Kitabı oku: «A(r)mame»

No había manera de que alguien me enviara un mensaje tal sin conocerme. Lo releí buscando encontrarle el sentido. A esa altura ya ni siquiera podía pensar. Miré alrededor; claramente esa persona sabía dónde me encontraba y haciendo qué, así que debía de estar más cerca de lo que me imaginaba. Decidí responderle: <¿Quién eres?> y enseguida obtuve respuesta: <La persona que se encargará de a(r)marte>.

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A mi madre, Belita y Piru,
por darle rienda suelta a esa niña
en un mundo en el que no todos pueden hacerlo
y así desplegar mis alas sin límite.
A Gabriel, mi sostén,
por amar la idea de haberse casado con una “niña” grande.
A Juana, por ser inspiración, motor de mis días.
A mi editora, por el campo de juego.
A mis lectores, por todo este camino.
A mí, por nunca bajar los brazos. Chin chin.
“Un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido”.
Gracias.
“El impulso crece hasta el deseo,
el deseo hasta el anhelo,
el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia
(con gran pesar y mortificación del que habla
y desafiando todas las consecuencias)
es consentida”.
Edgar Allan Poe

1
Audrey
Presente
<La necesitamos aquí de inmediato. Su presencia es la pieza que falta>.
Número desconocido. Me ardieron los ojos. Los arrastré hacia el reloj del móvil, 5.03 a. m. Equivocado. La inercia de estirar las piernas me sorprendió con un calambre en el pie derecho.
Un latido en mis muslos insinuaba una reciente caminata nocturna. En verdad, solo había boyado todo el día entre la cama y el sofá. Mi cuerpo ya no distinguía la realidad de la fantasía.
Una vez más el zumbido. Esa irritante vibración del móvil sobre la mesa de noche. Ahora me enviaba una dirección.
<Calle 97 y Central Park West>.
Giré dándole la espalda con la intención de dejarlo literalmente atrás, todavía me quedaban algunas horas de sueño; técnicamente, todas las que quisiera. Hacía ya algunas semanas que me encontraba de licencia psiquiátrica por un episodio de estrés agudo. Yo, Audrey Jordan, la psicoanalista que no había logrado sobrevivir a su psiquis.
Pero el tiempo de descanso que debía ser sanador provocaba el efecto contrario, ya que, día tras día, con mis propias manos cavaba el pozo en el que finalmente terminaría por meter mi cabeza. Picaba, pero de una forma que no se calmaría con tan solo rascarme. Picaba, sobre todo cuando comenzaba a replantearme lo poco que había logrado hasta hoy de cara a lo deseado algunos años atrás, no tantos.
Ah, sí. Graduada con honores, pero con un trabajo regular, que rayaba en lo mediocre. Treinta y un años, pero recientemente separada. Mi madre había fallecido hacía pocos meses y mi padre… bah, mi “ex padre” estaba preso. Todo esto, en definitiva, me convertía en un excelente partido, uno del cual escapar, a juzgar por alguna suegra siniestra.
Esta misma madrugada, pocos minutos antes de que me despertasen creí estar soñando con Alex, mi última pareja. No es que hubiera tenido tantas.
No solía pensar en él a menudo; a decir verdad, no había llegado a enamorarme con locura, lo que no quitaba que por un tiempo hubiese resultado funcional. Esta misma noche, después de algunos meses de silencio de radio, me había llamado. Quizás había sido que su llamada perdida influenció mi momento de descanso. El destino –hoy benevolente– había querido que me encontrara recogiendo el pedido de comida y no llegara a atender. Me intrigaba su aparición, pero ni en uno ni en mil años le devolvería la llamada. Las cosas estaban mejor así.
Alex era un Monet, de lejos parecía un muchacho decente que no pretendía más de lo que yo podía darle, bueno, excepto cuando se le ocurrió la maravillosa idea de que fuéramos padres. Lo soltó como quien propone pedir comida china una noche de viernes. Recuerdo que me quedé mirándolo perpleja y luego le pedí que me pasara la salsa de soja. ¿Acaso no me conocía lo suficiente como para saber que no era el momento... o la persona adecuada?
De todas formas, eso fue algo que eventualmente superamos. No podía darme el lujo de ser tan quisquillosa. Pero todo tenía su límite.
El punto final lo puse aquella última noche, en vísperas de Navidad, cuando, en medio de una discusión acalorada, Alex se transformó en un completo extraño, hasta el punto de creer que me golpearía.
Jamás me habría permitido sostener una relación después de algo así, podía parecer débil, pero dentro de mí sabía bien que no lo era. No después de todo lo que me había tocado vivir.
Intenté conciliar el sueño nuevamente, pero en mi cabeza no cesaba de resonar una y otra vez la última frase que me dedicó antes de irse levantando una polvareda: “Estás rota, Audrey, te faltan partes”.
Me volví indiferente, sobre todo los primeros días sin él. Definitivamente aquellos días me permitieron llegar a la conclusión de que no se había tratado de un amor inolvidable. Pero a las pocas semanas comenzaron a quemarme las venas –¿quién se creía que era para juzgarme así?, cretino–, coronando un perfecto duelo. No pude evitar la, hasta ahora, temible tristeza que se unió exquisitamente a mi estado de ánimo como si hubiera sido producto de una perfecta intersección emocional.
Habían pasado dos meses y Alex todavía parecía tener el poder de minar mi autoestima.
Abrí los ojos. Ya eran las cinco y veinte y, a juzgar por los mensajes, alguien parecía realmente necesitar a la persona a la que iban dirigidos en primera instancia.
Tomé el móvil a fin de notificarle el error, pero algo me detuvo en ese mismo instante. ¿Y si esos mensajes se trataban de una señal? ¿Una nueva puerta abriéndose para mí, de par en par? La idea me resultó excitante, aunque, en el fondo, inverosímil.
Caprichosa, batallé contra lo ordinario. Lo de siempre. Elegí pensar que aquella dirección había llegado a mi vida para algo más que despertarme tan temprano, mejor dicho, cuando todavía la noche protagonizaba desde mi ventana.
Dar aviso a la policía sugería una medida exagerada, puesto que nada en aquellos mensajes parecía alarmante. Se me iban acabando las excusas.
<La necesitamos aquí de inmediato. Su presencia es la pieza que falta>.
Y luego la dirección: <Calle 97 y Central Park West>, no muy lejos de casa, hasta podría llegar rápidamente andando. Desde que había venido a vivir a Manhattan me había tenido que conformar con el barrio de estudiantes y con hostels de mala muerte, el Upper West Side. En otra época, cuando visitaba a mi madre, al menos me daba el lujo de caminar presumiendo por el Chelsea, pero parecía ser que durante esos últimos años alguien había decidido ponerlo de moda y por ese motivo los precios de renta se habían elevado a niveles exorbitantes, tanto era así que ahora debía conformarme con esto. Pero algo perturbador alimentaba la ironía de sentir que era justo lo que merecía, desdicha por desdichada.
Intenté destapar mi torso, pero una oleada de aire fresco lo impidió, pertenecía a ese extraño grupo de gente que hasta no sentir la fatiga del verano debía dormir arropada.
Finalmente lo hice. Poseída por cierta energía que hacía semanas parecía haber perdido, me incorporé en la cama.
Esta fuerza interior no daba tregua. Iría a esa dirección. Me sentí efervescer, después de todo, después de tanto, Audrey Jordan era una parte fundamental.


2
Audrey
Un mes antes
¡Enhorabuena, Lesley, has ganado!
Las ventanas, no podía dejar de pensar en las ventanas. Mientras estudiaba en Gibraltar Lake había tomado una cátedra en la que la profesora ya de por sí se trataba de un personaje en sí mismo. De gran estatura, cabello rojizo, con rulos de esos que abarcan algo más que el espacio personal, maquillaba sus ojos con un tono verde loro y sus labios de rojo, siempre.
Acababa de introducir el concepto de las ventanas, hablaba de manera vehemente, nos cautivaba con su sabiduría, aunque por momentos me perdiera en sus largos aretes.
Defendía la teoría de que todo ser humano debía conocer sus ventanas. Mientras mis compañeros, desde luego, tomaban de manera literal lo de la ventana, se reían del concepto y yo alucinaba. Bueno, Lesley Day y yo, que desde el primer año nos supimos las mejores alumnas y por momentos se nos hacía imposible evitar la rivalidad. Nos llevábamos bien, de hecho, nos caíamos bien, pero más fuera del aula.
Lesley era bonita. Bastante más que yo. Sus rulos de color castaño claro le llegaban a la cintura. Y dos grandes ojos verdes eran a menudo la incisiva arma que utilizaba para intimidar a todos, profesores incluidos. Conmigo nunca lo lograba.
La primera ventana era la personal, esa que se componía de todo aquello que creíamos sobre nosotros mismos. Lo bueno y lo malo. Luego estaba la del otro, la ventana de lo que el otro parecía percibir o prejuzgar de nosotros. Y finalmente la tercera y más temida: la ventana fantasma. No era que los fantasmas me incomodaran, hacía rato que la vida me había curtido lo suficiente como para tenerles más miedo a los vivos que a los muertos. Pero esa era la del punto ciego, como al conducir un vehículo y que otro te rebase por el costado, existe un momento, por un breve instante, en el que al echar un vistazo al espejo retrovisor crees que no hay nadie más que tú en la carretera.
Ese punto ciego, el que nosotros no podemos ver, pero tampoco el otro, eran las características que estaban en nosotros pero nos pasaban por el costado. Un real peligro al que sí era apropiado temer.
Quise desafiar su teoría. Podría haber recurrido a Leanne o a Ezra, pero solo me habrían dicho lo que deseaba oír, así que fui directo a Lesley.
Lo último que había sabido de ella era que acababa de abrir su clínica privada en Los Ángeles, y yo, bueno, a mí a esa altura me dolía el cuerpo de estar en la cama, pero también sabía que me dolería el cuerpo al levantarme, así que no importaba qué hiciera.
Ego a un lado, las decisiones tomadas a lo largo de estos últimos años definitivamente habían terminado por dejarme de cama, aunque incómoda en ella.
No era por Alex, era por todo. Porque había sido el último, pero no el más importante. Ezra era quien se llevaba ese título honorífico, al menos por ahora. Desde luego que, en aquel entonces, al ser tan jóvenes, la razón terminó por meter la cola haciéndonos creer que por ello no éramos dignos de vivir un amor inolvidable, que ya vendría ese por el cual dejar todo, que nosotros éramos la prueba piloto.
Pero hoy, años después, Ezra seguía clavado en mí como una inquietud incandescente. Ya no teníamos contacto, lo habíamos mantenido por un tiempo, hasta que su novia Beatrice se habrá sentido insegura de que hablase más conmigo, su ex, y ahora amiga de dudosas intenciones, que con ella. Y no estaba tan errada, yo habría actuado de la misma forma, más aún conociendo nuestra historia. Bueno, ciertamente, de haber sido ella no habría sido necesario.
Sacudí la cabeza, debía recordar a menudo que yo había decidido venir a Manhattan y que él había optado por quedarse en Gibraltar Lake.
Probablemente, a esta altura, Beatrice tendría una sortija en su delgado y alargado dedo. Si vamos al punto, toda ella era delgada y alargada, incluido su rostro, y sumado a esto sus ojos parecían estar siempre sospechando de uno, aunque me había enterado de que solía ser bastante simpática, solo que nunca había querido serlo conmigo.
La última vez que lo crucé fue cuando viajé a visitar a Leanne y a su familia, hacía dos o tres veranos, no lo recordaba exactamente, el dolor de cabeza no me permitía pensar con claridad.
Oh, Leanne, cuánta falta me hacía. No me gustaban las declaraciones de cariño públicas, pero cuando ella no escuchaba la describía como una de mis más queridas amigas, si no la única. Leanne era desenvuelta, liviana, todo lo que yo no. Nos unía la acidez. Eso de tomarnos la vida con un humor que lograba escandalizar a algunos.
Desde el inicio había sido así, incluso siendo dos desconocidas el primer día de clases, me acerqué para preguntarle si aquella era el aula 301 y, con total desparpajo, dijo que no, que ese bloque se encontraba cruzando el campus.
No hace falta decir que el cuento terminó conmigo llegando veinte minutos retrasada a la clase, agitada y con algunas gotas cayendo por mi sien luego de ir y volver al casillero inicial. Leanne reía a carcajadas desde la última fila.
Extrañaba su risa, sobre todo este último tiempo que en cada llamada venía escuchándola rara. Me rehusaba a afrontar la realidad de que Leanne ya no fuera la misma. Desde la pérdida de su primer bebé, no bien nos graduamos y ella se encontraba afuera con Todd, su novio en aquel entonces, su –lamentablemente– actual marido.
De todas formas, no me rendiría, no con ella. Estaba segura de que rasgando con ímpetu esa nueva coraza que vestía el último tiempo llegaría nuevamente a su esencia, esa que me había sido tan fácil de aceptar aquel caluroso septiembre del año 2004.
Era curiosa la forma en que en estos días mi mente tejía espirales hacia aquella época. Tiempos mejores. Más felices ciertamente, en los que la responsabilidad no era la base sobre la cual edificar una vida, sino más bien todo lo contrario. De la Audrey actual no había señales, esta que, de moverse, lo hacía con pesar. Mi peor versión por lejos.
Salí de casa envuelta en una chaqueta que cubriese el pijama inaceptable para el resto de la sociedad. Aproveché que el frío todavía no parecía querer marcharse para consentir mis escasos deseos de vestirme. Debía satisfacer mi estómago. Al menos, que todavía conservara el apetito transformaba mi estado en no tan crítico.
Y de las ventanas mejor ya ni hablar, se encontraban tan abandonadas que había que limpiarlas con la manga del suéter para echar un vistazo a través de ellas. Lesley, finalmente tú has ganado, ¡enhorabuena!


3
Juliet
Un mes antes
Descendí de su auto con más prisa de lo que las piernas me permitieron, lo supe al trastabillar con un adoquín que sobresalía en la vereda anterior a mi casa. Otra relación más que terminaba en tragedia. Últimamente parecía que el destino me ponía todo el tiempo ante el fracaso, como buscando decirme algo más, o tal vez era que solo quería castigarme.
Sabía que, de todas formas, siempre tendría a Nicholas. Pero yo sentía que necesitaba algo más, o por lo pronto salir al mundo para ver por mis propios medios si encontraba otra cosa. Y no es que Nicholas no fuese realmente perfecto, pero algo a lo que no había podido ponerle un nombre me hacía alejar cada vez que nuestra relación parecía estar a punto de dar el próximo paso. Era mejor así, vernos una vez cada tanto para sacarnos las ganas, compartir el momento y luego ya iríamos viendo qué nos deparaba la vida. Quizás en el futuro terminaría por enamorarme de él.
Antes había estado Jeff. Lo opuesto. Imperfecto. Bastante más entrado en años y poco atractivo. Pero no hacía más que aparecer o escribirme que provocaba un derrumbe masivo en cualquier estructura de amor propio que hubiese podido construir desde la última vez que nos habíamos visto.
Un detalle no menor atormentaba mis días. Jeffrey era un hombre casado y no parecía tener intenciones de dejar de serlo. Su esposa era conocida en Connecticut, suburbio en el que vivían, parecía ser que estaba involucrada en la gobernación y eso la tenía mucho tiempo ocupada, tanto que a Jeff le solía quedar una gran parte de su semana libre para parrandear por Manhattan conmigo. Tenían dos hijos a los que yo doblaba en edad, es decir que, si en algún momento se hubiese decidido por mí, yo habría sido la malvada madrastra joven, y atractiva por demás. Probablemente su hijo varón me habría negado el saludo, pero en la intimidad de su dormitorio se las arreglaría para fantasear conmigo, y su hija mujer buscaría la forma de envenenarme con ingredientes caseros que no levantaran sospechas. Sabía que, llegado el caso, no debería beber ni comer nada que ella hubiese preparado con sus propias manos. Una vez había leído que una persona que consumiera decenas de semillas de manzana podría morir, porque las semillas contenían cianuro. Por unidad eran inofensivas, pero en cantidades industriales eran capaces de voltear a cualquier ser humano.
Como fuera el caso, parecía ser mejor así. Jeff, con su familia. Nicholas, disponible in aeternum y, mientras tanto, yo en búsqueda de algo que ni siquiera sabía qué podía ser, como, por ejemplo, esta última conquista que por un momento creí que podía resultar en algo bueno, distinto.
Giré al oír un ruido de escape preparado para correr; el auto desapareció en la noche, solo quedó una estela de humo que parecía saludarme en un irónico gesto haciendo alusión al fracaso, a uno más. Y yo que creí que en verdad él podía haber sido el indicado.
El flechazo había sido instantáneo, las cosas se daban sencillas entre nosotros, parecían encontrarse pautadas de antemano por un libreto. Pero, desde luego, a lo largo de este último año me había metido en demasiados problemas como para involucrarlo a él, que se encontraba ajeno, inocente y, sobre todo, que podría salir dañado. De haber sabido antes que lo conocería, mis decisiones del pasado habrían sido otras, definitivamente. Pero lo hecho, hecho estaba, y yo debía dedicarme a contener los daños el mayor tiempo posible, hasta que todo esto terminara. Quizás incluso ya había ocurrido, que hubiese terminado la pesadilla, después de todo, no había sabido nada más de él, mi nuevo dueño o como quieran llamarlo. En lo que a mí respecta, se trataba de la persona que había robado mi vida entera, mi último año y probablemente mi futuro, incluyendo a aquel hombre que se acababa de ir en su auto tan rápido que parecía echar chispas.
Caminé algunos pasos con los tacones puestos, pero muy pronto me resigné, una vez más y contando, a la idea de no servir para usar ese tipo de zapatos por más estilizada y sexy que me hicieran lucir. Me quité el izquierdo y luego el derecho, ya para el segundo tuve que sostenerme del pasamanos de la escalera de entrada a mi edificio. Había bebido tres copas de pinot grigio, pero para alguien que últimamente comía poco y nada era lo mismo que si me hubiese bajado hasta el fondo una botella de tequila de mala calidad. Dirigí la mirada al suelo. Solo me faltaba pisar algo indeseable. Subí rápidamente los tres peldaños hasta dar con la puerta de entrada. Cerrada. Una vez más la señora van Zheemen había puesto llave. Maldición. Si Brooklyn ya no era tan peligroso como antes, hasta podíamos darnos el lujo de dejar la puerta de calle abierta; además, no hacía más que abrir esa que a los pocos pasos del hall había otra más y esa sí tenía llave obligatoria. Busqué mi juego en el bolso, que lógicamente se había perdido en alguna dimensión desconocida, ley de Murphy o algo así, de hecho, este año que había pasado para mí bien podrían haberle cambiado el nombre a “ley de Juliet”.
El sonido al crujir las hojas secas de la calle me sobresaltó tanto que me dejó al galope. Miré hacia atrás, pero no había nadie, ni en la cuadra, ni enfrente, ni siquiera a través de alguna ventana con la luz de adentro encendida, lo que me habría resultado levemente tranquilizador. Volví a introducir la mano en el bolso con mayor ímpetu, ¡bingo! Hice repicar las llaves victoriosa y luego comencé a querer introducir la más grande, la de la puerta de calle, en la que ahora parecía haberse convertido en una diminuta cerradura. El llavero dorado con el grabado “Hope” (esperanza), que me había regalado Debbie, tintineó contra la puerta de madera reflejando una cortina de pequeñas luces.
Giré la primera de dos y volví a escuchar el crujir de las hojas. Acabé por dar la segunda vuelta, pero antes de poder bajar el picaporte sentí una mano que me tapaba la boca y un brazo, uno bastante fuerte, que redujo mi movimiento a la altura del pecho. Intenté gritar, intenté zafarme, pero luego de aquel pinchazo en mi cuello todo se volvió completamente oscuro.


4
Audrey
Presente
Giré mi cuello y lo hice sonar con placer culposo. Salí tan apresurada que casi lo olvido. Luego de dar llave a la puerta, volví a abrirla para comprobar que estuviera cerrada la llave de gas y que los grifos de la casa no se encontraran goteando. Esta obsesión me acompañaba desde que había vuelto a vivir aquí, las viejas y gastadas construcciones me generaban inseguridad, al menos las del West.
Como casi todos los días de aquel tradicional mayo lluvioso tuve especial cuidado al descender los seis peldaños gastados que me llevarían hasta la vereda. “Una vez, culpa del piso resbaladizo, dos veces o más, culpa de mi atropello”, repetía cuando solía quedar al borde de caer sobre mi retaguardia a raíz de mi genuina torpeza, esa que parecía haber venido de fábrica.
Decidí subir por Columbus Avenue, todavía no terminaba de amanecer por completo y algunas cuadras internas eran demasiado oscuras, producto de las copas de árboles frondosos que inocentemente tapaban la luz de los faroles; pero Columbus era fiel y siempre se encontraba iluminada por los locales cerrados, aunque centelleantes a toda hora. Después de todo, por algo la llamaban “la ciudad que nunca duerme” y últimamente yo parecía plegarme a ese concepto aportando un granito de arena desde mis cotidianas noches insomnes.
Me detuve de golpe, todavía me restaba una cuadra y media para arribar a la dirección que me había sido indicada en el mensaje; bueno, no necesariamente a mí. A decir verdad, sabía bien que no.
¿Y si se trataba de alguna emergencia familiar? “¿Qué estoy haciendo aquí? Audrey, ya estás border…”, me dije.
Di media vuelta, mareada, confundida, dispuesta aunque no decidida a emprender la vuelta a casa, cuando primero escuché y luego vi un patrullero pasar a gran velocidad, justo delante de mis narices. El ruido ensordecedor de la sirena se apagó a pocos metros, en la 97 y el lado oeste del parque. Rápidamente volví a mi plan original, aunque esta vez a paso más acelerado.
Mi emocionalmente gastado corazón no daba acuse de recibo, las palpitaciones se acentuaban y sabía de modo fehaciente que aquello no se debía al hecho de que me faltara un buen estado físico, sino a que, muy dentro de mí y para la escasa experiencia que tenía en eso de infringir normas, ahí estaba yo, cometiendo una locura. La Audrey Jordan de tan solo un día atrás me habría dicho que todo aquello era en una terrible idea, que volviera a la cama y no saliera más de allí, cosa que se me daba mejor.
A pocos metros del lugar pude advertir un gran operativo de fuerzas de seguridad y algunas personas amontonadas husmeando; típico, el morbo era una de las claves para que un simple hecho se tornase popular. Un joven oficial se encontraba cercando el perímetro contra reloj, a fin de que la muchedumbre no pudiera arruinar la posible evidencia. Cinta amarilla, inscripción en negro, malas noticias.
Estiré mi cuello hasta el límite, todo lo que mi corta estatura me permitía, buscando ver algo como una vecina morbosa más, hasta que finalmente di con un espacio libre “en primera fila”. De entre el murmullo rescaté que había una víctima fatal. Los árboles y que todavía estuviese oscuro el cielo me imposibilitaron la visual y me imagino que fue mejor así: la naturaleza, siempre sabia, aunque nosotros, siempre indiferentes.
Si el operativo era tan grande, sin duda debía tratarse de un asesinato. Recordé que cuando mi abuela murió repentinamente en su casa tan solo se habían hecho presentes el oficial de costumbre, para constatar que no hubiera factores dudosos en la causa de su fallecimiento, y luego una ambulancia que la trasladó a la morgue del hospital por unas horas. Nunca se invertía tanto dinero y recursos cuando no se trataba de algo serio. Por eso, esto sí debía serlo.
El fervor corría una carrera contra sí mismo por mis venas, las mismas venas que siempre había criticado porque se veían demasiado azules, aunque quizás el problema de raíz se tratara de que tuviese la piel demasiado blanca, casi transparente.
No experimentaba una excitación tal desde el día en que había ingresado a la Universidad de Gibraltar Lake para cumplir mi sueño de convertirme en psicoanalista.
Por supuesto que luego las cosas no habían resultado como las había imaginado y de fantasear con transformarme en una renombrada terapeuta con una docena de libros escritos y publicados –como Lesley Day–, pasé a ser una psicoanalista del montón, que atendía pacientes de salud pública con problemas ordinarios, daños superficiales por peleas conyugales o padres sobreprotectores que habían arruinado a sus hijos sin retorno. Después de todo, Lesley Day había nacido para eso, tenía incorporada la obra y gracia del marketing, sumada a su gran capacidad intelectual –y daba fe de ella–; parecía haber venido de fábrica con un nombre listo para triunfar. No como Audrey Jordan, que bien podría haber sido una granjera olvidable del centro del país. Todo indicaba que el éxito no estaba predestinado a cruzarse en mi camino y, ciertamente, ya comenzaba a cansarme de remar contra la corriente.
Me asomé desde una esquina para ver mejor, cuando alguien me tomó del brazo. Di un salto.
–¿Doctora Morgan?
Intenté balbucear que no sabía ni remotamente de quién me estaba hablando, pero, antes de que lo lograra, el oficial ya me había hecho pasar por debajo de la cinta perimetral. Morgan, Jordan, tomatos, tomatoes. Podía haberse confundido, pero había algo que seguro yo no era: una doctora.
–La estábamos aguardando.
Por lo pronto, este muchacho tampoco conocía de primera mano a la doctora Morgan, ya que se había dirigido a mí con absoluta seguridad.
Mientras me guiaba hacia un destino incierto, algunos metros parque adentro, vinieron a mi mente una docena de escenarios distintos y todos ellos concluían en lo mismo: finalmente alguien se daría cuenta de que yo no era la persona que esperaban y me sacarían de allí en lo que cacareara un gallo, cosa que por la hora estaría a minutos de suceder, claro que de haber habido gallos en el Central Park.
–Es un gran alivio haber podido localizarla. Verá, nuestra compañera, la doctora Richardson, se encuentra de licencia por maternidad y pensamos que no haría falta reemplazarla por algunos meses –me explicó el muchacho. Bastante optimistas, los policías de Nueva York. Si bien Manhattan era mucho más seguro en estos días comparado con la década de los noventa, tampoco podían darse el lujo de creer que no habría crímenes durante meses.
No pude evitar notar su corta edad para estar en la fuerza, pensé en su madre, esa pobre mujer que debía de vivir con el corazón en la boca porque su “niño” se ponía en peligro cada día por cuidar de otros: por eso yo no tenía hijos, ni pensaba tenerlos jamás.
Las palabras del oficial permitieron que me diera cuenta de que, probablemente, nadie reconocería a la doctora Morgan, ya que para el equipo completo de policías se trataba de una total desconocida. Respiré más tranquila y decidida, sin disminuir la marcha. Después de todo, a lo sumo quedaría como una anécdota divertida para contarles a Leanne y a los niños en mi próximo viaje a Gibraltar Lake en vacaciones. Vacaciones…, técnicamente en la actualidad vivía inmersa en ellas, solo que no por los motivos ideales.
Para que en verdad se sintiera como un “tiempo fuera” debían reunirse ciertos requisitos. Veintisiete grados de temperatura, cosa que pudiera vestirme liviana, idealmente una playa como escenario, infaltable un buen libro entre las manos y algún trago suave apoyado en una mesa al costado, todo eso mientras un apuesto muchacho me daba un masaje en los pies. Pero no, no había libro ni playa, la temperatura aún no alcanzaba los veinte grados y mucho menos había un muchacho en mi vida, ni siquiera para pelear, ridículo esperar que dándome un masaje en los pies. De todas maneras, nunca me había gustado demasiado el toqueteo innecesario; me retracto, quitemos al muchacho y déjenme con el libro y el trago suave, siempre suave.
El lugar se encontraba rodeado de frondosa vegetación ya brillante y nutricia por la primavera, que si bien todavía se hacía desear en términos de temperatura, había al menos propagado su mensaje de temporada alta para la fotosíntesis. En absoluto contraste, el despliegue montado parecía sacado de un filme en el que Angelina Jolie habría obtenido el protagónico con sus escasos veintitantos, pero una belleza digna de hacernos creer que ya se había recibido de perito forense y, no conforme, además, se trataba de una erudita en la materia. Indiscutible para cualquiera, con ese rostro nadie se hubiese atrevido a objetar su participación estelar.
Policías yendo de aquí para allá, un grupo de hombres de saco y corbata que decantaban en detectives y una mujer de unos cuarenta años que, a juzgar por su uniforme y por lo que estaba haciendo, parecía ser la médica forense. Eso me llevó a descartar en ese mismo instante que Morgan fuera la forense y respiré aliviada, pero, entonces, ¿qué tipo de doctora sería Morgan? Necesitaba estar preparada para sostener mi mentira hasta que al menos me pudiese escabullir de allí para siempre.
Di unos pasos cortos a sabiendas de que, en breve, vería con mis propios ojos al cadáver en cuestión, algo que no me causaba ninguna gracia. Trabajar con vivos era mi especialidad, algo trastornados, sí, pero vivos al fin.
La única vez que había visto a un muerto había sido el cuerpo de mi madre y en condiciones apropiadas. Después de todo, aunque lucía demasiado delgada, no había llegado a impresionarme, estaba dentro de lo esperado como consecuencia de aquella enfermedad del demonio. Se me estrujó el estómago al recordarla, había pasado tanto tiempo que se me solía desdibujar el recuerdo de su rostro. Casi un año. Con mi madre habíamos tenido nuestras buenas épocas y otras no tanto. No era fácil convivir con el recuerdo de mi padre tatuado en tinta china. Él, por otro lado, había sido el motivo por el que yo terminara siendo psicoanalista. Se encontraba en prisión desde hacía al menos veinticinco años y yo había decidido no volver a verlo jamás.
De un día para el otro la vida tal como la conocía había cambiado por su culpa: lo que para mí había sido un dulce y protector progenitor acabó cuando derribaron nuestra puerta de una patada y lo atraparon. Le dieron cadena perpetua, era lo mínimo que se podía esperar después de aquellos actos aberrantes. Mi padre, Ben Atwood, en lo que a mí respecta, se encontraba tanto o más muerto que mi madre; ella sí que descansara en paz.
Para cuando estaba asomándome a la escena del crimen sentí una mano sobre mi hombro.
El poder hipnótico de dos grandes ojos verdes logró suspenderme en el tiempo.
–Don Hardy, mucho gusto –sentí cómo reguló su apretón de fuertes manos con cautela. “Qué atento”, pensé, y “qué machista”, noté.
–Yo soy…
–Verá –el oficial que me acompañaba intervino sin saber que me salvaba de tener que mentirle al jefe de Policía–, ella es la doctora Morgan –incómoda, bajé la vista.
El jefe Hardy se quedó inmóvil, mientras me observaba por unos pocos segundos eternos. “Mierda, ¡me atrapó! –pensé nerviosa–, seguro conoce a la tal Morgan y ahora me llevarán detenida, el titular dirá: ‘La loca de los pijamas’. ¡Cómo no me quedé en la cama…!”, pero para mi sorpresa se ofreció a escoltarme hasta la escena, mientras me solicitaba mi punto de vista.
Mis ojos se cerraron por acto reflejo unos pocos segundos esperando que la imagen desapareciera. Cuando volví a abrirlos antes de que alguien notara mi incoherente reacción, ella seguía allí, inerte y pálida, compitiendo con un tono de piel semejante al mío, ese que me hacía lucir las venas más azules. Se encontraba en perfecta calma y hasta podía absorberse la eternidad en su quietud. Enseguida me llamaron la atención sus zapatos, me impresionó caer en la cuenta de que yo tenía un par similar, me los había regalado Alex para mi cumpleaños de treinta. Eran cerrados, color azul francia, de taco bajo y con ribetes dorados. Iguales a los míos. Una electricidad me recorrió la nuca. Lo segundo que no pude evitar observar fue, a grandes rasgos, el gran parecido que teníamos, ambas con cabello oscuro pasando los hombros, ondas probablemente naturales, a juzgar por la falta de prolijidad, nariz pequeña y mentón aún más fino. De alguna manera, me parecía conocida. ¿La habría visto antes en algún lugar, o era solo un falso recuerdo de mi posible imagen en el espejo?
–¿Qué opina, doctora? –preguntó con soltura el jefe Hardy. ¡Y es que, desde luego, ellos estaban acostumbrados a algo así, yo en cambio me encontraba debutando!
Su trato era cálido, nada parecido a lo que hasta ahora había visto en la pantalla, bueno, y en la captura de mi padre, aunque era demasiado pequeña como para recordarlo con nitidez.
De hecho, noté que su trato era opuesto al de mi área de estudios, donde abundaban los hombres. Mientras que la mitad de ellos se creía Sigmund Freud reencarnado en el siglo XXI, la otra mitad se consideraba Jacques Lacan. Y por supuesto que de osar aspirar a formar parte del grupo selecto antes debía hacerme de una carrera colmada de premios con pie de mármol –jamás acrílico– y reconocimientos por mis tantos descubrimientos. Para los hombres, desde siempre, esto había sido más sencillo. Bastaba con saber qué hilos mover, así fuera jugando al golf.
Presa de la ansiedad, estaba a punto de soltar una sarta de respuestas sin sentido, cuando apareció uno de los detectives y de nuevo fui rescatada de la situación: “¿Ella es la psiquiatra forense que reemplaza a Richardson?”. Sonreí airosa, aparentemente aquel día todos los planetas parecían alinearse en mi provecho: aquello sí podría hacerlo, era psicóloga, pero además me habían entrenado para cosas por el estilo, ¿cuán difícil podría resultar?: no me solicitarían que medicase a la muerta. Mi ingenua conjetura me causó gracia e hice un gran esfuerzo por ocultar una sonrisa.
Mi reciente salvador se trataba de Cole Craighton, agente del jefe Hardy. A juzgar por su aspecto, tendría mi edad o un poco más, no mucho. Su rostro se encontraba endurecido y no era para menos: ninguno podía reír a carcajadas ante una escena como aquella.
Me extrañó su aspecto. Vestía pantalones pinzados color caqui, tirantes en la misma gama y una camisa cuadrillé debajo. Nada que luciese como un agente común.
Para cuando el breve cruce de palabras finalizó, Cole Craighton se retiró dejándome nuevamente a solas con Hardy, que me lanzó una mirada expectante.
–Necesito unos minutos –atiné a articular con voz armada y protocolar. La “nueva” voz de Morgan. Asintió y, dando algunos pasos hacia atrás, me invitó a apropiarme del lugar.
Observé el cuerpo como quien hace de cuenta que analiza un cuadro de museo. Muchos pueden pagar la entrada y merodear por sus pasillos, mientras que unos pocos entienden realmente de arte. Aquello me hizo ganar tiempo, tiempo que invertí en recordar lo aprendido en la universidad. Aunque mi carrera se había orientado hacia el psicoanálisis desde el inicio y solo trabajaba con vivos –sonreí de nuevo–, durante mi formación había pasado por cátedras de Criminología y había estudiado diferentes abordajes de la psicología criminal. No podía ser tan difícil. Tomatos, tomatoes.
La médica forense tomaba muestras al mismo tiempo que señalaba focos de interés para los fotógrafos, que se encontraban concienzudamente en plena tarea.
La víctima se trataba de una mujer en sus veinte, delgada y de estatura media. Más puntos que teníamos en común, exceptuando la edad. A su manera, ambas estábamos solas. Cuando llegué a Manhattan desde Gibraltar Lake, no había sido el acontecimiento más feliz, pero mi madre enferma me requería y supuse que, con el tiempo, terminaría por acostumbrarme a vivir aquí; después de todo, era el sueño de miles de personas, ¿qué podía salir mal? Y por un tiempo lo creí, cuando todavía mamá estaba con vida y parecía mejorar, cuando conocí a Alex y pensé que podía ser el indicado. Pero, como todo en mi vida, un golpe inesperado provocó que un día las cosas se fueran al cuerno: primero, la muerte de mi madre y, un tiempo después, el mal trago de darme cuenta de que Alex no se trataba del hombre de mi vida, ni cerca.
Alex parecía no conocerme, me planteaba ideas y hasta proyectos de vida –un bebé, como claro ejemplo– que me hacían dudar de si realmente estaba enamorado de mí o si necesitaba a alguien a su lado para cumplirlos, como un empleado que debía fichar su asistencia.
A menudo solía frustrarse y echarme la culpa por no querer sumarme a sus propuestas, su frase de cabecera era la típica: que yo estaba rota o que me faltaba una parte. Que me encontraba rota no era noticia nueva, pero no se llevaría los laureles por descubrirlo, sino que lo había estado desde hacía demasiado tiempo, desde el día en que mi padre había dejado de ser mi padre para convertirse en un “famoso” asesino serial norteamericano. A mis escasos siete años habíamos tenido que escapar, literalmente, de nuestra vida tal y como la conocíamos. Mi madre se ocupó de buscarnos un nuevo sitio para vivir y tramitamos el cambio de mi apellido por el de ella, Jordan. Ben Atwood se convertiría entonces en un completo desconocido para esa dupla de mujeres que comenzaba una nueva vida en Gibraltar Lake.
Pero las cosas en aquella época no se desenvolvieron de manera sencilla, nuestros últimos ahorros se habían escurrido en mi matrícula universitaria y mi madre terminó instalándose en Manhattan, movida por una oferta laboral que prometía un gran futuro para las dos.
La decisión de mudarme no fue difícil. Con Ezra habíamos terminado hacía algunos años y él parecía estar muy bien con Beatrice. Leanne ya tenía su propia familia y yo me limitaba a visitarlos una vez a la semana, ocupando el lugar de tía moderna que les llevaba los dulces que su madre no les compraba y respondía preguntas que sus padres no se animaban a contestar.
Pero un buen día me di cuenta de que mi rol allí se trataba de un relleno que todos los demás necesitaban para completar su existencia. Debía ir en busca de mi propia historia, lo irónico era que en Manhattan parecían estar pasándome las mismas cosas o incluso peores. Ciudad más grande o, al menos, con muchas más personas, tantas que me convertí en una cabeza más deambulando por las grises calles de altos edificios amurallados y rascacielos. Todo muy bonito para quien viniera de paseo una o dos veces, pero perdía la gracia para quien, como yo, lo tenía como un constante recordatorio de la falta de disfrute en su vida, de la culpa que provocaba no poder siquiera valorar el hecho de vivir en un lugar como este por, y ahora sí citando al contemporáneo ex novio, “estar rota”.
El jefe Hardy interrumpió mis pensamientos, sin haberlo podido prever, al preguntar si notaba algo fuera de lo normal a lo que prestarle especial atención.
La sorpresa de tener que convertirme en Morgan de nuevo me hizo tartamudear por unos pocos segundos, cosa de la que Hardy se percató enseguida.
–Definitivamente se trata de un homicidio –largué sin pensarlo siquiera, sin evidencia que comprobara aquella hipótesis que se había originado en la boca de mi estómago. La víctima acababa de hablarme, pero no de la forma en que las películas de terror de bajo presupuesto mostraban, sino desde una conexión que trascendía cualquier conocimiento técnico.
Podría haberles dicho que no era la doctora Morgan, podría haberles dicho que era Audrey Jordan, una psicóloga venida a menos con licencia psiquiátrica, valga la irónica redundancia. Y con eso que se diluyese lo que para mí había sido un escape para la última media hora de mi vida. Sabía que de hacerlo me ahorraría una gran vergüenza en el futuro, pero aquella fuerza interior que parecía seguir en efervescencia desde la madrugada no me lo permitió.
Decidida, puse manos a la obra.
Sin notarlo se hicieron las ocho de la mañana, lo supe porque la claridad me quemó los ojos. La estación de Policía quedaba justo enfrente de donde estábamos. La burla del asesino se hacía evidente. Me horroricé. Aun a pesar de que, técnicamente, yo también me estuviera burlando de ellos.
Mis anotaciones eran vagas, de hecho, ni siquiera sabía por qué había seguido adelante con aquella mentira. “Tendría que decirle a este tal Hardy quién soy y terminar con esto”, una voz interior me repetía una y otra vez como si se tratara de un grillo, aunque aquella voz, a esa altura, definitivamente pertenecía a la Audrey de un día atrás.
Mi vida hasta esa mañana había carecido de razón de ser, pero ahora sentía literalmente la sangre calentando mis venas, enérgica y motivada, básicamente como todo ser vivo que goza de un propósito. Sumida en mis pensamientos, me mordí tanto el labio inferior que cierto sabor metálico revolvió mi lengua.
Regresé a mi apartamento. Debía cambiarme de ropa. Nadie respetaría a una psiquiatra forense que vistiera jeans y chaqueta. En verdad, quería deslumbrar al jefe Hardy y, de tener suerte, la pena por mentirle no sería tan severa.
¿Qué tipo de ropa vestiría Morgan? Barrí el interior del clóset con la vista, parada sobre un solo pie, provocando que mi esmirriado cuerpo perdiera el equilibrio varias veces.
Se me ocurrió una idea mejor. Corrí hacia el ordenador y busqué a la real doctora Morgan. Mierda, lo primero que me devolvió el buscador fue la imagen de una mujer mucho más entrada en años que yo y de rasgos completamente opuestos a los míos: cabello rubio, ojos claros y algunas arrugas finas alrededor de los ojos. Su estilo era sofisticado. Algo que se sumaba como imposible de falsificar, teniendo en cuenta mi andar desgarbado, mi melena castaña oscura por debajo de los hombros, mis redondos ojos color miel y mi tez un tanto más blanca que el bronceado que parecía ostentar aquella mujer. Recordé la palidez de la chica muerta y el efecto del shock –todavía presente– me hizo cerrar los ojos por unos pocos segundos.
Sacudí la cabeza buscando recuperar algo de cordura.
Luego del vaivén decisorio, resolví acudir a la estación para contar toda la verdad. A esa altura la mentira todavía no tenía peso, a lo sumo me harían realizar alguna tarea comunitaria y hasta dicho castigo resultaba atractivo. Después de tantos meses sin trabajar comenzaba a sentir estrés por aburrimiento, lo que producía que, en mi estado actual, cualquier actividad resultase llamativa, incluso levantar basura de las calles con un palo.
De utilizar el correcto vestuario, y si con suerte Don Hardy era un casanova encubierto, aunque tenía mis serias dudas, me saldría con la mía mediante un discreto coqueteo, algo que jamás se me había dado bien, aunque ahora no tenía mucho que perder.
Elegí una blusa blanca y un pantalón sastre que rara vez había usado, “demasiado arreglado para el día a día”, solía pensar cada mañana antes de ir a trabajar cuando abría el vestidor y lo veía en primer plano ahí colgado, burlándose de mis pocas ganas de arreglarme.
Salí caminando con ligereza hacia el metro. La línea 1, 2 y 3 planteaba una disyuntiva. En dirección al Uptown, donde se encontraba la estación de Policía, y justo enfrente, la que, por el contrario, me llevaría al Downtown. Crucé.
A los quince minutos llegué a la Biblioteca Pública de la Quinta Avenida.
–Buenos días, señorita, ¿en qué puedo ayudarla? –me preguntó una señora canosa con un cutis de porcelana envidiable, que se encontraba del otro lado del mostrador de informes.
–Libros de psiquiatría, por favor.
Minutos antes había decidido continuar con la mentira, de pie frente a esa escalera tan definitiva que me ofrecía la posibilidad de elegir.
Algo dentro de mí ya había cambiado y no podía detener su curso.


5
Juliet
Un año antes
Debbie entró a nuestra habitación y me encontró recostada en la cama mientras movía nerviosa la pierna derecha.
–¿Qué te traes, Julie? –sabía bien que me molestaba aquel apócope, así solían llamarme en nuestra escuela en Casper. Vida pasada. Cuando éramos dos nadies de Wyoming.
–No sé, ven que te muestro –aquella mañana acababa de recibir un mensaje de un número desconocido.
En otro momento lo habría mandado a volar, pero entre Jeffrey, que se encontraba de vacaciones en Portugal con su familia, y Nicholas, que esos días se las daba de ofendido, le seguí el juego. Comenzamos a coquetear, a sabiendas de que del otro lado podía haber un viejo libidinoso en musculosa, slip y medias, pero ¿qué riesgo había a través de una pantalla?
<¿Así que sin pareja eh?>.
Debbie se alejó horrorizada. Demasiado para la dulce y buena católica, la oveja blanca de aquel campus de la NYU, o al menos de aquel piso de dormitorios.
Así y todo no concebía la vida sin ella. Habíamos sido amigas desde que tenía recuerdos. Más tarde el destino benevolente nos permitió ingresar a la misma universidad en nada más y nada menos que Manhattan. Bueno, el destino y la mano de Debra.
Releí el mensaje y respondí: <Supongo>.
<¿Cómo es eso? O tienes o no tienes>.
<Digamos que estoy libre>.
<Perfecto>.
Comenzó a sonar la alarma de evacuación, algo habitual una vez por mes cuando, sin previo aviso, el bloque de dormitorios realizaba un simulacro para asegurarse de que, sin importar cuándo, alcoholizados o sobrios, pudiéramos salir sanos y salvos en caso de que ocurriera un siniestro.
Esa noche había una fiesta de disfraces bajo la temática “Francis Ford Coppola” y yo, que nunca había sido fanática de ellas, aprovecharía para quedarme adentro leyendo o poniéndome al día con alguna materia. No entendía el objetivo de querer ser alguien distinto por un rato, escondido detrás de un disfraz.
Si a mí me gustaba ser Juliet, ¿por qué demonios querría convertirme en Kay Adams o en Lucy Westenra? No es que ellas la hubieran pasado mejor. Me parecía una vulgar excusa que usaban las mojigatas para vestirse provocativas sin sentir culpa y yo en esta materia jamás la sentiría. Si eso le molestaba a alguien, bien podía mirar hacia el lado opuesto.
<¿Vives en el campus?>, pregunté.
<Eso depende para qué>.
<Hay una fiesta de disfraces>, respondí.
<Truco o trato>, sonreí.
<Prefiero los trucos el resto del año>.
<Yo los tratos>.
<Bueno, parece ser que nos complementamos>, me sentí poderosa y sobre todo y lo que más me gustaba, con el toro tomado por las astas.
Debbie se asomó tímidamente por detrás de la puerta del clóset que compartíamos. Su disfraz no variaba demasiado de una versión de ella misma, pero en los años sesenta.
No importaba, dejaría que se sintiera feliz con la idea de ser una persona completamente distinta por ese rato; era obvio que pertenecía al grupo que lo necesitaba.
A los pocos minutos, se despidió cuando la pasó a buscar un muchacho que nunca antes había visto por allí, y aproveché para seguir mi conversación mucho más enfocada, a solas.


6
Audrey
Un año antes
Tenía media hora libre entre pacientes, así que me propuse una escapada atípica. Salí del edificio de salud mental, ubicado en Lexington Avenue y la 47, y caminé hasta la antigua tienda de café de siempre, Bobby’s Grill, que estaba pegada a un Starbucks que, lógicamente, había aterrizado un tiempo después buscando captar o mejor dicho robar sus clientes. Pero conmigo no lo lograría, sentía una gran estima por el viejo Alfred y sus maravillosos lattes. Luego de beber la mitad en tiempo récord, me metí en la pequeña librería de la Tercera, justo a la vuelta de allí.
Hacía tiempo que no leía algo que no fuera una actualización de algún tema de mi carrera y sabía que, de estar viva mi abuela, lo habría desaprobado. Decía que cada tanto era condición sine qua non leer un buen clásico como para no olvidar de dónde veníamos.
Por ser la hora del almuerzo había más gente de lo habitual merodeando por los angostísimos pasillos del lugar. Llevé la vista hacia el estante más alto y una edición bastante antigua de Orgullo y prejuicio captó mi atención por completo. La primera vez que lo había leído era una niña y recuerdo haberme quedado dormida del aburrimiento. Fue entonces cuando mi abuela me enseñó a analizarlo a fondo. Sabrán cómo termina la historia.
Estaba por tomarlo cuando una mano me ganó la delantera. Le eché una mirada cargada de ira.
–¿Ah, sí? ¿Te aprovecharás de alguien más pequeño que tú? –el muchacho me miró sorprendido. Luego echó a reír.
–¿Cuánto lo quieres? –preguntó.
–Digamos que estoy dispuesta a derribarte por él, bueno, eso si no tuviera todavía mi café a medio tomar y si Roland no me cayera tan bien –el dueño de la librería levantó la vista al escuchar su nombre y al verme elevó su mano en el aire.
Roland era bastante mayor y vivía en Manhattan desde que la ciudad recién comenzaba a erguirse para transformarse en el imperio de hoy. Había tenido el gusto de ver desde los cimientos al Empire State, aunque su corazón estaba con el Chrysler. “El resto es puro marketing para capturar el dinero de los turistas”, decía cada vez que le sacaba el tema. Cosa que me encantaba hacer.
Volví la mirada hacia el muchacho. Ambos todavía teníamos la mano apoyada en el libro, que seguía cómodamente en el estante y, sin querer, nuestros dedos se comenzaron a rozar.
–Bien, hagamos un trato, si me dejas llevarle este libro a mi abuela, prometo comprarte dos que tú elijas, dos a falta de uno; no sé, piénsalo, te doy… –miró su muñeca desnuda– diez segundos –que acabara de mencionar a su abuela fue un golpe bajo inesperado, después de todo, era el fresco recuerdo de la mía lo que me impulsaba a apretar tanto aquella solapa antigua color azul.
–Bien –revoleé los ojos–, ganaste –solté mi objeto de deseo.
Caminé delante de él en dirección a la caja, dado que el pasillo no permitía que dos personas pudieran pasar al mismo tiempo, y escuché que a mis espaldas preguntó mi nombre.
–Audrey –respondí con un grito hacia el techo.
–Mucho gusto, Audrey, yo soy Alex.
Alex era bien parecido, alto, mucho más que yo e incluso que cualquier chico con el que hubiera salido antes; definitivamente, más que Ezra.
Al final elegí un solo libro, no quería hacerle gastar de más, pero tampoco negarme a su favor, para no desmerecer el gesto. Antes de salir de la librería, le pidió un bolígrafo a Roland y tomó un señalador de esos que solían dar gratis. Escribió un número junto a su nombre y luego lo puso en mi bolsa.
–Listo, Audrey, acabo de arrojar la pelota en tu cancha –me rodeó con un pequeño bailoteo tosco y se fue por la misma puerta por la que había entrado, la única, de hecho, dejándome boquiabierta. Podía llamarlo. O bien podía olvidarme de la situación y volver a mi perfecta y rutinaria calma.


7
Juliet
Un mes antes
Desperté algo confundida. Empapé mis labios partidos con saliva, pero enseguida me di cuenta de que no bastaría. La sed se apoderaría de mí de un momento a otro y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Un dolor punzante cerca de la nuca me despabiló cuando recordé que ahí mismo había sido pinchada antes de perder la conciencia. Intenté levantar mi mano a fin de aliviarme con un pequeño masaje, pero algo frío me tomaba por la muñeca, frenándome antes de llegar. Me encontraba encadenada. Por las muñecas y los tobillos.
La desesperación se cargó la poca templanza que me quedaba, tanto que comencé a tironear de las cadenas sin siquiera detenerme a pensar qué estrategia me podía convenir, si es que existía alguna. Comencé a lastimarme, pero no me importó, solo me detuve cuando dolió, incluso más que el pinchazo en el cuello, incluso más en todo mi cuerpo que en los tobillos y muñecas, porque ese dolor era nuevo, desconocido, imagino que sería el dolor que sentía el alma cuando parecía acercarse al final.
El lugar en el me encontraba era oscuro, lúgubre, tenía una única y pequeña ventana rectangular en lo alto, aunque tapada con papel de diario. Deduje que se trataría de un sótano, tanto en Brooklyn como en Manhattan abundaban los apartamentos de subsuelo, yo misma vivía en uno así, eran de los más económicos, un nivel más elevado que las ratas: venían ellas, luego el subsuelo y recién después podíamos empezar a hablar de condiciones apropiadas de vivienda.
Nueva York tenía todo lo que Casper no. Que eran mundos opuestos no cabían dudas. En Wyoming todo parecía moverse en cámara lenta. A lo largo de mis años más lozanos había experimentado la real sensación del letargo y el aburrimiento, sobre todo en las tardes de invierno. Luego, con suerte, comía, dependiendo de en qué casa estuviera, y a dormir. En verano las cosas eran bastante distintas, pasaba más tiempo al aire libre, jugábamos en la calle o, en ocasiones, hasta nos escapábamos al lago. Claro que Debbie nunca venía, ella era demasiado correcta como para mentirles a sus padres, decía que si perdían la confianza en ella no podría recuperarla fácilmente. Como fuera, yo ni siquiera tenía padres a los que decepcionar.
Afuera todavía estaba oscuro. Había llegado de mi cita fallida a altas horas de la noche, con lo cual, si todavía no amanecía, no estaría muy lejos de casa. De haberme llevado a otra ciudad nos habría sorprendido la claridad del alba, bueno, todo esto a excepción de que hubiera pasado días inconsciente, después de todo, sentía la boca seca y pastosa, pero eso también podía deberse al efecto rebote de haberme tomado tres copas de vino blanco. Volví a intentar zafarme de aquellas cadenas una vez más, aunque sin éxito. No lloraría; de comenzar a hacerlo, nunca podría acabar. De golpe escuché pasos acercarse cada vez más hasta que se abrió la puerta. Una silueta apareció debajo del marco, pero estaba lo suficientemente oscuro como para no alcanzar a ver de quién se trataba. Me contempló en silencio por unos segundos y luego se fue. A partir de eso, todo fue cuesta abajo. Como si hubiese sido posible.
Me despertó el recuerdo de Ethan tirándose al lago sin ropa. Tendríamos quince o dieciséis años y, para lo poco que entendíamos de amor en aquel entonces, nos creíamos Romeo y Julieta, en versión pobres. Ethan era un completo desastre, faltaba a la escuela para quedarse bebiendo cerveza con su hermano mayor y sus amigos marihuaneros.
Tenía muchos defectos, pero estaba segura de que jamás me engañaría, me amaba sin límites y lo demostraba todo el tiempo, como justamente aquella tarde en la que se acababa de tirar al lago como Dios lo había traído al mundo para probar que por mí haría cualquier cosa.
Con el correr de los años se me presentó la oportunidad de elegir un futuro mejor.
En verdad, no fue solo cuestión de suerte, sino también del hecho de tener una amiga como Debbie, que se había ocupado de completar los formularios de impuestos en mi nombre, solicitar ayuda al gobierno y obtenerla para estudiar en la universidad completamente becada.
Ella no concebía irse a Nueva York sin mí, de hecho, por momentos parecía rivalizar por mi cariño con Ethan, o tal vez fuera que sabía mejor que nadie que, de seguir enroscada en aquella relación, terminaría viviendo en una casa rodante, con objetivos de vida nulos y un gran potencial desperdiciado. Yo también lo sabía, podía ser joven, pero tanto ingenuidad como inocencia eran rasgos que no me había podido permitir jamás. La vida me había curtido lo suficiente y, en lo más profundo de mi corazón, siempre había sabido que Ethan tendría fecha de caducidad, solo que, por el tiempo que durase la cosa, yo me dedicaría a disfrutarlo, mientras todavía fuéramos dos jóvenes jugando a la pareja estable. Locos el uno por el otro. Apasionados hasta el punto de escabullirnos a la parte trasera de un auto ajeno para hacer el amor cada vez que podíamos o aventurarnos al interior del bosque.
Una vez nos había corrido un animal, chillaba como una señora mayor enojada. Ethan solía decir que se había tratado de un espécimen feroz que él mismo había espantado. Claro que yo bien recordaba que no sería mucho más grande que una ardilla, pero preferí seguirle el juego y dejarle creer que se había convertido en un ex combatiente de guerra por dicha hazaña. Lo necesitaba.
Apreté mis ojos forzando el recuerdo una vez más, el lago, el sol, el calor que me quemaba el trasero sentada sobre las rocas de la orilla. Juliet feliz.
Comenzaba a hacer frío. Aquel lugar era todo menos Casper, y yo hoy era todo menos aquella jovencita que alguna vez había sido, sobre todo la de apenas un año atrás, la que todavía albergaba un puñado de sueños que hasta hacía poco tiempo había creído que podría cumplir.


8
Audrey
Presente
Al cabo de algunas horas quemándome las pestañas leyendo y tomando notas, logré unas cuantas conclusiones sobre el posible perfil del criminal.
Después de todo, no había perdido mi toque y, básicamente, ya todo había sido estudiado y analizado por expertos que a posteriori lo habían expuesto en decenas de libros. Edad, género, etnia y algunas cosas más eran las que se podían descubrir dependiendo de los daños infligidos a la víctima.
Tomé la hoja en blanco del informe que debía completar, y que me habían dado en la escena del crimen.
Sacudí mi cabeza una vez más. Desde que había leído el apellido de la víctima no había podido parar de girar en círculos. Parecía parte de una broma macabra del destino: Juliet Atwood. Karma. Sabía que Atwood en Estados Unidos era lo mismo que Hernández en México, pero de todas formas hubiera preferido que tuviera un apellido distinto del mío, bah, del de mi padre.
Luego de armar lo que podía considerarse un informe profesional, de una persona que sí hubiese estudiado por años la psiquis desde los sesos, me puse de pie y sentí que las rodillas se me habían entumecido. Sin importarme demasiado, prevaleció el entusiasmo de ir corriendo de allí rumbo a la estación, así que lancé algunas pequeñas patadas al aire y me encaminé nuevamente al metro, esta vez en dirección al Uptown.
–Buenas tardes, busco al jefe Hardy –antes de que la recepcionista pudiera indicarme, sentí una voz masculina familiar a mis espaldas.
–Justo a tiempo, doctora –era Cole Craighton. El mismo agente que me había sacado las papas del fuego en la escena del crimen ahora se ofrecía a acompañarme hasta el despacho del jefe. Tenía cierto aire de donjuán, sabría que era atractivo y eso era lo peor que podía hacer, al menos conmigo. Cancelaba cualquier posibilidad de futuro flechazo.
–Don, te buscan –canturreó al abrir una puerta de vidrio esmerilado que dejó ver una amplia oficina de muebles antiguos, aunque de categoría.
–Doctora, pensamos que ya nos había abandonado –y una vez más, yo detenida en el tiempo ante la sonrisa de Don Hardy. Me senté del otro lado de su escritorio conservando la formalidad, aunque él me sorprendió cuando, con total desparpajo, de un brinco se sentó sobre su escritorio a pocos centímetros de rozar mi rodilla con su pierna.
Hardy era alto y de gran porte. Llevaba su melena oscura impecablemente peinada de costado y sus ambiguos ojos verdes, ya que, dependiendo de la luz, por momentos quedaban de un tono parecido al gris. Intuí que años atrás habría gozado de un gran atractivo, ya que ahora mismo podía dedicarme a contemplar las trazas.
Comencé a balbucear algo sobre el informe, cuando estalló en una risotada nerviosa. Lo miré asombrada y acercó su rostro hacia mí.
–¿Me va a decir quién es? –susurró. “Mierda. Me atrapó. Sabe que no soy Morgan, sabe que soy la patética Audrey Jordan, tan patética que tuve que inventarme una nueva identidad para pasar al menos un día en el que mi ínfima existencia valiera la pena”, pensé.
–Disculpe, debo irme –cuando atiné a levantarme, me detuvo con suavidad.
El calor fue atómico. Imaginé que, a esa altura, mis mejillas estarían centelleando como un semáforo en stop.
–Disculpe mi ansiedad, doctora. Es que desde la Jefatura Central ya comenzaron a presionarme. Imagino que todavía no puede decirme quién fue, qué perfil criminal cree que hizo esto, aunque no pierdo la esperanza –“Pasé”, me dije. Sentí que mis piernas se aflojaban y no tuve más remedio que volver a sentarme.
Recorrimos juntos el informe que había armado en la biblioteca; él asentía con la mirada, se acariciaba la quijada con una barba de pocos días y hasta por momentos abría los ojos con cierto asombro.
–Eso es todo –cerré la carpeta y me puse de pie, decidida a irme de allí antes de que fuese demasiado tarde y que alguien reconociera que era una embustera.
–Doctora Morgan, sé que hasta ahora no habíamos tenido el gusto de trabajar juntos, pero, dadas las circunstancias, estaremos necesitando más de usted.
–Déjeme revisar mi agenda, no la tengo aquí conmigo, le notificaré cuándo podría volver a pasar –simulé que estaba demasiado ocupada como para estar disponible a su antojo. A estos Hardy había que tratarlos así.
Aquella noche no pude pegar un ojo. Daba vueltas en la cama producto de la euforia que acababa de experimentar en un día tan atípico.
No obstante, cada vez que me encontraba al borde de caer en un sueño profundo aparecía la imagen de Juliet Atwood pegada a mis párpados, incluso con los ojos cerrados, más aún estando cerrados.
Esos zapatos. No podía evitar sentirme identificada. Nuestro parecido físico era innegable y si bien yo era algunos años mayor que ella, tranquilamente podría haber sido una víctima de aquel enfermo. El perfil arrojaba que había sido asesinada por un hombre.
La autopsia preliminar reveló que la joven había muerto por asfixia. No había signos de marcas en la zona de su cuello, así que fueron detrás de la hipótesis de que quizá la habían arrojado allí, moribunda y se había terminado por ahogar. La zona del parque donde la habían hallado se encontraba en remodelación, aprovechando la primavera y la temporada de lluvias, así que se habían plantado nuevos panes de pasto y, por dicho motivo, el suelo se encontraba alterado.
De caer boca abajo, sin fuerzas o incluso desmayada, podría haber aspirado pequeñas partículas de polvo que bloquearan sus vías respiratorias. Pude sentir en mi cuerpo la parálisis, la desesperación de no poder respirar y la imposibilidad de hacer algo para salir de allí. ¿Y si el asesino de Juliet no se había dado cuenta de que aún estaba viva? ¿Qué habría sucedido de haberla encontrado alguien? Los otros daños no habían sido fatales: de no haber sido por la asfixia, no estaría muerta. ¿Y si después de todo había logrado escapar de las manos de aquel animal?
Eran demasiadas las preguntas que probablemente no tendrían respuestas concretas más que en las hipótesis construidas por los forenses. De no encontrar a un responsable que confesara haberla atacado, su muerte quedaría archivada como un caso inconcluso.
Me desesperaba pensar en el hecho de que esa chica tuviera familia, una madre, un padre –esperaba que mejor que el mío–, incluso hermanos, que quedarían todos sin la posibilidad de un cierre.
No tenía opción. A esa altura me encontraba demasiado involucrada como para salirme. Para la estación del Central Park yo era la doctora Morgan y si eso los hacía felices o ayudaba en algo que contribuyera a resolver el crimen de la joven Atwood, bienvenido. A mí definitivamente me servía.
Me levanté resignada. Encendí el televisor y aunque mi cuerpo se encontraba cansado, la sobrecarga de energía me movía por inercia. Hacía largos meses que no me sucedía, así que no iba a desperdiciarla. A la mañana siguiente me esperaría Hardy con su equipo en la estación para trabajar en el caso y aun así no me importaba ir sin dormir.
Lo había llamado aquella misma tarde para confirmarle mi participación, luego de comerme las pocas uñas semicrecidas, intentando mantenerme ocupada hasta las cinco para sembrar algo de inquietud. Así que durante esas horas aproveché a ponerme al día con los chismes de la farándula que seguían llegando por la suscripción de mamá, y unos cuantos tés más tarde para cuando el reloj marcó las cinco y dos minutos, busqué a Hardy en la lista de contactos de mi teléfono y le notifiqué las buenas nuevas; al menos buenas para mí, no para Juliet Atwood, desde luego.
Dejé la vista fija en aquel programa de preguntas y respuestas y me perdí pensando en la forma en que mi vida acababa de cambiar por completo. De la noche a la mañana me había convertido en parte de una investigación de homicidio. Un caso que ponía en jaque a la seguridad de la que gozábamos últimamente los residentes de la isla, al menos hasta la 112 y el parque. Quise llamar a Leanne para contarle, pero era demasiado tarde para una familia con niños. Además, Leanne habría creído que me había terminado de volver loca. Mejor así, mejor mantenerlo en secreto, si de todas maneras ya casi no quedaban personas que conocieran a Audrey Jordan.
A las tres de la mañana los programas eran tediosos. Estaba a punto de darme por vencida cuando apareció Don Hardy, filmado aquella mañana en la escena del crimen dando una nota. Me vi de pie, detrás de él, inservible como pocas.
Hardy, por otro lado, lucía como un actor de Hollywood, aunque las cámaras no lo beneficiaran por completo, al hacer una vez más que sus ojos parecieran grises. Una real pena para el televidente.
Mientras relataba lo ocurrido y los pasos a seguir para encontrar al responsable, apelaba sin cesar a su equipo –y yo era parte de él–. Me sentí dichosa y eso era algo que pocas veces en mi vida había experimentado. Claro que segundos después bajé a tierra y me di cuenta de que estaba actuando de manera absolutamente neurótica. Morgan era parte de su equipo, no Jordan. Apagué la televisión y en algún momento me habré dormido.
El despertador sonó junto con la sensación de que esa noche acababa de transcurrir en un abrir y cerrar de ojos; aplacada la adrenalina, el cansancio tomaba protagonismo. De todas formas, mi entusiasmo seguía intacto. Últimamente la sensación matutina por excelencia había sido querer caer en un agujero negro. Sonreí al recordar una discusión una noche de copas entre colegas y otros profesionales, en la que una psiquiatra defendía a rajatabla el uso de fármacos para salir de estados polares de emocionalidad, deberían prescribir un Don Hardy por la mañana y uno por la noche. Salté de la cama y corrí al baño para prepararme, tenía un gran día por delante.
Para cuando llegué a la estación el reloj marcaba las nueve menos cuarto. Vestía una pollera negra con una camisola azul. Solía ser una persona puntual, pero aquella mañana en particular me sentía la alumna modelo en su primer día de clases.
Ni siquiera me había detenido a pensar en la mentira, en el hecho de que acababa de tomar “prestada” una identidad. De una forma u otra, lo que realmente importaba eran los aportes que pudiese realizar y respecto de eso me sentía segura, además Hardy me había dejado claro que se hallaba satisfecho con mi presencia.
La burbuja explotó bajándome con una honda cuando solicitaron mi identificación para ingresar al establecimiento policial.
–Disculpe, la he olvidado, pero el jefe Hardy le dirá quién soy, verá, ayer comencé a trabajar con ellos. Estuve aquí.
–Lo siento mucho, señorita, pero a este lugar no se ingresa sin identificación, más aún desde septiembre de 2001. Si es norteamericana lo entenderá –tenía razón, aunque me resultara odioso, tenía toda la razón. Si por mucho menos nos registraban de pies a cabeza.
La última vez que Leanne había venido a visitarme, la había llevado de paseo a la Estatua de la Libertad y para embarcarnos tuvimos que pasar por un procedimiento del mismo tipo que en un aeropuerto, sin zapatos ni objetos de metal que pudieran sonar, y luego vuelta y vuelta por aquella máquina que parecía que en cualquier momento abduciría a alguien y lo trasladaría al año 1985.
Giré al mismo tiempo que mordía mi mejilla interna, “¿y ahora qué?”, pensé, pero de pronto, vi venir a Don Hardy hacia mí.
–¿Se ha puesto cómoda, doctora? –bromeó.
–Olvidé mi identificación –chasqueé mi lengua. Últimamente me había convertido en una maestra de la mentira. Esto no me enorgullecía en particular, pero me daba la pauta de que era potencialmente buena en más cosas de las que creía.
–Robbins, déjela pasar, está con nosotros, mañana la traerá, ¿no es así, doc?
Asentí con la cabeza. Mañana. Para mañana debía conseguir una identificación falsa si quería seguir formando parte de esta obra de teatro personalizada que acababa de montar, que venía dirigiendo y hasta protagonizando.
Colgada de ese pensamiento trastabillé sobre la escalinata del hall, delante de un puñado de oficiales y algunas mujeres de mediana edad, cuyos semblantes apagados las hacían lucir como las típicas secretarias del Estado. Me miraron con menosprecio. Hardy no se percató de mi pequeño contratiempo, ya que siguió caminando delante de mí con la mirada en alto.
Todos se detuvieron a observarme y, acto seguido, se volvieron en pequeños grupos a hablar en voz baja, menudo déjà vu del bachillerato.
Ingresando al gran salón que pertenecía a la Unidad de Crímenes Especiales se podían observar, a mano derecha, grandes ventanales con bordes de hierro y vidrio repartido que proporcionaban claridad al espacio. El día anterior había sido tal la barahúnda que no había reparado en nada más que en la puerta del despacho del jefe Hardy.
El interior se encontraba venido a menos, necesitaba varias manos de pintura y hasta nuevos muebles y escritorios, ya que parecían ser los mismos que se utilizaban desde los años setenta. Archiveros de metal, teléfonos fijos, el lugar tenía su encanto.
Mi cabeza saltó inmediatamente al edificio de salud mental de Lexington Avenue y la 47, mi despacho como terapeuta pública, y al comparar ambos escenarios, no tuve ninguna duda de que este nuevo que estaba empezando a conocer sería mejor que cualquier otra cosa. Al menos allí no había nada semejante a aquella pequeña lámina de Rembrandt que colgaba de una de las paredes amarillentas de mi consultorio. Ese maldito Rembrandt que miré a los ojos durante todo el tiempo en el que Hakkin tuvo sus manos alrededor de mi cuello en aquel ataque, tiempo en el que si no hubiera atinado a gritar en un instante de desconexión de mi atacante, no habrían llegado a socorrerme mi colega Tiffany y su paciente, que se encontraban justo al lado.
Recordar aquel episodio lograba cegarme en pocos segundos, había decidido enojarme con el Rembrandt, porque era mucho más fácil que hacerlo con la persona adecuada, es decir, conmigo misma. Me llevaría algún tiempo perdonarme por haber dudado sobre si pedir ayuda o no. Y es que en ese momento pensé que lo mejor era dejarlo ser, que todo terminase de una vez por todas. Mamá había muerto hacía unos cuantos meses, la cosa con Alex había terminado, me encontraba sola y carente de esperanza. Mucho más fácil enojarse con Rembrandt y su aire de superioridad.
Unos pocos oficiales que fuimos encontrando en nuestro camino me dieron la bienvenida. A simple vista todo indicaba que yo sería una de las pocas mujeres, al menos en aquel sector.
–El resto del equipo nos espera para terminar de elaborar el perfil del homicida.
Nos dirigimos a una sala que hasta el momento desconocía. Al abrir la puerta los miembros del equipo enmudecieron y se voltearon a mirarme perplejos.
–Ella es la doctora Morgan, se suma al equipo y nos ayudará a desarrollar el perfil psicológico del criminal –antes que pudiera decir algo, uno de los agentes rompió el hielo dándome la bienvenida.
Me sumé a una mesa ovalada grande. Contándome a mí, éramos seis y todavía sobraba lugar; yo seguía siendo la única mujer.
El jefe Hardy se quedó de pie frente a un pizarrón blanco, de esos en los que se escribe con marcador. “Al menos un objeto más contemporáneo”, pensé risueña.
Todo indicaba que el sospechoso se trataba de un hombre de entre treinta y cuarenta años, a juzgar por su formación y sus modelos mentales de crianza, creencias y estilo de vida. De origen caucásico y probablemente de gran porte, ya que había podido reducir a su víctima en pocos segundos. Hacía algunas horas habían dado con la grabación de la calle, pero no se podía ver el rostro del victimario. El lugar en el que Juliet había estado bien podía tratarse de un inmueble o depósito de su propiedad, por lo que, entre sus características, aparecía el hecho de que fuera de clase media o alta.


9
Juliet
Un año antes
<Podríamos encontrarnos>, escribí decidida, después de conversar por largo rato y foto mediante, para corroborar que, al menos, a no ser que me estuviera mintiendo, se trataba de alguien presentable. Nada mal. Lucía como uno de esos modelos de Banana Republic. Pero lo mejor era su sonrisa, podía imaginar mis días paseando junto a esos dientes blancos y perfectamente alineados.
<Buena idea, debo ocuparme de unas cosas y te diré cuándo>.
Revoleé los ojos, característico de los seudogalanes detrás de una pantalla. Se creían los reyes del juego hasta que una los apuraba.
Traté de llevar mi atención a otros pensamientos, de dignarse a reaparecer, ya vería qué hacer con él.
Debbie estaba en clase, casi no nos habíamos visto aquella mañana, luego de que había salido corriendo tras quedarse dormida dejando tirado su disfraz en medio de la habitación, muy atípico en ella. Sonreí burlona al recordar su peinado de la noche anterior. Es que normalmente llevaba el cabello recogido en una cola baja desaprovechando su fantástica cabellera rubia dorada natural.
En algunas horas debía rendir examen de Psicología de Masas. Encendí el ordenador para revisar mis apuntes, no era de las que estudiaban hasta el último minuto, más bien prefería dejar macerar la información durante la noche previa. Creía absolutamente en que lo que no había estudiado antes no iba a entrar en mi cabeza bajo presión. Pero, como estaba aburrida y algo insegura respecto de esta materia, hice una excepción. La psicología nunca se me había dado bien. Creo que, de hecho, la psicología en mi vida se encontraba a la par de la religión, me consideraba una no creyente.
Pero en la carrera de Marketing era una materia decisiva, así que estudié sin chistar, para dar lo mejor de mí, como siempre. Cuando estaba cargando el último archivo, el de la clase del 3 de mayo, mi móvil sonó. Era un mensaje, lo abrí y esta vez mi nuevo proyecto de cita me mandaba un gif, se trataba de una caja de regalo; al tocar sobre ella salía despedido la típica imagen del payaso con resorte.
Al segundo tocaron a mi puerta, dejé el teléfono sobre la cama y antes de abrir pregunté quién era. Nadie respondió. Observé por la mirilla, no había nadie del otro lado, pero pude ver que el dormitorio de enfrente se encontraba abierto y que había dos chicas conversando en el pasillo. Abrí. Ambas me miraron y, acto seguido, llevaron la vista hacia el suelo de mi puerta. Hice lo mismo. Había un paquete. Sonreí confundida, tomé la caja entre mis brazos y cerré la puerta con rapidez.
Ya dentro de la habitación la deposité sobre mi cama. Una vez más sonó mi móvil, nuevo mensaje, mismo modelo de Banana Republic: <Vamos, ábrelo>.
Para los tiempos que corrían, el hecho de que un muchacho desconocido, con el que hacía menos de veinticuatro horas que hablaba, supiera dónde vivía y hasta me enviara un regalo dudoso, resultaba aterrador.
Apagué el teléfono y lo solté sobre la cama. Decidí esperar a Debbie, así que dejé todo como estaba y me fui no sin antes dejarle un cartel: “Ni pienses en abrir esto”. Y debajo agregué en mayúsculas: “hablo en serio”.
A las dos y media de la tarde mi cerebro ya era carne de picadillo en manos de ese tal Freud, tanto que, por un momento, había olvidado la situación del misterioso envoltorio. Encendí el teléfono al salir del aula y automáticamente entraron cuatro mensajes, uno atrás de otro, de mi nuevo enamorado secreto, secreto y algo imprudente.
<¿?>.
<¿Estás ahí?>.
<Ey, ¿te asusté?>.
<Perdóname, no era mi intención, es que me conoces, solo que no me recuerdas>.
Este último mensaje llamó particularmente mi atención, si bien no lo volvía menos psycho, de repente le daba una explicación al hecho de que supiese dónde vivía. Después de todo, hacía meses que venía girando en espiral descendente con Jeff y Nicholas, quizá lo que me faltaba era confiar, confiar en que podía haber alguien más, alguien que fuera suficiente como para superar mi relación con ellos.
Caminé a gran velocidad para llegar al dormitorio, abrir el paquete junto con Debbie y finalmente contestarle.
–¡Por favor, señora! ¡Más despacio! –bromeó Deb cuando entré a nuestra habitación de una manera impetuosa y hasta algo abrupta.
–Vine lo más rápido que pude, necesito abrir este paquete.
–¡Eso! ¿Qué es esa caja? –preguntó, mientras lo señalaba desde su cama.
–No lo sé, no quise abrirlo, me lo envió mi nuevo admirador –modulé mi voz hacia un tono sensual al decir esto último.
Noté que la frente de Debbie se fruncía, predecible, con la misma confusión que yo horas antes y, proviniendo de ella, seguramente con temor.
–Ya lo sé, es aterrador y hasta fuera de lugar, pero luego me envió este mensaje –y le mostré donde decía conocerme de antes.
–Ten cuidado, Ju, no me gusta nada todo esto –se incorporó para venir hacia donde yo estaba.
–Bueno, pero un paquete no puede ser dañino.
–No, a no ser que haya una bomba dentro de él –ambas sabíamos que Debbie acababa de hacer una broma, pero, por si acaso, levanté la caja y la puse en mi oreja. Luego la agité sutilmente y ella me miró vacilante–. Bueno, si fuera una bomba con eso que acabas de hacer ya habríamos volado, camarada.
Desanudé la cinta azul a lunares dorados y luego levanté la tapa de la caja. Un papel amarillo envolvía lo que habría de encontrar segundos después. Con cuidado, separé el papel hasta llegar a un pequeño envoltorio rectangular. Ya con menos paciencia decidí romper el otro papel que envolvía lo que ya parecía ser una broma de esas en las que el paquete no termina de abrirse nunca, encontrando un envoltorio y otro más y así hasta llegar a la nada misma. Pero esta vez sentí que había algo duro detrás de ese último papel, y estaba a punto de descubrirlo.
Lo sostuve entre mis manos en alto, ambas lo miramos con incredulidad e intentando recordar de dónde podíamos conocer un objeto así.
A los pocos segundos nos miramos y gritamos al unísono:
–¡Gibraltar Lake!
Desde luego, cómo olvidarlo, se trataba de un pequeño cuadro de color verde que consistía en dos vidrios que pegados oficiaban de contenedor de agua y arena, haciendo que el cuadro fuera siempre distinto y que uno mismo pudiera armar su propia versión de arte con la arena cayendo en cualquier dirección.
Pensé en aquel lugar y en las personas que habíamos conocido. No íbamos allí desde hacía dos veranos, así que más aún se me dificultaba recordar mis andanzas.
Quizá fuera Ted o tal vez Frederick. No me sentía orgullosa del desfile de hombres que habían pasado por mi vida y menos en aquel entonces. Debbie, por su parte, era todo lo opuesto a mí, creo que por eso nos llevábamos tan bien.
Le escribí un mensaje: <Me tienes más desorientada que antes>.
Respondió enseguida: <Bueno, entonces tendrás que verme para recordarme, te espero mañana a las ocho de la noche, luego te enviaré la dirección>.
Nos miramos sin decir nada. Debbie siguió jugando un momento más con el cuadro y yo permanecí sentada en la cama, con los ojos posados en un punto fijo, como excusa para descansar el cuerpo mientras mi mente seguía trotando en una loma cuesta abajo.


10
Audrey
Un mes antes
Hoy les tocaba cargar con la culpa a mis párpados en cada abrir y cerrar de ojos. El sol se filtraba por la ventana y no existía cortinado lo bastante pesado como para evitarlo. A la ecuación se le sumaba que era sábado y en Manhattan la gente solía encontrarse particularmente más feliz los fines de semana. Demasiado. Al menos en ese momento. Hacía ya algunas semanas había entrado de licencia psiquiátrica. No fue hasta que le grité a un paciente que me di cuenta de que debía hacer algo conmigo, pobre Tommas, después de todo él solo quería contarme por undécima vez que había vuelto con su novia, una jovencita que no hacía más que jugar con él. Y yo, hastiada de anotar lo mismo sesión tras sesión, rompí el silencio con un “¿Acaso eres idiota?”. Tommas, que siempre había sido cordial y educado, se levantó y se fue.
Tuve suerte de que no montara un numerito en el seguro social; después de todo, hoy podría estar desempleada y no gozando de un sueldo por hacer nada. Bueno, aunque hacer hacía. Bastante tenía con soportarme cada día. Por eso prefería dormir cuando lo lograba, aunque fuera con ayuda de esa pequeña pastilla coralina y a pesar de haber juzgado toda mi vida a quienes la consumían, creyendo que de eso a la locura había un solo paso. Pero, lejos de estar loca, yo era una persona cuerda que estaba pasando por una mala racha. ¡Era eso, una mala racha! Lo que no sabía bien era cuándo había comenzado. Algo me decía que hacía años, imaginaba que al irme de Gibraltar Lake, cuando comenzaron los desencantos con mi carrera. No quedar en aquella clínica fue devastador; yo era la persona más calificada, pero, como suele suceder, apareció la sobrina de un accionista mayoritario, que se había graduado arañando las calificaciones –lo supe después investigando un poco– y se quedó con el puesto. Conveniente.
Creo que, mal que me pesara, el grosero ataque de Hakkin había sido en mi vida una especie de despertar, una señal para que dejara de vagar como un alma en pena.
Lo malo de todo aquello era que se encontrara desaparecido luego de que las autoridades hubieran querido internarlo en un psiquiátrico, y debía reconocer que eran más las noches en que me despertaba la pesadilla de su ataque que las que dormía de corrido.
Necesitaba ayuda, lo sabía, pero era algo más fácil la vida sin escarbar en mi pasado. El miedo a terminar como mi padre se apoderaba de mí a diario, el temor a que un día me volviera loca y comenzara a matar gente por algún motivo ni siquiera lo suficientemente poderoso. Y en algún punto encontrarme en aquel estado, tan disminuida por los golpes de la vida, me colocaba en un lugar de mayor incertidumbre, más próximo a terminar perdiendo la razón, la poca que todavía me mantenía a flote, gracias a aquella pastilla coralina.
Leanne me llamaba a menudo, pero en Gibraltar Lake su propia vida la mantenía cautiva. Recordé que la última vez que hablamos me había quedado algo preocupada. Se la escuchaba apenada, hablaba bajo, como si no quisiera que alguien más notara que se encontraba al teléfono. Todd nunca había sido santo de mi devoción y algo me decía que era el mayor responsable de su estado. No se solía dar bien eso de estar juntos desde tan jóvenes, además, muchas cosas habían pasado en el medio y, de hecho, él siempre había sido bastante déspota.
A Leanne le había llevado más tiempo del esperado recuperarse de la pérdida de su primer hijo; ella acababa de volver con él luego de una de sus tantas peleas. Lo asombroso fue que mientras estuvieron separados la noté alegre y vivaz, hasta se había aventurado a probar algo con Liam, otro de nuestros amigos. Liam sí que era para ella, ¡amaba verlos juntos, aunque hubiesen durado poco! Se llevaban bien, su relación se solía desenvolver de forma armónica, sin dramas innecesarios, todo lo contrario que con Todd, cuyo leitmotiv parecía ser: “Si no lo gano, al menos lo empato”, como si la vida se tratara de un juego en el que había que destacarse para ser el mejor, el elegido. Bueno, tan mal no le había ido, puesto que ella finalmente había vuelto a sus brazos dejando devastado a Liam, que hasta el día de hoy aún no había podido sentar cabeza con otra mujer. Lo último que habíamos conversado hacía ya varios meses y por correo electrónico era que le había salido una oferta de trabajo en Los Ángeles y se inclinaba a aceptarla. Lo que fuera que lo llevase lejos de Gibraltar Lake, donde se cruzaba con el constante recordatorio de una vida feliz que le había sido arrebatada, una vida con Leanne.


11
Audrey
Presente
Debía encontrar la forma de hacerme de una identificación que pudiera corroborar que yo era Esther Morgan, aun cuando no era el tipo de persona que tenía esa clase de contactos, ni en un millón de años. Pensé en llamar a Frederick, uno de mis compañeros de la universidad que sabía que ahora vivía en los Hamptons. No me sorprendía, puesto que siempre le había gustado la buena vida, aunque no así trabajar por ella, pero las cosas siempre terminaban por salirle redondas. Definitivamente, de todos mis conocidos era el único que podría ayudarme.
Le mandé un mensaje a Leanne pidiéndole su número, pero me respondió con una negativa, hacía tiempo que nadie parecía saber de él y solía cambiar de número de móvil más a menudo que de camisa.
Recurrí al viejo nuevo truco, las redes sociales. Tipié el nombre “Frederick Launge” en el buscador y apareció uno solo, después de todo no había tantos Launge en el mundo; claro que esto nunca se lo diría, ya que solo conseguiría alimentar su ego. Como era de esperarse, se lo veía posando en algún destino exótico, que bien podía ser Saint-Tropez o Ibiza, y se encontraba tan bronceado que el brillo del sol le hacía aparecer la piel color naranja. “Definitivamente para él no han pasado los años”, pensé y le envié solicitud de amistad.
Al rato vi que me aceptó y enseguida escribió por privado: <¡Pippa! No puedo creerlo, eres tú, ¿la verdadera?>, maldición, lo había olvidado. Audrey “Pippa” Jordan, para los amigos. Hacía tantos años que nadie me llamaba Pippa, que, en lugar de enojarme porque había utilizado aquel espantoso apodo, me sentí reconfortada, como si, de alguna manera, hubiese regresado a casa. Casa. Si hubiera sabido qué considerar como casa me habría ahorrado muchos dolores de cabeza. Me coloqué un mechón de cabello detrás de la oreja.
<Hola, Fred, sí, soy yo, la misma... Pippa>, y le sumé una cara feliz para descontracturar. Y no, ya no era la misma, pero qué más daba.
Debía pedirle ayuda, pero no podía hacerlo y ya. Después de todo, habría quedado en evidencia que solo lo contactaba por interés, sin mencionar que me hostigaría hasta saber cómo era que la Pippa que él conocía había terminado buscando una identificación falsa. Demasiado para alguien a quien no veía al menos hacía ocho años, demasiado para alguien en quien no había confiado jamás y mucho menos ahora.
<¿Estás en la manzana?>, preguntó, imagino que luego de ver mi ubicación en mi perfil personal.
<Así es, tengo entendido que estamos cerca, Go Go>, si él había tenido el desparpajo de llamarme Pippa, yo le devolvía con la misma moneda. “Go Go” se lo había ganado con honores. Ocurrió durante una escapada relámpago que habíamos hecho con todo el grupo un verano, mientras estudiábamos en Gibraltar Lake. Conseguimos alquilar a muy bajo precio una cabaña que pertenecía a los tíos de Ezra, en un pueblito llamado Casper, donde nos esperaría un fin de semana de hacer fogatas y nadar en el lago.
Pero, desde luego, si había alguien a quien podía írsele de las manos la cosa era a Frederick. Terminó bebiendo tanto que lo encontramos desnudo en el muelle de la cabaña cantando: “Baby please don’t go, go, go”. Nunca supimos a quién estaba dirigida su serenata nostálgica. Y ciertamente aquello seguía intrigándome y asaltaba mis pensamientos... de vez en cuando.
<No lo dejan ir, ¡eh!>, escuché el campaneo de su respuesta y miré la pantalla, saliendo de mi feliz recuerdo.
<No, así como ustedes no olvidan llamarme Pippa>, le agregué una risa para hacer que el mensaje pareciera más jocoso que mi cara de póker detrás de la pantalla.
<Fred, necesito hacerte una consulta>, tomé aire, <y que no me preguntes nada>.
Respondió más rápido de lo que esperaba. Y mucho más abierto de lo que definitivamente suponía.
<Dime, soy todo ojos>. Esnob. Ojalá no siguiera intentando conquistar mujeres con esa forma tan entusiasta de parecer un galán condescendiente. Ojalá que, de hacerlo, las mujeres hoy en día al menos fueran más exigentes que ocho años atrás, cuando parecían morir a sus pies.
<Necesito una identificación falsa>, jugué mi carta; si tenía suerte, quizá pasaría.
<¿Qué ocurre? ¿Acaso no te están dejando entrar al club nocturno?>. Revoleé mis ojos. Aun así, si era el precio que debía pagar por pedirle un favor, adelante.
Vi que escribía y se detenía, así varias veces. Comencé a ponerme nerviosa, hasta el punto de casi apagar el ordenador y cerrar mis ojos como si con eso consiguiera borrar mi desvergonzado e inmoral accionar.
Finalmente recibí la respuesta esperada. Perfecta. Sin preguntas.
<212-204-4525, se llama Börja, dile que yo te he enviado y no hará preguntas>.
Estaba por agradecerle, cuando me llegó otro mensaje más: <Lleva billetes chicos>.
Fred acababa de lucirse. Nos despedimos y le ofrecí tomar un café cuando anduviera por aquí. Él hizo lo mismo con los Hamptons. Ambos sabíamos que el encuentro nunca sucedería, pero quedaba bien decirlo.
Eran las nueve de la noche cuando Börja me recibió en el quinto piso de un edificio de la zona de Hell’s Kitchen, detrás de aquella puerta con el número veinticinco pintado a mano al costado.
Enseguida noté que se trataba de un hombre de pocas palabras y, a juzgar por su nombre, imaginé que quizás esto se debiera a la barrera idiomática, aunque tal vez fuera simplemente parco y ya.
Me indicó que esperara en una sala, que habría sido el living de aquel pequeño apartamento. Dos hileras de sillas unidas contra una pared en L le habían robado el protagonismo al concepto de living. Me sorprendió el despliegue para una actividad tan secreta como aquella. Más me sorprendió que al recorrer con la mirada el resto del lugar se encontraran pegados pósteres y comunicados que hacían alusión a las consecuencias del consumo de drogas y alcohol. Con seguridad, me hallaba en un sitio que no oficiaba de lo mismo de día que de noche, con lo que se convertía en una perfecta fachada de actividades ilegales. Desde luego que Frederick estaría involucrado, si nunca salía limpio de un cacheo, como solía decir mamá.
A los veinte minutos de aguardar mirando el cielorraso, las demás sillas vacías, una mancha en el suelo que me estaba poniendo particularmente nerviosa, para luego volver a comenzar el mismo recorrido, Börja salió del otro ambiente con el plástico en su mano.
–Esto debería servir, señorita.
Tomé mi nueva identificación y automáticamente me estremecí de pies a cabeza. La doctora Morgan acababa de elevar la apuesta: lo que hasta hacía horas se había tratado de una mentira sin demasiada importancia de una Audrey aburrida queriendo salir de su realidad, ahora la llevaba a jugar en las ligas mayores.
Y, una vez que la utilizara, sellaría mi destino.


12
Juliet
Un año antes
Jeffrey me había estado llamando toda la tarde, pero decidí no atenderlo. Quería estar sola. Si aquella noche iría a mi cita misteriosa, trataría de darle toda la importancia que merecía, libre de potenciales amantes buscando correrme de foco.
El enigma sobre quién podía ser el muchacho me tenía algo nerviosa. Dudaba entre ir o quedarme con Debbie mirando la nueva temporada de alguna serie. Finalmente toda duda se disipó cuando recibí la dirección: <Lexington Avenue y la 47, Bobby’s Grill, estará cerrado, pero pasa, que estaré adentro esperándote>.
Encendí mi laptop y busqué Bobby’s Grill, se trataba de un bar diurno que ofrecía desayunos, brunchs y almuerzos, pero que por las noches permanecía cerrado. Fantaseé con la idea de que él fuese el dueño del lugar, nunca había salido con alguien que tuviera un estatus superior al estándar y, si bien no me importaba lo material, suponía un buen cambio para mis decisiones románticas.
Vi fotos que los clientes habían subido a una página web de críticas de restaurantes, parecía ser un antiguo diner, de esos que ya casi no existían, al menos en la isla.
Le respondí con un OK, un beso y abrí el clóset de nuevo, en busca del atuendo perfecto para –con un optimismo desbordante– el hombre perfecto.
Salí a eso de las siete y media rumbo al metro; prefería ir con tiempo y viajar tranquila, puesto que caminar esta vez no se trataba de una opción aceptable con zapatos de tacón nuevos.
Los dormitorios de la NYU se encontraban diseminados por varias calles contiguas a la universidad. Nosotras vivíamos en Jones y Bleecker, no muy lejos de allí, en el Greenwich Village. Así que, saliendo a esa hora, llegaría unos minutos antes de las ocho a Bobby’s Grill. Puntual aunque no desesperada.
Al llegar me encontré con la puerta cerrada, tal y como mi chico misterioso me había anticipado, y se abrió al empujarla, tal y como mi chico misterioso me había solicitado que hiciera.
El local se encontraba vacío, me sorprendieron las sillas sobre las mesas, a decir verdad, me sorprendió la estética abandonada, parecía un antiescenario de lo que hasta ese momento podría haber sido el inicio de un amor inolvidable, o al menos de un buen revolcón.
Caminé unos pasos más en dirección al centro del negocio y, como no sabía su nombre, menudo detalle, solo atiné a articular un sonido parecido a un “¡Ey!”, modulando mi voz con fingida sensualidad. Nadie respondió.
Un ruido proveniente de la cocina me hizo saltar en mi lugar. Parecía haberse caído un cucharón de acero o algo así. Aceleré mi andar sin percatarme de que el piso se encontraba absolutamente mojado, tanto que resbalé y caí de espaldas sobre un charco. Perfecto. La poca claridad que entraba gracias a las luces de la calle me permitió observar lo que hasta ese momento pensé que era agua o algún producto de limpieza. Sangre. Mis manos, mis piernas y ahora mis brazos estaban cubiertos de sangre. Me sobresalté de tal manera que, al intentar levantarme, volví a patinar y caí ahora de costado. Segundos más tarde me di cuenta de que sin siquiera notarlo, las lágrimas brotaban de mis ojos esperando lo peor. Si había un asesino allí dentro y acababan de matar a mi cita, yo bien podía ser la próxima.
Intenté salir del local, pero no tuve éxito. De alguna manera esa persona se las había ingeniado para cerrar con llave la misma puerta por la que acababa de entrar dos o tres minutos antes. Me encontraba atrapada con un asesino.
–¿Qué quiere de mí? –grité, pero mis palabras se ahogaron a medio camino. Una vez más nadie respondió. Imaginé que de querer atacarme, ya lo habría hecho, aunque en esos días había tantos locos sueltos que quizás este fuera de los que disfrutaban del momento previo a la caza más aún que del instante de la captura.
Miré a mi alrededor buscando otra salida, algún hueco que me conectara con el mundo exterior, pero fue en vano, la única puerta que había estaba cerrada. “Un momento”, me dije; si los cálculos no me fallaban, en Manhattan la mayoría de los negocios solía tener una puerta trasera para poder desechar los residuos sin ser vistos por el público. Decidida, pues mi vida dependía de ello, comencé a caminar en dirección a donde deseaba que hubiera otra salida, pero antes de atravesar la cocina escuché sonar un móvil. El sonido venía directo de mi bolso, era el mío. “Eres idiota, Juliet, a veces realmente lo eres”, me reprendí.
Con la mano temblorosa, revisé quién llamaba y la pantalla rezó: <Número desconocido>. Atendí por primera vez en mi vida con el deseo de que se tratara de un telemarketer intentando vender un nuevo servicio, pero por lo visto la suerte no estaba de mi lado en absoluto.
Dije “Hola” y del otro lado una voz distorsionada, lo supe por su tono metalizado, comenzó a hablar:
–Hola, Juliet, moría por hablar contigo. Verás, si te acercas al refrigerador industrial que está en la cocina, verás que dejé una sorpresa para ti; no cortes, estaré esperándote.
Aquel “estaré esperándote” del final me erizó la piel, recordándome el último mensaje que había recibido de mi cita: <... estaré adentro, esperándote>.
Pero ¿quién era esa persona que me llamaba? ¿A quién pertenecía la sangre del piso? ¿Qué quería de mí? Sorteé el charco camino de la cocina, mi cuerpo no respondía de la forma en que hubiese querido en un momento así, ilusa, y yo que creía que en una situación de emergencia podría convertirme en un ninja como por arte de magia. Demasiadas películas y esto era la vida real.
Lancé un grito agudo cuando vi un camino de sangre en dirección a la cocina, como si alguien hubiese sido arrastrado hasta allí. Y claro que eso era lo que había ocurrido. Si esa noche claramente debí haberme quedado con Debbie a mirar a otras personas metiéndose en problemas desde la comodidad de mi cama.
Pensé en mi amiga, en qué haría ella de estar en mi lugar y de manera automática me sentí empoderada; definitivamente yo era más fuerte que Debbie y, si me había tocado estar allí, debía estar a la altura de las circunstancias. Llegué a la cocina intentando contener el vómito que amagaba con brotar de mi garganta, me paré frente a aquel frigorífico plateado y, antes de que mi interlocutor volviera a hablarme, lo supe.
No podía decir que era la primera vez que veía un muerto. En Nueva York si alguien no se suicidaba, quedaba envuelto en medio de un tiroteo y chau, fin de su vida. Me había tocado ver varios cuerpos a lo largo de estos años, pero nunca algo tal como lo que vi al abrir esa fría puerta. En un acto reflejo cerré mis ojos buscando que así la imagen desapareciera, pero el frío helado del frigorífico me abofeteó directo en el rostro. Casi sin notarlo dejé caer el móvil, mientras me alejaba de espaldas, con la vista clavada en él. Sería un hombre de unos cincuenta años, llevaba bigotes y un tupido cabello marmolado. Todavía tenía puesto un delantal blanco, ahora teñido de su propia sangre; imaginé que se trataría de un empleado del lugar, y lo comprobé al ver el logo bordado en el bolsillo de su camisa, “Bobby’s Grill”. Choqué contra la estantería, detrás de mí y me deslicé hacia el piso temblando, llorando, con un puñado de dudas que me invadía.
A los pocos segundos noté que había dejado el teléfono tirado delante de mí y me apresuré a tomarlo, si quería salir de allí con vida no podía hacer enojar a quien estuviera jugando conmigo.
–¿Te encuentras más tranquila? –preguntó con serenidad inapropiada.
–¿Qué quieres de mí? ¡Estás loco!
–¡Loco por ti, Juliet! Por ti y por tu complemento. Llevo mucho tiempo planeando esto, estás a salvo, no busco hacerte daño, eso si pones atención.
Me sentí mareada, podría haber elegido desmayarme allí mismo y echarlo a la suerte, pero la pulsión de vida fue más poderosa que la de dejarme vencer, estaba dispuesta a salvarme. Tragué saliva y respiré profundo para recomponerme.
–¿Quién eres?
–No sería divertido si lo supieras, al menos no ahora mismo.
–Bueno, entonces dime qué buscas, qué esperas de mí, ¿por algo montaste todo esto, verdad? –el llanto ya era historia pasada, ahora, de a poco, podía ir recuperando las riendas. Mi esencia. La que me había acompañado a lo largo de toda mi vida y me había ayudado a sobrevivir en cada casa de acogida o de adopción transitoria en la que me había tocado vivir.
–Por eso mismo te elegí. Eres inteligente, despierta y, sobre todo, te das valor.
“Menudo reconocimiento por gozar de tales características”, pensé al mismo tiempo que analizaba qué responder.
–Te escucho –le dije cortante.
–Como te dije, te elegí hace mucho tiempo, no es casual que seas tú, no podría haber sido otra; ahora, si haces todo lo que te pido, las cosas marcharán bien, si no…
–¿Si no, qué?
–¿Ves a ese hombre? El que tienes delante. Alfred es... era –se corrigió– dueño de Bobby’s Grill. Muy querido por su clientela, es un ícono en la zona, se dice que aquí desayunaban los Kennedy.
–Ve al grano.
–Bueno, bueno, ¡qué tanto apuro si soy yo de quien dependes ahora!
Me recorrió un escalofrío que partió de la nuca.
–Alfred ha sido asesinado a sangre fría, parece ser que se trató de un problema de drogas, yo tengo el cuchillo con el que fue masacrado y no te alegrará saber que tu ADN está en él.
Por un momento me sentí caer en una espiral, en un loop infinito, confundida, mareada y ahora, además, cargando con un homicidio que no había cometido.
–¿Por qué me haces esto? –le pregunté rabiosa. Las lágrimas amagaban con salir, a juzgar por el tono de mi voz.
–Porque no hay otra manera, me temo que no estarías dispuesta a ayudarme de no tener esto contra ti.
¿Ayudarlo en qué? ¿Qué quería de mí ese enfermo?
–Pero puedes estar tranquila, que, si haces lo que te pido, nadie jamás sabrá acerca del cuchillo y nadie te entregará a la policía como la asesina del querido Alfred. Imagínate a los medios si supieran que tú terminaste con su vida, dirían que eres una drogadicta olvidada de Manhattan, que priorizó unos gramos de coca sobre la vida de un buen hombre.
No pude contenerlo más, la desesperación ganó, dando lugar a un llanto nervioso. Tapé el micrófono del teléfono como si eso sirviera de algo.
–Bueno, dime, ¿qué debo hacer? –retruqué cuando logré calmarme. Sin saberlo, acababa de sellar mi destino, y la decisión que creía que me salvaría sería la que me hundiría más adelante.

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