Kitabı oku: «El pecoso y los comanches»

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El pecoso y los comanches

Mabel E. Cason


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Prefacio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Encuentra las siete diferencias

Encuentra los diez elementos que no son de la epoca

Sopa de letras

El pecoso y los comanches

Mabel E. Cason

Título del original en inglés: Spotted Boy and the Comanches, Pacific Press Publishing Association, Nampa, Idaho, EE.UU., 1963.

Dirección: Stella M. Romero

Traducción: Benjamín Gómez

Diseño de tapa: Romina Genski

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración del interior y de tapa: Walter Laruccia

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 1963 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Esta edición en castellano se publica con permiso de los dueños del copyright. Todos los derechos reservados.

© 2014, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-333-3


Cason, Mabel E.,El pecoso y los comanches / Cason, Mabel E. / Ilustrado por Walter Laruccia. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineTraducción de: Benjamín Gómez.ISBN 978-987-798-333-31. Narrativa Infantil y Juvenil Estadounidense. 2. Relatos. I. Laruccia, Walter, ilus. II. Benjamín Gómez, , trad. III. Título.CDD 813.9283

Publicado el 06 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

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Prefacio

Desde siempre, el hombre se ha interesado por lo que le sucede al hombre. Nada ejerce una seducción mayor que lo sucedido a Fulano en una ocasión realmente extraordinaria. El interés con que se sigue la trama argumental, la atención que se le presta a la intervención de cada uno de los personajes, la definición de situaciones y el movimiento propio y necesario de lo que conforma un suceso llamativo abren un campo magnífico para “enseñar deleitando”.

Aun cuando el contenido y la forma de El pecoso y los comanches, historia basada en hechos reales, se haya adaptado a la mentalidad de los menores, no dudamos de que grandes y chicos disfrutarán por igual de los apasionantes momentos que, desde su título, promete este relato.

Capítulo 1


La potranquita

El viejo Thad Conway se acomodó en la mecedora de la galería para evocar mejor los sucesos y las gentes de tiempos idos. Parecía que su memoria recordaba con más claridad lo que había ocurrido en su niñez que lo sucedido ayer.

Rememoró el día en que su padre le trajo la potranquita. Toda la familia se había reunido en torno al carro en que el jefe de la casa y Travis, de 16 años, acababan de llegar. Habían ido a Waco a efectuar la compra de provisiones para el año. Trajeron harina blanca y harina de maíz, porotos, fruta seca y manteca. También esa vez volvieron con un rifle nuevo y gran cantidad de municiones, y piezas de tela estampada para su madre y para confeccionar camisas de verano para él, Travis y su padre, como también otros géneros más fuertes para pantalones de montar y camisas de trabajo.

Sobre el carro, venía además una cocina nueva de hierro, para que su madre la cambiara por el fogón que había usado desde que con su padre se establecieron en la región central de Texas y comenzaron con la hacienda. Thad nunca olvidó cómo su madre, con los ojos brillándole de lágrimas de alegría, pasaba sus dedos sobre la pulida negrura de la cocina. Él también se había sentido feliz.

Waco distaba 190 km, y el viaje de su padre y Travis había durado tres semanas. Lo primero que vieron los ojos de Thad cuando el carro entró en el patio fue lo que venía atado a la zaga.

–¡Pero, papi! –exclamó–. ¿Dónde conseguiste ese animal tan miserable?

Era el espécimen equino más lastimoso que había visto alguna vez. Thad sentía un gran afecto por los caballos, pero, aparte de eso, un caballo era de suma importancia para un muchacho, hombre o mujer en la frontera occidental de Texas en 1863.

–¡Mira, si apenas puede tenerse en pie!

Cuando le acarició la nariz barrosa, la potranquita meneó su cabeza suavemente y luego dirigió hacia él sus ojos tiernos. Ese gesto le ganó el corazón a Thad, en cuyos ojos asomaron lágrimas de compasión. Pero solo asomaron, porque un muchacho como él no podía llorar. Tenía doce años.

En el anca izquierda, el animal mostraba una cicatriz blanquecina que parecía una tijera abierta. Thad creyó que se trataba de la marca, pero cuando la examinó de cerca vio que era el rastro de una vieja herida. Sin embargo, a él le serviría de marca para reconocer a su potranquita. Ya podía hablar de “su” potranquita, porque su padre le había dicho: “Es tuya, hijo”.

–Parece muerta de hambre –comentó Thad.

–La tenían los indios –explicó Travis–. La conseguimos de algunos rangers (guardianes de recorrida) que andaban de este lado de Waco. Poco antes habían tenido una escaramuza con los comanches. Cuando los indios se retiraban, los rangers los siguieron un trecho y encontraron a esta potranquita. Los comanches la habían abandonado porque estaba rendida, luego de haberla exigido como lo hacen los indios.

–Me imagino que la habrían robado a pobladores blancos –agregó Thad.

–Por supuesto –convino Travis–. Quizás a algunos de esos españoles que viven en México. Pudieron haber matado a la familia también.

–Uno de los rangers le tuvo lástima, y le dio agua y algo de comer –terció el padre–, pero no podía cuidarla, de modo que la trajimos nosotros.

–¿Cuánto le diste por ella? –preguntó Reed, hermano mayor de Thad y ranger de Texas, como Thad esperaba serlo un día.

En esos días estaba en casa reponiéndose de un brazo enfermo. Había recibido una herida de flecha en una lucha con los comanches, poco tiempo antes.

–El ranger estaba en la herrería cuando lo encontramos, y nos dijo que podíamos llevárnosla por el precio de una herrada.

–¡Cincuenta centavos! –y Reed y su madre rieron juntos–. Me imagino lo que te habrá costado desprenderte de ese dinero. Y ¿qué fue lo que te indujo a comprarla? –inquirió Reed.

–El hombre me dijo que era mansa y pensé que a Thad le gustaría tenerla. Él siente tanto apego por los animales...

–Estos caballitos españoles son como el alambre: duros y flexibles –señaló Travis–, aunque no sean de mucho cuerpo. Por otra parte, este animal tendrá tres o cuatro años, a lo sumo.

Thad observó más de cerca a la potranca, y vio que las crines y la cola, llenas de abrojos, podrían llegar a ser largas y gruesas si se las rasqueteaba.

El cuero le quedaría negro y lustroso luego de que se le sanaran las mataduras, engordara un poco y estuviese limpia. Se encariñó con la potranca desde aquel mismo instante.

Empleó el resto de la tarde en rasquetearla y curarle la piel. Luego la cepilló hasta dejarla lustrosa. A la potranca le agradaban esas atenciones. Thad la mimaba y le hablaba despacio al oído, y ella parecía gustar tanto del muchacho como él de ella.

Whizzer, el perro de Thad, sabueso amarillento, grande y viejo, de incierto linaje, contemplaba echado los arrumacos. Thad debía mimarlo también a él de vez en cuando, para que no se pusiera celoso.

Esa noche, hasta la hora de ir a dormir, la familia estuvo gastándole chistes al padre por la ocurrencia de comprar la potranca.

–Bueno, se pondrá linda cuando Thad la cuide –se defendía él–. Hay quienes dicen que los caballos españoles tienen sangre de árabes. Por eso los ojos son tan grandes; los ollares, tan anchos; y los tobillos, tan delgados.

–Está bien; será una cosita interesante esta potranca –dijo la madre.

–¡Cosita! –gritó Thad al tiempo que saltaba de su silla–. ¡Ese es el nombre que le voy a poner: Cosita!

–Había olvidado decirte algo, Thad –intervino el padre–. El que me la vendió me dijo que puede olfatear a los indios a más distancia de lo que un galgo puede hacerlo con una liebre. Así que, cuando te alejes de casa préstale atención, y te hará saber si anda cerca algún indio.

Los padres de Thad habían nacido en Misuri, que por aquellos días era la frontera del país, pero descendían de esas familias infatigables que continuamente se desplazaban hacia el oeste con la esperanza de encontrar mejores oportunidades. Así fue como el país se engrandeció.

Como se sabe, México y Texas pertenecían a España. Luego, cuando México se rebeló contra la tutela española en 1821, arrastró consigo a Texas. Moisés Austin obtuvo permiso del nuevo gobernador mexicano en Texas para introducir trescientas familias de pobladores de los Estados Unidos, a través del río Sabino. Poco tiempo después murió, pero su hijo, Esteban F. Austin, siguió adelante con los planes. Los dos abuelos de Thad, el abuelo Wilson y el abuelo Conway, vinieron con aquellos primeros pobladores de Texas y establecieron sus hogares a orillas del río Brazos. Allí crecieron juntos Luisa Wilson y Sansón Conway, que luego se casaron. Desde el día en que habían llegado a Texas, ambas familias y sus vecinos habían combatido a los comanches.

Después de que hubieron nacido sus dos primeros hijos, Sansón y Luisa sintieron los mismos impulsos que sus antepasados, y se trasladaron más hacia el oeste, hasta la misma frontera de la civilización, en Brown County. Allí fundaron su hacienda a la vera del Pecan Bayou, arroyo que serpenteaba entre altas márgenes, perpetuamente sombreadas por olmos enormes y árboles de pacana.

Eso ocurría en 1851 y los comanches, que constantemente eran empujados hacia el oeste, desde entonces habían estado provocando dificultades. El robo de caballos era la actividad más frecuente para perjudicar a los pobladores blancos, pero también acompañaban esas fechorías con incendios y muertes. De vez en cuando, cometían algún rapto.

“Durante dos años después de que nos establecimos aquí –solía escuchar decir Thad a su madre–, no vi ninguna mujer blanca. Había unos pocos hombres solteros, pero ninguna mujer en la frontera. Me sentí feliz cuando los esposos Clark se mudaron a tres kilómetros arroyo arriba”. Por supuesto que pronto se hizo amiga de la señora de Clark, amistad que duró mientras vivieron.

La charla junto al fuego o en la galería de la hacienda con frecuencia se refería a los comanches y sus andanzas. A veces, se comentaba la guerra entre Estados de la Unión que se desarrollaba lejos de las fronteras de Texas, que en ese tiempo ya pertenecía a los Estados Unidos. Todo poblador apto de la frontera occidental era indispensable para la protección contra las incursiones de los comanches.

Una tarde de primavera en que la brisa del golfo lejano soplaba suave y el frío ya había pasado, Reed advirtió:

–Cualquier noche de luna vendrán los comanches por aquí. Yo debo tomar servicio con los rangers mañana, pero ustedes estarán seguros con Atkins, Weaver y Bynum. Mamá, Travis y Thad estarán bastante bien con un rifle.

–¿Dónde piensas que se esconden cuando no andan de correrías? –preguntó Thad.

–Ellos lo saben muy bien, muchacho –repuso Reed–. El Gobierno les ha dado tierras al otro lado del río Rojo.

–¿Es eso lo que tú llamas “territorio indio”?–insistió Thad.

–Eso es –respondió su hermano–. El Gobierno les da alimento y ropas, si se quedan allí, y la mayoría de las tribus están satisfechas. Pero los comanches son una manada salvaje. Cuando el tiempo es bueno, se vienen al oeste de Texas y roban a los pobladores a lo largo de los arroyos.

–Por eso no nos molestan en invierno –sugirió Thad.

–Así es. Se cree que el viejo Nube Amarilla es el jefe de la banda que incursiona en esta parte del país. Los rangers han estado vigilando sus movimientos en el oeste, desde hace un tiempo.

–Si tú los encontraras, ¿les quitarías algunos de los caballos que nos han robado? –inquirió Thad.

–Mira, muchacho –continuó su hermano–, para cuando nosotros nos topemos con los ladrones de caballos, ya los habrán llevado a Nuevo México y los habrán vendido a los comancheros. Los comancheros los venden en México, y allí nuestras marcas no valen nada. Los caballos están perdidos, y quizá sea mejor así.

Al llegar el verano de 1863, comenzaron las incursiones. La familia Fairless, que vivía junto a un arroyo a 25 km de distancia, fue barrida, con la excepción de un muchacho de catorce años que se hallaba fuera del hogar en la ocasión. Para el 1º de julio, los comanches habían llegado dos veces hasta la hacienda de los Conway, robando caballos en las dos oportunidades. Parecía que un miembro de la banda le había tomado afecto a Cosita, porque en las dos ocasiones estuvo entre los animales robados.

El perro de Thad y los de Travis habían despertado a la familia las dos veces, antes de que los indios se alejaran con unas pocas cabezas de ganado, pero Cosita había sido robada primero. Las dos veces había vuelto luego de una semana o dos, extenuada, sedienta y con hambre, y con la boca llagada y sangrante por el tipo de rienda que usaban los indios.

–Tengo el presentimiento –dijo el padre– de que esos ladrones deben ser muchachos, quizás adolescentes, y a uno de ellos le gusta mucho tu pony.

Nadie conocía mejor que Sansón Conway las costumbres de los comanches, por lo que Thad pensó que así debía ser.

Siguió cuidando de su potranca hasta que su pelaje fue negro y reluciente, y la crin y la cola estuvieron largas y suaves como la cabellera de una mujer. No extrañaba que un muchacho indio la codiciara.

Después de que la hubieron robado la segunda vez, Thad la sujetó cerca de la ventana de la pieza en que él dormía. Usó una fuerte cadena para atarla a un cerco de troncos gruesos. Así, pensaba él, le resultará difícil a cualquiera robarla.

Una semana después, en noche de luna, a la madrugada, Thad oyó que Cosita resoplaba asustada. Pateaba el cerco y los perros ladraban furiosamente. Thad tomó su rifle y saltó de la cama.

–¡Trav, Trav! –gritó–. ¡Vienen a llevarse a Cosita! –y corrió a la ventana.

Los perros ladraban ahora en dirección a los graneros y los corrales que estaban cerca del arroyo. La potranca resoplaba y tiraba de la cadena.

Thad salió para seguir a Travis, cuando vio que Atkins y Weaver venían corriendo del galpón y se dirigían hacia donde ladraban los perros. Entonces prefirió cerciorarse de que Cosita se hallara bien y fue a verla.

Cinco flechas estaban incrustadas en el cuerpo del animal. Su padre las extrajo. Él no había ido tras los otros porque pensó: “Estos indios pueden tendernos una trampa, atrayendo lejos a los perros para que los sigamos, mientras otros atacarán la casa”.

Cuando vio lo que había sucedido con la potranca, dijo:

–Creo que los comanches se quieren salir con la suya; ya que Cosita no puede ser de ellos, no quieren que sea de nadie.

–Papá –preguntó Thad con marcada ansiedad–, ¿crees que se va a morir por los flechazos?

–No, hijo –lo tranquilizó su padre, mientras terminaba de sacarle una del lomo–, no creo que las heridas sean de gravedad. Está perdiendo un poco de sangre pero no sufrirá malos efectos. De una cosa estoy seguro: ninguna flecha le ha tocado partes vitales.

Volvían ya los que habían ido a los corrales.

–Se fueron –dijo Atkins–. Apostaría a que se trataba de una pareja de muchachos que querían llevarse a la potranca.

En esos lejanos días, Brown Country, en Texas, era un hermoso lugar para vivir a pesar de los peligros, pero nadie pensaba demasiado en eso, excepto en el verano, cuando los comanches estaban activos.

En la primavera, con las flores tapizando el pasto por kilómetros y kilómetros, y el aire lleno de perfume, Thad salía a galopar montado en Cosita. Siempre llevaba el rifle a cualquier lugar que fuera, invierno y verano, y su madre constantemente le recordaba que no saliera sin el arma. Parecería extraño el consejo de una madre para un niño de doce años. Pero nadie se atrevía a salir sin tomar esa precaución. Nunca se sabía cuándo podían aparecer los indios.

También había serpientes y osos. En invierno, podía presentarse un lobo vagabundo. Un ternero o un potrillo tenían poco que hacer si los atacaba un lobo, así que a los lobos se los mataba en cualquier parte.


Capítulo 2


¡Silba una flecha!

La señora de Conway servía el almuerzo de nabos con carne de búfalo asada y porotos, mientras Thad llevaba los platos a la mesa, juntamente con jarras de leche y mantequilla, cuando oyeron que el padre entraba cabalgando en el patio.

–Alguien viene con papá –dijo Thad–, y no es Trav ni ninguno de los peones.

–Me pregunto, entonces, quién será –agregó la madre al tiempo que sacaba una hornada de galletas de su cocina nueva.

Momentos después, su esposo entraba en la cocina, acompañado por un hombre y un niño. El muchacho, oscuro, delgado y serio, parecía ser uno o dos años mayor que Thad. Se mostraba algo vergonzoso.

–Luisa –dijo Conway padre–, saluda a nuestro vecino, el Sr. Wiley Branson.

Thad miró al muchacho, que también le clavó la vista. Pero, ninguno habló.

–Este es mi hijo Beauford –dijo Branson–; Beau, para abreviar.

Ambos muchachos hicieron leves inclinaciones de cabeza a modo de saludo y luego se dijeron “¿Cómo te va?”

Los Conway habían tenido noticias de que una nueva familia se había instalado en un lugar de la zona sur, a unos veinte kilómetros, y estaban ansiosos de conocerlos. La señora de Conway y Ellie de Clark ya habían conversado sobre la visita que le harían a la nueva vecina. En esos díasy en esos lugares, las mujeres eran contadísimas, aunque un buen número de familias se había trasladado a la región. Pero se hallaban muy distantes entre sí y muchos “ranchos” o haciendas habían sido establecidos por hombres solos. Así que, las mujeres suspiraban por visitarse una o dos veces al año. Estaban a la caza de cualquier excusa (válida, por cierto) para lograr que los hombres las acompañaran. A los hombres no les agradaba dejar que las mujeres fueran solas, por causa de los indios. Había también algunos hombres blancos en la región que no eran de mucha confianza. Esa era todavía una tierra sin ley, y con mayor razón desde que los soldados habían sido llamados a combatir en la guerra.

Los Branson, padre e hijo, se sentaron para almorzar con los Conway y los peones. Travis y Ben Atkins llegaron de los corrales justo cuando comenzaba la comida.

–Así que, por lo que veo, ha estado en una cacería de búfalos –comentó Branson al padre de Thad–. ¿Tuvieron que ir muy lejos?

–Tanto como un día de viaje en carreta–respondió Conway–. Hacía muchos años que no los encontrábamos tan cerca.

Esa parte del país aún estaba densamente arbolada, con bosques tan grandes que podían ocultar al rebaño más crecido de bisontes. Pero Sansón Conway y sus hijos habían estado en la llanura una semana antes y habían vuelto con el carro lleno de carne de búfalo.

Thad nunca olvidaría los detalles del día en que los Branson comieron en su casa. Fue un día importante para él, mucho más de lo que en ese momento le pareció, pues conoció a los dos primeros miembros de la familia Branson.

Wiley y su hijo Beau partieron luego de almorzar.

–Tan pronto como puedan, vayan todos a visitarnos –invitó Wiley mientras iniciaban el viaje–. Marcela se siente muy sola. Nunca antes estuvo tan lejos de sus parientes, y eso no le está sentando demasiado bien. Su gente está toda en Kentucky, excepto una hermana que vive en San Antonio.

–Iré con Ellie de Clark en cuanto puedan acompañarnos los hombres –prometió la señora de Conway.

–Y ven tú también –le dijo Beau a Thad.

Aunque había hablado poco durante la visita, Thad se sentía a gusto con el nuevo vecinito.

Con su cabello revuelto como una enramada, el rostro cubierto de pecas como un huevo de pavo, y su temperamento vivaz y alegre, Thad estaba contento con su amigo de tez oscura, tranquilo y de buena presencia. Thad nunca había gozado de la compañía de niños o niñas de su edad, y Beau le había dicho que en casa tenía dos hermanas. Una era casi de la misma edad que Thad, que contaba doce años, y la otra tenía nueve.

–No podías pasarme por alto –respondió Thad a la invitación de Beau–. Estaré muy contento de conocer a tus hermanas.

En aquellos días, la manera más segura de ir a cualquier lugar era hacerlo cabalgando, a menos que se optara por caminar, pero nadie se inclinaba por esto último. Todo el mundo andaba a caballo, hasta las mujeres como Luisa de Conway. Había cabalgado toda su vida y montaba tan bien como cualquier hombre.

Luisa y Ellie comenzaron a urgir a sus esposos para que las acompañaran a realizar una visita a los Branson, pero los hombres parecían no tener apuro. Thad estaba tan ansioso como las señoras de realizar ese viaje. Finalmente, su madre comunicó:

–Sansón, dentro de una semana iré con Ellie a pasar el día con la señora de Branson. Si ustedes, los hombres, desean venir con nosotras, serán bienvenidos; de lo contrario, llevaremos a Thad para que nos proteja.

Desde ese momento, Thad estuvo seguro de que el viaje se realizaría, porque cuando su madre llamaba a su padre por el nombre era porque estaba completamente decidida. El padre también lo sabía. En realidad, la cosa no era para hacer tanto barullo, porque tanto Luisa como Ellie manejaban un arma como podía hacerlo cualquier hombre o muchacho del campo.

Así, cierto amanecer de primavera, cuando los pájaros llenaban el aire con sus cantos, Ellie se unió a Thad y su madre en la puerta de la hacienda. Ellie montaba un caballito fuerte y de pelo suave que tenía una franja negra desde la crin hasta la cola. Venía con dos niños pequeños, sentados uno delante de ella; y el otro, atrás.

Luisa montaba el caballo de Travis, al que llamaban Avispa Azul, animal fuerte y activo que detectaba la presencia de indios a más distancia que cualquier perro. Thad cabalgaba sobre Cosita, que también era buena para husmear indios. Tomaron la huella marcada por la hacienda a la vera del arroyo y siguieron viaje.

Se dirigieron hacia el sur a través de praderas onduladas, sobre las que se recortaban, a la distancia, los perfiles de unos cerros azulados. El aire estaba impregnado del perfume dulzón de las florecillas silvestres que por kilómetros y kilómetros alfombraban el suelo de azul, dando la impresión de que se reflejaba el cielo. En otras lomadas, había grandes manchas amarillentas, formadas por miles de flores de ese color que se mecían airosas sobre sus largos tallos. Parecía una tierra inmensa y vacía, pero para Thad estaba llena de maravillas y sorpresas.

El sol subió alto y dejó caer sus rayos sobre las cabezas de los viajeros, pero pronto la huella se internó bajo la sombreada frescura de los árboles que bordeaban el arroyo. Por fin vieron un grupo de carretas en una vuelta del riacho, y a los vacunos de Branson que pastaban aquí y allá.

La señora de Branson las estaba aguardando, pues unos días antes Ben Atkins y Travis habían pasado por allí, avisándole de los planes de Luisa.

–¡M-m-m, comida! –exclamó Thad cuando percibió el olor de lo que se guisaba en el fogón al aire libre.

Una mujer de color, cincuentona y regordeta, atendía la cocina. Era la tía Dulcie, esposa del tío Wash. Ambos trabajaban para la familia Branson. Thad había visto al tío Wash una vez que arreaba ganado con otros hombres.

–Ya hace bastante tiempo que desayunamos –afirmó Thad mientras se aproximaban–, y me estoy muriendo de hambre.

Veinte kilómetros de cabalgata le habían abierto el apetito.

Deberías esperar por lo menos tres horas, Thad –le recordó su madre–. Apenas son las nueve de la mañana.

–Todavía vivimos en las carretas –se disculpó la señora de Branson, pero señaló hacia donde los hombres habían puesto los fundamentos para la casa y había una chimenea de piedra a medio construir.

Marcela de Branson era una mujer menuda y amigable, de ojos oscuros y llenos de vivacidad. Tenía el cabello ondulado recogido en un moño sobre el cuello. Hablaba queda pero rápidamente, con un acento fluido y suave que Thad no había oído nunca antes. Después supo por qué su manera de hablar era distinta de la de Ben Atkins, aunque ambos eran de Kentucky. La señora de Branson había sido maestra de escuela antes de casarse y cuidaba mucho su inglés. La mayoría de la gente de la región central de Texas no se tomaba esa molestia por aquellos días. Thad notó que el cuello blanco del vestido azul de la señora estaba asegurado por un prendedor con una hermosa piedra. En el borde inferior, tenía grabada la letra M.

Además de Beau, había en la familia otro niño de tres años llamado Stevie, de cabellos rubios y ojos castaños, como su madre. Parecía ser el mimado de toda la familia, especialmente de su hermana mayor y de la tía Dulcie.

Para Thad, los miembros más atractivos de la familia eran Melissa y Cecilia, a quienes llamaban “Lissy” y “Celie”. Eran dos niñas tan hermosas como Thad no había visto nunca y, pensaba él, nunca volvería a ver. Admitía que su trato con niñas era francamente escaso porque, fuera de las de Morton, que eran varios años mayores que él y vivían a más de veinte kilómetros hacia el norte, y algunas primas que había conocido en un viaje a Fort Worth, nunca había visto otras.

Él era un muchacho rudo de la frontera, criado en una hacienda, pero que gustaba de lo que fuera bello. Le costaba quitar los ojos de encima de las dos muchachas: Melissa, de cabello oscuro y ensortijado; y Cecilia, de cabello color de miel y ojos castaño oscuro. Sus vestidos eran iguales, con una diferencia de color: el de Celie era de una tela a rayas rosadas y blancas mientras que en el de Lissy las rayas eran azules y blancas.

–Vamos al arroyo, que te voy a mostrar algo–invitó Beau.

Pero antes Melissa trajo algunas galletitas para todos.

–Tía Dulcie dice que esto sostendrá el estómago hasta la hora del almuerzo –dijo.

Thad estaba seguro de que eso no le arruinaría el almuerzo, así que, masticando a dos carrillos siguió a los otros hacia unos cobertizos que el padre había levantado a poca distancia de las barrancas del arroyo.

Bajaron por una senda que atravesaba espesas formaciones de arbustos hasta que llegaron al arroyo, donde unos árboles enormes crecían entre ambas riberas. Allí había un remanso, formado en un sitio hondo que habían cavado los desagües de las lluvias de primavera. Un gigantesco álamo americano se inclinaba sobre el remanso, sombreando el lugar. En la orilla opuesta, otros árboles proyectaban sus ramas sobre el arroyo, entrelazándolas con las de este lado.

Era un paraje solitario y misterioso. Thad pensó que se trataba de un magnífico lugar para que un muchacho tuviera su escondite secreto, y eso era precisamente lo que Beau y sus hermanas habían hecho. Cuando Thad fue conducido a través de los tupidos arbustos, vio una senda apenas visible que corría por una de las barrancas, justo encima del remanso. Beau levantó una cortina de plantas silvestres y dejó al descubierto la entrada de una cueva.

Entraron y Beau dejó caer la cortina; todo quedó negro. Nadie habría sospechado la existencia de esa cueva porque estaba completamente fuera de la vista.

En un lado de la pared de la cueva, había cavado un estante. En él se veían algunas velas, y Beau encendió una. En el estante también había unas cuantas cajas de hojalata que llamaron la atención de Thad.

–¿Qué es eso? –preguntó.

–Es nuestra despensa –explicó Melissa–. Beau también nos deja jugar aquí; este es nuestro fuerte. Cuando jugamos a los indios, venimos a escondernos aquí.

–¿Qué tienen guardado en la despensa? –inquirió Thad.

Melissa abrió las cajas una por una. La primera contenía algunos trozos de carne desecada. Podía conservarse por mucho tiempo si no había humedad. En otra había bizcochos y trozos de pan. En la siguiente, el contenido era de duraznos y manzanas secos; y en la última, de varias clases de galletitas. Melissa aún tenía dos de las galletitas que había traído de las carretas; y Celie, una. Las pusieron en la última caja y tomaron algunas de las que allí habían estado guardadas.

–Estas las puse aquí la semana pasada –explicó Melissa–. Las comeremos ahora y guardaremos las nuevas para la próxima vez.

Thad rio.

–Nunca he visto ardillas tan buenas para almacenar provisiones –dijo.

Luego jugaron a los indios y a los pobladores hasta que oyeron que la señora de Branson los llamaba para almorzar. Thad nunca se había divertido tanto. Luego de la comida, Melissa, que a pesar de su aspecto delicado era bastante retozona, invitó a los demás:

–Vengan, vamos a mostrarle a Thad el nido de la codorniz.

A corta distancia de las carretas, bajo uno arbustos, estaba el nido. Thad se sorprendió cuando vio que en él había 18 huevos.

–No los toques –le advirtió Melissa–, porque de lo contrario la madre los abandonará.

–Ya lo sé –respondió Thad–. He descubierto uno cerca de mi casa, pero tiene solo doce huevos. Me guardaré dos pichones cuando nazcan.

–¿Cómo vas a hacer para cazarlos? –quiso saber Beau.

Thad se dio cuenta, entonces, de que Beau no había vivido mucho en el campo; de otro modo, no le hubiera hecho esa pregunta.

–Poco antes de que nazcan, pondré los huevos bajo una gallina clueca, y allí saldrán del cascarón.

En ese momento, su madre lo llamó porque debían regresar. Había sido uno de los días más felices de su vida. Hasta entonces, no había comprendido que había estado viviendo solo o, mejor dicho, que necesitaba la compañía de otros muchachos y niñas de su edad.

Mientras cabalgaba de regreso al hogar con su madre y Ellie, Thad se retrasaba, envuelto en sus pensamientos sobre los Branson. Llegó a la conclusión de que las chicas eran algo especial. No eran rudas como los muchachos, sino hermosas y gentiles en su comportamiento, al menos las chicas de Branson. Si no volvían pronto a realizar otra visita, se propuso buscar él la oportunidad para verlas otra vez. Su madre no podía salir muy a menudo, pero su padre o alguno de los peones con frecuencia hacían ese camino para ver el ganado. Su padre estaba escaso de gente para trabajar, por causa de la guerra, de manera que Thad ocupaba largas horas ayudando en las tareas de la hacienda. De alguna manera se las arreglaría para ir con los peones la próxima vez que tuvieran algo que hacer por el sur.

Habrían andado unos nueve kilómetros cuando, de pronto, Cosita irguió las orejas, y comenzó a resoplar y a tirar del freno. Mostraba señales de impaciencia y parecía querer alejarse de aquel lugar rápidamente. Thad comprendió lo que significaba. La espoleó, y en un momento alcanzó a su madre y a Ellie.

–¡Mamá, hay indios cerca! ¡Cosita los ha olfateado!

El caballo que montaba su madre ya reaccionaba de la misma manera, y ella le dijo a la compañera:

–Ellie, dame uno de los niños.

Tomó al pequeño Tommy Clark y lo sentó delante de sí. Thad empezó a oír enseguida los golpes sordos y lejanos de los tambores indios. Sus oídos eran tan agudos como los de un coyote. Las mujeres todavía no habían percibido el tum-tum.

–Mamá, ¿no oyes los tambores?

–¡Yo sí! –exclamó Ellie–. ¡Tambores indios!


La madre esforzó el oído un instante y luego asintió. Ahora también ella oía los golpes rítmicos de los parches distantes.

–¡Apuremos el paso! –gritó.

Nadie necesitaba que se repitiera esa orden. Los caballos galopaban desesperadamente. Esos tambores solo podían significar una cosa: que no lejos había un campamento indio, y los caballos presentían el peligro. Todo caballo que hubiera estado un tiempo en manos de los comanches conocía el trato cruel al que era sometido y temía a los indios.

Una flecha silbó cerca de la cabeza de Cosita, poniéndolos al tanto de que eran perseguidos. Thad quedó a la zaga del grupo y miró hacia unos árboles que bordeaban el arroyo. Inmediatamente desenfundó el Colt 45 que su padre siempre le recomendaba que llevara. Cosita casi rompía el freno por irse, pero Thad la sujetaba. Advirtió un movimiento apenas perceptible entre los arbustos que crecían junto a la arboleda. Apuntó hacia el lugar y disparó. Luego fue a reunirse con su madre y Ellie. No hubo más flechas. Después de un rato, aflojaron el paso. Los niños de Ellie no dejaron escapar un solo grito. Eran niños de la frontera.

Unos cinco kilómetros antes de llegar, se reunieron con el padre de Thad y con Ben Atkins, que venían a encontrarlos.

–Estábamos preocupados por ustedes –explicó el padre–, después de que Ben volvió de por ahí y dijo que había oído tambores indios.

–Sí, también nosotros los oímos –respondió la madre–. Corrimos un buen trecho luego de eso.

–También nos arrojaron una flecha –agregó Ellie–, pero Thad los amedrentó.

El padre miró a Thad con ojos de aprobación.

–Muy bien, hijo –expresó–; yo sabía que lo harías.

Thad se movió incómodo, como si le apretara la ropa, y respondió, algo incómodo:

–No fue nada...

–Sospecho que son muchachones los que nos persiguieron –dijo la madre–. Andarían a la búsqueda de cabelleras o caballos.

–No conviene que salgan solos otra vez–apuntó el padre–. La próxima vez, puede haber más que muchachones y quizás se los lleven. No es seguro.

Ellie se rio en voz baja.

–Por ningún lado que lo mire es seguro vivir en esta parte de Texas –le dijo a Conway–, pero no haremos otra vez lo que hicimos.

Cuando desmontaban, el padre sacudió la cabeza, mientras decía:

–Mucho me temo que tendremos que hacer frente a unas cuantas incursiones de los comanches este verano. Demasiado pronto andan rondando las poblaciones.

Capítulo 3


Merodean los comanches

El padre de Thad era diferente de algunos de los hombres de la frontera de Texas. Era un devoto creyente en la Biblia y gobernaba su conducta por las enseñanzas del Libro. Cada noche a las ocho, antes de ir a la cama, reunía a la familia, incluyendo a todos los que vivían en la casa y a algunos de los peones que estaban dispuestos a acompañar a la familia en sus oraciones. Cada noche, con un acento de reverencia que conmovía el corazón de Thad, su padre leía un pasaje de la Biblia. Luego se arrodillaban y él oraba fervientemente a Dios. A Thad le parecía que su padre estaba seguro de que Dios lo escuchaba. Para finalizar, cantaban un himno.

Los pensamientos de confianza que allí se expresaban y el lenguaje sublime de la Escritura llenaban el alma del muchacho. Lo poético de algunos pasajes hacía vibrar su corazón como un poderoso trueno de tormenta, o la cálida belleza del otoño. En cuanto a literatura, era lo único que Thad conocía por entonces, y sus pensamientos estaban llenos del gozo y de la belleza de la creación.

Su mamá le había impartido todo el conocimiento escolar que poseía. Más tarde, tuvieron una escuela que distaba unos seis kilómetros y que funcionaba durante unos tres meses al año. Thad tenía buena memoria y su madre le hizo aprender muchos de los textos que su padre leía en los cultos vespertinos.

Una vez, durante los últimos diez días de julio, se celebró en la hacienda de los Conway una serie de reuniones. Era una especie de concentración a la antigua. Había venido el predicador Heston, de Waco, y se había invitado a los rancheros de los alrededores a que asistieran.

Se preparó un estrado adornado con guirnaldas y un auditorio compuesto de bancos rústicos cubiertos con colchas. Esparcieron paja silvestre bajo el estrado, y todo quedó listo.

Las familias llegaron de cerca y de lejos, a caballo o en carros, preparadas para permanecer allí durante una semana. Los hombres llevaban revólveres al cinto y de cada montura pendía un rifle.

Desde temprano por la mañana hasta el atardecer, había predicación y cantos. Thad sacó más provecho de su amistad con nuevos muchachos y niñas que de la predicación, pero el canto satisfacía cierta necesidad que sentía.

Por su parte, Conway padre decía:

–De una cosa estoy seguro. Todos estamos aquí bien alimentados, física y espiritualmente, con la comida que preparan las mujeres y con lo que nos da el predicador Heston.

Hubo algo que preocupaba a Thad y que el predicador repitió varias veces en su sermón: “Debemos amar a todos los hijos de Dios”, decía. Y Thad se preguntaba: “¿También a los comanches?” Luego de uno de esos sermones, Thad y Beau oyeron que uno de los rancheros, llamado Lafe Alien, discutía acaloradamente con el pastor Heston.

–Pastor Heston, ¿quiere usted decir que debemos amar a esos comanches viles y asesinos?

–No, yo no digo eso. Fue Jesucristo el que dijo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”.

Alien sacudió su cabeza con impaciencia.

–Bien, yo considero que un comanche no es un ser humano, y pienso que nunca podría amar a uno de esos bribones.

Sus sentimientos eran semejantes a los de Thad, por eso el muchacho y otros hombres y niños se agruparon para oír la argumentación.

–Cuando usted se relaciona con una persona, cualquier clase de persona –dijo el predicador–, y conoce sus dificultades y comparte sus alegrías, y comprende su manera de pensar, entonces puede amarla.

Otro ranchero, llamado Chet Owen, que había visto morir a su hijo, quemar su casa y desaparecer su ganado por obra de los comanches, dijo con amargura:

–Un hombre debería pasar por alto la maldad de un comanche para llegar a amarlo.

–No tanto, quizás –repuso el pastor–, como lo que el Señor ha pasado por alto de cada uno de nosotros para amarnos. Y el único camino que conozco para poner fin al odio entre los indios y los blancos es que nosotros, que conocemos al Señor, oremos para que ambos, ellos y nosotros, podamos tener su amor en nuestro corazón.

Thad no oyó el resto de la argumentación porque en ese momento vio que Bynum llegaba con las vacas.

–Ven aquí, Beau –dijo Thad–. Debo ordeñar y hacer algunas otras tareas.

Corrieron los dos a la cocina, buscaron los cubos de ordeñar y luego fueron al corral. En el camino, Thad comentó:

–Yo pienso como Alien. Nunca podría amar a un comanche y odio al que quiere robarme a Cosita.

Una tarde en que no había reunión, Travis invitó:

–Vamos a cazar mapaches.

Beau y Thad fueron en busca de sus armas y Thad, con un silbido, llamó a Whizzer, el perro viejo y fiel. Travis llamó a otros dos perros cazadores llamados Bugle y Lady Lou. Bajaron por el arroyo siguiendo a los perros. Ni se les ocurrió pensar que podría haber indios cerca, a esa hora del día.

Habrían andado quizás un kilómetro por el arroyo deslizándose bajo los arbustos de la orilla, cuando los perros dieron con la huella de un mapache. Thad sabía que se trataba de un mapache por la forma en que Whizzer ladraba. Los perros estaban en el lecho del arroyo entre barrancos de casi cinco metros de altura. Ladraban furiosamente alejándose por el arroyo. Los muchachos los siguieron tan rápido como podían hacerlo, descendiendo junto a la corriente, por donde se podía ir más fácil.

Solo había un pequeño caudal de agua, pero aquí y allá contra las raíces de algún árbol viejo, las aguas habían hecho socavones formando profundos remansos.

Corrieron otro medio kilómetro antes de alcanzar a los perros. Cuando llegaron, el mapache intentaba trepar por el tronco de un árbol de pacana, o nuez pecan. Whizzer dio un gran brinco y lo tiró abajo. Como un relámpago, los perros se le lanzaron encima. Luchando con entereza, el mapache se lanzó al agua.

Whizzer saltó tras él para continuar la batalla. Pero el mapache luchaba valientemente y no se entregaba. Al final, luego de varios ataques y contraataques, Whizzer optó por retirarse y vino quejándose a los pies de Thad.


En ese momento Thad, sin saber por qué, sintió como si alguien los estuviera observando. Se dio vuelta y allí, en lo alto de la barranca, vio tres caras bronceadas, dos de las cuales ostentaban restos de las marcas especiales para los casos de guerra. Habían estado contemplando la lucha entre Whizzer y el mapache, y se reían de buena gana.

Thad lanzó un grito:

–¡Miren, indios!

Los muchachos miraron al tiempo que empuñaban sus armas.

De las tres caras, una en particular quedaría grabada en la memoria de Thad. Los únicos indios que había tenido ocasión de ver eran unos pocos exploradores amistosos de los tonkawa y los escasos comanches pintarrajeados que aparecían de vez en cuando. Estos últimos tenían caras de pocos amigos. Pero el rostro que Thad no podía olvidar era el de un muchacho sin pintar, de mirada franca, que reía por las alternativas de la lucha entre el perro y el mapache. Se diría que, por un momento, casi le gustó a Thad. Los otros desaparecieron en el mismo instante en que gritó “¡Indios!”, pero ese, todavía sonriendo, se alejó despaciosamente.

Todos se olvidaron del mapache. Los muchachos se hallaban a kilómetro y medio de la casa y sin cabalgadura, mientras que los indios estaban en una posición ventajosa en lo alto de la barranca. Thad y sus compañeros no tenían idea de cuántos podría haber, pero los indios conocían perfectamente la situación de ellos.

Parecía que no eran mucho mayores que Travis, Beau y Thad. Pero ¿cuántos más habría ocultos en los bosques o en los vericuetos del arroyo? Whizzer salió husmeando tras los indios hasta que Thad, temeroso de lo que pudiera sucederle, lo llamó.

Los tres muchachos aguardaron allí por espacio de media hora, de espaldas al grueso tronco de un árbol, pero no sucedió nada. Finalmente, Thad dijo:

–Intentemos llegar a casa. Pienso que no eran más que tres.

Escurriéndose de árbol en árbol, llegaron a la hacienda cuando caía la tarde y no podían contenerse en sus deseos de referir lo sucedido. La aparición de esos indios provocó una enorme curiosidad en los habitantes de las fronteras, y con razón. Apenas sí había algunas familias en las reuniones de la hacienda de los Conway que no hubieran perdido alguno de sus miembros en las incursiones de los comanches.

Desde ese día en adelante, los muchachos se cuidaron de aventurarse demasiado lejos de la casa sin la compañía de los adultos y sin caballos. Pero, desde luego, lo hicieron por un tiempito.

Capítulo 4


¡A perseguir a los comanches!

Lev Buchanan, que vivía en Windy Creek, estaba presente en la reunión. Había venido con Sally, su esposa, y sus dos nietos mellizos, Timmy y Tommy. El padre de los mellizos, Buck Buchanan, y su madre, Laurie, también se encontraban allí, pero los pequeños rara vez se desprendían de su abuela. Cualquiera se daba cuenta de que constituían los dos seres más importantes en la vida de la abuela Sally. La manera en que ellos la seguían le hacía recordar a Thad a dos cervatillos siguiendo a su madre.

Pero, para la gente joven, la abuela Sally era el miembro más interesante de la familia. En su niñez, la abuela Sally había sido secuestrada por los comanches. Cuando tenía alrededor de ocho años la rescataron los rangers, después de un combate en Possum Springs. Por entonces, solo hablaba la lengua de los comanches.

–Nadie sabía quién era yo –les dijo ella a los jóvenes–. Me enteré de que mi familia había sido masacrada cuando los comanches me robaron. De manera que los rangers me dieron a un ranchero, Bill Judson, y a su esposa.

–Y ¿cómo se casó con Lev? –preguntó Beau.

–Oh, Lev Buchanan trabajaba con Judson, y cuando cumplí 18 años nos casamos –dijo ella–. Eso fue todo lo que sucedió.

Thad nunca había visto a alguien que gozara tanto cuando cantaba, como la abuela Sally. Su padre solía describirla así: “La abuela Sally no tiene una pizca de oído, pero hace música dando golpecitos con el pie, echando hacia atrás la cabeza y chillando como un gato montés”.

A Thad le pareció una buena descripción. La abuela Sally era delgada, llena de arrugas en su piel curtida y tenía el cabello color de paja. A los niños les parecía que era una mujer vieja, pero probablemente no contaba con más de 45 o 50 años.

Su esposo, Lev, a menudo decía:

–Mi esposa, cuando habla, lo hace de tal manera que parece que estuviera llamando a los cerdos.

Thad y sus amigos la seguían a todas partes para oír de sus labios la historia de su vida entre los comanches. Solía ella repetirles algunas palabras en comanche que Thad aprendió a pronunciar.

–Muchachos –solía decir–, los comanches son seres humanos. Su forma de vivir está bien para ellos, pero a mí me gusta más la nuestra.

–Pero roban niños y los tratan mal –dijo Cecilia.

–Es verdad, roban niños –contestó la abuela–, pero una vez que los han conseguido tratan de convertirlos en buenos comanches. Les enseñan que los comanches son buena gente y que los blancos son malos. “Cuchillos largos”, llaman a los blancos.

–¿Se puso contenta cuando los rangers la rescataron? –preguntó Melissa.

–Te diré que no. Me defendí con uñas y dientes. Estaba hecha una comanche. Eso es todo lo que recuerdo. No, no temo ni un poquito a los comanches. Eso en cuanto a mí misma, pero temo por esos dos pequeños. Espero y ruego que nunca se los lleven. Los transformarían en comanches. Vez tras vez, he visto que lo han hecho.

Por primera vez en muchos meses, los hermanos mayores de Thad, Reed y Giles, volvieron a casa. Estuvieron durante varios de los días de reuniones, pero luego partieron nuevamente a incorporarse en su compañía de rangers.

Cuando finalizaron las reuniones y la gente comenzó a dispersarse hacia sus hogares, Thad cabalgó sobre Cosita acompañando al carro de los Branson durante varios kilómetros. Cuando el vehículo desapareció entre los bosques junto al arroyo, se detuvo en la cima de una loma y por largo rato agitó su mano en alto dándoles el último adiós. Las chicas y el pequeño Stevie le contestaban el saludo, y Beau lo hacía con el sombrero.

Pronto se perdieron de vista.

Una tarde en que Thad arriaba las cuatro vacas lecheras desde un lugar de pastoreo hacia el otro lado del arroyo, oyó lo que parecía ser el grito de un búho cerca del lecho de la corriente. Otro grito se oyó como respuesta que surgía de los árboles de abajo. Cosita irguió las orejas cuando oyó eso, y empezó a resoplar y a morder el freno.

–¿Has oído a los indios, Cosita? –le preguntó Thad.

El muchacho sintió un misterioso cosquilleo cuando oyó que los llamados se repetían. Aun cuando se trataba de una perfecta imitación del grito del búho, estaba seguro de que eran señales que se estaban intercambiando los indios. Apuró a las vacas tanto como pudo hacia el corral de ordeñe, donde encontró a Travis llenando de heno los pesebres.

–Hay indios cerca, Travis –dijo Thad.

Travis le revolvió el cabello y se echó a reír.

–¿Qué te hace pensar que hay indios cerca, muchachito?

–Me lo dice Cosita. Además, se oyen gritos de búhos en la arboleda.

–Quizá sean búhos –arguyó Travis, pero estaba seguro de que su hermano no le creía.

–Aún no es hora de que anden búhos. Además, Cosita sabe siempre cuando hay indios cerca.

–Entonces será mejor que traigas los caballos al corral y asegures bien la puerta –concluyó Travis.

Cuando llegó su padre con los peones, ayudaron a tomar otras medidas de seguridad. A la hora de ir a dormir, Travis y Thad salieron a la galería posterior para escuchar. No se oía ningún ruido raro. Pero, cuando fueron a dormir, Thad puso la cabecera de su cama cerca de la ventana a fin de oír mejor. Luego de pasarse un largo rato escuchando, al fin captó nuevamente los misteriosos gritos de búhos con su correspondiente respuesta. Uno sonaba cerca del establo de los caballos. Travis también oyó. Se levantaron rápido y se vistieron. Tomaron sus armas y salieron.

Dieron vueltas alrededor de la casa y luego fueron hacia los corrales. Las vacas estaban todas en su lugar, y en el corral de los caballos solo Cosita y Avispa Azul parecían intranquilas. El resto de los animales estaba tranquilo.

–Parece que no hay indios ahora –musitó Travis.

Thad no estaba del todo convencido, pero siguió a su hermano de vuelta a la cama.

Antes de que amaneciera, mientras la familia se levantaba y la madre preparaba el desayuno en la cocina, Joe Rivers, que vivía a unos diez kilómetros en Windy Creek, llegó al patio de los Conway, en un brioso caballo.

–Sr. Conway –dijo–, los indios nos atacaron, se llevaron todos mis caballos y mataron al viejo Lev Buchanan, y luego le sacaron la cabellera. También se debieron de haber llevado a la abuela Sally y a los mellizos.

–Y ¿qué pasó con Buck y Laurie? –quiso saber la madre.

–Fueron a Waco hace una semana y se llevaron con ellos al niño mayor. Deben volver un día de estos.

–¿Han enviado a alguien para que avise a los rangers? –preguntó el padre.

–Sí, señor, enviamos a Gibson, pero nadie puede decir cuánto pasará hasta que ellos vengan.

–Cosita y Avispa Azul nos dijeron la verdad, después de todo –dijo Travis.

–Podríamos organizar nosotros la persecución y no esperar a los rangers –dijo el padre–. Los seguiremos y trataremos de rescatar sus caballos. Pero ya no podemos ayudar al pobre viejo Buchanan.

–Desayúnense antes de salir –sugirió la madre.

Thad se colocaba ya su canana, listo para salir, montar sobre Cosita e ir a la caza de los indios, cuando su madre le dijo:

–Thad, no te ilusiones con ir a cazar indios.

–Papá –gimió Thad–, ¿puedo ir yo también? Sé manejar un arma tan bien como cualquier hombre.

–Sí, hijo, es verdad –comentó su padre–. Pero será mejor que te quedes y cuides de mamá y de los animales. Nadie sabe lo que tendremos que pasar ni cuánto tiempo nos demandará esta salida. Ayer, Ben Atkins se lastimó la pierna cuando el caballo lo volteó; él quedará también para ayudarte.

–Pero mamá sabe tirar tan bien como cualquiera de nosotros –protestó Thad–. ¿Por qué debo quedarme en casa?

–No discutas ahora, Thad. Haz lo que te digo.

Thad se dio cuenta de que era inútil insistir, así que se quitó el cinturón y fue a cumplir sus tareas cotidianas de ordeñar, dar agua y alimentar a los animales.

–Hola, Cosita –dijo en voz alta cuando se aproximaba a la puerta del corral–, seguro que conoces a esos indios, los que estuvieron aquí anoche.

Pero no obtuvo ningún relincho de respuesta. Cosita no estaba ni en el corral ni en el establo. Ni Avispa Azul ni ninguno de los caballos de la hacienda. Había muchas huellas de mocasines (calzado que usaban los indios) en el barro junto al bebedero de los animales. Cosita y los demás caballos habían sido robados por los comanches. Thad encontró el lugar por donde los habían sacado. Habían sacado varios postes del cerco.

–¡Pobre Cosita –gritó Thad–; odias a esos comanches, y otra vez te han llevado!

Thad llamó a su padre, a Travis y a Ben Atkins.

–¿Qué pasa, que estás hablando solo, muchacho? –preguntó Travis bromeando.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Thad, pero eran lágrimas de ira y de temor por lo que pudiera sucederle a Cosita.

–¡Comanches, quién más iba a ser! Se llevaron a Cosita.

El padre inspeccionó el corral y el establo.

En ese momento, oyeron un grito bronco más allá del cerco. Era una muía vieja a quien llamaban Nick. Tenía una flecha clavada en uno de los muslos y del cuello le colgaba un trozo de tiento sin curtir.

–¡Nick, te les escapaste! –dijo Conway padre–. Podría habérmelo imaginado.

Nick era una muía que siempre se salía con la suya. Cuando quería estar en el corral con los otros animales, se quedaba; y cuando se le ocurría salir a dar una vuelta, simplemente saltaba sobre el cerco y se marchaba.

Pero Nick era una muía muy trabajadora. El padre siempre decía de ella:

–Nick parece conocer lo que uno quiere hacer cuando trabaja con ella y hace lo mejor para que el trabajo salga bien.

–¿Por qué supones que se ha escapado de los indios? –preguntó uno de los peones.

–Hasta me atrevería a decir que de un mordisco le sacó un pedazo al infeliz comanche que se atrevió con ella –dijo Travis.

El padre rio.

–Es muy capaz de haber hecho eso.

–Cuesta tanto domar a uno de estos animalejos y, cuando uno ya casi lo ha logrado, vienen esos comanches y se lo roban. Ahora me he quedado a pie otra vez, precisamente después de haber gastado tres semanas en amansar a Nubbin.

–De modo que todos nos hemos quedado sin monturas, fuera de Nick, y ella está acostumbrada al trabajo del arado o al carro –dijo Travis.

–La usaremos para montar –dijo el padre–. Ensíllala, Travis, y ve si han dejado algunos caballos por el campo y tráelos. Vamos a seguir tras esos asesinos y ladrones. Quizá tengan en su poder a la abuela Sally Buchanan y a los mellizos, si es que no los han matado ya.

En unas dos horas, Travis volvió arriando unos ocho o diez caballos. Los comanches no los habían hallado.

–Estaban ocultos en el arroyo, en un socavón de la roca. Alrededor había muchos sauces –dijo.

Ya había caballos suficientes para marchar y la Sra. de Conway les preparó algunos alimentos para que llevaran durante el viaje. Thad contempló cómo se alejaban, sumido en una profunda tristeza. Ya había cumplido doce años y pensaba que podrían haberlo llevado.

Thad y su madre siguieron con las tareas domésticas, mientras Ben Atkins salía a dar una vuelta por el campo. Los jinetes de la partida cabalgaron durante dos días. Y entonces, el padre de Thad volvió a casa. Eran todo oídos para escuchar lo que había sucedido.

–Nos costó bastante encontrar la huella de los comanches –comenzó diciendo–. Cuando finalmente dimos con ella, se notaba que varios grupos se habían unido y se dirigían hacia el oeste, pero yo me sentía tan fatigado que debí volver. Me estoy poniendo viejo, y creo que demasiado viejo para andar tan lejos y luego tener que luchar con los indios –concluyó, y se dejó caer pesadamente en el sillón frente a la chimenea.

–Veo que trae algo de carne de búfalo en su montura –terció Atkins.

–Ayer encontramos algunos –dijo el padre–. Parecía como que hubiesen estado separados de la manada. Traje algunos costillares para mí. Los compañeros necesitaban lo demás. Les hubiera comenzado a escasear la ración si no hubiésemos conseguido esa carne. Los hombres de todos los ranchos de cincuenta y sesenta kilómetros a la redonda se nos reunieron en el arroyo. Todos están dispuestos a luchar si se topan con esos asesinos. Están encolerizados contra los indios por lo que hicieron con Lev Buchanan y su familia.

–Dime –preguntó su esposa–, ¿viste algunos comanches?

–No, no corrimos tras ninguno de ellos –respondió Conway–. Pero, como te dije, seguimos sus rastros. Llevan una gran cantidad de caballos con ellos, de modo que no es nada difícil seguirlos. Algunos rangers se nos unieron cerca de los Springs, acompañados por los exploradores de los tonkawa. Pero pudimos ver las enormes devastaciones que los indios habían hecho.

Sacudió su cabeza con tristeza y continuó diciendo:

–Encontramos una cierta cantidad de ganado de nuestra hacienda que había sido sacrificado. Solo habían tomado de cada animal muerto el hígado, el corazón y un poco de carne; a uno que otro le habían quitado también el cuero.

–Creo que no debemos culparlos demasiado por atacar a los blancos, ya que los estamos expulsando de sus tierras –comentó la madre–. Pero también es lógico, de parte de nuestros hombres, que traten de barrerlos.

–Podríamos vivir con ellos en buenos términos, tal como lo hacemos con los tonkawas, Sra.Luisa –agregó Ben Atkins–, si ellos lo quisieran. Hay abundancia de lugar para todos.

–Claro, si los comanches se establecieran en un lugar y trabajaran como lo hacemos nosotros –dijo el padre–. Los comanches han sido una plaga para todas las demás tribus, desde hace muchísimo tiempo, y los demás indios no sienten ninguna simpatía por un comanche, aunque en algunas ocasiones los kiowas se unieron con ellos para protegerse mutuamente.

Diez días después de que regresara Conway padre, Thad se dirigía al corral a ordeñar, cuando oyó cierto resoplido característico y, para su sorpresa, vio en la puerta del corral nada menos que a Cosita. Estaba allí, como si nada hubiera pasado, aunque su mirada era tristona como cuando se la habían traído. Thad pudo contarle las costillas; además tenía la boca lastimada y cojeaba de una pata. Parecía que apenas podía estar en pie.

Thad llamó a gritos a su padre y a su madre, y luego corrió y le echó los brazos al cuello a su amada potranquita.

El padre les había dicho que Reed y Giles se hallaban entre los rangers que se les habían unido para perseguir a los indios y que, cuando pasara todo aquello, vendrían por unos días a casa.

–Ojalá sea pronto –dijo suspirando la madre–. Temo por ellos.

Los indios parecían tener una ventaja de un día o dos sobre los blancos. Debían separarse en pequeños grupos por un tiempo y luego volver a reunir sus fuerzas a cierta distancia. El territorio era tan vasto y deshabitado que dar caza a una banda de comanches era como buscar una aguja en un pajar. Además, los indios se valían de tretas como arrear todos los animales un largo trecho por el agua, conducirlos por zonas rocosas o arenosas donde el viento pronto borraba toda huella.

No obstante, cierta mañana muy temprano, los rangers y los vaqueros sorprendieron a un pequeño grupo de comanches que habían acampado cerca de una aguada y dieron buena cuenta de ellos. Los sobrevivientes se dieron a la fuga y abandonaron a los animales. Uno de los blancos resultó seriamente herido. El mejor resultado del encuentro fue que se recuperó una buena cantidad de caballos robados, de los cuales muchos pertenecían a la hacienda de los Conway.

Poco tiempo después, los rangers fueron enviados a otro lugar de la región que había sufrido devastaciones. Los vaqueros volvieron a las haciendas con sus animales. Los Conway se enteraron de todo eso por las noticias de sus hijos Travis, Reed y Giles, y del peón Bynum.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
181 s. 36 illüstrasyon
ISBN:
9789877983333
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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