Kitabı oku: «El segundo sexo en el Río de la Plata»

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Contents

1  Prólogo

2  Un libro y una autora que se anticipó a su tiempo

3  PRIMERA PARTE

4  En el cincuentenario de El segundo sexo

5  Jornada sobre Simone de Beauvoir en la Biblioteca Popular José Ingenieros

6  Para la mujer la libertad comienza por el vientre

7  Jornadas de homenaje a Simone de Beauvoir en el cincuentenario de El segundo sexo

8  Mesa 1. Historia y política

9  Mesa 2. Autobiografía y subjetividad

10  Mesa 3. Lecturas de El segundo sexo

11  Mesa 4. Cuerpo y compromiso

12  Presentación del libro El segundo sexo de Editorial Sudamericana

13  Bibliografía

14  SEGUNDA PARTE

15  A setenta años de El segundo sexo

16  Jornadas en homenaje a Simone de Beauvoir a los setenta años de El segundo sexo

17  Bibliografía

18  TERCERA PARTE

19  Más lecturas y debates

20  El segundo sexo

21  Simone de Beauvoir y el feminismo hoy

22  Bibliografía

Landmarks

1  Cover



El segundo sexo en el Río de la Plata / Nora Domínguez ... [et al.] ; compilación de Mabel Bellucci ; Mariana Smaldone. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2021.

Libro digital, EPUB - (Historia Urgente ; 87)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8303-60-4

1. Feminismo. 2. Organización de Mujeres. 3. Patriarcado. I. Domínguez, Nora. II. Bellucci, Mabel, comp. III. Smaldone, Mariana, comp.

CDD 305.420982


Dirección editorial: Constanza Brunet

Edición: Víctor Sabanes

Corrección: Brenda Wainer

Diseño gráfico de tapa e interiores: Hugo Pérez

© 2021 Mabel Bellucci – Mariana Smaldone

© 2021 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

marea@editorialmarea.com.ar

www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-8303-60-4

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.


En recuerdo a Dora Coledesky.

Nuestro tributo a Tununa Mercado.

Prólogo

Un libro y una autora que se anticipó a su tiempo

Pocos libros y personajes disponen del privilegio de ser guía a numerosas generaciones como es El segundo sexo y su autora, Simone de Beauvoir. Aún más, esos dos tomos persisten en interpelar sin pausa hasta el momento actual y preservan un poder libertario que todavía se ejerce sobre millones de lectorxs. Desde su aparición El segundo sexo provocó amores, pasiones, omisiones y también odios irreconciliables.

Para conmemorar los cincuenta años de El segundo sexo, se reunió en París un Coloquio Internacional. Su nombre fue Cinquantenaire du Deuxième Sexe. Colloque Internationale sous le haute patronage l’Unesco et du Ministère de la Culture y contó con la coordinación general de la escritora y teórica Christine Delphy y la historiadora del movimiento feminista y la sexualidad, Sylvie Chaperon. Se llevó a cabo en dicha capital, del 19 al 23 de enero de 1999. Esta conferencia estuvo compuesta por académicxs, investigadorxs, escritorxs, activistas feministas, es decir, con lo más granado del mundo intelectual de Europa, Estados Unidos, Canadá, América Latina, Europa del Este, Senegal, Nigeria, Japón, Irán, entre otras tantas regiones y países. Esos cincuenta años mostraron que El segundo sexo siguió siendo cabecera de la revolución feminista y no parece haber envejecido. Sin embargo, este no fue el único celebratorio que hubo de esta autora que entró en la vida de las mujeres para no irse nunca más. En Buenos Aires, el 11 de junio de 1999, se constituyó un homenaje para recuperar lecturas y recuerdos sobre Simone de Beauvoir en la Biblioteca Popular José Ingenieros. La Comisión por el Derecho al Aborto junto al colectivo anarquista Mujeres Libres fueron sus promotoras. Por lo visto, El segundo sexo no solo se convirtió en un repertorio de afinidades para mujeres heterosexuales, lesbianas, bisexuales y gays argentinxs sino también para otras personas que por más que quedaron impresionadas por su firmeza argumental, no sintieron al feminismo como parte de su patrimonio identitario.

Poco tiempo después, el 5 y 6 de agosto de 1999, se realizaron las Jornadas en Homenaje a Simone de Beauvoir en el Cincuentenario de El segundo sexo, organizadas por el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE), cuya dirección estuvo a cargo de la doctora Dora Barrancos, en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El Museo Roca, Instituto de Investigaciones Históricas, emplazado en una antigua casona con un estilo art decó, abrió sus puertas para alojar este ciclo. La invitación a participar hablaba de la importancia de reflexionar sobre la obra completa beauvoiriana, así como sobre las repercusiones de su vida privada/amorosa, ideas y prácticas en los medios intelectuales, feministas y políticos de izquierdas. Lamentablemente, por razones económicas, todas las ponencias presentadas no llegaron a constituir un libro, como las organizadoras habían pensado en su inicio. Por lo tanto, estuvieron más de 20 años sin publicar. Gracias al empeño de la doctora Nora Domínguez y de la actual directora del IIEGE, la doctora Mónica Tarducci, nos permitieron tomar contacto con ese material guardado. Ambas compiladoras entonces decidimos asumir la ardua tarea de recuperar la mayor cantidad de los textos reunidos para aquella ocasión. De allí, que en El segundo sexo en el Río de la Plata aparece un número importante de las ponencias que constituye la primera parte.

Años más tarde, el 12 de septiembre de 2008, se organizó la Jornada de Homenaje a Simone de Beauvoir, en ocasión de los cien años de su nacimiento. Esta jornada se llevó a cabo con el auspicio del Departamento de Lenguas Modernas y del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Se presentaron diez ponencias que luego integraron, en 2010, la obra Simone de Beauvoir: Las encrucijadas de “el otro sexo”, compilado por Beatriz Cagnolati y María Luisa Femenías, La Plata, Edulp (Biblioteca Crítica de Feminismos y Género) y Universidad Nacional de La Plata. Llama la atención que hasta este presente se haya publicado solo este libro que, en su momento, tuvo una muy buena recepción. A diferencia, existe un sinnúmero de ensayos, artículos periodísticos y académicos que circularon a lo largo de estas dos últimas décadas.

El 7 de octubre de 2019, las dos compiladoras partimos a Montevideo para presentar nuestras ponencias en la Mesa en Homenaje a Simone de Beauvoir a los setenta años de El segundo sexo, en el marco de las Jornadas Académicas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE) de la Universidad de la República. Este evento constituye la segunda parte de esta obra. La organización estuvo a cargo de la historiadora Graciela Sapriza y la antropóloga Susana Rostagnol, docentes e investigadoras de la casa. En esa instancia las contribuciones de docentes y estudiantes confirmaron una vez más el impacto y la vigencia de los contenidos de El segundo sexo, aún después de tantos años transcurridos de su primera publicación. Se comprobaron allí antiguas fidelidades al texto, al mismo tiempo, que se incorporaban al círculo de las lectoras de Simona nuevas generaciones de investigadorxs de diversos campos disciplinarios. Frente a la amistad hermanada con nuestras dos colegas uruguayas, decidimos invitarlas a compartir juntas esta obra. Así, distintos trabajos presentados en esta oportunidad integran El segundo sexo en el Río de la Plata.

La tercera parte, se denomina “Más lecturas y celebraciones”. En ella se recopila el prólogo de la narradora, periodista y crítica cultural María Moreno, escrito en 1999 para la nueva edición de El segundo sexo, traducido por Juan García Puente y editado por Sudamericana. Lo acompaña un texto de Nora Domínguez “Simone de Beauvoir y el feminismo hoy”, leído en la 34a Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el 26 de abril de 2008.

La materia prima de la que nos valimos para componer este ensayo de historia de las ideas y literario-filosófico fue armándose desde los testimonios de compañeras de lucha feministas, hasta revistas, programas, correspondencias, una serie de ponencias académicas, ensayos, artículos periodísticos y folletos. Así, percibimos que estábamos frente a un trabajo intenso de recopilación, revisión y catalogación de materiales producidos desde fines de la década del noventa en adelante.

Sin duda, ambas compiladoras situadas en un mismo ideal y objetivo, nos unimos bajo designios claros y precisos. Un libro, y sobre todo este libro, siempre es el resultado de un quehacer colectivo. Por ello, se impone expresar una larga serie de agradecimientos. En primer lugar, a lxs autorxs que nos autorizaron a publicar sus ponencias, en algunos casos luego de someterlas a sustanciales revisiones.1 Nuestra deuda de gratitud a las autoridades del IIEGE que nos aportaron esa memoria inédita archivada, a la Librería de las Mujeres, a la profesora e investigadora Nora Domínguez y al historiador Omar Acha por su colaboración comprometida. También a Víctor Sabanes, coordinador editorial, y a Constanza Brunet, directora de Marea Editorial, nuestro profundo agradecimiento por el trato respetuoso y profesional hacia nuestra producción.

Mabel y Mariana,

Ciudad de Buenos Aires, julio de 2020.

1 Ambas compiladoras hemos decidido respetar las marcas de época de los trabajos que aquí recopilamos, así como las decisiones de sus autorxs. Por lo tanto, en muchos casos, el uso del lenguaje no suscribe a un estilo inclusivo no binario.


PRIMERA PARTE

En el cincuentenario de

El segundo sexo

Jornada sobre Simone de Beauvoir en la Biblioteca Popular José Ingenieros

Para la mujer la libertad comienza por el vientre

El 11 de junio de 1999, al cumplirse cincuenta años de la primera edición de El segundo sexo publicado el 24 de mayo de 1949, en Buenos Aires, se organizó un homenaje para recuperar lecturas y recuerdos sobre Simone de Beauvoir y, a la vez, un rescate crítico de esta obra mayor. Para ello, se usó el salón de lectura de la Biblioteca Popular José Ingenieros (popular pero no pública), en el histórico barrio de Villa Crespo, en la calle Juan Ramírez de Velasco 958. Se llamó “Jornada sobre Simone de Beauvoir”.

Las propulsoras del festejo fueron el colectivo anarquista Mujeres Libres junto a la Comisión por el Derecho al Aborto con su adalid indiscutida, Dora Coledesky. Ambos frentes funcionaban como organizaciones autónomas, financiadas con el aporte de sus propias integrantes y con la estrecha e incondicional colaboración de los/as amigos/as comprometidos/as con dichas causas. Dentro de la Comisión había unanimidad de criterio en considerar El segundo sexo algo así como “el libro rojo de la nueva feminidad” y, al mismo tiempo, como lectura alentadora que cimentó a grupos inaugurales de los años setenta hasta ese presente. Por lo tanto, su gravitante influencia forjó a dos generaciones de activistas feministas, periodistas, escritoras e intelectuales.

Por otro lado, Mujeres Libres también cumplía diez años de trayectoria. Para ellas decir patriarcado era decir jerarquía, dominación, subordinación, genocidio, incesto, explotación y control del trabajo, como así también de la reproducción y la sexualidad de las mujeres. Con una bandera lila, color emblemático de las feministas, pintada con una “A” grande en negro, ícono de las movidas ácratas, que de tan grande permitía salir de adentro de la vocal un cuerpo de mujer estirando los brazos a punto de romper cadenas, Mujeres Libres disfrutaba de su historia libertaria.

Una foto de Simone de dimensiones 3D posaba sobre las espaldas de lxs cinco panelistxs: Emilio J. Corbière (1943-2004), profesor universitario, abogado, historiador y periodista socialista, habló sobre historia política e historia de las ideas en la Argentina; Dora Coledesky (1928-2009); Lily Sosa de Newton (1920-2017), escritora, biógrafa y ensayista, autora de Las argentinas de ayer a hoy (Zanetti, 1967) y del Diccionario biográfico de mujeres argentinas (Plus Ultra, 1972); María Elena Oddone (1927) mentora del Movimiento de Liberación Feminista (MLF) en 1972, y fundadora de la revista Persona (1974-1975, 1980-1983), y Mirta Henault (1927-2020), obrera y ensayista, editora del primer libro feminista en nuestro país Las mujeres dicen basta, en 1972. La coordinación de la mesa quedó a cargo de Mabel Bellucci y Raquel Disenfeld, ambas integrantes de Mujeres Libres. En apoyo a este evento llegaron todo tipo de adhesiones: el suplemento Las12 del diario Página/12; Pampa Mercado, referente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH); Francine Masiello, profesora de la Universidad de Berkeley; la revista de Ciencias Sociales Periferia; Mujeres Sin Moldes, grupo feminista de Tandil, y Margarita Gropper, Nora Cortiñas y Carmen A. de Lapacó, integrantes de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora.

Tras las huellas de los testimonios

La apertura estuvo a cargo de Emilio Corbière, personaje célebre por su estallante oratoria. Su relato se centró en describir la coyuntura histórica a partir de la posguerra de la cual provenía este texto revolucionario:

El carácter más sobresaliente del escenario internacional durante los cincuenta, es el enfrentamiento constante entre las dos superpotencias surgidas después de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos y la Unión Soviética, con sus respectivos aliados. En 1947, estalla la Guerra Fría entre ambos bloques.

Europa es el continente más afectado por la contienda bélica y su reconstrucción se sustenta básicamente en el sacrificio de la ciudadanía, especialmente, en aquellos países implicados en la guerra. No sucede así con Estados Unidos que emerge como modelo del capitalismo industrial, ni tampoco con América Latina, continente, que con sus más y sus menos, sale beneficiado al ser abastecedor de productos alimenticios, reactivando considerablemente sus exportaciones.

Este período histórico atraviesa la Revolución Comunista en China (1949); la guerra de Corea (1950-53); la expulsión de los ingleses de Irán (1952); la liberación de Indochina del dominio francés (1954); las luchas por la independencia nacional en Argelia (1954-1961); la Revolución húngara (1956); el desvanecimiento de las grandes potencias coloniales de la etapa imperial y la Revolución cubana (1959).

En 1948, se aprueban dos tratados internacionales para la protección de los derechos fundamentales de los ciudadanos: la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre y la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ambos instrumentos jurídicos nacen como respuesta de la comunidad internacional frente a las aberraciones cometidas durante las dos guerras mundiales. Terminada la guerra, la tecnología alcanza un alto desarrollo para colocarse al servicio de la economía en tiempos de paz y aplicarse a la vida práctica.

Las sociedades avanzadas de Occidente reforman al capitalismo clásico en un Estado de Bienestar. Así, se integran en una sola generación a la clase trabajadora y a los sectores populares al mercado a través de políticas públicas de corte social y democrático. Por lo tanto, la economía interpela a la ciudadanía desde un solo sentido: como compradores de bienes y servicios. Los Estados modernos por temor al avance del comunismo, reconocen derechos básicos en el terreno político, civil, educativo, de la salud y recreativos, por los cuales los movimientos de resistencia obrera venían luchando por esas conquistas fundamentales.

Luego, Dora Coledesky relató su exilio en Francia desde 1978 hasta 1985:

Cuando llegué estaba en su auge la lucha por la legalización del aborto que Simone había encabezado junto a otras feministas. Tenía todavía dificultades con la lengua, igualmente leí el primer tomo. A mi llegada a la Argentina leí La fuerza de las cosas que me enviaron de regalo desde París donde ella hacía unas precisiones sobre El segundo sexo. Anteriormente, yo no la conocía ni tampoco había leído su libro. Esto es explicable porque yo no era feminista. Estaba incorporada a la lucha revolucionaria desde muy joven, pero en los partidos llamados revolucionarios había verdaderos prejuicios con respecto al feminismo. Sin embargo, algunas compañeras que venían de grupos como el Movimiento al Socialismo (MAS) y del Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST) en la posdictadura conocían algo de feminismo y discutían conmigo. Fue allí cuando, junto con una de ellas, empezamos a cuestionar el porqué cuando hablábamos las mujeres siempre se nos interrumpía, no así cuando hablaban los hombres. Pero el descubrimiento del feminismo, de las reuniones de mujeres va a ser para mí en Francia, no solo por las francesas sino por la cantidad de mujeres latinoamericanas venidas de México, Perú, Colombia, Venezuela y Guatemala. Algunas exiliadas y otras venían a estudiar o a trabajar y se enfrentaban en las reuniones con aquellas del Cono Sur que preocupadas con la situación de las dictaduras militares poníamos el acento en la solidaridad política con Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay. Aprendí mucho de ellas a pesar de que su suerte fue variada y muchas retrocedieron en la lucha. ¿Dónde mamaron estas compañeras el feminismo? Es difícil decirlo, yo creo que fue su propia experiencia unida a que captaron enseguida en Francia lo que significaba el feminismo. Formamos un grupo de latinoamericanas. Llegamos a ser cincuenta que nos reuníamos en un aula de la universidad de París de Jussieu. Éramos muy heterogéneas. Ahora viéndolo a la distancia me parece increíble y me pregunto: ¿qué nos llevaba a reunirnos cada lunes? Evidentemente, era una necesidad.

Le siguió Lily Sosa de Newton con su texto Impresiones sobre El segundo sexo de Simone de Beauvoir:

Compré y leí El segundo sexo en 1965, cuando salió la edición de Siglo Veinte. Conocía la obra de Simone de Beauvoir como novelista y todo lo referente a su relación con Sartre y el existencialismo. Sabía que era una mujer de una inteligencia superior, aunque ideológicamente no compartiera algunos aspectos de su posición. Desde hacía tiempo era frecuentadora asidua y apasionada de cuanto se refería a las mujeres tanto históricas como modernas y buscaba las obras escritas por ellas. Manejaba bastante bibliografía porque entonces, en 1965, estaba preparando mi libro Las argentinas de ayer a hoy, que se publicó al año siguiente. Confieso que El segundo sexo me deslumbró pues nada de lo que había leído anteriormente me mostraba de manera tan precisa y contundente una realidad que todas intuíamos, sin tomar exacta conciencia de su peso. Muchos años antes, en 1941, había entrado en contacto con la obra de Virginia Woolf, Un cuarto propio y Tres guineas, notables ensayos sobre la situación real de las mujeres en su país. Fue entonces cuando empecé a pensar en algo que, en el mismo marco de análisis, sintetizase la trayectoria de las argentinas y sus esfuerzos para escapar del esquema patriarcal que regía sus vidas. Fue Simone de Beauvoir quien me brindó un enfoque histórico y filosófico válido para todos los países y épocas y su argumentación me mostró la posibilidad de comprender muchos puntos oscuros, fruto de alegatos retóricos que a nada conducían dada la confusión existente. Había que llegar a la raíz profunda, y eso fue lo que hizo El segundo sexo. Se trataba de salir del entramado o por lo menos intentarlo, por eso, las mujeres lucharon a brazo partido durante siglos. Simone de Beauvoir no dejaba en su obra aspecto sin analizar, partiendo de la base de que mientras las mujeres fueran solo consideradas en función de objeto, de “el otro”, no lograría ocupar el lugar que le correspondía, y que le era usurpado por el “primer sexo”. Su libro, original y sumamente completo, era, desde luego, para un público lector especifico y, por ende, reducido. No recuerdo, en esos años, haberme enterado de la repercusión que pudo tener. Esto empezó bastante tiempo después, como sabemos, y alcanzó proporciones considerables, afortunadamente, divulgando el concepto de género y otros enfoques que ya dejaron de lado el encuadre existencialista de Beauvoir. Las entidades existentes, en aquel tiempo, numerosas, tenían otros intereses. Incluso, supongo que no conocían la obra de la francesa. Cuando salió mi libro, en 1966, llamó la atención, tan grande era el desconocimiento del mundo femenino del país. Para muchos fue un descubrimiento de nuestras mujeres, pero ignoro que hubiese repercusiones sobre la obra de Simone de Beauvoir, que a mí me había impresionado tanto. Creo que los estudios posteriores fueron muy influenciados por aquel libro, surgiendo a partir de ahí en otros países, otras teorías y especu- laciones al respecto. Los antropólogos, psicoanalistas y sociólogos elaboraron nuevos andamiajes y surgirán otros en el futuro. Ojalá que no queden en la pura teoría. Lo importantes es afirmar con estricta justicia que El segundo sexo –un título genial– debe ser siempre reconocido como un hito esclarecedor en los estudios de las mujeres y en la aplicación práctica de algo que ya no se puede negar.

Después, María Elena Oddone se presentó comentando “Mi gratitud es eterna. Me siento retribuida”:

Esta obra llegó a mis manos en el año 1962, fecha de la edición que yo poseo. Conocía de Simone de Beauvoir por sus novelas y por su famosa relación con Sartre. En la década de los cincuenta yo vivía enclaustrada al cuidado de una familia numerosa, la única ventana al mundo eran los libros, la radio y los diarios. No pude saber si las mujeres de esa época tenían inquietudes intelectuales o de cualquier otro tenor. En el ambiente en el que yo vivía las mujeres como yo eran amas de casa y madres de familia. Fue en esa época que se produce el boom de las mujeres en la universidad. Pero yo no me enteré. Mi pasión por la lectura no tenía temas determinados, sino que era confusa. Pero la condición subalterna de la mujer no me era indiferente debido a mi propia realidad. Nunca había escuchado la palabra feminismo, aunque ya conocía a las sufragistas de principio del siglo xx. Mi defensa de las mujeres en reuniones familiares causaba escándalo. Pero me faltaban argumentos para sostener esa defensa. Mi encierro en el que vivía era por la voluntad de un marido despótico y de una familia religiosa, aunque yo había abonado para recibir el impacto de El segundo sexo. Fue el empleado de la librería donde compraba mis libros el que me ofreció la obra, porque conocía mi interés sobre el tema de la mujer. Sería un cataclismo beneficioso claro está, pero no al primer momento. Fue un alumbramiento y, al mismo tiempo, una caída del pedestal en el que yo creía estar: una mujer maravillosa y una diosa madre. A decir verdad, descubrí lo que en realidad era: una sirvienta que no tenía los elementos para saber quién era. Un ser inferior al servicio de todo y de todos. Soy fuerte y no le quito el cuerpo a la realidad, pero lo que leía superaba mi fortaleza. Pese a lo cual no dejaba el libro en todo el día y seguía leyéndolo en todo momento. Desde entonces mi vida no fue lo que era. Soy una persona influenciable, pero para mí El segundo sexo tuvo importancia significativa porque allí estaba escrita mi realidad. Y además me la explicaba, me daba respuestas a mis preguntas. A la vez, descubrí algo que no sabía que yo poseía: poder. Pasaron muchos años para que la libertad del intelecto se convirtiera en la libertad del existir como persona. Tuve que sortear millones de obstáculos, levantar la lápida de una educación castrante. El segundo sexo me dio el conocimiento y la fuerza para vencer todos los obstáculos, el saber que estaba en el camino correcto y el poder de armar mi propio destino. El precio es alto y lo pago todos los días. Y lo seguiré pagando hasta el fin de mis días. La libertad lo vale y eso se lo debo a Simone de Beauvoir.

Mirta Henault fue la única expositora con una impresión diferente al resto:

Entre 1955 o 56 me prestaron El segundo sexo. Supongo que habrá sido alguien de la izquierda. Así, llegó a mis manos. En ese entonces yo militaba en un grupo trotskista llamado Partido Obrero Revolucionario. En el grupo se debatía la revolución permanente, trotskismo versus estalinismo y sobre todo en el terreno político-gremial el entrismo en el peronismo como movimiento de masas. Esas eran las discusiones que se daban. No otras. Una vez como una actitud muy osada se planteó la represión sexual del proletariado. En realidad, tengo que confesar que El segundo sexo no me produjo el impacto que le produjo a mis compañeras. Igual armábamos reuniones para discutirlo. Yo me identificaba más con Virginia Woolf. Incluso, no recuerdo haber escrito alguna reseña sobre la aparición de esta obra en el semanario Palabra Obrera del partido, de gran difusión en la clase trabajadora, en el cual yo era una colaboradora permanente. Eso me había fogueado con la pluma, no cabe duda. Además, había estudiado periodismo. A El segundo sexo tampoco los grandes diarios lo tuvieron en cuenta. En efecto, lo ignoraron porque el tema de la mujer no tenía relevancia alguna. Lo mismo pasó con la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, por más que ella fuese feminista también lo omitió justamente por el compromiso que tenía Simone de Beauvoir con la izquierda. Aunque pasó desapercibo tanto para la militancia como para el periodismo, hay que reconocer que en aquellos años había una alta participación de las mujeres en los sindicatos y en los grupos de izquierda, por más que ninguna llegaba a la dirección. Por ejemplo, yo misma fui delegada del gremio metalúrgico y después del textil. Era oradora en asambleas y actos públicos. Si bien no había salido de Buenos Aires, me topé con un texto pionero de la psicoanalista y feminista marxista británica Juliet Mitchell, Women: The Longest Revolution (Las mujeres: la revolución más larga), de 1966. Este escrito clave del movimiento feminista europeo me dio la posibilidad de pensar la lucha de las mujeres por fuera del marxismo. Me cambió mi mirada ideológica y mi pensamiento político. Yo tenía muchas cuentas pendientes con las ideas revolucionarias y ella ponía el dedo en la llaga con sus duras críticas a la misoginia de las izquierdas. Entonces yo me hice feminista, así a secas; de la noche a la mañana, pero sin olvidar las luchas contra la explotación social. Podría decir que me encontraba entre lo viejo y lo nuevo. Por supuesto, ya estaba preparada para ese cambio de paradigma. Fui fruto de esos nuevos vientos, no creo ser una excepción.

Pertenezco a una generación que desafiaba la búsqueda de un mundo diferente que derribase los muros de las jerarquías y las desigualdades. En efecto, ese recorrido lo hicieron también muchas mujeres de izquierdas europeas y estadounidenses. Lo cierto fue que me despedí de todos mis compañeros del grupo y me volqué de lleno al nuevo activismo con mi entrada a la agrupación UFA, fundada en Buenos Aries, en 1970. “Hablan primero de la revolución, y luego de nuestros problemas. La mayor revolución que se está produciendo hoy no es en absoluto la del proletariado: es la de las mujeres”, sostenía Simone de Beauvoir dentro de su entorno. Por último, agradezco por haberme hecho recordar un periodo potente de mi vida, a partir de este homenaje a El segundo sexo.

Así, cerró aquel homenaje llevado a cabo en la Biblioteca Popular José Ingenieros. Esta biblia del feminismo fue obse- quiada y agasajada por una concurrencia sumamente heterogénea y amena, conforme a un espacio libertario. Tal ocasión sirvió para remediar una deuda pendiente con Simone de Beauvoir.

Jornadas de homenaje a Simone de Beauvoir en el cincuentenario de El segundo sexo

Un número significativo de investigadoras y académicas llevaron a cabo un evento recordatorio con notorias intervenciones y una amplia concurrencia. Así, el 5 y 6 de agosto de 1999 organizaron las Jornadas de Homenaje a Simone de Beauvoir en el Cincuentenario de El segundo sexo desde el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEG), cuya dirección estaba a cargo de la doctora Dora Barrancos, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El Comité organizador lo constituyó: Nora Domínguez, Marcela Nari (1965-2000), Margarita Roulet y María Gabriela Mizraje. Esta actividad fue auspiciada por el Centro Franco Argentino de Altos Estudios (CFA) de la Universidad de Buenos Aires, Editorial Sudamericana, Museo Notarial Argentino y por la Fundación Bartolomé Hidalgo para la Literatura Rioplatense. Las jornadas estuvieron conformadas por cinco mesas: Historia y política; Autobiografía y subjetividad; Lecturas de El segundo sexo; Cuerpo y compromiso y Discusiones filosóficas, una conferencia de Sylvie Chaperon, “Le Deuxième Sexe: 50 ans de lecture et de débats en France”. También se realizó la presentación del libro El segundo sexo, publicado por Editorial Sudamericana y una mesa testimonial. Para alojar este ciclo, abrió sus puertas el Museo Roca, Instituto de Investigaciones Históricas. Al frente de la gestión se encontraba la licenciada María Inés Rodríguez Aguilar.

En aquellas jornadas se presentaron veintiún ponencias en total, de las cuales se pudieron recuperar once para ser publicadas en este libro. Algunas de ellas se editaron más adelante en otros espacios académicos y sus autorxs no consideraron oportuno volverlo hacer mientras que otrxs desistieron por falta de tiempo. Pese al paso de los años, estos textos recuperan una fuente inagotable de historias, memorias, enseñanzas e inspiraciones que replican experiencias movimientísticas y personales de décadas anteriores, tanto locales como internacionales. Es volver la mirada a la acción política y teórica de nuestrxs antecesorxs feministas. En consecuencia, el trabajo de la memoria no se agota en recapitular los recuerdos, requiere de una interpelación a los archivos para que emerja a la superficie un resultado regido por las tonalidades propias de los acontecimientos históricos y sus protagonistas. A la vez, permiten complejizar las narrativas acerca de las historias de los activismos feministas en sus intervenciones públicas como en sus producciones teóricas, filosóficas, epistemológicas, éticas y políticas.

Mesa 1. Historia y política

No se nace feminista, se llega a serlo

Lecturas y recuerdos de Simone de Beauvoir en Argentina, 1950 y 1990

Marcela María Alejandra Nari2

En París, 1949, Simone de Beauvoir publicaba los dos tomos de El segundo sexo, habiendo anticipado ya algunos capítulos en Les Temps Modernes. Muy poco tiempo después debió haber sido leído en Argentina. En francés, primero; luego, antes de la caída del gobierno peronista, en castellano, a través de la traducción de Pablo Palant para la editorial Psique, distribuida por Siglo Veinte (1954). El escándalo que produjo en París no puede haberse producido en Buenos Aires. Sin embargo, desde hoy, puede presentirse una trama un tanto difusa y sinuosa de un debate latente y esquivo. Esta trama es precisamente la que buscamos reconstituir a través de lo publicado en la revistas culturales y literarias más representativas de la década de 1950 y de los recuerdos de quienes vivieron, leyeron y discutieron por aquellos años a Simone de Beauvoir, la “naturaleza” de los sexos y la política sexual.

Si se miran algunas de las publicaciones de los cincuenta y los sesenta resulta evidente cierta difusión de la obra y de la figura de Simone de Beauvoir entre determinados círculos políticos, literarios, intelectuales.3 También se adviene la existencia, aunque en los márgenes, de un campo de discusión acerca de los sexos, su “naturaleza” o su “carácter”, su entidad y sus funciones sociales. Campo que, sin duda, no era nuevo. Novedosas eran sin embargo algunas de las posiciones.4 ¿Activó la lectura de El segundo sexo este debate? También podemos invertir la pregunta y pensar cómo estos debates estimularon la lectura de un libro como El segundo sexo.

En los años cincuenta, en las lecturas, las discusiones, a partir o más allá de El segundo sexo, resonaban textos nuevos y viejos: desde Georg Simmel hasta Viola Klein. En los años cuarenta, se había editado en Buenos Aires Sexo y carácter de Otto Weininger,5 transformándose en referencia obligada tanto para sus defensores como para sus detractores. Desde la filosofía o la medicina (por ejemplo, a través de Gregorio Marañón o Wilhelm Steckel6) la impronta de la diferencia sexual era muy poderosa e, incluso, había resultado reforzada por el propio feminismo que había luchado por la igualdad de derechos desde una femineidad, en parte, aceptada y, en parte, reformulada, no siempre naturalizada pero sí siempre considerada valiosa. La psicología también fue mostrándose un campo fértil para el arraigo de las diferencias. Entre los textos más reconocidos de la época, estaban Tipos psicológicos de Carl Jung, publicado por Sudamericana en 1943; y La psicología de la mujer de Helene Deutsch, con una edición castellana de Losada de 1947. Los nuevos vientos, en cambio, parecían provenir desde la antropología y la sociología. El carácter femenino de Viola Klein (Klein, 1951) fue publicado en Buenos Aires antes que El segundo sexo; en él su autora ya consideraba los aportes de Margaret Mead realizados a través de Adolescencia y cultura en Samoa y Sexo y temperamento, editados en Buenos Aires en los años 1946 y 1947, respectivamente.

La presentación a la edición en castellano del libro de Klein fue realizada por el prestigioso sociólogo Gino Germani quien, sin embargo, parecía más interesado en comentar al prologuista de la obra, Karl Mannheim, que a su autora. Gino Germani solo encontraba en el objeto de estudio (el “carácter femenino”) “otro ejemplo clásico del perspectivismo en el conocimiento de la realidad social”. “Una cumplida aplicación del método integrador y una confirmación de la concepción sociológica del conocimiento, tales como fueron formuladas por Karl Mannheim” (Klein, 1951, p. 10). Casi una excusa.

Esta mirada oblicua no aparece haber sido generalizable en el Buenos Aires de los años cincuenta, especialmente entre un grupo específico, y seguramente pequeño, de varones y mujeres interesados en estas problemáticas, hubieran leído o no El segundo sexo. Gran parte de las tesis sustentadas por Simone de Beauvoir estaban en el debate local. Sin embargo, no parece haber sido un texto demasiado citado, por lo menos en estos años. Algunos preferían olvidarlo o no perder el tiempo en mencionarlo; en otros casos, incluso entre quienes acordaban, frecuentemente preferían otras citas. Esto resulta particularmente sorprendente cuando se contrasta con el recuerdo de su lectura que algunas mujeres tienen muchos años después. Como veremos más adelante, actualmente muchas de ellas reconocen que haberse comprendido construidas como “mujeres” (on ne naît pas femme, on le devient) fue fundamental para devenir feministas (es cierto, bastantes años después). Desde hoy pareciera que Simone de Beauvoir oscurece a Mead, Viola Klein e, incluso, a Virginia Woolf.7

En 1947, dos años antes de la primera edición de El segundo sexo en francés, María Rosa Oliver tradujo un artículo de Simone de Beauvoir, “Literatura y metafísica” (Oliver, 1947) para un número especial de la revista Sur dedicado a Francia. Su fundadora, Victoria Ocampo, aclaraba que, para dicho número especial, se habían elegido “[...] escritores todavía poco conocidos entre nosotros o no traducidos aún” (Ocampo, 1947). Este artículo de Simone de Beauvoir puede ser tomado como punto de partida de aquella trama, señalada anteriormente, por diversos motivos. Por un lado, por su contenido: en él, su autora defendía una concepción de la literatura vinculada a la filosofía, la novela como forma de expresar una realidad metafísica, la ficción como una forma preferencial de expresión del existencialismo. Esta afirmación resulta casi premonitoria de los caminos que recorrerían sus ideas. Si El segundo sexo fue escrito bajo la forma de un tratado, su filosofía se encarnó en las novelas y autobiografías de Beauvoir. En los testimonios orales o escritos es posible comprobar que el mayor choque fue producido por su literatura más que por sus tratados filosóficos. De estos últimos, indudablemente, El segundo sexo fue el más difundido. De todas maneras, sus lectoras siempre aparecen desbordadas por las referencias a otros textos de la misma autora y, además y fundamentalmente, por la persona (o personaje): Simone de Beauvoir.

De este último tipo de influencias no quedaban dudas ni para sus seguidores ni para sus críticos. Casi veinte años después, en la misma ciudad, aunque en otra revista, Liliana Heker le reconocía ser “[…] una de las mujeres más lúcidas de Francia, y la más notoria; que, a menudo, y no estrictamente en el plano literario, se la toma como paradigma […]” (Heker, 1996, p. 6). Curiosamente, este reconocimiento se daba en una crítica a sus memorias y dicha crítica residía precisamente en la ausencia de un vínculo entre filosofía y literatura. Le reclamaba un mayor compromiso y una menor autojustificación en el relato de la vida cotidiana. En otras palabras, que se pareciera un poco más a Sartre. Jean-Paul Sartre, ese hombre cuyo nombre constantemente se hacía presente, era una referencia permanente a la hora de pensar a Simone de Beauvoir, como escritora, como filósofa, como intelectual y como mujer.

Más allá de su contenido y de las asociaciones posibles de aquel primer artículo traducido de Beauvoir nos interesa, también, su traducción o, mejor dicho, su traductora.8 En un reportaje publicado en 1963, María Rosa Oliver, una mujer familiarizada con los hábitos y ámbito intelectuales progresistas locales, retomaba a esa extraña pareja y sostenía que lo que más le había llamado la atención de la relación de Beauvoir-Sartre, “por insólito”, era cómo se escuchaban mutuamente “sin creerse obligados a terminar el pensamiento del otro o a explicarlo mejor” (Oliver, 1963, p. 11).

En 1950, Sur publicaba un comentario traducido de Emilie Noulet sobre El segundo sexo (Noulet, 1950). Un comentario moderado, prolijo, bastante inexpresivo. ¿Colocado por compromiso? Su presencia, de todas maneras, indicaría cierta ineludibilidad del compromiso aunque nadie prestigioso o de la revista lo hubiera escrito, incluso ningún miembro del campo cultural porteño. La comentarista escogida, Emilie Noulet, destacaba la objetividad del libro frente a un tema tan pasional, rehusaba discutir tesis y el elogio era también su reproche: la riqueza, el exceso, las dimensiones, la extensión del texto.

Seis años después y a propósito de La invitada, aparecía otro comentario, “tardío” –como lo reconocía su autora, Rosa Chacel–, sobre El segundo sexo (Chacel, 1956). Allí, la comentarista (una exiliada del franquismo en Brasil pero que pasó algunas temporadas en Buenos Aires y estaba vinculada a Sur) nos confirma los silencios y parquedades presentidas en las lecturas públicas-publicadas de la obra de Simone de Beauvoir (en especial, El segundo sexo), al menos en determinados medios intelectuales. En efecto, Chacel reconocía que no tenía demasiados colegas con quienes polemizar sobre la autora francesa. Aparentemente, Simone de Beauvoir era leída pero no comentada en Argentina. Por eso, Chacel se proponía decir “lo que no se dice”. La parquedad, los silencios, podrían provenir de los “escándalos” producidos por algunas de las novelas en el gran público;9 por las “furias” desencadenadas en algunas mujeres ante El segundo sexo. Escándalo y furias también podía provocar la bienvenida ofrecida por gran parte del “público culto”, especialmente entre las mujeres. El segundo sexo exigía alineamientos y produjo divergencias entre mujeres intelectuales: lecturas fascinadas, lecturas entre tantas otras, lecturas furiosas. Es necesario destacar que las primeras, las fascinadas, parecen haber sido más un producto de la sedimentación, de la memoria o, quizás, de las experiencias a solas, “privadas” que del debate público contemporáneo a las primeras ediciones. La lectura que Rosa Chacel había hecho de El segundo sexo no se hallaba precisamente entre éstas sino entre las últimas. Chacel confesaba la furia sentida en 1953 cuando lo había leído y cómo esa lectura había inhibido otras lecturas de la misma autora: las de las novelas que, en la década de 1950, también se publicaban en Buenos Aires (Todos los hombres son mortales, 1951; La invitada, 1953; Los mandarines, 1956). Aunque compartía con la autora francesa cierto concepto liberal de la igualdad,10 lo hacía desde una idea de la humanidad de varones y mujeres más asentada en la diferencia que en la similitud. Retomando posiciones mucho más clásicas dentro del feminismo local, para Chacel, la mujer no era “lo otro” del hombre sino su equivalente diferente. Las mujeres, tanto como los varones, podían llegar a trascender. Y las mujeres trascendían fundamentalmente a través de la maternidad. Este desencuentro teórico se reflejaba también en la literatura. Hombres y mujeres pensaban con sus glándulas; por lo tanto, debían escribir diferente y allí residía la riqueza de sus escritos. La fascinación que le despertaba Beauvoir provenía de las novelas (en especial La invitada) puesto que consideraba a sus personajes femeninos (y quizás incluso a su creadora) como la quintaesencia de la femineidad; mientras que El segundo sexo parecía no haber sido escrito por una mujer (Chacel no tomaba en cuenta que, precisamente, ese había sido el propósito de su autora manifestado en la introducción al primer tomo). Sin embargo, terminaba reconociendo que la celebridad de Beauvoir se debía a que escribía “en relación directa y normal con el mundo como lo hacen los grandes y éstos hasta ahora con contadas excepciones fueron hombres” (Chacel, 1954, p. 34).

En los años siguientes Sur no volvió a El segundo sexo ni continuó exhaustivamente la trayectoria de su autora. Sólo esporádicamente retomó algunas ediciones de Beauvoir: una reseña de Los mandarines en 1959 y otra sobre La fuerza de las cosas en 1965. La primera la escribió Alicia Jurado y allí se reafirmaba el escándalo que las novelas de la autora francesa provocaban en la moral burguesa local (Jurado, 1959). En su autobiografía, Jurado dice haber leído El segundo sexo en 1953 (pero aparece como una lectura entre otras, casi obligada por la época).11 Su lectura de Simone de Beauvoir no quedaba exenta de contradicciones y diferencias. Cuando ya casi había pasado un año de la autodenominada “Revolución Libertadora” (el golpe militar que depuso el segundo gobierno de Juan Perón), Jurado llamaba a las mujeres argentinas a ocupar su lugar frente a la libertad y utilizaba en su argumentación para el reconocimiento de la opresión histórica de las mujeres tanto a Beauvoir como a Simmel. Esto era posible porque Jurado colocaba el problema del poder exclusivamente en la cultura. Por otro lado, parecía confiar en la igualdad política recientemente lograda por la “demagogia que había favorecido a las mujeres” (Jurado, 1956, p. 2).

La segunda reseña aparecida en Sur era la de Marta Gallo sobre La fuerza de las cosas, tomo de la autobiografía de Simone de Beauvoir que retoma los años vividos desde 1941 hasta 1962, y que constituye otro de los puntos de la última de las lecturas que intentamos reconstituir. Por un lado, Gallo partía de un lugar común, sólo en los últimos años contestado: Simone de Beauvoir, en realidad, refractaba “[...] las ideas del hombre a quien quiere y admira y con el que quizá también piensa, pero reservándole a él la cualidad de creador ideológico. Y a renglón seguido revelaba su lectura anhelante: ‘Esto nos decepciona un poco, sobre todo si somos mujeres y hemos leído El segundo sexo’ [...]” (Gallo, 1965, p. 84).

Por otro lado, la comentarista destacaba la tensión siempre presente en la obra entre libertad y necesidad. Una necesidad que era entendida como “el condicionamiento del medio, en las cosas –cosas son también su cuerpo y su vida– en los hechos que acontecen. Y detrás de todo ello está el tiempo” (Gallo, 1965, p. 85). La fuerza de las cosas había sido publicada en Francia en 1963; en Buenos Aires, un año después por Sudamericana. Las “trampas” de ciertas ideas en torno a la libertad comenzaban a quedar develadas tanto para la autora como para sus lectoras. Gallo citaba a la propia Simone de Beauvoir: “Creo en nuestra libertad, en nuestra responsabilidad, pero, cualquiera sea su importancia, esta dimensión de nuestra existencia escapa a toda descripción: lo que podemos alcanzar es solo nuestro condicionamiento; yo aparezco ante mis propios ojos como un objeto, un resultado [...]” (Gallo, 1965, p. 9).

Revisando Sur a lo largo de estos años, no podemos pasar por alto un debate entre dos reconocidos intelectuales locales: Ernesto Sabato y Victoria Ocampo, a propósito de “La metafísica de los sexos” el primero, publicado en la revista en 1952. En el mismo número, Álvaro Fernández Suárez publicaba “El sexo y la técnica”, artículo en el cual trabajaba la hipótesis de que el grado de desarrollo técnico alcanzado en las sociedades modernas dejaba un saldo de energía que era absorbido por el apetito sexual.12 Dos años antes, el mismo autor había publicado, también en Sur, “La invención de la mujer”, artículo en el que analizaba cómo la belleza y la prolongación de la vida sexual de la mujer era resultado también de la técnica (Fernández Suárez, 1950). Si las ideas de Fernández Suárez aparentemente no despertaron demasiados ecos, no sucedió lo mismo con las de Ernesto Sabato. “La metafísica de los sexos” fue inmediatamente contestado por la propia Victoria Ocampo desde Sur y por Regina Gibaja desde Centro, por entonces la revista del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Veinte años después aún Sabato recordará el incidente.13

De acuerdo con John King, Ernesto Sabato y Victoria Ocampo protagonizaron uno de los pocos debates acalorados de Sur alrededor de los cincuenta, si exceptuamos los satíricos ataques a Perón (King, 1989, p. 190). Otro, al año siguiente, alrededor de la ruptura Camus-Sartre, no tenía conexión aparente con el mencionado en primer término.14 Sin embargo, no caben dudas de que este último cerró la breve apertura de Sur a Sartre y, seguramente, a Simone de Beauvoir que se había iniciado con aquel número dedicado a Francia en 1947, y que se continuaría con las escuetas reflexiones encontradas en la revista en torno a la obra literaria, filosófica y autobiográfica de la autora francesa y que, finalmente también podría explicar el silencio, con respecto a Simone de Beauvoir, de la propia Victoria Ocampo. Significativo silencio (tanto si la había leído como si no) en 1952, cuando discutía con Sabato en un campo ya transitado por Simone de Beauvoir. Efectivamente, las ideas desarrolladas por Sabato eran las que El segundo sexo desarmaba.

En su artículo “La metafísica de los sexos”, Sabato comenzaba planteando que el siglo xix había culminado “en uno de los fenómenos más inesperados de todos los tiempos, en la idea de la identidad entre los sexos” (Sabato, 1952, p. 26). A partir de allí, aparecía todo lo esperable en términos teóricos y filosóficos. Sabato no era original; repetía a Nietzsche, Simmel y Jung. Pero en las primeras páginas un breve comentario merece atención. Sabato sostenía que, en su tiempo, en ciertos medios calificados como “progresistas”, postular “diferencias” entre los dos sexos era considerado “reaccionario” y “bárbaro”. “La mayor parte de las mujeres –continuaba–, sobre todo de las mujeres con alguna cultura –¡qué peligroso es ‘algo’ de cultura!–, se dejan arrastrar por esta doctrina sin comprender que les hace muy poco favor y que las coloca, así, en un terreno decididamente desfavorable […]” (Ib., p. 26). Estas palabras son suficientes para sospechar lo que sigue por parte de Sabato y la “furiosa” respuesta de Ocampo, tal como fuera calificada por parte del propio Sabato. Finalmente, este debate interesa tanto porque se discuten tesis de El segundo sexo sin citarlo; como porque ilumina ese medio de probable recepción y lectura.

Sabato partía de las viejas “diferencias”, supuestamente complementarias entre los sexos. Afirmaba que las diferencias biológicas conllevaban diferencias psíquicas, sociales y metafísicas entre los sexos. Postulaba lo femenino y lo masculino como ideas platónicas que se encarnaban en mujeres y varones; y si bien aceptaba la idea de bisexualidad latente en todo ser humano, por algún motivo (evidentemente la proposición anterior) las hembras estaban más determinadas por el arquetipo femenino y los varones por el masculino. Lo masculino era abstracción, universalidad y lógica; lo femenino, lo concreto, lo particular, lo intuitivo. Los varones se proyectaban hacia fuera (como el semen), eran creadores centrífugos. La sexualidad no tenía importancia para ellos, solo era un instante en sus vidas. Las mujeres, en cambio, estaban adentro, como adentro suyo estaba la vagina. En las mujeres se hallaba siempre latente la maternidad, buscaban la inmortalidad en el hijo. Para ellas, el acto sexual comenzaba después de la cópula, con el embarazo, el parto y la vida del hijo. A diferencia de los varones eran centrípetas. Sabato acababa postulando la deseable feminización del mundo puesto que el capitalismo y la ciencia positiva, ambos productos masculinos, habían conducido a la deshumanización. Pero la feminización del mundo no implicaba la liberación de las mujeres, al menos como lo entendía el feminismo de la época, puesto que la igualdad y el logro de los derechos postulado por este (aún en lo legal) eran, para Sabato, una concesión a la civilización de los machos. La feminización del mundo debía feminizar tanto a varones como a mujeres pues éstas, como resultado de la cultura occidental, se habían virilizado. Sabato llegaba a temer las consecuencias que, para la humanidad, podía tener el control de la natalidad puesto que calificaba como aberración que las mujeres prescindieran de los hijos. La feminización, entonces, aparecía como un proceso desvinculado de las mujeres reales y presentado casi como un proyecto de varones críticos (entre los cuales Sabato se incluía) a la masculinidad dominante, capitalista y positiva.

En el número siguiente, Ocampo respondía con una carta. En ella, afirmaba situarse más allá de su subjetividad (aunque obviamente declaraba no estar de acuerdo con Sabato) y prefería ubicarse en el campo de objetividad. Por eso, sostenía responder desde las pruebas ofrecidas por el propio Sabato. Retomaba, entonces, a Lawrence y André Malraux, para hacerlos afirmar lo contrario. De acuerdo con Ocampo, ellos consideraban a las mujeres como a sus iguales; para ellos, “la otra” contaba, “existía”. Ocampo reivindicaba la humanidad de las mujeres, ellas eran personas y no solo, ni principalmente, cuerpos portadores de óvulos. En contrapartida, animalizaba a los varones, por lo menos lo hacía con Sabato a quien se dirigía como “bípedo centrífugo” (Ocampo, 1952a, pp. 211-212).

Le siguió un nuevo número de la revista (atravesado por una pequeña franja negra que obedecía al luto nacional por la muerte de Eva Perón, decretado por el presidente en julio de 1952) que contenía cartas, también cruzadas, de Sabato y Ocampo. Este calificaba de “pintoresca” la “cartita de morondanga” –como leyó, entre líneas Ocampo (Ocampo, 1952b, pp. 213-214); y contrarrestaba el “bipedismo centrífugo” con la “furiosidad” de una bacante para interpretar la reacción de Victoria Ocampo. En realidad, en todo el debate, ambos se preocuparon por reservarse el lugar de la objetividad y personalizar, descalificar como subjetiva, interesada, la crítica del otro. Sabato, por si quedaban dudas, repetía su opinión con respecto al movimiento feminista, al que consideraba un “monstruoso mito”; pero aclaraba que esto no implicaba estar en contra de las mujeres ni en contra de la femineidad. Por el contrario, volvía a insistir que su propuesta consistía precisamente en feminizar el mundo. El problema radicaba, para Sabato, en que “con las mujeres pasa como con los judíos, negros y otros grupos sociales en situación de inferioridad: son extremadamente susceptibles y en cuanto alguien les pone un pero, aunque sea después de infinitos elogios, se vuelven enfurecidas contra él, acusándolo de haberse unido a la infame persecución” (Sabato, 1952, p. 159). Y finalizaba sosteniendo que los razonamientos de la fundadora de la revista eran “paralógicos”, fenómeno esperable, puesto que “la lógica no es el fuerte de las mujeres” (Ib., p. 161). Ocampo, por su parte, replicaba que a las mujeres les sobraban motivos para reaccionar susceptiblemente como a los negros o a los judíos; y, eso “a pesar de que somos una aplastante mayoría” (Ocampo, 1952b, p. 161). Sonreía ante la calificación de “furiosa bacante” que señalaba, a su juicio, en realidad, la furia de Sabato para calificar tan poco halagüeñamente a una “indefensa bípeda centrípeta”. Acto seguido denunciaba el uso de la igualdad, por parte de los hombres, solo cuando les convenía. Y, utilizando igual estrategia, pero a la inversa, ella también echaba mano de la diferencia y retomaba el poder de la mujer en tanto madre.15 Infantilizaba a Sabato y responsabilizaba a las mujeres de los berretines de los varones: “(L)as mujeres educan al hombre y con ellas debe uno tomárselas cuando el hombre (ensayista o lo que fuere) sigue conduciéndose como un chicuelo, incapaz de soportar que se lo contradiga sin manifestar su mala crianza. Tanto peor para nosotras… o tanto mejor: así aprenderemos nuestro oficio de educadoras” (Ib., p. 162). Sin embargo, llegada la hora de reafirmar sus argumentos frente a Sabato, Ocampo se arrogaba una autoridad intelectual más que maternal: le recordaba que conocía a Jung, que había sido ella quien hacía dieciséis años había publicado en castellano Tipos psicológicos y que, además, sabía mucho más que él de literatura. Por último, con respecto a la importancia del acto sexual para la mujer, sostenía que “cualquiera de nosotras está en mejores condiciones que un hombre para darnos datos de primera mano” (Ib., p. 163).

Así quedó la disputa, al menos en las páginas de Sur, por lo menos hasta 1971, cuando la revista dedicó un número especial a la mujer. Allí, Sabato volvería con sus ideas, aunque, para tranquilizar entre otros a Victoria Ocampo, aclaraba que hablaba de “visibles y tranquilas diferencias” y no de “superioridades” (Sabato, 1971, p. 103). De todas maneras, el artículo versaría más sobre la crítica al proceso de deshumanización y la posible destrucción atómica del mundo que sobre varones y mujeres concretos.

Los argumentos de Sabato, si bien no la polémica completa, fueron retomados en los años cincuenta por Regina Gibaja desde la revista Centro editada por el Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Unos meses antes, allí mismo, Gibaja había escrito un comentario sobre El segundo sexo, acordado como un tratado de psicología influido por los conceptos sartreanos. En las primeras líneas, el sujeto, la mujer, no aparecía y se destacaba más el planteo ético-existencialista alrededor de la libertad, válido para toda la especie independientemente del sexo. Del libro, se apreciaba la ausencia de dogmas a priori, su audacia, su firmeza, su objetividad. Objetividad, incluso, para reconocer la efectiva inferioridad de las mujeres hasta el presente y su dependencia de los valores masculinos. Por otro lado, el libro era considerado un ensayo científico que liberaba a “lo femenino” de todo un aparato conceptual mítico, irracional, tradicional, falso (Gibaja, 1952a). En su réplica a Sabato, Gibaja traía a El segundo sexo pero, además y fundamentalmente, lo hacía a través de la referencia a otros textos prestigiosos de la época como los de Margaret Mead o Viola Klein.

En su crítica a Sabato, recogía el interés despertado por la polémica que aparentemente había trascendido a Sur, aunque en ningún momento mencionaba los argumentos de Ocampo ni a la propia Ocampo (Gibaja, 1952b). Ese mismo año, Sabato también había desplegado sus ideas en una conferencia en el Instituto de Arte Moderno. De acuerdo con Regina Gibaja las ideas platónicas y las oposiciones simples entre lo femenino y masculino solo terminaban racionalizando los “mitos” en torno a las mujeres que justificaban su subordinación. Y, finalmente, agregaba que el tema “la mujer” se prestaba “inagotablemente para hacer filosofía de salón, cuando en nuestro país se conocen ya varias obras admirables por su seriedad y buena fe. En estos libros [...] posiciones como las de Sabato y las de sus fuentes son analizadas largamente y refutadas en lo que tiene de parciales y en los motivos que ocultan detrás de tan apabullante racionalidad” (Gibaja, 1952b, pp. 17-18). De esta manera, por primera vez en la polémica porteña sobre “metafísica de los sexos”, aparecía El segundo sexo.

Este interés por las ideas, actitudes y valores atribuidos a las mujeres, que terminaban construyendo un “arquetipo” de lo femenino, volveremos a encontrarlo un par de años después en Contorno, en un artículo titulado “La mujer: un mito porteño” (Gibaja, 1954). Allí, Regina Gibaja agregaba la internalización de esas ideas, valores y actitudes en las propias mujeres y la consecuente anulación intelectual y, por lo tanto, real (aunque no esencial) inferioridad femenina en dicho plano. Algunos cambios en las vidas de las mujeres, tales como la consolidación de su inserción en estudios superiores, la reducción del número de hijos, los “nuevos” puestos de trabajo, efectos de la “modernización” de los años cincuenta, no debían hacer creer superados y/o anticuados aquellos postulados. Al respecto, Gibaja sostenía que “(Q)uienes de las cosas captan el último barniz creen, de buena fe a veces, que la mujer ya ha adquirido independencia en nuestra sociedad y lo demuestran empíricamente: las mujeres que trabajan, estudian, actúan políticamente, son sus pruebas. Olvidan que la liberación no está en los hechos exteriores de la vida sino en las intenciones que los informan y les dan perspectivas” (Ib., p. 11). Por otro lado, además de la pervivencia de los “mitos” alrededor de las mujeres, afirmaba la existencia de otro mito: la idea de que ellos solo subsistían en “medios de baja cultura” puesto que “aún en los medios más liberales, suele suceder que bajo las apariencias de la amistad o la camaradería subsiste una valoración de la mujer no por sus valores intrínsecos sino por las formas externas de su vida o por su consecuencia, con los valores convencionales y con el molde estándar de la femineidad” (Ib., p. 10). A pesar de estos debates que nos esforzamos por rescatar, la opinión de Gibaja en los años cincuenta era que “de todo eso se rehúye hablar”.

En Contorno, como sugiere Marcela Croce, las mujeres tuvieron un lugar minoritario: además de algunas contribuciones de Regina Gibaja, solo escribió otra mujer: Adelaida Gigli.16 También fueron escuetas las páginas sobre “la mujer”, como objeto de análisis. Una de esas excepciones se encuentra precisamente en el mismo número en que apareció el citado artículo de Gibaja: una nota de Adelaida Gigli sobre Victoria Ocampo. Con palabras de Victoria Ocampo, Gibaja había cerrado su artículo afirmando que la real liberación de la mujer consistía “en responsabilidad absoluta de sus actos y en autorrealización sin trabas” (Ib., p. 11). A estas alturas, no nos deja de resultar curiosa la mención de Ocampo, cuando no lo había hecho en su comentario sobre la disputa con Sabato. La perspectiva de Gigli sobre la fundadora de Sur parecería ser otra, más atenta a la marca de clase que de sexo, aun cuando comenzaba reconociéndole su lugar pionero en la apertura del campo intelectual para las mujeres en Argentina (Gigli, 1954, p. 1). Para Gigli nada expresaba mejor la actitud de Ocampo que sus Testimonios: en ellos, se presentaba “no lanzada a la verdadera vida espiritual (que en muchos sentidos es soledad) sino a la sociedad de gente espiritual” (Gigli, 1954, p. 2). Y acá aparecía el contraste con la recuperación de Gibaja (aunque es necesario notar que esta hablaba de las “palabras” y no de la vida de Ocampo). Para Gigli, Ocampo no “existía” excepto en algunos momentos en que la vitalidad la invadía y la vencía: allí, en donde aparecía la “femineidad”, la “juventud”, la “timidez”, la “rebeldía”, el “hambre”.

A pesar de las escuetas referencias públicas y publicadas, la figura de Simone de Beauvoir tuvo un lugar relevante, al lado del de Sartre, en este grupo referenciado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Según Sebreli, quienes más se identificaron con el existencialismo en estos primeros años de la década de 1950 fueron Correas, Masotta y él mismo. Sebreli había editado entre los años 49 y 50 una revista llamada Existencia y había mantenido correspondencia con Sartre y Simone de Beauvoir e, incluso, había hecho una entrevista con esta última en París en 1964.17 Tradujo, además, varias de sus obras y le dedicó en 1966 su libro sobre Eva Perón, Eva ¿aventurera o militante?. Muchos años después confesaba: “De más está decir que esta relación juvenil con Sartre trasciende de lejos el plano estrictamente intelectual hacia el plano personal, íntimo, subjetivo; un psicoanalista diría que Sartre fue mi ‘padre mítico’ y Simone de Beauvoir mi ‘madre mítica’. Considero más bien que fueron hermanos mayores tutelares” (Sebreli, 1997, p. 521). Específicamente, con respecto a El segundo sexo, Sebreli hoy lo considera como “un hito de las ciencias sociales de su época” (Ib., p. 555).

Queremos cerrar este análisis en torno a las lecturas públicas y publicadas en los años cincuenta sobre El segundo sexo y Simone de Beauvoir con El Grillo de Papel, una revista aparecida en el filo del cambio de la década (1959-1960). Durante su breve vida esta revista destacó aspectos claramente políticos de Simone de Beauvoir: sus opiniones sobre el secuestro, tortura y violación de la joven argelina Djamila Boupacha, miembro del Frente de Liberación Nacional, acusada de colocar una bomba en la universidad argelina,18 y un reportaje a la dupla Sartre-Beauvoir en su viaje a Cuba. Más allá de la realidad cubana y la percepción de los intelectuales franceses sobre ella, la nota se detenía en destacar aspectos de la relación entre ambos intelectuales. Por ejemplo, “Simone de Beauvoir quiere mantenerse en segundo plano. Habla menos... La Beauvoir asiente”. Con respecto a Sartre, “(D)emuestra a cada instante una solícita atención y ternura hacia su compañera de este viaje”. A veces, se los mostraba actuando roles convencionales de una pareja. ¿Tan sorprendentes resultaban en ellos? Muy sutilmente, se deslizaban rasgos superficiales, convencionalmente “femeninos”, en ella. “Durante todo el viaje será así: él, rigor, precisión, análisis; ella observando colores, formas, cosas”. Mientras ella aparecía sosteniendo que solo con aire acondicionado se podría escribir y trabajar en Cuba; Sartre, impertérrito, declaraba: “yo puedo trabajar de cualquier manera”. Finalmente, la voz de Simone de Beauvoir solo se escuchaba a partir de la situación de las mujeres cubanas y junto a la de Sartre. Y era este último, en realidad, quien cerraba con autoridad un conflictivo comentario acerca del retiro de la política de las mujeres guerrilleras una vez finalizada exitosamente la revolución. Sartre afirmaba que “la mujer cubana había dado un salto atrás”, después de oír las palabras de Haydée Santamarina acerca de la necesidad de educar a las mujeres en los “ideales superiores de la patria, para ser buenas madres, buenas esposas, que sean una conciencia vigilante de lo político”.19

Unas páginas más adelante, en el mismo número de El Grillo de Papel, se publicaba una entrevista exclusiva a Simone de Beauvoir pero, esta vez, básicamente alrededor de la literatura. La imagen resultante era diferente: aparecía como escritora y trabajadora metódica y minuciosa, certera y objetiva, apasionadamente al corriente de los problemas de sus días, con maestros literarios masculinos, con poca vida social y estrechamente asociada a sus intereses intelectuales. Infaltable era también su admiración intelectual por Sartre. Y, a más de diez años de su publicación, se retomaba El segundo sexo. ¿Por qué lo había escrito? “En 1947 –respondía– quise escribir un libro sobre mis experiencias personales. En los medios intelectuales que frecuentaba, jamás encontré discriminación respecto a mi sexo. Pero al mirar a mi alrededor me di cuenta de que el problema femenino estaba lejos de ser resuelto”.20 Negaba que hubiera sido una “obra de resentimiento” sino un “sereno interrogante” de una mujer ante problemas femeninos y destacaba que muchas mujeres “interesantes” de todo el mundo habían reaccionado positivamente ante su trabajo.

En este reportaje, se puede seguir en la misma Simone de Beauvoir el relato de una experiencia que descubrimos en muchas de las mujeres entrevistadas que, durante los años cincuenta, estudiaban en la universidad o participaban en agrupaciones políticas (generalmente de izquierda). Mujeres que se consideraban a sí mismas como intelectuales comprometidas y que se esforzaban por pensarse y sentirse como “iguales” a sus compañeros de vida, de militancia, de estudio. La percepción de la condición femenina oscilaba, entonces, entre las vivencias personales y lo que le ocurría a “las otras”, las otras mujeres sojuzgadas, que no habían tenido la suerte o no había podido superarse como ellas.

Para este trabajo nos basamos en una serie de entrevistas realizadas en la década del noventa a un grupo de mujeres que había formado parte, por lo general en estratos intermedios, de agrupaciones políticas de diferente tenor: sindicales, partidarias, estudiantiles, guerrilleras, feministas, desde el derrocamiento de la segunda presidencia de Perón (1955) hasta los años ochenta.21 Estas entrevistas no fueron realizadas para indagar específicamente lecturas de El segundo sexo. En realidad, Simone de Beauvoir apareció sola desde las primeras entrevistas. Evidentemente, trabajábamos con una muestra sesgada: mujeres de clase media que en los inicios de los años cincuenta o sesenta, habían incursionado en el campo de la política y que, en los años setenta u ochenta, habían comenzado a considerarse “feministas”. Por otro lado, procuramos integrar a nuestro análisis un conjunto peculiar de fuentes que podemos denominar “entrevistas de recuerdo” (Niethammer, 1989, pp. 3-25). Este tipo de entrevistas intenta aproximar- se a una perspectiva de la experiencia subjetiva (única y social, a la vez); pero entre la experiencia vivida y la experiencia recordada media un lapso de tiempo, un tiempo en que se continuó viviendo y en el que nuevas experiencias reelaboraron el recuerdo de las previas.

Una de nuestras hipótesis es que el impacto de la lectura de Simone de Beauvoir se intensificó con el paso del tiempo, se elaboró y reelaboró a partir de la madurez política, intelectual y vital de estas mujeres. En el momento de la lectura, ellas confirmaron experiencias previas: el “problema de la mujer” existía, la subordinación de las mujeres frente a los varones no podía explicarse a través de casos individuales, y todos los valores, actitudes, hábitos e ideas apegados a “lo femenino” constituían una construcción socio-cultural, y su naturalización no era sino una justificación de la subordinación. No habían nacido mujeres sino que habían llegado a serlo. La marca beauvoiriana provino en el momento en que se dieron cuenta de haber devenido mujeres en carne propia. Más allá de lo que sucediera a otras, ellas encarnaron el “segundo sexo” y no solo tuvieron que aceptar haber devenido mujeres sino que, al mismo tiempo, quizás por solo percibirlo en ellas y en otras (en un “nosotras”), devinieron feministas.

Estas mujeres recordaban haber leído a Simone de Beauvoir en los años cincuenta o sesenta, así como otros textos, que “les abrieron los ojos”. Pero, en ese momento, la subordinación femenina fue elaborada como un problema para “las otras”.22 La mayoría de nuestras entrevistadas militaban por esos mismos años en agrupaciones políticas de izquierda y pensaban que una solución política al problema de la desigualdad de clase automáticamente desarticularía la opresión de género, en parte porque creían que esta era fundamentalmente padecida por mujeres de la clase obrera. “Ellas”, en cambio, jóvenes educadas y politizadas no se sentían discriminadas en la universidad o en sus grupos (o, como una de ellas sostuvo, no se animaban a sospecharlo). La discriminación solo aparecería en sus recuerdos, elaborados en los años noventa, después de haber pasado por complejos y dolorosos procesos de ruptura, provocados o no por ellas. Algunas devinieron feministas en los años setenta y comenzaron a formar grupos de “concienciación”; otras, lo hicieron en el exilio, después de 1976.

En esos momentos, El segundo sexo parece haber cobrado nuevos sentidos. Se trató de una época en que abandonaron la elaboración de “las otras” para construir y sentir un “nosotras”. De esta manera, se recupera y se le da una centralidad a El segundo sexo no encontrada en nuestra búsqueda por las revistas político-literarias de los años cincuenta. Como vimos, las referencias a El segundo sexo no abundan y, cuando aparecen, se trata de lecturas distantes en medio de otras lecturas y que valoran aspectos del libro (la objetividad, por ejemplo) que muchos años después, en los recuerdos, no aparecerán como los más relevantes.

Desde los años noventa, escuchamos: “hablaba de cosas que me pasaban a mí”, “me llegó mucho”, “me dio vuelta la cabeza”, “me cambió la vida”, “me reafirmó algunas cosas, me aclaró otras”, “fue un detonante, un descubrimiento, un deslumbramiento”. Esta lectura no fue publicada en los años cincuenta. Si existía, quedó sumergida en lo privado. Quizá, lo publicado de su lectura no relevaba ni revelaba todo lo removido privadamente. ¿Podríamos decir que fue siempre un libro de lecturas privadas?

El segundo sexo, por lo menos en Argentina, no fue uno de los textos habitualmente leídos colectivamente en los grupos de concienciación feminista. Para entonces, en los setenta, se prefería a Firestone, Lonzi, Millett. Paralelamente, en el norte, comenzaron su lectura crítica feminista. En realidad, pareciera que aquellas mujeres que lo leyeron en los cincuenta no lo volvieron a hacer. Sin embargo, parece haber sido recordado y ese recuerdo fue activo en su pensamiento y en la comprensión de sí mismas. Le dieron un sentido que aparentemente no tuvo en el debate público contemporáneo a su edición, y la lectura “a solas” ocupó un lugar central en sus vidas. Quizás, esto fue efecto del peso que la obra colocaba en la responsabilidad individual, en el voluntarismo solitario y en el lugar de vanguardia de algunas mujeres frente a las otras. Pero solo la crítica y el distanciamiento de estas premisas, a partir sus propias experiencias personales y políticas, permitieron la lectura que hoy generalmente se recuerda.

¿Un libro que se adelantó a su tiempo? Prefiero pensar que se trata de un libro que fue leído de maneras diferentes de acuerdo con el tiempo histórico, social y personal de la lectora o lector. ¿Aún hoy sucede lo mismo?

2 Doctora en Historia y docente en Historia Social General, perteneció al Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, hasta su fallecimiento en abril de 2000. En 2002, esta ponencia se publicó en la revista Mora, del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, vol. 8, pp. 59-72. Este texto se mantuvo escaneado, hasta que Mariana Smaldone y Mabel Bellucci decidieron tipearlo como un tributo a Marcela Nari.

3 No es nuestro objetivo, en este momento, extendernos demasiado en el contexto cultural de los años cincuenta. Para ello, cf. Ernesto Goldar: Buenos Aires. Vida cotidiana en la década de 1950, Buenos Aires, Plus Ultra, 1992; Francine Masiello: “Argentine Literary Journalism: the production of a critical discourse”, en Latin American Research Review, vol. XX, núm. 1, 1985; Silvia Sigal: Intelectuales y poder en la década de 1960, Buenos Aires, Puntosur, 1991; Oscar Terán: “Rasgos de la cultura argentina en 1950”, en En busca de la ideología argentina, Buenos Aires, Catálogo, 1986. Para Sur y Contorno, principales revistas culturales de la década: John King: Sur. Estudios de la revista argentina y de su papel en el desarrollo de una cultura, 1931-1970, México, Fondo de Cultura Económica, 1986; y Marcela Croce: Contorno. Izquierda y proyector cultural, Buenos Aires, Colihue, 1996.

4 Un análisis de la emergencia en los años cincuenta de ideas de igualdad en el campo feminista y antifeminista de la diferencia sexual puede hallarse en María del Carmen Feijóo y Marcela Nari: “¿Mujeres iguales o femineidad diferente? Un análisis de las representaciones sobre las mujeres en la cultura política argentina de la década de 1950”, II Congreso Internacional “Literatura y crítica cultural”, Depto. de Letras, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, noviembre de 1994.

5 La edición alemana es de 1903. En Buenos Aires, fue publicado en 1942 por Losada.

6 Encontramos una edición porteña de La mujer frígida de Wilhelm Steckel en 1941. Gregorio Marañón circulaba ampliamente para temas vinculados a la sexualidad y femineidad desde los años 30. Estos son solo dos ejemplos de esta literatura analizada más profundamente por Hugo Vezzetti, en “La promesa de la sexología”, en Freud en el país de los argentinos, Buenos Aires, Paidós, 1996.

7 A través de la lectura de revistas y publicaciones de los años cincuenta e, incluso, de los sesenta, parece haber sucedido exactamente lo contrario. Un cuarto propio, por ejemplo, de Virginia Woolf, publicado en Buenos Aires por Sudamericana en 1935, aparece comentado y citado más asiduamente que Simone de Beauvoir en relación con el “problema de la mujer”, y no solamente en el esperado ámbito de la intelectualidad liberal de Sur. Sin embargo, años más tarde, de su lectura no se reconocerá un golpe emocional tan fuerte como el silenciosamente producido por El segundo sexo.

8 María Rosa Oliver conoció y compartió diversas instancias e intereses con Simone de Beauvoir. Pocos años separan La larga marcha de la francesa y Lo que sabemos hablamos… Testimonios sobre China de hoy de Norberto Frontini y Oliver. Ambas ejercieron el género de las memorias y fueron sensibles a su sexo. En otro contexto y momento histórico, Oliver escribió, a nuestro juicio, uno de los textos más sagaces y profundos (“La salida”) sobre la situación de las mujeres aunque, por el momento de su “salida” (1971), resonaba más Betty Friedan (o, en todo caso, La mujer rota) que la aproximación de El segundo sexo. Cf. el número especial de la revista Sur dedicado a “la mujer”, núm. 326, 327 y 328, enero-junio de 1971. En las primeras páginas, Victoria Ocampo reconocía que, desde que había comenzado a aparecer la revista, le rondaba la idea de dedicar un número especial a la mujer. Deseo incumplido a lo largo de 40 años por tratarse de un tema no literario y, de acuerdo con sus palabras, que interesaba poco a los hombres que con ella trabajaban. Finalmente, Sebreli alude a la amistad entre Simone de Beauvoir y María Rosa Oliver en Las señales de la memoria, Buenos Aires, Sudamericana, 1984.

9 La solapa en español de la primera edición de La invitada intentaba amortiguar el escándalo sosteniendo que los personajes de la novela desconocían la “naturaleza humana” y, por lo tanto, el crimen constituía la única solución. Los escándalos aparentemente provocados por las novelas de Beauvoir no solo se vinculaban a los “detalles sexuales” sino a la revelación de la “desnudez de la moral privada” de los intelectuales, de un mundo donde “la voluntad de la verdad ha matado la moral”. Chacel: O. cit., pp. 24 y 25.

10 Françoise Armengaud sostiene que la posición de Simone de Beauvoir en 1949, cuando escribe El segundo sexo, partía del liberalismo y del individualismo. El descubrimiento de la explotación u opresión de las mujeres, como colectivo, sería una conquista del feminismo de los años setenta. Concuerda con Michèle Le Dœuff cuando esta última sostiene que el problema de las instituciones desaparece en el texto en beneficio del análisis de las relaciones individuales. Así, Simone de Beauvoir acababa moralizando lo que no podía teorizar con las categorías empleadas: de allí, la condena, la reprobación, de aquellas mujeres que no querían arriesgarse, usar su libertad. Cf. “Entretien a F. Armengaud”, en Catherine Rodgers: Le Deuxième Sexe de Simone de Beauvoir. Un héritage admiré et contesté, París, L’Harmattan, 1998, p. 39. El libro de Michèle Le Dœuff ha sido publicado en castellano: El estudio y la rueca (De las mujeres, de la filosofía, etc.), Madrid, Cátedra, 1993.

11 Alicia Jurado: El Mundo de la Palabra, Buenos Aires, Emecé, 1990, p. 123. En relación con su descubrimiento intelectual del problema de la mujer, reconocía como “faros” más a Virginia Woolf o Mary Wollstonecraft que a Beauvoir. Cf. Alicia Jurado: Descubrimiento del mundo, Buenos Aires, Emecé, 1989, p. 154. Sin embargo, esta última, especialmente a partir de El segundo sexo, aparece algunas veces mencionada en el primer tomo de sus memorias para contar o interpretar algunas de sus experiencias en tanto “mujer”. En otras ocasiones, resulta sorprendente que no la nombre: por ejemplo, cuando sostiene la incompatibilidad entre ciertas formas de entender a la mujer y su humanidad; entre ser mujer y persona a la vez. A. Jurado: O. cit., pp. 164-165. Recordando sus años de juventud, sostiene: “Yo me indignaba y discutía con calor […] no soy incapaz de pensar, no quiero ser animal de cría: […]. No quiero ser musa, quiero obrar. No soy un adorno, soy una persona”.

12 Álvaro Fernández Suárez: “El sexo y la técnica”, Sur, núm. 209-210, marzo-abril de 1952. Ambos artículos (el de Sabato y este, aparecidos en el mismo número de la revista) rondaban varios de los tópicos de El segundo sexo, aunque no lo mencionaran. Si para Fernández Suárez la homosexualidad aparecía como el resultado más visible de la energía vacante volcada a la sexualidad por parte de los varones; la “feminocracia” parecía ser la tendencia entre las mujeres y la consecuencia sociológica sexual más importante del progreso técnico (p. 55). En la feminocracia se mezclaban sexualidad y poder. Aparentemente, las mayores energías volcadas en la sexualidad conducían a las mujeres a la política. La feminocracia no se trataría solamente de mujeres en la política sino de una “política femenina”. Aquí la referencia a la realidad local era más evidente: la política femenina se oponía a otra de tipo viril; una política personal frente a otras ideas.

13 Una visión más completa del autor ha sido trabajada por Guillermo Parson: “La mujer y lo femenino en la obra de E. Sabato”, mimeo, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 1996.

14 Acerca de esta última polémica cf. J. King: O. cit., 1989, pp. 167 a 171. En la disputa la revista apoyó las posiciones de Camus, excepto una de sus integrantes, María Rosa Oliver que defendió el movimiento comunista por la paz y, entonces, la posición de Sartre. Cf. debate Weiss-Oliver en Sur, núm. 221, marzo-abril, 1953, Sur, núm. 222, mayo-junio, 1953; Sur, núm. 223, julio-agosto, 1953.

15 En la segunda serie de sus Testimonios (Buenos Aires, Sur, 1941), Victoria Ocampo había desarrollado sus ideas en torno a la maternidad. Separaba la “conciencia de la maternidad” de la “mera procreación biológica” y sostenía que, por estar el hombre moldeado por las mujeres, de éstas dependía la única modificación lenta pero profunda de la humanidad (p. 249).

16 En la revista Contorno, también tuvo una activa participación, por lo menos, otra mujer: Susana Fiorito.

17 Cf. Sebreli, Juan José: Las señales de la memoria, Buenos Aires, Sudamericana, 1984.

18 Cf. Entrevista “Simone de Beauvoir y Argelia”, en El Grillo de Papel, Buenos Aires, núm. 5, año II, agosto-septiembre de 1960, p. 11.

19 Entrevista “Simone de Beauvoir y Sartre en Cuba”, en El Grillo de Papel, Buenos Aires, núm. 6, año II, octubre-noviembre de 1960, pp. 4-5.

20 Entrevista a Simone de Beauvoir, El Grillo de Papel, Buenos Aires, núm. 6, año II, octubre-noviembre de 1960, p. 15.

21 Parte de estas entrevistas se realizaron durante 1991, dentro de un proyecto de investigación dirigido por María del Carmen Feijóo, denominado “Participación política y movimientos sociales de mujeres en Argentina (1950-1990)”, y financiado por la Comisión lnterministerial de Ciencia y Tecnología de España y la Universidad de Barcelona. La investigación se prolongó, durante los años 1993-1994, con un Proyecto de Investigación Anual (PIA 0138/92) del CONICET. Otras entrevistas fueron realizadas hacia fines de 1994 y principios de 1995 y forman parte de un proyecto de investigación personal acerca de la historia del feminismo en Argentina del siglo xx. Las entrevistadas, en este caso, fueron mujeres que habían fundado y participado activamente en grupos feministas en los años setenta. En total, suman veinticuatro entrevistas semiestructuradas.

22 La expresión “las otras” proviene de las entrevistadas pero no podemos dejar de hacer alusión al texto de Rossana Rossanda, Las otras, editado en castellano por Gedisa, Barcelona, 1981.

Mesa 2. Autobiografía y subjetividad

Se toma entre sus manos. La autobiografía de Simone de Beauvoir23

María Gabriela Mizraje24

Tal era el sentido de mi vocación: adulta, tomaría de nuevo entre mis manos a mi infancia y haría de ella una obra maestra sin mengua. Me soñaba como el absoluto fundamento de mí misma y mi propia apoteosis.

Simone de Beauvoir,

Memorias de una joven formal25

Es más o menos célebre la frase con la que Sartre la convoca a Beauvoir a poco de conocerse –cuando ambos acaban de aprobar su examen en la Sorbonne–: “A partir de ahora, la tomo entre mis manos” (Beauvoir, 1989, p. 345). Esa promesa, siendo al mismo tiempo un mandato, que Simone elige no vivir como amenaza sino tensamente como destino, se articula en la autobiografía –que ella comienza a publicar a fines de los años cincuenta– a modo de clausura de la etapa inicial de su vida (primer volumen) y apertura de la siguiente (segundo volumen).

Las Memorias de una joven formal (1958) serán continuadas por La fuerza de la edad, (1960) y La fuerza de las cosas (1963) y, de otro modo, por Final de cuentas (1972).26

Sobre el rumbo de Mi vida –My Life (1927)– de Isadora Duncan, Simone sueña la propia. Mujer de cincuenta años, se sienta a reconstruirla, a buscar a aquella que buscaba ser esta que ahora escribe. “[...] soñé con mi propia existencia” (Ib., p. 325).

El ejercicio autobiográfico la deposita lúcida sobre su propia experiencia ensayística en torno a la situación del “ser mujer”.

La deseante

Si hay algo inapelable en la autobiografía de Beauvoir, precisamente parece ser su escritura. En las Memorias asevera: “Cuando a los quince años escribí en el álbum de una amiga las predilecciones, los proyectos, que en principio debían definir mi personalidad, a la pregunta: ‘¿Qué quiere hacer más tarde?’, contesté enseguida: ‘Ser una autora célebre’. Respecto a mi músico preferido, a mi flor favorita, me había inventado gustos más o menos ficticios. Pero sobre ese punto no vacilé: codiciaba ese porvenir, excluyendo cualquier otro” (Ib., p. 145).

Formalidades y no de la memoria, tras La larga marcha (1957), aquel tomo de Memorias hace converger, al final, libertad y muerte. Según la visión de la autora, las acechanzas de la existencia son expiadas con la muerte de la mejor amiga, Élizabeth Mabille, llamada cariñosamente Zaza. Se trata de una continuidad y un relevo entre mujeres, que dejan al descubierto, en el orden simbólico tanto como en el real, la necesidad de un sacrificio enfático e irreversible para alcanzar el objetivo propuesto, el precio de la propia libertad. Beauvoir, salvándose, se destruye y se construye sobre el dolor de la otra (por encima del hueco del amor en la desaparición física y la permanencia de la imagen en la imaginación o en el universo onírico).

Zaza no solo la acompaña en la infancia y adolescencia, ese tránsito pesaroso de la niña a la mujer que le torna imposible a Simone concebir la vida sin ella, sino que también escande el texto que la nombra en tanto hecho insustituible y necesidad de que la trama y el conglomerado de sensaciones de la joven protagonista puedan avanzar. En este sentido, Zaza anticipa a Sartre (en su impacto sobre la subjetividad de Simone y en lo que esta arma). Zaza es un doble menos idéntico que complementario de Simone. Si todo el volumen postula el relevo entre uno y otro personaje, la inscripción de esa muerte final insiste en él y es estructurante de la relación. Ese corte es el salto definitivo al encuentro con Sartre y a una memoria autobiográfica que le permitirá a Beauvoir sustituir los intercambios de aquel mundo de variedades dispersas por otro más concentrado aun en su variedad (Sartre, el entorno Sartre y el efecto Sartre).

Al cierre de la primera parte, una revelación desgarradora tiene lugar: “Y de nuevo una evidencia me fulminó: ‘Ya no puedo vivir sin ella’. Era un poco aterrador: ella iba, venía, lejos de mí y toda mi dicha, mi existencia misma descansaban entre sus manos” (Ib., p. 96). Y al cierre de la última, la salida de Zaza es paralela a la entrada de Jean-Paul. Sin embargo y por ello mismo, a causa de lo que llega a significar para Beauvoir, más que los varones con los que se vincula hasta ese momento, es Zaza quien, en muchos aspectos, habilita y precede la intensidad de aquella alianza con él.

Así la autobiografía la deja lista para Sartre, para el encuentro con él, en el punto exacto; allí se deja Beauvoir, con pérdida y adquisición, señalando con demasiada claridad el pasaje de una etapa a la otra. Hacia el desenlace se acumulan las muertes y los desprendimientos (la muerte del abuelo, la de Jacques –la cual, aunque cronológicamente acontecerá mucho después, se narra aquí para ya sacarlo del relato y de la memoria– y la muerte de Zaza; el alejamiento de Herbaud y de los otros personajes más o menos circundantes). Lo único que queda para ese presente y futuro son Sartre y el estudio, La Sorbonne, los proyectos intelectuales.

Antes, a lo largo de las Memorias, la admirada Zaza, a pesar de la devoción que despierta en Simone, le revela a esta en negativo lo que Simone no es ni habrá de ser (cree que por imposibilidad, aunque más tarde comprende que por elección). El juego de complementariedades que en forma tácita el relato postula, hace que primero la triunfadora sea la amiga pero al final lo sea ella. Inicialmente, las cartas se reparten entre el pecado, el secreto, la confesión de Simone, la insolencia de Zaza, su audacia, su adultez, su sarcasmo y hasta su severidad mayor que la propia.

Zaza funciona también como la pieza imprescindible de una autobiografía que, al interior, al mismo tiempo se constituye como novela de aprendizaje. Zaza conduce, organiza, desdice. Desde su irrupción está presentada para abandonar. El texto promete que, en algún momento, Simone habrá de quedarse sola, sin Zaza, pero durante esa travesía lo que no puede vislumbrarse es su muerte. El abandono más involuntario pero también más radical tiene lugar con el desenlace. Así termina el volumen: “Juntas habíamos luchado contra el destino fangoso que nos acechaba y he pensado durante mucho tiempo que había pagado mi libertad con su muerte” (Ib., p. 366).

La joven formal había perdido paulatinamente compostura a medida que pasaban los años y las páginas (de la escritura de la adulta narradora y de las lecturas efectuadas por la joven ávida). La formalidad de la relación con la mejor amiga se grafica verbalmente en el hecho de que entre ellas nunca anulen el correcto tratamiento del “usted”, es bajo esta fórmula que se articula incluso la complicidad.

Se nos dibuja una infancia excesivamente razonada y un límite impreciso entre la voz de la adulta narradora que organiza su memoria por escrito y los pensamientos de aquella joven a la que se evoca –no porque la perspectiva narrativa sea ambigua sino por el efecto que se genera, de manera inevitable–. Estamos frente a una juventud relatada de cabo a rabo para servir a la futura (actual) Beauvoir, por más sincera que esta sea: una petite Beauvoir transformada en una enorme memoria. Escribirse a sí misma irremediablemente debe conducir a sobreescrituras, es decir, a sobredeterminaciones.

Las fronteras entre la autobiografía y la novela quedan desdibujadas, el sello de esa resolución formal novelesca lo da la muerte final. (Una novela sin final feliz, aunque no desgarra, ya que es mucho lo que promete para una próxima entrega, mucho lo que abre). El cierre de las Memorias articula con claridad una apertura y la convocatoria a una continuación. Sabemos que allí lo que acaba es la jovencita, que la memoria seguirá su curso. Pues, la inquietud que inmediatamente sale al paso con aquel título –Memoires d’une jeune fille rangée– o dicho de otro modo, la ambigüedad ahora sí casi insalvable y deliberada, es la de quién detenta la memoria; como en varios otros ejemplos del género (autobiográfico), estas memorias de Beauvoir se presentan de una manera doble. “Memorias de” pueden ser tanto las memorias “acerca de” como las memorias que “pertenecen a” una joven formal, puesto que el relato presionará por cubrir esa brecha y reconstruir el punto de vista de aquella joven. El efecto final de esta doble presión es que las memorias se disponen como si la joven hubiese vivido (más) para contarlas, como si las hubiera consignado mientras acontecían para narrarlas después.

El texto tiende cada vez más a ello. A medida que la narración avanza, la voz se va cediendo en mayor proporción a la joven y a quienes la rodean. El dúo que conforma la materia vivida inseparable de la materia narrada en el ejercicio de la memoria también parece invertir su causalidad natural: la materia narrada precede a la materia vivida, puesto que la narración organiza la vivencia.

La morosa

Dispersos y variados, con abundancia y prolijidad, se ofrecen los materiales de un itinerario de lecturas y la construcción paulatina del personaje de la escritora. Esta opción, que se sostendrá en las memorias siguientes, tiene en las de la joven formal su apogeo, en tanto se trata de sus primeras etapas de formación.

En ese tiempo, la diferencia entre crear y ejecutar se presenta como reveladora. Frente a la colección de “Obras para la juventud” a la que al fin puede acceder, habrá de confesar: “‘Todo esto es mío!’ me dije deslumbrada” (Ib., p. 73). Permanentemente monta y exhibe su biblioteca, clásica, canónica.

“Leí a Anatole France, a los Goncourt, a Colette y todo lo que se presentara. Me decía que mientras hubiera libros mi felicidad estaba garantizada” (Ib., p. 159). Se detendrá en el impacto de L. M. Alcott sobre todo, y también colocará en un lugar especial a G. Eliot; completan el panteón femenino –ya sugerido por la familia, ya prohibido, respectivamente– los libros de Mme. Ségur y de la mencionada Colette. Simone allí se moldea, ¿pero allí también aprende a escribir?, ella no confiesa ninguna influencia de esta índole. Muchos años después dirá que leyó íntegramente a Virginia Woolf y pueden advertirse restos de esa lectura en sus Memorias.

Los libros como los paisajes se acumulan y ella es morosa en recorrerlos. Su libertad se juega en el sitio de su soledad. A menudo, paisaje y lectura se fusionan, porque se echa a leer sobre la hierba y la rebeldía puede ser múltiple: una demora. Ya demorarse en un libro prohibido, ya estar demasiado tiempo fuera de la casa (leyendo). Así, la literatura para Beauvoir se constituye desde sus años tempranos en un ejercicio de transgresión, aunque no menos de integración. Por un lado, cumple con mandatos o recomendaciones de lectura, por otro evade la censura. Lo que lee le permite participar de las conversaciones de los mayores y lo que lee le permite emanciparse, en contra de las afirmaciones de los mayores, aun cuando este sea un ejercicio silencioso. A partir de las lecturas, se descubre en más de un momento la íntima relación entre placer y sospecha.27

El gusto por la lectura la posiciona en el sitio de la mejor tanto como en el de la peor. La mejor alumna, la hija aplicada pero simultánea o sucesivamente la que se desaplica en la escuela porque la literatura la distrajo, la que desobedece a los padres influenciada por los libros que lee. Contra el mandato externo, el dictado interno, y la literatura en la joven Simone acaba por ocupar ese lugar. Fuente de placer, de conocimiento y valentía, allí prueba y encuentra todo lo que debe y quiere saber, desde el sexo hasta lo religio- so de lo que abjura. Por los bordes de la lectura, junto a la observación de los discursos y las conductas de quienes la rodean, descubre las contradicciones de los otros e intenta ser coherente.

La lectura opera como un auténtico ordenador (de sentido) oponiéndose a cualquier otra autoridad. Y su autoría vendrá a completarlo.

Por ello, hasta llega a infligirse una autocensura letrada: “me prohibí las lecturas frívolas, las conversaciones inútiles, todas las diversiones” (Ib., p. 185). Es este el registro de la seriedad que se transforma en severidad. Esa cerrazón inicial, esa severidad y la austeridad consiguiente son vistas (propuestas) en términos positivos en cuanto darán origen al rigor intelectual. Cansancio, ascetismo para sostener el trabajo en el nivel de lo trascendente; agotamiento, “embrutecimiento” llega a decir. Atraviesa el tópico de la utilidad de la propia vida, contra el aburrimiento, contra la resignación, bajo la gran sinceridad de las memorias, mirándose en perspectiva, sin piedad, sin perplejidad y siempre con gusto.

“En vez de vivir mi insignificante historia particular, participaba en una gran epopeya espiritual” (Ib., p. 191).

La creyente

Estamos frente a una literatura a la par de la religión. “Los libros que me gustaban se convirtieron en una Biblia de donde extraía consejos y socorro” (Ib., p. 190); la etimología le hace un servicio, puesto que toda palabra inteligente se le vuelve sagrada, imantada por el efecto de los textos, su Biblia personal y laica, ávida y multiforme ocupa el mismo lugar central que en su pasado ocupara el verbo divino.

Beauvoir se transforma definitivamente en una creyente, creyente de y en la palabra de sus mayores más respetados –sus maestros–; esta entrega abnegada y discipular es la que prepara su personalidad para el “golpe” del encuentro con Sartre: la futura creyente del existencialismo ya está allí, en la joven que formaliza sus saberes a través de la academia (es decir, en la adulta existencialista que formaliza para la narración autobiográfica aquellos saberes de la joven). Tal formalización cuenta, en verdad, con dos registros que se mixturan, el de la lectura y el de la escritura, no solo por la tematización que ambas actividades nodales adquieren en el relato sino mucho más por las prácticas con las que ella enfrenta y trabaja sus Memorias, las cuales se apoyan en un diario escrito en su momento, que ahora, en perspectiva, Simone lee. El tiempo de lo narrado es simultáneo a una primera narración y ambos se imbrican en la nueva. La prueba de que el diario aún existe y es consultado resulta explícita dentro de las mismas Memorias: “Mi diario lo explica mal; pasaba muchas cosas en silencio y me faltaba perspectiva. Sin embargo, al releerlo, algunos hechos me saltaron a la vista” (Ib., p. 192). Será el diario con mayúscula, incluso llegará a escribirlo así, un diario con tipografía de libro, el Diario –quiero decir que (si nos fiamos en las ediciones) en ese caso hasta utilizará cursiva para aludirlo: “[...] en adelante pretendí desdoblarme, mirarme, me espiaba; en mi Diario dialogaba conmigo misma” (Ib., p. 194).

La que escribe el presente escribe para el futuro. El diario se convierte entonces en otro libro de consulta; escritura de base de las memorias, la escritura de éstas opera con la lógica y la textura en capas del recuerdo, no solo en el ajuste de las imágenes y las vivencias a través del tiempo sino también en el ajuste de la propia escritura pretérita. Corregir aquel diario es menos intentar corregir el pasado que pujar por una visión global y una comprensión más totalizadora, corregir el diario es no renunciar a la alternativa de mostrar lo que ahora, en la instancia de la escritura final (“definitiva”), se sabe. Es no restarle espacio a este nuevo presente, el único, y ser fiel una vez más a su programa filosófico y estético. Corregir el diario es apostar al anuario acumulado de la escritora ya sólida. “Yo no quería que el porvenir me impusiera rupturas: tenía que abarcar toda mi escritura” (Ib., p. 109), de modo complementario y a nivel de su escritura, ella no quiere que el pasado le imponga rupturas, tiene que abarcar su presente cuando se sumerge en el ejercicio de la memoria.

La venidera

Podemos ser testigos de cómo construye la narración y su punto de vista: “En aquella época me gustaba más asombrarme que comprender; no traté de situar a Jacques ni de explicármelo. Hoy, solamente, rehago su historia con un poco de coherencia” (Ib., pp. 201-202). Se trata nada menos que del cruce entre cronología y memoria que la asaltará como preocupación formal en La vejez.

El lugar propio, privado, no funciona tanto contra el lugar público como contra el lugar común en la escritura del yo, un yo –aunque en formación– notoriamente poco escurridizo.28

Proyecta: “Escribiendo una obra alimentada por mi historia me crearía yo misma de nuevo y justificaría mi existencia” (Ib., p. 146). O bien: “Pensaba en mí, desde adentro, como en alguien que está formándose, y tenía la ambición de progresar hasta el infinito” (Ib., p. 149).

Estos ejercicios de auto(pro)creación le permiten, poco después, demostrar su plenitud porque: “[...] yo era esperada por mí misma” (Ib., p. 151). E insistir con algo que es el programa que ya tiene entre las manos; desde adentro de la autobiografía misma, Beauvoir nos tiende sus claves demasiado organizadas: “Cuatro o cinco años de estudio y luego toda una existencia que yo moldearía con mis manos. Mi vida sería una hermosa historia que se volvería verdadera a medida que yo me la fuera contando” (Ib., p. 172). Es lo que está haciendo en ese preciso instante, al tiempo que la socializa. Quizá por la propensión a la felicidad a la que alude en este libro, Simone decide que su historia sea hermosa. Se le nota el gusto no solo de narrar sino también de lo narrado; se gusta a sí misma,29 se comprende. Se quiere de memoria.

Juzga que nadie la admitía tal como era: “nadie me quería: yo me querré lo bastante, decidí, para compensar ese abandono. Antes me convenía a mí misma, pero me ocupaba poco de conocerme [...] yo era el paisaje y la mirada: yo sólo existía para mí y por mí” (Ib., p. 194). Y al mismo tiempo, “se sentía bastante fuerte para defender su único bien contra los golpes y contra las caricias y para mantener siempre su mano cerrada” (Ib., p. 195), así lo confiesa, con comillas, como una cita del diario. El desafío era mantenerse al resguardo tanto del bien como del mal, de lo suave y de lo hostil, para no ceder excepto bajo la propia convicción. No caer en el espejismo de la persuasión de la caricia o de la blandura, con una forma solapada de presión (fuera o no intencional), cuyo destino es conquistarnos para las ideas del otro.

De ahí que también merodee la ausencia de ella en los otros y en sí misma, ya como pérdida, ya como perdición: “¿dónde encontrarme?” (Ib., p. 197). “La literatura me ayudaba a rebotar de la desesperación al orgullo” (Ib., p. 197).

Enfrentada a esos límites existenciales donde lo que se persigue con desvelado ahínco es la libertad, las reflexiones sobre el lenguaje le tienden otros espejismos. “Siempre me había debatido contra la opresión del lenguaje; ahora me repetía la frase de Barrès: ‘¿Por qué las palabras, esa precisión brutal que maltrata nuestras complicaciones?’” (Ib., p. 196), en contra de la firmeza con la que asegura que el lenguaje hace más soportable hasta el dolor. Y el camino se traza: “Mi único recurso era mi diario íntimo [...]” (Ib., p. 211). El recurso es existencial y literario, un recurso-refugio; Beauvoir insiste en colocar a la literatura en el lugar de la salvación.

La ejemplar

Con una reiterada “voluntad de decirlo todo” (Ib., p. 245), la literatura, en sus declaraciones, queda por encima de la filosofía, pero la ficción se presenta como ejercicio ontológico. El primer intento narrativo ficcional es paralelo a la escritura del diario: “Lo que yo soñaba era escribir una ‘novela de la vida interior’; quería comunicar mi experiencia; dudé” (Ib., p. 211). Existe en Beauvoir una tensión constante de estas alternativas que se integran y es sobre por cuál género narrativo optar. Así también nace El segundo sexo.30

La idea por la que se lanzó hacia El segundo sexo le interesó tanto que, como analiza en La fuerza de las cosas, “abandoné el proyecto de una confesión personal para ocuparme de la condición femenina en general”.

De hecho, El segundo sexo arranca en el reverso de la autobiografía no escrita, la autobiografía pendiente es la que empieza a articularse con las Memorias de una joven formal ya situada desde El segundo sexo. El diálogo es permanente entre uno y otros textos. “A partir de sus memorias podemos decir cuánto de su propia experiencia y de la de sus amigas se refleja al menos en los primeros capítulos de la parte 2 de El segundo sexo”, propone Michael Walzer31 en 1988, pero el tono de El segundo sexo es impersonal. Se trata de un distanciamiento deliberado de la ensayista, frente a la proximidad inevitable (impuesta por el género narrativo) de la memorialista.

A su turno, la luz que El segundo sexo arroja sobre las Memorias de Beauvoir, aparte de leerse en la línea general de su pensamiento, puede encontrarse en correspondencia de ideas como las siguientes, que dejan en paralelo ambas obras: “Hay pocas tareas más emparentadas con el suplicio de Sísifo que las del ama de casa; día tras día, es preciso lavar los platos, quitar el polvo a los muebles y repasar la ropa; y mañana todo eso volverá a estar sucio, polvoriento y roto. El ama de casa se consume sin cambiar de lugar; no hace nada; perpetúa solamente el presente [...]”.32 Ese inacabamiento en su propia existencia delata la inutilidad en el terreno de lo trascendente, sobre lo cual Beauvoir medita y a lo cual apuesta. Es la misma pesadilla que vislumbra la joven alerta de sus Memorias cuando, conjurando la monotonía, dice: “Cada día, el almuerzo, la comida; cada día lavar platos; esas horas infinitamente repetidas que no llevan a ninguna parte: ¿viviría yo así? Una imagen se formó en mi cabeza, con una claridad tan desoladora que aún hoy la recuerdo: una hilera de cuadrados grises se extendía hasta el horizonte, disminuidos según las leyes de la perspectiva pero todos idénticos y chatos; eran los días y las semanas y los años” (Ib., p. 108).

A pesar de sus advertencias fuera del texto, este también se presenta como representativo de las mujeres en general, ella se yergue a sí misma como exemplum, uno que puede funcionar como tal en el círculo de lectoras liberales (fundamentalmente blancas, occidentales, cristianas, pequeño-burguesas, heterosexuales, educadas, etc.), sosteniendo una de las claves de su eficacia en la identificación, pero el ejemplo no cuaja con igual eficacia, sin ser forzado, fuera de su clase y su perfil (de intelectual, etc.). Ahí reside cierta dimensión de la política liberal, individualista y universal de ese existencialismo, por más limitados y paradójicos que resulten estos términos. Quizá sea cierto que “la fuerza de su análisis, pero también sus dificultades, tienen su origen en este supuesto crucial, que es al mismo tiempo un signo de generosidad y de arrogancia”, según cree Walzer, y que sirvió después y sirve “en la actualidad como el contrapunto teórico necesario para un feminismo diferente”, pues el pensador norteamericano sugiere en 1988 que, en dicho sentido, “El segundo sexo constituye [...] una equivocación sostenida y brillante” (Ib., p. 157).

Esta afirmación fogonea la polémica instalada alrededor del mismo pero, aun cuando la equivocación fuese tal, ha- bida cuenta de su contexto, de lo imprescindible que resultó y del antes y el después que trazó, con todas las revisiones históricas a cuestas, es fascinante el hecho de la imposibilidad de soslayar su lucidez y su coherencia. Ojalá todas las equivocaciones de la historia fueran tan sostenidas y brillantes como la de aquella mujer que, amorosamente, se tomó entre sus manos. Y aún toma las nuestras.

23 Esta ponencia fue escrita en 1999 y revisada y modificada por la autora en 2020.

24 Escritora, crítica literaria y filóloga. Es investigadora y profesora universitaria en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA).

25 Simone de Beauvoir: Memorias de una joven formal, trad. Silvina Bullrich, Buenos Aires, Sudamericana, 1989, p. 60. Todos los resaltados en itálica pertenecen a la autora.

26 Pero también por el ensayo La vejez (1970), La ceremonia de los adioses (1981) y Cartas al Castor (1983), más tarde.

27 Cfr., entre otras, la vivencia de Zaza: “Los libros que a Zaza le gustaban, [a su madre] le parecían sospechosos; se inquietaba”, en S. de Beauvoir: O. cit., 1989, p. 225.

28 S. de Beauvoir: O. cit., p. 162: “Pues era yo, de quien siempre me habían hablado mediante lugares comunes, de la que de pronto se trataba. ¿De dónde salía mi conciencia? ¿De dónde sacaba sus poderes?”

29 Adviértase, por ejemplo, el momento en el que se reconoce satisfecha de sí: “‘Parece que usted triunfa en todo lo que emprende’, me dijo [...] Por lo tanto, marchaba hacia adelante, confiada en mi estrella y muy satisfecha de mí misma”, en S. de Beauvoir: O. cit., 1989, p. 294.

30 Ana Boschetti afirma, en 1985, que “la tarea del intelectual comprometido según Sartre –pensar el presente a partir de la propia experiencia– legitima el contenido autobiográfico que vincula las obras más generalmente apreciadas de Simone de Beauvoir, las novelas y las Memorias tanto como los reportajes y las investigaciones acerca de la condición femenina. Por lo demás, la autora ha reconocido un deseo autobiográfico latente en el origen de sus libros más célebres”, es decir El segundo sexo y Los mandarines. Ver A. Boschetti: Sartre y “Les Temps Modernes”, Buenos Aires, Nueva Visión, 1990, p. 185.

31 Michael Walzer: La compañía de los críticos. Intelectuales y compromiso político en el siglo XX, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993, p. 161.

32 S. de Beauvoir: El segundo sexo, Buenos Aires, DeBolsillo, 2012, pp. 411-412 (Trad. J. García Puente).

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