Kitabı oku: «Hombre muerto en una zanja (versión latinoamericana)»

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HOMBRE MUERTO EN UNA ZANJA

Luke Arnold

Traducción: Federico Cristante


“El universo de Arnold lo tiene todo, incluida la angustia de ser humano. Es la historia perfecta para los fanáticos de la fantasía para adultos: un duro investigador privado y un misterioso asesinato envuelto en el misticismo de Hogwarts y salpicado de polvo de hadas”.

—Library Journal.

“El autor tiene talento para exprimir hasta la última gota de terror y angustia de la audiencia, lo que hace que la historia sea muy dura para el corazón, pero es imposible leer este libro sin conmoverse. Una historia melancólica e imaginativa que permanecerá contigo mucho después de que pases la última página”.

—The Nerd Daily.

“Hombre Muerto en una Zanja es un buen libro y una serie aún mejor. No es una típica historia de fantasía urbana, aquí las criaturas mágicas son cosas rotas y marchitas; los humanos son los responsables de ello, son casi villanos”.

—Grimdark Magazine.

“Esperaba disfrutar leyendo Hombre Muerto en una Zanja, y no me decepcionó en absoluto. Lo que no podía imaginar era cuánto me haría pensar. Creo que hay temas aquí sobre la humanidad que no he sentido nunca más profundamente que con esta novela”.

——Novel Notions.

Arnold, Luke

Hombre muerto en una zanja / Luke Arnold. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Trini Vergara Ediciones, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Federico Cristante.

ISBN 978-987-8474-28-1

1. Narrativa Australiana. 2. Literatura Fantástica. 3. Novelas Fantásticas. I. Cristante, Federico, trad. II. Título.

CDD A823

Título original: Dead Man in a Ditch

Edición original: Orbit, un sello editorial de Little, Brown Book Group Limited

© 2020 Luke Arnold

© 2020 Orbit, un sello de Little, Brown Book Group

© 2022 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2022 Gamon Fantasy

www.gamonfantasy.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-987-8474-28-1

Índice de contenido

Portadilla

Citas elogiosas

Legales

Hombre Muerto en una Zanja

Prólogo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo Quince

Capítulo Dieciséis

Capítulo Diecisiete

Capítulo Dieciocho

Capítulo Diecinueve

Capítulo Veinte

Capítulo Veintiuno

Capítulo Veintidós

Capítulo Veintitrés

Capítulo Veinticuatro

Capítulo Veinticinco

Capítulo Veintiséis

Capítulo Veintisiete

Capítulo Veintiocho

Capítulo Veintinueve

Capítulo Treinta

Capítulo Treinta y uno

Capítulo Treinta y dos

Capítulo Treinta y tres

Capítulo Treinta y cuatro

Capítulo Treinta y cinco

Capítulo Treinta y seis

Capítulo Treinta y siete

Capítulo Treinta y ocho

Capítulo Treinta y nueve

Capítulo Cuarenta

Capítulo Cuarenta y uno

Capítulo Cuarenta y dos

Capítulo Cuarenta y tres

Capítulo Cuarenta y cuatro

Capítulo Cuarenta y cinco

Capítulo Cuarenta y seis

Capítulo Cuarenta y siete

Capítulo Cuarenta y ocho

Capítulo Cuarenta y nueve

Capítulo Cincuenta

Capítulo Cincuenta y uno

Capítulo Cincuenta y dos

Capítulo Cincuenta y tres

Capítulo Cincuenta y cuatro

Capítulo Cincuenta y cinco

Capítulo Cincuenta y seis

Capítulo Cincuenta y siete

Capítulo Cincuenta y ocho

Capítulo Cincuenta y nueve

Capítulo Sesenta

Capítulo Sesenta y uno

Capítulo Sesenta y dos

Capítulo Sesenta y tres

Capítulo Sesenta y cuatro

Capítulo Sesenta y cinco

Capítulo Sesenta y seis

Capítulo Sesenta y siete

Capítulo Sesenta y ocho

Capítulo Sesenta y nueve

Capítulo Setenta

Capítulo Setenta y uno

Capítulo Setenta y dos

Capítulo Setenta y tres

Capítulo Setenta y cuatro

Capítulo Setenta y cinco

Capítulo Setenta y seis

Capítulo Setenta y siete

Capítulo Setenta y ocho

Capítulo Setenta y nueve

Capítulo Ochenta

Capítulo Ochenta y uno

Capítulo Ochenta y dos

Agradecimientos

Nuestros autores y libros en Gamon

Luke Arnold

Sinopsis

Manifiesto Gamon

Para todas las personas que alguna vez me dejaron dormir en su sillón. En serio.

Prólogo

Dicen que el frío no te mata si logras recordar lo que se sentía al tener calor.

Pero ¿cuándo demonios fue eso? Antes de que rompiéramos el mundo: cuando las farolas estaban llenas de fuego y no necesitabas buscar demasiado para encontrar la chispa de luz en los ojos de otra persona. Ahora solo hay oscuridad y muerte y...

“No. Recuerda”.

Hombro con hombro en el tranvía de Sunder City, apretados entre criaturas cubiertas de pelaje y trabajadores sucios que ya habían terminado su jornada. Música y ponche en clubes subterráneos, antes de que todo se estropeara y quedara en silencio y...

“No”.

La Zanja, después de cerrar, por mi cuenta con un trapeador. Con más calor que el que te podrías imaginar. El aire, denso con los recuerdos del humo de pipa, las canciones populares y el mal aliento. Las ventanas empañadas y la cocina llena de cebollas, cordero y salvia.

Paso un trapo a las mesas, aún calientes por los platos y los codos pesados; quito cáscaras de maní, ceniza de tabaco, cartílagos y saliva. Trabajo de arriba hacia abajo, barro y luego trapeo; diluyo la mezcla nauseabunda de restos de comida, nieve derretida y cerveza derramada.

Arrojo las piezas más grandes en el hogar: una escultura de fundición de hierro ubicada en el centro del salón, con una chimenea gruesa encima. Observo las llamas devorándose las sobras, escupiendo grasa contra la puerta de cristal. Por un momento, ese hogar es el objeto más caliente de todo el edificio. Entonces la puerta delantera se abre y llega Eliah Hendricks.

—¡Fetch, mi muchacho! ¡Tienes que probar uno de estos!


El alto canciller entró a los tropezones a La Zanja sujetando con ambas manos una bolsa de papel que goteaba. De sus dedos con anillos, caían gotas de aceite color café sobre mi suelo recién trapeado. Su cabello cobrizo, cubierto de nieve, estaba amontonado en el cuello de su capa de montar. Me sentí halagado: el líder del Opus había viajado durante días para llegar a Sunder City y yo era su primera parada.

Bueno, la segunda. Había parado a comprar unos bocadillos.

Me limpié las manos en el delantal y levanté una mano en dirección a la bolsa. Hendricks la alejó como si estuviera salvando a un bebé de las fauces de un león.

—Que ni se te ocurra meter esos tentáculos mugrientos. Abre. —Hendricks metió una mano en la bolsa y extrajo un envuelto crocante y de aroma dulce. Abrí la boca y me lo colocó sobre la lengua—. Se llaman “porcos”. Ciruelas fritas envuelta en tiras delgadas de cerdo grasoso. —Mordí despacio, sintiendo cómo se mezclaban el jugo de fruta y la grasa animal—. ¿No es algo maravilloso? Este es el mismísimo milagro de Sunder City. La mayoría de la gente del continente no lo ve. Están tan enfocados en sus propias costumbres que no entienden lo que hace especial a este lugar. Esto —Señaló mis mejillas llenas con un dedo aceitoso— es una maravilla moderna. La vieja magia nunca podría haber creado algo así. Ni en cientos de años. Pregúntamelo a mí: ¡Yo estaba allí! —Extrajo de la bolsa otro bocado color borgoña, lo sostuvo debajo de su nariz, inhaló profundo y meneó la cabeza con incredulidad—. Ciruelas de invierno de Mizaki, perfectamente endulzadas por los vientos gélidos del norte, envueltas en panceta de cerdo con grasa proveniente de los porcinos del sur de Skiros, que se alimentan con granos de cacao. Un ingenioso invento de la gastronomía de Sunder City, vendido en una esquina a la medianoche por la sorprendente suma de una moneda de plata cada bolsa. —Se la metió en la boca y siguió hablando—. ¡Esto es progreso, Fetch! ¡Esto es algo por lo que vale la pena luchar!

Dejó caer la bolsa aceitosa sobre mi mesa limpia y yo acerqué un par de taburetes. Hendricks fue hasta detrás de la barra y comenzó el tan practicado procedimiento que llevaba a cabo cada vez que estábamos juntos.

Primero, metió dos billetes de bronce en la caja registradora. Eso no solo cubriría la bebida que íbamos a consumir, también animaría al señor Tatterman a pasar por alto mi resaca debilitadora del día siguiente.

No tenía sentido tratar de trabajar mientras Hendricks estaba ahí, así que arrastré la cubeta del trapeador hacia la parte trasera, me quité el delantal, me lavé las manos y me serví algunas sobras de la cocina que nadie extrañaría: un cuarto de horma de queso duro, una porción de miel y un poco de pan que estaba a un día de ponerse rancio. Cuando llevé el plato, Hendricks tenía todos sus ingredientes alineados como soldados.

La leche de álamo tostada, como la mayoría de los tragos, comenzó como un medicamento. Se cocina la savia del árbol tárix sobre una llama abierta hasta que se convierte en un jarabe amargo de color caramelo: es bueno para el dolor de garganta y para las sinusitis, pero sabe horrible por su cuenta. Las madres de los niños enfermos le agregaban azúcar de remolacha para compensar los sabores. Con el pasar del tiempo, se agregaron más ingredientes hasta que la receta se tornó tan sustanciosa que, si uno lo deseaba, podía ocultar cantidades ridículas de alcohol sin que nadie fuera capaz de detectarlo.

La mayoría de los bares tenían a mano una botella ya mezclada de savia de tárix, pero Eliah prefería preparar la suya.

—¡Mi muchacho! ¿Cómo van las aventuras del niño más grande de Sunder City? —preguntó mientras vaciaba un pequeño recipiente de savia cruda en una cacerola—. ¿Aún sigues rompiendo corazones, bancas y expectativas?

Siempre me hablaba así. A pesar del cariño que nos teníamos, nunca pude discernir si me tomaba el pelo respecto de mis dificultades o si realmente pensaba que yo causaba buena impresión por toda la ciudad.

—Tengo una nueva habitación —le dije—. La comparto con un ogro, que ronca como trueno. Tengo que dormir durante el día, mientras él está trabajando en la acería, pero igual siento que estoy ascendiendo.

—No hace falta ascender, señor Fetch, alcanza con moverse. —Hizo girar la savia en la cacerola mientras se dirigía al hogar—. Esta es una ciudad maravillosa donde jugar, pero la mayoría malinterpreta el juego. La belleza de Sunder radica en que no se trata de un antiguo reino atascado con linajes y coronas, donde los líderes se la pasan tratando de cortarse el cuello mutuamente. Es un mercado. Un salón de baile. Es un laboratorio de químicos inestables que reaccionan entre sí de maneras hermosas e inesperadas. No mires hacia arriba. ¡Mira hacia abajo! Quítate los zapatos y deja que la ciudad se te meta por entre los dedos de los pies. Revuélcate en ella. Huélela y saboréala hasta que hayas absorbido todo lo que tiene para ofrecer.

Hendricks se sentó frente al fuego, se envolvió la capa alrededor de los dedos y tomó la manilla de la puerta de cristal. Cuando la abrió, el calor le echó el cabello hacia atrás. Él empujó la cacerola hacia adentro, agitándola en círculos lentamente mientras las llamas encendían la savia. Me senté a la mesa y sumergí un trozo de pan en la miel.

—No me queda mucho tiempo para revolcarme cuando tengo tres trabajos.

Él extrajo la cacerola del fuego, apagó de un soplido las llamas, que ardían demasiado rápido, y la volvió a meter.

—Supongo que eso depende de para quién trabajas —dijo.

—Cada semana es alguien diferente. Estuve trabajando bastante para Amari.

—Ah, sí. Mi amiga hada, con su pequeño Fetch envuelto alrededor de su dedo. ¿Cómo te paga? ¿Batiendo las pestañas y besándote?

Me sonrojé e ignoré la pregunta.

—En general, solo estoy aquí. A veces hago recados para el apotecario o tomo trabajos esporádicos de los clientes.

La savia se tornó de un color caramelo oscuro, así que Hendricks la extrajo de la cacerola y la llevó hasta detrás de la barra.

—¿Pero para quién trabajas realmente? ¿Para el zoquete soñoliento que dirige este lugar? ¿Él es quien te paga y quien te da las órdenes?

Estaba preparándose para dar otro de sus discursos, y yo había aprendido a no meterme en el medio cuando comenzara.

—Supongo.

—¿O, en realidad, solo trabajas por el dinero? Si es así, algunos dirían que, de hecho, estás trabajando para el Banco de Sunder City. ¡Y quizás es algo que hacemos todos! ¿Pero la ciudad sirve al banco o el banco sirve a la ciudad? —No era una pregunta cuya respuesta yo debía saber, por lo que tan solo me encogí de hombros—. Quizás te esté subestimando. Quizás no se trate del dinero en absoluto. En tu corazón, quizás trabajas para los clientes. Cuando lustras la barra y trapeas el suelo y lavas las copas a la perfección —En broma, quitó una mancha de la copa alta que estaba sosteniendo—, ¿piensas en los propios comensales en realidad? ¿Consideras que estás brindándoles un servicio?

Sin dejar de revolver, agregó los otros ingredientes, equilibrando perfectamente su atención entre la conversación y los tragos.

—Bueno, no lo haría gratis.

—¿No? Si no necesitaras el dinero y este lugar no pudiera funcionar sin ti, ¿no ayudarías si te lo pidieran?

—Supongo.

—Entonces quizás el dinero no sea lo que importa en realidad. Quizás el dinero esté al servicio de la ciudad, al igual que tú. Ambos cumplen con su parte. Dos de las muchas partes móviles que esta ciudad necesita para funcionar, al igual que las chimeneas, los adoquines, los periódicos y el fuego. Trajo las dos bebidas espesas a nuestra mesa y señaló el hogar, detrás de mí.

¿Para quién trabaja el fuego? ¿Para todos nosotros? ¿Para sí mismo? ¿Le importa? Arde con el mismo fulgor, sin importar cuál sea el propósito que le conferimos.

Chocamos nuestras copas y bebí un sorbo. La bebida era dulce, pero, a diferencia de otros tragos (o del mismo, pero preparado por manos menos habilidosas), el azúcar no tapaba los sabores subyacentes más complejos.

—Fetch, tú sabes qué son los dragones, ¿verdad?

—He visto imágenes en el museo. Monstruos grandes con escamas, ¿no?

—Pueden llegar a convertirse en toda clase de criaturas, pero sí, los dragones comunes son como tú dices: escamas, colas y alas. Son criaturas milagrosas, todas y cada una de ellas. Ahora hacemos todo lo posible por protegerlos, pero hace doscientos años, la caza de dragones era una profesión muy prestigiosa.

” A diferencia de la mayoría de los guerreros, los cazadores de dragones no le debían lealtad a ninguna nación. Esa libertad les permitía trabajar en cualquier territorio para cualquier especie, y, si tenían éxito en su oficio, volverse ricos como príncipes. Las ciudades contrataban a los cazadores por protección. Si ya había habido un ataque, pagaban para vengarse. Además, las escamas y los huesos de dragón eran una mercancía muy preciada, que los cazadores vendían por una pequeña fortuna, además de su tarifa. Por sobre todo eso, el premio más valioso era la fama.

” Es difícil de imaginárselo hoy en día. La caza de dragones, como la mayoría de los servicios de mercenarios, han pasado de moda. Yo fui responsable de eso, en parte: el Opus hizo un esfuerzo concertado por disminuir el número de agentes libres que andaban por el mundo blandiendo espadas por dinero. Quedan tan pocos dragones, que matar uno constituye un delito; en ese entonces, no había carrera más heroica, excitante y rentable.

A diferencia de Hendricks, que había pasado trescientos años explorando cada rincón de Archetellos, yo solo había visto dos ciudades en mi vida. Weatherly, donde crecí, estaba rodeada por muros altos que ocultaban el mundo exterior. Sunder era multicultural y estaba en constante expansión, pero también tenía sus limitaciones. Después de estar tres años en un mismo lugar, las historias del mundo exterior comenzaban a hacerme sentir una comezón en los pies.

—Tú has visto el modo en que los niños de aquí hablan acerca de los deportistas, o cómo las damas adulan a los trovadores que cantan en el teatro. Bueno, la caza de dragones era todo eso junto y multiplicado por diez. Conocíamos sus nombres, intercambiábamos rumores de sus hazañas y cantábamos canciones sobre sus aventuras. Se nombraban calles en su honor y se fabricaban réplicas de sus espadas. Nunca pagaban una comida, nunca pagaban una cama, y rara vez iban a una solos. No había nada igual en todo el mundo. Cada especie y cada ciudad tenía sus propios héroes, pero un cazador de dragones les pertenecía a todos.

” Por supuesto, esto generaba una cantidad de competencia increíble. A medida que el número de dragones iba disminuyendo, cualquier rumor sobre un monstruo comenzaba una carrera sin reglas. Se saboteaban carros, se envenenaban comidas y se clavaban espadas en el pecho de los cazadores mientras dormían. Muchos luchadores se preocupaban más por batirse entre ellos que por combatir a los dragones, para lo que habían entrenado.

” Entonces, una noche, un grupo de mercaderes llegó a Lopari. Decían que en los pantanos sunderianos habían visto una llamarada que había iluminado el cielo y hecho temblar la tierra. Apenas se comenzó a correr el rumor, un joven guerrero, llamado Fintack Ro, salió de la ciudad montado a caballo. A Fintack no le importaba que nadie estuviera ofreciendo una recompensa: su premio serían los huesos, las escamas y, lo más importante, un impulso para su reputación. A pesar de que en el mundo había cientos de aspirantes a cazadores, solo un puñado había demostrado su valía. Fintack era más joven que los demás, y había entrado en el juego justo antes de que la población de dragones decayera.

” Los cazadores más viejos podían elegir retirarse: escribir un libro, entrenar príncipes por tarifas ridículas o abrir una taberna y atraer a las multitudes contando historias de sus aventuras. Fintack era prometedor, pero aún no lo había logrado. Necesitaba conseguir esa gran muerte. Necesitaba una de esas historias que tenían alas propias y que volaban de la lengua de los viajeros como una plaga en invierno.

” Fintack se abasteció de comida, afiló sus armas y fue el primer guerrero en llegar a Sunderia. Se pasó una semana entera recorriendo los pantanos, con los calcetines siempre mojados y con cada vez más mordeduras de insectos en los brazos. Viajaba durante el día, lenta y peligrosamente, y durante la noche se quedaba despierto todo lo que podía, buscando fuego en el horizonte.

” Para su frustración, las primeras señales de vida fueron los campamentos de cazadores rivales: otros guerreros de primer nivel que estaban atravesando los pantanos a los tropezones con las manos igual de vacías. Finalmente, un amanecer, Fintack se despertó y sintió que la tierra retumbaba a su alrededor. Abrió los ojos y vio una bola de llama naranja elevándose desde lo profundo de los manglares. Tomó su espada y corrió directo hacia allí.

” Ya había aprendido cómo avanzar por entre los juncos y los charcos, sabía qué lodo sostendría su peso y cuál le tragaría los zapatos. Sus manos tomaron ramas negras de hollín, y tuvo la sensación de que la criatura estaba esperando más adelante.

” Cuando cortó y atravesó una maraña de enredaderas, otra llamarada se elevó justo enfrente de él, pero aún no veía a la bestia. Escudriñó entre los manglares, buscando mientras avanzaba sigilosamente; cuando oyó que los otros se aproximaban, se vio obligado a salir al claro y enfrentarse a...

Hendricks bebió un sorbo largo para alargar la tensión.

” ... nada. No había movimientos, ni huellas, ni señal alguna de un dragón. Fintack miró en todas direcciones mientras otros dos cazadores se le unían en el claro: un hechicero llamado Prim y un enano llamado Riley. Los tres guerreros miraron a su alrededor, confundidos y frustrados. Entonces, del centro del triángulo que formaban, surgió una llamarada que se elevó hasta el cielo.

” No había dragón. Era un señuelo, hecho por la tierra misma. Los cazadores estaban frustrados. Furiosos. Cansados. Hicieron una tregua y acamparon. Fintack mató un ave acuática e intentó rostizarla con la siguiente llamarada, pero Prim le hizo una advertencia: como hechicero, él podía percibir el poder que había debajo de sus pies. Aquello no era tan solo una bolsa de gas de pantano encendida, era un atisbo de algo mucho más poderoso.

” Aquella noche, los cazadores no intercambiaron historias de batallas pasadas o información sobre los distintos tipos de dragones. En cambio, se preguntaron qué se necesitaría para extraer ese fuego del suelo y utilizarlo como combustible. Los guerreros habían pasado su vida viajando por Archetellos. Habían visto familias congeladas a un lado del camino, sorprendidas sin un hogar durante el invierno. Habían visto sátiros esclavos recolectando carbón en las Arboledas para calefaccionar el palacio centauro. Lo sabían todo respecto de las forjas enanas alimentadas por lava, y que solo podían utilizarse en las profundidades de algunas montañas peligrosas.

” Hasta esa noche, esos guerreros no habían servido a nadie más que a sí mismos. No podrías haber encontrado unos asesinos más orgullosos y ambiciosos en todo el continente. Pero al detenerse aquí —Hendricks golpeó el suelo de piedra con ambos pies—, vieron una oportunidad para hacer del mundo un lugar mejor. Esos tres cazadores utilizaron su influencia para levantar una ciudad como nunca nadie había imaginado. Abandonaron todo lo que antes los había definido. Renunciaron a los premios por los que habían trabajado tanto y, al hacerlo, cambiaron la historia. —Hendricks me miró con ese fulgor verde brillante en la mirada y levantó su copa vacía con una floritura—. Ya estoy listo para otra —dijo—. Contar historias me da sed.

Estiré demasiado rápido la mano en dirección a mi trago, y la manga se me enganchó con la mesa. Volqué la copa y cuando salté para tomarla, mi otra mano giró demasiado hacia atrás y golpeó el hierro del hogar. Retiré la mano lo más rápido que pude, pero un trozo de piel quedó pegado contra el metal, chisporroteando y burbujeando y oliendo a carne asada.

Hendricks ya se había puesto en acción. Llenó un cuenco con agua y algo de nieve del sector trasero, y mantuve la mano allí adentro durante todo el tiempo que pude aguantar. Él me la secó con cuidado, luego tomó la miel de la mesa y me la esparció por toda la herida, mientras me decía que no había nada mejor que una buena capa de miel fresca para la piel en recuperación.

—¿Cómo se siente ahora? —preguntó.

—Mejor. Aún arde un poco. Soy tan estúpido.

Se rio de mí como siempre lo hacía, con una mezcla indistinguible de cariño y comicidad paternalista.

—Todos nos quemamos, Fetch. Es la mejor manera de aprender de nuestros errores. Es solo cuando alguna parte se te congela que te cortas el pedazo.

Lanzó una carcajada aguda y nos preparó otra ronda de tragos. Y otra.

Al poco tiempo yo estaba tan borracho que no sentía los dedos ni el frío ni casi nada terrible en absoluto.

Capítulo Uno

El frío que tenía era como el de un cadáver abandonado en la nieve. Frío como el apretón de manos de un recaudador de deudas. Frío como un cuchillo tan afilado que no lo sientes hasta que gira. Frío como el tiempo. Frío como una cama vacía un domingo por la noche. Más frío que esa taza de té que preparaste hace cuatro horas y luego olvidaste. Más frío que el recuerdo muerto que intentaste mantener vivo durante demasiado tiempo.

Tenía tanto frío que llegué a desear que alguien encendiera el farol sobre el que estaba sentado y me rostizara como a una castaña. Por supuesto, eso era imposible. En el farol, no había habido fuego por seis años. Aquella antorcha solía ser una de las luces más grandes de Sunder City, refulgía sobre el estadio durante las noches de partido. Ahora solo era un gran palo feo con una taza en el extremo.

La cancha había sido levantada encima de la primera hoguera de todas. Durante la construcción, era un precipicio abierto a la vorágine de abajo. Una vez que se instalaron los tubos que llevaban las llamas por toda la ciudad, se decidió que no era seguro dejar un enorme agujero al infierno justo en la entrada de la ciudad. Lo taparon y no se permitió a nadie levantar una construcción en esa parcela de tierra.

En cambio, los niños la utilizaron como un campo deportivo. Al comienzo no era algo oficial, pero, luego, la ciudad instaló gradas y taburetes, y, finalmente, el lugar se convirtió en el Estadio de Sunder City.

Cuando la Coda mató a la magia, las llamas que había debajo de la ciudad murieron también. Eso significaba que no había calefacción, ni luces en la calle Principal, ni la más remota posibilidad de que me apareciera fuego entre las piernas. Me encontraba acurrucado en el cono que había en lo alto del mástil, con los brazos alrededor del cuerpo, echado para cubrirme del viento.

No había pensado en el viento al tomar el trabajo. Eso fue una estupidez, el viento lo arruinaba todo. Hacía que se me metiera el frío por el cuello de la camisa y por las mangas. Hacía que el farol se agitara, por lo que yo me la pasaba esperando que se doblase, se partiera y me hiciera caer al suelo. Y lo más importante, hacía que la ballesta que tenía en las manos fuera completamente inútil.

Se suponía que estaba cuidando a mi cliente, listo para lanzar un disparo de advertencia si él me hacía una señal de que el trato no estaba saliendo bien. Pero al disparar en semejante vendaval, el dardo podía enterrarse en la nieve o salir lanzado a órbita.

Mi empleador era un gnomo llamado Warren. Él se encontraba allí abajo, con el traje blanco que era su marca personal, mimetizándose con el suelo nevado. La única fuente de luz era el farol que él había colgado del poste de la puerta.

Esperamos durante media hora: él, allí abajo, entre las gradas; yo, aquí arriba, en mi cucurucho metálico. Traté de recordar si eso era lo que yo había planeado al convertirme en un hombre a sueldo. Pensé que iba a ayudar a aquellos cuyas vidas había arruinado. Hacer cosas por ellos que ellos ya no podían hacer por sí mismos. Dudaba de que cubrir a un gnomo durante un intercambio ilegal llegara a los nobles estándares que había tenido en mente.

Ya me había masticado medio paquete de Clayfields, sabiendo que era una mala idea. Eran analgésicos, se suponía que debían entumecerme, pero el frío ya me había anulado toda sensación en los dedos de las manos y de los pies; lo último que necesitaba era el entumecimiento.

Finalmente, desde el otro extremo del campo, una figura cruzó la línea de mitad de cancha. Ella estaba abrigada con mucha más sensatez que yo: chaqueta gruesa, abrigo, bufanda, boina, botas y guantes. La maleta metálica que llevaba a su lado era del tamaño de una tostadora.

Warren salió de entre las gradas, sosteniendo el sombrero entre las manos para que no se le volara.

Se acercaron hasta quedar frente a frente, y me habría resultado imposible oír la conversación a esa distancia, incluso sin el aullido del viento. Levanté la ballesta y la apoyé contra el borde del cono, fingiendo que mi presencia en la reunión no era una completa pérdida de tiempo.

Cuando había magia, yo habría tenido acceso a todo tipo de inventos milagrosos: granadas de mano hechas por Trasgos, cuerdas embrujadas y pociones explosivas. Ahora lo único que podía derribar a alguien a distancia era un dardo, una flecha o una piedra bien arrojada.

Warren se metió una mano en el chaqueta y extrajo un sobre. Yo no tenía idea de cuántos billetes de bronce había en su interior. Tampoco sabía qué había en la maleta. No sabía nada, lo que para mí era terreno conocido.

La mujer le dio la maleta a Warren. Él le entregó el sobre. Entonces se quedaron frente a frente mientras ella contaba el efectivo y él destrababa la caja.

Cuando la mujer se volvió y salió caminando, quité el arma del borde, me hice una bola y me acerqué las manos a la boca para calentármelas con la respiración.

Entonces Warren comenzó a gritar.

Cuando volví a mirar, él estaba agitando el sombrero por sobre su cabeza. Esa era la señal, pero la mujer ya había atravesado media cancha.

—¡Es una farsa! —gritó el gnomo—. ¡Mátala!

Aclaremos dos cosas: uno, no había acordado matar a nadie; dos, disparar a mujeres por la espalda realmente no era lo mío. Pero si no parecía al menos que estaba intentando detenerla, tendría que renunciar a mis honorarios y toda la noche habría sido en vano. Me puse en cuclillas, apunté la ballesta a uno o dos metros detrás de la dama que huía y disparé.

Traté de disparar en un lugar de la nieve por el que ella ya hubiera pasado, como si hubiera calculado mal su velocidad. Por desgracia para mí (y para la fugitiva), mientras el dardo seguía en el aire, el viento cambió de dirección.

Desde la oscuridad, oí un grito y luego un golpetazo, cuando ella cayó en la nieve.

Mierda.

—¡Sí! ¡Le diste, Fetch! ¡Bien hecho!

Warren tomó su farol y salió corriendo, lo que me dejó en la oscuridad mientras él la maldecía a ella y ella lo maldecía a él y yo me maldecía a mí mismo.

Para cuando bajé la escalera y me acerqué a Warren, él ya había recuperado el sobre y estaba propinando patadas. Lo jalé y se cayó de culo. Como solo medía noventa centímetros, no fue una gran caída.

—Basta ya. Recuperaste tu dinero, ¿no?

Le había dado en la pantorrilla derecha. El dardo no se había clavado muy profundo, pero igual caía una buena cantidad de sangre sobre la nieve. Cuando ella intentó voltearse, se movieron los músculos que rodeaban la herida. Le apoyé una mano en el hombro para mantenerla quieta.

—Señorita, no le conviene...

—¡No! —Ella se volvió y me azotó el rostro. Una línea de dolor me atravesó la piel. Ella tenía las garras afuera, asomando por la punta de sus finos guantes y brillando a la luz del farol. Era una mujer gato. Cuando me toqué el rostro, sentí que había sangre.

—Maldición, señorita. Estoy tratando de ayudarla.

—¿Usted no es el que me disparó?

—Eso fue hace como dos minutos. No sea tan rencorosa.

Volví a acercarme y entonces se las arregló para no lanzarme otro manotazo. Parecía humana, salvo por las garras y un par de ojos de gato. No tenía pelaje ni otras características animales evidentes. Tenía cabello largo, oscuro, en rastas gruesas que llevaba atadas.

—Quédese quieta un momento —le dije, extrayendo mi cuchillo. Hizo lo que le dije, y me permitió cortarle la botamanga hasta el punto en que había sido atravesada. El viento y el material grueso habían frenado mi dardo, por lo que solo se le había clavado unos pocos centímetros. Extraje un pañuelo limpio y mi paquete de Clayfields—. ¿Alguien tiene algo de alcohol?

Warren se metió una mano en la chaqueta y extrajo una petaca de plata. Bebí un sorbo y me calentó las entrañas.

—¿Qué es?

—Coñac. Lo prepara mi esposa.

Le arrojé un poco sobre la pierna herida y lo limpié con el pañuelo. La mujer gato apretó los dientes, pero, por suerte, no me atacó.

Extraje un Clayfield del paquete y se lo coloqué entre los labios.

—Muerda el extremo y sorba. Se le dormirá la lengua, pero eso significa que está haciendo efecto.

Sus ojos eran de un color amarillo verdoso y estaban llenos de odio.

—No me molestaría quitar el culo de la nieve —dijo.

—Déjeme hacer algo primero. —Estrujé el paquete completo de Clayfields con el puño. Aún quedaba una docena en su interior, y cuando apreté y restregué el cartón, se convirtieron en una sustancia viscosa. La pasta fue cayendo del paquete sobre la herida, y la esparcí alrededor del dardo, tratando de no tocarla con los dedos—. ¿Eso ayuda?

Asintió con la cabeza.

La ayudé a levantarse sobre su pie sano, le rodeé la espalda con un brazo y avanzamos a los tropezones hasta las gradas. Ella se echó sobre su estómago mientras me sentaba en la banca de abajo y me disponía a extraerle el dardo.

—Warren, ¿qué era lo que te estaba vendiendo?

El gnomo estaba sentado lejos de nosotros, de mal humor, pero abrió la maleta. Adentro había algo que parecía una flor de cristal, con una gran cantidad de pétalos delgados en espiral que terminaban en un extremo puntiagudo. Estaba apoyado en un cojín de terciopelo, dentro de la caja metálica, y yo no tenía idea de qué era.

—¿Es una especie de joya? —pregunté.

—Ni siquiera —dijo Warren—. Solo es cristal.

—¿Y para qué lo querías?

—¡Yo no quería esto! Quería uno genuino.

—¿Un qué genuino?

Warren, frustrado, cerró la caja de un golpe.

—Un cuerno de unicornio.

Interrumpí lo que estaba haciendo. El gnomo y la gata clavaron la mirada en el suelo, legítimamente avergonzados.

La historia cuenta que una vez hubo un árbol cuyas raíces llegaban tan profundo dentro del planeta que tocaban al mismísimo gran río. Una primavera, las ramas dieron una cosecha de manzanas extrañas imbuidas con el poder sagrado. Cuando una manada de caballos salvajes pasó por debajo del árbol, los animales comieron esa fruta y la magia hizo que de la frente de cada uno surgieran espirales de niebla púrpura.

Rara vez se los veía y eran protegidos en todas partes. La idea de que alguien persiguiera uno para extraerle el cuerno de la cabeza era brutal. Miré a la señorita gata.

—¿Vino a Sunder a vender semejante mierda? —pregunté. Ella no respondió, por lo que le metí el dedo en la pierna.

—¡Ecchh! —Ella se incorporó apoyándose en las manos y me siseó. De los extremos de sus guantes volvieron a asomarse las garras, pero solo era una amenaza. Por ahora.

—¿De dónde saca cuerno de unicornio? —pregunté—. Y vuelva a echarse o no podré extraerle el dardo.

Ella apoyó la cabeza sobre las manos.

—De ningún lado. Es tal cual lo que dijo el gnomo. Lo hice con cristal. Es falso.

Al menos no había estado en las tierras salvajes masacrando animales legendarios por un poco de bronce. Pero eso solo era una parte del problema.

—Warren, ¿para qué lo quieres? —El pequeño sujeto estaba encorvado, refunfuñando en su lengua materna—. ¿Warren?

Él no levantó la mirada, pero escupió una respuesta.

—Me estoy muriendo —dijo. El viento quedó en silencio.

—Todos estamos muriendo, Warren.

—Pero yo moriré pronto, y no se sentirá tan bien. —Levantó las manos frente a su rostro, abriéndolas y cerrándolas como si estuviera apretando dos bolas antiestrés invisibles—. Siento los huesos. Las articulaciones. Se están... oxidando. Se están haciendo pedazos. El doctor dice que no hay nada que hacer. Nosotros, la gente pequeña, teníamos magia en el cuerpo. Sin ella, algo de adentro no sabe cómo funcionar. —Apoyó una mano sobre la maleta que contenía el cuerno falso—. Encontré un médico nuevo que me dijo que hay poder en determinadas cosas. Dijo que un cuerno es un fragmento de magia pura y que, si le llevo uno, él quizás pueda meterme algo de ese poder en el cuerpo.

Me mordí la lengua para evitar decir la obviedad, que era un tonto crédulo que solo estaba empeorando las cosas. Si estaba enfermo, lo último que necesitaba era salir al frío una noche como esa, buscando un trozo de lo imposible.

No pude mantener la boca cerrada mucho tiempo.

—Warren, sabes que eso es ridículo, ¿no?

Él no dijo nada. Tampoco la mujer. Extraje el dardo y vendé la herida para que la mujer pudiera apoyar algo de peso sobre la pierna cuando regresáramos a la ciudad. La mujer gato y el gnomo no dijeron nada más, y yo finalmente aprendí a hacer lo mismo.


Llegamos a las entrañas de Sunder City a eso de la medianoche. Warren me pagó lo que me debía y se fue refunfuñando a su casa. Entonces quedamos la gata y yo.

—¿Cómo está la pierna? —le pregunté.

—Por suerte para usted, me duele muchísimo.

—¿Por qué “por suerte”?

—Porque tengo cada vez más deseos de patearle los dientes.

Cuando llegamos a la calle Principal, me dijo que podía arreglarse por su cuenta. Me imaginé que solo quería evitar que supiera dónde vivía. Yo no tenía problema con eso. Me estaba congelando y ya no me quedaban analgésicos, por lo que quería estar profundamente dormido antes de que se me pasara el efecto de mi medicina.

—Asegúrese de hacerse ver por un doctor real —le dije.

—Ni que lo diga. Es probable que contraiga una infección de solo mirarlo a usted. —Lo decía a modo de chiste, pero no estaba muy equivocada. Mi edificio no tenía agua caliente desde que se extinguieron las llamas. En invierno, hay que tener más fuerza de voluntad que la que tengo para bañarse todos los días—. Pero gracias —agregó—. Si alguien debía dispararme esta noche, al menos fue un sujeto que después estuvo dispuesto a emparcharme. ¿Cómo se llama?

—Fetch Phillips. Hombre a sueldo.

Me dio la mano y sentí la punta de esas garras apoyadas contra mi piel.

—Linda Rosemary.

La noche había terminado tan bien como podría haberse esperado. Ella había intentado estafarnos, la habíamos descubierto, ella obtuvo una herida a cambio de nuestro tiempo perdido y al final todos pudimos ir a casa a dormir. Era justo, de alguna manera. Más justo que lo que nos habíamos acostumbrado a esperar.

Ella se fue caminando por la calle Principal con una mano apoyada contra la pared, y mi reflexión fue que me había dado la cantidad justa de problemas, siempre y cuando no tuviera que volver a lidiar con ella.

Pero Sunder City provee algunas cosas sin excepción: hambre en invierno, borrachos por la noche y problemas durante todo el año.

Capítulo Dos

El meo del orinal estaba congelado.

En realidad, no estaba durmiendo, solo estaba acurrucado con todas y cada una de mis prendas puestas, fingiendo estar muerto hasta que saliera el sol.

Me levanté de la cama y metí los pies en las botas, con doble par de calcetines. No fue fácil. Cuando me mudé a mi oficina/apartamento/cubetera, me había gustado la idea de estar en el quinto piso. Estaba a una altura suficiente que me hacía sentir que observaba la ciudad entera, y la caída desde la puerta de Ángel sería lo suficientemente dura para matarme si se me daba por zambullirme. Es uno de esos pequeños detalles que hacen que una casa se convierta en un hogar.

Sunder era una ciudad extensa, pero no era particularmente alta. Eso significaba que mi edificio era un mirador impresionante, pero también recibía de lleno toda la fuerza del viento. La brisa entraba por las rajaduras que había alrededor de las ventanas y por la separación entre los ladrillos. Incluso se abría camino al interior de la habitación de abajo y subía por entre las tablas del suelo. Yo pensaba emparchar el lugar cuando tuviera tiempo. De la misma manera que pensaba cortarme el cabello y dejar de beber y zurcir los agujeros de mis pantalones antes de que se cayeran a pedazos.

Los cortes de mi rostro eran peores de lo que había pensado. La mañana siguiente a mi viaje al estadio, le pedí a Georgio, el dueño del café ubicado en la parte inferior del edificio, que me hiciera algunos puntos. Sus manos temblorosas solo lograron que me saliera más sangre, así que le dije que lo olvidara. Habían pasado cuatro días desde entonces. Ahora tenía cuatro líneas de un color café rojizo en el lado derecho de mi rostro, y rogaba que no quedaran cicatrices.

No tenía baño propio. Ergo, el orinal. Lo recogí y abrí la puerta que daba a la sala de espera, y casi me choqué con una mujer. Ella estaba allí, con aire de haber sido pescada in fraganti, como si hubiera cambiado de parecer acerca de llamar a la puerta, pero no se había ido a tiempo.

Se trataba de Linda Rosemary.

Estaba vestida con el mismo juego de prendas sensatas de la otra noche: abrigo rojo, bufanda pata de gallo y boina negra de lana hacia un lado. La primera vez que la vi era de noche y ella estaba cubierta de nieve. No había notado cuán desgastado y roto estaba todo. En las manos, llevaba guantes negros gruesos que favorecían el abrigo por sobre la destreza, y tenía cierto rubor en las mejillas que combinaba con la neblina que le salía de la boca. Sus ojos se posaron en el bloque de hielo que yo sostenía entre nosotros.

—¿Está preparando café?

Levanté el tiesto, intentando ocultar su contenido.

—Es de ayer. Se echó a perder.

Ella arrugó la nariz.

—Huele a meo.

Mi sonrisa avergonzada dejó en evidencia la verdad de su afirmación. Ambos nos quedamos allí por un segundo con una expresión incómoda atascada en el rostro.

—Usted... ¿quiere pasar?

Lo pensó un momento largo, doloroso. Sus ojos pasaron de mi rostro al orinal a la oficina que estaba detrás de mí. Mi cama abatible continuaba fuera de la pared, sin hacer. Había vasos sucios sobre el escritorio y una hilera de hormigas llevándose migajas por el suelo. No sé bien qué habían encontrado, porque mi última comida en casa había sido hacía varias semanas.

Linda se quedó rígida de la indecisión, como cuando tratas de darle de comer a un animal salvaje con la mano y este tiene que luchar contra todos sus instintos naturales si quiere hacerse del alimento. Finalmente, se dijo “Qué demonios” y entró.

Renqueó un poco al entrar, luego limpió la silla para clientes con un pañuelo. Corrí detrás de ella, metiéndome en los bolsillos ropa interior sucia y pañuelos descartables.

—Después de la otra noche —dijo—, pregunté por ahí...

—Un momento.

Detrás de mi escritorio estaba la puerta de Ángel. Un remanente de los viejos tiempos, cuando el mundo era mágico y algunas almas afortunadas podían llegar a tu casa utilizando alas en lugar de la escalera. La abrí y el viento me golpeó el rostro como un matón a sueldo recuperando un préstamo. Coloqué el orinal en el pórtico, me restregué las manos en la chaqueta y volví a cerrar la puerta. Al volverme, el rostro de Linda estaba lleno de arrepentimiento.

—Lo lamento —le dije—. No suelo tener invitados tan temprano.

Ella extrajo un reloj de bolsillo de su abrigo.

—Pero son las...

—Seguro que sí. ¿Cómo está la pierna?

—Cosida como una lona. ¿Cómo está su rostro?

—Creo que le quedó algún fragmento debajo de las uñas. Pensé que limarlas estaba de moda.

Ella se quitó la bufanda.

—Detesto esa costumbre. Los hombres gato se cortan las uñas cuando están cerca de otras especies. Mis ancestros se establecieron en las colinas gélidas de Weir. Teníamos nuestro propio reino. Nuestras propias reglas. Ahora que la Coda eliminó todo eso, me vi forzada a venir aquí.

No pude evitar que mis ojos vagaran. Ella tenía la piel suave, y cada uno de sus movimientos tenía elegancia. A pesar de que apenas mostraba los dientes, no parecía faltarle ninguno.

—Disculpe que se lo diga, señorita Rosemary, pero usted salió muy bien parada de la Coda.

No era exactamente un halago y, por su expresión, no lo tomó de esa manera.

—Mi hermana murió en medio de la transformación, con su cerebro intentando tener dos tamaños diferentes al mismo tiempo. El rostro de mi padre estaba del revés. Vivió durante una semana, en silencio, alimentándose a través de un sorbete hasta que finalmente algo en él se quebró. Éramos veinte personas en mi casa. Yo los cuidé a todos, durante todo el tiempo que pude, hasta que fui la última que quedó. Me fui de mi hogar y, finalmente, terminé aquí. Yo sé que soy una de las afortunadas, señor Phillips, pero disculpe si no me ve saltando de alegría.

Hizo una pausa larga para permitir que mi cabeza dura asimilara su historia. Afuera, el viento cobró intensidad. El orinal se arrastró por el pórtico y cayó al vacío. Unos segundos después, desde el suelo llegó un ruido metálico y alguien gritó algunas obscenidades al cielo.

La expresión de ella no se alteró. Cuando volvió a reinar el silencio, continuó.

—Después de la otra noche, pregunté por ahí sobre usted. Oí algunas historias muy interesantes.

—¿En serio? Nunca me han acusado de ser interesante.

En rigor, eso no era cierto. La historia del humano que había escapado de los muros de Weatherly para unirse al Opus tiene algunos momentos intensos. No es tan jugosa como la secuela, cuando ese mismo niño entregó los secretos mágicos más preciados al Ejército Humano. Y también está el gran final, cuando los humanos utilizaron esos secretos para drenar la magia del mundo.

—He estado tratando de descifrar qué es lo que hace —dijo—. No es detective. No es guardaespaldas. Entonces alguien me dijo que usted investiga rumores, de que la magia regresa.

Me estremecí.

—No sé quién le dijo eso, pero no es cierto.

Ese rumor no solo no era cierto, era peligroso. Todo el mundo sabía que ya no quedaba magia y que no había forma de recuperarla. Mi trabajo sería extraño, pero, con toda certeza, no me la pasaba vendiendo sueños imposibles a criaturas moribundas como ella había intentado hacer con el cuerno de unicornio.

—Al parecer, encontró un vampiro hace unos meses —continuó—. Un profesor que se las arregló para recuperar su fuerza.

Quise mentir, pero la conmoción de mi rostro ya me había delatado. Se suponía que nadie sabía acerca del profesor Rye, el vampiro que se había transformado en un monstruo, y se suponía que nadie vendría a golpear a mi puerta buscando respuestas.

—No exactamente.

—Oí que el vampiro encontró la manera de retroceder el reloj. Que desbloqueó su viejo poder y que usted fue quien lo rastreó y descubrió cómo lo hizo. Usted sabe un secreto por el que el resto del mundo sería capaz de matar —colocó las manos sobre el escritorio, golpeteando la madera con sus garras—, y yo quiero saberlo.

El cuerpo se me tensó. La mirada de determinación de su rostro se había intensificado y, debo admitirlo, me asusté.

—Lo lamento, pero no puedo decírselo.

Nos clavamos la mirada, y rogué no tener que luchar con ella. Entonces me di cuenta de que lo de sus ojos no era hostilidad. No realmente. Era algo más cercano a la desesperación.

—No vine aquí a causarle problemas, señor Phillips. Vine a contratarlo. No me importa qué es lo que sabe. No me importa qué es lo que averiguó. Quiero que use esa información para que yo recupere mi fuerza.

Me recliné en la silla, feliz de no tener que luchar contra una felina vengativa, pero sin saber cómo explicarme.

—Señorita Rosemary, eso no es lo que hago.

—Bueno, ¿y por qué diablos no? ¿Para qué está guardando toda su energía? ¿Para ayudar a elfas ancianas a cruzar la calle? Quiero volver a estar completa, y no sé a quién más pedirle ayuda.

Gruñí en voz baja y meneé la cabeza.

—No fue magia lo que regresó al vampi. Fue otra cosa. Cedió ante la misma tentación que usted está sintiendo ahora mismo, y eso lo destruyó. Yo odio este nuevo mundo tanto como usted, pero no hay vuelta atrás. Usted salió mejor parada que la mayoría. Aférrese a eso y siéntase agradecida.

Ella curvó las puntas de los dedos, y dejó ocho pequeñas líneas marcadas en el escritorio, luego levantó una mano hacia su rostro.

—Yo no soy esto. Su especie me mató. Mató todo lo que era y todo lo que tenía. Yo no soy esta persona. En este lugar. —Miró a su alrededor, asqueada del sitio en donde se encontraba—. Ni siquiera sé qué es este lugar. —Una lágrima le cayó por la mejilla y la huella que dejó se convirtió en hielo—. Usted no entiende nada, señor Phillips. Absolutamente nada.

Traté de morderme la lengua, pero después de años de ejercicio, había aprendido a resistírseme.

—Sé que la magia no volverá. Sé que cuando la gente lo intenta, muere. Siga adelante, señorita Rosemary. Búsquese otra cosa para anhelar.

Ella parecía estar a punto de cortarme la garganta. En los viejos tiempos, quizá lo hubiera hecho. Mi blanda piel humana no habría tenido oportunidad contra una Lycum como ella. Pero esa fuerza se había ido. Desapareció en el preciso instante en que el río sagrado se convirtió en cristal. En cambio, tomó su bufanda, se puso de pie y caminó hacia la puerta.

Miró el cartel pintado en la ventana: Hombre a sueldo. Lo leyó en voz alta para sí misma, modulando las palabras dentro de sus mejillas sonrojadas.

—Hombre —dijo arrugando la nariz—. Veo a qué apunta. Es humano. Es de sexo masculino. Me imagino que para usted tuvo sentido. Pero fíjese cómo vive. Oiga la forma en que habla. —Ni se molestó en volverse para mirarme, solo siguió con la mirada clavada en el panel de cristal y trató de romperlo con los ojos—. Usted es un niño, Fetch Phillips. Un niño estúpido, jugando con cosas que no le pertenecen. Déjelas antes de que se lastime.

Luego se fue.

Busqué una botella para limpiarme sus palabras de la cabeza. ¿Qué sabía ella? Solo quería ser fuerte y me odiaba a mí por meterme en su camino. ¿Qué se suponía que hiciera yo? ¿Mentirle? ¿Fingir que podía irme a una aventura y regresar con magia que la haría volver a estar completa? Era imposible. La magia ya no estaba, y mientras antes lo aceptáramos todos, mejor.

Ring.

Atendí el teléfono y oí la voz cansada del sargento Richie Kites. Había algo de alboroto detrás de él, pero él me habló susurrando.

—Fetch, ¿puedes venir al Salón del Azulejo, en la calle Lienzo? Simms quiere oír tu opinión respecto de un asunto.

Eso era algo nuevo. En general, los policías solían echarme de las escenas del crimen, no me llamaban para que pudiera echar un vistazo.

—Claro. ¿A qué se debe esta invitación?

Richie susurró en el auricular:

—Tenemos un muerto aquí, con un agujero en la cabeza, y no fue hecho con ningún arma que conozcamos.

No sé qué decirte, Fetch. Si me preguntas a mí, parece magia.

Capítulo Tres

Estaba teniendo la clase de día que no se suponía que pudiera suceder. Ninguna mujer hermosa solía golpear a mi puerta antes del mediodía, la policía no me llamaba para pedir mi opinión y nadie hacía volar a otra persona con magia alguna. Ya no.

El Salón del Azulejo era un club exclusivo para humanos ubicado en la calle Lienzo, en el oeste de la ciudad; un edificio de granito de dos plantas, sin ninguna clase de cartel.

Absolutamente todo el Departamento de Policía de Sunder City estaba amontonado alrededor de la entrada. Por lo general, tenías suerte si veías más de un par de policías en una escena de crimen. En este mundo nuevo y oscuro, hasta el asesinato se había vuelto algo mundano. Por ende, era algo extraño que estos policías estuvieran tan excitados, en lugar de apesadumbrados y medio dormidos. Una y otra vez, el día insistía en ser distinto.

El sargento Richie Kites estaba solo, inclinado contra el granito. Su pesado cuerpo de Semi-ogro parecía poder tirar abajo todo el lugar.

—¿Qué sucede, Rich? ¿Los policías se sienten tan solos que tienen que moverse manada hoy en día?

Él meneó la cabeza, visiblemente molesto por la multitud.

—Cuando oyeron la historia, todos estos imbéciles pusieron una excusa para venir y echar una mirada. Ven, entra. Ya verás el porqué. —Richie pasó primero y le hizo un gesto con la mano a otro policía que intentó quejarse de mi llegada—. Está autorizado. Pedido especial de Simms.

Yo estaba tan confundido como el oficial, pero intenté no demostrarlo. Una parte de mí sospechaba que me estaban llevando a una trampa y que entre todos iban a forzarme a tomar un arma homicida y culparme por el delito. Eso parecía más probable que el hecho de que me pidieran ayuda.

Las paredes del interior del Salón del Azulejo estaban cubiertas por losas de madera con incrustaciones de mármol blanco. Era un laberinto de corredores estrechos que llevaban a pequeñas salas privadas para dos a seis personas. Todo el mundo susurraba. El personal, la policía y otros “especialistas” rondaban por los huecos, ya elaborando los rumores que pronto llegarían a las calles. La multitud era más densa hacia el final del corredor; seguí a Richie hasta la sala que estaba recibiendo la mayor atención.

En el reservado apenas había lugar para dos asientos aterciopelados y una mesa cuadrada de mármol negro. Había un vaso vacío y otro medio lleno, sostenido por el hombre sentado del otro lado de la mesa. Estaba vestido impecablemente, con un traje de lana de tres piezas, con un pañuelo azul al cuello y pañuelo de bolsillo. Tenía los dedos, las muñecas y el cuello cubiertos de joyas de oro muy llamativas. Su cabello estaba echado hacia atrás con un producto brillante y sus cejas estaban bien cuidadas, en forma de arcos delgados. Debía de haber sido muy apuesto, antes de que alguien le abriera el rostro.

Una de sus mejillas estaba destrozada, lo que dejaba a la vista la fila de dientes inferiores, hasta las últimas muelas. Tenía los dedos retorcidos como pequeños ganchos, con una mano alrededor del vaso y la otra al lado del cuerpo. En la chaqueta, por encima de la clavícula, se le había juntado sangre, había rebalsado y le había caído en cascada por el pecho. Tenía los ojos abiertos, congelados en una expresión de sorpresa, y las partes blancas estaban rojas y húmedas.

Solo era un hombre muerto. Estaba lejos de ser el primero, y, probablemente, no fuera el último. Aun así, había algo peculiar en él. Algo más desconcertante que la sangre o la piel destrozada o el rigor mortis. Aún intentaba descifrar qué era, cuando oí una voz que crepitaba como agua cayendo sobre carbón caliente.

—Sucedió en un instante —dijo la detective Simms mientras se acercaba detrás de mí—. Mira la conmoción de su rostro. Ni siquiera soltó la bebida.

Tenía razón. La muerte, como la conocemos ahora, es lenta. Te enfermas o te vuelves viejo o tomas mucho frío, entonces te aferras a la vida todo lo que puedes hasta que la oscuridad te lleva. Quizás alguien te da una golpiza en un callejón o recibes una puñalada en las tripas y vagas por ahí hasta que tu corazón deja de cantar, pero, incluso entonces, tienes tiempo para hacerte a la idea. A este tipo parecía haberle explotado una bomba en la garganta a mitad de una historia.

Era exactamente como había dicho ella: algo instantáneo.

La detective Simms estaba vestida con un abrigo grueso, sombrero de ala ancha y bufanda negra. Era el mismo atuendo que usaba todo el año. Sus ojos reptiles amarillos se asomaron por entre la tela oscura y, cosa rara, no estaban llenos de desdén y odio. En cambio, me estaban pidiendo respuestas.

—¿Es algo que hayas visto antes?

Observé el cuerpo frío y la volví a mirar a ella, aún confundido por toda la situación y la razón por la cual me habían invitado a que compartiera mi inexistente experiencia.

—¿Por qué me preguntas a mí?

La detective se acercó.

—Fetch, sabemos lo que estás haciendo.

—¿En serio? ¿Podrías decírmelo?

—Estás buscando formas de recuperar la magia.

—Yo no sé quién ha...

—Shhh. Hablaremos sobre eso en otro momento. Por ahora, solo quiero saber qué clase de magia podría haber matado a este tipo de esa manera.

No tenía sentido discutir. No allí. Y la respuesta era obvia: ninguna clase de magia, porque ya no hay más magia, y todo el mundo lo sabe. Pero, como mi papel ya había sido explicado con tanta claridad, habría sido de mala educación no seguir el juego.

Primero me enfoqué en el rostro. Allí era donde se estaba contando la historia. Tenía la boca abierta de dos maneras. Primero por el frente, de la manera en que te esperarías. Le faltaban cuatro dientes. Dos de arriba y dos de abajo. Los más cercanos al hueco estaban inclinados hacia atrás, lo que daba a entender que la explosión había entrado a su boca desde adelante. La segunda abertura era a través de su mejilla, su mandíbula y parte del cuello. Del lado izquierdo, los labios seguían juntos, pero la mejilla estaba destrozada, abierta, y la parte posterior de la garganta era una masa de carne revuelta.

La pared de atrás estaba salpicada de sangre como si se hubiera tratado de una celebración. Hasta el último rincón de la sala estaba cubierto por una rociada ligera, pero el sector más rojo estaba justo detrás de la cabeza del sujeto. También había sangre sobre la mesa. Menos. Como si la hubiera estornudado.

Entonces, ¿qué sucedió?

Elaboré un pequeño listado mental y traté de ir eliminando cosas. ¿Podía haberse usado un arma? No una hoja; la herida era demasiado desagradable. Cualquiera que blandiera un arma contundente, como un garrote o una cachiporra, lo habría golpeado en la cabeza o en el lado del rostro, no le habría dado una estocada por la boca. Además, tendría que haber sido disparada con una ballesta para hacer semejante daño.

Repasé mentalmente todas las criaturas que conocía; aquellas que tenían garras, cuernos y colmillos. Supongo que sería posible atacar rápido, de tal manera que tu víctima no se lo esperara, pero necesitarías más que unas uñas afiladas para hacer explotar un rostro.

¿Un proyectil? No había ni dardo ni flecha a la vista y, una vez más, el resultado era demasiado desagradable. Además, si la persona con quien estás bebiendo extrae una ballesta del bolsillo, debes ser más rudo que un dentista de dragones para no soltar el trago.

Me acerqué hasta quedar a unos centímetros de esa imagen terrorífica y noté que parte del cuello de la camisa de la víctima estaba negra y rota. Quemada. Sobre la mesa, entre la sangre y los cubiertos, había desparramado un polvillo gris. Ceniza.

—¿Alguno de los dos tenía una pipa? —le pregunté a Simms.

—No se puede fumar aquí. El anfitrión se habría dado cuenta.

Mi lista se estaba acortando tanto que ya era frustrante. Lo único que quedaba era lo imposible. Entonces, dije lo que sabía que querían que dijera.

—Alguien conjuró fuego.

Simms asintió con la cabeza para confirmar que ella había llegado a la misma conclusión, pero su expresión me dijo algo más. Estaba conmocionada, sí. Estaba asustada. Pero debajo de todo eso, estaba excitada. En sus viejos ojos dorados de serpiente, vi la expectativa atolondrada de una niña lista para la aventura.

Eso fue lo que más me aterrorizó.

—Busquemos un lugar tranquilo para charlar —dijo.


Fuimos a otra sala, lejos de ojos y oídos indiscretos. Simms se sentó en un reservado, yo me senté frente a ella y Richie se quedó de pie en la puerta para hacer guardia.

La detective se quitó la bufanda y se la dejó caer sobre los hombros. Tenía los labios partidos. El de abajo estaba sangrando, y ella se lo lamió con la punta de su lengua bífida. Usualmente, Simms se mostraba rígida, pura autoridad e impaciencia. Hoy, estaba inclinada hacia atrás, hurgando el borde de la mesa como si estuviera esperando que le cayera una idea en la cabeza. Al final, fui yo quien comenzó la charla.

—¿Quién es el sujeto?

Ella levantó la cabeza súbitamente, como si la hubiera despertado de un sueño.

—Lance Niles —dijo—. Un recién llegado. Estuvo rondando por la ciudad, comprando propiedades y haciendo amigos. Nadie sabe mucho sobre él, pero tiene bastante dinero y ya es dueño de muchas tierras.

Eso explicaba la joyería que llevaba el cadáver. Desde la Coda, no son muchos los lugareños que se pasean con piedras preciosas pulidas o trajes caros.

—¿Algún testigo?

—Solo el anfitrión. Niles llegó primero. Unos minutos después, se le unió un hombre. Usaba bastón y llevaba bombín, traje negro y bigote fino. Ordenaron bebidas. El otro hombre ordenó una segunda. Unos minutos después, el anfitrión oyó una explosión corta y fuerte. Cuando entró, la escena estaba tal cual está ahora, solo que más fresca. Los otros huéspedes cuentan lo mismo, pero incluso con menos detalles.

Lo peor de la historia es que sonaba casi normal. Seis años antes, antes de que el mundo se fuera a la mierda, aquellos eventos no habrían parecido fuera de lugar. Dos tipos se emborrachan y comienzan a pelearse, y uno de ellos lanza una bola de fuego contra el rostro de su amigo. Solía suceder. Pero no en un lugar así. Incluso en aquel entonces, aquel club era para humanos. Era el último lugar en el que esperabas ver algo de hechicería.

—¿Qué aspecto tenía el asesino? —pregunté.

—Al parecer, tenía cicatrices faciales, pero el personal no recuerda nada específico. Ninguna señal de magia: orejas redondas, dientes rectos, piel tersa, hombros chatos, todos los dedos proporcionados. Están entrenados para notar esos detalles.

—¿Entonces era humano?

—O alguien que podía pasar por humano. Un hechicero o un Lycum tendrían más probabilidades. Después de la explosión, el tipo salió por la puerta trasera y nadie se atrevió a seguirlo. Ni idea de hacia dónde fue, si tenía un caballo o si alguien lo esperaba afuera. Niles hizo la reserva y era quien contaba con la membrecía, por lo que el asesino nunca dio su nombre. Solo sabemos lo que llevaba puesto, y dudo que nos sirva demasiado.

Asentí con la cabeza. Eso era nada. Menos que nada. Nos enfocábamos en el atuendo y no en el hombre que había debajo. Una vez que se cambiara la ropa y se afeitara, lo perderíamos.

Finalmente, tuve que hacer la pregunta que me daba vueltas en la mente.

—Simms, ¿por qué me mandaste a llamar?

Me miró como si yo fuera un plato que le llegó a su mesa por error.

—En Sunder, los rumores se extienden como reguero de pólvora, y tú estás atrayendo bastante fuego. Susurros sobre lo que encontraste en la biblioteca. Cosas que quizá sepas. Eres el nuevo chico de portada de los misterios mágicos.

—¿Y tú crees eso? —Simms resopló.

—Fetch, si yo creyera que tienes secretos reales, no estaríamos aquí. Te tendría amarrado en interrogación con un atizador caliente entre las pelotas. Pero si esa historia está en las calles, entonces aquellos que tengan rumores encontrarán la manera de llegar a tu puerta. Entonces, ¿qué has oído?

Un argumento sólido, supongo, pero era una jugada desesperada para una detective escéptica como Simms.

—Nada que sirva de ayuda. Solo esperanza desacertada.

—¿Algo que pueda estar conectado con esto? —Meneé la cabeza. Simms no pareció sorprenderse—. Era una posibilidad remota.

—Si oigo algo que encaje con esto, te avisaré.

—Claro que lo harás. Porque, ahora que viste esto, trabajas para mí. De manera extraoficial, por supuesto.

—Otra vez estoy confundido.

Simms se rio, pero yo no veía la broma.

—Tú tienes la posibilidad de husmear en lugares donde nosotros no podemos. La gente acudirá a ti pensando que eres el tipo que tiene las respuestas de las preguntas que ya no hacemos. Y... —Le lanzó una mirada a Richie—. Y nos cortarán las piernas en este caso. Lance Niles estaba haciendo muchos amigos antes de morir. Uno de esos amigos era el alcalde Piston. Ya se me ordenó que informe todos los detalles del caso a su oficina. En algunas horas, me dirán que lo abandone y para mañana tendrán en las calles a sus propios bravucones estúpidos derribando puertas. Cuando eso suceda, quiero tener a mi propio bravucón estúpido.

—¿Pero por qué? El alcalde te quitó muchos casos de las manos. Nunca te preocupaste por eso.

Ella se inclinó hacia adelante, y en su rostro había algo que yo no había visto antes. Rozaba con la vergüenza.

—Porque esto parece magia, Fetch. Sé que no puede ser, pero si lo es, quiero ser la primera en enterarme. —Asentí con la cabeza. No me quedaba otra. Ella no podría haber quedado más expuesta ni quitándose toda la ropa—. No puedo pagarte. Pero sí habrá una recompensa. Encuentra al tipo que hizo esto, o la información que nos lleve a él, y yo me aseguraré de que seas compensado. Pero primero me lo dices a mí.

Era una propuesta extraña. Por muy sincera que pareciera Simms, no podía olvidar la docena de ocasiones en que me había dado con las botas contra las costillas. Y, aun así, estaba sin trabajo a un punto desesperante, y no me vendría mal tener un par de policías de mi lado. Pero esos motivos ni siquiera importaban. Sentía tanta curiosidad como ella. Después de lo que había visto, no podría contenerme. De todas maneras, indagaría por la ciudad. Si Simms deseaba pagarme por hacerlo, no tenía motivos para detenerla.

—Considérame a tu servicio.

Nos dimos la mano y sus dedos temblaron contra los míos. Yo tenía decenas de comentarios gastados que le podría haber dicho. Eran las mismas cosas que le decía a cada criatura desesperada que acudía a mí con la esperanza de que hiciera que volviese a estar completa. Además, podría haberle abierto los ojos al hecho de que solo alguien fuera de sus cabales vería la salvación en el rostro ensangrentado de un muerto. Podría haberle dicho muchas cosas. Pero no lo hice. Asentí con la cabeza, me puse de pie, le di una palmada en la espalda a Richie y salí a la calle.

Los policías que estaban afuera me observaron salir del edificio como esperando que hiciera un gran anuncio, pero era la misma historia que habían estado oyendo durante seis años: la muerte es una desgraciada hija de puta que a la larga nos llega a todos.

Simms se estaba engañando a sí misma. No podía probarlo en ese momento, pero le aclararía las cosas cuando encontrara al asesino. Al asesino humano, no mágico.

Resolver este caso podría llenarme el bolsillo, poner a Simms de mi lado y a un homicida tras las rejas; pero, sobre todo, dejaría en claro a todo el mundo que no estaba tratando de ganarme la vida fingiendo que quedaba magia por algún lado. Debía de haber una explicación razonable y científica para aquel asesinato y yo la serviría en bandeja de plata.

Capítulo Cuatro

Había evitado ir a La Zanja durante todo el invierno. Unos meses antes, logré que echaran de su hogar a todo un grupo de enanos. A cambio, me dieron la escritura de una mansión cuyo único contenido era el cuerpo congelado de una hada muerta hacía mucho. Es una de esas decisiones que parece equivocada cada vez que lo pienso; pero si me dieran otra oportunidad, haría exactamente lo mismo.

Para empeorar las cosas, los enanos eran clientes regulares de mi bar favorito, y desde entonces, me aterrorizaba mostrar el rostro por allí. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero eso es así si primero las suturas. De lo contrario, cuando regreses estarán sépticas, infectadas e inflamadas.

Al entrar mantuve la cabeza gacha y solo vi a uno de ellos. Se llamaba Clangor. Tenía la barba pelirroja y el cabello sucio recogidos en trenzas, y aún llevaba el uniforme de obrero metalúrgico, aún después de años de desempleo. Estaba sentado en la barra, bebiendo la cerveza oscura barata con gusto a grasa. Él no me había visto, y yo tenía la intención de que eso siguiera así; con ese objetivo me dirigí hacia la izquierda, en dirección a la parte trasera del edificio, donde estaban las dianas para dardos, el teléfono público y los reservados.

La Zanja ya no era un lugar cálido. No sin el fuego. Los clientes se movían menos que antes. Se reían menos. No había baile ni música popular, solo clientes silenciosos bebiendo en jarras para borrar los recuerdos de tiempos mejores.

El único ruido que se oía provenía de Wentworth, uno de los pocos hechiceros que llevaba bigote, pero nada de barba. Como de costumbre, fastidiaba: estaba inclinado sobre una de las mesas, gritándoles a un grupo de banshees que, al no tener voz, no tenían la forma de decirle que se callara. Supuse que se trataba de la familia de Boris. Boris era el camarero pos-Coda que había comprado el lugar por monedas después de que Tatterman se jubilara. Él me vio desde detrás de la barra y su mirada decía “me alegro de verte, pero probablemente sea mejor que te largues de aquí”.

No me gustaba traerle problemas a Boris, pero tuve la esperanza de que salvar a su familia de la arremetida de Wentworth quizá me favoreciera un poco. El hechicero se encontraba en medio de una diatriba cuando me acerqué.

—... te dirán que fue un accidente, pero ¿quién les cree en realidad? Yo no, eso seguro. Fue un condenado accidente demasiado conveniente para ellos, les diré eso. Me quitaron los poderes. A ustedes, la voz. Todas las cosas que nos ponían por encima de ellos. Esto fue un ataque, les digo, y aún no ha terminado. Estamos en medio de una guerra, pero nuestro lado piensa que ya terminó, por lo que nos estamos entregando y los estamos dejando ganar. Necesitamos despertarnos. Necesitamos defendernos con todo lo que...

La mirada de todos las banshees se elevó por sobre su hombro hacia mí, y, finalmente, él se dio cuenta.

—Hola, Wentworth. Si tienes un momento, me encantaría pedirte consejo sobre un asunto.

Algunas personas quizá se avergüencen de ser tomados desprevenidos de esa manera. No el viejo Wentworth. Me miró a los ojos frunciendo el ceño para hacerme entender que no le importaba que lo hubiera oído hablar sobre mi especie.

—Podría ser persuadido —respondió.

Boris observaba atentamente, así que le hice un gesto para que trajera dos tragos. Él sabía qué tomábamos, y Wentworth desfrunció el ceño cuando vio que se llenaban los vasos.

—Ven al rincón —le dije—. Quiero mantener un perfil bajo.

—Ah, me imagino.

Cuando el hechicero se volvió, las banshees inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento. Nos metimos en un reservado del rincón y nuestras bebidas llegaron poco después. Wentworth no me prestó atención hasta haber bebido un buen sorbo.

—Bueno, jovencito —dijo con espuma cayéndole del bigote mojado—, ¿qué es lo que te trajo ante mí el día de hoy?

Observé la leche de álamo tostada que Boris había colocado delante de mí.

—Quiero saber cómo funcionaba la magia. Antes de que se secara.

—No se secó, niño. Los tuyos la cortaron.

Hacía mucho tiempo que yo había aprendido a no discutir con Wentworth sobre ningún asunto. Sobre todo, cuando, sin ningún tipo de dudas, tenía razón.

—Sí, antes de que la cortaran. Quiero saber cómo se lanzaban los hechizos. Específicamente, los que podían utilizarse como arma contra cualquier adversario.

—Como tuviste el suficiente sentido común para ir a la fuente correcta, te daré la información que buscas. —Bebió otro sorbo largo, feliz de que por una vez le pidieran que hablara—. Hay tres tipos de hechizos, cada uno de ellos utilizado por una categoría diferente de lanzadores de hechizos. Las primeras dos clases son los conjuradores. Ellos son los hechiceros, que están entrenados, y los magos, que no lo están. Puedes identificar a un conjurador por sus pupilas blancas, su cabello blanco y sus dedos llamativos. La mayoría de los conjuradores son hijos de padres humanos. Nunca nadie pudo probar cómo o por qué surgían. Nuestra conjetura más sólida era que se acumulaba magia atmosférica en el sistema de la madre y eso se le pasaba al feto antes de nacer. Muchas mentes retorcidas intentaron forzar el proceso, pero hasta donde sé, nadie tuvo éxito.

” Estos niños de ojos blancos percibían las energías del mundo a su alrededor. Las habilidades naturales variaban, pero los talentos básicos solían ser los mismos: generar olas en el agua, conjurar ráfagas de viento o hacer que unas chispas crecieran hasta convertirse en hogueras enormes. Los conjuradores tienen la capacidad instintiva de oír la magia que hay dentro de los elementos y darles un empujoncito. Estos talentos, cuando se practican en la naturaleza, crean lo que llamamos un mago. Bueno, creaban.

Él quería meter otro bocado, pero los comensales ya estaban hartos de ese plato.

—Un mago con entrenamiento se convierte en hechicero. Estos son los más poderosos, los más habilidosos y los más difíciles de explicar de los lanzadores de hechizos. —Se señaló a sí mismo con un gesto, sin un rastro de ironía—. Algunos dicen que solo un estudiante de la Universidad Keats es un verdadero hechicero. Allí es donde estudié yo, por supuesto, pero nunca fui demasiado snob. Lo importante es el nivel de habilidad. El entrenamiento de hechiceros le enseña al mago a extenderse hacia más allá de sus inmediaciones, a aferrarse a los elementos en su forma más pura y a conjurarlos entre las manos. Cuando necesitaba fuego, abría un portal a un mundo de azufre y llama. Cuando quería volar, traía el viento desde lo desconocido hasta debajo de mis pies. Si quería retener a un hombre en un lugar, conjuraba gravedad hacia la punta de mis dedos y lo atraía para poder aferrarlo.

No había forma de confundir el entusiasmo que había en los labios del anciano. Apretó los dientes y encogió esos ojos de pupilas blancas hasta que quedaron hechos dos rendijas, recordando los tiempos en que había tenido poderes letales a su disposición.

Yo vi a muchos hechiceros lanzando hechizos durante mi estadía en el Opus. Incluso supe la ubicación de aquel lugar desconocido. Después de que deserté para unirme al Ejército Humano y me convencieron de que los hechiceros buscaban erradicarnos a todos, entregué esa información. Cuando los humanos fueron allí para sumergir sus máquinas en la magia, esta, en respuesta, se congeló.

—Entonces, esos son los conjuradores —dije—. ¿Cuál es el otro?

—¿El otro qué? —Parpadeó como si no supiera dónde estaba.

—El otro tipo de lanzador de hechizos. Dijiste que...

Uno de sus dedos golpeteaba el vaso vacío. Entendí la indirecta y le hice un gesto a Boris de que trajera otra ronda.

—Ah, ¿el otro tipo de lanzador de hechizos? Sí, sí, sí. Las brujas y los brujos. Tienen dedos más largos que ustedes, lo que les brinda ciertos talentos. Lamento haberlos dejado para lo último porque, al compararlos, realmente son una decepción. Lo único que hacen, básicamente, es jugar con la magia que ya se ha filtrado hacia el mundo físico. Es como cocinar. Mezclas una cosa con otra cosa y le echas un poquito de una esencia de como-se-llame y, por un momento, se libera la energía mágica atrapada en el interior. Un mal reemplazo de los hechizos reales, pero alguna vez vi a una bruja bien provista dar bastantes problemas. Más que...

—¿Qué mierda? —dijo una voz. Miré por sobre mi hombro. Boris estaba a mitad de camino hacia nuestra mesa con las bebidas en la mano, poniendo una mueca de arrepentimiento. Lo habían descubierto. En la barra, Clangor estaba todo colorado, echando humo, señalándome con el dedo—. ¿Qué mierda estás haciendo aquí?

Boris me lanzó una mirada que decía “lo lamento, pero ¿podrías por favor irte ahora mismo antes de que el pequeño bribón comience a romper cosas?”. Asentí con la cabeza para decirle que lo haría.

Ni siquiera había terminado mi primer trago, pero arrojé suficientes monedas sobre la mesa para cubrir todo el pedido. Me puse de pie, levanté los brazos en sumisión, hice una respetuosa reverencia de disculpas y me dirigí hacia la salida, pero el enano tenía más cerveza que cerebro y no pensaba dejarme ir.

—¡Te hice una pregunta!

Él se había bajado del taburete, temblando de furia, con un péndulo de saliva colgándole del labio.

—Solo vine a ver a un amigo. No fue mi intención entrometerme.

Su jarra dio contra el marco de la puerta y salpicó cerveza barata sobre mí y sobre el felpudo de bienvenida.

—¿Un amigo? —Lanzó una de esas carcajadas que solo son un gesto de desprecio sonoro—. Tú no tienes amigos, Fetch. Ni en este bar. Ni en esta ciudad. Ni en ningún lado. Lo sabes, ¿no? —Él se acercó y yo retrocedí subiendo por las escaleras hacia la puerta—. Si yo tuviera la fuerza que solía tener antes de que los tuyos cagaran el mundo, te cortaría a la altura de las rodillas, luego la cintura, luego el cuello, y luego te pisotearía esa puta cabeza vacía y la abriría aquí mismo contra el suelo.

Miré alrededor. No debí hacerlo.

Yo trabajé en La Zanja. Luego, bebí en La Zanja, todos los días. Yo había invitado mi cuota de rondas para todos los habitués presentes, y ellos me habían invitado otro tanto. Pero tenían la mirada baja. Nadie dijo nada. Nadie levantó la vista. Nadie pensaba discutir con el enano.

—Lárgate de aquí —dijo.

Y eso fue lo que hice.


Lo último que me sucedió durante mi estadía en el Ejército Humano fue recibir un impacto de magia pura en el pecho. La cicatriz nunca llegó a sanar, y, de vez en cuando, el dolor intentaba abrirme las costillas una por una. Una vez afuera de La Zanja, abrí un paquete nuevo de Clayfields, mordí el extremo de una rama y chupé el jugo. Ayudó, pero mi respiración seguía siendo demasiado superficial.

Había sido estúpido volver allí. Durante los últimos años, hablé con suficientes hechiceros para saber que ninguno de sus poderes funcionaba. Ni siquiera un tenue atisbo de nada. Según los periódicos, en la Universidad Keats aún había estudiantes y miembros del personal que trataban de liberar la vieja magia todos los condenados días. Si esos expertos dedicados no podían resolverlo, yo dudaba que un mago sin formación tuviera chance alguna. Y si lo lograba, era poco probable que lo primero que hiciera, al blandir su poder recuperado, fuera volarle el rostro a un hombre de negocios con una milagrosa bola de fuego pos-Coda.

Eso dejaba alas brujas y los brujos: unos sujetos de dedos largos con acceso a la magia, pero que nunca conjuraban nada por su cuenta, sino que desenterraban el poder oculto de la materia orgánica que los rodeaba. Que yo supiera, eso tampoco funcionaba.

Bueno, al menos no como antes.

Me quité el Clayfield de la boca y observé el extremo masticado. Alguna vez, había tenido magia. La suficiente para entumecerme todo el cuerpo. Ahora solo era una sombra de lo que había sido antes. Aun así...

Quedaba un dejo de poder. Un eco envasado por unos sujetos que sabían que un fragmento de la magia del viejo mundo, oculto en la planta, aún podría tener algún uso.

Volví a colocarme el Clayfield entre los labios y lo saboreé.

Sí, era algo.

Capítulo Cinco

Llamé a la casa de Warren y me atendió una mujer. Me dijo que podría encontrarlo en Cerámicas Hamhock, una fábrica quebrada ubicada en el medio del distrito industrial. El viento hizo cambio de turno con la nieve mientras atravesaba la ciudad deseando haberme tomado el tiempo para coser la rodilla del pantalón.

Cuando las llamas todavía ardían, la nieve de Sunder se tornaba color café aún en el aire. Después de la Coda, esperaba tocar suelo antes de empaparse de ceniza, óxido y basura. Al menos no olía tan mal. Durante el verano, las alcantarillas hervían como una cacerola.

El distrito industrial era un rejunte destartalado de fábricas y mercados al por mayor, ubicado en el lado oeste de la ciudad. Yo solía comprar allí, en lugar de derrochar mi dinero con los comerciantes de la calle Principal, que cobraban extra por el mismo producto, solo porque colgaba de un gancho de mejor calidad.

Había pasado muchas veces por delante de Hamhock, pero nunca había estado adentro. Tenía dos plantas de altura, con un portón enrollable que abarcaba toda la pared del frente. Del techo se elevaba media docena de chimeneas, junto con una gran turbina eólica que giraba a una velocidad hipnótica.

El portón enrollable estaba abierto y el interior del edificio era un caos. Un lodo líquido de un color entre gris y café cubría el suelo, las paredes, la maquinaria y a la mayoría de los trabajadores. Había tendederos llenos de alfarería sin cocer: floreros, cuencos y platos. Algunas piezas estaban húmedas y brillaban, otras estaban secas, y otras se estaban rajando. La turbina del techo estaba conectada a una gran tina llena de arcilla mezclada con agua; al girar, batía la mezcla, que de vez en cuando rebalsaba chapoteando.

Habían trabajado mucho allí, pero algo había hecho que todo se detuviera. El personal estaba sentado por allí, sin hacer nada, mientras un pequeño grupo se amontonaba alrededor de una gran caja metálica que había en un rincón.

Warren, el gnomo bien vestido, estaba sentado solo. Años atrás, antes de que lo conociera personalmente, él fue una leyenda del crimen subterráneo. La Coda eliminó a los grandes jugadores que él había colocado en el poder y mató a sus matones. Desde entonces, perdió casi todos sus ahorros tratando de restablecer su imperio y acabó como otro estafador solitario que tuvo mejores días.

Warren podía haber perdido casi todo su dinero y la mayor parte de su negocio, pero su orgullo seguía intacto. Sus trajes siempre estaban limpios, su cabello nunca a más de una semana del peluquero, y él se movía de una forma relajada que daba a entender que tenía todo el tiempo del mundo.

Pero no tenía todo el tiempo del mundo. Le quedaba muy poco tiempo y estaba aterrorizado de cómo lo iba a utilizar.

Tenía el sombrero entre las manos y su candor habitual se había desvanecido. Coloqué un taburete junto a él y lo dejé hablar primero.

—Cuando había magia, un amigo mío era el dueño de esta fábrica, y ganaba muy bien vendiendo platos y jarrones. Eso se interrumpió hace seis años. Pero cuando las inundaciones del otoño atravesaron Sunder y dejaron grandes charcos de arcilla río abajo, pensé que podríamos usar el lodo para comenzar de nuevo. Pero el fuego... —Hizo un gesto de desdén en dirección a la caja metálica—. No podemos generar suficiente calor. Lo intentamos todo. Incluso si fuera más costoso calentar el horno que lo que ganaríamos vendiendo los cuencos, al menos podríamos hacer algo. Pero no. No hay nada aquí. Solo más desperdicios. —Observamos a los trabajadores cubiertos de lodo mientras retiraban del horno una bandeja con tazas de cerámica empapadas y, luego, las arrojaban a un lado—. Prueben con algo más pequeño —ordenó Warren—. Unos... unos dedales, quizás. Y pongan el doble de leña.

Los ceramistas, descorazonados, asintieron con la cabeza, y fue casi gracioso. Eran delincuentes. Hombres rudos que alguna vez se habían ganado la vida golpeando gente en la cabeza. Ahora estaban aquí usando guantes y delantales, decepcionados por no poder terminar unas tazas de té.

Casi gracioso.

—Lo lamento, Warren. Desearía poder ayudarte, pero la ciencia nunca fue mi fuerte. Si oigo algo útil, te avisaré.

Levantó la mirada.

—Entonces, ¿eso sí es lo que estás haciendo? ¿Estás buscando poderes mágicos? Pensé que habías dicho que era imposible.

—Es imposible. Pero eso no significa que no haya cosas nuevas, no mágicas. Como aquello que estaba intentando venderte ese médico.

Él estrujó el ala de su sombrero. La decepción del cuerno de unicornio aún era una herida abierta.

—Solo había tenido una idea, eso es todo. Solo quería ayudar.

—Bueno, yo también quiero ayudar. ¿Puedo hablar con tu amigo?

Él puso una expresión que ya había visto demasiadas veces en demasiados rostros: la que alguien pone cuando sabe que voy a causar problemas.

—Es tan solo un químico. Un brujo que está tratando de abrirse un nuevo camino en el mundo, como todos nosotros.

—Vendiéndote mentiras. ¿Cuánto pensaba cobrarte para prepararte la sopa de unicornio?

Warren apoyó una de sus pequeñas manos sobre la mía. Fue algo chocante. Entre nosotros, nos habíamos armado una buena rutina de bromear e intercambiar comentarios crueles. Por algún motivo, él había decidido romper con eso con un poco de infrecuente honestidad.

—No lo culpes por darme un sueño, Fetch. Él tenía el corazón lleno de esperanza, al igual que yo. Te diré dónde encontrarlo, pero no vayas a patearle las pelotas. Que tú te hayas dado por vencido no es motivo para que arrastres contigo al resto de nosotros.

Maldición. Lo había vuelto a hacer. Quise disculparme, pero Warren no lo necesitaba. Había dicho lo suyo y yo lo había escuchado. Eso sería suficiente. Intenté recordar hacerlo más seguido. Apoyé mi otra mano sobre la de él y la sostuve. Él respiró profundo, mirando a su alrededor el depósito inútil y el negocio moribundo que había intentado resucitar. No necesitaba recordarle que la vida seguía. Él lo tenía más claro que lo que yo nunca podría. Sin importar cuál fuera el trabajo que yo pensaba que estaba haciendo, no debía ir por allí arrebatándole a la gente el último fragmento de esperanza que le quedaba.

Entonces, guardé silencio. Warren me dijo que el químico se llamaba Rick Tippity y que trabajaba a algunas cuadras hacia el norte. Me dijo que debía ser amable con el brujo porque ya había demasiados sujetos en el mundo comportándose como imbéciles, y a todos ellos les salía mejor que a mí.

—Entonces, sé amable —dijo—. Hoy en día, tendrás menos competencia.

Capítulo Seis

Cuando la Coda acabó con el negocio de los médicos brujos y los doctores, los farmacéuticos se alzaron para tomar su lugar. Las curas son menos impresionantes, más caras y no siempre confiables, pero es el único lugar donde acudir cuando alguien se enferma.

Warren me dijo que Rick Tippity, además de ser un brujo, también se había formado como alquimista. Eso le brindó un conocimiento infrecuente de la intersección entre ciencia y magia, y le permitió adaptarse al nuevo mundo más rápido que los demás. Yo había estado una vez en su farmacia, atiborrándome de Clayfields antes de que se los pudiera conseguir con facilidad por toda la ciudad. Era una tienda pequeña sobre la calle Kippen; una callejuela estrecha que era apta para los caballos, pero que no resultó ideal durante el breve período en que los automóviles aparecieron por la ciudad.

Los negocios en Kippen estaban lejos de estar en auge. Las únicas puertas abiertas eran las de una lavandería, un bar de pastas y la farmacia en cuestión, que sobresalía del resto de los locales porque tenía ventanas limpias, pintura fresca y un cartel sobre la puerta en el que se veía una gran hoja verde.

Cuando entré, lo primero que me llegó fue el aroma: una mezcla penetrante de humo, vapores químicos y polen que me entró en los senos paranasales a las puñaladas.

El lugar había sido renovado hacía poco, y la paleta de color elegida era blanco sobre blanco con un gran agregado de blanco. Una movida corajuda en una ciudad como Sunder, donde hasta el mismo aire puede dejar una mancha. Un mostrador de madera dividía en dos la sala e, inclinado sobre él y escribiendo en un anotador, estaba el brujo al que había venido a ver.

Rick Tippity parecía haber entrado en los cuarenta, pero el cabello, que le llegaba hasta la cintura, había perdido todo su color. Llevaba lentes pequeños con marco de plata y una chaqueta blanca que combinaba con las paredes. Cuando levantó la mirada, sus ojos tenían el enfoque intenso de alguien que es terriblemente inteligente o que está un poco loco.

Dejó el lápiz, se irguió y apoyó sus manos de dedos largos sobre el mostrador. Tenía un aire de estar tan seguro de sí mismo que rozaba la arrogancia, como si quisiera que uno supiese que el fin del mundo no lo había ralentizado para nada.

—Buenas tardes, señor. ¿En qué lo puedo servir?

—Dos paquetes de Clayfields Fuertes, por favor. Y —me señalé los cuatro cortes que me atravesaban el rostro—, ¿me podría recomendar algo que los sane rápido y evitar que dejen cicatriz? Mi esposa llegará a la ciudad el mes próximo y supongo que no me creerá que me las hice en la iglesia.

Él sonrió para dejar en claro que había entendido, y se volvió hacia los estantes que tenía detrás. Una de las cosas que había aprendido después de seis años de ejercer es que, si vas a un negocio esperando conseguir ayuda, más vale que estés listo para comprar algo. No importa si son inocentes, culpables o irrelevantes, hablarán con más facilidad después de ver un poco de bronce.

Se detuvo frente a un estante que sostenía cinco urnas metálicas, cada una con un grifo en la parte de abajo. Abrió uno, y salió un líquido verde claro que cayó en una botella de cristal. Antes de que la botella se llenara, el brujo avanzó por el pasillo, echó un par de polvillos diferentes en el interior y, luego, la agitó.

—Frótese esto contra la herida dos veces por día, y una vez más antes de acostarse. Las costras se ablandarán y se verán desagradables mientras se curan, pero deberían desaparecer en una semana.

Dejó la botella sobre el mostrador junto a los paquetes de Clayfields.

—Gracias. No me gustaría que me echaran de la casa con este clima.

—Una moneda de bronce por los Clayfields, una por el remedio.

Exageré todo el proceso: buscar mi cartera, no tener ni monedas ni billetes de bronce a mano, y, por ende, buscar en mi chaqueta y compensar con cobres.

—¿Oyó hablar sobre lo que sucedió en el Salón del Azulejo? —dije—. Fue un tanto espeluznante.

Su mirada ya había regresado a sus notas, a la espera de que me fuera para que él pudiera terminar el acertijo en el que estaba trabajando.

—¿Qué sucedió? —preguntó, sin mostrar demasiado interés.

—Mataron a alguien lanzándole una bola de fuego a la cara. —Cada moneda salió de un bolsillo diferente. Las alineé sobre el mostrador, despacio, mientras su mirada aguda regresaba al presente—. Todo el mundo ya está propagando toda clase de sinsentidos al respecto. Me imagino que usted oye ese tipo de cosas todo el tiempo, ¿verdad?

Frunció tan fuerte el ceño que se le metió dentro del rostro.

—¿Qué tipo de cosas?

—Gente que viene aquí a preguntarle cómo hacer magia. En general para ayudar. Quizá para lastimar. —Tomé la botella de jarabe pálido y examiné su consistencia—. Yo no finjo entender cómo es que usted hace lo que hace, pero al menos sé que es algo relacionado con la ciencia. Otros piensan que aún juguetea con lo otro.

No se movía. Estaba asustado. Solo que yo no sabía por qué. Entonces dijo:

—Y es cierto.

La habitación se tornó fría como el hielo. Como si alguien hubiera abierto la puerta y hubiera dejado entrar el viento invernal. Pero la puerta seguía cerrada y estábamos solos. Solo el brujo de los ojos salvajes y yo.

—Ah, ¿es cierto? Guau. Eso es... ¿A qué se refiere?

—Hay magia en todas las cosas. Siempre la hubo. Siempre la habrá. Los suyos podrán haber cambiado la forma en que la usamos, pero no nos la pueden arrebatar. No. No se crea que es tan importante.

El cabrón no había parpadeado durante todo un minuto. Fue mi turno de estar asustado.

—Entonces... ¿para usted, aún hay magia en todo esto? —Señalé las cajas y botellas que había detrás de él y hablé con un tono de voz con tanto aire de superioridad que hasta a mí me resultó irritante—. ¿Pero cuánto poder tiene, realmente? Quizás pueda reventar algunas espinillas, pero no puede usar todo esto para matar a alguien.

El brujo se quitó los lentes y se los metió en el bolsillo de la camisa. Dejó caer las manos a los lados, por debajo de la línea del mostrador.

—¿Para quién trabaja?

—Para nadie. Solo soy un tipo que hace preguntas estúpidas. No fue mi intención herir susceptibilidades.

Él no actuaba como si yo hubiese herido susceptibilidades. Actuaba como si las hubiera atado a la mesa y masacrado con un hacha.

—Está con la policía —me dijo; una acusación que cualquier otro día de mi vida habría sido absurda.

—No. En realidad, no. Solo quiero probarles que nadie puede haber...

Sus manos se alzaron desde debajo del mostrador y había algo en su puño derecho. Parecía un monedero o una bolsa para canicas. Mientras yo retrocedía un paso, él rompió el paquete y en sus manos apareció una bola de fuego enorme.

El fuego rugió como un animal salvaje, y el aire caliente me hizo tragar el grito que iba a lanzar. Me tropecé hacia atrás. Al fin y al cabo, eso puede ser lo que me salvó.

La parte de atrás de mi cabeza golpeó contra el concreto. La caída no me hizo perder el conocimiento, pero dolió lo suficiente para hacerme desear que sí lo hubiera hecho. Había olor a partes mías cocinándose: cabello, cejas y un poco de piel. Me di unas palmadas sobre el rostro y el cuello de la camisa, pero, por suerte, las llamas no habían encendido nada. Solo había sido un fogonazo. Un momento incómodo, doloroso y caluroso, pero que había terminado tan rápido que el daño solo era superficial.

No fue un ataque mortal. No fue lo suficientemente grande ni para arruinar la pintura de las paredes.

Pero que me cuelguen si eso no era magia.

Capítulo Siete

Para cuando me puse de pie, Tippity había desaparecido, y no puedo decir que me sintiera desilusionado. Quería atrapar al cabrón, pero necesitaba un momento para serenarme. Había esperado seis años para ver a alguien usando magia, pero no me había imaginado que sucedería a medio metro de mi rostro. Me pasé las manos por el cabello, y entre los dedos me quedaron algunos fragmentos quemados. Tenía la garganta irritada por inhalar una bocanada de aire caliente y la vista llena de puntos blancos.

Había ceniza en el suelo, todo a mi alrededor. Busqué la pequeña bolsita que había espetado las llamas, pero debía de haberse incinerado por la explosión. Había una pequeña puerta de madera empotrada en el mostrador, así que la abrí y pasé hacia el otro lado. Había estantes debajo del mostrador, donde habían estado las manos del brujo, pero no quedaban más bolsas mágicas llenas de fuego.

Las notas que Tippity había estado escribiendo eran indescifrables, así que las dejé; eran problema de la policía. Encontré una caja que contenía bastante efectivo, así que me reembolsé las compras que había hecho y me pagué la inminente visita a la peluquería.

Había un teléfono en la pared, pero no lo utilicé de inmediato. Vine a la farmacia a refutar la teoría de la magia, no para fomentar el rumor, por lo que quería tener algo más para decir que “la magia ha regresado y yo tengo las quemaduras que lo prueban”.

Los pasillos de la parte de atrás de la sala estaban llenos de tinturas, semillas y trozos de corteza, pero nada que se pareciera a la bolsita explosiva. Tampoco había etiquetas de nada, por lo que resultó en vano buscar (excepto por las reservas de Clayfields que se las arreglaron para llegar al bolsillo de mi chaqueta).

Detrás de los pasillos, en la pared del fondo, había una puerta abierta, que el brujo debía de haber usado para escapar. Extraje el cuchillo de mi cinturón y lo sostuve en alto mientras abría la puerta de una patada y miraba en el interior.

Solo era un depósito abarrotado y oscuro. La única luz que había provenía de la salida opuesta, que daba al callejón. Los ojos aún me titilaban a causa del ataque, por lo que me tropecé con algunas cajas antes de encontrar la lámpara que colgaba del techo. Prendí mi encendedor y lo sostuve contra el farol. Cuando se encendió la mecha, brinqué hacia atrás de la sorpresa. No a causa del fuego, sino por el enorme bloque de hielo que había en el fondo de la habitación, con un hombre gritando atrapado en su interior.

Yacía contra la pared, como si se hubiera deslizado después de una noche de parranda. Tenía todo el cuerpo cubierto de hielo, pero era más grueso alrededor del pecho y de la cabeza. El agua era perfectamente cristalina, pero la superficie tenía pequeños picos de hielo.

No tenía idea de cuánto hacía que aquello había sucedido. Con la puerta abierta, el aire se había enfriado lo suficiente para detener completamente el proceso de derretimiento.

Se trataba de otro brujo. Tenía los dedos extendidos y separados, y los brazos doblados, como si hubiera estado rogándole a alguien cuando lo alcanzó el hechizo. Era mayor que Tippity, con cabello más corto y barba recortada, y debajo de su abrigo llevaba el mismo uniforme blanco.

Debían de haber sido colegas. Si así era, ¿qué había sucedido?

El sujeto tenía las manos vacías. Miré alrededor y no vi señales de violencia. Había cajas, botellas y botes apilados por doquier, pero los únicos objetos desordenados eran las cajas que yo mismo había derribado.

Abrí algunos contenedores y busqué cualquier cosa que pareciera más mágica que medicinal. Ninguna de esas cosas entraba en mi pericia, por lo que no llegué a ninguna conclusión brillante. Fui manoteando cacharros de tierra roja, cajas de vendajes y recipientes de jarabe. Encontré una botella de líquido dorado claro que me parecía familiar, así que la abrí y me eché un sorbo. Savia de tárix, y de mejor calidad que la que había en la mayoría de los bares. Me la metí dentro de la chaqueta. Era más difícil de ocultar que los Clayfields, pero mucho más valiosa.

No había nada más que pareciera ser particularmente interesante. Me detuve en medio de la habitación, mastiqué una rama y miré los ojos congelados del hombre del rincón. Había algo familiar en su rostro. No porque lo hubiera visto antes. Era su expresión. La forma en que había quedado atascada en un momento horroroso de entendimiento.

Como si hubiera sucedido en un instante.

Exactamente igual al cuerpo del bar. Tomado por sorpresa, salvo que este tipo había sido bombardeado con hielo en lugar de fuego. La muerte estaba siempre ocupada en Sunder City, pero estaba trabajando más rápido de lo normal, y con mucho dinamismo.

Regresé a la otra habitación, llamé al departamento de policía y pregunté por Simms.

—¿Puedo preguntar quién habla?

—Su vecino. Me pidió que le cuidara los gatos, pero uno de ellos comenzó a vomitar por todas partes y me dijo que si eso sucedía necesitaba darle una de las píldoras azules, pero el condenado animal la escupe y la escupe y la alfombra está hecha un desastre y no sé qué...

—Aguarde en línea, señor.

Treinta segundos después, Simms rugía del otro lado de la línea.

—Bien, tipo listo. ¿Qué te sucede?

—Supuse que no querrías que la recepcionista anunciara mi nombre frente a todo el departamento. Sé que al resto de los policías no les caigo tan bien como a ti.

Ella resolló; no quería admitir que yo tenía razón.

—¿Entonces de qué se trata realmente?

—Tengo otro fiambre para ti. La farmacia de la calle Kippen. No digo que sea magia, pero es algo parecido a lo que vimos esta mañana. Ahora, con hielo.

Hubo una pausa prolongada, mientras Simms consideraba las repercusiones.

—¿Sabes quién lo hizo?

—Estoy casi seguro de que fue el farmacéutico, Rick Tippity. Le hice algunas preguntas sobre la magia de los brujos y el tipo se puso tan nervioso que me abofeteó con una bola de fuego.

—Demonios. ¿Estás bien?

—Me lo tendrás que decir tú. Aún no me miré en el espejo.

—Mantente a salvo. Estoy en camino.

Cuando colgué el teléfono, me oí a mí mismo riéndome. La adrenalina abandonaba mi cuerpo y yo estaba mareado de la ridiculez de que Simms me hablara como si le importara.

Regresé al depósito y me quité el Clayfield ya soso de entre los dientes. Había un contenedor de desechos en un rincón, abrí la tapa.

Entonces me detuve.

La habitación estaba oscura, por lo que me dije a mí mismo que debía de estar viendo cosas que no estaban realmente allí. Yo deseé estar viendo cosas que no estaban realmente allí, porque me pareció que veía cuerpos amontonados en el fondo del contenedor.

Rogando que estuviera todo en mi cabeza, abrí completamente la tapa y volví a extraer mi encendedor.

Cuando la luz anaranjada dio contra las sombras, corrí hacia afuera para vomitar.

Capítulo Ocho

Cuando llegaron Simms y Richie, les conté todos los hechos lo más rápido que pude. Otros oficiales ya estarían en camino, y Simms no quería que nos vieran comportándonos tan compinches. Les mostré dónde había recibido el fogonazo, describí la bolsa y el fuego que surgió de ella, y, luego, los llevé a la parte de atrás para que conocieran al hombre de hielo.

Ellos no dijeron mucho, solo fueron asintiendo con la cabeza, tratando de no llegar a ninguna conclusión alocada. Yo había estado tratando de hacer lo mismo. Había muchas maneras de hacer fuego. Yo tenía un pequeño encendedor en el bolsillo que lo hacía todos los días. No necesitabas magia para eso. Pero ¿hielo? Bueno, el hielo es distinto. Seguro, durante aquella época del año había en abundancia, y no era la primera vez que alguien había muerto a causa del frío, pero aquello no se trataba de un pobre indigente abandonado a la intemperie. Parecía que alguien había conjurado ese hielo de la misma manera que la bola de fuego. Si Rick Tippity había abierto una pequeña bolsita de cuero y una nube azul congelada había salido y matado a alguien, no sabía qué nombre ponerle, si no el obvio.

Aun así, yo no era científico. Solo porque algo resulta extraño, no significa que alguien haya descifrado los secretos para hacer que la magia vuelva a fluir. Y si lo hicieron, yo ciertamente no sería el primero en decirlo.

—¿Habían visto algo así? —pregunté.

Ambos menearon la cabeza.

—No en mucho tiempo —dijo Simms—. El resto de la fuerza llegará enseguida. ¿Hay alguna otra cosa que quieras decirnos antes de que dejen volar su imaginación?

—Sí. No sé qué relación tiene, pero miren esto.

Abrí el contenedor. Los dos estoicos policías miraron dentro y sus rostros se agrietaron como platos finos sobre un suelo de concreto.

El contenedor estaba lleno de cuerpos pequeños. Había más de veinte. Eran diminutos: entre treinta y sesenta centímetros de altura, todos flacuchos y rígidos.

Eran cuerpos de hadas. Todas muertas. Secas y desprovistas de magia.

—Ay, Dios. —Richie salió a los tropezones por la puerta trasera. Simms miró hacia el abismo.

—¿Qué es lo que les hizo? —preguntó.

Ella hablaba de sus rostros. Encontrar un contenedor con cadáveres de hadas sería lo suficientemente malo, pero, además, tenían la cabeza partida al medio. Alguien les había abierto el rostro, había hecho algo con la parte de adentro y, al terminar, había arrojado los cuerpos a la basura.

Simms cerró la tapa con fuerza. Yo chupé otro Clayfield. Richie se quedó afuera maldiciendo.

Había muchos tipos de criaturas mágicas en el mundo, pero las hadas eran distintas. De algún modo, ellas eran magia. Fragmentos puros de lo imposible que caminaban entre nosotros. Su variedad era ilimitada: brownies, diablillos, leprechauns y hadas propiamente dichas, pero todas sufrieron de manera idéntica cuando llegó la Coda. Se congelaron, al igual que el gran río, y la vida se desvaneció de sus cuerpos.

Incluso en una ciudad de acero como Sunder, lejos de los bosques, se podía sentir el espacio vacío que habían dejado. Pensaba que la tragedia de las hadas era que ya no se las veía. Resulta que ese era un sentimiento preferible antes que encontrar una pila de sus cadáveres, profanados y arrojados a la basura.

Finalmente, Simms preguntó:

—¿Sabes por qué había...? —Hizo un gesto con la mano señalándose el rostro.

Meneé la cabeza.

—No.

Volvimos a quedarnos en silencio por un rato. Richie volvió a entrar.

Simms se restregó los ojos.

—Cuando llegue el resto del equipo, te trataré mal, como en los viejos tiempos. Te preguntaré por qué estabas fisgoneando y amenazaré con llevarte a la estación si no me dices para quién trabajas. Ya te conoces la rutina.

—Claro.

—Lo lamento, Fetch. Estoy segura de que estás tan conmocionado como yo, pero el alcalde ya está interfiriendo con el caso, pidiendo novedades acerca de lo que sea que encontremos. Necesitamos mantenerte aislado, libre y...

La puerta de entrada se abrió y llegaron los primeros de ellos. Diez minutos después, cada patrullero, detective, agente y guardia de tránsito de la fuerza se había metido para echar un vistazo al segundo asesinato milagroso del día. Simms, Richie y yo nos apegamos a nuestro plan, actuando la obra que ya habíamos presentado tantas otras veces.

Yo me comportaba como el perfecto sabelotodo. Era más divertido porque sabía que en realidad no me iban a llevar a la estación por ello. Tuve que aminorar la actuación cuando sentí que Simms había dejado de fingir su enojo y que estaba realmente furiosa. Me advirtieron que mantuviera la boca cerrada y que no saliera de la ciudad, y, finalmente, me echaron de allí. Estaba feliz de irme. Quería estar lo más lejos posible de ese contenedor de basura lleno de cuerpos rotos.

La imagen de las hadas me había quedado grabada en la mente. Era demasiado triste. Demasiado trágica. Demasiado familiar. El estómago se me revolvía a cada paso que daba, y no pude discernir si estaba enojado, asustado o a punto de llorar.

Pero sabía exactamente dónde necesitaba ir a continuación.

Capítulo Nueve

Pasé por mi oficina para dejar los Clayfields y la savia. Me lavé el rostro y me pasé un cepillo por la cabeza para quitarme el cabello quemado. Me miré al espejo y encontré algo de consuelo en el hecho de que solo se me había evaporado una de las cejas.

Me quité el polvo que tenía encima. Usé un poco de enjuague bucal. Incluso me puse una camisa limpia.

Como si importara. Como si no estuviera yendo a ver a una chica a la que, en seis años, no le había pasado un pensamiento por la cabeza.

Llené de whisky una petaca de peltre, me la metí en la chaqueta y me dirigí hacia la parte alta de la ciudad.


Todo estaba perfecto.

El portón de la mansión estaba cerrado y no había huellas en la nieve. La puerta estaba cerrada. Las ventanas no estaban rotas. El techo no se había venido abajo.

Subí por los peldaños de piedra, con cuidado de no resbalar en los charcos helados, y extraje la llave. Solía dejarla debajo de una maceta, en el porche de entrada. En ese entonces, no me había parecido correcto llevarme algo de allí. Ahora, el lugar era todo mío.

La llave entró en la nueva cerradura, y abrí la puerta que había reforzado recientemente. Entré y cerré deprisa para que no entrara el viento. Todo estaba tranquilo. El aire estaba casi inmóvil, pero no del todo. Había una brisa que provenía desde arriba: un boquete del segundo piso, que aún no había reparado. Ya me había pasado toda una semana remendando agujeros, cubriendo ventanas y rellenando rajaduras. La casa quedó abandonada después de la Coda, y yo era la primera persona que intentaba volver a ponerla en forma. Siempre surgían más cosas por hacer, pero yo las hacía feliz. Para ella. Para la mujer que esperaba de rodillas en medio del salón.

Amari era una ninfa de madera. Un hada del bosque. De mayor tamaño que las hadas de la farmacia, pero igual de preciada. Alguna vez, ella había sido lo más mágico del mundo. Puedes quedarte con tus atardeceres, tus estrellas fugaces y las risas de bebé. Todas esas ideas de tarjeta de cumpleaños sobre lo que hace que la vida valga la pena. Las intercambiaría todas para que ella pudiera volver a decir una sola palabra.

Amari no había movido un músculo durante seis años. Estaba enclavada en ese lugar. Convertida en madera. Astillada y rajada. Pero estaba a salvo. Yo me había asegurado de ello. Había reparado las tejas y había colocado lonas en el cielorraso antes de que comenzaran las nevadas. Incluso había quitado las enredaderas que alguna vez le habían envuelto el cuerpo. Las había desenredado de la cintura, las había cortado de los miembros y las había quitado del suelo con más cuidado que el que había tenido hasta entonces para cualquier otra cosa. Le había quitado el uniforme de enfermera, ya todo podrido. Le había quitado insectos y polvo. Le había rasqueteado el musgo de las piernas y la tierra de la parte de atrás de las rodillas.

Ella estaba relativamente entera. Las peores amenazas para su cuerpo habían sido eliminadas. Aun así, estaba frágil. Tan frágil que evitaba tocarla, salvo que fuera absolutamente necesario. Aun si lo único que quería hacer era apoyarle una mano en la mejilla y recordar cómo se sentía cuando estaba cálida, no valía la pena arriesgarme.

Le había puesto un uniforme nuevo. Era igual al anterior, pero estaba limpio. Hice todo lo que pude. Más de lo que era necesario. Porque nada de eso era necesario. No importaba nada porque ella ya se había ido. Solo era su cuerpo, abandonado y vacío, y no había nada que yo pudiera hacer para que regresase.

Eso era lo que me decía a mí mismo. Una y otra vez. Era lo que le había dicho a cada alma perdida que llegaba a mi puerta con la idea de regresar a un tiempo en que las mejores cosas de la vida no estaban rotas. Lo seguí diciendo hasta que casi lo creí.

Pero entonces apareció Rye.

Recibí una paliza en un sótano a manos de un vampiro de trescientos años que no debería haber tenido fuerzas suficientes para levantarse de la cama. Una especie de poder había regresado a su cuerpo, y si le podía suceder a él, ¿por qué no podía sucederle a ella?

Era por eso que la había mantenido a salvo. Porque ¿de qué serviría todo aquello si arregláramos el mundo para todos excepto para Amarita Quay?

Me senté frente a ella. El blanco de sus ojos era de madera clara. Las pupilas eran un poco más oscuras, pero estaban igual de quietas. Extraje la petaca e hice un brindis en honor a su hermoso rostro y a la hermosa alma que se había desvanecido detrás de ese rostro.

Ese día había visto algo malvado en la farmacia. Una clase de crueldad inimaginable. Pero quizás había visto magia. Quizá no estaba todo perdido después de todo. Quizá tenía razón en mantenerla a salvo. Para siempre.

Por las dudas.

Capítulo Diez

Baxter Thatch era une demonio excepcional en su clase: Ministre de Educación e Historia, curadore del museo, a veces amigue, de vez en cuando enemigue, une experte sin edad sobre una gran variedad de fenómenos mágicos y, técnicamente, ni masculino, ni femenino. Su pericia mágica no provenía de hacer magia, sino de presenciarla y estudiar su uso a lo largo de los siglos.

Baxter había estado trabajando incansablemente para volver a poner de pie a Sunder City. Nunca sabía dónde podría encontrarle, por lo que la mejor opción siempre era llamar al Ministerio. En esa ocasión, me informaron que Baxter estaba en la Central Eléctrica de Sunder City porque, al parecer, “Esa mierda está en llamas de nuevo”.

La central eléctrica había sido construida en lado noreste de la ciudad, erigida detrás de una ladera, como si la ciudad se avergonzara de su presencia. Eso no estaba del todo mal: la central era fea, peligrosa y poco confiable. Mortales, la compañía de electrónica perteneciente a unos humanos, la había levantado a toda prisa después de que la Coda eliminara las llamas. Era un triste remplazo de las llamas eternas que habían dado lugar a la fundación de la ciudad. La central no podía generar suficiente energía para que las fábricas pudieran volver a producir o, incluso, para mantener encendidos los faroles de la calle Principal. Hacía que funcionaran los teléfonos y encendía las luces de la mayoría de los hogares la mayoría de los días de la semana, pero si se la presionaba demasiado, lo más probable era que se cagara encima.

Siempre había planes para repararla, pero ninguno se había hecho realidad. Cada año, el alcalde hablaba de construir más centrales, pero eso tampoco sucedía. Todos los esfuerzos que se hacían eran para reparar las partes que se rompían o disminuir el número de accidentes, ya que la máquina de vapor generaba muertes con más consistencia que la que generaba energía.

La central despedía aún más humo que el de costumbre, lo que ennegrecía el cielo ya oscuro; pude oler el edificio incluso antes de verlo.

Todos los trabajadores estaban en la calle mientras los miembros del escuadrón de bomberos entraban y salían del edificio a toda velocidad, cargando mangueras y cubetas de hielo. El fuego parecía estar casi bajo control, y la multitud parecía más frustrada que asustada. Probablemente tomaría un día o dos volver a poner la central en funcionamiento, pero todos los habitantes de Sunder ya habían aprendido a tener a mano una abundante reserva de velas.

Era una rutina trillada, nada por lo que valiera la pena escribir a los periódicos. Los trabajadores ya estaban minimizando la situación y planeando cómo aprovechar el tiempo libre. Baxter Thatch era la única persona que parecía estar verdaderamente deprimida.

El cuerpo de Baxter era un enorme trozo de mármol rojo y negro, aparentemente indestructible, coronado con dos cuernos enormes. Cuando sucedió la Coda, Baxter no cambió en absoluto. Eso llevó a varios, entre quienes estaba le propie Baxter, a tener la inquietud de que en realidad nunca había formado parte de la magia.

Quizás ese fuera el motivo por el que Baxter trabajaba con tanto ahínco. Dedicaba sus días a ayudar a todos los que podía. Primero como viajere, ahora como ministre, siempre se las arreglaba para mantener un aire positivo, de confianza.

Hasta ahora.

Baxter estaba en la acera de enfrente, sentade sobre una piedra, con la cabeza entre las manos. Su traje, usualmente liso, estaba todo arrugado. La corbata que solía llevar en el cuello había sido arrojada al suelo. Nunca había visto a Baxter en semejante estado emocional. Desanimado, quizá. Decepcionado, seguro. Pero nunca algo así, y menos en público.

—¿Algún problema, Bax?

Baxter levantó las cejas, empujándolas entre los cuernos rojo y negro de su cabeza.

—Solamente todo.

Maldición. Baxter había vivido una eternidad, y algo finalmente había logrado quebrarle. Me senté sobre la piedra, extraje la petaca y se la pasé.

—No tiene sentido —dijo, después de un sorbo—. Sin las llamas ni las fábricas, este lugar no es nada. Y, sin embargo, la gente sigue viniendo a la ciudad. No por lo que es. Ni siquiera por lo que fue. Sino por lo que debió ser alguna vez. Vienen a buscar una historia.

—No todas las historias eran tan cálidas.

Baxter resopló y me devolvió la petaca.

—Claro, antes de la Coda había delitos y pobreza. Pero había un equilibrio. Había motivos para abrirse paso por el lodo y los carteristas y la puta nieve color café. ¿Y ahora?

Baxter se inclinó hacia atrás y miró el cielo. Bebí un sorbo, y sentí que el labio de la petaca tenía un aroma ahumado.

—Yo tenía esperanzas, Fetch. Vi la oportunidad de hacer que algo volviera a suceder por aquí. No esta... —Baxter hizo un gesto vago con la mano, en dirección a la central que ardía en la acera de enfrente—. Esta mierda. Sino un progreso real. Industria. Trabajos. Ahora no queda nada.

—¿Por esto? Solo fue un pequeño incendio.

Baxter levantó las manos e hizo un gesto hacia la nada misma.

—¡Él murió!

Volví a mirar la central ardiente y a los bomberos perezosos que iban entrando y saliendo. Nadie más parecía actuar como si hubiera habido una tragedia.

—¿Quién?

—La primera persona en venir a la ciudad con un poco de visión. Con iniciativa. ¡Con dinero, carajo! —Baxter golpeó el puño contra una piedra; pensé que se iba a partir en dos.

—Ah. No se llamaba Lance Niles, ¿no?

Baxter no levantó la cabeza.

—¿Has oído sobre eso?

—No, lo vi.

Le conté a Baxter los detalles sobre la bola de fuego y sobre el sujeto del bombín. Simms había tenido razón sobre el hecho de que Lance estuviera haciéndose de amigos poderosos.

Según Baxter, el alcalde se había entusiasmado muchísimo con la idea de volver a poner en marcha la industria de Sunder, y todo se debía al difunto Lance Niles.

Puede que Baxter estuviera de mal humor, pero cuando le describí el fuego y el hielo que Tippity había utilizado como armas, el azufre de sus ojos brilló de fervor. Al igual que yo, Baxter había intentado pisotear sus sueños de días mejores. Hoy en día, los soñadores no sirven para gran cosa. Necesitas una mandíbula firme, sangre fría y tener los pies constantemente sobre la tierra para lograr que se haga algo.

Pero cuando le describí la forma en que las llamas habían brotado de la bolsita, Baxter hasta sonrió.

—Supongo que es por eso que te falta una ceja.

—Sí.

Baxter volvió a mirar el cielo.

—Nunca pensé que llegaría este día.

—Quizá no haya llegado.

Baxter se detuvo, frustrade por mi interrupción, pero consciente de que se había estado adelantando a los hechos.

—¿Qué más podría ser?

Me metí la petaca vacía en el bolsillo y mastiqué un Clayfield.

—No lo sé. Nunca entendí la magia, incluso cuando aún estaba, por lo que soy la última persona que podría darse aires de experto sobre el tema. Pero, por lo que me explicaron, la magia fluía. Estaba viva. Esto se siente más como la sombra de la magia. Un rezago que queda cuando la vida se seca.

—Pero lo viste lanzar un hechizo, ¿no?

—Quizás.

No era todo lo que había visto. Pero no quería describirle lo que había en el contenedor de basura. Yo no tenía problemas en hablar sobre Lance Niles, con la cabeza destrozada y ensangrentada en el Salón del Azulejo. No era algo bonito, pero así era la vida. Todos estiraremos la pata algún día, y nadie se verá muy hermoso cuando le llegue el momento. Pero ¿todos esos fragmentos de magia, pequeños y perfectos, apilados unos sobre otros en la oscuridad? Eso era una verdadera tragedia. De esa que se te pega cuando te enteras. No quería contaminar a Baxter con esa información si no era necesario.

—¿Dónde se podría encontrar un hada? —pregunté—. Y no me digas “en la mansión del gobernador” porque, si hicimos las cosas bien, nunca nadie encontrará algo allí.

—En ningún lado. Tú lo sabes. Ya no están.

—¿Y qué hay de los cadáveres? Nunca pensé en eso, pero después de la Coda no vi ningún cadáver de hada. Supongo que di por sentado que desaparecieron, que volvieron a convertirse en polvo mágico, o algo así. Pero eso no le sucedió a Amari y resulta que eso no les sucedió a muchas otras.

Baxter perdió lo último que le quedaba de entusiasmo.

—¿A qué te refieres con “a muchas otras”? —Meneé la cabeza. Finalmente, Baxter se dio cuenta de que en realidad no quería una respuesta, así que continuó—. Nunca hubo muchas por aquí. La mayoría vivía en los asentamientos: refugiadas de bosques en ruinas que buscaban comenzar de nuevo. No criaturas de posición elevada, por supuesto, sino hadas simples, como Diablillos y Bogarts. Las cosas se agitaron bastante cuando algunos de ellos intentaron conseguir trabajo en este mundo industrial.

—Lo recuerdo.

—Bueno, algo que no recordarás, porque en ese entonces seguías encerrado en Sheertop, es que, algunos días antes de la Coda, todas las hadas abandonaron la ciudad.

Yo no sabía eso. Después de que deserté del Ejército Humano y fui capturado por el Opus, me arrojaron a una prisión mágica que, en teoría, me retendría por el resto de mi vida. Obviamente, eso no sucedió. La Coda destrozó el sistema de seguridad de Sheertop y yo salí caminando por la puerta delantera sin que nadie me detuviera. Cuando llegué a Sunder, el fin del mundo había sucedido hacía algunos días.

—¿Adónde fueron?

—Hacia el sudeste. Al parecer, hay una vieja iglesia hada en el bosque Fintack. No tengo idea de por qué se fueron todas juntas, justo antes de que el mundo se viniera abajo. Quizá presintieron algo que el resto de nosotros aún no sabíamos.

No era imposible. Las hadas eran una combinación perfecta entre magia y materia, más cercanas al río sagrado que cualquier otra criatura. Es posible que, cuando unos cien soldados humanos marcharon sobre la montaña sagrada e intentaron utilizar su poder, las hadas supieran instintivamente que algo no estaba bien.

—¿Puedes señalarme el camino hacia la iglesia? —pregunté.

—¿Para qué?

—Para poder atrapar al hombre que mató a Lance Niles.

El fuego de los ojos de Baxter se tornó azul detrás de sus lentes.

—Acompáñame.


Fuimos hasta el Ministerio, a una sala denominada “Mapas y Planificación”. Las paredes estaban cubiertas de estanterías gigantes repletas de gavetas largas y delgadas.

Dentro de cada gaveta había un mapa de las zonas aledañas. Cada diseño era distinto, según qué especie lo había dibujado.

—Las hadas no eran de tener mapas propios —dijo Baxter—, al menos, no de forma que nosotros pudiéramos leer. Por suerte, un elfo estudioso se tomó el trabajo de traducirlos.

Extrajo una hoja de papel grande y descolorida, y la colocó sobre el escritorio. En efecto, al sudeste de la ciudad, a unos kilómetros de la entrada del bosque Fintack, había una estructura solitaria marcada con runas mágicas.

—¿Esa es la iglesia? —pregunté.

—Eso creo. Pero no entiendo qué tiene que ver con Lance Niles.

—Mejor. Ya tuviste suficientes malas noticias por un día.


Copié la ubicación de la iglesia y le agradecí a Baxter por su ayuda. No quise ni imaginarme lo que habría allí. El viaje no sería fácil y, al final, quizá no me encontrara otra cosa que una pesadilla. Entonces me enfoqué en Rick Tippity. Si salir de caminata por el monte para encontrar un cementerio de hadas en pleno invierno me ayudaba, aunque sea un poco, a atrapar a ese asesino, entonces no había otra cosa que yo quisiera hacer.

Capítulo Once

No había un camino que llevara a Fintack, solo un sendero que salía de la autopista Arce hacia el este, por las colinas bajas. El sol finalmente había decidido mostrarse en el último minuto del día, como una cita que se comporta recatada durante toda la cena, pero que te lanza un beso al salir por la puerta.

Había aprendido de mis errores, y pasé por una tienda de ropa de segunda mano antes de salir de la ciudad. Llevaba cuatro capas de ropa en la parte de arriba y unas calzas debajo del pantalón. Tenía calcetines gruesos y la piel de quimera de mi chaqueta seguía tan espesa como el día que la habían arrancado del lomo del animal.

Sin las viejas luces iluminándola, Sunder pronto se perdió en la oscuridad. Las nubes disminuyeron y permitieron que pasara el brillo de la luna llena, lo que me permitió vislumbrar el camino que debía seguir. Avancé a una buena velocidad; solo me detenía para orinar o para extraer algo de comida de la bolsa. Al salir del edificio, me había topado con Georgio, y él se había mostrado lo suficientemente amable para prepararme un bocadillo de medianoche: nueces, bayas secas y unas lonjas de salchicha fibrosa.

Después de dos horas de caminata, una colonia de murciélagos cruzó por lo alto del cielo, siguiendo el camino en dirección al bosque. Eran más de cincuenta, chillando como viejas y batiendo sus alas de cuero.

Durante la siguiente media hora, la tensión del cuerpo se me fue aflojando. Primero, los músculos tensos del ceño. Luego la mandíbula, el cuello y los hombros. Se me aflojaron varios nudos a lo largo de la columna. Los brazos me colgaban a los lados, tomé una bocanada profunda y el aire frío me llenó los pulmones. Estaba solo. No solo como en mi oficina, donde alguien podía llamar a la puerta en cualquier momento. No solo en un bar, donde podía sentirme solitario y aun así estar rodeado de desconocidos. Verdaderamente solo. Nada de humanos. Tampoco criaturas exmágicas. Nada que tuviera recuerdos ni opiniones. Nadie que juzgara las cosas que había hecho o las que iba a hacer. Ni los errores que había cometido o las cosas estúpidas e ingenuas que había dicho. Yo no significaba nada para nadie. Solo era parte del paisaje, arrastrando los pies sin una historia ni un futuro que tuvieran la menor importancia para nadie. Las estrellas lejanas no podían verme y no les importaba. No le importaba a nadie. Podía tenderme allí mismo sobre la tierra hasta que mi respiración disminuyera y se detuviera, y no le interesaría a nadie.

Era algo hermoso.


En el linde del bosque, encontré una vieja cabaña de caza donde no había nadie, solo una familia de arañas y una zarigüeya de nariz rosada.

—¿Hay lugar para uno más? —pregunté.

Los residentes no se opusieron, así que cerré la puerta. Se sentía bien estar a resguardo del viento. En un rincón había una hamaca de tela sucia, pero intacta. Le di unas palmadas para quitarle el polvo y me metí. No era tan cómoda como una cama y no mantenía el calor exactamente, pero me elevó del suelo y me sirvió para levantar las piernas y calmar el dolor que se les había metido dentro. La cabaña estaba oscura y silenciosa, y no tardé mucho en quedarme dormido.


Crujidos. Carne rasgándose y huesos quebrándose.

Edmund. Albert. Rye.

Lo oía. Su boca llena de dientes rotos y encías sangrantes, masticando los huesos de jovencitas y succionando la médula. Él había querido magia. En cambio, se convirtió en un monstruo. En un devorador de criaturas dulces. En una maldición para él y para aquellos a quienes amaba.

Estaba de pie sobre mí. Su aliento olía a muerte. Sus ojos, llenos de olvido. Riéndose porque había sido liberado de la carga de intentar arreglar las cosas.

Entonces la oscuridad se tornó roja. Luego dorada. El amanecer. Recordé abrir los ojos.

La zarigüeya masticaba a la araña más grande de la telaraña. Del hocico sobresalían algunas patitas, lo que le brindaba bigotes extra.

—¿Me guardas un poco?

La zarigüeya no respondió, pero yo había dormido con la bolsa en las manos, así que fue fácil extraer un puñado de bayas de su interior y desayunar en la cama. La zarigüeya y yo compartimos el desayuno, y, luego, le deseé buena suerte y volví a salir al camino.


Había mucha neblina y muchos árboles, pero el camino me resultaba lo suficientemente claro para mantener un buen ritmo y hacer que me circulara la sangre. Eso sí, tenía que ir mirando el suelo. Si miraba hacia adelante, hacia lo blanco, perdía mi sentido de realidad. Había ruidos por todos lados. Más murciélagos y zarigüeyas, probablemente. Quizá lobos. Yo tenía un cuchillo, pero no mucho más. Preocupado ante la posibilidad de que los depredadores olieran la carne, me comí el resto de la salchicha, arrojé el envoltorio y me lavé las manos con un poco de hierba mojada.

Los árboles no tenían hojas. Quizás a causa de la Coda. O quizá porque estábamos en invierno. Yo no lo sabía. Sobre el sendero se extendían ramas parecidas a dedos de bruja. Yo las esquivaba, a veces. En un momento en que iba mirándome los pies, una rama me rozó la costra de una de las heridas de la frente. Estaba a punto de comenzar a maldecir cuando vi a alguien en el sendero, esperando en la neblina.

Estaba en medio del camino, justo delante de mí. Contuve la respiración, pero el corazón golpeteaba tan fuerte contra mis costillas que temí que la figura de las sombras llegara a oírlo.

El sujeto miraba en mi dirección. Era una silueta; gris contra el fondo blanco. Era más bajo que yo. No era Tippity. ¿Un amigo de él? ¿Un explorador?

No me atacó. Quizás no me había notado. O, si lo había hecho, no estaba seguro de que fuera amigo o enemigo.

Doblé las rodillas y dejé caer la bolsa con el mayor silencio posible. La figura no reaccionó en absoluto. Extraje el cuchillo de mi cinturón, silencié el sonido de metal contra metal tapándolo con la chaqueta. Metí la mano derecha en el bolsillo y me coloqué las manoplas metálicas, entonces me incorporé y hablé con voz grave, fuerte y clara.

—Hola.

Solo me respondió el viento, que me agitaba la ropa y me azotaba los tímpanos.

—¿Me estás esperando a mí? —pregunté.

Nada.

Me acerqué, tenso como cuerda de trampa.

—Preferiría hablar antes que pelear, si tengo voto en el asunto. Pero estoy preparado para ambas, si no lo tengo.

Entrecerré los ojos, intentando ver sus facciones, pero había algo mal. La neblina se arremolinaba en torno al sujeto. La ropa suelta se movía con el viento, pero lo que había debajo de ella estaba rígido. Tenía una mano sobre un bastón y la otra extendida. Sus dedos delgados estaban separados, pero se veían demasiado quietos para estar vivos. Era una estatua vestida con ropa formal, abandonada en medio del bosque.

Y aún no lograba ver su rostro.

Me volví a acercar. Era más bajo que lo que yo había pensado: tendría poco más de un metro. El traje estaba en jirones, podrido, y entre los pliegues de tela había insectos instalados. Atravesé la neblina, con el cuchillo listo, y entendí por qué me había costado tanto verle el rostro.

No tenía rostro. Ya no. Tenía una oreja a cada lado y algo que parecía una barbilla, pero todo lo del medio había sido extraído. Era un miembro del pueblo de las hadas. Un pobre sujeto que había muerto durante la Coda, al que luego se le había cometido una autopsia extraoficial en el cuerpo, al igual que a las hadas de la sala trasera de la farmacia.

Su rostro agrietado y abierto era algo espantoso pero limpio, de alguna manera. No había órganos ni sangre, como sí los habría habido si hubiera sido un humano quien terminara despedazado. Se veía más como si alguien hubiera tallado un tronco viejo. La piel de la cabeza del Hada estaba firme, como madera petrificada, pero llena de túneles diminutos. Al mirar más en detalle, noté que el interior tenía vetas plateadas; el tenue reflejo de algo brillante, como una tela de araña o la luz de las estrellas, entrelazado en los músculos y los huesos.

Sentí que me descomponía, pero también me sentí un tanto agradecido. Cuando volví a Sunder después de la Coda, Amari me había estado esperando. Ella había estado a salvo dentro de la mansión, no por su cuenta en medio del monte, para ser devorada por insectos y violentada como aquella alma perdida.

No había nada que hacer por él, por supuesto. Nada que hacer por ninguna de las criaturas que perdieron la vida cuando desapareció la magia. Nada que hacer, más que darle una palmada en el hombro y adentrarme en el bosque para ver si tenía algún amigo.

Entonces noté que aquello sobre lo que estaba inclinado no era un bastón. Era el poste de un cartel indicador, pero el rótulo se había desprendido. El poste estaba posicionado del lado derecho del sendero, junto a un hueco entre los árboles, que alguna vez podría haber sido una senda. Seguí en esa dirección, a través de un pasaje abovedado cubierto de malas hierbas, y pronto encontré dos cuerpos diminutos. Imps, creo. Estaban abrazados, medio cubiertos de nieve y tan congelados como el primero. Uno de los rostros estaba abierto de la misma manera, al otro le faltaba la cabeza completa. Aquellas eran criaturas del bosque. Eso significaba que, a diferencia de la criatura del poste, sus cuerpos seguían creciendo. De los hombros y la espalda les habían salido unas pequeñas enredaderas que les habían envuelto el cuerpo y habían apretado; eso les había quebrado los miembros. Debajo de la nieve, el follaje debía de haberse extendido hasta los árboles más cercanos, pues había hojas sobre ellos; unas pequeñas, nacidas de las enredaderas que habían brotado de las criaturas que se descomponían en el suelo. Todo me resultaba demasiado familiar. Demasiado triste.

Seguí avanzando por la fuerza a través del bosque, y fui encontrando más muerte y más profanación. Había más estatuas sobre la senda e inclinadas contra los árboles, y a todas les faltaban los ojos. El rostro. Solo había cabezas vacías sobre cuerpos rígidos congelados en pantomimas de dolor. La senda se ensanchó y la neblina disminuyó, por lo que, al salir al claro, vi la silueta completa de la iglesia.

Tenía unos doce metros de alto, y ni una línea recta a la vista. Las paredes eran ramas entrelazadas, unidas entre sí en patrones inimaginables, desde el suelo hasta el extremo de una torre puntiaguda. No era impresionante solo por su tamaño; era una obra de arte. Había formas en la madera: rostros, espirales, runas y palabras. Todas tridimensionales. Todas hermosas.

Las hadas del bosque tenían poder sobre las plantas. Usualmente se utilizaba para cosas pequeñas, como pedirle a una flor que se abriera antes de tiempo o que hiciera madurar una fruta. Yo no tenía idea de qué se habría necesitado para crear semejante milagro. ¿Había sido un grupo de ninfas de madera habilidosas trabajando en equipo?, ¿o una arquitecta particularmente talentosa con mucho tiempo en sus manos? Los pájaros habían construido sus nidos en el alféizar de las ventanas sin cristales y alrededor de las agujas puntiagudas que había en las esquinas del techo. Cada centímetro estaba cubierto de detalles diminutos, perfectamente diseñados. Pasada cierta altura, yo no podía distinguir cuáles formas eran parte de la arquitectura y cuáles eran hadas congeladas.

El jardín que rodeaba la iglesia estaba lleno de criaturas acurrucadas y, cuando vi que algunas aún tenían el rostro, me sentí aliviado. Quienquiera que las estaba destrozando aún no había terminado la tarea. Dejé de mirar demasiado en detalle y seguí avanzando, con la esperanza de que los cuerpos estuvieran todos completos a partir de ese punto.

Cuando entré, todo empeoró.

Capítulo Doce

Más cuerpos. Cientos. Amontonados en la iglesia como pequeñas sardinas si alguien quitara la tapa y todas se secaran. La mayor parte era diminuta, como juguetes. Otros, por su tamaño, podrían haber sido humanos. Todos los rostros tenían la misma expresión de dolor y los cuerpos estaban agrietados y envueltos con enredaderas.

No quería estar allí. Los que no tenían rostro me llenaron de odio por el hombre que los había maltratado. En cambio, los que sí lo tenían me hicieron odiarme a mí mismo. Algunos estaban gritando. Algunos estaban hechos pedazos. Todos estaban muertos.

Parecía que Baxter tenía razón. Las hadas debían de haber presentido algo. De alguna manera, habían sabido acerca de la Coda antes de que sucediera y decidieron huir de la ciudad. Pero ¿por qué? ¿Por qué resultaba mejor morir allí afuera en el medio del bosque que en la ciudad, que se había convertido en su hogar?

Había una mesa en el medio de la habitación. Era alta, como un podio. Algunas de las hadas de mayor tamaño estaban inclinadas sobre ella. Otras se habían desplomado contra la base. Estaba llena de papeles amarillentos. Al tratarse de una iglesia, supuse que eran alguna clase de texto espiritual. No. Había cartas, órdenes y listas. Las hadas no se ocultaron allí. Se habían estado preparando para algo importante.

Había un pequeño mapa en el centro de todas sus miradas. Como me había explicado Baxter, el idioma de las no sería fácil de descifrar para un bruto sin formación como yo. Tienen sus propios conceptos sobre el espacio y las distancias, y sus oraciones parecen más copos de nieve que discurso. Hojeé el resto de las páginas, tratando de no rasgar el frágil papel.

Todo me resultó indescifrable hasta que volteé una carta que era diferente a las demás. Era el mismo mensaje escrito una y otra vez, traducido a todos los idiomas imaginables: élfico, enano, gnomo. Y lo más sorprendente; la letra me resultaba familiar. Soplé el pergamino para quitarle el polvo y lo sostuve hacia la luz.

A Cada Criatura de la Magia. A Cada Defensor de la luz. A Cada Aliado del mundo natural.

Los humanos atacaron Agotsu, eliminaron a los Ecos y reclamaron la montaña como propia. Solicitamos la asistencia de cada persona capaz de combatir. De cada criatura conectada a la fuente. Debemos recuperar la montaña, proteger el río y derrotar a los villanos que cometieron esta atrocidad.

Alisten sus fuerzas. Prepárense. Únanse a nosotros en la montaña.

Eliah Hendricks

Alto canciller

El Opus

La carta se agitó en mis manos temblorosas.

Yo fui quien guió a las fuerzas hasta la montaña. Pero cuando la lucha comenzó, yo había huido de la batalla y había sido capturado por el Opus, que me tuvo en prisión hasta que la magia del mundo desapareció.

Habíamos aprendido a pensar en la Coda como si fuera un momento único, pero, por supuesto, antes había habido una batalla. O al menos, los preparativos.

La comunidad de hadas de Sunder City había recibido noticias del ataque y había venido a la iglesia a preparar sus fuerzas antes de partir. Pero el fin llegó demasiado pronto. No sé qué hicieron los humanos en la montaña, pero no perdieron nada de tiempo.

Hay algunas preguntas que tratas de no hacerte. Pero, aunque pases cada segundo intentando alejarlas, nunca llegan a irse. Se sientan en las sombras con dientes afilados, esperando la oportunidad de morderte las partecitas más blandas del cerebro. Yo encontré un texto con la letra de Hendricks en un momento en que estaba con la guardia baja, y todas esas preguntas hambrientas se metieron a toda prisa.

Una parte de mí había tenido la esperanza secreta de que él nunca se hubiera enterado de lo que yo había hecho. De que la Coda lo hubiera eliminado antes de que él llegara a oír la noticia. Pero él era el alto canciller del Opus. Cuando el Ejército Humano invadió Agotsu, él habría sido notificado primero, y habría sabido de inmediato que era yo quien les había mostrado el camino.

¿Aún estaba planeando una respuesta cuando sucedió la Coda? ¿O ya había marchado hacia la montaña con la idea de recuperarla? Quizá la batalla ya había comenzado. Quizás él murió en alguna escaramuza antes de que la gran tristeza despojara al mundo de su belleza. Quizás habría sido mejor así.

Hendricks tenía trescientos años. Yo supe de elfos más jóvenes que no sobrevivieron a la primera semana. Con un poco de suerte, eso significaba que había sido rápido. Nadie podía seguirle el ritmo a la vida como Eliah Hendricks. La peor muerte que podía imaginarme para un hombre así era quedar tendido a un lado del camino y observar todas las cosas hermosas desvaneciéndose de la existencia sin decir adiós.

Al menos la carta explicaba algo que me había estado molestando. Baxter había dicho que todas las hadas habían salido de la ciudad, pero Amari seguía allí. Si las hadas habían presentido que algo andaba mal, ¿por qué ella había sido la única en quedarse? Resulta que era culpa mía, una vez más.

No era un secreto que “la mascota Humana de Hendricks” había desertado del Opus para unirse al Ejército Humano. Pero la suya no era la única reputación que había puesto en peligro. La población mágica de Sunder City me había visto muchísimas veces junto a Amari.

Entiendo los motivos por los que, como precaución, el resto de las hadas no habrían compartido sus planes con ella. Quizá pensaron que seguíamos en contacto. De haber sido así, llevarla a la iglesia me habría puesto al tanto del ataque inminente.

Entonces la dejaron sola en una mansión abandonada porque había cometido el delito de confiar en mí.

Al igual que todas las mierdas que habían sucedido durante los últimos seis años, aquellas criaturas estaban allí porque quisieron detener el desastre que yo había comenzado. Estaban muertas porque no lo habían hecho a tiempo. Y sus cuerpos eran despedazados porque... ¿Por qué? Esa era la parte que yo aún no comprendía. La única cosa terrible que aún podía detener.

Tic. Tic. Tic.

El sonido provenía de todos los rincones de la iglesia, como si cada criaturita estuviera chasqueando la lengua en señal de desaprobación. Entonces se tornó más fuerte. Más rápido.

La lluvia cayó sobre la nieve de afuera y sobre el techo. Esperé a que comenzara a filtrarse hacia el interior de la iglesia, pero las paredes estaban hechas con un millón de ramas entrelazadas intrincadamente, y las arquitectas las habían sellado herméticamente. La iglesia se mantuvo seca y casi cálida. Si intentaba regresar caminando a Sunder en ese momento, terminaría como el brujo congelado, atrapado en un bloque de hielo a un lado del sendero. Además, esperar quizá me fuera rentable.

Si Rick Tippity estaba usando cuerpos de Hadas para sus experimentos, los había abandonado todos al huir de la farmacia. Necesitaría reabastecerse. Necesitaría ir hasta allí.

Y yo lo estaría esperando.

Capítulo Trece

Debería haber llevado más comida. Debería haberme quedado esa ballesta. Debería haberme unido al circo cuando tenía quince años, caerme del trapecio y ahorrarle muchísimos problemas a todo el mundo.

Estaba sentado en el fondo de la casa del terror, mezclado entre las hadas congeladas y dudando de mí mismo. Quizá los rostros despedazados no tenían nada que ver con el brujo. Quizá se trataba de algún animal. Tal vez en las cabezas de hada hubiera algo apetitoso para alguna criatura hambrienta del bosque, y esta abría los rostros como si fueran cáscaras de nuez para mordisquear lo que había dentro.

Quizá Tippity se había encontrado algunos cuerpos descartados y los había recogido para mezclar con sus pociones. Tan solo otro ingrediente extraño en su colección de cachivaches experimentales, al igual que la savia de tárix y los Clayfields.

Me quedé dormido y me desperté incontables veces; estaba hambriento, enojado y deseaba nunca haber visto aquel lugar lleno de verdades incómodas. Cuando la lluvia amainó, volví a oír el mundo exterior. Los pájaros cantaban. El viento arrancaba ramas de los árboles. Entonces, finalmente, oí pisadas fuertes que se acercaban por la senda recién descongelada.

Rick Tippity entró corriendo envuelto en una capa con capucha. Estaba mojado, irritado y lleno de furia. En la farmacia había tenido puesta una máscara delgada de cordura. Ya se la había quitado. Murmuraba para sí. Maldecía. Estaba furioso con el mundo. Rick Tippity era un hombre inteligente y orgulloso cuyos planes habían sido desbaratados, y eso lo convertía en uno de los cabrones más peligrosos de la zona.

Él no esperaba visitas. Yo no había cubierto mis huellas, pero la lluvia se había encargado de eso. Tippity observó la habitación, no en busca de enemigos, sino de víctimas. Inspeccionó la habitación buscando la fruta más madura, como un huésped glotón en un buffet de desayuno.

Una joven hada estaba sentada con las piernas cruzadas con un grupo de diablillos ya mutilados. Tenía la piel sólida y oscura, como una piedra quemada. Alguna vez había sido una criatura de fuego; una ninfa que podía moverse entre las llamas, vivir en manantiales hirvientes y propagar incendios forestales bajo los árboles para desmalezar el suelo.

Tippity se inclinó sobre ella y observó su rostro de una manera que me puso incómodo. Sentí que estaba mirando un espejo de feria: algo familiar pero deformado, y no desde el mejor ángulo.

Tippity metió la mano en la capa y extrajo una herramienta metálica que era el hijo ilegítimo de un picahielo y un destapador. Lo llevó al rostro de la niña de fuego y me di cuenta horrorizado de que estaba eligiendo el punto perfecto para hacer su primera incisión.

Me puse tenso, pero no me moví. Quería detenerlo. Claro que sí. Pero, por mucho que odie admitirlo, sentía demasiada curiosidad por ver qué iba a hacer.

El brujo apoyó el extremo del objeto contra la cuenca del ojo de la muchacha, y luego golpeó el otro extremo con el talón de la mano. La herramienta perforó la cabeza con un pequeño crujido. Entonces, él la hizo girar. A la niña se le partió el puente de la nariz y parte de su rostro se desmoronó hacia el interior de la cabeza.

Me puse las manoplas en la mano derecha.

Colocó el extremo delgado del objeto dentro de la cabeza de ella y presionó contra el cráneo hasta que algo se quebró.

Tomé mi daga con la mano izquierda.

Presionó hacia abajo con el extremo afilado, dentro del cráneo, haciendo palanca contra la mandíbula. Entonces jaló con fuerza, y el rostro de la niña se partió por el centro. Sus mejillas cayeron al suelo y el resto se desprendió, y dejó a la vista algo brillante en el interior.

Era una joya. De un color rojo anaranjado, con puntas que salían en todas direcciones como un erizo de mar. Centelleó cuando le dio la luz.

Tippity extendió una mano enguantada. Sus dedos se deslizaron sobre la joya...

Y yo estaba corriendo.

Lo sorprendí, pero él reaccionó rápido. Se volvió sobre su eje y utilizó la herramienta como un arma, sosteniéndola como una daga. Su otra mano hurgó en los bolsillos, seguramente en busca de otra bolsita de magia imposible. Hice caso omiso del instrumento metálico e intenté taclearlo antes de que encontrara lo que estaba buscando. Mejor que te den con el arma que conoces que con la que no.

El destapador-picahielo me golpeó en el cráneo y me abrió una herida, probablemente hasta el hueso mismo. Yo necesitaba ignorarla. Ya me encontraba en el aire con todo mi peso abalanzándose sobre su cuerpo. Extendí las manos, intentando mantener su otra mano inmovilizada. Atravesamos las frágiles estatuas de Hadas y Rick Tippity cayó de espaldas entre los cuerpos rotos. Me incliné sobre él, tomándolo del cuello con una mano y sosteniéndole el antebrazo derecho con la otra. Su otra mano se movía en el bolsillo, como si buscara algún truco de último minuto.

—Deja de forcejear —le dije.

—Quítame las manos de...

Le presioné la garganta, con la esperanza de privarle de aire los pulmones o de sangre el cerebro. Los movimientos de su brazo derecho se tornaron más desesperados, pero deslicé las rodillas por su cuerpo hasta que lo tuve bien sujeto.

Las cosas se calmaron. Finalmente tenía el control.

Entonces, la entrepierna de Rick Tippity explotó.

Azul y anaranjado, todo a la vez. Una ráfaga de aire caliente me pasó por el rostro y, al mismo tiempo, la mano me quedó cubierta de nieve. Me alejé de un brinco de Tippity, por temor a terminar quemado o congelado, mientras me apagaba las llamas del pecho con la palma izquierda, que estaba gélida.

Tippity gritaba. Le salía vapor del cuerpo, y le había desaparecido medio pantalón. No parecía algo fatal, pero sí lo suficientemente doloroso para evitar que saliera corriendo.

Me miré la mano izquierda y apreté el puño. Podía moverla, algo que me resultó agradable, pero no podía sentir nada en la punta de los dedos. Los soplé y los restregué entre sí.

Mis quemaduras no eran tan graves. Me habían quedado agujeros en la ropa, pero tenía tantas capas de vestimenta que el fuego apenas había rozado la piel. Me tanteé el rostro con la mano sana y noté que mi otra ceja había quedado frita. Eso me enfureció. Las cejas, al igual que el papel higiénico, es algo que no extrañas hasta que notas que ya no tienes.

Tippity dejó de gemir, así que lo pateé en las costillas para que comenzara de nuevo.

—Parece que tu receta es un poco inestable, Tippity. Creo que debería buscarme otro farmacéutico.

La furia de sus ojos se renovó. Antes de que tuviera oportunidad de hablar, le apoyé una rodilla contra el pecho y lo dejé sin aire. Me quedé así mientras lo iba dejando limpio, de arriba abajo, como el niño fregón bien entrenado que era.

Él llevaba una cadena de plata en el cuello. El dije que colgaba de ella tenía bordes afilados, por lo que se lo arranqué y lo arrojé lejos. Las capas suelen tener toda clase de bolsillos secretos, por lo que le pasé los dedos por todo el forro. No encontré ningún compartimiento oculto, solo una gran cavidad donde había mendrugo de pan duro.

Tippity forcejeó, pero no pudo quitarme de encima suyo. Él no estaba en gran forma y yo no le permitía tomar suficiente aire para acomodarse.

El bolsillo derecho de su pantalón había desaparecido con el fuego. En el izquierdo encontré dos de las bolsitas de cuero, iguales a la que había explotado en la farmacia. Lo revisé completo, buscando cuchillos u objetos ocultos contra su piel. Le pasé los dedos detrás del cuello, debajo de los brazos, y seguí bajando hasta los pies. Le quité las botas y las agité boca abajo, pero solo cayeron algunas piedritas.

Tenía un morral colgando del cuerpo, por medio de una correa de cuero. La corté y miré el interior.

Se trataba de un botiquín lleno de polvos y líquidos coloreados. Amari había tenido algo similar cuando trabajaba como enfermera.

Revisé los recipientes y los paquetes, buscando algo que me resultara familiar. Por suerte, algunos de los paquetes tenían etiqueta porque Tippity vendía sus drogas a civiles (a diferencia de Amari, que solo las preparaba para usarlas ella misma).

Encontré dos recipientes pequeños: uno negro, uno blanco. La etiqueta del negro tenía dibujado un ojo cerrado. El blanco tenía una etiqueta similar, pero el ojo estaba abierto.

—Deja mis... cosas en paz... estúpido.

Tippity me estaba clavando las uñas en la pierna, por lo que no me preocupaba demasiado darle alguna droga equivocada por accidente. Abrí la botella negra del ojo cerrado, tomé un manojo del cabello gris y largo de Tippity y le levanté la cabeza. Forcejeó tanto que casi se me cayó la botella, pero finalmente se la pude acercar al rostro.

Cuando le levanté la rodilla del pecho, no pudo resistir inhalar profundo.

—Eres un imbécil —me espetó—. No tienes la menor idea de n...

Los ojos se le pusieron en blanco y la cabeza pasó a pesar el doble. Sin duda, el preparado era muy potente. Había planeado llevárselo a la boca, pero los vapores lo alcanzaron.. Sostuve el recipiente con el brazo extendido mientras le ponía la tapa y lo volvía a colocar dentro del morral.

Necesitaba atar a Tippity, pero mi curiosidad demandó ser atendida primero. En la oscuridad fue fácil encontrar la bola brillante del Hada de fuego. Me moví por el camino que habíamos abierto durante nuestra pelea, a través de cuerpos quebrados y Hadas astilladas, y me acerqué a la pequeña estrella roja.

Era del color de una fogata o de un vitral, y la luz de su interior se movía como si fuera líquida. Tenía el tamaño de una baya, pero estaba cubierta de pinchos. Algunos eran puntiagudos, otros se habían quebrado, por lo que estaban más cortos y fáciles de tocar. La recogí, y estaba cálida. Casi caliente. Coloqué la preciada joya entre ambas manos y el calor me descongeló los dedos.

Aquella era la magia del interior del hada: era pura, preciada y aún seguía latiendo.

¿Cuánto de la criatura había contenido en esa pequeña cápsula?

¿Era tan solo el poder elemental?, ¿o había algo más? ¿Pensamientos y recuerdos, quizá? ¿Personalidad? Los cuerpos de las hadas estaban congelados, pero aquellos orbecitos brillantes habían sobrevivido. Esperando... ¿qué?

Envolví la gemita roja con corteza blanda, luego con un trozo de cuero y la metí en el morral. Arreglé la correa, me puse la bolsa al hombro y, cuando el rubí estuvo a salvo, extraje de mi bolsillo una de las bolsitas.

La bolsa en sí no era nada especial, solo un poco de cuero con relleno de lana en el interior. Había otro orbe anidado dentro del relleno.

Era una esfera de cristal hecha a mano, no por la naturaleza; la habían llenado con un líquido translúcido con una tonalidad un tanto rosada, y, luego, la habían sellado. El líquido parecía bastante ordinario. Supuse que era alguna especie de ácido. Con suficiente potencia para que, cuando el cristal se rompiera y el ácido tocara la esencia de hada, la gema se disolviera y la magia fuera liberada.

Me coloqué las bolsas en el bolsillo interno de la chaqueta, lejos del morral que contenía la gema roja. No quería explotar como lo había hecho el brujo.

Tippity seguía inconsciente. Debajo de donde se le había roto el pantalón tenía quemaduras: el fuego y el hielo lo habían alcanzado al mismo tiempo y le habían hecho un desastre en la piel y, probablemente, también en los músculos. Me habría dado pena si no hubiera visto el agujero en la cabeza de Lance Niles o el brujo gritando en el bloque de hielo o la forma en que había abierto el rostro inocente del Hada hacía solo unos instantes.

Había muchas enredaderas desparramadas por la iglesia. Algunas estaban secas y frágiles, pero a otras aún les quedaba algo de verde. Corté algunas de las que brotaban de las hadas del bosque, les quité las hojas y se las coloqué a Tippity alrededor de las manos y de la garganta. Luego le coloqué un gran trozo de enredadera alrededor del cuello, como si fuera un collar de perro, y esperé que despertara.

Capítulo Catorce

El viaje de regreso a Sunder fue incluso más doloroso y tedioso que el de ida. Me había venido bien que la lluvia cubriera mi rastro, pero también convirtió la nieve en aguanieve e hizo que todo el sendero fuera un desastre de lo más frustrante. Las lluvias iban y venían, pero nunca se iban el tiempo suficiente para permitir que algo se secara. No había comida ni refugio, y yo estaba terriblemente dolorido. La mano que había recibido el impacto se me estaba acalambrando y la parte superior de mi cabeza era una gran costra cubierta de cabello mojado.

Además, estaba Tippity.

Era un infeliz de lo más quejoso e indignado que se la pasaba tropezándose en su extremo de la correa. El hecho de que fuera lógico que él no quisiera seguirme no hacía que todo el asunto fuera menos frustrante. No moriría a causa de sus heridas. La explosión no había llegado muy profundo, y la piel se le había quemado y enfriado al mismo tiempo, por lo que seguramente era incómodo y doloroso, pero caminar no le haría daño. Le decía eso cuando se ponía a protestar, pero no me escuchaba. Intentar razonar con él no servía para nada. Negociar tampoco. Así que recurrí a golpearlo en las pelotas. A veces mezclaba un poco; lo golpeaba en las tripas o le abofeteaba la mejilla para mantenerlo alerta, pero era la patada en los huevos lo que hacía que se moviera.

Ambos estábamos más que exhaustos, pero el líquido de la botella blanca (la del ojo abierto) resultó ser todo un estimulante. Inhalé un poco, lo hice inhalar al brujo, y nos hizo caminar enérgicamente por al menos media hora. Por desgracia, también hizo que él comenzara a quejarse como un predicador callejero después de diez tazas de café.

—Esto te agrada, ¿no? El lodo y el forcejeo. Me doy cuenta. Finges estar molesto sobre lo que pasó antes, pero estás en tu mejor momento. Porque este de ahora es tu mundo. Es igual de simple que tú. E igual de miserable. ¿Tienes idea del camino que estaba tomando? Décadas de estudio. De progreso. Estaba en camino a cambiar el mundo. Pero los tuyos no pudieron tolerarlo, ¿verdad? Habían quedado atrás y no tenían forma de recuperarse, así que interrumpieron el juego. Pero volverá a suceder. Te lo prometo. Encontraremos otra manera de alzarnos. Yo ya la encontré. Solo viste el principio. En poco tiempo, volverás a estar en el fondo de...

Jalé la correa. Tippity se tropezó y cayó de cara en el lodo. Fue más satisfactorio que lo que me había imaginado.


Hacia el anochecer llegamos a la cabaña de caza y me dio pena descubrir que la zarigüeya se había mudado después de limpiar el lugar de arañas.

—Échate —dije empujando a Tippity en dirección a la hamaca.

—¿Me darás la cama buena?

—Será más fácil que amarrarte al suelo.

Lo até en la hamaca, envolviendo las enredaderas alrededor de su cuerpo todas las veces que pude. Cuando ya estaba todo arropado, recogí de la habitación algunos trozos de tela, los agité para quitarles los insectos y me hice una triste camita de trapos.

—¿Por qué te importa lo que les hago a las hadas? —preguntó el brujo, envuelto como un rollo de salchicha homicida—. Ya están muertas, y tu bando tuvo mucho más que ver con eso que yo.

—No me voy a pasar la noche explicando por qué está mal profanar cadáveres. Si tú no ves por qué es un problema, tienes más tornillos flojos de los que yo pensaba. Y no nos olvidemos del amiguito que tienes en casa. ¿Te hizo cabrear tanto que tuviste que lanzarle una ráfaga de hielo?

Suspiró con melancolía, como si yo le hubiera recordado algún hermoso verano del pasado.

—Jerome quería transitar por el mismo camino. Era un innovador, como yo. Solo que él... cometió algunos errores.

El rostro contorsionado del hombre del hielo se me metió en la mente y yo traté de extraerlo por la fuerza. Mi cerebro ya estaba demasiado lleno de pesadillas.

—Duérmete. Mañana debemos seguir caminando.

Extraje la gema roja del morral. Sentí su calor, incluso a través del envoltorio.

—Tú no sabes —dijo Tippity con la voz cansada y débil—. No tienes idea de lo que era hacer magia. Yo nací para eso. Es por eso que recibí estos dedos y esta... sensación adentro. Fui hecho para algo grandioso, pero los tuyos me lo quitaron antes de que yo pudiera alcanzar mi potencial. —Me volví y traté de autoconvencerme de que no me arrepentía de haberle dado la hamaca—. Solo estoy desbloqueando el poder que me merezco. Es por eso que estás tan furioso. Por un momento, pensaste que éramos pares. Pero ahora sabes que no eres nada, de nuevo. Como nunca lo fuiste. Ese siempre fue tu destino.

No dije nada más. Al rato, Tippity estaba roncando y yo dejé que el cansancio me venciera.


La mañana siguiente, cuando me desperté, Tippity estaba de cara al suelo, colgando de las enredaderas y de la hamaca retorcida.

—¿Cómodo? —pregunté.

Se había volteado durante la noche, pero su orgullo no le había permitido pedir ayuda. Mientras colgaba allí, nos di a ambos un toque del polvo energizante, y luego seguimos en camino.

Todo se sentía peor. El dolor del día anterior se me había instalado en los huesos. Cada parte de mi cuerpo crujía y chasqueaba como los engranajes de una máquina abandonada bajo la lluvia. Me sentía pesado y cansado, y Tippity estaba furioso. Se puso problemático desde el momento en que le amarré el collar alrededor del cuello.

—Yo puedo ir a cualquier lado —dijo mascullando como un demente—. Pero tú, tú estás atascado en Sunder. Eres goma de mascar en la calle. Una salpicadura en la acera. Una mancha. Cuando esta ciudad muera, tú te hundirás con el barco. Los míos y yo siempre seremos importantes.

Yo tenía el estómago vacío y la garganta seca y lo único que teníamos para seguir avanzando era agua de lluvia. Tenía ampollas en las manos de sostener las enredaderas. Me dolía la parte trasera de la cabeza, pero eso era mejor que cuando se me adormecía y me mareaba. Si me desmayaba, dudaba que Rick fuera a ser tan amable de utilizar sus conocimientos profesionales para atenderme.

El mundo estaba en mi contra y yo tenía el cuerpo destruido, pero al menos me quedaba una última cosa que me impulsaba hacia adelante. Odio. No hay un mejor combustible. Un hombre puede cruzar un océano por amor, pero con suficiente odio, intentará beberlo. Las ampollas y la sangre me ayudaron. Yo no me detendría. No con un asesino en el extremo de mi cuerda. Un asesino que abría milagros y les tomaba el corazón. Que utilizaba el alma de criaturas sagradas para volar gente en pedazos y congelar a sus amigos. Mantuve el rostro de esas hadas justo frente a mí. Las veía por el sendero y en los árboles, resecas y desnudas y mutiladas para que Rick Tippity pudiera robarles el alma y metérsela en el bolsillo.

Si en algún momento se me llegaba a apaciguar el odio por Tippity, aún me tenía a mí mismo: el soldado terco que traicionó a su mentor para impresionar a sus nuevos amigos. Hendricks confió lo suficiente en mí para compartir sus secretos y yo se los entregué al ejército que puso fin al mundo.

Yo fui un estúpido y un orgulloso y no había hecho nada para compensarlo. Pero este tipo era peor. ¿Verdad? Tenía que serlo. Yo había arruinado el mundo a fuerza de ignorancia y accidentes, pero él estaba abriendo cuerpos para volar gente a propósito.

Eso tenía que ser peor. ¿No?

Avanzábamos demasiado lento, y la noche volvió a caer. Las nubes taparon la luna por completo y, para cuando llegamos a la autopista Arce, la única referencia que teníamos era la sensación del camino debajo de los pies. Iba arrastrando a Tippity en la oscuridad. Cada vez que me volvía para latiguearlo, él intentaba arañarme los ojos o meterme los dedos en la herida del cuero cabelludo. Pero él no era un luchador y yo tenía más odio del que aferrarme; lo único que ganó por sus esfuerzos fueron unos magullones y nada más.

Seguimos el camino por sobre una colina pequeña y bajábamos por la pendiente cuando el brujo hizo su intento más desesperado por huir.

Sentí que la enredadera se aflojaba. Eso solía significar que él se había acercado, con la esperanza de golpearme mientras yo me encontraba semidormido. Jalé la enredadera y esta latigueó floja y suelta en mi dirección. Él la había cortado. Probablemente con los dientes, o quizás con alguna piedra que habría recogido durante alguno de los forcejeos anteriores.

Me volví. Me detuve. Escuché.

No oía sus pasos. Caminaba con mucho cuidado y despacio. Caminé hacia atrás con los oídos atentos.

¿Me atacaría? No. No ahora que era libre. Yo lo aventajaba en una pelea. Él estaba intentando escaparse y yo necesitaba encontrarlo. Rápido.

Extraje el orbe rojo y le quité lo que había usado para cubrirlo. Un leve resplandor rojo parpadeó en la oscuridad y el calor me acarició el frío de los dedos. Tomé una de las bolsas de Tippity y metí la gema dentro, junto a la bola de cristal con ácido. Levanté la bolsa por sobre mi cabeza y me preparé para arrojarla al suelo. Eso generaría luz más que suficiente para encontrar a mi brujo fugitivo.

Entonces recordé el rostro. El hada rota sobre el suelo de la iglesia. Yo sostenía lo último que quedaba de ella. Quizá no era nada. Pero quizá lo era todo.

No se lo haría a Amari. Por supuesto que no. Entonces decidí que no se lo haría a ella.

Bajé el brazo y me volví a meter la bolsa en la chaqueta.

Entonces hubo luces. Un carruaje. Por detrás de nosotros, sobre la colina. Lo suficiente para iluminar el camino que teníamos por delante.

¡Allí! Tippity avanzaba a los tropezones por el camino, en dirección a la ciudad. Me enfoqué en el odio y lo seguí.

Seguro lo había estado planeando hacía rato. Por eso había estado tan fastidioso durante la última parte del recorrido. Cuando se frenaba, conservaba su energía, y me obligaba a mí a gastar más de la mía para jalar de él. Me había hecho arrastrarlo medio camino, pero yo sabía mejor que él cómo castigarme. Yo me ganaba la vida recibiendo golpes, mientras él se la pasaba sentado en su cuartito, mezclando pociones y murmurando para sí.

Finalmente lo habría atrapado, incluso si no se hubiera tropezado con sus propios pies. Apenas dio contra el suelo, le planté una bota entre las piernas sin aminorar la marcha. Ahora la estaba esperando. Me tomó de la pantorrilla y se envolvió a mi alrededor, lo que me hizo caer con él.

Al parecer, yo no era el único que tenía el estómago lleno de odio. Rodamos por el sendero como amantes, intercambiando patadas, manotazos y rasguños en lugar de besos. No podía arriesgarme a dejarlo escapar. Cuando sus dedos se enterraron en mi rostro y me arañaron los ojos, resistí. Cuando me clavó los dientes en la piel blanda que hay entre el pulgar y los dedos, tan solo lo eché hacia atrás y lo estrangulé. Esa era mi profesión, no la de él. Cuando realmente lograba asestarme un golpe, no lograba convertirlos en una ventaja real.

De pronto oí un estruendo. El carruaje. Pero hacía demasiado ruido. De pronto me encontré echado de espaldas con un brazo alrededor de la garganta de Tippity, y me di cuenta de que las luces que veía no eran estrellas.

—¡Fuera del camino! —gritó una voz, y un coro de caballos relinchó como dándole la razón. Las luces se movieron hacia la izquierda, por lo que yo me eché hacia la derecha, con Tippity entre los brazos. Dimos contra el borde de la carretera y caímos entre los matorrales mientras el carruaje recuperaba el control y continuaba camino a la ciudad.

—¡Lunáticos! —gritó el conductor, sin desacelerar. Supongo que no podía. No con el otro carruaje que iba justo detrás de él. Y el siguiente. Y el remolque, jalado por mulas. Y la maravilla increíble que iba al final.

El último vehículo del convoy no tenía caballo. Ni mula, ni bisonte. Rugía como un animal, pero no había animales involucrados. Era un camión. Automático. Retumbando por la carretera, jalando de un carruaje metálico del doble de tamaño que mi oficina.

Ambos observamos boquiabiertos la caravana que pasaba. Yo nunca había visto algo así. Ni siquiera en los viejos tiempos.

Tippity les gritó pidiendo ayuda, pero tenía la voz ronca y el camión sonaba demasiado fuerte. Lo tomé de la garganta y lo sostuve con fuerza hasta que el desgraciado se desmayó.

Capítulo Quince

—¡Me estoy congelando, carajo!

—Eso es tu culpa, Tippity. Te hice una hermosa correa de enredadera, pero tenías que morderla. Esto es lo que obtienes ahora.

Mientras él estaba inconsciente, le corté la capa por la mitad y la retorcí para hacer una correa de reemplazo. Era más corta que la anterior, pero eso significaba que él me quedaba a una distancia más cómoda para abofetearlo. Lo tenía uncido con fuerza. Cuando él intentaba retrasarse, lo colocaba delante de mí y lo pateaba para que avanzara hasta que volvía a caminar a mi velocidad.

El frío ayudó. Sin su capa y con el agujero de su pantalón, realmente se estaba congelando. Lo que le esperaba al final de la travesía era ser juzgado, pero eso sería mejor que morir en el camino. Para cuando la autopista Arce se convirtió en la calle Principal, él estaba tan aliviado como yo de haber regresado a la ciudad.

El sol ya había salido, y fue asombroso que nadie me detuviese. Nadie lo intentó siquiera. Supongo que fue por lo inverosímil de la situación. Si yo hubiera intentado ser discreto, quizás alguien habría intercedido para ver si el pobre brujo necesitaba ayuda. En cambio, nos la pasamos riñendo como hermanos cada paso del recorrido. Yo le pateaba el culo, él maldecía y escupía, y entonces le daba una palmada en la nuca. Parecíamos un par de artistas callejeros demasiado comprometidos, que no lograban salirse del personaje.

El departamento de policía quedaba en la parte alta de la ciudad, así que fui directamente a la cárcel. Envolví a Tippity en la capa, le sujeté los brazos a los lados y pateé la puerta de entrada hasta que alguien atendió.

Era un muchacho enano sin barba que no podía ocultar el hecho de que estaba dormido de pie.

—Eh... ¿cuál es el... eh...?

—Este es Rick Tippity, responsable del asesinato de Lance Niles y de un brujo sin identificar, y de la profanación de incontables cadáveres de hada.

—Eso es ridículo —gritó Tippity—. Yo...

Golpeé a Rick en el rostro. El policía reaccionó como si hubiera sido él quien había recibido el golpe, y retrocedió a los tumbos gritando:

—¡Doris!

Un momento después, se le unió una dama ogro.

—Dice que arresta a este tipo por asesinato.

—¡Eso es una estupidez! ¡Este hombre me atacó! —chilló Tippity, con la esperanza de salvar su trasero con una performance convincente—. No tengo idea de qué está hablando. ¡Por favor, quítenme a este maniático de encima y enciérrenlo!

Doris no era más rápida que su colega soñoliento a la hora de tomar decisiones, pero estaba cansado y tenía frío y quería que ya todo terminara.

—Enciérrennos a los dos —dije—. En celdas separadas. Luego llamen a la detective Simms y díganle que Fetch Phillips encontró al asesino. —Empujé a Tippity a través de la puerta y los policías muy amablemente se movieron a un lado—. Y díganle que traiga café.


Después de una hora, Simms aún no había aparecido. Típico. Incluso cuando hago su trabajo por ellos, los polis no se levantan temprano para ayudarme.

Tippity juró su inocencia a los alaridos durante quince minutos y, luego, optó por un estoicismo de indignación. Ambos nos sentamos en silencio, en celdas adyacentes, durmiéndonos y despertándonos constantemente. Debo de haberme quedado dormido por un rato porque cuando abrí los ojos, Simms estaba de pie delante de mí. También Richie Kites. La puerta de mi celda estaba abierta. Me pusieron una taza de café caliente en las manos.

—¿Este es el farmacéutico? —preguntó ella.

—Así es. Lo atrapé abriendo cadáveres en una vieja iglesia de hadas. Trató de lanzarme fuego y hielo una vez más, los mismos dos hechizos que mataron a las víctimas. No tengo mucho más que mi palabra y el hecho de que me faltan las cejas. Ah, y esto. —Extraje la esfera roja brillante de mi bolsillo. Estaba tan caliente como la primera vez que la sostuve—. Esto es lo que Tippity extraía de las hadas. Supongo que es evidencia, pero... asegúrate de cuidarlo. No sé qué es. No realmente. Pero quizás aún quede algo en su interior...

—Está bien —dijo Simms, recibiéndola con todo el cuidado que yo esperaba que pusiera—. Revisamos minuciosamente la farmacia y encontramos su laboratorio. Tenía unos cuantos más de estos, junto a mucha otra evidencia que confirma tu versión de los hechos. Nos encargaremos bien de esto, te lo prometo. Ahora vayamos a la estación para que des tu declaración oficial.


Tenían un carruaje esperando. Uno bonito. Simms incluso me sostuvo el café y me abrió la puerta mientras yo tomaba asiento. Era un mejor trato que el que recibía usualmente: un puñetazo, un golpe duro y al suelo.

En la estación, la hospitalidad continuó. Me trajeron el desayuno y más café. Mientras le daba mi versión al sujeto que tomaba declaraciones, él se la pasó diciendo cosas como “tómate tu tiempo” y “eso es muy útil”. Eso me puso los pelos de punta y, cuando todo terminó, me alegré de salir de allí.

Me volvieron a traer el carruaje, y Simms vino conmigo en el viaje a casa.

—Buen trabajo, Fetch. Sé que no fue fácil.

—Si alguien entrega un par de cejas (color café, rizadas, pidiendo depilación), ¿me las podrás dejar en el buzón?

—Habrá una recompensa. Oficial, por parte de la ciudad. Pero primero tendrá que haber un juicio. Mientras tanto...

Me extendió un fajo de billetes de bronce e, instintivamente, se lo rechacé con la mano.

—Si bien tengo la convicción de que la ciudad te paga demasiado, no voy a meterme en tu salario personal.

Me echó una mirada de furia, como si la hubiera escupido en el rostro.

—No me hagas esto aún más difícil, Fetch. Este dinero es para que te mantengas fuera de las calles, vayas a un médico y te consigas un plato caliente. Tú eres nuestro testigo principal contra Tippity y no quiero que mueras antes del juicio. Cuando obtengas tu recompensa, me lo devuelves. ¿De acuerdo?

Tomé el fajo de billetes.

—De acuerdo.


El carruaje se detuvo justo frente a la puerta de mi edificio y cuando Simms intentó ayudarme a descender, la rechacé con un gesto.

—Llama a un médico —repitió—. Esta ciudad es demasiado sucia para caminar por allí con heridas como esas.

—Te entiendo perfectamente, Simms. Solo déjame beber algunos barriles de whisky y dormir por un año, luego me haré ver.

Volvió a lanzarme una mirada feroz, pero había verdadera preocupación en sus ojos. Asentí con la cabeza de la manera más honesta que podía lograr sin que se me cayera; ella cerró la puerta y se fue en el vehículo.

Levanté la mirada y observé el edificio ubicado en el 108 de la calle Principal; fachada de ladrillo gris, salpicada de ventanas enrejadas y puertas de Ángel. En el frente había una puerta giratoria oxidada y un llamativo orinal tirado en el suelo. Recogí la cacerola, le quité el polvo y miré la abolladura que tenía a un lado. No sería muy difícil volver a ponerla en forma con un martillo.

Entré al edificio y cada escalera me pareció una montaña. Subir cinco pisos me tomó una eternidad, y de no ser por la barandilla, jamás lo habría logrado. Mis dedos apenas podían sostener las llaves. Debo de haber estado allí fuera todo un minuto forcejeando con ellas, cuando me di cuenta de que la puerta de mi oficina ya estaba abierta.

Había arañazos en el marco, en el lugar donde la habían forzado.

La abrí de una patada y grité.

—¿Hay alguien aquí? Respondan ahora, estoy muy cansado para hacer más preguntas antes de comenzar a lanzar puñetazos.

Pero no había nadie. Ni siquiera las hormigas. Todo estaba como lo había dejado, excepto una cosa.

Sobre mi escritorio había un paquete del tamaño de un ladrillo. Estaba envuelto en tela negra y atado con hilo verde grueso. Tenía una forma curva inusual.

Había un pequeño sobre adherido al paquete. Dentro, lo único que decía era: “Un regalo, de parte de un amigo”.

Abrí la cuerda, desenrollé la tela y me encontré con algo que nunca había visto antes.

Estaba hecho de metal frío y madera oscura pulida, atornillados entre sí con tornillos de acero. La parte de metal era un trozo de tubo de poco más de un centímetro de diámetro. Estaba soldado a una especie de engranaje que no giró cuando lo empujé, pero que parecía que podía rotar si se le daba la palanca adecuada. Del engranaje sobresalía un pincho. No. Una palanca pequeña. Similar a los interruptores que había visto en los automóviles y en las linternas mágicas pre-Coda. Tanteé el interruptor, despacio, con cuidado de no encender el aparato antes de saber cuál era su propósito. La parte de madera se me acomodó naturalmente en la palma de la mano, informándome cómo quería que la sostuviese.

Era un aparato pesado, pero equilibrado como una espada bien construida. La madera que tenía en la mano era gruesa para equiparar el largo del tubo. Miré dentro del extremo hueco, preguntándome si debía meter algo por allí. Quizás había alguna otra parte en otro lado; una pieza que encajara en el tubo y quedara fija. Busqué en el paquete por si había instrucciones, pero no había nada más.

Cuando levanté la herramienta y la sostuve de la forma que parecía más natural, mi dedo índice se posó sobre el interruptor.

Entonces, la encendí.

¡BANG!

Hubo una explosión en mi mano; yo grité y dejé caer la máquina al suelo. Me dolía la muñeca y los tímpanos me retumbaban contra el cerebro. Debieron de haber oído el estruendo hasta en la calle Principal. Me preocupó que quizás nunca más volviera a oír.

La máquina estaba en el suelo, quieta y sin mayores pretensiones, como si no hubiera dejado escapar el ruido más fuerte de la historia. Del tubo brotaba una voluta de humo muy fina, que olía a ... algo familiar que no lograba identificar. Un recuerdo de algún lugar lejano.

No quería tocar la máquina, pero no había forma de que la fuera a dejar allí en el suelo, observándome y esperando a explotar de nuevo.

Abrí la gaveta inferior del escritorio, quité las botellas viejas, volví a envolver la máquina con la tela, metí el paquete dentro de la gaveta, la cerré y le puse llave.

Algunas personas habían salido a la calle. Las oía gritarse entre sí, preguntándose qué había sucedido. Yo quería echar un vistazo, pero si asomaba la cabeza por la ventana, quizá les diera un objetivo en el cual fijar su curiosidad.

Esperé que los latidos de mi corazón disminuyeran o que los oídos me dejaran de zumbar. Después de un minuto nada cambió, así que bajé la cama de la pared y me eché.

Temblaba. No solo por la conmoción, sino por los cien pensamientos que se me estaban abalanzando dentro del cráneo: ideas y revelaciones que estaban llegando muy tarde.

Cuando jalé el interruptor de la máquina, justo antes de que el estruendo me obligara a cerrar los ojos, del extremo del tubo salió una explosión que me empujó la mano hacia atrás con una fuerza sorprendente.

Fue algo muy brillante. Solo un fogonazo, pero lleno de amarillos, naranjas, azules y rojos.

No cabía duda.

Yo había hecho fuego.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
457 s. 13 illüstrasyon
ISBN:
9789878474281
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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