Kitabı oku: «Año Nuevo en Sudán»

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© Luis Pancorbo, 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

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Índice

DOMINGO, 22 DE DICIEMBRE

LUNES, 23 DE DICIEMBRE

MARTES, 24 DE DICIEMBRE

MIÉRCOLES, 25 DE DICIEMBRE

JUEVES, 26 DE DICIEMBRE

VIERNES, 27 DE DICIEMBRE

SÁBADO, 28 DE DICIEMBRE

DOMINGO, 29 DE DICIEMBRE

LUNES, 30 DE DICIEMBRE

MARTES, 31 DE DICIEMBRE

MIÉRCOLES, 1 DE ENERO

JUEVES, 2 DE ENERO

VIERNES, 3 DE ENERO

SÁBADO, 4 DE ENERO

DOMINGO, 5 DE ENERO

LUNES, 6 DE ENERO

La primera vez que tuve la idea de ir a Sudán fue en 1970, cuando vivía en Roma, y ahí se quedó, varada, como un pez en la arena. Durante casi medio siglo mi proyecto de viaje caía siempre en una decidida procrastinación, ese vocablo latino que aún emplean los ingleses aplicándolo con cierta deportividad a lo que no puede ser. Los viajes se hacen cuando se da una conjunción temporal determinada y eso es lo más valioso que tienen. No son antes ni después, sino cuando suceden. Y no siempre es cuando tú más los deseas. Tampoco los viajes tienen que ver con lo que diga el hígado de una oveja, como en los augurios romanos. El caso fue que me entró un deseo, mechado de curiosidad, por ir a Jartum, que no he podido satisfacer hasta hace poco. Y todo fue porque en septiembre de 1970 pude ver a pocos metros de distancia al nuevo presidente sudanés, Gaafar el Nimeiry, sentado junto a Gadafi, que fue su anfitrión en Trípoli. Creo que nunca he estado tan cerca de personas tan poderosas y polémicas sin que un guardaespaldas me haya alejado en el acto. Pero la vida tiene resquicios, o excepciones, si se prefiere, que vienen a ser como la sal que hay que echar a un huevo frito. Sin eso el aburrimiento es lo que condimenta la tristeza de existir. En aquella ocasión se celebraba el primer aniversario del derrocamiento de la monarquía libia. El nuevo gobierno militar de Trípoli había invitado a presidentes de medio mundo y, por la misma razón, acudimos al evento bastantes corresponsales con base en Italia, amén de periodistas procedentes de los países más heterogéneos. En aquel tiempo un capitán de veintisiete años, llamado Muamar el Gadafi, parecía todo un libertador del pueblo oprimido, aparte de un tipo apuesto y valiente que había derribado sin derramamiento de sangre la empolvada monarquía del rey Idris I. Los dignatarios congregados, especialmente los de los países árabes, y en concreto el sudanés Nimeiry, quien a su vez había dado un golpe de Estado el año anterior en Jartum, se felicitaban por el surgimiento de aquella estrella que era Gadafi, propulsada además por una enorme cantidad de petróleo. Sin embargo, a mí en aquel tiempo me intrigaba casi más la figura de Nimeiry, con sus grandes gafas de sol, su blanca y vaporosa yalabía, una especie de chilaba, que contrastaba con su piel de un negro casi azulado y en la que me pareció distinguir tatuajes tribales. Nimeiry era la viva imagen de uno de esos antiguos jefes africanos que daban órdenes que podían implicar perder la vida, o el perdón de la misma, sin mover un músculo de la cara.

Pues bien, ya en aquella naciente Libia republicana acaricié la idea de viajar a Bilad al-Sudán, la Tierra de la Gente Negra, un país que me parecía mítico con solo mentarlo. No se trataba, por supuesto, del Sudán del soldado, como diría Churchill, sino del Sudán del Nilo y del mar Rojo, el de los antiguos nubios y el de los nómadas camelleros y, por si aún fuera magra tal confluencia de intereses, el país que hasta 2012 fue el de mayor extensión de toda África.

Pero sobre todas las cosas, por encima incluso del mar Rojo, Sudán es el país del Nilo. Eso lo reivindica también Egipto, y con toda razón, pero no es menos cierto que el gran río se refunda en Jartum. En realidad el Nilo nace en Jartum cuando se juntan el Nilo Blanco y el Nilo Azul, hasta entonces dos ríos cada uno de su padre y de su madre, por mucho que se pretenda encontrar un origen único en algún lejano charquito o manantial. Por otro lado, al margen de la cansina historia de su origen, es innegable que es en Jartum donde el Nilo se convierte en el río de ríos, porque a partir de allí le esperan, ya sin escisiones, unos dos mil kilómetros de desierto antes de desembocar triunfalmente en el Mediterráneo. Además de eso, la recreación o resurgimiento del Nilo enmarca de una manera opulenta la historia del general Gordon y el Mahdi, dos figuras históricas que caracterizan mejor que nadie el viejo Sudán. Dos hombres dignos de ser grandes enemigos, tal para cual. Bien es cierto que aquella mano de la historia la ganó el Mahdi y la perdió Gordon, pero luego hubo más partidas de poder a orillas del Nilo sudanés, donde el triunfo se transformó en derrota, y viceversa, y los ingleses acabaron comiéndose el pastel de Sudán, la tierra más extensa y áspera del África oriental.

Todo eso y algo más era cuanto yo anhelaba desde hacía un largo tiempo: contemplar Al Bahr, que es como en árabe llaman al río Nilo, y bien llamado está. Es un mar de un color indefinible. Personalmente no tenía nada en contra del río de Roma que pasaba al lado de mi casa, el biondo Tevere —el rubio Tíber—, que no sé a quién se le ocurriría destacar el amarillo de sus aguas tan distante del color del oro. Pero lo que yo ansiaba era ver un día a los dos Nilos, el Blanco y el Azul, juntándose en Jartum. Y a eso se le añadía la evocación, esta ya más de color sepia, o de sangre seca, del general Gordon muriendo por la mayor de las razones posibles: por coherencia personal, un principio quizá no tan valorado como otros de categoría sublime, como por ejemplo dar la vida por la corona inglesa o por la patria. Coherencia, eso era lo que le motivaba a Gordon, algo por lo que ya casi nadie se inquieta, ni mucho menos se juega el bigote ni la cartera. Pero Gordon estaba hecho de otra pasta, y teniendo ya tantos honores a sus espaldas, y campañas triunfantes como la de China, no le importó empecinarse y resistir con un puñado de hombres en el sitio de Jartum, cuando quedaba claro que todos le habían abandonado, propios y extraños, ingleses y otros europeos, incluso su hasta entonces inveterada buena fortuna. Ni vaciló para afrontar en soledad la muerte, por la espalda, el lanzazo que le derribó en las escaleras de un palacio que aún hoy es la gloria de Jartum, aunque no es un lugar visitable ni fotografiable, siendo la residencia del actual presidente, Omar al-Bashir.

Guardé todo eso como las hojas que antes se ponían a secar entre las páginas de los libros, por si un día pudiese abrir aquel viejo volumen. Total, han sido cuarenta y tres años de espera para pisar Sudán. A lo mejor es verdad que nunca es tarde si la dicha es buena. Nunca tuvieron éxito mis iniciativas de viaje a Jartum durante mi corresponsalía de RTVE en Roma, ni se me presentó la oportunidad de incluir Sudán en alguno de mis posteriores documentales televisivos. De modo que, con los años, Sudán se fue cubriendo de polvo en mi almacén particular de viajes intentados.

Pero siempre puede llegar un cambio de tornas, todo es cuestión de vivir bastante (aunque eso nada tiene que ver con sobrevivir). Algunos amamos los cambios de tornas más que los cambios de tortilla. Y así en diciembre de 2013 se me ocurrió sacar a Sudán del disco duro de mi memoria, imaginándomelo como uno de los mejores lugares del planeta para recibir un Año Nuevo, o quizá era para escapar de quién sabe qué, que uno puede poner en su maleta una infinidad de pretextos, ya que ocupan menos que los calcetines.

La embajada de Sudán en Madrid se enclava en un piso modesto del paseo de la Castellana, cerca de la plaza de Cuzco, y al lado de un bar donde ponen tapas de jamón, el impuro alimento español que tanto gusta al niño como al abuelo, que dirían en alguna antigua feria de la piel de toro. Allí hice mi solicitud de visado y tuvieron la cortesía de concederme uno que podía usar a lo largo de todo un mes. Me cabía de sobra el periodo navideño hasta el día de Reyes, y fue lo que tramé: permanecer ese tiempo en un país completamente alejado del panderetazo y el rascar la botella de anís, y a muchos kilómetros mentales del inmoderado llamamiento a la bondad de los corazones a través de los televisores y los escaparates, a través de los móviles y tabletas, y, en definitiva, alejado de tanta presión consumista. Eso, claro está, en el Occidente cristiano, el que ha olvidado que la auténtica Navidad se tuvo que producir en primavera si es que fue entonces cuando nació realmente alguien que responde al estereotipo, tan manipulado históricamente, del Niño Jesús, el nuevo Mitra que surge de una madre virgen en un pesebre donde no falta un toro o un buey. Y ese folclore también se está aboliendo.

Después de todo, algún sitio de Sudán como la costa del mar Rojo no iba a ser malo para pasar el comienzo de un año, al menos según el calendario gregoriano, que allí se rigen por el calendario islámico y lunar. Y luego está ese cambio en las venas del hemisferio norte que representa el solsticio de invierno. La pura paradoja, o entrar en el invierno cuando más nos acercamos al sol. ¿Por qué no probarlo en Sudán, todo un emblema de país soleado y desértico? A lo largo del tiempo me ha tocado vivir solsticios, Navidades y Años Nuevos en lugares muy diversos. Se trata de fechas empaquetadas a menudo con los atributos de Papá Noel, ya sea este el norteamericano Santa Claus, el finlandés Joulupukki, o el no menos amable personaje ruso, Ded Moroz, el Abuelo Frío, con su ayudante la bella Snegúrochka, la Doncella de Nieve.

Si me remonto a un tiempo más lejano, quedé bien servido, como tantos otros niños hispanos, de pastores y peces en el río. Además, en mi tierra había nieve reforzada con harina espolvoreada en los tejados de corcho del nacimiento. Luego he intentado vivir otra clase de experiencias y figuraciones en el solsticio hiemal, y no me han faltado los chascos. Hace tres lustros volaba desde Miami hacia Cancún el mismo día 24 de diciembre mientras las azafatas tuvieron a bien ponerse gorros rojos, y por poco no hicieron pasear un reno por los pasillos del aparato. En las playas de la República Dominicana, Jamaica o Tailandia, también se ven camareros y camareras que sirven el coco loco con gorros de Santa Claus calados. Es un peaje, pero creo que el buen clima y el mar de esos sitios no autorizan a tener que tragarse con cara de tonto una ración de Navidad tropical, garrapiñada y con borla incluida. Por eso ya a finales de 2013 uno tenía que cambiar completamente de chip.

DOMINGO, 22 DE DICIEMBRE

El día del Gordo, para quien le tocara, monté en un avión de Egyptair para El Cairo, escala para llegar a Jartum. El primer tramo del viaje iba a ser de cuatro horas y media, y en el aeroplano egipcio me dieron la primera en la frente. En una nueva época, que algunos se obstinan en llamar Primavera Árabe, la compañía aérea egipcia ha abolido hasta la cerveza del carrito de las bebidas. Al subir a bordo, puedes escuchar la música que acompaña unos versículos coránicos. El sobrecargo egipcio, hombre ya mayor y curado de espantos tras las caídas de Mubarak y de Mursi, tal vez influido por el periodo vacacional, que no navideño, se sintió en la obligación de ser simpático con los pasajeros, y se puso a improvisar por el micrófono de cabina una bienvenida genérica a Egipto, pasando enseguida a un vibrante elogio de la mulujía, la sopa verde típica de su país. «Engorda, pero está muy buena». Tuve la impresión de que el hombre hacía aquel panegírico gastronómico como compensación de un vuelo rigurosamente abstemio. En fin, siempre se podía dormir sobre las nubes, tal vez soñar. Pero ¿soñar con sopa verde? La planta con la que se hace esa sopa es el yute, y con fibras de yute también se hacen sacos. Uno empezaba a dudar si había hecho bien alejándose del seguro polvorón.

La escala en el aeropuerto de El Cairo iba a ser generosa, cinco desencajantes horas de nada. Por fortuna, había un bar donde te servían una copa de Omar Khayyam, un vino egipcio que ratifica que este país ha capeado algunos rigores. Poner el nombre del poeta rebelde de las Rubaiyat a un vino es signo de esperanza. Pero aún es más esperanzador que no hayan prohibido el vino en sí. No hay que olvidar que, tras los gobiernos de Mubarak y Mursi, los militares han vuelto al poder, de donde nunca se habían ido, con una nueva constitución y con el general Al-Sisi a la cabeza de la renovación gatopardiana del país.

En ese bar me sumergí en la lectura de un libro apasionante como La guerra del Nilo (1899). Fue el primer título que publicó un joven periodista y soldado llamado Winston Churchill. El relato de Churchill hace revivir el paisaje físico y moral (desde el punto de vista victoriano) de la guerra del Nilo, librada por los ingleses contra el movimiento fundado por el Mahdi, el caudillo que había acabado años antes con el propio general Gordon. Churchill quiso a todo trance que le mandasen a Sudán, y para ello usó sus influencias familiares, que no eran pocas. Estando destinado en India buscó incluso la recomendación del primer ministro, el marqués de Salisbury, para que le enviaran a Sudán. A pesar de la oposición del general Kitchener, Churchill logró entrar como suboficial en el 2.º Regimiento de Lanceros y llegó a luchar en primera línea en la batalla de Atbara, del 8 de abril de 1898, tras la que bien se pudo decir que Kitchener vengó la memoria de Gordon. Pulverizó literalmente a los derviches, como se llamaban las huestes del califa Abdallahi, el sucesor del Mahdi. En medio de esa vorágine, Churchill tuvo el mérito, sin eludir el combate, de aguzar sus sentidos y posteriormente escribir crónicas para el diario The Morning Post. Y se las pagaban bien, a doce libras por pieza.

Es curioso pensar que Churchill fue periodista antes de ser soldado, y soldado antes de ser el estadista que, junto a Stalin y Roosevelt, se repartió el mundo en Yalta en las postrinerías de la Segunda Guerra Mundial. Después de eso ya pudo beber vinos espumosos en paz y pintar cuadros de palmeras en sitios como el hotel La Mamounia de Marrakech, aprovechando el buen tiempo. Y tampoco se pudo quejar de sus resultados como literato, ya que ganó el Nobel de Literatura en 1953, aparte de ser la sal de la política internacional durante décadas.

Entré en esa lectura de Churchill como en un túnel del tiempo, pero en cierto modo sus páginas me aliviaban todo: el invierno, la Navidad inminente y una larga espera aeroportuaria. La prosa de Churchill es envolvente como una maniobra militar. Según él, no hay operación que se pueda comparar a una marcha nocturna. «El efecto de la tristeza sobre los nervios de los soldados no es mejor que el de las características del país [...] Cada ojo trata de penetrar la tiniebla...». Ese silencio de las tropas, esa ansiedad que pinta Churchill, tiene un cierto carisma conradiano. «En esas horas dudas y temores afloran espontáneamente en el cerebro, y los hombres que marchan se preguntan ansiosamente [...] si sobrevivirán».

Un buen libro siempre hace que las escalas se hagan más cortas y a veces hasta gratas. No todos los viajeros estamos desesperados por llegar. Aún te puedes quejar menos si tienes una taza de café para acompañar la lectura, siendo el colmo una copa de vino, como en El Cairo. Pero a partir de ese momento ya me puedo despedir. En Sudán castigan con una tanda de latigazos a quien vende o consume alcohol.

De madrugada llaman para el embarque a Jartum. Voy en una fila de tres butacas y a mi lado se sienta una monja, aunque su hábito sea más bien un vestido recatado. Es una mujer menuda, de piel clara, ojos verdosos y una edad indefinible. Me sorprende un tanto que una monja viaje a Jartum, y más en estos días tan especiales, porque entre otras cosas ha estallado la guerra en el sur de Sudán. Pascale Honzé, tal es su nombre, resulta ser la superiora de una provincia, con sede en Beirut, de la congregación Hermanas de la Caridad de Besançon, fundada en 1807 por Jeanne-Antide Thouret, religiosa que llegó a ser canonizada. Pascale me cuenta que no para mucho en la casa que tienen en Minet El Hosn, en el azacanado Beirut. Le pregunto si es maronita y Pascale me lo confirma. Para ella ser maronita es una forma integral de ser católica, no hay diferencias sustanciales, me dice. Otra cosa es su misión, bastante particular por lo que voy sabiendo. Esas Hermanas de la Caridad con sede en Beirut tienen casas en los sitios más calientes de Oriente Próximo, aparte del Líbano, como Irak y Siria. En cuanto al África subsahariana, han ido a Camerún y al Chad, y hasta se han metido en esa boca del lobo que es la República Centroafricana. Allí durante 2013 se habían recrudecido las luchas de facciones, machetes y antimachetes, con el trasfondo de una guerrilla islamista sofocada a duras penas con ayuda militar francesa. Cada vez con mayor frecuencia los antiguos amos vuelven a poner parches en los díscolos territorios que fueron sus colonias. España, en el contexto de la Unión Europea, también manda efectivos tanto a la República Centroafricana como a Malí.

Pascale me cuenta que los objetivos de sus monjas son paliar el sida y el hambre, y luchar por la dignidad humana. Sin embargo, no les dejan trabajar en paz en muchos de los sitios que escogen precisamente por ser los más desesperados o desasistidos. Pese a su pequeñez corporal, Pascale parece una mujer de muchos arrestos y no se queja de los peligros que corre en su trabajo; si acaso lamenta con una sonrisa lo pesados que son vuelos como este de El Cairo a Jartum que te rompen los esquemas del sueño. Especialista en regiones límite del mundo, Pascale me comenta que en Tigray, en Etiopía, han empezado a abrirse camino pese a la inicial resistencia de los ortodoxos de etnia ahmara, los cuales ven con perplejidad que la gente responda bien a las monjas, sin que les importe que sean católicas. No se dan cuenta que es porque ayudan al personal.

Ahora sobrevolamos el desierto, rumbo al Sudán islamista, con el sueño que nos ataca en una incierta madrugada. Por contraste, la compañía de Pascale me hace recordar el Tratado de ateología de Michel Onfray, a quien había escuchado en una conferencia. Su libro es una brillante exposición de la necesidad de no creerse las grandes verdades marmóreas de los dioses. Si acaso, sostiene Onfray, habría que seguir a un pensador humanitario de maneras laicas, siempre bueno y descreído, como era Epicuro, con su deleitable acercamiento a la vida, pues las postrimerías son muy manipulables y nadie ha regresado de allí para decir que son ciertas.

Supongo que Pascale es de esas personas que no dudan, aunque nunca se sabe. Los musulmanes son como rocas en sus creencias, y Pascale no parece irles a la zaga con las suyas. Hay gente así en el mundo, no todos son partidarios del jardín de Epicuro, o de la duda metódica, o del relativismo cultural como es mi caso, o de lo bien que vendría un licor para pasar este vuelo interminable hasta Jartum.

Ciertamente, me dice Pascale, sus monjas tenían problemas en los últimos tiempos en Sudán, un país que se rige por la sharía, o ley sagrada islámica. No hace mucho, tuvieron que abandonar su pequeño dispensario en el norte de Darfur, dada la inseguridad en la zona:

—Hemos tenido que cerrar lo de Al Fashir. Una noche intentaron entrar en nuestra casa esos hombres que llaman yanyauid.

Pascale se refiere a las milicias islamistas que se han caracterizado por su brutalidad contra la población en esa región sudanesa. Algo que ha sido denunciado en los foros internacionales con resultados precarios. Hay una sangrante y a ratos irónica película que trata el tema: La buena mentira, de Philippe Falardeau. Sus protagonistas son «los niños perdidos de Sudán», los de Darfur concretamente. Pasaron del hambre y las espinas de las acacias a saber qué es una bañera, un interruptor de la luz o un postre de gelatina verde, después de que, gracias a una organización internacional, acabaran siendo acogidos por familias de Estados Unidos.

Uno desde luego está a favor de todas las acciones humanitarias, lo poco que se puede hacer en algún rincón del mundo. Esta noche viajo en un avión que levanta sus alas diez kilómetros por encima de los arenales del Nilo sudanés. Tengo la oportunidad, en este vuelo prenavideño y extraño al corazón de Sudán, de preguntarme qué pasaría si en vez de ser los países cristianos y ricos los que llevan la iniciativa de las ayudas al Tercer Mundo, países islámicos incluidos, fuesen los musulmanes quienes se dedicasen a realizar tales tareas en Occidente. ¿Tendrían la misma libertad que reclaman los misioneros y ONG para su tarea? ¿O se vería con recelo, cuando no desdén, a los caritativos islámicos? Pascale me dice que a eso ella no tiene respuesta. Ella es hija de una cultura determinada, se mueve en sus parámetros, y le parece impensable hacer un ejercicio teórico dando la vuelta al escenario: no está por la labor de imaginar a los países católicos o cristianos necesitados de pan, evangelización, medicinas, y a los musulmanes ayudando con todo eso y dando testimonio de lo suyo...

A donde Pascale va ahora, tras una parada en Jartum, es a Sudán del Sur, país independiente desde julio de 2011, el más joven del mundo, y con una mayoría de población cristiana y animista. Quiere ir a tomar el pulso en persona a la situación de su pequeña comunidad en pleno estallido de una nueva guerra civil.

—Pasaré por Jartum un día, pero mi destino final es Juba, no tengo más remedio que ir allí. —Pascale no lo dice con el tono de Ave, Caesar, morituri te salutant, pero hay algo de eso en su mirada cansada de ver tribulaciones por el mundo.

Hacía una semana escasa, en concreto el 15 de diciembre, que en Sudán del Sur se habían producido unas escaramuzas que preludiaban las sempiternas venganzas étnicas de ese joven y desgraciado país. Otra vez asesinatos, saqueos e incendios jalonaban una guerra cada día más terrorífica entre los dinka y los nuer, las dos tribus principales dirigidas por dos jefes que son enemigos irreconciliables, y que desde el principio están arruinando la propia viabilidad de Sudán del Sur.

—Ya ve usted qué tragedia otra vez en Sudán del Sur. ¿No irá usted allí? —me pregunta Pascale.

Le respondo que no es mi intención precisamente.

—Si me permite preguntarlo, ¿cuál es su trabajo? —me inquiere.

—Pues ahora básicamente viajar y escribir. Antes trabajaba en televisión.

—Entiendo, usted está acostumbrado.

Estamos hablando en francés y Pascale utiliza la palabra habitué, indicando así que debo ser alguien hecho a ir de un lado para otro. Incluso con la Navidad y la Nochevieja encima. No le voy a contar mi vida, pero lo cierto es que siempre he alternado los viajes con largas estancias bajo el manzano de casa, a ver si me cae algo del cielo sobre la cabeza y la gravedad me ilumina. Haciendo gala de prudencia por su cargo y por su naturaleza, Pascale no se lanza a hacer más pesquisas sobre mis motivaciones viajeras. Por otro lado, no llevo en mi agenda la desdichada guerra tribal de Sudán del Sur y, aunque así fuera, el gobierno de Jartum no está por la labor de dar permisos para eso, ni siquiera para acercarse a Darfur, territorio de un conflicto que se ha estancado y podrido. A pesar de todo, Darfur, ese gran trozo de Sudán dividido hoy del resto del país y hasta del mundo, mantuvo en tiempos un floreciente comercio con Kordofan, Bahr-el-Ghazal y otras regiones limítrofes. Numerosas caravanas iban desde Darfur hasta Egipto por una ruta que se hizo famosa, la Darb-al-Arbain, literalmente la «Ruta de los Cuarenta Días», a lo largo de la cual se transportaban plumas, esclavos, oro, goma arábiga, cobre, natrón y miel, hasta Asiut, en el norte de Egipto.

—No sé qué me voy a encontrar en Sudán del Sur —me dice Pascale—. Me han contado que ya la situación es terrible. Los soldados dinka entran en los poblados nuer y les piden que digan ciertas frases en su idioma dinka. Si los nuer fallan en la pronunciación, como mínimo les queman la casa.

Le enseño a Pascale el periódico que nos han dado a bordo, The Egyptian Gazette. Me llama la atención la sección «Translation Corner» para aprender inglés, y donde se publica lo siguiente: «Massacre: Matar a un montón de gente o animales de forma violenta, especialmente cuando no pueden defenderse por ellos mismos». Un pequeño diccionario con palabras semejantes servía para entender mejor la noticia de que en las últimas horas había habido «al menos veinte civiles muertos en Sudán del Sur, según las Naciones Unidas». Pascale, sin descomponerse un ápice, replica a eso:

—Yo creo que ya hay muchísimos más muertos. Este conflicto va a ser difícil de parar.

—El petróleo, ¿verdad?

Me parece que a Pascale no le gusta mezclar su perfil humanitario con el tema del petróleo y otros asuntos venales... y tanto que venales, siendo venas abiertas del mundo. Pero de todos modos me hace un comentario.

—Los dinka contra los nuer, y al contrario, esa es la principal cuestión de Sudán del Sur, ya lo sabemos, pero en el fondo se trata de tener el poder y el dinero, lo de siempre...

Lo de siempre: el líquido negro y oleoso que moverá el mundo a base de gasolina, pero que también fluye manchando voluntades y encendiendo conflictos. El control del petróleo es el tema en carne viva de Sudán del Sur, muy lejos y por encima ya de las sutiles distinciones etnográficas que realizó en la década de 1930 sir Edward Evans-Pritchard sobre las tribus azande y nuer. Especialmente, el etnólogo inglés llegó a conocer en profundidad la sociedad nuer, sus sistemas de matrimonio y parentesco, y su religiosidad muy vinculada a Gwandong, que significa «Abuelo, Padre, Antepasado y Creador». Aunque también lo llaman maadh, amigo. Un mundo, el nuer, solo primitivo en apariencia, en el que se concedía importancia a cómo se portaba en la mano la lanza sacrificial. Mucho de todo eso quedó arrasado durante la despiadada guerra que se produjo en el sur del Sudán. Desde 1983 hasta 2005, casi un cuarto de siglo, el norte luchó contra el sur, musulmanes contra cristianos, a lo que finalmente se añadió lo que estaba larvado: conflictos étnicos, intertribales, por la hegemonía o por el simple deseo de vendetta.

El presidente del país más joven del mundo es el general Salva Kiir Mayardit, el sucesor del mítico John Garang, quien fue el verdadero protagonista de la lucha por la independencia del sur. Salva Kiir va a todas partes con su sombrero tejano bien encasquetado. Solo le faltan botas camperas picudas hechas con piel de serpiente. Es un dinka, como la mayoría de la población de Sudán del Sur, si bien lo tribal no siempre funciona con la aplicación de mayorías y minorías, ni tampoco con urnas y recuentos, sino con tener poder o no tenerlo. Salva Kiir, un pragmático acorazado, fue vicepresidente del viejo Sudán, el Sudán aún unido antes de julio de 2011, y estuvo a las órdenes de Omar al-Bashir. Pero siendo un dinka cometió el error estratégico de admitir como vicepresidente de su recién estrenado gobierno de Sudán del Sur a Riek Machar, que es nuer.

Machar no esconde que quiere ser el hombre fuerte de Sudán del Sur, y que se haga realidad la preponderancia política, cultural y económica, de los suyos, los nuer. El poder nuer, o el poder de los pastores de vacas, estudiados asimismo por Evans-Pritchard. El poder nuer se concentra tradicionalmente en la lanza sagrada. Por eso Machar no lucha solo contra el dinka Salva Kiir, sino que reclama a Londres que devuelva la donga, la lanza ceremonial de los nuer. A efectos de esa recuperación ya habrían volado muchos billetes de banco. Sin resultado alguno por el momento.

El conflicto es algo inherente a las sociedades, afirmaba el antropólogo Max Gluckman, buen conocedor de las tribus africanas y de sus quiebras de armonía. Pero lo que ha dejado de existir en Sudán del Sur es la concordia más básica, la coexistencia humana, ya no la de los chacales. Nuer y dinka, dos etnias de pastores de vacas, animal que es básicamente su vida, se matan entre sí. No tanto por el oro negro, sino por vengarse de las muertes anteriores de cada grupo. Eso lo saben bien sus jefes y no pararán de atizar la guerra, una guerra que se refleja pálidamente en un periódico como el que nos han dado en este avión egipcio, que espero que planee con gran suavidad y no como si fuera un sarcófago, sobre un Nilo que va buscando sus diversas cataratas, la cuarta, la quinta, la sexta... y Jartum. Nombre que significa «trompa de elefante», por cierto.

La monja Pascale nació en tierra drusa y parece que ha visto de todo, lo mejor y lo peor de la condición humana. Me aconseja conocer a los drusos si algún día me paso por el Líbano:

—Los drusos son muy místicos, especiales. Creen en la transmigración.

Me quedo con esas últimas palabras porque ya hemos aterrizado en el aeropuerto internacional de Jartum. Son las cuatro de la madrugada. ¿Es hora de ponerse a dormir o de despertar? Me despido de Pascale y nada más cumplimentar los trámites del pasaporte y la aduana me vienen a buscar, tal como está convenido, del hotel Acropole, «tu hogar fuera de casa», como reza su eslogan. Ya veremos si es así.

Al menos en el aeropuerto de Jartum ni siquiera hay una hebra de espumillón.

LUNES, 23 DE DICIEMBRE

Antes del amanecer, el tráfico es inexistente en Jartum. Desde el aeropuerto, no se tarda ni diez minutos en llegar al hotel Acropole, propiedad de tres hermanos griegos, George el mediano, Makis el más joven, y Thanasis (Athanasios) que ya tiene todo el pelo blanco. Son los hijos de Panaghis Pagoulatos, un hombre que emigró desde su isla natal, Cefalonia, primero a Alejandría y luego a Sudán. El Acropole abrió sus puertas en 1952, y lamentablemente registró en sus anales la explosión en 1988 de una bomba de terroristas de Hamas que mató a siete personas. Pero ahí sigue, ubicado donde siempre, en el chaflán de Zubeir Pashá, una calle a un par de minutos de Al Jama’a, la gran arteria del centro. El sitio del hotel es bastante tranquilo, salvo por los camiones que después del amanecer truenan a pocos metros de las ventanas como si fueran a meterse en el cuarto. Con todo, Jartum es una especie de país aparte, una megalópolis desparramada en tres grandes zonas —el centro, Bahri y Omdurmán—, y hendida tres veces por el Nilo —el Blanco, el Azul y el río que resulta de su confluencia—. Pueden vivir ahí de seis a siete millones de personas, es arduo de precisar con la cantidad de refugiados y de gentes que un buen día vienen del desierto y ponen su chamizo en cualquier rincón de arena. De eso no falta. En el centro de Jartum, en muchas de las calles de su zona más comercial, la arena ha ganado al asfalto y los baches amenazan con engullir todo lo que se mueva en una noche sin farolas. Por el día en cualquier soportal florece un mercadillo, pilas de ropas de calidad ínfima y zapatos que no se descoyuntan al primer paso pero sí en los siguientes. Las habituales mercaderías chinas, se supone, lo mismo que llega a medio mundo, a la misma hora y con los mismos precios, es decir, lo más barato que echarse sobre el cuerpo, tanto como calzoncillo o como camiseta.

George, el hermano mediano de los Pagoulatos, es quien se encarga de organizar los viajes a los clientes, sean periodistas o espías, ambos la especialidad de la casa, arqueólogos o miembros de una ONG. La casa tiene como punto flaco que ha descartado de forma contundente servir cualquier bebida alcohólica. George lo lamenta, o al menos dice que lo lamenta. «En 1983 el gobierno de Sudán prohibió el consumo de alcohol y se acabó. Antes éramos los representantes de la Amstel para Sudán».

Preferiría que George no me mentara eso. Una cerveza en Sudán podría ser el equivalente a una copa de hidromiel en el Valhalla. Pero ya se sabe, una cerveza puede convertirse en dos o en tres, o en un barril de ron. El islam tiene esa característica, la prohibición del alcohol. Aquí su venta y consumo está vetada so pena de muchos latigazos, mientras no emplea el mismo rigor contra alguna que otra hierba. El alcohol es un tabú social, aparte de religioso, en los países musulmanes, como lo es en los nórdicos, en el sentido de constituir algo que no solo genera prohibición, sino estupor, deseo, contrabando... En fin, siempre hay personas íntegras aparte de lo que beban o no beban. Y no menos cierto es que todo tiene un límite menos la estupidez. George lo primero que ha hecho es pedirme el pasaporte para llevarlo al Ministerio y conseguirme un permiso para hacer fotografías, siempre con la excepción de los edificios oficiales y de los puentes del Nilo. Pasado un par de horas, George ya me entrega un papel oficial con mi foto, una especie de salvoconducto para fotografiar que hacía tiempo que no veía por esos mundos. También me ha hecho fotocopias por si me las piden, de lo que colijo que sacar fotos me va a dar alguna guerra en Jartum. Pero no quiero adelantar acontecimientos.

George ya ha visto pasar por el Acropole a viajeros, periodistas y escritores. Como reza el eslogan del hotel: «Más de medio siglo de devoto servicio». Por aquí anduvo el cantante Bob Geldof en una de sus giras contra el hambre, y aquí se alojó Robert Kaplan en su periplo africano cuando ya estaba incubando Rendición o hambre. Viajes por Etiopía, Sudán, Somalia y Eritrea (1988). Ese libro es un espeluznante recorrido por los países africanos azotados por la hambruna consecuencia de la guerra. Y a eso había que añadir toda clase de calamidades durante aquel primer campanazo, el de finales de la década de 1980, que luego ha vuelto a repetirse pero ya con sordina, con la opinión pública occidental muy anestesiada y encerrada en sus propias crisis.

George me cuenta que Kaplan no ha sido ni mucho menos el único escritor famoso que ha conocido.

—Yo solito tuve que evacuar a la señora Jakob, que es como se hacía llamar Leni Riefenstahl...

—¿Hablas de la autora de Los nuba?

—Sí, Leni Riefenstahl se hacía llamar Jakob y no quería que se diera publicidad a su presencia en Sudán. Eso fue en el año 2000, cuando ella sufrió un accidente de helicóptero en El Obeid. Pero nadie de la embajada alemana me echó una mano para organizar el tema de su repatriación. Tuve que hacerlo yo. Menos mal que conocía a gente en el hospital de Jartum, que fueron quienes la atendieron en un primer momento, y también en la compañía aérea sudanesa, que la sacaron del país.

George se pone esa medalla a propósito de las dos costillas rotas de una Leni Riefenstahl que en aquella época tenía noventa y siete años. Había vuelto a los pueblos nuba para rodar, a las órdenes de Ray Müller, el documental Ein Traum von Afrika. Sus planes se fueron al traste cuando el helicóptero donde viajaba se estrelló en El Obeid, la capital de la región en la que se enclavan los míticos montes Nuba, hoy territorio prohibido por temas de guerrilla, aunque el gobierno no lo dice explícitamente.

Leni Riefenstahl se había hecho famosa por segunda vez en su vida en calidad de fotógrafa. Todo un renacimiento tras haber sido la cineasta favorita de Hitler como directora de documentales como El triunfo de la voluntad (1934), un canto a un congreso del Partido Nazi en Núremberg, u Olimpiada (1938), sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. En la posguerra Riefenstahl salió bien parada de las acusaciones de nazismo beligerante y se abrió un nuevo camino con la fotografía. En 1962 escogió como leit motiv a los nuba de las montañas de Kordofan. En eso, y en más cosas, fue lista: los nuba atrajeron enseguida la atención de los occidentales, que empezaban a sentirse seguros tras las calamidades de la Segunda Guerra Mundial y tenían una nueva curiosidad por lo exótico en la que volcaron su restaurado sentimiento de superioridad.

El nombre de los nuba, tribu aislada y animista del sur sudanés, siempre se ha prestado a cierta confusión. Nada tienen que ver los nuba con los nubios del norte de Sudán y del sur de Egipto, gentes estas últimas muy vinculadas a la historia faraónica. En la década de 1970 los nuba del sur eran un brillante ejemplo de tribu orgullosa, llena de una gran plasticidad física y de atávicas costumbres. Leni Riefenstahl tuvo la suerte de conseguir un generoso permiso de estancia en los montes Nuba y allí, entre 1962 y 1969, volcó su mirada especialmente sobre las luchas rituales, y lo hizo a su modo, con una especie de gélido arrobo por la belleza física de los hombres, método que ya había aplicado a los nazis y sus parafernalias deportivas y paradas guerreras. De ese humus salió a la luz en 1973 su obra en dos volúmenes Los Nuba, ilustrados con fotografías suyas. Concretamente sus imágenes de unos primitivos altos, orgullosos, acicalados hasta el delirio, los nuba qisar masakin (es decir, los «nubas cortos y pobres»), retratados en medio de sus fiestas y peleas rituales, tuvieron un gran éxito. Impactaron tanto o más que Mondo cane (1962), el documental de Gualtiero Jacopetti, Paolo Cavara y Franco Prosperi que buscaba remover la conciencia del occidental con dosis interminables de morbo y exotismo.

—No sé por qué Leni escogió el tema de los nuba —me comenta George—. Tal vez le fascinaban esos hombres, esa estética corporal, esa fuerza muscular que exhibían, incluso se untaban el cuerpo con aceite y con polvos blancos... Y luego no hay que olvidar, yo lo sé bien, que Leni tuvo una ayuda incondicional del que entonces era ministro de Información, el señor Ahmed Abu Bakar. Por cierto, me tienes que decir adónde quieres viajar en Sudán, siempre dentro de las posibilidades que haya. Ahora en Navidad es complicado moverse.

—Pero, George, tenía entendido que aquí no hay Navidad.

—Bueno, ya ves, nosotros somos ortodoxos, y hemos puesto en el comedor unas decoraciones con MERRY CHRISTMAS. Pero lo cierto es que estos días hay movimiento en el país, son vacaciones, mucha gente viaja.

Le dije a George que me dejara pensarlo un poco porque en realidad había ido a Sudán escapando de todo ese afán de hacer algo en Navidades. Yo más bien no quería hacer nada.

Me entretuve en la terraza de mi habitación que daba a la calle Zubeir Pashá viendo pasar mujeres, todas con su hiyab, y hombres casi todos con su atuendo tradicional, yalabías blancas y grandes turbantes o imma. Muy pocos iban ataviados al estilo occidental. Teniendo en cuenta que eso sucedía a punto de entrar en el año 2014, y en la capital del país, hay que figurarse el Sudán que alcanzó a ver la Riefenstahl hace cuarenta años en una zona muy apartada. La desnudez era de toda etiqueta en los montes Nuba. Pinturas corporales y escarificaciones representaban las joyas de esa gente, y las exhibían a placer durante sus luchas. Ya me han informado de que si quiero verlas es posible hacerlo aquí en Jartum, en el barrio de Bahri, todos los viernes por la tarde. Por lo visto hay un local con un cuadrilátero de fortuna donde los gladiadores nuba, bien vestidos con amplios calzones, simulan pelear para deleite del escaso turismo que pisa Jartum. Supongo que hay que andar muy desprovisto de ideas para dejarse tentar por un show semejante.

Además el tema nuba a mí me produce una gran tristeza. Hojeo el libro de Leni Riefenstahl que han puesto en la recepción del Acropole, un detalle que tienen con los viajeros. Vuelvo a recordar las impresionantes fotos de la recolección del sorgo, apaleado a mazazos por los campesinos desnudos. En ese tiempo no está bien que los nuba tengan relaciones sexuales. Mientras el kudjur, el brujo, ha de exorcizar los campos. Cuando alguien muere, el brujo tiene que consultar a los ancestros usando un gallo como médium. Todo ese mundo fantástico ahora arroja un saldo de no menos de doscientos mil desplazados en la región nuba. Sigue ahí bien incrustada la guerrilla liderada por el movimiento del SPLA-N (Sudan People’s Liberation Army-North), que antes luchó con sus hermanos del sur del Sudán. Cuando estos se independizaron, los nuba, que también anhelaban separarse de Jartum, se quedaron colgados entre dos países que no son los suyos. Y por eso siguen luchando y padeciendo. Esa es la realidad que queda fuera de esas bellas fotos en color.

En la época de Leni Riefenstahl aún se producía el clásico y engañoso idilio del primitivo visto con ojos bondadosos por el observador occidental. Ese exotismo elevado al cubo suponía también el mentís un tanto ladino de la Riefenstahl a su racismo: ¿cómo iba a ser racista ella si exaltaba lo mismo a los rubios atletas nazis que a los zaínos nuba? Una vez agotado ese filón argumental del mundo nuba, Leni Riefenstahl quedó prendada de algo tan distinto como el mar Rojo. Y lo curioso fue que se volviera a reconvertir profesionalmente una vez más, frisando ya los ochenta años, en fotógrafa submarina. Quedaba claro el triunfo de su voluntad, con minúscula inicial pero con una letra muy aguerrida, y empezó a publicar libros iluminados con fotografías sobre los corales y los peces de colores.

Doy una vuelta por el centro de Jartum con la idea de sacudirme el jet lag, aunque no es fácil. El par de horas de diferencia con España es lo de menos. El calor aplastante de Jartum hace que te conviertas en una especie de minestrone apenas caminas un par de manzanas. Uno va cocido pero animoso; de hecho al ver la primera mezquita, que lo es indudablemente al tener algunos zapatos en la entrada, entro en un breve patio, trato de ver algo, y hago una foto al buen tuntún siempre del exterior de aquello. Nunca se me hubiese ocurrido tramar algo inconveniente. Al regresar a la calle, un hombre con camisa blanca pero con una autoridad de esas que suelen proceder de las cavernas más profundas del ser, me sigue hasta pedirme que le acompañe. Está claro que no es un cualquiera. Es un policía de paisano y me temo lo que va a pasar. Me conduce a una especie de comisaría, que se encuentra a pocos metros, y allí con cierta desgana, todo hay que decirlo, un señor que indudablemente es un comisario o un inspector, me pregunta por qué he hecho una foto de la mezquita de marras.

Recuerdo que tengo en mi bolsa el mazo de fotocopias del permiso de fotografía y eso decepciona al personal policial presente. Tampoco es que a mediodía en Jartum estén ellos muy en forma como para ilusionarse con haber dado con una gran conspiración, o quizá con alguna grave violación de no sé cuántas leyes. Yo ni siquiera había hecho un par de fotos, lo cual era prueba inequívoca, en el mundo digital que vivimos, de que aquello más que una serie de imágenes peligrosas era una fruslería. En cualquier caso, alguien me ha visto, se chiva, no hay turistas a la vista, y ahí estamos todos en una comisaría, en medio de un sopor soberano, pero todos muy dignos perdiendo el tiempo: uno haciendo el papel del extranjero incauto protegido por un documento, y ellos el de los celosos vigilantes de una ley que no tiene lagunas, incluso cuando un despistado hace clic sobre algo que parece una mezquita y encima lo es.

El asunto es que aquel sitio prohibido para la fotografía estaba demasiado cerca del palacio presidencial. Aquel pequeño patio, con puerta abierta a la calle, no alojaba en realidad una mezquita exenta, con su alminar aparte, ni se oía la voz de un almuédano, ni siquiera la de una grabación que anunciaba las oraciones. Más bien parecía una oficina como las demás contiguas, salvo por los zapatos que se dejaban en la entrada. Así que cuando me devuelven mi permiso de fotografía, y no interesándoles quedarse siquiera con una fotocopia, sé que mi infracción es una de las más insignificantes y aburridas que los policías secretos se han encontrado hoy, día 23, cuando la Navidad parece algo tan extemporáneo y lejano como los montes Nuba.

Descartando ese tema nuba, George ya me ha dicho que mis opciones son limitadas. Apenas dan permisos viajeros por el país. Con todo, lo más interesante y fácil es ver el Nilo, y la civilización nubia-egipcia de sus riberas da para no acabar. Luego está la parte visitable del mar Rojo en Port Sudan. Ahí desde luego el buceo es fundamental. Y dado que existe toda una zona entre Port Sudan y Jartum que es un desierto lleno de poblaciones aún muy camelleras, no es descabellado acariciar la posibilidad de ir a Kassala, una ciudad junto a la frontera con Eritrea, donde se congregan interesantes tribus seminómadas como los rashaida y los beni hamer.

Claro que todo eso tendrá que ser después de Navidad, de la cual parece que no me voy a librar ni en Jartum. El hotel Acropole no puede dejar de recordarlo con algunas —pocas— guirnaldas aquí y allá. Menos mal que la televisión sudanesa no emite anuncios de compras con esa murga de la paz y las campanillas que tanto se asemeja al ruido de una caja registradora, si bien por otro lado es triste contemplar las imágenes de la escalada de violencia que va tomando la guerra en Sudán del Sur. Allí los nuer, los dinka y demás van a tener Navidades rojas de sangre, no de gorro de lana.

Había digerido el impacto de mi primer encontronazo con la policía secreta. La gran diferencia entre Sudán y la mayoría de los países del mundo es que en casi todos abunda el turismo y se expresa mediante fotos. Por doquier se capturan millones de imágenes todos los días. Si el peso de las fotos se midiera en kilos igual acababan afectando al eje de rotación de la Tierra. Pero no quiero dejarme llevar por cierto pesimismo ontológico, ni por el mundo schopenhaueriano de la voluntad y la representación, paso previo a decretar que todo es una fantasmagoría (otra cosa, por cierto, ya inventada antes por los hinduistas con su concepto de maya, de ilusión real y existencial). De forma que decidí seguir caminando, que a eso había ido uno a Jartum. El Nilo ya no tenía que andar lejos.

Fui rodeando la muralla encalada del palacio presidencial, la antigua residencia de Gordon. Por esas ironías de la historia, en el palacio donde vivió y murió una gran figura colonial británica como el general Gordon, ahora reside el presidente sudanés, el teniente general Omar al-Bashir, quien a raíz de las matanzas de Darfur recibió en 2008 una acusación de crímenes contra la humanidad por parte del Tribunal Internacional de La Haya. El palacio presidencial sigue estando en el mejor sitio de Jartum, dominando el Nilo Azul, aunque una carretera lo separa de la orilla del río. El complejo presidencial es como una isla entre muros blancos y palmeras en una capital que ha crecido en los últimos tiempos como una ameba.

Me habían aconsejado en el hotel que lo mejor era dejar enseguida el palacio a mano derecha y caminar siempre por la orilla del río, pero en sentido contrario al ilustre edificio. Y eso seguí haciendo a mediodía del 23 de diciembre bajo ese sol que antes era conocido en las colonias británicas, por ejemplo en el Singapur de Raffles, porque solo paseaban bajo él a esa hora los ingleses y los perros locos. No veo ingleses rabiosos, ni flemáticos, ni de ninguna clase, ni perros chiflados ni cuerdos, sino un vacío y un silencio que apenas interrumpen los pocos coches que circulan bordeando el Nilo.

Trato de llegar a la misma orilla del río cruzando la carretera sin un paso de peatones, y saltando una pequeña valla de cemento a modo de quitamiedos. Al fin logro situarme junto al pretil del Nilo. Es aún el Nilo Azul y echo mi mirada a volar como si fuese un martín pescador por un cauce ancho, pastoso, y de un indudable color gris. Consulto mi mapa y no hay error posible, esto es aún el Nilo Azul, pero ni siquiera la potente radiación del sol difuminando un color celeste maravilloso consigue afectar a unas aguas ilustres, si acaso algo cansadas, rozadas, exánimes, de una grisura penitente. Uno se habría quedado decepcionado si creyese en la realidad de los mitos. Se ha dicho tanto sobre el Nilo Azul que las imaginaciones han quedado encadenadas a un río que no existe, uno que fluiría calmo y ancho y de un color tan celeste como el de un mar austral. No es cierto. Para eso me parece más apropiado y me gusta más como llaman en árabe al Nilo. No lo llaman río, sino Al Bahr que significa «el mar», algo que empieza a ser muy justo para un curso de agua que cruza un desierto tan espantoso. ¿Qué es si no el mar del Sáhara? Me digo que tengo que aprenderme de una vez esos dos bellos nombres árabes para el Nilo: Al Bahr al Azraq, «río o mar azul», y Al Bahr al Abyad, «río o mar blanco».

Lo que más deseaba era conocer por fin el punto donde se juntan esos dos mares o ríos, una visita inexcusable tras haber renunciado al mazapán patrio y a un barrunto de nieve en la sierra madrileña. Así, fui caminando por la margen de un río que corría a una distancia de casi cien metros, al final de una ribera herbosa. Un agua, en fin, inaccesible para los viandantes, intocable. Pero era el río Azul, de eso no había duda, así que si continuaba por ese camino no tendría que preguntar dónde iba a confluir con el río Blanco. Lo acabaría viendo si las piernas no me fallaban bajo el sol sudanés.

Enseguida me di cuenta de que no había otro peatón por esa zona de ministerios y atestada de vigilancia policial. De vez en cuando circulaba un coche de alguna autoridad, un ministro es de suponer, y su correspondiente escolta, y la policía no solo detenía el tráfico sino a los viandantes. Me obligaron a esperar a la sombra de un árbol hasta que acabara de pasar el cortejo. Eso «solo» me ocurrió un par de veces, así que fue relativamente fácil alcanzar luego un gran puente, el que lleva a Tuti, la única isla de esa parte del Nilo Azul, una isla solitaria y verde.

Bajo el puente que va a Tuti han puesto chiringuitos donde la gente va a tomar un té y a ver el paisaje, es decir, el Nilo Azul que discurre con su falsa mansedumbre. En verano las riadas pueden ser colosales y media isla se va al garete, incluidas sus playas, hoy vacías y de un pálido amarillo. La oferta de los chiringuitos es más que espartana: té y refrescos. Me sorprende que a pesar del embargo comercial a Sudán, impuesto por Estados Unidos, haya aquí una versión de la Coca-Cola, con ese nombre y con iguales burbujas, o eso me parece. Prefiero ir al hotel que queda al lado, el Grand Holiday Villa, el más antiguo de la ciudad. Fue construido a principios del siglo XX con una decidida voluntad de apelar al estilo colonial británico. Tiene un Salón Churchill con mullidos sofás y un piano para amenizar veladas con un toque algo retro. En el lounge bar evocar una cerveza te lleva a pesadillas de oasis, y a ilusiones con música de ocarina. Puedes, eso sí, beber todo el té que quieras y leer los diarios sudaneses publicados en inglés. También han puesto un impecable aire acondicionado que te hace recordar el aire de una colina, incluso el de la Colina negra de Chatwin, aquel mundo feliz de los gemelos galeses Lewis y Benjamin Jones. Un par de personajes maravillosos. Pero la realidad se impone y en una pantalla de plasma no paran de aparecer noticias malas de Sudán del Sur, donde la guerra avanza a pasos agigantados.

Por lo que entiendo del aluvión de informaciones televisivas, parece que la fuerza del nuer Riek Machar va en aumento. Este hombre, del subgrupo doc, un clan de los nuer, ya ha conquistado puntos estratégicos como Bor, la capital de Jonglei, uno de los estados de Sudán del Sur. En pocos días de guerra se hacinan en campos de la ONU hasta veinte mil refugiados procedentes del condado de Awerial (del estado de Lagos), y de Ecuatoria Central y de Terekeka. Según los expertos, se va a llegar pronto a más de cien mil personas desplazadas. Cinco de los diez estados del nuevo país ya están sumidos en la más desaforada violencia armada. El pillaje no respeta ni una vaca ni una moto. Varias instalaciones de Naciones Unidas han sido saqueadas como si por ellas hubiese pasado la marabunta. Han resultado muertos dos soldados indios del cuerpo de paz de la ONU mientras la malaria y la diarrea acaban de hacer su reaparición en esa desdicha del mundo que es Sudán del Sur. Encima de vivir en estado de guerra se acaba de declarar el estado sanitario de emergencia. Una redundancia, algo crónico, de acuerdo, pero eso no alivia.

Ni en la televisión ni en los diarios que leo en Grand Holiday Villa, un hotel con una penumbra tan fresca y tan british que el peatón no sabe cómo agradecer, no encuentro menciones a la clave del conflicto, que es el petróleo, ni a su debatido reparto. El discurso se ciñe al aspecto político-étnico, como si hubiese que achacar todo a la enemistad ancestral entre los nuer y los dinka. Los romanos ya acuñaron como colmo del rencor el odium africanum, aunque ellos lo volcasen sobre Cartago. En Sudán del Sur los chinos estaban muy metidos en el tema de sacar petróleo, mientras los estadounidenses extendían su propia influencia sobre esa riqueza de hidrocarburos, además de tutelar, dadas sus nulas relaciones con el norte, el nuevo país aliado y amigo. La República de Sudán figura en la lista negra de Washington. Ese es el mar de fondo, o el Nilo de fondo, mientras los números cantan su villancico. Lo primero que había subido a las estrellas era el precio del barril de Brent (y llegaría al récord de 111,61 dólares a las 09:54 GMT del 25 de diciembre). Feliz Navidad negra para los consumidores. Eso estaba cantado. Entretanto, había cundido la alarma internacional: los estadounidenses acababan de evacuar su colonia de Juba, y su base de operaciones en Bor, enviando a sus Ospreys (Bell Boeing V-22), un híbrido que despega verticalmente como un helicóptero y luego navega como un avión. A todo esto, también chocaba la imagen de Obama pasando sus vacaciones navideñas en Hawái. Bien es cierto que la situación no era como la que pinta Tim Burton en Mars Attacks!, pero no dejaba de chocar que mientras había una guerra tan seria como la de Sudán del Sur muchas personas ya se habían agarrado a la nariz roja del reno Rudolf, el que lleva a Santa Claus, o hacían surf sobre las olas de Waikiki. Así va el mundo.

En la tórrida Jartum a uno le queda claro que Obama, con indudable buen juicio, no iba a permitir que sus soldados se involucraran directamente en otra guerra y menos para salir trasquilados como en el Próximo y el Lejano Oriente. Otra cosa era que Sudán del Sur representaba un claro ejemplo de botar países tan rápido y mal que enseguida naufragan. Estados fallidos los llaman.

Me he recuperado un poco en los sofás del Grand Holiday Villa y me animo a seguir caminando hasta Al Mogran, que literalmente significa «la confluencia». Supongo que no tiene que quedar lejos ese sitio donde se juntan el Nilo Blanco y el Nilo Azul. Me cruzo con esporádicos caminantes por la orilla del río y también me choca la escasa navegación. Muy de vez en cuando pasa una faluca con su vela desplegada. En una media hora llego hasta una especie de barrera con una caseta y su correspondiente taquilla. Eso indica que la confluencia del Nilo es un sitio de pago. Tras la ventanilla no parece haber nadie, aunque minutos después surge de las sombras alguien un poco molesto por esa presencia extranjera que se le aparece. Me dice en árabe algo que se entiende en todos los idiomas: que me espere, que están comiendo. Al fondo de aquel angosto despacho percibo a un grupo de hombres arracimado en torno al plato comunitario de fuul, un puré de alubias negras con aceite, que más adelante descubriría que es la comida tradicional de los sudaneses. Hacen un corro sentados en el suelo en torno a un gran plato metálico, y ahí van hundiendo sus barcos de pan, como se decía antes en España, cachos de pan que usan a modo de cuchara más que de tenedor. No se les cae ni una gota de grasa ni una pizca de alubia, tal es su apetito y maestría.

Todavía no he ganado la confluencia y mientras espero que abran la taquilla me capta un espontáneo, un señor de unos cincuenta años largos que resulta llamarse Seif. No pierde un segundo en proponerse de guía (cuenta que hace poco que ha perdido su empleo en una ONG), y me apunta su teléfono muy devotamente en un papelito. Le digo que lo pensaré pero que lo que pretendo es acceder de una vez a ese parque de atracciones que han montado en Al Mogran.

Pagas una entrada de diez libras sudanesas, en torno a un euro, y ya puedes caminar entre norias, tiovivos y el pretil del Nilo. Después viene un camino donde no faltan chiringuitos hoy por hoy sin un solo visitante a la vista. Este parque debe de ser más bien para el atardecer, ¿a quién se le ocurre metérselo entre pecho y espalda con este bochorno? Al final del todo hay una especie de plazoleta con unos árboles y un quiosco frente a un espigón, con su correspondiente verja, que se asoma a lo que andabas buscando, los Nilos mezclándose, juntándose, en una cópula de boas gigantes y silenciosas. Blanco y azul, en realidad ambos Nilos son tan grises como despaciosos, y parecen aceptar su destino de unión con la misma galbana que provoca este clima.

La confluencia física no se produce al lado mismo del mirador. Hay una huerta en la tierra ribereña donde un campesino anda quitando hierbajos, y donde deben de salir unos tomates memorables aunque solo sea por la gloria geográfica del lugar. Una pequeña mezquita enfrente, en la margen izquierda, marca el encuentro de las aguas. El punto final de dos ríos que se querían independientes y que acaban fusionándose pastueñamente. No hay ni un solo rasgo de vigor ni de color, y así mueren uno en otro, el Nilo Blanco y el Nilo Azul, delante de tus ojos, con más suavidad que la de una transfusión de sangre.

Especialmente el Nilo Blanco fue el que motivó históricamente una enorme cantidad de incógnitas que dieron pábulo a las hipótesis de Burton y Speke, a las constataciones de Baker, y a las sempiternas buscas románticas de un Grial geográfico. Eso tenía que estar en los montes de la Luna o en algún punto del lago Victoria, si no de otro monte y otro lago. No fue fácil poner una brida a aquella especie de oca en oca que retrocedería hasta la solución, el punto de partida del río, o la muerte del explorador. Una versión clásica era la de Speke, el hombre que acariciaba la idea de que el origen del Nilo quedaba en el lago Victoria Nyanza. Otros como Burton ni siquiera descartaban que la fuente estuviese en el monte Kenia o en el Kilimanjaro; después de todo el Nilo era capaz de bajar hasta de los montes de la Luna. Caudaloso en todo fue sin duda alguna Richard Francis Burton, el capitán Burton, el rey del Nilo y de tantos otros accidentes. Es la figura que uno destaca sobre los demás buscadores de su tiempo. Un hombre empeñado en hacer suyo el Nilo como otros que consideran propio tal o cual charco de su pueblo. Cuestión de carácter en Burton, aparte de sabiduría y de genio. El capitán Burton sostenía que podía aprender cualquier idioma en un par de meses, y lo cierto es que al final de sus días ya dominaba treinta y cinco lenguas habladas y escritas. Se decía incluso que soñaba en diecisiete idiomas. Alan Moorehead, quien mejor escribió la odisea del río en su impagable El Nilo Blanco, asegura que Burton llegó a convivir un tiempo con una treintena de monos: «... y hasta consiguió reunir un breve vocabulario simiesco». ¿Cómo no iba a dar Burton con su fuente del Nilo?

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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
180 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788490566152
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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