Kitabı oku: «Los argonautas», sayfa 2

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Y así Mary Colby se casa con David Verdi, pero no exactamente con George Oppen, zafando del Estado y de la familia ricachona de George (que para esas fechas había contratado a un detective privado para dar con su paradero). Ese plan de evasión luego se convirtió en un rayo de luz que por los siguientes cincuenta y siete años iluminó su hogar. Cincuenta y siete apasionados años de engañar al paradigma.

Hace mucho que sé de reyes y de locos; hace mucho que sé qué significa sentirse real. He tenido, a pesar de los baches y las depresiones que se han presentado en el camino, la buena fortuna de sentirme real. Y también hace mucho que sé que el momento del orgullo queer es un rechazo a sentir vergüenza por ser testigo de otro avergonzándose de uno11.

Y entonces, ¿por qué las venenosas palabras de jugar a las casitas de tu ex novio me sacaron ronchas?

A veces uno debe aprender algo una y otra vez. A veces uno se olvida, y luego se acuerda. Y luego se olvida, y luego se acuerda. Y luego se olvida de nuevo.

Así como sucede con el conocimiento, también sucede con la presencia.

Según Winnicott, si el bebé pudiera hablar con su madre, diría algo así como:

Te encuentro;

Sobrevives a lo que te hago mientras llego a

/reconocerte como no-yo;

Te uso;

Te olvido;

Pero tú me recuerdas;

Te sigo olvidando;

Te pierdo;

Estoy triste.

Hoy el concepto de «madre suficientemente buena» de Winnicott se encuentra en pleno resurgimiento. Está en todas partes, desde blogs dedicados a la maternidad, la novela gráfica ¿Eres mi madre? de Alison Bechdel y en montones de páginas de teoría crítica. (En un universo alternativo, uno de los títulos de este libro habría sido ¿Por qué Winnicott ahora?)

A pesar de su popularidad, todavía no se han reunido en una colección, que abarcaría una cantidad intimidante de tomos, las Obras completas de D. W. Winnicott. A su obra se accede a través de fragmentos, contaminados por su relación con madres reales y charlatanas, o por otro tipo de lugares semicultos, lo que impide una fácil consagración de Winnicott entre los pesos pesados de la psicología. Encontré en la contratapa de una de sus colecciones de ensayos las siguientes fuentes para ellos: una presentación en la Asociación de Guarderías de Gran Bretaña e Irlanda del Norte; programas de radio para madres de la BBC; una sesión de preguntas y respuestas para un programa de la BBC llamado La hora de la mujer; conferencias sobre la lactancia; charlas a matronas; y «cartas al editor».

De seguro esos orígenes humildes y contaminados son una de las razones por las que Winnicott fue el único psicólogo infantil al que presté atención o le di importancia durante el primer año de vida de Iggy. El mórbido sadismo infantil y el pecho malo de Klein, la exitosa saga edípica y el cargado fort/da de Freud, el tosco Imaginario y Simbólico de Lacan, de pronto ninguno me parecía lo bastante irreverente para abordar la realidad de ser bebé y de tener uno bajo mi cuidado. ¿La castración y el falo nos hablan de las más profundas verdades de la cultura Occidental, o solo de la verdad actual de las cosas que acaso no sean siempre las mismas?12 Me asombra y avergüenza constatar los muchos años que gasté pensando que esas preguntas no solo eran comprensibles, sino apremiantes.

Noto que caigo en un ánimo delincuencial, anti-interpretativo, frente a tal seriedad falocéntrica. En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte13. Pero incluso una erótica parece demasiado pesada. No quiero un eros o una hermenéutica de mi bebé. Ninguna es lo bastante sucia, lo bastante alegre.

En una de las tantas largas tardes junto a Iggy, que con el tiempo se han fundido en la única y extensa tarde de su infancia, lo veo detenerse en cuatro patas en la entrada que lleva hacia nuestro jardín trasero y contemplar cuál de las muchas ásperas hojas de roble desparramadas por ahí quiere estrujar con su tenaz gateo castrense. Su pequeña y suave lengua, siempre blanquecina en su centro por la leche, salta fuera de su boca en tierno anticipo, como una tortuga sacando la cabeza de su caparazón. Quiero apretar pausa, quizás para siempre, y admirar el breve momento antes de ponerme en acción, antes que deba convertirme en aquella que debe eliminar el objeto inapropiado, o, si no logro hacerlo a tiempo, que debe extraerlo de su boca.

Tú, lector, estás vivo y lees estas páginas porque en otros tiempos alguien se ocupó de vigilar tus excursiones bucales. Al respecto, Winnicott es poco sentimental: dice que no le debemos nada a estas personas (por lo general mujeres, pero no siempre). Lo que sí nos debemos a nosotros mismos es «el reconocimiento intelectual de que, en un principio, éramos absolutamente dependientes (en lo psicológico), y que absolutamente significa absolutamente. Por fortuna, nos topamos con la devoción corriente».

Para Winnicott, devoción corriente significa devoción corriente. «Es una observación trivial cuando digo que con devoción simplemente me refiero a la devoción». Winnicott es un escritor para el cual las palabras corrientes son lo suficientemente buenas.

Tan pronto empezamos a vivir juntos, nos vimos ante la urgente tarea de construir un hogar que le brindara a tu hijo una sensación de abundancia y contención —suficientemente bueno—, antes que uno roto o cayéndose. (Estas cursilerías provienen de Mom’s House, Dad’s House, un clásico del parentesco de género no binario.) Pero esto no es del todo cierto; sabíamos de esta tarea, fue de hecho una de las razones por las que apuramos la mudanza. Lo que se hizo evidente fue la tarea urgente que tenía yo sola por delante: aprender a ser madrastra. ¡Hablando de una identidad potencialmente peligrosa! Mi padrastro tenía sus defectos, pero ahora que sé lo que significa adoptar ese rol, y ser adoptado por él, cada palabra que alguna vez dije en su contra vuelve para atormentarme.

No importa si eres una persona maravillosa, no importa cuánto amor tengas para dar, no importa cuán madura o sabia o exitosa o inteligente o responsable seas, cuando eres una madrastra siempre sufrirás una vulnerabilidad estructural al odio y al rencor, y es realmente poco lo que podrás hacer al respecto, salvo aguantar y mostrarte dispuesta a sembrar las semillas de la cordura y la buena fe a pesar de la mucha mierda que te tiren encima. Tampoco esperes que se reconozca tu labor: para la cultura, los padres biológicos son sacrosantos por definición, mientras que los padrastros y madrastras son unos entrometidos, egoístas, estafadores, sustancias contaminantes y pedófilos.

Cada vez que leo las palabras hijastro o hijastra en obituarios como: «X ha dejado tres hijos y dos hijastros»; o cuando un adulto que uno conoce dice algo como: «Oh, perdóname, no puedo, este fin de semana visito a mi padrastro»; o cuando, en mitad de una transmisión de los Juegos Olímpicos, la cámara enfoca al público y el relator comenta que «ahí está la madrastra de X alentándolo», se me para el corazón de solo oír el sonido del vínculo en público, bajo una luz favorable.

Cuando busco descubrir cuál aspecto de mi padrastro me produce mayor resentimiento, jamás se me ocurriría decir que fue «porque me quiso demasiado». No. Le guardo resentimiento por no haber transmitido de manera confiable la impresión de ser feliz viviendo con mi hermana y conmigo (es posible que no lo fuera), por no decirme suficientes veces que me quería (de nuevo, es posible que no me quisiese; según uno de los libros de autoayuda para padrastros y madrastras que compré durante nuestros primeros días viviendo juntos, es preferible que exista amor pero no es necesario), por no ser mi padre y porque después de estar casado veinte años con nuestra madre se fue sin despedirse como correspondía.

Creo que sobrestimas la madurez de los adultos, escribió en su última carta, que me envió solo después de que yo, tras un año de silencio, me quebrara y le escribiera primero.

A pesar de la rabia y el dolor que yo pudiera sentir por su partida, su observación era sin duda correcta. Esa tajada de verdad, ofrecida en la hora final, terminó siendo el comienzo de un nuevo capítulo de mi vida adulta, uno en el que me di cuenta de que la edad no necesariamente trae algo consigo, salvo la edad misma. Lo demás es opcional.

Familia Ballena: el otro juego de niños favorito de mi hijastro, que tenía lugar por las mañanas en la cama. En este juego, él representaba el papel de Bebé Ballena,14 una pequeña ballena con un trastorno de lenguaje que lo obligaba a usar la letra B todo el tiempo (el primo Evan pasaba a ser Brimo Bevan, etc.). Cuando Bebé Ballena jugaba en casa con su familia de ballenas, disfrutaba al oír sus palabras mal pronunciadas; en otras ocasiones se aventuraba por su cuenta a atrapar pecesitos. Una de esas mañanas, Bebé Ballena me bautizó con el nombre de Bami, una pariente de mami, pero con una diferencia. Admiraba la creatividad de Bebé Ballena, que aún persiste.

Casarse por casarse no estaba dentro de nuestros planes. Pero cuando a primera hora de la mañana del 3 de noviembre de 2008 escuchamos la encuesta de la radio del día previo a las elecciones mientras preparábamos nuestras bebidas calientes, de pronto tuvimos el presentimiento de que la Propuesta 815 iba a ser aprobada. Nuestro desconcierto nos tomó por sorpresa: revelaba una confianza pasiva e ingenua en que el arco del universo moral, a la larga, se inclina para el lado de la justicia. Pero en la realidad la justicia no tiene coordenadas ni teleología. Gugleamos «cómo casarse en Los Ángeles» y acto seguido nos pusimos en camino al ayuntamiento de Norwalk, donde, según prometía el oráculo, se podía consumar el hecho. Antes, dejamos a nuestro pequeño cargamento en una guardería.

A medida que nos acercábamos a Norwalk —¿dónde diablos estamos?— comenzaron a sucederse iglesias con variaciones en sus marquesinas de «un hombre + una mujer = la voluntad de Dios». También vimos docenas de casas suburbanas en las que habían clavado en el jardín delantero carteles con SÍ A LA Propuesta 8, con sus figuras de palito que no le daban tregua a su felicidad.

¡Pobre matrimonio! Marchábamos a matarlo (imperdonable). O a reforzarlo (imperdonable).

Afuera del ayuntamiento de Norwalk, había apostadas varias carpas blancas y, en el estacionamiento, una flota de camionetas azules de cazadores de noticias. Empezamos a sentir miedo: ninguno de los dos tenía ganas de convertirse en el niño del póster queer por casarse en territorio enemigo justo antes de la aprobación de la Propuesta 8. No queríamos salir retratados en el periódico del día siguiente junto a un lunático en bermudas blandiendo una pancarta de DIOS ODIA A LOS MARICONES. Frente a la ventanilla del registro civil dentro del ayuntamiento había una fila de proporciones épicas, mayormente maricones y tortilleras de todas las edades, junto a un montón de jóvenes parejas heterosexuales, en su mayoría latinos que parecían perplejos por la naturaleza de la muchedumbre de ese día. Dos hombres más viejos, que estaban delante nuestro, nos contaron que se habían casado hacía unos meses, pero que cuando el certificado de matrimonio llegó por correo, notaron que el funcionario había puesto mal las firmas. Estaban desesperados por rehacerlo, para que su matrimonio fuera oficial más allá de lo que pasara en las urnas.

Contrariamente a lo que había prometido internet, todas las horas estaban tomadas en la capilla, así que las parejas de la fila iban a tener que buscar otro lugar para una ceremonia oficial de algún tipo tras finalizar el papeleo. Nos costaba entender cómo un contrato firmado con el así llamado Estado secular exigía algún tipo de ritual espiritual. Las personas que ya tenían a alguien que oficiara su boda más tarde ese mismo día ofrecieron hacerlas comunitarias, para que así todo aquel que quisiera casarse antes de la medianoche pudiera hacerlo. Los hombres que estaban delante nuestro nos invitaron a unirnos a la boda que iban a celebrar en la playa de Malibú. Les dimos las gracias, pero marcamos el 411 de las páginas blancas y preguntamos por el nombre de alguna capilla matrimonial en West Hollywood (¿no es allí donde viven los queer?) Me figura una Capilla Hollywood en el Santa Mónica Boulevard, dijo la voz.

La Capilla Hollywood acabó siendo un hoyo en el muro al final de la cuadra donde viví los tres años más solitarios de mi vida. Unas vulgares cortinas de terciopelo marrón separaban la sala de espera de la capilla; ambos espacios estaban decorados con candelabros góticos de mala calidad, flores de plástico y paredes con un acabado imitación melocotón. En la entrada, una drag queen cumplía la triple labor de portera, guardaespaldas y testigo.

Lector: nos casamos allí, con la ayuda de la reverenda Lorelei Starbuck. Ella sugirió que preparáramos los votos con ella de antemano; le dijimos que no tenían importancia. Insistió. Dejamos los habituales, aunque despojados de pronombres. La ceremonia fue rápida, pero en cuanto recitamos nuestros votos, nos quebramos. Lloramos, aturdidos por nuestra buena fortuna, luego aceptamos con gratitud dos chupetines con forma de corazón cuyos envoltorios estaban estampados con las palabras LA CAPILLA DE HOLLYWOOD y corrimos a recoger al niño antes de que cerrara la guardería. Llegamos a casa y comimos budín de chocolate todos juntos embutidos en sacos de dormir en el porche, de cara a nuestra montaña.

Esa misma noche, la reverenda Starbuck —religión: «Metafísica», como anotó en nuestros formularios— apuró el envío de nuestros papeles, y los de otros cientos de parejas, a cuales fueran las autoridades facultadas para juzgar nuestro acto de habla como uno feliz. Hacia el final del día, el cincuenta y dos por ciento de los votantes californianos había votado a favor de la Propuesta 8, poniendo de ese modo fin a los matrimonios «del mismo sexo» en todo el estado y revirtiendo las condiciones de nuestra felicidad. La Capilla Hollywood desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido, a la espera, quizás, de renacer en otro momento.

Una de las cosas más irritantes de tener que oír una y otra vez la cantinela de «matrimonio del mismo sexo» es que no conozco a muchos queer —si es que los hay— para quienes «del mismo sexo» sea el elemento protagónico de su deseo. Es cierto que muchos escritos sobre sexo lésbico de los años setenta versaban sobre la calentura, e incluso sobre la transformación política, que despierta el encuentro con la mismidad. Este encuentro era, es, puede ser, importante, en tanto guarda relación con ver reflejado aquello que ha sido injuriado, con cambiar alienación o un asco internalizado por deseo y cuidado. Entregarse a la vagina de otra también es una manera de entregarse a la propia vagina. Pero sea cual sea la mismidad que he advertido en mis relaciones con mujeres, no es la mismidad de la Mujer, y ciertamente no es la mismidad de las partes. Más bien, se trata del saber compartido y apabullante de lo que entraña vivir bajo un patriarcado.

Mi hijastro ya está demasiado grande para jugar al soldado caído o a la familia Ballena. Mientras escribo, todo su gigantesco cuerpo está tumbado sobre el sofá rojo, los ojos cerrados, escuchando «Funky Cold Medina» en su iPod. Nueve años de edad.

Hay algo realmente extraño en el hecho de vivir en un momento histórico en el que los temores y las ansiedades de las fuerzas conservadoras respecto del rol de la comunidad queer en la caída de la civilización y sus instituciones (particularmente el matrimonio) choca con los temores y ansiedades que siente la comunidad queer por su fracaso o incapacidad de poner fin a la civilización y sus instituciones, y su frustración por el impensable giro neoliberal y asimilacionista que ha dado la corriente mayoritaria del movimiento LGBTQ+, que se ha gastado un dineral rogando para que se los admita en dos estructuras históricamente represivas: el matrimonio y las fuerzas armadas. «No soy de la clase de maricas que buscan pegar una calcomanía con el arcoíris en una metralleta», declaró CAConrad. Si la homonormatividad revela algo, es el hecho alarmante de que puedes ser victimizado sin de ninguna manera ser un radical; algo que suele suceder entre los homosexuales, así como en toda minoría oprimida16.

Esto no es un menosprecio de lo queer. Es un aviso: si pretendemos algo más que forzar nuestra entrada en estructuras represivas, nos queda mucho trabajo por delante.

En la intervención Pride de 2012 en Oakland, un grupo de activistas anti-asimilación desplegó una pancarta que decía: EL CAPITALISMO SE ESTÁ follando LO QUE TENEMOS DE QUEER. En un panfleto que repartieron se podía leer:

Sabemos que lo que resulta destructivo para la sociedad heterosexual jamás podrá convertirse en mercancía, arrebatándole sus cualidades contestatarias. De modo que nos mantenemos firmes: como temibles maricas, queers, tortilleras y chicas y chicos trans y género queer y todas las combinaciones y entremedios y también aquellos que al mismo tiempo niegan todo esto.

Esperamos nuestro momento, golpeando aquí y allá y fantaseando con un mundo donde todos los explotados se unan y ataquen. Queremos encontrarte, camarada, si esto es lo que quieres tú también.

Por la destrucción total del capital,

las perras malas que te harán mierda.

Su intervención me puso contenta: en este mundo hay cosas malas que hay que mandar a la mierda, y hace mucho tiempo que no sirve afirmar despreocupadamente que irse a la cama con quien quieras de la manera que quieras es una manera de sabotear el sistema. Sin embargo, nunca he sido capaz de responder al llamado de camarada o a hacerme parte de estas fantasías belicosas. De hecho, he llegado a interpretar el lenguaje revolucionario como una especie de fetiche. Y si ese es el caso, una respuesta a lo que está escrito más arriba podría ser: Pese a que nuestro diagnóstico es similar, nuestras perversiones son incompatibles.

Tal vez lo que hay que repensar es la palabra radical. Pero ¿hacia qué podríamos orientarnos en su lugar, o por añadidura? ¿Apertura? ¿Es esa una palabra suficientemente buena, suficientemente fuerte? Tú eres la única que sabe cuándo estás usando las cosas para resguardarte y cuidar que tu ego no se fragmente y cuándo te abres y dejas que las cosas se caigan a pedazos, dejando que el mundo sea el que es y trabajando a su lado en lugar de luchar contra él. Eres la única que lo sabe17. Pero la cuestión es que ni siquiera una lo sabe siempre.

En octubre de 2012, cuando Iggy tenía casi ocho meses de vida, me invitaron a dar una conferencia a la Universidad Biola, una casa de estudios evangélica cerca de Los Ángeles. El simposio anual que organizaba el Departamento de Arte estaba dedicado a la relación entre arte y violencia. Pasaban las semanas y no sabía qué hacer con la invitación. No era un viaje muy largo en coche; con una tarde de trabajo me alcanzaba para pagarle un mes completo a la niñera de Iggy. Pero estaba el hecho escandaloso de que la universidad expulsaba a los estudiantes gay o que tenían relaciones homosexuales. (Al igual que la política No Preguntes, No Cuentes de las fuerzas armadas, Biola no se toma la molestia de preguntarse si la homosexualidad es una identidad, un acto de habla o una conducta: cualquiera de ellas y estabas fuera.)

Para saber más, consulté en línea la misión doctrinaria de la universidad, y lo que descubrí fue que Biola rechaza de hecho todo acto sexual fuera del «matrimonio bíblico», que ellos definen como «una unión heterosexual, fundada en la fidelidad, entre un hombre genético y una mujer genética». (Me impresionó lo de «genético»... très au courant!) En otro lugar de la web descubrí que hay, o había, un grupo llamado Los Queer Clandestinos de Biola, que había surgido hacía unos años para manifestarse en contra de las medidas anti-gay de la universidad, sobre todo vía internet y pegando pósters anónimos en el campus. El nombre del grupo me pareció prometedor, pero mi entusiasmo se atenuó en cuanto leí el apartado de preguntas frecuentes en su página web:

P: ¿Cuál es la posición de los Clandestinos de Biola respecto de la homosexualidad?

R: Para nuestra sorpresa, hay quienes desconocen nuestra posición respecto de ser a la vez LGBTQ y cristianos. A fin de despejar toda duda, queremos aclarar que estamos a favor de celebrar las conductas homosexuales en su contexto apropiado: el matrimonio. [...] Nos ceñimos a la postura de Biola de que el sexo premarital es pecaminoso y no se corresponde con el plan que Dios tiene para la humanidad, y creemos que esto también vale para los homosexuales y otros miembros de la comunidad LGBTQ.

¿Qué clase de «queer» es esta?

Eve Kosofsky Sedgwick aspiraba a que lo «queer» albergara toda clase de resistencias y fracturas y discordancias que tuvieran poco o nada que ver con la orientación sexual. «Lo queer es un continuo momento, movimiento, motivo: recurrente, a contracorriente, problemático», dijo. «Es intensamente relacional, y extraño». Ella quería que el término denotara una excitación perpetua, que fuera una suerte de parámetro: un nominativo, como Argo, dispuesto a designar las partes cambiantes o disueltas, un medio que sirviera tanto para aseverar como para escapar. Eso es lo que hacen los términos reivindicados: retienen, insisten en retener una sensación de lo fugitivo.

Al mismo tiempo, Sedgwick decía que «en vista del histórico y contemporáneo poder de las prohibiciones que pesan sobre toda expresión sexual del mismo sexo, repudiar esos significados, o alejarlos del núcleo definicional del término [queer], supondría eliminar cualquier posibilidad material de lo propiamente queer».

En otras palabras, lo quería de ambos modos. Hay mucho que aprender de querer una cosa de ambos modos.

Sedgwick alguna vez propuso que «lo que se necesita —todo lo que se necesita— para que la descripción “queer” sea verdadera es la compulsión de usarla en primera persona», y que «el uso que cualquiera le da a “queer” para hablar de sí mismo significa algo distinto que cuando lo emplea para hablar de otro». A pesar de lo molesto que puede ser oír a un hombre blanco heterosexual referirse a un libro suyo como queer (¿tienes que poseerlo todo?), en última instancia probablemente sea para mejor. Sedgwick, que por mucho tiempo estuvo casada con un hombre con el cual tenía mayormente, como ella misma contaba, sexo convencional después de la ducha, conocía quizás mejor que nadie las posibilidades que tenía el uso del término en primera persona. Por esto recibió duras críticas; también por identificarse con los hombres gay (ni qué decir de como hombre gay) y por no concederles a las lesbianas más que uno que otro gesto aislado de reconocimiento. Algunos consideraban regresivo que la «reina de la teoría queer» persistiera en mantener a los hombres o a la sexualidad masculina en el centro de la acción (como en su libro Between Men: English Literature and Male Homosocial Desire), incluso si su propósito era realizar una crítica feminista.

Tales fueron los intereses y las cuestiones con las que Sedgwick se identificaba; siempre fue honesta. Y en persona desbordaba una sexualidad y un carisma mucho más poderoso, particular e irresistible de lo que los polos de masculinidad y feminidad jamás permitirían: uno que tenía que ver con ser gorda, pecosa, propensa a ruborizarse, generosa, estar cubierta de telas, ser increíblemente dulce, poseer una inteligencia casi sádica y, para cuando la conocí, tener una enfermedad terminal.

Cuanto más le daba vueltas a la misión doctrinaria de Biola, más segura estaba de apoyar a los grupos privados y basados en el consenso de adultos que deciden vivir juntos como se les da la gana. Si este particular grupo de adultos no quiere tener sexo fuera del «matrimonio bíblico», asunto de ellos. Al final, fue esta la frase que me mantenía despierta por las noches: «Los modelos inadecuados del origen [del universo] sostienen que (a) Dios nunca intervino directamente en la creación de la naturaleza y/o que (b) los seres humanos tienen un antepasado físico en común con formas de vida anteriores». Nuestro vínculo ancestral con formas anteriores de vida es sagrado para mí. Rechacé la invitación. En mi reemplazo ficharon a un «gurú de la escritura de guiones» de Hollywood.

De pronto, unas sombras muy oscuras interrumpieron la feliz vida que llevábamos en la casa de la colina. A tu madre, con quien yo solo había estado en una ocasión, le diagnosticaron cáncer de mama. El asunto de la custodia de tu hijo seguía en el aire, y era tal nuestro temor de que un juez homofóbico o transfóbico quedara a cargo de su destino, el destino de nuestra familia, que nuestros días se volvieron tormentosos. Hiciste todo cuanto pudiste para que se sintiera feliz y contenido: instalaste un tobogán en la tajada de concreto que era nuestro patio trasero, una piscina para bebés en el frente de la casa, armaste una estación de trenes Lego junto al radiador, colgaste un columpio desde los travesaños de su cuarto. Leíamos juntos libros antes de la hora de dormir, luego yo los dejaba que tuvieran un tiempo solos y desde el otro lado de la puerta cerrada escuchaba noche tras noche tu voz suave cantando «I’ve Been Working on the Railroad». Leí en uno de mis manuales para padrastros y madrastras que no debían evaluarse a diario los vínculos que se estaban creando en una nueva familia, o incluso cada mes o cada año, sino cada siete años. (Dicho lapso de tiempo me pareció ridículo; ahora, siete años después, me parece sabio y luminoso.) Tu incapacidad para habitar tu propia piel estaba llegando a su punto más alto: tu cuello y tu espalda latían de dolor día y noche porque tu pecho (y, por tanto, tus pulmones) llevaba oprimido casi treinta años. No querías, incluso cuando dormías, quitarte las vendas, pero en las mañanas el suelo siempre aparecía cubierto de sostenes deportivos modificados, pedazos de tela sucia. «Aplastadores», así los llamabas.

Solo quiero que te sientas libre, te dije con rabia disfrazada de compasión, compasión disfrazada de rabia.

¿Todavía no lo entiendes?, me respondiste a los gritos. Jamás me sentiré tan libre como tú, jamás me sentiré a gusto en este mundo, jamás me sentiré a gusto en mi propia piel. Así son las cosas y así serán siempre.

Bueno, entonces de verdad lo siento por ti, dije.

O quizás: Perfecto, pero no me arrastres contigo.

Sabíamos que algo, todo tal vez, tenía que cambiar. Abrigábamos la esperanza de que no fuéramos nosotros.

Me mostraste un ensayo acerca de marimachas y femmes en el que se decía que «ser una femme es una manera de honrar algo que antes era vergonzoso». Intentabas decirme algo, darme información que podría serme útil. No creo que tu intención fuera que me quedara pegada a ese pasaje —tal vez ni siquiera lo habías notado—, pero ahí me quedé. Quería, y todavía quiero, ofrecerte cualquier regalo que esté a mi alcance y que te haga más fácil la vida; veía y aún veo con rabia y angustia el entusiasmo con que el mundo le echa baldes de mierda a aquellos de nosotros que atacan con ferocidad o simplemente no pueden evitar atacar con ferocidad las normas que con tanta urgencia necesitan ser atacadas. Sin embargo, también estaba confundida: jamás me había considerado una femme; sabía que uno de mis hábitos era dar demasiado de mí; le temía al verbo honor. ¿Cómo podía decirte todo esto y quedarme dentro de nuestra burbuja, riendo sobre el sofá rojo?

Te dije que quería vivir en un mundo donde el antídoto a la vergüenza no fuera el honor sino la honestidad. Dijiste que yo no había entendido bien lo que tú entendías por honor. Desde entonces que no hemos dejado de explicarnos qué significan estas palabras para cada uno de nosotros. Quizás nunca dejemos de hacerlo.

Has escrito sobre todos los aspectos de tu vida, salvo sobre este, salvo sobre la parte queer, dijiste.

No me jodas, te respondí, no he escrito sobre eso todavía.

En medio de todo esto, comenzamos a hablar de embarazarnos. Cada vez que alguien me preguntaba por qué quería tener hijos, no sabía qué contestar. Pero la mudez del deseo era inversamente proporcional a su tamaño. Había sentido el deseo antes, pero en los últimos años me había dado por vencida o, mejor dicho, lo había abandonado. Y aquí estábamos ahora. Esperando, como tantos otros, a que fuera el momento oportuno. Pero ahora yo era más vieja y tenía menos paciencia; me había dado cuenta de que abandonar debía transformarse en buscarlo, y pronto. ¿Cómo y cuándo lo intentaríamos? ¿Cuánto lo lamentaríamos si le diéramos la espalda? ¿Y qué pasaría si llamábamos y el espíritu del bebé no aparecía?

Como sugieren conceptos como el de maternidad «suficientemente buena», Winnicott es un alma de temperamento bastante sanguíneo. Pero también se esfuerza por recordarnos cómo será la experiencia del bebé en caso de que el ambiente de contención no sea lo suficientemente bueno:

Las agonías primitivas

Caer para siempre

Todo tipo de desintegraciones

Cosas que quiebran la unidad entre psique

/y cuerpo

Los frutos de la privación

hacerse pedazos

caer para siempre

agonizar y agonizar y agonizar

perder todo vestigio de esperanza en la

/renovación de los contactos

Se podría argumentar que Winnicott está hablando de manera metafórica aquí, tal como lo ha expresado Michael Snediker en un contexto más adulto: «A pesar de lo que dice Bersani, uno no se hace realmente pedazos cuando está hecho mierda». Pero aun si es posible que un bebé no muera cuando fracasa su ambiente de contención, puede, en efecto, agonizar y agonizar y agonizar. La cuestión de lo que una psique o un alma pueda experimentar depende, en gran parte, de lo que uno crea que la compone. El espíritu es materia reducida a una extrema delgadez: ¡Oh, cuán delgada!18

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9788417348328
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