Kitabı oku: «INCLUSIVO, un lenguaje hacia la(s) equidad(es)»

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MALENA ZABALEGUI

INCLUSIVO
un lenguaje hacia la(s) equidad(es)


Zabalegui, Malena

Inclusivo, un lenguaje hacia la(s) equidad(es) / Malena Zabalegui. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

150 p. ; 20 x 14 cm.

ISBN 978-987-87-1449-3

1. Inclusión. I. Título.

CDD 306.449

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

Mail: info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice de contenido

Portada

Céditos

Índice

Prólogo

EXORDIO

ENSAYOS PREVIOS

ENUNCIAR LA EQUIDAD CON –e

EMBESTIDAS Y RESISTENCIAS

EXPERIENCIAS EN EL MUNDO

ENCUADRE NORMATIVO

ESCOLLOS MENORES

ENUNCIAR LA EQUIDAD SIN –e

EPÍLOGO

EJEMPLO EXTRA

EJERCICIOS

Bibliografía

Notas


“Las lenguas sólo existen en estado práctico, es decir, en forma de hábitus lingüísticos”

Prólogo

El lenguaje inclusivo tiene un carácter fundamentalmente político. Afirmante y resignificador al mismo tiempo, visibiliza en apenas segundos, en frases (o –como esta hermosa propuesta de Malena Zabalegui– en libros), todo aquello que han querido callarnos por siglos.

Un libro que incursiona en cada rincón histórico, político y militante del lenguaje inclusivo. Un texto interactivo a la hora de que le lectore acompañe las reflexiones de su autora, las moldee y las visualice a partir de su propia experiencia con la lucha feminista (la cual puede ser militante, reaccionaria o tocando de oído), pero que, indudablemente, todes tuvimos o tenemos.

Hace un tiempo ya, les jóvenes estamos marcando la cancha. El lenguaje es sólo una expresión de nuestra lucha en busca de garantizar más derechos y equidad. En esta construcción de justicia social, se encuentra la militancia de las distintas y diversas identidades, de cuerpes que no son hegemónicos, de jóvenes que militan para promover un vínculo sustentable con el medio ambiente, la lucha de les migrantes, les afrodescendientes y, por supuesto, la transformación de instituciones como la Política y el Estado.

Tiembla entre cantos, bombos, banderas y pañuelos el último subsuelo de nuestra P(M)atria Grande y organizada. Porque nos hermanamos, sabiendo que no nacimos para menos que libres.

Natalia Mira 1

EXORDIO

En 2018, durante el primer debate parlamentario por la legalización del aborto en Argentina, una impactante marea humana colmó las calles aledañas al Congreso de la Nación en reclamo por sus derechos sexuales y no reproductivos. Calculada en un millón de personas, la masiva participación fue absolutamente transversal a todas las edades, pero sorprendió en su momento la arrolladora presencia callejera de adolescentes, un grupo etario históricamente desestimado en tanto actor social. Aun así, lo más llamativo del fenómeno juvenil resultó ser el uso fluido de “lenguaje inclusivo”, una original gramática hasta entonces en gran medida desconocida por el mundo adulto. Sin esperar ni desear una legitimación oficial, el discurso adolescente se pobló entonces de “chiques empoderades” y hasta de femineidades con “cuerpas diversas” que enfurecieron a los sectores conservadores tanto como maravillaron a los sectores progresistas.

Pero, ¿qué entendemos exactamente por lenguaje inclusivo? ¿Es lo mismo que lenguaje no sexista? ¿Se trata de una transformación lingüística o de una denuncia social? ¿Valen por igual todas las versiones de lenguaje inclusivo? ¿Es una simple jerga urbana adolescente? ¿Debemos consultar a la Real Academia Española y a la Academia Argentina de Letras? ¿Propone o impone? ¿Es posible avalar el género gramatical “masculino universal” y no tener intención de discriminar a las identidades que se construyen por fuera de la masculinidad? Si una persona ya es no sexista, ¿es necesario que modifique su discurso?

La aparición del lenguaje inclusivo en la escena pública, así como su rápida propagación e institucionalización posterior en vastos sectores de nuestra comunidad lingüística, despiertan todo tipo de preguntas, dudas e inquietudes. Ojalá este trabajo contribuya a responderlas… y a generar otras nuevas. Siempre.

ENSAYOS PREVIOS

Si bien el lenguaje inclusivo ganó notoriedad en 2018, la estrategia de intervenir la lengua con determinada intencionalidad política2 no es un fenómeno novedoso. Ni en nuestro país ni en el mundo, tal como veremos más adelante. En Argentina, hace varias décadas que diferentes actores sociales (no casualmente, grupos subalternizados en términos de identidad sexual3) vienen ensayando diversas maneras de evitar que nuestro idioma funcione como una tecnología invisibilizadora y discriminadora de determinadas identidades.

Ya en los años ´70 y ´80, durante la Segunda Ola del Feminismo local, las activistas argentinas denunciaban el carácter sexista del plural “masculino universal” y expresaban su repudio ante el hecho de que el género gramatical masculino pudiera nombrar a la vez lo universal y lo particular, mientras que el género gramatical femenino sólo sirviera para designar lo específico. Si la palabra “hombre” podía aludir tanto al Hombre-Humanidad como al hombre-varón, ¿por qué la palabra “mujer” no podía ser también referencia universal? y ¿por qué las femineidades debían quedar invisibilizadas dentro de un género gramatical masculino plural que no las representaba? En 1973, por ejemplo, la profesora en Lingüística Delia Suardíaz ya destacaba el modo en que las mujeres estaban ausentes en diversos usos sexistas de la lengua (tanto en el vocabulario como en el plural “masculino universal”), y en 1988 la doctora en Letras Lea Fletcher publicó el artículo “El sexismo lingüístico y su uso acerca de la mujer” en la primera edición de la ahora histórica revista Feminaria. El hecho de que las activistas hayan incluido el tema en una publicación sobre teoría feminista revela que el sexismo de la lengua ya era un tema de agenda en aquel momento.

En una época en que las mujeres lograron ser casi la mitad del alumnado universitario y evidenciaron una participación exponencial en el ámbito del trabajo remunerado, hablar de “los estudiantes” y “los trabajadores” empezó a sonar injustamente discriminador al no reflejar el protagonismo creciente de ellas en el espacio no doméstico. Algunas feministas de la época aseguran, incluso, que la idea de flexionar palabras con e para evitar la marca de género discriminadora (decir “todes” en lugar del “todos” supuestamente universal) surgió en aquel contexto, aunque la coyuntura del momento no fuera propicia para su teorización y divulgación. El terrorismo de Estado a partir de 1974, el estado de sitio durante la dictadura 1976-1983, la inestabilidad institucional ya en democracia y –por supuesto– la inexistencia de redes virtuales que facilitaran la comunicación instantánea y horizontal, todo esto impidió el desarrollo de un debate abierto sobre el tema.

Justamente porque hubo años de gran inestabilidad político-económica no sólo en el país sino en toda América Latina, los asuntos relativos al género debieron esperar hasta el nuevo milenio para disputar un lugar en la agenda pública. De manera simbólica y casi como anticipando un período de expansión de derechos populares en Latinoamérica, el 30 de diciembre de 1999 entró en vigencia una nueva Constitución en Venezuela que, por primera vez en la región, consideró a “hijos o hijas”, “extranjeros o extranjeras” y “ciudadanos o ciudadanas”. Sin embargo, pese a la bienvenida intención igualitaria del texto, el desdoblamiento masculino/femenino de cada palabra genéricamente marcada presentó y presenta todavía, al menos, tres inconvenientes:

a) Atenta contra la economía verbal, hace pesada la lectura y distrae del contenido a comunicar (por ejemplo, el artículo 39 dice: “Los venezolanos y venezolanas que no estén sujetos o sujetas a inhabilitación” …);

b) Prioriza lo masculino, al nombrar siempre primero a ese género; y

c) No considera la existencia de identidades sexuales por fuera del rígido binarismo masculino/femenino.

Durante esos mismos años iniciales del milenio, los flamantes teléfonos celulares con teclado alfabético –cada vez más sofisticados y accesibles a una mayor cantidad de personas– permitieron al público usuario trabajar en la economía del lenguaje de muy diversas maneras. Desde abreviar palabras o frases (“ke” en lugar de “que”, “tkm” en vez de “te quiero mucho”) hasta simples emoticones que condensaban oraciones enteras con su expresividad (, ), los dispositivos personales se convirtieron enseguida en mucho más que un aparato para conectarse a distancia: el carácter informal de las comunicaciones escritas tramitadas por esta vía muy pronto habilitó la creatividad popular y comenzaron así las intervenciones frecuentes en la lengua común.

La primera novedad en este sentido fue el uso de la arroba4 como estrategia sintética para referirse a grupos mixtos, integrados tanto por femineidades como por masculinidades. Porque “todos y todas” hubiera sido engorroso de escribir en los telefonitos, el “tod@s” apareció como una solución extraordinaria que no sólo era eficiente en términos de economía lingüística, sino que aparentemente evitaba la priorización de lo masculino al nombrar en un mismo espacio físico y simbólico a los dos géneros humanos hasta entonces legitimados.

Sin embargo, las críticas no tardaron en llegar. Algunos feminismos leyeron el signo @ como una pequeña a subordinada a una gran O y repudiaron entonces su carácter todavía inequitativo, mientras que ciertas personas y colectivos (como el intersex5, que empezaba a cobrar finalmente alguna visibilidad social) denunciaron el espíritu binario de la propuesta y tampoco la aceptaron. Aun así, a estas alturas los activismos ya habían asumido el compromiso social de encontrar una manera para nombrar seres humanos sin incurrir en discriminación sexual, de modo que a partir de ese momento se idearon múltiples formas sexo-político-gramaticales destinadas a incluir/incluirse en el discurso cotidiano.

Dado que los géneros humanos no estaban dispuestos a ser mal representados por los binaristas géneros gramaticales, las propuestas superadoras que se hicieron de ahí en adelante evitaron por completo cualquier alusión a las marcas de género con a y con o que habían impuesto desde siempre la academia y las costumbres. Así, bajo este nuevo paradigma anti-binario, surgió la x como marca indefinida de género con el firme propósito de incluir efectivamente a todxs. Porque la equis es una letra muy poco frecuente en nuestra lengua, su estratégica presencia disruptiva dirigía la atención del público hacia las terminaciones de las palabras (las desinencias) y las marcas de género arbitrarias que se intentaba problematizar/eliminar. En palabras de SaSa Testa, la x “señala que ahí hay una disputa”6, pero –además– en matemática la x representa una incógnita, por lo que su aparición en el discurso escrito cotidiano permitía des-naturalizar la ansiedad social por explicitar la identidad sexual de cada persona del público cuando no resultaba necesario: por ejemplo, al escribir en un cartel “Bienvenidxs todxs”.

Pese a su innegable carácter disruptivo, por tratarse de una letra vigente y no de un signo desconocido como la arroba, la equis se amoldó sin problemas a la estética de la lengua escrita, lo que facilitó que el lenguaje inclusivo con –x se popularizara como el mecanismo más divulgado (y mejor tolerado por detractores) para la denuncia sexo-política. Esta grafía recibió una aceptación tan generalizada que no sólo se propagó en comunicaciones informales y en las incipientes redes sociales, sino que en pocos años alcanzó a filtrarse en cierto sector de la industria editorial (aunque únicamente en textos de corte activista o social) e incluso en no pocas academias (también de índole vanguardista y relacionadas con las ciencias sociales). Tal fue el éxito de la propuesta que el lenguaje inclusivo con –x todavía hoy se utiliza en gran medida y es, sin lugar a dudas, la versión con intención inclusiva más difundida en plataformas escritas.

Aun así, pese a la notoriedad obtenida, hubo quienes leyeron a esta x como una tachadura e interpretaron que la propuesta llevaba implícita alguna intención de tachar/anular la identidad sexual individual, a fin de homogeneizar el mundo y crear una sexualidad única, artificialmente unisex. En especial, algunas mujeres y lesbianas adultas –que habían luchado tanto por que se nombrara y visibilizara al género femenino– hicieron una lectura del fenómeno algo apresurada y entendieron a la x como un retroceso, porque nuevamente sintieron que –al no nombrarlas explícitamente con la histórica terminación en a– la lengua no las visibilizaba en el plural “todxs”.

Al mismo tiempo, hubo alguns que optaron por eliminar directamente la vocal con marca de género, y otr_s que ensayaron el uso del guion bajo para evidenciar que sí había una identidad sexual subjetiva en ese espacio en blanco, aunque se tratara de una que no siempre era necesario especificar. Sin embargo, estas versiones fueron las menos populares y no parecen haber perdurado.

En cambio, el activismo intersex adoptó entonces el asterisco y lo hizo marca propia con argumentos sumamente potentes y poéticos: así como los cuerpos intersex resultan disruptivos y se destacan por apartarse del cuerpo estándar legitimado, del mismo modo el asterisco es un signo disruptivo que se alza por encima del cuerpo promedio de las letras y refleja así la incomodidad que siente gran parte de la sociedad ante la “indefinición” sexual-genital de algun*s.

Con mayor o menor consenso logrado, entonces, las militancias por la inclusión de todas las identidades sexuales diseñaron y desarrollaron distintas estrategias de visibilización y equiparación, cada una de ellas digna de franco reconocimiento en términos de intención igualadora. Sin embargo, pese a la innegable ambición de estos colectivos por escribir una lengua más amable y equitativa, de manera involuntaria quedó varado en el camino otro colectivo humano. Porque las palabras “todos/as”, “tod@s”, “todxs”, “tods”, “tod_s” y “tod*s” no pueden ser reconocidas por los programas de lectura que usan las personas ciegas, las innovaciones planteadas perdieron al unísono su carácter inclusivo y comenzaron a entenderse como simples expresiones de disconformidad ante el sexismo de la lengua y de la sociedad.

De todos modos, el aspecto más insalvable de las propuestas mencionadas era que quien escribía podía pensar y sentir su discurso en términos no sexistas, pero –al ser impronunciables palabras como “médicxs” o “enfermer*s”– durante la lectura cada persona reponía la letra faltante según su propio criterio, e incluso muy probablemente terminaba leyendo –aun sin querer– “médicos” y “enfermeras” por influencia de los estereotipos de género internalizados y naturalizados de manera inconsciente a lo largo de la vida. Así, no sólo no se respetaba la intención equitativa de quien había escrito el texto originalmente en lenguaje inclusivo, sino que se reforzaban involuntariamente los roles de género mandatados, y volvíamos con frustración al punto de partida.

Finalmente, como resultado de todos estos antecedentes insatisfactorios, en 2018 irrumpió en la escena social argentina el lenguaje inclusivo con –e en un intento por incluir, ahora sí, definitivamente a todes. La innovadora propuesta juvenil no sólo permitía llamar la atención sobre las flexiones de las palabras y denunciar el sexismo heredado, sino que se podía pronunciar, y venía a anunciar y a enunciar un nuevo paradigma de género verdaderamente equitativo.

Resulta imposible asegurar si esta nueva gramática surgió como reflote de aquella incomprobada propuesta de las feministas pioneras de los años ´80 (transmitida quizá de generación en generación en el ámbito familiar) o si fue una construcción original de quienes en 2018 eran adolescentes y –por haber crecido en el nuevo milenio, en una época de ampliación de derechos en Latinoamérica– necesitaron idear una manera amorosa y eficaz para nombrar y nombrarse equitativamente en la diversidad. Lo cierto es que esta versión actualizada de lenguaje inclusivo parecía haber logrado sortear todos los obstáculos encontrados hasta el momento: adhería a la economía del lenguaje, no priorizaba ningún género, consideraba la existencia de identidades por fuera del binarismo masculino/femenino, permitía ser reconocida por los programas de lectura que usan las personas ciegas y, fundamentalmente, podía pronunciarse de manera sencilla e inequívoca. A sólo un año de su presentación en sociedad, el lenguaje inclusivo con –e ya se había convertido en el sello característico de la generación adolescente, y se había extendido –además– a distintas edades, ámbitos y geografías, tanto en el país como en la región.

ENUNCIAR LA EQUIDAD CON –e

A pesar de que hay quienes aseguran que el lenguaje inclusivo con –e sería imposible de implementar (nos ocuparemos de las resistencias en el próximo capítulo), en realidad se trata de una práctica sumamente sencilla de entender y de aplicar. En todo caso, la complicación tendría un asidero ideológico o emocional, pero ya llegaremos a eso. Si entendemos que el propósito de este nuevo lenguaje es evitar toda marca de género arbitraria, resulta muy fácil comprender las pocas modificaciones que se debe hacer al lenguaje heredado para que deje de discriminar colectivos humanos. Veamos cómo sería en términos prácticos:

1. Reemplazar la terminación –os del supuesto “plural masculino genérico” (o “masculino universal” o “masculino neutro”) por una nueva terminación plural neutra –es, sin marca específica, para referirse a grupos humanos integrados por personas con distintas identidades de género:

(“Los alumnos solidarios fueron felicitados.”)

“Les alumnes solidaries fueron felicitades.”

(“Ellos son santiagueños.”)

“Elles son santiagueñes.”

(“Todos somos creativos.”)

“Todes somos creatives.”

Aunque resulte algo evidente, nunca está de más aclarar que, en este último ejemplo, la terminación –os del verbo “somos” no debe modificarse porque no se trata de una marca de género arbitrariamente masculina y, por lo tanto, no existe posibilidad de discriminación o invisibilización con esta palabra.

En el caso de ciertas desinencias, habrá que hacer alguna modificación extra:

(“Los chicos que viajen volverán ricos en experiencias.”)

“Les chiques que viajen volverán riques en experiencias.”

(“Me encontré con Cecilia y Pablo, amigos del colegio.”)

“Me encontré con Cecilia y Pablo, amigues del colegio.”

En estos ejemplos, para garantizar una coherencia sonora que permita reconocer el origen y el sentido de las palabras pronunciadas, además de reemplazar la o sexista por la e inclusiva, será necesario reemplazar la c por qu, y agregar una u después de la g. Estas modificaciones podrían –tal vez– parecer demasiado drásticas en términos estéticos, pero en el primer caso se trata del mismo mecanismo mental y gramatical que implementamos a diario cuando pasamos de “chico” a “chiquito” o de “rico” a “riquísimo”. Incluso estas últimas dos palabras derivan de “riqueza”, de modo que “riques” resulta innegablemente más cercana todavía a su palabra primitiva. El cambio de “amigos” a “amigues”, por su parte, es el mismo que hacemos al conjugar el verbo “amagar” (de “amago” a “amague”): se trata de una transformación perfectamente gramatical y mucho menos disruptiva y extraña que la de “agua” en “agüita” o la conjugación “voy” del verbo “ir”. Si el aprendizaje y la legitimidad de estas palabras “chiquito”, “riquísimo”, “amague”, “agüita” y “voy” jamás se cuestionó ni impidió la comunicación o la comprensión entre las personas, no hay razones para suponer que será el sensible lenguaje inclusivo el que cause una nueva Babel. Tranquiles.

2. No modificar sustantivos o adjetivos cuya versión masculina plural ya incluya la e en su sílaba final (“productores”, “diseñadores”, “entrenadores”, etc.). Estas palabras resultan adaptables al lenguaje inclusivo con –e, así que –además de marcar el plural masculino (“los productores”)– ahora se pueden considerar también neutras para el plural inclusivo (“les productores”).

Aunque hubo quienes intentaron incorporar, en este caso, una letra i en la desinencia (“les pibis” como forma inclusiva plural diferenciada del “los pibes” masculinos), esta no parece ser una solución efectiva. En principio porque son innumerables los plurales castellanos ya terminados en –es, de modo que el habla se poblaría de “escritoris”, “traductoris” y “editoris” que sonarían a lengua extranjera por el súbito aumento de la ocurrencia de la poco usual i. Además, tampoco se trataría de una intervención neutra, ya que la vocal i se utiliza en castellano para minorizar (“chiquito”, “mamita”) y para indicar femineidad (“gallo/gallina”, “poeta/poetisa”), muy probablemente porque se trata de una vocal “débil”, digna de las “generaciones débiles” (las infancias) y del “sexo débil” (las femineidades). Por otra parte, preferir “todis” antes que “todes” podría leerse como una postura discriminadora, al pretender distanciarse del “todes” utilizado para referirse a un grupo homogéneo de personas no binarias7.

Por todas las razones expuestas, y dado que las lenguas son más fuertes cuanto más estables son (cuantas menos excepciones tienen), sería conveniente –siempre que se pueda– usar la letra e como marca distintiva del lenguaje inclusivo con –e. En nombre de la coherencia, la acústica y la regla general, entonces, se propone no modificar las palabras que siempre terminaron en –es, sino alterar las demás cuando se desee indicar diversidad sexual:

(“Les pibis militantis de mi curso.”)

“Les pibes militantes de mi curso.”

(“Nuestres escritoris referentis de ficción.”)

“Nuestres escritores referentes de ficción.”

(“Profesoris excelentis, pero aburrides.”)

“Profesores excelentes, pero aburrides.”

Aunque la frase “En mi familia hay dos escritores…” no evidencia si se trata de identidades masculinas, no binarias o mixtas, tal como ocurre con otras ambigüedades y en cualquier lengua, será el contexto el que aclare el asunto. Si la frase continúa con “… premiados” se estará indicando que ambos son seres masculinos; si la frase continúa con “… premiades” se tratará entonces de personas de diversa identidad sexual o de personas no binarias. De todos modos, cabría preguntarnos –como comunidad lingüística y como sociedad conviviente– por qué necesitamos comprobar y hacer pública la identidad sexual de cada persona hablada cuando lo que estamos tratando de comunicar es la cantidad de profesionales de la escritura que hay en la familia y no la cantidad de masculinidad, femineidad o no-binaridad de género que podamos contabilizar entre parientes escribientes. Vayamos pensándolo.

3. Reemplazar palabras con marca de género arbitraria –o singular por otras nuevas con terminación en –e que resulten respetuosas de las personas no binarias y sirvan, también, como des-marca de género cuando no se sepa o no se quiera explicitar la identidad sexual de la persona hablada. En el caso de palabras terminadas en –l, –n o –r, se agrega una e al final:

(“Cada becario será notificado.”)

“Cada becarie será notificade.”

(“Nuestro primo no se identifica con los géneros binarios legitimados.”)

“Nuestre prime no se identifica con los géneros binarios legitimados.”

(“Estoy buscando albañil para ampliar mi casa.”)

“Estoy buscando albañile para ampliar mi casa.”

(“Algún ladrón se llevó mi celular.”)

“Algune ladrone se llevó mi celular.”

(“Ante la renuncia de Susana, habrá que nombrar otra directora.”)

(“Ante la renuncia de José, habrá que nombrar otro director.”)

“Ante la renuncia de ______, habrá que nombrar otre directore.”

Esta e final, pese a su aparente presencia extravagante, evoca la gramática de una lengua latina que en nuestro país resulta sumamente familiar. Si, a pesar de no hablar italiano, entendemos perfectamente que –en esa lengua– “editore” significa “editor/editora”, no habría entonces inconveniente en incorporar tal grafía y pronunciación a nuestro lenguaje inclusivo. Después de todo, el objetivo de cada acto de comunicación es ser inteligible, así como el objetivo del lenguaje inclusivo es ser no sexista, y esta nueva terminación en e para palabras en singular resulta absolutamente comprensible y no discriminadora.

Una excepción a esta regla son los sustantivos “rehén”, “bedel” y “retén”, palabras que no es necesario modificar porque nunca llevaron marca de género y pueden representar también a personas no binarias. Por ejemplo:

“Una rehén logró escapar, pero un rehén todavía sigue cautivo.”

“Mi prime Juani no es rehén de los estereotipos de género.”

Resulta interesante observar que, cuando una palabra presenta como única vocal la e, de inmediato percibimos su neutralidad de género y desechamos la necesidad de desdoblarla según la identidad sexual de cada persona. Analizaremos la neutralidad estructural de la e más adelante.

4. Incorporar nuevas palabras no marcadas en singular. Porque en el viejo sistema binario existen los artículos distintivos “la” y “el”, los pronombres diferenciadores “él” y “ella”, y los artículos indefinidos “una” y “uno” (que resultan absolutamente bi-definidos en términos de género), el lenguaje inclusivo con –e propone la incorporación de un nuevo artículo neutro “le”, un nuevo pronombre neutro “elle” y un artículo verdaderamente indefinido “une” para evitar las marcas de género cuando no son necesarias:

(“Se premiará al mejor compañero.”)

“Se premiará a le mejor compañere.”

(“Cuando se designe otro director, él se presentará.”)

“Cuando se designe otre directore, elle se presentará.”

(“Uno siempre debe pensar en los demás.”)

“Une siempre debe pensar en les demás.”

Así, los artículos, los pronombres, los sustantivos, los adjetivos y las formas verbales que históricamente llevaron una marca de género arbitrariamente masculina, ahora se reemplazan por esta nueva forma neutra con –e para indicar que deseamos evitar la presunción de masculinidad de la persona en cuestión. El mismo principio se aplica para el caso de marcas arbitrarias femeninas:

(“Cuando se designe otra enfermera, ella se presentará.”)

“Cuando se designe otre enfermere, elle se presentará.”

5. No realizar modificaciones cuando no existen razones para hacerlo. Dado que el lenguaje inclusivo se propone evitar la discriminación por razones de género, las modificaciones sólo serán indispensables ahí donde exista una marca de género arbitraria. Por lo tanto, el mecanismo para aplicar lenguaje inclusivo no consiste en reemplazar siempre la vocal o (o la a) por la e, ni mucho menos reemplazar todas las vocales por la e. Cada vez que alguien relacione el lenguaje inclusivo con “Le mer estebe serene”8, por ejemplo, deberá entenderse tal militancia como un triste intento por desautorizar e infantilizar una propuesta que, por definición, procura ser equiparadora y oponerse a toda jerarquización e infantilización innecesaria.

Por razones obvias, las palabras que nunca llevaron marca de género no deberán modificarse:

“Mi mejor estudiante de quinto grado es una maravilla.”

“Cada participante deberá traer su instrumento.”

“Vendrá gente de todo el país y la región.”

6. No modificar ciertas palabras que terminan en –a (“dentista”, “atleta”, “guía”, “terapeuta”, etc.) porque nunca aludieron obligatoriamente al género femenino. Si pedimos a alguien que nombre “artistas nacionales”, por ejemplo, seguramente aparecerán referentes masculinos en esa lista, aunque la palabra “artista” no incluya ninguna marca de género gramatical masculino. Del mismo modo, cuando preguntamos “¿Cuánto cobrará cada futbolista?”, de ninguna manera estamos sugiriendo que la respuesta deba incluir un nombre femenino o el sueldo de una deportista mujer. En realidad, el concepto “futbolista” todavía carga con una fuerte impronta masculina, de modo que no tendríamos acá una discriminación a erradicar mediante el uso de lenguaje inclusivo.

De igual manera y pese a su terminación en –a, la palabra “eminencia” suele asociarse al género masculino porque se utiliza para destacar a personalidades muy sobresalientes en su profesión, y la cultura patriarcal nos hace suponer que se debe tratar de un ser masculino, tal como aprendimos con un conocido (cruel y cis-heteronormado) acertijo.9 En conclusión, al no haber nunca existido un “plural femenino universal”, no habría razón alguna para modificar estas palabras porque no existe riesgo de discriminación:

“Ella es una eminencia.”

“Elle es una eminencia.”

“Él es una eminencia.”

7. Tampoco será necesario traducir a lenguaje inclusivo las apócopes. Porque, en estos casos, la desinencia con marca de género resulta suprimida, la a o la o que queden ocupando la sílaba final no expresan femineidad ni masculinidad y –por lo tanto– no hace falta ninguna intervención:

“Viajo con mis compas.” (por compañer_s)

“Él es mi compa.”

“Ella es mi compa.”

“Elle es mi compa.”

“Me lo recetó mi otorrino.” (por otorrinolaringólog_)

“Ella es mi otorrino.”

“Elle es mi otorrino.”

“Él es mi otorrino.”

8. No modificar la palabra “modelo” (de publicidad o de pasarela). Este sustantivo no requiere una modificación en lenguaje inclusivo porque remite a “un modelo” estético determinado y no a un género humano en particular:

“Me gustaría ser una modelo talla XL.”

“Las modelos de pasarela suelen ser muy altas.”

“Mi prime Juani no quiere ser modelo.”

De hecho, las pasarelas son escenarios en los que se suelen (re)presentar expresiones de género de lo más diversas (andróginas, femeninas y masculinas) independientemente de la identidad sexo-género de la persona que modele, así que el sustantivo “modelo” no resulta discriminador por sí mismo. Desde ya que la publicidad se maneja con estereotipos de género muy rígidos, binarios y dañinos, pero eso no impide que el sustantivo “modelo” sea aplicable a cualquier identidad sexual.

9. Incorporar nuevas flexiones para la palabra “testigo”, a fin de considerar la perspectiva de género. Este es un caso paradigmático que contaba hasta ahora únicamente con su versión en masculino porque el concepto se ideó para que sólo pudieran declarar en un juicio las personas que portaran testículos (de ahí, el origen etimológico de “testigo”, “atestiguar” y “testimoniar”). Alguien podría argumentar que se trata de una palabra muy arraigada en nuestro vocabulario y que hoy en día incluso las identidades femeninas dicen “Yo fui testigo” sin reconocer un conflicto de género. Sin embargo, porque estamos ante una palabra creada por el propio patriarcado para discriminar personas en base a sus genitales, el lenguaje inclusivo con –e no puede legitimar tal sexismo y propone entonces nuevas desinencias para naturalizar que cualquier identidad sexual puede asegurar la veracidad de un hecho ante la Justicia:

(“Mi amiga Ana me salió de testigo en el juicio.”)

“Mi amiga Ana me salió de testiga en el juicio.”

(“Los testigos deberán presentarse a las 8 de la mañana.”)

“Les testigues deberán presentarse a las 8 de la mañana.”

(“Mi primo Juani se ofreció como testigo.”)

“Mi prime Juani se ofreció como testigue.”

10. De manera excepcional, la lengua castellana adjudica terminaciones especiales, más diferenciadas aún, para nombrar personas según el género de que se trate. Así, para el caso de “actriz” y “actor”, por ejemplo, la forma neutra que propone el lenguaje inclusivo también supone el agregado de una e final:

(“¿Quién es tu actor favorito?”)

“¿Quién es tu actore favorite?”

(“Mi primo/a Juani quiere ser actor/actriz.”)

“Mi prime Juani quiere ser actore.”

(“¡Pobre el actor que hacía de árbol! No pudo moverse en toda la obra.”)

“¡Pobre le actore que hacía de árbol! No pudo moverse en toda la obra.”

En el caso de “juez” y “jueza”, también habrá que crear una nueva palabra para el singular no marcado y para identidades no binarias:

(“No sé qué juzgado me va a tocar. Espero que el juez sea competente.”)

“No sé qué juzgado me va a tocar. Espero que le juece sea competente.”

(“¡Qué necesario sería tener un juez no binario!”)

“¡Qué necesario sería tener une juece no binarie!”

Por más sorpresivas que puedan resultar (por ahora) algunas palabras a simple oído, crear una nueva desinencia con e tiene mucho sentido, ya que el singular de “elles” pasa a ser “elle” y el singular de “les actores” pasa a ser “le actore”, lo que resulta sumamente coherente y fácil de recordar.

En cuanto a “héroe” y “heroína”, la situación es diferente. Porque la palabra “heroína” designa también a una droga sumamente dañina y no deseamos asociar lo femenino a lo destructivo, se sugiere incorporar una nueva palabra –tanto en singular como en plural– más amable y coherente desde el punto de vista gramatical:

(“Mis heroínas son las mujeres de mi familia.”)

“Mis héroas son las mujeres de mi familia.”

(“Ella es la heroína indiscutida del público adolescente.”)

“Ella es la héroa indiscutida del público adolescente.”

Aunque la terminación –oa no es muy frecuente en castellano, menos frecuente aún es la terminación –oe de “héroe” y, sin embargo, la hemos incorporado a nuestra habla con total naturalidad. Si nos resultan habituales palabras como “boa”, “proa”, “canoa”, o formas verbales como “corroa”, se sugiere entonces dejar la “heroína” para siempre y adoptar el sano hábito del respeto a la no discriminación de las héroas. En cuanto al plural inclusivo y a la versión para personas no binarias, se propone mantener la forma con –e:

“No tengo héroes de ningún género.”

“Soy no binarie y quiero ser tu héroe.”

Con relación a “madres” y “padres”, se sugiere incorporar la palabra “xadres” para referirnos a elles a un mismo tiempo, así como adoptar la palabra “xadre” para personas no binarias:

(“El jueves hay reunión de padres en el colegio.”)

“El jueves hay reunión de xadres en el colegio.”

(“Mis padres son geniales.”)

“Mis xadres son geniales.”

(“Soy no binario y me gustaría ser padre algún día.”)

(“Soy no binaria y me gustaría ser madre algún día.”)

“Soy no binarie y me gustaría ser xadre algún día.”

Este es un caso atípico porque acá se mantuvo la vieja equis y se popularizó su pronunciación como /sadres/, lo que de entrada podría resultar polémico y falto de coherencia. Sin embargo, por diversos motivos, de todas las letras que integran nuestro alfabeto, la x resulta ser la más apropiada para la función que se propone.

En principio, la pronunciación de esta letra siempre fue inestable, por lo que no debe sorprendernos esta característica. En el idioma español medieval, por ejemplo, la x era una letra muy frecuente y se pronunciaba /ʃ/(como el sonido inicial de “show” en inglés o la x de “queixo” en portugués). En cambio, ya en el presente, la palabra “México” es leída en castellano como si la x fuera una j, e incluso nos parece extraña la grafía “Méjico”. Las palabras “xilofón” y “xenofobia”, por su parte, son pronunciadas en nuestro idioma como si la primera letra fuera una s, y es esta pronunciación –ya legitimada por el uso y la academia– la que el lenguaje inclusivo propone ahora para “xadres” por tratarse de una x en posición inicial. Si las personas y los programas de lectura desarrollaron capacidades para leer con un sonido /s/ inicial la palabra “xilofón”, entonces bien pueden acomodarse humanes y tecnologías a esta nueva característica inclusiva. Además, es la propia vieja gramática binaria la que introduce la excepción en este caso: las palabras “madre” y “padre” llevan la marca de género en la primera letra (una consonante) y no en la vocal de la desinencia como lo hace la mayoría de los sustantivos. Entonces, en nombre de la coherencia una vez más, no era posible acá reemplazar las históricas marcas de género m– y p– por la e–:

“El jueves hay reunión de (eadres) en el colegio.”

“Soy no binarie y me gustaría ser (eadre) algún día.”

Porque en “eadres” se pierde el vínculo con el concepto “padre/madre” y su pronunciación resulta bien ajena al castellano, el saber popular de les jóvenes recurrió en este caso a la versión de lenguaje inclusivo con x– para establecer en la posición inicial un sonido consonántico que se adaptara a la terminación –adres y que resultara, además, fácilmente reconocible como marca de equidad. Esta x excepcional en el lenguaje inclusivo con –ees la prueba evidente de que les hablantes cuentan con suficientes destrezas lingüísticas como para establecer usos de la lengua que resulten afines a su sentir y pensar y, al mismo tiempo, se presenten como coherentes y cohesivos en materia de teoría sintáctico-morfológica y fonético-fonológica. De todos modos, quienes consideren que la x inicial supone una disrupción inaceptable en “xadres” siempre podrán recurrir a algún término equivalente sin incurrir en sexismo (“Reunión con las familias”, “Mis progenitores”, etc.). Ampliaremos este recurso en otro capítulo.

***

Tal como dijimos, el propósito del lenguaje inclusivo es evitar toda marca de género cuando no es necesaria ni deseable, pero de ninguna manera supone invisibilizar algún género o crear artificialmente una nueva identidad sexual universal: el objetivo de la propuesta es precisamente abrazar la diversidad humana sin discriminar a nadie, y celebrar –a su vez– la subjetividad y la identidad individual de cada quien. Todos los usos de lenguaje inclusivo que mencionamos se aplican, entonces, en estos casos:

a) Cuando nos referimos a un grupo mixto en términos de identidades sexuales (“Mi mamá y mi papá están casades desde hace 20 años”);

b) Cuando no sabemos la identidad sexual de la persona con la que hablamos (“¿Sos argentine?”);

c) Cuando ignoramos la identidad sexual de la persona de la que hablamos (“Venite a la fiesta con tu novie”); y

d) Cuando la persona que habla es no binaria (“Soy no binarie”).

Como vemos, en estos cuatro casos la intención es:

a) No masculinizar a la mamá con una desinencia “masculina universal”;

b) No establecer una identidad sexual ajena cuando el nombre, la estética, la actitud o el vocabulario de la persona con la que hablamos no evidencia algún género en particular;

c) Evitar la presunción de heterosexualidad (o de homosexualidad); y

d) Respetar y celebrar la identidad no binaria de las personas.

Por el contrario, cuando queremos referirnos a un grupo homogéneo de femineidades o de masculinidades, se mantiene la terminación con a o con o, según el caso:

(“Tengo tres hermanes talentoses: Carolina, Sofía y Serena.”)

“Tengo tres hermanas talentosas: Carolina, Sofía y Serena.”

(“Mis hijes, Juan y Pedro, son muy cariñoses.”)

“Mis hijos, Juan y Pedro, son muy cariñosos.”

Entonces, en lenguaje inclusivo con –e, decimos así:

“Anoche salí con amigas maravillosas.”

(si estuve con María y Paula)

“Anoche salí con compañeres del trabajo.”

(si era un grupo heterogéneo o si eran todas personas no binarias)

“Anoche salí con mis hermanos.”

(si vinieron Juan y Ernesto)

Como ya mencionamos, hay quienes se confunden (y confunden) al suponer que adoptar la flexión con e sería una manera de “anular identidades” o de “imponer una identidad no binaria universal”. Tal como esperamos haber explicado suficientemente, esto no es así ya que las personas que construyan identidad femenina podrán mencionarse a sí mismas y exigir que se las mencione en femenino, y las personas que se reconozcan masculinas podrán aludir a sí mismas y exigir que se las nombre en masculino. Recordemos que el lenguaje inclusivo no impone nada: sólo propone dejar de imponer el supuesto “masculino universal” sobre todo el mundo, como si la totalidad humana se identificara con ese género o como si ese fuera el único género que mereciera ser visibilizado.

Además, el lenguaje inclusivo con –e se propone empezar a nombrar en el discurso cotidiano a las personas no binarias, no solamente para respetar su identidad auto-percibida tal como prevé la ley argentina (que ya sería suficiente motivo), sino también para naturalizar en la sociedad que existen otras opciones de identidad sexual fuera del limitado binarismo legitimado. En definitiva, el lenguaje inclusivo con –e reconoce y valora la identidad de cada quien (la de elle, la de ella y la de él), sólo que –además– la flexión plural con e sirve como fórmula neutra, como des-marca de género, para referirse a grupos mixtos (en cualquiera de sus muchas conformaciones posibles), a fin de no establecer ni promocionar jerarquías sexuales.

Precisamente para no establecer jerarquías, se sugiere evitar nombrar siempre primero al género masculino, después al femenino y por último al no binario. Saludar siempre a “todos, todas y todes”, por ejemplo, no hace más que reforzar una jerarquización que naturaliza la supremacía de lo masculino, subordina lo femenino y considera a las identidades no binarias el último orejón del tarro, en una suerte de @ con una e chiquita dentro de la a. A pesar de su intención inclusiva, entonces, este saludo cristalizado jerárquicamente sólo refuerza el dañino orden patriarcal que se pretende eliminar.

Sería conveniente, por lo tanto, aludir directamente a “todes”. Como dijimos, esto no significa uniformar la identidad sexual del grupo aludido ni reconocer sólo a las identidades no binarias del público, sino evitar toda marca de género en el saludo gracias a esta fórmula neutra. Aun así, hay feministas que rechazan la propuesta con el obstinado argumento de la supuesta invisibilización de su género. Pensémoslo, entonces, de esta manera: si ante un auditorio dijéramos “Gracias por venir” (una fórmula sin marcas de género), ¿acaso alguien se quejaría porque su identidad no fue nombrada en esa frase? Evidentemente, no. ¿Por qué, entonces, existe el reclamo por la supuesta invisibilización de lo femenino en la frase “Gracias a todes por venir” (otra fórmula sin marcas de género)? Probablemente porque ciertos feminismos todavía no lograron percibir a esa –e como lo que es (una des-marca), y la siguen leyendo como un sustituto de la marca –a añorada. Sin embargo, cuando decimos “Gracias por venir” o “Gracias a todes por venir” (frases que son absolutamente equivalentes), no estamos agradeciendo identidades de género sino presencias humanas y, por lo tanto, no es necesario explicitar el género de ninguna persona, femenina o no.

En todo caso, si por alguna (válida y respetuosa) razón particular se quisiera poner el foco en la identidad sexual de un sector del auditorio, bastaría con manifestarlo de manera explícita, justificando el motivo de tal distinción, y no a través de las desinencias de las palabras que usamos para saludar. Por ejemplo, en un evento sobre “Tareas de cuidado” al que habitualmente concurren sólo femineidades, se puede dar una bienvenida general a todes y luego dirigir una bienvenida específica “a todos ellos que vienen por primera vez”. O, en una clase de mecánica automotriz, se puede saludar a todes y después dar la bienvenida particular “a todas ellas”, si es que se quiere remarcar la presencia poco usual (y deseable) de femineidades. De esta manera, el saludo neutro general a “todes” naturaliza la diversidad de géneros en la sociedad, mientras que el saludo particular a “ellos”, “ellas” o “elles no binaries” reconoce la ausencia histórica de ciertas identidades en determinados ámbitos, a la vez que celebra el interés de estas personas en romper con los estereotipos de género y sumar textura a la trama humana.

Si todavía algunes sienten que la palabra neutra “todes” lleva alguna marca de género es sólo porque el patriarcado les enseñó/obligó socio-históricamente a establecer tales marcas en innumerables palabras referidas a seres humanos. Porque el sistema patriarcal es pro-reproductivo, la lengua que diseñó en castellano tiene como una de sus funciones esenciales la de señalar (marcar) públicamente el carácter “embarazador/masculino” o “embarazable/femenino” de cada persona nombrada. Toda vez que alguien dice –por ejemplo– “Estoy entusiasmada”, está diciendo en realidad “Siento entusiasmo y soy una femineidad”. O, en términos estrictamente patriarcales, “Siento entusiasmo y soy embarazable”. ¿Por qué deberíamos anunciar a cada rato nuestra supuesta disponibilidad como seres reproductores de la especie?

Las binarias marcas de género impuestas, en realidad, no son de género (masculino/femenino), sino de sexo (varón/mujer), ya que tienen como único propósito el de identificar fácilmente a personas con pene y personas con vagina sin necesidad de verlas desnudas. Sin embargo, resulta evidente que –en el contexto actual de legitimación de las identidades travestis, trans, no binarias e intersex– las marcas biologicistas10 y cis-sexistas11que el patriarcado planificó a través de las desinencias gramaticales de nuestra lengua pierden –felizmente– todo sentido.

A pesar de lo dicho, es entendible que a algunas personas les cueste soltar la omni-presencia de las marcas gramaticales heredadas, no sólo por inercia cultural sino porque cada quien construyó identidad, atravesó su socialización, y sufrió o gozó toda la vida en función de tales marcas, y es comprensible –por lo tanto– cierta resistencia a abrazar la novedad. El mejor recurso para les hablantes que todavía se resisten al “todes” inclusivo y neutro, entonces, sería ir rotando el orden de la fórmula para no establecer prioridades indeseadas:

“Buenos días a todes, todas y todos.”

“Buenos días a todes, todos y todas.”

“Buenos días a todas, todes y todos.”

“Buenos días a todas, todos y todes.”

“Buenos días a todos, todes y todas.”

“Buenos días a todos, todas y todes.”

Sin embargo, este desdoblamiento triple funciona sólo para encabezados o despedidas, tales como un saludo ante un grupo de personas. Pero no se lo podría aplicar en el contenido de un discurso, ya que resultaría impracticable hacer la concordancia pertinente con otras palabras: “Todes les alumnes, todas las alumnas y todos los alumnos que estén inscriptes, inscriptas e inscriptos…”. Evidentemente, por más inclusiva que sea la intención, esta práctica no resulta funcional en absoluto.

Por otra parte, si estamos ante un grupo formado –por ejemplo– por femineidades y por personas no binarias, habría que saludar a “todas y todes”. Pero, ¿cómo saludaríamos si fueran varias femineidades y una sola persona no binaria? ¿“Buenos días a todas y tode”? ¿“Buenos días a todas y elle”? ¿Acaso no resulta discriminador usar un tipo diferente de palabra para referirnos a otra identidad? ¿No es una manera de estigmatizar a la otredad? ¿Es realmente ineludible esta obsesión por distinguir identidades sexuales dentro de un grupo y anunciarlas públicamente? ¿No se trata incluso de una forma de violación a la intimidad? ¿Cómo proceder cuando alguna persona no quiere exponer en público su identidad sexual (por ejemplo, cuando alguien se encuentra en plena “transición” de un género a otro)? ¿Cómo saber con exactitud cuál es el género de todas las personas a las que nos dirigimos? Vale la pena insistir: si el tema que nos convoca a una reunión no tiene ninguna relación con la identidad sexual del público, ¿tiene sentido seguir insistiendo en nombrar el género de cada quien?

El desdoblamiento doble (o/a) o triple (o/a/e) no sólo resulta cuestionable por su impracticabilidad, sino que abona el preconcepto (al que recurren los sectores conservadores, como veremos) de que el lenguaje inclusivo sería solo una figura retórica para causar un efecto en la audiencia, pero que no sería una nueva gramática capaz de constituir un lenguaje equitativo con el cual pudiéramos expresarnos en todos nuestros intercambios cotidianos. Si tenemos en cuenta que el propósito del lenguaje inclusivo es eliminar del discurso las marcas de género discriminadoras e innecesarias (todas las marcas discriminadoras, en todo el discurso, siempre), comprenderemos que el desdoblamiento no contribuye en verdad al objetivo planteado.

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Litres'teki yayın tarihi:
19 ağustos 2024
Hacim:
151 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789878714677
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