Kitabı oku: «Cenicienta trabaja en Wall Street»

Yazı tipi:

Cenicienta

trabaja en

Wall Street

Maena González


© Maena González

© Cenicienta trabaja en Wall Street

Septiembre de 2021

ISBN papel: 978-84-685-6092-2

ISBN ePub: 978-84-685-6159-2

Editado por Bubok Publishing S.L.

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A los cenicientos y cenicientas que con generosidad y confianza

compartisteis las vivencias que han hecho posible este libro.

A mis hijos, mis mejores maestros de vida.

Índice

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1: EL PODER DE LAS CREENCIAS

CAPÍTULO 2: LAS EMOCIONES

CAPÍTULO 3: LA SOMBRA DEL DINERO

CAPÍTULO 4: TU HERENCIA GENÉTICA

CAPÍTULO 5: EL CUERPO COMO MENSAJERO

CAPÍTULO 6: IRRACIONALMENTE ADORABLES

CAPÍTULO 7: INTEGRANDO EMOCIÓN Y RAZÓN

BIBLIOGRAFÍA

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

Iguales no somos. Y en la diferencia está la gracia.

Nuestros cerebros son distintos (eso nos lo cuenta muy bien la neurociencia) y por tanto nuestra forma de decidir y actuar tiene matices diferentes.

Tópicos aparte y prescindiendo de estadísticas que a día de hoy inundan los medios, sospecho que además parte de la diferencia tiene que ver con nuestra educación… ¿Qué cosas nos contaban de pequeñas? ¿Qué nos animaban a hacer? ¿Cuáles eran nuestros modelos?

Si empezamos con una mirada a la infancia, los cuentos de niñas son bastante diferentes, también en lo que respecta a nuestra relación con el poder y el liderazgo: Cenicienta, Rapunzel, Blancanieves, la bella durmiente Aurora… son mujeres que esperan «mirando por la ventana» (o echándose una larga siesta) a que otros resuelvan sus problemas. Y claro, con este currículum no les hables de ETF, hedge funds o PPA cuando sean mayores. Eso es cosa de príncipes azules. Es cierto que en todos estos cuentos aparecen también mujeres astutas y bien preparadas: las madrastras o el hada Maléfica no tienen un pelo de tontas ni de pusilánimes, pero se nos presentan como modelos de vida poco deseables, movidas por valores como el egoísmo, la venganza o la envidia. ¿Quién querría ser así?

Estos modelos están cambiando, y las protagonistas de las nuevas películas de Disney son chicas más emprendedoras: Mulan o Vaiana son buenas noticias para nuestros hijos. Sí, en masculino. Los príncipes estaban también muy cansados de tener que hacerlo todo en la peli para acabar teniendo un papel secundario en el guion.

¿Ha sido siempre tan pasivo el papel de la mujer en nuestros arquetipos sociales?

•Nuestra bíblica Eva tomó la iniciativa de probar la manzana, y hasta animó a su compañero a dar un mordisco. Experta en salir de su zona de confort, si hubiera vivido en el siglo xxi sería feliz invirtiendo en tecnológicas (¿tal vez Apple?).

•Morgana, discípula del mago Merlín, era famosa entre otras hazañas por preparar pócimas sanadoras. Sería la perfecta presidenta de Pfizer o Moderna en 2021.

•También en la mitología griega aparecen figuras femeninas muy traviesas, como Pandora. Los dioses del Olimpo le entregan una caja que debía regalar al titán Epimeteo. Prohibido abrirla. Pandora no pudo resistir la tentación de echar una miradita y dejó escapar todos los males que hoy acechan a los humanos. Solo la esperanza quedó atrapada en el fondo de aquel recipiente. Si Pandora existiera hoy invertiría en todos los derivados existentes en el mundo, que según el señor Warren Buffet son «armas de destrucción masiva».

Y travesuras aparte, ¿qué podemos hacer para animar a las futuras inversoras a asomarse a los mercados financieros? Te sugiero algunas ideas:

1.Más Evas que Cenicientas: Invitar a nuestras futuras Janet Yellen a explorar nuevos arquetipos. Dos libros inspiradores:

a.Nunca beses a una rana de Fiona Waters. Historias de princesas de andar por casa que resuelven sus problemas con mucha gracia y valentía.

b.Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes de Francesca Cavallo. Biografías de mujeres deportistas, artistas o científicas que alcanzaron sus sueños profesionales. Espejos en los que vernos reflejadas.

Ni que decir tiene que estos cuentos son igualmente recomendables para niños, aunque tengan protagonistas femeninas.

2.Educación financiera en las escuelas. Existen diversos programas en nuestro país de carácter voluntario, aunque en esto el mundo anglosajón nos lleva bastante ventaja. Desde 2014 en Reino Unido la educación financiera se incluye en el currículum académico. Los alumnos de secundaria aprenden sobre gestión del dinero, presupuestos, gestión de riesgos, pensiones, y cálculos relacionados con las finanzas. Me sorprendió leer que el 82 % de los alumnos de estos programas deseaban más horas de formación al respecto. Y también que el 69 % de ellos sigue considerando a su familia como la principal fuente de educación financiera. Y eso nos lleva al siguiente punto.

3.El papel de los padres. Se puede educar en confianza y en finanzas. Al cumplir los dieciocho años es habitual abrir una cuenta corriente a los hijos para que aprendan a manejar su dinero. Son varios los amigos con hijos de esta edad que han querido compartir la experiencia y sensaciones de sus hijos en este «primer contacto serio» con el dinero: desde la ansiedad de no saber qué hacer y encontrarse de golpe con un montón de conceptos desconocidos (IBAN, tarjetas, descubiertos, transferencia, MIFID…) hasta la total indiferencia con algo de miedo.

Aprender las bases de la planificación e inversión es más sencillo de lo que parece (lo hacía mi abuelita en una libreta, y ahora tienes herramientas mucho más sencillas y avanzadas) y es algo que te será de utilidad toda la vida.

El programa EFEC del IEF lleva desde 2012 haciendo esta labor con alumnos de primaria. EFPA imparte estos programas entre colectivos profesionales. En mi web Econoviva encontrarás algunos recursos sencillos para explorar la parte humanística y técnica en tu relación con el dinero. La iniciativa de BDE y CNMV en Finanzas para todos a nivel nacional es otra muestra del creciente interés en nuestro país por la educación financiera.

Como ves, el título del libro —como el saber —no tiene sexo ni raza. Escribir la historia de tu relación con el dinero en clave masculina o femenina no es lo importante: lo que importa es que el relato te lleve allá donde quieras ir.

Hoy Cenicienta trabaja en Wall Street. Especialista en el sector automoción. Resolvió los problemas de aparcamiento en la gran manzana con aquel coche eléctrico que se transformaba en una calabaza de bolsillo… y viceversa. A nadie le importa cómo va vestida ni qué zapatos lleva puestos. Ya no necesita hada madrina ni príncipe azul, pero quedan de vez en cuando los tres en la Quinta Avenida para recordar viejos tiempos.

Maena González

Economista. Coach. Comunicadora. Madre. Mujer

INTRODUCCIÓN

¿Alguna vez has sentido que el dinero «sale más rápido de lo que entra»? ¿Tienes dificultades para llegar a fin de mes? ¿Te preocupa tu futuro financiero pero nunca encuentras el momento de planificar tus ahorros? ¿Sientes que nunca te pagan por tu trabajo lo que mereces, pero no te atreves a pedir más?

Aunque el dinero no da la felicidad, unas finanzas equilibradas facilitan mucho nuestra vida.

El dinero no es un fin en sí mismo. Es un medio más para llegar adonde tú quieras.

Dedicamos muchísimos años a estudiar diversas asignaturas en las escuelas, más o menos útiles para la vida. Sorprendentemente en nuestro país sigue habiendo dos asignaturas pendientes en la formación curricular: la educación emocional y la financiera.

1.Somos lo que sentimos. Aprender a gestionar nuestras emociones es vital para una convivencia en sociedad. La gestión emocional te permite ser libre de elegir cómo actuar ante los acontecimientos de tu vida: la pérdida de un ser querido, un examen difícil o el nacimiento de un hijo pueden ser experiencias demoledoras o de gran crecimiento personal, en función de nuestra gestión emocional.

2.La educación financiera. Aunque ha aumentado en los últimos diez años, sigue siendo una asignatura pendiente en nuestras escuelas y familias. Trabajamos muchísimas horas para conseguir el dinero necesario para nuestro día a día. Tan importante como ganarlo es saber gestionarlo. Nadie nos enseña a hacerlo. En otros países de nuestro entorno, la educación financiera engloba conocimientos técnicos, comportamientos y actitudes emocionales relacionadas con el dinero1. En nuestro país, las iniciativas de educación financiera abordan la parte técnica, pero rara vez se centran en la parte emocional: ¿Cómo te sientes frente al dinero? ¿Te gusta tenerlo? ¿Prefieres ignorarlo? ¿Te sientes capaz de planificar tus necesidades futuras? Y si así es, ¿Sabes invertir tu dinero para que te acompañe a conseguir tus objetivos vitales?

El dinero es una de las principales fuentes de estrés para las personas2. Los problemas de índole financiero son una de las principales causas de absentismo laboral en las empresas3 y una importante fuente de ansiedad para los empleados.

Las mejores empresas del mundo anglosajón incorporan programas de bienestar financiero para sus trabajadores. En nuestro país, estos programas rara vez se incluyen en los planes de RSC de las empresas. Y eso a pesar de que la cultura financiera de los españoles es una de las más bajas de nuestro entorno4.

¿Cuál es la buena noticia? Las finanzas son sencillas y divertidas. Conocer unas cuantas reglas básicas te ayudará a sentirte cómodo gestionando tu dinero. No importa tu edad o conocimientos previos.

Muchos de nuestros bloqueos en relación con el dinero tienen que ver con nuestras creencias, emociones y herencia genética. Tratar de armonizar tu relación con el dinero ignorando esta parte es como querer adelgazar muchos kilos con una dieta draconiana. Se puede hacer, pero es probable que sufras mucho en el camino y que recuperes el peso perdido poco después de abandonar la dieta.

Gran parte de nuestra historia actual tiene que ver con los mensajes escuchados en la infancia. Si te dijeron insistentemente «Para conseguir dinero hay que esforzarse mucho», es muy probable que ese sea tu patrón hoy en día. Por eso ves impasible cómo a tus compañeros les suben el sueldo más que a ti o cómo los negocios de otros prosperan mientras los tuyos se estancan: «No te has esforzado lo suficiente».

Si tu padre decía que «los Pérez somos derrochadores», puede que te sientas obligado a gastar cada céntimo que cae en tus manos.

Lo que aquí te propongo es un viaje a tu interior, donde podrás explorar las creencias y emociones que obstaculizan una sana relación con la energía del dinero. Si quieres, puedes escribir una nueva historia.

El objetivo es alcanzar tu armonía financiera. ¿Y eso qué es? Al igual que una persona con buena salud no se preocupa (pero sí se ocupa) de cuidarla (ejercicio, nutrición, descanso), el equilibrio financiero es ese estado en el que te sientes tranquilo con respecto al dinero y lo conviertes en un medio para conseguir tus objetivos vitales. No consiste en tener mucho o poco, sino en armonizar la energía del dinero en tu camino de vida. Nada más y nada menos.

En tu camino hacia el equilibrio financiero, te propongo cinco grandes vías para explorar posibles desajustes en tu relación con esta energía.

a.Las creencias: Esas cosas que nos contaron de pequeños acerca del dinero, que hemos asumido como ciertas y que nos impiden acercarnos con naturalidad a esta energía («Los Martínez somos manirrotos» «Los ricos son corruptos»).

b.Emociones. Van muy ligadas a las creencias. Las emociones son esas fuerzas invisibles que nos hacen movernos en una dirección. Si el dinero te provoca emociones poco agradables (asco, envidia…) difícilmente podrás atraerlo a tu vida.

c.Sombras. son esa parte de nosotros que no nos gusta mostrar a los demás. Si te sientes avaricioso o egoísta en relación al dinero pero no quieres que se note, el día menos pensado harás algo que delate tu actitud. O pasarás la vida enfadado y reprimiendo estas conductas.

d.Transgeneracional. Heredamos el color de ojos y la estatura de nuestros antepasados. Y también sus traumas y creencias. Tener la misma condición económica que tus ancestros es una manera de expresar «fidelidad al clan».

e.Cuerpo físico. El cuerpo habla lo que la mente calla. Nuestros desequilibrios con el dinero se manifiestan también en nuestro organismo: sequedad de manos para expresar «No tengo liquidez» (dinero = liquidez), estreñimiento para expresar «No quiero soltar» ante un gasto inesperado. Explorando el sentido biológico y simbólico de las señales del cuerpo podemos llegar a descubrir algunos de estos bloqueos.

Cuando las personas entienden para qué hacen lo que hacen y eligen conscientemente otras pautas de pensamiento y conducta, el camino hacia la armonía financiera es más sencillo y duradero. Ya no tienes que confiar en «la fuerza de voluntad» para evitar ir de compras compulsivas. Reconoces la emoción, creencia o herencia que te lleva a ahogar tus emociones con tu tarjeta Visa y eliges consciente y voluntariamente hacer algo distinto.

Por eso, este es un camino hacia tu libertad, recorrido por la senda de tu relación con el dinero.

Espero que te diviertas en este viaje, en el que te comparto mi experiencia en banca de inversión y mi pasión por el conocimiento profundo del ser humano. Muchas gracias por tu confianza.

1. OCDE y CFPB: La educación financiera es un conjunto de conocimientos, comportamientos y actitudes necesarios para tomar decisiones financieras sólidas y en última instancia lograr el bienestar financiero individual.

2. Consumer Financial Protection Board es un organismo de protección a los consumidores en EE. UU.

3. Employee Financial Wellness Survey de PWC 2020.

4. BDE y CNMV. Encuesta de capacidades financieras 2016.

CAPÍTULO 1:

EL PODER DE LAS CREENCIAS

Síntesis: tus creencias inciden en tu relación con el dinero. En este capítulo exploramos su origen y finalidad. Verás que todas tienen una intención positiva. Te propongo tres caminos para revisarlas: cuestionarlas, entender su utilidad e inventar nuevas premisas.

“Las personas no se alteran por los hechos, sino por lo que piensan acerca de los hechos”. Epícteto

Encontré un precioso cuento de Jorge Bucay acerca de las creencias que te cuento en primera persona, ya que me sentí muy identificada al leerlo.

El elefante encadenado

Cuando era pequeña, me encantaba ir al circo, y dentro del circo, lo que más me gustaba eran los animales… y en concreto ¡¡el elefante!! ¡En una ocasión le vi levantar al peso a seis humanos sin inmutarse! Lo que más ilusión me hacía era que me llevaran al terminar la función a ver a los elefantes. Y siempre me sorprendía ver a tan poderoso animal atado al terreno con una diminuta estaca de madera. «¿Por qué el elefante no se escapa?». «Porque está amaestrado», me respondían. «Y si está amaestrado, ¿por qué es necesario atarlo?». Nunca había respuestas convincentes, pero para mi mente infantil era más que evidente que aquel pequeño palito era muy poca cosa para contener a un elefante… Hasta que leí el cuento de Jorge Bucay. El elefante no se escapa porque le ataron de pequeño a una estaca similar. Imagino al pequeño elefantito revolviéndose y tratando de liberarse de sus cadenas, siempre sin éxito. Hasta que un día se rindió. Decidió que sus cadenas eran demasiado pesadas como para resistirse. El elefante creció, pero nunca más volvió a intentarlo.

¿Cuántas cadenas invisibles nos hemos puesto a lo largo de nuestra vida? ¿Cuántas veces nos negamos a intentar cosas nuevas, simplemente porque en el pasado no lo conseguimos o decidimos que no éramos lo suficientemente hábiles (fuertes, inteligentes, valientes…) como para seguir intentándolo? ¿Cuánto tiempo más queremos seguir así?

Las creencias son axiomas, principios en nuestra vida que nos parecen inamovibles. Muchas de ellas se formaron en nuestra infancia (generalmente antes de los seis años), o las recibimos de las personas que nos educaron. Algunas son inconscientes, y nos hacen vivir la vida de un modo poco flexible.

Si cuando eras niño tus padres te contaban «El dinero no crece en los árboles», tendrás una actitud frente al dinero diferente que si el mensaje fue «Mereces disponer de todo cuanto necesites». No juzgo si un mensaje es mejor que otro. Solo aventúrate a pensar cuál de los dos niños tendrá una actitud más natural o desprendida con el dinero.

¿Somos víctimas de nuestras creencias?

¿Qué hacemos con ellas?

En cierto modo, las creencias son el GPS de nuestra vida. Venimos al mundo sin manual de instrucciones y necesitamos unas «guías» para orientarnos. Nuestros padres, tutores, amigos… y en general las personas importantes de nuestro entorno nos van dando directrices que muchas veces adoptamos sin cuestionarnos. Esto no es bueno ni malo, simplemente es parte de nuestra naturaleza humana. Pero ¿qué pasaría si intentaras moverte por el Madrid del 2021 con un mapa de 1950? Seguramente el mapa te valdría para poco. Esto mismo ocurre con nuestras creencias: nos sirven durante un tiempo, pero si no las actualizamos/revisamos/cuestionamos periódicamente se pueden convertir en un compañero de viaje muy incómodo. Te cuento un ejemplo extraído de una sesión de coaching.

Natalia es una mujer de treinta y cinco años recién divorciada y con un hijo. Acaba de empezar una relación con una nueva pareja, ha cambiado de ciudad y de trabajo. Se siente incómoda porque su nuevo compañero de vida se ofrece a hacerse cargo de los gastos familiares más importantes (casa, colegio) hasta que ella consolide su nueva situación laboral. A ella la educaron en la cultura del esfuerzo (y se sigue esforzando muchísimo en su trabajo y con su familia). No concibe «que la mantenga tu pareja». Además, recuerda en la sesión que su madre le repetía con frecuencia la frase «Nunca dependas de un hombre». Por un lado entiende que actualmente la única forma viable de venir a vivir con su pareja a otra ciudad es dejar que él la ayude económicamente. Pero esto choca con su mensaje materno de ser independiente.

Todas nuestras creencias tienen una intención positiva

Estas ideas sobre el dinero nos las cuentan para conseguir «algo bueno» para nosotros. Tratan de protegernos, o de incitarnos a conductas que nos vienen bien. En el caso de Natalia, reconoce que el mensaje de su madre le ayudó a esforzarse mucho para estudiar su carrera y conseguir un buen trabajo… y esto le vino muy bien. ¿Cuál es el problema? Como el pequeño elefante, en ocasiones nos convertimos en esclavos de nuestras propias creencias y perdemos nuestra libertad de decidir. A Natalia le costó entender que era compatible «dejarse apoyar» por su pareja con ser independiente (mensaje materno).

Así que tal vez la clave es estar atento al territorio (la vida real) y cuestionar cada cierto tiempo el GPS (nuestras creencias) para ver si nos siguen siendo útiles o toca actualizarlas (revisarlas).

Revisar nuestras creencias no consiste en romperlas. Está de moda hablar de las creencias limitantes (cosas que creemos y limitan nuestra vida). Yo no creo que existan. Más bien somos nosotros los que nos autolimitamos a través de las creencias. En el caso de Natalia, «como una mujer tiene que ser independiente, no permito que mi pareja me ayude económicamente». La creencia «Debo ser independiente» no es la que te limita, sino tu interpretación del mensaje. Si aprendes a ser independiente entiendes que eso no es incompatible con pedir ayuda habrás «reorientado/actualizado» el GPS y te sentirás libre de hacer lo que quieras:

•Tal vez (como hizo Natalia) con un compromiso con su pareja para aportar en un futuro más dinero a la familia.

•O aportando otro tipo de ayuda a cambio del apoyo económico (recoger a los niños del cole, hacer la compra).

Una creencia como «Los vascos son buenos cocineros» puede ser limitante para ti si eres vasco y te sientes obligado a cocinar cada vez que ves a tus amigos (si cocinar no es de tu agrado, puede ser un suplicio). Y puede ser potenciadora si te anima a mejorar tus dotes culinarias, convencido de tu capacidad innata para la cocina.

En definitiva, que una creencia te limite o te potencie depende principalmente de ti y la interpretación que hagas de ella.

¿Dónde nacen nuestras creencias?

¿Cómo se forman?

Conocer el origen de tus creencias es una de las vías más sencillas y rápidas para transcenderlas y/o reorientarlas.

Es importante hacer de detective, conocer su origen y su «intención positiva» (¿para qué te sirve creer eso?) para integrarlas en nuestra vida sin juzgarlas.

Aquí te propongo tres posibles fuentes de creencias que puedes explorar en tu biografía:

1.Los mensajes de nuestra infancia

Julia veía a menudo a sus padres discutir por temas de dinero. Ni siquiera se molestaban en disimular en su presencia para echarse en cara lo mucho que costaba el colegio, o la casa donde vivían, o lo que comían cada día. Ella, en medio de estas discusiones acaloradas se sentía perdida. A los cuarenta años vino a la consulta porque era incapaz de ahorrar dinero. Así descubrió que el dinero le causaba miedo (si tengo dinero, mi pareja peleará conmigo, así que prefiero no tenerlo).

Hacer consciente esto le supuso una liberación, y pudo empezar a organizar su vida financiera. Se dio cuenta de que era compatible tener una buena relación de pareja y unas finanzas sanas. Incluso pueden ser tremendamente complementarios.

Lo que nos dicen de pequeños nuestros padres, tutores y figuras importantes de nuestro entorno se queda grabado en nuestro inconsciente. Si tu padre te decía a menudo «El dinero no llueve del cielo» o «Para ser rico hay que esforzarse» tu actitud ante el dinero será muy diferente que si el mensaje recibido fue: «Mereces tener todo lo que desees» o «Todo lo que hay en casa está a tu disposición». No juzgo si un mensaje es mejor o peor, solo invito a reflexionar sobre la importancia de los mensajes recibidos en nuestros seis primeros años de vida y su impacto en nuestra relación con el dinero y la abundancia.

Y a ti, ¿qué te decían de pequeño sobre el dinero?

2.Los hechos impactantes en nuestra infancia (incluso lo acaecido antes de que naciéramos)

Te comparto la historia de Warren Buffet, un magnate nonagenario que sale cada año en la lista Forbes de hombres más ricos del mundo. Warren fue concebido durante la crisis del 29, uno de los momentos económicos más difíciles de la historia contemporánea de EE. UU. El padre de Warren trabajaba en Wall Street. Era corredor (intermediario) en la bolsa y perdió todo su patrimonio en esta época. Cuando Warren nació, su familia atravesaba momentos difíciles. Su historia ha sido siempre un ejemplo de cómo ganarse la vida y ser autosuficiente: empezó de niño vendiendo periódicos. Desde muy joven conocía el mundo de las inversiones y realizaba sus apuestas bursátiles. Y acabó, de acuerdo con su deseo, estudiando los más modernos métodos de inversión de la mano de su admirado Benjamin Graham. El crecimiento exponencial de su fortuna personal ha sido una constante en su vida hasta hoy. Presidente de Berkshire Hathaway, uno de los fondos de inversión más grandes del mundo, controla empresas tan importantes como Apple, Coca-Cola o General Motors. Con más de noventa años y una fortuna de miles de millones de dólares, no tiene previsto retirarse del mundo laboral. Tal vez, esclavo de esta herencia genética, se siente en la necesidad de irse al otro mundo «con las botas puestas».

3.Las sombras

La sombra es todo aquello que ocultamos de nosotros, por juzgarlo feo, sucio o poco deseable. A todos nos gusta mostrar algunos aspectos de nuestra personalidad que consideramos agradables: inteligencia, sentido del humor. Y hay otros aspectos que consideramos feos u oscuros y decidimos esconder a las personas de nuestro entorno: egoísmo, ansiedad. Aunque hablaremos detenidamente de ello en otro capítulo, te comparto un ejemplo de sombra que viví en mi infancia:

Desde muy pequeña, mis padres me instaban a ser generosa, compartiendo juguetes y libros con mis hermanos. Éramos cuatro hermanos y los comportamientos «egoístas» (hacer lo que tú quieres sin tener en cuenta a los demás) estaban castigados. Así que aprendí a «contener» a la Maena «egoísta» que llevo dentro. Esto no quiere decir que me convirtiera en generosa el cien por cien de las veces. Me daba tanta vergüenza pensar en mí antes que en los demás que no me atrevía a mostrar este comportamiento. Cuando crecí y tuve mi propia familia, me seguía forzando a mí misma a ser generosa. Así que nunca me quedaba dinero (o tiempo, o energía) para comprarme las cosas que me hacían ilusión. Siempre había alguien más importante que yo a quien dedicar mis esfuerzos. Y cada día me sentía más agotada y enfadada, sin saber por qué. Al tomar conciencia de esta creencia, pude darme poco a poco permiso para cuidar de mí y priorizar mis necesidades. Hoy sigo pensando que ser generosa es fantástico, pero no me obligo a serlo siempre ni con todo el mundo. Yo decido cuándo y qué quiero hacer por los demás, en vez de sentirme obligada a atender cualquier demanda de atención, tiempo o dinero de mi entorno.

Al liberar las sombras nos volvemos libres para elegir lo que queremos, independientemente de la opinión de los demás.

¿Cómo sabes si toca revisar el GPS de las creencias? Algunas señales de alerta

El GPS de las creencias te avisa cuando toca pasar la revisión periódica (ITV). Te sugiero tres posibles señales de alerta para detectar que es el momento de revisar estos axiomas:

1.Cuando se repite una y otra vez una misma escena en tu día a día

Ángel se queja constantemente de su trabajo: su jefe es un inepto. No le suben el sueldo ni tampoco consigue el ascenso que (según sus propias palabras) merece desde hace tiempo. Por lo visto las personas que tienen capacidad para favorecer su progreso en la empresa le tienen envidia. Después de oírle varias veces estos mismos comentarios, le sugerí que buscara alternativas: cambiar de área en tu empresa, o buscar otra entidad donde valoren sus capacidades, o inventar otro trabajo que nada tenga que ver con este y empezar de nuevo…

Siempre encuentra alguna razón para no actuar. En el fondo, quejarse también es agradable (le ayuda a desahogarse). Pero al final todo sigue igual. Tras su frustración encontró una creencia: «Soy demasiado mayor para cambiar de trabajo o de empresa». Agazapado tras esta premisa se siente frustrado, pero a la vez animado a seguir viviendo «el día de la marmota».

Si te sientes identificado con esta situación, tal vez es el momento de cuestionar esas creencias: ¿No conoces a nadie mayor que tú que haya conseguido cambiar de trabajo con éxito? ¿Qué habilidades/conocimientos necesitas para conseguir ese nivel profesional que mereces?

2.Cuando te enfadas mucho en una misma situación

Adela tiene alergia a los bancos. Piensa que todos los bancarios son unos ladrones y tratan de engañarla. Por eso, mantiene el mínimo contacto posible con entidades financieras. Un día me llama muy enfadada. En la sucursal de su banco han extraviado un contrato que firmó hace dos años. Ella está convencida de que han hecho desaparecer el contrato para engañarla y «sacarle los cuartos». En la conversación telefónica que mantiene conmigo insulta una y otra vez a su interlocutor en el banco. Le pregunté si su intención era resolver el trámite que había ido a arreglar en la sucursal o demostrar que los banqueros y bancarios son unos ladrones.

En este caso, su creencia («los bancos roban») le impedía avanzar en la resolución de un problema sencillo que tenía pendiente desde hace tiempo. Negociar con un ladrón no resulta agradable. La perjudicada por esta situación era ella, que no conseguía resolver su problema con el banco.

3.Cuando no consigues tus objetivos a pesar de intentarlo una y otra vez

Rosa tiene un buen sueldo desde hace años, más que suficiente para hacer frente a sus gastos. Vino a verme porque «el dinero se va más rápido de lo que entra». Nunca conseguía ahorrar, y si lo hacía, en poco tiempo llegaba un gasto extraordinario e imprevisto que la llevaba al punto de partida. Tras esta dificultad se escondía una creencia: cuando era pequeña, sus padres le decían que «los ricos son corruptos».

Para no ser corrupta, evitaba tener dinero. Si le duplicaban el sueldo, gastaba el doble de dinero, a pesar de su intención de ahorrar. La simple toma de conciencia le ayudó a dibujar un camino más acorde a sus deseos.

Como ves, detectar que nuestras creencias se han quedado obsoletas puede mejorar mucho nuestra vida y desatascar problemas y situaciones que vivimos desde hace años. Te animo a explorar tu GPS con las pistas sugeridas y darte permiso para probar nuevas creencias/caminos.

¿Para qué sirven las creencias?

Como comentábamos al principio del capítulo, todas las creencias tienen una intención positiva. Explorar esta intención es muy valioso para entender el «para qué» nos sirven y poder modularlas.

Si tus padres te decían de pequeño: «El dinero no cae del cielo» no era para fastidiarte. Tal vez a ellos les educaron en la cultura del esfuerzo y la austeridad y quieran algo parecido para sus hijos. O ven que tienes mucha tendencia a gastar todo lo que cae en tus manos y piensan que el mensaje «el dinero es escaso» puede animarte a gastar menos.

Otro de los mensajes que nos han transmitido con mucha frecuencia es: «No hay recompensa sin esfuerzo». Nos invita a trabajar mucho para conseguir nuestros objetivos. Esto no es bueno ni malo. Pero imagina que hay algo que se te da fenomenal y puedes hacer sin esfuerzo (todos tenemos alguna cualidad así). Por ejemplo, tocar la guitarra o bailar. Si tu creencia está muy arraigada, puedes pensar que es imposible hacer de tu pasión un medio de vida. Crees que no mereces cobrar por hacer eso que se te da bien, porque te encanta y no te supone esfuerzo.

Como ves, ser consciente de nuestras creencias es muy valioso para que no acaben controlando nuestra vida. Un poco más adelante en el capítulo te sugeriré dos vías para ponerlas al descubierto y seguir avanzando en nuestro camino.

Pero antes te sugiero dar un pequeño paseo por algunas de las creencias que condicionan nuestra relación con el dinero. Si en alguno de estos apartados te sientes identificado, es útil apuntarlo en tu «cuaderno de bitácora» para poder explorar más adelante.

Principales creencias sobre el dinero:

1.«Más es mejor»: El miedo a soltar

«Si lo doy, lo pierdo.» «Más es mejor.»

Como si fuéramos «urracas humanas», nos han enseñado a acumular, ahorrar y retener.

Tal vez esta creencia viene de etapas de la historia anteriores (guerras y momentos de escasez). Nos condiciona a ir «sobrecargados» de posesiones, enseres, utensilios, que tal vez fueron valiosos en otra época de nuestra vida, pero que ahora solo sirven para despistarnos. Llenamos nuestra casa y nuestra vida de objetos inútiles, de relaciones que nos apetecen poco o nada, de encuentros por compromiso, de prendas de ropa que no nos hemos puesto en los últimos quince años.

¿Tan difícil es soltar lo que ya no nos vale?

Nos sentimos culpables por decir a nuestros amigos que no nos apetece verles cada sábado, o por dejar de hacer cada fin de semana esa comida que ya no le gusta a nadie pero es una tradición.

¿Cómo se manifiesta esto en nuestra relación con el dinero?

Hemos aprendido que tener más es mejor. En ocasiones, eso nos impide disfrutar del «fluir del dinero»:

«Si me decido a hacer ese curso, me quedaré sin ahorros.» «Si me arriesgo a hacer esa inversión, puedo quedarme sin nada.»

En muchas circunstancias de la vida, ganar es perder y viceversa. No te atrevías a dejar un trabajo y gracias a hacerlo tienes oportunidad de dedicarte a tu verdadera vocación. O gastas dinero en hacer ese curso tan caro y consigues el puesto de trabajo que tanto deseabas. En nuestra educación nos enseñan a «agarrar y acaparar». Soltar es muy liberador.

Tengo un ejemplo personal muy esclarecedor de «menos es más». Me encanta el Camino de Santiago. Voy cada año desde 2007… y los que me quedan. Recuerdo uno de mis primeros caminos, preparando el equipaje para que no me faltase de «nada»: ropa, comida, cosas de aseo, medicinas… Cuando colgué la mochila en mis hombros, mi cuerpo venció hacia atrás. Me quedé tumbada boca arriba sobre la mochila, mirando al techo y partiéndome de risa.

Ese día entendí que era mucho más práctico y placentero confiar en mí misma y en mi capacidad de resolver las cosas que me fuera encontrando a llenar la mochila de cachivaches para prever cualquier necesidad.

Nunca en esas expediciones me ha faltado nada. Todos los peregrinos están dispuestos a ayudar y lo hacen con gusto. Si llevara todo previsto y calculado, no habría vivido tantas experiencias compartidas. Ligero de equipaje se viaja muy a gusto.

Otro ejemplo de peregrinos:

En el camino de Santiago de 2019 conocimos a Joe. Venía desde su casa en Portugal con una mochila ligera y haciendo el camino sin dinero. Quería demostrarse a sí mismo que podía confiar: comer y dormir muchos días seguidos contando con la colaboración de las personas que encontraba. A nosotras nos regaló su compañía y uno de los panes más ricos que habíamos probado hasta entonces. A cambio compartimos con él nuestra historia, unas cervezas y muchísimas risas. En cada etapa del camino, Joe regalaba a la gente todo lo que le sobraba de los donativos recibidos en forma de comida, ayuda, productos de la tierra… Desde la fundación Vencer Autismo ayuda cada año a miles de familias con niños autistas en todo el mundo. La experiencia del camino le ayudó a aprender a confiar para seguir avanzando en sus proyectos. También hizo un vídeo para compartir su experiencia (en el minuto 41 hablamos de nuestro encuentro).

La vida es un flujo continuo de cosas y situaciones inesperadas. Soltar abre el camino a lo nuevo y ayuda a cultivar tu confianza.

2.Identidad

«Los Pérez somos derrochadores.» «Los abogados no sabemos de finanzas.»

Te identificas con una familia, un gremio, un vecindario… y haces tuyas características de ese colectivo para ser parte del clan.

Es cómodo saber cómo eres, pero te resta libertad para poder ser otras muchas cosas. Y algunas de esas creencias se convierten en profecías autocumplidas:

Si piensas que «en tu familia no tenéis oído musical» es fácil que desentones cada vez que te pones a cantar o a tocar un instrumento. Tu miedo a hacer el ridículo o a equivocarte te impulsa a evitar todo lo relacionado con la música.

Profecía autocumplida: piensas que se te da mal, y lo haces mal. Generalmente son boicots que nos ponemos a nosotros mismos. Si detectas en tu vida alguna de estas sentencias, te invito a cuestionarla.

Te propongo un ejemplo inverso: mi abuelo y mi tío paterno eran marinos. Creo que se les daba muy bien todo lo relacionado con la mar. Yo vivo en Madrid (tierra de secano). Me llama mucho la atención navegar, pero no tengo ninguna habilidad especial en la materia. Que mi abuelo y mi tío fueran buenos navegando no me da a mí esos conocimientos. Si estas herencias no ocurren para bien (yo no nací con una habilidad innata para navegar), ¿por qué estamos tan convencidos de que para mal sí se cumplen (malos cantantes)?

¿Cómo se manifiesta esto en nuestra relación con el dinero?

Quedamos «enganchados» a las historias «de nuestro grupo» (social, vecindario, familiar), generalmente a las menos amables: «Los de Valdecabra nacimos para ser pobres».

En muchas ocasiones las utilizamos de excusa para no intentar nuevos caminos. Si este es tu caso, te propongo que dejes abierta una ventana de exploración de tu singularidad. Por ejemplo, si piensas que en tu familia despilfarráis el dinero puedes preguntarte: ¿Toda la familia despilfarra dinero? ¿No hay nadie que haga lo contrario en la familia? ¿Siempre habéis sido derrochadores? Tal vez recuerdas alguna escena (aunque solo sea una) en tu vida en la que fuiste capaz de ahorrar y planificar. Si pudiste hacerlo una vez, puedes repetirlo cuando quieras. ¿Te atreves a ser comedido por un día? ¿Quién te contó que eras así? ¿Te apetece seguir siéndolo? ¿Qué pasaría en tu vida si dejaras de ser derrochador/ahorrador? Retar tus creencias es una forma divertida de traspasarlas.

Y un pequeño consejo para practicar desde hoy: utiliza a tu favor el poder del lenguaje. Esa vocecita interna que nos habla en la cabeza en ocasiones nos cuenta cosas poco amables sobre nosotros mismos: «Soy perezoso»; «Se me da fatal hablar en público»; «Soy un desastre»…

En gran medida, somos aquello que pensamos sobre nosotros mismos. Hacerte amigo de esta voz y empezar a formular afirmaciones más amables puede cambiar tu vida. No hace falta que me creas, pero tampoco pierdes nada por probar. En lugar de «soy perezoso» puedes decir: «Estoy aprendiendo a ser más proactivo». En lugar de «soy un desastre»: «Estoy en el proceso de aprender a ser más organizado».

En vez de etiquetarte con las cosas que no te gustan o te limitan, puedes abrir caminos alternativos. Cada una de tus frases que empiece por «yo soy» es una oportunidad para provocar en ti el cambio que deseas. ¿Te animas a explorar?

3.¿Qué pensarán de mí? ¿Qué pienso yo de mí?: Referentes internos y externos

Hay cosas que no nos atrevemos a hacer por el «qué dirán» (nudismo en la playa, comprar un descapotable, ir solo al cine o de viaje…). A mí también me ha pasado. Y al final, como soy curiosa, no he tenido más remedio que experimentar con esas situaciones «tan difíciles para mí». He viajado sola por toda España y por partes muy recónditas de África, Sudamérica y Europa. He conocido en esos viajes a personas que también disfrutaban viajando solas, muchas de ellas siguen en mi vida desde hace años. Hubiera sido muy difícil conocerlos si hubiera viajado acompañada.

Para empezar a viajar «conmigo misma» tuve que vencer muchas barreras mentales: ¿Qué pensarán de mí los que me ven cenando sola en un restaurante? Y si me pasa algo en la otra punta del mundo estando sola: ¿Qué pensarán mis padres (hijos, amigos…)? Estas y otras preguntas similares eran barreras invisibles que me impedían emprender aventuras. Hasta que hace quince años una mañana de abril subí la bici a mi coche y me fui a explorar el sur de Francia sin un rumbo fijo. Hablo un francés muy básico, pero me resultó sencillo hacerme entender. Muchos completos desconocidos compartieron un café, un trecho de camino, alguna historia… Casi nadie preguntó si viajaba sola o por qué lo hacía. Desde entonces, con destinos diferentes, he repetido muchas veces esa experiencia. El «qué pensarán de mí» lo dejo en casa y disfruto muchísimo de lo que la vida me ofrece en esos viajes.

¿Cómo se manifiesta esto en nuestra relación con el dinero?

He conocido a muchas personas que no se atreven a tener dinero por el «qué dirán/pensarán» (o por el «qué diré yo de mí mismo»).

Si en tu infancia escuchabas a menudo que «el dinero corrompe a las personas», es posible que cultives una predisposición negativa a tener dinero. Inconscientemente piensas «yo no quiero ser corrupto». Así que cuando ganas dinero suficiente para vivir una vida holgada, lo gastas inconscientemente en cosas sin utilidad. Así evitas «ser de los malos».

También se da el caso contrario: personas que gastan más de lo que ingresan con el fin de aparentar ser ricos. Les da vergüenza que los vecinos les vean con un coche de «poca categoría» o en una casa humilde, o comprando en un supermercado barato. «Vivir de las apariencias» es otra forma de esclavitud hacia el dinero.

Trabajé durante dieciocho años en una entidad financiera. Mi oficina estaba en la sede social del banco. En el garaje aparcaban los grandes jefazos y los «pobres mortales». Mis compañeros se fijaban mucho en qué coche conducía cada cual, y tenían mucho cuidado en no llevar un coche mejor que el del director general: «Puede pensar que me va demasiado bien, y entonces no me subirán el sueldo». Algún enamorado del motor conducía un coche deportivo de alta gama pensando: «Los que vean que conduzco este coche pensarán que soy un triunfador».

No sé si los jefes del banco se fijaban en el parque móvil, pero tal vez es el momento de empezar a olvidarnos de qué pensarán los demás y conducir el coche que mejor nos venga.

Otro ejemplo que seguro que has vivido:

Viajando por España, en determinadas regiones es habitual que una persona invite (en turnos rotativos) a todos los que la acompañan a tomar algo (Asturias, Euskadi). En otras es de lo más natural dividir cualquier consumición entre el número de comensales o juntar un bote común. ¿Te resulta violenta una u otra opción? Yo suelo aceptar sin juzgar lo que sea costumbre entre ellos. Los que invitan no lo hacen por aparentar: es costumbre en la zona. Los que reparten no son juzgados de tacaños: siguen un hábito cultural.

Como ves, todo es interpretable, así que vivir del juicio ajeno puede resultar difícil si tratas de agradar a todo el mundo.

Solo tú vas a vivir tu vida. Y solo ahora. ¿A qué esperas? ¿Para qué te sirve la aprobación externa? Tal vez eres tú mismo el que no te aceptas tal cual eres. ¿Te sientes esclavo de esa imagen que te has formado de ti mismo y sostienes a toda costa ante los demás?

Para empezar a superar esta dependencia de la opinión externa, sería valioso retar alguna de esas creencias negativas que tenemos acerca del dinero. Por ejemplo, si piensas que «todos los ricos son corruptos», puede ser útil comparar personas que tengan una gran fortuna. ¿En qué se parecen Warren Buffet, Lady Gaga, Amancio Ortega y Rafa Nadal? Son bien distintos entre sí, tal vez también en su relación con el dinero.

Para independizarte del juicio ajeno puede ser de utilidad empezar a permitirte comportamientos distintos a los habituales. Si siempre eres el que invita a los amigos cuando salís de fiesta, pide que te inviten el próximo día que quedéis. ¿Cómo te sientes? ¿Para qué te sirve invitar siempre? Tal vez quieres que te acepten y te quieran por tu generosidad.

La gente que de verdad te estima te acepta tal cual eres (rico o pobre, generoso o tacaño). ¿Eres capaz de aceptarte tú en cualquier faceta?

Figurar ser lo que no somos nos empobrece y nos cierra caminos en la vida. Te invito a explorar otras opciones, olvidando qué pensarán de ti.

4.Beneficios secundarios

«Después de una temporada de trabajo frenético, me pongo enfermo» (y al fin descanso)

Si tu relación con el dinero no es tan próspera como desearías, puedes preguntarte: ¿Para qué te sirve no tener dinero? ¿Qué cosas dejarías de hacer si lo tuvieras? En ocasiones existen beneficios ocultos tras una actitud que aparentemente no nos gusta. Te comparto un caso real:

Eladio tiene cincuenta y cinco años y sigue viviendo con sus padres. Cuando lo veo, siempre comenta que el dinero no le llega para nada. Dice que le gustaría tener su propia casa y su independencia, pero no ve cómo conseguirlo. Tiene un buen trabajo desde hace más de veinte años. Le gusta salir y viajar, pero no asume gastos excesivos. ¿Por qué no le llega con su sueldo para organizar una vida independiente? Indagando en ello, reconoce que tiene un vínculo muy fuerte con sus padres: le gusta salir con su madre a la compra, con su padre de paseo… Si ahorrara lo suficiente para vivir en su propia casa, tal vez estos pequeños placeres desaparecerían. En consecuencia, no ahorra y así puede seguir donde está (beneficio secundario).

Vivir con sus padres no es ningún problema. Pero sin darse cuenta, se está privando de la libertad de elegir. Sería distinto si decidiera ahorrar el dinero suficiente para tener su casa y aun así siguiera viviendo en la casa paterna.

Muchas veces nuestra relación con el dinero se ve perturbada por estas «circunstancias ocultas».

¿Qué pasaría en tu vida si ganaras el dinero que deseas? ¿Qué cosas no podrías seguir haciendo? (quejas, lamentos, críticas…) ¿Qué tendrías que cambiar? (formación financiera, entorno social o laboral…)

Te resumo un cuento de Jorge Bucay que me hizo pensar sobre esto. Se titula «La vaca».

Un maestro y su discípulo paseaban por un terreno muy pobre y yermo, donde vivía una pareja muy humilde con sus tres hijos pequeños. La familia le explicó que su medio de vida era una vaca vieja que pastaba en el exterior. La vaca daba unos cuantos litros de leche, que la familia en parte vendía o intercambiaba por otros alimentos y en parte aprovechaba para su propio consumo.

Cuando despidieron a esa humilde familia, el maestro ordenó al discípulo matar a la vaca. Éste obedeció con horror.

Años más tarde, lleno de culpa y remordimiento, el discípulo volvió a este lugar. Encontró unas tierras fértiles y prósperas y una casa llena de comodidades. Preguntó por la familia que vivía allí hace cuatro años. «Somos nosotros», respondió el padre. Asombrado, el discípulo preguntó cómo había sido posible tal transformación. «Verás. Teníamos una vaca que cayó por un precipicio y murió. Nos vimos entonces en la necesidad de desarrollar otras habilidades que ni siquiera imaginábamos: agricultura, pesca, comercio…».

Como ves, la vaca —aparentemente un medio de vida— era a la vez una excusa para dejar de explorar otras alternativas.

A veces nuestra «vaca» se llama «un trabajo estable», o «un entorno social o geográfico conocido» (puedes rellenar este espacio con tu propia vaca). No es necesario «matar a la vaca» (un despido, por ejemplo) para explorar opciones/habilidades diferentes que tal vez sean la llave para cultivar tu propio vergel. Hoy es un buen día para empezar a investigar.

No conseguir lo que en teoría deseamos conlleva ventajas más o menos explícitas. Tomar conciencia de ello es un ejercicio de coherencia y libertad.

5.Culpa y victimismo

«Por culpa de mi jefe no tengo un sueldo digno»

«Mi banco me ha engañado, he perdido todos mis ahorros»

De todas las creencias sobre el dinero, la culpa es potencialmente la más destructiva y limitante. Culpa y victimismo son dos caras de una misma moneda. Y actualmente están muy subvencionadas por la sociedad.

Es cierto que cuando alguien se siente víctima y habla de ello, ese desahogo tiene un impacto positivo a muy corto plazo: momentáneamente te sientes liberado de tu «pena».

El problema surge cuando nos quedamos enganchados en esa situación y entramos en un bucle sin salida: si otra persona es responsable de «mis males» le estoy otorgando a la vez todo el poder para solucionarlos. En definitiva, pierdo completamente el control de mi destino y cedo la solución de mi problema a un «ente externo» que además es «mi agresor».

Amalia lleva veinte años trabajando en puestos similares de diferentes entidades financieras. Se siente muy capacitada para hacer su trabajo… y a la vez muy aburrida y poco valorada por sus jefes directos. Se queja a todo el que quiera escuchar de la incompetencia de sus superiores, de su poco reconocimiento en la empresa, de su sueldo, siempre demasiado bajo respecto a lo que ella aporta.

Cuando le pregunto qué piensa hacer al respecto, me mira perpleja. «¿Yo?»

Tal vez es más «rentable» seguir en la queja y el disgusto (víctima) que explorar otras alternativas laborales, o hablar con sus superiores para pedir lo que cree que merece.

Muchos de los clientes (víctimas) que han puesto demandas judiciales contra sus bancos (verdugo/agresor) por haberles vendido productos inadecuados acaban volviendo a invertir el dinero que recuperan en los procesos judiciales en la misma entidad financiera (y hasta en la misma sucursal y con el mismo director/a). Como diría Obélix: «Están locos estos humanos».

Te comparto una historia de victimismo respecto al dinero que viví hace unos meses recorriendo el camino de Santiago.

En un recodo del bosque, en una de las últimas etapas del camino portugués había un hombre sellando credenciales y ofreciendo fruta a los peregrinos. Nos paramos un rato con él y nos contó su historia: «Hace cuatro años yo era un hombre poderoso. Gané mucho dinero (no nos contó cómo, pero nos sugirió que traficaba con productos de dudosa legalidad). Conducía un coche deportivo, acudía a muchas fiestas, era la imagen del éxito social.»

Una noche conducía su descapotable por esas carreteras gallegas a más de 200 km/h y en estado de embriaguez. Tuvo un gravísimo accidente del que todavía se estaba recuperando. Nuestro nuevo amigo no paraba de repetir: «maldito dinero».

Yo le dije con cariño: «No sabía que el dinero conducía borracho coches deportivos a gran velocidad».

Para nuestro nuevo amigo era tan doloroso reconocer su responsabilidad sobre lo ocurrido que había encontrado consuelo en este recurso de «culpar al dinero».

Como sabes, el dinero (por ahora) no tiene vida propia. Es incapaz de conducir o corromper por sí solo. Precisa de la ayuda de los humanos para esos menesteres. Muchas veces culpamos al dinero (o al jefe, o a tu pareja…) de esas cosas que no nos atrevemos a reconocer como propias. Y aunque sea un alivio momentáneo, esto no va a solucionar nuestro agobio/frustración/tristeza o ansiedad por lo ocurrido.

El antídoto de la culpa es la responsabilidad. Si me atrevo a tomar las riendas de mi vida, tendré que aceptar que muchas veces me equivoco y hago cosas inadecuadas. Pero a la vez podré disfrutar del poder de resolverlas por mí mismo: al fin y al cabo, si yo lo he hecho, yo soy capaz de solucionarlo.

En nuestra relación con el dinero este juego de «víctima/culpable» se da muy a menudo:

•Si invierto mi dinero y si las cosas no van bien, es culpa del banco que no me explicó cómo funcionaba el producto.

•Si mi hipoteca acaba siendo más cara que lo que yo esperaba, demando a la entidad financiera por haberme engañado.

•Por si acaso los clientes me demandan, les hacemos firmar setecientos documentos de conformidad cada vez que entran por la puerta de una sucursal.

No tomo partido por bancos ni clientes de banca, pero creo que ya va siendo hora de deshacer este círculo vicioso. Sin duda, muchos productos se han vendido facilitando información inexacta o errónea a los clientes. La forma de evitar que esto vuelva a ocurrir en el futuro es que cada una de las partes implicadas asuma la responsabilidad que le corresponde.

Creo que es importante que los clientes decidan junto con sus asesores lo que quieren en un futuro, y que entiendan el funcionamiento básico del «juego de las inversiones». Y es importante que los bancos y empresas de asesoramiento se comprometan a hacer este camino de aprendizaje sencillo para sus clientes. Hacer al inversor copartícipe en la toma de decisiones y en el seguimiento de sus objetivos para cambiar la palabra culpa por responsabilidad: habilidad para responder de tus propias decisiones.

6.Fidelidades familiares

«De tal palo, tal astilla»

«El hijo de la gata ratones mata»

Como nos recuerda el refranero popular, las costumbres de nuestros padres nos condicionan. Si mis padres fueron de «origen humilde», tal vez me vea obligada a tener un estatus social parecido para ser digno miembro de mi clan. O —por el contrario— entre en una carrera frenética (y muchas veces inconsciente) por convertirme en alguien con mucho dinero para demostrar a mi clan mi valía.

Los problemas de herencias, peleas familiares por dinero, injusticias relacionadas con las finanzas… se traspasan de generación en generación. También la visión que tu clan tiene sobre el dinero.

Si de pequeño te contaron que el dinero es sucio o trae problemas, es muy probable que seas fiel al mensaje y rechaces inconscientemente tener dinero.

Marisa, empleada de un banco, vino a preguntarme por una «pequeña manía» que tenía desde niña. Nunca lleva dinero en efectivo en la cartera. Esto no tendría ninguna importancia, si no fuera porque ella lo siente como un problema: vive en un pueblo y a veces para a comprar el pan, o dejar una propina, o comprar el periódico en el quiosco necesita dinero en efectivo. Por más que trata de recordar llevar en la cartera alguna moneda, se le olvida una y otra vez. Explorando en su pasado encuentra el origen de esta costumbre: cuando era pequeña, su abuela le contaba insistentemente la historia de sus bisabuelos, que perdieron todo el dinero que tenían por depositarlo en un banco. El mensaje inconsciente de Marisa es: «Si no saco el dinero de casa, no lo pierdo». Además, trabaja en una entidad financiera, tal vez para poder vigilar de cerca el dinero y que no le pase lo mismo que a su familia.

Somos herederos inconscientes de las vivencias de nuestras familias. A veces, es suficiente con tomar conciencia de ello (¿de dónde me viene a mí esto?) para liberarnos de estas lealtades invisibles.

Dedicaremos un capítulo expresamente a estas herencias generacionales por la importancia que nuestra educación judeocristana puede llegar a tener en nuestra relación con el dinero.

7.Perfeccionismo

«Ahorraré cuando gane “tanto” al mes»

«Invertiré cuando haga ese máster de finanzas»

Tratar de hacer algo perfecto es una fantástica excusa para no hacerlo nunca. «Cuando empiece mi dieta, comenzaré a ir al gimnasio.» «Cuando crezcan mis hijos, me pondré a estudiar.»

Si esperas el momento y las circunstancias perfectas para ponerte a hacer eso que tanto postergas, es posible que nunca lo hagas.

Tengo una buena noticia para ti: perfecto no existe. Lo que a mí me parece maravilloso, a mi prima le espanta y a ti te deja indiferente. Hay casi tantos criterios como personas, así que «perfecto» es una palabra muy relativa: depende de cada cual.

Por eso, el mejor momento para empezar a hacer eso que deseas es hoy. Dar un primer paso, aunque sea muy pequeño (y no sea perfecto), es un fantástico incentivo para seguir caminando. Y a la vez rompes con el maleficio de seguir posponiéndolo.

El perfeccionismo puede llevarnos a la parálisis por análisis. Pero recuerda, se trata de hacer las cosas, no de hacerlas perfectas.

En la educación anglosajona, el error se considera una forma de aprendizaje. Es habitual que en una entrevista de trabajo te pidan narrar una situación en la que has fallado. Y está bien visto que tengas estas experiencias: significa que sabes resolver problemas sin amedrentarte (o asustándote y sabiendo salir de ellos, que también tiene mucho valor).

En esta parte del mundo, los errores tienen mala prensa. Tratamos de ocultar aquello que no hemos hecho de un modo excelente. Sin embargo y aunque sea doloroso, los errores son una buena escuela. Cada vez que no conseguimos lo que queremos, la vida nos regala experiencia y aprendizaje.

T. A. Edison, al dar a conocer al mundo la bombilla incandescente de alta resistencia declaró: «No fueron mil intentos fallidos, fue un invento de mil pasos».

En sentido estricto, no fue Edison el inventor de la bombilla. Sin embargo, con mucho empeño, probó miles de materiales diferentes (entre ellos las fibras de más de 6000 plantas) para conseguir mantener el filamento encendido mucho tiempo. Si se hubiera desanimado con tanto ensayo y error, hoy el mundo sería diferente (y nos iríamos a dormir al anochecer como nuestros bisabuelos). Una historia de constancia y tesón que nos anima a aprender de esos intentos que no acaban como esperamos.

Los ocho matrimonios de Liz Taylor son otro ejemplo del triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Si no sale como esperas, al menos sigue intentándolo.

Esta actitud de perfeccionismo también nos sirve como excusa para no tener una relación armónica con el dinero:

«Cuando estudie finanzas empezaré a ahorrar.» «Como perdí dinero en bolsa, no invierto mis ahorros.» «Cuando tenga sesenta años empezaré a ahorrar para la jubilación.» El momento perfecto es enemigo de la acción. Atrévete simplemente a empezar y observa lo que pasa.

“Libérate de quien crees que deberías ser y abraza a quien realmente eres”.

Brené Brown. Los dones de la imperfección

8.Juicio excesivo

«Los ricos son avariciosos»

«Moriré pobre pero honrado»

“Cuando apuntas con un dedo, recuerda que tres dedos te señalan a ti”. Proverbio inglés

Si tienes una mala imagen de las personas «ricas», difícilmente te convertirás en uno de ellos.

Muchas veces esta imagen es inconsciente. Por eso es importante estar atentos a nuestro lenguaje verbal y corporal para detectar ese posible rechazo al dinero.

En ocasiones, en mis talleres sobre la relación con el dinero, me disfrazo de patrón de yate y hablo como el orgulloso propietario de un barco de muchos metros de eslora. Hay asistentes que se ríen con el teatro. Otros se muestran incómodos. No les gusta ver a una «ricachona» presumiendo de dinero.

Vemos fuera lo que no queremos reconocer en nuestro interior. Es más cómodo juzgar actitudes señalando a otros que reconocerlas en nuestra persona. En la psicología junguiana este fenómeno se llama «proyección». Este juicio dificulta tener una relación natural con la energía del dinero.

Imagina que vas de viaje a cualquier zona de Castilla pensando «De castilla el trigo, pero no el amigo». Es muy probable que encuentres gente poco amable, no porque el refrán sea cierto sino porque vas buscando corroborar el refrán. Y no tendrás ganas de mudarte a vivir a Castilla, con gente tan poco amigable.

Cuando una mujer espera un hijo, empieza a ver embarazadas por todas las esquinas. No es que haya más que antes: es que ahora se fija más en ello.

Del mismo modo, si piensas que los ricos son corruptos, encontrarás historias en tu entorno que te den la razón. Pero lo cierto es que hay muchas personas con dinero que son honradas y también hay gente con poco dinero que es corrupta. El problema es que si estableces un vínculo entre riqueza y corrupción, huirás del dinero como si fuera cianuro. Y en realidad el dinero no corrompe a nadie. Es cada persona la que elige y decide qué hacer con el dinero.

Retomaremos esto en el capítulo dedicado a la sombra del dinero.

Revisando tus creencias

Como comentábamos al inicio del capítulo, las creencias son una especie de GPS. Nos las instalamos cuando somos pequeños (con ayuda muchas veces de nuestros padres, tutores y cuidadores) con el fin de orientarnos en la vida (saber qué cosas se pueden hacer y cuáles no).

Es útil revisarlas de vez en cuando para decidir si nos siguen valiendo o toca actualizarlas.

Tal vez de pequeños nos venía bien esa creencia de «Hablar con extraños es peligroso». Cuando eres inocente e indefenso, esta creencia puede evitarte muchos sustos. Pero si hoy tienes cuarenta años y trabajas como relaciones públicas en una multinacional, esta creencia (probablemente ya innecesaria) puede arruinar tu vida laboral.

No se trata, en cualquier caso, de destruir las creencias, sino de reorientarlas para que nos sigan siendo útiles en cada etapa de nuestra vida. Pura adaptación al entorno. En vez de olvidarte de «Hablar con extraños es peligroso» tal vez quieras añadir «… cuando viajo a países poco seguros y paseo de noche por la calle». La creencia sigue siendo válida, pero ya no es necesario que te protejas de todo el mundo desconocido.

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