecidos.

El silbato del tren lo sacaba de sus divagaciones cada cierto tiempo y volvía la mirada a su entorno dentro del carro, donde los personajes ya descritos seguían en sus asientos, cada uno absorto en sus pensamientos y planes próximos.

Alejandro Estrada había partido de ese pueblo cuando terminó su educación primaria, porque no había dónde seguir estudiando. Entonces, sus padres lo enviaron a la capital a un internado para cursar sus estudios medios y, luego, ingresar a la Universidad de Chile, la más prestigiosa de la época. En todo ese tiempo, habían pasado cerca de diez años y ya se encontraba titulado de abogado, motivo por el cual y como se había cumplido el objetivo de su permanencia en la capital, sus padres le enviaron una carta donde indicaban que esperaban con ansias su regreso.

El tren pasaba en ese momento por un puente sobre varios brazos de un río, un puente muy alto y sobre todo angosto que cabían solo los rieles por sobre donde pasaba el tren, eso sí rodeado de barandas metálicas que impedían ver con cierta claridad el paisaje que presentaba el río, no así los árboles y vegetación de los cerros vecinos.

Los niños, asombrados con la majestuosidad del puente, se pegaban a la ventana para no perderse ningún detalle de todo a su alrededor, el río dividido en tres partes por especies de pequeñas islas de tierra y piedras, por las que se veían animales bebiendo agua acompañados de algunos hombres que podrían ser sus arrieros. A la madre, parecía darle vértigo la altura así que trataba de no mirar hacia afuera.

El joven que apodaremos poeta también miraba ese paisaje del río y a la vez al cielo y en su rostro se dibujaba una tenue sonrisa, al mismo tiempo que esbozaba unas líneas en su libreta, terminando de escribir finalmente con un aire de satisfacción.

La dama del bolso también observa el paisaje y, al parecer, le llamó demasiado la atención una pequeña casita que se alcanzaba a divisar entre los árboles y la vegetación del cerro que pasaba al frente de ellos ahora.

Unos metros más allá se divisa un claro, una especie de pradera cual sabana, donde pastan muchos animales, la mayoría reces, que eran vigiladas por unos hombres sentados sobre unas rocas a una cierta altura. Esta imagen le llamó la atención al hombre de negocios que dejó su libreta de apuntes a un lado y prestó atención al número de animales que se veían en esa pradera.

De pronto, se siente nuevamente el silbato y, en ese momento, Alejandro ve aparecer al cobrador de boletos por una puerta de las que se ubican a cada extremo de los carros, anunciando la aproximación del siguiente pueblo.

—Señores pasajeros, ya estamos por llegar a San Pedro, preparen sus equipajes.

—¡Mamá, ya estamos llegando! —gritaron los niños.

El tren por fin llega al pueblo e, inmerso en una gran nube de humo, se detiene en la estación emitiendo un gran sonido como un suspiro gigante. Alejandro mira por la ventana antes de levantarse para observar el entorno de esa estación que tantos recuerdos le traía a su memoria.

Al bajar, no hay no hay muchas personas esperando en la estación, pero sí al frente de esta donde se encuentra una pequeña plaza de unos cincuenta metros de diámetro, de una media cuadra. Allí, se ven personas en sus asientos que conversan con sus acompañantes, pero que, al llegar el tren, sus miradas se trasladan hacia la estación y a los pasajeros que arriban.

Alejandro se detiene un momento en el andén por si ve a alguien que le parezca conocido, pero han pasado diez años y, probablemente, ya no se encuentren ahí. Así que cambia de idea y camina hacia la plaza atravesándola hasta llegar a la calle principal por donde transita hasta llegar a su casa.

Se detiene frente a una gran puerta de una casa colonial de color café, toma un aro de bronce que hay en ella y golpea en dos ocasiones, se pueden sentir unos pasos que parecen correr por dentro de la casa.

—¡Ya voy, un momento! —se escucha una voz desde el interior, al parecer, de la sirvienta.

—Hola, buenos días, soy Alejandro, me esperaban para hoy —dice a manera de saludo el joven.

—¡Ah, usted es el señorito Alejandro, pase, a su casa nomás llega! —contesta Margarita y le muestra el pasillo que conduce desde la puerta hasta el salón.

—¡Qué pasa! ¡Qué bullicio es ese! —dice una mujer que sale en dirección a la puerta.

—¡Madre, qué gusto de verla! Acabo de llegar en el tren de las 11.

—¡Hijo, has llegado, qué felicidad! ¡Juan, mira quien llegó! —y llama a gritos a su marido.

—¡Qué pasa, mujer! ¡Que son esos gritos! —dice un hombre de edad madura saliendo del salón.

—¡Hola padre, cómo está, acabo de llegar en el tren de la mañana, quería llegar muy temprano!

—¡Hijo, tanto tiempo, qué bueno que ya llegaste! Aunque no te esperábamos a esta hora —le dice dándole un gran abrazo con sus correspondientes palmoteos en la espalda.

—Sí, la verdad tomé el primer tren de la mañana. Fueron tres horas muy agotadoras, pero ya estoy aquí, descansaré unas horas y, después, saldré a recorrer el pueblo.

Juan, el dueño de casa, era un hombre de unos 60 años, medianamente gordo, de cabello cano, pero no del todo, de piel rosada y nariz ancha, generalmente andaba de traje y corbatín, siempre le gustó el buen vestir y, ahora, ya jubilado de sus actividades mercantiles, solo se dedicaba a discutir con sus amigos sobre la bolsa y cómo subían las propiedades. De hecho, se reunía en su casa con ellos en tertulias en donde siempre hablaban de lo mismo.

La señora de la casa de nombre Marta era buena anfitriona, siempre atenta a lo que solicitaba su esposo en esas reuniones de caballeros, como él decía. Ella también bordeaba los 60 años y, al contrario de su esposo, era delgada y aún de cabello negro, el que se lo tomaba en su cabeza en una especie de tomate o moño, le gustaba estar en la cocina acompañando a Menche, la cocinera y, de vez en cuando, ayudándola. Sus vestidos eran sencillos, sin ostentaciones, la sencillez era su lema y, además, era muy buena para conversar.

A parte de ellos, existía una hermana menor que había estudiado solo en esa zona, que no había querido ir a la capital porque no necesitaba estudiar más, ya que no era bien visto que la mujer estudiara tanto. Para qué si cuando se casaba solo se quedaba en su hogar y ya. Ella era delgada como su madre y de cabellos muy negros con trenzas, su nombre era Hortensia, le gustaba vestirse siempre de colores lila y verde manzana, tenía sus razones.

Después de instalarse en su pieza, Alejandro se recuesta en la cama, muy blanda en comparación con los asientos duros del tren. Ahora se recuerda de los pasajeros que venían en su carro, como por ejemplo de la mujer que no quería soltar el bolso, al recordarlo se sonrió y, poco a poco, comenzó a dormirse.

Con la bulla del salón, se despertó Hortensia y muy lentamente se levantó. Cuando llegó al salón, ya no había nadie, por su madre se entera que su hermano ha llegado, quiso ir a golpear al dormitorio, pero no la dejaron. Entonces, no encontró nada mejor que salir a la calle y cruzar hacia la plaza por si veía a sus primas para contarles la novedad del día, la llegada de su hermano desde la capital a radicarse para siempre en San Pedro.

Ya era mediodía y la gente comenzaba a deambular por el pueblo en más cantidad, las diligencias y trámites las habían hecho en la mañana y, ahora, ya estaban desocupadas. A Hortensia le dio calor porque ya había pasado una hora parada en la plaza frente a su casa y se aprontaba a regresar sofocada, cuando vio venir a sus primas por la calle principal.

—¡Hola, primas, qué bueno que las veo! ¿Saben quién llegó?

—Estabas sola, ¿quién llegó? —contestan Matilde y Leonor, sus primas.

—Mi hermano Alejandro esta mañana, debe estar durmiendo en su cuarto ahora.

—¡Ah! Debe ser muy cansador el viaje —dice Matilde.

—¡Qué emoción que haya llegado! Debe haber aprendido mucho en sus estudios, y ¿cuándo lo podremos ver si dices que ahora está durmiendo? —dice Leonor.

—¡Cuando despierte! ¡jajaja! —ríe Hortensia.

—Sí sé, ¿pero van a hacer una fiesta de bienvenida? —pregunta Leonor.

—Era una broma eso de cuando despierte, vamos si quieren de inmediato a la casa a ver a mi hermano.

—No, mejor cuando sea oficial y vengamos con nuestros padres.

—Papá piensa hacer un cóctel e invitará a los tíos y demás amigos —dice Hortensia.

—¡Vamos a la Golosita a servirnos unas bebidas!

—Ya, vamos, hace mucho calor aquí —responden las otras dos y caminan por la única calle que es la más importante y, por lo mismo, se llama calle Principal, se dirigen al final que es donde está la fuente de soda en cuestión.

Mientras tanto en la casa, ya se había levantado Alejandro y baja desde el segundo piso donde está su dormitorio al salón, encontrando a su padre leyendo el periódico.

—¡Ah, hijo, ya has descansado! ¿Tan luego te

repusiste? —le preguntó.

—Sí, fue un corto, pero reparador descanso, de verdad muero de ganas de ver el pueblo.

—¿Vas a salir? Pronto almorzaremos. Si vas a caminar y ves a tu hermana, avísale que en esta casa se almuerza de vez en cuando —dice su padre con ironía.

—Bueno, padre, le aviso y la traigo de una oreja —ríe Alejandro y sale a la calle principal del pueblo, directo desde la puerta de casa, ya que no se tenía la costumbre de tener un antejardín.

Alejandro se detiene un momento, se arregla su bestón y su cuello para continuar su paseo por esa calle en dirección a donde le lleven sus pies.

Pasa un niño gritando los titulares del diario y Alejandro le da una moneda para recibir el periódico, que lo lleva bajo su brazo mientras camina. Se dirige al final de esa calle y entra a un restorán que le pareció interesante, dirigiéndose a una mesa a orillas de la ventana para no perderse detalle de la calle como también de las personas que transitan por la vereda, además de ese lugar se divisaba algo de la plaza que a ese extremo de la calle, estaba finalizando.

Se acomoda en esa mesa mientras espera su pedido, lee el periódico con toda la tranquilidad que le da la sensación de ser el primer día de su vida.

Había pasado un cuarto de hora cuando siente que golpean el vidrio de la ventana y ve a su hermana saludando desde afuera, riéndose junto a dos amigas que también sonríen, le hace una seña para entren.

—¡Hola, Alejandro, en la mañana no te quise despertar, bienvenido al hogar! —le dice Hortensia, abrazándolo efusivamente.

—¡Qué grande que estás, Tenchita! ¡La última foto tuya era de hace cuatro años! —responde Alejandro.

—¡Ellas son tus primas, Alejandro! ¿Qué no te acuerdas de ellas?

—La verdad que no, si no tenía fotos de ellas y la última vez que las vi, tenían como diez años, pero obviamente ha pasado el tiempo y ya no son las niñas que dejé —sonríe el joven.

—¡Hola primo, yo soy Leonor! —saltó a su brazo la prima más sobresaliente de las dos.

—¡Bienvenido, primo, yo soy Matilde! —lo abraza esta prima, que es más reservada.

—Bueno, acompáñenme a servirse un jugo —invita Alejandro alegremente.

—Gracias, pero ya nos vamos. Acuérdate que acá tenemos horarios y es la hora del almuerzo —dice Hortensia tomando del brazo a Leonor.

—Además, ya tomamos mucha bebida en la Golosita —dice Matilde.

—Es verdad, me esperan para cancelar aquí y las acompaño a la casa —dice Alejandro.

Después de pagar, Alejadro sale con su hermana y sus primas hacia la calle observando todo a su alrededor, que le parece muy acogedor y agradable, mientras tanto su hermana lo toma del brazo y le va señalando los últimos cambios efectuados en el pueblo, a lo que Alejandro le responde a cada momento con un —¿en serio?— y así siguen hasta llegar.

En la casa, ya los esperaban para el almuerzo su madre y las cocineras con la mesa puesta. Hortensia llegó con las primas así que pusieron más servicios en la mesa, ese detalle no importaba, Marta era una magnífica anfitriona.

—¡Ah, qué bien! ¿Se encontraron en el camino? —consulta la madre saludando a los jóvenes.

—Sí, madre, yo estaba en el salón de café y las vi pasar —explica Alejandro.

—Sí, madre, nos dio alcance y nos saludamos, ¡tanto tiempo que no nos veíamos! —se apresuró en aclarar ese detalle Hortensia. La verdad era que al salón de café no entraban niñas, quizás porque allí entraban personas más adultas por así decirlo, hombres para cerrar algún negocio, etc, y además que las niñas del pueblo eran inconscientemente más asiduas a la Golosita, restorán que debido a lo mismo se había convertido más al estilo juvenil y de esa forma había quedado.

—Margarita, llame al señor —se dirigió la señora de la casa a la empleada.

—¡Voy volando! —responde Margarita y se dirige al escritorio donde se encuentra don Juan sumergido en sus asuntos.

Un par de minutos después, llega al salón don Juan y se sienta en la cabecera de mesa, lugar señalado y destinado para el jefe de familia desde esos años.

—¡Qué alegría, hoy es el primer día de muchos que almorzaremos con nuestro hijo! —dice don Juan—. Bueno, comamos —y la familia comenzó a servirse el almuerzo.

—¡Al ataque! —dijo por lo bajo Hortensia, mirando a sus primas y a su hermano con una sonrisa cómplice.

Cerca de las seis de la tarde las primas se retiraron, llevando la invitación para sus padres sobre la cena de bienvenida a Alejandro en la casa del tío Juan.

Desde ya, la dueña de casa se dispuso con las cocineras a planear esa cena. La señora Marta las puso en línea frente a ella y cual militar en revista a sus tropas, las arengó para que ese día no faltara nada, sea comida, vinos, champaña y hasta de su presentación personal les habló. Era día martes y la convivencia o malón como se llamaba a ese tipo de fiestas familiares era para el sábado.

Alejandro cerca de las siete de la tarde se prepara para salir a dar una vuelta a la plaza que queda frente de la casa. Le hubiera gustado que se encontrara lejos para tener que caminar más, pero de todas formas caminaría por la calle principal por si se encontraba con algún conocido de antaño. Observa su entorno, cuando divisa una figura a lo lejos y se acerca lentamente.

—Buenas tardes, amigo, buenas tardes casi noches — dice Alejandro al pararse frente a un joven que está sentado en un banco de la plaza.

—Buenas tardes, señor —responde el joven con una sonrisa, pero con cara de pregunta.

—Hoy, lo vi en el tren de la mañana, ahí venía usted —responde Alejandro a la duda del rostro del joven.

—¡Ah! Y usted, ¿también venía en ese tren?

—Sí, me presento, mi nombre es Alejandro Estrada Mardones y venía de regreso a la casa paterna después de diez años de ausencia.

—Son muchos años, mi nombre es Jorge Velásquez Acuña.

—Lo veía anotar cosas en una libreta durante el viaje, amigo Jorge.

—Usted es muy observador, amigo Alejandro, sí me gusta escribir, suelo hacerlo —responde Jorge, su nuevo amigo.

—¿Y se puede saber qué escribe? Si no es mucha la intromisión en sus asuntos —consulta Alejandro con suma curiosidad.

—Poesías —dijo Jorge y de nuevo esbozó una sonrisa.

—¡Qué interesante! ¿Y en este pueblo se puede escribir poesías?

—Sí, por eso me vine por una temporada, a la paz de un pueblo provinciano, la capital es muy ajetreada, todo pasa muy rápido, no es para escribir ni inspirarse.

—Sí, de todas formas encontrará sosiego en este lugar, se lo recomiendo, yo lo viví desde niño.

—Qué bien, me lo imaginaba.

—¿Y dónde está alojando, amigo Jorge?

—En casa de una tía, al final de esta calle —dice señalando la calle principal.

—Yo vivo acá al frente, en esa casa de color durazno, el sábado tengo una fiesta de bienvenida, si no le parece inapropiado le dejo la invitación.

—Me gustaría, así podré conocer a alguien más de este pueblo.

—Estamos en las mismas, yo no he podido encontrar a nadie de mi época de niño, ya todos han marchado, bueno lo espero el sábado a las ocho para que no se pierda detalles de los invitados.

—Está bien Alejandro, ahí estaré a las ocho, le hablaré a mi tía, quizás ella conozca a sus padres.

—Tiene razón, ¿y quién es su tía? —pregunta Alejandro.

—Se llama María Acuña López, vive al final de esta calle, una casona de color rojo.

—Preguntaré a mis padres por ella, amigo Jorge.

—Bueno, yo me estaba retirando cuando se acercó usted, amigo Alejandro, así que lo dejo y emprendo mi regreso —se excusa el poeta.

—Ah, disculpe que lo haya entretenido, no era mi intención pero ya ve, he conocido a un amigo.

—Claro que sí, y espero tener ese privilegio tambien.

Se levanta de su asiento y camina por uno de los senderos de la plaza hacia la calle principal, mientras tanto Alejandro observa a su nuevo amigo poeta que visto ahora sin abrigo se puede apreciar que es muy delgado, pero Alejandro recuerda que él, cuando lo vio en el tren se había fijado en sus manos, en sus dedos muy delgados y huesudos que parecían manos de un pianista, y que por ende corresponderían a un hombre también muy delgado. —¿No estará enfermo este cristiano? —pensó.

Alejandro se dirige a mirar la estación, de cierta forma para recordar algún momento de su niñez, en eso está cuando un hombre avisa a grandes voces que pronto llegará un tren. Su mirada se queda en el mismo niño que vendía periódicos en la mañana que también está ahí, ahora sentado en una banca de la estación balanceando sus pies despreocupadamente.

El tren se detiene y bajan más personas que en la mañana cuando él llegó, —¿de dónde vendrá este tren? —se pregunta y va a mirar a la boletería donde están los itinerarios, salidas y llegadas de trenes, ahí se da cuenta que esa gente viene de trabajar en las ciudades vecinas y cercanas, de la costa, y él en la mañana había llegado del sentido contrario de donde había llegado este tren, o sea, de la capital. Este tren debería venir de la ciudad de Valparaíso, y se fija que de verdad, son hombres de trabajo, con bolsos y uno que otro con maletín, todos ellos bajan y atraviesan la línea férrea y pasan por la plaza hasta llegar a la calle principal y ahí se desparraman en diferentes direcciones según sean sus domicilios.

Alejandro piensa que si él se para ahí todos los días a esta hora, llegaría a conocer a todas las personas que bajan del tren, aunque sea de vista, porque aunque la cantidad de pasajeros no era menor, de todas maneras sería fácil ir recordándolos a todos.

El viernes anterior al sábado que se iba a efectuar la fiesta de bienvenida para Alejandro, se encontraba a la hora del almuerzo toda la familia reunida saboreando un rico plato que era nada menos que la típica cazuela preparada por las manos mágicas de Menche, la cocinera.

—La otra tarde me hice de un amigo acá —dice Alejandro ya cuando su padre había hablado todos los temas que cotidianamente traía a la mesa.

—¿Sí? ¡Qué bien! ¿Es del pueblo lo conocemos? —pregunta su madre.

—¿O también es un regresado al pueblo como tú? —acota su padre sonriendo.

—Lo conocí en el tren cuando llegué el lunes y lo volví a encontrar el miércoles en la plaza.

—¿Y vive cerca de aquí? —recién se integra a la conversación Hortensia.

—Sí, de hecho se hospeda en la casa de su tía, quizás ustedes la conozcan.

—¿Quién será esa tía? Este pueblo es pequeño, puede ser que la conozcamos —dice su madre pidiendo aprobación de los demás integrantes de la mesa.

—Su nombre es María Acuña López, vive al final de la calle, una casona roja.

—Ah, si la conocemos de vista, claro que sí como a toda la calle —respondió su madre.

—Como a todos en esta calle —rectificó don Juan que le gustaba hablar bien las frases— ¿Y qué hace tu nuevo amigo, en que trabaja? —pregunta.

—Es poeta, por lo que dijo y por lo que vi —responde Alejandro.

—Te pregunté, hijo, en qué trabaja tu amigo —vuelve a decir su padre, ahora con cara de pregunta.

—No me inmiscuyo tanto en sus cosas, padre —responde un desconcertado Alejandro.

—¡Qué emocionante! Poeta… no sería extraño que también tocara el piano —dice su hermana Hortensia.

—No sería extraño, claro que no —dice Alejandro, recordando los dedos largos y lo que había pensado de su amigo la primera vez que lo vio en el tren.

Después de finalizar el almuerzo, don Juan se dirigió al salón, directamente a su sillón preferido y su hijo lo siguió. Alejandro tomó un libro de la biblioteca que estaba en una pared del salón y se dispuso a hojear las páginas. Don Juan siguió leyendo su periódico que lo había dejado en la mañana, le encantaba la página de anuncios de ventas, por si aparecía algo que le interesara. Hortensia se les unió en el salón con unas revistas de moda en sus manos y se acomodó en un sillón, luego llegó la madre, la señora Marta que se había detenido en la cocina con las empleadas, y se sentó a un lado de su hija.

El sábado por fin llegó. Durante todo el día, la señora Marta anduvo detrás de las empleadas y la cocinera para que todo lo que necesitaba estuviera en casa y a punto para la noche.

—¡Por fin usaremos el tocadiscos, Alejandro! —dijo Hortensia a su hermano con su cara llena de felicidad, que demostraba gran entusiasmo.

—¿Por qué no lo usaban antes? —pregunta Alejandro.

—Porque nos daba vergüenza a mis primas y a mí escuchar música aquí en casa, preferíamos ir a la fuente de soda de la esquina.

—¿La del otro día donde estaban cuando yo llegué?

—Sí, la Golosita.

—¿Y tienen discos? Digo para escuchar algo.

—Bueno, un par hay por ahí, nada más, pero podríamos conseguirnos.

—Llama a las primas, diles que traigan lo que tengan, si no vas a tener que tocar el piano tú.

—Sí, voy a llamarlas ahora —dijo esto y se dirigió al escritorio de su padre donde se encontraba el teléfono, que de verdad don Juan era el único que lo ocupaba un poco más y tampoco se diría que mucho ya que no tenía a quién llamar si todos sus amigos eran del mismo pueblo, salvo las llamadas que sí hacía cuando se comunicaba a la capital, durante el tiempo que Alejandro estuvo estudiando.

Alejandro se recordó de su nuevo amigo, a quien le había dicho que a las ocho llegara, también no sé por qué se acordó de la dama que iba sola en el tren, la que no soltaba el bolso. Cuando evocó esta imagen, nuevamente volvió a sonreír.

A las siete de la tarde, llegaron sus primas con los discos, los que se juntaron con los que tenía Hortensia, así que no eran pocos.

—De todas maneras, tenemos el piano por si se aburren de esos discos —comentaba la señora Marta, que aún seguía fiel a la música de piano y orquestada.

—Sí, claro y tocamos la misma de siempre —dijo aburrida Hortensia.

—¡Pero Alejandro no la ha escuchado, hija, y su amigo tampoco! —responde su madre sonriendo, como quien tiene la razón y se retira hacia la cocina.

—Bueno, chicas, acompáñenme a mi cuarto, yo debería estar lista.

—De acuerdo, vamos —y las tres subieron al cuarto de Hortensia.

A las ocho de la noche, Alejandro salió a la puerta de su casa y se quedó parado ahí viendo cómo pasaba la gente por la calle principal dirigiéndose a la plaza y, algunos, a la fuente de soda de más arriba.

—Hola amigo, Alejandro —estaba tan absorto en lo que miraba que no se dio cuenta cómo llegó a su lado, Jorge, el poeta.

—¡Amigo, no lo había visto! ¿De dónde apareció?

—De por ahí, ¿llegué a buena hora?

—Sí, claro, pase adelante —le mostró el pasillo que conducía al salón y entraron ambos.

Adentro, el salón estaba preparado para la ocasión, la mesa cuan larga era estaba cubierta con entremeses, dulces, una ponchera de vidrio llena de licor, vasos para el efecto; en una esquina, el tocadiscos que llegaba a brillar con todo el lustre que le sacó Margarita, la empleada y, más al fondo, se podía apreciar un piano de cola negro como el azabache.

—¡Hay un piano, qué interesante! —dice Jorge al mirar a su entorno.

—Sí, mi hermana y las primas son virtuosísimas en el piano —se sonríe Alejandro—. Ya las conocerás.

—Yo también algo me defiendo en ese arte —responde Jorge.

En eso, la señora Marta ingresa al recibidor por una puerta de la cocina y se dirige a los jóvenes.

—¡Bienvenido, joven, a esta casa!

—Madre, él es Jorge Velásquez, Jorge ella es mi madre Marta.

—Un gusto conocerla, señora, muy hermosa su casa.

—Gracias, siéntase como en la suya, ya llegarán los demás invitados para que los conozca.

—Gracias, es usted muy amable.

—¡Madre, están golpeando la puerta!

—¡Margarita, vaya a abrir! —la madre llama hacia la cocina para que la empleada salga, quien abre y entra con una pareja más o menos de la misma edad de los dueños de casa, unos 60 años; el hombre de sombrero y traje negro, la mujer de vestido y bléiser gris, ambos se dirigen a saludar a la señora Marta de inmediato.

—Buenas noches, señora Marta, un gusto saludarla y poder ver a su hijo de regreso.

—Gracias y aquí está mi hijo Alejandro ya de regreso —los saluda tomando del brazo al joven.

—Alejandro, ellos son don José Arismendi y su esposa Angelina, no sé si los recuerdas.

—No madre, un gusto conocerlos señor y señora Arismendi.

—¡Qué grande que estás! Veo que ya no te acuerdas de nosotros —dice el señor recién llegado.

—¡Claro, si eras aún un niño cuando te fuiste —dice la señora Arismendi.

—Tenía doce años, pero de todas formas no recuerdo mucho de lo que dejé en el pueblo.

—¿Y te has encontrado con algún amigo de ese tiempo? —pregunta el caballero.

—Aún no, viejos amigos no, pero sí nuevos amigos. Les presento a Jorge Velásquez, a quien conocí cuando llegué al pueblo —y les señala al poeta que hasta ese momento solo miraba la escena.

—Un gusto conocerlo amigo, José Arismendi para servirle y ella mi esposa Angelina.

—El gusto es mío —responde Jorge y la conversación se desvía a otros asuntos mientras que, en ese momento, sale de su escritorio don Juan, el dueño de casa.

—Buenas noches, amigos, qué bueno que ya están aquí —dice a manera de saludo.

—No podíamos perdernos una de tus veladas, Juan —responde don José Arismendi.

—Pasemos al salón, estaremos más cómodos —los invita el anfitrión.

En ese momento, se oyen ruidos en la puerta. Es el resto de los invitados que llegan. Margarita seguía en la tarea de abrir la puerta. Primero, entran dos damas y, posteriormente, dos hombres. Alejandro, al fijarse en ellos, se concentra en el señor gordo y siente una sensación de que al parecer ya lo había visto en algún lugar.

—Buenas noches, señores —saludan a don Juan, a su esposa y al matrimonio que ya se encontraba ahí. Los recién llegados son como una pareja cómica, uno muy delgado y el otro un gordo que ya no cabía en su traje.

—Alejandro, ven un momento —llama don Juan a su hijo que se encontraba con Jorge en un esquina del salón.

—Él, es mi amigo banquero, Fernando Camiletti y su esposa Xiomara.

—Mucho gusto señor y señora Camiletti —los saluda cortésmente Alejandro.

—Y acá, el señor Favio Urra y esposa Viviana, una familia de comerciantes.

—Un gusto en conocerlos, señor y señora Urra —los saluda y se retira amablemente.

Al llegar junto a Jorge, vuelve la mirada a los recién llegados y entonces se da cuenta dónde había visto al gordo, el botón que quería explotar, recordó dónde, ¡en el tren! Era el pasajero de terno café, gordito y de mejillas rojizas que fumaba un puro. —¡Mire, donde lo vuelvo a encontrar! —pensó Alejandro y le contó la anécdota a su amigo, de dónde había visto al señor gordo con su puro y que el botón de su bestón quería explotar al ya vencer la resistencia del hilo que lo unía.

—De verdar, así es, tienes razón —le comentaba Jorge cuando las niñas bajaban por la escala desde el segundo piso hacia el salón.

—Tenchita, primas, les presento a Jorge Velásquez, un novel poeta.

—¡Qué emocionante! —dijeron casi al unísono las tres niñas y, desde ese momento, se podría decir que la fiesta comenzó.

Los cinco jóvenes se fueron al lugar donde estaba el tocadiscos a poner otros que habían bajado las niñas y sacaron el que había puesto Alejandro y Jorge que ya lo habían tocado mucho en estos minutos que llevaban en el salón. Con las presentaciones de los recién llegados no tuvieron tiempo de sacar el disco y ya se estaba rayando, pusieron un disco nuevo de Louis Armstrong, que era más bien lento así que los más adultos se dispusieron a bailar.

—Juan, ¿no has pensado ingresar a la política? —pregunta Jose Arismendi en un descanso de la música y ya cuando se había decidido a descansar un momento.

—No creo, no creo que sea lucrativo —responde Juan.

—Yo estoy postulando a un cupo en la cámara de diputados, deberías seguir mi ejemplo.

—O sea, necesitas votos, de eso me hablas.

—Sí, claro, primero dándome a conocer, que me conozca la gente, pero no quiero ser el único del pueblo, por eso te decía si a ti te parece.

—De verdad, no se me había ocurrido, José, no se me había ocurrido —termina don Juan, mirando un punto en el horizonte como amasando la idea.

—Yo creo que para la política debe haber vocación —dice Alejandro que se había acercado a su padre y alcanzó a oír la conversación.

—Yo creo que un poco de vocación y otro poco de ambición —responde don José.

—Sí, cuarenta de vocación y sesenta del resto —responde don Juan entrando en el juego y captando la génesis de las ideas de su amigo José.

—Yo creo que el político que no tiene vocación termina por hacer las cosas mal y, finalmente, acaba por retirarse —reflexiona Alejandro.

—O, simplemente, que no sea reelegido más —dice don Juan.

—Pero antes de que eso ocurra, hay tiempo de sacar provecho del cargo —dice don José con una sonrisa burlesca y casi maquiavélica.

—Bueno, pero no sería el primero que piensa así, por lo que ya se ve en estos tiempos —acota Alejandro.

—Alejandro, en la capital, ¿qué alcanzaste a ver sobre estos casos? —pregunta don José.

—De lo único que escuchaba era sobre la palabra corrupción.

—¡Ah! Pero, ¿de qué bando? —pregunta don José, presumiendo que los liberales deberían ser los más corruptos, no su partido y así, echarle la culpa a los demás y que los conservadores fueran los más intachables.

—De todos, don José, cual más cual menos…

—¿Ves, José? Por eso, prefiero mantenerme lejos de la política —comenta don Juan.

—Sí, es verdad que es un mundo difícil, amigo Juan, pero si decido seguir, ¿cuento con tu apoyo?

—Por supuesto, no lo dudes, si necesitas mi ayuda no te preocupes, tienes mi voto.

No se dieron cuenta en qué momento Alejandro los dejó solos y se dirigió donde se encontraban los jóvenes en el otro extremo del salón.

—Alejandro, ¿sabes que iremos con Jorge al estero este domingo? —dice Hortensia sonriendo junto a sus primas.

—¿Iremos? Suena a grupo, a revolución —dice Alejandro que seguía aún con el pensamiento en los temas de política, con sus palabras y dichos.

—Sí, iremos dije, iremos contigo, las primas y con Jorge para que se inspire para sus poemas con el paisaje del campo.

—Dudo que con tanta broma y chistes Jorge se pueda inspirar —dice Alejandro.

—Quién sabe, si con tanta belleza me pueda inspirar —responde Jorge sonriendo.

—¿Cómo? —dicen las niñas y se miran entre sí.

—Porque no sé, ni conozco el paisaje con el que me voy a encontrar en ese lugar.

—¡Ah! —responden de nuevo las niñas y los dos jóvenes más adultos se sonríen entre ellos al captar la doble intensión de la frase de Jorge, que se refería a la belleza de ellas y no del paisaje.

—¡Entonces hay que guardar algunos pasteles y bebidas para llevar! —dice Hortensia.

Haciendo una observación a los concurrentes a las tertulias de don Juan, se podría decir que sin más todos tenían una imagen con que aportar a esta historia: don José Arismendi era el hombre que tenía entre ceja y ceja ingresar a la política, y su vida y conversaciones llevaban siempre a ese punto más temprano que tarde. También se encontraba don Fernando Camiletti, director del banco del pueblo, de quien se rumoreaba que había llegado hasta ahí, solo a costa de negocios turbios e intrigas, y aun se decía que por fuera de su trabajo, practicaba la usura, o sea, prestando dinero y recibiendo de vuelta la cantidad prestada más el cincuenta por ciento.

El otro personaje conocido por Alejandro en su fiesta de bienvenida, era don Favio Urra, rico comerciante ya no del pueblo, sino de la zona, de quien se conocía para orgullo propio, que había comenzado su carrera de comerciante en una pequeña feria de un pueblito de más al norte y, ahora, tenía negocios en tres ciudades.

Otro personaje que concurría a las tertulias de don Juan, pero esta vez se había excusado de no poder ir debido a su trabajo y que Alejandro no había tenido el gusto de conocer, era don Rene Gamboa, el oficial de policía, que esa noche por problemas en el cuartel no había podido llegar.

Bien, esos cuatro personajes eran infaltables en las tertulias de don Juan, y los cinco, generalmente, pasaban un par de horas arreglando el mundo como se dice popularmente, y aparte de ellos no invitaban a nadie más. Se conocían desde jóvenes por trabajar en el comercio de Valparaíso y, ahora, don José y don Juan estaban retirados.

Los que no venían casi nunca, salvo en contadas ocasiones, eran los padres de Leonor y Matilde, su tío que vendría siendo el hermano de la señora Marta y cuñado de don Juan, quien en su juventud, cuando Juan pretendía a Marta, nunca lo apoyó porque era considerado poca cosa por la familia, es más, no lo aceptaba como cuñado. Desde esos años, «se masticaban, pero no se tragaban» como dice el refrán popular.

Cuando don Juan conoció a la señora Marta, era solo un simple empleado de una gran tienda en Valparaíso, por eso no fue aceptado ese cortejo de parte del joven.

Ese día domingo, las primas y Hortensia se levantaron muy temprano, habían dormido juntas en el mismo dormitorio para hacer más divertida la velada. Rara vez ocupaban la pieza de alojados, siempre se quedaban las tres juntas. La idea era salir con la mañana más fresca, ya que más tarde hacía mucho calor y debían caminar bastante hacia donde pensaban ir. Alejandro, media hora más tarde, salió de su pieza bostezando con su pijama y su bata, sorprendiéndose que ya estuvieran listas esperándolo.

—¡Ay, me duele la cabeza y aún tengo sueño! Díganle a Margarita que me prepare un café mientras salgo del baño.

—Nosotras te lo preparamos en un momento, tú date prisa —dijeron las niñas.

—Alguien que salga a la puerta por si viene Jorge —se alcanza a oír la voz de Alejandro antes de cerrar la puerta del baño.

—Si llega, debería golpear y le abre Margarita o ¿quieres que se enoje nuestra madre?

—Verdad que estamos en provincia, se me olvida —murmuró Alejandro.

Al rato, bajó al salón a tomar desayuno mientras su hermana y primas terminan los últimos detalles del paseo. Llenaron dos canastillos con pasteles, galletas, bebidas y se sentaron a esperar. Como ya estaban listos, decidieron salir y esperar afuera de la casa a Jorge que ya debería llegar.

—Ahí viene nuestro amigo —lo alcanza a ver Alejandro a la distancia.

Efectivamente, el joven había doblado la esquina y se acercaba por la vereda en dirección hacia ellos, también traía un bolso pequeño que con sus correas lo sujetaba en su hombro.

Después de los saludos, se dirigieron caminando al lugar predestinado para el paseo, salieron de la calle principal del pueblo y doblaron por un camino de tierra en dirección hacia donde estaba ubicado un cerro, el camino era largo. Ya a mitad del trayecto, se notaba el cansancio y la falta de ejercicio de los dos hombres. En cambio, las niñas, al parecer acostumbradas a ese camino, no parecían sentir la media hora caminando.

—¿Qué sucede, hermano? Te noto cansado —se sonreía Hortensia con cierta burla.

—Y usted, Jorge, ¿también ha perdido el color? —preguntaba Leonor al poeta.

—¿La verdad? En la capital, solo andaba movilizado, casi no caminaba —responde Alejandro con un resuello de voz.

—Yo caminaba cuando subía al cerro Santa Lucía, pero no era tanto —dice Jorge por otro lado.

—¡Ah! y ¿qué iba a hacer a ese cerro? —pregunta Leonor aún con mucha vitalidad.

—Bueno, subía por sus escalas hasta llegar a lo más alto y, desde allí, miraba el entorno, en ese momento me inspiraba y podía escribir mis poemas —responde Jorge.

—¿Y era muy solo ese cerro? —preguntaron las primas.

—No, por ningún motivo, es un cerro adornado de escalas y jardines, generalmente está muy visitado por familias o parejas de enamorados.

—¡Ah, qué interesante! —dice Hortensia— ¿Y usted iba solo?

—Sí, a veces iba solo, otras, con más amigos.

—Tratemos de no hablar mucho, si no, no vamos a llegar nunca al estero —dice Alejandro.

—¡Si no hablamos con los pies, hermanito! —y con esta frase rompen a carcajadas.

—Cierto, pero hablar gasta energías que te van a faltar y te cansarás más.

—Sí, prima, así parece que es porque yo te digo que ya estoy cansada y he hablado mucho —dice Leonor tomándose con sus manos su pecho y jadeando.

—¡Qué extremista eres prima! —responde Hortensia— Entonces, descansaremos aquí un momento— y corre a sentarse bajo un árbol que está a un lado del camino.

—Está bien, este será nuestro primer descanso —responde Alejandro.

—Si seguimos así, será el primero de varios —comenta Jorge y todos ríen.

Después de otra media hora caminando, llegan a los pies del cerro, donde se encuentra un torrentoso estero, cuyas aguas chocan con grandes piedras que se asoman arriba del agua y en medio del estero, produciendo pequeñas olas que salpican a uno que otro pájaro que osa pararse en ellas, también estas piedras sirven para atravesar el estero de lado a lado pisando sobre ellas.

También había mucha vegetación, como grandes matas de moras, de las que se podían sacar sus frutos, pero con peligro de clavarse con las espinas de estos arbustos, además se encontraban eucaliptus, cuyas semillas o cocos como les llamaban, servían para aliviarse del resfrío o gripe al hervirlo en alguna olla o tazón, y aspirar el vapor que sale de esa infusión.

Todo el paisaje era muy relajante, llamaba a la paz y tranquilidad, por lo menos eso fue lo que pensó Jorge. De hecho, los varones del grupo intentaron pasar por encima de las piedras que sobresalían del agua del estero para llegar al otro lado, pero el equilibrio no era su fuerte y cayeron varias veces al agua, lo que producía la risa de todo el grupo. Los varones habían llevado para la ocasión pantalones cortos, pero de cortos no tenían mucho ya que les llegaban hasta las rodillas y para arriba una camiseta blanca muy común en aquella época.

—Ya, pues, niñas, ¿qué les pasa a ustedes que no se atreven? —decía del otro lado Jorge.

—¡Si ya vamos a intentarlo, no se apuren! —respondían del otro lado.

Como ya dijimos, el agua del estero era caudaloso y, al chocar con las piedras, daba una sensación de que no sería fácil pasar, por eso las niñas se demoraban en aceptar el reto, esperando que los jóvenes se cansaran al otro lado y decidieran volver a donde estaban ellas. Así paso una hora, entonces decidieron comer algo de lo que llevaban y ahí recién los varones decidieron volver a atravesar el estero de regreso.

—No se atrevieron a pasar, ¡qué vergüenza!

—No, porque si nos caemos al agua, ¿cómo nos vamos a ir de regreso?

—Además, la tía nos reprendería, así que no, ¡de lejitos no más!

—¡Y cómo nosotros!

—¡Ah, ustedes! Pero nosotras, no gracias, ¿van a comer o no? —dice Hortensia para desviar el tema.

—Sí, claro, pero primero, ¿algún agüita hay por ahí? Tenemos sed, el licor de anoche está haciendo efecto y este sol de ahora me está matando.

—Y, usted Jorge, ¿se sirvió licor anoche también? —pregunta Leonor.

—Sí, lo justo, mi padre decía que cuando se empieza a sentir mareado, ahí hay que parar.

—¡Ah, qué bien por usted! Mi tío parece que no le dijo nada a Alejandro —rieron todos.

Después de comer lo que llevaban, se acostaron en el pasto a secarse los jóvenes, y las niñas intentaron meterse al estero, pero solo por la orilla, para ello se arremangaron sus pantalones que llevaban por motivo del paseo y, de esa forma, refrescaron sus pies hasta sus rodillas. Jorge, al parecer, aprovechó esa instancia para refrescar su mente y corrió hacia su mochila para sacar su libreta y lápiz, tendiéndose de nuevo en el pasto, con su mochila de almohada y de techo un árbol.

Las semanas siguientes pasaron sin contratiempos en el pequeño poblado. Alejandro, por más que recorrió el pueblo y lugares aledaños, no encontró a ningún amigo de su infancia, en algún momento pensó en darse por vencido y dejar de buscar a sus amigos, quizás ya no volverían más.

Cierto día, Alejandro se encontraba en la ciudad vecina de más al norte, llamada Quillota, y al regresar debe tomar el tren que viene de Santiago a Valparaíso porque los coches se demoran mucho y ya no le agradan. Al llegar a su pueblo, o sea, a San Pedro, ve bajar del tren a una muchacha que le pareció conocida, —¡Qué bueno, por fin encuentro a alguien! —piensa Alejandro.

—Hola, ¿te acuerdas de mí? —le dice sonriendo— Porque yo me acuerdo de ti, parece que cuando niños jugábamos en esta plaza —comenta Alejandro a su lado mientras caminan por la plaza que separa la estación de la calle principal.

—No señor, no lo recuerdo y cuando niña no vivía aquí —contesta la dama.

—¿Está segura? Si yo estoy muy seguro que su rostro me es familiar —responde Alejandro, perplejo.

—Debe estar confundiéndome, señor —responde y, al parecer, un poco nerviosa se aleja.

—Disculpe la molestia, señorita, tenga usted buenas tardes.

—Disculpe usted ahora —dice la muchacha volviéndose hacia donde había quedado parado Alejandro— Usted, ¿siempre se acerca de esta forma a entablar conversaciones con las damas?

—De ninguna manera, es la verdad, yo creí conocerla del pasado, de cuando yo vivía acá hace muchos años.

—¡Ah, bueno! Sepa que llevo aproximadamente un mes en este pueblo, nunca había estado aquí —confiesa la muchacha.

—Yo también hace un mes que volví a mi pueblo desde Santiago.

—¿Y creía que era una de sus amiguitas de su infancia? —dice la muchacha con una sonrisa burlona.

—La verdad que sí, estuve diez años fuera y este mes lo he dedicado casi por completo a tratar de encontrar a mis amigos de la infancia, pero parece que ya es inútil, todos se fueron y no volvieron.

—Ah, eso es —responde la muchacha mirándolo serenamente, como si recién comienza a creerle.

—Y usted joven, ¿qué hace en este pueblo, tiene algún oficio? —pregunta la muchacha.

—Soy egresado de leyes en la Universidad de Chile, pero aún no ejerzo —responde Alejandro.

—¡Ah, qué bien, es bueno tener de amigo a un abogado! —dijo la muchacha.

—Y en este mes, me he preocupado de buscar a alguna amistad de antaño, pero no he tenido suerte —responde Alejandro con un suspiro.

—Pero, ¿ya empezará a ejercer tu profesión? —dice la muchacha más interesada en ese tema al parecer.

—Sí, ya mi padre quiere instalarme con un amigo de él.

—Y mientras tanto, usted asalta a las niñas a la bajada del tren —bromeó la muchacha.

—Discúlpeme, señorita, me pareció familiar su rostro.

—Debo tener un rostro muy común —dice la muchacha.

—No es eso, si aún pienso que la he visto antes, créamelo —dice sincero Alejandro.

—Y la niña que le recuerdo, ¿tenía nombre? —pregunta la muchacha.

—La verdad no me acuerdo de sus nombres, solo me acordaría de sus rostros si los viera de nuevo.

—Ahora debo seguir mi camino ¿señor...? —hace ademan de despedirse la muchacha.

—Mi nombre es Alejandro y vivo en esa casa que está al frente —y la señala con su dedo.

—¡Ah, qué bien! Yo soy Virginia, don Alejandro que vive en la casa que está al frente.

—¡Bueno, mi nombre es Alejandro Estrada Mardones y disculpe mi presentación anterior! —se sonroja un instante el joven.

—No se preocupe, mi nombre es Virginia Rojas y estoy alojando en la residencial del fondo de la calle. Bueno, adiós, quizás nos volveremos a ver —responde la muchacha y se aleja lentamente por la plaza.

—¡Sí, es más que seguro que nos volveremos a ver! —alcanza a decir Alejandro antes que ella se alejara por ese sendero dentro de la plaza en dirección a la calle principal y de ahí, seguramente, caminaría hasta el final de esa calle, donde estaba la residencial.

Alejandro se sienta en una banca de esa plaza y decide descansar un par de minutos para tomar aire fresco antes de ingresar a su casa, porque a estas alturas del año aún se sentía calor dentro de las casonas y no quería estar como su mamá y su hermana con un abanico echándose aire, era muy incómodo, después de un cuarto de hora se decide y entra.

En el pueblo había una oficina de abogados, Alejandro ya la conocía porque en un par de ocasiones pasó por su frontis, ahí trabajaban tres abogados, uno era jefe y los otros dos llevaban los casos, que no eran muchos. También se encontraba el banco en esa misma calle, con dos cajeros que se aburrían por la poca concurrencia de público.

Alejandro se paseaba por el pueblo de manos en los bolsillos, con un aire tranquilo, observando el cotidiano quehacer de los transeúntes y tiendas del comercio, pero ya pasado un par de meses, se empezó a aburrir de ese sosiego y se presentó a su mente la idea de establecerse. Desde ese momento, se planteó la idea de conseguir un trabajo en ese que era su pueblo natal.

Al regresar a su casa, ya estaban poniendo la mesa. Esperó un momento hasta que se sentaron en el comedor a almorzar, quería proponer su decisión delante de todos para no tener que repetir a cada uno, como sucedía con otros temas expuestos anteriormente.

—Padre, me he dado cuenta que llevo mucho tiempo ya de descanso y me gustaría trabajar en algún lugar de este pueblo, ¿qué me aconseja usted?

—¿Trabajar? ¡Qué emocionante! —dice Hortensia.

—¿Trabajar, tan luego? —comenta su madre.

—Hablaré con José Arismendi, él es amigo de don Pedro Silva Bernal, jefe de la oficina de abogados del pueblo, yo creo que sería un buen lugar para comenzar —respondió don Juan, después de pensar un par de minutos la respuesta.

—Está bien, gracias padre, ¿cuándo sería?

—Este sábado, cuando venga José a la tertulia —respondió don Juan.

—Podría invitarlo don José y traerlo ese día, así aprovecharía de conocerlo ¿no le parece, padre?

—No creo que sea apropiado, sería como presionarlo, mejor que se lo pida José como un favor de amigo, recuerda que ellos son muy amigos —terminó don Juan.

—¡Ya no te veremos más de día por la casa, hermano! —comenta Hortensia.

—Sí, pero es justo y necesario que trabaje y me haga un futuro —sentencio Alejandro solemnemente.

—¡Sí, qué emocionante! —repite Hortensia con su frase favorita.

Esa tarde, Alejandro después de almuerzo, decidió salir y sus pasos lo guiaron a la fuente de soda que se encontraba a la entrada del pueblo por la calle principal, para el lado sur.

Para que el lector se ubique bien en esta historia, la calle principal era una gran avenida que recorría de sur a norte el pueblo, del lado sur comenzaba con la fuente de soda y el café de los caballeros, a medio camino se encontraba la plaza y al frente de esta, por el lado poniente, se ubicaba la estación de ferrocarriles y al otro lado de la plaza, lado oriente atravesando la calle principal, se encontraba la casa de don Juan, siguiendo por la calle principal hacia el norte, se podía encontrar el banco del pueblo, la oficina de los abogados, el correo, un par de tiendas, la residencial de huéspedes y más al norte, casi al final, vivía ahora el poeta Jorge con su tía, sumándole a estos, pequeños emporios de barrio en pasajes aledaños a la calle principal, que es donde más se mueven los personajes.

El joven Alejandro se encontraba en la cafetería, a un lado de la ventana observando lo que ocurría en la calle principal, cuando ve pasar a una señora con dos niños corriendo delante de ella, era la misma que venía en el tren y los niños eran los que no la dejaban tranquila. Ahora, Alejandro se acuerda de ella. —¡Cómo olvidar a esos niños! —piensa y sonríe al comprobar que estaba encontrando a la mayoría de los pasajeros del tren que lo trajo de regreso al pueblo.

De nuevo se lleva una sorpresa al mirar por la ventana del café hacia afuera. Esta vez a la que distingue es a la muchacha que conoció días atrás al bajar del tren y que la había confundido con una amiga de la niñez. Alejandro se acerca al vidrio e intenta golpear con los nudillos para que la muchacha se fije en su presencia, de alguna manera llamar su atención, pero la única atención que atrajo fue la del barman del café que lo miró con un gesto de pregunta por si necesitaba algo.

Esas ventanas del café de los caballeros estaban selladas no se abrían, así que por más que Alejandro acercó su cara al vidrio no pudo ver más hacia dónde se dirigía la muchacha, solo la vio alejarse para el sur de la calle principal, o sea, hacia la entrada del pueblo. —Es interesante venir de vez en cuando a este café, de esta ventana podría ver a algún amigo de la infancia —pensó Alejandro, aún sin darse por vencido de reencontrarse con los amigos que dejó de niño, cuando se fue a la capital.

Al abandonar el café de los caballeros, Alejandro mira en dirección donde había caminado su amiga, como queriendo verla de nuevo en su imaginación caminando, y ahora, ver dónde debería haber entrado. De todas formas vuelve a la realidad y se acuerda que ella pasó por ahí como una hora atrás, o sea, como a las tres de la tarde.

El sábado siguiente, en una de las tertulias que se efectuaban cotidianamente en el salón de la casa de don Juan, se encontraban los amigos de siempre, en un momento dado don Juan se alejó a una esquina de la casa acompañado de don José Arismendi conversando de temas triviales. En ese momento, se acuerda del favor que pretendía solicitar a don José.

—José, necesito de tu ayuda por una prioridad que tengo.

—¿De qué se trata Juan? Tú sabes que si puedo, para mí es un gusto cooperarte.

—Se trata de mi hijo, que ya se aburrió de descansar y quiere trabajar.

—¿Y qué estudió tu hijo en la capital, Juan? —pregunta don José.

—Leyes, en la Universidad de Chile —responde don Juan.

—Ya me parece conocer al hombre indicado para introducirlo al mundo laboral.

—¿De verdad conoces a alguien? —dice don Juan, haciéndose el que no sabe que don José es amigo del jefe de la oficina de abogados del pueblo.

—Sí, tengo un picapleitos conocido, hablaré por tu hijo y este lunes, te prometo que va a estar en la oficina.

—¿Tan rápido? —dice don Juan.

—¡Pero si estás hablando con José Arismendi, pues hombre!

—Qué bien, bueno cuando sea, lo importante es que lo acepten —responde don Juan, buscando con la mirada a Alejandro que conversa animadamente con Jorge al otro extremo del salón.

—Yo te prometo que mi amigo lo va a aceptar, en esa oficina faltan manos te, digo.

—Ojalá, porque mi hijo ya se está aburriendo y, además, no quiero que se acostumbre a flojo.

—Tu hijo se ve que va a ser un emprendedor en la vida, como nosotros, Juan, ¡acuérdate… acuérdate de lo que te digo!

—Sí, obviamente lleva la sangre Estrada Mardones.

—Hijo de tigre tiene que salir rayado, como dice el refrán —termina diciendo don José.

En el otro extremo del salón, se encontraba Alejandro a un lado de Jorge en animada charla, no obstante, miraba de reojo a su padre cuando conversaba con don José, él ya se imaginaba el tenor de la conversación de ellos, por eso cuando su padre lo miró del otro extremo y le cerró el ojo comprendió de inmediato que ya estaba listo el favor y que solo habría que esperar.

—Jorge, no te habías portado por aquí, mis primas preguntaron por ti el otro día —decía Alejandro en ese momento.

—Tú sabes que cuando me llega la inspiración, debo aprovechar el tiempo —responde Jorge—. De todas formas, es una pena que tus primas no hayan venido hoy.

—No, se excusaron porque tenían otro compromiso en Valparaíso esta tarde.

—Deben tener muchas amistades, se ve que son muy alegres y comunicativas.

—Sí, la verdad que así es —responde Alejandro.

—Jorge, ¿de verdad que sabes tocar el piano —pregunta Hortensia acercándose.

—Sí, de verdad sé unas piezas —responde el joven.

—Vamos al piano y toca algo, ¿cierto Alejandro que es la oportunidad de escucharlo?

Hortensia lo toma de un brazo y lo lleva a donde estaba instalado el piano. Jorge se prepara y después de tomar asiento, empieza con un tema musical, mientras Hortensia se queda de pie a su lado, apoyada en el piano sonriendo, poniendo atención y observando a los demás concurrentes para comprobar si era de su aceptación también la música que estaba interpretando el joven.

Resultó de maravillas la presentación de Jorge en esa velada tocando el piano. Después, al finalizar su pequeño concierto y recibir aplausos de parte de los concurrentes, se excusó para no tocar más por un cierto cansancio, pero ahí en ese momento, para no ser menos y para aprovechar la oportunidad de ser oída por primera vez por el joven Jorge, Hortensia se instaló en el piano a tocar sus ya consabidas canciones preferidas, las que, al oírlas su madre, la señora Marta, no daba más de orgullo y su sonrisa no la podía borrar de su rostro.

Con la música, se olvidaron de seguir conversando don Juan y don José, sintieron deseos de bailar, así que se dirigieron donde sus respectivas esposas y las sacaron a iniciar unos pasos de baile. También don Fernando con su esposa Xiomara hacía un momento largo ya, habían empezado con esa danza armoniosa, lo mismo don Favio Urra y esposa los que no habían perdido el tiempo, desde que empezó a tocar el joven Jorge no habían parado.

Faltaba un cuarto para la medianoche cuando se retiró la totalidad de los invitados, de dos en dos se fueron retirando, hasta el último que fue Jorge, este se fue caminando por la calle principal hasta su casa, de todas maneras no era lejos, solo unas tres cuadras de distancia. Hortensia salió a despedirlo a la puerta de entrada y se quedó observando hasta que su figura se fue empequeñeciendo a medida que se alejaba de su vista. Alejandro salió a acompañarla en esa misión y miraba de soslayo a su hermana con una mirada de pregunta.

—Tenchita, te estas preocupando demasiado de Jorge, o ¿es idea mía?

—No es nada que creas, no está mal tomar aire fresco después de todo el humo de cigarro adentro, ¿no te parece?

—¡Oh sí, Tenchita, oh sí! —responde Alejandro sonriendo.

Al lunes siguiente, la vida en el pueblo nuevamente retomó su rutina, Alejandro salió a caminar por la calle principal, como él decía a donde le llevaran sus pies, sentía curiosidad por la oficina de abogados del pueblo, se preguntaba qué casos seguirían ahí, porque el pueblo se veía tranquilo, no se imaginaba a un estafador o algún criminal que tuvieran que defender esos funcionarios.

Pasó por fuera de esta oficina y quiso mirar hacia adentro, pero mejor pensó que no, ya que si conseguía trabajo ahí lo reconocerían que hace pocos días antes andaba observando el lugar y podrían pensar que su llegada ya estaba planeada con antelación. De todas formas era verdad, pero para qué dejarse descubrir.

En una esquina de la calle principal, se encontraba un quiosco, una pequeña tiendita la que aparte de vender dulces y golosinas, también ofrecía el periódico de la capital y otro de Valparaíso, ahí frecuentaba don Juan comprar el diario muy temprano y se reunía con sus amigos en el café de los caballeros, o si la mañana amanecía con un sol agradable, lo que practicaban era leerlo sentados en los bancos de la plaza, para aprovechar los tibios rayos del sol de esa hora.

En ese quiosco, Alejandro se detuvo un momento y solicitó el periódico de Valparaíso, que era muy extenso con lo que tendría el día completo para leerlo todo. Entonces, con el diario bajo el brazo, se dirigió a la plaza a leer y observar la estación de ferrocarriles que se encontraba al frente.

En ese momento, alcanza a distinguir a la distancia a la joven que había abordado la semana pasada, cuando bajaba del tren, la que dijo llamarse Virginia. Ella caminaba rápido por la calle principal y Alejandro se levanta de un salto de su asiento al fijarse en el bolso que llevaba. Claro, era ella la muchacha que venía en el mismo carro del tren, cuando llegó de regreso de la capital, hace un par de meses.

—¡Es la muchacha del bolso, sí! —piensa en voz alta Alejandro, pero como no hay más personas a su alrededor, nadie puede escucharlo.

Alejandro decide seguirla a una distancia razonable, sin que se dé cuenta, ella camina la última cuadra que la separaba del banco del pueblo e ingresa decidida cerrando la puerta tras de sí. —Ahora sé por qué su rostro me parecía familiar, ¡sí era la chica que no quería soltar el bolso en el tren! —pensó Alejandro mientras se detenía afuera del banco, sin saber qué hacer. —Y, ¿por qué no la relacioné de inmediato? Tal vez porque sigo pensando en encontrar a alguien de mi niñez y, al tratar de reconocerla, la relacioné con una amiga de la infancia, sí puede ser —seguía cavilando afuera del banco parado bajo la sombra de un árbol, hojeando de vez en cuando el periódico.

Pasó un cuarto de hora y la muchacha salió del banco y de inmediato se fijó en Alejandro que estaba bajo el árbol, el joven se sintió sorprendido al enfrentarse sus miradas y no supo por qué sintió algo de vergüenza, como cuando a un niño lo sorprenden en la cocina con un pastelillo en la mano.

—Buenos días, señorita —logró balbucear Alejandro saludando con el diario doblado en su mano.

—¡Buenos días joven que vive en la casa café que está al frente! —se sonríe la muchacha recordando la presentación que tuvieron aquel atardecer en la pequeña plaza del pueblo.

—¡Vaya, veo que tiene buena memoria, señorita! —responde sonriendo Alejandro.

—Sí, tengo buena memoria para las conversaciones, ¿usted es Alejandro?

—Así es y usted ¿es Virginia? Yo no tengo muy buena memoria, por eso creía que usted era una de mis amiguitas de mi niñez, pero no era de ese tiempo que la recordaba —responde Alejandro.

—¡Cómo, entonces! ¿De qué tiempo me recordaba, de alguna vida pasada? —bromeó la muchacha y Alejandro se dio cuenta que su amiga tenía una personalidad muy especial.

—La verdad es que me pareció verla en el tren que me trajo de regreso desde la capital, ¿se acuerda que le conté que yo regresaba después de diez años?

—Sí me acuerdo, fue en lo que más insistió —responde la muchacha.

—Bueno, ahí venía usted con el bolso muy querido al parecer, que no dejó que el inspector del tren lo tomara y lo subiera al guarda equipaje. En ese momento, la vi.

—Es muy observador usted, Alejandro —dijo la muchacha mirando a su alrededor, e hizo ademán de seguir su camino.

—Virginia, si tiene un tiempo, la invito a servirse una bebida, ¿qué me contesta?

—Que lo siento mucho, esta mañana la dedicaré a hacer trámites y después de almuerzo, debo trabajar.

—¿Podría ser otro día? —no pierde su oportunidad Alejandro.

—Sí, podría ser, pero tendría que ser en la mañana, ya que trabajo todas las tardes.

—¿Este miércoles podría ser, como a esta hora? —consulta Alejandro.

—Sí, claro, en la plaza donde me habló la primera vez, ¿se recordará del lugar? —le responde Virginia, ya alejándose por la calle principal.

—¡Sí, lo recordaré, Virginia, ahí estaré! —responde Alejandro levantando su mano—. Claro que recordaré el lugar —pensó Alejandro caminado en sentido contrario a donde se había marchado su nueva amiga.

El joven iba ensimismado en sus pensamientos y mirando el suelo al caminar cuando levanta la vista y viene de frente su amigo Jorge por la misma vereda.

—Buenos días, amigo Alejandro, tan temprano por la calle.

—Sí, de verdad, quiero acostumbrarme porque luego comenzaré a trabajar y debo estar en pie de temprano. Y usted, ¿para dónde se dirige?

—Generalmente, paseo a esta hora y al atardecer, es bueno para inspirarse —responde Jorge.

—¡Ah, claro! Y, ¿cómo va con sus poemas? —pregunta Alejandro.

—Muy bien, ahora voy a la estación de ferrocarril.

—¡Qué bien! Pero no quisiera importunarlo con su oficio esta mañana, amigo. Adelante, siga su camino, otro día si quiere hablamos.

—No, si la imaginación puede esperar y de verdad quisiera hablar con usted unas palabras —responde Jorge.

—Bueno, pero se nota serio, como de mucha injundia al parecer.

—Bueno, si puede ser, caminemos a la plaza que esta agradable la mañana —responde el poeta, con un gesto de preocupación en el semblante.

Los dos jóvenes caminan por la calle principal del pueblo en dirección a la plaza que a esta hora ya se encuentra muy concurrida de jubilados, niños y damas. Ambos, como si se hubieran puesto de acuerdo, visten casi iguales: pantalón de tela gris, zapatos negros y un jersey con dibujos especies de rombos de cuello redondo, salvo Jorge que llevaba un jóckey también gris, que dejaba ver un mechón de pelo en su frente, y, obviamente, un cuadernillo en su mano.

—He notado que no ha asistido a las tertulias en la casa de mis padres —dice Alejandro una vez en la plaza del pueblo.

—Sí, es verdad y no es por falta de ganas, debo confesar amigo Alejandro.

—¿Qué sucede, algún problema en su casa, algo que no le permite asistir?

—De verdad, siento que mi forma de ser no encaja en las tertulias, ¿se ha fijado que casi no hablo con sus invitados? —responde Jorge mirando al vacío.

—Bueno, no me había fijado, pero no es muy agradable hablar con esos caballeros, yo también les hago el quite, solo hablan de política.

—Sí, a mí no me interesan los temas tan materialistas, mi interés es más bien altruista.

—¿Y en qué choca usted? Total, me tiene a mí y a Hortensia, también cuando vienen las primas se arma un buen ambiente —lo anima Alejandro sonriente.

—Sí, eso es cuando vienen las primas, pero mientras tanto solo esta Hortensia y las últimas veces no me ha puesto atención, me da la impresión que me ignora.

—¡Ah, eso es! No me había dado cuenta de eso amigo Jorge, ¿y por qué cree que está sucediendo este malentendido? —lo mira sorprendido Alejandro.

—No lo sé, amigo. De un comienzo era todo bien, pero de un de repente hubo un cambio, yo me he dado cuenta de eso.

—¿Un cambio dice usted, Jorge, pero eso es solo una impresión suya o lo ignora de frentón? De todas formas, yo los vi conversando el último sábado que asistió.

—De verdad, es una impresión que me hace sentir y yo me siento incomodo, por eso me he alejado de las reuniones, en todo caso muy a mi pesar.

—¡Qué extraño, Jorge! ¿Por qué no viene este sábado? ¡Y yo me fijaré bien que hay de lo que me cuenta, a lo mejor son solo impresiones suyas!

—De todas formas, trate de que vengan sus primas para que seamos más los jóvenes —ahí cambia el semblante de Jorge y ambos ríen.

Después, los temas de conversación cambian a otros y así se pasa la mañana cuando es hora de almuerzo y ambos amigos se separan dirigiéndose a sus respectivas casas.

—Si no llego a la hora del almuerzo, mi tía se incomoda por tener que recalentar la comida, así que me voy rapidito —comenta Jorge despidiéndose.

En el caso de Alejandro, mejor no respondió a ese comentario, él no tenía ese problema, en su casa había doncellas y cocinera, así que siguió su camino despreocupadamente hacia el café de los caballeros a ver si se encontraba con alguien, aún en su yo interior con la esperanza de reencontrarse con alguien de su niñez.

Solo pide un jugo y regresa a casa, recordando que su padre estaba en el hogar y a él sí le gustaba que ese horario se cumpliera, y para evitar un reto gratuito apura su paso llegando cuando se estaban sentando a la mesa, pero su padre aún no salía de su escritorio.

—¿Dónde andabas, Alejandro, si se puede saber? —pregunta Hortensia.

—Fui al banco y, después, me encontré con Jorge y en la plaza estuvimos conversando.

—¡Ah, qué entretenido! Espero que vengan las primas para ir a la plaza con ellas.

—Si quieres, te puedo acompañar cuando quieras ir a dar un paseo para que no te sientas sola —contesta Alejandro.

—Sí, uno de estos días te pido que me acompañes a dar un paseo a la plaza, ¿y cómo se encontraba Jorge? —pregunta Hortensia.

—Muy atareado. Le dije si podía venir este sábado a la casa, me respondió que sí.

—¡Ah, qué bien! Voy a llamar a Leonor y Matilde para que vengan también —responde Hortensia con una sonrisa un poco fingida.

Alejandro despierta y, de un salto, está de pie dirigiéndose al baño en forma rápida, tropezándose con lo que había a su paso.

—¡Demonios! Me quedé dormido y hoy es miércoles —masculla las frases mientras busca sus ropas en el armario. Por su mente pasaba el acuerdo de encontrarse con Virginia en la plaza del pueblo, que de pronto era en la mañana, pero no recordaba con exactitud la hora del encuentro.

—Ese día, nos encontramos como a las 10 fuera del banco y a esa misma hora parece que acordamos vernos en la plaza —seguía mascullando mientras se pasaba un peine por el cabello frente al espejo.

En un dos por tres estaba abajo en el comedor, y observa el reloj de la pared, son las 10 menos cuarto, en la cocina encuentra la botella de leche y la vierte en un vaso el que se toma de un largo trago. Por suerte no hay nadie en la cocina y su madre tampoco que le obliguen a tomar desayuno y se dirige a la puerta de salida.

Ya estando en la calle principal, aminora el paso y cambia su actitud a sereno tranquilo, y a medida que camina observa a su alrededor con una mirada periférica, tratando de encontrar en algún lugar a su amiga.

De lejos la divisa, ella también camina en sentido contrario a él y obviamente se encontrarán, pero gira y se adentra en la plaza donde busca un banco para sentarse. Alejandro apura el paso para que no diga que tuvo que esperarlo demasiado.

—Buenos días, Virginia, ¿hace mucho que llegó? —saluda el joven sin saber más que decir, quedándose de pie frente a ella.

—Hola, Alejandro, acabo de llegar. De hecho, recién me senté y no lo vi acercarse —responde la muchacha.

—Llegué con el viento, cual ave —responde Alejandro.

—¡Ah! Llegó con la brisa, qué romántico, ahora ¿es poeta también? —sonríe Virginia.

—No, pero la primavera suele hacer metamorfosis en las personas.

—Cuénteme, ¿ya encontró trabajo acá en el pueblo? —pregunta la muchacha.

—Sí, esta próxima semana debuto en la oficina de los abogados.

—¡Ah! Entonces ya no lo veré a esta hora por aquí, qué pena.

—Sí y no, yo creo que de todas maneras tendré que salir de la oficina a algún trámite.

—Yo, algunos días, lo había visto por estos lados, Alejandro, en la calle, la plaza, etc.

—¿De verdad, y cómo yo no me fije en usted?

—Pues yo me detenía detrás de cualquier tronco de árbol, soy muy delgada —sonríe la chica apuntándole a varios árboles de la plaza.

—¡Qué graciosa es usted, una diablilla! —sonríe Alejandro.

—Alejandro, usted se sonríe demasiado, ¿no se enoja nunca, algo que le haga enojar?

—Pues nada, no me enojo casi nunca —responde Alejandro— ¡Salvo cuando se esconden de mí! ¡Jajaja!

—Es muy lindo este pueblo, me encanta, me quedaría a vivir aquí —dice la muchacha.

—A mí también, es mi tierra, total ya conocí la capital y con más razón no cambio mi pueblo.

—Y en la capital, ¿dejó alguna persona, algún cariño especial? —pregunta la muchacha.

—No, nada serio. Si se refiere a una mujer especial, no, nada serio.

—¡Pero no se ponga tan serio! —bromeó la muchacha y ambos rieron.

—De verdad, lo que echaba de menos está aquí ahora, mi pueblo, mi gente, ¿y usted, Virginia, de dónde viene, dejó algo que merezca recordar?

—¿De algún novio? No, pero tengo mi historia, quizás un día se la cuente.

—Por lo menos ya sé que no existe ningún novio —responde Alejandro y le guiña un ojo.

—De verdad, es lo que en menos pienso ahora, lo que sí necesito es una mano amiga.

—¡Ah, bueno! Entonces, puedes contar conmigo para lo que sea —responde solemne Alejandro y se pone una mano en su pecho.

—Ya, pero sin sonreír, que creo que es una broma —responde Virginia.

—No, te lo digo en serio, puedes contar conmigo —repitió Alejandro, pero la verdad que en su interior estaba muy nervioso, aquella muchacha tenía algo muy especial que le hacía sentir cosas en su cerebro y por qué no decirlo, en su estómago, porque hablar de corazón es muy pronto.

Bueno, en el transcurso de esa hora, Virginia narró parte de su vida. Eran dos hermanos que estaban con su madre en Santiago, pero durante el último tiempo, ella estaba viviendo en el sur con su abuela, pero había fallecido por lo que tuvo que dejar esa ciudad sureña y regresar a Santiago, sin embargo, por no llevarse bien con su hermano, tuvo que apartarse de la poca familia que le quedaba y emprender un largo viaje sin retorno, y en ese tren que la vio Alejandro, ella llegó a este pequeño pueblo olvidado, llamado San Pedro, en el cual le encantaría quedarse y echar raíces.

—Es un poco triste tu vida, Virginia, lo de tu familia —dice Alejandro cuando termina de escuchar la historia de la muchacha.

—Y la tuya, ¿qué tienes que contar? —pregunta la muchacha.

—Pues nada especial ni triste, gracias a Dios, salvo que a los doce años me separaron del hogar paterno para vivir en un internado en Santiago, ahí estuve hasta que pase a la universidad. Tuve amigos en la capital pero todo sin importancia, nada que recuerde con deseos de llorar —sonríe Alejandro.

—¿Ya no deseas tanto reencontrarte con algún amigo de tu niñez?

—La verdad es que ya perdí la esperanza. Si algún día me encuentro con alguno de ellos, bienvenido sea, pero por ahora ya no buscaré más.

—Ha sido muy entretenido conversar contigo, Alejandro.

—Lo mismo digo y espero volver a verte otro día. ¡Ah! El sábado en mi casa tenemos tertulia donde asisten los amigos de la familia, te gustaría venir, ¡yo te invito!

—No sé, mira de mi trabajo salgo tarde, no sé si alcance a llegar y si lo hago, sería muy tarde, no sé si estaría bien llegar a esa hora.

—No, porque si quieres te vamos a encontrar al camino.

—¿Vamos? ¿A quiénes te refieres? —pregunta Virginia.

—Pues a mi hermana y a un amigo, con ellos te puedo ir a encontrar y así no te vienes tan sola, ¿qué te parece?

—Sí, está bien, ¿y cómo es tu hermana, te cuida mucho de las casamenteras?

—¿Hortensia? Ella es la más liberal que he conocido, se van a llevar bien, creo yo.

—Y tus padres, ¿cómo son?

—Mi madre es muy conversadora y mi padre es muy observador y habla menos que mi madre, pero no te preocupes que cuando los conozcas, se disiparán todas tus inquietudes.

—Bueno, nos vemos entonces el sábado, trataré de salir antes de mi turno.

—Listo, me avisas durante la semana cómo te va con el permiso, Virginia.

—De acuerdo, ahora me iré a almorzar y a prepararme para el turno de la tarde —la muchacha se levanta de la banca de la plaza y lo mismo hace Alejandro, quien decide ir a acompañarla una parte del camino. El trayecto se hizo muy corto y, en un santiamén, estaban afuera de la residencial donde alojaba Virginia, ahora sí se despidieron y Alejandro se regresó por sus pasos en dirección a su casa.

El sábado llegó pronto y la tertulia concertada también, los invitados de siempre comentaban los hechos de la semana en la región y el país. Don José Arismendi no paraba de hablar del congreso y las próximas elecciones.

—¡En Valparaíso, había una concentración de adherentes de Carlos Ibáñez del Campo! Yo de lejitos no más observaba, pero me vine en cuanto pude.

—¿En todo el centro de la ciudad? —preguntaba don Juan.

—En la plaza de Valparaíso, la más grande, ahí se armó un escenario y llegaron unas quinientas personas o un poco más —agregó don José.

—Y tu partido, ¿qué dice, José? Porque entiendo ya estás al lado Radical.

—¡Sí, yo me incliné al partido Radical y espero que con Pedro Alfonso ganemos!

¿Cuándo tienen reunión, ustedes? —consulta don Fernando integrándose a la conversación, pero sí la estaba oyendo.

—¡El 30 de julio, vendrá Pedro Alfonso directo desde Santiago a efectuar un discurso, que a muchos le falta escuchar! —dijo con euforia don José.

—Pues yo no sé si inclinarme al partido Radical o al Liberal —dice don Juan.

—Te aconsejo al Radical, Juan, porque Pedro Alfonso tiene ideas claras, ya sabe lo que le hace falta al país.

—Sí, a este país le hace falta un desarrollo en todo aspecto —agrega don Fernando.

—Sí, de esto estamos claros, ¡falta un hombre visionario, que mire al futuro! —dice don Juan, levantando su mano como terminando un discurso.

—¡Únete al partido Radical, Juan, para que levantemos al país! —le dice don José bajando la voz a manera de susurro y acercándose casi hasta tocarlo, como si fuera un secreto que no quisiera que se supiera todavía.

—Sí, me parece que sí —dice don Juan, bebiendo su copa de vino y mirando a su alrededor por el rabillo de sus ojos.

En ese momento, se acerca don Favio Urra para unirse a la conversación, que le pareció interesante, tanto misterio sobre todo el último gesto de don José.

—¿Puedo saber de qué se trata? Parece que estaba encendido el tema.

—¡Del partido Radical que es el que hará resurgir al país, Favio, de eso hablamos! ¿Tú estás de acuerdo, cuál es tu corriente? —pregunta con interés don José Arismedi.

—Yo estoy de acuerdo con el presidente actual, ¿cómo sé si el siguiente será peor?

—¡Vota por el partido radical, ese no se dobla a ningún lado! —afirma don José.

—De todas formas, cuando llegue el momento, veré qué decido, por mientras esperaré los acontecimientos —dice don Favio.

—Este país debe desarrollarse, dejar de ser una comparsa como los demás de la región, y tener más poder del estado, sin el poder extranjero —sigue don José Arismendi, mientras don Juan asiente y don Favio se encoge de hombros y mira a don Fernando.

Dos horas antes, habían llegado las primas Leonor y Matilde, directo desde Valparaíso y se encontraban en estos momentos con Hortensia en el salón. Alejandro salió a la puerta principal a dar un vistazo a la plaza que estaba al frente cuando ve llegar a Jorge y ambos ingresan al salón donde están reunidos los demás invitados.

Las niñas hace un momento estaban en el piano repasando música sin atreverse a tocar una en serio, pero ven llegar a los jóvenes y se deciden de inmediato por una melodía. Hortensia empezó a tocar y saludó con una pequeña inclinación de cabeza a Jorge que sí fue saludado más efusivamente por las primas, pero en la medida que lo permitían las reglas de la época, sobre todo que siempre estaban bajo la atenta mirada de las señoras, por si incurrían en alguna acción «no digna de una señorita», como decían ellas. En un dos por tres, llegó Alejandro con dos vasos de ponche y le pasa uno a Jorge para que este se empezara a soltar ya que se imaginaba que debía de estar algo reprimido, por la confesión dicha por su amigo la última vez que se vieron en la plaza del pueblo.

Efectivamente, Jorge se encontraba como ido aun conversando con Matilde que era la más tranquila de las primas, al rato cuando Matilde lo tomó del brazo y se dirigieron a apoyarse en el piano a un lado de Hortensia, a esperar que terminara su pieza de música. Cuando finalizó, Hortensia fingió o hizo creer que tenía problemas con sus manos y se levantó un poco incómoda.

—¿Qué sucede, prima? —pregunta preocupada Matilde.

—No es nada, prima, solo falta de práctica, y usted, Jorge, ¿no nos va a deleitar con el piano? —se dirigió al poeta, quien no esperaba la pregunta, sorprendiéndose.

—En realidad, no venía preparado para ello, Hortensia —responde.

—¿Y para qué venía preparado, para hablar de sus poemas de amor? —responde la muchacha mirando a su prima, la cual se sonríe de la gracia de su prima.

—No necesariamente deben ser de amor los poemas, ¿sabía usted?

—¡Oh, disculpe mi ignorancia! Creía que todos los poetas eran unos enamoradizos.

—No, se equivoca usted. De todo lo que resalta a la vista se puede hacer un poema, desde la flor más bella hasta al animal más triste —respondió Jorge con un aire melancólico sobre todo con la última frase.

—Tiene razón, Jorge, pero no todos pueden ver belleza en un burro, por ejemplo —respondió la joven y Matilde con esto no puede evitar reír.

—No todos, por eso existen los poetas, que son los que descubren la sensibilidad de las cosas —dice Jorge sin perder la compostura, pero en su interior estaba impaciente.

—Nuevamente tiene razón, Jorge, ¡me alegro por eso! —dice Hortensia retirándose del piano y dejando a Jorge en la más absoluta incertidumbre.

Al parecer, a Hortensia ya no le gustaba que Jorge siempre tuviera la razón aun sin esforzarse, le parecía chocante que ese joven flaco desgarbado, sin ninguna educación conocida, que a simple vista parecía muy humilde, siempre terminara por tener razón en todo lo que se conversara y con ese aire de quien no quiere ofender a nadie. —¿Quién se cree que es el señor perfecto? —pensaba Hortensia mientras buscaba un canapé en las bandejas sobre la mesa.

La hora siguiente, Jorge la pasó junto a Alejandro y Leonor departiendo, no sin mirar de vez en cuando a Hortensia que se movía como pez en el agua en el salón, la muchacha a ratos respondía algunas preguntas de su madre que se encontraba con las demás señoras y, continuaba con Matilde hablando de modas, a propósito que llevaba una revista en sus manos.

—Van a ser las once de la noche, ya está por salir Virginia de la fuente de soda —le comentó Alejandro a Jorge al oído porque de todas formas la música estaba fuerte en esos momentos.

—¿Y qué se supone que va a hacer amigo, Alejandro?

—Me comprometí a ir a buscarla —dice Alejandro ya poniéndose un poco nervioso y buscando con la mirada a Hortensia.

—Tenchita, debo ir a buscar a mi amiga Virginia, a la fuente de soda, ¿me puedes acompañar?

—¿Solo los dos y a la vuelta me vendré tocando el violín? —responde Hortensia.

—Le diré a Jorge que nos acompañe así seremos más de regreso y no habrá violín.

—Bueno, está bien, vamos antes que nos echen de menos aquí —dice Hortensia, dirigiéndose a la puerta donde ya los esperaba Jorge con su jockey sobre sus ojos.

Los tres jóvenes caminan por la calle principal del pueblo de San Pedro en dirección a la fuente de soda, ubicada en el extremo sur de esta calle, hay poca gente a esa hora por la plaza y calles aledañas, solo grupos de jóvenes reunidos fumando y comentando la música del momento ya que algunos murmullos de sus conversaciones se alcanzaban a escuchar, al pasar cerca de ellos Alejandro, Jorge y Hortensia.

Desde la vereda, afuera de la fuente de soda, pueden ver como Virginia se prepara para retirarse, despidiéndose de sus compañeras y, posteriormente, sale y se encuentra con Alejandro que se adelanta a saludarla.

—Virginia, ¿cómo estás! Ella es mi hermana Hortensia y él, mi amigo Jorge.

—Hola un gusto conocerla, espero que le guste la velada de mi casa —dice Hortensia.

—Lo mismo digo, un gusto conocerla Virginia —comenta también Jorge, ubicándose a un costado de Hortensia y caminando los cuatro de regreso a la casa.

La noche estaba estrellada y la luna alcanzaba a alumbrar algunos callejones que no tenían faroles, la luz era tenue pero lograba cumplir su objetivo, de borrar y alejar las penumbras de esos estrechos callejones. Los jóvenes caminaban por la calle principal, la que sí estaba alumbrada por ampolletas incandescentes como correspondía a la época, las que se usaban desde unos veinte años atrás en las ciudades provincianas.

—¡Este gobierno es muy intransigente, no transa con nadie! —comentaba don José Arismendi, en un rincón del salón.

—Gabito, para mí hace lo que tiene que hacer —responde don Favio Urra rojo como un tomate, generalmente ese era su aspecto.

—Paciencia, solo le queda medio año —acotaba don Juan apurando una copa de vino.

Las señoras estaban sentadas en amplios sillones de espaldas a la puerta, así que no se habían dado cuenta de la ausencia de los demás jóvenes.

—Niña, ¿dónde está Hortensia, en su alcoba? —pregunta la señora Marta a Matilde.

—La vi hace un momento, debe estar en la cocina —responde la muchacha.

—¡Ahí está Hortensia y está con otra niña! —dice Angelina, una de las señoras.

Efectivamente, los jóvenes acababan de ingresar y se habían ubicado de inmediato, como si siempre hubieran estado ahí, en algún lugar del salón.

—Mira, dónde están esas señoras, está mi madre —comentó Alejandro a Virginia.

—Y varios señores que parecen importantes —dijo Virginia observando el lugar.

—Esperaremos que pase por aquí mi madre y te presento.

En eso estaban, cuando llegaron las primas a unirse a la conversación de los jóvenes, siendo presentadas y continuando con la charla en forma animada.

—¿Hace mucho que vive por aquí, Virginia? No la había visto en la plaza —pregunta Matilde, una de las primas.

—Sí, porque acá se podría decir que se conocen todos, y cuando alguien no es de aquí, nos damos cuenta lo más pronto posible —acota Leonor su hermana.

—De verdad, no llevo más de cuatro meses en San Pedro, yo vengo de la capital.

—¡Ah! ¿Y está con su familia, tiene más hermanos? —pregunta Hortensia.

—No, estoy sola, en la residencial del final de la calle —dice Virginia esperando la respuesta de las niñas.

—¡Oh! ¿De verdad, vives sola? —esa era la respuesta que esperaba Virginia.

—Sí, ahora sí, además tengo un hermano con mi madre en Santiago, yo vivía con mi abuela en el sur del país, pero desgraciadamente ella falleció.

—¡Qué triste! ¿Y por qué no se fue con su hermano y su mamá a Santiago?

—Niñas, parecen reporteras del diario El Mercurio —dice Alejandro quizás pensando que Virginia no quería responder tantas preguntas, pero lo hacía por educación.

—¡Jajaja! Verdad, así somos las provincianas cuando llega alguien de la capital —dijeron riendo las primas a manera de disculpa y se miraron entre todas.

—¡Por un momento creí que estaba en un confesionario! —dice Jorge.

—Si no es para tanto —agrega Hortensia, tratando de bajar la intensidad de los comentarios.

—De verdad, no congeniamos nunca con mi madre y mi hermano, por eso no vivíamos juntos, y preferí no regresar con ellos.

—Acá es un buen pueblo donde vivir —dice Alejandro.

—Sí, lo mismo digo. Además, hay muy buenas personas acá en San Pedro —dice Jorge.

Las primas miraron a Hortensia al escuchar ese comentario del poeta, pero muy rápidamente porque pasó inadvertido por los varones del grupo, salvo Virginia que sí se dio cuenta, debido al sexto sentido que une a todas las integrantes del sexo femenino.

—Me ha contado su hermano que toca el piano una maravilla, Hortensia —dice Virginia.

—Sí, mi hermanito siempre habla de más, nunca una maravilla, veré si interpreto algo.

—Jorge también toca piano de vez en cuando —comenta Matilde una de las primas.

—¡Ah, eso no lo sabía! —responde Virginia.

—Sí, pero muy de vez en cuando —ríe Jorge—. Lo mío es más la poesía.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
251 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789566107194
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar