Kitabı oku: «Madurez escolar»
MADUREZ ESCOLAR
EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
Madurez Escolar
María Elena Gorostegui A.
María Isabel Chadwick W.
Neva Milicic M.
Mabel Condemarin G.
© Inscripción Nº 270.155
Derechos reservados
Septiembre 2016
ISBN edición impresa N° 978-956-14-1965-0
ISBN edición digital 978-956-14-2538-5
Diseño:
versión | producciones gráficas ltda.
Portada:
Paul Klee, fragmento de Insula Dulcamara
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Madurez escolar / Mabel Condemarín … [et al.]
Edición revisada y actualizada.
1. Madurez (Psicología) – en Lactancia y niñez.
2. Psicología del aprendizaje.
I. Condemarín, Mabel, 1931-2004.
2016 370.152 + DDC22 RCAA2

Nuestros agradecimientos a todos quienes nos acompañaron en este camino de repensar y enriquecer, lo que a estas alturas es un texto clásico para padres, profesores y otros profesionales que trabajan con niños. En especial, a la editorial que nos publica, representada en las personas de Angélica Zegers y Patricia Corona.
ÍNDICE
Prólogo
Primera ParteFUNDAMENTOS TEÓRICOS
Introducción
1.Madurez escolar, funciones básicas, aprendizaje inicial
1.1Cuatro enfoques teóricos del aprendizaje inicial
2.Factores que intervienen en la madurez escolar
2.1Edad
2.1.1Hallazgos empíricos
2.2Género
2.2.1Género y rendimiento escolar
2.2.2Diferencias en relación al género
2.2.3Desarrollo de la constancia de género
2.3Salud
2.3.1Las demandas para la salud pública
2.3.2Las demandas para el sistema escolar
2.4Recursos cognitivos
2.4.1Concepto de Coeficiente Intelectual (C.I)
2.4.2Las inteligencias múltiples
2.4.3Inteligencia emocional
2.4.4Inteligencia dinámica
2.4.5Teoría piagetana de la inteligencia
•Períodos o estadios del desarrollo de la inteligencia
2.5Lenguaje
2.5.1Desarrollo del lenguaje
2.5.2Lenguaje egocéntrico y socializado
2.5.3Etapas del desarrollo del lenguaje (cronológico)
2.5.4Aportes de la lingüística
2.5.5Comunicación y lenguaje en el jardín
2.6Desarrollo neuropsicológico
2.6.1Desarrollo del sistema nervioso central (SNC)
2.6.2Periodos críticos para el desarrollo cognitivo
2.6.3Desarrollo cerebral temprano. Neuroplasticidad
2.6.4Funciones ejecutivas y lóbulos frontales
•Atención. Control atencional
•Memoria operativa
2.7Desarrollo motor y psicomotor
2.7.1Psicomotricidad
2.8Desarrollo socioemocional
2.8.1Desarrollo socioemocional y control ejecutivo
2.8.2El apego materno
2.8.3El apego en el aula
2.8.4Ansiedad en la escuela
•Comportamientos ansiosos
•Fobia escolar
2.8.5Autoestima positiva
•Aportes teóricos
•Desarrollo de la autoestima
•La autoestima y la memoria afectiva
•La autovaloración y el jardín infantil
2.8.6Aprendizaje socioemocional en la escuela
3.El contexto psicosocial
3.1Deprivación sociocultural
3.2El hogar
3.2.1Estimulación ambiental excesiva
3.2.2Atmósfera emocional inadecuada en el hogar
3.2.3El impacto de las nuevas tecnologías de las comunicaciones
3.2.4Normas de convivencia y desarrollo psicosocial
•Normas morales en el niño
4.Las dificultades para aprender
-Base neurológica
-Políticas de Salud Pública
-Diferencias entre trastornos específicos y problemas generales para aprender
4.1Dificultades del desarrollo de lenguaje
4.1.1Trastorno específico de lenguaje (TEL)
4.1.2Trastornos del habla y dificultades de la comunicación a nivel pragmático (TDA/H)
4.2Trastornos específicos del aprendizaje de la lectura (TEA)
4.2.1Alfabetización inicial
4.2.2La especificidad del problema lector y el Efecto Mateo en la lectura
4.2.3Dislexia
•Indicadores tempranos de dificultades
•Pronóstico
•Otras dificultades de lectura
4.3Dificultades específicas de la escritura manuscrita (Disgrafía)
4.3.1Desarrollo y alteraciones de la escritura
4.3.2Diagnóstico diferencial
4.4Dificultades en el aprendizaje de las matemáticas (DAM)
4.4.1Desarrollo y DAM
4.4.2Causas y explicaciones
4.4.3Aportes de la psicología cognitiva
4.4.4Las dificultades escolares de las matemáticas
•Prevalencia
4.4.5El método Singapur
4.5Alteraciones y retrasos del desarrollo motor
4.5.1Trastornos del desarrollo de la coordinación motora
4.5.2Dispraxia del desarrollo
4.5.3Trastornos de aprendizaje del lenguaje no verbal (LNV)
4.6Trastorno del desarrollo por déficit atencional con hiperactividad (TDA/H)
4.6.1Desarrollo
4.6.2Definiciones
4.6.3Evaluación y diagnóstico
4.6.4El estilo cognitivo. Cómo aprende el niño TDA/H
4.6.5Sugerencias de manejo
4.6.6Uso de las nuevas tecnologías de la información
4.7Trastornos del espectro autista. Sindrome de Asperger
4.7.1Antecedentes históricos
4.7.2Desarrollo
4.7.3Implicancias y aproximaciones psicoeducativas
Segunda partePLAN DE DESARROLLO DE FUNCIONES BÁSICAS
Introducción
1.El juego y el humor: dos recursos metodológicos al alcance de todos
1.1El juego, el gran mediador
1.1.1Juego y afectividad
1.1.2Juego y desarrollo
1.1.3Otros aportes teóricos
1.1.4El juego, un derecho del niño
1.2El humor, el gran recurso
1.2.1La risa y la sonrisa como herramientas de socialización
1.2.2De qué se ríen los niños
1.2.3Funciones del humor en la sala de clases
1.2.4La pedagogía del humor
1.2.5¿Se puede educar el humor?
2.Lenguaje oral y escrito
2.1Plan de estimulación y desarrollo del lenguaje
2.1.1Inmersión temprana en el mundo letrado
2.1.2Aprendizajes en contextos significativos
2.2Plan de desarrollo fonológico, semántico y sintáctico
2.2.1Plan de desarrollo fonológico y conciencia fonémica
2.2.2Plan de desarrollo de vocabulario (nivel semántico)
2.2.3Plan de desarrollo sintáctico
2.2.4Programa de desarrollo basado en el modelo de Kirk y Mc Carthy (ITPA)
2.2.5Destrezas de escuchar
2.3Actividades iniciales de comprensión lectora
2.3.1Ejercicios estructurados de comprensión lectora inicial
2.4La literatura en el desarrollo del lenguaje escrito
2.4.1Decir y escuchar poesía y narraciones
2.5Los cuentos y la alfabetización emocional
2.5.1Desarrollo temprano de la lectura
3.Pensamiento
3.1Pensamiento lógico
3.1.1Expresión verbal de un juicio lógico
3.1.2Noción de conservación
3.1.3Noción de seriación
3.1.4Noción de clase
3.1.5Función simbólica
3.2Pensamiento creativo
3.2.1¿Cómo surge una idea creativa?
3.2.2¿Qué es la creatividad?
3.2.3Las condiciones del ambiente
3.2.4La creatividad en los niños
3.2.5Los mitos en torno a la creatividad
4.Percepción
4.1Percepción háptica
4.2Percepción visual
•Direccionalidad
4.3Percepción de formas
4.4Memoria visual
4.5Vocabulario visual
4.6Percepción auditiva
4.6.1Análisis fónico
5.Psicomotricidad
5.1Dimensión motriz. Coordinación dinámica
5.1.1La marcha
5.1.2Equilibrio dinámico y estático
5.1.3Juegos de adiestramiento motor
5.1.4Relajación
5.2Eficiencia motriz
5.2.1Técnicas gráficas: pictográficas y escriptográficas
5.3Programa de preescritura
5.4Programa de escritura inicial
5.5Esquema corporal
5.6Estructuración espacial
5.6.1Lateralidad y direccionalidad
5.6.2Plan de desarrollo de la estructuración espacial
5.7Estructuración temporal
6.Algunas consideraciones respecto de la zurdería
7.Estrategias computacionales al servicio del desarrollo infantil
Tercera parteESTRATEGIAS DE EVALUACIÓN
Introducción
1.Tendencias evaluativas actuales
1.1Evaluación auténtica
1.2Evaluación del desarrollo
1.3Evaluación dinámica
2.Técnicas y estrategias de evaluación
2.1Ficha general de antecedentes
2.2Datos de identificación
2.3El Genograma
2.4Descripción del niño
2.5Desarrollo
3.Los instrumentos de evaluación. Generalidades
4.Evaluación de las funciones atencionales, memoria y ejecutivas
4.1Evaluación de las funciones atencionales
4.1.1Subprueba Retención de Dígitos WISC 3
4.1.2Prueba Perceptiva y de Atención de Toulusse-Pièron
4.1.3Test de Percepción de Diferencias (Test de Caras)
4.1.4Test Atención Continua Auditiva para Preescolares
4.1.5Test Ejecución Continua para Niños Preescolares
4.1.6Algunas aplicaciones a la situación de aprendizaje
4.2Evaluación de la memoria operativa o de trabajo
4.2.1Retención de dígitos y aritmética (Wisc III)
4.2.2Prueba de palabras de Rey
4.2.3Test de Aprendizaje Auditivo o Verbal para niños CAVLT-2
4.2.4Test Conductual de Memoria de Rivermead para niños
4.2.5Casita de animales (WPPSI)
4.3Inhibición y control de la impulsividad
4.3.1Test de Tapping de Luria
4.3.2Test Noche-Día
4.4Evaluación de las capacidades de organización y planificación
4.4.1La Torre de Londres (TOL)
4.4.2Torre Nepsy
4.4.3Test de Laberintos de Porteus
4.4.4Figura Compleja de Rey
4.5Evaluación de la fluidez verbal y visual
4.6Evaluación de capacidades de flexibilidad cognitiva
4.6.1Test de Clasificación de Tarjetas de Wisconsin
4.6.2Test de evaluación neuropsicológica infantil (TENI)
5.Baterías de funciones básicas
5.1Metropolitan Readiness Test
5.2Batería de Pruebas de Integración Cerebral Funcional Básica
5.3Test de Desarrollo Psicomotor (T.E.PS.I.)
6.Pruebas de organización psicomotora
6.1Esquema corporal
6.1.1Test de Goodenough
6.1.2Prueba de Imitación de Ademanes
6.2Habilidad manual
6.2.1Prueba de Punteado
6.2.2Prueba de recorte para niños pequeños
6.3Lateralidad
6.4Estructuración témporo espacial
6.4.1Batería Piaget-Head
6.4.2Reconocimiento social del tiempo
6.4.3Pruebas de ritmo
7.Baterías de psicomotricidad
7.1Baterías de Kephart
7.2Batería de Ozeretski-Guilmain
8.Pruebas perceptivas
8.1Evaluación de la Percepción háptica
8.1.1Evaluación de la estereognosia según Piaget
8.2Evaluación de la función visoperceptiva
8.2.1Test de Bender
8.3Percepción auditiva
8.3.1Adaptación del Test de Wepman
9.Pruebas de lenguaje
9.1Test de habilidades psicolingüísticas de Illinois (I.T.P.A.)
9.2Test de lenguaje de Suzanne Bore-Maisonny
9.3Test de lenguaje de Denise Sadek-Khalil
9.4Prueba de Habilidades Metalingüísticas de Tipo Semántico
10.Pruebas del desarrollo lógico-matemático basadas en la teoría de Piaget
10.1Noción de conservación
10.1.1Prueba de conservación de cantidad continua
10.1.2Prueba de conservación de colecciones en correspondencia
10.2Noción de seriación
10.2.1Prueba de seriación simple
10.3Noción de clase
10.3.1Cuantificadores
10.3.2Prueba de Inclusión (composición aditiva)
10.3.3Prueba de Intersección simple
10.3.4Prueba de clasificación múltiple
10.4Prueba de precálculo (Milicic-Schmidt)
11.Evaluación de la Autoestima escolar
11.1Evaluación clínica de la autoestima escolar
11.2Síntesis de tests y baterías seleccionadas
PRÓLOGO
“Este libro ha sido concebido para ser aplicado, de preferencia, a los niños en edad preescolar. Conscientemente no se ha querido establecer una línea demarcatoria entre lo normal y lo desviado de la norma; entre niños sin problemas o con trastornos de aprendizaje. El contexto de una educación personalizada pretende que el educador elabore un programa educativo que considere tanto las áreas deficitarias del niño, como las integradas, basada en un diagnóstico de su nivel de desarrollo”
“Sustentamos en estas páginas que la estimulación es eficaz para el desarrollo de la madurez escolar en determinado momento, es decir, cuando las estructuras mentales están preparadas para recibir”.
“….la posibilidad de que el niño exprese el máximo de su potencial, depende sin duda, de las circunstancias ambientales: las estrategias aquí planteadas, serán tanto más eficaces en cuanto sean aplicadas a niños aventajados desde el punto de vista físico, psicológico y social. Sin embargo, tenemos esperanzas en que estas técnicas puedan llegar a través de los educadores a los niños con deprivación psicosocial, quienes constituyen el porcentaje más alto de repitencia y deserción en el sistema escolar vigente. Respecto a esto último, estamos conscientes que la simple aplicación de este tipo de estrategias educativas no determinará el éxito escolar de los niños de escasos recursos. Para ello, será necesario mejorar las condiciones de salud, nutrición, vivienda, hábitos y otras, que tipifican el problema complejo e intergeneracional de la pobreza”
“Para que las tareas implicadas especialmente en el rubro de desarrollo de funciones básicas sean efectivas, deben ubicarse en un contexto de relación entre el educador y el niño, entre ambos y el grupo, con predominio del afecto y la mutua simpatía. Sólo bajo esta dimensión emocional, las técnicas de desarrollo adquieren significado y pasan a constituir un elemento participante de una experiencia vivida”*.
Los párrafos seleccionados, corresponden a la presentación de la primera edición de Madurez Escolar. Han pasado ya más de 35 años, pero la vigencia de las ideas que se exponen, justifica detenerse en su lectura.
En primer lugar, se aboga por eliminar diferencias que separan a los niños con problemas para aprender, de los que no lo tienen, entre niños que se ajusten a la “norma” y los que desvíen de ella. En unas pocas líneas se dibuja con claridad y decisión, lo que más tarde irrumpiría en las teorías y las políticas educacionales con distintos nombres: necesidades educativas especiales, integración, inclusión…
Luego, una afirmación que en ese momento podía no ser comprendida en todas sus implicancias, referida a la oportunidad y el debido momento en que el niño deba recibir la estimulación: ni antes ni después de que sus estructuras mentales estuvieran preparadas para recibirla. Faltaba todavía algún tiempo y muchos resultados de estudios neurobiológicos que confirmaran la existencia de ventanas de oportunidad en el desarrollo, es decir, momentos de máxima plasticidad neuronal para aprender determinados contenidos. Pero ya estaba presente la intuición y la sensibilidad del educador.
Y luego, una verdadera declaración de principios, explícitamente expuestos. Se plantea que aun siendo importantes, las estrategias y metodologías no son suficientes por sí mismas ni tienen mayor significación para trabajar con niños socialmente deprivados. “Para ello, será necesario mejorar las condiciones de salud, nutrición, vivienda, hábitos y otras, que tipifican el problema complejo e intergeneracional de la pobreza”. Hoy nadie pondría en tela de juicio una afirmación como ésa. No obstante, en su momento y en su contexto, no se trataba de una afirmación cualquiera: corría 1978, en Santiago de Chile.
Estas ideas, cuya vigencia hoy es indiscutible, fueron escritas hace más de 35 años, en un momento en que todavía eran vanguardistas respecto del discurso y las ideas pedagógicas vigentes en Chile. Es ideas, como no, están presentes en esta nueva edición revisada que presentamos, como también sigue viva en estas páginas, la voz y la presencia de Mabel Condemarín.
En momentos en que la discusión en mayor o menor medida giraba en torno a la efectividad de las distintas metodologías, a la discusión de los método, a las técnicas y estrategias para enseñar, Madurez Escolar apunta a la importancia de la dimensión emocional y el contexto relacional en que transcurre el acto educativo, de la relación y los afectos entre el educador y el niño, entre ambos y el grupo, en forma transversal a contenidos y metodologías.
En relación a los contenidos de Madurez Escolar en su versión original, la revisión implicó desechar algunos que habían sido superados por estudios e investigaciones pedagógicas, psicológicas, psicoeducativas y otras, pero básicamente, implicó incorporar los hallazgos y aportes de la neurobiología, para explicar la forma en que los niños aprenden –o no aprenden– y su enorme impacto en la construcción del cerebro, como plantearía más tarde Siegel (2014). Estos hallazgos amplían el rango de intervenciones posibles y enriquecen la metodología, las técnicas de los actores involucrados en el acto de enseñar: educadores, profesores, psicopedagogos, fonoaudiólogos, terapeutas, y como no, mamás y papás.
Se mantuvieron algunos temas y autores ya clásicos, que aportan material de lectura y herramientas de intervención no superados hasta el momento. Nos referimos a Piaget, Feurstein, Montessori, Ozeretski, Riviére, Rogers, Stamback, Vygotski, por nombrar solo algunos.
Se incorporan temas actuales en relación a reforma educacional chilena, que se relacionan con la inclusión de todos los niños en el sistema educacional.
Se sugieren formas de evaluación, destinadas a facilitar y orientar los programas de intervención, rehabilitación o simplemente de apoyo a los niños en sus aprendizajes y preparación para el ingreso a la Educación Básica.
En fin, se suman temas que aportan a la tarea del Jardín Infantil (y de la escuela en general). Nos referimos al desarrollo de la creatividad, de los valores, al juego en todas sus formas y al sentido del humor.
El libro está organizado en tres partes. La primera, presenta los Fundamentos Teóricos, donde se exponen los principios, las grandes ideas, los contenidos que dan sentido y coherencia al texto. La segunda parte, y consecuente con los temas expuestos, presenta (o más bien propone) Planes de Desarrollo de Funciones Básicas para la etapa de aprendizaje formal que deberá iniciar el niño. Y finalmente, una tercera parte dedicada a Estrategias de Evaluación, algunas formales y otras informales, que permitirán al educador familiarizarse con algunos instrumentos, pruebas, tests o procedimientos evaluativos, destinados a complementar y enriquecer su tarea.
Al igual que en la primera edición, mantenemos inalterable el propósito de “elaborar una síntesis entre teoría y práctica, acompañando los distintos rubros con justificaciones teóricas y estrategias sobre la base de tareas de desarrollo, traducidas en sugerencias de actividades, programas, recomendaciones y materiales didácticos que permitan su realización. No hemos pretendido dar aportes inéditos ni originales, sino que nos limitamos a transmitir el ordenamiento y selección –con un intento de definición– de una experiencia de años en el campo del diagnóstico, la reeducación y la docencia”.
Esperamos haberlo logrado, en el bien entendido de que este trabajo constituye el mejor homenaje que podíamos hacer a la memoria y al legado de Mabel Condemarín.
*Condemarín, M., Chadwick, M., Milicic, N. (1978) Madurez Escolar. 1a Edición, Santiago: Ed. A. Bello.
PRIMERA PARTE
INTRODUCCIÓN
Conceptos tales como factores, funciones o condiciones básicas para el aprendizaje, destrezas y habilidades preacadémicas, aprendizaje inicial, alfabetización inicial, aprestamiento, y sin duda, madurez escolar, coexisten en la literatura a veces incluso como sinónimos, con mayor énfasis en unos u otros dependiendo del enfoque teórico que se trate. No obstante, aunque no es el objetivo de este libro la conceptualización teórica de similitudes y diferencias de estos términos, sí es necesario realizar algunas distinciones. Desde una mirada ecosistémica, abordar en forma independiente cada uno de los factores que intervienen en la madurez para el aprendizaje, sólo se justifica como un recurso para organizar la presentación. Lo cierto es que cada uno de los procesos, factores y funciones señalados, interactúa con los otros, los modifica y a la vez es modificado por ellos, en una relación dinámica y cambiante. Se trata entonces, de una relación circular, en que cada elemento es simultáneamente causa y efecto, en una relación causal circular, retroalimentada.
Estos factores y funciones adquieren distintos significados, se validan, se potencian o se anulan, en relación al contexto en que ocurren: contexto familiar, escolar, comunitario, de país, entorno sociocultural, entorno afectivo, momento histórico, económico y político. Los elementos nombrados interactúan formando una espiral ascendente y descendente, en que cada uno es afectado y a la vez afecta al todo.
1.MADUREZ ESCOLAR, FUNCIONES BÁSICAS, APRENDIZAJE INICIAL
El concepto de madurez para el aprendizaje escolar planteado operacionalmente en este libro, se refiere a la posibilidad de que los niños y las niñas hayan alcanzado un nivel de desarrollo físico, psíquico y social que les permita enfrentar adecuadamente el ingreso a la educación básica. La madurez para el aprendizaje escolar se construye gracias a la permanente interacción de factores internos y externos. Su dinamismo interior le permite madurez anatómica y fisiológica al niño, pero solo se alcanza en la medida que le sean proporcionadas las condiciones nutricionales, afectivas y de estimulación indispensables.
Tradicionalmente se ha entendido por madurez para el aprendizaje escolar la capacidad que aparece en el niño de apropiarse de los valores culturales tradicionales junto con otros niños de su misma edad, mediante un trabajo sistemático y metódico. El concepto de madurez, tomado de la biología en cuanto sinónimo de maduración, y de la psicología, en el contexto de madurez emocional, está implícito en el significado, en las connotaciones que Remplein (1966) le asigna al término hace más de 50 años. Más aún, el concepto sigue vigente el día de hoy: el niño debe estar preparado, maduro, para enfrentar el enorme desafío de apropiarse de los valores culturales tradicionales junto con otros niños, vale decir, en una sala de clases. ¿Y qué implica eso? Que debe ser capaz de separarse de su hogar por períodos de tiempo más largos, de relacionarse con otros niños y trabajar junto a ellos –ya no solo de jugar con ellos– y que deberá desarrollar un tipo de trabajo sistemático y metódico. ¿Cómo lograr todo eso?
En la literatura especializada, este concepto aparece bastante homologado con la noción de aprestamiento, término derivado del readiness angloamericano. La diferencia entre ambos términos estriba en que el concepto madurez se refiere al aprendizaje en general, mientras que aprestamiento implica un estar listo para un determinado aprendizaje, incluyendo específicamente, el tiempo y la manera en que ciertas actividades deberían ser enseñadas y no solo al despliegue interno de las capacidades.
La madurez escolar, requiere aprestamiento, readiness, madurez para el aprendizaje de la lectoescritura, determinados logros en el desarrollo emocional, relacional y cognitivo; pero además requiere del niño otros desarrollos para responder a las demandas de la cultura hoy. Ya no basta con la madurez escolar definida por Remplein: hoy se debe sumar inteligencia emocional (Goleman, 1996, Zins, 2011, Extremera, 2003) creatividad (Milicic et al., 2008; Spitzer, 2012; Burkus, 2014), destrezas de manejo computacional básico (Manes et al. 2015) por nombrar solo algunas demandas.
El término funciones básicas para el aprendizaje designa distintos aspectos del desarrollo biopsicológico y social del niño, que al evolucionar condicionan y favorecen el logro de determinados aprendizajes. Desde esta mirada, las funciones básicas siguen siendo un elemento fundamental de la madurez escolar. La mayor parte de estas funciones básicas a nivel de conducta se dan íntimamente relacionadas y con un considerable grado de superposición, no obstante este concepto resulta operacional para tareas de evaluación y diseño de programas educativos.
El desarrollo neuropsicológico del niño, a la base del logro de dichas funciones, surge los últimos años como un tema central en los estudios sobre la madurez del niño para iniciar aprendizajes escolares sistemáticos. Este desarrollo ha sido facilitado por los avances tecnológicos en el campo de la neurosicología, que han permitido observar directamente el funcionamiento del cerebro humano, lo que hasta hace muy pocos años era imposible (Ardila et al., 2012, Soprano, 2009, Damasio, 2006, Zull, 2004). En relación al gran tema de la madurez escolar y de las funciones básicas para el aprendizaje, la descripción de las funciones ejecutivas abre importantes espacios y aporta elementos claves a la metodología (Zelazo, 2007), más aún si se considera que las funciones ejecutivas pueden educarse, desarrollarse y entrenarse y que cuanto antes se inicie el proceso, mejores serán los resultados (Diamond, 2015).
Pianta y Cox (1999) establecen que la noción de aprendizaje inicial es necesaria para entender y describir las necesidades educacionales del niño que transita desde el jardín infantil a la educación básica, enfatizando la importancia de que la educación para los niños pequeños garantice que todos ellos ingresen a la educación básica preparados para aprender. Se releva la importancia de las habilidades del niño, pero además, el rol de la familia, la escuela y la comunidad como factores para promover el éxito escolar, concluyendo que una alta calidad de educación parvularia puede garantizar el desarrollo de las competencias del niño a lo largo de su escolaridad.
Respecto del aprendizaje inicial, por ejemplo en el caso de la lectura, se requiere maduración en varios aspectos, entre otros, que el niño posea una edad visual que le permita percibir con claridad estímulos tan pequeños como las letras. Requiere también un nivel de maduración de la percepción auditiva que le permita discriminar sonidos tan próximos como el de un fonema y otro, y los sonidos individuales que conforman la palabra. Vale decir, un nivel de conciencia fonémica tal, que le permita hacer la correspondencia entre los sonidos del habla y los signos que los representan en la palabra escrita. En el caso de la escritura, el niño debe haber alcanzado un adecuado desarrollo de la motricidad fina, especialmente a nivel de la disociación de movimientos de manos y dedos, una regulación tónico-postural general, como también un desarrollo del lenguaje que le permita comprender lo que escribe, así como transmitir significados. Al igual que en la lectura, la escritura requiere madurez intelectual que le permita manejar las letras como símbolos y dominar la estructuración espacio-temporal necesaria para su codificación y decodificación (Galaburda, 2011, Bravo et al., 2002).
Johnson y Myklebust (1968) acuñaron ya en la década de los sesenta el concepto de estados múltiples de aprestamiento, que apunta a una idea diversificada y no unitaria del concepto. Así, un niño hiperactivo podría estar listo para aprender a leer desde el punto de vista de sus funciones lingüísticas, perceptivo-visuales y auditivas, pero podría ser incapaz de adaptarse a la estimulación social de sus iguales en edad, en la situación de sala de clases. Similarmente, un niño con un adecuado control de sus conductas motoras podría aprender a leer atendiendo a esas funciones, pero no estaría listo desde el punto de vista de su percepción y discriminación auditivas, o desde su desarrollo de lenguaje. Según estos autores, si un niño presentara inmadurez en un área circunscrita y limitada, no sería lícito postergar reiteradamente su ingreso al colegio, ya que existiría la posibilidad de compensación a través del desarrollo logrado en otras áreas. Para ellos, madurez escolar constituye un concepto globalizador que incluye estados múltiples de aprestamiento. No existiría entonces una edad estándar ni un estado de madurez general que garantizara el éxito del aprendizaje escolar formal, sino niveles de desarrollo de funciones psicológicas básicas, que no necesariamente maduran a la misma velocidad y que son susceptibles de ser perfeccionados.
El concepto de estados múltiples de aprestamiento, a la altura del desarrollo de la neurobiología en los años 60, se define a partir de una genial intuición de los autores, basada en la observación de las conductas de los niños. No obstante, en la actualidad, dicho concepto cobra relevancia al estar respaldado por importantes estudios empíricos que comprueban su validez (Ardila, 2012, Forster, 2012). La importancia de este concepto radica en que ya no es posible hablar de madurez escolar como un concepto unitario y global, sino como un sistema de funciones interrelacionadas, que no necesariamente avanzan al mismo ritmo y velocidad. Esta idea, así concebida, impacta significativamente la metodología, las tareas de desarrollo y los criterios de evaluación que se proponen en este libro.
1.1Cuatro enfoques teóricos del aprendizaje inicial
En las últimas décadas, el concepto de aprestamiento (aprendizaje inicial) ha sido muy investigado, sin haber logrado mayor consenso en la literatura sobre su importancia como factor del aprendizaje de la lectura. Por otra parte, la definición de aprestamiento sigue siendo elusiva para muchos. Para una mejor comprensión convendría contextualizarlo dentro de los distintos marcos teóricos que entrega la literatura especializada: idealista/nativista; empiricista/ambientalista, constructivista social e interaccionista.
a)Idealista/nativista. Un punto de vista común de aprestamiento sostiene que los niños están listos para comenzar su escolaridad cuando alcanzan un nivel de madurez que los capacita para mantenerse quietos, concentrarse en su trabajo, compartir con sus pares de manera socialmente aceptable y aceptar las instrucciones dadas por los adultos. El desarrollo estaría solo marginalmente influenciado por fuerzas externas, siendo factores endógenos, estrechamente relacionados, los que controlan la conducta y el aprendizaje. Más que focalizarse sobre el impacto de factores externos tales como crianza, ambiente socioeconómico, input educacional y otros factores sociales, esta perspectiva privilegia las dinámicas internas del niño.
Descrito metafóricamente, las perspectivas nativistas postulan la existencia de un reloj interno dentro del niño que continúa avanzando pese a las experiencias que le rodeen. Desde ahí, el rol de los educadores sería facilitar el natural desenvolvimiento del niño, tal como Platón describe que la tarea del educador es cuidar un jardín con el fin de que maduren las semillas allí plantadas. Smith y Shepard (1988) llaman este enfoque innatist, dado que sostiene que todas las funciones del organismo, incluyendo las mentales como la percepción, son más innatas que adquiridas a través de los sentidos. En resumen, habría que decir que los niños están listos para aprender cuando ellos están listos y no habría un cronograma común para todos. Es poco lo se podría hacer para acelerar el proceso.
b)Empiricista/ambientalista. Se focaliza en la evidencia externa del aprendizaje, de manera que el aprestamiento se evidencia en la conducta del niño: si conoce colores, formas, la dirección de la casa, deletrea su nombre, cuenta hasta 10, denomina las letras del alfabeto, se comporta de manera educada, más allá de focalizarse en la estructura mental del niño.
Esta perspectiva también es conocida como un modelo de trasmisión cultural y asume que el desarrollo del niño puede ser controlado casi totalmente por eventos y condiciones que dominan en su mundo social y cultural. El aprestamiento escolar es caracterizado por un modelo de destrezas acumulativas y secuenciadas que muestran una jerarquía de tareas que culminan en una final, en la cual las tareas intermedias no pueden ser dominadas antes que la meta haya sido lograda (Gagné, 1970).
c)Constructivista social. Este modelo define aprestamiento como un conjunto de ideas o significados construidos por personas en comunidades, familias y escuelas en cuanto ellas participan en la experiencia del jardín infantil. Estas ideas provendrían de los valores de la comunidad en la cual el niño está viviendo. El estatus de desarrollo por sí mismo no determinaría el aprestamiento porque las destrezas y habilidades necesarias para el éxito escolar varían sustancialmente de una escuela a otra o aun de una sala de clases a otra. Un conjunto de expectativas escolares tendrían una considerable variación en las destrezas y habilidades específicas que dirigen hacia un desempeño exitoso en la escuela (Love, 1995).
En otras palabras, la perspectiva constructivista social sobre el aprestamiento se aleja de las definiciones absolutas y se focaliza en el contexto situacional para su definición de aprestamiento. Un niño puede estar listo en una comunidad o aun para una escuela de una misma comunidad, pero podría no estar listo para otra escuela o comunidad.
d)Interaccionista. Esta perspectiva incorpora información acerca del niño como también sobre el medio dentro del cual él se ha criado y es enseñado. Considera el aprestamiento como un concepto bidireccional que integra el aprendizaje del niño y las capacidades de la escuela para satisfacer las necesidades individuales de sus estudiantes. Meisels (1996) afirma que el aprestamiento y el rendimiento escolar son conceptos bidireccionales que se focalizan tanto en las destrezas y habilidades comunes de los niños como en las condiciones del ambiente dentro del cual el niño es criado y enseñado.
Dado que los diferentes niños están preparados para experiencias diferentes y diferentes niños responden de manera diferente a estímulos ambientales aparentemente similares, el aprestamiento es un término relativo. Aunque pueda ser aplicado a niños individualmente, no es algo inherente al niño ni al currículo. Es el producto de la interacción entre las experiencias previas del niño, sus características genéticas y su estatus maduracional, más el rango total de experiencias ambientales y culturales que ellos encuentran en su medio.
Este modelo integra tanto las contribuciones del niño como los aportes que le hace la escuela. Está dirigida hacia posibilidades futuras más que a deficiencias pasadas. Está basada en un compromiso de apoyar a que los niños lleguen a ser buenos estudiantes y sugiere que el éxito educacional dependerá de la emergencia de una relación recíproca entre la escuela y los niños.
2.FACTORES QUE INTERVIENEN EN LA MADUREZ ESCOLAR
Tanto investigadores como teóricos han tratado de determinar las relaciones entre un gran número de variables y la madurez para el aprendizaje escolar. Es difícil ponderar la importancia de cada factor en particular, debido a que como ya se dijo, ninguno opera en forma aislada y porque otras variables que pueden afectar la madurez no se identifican fácilmente.
Los siguientes, son algunos factores que aparecen como más directamente relacionados con los primeros aprendizajes:
a)Características personales y del desarrollo del niño, como edad, recursos cognitivos, género, condiciones de salud, desarrollo neurológico, desarrollo motor, de lenguaje y presencia o ausencia de dificultades de aprendizaje que podrían pesquisarse ya en el jardín.
b)Condiciones que dicen relación con su entorno familiar, escolar y social.
c)Funciones afectivas y de integración social, relacionadas con el desarrollo personal que constituyen objetivos educacionales transversales.
d)Temas emergentes de alta significación en la madurez emocional, social y de comportamiento del niño como para ingresar a la educación básica formal, tales como su comportamiento lúdico, su creatividad, su humor.
A continuación se presentan los principales factores avalados por la investigación y la práctica y en relación a los cuales, sin agotar las posibilidades, hay bastante acuerdo en la literatura. Aún cuando ninguno de estos factores debería ser abordado en forma independiente de los otros (con los cuales interactúa), se irán abordando uno a uno para facilitar la exposición.
2.1Edad
No hay consenso en la literatura sobre el momento en que los niños están maduros para iniciar el aprendizaje escolar. En la mayoría de los países, la edad cronológica es el requisito de ingreso mientras otros adoptan el criterio de edad mental. Aparentemente, la edad cronológica como tal, constituiría un aspecto poco significativo en la madurez escolar y la mayor parte de los investigadores parecería estar de acuerdo con que la edad mental está más relacionada al éxito en las tareas de aprendizaje.
No obstante, si bien es cierto que la edad cronológica aparece como un factor no central de la madurez escolar, no debe desconocerse su importancia. Johnson y Myklebust ya en la década de los 60 (1968) planteaban que ciertos tipos de habilidades y rendimientos varían sobre la base de la edad cronológica y del grado escolar, de manera que el aprestamiento para la adquisición del lenguaje escrito y la aritmética, dependerían no solo de la capacidad mental sino también de la maduración física y del aprendizaje escolar previo.
La afirmación categórica de que determinada edad mental constituye el punto de partida para iniciar determinado aprendizaje puede conducir a subestimar la importancia de algunos factores tan esenciales como los programas de aprestamiento, como es el caso del contexto sociocultural de donde proviene el niño, el sistema escolar y la motivación. Estas consideraciones pueden conducir a que el profesor considere que todo niño con una edad mental determinada estaría maduro para el aprendizaje, sin evaluar sus funciones cognitivas básicas, su afectividad y su nivel de adaptación social.
El concepto de edad mental constituye un concepto teórico que determina si un niño cumple, en promedio, el 75% de los comportamientos o conductas psicológicas correspondientes a una determinada edad de desarrollo. Sin embargo, dos niños con una misma edad mental pueden presentar niveles diferentes de comportamiento. Así, por ejemplo, un niño de cinco años de edad mental puede estar, en algunas funciones del desarrollo, en una edad de tres años en el límite inferior y en otras, en una edad de siete años, en el límite superior. En tanto, otro niño puede no sobrepasar en ninguna área los cinco años de edad mental, pero tampoco presentar ningún rendimiento bajo los cinco años. El primer caso correspondería a un desarrollo disarmónico y el segundo, a un desarrollo armónico.
Es entonces indispensable, al examinar los resultados de test psicométricos que determinan la edad mental de un niño, analizar los factores que consideró el autor para construirlos y ver de qué manera éstos se relacionan directamente con los primeros aprendizajes. Puede darse también el caso de que la edad mental obtenida mediante dos instrumentos psicométricos no sea la misma que la edad cronológica, lo que determina diferencias claves para el cálculo del Coeficiente Intelectual, ya que el C.I. 100 corresponde a una coincidencia entre la edad mental y el rendimiento en pruebas de inteligencia estandarizadas del 75% de los niños de esa misma edad y características.
2.1.1Hallazgos empíricos
El estudio efectuado en Francia por Leroy Boussion en la década de los 70 (1971) constituye un llamado de alerta para los padres y educadores que inician precozmente en el aprendizaje escolar a los niños considerados como brillantes. El estudio comparó a niños de C.I. 120-140 que habían empezado a leer a los cinco años, con otros de igual inteligencia que habían iniciado su escolaridad a los seis años. A partir de este estudio concluyó que los niños adelantados de curso por el hecho de ser lectores, presentan menor resistencia a la fatiga, menor capacidad de atención y, sobre todo, una mayor lentitud en la escritura manuscrita que sus compañeros de igual C.I., pero con más edad cronológica.
Lo anterior debe ser tomado en consideración al momento de decidir la entrada del niño a la escuela básica, especialmente en los casos en que cumple años en fechas muy cercanas a los límites de corte establecidos para el ingreso. En esos casos, la discusión es si adelantar el ingreso (a veces se trata solo de días) y que el niño sea el menor de su curso, o esperar al año siguiente, en que el niño pertenecerá al grupo de los mayores. El deseo de los padres de adelantar el ingreso se asocia generalmente a niños aventajados en rendimiento en relación a sus pares del Jardín. Sin embargo, el hecho de adelantar el ingreso, por lo general unos meses, afecta no solamente el primer año, sino que los efectos continúan durante los años siguientes, y en especial, durante la pubertad y la adolescencia, cuando las características dependientes de la maduración constituyen signos de status en los grupos y ayudan a consolidar la autoestima en relación, por ejemplo, a su físico.
Durante el primer año puede ocurrir que el niño incluso supere a sus compañeros en una serie de aprendizajes, no obstante, es muy difícil que destaque en otras áreas significativas de su desempeño escolar, tales como deportes, liderazgo o su capacidad de integrarse a los grupos. Más aún, nada garantiza que su buen rendimiento se mantenga a lo largo del ciclo básico. El postergar el ingreso a la enseñanza básica por los motivos señalados, no debe limitar las oportunidades de desarrollo cognitivo, o de continuar aprendizajes en niños de C.I. alto en el jardín infantil (Nilo, 1953).
Dentro de los variados diseños metodológicos utilizados para determinar la edad en que el niño está preparado intelectual y emocionalmente para ingresar al sistema escolar formal, destaca el realizado por D. Stipek (2009). Se compararon niños de la misma edad (con meses de diferencia) y del mismo curso. Los resultados no reportan diferencias importantes entre niños que ingresan a la escuela apenas cumplen la edad y aquellos que retrasan su ingreso (por diversas razones). En cuanto a las diferencias atribuibles a la edad, se aprecian diferencias a favor de los niños mayores en los primeros años, las que van disminuyendo para finalmente desaparecer al finalizar la enseñanza básica. Incluso en los primeros años, aun cuando se aprecien diferencias, estas no son significativas. Por otra parte, aceptando que el desarrollo intelectual de un niño pudiera ser superior al de otros niños de su edad, ello no valida la opción de adelantarlo de curso, ya que nada garantiza igual desarrollo emocional y social y nada justifica entonces el estrés de incluirlo en un curso de niños mayores que él. Adicionalmente, el citado estudio concluye que otros factores, por ejemplo, el impacto del factor socioeconómico, resultó 13 veces superior al de la edad (Cahan et al., en Stipek, 2009).
Un estudio realizado en British Columbia, Canadá, por Morrow y cols (2012) en una muestra en 481.241 niños cuyas edades fluctuaban entre los seis y doce años, mostró que tenían significativamente más riesgos de ser diagnosticados y tratados por Síndrome por Déficit Atencional aquellos niños que eran los más pequeños de su curso, que los que eran mayores. Esto apunta a la importancia de los factores emocionales, en la mayoría de los casos dependientes de la maduración, por sobre el factor intelectual por sí solo en el rendimiento. Esto viene según los autores, a ratificar el efecto de la edad en los aprendizajes y en el desempeño escolar, y a desincentivar los intentos de adelantar la edad de inicio de los aprendizajes formales.
El desarrollo psicológico se caracteriza por ser un proceso continuo de acceso a sucesivos niveles de complejidad en las habilidades psicológicas y emocionales, sin un corte en la evolución alrededor de los seis años que coincida con el ingreso del niño al primer año. No se trata de un proceso continuo y sincrónico de maduración de funciones, por lo tanto al momento del ingreso a la escolaridad básica, puede exhibir distintos logros del desarrollo en relación a sus competencias y capacidades para enfrentar ese desafío (Bravo, 2003).
En síntesis, sin que haya acuerdo absoluto entre los investigadores, la evidencia apunta a que alrededor de los seis años, la edad por sí sola no constituiría un factor predictivo significativo para el éxito académico.
2.2Género
Es sabido que las diferencias de género responden no solo a factores biológicos, sino también a diferentes estilos de socialización de niñas y niños. Desde esa perspectiva, resulta relevante presentar algunos hitos de la investigación comparada sobre el tema del rendimiento escolar de niñas y niños, en los primeros grados.
2.2.1 Género y rendimiento escolar
Históricamente, las diferencias de rendimiento entre niños y niñas aparecen significativas en relación con el crecimiento y la maduración para el aprendizaje escolar. La revisión de investigaciones muestra algunas evidencias, por ejemplo, acerca de que los niños maduran después que las niñas y que estas, como grupo, aprenden a leer primero. En un estudio ya clásico, Sister María Nila (1953) sometió a test de aprestamiento individuales y colectivos a 300 alumnos durante la primera semana de iniciación del año escolar. Los resultados mostraron que tanto el grupo de niños como el de niñas, estaban en igualdad de condiciones para aprender a leer; no obstante, una evaluación al final del período muestra que los resultados de las niñas eran superiores a los de los niños.
Otro estudio clásico, muy concluyente considerando el tamaño de la muestra utilizada (Prescott, 1955), aporta evidencia en la misma línea del anterior. Basado en resultados del Metropolitan Readiness Test, aplicado a una muestra de 7000 niños e igual cantidad de niñas, al comienzo del primer grado, confirma la superioridad de las niñas en grupos pareados por edad cronológica.
En la década de los 80, J.H. Block (1983) presenta los resultados de una revisión bibliográfica sobre las diferencias ligadas al género en niños y niñas y ordena sus hallazgos en varios dominios en los que encuentra bastante consenso entre los investigadores, en el sentido de que los niños presentan niveles superiores de actividad: son más aventureros, más proclives a accidentes y hacen más conductas exploratorias que las niñas. Son más agresivos y presentan menos control de impulsos, más impacientes y con más dificultades para postergar la satisfacción inmediata de sus necesidades; se arriesgan más y son menos tolerantes a la frustración.
Las niñas son más miedosas, ansiosas e inseguras y menos confiadas en sí mismas para resolver problemas o para actuar con éxito en situaciones desconocidas. Como resultado, se comportan en forma menos competitiva y no se exponen al riesgo o desafío en tareas que consideran superiores a sus posibilidades (Gorostegui y Dörr, 2005). Ellas tienden a subestimar sus niveles de rendimiento y no se motivan por el desafío o la competencia que involucra la tarea, lo que podría relacionarse con una mayor necesidad de filiación, en conflicto con su necesidad de logro. Cuando el logro amenaza la aceptación interpersonal, surge la ansiedad.
Paralelamente, a las niñas la aceptación de los adultos les importa más que a los niños (Block, 1983) quienes muestran más sentimientos de eficacia personal y menos desesperanza aprendida en situaciones de estrés. En las escalas de personalidad, ellos se describen como más poderosos, ambiciosos, enérgicos, eficaces, fuertes y controladores de eventos externos, mientras ellas se consideran más generosas, preocupadas por los otros, más empáticas y más capaces de establecer relaciones cercanas con los demás. Block concluye que la evidencia empírica acumulada sobre diferencias ligadas al sexo, responde a distintos estilos de socialización y que las diferencias en los dominios de rasgos señalados, son consecuencia de la desigual tipificación sexual y contribuyen a perpetuarla.
En apoyo a las diferencias anotadas, datos de la UNESCO (1994), con respecto a las tasas de repetición en primer año básico en diversos países de América Latina, corroboran los resultados de los primeros estudios comparativos sobre rendimiento escolar en niñas y niños, a favor de las primeras. Las niñas, en promedio en todos los países encuestados, muestran tasas de repitencia de al menos un punto porcentual menos que los niños (UNESCO, Stadistical Year Book, 1994).
Desde la década del 90 a la fecha, las tasas de repitencia en América Latina, y en la mayoría de los países del mundo, muestran tendencia a decrecer, como también las tasas de deserción, pero se mantiene estable la proporción de repitentes y desertores en relación al género. Según datos de UNESCO (2012), las niñas repiten menos que los niños, aunque paradojalmente, tienen también menos probabilidades de ingresar al sistema escolar. Los autores que postulan la importancia de las influencias culturales en la determinación de las diferencias de rendimiento escolar, aducen las siguientes razones:
En la línea de los estudios comparativos en relación a la variable género en el rendimiento escolar, comienzan a aparecer trabajos que muestran que no es el género lo determinante en las diferencias, sino que los resultados dependen de las características de la tarea, y surgen importantes hallazgos en relación a la autovaloración de la competencia académica, como un factor determinante. En el año 2000 se publican los resultados de un estudio transcultural en el que participan 3000 escolares de segundo a sexto año básico, pertenecientes a siete países europeos y asiáticos, en el que se comparan las diferencias en autoconcepto académico y las atribuciones de causas de éxito o fracaso en relación al género (Stetsenko et al., 2000). De acuerdo a este estudio, las atribuciones de éxito o fracaso son similares en los niños, independientemente de su país de origen, no obstante, si los resultados para niños y niñas eran similares, no había diferencias por género en las explicaciones del éxito o del fracaso. Pero cuando las niñas superaban a los varones, no lo atribuyeron a que pueden ser más talentosas, sino a que se esforzaron más, o a que habían tenido suerte, o incluso a que los profesores habían sido benevolentes al corregir.
Ya en a fines de los 70, Dweck y colaboradores (1978) habían planteado que la actitud de desesperanza de las mujeres cuando fracasan, estaría fuertemente influenciada por el trato diferencial de sus maestros. En sus observaciones constataron que cuando los varones fracasan, los maestros les comunican que les faltó esfuerzo, que son desordenados, pero que tienen talento; en cambio cuando las niñas no tienen éxito sus maestros tienden a señalarles sus errores pero las felicitan por los esfuerzos desplegados, con lo cual les estarían metacomunicando, implícitamente, que les faltaría habilidad. Casi veinte años después, el estudio de Stetsenko (2000) comprueba que la situación no había variado mucho en los veinte años transcurridos entre ambos estudios.
2.2.2Diferencias en relación al género
En las últimas décadas, las investigaciones sobre el género han puesto su acento en los factores culturales que afectan diferencialmente el rendimiento escolar de las mujeres y también en cómo el hecho de ser hombre y ser mujer afecta la forma en que se enseña a los niños y a las niñas y cuál es su influencia en las diferencias de socialización en los aprendizajes.
En relación a las ventajas de las niñas en el aprendizaje de la lectura, explican que se debería a que la mayor parte de los profesores en los primeros niveles de la educación básica y especialmente en prebásica, son mujeres. Para algunos autores, esto implicaría que las diferencias en el éxito lector se relacionarían con vinculaciones emocionales entre la maestra y sus alumnos. Sería más fácil para las alumnas identificarse con sus maestras y que los niños no tendrían la misma oportunidad. Adicionalmente las maestras, como grupo, reaccionarían más favorablemente hacia las niñas, quienes exhibirían un comportamiento más adaptativo en la sala de clases, siendo en general, menos disruptivas (Gorostegui, 2004) y que los niños, como grupo, reciben más comentarios negativos y menos oportunidades para leer en clases mixtas.
Por otra parte, habría un nivel de expectativas y de exigencias más alto para los varones. Sobre esta base, consciente o inconscientemente se les presionaría más, en cuanto al aprendizaje escolar. El mayor número de niños que son referidos por sus padres a los servicios diagnósticos y centros de rehabilitación, puede explicarse por esta tendencia cultural.
La revisión histórica sobre la interpretación de las diferencias de resultados por género, muestra que se han considerado como producto de factores genéticos en el desarrollo fisiológico, a partir de evidencias tales como que las niñas tienden a alcanzar la pubertad más o menos un año y medio antes que los niños y los aventajan en la aparición de los dientes y en la osificación del esqueleto. En relación al lenguaje, las niñas comienzan a hablar más temprano que los niños y poseen luego un vocabulario más amplio y en general, son más eficientes en el manejo de la escritura y en el dominio de la ortografía. Los niños como grupo se desvían de la norma con mayor frecuencia: presentan más tartamudez, mayor índice de dislexia, mayor incidencia en zurdería y ambidextreza.
En síntesis, se podría concluir que, independientemente de las hipótesis causales, los niños y niñas maduran a diferente ritmo en algunas fases del desarrollo tales como acuidad visual, actividad muscular y lenguaje, áreas que están relacionadas con el éxito en el aprendizaje escolar. Pese a lo concluyente de los datos en cuanto a la maduración más temprana de las niñas, la mayor parte de los colegios fijan una misma edad cronológica como criterio de selección para el ingreso a primer año básico. Niñas y niños asisten a la misma sala de clases y participan simultáneamente en las mismas actividades y, aunque un grupo es más maduro que el otro, se espera que ambos realicen similares discriminaciones visuales y auditivas finas, mantengan el mismo nivel de atención, cooperen y realicen las mismas tareas.
2.2.3Desarrollo de la constancia de género
Sandra Bem (1983, 1989) autora clásica en estudios sobre el género, plantea que entre los tres y los cinco años un 70% de los niños ya ha adquirido lo que denomina constancia de género, es decir, ya han aprendido tal concepto como algo definitivo. Afirma también que las niñas la adquirirían antes que los niños, de manera que cuando el niño o la niña ingresan a la educación inicial ya han construido una parte importante de su identidad de género. A los tres años ya sabe no solo que es hombre o mujer, sino que clasifica por género gramatical a los objetos de su entorno (herramientas, juguetes, ropas, etc.). A través de la educación los niños adquirirían un esquema de género que podría definirse como una teoría informal sobre qué es ser masculino o femenino. Esta teoría actuaría como un filtro que lo llevaría a distorsionar o ignorar la información que no calzara con su mapa cognitivo.
Markus y Nurius (1986) afirman que este planteamiento es muy significativo porque afectaría lo que un niño o niña piensa sobre lo que será cuando mayor y lo que claramente decide ser o no ser. Otras investigaciones sobre el género ponen el acento sobre cómo el contexto escolar, en forma no consciente, tiende a realizar socializaciones que a la larga redundan en desventajas para ambos sexos y en falta de equidad. Por ejemplo, uno de los factores estudiados dice relación con la menor visibilidad de las mujeres en las salas de clase. Gill (1991) plantea que los varones reciben de sus maestros más atención que las niñas y que esta diferencia se relaciona proporcionalmente con la experiencia del profesor.
2.3Salud
En Chile, la preocupación por la salud de los niños a nivel preescolar escolar y escolar comienza en forma sistemática en la década de los 50, con la creación del Programa Nacional de Salud en la Infancia, básicamente destinado a disminuir las tasas de mortalidad infantil: 136, de cada 1000 niños nacidos vivos, fallecían antes de cumplir el primer año de edad. En los 70, la tasa desciende a 76 de cada 1000 nacidos vivos y en 2008, la tasa de mortalidad infantil al primer año de vida, había descendido 7.8 niños de cada 1000 nacidos vivos, lo que ubica a Chile entre los países desarrollados, en relación a este indicador (MINSAL, 2013). Este programa se encuentra actualmente en rediseño, manteniendo el enfoque en la reducción de las tasas de mortalidad, pero incorporando la mirada preventiva del daño, con énfasis en la calidad de vida del niño.
De acuerdo a estudios de CEPAL (2012), la tasa de mortalidad infantil en Latinoamérica, en el quinquenio 2009-2015, es de 6.5 por mil para ambos géneros, conformado por 7.2 por mil, para varones, 5.7 por mil para niñas. Como se puede apreciar, la tasa de mortalidad antes del primer año de vida, es menor para las niñas que para los niños, lo que apunta a que habría factores biológicos ligados al sexo, que marcarían diferencias a favor de las niñas.
2.3.1Las demandas para la salud pública
Desde la perspectiva de la salud pública, un apoyo importante lo constituye la creación del Subsistema de Protección Integral a la Infancia Chile Crece Contigo, red de salud pública que apoya a los niños durante la lactancia y hasta su ingreso a la escuela básica, integrando en la tarea a los padres, a la comunidad y las instituciones. A esto se suma el Control de Salud de Niños Sanos, en atención primaria de la red de salud pública y muy especialmente, desde 1992, el Programa de Salud Escolar implementado por JUNAEB, que contempla programas de prevención en odontología, ortopedia, audición y visión. Todas estas acciones contribuyen a cautelar los requerimientos de salud de los escolares y preescolares y desde ahí, un acceso más igualitario al sistema escolar.
Los problemas para aprender, representados por déficits en la visión, audición, lenguaje, problemas de alimentación (obesidad) y problemas de salud mental, si bien se expresan al momento de enfrentarse el niño al aprendizaje formal, han permanecido invisibles hasta ese momento. Por ejemplo, uno de cada cuatro escolares tiene intolerancia a la glucosa y un 60% presenta al menos un factor de riesgo para enfermedad cardiovascular. En otros ámbitos, de acuerdo a reportes de los padres, destacan los de comportamiento (15%), déficit atencional (4.6%), obesidad (12%), compromiso sensorial: vicios de refracción y visión en general (8.9%), de audición (2.6%), problemas respiratorios (15.7%), vulneración de derechos (2.1%). (Vio, 2013)
El aumento de la obesidad infantil en los últimos años se ha convertido en un problema de salud pública. Los últimos datos disponibles del Ministerio de Salud, MINSAL, muestran que el año 2009 la obesidad en los menores de seis años era 9,4% y el 2012 llegó al 10,3%. Datos de la JUNAEB, que mide y pesa cada año a todos los niños de seis años que ingresan a primer año básico, muestran que la obesidad llegó al 23,1% el 2010 y el año siguiente a un 22,1%. Estudios realizados por el Instituto Nacional de Nutrición y Tecnología de los Alimentos en niños de pre kínder, señalan que los casos de obesidad llegaban a 28% a fines del 2012. Estos índices, lejos de revertirse, aumentan con la edad y el desarrollo de los niños, de manera que la prevención y detección precoz del sobrepeso es clave para el éxito de cualquier intervención.
Las causas de este aumento en el peso corporal de los niños no están claras todavía, pero requieren de un abordaje tan serio como en su tiempo fueron las políticas para enfrentar la desnutrición infantil. No obstante, además de las medidas que se apliquen en los colegios, en este punto es imprescindible incorporar a la familia, sensibilizando a los padres y tratando estos temas en reuniones de padres, consejos escolares, actividades extra programáticas y otras instancias. El apoyo de los padres y la incorporación de la familia en alimentación saludable y actividad física, es condición indispensable para detener la obesidad infantil y la mala condición física de los escolares chilenos (Vio, 2013).
Respecto del impacto que la desnutrición y la malnutrición sobre el desarrollo, se ha comprobado que niños que presentan déficits significativos en el consumo de proteínas, evidencian un retardo en el desarrollo de algunos procesos ejecutivos Dichos déficits, de no ser compensados oportunamente, podrían generar daños permanentes en las funciones ejecutivas que no serían compensadas con el tiempo (Bhoomika et al., 2008).
Numerosas investigaciones han vinculado el nivel socio-económico del niño con la presencia de alteraciones en la nutrición, la salud infantil y la crianza. La pobreza es un fenómeno muy complejo y multidimensional, por lo que no es posible establecer conexiones simples y lineales de sus efectos. No obstante, al considerar solo el aspecto nutricional, se ha observado déficits de hierro y ácido fólico durante el desarrollo prenatal, en niños criados en situaciones de pobreza y marginalidad crónicas y alteraciones inmunológicas y del crecimiento, y respecto de la crianza, padres con menores capacidades de atención y cuidado de los hijos. Estos factores impactarían en el desarrollo de los procesos de atención, control inhibitorio, planificación y memoria de trabajo, es decir, en las funciones ejecutivas, cuyo adecuado desarrollo es clave como factor de madurez escolar (Lipina et al., 2004).
A esto se suman las patologías bucales infantiles, en especial las caries y las malformaciones en la implantación, reconocidas en la actualidad como un problema de salud pública a nivel mundial. Las caries constituyen una enfermedad importante en la infancia, con una prevalencia en escolares varones de 70.3% y en niñas, de 62.5% (Soto y Tapia et al, 2007, en MINSAL, 2013). Las patologías bucales afectan el bienestar general del niño, su salud en general y su autoestima. Prevenir y detectar precozmente estos y otros problemas cuyo efecto se multiplica en la medida que no se intervenga oportunamente, constituye un factor de la madurez del niño para aprender y, por tanto, para ingresar a la educación básica.
Los problemas visuales son una causa frecuente de dificultades para el rendimiento del niño, que muchas veces pasa inadvertida. Por dar un ejemplo: el metabolismo basal alterado (por problemas tiroideos u otros) puede afectar la convergencia de la visión e interferir la capacidad del niño para mantener una adecuada visión binocular, de manera que al leer, sus movimientos oculares determinan regresiones, omisiones de palabras, confusiones de letras, pérdida de la línea, etc. La diabetes mellitus también puede asociarse con problemas visuales tales como confusiones de letras, excesivas regresiones y otros.
Alteraciones visuales tales como hipermetropía, convergencia, astigmatismo y miopía, entre otras, pueden afectar sobre todo el aprendizaje lector, dado que la lectura es, también, un acto visual. Del mismo modo, las dificultades en la discriminación auditiva pueden entorpecer el comienzo del aprendizaje lector cuando depende, básicamente, de la clave fónica, es decir, del sonido del habla representado por la letra. Las alteraciones endocrinas pueden provocar en el niño hiperactividad o hipoactividad, comportamientos que pueden interferir, indirectamente, en el aprendizaje escolar.
2.3.2Las demandas para el sistema escolar
El ingreso a la escolaridad básica implica altas demandas emocionales, cognitivas y de salud general para enfrentar con éxito los cambios que implica la transición entre el jardín y la escuela. Una buena salud es, indudablemente, un factor clave. El niño deberá separarse de su familia, relacionarse cada vez más cercanamente con su grupo de pares y con nuevas figuras de autoridad, en fin, deberá enfrentarse a un mundo más amplio y atrayente, pero también más exigente y más competitivo. Los problemas de salud no detectados ni abordados en su momento, se manifestarán en la escuela como problemas para aprender, dificultades de adaptación a la situación de aula, aislamiento, autoestima, sentimientos de incompetencia, etc. etc. En esta etapa, ya superada la vulnerabilidad de los dos o tres primeros años de vida, las tasas de mortalidad descienden en forma significativa, pero surgen otros problemas que afectan una escolaridad. Ya no las enfermedades sino los accidentes comienzan a ser motivos de consulta y hospitalizaciones recurrentes, al igual que cuadros crónicos que afectan la calidad de vida de niños y niñas.
Son varios los problemas de salud que pueden afectar al niño y que requieren ser pesquisados oportunamente. Para ello el Ministerio de Salud proporciona las Guías Clínicas, que informan sobre signos de alerta que deben llamar la atención del educador y de los adultos responsables. Estas Guías Clínicas orientan sobre problemas de salud oral, enfermedades respiratorias crónicas, diabetes mellitus tipo 2, por nombrar solo algunas.
Los test de desarrollo psicomotor recomendados por el MINSAL son la Escala de Evaluación del Desarrollo Psicomotor entre 0 y 24 meses (Rodríguez, 1974) y el Test de Desarrollo Psicomotor Infantil, entre dos y cinco años (Haussler y Marchant, 1985). Siempre es recomendable que los padres informen al jardín los resultados de estas pruebas que se aplican en atención primaria de salud, dado que ante un retraso del área motora, social o de lenguaje, se debe derivar a evaluación por un especialista (psicólogo, neurólogo, fonoaudiólogo, psiquiatra o fisiatra infantil) de manera de intervenir tempranamente.
2.4Recursos cognitivos
Inteligencia, pensamiento y lenguaje conforman una tríada difícil de segmentar, ya que entre estos factores del aprendizaje se produce una fuerte relación e interdependencia. Solo para efectos de claridad de la exposición, se justifica que se presenten como temas separados, considerando que los tres son funciones intelectuales superiores.
Los recursos intelectuales del niño, teóricamente, constituirían a primera vista un factor muy significativo para su rendimiento escolar. Sin embargo, esta relación, que en algún momento se consideró que podría explicar casi en su totalidad la variabilidad del rendimiento, en la actualidad es un tema controversial. Conceptos como la modificabilidad de la inteligencia, el descubrimiento de las inteligencias múltiples, la impronta de variables intervinientes entre el potencial y su expresión (autoconcepto académico y autoestima, motivación, etc.) el reemplazo de conceptos de déficit (centrado en el niño) por necesidades educativas especiales (centrado en el sistema escolar), la noción de retardo mental sociocultural, que apunta a la responsabilidad social más que a las características y potenciales del niño como individuo, la validez y confiabilidad y actualización de los instrumentos que se usan para evaluar, ponen en tela de juicio el concepto de coeficiente intelectual como factor central del rendimiento (Gorostegui, 2010).
2.4.1Concepto de Coeficiente Intelectual (C.I.)
El coeficiente intelectual o coeficiente de inteligencia es un número que representa el resultado obtenido por una persona en pruebas estandarizadas de inteligencia. Este número se refiere a la posición de este individuo en relación a la distribución de los rendimientos, en la misma prueba, de la población a la que pertenece el evaluado. El C.I., como puntaje estándar, permite comparar el rendimiento de una persona con los de individuos pertenecientes al mismo grupo, con referencia a la curva normal (distribución normal estandarizada). Esta distribución tiene un promedio 100 y desviación estándar de 15 puntos. Se considera normal un rendimiento que fluctúa entre 85 y 115 puntos, dentro del cual se encuentra la gran mayoría de la población.
El cociente intelectual (C.I.) considerado desde la perspectiva del desarrollo, constituye un factor relacionado con la madurez para el aprendizaje escolar, no obstante que hoy se cuestiona su importancia como factor central de madurez para el aprendizaje escolar. Simultáneamente, se le consideraba como una medida tan objetiva como la talla y el peso y constituía un criterio adecuado para determinar si un niño estaba listo o no para iniciar el aprendizaje sistemático: un elevado puntaje en una determinada prueba de inteligencia suponía una razón suficiente para su ingreso a la educación básica, incluso aunque no tuviera la edad cronológica requerida.
Frente al peso indiscutible de los argumentos basados en las puntuaciones que obtenían los niños en pruebas estandarizadas de C.I. como factor de madurez, surgen simultáneamente cuestionamientos teóricos y con base empírica, sobre la validez y la confiabilidad de estos tests y el uso de sus resultados en el ámbito escolar y sin duda, en el ámbito preescolar. En relación con la utilización de los resultados en test de C.I. en la escuela, se cuestiona su utilización en la medida que etiquetan al niño dentro de un rango de inteligencia que se consideraría definitivo e indiscutible. Por ejemplo, los resultados del informe de Rosenthal y Jacobson (1968) confirman que el nivel de expectativa del profesor frente a su alumno, basado en el C.I., se transforma en un factor determinante de la conducta del niño en clases, en la medida que dicha conducta responde a las expectativas del medio.
Aun aceptando que el C.I por sí solo no garantiza buen rendimiento escolar, Mussen Conger y Kagan (1982) plantean que lo predice en buena medida, especialmente en el área de la comprensión lectora y muestran correlaciones de aproximadamente, .50 entre calificaciones escolares en lectura (comprensión, velocidad), lenguaje, historia y biología y el puntaje del Test de Inteligencia de Stanford-Binet.
Para estos autores resulta natural que exista correlación entre el coeficiente intelectual y el rendimiento académico si se considera que ambas variables dependen, en gran medida de las mismas aptitudes, conocimientos y motivaciones, entre las que destaca un buen nivel de vocabulario, conocimiento del lenguaje, confianza en sí mismo, elevada motivación para destacarse en tareas intelectuales y para reflexionar sobre las preguntas, en vez de responderlas impulsivamente. Estas condiciones, influyen en la expresión del potencial intelectual del niño y por supuesto, en su rendimiento en pruebas estandarizadas de evaluación de C.I.
Frente a las diferentes posiciones en relación con el concepto de cociente intelectual, muchas de ellas antagónicas, es conveniente tener en cuenta alguna de las siguientes consideraciones:
El C.I. constituye una medida razonable y sólida que proporciona una buena orientación del nivel de funcionamiento intelectual del niño y que puede emplearse como un criterio de pronóstico del rendimiento, pero no constituye un criterio exacto para determinar el éxito en el aprendizaje ni para ubicar al niño en un determinado grado escolar. Tal como ocurre con el factor edad, es necesario establecer diferencias entre nivel de madurez y nivel de inteligencia. Un niño puede tener una inteligencia superior y, a la vez, ser inmaduro en algún área específica, por ejemplo la coordinación visomotora, de manera que estos factores y no su C.I. exclusivamente, son los que determinarían, en parte, su ubicación de curso o nivel. Un niño podrá tener una edad cronológica de cinco años, con un C.I. de 120, pero si su conducta afectivo-social corresponde a su edad cronológica, deberá ser ubicado en el parvulario con los niños de su misma edad. A contrario sensu el sistema educacional debería plantearse una enseñanza más individualizada.
La definición de lo que constituye la inteligencia se complica por el hecho de que la medición del C.I. y de la edad mental, a través de los test psicométricos como instrumentos de medición, está fuertemente influida por la concepción teórica del o los autores, por los factores que incluya para su evaluación y por los resultados de las investigaciones en relación con las características psicométricas del instrumento. Por consiguiente, es necesario conocer qué factores evalúa el test, qué peso específico tienen cada uno de ellos y, sin duda alguna, conocer las características de la población de estandarización y normalización del test, además de la fecha y lugares en que el test ha sido adaptado para la población a la que pertenece el niño que se va a evaluar. De lo contrario, un resultado en relación con un determinado niño, puede ser erróneo o mal interpretado (Gorostegui, 2010).
Por último se han estudiado diversos efectos que impactan en el rendimiento de los niños, como es el caso de las expectativas de los profesores o Efecto Pigmalión, de Rosenthal y Rubin (1978). A fines de la década del 70, estos investigadores realizan la primera revisión de los estudios sobre las expectativas de los profesores sobre el aprendizaje de los niños. El así llamado Efecto Pigmalión, en que un estudiante puede alcanzar un rendimiento excepcional como resultado de las altas expectativas puestas en él por su profesor. En otro contexto, a este factor del desempeño se lo había denominado como profecía autocumplida o también desesperanza aprendida.
2.4.2Las inteligencias múltiples
El concepto de inteligencia vigente hasta hace muy poco tiempo en la literatura, se refería casi exclusivamente a la capacidad del individuo de razonar, de manejar conceptos abstractos, de realizar operaciones de análisis-síntesis, de razonamiento matemático y diversas habilidades de lenguaje, que son precisamente las que evalúan los test clásicos de inteligencia. En relación a esta mirada monolítica del concepto de inteligencia, H. Gardner (1996) publica la obra La mente no escolarizada, luego La estructura de la mente (1997) y su obra más conocida Las inteligencias múltiples. Este y otros libros de su autoría revolucionan el concepto de inteligencia, con el consiguiente impacto en la escuela. Respecto de las inteligencias múltiples, propone las siguientes siete categorías cognitivas:
•Inteligencia lingüística: capacidad de usar las palabras eficientemente en forma oral o escrita y la habilidad para manipular la estructura, los sonidos y el significado del lenguaje.
•Inteligencia lógico-matemática: incluye la capacidad de razonar y de usar los números en forma eficiente y la sensibilidad a los patrones lógicos y procesos relacionales: categorización, clasificación, inferencia y generalización.
•Inteligencia espacial: capacidad de percibir el mundo viso-espacial con precisión, realizar transformaciones en base a estas percepciones y la capacidad de visualizar, de representar gráficamente y de orientarse en una matriz espacial para expresar ideas y sentimientos, habilidad manual para producir y transformar objetos y destrezas físicas, tales como coordinación, equilibrio, flexibilidad y velocidad
•Inteligencia musical: capacidad para percibir, discriminar y modificar formas musicales y la sensibilidad al ritmo, tono y melodía de manera intuitiva o analítica.
•Inteligencia interpersonal: capacidad para comprender a los demás: qué los motiva, cómo operan; trabajar cooperativamente; habilidad para percibir y distinguir el estado de ánimo, las intenciones, motivaciones y sentimientos de las personas; sensibilidad a expresiones faciales, a la voz y los gestos; capacidad para discriminar claves interpersonales y habilidad para responder efectivamente a las claves interpersonales.
•Inteligencia corporal kinestésica: habilidad para usar el propio cuerpo en diferentes actividades tales como deporte, danza, juegos, representaciones.
•Inteligencia intrapersonal: capacidad de formar un modelo preciso y realista de uno mismo, capacidad para usar ese modelo para operar eficazmente en la vida; habilidad para autoconocerse y actuar adaptativamente en base a este conocimiento; flexibilidad para el manejo de las propias fortalezas y debilidades; conciencia de los propios estados de ánimo, intenciones, motivaciones y deseos y capacidad de autocontrol y adecuada autoestima para guiar la propia conducta.
En sus últimas publicaciones, Gardner (en: Rosas et al., 1999) propone dos nuevos tipos de inteligencia: la inteligencia naturalística que se relaciona con las habilidades científicas y la capacidad de observación y la inteligencia existencial relacionada con la capacidad de reflexionar y asumir posturas frente a la vida, el sufrimiento y la muerte. Este tipo de inteligencia se daría en filósofos y en teólogos.
Ciertamente, varios de estos tipos de inteligencia son requeridos bajo distintas formas en los aprendizajes esperados para los distintos sectores y subsectores de aprendizaje. En la medida en que cada niño tiene un mayor o menor desarrollo de las distintas habilidades cognitivas, se hace necesario que el educador tenga conciencia de sus características individuales, con el fin de adaptar sus metodologías a sus fortalezas y debilidades, especialmente cuando se trata de niños con necesidades educativas especiales.
2.4.3Inteligencia emocional
La inteligencia emocional, término propuesto por David Goleman (1996) se puede sintetizar en la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, de perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, de controlar los impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo, de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y la capacidad de empatizar y confiar en los demás. Sin lugar a dudas, el desarrollo neuropsicológico del niño, su todavía imperfecto dominio, por ejemplo, de las funciones ejecutivas, hace casi imposible pretender que sus comportamientos sean emocionalmente inteligentes. No obstante, los modelos a los que se expongan, tendrán una influencia decisiva en sus comportamientos futuros.
Se han descrito diferentes problemas relacionados con bajos índices de inteligencia emocional, como por ejemplo, bajo rendimiento académico (Petrides et al., 2004), disminución en cantidad y calidad de relaciones interpersonales (Fernández Berrocal et al., 2004) y aumento de conductas violentas y consumo de sustancias adictivas (Graczyk et al., 2000).
Por el contrario, alumnos con mayores coeficientes de inteligencia emocional presentan menos síntomas físicos, ansiedad social y depresión, mayor autoestima, satisfacción interpersonal y utilizan estrategias de afrontamiento activo para solucionar sus problemas. Perciben los estresores ambientales como menos amenazantes, se recuperan mejor de estados de ánimos negativos y son capaces de manejar situaciones emocionales difíciles sin caer en peleas, enojos o respuestas hirientes (Fernández-Berrocal et al, 2004).
Considerando la importancia de la inteligencia emocional para los niños, tanto en el jardín como en sus futuros desempeños en la vida escolar y adulta, se justifica hablar de una verdadera alfabetización emocional, en la medida que favorece la empatía (consideración por el otro), las conductas pro sociales y en síntesis, el desarrollo moral del niño
2.4.4Inteligencia dinámica
La premisa que subyace al concepto de inteligencia dinámica es que ésta no es un dato, una cualidad con la que se nace, sino un atributo que se construye en permanente interacción con el ambiente. Vale decir, hay un aprendizaje de las conductas inteligentes. Esta afirmación, que abre una infinita gama de posibilidades para el niño, también puede constituir una amenaza, en la medida que un medio hostil y deprivado puede ser un obstáculo para el desarrollo intelectual del niño.
La modificabilidad cognitiva se relaciona estrechamente con las formas de evaluar al niño y con las estrategias de rehabilitación. Desde esta perspectiva teórica, se cuestiona la validez del concepto de Coeficiente Intelectual como factor determinante, por ejemplo, de la madurez del niño para el aprendizaje y, por tanto, de la determinación del momento más conveniente para el ingreso del niño a la escuela básica. Por otra parte, aporta a las determinaciones que pueden tomarse a partir de resultados deficientes del niño en pruebas que evalúan recursos cognitivos y, en especial, coeficiente intelectual, en la medida que se consideren dichos puntajes como definitivos y determinantes para decidir el futuro escolar del niño.
Reuven Feuerstein creador del Instituto Hadassah - Wizo - Canadá Research Institute de Jerusalén, realiza un valioso aporte a la evaluación y tratamiento de niños que presentan déficits intelectuales y dificultades para los aprendizajes escolares. A mediados del siglo XX, Feuerstein trabaja con niños y adolescentes huérfanos o separados de sus padres durante el Holocausto, procedentes del norte de África, todos ellos, profundamente deprivados en lo intelectual y en lo afectivo. Comienza evaluando a los niños, con las pruebas tradicionales, pero se da cuenta que los rendimientos de estos niños en pruebas, son significativamente inferiores a los de otros de su edad.
Al estudiar estos resultados, se da cuenta que una parte importante de la variabilidad de los resultados puede atribuirse al tipo de pruebas utilizadas y a las áreas evaluadas, más que a que efectivamente los niños tuvieran capacidades intelectuales inferiores a sus pares criados con sus padres y en condiciones normales y declara que se necesitan métodos para determinar de qué manera el niño puede mostrar su verdadero potencial intelectual, más allá de contar con instrumentos para determinar si el niño puede o no puede aprender. Su crítica a los tests clásicos de evaluación de la inteligencia se funda en que evalúan solamente los aprendizajes acumulados, en forma transversal, pero no el potencial de aprendizaje.
En respuesta a las teorías que enfatizan la importancia del coeficiente intelectual en el aprendizaje y el concepto de inteligencia como un cuanto determinado, plantea su Teoría de la Modificabilidad Cognitiva Estructural, que afirma que todo individuo puede cambiar si se le dan las condiciones, y mejorar su rendimiento intelectual. Reuven Feuerstein (Feuerstein, 1979; Feuerstein et al., 2010) sostiene que la inteligencia es el resultado del funcionamiento de un determinado número de funciones cognitivas básicas, que corresponden a habilidades innatas, más un historial de aprendizaje y actitudes, motivaciones y estrategias frente al aprendizaje. Estas funciones cognitivas básicas son necesarias para los aprendizajes tanto formales como informales del niño. Las deficiencias en el desarrollo de tales funciones producen aprendizajes inadecuados, deficitarios o defectuosos, inferiores a lo esperado en relación a las expectativas de madurez mental de esas personas.
Consecuentemente, los bajos rendimientos escolares no tendrían una relación directa con un determinado C.I. sino más bien, con el inadecuado desarrollo de funciones que son los prerrequisitos para un adecuado funcionamiento cognitivo. De aquí surge la convicción de que los niños con bajos rendimientos escolares también están abiertos al cambio y a la modificación cognitiva. Dicho en otras palabras, la inteligencia puede desarrollarse en la medida que se produzca una interacción activa entre el individuo y las fuentes de estimulación.
El desarrollo cognitivo no sería solamente el resultado del proceso de maduración del organismo, ni de su proceso de interacción con el ambiente, sino el resultado de la exposición directa al mundo y a lo que Feuerstein denomina Experiencia de Aprendizaje Mediado. Concibe al individuo como un sistema abierto, receptivo al cambio, cuya estructura cognitiva puede ser modificada a pesar de las barreras que lo impidan, por insalvables que parezcan.
La Experiencia de Aprendizaje Mediado consiste en la transformación que realiza un mediador (padre, profesor u otro adulto) y que consiste en seleccionar, organizar, agrupar, estructurar el material que se le presenta al niño de acuerdo a un objetivo específico, introduciendo en el organismo estrategias y procesos para generar comportamientos inteligentes. Estas llamadas experiencias de aprendizaje mediado, serán tanto más efectivas cuanto más precozmente se apliquen y más ajustadas al déficit y a los recursos del niño sean, sin importar la severidad de su condición.
Aunque Feuerstein pone énfasis en el desarrollo cognitivo y no en el desarrollo emocional, plantea que considerando los cambios y transformaciones sociales, el niño no va a ser feliz si no se adapta a esos cambios. No se puede trabajar lo cognitivo si no existe estimulación y fuerza emocional con intencionalidad y significado. Las dificultades a este nivel son más periféricas que centrales y se reflejan en limitaciones en las actitudes y motivaciones del sujeto expresándose en una falta de hábitos de trabajo y de estudio, más que en incapacidades o deficiencias intelectuales estructurales.
2.4.5Teoría piagetana de la inteligencia
J. Piaget (1896-1980) es sin lugar a dudas un clásico entre los estudiosos del desarrollo del pensamiento en el niño. Sus originales y agudas observaciones hacen imprescindible su conocimiento a la hora de comprender la forma en que el niño aprende y, principalmente, constituye una herramienta única para evaluar al niño y de acuerdo a los resultados, diseñar programas de desarrollo.
Piaget orientó sus investigaciones psicológicas en el sentido de determinar las leyes subyacentes al desarrollo del conocimiento en el niño. Con este fin analizó, principalmente, el desarrollo de los conceptos de objeto, espacio, tiempo, causalidad, número y clases lógicas.
Postuló que sobre la base de su actividad, el niño realiza una elaboración que lo conduce, en aproximaciones sucesivas, al conocimiento del mundo que lo rodea. Piaget distingue dos tipos de actividades, una de tipo lógico-matemático y otra de tipo físico. La primera consiste en seriar, relacionar, contar diferentes objetos que solo constituyen el material para la realización de tales actividades, que conducen al niño a un conocimiento “operativo”. La actividad de tipo físico consiste en explorar los objetos para obtener información respecto a sus principales atributos: color, forma, tamaño o peso y que conducen al niño a un conocimiento “figurativo” de su realidad circundante.
Para él, la inteligencia constituye una forma de adaptación del organismo al ambiente. La más elevada y flexible. El proceso de adaptación se realiza a través de la asimilación y la acomodación, que son dos procesos, a la vez opuestos y complementarios:
•La asimilación es el proceso por el cual cada nuevo dato de la experiencia se incorpora a esquemas mentales que ya existen en el niño (esquemas de acción a un nivel perceptivo-motor o esquemas de explicaciones y previsiones a un nivel representativo).
•La acomodación es el proceso de transformaciones de los propios esquemas en función de los cambios del medio. Los nuevos datos de la experiencia, que se incorporan en los esquemas, los modifican adaptándolos a los nuevos aspectos de la realidad. En otras palabras, la acomodación frente a una nueva experiencia hace que surja un nuevo esquema.
Introduce la noción de equilibrio para explicar el mecanismo de regulación entre el sujeto y el medio. La adaptación inteligente se logra una vez que se produce un equilibrio entre los procesos de asimilación y de acomodación. Un niño es capaz de comprender una explicación cuando a partir de su esquema se da cuenta de que los elementos explicados por el profesor poseen aspectos diferentes de lo que él esperaba escuchar. Así, modifica sus conocimientos previos para adaptarlos a los nuevos elementos.
La génesis del desarrollo cognitivo no se puede explicar exclusivamente por la maduración y el aprendizaje y postula la necesidad de introducir un nuevo factor: el equilibrio. Agrega que todo organismo constituye un sistema abierto, activo, autorregulable. Así, el desarrollo mental se caracteriza por cambios progresivos dentro de un proceso activo de adaptación. Los estadios del desarrollo intelectual presentan un progreso continuo que va desde un menor equilibrio a otro progresivamente mayor, manifestando así la tendencia del organismo hacia una integración dinámica. Este equilibrio no constituye un estado estático, sino un sistema activo de compensaciones; no es una conclusión final, sino un punto de partida para alcanzar formas superiores de desarrollo mental (Inhelder, 1970).
El método empleado por Piaget para estudiar la formación de los conceptos y las operaciones intelectuales es exploratorio y flexible; se adapta al nivel de comprensión del niño, tanto por el tipo de preguntas planteadas como por el orden de su presentación. Al experimentador no solo le interesa la respuesta del niño, sino también su justificación (¿por qué?). Mediante la modificación de las preguntas y de las condiciones experimentales, trata de evaluar hasta qué punto las respuestas son genuinas y consistentes.
Los rasgos esenciales del modelo elaborado por Piaget podrían resumirse en los siguientes términos: las operaciones correspondientes tanto al pensamiento concreto (realizado a partir de una acción concreta sobre los objetos) como al pensamiento formal (realizado a partir de abstracciones) constituyen sistemas cerrados cuya característica más importante es la reversibilidad. Esta reversibilidad, en el período concreto, se realiza a través de la inversión o de la reciprocidad, independientemente una de la otra; de ahí que su carácter sea más bien semirreversible. En cambio, en el período formal ambas formas de reversibilidad pasan a componer un único sistema de pensamiento.
La reversibilidad implica ser capaz de regresar al punto de origen, ya sea por la negación o inversión que lleva a anular un término (3 + 5 = 8; 8 - 3 = 5) o por la reciprocidad que lleva a la equivalencia y que es característica de las operaciones de relación (Juan es hermano de Pedro y, por ende, Pedro es hermano de Juan). Durante el período preoperatorio, el pensamiento es irreversible. La adquisición del rasgo de reversibilidad corresponde a una ampliación del campo de conciencia, en el sentido temporal. Esto implica la posibilidad de tener mentalmente presente, por lo menos, dos etapas sucesivas de un acontecimiento. Por ejemplo: un niño con pensamiento reversible es capaz de considerar la llegada de un coche al punto D y al mismo tiempo, tener presente su partida desde el punto A. Así podrá evaluar y comparar la distancia recorrida por otro coche.
Una acción mental reversible constituye una operación. Luego, las expresiones pensamiento reversible y pensamiento operatorio, son equivalentes. Piaget describe el desarrollo cognitivo en términos de estadios evolutivos que se caracterizan por poseer un período de formación y otro de consolidación; en este último, las operaciones mentales adquiridas se incluyen en una estructura estable. Las estructuras constituyen, al mismo tiempo, el punto de llegada de un estadio y el punto de partida del siguiente. El orden de sucesión de los diferentes estadios es siempre el mismo, variando los límites de edad por diversos factores como motivación, influencias culturales o maduración.
•Períodos o estadios del desarrollo de la inteligencia
a)Estadio sensorio motor. Se extiende desde el nacimiento hasta, aproximadamente, el año y medio o dos años. Este período parte desde el nivel reflejo, en que hay una completa indiferenciación yo-mundo, llegando, al final del período, a una organización coherente de las acciones sensorio-motores en su ambiente práctico y próximo. Las acciones que caracterizan este período logran integrarse con cierta reversibilidad que en esta etapa se manifiesta solo a nivel de la acción y no de las operaciones. Después de un período de ejercicio de los reflejos, durante el cual las reacciones del niño están ligadas a sus tendencias instintivas (tales como la succión y la reacción simple de defensa), aparecen los primeros hábitos elementales. Las diversas reacciones reflejas van incorporando nuevos estímulos que son “asimilados” y constituyen el punto de partida de nuevas conductas adquiridas. Las sensaciones, las percepciones, los movimientos propios del niño se organizan en lo que Piaget denomina “esquema de acción”.
El niño incorpora las novedades del mundo exterior a sus esquemas, los que constituyen estructuras cognitivas elementales (como si tratara de comprender si el objeto que tiene en sus manos es para “chupar”, para “palpar” o para “golpear”). Estos esquemas de acción se podrán considerar, análogamente, como los conceptos de los estadios posteriores. A partir de ellos el niño elaborará, gradualmente, las categorías fundamentales de todo conocimiento: categorías de objeto, de espacio, de tiempo y de causalidad, entre otras. Esta elaboración permitirá la objetivación del mundo en relación con el propio cuerpo, vale decir, la diferenciación naciente entre el sujeto y el objeto.
b)Estadio de las operaciones concretas. Se extiende, aproximadamente, desde los dos hasta los once años. Durante este período se distinguen dos subperíodos: el preoperacional, que se extiende desde los dos hasta los siete años, y el de las operaciones concretas, desde los siete hasta los once años. Puesto que este manual está dedicado principalmente a la educación parvularia, se presenta solo el subperíodo preoperacional, finalizando con una descripción muy general de las operaciones concretas.
Subperíodo preoperacional: El pensamiento del niño en este subperíodo presenta las siguientes características:
Adquisición de la función simbólica. Se caracteriza por un aumento de la interiorización de símbolos y una progresiva diferenciación entre significantes (palabras, imágenes) y significados (aquellos objetos o acontecimientos a que se refieren las palabras o imágenes).
La adquisición de la función simbólica se logra a través de la interiorización de las imitaciones. Inicialmente son directas (el niño imita a un modelo presente; por ejemplo, el trabajo de un pintor mientras pinta); más tarde el niño es capaz de imitar en ausencia del modelo, es decir, realiza una imitación diferida. Estas imitaciones interiorizadas, según Piaget, determinan el origen de las imágenes y pasan a constituir los primeros significantes. De ahí que Piaget afirma que los primeros significantes no son signos lingüísticos sino acciones interiorizadas, producto de experiencias personales.
Egocentrismo. Durante este período el niño se centra en su propio punto de vista, producto de su experiencia personal. Es incapaz de descentrarse, es decir, de colocarse en el punto de vista del otro. El niño preoperacional no puede ubicar su propio punto de vista solo como uno de varios puntos de vista posibles. Esta característica se puede apreciar a nivel de las representaciones mentales: cuando al niño se le asigna la tarea de mirar un objeto desde una determinada posición y, al mismo tiempo, “representarse” la apariencia que tiene el mismo objeto mirado desde otra posición, la respuesta típica, a esta edad, es una representación que corresponde a “su” punto de vista. En el plano del lenguaje el egocentrismo se traduce en lo que Piaget ha llamado lenguaje egocéntrico.
Centración. Corresponde a la tendencia a centrar la atención en un solo atributo del objeto o hecho, lo cual conduce, en el terreno del razonamiento, a una conclusión errónea, incompleta o distorsionada por no haber considerado los otros aspectos o atributos importantes. Por ejemplo, al comparar la cantidad de líquido en dos vasos diferentes se centra en la altura o en el ancho del recipiente sin compensar ambas dimensiones.
Estado versus transformaciones. El niño tiende a representarse con facilidad los diferentes estados o configuraciones sucesivas de una materia u objeto. En cambio, se representa con dificultad las transformaciones de los mismos. El pensamiento preoperacional es estático e inmóvil.
Razonamiento trasductivo. Al tratar de verbalizar una causalidad, se procede de lo particular a lo particular, y no de lo particular a lo general, como en el caso de la inducción; o de lo general a lo particular, como en el caso de la deducción. El pensamiento trasductivo relaciona preconceptos. Piaget utiliza el término preconcepto para denominar los conceptos primitivos utilizados por el niño, compuestos por imágenes, muy ligados a la acción, de tipo concreto y de carácter inestable. El niño, al emplear este tipo de razonamiento, tiende a yuxtaponer elementos y no a relacionarlos sobre la base de la causalidad física o de una necesidad lógica.
Animismo y artificialismo. Su concepción del mundo es animista, es decir, tiende a atribuirle a los objetos o hechos que le rodean atributos psicológicos, tales como vida, emociones, conciencia. También es artificialista, es decir, considera los elementos y fenómenos de la naturaleza físicos como producto de la creación humana o de seres dotados de fuerzas superiores. Otra característica de este período es la falta de distinción entre juego, realidad y fantasía.
Las diversas características que se han descrito poseen un alto grado de sobreposición. Es posible seleccionar cualquiera característica descrita y mostrar cómo ella incluye a cada una de las restantes.
c)Subperíodo de las operaciones concretas. A partir de un período gradual de elaboración, el niño adquiere la reversibilidad y logra organizar su pensamiento en estructuras lógico-matemáticas elementales. Sin embargo, la reversibilidad no se alcanza simultáneamente para todos los contenidos concretos. Por ejemplo, el principio de invariancia (constancia, conservación) se logra en momentos diferentes según sea su contenido: primero se adquiere la conservación de la sustancia, luego la del peso y más tarde la del volumen.
En contraste con las acciones del período sensorio-motor, que se realizan en forma sucesiva, las operaciones mentales de este subperíodo se efectúan de manera simultánea, formando un sistema de operaciones. Se caracteriza por las dos formas de reversibilidad ya descritas: la negación y la reciprocidad. A un nivel concreto, ambas formas de reversibilidad son usadas independientemente una de otra. Aún no constituyen un sistema unificado de operaciones, como el caso del pensamiento formal. Las estructuras de las operaciones concretas configuran la base del desarrollo de las operaciones formales (Piaget, 1970, 1973, 1978 a, 1978 b).
2.5Lenguaje
La palabra es la libertad que se inventa y me inventa cada día
(OCTAVIO PAZ)
Una vez que el niño se pone de pie con la cabeza erguida y las manos libres, se enfrenta a su mundo. En ese momento, el lenguaje adquiere estatus de instrumento de humanidad para tratar con el mundo (Lersch, 1966). El lenguaje, factor clave para el aprendizaje, experimenta un desarrollo importante durante el período preescolar. Se sabe que las alteraciones o retrasos en su adquisición, tienen efectos significativos en el desempeño escolar actual y futuro, en especial la adquisición de la lectura y la escritura.
Mabel Condemarín (1999) releva la importancia del lenguaje oral y escrito en la educación inicial, al considerarlo uno de los puentes más importantes para establecer la articulación con la educación básica, al mismo tiempo que destaca la función del lenguaje en el desarrollo del pensamiento, la afectividad y la configuración del mundo del niño. La referencia al lenguaje alude genéricamente a sus cuatro modalidades: escuchar, hablar, leer y escribir, en cuanto en las cuatro se apoyan, nutren y retroalimentan.
Los niños ingresan al sistema escolar con su personal “instalación lingüística” a nivel oral. Las experiencias con el lenguaje dentro de la familia pueden variar, pero la dinámica de aprendizaje del lenguaje a través de compartir significados e interactuar, es siempre la misma para todos los niños, independiente del nivel socioeconómico o grupo étnico al cual pertenezcan.
Los niños también llegan a la escuela con su “instalación” en el lenguaje escrito. Un cuerpo creciente de evidencias muestra que los niños pequeños que viven en comunidades letradas saben más sobre el lenguaje escrito que lo que se piensa. Ellos conocen signos del tránsito, rótulos, logotipos de bebidas y helados; a partir de la televisión reconocen marcas de jabones, galletas y pastas de dientes. Los niños en cuyos hogares se les lee cuentos, toman los libros y los hojean en la dirección correcta, reconociendo que los temas escuchados aparecen en las palabras impresas y no en las ilustraciones. Preguntan ¿qué dice aquí?, imitan la acción de leer, etc. (Condemarín, 1999).
Durante el primer año, antes de aprender palabras, los niños usan un repertorio de sonidos para expresar sus necesidades y relacionarse con otros. Comienzan a apropiarse de su lengua materna mediante el manejo de ciertas funciones del lenguaje y desarrollan un rango progresivo de significados dentro de cada función. Primero, usando sonidos particulares para obtener lo que desean (función instrumental), para regular su conducta y la de los otros (función regulativa), para relacionarse (función interactiva) y, finalmente, para darse a conocer (función personal). Es decir, desde muy temprano los niños intentan relacionarse y transmitir significados y usan sus recursos lingüísticos para lograrlo. Las palabras y las estructuras se van desarrollando progresivamente dentro de estos significados contextuales (Condemarín, 1999).
Hacia el fin del primer año, los niños amplían su manejo de las funciones del lenguaje: lo usan para averiguar lo que son las cosas (función heurística) y para contarle cosas a alguien (función informativa). Durante el segundo año desarrollan la función imaginativa, señalando con ello un gran salto cualitativo al descubrir que pueden usar el lenguaje para contar algo referido a otro tiempo y lugar.
El desarrollo de lenguaje se produce en una secuencia, velocidad y ritmos determinados, atendiendo a variaciones individuales, por ejemplo, de género: en las niñas aparece más precozmente (Céspedes, 2014), de oportunidades en relación al contexto psicolingüístico, de estimulación.
El lenguaje articulado constituye la más distintiva de las características humanas y virtualmente, todo niño logra su dominio alrededor de los cinco o seis años. Cada cual domina –entre otros medios de comunicación– un vasto sistema lingüístico para expresar sus necesidades, sus afectos, sus rechazos y sus pensamientos a las personas que le rodean, mediante la utilización de sonidos y gestos.
Este personal sistema de comunicación, generalmente, coincide con el sistema de lenguaje empleado por su núcleo familiar y su comunidad. El lenguaje articulado está, fundamentalmente, constituido por un sistema de sonidos capaces de combinarse entre sí. Se consideran paralingüísticas las otras formas expresivas (expresión gráfica, gestual y mímica). La expresión intelectual y la comunicación son las funciones más específicas del lenguaje articulado. Comunicarse implica una motivación, una relación afectiva con el interlocutor.
Aunque el lenguaje pueda tener un desarrollo exclusivamente personal, solo se crea y evoluciona en la relación interpersonal. Ya en 1945 Spitz, describe a niños “lobos” criados lejos de la civilización, que no tienen lenguaje, como también, a niños institucionalizados al nacer, o separados precozmente de sus madres, los que presentan síndrome de hospitalismo y retraso grave del lenguaje (Spitz, 1945).
Los adultos tienden solo a percibir en forma vaga el proceso que envuelve el aprendizaje del lenguaje por parte del niño. Como la mayoría de los niños aprende a hablar, los adultos consideran tal rendimiento como una parte obvia del crecimiento y solo ponen atención en el ocasional mal uso de las palabras y no en el extenso vocabulario que son capaces de dominar. De la misma manera, tienden a reparar en aquellas oraciones que no son están gramaticalmente de acuerdo con las normas adultas, sin tomar en cuenta que el grueso del habla del niño es completamente gramatical; aun sus errores tienden a ser sobre generalizaciones de patrones comunes de lenguaje. Por ejemplo, cuando dice: “la abuelita vinió a verme”, él comete el error debido a su bien establecida noción de generar el pasado de comer-comió, salir-salió, volver-volvió.
En la medida en que el niño va adquiriendo los sonidos y las unidades y la estructura del lenguaje, la internalización de esta estructura no solo influencia la manera como él comunica sus respuestas al mundo que le rodea, sino que también la manera en que percibe el mundo.
2.5.1Desarrollo del lenguaje
La edad específica en que el niño comienza a hablar es variable dentro de ciertos márgenes. A esto contribuye el hecho de que se trata de un proceso de adquisición gradual, sin un hito reconocible y puntual que marque el inicio y la secuencia. En esto intervienen las particularidades individuales dependientes del proceso maduracional del sistema nervioso, de aspectos psicológicos emocionales y cognitivos, de las condiciones del contexto familiar y de las características del lenguaje y de la calidad de las interacciones lingüísticas de las personas que rodean al niño. La familia y el entorno cumplen una función importante en la aparición y en el ritmo del desarrollo del lenguaje verbal del niño.
Se espera que haya un desfase inicial entre la adquisición del lenguaje comprensivo del niño y sus competencias de lenguaje expresivo. En las primeras etapas del desarrollo, el niño comprende más de lo que expresa, lo que se considera un hecho normal. Este desarrollo, por otra parte, no constituye un proceso aislado, sino que se asocia a las etapas del desarrollo integral del niño, en especial a procesos de maduración neurológica, tanto corticales, como del sistema nervioso periférico. Sus cambios progresivos se correlacionan con el desarrollo motor en general y con el del aparato fonador en particular.
En segundo lugar, el lenguaje se asocia al desarrollo intelectual que comprende desde la discriminación perceptual del lenguaje hablado hasta la adquisición de procesos cognitivos superiores, relacionados con pensamiento, simbolización y otros. Y en tercer lugar, se relaciona íntimamente con el desarrollo socioemocional, a través de la influencia del medio sociocultural y de influencias recíprocas de las interacciones del niño con sus referentes significativos.
Dado que el lenguaje es una creación humana, nunca llega a ser completamente estático. El hombre, tanto individual como socialmente, nunca pierde su habilidad de crear lenguaje. Los niños atraviesan por una etapa creativa de lenguaje, tal vez debido a su creciente habilidad para pensar en metáforas y abstracciones. Naturalmente, tienen necesidades e intereses comunes que no comparten con los adultos y así desarrollan un lenguaje propio que pasa de un grupo de niños a otro. De la misma manera, los adolescentes se caracterizan por su tendencia a crear un lenguaje propio, como también los escritores y los artistas en general.
Un pensamiento creativo requiere también de un lenguaje creativo para expresarse; de ahí que no es aconsejable que la escuela y la casa exageren con relación a que el niño solo se exprese en conformidad al lenguaje adulto y a las normas gramaticales imperantes. Esto conduce no solo a una rigidez de la expresión sino también a una rigidez del pensamiento.
Un estudio clásico sobre la evolución del lenguaje del niño (Slobin, 1971) plantea que el desarrollo gramatical (sintáctico) comenzaría alrededor de los 18 meses, cuando es capaz de expresar dos palabras. A partir de ese momento su lenguaje se estructura jerárquicamente, cambia según la edad y no siempre corresponde a las normas adultas, de acuerdo a las siguientes etapas.
Expresión de dos palabras. Antes de la expresión gramatical existen las palabras-frases, que por su carácter unitario no forman estructura. Las expresiones sobre la base de dos palabras aparecen, en un principio, con poca frecuencia; pero, rápidamente, se acelera su aparición. Estas expresiones no se producen por yuxtaposición inestructurada de dos palabras, sino más bien por la unión de dos clases de palabras. Una clase la constituye la palabra “pivote” que aunque poco numerosa, se caracteriza por su alta frecuencia de aparición. Otra clase más amplia la constituye la adición a la palabra pivote de otras palabras, muchas de las cuales ya fueron utilizadas en el período de la palabra frase. Por ejemplo, en las frases: más leche, más fruta, más frío, más mamá... la palabra “más” sería el pivote. Según Slobin, las funciones de las oraciones de dos palabras en el lenguaje infantil pueden ser, por ejemplo, de denominación, esta muñeca; petición, más agua; negación, eso no; calificación, linda yo; interrogación, ¿dónde está?
Construcciones jerárquicas. Cuando el niño comienza a usar expresiones de más de dos palabras, sus oraciones adquieren una estructura jerárquica y se pueden analizar en términos de subunidades estructurales. A menudo comenzará con una oración corta y la completará inmediatamente con una oración más larga. Por ejemplo, juega pelota y, luego: papá juega pelota.
Las oraciones no son, entonces, una simple cadena de palabras, sino jerarquías de palabras organizadas de acuerdo con principios gramaticales.
Regularizaciones. El lenguaje infantil se desvía en forma sistemática del lenguaje adulto. Esto nos hace pensar que el niño construye, creativamente, las desviaciones sobre las bases de un análisis parcial del lenguaje y de las tendencias cognitivas inherentes a su desarrollo. Esta elaboración creativa se observa en la sobrerregularización, donde aparecen, consistentemente, expresiones con desviaciones frente a la gramática del adulto. Por ejemplo, utiliza verbos irregulares como si fueran regulares: póngate esto, en vez de ponte esto. Los verbos irregulares, pese a su frecuencia, no siguen un modelo regular. Los niños son muy sensibles a la regularidad de los modelos. Tan pronto como observan un patrón tratarán de aplicarlo con la mayor amplitud posible mostrando su tendencia a generalizar, hacer analogías y a buscar regularidades. En síntesis, buscan y crean orden en su propio lenguaje.
Transformaciones. En el período de la oración de dos palabras es difícil hablar de transformaciones, dado que ellas son tan sencillas que no requieren del complejo aparato de transformaciones del lenguaje adulto. La estructura subyacente o significado de estas oraciones de dos palabras puede ser más compleja que la estructura superficial producida por el niño. Pero no hay evidencias claras ni reglas sistemáticas que relacionen, para el observador, el significado subyacente con la estructura de superficie.
Aunque no sea posible determinar una fecha puntual exacta de adquisición del lenguaje, a los cuatro años se espera que el niño haya adquirido los fundamentos gramaticales de su lengua materna, aún cuando mantenga todavía un estilo propio en el uso y generalización de ciertas formas gramaticales, en especial en el uso de formas conjugadas de verbos irregulares.
Dentro de las formas gramaticales, el niño de cuatro años ya sabe utilizar los pronombres en un orden predeterminado: yo, tú, él-ella, nosotros-nosotras, ustedes, y cuenta con un léxico de aproximadamente 1500 palabras. A los cinco años, debería manejar cerca de 2300 palabras, sin que estas cifras sean nada más que referentes, dado que todavía las diferencias individuales explican las variaciones en la adquisición de esos logros.
Entre los cuatro o cinco años, el niño puede responder a preguntas de comportamiento social aprendido, puesto que su lenguaje abarca bastante más que su entorno inmediato. Esto, gracias a la adquisición de la función simbólica que le permite la evocación y representación mental de las cosas, acciones y situaciones, trascendiendo el aquí y el ahora inmediato (Piaget, 1961). Este salto cualitativo en el desarrollo del lenguaje, claramente dependiente de las oportunidades del contexto (emocional, cultural, cognitivo), condiciona un mayor y más rápido desarrollo del lenguaje infantil y de sus funciones cognitivas. Se trata de un proceso circular, interactivo, en que los avances en el lenguaje le permiten una mejor apropiación del entorno, y esta apropiación potencia las posibilidades de desarrollo de lenguaje.
A partir de los seis años. A esta edad se inicia la etapa escolar, para la cual el niño habrá realizado grandes logros maduracionales a nivel neuropsicológico y un lenguaje que le permite acceder a contenidos curriculares cada vez más exigentes: baste señalar al aprendizaje de la lectura y la escritura (Cruz Mangual, 2012).
2.5.2Lenguaje egocéntrico y socializado
Piaget (1926) distingue dos tipos de lenguaje: egocéntrico y socializado. En el lenguaje egocéntrico el niño, al hablar, no se preocupa de su interlocutor, ni si alguien lo está escuchando; generalmente habla de sí mismo y de temas que le conciernen. En ningún momento intenta adaptar su mensaje a las capacidades de su interlocutor para influenciarlo o modificarlo, como ocurre cuando el lenguaje es socializado.
El lenguaje egocéntrico. Esta conducta lingüística centrada en sí misma se puede dividir, según Piaget, en tres categorías: a) Repetición (ecolalia): se trata de la simple repetición de sílabas y palabras; el niño las repite simplemente por el placer de emitirlas. b) Monólogo: expresa en voz alta sus pensamientos sin dirigirlos a otro interlocutor. c) Monólogo dual o colectivo: que es la situación de dos o más niños, monologando simultáneamente.
En el lenguaje egocéntrico las palabras utilizadas están mucho más cerca de la acción y del movimiento que en el lenguaje socializado. Así, los niños acompañan en forma automática su habla con acciones. Sienten, a menudo, que sus palabras pueden crear y transformar la realidad de un modo mágico; que una vez que ellos han dicho algo, ello se va a realizar.
El monólogo propiamente tal o el colectivo preceden al lenguaje socializado. Aunque la intención de este tipo de conducta verbal no sea la de transmitir y recibir información, sirve al propósito de integrar al niño a su ambiente y también prerrequisito al proceso de aprendizaje, que conduce al niño a ponerse en el punto de vista de su interlocutor.
El lenguaje socializado. Constituye el segundo tipo de conducta lingüística descrita por Piaget. Se caracteriza por el dominio de la información y su comunicación hacia el exterior, en forma adaptativa, por parte del niño. Se trata de un verdadero diálogo en el cual el mensaje verbal está adaptado al otro. En este tipo de conducta verbal, el niño ha internalizado al interlocutor.
Paralelamente, el niño habrá superado el período egocéntrico y será capaz de tomar en cuenta los comentarios y críticas de los demás con respecto a él, lo cual no ocurría en edades anteriores. Esta capacidad de descentración posibilita la toma de conciencia de sí mismo, asumiendo un autoconcepto y una autoimagen adecuada o inadecuada y consecuentemente un nivel de autoestima que actuará como variable interviniente entre sus reales capacidades y potencial y su desempeño y rendimiento escolar.
2.5.3Etapas del desarrollo del lenguaje (cronológico)
Alrededor de los cuatro años, edad requerida para el ingreso a pre kínder, los niños mayoritariamente conocen la estructura lingüística de su habla materna, incluyendo la mayoría de los patrones gramaticales. Perciben intuitivamente que el lenguaje es funcional y que puede usarlo para obtener cosas, hacerse de amigos, reclamar, averiguar sobre los objetos y crear mundos imaginarios a través de sus propias fantasías o dramatizaciones.
Progresivamente, expanden sus funciones lingüísticas cuando se integran a juegos en su vecindad y asisten al jardín infantil. Ellos necesitan darse a conocer a personas ajenas a su familia, es decir, a sus amigos y educadores. Necesitan colaborar, competir y mantener su estatus entre las personas que no lo conocen bien. Estas situaciones inician a los niños a usar el lenguaje para contar acerca de ellos mismos, sus familias y sus experiencias, ahora sin el apoyo de un adulto y del contexto situacional.
Cuadro N° 1. Desarrollo de competencias y habilidades lingüísticas esperadas (cero a cinco años)
| Edad | Nivel comprensivo | Nivel expresivo |
| Etapa prelingüística | ||
| 0 a 1 año | Presta atención, mira cuando se le habla.Atiende a su nombre.Mira en dirección a ruidos. | Gorgeos, laleos, llanto, risa, balbuceos imita sonidos, ma-má, pa-pá |
| Etapa lingüística | ||
| 1 a 2 años | Señala partes del cuerpo si se le solicita.Imita sonidos de animales. Sigue instrucciones simples contextuales: “dame un beso”. Puede señalar una figura en una lámina, si se le nombra. Señala las diferentes partes del cuerpo cuando se le pide. Sigue instrucciones simples. Entiende preguntas simples ¿Dónde está el gatito? Comprende el “no”. Presta atención a canciones, rimas y cuentos. Comprende al menos 10 palabras. | Puede decir una o más palabras, a medida que se acerca a los dos años.Hace preguntas simples del tipo ¿dónde está?, ¿qué eso? Junta dos o más palabras: “más papa”, “no quiere”, “vamos”. Usa dos palabras juntas como “más pan”, “tira pelota”. Produce sonidos onomatopéyicos. Señala o utiliza algún otro gesto para demostrar algo de interés o para llamar la atención hacia algo. Utiliza palabras combinadas con gestos para obtener lo deseado. Utiliza al menos 10 palabras. |
| 2 a 3 años | Comprende diferencias de significados en las palabras: “bueno”, “malo”, “ahora”, “después”, “abrir”, “cerrar”. Sigue instrucciones simples y compuestas: “busca el libro y ponlo en la mesa”. Contesta preguntas: “¿dónde?” | Nomina algunos objetos de su entorno.Utiliza frases de dos o tres palabras para pedir algo o para llamar la atención del adulto.Puede pedir objetos llamándolos por su nombre.Hace frases negativas de dos palabras: “no quiero”. Dice su nombre. Se refiere a sí mismo en primera persona. |
| 3 a 4 años | Atiende si alguien lo llama, aunque no lo vea.Responde preguntas sencillas: “qué”, quién”, “cuándo”, “conqué” y similares. | Cuenta lo que hizo en la escuela (o fuera de su casa).Su lenguaje es comprensible para los adultos.Nomina objetos y puede pedirlos por su nombre.Pueden persistir aún algunas simplificaciones y generalizaciones. |
| 4 a 5 años | Atiende a cuentos y relatos cortos, pudiendo responder alguna pregunta simple sobre su contenido. Comprende lo que hablan los adultos (a su nivel) y lo que dicen otros niños. | Se puede comprender con facilidad lo que dice. Se comunica con facilidad con niños y adultos. Utiliza conceptos abstractos al hablar: “yo quiero”. Hace muchas preguntas usando: por qué y quién. Usa igual gramática que el resto de la familia: oraciones complejas y con detalles para expresarse, casi sin errores sintácticos. Puede contar un cuento o anécdota con argumento. Pronuncia todos los fonemas, aunque se espera alguna dificultad en “rr” y fonografemas compuestos: “pl/tr/dr”. Al cumplir los cinco años, se espera lenguaje completo. |
Cruz Mangual (2012)
2.5.4Aportes de la lingüística
Desde comienzos del siglo XX, los estudios la naturaleza y estructura del lenguaje cobran un particular interés. La lingüística nace como una disciplina teórica y sigue desarrollándose como tal. Sin embargo, sus descubrimientos y formulaciones pueden ser utilizados con provecho por el educador y otros profesionales.
La lingüística descriptiva realiza un análisis de la conducta verbal del sujeto, estudiando los atributos de tales conductas. Se basa en la suposición de que el lenguaje es un código que usa los sonidos como símbolos; que este lenguaje es sistemático, es decir, que tiene un orden y que es dinámico, en el sentido que varía constantemente. La lingüística descriptiva emplea cuatro conceptos básicos: fonemas, morfemas, sintaxis y entonación, aunque otras escuelas usan los mismos términos con distintas connotaciones.
Fonemas. Constituyen los símbolos unitarios del lenguaje, son las unidades estructurales mínimas en el sistema de sonidos. No poseen significados en forma aislada sino solo cuando se encuentran en combinación. Cada lengua selecciona un repertorio de fonemas para su uso distintivo. El niño, en las primeras etapas de su desarrollo, emite un amplio rango de sonidos que incluyen sonidos correspondientes o no a su lengua, de los cuales posteriormente, por imitación y refuerzo, selecciona los concernientes al lenguaje de su grupo.
Morfema. Es una unidad lingüística con significado, formada por la combinación de fonemas. El significado preciso del morfema está dado por el contexto. Por ejemplo: s / o / l / constituyen fonemas sin significado, pero juntos forman el morfema sol.
Sintaxis. Es el estudio del sistema y la estructura del lenguaje. Solo cuando los fonemas se combinan en morfemas, que a su vez combinan en determinados patrones y secuencias, el lenguaje pasa a ser un vehículo de transmisión de significado. Se trata de lo que comúnmente se entiende como la gramática.
La praxis. Corresponde al habla, a la interacción lingüística propiamente tal, a la intención comunicativa que se logra a través de las variaciones sutiles con relación a la intensidad, al tono, a la utilización de pausas y uniones entre sonidos, a la actitud corporal y gestual. Una persona comprende lo que su interlocutor le está comunicando –si le responde una pregunta, si le cumple una orden, si ratifica su aseveración– gracias a la interpretación de los modelos de tono e intensidad.
Estas diferenciaciones entre niveles de lenguaje, le permiten al educador detectar con precisión, el nivel donde se producen logros o dificultades en el lenguaje. Por ejemplo: un niño que construye muy bien sus oraciones, pero que no acierta en la pronunciación de las palabras, está fallando en el nivel de los fonemas, aunque sus logros sean satisfactorios en el nivel de lo morfemático y sintáctico.
2.5.5Comunicación y lenguaje en el jardín
El desafío que implica, en la actualidad, educar a niños y niñas inmersos en el mundo de la información y de la tecnología nos obliga a adoptar nuevas perspectivas teóricas y prácticas conducentes a mejorar la calidad de sus competencias lingüísticas y comunicativas, tan necesarias para un desarrollo humano armónico en un mundo complejo y cambiante. Este desafío implica elevar los niveles de logro en las áreas lingüística y cognitiva de los cursos de transición, articulando de ese modo la educación parvularia con el primer año de Educación General Básica.
El desarrollo y expansión de esta rica competencia lingüística de los niños por parte de los educadores, constituye el mejor puente para articular la educación inicial con la básica. Para ello, es necesaria la valoración de la lengua materna y de la identidad cultural de los alumnos (en especial en aulas en que se da la multiculturalidad de los alumnos) y situar su aprendizaje y expansión dentro de contextos significativos para el niño, en el bien entendido de que esto último, es válido para cualquier contenido curricular. La iniciación temprana y natural en la lectura y escritura, tema sobre el cual hay un creciente consenso, no debe interpretarse como la enseñanza formal de la lectura y escritura en el nivel preescolar.
La articulación de ambos niveles (Condemarín y Díaz, 1999) en el ámbito del lenguaje y la comunicación, no marca una línea claramente delimitada entre ellos, sino que más bien muestra una especie de superposición. Esta superposición se explica porque la inmersión en el lenguaje escrito: sala letrada, uso de la biblioteca de aula, lecturas compartidas y otras estrategias metodológicas, continúa a lo largo del primero y segundo año básico. Por otra parte, las destrezas propias de la decodificación, por ejemplo, el desarrollo de la conciencia fonológica, aprendizaje de los fónicos y del vocabulario visual, pueden desarrollarse dentro del nivel parvulario siempre que los niños muestren un interés explícito por aprenderlas. Cada educadora deberá determinar cuándo el niño está en condiciones para desarrollar tales destrezas específicas con alegría y sin tensiones.
Si bien el lenguaje oral y escrito constituye una modalidad para comunicarse con otro y producir un efecto, la distinción entre lenguaje y comunicación es válida, por cuanto un niño puede tener un buen lenguaje articulado, pero su comunicación con otro puede ser limitada por factores emocionales, falta de oportunidades, espacios comunicativos u otros. Se exponen a continuación los principales planteamientos teóricos que fundamentan la importancia de implementar una propuesta de lenguaje y comunicación en el nivel de transición.
Al ingreso al nivel de transición, los niños son competentes en el uso de su lengua materna, independiente de la etnia o grupo socioeconómico al que pertenezcan. Alrededor de los cinco años, mayoritariamente conocen la estructura lingüística de su habla materna, incluyendo la mayoría de los patrones gramaticales. Perciben intuitivamente que el lenguaje es funcional y que pueden usarlo para darse a conocer (función personal), para obtener cosas (función instrumental), para hacerse de amigos, reclamar, afirmar, solicitar, prometer (función relacional), para averiguar sobre los objetos y sucesos (función heurística), contar a otros lo que saben (función informativa) y crear mundos imaginarios a través de sus propias fantasías o dramatizaciones (función poética del lenguaje).
La evolución del lenguaje de los niños ocurre en paralelo a su desarrollo. Progresivamente expanden sus funciones lingüísticas a medida que se integran a un grupo de pares e interactúan con otros adultos. En ese contexto, necesitan darse a conocer a sus compañeros y a sus educadores, necesitan colaborar, competir y mantener su identidad entre personas que no son de su familia. Estas situaciones los incitan a usar su habla en forma flexible, usando niveles de habla adaptados a la situación comunicativa o a la jerarquía de sus interlocutores. Se entiende por niveles o registros de habla el comunicarse en forma familiar o informal, o emplear un lenguaje culto formal de acuerdo al interlocutor o a la situación comunicativa que se enfrente.
Durante estos procesos los diferentes aspectos del lenguaje –función, forma y significado– van siendo aprendidos a nivel implícito, global y simultáneamente. En la medida que los niños necesitan expresar nuevos y más complejos significados, van adquiriendo nuevas y más complejas formas de lenguaje, variándolas según sus propósitos y los contextos donde ocurra la comunicación. El modelaje que le proporcionan los usuarios con mayor dominio lingüístico juega un importante rol en el desarrollo de este proceso. El desarrollo natural del lenguaje puede ser expandido a través de una intervención intencionada. Si bien se trata de un proceso natural, los educadores pueden realizar una intervención intencionada, en su función de mediadores eficientes. El papel del educador como mediador eficiente se apoya fuertemente en los aportes de Feuerstein (en Sharron, 1986), uno de los más destacados seguidores de Vigotsky (1988).
Feuerstein concibe el organismo humano como un sistema abierto y modificable, donde la inteligencia no es un valor fijo, sino que constituye un proceso de autorregulación dinámica, sensible a la intervención de un mediador eficiente. Una mediación eficiente proporciona a los niños, en primer lugar, un ambiente afectivo que le permita expresarse con confianza frente a un interlocutor que lo escucha atentamente, lo comprende y le demuestra que su comunicación es importante para él. Además de ordenar, enmarcar y sistematizar los estímulos, de manera que los niños puedan focalizar su atención y así favorecer sus descubrimientos frente al lenguaje.
La interacción social entre los niños fortalece la construcción del significado. Por estas razones, es importante que los educadores planifiquen actividades que incorporan múltiples oportunidades para que los niños interactúen socialmente con otros.
Ellos desarrollan su lenguaje cuando se respeta su lengua materna y su entorno sociocultural y aprenden algo cuando son capaces de atribuirle significados más o menos profundos, dependiendo de sus capacidades, de sus experiencias previas y de sus estructuras cognitivas. A partir de este punto de vista, las distintas modalidades del lenguaje (escuchar, hablar, leer y escribir) se desarrollan a través de compartir significados, y entienden un contenido solo cuando se relaciona con lo que ellos ya saben. Esto es, su conocimiento previo acerca de un tema influencia la extensión y profundidad de lo que ellos comprenden. Y esto es válido no solamente para el lenguaje, sino para cualquier otro aprendizaje.
Los educadores logran que sus niños obtengan aprendizajes significativos cuando valoran la lengua materna, el entorno y las experiencias cotidianas de sus niños como un insumo básico para estimular la expresión de las distintas funciones lingüísticas y para favorecer su proceso de identidad, de conocimiento y valoración de sí mismo, y en fin, de su sentido de pertenencia y su autoestima.
Por otra parte, en pro de estos aprendizajes significativos los educadores desarrollan el amplio espectro de las funciones lingüísticas que manejan sus niños, tanto en las interacciones naturales como en la selección y estimulación de sus lecturas y producción de textos creativos o formales. Simultáneamente, a través de satisfacer sus necesidades, intereses y propósitos por medio del lenguaje, se construye un ambiente donde se den a conocer, indaguen, descubran, expresen su humor y sus fantasías. En la sala de clases se privilegian situaciones activas que permiten una aproximación al conocimiento de manera vivencial y no referencial. Así, el conocimiento del niño sobre el lenguaje no constituye un objeto de aprendizaje aislado, sino algo que pertenece a su vida real y que tiene significado como herramienta para percibir y actuar sobre el mundo.
2.6Desarrollo neuropsicológico
Enseñar sin saber cómo funciona el cerebro, es como querer diseñar un guante, sin nunca haber visto una mano.
(LESLIE HART).
La investigación sobre las relaciones entre cerebro, conducta y procesos cognitivos ha avanzado significativamente los últimos años, gracias a la irrupción de las técnicas de neuroimagen que permiten explorar el metabolismo cerebral con gran precisión. Las investigaciones en neuropsicología han permitido determinar las localizaciones de los procesos cognitivos, ya sea que se encuentren localizados o lateralizados o que dependan de la actividad integrada de varias áreas cerebrales.
Hasta más o menos el siglo XVII, solo se podía estudiar el cerebro en autopsias. En el siglo XIX, gracias a los trabajos de W. Rontgen, se pudo disponer de radiografías; a principios del XX, H. Berger, crea la electroencefalografía. De ahí en más, el progreso de la imagenografía es vertiginoso: 1972, Tomografía Axial Computarizada; 1974, Tomografía computarizada de emisión de fotones/protones (PET/SPEC Scans); 1984, Escáner 3D, en vivo, que permite ver el cerebro trabajando, en tiempo real y en tres dimensiones. Esto ha permitido investigar incluso el cerebro que aprende, en el momento en que aprende y también, el cerebro que enseña, en el acto mismo de enseñar, lo que abre un horizonte insospechado de conocimientos. Se requiere ahora, contar con herramientas de mayor potencia de procesamiento informático, para trabajar con 100 mil millones de neuronas, cada una conectada a miles de otras, es decir, aproximadamente 150 trillones de conexiones en un cerebro normal (Strauss, 2005).
Eric Kandel, Premio Nobel de Fisiología el año 2000, afirma que los procesos mentales reflejan operaciones cerebrales y que el aprendizaje produce cambios persistentes en la conducta, cambiando la expresión de los genes, alterando la fuerza de las conexiones sinápticas y el patrón anatómico de la corteza cerebral. La importancia de la estimulación ambiental y de la oportunidad de los aprendizajes, se basa en la comprobación empírica de cómo la experiencia cambia la estructura física del cerebro diariamente (Kandel, 2008).
Las últimas investigaciones en neuroeducación, transdisciplina que promueve la integración de las ciencias de la educación con el desarrollo neurocognitivo, plantea que no existen dos cerebros iguales y aunque tienen una estructura básica común, son tan únicos como los rostros o las huellas digitales. Y si no hay dos cerebros iguales, tampoco hay dos niños que aprendan igual. La forma en que se aprende depende del cerebro, lo que explica estilos de aprendizaje diferentes. Ese es el desafío para la educación: crear situaciones de aprendizaje compatibles con diferentes estilos de aprendizaje (Zull, 2004, 2011). Y un segundo desafío: considerar que el niño solo aprenderá aquello que sus bases neuronales le permitan, es decir, aprenderá solo aquello para lo cual está preparado. Un hecho interesante en esta línea lo constituye la comprobación empírica apoyada en imágenes, de las teorías epigenéticas y constructivistas de Piaget, quien no investigó experimentalmente, sino que observando el desarrollo cognitivo del niño en su ambiente natural. Hoy se demuestra que los distintos estadios del pensamiento, descritos por Piaget, corresponden a cambios que ocurren en el cerebro (Strauss, 2005).
La neuropsicología infantil estudia la organización cerebral de la actividad cognitivo-conductual, aplicando los principios generales de la neuropsicología al contexto dinámico que representa un cerebro en desarrollo. Como en cualquier tema relativo al desarrollo, se debe considerar la importante variabilidad evolutiva debida al factor edad, vale decir, los cambios atribuibles a la edad en un cerebro en proceso de maduración y los factores ambientales que impactan en el desarrollo cognitivo.
La psiquiatría, la psicología infantil y la psicología del escolar comparten espacios de investigación y estudio, en la medida que abordan, por ejemplo, las dificultades del aprendizaje y del rendimiento escolar, los procesos maduracionales que subyacen al desarrollo intelectual y conductual del niño y la forma en que desarrollan funciones cognitivas tales como atención, memoria y lenguaje, factores claves en el aprendizaje.
2.6.1Desarrollo del sistema nervioso central (SNC)
El desarrollo del sistema nervioso es el sustrato que permite niveles de coordinación de conductas cada vez más complejas. Se trata de un proceso evolutivo, integral y multidimensional, resultado de la interacción entre lo biológico y lo ambiental, entre la herencia –código genético único para cada individuo– y sus experiencias o aprendizajes. Mientras los genes programan ciertas conexiones neuronales, la experiencia programa y reprograma permanentemente estas conexiones (Förster, 2012).
El concepto de desarrollo incluye procesos psicosociales, cognitivos y biológicos en permanente interacción. El nivel de desarrollo alcanzado por el niño determina todos los aspectos de su comportamiento, tanto normal como anormal, involucrando procesos cognitivos que incluyen percepción, formación de imágenes, razonamiento, resolución de problemas, lenguaje y pensamiento. También involucra procesos emocionales, de desarrollo de personalidad, interacciones sociales, expectativas, motivaciones y, finalmente, cambios corporales.
El desarrollo humano es el resultado de complejos intercambios entre lo biológico y lo ambiental (nature versus nurture), entre un código genético único heredado, propio de cada individuo, y las oportunidades o limitaciones que le brinda el medio para desplegarlo en todo su potencial. Constituye un proceso por medio del cual un organismo crece y cambia de manera ordenada a través del tiempo, diferenciando órganos y funciones. Como dinámica de diferenciación y especialización creciente, implica crecimiento, aunque no todo proceso de crecimiento puede considerarse desarrollo. Mientras el crecimiento es un cambio cuantitativo (por ejemplo, crecimiento en estatura y talla), el desarrollo es un cambio simultáneamente cualitativo y cuantitativo. El desarrollo siempre implica cambio, pero no cualquier cambio, sino un movimiento ordenado hacia un nivel más avanzado, más complejo y más adaptativo (Bascuñán, 2008).
El desarrollo normal del niño progresa de acuerdo a una secuencia conocida de cambios que se dirigen hacia la especialización y complejización de funciones, lo que obliga a todos quienes trabajan con niños a conocerlos no solo en su individualidad, sino en relación a lo esperado para su momento de desarrollo. Una misma conducta que a una determinada edad puede ser normal, por ejemplo, un lenguaje defectuoso a los dos o tres años, no lo es si persiste a los cinco.
El proceso de desarrollo temprano del cerebro sigue un programa determinado que tiene que ver con la supervivencia: primero las áreas básicas, relacionadas con percepción visual y control motor de movimientos, a continuación las áreas de lenguaje y orientación espacial y, finalmente, las áreas situadas en la zona frontal, en especial las funciones ejecutivas. De ahí que en los niños preescolares y aún en los escolares las funciones ejecutivas relacionadas con la inhibición del impulso, la toma de decisiones, la planificación y la flexibilidad cognitiva, están todavía en proceso de maduración.
La disarmonía evolutiva o desarrollo disarmónico es un concepto que no reúne suficiente consenso en cuanto a su definición y límites conceptuales. No todos los niños presentan los mismos patrones temporales en su desarrollo y por tanto, lo que en un momento puede impresionar como un perfil disarmónico de rasgos del desarrollo, al siguiente puede evolucionar y perfilarse dentro de los parámetros esperados para la edad. Vale decir, será la propia evolución, el tiempo, lo que confirma o descarta una disarmonía.
Una mirada correcta deberá considerar y comparar todos los aspectos madurativos y del desarrollo: neurológicos, psicomotores, sociales, adaptativos, emocionales, cognitivos. Si se observan desfases en el desarrollo, deben preocupar solo en la medida que se conviertan en un problema para el niño, ya que en la mayoría de los casos solo representan variaciones normales en los ritmos del desarrollo. Ana Freud (1992) denomina desequilibrio entre las líneas del desarrollo a estos desajustes y afirma que por razones de maduración (afectiva o de otra índole) se produce el desfase de una entidad parcial, ya sea motricidad, lenguaje, organización cognoscitiva o autonomía, que se adelanta o retrasa con respecto a las demás y que en función de su repercusión en los demás sistemas y en su forma de aprehender la realidad, puede ocasionar una perturbación en el funcionamiento global del niño. Por ejemplo, un desfase entre un desarrollo precoz de las funciones perceptivo-motoras, en paralelo con insuficiencias del lenguaje, puede retrasar aún más el desarrollo de lenguaje por falta de motivación para valerse de la función comparativamente deficitaria, privilegiando aquella en la que ha alcanzado un mayor desarrollo.
Cualquiera sea el perfil de la disarmonía evolutiva que presenta el niño, uno de los aspectos más preocupantes es el nivel de desarrollo de lenguaje, sin olvidar que el diagnóstico definitivo depende de factores evolutivos, esencialmente dinámicos y cambiantes en el tiempo.
2.6.2Periodos críticos para el desarrollo cognitivo
Las distintas regiones del cerebro no se desarrollan al mismo ritmo, ni en forma simultánea. Para que esos cambios se produzcan se necesitan determinadas experiencias que faciliten el desarrollo de cada región en el momento en que esa región está preparada para recibir tal o cual estimulación ambiental (Couperus y Nelson, 2006). Estos lapsos pueden ser breves y bien definidos en el tiempo, o transitar durante períodos más prolongados.
El período crítico se define como el espacio de tiempo en que la adquisición normal de una determinada conducta es especialmente sensible a la influencia del medio. Una vez que finaliza el período, el aprendizaje de que se trate ya no ocurre, o se dificulta significativamente. Por lo tanto, la ausencia del estímulo apropiado en el momento preciso, puede ser difícil de remediar y, en algunos casos, imposible. Se denomina a estos períodos, ventanas de oportunidad, y se requieren estímulos y experiencias específicas para facilitar el crecimiento sináptico. Son dependientes del uso, y se relacionan con la plasticidad neuronal.
Cuadro N° 2. Períodos que representan ventanas de oportunidad:
| Periodos sensibles en el desarrollo | Ventana de oportunidad |
| 0 a 2 años | Desarrollo de control emocional |
| 0 a 2 años | Vínculos afectivos |
| 0 a 4 años | Matemáticas y lógica |
| 0 a 3 años | Desarrollo motor |
| 0 a 4 años | Vocabulario básico |
| 0 a 7-10 años | Aprendizaje de segunda lengua |
| 3 a 4 años | Destrezas sociales con pares |
| 3 a 10 años | Ejecución de instrumentos musicales |
El cuadro muestra la importancia del período preescolar en el desarrollo de diferentes áreas. Salvo las áreas afectivas de muy temprana emergencia, tales como control emocional y creación de vínculos, el resto de los períodos críticos tienen su máxima sensibilidad y reactividad a los estímulos del ambiente hasta los cuatro años (Förster, 2012). Este punto debiera ser considerado al definir objetivos y seleccionar contenidos de los programas preescolares.
2.6.3Desarrollo cerebral temprano. Neuroplasticidad
Es posible determinar dos momentos en el desarrollo cerebral. El primero, la neurogénesis, que cumple hitos genéticamente programados de cada una de las partes del SNC (20 primeras semanas) y en segundo lugar, un proceso de maduración progresiva a partir de la semana 20, que corresponde a una etapa de crecimiento neuronal de estructuras corticales que culmina hacia el final de la adolescencia. Para referirse a estos dos momentos, se habla de un período pre y post natal, en el bien entendido de que se trata de un proceso continuo. En este proceso, el cerebro inmaduro recibe influencias del ambiente intra y extrauterino y se desarrolla en términos de sucesivas complejizaciones y diferenciaciones.
La neurogénesis corresponde a la formación de las diferentes regiones cerebrales en períodos de tiempo predeterminados, comenzando por las áreas cerebrales más profundas, para concluir en regiones de mayor complejidad y evolución, como es la corteza cerebral. Los procesos de maduración se ordenan en torno a un eje vertical que se inicia en estructuras subcorticales y, una vez en la corteza, continúa en dirección horizontal, desde las áreas primarias hacia las áreas de asociación. Este proceso se manifiesta en cambios progresivos dentro del mismo hemisferio (maduración intrahemisférica) marcando diferencias estructurales y funcionales entre ambos hemisferios (Rosselli et al., 2010). A medida que avanza la maduración, cada hemisferio se va asociando a funciones cada vez más especializadas. Por ejemplo, el hemisferio izquierdo se asocia al conocimiento de los fonemas, mientras en el derecho se produce la representación emocional de los sonidos (prosodia).
Durante el primer año la plasticidad cerebral es máxima, de manera que el cerebro se modifica y moldea fácilmente en respuesta a las condiciones y estimulación ambiental. A medida que los sistemas nerviosos van estabilizando su desarrollo y alcanzan su nivel de funcionamiento programado, la plasticidad neuronal disminuye, pero nunca totalmente. De hecho continúa a lo largo de la vida, lo que se evidencia en la recuperación, al menos parcial, de lesiones o daños, lo que muestra que persiste la capacidad para el cambio y la adaptación.
Paradojalmente, la neuroplasticidad, tan importante para la recuperación de daños, lesiones o patologías cerebrales en la infancia, implica una mayor vulnerabilidad cerebral: el cerebro es tanto más susceptible de daño, cuanto más inmaduro, de modo, por ejemplo, que un TEC es tanto más grave cuanto más inmaduro es el cerebro. Ocurre entonces, que el efecto de un trauma o daño, sería más focal a los nueve años (momento de mayor desarrollo cerebral) y más extenso y difuso a los dos años, en un cerebro menos desarrollado y todavía en formación. Por otra parte, la neuroplasticidad cerebral no es un constructo unidimensional, sino que involucra distintas áreas y niveles con sus respectivos gradientes de cambio y desarrollo, lo que puede llevar a desregulaciones y disarmonías en el desarrollo (Rosselli et al., 2010).
El peso del cerebro de un recién nacido de 40 semanas de gestación, es de aproximadamente 10% del peso de nacimiento. Es decir, si el niño pesó 3.500 g., su cerebro pesará 350 g. A los 12 meses, el cerebro habrá triplicado su peso. En ningún otro período del desarrollo ocurren cambios y crecimientos tan acelerados. Se trata de cambios citoarquitectónicos, vale decir, a nivel neuronal, las que llegan a su máximo nivel de densidad entre los seis y los 12 meses de vida, para luego dar paso a una reducción del número de conexiones, desapareciendo muchas por desuso. Esta verdadera poda neuronal, permite despejar y perfeccionar aquellas conexiones neuronales más utilizadas. La experiencia temprana, la estimulación, constituye un factor básico para la formación y mantenimiento de redes neuronales.
Un aspecto crítico del desarrollo neurológico se relaciona con el rol del ambiente en la maduración de estructuras especializadas del cerebro en formación. De ahí, la importancia de la educación preescolar. El cerebro humano es un órgano plástico, que no presenta características particulares predeterminadas al momento de nacer, pero trae la capacidad de auto organizarse y de ir aumentando sus conexiones nerviosas para responder a las demandas del medio interno y externo. Otro aspecto crítico –y que mucho antes había sido intuido por Piaget, entre otros– es la manera en que las estructuras cerebrales se relacionan con la emergencia de funciones motoras, perceptuales, emocionales y cognitivas en el niño. Además de los desarrollos prenatales, la experiencia y la interacción con otros resulta indispensable para producir cambios en el desarrollo neuronal a través de mecanismos que dependen de la actividad que el niño realiza. Así se modelan circuitos neuronales, se incrementa el repertorio conductual y emergen nuevas habilidades cognitivas (Förster, 2012).
El desarrollo neurológico desde el nacimiento y durante el período preescolar, constituye la base para desarrollos y aprendizajes posteriores. Las experiencias tempranas mapean el cerebro y la capacidad para aprender, para relacionarse con los otros y para responder a las demandas y los desafíos del medio.
Como se dijo, la maduración cerebral contribuye y condiciona los cambios cognitivos, en un inter-juego entre código genético e influencia del ambiente. Los cambios producen nuevos avances y potencian los siguientes. Desde las neurociencias el aprendizaje es un proceso mediante el cual las experiencias modifican el sistema nervioso, alteran los circuitos neuronales, el funcionamiento y la estructura del sistema nervioso y, por ende, la conducta (Carlson, 2001). Las redes neuronales así conformadas son el sustrato para nuevos aprendizajes y conexiones neuronales. El aprendizaje construye sobre esas bases neuronales y las modifica, conectando lo nuevo con lo preexistente (Zull, 2004).
Al nacer, todos los niños presentan estructuras cerebrales muy similares, no obstante, al inicio del último trimestre, ya han desarrollado millones de conexiones neuronales siguiendo una secuencia determinada de cambios. El interés y la curiosidad del niño son los motivadores para adquirir nuevas habilidades, sobre la base de nuevas conexiones, en un permanente proceso circular, en la medida que las nuevas habilidades adquiridas lo capacitan para nuevos cambios y aprendizajes (McCain, Mustard y Shanker, 2007).
El desarrollo neuropsicológico del niño es un factor central en relación a su capacidad para adaptarse y para aprender en general, y en particular, es un factor de madurez para el aprendizaje escolar. Para ingresar al sistema escolar, el niño deberá haber alcanzado la capacidad de regular su comportamiento en función de las actividades y exigencias propias del aula, manteniendo un nivel motivacional y atencional adecuado. Por otra parte, deberá ser capaz de inhibir respuestas ante estímulos distractores del logro de las metas. Finalmente, deberá haber adquirido una serie de competencias sociales que le permitan interaccionar con sus pares, ajustando su comportamiento al conjunto de reglas del sistema escolar (por ejemplo, espera de turnos, control emocional, motivación, postergación del impulso de salir a jugar y quedarse en su asiento).
2.6.4Funciones ejecutivas y lóbulos frontales
El trabajo con neuroimágenes ha permitido estudiar el funcionamiento del cerebro en vivo y paralelamente, el rol central que cumplen los lóbulos frontales en los procesos cognitivos superiores. Los lóbulos frontales ocupan entre el 30 y el 40% de la corteza cerebral y constituyen un centro de coordinación de actividades básicas tales como atención, memoria, actividad motora compleja, evaluación de conductas, flexibilidad cognitiva (Soprano, 2009). Dada la complejidad de sus funciones, su desarrollo es más lento que el de otras áreas cerebrales y de ahí que muchas funciones cerebrales no estén completamente desarrolladas hasta el final de la adolescencia.
Desde el punto de vista anatómico, el funcionamiento ejecutivo ha sido vinculado principalmente a la actividad de la corteza prefrontal (Stelzer et al., 2010), región del cerebro, asociada a la representación y utilización de reglas de regulación del comportamiento, pensamiento y afectividad. La activación de dicha región se evidencia cuando las reglas que el niño debe emplear en alguna situación aún no han sido automatizadas o deben ser generadas para adaptarse a un entorno no familiar.
Desde el punto de vista neuropsicológico, si bien se ha encontrado una correlación entre estas funciones y los lóbulos prefrontales, en el ámbito pediátrico se observan numerosos casos en que hay alteraciones ejecutivas sin lesión frontal y viceversa. Por lo general, se utiliza el término trastorno de funciones ejecutivas o trastorno disejecutivo, para denominar las dificultades a nivel del funcionamiento de los lóbulos frontales (Sánchez, 2000, en Soprano, 2009).
Las etapas evolutivas tempranas del cerebro constituyen la base para el desarrollo de competencias sociales, cognitivas, emocionales, lingüísticas, físicas y para la adquisición de habilidades de autorregulación en los dominios sociales, emocionales, lingüísticos, cognitivos y del comportamiento. Gracias a estas habilidades se desarrolla la capacidad del niño para regular sus emociones y sus comportamientos, que en definitiva es lo que caracteriza su crecimiento a partir de la completa indefensión del recién nacido, hasta lograr las competencias requeridas en relación a las demandas de su edad.
Hay consenso en que las F.E. permiten organizar el comportamiento con el objetivo de lograr una meta a largo plazo, regular las emociones, el comportamiento, la conducta social y anticipar el estado de ánimo o intenciones de otros. Vale decir, las funciones ejecutivas son un elemento clave en el funcionamiento intelectual, emocional y comportamental. Participan en la adaptación al facilitar el inicio y término de las tareas, perseverando hasta alcanzar el objetivo buscado, constituyendo un elemento clave para reconocer el significado de situaciones inesperadas y poniendo en marcha planes alternativos cuando surgen eventos inusuales que interfieran con las rutinas normales (Soprano, 2009).
Las oportunidades del medio y las interacciones del niño, pueden promover u obstaculizar la actividad del cerebro orientada al desarrollo de habilidades de autorregulación, cuyo desarrollo debe constituir un objetivo transversal de los currículos de acuerdo a las tareas y logros de la etapa evolutiva que transita el niño (Shanker, 2010). Durante el período preescolar el desarrollo de estas funciones experimenta un fuerte incremento, por lo que es posible favorecer su maduración, en especial, privilegiando relaciones positivas y brindándole el apoyo, la confianza y afecto que requiere (Milicic, 2015).
Dada la importancia que el correcto desarrollo de tales procesos implica para la adecuada adaptación del sujeto a su ambiente, el reconocimiento de los periodos de mayor sensibilidad en el desarrollo ejecutivo, constituye una tarea clave en el diseño de políticas educativas y sociales. Asimismo, la identificación de las diferentes variables que influirían sobre dicho proceso, facilitaría el diseño de programas de intervención específicos, destinados a poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad (Stelzer et al., 2011).
Si bien las diferentes funciones ejecutivas presentan curvas disímiles de desarrollo, numerosos autores han señalado que el rendimiento en diversas tareas consideradas ejecutivas, experimenta desarrollos significativos durante el período preescolar (Carlson, 2005). Asimismo, dichos avances han sido vinculados a la maduración de regiones corticales específicas durante tal período (Zelazo et al., 2004). Tales hallazgos serían congruentes con la hipótesis de que los años preescolares, constituirían uno de los períodos de mayor sensibilidad para el desarrollo del funcionamiento ejecutivo. Durante este período se produciría una notoria maduración y refinamiento de las conexiones inter-neuronales prefrontales responsables, por ejemplo, de la representación de reglas destinadas a gobernar la conducta.
Se ha señalado como posibles factores que inciden en el desarrollo, las características de la crianza, la estimulación proporcionada por los padres, el modo de disciplina que los mismos ejercen sobre el niño, el temperamento del niño, el nivel socio-económico de la familia. Se comprueba que factores ambientales de crianza (familiares, escolares) son moduladores del desarrollo de las funciones y el control ejecutivo, especialmente durante el período preescolar. Ambientes afectivamente deprivados pueden inhibir el normal desarrollo de estas funciones. El desarrollo de las F.E. se asocia estrechamente al control consciente no solo del pensamiento y el comportamiento, como se creía hasta hace poco, sino también al control de la afectividad (Rueda et al., 2005).
El correcto desarrollo de los procesos de control ejecutivo experimentado durante el período preescolar, posibilitará al niño adaptarse a la serie de exigencias que deberá atender a su ingreso a la enseñanza básica (McClelland et al., 2007, Stelzer et al., 2011).
Para el trabajo en preescolares, es importante destacar resultados que indican que las funciones ejecutivas, incluyendo atención, razonamiento, memoria de trabajo y autocontrol, pueden ser entrenadas con resultados exitosos, lo que puede significar la diferencia entre un buen desempeño del niño al ingreso a la escuela, y un desempeño deficitario. En el caso del inicio de la enseñanza básica formal, se requiere que hayan madurado funciones más o menos complejas relacionadas con la realización (o postergación) de determinadas acciones. Afortunadamente, los resultados de investigaciones recientes apuntan a que las funciones ejecutivas pueden mejorarse, mediante entrenamiento cognitivo, lo que puede acrecentar las destrezas de autorregulación y otras funciones requeridas para el ingreso a la escolaridad formal (Rueda y Paz-Alonso, 2013).
La gran cantidad de estudios sobre la materia y los diferentes enfoques, han llevado a que coexistan variadas clasificaciones sobre las habilidades que componen el constructo denominado Funciones Ejecutivas. Esta relativa imprecisión al momento de clasificar, lleva a listados exhaustivos con límites imprecisos, lo que contribuye a la dificultad para desagregar funciones que se implican unas a otras, pero también a clasificaciones muy básicas que no cubren el amplio espectro de habilidades, capacidades y competencias que conforman el constructo.
Por ejemplo, si se considera la toma de decisiones como una función ejecutiva y se define como la habilidad para elegir entre alternativas vinculadas a la obtención de determinados montos de recompensas y castigos, entonces esta función estaría ligada estrechamente a la capacidad de planificación, evaluación y control de las acciones que conducen a un determinado objetivo. Es el caso también de la atención, como función ejecutiva central y prerrequisito para la actividad de otras funciones ejecutivas. De manera, entonces, que se estaría frente a un constructo conformado por funciones jerarquizadas y fuertemente interrelacionadas.
Las F.E. no constituyen un proceso cognitivo unitario, sino un constructo psicológico que incluye un conjunto de habilidades que controlan y regulan otras habilidades y conductas. Se trata entonces, de habilidades de alto orden que intervienen controlan o regulan otras tales como la atención, la memoria y habilidades motoras complejas. Permiten organizar, integrar y manipular la información adquirida. Anticipar, abstraer, organizar comportamientos para alcanzar metas de largo plazo y también interactuar socialmente al permitir anticipar el estado de ánimo o pensamiento de las otras personas (empatía). En la vida diaria, permiten adaptarse, inhibir respuestas inadecuadas, iniciar y concluir tareas, superar obstáculos para alcanzar objetivos, reconocer el significado de situaciones inesperadas y hacer planes alternativos cuando la rutina está interrumpida (Ardila, 2012).
Las funciones ejecutivas incluyen también aspectos emocionales y de relación, que relevan la importancia de vincularse con otros, de darse cuenta que los otros piensan y sienten de manera distinta a uno (teoría de la mente). La empatía se aplica en el campo de las neurociencias desde sentimientos de preocupación por los demás o cómo piensa o siente el otro y poder reconocerlo y decirlo. Finalmente involucra procesos afectivos emocionales y también reflexivos, que requieren tomar perspectiva y descentrarse para entender por qué el otro está sintiendo como lo hace.
Las diferentes clasificaciones incluyen variadas categorizaciones, más o menos complejas o simplificadas dependiendo del autor o de la línea investigativa. A modo de mostrar los distintos componentes del constructo denominado funciones ejecutivas, y tomado de varios autores, se presenta el siguiente cuadro resumen:
Cuadro N° 3. Competencias de autorregulación y funciones ejecutivas
| Competencias básicas de control ejecutivo | Control atencional |
| Memoria de trabajo | |
| Control inhibitorio | |
| Actividad motora compleja | |
| Procesos cognitivos | Flexibilidad cognitiva |
| Capacidad para resolver problemas | |
| Razonamiento abstracto | |
| Fluidez verbal/visual | |
| Ejecución de tareas | Planificación, organización, evaluación en respuestas no automáticas |
| Automonitoreo y autocontrol | |
| Capacidad para iniciar y terminar tareas | |
| Capacidad para inhibir respuestas | |
| Aspectos emocionales y de relación | Reconocimiento y anticipación de estados de ánimo e ideas en los otros: empatía, teoría de la mente |
•Atención. Control atencional
En diversos estudios se ha postulado la existencia de tres sistemas de redes neurales, que se corresponderían con las funciones atencionales de alerta, orientación y atención ejecutiva. El sistema de orientación está implicado en la selección de información a través de diversos inputs sensoriales e implica la capacidad de cambio –rápido o lento– del foco atencional, de acuerdo al contexto (Konrad et al., 2005).
La atención en sus diversas modalidades, constituye un dominio difícil de definir. No obstante, en psicología hay bastante consenso en que la cantidad de información que se puede procesar en un momento dado es limitada y, por tanto, no es posible realizar simultáneamente muchas tareas. El cerebro requiere aplicar filtros a la gran cantidad de estímulos a la que está expuesto permanentemente, de manera de permitir la entrada solamente a aquella información (interna o externa) requerida para resolver la tarea que lo ocupa. Este proceso selectivo se conoce como atención.
Sin embargo, la atención no es un proceso único, sino que se manifiesta en diferentes formas, como por ejemplo, atención focalizada, sostenida, selectiva. La atención focalizada es la forma más básica y corresponde a la capacidad para atender en un momento dado a una sola clase de estímulos, ya sean visuales, auditivos o táctiles, ignorando los demás. La atención sostenida es la capacidad de mantener el foco en la tarea durante el tiempo requerido para llevarla a cabo, mientras la atención selectiva es la que se pone en acción cuando se necesita priorizar solo los estímulos relevantes para una tarea. La atención dividida supone la habilidad para responder simultáneamente a varios estímulos o demandas situacionales, lo que resulta tanto más posible cuanto más rutinaria y mecánica sea la tarea (Ardila, 2012).
Ana María Soprano (2009) define las funciones ejecutivas y atencionales como funciones de alto nivel que infiltran y comandan todas las otras funciones cognitivas. Y agrega que las funciones atencionales seleccionan las informaciones que serán tratadas (en ese nivel intervienen la motivación del sujeto, su historia, sus gustos, sus proyectos) mientras las ejecutivas “ejecutan”, o más bien gestionan y dirigen la ejecución de los diferentes programas. Desde esta perspectiva, los módulos cognitivos están subordinados a las funciones atencionales y ejecutivas.
Coincidentemente, Ardila (2012) plantea que la planificación y organización de la tarea, la inhibición de conductas inapropiadas para su realización, el mantenimiento del pensamiento flexible y casi todos los procesos intelectuales, están relacionados con la atención, por lo tanto, se les llama también procesos de alto orden de la atención, o control atencional.
Los problemas atencionales en cualquiera de sus formas, como por ejemplo, el clásico Síndrome por Déficit Atencional, pueden llegar a afectar la expresión del potencial intelectual del niño y su capacidad aprender, en la medida que se interfiere el proceso en la primera etapa, vale decir, en la entrada de la información al sistema.
•Memoria operativa
La memoria es un proceso cognitivo fundamental, en la medida que posibilita la conservación de la información trasmitida al cerebro por señales sensoriales una vez que se ha suspendido dicha señal. La memoria permite guardar y conservar esa información de modo que posteriormente pueda ser recuperada. Por otra parte, y dado que la memoria conserva las experiencias pasadas, permite a la persona adaptarse al presente y orientar el futuro. Al igual que la atención, la memoria se relaciona con muchos otros procesos corticales superiores (Sohlberg y Mateer, 1981, en: Ardila 2012).
Aprender (y enseñar) solo es posible gracias a la memoria: proceso mediante el cual se codifica, almacena y recupera la información y que permite usar los conocimientos adquiridos, procesados, almacenados y recuperados, para adaptarse a las nuevas situaciones. Si el proceso falla en alguna de sus etapas, el aprendizaje no ocurre. Este nuevo estatus de la memoria deja muy atrás los tiempos en que tener buena memoria era ser “memorión” y por ahí, no muy inteligente. Hoy se reconoce incluso, que sin la capacidad de recordar experiencias pasadas, seríamos viajeros errantes en un mundo perpetuamente nuevo.
La memoria no es un proceso unitario, sino que involucra varios sistemas específicos y relativamente independientes entre sí. Por ejemplo, la memoria semántica (de los significados) y la memoria autobiográfica, que permite revivir el momento y que comprende circuitos cerebrales involucrados en la emoción. Recordar es, en gran parte, un acto creativo y de imaginación, de reconstrucción del pasado Esto último explica que hechos con contenido e implicancias emocionales se recuerden mejor que las rutinas con bajo compromiso emocional, consideración que debería estar presente en las metodologías y en los currículos escolares.
La memoria es un proceso que se realiza en etapas: retención o registro, almacenamiento o conservación y evocación o recuperación de la huella mnémica. Puede conservar información ya sea durante pocos segundos o por períodos que pueden abarcar toda la vida de una persona.
Hay muchas maneras de diferenciar entre distintos tipos de memoria, y una de ellas es diferenciar en función del tiempo: memoria sensorial, memoria de corto plazo (MCP) y memoria de largo plazo (MLP).
La memoria sensorial abarca a su vez varios subtipos, que se relacionan con su fuente perceptiva. Consiste en representaciones de estímulos sensoriales, por lo que solo tiene sentido si se le transfiere a la MCP, donde se le asigna sentido y se procesa para ser transferida a la MLP, si es el caso que no se elimina antes de estos procesamientos. Respecto de este tipo de memoria concita reservas en cuanto a considerarla efectivamente un tipo de memoria, ya que consiste solo en el reconocimiento inmediato (momentáneo) del estímulo que perciben los sentidos y que permite su reconocimiento.
La memoria de corto plazo (MCP), también llamada memoria de trabajo, es un registro menos preciso y menos exacto que el sensorial. Puede retener siete elementos o paquetes de información (bits), con variaciones de más-menos dos elementos. Un paquete o bit, es un grupo significativo de información que puede ser almacenado como una unidad en la MCP. Este tipo de memoria participa primero en la mantención on line y después, en la manipulación de la información. Permite mantener la información mientras se la está utilizando; por ejemplo, permite recordar instrucciones, objetivos de la acción que se está realizando, utilizar alternativas, recombinar ideas, etc. Se le ha llamado también memoria operativa y posibilita el aprendizaje, el procesamiento y la integración de la información y su almacenamiento codificado en la MLP.
Aunque hasta la adolescencia no hay un desarrollo total, se requieren niveles operativos de memoria de corto plazo, para iniciar, por ejemplo, los procesos de lectura. Cuanto más pequeño es el niño, más precaria es esta forma de memoria.
La memoria de largo plazo (MLP) tiene una capacidad prácticamente ilimitada y es capaz de almacenar todas las vivencias, aprendizajes, en fin, la historia de cada uno. La limitación reside en la capacidad de evocación y de recuperación de la información, que depende de la forma en que se organiza (procesa, codifica) la información, para que esté disponible al momento que se la necesite. La información guardada en la MLP no permanece inerte a la espera de ser recuperada, sino que existen procesos de olvido y a veces de cambios en el sentido o significado del material almacenado que responden a factores emocionales: se conserva mejor lo que se asocia a contenidos positivos y placenteros, que los asociados a contenidos displacenteros o dolorosos (Dörr, Gorostegui, Bascuñán, 2008).
2.7Desarrollo motor y psicomotor
Con las naturales diferencias individuales para cada niño, la mayoría desarrolla sus habilidades motoras en la misma secuencia y aproximadamente a la misma edad, de acuerdo a una programación genética. Se podría afirmar que el desarrollo motor es un marcador, un índice del desarrollo global. El ambiente desempeña un papel importante, en la medida que un entorno enriquecedor puede favorecer determinados logros, mientras que un ambiente empobrecido produce el efecto contrario.
Se espera que al concluir la preescolaridad, ya cercano a los seis años, el niño haya logrado suficiente desarrollo y coordinación de movimientos, tanto finos como gruesos, como para iniciar su enseñanza básica. El desarrollo no es un proceso parcelado en áreas independientes, sino que estas se interrelacionan y se influyen mutuamente. Por ejemplo, alrededor de los seis años, el niño será capaz de subir y bajar escaleras con rapidez, correr y cambiar de dirección sin detenerse, patear y dar botes a una pelota, reconocer su lateralidad, saltar en un mismo pie (y avanzar saltando), trepar, además de hacer lazos, atar botones, tomar un lápiz y realizar una muy variada gama de movimientos. Al momento del ingreso al primer año básico, se espera que pueda realizar las tareas motoras que le permitan adaptarse, jugar, interactuar con los otros y participar del entorno escolar.
Mientras el lactante realiza movimientos gruesos no disociados y en general, su capacidad de relajación es muy escasa, en el preescolar ya hay capacidad para contraer y relajar voluntariamente determinados segmentos corporales, aunque todavía presenten algunas paratonías, es decir, dificultades para relajar voluntariamente la musculatura. También es normal que muchos movimientos corporales voluntarios se acompañen de movimientos asociados involuntarios (sincinesias). Estos movimientos son dependientes de la edad y se presentan por lo general en la extremidad dominante, cuando está trabajando la no dominante, o viceversa. Por ejemplo, cuando el niño está dibujando o tratando de hacer algunas letras con su mano derecha, se puede ver que realiza movimientos con su mano izquierda (Förster, 2012).
Aún cuando el preescolar haya logrado grandes avances en su desarrollo motor, todavía es esperable que presente dificultades de disociar movimientos de segmentos corporales, por ejemplo, para realizar simultáneamente movimientos diferentes con una mano y con la otra. También presentan impersistencia motora, es decir, dificultad para mantener una postura sin variaciones por un tiempo más o menos largo: de ahí que pedirles que se mantengan quietos por un rato, puede ser una tarea difícil para muchos de ellos. Se espera (hacia el final del período del preescolar) el desarrollo de praxias complejas, logro importante para que el niño inicie, por ejemplo, el aprendizaje de la escritura, que implica disociación simultánea de movimientos del brazo, la muñeca, la mano y los dedos (Förster, 2012).
El desarrollo motor fino y grueso presenta diferencias en relación al género. Por ejemplo, se puede observar fácilmente cómo en todas las tareas las niñas presentan menos movimientos asociados que los niños, mientras ellos por lo general, pueden correr más rápido. La impresión de que las niñas son más coordinadas en sus movimientos, se basa en primer lugar, en que ellas se desempeñan antes y mejor que los niños en tareas motoras complejas y adaptativas, y en segundo lugar, a que las niñas muestran menos movimientos asociados (sincinesias) durante todas las tareas motoras, lo que determina que sus movimientos parezcan más armoniosos (Förster, 2012).
Por su estructura genética, el tono muscular en los niños puede variar entre la hipotonicidad y la hipertonicidad. La primera determina una mejor motricidad fina, mientras la segunda favorece el desarrollo motor postural, con escasa presencia de sincinesias.
El desarrollo motor fino y grueso, al igual que otros dependientes de procesos maduracionales, sigue secuencias predeterminadas desde el nacimiento en adelante. Hay hitos importantes que se alcanzan en determinados momentos, como por ejemplo, la marcha, el control de esfínteres, distintas coordinaciones de movimientos. Es competencia del neurólogo determinar la presencia o gravedad de alteraciones o retrasos en el desarrollo motor y psicomotor, no obstante, eso no exime de la necesidad de estar alerta a detectar precozmente desviaciones de la norma.
2.7.1Psicomotricidad
La noción de psicomotricidad agrega una significación psicológica al movimiento y permite tomar conciencia de la dependencia recíproca de las funciones de la vida psíquica con la esfera motriz. Esta noción intenta superar el punto de vista dualista clásico que consiste en separar como dos realidades heterogéneas, la vida mental y la actividad corporal.
Partiendo de la base que el movimiento humano constituye una realidad psicofisiológica (y social) se distingue entre los términos de motricidad y psicomotricidad, no como realidades o tipos de actividades diferentes, sino como dos puntos de vista o niveles de análisis de una realidad que es intrínsecamente unitaria.
Así se entiende por motricidad el movimiento considerado desde un punto de vista anátomo-fisiológico y neurológico. Es decir, es el movimiento considerado como la suma de actividades de tres sistemas: el sistema piramidal (movimientos voluntarios), el sistema extrapiramidal (motricidad automática) y el sistema cerebeloso, que regula la armonía del equilibrio interno del movimiento.
La psicomotricidad enfoca el movimiento desde el punto de vista de su realización, como manifestación de un organismo complejo que modifica sus reacciones motoras, en función de las variables de la situación y de sus motivaciones.
Un aspecto importante para la comprensión de la psicomotricidad es su estudio, ya sea desde un punto de vista genético o diferencial. El primer punto de vista implica el análisis de las etapas sucesivas que atraviesa la motricidad durante la evolución del niño y su integración al conjunto del desarrollo psicomotor. El punto de vista diferencial se refiere a la descripción de los tipos de organización psicomotora, que son función de la historia individual, de los aprendizajes, de las relaciones interpersonales.
Ya a mediados del siglo pasado, J. de Ajuriaguerra (1959) plantea que el tono muscular y la motilidad no se dan en forma aislada en el curso del desarrollo del niño, sino que se construye por relaciones múltiples con los aferentes sensitivos, sensoriales y afectivos: la toma de contacto y la conquista del espacio se hacen mediante factores múltiples, entre los cuales participa la motricidad. Ella enriquece estas relaciones múltiples y éstas a su vez, la constituyen. Las correlaciones entre cada sistema tienen un valor en el tiempo, son variables y a menudo, individuales.
El análisis de los aspectos relacionales del movimiento, el “cuerpo como relación” –según la expresión de Ajuriaguerra– tienen una gran importancia en la manera como se organiza el movimiento. Agrega que la presencia del otro contribuye a moldear el mundo motor e, inversamente, tono y motricidad participan en la organización relacional. En la actualidad no hay dudas del valor del diálogo tónico-emocional que se establece precozmente entre el lactante y el mundo que lo rodea y en especial, en la vinculación con la madre.
El comportamiento motor, por el hecho de estar relacionado con toda la vida psíquica, implica tres dimensiones, cada una de las cuales puede ser fuente de perturbaciones o trastornos en su desarrollo:
•La dimensión de la función motriz propiamente tal se refiere a la evolución de la tonicidad muscular, al desarrollo de las funciones de equilibrio, control y disociación de movimiento y al desarrollo de la eficiencia motriz (rapidez, precisión).
•La dimensión afectiva emocional considera al cuerpo como relación y destaca su importancia en la manera como se organiza el movimiento. Esta dimensión se manifiesta, sobre todo, a nivel de la función tónica y de la actitud, y también al nivel del estilo motor, que constituye el modo de organización de una tarea motora en función de variables como la manera de ser individual y de la situación en que se realiza.
•La dimensión cognitiva considera que el movimiento exige el control de las relaciones espaciales (relaciones del cuerpo situado y evolucionando en el espacio, la relación de las diferentes partes del cuerpo entre sí); el dominio de las relaciones temporales (sucesión ordenada de movimientos en vista a un fin), y el dominio de las relaciones simbólicas manifestado en las praxias (utilización de los objetos, gestos y significantes).
Tanto el factor neurológico como la motricidad fina y gruesa, tienen un importante componente maduracional, vale decir que sus cambios tienen un importante componente biológico. Ante retrasos maduracionales, no es tan claro que se puedan acelerar los cambios mediante entrenamiento, ejercitación o aprendizaje. Sin embargo, el desarrollo de la psicomotricidad puede ser favorecido y sus falencias o déficits, compensados mediante planes de rehabilitación, o desarrollados, en caso de retrasos.
2.8Desarrollo socioemocional
Para los seres humanos, la supervivencia depende de un funcionamiento social efectivo. El funcionamiento social es tema de la psicología social, disciplina que estudia cómo los sentimientos, pensamientos, sensaciones y el comportamiento del individuo se ve influenciado por la presencia ya sea real o imaginaria de otras personas: estudia al individuo dentro de su contexto y se centra en cómo las personas piensan y perciben a los otros.
Una interacción adecuada supone un reconocimiento de quién está al frente, distinto y con un estado psicológico diferente. Desde ahí, es necesario que el niño pueda intuir las motivaciones del otro, los sentimientos y las creencias que explican su conducta y también reconocer que su conducta influye en el otro.
La investigación en torno al desarrollo socioemocional muestra distintas etapas y focos de interés, los que se centran primero en la aparición de determinados comportamientos en el individuo, para posteriormente, en la década de los 70, centrarse en la interacción de la díada cuidador-niño. Actualmente, el foco se dirige a las interacciones de la díada madre-hijo en un contexto interaccional amplio, entendiendo el desarrollo como resultado de experiencias sociales.
2.8.1Desarrollo socioemocional y control ejecutivo
Al hablar de funciones ejecutivas tales como el control de la atención, el control de impulsos, la toma de decisiones, la capacidad de planificación y otros procesos cognitivos de alto nivel, pareciera que nos estamos refiriendo a aspectos y comportamientos y funcionamientos puramente intelectuales. Sin embargo, el desarrollo emocional, considerado como la creciente capacidad de diferenciar emociones complejas y de autorregulación, a fin de adaptarse al entorno social y alcanzar metas, está fuertemente relacionado con las funciones ejecutivas (Rueda, Paz-Alonso, 2013). Estudios sobre el desarrollo de la regulación emocional apuntan a que la regulación ejecutiva es indispensable en situaciones de alta exigencia afectiva (Zelazo et al., 2007).
El ser humano es social, y desde ahí, la comprensión de las propias emociones y de las de los otros, es una tarea central para la convivencia. Las emociones básicas como la felicidad o el miedo, son distintas de las llamadas morales, que se generan en la relación con los otros y en referencia a comportamientos normativos o ideales. Se trata de emociones tales como la vergüenza o la culpa, que implican comprensión de las normas morales y valores compartidos. El ser humano requiere comprender las emociones de los otros (empatía) y atribuirles estados mentales (teoría de la mente), es decir, reconocer que el otro es un igual. Para el desarrollo emocional se requiere desarrollo social, además de regulación afectiva.
El preescolar requiere controlar sus reacciones emocionales, positivas o negativas, para adaptarse al grupo y alcanzar sus objetivos, de manera que el control ejecutivo es factor importante de la regulación y el desarrollo emocional (Rueda, Paz-Alonso, 2013). La maduración del control de impulsos y la atención se relaciona con la comprensión de las emociones propias y de los otros, y principalmente a una mejor regulación emocional. Los niños que manejan mejor su atención, demuestran mejor control de su ira gracias al uso de un lenguaje no hostil, en vez del uso de la agresión. Central en esto es la empatía y la capacidad de comunicarla, lo que requiere capacidad de interpretar señales de angustia o de placer, vale decir, poder distinguir estados mentales propios y de los otros, lo que constituye un elemento cognitivo central de la empatía.
Los resultados de investigaciones recientes apuntan a que las funciones ejecutivas pueden mejorarse mediante entrenamiento cognitivo, lo que puede acrecentar las destrezas de regulación emocional y de comportamiento en niños.
Lo más importante de estos hallazgos es cómo el desarrollo del control ejecutivo es afectado por factores ambientales, específicamente, las prácticas de crianza y educación. Las actividades parentales, como la calidez, la sensibilidad y una disciplina suave, ligadas a un vínculo seguro y recíproco, se asocian a mejores destrezas en funciones ejecutivas en los niños (Bernier, Carlson, Whipple, 2010).
Un niño impulsivo podrá ver afectado el procesamiento de la información y reaccionar en forma inadecuada frente a cualquier situación. En cambio, los niños que tienen un aprendizaje social y emocional positivo, se adaptan con facilidad a las nuevas experiencias y desarrollan una actitud positiva hacia el colegio en la educación básica, lo que se refleja generalmente en buenas notas y en logros académicos. Adicionalmente, estudiantes con altos niveles de inteligencia emocional presentan mayor bienestar emocional y psicológico (menor sintomatología ansiosa y depresiva y menor tendencia a pensamientos intrusivos) (Extremera et al., 2003).
Los programas preescolares que privilegian las habilidades de autorregulación mejoran el desarrollo del control ejecutivo. La plasticidad del sistema neurocognitivo que sustenta la regulación cognitiva y emocional, podría estar ligada a la maduración gradual de este sistema. Datos basados en investigaciones empíricas agregan evidencia a la importancia del uso de programas dirigidos al desarrollo de las competencias socioemocionales. La sensibilidad del sistema neurocognitivo ofrece en la primera infancia múltiples oportunidades para promover la competencia social (Bernier, Carlson, Whipple, 2010).
2.8.2El apego materno
Dependiente total, el bebé humano necesita del cuidado materno, tanto la alimentación y la higiene, como la atención y el afecto. En esta interacción, madre e hijo regulan mutuamente sus comportamientos. Respecto del niño, su capacidad de evocar sentimientos en la madre, determina la calidad del vínculo. El niño nace equipado para la interacción: para atender selectivamente a los estímulos y para responder con patrones de conducta, en fin, para relacionarse con el otro través de manifestaciones básicas: sonrisa, llanto, succión.
Por su parte, la madre estaría también biológicamente equipada para responder a las demandas del hijo, lo que Winnicott (1965) denomina responsividad materna. Ella se sitúa en el lugar del niño y su preocupación maternal primaria le permite sintonizar intuitivamente con sus necesidades. A ello contribuyen los cambios hormonales post parto, el inicio de la lactancia y el hecho de sentirse a cargo de la creatura. Hoy se agregan otras variables contextuales neonatales, por ejemplo, el deseo de desarrollar la relación, como ocurre en las adopciones.
El niño nace sin instintos animales de supervivencia, aunque pueda emitir algunas señalas que requieren de alguien que las interprete y atienda sus necesidades básicas de subsistencia. La madre interpreta señales y en la medida que lo hace, contribuye a la organización e integración de la experiencia psicológica del lactante. La estimulación interna y la externa son fuentes de tensión y ansiedad que no puede enfrentar solo. En este punto, la madre regula la estimulación externa, y simultáneamente la tensión propia del niño. Desde esta visión, el desarrollo se entiende como una reducción del caos potencial, a grados moderados de novedad y variedad. La madre brinda al bebé el indispensable sentimiento de cohesión y favorece la incipiente diferenciación yo - no yo. La madre es el mundo del bebé y desde esa posición puede generarle confianza o desconfianza, seguridad o inseguridad, además de devolverle especularmente una imagen de sí mismo. Reconocer la creciente autonomía del hijo y tolerar separación, puede resultar más difícil aún que generar el vínculo inicial.
Las circunstancias en que se concibe, la personalidad y salud mental y física de la madre, su experiencia temprana, el grado de satisfacción con su vida y el contexto vital, son factores que determinan el éxito o fracaso en esta etapa del desarrollo emocional del niño. La interacción sana genera seguridad, sentimientos de ser amado y valorado y libertad para expresar emociones, disfrutar y aprender. Dentro de la relación, también hay factores que contribuyen al fracaso de la vinculación, por ejemplo, el no respetar los tiempos del bebé, la sobreestimulación que frena la autorganización interna, en fin, la falta de habilidad para interpretar las señales que envía el bebé (Bowlby, 1998).
Los conceptos propuestos por Bowlby, principalmente durante los 70 y los 80, se han reestudiado en la última década a la luz de los avances de la neurobiología y de la psicología evolutiva. Actualmente hay consenso en que el apego surge de la relación cerebro/mente/cuerpo del niño y de su cuidador, en un medio que favorece o amenaza dicha relación. Este paradigma resulta fructífero para explicar las primeras relaciones de afecto que el niño establece y también para las futuras formas de relación con personas significativas.
Las diferentes formas de apego que el niño desarrollará en el futuro son el resultado de un historial interactivo específico entre cada niño y la figura de apego. El apego seguro resulta de una sincronía entre necesidades biológicas y sociales del bebé y la respuesta eficaz de la figura de apego. El niño tiene una percepción interna de seguridad que activa el comportamiento exploratorio, clave en el ajuste social y emocional (hasta la adultez) y que resulta clave en la forma en que el niño se relaciona en el jardín con sus profesores y sus compañeros.
2.8.3El apego en el aula
Los estudios muestran que la calidad de los primeros vínculos infantiles constituye un factor que se asocia al éxito en la escuela, en términos de competencia social, curiosidad, juego y exploración, buenas relaciones con pares y aceptación de normas y límites impuestos por la tarea o por el profesor. Esta forma de relacionarse, probablemente, replica las primeras experiencias del niño, en las que habría encontrado las claves y respuestas necesarias para comportarse de la manera que lo hace.
De la misma manera, las experiencias adversas asociadas a sus primeros intentos de vincularse efectivamente con el medio, y que no hayan sido compensadas o reparadas por relaciones de mejor calidad, pueden acarrear consecuencias no deseadas, tales como dificultades en la comunicación, en el desempeño social, en el aprendizaje y en la autoestima infantil.
La profundización del tema del apego y de las distintas formas de vinculación con que el niño llega a la escuela, exceden los alcances de este libro. No obstante, los principios expuestos pueden servir de modelo explicativo de variadas dificultades del desarrollo socioemocional con que el niño ingresa al jardín y facilitan intervenir para compensar dificultades, falencias y necesidades del niño en esta área, en la medida que el profesor represente una legítima figura de apego para el niño carenciado, y propicie un modelo de vincularse con el adulto.
Las habilidades transversales relacionadas con la capacidad de establecer vínculos interpersonales constituyen un elemento que en la preescolaridad debería ocupar un lugar central en el currículo. El apego escolar, entendido como la construcción de vínculos seguros en el colegio, incluye todas aquellas conductas y actitudes –tanto de la escuela como de los estudiantes– para propiciar una relación cercana, contenedora y favorecedora de un desarrollo integral y seguro. De ahí que el énfasis en las estrategias que puedan adoptar las instituciones educacionales no se remitan solo al trabajo con sus estudiantes, sino también incluyen la capacitación de sus profesores, pero más importante aún, los espacios para que sus profesores también se desarrollen socio-emocionalmente.(Milicic, Alcalay, Berger y Torretti, 2014)
La generación de ambientes nutritivos, desde el marco de la convivencia escolar, debe ir asociada a espacios para que todos los miembros de la comunidad educativa se sientan seguros, aceptados e incluidos en esta; el apego escolar permite, de esta forma, que todos, y especialmente los niños y adolescentes, puedan desarrollarse en un ambiente de confianza e inclusión (Milicic y López de Lérida, 2008).
2.8.4Ansiedad en la escuela
La ansiedad es una reacción natural que tiene una importante función de supervivencia y que actúa como un sistema de alarma que se activa ante un peligro o una amenaza (real o imaginada) y se experimenta como miedo o temor. Sentir miedo es un fenómeno normal, y surge en las primeras etapas del desarrollo, especialmente ante las situaciones de cambio, separación o incertidumbre.
Se entiende la ansiedad como un fenómeno que incluye componentes cognitivos, emocionales, somáticos y conductuales. El componente cognitivo incluye la expectativa de un peligro desconocido. A nivel emocional, la ansiedad causa temor y a nivel de la biología el organismo la emplea para manejar el peligro, lo que se conoce como la reacción de alarma. Ante la amenaza del peligro, la presión sanguínea se eleva, las palpitaciones y la sudoración aumentan y las funciones de los sistemas inmunológicos y digestivos disminuyen y el flujo sanguíneo se dirige a los principales grupos musculares. A nivel de reacciones corporales dependientes del sistema nervioso autónomo, pueden surgir tanto movimientos involuntarios como también voluntarios, para escapar o evitar la amenaza (Seligman et al., 2000).
La ansiedad puede persistir en el niño aun en ausencia del estímulo que la provoca, y transformarse en una especie de ansiedad crónica. Esta ansiedad mantenida puede responder a causas biológicas, psicológicas o reactivas a eventos situacionales. Estos últimos se relacionan con situaciones de estrés familiar, con estilos de crianza, con exigencias desmedidas y con el clima emocional que se vive en la familia. Los padres ansiosos tienen alta probabilidad de trasmitirla a sus hijos, a través de la forma en que refuerzan las conductas ansiosas y de temor, además de los temores y la ansiedad que ellos mismos manifiestan (Cía, 2002).
Existen factores individuales relacionados con limitaciones o eventos que también impactan en la aparición de cuadros de ansiedad, tales como enfermedades físicas y dificultades personales. La presencia de una enfermedad física, de una dificultad a nivel sensorial (p.e. hipoacusia, o dificultades motrices o de visión), de un trastorno específico del aprendizaje o de otras dificultades de tipo conductual y emocional, como un síndrome de déficit atencional, generan un alto nivel de tensión en los niños y se acompañan de dificultades para adaptarse a los entornos escolares y sociales, lo que aumenta el riesgo de desarrollar trastornos ansiosos. Muchos niños con necesidades educativas especiales presentan síntomas de ansiedad, los que a su vez complican el cuadro. Los desajustes entre las demandas y expectativas del colegio y las características del niño, pueden producirle ansiedad y estrés.
Vivencias de separación y pérdida, crisis familiares tales como separación de los padres o fallecimiento de algún familiar o amigo (o incluso de una mascota) pueden significar el inicio de un trastorno de ansiedad. No todos los acontecimientos de pérdida y separación generan cuadros ansiosos, ni en todos los niños; pero cuando ocurren, hay que atender a las reacciones emocionales y entregarles herramientas para la autorregulación de los afectos (Milicic, Mena, Justiniano y López, 2008).
•Comportamientos ansiosos
Sin lugar a dudas la ansiedad está presente en una gran variedad de eventos cotidianos y en reacciones normales ante distintas situaciones, ya sea que revistan peligro real o simplemente imaginado. Pero también hay reacciones en los niños, que exceden tanto en frecuencia como en calidad, a una respuesta adaptativa ante una situación dada.
En los niños pequeños, los cuadros ansiosos requieren atención cuidadosa para identificar las causas. Muchas veces el niño no puede decir lo que le sucede, en especial cuando la situación excede su nivel de comprensión o su capacidad para expresarlo en palabras, como son las situaciones de maltrato, violencia o abuso (Jongsma et al., 2002).
Algunas claves para detectar la ansiedad en los niños:
−Excesiva preocupación o miedo que excede en forma evidente el nivel esperable para la etapa del desarrollo del niño.
−Alto nivel de tensión motora, manifestada como inquietud, cansancio, temblores o tensión muscular.
−Hiperactivación del sistema autónomo, presentando ritmo cardíaco acelerado, respiración entrecortada, vértigo, boca seca, náuseas y diarrea.
−Hipervigilancia, manifestada a través de una constante sensación de inquietud y un estado general de irritabilidad.
−Un miedo específico que empieza a generalizarse, cubriendo un área extensa de la vida del niño, al punto de interferir significativamente en su actividad diaria y la de su familia.
−Ansiedad o preocupación excesiva, debido a la amenaza de abandono por parte de los padres, de que lo culpabilicen, que le nieguen la autonomía o estatus, que haya fricción entre los padres o interferencia en sus actividades físicas.
•Fobia escolar
Se podrían incluir las fobias escolares, como comportamientos extremadamente ansiosos que impiden, a veces, que el niño asista al jardín en forma normal. Las fobias, en general, se caracterizan por la vivencia de un miedo intenso, desproporcionado y muchas veces, irracional, hacia un objeto en particular, una situación, o una actividad concreta. No se trata de un miedo corriente, ya que a diferencia de éste, se acompaña de fuertes sentimientos de odio y rechazo; ni de un problema de salud mental propiamente tal, pero las fobias generan muchos problemas en quienes las sufren. Existen diversos tipos de fobias, dependiendo de cuál sea el objeto del rechazo. En este punto, interesan especialmente las fobias escolares.
A lo largo de la etapa preescolar, el trastorno de ansiedad por separación se presenta con bastante frecuencia, con una prevalencia del 3-5%, que declina a 2% en edades posteriores (Kronenberger y Meyer, 2001). La edad promedio de aparición de este trastorno es entre los cinco y nueve años.
El jardín infantil como primera experiencia escolar debe constituir para el niño un lugar seguro para que aprenda a través del juego, asociando aprendizaje con agrado y desarrollando sentimientos de competencia y una autoestima positiva (Milicic y López de Lérida, 2013 a). Si los niños se sienten exigidos más allá de sus capacidades, no solo se sentirán estresados, sino que tempranamente asociarán aprendizaje con angustia, con las consecuencias que ello tendrá para su aprendizaje escolar.
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