Kitabı oku: «Hombre muerto en una zanja (versión española)»
HOMBRE MUERTO EN UNA ZANJA
Luke Arnold
Traducción: Federico Cristante

“El universo de Arnold lo tiene todo, incluida la angustia de ser humano. Es la historia perfecta para los fanáticos de la fantasía para adultos: un duro investigador privado y un misterioso asesinato envuelto en el misticismo de Hogwarts y salpicado de polvo de hadas”.
—Library Journal.
“El autor tiene talento para exprimir hasta la última gota de terror y angustia de la audiencia, lo que hace que la historia sea muy dura para el corazón, pero es imposible leer este libro sin conmoverse. Una historia melancólica e imaginativa que permanecerá contigo mucho después de que pases la última página”.
—The Nerd Daily.
“Hombre Muerto en una Zanja es un buen libro y una serie aún mejor. No es una típica historia de fantasía urbana, aquí las criaturas mágicas son cosas rotas y marchitas; los humanos son los responsables de ello, son casi villanos”.
—Grimdark Magazine.
“Esperaba disfrutar leyendo Hombre Muerto en una Zanja, y no me decepcionó en absoluto. Lo que no podía imaginar era cuánto me haría pensar. Creo que hay temas aquí sobre la humanidad que no he sentido nunca más profundamente que con esta novela”.
——Novel Notions.
Título original: Dead Man in a Ditch
Edición original: Orbit, un sello editorial de Little, Brown Book Group Limited
© 2020 Luke Arnold
© 2020 Orbit, un sello de Little, Brown Book Group
© 2022 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2022 Gamon Fantasy
www.gamonfantasy.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-18711-37-4
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
Hombre Muerto en una Zanja
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Capítulo Veintiuno
Capítulo Veintidós
Capítulo Veintitrés
Capítulo Veinticuatro
Capítulo Veinticinco
Capítulo Veintiséis
Capítulo Veintisiete
Capítulo Veintiocho
Capítulo Veintinueve
Capítulo Treinta
Capítulo Treinta y uno
Capítulo Treinta y dos
Capítulo Treinta y tres
Capítulo Treinta y cuatro
Capítulo Treinta y cinco
Capítulo Treinta y seis
Capítulo Treinta y siete
Capítulo Treinta y ocho
Capítulo Treinta y nueve
Capítulo Cuarenta
Capítulo Cuarenta y uno
Capítulo Cuarenta y dos
Capítulo Cuarenta y tres
Capítulo Cuarenta y cuatro
Capítulo Cuarenta y cinco
Capítulo Cuarenta y seis
Capítulo Cuarenta y siete
Capítulo Cuarenta y ocho
Capítulo Cuarenta y nueve
Capítulo Cincuenta
Capítulo Cincuenta y uno
Capítulo Cincuenta y dos
Capítulo Cincuenta y tres
Capítulo Cincuenta y cuatro
Capítulo Cincuenta y cinco
Capítulo Cincuenta y seis
Capítulo Cincuenta y siete
Capítulo Cincuenta y ocho
Capítulo Cincuenta y nueve
Capítulo Sesenta
Capítulo Sesenta y uno
Capítulo Sesenta y dos
Capítulo Sesenta y tres
Capítulo Sesenta y cuatro
Capítulo Sesenta y cinco
Capítulo Sesenta y seis
Capítulo Sesenta y siete
Capítulo Sesenta y ocho
Capítulo Sesenta y nueve
Capítulo Setenta
Capítulo Setenta y uno
Capítulo Setenta y dos
Capítulo Setenta y tres
Capítulo Setenta y cuatro
Capítulo Setenta y cinco
Capítulo Setenta y seis
Capítulo Setenta y siete
Capítulo Setenta y ocho
Capítulo Setenta y nueve
Capítulo Ochenta
Capítulo Ochenta y uno
Capítulo Ochenta y dos
Agradecimientos
Nuestros autores y libros en Gamon
Luke Arnold
Sinopsis
Manifiesto Gamon
Para todas las personas que alguna vez me dejaron dormir en su sillón. En serio.
Prólogo
Dicen que el frío no te mata si logras recordar lo que se sentía al tener calor.
Pero ¿cuándo demonios fue eso? Antes de que rompiéramos el mundo: cuando las farolas estaban llenas de fulgor y no se necesitaba buscar demasiado para encontrar la chispa de luz en los ojos de otra persona. Ahora solo hay oscuridad y muerte y...
“No. Recuerda.”
Hombro con hombro en el tranvía de Sunder City, apretado entre criaturas cubiertas de pelaje y trabajadores sucios que ya habían terminado su jornada. Música y vino caliente en locales subterráneos, antes de que todo se estropeara y quedara en silencio y...
“No.”
En La Zanja, después de cerrar, a solas con una fregona. Con más calor que el que uno podría imaginar. El aire lleno de recuerdos del humo de pipa, las canciones populares y el mal aliento. Las ventanas empañadas y la cocina abarrotada de cebollas, cordero y salvia.
Paso un trapo a las mesas, aún calientes por los platos y los codos que se han apoyado en ellas; quito cáscaras de cacahuetes, ceniza de tabaco, cartílagos y saliva. Trabajo de arriba hacia abajo, barro y luego paso la fregona; diluyo la mezcla nauseabunda de restos de comida, nieve derretida y cerveza derramada.
Arrojo las piezas más grandes en la estufa: una escultura de hierro fundido ubicada en el centro del local, con una chimenea gruesa encima. Observo cómo las llamas van devorando las sobras y escupiendo grasa contra la puerta de cristal. Por un momento, esa estufa es el objeto más caliente de todo el edificio. De pronto, se abre la puerta delantera y llega Eliah Hendricks.
—¡Fetch, muchacho! ¡Tienes que probar uno de estos!

El alto canciller entró dando tumbos en La Zanja, sujetando con ambas manos una bolsa de papel que goteaba. De sus dedos con anillos caían gotas de aceite de color marrón sobre mi suelo recién fregado. Su cabello cobrizo, cubierto de nieve, estaba amontonado en el cuello de su capa de montar. Me sentí halagado: el líder del Opus había viajado durante días para llegar a Sunder City y yo era su primera parada.
Bueno, la segunda. Había parado a comprar unos bocadillos.
Me limpié las manos en el delantal y levanté una mano en dirección a la bolsa. Hendricks la apartó como si estuviera salvando a un bebé de las fauces de un león.
—Ni se te ocurra meter aquí esos tentáculos mugrientos. Abre. —Hendricks metió una mano en la bolsa y extrajo una bolita crujiente y de aroma dulce. Abrí la boca y me la colocó sobre la lengua—. Se llaman Porcos. Ciruelas fritas envueltas en tiras delgadas de carne grasa de cerdo. —Mordí despacio, sintiendo cómo se mezclaban el jugo de fruta y la grasa animal—. ¿No es algo maravilloso? Este es el mismísimo milagro de Sunder City. La mayoría de los habitantes del continente no lo ven. Están tan enfocados en sus propias costumbres que no entienden lo que hace especial a este lugar. Esto —señaló mis mejillas llenas con un dedo aceitoso— es una maravilla moderna. La antigua magia nunca podría haber creado algo así. Ni en cientos de años. Pregúntamelo a mí: ¡yo estaba allí! —Extrajo de la bolsa otro bocado de color borgoña, lo sostuvo debajo de la nariz, respiró hondo y meneó la cabeza con incredulidad—. Ciruelas de invierno de Mizaki, perfectamente endulzadas por los vientos gélidos del norte, envueltas en panceta de cerdo con grasa proveniente de los porcinos del sur de Skiros, que se alimentan con granos de cacao. Un ingenioso invento de la gastronomía de Sunder City, vendido a medianoche en una esquina por la sorprendente suma de una moneda de plata cada bolsa. —Se la metió en la boca y siguió hablando—. ¡Esto es progreso, Fetch! ¡Esto es algo por lo que vale la pena luchar!
Dejó caer la bolsa aceitosa sobre mi mesa limpia y yo acerqué un par de taburetes. Hendricks fue hasta detrás de la barra y comenzó el ensayado procedimiento que llevaba a cabo cada vez que estábamos juntos.
Primero, metió dos billetes de bronce en la caja registradora. Eso no solo cubriría la bebida que íbamos a consumir, también animaría al señor Tatterman a pasar por alto mi resaca debilitadora del día siguiente.
No tenía sentido intentar trabajar mientras Hendricks estaba ahí, así que llevé el cubo de la fregona a la trastienda, me quité el delantal, me lavé las manos y me serví algunas sobras de la cocina que nadie iba a echar de menos: una cuña gruesa de queso duro, una porción de miel y un poco de pan que estaba a un día de ponerse rancio. Cuando llevé el plato, Hendricks tenía todos sus ingredientes alineados como soldados.
La leche de álamo tostada, como la mayoría de los cócteles, comenzó siendo un medicamento. Se cocina la savia del árbol tárix sobre una llama abierta hasta que se convierte en un jarabe amargo de color caramelo. Es bueno para el dolor de garganta y para las sinusitis, pero si se toma sin acompañar sabe horrible. Las madres de los niños enfermos le añadían azúcar de remolacha para compensar los sabores. Con el pasar del tiempo, se agregaron más ingredientes hasta que la receta se tornó tan sustanciosa que, si uno lo deseaba, podía ocultar en ella cantidades ridículas de alcohol sin que nadie fuera capaz de detectarlo.
La mayoría de los bares tenían a mano una botella ya mezclada de savia de tárix, pero Eliah prefería preparar la suya.
—¡Muchacho! ¿Cómo van las aventuras del niño más grande de Sunder City? —preguntó mientras vaciaba un pequeño recipiente de savia cruda en una cacerola—. ¿Aún sigues rompiendo corazones, bancas y expectativas?
Siempre me hablaba así. A pesar del cariño que nos teníamos, nunca pude discernir si me tomaba el pelo respecto de mis dificultades o si realmente pensaba que yo iba dejando buenos recuerdos por toda la ciudad.
—Tengo una habitación nueva —le dije—. La comparto con un ogro que ronca como un trueno. Tengo que dormir durante el día, mientras él está trabajando en la acería, pero de todas formas siento que estoy ascendiendo.
—No hace falta ascender, señor Fetch, basta con moverse. —Hizo girar la savia en la cacerola mientras se dirigía a la estufa—. Esta es una ciudad maravillosa donde jugar, pero la mayoría malinterpreta el juego. La belleza de Sunder radica en que no se trata de un antiguo reino atascado con linajes y coronas, donde los líderes se pasan el tiempo tratando de cortarse el cuello mutuamente. Es un mercado. Un salón de baile. Es un laboratorio de productos químicos inestables que reaccionan entre sí de maneras hermosas e inesperadas. No mires hacia arriba. ¡Mira hacia abajo! Quítate los zapatos y deja que la ciudad se te meta por entre los dedos de los pies. Revuélcate en ella. Huélela y saboréala hasta que hayas absorbido todo lo que tiene que ofrecer.
Hendricks se sentó frente a la estufa , se envolvió la capa alrededor de los dedos y agarró la manilla de la puerta de cristal. Cuando la abrió, el calor le echó el cabello hacia atrás. Empujó la cacerola hacia adentro y la fue agitando en círculos lentamente mientras las llamas hacían hervir la savia. Me senté a la mesa y mojé un trozo de pan en la miel.
—No me queda mucho tiempo para revolcarme cuando tengo tres trabajos.
Apartó la cacerola del fuego, apagó de un soplido las llamas, que ardían demasiado rápido, y la volvió a meter.
—Supongo que eso depende de para quién trabajes —dijo.
—Cada semana es alguien diferente. Ya llevo bastante tiempo trabajando para Amari.
—Ah, sí. Mi amiga hada, con su pequeño Fetch envuelto alrededor de su dedo. ¿Cómo te paga? ¿Agitando las pestañas y besándote a escondidas?
Me sonrojé e ignoré la pregunta.
—En general, solo estoy aquí. A veces hago recados para el apotecario o acepto encargos esporádicos de los clientes.
La savia se tornó de un color caramelo oscuro, así que Hendricks la extrajo de la cacerola y la llevó hasta detrás de la barra.
—Pero ¿para quién trabajas realmente? ¿Para el zoquete soñoliento que dirige este lugar? Él es quien te paga y quien te da las órdenes.
Estaba preparándose para dar otro de sus discursos, y yo ya había aprendido a no meterme en el medio cuando comenzara.
—Supongo.
—¿O, en realidad, solo trabajas por el dinero? Si es así, algunos dirían que, de hecho, estás trabajando para el Banco de Sunder City. ¡Y quizás es algo que hacemos todos! ¿Pero la ciudad sirve al banco o el banco sirve a la ciudad? —No era una pregunta cuya respuesta yo debiera saber, por lo que tan solo me encogí de hombros—. Quizá te esté subestimando. Quizá no se trate del dinero en absoluto. En tu corazón, quizá trabajas para los clientes. Cuando limpias la barra y friegas el suelo y lavas las copas a la perfección —en broma, quitó una mancha de la copa alta que estaba sosteniendo—, ¿piensas en los propios comensales en realidad? ¿Consideras que estás brindándoles un servicio?
Sin dejar de revolver, agregó los otros ingredientes equilibrando perfectamente su atención entre la conversación y las bebidas.
—Bueno, no lo haría gratis.
—¿No? Si no necesitaras el dinero y este lugar no pudiera funcionar sin ti, ¿no ayudarías si te lo pidieran?
—Supongo.
—Entonces, quizás el dinero no sea lo que importa en realidad. Quizás el dinero esté al servicio de la ciudad, al igual que tú. Cada uno cumple con su parte. Sois dos de las muchas partes móviles que esta ciudad necesita para funcionar, al igual que las chimeneas, los adoquines, los periódicos y el fuego—. Trajo las dos bebidas espesas a la mesa y señaló la estufa, detrás de mí—.
¿Para quién trabaja el fuego? ¿Para todos nosotros? ¿Para sí mismo? ¿Le importa? Arde con el mismo fulgor, da igual cuál sea el propósito que le conferimos.
Chocamos nuestras copas y bebí un sorbo. La bebida era dulce, pero, a diferencia de otros cócteles (o del mismo, pero preparado por manos menos habilidosas), el azúcar no tapaba los sabores subyacentes, más complejos.
—Fetch, tú sabes qué son los dragones, ¿verdad?
—He visto imágenes en el museo. Monstruos grandes con escamas, ¿no?
—Pueden llegar a convertirse en toda clase de criaturas, pero sí, los dragones comunes son como tú dices: escamas, colas y alas. Son criaturas milagrosas, todas y cada una de ellas. Ahora hacemos todo lo posible por protegerlos, pero hace doscientos años, la caza de dragones era una profesión muy prestigiosa.
”A diferencia de la mayoría de los guerreros, los cazadores de dragones no le debían lealtad a ninguna nación. Esa libertad les permitía trabajar en cualquier territorio, para cualquier especie, y, si tenían éxito en su oficio, volverse ricos como príncipes. Las ciudades contrataban a los cazadores por protección. Si ya había habido un ataque, pagaban para vengarse. Además, las escamas y los huesos de dragón eran una mercancía muy preciada, que los cazadores vendían por una pequeña fortuna, además de su tarifa. Por encima de todo eso, el premio más valioso era la fama.
”Es difícil imaginárselo hoy en día. La caza de dragones, como la mayoría de los servicios de mercenarios, ha pasado de moda. Yo fui responsable de eso en parte: el Opus hizo un gran esfuerzo por disminuir el número de agentes libres que andaban por el mundo blandiendo espadas por dinero. Quedan tan pocos dragones, que matar uno constituye un delito; en ese entonces, no había carrera profesional más heroica, emocionante y rentable.
A diferencia de Hendricks, que había pasado trescientos años explorando cada rincón de Archetellos, yo solo había visto dos ciudades en mi vida. Weatherly, donde crecí, estaba rodeada por altas murallas que ocultaban el mundo exterior. Sunder era multicultural y estaba en constante expansión, pero también tenía sus limitaciones. Después de estar tres años en un mismo lugar, las historias del mundo exterior comenzaban a provocarme una comezón en los pies.
—Tú has visto el modo en que los niños de aquí hablan acerca de los deportistas, o cómo las damas adulan a los trovadores que cantan en el teatro. Bueno, pues la caza de dragones era todo eso junto y multiplicado por diez. Conocíamos sus nombres, intercambiábamos rumores de sus hazañas y cantábamos canciones sobre sus aventuras. Se nombraban calles en su honor y se fabricaban réplicas de sus espadas. Nunca pagaban una comida, nunca pagaban una cama, y rara vez iban a una solos. No había nada igual en todo el mundo. Cada especie y cada ciudad tenía sus propios héroes, pero un cazador de dragones les pertenecía a todos.
”Por supuesto, esto generaba una cantidad de competencia increíble. A medida que el número de dragones iba disminuyendo, cualquier rumor sobre un monstruo daba lugar a una carrera sin reglas. Se saboteaban carros, se envenenaban alimentos y se clavaban espadas en el pecho de los cazadores mientras dormían. Muchos cazadores se preocupaban más por luchar entre ellos que por combatir a los dragones, que era para lo que se habían entrenado.
”Entonces, una noche, llegó a Lopari un grupo de mercaderes. Decían que en los pantanos sunderianos habían visto una llamarada que había iluminado el cielo y hecho temblar la tierra. En cuanto empezó a propagarse el rumor, un joven guerrero, llamado Fintack Ro, salió de la ciudad montado a caballo. A Fintack no le importaba que nadie estuviera ofreciendo una recompensa: su premio serían los huesos, las escamas y, lo más importante, un impulso para su reputación. A pesar de que en el mundo había cientos de aspirantes a cazadores, solo un puñado había demostrado su valía. Fintack era más joven que los demás, y había entrado en el juego justo antes de que la población de dragones decayera.
”Los cazadores más viejos podían elegir retirarse: escribir un libro, entrenar a príncipes por tarifas ridículas o abrir una taberna y atraer a las multitudes contando historias de sus aventuras. Fintack era prometedor, pero aún no lo había logrado. Necesitaba conseguir esa gran captura. Necesitaba una de esas historias que tenían alas propias y que volaban desde la lengua de los viajeros como una plaga en invierno.
”Fintack se abasteció de provisiones, afiló sus armas y fue el primer guerrero en llegar a Sunderia. Se pasó una semana entera recorriendo los pantanos, con los calcetines siempre mojados y cada vez con más picaduras de insectos en los brazos. Viajaba durante el día, lenta y peligrosamente, y durante la noche se quedaba despierto todo lo que podía, buscando fuego en el horizonte.
”Para su frustración, las primeras señales de vida fueron los campamentos de cazadores rivales: otros guerreros de primer nivel que estaban recorriendo trabajosamente los pantanos, con las manos igual de vacías. Por fin, un amanecer, Fintack se despertó y sintió que la tierra retumbaba a su alrededor. Abrió los ojos y vio una bola de fuego de color naranja elevándose desde lo profundo de los manglares. Cogió su espada y corrió directo hacia allí.
”Ya había aprendido cómo avanzar por entre los juncos y los charcos, sabía qué lodo sostendría su peso y cuál le tragaría las botas. Sus manos agarraron ramas negras de hollín, y tuvo la sensación de que la criatura estaba esperando más adelante.
”Cuando cortó y atravesó una maraña de enredaderas, otra llamarada se elevó justo enfrente de él, pero aún no veía a la bestia. Escudriñó entre los manglares, buscando mientras avanzaba sigilosamente; cuando oyó que los otros se aproximaban, se vio obligado a salir al claro y enfrentarse a...
Hendricks bebió un sorbo largo para alargar la tensión.
”... nada. No había movimientos, ni huellas, ni señal alguna de un dragón. Fintack miró en todas direcciones mientras otros dos cazadores se le unían en el claro: un hechicero llamado Prim y un enano llamado Riley. Los tres guerreros miraron a su alrededor, confundidos y frustrados. Entonces, del centro del triángulo que formaban surgió una llamarada que se elevó hasta el cielo.
”No había dragón. Era un señuelo, fabricado por la tierra misma. Los cazadores estaban frustrados. Furiosos. Cansados. Hicieron una tregua y acamparon. Fintack mató un ave acuática e intentó asarla con la siguiente llamarada, pero Prim le hizo una advertencia: como era hechicero, él podía percibir el poder que había debajo de sus pies. Aquello no era tan solo una bolsa de gas de pantano que se había prendido fuego, era un atisbo de algo mucho más poderoso.
”Esa noche, los cazadores no intercambiaron historias de batallas pasadas ni información sobre los distintos tipos de dragones. En cambio, se preguntaron qué se necesitaría para extraer aquel fuego del suelo y utilizarlo como combustible. Los guerreros habían pasado su vida viajando por Archetellos. Habían visto familias congeladas a un lado del camino, sorprendidas sin un hogar durante el invierno. Habían visto sátiros esclavos recolectando carbón en las Arboledas para caldear el palacio de los centauros. Lo sabían todo respecto de las forjas de los enanos alimentadas por lava, y que solo podían utilizarse en las profundidades de algunas montañas peligrosas.
”Hasta esa noche, esos guerreros no habían servido a nadie más que a sí mismos. No se podría haber encontrado unos asesinos más orgullosos y ambiciosos en todo el continente. Pero al detenerse aquí —Hendricks golpeó el suelo de piedra con ambos pies—, vieron una oportunidad para hacer del mundo un lugar mejor. Esos tres cazadores utilizaron su influencia para levantar una ciudad como nunca nadie había imaginado. Abandonaron todo lo que antes los había definido. Renunciaron a los premios por los que habían trabajado tanto y, al hacerlo, cambiaron la historia. —Hendricks me miró con ese fulgor verde vivo en la mirada y levantó su copa vacía con una floritura—. Me apetece otra —dijo—. Contar historias me da sed.
Estiré demasiado rápido la mano en dirección a mi bebida, y la manga se me enganchó con la mesa. Volqué la copa y, cuando salté para agarrarla, mi otra mano giró demasiado hacia atrás y golpeó el hierro de la estufa. Retiré la mano lo más rápido que pude, pero un trozo de piel quedó pegado al metal, chisporroteando, burbujeando y oliendo a carne asada.
Hendricks ya se había puesto en acción. Llenó un cuenco con agua y algo de nieve de la calle, y yo mantuve la mano allí dentro durante todo el tiempo que pude aguantar. Me la secó con cuidado, luego cogió la miel de la mesa y me la esparció por toda la herida, mientras me decía que no había nada mejor que una buena capa de miel fresca para curar la piel.
—¿Cómo la notas ahora? —preguntó.
—Mejor. Aún me escuece un poco. Soy un idiota.
Se rio de mí como siempre hacía, con una mezcla indistinguible de cariño y comicidad paternalista.
—Todos nos quemamos, Fetch. Es la mejor manera de aprender de nuestros errores. Solo cuando alguna parte se te congela, te la amputas.
Lanzó una carcajada aguda y preparó otra ronda de bebidas. Y otra más.
Al poco tiempo, yo estaba tan borracho que no sentía los dedos, ni el frío, ni casi nada terrible en absoluto.
Capítulo Uno
El frío que yo tenía era como el de un cadáver en la nieve. Frío como el apretón de manos de un cobrador de deudas. Frío como un cuchillo tan afilado que no lo sientes hasta que gira. Frío como el tiempo. Frío como una cama vacía un domingo por la noche. Más frío que esa taza de té que preparaste hace cuatro horas y que luego olvidaste. Más frío que el recuerdo muerto que intentaste mantener vivo durante demasiado tiempo.
Tenía tanto frío, que llegué a desear que alguien encendiera la farola sobre la que estaba sentado y me asara como una castaña. Por supuesto, eso era imposible. En la farola no había habido fuego durante seis años. Antes, aquella antorcha abierta era una de las luces más grandes de Sunder City, refulgía por encima del estadio en las noches de partido. Entonces, solo era un palo grande y feo con una taza en el extremo.
La cancha había sido levantada encima de la primera hoguera de todas. Durante la construcción, era un precipicio abierto a la vorágine de abajo. Una vez que se instalaron los tubos que llevarían las llamas por toda la ciudad, se decidió que no era seguro dejar un enorme agujero al infierno justo en la entrada de la ciudad. Lo taparon y no se permitió a nadie levantar una construcción en esa parcela de tierra.
En cambio, los niños la utilizaron como un campo deportivo. Al principio no era algo oficial, pero luego, la ciudad instaló gradas y taburetes, y, finalmente, el lugar se convirtió en el Estadio de Sunder City.
Cuando la Coda mató a la magia, las llamas que había debajo de la ciudad murieron también. Eso significaba que no había calefacción, ni luces en la calle Principal, ni la más remota posibilidad de que me apareciera fuego entre las piernas. Me encontraba acurrucado en el cono que había en lo alto del mástil, con los brazos alrededor del cuerpo, agachado para protegerme del viento.
No había pensado en el viento al aceptar aquel trabajo. Lo cual fue una estupidez, porque el viento lo estropeaba todo. Hacía que se me metiera el frío por el cuello de la camisa y por las mangas. Hacía que la farola se agitara, por lo que yo me pasaba el tiempo esperando que se doblase, se partiera y me hiciera caer al suelo. Y lo más importante, hacía que la ballesta que tenía en las manos fuera completamente inútil.
Se suponía que yo estaba cuidando a mi cliente, listo para lanzar un disparo de advertencia si él me hacía una señal de que el trato no estaba saliendo bien. Pero al disparar en semejante vendaval, el dardo podía enterrarse en la nieve o salir lanzado por los aires.
Mi empleador era un gnomo llamado Warren. Él se encontraba allí abajo, con el traje blanco que era su marca personal, mimetizándose con el suelo nevado. La única fuente de luz era el farol que había colgado del poste de la puerta.
Llevábamos media hora esperando: él, allí abajo, entre las gradas; yo, aquí arriba, en mi cucurucho metálico. Traté de recordar si eso era lo que yo había planeado al convertirme en un hombre a sueldo. Pensé que iba a ayudar a aquellos cuyas vidas había estropeado. Hacer cosas por ellos que ellos ya no podían hacer por sí mismos. Yo dudaba de que cubrir a un gnomo durante un intercambio ilegal llegara a los nobles estándares que había tenido en mente.
Ya me había masticado medio paquete de Clayfields, sabiendo que era una mala idea. Eran analgésicos, se suponía que debían entumecerme, pero el frío ya me había anulado toda sensación en los dedos de las manos y de los pies; lo último que necesitaba era el entumecimiento.
Por fin, desde el otro extremo del campo, una figura femenina cruzó la línea de mitad de cancha. Iba abrigada con mucha más sensatez que yo: chaqueta gruesa, abrigo, bufanda, boina, botas y guantes. El maletín metálico que llevaba consigo era del tamaño de una tostadora.
Warren salió de entre las gradas sosteniendo el sombrero en las manos para que no se le volara.
Se acercaron hasta quedar frente a frente, y me habría resultado imposible oír la conversación a esa distancia incluso sin el aullido del viento. Levanté la ballesta y la apoyé en el borde del cono, fingiendo que mi presencia en la reunión no era una completa pérdida de tiempo.
Cuando había magia, yo habría tenido acceso a todo tipo de inventos milagrosos: granadas de mano fabricadas por trasgos, cuerdas embrujadas y pociones explosivas. Pero entonces, lo único que podía derribar a alguien a distancia era un dardo, una flecha o una piedra bien lanzada.
Warren se metió una mano en la chaqueta y extrajo un sobre. Yo no tenía idea de cuántos billetes de bronce había en su interior. Tampoco sabía qué había en el maletín. Yo no sabía nada, lo que para mí era terreno conocido.
La mujer le dio el maletín a Warren. Él le entregó el sobre. A continuación, se quedaron frente a frente mientras ella contaba el efectivo y él abría la caja.
Cuando la mujer se volvió y salió caminando, yo aparté el arma del borde, me hice una bola y me acerqué las manos a la boca para calentármelas con el aliento.
Entonces Warren comenzó a gritar.
Cuando volví a mirar, él estaba agitando el sombrero por encima de la cabeza. Esa era la señal, pero la mujer ya había atravesado media cancha.
—¡Es una farsa! —gritó el gnomo—. ¡Mátala!
Aclaremos dos cosas: uno, yo no había acordado matar a nadie; dos, disparar a mujeres por la espalda realmente no era lo mío. Pero si no parecía al menos que estaba intentando detenerla, tendría que renunciar a mis honorarios y toda la noche habría sido en vano. Me puse en cuclillas, apunté la ballesta a uno o dos metros detrás de la dama que huía y disparé.
Traté de disparar en un lugar de la nieve por el que ella ya hubiera pasado, como si yo hubiera calculado mal su velocidad. Por desgracia para mí (y para la fugitiva), mientras el dardo seguía en el aire, el viento cambió de dirección.
Desde la oscuridad, oí un grito y luego un golpetazo, cuando ella cayó en la nieve.
Mierda.
—¡Sí! ¡Le has dado, Fetch! ¡Bien hecho!
Warren cogió su farol y salió corriendo, lo que me dejó en la oscuridad mientras él la maldecía a ella y ella lo maldecía a él y yo me maldecía a mí mismo.
Para cuando bajé la escalera y me acerqué a Warren, él ya había recuperado el sobre y estaba propinando patadas. Lo aparté y se cayó de culo. Como solo medía noventa centímetros, no fue una gran caída.
—Basta ya. Has recuperado tu dinero, ¿no?
Le había dado en la pantorrilla derecha. El dardo no se había clavado muy profundo, pero de todos modos estaba cayendo una buena cantidad de sangre sobre la nieve. Cuando la mujer intentó girarse, se movieron los músculos que rodeaban la herida. Le apoyé una mano en el hombro para mantenerla quieta.
—Señorita, no le conviene...
—¡No! —Se volvió y me azotó el rostro. Una punzada de dolor me atravesó la piel. La mujer tenía las garras fuera, asomando por la punta de sus finos guantes y brillando a la luz de la farola. Era una mujer gato. Cuando me toqué el rostro, palpé sangre.
—Maldición, señorita. Estoy tratando de ayudarla.
—¿Usted no es el que me ha disparado?
—De eso hace ya dos minutos. No sea tan rencorosa.
Volví a acercarme, y esa vez se controló para no lanzarme otro manotazo. Parecía humana, salvo por las garras y un par de ojos de gato. No vi pelaje ni otras características animales evidentes. Tenía el cabello largo, oscuro, en rastas gruesas que llevaba atadas.
—Quédese quieta un momento —le dije al tiempo que sacaba mi cuchillo. Ella obedeció y me permitió cortarle la pernera del pantalón hasta el punto en que había sido atravesada. El viento y el material grueso habían frenado mi dardo, por lo que solo se le había clavado unos pocos centímetros. Saqué un pañuelo limpio y mi paquete de Clayfields—. ¿Alguien tiene algo de alcohol?
Warren se metió una mano en la chaqueta y extrajo una petaca plateada. Bebí un sorbo y me calentó las entrañas.
—¿Qué es?
—Aguardiente. Lo fabrica mi esposa.
Vertí un poco sobre la pierna herida y la limpié con el pañuelo. La mujer gato apretó los dientes, pero, por suerte, no me atacó.
Extraje un Clayfield del paquete y se lo coloqué entre los labios.
—Muerda el extremo y sorba. Se le dormirá la lengua, pero eso significa que está haciendo efecto.
Sus ojos eran de un color amarillo verdoso y estaban llenos de odio intenso.
—No me molestaría levantar el culo de la nieve —dijo.
—Déjeme hacer primero una cosa. —Estrujé el paquete completo de Clayfields con el puño. Aún quedaba una docena de ramas en su interior, y cuando apreté y restregué el cartón, se convirtieron en una sustancia viscosa. La pasta fue cayendo del paquete sobre la herida, y yo la esparcí alrededor del dardo, tratando de no tocarla con los dedos—. ¿Eso ayuda?
Asintió con la cabeza.
La ayudé a levantarse sobre su pie sano, le rodeé la espalda con un brazo y fuimos andando poco a poco hasta las gradas. Ella se echó boca abajo mientras yo me sentaba en el banco siguiente y me disponía a extraerle el dardo.
—Warren, ¿qué era lo que te estaba vendiendo?
El gnomo estaba sentado lejos de nosotros, de mal humor, pero abrió el maletín. Dentro había algo que parecía una flor de cristal, con una gran cantidad de pétalos delgados en espiral que terminaban en un extremo puntiagudo. Estaba apoyado en un cojín de terciopelo, dentro de la caja metálica, y yo no tenía idea de qué era.
—¿Es una especie de joya? —pregunté.
—Ni por asomo —dijo Warren—. Solo es cristal.
—¿Y para qué lo querías?
—¡Yo no quería esto! Quería uno genuino.
—¿Un qué genuino?
Warren, frustrado, cerró el maletín de golpe.
—Un cuerno de unicornio.
Interrumpí lo que estaba haciendo. El gnomo y la gata clavaron la mirada en el suelo, legítimamente avergonzados.
La historia cuenta que una vez hubo un árbol cuyas raíces llegaban tan profundo dentro del planeta que tocaban al mismísimo gran río. Una primavera, las ramas dieron una cosecha de extrañas manzanas imbuidas del poder sagrado. Cuando una manada de caballos salvajes pasó por debajo del árbol, los animales comieron esa fruta y la magia hizo que de la frente de cada uno surgiera una espiral de niebla púrpura.
Rara vez se los veía, y eran protegidos en todas partes. La idea de que alguien persiguiera uno para arrancarle el cuerno de la cabeza era brutal. Miré a la mujer gata.
—¿Ha venido a Sunder a vender semejante mierda? —pregunté. Ella no respondió, por lo que le toqué con un dedo la herida.
—¡Aaay! —Se incorporó apoyándose en las manos y me bufó. De los extremos de sus guantes volvieron a asomarse las garras, pero solo era una amenaza. Por ahora.
—¿De dónde saca usted cuernos de unicornio? —pregunté—. Y vuelva a echarse o no podré extraerle el dardo.
Ella apoyó la cabeza sobre las manos.
—De ningún lado. Es tal cual lo que dijo el gnomo. Lo hice con cristal. Es falso.
Al menos no había estado en las tierras salvajes masacrando animales legendarios por un poco de bronce. Pero eso solo era una parte del problema.
—Warren, ¿para qué lo quieres? —El enano estaba encorvado, refunfuñando en su lengua materna—. ¿Warren?
No levantó la mirada, pero escupió una respuesta.
—Me estoy muriendo —dijo. El viento quedó en silencio.
—Todos nos estamos muriendo, Warren.
—Pero yo moriré pronto, y no va a gustarme nada. —Levantó las manos frente a su rostro, abriéndolas y cerrándolas como si estuviera apretando dos bolas antiestrés invisibles—. Siento los huesos. Las articulaciones. Se están... oxidando. Se están haciendo pedazos. El médico dice que no hay nada que hacer. Nosotros, la gente pequeña, teníamos magia en el cuerpo. Sin ella, algo de dentro no sabe cómo funcionar. —Apoyó una mano en el maletín que contenía el cuerno falso—. He encontrado a un médico nuevo que me ha dicho que hay poder en determinadas cosas. Dice que un cuerno es un fragmento de magia pura y que, si le llevo uno, él quizá pueda meterme algo de ese poder en el cuerpo.
Me mordí la lengua para evitar decir la obviedad, que era un tonto crédulo que solo estaba empeorando las cosas. Si estaba enfermo, lo último que necesitaba era salir al frío una noche como esa, buscando un trozo de lo imposible.
No pude mantener la boca cerrada mucho tiempo.
—Warren, sabes que eso es ridículo, ¿no?
Él no dijo nada. Tampoco la mujer. Extraje el dardo y vendé la herida para que la mujer pudiera apoyar algo de peso sobre la pierna cuando regresáramos a la ciudad. Ella y el gnomo no dijeron nada más, y yo finalmente comprendí que debía hacer lo mismo.

Llegamos a las entrañas de Sunder City a eso de la medianoche. Warren me pagó lo que me debía y se fue refunfuñando a su casa. Entonces quedamos la gata y yo.
—¿Cómo está la pierna? —le pregunté.
—Por suerte para usted, me duele muchísimo.
—¿Por qué “por suerte”?
—Porque tengo cada vez más deseos de patearle los dientes.
Cuando llegamos a la calle Principal, me dijo que se las podía arreglar por su cuenta. Me imaginé que solo quería impedir que yo supiera dónde vivía. Yo no tenía problema con eso. Me estaba congelando y ya no me quedaban analgésicos, por lo que quería estar profundamente dormido antes de que se me pasara el efecto de mi medicina.
—Asegúrese de que la examine un médico de verdad —le dije.
—Ni que lo diga. Es probable que contraiga una infección de solo mirarlo a usted. —Lo dijo a modo de chiste, pero no estaba muy equivocada. Mi edificio no tenía agua caliente desde que se extinguieron las llamas. En invierno, para bañarse todos los días hay que tener más fuerza de voluntad que la que tengo yo—. Pero gracias —agregó—. Si alguien debía dispararme esta noche, al menos ha sido un sujeto que después ha estado dispuesto a hacerme una cura. ¿Cómo se llama?
—Fetch Phillips. Hombre a sueldo.
Me dio la mano y sentí las puntas de esas garras afiladas apoyadas en mi piel.
—Linda Rosemary.
La noche había terminado tan bien como podría haberse esperado. La mujer gata había intentado estafarnos, la habíamos descubierto, ella recibió una herida a cambio de nuestro tiempo perdido y al final todos pudimos irnos a casa a dormir. Era justo, de alguna manera. Más justo que lo que nos habíamos acostumbrado a esperar.
La gata se fue caminando por la calle Principal con una mano apoyada en la pared, y mi reflexión fue que me había dado la cantidad justa de problemas, siempre y cuando no tuviera que volver a lidiar con ella.
Pero Sunder City provee algunas cosas sin excepción: hambre en invierno, borrachos por la noche y problemas durante todo el año.
Capítulo Dos
Los meados del orinal estaban congelados.
En realidad, no estaba durmiendo, solo estaba acurrucado con todas y cada una de mis prendas puestas, fingiendo estar muerto hasta que saliera el sol.
Me levanté de la cama y metí los pies en las botas, con doble par de calcetines. No fue fácil. Cuando me mudé a mi oficina/apartamento/congelador, me gustó la idea de estar en el quinto piso. Me encontraba lo bastante alto como para sentir que dominaba la ciudad entera, y la caída desde la puerta de Ángel sería lo suficientemente dura para matarme si me daba por saltar. Es uno de esos pequeños detalles que hacen que una casa se convierta en un hogar.
Sunder era una ciudad extensa, pero no era particularmente alta. Eso significaba que mi edificio era un mirador impresionante, pero también recibía de lleno toda la fuerza del viento. La brisa entraba por las grietas que había alrededor de las ventanas y por la separación entre los ladrillos. Incluso se abría camino al interior de la habitación de abajo y subía por entre las tablas del suelo. Yo pensaba repararlo todo cuando tuviera tiempo. De la misma manera que pensaba cortarme el pelo, y dejar de beber, y zurcir los agujeros de mis pantalones antes de que se cayeran a pedazos.
Los cortes de mi rostro eran más graves de lo que creía. La mañana siguiente a mi visita al estadio, le pedí a Georgio, el dueño del café ubicado en la parte inferior del edificio, que me diera algunos puntos. Sus manos temblorosas solo lograron que me saliera más sangre, así que le dije que lo olvidara. Habían pasado cuatro días desde aquello. Entonces tenía cuatro líneas de un color marrón rojizo en el lado derecho de mi rostro, y rezaba por que no quedaran cicatrices.
No tenía baño propio. De ahí el orinal. Lo recogí y abrí la puerta que daba a la sala de espera, y casi me choqué con una mujer. Estaba allí de pie, con aire de haber sido sorprendida in fraganti, como si hubiera cambiado de parecer acerca de llamar a la puerta pero no se hubiera ido a tiempo.
Se trataba de Linda Rosemary.
Iba vestida con el mismo juego de prendas sensatas que llevaba la otra noche: abrigo rojo, bufanda pata de gallo y boina negra de lana torcida hacia un lado. La primera vez que la vi era de noche y ella estaba cubierta de nieve. No reparé en cuán desgastado y roto estaba todo. En las manos llevaba unos gruesos guantes negros que restaban destreza pero abrigaban, y tenía cierto rubor en las mejillas que combinaba con la neblina que le salía de la boca. Sus ojos se posaron en el bloque de hielo que yo sostenía entre nosotros.
—¿Está preparando café?
Levanté el orinal intentando ocultar su contenido.
—Es de ayer. Se ha echado a perder.
Ella arrugó la nariz.
—Huele a meado.
Mi sonrisa avergonzada dejó en evidencia la verdad de su afirmación. Ambos nos quedamos allí por un segundo, con una expresión incómoda en el rostro.
—Esto... ¿quiere pasar?
Lo pensó durante un momento largo, doloroso. Sus ojos pasaron de mi rostro al orinal y a la oficina que estaba detrás de mí. Mi cama abatible continuaba fuera de la pared, sin hacer. Había vasos sucios sobre el escritorio y una hilera de hormigas llevándose migajas por el suelo. No sé bien qué habían encontrado, porque mi última comida en casa había sido hacía varias semanas.
Linda se quedó paralizada a causa de la indecisión, como cuando tratas de darle de comer a un animal salvaje con la mano y este tiene que luchar contra todos sus instintos naturales si quiere hacerse con el alimento. Finalmente, se dijo: “Qué demonios” y entró.
Renqueó un poco al entrar, luego limpió la silla para clientes con un pañuelo. Yo corrí detrás de ella metiéndome en los bolsillos ropa interior sucia y pañuelos desechables.
—Después de la otra noche —dijo—, pregunté por ahí...
—Un momento.
Detrás de mi escritorio estaba la puerta de Ángel. Un remanente de los viejos tiempos, cuando el mundo era mágico y algunas almas afortunadas podían llegar a tu casa utilizando alas en lugar de la escalera. La abrí y el viento me golpeó el rostro como un matón a sueldo recuperando un préstamo. Saqué el orinal al alféizar, me restregué las manos en la chaqueta y volví a cerrar la puerta. Al volverme, el rostro de Linda estaba lleno de arrepentimiento.
—Lo lamento —le dije—. No suelo tener invitados tan temprano.
Ella extrajo un reloj del bolsillo de su abrigo.
—Pero son las...
—Seguro que sí. ¿Cómo está la pierna?
—Cosida como una lona. ¿Cómo está su rostro?
—Creo que le quedó a usted algún fragmento debajo de las uñas. Pensaba que limarlas estaba de moda.
La gata se quitó la bufanda.
—Detesto esa costumbre. Los hombres gato se cortan las uñas cuando están cerca de otras especies. Mis ancestros se establecieron en las gélidas colinas de Weir. Teníamos nuestro propio reino. Nuestras propias reglas. Cuando la Coda eliminó todo eso, me vi forzada a venir aquí.
No pude evitar que mis ojos vagaran. Linda lucía una piel suave, y cada uno de sus movimientos tenía elegancia. A pesar de que casi no mostraba los dientes, no parecía faltarle ninguno.
—Disculpe que se lo diga, señorita Rosemary, pero usted salió muy bien parada de la Coda.
No era exactamente un halago y, por su expresión, no lo tomó de esa manera.
—Mi hermana murió en medio de la transformación, mientras su cerebro intentaba tener dos tamaños diferentes al mismo tiempo. El rostro de mi padre estaba del revés. Vivió durante una semana, en silencio, alimentándose a través de una pajita, hasta que finalmente algo en él se quebró. Éramos veinte personas en mi casa. Yo los cuidé a todos, durante todo el tiempo que pude, hasta que fui la última que quedó. Me fui de mi hogar y, finalmente, terminé aquí. Yo sé que soy una de las afortunadas, señor Phillips, pero disculpe si no me ve saltando de alegría.
Hizo una pausa larga para permitir que mi dura cabeza asimilara su historia. Fuera, el viento cobró intensidad. El orinal se arrastró por el alféizar y cayó al vacío. Unos segundos después, desde el suelo llegó un ruido metálico y alguien gritó algunas obscenidades al cielo.
La expresión de Linda no se alteró. Cuando volvió a reinar el silencio, continuó.
—Después de la otra noche, pregunté por ahí sobre usted. Oí algunas historias muy interesantes.
—¿En serio? Nunca me han acusado de ser interesante.
En rigor, eso no era cierto. La historia del humano que había escapado de los muros de Weatherly para unirse al Opus tiene algunos momentos intensos. No es tan jugosa como la secuela, cuando ese mismo niño entregó los secretos mágicos más preciados al Ejército Humano. Y también está el gran final, cuando los humanos utilizaron esos secretos para drenar la magia del mundo.
—He estado tratando de descifrar a qué se dedica —dijo—. No es detective. No es guardaespaldas. Luego, alguien me dijo que usted investiga rumores de magia que regresa.
Me estremecí.
—No sé quién le ha dicho eso, pero no es cierto.
Ese rumor no solo no era cierto, además era peligroso. Todo el mundo sabía que ya no quedaba magia y que no había forma de recuperarla. Mi trabajo sería extraño, pero, con toda certeza, yo no iba por ahí vendiendo sueños imposibles a criaturas moribundas, como había intentado hacer ella con el cuerno de unicornio.
—Al parecer, hace unos meses encontró un vampiro—continuó—. Un profesor que se las arregló para recuperar su fuerza.
Quise mentir, pero la conmoción de mi rostro ya me había delatado. Se suponía que nadie sabía lo del profesor Rye, el vampiro que se había transformado en un monstruo, y se suponía que nadie vendría a llamar a mi puerta buscando respuestas.
—No exactamente.
—Me han dicho que el vampiro encontró la manera de dar marcha atrás al reloj. Que desbloqueó su antiguo poder y que usted fue quien lo rastreó y descubrió cómo lo hizo. Usted conoce un secreto por el que el resto del mundo sería capaz de matar —colocó las manos sobre el escritorio, golpeteando la madera con sus garras—, y yo quiero saberlo.
El cuerpo se me tensó. La mirada de determinación de su rostro se había intensificado y, debo admitirlo, me asusté.
—Lo lamento, pero no puedo decírselo.
Nos miramos fijamente, y recé por no tener que luchar con ella. Entonces me di cuenta de que lo de sus ojos no era hostilidad. En absoluto. Era algo más cercano a la desesperación.
—No he venido aquí a causarle problemas, señor Phillips. He venido a contratarlo. No me importa qué es lo que sabe. No me importa qué es lo que averiguó. Quiero que use esa información para que yo recupere mi fuerza.
Me recliné en la silla, feliz de no tener que luchar contra una felina vengativa, pero sin saber cómo explicarme.
—Señorita Rosemary, eso no es a lo que me dedico.
—Bueno, ¿y por qué diablos no? ¿Para qué está guardando toda su energía? ¿Para ayudar a elfas ancianas a cruzar la calle? Quiero volver a estar completa, y no sé a quién más pedirle ayuda.
Gruñí en voz baja y meneé la cabeza.
—No fue magia lo que recuperó ese vampiro. Fue otra cosa. Cedió ante la misma tentación que usted está sintiendo ahora mismo, y eso lo destruyó. Yo odio este nuevo mundo tanto como usted, pero no hay vuelta atrás. Usted salió mejor parada que la mayoría. Aférrese a eso y siéntase agradecida.
Linda curvó las puntas de los dedos y dejó ocho pequeñas líneas marcadas en el escritorio, luego levantó una mano hacia su rostro.
—Yo no soy esto. Su especie me mató. Mató todo lo que yo era y todo lo que tenía. Yo no soy esta persona. En este lugar. —Miró a su alrededor, asqueada del sitio en donde se encontraba—. Ni siquiera sé qué es este lugar. —Una lágrima le cayó por la mejilla, y la huella que dejó se convirtió en hielo—. Usted no entiende nada, señor Phillips. Absolutamente nada.
Traté de morderme la lengua, pero, después de años de ejercicio, ese gesto había aprendido a resistírseme.
—Sé que la magia no volverá. Sé que cuando la gente lo intenta, muere. Siga adelante, señorita Rosemary. Búsquese otra cosa que anhelar.
Parecía estar a punto de cortarme la garganta. En los viejos tiempos, quizá lo hubiera hecho. Mi blanda piel humana no habría tenido ninguna oportunidad contra una lycum como ella. Pero esa fuerza se había ido. Desapareció en el preciso instante en que el río sagrado se convirtió en cristal. En vez de eso, cogió su bufanda, se puso de pie y fue hacia la puerta.
Miró el rótulo pintado en la ventana: “Hombre a sueldo”. Lo leyó en voz alta para sí misma, modulando las palabras dentro de sus mejillas sonrojadas.
—Hombre —dijo arrugando la nariz—. Ya veo a qué apunta. Usted es humano. Es de sexo masculino. Me imagino que para usted tuvo sentido. Pero fíjese cómo vive. Oiga la forma en que habla. —Ni se molestó en volverse para mirarme, solo siguió con la mirada clavada en el cristal y trató de romperlo con los ojos—. Usted es un niño, Fetch Phillips. Un niño estúpido que juega con cosas que no le pertenecen. Déjelas antes de que se haga daño.
Luego, se fue.
Busqué una botella para limpiarme sus palabras de la cabeza. ¿Qué sabía ella? Ella solo quería ser fuerte y me odiaba a mí por interponerme en su camino. ¿Qué se suponía que debía hacer yo? ¿Mentirle? ¿Fingir que podía irme a una aventura y regresar trayendo una magia que la haría volver a estar completa? Era imposible. La magia ya no existía, y cuanto antes lo aceptáramos todos, mejor.
Ring.
Atendí el teléfono y oí la voz cansada del sargento Richie Kites. Había cierto alboroto de fondo, pero me habló susurrando.
—Fetch, ¿puedes venir al Salón del Pájaro Azul, en la calle Lienzo? Simms quiere conocer tu opinión respecto de un asunto.
Eso era algo nuevo. En general, los policías solían echarme de las escenas del crimen, no me llamaban para que pudiera echar un vistazo.
—Claro. ¿A qué se debe esta invitación?
Richie susurró en el auricular.
—Tenemos un muerto aquí, con un agujero en la cabeza, y no se lo ha hecho ninguna arma que conozcamos. No sé qué decirte, Fetch. Si me preguntas a mí, parece magia.
Capítulo Tres
Tenía el típico día que se suponía que no podía existir. Ninguna mujer hermosa solía llamar a mi puerta antes del mediodía, la policía no me llamaba para pedir mi opinión y nadie hacía volar a otra persona empleando magia alguna. Ya no.
El Salón del Pájaro Azul era un club exclusivo para humanos ubicado en la calle Lienzo, en el oeste de la ciudad; un edificio de granito de dos plantas, sin ninguna clase de letrero.
Absolutamente todo el Departamento de Policía de Sunder City estaba amontonado alrededor de la entrada. Por lo general, tenías suerte si veías más de un par de policías en una escena de crimen. En este mundo nuevo y oscuro, hasta el asesinato se había vuelto algo trivial. Por lo tanto, era extraño que estos policías estuvieran tan nerviosos, en lugar de apesadumbrados y medio dormidos. Una y otra vez, el día insistía en ser distinto.
El sargento Richie Kites estaba solo, recostado contra el granito. Su pesado cuerpo de semi-ogro parecía capaz de tirar abajo todo el edificio.
—¿Qué sucede, Rich? ¿Hoy en día los policías se sienten tan solos que tienen que moverse en una manada gigante?
Negó con la cabeza, visiblemente molesto por la multitud.
—Cuando se enteraron de lo sucedido, todos estos imbéciles pusieron una excusa para venir y echar una mirada. Ven, entra. Ya verás el porqué. —Richie pasó primero y le hizo un gesto con la mano a otro policía que intentó protestar por mi llegada—. Está autorizado. Petición especial de Simms.
Yo estaba tan confundido como el agente, pero intenté no demostrarlo. Una parte de mí sospechaba que me estaban llevando a una trampa y que entre todos iban a forzarme a empuñar un arma homicida y acusarme del delito. Eso parecía más probable que el hecho de que me pidieran ayuda.
Las paredes del interior del Salón del Pájaro Azul estaban cubiertas por paneles de madera con incrustaciones de mármol blanco. Era un laberinto de corredores estrechos que llevaban a pequeñas salas privadas para un máximo de seis personas. Todo el mundo susurraba. El personal, la policía y otros “especialistas” rondaban por los huecos elaborando los rumores que pronto llegarían a las calles. La multitud era más densa hacia el final del corredor; seguí a Richie hasta la sala que estaba recibiendo la mayor atención.
En aquel reservado casi no había sitio para dos asientos aterciopelados y una mesa cuadrada de mármol negro. Había un vaso vacío y otro medio lleno, sostenido por el hombre sentado en el otro lado de la mesa. Estaba vestido impecablemente, con un traje de lana de tres piezas, un pañuelo azul al cuello y pañuelo de bolsillo. Tenía los dedos, las muñecas y el cuello cubiertos de joyas de oro muy llamativa. Su cabello estaba peinado hacia atrás con un producto brillante y sus cejas estaban bien cuidadas, en forma de arcos delgados. Debía de haber sido muy apuesto, antes de que alguien le abriera el rostro.
Una de sus mejillas estaba destrozada, lo que dejaba a la vista la fila de dientes inferiores, hasta las últimas muelas. Tenía los dedos torcidos como pequeños ganchos, con una mano alrededor del vaso y la otra a un lado del cuerpo. En la chaqueta, por encima de la clavícula, se le había juntado sangre, había rebosado y le había caído en cascada por el pecho. Tenía los ojos abiertos, congelados en una expresión de sorpresa, y las partes blancas estaban rojas y húmedas.
Solo era un hombre muerto. Estaba lejos de ser el primero, y, probablemente, no sería el último. Aun así, había algo peculiar en él. Algo más desconcertante que la sangre o la piel destrozada o el rigor mortis. Aún intentaba descifrar qué era, cuando oí una voz que crepitaba como el agua cayendo sobre carbón caliente.
—Sucedió en un instante —dijo la detective Simms mientras se acercaba detrás de mí—. Mira la conmoción de su rostro. Ni siquiera soltó la bebida.
Tenía razón. La muerte, como la conocemos ahora, es lenta. Enfermas o te haces viejo o coges mucho frío, entonces te aferras a la vida todo lo que puedes hasta que la oscuridad te lleva. Quizás alguien te da una paliza en un callejón o recibes una puñalada en las tripas y vagas por ahí hasta que tu corazón deja de cantar, pero incluso entonces tienes tiempo para hacerte a la idea. A este tipo parecía haberle explotado una bomba en la garganta a mitad de un relato.
Era exactamente como había dicho ella: algo instantáneo.
La detective Simms iba vestida con un abrigo grueso, sombrero de ala ancha y bufanda negra. Era el mismo atuendo que usaba todo el año. Sus reptilianos ojos amarillos se asomaron por entre la tela oscura y, cosa rara, no estaban llenos de desdén y odio. En cambio, me estaban pidiendo respuestas.
—¿Es algo que hayas visto antes?
Observé el cuerpo frío y la volví a mirar a ella, aún confundido por toda la situación y sin saber el motivo por el cual me habían invitado a que compartiera mi inexistente experiencia.
—¿Por qué me preguntas a mí?
La detective se acercó.
—Fetch, sabemos lo que estás haciendo.
—¿En serio? ¿Podrías decírmelo?
—Estás buscando formas de recuperar la magia.
—Yo no sé quién ha...
—Calla. Hablaremos de eso en otro momento. Por ahora, solo quiero saber qué clase de magia puede haber matado a este tipo de esa manera.
No tenía sentido discutir. Allí, no. la respuesta era obvia: ninguna clase de magia, porque ya no hay más magia, y todo el mundo lo sabe. Pero, como mi rol ya había sido explicado con tanta claridad, habría sido de mala educación no seguir el juego.
Primero me centré en el rostro. Allí era donde se estaba contando la historia. Tenía la boca abierta de dos maneras. Primero por el frente, de la manera en que uno esperaría. Le faltaban cuatro dientes. Dos de arriba y dos de abajo. Los más cercanos al hueco estaban inclinados hacia atrás, lo que daba a entender que la explosión había entrado en la boca desde delante. La segunda abertura estaba en la mejilla, la mandíbula y parte del cuello. En el lado izquierdo, los labios seguían juntos, pero la mejilla estaba destrozada, abierta, y la parte posterior de la garganta era un amasijo de carne.
La pared de atrás estaba salpicada de sangre como si se hubiera tratado de una celebración. Hasta el último rincón de la sala estaba cubierto por una rociada ligera, pero el sector más rojo estaba justo detrás de la cabeza del sujeto. También había sangre en la mesa. Menos. Como si la hubiera estornudado.
Entonces, ¿qué había sucedido?
Elaboré mentalmente una pequeña lista y traté de ir eliminando cosas. ¿Podía haberse usado un arma? No se usó una hoja; la herida era demasiado burda. Cualquiera que blandiera un arma sin punta, como un garrote o una cachiporra, lo habría golpeado en la cabeza o en un lado del rostro, no le habría dado una estocada por la boca. Además, tendría que haber sido disparada con una ballesta para causar semejantes destrozos.
Repasé mentalmente todas las criaturas que conocía; las que tenían garras, cuernos y colmillos. Supuse que sería posible atacar rápido, de tal manera que tu víctima no se lo esperase, pero para hacer explotar un rostro necesitarías algo más que unas uñas afiladas.
¿Un proyectil? No había ni dardo ni flecha a la vista y, una vez más, el resultado era demasiado burdo. Además, si la persona con quien estás bebiendo extrae una ballesta del bolsillo, debes ser más duro que un dentista de dragones para no soltar el vaso.
Me acerqué hasta quedar a unos centímetros de aquella imagen terrorífica y noté que parte del cuello de la camisa de la víctima estaba negra y rota. Quemada. Sobre la mesa, entre la sangre y los cubiertos, se había desparramado un polvillo gris. Ceniza.
—¿Alguno de los dos tenía una pipa? —le pregunté a Simms.
—No se puede fumar aquí. El anfitrión se habría dado cuenta.
Mi lista se estaba acortando tanto que ya era frustrante. Lo único que quedaba era lo imposible. Entonces, dije lo que sabía que querían que dijera.
—Alguien conjuró fuego.
Simms asintió con la cabeza para confirmar que ella había llegado a la misma conclusión, pero su expresión me dijo algo más. Estaba conmocionada, sí. Estaba asustada. Pero, debajo de todo eso, estaba emocionada. En sus viejos ojos dorados de serpiente, vi la expectativa ilusionada de una niña lista para la aventura.
Eso fue lo que más me aterrorizó.
—Busquemos un lugar tranquilo para charlar —dijo.

Fuimos a otra sala, lejos de ojos y oídos indiscretos. Simms se sentó en un reservado, yo me senté frente a ella y Richie se quedó de pie en la puerta para hacer guardia.
La detective se quitó la bufanda y se la dejó caer sobre los hombros. Tenía los labios partidos. El de abajo estaba sangrando, y se lo lamió con la punta de su lengua bífida. Usualmente, Simms se mostraba rígida, pura autoridad e impaciencia. Ese día, estaba inclinada hacia atrás, hurgando el borde de la mesa como si estuviera esperando que le cayera una idea en la cabeza. Al final, fui yo quien inició la conversación.
—¿Quién es el muerto?
Simms levantó la cabeza súbitamente, como si yo la hubiera despertado de un sueño.
—Lance Niles —dijo—. Un recién llegado. Estuvo rondando por la ciudad, comprando propiedades y haciendo amigos. Nadie sabe mucho sobre él, pero tiene bastante dinero y ya es dueño de muchas tierras.
Eso explicaba las joyas que llevaba encima el cadáver. Desde la Coda, no son muchos los lugareños que se pasean con piedras preciosas pulidas o trajes caros.
—¿Algún testigo?
—Solo el anfitrión. Niles llegó primero. Unos minutos después, se sumó un hombre. Usaba bastón y llevaba bombín, traje negro y bigote fino. Pidieron bebidas. El otro hombre pidió una segunda. Unos minutos después, el anfitrión oyó una explosión corta y fuerte. Cuando entró, la escena estaba tal cual está ahora, solo que más reciente. Los otros huéspedes cuentan lo mismo, pero incluso con menos detalles.
Lo peor de la historia era que sonaba casi normal. Seis años antes, antes de que el mundo se fuera a la mierda, aquellos eventos no habrían parecido fuera de lugar. Dos tipos se emborrachan y comienzan a pelearse, y uno de ellos lanza una bola de fuego contra el rostro de su amigo. Solía suceder. Pero no en un lugar así. Incluso en aquel entonces, aquel club era para humanos. Era el último lugar en el que uno esperaba ver algo de hechicería.
—¿Cómo era el asesino? —pregunté.
—Al parecer, tenía cicatrices faciales, pero el personal no recuerda nada específico. Ninguna señal de magia: orejas redondas, dientes rectos, piel tersa, hombros chatos, todos los dedos proporcionados. Están entrenados para notar esos detalles.
—Entonces, ¿era humano?
—O alguien que podía pasar por humano. Un hechicero o un lycum tendrían más probabilidades. Después de la explosión, el tipo salió por la puerta trasera y nadie se atrevió a seguirlo. Ni idea de hacia dónde fue, si tenía un caballo o si alguien lo esperaba fuera. Niles hizo la reserva y era quien contaba con la membresía, por lo que el asesino no dio su nombre en ningún momento. Solo sabemos lo que llevaba puesto, y dudo que nos sirva demasiado.
Asentí con la cabeza. Eso era nada. Menos que nada. Nos enfocábamos en el atuendo y no en el hombre que había debajo. Una vez que se cambiara la ropa y se afeitara, lo perderíamos.
Finalmente, tuve que hacer la pregunta que me daba vueltas en la mente.
—Simms, ¿por qué me has mandado llamar?
Me miró como si yo fuera un plato que le hubiera llegado a su mesa por error.
—En Sunder, los rumores se extienden como un reguero de pólvora, y tú estás atrayendo bastante fuego. Susurros sobre lo que encontraste en la biblioteca. Cosas que quizá sepas. Eres el nuevo chico de portada de los misterios mágicos.
—¿Y tú crees eso?
Simms resopló.
—Fetch, si yo creyera que de verdad guardas secretos, no estaríamos aquí. Te tendría atado y te estaría interrogando con un atizador caliente entre las pelotas. Pero si esa historia está en las calles, aquellos que tengan rumores encontrarán la manera de llegar a tu puerta. Así que, ¿qué has oído?
Un argumento sólido, supongo, pero era una jugada desesperada para una detective escéptica como Simms.
—Nada que sirva de ayuda. Solo esperanza desacertada.
—¿Algo que pueda estar conectado con esto? —Negué con la cabeza. Simms no pareció sorprenderse—. Era una posibilidad remota.
—Si me entero de algo que encaje con esto, te avisaré.
—Claro que lo harás. Porque, ahora que has visto esto, trabajas para mí. De manera extraoficial, por supuesto.
—Otra vez estoy confundido.
Simms se rio, pero yo no veía la broma.
—Tú tienes la posibilidad de husmear en lugares donde nosotros no podemos. La gente acudirá a ti pensando que eres el tipo que tiene las respuestas de las preguntas que ya no hacemos. Y... —Le lanzó una mirada a Richie—. Y en este caso nos cortarán las piernas. Lance Niles estaba haciendo muchos amigos antes de morir. Uno de esos amigos era el alcalde Piston. Ya se me ha ordenado que informe de todos los detalles del caso a su oficina. Dentro de unas horas, me dirán que lo abandone y para mañana tendrán en las calles a sus propios bravucones estúpidos derribando puertas. Cuando eso suceda, quiero tener a mi propio bravucón estúpido.
—Pero ¿por qué? El alcalde te ha quitado muchos casos de las manos. Nunca te has preocupado por eso.
Simms se inclinó hacia delante, y en su rostro vi algo que no había visto antes. Rozaba la vergüenza.
—Porque esto parece magia, Fetch. Sé que no puede ser, pero si lo es, quiero ser la primera en enterarme. —Yo asentí con la cabeza. No me quedaba otra. Ella no podría haber quedado más expuesta ni quitándose toda la ropa—. No puedo pagarte. Pero sí habrá una recompensa. Encuentra al tipo que hizo esto, o la información que nos lleve a él, y yo me aseguraré de que seas compensado. Pero primero me lo dices a mí.
Era una propuesta extraña. Por muy sincera que pareciera Simms, yo no podía olvidar la docena de ocasiones en que me había dado con las botas en las costillas. Y, aun así, yo estaba sin trabajo hasta un punto ya desesperante, y no me vendría mal tener un par de policías de mi lado. Pero esos motivos ni siquiera importaban. Yo sentía tanta curiosidad como ella. Después de lo que había visto, ya no iba a poder contenerme. De todas maneras, indagaría por la ciudad. Si Simms deseaba pagarme por hacerlo, yo no tenía motivos para detenerla.
—Considérame a tu servicio.
Nos dimos la mano y sus dedos temblaron contra los míos. Yo tenía decenas de comentarios gastados que le podría haber dicho. Eran las mismas cosas que le decía a cada criatura desesperada que acudía a mí con la esperanza de que yo hiciera que volviese a estar completa. Además, podría haberle abierto los ojos al hecho de que solo alguien fuera de sus cabales vería la salvación en el rostro ensangrentado de un muerto. Podría haberle dicho muchas cosas. Pero no lo hice. Asentí con la cabeza, me puse de pie, le di una palmada en la espalda a Richie y salí a la calle.
Los policías que estaban fuera me observaron salir del edificio como esperando que yo hiciera un gran anuncio, pero era la misma historia que habían estado oyendo durante seis años: la muerte es una desgraciada hija de puta que a la larga nos llega a todos.
Simms se estaba engañando a sí misma. Yo no podía probarlo en ese momento, pero le aclararía las cosas cuando encontrara al asesino. Al asesino humano, no mágico.
Resolver este caso podría llenarme el bolsillo, poner a Simms de mi lado y a un homicida tras las rejas, pero, sobre todo, dejaría claro a todo el mundo que yo no estaba tratando de ganarme la vida fingiendo que quedaba magia por algún lado. Debía haber una explicación razonable y científica para aquel asesinato, y yo pensaba servirla en bandeja de plata.
Capítulo Cuatro
Había evitado ir a La Zanja durante todo el invierno. Unos meses antes, había hecho que echaran de su hogar a todo un grupo de enanos. A cambio, me dieron la escritura de una mansión cuyo único contenido era el cuerpo congelado de un hada muerta hacía mucho. Fue una decisión que me parece equivocada cada vez que la considero, pero si me dieran otra oportunidad, volvería a hacerlo.
Para empeorar las cosas, los enanos eran clientes de mi bar favorito, y desde entonces me aterrorizaba dejarme ver por allí. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero eso es así si primero las suturas. De lo contrario, cuando regreses estarán infectadas e inflamadas.
Al entrar mantuve la cabeza gacha y solo vi a uno de ellos. Se llamaba Clangor. Tenía la barba pelirroja y el cabello sucio, ambos recogidos en trenzas, y aún llevaba el uniforme de obrero metalúrgico, incluso después de varios años de desempleo. Estaba sentado en la barra, bebiendo aquella barata cerveza oscura y con gusto a grasa. Él no me había visto, y yo tenía la intención de que eso siguiera así, por lo que doblé a la izquierda, en dirección al fondo del local, donde estaban las dianas para dardos, el teléfono público y los reservados.
La Zanja ya no era un lugar cálido. Sin el fuego, ya no. Los clientes se movían menos que antes. Se reían menos. No había baile ni música popular, solo clientes silenciosos bebiendo en jarras para borrar los recuerdos de tiempos mejores.
El único ruido que se oía provenía de Wentworth, uno de los pocos hechiceros que llevaban bigote, pero nada de barba. Como de costumbre, fastidiaba: estaba inclinado sobre una de las mesas, gritándoles a un grupo de banshees que, al no tener voz, no tenían forma de decirle que se callara. Supuse que serían parientes de Boris. Boris era el camarero pos-Coda que había comprado el bar por muy poco dinero después de que Tatterman se jubilara. Él me vio desde detrás de la barra y su mirada decía: “Me alegro de verte, pero probablemente sea mejor que te largues de aquí”.
No me gustaba causarle problemas a Boris, pero tuve la esperanza de que salvar a sus parientes de la arremetida de Wentworth quizá me favoreciera un poco. Cuando me acerqué, el hechicero se encontraba en medio de una diatriba.
—... os dirán que fue un accidente, pero ¿quién les cree en realidad? Yo no, eso seguro. Fue un condenado accidente demasiado conveniente para ellos, podéis creerme. Me quitaron los poderes. A vosotros, la voz. Todas las cosas que nos ponían por encima de ellos. Esto fue un ataque, está claro, y aún no ha terminado. Estamos en medio de una guerra, pero nuestro bando piensa que ya ha terminado, por lo que nos estamos entregando y los estamos dejando ganar. Necesitamos despertarnos. Necesitamos defendernos con todo lo que...
La mirada de todos los banshees se elevó por encima de su hombro hacia mí, y, finalmente, se dio cuenta.
—Hola, Wentworth. Si tienes un momento, me encantaría pedirte consejo sobre un asunto.
Algunas personas quizá se avergüencen de que las pillen desprevenidas de esa manera. El viejo Wentworth, no. Me miró a los ojos frunciendo el ceño para hacerme entender que no le importaba que yo lo hubiera oído hablar sobre mi especie.
—Podrías convencerme—respondió.
Boris observaba atentamente, así que le hice un gesto para que trajera dos consumiciones. Él sabía qué tomábamos, y Wentworth desfrunció el ceño cuando vio que se llenaban los vasos.
—Ven al rincón —le dije—. Quiero mantener un perfil bajo.
—Ah, me imagino.
Cuando el hechicero se volvió, los banshees inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento. Nos metimos en un reservado del rincón y nuestras bebidas llegaron poco después. Wentworth no me prestó atención hasta haber bebido un buen trago.
—Bueno, jovencito —dijo con espuma cayéndole del bigote mojado—, ¿qué es lo que te trae ante mí el día de hoy?
Yo observé la leche de álamo tostada que Boris había colocado delante de mí.
—Quiero saber cómo funcionaba la magia. Antes de que se secara.
—No se secó, joven. Los tuyos la cortaron.
Hacía mucho tiempo que yo había aprendido a no discutir con Wentworth sobre ningún asunto. Sobre todo, cuando tenía razón.
—Sí, antes de que la cortaran. Quiero saber cómo se lanzaban los hechizos. Específicamente, los que podían utilizarse como arma.
—Como has tenido el suficiente sentido común para ir a la fuente correcta, te daré la información que buscas. —Bebió otro trago largo, feliz de que por una vez le pidieran que hablara—. Hay tres tipos de hechizos, cada uno de ellos utilizado por una categoría diferente de lanzadores de hechizos. Las primeras dos clases son los conjuradores. Ellos son los hechiceros, que están entrenados, y los magos, que no lo están. Puedes identificar a un conjurador por sus pupilas blancas, su cabello blanco y sus dedos llamativos. La mayoría de los conjuradores son hijos de padres humanos. Nunca nadie pudo probar cómo o por qué surgían. Nuestra conjetura más sólida era que se acumulaba magia atmosférica en el sistema de la madre y eso se le pasaba al feto antes de nacer. Muchas mentes retorcidas intentaron forzar el proceso, pero hasta donde yo sé, nadie tuvo éxito.
”Estos niños de ojos blancos percibían las energías del mundo a su alrededor. Las habilidades naturales variaban, pero los talentos básicos solían ser los mismos: generar olas en el agua, conjurar ráfagas de viento o hacer que unas chispas crecieran hasta convertirse en hogueras enormes. Los conjuradores tienen la capacidad instintiva de oír la magia que hay dentro de los elementos y darles un empujoncito. Estos talentos, cuando se practican en la naturaleza, crean lo que llamamos un mago. Bueno, creaban.
Él quería meter otro bocado, pero los comensales ya estaban hartos de ese plato.
—Un mago con entrenamiento se convierte en hechicero. Estos son los más poderosos, los más habilidosos y los más difíciles de explicar de todos los lanzadores de hechizos. —Se señaló a sí mismo con un gesto, sin rastro de ironía—. Algunos dicen que solo un estudiante de la Universidad Keats es un verdadero hechicero. Allí fue donde estudié yo, por supuesto, pero nunca fui demasiado esnob. Lo importante es el nivel de habilidad. El entrenamiento de hechiceros le enseña al mago a extenderse hacia más allá de sus inmediaciones, a aferrarse a los elementos en su forma más pura y a conjurarlos entre las manos. Cuando yo necesitaba fuego, abría un portal a un mundo de azufre y llama. Cuando quería volar, traía el viento desde lo desconocido hasta debajo de mis pies. Si quería retener a un hombre en un lugar, conjuraba gravedad hacia la punta de mis dedos y lo atraía para poder aferrarlo.
No había forma de confundir el entusiasmo que había en los labios del anciano. Apretó los dientes y cerró esos ojos de pupilas blancas hasta que fueron dos rendijas, recordando los tiempos en que había tenido poderes letales a su disposición.
Yo vi a muchos hechiceros lanzando hechizos durante mi estancia en el Opus. Incluso conocí la ubicación de aquel lugar desconocido. Después de que desertase para unirme al Ejército Humano y me convencieran de que los hechiceros buscaban erradicarnos a todos, entregué esa información. Cuando los humanos fueron allí para sumergir sus máquinas en la magia, esta, en respuesta, se congeló.
—Entonces, esos son los conjuradores —dije—. ¿Cuál es el otro?
Parpadeó varias veces, como si hubiera olvidado dónde estaba.
—¿El otro qué?
—El otro tipo de lanzador de hechizos. Has dicho que...
Uno de sus dedos golpeteaba el vaso vacío. Entendí la indirecta y le hice un gesto a Boris de que trajera otra ronda.
—Ah, ¿el otro tipo de lanzador de hechizos? Sí, sí, sí. Las brujas y los brujos. Tienen dedos más largos que vosotros, lo que les proporciona ciertos talentos. Lamento haberlos dejado para lo último porque, al compararlos, realmente son una decepción. Lo único que hacen, básicamente, es jugar con la magia que ya se ha filtrado hacia el mundo físico. Es como cocinar. Mezclas una cosa con otra cosa y le echas un poquito de una esencia de como-se-llame y, por un momento, se libera la energía mágica atrapada en el interior. Un triste sustituto de los hechizos reales, pero he visto a una bruja bien provista dar bastantes problemas. Más que...
—¿Qué mierda...? —dijo una voz. Miré hacia atrás. Boris estaba a mitad de camino hacia nuestra mesa con las bebidas en la mano y una mueca de disgusto en la cara. Me habían descubierto. En la barra, Clangor estaba todo colorado, echando humo, señalándome con el dedo—. ¿Qué mierda estás haciendo aquí?
Boris me lanzó una mirada que decía “Lo lamento, pero ¿podrías por favor irte ahora mismo antes de que ese pequeño bribón comience a romper cosas?”. Asentí con la cabeza para decirle que lo haría.
Yo ni siquiera había terminado mi primera bebida, pero arrojé suficientes monedas sobre la mesa para pagar las consumiciones. Me puse de pie, levanté los brazos en gesto de sumisión, hice una respetuosa reverencia para pedir disculpas y me dirigí hacia la salida, pero el enano tenía más cerveza que cerebro y no pensaba dejarme ir.
—¡Te he hecho una pregunta!
Se había bajado del taburete, temblando de furia, con un péndulo de saliva colgándole del labio.
—Solo he venido a ver a un amigo. No era mi intención entrometerme.
Su jarra se estrelló contra el marco de la puerta y salpicó cerveza barata sobre mí y sobre el felpudo de bienvenida.
—¿Un amigo? —Lanzó una de esas carcajadas que solo son un gesto de desprecio sonoro—. Tú no tienes amigos, Fetch. Ni en este bar. Ni en esta ciudad. Ni en ningún lado. Lo sabes, ¿no? —Se acercó, y yo retrocedí subiendo por las escaleras hacia la puerta—. Si yo tuviera la fuerza que tenía antes de que los tuyos se cargaran el mundo, te rebanaría a la altura de las rodillas, luego la cintura, luego el cuello, y luego te pisotearía esa puta cabeza vacía y la abriría aquí mismo contra el suelo.
Miré alrededor. No debí hacerlo.
Yo había trabajado en La Zanja. Luego, había bebido en La Zanja, todos los días. Había pagado las necesarias rondas para todos los clientes ahora presentes, y ellos me habían invitado otro tanto. Pero tenían la mirada baja. Nadie dijo nada. Nadie levantó la vista. Nadie pensaba discutir con el enano.
—Lárgate de aquí —dijo.
Y eso fue lo que hice.

Lo último que me sucedió durante mi estancia en el Ejército Humano fue recibir un impacto de magia pura en el pecho. La cicatriz nunca llegó a sanar, y de vez en cuando el dolor intentaba abrirme las costillas una por una. Una vez fuera de La Zanja, abrí un paquete nuevo de Clayfields, mordí el extremo de una rama y chupé el jugo. Ayudó, pero mi respiración seguía siendo demasiado superficial.
Había sido estúpido volver allí. Durante los últimos años yo hablé con suficientes hechiceros para saber que ninguno de sus poderes funcionaba. . Según los periódicos, en la Universidad Keats aún había alumnos y miembros del personal que trataban de liberar la vieja magia todos los condenados días. Si esos expertos no podían resolverlo, yo dudaba que un mago sin formación tuviera una posibilidad. Y si lo lograba, era poco probable que lo primero que hiciera, al blandir su poder recuperado, fuera volarle el rostro a un hombre de negocios con una milagrosa bola de fuego pos-Coda.
Eso dejaba a brujas y brujos: unos sujetos de dedos largos con acceso a la magia, pero que nunca conjuraban nada por su cuenta, sino que desenterraban el poder oculto de la materia orgánica que los rodeaba. Que yo supiera, eso tampoco funcionaba.
Bueno, al menos no como antes.
Me quité el Clayfield de la boca y observé el extremo masticado. En otra época, había tenido magia. La suficiente para entumecerme todo el cuerpo. Entonces solo era una sombra de lo que había sido antes. Aun así...
Quedaba una pizca de poder. Un eco envasado por unos sujetos que sabían que un fragmento de la magia del viejo mundo, oculto en aquella planta, aún podría tener algún uso.
Volví a colocarme el Clayfield entre los labios y lo saboreé.
Sí, algo había.
Capítulo Cinco
Llamé a la casa de Warren y me atendió una mujer. Me dijo que podría encontrarlo en Cerámicas Hamhock, una fábrica en quiebra ubicada en el centro del distrito industrial. El viento hizo cambio de turno con la nieve mientras yo atravesaba la ciudad deseando haberme tomado la molestia de coserme la rodilla del pantalón.
Cuando las llamas todavía ardían, la nieve de Sunder se tornaba de color marrón estando aún en el aire. Después de la Coda, esperaba a tocar suelo antes de empaparse de ceniza, óxido y basura. Al menos no olía tan mal. Durante el verano, las alcantarillas hervían como una cacerola.
El distrito industrial era un batiburrillo destartalado de fábricas y mercados al por mayor ubicado en el lado oeste de la ciudad. Yo solía comprar allí, en lugar de derrochar mi dinero con los comerciantes de la calle Principal, que cobraban extra por el mismo producto, solo porque colgaba de un gancho de mejor calidad.
Había pasado muchas veces por delante de Hamhock, pero nunca había estado dentro. Tenía dos plantas de altura, con una persiana enrollable que abarcaba toda la pared del frente. Del tejado se elevaba media docena de chimeneas, junto con una gran turbina eólica que giraba a una velocidad hipnótica.
La persiana enrollable estaba abierta y el interior del edificio era un caos. Un lodo líquido de un color entre gris y marrón cubría el suelo, las paredes, la maquinaria y a la mayoría de los trabajadores. Había tendederos llenos de alfarería sin cocer: floreros, cuencos y platos. Algunas piezas estaban húmedas y brillaban, otras estaban secas, y otras se estaban rajando. La turbina del tejado estaba conectada a una gran bañera llena de arcilla mezclada con agua; al girar, batía la mezcla, que de vez en cuando rebosaba chapoteando.
Habían trabajado mucho, pero algo había hecho que todo se detuviera. El personal estaba sentado por allí, sin hacer nada, mientras un pequeño grupo se amontonaba alrededor de una gran caja metálica que había en un rincón.
Warren, el gnomo bien vestido, estaba sentado solo. Años atrás, antes de que yo lo conociera personalmente, había sido una leyenda del crimen subterráneo. La Coda eliminó a los grandes jugadores que él había colocado en el poder y mató a sus matones. Desde entonces, había perdido casi todos sus ahorros tratando de restablecer su imperio y había acabado como otro estafador solitario que había visto mejores días.
Warren podía haber perdido casi todo su dinero y la mayor parte de su negocio, pero su orgullo seguía intacto. Sus trajes siempre estaban limpios, su cabello nunca a más de una semana del peluquero, y se movía de una forma relajada que daba a entender que tenía todo el tiempo del mundo.
Pero no tenía todo el tiempo del mundo. Le quedaba muy poco tiempo y estaba aterrorizado de cómo lo iba a utilizar.
Tenía el sombrero entre las manos y su candor habitual se había desvanecido. Coloqué un taburete junto a él y le dejé hablar primero.
—Cuando había magia, el dueño de esta fábrica era un amigo mío, y ganaba muy bien vendiendo platos y jarrones. Eso se interrumpió hace seis años. Pero cuando las inundaciones del otoño atravesaron Sunder y dejaron grandes charcos de arcilla río abajo, pensé que podríamos usar aquel lodo para comenzar de nuevo. Pero el fuego... —Hizo un gesto de desdén en dirección a la caja metálica—. No podemos generar suficiente calor. Lo hemos intentado todo. Incluso si saliera más caro calentar el horno que lo que ganaríamos vendiendo los cuencos, al menos podríamos hacer algo. Pero no. No hay nada aquí. Solo más desperdicios. —Observamos a los trabajadores cubiertos de lodo mientras retiraban del horno una bandeja con tazas de cerámica empapadas y, luego, las arrojaban a un lado—. Probad con algo más pequeño —ordenó Warren—. Unos... unos dedales, quizás. Y poned el doble de leña.
Los ceramistas, descorazonados, asintieron con la cabeza, y fue casi gracioso. Eran delincuentes. Hombres rudos que antes se habían ganado la vida golpeando a la gente en la cabeza. Entonces estaban allí usando guantes y delantales, decepcionados por no poder terminar de fabricar unas tazas de té.
Casi gracioso.
—Lo lamento, Warren. Desearía poder ayudarte, pero la ciencia nunca ha sido mi fuerte. Si me entero de algo útil, te avisaré.
Levantó la mirada.
—Entonces, ¿eso sí es lo que estás haciendo? ¿Estás buscando poderes mágicos? Pensaba que habías dicho que era imposible.
—Es imposible. Pero eso no significa que no haya cosas nuevas, no mágicas. Como lo que estaba intentando venderte ese médico.
Él estrujó el ala de su sombrero. La decepción del cuerno de unicornio aún era una herida abierta.
—Solo fue una idea, eso es todo. Solo quería ayudar.
—Bueno, yo también quiero ayudar. ¿Puedo hablar con tu amigo?
Puso una expresión que yo ya había visto demasiadas veces en demasiados rostros: la que pone alguien cuando sabe que voy a causar problemas.
—Es tan solo un químico. Un brujo que está tratando de abrirse un nuevo camino en el mundo, como todos nosotros.
—Vendiéndote mentiras. ¿Cuánto pensaba cobrarte para prepararte la sopa de unicornio?
Warren apoyó una de sus pequeñas manos sobre la mía. Fue algo chocante. Entre nosotros, habíamos construido una buena rutina de bromear e intercambiar comentarios crueles. Por algún motivo, él había decidido romper con eso con un poco de infrecuente sinceridad.
—No le reproches que me haya dado un sueño, Fetch. Tenía el corazón lleno de esperanza, al igual que yo. Te diré dónde encontrarlo, pero no vayas a patearle las pelotas. Que tú te hayas dado por vencido no es motivo para que arrastres contigo al resto de nosotros.
Maldición. Lo había vuelto a hacer. Quise disculparme, pero Warren no lo necesitaba. Había dicho lo que tenía que decir y yo lo había escuchado. Eso sería suficiente. Intenté recordar hacerlo más a menudo. Apoyé mi otra mano sobre la de él y la mantuve así. Respiró hondo, mirando el almacén inútil y el comercio moribundo que había intentado resucitar. Yo no necesitaba recordarle que la vida continuaba. Él lo tenía más claro que lo que yo nunca lo tendría. Fuera cual fuese el trabajo que yo creyera estar haciendo, no debía consistir en ir por ahí arrebatándole a la gente el último fragmento de esperanza que le quedaba.
De modo que guardé silencio. Warren me dijo que el químico se llamaba Rick Tippity y que trabajaba a unas manzanas de allí, hacia el norte. Me dijo que debía ser amable con el brujo porque ya había demasiados sujetos en el mundo comportándose como imbéciles, y a todos ellos les salía mejor que a mí.
—Así que sé amable —dijo—. Hoy en día, tendrás menos competencia.
Capítulo Seis
Cuando la Coda acabó con el negocio de los médicos brujos y los chamanes, los farmacéuticos se alzaron para ocupar su lugar. Las curas son menos impresionantes, más caras y no siempre fiables, pero es el único lugar donde acudir cuando alguien enferma.
Warren me dijo que Rick Tippity, además de ser un brujo, también se había formado como alquimista. Eso le aportó un conocimiento, poco frecuente, de la intersección entre ciencia y magia, y le permitió adaptarse al nuevo mundo más rápido que los demás. Yo había estado una vez en su farmacia para hacer acopio de Clayfields antes de que se pudieran conseguir con facilidad por toda la ciudad. Era una tienda pequeña ubicada en la calle Kippen; una callejuela estrecha que era apta para los caballos, pero que no resultó ideal durante el breve período en que los automóviles aparecieron por la ciudad.
Los comercios de la calle Kippen estaban lejos de estar en auge. Las únicas puertas abiertas eran las de una lavandería, un bar donde se podía comer pasta y la farmacia en cuestión, que se destacaba del resto de los locales porque tenía ventanas limpias, estaba recién pintado y lucía un cartel sobre la puerta en el que se veía una gran hoja verde.
Cuando entré, lo primero que me llegó fue el aroma: una mezcla penetrante de humo, vapores químicos y polen que me entró a puñaladas en los senos paranasales.
El lugar había sido renovado hacía poco, y la paleta de colores elegida era blanco sobre blanco con un gran agregado de blanco. Una maniobra audaz en una ciudad como Sunder, donde hasta el mismo aire puede dejar una mancha. Un mostrador de madera dividía la sala en dos e, inclinado sobre él y escribiendo en un cuaderno, estaba el brujo al que había ido a ver.
Rick Tippity parecía haber entrado en los cuarenta, pero el cabello, que le llegaba hasta la cintura, había perdido todo su color. Llevaba unas gafas pequeñas y de montura plateada y una bata blanca que hacía juego con las paredes. Cuando levantó la mirada, sus ojos tenían el enfoque intenso de alguien que es terriblemente inteligente o que está un poco loco.
Dejó el lápiz, se irguió y apoyó sus manos de dedos largos sobre el mostrador. Tenía un aire de estar tan seguro de sí mismo que rozaba la arrogancia, como si quisiera que uno supiese que el fin del mundo no lo había ralentizado para nada.
—Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo servirle?
—Dos paquetes de Clayfields Fuertes, por favor. Y —me señalé los cuatro cortes que me atravesaban el rostro—, ¿me podría recomendar algo que los sane rápido y que evite que cicatricen? El mes que viene mi esposa llegará a la ciudad, y supongo que no me creerá que me los he hecho en la iglesia.
Él sonrió para dejar claro que había entendido, y se volvió hacia los estantes que tenía detrás. Una de las cosas que yo había aprendido después de seis años de ejercer es que, si vas a un comercio esperando conseguir ayuda, más vale que estés dispuesto a comprar algo. No importa si son inocentes, culpables o irrelevantes, hablarán con más facilidad después de ver un poco de bronce.
Se detuvo frente a un estante que sostenía cinco urnas metálicas, cada una con un grifo en la parte de abajo. Abrió uno, y salió un líquido verde claro que cayó en un frasco de cristal. Antes de que el frasco se llenara, el brujo avanzó por el pasillo, echó un par de polvillos diferentes en el interior y, luego, la agitó.
—Frótese esto en las heridas dos veces al día y otra antes de acostarse. Las costras se ablandarán y adquirirán un aspecto desagradable mientras se curan, pero deberían desaparecer en una semana.
Dejó el frasco sobre el mostrador, junto a los paquetes de Clayfields.
—Gracias. No me gustaría que me echaran de la casa con este tiempo.
—Una moneda de bronce por los Clayfields y otra por el remedio.
Exageré todo el proceso: buscar mi cartera, no tener ni monedas ni billetes de bronce a mano, y, por consiguiente, buscar en mi chaqueta y compensar con cobres.
—¿Se ha enterado de lo que ha sucedido en el Salón del Pájaro Azul? —dije—. Ha sido un tanto espeluznante.
Su mirada ya había regresado a su cuaderno, a la espera de que yo me fuera para que él pudiera terminar el acertijo en el que estaba trabajando.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó sin mostrar demasiado interés.
—Han matado a un tipo lanzándole una bola de fuego a la cara. —Cada moneda salió de un bolsillo diferente. Las alineé sobre el mostrador, despacio, mientras su mirada aguda regresaba al presente—. Todo el mundo ya está propagando toda clase de sinsentidos al respecto. Me imagino que usted oirá ese tipo de cosas todo el tiempo, ¿verdad?
Frunció tan fuerte el ceño que se le metió dentro del rostro.
—¿Qué tipo de cosas?
—Gente que viene aquí a preguntarle cómo hacer magia. En general, para ayudar. Quizá para hacer daño. —Cogí el frasco de jarabe pálido y examiné su consistencia—. Yo no pretendo entender cómo hace usted lo que hace, pero al menos sé que es algo relacionado con la ciencia. Otros piensan que aún juguetea con lo otro.
No se movía. Estaba asustado. Solo que yo no sabía por qué. Entonces dijo:
—Y es cierto.
La habitación se tornó fría como el hielo. Como si alguien hubiera abierto la puerta y hubiera dejado entrar el viento invernal. Pero la puerta seguía cerrada y estábamos solos. Solo yo y el brujo de mirada de loco.
—Ah, ¿es cierto? Vaya. Eso es... ¿A qué se refiere?
—Hay magia en todas las cosas. Siempre la ha habido. Siempre la habrá. Los suyos podrán haber cambiado la forma en que la usamos, pero no nos la pueden arrebatar. No. No se crea usted tan importante.
El muy cabrón no había parpadeado durante todo un minuto. Fue mi turno de estar asustado.
—Entonces..., para usted, ¿aún hay magia en todo esto? —Señalé las cajas y botellas que había detrás de él y hablé con un tono de voz con tanto aire de superioridad que hasta a mí me resultó irritante—. Pero ¿cuánto poder tiene, realmente? Quizá pueda reventar algunas espinillas, pero no puede usar todo esto para matar a alguien.
El brujo se quitó las gafas y se las metió en el bolsillo de la camisa. Dejó caer las manos a los lados, por debajo de la línea del mostrador.
—¿Para quién trabaja?
—Para nadie. Solo soy un tipo que hace preguntas estúpidas. No ha sido mi intención herir susceptibilidades.
No actuaba como si yo hubiese herido susceptibilidades. Actuaba como si yo las hubiera atado a la mesa y masacrado con un hacha.
—Pertenece a la policía —me dijo; una acusación que cualquier otro día de mi vida habría sido absurda.
—No. En realidad, no. Solo quiero demostrarles que nadie puede haber...
Sus manos se alzaron desde debajo del mostrador, y había algo en su puño derecho. Parecía un monedero o una bolsa para canicas. Mientras yo retrocedía un paso, él rompió el paquete y en sus manos apareció una bola de fuego enorme.
El fuego rugió como un animal salvaje, y el aire caliente me hizo tragar el grito que iba a lanzar. Retrocedí y me tropecé. Al fin y al cabo, quizá fue eso lo que me salvó.
Mi nuca chocó contra el hormigón. La caída no me hizo perder el conocimiento, pero me dolió lo suficiente para hacerme desear que sí lo hubiera perdido. Noté un olor a partes mías cocinándose: cabello, cejas y un poco de piel. Me di unas palmadas en el rostro y el cuello de la camisa, pero, por suerte, las llamas no habían quemado nada. Solo había sido un fogonazo. Un momento incómodo, doloroso y caluroso, pero que había terminado tan rápido que el daño solo era superficial.
No fue un ataque mortal. No fue lo suficientemente grande ni para estropear la pintura de las paredes.
Pero que me cuelguen si eso no era magia.
Capítulo Siete
Para cuando me puse de pie, Tippity había desaparecido, y no puedo decir que me sintiera desilusionado. Quería atrapar a aquel cabrón, pero necesitaba un momento para serenarme. Había esperado seis años para ver a alguien usando magia, pero no me había imaginado que sucedería a medio metro de mi rostro. Me pasé las manos por el cabello, y entre los dedos se me quedaron algunos pelos quemados. Tenía la garganta irritada por inhalar una bocanada de aire caliente y la vista llena de puntitos blancos.
Había ceniza en el suelo, todo a mi alrededor. Busqué la pequeña bolsita que había provocado las llamas, pero debía de haberse incinerado por la explosión. Había una pequeña trampilla de madera empotrada en el mostrador, así que la abrí y pasé hacia el otro lado. Había estantes debajo del mostrador, donde habían estado las manos del brujo, pero no quedaban más bolsas mágicas llenas de fuego.
Las notas que Tippity había estado escribiendo me resultaban indescifrables, así que las dejé allí; eran problema de la policía. Sí encontré una caja metálica que contenía bastante efectivo, así que me reembolsé las compras que había hecho y me pagué la inminente visita a la peluquería.
Había un teléfono en la pared, pero no lo utilicé de inmediato. Yo había ido a la farmacia a refutar la teoría de la magia, no para fomentar el rumor, por lo que quería tener algo más que decir que “la magia ha regresado y yo tengo las quemaduras que lo prueban”.
Los pasillos de la trastienda estaban llenos de tinturas, semillas y trozos de corteza, pero nada que se pareciera a la bolsita explosiva. Tampoco había etiquetas de nada, por lo que resultó en vano buscar (excepto por las reservas de Clayfields que se las arreglaron para llegar al bolsillo de mi chaqueta).
Detrás de los pasillos, en la pared del fondo, había una puerta abierta, que el brujo debía de haber usado para escapar. Extraje el cuchillo de mi cinturón y lo sostuve en alto mientras abría la puerta de una patada y miraba en el interior.
Solo era un almacén abarrotado y oscuro. La única luz que había provenía de la salida opuesta, que daba al callejón. Los ojos aún me titilaban a causa del ataque, por lo que me tropecé con algunas cajas antes de encontrar la lámpara que colgaba del techo. Prendí mi encendedor y lo sostuve contra el farol. Cuando se encendió la mecha, brinqué hacia atrás de la sorpresa. No a causa del fuego, sino por el enorme bloque de hielo que había al fondo de la habitación, con un hombre gritando atrapado en su interior.
Yacía tumbado contra la pared, como si se hubiera resbalado después de una noche de parranda. Tenía todo el cuerpo cubierto de hielo, pero este era más grueso alrededor del pecho y de la cabeza. El agua era perfectamente cristalina, en cambio la superficie tenía pequeños picos de hielo.
Yo no tenía idea de cuánto hacía que había sucedido aquello. Con la puerta abierta, el aire se había enfriado lo suficiente para detener completamente el proceso de derretimiento.
Se trataba de otro brujo. Tenía los dedos extendidos y separados, y los brazos doblados, como si hubiera estado rogándole a alguien cuando lo alcanzó el hechizo. Era mayor que Tippity, con el pelo más corto y la barba recortada, y debajo de su abrigo llevaba la misma bata blanca.
Debían de haber sido colegas. Si así era, ¿qué había sucedido?
El sujeto tenía las manos vacías. N vi señales de violencia. Había cajas, frascos y botes apilados por doquier, pero los únicos objetos desordenados eran las cajas que yo mismo había derribado.
Abrí algunos envases y busqué cualquier sustancia que pareciera más mágica que medicinal. Ninguna de esas cosas entraba en mi pericia, por lo que no llegué a ninguna conclusión brillante. Fui manoteando cacharros de tierra roja, cajas de vendajes y recipientes de jarabe. Encontré un frasco de un líquido dorado claro que me parecía familiar, así que lo abrí y me eché un trago. Era savia de tárix, y de mejor calidad que la que había en la mayoría de los bares. Me la metí dentro de la chaqueta. Era más difícil de ocultar que los Clayfields, pero mucho más valiosa.
No había nada más que pareciera ser particularmente interesante. Me detuve en medio de la habitación, mastiqué una rama y miré los ojos congelados del hombre del rincón. Había algo familiar en su rostro. No porque lo hubiera visto antes. Era su expresión. La forma en que había quedado paralizada en un momento horroroso de entendimiento.
Como si hubiera sucedido en un instante.
Exactamente igual al cadáver del bar. Pillado por sorpresa, salvo que este tipo había sido bombardeado con hielo en lugar de fuego. La muerte estaba siempre ocupada en Sunder City, pero estaba trabajando más rápido de lo normal, y con mucho dinamismo.
Regresé a la otra habitación, llamé al departamento de policía y pregunté por Simms.
—¿Puedo preguntar quién habla?
—Su vecino. Me pidió que le cuidara los gatos, pero uno de ellos ha empezado a vomitar por todas partes, y me dijo que si eso sucedía necesitaba darle una de las píldoras azules, pero el condenado animal la escupe y la escupe y la alfombra está hecha un desastre y no sé qué...
—Aguarde un momento, señor.
Treinta segundos después, Simms rugía al otro lado de la línea.
—Bien, tipo listo. ¿Qué te sucede?
—Supuse que no querrías que la recepcionista anunciara mi nombre frente a todo el departamento. Sé que al resto de los policías no les caigo tan bien como a ti.
Simms resolló; no quería admitir que yo tenía razón.
—Entonces, ¿de qué se trata realmente?
—Tengo otro fiambre para ti. La farmacia de la calle Kippen. No digo que sea magia, pero es algo parecido a lo que hemos visto esta mañana. Ahora, con hielo.
Hubo una pausa prolongada, mientras Simms analizaba las repercusiones.
—¿Sabes quién ha sido?
—Estoy casi seguro de que fue el farmacéutico, Rick Tippity. Le hice algunas preguntas sobre la magia de los brujos y el tipo se puso tan nervioso que me abofeteó con una bola de fuego.
—Demonios. ¿Estás bien?
—Me lo tendrás que decir tú. Aún no me he mirado en el espejo.
—Mantente a salvo. Voy para allá.
Cuando colgué el teléfono, me oí a mí mismo riéndome. La adrenalina abandonaba mi cuerpo y yo estaba mareado de la ridiculez de que Simms me hablara como si yo le importara.
Regresé al almacén y me quité el Clayfield, ya soso, de entre los dientes. Había un cubo de basura en un rincón, abrí la tapa.
Entonces me detuve.
La habitación estaba oscura, por lo que me dije a mí mismo que debía de estar viendo cosas que no estaban realmente allí. Yo deseé estar viendo cosas que no estaban realmente allí, porque me pareció ver cuerpos amontonados en el fondo del cubo.
Rogando que todo fuera producto de mi imaginación, abrí completamente la tapa y volví a extraer el encendedor.
Cuando la luz anaranjada iluminó las sombras, corrí hacia fuera para vomitar.
Capítulo Ocho
Cuando llegaron Simms y Richie, les conté todos los hechos lo más rápido que pude. Otros agentes ya estarían de camino, y Simms no quería que nos vieran comportándonos como compinches. Les mostré dónde había recibido el fogonazo, describí la bolsa y el fuego que surgió de ella, y, luego, los llevé a la trastienda para que conocieran al hombre de hielo.
No hablaron mucho, solo fueron asintiendo con la cabeza, procurando no llegar a ninguna conclusión alocada. Yo había estado tratando de hacer lo mismo. Había muchas maneras de hacer fuego. Yo tenía un pequeño encendedor en el bolsillo que lo hacía todos los días. No se necesitaba magia para eso. Pero ¿hielo? Bueno, el hielo es distinto. Sí, en aquella época del año había en abundancia, y no era la primera vez que alguien había muerto a causa del frío, pero este no era el caso de un pobre indigente abandonado a la intemperie. Parecía que alguien había conjurado ese hielo de la misma manera que la bola de fuego. Si Rick Tippity había abierto una pequeña bolsita de cuero y una nube azul congelada había salido y matado a alguien, yo no sabía qué nombre ponerle, si no el obvio.
Aun así, yo no era científico. Que algo resulte extraño no significa que alguien haya descifrado los secretos para hacer que la magia vuelva a fluir. Y si los ha descifrado, yo ciertamente no sería el primero en decirlo.
—¿Habíais visto algo así? —pregunté.
Ambos negaron con la cabeza.
—No en mucho tiempo —dijo Simms—. El resto de la fuerza llegará enseguida. ¿Hay alguna otra cosa que quieras decirnos antes de que dejen volar su imaginación?
—Sí. No sé qué relación tiene, pero mirad esto.
Abrí el cubo de basura. Los dos estoicos policías miraron dentro y sus rostros se agrietaron como platos de porcelana sobre un suelo de hormigón.
El cubo estaba lleno de cuerpos pequeños. Había más de veinte. Eran diminutos: entre treinta y sesenta centímetros de altura, todos flacuchos y rígidos.
Eran cuerpos de hadas. Todas muertas. Secas y desprovistas de magia.
—Ay, Dios. —Richie salió tropezando por la puerta trasera. Simms miró al vacío.
—¿Qué es lo que les ha hecho? —preguntó.
Se refería a los rostros. Encontrar un cubo de basura lleno de cadáveres de hadas ya sería bastante malo, pero, además, tenían la cabeza partida por la mitad. Alguien les había abierto el rostro, había hecho algo con la parte de dentro y, al terminar, había arrojado los cuerpos a la basura.
Simms cerró la tapa con fuerza. Yo chupé otro Clayfield. Richie se quedó fuera, maldiciendo.
Había muchos tipos de criaturas mágicas en el mundo, pero las hadas eran distintas. De algún modo, ellas eran magia. Fragmentos puros de lo imposible que caminaban entre nosotros. Su variedad era ilimitada: brownies, diablillos, leprechauns y hadas propiamente dichas, pero todas sufrieron de manera idéntica cuando llegó la Coda. Se congelaron, al igual que el gran río, y la vida se esfumó de su cuerpo.
Incluso en una ciudad de acero como Sunder, lejos de los bosques, se podía sentir el espacio vacío que habían dejado. Yo pensaba que la tragedia de las hadas era que ya no se las veía. Resulta que ese era un sentimiento preferible antes que encontrar una pila de cadáveres de ellas, profanados y arrojados a la basura.
Finalmente, Simms preguntó:
—¿Sabes por qué les hizo lo de...? —Hizo un gesto con la mano señalándose el rostro.
Negué con la cabeza.
—No.
Volvimos a quedarnos en silencio durante un rato. Richie volvió a entrar.
Simms se restregó los ojos.
—Cuando llegue el resto del equipo, te trataré mal, como en los viejos tiempos. Te preguntaré por qué estabas fisgoneando y amenazaré con llevarte a la comisaría si no me dices para quién trabajas. Ya te conoces la rutina.
—Claro.
—Lo lamento, Fetch. Estoy segura de que estás tan conmocionado como yo, pero el alcalde ya está interfiriendo con el caso, pidiendo novedades acerca de lo que sea que encontremos. Necesitamos mantenerte aislado, libre y...
Se abrió la puerta de entrada y llegaron los primeros de ellos. Diez minutos después, cada patrullero, detective, agente y guardia de tráfico había entrado para echar un vistazo al segundo asesinato milagroso del día. Simms, Richie y yo nos apegamos a nuestro plan, representando la obra de treatro que ya habíamos representado tantas otras veces.
Yo me comporté como el perfecto sabelotodo. Era más divertido porque sabía que en realidad no me iban a llevar a la comisaría por ello. Tuve que aminorar la actuación cuando noté que Simms había dejado de fingir su enfado y que estaba furiosa de verdad. Me advirtieron que mantuviera la boca cerrada y que no saliera de la ciudad, y, finalmente, me echaron de allí. Yo me sentí feliz de irme. Quería estar lo más lejos posible de aquel cubo de basura lleno de cuerpos rotos.
La imagen de las hadas se me había quedado grabada en la mente. Era demasiado triste. Demasiado trágica. Demasiado familiar. El estómago se me revolvía a cada paso que daba, y no pude discernir si estaba enfadado, asustado o a punto de llorar.
Pero sabía exactamente adónde necesitaba ir a continuación.
Capítulo Nueve
Pasé por mi oficina para dejar los Clayfields y la savia. Me lavé la cara y me pasé un cepillo por la cabeza para quitarme el pelo quemado. Me miré al espejo y encontré algo de consuelo en el hecho de que solo me había desaparecido una de las cejas.
Me quité el polvo que tenía encima. Usé un poco de enjuague bucal. Incluso me puse una camisa limpia.
Como si importara. Como si no estuviera yendo a ver a una chica a la que, en seis años, no se le había pasado un pensamiento por la cabeza.
Llené de whisky una petaca de peltre, me la metí en la chaqueta y me dirigí hacia la parte alta de la ciudad.

Todo estaba perfecto.
La verja de la mansión estaba cerrada y no había huellas en la nieve. La puerta estaba cerrada. Las ventanas no estaban rotas. El tejado no se había venido abajo.
Subí por los peldaños de piedra, con cuidado de no resbalar por el hielo, y extraje la llave de mi bolsillo. Antes la dejaba debajo de una maceta, en el porche de entrada. En ese entonces no me parecía correcto llevarme algo de allí. Ahora, el lugar era todo mío.
La llave nueva entró en la nueva cerradura y abrí la puerta, recientemente reforzada por mí. Entré y cerré deprisa para que no se colara el viento. Todo estaba tranquilo. El aire estaba casi inmóvil, pero no del todo. Había una brisa que provenía desde arriba: un boquete en el segundo piso que aún no había reparado. Ya me había pasado toda una semana remendando agujeros, cubriendo ventanas y rellenando grietas. La casa había sido abandonada después de la Coda, y yo era la primera persona que intentaba volver a ponerla en forma. Siempre surgían más cosas que hacer, pero yo las hacía feliz. Para ella. Para la mujer que esperaba de rodillas en medio del salón.
Amari era una ninfa de madera. Un hada del bosque. De mayor tamaño que las hadas de la farmacia, pero igual de preciada. En otra época, ella había sido lo más mágico del mundo. Puedes quedarte con tus atardeceres, tus estrellas fugaces y las risas de bebé. Todas esas ideas de tarjeta de cumpleaños sobre lo que hace que la vida valga la pena. Las intercambiaría todas para que ella pudiera volver a decir una sola palabra.
Amari no había movido un músculo durante seis años. Estaba enclavada en ese lugar. Convertida en madera. Astillada y rajada. Pero estaba a salvo. Yo me había asegurado de ello. Había reparado las tejas y había colocado lonas en el techo antes de que comenzaran las nevadas. Incluso había quitado las enredaderas que antes le habían envuelto el cuerpo. Las había desenredado de la cintura, las había cortado de los miembros y las había quitado del suelo con más cuidado que el que había tenido hasta entonces para cualquier otra cosa. Le había quitado el uniforme de enfermera, ya todo podrido. Le había quitado insectos y polvo. Le había raspado el musgo de las piernas y la tierra de la parte de atrás de las rodillas.
Ella estaba relativamente entera. Las peores amenazas para su cuerpo habían sido eliminadas. Aun así, era frágil. Tan frágil que yo evitaba tocarla, salvo que fuera absolutamente necesario. aunque lo único que quisiera hacer fuera apoyarle una mano en la mejilla y recordar cómo era al tacto cuando estaba cálida, no valía la pena arriesgarme.
Le había puesto un uniforme nuevo. Era igual al anterior, pero estaba limpio. Había hecho todo lo que podía. Más de lo que era necesario. Porque nada de eso era necesario. No importaba nada, porque ella ya se había ido. Aquello solo era su cuerpo, abandonado y vacío, y no había nada que yo pudiera hacer para hacerla regresar.
Eso era lo que me decía a mí mismo. Una y otra vez. Era lo que le había dicho a cada alma perdida que llegaba a mi puerta con la idea de regresar a un tiempo en que las mejores cosas de la vida no estaban rotas. Lo seguí diciendo hasta que casi lo creí.
Pero entonces apareció Rye.
Yo había recibido una paliza en un sótano de manos de un vampiro de trescientos años que no debería haber tenido fuerzas suficientes para levantarse de la cama. Una especie de poder había regresado a su cuerpo, y si le podía suceder a él, ¿por qué no podía sucederle a ella?
Por eso la había mantenido a salvo. Porque ¿de qué serviría todo aquello si arregláramos el mundo para todos excepto para Amarita Quay?
Me senté frente a ella. El blanco de sus ojos era de madera clara. Las pupilas eran un poco más oscuras, pero estaban igual de quietas. Extraje la petaca e hice un brindis en honor a su hermoso rostro y a la hermosa alma que se había desvanecido detrás de ese rostro.
Ese día había visto algo malvado en la farmacia. Una clase de crueldad inimaginable. Pero quizás había visto magia. Quizá no estaba todo perdido después de todo. Quizá tenía razón en mantenerla a salvo. Para siempre.
Por si acaso.
Capítulo Diez
Baxter Thatch era une demonio únique en su clase: ministre de Educación e Historia, curadore del museo, a veces amigue, de vez en cuando enemigue, une experte sin edad sobre una gran variedad de fenómenos mágicos y, técnicamente, ni masculino ni femenino. Su pericia mágica no provenía de hacer magia, sino de presenciarla y estudiar su uso a lo largo de los siglos.
Baxter había estado trabajando incansablemente para volver a poner en pie Sunder City. Yo nunca sabía dónde podría encontrarle, por lo que la mejor opción siempre era llamar al Ministerio. En esa ocasión, me informaron que Baxter estaba en la Central Eléctrica de Sunder City porque, al parecer, “Esa mierda está en llamas de nuevo”.
La central eléctrica había sido construida en lado noreste de la ciudad, erigida detrás de una ladera, como si la ciudad se avergonzara de su presencia. Eso no estaba del todo mal: la central era fea, peligrosa y poco fiable. Mortales, la empresa de electrónica perteneciente a unos humanos, la había levantado a toda prisa después de que la Coda eliminara las llamas. Era un triste sustituto de las llamas eternas que habían dado lugar a la fundación de la ciudad. La central no podía generar suficiente energía para que las fábricas pudieran volver a producir o, ni siquiera, para mantener encendidas las farolas de la calle Principal. Hacía que funcionaran los teléfonos y encendía las luces de la mayoría de los hogares la mayoría de los días de la semana, pero si se la presionaba demasiado, lo más probable era que se cagara encima.
Siempre había planes para repararla, pero ninguno se había hecho realidad. Cada año, el alcalde hablaba de construir más centrales, pero eso tampoco sucedía. Todos los esfuerzos que se hacían eran para reparar las piezas que se rompían o disminuir el número de accidentes, ya que la máquina de vapor generaba más muertos que energía.
La central despedía aún más humo que el de costumbre, lo que ennegrecía el cielo ya oscuro; pude oler el edificio incluso antes de verlo.
Todos los trabajadores estaban en la calle mientras los miembros del cuerpo de bomberos entraban y salían del edificio a toda velocidad, cargando mangueras y cubos de hielo. El fuego parecía estar casi bajo control, y la multitud parecía más frustrada que asustada. Probablemente llevaría un día o dos volver a poner la central en funcionamiento, pero todos los habitantes de Sunder ya habían aprendido a tener a mano una abundante reserva de velas.
Era un tema trillado, nada por lo que valiera la pena escribir a los periódicos. Los trabajadores ya estaban minimizando la situación y planeando cómo aprovechar el tiempo libre. Baxter Thatch era la única persona que parecía estar verdaderamente deprimida.
El cuerpo de Baxter era un enorme trozo de mármol rojo y negro, aparentemente indestructible, coronado con dos cuernos enormes. Cuando sucedió la Coda, Baxter no cambió en absoluto. Eso llevó a varios, entre quienes estaba le propie Baxter, a tener la inquietud de que en realidad nunca había formado parte de la magia.
Quizás ese fuera el motivo por el que Baxter trabajaba con tanto ahínco. Dedicaba sus días a ayudar a todos los que podía. Primero como viajere, luego como ministre, siempre se las arreglaba para mantener un aire positivo, de confianza.
Hasta ese momento.
Baxter estaba en la acera de enfrente, sentade sobre una piedra, con la cabeza entre las manos. Su traje, usualmente liso, estaba todo arrugado. La corbata que solía llevar en el cuello había sido arrojada al suelo. Nunca había visto a Baxter en semejante estado emocional. Desanimade, quizá. Decepcionade, seguro. Pero nunca algo así, y menos en público.
—¿Algún problema, Bax?
Baxter levantó las cejas, empujándolas entre los cuernos rojo y negro de su cabeza.
—Solamente todo.
Maldición. Baxter había vivido una eternidad, y algo finalmente había logrado quebrarle. Me senté sobre la piedra, extraje la petaca y se la pasé.
—No tiene sentido —dijo, después de un sorbo—. Sin las llamas ni las fábricas, este lugar no es nada. Y, sin embargo, la gente sigue viniendo a la ciudad. No por lo que es. Ni siquiera por lo que fue. Sino por lo que debió de ser en otra época. Vienen a buscar una historia.
—No todas las historias eran tan cálidas.
Baxter resopló y me devolvió la petaca.
—Claro, antes de la Coda había delitos y pobreza. Pero había un equilibrio. Había motivos para abrirse paso por el lodo y los carteristas y la puta nieve de color marrón. ¿Y ahora?
Baxter se inclinó hacia atrás y miró el cielo. Yo bebí un sorbo, y sentí que la boca de la petaca tenía un aroma ahumado.
—Yo tenía esperanzas, Fetch. Vi la oportunidad de hacer que algo volviera a suceder aquí. No esta... —Baxter hizo un gesto vago con la mano, en dirección a la central que ardía en la acera de enfrente—. Esta mierda. Sino un progreso real. Industria. Trabajos. Ahora no queda nada.
—¿Por esto? Solo ha sido un pequeño incendio.
Baxter levantó las manos e hizo un gesto hacia la nada misma.
—¡Él ha muerto!
Volví a mirar la central ardiente y a los bomberos perezosos que iban entrando y saliendo. Nadie más parecía actuar como si hubiera habido una tragedia.
—¿Quién?
—La primera persona en venir a la ciudad con un poco de visión. Con iniciativa. ¡Con dinero, carajo!
Baxter golpeó el puño contra una piedra; pensé que se iba a partir en dos.
—Ah. No se llamaría Lance Niles, ¿no?
Baxter no levantó la cabeza.
—¿Te lo han contado?
—No, lo he visto.
Le conté a Baxter los detalles de la bola de fuego y el sujeto del bombín. Simms tenía razón sobre el hecho de que Lance estuviera haciéndose con amigos poderosos.
Según Baxter, el alcalde se había entusiasmado muchísimo con la idea de volver a poner en marcha la industria de Sunder, y todo se debía al difunto Lance Niles.
Puede que Baxter estuviera de mal humor, pero cuando le describí el fuego y el hielo que Tippity había utilizado como armas, el azufre de sus ojos brilló de fervor. Al igual que yo, Baxter había intentado pisotear sus sueños de días mejores. Hoy en día, los soñadores no sirven para gran cosa. Uno necesita una mandíbula firme, sangre fría y tener los pies constantemente sobre la tierra para lograr que se haga algo.
Pero cuando le describí la forma en que las llamas habían brotado de la bolsita, Baxter hasta sonrió.
—Supongo que por eso te falta una ceja.
—Sí.
Baxter volvió a mirar el cielo.
—Nunca pensé que llegaría este día.
—Quizá no haya llegado.
Baxter se detuvo, frustrade por mi interrupción, pero consciente de que se había estado adelantando a los hechos.
—¿Qué más podría ser?
Me guardé la petaca vacía en el bolsillo y mastiqué un Clayfield.
—No lo sé. Nunca entendí la magia, incluso cuando aún existía, por lo que soy la última persona que podría darse aires de experto sobre el tema. Pero, por lo que me explicaron, la magia fluía. Estaba viva. Esto parece más bien la sombra de la magia. Un residuo que queda cuando la vida se seca.
—Pero lo viste lanzar un hechizo, ¿no?
—Quizá.
No era todo lo que había visto. Pero no quería describirle lo que había en el cubo de basura. Yo no tenía problemas en hablar sobre Lance Niles, con la cabeza destrozada y ensangrentada en el Salón del Pájaro Azul. No era algo bonito, pero así era la vida. Todos estiraremos la pata algún día, y nadie tendrá un aspecto agradable cuando le llegue el momento. Pero ¿todos esos fragmentos de magia, pequeños y perfectos, apilados unos sobre otros en la oscuridad? Eso era una verdadera tragedia. De esa que se te queda pegada cuando te enteras. Yo no quería contaminar a Baxter con esa información si no era necesario.
—¿Dónde se podría encontrar un hada? —pregunté—. Y no me digas “en la mansión del gobernador” porque, si hicimos las cosas bien, nadie encontrará nada allí.
—En ningún lado. Tú lo sabes. Ya no existen.
—¿Y qué hay de los cadáveres? Nunca se me había ocurrido, pero después de la Coda no vi ningún cadáver de hada. Supongo que di por sentado que desaparecieron, que volvieron a convertirse en polvo mágico, o algo así. Pero a Amari no le sucedió eso, y resulta que tampoco les sucedió a muchas otras.
Baxter perdió lo último que le quedaba de entusiasmo.
—¿A qué te refieres con “muchas otras”? —Meneé la cabeza. Finalmente, Baxter se dio cuenta de que en realidad no quería una respuesta, así que continuó—. Nunca hubo muchas por aquí. La mayoría vivían en los asentamientos: refugiadas procedentes de bosques en ruinas que buscaban comenzar de nuevo. No criaturas de posición elevada, por supuesto, sino hadas simples, como diablillos y bogarts. Las cosas se agitaron bastante cuando algunas de ellas intentaron conseguir trabajo en este mundo industrial.
—Lo recuerdo.
—Bueno, algo que no recordarás, porque en ese entonces seguías encerrado en Sheertop, es que algunos días antes de la Coda todas las hadas abandonaron la ciudad.
Yo no sabía eso. Después de que deserté del Ejército Humano y fui capturado por el Opus, me arrojaron a una prisión mágica que, en teoría, me retendría durante el resto de mi vida. Obviamente, eso no sucedió. La Coda destrozó el sistema de seguridad de Sheertop y yo salí caminando por la puerta delantera sin que nadie me detuviera. Para cuando regresé a Sunder, el fin del mundo había sucedido hacía algunos días.
—¿Adónde fueron?
—Hacia el sudeste. Al parecer, hay una vieja iglesia de hadas en el bosque Fintack. No tengo idea de por qué se fueron todas juntas, justo antes de que el mundo se viniera abajo. Quizá presintieron algo que el resto de nosotros aún no sabíamos.
No era imposible. Las hadas eran una combinación perfecta de magia y materia, más cercanas al río sagrado que cualquier otra criatura. Es posible que, cuando unos cien soldados humanos marcharon sobre la montaña sagrada e intentaron utilizar su poder, las hadas supieran instintivamente que algo no iba bien.
—¿Puedes señalarme el camino hacia la iglesia? —pregunté.
—¿Para qué?
—Para poder atrapar al hombre que mató a Lance Niles.
El fuego de los ojos de Baxter se tornó azul detrás de sus gafas.
—Acompáñame.

Fuimos hasta el Ministerio, a una sala denominada “Mapas y Planificación”. Las paredes estaban cubiertas de estanterías gigantes repletas de cajones largos y delgados.
Dentro de cada cajón había un mapa de las zonas aledañas. Cada diseño era distinto, según qué especie lo hubiera dibujado.
—Las hadas no eran de tener mapas propios —dijo Baxter—, al menos, no con una forma que nosotros pudiéramos leer. Por suerte, un elfo estudioso se tomó el trabajo de traducirlos.
Extrajo una hoja de papel grande y descolorida, y la colocó sobre el escritorio. En efecto, al sudeste de la ciudad, a unos kilómetros de la entrada del bosque Fintack, había una estructura solitaria marcada con runas mágicas.
—¿Esa es la iglesia? —pregunté.
—Eso creo. Pero no entiendo qué tiene que ver con Lance Niles.
—Mejor. Ya has tenido suficientes malas noticias por un día.

Copié la ubicación de la iglesia y le di las gracias a Baxter por su ayuda. No quise ni imaginarme lo que habría allí. El viaje no sería fácil y, al final, quizá no me encontrara otra cosa que una pesadilla. Así que me concentré en Rick Tippity. Si salir de caminata por el monte para encontrar un cementerio de hadas en pleno invierno me ayudaba, aunque fuera un poco, a atrapar a aquel asesino, entonces no había otra cosa que yo quisiera hacer.
Capítulo Once
No había un camino que llevara a Fintack, solo un sendero que salía de la autopista Arce hacia el este, por las colinas bajas. El sol finalmente había decidido mostrarse en el último minuto del día, como una cita que se comporta recatada durante toda la cena, pero que te lanza un beso al salir por la puerta.
Yo había aprendido de mis errores, y antes de salir de la ciudad pasé por una tienda de ropa de segunda mano. Llevaba cuatro capas de ropa en la parte de arriba y unas polainas debajo del pantalón. Tenía calcetines gruesos, y la piel de quimera de mi chaqueta seguía tan espesa como el día que la arrancaron del lomo del animal.
Sin las luces de antes iluminándola, Sunder pronto se perdió en la oscuridad. Las nubes se disiparon y dejaron pasar el brillo de la luna llena, lo que me permitió vislumbrar el camino que debía seguir. Avancé a una buena velocidad; solo me detenía para orinar o para coger algo de comida de la bolsa. Al salir del edificio, me había topado con Georgio, y él se había mostrado lo suficientemente amable para prepararme un bocadillo de medianoche: nueces, bayas secas y unas lonchas de salchicha fibrosa.
Después de dos horas de caminata, una colonia de murciélagos cruzó por lo alto del cielo, siguiendo el camino en dirección al bosque. Eran más de cincuenta, chillando como viejas y batiendo sus correosas alas.
Durante la siguiente media hora, la tensión del cuerpo se me fue relajando. Primero, los pequeños músculos del entrecejo. Luego, la mandíbula, el cuello y los hombros. Se me aflojaron varios nudos a lo largo de la columna. Los brazos me colgaban a los lados, respiré hondo y el aire frío me llenó los pulmones. Estaba solo. No solo como en mi oficina, donde alguien podía llamar a la puerta en cualquier momento. No solo en un bar, donde podía sentir soledad y aun así estar rodeado de desconocidos. Verdaderamente solo. Nada de humanos. Tampoco criaturas exmágicas. Nada que tuviera recuerdos ni opiniones. Nadie que juzgara las cosas que yo había hecho o las que iba a hacer. Ni los errores que había cometido o las cosas estúpidas e ingenuas que había dicho. Yo no significaba nada para nadie. Solo era parte del paisaje, arrastraba los pies sin una historia ni un futuro que tuvieran la menor importancia para nadie. Las lejanas estrellas no podían verme y no les importaba. No le importaba a nadie. Podía tenderme allí mismo sobre la tierra hasta que mi respiración disminuyera y se detuviera, y no le interesaría a nadie.
Era algo precioso.

En la linde del bosque, encontré una vieja cabaña de caza donde no había nadie, solo una familia de arañas y una zarigüeya de nariz sonrosada.
—¿Hay sitio para uno más? —pregunté.
Los residentes no se opusieron, así que cerré la puerta. Era agradable estar a resguardo del viento. En un rincón había una hamaca de lona sucia, pero intacta. Le di unas palmadas para quitarle el polvo y me tumbé. No era tan cómoda como una cama y no mantenía el calor exactamente, pero me elevó del suelo y me sirvió para levantar las piernas y calmar el dolor que se les había metido dentro. La cabaña estaba oscura y silenciosa, y no tardé mucho en quedarme dormido.

Crujidos. Carne rasgándose y huesos quebrándose.
Edmund. Albert. Rye.
Lo oía. Su boca llena de dientes rotos y encías sangrantes, masticando los huesos de jovencitas y succionando la médula. Él había querido magia. En cambio, se convirtió en un monstruo. En un devorador de criaturas adorables. En una maldición para él y para aquellos a quienes amaba.
Estaba de pie a mi lado. Su aliento olía a muerte. Sus ojos, llenos de olvido. Reía porque había sido liberado de la carga de intentar arreglar las cosas.
Entonces la oscuridad se tornó roja. Luego dorada. El amanecer. Recordé abrir los ojos.
La zarigüeya estaba masticando la araña más grande de la telaraña. Del hocico sobresalían algunas patitas, lo que le aportaba bigotes extra.
—¿Me guardas un poco?
La zarigüeya no respondió, pero yo había dormido con la bolsa en las manos, así que fue fácil extraer un puñado de bayas de su interior y desayunar en la cama. La zarigüeya y yo compartimos el desayuno, y, luego, le deseé buena suerte y volví a salir al camino.

Había mucha neblina y muchos árboles, pero el camino me resultaba lo suficientemente claro para mantener un buen ritmo y hacer que me circulara la sangre. Eso sí, tenía que ir mirando el suelo. Si miraba hacia delante, hacia lo blanco, perdía el sentido de la realidad. Había ruidos por todos lados. Más murciélagos y zarigüeyas, probablemente. Quizá lobos. Yo tenía un cuchillo, pero no mucho más. Preocupado ante la posibilidad de que los depredadores olieran la carne, me comí el resto de la salchicha, arrojé el envoltorio y me lavé las manos con un poco de hierba mojada.
Los árboles no tenían hojas. Quizás a causa de la Coda. O quizá porque estábamos en invierno. Yo no lo sabía. Sobre el sendero colgaban ramas parecidas a dedos de bruja. Yo las esquivaba, a veces. En un momento en que iba mirándome los pies, una rama me rozó la costra de una de las heridas de la frente. Ya estaba a punto de comenzar a maldecir cuando vi a alguien en el sendero, esperando en la neblina.
Estaba en medio del camino, justo delante de mí. Contuve la respiración, pero el corazón me golpeteaba tan fuerte contra las costillas que temí que la figura de las sombras llegara a oírlo.
El sujeto miraba en mi dirección. Era una silueta; gris contra el fondo blanco. Era más bajo que yo. No era Tippity. ¿Un amigo suyo? ¿Un explorador?
No había dicho nada. No había atacado. Quizá no se había percatado de mi presencia. O si lo había hecho, no estaba seguro de si yo era amigo o enemigo.
Doblé las rodillas y dejé caer la bolsa con el mayor silencio posible. La figura no reaccionó en absoluto. Extraje el cuchillo de mi cinturón, silencié el sonido de metal contra metal tapándolo con la chaqueta. Metí la mano derecha en el bolsillo y me coloqué las manoplas metálicas, a continuación me incorporé y hablé con voz grave, fuerte y clara.
—Hola.
Solo me respondió el viento, que me agitaba la ropa y me azotaba los tímpanos.
—¿Me estás esperando a mí? —pregunté.
Nada.
Me acerqué, tenso como la cuerda de una trampa.
—Preferiría hablar antes que pelear, si tengo voto en el asunto. Pero estoy preparado para ambas cosas, si no lo tengo.
Entrecerré los ojos, intentando ver sus facciones, pero había algo raro. La neblina se arremolinaba en torno al sujeto. La ropa suelta se movía con el viento, pero lo que había debajo de ella estaba rígido. Tenía una mano apoyada en un bastón y la otra extendida. Sus dedos delgados estaban separados, pero se veían demasiado quietos para estar vivos. Era una estatua vestida con ropa formal, abandonada en medio del bosque.
Y yo aún no lograba ver su rostro.
Me volví a acercar. Era más bajo de lo que yo había pensado: tendría poco más de un metro. El traje estaba hecho jirones, podrido y entre los pliegues de tela había insectos instalados. Atravesé la neblina, con el cuchillo listo y entendí por qué me había costado tanto verle el rostro.
No tenía rostro. Ya no. Tenía una oreja a cada lado y algo que parecía una barbilla, pero todo lo del medio había sido extraído. Era un miembro del pueblo de las hadas. Un pobre sujeto que había muerto durante la Coda, al que luego se le había realizado una autopsia extraoficial en el cuerpo, al igual que a las hadas de la trastienda de la farmacia.
Su rostro agrietado y abierto era algo espantoso pero limpio, de alguna manera. No había órganos ni sangre, como los habría si hubiera sido un humano el que hubiera terminado despedazado. Parecía más bien que alguien hubiera tallado un tronco viejo. La piel de la cabeza del hada estaba firme, como madera petrificada, pero llena de túneles diminutos. Al mirar más en detalle, noté que el interior tenía vetas plateadas; el tenue reflejo de algo brillante, como una tela de araña o la luz de las estrellas, entrelazado en los músculos y los huesos.
Sentí náuseas, pero también me sentí un tanto agradecido. Cuando volví a Sunder después de la Coda, Amari me estaba esperando. Ella se encontraba a salvo dentro de la mansión, no sola en medio del monte, para ser devorada por insectos y violentada como esta alma perdida.
No había nada que hacer por él, por supuesto. Nada que hacer por ninguna de las criaturas que perdieron la vida cuando desapareció la magia. Nada que hacer, más que darle una palmada en el hombro y adentrarme en el bosque para ver si tenía algún amigo.
De pronto reparé en que el objeto en que se apoyaba no era un bastón. Era el poste de un cartel indicador, pero el rótulo se había desprendido. El poste estaba en el lado derecho del sendero, junto a un hueco entre los árboles que en otra época quizá fue una senda. Seguí en esa dirección, a través de un pasaje abovedado cubierto de malas hierbas, y pronto encontré dos cuerpos diminutos. Diablillos, creo. Estaban abrazados, medio cubiertos de nieve y tan congelados como el primero. Uno de los rostros estaba abierto de la misma manera, al otro le faltaba la cabeza completa. Aquellas eran criaturas del bosque. Eso significaba que, a diferencia de la criatura del poste, sus cuerpos seguían creciendo. De los hombros y la espalda les habían salido unas pequeñas enredaderas que les habían envuelto el cuerpo y habían apretado; eso les había quebrado los miembros. Debajo de la nieve, el follaje debía de haberse extendido hasta los árboles más cercanos, pues había hojas sobre ellos; unas pequeñas, nacidas de las enredaderas que habían brotado de las criaturas que se descomponían en el suelo. Todo me resultaba demasiado familiar. Demasiado triste.
Seguí avanzando con esfuerzo a través del bosque, y fui encontrando más muerte y más profanación. Había más estatuas en la senda y recostadas contra contra los árboles, y a todas les faltaban los ojos. El rostro. Solo había cabezas vacías sobre cuerpos rígidos congelados en pantomimas de dolor. La senda se ensanchó y la neblina disminuyó, por lo que, al salir al claro, vi la silueta completa de la iglesia.
Tenía unos doce metros de alto y ni una sola línea recta a la vista. Las paredes eran ramas entrelazadas, unidas entre sí en patrones inimaginables, desde el suelo hasta el extremo de una torre puntiaguda. No era impresionante solo por su tamaño; era una obra de arte. Había formas en la madera: rostros, espirales, runas y palabras. Todas tridimensionales. Todas hermosas.
Las hadas del bosque tenían poder sobre las plantas. Usualmente lo utilizaban para cosas pequeñas, como pedirle a una flor que se abriera antes de tiempo o que hiciera madurar una fruta. Yo no tenía idea de qué se habría necesitado para crear semejante milagro. ¿Había sido un grupo de ninfas de madera habilidosas, trabajando en equipo?, ¿o una arquitecta particularmente talentosa con mucho tiempo libre? Los pájaros habían construido sus nidos en el alféizar de las ventanas sin cristales y alrededor de las agujas puntiagudas que había en las esquinas del tejado. Cada centímetro estaba cubierto de detalles diminutos, perfectamente diseñados. Pasada cierta altura, ya no pude distinguir qué formas eran parte de la arquitectura y cuáles eran hadas congeladas.
El jardín que rodeaba la iglesia estaba lleno de criaturas acurrucadas y, cuando vi que algunas aún conservaban el rostro, me sentí aliviado. Quienquiera que las estuviera destrozando aún no había terminado la tarea. Dejé de mirar demasiado en detalle y seguí avanzando, con la esperanza de que a partir de ese punto los cuerpos estuvieran todos completos.
Cuando entré, todo empeoró.
Capítulo Doce
Más cuerpos. Cientos. Amontonados en la iglesia como pequeñas sardinas en lata si alguien hubiera quitado la tapa y todas se hubieran secado. La mayoría de ellos eran diminutos, como juguetes. Otros, por su tamaño, podrían haber sido humanos. Todos los rostros tenían la misma expresión de dolor y los cuerpos estaban agrietados y envueltos con enredaderas.
Yo no quería estar allí. Los que no tenían rostro me llenaron de odio por el hombre que los había maltratado. En cambio, los que sí lo tenían me hicieron odiarme a mí mismo. Algunos estaban gritando. Algunos estaban hechos pedazos. Todos estaban muertos.
Parecía que Baxter tenía razón. Las hadas debían de haber presentido algo. De alguna manera, supieron que se acercaba la Coda y decidieron huir de la ciudad. Pero ¿por qué? ¿Por qué resultaba mejor morir allí fuera, en medio del bosque, que en la ciudad, que se había convertido en su hogar?
Había una mesa en el centro de la iglesia. Era alta, como un podio. Algunas de las hadas de mayor tamaño estaban recostadas contra ella. Otras se habían desplomado contra la base. Estaba llena de papeles amarillentos. Al tratarse de una iglesia, supuse que serían alguna clase de textos espirituales. No. Había cartas, órdenes y listas. Las hadas no habían estado ocultándose allí. Se habían estado preparando para algo importante.
Había un pequeño mapa en el centro de todas sus miradas. Como me había explicado Baxter, el idioma de las hadas no sería fácil de descifrar para un bruto sin formación como yo. Tienen sus propios conceptos sobre el espacio y las distancias, y sus oraciones parecen más copos de nieve que discurso hablado. Hojeé el resto de las páginas, tratando de no rasgar el frágil papel.
Todo me resultó indescifrable hasta que di la vuelta a una carta que era diferente a las demás. Era el mismo mensaje escrito una y otra vez, traducido a todos los idiomas imaginables: élfico, enano, gnomo. Y lo más sorprendente: la letra me resultaba familiar. Soplé el pergamino para quitarle el polvo y lo sostuve hacia la luz.
A cada criatura de la magia. A cada defensor de la luz. A cada aliado del mundo natural.
Los humanos han atacado Agotsu, han eliminado a los Ecos y han reclamado la montaña como propia. Solicitamos la asistencia de cada persona capaz de combatir. De cada criatura conectada a la fuente. Debemos recuperar la montaña, proteger el río y derrotar a los villanos que cometieron esta atrocidad.
Alisten sus fuerzas. Prepárense. Únanse a nosotros en la montaña.
Eliah Hendricks
Alto canciller
El Opus
La carta se agitó en mis manos temblorosas.
Yo era quien había guiado a las fuerzas hasta la montaña. Pero cuando la lucha comenzó, hui de la batalla y fui capturado por el Opus, que me tuvo en prisión hasta que la magia del mundo desapareció.
Habíamos aprendido a pensar en la Coda como si fuera un momento único, pero, por supuesto, antes había habido una batalla. O al menos, los preparativos.
La comunidad de hadas de Sunder City había recibido noticias del ataque y había ido a la iglesia a preparar sus tropas antes de partir. Pero el fin llegó demasiado pronto. No sé qué hicieron los humanos en la montaña, pero no perdieron nada de tiempo.
Hay algunas preguntas que tratas de no hacerte. Pero, aunque pases cada segundo intentando alejarlas, nunca llegan a irse. Se quedan en las sombras con los dientes afilados, esperando la oportunidad de morderte las partes más blandas del cerebro. Había encontrado un texto con la letra de Hendricks en un momento en que estaba con la guardia baja, y todas esas preguntas hambrientas se lanzaron al ataque.
Una parte de mí había tenido la esperanza secreta de que él nunca se hubiera enterado de lo que yo había hecho. De que la Coda lo hubiera eliminado antes de que llegara a oír la noticia. Pero era el alto canciller del Opus. Cuando el Ejército Humano invadió Agotsu, seguramente le fue notificado a él primero, y supo de inmediato que era yo quien les había mostrado el camino.
¿Aún estaba planeando una respuesta cuando sucedió la Coda? ¿O ya había marchado hacia la montaña con la idea de recuperarla? Quizá la batalla ya había comenzado. Quizá murió en alguna escaramuza antes de que la gran tristeza despojara al mundo de su belleza. Quizás habría sido mejor así.
Hendricks tenía trescientos años. Yo sabía de elfos más jóvenes que no sobrevivieron a la primera semana. Con un poco de suerte, eso significaba que había sido rápido. Nadie sabía seguirle el ritmo a la vida como Eliah Hendricks. La peor muerte que podía imaginarme para un hombre así era quedar tendido a un lado del camino y observar todas las cosas hermosas desvaneciéndose de la existencia sin decir adiós.
Al menos, la carta explicaba algo que me había estado molestando. Baxter había dicho que todas las hadas habían salido de la ciudad, pero Amari seguía allí. Si todas las hadas habían presentido que algo andaba mal, ¿por qué ella había sido la única en quedarse? Resulta que era culpa mía, una vez más.
No era un secreto que la “mascota humana de Hendricks” había desertado del Opus para unirse al Ejército Humano. Pero la suya no era la única reputación que yo había puesto en peligro. La población mágica de Sunder City me había visto muchísimas veces junto a Amari.
Entiendo los motivos por los que, como precaución, el resto de las hadas no habrían compartido sus planes con ella. Quizá pensaron que seguíamos en contacto. De haber sido así, llevarla a la iglesia me habría puesto al tanto del ataque inminente.
Así que la dejaron sola en una mansión abandonada porque había cometido el delito de confiar en mí.
Al igual que todas las cosas horribles que habían sucedido durante los últimos seis años, aquellas criaturas estaban allí porque habían querido impedir el desastre que yo había comenzado. Estaban muertas porque no lo habían hecho a tiempo. Y sus cuerpos eran despedazados porque... ¿Por qué? Esa era la parte que yo aún no comprendía. La única cosa horrible que aún podía impedir.
Tic. Tic. Tic.
El sonido provenía de todos los rincones de la iglesia, como si cada criaturita estuviera chasqueando la lengua en señal de desaprobación. Entonces se tornó más fuerte. Más rápido.
La lluvia caía sobre la nieve de fuera y sobre el tejado. Esperé a que comenzara a filtrarse hacia el interior de la iglesia, pero las paredes estaban hechas con un millón de ramas entrelazadas intrincadamente, y las arquitectas las habían sellado de forma impermeable. La iglesia se mantuvo seca y casi cálida. Si intentaba regresar caminando a Sunder en ese momento, terminaría como el brujo congelado: atrapado en un bloque de hielo a un lado del sendero. Además, esperar quizá me fuera rentable.
Si Rick Tippity estaba usando cuerpos de hadas para sus experimentos, los había abandonado todos al huir de la farmacia. Necesitaría reabastecerse. Necesitaría ir hasta allí.
Y yo lo estaría esperando.
Capítulo Trece
Debería haber traído más comida. Debería haberme quedado esa ballesta. Debería haberme unido al circo cuando tenía quince años, caerme del trapecio y ahorrarle muchísimos problemas a todo el mundo.
Estaba sentado al fondo de la casa del terror, mezclado entre las hadas congeladas y dudando de mí mismo. Quizá los rostros despedazados no tenían nada que ver con el brujo. Quizá se trataba de algún animal. Tal vez en las cabezas de hada hubiera algo apetitoso para alguna criatura hambrienta del bosque, y esta abría los rostros como si fueran cáscaras de nuez para mordisquear lo que había dentro.
Quizá Tippity se había encontrado algunos cadáveres abandonados y los había recogido para mezclarlos con sus pociones. Tan solo otro ingrediente extraño en su colección de cachivaches experimentales, al igual que la savia de tárix y los Clayfields.
Me quedé dormido y me desperté incontables veces; estaba hambriento y enfadado, y deseaba no haber visto nunca aquel lugar demasiado lleno de demasiadas verdades incómodas. Cuando la lluvia amainó, volví a oír el mundo exterior. Los pájaros cantaban. El viento arrancaba ramas de los árboles. Entonces, finalmente, oí unas pisadas fuertes que se acercaban por la senda recién descongelada.
Rick Tippity entró corriendo, envuelto en una capa con capucha. Estaba mojado, irritado y lleno de furia. En la farmacia llevaba puesta una delgada máscara de cordura. Ya se la había quitado. Murmuraba para sí. Maldecía. Estaba furioso con el mundo. Rick Tippity era un hombre inteligente y orgulloso cuyos planes habían sido desbaratados, y eso lo convertía en uno de los cabrones más peligrosos de la zona.
Él no esperaba visitas. Yo no había borrado mis huellas, pero la lluvia se había encargado de eso. Tippity observó la estancia, no en busca de enemigos, sino de víctimas. Inspeccionó la iglesia buscando la fruta más madura, como un huésped glotón en un bufet de desayuno.
Una joven hada estaba sentada con las piernas cruzadas con un grupo de diablillos ya mutilados. Tenía la piel endurecida y oscura, como una piedra quemada. Anteriormente había sido una criatura de fuego; una ninfa que podía moverse entre las llamas, vivir en manantiales hirvientes y propagar incendios forestales bajo los árboles para eliminar la maleza.
Tippity se inclinó sobre ella y observó su rostro de una manera que me incomodó. Sentí que estaba mirando un espejo de feria: algo familiar pero deformado, y no desde el mejor ángulo.
Tippity metió la mano en la capa y extrajo una herramienta metálica que era el hijo ilegítimo de un picahielo y un abrebotellas. Lo llevó al rostro de la niña de fuego y me di cuenta, horrorizado, de que estaba eligiendo el punto perfecto para hacer su primera incisión.
Me puse tenso, pero no me moví. Quería detenerlo. Claro que sí. Pero, por mucho que odie admitirlo, sentía demasiada curiosidad por ver qué iba a hacer.
El brujo apoyó el extremo del objeto contra la cuenca del ojo de la muchacha, y luego golpeó el otro extremo con la palma de la mano. La herramienta perforó la cabeza con un pequeño crujido. A continuación, la hizo girar. A la muchacha se le partió el puente de la nariz y parte de su rostro se desmoronó hacia el interior de la cabeza.
Me puse la manopla en la mano derecha.
Colocó el extremo delgado del objeto dentro de la cabeza y presionó contra el cráneo hasta que algo se quebró.
Agarré mi daga con la mano izquierda.
Presionó hacia abajo con el extremo afilado, dentro del cráneo, haciendo palanca contra la mandíbula. A continuación tiró con fuerza, y el rostro de la muchacha se partió por el centro. Sus mejillas cayeron al suelo y el resto se desprendió, y dejó a la vista algo brillante en el interior.
Era una joya. De un color rojo anaranjado, con puntas que salían en todas direcciones como un erizo de mar. Centelleó cuando le dio la luz.
Tippity extendió una mano enguantada. Sus dedos se deslizaron sobre la joya...
Y yo estaba corriendo.
Lo sorprendí, pero él reaccionó rápido. Se giró sobre su eje y utilizó la herramienta como un arma, sosteniéndola como una daga. Su otra mano hurgó en los bolsillos, seguramente en busca de otra bolsita de magia imposible. Hice caso omiso del instrumento metálico e intenté bloquearlo antes de que encontrara lo que estaba buscando. Mejor que te ataquen con el arma que conoces que con la que no.
El picahielo-abrebotellas me golpeó en el cráneo y me abrió una herida, probablemente hasta el hueso mismo. Tuve que ignorarla. Ya me encontraba en el aire, con todo mi peso abalanzándose sobre su cuerpo. Extendí las manos, en un esfuerzo de mantener su otra mano inmovilizada. Nos estrellamos contra las frágiles estatuas de hadas y Rick Tippity cayó de espaldas entre los cuerpos rotos. Me incliné sobre él, lo agarré del cuello con una mano y le sujeté el antebrazo derecho con la otra. Su otra mano se movía en el bolsillo, como si buscara algún truco en el último minuto.
—Deja de forcejear —le dije.
—Quítame las manos de...
Le presioné la garganta, con la esperanza de privarle de aire los pulmones o de sangre el cerebro. Los movimientos de su brazo derecho se tornaron más desesperados, pero deslicé las rodillas por su cuerpo hasta que lo tuve bien sujeto.
Las cosas se calmaron. Finalmente tenía el control.
De repente, la entrepierna de Rick Tippity explotó.
Azul y anaranjado, todo a la vez. Una ráfaga de aire caliente me pasó por el rostro y, al mismo tiempo, la mano me quedó cubierta de nieve. Me alejé de un brinco de Tippity, por temor a terminar quemado o congelado, mientras me apagaba las llamas del pecho con la palma izquierda, que estaba gélida.
Tippity gritaba. Le salía vapor del cuerpo y le había desaparecido medio pantalón. No parecía algo fatal, pero sí lo suficientemente doloroso para evitar que saliera corriendo.
Me miré la mano izquierda y apreté el puño. Podía moverla, algo que me resultó agradable, pero no podía sentir nada en la punta de los dedos. Los soplé y los restregué entre sí.
Mis quemaduras no eran tan graves. Me habían quedado agujeros en la ropa, pero tenía tantas capas de vestimenta que el fuego casi no había rozado la piel. Me tanteé el rostro con la mano sana y noté que mi otra ceja había quedado frita. Eso me enfureció. Las cejas, al igual que el papel higiénico, son algo que no echas de menos hasta que notas que ya no las tienes.
Tippity dejó de gemir, así que le propiné una patada en las costillas para que comenzara de nuevo.
—Parece que tu receta es un poco inestable, Tippity. Creo que debería buscarme otro farmacéutico.
La furia de sus ojos se renovó. Antes de que tuviera oportunidad de hablar, le apoyé una rodilla contra el pecho y lo dejé sin aire. Me quedé así mientras lo iba dejando limpio, de arriba abajo, como el fregón bien entrenado que era.
Llevaba una cadena de plata en el cuello. El medallón que colgaba de ella tenía bordes afilados, por lo que se lo arranqué y lo arrojé lejos. Las capas suelen tener toda clase de bolsillos secretos, por lo que le pasé los dedos por todo el forro. No encontré ningún compartimiento oculto, solo un gran agujero donde había un mendrugo de pan duro.
Tippity forcejeó, pero no pudo quitarme de encima. Él no estaba muy en forma y yo no le permitía tomar suficiente aire para acomodarse.
El bolsillo derecho de su pantalón había desaparecido con el fuego. En el izquierdo encontré dos de las bolsitas de cuero, iguales a la que había explotado en la farmacia. Lo registré a fondo, buscando cuchillos u objetos ocultos contra su piel. Le pasé los dedos por detrás del cuello, debajo de los brazos, y seguí bajando hasta los pies. Le quité las botas y las sacudí boca abajo, pero solo cayeron algunas piedrecillas.
Tenía un morral colgando del cuerpo con una correa de cuero. La corté y miré el interior.
Se trataba de un botiquín lleno de polvos y líquidos coloreados. Amari tenía algo similar cuando trabajaba como enfermera.
Revisé los recipientes y los envases buscando algo que me resultara familiar. Por suerte, algunos de los envases tenían etiqueta porque Tippity vendía sus fármacos a civiles (a diferencia de Amari, que solo los preparaba para usarlos ella misma).
Encontré dos frascos pequeños: uno negro, uno blanco. La etiqueta del negro tenía dibujado un ojo cerrado. El blanco tenía una etiqueta similar, pero el ojo estaba abierto.
—Deja mis... cosas en paz..., estúpido.
Tippity me estaba clavando las uñas en la pierna, por lo que no me preocupaba demasiado darle algún fármaco erróneo por accidente. Abrí el frasco negro del ojo cerrado, agarré un manojo del cabello largo y gris de Tippity y le levanté la cabeza. Forcejeó tanto que casi se me cayó el frasco, pero finalmente se lo pude acercar al rostro.
Cuando levanté la rodilla de su pecho, no pudo resistirse a respirar hondo.
—Eres un imbécil —me soltó—. No tienes la menor idea de n...
Los ojos se le pusieron en blanco y la cabeza pasó a pesar el doble. Sin duda, el preparado era muy potente. Yo había planeado llevárselo a la boca, pero bastó con los vapores. Sostuve el frasco con el brazo extendido mientras le ponía el tapón y lo volvía a colocar dentro del morral.
Necesitaba atar a Tippity, pero mi curiosidad demandó ser atendida primero. En la oscuridad fue fácil encontrar la bola brillante del hada de fuego. Me moví por el camino que habíamos abierto durante nuestra pelea, a través de cuerpos quebrados y hadas astilladas, y me acerqué a la pequeña estrella roja.
Era del color de una fogata o de una vidriera, y la luz de su interior se movía como si fuera líquida. Tenía el tamaño de una baya, pero estaba cubierta de pinchos. Algunos eran puntiagudos, otros se habían partido, por lo que eran más cortos y fáciles de tocar. La recogí, y estaba tibia. Casi caliente. Coloqué la preciada joya entre ambas manos y el calor me descongeló los dedos.
Aquella era la magia del interior del hada: era pura, preciada y aún seguía latiendo.
¿Cuánto de la criatura había en esa pequeña cápsula?
¿Era tan solo el poder elemental?, ¿o había algo más? ¿Pensamientos y recuerdos, quizá? ¿Personalidad? Los cuerpos de las hadas se habían congelado, pero aquellas pequeñas bolas brillantes habían sobrevivido. Esperando... ¿qué?
Envolví la pequeña gema roja con corteza blanda y luego con un trozo de cuero, y la metí en el morral. Arreglé la correa, me puse la bolsa al hombro y, cuando el rubí estuvo a salvo, extraje de mi bolsillo una de las bolsitas.
La bolsa en sí no era nada especial, solo un poco de cuero con relleno de lana en el interior. Había otra bola dentro del relleno.
Era una esfera de cristal hecha a mano, no por la naturaleza; la habían llenado con un líquido translúcido de una tonalidad un tanto rosada, y, luego, la habían sellado. El líquido parecía bastante ordinario. Supuse que era alguna especie de ácido. Con suficiente potencia para que, cuando el cristal se rompiera y el ácido tocara la esencia de hada, la gema se disolviera y la magia fuera liberada.
Me guardé las bolsas en el bolsillo interior de la chaqueta, lejos del morral que contenía la gema roja. No quería explotar como el brujo.
Tippity seguía inconsciente. Debajo de donde se le había roto el pantalón tenía quemaduras: el fuego y el hielo lo habían alcanzado al mismo tiempo y le habían destrozado la piel y, probablemente, también los músculos. Me habría dado pena si no hubiera visto el agujero en la cabeza de Lance Niles o el brujo gritando en el bloque de hielo o la forma en que había abierto el rostro inocente del hada hacía solo unos instantes.
Había muchas enredaderas desparramadas por la iglesia. Algunas estaban secas y eran frágiles, pero a otras aún les quedaba algo de verde. Corté algunas de las que brotaban de las hadas del bosque, les quité las hojas y se las até a Tippity alrededor de las manos y de la garganta. Luego le puse un gran trozo de enredadera alrededor del cuello, como si fuera un collar de perro, y esperé a que despertara.
Capítulo Catorce
El trayecto de regreso a Sunder fue incluso más doloroso y tedioso que el de ida. Me había venido bien que la lluvia borrara mi rastro, pero también convirtió la nieve en aguanieve e hizo que todo el sendero fuera de lo más frustrante. Las lluvias iban y venían, pero nunca se iban el tiempo suficiente para permitir que algo se secara. No había comida ni refugio, y yo estaba terriblemente dolorido. La mano que había recibido el impacto se me estaba acalambrando y la parte superior de mi cabeza era una gran costra cubierta de cabello mojado.
Además, estaba Tippity.
Era un infeliz de lo más quejica e indignado, que se pasaba el tiempo tropezándose con su extremo de la correa. El hecho de que fuera lógico que no quisiera seguirme no hacía que todo el asunto fuera menos frustrante. No moriría a causa de sus heridas. La explosión no había llegado muy hondo, y la piel se le había quemado y enfriado al mismo tiempo, por lo que seguramente era incómodo y doloroso, pero caminar no le haría daño. Le decía eso cuando se ponía a protestar, pero no me escuchaba. Intentar razonar con él no servía para nada. Negociar, tampoco. Así que recurrí a golpearlo en las pelotas. A veces mezclaba un poco; lo golpeaba en las tripas o le abofeteaba la mejilla para mantenerlo alerta, pero era la patada en los huevos lo que hacía que se moviera.
Ambos estábamos más que exhaustos, pero el líquido del frasco blanco (el del ojo abierto) resultó ser todo un estimulante. Inhalé un poco, se lo hice inhalar al brujo, y nos hizo caminar enérgicamente al menos durante media hora. Por desgracia, también hizo que él comenzara a quejarse como un predicador callejero después de diez tazas de café.
—Esto te gusta, ¿no? El lodo y el forcejeo. Me doy cuenta. Finges estar molesto por lo que pasó antes, pero estás en tu mejor momento. Porque este de ahora es tu mundo. Es igual de simple que tú. E igual de miserable. ¿Tienes idea del camino que estaba tomando? Décadas de estudio. De progreso. Iba camino de cambiar el mundo. Pero los tuyos no pudieron tolerarlo, ¿verdad? Se habían quedado atrás y no tenían forma de recuperarse, así que interrumpieron el juego. Pero volverá a suceder. Te lo prometo. Encontraremos otra manera de alzarnos. Yo ya la he encontrado. Solo has visto el principio. Dentro de poco tiempo, volverás a estar en el fondo de...
Di un tirón a la correa. Tippity se tropezó y cayó de cara en el lodo. Fue más satisfactorio que lo que me había imaginado.

Hacia el anochecer llegamos a la cabaña de caza y me dio pena descubrir que la zarigüeya se había mudado después de limpiarla de arañas.
—Échate —dije empujando a Tippity en dirección a la hamaca.
—¿Vas a darme la cama buena?
—Será más fácil que amarrarte al suelo.
Lo até a la hamaca envolviendo las enredaderas alrededor de su cuerpo todas las veces que pude. Cuando ya estuvo bien amarrado, recogí de la habitación algunos trozos de tela, los sacudí para quitarles los insectos y me hice un triste camastro de trapos.
—¿Por qué te importa lo que les hago a las hadas? —preguntó el brujo, envuelto como un embutido de salchicha homicida—. Ya están muertas, y tu bando tuvo mucho más que ver con eso que yo.
—No me voy a pasar la noche explicando por qué está mal visto profanar cadáveres. Si tú no ves por qué es un problema, tienes más tornillos flojos de los que yo pensaba. Y no nos olvidemos del amiguito que tienes en casa. ¿Te hizo cabrear tanto que tuviste que lanzarle una ráfaga de hielo?
Suspiró con melancolía, como si yo le hubiera recordado algún hermoso verano del pasado.
—Jerome quería transitar por el mismo camino. Era un innovador, como yo. Solo que él... cometió algunos errores.
El rostro contorsionado del hombre del hielo se me metió en la mente y traté de extraerlo por la fuerza. Mi cerebro ya estaba demasiado lleno de pesadillas.
—Duérmete. Mañana debemos seguir caminando.
Extraje la gema roja del morral. Sentí su calor, incluso a través del envoltorio.
—Tú no sabes nada —dijo Tippity con la voz cansada y débil—. No tienes idea de lo que era hacer magia. Yo nací para eso. Por eso recibí estos dedos y esta... sensación dentro. Fui hecho para algo grandioso, pero los tuyos me lo quitaron antes de que pudiera alcanzar mi potencial. —Me volví y traté de autoconvencerme de que no me arrepentía de haberle dado la hamaca—. Solo estoy desbloqueando el poder que me merezco. Por eso estás tan furioso. Por un momento, pensaste que éramos iguales. Pero ahora sabes que no eres nada, de nuevo. Como no lo has sido nunca. Ese ha sido siempre tu destino.
Yo no dije nada más. Al rato, Tippity estaba roncando y yo dejé que el cansancio me venciera.

La mañana siguiente, cuando me desperté, Tippity estaba de cara al suelo, colgando de las enredaderas y de la hamaca retorcida.
—¿Cómodo? —pregunté.
Se había dado la vuelta durante la noche, pero su orgullo no le había permitido pedir ayuda. Mientras colgaba allí, le di una pizca del polvo energizante, tomé otra yo y luego nos pusimos de nuevo en camino.
Todo había empeorado. El dolor del día anterior se me había instalado en los huesos. Cada parte de mi cuerpo crujía y chasqueaba como los engranajes de una máquina abandonada bajo la lluvia. Me sentía pesado y cansado, y Tippity estaba furioso. Se puso problemático desde el momento en que le amarré el collar alrededor del cuello.
—Yo puedo ir a cualquier lado —dijo mascullando como un demente—. Pero tú, tú estás atascado en Sunder. Eres un chicle pegado en la calle. Una gota de aceite en la acera. Una mancha. Cuando esta ciudad muera, tú te hundirás con el barco. Yo y los míos tenemos importancia en todas partes.
Yo tenía el estómago vacío y la garganta seca, y lo único que teníamos para seguir avanzando era agua de lluvia. Tenía ampollas en las manos de sostener las enredaderas. Me dolía la nuca, pero eso era mejor que cuando se me adormecía y me mareaba. Si me desmayaba, dudaba que Rick fuera a ser tan amable de utilizar sus conocimientos profesionales para atenderme.
El mundo estaba en mi contra y yo tenía el cuerpo destruido, pero al menos me quedaba una última cosa que me impulsaba hacia delante. Odio. Nunca he visto un combustible mejor. Un hombre puede cruzar un océano por amor, pero con suficiente odio, intentará beberlo. Las ampollas y la sangre me ayudaron. No iba a detenerme entonces que llevaba a un asesino en el extremo de mi cuerda. Un asesino que abría seres milagrosos y les arrancaba el corazón. Que utilizaba el alma de criaturas sagradas para volar a la gente en pedazos y congelar a sus amigos. Mantuve el rostro de esas hadas justo frente a mí. Las veía por el sendero y en los árboles, resecas y desnudas y mutiladas para que Rick Tippity pudiera robarles el alma y metérsela en el bolsillo.
Si en algún momento se me llegaba a apaciguar el odio por Tippity, aún me tenía a mí mismo: el soldado terco que traicionó a su mentor para impresionar a sus nuevos amigos. Hendricks confió lo suficiente en mí para revelarme sus secretos, y yo se los entregué al ejército que puso fin al mundo.
Había sido un estúpido y un orgulloso y no había hecho nada para compensarlo. Pero este tipo era peor. ¿Verdad? Tenía que serlo. Yo había estropeado el mundo a fuerza de ignorancia y accidentes, pero él estaba abriendo cadáveres para volar gente a propósito.
Eso tenía que ser peor. ¿No?
Avanzábamos demasiado lento, y la noche volvió a caer. Las nubes taparon la luna por completo y, para cuando llegamos a la autopista Arce, la única referencia que teníamos era la sensación del camino debajo de los pies. Yo iba arrastrando a Tippity en la oscuridad. Cada vez que me volvía para darle un letigazo, él intentaba arañarme los ojos o meterme los dedos en la herida del cuero cabelludo. Pero no era un luchador y yo tenía más odio al que aferrarme; lo único que obtuvo a cambio de sus esfuerzos fueron unas magulladuras y nada más.
Seguimos el camino remontando una colina pequeña, y bajábamos por una pendiente cuando el brujo hizo su intento más desesperado de huir.
Sentí que la enredadera se aflojaba. Eso solía significar que el brujo se había acercado, con la esperanza de golpearme mientras yo me encontraba semidormido. Tiré de la enredadera y esta latigueó floja y suelta en mi dirección. La había cortado. Probablemente con los dientes, o quizá con alguna piedra que habría recogido durante alguno de los forcejeos anteriores.
Me volví. Me detuve. Escuché.
No oía sus pasos. Caminaba con mucho cuidado y despacio. Retrocedí un poco con los oídos atentos.
¿Me atacaría? No. Entonces que era libre, no. Yo le ganaría en una pelea. Él estaba intentando escaparse y yo necesitaba encontrarlo. Rápido.
Extraje la bola roja y le quité lo que había usado para cubrirla. Un leve resplandor rojizo parpadeó en la oscuridad y el calor me acarició el frío de los dedos. Cogí una de las bolsas de Tippity y metí la gema dentro, junto a la bola de cristal con ácido. Levanté la bolsa por encima de mi cabeza y me preparé para arrojarla al suelo. Eso generaría luz más que suficiente para encontrar a mi brujo fugitivo.
Entonces recordé el rostro. El hada rota en el suelo de la iglesia. Yo sostenía lo último que quedaba de ella. Quizá no era nada. Pero quizá lo era todo.
No se lo haría a Amari. Por supuesto que no. Entonces decidí que no se lo haría a ella.
Bajé el brazo y volví a guardarme la bolsa en la chaqueta.
De pronto vi luces. Un carruaje. Por detrás de nosotros, sobre la colina. Lo suficiente para iluminar parte del camino que teníamos por delante.
¡Allí! Tippity avanzaba dando tumbos por la carretera, en dirección a la ciudad. Me concentré en el odio y lo seguí.
Lo había estado planeando hacía rato. Por eso había estado tan fastidioso durante la última parte del recorrido. Cuando se frenaba, conservaba su energía, y me obligaba a mí a gastar más de la mía para tirar de él. Me había hecho arrastrarlo medio camino, pero yo sabía mejor que él cómo castigarme. Yo me ganaba la vida recibiendo golpes, mientras él se pasaba el tiempo sentado en su cuartito, mezclando pociones y murmurando para sí.
Finalmente lo habría atrapado, incluso si no se hubiera tropezado con sus propios pies. En cuanto chocó contra el suelo, le planté una bota entre las piernas sin aminorar la marcha. Esta vez me estaba esperando. Me agarró de la pantorrilla y se enroscó a mi alrededor, lo que me hizo caer con él.
Al parecer, yo no era el único que tenía el estómago lleno de odio. Rodamos por el sendero como amantes, intercambiando patadas, manotazos y rasguños en lugar de besos. No podía arriesgarme a dejarlo escapar. Cuando sus dedos se enterraron en mi rostro y me arañaron los ojos, resistí. Cuando me clavó los dientes en la piel blanda que hay entre el pulgar y los dedos, tan solo lo eché hacia atrás y lo estrangulé. Esa era mi profesión, no la de él. Cuando realmente lograba asestarme un golpe, no lograba convertirlo en una ventaja real.
De pronto oí un estruendo. El carruaje. Pero hacía demasiado ruido. De improviso me encontré echado de espaldas con un brazo alrededor del cuello de Tippity, y me di cuenta de que las luces que veía no eran estrellas.
—¡Quitaos de en medio! —gritó una voz, y un coro de caballos relinchó como dándole la razón.
Las luces se movieron hacia la izquierda, por lo que yo me eché hacia la derecha, con Tippity entre los brazos. Chocamos contra el borde de la carretera y caímos entre los matorrales mientras el carruaje recuperaba el control y continuaba camino a la ciudad.
—¡Lunáticos! —gritó el conductor, sin desacelerar. Supongo que no podía. A causa del otro carruaje que venía justo detrás de él. Y el siguiente. Y el remolque, tirado por mulas. Y la maravilla increíble que iba al final.
El último vehículo del convoy no tenía caballo. Ni mula, ni bisonte. Rugía como un animal, pero no había animales. Era un camión. Automático. Retumbando por la carretera, tirando de un carruaje metálico del doble de tamaño que mi oficina.
Ambos observamos boquiabiertos la caravana que pasaba. Yo nunca había visto algo así. Ni siquiera en los viejos tiempos.
Tippity les gritó pidiendo ayuda, pero tenía la voz ronca y el camión rugía demasiado fuerte. Lo agarré por el cuello y lo apreté con fuerza hasta que el desgraciado se desmayó.
Capítulo Quince
—¡Me estoy congelando, carajo!
—Eso es culpa tuya, Tippity. Te hice una hermosa correa de enredadera, pero tenías que morderla. Esto es lo que obtienes ahora.
Mientras él estaba inconsciente, le corté la capa por la mitad y la retorcí para hacer una correa de repuesto. Era más corta que la anterior, pero eso significaba que él me quedaba a una distancia más cómoda para abofetearlo. Cuando él intentaba retrasarse, lo colocaba delante de mí y le daba una patada para que avanzara hasta que volvía a caminar a mi velocidad.
El frío ayudó. Sin su capa y con el agujero de su pantalón, realmente se estaba congelando. Lo que le esperaba al final de la travesía era ser juzgado, pero eso sería mejor que morir en el camino. Para cuando la autopista Arce se convirtió en la calle Principal, él ya estaba tan aliviado como yo de haber regresado a la ciudad.
El sol ya había salido, y fue asombroso que nadie me detuviese. Nadie lo intentó siquiera. Supongo que fue por lo inverosímil de la situación. Si yo hubiera intentado ser discreto, quizás alguien habría intercedido para ver si el pobre brujo necesitaba ayuda. En cambio, estuvimos riñendo como hermanos cada paso del recorrido. Yo le pateaba el culo, él maldecía y escupía, y entonces le daba una palmada en la nuca. Parecíamos un par de artistas callejeros demasiado comprometidos que no lograban salirse del personaje.
El Departamento de Policía quedaba en la parte alta de la ciudad, así que fui directamente al calabozo. Envolví a Tippity en la capa, le sujeté los brazos a los lados y empecé a dar patadas en la puerta de entrada hasta que alguien atendió.
Era un muchacho enano sin barba que no podía ocultar el hecho de que estaba dormido de pie.
—Eh... ¿cuál es el... eh...?
—Este es Rick Tippity, responsable del asesinato de Lance Niles y de un brujo sin identificar, y de la profanación de incontables cadáveres de hadas.
—Eso es ridículo —gritó Tippity—. Yo...
Le di un puñetazo en la cara. El policía reaccionó como si hubiera sido él quien había recibido el golpe, y retrocedió gritando:
—¡Doris!
Un momento después, se le unió una mujer ogro.
—Dice que arresta a este tipo por asesinato.
—¡Eso es una estupidez! ¡Este hombre me ha agredido! —chilló Tippity, con la esperanza de salvar su trasero con una actuación convincente—. No tengo idea de qué está hablando. ¡Por favor, quítenme a este maníaco de encima y enciérrenlo!
Doris no era más rápida que su colega soñoliento a la hora de tomar decisiones, pero yo estaba cansado y tenía frío, y quería que todo terminara de una vez.
—Enciérrennos a los dos —dije—. En celdas separadas. Luego llamen a la detective Simms y díganle que Fetch Phillips ha encontrado al asesino. —Empujé a Tippity para obligarlo a pasar por la puerta y los policías muy amablemente se apartaron a un lado—. Y díganle que traiga café.

Después de una hora, Simms aún no había aparecido. Típico. Incluso cuando hago su trabajo por ellos, los polis no se levantan temprano para ayudarme.
Tippity juró su inocencia a gritos durante quince minutos y, luego, optó por un estoicismo de indignación. Ambos permanecimos sentados en silencio, en celdas adyacentes, durmiéndonos y despertándonos constantemente. Debí de quedarme dormido un rato, porque cuando abrí los ojos, Simms estaba de pie delante de mí. También Richie Kites. La puerta de mi celda estaba abierta. Me pusieron una taza de café caliente en las manos.
—¿Este es el farmacéutico? —preguntó ella.
—Así es. Lo atrapé abriendo cadáveres en una vieja iglesia de hadas. Trató de lanzarme fuego y hielo una vez más, los mismos dos hechizos que mataron a las víctimas. No tengo mucho más que mi palabra y el hecho de que me faltan las cejas. Ah, y esto. —Extraje la esfera roja brillante de mi bolsillo. Estaba tan caliente como la primera vez que la sostuve—. Esto es lo que Tippity extraía de las hadas. Supongo que es una prueba, pero... asegúrate de cuidarlo. No sé qué es. No del todo. Pero quizás aún quede algo en su interior...
—Está bien —dijo Simms, recibiéndola con todo el cuidado que yo esperaba que pusiera—. Hemos registrado minuciosamente la farmacia y hemos encontrado su laboratorio. Tenía unos cuantos más de estos, junto a otras muchas pruebas que confirman tu versión de los hechos. Nos encargaremos bien de esto, te lo prometo. Ahora vayamos a la comisaría para que presentes tu declaración oficial.

Tenían un carruaje esperando. Uno bonito. Simms incluso me sostuvo el café y me abrió la puerta mientras yo tomaba asiento. Era un trato mejor que el que recibía habitualmente: un puñetazo, un golpe duro y al suelo.
En la comisaría, la hospitalidad continuó. Me llevaron el desayuno y más café. Mientras le daba mi versión al sujeto que tomaba declaraciones, él se pasó el rato diciendo cosas como “no tengas prisa” y “eso es muy útil”. Eso me puso los pelos de punta, y cuando todo terminó, me alegré de salir de allí.
Me volvieron a llevar el carruaje, y Simms fue conmigo en el trayecto a casa.
—Buen trabajo, Fetch. Sé que no ha sido fácil.
—Si alguien entrega un par de cejas (color castaño, rizadas, pidiendo depilación), ¿me las podrás dejar en el buzón?
—Habrá una recompensa. Oficial, por parte de la ciudad. Pero primero tendrá que haber un juicio. Mientras tanto...
Me extendió un fajo de billetes de bronce e, instintivamente, lo rechacé con la mano.
—Si bien tengo la convicción de que la ciudad te paga demasiado, no voy a meterme en tu salario personal.
Me echó una mirada de furia, como si le hubiera escupido en el rostro.
—No me hagas esto aún más difícil, Fetch. Este dinero es para que te mantengas fuera de las calles, vayas a un médico y te consigas un plato caliente. Tú eres nuestro testigo principal contra Tippity y no quiero que mueras antes del juicio. Cuando obtengas tu recompensa, me lo devuelves. ¿De acuerdo?
Cogí el fajo de billetes.
—De acuerdo.

El carruaje se detuvo justo frente a la puerta de mi edificio, y cuando Simms intentó ayudarme a descender, la rechacé con un gesto.
—Llama a un médico —repitió—. Esta ciudad está demasiado sucia para ir por ahí con heridas como esas.
—Te entiendo perfectamente, Simms. Solo déjame beber algunos barriles de whisky y dormir un año entero, y luego me dejaré ver.
Volvió a lanzarme una mirada feroz, pero había verdadera preocupación en sus ojos. Asentí con la cabeza de la manera más sincera que pude sin que se me cayera; ella cerró la puerta y se fue en el vehículo.
Levanté la mirada y observé el edificio ubicado en el 108 de la calle Principal; fachada de ladrillo gris, salpicada de ventanas enrejadas y puertas de Ángel. En el frente había una puerta giratoria oxidada y un llamativo orinal tirado en el suelo. Recogí el orinal, le quité el polvo y miré la abolladura que tenía en un lado. No sería muy difícil devolverle la forma con un martillo.
Entré en el edificio y cada escalera me pareció una montaña. Subir cinco pisos me llevó una eternidad, y de no ser por la barandilla, jamás lo habría logrado. Mis dedos casi no podían sostener las llaves. Debí de estar allí fuera un minuto entero, forcejeando con ellas, cuando me di cuenta de que la puerta de mi oficina ya estaba abierta.
Había arañazos en el marco, en el lugar donde la habían forzado.
La abrí de una patada y grité.
—¿Hay alguien aquí? Respondan ahora, estoy muy cansado para hacer más preguntas antes de comenzar a lanzar puñetazos.
Pero no había nadie. Ni siquiera las hormigas. Todo estaba como lo había dejado, excepto una cosa.
Sobre mi escritorio había un paquete del tamaño de un ladrillo. Estaba envuelto en tela negra y atado con hilo verde grueso. Tenía una forma curva inusual.
Había un pequeño sobre adherido al paquete. Dentro, lo único que decía era: “Un regalo, de parte de un amigo”.
Corté la cuerda, desenrollé la tela y me encontré con algo que nunca había visto.
Estaba hecho de metal frío y madera oscura y bruñida, unidos entre sí con tornillos de acero. La parte de metal era un trozo de tubo de poco más de un centímetro de diámetro. Estaba soldado a una especie de engranaje que no giró cuando lo empujé, pero que parecía que podía rotar si se le aplicaba la presión adecuada. Del engranaje sobresalía un pincho. No. Una palanca pequeña. Similar a los interruptores que había visto en los automóviles y en las linternas mágicas pre-Coda. Tanteé el interruptor, despacio, con cuidado de no encender el aparato antes de saber cuál era su propósito. La parte de madera se me acomodó de forma natural en la palma de la mano, informándome cómo quería que la sostuviese.
Era un aparato pesado, pero equilibrado como una espada bien construida. La madera que tenía en la mano era gruesa para equiparar el largo del tubo. Miré dentro del extremo hueco, preguntándome si debía meter algo por allí. Quizás había alguna otra pieza en otro lado; una pieza que encajara en el tubo y quedara fija. Busqué en el paquete por si había instrucciones, pero no había nada más.
Cuando levanté la herramienta y la sostuve de la forma que parecía más natural, mi dedo índice se posó sobre el interruptor.
Entonces, la encendí.
¡PUM!
Hubo una explosión en mi mano; yo grité y dejé caer la máquina al suelo. Me dolía la muñeca y los tímpanos me retumbaban contra el cerebro. Debieron de oír el estruendo hasta en la calle Principal. Me preocupó que quizá nunca más volviera a oír.
La máquina estaba en el suelo, quieta y sin mayores pretensiones, como si no hubiera dejado escapar el ruido más fuerte de la historia. Del tubo brotaba una voluta de humo muy fina, que olía a... algo familiar que yo no lograba identificar. Un recuerdo de algún lugar lejano.
No quería tocar la máquina, pero de ningún modo iba a dejarla allí en el suelo, observándome y esperando a explotar de nuevo.
Abrí el cajón inferior del escritorio, saqué las botellas viejas, volví a envolver la máquina con la tela, metí el paquete dentro del cajón, lo cerré y eché la llave.
Algunas personas habían salido a la calle. Las oía gritarse entre sí, preguntándose qué había sucedido. Me entraron ganas de echar un vistazo, pero si asomaba la cabeza por la ventana, quizá les diera un objetivo en el cual fijar su curiosidad.
Esperé a que los latidos de mi corazón disminuyeran o los oídos me dejaran de zumbar. Después de un minuto nada cambió, así que bajé la cama de la pared y me eché.
Temblaba. No solo por la conmoción, sino por los cien pensamientos que se me estaban abalanzando dentro del cráneo: ideas y revelaciones que estaban llegando muy tarde.
Cuando accioné el interruptor de la máquina, justo antes de que el estruendo me obligara a cerrar los ojos, del extremo del tubo salió una explosión que me empujó la mano hacia atrás con una fuerza sorprendente.
Fue algo muy brillante. Solo un fogonazo, pero lleno de amarillos, naranjas, azules y rojos.
No cabía duda.
Yo había hecho fuego.
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