Kitabı oku: «La zona extractiva»
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2021-A-4511
ISBN: 978-956-6048-54-1
ISBN digital: 978-956-6048-55-8
Imagen de portada: Paula Baeza Pailamilla, frame del video performance Wüfko, 2019. Cámara y fotografía: Felipe Cona. Cortesía de la artista.
Diseño de portada: Paula Lobiano
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
Traducción: Catalina Arango Correa
De esta edición © ediciones / metales pesados
Traducción autorizada de la edición en inglés de The Extractive Zone,
© 2017 by Duke Univesity Press.
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Santiago de Chile, agosto de 2021
Diagramación digital: ebooks Patagonia
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A mi mamá, Vivianne Renee Dufour, que me ha dado tanto
Contenido
Prefacio: Debajo de la superficie
Introducción: Perspectivas sumergidas
I. La intangibilidad del Yasuní
II. La fenomenología andina y el colonialismo de colonos de la Nueva Era
III. Un archivo para el futuro: Ver a través de la ocupación
IV. Una episteme de ojo de pez: Ver por debajo de la colonización del río
V. Gestos descoloniales: La crítica anarcofeminista Indígena
Conclusión: La vista desde abajo
Bibliografía
Agradecimientos
Prefacio
Debajo de la superficie
A través de un fortuito conjunto de eventos, hace unos diez años, pasé un semestre en el Centro Marin Headlands para las Artes en California. Allí conocí a May Stevens, una pintora socialista y paisajista, importante dentro del movimiento experimental estadounidense de los años sesenta, y alguien a quien solo puedo describir como poeta visual. En la década antes de conocerla, May hizo una serie de pinturas azul-verdes, al óleo, cuyo tema se centró en los ríos y lagos de América del Norte. The Confluence of Two Rivers (2002-2003) representa la fusión de una materia oscura con flujos pegajosos, agrietados por hilos de tierra. Durante su residencia de tres semanas en Headlands, May pintó el océano Pacífico, arremolinando palabras plateadas en olas contorneadas sobre el lienzo. Aunque este libro no es sobre el norte de California, sino sobre América del Sur y la manera en que percibimos sus ecologías sociales, artistas como May me han permitido ver mejor lo que se esconde debajo de la superficie del líquido, más allá de los modos normativos de aprehensión del paisaje y hacia una percepción de la complejidad dentro de las pequeñas escalas de ser e imaginar.
Mientras caminábamos juntas en las colinas cercanas, May se volvió hacia mí un día, de repente, y me ofreció algo sobre el reino de la percepción sobre lo cual todavía pondero. Ella recientemente había visitado Sausalito, y se había entretenido con el barro verde, marrón y amarillento, que se mezclaba con el mar, en la base de madera de los muelles de la ciudad. Para ella, la biomateria que se acumula alrededor de los muelles representaba la «cosa original» de la creatividad. Esa mezcla primordial exigía una forma distinta de atención y cuidado, que incluyera la manera en que cada uno se percibe a sí mismo con la manera en que percibimos el mundo natural: un modo cognitivo y corporizado de ver. El hecho de incorporar la paleta de colores de ese estiércol, en su arte, la llevó de vuelta a lo que ella llama su «impulso creativo original», obligándola a contar con un punto de vista que venía desde adentro –no desde arriba, ni en relación con, ni cerca– del agua espesa y de aquella «cosa original». May también se refirió a esto como su historia sobre la «caca» de los orígenes creativos.
Desde ese paseo con May, he pensado mucho tiempo sobre lo que está debajo de la superficie, en formas de ver lo que existe dentro de las ecologías que nos rodean, y en cómo percibir aquello que no está disponible a simple vista. Después de nuestra conversación, volví mi atención hacia los mundos microbianos para imaginar los renacuajos y las amebas que han nadado en aguas turbias durante milenios; reflexionar sobre lo que significa ver desde abajo; tomar conciencia de lo que Maurice Merleau-Ponty llama «el espacio de visión que al mismo tiempo nos rodea y atraviesa»1. A través de caminatas y conversaciones posteriores, May continuó hablando sobre la importancia de percibir los elementos naturales como fuente de despliegue: expandir la percepción mirando el agua, el barro y el ambiente sumergido alrededor, la mezcla de caca como vida resplandeciente al alcance de la percepción.
Recientemente, el estiércol surgió de nuevo, esta vez en una conversación con el cineasta mapuche Francisco Huichaqueo, cuyas películas experimentales sobre los monocultivos florestales chilenos exploro en el capítulo III. Pasando tiempo con Huichaqueo, quien es otro pensador visual y sensorial, empecé a entender sus modos de percibir, sobre todo, en términos de lo que está al otro lado de la ocupación colonial. El pueblo mapuche, me dijo, da gran importancia al mundo de los sueños, por eso se cuentan en las mañanas lo que soñaron la noche anterior. Desde la década anterior, el objetivo de Huichaqueo ha sido integrar su arte a esa práctica de larga data, lo que implica un esfuerzo por ver dentro y más allá del mundo de la materialidad, hacia el universo paralelo y de ensueño de los ancestros. Este es el reino que, en lengua mapudungun, se conoce como «perimontun». Francisco me contó que, como director de películas experimentales, que comunican otras formas de ver y sentir el mundo, juega con la percepción al sumergir su cámara debajo del agua, documentar los mundos sumergidos de los ríos del sur de Chile, y hacer visibles burbujas de aire, trozos de madera y musgo marrón-verdoso de las orillas, mientras los ríos serpentean por territorios mapuche. Al igual que el paisaje de sueño por el que viaja, para mezclar viejos y nuevos puntos de vista, su cámara capta un planeta líquido en microforma.
Estos esfuerzos artísticos tangibles para cambiar la forma en que vemos, y que recogen la gruesa opacidad de lo que se encuentra debajo de la superficie del agua, han sido esenciales para elaborar este libro y su metodología descolonial2. En mi investigación, por cinco regiones de América del Sur, diferentes artistas me han empujado a ver de otra manera y a cuestionar lo que hay debajo del mundo visible de la zona extractiva –mundos menos perceptibles, formas de vida y de organización–, mientras creaba una metodología para su seguimiento.
Mi objetivo en La zona extractiva ha sido documentar geografías donde las formas coordinadas del poder capitalista avanzan, mientras analizo la complejidad de las ecologías sociales y las alternativas materiales que proponen artistas, activistas, movimientos sociales, teóricos sumergidos y productores culturales. También me he propuesto desafiar explícitamente aquellos marcos de conocimiento disciplinario que enterrarían la sutileza, la complejidad y la fuerza vital de los mundos que existen en la zona extractiva. Hago énfasis en la importancia de la autonomía epistemológica y en el conocimiento corporizado, como condiciones necesarias para alejarme de un paradigma de mera resistencia y acercarme al terreno más denso del potencial, en un movimiento que va hacia adentro y más allá de la zona extractiva. A través de estudios detallados de espacios locales, mundos Indígenas y ecologías naturales en peligro, busco conceptualizar las historias de conquista y disidencia que emergen en los territorios Indígenas de América del Sur ricos en recursos naturales.
A lo largo de este libro despliego una metodología femme3 descolonial, o un modo de análisis poroso e indisciplinado conformado por las perspectivas y genealogías críticas que emergen de los propios espacios que estudio. Mi compromiso con la fenomenología andina y la interseccionalidad de la crítica anarcofeminista Indígena, como opciones queer descoloniales, radica en que nos llevan a salir del punto muerto que es el capitalismo extractivo, en tanto que no está ligado a un impulso por reclamar o dominar estas imágenes o formaciones de conocimiento4. Estas perspectivas sumergidas están ancladas en ecologías sociales que reorganizan y refutan el imperativo monocultural, del mismo modo en que busco hacerlo en mi encuentro con estos mundos. Los modos sumergidos se arremolinan en su actividad; son sistemas aleatorios, complejos y coordinados que a menudo se presentan como ilegibles para aquellos con poder estatal o financiero, y quienes asumen que hay simplicidad donde en realidad reina la complejidad.
Aquí debo explicar cómo el trabajo conceptual me permite atender las dialécticas de vida y muerte que operan en estas geografías. Con el término «zona extractiva» me refiero al paradigma colonial, la cosmovisión y las tecnologías que destacan regiones de «alta biodiversidad» para reducir la vida a recursos de conversión capitalista. Mi libro examina las ecologías sociales o el potencial de red que existe dentro de la economía global extractiva, es decir, del sistema que instaló el capitalismo colonial en la década de 1500, y que hizo de recursos naturales como la plata, el agua, la madera, el caucho y el petróleo, mercancías globales. En su longue durée, el extractivismo hace referencia al colonialismo y a sus vidas posteriores: desde su surgimiento en el siglo XVI hasta nuestros días, incluyendo el proceso neoliberal de privatización y desregulación del Estado de los últimos cuarenta años, así como el ascenso y la caída de la «marea rosa» de los gobiernos latinoamericanos5. Asimismo, incluye la intensificación global de nuevas formas de extracción, o lo que Saskia Sassen describe como el proceso según el cual las economías políticas avanzadas acumulan riqueza para unos pocos de unos territorios ricos en recursos, mientras despojan permanentemente a muchos6. En otras palabras, al pensar en el capitalismo extractivo podríamos pensar en una marcha sucesiva de actores coloniales y neocoloniales que han operado en América del Sur como si se tratara de un continente todo él extraíble. El escritor uruguayo Eduardo Galeano denominó, hace mucho tiempo, este proceso como «las venas abiertas de América Latina», en tanto estos territorios proveen de sustancia a la economía global7.
El capitalismo extractivo o el «extractivismo», como es conocido en América Latina, refiere a un sistema económico basado en el robo, los créditos y los desplazamientos forzados, que reorganiza violentamente la vida social y la tierra, particularmente en territorios Indígenas o afrodescendientes. Como digo en la introducción, una literatura floreciente sobre el extractivismo existe en América Latina, mostrando, entre otras cosas, cómo el reclamo de los recursos naturales por parte del capital global se produce ante las protestas sociales sobre la importancia de la soberanía local de los recursos naturales. Dado que la densa vegetación genética y las regiones ricas en recursos a menudo se superponen sobre los territorios Indígenas, debemos analizar la manera en que los pueblos nativos son señalados por el Estado y las grandes corporaciones literalmente como obstáculos y bloqueos a la expansión del extractivismo. A lo largo de este libro muestro cómo una serie de actividades corporizadas, que rechazan el colonialismo, continúan alterando y expandiendo la manera como vemos y entendemos los espacios Indígenas especialmente en la zona extractiva.
Si bien el capitalismo racial se refiere a los procesos que históricamente subordinan a las poblaciones Indígenas americanas y africanas, el capitalismo extractivo o el extractivismo hace referencia al dramático cambio material de la vida social y ecológica que sustenta esta subordinación8. Más aún, las lógicas raciales de los Estados sudamericanos se expanden a través de nuevas formas de capitalismo extractivo9. Aunque, en los últimos años, algunos gobiernos progresistas en América Latina, como los de Ecuador y Bolivia, propusieran políticas para legalizar los derechos de los pueblos Indígenas, estos continuaron normalizando la explotación de recursos naturales, lo que terminó por perpetuar el racismo antiIndígena y antinegro. Más aún, tal y como dice la Constitución Feminista, que examino en el capítulo V, los Estados redistributivos, que no consideran ampliamente las historias interseccionales, fallan al abordar las necesidades y perspectivas de las poblaciones femeninas, no conformes al género, queer y trabajadoras, incluso a pesar de los nuevos avances legislativos en esta materia10. Tal y como muestro más adelante, el capitalismo extractivo separa drásticamente la naturaleza y la cultura a través de nuevas formas de raza, género y exclusión sexual11.
En ese sentido, uno de los modos en que se perpetúa el capitalismo racial en el Sur Global –además de la creación y ampliación de prisiones y regímenes de seguridad–, son los megaproyectos extractivos de grandes represas y minas, que requieren enormes recursos y hazañas tecnológicas, dentro de lo que Enrique Dussel denomina «la falacia desarrollista»; es decir, la imposición de la modernidad occidental como modo universal de gobernanza12. Los megaproyectos de desarrollo diseñados por el Estado y las corporaciones operan a través de una lógica económica que no calibra las formas de vida que existen bajo la mirada de estos grandes esquemas. El extractivismo funciona dentro de lo que Aníbal Quijano llamó por primera vez la «colonialidad del poder»13. En ella, las entidades corporativas y los Estados son indistinguibles en sus intereses y actividades: los primeros actúan en nombre de las segundas, y estos usan sus fuerzas de seguridad para controlar y reprimir la organización social antiextractivista.
El extractivismo, entonces, reorganiza violentamente los territorios y perpetúa continuamente dramáticas desigualdades sociales y económicas que limitan la soberanía Indígena y la autonomía nacional. Como lo explica el economista uruguayo y secretario ejecutivo del Centro Latinoamericano de Ecología Social, Eduardo Gudynas, «Bajo el neoextractivismo se pierde el objetivo del desarrollo nacional, como “desarrollo endógeno”, y desaparece la autonomía nacional en relación con los mercados globales. Las industrias nacionales no se recuperan, en algunos casos se reducen»14. Gudynas, de manera acertada, muestra cómo el desarrollismo sigue fijando la agenda y estructurando las condiciones del lugar que debe ocupar América Latina en un sistema mundial colonial, lo que termina por disminuir aún más la posibilidad de independencia del Estado respecto a la economía.
Sin embargo, también debemos criticar el sistema mundial que reproduce el nacionalismo a expensas de la soberanía de los territorios Indígenas. Las genealogías de las teorías críticas del Sur (incluyendo la teoría de la dependencia y la teoría descolonial) se han ocupado de mostrar cómo la persistencia de la condición colonial de los Estados produce asimetrías regionales y una distribución desigual en el control de los recursos. Precisamente, mi proyecto bebe de estas ideas con el fin de desplegar un doble análisis del poder: por un lado, analizo las técnicas de dominación del capitalismo extractivo, mostrando cómo se expanden a través de una serie de contorsiones legales, retóricas, económicas y políticas que borran y despojan a los pueblos Indígenas de sus territorios; es decir, la producción material y afectiva del capitalismo extractivo aplasta la vida vernácula y su encarnación corporal, encerrándola en las tecnologías niveladoras de la globalización. Por otro lado, muestro cómo los esquemas de megadesarrollo extractivistas asaltan los espacios periféricos, causando un dolor desigual en las regiones donde las comunidades Indígenas continúan organizando y haciendo proliferar la vida, incluso en contextos de extrema presión y violencia. Este libro pone de relieve y nombra estas ecologías sociales sumergidas. El término «zona extractiva», por su parte, articula la violencia que ejecuta el capitalismo para reducir, limitar y convertir la vida en mercancías, así como también la violencia epistemológica que existe cuando entrenamos la visión académica para reducir la vida a «sistemas».
Académicos no Indígenas han advertido sobre la «romantización de los pueblos nativos»15. Sin embargo, estos estudiosos no se ocupan realmente de los peligros que enfrentan los pueblos Indígenas; es decir, de las prácticas genocidas que buscan eliminarlos o de la reducción de la biodiversidad en sus territorios. Los estudios de caso que elaboro tienen lugar en las llamadas «periferias» del capitalismo tardío, donde los pueblos Indígenas se ven directamente afectados por condiciones neoliberales, económicas y culturales que predeterminan sus territorios como zonas de contacto coloniales16. Es, en el corazón de estos ricos territorios, que los pueblos Indígenas existen en una compleja tensión entre el extractivismo y la defensa de la tierra. En estas geografías, estos, antes que reducirse, se multiplican, protegiéndose mutuamente y protegiendo la tierra a un costo personal y comunal extremadamente alto. De hecho, un mapa global de ecocidios recientes o de asesinatos de defensores de la tierra, muestra cómo estos crímenes han aumentado en América Latina y el Pacífico asiático; es decir, en geografías que se superponen a los movimientos sociales que se organizan en contra de la intrusión extractiva17. La organización Global Witness documenta un aumento del 300% en los asesinatos de personas que defienden los recursos naturales frente a la minería, las represas hidroeléctricas o la contaminación.
En todo el mundo, los pueblos Indígenas están a la vanguardia en la defensa de las regiones que son un foco del extractivismo por su biodiversidad18. Y, al mismo tiempo, vemos la complicidad que existe entre los actores estatales y corporativos, en sus intentos de callar violentamente a los defensores de la tierra. En un Ecuador rico en recursos, activistas antiextractivistas reportan que sus correos electrónicos son regularmente hackeados, que son seguidos e intimidados y, sobre todo, que la policía y los militares recorren a diario sus territorios, facilitando el trabajo de las empresas capitalistas nacionales y multinacionales19. Berta Cáceres, asesinada en 2016, fundó el Consejo de Pueblos Indígenas, en gran parte para oponerse a los megaproyectos extractivos en Honduras20.
Como han demostrado los estudios Indígenas recientemente, el capitalismo colonial a menudo expande su control sobre los territorios nativos mientras legitima al Estado multicultural neoliberal21. Y es justamente allí que el ejercicio de la autonomía importa. Por eso, en cada capítulo me pregunto: ¿cómo podemos comprender de manera diferente no solo la experiencia y la resistencia al colonialismo extractivo, sino también su capacidad generativa de ver más allá de la brecha colonial? Como elaboro más adelante, los territorios Indígenas a menudo se superponen a las geografías más biodiversas de la tierra, aquellas regiones que el extractivismo marca, delimita y ocupa para la conversión de mercancías a través de tecnologías cada vez más refinadas. Por lo tanto, ¿qué respuestas, compromisos y puntos de vista emergen en las zonas del capitalismo extractivo que no agotan la diferencia, sino que la hacen proliferar?22 ¿De qué manera las poblaciones nativas y afrodescendientes tienen perspectivas sobre el mundo natural que implican un involucramiento y un compromiso con él y no simplemente una toma de recursos? En el marco de un trabajo descolonial, ¿pueden las intervenciones feministas y queer plantear un desafío a la lógica patriarcal, al monocultivo y al capitalismo extractivo? ¿Podemos entender y ocuparnos de una manera diferente de la vida nativa andina y amazónica y del complejo de sentidos que nunca logra subsumir completamente el orden colonial europeo? ¿Qué producción cultural e intelectual nos hace ver, oír e intimar con la tierra de otra manera? ¿Qué sabemos realmente sobre lo invisible, lo inanimado y las formas no humanas que subsisten creativamente al encuentro colonial?
El mapa que produzco no está conectado por historias lineales o de expediciones eurocéntricas, tampoco entro al archivo colonial para seguir su historia, aunque he aprendido de estas metodologías23. El mapa que dibujo es el de los espacios Indígenas y afroIndígenas que existen en los Andes, el sur de Chile o la Amazonía andina. Se trata de territorios continuamente ocupados, ya sea por colonos o por corporaciones multinacionales, y donde historias de descolonización surgen dentro de la condición violenta del extractivismo. Una misma lógica disciplinaria no es suficiente para todos estos lugares, textos y geografías que atravieso con exceso epistemológico. Por lo tanto, en vez de perseguir un marco disciplinario único, activo las teorías descoloniales y del punto de vista, las historias regionales y la crítica relacional para ocuparme de varias escenas de extractivismo de América del Sur. Una entrada descolonial en la zona extractiva revela, entonces, un mundo que se percibe de otra manera, un espacio intangible de emergencia donde los ríos convergen de otro modo en el flujo y barro de la vida.
Introducción
Perspectivas sumergidas
Nunca olvidemos que el poema fue sepultado en un colapso de la tierra. Por hábito, más que por mercancía, la singularidad y multiplicidad de las cosas se presentó en forma de parejas duales y divididas, antes de que se descubrieran los géneros y las especies. Esta cadencia permitió una mejor distinción entre las cosas (todavía pensamos y reaccionamos de esta manera dual, y a menudo obtenemos un placer sorprendente en ello). Pero también estamos a la espera de que la percepción renovada de las diferencias se revele como tal, y que el poema vuelva a surgir24.
ÉDOUARD GLISSANT, Poética de la relación
La zona extractiva se ocupa de las regiones del capitalismo extractivo a través de perspectivas sumergidas que involucran la posibilidad de una percepción renovada. A lo largo de este proceso pido que consideremos reinos de realidad organizada de manera diferente, que están vinculados a fronteras coloniales, pero que se mueven fuera de ellas. A diferencia de lo que denomino la «visión extractiva», ilumino perspectivas sumergidas que perciben los terrenos locales como fuentes de conocimiento, vitalidad y habitabilidad. Mi trabajo está ubicado en cinco geografías espaciales específicas de América del Sur: el Biobío en Chile, el Valle Sagrado en Perú, Potosí (y La Paz) en Bolivia, el oriente de Ecuador y el suroccidente de Colombia. Estas áreas representan «otras Américas», o regiones cuyo estatus marginal sigue siendo central para la economía global, y trazan pistas sobre cómo podemos entender una serie de esfuerzos descoloniales en el hemisferio25.
En este estudio estoy atenta a las cambiantes tierras fronterizas, mundos queer y no reproductivos de afiliación horizontal y anarcofeministas, películas experimentales y performances vernáculos como sitios de potencial no solo a través de movimientos sociales, sino también de modos de ver, vivir y encontrar fuentes de intercambio alternativas al camino destructivo del extractivismo. La zona extractiva trabaja a través de espacios que, de otro modo, no podrían organizarse juntos en un estudio; de este modo, busca desvincularse de la naturalización de las historias nacionales y de la heteronormatividad del Estado-nación. En este proceso descubro lo que está sumergido en las geografías locales que han sido atravesadas por el colonialismo y el extractivismo para mostrar la fuerza continua del encuentro colonial. Este libro también analiza y se involucra con la mayoría de los territorios Indígenas que a menudo son constituidos como parte de una terra nullius, a pesar de las historias de palimpsesto de su vida social, que no dividen la naturaleza de la cultura, la ecología de lo vernacular o la tierra en propiedad privada.
La teoría de la relación de Édouard Glissant se ha convertido en una piedra de toque para percibir los modos de diferencia que emergen dentro de los espacios de potencial de otras Américas, donde una cierta sensibilidad y atención a lo oceánico habita; como sucede justamente en su Poética26. En el epígrafe anterior, Glissant se refiere a la «renovada percepción para que las diferencias se revelen como tal, y que el poema vuelva a surgir». El poema de este verso de Glissant es una metáfora sobre cómo ver más allá de la división colonial hacia «una relación entre diferentes personas, lugares, objetos animados e inanimados, fuerzas visibles e invisibles, el aire, el agua, el fuego, la vegetación, los animales y los seres humanos»27. Nombrar las fuerzas visibles e invisibles entre lo humano y lo no humano, entre vida animada e inanimada, es percibir una red con frecuencia ignorada de relacionalidad o «ecologías sociales», como las denomino a lo largo del libro.
En Poética de la relación, Glissant también hace referencia a las redes rizomáticas que operan como mundos ocultos de opacidad, donde la percepción renovada se refugia en un recinto de contención. Del mismo modo, podríamos decir que para poder ver más allá de la división capitalista se requiere de una percepción renovada que no simplemente revele otra estructura de visibilidad. Se necesita un sentido agudo de percepción de las relaciones que habitan espacios autónomos e inexplorados del capitalismo o que existen entre el poder colonial y el poder disciplinario28. Al hacer visibles microespacios de interacción y encuentro, dentro de geografías donde la colonialidad ha dejado una huella profunda, muestro cómo la percepción renovada ofrece un método para el análisis descolonial.
Si tomamos como punto de partida el hecho de que muchos espacios en las Américas nunca han sido completamente incorporados al capitalismo occidental, entonces también podríamos considerar las colonialidades vernáculas como lugares de percepción emergente29. Estos son espacios de potencial diferenciado e inagotable y de coexistencia con el mundo no humano, que se han formado en relación con el encuentro colonial30. De hecho, las cosmologías Indígenas desde hace mucho tiempo han aprehendido la «realidad desde distintos puntos de vista», según Eduardo Viveiros de Castro31. Al estudiar la cosmovisión amazónica y crear una nueva antropología brasileña, Viveiros de Castro ha demostrado cómo una percepción Indígena de la naturaleza no hace de ella otro dominio de la realidad, sino que la aprehende desde «un estado original de indiferenciación».
Los pensadores descoloniales, por otro lado, han puesto en marcha una serie de métodos y epistemologías que dan primacía a la percepción renovada. Walter Mignolo describe cómo la descolonialidad se desvincula del proyecto de la civilización occidental, donde estructuras coloniales han inscrito el ser y el lenguaje32. De hecho, el pensamiento descolonial busca alejarse de la singularidad y el reduccionismo de la mirada europea hacia la proliferación de posibilidades epistemológicas. En ese sentido, en lugar de presentar un único modo de ver de otra manera, una serie de autores, que incluyen a Sylvia Wynter, Enrique Dussel y Lewis Gordon, nos ofrecen formaciones de conocimiento diaspórico que nombran y teorizan los efectos de historias coloniales heterogéneas. Asimismo, arquitectos clave de los estudios descoloniales, como Walter Mignolo, María Lugones, Emma Pérez, Nelson Maldonado-Torres, Laura Pérez, Chela Sandoval, Catherine Walsh, Arturo Escobar, Silvia Rivera Cusicanqui y Ramón Grosfoguel, se han ocupado del peso de la tradición continental europea, mientras clasifican, a través de sitios hemisféricos de enunciación, historias que renarran la historia colonial desde la posición de los conocimientos subyugados33.
Las teorizaciones descoloniales me permiten identificar cómo las nuevas y antiguas formas de colonialismo, tales como el capitalismo extractivo, la vigilancia digital de los territorios, la criminalización de los pueblos Indígenas, como arma de expansión neoliberal, y la extracción de conocimientos nativos y afrodescendientes dependen de anteriores proyectos civilizatorios. En todos estos proyectos, el Sur Global se ha construido como una región de descubrimiento de recursos naturales, saqueo, domesticación, clasificación, racismo, aventura34. Sin embargo, si solo seguimos el alcance de la fuerza destructiva y mortífera del poder, vamos a estar eternamente encarcelados en la reproducción de un punto de vista totalizador que ignora la vida desenfrenada que encuentra formas de resistir y proliferar. Por lo tanto, a través de perspectivas sumergidas y emergentes, que existan dentro de la zona extractiva, busco el potencial de formas de vida que no puedan ser fácilmente reducidas, divididas, conquistadas o expulsadas incluso de manera representacional. Como cualquier sistema de dominación, el capitalismo extractivo no es totalizador en sus efectos destructivos.
El término «Antropoceno», que ha sido utilizado recientemente por geólogos y climatólogos occidentales para denominar el periodo de intervención humana en el planeta, y que va de 1610 en adelante, ahora identifica popularmente la crisis de la vida futura en la tierra. Científicos y académicos, en los últimos diez años, han escrito sus visiones de un planeta en crisis. Se trata de una avalancha de literatura que presenta un paradigma de «no futuro», en tanto versa sobre cómo la vida en la tierra pronto será destruida35. Sin embargo, usamos el término de una manera demasiado general, abordando la humanidad en su conjunto, sin comprender las historias de colonialismo y pensamiento racial que se imponen sobre categorías como las de «biodiversidad», donde en realidad las biotecnologías del capitalismo se aceleran.
El problema es mucho más específico de lo que parece: el capitalismo colonial ha sido el principal acontecimiento catastrófico que ha engullido los recursos del planeta, mientras construye cuerpos racializados y geografías de la diferencia. De este modo ha destruido sistemáticamente, a través del despojo y la esclavización, un planeta que hoy en día se construye como un bioterritorio corporativo. El Antropoceno, al igual que la producción militarizada de la zona extractiva, delimita las temporalidades y la catástrofe espacial planetaria a través de un lenguaje y un punto de vista universalizante, que oculta las geografías políticas que existen en la conversión en mercancía de la vida compleja. Por lo tanto, nombrar al Antropoceno sin fundamentar su impacto es lo que Vandana Shiva llama el «monocultivo de la mente»36.
Mi objetivo es descolonizar el Antropoceno, al catalogar la vida de otra manera o las formas de vida emergentes y heterogéneas que no reflejan la destrucción o la mera supervivencia dentro de la zona extractiva, sino la creación de alternativas. A diferencia de los enfoques del día del juicio final, que juegan con escenarios de destrucción a escala planetaria, intento estudiar los mundos de vida sumergidos que existen en los territorios Indígenas o afrodescendientes. Se trata de modos de vida que, aunque a menudo sean imperceptibles, proliferan junto al extractivismo. Para los espacios, movimientos, obras de arte y genealogías intelectuales y activistas que estudio, el paradigma de no futuro ya tuvo lugar y se está del otro lado de la catástrofe colonial37.
Dentro de estas ecologías sociales críticas de amplio alcance, está el potencial de lo que Aníbal Quijano llama «la liberación de todo poder organizado como desigualdad, discriminación, explotación y dominación»38. Cuando se combina este entendimiento con la importante advertencia de Laura Pérez, de que la descolonización debe estar necesariamente anclada en el pensamiento y la praxis queer, feminista y de color39, comenzamos a entrar en los terrenos del potencial emergente que está en el núcleo de mi estudio. Como detallo en el capítulo I, los espacios andinos y amazónicos, que contienen lo que a menudo se entiende como la mayor biodiversidad del planeta, no pueden ser manejados bajo la lógica integradora del Estado conocida como «Buen Vivir», que se ha convertido en la reducción institucional del conocimiento Indígena. Los escenarios y textos visuales que examino en este libro hacen proliferar la diferencia como alternativa a través de estrategias que invierten, revierten o estiran la mirada, alargan el tiempo, se detienen en terceros espacios, imaginan ecologías de ruptura y ven con ojo de pez la corriente del río, lejos del bloqueo de las represas.
En mi estudio, las dinámicas y operaciones de la raza y los racismos, la crítica feminista, el potencial queer y la lucha anticapitalista organizan los capítulos. Cambiar los puntos de entrada hacia los microespacios de lo local, lo experimental y lo fenomenológico permite una atención a la experiencia vernácula y corporizada de lo que está contenido en la zona extractiva. Mi primer objetivo, entonces, es mover la teoría descolonial hacia un mayor compromiso con la investigación sobre raza, sexualidad y estudios Indígenas, proporcionando métodos para estudiar la colonialidad a través de múltiples marcos de análisis.
La visión extractiva
Antes de que el proyecto colonial pudiera prosperar, este tuvo que hacer extraíbles territorios y pueblos, y lo hizo a través de una matriz de violencia simbólica, física y representacional40, que llamo la visión extractiva. Esta mirada ve territorios como mercancías, convierte la tierra en recurso, y desvaloriza los mundos ocultos que forman el nexo entre la multiplicidad humana y la no humana. Este punto de vista, similar a la mirada colonial, facilita la reorganización de territorios, poblaciones, plantas, animales, en recursos naturales y datos extraíbles para la acumulación material e inmaterial.
El poder de lo visual ha sido explorado por distintos teóricos con gran detalle en el último medio siglo. Pero estas teorías visuales, mayormente eurocéntricas, ignoran el peso de la mirada colonial, descuidando sus formas tempranas de poder. Por ejemplo, el panóptico de Michel Foucault representa la mirada siempre vigilante del Estado41, es una teoría sobre el poder que se formula con la modernidad europea en mente y no con el colonialismo. Gilles Deleuze, en su breve pero influyente ensayo «Posdata sobre las sociedades de control», recoge la teoría de Foucault y nombra y predice una nueva configuración del poder que llamó la «sociedad de control»42. Estas teorías, que se citan como fuentes clásicas de los estudios visuales y políticos, que parten de la modernidad, hacen invisibles la plantación, el barco de esclavos, la reserva, el enclave, espacios coloniales por excelencia, donde el poder también se consolidó a través de regímenes visuales.
En ese sentido me pregunto: ¿qué formas de poder se pueden localizar a través de la mirada extractiva? ¿Cómo podría un enfoque sobre el capitalismo extractivo y su modelo cambiar la manera en que entendemos la historia de la visualidad y la forma en que nombramos formas de poder pasadas y presentes? ¿Qué pasa si, junto con el concepto de contraposición de Nicholas Mirzoeff, consideramos un arco más largo de regímenes y desobediencias visuales, que imponen el dominio colonial sobre los territorios y, posteriormente, sobre las resistencias contravisuales de poblaciones racializadas?43.
Históricamente, la mirada extractiva ha hecho invisibles a las poblaciones nativas, lo que legalmente ha producido que poblaciones extranjeras se asienten sobre sus propiedades comunales y tomen sus recursos. La colonización europea, en todo el mundo, hace de la naturaleza el Otro y a través de la mirada de terra nullius representa a los pueblos Indígenas como inexistentes. Si el colonialismo de colonos y el capitalismo extractivo reorganizan el espacio y el tiempo, entonces una forma vertical de ver normaliza la eliminación violenta del Otro. Al continuar rompiendo las relaciones Indígenas cosmológicas con la tierra, el Estado y las corporaciones han ampliado su control y alcance sobre la naturaleza en nuevas formas de colonialismo de colonos. Aunque nada de esto sea particularmente nuevo, quiero enfatizar que los regímenes visuales coloniales normalizan una visión extractiva planetaria, que continúa facilitando la expansión capitalista, especialmente en territorios Indígenas ricos en recursos.
Al ampliar la discusión sobre cómo podríamos pensar sobre la visualidad en las regiones que estudio, enfatizo que el capitalismo extractivo «ve como el Estado», que es el término que James C. Scott desarrolla para describir miradas modernistas desde el poder estatal y corporativo, que requieren grandes hazañas científicas y administrativas44. De manera relevante para las Américas, Scott conecta la implementación de sofisticados diseños modernistas con la historia y el auge del autoritarismo. De hecho, la violencia colonial y la estatal facilitaron históricamente la supervisión territorial, lo que significó afirmar violentamente su dominio sobre poblaciones humanas y no humanas. Lo anterior se hace evidente en la reestructuración jesuita de tierras en el Paraguay, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, cuando la Compañía de Jesús organizó las viviendas guaraníes de tal manera que pudiera mantener el máximo control sobre la población asentada forzosamente, mientras ampliaba la producción de monocultivo. Estas reducciones, o recintos de tierras, representan algunas de las primeras formas de reorganización extractiva en las Américas.
Si la mirada colonial apareció por primera vez como dominio administrativo sobre los pueblos y la tierra, en la fase digital los Estados extractivos desposeen a través de nuevas tecnologías. Estos se coordinan con las corporaciones multinacionales, utilizando sistemas de reconocimiento para recopilar grandes conjuntos de datos, adquirir lecturas superficiales del planeta y producir mapas de alta resolución que se usan para construir infraestructuras extractivas sobre el terreno. Desde la guerra contra el terrorismo liderada por los Estados Unidos, los Estados de los «Cinco ojos» (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda) han invertido cada vez más en tecnologías satelitales para cartografiar el planeta con fines militares y de vigilancia, así como para convertir recursos naturales en mercancías. De hecho, el gobierno de los Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares en el financiamiento del Centro para el Estudio del Reconocimiento Nacional [Center for the Study of National Reconnaissance], para lo cual ha contratado empresas especializadas en alta tecnología para crear mapas de alta resolución y otros mecanismos visuales de inteligencia militar que contribuyan a la expansión de su control global.
En la nueva era digital, por lo tanto, la vigilancia, la minería de datos y el mapeo de territorios ricos en recursos funcionan conjunta, y no separadamente, como manifestaciones complejas e interrelacionadas que extinguen comunidades Indígenas y rurales en las regiones de América Latina que estudio. Como decía antes, estas formas altamente coordinadas de dominio funcionan mediante el mapeo de áreas del mundo ricas en recursos (Afganistán, Irak, América Latina, etc.), y sirven como puertas de enlace visuales para la inversión estatal multinacional e internacional en industrias extractivas45. La investigación de Lisa Parks es ejemplar en este sentido, en tanto muestra cómo la cartografía de los territorios para la extracción de recursos está íntimamente ligada a las tecnologías militares, la expansión y el despojo propios del capitalismo en el terreno46. Las tecnologías digitales contribuyen, entonces, a la disminución de la soberanía nacional regional sobre los recursos naturales, al permitir una visión a gran escala desde arriba: los satélites fotografían grandes zonas del planeta para convertirlas en mercancías con fines utilitarios de mercado. Los sistemas de teleobservación y de operación vía satélite, por lo tanto, trazan y cuantifican la cantidad de materias primas contenidas en un territorio determinado, haciendo predicciones sobre los márgenes de beneficio que pueden obtenerse en determinadas áreas con abundantes recursos naturales47.
En las zonas extractivas debemos prestar mucha atención a los cambios materiales que nacen de los marcos digitales del capitalismo tardío, en tanto hacen proliferar nuevas formas de robo colonial. Por ejemplo, la información es ocultada, la confidencialidad y la supervisión corporativa es protegida, con el fin de permitir la conversión de recursos naturales no renovables no solo en mercancías, sino también en nodos opacos de información digital fuera del debate público. A diferencia de la definición de «opacidad» de Glissant, en la que la diferencia prolifera de forma positiva, este aparato oblicuo del extractivismo hace invisibles las actividades de un Estado corporativo. Al mismo tiempo, la tecnología geoespacial requiere de una forma opuesta de visualidad, al hacer transparentes los depósitos naturales de vida humana y no humana, mapeando para acumular, convertir y expandir la economía global.
Si queremos cambiar el modo en que opera esta mirada planetaria, podríamos volver a considerar la importancia de las búsquedas e investigaciones de la experiencia sudamericana48. Hace tres décadas, Humberto Maturana y Francisco Varela teorizaron sobre los modos alternativos de percepción humana y biológica. Su trabajo colaborativo e interdisciplinario, El árbol del conocimiento, publicado por primera vez en 1984, aborda de manera compleja la situación humana y no humana de «no futuro» que nos presenta el extractivismo. El estudio de Maturana y Varela se origina así en cómo aprender de los bosques del Biobío, donde el antiguo pehuén, sagrado para los mapuche, sirve como modelo para mapear la hermenéutica y la percepción humanas. De los muchos aspectos de este trabajo que podrían destacarse, uno de ellos, que se ha convertido en la firma de los autores, es la idea de que los organismos están de manera autónoma y constitutiva reproduciendo circuitos de sistemas vivos, donde se desdibuja cognitivamente la diferencia entre la percepción y la experiencia. Al centrarse en la percepción como un nexo crucial, la obra de Maturana y Varela ofrece entonces «una invitación a la reflexión, abriendo un espacio para la conciencia»49.
Epistemes descoloniales queer-femme
En los capítulos siguientes, y con el fin de entender los modos de percibir de otra manera, me comprometo con lo que denomino una episteme y metodología queer, femme, descolonial50 Mi método perceptual está en deuda con los feminismos de color, chicanos y nativo-norteamericanos. Asimismo, se construye a partir de los entendimientos de la crítica queer de color51. Al igual que las mujeres que piensan sobre los feminismos de color, y que emprenden su análisis a través de un campo relacional de multiplicidad, busco desvincular la teoría y la praxis de un único marco de análisis, interpretación o experiencia. Lo que llamo un «método descolonial, queer-femme» valoriza la feminidad corporizada y no normativa, como fuente de conocimiento y percepción.
Este método percibe de otra manera al atender las resonancias de la corporización como una actividad formadora del mundo52. Aquí, bebo de la obra de Jacqueline M. Martínez, quien propone una fenomenología de la experiencia y la identidad chicana como orientación que rompa la distinción entre el sí mismo y los otros, y que ofrece el conocimiento corporizado como tecnología de investigación. Martínez aboga por un modo de percepción que sea una «investigación abierta, que interrogue tanto sus condiciones teóricas como sus experienciales de posibilidad». Basada en modelos creados por Richard Lanigan (1988), Martínez se involucra con los feminismos chicanos como medios para reorientar la percepción lejos del «objeto de estudio» estático y hacia un profundo «compromiso con él», donde la identidad lesbiana sea un nexo generativo de entendimiento. En esta fenomenología, Martínez se toma en serio la vida cotidiana, y está convencida de que la experiencia consciente es la base de la transformación personal y social53.
Tales lecturas transformadoras, que permiten pensar la posición del sujeto en relación al «campo», me permiten profundizar en mi análisis e interpretaciones de lo que reside dentro de la zona extractiva en América del Sur, especialmente a través de una posición femme no normativa, que deja que el campo y los textos culturales con los cuales me involucro hagan sus impresiones sobre y a través de mí.
El concepto de Emma Pérez de lo descolonial como «imaginario temporal» también me permite ir en esta dirección. Para perseguir el dinamismo del pensamiento dentro de los espacios intersticiales, Pérez recurre a la poética del mirar, donde el imaginario descolonial «actúa como una sombra en la oscuridad. Más aún, como la figura que aparece entre el sujeto y el objeto». La sombra es un espacio en el que lo visible e invisible se mezclan, donde el potencial existe en un imaginario descolonial que no se representa a través de lenguajes o representaciones transparentes. Los métodos y epistemes descoloniales queer-femme reúnen modos no normativos de involucrarse con el mundo social, en términos de perspectivas sumergidas y emergentes.
Pero si Martínez y Pérez ofrecen un lenguaje para ver de otra manera, que afirma epistemes queer –como la corporización como forma de teorizar el poder desde perspectivas sumergidas–, Linda Tuhiwai Smith ofrece un modelo para lo que está en juego en mi trabajo. Dentro de los estudios nativo-norteamericanos, en los Estados Unidos, Tuhiwai Smith identifica la necesidad de descolonizar la investigación académica sobre las comunidades Indígenas, quienes, según ella, son la población más estudiada del mundo54. Tuhiwai Smith enfatiza sobre la importancia de una perspectiva ética que respete y se comprometa con el conocimiento Indígena sin extraer algo de él y de sus comunidades, sino, más bien, atendiendo cuidadosamente a la construcción de la alteridad, especialmente dada la sobredeterminación de categorías como observador y observado, civilizado y salvaje, antropólogo e Indígena. El enfoque de Smith sobre las formaciones de conocimiento y la ética es esencial para descolonizar la academia. Igual de importante es también su consideración sobre cómo las cosmovisiones nativas cambian significativamente el terreno del encuentro, la interpretación y el análisis, y tienen el potencial de descentrar el poder colonizador propio del conocimiento disciplinario.
Más aún, el trabajo de Smith nos recuerda que el extractivismo opera a través de formas materiales e inmateriales, convirtiendo la indigenidad en valor de cambio. De este modo, los recursos intelectuales y espirituales Indígenas son usados como nuevas formas de moneda colonial. Llevo estos conocimientos conmigo a la zona extractiva, como una importante base metodológica y epistemológica del método descolonial queer-femme, haciendo de este el nexo donde se encuentran la experiencia, la percepción y la descolonización. Todo lo anterior crea el espacio para buena parte de mi análisis sobre la zona extractiva, en tanto se aleja de procedimientos unilineales y unilaterales, y transita por el turbio espacio epistémico y sensual de la incertidumbre. Las formas de producción de conocimiento situadas y afectivas pueden proporcionar nuevas formas de analizar el rastro colonial de maneras que, con suerte, no reprochen, domen ni ofusquen una red íntima e intrincada de relaciones de poder55. Las epistemes descoloniales queer-femme también trabajan en oposición a la formación convencional, y buscan entender la exuberancia de lo social a través de más de un marco de análisis. En una negativa por abordar la parcialidad del conocimiento, las metodologías normativas a menudo reproducen una episteme y representación de la marginalidad56. Mi método abandona esta epistemología por algo mucho más tenue, al querer abordar la complejidad y los entrelazamientos del potencial dentro de las zonas extractivas del conocimiento institucional. Un método descolonial queer-femme reconoce una pluralidad de sistemas de significado, interpretaciones y recortes para reconsiderar lo que pensamos que entendíamos, justamente al desafiar su fundamento disciplinario57. Desentrenar lo social involucrando la teoría descolonial permite que historias de despojo, esclavitud y apropiación sean puestas en el centro de la teoría social, enfatizando perspectivas sumergidas sobre las que deberíamos aprender y no intentar suprimir58.
Para los académicos estadounidenses, América Latina ha sido objeto de escrutinio bajo lo que Ricardo D. Salvatore llama «búsqueda disciplinaria». Hacer fiable la visibilidad, fuera de las periferias, ha sido esencial para la posición de esta región en la universidad estadounidense desde el siglo XIX59. Ahora bien, si el conocimiento es un lugar de conquista y, por lo tanto, es una extensión de la colonialidad, un modus descolonial queer-femme busca desafiar la visión normativa norteamericana sobre América Latina. También desafía un enfoque de estudios de área, o la sumisión de procesos globales bajo la categoría de lo moderno europeo60. Un punto de vista queer-femme descolonial no universaliza ni deshistoriza la especificidad de los espacios globales o de las formaciones materiales, sino que busca ofrecer puntos de entrada micro, sumergidos en espacios saturados de colonialidad. El pensamiento descolonial, animado por la teoría crítica de la raza y los estudios feministas y queer, me permite mostrar la creación de zonas extractivas como un objetivo dominante de la condición colonial.
Perspectivas sumergidas
Central para mi manera de analizar el capitalismo colonial y las posibilidades para el futuro es la tarea crítica de percibir la vida de otra manera o lo que llamo «perspectivas sumergidas». Las perspectivas sumergidas nos permiten ver el conocimiento local que existe junto y dentro de lo que el poder ha constituido como zonas extractivas. En cada uno de estos lugares, las perspectivas sumergidas atraviesan los entrelazamientos del poder para organizar de manera diferente los significados de la vida social y política. En otras palabras, la posibilidad de descolonización se mueve dentro de un panorama de multiplicidad. Las zonas extractivas contienen dentro de ellas perspectivas sumergidas que desafían la obliteración. Describo estos espacios transitorios e intangibles como geografías que no pueden ser plenamente contenidas por el etnocentricismo, el especismo, la objetivación científica o las tecnocracias extractivas que explotan yacimientos petroleros u oleoductos, desvían y disminuyen los ríos o cavan minas en las montañas. Ver y escuchar estos mundos es prestar atención a los caminos alternativos y no dependientes de una valoración extractivista.
Descentrar un ojo singular ha sido durante mucho tiempo una modalidad de percepción descolonial, tanto en términos de observación como de crítica61. La episteme de la doble conciencia de W. E. B. Du Bois, por ejemplo, es multivalente más que exclusivamente marxista, yendo a contracorriente respecto al conocimiento canónico, así como perturbando sus límites cuidadosamente ocultos. El potencial irruptivo del terreno de la multiplicidad se aviva en el método de Du Bois que analiza la Ley de Esclavos Fugitivos de 1865 contra los sujetos eurocéntricos y normativos de la sociología, así como su complicidad con el Estado racial postesclavista. Los estudios hemisféricos descoloniales pueden aprender de la forma de crítica multidireccional de Du Bois que deshace y trabaja nuevamente sobre las narrativas históricas unilineares borrando sus objetos. Además, podríamos considerar cómo la imaginación sociológica de Du Bois eleva las perspectivas sumergidas de la vida social y económica negra, en lugar de subsumirlas a epistemes disciplinarias existentes. Parte de mi trabajo en este libro trae a la conversación una variedad de tradiciones radicales en las Américas como esta.
Al elevar las perspectivas sumergidas, a menudo estoy desdibujando los límites del Estado-nación y de los estudios de área, reconsiderando las operaciones de la disciplina, conversando y dialogando en términos académicos y regionales, míos y no míos, entrando en el territorio múltiplemente definido y con frecuencia sobredeterminado del otro del otro. En el fondo, me pregunto: ¿cómo podemos confundir los límites normativos del estudio académico, al adentrarnos en lo que se encuentra debajo de la superficie del capitalismo tardío?
Capítulos
Este libro conecta la fuerza destructiva del capitalismo en las zonas extractivas con alternativas expresivas y emergentes. A medida que estas formas salen a la luz, encontramos genealogías menos conocidas, pero poderosas de pensamiento, praxis y conexión. En cada capítulo leo la especificidad e imprevisibilidad del gesto descolonial o los espacios y momentos más pequeños de descolonización, en relación con proyectos coloniales raciales o de colonialismo de colonos62. En los capítulos que siguen considero regiones que han experimentado transformaciones masivas y trastornos bajo el dominio colonial. En cada uno de estos lugares, el capitalismo extractivo neoliberal únicamente ha acelerado estas consecuencias.
El capítulo I, «La intangibilidad del Yasuní», analiza la «región más biodiversa del planeta», una zona del este del Ecuador, donde la perforación petrolera ha amenazado las delicadas ecologías de los territorios Indígenas. Desde 1998, cuando se propuso por primera vez el tratado Yasuní-ITT, la región Yasuní ofrecía la posibilidad tangible de una protección y conservación radical. Hoy ese proyecto se ha visto amenazado por la expansión de la industria petrolera y las fuerzas del capital multinacional que han llevado al Ecuador a la petrodependencia. En este capítulo uso el término «intangibilidad» como concepto descolonial de multiplicidad, ya que la región es conocida como la «zona intangible», dada la incapacidad de las ciencias occidentales para catalogar plenamente la plétora de vida que existe allí, incluso dentro de tres metros cuadrados de un territorio de 10.227 kilómetros cuadrados.
Mientras que el Estado ecuatoriano promueve el Buen Vivir, de acuerdo con principios ecológicos sostenibles, sigue facilitando la extracción de petróleo en la región, lo que ha sido un acto de violencia contra la soberanía Indígena. Las zonas intangibles, según la ley ecuatoriana, son «espacios protegidos de gran importancia cultural y biológica en los que no se puede producir actividad extractiva debido al alto valor de la región para la Amazonía, Ecuador, el mundo y las generaciones presentes y futuras»63.
Sin embargo, a pesar de la repetición de la frase «espacios protegidos», dentro de la nueva Constitución ecuatoriana, así como de la legislación del Buen Vivir como forma de protección del Yasuní, la política de avaricia continúa poniendo en peligro a los pueblos Indígenas ecuatorianos, a sus territorios y a los complejos sistemas de manejo de la tierra, resistencia y economías alternativas al capitalismo que existen allí. Analizo, entonces, las representaciones alternativas o las ecologías sociales de las comunidades Indígenas dentro de la región Yasuní, especialmente de los kichwas, como otra posibilidad de imaginar lo social desde dentro y más allá de la «zona intangible». Sin embargo, sitúo a estas alternativas al lado de la constante y necesaria presión política que ejerce YASunidos, una coalición intergeneracional, urbana y rural, transfronteriza, queer, feminista y afroIndígena, que trabaja sólidamente en la defensa de la región Yasuní. Formada espontáneamente en 2013, para enfrentar las presiones del petrodesarrollo exógeno, esta coalición multidireccional hace proliferar alternativas al modelo de no futuro de la zona extractiva.
El capítulo II, «La fenomenología andina y el colonialismo de colonos de la Nueva Era», considera una forma menos obvia, pero igualmente peligrosa, de capitalismo y zona extractiva, como es el turismo espiritual. Al analizar historias de toma espiritual, como fueron, en su momento, las de la iglesia católica colonial y su control sobre los cuerpos de niñas Indígenas y, como son hoy día, el tráfico de formas culturales andinas –particularmente, de los pueblos q’ero– propias de la Nueva Era, me ocupo de la división colonial en sus formas continuas de colonialismo de colonos y su justificación de la ocupación y la especulación inmobiliaria en territorios sagrados, en particular, mediante la retórica de la Nueva Era. Muestro, entonces, cómo las economías turísticas neoliberales expanden el paradigma de «jugar a ser indio»64, especialmente, en un entorno transnacional donde la masculinidad andina es mercantilizada a través de la sexualidad y las economías turísticas espirituales. También bebo de una importante literatura dentro de los estudios nativo-norteamericanos para mostrar la similitud que existe en la extracción del conocimiento corporizado Indígena y las visiones de mundo existentes en todo el hemisferio. En lugar de excluir la posibilidad de la descolonización en este espacio, me involucro con la producción de conocimiento local, como es el caso de la fenomenología andina, como experiencia sobre la tierra y la territorialidad que no pasa por el neoliberalismo y sus proyecciones coloniales.
Más aún, navego realidades pegajosas a través de un método descolonial queer-femme, que está abierto a las perspectivas, sonidos y experiencias menos tangibles que existen al ir más allá de la brecha colonial. En otras palabras, me pregunto: a pesar del ruido estridente de la mercantilización y la apropiación neoliberal, ¿cuáles son los espacios más silenciosos que rechazan estos términos y permiten, en cambio, un conjunto menos determinado de interacciones y pedagogías entre pueblos Indígenas y extranjeros no nativos?
En el capítulo III, «Un archivo para el futuro», analizo el colonialismo de colonos en los territorios mapuche, pehuenche y huilliche, en el sur de Chile, demostrando el actual esfuerzo del Estado colonial para «eliminar a los nativos»65. Del mismo modo que sucedió el conflicto de Chiapas sobre los territorios mayas, la violencia y el despojo de los territorios mapuche solo ha aumentado con la gubernamentalidad neoliberal desde la década de 1990. La crisis resultante ha aterrorizado a miles de Indígenas debido al despliegue masivo del Estado policial en la región del Biobío. La resistencia conmovedora de las mujeres Indígenas, a través de huelgas de hambre y encarcelamiento político, ha sido un modo importante y muy visible de corporizar la disidencia dentro de la zona extractiva66. En este contexto, el cineasta mapuche Francisco Huichaqueo produce un archivo para el futuro sobre la violencia presente que ha traído la producción y la exportación de pino y eucalipto en esta región, un monocultivo que ha desplazado y reducido la vida cotidiana de los pueblos Indígenas en los territorios del sur de Wallmapu, región del Biobío.
Como muestro, en sus representaciones altamente simbólicas de la ocupación, Huichaqueo se niega a seguir las convenciones del cine documental. También descentra las representaciones de la figura humana, haciendo de la naturaleza –en particular del pino omnipresente, el pehuén ancestral y los gigantescos árboles nativos de la araucaria– el centro narrativo de sus películas. Junto con el director, el/la espectador/a lamenta la extinción del sagrado pehuén, al ir más allá de la ocupación colonial hacia los mundos invisibles mapuche que Huichaqueo visualiza. Más aún, el director mapuche incorpora el lenguaje cinematográfico experimental como una salida a restringidas visiones de desarrollo. A través de la opacidad y, particularmente, de la perspectiva oscura, encontramos un complejo desafío estético a la mirada colonial normativa que convierte a los territorios en paisaje, mientras criminaliza a los cuerpos Indígenas.
Habiendo pasado por las escenas extractivas del turismo espiritual y la extracción de bosques y petróleo, me dirijo en el capítulo IV a «Una episteme de ojo de pez», título que nombra la perspectiva sumergida que discuto en este capítulo. Allí, analizo la mercantilización del agua, mientras pienso la hidroelectricidad como vida y perspectiva sumergida que la energía hídrica busca ahogar. Más aún, en mi análisis de la obra de la artista colombiana Carolina Caycedo examino cómo una visión invertida nos ofrece un orden diferente de percepción del que proviene de las líneas de visión empíricas que escudriñan por debajo, por encima y a través de la división extractiva. La episteme de ojo de pez, a la que me refiero, descoloca la centralidad ocular del desarrollo humano y, en cambio, revela una contraposición borrosa, por debajo de la superficie.
Al documentar las ontologías y texturas de la vida rural en video, Caycedo muestra cómo la invasión de tierras por parte de la empresa eléctrica Endesa, en territorios biodiversos, produce una catástrofe para las comunidades fluviales locales, en el Valle del Cauca, al suroccidente de Colombia. En una larga toma del exuberante y verde del río, Caycedo invierte la cámara para que el Magdalena fluya en la parte superior del cuadro. Esta visión invertida se aleja y se separa de la visión extractiva colonial, al ver el río como un lugar de un sutil y asombroso sustento social y ecológico, y no simplemente como agua en movimiento que debe ser aprovechada para la electricidad. Explico cómo la praxis estética de Caycedo invierte también el modelo normativo del desarrollo colonial y sus tecnologías extractivas, resignificando las tecnologías satelitales y los drones para representar las relaciones comunales transgeneracionales y sus fuentes locales de conocimiento.
En el capítulo V, «Gestos descoloniales», propongo que la crítica anarcofeminista Indígena ofrece otra perspectiva sumergida desde dentro de la zona extractiva. Esta brinda un importante conjunto de ejemplos históricos y modos de rechazo del capitalismo global, que van desde la producción intelectual y cultural hasta actividades corporizadas de disidencia. Así, las mujeres Indígenas aymaras, huelguistas de hambre, trabajadoras mineras y de plazas de mercado, comparten una historia de ética anticapitalista, que descarta y rehace condiciones de posibilidad fuera de la minería, que ha determinado la posición de este país en la economía mundial desde el siglo XVI.
Las teorías descolonizadoras de Silvia Rivera Cusicanqui emergen de su trabajo de campo dentro de los modos culturales de la historia anarcofeminista boliviana, y ayudan a esbozar el trabajo teórico de este capítulo, que enhebra una genealogía de figuras femeninas que a menudo han sido ocultadas por la historia de la izquierda latinoamericana. Además, me dirijo a los imaginarios descolonizadores de Mujeres Creando: artistas, performers, activistas, cuya división en dos organizaciones, Mujeres Creando y Mujeres Creando Comunidad, con dos visiones distintas, solo multiplica la potencialidad de su perspectiva crítica. Este capítulo pone al género y a la sexualidad en primer plano para abordar el potencial utópico que se ha animado dentro de la política y las esferas culturales andinas, especialmente en la última década67.
A través de cinco escenas extractivas de América del Sur, concluyo con las perspectivas sumergidas de los movimientos sociales, los esfuerzos artísticos y las formaciones intelectuales que desafían la visión monocultural del desarrollismo y del capitalismo colonial. Ya sea a través del juego de sombras, viendo desde abajo, o escuchando el agua, estas modalidades porosas expanden la condición de posibilidad frente a visiones desde lo alto, eurocéntricas, modernistas y totalizadoras sobre la diferenciada vida planetaria.
I. La intangibilidad del Yasuní
En la Zona Intangible del Oriente ecuatoriano, el afluente del río Napo se mezcla con el Aguas Negras, un pequeño río que fluye lejos del movimiento apocalíptico del extractivismo. Donde la vegetación se espesa y la temperatura del agua se enfría, cesa el zumbido de los barcos y las lanchas de petróleo. A lo largo del tramo de cincuenta kilómetros de río, desde la ciudad petrolera de Coca, camino hacia el Yasuní, se transita por el Napo a través de una intensa actividad industrial. Las brillantes llamas anaranjadas de las refinerías de petróleo se elevan por encima del horizonte, una miríada de barcos fluviales, que albergan a los trabajadores de las compañías petroleras, flotan vacíos a lo largo de la orilla del río, mientras las lanchas viajan río arriba y abajo cargando el crudo. Aunque invisibles desde el río, docenas de trabajadores petroleros desbravan, con machete en mano, largas franjas de selva tropical para dar paso a la extracción petrolera.
Diez millas más allá de las casas flotantes, el río se divide de nuevo. Volviendo hacia Aguas Negras, y lejos del Napo, el ritmo acelerado del extractivismo desaparece en los territorios protegidos de los shuar, huaorani, kichwa, tagaeri y taromenane, que están marcados únicamente por un pequeño letrero que dice «Parque Nacional Yasuní». En esta arteria más pequeña, y a diferencia de la estridente conmoción que mueve el petróleo por el Napo, una sola hoja que cae al agua se convierte en un acontecimiento. Aquí, la percepción se hace más lenta, en tanto la frenética extracción temporal no es la única temporalidad, y un alargado sentido del tiempo geológico permite una percepción diferente del intrincado despliegue del mundo natural. En los dos metros de aguas turbias que chocan contra nuestra canoa, hay un millón de años de evolución. Mientras nos sentamos silenciosamente en el barco, alguien ve un caimán de río, un animal que se desliza sin esfuerzo a través del agua. El caimán es una guía útil para la multiplicidad de la mirada que se necesita en un espacio así: con sus ojos colocados justo encima de la línea de agua, su vista se cierne sobre la superficie con la misma facilidad con que se sumerge en las aguas oscuras y fértiles.
En 1998, la Unesco declaró la región del Yasuní, situada entre los ríos Napo y Curaray, en las provincias meridionales de Napo y Pastaza, abarcando un total de 982.000 hectáreas, una herencia digna de convertirse en patrimonio internacional. Considerada, desde hace tiempo, la región más biodiversa del mundo, el Parque Nacional Yasuní alberga millones de especies de insectos, cientos de especies de aves y la mayor variedad de especies de árboles del planeta. Espacios de alta biodiversidad, como el Yasuní, se alejan de la captura total, a pesar de que equipos de científicos ecuatorianos y occidentales ingresan constantemente a la selva para clasificar sus especies vegetales y animales y sus poblaciones Indígenas68. Dado el contraste entre la expansión de la actividad extractiva que describo anteriormente, y los parches de selva que contienen una inmensa biodiversidad, ¿es posible imaginar un futuro alternativo a la eliminación de la biodiversidad planetaria? Si la matriz extractiva engulle todos los espacios ricos en recursos en el capitalismo global, ¿qué existe más allá de la conversión de la heterogeneidad en destrucción? Sigo al biólogo William Sacher para preguntarme: «¿qué formas de vida existirán en el futuro, si las seguimos devaluando y eliminando?»69 Cuando las llamas visibles de la toxicidad del petróleo se queman fuera de su perímetro, ¿qué alternativas apoyan otra relación con la multiplicidad de la vida que existe en los territorios del Yasuní?
Para responder a estas preguntas, y contra la absorción del lenguaje por parte del capitalismo tardío, la «intangibilidad» nombra, para mí, la capacidad de una vida otra de redirigir la mercantilización y la clasificación científica. La intangibilidad de la selva metaboliza, crece, se multiplica y se escapa a la condición del monocultivo, cuya complejidad obliga a la pregunta de Eduardo Kohn: ¿pueden los bosques pensar y recordar?70 Y, si es así, ¿qué recuerdan? Tal y como Deleuze y Guattari exploran en Mil mesetas, el compromiso con la biología molecular permite un modelo de agencia ecológica radical que describe la coproducción de los sistemas vivos con potencial adaptativo71. Su idea de nuevos devenires es otra manera de conceptualizar la emergencia. De hecho, la ecofilosofía de Deleuze y Guattari se basa en la noción de «autopoiesis» de los teóricos sureños Humberto Maturana y Francisco Varela, y se refiere a la capacidad de un sistema biológico para sostenerse y reproducirse a sí mismo72. En línea con estos conceptos, la intangibilidad va más allá de los modelos reduccionistas de representación, hacia ecologías sociales animadas que desplazan, adaptan y amplían las categorías normativas de la vida biológica.
En este capítulo me ocupo de la vida intangible y autónoma a través de un análisis de la geografía andino-amazónica, su representación y los modos de defensa de la tierra y el agua que tienen lugar allí, particularmente en la región Yasuní, en el oriente ecuatoriano. En concreto, abordo la Iniciativa Yasuní-ITT, el plan radical de conservación de la biosfera, también conocido como el Yasuní Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT), como una alternativa importante y profunda, aunque contradictoria, respecto a las exigencias del capitalismo extractivo. Al igual que otras formas alternativas de representación de la selva y la tierra, que emergen al interior del Yasuní, la iniciativa contiene el sorprendente reconocimiento de la soberanía Indígena, el imperativo de revertir la visión extractiva y la práctica del Buen Vivir, que da primacía a las cosmovisiones Indígenas y afrodescendientes. Aun cuando la Iniciativa Yasuní-ITT ha sido recientemente amenazada por las compañías petroleras nacionales y multinacionales, las asambleas Indígenas, afroecuatorianas, LGBT, ecofeministas y sindicales desafían su disolución mediante la promulgación de ecologías sociales que viven más allá de la brecha colonial.
La intangibilidad contrarresta el aparato representacional del Yasuní como un espacio amazónico puro, un territorio de naturaleza indiferenciada, inmensa e indómita. En un retrato surrealista de la aventura colonial, la película Fitzcarraldo (1982), del director alemán Werner Herzog, personifica esta visión de la cuenca amazónica, donde la naturaleza y los nativos «indomables» son peligrosos y amenazan el dominio del «Hombre». Asimismo, en un conocido monólogo de El peso de los sueños (1982), el extraordinario documental de Les Blank, que narra la creación de Fitzcarraldo, Herzog describe su frustración con la selva, y sugiere que la Amazonía es un lugar de amenaza, un espacio salvaje y fecundo donde Dios ha castigado a sus habitantes. Según dice: «Por supuesto que estamos desafiando a la naturaleza misma… Ella está llena de obscenidad, la naturaleza aquí es violenta, básica. No veo nada erótico, veo fornicación y asfixia, conmoción y lucha por la sobrevivencia, crecimiento y caída. Por supuesto, hay mucha miseria, pero es la misma miseria que está a nuestro alrededor, los árboles aquí son miserables, las aves son miserables. No creo que canten; gritan de dolor»73.
El estilo retórico de Herzog, y el espectáculo cinematográfico del fracaso del desarrollo utópico moderno, reproducen los tropos coloniales de la escritura de viajes europea de los siglos XVIII y XIX que, a su vez, repite el lenguaje de las crónicas de Indias de los colonizadores españoles. El Amazonas tiene una larga representación como paisaje caótico, constantemente amenazado por impulsos civilizatorios, un principio central del paradigma colonial74. Un enfoque en los peligros de la naturaleza, su violencia y su supuesta obscenidad, recrea en términos antropocéntricos y racializados a los territorios Indígenas e imagina el progreso como destino final.
En contraste con esta mirada extractiva y espectacularizada de la selva, una gama de formas relacionales vive en y con la Amazonía, y no solo la observa «objetivamente» desde afuera. El Yasuní no es un espacio puro de naturaleza salvaje indomable, como lo vería Herzog, este ha mantenido su biodiversidad precisamente por el ingenio Indígena en la selección de semillas, la intersiembra, el meticuloso cultivo y el mantenimiento de la biodiversidad, durante un milenio de cuidado sistemático. Es decir, los habitantes que viven en la región, incluidas las poblaciones huaorani, kichwa, shuar y otras llamadas «no contactadas», han protegido y cultivado cuidadosamente la vida vegetal de maneras que contribuyen a su proliferación75. Las geografías intangibles funcionan como espacios entrópicos que no pueden ser contenidos por la visión extractiva, la ciencia occidental, la lógica de conversión de recursos naturales en mercancías del capitalismo o la gubernamentalidad racial. Las geografías intangibles son manejadas por pueblos Indígenas, cooperativas y poblaciones «no contactadas» que amplifican la multiplicidad de las formas de vida selvática.
La iniciativa Yasuní
La biodiversidad no es todo lo que se encuentra en la región de Yasuní; el territorio también tiene la maldición de contener unos 920 millones de barriles de reservas de petróleo por debajo de la superficie, lo que representa el 20% del total de depósitos de combustibles fósiles del Ecuador. En 1967, Texaco descubrió petróleo en la región, lo que llevó a la práctica de las «manos pintadas», que consiste en mojarse las manos con petróleo de fosas abiertas para celebrar así las supuestas riquezas que vendrán con su explotación. En la década perdida del decenio de 1980 estaba claro que la creciente deuda externa del Ecuador y la excesiva dependencia a un solo recurso natural habían subsumido aún más a la nación en una economía mundial dependiente del petróleo.
La Iniciativa Yasuní-ITT, originalmente propuesta en 1996, establecía que el Estado ecuatoriano rechazaba la licitación extractivista para proteger a los territorios y a la naturaleza en su «estado natural», particularmente en aquella relativamente pequeña porción de tierra que todavía no había sido parcelada por la economía petrolera. Durante su campaña para la presidencia, Rafael Correa prometió proteger los «derechos de la naturaleza», diversificando el portafolio económico de la nación. En 2005, Correa incluso planteó la posibilidad de que la Iniciativa Yasuní-ITT recolectara fondos de entidades globales, un plan que en su momento fue promocionado como el programa de redistribución económica de su gobierno. Una vez posesionado como presidente, Correa le pidió a la comunidad internacional que pagara 350 millones de dólares durante diez años al Estado ecuatoriano, para que este dejara las reservas subterráneas de petróleo en paz.
Correa presentó entonces la propuesta Yasuní-ITT como una responsabilidad del Norte Global con la creciente posición del Ecuador como dependiente de los recursos extractivos. La iniciativa ofrecía una oportunidad para que, desde el exterior, se impidiera la explotación de los territorios petrolíferos al interior; un símbolo de la forma en que las naciones más ricas podrían poner fin a su culpabilidad histórica. Sin embargo, para agosto de 2013, Correa había anunciado que el esfuerzo del Estado por atraer fondos internacionales para el Yasuní se había quedado corto, y que la iniciativa sería abandonada. De este modo, libraba al gobierno ecuatoriano de cualquier responsabilidad adicional como protector de la región. Dado que el Yasuní posee una incalculable variación genética y de especies en sus territorios Indígenas, estas noticias ilustraron el fracaso de las opciones legales y políticas para proteger las zonas intangibles de los cálculos del capitalismo global.
Aunque Rafael Correa no fue el primer presidente en defender la región Yasuní, la formalización de la Constitución ecuatoriana en 2008, en Montecristi, y el lanzamiento más tarde de la propuesta Yasuní-ITT, para territorios protegidos, se dieron bajo su administración. En un comunicado de prensa cuando se aprobó la Iniciativa ITT, el Ministerio de Energía y Minas del presidente Rafael Correa hizo la siguiente declaración:
Se aceptó como primera opción la de dejar el crudo represado en tierra, a fin de no afectar a un área de extraordinaria biodiversidad y no poner en riesgo la existencia de varios pueblos en aislamiento voluntario o pueblos no contactados. Esta medida será considerada siempre y cuando la comunidad internacional entregue al menos la mitad de los recursos que se generarían, si se opta por la explotación del petróleo; recursos que requiere la economía ecuatoriana para su desarrollo76.
Los pueblos Indígenas «no contactados», a los que se hace referencia en el pasaje anterior, son los tagaeri y los taromenane que viven dentro de la región Yasuní y que, de manera elocuente, regresaron a la selva en la década de 1970 para evitar el contacto con las compañías petroleras, el Estado ecuatoriano, los misioneros y otros agentes de la colonialidad. Como escribe Esperanza Martínez sobre la expresión particularmente extraña de la declaración de Correa: «Se puede deducir de la declaración que, desde la perspectiva del presidente, siempre hubo una segunda opción: extraer petróleo»77.
La petición que le hizo Correa a la conciencia ecológica mundial, de hacer una inversión en la biodiversidad, ofreció a los gobiernos del Sur Global una nueva alternativa sobre cómo lidiar con los costos de la conservación de los ambientes naturales: a partir de su externalización a las naciones más ricas. Sin embargo, la redacción de la propuesta oscurece el hecho de que los territorios circundantes ya habían sido vendidos hacía mucho tiempo a más de una docena de empresas petroleras. Los mapas muestran cómo la región había sido tallada en «bloques petroleros» ya en 2009, y documentos filtrados revelan negociaciones secretas entre el Estado ecuatoriano y las compañías petroleras chinas sobre el «Bloque 31», para designar el territorio del Parque Nacional Yasuní para la extracción de petróleo78. En otras palabras, el Estado ecuatoriano siguió una agenda extractivista, incluso utilizando la retórica del Buen Vivir para promover el apoyo internacional en los esfuerzos por la conservación.
En la declaración anterior de Correa, el Yasuní se presenta discursivamente de manera paternalista. La falacia desarrollista, arraigada en la declaración de Correa, muestra la iniciativa como una opción binaria: o bien se trata de proteger a los territorios ricos en recursos, o bien se trata de cederlos al capitalismo extractivo, como de costumbre. Ambas formulaciones operan dentro de las lógicas de la mirada colonial, que representan la tierra y el territorio como una zona extractiva: como si estuviera allí para la toma, para convertirse en propiedad y, en última instancia, para ser protegido por el Estado sin una comprensión de la complejidad intangible de las vibrantes ecologías sociales que allí habitan.
Es evidente que la retórica estatal y la acción extractivista van juntas, y hay quienes defienden que la Constitución ecuatoriana de 2008 y la Iniciativa Yasuní-ITT de 2009 fueron un gran paso en términos de proteger legalmente a la naturaleza79. Sin embargo, otra forma de leer retrospectivamente estos procesos es que la utilización estatal de conceptos Indígenas, relacionados con la protección de la tierra, como el Buen Vivir –término sobre el que hablo a continuación–, ha sido empleada para facilitar la expansión del capitalismo extractivo. Más aún, ¿puede la ley, el instrumento mismo de la colonización, guiarnos realmente sobre cómo proteger la biodiversidad en los territorios Indígenas? ¿Cuáles son las alternativas al uso de las herramientas del amo?
El Buen Vivir
En su nivel más fundamental, el Buen Vivir se refiere a la organización de la vida social y ecológica a partir de principios afroIndígenas, así como a la transmisión de prácticas vernáculas que mantienen una relación profunda y respetuosa con la tierra, el lugar y el mundo natural.
La idea del Buen Vivir se está difundiendo en toda América Latina. Es un concepto en construcción que aspira ir más allá del desarrollo convencional, y se basa en una sociedad donde conviven los seres humanos entre sí y con la naturaleza. Se nutre de ámbitos muy diversos, desde la reflexión intelectual a las prácticas ciudadanas, desde las tradiciones Indígenas a la academia alternativa80.
El Buen Vivir descentra la importancia de lo «humano», al enfocarse en la manera en que el mundo natural posee sus propios conjuntos de derechos, lógicas y capacidades que no pueden ser solamente aprehendidos, manejados o narrados a través del lenguaje humano o la técnica científica81. En lugar de asumir el conocimiento o ejercer una relación jerárquica respecto a la naturaleza, el Buen Vivir persigue lo que Atawallpa Oviedo Freire denomina «equilibrio dinámico» y «armonía con reciprocidad», como formas de relacionarse con la vasta vida planetaria que nos rodea82. Como conciencia, el Buen Vivir supera la visión reduccionista del paradigma de desarrollo hacia una forma de vida integrada con el bosque.
Tal y como escribe Alfredo Pérez Bermúdez, en la introducción al volumen Bifurcación del buen vivir y el Sumak Kawasay (editado por Atawallpa Oviedo Freire), el Buen Vivir no es un juego de todo o nada sobre el progreso material o el «estilo de vida americano», sino una forma de incorporar el potencial de vivir en consonancia con la tierra83. En otras palabras, el Buen Vivir ofrece un paradigma diferente del impulso materialista del discurso neoliberal de «vivir bien», que imagina una expansión personal interminable, donde el confort del desarrollo moderno capitalista realiza el deseo de expansión individual a través de lo material.
En medio de los fracasos del neoliberalismo, en los últimos cuarenta años, una creciente visibilidad de los pueblos Indígenas y de la gobernanza ecológica ha prometido nuevos espacios políticos formales para la protección de los territorios Indígenas en las Américas. La mayor esperanza de cambio se encuentra dentro de los procesos de consulta social que culminaron con un cambio de régimen político en Bolivia y en el Ecuador. Después de que Evo Morales fuera elegido en 2006, evento que representó el ápice de la visibilidad Indígena, así como la culminación de movimientos sociales progresistas, Rafael Correa fue elegido presidente en Ecuador en 2007, en vez de una amplia confederación Indígena que pasó por un proceso de asambleas constituyentes. Ambos presidentes promovieron agendas Indígenas y llegaron a la presidencia por medios participativos y de consulta popular. Ambos también revisaron y reescribieron los mandatos jurídicos de sus países y, sobre todo, sus respectivas Constituciones nacionales, mediante procesos de consulta popular, que incorporaron visiblemente la participación ciudadana democrática. En la esfera política formal, las asambleas constituyentes produjeron nuevas configuraciones que rompieron con la política de elite habitual84. La amplia incorporación de las políticas del Buen Vivir también creó aparentemente rupturas con los legados del racismo colonial que habían favorecido durante mucho tiempo los modos europeos de organización política, económica y social.
Sin embargo, dos formas del Buen Vivir se han vuelto cada vez más confusas. La primera tiene que ver con la sostenibilidad de formas de vida heterogéneas basadas en «cosmovisiones» Indígenas o afrodescendientes, y la segunda se refiere al uso retórico e instrumental del Buen Vivir como forma de gubernamentalidad, o lo que Michel Foucault definió como práctica organizada de la racionalidad del Estado85. En el nuevo capitalismo extractivo, las políticas estatales de hegemonía sobre la naturaleza convierten a los territorios en mercancías extraíbles utilizando de manera encubierta la retórica del Buen Vivir. Como veremos, por sugerente que sea el concepto del Buen Vivir, este cada vez más se ha convertido en la justificación retórica de un Estado que prioriza las agendas capitalistas y disminuye el alcance de una real descolonización.
La distorsión de la vitalidad
El Buen Vivir se vio cada vez más sacrificado por el socialismo andino del nuevo Estado ecuatoriano, que continuó invirtiendo en el avance del capital extractivo, incluso después del fin del Consenso de Washington. Contrariamente a la mayoría de las predicciones, en los últimos diez años, los Estados progresistas de América Latina expandieron su dependencia global y sus problemáticas ecológicas. En la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrada en Beijing en enero de 2015, por ejemplo el gobierno chino le ofreció a la región 500.000 millones de dólares en comercio y 250.000 millones en inversión, marcando nuevas configuraciones de poder geopolítico. En esta nueva economía global, que extiende la colonialidad, el Ecuador ha adquirido préstamos a tasas de interés acumulativamente más altas que en el pasado, y que hacen que el sistema anterior de préstamos del Banco Mundial y las políticas de desarrollo lideradas por los Estados Unidos parezcan relativamente suaves.
Como me dijo el abogado yasuní Pablo Piedra, «algunos de nosotros miramos nostálgicos hacia el modelo anterior del Consenso de Washington, donde al menos había un sistema de contrapesos en pie. En aquel entonces era posible acudir al supervisor del Fondo Monetario Internacional y presentar peticiones contra los excesos y términos de los contratos extractivistas»86. Los tipos de controles y equilibrios que existían en el paradigma anterior, como las comisiones de supervisión a partir de las cuales los defensores podían exigir sus derechos, son prácticamente inexistentes en el modelo actual. Pero tal vez más perjudicial que esto resulta el hecho de que, en un momento de caída precipitada de los precios del petróleo en el mercado mundial, el gobierno ecuatoriano se enredara cada vez más en una matriz de préstamos de alto interés con potencias extranjeras, a través del pago de recursos naturales no renovables. Ese pago en mora amenazó las regiones y las iniciativas de conservación, como la Iniciativa Yasuní-ITT.
Para satisfacer la lógica de la deuda y ampliar su alcance autoritario, el Estado ecuatoriano concedió nuevos contratos para proyectos de desarrollo en los ecosistemas de la nación. Así, la minería, la hidroelectricidad, la pesca industrial y la perforación petrolera se convirtieron en intensas actividades extractivas, y las regiones donde se han asentado, en áreas de aguda resistencia sobre el territorio y los recursos. Particularmente, las comunidades de la región septentrional de Intag, en la provincia de Imbabura, han enfrentado el extractivismo minero a través de tácticas de alto riesgo y enfrentamientos violentos entre comunidades y militares, que solo se han intensificado con nuevos proyectos de megaminería. Al extraer recursos de los territorios Indígenas, contradiciendo los preceptos fundacionales del Buen Vivir, el Estado parece en última instancia incapaz de arbitrar, promover o defender los derechos de la naturaleza, como discuto a continuación.
El plan trienal del presidente Rafael Correa, «El Buen Vivir: Plan Nacional, 2013-2017», ilustra la distancia entre la retórica y la implementación de la política social y económica del Estado, que protege los «derechos de la naturaleza». En el documento, el compromiso de buscar el Buen Vivir sirve como una medida contra el «desarrollo y la expansión infinitos», y toma en consideración la redistribución económica, a la vez que extiende los derechos sociales, económicos, culturales y ambientales de tercera generación87. Aunque el objetivo número 11 del plan estatal argumenta que el Ecuador debería considerar la conversión de su sector económico e industrial, para alinearse con los enfoques del Buen Vivir, partes subsiguientes del documento detallan cómo el modelo sería incompleto sin un aumento en la capacidad de extracción de recursos naturales. Como el plan hace evidente:
El Ecuador tiene una oportunidad histórica para ejercer soberanamente la gestión económica, industrial y científica de sus sectores estratégicos. Esto permitirá generar riqueza y elevar en forma general el nivel de vida de nuestra población. Para el Gobierno de la Revolución Ciudadana, convertir la gestión de los sectores estratégicos en la punta de la transformación tecnológica e industrial del país constituye un elemento central de ruptura con el pasado88.
Aunque partes de este documento están infundidas con la voluntad de proteger a la naturaleza, particularmente cuando se habla de la necesidad de romper con sectores de la economía dependientes, a través de la promoción de lo que la administración de Correa llama la «Revolución Ciudadana», el énfasis real del pasaje está en la «transformación tecnológica e industrial del país», que allana el camino para la expansión extractivista. Más aún, hay pocas indicaciones sobre cómo el Estado cumpliría la gigantesca tarea de descolonización, y aún menos un análisis sobre lo que significa la soberanía para el Ecuador, dadas las nuevas configuraciones geopolíticas.
Las concesiones empresariales extractivas, durante el gobierno de Correa, se concedieron a empresas multinacionales, generando la expansión de la colonialidad. Además de las implicaciones económicas y sociales, también hubo graves consecuencias ambientales: las empresas estatales y nacionales son de las industrias más contaminantes. Teniendo en cuenta estas contradicciones materiales, la retórica del Buen Vivir no ha encontrado una salida al aprieto del desarrollismo. Más aún, le ha proporcionado una retórica encubierta al extractivismo. La distancia entre el principio Indígena amazónico-andino del Buen Vivir y la expansión de la gobernanza extractivista, en todo el continente, ha aumentado con cada concesión para la explotación de recursos naturales que se le ha dado a una empresa o nación extranjera.
Ecología y derecho
Como reacción frente a la extrema devastación ecológica y social, provocada por la hegemonía del modelo neoliberal, a finales del siglo XX, varios Estados sudamericanos incorporaron los derechos ambientales en sus procesos constitucionales. La originalidad de la Constitución ecuatoriana se basó en su capacidad de ir más allá de los marcos jurídicos de los años ochenta y noventa, que ya habían sido alterados con la propulsión de los derechos de «tercera generación» –Colombia (1991), Brasil (1998)–; es decir, con la concesión de derechos culturales, económicos y humanos a las generaciones futuras de colectivos que hubieran conservado la naturaleza durante varias décadas. El Ecuador sufrió una degradación ambiental considerable y una persistente dependencia económica, lo que envalentonó a los movimientos sociales a enlazar la conciencia sobre los derechos ambientales con su exigencia constante de justicia. Al mismo tiempo, el cambio climático del planeta captó la atención mundial, y esto llevó a que, en 1996, Ecuador inaugurara el Ministerio del Cambio Climático Global. Este fue encargado de asegurar el futuro de la biodiversidad dentro de la nación, un objetivo loable que ha sido amenazado en los últimos años. Desde el artículo de apertura, el lenguaje de la Constitución ecuatoriana hace importantes proposiciones sobre la relación entre la soberanía nacional y los derechos del mundo natural:
Artículo 1. El Ecuador es un Estado constitucional de derecho y justicia, un Estado social, democrático, soberano, independiente, unitario, intercultural, multinacional y laico. Se organiza como república y se rige por un enfoque descentralizado. La soberanía reside en el pueblo, cuya voluntad es la base de toda autoridad, y se ejerce a través de organismos públicos utilizando formas de gobierno participativas directas, tal como prevé la Constitución. Los recursos naturales no renovables del territorio del Estado pertenecen a sus bienes inalienables y absolutos, que no están sujetos a prescripción89.
Si bien el lenguaje de la soberanía describe las protecciones de ley, este no impide que las empresas extractivas entren a los terrenos protegidos. Aunque las leyes 71 a 74 de la Constitución fueron redactadas para prohibir la extracción de recursos, sus lagunas han permitido la incursión de empresas en zonas definidas como de «conservación». Así pues, quizá porque la vida no humana no puede hablar por sí misma, y tiene que pasar por defensores y representantes jurídicos humanos, se cree erróneamente que la ley es el lugar donde el mundo natural queda exento de toda autoridad.
Por esta razón, la Constitución ecuatoriana de 2008 aparentemente cambió el potencial de la ley, creando un aparato para la representación de la naturaleza. En el capítulo siete, del artículo 71, denominado «Derechos de la Naturaleza», la Constitución considera en qué medida la Pachamama «reproduce y hace posible la vida»:
La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos. Toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la autoridad pública el cumplimiento de los derechos de la naturaleza. Para aplicar e interpretar estos derechos, se observarán los principios establecidos en la Constitución, en lo que proceda. El Estado incentivará a las personas naturales y jurídicas, y a los colectivos, para que protejan la naturaleza, y promoverá el respeto a todos los elementos que forman un ecosistema90.
El derecho de la Pachamama a existir y a prosperar está en el centro de las cosmologías Indígenas de la región andino-amazónica y, en general, la idea de una relación positiva con el mundo natural, que debe ser considerada con más profundidad. Lo anterior no es apenas una apelación liberal al aparato jurídico del Estado, sino un reconocimiento integrado y multidimensional de los derechos de la naturaleza o la Pachamama91. Sin embargo, si ponemos énfasis en la omnipresencia de este principio cosmológico para las cosmovisiones Indígenas, entonces la crisis y el punto de vista reductivo del derecho jurídico europeo se vuelve sorprendentemente evidente. Y es que, dentro de una episteme sureña, las estructuras legales coloniales facilitan y aceleran la conversión de la geomateria planetaria en una catástrofe capitalista. Las concesiones corporativas gubernamentales de Correa exponen esta contradicción.
La gubernamentalidad extractiva muestra que un imaginario ecológico nunca puede ser plenamente actualizado a través de la ley. Aun cuando los canales legales puedan compensar el saqueo de los recursos del planeta, el caso Yasuní sirve como una advertencia de que la legislación no puede ser la única ruta para la conservación. En última instancia, la ley está integrada a un sistema político económico e interestatal mundial, que hace que su papel no sea el de protectora del mundo natural, sino que el de facilitar la venta de recursos naturales en el mercado global. Por lo tanto, el Buen Vivir se ha convertido en una herramienta de los Estados extractivos para reproducir las lógicas de los avances neoliberales. En última instancia, necesitamos otros modos de representación y acción que superen los sistemas jurídicos y que no se retroalimenten de la colonialidad.
Transicionalidad Yasuní: YASunidos
Aunque la Constitución de 2008 establece la protección de los derechos ambientales e Indígenas, así como el respeto a la biodiversidad contra el desarrollo «centrado en el ser humano», el Estado plurinacional ecuatoriano, en última instancia, no ha podido proteger los territorios intangibles.
Cuando en agosto de 2013, Correa anunció que la Iniciativa Yasuní-ITT no sería respetada, los activistas expresaron indignación por la manera como el Yasuní se había convertido en un territorio fichado para la explotación de petróleo. En los días siguientes, cientos de personas de toda la nación, destrozadas por la noticia, se reunieron en vigilias. Como describe Diana Coryat, tales encuentros engendraron el movimiento YASunidos, liderado por jóvenes urbanos y rurales, que habían salido de los movimientos sociales Indígenas, los activismos ecológicos y los colectivos de medios y organizaciones horizontales, que rechazaban el modelo extractivo92. El movimiento espontáneo, que comenzó con el anuncio del fin de la Iniciativa Yasuní-ITT, representa una coalición transversal que ha generado una serie de desafíos importantes para la zona extractiva.
YASunidos es una coalición compuesta por artistas, activistas Indígenas, periodistas, ecologistas y defensores de la tierra. Está basada en la solidaridad afectiva entre activistas que se atreven a nombrar el complejo extractivo, y que perciben al Yasuní como un poderoso símbolo colectivo de la desvalorización global de los territorios Indígenas y de las ecologías biodiversas. Para los jóvenes ecuatorianos, unidos por una preocupación ecológica, la región Yasuní representa psicológicamente un espacio de descanso de un mundo cada vez más definido por el cambio climático, un lugar donde las poblaciones Indígenas «no contactadas» rechazan la colonización y una región donde la biodiversidad prospera en medio de la creciente distopía de los megaproyectos de desarrollo. Así, cuando se comienza a construir una carretera como corredor de extracción, a través de la zona Yasuní-ITT, el choque que produjo descubrir que Correa había roto la iniciativa causó una respuesta enfurecida de la coalición YASunidos, con efectos que continúan reverberando hasta el día de hoy.
En la siguiente declaración de YASunidos, que vale la pena citar extensamente, vemos cómo una visión multidireccional y alternativa organiza la coalición, a través de un llamado que también retoma los principios centrales del Buen Vivir:
Para nosotros, la iniciativa de dejar el petróleo bajo tierra indefinidamente no debe responder a los caprichos de la comunidad internacional o de un gobierno que nos ha fallado descartando unidireccionalmente la posibilidad de un serio debate público sobre las alternativas para la conservación de la ITT.
Nosotros, YASunidos, exigimos el respeto de los derechos humanos de los pueblos no contactados, tal como garantiza el artículo 57 de la Constitución. Exigimos que nuestro patrimonio ancestral y natural no sea sacrificado y optamos por alternativas pospetroleras. Instamos a que se celebre un debate veraz y transparente sobre nuestro modelo económico y nuestra base energética. Asimismo, exigimos que el gobierno nos deje expresar nuestro desacuerdo a través del ejercicio legítimo de la protesta, sin represión ni criminalización.
Para nosotros, el objetivo de dejar el petróleo bajo tierra de la ITT está más vivo que nunca, lo que se evidencia a través de la creatividad y el compromiso demostrado en las calles por ciudadanos que piden que se escuchen sus voces. Esperamos que el tema sea ampliamente discutido y que surjan varios argumentos en lugar de información que se confunde con propaganda gubernamental deslegitimadora.
Es esencial acabar con la pobreza y mejorar la educación, pero no creemos que la explotación del Yasuní sea la forma de hacerlo. Hay muchas riquezas en nuestro país, pero están mal distribuidas, lo cual se destaca por el hecho de que los grupos económicos que más ganan han aumentado sus ganancias en los últimos años, mientras que se ha producido una disminución en los impuestos que deben pagar sobre sus ventas. Si aumentamos el impuesto sobre sus ganancias en 1,5 por ciento, obtendríamos más de cincuenta mil millones de dólares, durante el mismo periodo de 22 años que se propone para la explotación de la ITT.
Al igual que la Iniciativa Yasuní-ITT, proponemos la búsqueda de alternativas; proponemos romper los esquemas, romper con valentía; en definitiva, proponemos una revolución social que desafíe los valores del consumo energético y priorice el bien común, defendiendo la idea del Buen Vivir.
Somos conscientes de que más de una persona ha intentado utilizar nuestra plataforma para su propio beneficio, por lo que es necesario aclarar que luchamos por la vida y por una alternativa al modelo extractivista. Somos ciudadanos, no solo ciudadanos urbanos, y somos conscientes de los desastres que la extracción de petróleo genera para la naturaleza, la humanidad y la economía. Con la firme convicción de que este es el momento de sacar el debate a las calles, y con la participación de todos, esperamos superar la dependencia en el petróleo que se nos impone y que, además, agrava aún más el calentamiento global y la destrucción ambiental, pone en peligro la vida de los pueblos en aislamiento voluntario, y amenaza no solo el futuro de los ecuatorianos, sino también el de la humanidad93.
Aunque la corrupción y la cooptación de los principios coalicionales se menciona aquí al pasar, ambos son un referente constante en las comunicaciones de YASunidos, probablemente por la pérdida de fe en la política formal que trajo como consecuencia la violación de la iniciativa Yasuní. Sin embargo, quizá más importante que eso sea la expresión de una búsqueda de alternativas que rompan valientemente con los «esquemas» y propongan una «revolución social que desafíe los valores del consumo energético y priorice el bien común, defendiendo la idea del Buen Vivir», principios que están en el centro del movimiento YASunidos y su búsqueda por la justicia y los futuros ecológicos. La apasionada declaración de esta coalición no solo confronta directamente tanto la sobreexplotación y la toxicidad que la dependencia en el petróleo crea para la tierra y los pueblos locales, sino también el hecho de que esta introduce a los habitantes del planeta en una matriz de petrocolonialidad que pone en peligro la vida en la tierra. Esta acción política y su análisis multidireccional se basa en las energías de grupos que tienen profundas raíces y experiencias en formaciones radicales, ya sea en activismos Indígenas, ecofeminismos, organización transfeminista o medios y producción cultural anarquista, y que buscan interpretaciones complejas de los territorios, así como alternativas viables al pensamiento extractivo y sus economías94.
Al final de la declaración, YASunidos emite una invitación a todos aquellos «que aman al país y que quieren colaborar y contribuir, a que se unan al movimiento y caminen con nosotros para construir un futuro mejor. Como ecuatorianos decimos: “¡Sí, podemos!”». Si bien hay un llamado al nacionalismo en esta declaración final, la fusión de una forma de vida ecológica con un pensamiento posdesarrollista, como es el Buen Vivir, se convierte en el principio central de un desafío radical a las lógicas asumidas e incuestionables del extractivismo global.
Amenazado por la energía de YASunidos y su visibilidad pública, el gobierno de Correa inició una acción de mano dura, que criminalizaba a activistas ecológicos que defendieran los territorios Indígenas protegidos y a cualquiera que considerara demasiado crítico con sus políticas de Estado95. Con la retórica de la democracia y la importancia de las asambleas constituyentes como telón de fondo, el gobierno de Correa comenzó a desplegar policías vestidos de civil para restringir las actividades de YASunidos.
YASunidos representa la emergencia de las perspectivas sumergidas sudamericanas que teoricé en las primeras páginas de este libro. Sus actividades han abarcado desde expresiones artísticas, que enfatizan la biodiversidad de la región del Yasuní, hasta protestas callejeras masivas, dirigidas a denunciar la violación de la Iniciativa Yasuní por parte de Correa. Cuando lo emergente se hace visible, parece que debe ser reprimido. En emisiones radiofónicas semanales, como documenta Diana Coryat, el presidente Correa comenzó a criminalizar metódicamente las actividades de YASunidos: «En cuanto a los miembros de YASunidos, Correa los caracterizó de diferentes maneras. Fueron manipulados por políticos, “los mismos que siempre lanzaban piedras” (asociándolos con un partido político de izquierda radical, que a menudo era objeto de desprecio en los Enlaces) o personas urbanas de clase media con la panza llena, que nunca habían estado en la Amazonía ni sabían lo que significa vivir sin servicios»96. Como documentó el cuidadoso periodismo del boletín Plan V, la trivialización que hizo Correa del activismo ecológico y la represión concomitante ocurrió precisamente durante el periodo en que se expandieron los contratos de megaproyectos de represas hidroeléctricas y minería. La combinación de una represión antiextractiva por parte de Correa, y el aumento del megadesarrollo, a través de concesiones a empresas ecuatorianas y chinas de energía hidroeléctrica en toda la nación, hizo visible cómo el capitalismo extractivo siempre ha apuntalado la promesa de un «nuevo» Estado progresista.
De hecho, algunos creen que la iniciativa Yasuní-ITT fue contaminada y constreñida por intereses extractivistas desde el principio. Según Acción Ecológica, una organización ambiental independiente y radical ecuatoriana, el diseño del ZITT fue organizado «en complicidad con las grandes transnacionales que tienen concesiones petroleras en la Reserva de la Biosfera Yasuní. Estas empresas han proporcionado mapas, información e infraestructura, así como ejercido una presión considerable»97. El hecho de que surgieran con tanta fuerza intereses multinacionales y estatales para defender la ruptura del tratado da crédito a la idea de que la Iniciativa Yasuní ITT siempre estuvo vinculada al modelo de dependencia económica que ha enredado a la nación ecuatoriana en el complejo petrolero global. En este escenario sombrío, lo que parecían ser amplios procesos constitucionales nacionales y democráticos, que le habían dado primacía a la política Indígena, se mostraron como mecanismos de expansión del Estado extractivo y su aparato de vigilancia. En otras palabras, en lugar de proteger las geografías biodiversas, el gobierno de Correa ha promovido y expandido su extracción.
Los esfuerzos de coalición del movimiento YASunidos, tales como la acción directa, los medios de comunicación de base y las formas de participación autónoma, imaginan la biodiversidad no como un dispositivo retórico, sino como un derecho. YASunidos encuentra continuamente nuevos caminos para abordar las configuraciones globales del capitalismo extractivo. Por ejemplo, el movimiento interpuso en 2014 una denuncia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra el Estado ecuatoriano, por no cumplir con las protecciones que fueron promulgadas en la nueva Constitución y la Iniciativa Yasuní-ITT, porceso que aún continúa, pero la comisión ha señalado que los derechos de los pueblos no han sido garantizados por el Estado ecuatoriano a pesar de ser su responsabilidad internacional98. Ahora bien, uno podría argumentar que la economía mundial ha mancillado la viabilidad de la Corte Interamericana. Sin embargo, la verdadera ganancia política de YASunidos es su continua exigencia de justicia ecológica ante las instituciones judiciales. Esta exigencia, escuchada o ignorada, amplía el espacio para una posible alternativa futura, justamente fuera del modelo de no futuro del capitalismo extractivo.
YASunidos ha generado nuevas organizaciones activistas que no pueden ser capturadas por la visión extractiva. Así, varias ramas más pequeñas de YASunidos usan los medios y la tecnología para devolverle la mirada vigilante al Estado corporativo. Por ejemplo, el grupo independiente GeoYasuni utiliza tecnologías de vigilancia y seguimiento para exponer los nuevos territorios del extractivismo. En lugar simplemente de rechazar las formas de mapeo digital, estas organizaciones exponen el poder para defender los territorios frente a los intereses petroleros. Las tecnologías de contramapeo como GeoYasuni revelan la mirada extractiva como lo que es: el nuevo espejo colonial.
¿Futuros sostenibles?
En mayo de 2015 visité la región del Yasuní, viajando desde Quito a la ciudad oriental y petrolera de Coca, a través del río Napo, y luego por un pequeño canal formado por el río Aguas Negras, antes de llegar finalmente al Centro de Vida Silvestre de Napo. En este tramo del oriente ecuatoriano, que lleva a Coca, la antigua ciudad petrolera que domina el afluente del Tena, a cincuenta kilómetros río arriba hasta el Centro de Vida Silvestre de Napo, hay 22.000 hectáreas que son administradas colectivamente por comunidades kichwa, y cuyos canales y lagunas azules son accesibles únicamente en canoa de remo. A pesar de haber ido al oriente ecuatoriano en varias ocasiones antes –lo que ya había disipado muchos de los mitos sobre la cuenca amazónica que la cultura popular y el cine europeo habían creado en mi mente–, estaba mal preparada para la manera en que mis preconcepciones cambiarían dramáticamente en este viaje. A diferencia de otros ecosistemas amazónicos del río Napo, que son de propiedad foránea, el Centro de Vida Silvestre de Napo se dedica a proteger la tierra, mientras produce fuentes alternativas de riqueza que benefician a las comunidades Indígenas y no solo extraen de ellas.
El Centro de Vida Silvestre de Napo es un refugio y destino ecoturístico, ubicado en medio de una laguna virgen dentro de los territorios legalmente protegidos del Parque Nacional Yasuní. Allí no se permiten embarcaciones motorizadas, y las nuevas construcciones, así como la pesca, están estrictamente reguladas. El centro está dirigido por el pueblo kichwa, una comunidad Indígena que se reconstituyó en la Amazonía, después de huir del terror colonial de las montañas en el siglo XVI. Unas treinta familias comparten la propiedad del centro y gestionan cientos de hectáreas de ecoturismo. Cada nuevo niño que nace en estas familias se convierte en copropietario de un modelo ecológico y social.
El ecoturismo puede ser una empresa pasiva, en tanto los guías kichwa llevan a los visitantes extranjeros en canoas con tablones de madera a que experimenten las sinuosas curvas de los ríos y la prolífica vida que reside en los canales amazónicos del Aguas Negras. Mientras flotaba por este espacio prístino tenía una sensación conflictiva, ya que nuestros guías habían sido entrenados para ayudar a ver a los visitantes animales difíciles de localizar y fotografiar. Sin embargo, los guías nativos también se encargaban de enseñarles pedagógicamente a los visitantes los múltiples mundos y capas sensuales que existen en la selva. Mientras recorríamos estos espacios donde la tupida fronda de los árboles se abre en lagos y ríos, y observábamos los ecotonos que habitan en los micro y macro espacios de formas de vida entrelazadas, solo podía detectar la vida animal si seguía el láser verde que el guía kichwa apuntaba hacia las camufladas ramas de los árboles. Mientras distinguía uno de los treinta tangiers, una de las tres especies de monos o una de las cinco variedades de loros que existen allí, la nutria de río o el oso perezoso de tres dedos, me daba cuenta de que sin guías Indígenas era literalmente imposible ver la multiplicidad de la selva o comprender los mundos de vida estratificados que esta contiene. ¿Podría esa bola peluda realmente ser un oso perezoso? Como escuché decir a nuestros guías innumerables veces, a lo largo de ese viaje: «Nosotros sabemos ver en la selva. ¿Ven a algún Indígena aquí con anteojos?» Mientras que el/la académico/a podría reaccionar diciendo que se trata de una manera superficial y esencialista de entender las diferencias que se producen en la zona de contacto, particularmente entre turistas y comunidades Indígenas, esta afirmación fue reiterada por mediadores kichwa para comunicar la percepción que opera dentro de sistemas autónomos y coextensivos de vida.
Ningún visitante, y quizá ningún botánico experimentado, podría acceder a las capacidades creativas que emergen de la selva en su relación con la imaginación kichwa, en una caminata nocturna o mientras atraviesa un camino de frondas de más de 10 metros de alto. Justamente, mientras caminábamos bajo las frondas de un árbol de ceiba de 30 metros de altura, nuestros guías nos mostraban cómo jugar con las fibras de las palmeras, cómo acorralar cerdos salvajes, la importancia de entrecerrar los ojos para ver la vida animal, o el espesor de la vida de los insectos bajo los detritus del bosque.
Uno de nuestros guías kichwa, Felipe, le contó a nuestro grupo sobre el árbol sagrado de la ceiba, cuya fronda a menudo llega hasta los 45 metros de altura. Cuando se corta, según las creencias kichwa, la ceiba requiere no solo el trabajo físico de cuatro hombres grandes, sino también de varios rituales para pedir el permiso del espíritu selvático del árbol. La poderosa ceiba tiene su propio y complejo sistema de inteligibilidad. Ella ve por encima de los otros árboles, no para observarlos –como en la visión extractiva–, sino como una fuerza animada, una energía habitada, un ser que puede ser percibido y sentido como un imán o un centro magnético de la vitalidad intangible de la selva. Al igual que el turismo espiritual que describo en el siguiente capítulo, la mediación del conocimiento Indígena, para comprender la selva, prepara la profundidad de nuestra atención, alejándola de la mirada colonizadora hacia una sensibilidad compleja del mundo natural, donde la narración de las cosmologías a través del cuento se convierte en la textura comunicativa de la percepción.
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