Kitabı oku: «Los transportes, siglos XVI al XX»

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Índice de contenido

Presentación

La historia de los transportes en México

De tamemes y canoas, los transportes en el México prehispánico

Los tamemes

Las canoas

De caminos, mulas y barcos. Los transportes en el México colonial y en los primeros años de vida independiente

Caminos y arriería

Barcos y puertos

De ferrocarriles, carreteras y puertos. Los transportes en el siglo XIX

Los ferrocarriles

Caminos y automóviles

Puertos y barcos

De ferrocarriles, carreteras, aviones, puertos y barcos. Los transportes en el siglo XX

Los ferrocarriles

Las carreteras

La aviación

Los puertos y los barcos

Bibliografía

Aviso legal

Presentación

LOS 13 TOMOS DE ESTA OBRA conforman una historia económica de las poblaciones que han habitado lo que hoy es el territorio de la república mexicana. Comienza con la llegada del hombre y termina en el año 2000, pero la mayor parte del texto está dedicado a los cinco siglos que comprenden el periodo colonial y las épocas moderna y contemporánea del México independiente.

Es una narración y una descripción de los diferentes modos en que los pobladores de esta región se han organizado para producir, distribuir y consumir bienes y servicios, una historia muy larga y accidentada que cubre más de 20 000 años y cuyos sujetos sociales son la banda, la tribu, las civilizaciones tributarias, la compleja sociedad colonial y, finalmente, la nación soberana que se configuró en el siglo XIX y que ha llegado a su plena madurez sólo en el XX.

En su elaboración participaron 16 autores; cada uno escribió su texto de acuerdo con sus propios criterios y su visión del tema que le correspondió desarrollar. Sin embargo, hubo un intenso trabajo colectivo de intercambio de ideas, opiniones y materiales que acabó reflejándose en ciertos enfoques comunes. En múltiples reuniones se discutieron guiones, manuscritos iniciales y textos finales. Temas como la periodización, las fuentes, la relación entre análisis y narración fueron objeto de largas discusiones.

La obra se inspira en los principios de la economía política que considera que las relaciones económicas, sociales, políticas y culturales forman un todo inseparable y que el objetivo de la historia económica es captar la forma en que estas relaciones se entretejen en el desarrollo económico, que es el objeto de su estudio. La Historia económica de México se propuso sintetizar los resultados de infinidad de investigaciones particulares especializadas y ofrecer al lector una visión coherente de conjunto, basada en el conocimiento actual de los temas abordados. Esperamos que todos los interesados en la historia económica, pero especialmente los estudiantes de economía e historia, encuentren en ella tanto una obra de consulta como un marco de referencia y una fuente de inspiración teórica para nuevos estudios.

La obra introduce un enfoque doble que se propone abordar, a la vez, el estudio de los sistemas económicos que caracterizan cada etapa del desarrollo y la evolución de algunas ramas de la economía, con sus particularidades a lo largo de los últimos cinco siglos. Este enfoque está sustentado en la hipótesis de que el desarrollo de la economía es, al mismo tiempo, desigual y combinado. De que si bien las partes dependen del todo, tienen también una dinámica propia; que los tiempos del sistema no siempre coinciden con los de sus componentes.

Los primeros seis volúmenes describen la evolución de los sistemas económicos de cada periodo. El primero está dedicado a la historia antigua y el segundo a la época colonial. El tercero cubre el siglo XIX y los siguientes tres el siglo XX, examinando la Revolución mexicana y sus efectos: la industrialización orientada por el proyecto desarrollista y la integración de México al proceso de globalización, dominado por las ideas del neoliberalismo.

Los siete textos siguientes cubren los temas de la población, el desarrollo regional, el uso de los recursos del subsuelo, la agricultura, la industria, la tecnología, así como los transportes y las comunicaciones a lo largo de cinco siglos, cada uno con sus rasgos distintivos.

Este proyecto pudo realizarse gracias al auspicio de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y al soporte financiero del Programa de Apoyo a Proyectos Institucionales para el Mejoramiento de la Enseñanza (PAPIME). Agradecemos al licenciado Juan Pablo Arroyo Ortiz, entonces director de la Facultad de Economía, su apoyo y participación entusiasta; asimismo dejamos constancia de nuestro reconocimiento al doctor Roberto I. Escalante Semerena, actual director de dicha Facultad, por su interés en la publicación de esta obra. Esta edición no hubiera sido posible sin la iniciativa y la perseverancia de Rogelio Carvajal, editor de Océano, y su eficiente equipo de trabajo. Y no podía faltar nuestra gratitud más sincera al maestro Ignacio Solares Bernal, coordinador de Difusión Cultural, y al maestro Hernán Lara Zavala, titular de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM y a sus colaboradores, por su asistencia, siempre amistosa y eficaz, para la presente publicación.

México, 3 de noviembre de 2003

ENRIQUE SEMO

La historia de los transportes
en México

A LO LARGO DE LA HISTORIA de la humanidad, los transportes han sido una actividad fundamental para el funcionamiento eficiente de los intercambios de mercado. La importancia de esta actividad radica en que desplaza productos y personas en el espacio geográfico, de manera temporal o definitiva.

Al igual que en la mayoría de los países, los transportes en México resultan inapreciables pues la diversidad de sus suelos y de sus producciones ha hecho necesario el desplazamiento de productos entre regiones. Con esto se satisfacen las necesidades de la población, se hacen intercambios mercantiles y se crece económicamente.

Sin embargo, una buena parte del territorio mexicano muestra una diversidad geográfica particularmente difícil para el desarrollo de los transportes: desiertos, junglas, montañas, pocos ríos navegables, un descenso sumamente pronunciado del altiplano central a las costas, etcétera. Desde el punto de vista de los transportes, este "contratiempo geográfico", que enfrentaron en mucha menor medida países como Inglaterra, los Estados Unidos y Francia, condicionó la magnitud del crecimiento económico, y en ocasiones obligó a los habitantes del territorio a utilizar formas alternativas de transporte; entre tanto se desarrollaba una tecnología que permitiera sortear las dificultades físicas del país.

En este trabajo se presentan los modos de transporte dominantes y su impacto sobre el desempeño de la economía en la historia de nuestro país. Como en buena parte de los sectores del México actual, la característica principal de los transportes ha sido la convivencia de diversos modos que aparecieron en su momento por la necesidad que imponía la geografía y que, aun obsoletos, permanecieron debido a los problemas estructurales de la economía.

De tamemes y canoas,
los transportes en el México
prehispánico

COMO RESULTADO DE LOS intercambios comerciales y migraciones de pueblos enteros, los transportes en la porción septentrional del continente americano hicieron su aparición entre los años 1500 y 100 a.C. Hasta la llegada de los españoles, y de acuerdo con las circunstancias geográficas, fueron dos los modos de transporte más importantes: los tamemes y las canoas. Al parecer, y a diferencia de lo que sucedió en épocas posteriores, ambos medios de transporte fueron adecuados para las necesidades económicas de la población mesoamericana.

LOS TAMEMES

En los años previos a la conquista, el territorio que ahora es México se hallaba dividido en dos grandes áreas geográficas bautizadas así por los historiadores del siglo XX: Aridoamérica y Mesoamérica. La primera de éstas se hallaba prácticamente despoblada con sólo algunas tribus nativas cuyo modo de vida era nómada, y resolvían sus necesidades mediante la caza y, de ser posible, la pesca. Así, el modo de supervivencia de estos grupos hacía de los transportes una actividad necesaria, a pesar de que eran los humanos quienes se desplazaban por su propio pie hacia las fuentes de alimentación.

Por otro lado, los antiguos habitantes de nuestro país no contaban con el beneficio de la rueda. Esto al parecer no era por falta de conocimientos tecnológicos, dado que se ha descubierto que se le daba otros usos, sino más bien a las ya descritas condiciones geográficas y a la falta de bestias de tiro.1 Por lo tanto, antes de la conquista española los productos se transportaban sobre las espaldas de hombres llamados tamemes.2 Estos individuos llevaban artículos en recipientes de bejuco entretejido llamados petlacalli (caja tejida de caña y cubierta de cuero), el cual era sostenido con mecapales. Al parecer, los tamemes formaban parte de un grupo que desde la niñez era entrenado para llevar bultos; su trabajo era hereditario, aunque había tamemes que cargaban como forma de tributo. El oficio de tameme era considerado honroso y lo desempeñaba gente de baja condición social.3

El trabajo de los tamemes era terrible, ya que debían transportar sobre sus espaldas bultos de peso considerable (aproximadamente 25 kg) a distancias de 21 a 28 km sorteando caminos pedregosos y llenos de tropiezos.4 Aunque las cifras anteriores, basadas en los testimonios de Bernal Díaz del Castillo, han sido cuestionadas, es indudable que los tamemes eran un grupo de trabajo especializado y muy necesario en la economía de su época.

Estos trabajadores estaban organizados en distritos políticos, de manera que debían transportar lo que los caciques locales les ordenaran.5 En la mayoría de los casos, los tamemes recibían un pago por desempeñar su trabajo; sin embargo, había excepciones cuando se trataba de transportar el tributo a la cabecera del distrito; en este caso el porteo era parte de la contribución.6

Esta organización garantizaba una red uniforme de transporte a lo largo de las tierras dominadas por los mexicas en el periodo inmediatamente previo a la conquista. Se desplazaban de la cabecera de su distrito a la del adyacente, lo cual permitía un trayecto más sencillo y centralizado que si se hubiera realizado de límite a límite de cada distrito: esto último habría implicado la necesidad de estacionar tamemes en los límites de los caminos principales, lo que significaba mayor costo y complicación. Cabe señalar que esta práctica de transporte local tenía sus excepciones, que se relacionaban al parecer con el uso de tamemes para el porteo en distancias largas. Estas excepciones se daban, por ejemplo, cuando se transportaba el tributo del centro de una provincia hasta Tenochtitlan; cuando se desplazaban materiales para obras públicas, o cuando se asistía al comercio de los pochtécatl (que eran los mercaderes aztecas).7

La forma como se organizaba el trabajo de los tamemes obedecía al hecho físico de que el peso y la distancia guardan una relación inversa, de ahí que para cargas pesadas, la distancia obligaba el uso de varios porteadores. Así, mediante relevos, cada uno de ellos cubría un tramo similar de camino. Por otro lado, la organización exigía que se les abasteciera regularmente para evitar que cargaran con su propio alimento. En este sentido, los comerciantes (pochtécatl) se encargaban no sólo de mantener los caminos en buen estado sino también de establecer cortijos a lo largo de las rutas para el abastecimiento y relevo de los porteadores.8 Con este esquema, es probable que la utilización de tamemes se extendiera de manera sorprendente a medida que creció el Imperio mexica y prueba de ello es la afirmación de Clavijero quien señalaba que: "había infinita gente destinada a la carga".9

Si bien los antiguos mexicanos echaron mano de las pocas medidas con las que contaban para extender sus áreas de soporte alimentario, la falta de condiciones tecnológicas en materia de transporte terrestre, aunque no limitó las dimensiones de las ciudades, sí implicó una menor área de abastecimiento.10 Quizá la única excepción fue la capital mexica, Tenochtitlan, la cual pudo agrandar su área de soporte alimentario por el sistema lacustre que la rodeaba, aprovechándolo tanto desde el punto de vista de la producción como de los transportes. En cuanto a la producción, los habitantes de Tenochtitlan supieron aprovechar los lagos de agua dulce, que eran los del sur del valle, desarrollando el sistema de chinampas. En materia de transporte acuático los mexicas se valieron del sistema de lagos, ante la imposibilidad de disponer de áreas de cultivo cercanas a su isla, haciendo uso de canoas para el transporte de productos desde la orilla hasta el centro mismo de la ciudad.

Por supuesto, también había calzadas que llevaban a la capital mexica o que comunicaban áreas cercanas. Eran nueve y de variada longitud; su altura era de cinco metros y medían alrededor de siete metros de ancho.11 Cabe agregar que estas calzadas sirvieron tanto para el transporte de productos y agua como para separar las aguas dulces de las saladas y regular el nivel de cada uno de los lagos.12

En vista de que no se contaba con bestias de carga, el modo de transporte terrestre prehispánico era tecnológicamente distinto al de los años posteriores. Se sabe, por ejemplo, que los antiguos mexicanos conocían la utilidad de la rueda como facilitadora del transporte, pues en la costa del Golfo se han hallado juguetes que utilizaban este invento.13 Por otro lado, tampoco se puede suponer que, debido a la incapacidad tecnológica, las distintas regiones del espacio mesoamericano se hayan visto obligadas a ser autosuficientes. Tanto el Imperio azteca como otros de épocas anteriores y contemporáneas, tenían acceso a productos originados en otras regiones gracias al comercio y al tributo, siendo ambos sistemas de una complejidad tal que garantizaba el flujo regular de bienes.14 Por supuesto, el abasto de estos productos obedecía a las condiciones de transporte, de forma que los de menor peso y mayor valor (conchas, plumas, joyas y algunas pieles) provenían de regiones más apartadas que los de menor valor y densidad. Sin embargo, el abasto no siempre dependía exclusivamente de las condiciones de transporte; más importante aún era la satisfacción a toda costa de las necesidades básicas de la población. Por ejemplo, se ha descubierto que en el Soconusco, dada la incapacidad de las tierras para la agricultura, las producciones económicas predominantes fueron la manufactura de piezas de cerámica y la pesca; esto obligaba a los habitantes de esa región al intercambio y, por lo tanto, al transporte.15

Pero a pesar de las necesidades, es probable que sin el contacto con el Viejo Mundo las civilizaciones mesoamericanas pronto se hubieran visto económicamente estranguladas por las limitaciones naturales de sus medios de transporte terrestre. Quizás esto no ocupara la mente de los hombres y mujeres de la época, dadas sus propias formas de percibir el progreso económico. Desde el punto de vista actual, empero, en 1521 la civilización prehispánica se hallaba cercana a sus límites de crecimiento.

LAS CANOAS

Dado que desde hace varios milenios el territorio que ahora ocupa la república mexicana carece de cuerpos de agua capaces de soportar embarcaciones de siquiera mediana envergadura, el desarrollo de los medios acuáticos de transporte en el México prehispánico obedeció a dos factores. Por una parte, al hecho de que la capital mexica se hallaba sobre un lago, y por la otra a las necesidades de diversos grupos sociales prehispánicos de intercambiar sus productos mediante el uso de las costas mesoamericanas.

Las dimensiones de la ciudad de Tenochtitlan avalan la presencia de modos de transporte que facilitaban el abasto para una población de grandes proporciones. Sin embargo, ante las limitaciones tecnológicas, ambos elementos (abasto y dimensiones urbanas) requirieron de medidas organizativas, como lo fueron la profesionalización de los porteadores, la ya mencionada vinculación de las cabeceras y las mejoras en los caminos. Pero aunque estas medidas significaron una área de abastecimiento importante para la capital mexica, no necesariamente implicaron la expansión de dicha área. De hecho, quizá aún más importante que el mejoramiento organizativo de los tamemes haya sido la posibilidad de transportar enormes cantidades de productos mediante el uso de las canoas hacia el interior de la ciudad.

Las canoas prehispánicas, o al menos las que se utilizaban en el altiplano, muestran una tecnología propia del cuerpo de agua sobre las que se deslizaban. Así, la acal o acalli estaba hecha de un solo trozo de madera, "sin la más ligera falla ni el más insignificante nudo", ahuecado por medio de fuego e instrumentos de piedra que se utilizaban para labrarlo. Los árboles de dónde provenía debían ser resistentes y al mismo tiempo ligeros y fáciles de flotar. Las canoas eran de diversos tamaños: pequeñas para el correo, grandes para el transporte de bienes y personas (tantas, que en ellas se trasladaban hasta 25), materiales alimenticios, de construcción, textiles, etcétera. En fin, todo aquello que no producía la pequeña isla ovalada situada en medio del lago de Texcoco.16

La situación de los lagos del valle de México era diferente de la de las costas. Aunque es probable que, no obstante lo poco profundo de los lagos que rodeaban Tenochtitlan, se hayan utilizado remos para impulsar las canoas, en el mar no se tiene la seguridad de que siquiera se hubiesen utilizado velas. Las pinturas de la época no las describen, y Bernal Díaz del Castillo señala que Moctezuma se admiró al ver que los bergantines de Cortés llevaban velas y usaban remos.17 De cualquier forma el transporte de mercancías en el mar era a través de distancias relativamente cortas en comparación con las culturas marítimas. Por lo tanto, dado que la navegación prehispánica estaba circunscrita a los ríos, lagos y en ocasiones las costas, las embarcaciones eran sencillas.

En conclusión, el transporte de la época prehispánica obedecía a las limitaciones tecnológicas del área mesoamericana y supo adecuarse a las condiciones geográficas. Ello no implicaba, empero, que de haber existido bestias de carga la región no hubiera mostrado un mayor desarrollo económico, como quedó demostrado después de la llegada de los europeos y sus nuevos modos de transporte.

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1 José Luis Rojas, México-Tenochtitlan. Economía y sociedad en el siglo XVI, 2a. ed., FCE, México, 1988, pp. 235-236. [regresar]

2 Tameme: denominación castellana del vocablo tlameme, palabra náhuatl que significa "transportar algo". Francisco Javier Clavijero, Historia antigua de México, prólogo de Mariano Cuevas, 8a. ed., Porrúa, México, 1987 [colección Sepan Cuantos, núm. 29], pp. 238-239. [regresar]

3 Ross Hassig, Comercio, tributo y transportes. La economía política del valle de México en el siglo XVI, Alianza Editorial Mexicana, México, 1993, pp. 36-38. [regresar]

4 Francisco Javier Clavijero, op. cit., p. 238; Ross Hassig, op. cit., pp. 40-41 y 41n. [regresar]

5 Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Alianza Editorial Mexicana, México, 1991, p. 149. [regresar]

6 No queda clara la referencia sobre el pago que se hacía a los tamemes; sin embargo, Clavijero señala que "debían emplearse toda su vida". Hassig por su parte, no duda que "a los tamemes se les pagaba por su trabajo". Francisco Javier Clavijero, op. cit., p. 238; Ross Hassig, op. cit.,p. 44. [regresar]

7 Ross Hassig op. cit., p. 45. [regresar]

8 Ibíd., p. 128. [regresar]

9 Francisco Javier Clavijero, op. cit., p. 238. [regresar]

10 Ross Hassig, op. cit., p. 49. [regresar]

11 Ross Hassig op. cit., pp. 61-62. [regresar]

12 Ibíd., pp. 53-55. [regresar]

13 Ibíd., p. 35. [regresar]

14 Ibíd., p. 97; Janine Gaseo y Barbara Voorhies, "El máximo tributo: el papel del Soconusco como tributario de los aztecas", en Barbara Voorhies (coord.), La economía del antiguo Socunusco, Chiapas, UNAM, México, 1991, pp. 61-62. [regresar]

15 Barbara Voorhies, "¿Hacia dónde se dirigen los mercaderes del rey? Reevaluación del Xoconochco del siglo XV como 'puerto de intercambio'", en Barbara Voorhies (coord.), op. cit., p. 43. [regresar]

16 Enrique Cárdenas de la Peña, "La marina mercante", en Historia de las comunicaciones y los transportes en México, Secretaría de Comunicaciones y Transportes, México, 1988, p. 23. [regresar]

17 Bernal Díaz del Castillo, op. cit., pp. 286-287. [regresar]

De caminos, mulas y barcos.
Los transportes en el México
colonial y en los primeros años
de vida independiente

AUNQUE LA CONQUISTA ESPAÑOLA del continente americano probablemente seguía un modelo ya utilizado en las Indias occidentales, en materia económica los conquistadores debieron ajustarse en buena medida a las condiciones que hallaron en el Nuevo Mundo. Así, paulatinamente, fueron aplicando diversos cambios que resultaron en la modificación paulatina de las estructuras económicas indígenas, dando paso a la nueva economía colonial.

Múltiples fueron las reformas que experimentó la economía mesoamericana a la llegada de los españoles. Por una parte, y sin duda el factor más importante, el decremento de la población modificó las pautas de producción, transporte, mercados y tributos. Por otra, a partir de la conquista, México formó parte de la economía española como consumidor de productos europeos como proveedor de metales preciosos.

Desde el punto de vista del transporte, los cambios impuestos por la civilización europea definieron el modo de portar personas y productos de los siguientes siglos. En lo general, este modo fue el de bestias de carga y en ocasiones las carretas que éstas jalaban, y de diversos navíos para el comercio de grandes distancias.

CAMINOS Y ARRIERÍA

En los años inmediatos a la conquista, México continuó dependiendo en parte de las pautas indígenas. Sin embargo, paulatinamente se impuso el modo español de hacer intercambios. Esto se manifestó principalmente en la expansión de las rutas de comercio y en la orientación de la economía hacia el exterior. Ambos factores requerían de una red de caminos que obedeciera a las nuevas condiciones económicas, a la vez que tomara en cuenta la geografía. Esta nueva red de caminos suplió casi en su totalidad a las rutas precortesianas debido, fundamentalmente, a factores tecnológicos, pues las rutas prehispánicas, ante la ausencia de la tecnología que hacía uso de bestias de carga y tiro, poco consideraban aspectos tales como la pendiente de los caminos o lo cerrado de las curvas: aspectos que se debieron tomar en cuenta al construir rutas sobre las cuales transitarían animales cargados y carretas.

En el siglo XVI y de acuerdo con las necesidades económicas, en México se hicieron caminos nuevos. Su trazado fundamental, que partía de la ciudad de México, iba de norte a sur y de este a oeste. Hacia el norte, fue abierto el camino real que llevaba a las zonas mineras y ganaderas. Hacia el sur, pasando por Oaxaca, el camino se dirigió hacia el puerto de Huatulco y el Istmo de Tehuantepec. Con dirección al oeste el camino pasaba por Cuernavaca y terminaba en el puerto de Acapulco. Por último, la ruta más importante iba hacia el este: en una rivalidad que duró toda la época colonial, dos caminos a Veracruz se convirtieron en la puerta del México novohispano.18

Los principales caminos del siglo XVI no eran, sin embargo, los únicos que existían en la Nueva España. Es importante señalar que si bien ya se usaban las carretas, lo cual requería un camino más o menos marcado, era común el transporte de personas y productos sobre el lomo de caballos, burros o mulas, así como el uso de los tamemes que, debido a la falta de mulas y no obstante las continuas prohibiciones por parte de la Corona española, continuó durante siglos después de la conquista como modo de transporte indígena. Éste determinaba que un buen número de caminos fuera casi improvisado, no obstante que se les dominaba "caminos" e incluso "caminos reales".

Conforme se fueron expandiendo los intereses comerciales de los españoles se formalizaron nuevas rutas que soportaban un tráfico comercial de importancia. Así, el camino a Toluca comunicaba a la ciudad de México con Michoacán y con el occidente de la Nueva España. Hacia el sur, dos caminos, uno hacia Cuernavaca y el otro hacia Cuautla, comunicaban con el Marquesado del valle en el sur y con tierra caliente hacia los puertos de Acapulco y Huatulco en el Pacífico. Por otro lado, en los primeros años de la Colonia había dos rutas directas a Veracruz: la más importante, que pasaba por Otumba, Apam y Jalapa, y la de menor importancia que atravesaba por el valle de Orizaba. Estas rutas suministraban al valle de México. La mercancía de Europa provenía de Veracruz; algunos productos ganaderos llegaban desde Apam, Calpulalpan y Toluca; el trigo de Atlixco y Tehuacán; el maíz de Toluca, Tepeaca, Ixtlahuaca y Metepec; el azúcar de Cuernavaca e Izúcar y el índigo desde Michoacán. En cuanto al camino hacia el norte, éste atravesaba un buen trecho de tierras aun no conquistadas hasta llegar a la recién fundada ciudad de Zacatecas, centro de producción argentífera que suministraba a la capital novohispana de plata y ganado.19

Los caminos más importantes de la Nueva España fueron sin duda los que llevaban de la ciudad de México al puerto de Veracruz. Era tal su importancia que en 1540, 100 trenes de mulas podían estar simultáneamente en el camino entre el puerto y la capital novohispana.20 El camino se estableció porque Veracruz era el único puerto de llegada de Europa, así como por el resultado de las diferencias geográficas y ecológicas de ambas localidades, lo cual propiciaba el intercambio de diversos productos. En parte como resultado de esto, durante la época colonial, la ciudad de México fue adquiriendo características de gran consumidora y productora (o concentradora) de diversos bienes; Veracruz era desde el punto de vista geográfico y geopolítico la entrada y salida de dichos productos. Por otro lado, la necesidad de una comunicación con la porción oriental y sureña del espacio colonial surgió por el tipo de producción que salía de estas regiones y que tenía una fuerte demanda en la capital virreinal y zonas aledañas.21

El desplazamiento de productos de las tierras costeras de Veracruz a la mesa central implicaba un esfuerzo de magnitudes considerables, de forma que sólo una demanda vigorosa, en parte determinada por una población con capacidad económica, podía hacer frente a los costos de dicho esfuerzo. En primer término, debido a las montañas que se encuentran hacia el oriente de la capital, sólo se puede salir del valle por tres lugares: el paso de Río Frío, el llamado "Paso de Cortés" o circundando el macizo montañoso por el norte. En segundo lugar, al borde del altiplano central se encuentran las elevaciones de la Sierra Madre Oriental que sólo permiten tres pasos, muy angostos, hacia las tierras bajas de la costa. El paso del norte es el de Jalapa; el del sur recorre el valle de Orizaba, un cañón profundo que llega al borde de la meseta en un acantilado casi vertical; el tercer paso atraviesa entre los picos de Orizaba y Perote.22

La situación geográfica, económica e institucional, determinó el trazado y nivelación inicial del camino México-Veracruz facilitando el paso de las carretas, contaba con pastos y aguas para las bestias, y no dañaba las propiedades indígenas.23 Cuando la geografía no era determinante, las rutas fueron estableciéndose por el criterio de la comodidad. Así, por lo general, los caminos pasaron por donde había lugares para hospedar a los viajeros y alimentar a los animales. Esto fue particularmente importante en la ruta que iba del puerto de Veracruz a Jalapa y a la ciudad de México. A lo largo de las tierras bajas, el clima y las enfermedades hacían difícil el camino; ello obligaba a los viajeros a tratar de salir de las tierras calientes lo más pronto posible, por lo cual la primera etapa del camino que salía de Veracruz era la Venta de Aguilar, seguida de Jalapa, Perote, Puebla, Apam, Otumba, Teotihuacan y la ciudad de México.24 Cabe aclarar, empero, que este y los demás caminos novohispanos de la época, de ninguna manera se asemejaban a las carreteras actuales; más bien se trataba de algo más que unos cuantos puentes de madera (tal vez de piedra) y una serie de señaladores a la vera del camino.25

El camino real hacia el norte, determinado principalmente por la búsqueda de plata y no exclusivamente por motivos de defensa o religiosos,26 se desarrolló de acuerdo con las necesidades de los pueblos que se habían establecido, éstos sí con motivos defensivos, a lo largo de la ruta que iba hacia los reales mineros. A partir de la ciudad de México, el camino se bifurcaba pasando tanto por Tula como por Jilotepec para después unirse poco antes de llegar a San Juan del Río. Después de atravesar Querétaro, el camino se dividía de nuevo en dos rutas: la que llevaba a San Miguel y la que continuaba hacia Paso de Jofre (lo que después sería San Luis de la Paz); a partir de San Felipe continuaba un solo camino hasta Zacatecas.27 A este último asentamiento llegaban caminos menores provenientes de Guadalajara y del Bajío que no obstante soportaban "un copioso tránsito".28 Con el propósito de facilitar el transporte del mineral de plata que debía procesarse en los molinos de Zitácuaro y la ciudad de México, el camino a Zacatecas recibió una atención especial por parte de las autoridades virreinales, de manera que para mediados del siglo XVI éste se había mejorado sustancialmente como para que por él pudieran circular grandes carros. Lo mismo sucedió con los caminos que del Bajío y Michoacán iban hacia el norte de la Nueva España. Esto también facilitaba los envíos de mercancía hacia los reales mineros que a partir de esos años comenzaron a aparecer en el norte del territorio colonial.

Gracias a la aparición de una serie de posadas o ventas que a lo largo del camino hacían más seguro y menos incómodo el viaje, las rutas que se abrieron hacia Zacatecas durante la segunda mitad del siglo XVI permitieron abastecer a éste y otros reales mineros que paulatinamente fueron apareciendo más al norte. Al principio, cuando la ganadería aún no alcanzaba el auge que tendría después, el abastecimiento de las minas dependió de la fuerza de los tamemes, a pesar de la constante oposición de las autoridades virreinales al uso de los indios con estos propósitos.29 Ya en el siglo XVII, a medida que fue creciendo la ganadería, fueron cobrando mayor importancia las recuas de mulas, aunque también al desarrollo de este híbrido se opusieron las autoridades virreinales.30 Las mulas transportaban aquellos productos que se requerían en el norte y que no se producían allí: textiles, herramientas, alimentos, etcétera. Sin embargo, la recua de mulas no podía cargar (o al menos no de manera eficiente) productos muy pesados, como lo era el tan necesario azogue —que después de 1550 con el surgimiento del proceso de amalgamación se hizo indispensable para la producción de plata— y la plata que debía conducirse hacia el sur para su refinamiento, acuñación y eventual envío a la Península. Fue por esta razón que se introdujo un modo de transporte que ya venía utilizándose desde tiempos lejanos en la Península española: la carreta. Producto de la tecnología, este transporte provocó a la vez modificaciones tecnológicas: por una parte, el uso de la carreta, una caja con pequeñas ruedas de madera reforzadas con hierro, fue impulsado por la existencia de suficientes mulas y bueyes; por otro lado, la utilización de la carreta exigió que se cuidara la pendiente de los caminos, pues por donde pasaba la recua de mulas, no siempre podía pasar una yunta de bueyes o un grupo de ocho mulas que jalaba un carro.31

Cabe agregar que el uso de medios de transporte que requerían de la fuerza animal no sólo se desarrolló por las condiciones tecnológicas, sino también por las de carácter económico. Así, antes de 1540, cuando la ganadería aún estaba limitada, el precio de las bestias de carga era sorprendentemente elevado. Cuando se desarrolló la ganadería, a un ritmo vertiginoso por cierto, en las mesetas del centro, un español o criollo encontraba siempre manera de tener una montura, de suerte que ya para mediados del siglo XVI, los caballos no costaban casi más que el trabajo de domarlos y, no obstante las prohibiciones por parte de la Corona, muchos indios obtuvieron del virrey Luis de Velasco el permiso de tener caballos de silla.32

Las mulas eran más apreciadas que el caballo, lo cual en parte se explica por el cuidado que se le debía dar a su cría y mantenimiento. Por otro lado, el caballo se usaba relativamente poco, lo que explica las magnitudes de las manadas de caballos cimarrones. Aunque es indudable que las clases altas hacían uso de este animal para su transporte y diversión, en la minería y el transporte de grandes volúmenes de mercancías se sacaba provecho de bestias más fuertes. En Zacatecas, por ejemplo, existe evidencia de que a inicios del siglo XVII las minas y haciendas de beneficio se apoyaban en mulas y burros para sus actividades y transportes, y son conocidas las disputas entre arrieros que transportaban productos entre Zacatecas y Guadalupe.33

Podría pensarse que la tecnología de transportes sustituyó totalmente a la fuerza humana por la fuerza animal en pocos años. Todo parece indicar, sin embargo, que no fue así. A juzgar por la legislación emitida por la Corona prohibiendo el uso de tamemes, todavía a inicios del siglo XVII estaba vigente este medio de transporte para el desplazamiento de mercancías, no obstante el descenso del grupo poblacional indígena.34 Además, si bien algunos caminos ya habían sido abiertos al paso de recuas de mulas e incluso al de carretas, el transporte de franciscanos de Nueva España, su cronista relata que para transportarse de la ciudad de México a la de Guadalajara debía pasar un sinnúmero de barrancas y de arroyos que los obligaba a bajarse del caballo para continuar por su propio pie, en particular las barrancas que habían sido adecuadas por los indios "a manera de escalera que iba culebrando". Esto, no obstante la prisa de fray Alonso por llegar a Guadalajara, resultó en un viaje de 11 días.35

Por supuesto, no todos los caminos tenían barrancas como las que describe el cronista de fray Alonso; es probable que en las zonas planas el camino hubiese sido más transitable e incluso que conviniera más utilizar la fuerza animal para el transporte de productos y personas. Empero, si se consideran las disposiciones de las autoridades virreinales sobre los tamemes, era en este tipo de caminos en donde, por ser menos difíciles, eventualmente se toleraba que los indios transportaran mercancías.36 Así, durante el siglo XVII la tecnología del transporte mediante la recua de mulas para caminos difíciles y la carreta para los más fáciles, fue suplantando, aunque no de manera definitiva aquella antigua forma que requería de la fuerza del hombre. Y fue quizá gracias a este cambio tecnológico, y a que se resolvió en parte el conflicto de la guerra en contra de los nativos de las tierras norteñas,37 que el espacio colonial se pudo expandir hacia el norte por caminos largos pero relativamente poco accidentados.

Paulatinamente, durante los primeros años del siglo XVII el camino real hacia el norte, que partía de Zacatecas (denominado "de tierra adentro"), se fue delimitando por el establecimiento de nuevos poblados. En esta ola expansionista aparecieron por el oriente San Luis Potosí, Saltillo y Monterrey, y por el occidente Santa Bárbara, El Parral, Chihuahua y así hasta Nuevo México y su camino a Santa Fe.38 Como uno de los centros mineros más importantes del siglo XVII, destacó El Parral que mantenía comunicación intermitente con Zacatecas y la ciudad de México. Este asentamiento además se abastecía de productos tropicales por el camino de Topia, que pasaba por Santiago Papasquiaro y terminaba en Culiacán, y más hacia el norte por la ruta conocida como Carretas-Janos. Hacia el oriente, de donde provenían los vinos que se consumían en El Parral, los caminos no estaban definidos: más bien estaban determinados por la disponibilidad de agua, pues pasaban por el desierto.39

Si bien la mayoría de los caminos hacia el norte no eran tan accidentados como los del altiplano central, ello no significaba que el transporte de mercancías fuera fácil y mucho menos barato. Por ejemplo, para el abastecimiento de El Parral, se hacía uso de la carreta. Este medio podía transportar poco menos de 1000 kilogramos y las más grandes eran jaladas por un grupo de seis u ocho mulas. En algunos casos, sin embargo, en lugar de mulas se utilizaban ocho bueyes, aunque este animal se cansa más rápido que la mula y requiere más forraje. La preferencia por la carreta como medio de transporte en la zona es evidente, pues era más fácil defender un grupo de carros en contra del ataque de indígenas y salteadores, y además no había que descargar el carro en todo el trayecto como había que hacerlo con las mulas. A pesar de estas ventajas, a principios del siglo XVIII se descontinuó el empleo de la carreta a favor del convoy de mulas; quizá porque aquélla implicaba una inversión considerable, o al menos mucho mayor que la mula.40

El transporte de mercancías tales como alimentos, utensilios de cocina, refacciones, etcétera, hacia el norte del espacio colonial no era barato. De hecho, con frecuencia el precio de mayoreo en El Parral se elevaba hasta 25%. Eran varias las razones de este sobreprecio; evidentemente, la distancia (2 400 km) era un factor importante, pues los productos tardaban entre tres y cuatro meses en llegar desde la ciudad de México.41 Por otro lado, los ataques indígenas (que nunca terminaron del todo) imponían la necesidad de hacer el viaje en varias carretas con el objeto de reducir la vulnerabilidad de una sola; ello elevaba la inversión inicial e imponía un factor de riesgo, aspecto que quizá haya sido muy importante para elevar el precio de las mercancías en los reales mineros del norte.42

Ante tal situación, los transportes hacia el norte de la Nueva España requerían que los inversionistas pudieran asumir el riesgo que implicaba esta actividad. Durante el siglo XVII fueron pocos los transportistas que, a pesar de contar con poco capital físico y financiero pero con un fuerte espíritu aventurero, se lanzaron a la búsqueda de mercados cautivos y demandas inelásticas. Por ejemplo, en 1608 los habitantes de la villa de Durango apenas se abastecían con los productos que les llevaban las tres o cuatro recuas que llegaban de Zacatecas y la ciudad de México.43 Fue quizá porque había pocas formas de abastecer a los reales mineros y villas norteñas por lo cual en 1609 la Corona decidió intervenir en la actividad del transporte. A partir de ese año la autoridades virreinales determinaron que cada tres años saliera una cuadrilla de 36 carros de la ciudad de México con rumbo a Zacatecas, Sombrerete, Durango, El Parral y hasta Santa Fe de Nuevo México: su objeto era transportar misioneros y productos. Esta intervención del Estado colonial en los transportes duró hasta 1680, luego se interrumpió y se reestableció hacia 1700.44

Por su parte, el camino de México a Veracruz experimentó algunas modificaciones de importancia durante los últimos años del siglo XVI y principios del XVII. En primer lugar, hacia 1600 uno de los extremos del camino, Veracruz, se desplazó desde La Antigua hacia la Venta de Buitrón ubicada frente a la isla de San Juan de Ulúa. La razón de este cambio, que no se dio sin la correspondiente lucha entre dos bandos, era que los barcos más grandes, los de las flotas, se veían obligados a desembarcar en los fondeaderos que se encontraban frente a San Juan de Ulúa y a transportar la mercancía hasta La Antigua.45 En segundo lugar, en el otro extremo del camino, además de la salida de México por la parte norte de la Sierra de Tláloc, se comenzó a utilizar el paso de Río Frío con el fin de proporcionar una conexión más directa con el creciente mercado de la ciudad de Puebla.46

Fue también durante el siglo XVII cuando el camino que salía de México y pasaba por Puebla, Orizaba y Veracruz adquirió una importancia mayor que la meramente regional. Varios hechos prueban la relevancia que alcanzó en ese siglo el camino que pasaba por el valle de Orizaba. En 1619 se construyó el primer hospital del valle; hecho que sólo se justificaba por la atención que se daba a los viajantes y arrieros que transitaban ese camino.47 Asimismo, en los registros notariales de Orizaba se detecta un incremento, a partir de 1636, del volumen de mercancías que los arrieros transportaban. Por último, la preocupación de las autoridades virreinales por proteger de los asaltos el tráfico de este camino, muestra también la importancia que adquirió en el siglo XVII. De hecho, el resultado de esta preocupación fue el establecimiento de una estación de correo a la entrada del valle de Orizaba, estación que en 1618 se convirtió en el pueblo de Córdoba.48

Quizá más preponderante para el desarrollo del camino de Orizaba que cualquiera de las razones expuestas anteriormente haya sido la exigencia de las autoridades y habitantes de Puebla de contar con un camino que conectara a esta ciudad con el puerto de Veracruz. Fundada en 1531, Puebla pronto se convirtió en un centro vital de abasto agrícola para Veracruz y las islas del Caribe. Es por esta razón que desde épocas muy tempranas el ayuntamiento había solicitado a la Corona que el camino México-Veracruz pasara por su ciudad; en respuesta a esta petición fue que hacia 1540 se construyera una bifurcación de la vía principal que salía de México, de forma que pasara por Puebla. Así, ya en 1570 la vía de Jalapa que salía de Veracruz hacia la ciudad de México se dividía en la Venta de Cáceres (poco después de Perote y antes de llegar a los Llanos de Apan), de donde se dirigía hacia Puebla para después continuar con rumbo a Huexotzingo, Texmelucan, Río Frío y Chalco. Gracias a esta bifurcación del camino, Puebla se convirtió en un paso obligado para los ganados del altiplano que iban a pastar en las llanuras costeras del Golfo y que seguían la ruta de Puebla, Amozoc, Nopalucan, San Andrés Chalchicomula, Cumbres de Acultzingo, Orizaba, Cotaxtla y Veracruz.49 Cabe aclarar que, a pesar del impulso que se dio al camino que pasaba por Orizaba de ninguna manera rivalizó con el de Jalapa, toda vez que para fines del siglo XVII aquél aún no contaba con puentes sobre los ríos mayores de las tierras bajas, de manera que sólo era transitable durante la época de secas.50

Por supuesto, los caminos hacia el norte y el que iba de México a Veracruz no eran los únicos que había en la Nueva España. La ruta que salía del puerto de Acapulco y que transportaba lo que llegaba de oriente por la Nao de China era de importancia aunque, al igual que el de Veracruz, se enfrentaba a condiciones geográficas difíciles de salvar. Por una parte, era necesario el transporte de productos y personas sobre el lomo de mulas, las cuales había que cambiar con cierta regularidad porque se cansaban. Los ríos se tenían que atravesar nadando, aunque en tiempo de lluvias se utilizaba una balsa de troncos de madera que "flotaba" con 40 calabazas "guiada" por indios que se echaban al agua. Cuando llegaba la noche se dormía en chozas o en las "casas de comunidad" que pertenecían a los indios. Así, a buen paso y considerando los contratiempos y las obligadas aduanas (que de Acapulco a México eran cuatro), se hacían entre el puerto y la capital virreinal 16 días de camino.51

Durante la primera mitad del siglo XVIII la situación de los caminos seguía siendo la misma que en el siglo anterior: para viajar de Veracruz a México se continuaba utilizando mulas, caballos o literas, estas últimas para el transporte de personas. Sin embargo, el acrecentado comercio que se dio en Nueva España a partir de la recuperación de la supuesta depresión de la primera mitad del siglo XVII, hizo urgente la necesidad de mejorar los caminos más transitados. Esta necesidad tenía que ver tanto con cuestiones propias del crecimiento económico colonial como con el funcionamiento de las instituciones más poderosas del virreinato de la Nueva España. En primer término, la necesidad de contar con mejores caminos que comunicaran a Veracruz con el interior del virreinato se hizo evidente por el mayor volumen de comercio que, debido a la recuperación económica y demográfica, comenzaron a generar las ciudades. En segundo lugar, las guerras internacionales vulneraron los mares y propiciaron una intervención cada vez mayor de otras naciones europeas en las Indias. Por último, la debilidad que hacia finales del siglo XVII mostraba la Corona española dio oportunidad para que surgieran poderosos grupos comerciales en la Nueva España: grupos que compitieron sobre todo en el asunto de cuál sería el camino más importante hacia la ciudad de México: el de Jalapa o el de Orizaba.

La competencia por el camino de México a Veracruz se dio entre los mercaderes españoles y el poderoso consulado de comerciantes de la ciudad de México.52 Esta competencia, que desde fines del siglo XVI venía favoreciendo al consulado novohispano, llevó a los peninsulares a solicitar el establecimiento de una feria comercial en Jalapa. El consulado de México, por su parte, defendía la ruta de Orizaba para dar salida a las producciones del sur novohispano; esto lleva a afirmar que no fue el comercio exterior el que determinó, de manera exclusiva, la existencia de dos caminos entre la capital y el puerto novohispano, sino las características regionales de cada una de las dos rutas.53

Todavía para los últimos años del siglo XVIII los caminos de la Nueva España eran difíciles de transitar. Si bien ello dependía de las condiciones geográficas y climáticas de cada región en particular (lo que lleva a imaginar que en el norte eran más transitables que en el sur), en su gran mayoría eran caminos de herradura (sólo podían transitar en ellos caballos y mulas) que con no pocas dificultades soportaban carretas. De esto último se percataron las autoridades imperiales y, como parte de una estrategia más amplia generalmente conocida como las reformas borbónicas, buscaron la manera de conseguir financiamiento para mejorar los caminos; en particular los que conectaban a la ciudad de México con el puerto de Veracruz, único habilitado legal y físicamente para operar como salida y entrada de mercancías y personas hacia el continente europeo. El financiamiento se sustentó en la concientización de los consulados de México y Veracruz (creado en 1795) sobre la necesidad de convertirse en entidades de fomento. Fue por ello que a finales del siglo XVIII estas corporaciones se encargaron de financiar la reconstrucción de los caminos de la Nueva España.

La utilidad que para ambos consulados representaba el financiamiento de sus caminos yacía, por una parte, en el tipo de productos que se comerciaban en las distintas regiones tocadas por las dos rutas; y por la otra en el repunte de la demanda de mercancías novohispanas que se dio a finales del siglo XVIII. Así, para satisfacer los mercados locales, caribeños y europeos el camino que pasaba por Orizaba sirvió para el abasto de harinas poblanas a las islas del Caribe, para surtir los mercados del altiplano central con productos de tierra caliente: grana, algodón, azúcar, vainilla y cacao, y para dar salida a uno de los productos más redituables del espacio colonial: el tabaco.54 Asimismo, el camino de Orizaba contribuyó en buena medida a incrementar el ya creciente mercado de manufacturas poblanas y de la ciudad de México, razón de suyo suficiente para que el Consulado de la ciudad de México apoyara de manera decidida el desarrollo de esta ruta.

A pesar de que el camino de Orizaba representaba una significativa ruta de intercambio, no por ello carecía de desventajas que en ocasiones eran verdaderamente insalvables. Éstas tenían que ver con la geografía de la región; por ejemplo, para salir de Orizaba, ya fuera para Veracruz o de regreso, era necesario atravesar varios ríos caudalosos (lo que en tiempo de lluvias era materialmente imposible), además de las peligrosas cuestas de Amatlán, Maltrata e Infiernillo. Aparte de los contratiempos geográficos, también había que tomar en cuenta las malas condiciones de los caminos, que para fines del siglo XVIII hacían necesaria su reparación.

Tradicionalmente, el mantenimiento de los caminos correspondía a los ayuntamientos de los pueblos, pero era poco o casi nada lo que hacían a este respecto. De hecho, la Ordenanza de Intendentes que se aplicó a la Nueva España en 1786 contemplaba la posibilidad de que estos funcionarios y los subdelegados se hicieran cargo de la composición y reconstrucción de puentes y caminos. Pero esta actividad requería de fondos, para lo cual desde mediados del siglo XVIII Orizaba ya contaba con el derecho de cobrar el llamado "peaje", un impuesto que las villas y ciudades del virreinato aplicaban para el mantenimiento de sus caminos. Desafortunadamente, a lo largo de todo el siglo XVIII, la administración de esta contribución fue ineficiente, lo cual se reflejó en la oposición de los arrieros de transitar por la ruta de Orizaba, hecho que elevó los precios en esta región. La situación fue deteriorándose hasta que, empujada por las necesidades que impusieron las guerras imperiales durante la década de los noventa del siglo XVIII, la autoridad virreinal, específicamente el virrey Branciforte, comisionó al Consulado de México la reconstrucción del camino de Orizaba. Para que esta corporación financiara dicha actividad, el virrey acordó concederle el dinero recaudado por concepto de peaje.55

La ruta que pasaba por Jalapa —un proyecto de construcción del Consulado de Veracruz— de ninguna manera se hallaba en mejores condiciones que la de Orizaba, pues en los últimos años de ese siglo su primer tramo, el del Veracruz a Jalapa, era de herradura, estrecho, anegadizo e inaccesible para carros o diligencias; tanto que en época de lluvias era prácticamente intransitable hasta Perote.56

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