Kitabı oku: «Los terroristas»

Yazı tipi:

Título original: Terroristema

© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1975.

© de la traducción: Elda García-Posada, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CODI SAP: OEBO269

ISBN: 9788490067208

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

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Notas

1

El jefe nacional de policía sonreía. Esa sonrisa juvenil y encantadora solía reservarla para la prensa y la televisión, y no la prodigaba con demasiada frecuencia al grupo de miembros pertenecientes al círculo íntimo constituido por el jefe de departamento de la Dirección General de Policía, Stig Malm; el jefe de la policía de seguridad, Eric Möller; y el jefe de la Brigada Nacional de Homicidios, el comisario Martin Beck.

Solo uno de los tres hombres respondió con otra sonrisa.

Stig Malm tenía unos hermosos dientes muy blancos, de manera que le gustaba sonreír para mostrarlos. Sin ser consciente de ello, con el tiempo había adquirido una amplia gama de diferentes sonrisas. La que utilizaba en ese momento solo podía describirse como aduladora y zalamera.

El jefe de la policía de seguridad ahogó un bostezo y Martin Beck se sonó la nariz.

No eran más que las siete y media de la mañana, el momento favorito del jefe nacional de policía para convocar reuniones repentinas, lo que de ninguna manera significaba que tuviera la costumbre de llegar a la jefatura a esas horas. A menudo no aparecía hasta casi las doce del mediodía e incluso entonces la mayor parte de las veces no estaba disponible ni siquiera para sus colaboradores más cercanos. «Mi oficina es mi castillo», podría haber sido la divisa que adornara su puerta pues, en efecto, constituía una fortaleza inexpugnable, custodiada por un secretario bien entrenado, al que con razón llamaban «el Dragón».

Esa mañana mostraba su lado más sanote y amable. Incluso había hecho llevar un termo con café y tazas de porcelana en lugar de los habituales vasos de plástico.

Stig Malm se levantó para servir el café.

Ya antes de que volviera a sentarse, Martin Beck sabía que primero iba a pellizcarse la raya del pantalón y, después, a pasarse con delicadeza la palma de la mano por las bien peinadas ondas de su pelo.

Stig Malm era su superior inmediato, pero Martin Beck no sentía el más mínimo respeto por él. Su petulante coquetería y su zalamera adulación hacia los grandes potentados eran características que habían dejado de fastidiar a Martin Beck: ahora simplemente las encontraba ridículas. Sin embargo, lo que le irritaba y constituía a menudo un obstáculo para su trabajo era la rigidez del tipo y su falta de autocrítica, una falta de autocrítica tan amplia y devastadora como su ignorancia completa respecto a la praxis del trabajo policial. Que hubiera llegado a un cargo tan alto se debía a su condición de trepa, a su oportunismo político y a una cierta habilidad administrativa.

El jefe de la policía de seguridad echó cuatro terrones de azúcar en su café, lo agitó con la cuchara y se lo bebió a sorbos.

Malm se tomó el suyo sin azúcar, preocupado como estaba por mantener la línea.

Martin Beck no se encontraba bien, de modo que no quería tomar café tan temprano por la mañana.

El jefe nacional de policía se echó, además de azúcar, nata, y levantó la taza dejando el dedo meñique estirado. La vació de un trago y la apartó al mismo tiempo que se acercaba una delgada carpeta verde que reposaba en una esquina de la reluciente mesa de reuniones.

—¡Eso es! —exclamó mientras sonreía de nuevo—. Primero, un café, y luego podemos ponernos a trabajar.

Martin Beck miró tristemente su taza de café intacta, muriéndose de ganas por tomar un vaso de leche fría.

—¿Cómo estás, Martin? —preguntó el jefe nacional de policía con empatía fingida en su voz—. Tienes mala cara. No te vas a poner otra vez enfermo, ¿verdad? Sabes que no podemos permitirnos el lujo de prescindir de ti.

Martin Beck no iba a ponerse enfermo. Estaba ya enfermo. Había estado bebiendo vino con su hija de veintidós años y el novio de esta hasta las tres y media de la madrugada y sabía que por eso tenía mal aspecto. Pero no tenía ganas de hablar de su autoinfligida indisposición con su máximo superior, y, además, en su opinión, eso que había dicho de «otra vez» no era del todo justo. Se había quedado en casa con gripe y fiebre alta durante tres días a principios de marzo y ahora era ya 7 de mayo.

—No —respondió—. Estoy bien. Solo un poco acatarrado.

—La verdad es que tienes mal aspecto —comentó Stig Malm.

Ni tan siquiera fingía empatía en su voz, más bien tenía un tono de reproche.

—Muy malo, la verdad.

Miró inquisitivamente a Martin Beck, quien, mientras su irritación crecía, contestó:

—Gracias por preocuparte, pero estoy bien. Supongo que no nos hemos reunido para hablar de mi aspecto o mi estado de salud.

—No, eso es verdad —asintió el jefe nacional de policía—. Al grano.

Abrió la carpeta verde. A juzgar por su contenido —como máximo tres o cuatro folios— había esperanza de que la reunión no se prolongara demasiado.

El primer folio era una carta escrita a máquina con un gran sello verde bajo el garabato de la firma y un membrete que desde su asiento Martin Beck no podía descifrar.

—Como recordaréis, hemos abordado nuestra relativa falta de experiencia en cuestiones de vigilancia y seguridad durante las visitas de Estado y similares situaciones delicadas. Momentos en los que cabe esperar la convocatoria de manifestaciones particularmente violentas, así como tentativas de atentados mejor o peor planeadas —comenzó el jefe nacional de policía, cayendo automáticamente en el pomposo estilo que caracterizaba sus apariciones públicas.

Stig Malm emitió un murmullo de asentimiento; Martin Beck no dijo nada, pero Eric Möller objetó:

—Bueno, tan inexpertos no somos. La visita de Kruschev se organizó correctamente, sí, exceptuando el cerdo ese pintado de rojo que alguien soltó en los escalones del Palacio Real; y también estuvo bien la de Kosygin, tanto desde el punto de vista organizativo como del de seguridad. Y la Conferencia del Medio Ambiente, por poner un ejemplo tal vez un poco distinto.

—Sí, es cierto, pero esta vez nos enfrentamos a un problema más difícil. Me refiero a la visita del senador de Estados Unidos a finales de noviembre. Puede convertirse en una patata caliente, si se me permite la expresión. Nunca hemos tenido que afrontar la recepción de invitados de honor estadounidenses, pero ahora nos toca hacerlo. La fecha está fijada y ya he recibido algunas instrucciones. Tenemos que hacer los preparativos con la suficiente antelación y ser extremadamente meticulosos. Hemos de estar preparados para cualquier cosa. Sobre todo, claro está, debemos prever ataques provenientes de la extrema izquierda y de otros psicópatas fanáticos que tienen la guerra de Vietnam metida en la cabeza. Pero también de grupos terroristas extranjeros. —El jefe de policía ya no sonreía—. Esta vez nos tendremos que enfrentar a hechos más violentos que el lanzamiento de huevos —dijo con gravedad—. Debes ser consciente de ello, Eric.

—Podemos tomar medidas preventivas —intervino Möller.

El jefe nacional de policía se encogió de hombros.

—Hasta cierto punto sí —asintió—. Pero no podemos eliminar, detener y encerrar a cualquiera que suponga un riesgo potencial, tú lo sabes tan bien como yo. Yo he de obedecer órdenes y tú también.

«Y yo», pensó Martin Beck sombríamente.

Todavía estaba tratando de leer el texto impreso en la parte superior de la carta que reposaba sobre la carpeta verde. Le pareció distinguir la palabra POLICE o posiblemente POLICÍA. Le ardían los ojos y sentía la lengua áspera y seca como papel de lija. A regañadientes, tomó un sorbo de aquel café tan amargo.

—Pero ese tema lo trataremos más adelante —prosiguió el jefe nacional de policía—. De lo que yo quería hablar hoy con vosotros es de esta carta. —Dio unos golpecitos con el dedo índice en el papel que contenía la carpeta abierta—. Tiene una estrecha relación con nuestro inminente problema —añadió.

Le dio la carta a Stig Malm para que la hiciera circular alrededor de la mesa antes de continuar:

—Se trata, como veis, de una invitación, en respuesta a nuestra solicitud de enviar un observador a ese país durante una próxima visita de Estado. Dado que el presidente visitante no es demasiado popular allí, van a movilizar todas las fuerzas disponibles para protegerlo. Al igual que en muchos otros países de América Latina, aquí se han intentado cometer muchos atentados, tanto contra políticos nacionales como contra extranjeros. De manera que tienen una considerable experiencia y me atrevo a pensar que el cuerpo de policía y el servicio de seguridad están cualificados de sobra. Estoy convencido de que podemos aprender mucho si estudiamos sus métodos y recursos.

Martin Beck echó un vistazo a la carta, que estaba escrita en inglés y en un tono muy formal y educado.

La visita presidencial estaba prevista para el 5 de junio, es decir, en apenas un mes, y el representante de las autoridades policiales suecas estaba invitado a acudir dos semanas antes con el fin de poder estudiar en detalle las fases más importantes de preparación del trabajo. La firma era elegante y completamente ilegible, pero la descifraba un nombre mecanografiado: español, largo y en apariencia noble y distinguido.

El jefe de policía guardó la carta en la carpeta.

—El problema es a quién enviar —dijo.

Stig Malm levantó la mirada al techo, pensativo, pero no habló.

Martin Beck temía que sería él la persona elegida. Cinco años atrás, antes de salir de su desgraciado matrimonio, habría aceptado con mucho gusto la misión, a fin de alejarse de casa durante un tiempo. Ahora lo que menos le apetecía era viajar, de modo que se apresuró a comentar:

—Esta es más bien una tarea propia del Departamento de Seguridad.

—Yo no puedo ir —objetó Möller—. En primer lugar, no puedo ausentarme del departamento porque tenemos algunos problemas de reorganización en la Sección A que llevará algún tiempo resolver. En segundo lugar, nuestro departamento ya tiene bastante preparación en estos temas, de manera que sería más útil que fuera alguien no tan versado en cuestiones de seguridad. Alguien de la policía criminal, se me ocurre, o de la policía de orden público. El que vaya nos transmitirá sus experiencias cuando regrese y de ese modo nos beneficiaremos todos.

El jefe de policía asintió.

—Sí, hay algo de cierto en lo que dices, Eric. Además, como tú mismo has señalado, no podemos prescindir de ti en estos momentos. Ni de ti, Martin.

Para sus adentros, Martin Beck dio un profundo suspiro de alivio.

—Además, yo no hablo español —añadió el jefe de la policía de seguridad.

—¿Quién demonios crees tú que habla español? —exclamó Malm con una sonrisa amigable.

Era consciente de que tampoco el jefe nacional de policía dominaba la lengua castellana.

—Conozco a alguien que sí que lo habla —apuntó Martin Beck.

Malm enarcó las cejas.

—¿Quién? ¿Alguien de la policía criminal?

—Sí. Gunvald Larsson.

Malm elevó las cejas unos centímetros más. A continuación, sonrió con incredulidad.

—Pero a él no podemos enviarlo, ¿o qué?

—¿Por qué no? —preguntó Martin Beck—. Creo que sería una tarea adecuada para él.

Él mismo notó que su voz sonaba alterada.

Por lo general, no era dado a romper lanzas a favor de Gunvald Larsson, pero el tono de Malm le había irritado, y además estaba acostumbrado a que sus opiniones y las de Stig Malm nunca coincidieran. Por eso se ponía en su contra casi de forma automática.

—Es un maleducado, y no es ni mucho menos representativo del cuerpo —alegó Malm.

—¿De verdad habla español? —preguntó el jefe nacional de policía, dubitativo—. ¿Dónde lo ha aprendido?

—Estuvo en varios países de habla española cuando fue marinero —respondió Martin Beck—. Esa ciudad tiene un puerto importante, así que seguro que él ya ha estado allí. Por otra parte, habla inglés, francés y alemán con fluidez. Y un poco de ruso. Mira sus papeles y verás.

—En todo caso, es un maleducado —insistió Stig Malm.

El jefe nacional de policía se quedó pensativo.

—Voy a mirar su expediente —dijo—. De hecho, lo tenía en mente. Es cierto que tiene tendencia a ser un poco bruto y grosero, y se comporta de modo demasiado despótico. Pero no se puede negar que es uno de nuestros mejores inspectores criminales, a pesar de que le cuesta obedecer órdenes y atenerse a las normas.

Se volvió hacia el jefe de la policía de seguridad.

—¿Qué te parece, Eric? ¿Crees que sería adecuado para el trabajo?

—Bueno, no me cae muy bien, pero por lo demás no tengo nada que objetar. Lo que necesitamos es un hombre experimentado y con buenas facultades de observación; el hecho de que Gunvald Larsson tenga experiencia y además sea audaz e independiente puede tal vez, en este caso en particular, ser algo bueno. Que hable el idioma y conozca el país es, por supuesto, una gran ventaja.

Malm parecía disgustado.

—Creo que sería del todo inapropiado enviarle —insistió—. Va a hacer quedar mal a toda la policía sueca con sus modales groseros. Se comporta como un bestia y emplea un lenguaje más propio de un estibador que de un exoficial de la marina.

—Tal vez no cuando habla español —observó Martin Beck—. Aunque se expresa con cierta rudeza a veces, al menos sabe cuándo hay que hacerlo.

Eso no era del todo cierto. Hacía poco, Martin Beck había oído cómo Gunvald Larsson llamaba a Malm «ese petulante gilipollas culo gordo» en su presencia, pero afortunadamente Malm no había captado que el calificativo se refería a él.

El jefe nacional de policía no pareció prestar mucha atención a las objeciones de Malm.

—Tal vez no es una propuesta tan descabellada —dijo pensativo—. Esa tendencia suya a exhibir una conducta descortés no creo que sea un problema en este caso. Puede comportarse bien cuando se lo propone. Tiene unos antecedentes privilegiados, en comparación con la mayor parte de los miembros del cuerpo. Viene de una familia culta y acomodada, lo que entre otras cosas significa que ha sido educado en las mejores escuelas y que le han enseñado cómo portarse correctamente en todas las situaciones imaginables. Todo eso no se olvida, a pesar de que parezca hacer todo lo posible por ocultarlo.

—Ya creo que lo hace —murmuró Malm.

Martin Beck supuso que a Stig Malm le habría gustado asumir la misión y que estaba molesto porque ni siquiera se le hubiera tenido en cuenta. También pensó que les vendría bien librarse por un tiempo de Gunvald Larsson, que no caía demasiado bien a sus colegas y que tenía una capacidad bastante inusual de crear descontento y generar problemas y complicaciones.

De todos modos, el jefe nacional de policía no parecía estar del todo conforme con su propio razonamiento, de manera que Martin Beck lo alentó:

—Creo que deberíamos enviar a Gunvald. Cumple todos los requisitos para esta tarea.

—Me he dado cuenta de que cuida su aspecto —observó el jefe nacional de policía—. Su forma de vestir denota buen gusto y preferencia por las cosas de calidad. Eso, sin duda, causa una buena impresión.

—Así es —corroboró Martin Beck—. Es un detalle importante.

Era consciente de que su propia indumentaria difícilmente podía considerarse de buen gusto. Sus holgados pantalones estaban sin planchar, el cuello alto del jersey se había dado de sí tras muchos lavados, y a la desgastada chaqueta de tweed le faltaba un botón.

—La brigada antiviolencia cuenta con suficiente personal, por lo que debería ser capaz de sobrevivir quince días sin Larsson —agregó el jefe nacional de policía—. ¿O tenéis alguna otra propuesta?

Todos negaron con la cabeza.

El mismo Malm parecía haberse dado cuenta de las ventajas de mantener a Gunvald Larsson a una distancia prudencial durante un tiempo; mientras que Eric Möller, bostezando de nuevo, parecía contento de que la reunión tocase a su fin.

El jefe nacional de policía se puso de pie y cerró la carpeta.

—Bien —concluyó—. Entonces estamos de acuerdo. Me encargaré personalmente de notificar a Larsson nuestra decisión.

Gunvald Larsson recibió el mensaje sin gran entusiasmo. Tampoco le halagaba particularmente que se le hubiera elegido para aquella misión. Tenía una alta e imperturbable autoestima, pero no se le escapaba el hecho de que algunos de sus colegas darían un suspiro de alivio cuando él se marchara, lamentando solo que no fuera para siempre.

Era consciente de que los amigos que tenía en el cuerpo se podían contar con los dedos de una mano; en realidad, que él supiera, bastaba con un dedo. También sabía que lo consideraban rebelde y problemático, y que su futuro como policía a menudo pendía de un hilo.

Este hecho no le preocupaba lo más mínimo.

Cualquier otro funcionario de su rango y nivel salarial habría sentido por lo menos cierta ansiedad ante la amenaza constante de ser suspendido o incluso cesado, pero a Gunvald Larsson eso no le quitaba el sueño.

Soltero y sin hijos, no tenía a nadie que dependiera de él.

Con su familia, cuya vida snob de clase alta despreciaba, había roto toda relación hacía mucho tiempo.

Se preocupaba poco acerca de su futuro.

Durante sus años en el cuerpo de policía, había considerado a menudo la posibilidad de volver a su antigua profesión. Ahora estaba a punto de cumplir cincuenta años y se daba cuenta de que probablemente nunca más se haría a la mar.

Mientras la fecha de su partida se acercaba, Gunvald Larsson descubrió que realmente le ilusionaba la misión, que a pesar de tener importancia, no tenía pinta de ser particularmente difícil. Eso significaba por lo menos un par de semanas de cambio en la rutina del trabajo diario. Empezó a aguardar con impaciencia el viaje, como si se tratara de unas vacaciones.

La noche antes de su partida, Gunvald Larsson, solo con los calzoncillos puestos, se hallaba en el dormitorio de su piso en Bollmora, contemplando el reflejo de su cuerpo en el gran espejo de la puerta del armario.

Le encantaba el estampado de esos calzoncillos, alces amarillos sobre fondo azul, y por eso tenía cinco pares más como aquel. Media docena de la misma variedad, solo que verdes con alces rojos, estaban ya metidos en la gran maleta de piel que reposaba abierta sobre la cama.

Gunvald Larsson, que medía uno noventa y seis, era un hombre fuerte y musculoso, con grandes manos y pies. Se acababa de duchar y de modo rutinario se subió a la báscula del baño, que indicó ciento doce kilos. Durante los últimos cuatro o tal vez cinco años había ganado alrededor de diez kilos; ahora miraba con disgusto el michelín que le sobresalía por encima de la cinturilla de los calzoncillos.

Metió el estómago y pensó que tal vez debería visitar el gimnasio de la jefatura de policía un poco más a menudo. O empezar a nadar cuando terminaran las obras de la piscina del nuevo edificio.

Pero a decir verdad estaba bastante satisfecho con su aspecto.

Tenía cuarenta y nueve años, pero la línea de nacimiento de su espeso y abundante pelo no había retrocedido ensanchándole la frente, sino que se mantenía baja, con dos rayas pronunciadas.

Ese cabello, que llevaba muy corto, era tan rubio que las canas no se le veían. Ahora, húmedo y recién peinado, lucía liso y brillante sobre su ancha coronilla, pero una vez seco se le encresparía y adquiriría un aspecto hirsuto y rebelde. Sus cejas eran espesas, del mismo color que el pelo, y en su nariz, grande y bien formada, había excavados dos amplios orificios nasales. Los ojos claros, color azul porcelana, parecían pequeños en su enorme rostro y quizá estaban un poco juntos, lo cual, en las ocasiones en que se quedaba ensimismado y con la mirada vacía, le confería un engañoso aire de estupidez. Cuando se enfadaba, lo que sucedía a menudo, se le formaba una arruga de furia sobre la nariz, y su mirada azul porcelana podía infundir pavor tanto a los criminales más violentos como a los subordinados. Sus berrinches eran ahora tan famosos y temidos en las seis comisarías de Estocolmo como antes lo habían sido, si no en los siete mares, sí al menos entre la tripulación y los oficiales de los barcos de los que había estado al mando.

Y, en general, como se ha dicho, estaba contento con su aspecto físico.

Solo una persona se libraba de ser blanco de las iras de Gunvald Larsson: Einar Rönn, subinspector primero de la Brigada Nacional de Homicidios de Estocolmo, y su único amigo. Rönn era un norteño apacible y taciturno cuya roja nariz, que moqueaba constantemente, dominaba su semblante hasta el punto de que era difícil fijarse en otros rasgos. Albergaba en su interior el inextinguible deseo de volver a su pueblo natal, cerca de Arjeplog, en Laponia.

A diferencia de Gunvald Larsson, estaba casado y tenía un hijo. Su mujer se llamaba Unda, y su hijo, Mats, y él mismo tenía un segundo nombre de pila que de mala gana daba a conocer: su madre había sido en su juventud gran admiradora del mayor ídolo cinematográfico de la época, de manera que había bautizado a su primogénito con el nombre de Valentino.

Dado que Gunvald Larsson y Rönn trabajaban en el mismo departamento, se veían casi a diario, pero además también quedaban en su tiempo libre. Cuando podían coger vacaciones a la vez, se marchaban a Arjeplog, donde se dedicaban principalmente a la pesca.

Ninguno de sus colegas podía entender cómo había surgido esa amistad entre dos personalidades tan diferentes, y muchos se maravillaban de cómo Rönn, con estoica calma y unas cuantas palabras, pudiera hacer que un furioso Gunvald Larsson se volviera manso como un cordero.

Gunvald Larsson pasó revista a la hilera de trajes de su nutrido vestuario.

Conocía bien el clima del país anfitrión y recordaba algunas sofocantes semanas de principios de verano, muchos años atrás, en esa ciudad portuaria. Para soportar el calor de esas latitudes debía llevar ropa ligera y solo tenía dos trajes que fueran lo suficientemente frescos.

Para asegurarse, se los probó y descubrió, para su amarga sorpresa, que uno de ellos ya no le valía en absoluto y que los pantalones del otro solo podía abrochárselos con gran esfuerzo e inspirando profundamente. Además, le quedaban demasiado ceñidos a los muslos; la chaqueta por lo menos podía abrochársela sin dificultad, pero le apretaba en los hombros, de modo que limitaría su libertad de movimientos o acabaría rasgándose en las costuras.

Volvió a colgar en el armario el traje inservible y puso el otro sobre la maleta. Tenía que valerle. Se lo había hecho a medida cuatro años antes, y era de fino algodón egipcio, de color beis con finas rayas blancas.

En la maleta ya había guardado, además de los calzoncillos, zapatos, zapatillas, artículos de tocador, calcetines, pañuelos, camisas, un pijama y una bata de seda tan azul como sus ojos.

Gunvald Larsson no bebía alcohol, pero había comprado una botella de aguardiente Lysholm Linie por si acaso se topaba con alguien a quien le gustase y así poder hacerle un regalo. Envolvió la botella en una camiseta verde con alces rojos, y la puso bajo las camisas.

Completó su equipaje con tres pares de pantalones de color caqui, una chaqueta de shantung y el traje que le quedaba ceñido. En el bolsillo interior metió una de sus novelas favoritas, La huella azul, de Julius Regis.

Luego, tras cerrar la maleta, abrochar las hebillas de bronce de sus anchas correas y echar la llave, colocó el equipaje en el pasillo.

A la mañana siguiente, Einar Rönn iba a llevarlo en coche hasta el aeropuerto de Arlanda, que contaba, como la mayoría de los aeródromos suecos, con unas instalaciones muy desangeladas y fuera de lugar, las cuales conseguían ofrecer de maravilla, a los ilusionados visitantes, una caricatura de Suecia peor de lo que el país realmente se merecía.

Y es que no le apetecía nada dejar aparcado su propio EMW durante tanto tiempo en el aeropuerto.

Gunvald Larsson arrojó los calzoncillos de alces amarillos sobre fondo azul al cesto de la ropa en el cuarto de baño, se puso el pijama y se fue a la cama.

La inminencia de un viaje nunca le alteraba los nervios, de modo que se durmió casi de inmediato.

2

El experto en seguridad no le llegaba a Gunvald Larsson ni siquiera a los hombros, pero era de constitución bien proporcionada y resultaba muy elegante con su traje azul claro de pantalones acampanados, planchados con sumo esmero. Completaban su atuendo una camisa rosa, relucientes y puntiagudos zapatos negros y una corbata de seda de color morado oscuro. La única nota discordante era la funda sobaquera de la pistola, que le hacía un bulto debajo de la axila izquierda.

El experto en seguridad se llamaba Francisco Bajamonde Cassavetes y Larrinaga; tenía el pelo casi negro, la piel de color moca claro y ojos aceitunados. Provenía de una familia muy distinguida y ocupaba un alto cargo. Gunvald Larsson también pertenecía a la clase alta, aunque eso era algo que él no podía soportar, y sus ciento doce kilos le daban una apariencia más inequívocamente basta y grosera que refinada.

Francisco Bajamonde Cassavetes y Larrinaga extendió el plan de seguridad sobre la balaustrada, pero Gunvald Larsson en vez de mirar esos papeles contempló su traje: el sastre de la policía había tardado siete días en hacérselo, con un resultado excelente, porque ese era un país donde los sastres tenían todavía un nivel alto. El único motivo de discusión había sido el hueco para la funda sobaquera, que para el sastre era algo obvio. Pero Gunvald Larsson nunca utilizaba funda, sino que llevaba su arma sujeta con una hebilla al cinturón. Allí, en el extranjero, naturalmente, no iba a ir armado, pero se trataba de que pudiera usar el traje en Estocolmo. Hubo una breve disputa y, por supuesto, se salió con la suya. No faltaba más. Hondamente satisfecho, miró sus bien cortadas perneras, suspiró con placer y contempló los alrededores.

Se hallaban en el octavo piso del hotel, un lugar elegido con extremo cuidado. La comitiva iba a pasar por debajo del balcón para detenerse en el palacio provincial a una manzana de allí. Gunvald Larsson lanzó una mirada cortés al plano, pero sin mucho entusiasmo, ya que a esas alturas se lo sabía de memoria. Sabía que el puerto se hallaba cerrado al tráfico desde las cinco de la mañana y que, asimismo, el aeropuerto civil estaba cerrado desde que el avión presidencial había aterrizado.

Ante sí tenían el puerto y el mar azul celeste. En los fondeaderos exteriores había anclados varios barcos de pasajeros y algunos buques de carga de gran tamaño. En movimiento solo había un buque de guerra, una fragata y unas pocas lanchas de la policía en la dársena interior.

Bajo su puesto de observación se extendía el paseo, flanqueado de palmeras y acacias. Enfrente había una parada de taxis, y más allá, una hilera de coloridas carrozas. Unos y otras habían sido sometidos a controles exhaustivos.

Todas las personas en la zona, salvo la policía militar y los gendarmes que formaban una barrera de un brazo de distancia a ambos lados del paseo, habían pasado por un detector de metales similar a los que existen en los grandes aeropuertos.

Los uniformes de los gendarmes eran verdes; los de la policía militar, azul grisáceos. Los gendarmes calzaban botas; la policía militar, botines.

Gunvald Larsson reprimió un suspiro. Había recorrido esa ruta en el ensayo de la mañana. Todo había estado donde tenía que estar, salvo el propio presidente.

La comitiva iba a tener la siguiente estructura: en primer lugar, quince motocicletas con policías de seguridad especialmente entrenados. A continuación, otras quince con oficiales de la policía regular, seguidas de dos vehículos cargados de agentes de seguridad. Luego vendría el automóvil presidencial, un Cadillac negro blindado con cristal azul. Gunvald Larsson había ido sentado en el asiento de atrás como doble, lo cual, sin lugar a dudas, constituía un honor.

El siguiente vehículo era un descapotable modelo americano, repleto de agentes de seguridad.

Y por último, más policías en motocicleta, seguidos de un autobús de la radio y de coches con otros periodistas autorizados.

Además de todo ello, agentes de seguridad vestidos de paisano se hallaban diseminados a lo largo del camino desde el aeropuerto.

Un detalle al menos ya se le había hecho familiar.

Todas las farolas estaban decoradas con fotos del presidente. La ruta era algo más que bastante larga, y a Gunvald Larsson le había dado tiempo de aburrirse de tanto ver esa cabeza engastada en un robusto cuello de toro, ese rostro hinchado y esas gafas negras de montura de acero esmaltada en negro.

Esa era la protección a ras de suelo.

Los cielos estaban dominados por helicópteros militares en tres niveles, con tres unidades en cada grupo. A mayor abundamiento, una división de Starfighters controlaba las capas superiores atmosféricas.

El despliegue se caracterizaba por un grado de perfección tal que era difícil imaginar que hubiera sorpresas desagradables.

El calor a esas horas centrales del día era, por decirlo suavemente, opresivo.

Gunvald Larsson estaba sudando, aunque no mucho. No podía concebir la posibilidad de que algo saliera mal. Los preparativos habían sido especialmente prolijos y minuciosos, y la planificación había durado meses.

Se había constituido un grupo especialmente encargado de buscar errores en la planificación. Se habían efectuado también algunos ajustes. A ello se añadía que todos los intentos de atentado en ese país habían fracasado, y no habían sido pocos. El jefe nacional de policía probablemente tenía razón al decir que allí estaban los expertos más cualificados en la materia.

A las tres menos cuarto de la tarde, Francisco Bajamonde Cassavetes y Larrinaga lanzó una mirada al reloj.

—Twenty-one minutes to go, I presume1 —dijo.

No habría hecho falta mandar a un delegado que hablara español. El experto en seguridad se expresaba en un perfecto inglés de la BBC, propio de los clubes más sofisticados de Belgravia.

Gunvald Larsson miró su propio cronógrafo y asintió.

Eran, para ser más exactos, las tres menos trece minutos y treinta y tres segundos del miércoles 5 de junio de 1974.

A la entrada del puerto, la fragata viró para disparar la salva de saludo, que a la hora de la verdad era su única misión.

Por encima del paseo, los ocho aviones de ataque dibujaban blancas franjas zigzagueantes en el luminoso cielo azul.

Gunvald Larsson miró a su alrededor. Al final del paseo se erigía una enorme plaza de toros de ladrillo, con arcos de medio punto revocados en rojo y negro. En el otro extremo estaban justo en ese momento activando los chorros multicolores de una fuente muy alta: la sequía ese año había sido inusualmente severa y los surtidores —ese no era el único— se ponían en funcionamiento solo en ocasiones particularmente solemnes.

A pesar de las diferencias, en general ese país era, al igual que Suecia, una democracia simulada, gobernada por una economía capitalista y por cínicos políticos profesionales que se preocupaban por dar la impresión de que su política era una especie de socialismo, que, de hecho, era solo eso: una «especie de».

Además de la diferencia horaria, las discordancias más llamativas estribaban en la religión, que era distinta, y en que allí se había adoptado desde hacía tiempo una forma republicana de gobierno.

Ya se oía el zumbido de los helicópteros y las bocinas de las sirenas.

Gunvald Larsson comprobó de nuevo la hora: la procesión parecía que comenzaba mucho antes de lo previsto. A continuación barrió con su mirada azul porcelana el puerto, para constatar que todas las lanchas de la policía se habían puesto en movimiento. La instalación portuaria en sí no había cambiado mucho desde que él estuvo allí como oficial de la marina: eran los barcos los que presentaban un aspecto totalmente distinto. Superpetroleros, portacontenedores y transbordadores, en los que importaban más los coches que los pasajeros: todos esos eran fenómenos que no había llegado a presenciar durante sus años en el mar.

Naturalmente, Gunvald Larsson no era el único que se había dado cuenta de que la sucesión de los acontecimientos se había iniciado antes de la hora prevista.

Cassavetes y Larrinaga hablaba rápidamente pero con calma y precisión por radio, mientras que a la entrada del puerto se notaba un gran aumento de la actividad en la fragata.

Eso llevó a Gunvald Larsson a pensar en dos cosas muy diferentes. Por una parte, en que su español parecía alarmantemente oxidado; y por otra, en que, además de la enorme inversión en fuerzas policiales, solo había tres países en el mundo donde el gasto militar per cápita era más elevado que en Suecia: Israel y las dos superpotencias: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Cassavetes y Larrinaga, dando por terminada su conversación por radio, sonrió a su rubio invitado y miró hacia los relumbrantes surtidores, donde el primer destacamento de policías de seguridad motorizados ya comenzaba a aparecer entre las filas de gendarmes vestidos de verde.

Gunvald Larsson miró hacia otro lado. Justo debajo de ellos, un agente de seguridad paseaba fumando un puro en medio de la calle, mientras a todas luces vigilaba a los francotiradores de la policía apostados en los tejados circundantes. Detrás de la fila de gendarmes se hallaba una serie de taxis negros con una franja azul a los lados, y delante de ellos, un carruaje amarillo y negro. El conductor iba también vestido de amarillo y negro, y el caballo llevaba plumas asimismo amarillas y negras en la cinta que le ceñía la cabeza.

Detrás de todo eso se divisaban palmeras y acacias y varias filas de curiosos. Algunos pocos llevaban una chapa con la única imagen permitida por las autoridades. Es decir, una imagen de la cabeza engastada en un robusto cuello de toro, de rostro hinchado y gafas negras de montura de acero esmaltada en negro. El presidente no era un visitante muy popular que digamos.

Eso lo sabía todo el mundo: probablemente incluso él mismo.

La procesión se estaba moviendo muy rápido.

El primer vehículo de los servicios secretos ya se hallaba debajo del balcón.

El experto en seguridad sonrió a Gunvald Larsson, asintió con gesto tranquilizador y empezó a doblar sus papeles.

Justo en ese momento se abrió el suelo, casi debajo del Cadillac blindado.

La onda expansiva lanzó a los dos hombres hacia atrás, pero, si no otra cosa, Gunvald Larsson era por lo menos fuerte. Se agarró con ambas manos a la balaustrada y miró hacia arriba.

La calzada se había abierto como un volcán desde el que una rugiente columna de fuego se elevaba hasta una altura de cincuenta metros.

Encima de esa columna flotaban diversos objetos.

Los más destacados eran el maletero del Cadillac blindado, un taxi negro —dado la vuelta— con franjas azules a los lados, medio caballo con plumas negras y amarillas en la cinta que le ceñía la cabeza, una pierna calzada con una bota negra y forrada de tela de uniforme verde y un brazo con un largo puro entre los dedos.

Gunvald Larsson retiró la cara cuando una serie de objetos más o menos combustibles comenzaron a lloverle encima. Estaba pensando en su traje nuevo cuando algo le golpeó con fuerza en el pecho y lo hizo caer de espaldas sobre las baldosas de mármol.

No se lastimó, al menos no mucho.

El bramido de la explosión desapareció en un minuto y entonces empezaron a oírse gemidos, gritos desesperados pidiendo ayuda, e incluso algunos llantos y maldiciones histéricas, antes de que todos los sonidos humanos fueran ahogados por las sirenas de las ambulancias y el aullido de un camión de bomberos.

Gunvald Larsson se levantó para ver qué era lo que le había tumbado.

El objeto estaba a sus pies.

Tenía cuello de toro, rostro hinchado y, por extraño que pudiera parecer, llevaba aún puestas las gafas con montura de acero esmaltada en negro.

El experto en seguridad se puso en pie, a todas luces ileso, si bien había perdido parte de su elegancia.

Se quedó contemplando aquella cabeza con incredulidad y se persignó.

Gunvald Larsson contempló su traje. Ni siquiera ya merecía ese nombre.

—Mierda —dijo.

Luego miró la cabeza que yacía a sus pies.

—Tal vez debería llevármelo a casa —murmuró para sus adentros—. Como souvenir.

Francisco Bajamonde Cassavetes y Larrinaga lanzó al invitado una mirada inquisitiva.

La palabra souvenir al menos la había entendido. Tal vez los suecos eran cazadores de cabezas.

—Qué catástrofe —exclamó.

—Sí, podría decirse —asintió Gunvald Larsson.

Francisco Bajamonde Cassavetes y Larrinaga tenía un aspecto tan abatido que Gunvald Larsson se vio obligado a decir:

—Pero no es culpa tuya. Y, además, tenía una cabeza bien fea.

3

El mismo día en que Gunvald Larsson vivió aquella extraña experiencia en el balcón de las bellas vistas, una chica llamada Rebecka Lind era procesada ante el Tribunal de Primera Instancia de Estocolmo por atraco bancario a mano armada.

Tenía dieciocho años y era completamente ajena a los asuntos de los que en esos momentos se estaba ocupando Gunvald Larsson. Si alguien le hubiera mencionado la ciudad en la que este se encontraba, no le habría dicho nada: nunca había oído hablar de aquel país y, del mismo modo que desconocía que el presidente de Estados Unidos aún se llamaba Nixon, tampoco sabía nada de altas personalidades que perdían la cabeza.

Sabía en cambio mucho de otras cosas, pero digamos que no venían al caso.

El fiscal que actuaba en el juicio era Olsson «el Bulldozer», quien desde hacía años era el experto jurídico en los atracos bancarios que asolaban el país como una peste.

Era un hombre sumamente estresado, que no paraba nunca en casa por falta de tiempo; así, por ejemplo, había tardado tres semanas en darse cuenta de que su mujer lo había abandonado para siempre, dejando en su lugar en la almohada una lacónica nota. Lo cierto es que ahora eso no le afectaba gran cosa, pues con su expeditivo modo de obrar se había echado una nueva novia a los tres días. Se trataba de una de sus secretarias, que lo admiraba con incondicional devoción, y lo cierto es que a partir de entonces sus trajes se veían menos arrugados.

A pesar de andar apurado, llegaba —desde su punto de vista— siempre puntualmente a sus compromisos: en este caso aterrizó sin aliento dos minutos antes de que se iniciara el juicio. Corpulento pero ágil, de semblante jovial y movimientos vivaces, llevaba siempre camisas de color rosa cerdito y sus corbatas revelaban un mal gusto tan inmenso que casi volvieron loco a Gunvald Larsson durante la época en que este trabajó a las órdenes del Bulldozer en el grupo especial antiatracos bancarios. Ese grupo, por cierto, había contado entre sus miembros también con Einar Rönn y Lennart Kollberg, pero de eso hacía ya varios años. Y Kollberg había abandonado el cuerpo de policía. El Bulldozer era partidario de cambios rápidos y de sangre nueva entre sus colaboradores.

Echó un vistazo a la desangelada y fría antesala del tribunal, para descubrir un grupo de cinco personas; entre ellas, sus propios testigos y un individuo cuya presencia le sorprendió en grado sumo.

El jefe de la Brigada Nacional de Homicidios.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó a Martin Beck.

—Me han llamado como testigo.

—¿Quién?

—La defensa.

—¿La defensa? ¿Qué significa eso?

—Braxén, el abogado —respondió Martin Beck—. Parece que le han adjudicado el caso.

—El Revientapleitos —dijo el Bulldozer, horrorizado—. Hoy ya he tenido tres reuniones y dos arrestos. Y ahora me va a tocar escuchar al Revientapleitos toda la tarde.

—¿No llevas el control de quién se encarga de la defensa? ¿Y qué has hecho en el arresto?

—Los arrestos en este tipo de casos son mera rutina —contestó el Bulldozer—. Este nos ha llevado solo tres minutos y la defensa no ha estado representada. No ha hecho falta.

Corrió hacia uno de sus testigos y comenzó a hojear los documentos de su cartera, sin encontrar lo que buscaba.

En opinión de Martin Beck, el Bulldozer y el Revientapleitos se parecían bastante en algunos aspectos. Ambos tenían la costumbre de desaparecer repentinamente mientras se hablaba con ellos, aunque mientras que el Bulldozer se esfumaba en el puro sentido físico de la palabra —por ejemplo, saliendo disparado por la puerta—, el Revientapleitos se alejaba mentalmente. A menudo daba la impresión de que se encontraba en otro mundo.

El fiscal dejó plantado a su testigo en medio de una frase y volvió con Martin Beck.

—¿Tú sabes algo acerca de este asunto? —preguntó.

—No mucho, pero Braxén me convenció de que debía venir. Además, ahora no tengo nada entre manos que requiera una atención especial.

—En la Brigada Nacional de Homicidios no sabéis lo que es trabajar de verdad —dijo el Bulldozer—. Yo tengo treinta y nueve investigaciones abiertas y otras tantas aparcadas. Deberías trabajar conmigo una temporada y verías lo que es bueno.

—No —replicó Martin Beck—. No es que me dé miedo el trabajo, pero no, gracias de todos modos.

—Es una lástima —comentó el Bulldozer—. A veces creo que tengo el mejor trabajo que existe en todo el aparato judicial. Fabulosamente interesante y emocionante. Cada día hay nuevas sorpresas y... —Hizo una pausa y añadió—: Como, por ejemplo, esta del Revientapleitos.

Olsson el Bulldozer ganaba todos sus casos con muy pocas excepciones. Eso, por decirlo de manera suave, no era algo especialmente halagador para el poder judicial.

Mejor no pensar en lo que se podía decir al respecto de manera cruda.

—Pero te lo vas a pasar bien —continuó Olsson—. El Revientapleitos seguro que hará un show.

—No he venido aquí a divertirme —objetó Martin Beck.

La conversación fue interrumpida porque comenzó la audiencia, de modo que todos los implicados, con una excepción importante, entraron en la sala, que constituía una sección particularmente lúgubre del edificio principal del tribunal. Las ventanas eran grandes y majestuosas, lo que de ninguna manera disculpaba —pero posiblemente explicaba— el hecho obvio de que llevaban mucho tiempo sin limpiarse.

Los jueces, los asesores y los siete miembros del jurado, parapetados tras el estrado, contemplaban solemnemente la estancia.

Un pequeño velo azul pálido en el polvoriento rayo de sol que entraba de fuera indicaba que alguien acababa de apagar un cigarrillo.

La acusada entró por una puerta lateral pequeña. La acompañaba una adusta mujer de unos cincuenta años vestida con lo que parecía un uniforme. Aquella era una chica de media melena rubia, gesto mohíno y ojos castaños de mirada distante. Llevaba un vestido bordado, largo hasta los pies, confeccionado con una tela ligera y fina; calzaba zuecos negros.

Los jueces, que habían estado sentados desde un principio, permanecieron en sus puestos. Los demás de momento se quedaron de pie.

El presidente del Tribunal dio inicio a la sesión con voz monótona, para acto seguido volverse hacia la chica que estaba sentada a la izquierda.

—La imputada en este proceso es Rebecka Lind. ¿Es usted Rebecka Lind?

—Sí.

—¿Puedo pedirle que hable un poco más alto?

—Sí.

El juez miró sus papeles. Finalmente dijo:

—¿No tiene un segundo nombre de pila?

—No.

—¿Y usted nació el 3 de enero de 1956?

—Sí.

—He de pedirle que hable más alto.

Dijo esto como si se tratase de una fórmula ritual aplicable a todos los procesos: así era, en efecto, dado que la acústica de la sala era especialmente mala. Además, los acusados a menudo carecían de experiencia a la hora de hablar en público, y la atmósfera intensamente opresiva con que se enfrentaban les hacía hablar aún más bajo. El juez prosiguió:

—El ministerio fiscal está representado por el fiscal jefe Sten Robert Olsson.

El Bulldozer no reaccionó en absoluto, sino que siguió hojeando mecánicamente algunos de sus documentos.

—¿Se encuentra en la sala el fiscal jefe Sten Robert Olsson? —inquirió el magistrado con voz sorda a pesar de que había visto al sujeto en cuestión un centenar de veces.

El Bulldozer dio un respingo: no estaba acostumbrado a que le llamaran por su verdadero nombre.

—Sí —contestó con entusiasmo—. Sí, aquí estoy.

—¿Se halla aquí la representación del querellante?

—No se ha interpuesto querella —aclaró el Bulldozer.

—La acusada está representada por el letrado Hedobald Braxén.

Se hizo el silencio. Todos miraron a su alrededor. El ujier se asomó a la antesala. El Revientapleitos aún no había comparecido.

—Parece que el letrado Braxén llega tarde —observó un asesor al cabo de un rato.

Luego sostuvo una conversación entre dientes con el presidente del tribunal, quien a continuación dijo:

— De momento podemos pasar lista a los testigos. El fiscal ha convocado dos testigos: la cajera del banco Kerstin Franzén y el subinspector de policía Kenneth Kvastmo.

Ambos declararon estar presentes.

—La defensa ha convocado a las siguientes personas: al comisario de la policía criminal Martin Beck, al subinspector Karl Kristiansson, al director de banco Rumford Bondesson y a la profesora de labores del hogar Hedy-Marie Wirén.

Todos afirmaron estar presentes.

Tras un instante el magistrado continuó:

—El abogado defensor también ha llamado a declarar al director de cine Walter Petrus, pero este ha excusado su asistencia, señalando, asimismo, que no tiene nada que ver con el caso.

Uno de los miembros del jurado soltó una risa disimulada.

—Los testigos pueden retirarse ahora.

Así ocurrió. Los dos policías —que como siempre en esas situaciones vestían pantalones de uniforme conjuntados con aburridas chaquetas y zapatos negros—, Martin Beck, el director del banco, la profesora de labores del hogar y la cajera del banco salieron a la antesala.

De manera que en la sala del juicio quedaron —además de los miembros del tribunal— la acusada, su guarda y una oyente.

Olsson el Bulldozer estudió con detenimiento sus papeles, si bien no más de dos minutos, y luego miró con curiosidad a la oyente.

Se trataba de una mujer que a juicio del Bulldozer rondaría los treinta y cinco. Se hallaba sentada en uno de los bancos con un cuaderno de taquigrafía ante ella. Era de estatura inferior a la media —no llegaba al uno sesenta— y tenía un pelo extremadamente lacio, no muy largo. Su atuendo consistía en pantalones vaqueros desgastados y una camisa de color indefinido. Unas sandalias de tiras calzaban sus anchos y bronceados pies de dedos rectos, y sus planos senos eran coronados por grandes pezones claramente visibles a través de la tela de la blusa.

Lo más destacable de su físico era cómo en su pequeña cara angular se hallaban engarzados una nariz afilada y unos penetrantes ojos azules, con los cuales escudriñaba uno a uno a los presentes, deteniéndose especialmente en la acusada y en Olsson el Bulldozer. A este último lo atravesó tanto con la mirada que el fiscal se vio obligado a levantarse para coger un vaso de agua y colocarse detrás de ella. La mujer se dio la vuelta de inmediato para encontrarse de nuevo con los ojos del Bulldozer.

Sexualmente, ella no era su tipo —si es que alguien lo era—, pero le picaba una gran curiosidad acerca de quién podría ser esa persona que lo miraba fijamente. Desde esa posición, a sus espaldas, observó que tenía un cuerpo robusto, aunque en absoluto rechoncho.

Cuando ya no se vio capaz de sostener su mirada, anunció que debía hacer una llamada importante y pidió permiso para abandonar la estancia. Salió dando botes, con más curiosidad que nunca.

Si le hubiera preguntado a Martin Beck, que se hallaba en un rincón de la antesala, es posible que se hubiera enterado de unas cuantas cosas.

Por ejemplo, que no tenía treinta y cinco años, sino treinta y nueve, que su formación en sociología era muy profunda y que actualmente trabajaba para los Servicios Sociales.

Martin Beck sabía mucho sobre ella, pero la mayoría de la información no deseaba compartirla con nadie, al ser de naturaleza personal.

Posiblemente, si alguien le hubiera preguntado, habría dicho su nombre. Rhea Nielsen.

El Bulldozer despachó sus llamadas en menos de cinco minutos. A juzgar por sus gestos, dio varias instrucciones telefónicas.

De vuelta a la sala de vistas, comenzó a recorrerla de un lado a otro, suspirando. Se sentó. Hojeó sus papeles. La mujer de penetrante mirada azul observaba ahora solo a la acusada.

El Bulldozer sentía cada vez más curiosidad. Los siguientes diez minutos se levantó seis veces para deambular por la sala a pasitos cortos. En una ocasión sacó un descomunal pañuelo y se secó el sudor de la frente. Las demás personas se hallaban todas sentadas sin moverse de sus sitios.

Veintidós minutos después de la hora programada se abrieron las puertas y el Revientapleitos entró. Llevaba un puro encendido en una mano y sus papeles en la otra. Mientras estudiaba los documentos con aire flemático, el juez tuvo que carraspear de forma significativa tres veces para que distraídamente le entregara el puro al ujier, quien se lo llevó de la sala.

—El letrado Braxén ha llegado —anunció el magistrado con acritud—. ¿Existe algún otro impedimento para que comience la vista?

El Bulldozer negó con la cabeza.

—No, en absoluto. Por mi parte, no.

El Revientapleitos no reaccionó. Seguía estudiando los papeles.

Tras un momento, se llevó las gafas de lectura a la frente y dijo:

—Al venir hacia el tribunal, he caído en la cuenta de que el fiscal y yo somos viejos conocidos. De hecho, se sentó en mi regazo hace exactamente veinticinco años. En Borås. El padre del fiscal ejercía allí la abogacía, y yo hacía mis prácticas. En esa época, yo tenía grandes expectativas acerca de mi profesión. Pero no puedo decir que se hayan cumplido. Si nos fijamos en el desarrollo del poder judicial en otros países, no tenemos muchos motivos de orgullo. Recuerdo Borås como una ciudad horrible, pero el fiscal era un chico alegre y simpático. Pero sobre todo recuerdo el Stadshotell o como se llamara. Mesas de café y palmeras polvorientas. Y si te daban comida, era tan espantosa que le habría puesto los pelos de punta a una hiena. Ni siquiera un jubilado de hoy en día la aceptaría como alimento humano. El plato del día era pescado gratinado y servían la misma comida desde la mañana hasta la noche. Una vez encontré una colilla de cigarrillo en mi plato. Aunque ahora que lo pienso, la verdad es que eso pasó en Enköping. ¿Sabía usted, por cierto, que el agua de Enköping es la mejor de Suecia? Eso es algo que no sabe mucha gente. Todos los que se han criado aquí en la capital sin convertirse en alcohólicos o drogadictos deben de poseer una fortaleza de carácter fuera de lo común.

—¿Hay algún impedimento para que comience la vista? —reiteró el presidente del tribunal con paciencia.

El Revientapleitos se levantó y caminó hasta el centro de la sala.

—Mi familia y yo, por supuesto, pertenecemos a esa categoría —dijo con modestia. Era considerablemente mayor que la mayoría de los presentes, un hombre avasallador, de impresionante barriga. Llamaba la atención lo mal vestido que iba, con ropa muy pasada de moda y un chaleco en el que un gato no demasiado remilgado podría haber desayunado. Después de varios minutos de espera, durante los cuales miró fija y extrañamente al Bulldozer, agregó—: Dejando aparte el hecho de que esta chica nunca debería haber sido procesada, no existe ningún impedimento legal. En un sentido puramente técnico.

—Protesto —gritó el Bulldozer.

—Señor Braxén, puede usted guardar sus comentarios para más adelante —le reconvino el juez—. ¿Querría el ministerio fiscal exponer su escrito de calificaciones?

El Bulldozer se levantó de un salto y con la cabeza gacha comenzó a trotar alrededor de la mesa donde tenía sus papeles.

—Sostengo que Rebecka Lind, el miércoles 22 de mayo, cometió un robo a mano armada en las oficinas del PK-Banken en Midsommarkransen, y a continuación, un atentado contra un agente de la autoridad al oponer violenta resistencia a los policías que acudieron al lugar para detenerla.

—¿Y qué afirma la defensa?

—La acusada es inocente —declaró el Revientapleitos—. Y por tanto es mi deber negar todas estas... chorradas.

Se volvió hacia el Bulldozer y añadió con tristeza:

—¿Qué se siente al perseguir a personas inocentes? Cuando te recuerdo como un chavalín, me cuesta entender la, llamémosla así, «actividad» que hoy desempeñas.

El Bulldozer parecía encantado. Revoloteó hasta el Revientapleitos.

—También yo recuerdo aquella época en Borås —dijo—. Especialmente me acuerdo de que el señor Braxén, que entonces hacía sus prácticas en el tribunal, siempre apestaba a tabaco y a coñac barato.

—Señores —intervino el magistrado—. Este no es ni el momento ni el lugar para recuerdos personales. Así que, letrado Braxén, haga el favor de refutar la acusación de la fiscalía.

—Si el olor a coñac no es fruto de la imaginación del fiscal, entonces debía de proceder de su padre —contraatacó el Revientapleitos—. Por otra parte, la acusada es inocente. Y esta es la última vez que empleo este término. Esta joven...

Volvió a la mesa para hurgar en sus papeles.

—Rebecka Lind, se llama —dijo el Bulldozer, echándole un cable.

—Gracias, hijo mío —respondió el Revientapleitos—. Rebecka Lund...

—Lind —corrigió el Bulldozer.

—Rebecka —prosiguió el Revientapleitos— es tan inocente como las zanahorias que crecen en la tierra.

Todo el mundo pareció meditar sobre esa imagen tan poco frecuente. Finalmente, el magistrado declaró:

—Eso lo tiene que decidir el tribunal, ¿no?

—Por desgracia —apostilló el Revientapleitos.

—¿Qué quiere decir con ese comentario, señor letrado? —preguntó el presidente del tribunal con cierta severidad.

El Revientapleitos contestó:

—Por desgracia, es imposible dilucidar todo el patrón subyacente. Si lo hiciéramos, el proceso duraría años.

Todos mostraron gran consternación ante dicha posibilidad.

—Es interesante la sugerencia del presidente de que debo escribir mis memorias —continuó el Revientapleitos.

—¿Yo le he sugerido algo similar?

El presidente, que no salía de su asombro, había acabado por perder los estribos.

—Cuando te pasas toda la vida en diferentes foros donde se supone que se imparte justicia, reúnes una considerable experiencia —expuso el Revientapleitos—. De joven, además, estuve en una ocasión en América del Sur, trabajando en la industria láctea. Mi madre, que todavía vive, la pobre, piensa que ese trabajo con la leche en Buenos Aires es la única ocupación decente que he tenido. A propósito de eso, el otro día oí que incluso el padre del fiscal, a pesar de su avanzada edad y su creciente afición al alcohol, da todos los días una caminata a lo largo del riachuelo de Örebro, adonde la familia parece que se mudó en algún momento de los años cuarenta. Desde Buenos Aires, con los nuevos medios de transporte se llega enseguida a los nuevos estados de África. Un libro muy interesante sobre el Congo me ha llamado la atención...

—Las memorias del señor letrado, aunque aún no escritas, son sin duda de gran interés —interrumpió el Bulldozer con una sonrisilla—. Pero no hemos venido aquí para escucharlas.

—El fiscal tiene razón —intervino el juez—. ¿Querría el señor Olsson por favor efectuar sus alegaciones?

El Bulldozer contempló a la oyente, quien, sin embargo, a su vez lo miró de modo tan directo y determinado, que él, después de un breve vistazo al Revientapleitos, dirigió la mirada al magistrado, a los asesores y al jurado, para después posarla en la acusada. Rebecka Lind parecía mirar al infinito, más allá de los burócratas chalados, más allá del bien y del mal.

El Bulldozer cruzó las manos detrás de la espalda y comenzó a caminar de un lado para otro.

—Bien, Rebecka —dijo amablemente—. Lo que te ha pasado es, por desgracia, algo que les sucede a muchos jóvenes hoy en día. Juntos trataremos de ayudarte. ¿Puedo tutearte, por cierto?

La muchacha parecía no haber oído la pregunta, si esta no era meramente retórica.

—Desde el punto de vista puramente técnico, los hechos son simples y nítidos, de modo que no dejan mucho margen para la discusión. Como ya quedó claro en las diligencias del arresto...

El Revientapleitos parecía perdido en sus pensamientos sobre el Congo o algo similar; pero entonces, de repente, sacó un enorme puro del bolsillo interior de la chaqueta, apuntó al pecho del Bulldozer y gritó:

—Protesto. Ni yo ni ningún otro abogado hemos estado presentes en las diligencias del arresto. ¿Se ha informado a Camilla Lund de su derecho a un abogado?

—Rebecka Lind —corrigió un asesor.

—Sí, sí —dijo el Revientapleitos, impaciente—. Eso lo convierte en detención ilegal.

—De ninguna manera —objetó el Bulldozer—. A Rebecka se le preguntó y ella dijo que le daba igual. Porque, efectivamente, daba igual. Como enseguida demostraré, la cosa estaba más clara que el agua.

—De entrada, la detención ya es por lo tanto ilegal —concluyó el Revientapleitos—. Exijo que mi protesta conste en acta.

—Sí, se hará constar —aseguró el asesor.

El asesor hacía en gran parte las funciones de secretario, debido a que algunas de las antiguas salas de vistas no estaban equipadas con una grabadora.

El Bulldozer hizo una pequeña pirueta ante el jurado, cerciorándose de mirar a cada uno de los miembros a los ojos.

—Quizá pueda continuar con mi exposición de los hechos —dijo sonriente.

El Revientapleitos examinó, ausente, su puro.

—Entonces, Rebecka... —prosiguió el Bulldozer con la sonrisa triunfante, que era uno de sus principales activos— ... intentemos ahora, con claridad y sinceridad, esclarecer el curso de los acontecimientos, lo que te sucedió el 22 de mayo y por qué sucedió. Atracaste un banco, a buen seguro por desesperación y de modo irreflexivo, y ejerciste violencia contra un policía.

—Me opongo a los términos empleados por el fiscal —interrumpió el Revientapleitos—. Hablando de vocabulario, me acuerdo de mi profesor de alemán. Él...

A todas luces, sus pensamientos divagaban.

—Si el abogado defensor se entrega tranquilamente a sus recuerdos, quizá podríamos al menos ahorrar un poco de tiempo —comentó el Bulldozer.

Varios de los miembros del jurado se rieron, pero el Revientapleitos replicó en tono elevado:

—Protesto por la actitud del señor fiscal hacia mí y hacia la chica. No tiene derecho alguno a controlar mis pensamientos ni inmiscuirse en mi vida privada. Debería mostrar mayor humildad. No es ningún Winston Churchill que pueda permitirse el lujo de juzgar a ningún oponente político diciendo algo como: «El señor Attlee es un hombre modesto, ¡y tiene muchas razones para serlo!».

El magistrado parecía confundido ante la objeción; pero, después de un momento, hizo un gesto al Bulldozer para que continuara.

Este había contado con despachar la exposición de los hechos en diez o, como mucho, quince minutos, pero el Revientapleitos, a pesar de las reprimendas del juez, le cortó no menos de cuarenta y dos veces, por lo general con comentarios completamente ininteligibles.

Por ejemplo:

—Veo que el fiscal contempla mi puro con avidez. Eso me recuerda una cosa: que las chicas en Cuba, a causa del insoportable calor, están desnudas en las fábricas de tabaco y enrollan los puros sobre sus muslos. Eso ocurre en la elaboración de las marcas más exquisitas. Probablemente se trate de una historia inventada.

—¿Tiene eso algo que ver con el caso? —preguntó el juez, con cansancio.

—Es difícil de decir —respondió el Revientapleitos con tono profético.

—¿Cómo que es difícil?

—Tengo la ligera impresión de que el fiscal, por decirlo de modo suave, no siempre se concentra en los elementos esenciales del proceso.

El Bulldozer, que ni siquiera era fumador, parecía por una vez rendido. Pero se recuperó pronto y enseguida dio la impresión de estar en tan buena forma como siempre, mientras, gesticulando y esbozando una pequeña sonrisa, concluyó su exposición.

Los hechos, de forma resumida, eran los siguientes. Poco antes de las dos de la tarde, el 22 de mayo, Rebecka Lind había entrado en la sucursal del PK-Banken en Midsommarkransen para dirigirse a una de las cajas. Llevaba una gran bolsa en bandolera, que puso sobre el mostrador. Tras ello había pedido dinero. La cajera, viendo que iba armada con un gran puñal, había apretado con el pie el botón que daba la alarma a la policía, mientras la chica comenzaba a llenar la bolsa de fajos de billetes, hasta llegar a una suma de cinco mil coronas suecas. Antes de que a Rebecka Lind le diera tiempo de salir de la sucursal con el botín, llegó la primera de las radio patrullas enviadas por la central de policía. Los tripulantes de la misma, dos agentes, entraron pistola en mano en el local y desarmaron a la atracadora, lo que ocasionó un cierto alboroto y los fajos de billetes acabaron esparcidos por el suelo. La policía arrestó a la ladrona y la llevó a la policía criminal en Kungsholmen. La detenida se resistió con violencia, dañando el uniforme de uno de los policías. Asimismo, hubo jaleo durante el transporte a la comisaría. La atracadora, que resultó ser una muchacha de dieciocho años llamada Rebecka Lind, fue conducida en primer lugar a la oficina de guardia de la policía criminal y luego al departamento especialmente dedicado a los atracos bancarios. Se consideró que había sospechas fundadas para inmediatamente imputarle los cargos de robo a mano armada y de atentado contra un agente de la autoridad y al día siguiente se la sometió a prisión preventiva tras una audiencia muy breve ante el Tribunal de Distrito de Estocolmo.

Olsson el Bulldozer admitió que ciertas formalidades legales no habían sido observadas en el proceso de detención, pero señaló que técnicamente ello no tenía importancia. Rebecka Lind no había mostrado interés por su defensa, y además no había tardado en admitir que fue al banco para conseguir dinero.

El Revientapleitos se tiró un pedo sin ruborizarse y señaló que Rebecka Lind carecía de recursos.

Todo el mundo empezó a mirar de soslayo el reloj, pero el Bulldozer tenía aversión a los descansos, así que de inmediato llamó a su primer testigo, la cajera del banco Kerstin Franzén.

El testimonio fue breve y confirmó esencialmente lo que ya se había dicho.

—¿Cuándo se dio usted cuenta de que se trataba de un atraco? —preguntó el Bulldozer.

—Tan pronto como ella arrojó la bolsa sobre el mostrador y pidió dinero. Y entonces vi el cuchillo. Tenía una pinta horrible, muy peligrosa. Era una especie de puñal.

—¿Por qué entregó el dinero?

—Tenemos instrucciones de no oponer resistencia en este tipo de situaciones y hacer lo que el atracador nos ordene.

Eso era cierto. Los bancos no querían correr el riesgo de tener que pagar pensiones vitalicias y fuertes indemnizaciones por daños y perjuicios a sus empleados.

Un trueno pareció sacudir aquel lugar tan venerable. En realidad se trataba de un eructo, emitido por Hedobald Braxén. Eso no era raro que sucediera, y en parte explicaba su apodo.

—¿La defensa tiene alguna pregunta?

El Revientapleitos negó con la cabeza. En ese momento se hallaba ocupado en escribir algo con minuciosidad en un papel.

Olsson el Bulldozer llamó al siguiente testigo.

Kenneth Kvastmo subió al estrado y repitió trabajosamente el juramento. En Suecia, no basta con levantar la mano y decir: «Lo juro».

Su testimonio comenzó con la habitual letanía de que era subinspector de policía, nacido en Arvika en 1942, y de que había prestado servicios en radio patrulla primero en Solna y luego en Estocolmo.

El Bulldozer, sin darse cuenta del error que cometía, le pidió:

—Cuéntenoslo con sus propias palabras.

—¿El qué?

—Lo sucedido, claro.

El Revientapleitos soltó un eructo de una magnitud que hasta ese momento ninguno de los presentes había oído. Se puso a juguetear con un papel en el que escribió algo y luego lo tiró al suelo. En letras mayúsculas ponía: REBECKA LIND. A todas luces había decidido en lo sucesivo no perder de vista el nombre de su cliente.

—Pues bien —comenzó Kvastmo—. Ella estaba allí, la asesina. Bueno, no le dio tiempo a asesinar a nadie, por supuesto. Kalle no hizo nada, como de costumbre, así que yo me lancé sobre ella como una pantera. —La imagen no era muy afortunada. Kvastmo era un hombre corpulento y amorfo, con un enorme trasero, cuello de toro y cara regordeta—. Le agarro la mano derecha justo en el momento en que intenta sacar el cuchillo, luego le digo que queda detenida y me la llevo, así de fácil. La tengo que conducir al coche y allí, en el asiento trasero, opone fuerte resistencia y luego resulta que ha cometido atentado contra un agente de la autoridad, porque una de mis hombreras casi se ha soltado, de modo que mi esposa se agarró un buen cabreo al tener que cosérmela, porque echaban algo en la televisión que quería ver, y además un botón del uniforme casi se había descosido y ella, AnnaGreta, mi esposa, no tenía hilo azul. Y cuando con la detención ponemos fin al atraco, Kalle conduce hasta la policía criminal, y allí hay un oficial de guardia que conozco y que se llama Aldor Gustafsson, y él va y se molesta porque estaba a punto de irse a su casa a comer macarrones gratinados y dice que somos unos idiotas de mierda. Y lo dice él, que la pifió en el asesinato de Bergsgatan, pero, claro, los criminalistas son siempre tan importantes y en absoluto leales hacia nosotros, los de la policía de orden público. Luego ya no pasó nada más, excepto que la chica me llamó «pig», con lo que supongo que quería decir «pijo», pero eso realmente no constituye un insulto a un oficial de policía. «Pijo» no es nada que provoque desprecio o falta de respeto hacia el cuerpo, ni para el agente individual, que en este caso era yo, ni para la policía uniformada en su conjunto. Luego quise encargarme de un par de malhechores que había visto sentados en un banco poco antes, pero Kalle había traído mazapán y sugirió que nos fuéramos a tomar un café, y así lo hicimos. Esa es la que lo dijo.

Kvastmo señaló a Rebecka Lind.

Mientras el agente de policía desplegaba sus habilidades narrativas, el Bulldozer miró a la oyente, que había estado tomando notas con diligencia, y que en ese momento se hallaba sentada con los codos en los muslos y el mentón apoyado en las manos mientras miraba fijamente, ya al Revientapleitos, ya a Rebecka Lind. Su rostro denotaba inquietud, o más bien una profunda preocupación humanitaria. Se agachó para rascarse un tobillo mientras se mordía una uña de la otra mano. Volvió a mirar al Revientapleitos y sus ojos azules semientornados expresaron una mezcla de resignación y dudosa esperanza.

Hedobald Braxén tenía aspecto de no estar presente más que en sentido estrictamente físico, y nada indicaba que hubiera oído una palabra del testimonio.

—No hay preguntas —dijo.

Olsson el Bulldozer se sentía satisfecho. El caso parecía chupado, como había vaticinado desde el principio. Lo único malo era que se estaba prolongando demasiado rato.

Cuando el presidente del tribunal propuso una pausa de una hora, asintió con entusiasmo y corrió hacia la puerta dando pequeños botecitos.

Martin Beck y Rhea Nielsen aprovecharon el descanso para ir al Amaranten. Tras tomar unos sándwiches y unas cervezas, redondearon el almuerzo con café y coñac.

Martin Beck estaba pasando unas horas muy aburridas: conocía al Revientapleitos lo suficiente para saber que la cosa iba para largo, y no le apetecía en absoluto quedarse sentado en la sórdida antesala junto a Kristiansson y Kvastmo, un director de banco engreído y un par de señoras que parecían completamente paralizadas ante el portentoso hecho de que hubieran sido citadas a declarar en un emocionante caso criminal, que casi había desembocado en un asesinato y que en todo caso salía como noticia tanto en el Aftonbladet como en el Expressen.

Había subido a la brigada antiviolencia para hablar un rato con Rönn y Strömgren, pero la visita no había sido especialmente gratificante. Strömgren nunca le había caído bien, y su relación con Rönn era complicada. La pura y simple verdad era que ya no le quedaban amigos en la jefatura de policía de Kungsholmsgatan. Tanto allí como en la Dirección General de Policía había algunas personas que lo admiraban, otras que lo odiaban, y un tercer grupo, el más grande, que simplemente le tenían envidia.

En la comisaría de Västberga no tenía tampoco ningún amigo desde que Lennart Kollberg había dejado el cuerpo. Benny Skacke había solicitado el puesto y se lo habían dado, con el apoyo de Martin Beck. No tenían mala relación, pero de ahí a la amistad había un trecho. A veces se quedaba mirando al infinito echando de menos a Kollberg: para ser sinceros —y ser sincero era algo que en la actualidad no le costaba nada—, le lloraba de la misma manera como se llora la pérdida de un hijo o de otro ser querido.

Se sentó un rato en el despacho de Rönn a charlar, pero Rönn no era una compañía muy divertida y, además, este tenía mucho que hacer. Trabajar en la brigada antiviolencia de Estocolmo no era ningún chollo y a ello ahora se unían las quejas por cómo le habían destrozado las vistas desde su despacho. Desde la ventana de Rönn ahora solo se veía la gigantesca nueva sede de la policía, cuyos edificios se elevaban ya a alturas impresionantes. Al cabo de un año más o menos las obras estarían terminadas y entonces les tocaría a todos mudarse allí, perspectiva que no entusiasmaba a nadie.

—Me pregunto cómo le va a Gunvald —comentó Rönn—. No me importaría cambiarle el puesto. Corridas de toros y palmeras y cenas oficiales, madre mía.

Rönn era especialista en hacer que Martin Beck se sintiera culpable. ¿Por qué no le habían ofrecido a él ese viaje de placer, él que ciertamente necesitaba más que los demás algún estímulo en su vida?

La verdad no se podía decir: que Rönn había sido, de hecho, discriminado. Simplemente, no se consideró apropiado enviar a un norteño de nariz roja y moqueante, cuyo aspecto era muy poco representativo y del que solo con gran benevolencia podía decirse que hablaba un inglés medianamente comprensible.

Pero Rönn era un buen policía.

Al principio no valía gran cosa, pero ahora era sin duda uno de los mejores activos de la brigada antiviolencia.

Martin Beck trató de decirle algo que le animase, pero como de costumbre fracasó en el intento.

Se limitó a decir hola y se fue.

Pero ahora estaba con Rhea, y eso era otra cosa.

La única pega era que ella parecía algo triste.

—Vaya juicio —exclamó—. Joder, qué deprimente. Y vaya personajes a los que les toca decidir. El fiscal ese es un puro payaso. Qué forma de mirarme, como si nunca hubiera visto a una chica en su vida.

—El Bulldozer —dijo Martin Beck—. Ha visto a un montón de chicas, y además no eres su tipo. Pero es más cotilla que una langosta.

—¿Las langostas son cotillas?

—No lo sé. He oído esa frase alguna vez. Creo que es dialecto sueco de Finlandia.

—Y el abogado defensor no se sabe siquiera el nombre de su cliente. Por si fuera poco, no para de eructar y de hacer interrupciones absurdas. La chica lo tiene muy feo.

—Aún no hemos visto el final. El Bulldozer gana casi todos sus casos, pero si alguna vez pierde es contra Braxén. ¿Recuerdas la historia de Svärd?

—Vaya si me acuerdo —contestó Rhea, riendo con voz ronca.

—Fue cuando viniste a mi casa por primera vez. La habitación cerrada y todo eso. Hace casi dos años. ¿Cómo no iba a acordarme?

Se la veía feliz.

Y él a su vez no podía ser más feliz tampoco. Lo habían pasado muy bien desde entonces, con momentos llenos de conversación, celos, peleas amistosas y, sobre todo, sexo, confianza e intimidad. A pesar de tener más de cincuenta años y creer que ya lo había vivido todo, se había abierto a nuevas experiencias con ella.

Confiaba en que los sentimientos fueran mutuos.

Pero en ese punto no se sentía tan seguro: ella era la más fuerte psíquicamente, su mentalidad era más abierta, probablemente su inteligencia era superior o, en cualquier caso, más aguda. Tenía muchos defectos, por ejemplo, era irritable y se enfadaba con facilidad, pero eran defectos que él adoraba. La expresión era tal vez estúpida o demasiado romántica, pero no se le ocurría nada mejor.

Mientras la contemplaba se dio cuenta de que había dejado de estar celoso. Sus grandes pezones se marcaban bajo la tela, llevaba la blusa mal abrochada, se había quitado las sandalias y se frotaba los pies desnudos el uno contra el otro bajo la mesa. De vez en cuando se agachaba para rascarse los tobillos. Pero ella se pertenecía a sí misma, no a él: tal vez era esa su mejor baza.

Lo que ocurría es que su rostro en ese momento mostraba preocupación: en sus rasgos irregulares se dibujaban sentimientos de ansiedad y repugnancia.

—Yo no entiendo mucho de leyes —dijo, aunque esto no era cierto—. Pero este caso parece perdido. ¿Puede tu testimonio suponer algún cambio?

—No lo creo. Sinceramente, ni siquiera sé lo que quiere de mí.

—Y los otros testigos de la defensa parecen inútiles. Un director de banco, una maestra de escuela y un policía. ¿Alguno de ellos estuvo en el lugar de los hechos?

—Sí. Kristiansson. Conducía el coche patrulla.

—¿Es tan memo como el otro madero?

—Sí.

—Y supongo que el caso no puede ganarse en el alegato final, el de la defensa, quiero decir.

Martin Beck sonrió. Debería haber previsto que ella iba a involucrarse a fondo.

—No, no parece probable. ¿Pero estás segura de que la defensa y Rebecka deben ganar el caso? ¿De que Rebecka no es culpable?

—La instrucción preliminar ha sido una mierda. El caso debe volver a la policía. No hay nada que se haya investigado bien. Odio a los policías solo por eso, además de por la violencia y todo lo demás, claro. Llevan los casos a juicio sin haber esclarecido ni la mitad de los hechos. Y el fiscal se presenta ahí pavoneándose como un gallo de pelea y los que van a juzgar son unos convidados de piedra que solo están ahí porque son inútiles como políticos y no sirven para nada.

En gran medida tenía razón. Los miembros del jurado eran elegidos de entre la escoria de los partidos políticos, a menudo tenían una censurable relación de amiguismo con el fiscal o se dejaban dominar por jueces de carácter resuelto, que, básicamente, los despreciaban. En su mayoría no se atrevían a contradecir a las autoridades judiciales y a menudo no eran sino representantes de la mayoría silenciosa de la nación, quien ponía todo su empeño en conseguir el orden a base de leyes sumarias y no mucho más.

Había algún que otro juez progresista, pero esto constituía una rara excepción, y la mayor parte de los abogados defensores hacía mucho tiempo que se habían resignado, arrepintiéndose de no haberse dedicado al más lucrativo derecho mercantil, que era lo que daba dinero y además hacía que la foto de uno saliese en la revista Hänt i Veckan.

—Puede sonar extraño —apuntó Martin Beck—. Pero creo que subestimas a Braxén.

En el corto trecho hasta el tribunal, Rhea de repente lo cogió de la mano. No sucedía a menudo y ese gesto en ella siempre denotaba preocupación o tensión emocional. Su mano era, como todo en esa mujer, firme y lleno de confianza.

Olsson el Bulldozer llegó a la antesala al mismo tiempo que ellos: un minuto antes de la hora prevista.

—El caso del atraco en Vasagatan está resuelto —resopló sin aliento—. Pero en su lugar tenemos dos nuevos. Uno apunta a Werner Roos.

Su mirada se posó en Kvastmo y se largó sin siquiera terminar la frase.

—Puedes irte a casa —le dijo—. O volver al servicio. Lo valoraría como un favor personal.

Esa era la forma que tenía el Bulldozer de echar la bronca a alguien.

—¿Cómo? —preguntó Kvastmo.

—Que puedes volver al servicio —repitió el Bulldozer—. Necesitamos que todo el mundo esté en su puesto.

—Mi testimonio ha empapelado a la gánster esa, ¿eh? —dijo Kvastmo—. Me sabía todos los detalles al dedillo. O al dedazo, se podría decir.

—Sí —asintió Bulldozer—. Ha sido brillante.

Kvastmo se marchó a reanudar la lucha contra la «sociedad de gánsteres» en otros campos de batalla.

La pausa había terminado y continuó la vista.

El Revientapleitos llamó a su primer testigo, el director del banco Rumford Bondesson. Después de las formalidades pertinentes, el letrado Braxén expuso:

—No a todos les es dado entender los principios, o tal vez más bien la falta de principios, que cimientan la sociedad capitalista. La mayoría ha oído hablar de un fenómeno tal como las elecciones generales, donde los socialdemócratas y otros partidos capitalistas y de derechas, o quizá debería decir los mal llamados partidos, sacan a las personas dinero en grandes cantidades que se utiliza para que la gente, de modo formalmente voluntario, vote a una política que apoya a la actual clase alta; es decir, a la economía capitalista, los burócratas del partido y los dirigentes sindicales, aquí unidos por un interés común, a saber, el dinero. Y para que la gente legitime esa misma política, independientemente de a cuál de esos partidos socioliberales voten.

Olsson el Bulldozer se hallaba absorto leyendo un documento. Ahora pareció despertar y, alzando las palmas abiertas de las manos, exclamó:

—Protesto, esto es un juicio, no un mitin electoral.

—En la escuela nos hablaban de Jonás en el vientre de un pez, de una ballena —prosiguió el Revientapleitos, imperturbable—. Más tarde resultó que la ballena no era en absoluto un pez. Lisa y llanamente, una ballena, un mamífero. Pero personalmente no he visto nunca una ballena, solo en fotografías. Y una vez estando con un cliente, en la cárcel. En la televisión, quiero decir. Yo no tengo televisor, porque creo que obstaculiza mi flujo de pensamiento. Sin embargo, tengo una hija de... —consultó sus papeles— ... de la edad de Rebecka Lind, aunque yo soy bastante mayor. Una de sus amigas es pariente de un albañil que se llama Lexer Ohberg, sin tener ningún parentesco con el actor Ohberg: el que hizo la película sobre Elvira Madigan, sí, quiero decir, no hacía de Elvira Madigan sino del teniente Sparre, al tiempo que dirigía la película; un poco como el ebanista Ernst Jönsson en Trelleborg es pariente del actor Edvard Persson.

—¿Por qué iban a ser parientes? —preguntó el magistrado, a punto de perder la compostura.

—No es fácil de decir —respondió el Revientapleitos.

—Mantener una conversación con el abogado Braxén es como hablar con un hormiguero —señaló el Bulldozer.

Luego aquel procedió a estudiar su carpeta, tomando de vez en cuando algunas notas o haciendo algún gesto inopinado. No reaccionó ni siquiera cuando el juez de pronto le preguntó:

—¿Y qué tiene esto que ver con el caso?

—Respecto a ello, me gustaría subrayar que asimismo se trata de una cuestión difícil de responder —contestó Braxén.

Acto seguido, señaló de repente al testigo con su puro sin encender y preguntó con tono inquisitorial:

—¿Conoce usted a Rebecka Lind?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace aproximadamente un mes. La joven se presentó en la oficina central del banco. Iba, por cierto, vestida igual que ahora pero llevaba un bebé en una especie de arnés en el pecho.

—¿Y usted la recibió?

—Sí, casualmente tenía un ratito libre y, además, me interesa la juventud de hoy en día.

—¿Sobre todo la mitad femenina de esa juventud?

—Sí, ¿por qué no admitirlo?

—¿Cuántos años tiene, señor Bondesson?

—Cincuenta y nueve.

—¿Qué quería Rebecka Lind?

—Pedir un préstamo. Al parecer, ella no tenía la menor idea de las más sencillas cuestiones económicas. Alguien le había dicho que los bancos prestaban dinero, así que se fue al banco más cercano y solicitó hablar con el director.

—¿Y usted qué respondió?

—Que los bancos son empresas comerciales que no prestan dinero sin intereses ni garantías. Ella respondió que tenía una cabra y tres gatos.

—¿Por qué quería un préstamo?

—Para viajar a Estados Unidos. No sabía exactamente a qué lugar de Estados Unidos, ni tampoco qué iba a hacer cuando llegara allí. Pero tenía apuntada una dirección, dijo.

—¿Qué más le preguntó?

—Si había algún banco que no fuera tan comercial como los otros. Uno que fuera propiedad del pueblo y al que la gente corriente pudiera acudir cuando necesitaba dinero. Yo le contesté, sobre todo en broma, que el Kreditbanken, o PK-Banken, como se llama ahora, al menos formalmente es propiedad del Estado, y por lo tanto del pueblo. Pareció satisfecha con la respuesta.

El Revientapleitos se acercó al testigo y le puso el puro en el pecho.

—¿Hablaron de algo más?

Bondesson, el director del banco, no respondió, de manera que el magistrado finalmente observó:

—Está usted bajo juramento, señor Bondesson. Pero no está obligado a responder preguntas que revelen la comisión de un delito por su parte.

—Sí —dijo Bondesson, obviamente de mala gana—. Las chicas se interesan por mí y yo por ellas. Me ofrecí a resolver sus problemas a corto plazo.

Miró a su alrededor para encontrarse con la mirada fulminante de Rhea Nielsen y con el brillo de la incipiente calva del Bulldozer, que seguía absorto en sus papeles.

—¿Y qué respondió Rebecka Lind?

—No lo recuerdo. Además, la cosa se quedó ahí.

El Revientapleitos había vuelto a su mesa. Hurgó un rato en sus papeles.

—En el interrogatorio policial —dijo—, Rebecka Lind afirmó haber manifestado lo siguiente: «Paso de viejos verdes». Y: «Creo que es usted repugnante». —El Revientapleitos repitió en voz alta—: Viejos verdes.

Haciendo un gesto con el puro indicó que su interrogatorio a la testigo había terminado.

—No entiendo en absoluto qué tiene eso que ver con el caso —comentó el Bulldozer sin levantar la vista.

El Revientapleitos cruzó la sala y se inclinó sobre la mesa del Bulldozer.

—Al parecer —dijo—, y es algo obvio para todos los presentes, el fiscal se ha dedicado desde la pausa de la comida a la lectura de un expediente acerca de alguien llamado Werner Roos. Ahora voy a preguntar al presidente del tribunal qué tiene eso que ver con el caso.

—Es interesante que el letrado mencione a Werner Roos —dijo el Bulldozer mientras se levantaba. Fijó su mirada en el Revientapleitos y preguntó con voz estridente—: ¿Qué sabe usted de Werner Roos?

—¿Puedo pedir a las partes que se circunscriban a este caso? —rogó el magistrado.

El testigo se retiró con expresión ofendida.

A continuación le tocó el turno a Martin Beck. Las formalidades fueron las de siempre, pero el Bulldozer estuvo entonces más atento y siguió el interrogatorio del abogado defensor con evidente interés. El Revientapleitos comenzó:

—Hoy, al ver a las palomas en las escaleras del edificio del tribunal...

Sin embargo, el magistrado, que estaba harto, le interrumpió:

—Sus informes zoológicos, letrado Braxén, debería sin duda reservarlos para otras situaciones y para un público diferente. Por otra parte, estoy convencido de que el tiempo del comisario es limitado.

—En tales circunstancias —dijo el Revientapleitos— seré breve. Ayer me llegó un mensaje, no con una paloma, sino por un método más prosaico y menos alado, a saber, por correo: el aviso de que el Tribunal Supremo había rechazado el recurso de casación interpuesto por un tal Filip Honesto Mauritzon. Como el comisario recordará, Mauritzon fue condenado hace poco más de un año y medio por asesinato en el contexto de un atraco a mano armada a un banco. El fiscal en ese juicio fue mi tal vez no tan instruido amigo Sten Robert Olsson, quien en ese momento ocupaba el cargo de fiscal de sala. Yo mismo tuve la ingrata y para mi profesión a menudo moralmente onerosa tarea de defender a Mauritzon, que, sin duda, era lo que coloquialmente se conoce como un criminal. Ahora querría hacer una sola pregunta: ¿considera usted, comisario Beck, que Mauritzon era culpable del robo al banco, y del consiguiente asesinato, y que la instrucción del actual fiscal jefe señor Olsson fue satisfactoria desde el punto de vista policial?

—No —respondió Martin Beck.

Aunque las mejillas del Bulldozer de repente adquirieron un tono rosa, que combinaba con el color de la camisa y hacía destacar aún más la espantosa corbata con su estampado de sirenas doradas y bailarinas hawaianas, sonrió alegremente.

—También yo querría formular una pregunta —dijo—. ¿Intervino usted, señor comisario Beck, en la investigación del asesinato cometido en el banco?

—No.

Olsson el Bulldozer, batiendo palmas frente a su cara, asintió con aire de suficiencia.

Martin Beck fue a sentarse al lado de Rhea y le despeinó el pelo aquel tan rubio, lo que le valió una mirada agria.

—Me había esperado algo más —dijo ella.

—Yo no —replicó Martin Beck.

Los ojos de Olsson el Bulldozer estaban a punto de estallar de curiosidad.

El Revientapleitos parecía completamente ajeno a la situación. Con su ligera cojera, se había trasladado a la ventana detrás del Bulldozer. En el polvo del cristal escribió la palabra «IDIOTA». Luego declaró:

—Como siguiente testigo, llamaré a un agente de policía.

—Subinspector de policía —corrigió el asesor.

—El agente de policía Karl Kristiansson —reiteró el Revientapleitos, impertérrito.

Kristiansson apareció: se trataba de un tipo inseguro, que en los últimos años había llegado a la conclusión de que la policía era una sociedad de clases aparte, donde el comportamiento de los superiores no iba encaminado a explotar a nadie, sino simplemente a joder a sus subordinados.

Después de una larga espera, el Revientapleitos se dio la vuelta y comenzó a caminar de un lado a otro de la sala. El Bulldozer hizo lo mismo pero a un ritmo completamente distinto, de modo que ambos acabaron pareciéndose a dos extravagantes centinelas. Finalmente, el Revientapleitos comenzó el interrogatorio con un gran suspiro, tras el cual dijo:

—Según tengo entendido, usted es policía desde hace quince años.

—Sí.

—Sus superiores le describen como perezoso y poco competente, pero honesto y sobre todo igual de capaz, o inútil, que sus otros colegas de la policía de Estocolmo.

—Protesto —gritó el Bulldozer—. La defensa está insultando al testigo.

—¿Ah, sí? —dijo el Revientapleitos—. Si digo que el fiscal jefe, al igual que un zepelín o un globo, es una de las bolsas de aire más interesantes y locuaces del país o incluso del mundo, no hay nada denigrante en ello. Ahora, no digo nada de esto sobre el fiscal jefe, y en lo que respecta al testigo, solo quiero subrayar que se trata de un policía experimentado, tan capaz y competente como el resto de los policías que adornan nuestra ciudad.

—Si el señor letrado en alguna ocasión dedicara un rato a escuchar una grabación de su voz con los efectos de sonido que la acompañan, estoy seguro de que se asustaría y se conmocionaría tanto como el resto de los asistentes —interrumpió Olsson el Bulldozer.

—Si el fiscal jefe apareciera ataviado con una de sus corbatas en un país en el que el mal gusto fuera delito, probablemente sería ejecutado —contraatacó el Revientapleitos—. ¿De dónde las saca, por cierto? ¿De contrabando?

—El abogado defensor me imputa un delito ante el tribunal —replicó el Bulldozer con bastante calma.

Su falta de excitación se debía a que lo cierto era que se había traído de contrabando un gran número de corbatas: concretamente, de Irán, adonde había acudido en viaje de estudio para identificar las rutas de entrada de estupefacientes. La que llevaba puesta en ese momento, sin embargo, provenía de la fiscalía de Andorra, que, según las instrucciones del Bulldozer, había escrito «Muestra sin valor» en el sobre.

—Si vamos a proteger a esta pobre chica... —comenzó a decir el Bulldozer con un gesto amplio.

Pero fue interrumpido de inmediato por el Revientapleitos, quien hizo un gesto aún más ostensivo.

—Las palabras se las lleva el viento —declaró—, los pensamientos permanecen.

Antes de que el Bulldozer pudiera reanudar la contraofensiva, el juez le detuvo y se aclaró la garganta.

—Me da la impresión de que los señores se están enzarzando en una discusión privada, que debería continuar en otra estancia separada o ante otro público.

—Solo estoy tratando de hacer hincapié en las extraordinarias habilidades del testigo y en su buen juicio —alegó el Revientapleitos con aire de inocencia.

Rhea Nielsen se echó a reír a carcajadas. Martin Beck puso su mano derecha en la izquierda de ella, quien se rio aún más. El magistrado señaló que los oyentes debían guardar silencio y luego volvió a mirar con irritación a las partes. El Bulldozer miraba tan fijamente a Rhea que se perdió el comienzo del examen del testigo.

El Revientapleitos, sin embargo, procedió mecánicamente.

—¿Usted llegó primero al banco? —preguntó.

—No.

—¿Detuvo a esta chica, Rebecka Olsson?

—No.

—Rebecka Lind, quiero decir —se corrigió el Revientapleitos después de oír unos cuantos chismorreos.

—No.

—¿Qué hizo usted entonces?

—Detuve a la otra.

—¿Intervinieron dos chicas en el robo?

—Sí.

—¿Y entonces usted detuvo a la otra?

—Sí.

—¿Por qué?

Kristiansson reflexionó un largo rato.

—Para que no se cayera.

—¿Qué edad tenía esa otra chica?

—Alrededor de cuatro meses.

—Entonces ¿fue Kvastmo quien detuvo a Rebecka Lind?

—Sí.

—¿Podría decirse que lo hizo con violencia o con excesivo uso de la fuerza?

—No entiendo en absoluto lo que la defensa insinúa o quiere decir —terció el Bulldozer en tono de guasa.

—Lo que quiero decir es que Kvastmo, al que todos hemos visto aquí hace un rato... —El Revientapleitos revolvió entre sus papeles—. Aquí lo tenemos —dijo—. Kvastmo pesa ciento dos kilos. Es, entre otras cosas, experto en kárate y lucha libre. Sus superiores lo describen como un oficial entusiasta y celoso de su oficio. El inspector de policía Norman Hansson, quien escribe el informe, dice que Kvastmo, sin embargo, con demasiada frecuencia es muy celoso de su oficio, hasta el punto de que muchos de los detenidos han denunciado haber sido objeto de violencia por parte de él. El informe también refiere que Kenneth Kvastmo ha recibido numerosas amonestaciones y que su capacidad para expresarse es bastante limitada. —El Revientapleitos dejó el documento—. ¿Querría el testigo ahora responder a la pregunta de si Kvastmo recurrió a la violencia?

—Sí —respondió Kristiansson—. Podría decirse.

La experiencia le había enseñado a no mentir en cuestiones relacionadas con el servicio, por lo menos no demasiado ni con demasiada frecuencia. Además, Kvastmo le caía mal.

—¿Y usted se hizo cargo del bebé?

—Sí, me vi obligado. Lo llevaba en una especie de cabestrillo y cuando Kvastmo le arrancó el cuchillo, la niña casi le cayó al suelo.

—¿Opuso Rebecka algún tipo de resistencia?

—No.

—¿Ninguna en absoluto?

—No. Cuando me hice cargo de la niña, ella me dijo: «Cuidado que no le caiga».

—Ese punto parece claro —observó el Revientapleitos—. Volveré al tema de la violencia más tarde. En su lugar, me gustaría hablar con usted de otra cosa.

—Sí —dijo Kristiansson.

—Dado que el personal del departamento especial que se ocupa de proteger el dinero de los bancos no acudió a la escena del crimen... —recordó el Revientapleitos; luego hizo una pausa clavando su imperiosa mirada en el fiscal.

—Trabajamos día y noche —replicó el Bulldozer—. Y este caso se valoró como un hecho de poca importancia, uno de muchos.

—Pero, sin embargo, usted, señor Olsson, probablemente pasa pocas noches en vela pensando en los inocentes que ha mandado a la cárcel o al correccional a causa de acusaciones erróneas e injustificadas. —Aquí el Revientapleitos a todas luces perdió el hilo, así que eructó y luego dijo—: Bueno, ajá.

Su errante mirada por fin se posó en Karl Kristiansson, que tenía un aspecto sumamente bobo, de pie en el centro de la sala, embutido en su cazadora de los Millwall: una cazadora blanca con puños de punto azules, un león estilizado en la parte izquierda del pecho y las palabras «THE LIONS» cosidas con tela azul en la espalda. Por lo demás, su atuendo era de uniforme.

—Eso significa que los policías que acudieron al lugar tuvieron que encargarse de realizar los primeros interrogatorios —apuntó el Revientapleitos por fin—. ¿Quién habló con la cajera del banco?

—Yo.

—¿Y ella qué le dijo?

—Que la chica se había acercado al mostrador con la pequeña en una mochila portabebés y había puesto su bolso sobre el mostrador de mármol. La cajera avistó el cuchillo inmediatamente, así que empezó a llenar el bolso de dinero.

—¿Sacó Rebecka el cuchillo?

—No. Lo llevaba en el cinturón. Casi a media espalda.

—¿Cómo pudo la cajera verlo entonces?

—No lo sé. Ah, bueno, sí, lo vio después, cuando Rebecka se dio la vuelta y ella gritó: «Un cuchillo, un cuchillo, lleva un cuchillo».

—¿Era un cuchillo de funda o una navaja?

—No, parecía un pequeño cuchillo de cocina. De los que se suelen tener en casa.

—¿Qué le dijo Rebecka a la cajera?

—Nada. Por lo menos no de inmediato. Después parece que se rio y exclamó: «No pensaba que fuera tan fácil conseguir un préstamo». Acto seguido añadió: «Supongo que debo dejar un recibo o algo así».

—Parece que el dinero acabó esparcido por el suelo —recordó el Revientapleitos—. ¿Cómo fue eso?

—Sí, lo sé. Kvastmo agarró con fuerza a la chica mientras esperábamos refuerzos. Y mientras la cajera comenzó a contar el dinero para ver si faltaba algo. Entonces Kenneth me gritó: «Detente, eso es ilegal».

—¿Y después?

—Después siguió gritando: «Kalle, cerciórate de que nadie toque el botín». Yo llevaba a la niña en brazos, así que solo cogí uno de los fajos y ¡zas!, los tiré todos al suelo. Eran sobre todo billetes pequeños, así que volaron en todas direcciones. Bueno, y entonces llegó un coche patrulla. Les pasamos el bebé a los chicos que venían en él y llevamos a la detenida a Kungsholmen. Yo conduje mientras Kenneth iba sentado en el asiento trasero con la chica.

—¿Hubo alguna pelea en el asiento trasero?

—Sí, un poco. Primero, ella lloraba y preguntaba qué habíamos hecho con su niña. Después se puso a llorar más fuerte y entonces Kvastmo le colocó las esposas.

—¿Usted dijo algo?

—Sí, le dije que probablemente no hacía falta. En primer lugar, porque Kvastmo era el doble de grande que ella, y en segundo lugar, porque ella no oponía resistencia.

—¿Dijo algo más mientras iban en el coche?

Kristiansson se quedó callado varios minutos. El Revientapleitos aguardó en silencio. Ni siquiera eructó ni repitió la pregunta ni murmuró nada acerca del perjurio o de la importancia de decir la verdad, como suelen hacer los abogados.

Kristiansson contempló sus uniformadas piernas y miró alrededor con expresión culpable.

—Le dije: «No le pegues, Kenneth».

El resto fue fácil. El Revientapleitos se levantó y caminó hacia Kristiansson.

—¿Suele Kenneth Kvastmo pegar a los detenidos?

—Ha ocurrido alguna vez.

—¿Vio usted la hombrera de Kristiansson y el botón casi arrancado?

—Sí. Lo mencionó. Dijo que su mujer no le guardaba sus cosas en orden.

—¿Cuándo ocurrió esto?

—El día anterior.

—Su testigo, señor fiscal —dijo el Revientapleitos en voz baja.

El Bulldozer clavó la mirada en Kristiansson. ¿Cuántos casos se habían ido al garete por la estupidez policial? ¿Y cuántos se habían ganado? A pesar de todo, esta última cifra era más alta. Pero el tener que lidiar con los agentes de policía, o, como se llamaban ahora, subinspectores, era al parecer un mal inevitable, tanto para los criminales como para los defensores de la ley.

—No hay preguntas —dijo el Bulldozer con suavidad. Luego añadió, como de pasada—: La fiscalía retira los cargos de atentado contra un agente de la autoridad.

Lo que ocurrió entonces fue que el Revientapleitos solicitó una pausa, que aprovechó, primero, para encender su puro, y luego, para emprender el largo camino al cuarto de baño. Regresó al cabo de un rato y se puso a hablar con Rhea Nielsen.

—¿Con qué clase de chicas te juntas? —preguntó Olsson el Bulldozer a Martin Beck—. ¿Que primero se descojonan de mí durante la audiencia y luego le dan conversación al Revientapleitos? Todo el mundo sabe que su halitosis es capaz de tumbar a un orangután a cincuenta metros.

—Con chicas muy majas —respondió Martin Beck—. O más bien, con una chica muy maja.

—Vaya, así que te has vuelto a casar. Yo también. Es algo que te da mucha vidilla.

Rhea se les acercó.

—Rhea —dijo Martin Beck—. Este es el fiscal jefe Olsson.

—Ya me figuro.

—Todos le llaman el Bulldozer —aclaró Martin Beck—. Creo que tu caso va mal.

—Sí, la mitad se ha derrumbado —dijo el Bulldozer—. Pero el resto sigue en pie. ¿Nos jugamos una botella de whisky?

Rhea se rascó la nuca y lanzó una mirada maliciosa a Martin Beck, quien negó con la cabeza.

—Una botella de whisky —repitió el Bulldozer intentando tentarle.

—No —dijo Martin Beck.

Rhea inclinó la cabeza a un lado: parecía como si fuera a decir algo. Pero justo entonces se reanudó la vista, así que entró corriendo a la sala de audiencias.

La defensa llamó a su último testigo, Hedy-Marie Wirén, una mujer de unos cincuenta años, bronceada: todo lo bronceada que se podía estar en este país, donde incluso el clima parecía participar en una conspiración contra sus pobres habitantes. De manera que la primera pregunta del Revientapleitos fue:

—¿Cómo está usted tan morena?

—Islas Canarias —respondió la testigo lacónicamente.

—Mis investigaciones personales, de las que todos ustedes acabarán estando al corriente, muestran que Rebecka Lund, sí, sí, ya sé que se llama Lind, pero yo padezco una enfermedad que el fiscal nunca ha tenido ni a buen seguro tendrá nunca. A saber, la imaginación, la capacidad de ponerme en la situación emocional y mental de otras personas.

—¿Es fantasía llamar a la señorita Lind Lund? —preguntó el Bulldozer abanicándose con la corbata—. ¿Es eso ponerse en la situación emocional de otra persona?

—Déjeme preguntarle, señor fiscal, una cosa en su lugar —dijo el Revientapleitos—. ¿Sabe dónde se halla en estos momentos la hija de cuatro meses de Rebecka Lind?

—¿Cómo diablos iba a saberlo? —replicó el Bulldozer—. Tenemos un Tribunal Tutelar de Menores.

—O un tribunal infanticida, como los padres jóvenes prefieren llamarlo.

El Revientapleitos encendió su puro con una distracción absoluta.

El magistrado tuvo que aclararse la garganta once veces para señalar la infracción. Llamaron al ujier. Se tomaron las medidas oportunas.

—¿Hay alguien en esta sala que sepa dónde se encuentra en este momento la niña Camilla Lind-Cosgrave?

Hubo un silencio mortal en la sala.

—Hay alguien que sí que lo sabe —informó el Revientapleitos—. Yo.

—Camilla, ¿dónde está? —sollozó Rebecka.

—Cada cosa a su tiempo —dijo el Revientapleitos.

—¿Puedo recordarles que estamos tomando, o más bien deberíamos estar tomando, declaración a un testigo? —intervino el magistrado.

El Revientapleitos parecía completamente indiferente a la observación, de modo que el juez precisó:

—El procurador Braxén ha llamado a esta mujer como testigo.

—Oh —exclamó el Revientapleitos—. Lo cierto es que me había olvidado. La ignorancia del fiscal ha llevado mis pensamientos en otra dirección. —Ordenó sus papeles, sacó por fin el que buscaba y dijo—: Rebecka Lind era una mala alumna en la escuela. La dejó a los dieciséis años, con notas que ni de lejos le permitían el ingreso en el instituto. Pero no se le daban tan mal todas las asignaturas.

—En las mías era buena —expuso la testigo—. Una de las mejores alumnas que he tenido. Rebecka tenía muchas ideas sobre todo a la hora de utilizar verduras y productos naturales. Era consciente de que nuestra economía doméstica es reprobable, que la mayoría de los alimentos que se venden en los supermercados están contaminados de una u otra forma.

—¿Es usted de la misma opinión?

—Sí. Completamente.

—Eso significaría que los filetes y los cubatas con los cuales, por ejemplo, yo mismo o el fiscal alimentamos nuestra miserable vida serían reprobables.

—Sí —respondió la testigo—. Profundamente censurable. Es un tipo de vida que no solo daña el cuerpo sino también la mente y la capacidad de pensar con claridad. De la misma forma, el tabaco causa daños cerebrales: fumando uno se vuelve estúpido, lisa y llanamente. Rebecka, por otra parte, se dio cuenta ya desde muy joven de la importancia de un estilo de vida saludable. Sembró una huerta en su casa y siempre estaba dispuesta a recoger lo que la naturaleza le ofrecía. Por ese motivo llevaba siempre un cuchillo de jardín en el cinturón. Yo he tenido muchas conversaciones con Rebecka.

—¿Acerca de nabos orgánicos?

El Revientapleitos bostezó.

—Entre otras cosas. Pero lo que quiero destacar es que Rebecka es una chica sana. Su formación intelectual quizá no sea muy grande, pero eso fue una decisión consciente suya. No quiere sobrecargar su cerebro con un montón de cosas que no son esenciales. Lo único que realmente le interesa es la cuestión de cómo salvar a la naturaleza de la destrucción total. No le interesa la política más allá del hecho de estimar que la sociedad en que vivimos es incomprensible y que sus líderes deben de ser criminales o dementes.

—No hay más preguntas —terminó el Revientapleitos.

En este punto, parecía hastiado y con ganas de irse a casa.

—Me interesa ese cuchillo —exclamó el Bulldozer saltando súbitamente de su asiento.

Se acercó a la mesa ante el juez y levantó el cuchillo.

—Es un cuchillo de jardín común —aclaró Hedy-Marie Wirén—. El que siempre suele llevar. Como todo el mundo puede ver, el mango está desgastado y al utensilio le han dado mucho uso.

—Sin embargo, puede considerarse un arma mortal —observó el Bulldozer.

—No estoy de acuerdo. Yo ni siquiera me atrevería a degollar un gorrión con ese cuchillo. Además, Rebecka tiene una actitud completamente negativa hacia la violencia. No entiende cómo es posible que se produzca, y ella misma no sería capaz de darle a nadie ni una bofetada.

—Yo sostengo, sin embargo, que esto es un arma letal —insistió el Bulldozer blandiendo el cuchillo de jardín.

Sin embargo, no parecía muy convencido, y aunque sonreía amablemente a la testigo, se vio obligado a hacer acopio de todo su buen carácter para recibir la siguiente réplica con la acostumbrada jovialidad.

—Eso será porque es usted un malvado o simplemente un estúpido —dijo la testigo—. ¿Fuma? ¿O bebe alcohol?

—No hay más preguntas —se retiró el Bulldozer.

—El interrogatorio de los testigos ya ha concluido —anunció el magistrado—. ¿Alguien tiene alguna pregunta antes de la investigación de antecedentes personales y las conclusiones de las partes?

El letrado Braxén, chasqueando la lengua, se acercó renqueante al podio.

—Las investigaciones de antecedentes personales —dijo— raramente son algo más que informes rutinarios, escritos para que su autor se gane cincuenta coronas o lo que sea. Así que me gustaría, y espero que otras personas responsables sean de la misma opinión, hacerle algunas preguntas a Rebecka Lind. —Se volvió por primera vez hacia la acusada—: ¿Cómo se llama el rey de Suecia? —Incluso el Bulldozer miró sorprendido.

—No lo sé —respondió Rebecka Lind—. ¿Debería saberlo?

—No —dijo el Revientapleitos—. No tiene por qué. ¿Sabe cómo se llama el primer ministro?

—No. ¿Quién es el primer ministro?

—Es el presidente del gobierno y el líder de la política nacional.

—En ese caso, es un canalla —replicó Rebecka Lind—. Sé que Suecia ha construido una central nuclear en Barsebäck, en la región de Escania, a solo veinticinco kilómetros del centro de Copenhague. Se dice que el gobierno es culpable de la destrucción del medio ambiente.

—Rebecka —interpeló el Bulldozer amablemente—. ¿Cómo puede saber esas cosas acerca de la energía nuclear cuando ni siquiera conoce el nombre del primer ministro?

—Mis amigos suelen hablar de esas cosas, pero pasan de la política.

El Revientapleitos, tras dejar un tiempo para que todos los presentes reflexionaran sobre eso, preguntó:

—Antes de ir a hablar con el director del banco, cuyo nombre me temo que he olvidado (probablemente para siempre), ¿había ido alguna vez a un banco?

—No. Nunca.

—¿Por qué no?

—¿Qué iba a hacer allí? Los bancos son para los ricos. Mis amigos y yo nunca vamos a esos lugares.

—Pero cuando a pesar de todo acudió a un banco —prosiguió el Revientapleitos—, ¿por qué lo hizo entonces?

—Porque necesitaba dinero. Un conocido mío me dijo que los bancos concedían préstamos. Luego, cuando ese horrible jefe del banco me contó que había bancos que eran propiedad del pueblo, entonces pensé que tal vez pudiera conseguir dinero allí.

—¿Así que cuando fue al PK-Banken usted creía realmente que le iban a otorgar un préstamo?

—Sí, pero me sorprendió que fuera tan fácil. No me dio tiempo ni a decir cuánto dinero necesitaba.

El Bulldozer, que ahora entendía qué línea seguía la defensa, se apresuró a intervenir.

—Rebecka —dijo esbozando una gran sonrisa que le llenó todo el rostro—. Hay cosas que simplemente no entiendo. ¿Cómo se puede, con los medios de comunicación que tenemos hoy en día, ignorar los hechos más simples sobre la sociedad?

—Su sociedad no es la mía —contestó Rebecka Lind.

—Es un error, Rebecka —dijo el Bulldozer—. Vivimos juntos en este país y tenemos una responsabilidad compartida sobre lo bueno y lo malo. Pero lo que quiero preguntar es ¿cómo es posible no oír lo que dicen en la radio y la televisión, o no ver lo que viene escrito en los periódicos?

—No tengo radio ni televisor, y lo único que leo en los periódicos son los horóscopos.

—Pero en todo caso ha ido nueve años a la escuela, ¿no?

—Ahí solo intentaban enseñarnos un montón de chorradas. Yo no solía estar atenta a lo que nos decían.

—Pero el dinero —dijo el Bulldozer—. El dinero es algo que le interesa a todo el mundo.

—A mí no.

—¿De qué vive usted?

—De los Servicios Sociales. Pero yo necesitaba muy poco. Hasta ahora.

El magistrado resumió a continuación con voz monótona la investigación de antecedentes personales, que, al contrario de lo que el letrado Braxén había predicho, no carecía completamente de interés.

Rebecka Lind había nacido el 3 de enero de 1956, y se había criado en una familia de clase media baja. Su padre era director administrativo de una pequeña empresa del ramo de la construcción. El ambiente en el hogar era bueno, pero Rebecka se había rebelado contra sus padres ya a una edad temprana y ese antagonismo alcanzó su punto culminante cuando cumplió los dieciséis años. Mostraba un total desinterés por los estudios, de manera que los abandonó. Sus maestros observaron que su nivel de conocimientos era alarmantemente bajo, y que aunque no le faltaba inteligencia su comportamiento era extraño y desapegado de la realidad. No había sido capaz de conseguir trabajo ni parecía importarle lo más mínimo. A los dieciséis años, se produjeron graves fricciones en su casa, de modo que se marchó.

El padre, respondiendo a la pregunta del redactor del informe, había manifestado que eso fue lo mejor para todos, ya que tenían otros niños que complacían mejor sus expectativas. Ella se instaló primero en una casita que un conocido le prestó de forma más o menos permanente, la cual mantuvo incluso después de haber conseguido un pequeño y anticuado apartamento en la zona de Söder en Estocolmo. A principios de 1973 conoció a un desertor estadounidense del ejército de la OTAN y se fue a vivir con él. Su nombre era Jim Cosgrave. Rebecka Lind enseguida se quedó embarazada, como era su deseo, y en enero de 1974 había dado a luz a una niña, Camilla. La pequeña familia había comenzado a sufrir dificultades. Cosgrave quería trabajar, pero, al llevar el pelo largo y ser extranjero, no conseguía empleo. El único trabajo que tuvo durante sus años en Suecia fue el de friegaplatos en un transbordador a Finlandia, durante dos semanas en verano. Además, echaba de menos su país. Tenía una buena formación y pensó que si regresaba a casa no tendría mayores dificultades en arreglar las cosas para sí y para su familia.

A principios de febrero, se puso en contacto con la embajada estadounidense y se declaró dispuesto a regresar voluntariamente si se le otorgaban ciertas garantías. Ansiosos por tenerlo de vuelta, le prometieron que solo recibiría un castigo formal. Además, le indicaron que estaba protegido por un acuerdo con el gobierno sueco.

Así que retornó a Estados Unidos el 12 de febrero. Rebecka esperaba poder reunirse con él en marzo, ya que los padres de su novio habían prometido ayudarlos con dinero. Pero los meses pasaron y Cosgrave no dio señales de vida. Ella se dirigió a los Servicios Sociales, donde le dijeron que no podían hacer nada porque Cosgrave era ciudadano extranjero. Fue entonces cuando Rebecka Lind decidió viajar a Estados Unidos por su cuenta para averiguar qué había pasado. Para conseguir el dinero había acudido a un banco, con el resultado conocido. El informe era esencialmente positivo. Señalaba que Rebecka cuidaba muy bien de su hija, y que nunca había sucumbido al vicio ni mostrado tendencias criminales. Era incorruptiblemente sincera, pero tenía una actitud poco realista hacia la vida y a menudo se mostraba excesivamente crédula. El informe ofrecía también una breve evaluación de Cosgrave: según sus conocidos se trataba de un joven resuelto, que no intentaba eludir sus responsabilidades y que creía sin reservas en un futuro mejor para él y su familia en Estados Unidos.

Mientras desmenuzaban los pormenores del informe, Olsson el Bulldozer había estudiado con interés uno de sus expedientes y de vez en cuando lanzaba miradas de complicidad al reloj.

Entonces se puso de pie para exponer sus conclusiones.

Rhea lo miraba con ojos entornados.

Dejando aparte su desastrosa indumentaria, se veía que era un hombre que tenía una tremenda confianza en sí mismo y un gran interés en su trabajo. Había seguido la línea de defensa del Revientapleitos, pero no iba a dejarse influir por ella. En su lugar, tenía la intención de expresarse de forma simple y concisa, en consonancia con su argumentación previa. Hinchó el pecho —o más bien la barriga—, bajó la mirada hacia sus zapatos marrones sin limpiar y dijo con voz aterciopelada:

—Voy a limitar mi alegato a una reiteración de hechos probados. Rebecka Lind entró en la oficina del PK-Banken armada con un cuchillo y equipada con un voluminoso bolso de bandolera en el que pensaba meter el botín. Mi larga experiencia en atracos bancarios de la clase más simple, de hecho en los últimos años se han cometido cientos de ellos, sirve para convencerme de que Rebecka actuó según un patrón predeterminado. Al ser inexperta en estas cuestiones, fue detenida de inmediato. Personalmente, casi siento pena por la acusada, que con su juventud se ha visto empujada a cometer un delito tan grave; pero, sin embargo, me veo obligado, en atención al deber general de obediencia a la ley, a solicitar la pena de prisión incondicional. Las pruebas que han salido a la luz en este largo proceso son completamente indiscutibles. No hay argumentación que pueda echarlas por tierra. —El Bulldozer se retorció la corbata entre los dedos y luego agregó—: De esta manera someto mis conclusiones a la consideración del tribunal.

—Señor Braxén, ¿está preparado para exponer las conclusiones de la defensa? —preguntó el magistrado.

Lo cierto es que el Revientapleitos no parecía en absoluto preparado. Escardó sus desordenados papeles, contempló un momento su puro y se lo metió luego en el bolsillo. Acto seguido miró alrededor, como si nunca hubiera estado antes en esa sala. Examinó a todos los presentes uno a uno, con curiosidad, como si nunca hubiera visto a ninguno de ellos.

Finalmente se levantó cojeando y se paseó de un lado para otro ante el estrado.

La mayoría de quienes conocían al Revientapleitos aguardaban con gran expectación, porque sabían que lo mismo podía ponerse a hablar durante varias horas que liquidar su alegato final en cinco minutos.

Olsson el Bulldozer lanzaba enérgicas miradas al reloj.

El Revientapleitos miró desafiante al jurado y a los jueces a la cara mientras recorría la sala de un extremo a otro. Su cojera, que al principio era casi imperceptible, parecía aumentar según progresaba el juicio. Finalmente dijo:

—Como ya he señalado al principio, la joven que se sienta en el banquillo, o más bien en la silla de los acusados, es inocente, de manera que es realmente innecesario proceder a su defensa. A pesar de ello, yo, sin embargo, diré unas pocas palabras.

Todo el mundo se preguntó nervioso qué eran para el Revientapleitos «unas pocas palabras».

Los temores, no obstante, resultaron infundados. El Revientapleitos se desabrochó la chaqueta, eructó, aliviado, sacó tripa y se apoyó en el podio. Comenzó:

—Como el fiscal ha señalado, en este país se cometen un gran número de atracos bancarios. La enorme publicidad que los rodea y las intervenciones a menudo espectaculares de la policía para detenerlos no solo han convertido al señor fiscal en una persona famosa que sale mucho en los periódicos y cuyas corbatas incluso han encontrado un hueco en las columnas de prensa semanales, sino que han desatado una histeria tal que ha hecho que cuando una persona normal entra en un banco inmediatamente se piense que ha ido a robar o a cometer cualquier otro acto inapropiado o desagradable. —El Revientapleitos hizo una pausa y se quedó un momento con los ojos bajos en el suelo. Probablemente trataba de concentrarse—. La sociedad no ha proporcionado mucha ayuda ni muchas alegrías a Rebecka Lind. Ni la escuela, ni sus padres, ni la generación de sus mayores, en general, le han dado apoyo ni aliento. No puede culpársele por no haberse querido integrar en el sistema social dominante.

»Cuando ella, a diferencia de muchos otros jóvenes, ha tratado de conseguir trabajo, la única respuesta que ha obtenido es que no había nada para ella. Sería tentador en este punto entrar en la cuestión de por qué no hay puestos de trabajo para la nueva generación, pero me abstendré de ello. Cuando ella por fin se encuentra en una situación difícil, acude a un banco. No tiene la más mínima idea de cómo funciona el sistema bancario, y se le transmite la idea errónea de que el PK-Banken puede ser una institución menos capitalista que otras o incluso propiedad del pueblo. Cuando la cajera del banco ve a Rebecka, piensa inmediatamente que la chica viene con la intención de atracar la entidad, en parte porque no entiende qué pinta una persona como ella en una sucursal bancaria, y en parte predispuesta por las numerosas advertencias con que han abrumado a los empleados del banco en los últimos años. Pulsa inmediatamente el botón de alarma y comienza a meter dinero en el bolso que la chica ha colocado sobre el mostrador. ¿Qué ocurre después? Pues bien, en lugar de acudir alguno de los famosos inspectores del fiscal jefe, que no tienen tiempo para ocuparse de cosas tan fútiles, los que se presentan allí son dos policías uniformados en un coche patrulla. Mientras uno de ellos, según sus propias palabras, se lanza como una pantera sobre la chica, el otro desparrama todo el dinero por el suelo. Además de esta intervención, interroga a la cajera. De dicho interrogatorio resulta que Rebecka no amenazó al personal del banco en ningún momento y que ni siquiera pidió dinero. Todo puede considerarse, por tanto, un malentendido. El comportamiento de la chica fue ingenuo, pero eso, como bien es sabido, no constituye un delito.

El Revientapleitos regresó cojeando a su mesa, estudió los documentos y continuó, de espaldas a los jueces y al jurado:

—Solicito que Rebecka Lind sea absuelta y los cargos desestimados. No voy a efectuar ninguna petición subsidiaria, pues a ojos de cualquier persona sensata mi defendida es inocente y, por lo tanto, cualquier otro veredicto queda excluido.

La deliberación del tribunal fue bastante breve. El resultado se anunció en menos de una hora.

Rebecka Lind fue absuelta y puesta en libertad de inmediato. Sin embargo, no se dictó auto de archivo. Cinco miembros del jurado votaron a favor de la absolución y dos en contra. El magistrado había sugerido la condena.

Cuando salieron de la sala del tribunal, Olsson el Bulldozer se acercó a Martin Beck.

—¿Ves? Si hubieras sido un poco más listo, te habrías ganado la botella de whisky.

—¿Vas a apelar?

—No. ¿No crees que tengo cosas mejores que hacer que tirarme un día entero en el tribunal de apelaciones discutiendo con el Revientapleitos? ¿De un caso así?

Y salió corriendo.

También el Revientapleitos se acercó a ellos. Su cojera parecía ir en aumento.

—Gracias por haber venido —dijo—. No todo el mundo lo habría hecho.

—Creo que entendía tu línea de pensamiento —replicó Martin Beck.

—Ahí está el quid de la cuestión —repuso Braxén—. Muchos entienden tu línea de pensamiento, pero casi ninguno viene a apoyarla.

El Revientapleitos miró pensativamente a Rhea mientras le cortaba la punta a su puro.

—Tuve una interesante y fructífera conversación con la señorita... la señora... con esta mujer, en el descanso.

—Se llama Nielsen —informó Martin Beck—. Rhea Nielsen.

—Gracias —contestó el Revientapleitos un poco acalorado—. A veces me pregunto si no pierdo un montón de casos por ese lío que me hago con los nombres. Sin embargo, la señora Nilsson debería haberse dedicado al derecho. Analizó todo el caso en diez minutos e hizo un resumen que al fiscal le habría llevado varios meses, si es que hubiera sido lo suficientemente listo para ponerse a hacerlo.

—Hmm —murmuró Martin Beck—. Si el Bulldozer hubiera querido apelar, lo más probable es que no hubiera perdido en segunda instancia.

—Bueno —respondió el Revientapleitos—. Uno debe tener en cuenta la psique del oponente. Si pierde en primera instancia, no apela.

—¿Por qué? —preguntó Rhea.

—Se dañaría su imagen de hombre que está tan ocupado que no tiene tiempo para nada. Y si todos los fiscales fueran como el Bulldozer, la mitad de la población pronto estaría entre rejas.

Rhea hizo una mueca.

—Gracias de todos modos —se despidió el Revientapleitos, y se alejó cojeando.

A la puerta del tribunal, se detuvo y encendió su puro. Como al mismo tiempo lanzó un magnífico eructo, el resultado fue que dejó el baluarte de la justicia envuelto en una enorme nube de humo.

Martin Beck observó cómo se marchaba con cierto aire pensativo.

—¿Adónde quieres ir? —dijo luego.

—A casa.

—¿A la tuya o a la mía?

—A la tuya. Hace ya mucho tiempo.

Hace mucho tiempo eran exactamente cuatro días.

4

Martin Beck vivía en Köpmangatan, en Gamla Stan, el casco antiguo de Estocolmo, la ubicación más céntrica que podía imaginarse. El edificio se hallaba rehabilitado, tenía incluso un ascensor, y el piso era lo que todo el mundo, excepto los esnobs incorregibles que poseían chalés con parque y piscina en Saltsjöbaden o Djursholm, consideraría sin la menor duda un lugar de ensueño. Había tenido suerte, tal vez una suerte enorme, de conseguir esa casa, y lo más asombroso era que no se había hecho con ella mediante trampas, soborno o algún chanchullo; es decir, del modo en que la policía generalmente obtenía los privilegios. Eso, a su vez, le había proporcionado fuerza para romper un matrimonio fracasado de dieciocho años.

Luego había tenido mala suerte de nuevo, un loco sobre un tejado le había disparado en el pecho, y un año más tarde, cuando por fin salió del hospital, entonces había surgido realmente del frío, harto del trabajo, horrorizado ante la idea de pasar el resto de sus años de servicio sentado en una silla giratoria en un despacho de burócrata con una alfombra persa en el suelo y cuadros de artistas consagrados en las paredes.

Pero en ese momento el riesgo de que aquello sucediera era mínimo: los mandamases de la Dirección General de Policía parecían haberse convencido de que, si bien no estaba del todo loco, era en todo caso absolutamente imposible trabajar con él.

Así que Martin Beck era el jefe de la Brigada Nacional de Homicidios y probablemente seguiría siéndolo hasta que ese viejo pero eficaz organismo fuese suprimido.

Se chismorreaba incluso que el porcentaje de casos solucionados por la brigada era demasiado alto. Y eso se atribuía a que contaba con una buena dotación de personal y relativamente pocos casos que resolver, lo cual a su vez significaba que su personal era demasiado bueno y dedicaba demasiado tiempo a cada investigación.

Además, como se ha dicho, había personas en las altas esferas que tenían ojeriza a Martin Beck. Una de ellas llegó incluso a insinuar que este, con diversos medios desleales, había persuadido a Lennart Kollberg, uno de los mejores policías del país, a abandonar el cuerpo para aceptar un trabajo a tiempo parcial en el Museo del Ejército clasificando revólveres, dejando a su mujer la carga de mantener a la familia.

Eran pocas las veces que Martin Beck se enfadaba en serio, pero cuando esa paparruchada llegó a sus oídos, le faltó poco para acercarse al sujeto en cuestión y darle un puñetazo en la mandíbula.

El hecho era que todo el mundo había salido ganando tras la renuncia de Kollberg. En primer lugar, él mismo, que no solo se había librado de un trabajo que le desagradaba, sino que podía ver más a menudo a su familia, a su esposa y a sus hijos, a los que les encantaba tenerlo en casa. En segundo lugar, Benny Skacke, que había ocupado el puesto de Kollberg y de esa manera ganaba puntos para lo que constituía su gran meta en la vida: llegar a ser jefe de policía. Y por último —pero quizá eran los máximos beneficiados—, algunos miembros de la Dirección General de Policía, que aunque no tenían más remedio que reconocer que Kollberg era un buen policía, siempre lo habían considerado «difícil» y «fuente de problemas».

A la hora de la verdad, solo había una persona que echaba de menos a Kollberg en Västberga, donde los días transcurrían en general sin incidentes para la Brigada Nacional de Homicidios, y esa persona no era otra que Martin Beck.

En el momento de salir del hospital, hacía más de dos años, había tenido que afrontar problemas de naturaleza más personal.

Se había sentido más solo y aislado que nunca. El caso que le habían asignado como terapia había sido muy especial, en la medida en que parecía extraído directamente de un catecismo para el escritor de novelas policíacas. Se trataba del misterio de una habitación cerrada. La investigación fue desconcertante, y la resolución, insatisfactoria. Muchas veces tuvo la sensación de ser él mismo quien se encontraba en la habitación cerrada, en lugar de un cadáver más bien carente de interés.

Y entonces de repente la suerte se había cruzado de nuevo en su camino: suerte no con la investigación, pues, aunque encontró al asesino, Olsson el Bulldozer prefirió en el juicio que el acusado fuera condenado por un homicidio cometido al atracar un banco, algo de lo que aquel no era en absoluto culpable. Ese era el caso que el Revientapleitos había mencionado ese día. Desde entonces, el Bulldozer se le había atragantado un poco a Martin Beck, ya que todo había sido deliberadamente manipulado, pero sus relaciones no eran del todo malas. Martin Beck no era rencoroso, y le gustaba hablar con el fiscal jefe, aunque ciertamente le divertía ponerte alguna que otra traba, como había ocurrido este día.

No, el golpe de suerte fue haber conocido a Rhea Nielsen. Haber conocido a una mujer que le interesó ya a los diez minutos de verla por primera vez y que en gran medida no se molestó en ocultar su interés hacia él.

Al principio, tal vez lo que le resultó más importante fue haber entrado en contacto con una persona que comprendía de inmediato lo que él quería decir, y cuyas propias intenciones y preguntas implícitas eran bien claras, sin malentendidos ni complicaciones.

Así había comenzado todo. Se habían visto a menudo, pero solo en casa de ella. Era propietaria de un bloque de apartamentos en Tulegatan, el cual regentaba como una especie de casa comunal, si bien durante el último año cada vez con menos ganas.

Había tardado varias semanas en ir a verlo a su piso de Köpmangatan. En esa ocasión ella había hecho la cena: cocinar de manera rápida y efectiva era una de sus aficiones. La noche vino a demostrar que tenía otros intereses en sintonía con los de Martin Beck.

Fue una gran noche. Para Martin Beck, quizá la mejor de su vida.

A la mañana siguiente, mientras Martin Beck preparaba el desayuno, contempló cómo se vestía.

Ya la había visto desnuda varias veces, pero tenía la fuerte sensación de que pasarían muchos años antes de hartarse de mirarla.

Rhea Nielsen poseía un cuerpo fuerte y bien formado. Se podría decir que era un poco achaparrada, pero también era posible considerar su físico como inusualmente funcional y armonioso. Del mismo modo, su rostro podía considerarse tanto irregular como enérgico y lleno de personalidad.

Lo que más le gustaba de ella eran cinco cosas muy dispares: sus intransigentes ojos azules, sus pechos redondos y planos, sus grandes pezones de color marrón claro, el vello rubio entre sus ingles y sus pies.

Rhea Nielsen se rio con voz ronca.

—Venga, mírame, no te cortes. A veces es la leche de divertido que te miren —exclamó mientras se ponía las bragas.

Poco después desayunaron té y tostas con mermelada.

Ella tenía un aspecto pensativo.

Martin Beck sabía por qué. Él mismo estaba preocupado.

Unos minutos más tarde ella le dijo al marcharse:

—Gracias por una noche tan estupenda.

—Gracias a ti.

—Te llamo —dijo Rhea—. Si te parece que tardo mucho, entonces llámame tú.

Ella lo miró, de nuevo con aire pensativo y preocupado. Luego se calzó de golpe los zuecos rojos y se despidió bruscamente:

—Adiós. Y gracias de nuevo.

Martin Beck libraba ese día. Cuando Rhea se fue, entró en el baño y se duchó. Se secó, se puso el albornoz y se echó en la cama.

Con aspecto inquieto, se levantó y se miró en el espejo. Había que reconocer que no aparentaba cincuenta y un años, pero también había que reconocer que la realidad era que los tenía. Por lo que podía ver, su rostro no había cambiado mucho en bastantes años. Era alto y atlético, un hombre de tez un tanto amarillenta y mandíbula ancha. El cabello ni siquiera le había empezado aún a encanecer, ni tenía entradas.

¿O todo eso era ilusorio y veía solo lo que quería ver?

Martin Beck volvió a la cama, se tumbó de espaldas y cruzó las manos detrás del cuello.

Había pasado las mejores horas de su vida.

Al mismo tiempo, se había creado un problema que parecía insoluble. Era cojonudo acostarse con Rhea. Pero, ¿cómo era ella? No estaba seguro de querer expresarlo con palabras, pero tal vez debería hacerlo.

¿Qué fue lo que alguien dijo de ella una vez en la casa de Tulegatan?

Medio chica, medio tipa dura.

Era una bobada, pero había algo de cierto en ello.

¿Cómo había sido esa noche?

La mejor de su vida. Desde el punto de vista sexual. Pero Martin Beck no tenía tanta experiencia en ese campo.

¿Cómo era ella? Tenía que responder a esa pregunta. Antes de llegar al centro de la cuestión.

Ella se lo había pasado bien. Se había echado a reír a veces. Y en otros momentos le dio la impresión de que estaba llorando.

Hasta el momento todo marchaba viento en popa, pero luego sus pensamientos tomaron un rumbo diferente.

«No va a funcionar».

«Hay muchas cosas en contra».

«Soy trece años mayor. Los dos estamos divorciados».

«Tenemos hijos, pero aunque los míos son mayores (Rolf, diecisiete años, e Ingrid, veintiuno), los de ella son todavía muy pequeños».

«Dentro de nueve años tendré sesenta y estaré a punto de jubilarme, mientras que ella todavía tendrá solo cuarenta y siete. No va a funcionar».

Martin Beck no llamó. Pasaron los días y, transcurrida ya una semana larga desde la gran noche, su teléfono sonó a las siete y media de la mañana.

—Hola —dijo Rhea.

—Hola. Gracias por la última noche.

—Gracias a ti. ¿Estás ocupado?

—No, en absoluto.

—Joder, se supone que los policías deben tener siempre mucho que hacer —exclamó Rhea—. ¿Cuándo trabajáis, pues?

—En mi departamento hace un tiempo que las cosas están tranquilas. Pero sal a la calle y verás.

—Gracias, sé cómo andan las cosas en la calle.

Hizo una breve pausa y soltó una tos seca. A continuación preguntó:

—¿Quieres que hablemos?

—Creo que sí.

—Está bien, cuando tú me digas. Prefiero que sea en tu casa.

—Podríamos salir a cenar luego —sugirió Martin Beck.

—Sí —respondió ella vacilante—. Podríamos. ¿Se puede entrar con zuecos en los restaurantes hoy en día?

—Por supuesto.

—Estaré allí a las siete entonces. Probablemente no será una reunión muy larga.

Fue una conversación importante para ambos, pero como Rhea Nielsen había predicho, no se alargó demasiado.

Martin Beck también esperaba una breve charla. Sus pensamientos solían discurrir por los mismos derroteros y no había razón para creer que esa vez sería diferente. Más bien lo más probable era que llegaran a conclusiones similares acerca de una cuestión que sin duda tenía cierta importancia.

Rhea se presentó a las siete en punto. Se quitó los zuecos rojos y se puso de puntillas para besarle. Acto seguido le preguntó:

—¿Por qué no me has llamado?

Martin Beck no respondió.

—Porque has estado pensando. Y no estás contento con las conclusiones a que has llegado, ¿no?

—Algo así.

—¿Algo así?

—Exactamente eso.

—Así que no podemos vivir juntos o casarnos o tener más hijos ni ninguna tontería de esas. Entonces todo se complicaría y embrollaría y lo que es una buena relación tendría grandes posibilidades de irse al garete. Se arruinaría y se corrompería.

—Sí —replicó él—. Seguramente tengas razón. Por mucho que me gustaría llevarte la contraria.

Ella clavó en él sus peculiares ojos azules semientornados.

—¿Tantas ganas tienes de llevarme la contraria?

—Sí. Pero no voy a hacerlo.

Por un momento, Rhea pareció perder la compostura. Se acercó a la ventana, apartó la cortina y murmuró algo tan confuso que Martin Beck no alcanzó a distinguir las palabras.

Después de unos segundos, dijo, todavía sin girar la cabeza:

—He dicho que te quiero. Te quiero ahora, y sin duda seguiré queriéndote durante bastante tiempo.

Martin Beck se quedó pasmado. Se fue hacia ella y la abrazó.

Poco después, ella levantó la cara de su pecho.

—Lo que quiero decir —dijo— es que aquí me tienes y aquí me tendrás mientras sea recíproco. ¿Queda claro?

—Sí —respondió Martin Beck—. ¿Salimos a cenar?

Fueron a un restaurante tan fino que el maître se quedó mirando con desaprobación los zuecos rojos. Por lo demás, no solían salir a comer fuera, ya que a Rhea le encantaba cocinar y además lo hacía mucho mejor que la mayoría de la gente.

Después se habían ido a dormir en la misma cama, algo que ninguno de los dos había planeado.

Desde entonces habían transcurrido casi dos años. Rhea Nielsen había estado en el piso de Köpmangatan innumerables veces y, naturalmente, hasta cierto punto había dejado su huella en él. Sobre todo en la cocina, que había cambiado tanto que no había quién la reconociera.

También había colgado un póster de Mao Tse-tung sobre la cama. Martin Beck nunca hablaba de política, así que no había dicho nada.

Pero Rhea le había advertido:

—Si alguien quiere hacer un reportaje del tipo «En casa de Martin Beck», lo quitas. Si es que no tienes huevos para dejarlo puesto.

Martin Beck no había respondido, pero la idea de la inmensa consternación que la imagen causaría en algunos círculos le decidió de inmediato a dejarlo en la pared.

Cuando entraron en el piso de Martin Beck la tarde del 5 de junio de 1974, Rhea comenzó inmediatamente a desabrocharse las sandalias.

—Estas putas correas me han hecho una rozadura —comentó—. Pero en una semana o así se pasará. —Arrojó el calzado lejos de sí—. Qué alivio —exclamó.

Había hablado casi sin cesar durante todo el camino desde el tribunal. El juicio en general, la sentencia aleatoria y la mediocre investigación policial le habían causado una profunda impresión.

—¿Puedo decir algo ahora? —preguntó Martin Beck.

—Sí. Ya sabes que hablo demasiado. Pero tú mismo me has reconocido que eso no revela precisamente falta de personalidad.

—Desde luego. Llevo tanto rato escuchándote que empiezo a creer que la locuacidad denota, de hecho, una fuerte personalidad, sobre todo si el sujeto en cuestión tiene algo sensato que decir.

—La locuacidad es bonita —observó ella, echándose a reír.

—Me he dado cuenta —dijo Martin Beck— de que has pasado un rato muy entretenido con Braxén durante una de las pausas. Tengo mucha curiosidad por saber de qué hablabais.

—La curiosidad también es una virtud —sentenció Rhea—. Bueno, solo le llamé la atención sobre algunos aspectos del caso que pensé que había pasado por alto. Más tarde se vio que no se le habían pasado por alto. Además...

—¿Además?

—Además hablé con él de las mismas cosas que he hablado contigo de camino hacia aquí. De que tenemos la policía más cara del mundo y de que a pesar de ello las investigaciones son tan mediocres que nunca deberían llegar a los tribunales. Y que en un verdadero Estado de derecho deberían ser inmediatamente devueltas a la policía.

—¿Y el Revientapleitos qué opinaba?

—Que eso del Estado de derecho había que decirlo con la boca pequeña y que las costosas dotaciones policiales solo están para proteger al régimen y a ciertas clases y grupos privilegiados.

—Podría haber añadido que la delincuencia en este país es excepcionalmente alta.

—Y la segunda parte de la cuestión —prosiguió Rhea—. ¿Por qué no basta esa extraordinaria fuerza policial para hacer una investigación ordinaria? ¿Una investigación que hasta yo podría haber hecho mejor? Se trata del futuro de las personas, a menudo incluso de sus vidas. Contéstame a eso, por favor.

—Los recursos policiales se han incrementado sustancialmente en los últimos diez años, es cierto. Sin embargo, una gran parte se reserva para tareas especiales. Para qué tareas exactamente no tengo ni idea, ni siquiera yo.

—Es exactamente la misma respuesta que me dio Braxén.

Martin Beck no dijo nada.

—Pero hiciste un buen trabajo hoy —continuó Rhea—. ¿Cuántos policías habrían aceptado testificar?

Martin Beck seguía sin decir nada.

—Ni uno solo. Y lo que dijiste le dio la vuelta a todo el caso. Enseguida me di cuenta. Si tuviera tiempo me gustaría ir al tribunal mucho más a menudo. Es muy instructivo. Te entrena la sensibilidad. Notas enseguida cuándo reacciona la gente y cómo cambia de opinión.

Lo que Rhea Nielsen no necesitaba en absoluto era más sensibilidad de la que ya tenía, pero Martin Beck se abstuvo de hacer ese comentario.

Ella examinó sus pies.

—Bonitas sandalias —dijo—, pero, joder, cómo rozan. Qué alivio quitárselas.

—Quítate lo demás también, si te apetece —sugirió Martin Beck.

Ya la conocía lo bastante para saber de qué forma podía evolucionar la situación: o bien se quitaba la ropa al instante, o iniciaba una conversación sobre algo completamente diferente.

Rhea le lanzó una mirada. A veces sus ojos parecían fosforescentes, pensó. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de nuevo enseguida y se quitó la camisa y los pantalones vaqueros, y antes de que Martin Beck tuviera tiempo de desabrocharse la chaqueta, la ropa de ella se hallaba en el suelo y ella misma desnuda en la cama.

—Joder, qué lento te desvistes —le dijo a Martin Beck, con una risita.

De pronto se había puesto de buen humor. Se le notaba también en que casi todo el rato se quedó tumbada sobre su espalda con las piernas muy separadas, levantadas y rectas: esa era la postura que más le gustaba, lo que no quiere decir que fuera la que usaba siempre o ni siquiera más a menudo.

Se corrieron al mismo tiempo y eso fue todo por ese día.

Rhea Nielsen rebuscó en el armario y sacó una larga chaqueta de punto lila, que claramente era su prenda de vestir preferida y que le costaba tanto dejar en Tulegatan como su integridad personal.

Ya antes de que le diera tiempo a ponérsela, empezó a hablar de comida.

—Una tosta calentita, o tal vez tres o cinco, no estarían nada mal. He comprado un montón de cosas ricas: jamón, paté y el mejor queso Jarlsberger que hayas probado nunca.

—Me lo creo —dijo Martin Beck.

Se colocó junto a la ventana a escuchar el aullido de los coches de policía, que se oía muy claramente, a pesar de que la vivienda tenía aislamiento acústico.

—Estará todo listo en cinco minutos —anunció Rhea.

—Te sigo creyendo.

Pasaba lo mismo cada vez que se acostaban. A ella enseguida le entraba un hambre de lobo. A veces su necesidad era tan urgente que salía corriendo desnuda a la cocina para ponerse a preparar algo. El hecho de que prefiriera comer caliente complicaba las cosas.

Martin Beck no tenía ese tipo de problemas, más bien al contrario. Cierto es que en gran parte se había librado de sus molestias de estómago desde que se libró de su mujer: lo que no sabía decir era si aquellas se debían a las pesadas comidas que esta cocinaba o si tenían causas psicosomáticas. Pero, sobre todo cuando estaba de servicio o cuando Rhea no se hallaba cerca, podía satisfacer sus necesidades calóricas con un par de sándwiches de queso y algunos vasos de leche homogeneizada.

Sin embargo, era muy difícil resistirse a las tostas calientes de Rhea.

Al igual que el Bulldozer casi siempre ganaba sus casos, ella casi siempre tenía éxito con sus sándwiches.

Martin Beck se comió tres y se bebió dos botellas de cerveza Hof. Rhea, por otro lado, se echó al coleto siete tostas y media botella de vino tinto y aun así todavía no se sentía llena, de manera que quince minutos más tarde se lanzó a buscar cosas comestibles en el refrigerador.

—¿Te quedas a dormir? —preguntó Martin Beck.

—Sí, gracias —respondió ella—. Parece que es uno de esos días.

—¿Uno de esos días?

—Uno de esos días en que nos viene bien, claro.

—Ah, vale, uno de esos días.

—Podemos celebrar el Día de la Bandera, por ejemplo. O el santo del rey. Podemos pensar en algo original para hacer cuando nos despertemos.

—Sí, ya se nos ocurrirá algo.

Rhea se arrellanó en el sillón. La mayoría de la gente probablemente la habría encontrado cómica con su peculiar postura y su misterioso cárdigan largo.

Pero no Martin Beck. Al cabo de un rato parecía haberse dormido, pero de pronto saltó:

—Ahora me acuerdo de lo que iba a decir antes de que me violases.

—Vaya. ¿Qué?

—Esa chica, Rebecka Lind, ¿qué va a pasar con ella?

—Nada. Ha sido absuelta.

—La verdad es que a veces dices tonterías. Ya sé que ha sido absuelta. La cuestión es qué puede pasarle a ella desde el punto de vista psicológico. ¿Puede cuidar de sí misma?

—A mí me dio la impresión de que sí. No parecía tan apática y pasiva como muchos jóvenes de su edad. Y en cuanto al juicio...

—Eso es, el juicio. ¿Qué es lo que ha sacado en limpio de él? Seguramente que la policía te puede coger y arrestar, y que incluso tienes grandes posibilidades de que te metan en la cárcel aunque no hayas hecho nada. —Rhea frunció el ceño—. Me preocupa esa chica. Es difícil apañárselas por uno mismo en una sociedad que no entiendes. Cuando eres ajeno al sistema.

—Por lo que parece, el estadounidense ese era un buen chico que realmente quería cuidar de ella.

—Quizá ni siquiera él pueda —dijo Rhea negando con la cabeza.

Martin Beck la miró en silencio durante un rato. Luego declaró:

—Me gustaría poder decir lo contrario, pero lo cierto es que yo también sentí cierta inquietud al ver a esa chica. Lo que pasa es que por desgracia no hay mucho que podamos hacer para ayudarla. Naturalmente, podríamos echarle una mano a título personal, dándole dinero, pero, primero, no creo que ella esté dispuesta a aceptar ese tipo de ayuda, y, segundo, no tengo dinero para irlo repartiendo.

Rhea se rascó la nuca un momento.

—Tienes razón —dijo—. Me da la sensación de que no es el tipo de persona que aceptaría una ayuda de caridad. Nunca irá voluntariamente a los Servicios Sociales. Seguramente intentará buscar un empleo, pero no va a encontrar nada.

Martin Beck se desperezó y expresó una opinión política por primera vez en muchos años:

—Está claro que necesitamos ayuda. ¿Y quién nos la va a proporcionar? ¿El de la pared?

—Ya no me quedan fuerzas para seguir pensando —repuso Rhea—. Pero una cosa parece clara: Rebecka Lind nunca llegará a ser una célebre ciudadana del Estado del bienestar.

Ahí se equivocaba; poco después se quedó dormida.

Martin Beck fue a la cocina a lavar los platos y a recoger los cacharros. Al cabo de un rato oyó cómo Rhea se había despertado de nuevo y al parecer estaba viendo la televisión. Como ella no consideraba conveniente tener televisor en su casa, seguramente por los niños, a veces sucedía que utilizaba la de Martin Beck. La oyó gritar algo, guardó lo que tenía en las manos y entró en la habitación.

—Están echando un informativo especial —informó.

Se había perdido el principio, pero no había duda acerca de qué iba la cosa.

La voz del presentador era solemne y seria.

«... el atentado se ha producido justo antes de la llegada al palacio. Una carga explosiva de gran potencia ha detonado en el momento en que la comitiva pasaba. El presidente, así como el resto de los pasajeros que iban en el vehículo blindado, han muerto en el acto y sus cuerpos han quedado destrozados. El mismo coche fue propulsado hasta un edificio cercano. Varias otras personas han fallecido a consecuencia de la explosión, incluso muchos agentes de seguridad, pero también civiles que transitaban por la zona. Según un comunicado del jefe de la policía local, el número de víctimas asciende con seguridad a dieciséis personas, cifra que podría aumentar significativamente. También hace hincapié en que las medidas de seguridad adoptadas con ocasión de esta visita de Estado han sido las más exhaustivas en la historia del país. En una radiodifusión francesa emitida inmediatamente después del atentado, el grupo terrorista de ámbito internacional ULAG ha asumido la autoría de los hechos».

El presentador levantó el auricular de su teléfono y escuchó unos segundos. Luego continuó:

«Acabamos de recibir vía satélite una grabación, efectuada por una cadena de televisión estadounidense, de la visita de Estado que ha acabado teniendo un final tan trágico».

La grabación era de mala calidad, pero aun así su contenido resultaba tan espeluznante que no debería haber sido mostrada.

Lo primero eran algunas imágenes de la llegada del avión presidencial y del alto cargo en cuestión, que saludó con cierta indolencia al comité de recepción. Luego inspeccionó con desinterés a su guardia de honor y saludó con una sonrisa «Profident» a sus anfitriones. A ello le sucedían unas cuantas imágenes de la procesión. El despliegue de seguridad parecía muy tranquilizador. Y entonces llegó el clímax de la retransmisión. La cadena de televisión había tenido la habilidad, o más bien la suerte, de colocar una cámara en un punto estratégico. Si dicho sujeto hubiera estado solo cincuenta metros más cerca, a buen seguro no seguiría con vida. Si en cambio se hubiera hallado cincuenta metros más lejos, no habría recogido ninguna imagen. Todo sucedió muy rápidamente. En primer lugar se alzó una enorme columna de fuego, y automóviles, animales y personas fueron lanzados por los aires. Cuerpos despedazados fueron absorbidos por una nube de humo que casi parecía un hongo atómico. A continuación, la cámara realizaba una panorámica por los alrededores, que eran marcadamente hermosos. Una fuente llena de surtidores, una amplia avenida flanqueada por palmeras. Y, acto seguido, la espeluznante imagen final: un caballo sin abdomen, todavía retorciéndose en paroxismos junto a un montón de hojalata, que podría haber sido un coche, y junto a algo que hacía poco había sido, seguro, una persona con vida.

El periodista había hablado sin cesar y con la voz exaltada y entusiasta que solo parecen poseer los reporteros estadounidenses. Como si con gran deleite estuviera siendo testigo nada menos que del fin del mundo.

—Joder —exclamó Rhea hundiendo la cara en el cojín del sofá—. En qué puto mundo vivimos.

Pero para Martin Beck las cosas iban a ser un poco más difíciles.

El presentador volvió a aparecer en pantalla diciendo:

«Se informa en este momento de que la policía sueca ha tenido a un observador especial en el lugar de los hechos, el inspector de la policía criminal Gunvald Larsson, de la brigada antiviolencia de Estocolmo».

Una foto fija de Gunvald Larsson llenaba ahora el cuadro. Tenía aspecto de retrasado mental y el nombre como de costumbre estaba mal escrito.

El presentador apareció de nuevo:

«Lamentablemente no poseemos datos sobre lo ocurrido al inspector Larsson. Más noticias en los informativos de radio a la hora habitual».

—Joder —profirió Martin Beck—. Me cago en diez.

—¿Qué te pasa? —preguntó Rhea.

—Gunvald. Siempre está allí donde se arma la gorda.

—Creía que no te caía bien.

—Sí que me cae bien. Aunque no suelo decirlo.

—Uno debe decir lo que piensa —dijo Rhea—. Venga, vamos a la cama.

Veinte minutos más tarde, se había quedado dormido con la mejilla en el hombro de ella.

El hombro se le adormeció pronto y el brazo poco después. Pero Rhea no se movió. Permaneció despierta en la oscuridad, llena de afecto hacia él.

5

El último tren de cercanías nocturno procedente de la Estación Central de Estocolmo paró en Rotebro y de él se apeó un solo pasajero.

El hombre, que vestía un traje vaquero azul oscuro y calzaba zapatillas de deporte negras, caminó rápidamente por el andén y bajó las escaleras, pero, cuando dejó atrás las fuertes luces de la estación, aminoró la marcha.

Continuó sin prisa atravesando la parte más antigua del barrio, pasando ante cercas, muros bajos y setos bien cuidados que rodeaban jardines. El aire era frío, pero, aun así, calmo y lleno de olores.

Era la hora más oscura del día, pero solo faltaban un par de semanas para el solsticio de verano y el brumoso cielo azul claro de junio se cernía sobre el solitario caminante nocturno.

Los chalés se alineaban a ambos lados de la carretera, oscuros y tranquilos, y solo se oía el sonido de sus propias suelas de goma al pisar en la acera.

Durante el viaje en tren se había sentido inquieto y nervioso, pero ahora, ya tranquilo y relajado, dejó que sus pensamientos vagaran a su antojo.

Un poema de Elmer Diktonius le vino a la mente y murmuró unos pocos versos al ritmo de sus pasos:

Recorre el camino cauto,

pero nunca cuentes los pasos,

pues el miedo los inmola.

De vez en cuando él mismo trataba de escribir poesía, con modestos resultados, pero sobre todo le gustaba leerla y había aprendido de memoria muchos poemas de sus autores favoritos.

Mientras caminaba, agarraba todo el rato con firmeza la enorme barra de hierro —de casi medio metro de longitud— que llevaba insertada en la manga derecha de la cazadora vaquera.

Tras cruzar Holmbodavägen y bajar a la colonia de casas adosadas, sus movimientos se volvieron más cautelosos y su postura más vigilante. Hasta entonces no se había encontrado con nadie, y esperaba seguir teniendo la misma suerte durante el corto trecho que le quedaba antes de alcanzar su objetivo.

Ahora se sentía más expuesto: los jardines estaban situados detrás de las casas, y la vegetación en la estrecha franja entre las hileras de fachadas y las aceras consistía en arriates, arbustos y setos demasiado bajos para servir de protección.

Las casas que jalonaban un lado de la carretera eran amarillas; las de la acera de enfrente estaban pintadas de rojo de Falun. Esa parecía ser la única diferencia; el exterior era al menos igual: chalés unifamiliares de dos plantas, construidos en madera y de tejados abuhardillados. Entre fachada y fachada se veían garajes bajos o cobertizos, que daba la impresión de que habían sido insertados allí tanto para comunicar las casas como para separarlas.

El hombre se dirigía a la hilera de casas más alejada, más allá de la cual terminaban las edificaciones y no se extendían sino campos y prados.

Se deslizó rápidamente y en silencio hacia el garaje que se erigía al lado de una de las casas junto a la curva mientras con la mirada barría la hilera de portales y la carretera. No había nadie a la vista.

En el garaje, que carecía de puertas, no había ningún coche, solo una bicicleta de mujer apoyada en la pared cerca de la entrada, y, enfrente, un cubo de basura.

En el otro extremo, cerca de la pared del fondo, había dos grandes cajas rectangulares de madera puestas de canto. Le preocupaba que alguien las hubiera movido. El escondite se había designado con antelación y le sería difícil encontrar uno tan bueno.

El espacio entre las cajas y la pared era estrecho, pero suficiente para que se pudiera meter en medio.

Reptó tras las cajas, que eran de madera maciza de pino sin tratar y que por su tamaño y formato parecían ataúdes.

Cuando se hubo asegurado de que estaba completamente oculto por las cajas, se sacó la barra de hierro de la manga. Era de un grosor que le permitía agarrarla sin dificultad, y consideraba que su longitud y peso la hacían adecuada para su propósito.

Ahora solo le quedaba esperar a que la noche estival lentamente diera paso a la mañana.

El suelo de cemento estaba duro, frío y húmedo, lo que le hizo tiritar un poco al yacer sobre él, boca abajo, con la cara hundida en la axila izquierda. En la mano derecha sostenía la barra, que todavía estaba tibia del calor de su cuerpo.

Cuando el canto de los pájaros le despertó, se puso de rodillas y miró el reloj. Casi las dos y media. El sol estaba a punto de salir y le quedaban cuatro horas de espera.

Poco antes de las seis comenzaron a oírse ruidos en el interior de la casa, débiles e indefinidos. El hombre que yacía tras los ataúdes de madera sintió ganas de apoyar el oído contra la pared, pero no se atrevió porque entonces alguien lo hubiese podido ver desde la carretera.

A través de una estrecha rendija entre las dos cajas, podía ver un trozo de la carretera y de la casa de enfrente. Pasó un coche y al poco rato oyó cómo un motor se ponía en marcha, tras lo cual vio pasar otro coche más.

A las seis y media, oyó, al otro lado de la pared, unos pasos que se acercaban; era un ruido como de zuecos de madera, que se alejaba y volvía unas cuantas veces. Al final, oyó claramente una grave voz femenina.

—Adiós. Me voy. ¿Me llamas esta noche?

No oyó la respuesta, pero sí cómo la puerta principal se abría y se cerraba de nuevo. Se quedó inmóvil, con el ojo en la rendija.

La mujer de los zuecos entró en el garaje. No podía verla, pero percibió un ligero chasquido cuando ella quitó el candado a la bicicleta y luego el crujido de sus pasos en el sendero de grava que llevaba hacia la carretera.

Lo único que vio de ella mientras se alejaba en bicicleta fue que llevaba pantalones blancos y que su cabello era largo y moreno.

A continuación fijó su mirada en la casa de enfrente.

Las persianas de la ventana que estaba dentro de su campo de visión estaban echadas.

Apretó la barra de hierro con el brazo izquierdo debajo de la chaqueta y se apartó tres pasos de la caja protectora, apoyó el oído en la pared lateral y escuchó, sin dejar de vigilar la carretera.

Al principio no se oía nada, pero al cabo de un rato percibió un ruido de pasos que desaparecían escaleras arriba.

La calle estaba vacía.

A lo lejos, el ladrido de un perro y el zumbido lejano de un motor diésel, pero en las inmediaciones todo parecía estar tranquilo y en silencio.

Se puso los guantes que llevaba enrollados en el bolsillo de la cazadora, se deslizó con rapidez por la pared del garaje, dio un paso hacia la esquina y empujó el pomo de la puerta principal.

Como había esperado, no estaba cerrada con llave.

Entreabrió la puerta, escuchó los pasos que venían del piso de arriba, observó a simple vista que la calle seguía vacía y se coló por la puerta.

Las losas de piedra del porche se hallaban un escalón más abajo que el parqué del vestíbulo: se quedó allí mirando a la derecha, a través del vestíbulo y hacia el amplio y abierto salón.

Ya conocía la distribución de la casa.

Tres puertas a la derecha, la del centro, abierta. Esa daba a la cocina. El cuarto de baño estaba tras la puerta que se encontraba a la izquierda del vestíbulo. Luego se hallaban las escaleras que llevaban al piso de arriba. Más allá se extendía la parte del salón oculta a su vista, que daba al jardín trasero.

A su izquierda colgaban una serie de abrigos y chaquetas, y en el suelo de piedra debajo del perchero se alineaban botas, sandalias y zapatos. Justo enfrente de él, ante la puerta de entrada, había otra puerta. La abrió, entró y la cerró sin hacer ruido.

La habitación era una especie de lavandería y trastero a la vez. También en ella se hallaba la caldera. La lavadora, la secadora y la centrifugadora se apoyaban en una pared más allá del aparato. En la otra pared había un par de armarios grandes y un banco de trabajo.

El hombre abrió las puertas de los armarios. En uno colgaba un traje de esquí, un abrigo de piel de oveja y toda esa ropa que no se usa muy a menudo o que se guarda durante el verano. El segundo contenía algunos rollos de papel pintado para paredes y un cubo de cinco litros de pintura blanca.

Los ruidos del piso de arriba cesaron.

El hombre sostuvo la barra de hierro en la mano derecha mientras abría la puerta y escuchaba.

De repente oyó pasos en la escalera y se apresuró a cerrar la puerta pero se quedó con la oreja pegada a ella.

Allí abajo los pasos no se oían con tanta claridad: seguramente correspondían a una persona que andaba descalza o en calcetines.

Hubo un estrépito en la cocina, como si se cayera una cacerola.

Silencio.

Entonces los pasos se acercaron y el hombre apretó con fuerza la barra de hierro.

Oyó cómo abrían la puerta del baño, y después de un rato cómo tiraban de la cadena del inodoro. Entonces entreabrió la puerta de nuevo y asomó la cabeza.

El chorro de agua que corría en el lavabo no le impidió oír el peculiar ruido gutural que se produce cuando alguien intenta cantar mientras se cepilla los dientes. A ello siguieron unos cuantos gargarismos, carraspeos, escupitajos, y luego otra vez la canción, ahora más clara y entonada con voz estridente.

Reconoció la canción, a pesar de que su intérprete desafinaba horriblemente y de que con toda probabilidad no la había escuchado desde hacía veinticinco años. «La chica de Marsella»: así le pareció recordar que se llamaba.

—«... pero una noche, bajo la luna del Mediterráneo, yazco muerta en un callejón del puerto...», era el canturreo que le llegaba desde el cuarto de baño mientras comenzaba a correr el agua de la ducha.

Salió al pasillo y se deslizó de puntillas hasta la entreabierta puerta del baño. El ruido de la ducha no ahogaba la canción, que ahora se mezclaba con bufidos y resoplidos.

El hombre, blandiendo la barra de hierro, miró dentro del cuarto de baño.

Contempló la reluciente y rosácea espalda con dos michelines colgando entre los omóplatos y el lugar donde debería haber estado la cintura.

Contempló las flácidas nalgas que temblaban sobre los pálidos muslos cuajados de hoyuelos y las venas varicosas en las corvas y en las huesudas pantorrillas.

Contempló el rollizo cuello y la coronilla, que dejaba entrever un pellejo rosa entre finos mechones de cabello negro.

Y mientras lo contemplaba y recorría los pocos pasos que lo separaban del hombre de la bañera, sintió cómo la repugnancia y la aversión llenaban su ser, así que levantó el arma y, con toda la fuerza que le confería el odio, le rompió el cráneo de un solo golpe.

Los pies del hombre gordo se deslizaron sobre el resbaladizo esmalte a la par que caía de bruces. La cabeza chocó sordamente contra el borde de la bañera antes de que su cuerpo, con un chasquido, se quedara inmóvil bajo los chorros de la ducha.

El asesino, al inclinarse hacia delante y cerrar los grifos, vio cómo la sangre y la masa encefálica se mezclaban con el agua y se colaban por el drenaje.

Asqueado, cogió una toalla con la que secó el arma homicida, para arrojarla a continuación sobre cabeza del cadáver y meterse luego la barra de hierro en la mojada manga de la cazadora.

Cerró la puerta del baño y salió al salón, abrió las puertas de cristal que daban al jardín, cuyo césped lindaba con el vasto campo que se extendía más allá de la zona edificada.

Tuvo que caminar un largo trecho a través de prados abiertos hasta llegar al lindero del bosque. Un trillado sendero cruzaba el campo en diagonal, se puso a seguirlo. Más allá se abrían tierras cultivadas, cubiertas de verdes brotes.

No se dio la vuelta, pero con el rabillo del ojo izquierdo vislumbraba la larga hilera de casas con sus tejados en mansarda y sus relucientes ventanas triangulares hastiales. Cada ventana era un ojo que lo contemplaba con frialdad.

Al llegar a la primera arbolada, situada sobre una pequeña loma rodeada de densos arbustos, se apartó del sendero.

Antes de abrirse paso entre las espinosas endrinas para adentrarse en la espesura, dejó caer de la manga la barra de hierro, que desapareció en la enmarañada vegetación.

Martin Beck estaba solo en casa hojeando un número de la revista Longitude mientras escuchaba uno de los discos de Rhea. No tenían precisamente los mismos gustos musicales, pero Nannie Porres les gustaba a ambos, por lo que ponía ese disco a menudo.

Eran las ocho menos cuarto de la tarde y su intención era irse temprano a la cama. Rhea estaba en una reunión de la asociación de padres de alumnos en el colegio de los niños, y por la mañana ya habían celebrado el Día de la Bandera de una manera altamente satisfactoria.

El teléfono sonó en medio de «I thought about you», y dado que sabía que no iba a ser Rhea, no se dio ninguna prisa en responder.

Era el comisario Pärsson, de la comisaría de Märsta, al que algunos llamaban Märsta-Pärsta. Martin Beck pensaba que el apodo sonaba infantil, de manera que siempre se refería a él como Pärsson el de Märsta, lo que, por otra parte, le recordaba a algún diputado de la antigua Liga de los Agricultores.

Pärsson dijo:

—He llamado primero al inspector de guardia, y no le ha parecido mal que te intentase localizar en casa. Tenemos un caso en Rotebro que claramente es un asesinato o un homicidio. A un tipo le han fracturado el cráneo con un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza.

—¿Dónde y cuándo lo han encontrado?

—En una casa adosada de Tennisvägen. La mujer que vive en la casa y que al parecer es su amante volvió a las cinco de la tarde y se lo encontró muerto en la bañera. Estaba vivo cuando ella salió a las seis y media de la mañana, según dice.

—¿Cuánto tiempo lleváis allí?

—Nos dio el aviso a las 17:35 —contestó Pärsson—. Hemos llegado hace casi exactamente dos horas. —Hizo una breve pausa y continuó—: Seguramente es un caso que podemos llevar nosotros mismos, pero he creído que era mejor informarte cuanto antes. A estas alturas no se puede aún predecir cómo de complicada va a ser la investigación. El arma homicida no se ha encontrado, y la mujer, aunque ciertamente tiene un aspecto más fortachón de lo normal, difícilmente puede haberle asestado un golpe así.

—¿Por qué no? Incluso hay quien se ha suicidado dándose un hachazo en la coronilla. La fuerza que se necesita para dar ese golpe no tiene por qué ser mayor que la que posee una mujer.

—A lo mejor no me he expresado claramente —siguió Pärsson—. No se trata de un hachazo, sino de un golpe propinado con un objeto no especialmente cortante.

—¿Así que quieres que os echemos una mano? —preguntó Martin Beck.

—Si no hubiera sabido que no tienes ninguna investigación en curso en este momento, no te habría molestado. Ante todo quería tu consejo. En general os gusta entrar en los casos cuando son razonablemente recientes. ¿No es así?

Pärsson sonaba un poco inseguro. Admiraba a todas las altas personalidades, y Martin Beck podía hasta cierto punto ser considerado como tal, pero tenía sobre todo gran respeto por sus dotes de policía.

—Por supuesto —replicó Martin Beck—. Has hecho muy bien. Te agradezco que me hayas llamado tan pronto.

Era cierto. A menudo sucedía que los departamentos de policía criminal de las comisarías locales tardaban demasiado en convocar a la Brigada Nacional de Homicidios, ya sea porque sobrestimaban sus recursos y su capacidad o porque infravaloraban el alcance de la investigación, y también porque querían echarle un pulso a los expertos de Estocolmo y atribuirse ellos mismos el honor de haber resuelto un crimen. Cuando al final tenían que reconocer sus limitaciones y Martin Beck y sus hombres llegaban al lugar, se encontraban a veces con que todas las pistas habían sido destruidas, los informes eran ilegibles, los testigos lo habían olvidado todo y el supuesto culpable se había afincado en Tahití o había muerto de viejo.

—Por otro lado, ahora las cosas por aquí están tranquilas —continuó Martin Beck—. O lo estaban hasta tu llamada.

—¿Cuándo puedes venir? —preguntó Pärsson, muy aliviado.

—Voy enseguida. Solo voy a llamar a Koll... a Skacke, a ver si me puede acompañar.

La costumbre hacía que Martin Beck siguiera pensando en llamar a Kollberg de inmediato en esas situaciones. Suponía que su subconsciente no quería aceptar que ya no trabajaban juntos. Los meses posteriores a la salida de Kollberg del cuerpo, le había llegado a llamar en situaciones de emergencia.

Skacke estaba en casa y, como de costumbre, su voz sonó enérgica y entusiasta. Vivía en Söder con su mujer, Monica, y su hija de un año.

Prometió estar en Köpmangatan en siete minutos, así que Martin Beck bajó a la calle a esperar.

Transcurridos exactamente siete minutos, Skacke llegó en su Saab negro.

De camino a Rotebro comentó:

—¿Has oído lo de Gunvald? Le cayó la cabeza del presidente en la barriga.

—Sí, ya me he enterado —contestó Martin Beck—. Menos mal que a él no le pasó nada.

Benny Skacke siguió conduciendo en silencio un rato y luego dijo:

—Qué risa, no tiene ni pies ni desde luego cabeza que te dé un cabezazo un presidente incorpóreo.

Cuando en la cantina de la comisaría había oído ese chiste malo, le había parecido gracioso. Ahora ya no estaba tan seguro.

Martin Beck tampoco le rio la broma.

—Estoy pensando en la ropa de Gunvald Larsson —continuó Skacke en un intento de suavizar la metedura de pata anterior—. Con lo que cuida su indumentaria y siempre se le echa a perder. Debe de haber quedado toda ensangrentada.

—Claro —dijo Martin Beck—. Pero lo importante es que él ha salido ileso, de pies a cabeza.

—Eso, de pies a cabeza —exclamó Skacke con una risita.

Benny Skacke tenía treinta y cinco años y durante los últimos seis años a menudo había formado parte del grupo de trabajo de Martin Beck: él mismo estimaba que había adquirido sus conocimientos más esenciales de criminalística observando cómo trabajaban Lennart Kollberg y Martin Beck. Se había dado cuenta también de la conexión especial que había entre ambos, y se maravillaba de lo fácilmente que uno y otro se adivinaban los pensamientos. Se daba perfecta cuenta de que esa conexión y ese entendimiento nunca podrían existir entre él y Martin Beck, y era consciente de que a los ojos de este él no era sino un pobre sustituto de Kollberg. Saber eso le hacía a veces sentirse inseguro en compañía de Martin Beck.

Martin Beck, por su parte, entendía muy bien esos sentimientos que albergaba Skacke y hacía todo lo posible para animarlo y mostrar que apreciaba su esfuerzo. Había visto a Skacke madurar desde que lo había conocido años atrás, y sabía que trabajaba duro no solo para hacer carrera, sino también para llegar a ser un buen policía con un amplio rango de conocimientos. En su tiempo libre no solo se ejercitaba físicamente y hacía prácticas de tiro, sino que además no paraba de estudiar: derecho, sociología, psicología, a la par que se mantenía al corriente de lo que ocurría en la profesión, desde el punto de vista tanto técnico como organizativo.

La mujer de Skacke, Monica, era nueve años más joven que él, y llevaban juntos siete años. Ella trabajaba como fisioterapeuta en el hospital de Söder, y Benny Skacke le había confiado recientemente a Martin Beck que no pensaban tener más hijos hasta que pudieran permitirse dejar el piso de Tideliusgatan para mudarse a una casa en las afueras de la ciudad. Lo ideal sería un chalé en Lidingö.

Skacke también conducía bien y conocía mejor Estocolmo y todos los nuevos barrios del extrarradio que cualquier taxista. No le costó nada encontrar la dirección de Rotebro.

Se detuvo al final de la fila de coches aparcados en Tennisvägen. Un hombre, una mujer y un perro se hallaban en medio de la carretera y miraron a Martin Beck y a Skacke cuando estos se acercaron a la casa. Se echaba en falta el habitual grupo de curiosos que solían arremolinarse como moscas alrededor de un terrón de azúcar tan pronto como varios coches de policía aparcaban frente a una casa, pero en algunas de las casas vecinas se veían rostros asomados a las ventanas y en el jardín de enfrente unos cuantos niños pequeños miraban y señalaban y hablaban animadamente con sus agudas voces.

Además, algunos miembros de la prensa ya habían llegado, pero de momento un par de policías vestidos de paisano los mantenían en jaque, hablando con ellos junto a sus coches. Los fotógrafos, al reconocer enseguida a Martin Beck, se acercaron corriendo accionando sus cámaras.

La entrada a la casa y al garaje estaba acordonada y el agente de guardia dejó inmediatamente pasar a Martin Beck y a Skacke mientras amablemente los saludaba haciendo un gesto con su gorra.

El interior de la casa era un hervidero de actividad. Los forenses desarrollaban su trabajo: un hombre sentado en cuclillas en el vestíbulo tomaba huellas dactilares de una lámpara de mesa que estaba al lado del teléfono sobre un cofre bajo, y un flash de una cámara mostró que el fotógrafo tampoco se hallaba inactivo.

El comisario Pärsson se acercó a Martin Beck y Skacke.

—Qué rápido habéis llegado —dijo—. ¿Queréis mirar en el cuarto de baño primero?

El hombre de la bañera no constituía un espectáculo agradable, de modo que ni Martin Beck ni Skacke se quedaron allí más tiempo del necesario.

—El médico acaba de estar aquí —explicó Pärsson—. Dice que el tipo lleva muerto no menos de ocho horas ni más de quince. El golpe lo mató de inmediato, y cree que el arma pudo haber sido una barra de hierro, una ganzúa o algo similar.

—¿Quién es? —preguntó Martin Beck, haciendo un gesto con la cabeza hacia el baño.

Pärsson suspiró.

—Por desgracia, una persona muy jugosa para los tabloides. El productor de cine Walter Petrus.

—Joder —exclamó Martin Beck.

O el director de cine Valter Petrus Pettersson, según ponía en su documentación. Su ropa, cartera y maletín se hallaban en el dormitorio.

—Lo he visto en la revista Hänt i Veckan —comentó Skacke—. Rodeado de un montón de tías buenas.

—No sé qué películas ha hecho —dijo Pärsson—. Pero era famoso.

Los hombres que habían ido a levantar el cuerpo esperaban con impaciencia, y Martin Beck, Pärsson y Skacke se dirigieron al salón para no estorbar.

—¿Dónde está la señora que vive aquí? —inquirió Martin Beck—. ¿Y quién es ella? No me digas que es una estrella de cine.

—No, gracias a Dios —dijo Pärsson—. Está en el piso de arriba. Uno de nuestros hombres está hablando con ella ahora mismo. Se llama Maud Lundin, tiene cuarenta y dos años y trabaja en un salón de belleza en Sveavägen.

—¿Cómo está? —preguntó Skacke—. ¿En estado de shock?

—Bueno —contestó Pärsson—. Parecía más bien impresionada. Ahora creo que está bastante tranquila. No puede dormir aquí esta noche, claro, pero dice que puede quedarse en casa de una amiga que tiene en la ciudad, hasta que hayamos terminado aquí.

—¿Os ha dado tiempo a interrogar a los vecinos? —preguntó Martin Beck.

—Hemos hablado solo con los que viven en las casas colindantes y también con el vecino de enfrente. Ninguno de ellos ha visto ni oído nada inusual, dicen. Pero tendremos que seguir visitando las otras casas de la calle mañana. Quizá tengamos que peinar todo Rotebro. Este es un lugar donde la gente se conoce, los niños van a la misma escuela, donde todo el mundo compra en las mismas tiendas, y los que no tienen coche cogen los mismos trenes y autobuses.

—Pero el tal Walter Petrus, ¿vivía también aquí? —preguntó Benny Skacke.

—No —respondió Pärsson—. Venía una vez a la semana y se quedaba a dormir con la señora Lundin. Vivía con su esposa y sus tres hijos en un chalé de Djursholm.

—¿Se ha informado a la familia? —preguntó Martin Beck.

—Sí —contestó Pärsson—. Hemos tenido suerte, porque en el maletín había una receta extendida por un médico privado: lo hemos llamado y ha resultado ser una especie de médico de familia que los conoce muy bien. Él mismo se ha ofrecido a informarles y a encargarse de ellos.

—Bien —dijo Martin Beck—. También hablaremos con ellos mañana. Se está haciendo un poco tarde, así que lo único que podemos hacer es intentar acabar con el trabajo aquí en la casa.

Pärsson miró el reloj.

—Las nueve y media. No es tan terriblemente tarde. Pero tienes razón. Además, debemos dejar a la familia en paz un rato.

Pärsson era un hombre alto y delgado, con el pelo blanco como la nieve y la tez llena de pecas, lo que hacía parecer que lucía un bronceado permanente. Tenía cierto aire aristocrático, con su estrecha nariz aguileña, sus labios finos y sus sutiles, elegantes y bien dosificados movimientos.

—Me gustaría hablar con Maud Lundin —dijo Martin Beck—. Has dicho que hay un agente con ella. ¿Pasa algo si subo?

—No, en absoluto —respondió Pärsson—. Al contrario. Tú eres el jefe, así que haz lo que quieras.

Se oían voces y jaleo fuera, de manera que Pärsson entró en la cocina y miró por la ventana.

—Esos malditos gacetilleros. Son como buitres. Será mejor que salga a hablar con ellos.

Se dirigió a la puerta de entrada con andar digno y una severa expresión.

—Podrías echar un vistazo en general —sugirió Martin Beck a Skacke.

Skacke asintió con la cabeza, se acercó a la librería y comenzó a examinar los volúmenes que contenía.

Martin Beck subió las escaleras que conducían a una gran habitación cuadrada con una alfombra blanca que cubría todo el suelo.

El mobiliario consistía en dos abultadas butacas de piel clara colocadas en círculo alrededor de una descomunal mesa redonda con superficie de cristal. Apoyado en la pared se hallaba un sofisticado y a buen seguro muy caro equipo de música, y sobre cuatro estantes en cada esquina reposaban sendos altavoces pintados de blanco. El techo era abuhardillado y las vistas a través de la gran ventana trasera de la casa ofrecían un paisaje rural y tranquilo con la variada vegetación del bosque detrás de un vasto campo.

En el salón había una sola puerta, que se hallaba cerrada. Martin Beck oyó voces al otro lado, llamó con los nudillos y entró.

En una gran cama doble cubierta con una colcha blanca de pelo se sentaban dos mujeres. Se quedaron calladas mirándole cuando él apareció en el umbral.

Una de las mujeres era de constitución robusta y considerablemente más alta que la otra. Tenía unos rasgos faciales muy marcados, ojos oscuros y una mata de cabello negro, peinada con raya al medio, que colgaba lisa y brillante sobre su espalda.

La otra mujer era delgada y un poco angulosa, tenía vivaces ojos castaños y pelo moreno muy corto.

—Martin —dijo esta última—. Hola. No sabía que estuvieras aquí.

Martin Beck estaba sorprendido y tardó un poco en responder.

—Hola, Åsa. Yo tampoco sabía que estuvieras aquí. Pärsson dijo que tenía a uno de sus hombres arriba.

—Oh —dijo Åsa Torell—, a todos nos llama «sus hombres», aunque seamos mujeres.

Se volvió hacia la otra mujer.

—Maud, le presento al comisario Beck. Es el jefe de la Brigada Nacional de Homicidios.

La mujer saludó con un gesto de la cabeza a Martin Beck, quien respondió de la misma forma. Aún no había acabado de recuperarse del encuentro repentino con Åsa. Cinco años atrás, había estado casi enamorado de ella.

La había conocido hacía más de ocho años, cuando el novio de ella y el colaborador más joven de Martin Beck, Åke Stenström, habían sido asesinados a tiros junto con otras ocho personas en un autobús. Åsa había guardado luto por Åke largo tiempo y, al final, decidió hacerse policía. Ahora trabajaba como subinspectora a las órdenes de Pärsson en Märsta.

Una noche de verano en Malmö hacía cinco años, Martin Beck y Åsa se habían acostado. Había sido una buena noche, pero no se repitió. Ahora se alegraba por ello. Åsa era guapa y tenían una relación cordial cuando coincidían en el servicio, pero después de Rhea, le resultaba inconcebible sentirse sexualmente atraído por otra mujer. Åsa estaba todavía soltera, parecía estar completamente absorbida por su trabajo y se había convertido en una policía muy competente.

Martin Beck se estremeció al pensar que lo que sintió por Åsa en aquella época tal vez incluso podría haberle empujado a casarse con ella. No podía imaginar nada peor que estar casado con una colega y así nunca poder olvidarse de su profesión.

—Supongo que quieres hablar con Maud —dijo Åsa—. Hemos estado hablando un ratito. Si quieres me voy.

—Baja con Pärsson —le pidió Martin Beck—. Seguro que te necesita ahí abajo.

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