Kitabı oku: «Breve historia del cuento mexicano»

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Breve historia del

cuento mexicano

Coordinación de Difusión Cultural

Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial


Contenido

Introducción a la primera edición

Advertencia a esta edición

Siglas

I. EL CUENTO PREHISPÁNICO

A. El cuento maya-quiché

B. El cuento tolteca

C. El cuento texcocano

D. El cuento azteca

E. El cuento tarasco

F. Otros cuentos prehispánicos

II. EL CUENTO EN LA NUEVA ESPAÑA

A. Conquista y colonización (siglo XVI)

B. El Barroco (siglo XVIII)

C. Neoclasicismo y sátira (siglo XVIII)

III. ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA

IV. ROMANTICISMO Y COSTUMBRISMO (1821-1867)

A. El cuento legendario

B. El cuento romántico

C. El cuento indianista

D. El cuadro costumbrista

V. NACIONALISMO. SEGUNDA ETAPA ROMÁNTICA (1867-1883)

A. El cuento sentimental

B. El cuento anecdótico

VI. EL MODERNISMO (1883-1910)

A. Los precursores

B. La generación de Revista Moderna

VII. EL REALISMO Y OTRAS TENDENCIAS (1887-1910)

A. El cuento realista

B. El cuento regionalista

C. La tradición nacional

D. El cuento impresionista

E. El cuento naturalista

VIII. LA REACCIÓN ANTIPOSITIVISTA (1910-1940)

A. Los ateneístas

B. Los colonialistas

C. Los Contemporáneos

IX. EL NEORREALISMO (1915-1940)

A. El cuento de la Revolución

A1. El cuento cristero

B. El cuento indigenista

C. El cuento popular

D. El cuento de ambiente rural

E. El cuento de contenido social

F. Neoimpresionistas

X. EXPRESIONISMO Y OTRAS TENDENCIAS (1940-1955)

A. El cuento expresionista

B. El cuento fantástico

C. El cuento policiaco

D. El humorismo y la sátira

E. El cuento social

F. El realismo mágico

G. El cuento de ambiente provinciano

H. Novísima promoción de cuentistas

EL NUEVO CUENTO

XI. CORRIENTES QUE PERDURAN

A. El humorismo y la sátira (segunda parte)

B. El nuevo indigenismo

C. La herencia realista

D. El cuento/novela

E. El cuento policiaco (segunda parte)

XII. HACIA EL COSMOPOLITISMO

A. El cuento psicológico

B. El cuento de iniciación

C. La Onda

XIII. UTOPÍAS Y DISTOPÍAS

A. Nuevos temas, nuevas actitudes

B. La crónica urbana

C. La nueva Onda

D. De la frontera norte

E. El nuevo cuento histórico

XIV. NUEVAS TENDENCIAS

A. Posmodernidad

B. Metaficciones

C. El grupo Crack

D. McOndo

E. El cuento fantástico (segunda parte)

F. La ciencia ficción

G. El cuento-ensayo

H. Minimalismo

I. El cuento gay

J. La generación 2000

XV. DEL PASADO QUE NO MUERE

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA SUMARIA

ÍNDICE DE CUENTISTAS

AVISO LEGAL

El cuento es hendedura de sueño

por la que vemos el mundo

Martínez Rendón

A la memoria de Edmundo Valadés

Introducción a la primera edición

El cuento, por razones íntimamente asociadas al modo de ser del escritor mexicano, y que sería difícil exponer en esta somera introducción, ha alcanzado en México un desarrollo superior. Tal vez se deba esta preferencia por el cuento al hecho de que, como el soneto, sea una forma literaria cerrada. Dichas formas, según la acertada observación de Octavio Paz, se adaptan admirablemente al carácter del mexicano.1 Sea como fuere, el hecho es que el cuento, desde finales del siglo xix, ha podido competir con otros géneros. Su forma ha obtenido, en nuestros días, una perfección comparable a la poesía.

A pesar de esta atracción y preferencia que los escritores mexicanos demuestran por el cuento, no existe ningún autor, exceptuando el caso de Mierós, que se haya dedicado en forma exclusiva a cultivar este género, como lo han hecho en Suramérica Horacio Quiroga, Javier de Viana, Mariano Latorre y otros. En México, los cuentistas, por lo general, son también novelistas, poetas, críticos y, algunas veces, hasta políticos y militares de profesión. A este hecho se debe precisamente el que el cuento mexicano sea tan rico y tan abundante. Hay que notar que todos estos cuentos, como es de esperarse, no han sido recogidos en libros; la mayor parte de ellos han visto la luz pública en revistas y periódicos. En los últimos años han aparecido revistas que publican cuentos exclusivamente, dando cabida en sus páginas tanto a los autores noveles como a los consagrados.

Considerando la importancia del cuento mexicano, esperaríamos que los críticos de la literatura se hubieran dedicado a estu­diarlo, como lo han hecho con la novela. Mas no es éste el caso; no existe, que nosotros sepamos, un estudio compren­sivo sobre la materia. Por lo general, se trata al cuento en las historias de la novela, dedicándole, cuando mucho, un corto capítulo, y tratando a los autores, no como cuentistas, sino como novelistas que también han escrito cuentos. Esto nos parece un error, ya que el cuento, por ser un género independiente, poco tiene en común con la novela, y sobre todo en la literatura mexicana. El cuento en México tiene una trayectoria aparte, se ha desarrollado de una manera por completo distinta de la novela, y hasta de la novela corta. En las líneas que siguen nos proponemos hacer un somero análisis del estado actual de la crítica del cuento en México. No incluimos, por supuesto, los estudios inciden­tales dentro de la historia de la novela.

Comencemos diciendo que, aunque no hay un estudio completo del cuento mexicano, sí existen excelentes estu­dios sobre varios autores y sobre varios aspectos del género, estudios que, es de lamentar, no tratan el tema en conjunto. También existen algunas tesis en las bibliotecas de las universidades, pero su consulta es tan difícil que su valor documental es casi nulo.2 Dichos trabajos se limitan, casi siempre, al estudio de los autores cuyas obras existen en la biblioteca donde se lleva a cabo la investigación.

De mayor importancia son los estudios dedicados a varios aspectos especiales del género. De esta naturaleza son los artículos de Alfredo Ibarra, Franco Carreño, Dorothy M. Kress y José Mancisidor. El primero versa sobre el cuento popular en México. Carreño dedica mayor atención a la novela corta; Kress se interesa en las tendencias del cuento contemporáneo, y Mancisidor en el tema de la realidad en el cuento mexicano. Otros estudios son simples reseñas de la obra de un autor, aunque con frecuencia el crítico se vale de la ocasión para tratar del cuento en general. Y esto ocurre precisamente en los artículos de José Alvarado, Alberto Quiroz Hernández y J. Zavala. El artículo de Alvarado es una reseña del libro Locura, de Martínez Sotomayor; Quiroz Hernández reseña el libro de Campos Alatorre, y Zavala la Antología de Mancisidor. Dichas reseñas, desde luego, tienen gran valor, pues en ellas los autores expresan sus opiniones sobre varios cuentistas y no sólo sobre el que motiva la crítica.

Quedan por examinar los trabajos de Alfonso Enrique Barrientos, Francisco Rojas González, W. M. Langford e Ignatus Michel. El artículo de Barrientos se ciñe a los autores contemporáneos. Debido a la naturaleza del estudio no le es posible desarrollar el tema, por lo que se concentra en valorar la obra de los autores más destacados, sin tratar de clasificarlos. El breve ensayo de Langford reseña el desarrollo del cuento desde Roa Bárcena hasta Rojas González, poniendo especial interés en los cuentistas de la Revolución, y se concreta a la crítica de los cuentos de antología. El estudio de Rojas González es el único que incluye crítica del cuento mexicano anterior al siglo xix. Aunque en reducida escala, trata del cuento durante la época colonial y la de la Independencia, dando gran importancia a Fernández de Lizardi como cuentista. De los escritores del siglo xix, cita entre los más importantes en el desarrollo del cuento mexicano a Cuéllar y a Inclán. Este último escritor es el único que nosotros no incluimos en este libro, por considerar las novelas incrustadas en Astucia (entre las que destaca la de Pepe el Diablo) como novelas cortas y no verdaderos cuentos. Rojas González se aboca en su estudio a los escritores de cuentos que él considera esencialmente mexicanos, dejando al margen a todos aquellos cuyas obras no participan de esa característica, que el autor considera básica. Dicho criterio, aunque justo, nos parece algo li­mitado.

Además de los anteriores estudios, existen también algu­nas introducciones a las varias antologías del cuento mexi­cano. La más importante es la de Ortiz de Montellano a su excelente Antología de cuentos mexicanos, estudio que, aun­que diminuto, ha tenido mayor influencia sobre la crítica del cuento mexicano que ningún otro trabajo. Los juicios de Ortiz de Montellano son exactos y precisos. A él se debe que nuestros mejores cuentos hayan sido dados a cono­cer a un público más extenso, sobre todo en el extranjero. Otras introducciones de interés son las de Cornyn, Stanton, Lodge y Torres-Rioseco, lo mismo que las notas de Lerín y Millán y Mancisidor.

En cuanto a las antologías, la única que incluye seleccio­nes de autores anteriores a Roa Bárcena es la publicada en 1940, Cuentos mexicanos, cuyo subtítulo reza Autores exclusivamente mexicanos. Las demás, por lo general, son de autores contemporáneos o dan principio con Roa Bárcena, excepto la excelente antología de autores del siglo xix preparada por Mancisidor y la cual da principio con Altamirano. La mejor antología es, como ya hemos dicho, la de Ortiz de Montellano. Las de Mancisidor, sobresalientes por el gran número de autores que recogen, lo mismo que por la alta calidad de los cuentos que incluyen, tienen el defecto de la clasificación, que es rigurosamente alfabética.

La presente obra no es una historia exhaustiva del cuento3 mexicano, sino un manual práctico que presenta en conjunto, por primera vez, los datos esenciales para el estudio del género. Como no existe –si excluimos el bosquejo de Rojas González– ­un estudio de esta forma anterior al siglo xix, hemos creído justificado, a pesar de los límites de la presente obra, incluir un corto capítulo sobre el cuento prehispánico y otro sobre el colonial. Hacemos esto con el propósito de fijar sus orígenes en México y también de demostrar su rico abo­lengo.

Por la naturaleza del presente manual, no nos ha sido posible incluir la leyenda, a la que pensamos dedicarle un estudio aparte. Señalamos, por supuesto, aquellas leyendas del periodo romántico, por ser de importancia en el desarrollo del cuento. También hemos incluido, dentro de los límites de la obra, referencia a algunas novelas cortas, y en especial aque­llas de autores que también han sido cuentistas.

La clasificación que presentamos, y sobre todo la co­rrespondiente al periodo contemporáneo, es hasta cierto punto arbitraria, subjetiva. No hemos querido, sin embar­go, eludirla, aun a costa de exponernos a la críti­ca; preferimos eso y no dejar el problema intacto. Aun­que la clasificación no sea del todo precisa, puede servir cuando menos –y esperamos que así sea– para elaborar una mejor. El hecho de haber llevado a cabo nuestro trabajo lejos del ambiente mexicano ha hecho difícil y complicada nuestra labor. Esperamos, sin embargo, que sea útil para aque­llas personas que deseen ahondar en el estudio del género. Para aquellos lectores interesados sólo en la lectura de los mejores relatos mexicanos, recomendamos de cada autor una o dos selecciones, algunas de las cuales van marcadas con un asterisco. Asimismo, hemos marcado con dos asteris­cos los autores y los cuentos cuya lectura creemos imprescin­dible. Nos proponemos, para completar esta obra y para hacer más fácil la lectura de dichas selecciones, publicar en el futuro una antología del cuento mexicano desde el punto de vista histórico. Mientras tanto citamos el volumen o las obras antológicas donde el lector puede encontrar los cuentos que recomendamos. También van marcadas con asterisco las obras de crítica que nos parecen esenciales para el estudio del género y de los autores citados.

Siendo casi imposible incluir aquí bibliografías completas, hemos decidido reservar dicha tarea para un libro aparte que vendrá a complementar la presente obra.

Quedamos muy agradecidos a los siguientes autores: Alí Chumacero, Emmanuel Carballo, Carlos Valdés y Alfredo Cardona Peña, lo mismo que a Pedro Frank de Andrea por sus valiosas indicaciones, que nos ayudaron a mejorar este estudio, que, huelga decirlo, hemos realizado con gran cariño, como hacemos todo aquello relacionado con la tierra que nos vio nacer.

Luis Leal

Universidad de Mississippi, julio de 1955.

1 Véase El laberinto de la soledad, México, 1947, cap. II.

2 Para los títulos de estos trabajos y otras obras citadas en esta introducción véase la bibliografía.

3 “Cuento” en el sentido más lato de la palbra, que incluye la narración y formas afines.

Advertencia a esta edición

Entre 1950 y 1995, año en que Russell Cluff publicó su bibliografía del cuento mexicano, el género había proliferado hasta el punto de ser ya no una materia para una breve historia, sino más bien para una verdadera historia en varios volúmenes. Como vemos en su Panorama crítico-bibliográfico del cuento mexicano (1950-1995), en esos 45 años se publicaron nada menos que 1 584 colecciones de cuentos. Suponiendo un promedio de diez cuentos por cada colección, nos daría un total de 15 840 títulos (no me pregunten si los he leído todos), sin incluir los cuentos que sólo se publicaron en revistas y periódicos. Al mismo tiempo, Lauro Zavala, en su reciente libro, Paseo por el cuento contemporáneo mexicano (2004), nos ofrece una lista de cien libros de cuentos mexicanos publicados entre 1952 y 2003, y un estudio de cien antologías publicadas entre 1988 y 2003. Tal número de textos imposibilita el deseo del crítico de incluir a todos los cuentistas mexicanos en una breve historia del género. Esa extensa bibliografía obliga al crítico a concentrarse en un número limitado de autores, los más representativos del género dentro de cada categoría, con la esperanza de no haber omitido a este o aquel autor que mejor la represente. Pero como observó Pedro Henríquez Ureña en 1928 en sus Seis ensayos en busca de nuestra expresión, “La historia literaria de América española debe escribirse alrededor de unos cuantos nombres”. No pensamos ser tan exigentes, pero sí nos vemos obligados a reducir el número de cuentistas mencionados en las antologías y bibliografías del género. El total de la producción cuentística es más bien material para una bibliografía y no para la historia, y sobre todo una breve historia. A las bibliografías y antologías mencionadas remitimos al lector interesado en algún cuentista no incluido en este libro, simple bosquejo del género.

En cuanto a la clasificación de los autores, reiteramos lo dicho en la introducción a la primera edición y agregamos que desde 1956 el problema se ha complicado por varias razones, como observa Joel Dávila Gutiérrez en su estudio “Tres cuentos mexicanos, tres”, en donde dice: “La narrativa mexicana, a partir de la década de los sesenta, se transformó tanto en temas como en estilos, provocando con esto [...] un verdadero problema, pues impidió cualquier intento de encasillamiento” (p. 90, p. 149). Agregaremos que dicha transformación ocurrió no solamente debido al gran número de autores que han publicado cuentos, sino también por la gran variedad de temas, estilos, estructuras, tendencias que se encuentran en algunos de esos mismos libros. A pesar de estas dificultades, nos hemos atrevido a clasificar a los autores contemporáneos, ya que creemos que la clasificación es una de las obligaciones del historiador de la literatura. Una modificación que hemos hecho en cuanto a los autores posteriores a 1956 es omitir títulos de cuentos recomendados, lo mismo que señalar con asteriscos a los que consideramos ser los mejores. Esta modificación la hemos hecho considerando que la primera edición iba dirigida más bien al estudiante que al público en general, como lo es la presente. En cuanto a las fuentes de información para el estudio del cuento mexicano contemporáneo, los libros y artículos de Alfredo Pavón, Russell M. Cluff, Sara Poot Herrera, Vicente Francisco Torres, Emmanuel Carballo, Federico Patán y Lauro Zavala son indispensables.

Quedamos muy agradecidos a Hernán Lara Zavala por haber insistido en que preparáramos esta edición revisada y aumentada de nuestra ya caduca Breve historia del cuento mexicano

Luis Leal

Goleta, California, diciembre de 2004.

SIGLAS

C97: Russell M. Cluff, Panorama crítico-bibliográfico del cuento mexicano (1950-1995), Tlaxcala, uat, 1997.

C03: Russel M. Cluff, Los resortes de la sorpresa (ensayos sobre el cuento mexicano del siglo xx).

F86: Merlin H. Foster y Julio Ortega (eds.), De la crónica a la nueva narrativa mexicana, México, Editorial Oasis, 1986.

G98: Ivonne Gutiérrez, Entre el silencio y la estridencia. La protesta literaria del 68, México, 1998.

LMCM03: Los mejores cuentos mexicanos, 2003.

P85: Alfredo Pavón (comp.), El cuento está en no creerlo, Tuxtla Gutiérrez, Universidad Autónoma de Chiapas, 1985.

P90: Alfredo Pavón (comp.), Paquete cuento (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1990.

P91a: Alfredo Pavón (comp.), Te lo cuento otra vez (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1991.

P91b: Alfredo Pavón (comp.), Cuento de nunca acabar (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1991.

P93: Alfredo Pavón (comp.), Cuento contigo (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1993.

P94: Alfredo Pavón (comp.), Hacerle al cuento (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1994.

P98: Alfredo Pavón (comp.), Si cuento lejos de ti (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1998.

P99: Alfredo Pavón (comp.), Cuento y figura (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 1999.

P01a: Alfredo Pavón (comp.), Contigo, cuento y cebolla (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 2001.

P01b: Alfredo Pavón (comp.), Cuento y moraleja (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 2001.

P02: Alfredo Pavón (comp.), Cuento bueno, hijo ajeno (la ficción en México), Tlaxcala, uat, 2002.

PH: Sara Poot Herrera (comp.), El cuento mexicano. Homenaje a Luis Leal, México, unam, 1986 (Crítica y cuentos).

RLMC: Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (Universidad de Texas en El Paso/Grupo Editorial eon).

RT: Reinhard Teichmann, De la onda en adelante. Conversaciones con 21 novelistas mexicanos, México, Editorial Posada, 1987.

T: Vicente Francisco Torres, “Cuentos mexicanos de hoy”, en La Palabra y el Hombre 78 (abril-julio, 1991).

UAT: Universidad Autónoma de Tlaxcala.

Z: Lauro Zavala, Paseo por el cuento mexicano contemporáneo, México, Nueva Imagen, 2004.

I. EL CUENTO PREHISPÁNICO
Comentario preliminar

Ya que el cuento es una de las manifestaciones literarias más antiguas –existía en Egipto en el siglo xiv antes de Jesucristo– y ya que toda cultura, por primitiva que sea, cuenta con narraciones de esta naturaleza, resulta lógico suponer que tal género haya sido cultivado por los pueblos prehispánicos. Y en verdad, durante los últimos años los investigadores han descubierto la huella de esta forma literaria entre los mayas, los toltecas y los demás grupos culturales que habitaron lo que hoy es la República mexicana. Si el cuento no existiera entre estos grupos su ausencia constituiría un fenómeno difícil de explicar. Es imposible probar, por supuesto, la existencia del cuento literario entre los pueblos de América antes de la conquista. Esto se debe al método de escritura que prevalecía entre estos pueblos: los jeroglíficos. Las pinturas tenían que ser interpretadas oralmente, y en general lo eran por los sacerdotes encargados de guardarlas. Por lo tanto, el cuento entre los pueblos prehispánicos es esencialmente oral, predominan los mitos y las leyendas religiosas, lo mismo que los cuentos cosmogónicos y etiológicos. Los cronistas e historiadores de la Nueva España que se preocuparon por conservar las tradiciones de los indígenas, nos han dejado suficiente evidencia de la existencia de la leyenda y el cuento en el México prehispánico.

Además, los eruditos han descubierto libros americanos antiquísimos, como lo es el Popol Vuh. Entre los cronistas, las más ricas fuentes del cuento prehispánico son las obras de Sahagún, Alva Ixtlilxóchitl, Durán, Tezozómoc y la anónima Relación de Michoacán; todas ellas fueron escritas consultando las antiguas pinturas de los indígenas, o a los indios más viejos, sobre todo a aquellos que antes de la conquista habían pertenecido al sacerdocio. Si el tema de los cuentos que encontramos en estas crónicas no se halla en la literatura indoeuropea anterior a la conquista, podemos estar casi seguros de que son originales de América. El estudio de estos temas en relación con aquellos de las literaturas indoeuropeas está por realizarse y no pensamos tocarlo en este estudio. Pasemos, por lo tanto, a examinar esta corriente indígena que se unió a la española para dar origen al cuento mexicano.

A. El cuento maya-quiché

No cuenta el Mayab con un cronista del valor de Sahagún. En fray Diego de Landa apenas se encuentran rudimentos de un rico caudal de fábulas, cuentos y mitos, que sabemos que existió entre los mayas. Tanto en las obras de De Landa, como en la Apologética historia (capítulos relativos a Yucatán) del padre Las Casas, como en las Relaciones de Yucatán, colección de informes de los encomenderos del siglo xvi al gobernador y capitán general don Guillermo de las Casas, vislumbramos rastros de un mito cosmogónico perdido; pero tan mezclado y desfigurado por las ideas cristianas, que apenas los nombres quedan de la leyenda original. Si queremos darnos cuenta exacta de la rica tradición de leyendas, cuentos y mitos mayas, hay que echar mano del ya mencionado Popol Vuh y de los Libros de Chilam Balam. Para nuestro propósito –demostrar la riqueza del cuento americano autóctono– el primero de estos dos libros es de más valor.

El Popol Vuh, o Libro del Consejo, es “la más completa colección de mitología americana que existe”. En él abundan los mitos propios, las fábulas y las leyendas míticas, el mito humanizado, los cuentos cosmogónicos y etiológicos y los de héroes fabulosos. Uno de los cuentos etiológicos más característicos de la colección es aquel que nos explica por qué el sapo no puede correr. El códice del Popol Vuh fue descubierto en Guatemala en el siglo xviii por fray Francisco Jiménez, su traductor; fue publicado en Viena en 1857 y en París en 1861. La mejor edición y traducción es la moderna de Recinos (México, 1947).

Lecturas: *“Por qué el sapo no puede correr”, en Popol Vuh (ed. Recinos), pp. 154-156.

Crítica: José M. González de Mendoza, “Examen somero de algunas leyendas del Popol Vuh”, en Homenaje a don Francisco Gamoneda (México, 1946), pp. 231-237; Reyes, 1,14pp. 14-20.

B. El cuento tolteca

Por desgracia no contamos con documentos fehacientes para un estudio de la literatura tolteca. El misterioso Teoamoxtli que menciona Alva Ixtlilxóchitl desapareció o nunca ha existido, por lo que es preciso rastrear el cuento tolteca en las obras de Ixtlilxóchitl, del Códice Chimalpopoca, de la Leyenda de los Soles y de capítulos sueltos de Sahagún, Mendieta y Torquemada. El cuento tolteca se reduce a los mitos de la creación, las leyendas de la peregrinación, la fundación de Tula y la destrucción del imperio. Entre las leyendas, la más importante es la de Quetzalcóatl; le siguen en importancia las de Huémac y Tezcatlipoca.

Los mitos de la creación se encuentran, con algunas variantes, en todos los escritores mencionados. Se caracteriza este mito por ser una lucha entre dioses y por convertirse los mismos dioses en astros; todo él acusa una función cosmogónica o etiológica. Sin embargo, es de gran colorido, y no deja de tener cierta universalidad, lo mismo que fuerza imaginativa. El mito tolteca, tosco a grandes rasgos, pero de proporcionada arquitectura y gran estabilidad, puede figurar sin sonrojarse entre los grandes mitos cosmogónicos de la literatura universal.

Lecturas: De Sahagún, “Fábula del conejo que está en la luna”, en la Historia general de las cosas de Nueva España, Lib. vii, cap. ii.

Crítica: Reyes, pp. 21-22.

C. El cuento texcocano

La literatura texcocana, debido a que este pueblo asimiló la cultura de los toltecas, carece de mitos propios. Por vía de compensación, cuenta la literatura texcocana con un copioso número de leyendas humanas, sobre todo acerca de sus reyes, entre los cuales se destaca el casi legendario Netzahualcóyotl. Para fines del siglo xvi ya era popular la leyenda de la vida azarosa del rey poeta.

Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648). Este escritor, descendiente de los reyes acolhuas, alumno del colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco, intérprete del juzgado de indios y autor de la famosa Historia chichimeca (1610-1640) y de las Relaciones (ca. 1600), puede ser considerado como el primer cuentista mexicano. “Su estilo –ha dicho Prescott– es sencillo y, a veces, elocuente y conmovedor; sus descripciones sumamente pintorescas. Abundan en su obra las anécdotas familiares; la gracia natural de escribir los episodios más sobresalientes de la historia y las aventuras personales de sus héroes le ha granjeado el título de Livio de Anáhuac.” Es en la obra de De Alva Ixtlilxóchitl donde encontramos, por vez primera en la literatura mexicana, verdaderos cuentos, que nos hacen recordar las maravillosas relaciones de Las mil y una noches. Si este escritor indígena se hubiera dedicado a escribir obras de ficción habría sido un autor de primer orden, pues era capaz de relatar cuentos con gran arte. Resalta su mérito cuando se le compara a sus contemporáneos, Pomar, Torquemada y otros. Hasta qué punto sea original De Alva Ixtlilxóchitl, no podemos determinarlo, pues no sabemos con certeza qué fuentes utilizó. Pero no hay duda que fue un escritor vigoroso y ameno.

Lecturas: “La reina infiel”, en la Historia chichimeca (México, 1892), cap. lxiv, pp. 106-108 (tomo ii de las Obras históricas de don Femando de Alva Ixtlilxóchitl, pub. y ed. por Alfredo Chavero).

D. El cuento azteca

La literatura azteca ha sido estudiada más extensamente que ninguna otra literatura autóctona de México. Existen obras importantes, sobre todo acerca de la poesía, el mito y la leyenda. La mejor fuente para el estudio de la literatura azteca es la monumental obra de De Sahagún, quien recogió la producción literaria de esta nación con un celo digno de un erudito contemporáneo. En su obra, lo mismo que en las de Durán, Tezozómoc y Acosta, encontramos una rica veta de leyendas, mitos, cuentos, relatos fabulosos, anécdotas, acertijos, proverbios y todo género de literatura popular. Ya el padre Acosta, al relatar las idolatrías de los indios las compara con las patrañas de los libros de caballerías, y el relatarlas por entero le parecía cosa infinita. Entre los aztecas eran los juglares los que se dedicaban a contar cuentos. “El juglar –observa De Sahagún– suele decir gracias y donaires; el buen juglar es suave en el hablar, amigo de decir cuentos y cortesano en el hablar.” El ser amigo de decir cuentos no era privativo del juglar. A pesar de su carácter taciturno, al indígena le gusta contarlos. Ya el padre Durán se quejaba de “la prolixidad de los indios en contar fábulas y cosas impertinentes… cuando les prestan atención”.

Autores

Fray Bernardino de Sahagún (De Sahagún, León, ca. 1500-México, 1590). Su monumental Historia general de las cosas de Nueva España (1569) es un tesoro de mitos, leyendas, cuentos y tradiciones de los aztecas.

Lecturas: Historia general, Lib. v, cap. iii; Lib. vi, cap, xiv; Lib. viii, cap. vi; Lib. xi, cap. iv.

Fray Diego Durán (1538-1588). Su Historia de las Indias de Nueva España y Islas de Tierra Firme (1581), a pesar de estar escrita en un estilo que no es de lo mejor, es importantísima para un estudio del cuento precortesiano, por encontrarse en ella las mejores y más auténticas leyendas y tradiciones del pueblo azteca, recogidas por el autor de boca de los mexicanos que vivieron antes de la conquista, lo mismo que de los códices prehispanos.

Lecturas: Historia, i, caps, xxvii y lxvii.

Hernando Alvarado Tezozómoc (¿1502-1610?) nació en la ciudad de México, de padres indios, y allí mismo murió a una edad muy avanzada. Su Crónica mexicana (ca. 1598) es una de las mejores fuentes para el estudio del cuento mexicano durante el reinado de los últimos soberanos aztecas.

Lecturas: Crónica mexicana, cap. lxxxiii.

E. El cuento tarasco

La región de Michoacán es rica en tradiciones y leyendas prehispánicas. La fuente más auténtica para el estudio del cuento entre los antiguos tarascos es la Relación de Michoacán, obra anónima escrita entre 1538 y 1539, durante el virreinato de don Antonio de Mendoza. La misma importancia que tiene el Popol Vuh para el estudio del cuento maya lo tiene, en nuestro concepto, la Relación de Michoacán para el estudio del cuento tarasco. En ella encontramos numerosas historias, muchas de las cuales nos sorprenden por su universalidad. Conserva el libro el modo de hablar y de pensar de los tarascos; por lo tanto, es un fiel trasunto de la mentalidad indígena precortesiana.

Lecturas: “Ticatame”, en la Relación... (Madrid, 1869), pp. 131-137 (vol. liii de la Col. de Doc. inéd. para la hist. de España).

F. Otros cuentos prehispánicos

Casi todos los pueblos que habitaron lo que hoy es México cultivaron, en una u otra forma, el cuento, el mito y la leyenda. Entre ellos, destacan las producciones de los tlaxcaltecas, los mixtecas y los zapotecas. Los tlaxcaltecas cuentan con un cronista de primer orden: Muñoz Camargo. No así los otros dos pueblos. Tanto a los mixtecas como a los zapotecas les faltó un cronista de esa talla. Burgoa, quien en forma más extensa escribió sobre ellos, apenas nos da uno que otro dato de la vida prehispánica. Las noticias que se dignó intercalar en las 1500 páginas que forman su Palestra historial y su Geográfica descripción, se encuentran perdidas en un mar de citas bíblicas y de vidas de frailes, todo ello en el estilo gongorista y afectado, característico de su tiempo.

Diego Muñoz Camargo (siglo xvi), mestizo tlaxcalteca, es el autor de la importante Historia de Tlaxcala (1585), auténtica fuente para el estudio de esta nación. Fue él quien se preocupó por recoger, con un estilo que Prescott equipara al de los misioneros mismos, las tradiciones de su pueblo. Su obra, sin embargo, vio la luz hasta 1892.

Lecturas: Historia de Tlaxcala (México, 1892), pp. 151-152. Geográfica descripción (México, 1934), ii, cap. lxxii, pp. 343-344.

Resumen

Tratamos de limitar el cuento prehispánico a aquellos relatos no contaminados por la influencia europea. Hasta cierto punto esto es casi imposible, ya que fueron moldeados en un crisol europeo: la lengua española. Sólo en aquellos relatos que son una verdadera trascripción del pensar indígena, como los que encontramos en el Popol Vuh, en la Relación de Michoacán y en algunos de Tezozómoc, notamos ciertas características de estilo ajenas a los escritores españoles de la época. Los otros cronistas –aunque nacidos en la Nueva España– piensan en español y ven la vida prehispánica en forma objetiva, desde el punto de vista europeo. En sus relatos ya no es posible encontrar lo genuinamente americano.

Analizando los relatos mismos, inmediatamente saltan a la vista ciertas características prominentes. Es clara, en primer lugar, la transmisión que se llevó a cabo de pueblo en pueblo. En todos los grupos culturales encontramos, con pequeñas variantes, los mismos mitos y leyendas cosmogónicos. El origen de esta mitología nos parece autóctono, a no ser que más tarde se descubran rasgos de otros pueblos, ya orientales, ya indoeuropeos, ya africanos. El cuento tolteca y el maya-quiché son ricos en motivos mitológicos y sobrenaturales. En cambio, en el texcocano y el tlaxcalteca predominan los elementos humanos, los motivos históricos y los anecdóticos. El cuento azteca participa de las características de los pueblos que le precedieron, habiendo heredado sus tradiciones, ritos y ceremonias. Sobresalen también, en el azteca, los motivos sobrenaturales, fantásticos e inverosímiles, denotando el vigor imaginativo de este pueblo. Para el estudio del cuento entre los diferentes pueblos autóctonos, los siguientes cronistas (o crónicas) son los más útiles: el Popol Vuh y Landa para el cuento maya-quiché; De Alva Ixtlilxóchitl para el tolteca y el texcocano; De Sahagún, Durán y Tezozómoc para el azteca; Muñoz Camargo para el tlaxcalteca; la Relación de Michoacán para el tarasco y Burgoa para el mixteco-zapoteco.

En general, el cuento prehispánico es abundante, rico en colorido y en detalles, de exuberante fantasía y no inferior en calidad al de otros pueblos. Prueba de su vigor nos lo da el gran número de relatos indígenas populares que han subsistido y que los folcloristas comienzan a recoger.

Consultar

Daniel G. Brinton, American Hero-Myths (Filadelfia, 1882); Luis Castillo Ledón, Antigua literatura indígena mexicana (México, 1917); Pablo González Casanova, Cuentos indígenas (México, 1946), pp. 1-11; Lew Spence, The Mythologies of Ancient Mexico and Peru (Chicago, 1907); The Myths of Mexico and Peru (Londres, 1917); Rubén M. Campos, “Tradiciones y leyendas mexicanas”, en Anales del Museo Nacional (1935); La producción literaria de los aztecas (México, 1936); Ángel María Garibay K., Historia de la literatura náhuatl (México, 1953), pp. 485-498: 2ª parte (México, 1954); Bernardo Ortiz de Montellano, Literatura indígena y colonial mexicana (México, 1946), 94 pp.; Applebaugh Templin, Estudio de dioses, leyendas y costumbres indígeno-mexicanas precolombinas (México, 1949), 175 pp., y Rojas González, “El cuento mexicano”.

41 Para los títulos abreviados véase la bibliografía.

II. EL CUENTO EN LA NUEVA ESPAÑA
Comentario preliminar

La crítica literaria asegura que el cuento no se cultivó en la Nueva España. “Caso singular y extraño –observa González Peña–: el cuento, tan genuino, tan característico de la literatura castellana desde sus albores, no se escribió en la Nueva España.” La anterior observación la había ya hecho Castillo Ledón:

En vano he buscado en todas nuestras bibliografías algún indicio de que el cuento hubiera sido cultivado durante los siglos xvi, xvii y xviii. Apenas hubo en el curso de ellos uno que otro poeta que escribió fábulas sueltas, que jamás llegaron a publicarse en volúmenes; pues las de Ignacio Basurto, que fueron las primeras coleccionadas, no vieron la luz sino hasta 1802, y las de José Fernández de Lizardi en 1817.

Suponemos que los anteriores críticos se refieren al cuento como género independiente, y tal vez tengan razón, si excluimos las Novelas morales de Piña Izquierdo. Sin embargo, sería más acertado afirmar que sólo como género autónomo no se cultivó en la Nueva España. El cuento colonial mexicano hay que buscarlo, no en colecciones publicadas por separado, sino junto a las historias, crónicas y otros escritos de los conquistadores, religiosos y letrados que, aunque pasaban a las Indias con otros propósitos, siempre hallaban tiempo para escribir, tanto sobre los hechos de la conquista como sobre las costumbres, tradiciones y leyendas del pueblo conquistado. Las crónicas son, más que historias, libros de viajes por países maravillosos y relatos de aventuras tan extraños, a veces, como los de cualquier novela.

A. Conquista y colonización (siglo xvi)

El caudal de cuentos que encontramos en las crónicas del siglo xvi es riquísimo. Ya Torquemada lo había observado: “Ciertamente, que si hubiera de poner todas las cosas que en memoriales antiguos he hallado escritas (además de lo que yo tengo muy averiguado y visto) parecerían de libros de caballerías, donde no se pretende más que decir mentiras a montones”. (Monarquía indiana, i, 306). Estos relatos incrustados en las crónicas podrían clasificarse como fantásticos, sobrenaturales, humorísticos, históricos y populares. La actitud de credulidad característica del periodo es evidente por el gran número de milagros, supersticiones, visiones, profecías, hechicerías, encantamientos y alucinaciones que encontramos en los escritores de la época. Todo ello daba material para entretejer sorprendentes producciones.

Autores

Fray Toribio de Benavente o Motolinía (¿?-1568), franciscano, natural de Benavente, provincia de Zamora, llegó a la Nueva España en 1524. Se le deben dos obras principales, los Memoriales, publicados por vez primera en 1903, bastante desaliñados, y la Historia de los indios de la Nueva España (1541), dada a conocer íntegra por García Icazbalceta en 1858, más arreglada y pulida. La obra de Motolinía es valiosísima para el estudio de los años de formación de la Nueva España. “El autor –observa Prescott– corta bruscamente el hilo del asunto que inmediatamente le ocupa, cualquiera que sea, para dar cabida a una anécdota o acontecimiento que pueda ilustrar sus afanes eclesiásticos.” De esta naturaleza son la “Relación de la tempestad que destruyó y asoló de tres partes las dos de la ciudad de Quauhtemallan, según vino a México escripta en dos pliegos de papel, contando muchas particularidades espantosas y los españoles que murieron. Aquí va abreviada y sacada la sustancia de ella”, y la historia de la muerte del niño Cristóbal en la ciudad de Tlaxcala, tal vez los primeros cuentos que aparecen en la literatura mexicana.

Lecturas: Memoriales (México, 1903), pp. 226-231; Historia... (México, 1941), pp. 250-254.

Francisco Cervantes de Salazar (1514-1575), toledano, era ya autor conocido cuando pasó a la Nueva España. Su Crónica (1566) contiene interesantísimos relatos, entre los que sobresale el de Alonso de Ávila y el fantasma.

Lecturas: Crónica de la Nueva España (Madrid, 1914), Lib. vi, caps. v y vi.

Juan Suárez de Peralta (1535-¿?) es conocido como cronista por su Tratado del descubrimiento de Indias y su conquista… (1589), libro inédito hasta 1878, año en que Justo Zaragoza lo publicó, dándole el título de Noticias históricas de la Nueva España (Madrid). Suárez de Peralta nació en México, hijo de un conquistador. En 1579 llegó a España y no se sabe si volvió a su patria o si murió en el destierro. A pesar de la descompostura de su estilo, su candor y sencillez en el relato de los acontecimientos le dan al libro cierto atractivo. De interés son sus relatos sobre la monja hermana de los Ávila y su descripción de la conjura de don Martín Cortés.

Lecturas: “Suceso extraño de la hermana de Alonso de Ávila”, en Noticias históricas, cap. xxxix.

B. El Barroco (siglo xvii)

Todavía encontramos algunos cronistas que escriben durante el siglo xvii, entre otros Alva Ixtlilxóchitl, Torquemada, Burgoa y Vetancurt. Con excepción de Burgoa pertenecen, por el estilo, al siglo xvi. Burgoa, sin embargo, ya participa de las características de su tiempo: el gongorismo y el culteranismo. Este siglo barroco cuenta, además, con tres prosistas de renombre: Palafox y Mendoza, Sigüenza y Góngora y sor Juana. Los dos primeros intercalaron algunos cuentos y anécdotas en sus escritos. No así sor Juana, cuya prosa es exigua. A comienzos del siglo encontramos la primera novela mexicana, Los sirgueros de la Virgen (1620) de Bramón, lo mismo que las Novelas morales de Piña Izquierdo.

Autores

Juan Piña Izquierdo (ca. 1566-1643), “natural de Buendía, en Castilla, ejerció en Madrid el oficio de Notario de la Inquisición y habiendo pasado a Nueva España se avecindó en Puebla, donde fue notario apostólico y escribano real. Dio a luz varias obras en prosa, entre ellas sus Novelas morales, Madrid, 1624” (Pimentel, Novelistas, p. 276). No encontramos evidencia alguna que indique que Piña Izquierdo haya residido en Puebla, como aseguran Beristáin y los críticos que se valieron de sus noticias. Ninguno de los escritores contemporáneos de Piña menciona el hecho, como tampoco lo hace Nicolás Antonio. Cotarelo y Mori sí dice que Piña sería deudo de un padre jesuita, coetáneo y probador de algunos libros, que lleva exactamente su nombre. Conjetura Cotarelo que este padre jesuita sería tío de Piña. Y nosotros nos preguntamos: ¿sería este Juan Piña Izquierdo el que pasó a la Nueva España y publicó el libro Elegancias de escribanos que menciona Beristáin? Sea como fuere, lo cierto es que las Novelas de Piña no pertenecen a México, ni por el contenido, ni por la forma ni por el estilo. En cuanto al título, observamos que la colección de novelas cortas que Piña publicó en 1624 no se titula Novelas morales, como afirma Nicolás Antonio y lo repiten Pimentel y otros, sino Novelas ejemplares, y prodigiosas historias.1 Ya que muchas colecciones de novelas se titulaban “morales y ejemplares” sería fácil explicar el error –si acaso lo es– de Nicolás Antonio, pues dudamos que existan dos obras publicadas durante el mismo año por el mismo autor y con títulos tan semejantes.

Crítica: C. B. Bourland, The Short Story in Spain in the Seventeenth Century (Northampton, Mass., 1927), p. 108; Beristáin; Emilio Cotarelo y Morí, pról. a Casos prodigiosos y cueva encantada (1628); Novela por Juan de Piña (Madrid, 1907); Nicolás Antonio, Biblioteca Hispana Nova (Madrid, 1763), i, 713; Pimentel, Novelistas, p. 276; Jiménez Rueda, Historia, p. 76.

C. Neoclasicismo y sátira (siglo xviii)

El siglo xviii no es tan rico en cuentos y relatos. El pensamiento de la época se orienta, más bien, hacia la historia, la crítica y la filosofía. Entre los prosistas encontramos, además de los historiadores y los filósofos –Veytia, Cavo, Clavijero, Alegre, Díaz de Gamarra, Alzate, Bartolache, etc.–, a fray Juan Villa y Sánchez (169-175), poblano, autor de El muerde quedito (1714),2 “opúsculo” –según Beristáin– muy apreciable en el que el autor satirizó con sumo ingenio y gracia los defectos e intrigas; de un capítulo provincial”; a Joaquín Bolaños, autor de La portentosa vida de la Muerte (1792), y a un cronista rezagado, fray Matías de Escobar. Durante este siglo crítico nace, también, el periodismo, que tanto auge había de dar al desarrollo del género en la centuria siguiente. Y por último, encontramos un cuento, el de González de Sancha.

Consultar

González Peña, pp. 106-116. Alexander V. Davis, El siglo de oro de la Nueva España (México, 1945); Jiménez Rueda, Historia, cap. vii, Reyes, cap. vii.

Autores

Fray Matías de Escobar (siglo xviii), agustino, natural de la ciudad de Querétaro, maestro en teología, definidor de la provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán y cronista de su orden, es el autor de varios opúsculos que cita Beristáin, entre ellos la Americana Thebaida, obra publicada en 1924; en ella intercala ingenuos cuentos, no ayunos de gracia.

Lecturas: “Un enemigo del diablo”, en Valle, pp. 181-183.

Fray Joaquín Bolaños (siglo xviii), franciscano, español de nacimiento, examinador sinodal del obispado del Nuevo Reino de León, autor de La portentosa vida de la Muerte (México, 1792), libro en que se hallan “representados –escribe Agustín Yáñez– los esfuerzos titubeantes en pro de la novela criolla durante la colonia”. Beristáin dudaba que la obra fuera original de Bolaños.

Lecturas: La portentosa vida de la Muerte, pról. y sel. de Agustín Yáñez (México, 1944); Bib. del Est. Univ., 45; en la cubierta, 1943, cap. x, pp. 159-166.

José González de Sancha (siglo xviii), presbítero mexicano, alumno de la Congregación de San Pedro y administrador del Hospital de sacerdotes de México, dejó manuscrita una novela moral –hoy perdida– intitulada Fabiano y Aurelia, “cuyo autógrafo mismo –escribe Pimentel– hemos leído, fechado en México a 20 de septiembre de 1760”. Esta novela es de interés para nosotros por contener en la introducción –según el mismo crítico– un pequeño cuento, “sin atractivo alguno, de amores poco decentes” (Novelistas, p. 276).

Resumen

Durante la primera parte del siglo xvi, época de la conquista de México, el cuento no existe en España y tampoco lo encontramos entre nosotros. El cuento español de la segunda mitad de este siglo –Timoneda, Santa Cruz, etcétera– era conocido en México, aunque no fue imitado. Los cronistas, sin embargo, asumen la función de cuentistas, tomando como material no la temática española, sino los episodios ocurridos durante la conquista y población del país. La originalidad de este tipo literario en las crónicas es sorprendente. Pocos son los temas que se remontan a una fuente europea. Esto no indica, por supuesto, que todos los cronistas sean originales. Pero los que copian, no obstante, lo hacen de otros cronistas.

En los cuentos que hallamos en las crónicas predomina el tema sobrenatural. En los escritores de los siglos xvi y xvii el magismo constituye casi un adorno. Abundan en ellos los cuentos de diablos, fantasmas, milagros, magia y hechos extravagantes. Además de los cuentos de los cronistas, la época colonial produce las novelas de Piña Izquierdo, algunas anécdotas de Palafox y Mendoza, los Infortunios de Alonso Ramírez de Sigüenza y Góngora y La portentosa vida de la Muerte, de Bolaños, lo mismo que el cuento de González de Sancha.

En conclusión, podríamos decir que el cuento colonial mexicano tiene más importancia de la que se le ha dado. Hasta hoy, la crítica se había contentado con decir que no existía.

Consultar

Vicente de P. Andrade, Ensayo bibliográfico mexicano del siglo xvii (México, 1894); Luis Castillo Ledón, Orígenes de la novela en México (México, 1922); también en los Anales del Museo Nacional, i (1922), pp. 199-208; González Peña, pp. 77-82; Jiménez Rueda, Historia, caps. v y vi; Bernardo Ortiz de Montellano, Literatura indígena y colonial mexicana (México, 1946), 94 pp., “Bib. Enc. Pop.”, 113; “Antecedentes de la literatura mexicana. Época colonial”, en El libro y el pueblo, xi (diciembre, 1933), pp. 435-444; Pimentel, Novelistas, Reyes, caps. v y vi; Hespelt, Outline, sec. A; Ernest V. Moore, “La primera novela histórica mexicana”, en la Rev. de Lit. Mexicana, i (1940), pp. 370 y ss; Rojas González, “El cuento mexicano”.

1 Novelas ejemplares, y prodigiosas historias, de Juan de Piña, escribano de provincia de la Casa y Corte de su Majestad, Familiar y Notario del Santo Oficio... (Madrid, por Juan González, 1624). Ejemplar en la Biblioteca Nacional de Madrid. Microfilm en nuestro poder.

2 Publicado por Bustamante en La Voz de la Patria, México, 1931, IV, Supl.

III. ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA
Comentario preliminar

A partir de la época de la Independencia, el cuento se ve íntimamente asociado al periodismo, nueva manifestación de las letras mexicanas, que ha de desarrollarse a grandes pasos de aquí en adelante. Sus orígenes datan del siglo xvii y son ellos las hojas sueltas, llamadas gazetas, que se publicaban cuando los barcos de España llegaban a Veracruz, o los de las Filipinas a Acapulco. El Mercurio Volante de Sigüenza y Góngora, publicado a fines de ese siglo es un anticipo del periódico mexicano. En 1722 apareció nuestro primer periódico, la Gazeta de México de Castoreña. En enero de 1728 Sahagún Arévalo funda su Gazeta de México, y más tarde aparece el Mercurio de México (1740-1742) y posteriormente la Gazeta de México (1784-1807) de Zúñiga y Ontiveros.

El Diario de México (1805-1817), fundado por Jacobo Villaurrutia y Carlos María Bustamante, es el primer periódico diario de la Nueva España. Allí escribieron Barquera, el propio Bustamante, Beristáin, Ochoa, Barazábal, Lacunza, Navarrete. Estos periódicos, según el decir de un orador del siglo xix, “se llenaban con el santoral, alguna fábula de Can azul,1 un cuento insulso, grosero y a veces inmoral, y alguna orden” (Juan B. Baz, Discurso cívico, 1859).

Con la emancipación política, los habitantes de México obtienen la libertad de expresión. Las Cortes de Cádiz (1812), al promulgar la libertad de imprenta, desencadenan un renacimiento literario en México, a la cabeza del cual hay que poner a Fernández de Lizardi; mas no es él el único; allí están Barquera, el Payo del Rosario, fray Servando y tantos otros. El cuento, sin embargo, todavía no se cultiva como género independiente. Pero ya encontramos sus gérmenes en las gacetas, en los folletos y en las novelas de Lizardi.

Autores

José Miguel Guridi y Alcocer (1763-1828), tlaxcalteco, doctor en teología y cánones, cura del Sagrario Metropolitano, miembro del Congreso Constituyente y literato preeminente durante los últimos años de la Colonia y primeros del México independiente, nos interesa por sus Apuntes, libro de transición entre los escritores del siglo xviii y los de la época de la Independencia. En algunas de sus páginas autobiográficas a lo Rousseau ya se vislumbran las aventuras picarescas del Periquillo; también encontramos allí los gérmenes del cuadro de costumbres.

Lecturas: “Dos lances raros”, en Antología del Centenario, ii, pp. 554-556.

Crítica: Antología del Centenario, i, pp. cxcvi-cic; ii, pp. 545-549; amplia bibliografía en las pp. 547-548.

Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827) cuenta sus aventuras a través de Europa en sus Memorias, que más que autobiografía parece una novela picaresca, salpicada con interesantes y amenas anécdotas, contadas con gran gusto, en estilo animado y zumbón.

Lecturas: “Todo es mondongo”, en Memorias (México, 1946), ii, pp. 191-192.

Crítica: pról. de A. Castro Leal a su ed. de las Memorias (México, 1946); amplios datos bio. y biblio. i, xi-xix.

José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827) es, literariamente hablando, el hijo de la Constitución de Cádiz. Inmediatamente después de haberse promulgado este documento aparece en México el periódico El Pensador Mexicano, cuyo nombre toma como seudónimo. De allí en adelante su producción es extraordinaria. En 1814 comienza a ensayar el cuento y la narración, publicando su miscelánea periodística “Alacena de frioleras”. Algunos de sus cuentos, como “La visita a la condesa de la Unión”, son en realidad revistas políticas. Otros, como aquellos que encontramos en sus novelas, son cuadros costumbristas, tipo de literatura en el que Lizardi se superaba.

En El Periquillo Sarniento (1816) encontramos tres cuentos bien definidos: el de don Antonio, el del Payo y el del Negrito. El primero recuerda la manera de Cervantes; el segundo es de interés por el uso que en él hace Lizardi del hablar macarrónico característico de los indios; el cuento del Negrito es un incidente que ocurre mientras Periquillo se encuentra en las Filipinas. Nada tiene que ver con la trama de la novela, y es tal vez el primer cuento –en el sentido moderno de la palabra– en la literatura mexicana. El cuento tiene unidad (trata de un simple incidente) y los personajes están muy bien pintados, especialmente el del Negrito. Volviendo al cuento del Payo, encontramos en él los orígenes de la tendencia que se ha venido a desarrollar en nuestros días: adaptar el cuento al estilo americano. El personaje del cuento de Lizardi, los incidentes, el lenguaje y el ambiente son mexicanos. Aquí el autor se adelanta a su época en la interpretación de la vida americana.

Además de la novela corta Noches tristes –anticipo del romanticismo mexicano– encontramos en La Quijotita y su prima, algunos cuentos como el de la Chata y don Ciriaco, el de Carlota y Welter (que casi es una novela corta) el de Irene, el de la viuda y el del pobre hombre llamado Blas. En los innumerables folletos que Lizardi publicó desde 1812, sin duda existen algunos cuentos, cuyo estudio está por realizarse.

Fernández de Lizardi, creador de la novela mexicana, también puede ser considerado el iniciador del cuento de costumbres, género que tanta importancia había de obtener durante la segunda mitad del siglo xix. “Consideramos a Fernández de Lizardi –apuntó Rojas González– como el primer y verdadero cuentista mexicano en el tiempo... He dicho cuentista y no novelista, porque solamente me atañe esta vez observarlo como autor de pequeñas historias, género en el que lo encuentro maestro.” Y también: “Pero en donde encuentro al Pensador Mexicano como un excelente cuentista es en aquellas narraciones que intercala al margen de sus novelas”. Juicios con los que estamos de acuerdo, pues vienen a confirmar nuestra apreciación del Pensador como cuentista.

Lecturas: “Duelo entre un comerciante negro y un oficial inglés”, en Castillo, pp. 135-137, “Aventura de un locero”, en Cuentos de autores exclusivamente mexicanos, núm. 1, pp. 106-118. “La visita a la condesa de la Unión”, Ant. del Cent., i, 272-279.

Crítica: José Joaquín Fernández de Lizardi, Diálogos sobre cosas de su tiempo sacados del olvido por L. González Obregón (México, 1918); J. R. Spell, “Dos manuscritos inéditos de ‘El Pensador Mexicano’”, en Rev. Iberoam., xiii (1947), pp. 53-66 (uno de los dos MSS, intitulado “Señor Diarista: vaya ese envueltito para su periódico”, es un verdadero cuento dialogado); Luis González Obregón, Novelistas mexicanos: Don José Fernández de Lizardi (México, 1938); Monterde, Cultura, pp. 119-127; Rojas González, “El cuento mexicano”; J. R. Spell, The Life and Works of José Joaquín Fernández de Lizardi (Filadelfia, 1931); Warner, pp. 4-10.

Resumen

Los escritores de esta época, entre otros Guridi y Alcocer, el Dr. Mier, Lizardi y Bustamante, tienden el andamiaje sobre el cual ha de levantarse el cuento mexicano del siglo xix anterior al modernismo. En sus obras, sobre todo en las de Lizardi, triunfa lo mexicano sobre lo europeo, la vida sobre el razonamiento, lo emotivo sobre lo intelectual. Aunque Lizardi y sus contemporáneos no se proponían escribir cuentos, no les fue posible evitar el cubrir sus cuartillas con ellos; tendencia que han de seguir Prieto, Payno, Cuéllar y los demás costumbristas.

Consultar

Agustín Agüeros de la Portilla, “El periodismo en México durante la dominación española”, en los Anales del Museo Nacional, 3ª serie, ii (1910), pp. 355-465; Coester, The Literary History, cap. iii; Salvador Cordero, La literatura durante la Guerra de Independencia (México, 1920), 43 pp.; E. Gómez Haro, “Historia del diarismo en México desde la aparición del primer diario el año de 1805 hasta nuestros días”, en Arte Gráfico, México, iv, núm. 90 (1 de enero, 1923) y núm. 99 (15 de mayo, 1923); González Peña, 3ª parte., caps. i-iii; Hespelt, Outline, sec. B, pp. 28-43; Jiménez Rueda, Historia, caps. viii-xii; Luis G. Urbina, La literatura mexicana durante la Guerra de Independencia (Madrid, 1917); tamb. en la Antología del Centenario, i, pp. i-ccxlv; biblio., pp. ccxlvi-clvi; veáse tamb. el apéndice al tomo ii, por Pedro Henríquez Ureña; Rojas González, “El cuento mexicano”; M. Ochoa Campos, Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche (1668-1733) (México, 1944); Iguíñiz, La imprenta en la Nueva España (México, 1938).

1 Seudónimo de Juan María Lacunza.

IV. ROMANTICISMO Y COSTUMBRISMO (1821-1867)
Comentario preliminar

La época que va de 1821 a 1867 es una de las más activas de la turbulenta historia de México. La independencia no soluciona el conflicto, ya presente durante la época colonial, entre conservadores y liberales, tradicionalistas y renovadores. Dicho conflicto complica el establecimiento de un gobierno durable; ni las invasiones extranjeras –norteamericana primero, francesa después– logran unir a estas dos facciones irreconciliables. Es en 1867 cuando, debido a la abnegación de varios prominentes directores intelectuales de ambos bandos, los dos grupos logran reunirse y formar una nación sin disensiones internas. Este ambiente en la política y en la vida no es, por supuesto, muy favorable al desarrollo de las letras. Sin embargo dos jóvenes literatos encuentran tiempo para fundar la asociación que había de dominar la vida literaria de la época: la Academia de Letrán (1836-1856). En torno a los fundadores –José María Lacunza y Guillermo Prieto– se formó un grupo que incluía a Pesado, Calderón, Rodríguez Galván Gorostiza, Ramírez y otros. Cultivaban estos jóvenes, sobre todo, la poesía y el drama; pero también hubo algunos que ensayaron géneros nuevos: la novela corta y el cuento. Además, con el objeto de criticar las instituciones sociales –a imitación de lo que hacían en España Mesonero Romanos y Larra– se creó el cuadro costumbrista. La mayor parte de esta literatura no se daba a conocer al público en libros; más bien constituía la parte literaria de los periódicos, que se multiplicaban y prosperaban como nunca.

Durante esta época aparecen, por fin, el cuento y la novela corta como géneros independientes. El primero en cultivarlos fue Florencio M. del Castillo, primer cuentista y novelador mexicano. Pero antes ya encontramos uno que otro autor anónimo, una que otra leyenda, uno que otro cuento histórico y, en abundancia, el cuadro costumbrista. Todo ello aparece en los periódicos, los almanaques y los Año Nuevo. En el cuento y la novela corta la tendencia es única: el romanticismo.

A. El cuento legendario

El cuento legendario es uno de los primeros que se cultivan en el México independiente. Los temas, por lo general, son coloniales, resaltando lo sombrío y hasta lo tenebroso. Gómez de la Cortina y Bernardo Couto fueron los iniciadores de este tipo de creación, tan popular en la literatura mexicana.

Autores

José Justo Gómez de la Cortina (conde de la Cortina) (México, 1799-1860) dedicó gran parte de su vida al estudio de la filología y la gramática, y en sus ratos de ocio escribió versos humorísticos y crítica literaria. Publicó el primer cuento legendario de que tenemos noticia, “La calle de don Juan Manuel”,1 de interés por ser de tema colonial mexicano y por haber tenido influencia sobre varios cuentistas posteriores, como Payno, Riva Palacio y González Obregón.

Lecturas: “La calle de don Juan Manuel”, en Valle, pp. 186-189.

Crítica: González Obregón, pp. 16-17. Pimentel, Novelistas, p. 296; Read, p. 72; José Guadalupe Romero y J. M. Pereda, “Biografía del Exmo. Sr. D. José María Justo Gómez de la Cortina, Conde de la Cortina”, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geo. y Est., viii (1860), pp. 249-266.

José Bernardo Couto (1803-1862), abogado, político y literato, nació en Orizaba, Veracruz, estudió en el Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México y recibió el título de abogado en 1827. Fue ministro de Justicia (1845) y presidente de la Junta Directiva de la Academia de Bellas Artes hasta 1860. Aunque es más conocido por su Historia de la pintura en México, también cultivó el cuento. Su excelente narración “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” (verdaderamente dos relatos en uno) apareció en los primeros números de El Mosaico Mexicano. Se ha querido ver en esta narración el origen del famoso cuento de Gutiérrez Nájera, aunque en realidad nada tienen en común.

Lecturas: “La mulata de Córdoba y la historia de un peso”, en el Calendario Antiguo. Casa de Munguía (México, 1882), pp. 107-116; tamb. en Jiménez Rueda, Antología, pp. 199-212.

Justo Sierra O’Reilly (Tixcacaltuyú, Yuc., 1814-Mérida, 1861), hijo de padres distinguidos, hizo sus estudios en su estado natal, hasta llegar a obtener el grado de doctor en leyes. Su obra novelística aparece durante el corto periodo de 10 años: 1840-1850. De ella nos interesan las novelas El filibustero, Doña Felipa de Sanabria, Los bandos de Valladolid y El secreto del ajusticiado. Las tres primeras aparecieron en El Museo Yucateco (1841-1842) y la última en El Registro Yucateco (1845-1846). Sobre la veracidad histórica de El filibustero –cuyo protagonista es Diego el Mulato, pirata del siglo xviii– el autor mismo observó que “la leyenda es toda historia, casi hasta en sus más insignificantes circunstancias”. Lo mismo acontece con la novelita Doña Felipa de Sanabria, en la cual “todos los nombres que se citan, con muchas de las circunstancias que se han referido –dice el autor–, pertenecen a nuestra historia. Así este cuento tiene mucho de histórico y se ha escrito con la mira de desenvolver algunos hechos antiguos”. No menos verídico es el asunto de El secreto del ajusticiado, historia de los alcaldes –de Valladolid– Miguel Ayuso y Francisco Tovar, ahorcados en Mérida en 1704. El mismo asunto dio materia al poeta y dramaturgo español García Gutiérrez para dos de sus dramas. Además de las anteriores, se le atribuyen las novelas El duende de Valladolid, La tía Mariana, Los anteojos verdes, Don Pablo de Vergara, Don Juan de Escobar, Xtacumbilxunáan y El lazarino, esta última a base de interesantes episodios de piratas.

Sierra O’Reilly firmaba sus obras con los seudónimos “José Turrisa” y “J. Tomás y Ara”. Aunque no fue el primero en escribir novelas históricas, le corresponden puesto importante en el desarrollo del género, pues fue él quien por primera vez realizó un estudio concienzudo de la historia de su provincia para entretejerla en sus obras de ficción.

Lecturas: “El secreto del ajusticiado”.

Crítica: E. Abreu Gómez, “Sierra O’Reilly y la novela”, en Clásicos, románticos, modernos (México, 1934), pp. 93-129; José Esquivel Pren, Enc. Yuc., v (México, 1946), pp. 623-631; Read, pp. 98-108; Warner, pp. 16-19.

B. El cuento romántico

El cuento anterior a 1867 es, con raras excepciones, romántico. Los primeros en cultivarlo fueron Rodríguez Galván y Pesado; mas no son ellos los únicos; allí están Pacheco, Díaz Covarrubias, Prieto, Florencio M. del Castillo y otros. En sus cuentos predominan la nota sentimental y la idealización de los personajes. Sin embargo, las descripciones del ambiente son realistas, sin dar cabida a nada que sugiera lo fantástico. La caracterización de los personajes es, casi siempre, a base de lenguaje (uso de mexicanismos) y de la descripción de las características físicas, esto es, externas. Muchos de estos cuentos son en verdad estampas o episodios. En el cuento romántico se hallan pocos temas originales. Los trillados temas del romanticismo europeo son los que predominan: el amor imposible, el fracaso en amores, la rebeldía, la aventura truculenta, las intrigas, el honor mancillado. De vez en cuando, sin embargo, encontramos temas históricos mexicanos, coloniales en su mayoría.

Consultar

Julio Jiménez Rueda, Las letras mexicanas en el siglo xix (México, 1944), pp. 69-73 y 89-100; J. S. Brushwood, The Romantic Novel in Mexico (Columbus, Missouri, 1954).

Autores

José Joaquín Pesado (1801-1861), la personalidad más destacada del grupo, nace en San Agustín del Palmar (Puebla) y muy temprano, por la pérdida de su padre, radica en Orizaba con su madre. Amante de la cultura, se dedica al estudio de las lenguas, las ciencias y la teología. Por dedicar la mayor parte del tiempo a la poesía, su producción novelística es bastante escasa. Escribió El amor frustrado (1838) y El Inquisidor de México (1838); ambos vieron la luz en el Año Nuevo. Son pequeños volúmenes dedicados a las damas, y entre 1837 y 1840 salieron de las imprentas de don Mariano Galván, editados por Rodríguez Galván. Aunque El Inquisidor de México apareció por vez primera en 1838, Roa Bárcena, en su biografía de Pesado (pp. 46-47), conjetura que en 1835 “ha debido escribir don José Joaquín una novela corta en que se describían y censuraban los procedimientos de la Inquisición de México, y cuya pieza literaria recuerdo haber leído en alguno de los tomos de Año Nuevo dedicados a las señoritas”.

Los dos cuentos de Pesado son románticos. El uno trata de Sara y su amante, Duarte, condenados por judaizantes. Cuando ella está a punto de ser abrasada por las llamas, el Inquisidor, don Domingo Ruiz de Guevara, descubre que la joven es su hija. Este tema habría de ser muy popular entre los románticos. Lo explotaron, entre otros, Justo Sierra y Riva Palacio. El otro cuento de Pesado trata de los amores de Teodoro Mendíval con Isabel, quien resulta ser su hermana. Ambos relatos, de ambiente mexicano, inician la tendencia nacionalista en el cuento.

Lecturas: “El Inquisidor de México”, en Novelas cortas de varios autores, i, pp. 3-46; selecs. en Nervo, Lecturas, 2ª serie, pp. 95-100; “El amor frustrado”, en Nov. cortas..., i, pp. 47-87. (Se le atribuye el cuento “Historia de una peseta, contada por ella misma”, El Mosaico Mexicano, iii [1840], pp. 410-413. Aunque va firmada por “P”, no estamos seguros de que sea de Pesado.)

Crítica: Roa Bárcena, “Biografía de José Joaquín Pesado”, en Obras de don José M. Roa Bárcena (México, 1902), pp. 1-205.

Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842), primer romántico mexicano, dejó cuatro novelas: La hija del Oidor (1836, pub. en el Año Nuevo de 1837, pp. 73-94), Monolito el Pisaverde (1837, pub. en el Año Nuevo de 1838), Una procesión (1838, pub. en el Año Nuevo de 1839) y Tras un mal nos vienen ciento (también en el Año Nuevo, 1840). En la primera, inspirada en las líneas: “¿Para tan gran deshonor habéis sido tan bien guardada?” de la Comedia Himenea de Torres Naharro, el autor trata de demostrar que la prohibición aumenta el deseo. La segunda –a pesar de la descabellada trama, que gira en torno a la ambición desmedida de don Joaquín Almaraz– atrae por lo animado de los diálogos y por el interés que presentan los personajes, bastante bien trazados. Tras un mal nos vienen ciento –la más festiva de las obras de Rodríguez Galván– es una sátira en forma de drama; don Gregorio Ventrículo –reminiscencia del “Castellano viejo” de Larra– está invitado a comer; mas se le pasa el día en pormenores y como resultado no asiste a la comida. La obrita, que más que cuento romántico es cuadro de costumbres, indica que si el autor se hubiera dedicado a pintar las costumbres de su época en vez de traer a colación temas románticos descabellados, hoy sería considerado como uno de los mejores escritores de su época.

Una procesión, en fin, repite el tema de La Gitanilla de Cervantes, aunque lo sitúa en la Ciudad de México. Es de interés porque Rodríguez Galván da expresión en el cuerpo de la obra a sus ideas antifrancesas. Sobre ello y sobre el valor de la novelita citamos a continuación el juicio –que también podría con facilidad aplicarse a las otras obras novelescas del autor– de un contemporáneo, el poeta Heredia:

El número del Año Nuevo de 1839 que nos ocupa se ha teñido con el color de los sucesos ocurridos durante su redacción. La indignación escitada por el ultimátum y el bloqueo y tal vez por la toma de Ulúa, se halla fuertemente espresada en el odioso retrato de Mr. Le Braconier en la novelita la Procesión… Desearíamos que el autor… meditara sus planes con alguna más detención, para que sus incidentes y desenlace fueran menos violentos e inverosímiles.2

Lecturas: “Tras un mal nos vienen ciento”, en Novelas cortas de varios autores, i, pp. 213-262.

Crítica: Ernest R. Moore, “Bibliografía de Ignacio Rodríguez Galván”, Rev. Iber., viii (1944), pp. 167-191 (amplia biblio. de obras críticas, pp. 187-191).

Manuel Payno (ciudad de México, 1810-1894), más recordado por sus novelas –El fistol del diablo, Los bandidos de Río Frío–, también cultivó el cuento y el cuadro costumbrista. Sus narraciones cortas, escritas la mayor parte de ellas entre 1838 y 1844, tienen importancia en el desarrollo del cuento mexicano por constituir el punto de transición entre los narradores antes mencionados y aquellos que más tarde han de cultivar el género, como Florencio M. del Castillo y Roa Bárcena.

Se inicia con ellas –observa Francisco Monterde– la alborada del relato cargado de sentimentalismo, románticamente declamatorio, con digresiones imperdonables para el criterio de ahora. Mas entre los balbuceos, las puerilidades e imperfecciones de Payno, que denuncian falta de dominio del género, apenas conocido en su forma clásica, hay atisbos sorprendentes.

Algunas de las novelas, cuentos y narraciones de Payno fueron coleccionadas por el autor en el volumen Tardes nubladas (1871). Después de muerto, Alejandro Villaseñor y Villaseñor coleccionó otras, bajo el título de Novelas cortas (1901). El primer volumen contiene las narraciones históricas “María Estuardo” (1860), “Isabel de Inglaterra” y “Granaditas”. También incluye varias traducciones de las obras de A. Thiérry: “El poeta y la santa”, “El castillo del barón d’Artat”, y la leyenda gótica española “La lámpara” (1844), obrita recogida de El Museo Mexicano.

El cuento “El cura y la ópera” es un humorístico relato –el único de Payno que no es romántico– de un cura inglés a quien no le es posible asistir a la ópera, en Londres, debido a pequeños inconvenientes, como el de no llevar frac. La novelita El lucero de Málaga es un abigarrado conjunto de tipos extravagantes y episodios inverosímiles. En cambio, la novela corta Pepita, que se desarrolla en Morelia y la ciudad de México durante la época de la Independencia, es mucho más sobria, tanto en el estilo como en la presentación de los personajes. Esta obrita posee más unidad de acción y sus episodios son más verosímiles, y sus descripciones más apegadas a la realidad del ambiente. La pintura de Pepita, y sobre todo su psicología, nos recuerda a las mujeres de Inclán. Completan el volumen las narraciones de “Un viaje a Veracruz en el invierno de 1843”, lo mejor que Payno había escrito hasta esa fecha.

Los cuentos publicados por Villaseñor y Villaseñor en 1901 fueron recogidos de revistas fechadas entre 1843 y 1848. Casi todos ellos proceden de El Museo Mexicano y de Año Nuevo. La mayor parte fueron reeditados y comentados en forma brillante por don Francisco Monterde en la colección Artículos y narraciones (1945), al prólogo de la cual remitimos al lector interesado en la crítica de este aspecto de la obra literaria de Payno.

Todavía quedan, por supuesto, algunos cuentos y novelas cortas de Payno enterrados en los periódicos de la época, pues, como humorísticamente observó don Guillermo Prieto: “Payno zurcía una leyenda fantástica y llena de sal, de un estornudo o del alarido de un comanche o del suspiro de una monja desesperada”. Como costumbrista, escribió algunos cuadros mejores, desde varios aspectos, que sus primeros cuentos. Más tarde había de combinar los dos géneros y dedicarse a la producción de novelas, arte en el cual se superó.

Lecturas: Pepita, “El cura y la ópera”.

Crítica: McLean, El contenido literario, pp. 27-28 y 55-58; Monterde, prólogo de Artículos y narraciones, Bib. Est. Univ., 58 (México, 1945); tamb. Cultura, pp. 152-180; Read, pp. 113-131; Spell, “The Literary Works of Manuel Payno”, Hispania, xii (1929), pp. 347-356.

Florencio M. del Castillo (ciudad de México, 1828-Veracruz, 1863) tiene el honor de ser el primer escritor mexicano que se haya dedicado por completo a cultivar la novela corta y el cuento. Si bien no el primero en hacerlo, la novedad de los temas y la pintura de los sentimientos causaron gran impresión y despertaron el interés por este género.

Aunque romántico por los cuatro costados –observa González Peña–, y hasta más sensiblero y meloso que sus contemporáneos, no se limita el novelista a tratar de amoríos más o menos sentimentales; procuró, antes bien, presentar las pasiones humanas en diversidad de conflictos, y hasta tuvo sus puntas y ribetes de psicólogo y de teorizante.

Amor y desgracia (1849), también llamada Horas de tristeza, es la historia de los amores entre Francisco y su prima Remedios, muchacha ciega de nacimiento que padece rara enfermedad. La trama se complica por la intervención de dos personas que también aman a Remedios: el médico que la atiende y el dueño de la casa donde viven los jóvenes. Francisco logra salir triunfante de las maquinaciones del viejo casero, quien no puede, con su fortuna, corromper las virtudes de los jóvenes. Aunque Remedios muere de la enfermedad, Francisco obtiene fama en el teatro.

En La corona de azucenas (1849), la lucha es entre el deber y las pasiones, conflicto que se nutre en las almas de Soledad, la niña huérfana que se refugia en el convento, y su confesor, el padre Rafael, de quien ella se enamora. El deber, por supuesto, triunfa sobre las pasiones. Al morir, deja al padre Rafael una corona de azucenas que Soledad había tejido para su propia tumba. Lo mismo sucede en ¡Hasta el cielo! (1849), en donde Dolores, esposa del impotente Antonio, logra sofrenar su pasión; no se entrega a su cuñado Manuel. Al morir Antonio, Dolores entra en un convento, despidiéndose de Manuel con las palabras “¡Hasta el cielo!”

Dolores ocultos (1849) es la novelita menos romántica del grupo. El objeto del escritor aquí es pintar los padecimientos reales de la clase pobre. Su autor dijo de ella: “No es una creación de mi pobre fantasía, lo que os voy a referir; es una historia muy triste, pero verdadera”. Sin embargo, la novelita está muy lejos de ser una obra de corte realista, pues predominan en ella –como en las otras– el sentimentalismo y la sensiblería característicos del autor.

Expiación (1854; también llamada Culpa) tiene por tema –que Gamboa había de desarrollar más tarde– la prostitución de una joven, Magdalena, a quien su madre no sabe educar como es debido. De mayor atractivo para nosotros son los cuentos “Botón de rosa” (1854) y “Suicidarse por mano ajena”. El primero es, como las novelas, de corte romántico sentimental. No así el segundo, verdadero cuento que trata, aunque de manera muy imperfecta, un solo episodio: el método que descubre un inglés para suicidarse por mano ajena.

Lecturas: “Suicidarse por mano ajena”, en Obras de don Florencio M. del Castillo, Bib. Aut. Mex., 44 (México, 1902); “Botón de rosa”, en Mancisidor, Cuentos siglo xix, pp. 161-169.

Crítica: González Peña, pp. 187-188; Pimentel, Novelistas, pp. 325-332; Alejandro Villaseñor y Villaseñor, introd. a las Obras de don… (México, 1902), pp. v-xxii; Brushwood, pp. 23-25 y 64-65; Warner, pp. 20-21.

Juan Díaz Covarrubias (Jalapa, 1837-1859), durante su corta vida, pudo escribir varios cuentos y algunas novelas, en su mayoría de tema amoroso, algunas veces de fondo histórico costumbrista. Impresiones y sentimientos (1857) es una colección de artículos y cuentos. El método favorito del autor, en esta obra, es el de empezar por una moralización y luego concluir con una pequeña historieta que ilustre el efecto que se critica. El diablo en México (1858), tal vez su mejor obra, es un idilio entre Enrique y Elena; pero este amor es truncado por prosaicos enlaces de conveniencia. La sensitiva (1859), en fin, es más que un cuento, un boceto de novela, en la cual el autor desarrolla la simple historia de Luisa, a quien su prometido, al volver por ella, arrepentido de haberla abandonado, la encuentra en trance de muerte. En general, los temas de las novelas y los cuentos de Díaz Covarrubias giran en torno a los conflictos entre las clases sociales: los aristócratas, ricos pero pervertidos; la clase media, virtuosa pero sin esperanza alguna, y el pueblo, trabajador pero olvidado; predomina en ellas la nota sentimental y la idealización romántica de los personajes.

Lecturas: La sensitiva.

Crítica: Pedro Frank de Andrea, prólogo a El diablo en México (México, 1955), pp. vii-xv; amplia bibliog., pp. 1-3.

C. El cuento indianista

Durante la época colonial hubo espíritus humanitarios que vieron al indio con simpatía y trataron de protegerlo. Mencionemos, entre otros, a Motolinía, Las Casas, De Sahagún, Vasco de Quiroga. Un poco más tarde Palafox y Mendoza llegó al punto de escribir un tratado sobre las virtudes del indio. Lo mismo hizo Clavijero, quien, en su empeño por defender al indio contra los ataques de los escritores extranjeros, lo pinta un tanto idealizado. Su influjo, así como el de Rousseau Chateaubriand, se dejó sentir a principios del siglo xix en las obras de ficción, en las que se presenta la vida primitiva del indio como superior a la civilizada europea. La primera novela indianista es la anónima Jicoténcal (Filadelfia, 1826), historia de los amores entre Teutila y Xicoténcatl, general tlaxcalteca. Antes de esto fray Servando ya había traducido la Atala de Chateaubriand, y un poco más tarde declara que los indios “son tan buenos como los españoles”. Sin embargo, en la literatura el indianismo es una copia de la estética europea, el aborigen en la obra de arte es una simple decoración; no se trata allí de mejorar su estado de pobreza y de miseria.

Consultar

Concha Meléndez, La novela indianista en Hispanoamérica (Madrid, 1933).

Autores

José María Lafragua (1813-1875) nació en Puebla; muy joven comenzó a ejercer la carrera de abogado y a participar en la política, siempre en el partido liberal. Desempeñó la cartera de Relaciones Exteriores bajo Comonfort, Juárez y Lerdo de Tejada. Durante su juventud escribió poesía y editó en Puebla la revista El Ensayo Literario (1838) y en México El Apuntador (1841) –la mejor revista teatral de la época– y El Ateneo Mexicano (1844). Publicó cuentos en el Año Nuevo de 1837 y en el segundo volumen de El Mosaico (1837), y colaboró en el Seminario de las Señoritas Mexicanas (1841-1842).

En el cuento mexicano la primera manifestación indianista es la novelita poemática Netzula (suscrita el 27 de diciembre de 1832), en la cual Lafragua trata, de una manera idealizada, de los amores de la joven india Netzula –la prometida de Oxfeler– por un desconocido, con quien no se casa por saber que la unión no es legal. Más tarde Netzula encuentra a Oxfeler moribundo en un campo de batalla donde los cañones de los españoles han hecho destrozos en las filas de los defensores. En esta novelita los personajes, aunque idealizados, son indios, y el ambiente es mexicano.

Lecturas: Netzula, en Novelas cortas, tomo i, “Biblioteca de Autores Mexicanos”, vol. 33, pp. 265-306.

Crítica: Warner, p. 11.

Crescencio Carrillo y Ancona (1837-1897) nació en Izamal, Yucatán, estudió filosofía y humanidades en San Ildefonso, se ordenó de presbítero en 1860, y llegó a ser obispo de Yucatán (1888). Aunque más conocido como historiador, cultivó también el cuento y la leyenda. Su Historia de Welina (1862) es una leyenda yucateca en la que se presenta el problema de la dualidad del alma mestiza; es, al mismo tiempo, una apología de los misioneros de la Conquista.

Lecturas: Historia de Welina.

Crítica: Enc. Yuc., v, pp. 643-645; Iguíniz, pp. 60-63.

D. El cuadro costumbrista

El cuadro costumbrista mexicano tiene sus orígenes en las obras de Fernández de Lizardi. Sin embargo, El Pensador no formó escuela.3 Al reaparecer el género 20 años más tarde, los modelos son los cuadros costumbristas de los escritores españoles, sobre todo los de Mesonero Romanos, que aparecen en las revistas y periódicos de la época con bastante regularidad. Los temas del género en México son, al principio, reflejos de los del cuadro español; la pintura, de los tipos y las costumbres del país. Pero pronto se pasa de esta simple pintura a la crítica severa y acerba de las condiciones de atraso en que se encontraba el país, la corrupción de los gobiernos y los deplorables medios de vida del pueblo mexicano. Casi todos estos escritores participaban en forma activa dentro de la política. Se destaca, entre ellos, la personalidad de don Guillermo Prieto, iniciador de este género en México. En las plumas de Cuéllar y Altamirano obtiene su más alto desarrollo.

Consultar

Jefferson R. Spell, “The Costumbrista Movement in Mexico”, en pmla, vol. 50 (1935), pp. 290-315. Hay traducción española por Juan Manrique de Lara, en Universidad, v (1938), núms. 26 y 27; Jiménez Rueda, Letras mexicanas, pp. 101-114.

Autores

Guillermo Prieto (ciudad de México, 1818-1897), recordado por su poesía popular y por su sabrosa autobiografía, es menos conocido como autor de prosa costumbrista. Esto es debido, en parte, a que sus cuentos y cuadros de costumbres se encuentran dispersos en las revistas y los periódicos de su época. Prieto es, sin embargo, el introductor de esta modalidad en la literatura mexicana. En sus Memorias (i, 72) nos dice: “Yo, sin antecedente alguno, publicaba con el seudónimo de Don Benedetto, mis primeros cuadros, y al ver que Mesonero quería describir un Madrid antiguo y moderno, yo quise hacer lo mismo, alentado en mi empresa por Ramírez, mi inseparable compañero”. Nos daremos una idea de lo bien que Prieto se adaptó al género mencionando que sólo en un periódico, El Siglo xix, publicó 194 cuadros de costumbres. Además, encontramos en el mismo periódico algunas selecciones que, según ha observado McLean,

muestran una marcada tendencia hacia el cuento corto moderno. Como regla general, éstas apenas pueden calificarse siquiera de pésimos ejemplos de este género, pues adolecen de falta de unidad, el punto de vista fluctúa de un personaje a otro, y abundan los episodios extraños al desarrollo de la trama. Sin embargo, hay que mencionarlas en una clase aparte del típico cuadro de costumbres porque en ellas no es siempre la descripción el motivo predominante: muchas veces se subordina la parte descriptiva a la narración, y la escena de la acción vaga de un lugar a otro por toda la República. Artículos de este género son Un estudiante, trozo sumamente romántico; una versión de la leyenda del descubrimiento del pulque, interpolada en sus Apuntes de Fidel... Manuelita, cuento lúgubre de horror con todas las características de una novela gótica; y sus Recuerdos de Carnaval, publicados el 27 de febrero de 1852. Este último sobresale por su interés sostenido, con elementos románticos de amor, aventuras, honor e intriga, todos mezclados hasta el punto que el lector se olvida de que es un tal “Licenciado” y no el costumbrista quien relata el cuento.

Antes de colaborar en El Siglo xix, Prieto ya había publicado varios cuentos, leyendas y cuadros populares en El Museo Mexicano, La Revista Científica y Literaria, El Museo Popular (1840) –en donde publicó tres producciones costumbristas, las primeras del autor– y en el Álbum Mexicano (1849) de Ignacio Cumplido. Prieto, como él mismo nos dice, no podía dejar de escribir: “Como eso de escribir para el público es una especie de manía, como la de comer tierra o inyectarse con morfina; y yo había sucumbido de lleno a esa manía, buscaba arrimo en imprentas y redacciones”.

Entre sus trabajos, hay que mencionar el que recogió Nervo en sus Lecturas, titulado “Un cuento”,4 primoroso relato a base de un recuerdo de la niñez que parece autobiográfico. Es lo mejor de Prieto en el género, y hace recordar los cuentos del poeta místico.

Prieto es el sucesor de Lizardi; en sus páginas pinta costumbres y tipos netamente mexicanos, con humorismo y algo de sentimiento. Por desgracia, lo único que se recogió de esta abundante producción fueron “Los San Lunes de Fidel” (1923), cuadros que publicaba cada semana con el seudónimo que lo hizo famoso.

Lecturas: “Un cuento”, en Nervo, Lecturas, 1ª serie, pp. 19-24; “Un San Lunes de Fidel”, en Novo, Lecturas, pp. 14-19.

Crítica: McLean, El contenido literario…, pp. 28-40 y 58-61; Salvador Ortiz Vidales, Don Guillermo Prieto y su época (México, 1939); Spell, “The Costumbrista Movement”, pp. 312-313.

Francisco Zarco Fortún (Durango, 1829-1869) publicó entre 1851 y 1854 nada menos que 50 cuadros costumbristas, todos ellos en estilo que tiende al pesimismo. Sus observaciones ahondan más en los problemas nacionales que las de ningún costumbrista. Si Prieto –que es el único que lo aventaja– imita a Mesonero Romanos, Fortún puede considerarse como el Larra mexicano,

Crítica: Spell, “The Costumbrista Movement”, pp. 300-303 y 313-314.

Hilarión Frías y Soto (Querétaro, ¿?, Tacubaya, ciudad de México, 1905), médico, periodista, costumbrista y novelista, es el autor de la primera novela realista mexicana, Vulcano (en La Orquesta de 1862), y de varios cuadros costumbristas, publicados bajo el título Álbum fotográfico. En ellos vemos desfilar los tipos sociales característicos de su tiempo: celestinas, viudas, pordioseros, vendedores ambulantes, curas de aldea, lavanderas, sacristanes, bandidos, peinadoras, billeteros, monjas, pilluelos, pollas, peluqueros y demás representantes de las diversas clases sociales que formaban el México de mediados del siglo xix. Los cuadros costumbristas de Frías y Soto, según opinión del profesor Spell, tienen gran importancia en el desarrollo del género, debido, principalmente, a que el autor representa la transición entre Prieto, introductor de género, y Cuéllar, su más consumado cultivador. Los cuadros de Frías y Soto aparecieron en La Orquesta –revista de la que fue redactor– entre febrero y mayo de 1868. En 1954 fueron publicados en una colección que lleva el título que les dio el autor: Álbum fotográfico (México).

Lecturas: Selecciones en el Álbum fotográfico.

Crítica: González Obregón, pp. 48-49; Altamirano, La lit. nac., i, 77-79; MacLean El contenido, pp. 40-42 y 61; Mestre Ghigliazza, p. 222; Spell, “The Costumbrista Movement”, p. 311; Emmanuel Carballo, sobre un Álbum fotográfico, Novedades, “México en la Cultura”, 29 de agosto de 1954.

José Tomás de Cuéllar (Facundo)(ciudad de México, 1830-1894) nos legó La linterna mágica, 24 volúmenes de cuadros de costumbres y narraciones novelescas, en todos los cuales predomina una honda mexicanidad.

Ésta es la linterna mágica: no trae –dice el autor– costumbres de ultramar, ni brevete de invención; todo es mexicano, todo es nuestro, que es lo que nos importa; y dejando a las princesas rusas, a los dandies y a los reyes en Europa, nos entretendremos con la china, con el lépero, con la cómica, con el indio, con el chinaco, con el tendero y con todo lo de acá.

Debido a su gran conocimiento de la clase media mexicana, Cuéllar pudo captar las escenas más íntimas, permitiéndonos en sus cuadros sorprender a las familias, o a grupos de familias, en acción.

La evolución de esta literatura da un gran paso con Cuéllar. Esta evolución, como ya observaba don Guillermo Prieto, el iniciador, no fue sólo porque Cuéllar extendiera el panorama, sino también por la forma. Los cuadros de Cuéllar no son meras vistas fijas de costumbres mexicanas y tipos sociales; todos ellos, por lo común, tienen una trama muy dramática y son, además, episódicos, características que no encontramos en los costumbristas anteriores. Cuéllar prepara el terreno para lo obra de Micrós y otros escritores posteriores. Se diferencia de ellos, como ya observó Jiménez Rueda, en que en su obra no hay gran emotividad. “Es un fiel observador de la realidad que lo rodea, pero sin que su alma vibre ante la contemplación del paisaje o de las vidas que en él se proyectan.” No hay duda de que la estatura de Cuéllar ha aumentado al correr de los años.

Conocedor de su gente y de su época –observa Rojas González, uno de sus últimos críticos–, Cuéllar logra que los escépticos volteen la vista hacia la vida palpitante del barrio bajo, en donde se genera con todo vigor la nacionalidad que ahora nos enorgullece. Dialoguista notabilísimo, dueño del secreto de la narración, Facundo resulta uno de los más representativos no sólo del cuento típico de la decimonona centuria, sino del cuento mexicano con todo su historial […]. Sus méritos lo colocan a la vera de su glorioso antecesor don José Joaquín Fernández de Lizardi, ambos personificaciones de sendas etapas en los anales de la literatura mexicana.

Lecturas: “Viernes de Dolores”, en Connyn, pp. 101-108; “El aguador”, en La linterna mágica, Bib. del Est. Univ., 27 (México, 1941), pp. 203-211.

Crítica: José Tomás de Cuéllar, prólogo a La linterna mágica, ii (Barcelona, 1890); Antonio Castro Leal, pról. a Ensalada de pollos y Baile y cochino (México, 1947); M. B. Kingsley, Estudio costumbrista de la obra de Facundo (México, 1944); Guillermo Prieto, prólogo a La linterna mágica, i (Barcelona, 1889); R. Salazar Mallén, Introd. a Estampas del siglo xix de Cuéllar Bib. Enc. Pop, 17 (México, 1944); Mauricio Magdaleno, pról. a La linterna mágica, Bib. del Est. Univ., 27 (México, 1941); Rojas González, “El cuento mexicano”.

Resumen

El acontecimiento literario de mayor importancia durante esta época es el extraordinario desarrollo de los periódicos y revistas literarios, que habían empezado por insignificantes “años nuevos” y almanaques. En estas revistas publican sus cuentos y narraciones los literatos de la época, casi todos ellos inmiscuidos en la política, en su mayoría afiliados al partido liberal. Las tendencias literarias reflejan las corrientes europeas: romanticismo, costumbrismo, historia novelada. Además de los géneros tradicionales –poesía, novela, drama– aparecen por vez primera en México el cuento, la novela corta y el cuadro costumbrista. Aunque estos primeros cuentos son verdaderos balbuceos, no dejan de tener importancia, pues ya en ellos encontramos los gérmenes de lo que ha de ser el género durante la época siguiente. Castillo, Prieto, Payno y sus contemporáneos introducen perspectivas y sensibilidades que han de ser refinadas por los literatos de las generaciones venideras; mas ellos fueron quienes, aunque de una manera imperfecta, se dedicaron primero a cultivarlos; sus escritos fueron fuente temática y metodológica en la cual bebieron los productores de la siguiente generación, que pasamos a estudiar.

Consultar

Coester, The Literary History, pp. 334-56; Enrique Fernández Ledesma, Viajes al siglo xix (México, 1933); Galería de fantasmas (México, 1933); González Peña, pp. 151-158. Hespelt; Outline, pp. 44-52; Jiménez Rueda, Historia, caps. xii-xv. Las letras en el siglo xix (México, 1944); Malcolm D. McLean, El contenido literario de El Siglo Diez y Nueve (Washington, D. C., 1940); Pimentel, Novelistas; Guillermo Prieto, Memorias de mis tiempos, 1828 a 1840, 2 tomos (México, 1906); Jefferson R. Spell, “Mexican Literary Periodicals of the Ninneteenth Century”; Arturo Torres Rioseco, Bibliografía de la novela mexicana (Cambridge, Mass., 1933); John Lloyd Read, The Mexican Historical Novel, 1828-1910 (Nueva York, 1939); Arthur R. Seymour, “The Mexican ‘novela de costumbres’”, en Hispania (1925), pp. 283-289.

1 Publicado en La Revista Mexicana, 1835, pp. 551-560. Hay ed. de 1836, México, 40 pp.

2 Diario del Gobierno, xiv, núm. 1437, 6 de abril de 1839, citado por Manuel García Garófalo.

3 Manuel Payno, al hacer la descripción del camposanto de la ciudad de Veracruz, durante su viaje por aquel estado en 1843, comenta: “No observé epitafios dignos de mencionarse. La hija de D. Francisco [sic] Fernández de Lizardi llamado el Pensador Mexicano, reposa allí” [Tardes nubladas (México, 1871), p. 444].

4 También. en Prieto, Prosas y versos, México, 1917.

V. NACIONALISMO
SEGUNDA ETAPA ROMÁNTICA (1867-1883)
Comentario preliminar

Con el triunfo del partido liberal y de la Reforma, la nación entra en una era de paz desconocida hasta entonces. Excepto por la revuelta de la Noria contra Juárez (muerto en 1872), esta época de paz se prolonga con Díaz hasta la primera década del siglo xx. Al amparo de esta calma octaviana, los escritores mexicanos, desligados ahora un tanto de la política, se dedican, con todas sus energías, a la creación de una literatura nacional digna del renombre que México empezaba a obtener. El resultado es un florecimiento literario hasta entonces no sospechado.

En 1867, al restaurarse la República, Altamirano efectúa un llamado a los literatos, tanto liberales como conservadores, para proponerles que aúnen sus talentos y energías, y los dediquen a la creación de esa literatura nacional con la que siempre había soñado durante los trances anteriores al triunfo de la República. El resultado fue la revista El Renacimiento (fundada en 1869), en la que habrían de colaborar tanto los liberales como los conservadores, olvidando las rencillas políticas. Además, Altamirano logró reactivar el difunto Liceo Hidalgo, cenáculo donde se reunían los escritores que han de figurar en la época que se inicia; entre ellos todavía encontramos a algunos de los literatos de la generación anterior: Prieto, Payno; pero predominan los jóvenes: Roa Bárcena, Riva Palacio, Justo Sierra y Manuel Acuña.

Durante este periodo, que en realidad es de transición entre el romanticismo y el modernismo, se siguen cultivando los cuentos de tendencia romántica; este romanticismo retardado se caracteriza por la moderación, tanto en los sentimientos como en los temas. El primitivo cuadro de costumbres de Prieto y Payno obtiene en Altamirano un refinamiento inusitado. Al mismo tiempo, aparece el cuento moderno. Lo que hasta aquí habían sido simples balbuceos son ahora pasos firmes en este género, con escritores como Roa Bárcena y Riva Palacio. “Florece después –observa Ortiz de Montellano– una serie de ‘narradores’ cuyo tipo es don José María Roa Bárcena y un muy distinguido corifeo, el general Vicente Riva Palacio, los que inician el cuento moderno, sustantivo y corto, en un estilo familiar de conversación y de recuerdo para entretener al auditorio”.

A. El cuento sentimental

El cuento sentimental, o romántico retardado, que cultivan Altamirano, Castera y Sierra, es el descendiente directo del cuento romántico de Florencio M. del Castillo. Su principal característica es el predominio de los sentimientos expresados de una manera muy moderada, y hasta sobria algunas veces. En los temas, nada descabellados, predomina el nacionalismo. Este cuento sentimental es el precursor del cuento modernista de Nájera.

Autores

Ignacio Manuel Altamirano (Tixtla, Guerrero, 1834-San Remo, Italia, 1893) es más recordado como poeta y novelista –Rimas, Clemencia, El Zarco–, aunque también escribió cuentos y cuadros de costumbres. Como cuentista, sin embargo, su producción es escasa: una novela y tres cuentos. El primero, “La novia” aparece en El Correo de México en 1867 y también en El Renacimiento en 1869 (i, 471-473), aunque con diferente título: “Las tres flores”. Sobre este “cuento alemán”, que según nota del autor es una traducción, González Peña opina lo siguiente: “Cuentecillo de ambiente extranjero, aunque de pronunciado sabor a romanticismo mexicano, que Altamirano afirma haber traducido cuando estudiante, pero que hay motivos para conjeturar que sea original y propio”. El siguiente cuento ve la luz pública tres años después en El Siglo xix (1870) y bajo el título “Una noche de julio”, que más tarde es abandonado por uno más breve: “Julia”. Ese mismo año, en el folletín de La Iberia, aparece la delicada novelita corta La Navidad en las montañas, obra maestra de Altamirano. Para completar la bibliografía de sus cuentos, mencionaremos la obra “Antonia”, y unas “Cartas sentimentales” aparecidas en El Siglo xix en 1872, cartas que no nos ha sido posible leer para determinar su carácter. Algunos de los relatos arriba mencionados fueron más tarde recogidos en el volumen Cuentos de invierno, del cual se hicieron varias ediciones. También publicó Altamirano durante su vida un volumen de cuadros costumbristas –género que cultivó con gran éxito– titulado Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México (1884), el cual contiene algunas de las mejores páginas del autor.

Aunque la obra de Altamirano en este terreno no sea muy abundante, no hay duda de que contribuyó al desarrollo del género en dos maneras: en la selección de los temas nacionales y en la estructura artística de las narraciones. Su influjo sobre los cuentistas posteriores es evidente.

Lecturas: La Navidad en las montañas, en Aires de México, Bib. del Est. Univ., 18 (México, 1940; 2ª ed., 1955), pról. de A. Acevedo Escobedo.

Crítica: José Luis Martínez, prólogos a Clemencia (México, 1949) y a La lit. nac. (de Altamirano) (México, 1949) i, vii-xiii; Monterde, Cultura, pp. 215-217; Read, pp. 159-177; R. H. Valle, Bibliografía de Manuel Ignacio (sic) Altamirano (México 1939); R. E. Warner, “Bibliografía de las obras de Ignacio Manuel Altamirano”, Rev. Iber., iii (1941), pp. 465-512; Historia, pp. 47-55.

Justo Sierra (Campeche, 1848-Madrid, 1912), el famoso maestro de la juventud mexicana, comenzó a escribir cuentos durante sus días de estudiante. Al llegar a la metrópoli, llevó consigo sus primicias literarias, que comenzó a publicar en periódicos y revistas. De 1868 en adelante comienzan a aparecer en el Monitor Republicano sus “Conversaciones del domingo”, algunas de las cuales son verdaderos cuentos. Otras revistas también abrieron sus puertas al joven literato, y el mismo maestro Altamirano publicó en su Renacimiento un cuento de Sierra, “César Negro”. Durante esta misma época escribió la “Novela de un colegial” (abril de 1868), y las “Confesiones de un pianista” aparecieron primero en El Domingo, semanario que vio la luz entre 1871 y 1873. Estos cuentos y otros del mismo periodo fueron coleccionados y publicados más tarde bajo el título Cuentos románticos. En carta de Justo Sierra a Raúl Mille, suscrita en junio de 1895, encontramos la siguiente autocrítica: “Querido amigo: Por empeño de usted, no mío, publico esta colección de cuentos que bien habría podido titular románticamente Amor y muerte. Exceptuando dos o tres, están escritos de 1868 a 1873, entre mis veinte y mis veinticinco años[…] Lleva esta colección su fe de bautismo en el lirismo sentimental y delirante que la impregna…” A pesar del desdén con que el autor veía sus producciones novelescas, son, sin embargo, según juicio de González Peña, “un dato importante en la evolución de nuestras letras: representan, con las novelas de Altamirano, el momento justo en que el romanticismo mexicano en el género novelesco cristaliza en una forma propiamente literaria y artística”.

Lecturas: “La playera”, en Mancisidor, Cuentos siglo xix, pp. 667-684; “La fiebre amarilla”, en Cuentos románticos (México, 1946).

Crítica: Pról. de A. Castro Leal a los Cuentos románticos (México, 1946); Francisco Monterde (ed.), Obras completas de Justo Sierra, ii: “Prosa literaria” (México, 1948); A. Loera y Chávez, pról. a Prosas de Justo Sierra (México, 1917); Carlos González Peña, págs. prels. a Confesiones de un pianista y otros cuentos románticos (México, 1946); Enc. Yuc., vii, pp. 401-436.

Pedro Castera (1846-1906), músico, soldado y periodista, bien conocido por su novela Carmen, nos dejó también sus Impresiones y recuerdos (1882) y su cuento “Las minas y los mineros” (1882), de ambiente y tonalidad romántico-sentimentales. Los coleccionados en este último volumen ya habían aparecido en diferentes periódicos, “con mucho éxito”, según el decir de González Obregón. Altamirano, en su prólogo a la colección, califica el cuento “Tildío” de

bellísima narración en que el interés dramático empieza desde que aparece el pequeño personaje anunciando el fuego en la Mina, que va creciendo instante por instante de un modo violento, y que se sostiene admirablemente hasta las últimas líneas, hasta el paseo triunfal del heroico niño morrongo de la Preciosa, tipo generosísimo que no desdeñaría Victor Hugo.

Además, la colección comprende los cuentos “En la montaña”, “Una noche entre lobos”, “En plena sombra”, “La guapa”, “El pegador”, “En medio del abismo”, “Los maduros”, “Un combate” y “Sin novedad”.

Lecturas: “Sobre el mar” y “Un amor artístico”, en Mancisidor, Cuentos siglo xix, pp. 131-158.

Crítica: C. González Peña, pról. a Carmen, memorias de un corazón (México, 1950); Warner, pp. 79-82.

B. El cuento anecdótico

El cuento anecdótico consiste en hacer uso de un asunto sencillísimo (muchas veces de una simple relación) para entretejer un cuento. El secreto consiste en saber contar y en sugerir una emoción. Los maestros de este tipo de cuento son Roa Bárcena y Riva Palacio. Con ellos nace el cuento moderno en México, género que en los Estados Unidos había iniciado Edgar Allan Poe.

Autores

José María Roa Bárcena (Jalapa, Ver., 1827-ciudad de México, 1908) ocupa, como cuentista, un alto puesto en la literatura mexicana. Cornyn lo ha llamado “el Poe de México”, y de sus cuentos ha dicho que en cuanto a la caracterización de los personajes, el desarrollo de los temas y la coordinación de los materiales que usa, son los mejores que se habían escrito en México.

Noche al raso –colección de cuentos unidos por un cuadro semejante al del Decamerón de Bocaccio y Los cigarrales de Toledo, de Tirso– es obra digna de figurar entre las mejores del género. De ella dijo don Juan Valera en sus Cartas Americanas: “Noche al raso es lindísima colección de anécdotas y cuadros de costumbres, por donde el ingenio, el talento y la habilidad para narrar están realzados por la naturalidad del estilo y por la gracia y primor del lenguaje castizo y puro, sin la menor afectación de arcaísmo”. El escenario de Noche al raso, se podría agregar, es mexicano: el camino entre Orizaba y Puebla. El motivo no es muy original: el tener que dormir una noche al raso por la descompostura de la diligencia. El grupo de pasajeros se entretiene narrando cuentos. Los mejores de ellos son el del procurador (“El crucifijo milagroso”), el del farmacéutico (“La docena de sillas para igualar”, cuento cuya base es un topillo, tan popular en México) y el del almonedero (“El cuadro de Murillo”, tema que había de repetir Riva Palacio). De menos interés son los cuentos del militar (“El hombre del caballo rucio” y “A dos dedos del abismo”).

Algunos de los mejores cuentos de Roa Bárcena fueron publicados después de 1870; entre otros hay que mencionar “Lanchitas” (1878), “El rey y el bufón” (¿1882?) y “Combates en el aire” (¿1892?). Sobre la génesis de “El rey y el bufón” el autor nos dice: “El esqueleto de este cuento ha sido exhumado de los libros ingleses de caballerías del siglo xiii. El autor, más aficionado a las limpias y frescas pastas modernas que al polvo de los cronicones, halló el asunto en el Curso de literatura francesa de Villemain”. A pesar de esa aversión a los cronicones, no hay duda de que de uno de ellos salió el tema de su obra maestra, el inolvidable “Lanchitas”, en el cual, según el decir de Valera, “la fantasía del autor y su arte y buena traza prestan apariencias de verosimilitud y hasta de realidad al prodigio más espantoso”. El origen de la conseja utilizada por Roa Bárcena para entretejer su fantástico cuento fue descubierto por don Luis González Obregón; en su leyenda “La calle de Olmedo” revela que, según un proceso que existe en el Archivo General de la Nación, el hecho referido por Roa Bárcena ocurrió el 15 de septiembre de 1791, “y cuyo secreto se llevó a la tumba el sigilo inquebrantable del discreto y cumplido sacerdote D. Juan Antonio Nuño Vázquez”. La popularidad del cuento de Roa Bárcena lo prueba el número de imitadores que comenzó a tener inmediatamente después de su publicación. Entre otros autores que se aprovecharon de él citemos a Ángel R. Arellano, a Riva Palacio, a Juan de Dios Peza y al propio González Obregón. El mérito de la obra de este escritor consiste, por supuesto, en haber creado un cuento cabal de una simple conseja; el incidente del pañuelo, fundamental en “Lanchitas”, sirve para transformar lo inverosímil en verosímil. Los trabajos de Roa Bárcena marcan un adelanto bien definido en el desarrollo del cuento mexicano.

Lecturas: “Lanchitas”, “El crucifijo milagroso”, “El cuadro de Murillo”.

Crítica: J. Jiménez Rueda, pról. a Roa Bárcena, Relatos (México, 1941), Bib. del Est. Univ. 28; “Noticia del autor”, pról. en Obras, i (México, 1897), pp. i-xv; Manuel G. Revilla, “El historiador y el novelista C. José M. Roa Bárcena”, en Memorias de la Acad. Mex., iv (1910), pp. 263-287; Renato Rosaldo, “Roa Bárcena y sus traducciones del alemán”, en Ábside, ix (1945), pp. 329-340.

Vicente Riva Palacio (ciudad de México, 1832-Madrid, 1896), general, periodista y político –más recordado como novelista e historiador, debe no poca de su fama a Cuentos del general, colección de 26 deliciosos relatos escritos en estilo castizo, y en los cuales sobresale el humorismo y la ironía, características predominantes en las obras más logradas del autor, como lo son estos cuentos y su galería de contemporáneos, Los ceros.

Aunque los Cuentos del general vieron la luz pública el mismo año de la muerte del autor (1896), fueron escritos con mucha anterioridad. Como observó Manuel Toussaint, el argumento de “El buen ejemplo” aparece en Los ceros, libro publicado en México en 1882. No hay duda, sin embargo, de que muchos de los cuentos fueron escritos en Madrid, pues acusan el influjo de la Corte y de la vida española.1 Menos numerosos son los de asunto colonial mexicano, basados en anécdotas extraídas de las crónicas de la Nueva España; en unos cuantos se trasluce el influjo de los franceses: “La gata coja”, “La expiación”, “La bestia humana” y “En una casa de empeños”.

Los más típicos cuentos del general son aquellos inspirados en una anécdota, como “El buen ejemplo”, “Un Stradivarius” (repite el tema de “El cuadro de Murillo” de Roa Bárcena), “La burra perdida” y otros. También se supera en la graciosísima fábula “El divorcio”, y sólo sentimos que no haya explotado más esta tendencia. En general, todos los cuentos de Riva Palacio tienen un argumento bien redondeado, característico del estilo del autor. No hay duda de que con los Cuentos del general el desarrollo del cuento mexicano da un gran paso.

Lecturas: “El buen ejemplo”, “El divorcio”, “La horma de su zapato”.

Crítica: Manuel Toussaint, pról. a Cuentos del general (México, 1929); Pedro Serrano, El general, silueta del excelentísimo señor don Vicente Riva Palacio, con varias anotaciones (México, 1934); Luis Leal, “Dos cuentos olvidados de Vicente Riva Palacio”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 27 (1958), pp. 63-70; Luis Leal, “Vicente Riva Palacio, cuentista”, Revista Iberoamericana, 22 (julio-diciembre, 1957), pp. 301-309; Luis Leal, “Los cuentos del general”, Literatura mexicana 72 (1996), pp. 325-333), núm. dedicado a Riva Palacio.

Resumen

En este corto periodo de transición entre el romanticismo y el modernismo, los literatos por primera vez logran trabajar en paz. El resultado es un renacimiento de las letras. Las tendencias europeas evidentes en el periodo anterior siguen teniendo influjo sobre el desarrollo de la literatura mexicana. Altamirano, sin embargo, realiza un esfuerzo por crear una literatura nacional; en sus cuentos, novelas y artículos costumbristas emplea temas y motivos mexicanos.

Él y Justo Sierra, románticos retardados, cultivan el cuento sentimental.

El desarrollo del género da un gran paso durante esta época: dos escritores, Roa Bárcena y Riva Palacio, escriben por vez primera verdaderos cuentos, cuentos que podemos llamar modernos en toda la extensión de la palabra. Su influjo sobre los cuentistas de la generación siguiente, que pasamos a estudiar, es notorio.

Consultar

Coester, The Lit. History, pp. 341-362; González Peña, pp 203-209; Juan B. Iguíniz, Disquisiciones bibliográficas (México, 1943); Jiménez Rueda, Historia, caps. xv, xvi y xix; Concha Meléndez, “Novelas históricas de México”, en El libro y el pueblo, xiii, núm. 3 (noviembre, 1939), pp. 113-124; Francisco Monterde, “Estudio histórico de la novela mexicana”, en Iguíniz, Bibliografía; Ernest R. Moore, “Obras críticas y biográficas referentes a la novela mexicana anterior al siglo xx”, en Revista Iberoamericana, iii (1941), pp. 235-264.

1 En las pp. 237-239. Tamb. en El Siglo xx (1 de noviembre de 1982); allí mismo: “ciento por uno” (15 de septiembre de 1887), “El hermano Cirilo (11 de junio de 1986), “La limosna” (4 de marzo de 1896) y “Perico” (12 de febrero de 1896). Cinco “Cuentos del general” aparecieron en la Ilustración Española y Americana (Madrid) en 1893.

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