Kitabı oku: «Los Lusíadas: Poema épico en diez cantos»
Luís de Camões
Los Lusíadas: Poema épico en diez cantos

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4064066062941
Índice
PREFACIO
CANTO PRIMERO
CANTO SEGUNDO
CANTO TERCERO
CANTO CUARTO
CANTO QUINTO
CANTO SEXTO
CANTO SÉPTIMO
CANTO OCTAVO
CANTO NONO
CANTO DÉCIMO Y ÚLTIMO
PREFACIO
Índice
Para esta edición se ha elegido la notable traducción que del inmortal poema de Camoens hizo en verso, en el año de 1580, el maestro Luis Gómez de Tapia, esmeradamente corregida ahora.
Luis de Camoens nació en 1524, del oficial de marina Simón Vas de Camoens y doña Ana de Sa y Macedo, dama de ilustre prosapia. Recibió una esmerada educación, y, terminados sus estudios en la Universidad de Coimbra, volvió a Lisboa cuando contaba unos veinte años, y contrajo valiosas amistades.
Desterrado a Ribatejo por los años de 1545 a 1550, a causa de su ardiente pasión por Catalina de Ataide, hermana de don Antonio, favorito de Juan III, pasó luego al África con las tropas portuguesas, corrió serios peligros y perdió el ojo derecho en un encuentro con los moros.
Vuelto a Lisboa en 1552, y combatida su alma por graves sinsabores, partió el año siguiente para las Indias orientales, con el humilde título de escudeiro de la flota de Fernando Álvarez Cabral.
Dió pruebas de gran bravura en varias expediciones y combates. El gobernador Barreto, sintiéndose herido por una sátira de Camoens, que desde su juventud cultivaba la poesía, lo desterró a las factorías de Macao, recientemente fundadas en las costas de China.
Los tres años que duró su destierro en este país parecen haber sido los más fecundos de su vida. Allí dió las últimas pinceladas a su obra capital, empezada, como se supone, en 1547.
De regreso en Lisboa en 1570, después de dieciséis años de ausencia, preparó la publicación de su gran poema que vió la luz en 1572, siendo tal su popularidad, que hubo que reimprimirlo dos veces más en el mismo año.
Sin embargo, la tradición supone al poeta sumido en tal miseria, que sólo a la caridad de uno que había sido su esclavo debió el necesario alimento en los últimos años de su vida, y uno de sus contemporáneos afirma que no tenía en el lecho de muerte una mala manta que le defendiera del frío.
Su entierro se verificó en la iglesia de Santa Ana (1579), y sólo al cabo de dieciséis años se puso un epitafio en su tumba.
En Los Lusíadas, Camoens cantó la historia entera de Portugal, uniéndola por medio de narraciones intercaladas en la acción del poema a los viajes y descubrimientos hechos por los portugueses, los lusitanos, bajo la dirección del gran Vasco de Gama en el año de 1497 doblando el cabo de Buena Esperanza.
Se componen de diez cantos.
Júpiter reúne en asamblea a los dioses del Olimpo y les recuerda las expediciones de los antiguos lusitanos, la reciente gloria de los portugueses en sus empeños contra los moros, les señala los bajeles de Vasco de Gama bordeando las costas de África, y muéstrase favorable a tan valeroso navegante.
Los dioses se dividen, y mientras Baco, temeroso de ver eclipsado su gran poderío en la India, se declara contra ellos, Venus y Marte los protegen y envían como mensajero a Mercurio para dirigir su navegación.
Seguimos luego a Vasco y sus compañeros en sus descubrimientos por las costas africanas.
Tras diversos incidentes llegan a Melinde, cuyo rey les ofrece generosa hospitalidad, y el poeta aprovecha esta ocasión para hacer contar a Gama los detalles de su expedición y al mismo tiempo toda la historia de su patria.
Vuelven los navegantes a sus expediciones, escapando de mil tremendos peligros, gracias a la protección de Júpiter y Venus.
Llegan a Calicut, cuyo rey recibe a Gama con gran pompa. Los malabares, temerosos de que los que llegan como comerciantes se rijan como dominadores, logran que en el consejo del Emperador predomine la idea de acabar con los portugueses.
El valor y la previsión de Gama dominan todos los obstáculos, saliendo por fin victoriosa la escuadra hacia Portugal, llevando pruebas palpables del feliz resultado de la expedición.
Termina el poema con un episodio de belleza incomparable, y que es una de las más deliciosas ficciones que ha producido jamás el ingenio humano. Venus, enajenada de júbilo por el triunfo de los navegantes, les hace disfrutar, aun antes de llegar a su patria, las bienandanzas de la gloria, en una isla flotante y divina, hermoseada con todos los encantos de la primavera y poblada de ninfas que les sirven en maravillosos banquetes el néctar y la ambrosía hasta entonces reservados a los dioses.
Numerosos grabados, copia fidelísima de interesantes estampas de Guivard, Kostka, Begues y otros grandes artistas, existentes en la Biblioteca Nacional de París, avaloran y embellecen la presente edición de una de las creaciones más admirables del humano ingenio.
Los Lusíadas de Camoens son el más fuerte, el más patriótico, el más veraz y de menos artificio de todos los poemas épicos de la Edad Moderna.
Los Editores


CANTO PRIMERO
Índice
Las armas y varones señalados
que de la playa occidua lusitana
pasaron por caminos nunca usados
el no surcado mar de Taprobana,
en peligros y guerras levantados
sobre el valor de toda fuerza humana,
que entre gente remota edificaron
reino, con que su nombre eternizaron:
Las memorias de príncipes, gloriosas,
que la Fe santa y su poder mostrando,
fueron con sus empresas milagrosas
las tierras de Asia y Libia conquistando:
aquellos que con obras hazañosas
de la muerte se fueron libertando,
mi verso cantará por cualquier parte,
si a tanto me ayudare ingenio y arte.
Cesen del sabio griego y del troyano
las prolijas derrotas que siguieron;
cállese de Alejandro y de Trajano
la fama de victorias que tuvieron:
pues canto el pecho ilustre lusitano
a quien Neptuno y Marte obedecieron;
cese lo que la Musa antigua canta,
que otro valor más alto se levanta.
Vosotras, mis Tagides, que criado
habéis en mí un ingenio nuevo ardiente:
si siempre en verso humilde celebrado
fué de mí vuestro río alegremente,
dadme un son apolíneo sublimado,
un estilo grandílocuo y corriente:
así las nuestras aguas Febo ordene
no envidien las que corren de Hipocrene.
Dadme una fuerza grande sonorosa,
no de silvestre avena, o flauta ruda,
mas de terrible trompa belicosa
que el pecho inflama y la color demuda:
dadme alabanza igual a la famosa
gente, que el Marte tiene por su ayuda;
que resuene por todo el universo,
si tan sublime precio cabe en verso.
Y vos, oh bien nacida confianza
de la libertad santa lusitana,
y no menos certísima esperanza
del aumento de ley y fe cristiana,
nuevo temor de la turquesca lanza,
maravilla fatal de edad temprana,
a quien el mundo todo Dios reparte,
porque del mundo a Dios le dé gran parte:
Vos, tierno y nuevo ramo floreciente
de la árbol que de Cristo es más amada
de cuantas han nacido al Occidente,
Cesárea o Cristianísima llamada,
miradlo en vuestro escudo, que presente
os muestra la victoria ya pasada
en que por armas, como a regalado,
os dió las que en la Cruz él ha tomado.
Vos, poderoso Rey cuyo alto imperio,
luego que nace el sol, lo ve primero,
y del medio lo ve de su hemisferio,
y al trasmontar lo deja por postrero:
vos que seréis el yugo y vituperio
del ismaelita torpe caballero,
del enemigo turco y bruta gente
que aun bebe del río sacro la corriente:
Inclinad por un poco la realeza
que en vuestro tierno rostro yo contemplo,
indicio claro de la suma alteza
que tendréis cuando vais al sacro templo:
Los ojos abajad de la grandeza
de vuestro ser: veréis un claro ejemplo
de amor, de patrios hechos valerosos,
en versos celebrado numerosos.
Veréis amor de patria, no movido
por premio vil, mas alto y casi eterno,
pues que no es premio vil ser conocido
por pregón de su nido, aunque paterno.
Oid; veréis el nombre engrandecido
de aquellos de quien es vuestro el gobierno,
y juzgaréis cuál es más excelente,
el ser señor del mundo, o de esta gente.
Atended y veréis, no con hazañas
fantásticas, fingidas, mentirosas,
los vuestros alabar, ni con extrañas
musas, de engrandecerse deseosas.
Las verdaderas vuestras son tamañas
que vencen las soñadas fabulosas
de Orlando, de Rugero y Bradamante,
aunque cante verdad quien de ellos cante.
Por éstos a don Nuño os daré, el fiero,
que hizo al Rey y Reino tal servicio;
un Fuas y un Egas, para quien de Homero
la sonorosa cítara codicio:
pues por los doce Pares daros quiero
los doce de Inglaterra con Magricio,
el valeroso, sabio, ilustre Gama,
que para sí tomó de Eneas la fama.
Y si a trueco de Carlo, o la pujanza
del gran César, queréis igual memoria,
ved al primer Alfonso, cuya lanza
obscurece cualquiera extraña gloria:
y aquel que dió a su reino gran bonanza
con la famosa y próspera victoria,
o al otro Juan, invicto caballero,
el quinto, el cuarto Alfonsos, o el tercero.
No dejarán mis versos olvidados
aquellos que en los reinos de la Aurora
se hicieron por armas señalados
con la bandera vuestra vencedora;
un Pacheco feroz, y los amados
Almeidas, por quien siempre el Tajo llora;
Alburquerque terrible; Castro fuerte
y otros a quien rendir no osó la muerte.

Veréis amor de patria, no movido
por premio vil, más alto y casi eterno,
pues que no es premio vil ser conocido
por pregón de su nido, aunque paterno.
Canto I, Estr. 10.
Y en cuanto de éstos canto (pues no puedo
cantar de vos, pues no me atrevo a tanto),
los vuestros gobernad con tal denuedo
que deis al reino paz, materia al canto:
sientan vuestro valor y tengan miedo
(que por el mundo todo cause espanto)
de ejércitos y hechos singulares
tierras en Libia y en Oriente mares.
En vos los ojos tiene el Moro frío
por ver ya su remate figurado;
con veros pierde el Bárbaro su brío;
y rinde al yugo el cuello no domado:
Tetis todo el cerúleo señorío
para vos tiene en dote reservado,
que, presa de ese rostro bello y tierno,
desea ya compraros para yerno.
En vos de la seráfica morada
de vuestros dos abuelos las famosas
almas se ven; la una a la paz dada,
la otra a las batallas sanguinosas:
esperan que por vos sea renovada
su memoria con obras valerosas
y os guardan para el fin de vuestros días
asiento en las eternas jerarquías.
Mas en cuanto va el tiempo vagaroso
gobernad vuestros pueblos que os desean,
dad favor a mi pecho temeroso
para que estos mis versos vuestros sean,
y ved cuál van cortando el mar furioso
los vuestros Argonautas; porque vean
que vos los veis, y ya en el mar airado
acostumbraos, señor, ser invocado.
Ya el Océano largo navegaban,
las inquïetas ondas apartando;
los vientos blandamente respiraban
las altas velas de las naos hinchando;
de blanca espuma llenos se mostraban
los mares, do las proas van cortando
las marítimas aguas consagradas
que del próteo ganado son holladas.
Cuando los dioses en el cielo hermoso
de quien pende el gobierno de la gente,
se ayuntan en concilio glorïoso
sobre el caso futuro del Oriente,
pisando el firmamento luminoso
vienen por la vía láctea juntamente,
convocados de parte del Tonante
por el nieto gentil del viejo Atlante.
Y de los cielos siete el regimiento
dejaban del poder más alto dado
(alto poder que con el pensamiento
gobierna cielo, tierra y mar airado):
allí se ayuntan todos al momento
los que el Arturo habitan congelado,
y los que el Austro tiene, y partes donde
nace la Aurora, el claro Sol se esconde.
Con claro resplandor cual de oro fino
el que los rayos vibra de Vulcano
en su asiento se pone cristalino
con un severo rostro soberano:
del cual respira un aire tan divino
que en divino volviera un cuerpo humano
con su corona y cetro rutilante
de piedra muy más clara que diamante.
En lucidos asientos claveteados
de perlas y oro más abajo estaban
los otros dioses todos asentados
cual orden y razón los concertaban:
preceden los antiguos más honrados,
abajo los menores se asentaban,
cuando el Júpiter alto así diciendo
con un tono comienza grave, horrendo:
«Eternos moradores del luciente
estelífero Polo y claro asiento:
si del valor supremo de esta gente
del Luso no perdéis el pensamiento,
ya sabéis, y sabréis más juntamente,
que ha sido de los hados cierto intento
que por ella se olviden los humanos
de asirios, persas, griegos y romanos.
»Ya le fué, bien lo visteis, concedido,
con pequeño poder, al Sarraceno
que en sus tierras estaba guarnecido
ganarle cuanto riega el Tajo ameno,
pues contra el Castellano tan temido
el cielo se les dió blando y sereno,
así que siempre tuvo en fama y gloria
pendientes los trofeos de victoria.
»Dejo la fama antigua y nombre claro
que con gente de Rómulo alcanzaron
cuando con Viriato invicto y raro
en la romana guerra se afamaron,
a que os obliga el hecho tan preclaro,
pues que por su caudillo levantaron
al de la cierva blanca peregrino,
que Oráculo la hizo ser divino.
»Ahora lo veis bien, que, cometiendo
el peligroso mar en un madero,
por caminos no vistos van sufriendo
del Áfrico y del Noto el soplo fiero,
que no los sufre el pecho conociendo
haber tierras debajo otro hemisfero
sin inclinar su ánimo y porfía
a ver las partes donde nace el día.
»Prometido le está del hado eterno,
cuya alta ley no puede ser quebrada,
que tengan largos tiempos el gobierno
del mar que ve del Sol la roja entrada:
sobre aguas han pasado el duro invierno,
la gente está perdida y trabajada,
ya parece bien hecho que le sea
descubierta la tierra que desea.
»Y porque en largo mar tienen pasados
mil trances, de que sois todos testigos;
tienen climas y cielos mil probados,
mil vientos adversarios enemigos,
determino que sean hospedados
en la costa africana como amigos,
que, rehecha su tan desecha flota,
proseguirá con vientos su derrota.»
Tales palabras Júpiter decía,
y los dioses por orden respondiendo,
un parecer del otro difería,
varias razones dando y recibiendo.
El Tioneo en nada consentía
de lo que era propuesto, conociendo
que olvidará sus hechos el Oriente
si allá deja pasar la Lusa gente.
Que por tiempo vendría, oyó a los hados,
una gente fortísima de España,
que con virtud y brazos señalados
venciese cuanto Doris riega y baña:
con fama de sus hechos sublimados
la suya eclipsará, aunque más extraña,
y duélele perder la antigua gloria
de que Nisa celebra su memoria.
Ve que ya tuvo el Indo sojuzgado
y nunca le quitó fortuna o caso
por vencedor del Indo ser contado
de cuantos beben agua del Parnaso.
Teme ahora que sea sepultado
su tan célebre nombre en negro vaso
del agua del olvido, si allá llegan
los fuertes portugueses que navegan.
Levántase contra él la Venus bella,
inclinada a la gente Lusitana,
porque mil cualidades halla en ella
conformes a su antigua la Romana:
corazones feroces, grande estrella
que en la tierra mostraron Tingitana,
y la lengua, en la cual cuando imagina,
con poca corrupción cree es latina.
Esto era lo que a Ciprio le movía,
y más que de las Parcas claro entiende
que su fama y loor se extendería
do la gente belígera se extiende,
pues Baco, por la infamia que temía,
y Venus, por las honras que pretende,
debaten, y en debate permanecen,
y a cada cual sus partes favorecen.
Cual Bóreas o Austro fiero en la espesura
de silvestre arboleda condensada
los ramos rompen de la selva obscura
con ímpetu y braveza nunca usada:
retumba la montaña, el son murmura
de las hojas con lucha tan trabada,
de esta suerte los dioses han tenido
un murmullo confuso no entendido.
Marte, que de la diosa sustentaba,
entre todos, las partes con porfía,
o porque el amor viejo le obligaba,
o porque la razón le compelía,
sañudo entre los más se levantaba,
lleno el semblante de melancolía,
y el escudo, que al cuello trae colgado,
lo arroja atrás con ceño y rostro airado.
La visera del yelmo de diamante
levantándola un poco, muy seguro,
para decir su dicho fué delante
de Júpiter, armado, fuerte y duro:
un golpe con el cuento penetrante
del herrado bastón dió al solio puro,
con que el cielo tembló, y el sol, turbado,
por un poco de luz quedó eclipsado.
Y dice: «Oh Padre eterno, a cuyo imperio
todo aquello obedece que criaste,
si esta gente que busca otro hemisferio,
cuyo valor y pecho tanto amaste,
no quieres que padezca vituperio
como ya tiempo ha que lo ordenaste,
no oigas más, pues eres juez derecho,
razones de quien tiene airado el pecho.

Levántase contra él la Venus bella,
inclinada a la gente Lusitana
porque mil cualidades halla en ella,
conformes a su antigua la Romana.
Canto I, Estr. 33.
»Que si aquí la razón no se mostrase
vencida de temor demasïado,
justo fuera que Baco sustentase
la gente que es de Luso su criado;
mas esta su intención ahora pase,
que al fin nace de estómago dañado,
y nunca estorbará la envidia ajena
el merecido bien que el cielo ordena.
»Y tú, Padre de grande fortaleza,
de la resolución que está tomada
no te vuelvas atrás; porque es flaqueza
desistir de la cosa comenzada,
y pues Cileno vence en ligereza
al viento y la saeta de arco echada,
enséñale la tierra do se informe
de la India, y la gente se reforme.»
Como esto dijo, el padre poderoso
inclinó su cabeza, y consintió
con el dicho de Marte valeroso,
y néctar sobre todos esparció.
Por el camino lácteo glorioso
cada cual de los dioses se partió,
haciendo su debido acatamiento,
al conocido puesto y aposento.
En cuanto esto pasaba en la hermosa
sala del sacro Olimpo omnipotente
cortaba el mar la gente belicosa
ya la banda del Austro, ya de Oriente:
entre etiopisa costa, y la famosa
isla de San Lorenzo, do el ferviente
Febo quema los dioses que Tifeo
con miedo hizo peces de Nereo.
Los vientos blandamente los llevaban
como a quien por amigo tiene el cielo;
sereno el aire y tiempos se mostraban
sin de nuevo peligro haber recelo,
en la Costa Guinea atrás dejaban
el Promontorio Praso con gran vuelo,
cuando el mar descubriendo les mostraba
nuevas islas que en torno cerca y lava.
Mas el capitán Gama, valeroso,
que su pecho a tan alta empresa ofrece
de corazón altivo y generoso,
a quien fortuna siempre favorece,
no quiere aquí tomar algún reposo,
que inhabitada tierra le parece:
adelante pasar determinaba,
mas no le sucedió como pensaba.
Porque le cercan luego en compañía
mil esquifes de una isla señalada,
que más llegada a tierra parecía,
cortando el largo mar con vela hinchada:
los nuestros se alborotan de alegría
con ver aquesta gente no pensada:
«¿qué nación será aquesta?, en sí decían,
¿qué costumbres, qué ley, qué rey tendrían?»
Las barcas eran hechas de manera
que muestran ser ligeras aunque estrechas;
las velas que traían son de estera,
de las hojas de verde palma hechas;
la color de la gente es la que diera
el loco de Faetón con las cosechas
de su atrevido intento, y mal paciente,
que Lampetusa llora y el Po siente.
Con paños de algodón vienen vestidos
de diversos colores listeados:
unos alrededor los traen ceñidos,
otros con modo airoso rebozados;
todos del medio arriba sin vestidos;
por armas traen adargas y terciados;
tocas en la cabeza: y navegando,
añafiles y flautas van tocando.
Con paños y con manos señalaban
a nuestros Lusitanos que esperasen;
ya las proas ligeras se inclinaban
para que junto de ellas amainasen;
la gente y marineros trabajaban,
como si aquí sus males se acabasen,
en recoger del mástil la vela alta;
y al soltar de la amarra, el mar la asalta.
Aun no habían ancorado, y ya la gente
extraña por las cuerdas se subía:
vienen con rostro alegre, y blandamente
el sabio capitán los recibía:
las tablas poner manda en continente,
y del licor que el dulce Baco cría
hinchen vasos de vidrio, y no desechan
los quemados del sol cuanto les echan.
Comiendo alegremente preguntaban
por la arábiga lengua, dó venían,
quién eran, de qué tierra, qué buscaban,
o qué partes del mar corrido habían:
a todo los del Luso les tornaban
las respuestas que entonces convenían:
«Los portugueses somos de Occidente,
que las tierras buscamos del Oriente.
»Del mar hemos corrido y navegado
la parte del Antártico y Calisto
toda la costa libia rodeado,
cielos y tierras varias hemos visto:
de un rey súbditos somos tan amado,
tan querido de todos y bien quisto,
que por él de la mar nada tememos
y hasta el Aqueronte abajaremos.
»Por mandado del cual a buscar vamos
la región oriental que el Indo riega;
por ella el mar remoto navegamos
que sólo de las focas se navega;
mas ya razón parece que sepamos,
si la cierta verdad no se me niega,
quién sois, qué tierra es ésta, y si hay señales
de las partes do vamos orientales.»
«Somos, luego un isleño respondiera,
en la tierra extranjeros y en la ley,
porque a los naturales los pusiera
Naturaleza aquí sin ley ni rey;
mas nosotros seguimos la que diera
el Profeta sagrado y gran Muley,
que no hay parte del mundo do no cuadre
hijo de madre hebrea y gentil padre.
»Aquesta isla pequeña que habitamos
es de toda la costa cierta escala
para los que los mares navegamos
de Quiloa, Mombaza y de Zofala;
que por ser necesaria procuramos
vivirla aunque entre gente bruta y mala,
y porque todo al fin se os notifique,
el nombre de la isla es Mozambique.
Y ya que de tan lejos navegando
buscáis el indo Idaspe y tierra ardiente,
no faltarán pilotos que guiando
vayan allá la flota sabiamente:
justo será que, un poco reposando,
toméis algún refresco; y que el regente
que gobierna la isla luego os vea
y de mantenimientos os provea.»
En acabando aquesto se tornara
a sus barcas el Moro y compañía:
del capitán y gentes se apartara
con muestras de debida cortesía.
Luego Febo en las aguas encerrara
con cristalino carro el claro día,
dando cargo a su hermana que alumbrase
el largo mundo mientras reposase.
La noche se pasó dentro en la flota
con extraña alegría no pensada
por hallar en la tierra tan remota
nueva de tanto tiempo deseada.
Entre sí cada cual discurre y nota
la manera, y la gente acá apartada,
y cómo los que en tal secta creyeron
tanto por todo el mundo se extendieron.
Los rayos de la Cintia se mostraban
en las aguas del mar manso seguras;
las estrellas sus orbes adornaban
cual campo revestido de frescuras;
los furïosos vientos reposaban
por las concavidades más obscuras,
mas la gente del mar toda velaba,
como de tiempo atrás lo acostumbraba.
Y luego que la Aurora sonrosada
los rayos esparció de sus cabellos
en el sereno cielo, dando entrada
al Sol, que despertó por sólo vellos,
comienza a embanderarse nuestra armada
con gallardetes mil de seda bellos,
por recibir con fiestas y alegría
al regidor que a verla se partía.
Venía con su gente navegando
a ver las naos ligeras lusitanas,
trayéndoles refresco: en sí pensando
si son aquellas gentes inhumanas
que, las montañas Caspias habitando,
a conquistar las gentes asïanas
vinieron, y por orden del destino
ganaron el Imperio a Constantino.
Recibió el capitán alegremente
al Moro con su grande compañía;
dale de ricas piezas un presente
que para aqueste efecto lo traía;
dale conservas dulces, y el ardiente
y no usado licor que da alegría:
el Moro lo recibe con contento
y el comer y beber tomó de asiento.
La marítima gente del gran Luso,
subida por la jarcia, está admirada
notando el extranjero modo y uso,
la habla tan confusa y enredada;
también el Moro astuto está confuso
mirando la color, traje y armada;
y preguntando al Gama, le decía
si venían acaso de Turquía.
Decíale también que ver desea
los libros de su ley, precepto y fe,
por ver si cual la suya aquélla sea,
o si cristianos son, como él lo crée;
y porque más lo note todo y vea,
al capitán le pide que le dé
la muestra de las armas de que usaban
cuando con enemigos peleaban.
El capitán responde valeroso,
por lengua que el arábigo entendía:
«Yo te descubriré no perezoso
quién soy, cuál es mi ley, qué armas traía.
Nunca en el Caspio tuve mi reposo,
ni de la gente vengo de Turquía:
soy de tierra de Europa belicosa,
busco la oriental parte tan famosa.
»La ley tengo de Aquel a cuyo imperio
obedece visible e invisible;
Aquel que crió todo el hemisferio,
todo lo que es sensible o insensible;
que padeció deshonra y vituperio
haciéndose de Dios hombre pasible,
y por nos abajó del cielo al suelo
por podernos subir del suelo al cielo.
»De aqueste Dios y hombre, alto, infinito,
los libros que me pides no los trayo,
que lo que está en el alma firme escrito
escribirlo en papel viene a soslayo:
si quieres ver las armas, tu apetito
se cumplirá, haciendo aquí un ensayo:
veráslas como amigo, y más me obligo
que no las quieras ver como enemigo.»
A los ministros manda diligentes
del almacén sacar las armaduras,
los arneses y petos relucientes,
mallas finas y láminas seguras,
escudos de pinturas diferentes,
espingardas de acero fino puras,
los arcos, las pelotas, las aljabas,
partesanas agudas, chuzas bravas.
Y del fuego las bombas, juntamente
de pólvora las ollas tan dañosas;
mas a los artilleros no consiente
dar fuego a las bombardas espantosas:
que el generoso ánimo excelente,
entre gentes tan pocas y medrosas,
no muestra cuanto puede, y con razón;
que es flaqueza entre ovejas ser león.
Todo lo nota y mira el sarraceno,
y aunque de fuera muestra algún contento,
un odio se le fragua allá en el seno,
un dañado rencor y pensamiento:
encúbrelo con rostro, al ver, sereno;
disimula con risa el fingimiento;
tratarlos blandamente determina
hasta poder mostrar lo que imagina.
Pilotos le demanda el fuerte Gama
por quien pueda a la India ser llevado,
aprometiendo premio y grande fama
al que por él tomare este cuidado:
el Moro los promete, y se derrama
en su pecho un veneno tan dañado,
que muerte, si pudiese, en este día,
en lugar de pilotos le daría.
Fué la voluntad tal y el odio insano
que concibió contra estos pasajeros
porque siguen la ley del Soberano,
que cual lobo se arroja a los corderos:
secretos de la eterna y sacra mano
do los juícios quedan tan rateros,
que no falte Majencio que persiga
al que la ley de Dios abrace y siga.
Con esto se partió, y su compañía,
el Moro, de las naves despedido,
con engañosa y grande cortesía,
con alegre semblante aunque fingido.
Los esquifes navegan por la vía
más breve de Neptuno, y recibido
en tierra de un ilustre ayuntamiento,
el regidor camina a su aposento.
Mas viendo desde el cielo el gran Tebano,
de la paterna corva renacido,
aqueste bando nuestro Lusitano
ser del moro envidioso aborrecido,
un engaño revuelve falso, insano,
con que de todo quede destruído,
y en cuanto allá en el pecho el hecho urdía,
esto consigo a sí, sin sí, decía:
«¿Está del hado ya determinado
que victorias tan grandes y famosas
hayan los Portugueses alcanzado
de las gentes del Indo belicosas,
y yo, hijo del padre sublimado,
con tantas cualidades generosas,
he de sufrir que el hado favorezca
otro por quien mi nombre se obscurezca?
»Ya quisieran los dioses que tuviera
el hijo de Felipe en esta parte
tanto poder que al yugo la rindiera
con sangrienta batalla y fiero Marte.
¿Mas hase de sufrir que el hado quiera
a tan poquitos dar tal fuerza y arte