Kitabı oku: «Breve historia de España para entender la historia de España»

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Introducción

Esta historia no es para saber Historia sino para comprenderla. En este libro no abundarán datos ni nombres que nos permitan triunfar en un programa de preguntas de la televisión o quedar bien delante de invitados sabihondos en las reuniones familiares. Este libro pretende «entender» adónde hemos llegado y cómo lo hemos hecho. La finalidad es entender el presente.

La Historia es fundamental en esta época de destellos fugaces y de falta de sosiego. Sin historia no comprenderemos el presente. Esta historia es para los que siempre les ha atraído la Historia y nunca han tenido tiempo de estudiarla. La Historia es una labor compleja que exige tiempo y dedicación, cosas muy valiosas y a veces despreciadas.

El concepto de España es variable. Lo que en este libro llamamos España no siempre es correcto, pero lo vamos a utilizar para simplificar. Tendremos que emplear términos contemporáneos para que el lector no experto entienda situaciones que no siempre se adaptan correctamente a contextos o situaciones históricas anteriores.

Intentaré ser honesto, pero la Historia no es neutral. Somos fruto de nuestras circunstancias. Soy español, nacido en otro siglo (y milenio) y me siento orgulloso de serlo; lo mismo de orgulloso de ser francés si hubiera nacido en París; el patriotismo es como el amor a la madre: se la quiere porque es la suya, pero no se odia a la de los demás. Me siento unido de un modo especial con todos los individuos que viven y han vivido en esta piel de toro que nos ha correspondido habitar. Quizás sea algo irracional e incluso un poco ridículo, pero no puedo por menos que sentir cierto orgullo de saber que Viriato anduvo por las mismas tierras que yo; o de que el general Prim, español como yo, ganara batallas en vez de perderlas. Siento emoción cuando un deportista español vence en una competición internacional, sin que tenga más cosas comunes con él que con el foráneo perdedor que el simple hecho de emocionarnos al oír el himno nacional. En este mundo tecnificado, posmoderno y racional, a veces las cosas solo son irracionales, pero transcendentes. Quizás ustedes me entiendan.

Este libro no es un trabajo de investigación ni pretende ser una obra de referencia para los expertos. Mi única responsabilidad en lo que aquí presento es la elección de ideas y textos que otros han presentado antes, con más autoridad, y la forma en que los presento. Por tanto, faltan muchos datos y lo que les presento se podía hacer de otra manera, pero el objetivo, hacer comprehender la historia de España, me ha llevado a lo que ustedes tienen entre sus manos.

Esta historia es para mis hijas y su generación; para ambas, por las razones ya expuestas: para que entiendan la historia de España y no la olviden; para mis hijas, para que tampoco olviden a su padre.

Esta historia que se podía haber contado de otra manera, pero es honesta y espero que les guste. Es, además, una invitación a que ustedes, queridos lectores, se imbuyan de la historia y comprendan mejor su presente. Con la esperanza que también sea la puerta que los lleve a profundizar más en este aspecto.

La prehistoria (ANTES del siglo ii a. c.)

Tradicionalmente el término Prehistoria se refería a las primeras fases del proceso histórico, desde la aparición del hombre hasta la invención de la escritura. Aunque hoy día el concepto está en revisión, convengamos en que este capítulo abarca el periodo que se marca en su título. Tengo que confesar que nunca me ha gustado mucho la Prehistoria (lo siento por los arqueólogos, a los que, por otra parte, reconozco su labor y paciencia por traernos luz de una época oscura, para mí). Tengo bastante dificultades en comprender lo que son dos millones de años (me pasa lo mismo con los años luz y con los euros: a partir de tres mil euros ya no comprendo muy bien qué significan); tengo aprieto en reconocer que una lasca de un río es una obra de arte o una forma material fruto de miles de años de evolución. Pero, querido lector, no se desanime aquí mismo a leer el libro: la Prehistoria es interesante e importante, y cualquier libro de historia que se precie (y este lo pretende) debe comenzar por esa parte de la historia humana que, digámoslo ya, se caracteriza por la ausencia mayoritaria de documentos escritos. A la Prehistoria hay que ir con imaginación, con espíritu abierto y teniendo en cuenta que ignoramos más que lo que sabemos. Pero ya les adelanto que la Prehistoria tiene su impacto en el presente.

Seguramente el lector ya está familiarizado con aquella idea tan original en su momento, y detestada por algunos, de que el hombre desciende del mono. Es un modo brutal y no muy refinado de resumir la llamada teoría evolucionista de Darwin. No vamos a entrar en detalles, pero hay que quedarse en que lo que hoy día llamamos especie humana es el fruto de la evolución de esa misma especie y de otras a lo largo de millones y millones de años (nadie sabe cuántos). Pero convengamos que las primeras manifestaciones culturales de los que ya vamos a llamar «el hombre» (palabra de género masculino, pero que incluye al sexo masculino y femenino, por supuesto) se produjeron en África, en la llamada depresión del Rift (sur de Etiopía). Desde esa zona, el hombre se expandió por el norte de África y de ahí pasó a Asia y Europa en un proceso de miles de años, cuya historia es apasionante y recomiendo que se animen a profundizar en ella. Así que, querido lector, nuestros antepasados eran africanos; Europa no siempre ha sido el centro del mundo. ¿Eran los primeros hombres negros? ¿Cómo surgieron las razas? Amigo lector, se lo dejo por tarea, pero ya le digo que lo que sabemos y lo que no sabemos es apasionante.

Vamos a quedar en que las primeras manifestaciones culturales «humanas» se produjeron hace unos dos millones y medio de años; en esa fecha, podemos afirmar que ya existe el hombre actual (o casi; ¡no tenían teléfono móvil, aunque esto extrañe a los más jóvenes!). Desde África, nuestro antepasado pasó a Europa, no se sabe muy bien si por tierra (los Balcanes) o por mar (cruzando el estrecho de Gibraltar, o pasando a Italia, o a Grecia) pero hace un millón de años y medio (año más o menos) tenemos en nuestra península la primera subespecie que los científicos llaman Homo erectus.

Vamos a ir pasando un poco rápido el tiempo, porque un millón de años es mucho para detallar los acontecimientos. Estamos en lo que los científicos llaman Paleolítico: nuestro españolito se ha extendido por los valles de los ríos y hay evidencias de que esos hombres habían cruzado los Pirineos y el estrecho de Gibraltar (ya vayan tomando nota: España está entre Europa y el norte de África y eso es una constante en toda la historia; no nos podremos librar de ello: lo bueno y lo malo que somos o lo que hagamos tendrá alguna relación con lo que nos viene del norte o del sur). Esos hombres viven en cuevas; cazan animales desparecidos hoy día (por ejemplo, bisontes y rinocerontes) y fabrican armas y utensilios con lascas de piedras (que nos parecerá mentira, pero entonces era un adelanto cultural y material excepcional). En el Paleolítico Medio (hace unos cien mil años, año más o menos, que me perdonen los expertos en no afinar más) nuestro españolito era de la (sub)especie llamada hombre de Neandertal (que a casi todos les suena), pero que debía de coexistir con elementos más avanzados y con otros que vivían en estadios culturales menos avanzados (la especie humana tiende a la globalización; la Tierra siempre ha sido nuestra casa común, no lo olvidemos). Cosa muy importante: por estas fechas ya hay indicios de que nuestro hombre tenía ideas trascedentes en forma de arte y de ritos funerarios; definitivamente ya no éramos monos y a la (sub)especie que los producía los científicos la llaman Homo sapiens sapiens, fruto de la experiencia vital de los que estaban ya aquí desde hace miles de años y de nuevas influencias (que ahora venían de más allá de los Pirineos).


El siguiente estadio evolutivo importante en la historia de nuestro españolito se produce hace unos diez mil años en lo que se llama Neolítico. La llamada revolución neolítica al parecer se inició en la zona de Mesopotamia (actual Irak); quién lo diría ahora, pero en esa región se produjeron unos cambios que, casi nunca mejor dicho, serían transcendentales en la historia humana. El hombre ya usa el fuego deliberado; también empieza a domesticar los animales (el perro, la oveja) y lo que hoy llamamos agricultura; y cambió para siempre el ecosistema Tierra, para bien o para mal: para algunos, las innovaciones nos permitieron asegurarnos la alimentación mejor, pero, al mismo tiempo, empezó la rapiña de los recursos naturales; la seguridad alimenticia procura el nacimiento de las ciudades, pero también una nueva estratificación social que irremediablemente evolucionaría hacia la formación de grupos dominantes (una minoría) sobre una mayoría, a veces inerme ante los abusos de los anteriores.

Existe constancia de agricultura en la península ibérica desde el V milenio a. C. y es probable que la domesticación de animales (cerdo, perro, buey, oveja, cabra, conejo) sea ligeramente anterior; el trigo y la cebada son los cultivos básicos del periodo y lo seguirán siendo durante toda la Edad del Bronce; luego el centeno, mijo, habas, lentejas o lino; la vid y el olivo continúan siendo silvestres. A medida que avanza la Edad del Bronce se incrementa el cultivo de cereales y leguminosas; el caballo fue domesticado en esos momentos; en este contexto se desarrolló la cultura de Los Millares. Con la influencia de griegos y fenicios se consolida la agricultura durante el primer mileno a. C. y ahora es cuando empiezan a cultivarse la vid y el olivo y se generaliza el uso del arado tirado por bueyes. Ya queda dicho: el Neolítico, un pequeño paso en su tiempo, pero un gran paso (¿bueno?, ¿malo?) para el futuro de la humanidad.

En la península ibérica los cambios propios del Neolítico están presentes desde hace unos siete mil años y fue una revolución importada. Pero no caigan en el pesimismo muy español de que aquí no producimos más que bares. El final del Neolítico y los comienzos de la Edad del Cobre (IV y II milenio a. C.) están marcados por el origen y extensión de una peculiar arquitectura a base de grandes bloques de piedra que se ha llamado megalitismo y que está asociado a la aparición de un nuevo rito funerario. El megalitismo está presente en varios sitios de Europa —y más renombrados—, pero en nuestra península ese fenómeno tiene unas particularidades que lo hacen único. Los productos se llaman menhir (monolítico de piedra clavado en el suelo) y dolmen (mesa de piedra) y los más antiguos datan del 3500 a. C., aunque su máxima extensión fue durante el II milenio antes de nuestra era. Todavía más particular es la cultura talayótica de las islas Baleares, con taulas (enormes monolitos colocados uno encima del otro a modo de capitel coronado por un pilar), talayotes (obra de mampostería en forma de torreón o atalaya) y navetas (construcción de piedras en forma de nave invertida) que van desde la Edad del Bronce hasta la Edad de Hierro. Otra producción autóctona de esta época es el arte levantino caracterizado por su finura estilística y trascendencia inmaterial.

Después del Neolítico, a veces al mismo tiempo o en evolución diferenciada, surge lo que se conoce como Edad de los Metales. La entrada en la península de la economía incipiente de los metales se produce en el tercer milenio a. C. y trae consigo la expansión de la agricultura, la evolución hacia núcleos urbanos y prosigue la estratificación social. La presencia de yacimientos mineros (cobre) en el sur de la península pone a esta región en la vanguardia de los cambios, producto de los cuales florece la cultura del El Argar. Las ciudades ya levantan murallas y los enterramientos son colectivos, lo que indica que la organización social está más avanzada que en otras regiones. Las Baleares entran plenamente en un proceso de contactos casi regulares con el entorno a causa avance de la navegación. Hacia el 1700 a. C. se puede marcar el final de esta primera fase del uso de los metales.


Falcata: espada de filo curvo originaria de la península ibérica antes de la llegada de los romanos. Museo Arqueológico Nacional. Foto del autor.

Poco después, la península empieza a recibir las primeras influencias desde el Mediterráneo oriental, especialmente de los fenicios, provenientes de las costas del actual Líbano (¡pobre Líbano! ¿Quién te ha visto y quién te ve?) y de los griegos (antiguos). Es lo que los expertos llaman la influencia orientalizante frente a la indoeuropea, que era la que nos venía del centro de Europa a través de (los extremos) del Pirineo. La situación geográfica de las costas levantinas y de Andalucía hace que esas regiones sean las primeras en recibir a los nuevos visitantes; no venían de turistas sino en busca de metales y mercados para vender sus productos elaborados. Cádiz es fundada por los fenicios, seguramente alrededor del siglo VII a. C. (la Biblia menciona Cádiz en su Antiguo Testamento, pero las referencias escritas no coinciden con los restos materiales encontrados hasta ahora) lo que la convierte en una de las ciudades más antiguas de Europa. No vienen muchos fenicios, pero su influencia fue decisiva: se produce una aculturación (proceso de recepción de otra cultura y de adaptación a ella, en especial con pérdida de la cultura propia) de las poblaciones indígenas que las cambiará para siempre. La interacción de los fenicios con las poblaciones indígenas crea una de las culturas peninsulares más particulares (y mitificadas): Tartessos; se menciona en la Biblia y en otras referencias escritas de los griegos, pero no se han encontrado restos materiales definitivos que permitan localizarla geográficamente; a pesar del esfuerzo que se ha desplegado en ello. Lo más probable es que estuviera en la desembocadura del Guadalquivir y es el fruto de influencia fenicia (sociedad urbana, compleja, estratificada) y la cultura indígena (preurbana, organización social simple y poco diferenciada, economía agrícola y ganadera, sin especialización). Algunas fuentes hablan de un basileus y dinastías (Gerión, Gárgoris y Habis), pero no se puede hablar de monarquía hereditaria, aunque sí parece claro que hay un proceso de unificación regional. Tras un prolongado asedio de trece años, Tiro cae en manos de Nabucodonosor (573 a. C.) y el desorden comercial se adueña del Mediterráneo; para Tartessos, el desbarajuste de los mercados metalíferos es mortal en beneficio de la emergencia de la colonia griega de Marsella; la civilización tartesia desaparece hacia el siglo VI a. C. dejando un halo de misterio… y faena para las futuros arqueólogos.


Dama de Elche. Escultura íbera del siglo VI a. C. Pieza hallada en 1897 en Elche. Fue comprada por el Museo del Louvre, pero vuelve a España en 1941. Nótese la perfección y finura de la dama. Actualmente, se exhibe en el museo Arqueológico Nacional. Foto del autor.

Hacia el año 600 a. C., los griegos desembarcan en Ampurias (Gerona). Tampoco vienen de turistas: vienen a fundar colonias comerciales que posibilitarán nuevas relaciones e influencias con los pueblos indígenas de alrededor, más débiles cuanto más hacia el interior nos movemos. Estamos ya a las puertas de la historia, el tiempo en las que ya hay referencias escritas. Hemos visto como durante milenios a la península ibérica han venido gentes del norte (indoeuropeos) y procedentes del Mediterráneo oriental y del norte de África. Siempre entre dos mundos. Las interacciones crean mundos diferenciados, pero también rasgos comunes. Estamos en el primer milenio antes de nuestra era; los pueblos de la península ya no son lo que eran: los griegos y los fenicios han cambiado la estructura cultural y material de los indígenas para siempre; han introducido el alfabeto, expandido la agricultura y la minería, han fundado o mejorado urbes y han abierto un nuevo espacio comercial con lo que ello conlleva de nuevos aires y apertura a nuevos estímulos. Los expertos suelen dividir al cosmos poblacional de mediados del primer milenio en dos partes: los íberos, que se extiende por la mitad este de la península, más abiertos a las influencias mediterráneas y por tanto más avanzados cultural y materialmente; al norte de una línea imaginaria que partiría de Gerona hasta Cádiz, viven como pueden los pueblos de influencia indoeuropea, que algunos llaman celtas; más alejados de las influencias civilizadoras que vienen de Grecia y de los fenicios. Entre medias, a medio camino en casi todos los aspectos, pueblos denominados celtíberos. Podemos matizar hasta el infinito, pero creo que para lo que viene es suficiente.


los romanos

(siglos II a. C.— siglo v d. c.)

Seguramente el avispado lector ya estará echando de menos a los romanos. Con toda probabilidad, cerca de cada uno de nosotros hay un recuerdo romano y a algunos, los más veteranos, todavía nos levantará pesadillas recordar los sudores escolares para distinguir los dativos de los acusativos en las declinaciones del latín. Paciencia, lector, ya casi llegamos. Estamos a mediados del primer milenio antes de nuestra era y tenemos a nuestros españolitos del momento influenciados por las corrientes civilizadoras de griegos y fenicios que, como consecuencia, producen cierta uniformidad cultural según sea mayor o menor lo aprendido. Los del Levante y Andalucía parecen que van un poco más adelantados con respecto a los más asilvestrados del centro y norte de la península (lo que sucede por no tener playas en mares calentitos).

Los romanos llegaron España (a partir de ahora Hispania, nombre dado por los romanos, frente al de Iberia, que era de origen griego) de modo casi circunstancial e involuntario; hasta cierto punto. Resultó que su venida fue provocada por la expansión de otro pueblo que seguramente a muchos les resultará familiar: los cartaginenses. Eran estos los habitantes de Cartago y sus alrededores, en la actual Túnez; la ciudad había sido fundada en el siglo VI a. C. por colonos fenicios procedentes de Tiro (Líbano); los cartaginenses construyeron un pequeño imperio comercial en Sicilia, Córcega y Cerdeña y también en la península ibérica, en clara competencia con los intereses griegos en las mismas zonas. Cuando Tiro decayó, Cartago se hizo con los intereses comerciales que aquellos tenían por el Mediterráneo central y en las costas españolas, en particular Gades (Cádiz).

Al mismo tiempo que los intereses de Cartago se extendían por el Mediterráneo occidental, una nueva potencia estaba surgiendo en la península itálica: Roma. Los romanos se hicieron primero con la región cercana a su capital y después subyugaron a todos los pueblos de la península itálica, incluidos a los etruscos. Roma se arrogó la defensa de las antiguas colonias griegas en todo el Mediterráneo, entre ellas Massalia (Marsella) y las que se encontraban en Iberia: Emporion (Ampurias, Gerona), Rhodes (Rosas, Gerona) y Hemeroskopeion (Denia, Valencia).

En esta situación era casi inevitable que las dos potencias emergentes chocaran en algún momento. El primer enfrentamiento fue la llamada Primera Guerra Púnica (púnica es por el nombre que los romanos daban a los cartaginenses, púnicus) librada entre el 208 y el 201 a. C. Los enfrentamientos no se dieron en Hispania sino en el sur de Italia y la guerra acabó con la derrota de Cartago y la pérdida de Sicilia, Córcega y Cerdeña. Dice la leyenda que una familia, y en particular un miembro de ella, Aníbal Barca, juró venganza y odio eterno a Roma. Tendría ocasión de demostrarlo, pues tras la derrota en el sur de Italia, los cartaginenses, liderados por la familia Barca, se afanaron en afianzar su dominio de la península ibérica, donde tradicionalmente tenían intereses heredados de sus antepasados fenicios, y fundan nuevas ciudades como Carthago Nova (Cartagena) y Akra— Leuke (la futura Alicante). Los romanos no tenían intereses por entonces en Hispania, pero, aleccionados por las colonias griegas, empezaron a inquietarse por los avances de Cartago. Ya en el año 226 a. C. habían llegado al acuerdo con los cartaginenses (Tratado del Ebro) para fijar sus límites de expansión en el río Ebro, cosa que pareció funcionar durante bastantes años. Pero en el año 219 a. C. los cartaginenses se empeñaron en conquistar Sagunto, cuyos dirigentes piden ayuda a Roma; esta no interviene durante el asedio, ocupados en otras tareas más importantes para ellos, pero cuando Sagunto cae exige a Aníbal que se retire de la ciudad; Aníbal rehúsa y eso es el comienzo de la Segunda Guerra Púnica que va a extenderse desde el año 218 hasta el 201 a. C. y que va a suponer la llegada definitiva de los romanos a la península ibérica; y un cambio transcendental en la historia de España, y de Europa. Esa guerra es larga y empieza con la iniciativa de Aníbal de marchar hacia Italia con un ejército de cien mil hombres (acompañado de elefantes) cruzando los Pirineos y los Alpes para caer sobre Italia por el norte; una proeza militar que sorprendió a los romanos. Aníbal vence en varias batallas (batallas de Tesino, Trebia y Trasimeno y, sobre todo, Cannas), pero cuando en el año 216 a. C. se encuentra a las puertas de Roma, casi indefensa, decide pasar unas vacaciones en Capua (las «delicias de Capua»): grave error que permite a los romanos reforzarse y, al final, vencer a Aníbal en la batalla de Zama (202 a. C.). Aníbal huiría, pero finalmente se suicidaría en el año 182 a. C. Fue un buen general.


Mapa de pueblos prerromanos.

En medio de estos acontecimientos, los romanos habían enviado un ejército a Ampurias en el verano del 218 a. C. para cortar la retaguardia de Aníbal de camino hacia Italia; ya no se irían durante los próximos cinco siglos. Al parecer, Roma no tenía mucho interés, de momento, en nuestras tierras, ocupada como estaba en consolidar la península itálica y contrarrestar, momentáneamente, otras amenazas en el Mediterráneo oriental. Pero la realidad es que una vez aquí, la voluntad o los acontecimientos hicieron que aquel primer desembarco fuera el primer paso de la conquista, consolidación e incorporación del mundo ibérico a la esfera romana. Fue un proceso duro y proceloso, pero el resultado fue que la ahora Hispania quedó irremediablemente unida a Roma, al Mediterráneo y a Europa de una manera definitiva. El mundo ibérico antiguo y medio prehistórico desapareció y un nuevo pueblo surgió al cabo de los siglos: el mundo hispanorromano. Los encargados de cortar la retaguardia a los cartaginenses en su camino hacia Roma fueron dos hermanos: Cneo y Publio Cornelio Escipión. El primero que desembarcó fue Cneo; en el verano del 218 llega a Ampurias con dos legiones y un cuerpo de tropas auxiliares itálicos; avanza hacia el sur y vence a los púnicos en la ciudad de Cesse, que se convertirá con el tiempo en la ciudad romana de Tarraco (Tarragona); luego avanza todavía más hacia al sur para alcanzar la línea del Ebro a la altura de la ciudad actual de Tortosa. Con esta operación imposibilitó a Asdrúbal, hermano de Aníbal, reforzar a este último en sus operaciones en Italia. En el 217 a. C. llega Publio, pero a partir de ahí los dos hermanos sufrirán sucesivas derrotas que les obligan a replegarse más al norte.

Los romanos ya tienen puestos sus ojos sobre Hispania. Un nuevo miembro de la familia Escipión vuelve a Tarraco en el año 209 a. C. para acabar con la resistencia cartaginesa. Mediante la fuerza, o por medios diplomáticos, consigue el apoyo de pueblos hispanos y tras victorias en Carthago Nova y en Bailén (recuerden este nombre, que aparecerá muchas veces en la historia española), finalmente se hacen en el 206 a. C. con la última y más grande colonia púnica: Gades. La presencia fenicia en España acababa; los romanos van a sustituirla. De momento, solo dominan una pequeña franja a lo largo del levante español y otras porciones a lo largo de los valles del Ebro y del Guadalquivir, pero se iniciaba un largo proceso de romanización en la que a través de guerras crueles y, a veces, diplomacia van a imponer una depredación económica, pero también una impregnación cultural que marcará para siempre a este país y sus habitantes. Hispania se convertirá en una de las primeras regiones del Mediterráneo a la que llegaron los romanos, pero una de las más obstinada en cederle el dominio. Los romanos se empeñaron cerca de tres siglos para dominarla. Lo nunca visto.

Los romanos fueron durante su apogeo un pueblo nada clemente con los que se le resistían. A pesar de la derrota de Aníbal y de la consecuente decadencia del poder cartaginés, hubo un romano y gran orador, Catón, que se empeñó en que la destrucción de Cartago debía ser total. Sería en el año 146 a. C. cuando Cornelio Escipión Emiliano pasa al norte de África y arrasa la ciudad de Cartago y sus alrededores, acabando con la historia de los cartaginenses. Sus habitantes fueron vendidos como esclavos.

Después de prestar atención a otros intereses en el Mediterráneo oriental, los romanos no cesaron de seguir prestando la atención debida a Hispania. En el año 196 a. C. ya crean las dos primeras provincias fuera de Italia: la Hispania ulterior y la citerior. Dirigidas por un pretor cada una, serían las bases territoriales y administrativas para continuar la expansión territorial hacia el interior y para asentar colonias que a su vez servirían de bases a nuevas expansiones. Habría periodos de tranquilidad y diplomacia; y otros, los más, de dura lucha por hacerse con el dominio de las tribus refractarias a perder su independencia. La base de partida era la estrecha zona cercana a las costas mediterráneas para después, siguiendo como ejes de penetración los ríos Ebro y Guadalquivir, avanzar hacia la meseta, acabar con todas las resistencias y llegar el Atlántico. Ya queda dicho: tres siglos de dura lucha, cuyo relato les dejo para otro momento, pero cuyos eventos principales paso a resumir.

Ya hemos mencionado que el mundo ibérico con el que se encontraron los romanos era variado y diverso. Algunos pueblos tenían una cierta patina de civilización (los tocados por la suerte de la colonización griega o fenicia, los más cercanos a la costa mediterránea) pero otros (los pueblos celtíberos y celtas del interior) vivían sobre todo de la agricultura poco desarrollada, de la ganadería… y de frecuentes guerras de botín con sus vecinos. Uno de los primeros pueblos con los que se toparon los romanos fueron los ilergetes, situados en la zona de la actual Lérida; liderados por los caudillos Indíbil y Mandonio, hacia el año 205 a. C. libraron una cruenta guerra que acabó con la muerte de ambos personajes, la derrota de su pueblo y la esclavitud para los supervivientes. En su avance hacia la meseta, los romanos tendrían que librar otra cruenta guerra (llamada por los historiadores guerras celtibero—lusitanas) desde el 155 al 133 a. C. Eran estos pueblos poco refinados en su manera de vivir y se dedicaban fundamentalmente a la ganadería seminómada y en sus constantes movimientos chocaron con los romanos. O los romanos chocaron con ellos, pues en el año 150 a. C. el pretor Galba había perpetrado una gran matanza de lusitanos cuando, reunidos y desarmados con la promesa de repartición de tierras, acuchilló o esclavizó a los reunidos sin compasión. Uno de los supervivientes, Viriato, cuenta la tradición que juró venganza y odio eterno a los romanos; el resultado fue que durante años llevó a cabo una lucha de guerrillas que puso en jaque a los romanos en diversas ocasiones hasta que la llegada de un ejército consular al mando de Fabio Máximo (de la familia Escipión) enderezó la situación en favor de los romanos. La división de los lusitanos, algunos de los cuales propugnaban un acuerdo con los romanos, propició que Viriato fuera asesinado, cuando dormía, por tres de sus colaboradores. Era el año 139 a. C. y, para que conste, los traidores se llamaban Audax, Ditalcón y Minuro. Dice la tradición que cuando estos fueron a buscar su recompensa ante las autoridades romanas estas les contestaron que Roma no pagaba a traidores. ¡Qué bonito si fuera cierto!

Tras la muerte de Viriato continuó la lucha de los lusitanos y celtiberos de la meseta; los romanos tampoco pararon y en sus incursiones llegarían hasta Galicia. Para el dominio total de la zona, los romanos tendrían que hacerse con un último foco de resistencia: Numancia. Numancia era una antigua ciudad de una de las tribus celtibéricas, los arévacos, y sus orígenes se sitúan entre los siglos II y I a. C. Los acontecimientos que habrían de llevar a la destrucción de Numancia empezaron cuando una ciudad de la zona, Segeda, de las tribus de los belos, quiso ensanchar sus murallas, cosa a la que los romanos no estaban dispuestos. Los belos fueron derrotados y los supervivientes buscaron apoyo y refugio en Numancia. Los romanos asediaron durante diez años la ciudad hasta que el Senado romano decide acabar con la situación y envía a Cornelio Escipión Emiliano (el vencedor de Cartago); este primero disciplinó a los cincuenta mil hombres que disponía para acabar con los cuatro mil celtíberos que se encontraban dentro de las murallas numantinas; luego, montó una serie de campamentos alrededor de la ciudad y se dispuso a doblegarla por el hambre. En el verano del 133 a. C. (recuerden la fecha, a veces sale en preguntas tipo test) los numantinos que sobrevivían se rindieron; antes, muchos se suicidaron y otros se quemaron vivos. Escipión acabó con lo que quedaba de la ciudad y repartió a los supervivientes como esclavos; él se reservó cincuenta para exhibirlos en triunfo en Roma. Los restos de Numancia se encuentran en un cerro cerca de la ciudad de Soria. Merece la pena una visita.


Hispania romana

Con la caída de Numancia quedaba casi toda la meseta en manos de Roma; solo resistían los cántabros, los astures y los vascones, en las estribaciones montañosas del norte de la península. En el año 123 a. C. el cónsul Cecilio Metelo conquista las Baleares y funda dos colonias: Palma y Pollentia. Los romanos ya habían empezado a fundar colonias —que con el tiempo se convertirían en ciudades— en los límites de sus dominios, como forma de defender sus posesiones y como factor de atracción a otros pueblos; así surgen Graccurris (Alfaro), Iliturgi (Mengíbar, Jaén) y, en el año 170 a. C., Carteia (Algeciras), primera colonia latina fuera de Italia, para albergar cuatro mil hijos de soldados romanos y mujeres indígenas que solicitaban al Senado un status jurídico superior al que tenían; según las leyes, los hijos de un ciudadano solo podían ser reconocidos como ciudadanos si la madre era ciudadana; el pretor Canuleyo, en nombre del Senado, los hizo libres y con la concesión de tierras en Carteia les otorgó el estatuto de latinidad. Llama la atención que ese mismo estatuto se concediera a los antiguos pobladores de la ciudad. Un caso semejante sucedió con la colonia de Córdoba, fundada por Marcelo en el 168 o 152 a. C. donde con el establecimiento de colonos se concedió la ciudadanía a numerosos indígenas. Ambas fundaciones indican la existencia de un grupo importante de colonos, romanos e itálicos, en su mayoría antiguos soldados que tras su licenciamiento decidieron quedarse en la península como agricultores, convirtiéndose en un factor más de romanización.

Aquí tenemos que hacer referencia a la situación general de Roma para poder seguir con nuestro relato. La expansión del dominio romano por todo el Mediterráneo y zonas contiguas provocó un cambio social en la ciudad de Roma y en sus ciudadanos; la clase alta detentaba el poder político, tanto en la metrópoli como en las provincias que, a su vez, les procuraba un poder económico en aumento. A mediados del siglo I a. C. empezó a surgir una demanda de acceso a ese poder por una parte de la sociedad (équites); mientras, se degradaba la condición de agricultores y artesanos sobre los que en los primeros momentos de la República romana se habían sustentado los valores de la sociedad y el reclutamiento del ejército, que ahora engrosaba la cada vez más numerosa plebe. Estas tensiones iban a desencadenar, durante la última mitad del siglo I a. C., una serie de guerras civiles que tendrían en Hispania un escenario donde dirimir sus luchas. El triunfo de Julio César, uno de los personajes claves de la historia de Roma, en Munda (en las cercanías de la actual Montilla, Córdoba) el año 45 d. C. acabó con ese periodo de guerras civiles y supuso una reorganización profunda y administrativa de Roma, que se podría resumir en que la República daba paso al Imperio. A partir de ahora, el que gobernara en Roma sería emperador: jefe político, sumo pontífice —jefe religioso— y jefe supremo del ejército. Hispania fue un elemento clave en estos cambios; allí se dieron las principales batallas entre las facciones y los hispanorromanos se vieron involucrados en una u otra facción, lo que por otra parte era prueba de que la península ibérica era ya un territorio importante en el mundo romano y que a su vez el mundo romano ya era parte de la sociedad y de los pueblos hispanos.

El tiempo y el Imperio acabaron por profundizar esos cambios. Si el paso de Julio César —que murió en el año 44 d. C. asesinado por un allegado, Bruto— dejó una huella perenne en Hispania, su sucesor, el emperador Augusto, resultó aún más definitivo; acabó con los últimos reductos refractarios al dominio romano (los astures, cántabros y vascos) y pacificó definitivamente a los habitantes de esta península. Augusto instauró una nueva división territorial (provincias de Citerior (con capital en Tarragona), la Bética (capital Córdoba) y la Lusitania (con capital en Emérita Augusta, la actual Mérida). El proceso de romanización se materializó también con la fundación de nuevas ciudades (Barcelona, Zaragoza, Calatayud) y la inclusión total de la economía hispana en la estructura comercial del Imperio. De esta manera, la tradicional fragmentación de los pueblos hispánicos empieza a diluirse y nace la conciencia de pertenecer a un orden común, aunque persistiendo matices y diferencias en el grado de romanización. En el año 70 d.C. el emperador Vespasiano concede a los hispanos la ciudadanía plena de latinidad; a partir de ahora, los ciudadanos de Hispania entrarán en el ejército y podrán acceder a todos los cargos del Imperio. Prueba de que las cosas habían cambiado mucho en Hispania es el acceso del hispano nacido en Itálica (Sevilla) Marco Ulpio Trajano (a partir de ahora Trajano) al rango de emperador; gobernó el Imperio desde el año 98 hasta el 117 y fue el primer emperador oriundo de una provincia; luchó en Dacia (Rumanía) y en tierras de Oriente Medio y durante su gobierno el Imperio Romano alcanzó la máxima extensión territorial. Además de la Columna Trajana en Roma, dejó en España el arco de Medinaceli: no sabemos si era del Betis o del Sevilla, pero sevillano sí era. Le sucedió otro hispano, Adriano (76—138), que luchó contra los judíos y construyó un muro de defensa en Britania (Gran Bretaña) y que está enterrado en el Castillo de San Ángelo en Roma. Los dos fueron buenos emperadores. El otro emperador de origen hispano fue Marco Aurelio, que gobernó el Imperio desde el año 161 al 180; aunque fue un buen estratega y un hombre de pensamiento, no tuvo compasión con los cristianos de su tiempo, a los que persiguió con saña. Hispania no dio solo a Roma emperadores sino también escritores y pensadores como Séneca, Quintiliano y Marcial.

Pero Roma también fue cambiando desde su fundación (750 a. C.) hasta los primeros siglos de nuestra era. Entre otras cosas, en el aspecto de la religión. Los romanos eran politeístas y la religión estaba unida al poder político, aunque con el tiempo supieron adaptar dioses foráneos a su panteón particular; durante la época imperial se veneraba al soberano como encarnación del Estado y el ejército y los ciudadanos romanos tenían una fuerte impronta religiosa, no obstante mostrar cierta tolerancia con otras religiones. La aparición del cristianismo representaría un cambio fundamental en la historia de Roma, del mundo y de España. Como religión monoteísta, el cristianismo no aceptaba otra religión, ni otros dioses, ni toleraba entre sus fieles prácticas religiosas incompatibles con su fe; en este aspecto, chocaría contra las autoridades romanas que a su vez no podían aceptar la superioridad de una religión que no fuera la oficial. Durante los tres primeros siglos de nuestra era, los cristianos fueron perseguidos por los romanos, a pesar de lo cual siguieron extendiéndose por el Imperio. En el siglo IV, el cristianismo vence todas las resistencias y es, primero, tolerado y, después, se convierte en la nueva religión del Imperio (o de lo que quedaba).

En España, el cristianismo arraigó fuertemente desde el principio, propagado por anónimos cristianos, a veces, confundidos con judíos que comenzaban la diáspora en los primeros años de nuestra Era; los soldados del ejército y cierta propagación de fieles del norte de África produjeron definitivamente el asentamiento, florecimiento y consolidación del cristianismo en la Hispania romana; un hecho transcendental para la historia de España. En el siglo VIII comenzó la tradición sobre la venida de Santiago a España, aunque es más probable que el que lo hiciera fuera San Pablo y debió producirse entre los años 63 y 67.

A partir de comienzos del siglo II, el Imperio romano entra en una fase de decadencia imparable, un fenómeno ampliamente analizado desde entonces por los historiadores. Para algunos de estos, la decadencia vino consecuencia de la decadencia moral y la relajación de las virtudes ciudadanas que habían alentado en los romanos en los primeros tiempos de su historia; para otros, era el desarrollo normal de toda obra humana: se nace, se vive y se muere. Irremediablemente.

De cualquier forma, el imperio romano logró sobrevivir cerca de mil años y su impacto en Hispania fue imperecedero. La antigua división tribal de los iberos había dado paso a un sentimiento de unidad, de pertenencia a un mundo mediterráneo, con una lengua y, al final, con una religión común. La España que

conocemos nació con los romanos.


LOS VISIGODOS (SIGLOS v — viii)

Roma vivió su apogeo en los siglos I y II de nuestra era. Muchos autores creen que el esplendor romano se basaba en su carácter austero, valeroso, realista y emprendedor de los primeros tiempos. Pero enriquecidos por las conquistas, se desentendieron del bien común; entre otras cosas de la obligación del servicio militar, en los primeros tiempos obligación y derecho de los que poseían la ciudadanía romana y que con el paso de los siglos se abrió a otros súbditos del Imperio, para acabar siendo rehuido y aborrecido por los habitantes de la originaria ciudad de Roma. Las antiguas virtudes degeneraron en actitudes viciosas, perezosas y cobardes; los ricos vivían de las rentas provinciales y de los altos cargos; los pobres, de las limosnas y otras ayudas estatales a cambio de la fidelidad del voto. Otros pensadores creen que el cristianismo socavó de manera irremediable las virtudes que habían hecho grande a Roma. Literatura que sostiene una u otra teoría la encontrará el lector en abundancia, si está interesado en profundizar en ello. De cualquier forma, las causas debieron ser múltiples.

Los hechos irrefutables son que entre los siglos V y VIII los pueblos que vivían en las fronteras del Imperio Romano sufren una presión de otros pueblos situados en el centro y oeste de Europa —conocidos como godos, bárbaros o germanos— que, a su vez, estaban siendo empujados por otros que provenían del centro de Asia (los hunos). Todo ello coincidía con una crisis política y social dentro del Imperio romano. Hay que rechazar la idea de «invasión de los bárbaros» para entender este momento histórico; los godos (o bárbaros, que entonces quería decir extranjeros) vivían y, a veces, convivían con los vecinos romanos desde hacía tiempo; poco a poco fueron encontrando rasgos de entendimiento, como la alianza entre ellos para luchar contra un enemigo común o la inclusión de individuos e incluso tribus enteras en las filas del ejército romano (al cual, por otra parte, acudían cada vez menos romanos de pura cepa). La llegada de los godos fue un proceso largo, insidioso y progresivo que duró decenas de años. La presión de los hunos y la corrupción del poder político romano aceleraron ese proceso.

Con la descomposición del poder imperial ocurre un fenómeno de gran importancia para el futuro. La economía y los hombres se refugian en el campo para encontrar seguridades que no le daban las ciudades. Los ricos (entre ellos, muchos eclesiásticos) se hacen con grandes extensiones de tierra y construyen allí fortines y murallas para protegerse, a donde acuden los que no pueden hacerlo; otros merodean por los campos haciéndose bandoleros. Poco a poco, los poderosos se hacen con la mayoría de las propiedades mientras que los pobres se ven sometidos a adscripciones forzosas y hereditarias a las tierras y a sus propietarios. Es el principio del feudalismo y de los latifundios.

En el año 406, suevos, vándalos y alanos cruzan el Rin. Desbaratado el sistema defensivo romano, los nuevos invasores desbordan los Pirineos a partir del año 409; los suevos ocupan la zona de Galicia, los alanos se extienden por las provincias de Lusitania y Cartaginensis y los vándalos silingos por la Bética. En el año 410, Roma es saqueada en un espectáculo que muchos contemporáneos creyeron ver el final de los tiempos. En el año 476 es destituido el último emperador romano de occidente, Rómulo Augustulo.

Otro pueblo, el visigodo, se había asentado previamente en la Galia (Francia) y, a petición romana, empiezan a desalojar a los invasores de Hispania; acabarán asentándose definitivamente en la península ibérica, al principio como una extensión de su dominio en la Galia; pero la derrota sufrida frente a los francos (otro pueblo godo) de Clodoveo (batalla de Vouillé, año 507) intensificó su dominio en este lado de España. Muchos autores reconocen a Eurico (466—484) como el primer rey visigodo español al ser reconocido soberano de los territorios conquistados por el emperador romano Julio Nepote y al promulgar un nuevo código jurídico escrito (Código de Eurico) que venía a sustituir a las normas consuetudinarias que hasta entonces seguían los visigodos. Los visigodos estarían en España desde principios del siglo V hasta el año 711 y durante ese tiempo reinaron treinta y dos reyes. La lista de esos reyes tiene nombres que no han perdurado hasta nuestros tiempos (Atanagildo, Recesvinto, Sisebuto, Suintila,…) junto a otros que sí lo han hecho, aunque minoritariamente (Leovigildo, Hermenegildo). En los años en que yo iba a la escuela era costumbre aprenderlos de memoria en el colegio; el que podía recitar la lista completa de memoria tenía asegurado el sobresaliente en Historia y los profes le auguraban un futuro brillante; yo no me los aprendí, pero sigan leyendo el libro: algo he aprendido desde entonces.

La consolidación del reino visigodo se produjo durante el reinado de Leovigildo (569—586), con quien la capital se trasladó a Toledo; acabó con las últimas resistencias de los suevos y sus dominios se extendieron por casi toda la península, con la excepción de la franja norte donde erigió la plaza fuerte de Amaya, para hacer frente a los cántabros, y la de Victoriaco, para oponerse a los vascones. Los visigodos españoles, poco a poco, se fundieron en un nuevo proceso de aculturación, con la antigua sociedad hispanorromana creando con los años una atmósfera de unidad nacional, con capital en Toledo, perturbada por un intento de reconquista romana a través de los bizantinos, quienes durante el siglo VI intentaron mantenerse en la parte sur de la península. De cualquier forma, el periodo visigótico en España fue un periodo de inestabilidad y de guerras civiles y religiosas, a lo que contribuyó el carácter electivo de los reyes.

Uno de los motivos de discordia entre la sociedad goda y los hispanorromanos fue la religión. Los visigodos entraron en Hispania como cristianos arrianos, una forma de cristianismo que no reconocía al Hijo la misma divinidad que a Dios Padre. Los hispanorromanos eran católicos y su religión estaba íntimamente ligada a su condición de ciudadanos romanos. Al principio, los visigodos reprimieron el cristianismo, pero —a mediados del siglo VI— un santo de Cartagena, San Leandro, consigue la conversión al cristianismo del gobernador godo de la Bética, Hermenegildo que, además, era hijo del rey Leovigildo (568—586). Hermenegildo se rebela contra su padre, busca el apoyo de los bizantinos y de la antigua aristocracia hispanorromana de la Bética, pero es vencido y hecho preso por su padre; mientras estaba encarcelado en Valencia, su carcelero lo asesina en el año 58. Muchos años después, el rey Felipe II, quien también tuvo problemas con un hijo, consiguió que Hermenegildo fuera canonizado por la Iglesia católica.

Un hermano del mártir, Recaredo, cuando sube al poder en el año 586, se convierte al catolicismo uniendo ya de manera indeleble religión y poder político en España (poco antes, Clodoveo, rey de los francos, había hecho lo mismo en su reino; Francia y España serán a partir de entonces baluartes de la fe cristiana en Europa). Muchos autores consideran a Recaredo el primer rey de una España unificada, política (promulgación del Liber Iudiciorum) y religiosamente (instauración de los Concilios de Toledo); la contrapartida a este hecho importante fue que, a partir de entonces, la religión (católica) y el gobierno político estarán fuertemente imbricados en España. De momento, las autoridades religiosas visigóticas jugarán un papel importante a través de los sucesivos concilios celebrados en la capital Toledo. Sin embargo, la unificación religiosa y política del mundo visigodo no será completa: una parte de los habitantes del reino eran judíos, y la nueva situación no les favorecerá; empiezan a sufrir persecuciones y jugarán un papel desestabilizador en el futuro inmediato.

Los años que van de mediados del siglo VII al año 711 son periodos de desintegración interna de la estructura visigótica y una tendencia hacia la fragmentación, cuyo reflejo son los enfrentamientos nobiliarios, sobre todo con ocasión de las sucesiones de reyes. Los monarcas intentarán afianzar el poder central, asegurar la sucesión, pero los nobles y sus clientelas siempre serán un freno a esta intención. Los pueblos germánicos (germanos, francos, sajones, etc.) fueron el origen de muchas naciones actuales (Francia, Alemania, etc.). En España, los visigodos supusieron un intento serio de unificación de la península, pero, quizás por falta de líderes adecuados, quizás por la división interna, quizás por la politización de la iglesia católica, el reino visigodo siempre fue inestable.


Corona visigótica de Recesvinto del Tesoro de Guarrazar. El tesoro se encontró por casualidad en 1858 y poco después fue vendido a Francia, donde todavía se exhiben parte. La corona de la fotografía se puede ver en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

La discordia definitiva vino a propósito de la sucesión del rey Vitiza en el año 710. A la muerte de Vitiza se eligió como rey a Rodrigo, pero los hermanos de este (y el arzobispo de Sevilla, Oppas) no lo aceptaron y llamaron en su auxilio a los musulmanes, quienes ya habían llegado a la otra orilla del Estrecho de Gibraltar desde su foco de expansión en Arabia. Aunque ya dominaban toda la costa del norte de África, al parecer todavía resistía en Ceuta un personaje sumido en la leyenda llamado Olbán, Urbán, Ulyán o Julián, cuya raza o condición (godo, bizantino o berberisco) es discutida. El jefe de los musulmanes norteafricanos era Muza y su comandante del ejército era un tal Tariq ben Ziyad. En julio del 710, Tarif ibn Maluk hace una incursión y desembarca en Tarifa (llamada así por él a partir de entonces) con quinientos hombres; no tuvo gran resistencia: el rey visigodo Rodrigo no puede acudir a la batalla, pues en ese momento estaba combatiendo una rebelión de los vascones. En la noche del 27 al 28 de abril del 711, Tarif vuelve a desembarcar en la roca Calpe (a partir de entonces, Gibraltar: la montaña de Tariq) con siete mil hombres; los oficiales son de origen árabe, pero la mayoría de los soldados son bereberes del norte de África. El 19 de julio, cerca de río Guadalete (o Wadilaka, o de la Janda, no se sabe con certeza el lugar exacto), tropas árabes y bereberes de Tariq, jefe liberto del gobernador Muza, derrotan al ejército visigodo del rey don Rodrigo, víctima de la traición de los hijos de Vitiza (al parecer, algunas fracciones del ejército de Rodrigo desertan en medio de la batalla) y sus allegados (entre los que destaca el obispo de Sevilla, Oppas, a quien veremos más tarde actuar otra vez). El reino visigodo de España desapareció ese día. El cadáver del rey fue encontrado en el campo de batalla y llevado por sus fieles fuera de tal escenario; se dice que lo enterraron cerca de la actual Viseu.

Pero la leyenda persiste. A los motivos señalados anteriormente para entender la «pérdida de España» se pueden añadir otros; algunos autores piensan que la victoria y posterior triunfo de los musulmanes fue debida a la ayuda que les proporcionó una especie de quinta columna formado por judíos que vivían en este lado del Estrecho. Otra leyenda es menos prosaica y más humana: se cuenta que Rodrigo había seducido a una chica llamada Cava, hija del mencionado Julián, gobernador de Ceuta; este, por despecho de padre, se alió con sus vecinos musulmanes y les facilitó el paso del Estrecho.

Se puede decir que la herencia romana se salva con los visigodos y en ellos se funden el cristianismo y la herencia clásica. Con los visigodos la antigua Hispania adquiere una personalidad cultural y unos límites geográficos que permanecerán fijos hasta la Edad Moderna.


la alta edad media (SIGLOS viii — xi). cristianos contra musulmanes.

Tras los acontecimientos ocurridos aquel 19 de julio del año 711, en lo que se conoce desde entonces como batalla de Guadalete, Tariq avanzó audazmente hasta Toledo, que conquistó con la ayuda de los judíos de la ciudad el día de San Martín (11 de noviembre) de ese mismo año: la pérdida de España se había consumado. Los nobles godos habían huido de la ciudad con sus tesoros (uno de ellos se encontraría siglos más tarde en Guarrazar, Toledo) buscando refugio en las montañas cántabras. Tariq los persiguió hasta Astorga, pero regresó a Toledo cuando su jefe, Muza, celoso de las victorias de su subordinado, cruzó el Estrecho con un contingente entre diez y dieciocho mil hombres más. Muza marcharía hasta el Ebro, donde un noble godo, el conde Casius, se le rindió sin oposición, se convirtió al islam y sus descendientes, los Banu—Qasi, jugarán un papel importante en la historia de los musulmanes españoles. Los vascones tampoco ofrecerían mucha oposición y los invasores islámicos cruzaron los Pirineos y se extendieron por el sur de Francia hasta que el rey de los francos, Carlos Martel, los derrotó en el año 732 en la batalla de Poitiers, librando del dominio musulmán a la parte continental europea. Una batalla fundamental para la historia de Europa. Los musulmanes se harían con el casi total de la península en siete años (los romanos tardaron dos siglos) y la opinión más extendida es que esa rapidez fue debido a la desunión de la clase política goda, a la división entre la aristocracia y la plebe visigodas y a la colaboración de los judíos con los invasores. Para la población más desfavorecida, los nuevos amos traían una liberación fiscal: si se convertían a su religión, no pagaban impuestos; si se mantenían siendo cristianos, de todas formas pagarían menos.

Entre los nobles que buscaron refugio en las montañas de Asturias se encontraba un espatario (militar, miembro de la guardia de palacio de los reyes godos) llamado Pelayo. La zona asturiana bajo dominio musulmán estaba gobernada desde su capital Gijón por Munuza. La nobleza goda se había asentado en el valle de Cangas, pero nadie intentaba restaurar la monarquía visigoda; poco a poco Pelayo es reconocido con cierta autoridad sobre el resto de los nobles. Una tradición cuenta que Munuza quiso conseguir a la hermana de Pelayo, para lo cual había enviado a este a Córdoba —la capital de los musulmanes— como rehén; pero Pelayo logró fugarse y retornó a las montañas. Las crónicas árabes le tratan a partir de entonces como asno o bandolero salvaje.

En el año 722, una expedición al mando de un tal Alqama se montó para reducir el foco de resistencia asturiano; le acompañaba el obispo Oppas, para intentar convencerles. El resultado fue una batalla en la zona de Covadonga: era el 28 de mayo del año 722, los godos al mando de Pelayo infringen una derrota a la expedición árabe. Las fuentes no se ponen de acuerdo si ese encuentro guerrero fue una batalla menor, un simple encuentro accidental o una batalla minuciosamente preparada por Pelayo. Pero la tradición española la señala como el inicio de una nueva etapa en la historia de España.

Los musulmanes son los seguidores de las doctrina de Mahoma (570—632) predicada desde el 620 en la región de Arabia y desde donde a partir del año 632 se extiende por Siria, Persia y la costa africana del Mediterráneo, convirtiendo al islam a todos los pueblos por donde se extendieron; entre ellos, a los bereberes del norte de África, un pueblo belicoso y reacio a cualquier sumisión. La capital del imperio musulmán estuvo al principio en Meca y después en Damasco y Bagdad. Desde el principio, las autoridades políticas y religiosas se muestran muy divididas, lo que da lugar a divisiones religiosas (chiismo, sunismo) y, con la expansión territorial, a la división del imperio en varios territorios semiautónomos políticamente aunque dependientes de una única autoridad religiosa (califa). Los bereberes del norte de África resistieron ferozmente el dominio musulmán pero cuando se convirtieron al islam fueron uno de los pueblos más radicales en sus nuevas creencias religiosas. Esas divisiones se mostraron también en España y ya en el año 739 la facción bereber que formaba parte de las huestes musulmanas invasoras se rebela contra el contingente sirio al considerar que estos se vieron favorecidos en la repartición de las tierras que los noble godos habían abandonado; la división y las querellas habrían de ser una constante en el mundo musulmán hispano.


Córdoba llegó a ser la ciudad occidental más grande de su momento y donde la ciencia y la cultura florecieron como en ningún lugar del occidente del siglo X.

En el año 750, la dinastía omeya que regía los destinos del mundo musulmán en Damasco fue derrotada por una rebelión de la familia abasí. Uno de los miembros de los omeyas, Abderramán, marchó a España donde funda el emirato independiente de Córdoba en el año 756 que habría de durar hasta el año 929. Políticamente el emirato era independiente pero todavía se reconocía la autoridad religiosa del califa de Damasco. Abderramán debe continuar haciendo frente a motines de bereberes y árabes, pero también a conflictos con mozárabes (cristianos que viven en territorio musulmán), muladíes (cristianos convertidos al islam) y judíos, a pesar de la cierta tolerancia religiosa del nuevo emir. A la inestabilidad interna se une la presión cada vez más creciente de los reinos cristianos que estaban surgiendo en el norte de España. En el año 929, Abderramán se proclama califa (líder religioso de los musulmanes) y crea el califato independiente de Córdoba; habría de durar un siglo, durante el cual al-Ándalus (nombre que se da al territorio en manos de los musulmanes) alcanzó su cenit político, económico y cultural. En la agricultura, los musulmanes españoles usaron procedimientos muy eficaces de regadíos, intensifican el cultivo del olivo, introducen nuevos frutales (agrios, arroz, caña de azúcar y algodón) y hay una importante producción textil (sedas y brocados), de curtidos e incluso de vidrio y papel. En el aspecto cultural, los estudios de jurisprudencia, filosofía y medicina (en Córdoba se crea la primera escuela de medicina de Europa) así como de astronomía y matemáticas florecen como en ningún lugar cristiano de Europa. La mezquita de Córdoba, iniciada por Abderramán I (822—852) se completa durante varios siglos y es la obra maestra de la arquitectura islámica en España. Durante los últimos años del siglo X, la pujanza del califato cordobés se ve reforzado por la habilidad militar de Almanzor, verdadero líder del califato durante tiempos de Hixam II (961—1009), que en sus expediciones militares llega hasta Barcelona (985), León (988) y Santiago. Quizás la más famosa es la que llevó contra la ciudad compostelana, en el año 997; el sepulcro del Apóstol ya era una atracción para la cristiandad y el saqueo de su tumba fue una afrenta para toda ella. Almanzor hizo transportar las campanas de la basílica hasta Córdoba a hombros de cautivos y allí quedaron como trofeos y lámparas para la mezquita hasta que tres siglos después Fernando III conquistaba Córdoba y las devolvió a Santiago de Compostela, a hombros de cautivos musulmanes. La tradición contaba que Almanzor murió en la batalla de Calatañazor (de ahí el dicho de «Almanzor, en Calatañazor perdió su tambor»), pero, en realidad, murió en Medinaceli el 10 o 11 de agosto de 1002.

A pesar del esfuerzo de Almanzor, de la renovación cultural y administrativa y de los éxitos militares frente a cristianos y fatimíes (Egipto), las tendencias disgregadoras de los musulmanes peninsulares persistieron, reforzadas por los conflictos étnicos y sociales provocados por el ascenso social de los mercenarios y de las tropas reclutadas por Almanzor. Tras la muerte de este, el poder real pasó a su hijo, llamado Sanchuelo, pero los legitimistas se levantaron en armas y lo asesinaron. La situación degeneró en anarquía y guerras civiles; el único poder efectivo queda en manos de los jefes de las tropas bereberes. El último califa cordobés nominal fue definitivamente derrocado por el pueblo y la nobleza en el año 1031; se llamaba Hisham III y buscó refugio en un reino cristiano, donde murió en exilio dorado. La España musulmana quedó fragmentada en una serie de reinos independientes (taifas) dirigidos por jeques pertenecientes a la aristocracia árabe o muladí, por antiguos oficiales de la corte o de tropas eslavas o por aristócratas de origen norteafricano o hispano—bereber. Es lo que la historiografía denomina periodo de los reinos de taifas que se extendería desde 1009 hasta el año 1031.

El dominio musulmán sobre la península nunca fue total. Los astures, cántabros y vascones occidentales mantuvieron siempre una cierta independencia, aunque, a veces, tasados con ciertos tributos. Más al este, navarros, aragoneses y catalanes —apoyados por los reyes francos de Carlomagno— fueron creando a partir del año 800 condados que desafiaban la autoridad musulmana. Tradicionalmente se ha denominado Reconquista a este afán de los cristianos por recuperar el reino godo de Rodrigo. Hoy el concepto de reconquista está en discusión, pero aquí los seguiremos usando para facilitar la explicación de los siguientes capítulos, suficientemente complejos para añadir ahora discusiones académicas.


Ya hemos visto el primer movimiento de la Reconquista en la victoria de Pelayo en Covadonga hacia el año 722. Fue el primer paso hacia la creación del reino de León que tiene a los descendientes de Pelayo como principales impulsores. Los primeros sucesores inician una lucha para conseguir primero el dominio de la franja costera, para poco a poco traspasar los Picos de Europa y asentarse sobre León. La corte pasa con los años de Oviedo a León, cuya conquista definitiva se produce a mediados del siglo IX. El primer monarca que adoptó el título de rey de León fue García I (910—914), hijo de Alfonso III de Asturias. Los forcejeos con los musulmanes son fluctuantes; unas veces, el impulso viene de los cristianos; otras veces son los islamistas los que detienen el avance de los cristianos hacia el Sur. A veces, hay relaciones de buena vecindad o de entendimiento materializado en el pago de tributos (parias), como el que algunos autores achacan al rey Mauregato, obligado a pagar cien doncellas anuales a los califas de Córdoba como muestra de sumisión. El primer objetivo estratégico de los reyes leoneses es asegurar sus fronteras sobre la línea del río Duero; con la conquista de Zamora en el año 901 parece asegurarse esa línea defensiva. Cuando los musulmanes son fuertes, la expansión cristiana se detiene o retrocede, como pasó poco después de lo de Zamora con las ofensivas de Almanzor a finales del siglo X.

En el este de la península surgen otros núcleos de resistencia en la actual Navarra y en los valles pirenaicos catalanes, ambos con la ayuda de los francos carolingios quienes, después de haber parado la expansión musulmana hacia Europa, prosiguieron su esfuerzo hasta la línea del Ebro. Hacia el año 800, los valles de Aragón dependen del condado carolingio de Toulouse, la Jacetania obedece a otro conde franco, lo mismo que Pamplona, regida por un conde de Carlomagno. A partir de la segunda mitad del siglo IX, estos condados empiezan a actuar de manera independiente contra los ataques musulmanes y a mostrar cierta autonomía respecto a la política del otro lado de los Pirineos. Con el tiempo, surgirán allí los reinos de Navarra (con el impulso de los condes Arista) y Aragón (impulsado por Aznar Galindo). A partir de entonces, unas veces luchará cada uno por su cuenta contra los musulmanes; otras veces se alían entre ellos para esa tarea común; en otras muchas, luchan entre ellos, a veces con aliados islámicos. Esta será la realidad, complicada, de los reinos cristianos peninsulares hasta el siglo XV.

Parecido proceso sucedía en el extremo oriental de los Pirineos. Los textos del siglo IX utilizan la expresión «marca hispánica» para designar a una región fronteriza militarizada (marca) bajo la autoridad de los reyes francos (que habían conquistado Barcelona en el año 801) que mantenían dominio sobre los valles pirenaicos de la vertiente sur (hispánica) al mismo tiempo que sobre las regiones de Toulouse y de la actual Narbona. A veces la denominación de «Marca Hispánica» se cambiaba por Regnum Hispaniae y designaba, más que una organización política, una zona geográfica dividida, a su vez, en condados no vinculados entre sí; cuando una misma persona se halla al frente de varios condados recibe el título de duque o conde, pero estos condados pueden ser divididos a su vez a voluntad del monarca: los condes son solo delegados suyos, no hereditarios, en las circunscripciones para las que han sido nombrados. Los avatares del Imperio carolingio y las guerras civiles, con el consecuente decaimiento del Imperio carolingio, producen la tendencia al heredamiento de los cargos condales y, poco a poco, un distanciamiento político de esos condes respecto a los soberanos francos al mismo tiempo que un agrupamiento de condados favorecidos por matrimonios y herencias. A finales del siglo IX, el monarca carolingio Carlos el Calvo designó a Wifredo el Velloso —un noble descendiente de una familia del Conflent— conde de Cerdaña y Urgel (870) y conde de Barcelona y Gerona (878), lo cual suponía la reunión bajo su mando de buena parte del territorio de la Marca Hispánica. Wifredo fue el primer conde en transmitir el gobierno de sus territorios directamente a sus descendientes, debido a la crisis en que estaba sumido el imperio carolingio y al consiguiente aumento de poder de los gobernantes locales en sus territorios fronterizos. Aunque a su muerte Wifredo repartió sus condados entre sus hijos, se mantuvo la unidad entre Barcelona, Gerona y Osona, excepto durante un breve periodo. Se atribuye a la política de Wifredo la repoblación de Osona, así como la fundación de los monasterios de Ripoll y San Juan de las Abadesas y la restauración de la sede episcopal de Vich. Durante el siglo X, los condados se convirtieron en verdaderos territorios independientes del poder carolingio, un hecho que el conde Borrell II oficializó en el 987 al no prestar juramento al primer monarca de la dinastía de los Capetos, después de que fuera desoída por Hugo Capeto una petición de ayuda con ocasión del ataque de Almanzor a Barcelona en 985. La independencia de los condados catalanes —que no estaban unidos entre ellos políticamente, aunque el conde de Barcelona irá consiguiendo cierta primacía— no fue reconocida por el derecho y los reyes de Francia siguieron ostentando sus títulos catalanes hasta bastantes siglos después. En estos años de formación de los condados se desarrollaron los primeros pasos de repoblación del territorio tras la invasión musulmana, trayendo grandes contingentes de población de los territorios dentro del imperio carolingio, principalmente con población del sur de Francia. Así, durante los siglos IX y X se creó una sociedad donde predominaban pequeños propietarios libres, enmarcados en una sociedad agraria donde cada familia producía lo que consumía, generando muy pocos excedentes, creando una sociedad feudal típica de la Edad Media. Las diferencias entre las poblaciones del sur de Francia y la del norte de Cataluña se profundizarán con ocasión de la guerra contra los cátaros en el siglo XIII, cuando la población del sur de Francia fue expulsada y la zona repoblada con nuevos inmigrantes venidos del norte de Francia.


Real Alcázar de Sevilla. Sevilla fue una ciudad importante durante el dominio musulmán de la península. Actualmente es una muestra de arte musulmán, mudéjar y gótico. Foto del autor.

La incorporación de la península al mundo musulmán permite recobrar la vocación mediterránea que había desaparecido con los godos. Se reinstauran antiguos mercados y rutas comerciales. El zoco y la mezquita, son el corazón de las grandes ciudades (Córdoba, cien mil habitantes) donde se amontonan artesanos y tenderos; en contrate con las cristianos, amigos de la aldea y el terruño. Las técnicas árabes mejorarán notablemente la productividad del suelo español; entre las grandes producciones están el arroz, los granados, la caña de azúcar, el algodón y las naranjas, El campesino andaluz reparte las cosechas entre propietarios y labriegos, a diferencia del norte cristiano, con mayor servidumbre de los trabajadores del campo. Mejoran la cabaña equina y ovina; también mejoran la minería romana, que les permite desarrollar industrias de orfebrería y metalurgia; otras producciones notables fueron el vidrio, la alfarería, el cuero y las sedas.

La libertad de pensamiento, con diversos vaivenes, da alas a la creatividad, desbordada en la ciencia y la filosofía. A finales del siglo IX llega desde la India el sistema numeral actual, que en la centuria siguiente se dará a conocer a los reinos cristianos. A pesar de las restricciones que impone la religión, la corte musulmana enseñó a paladear la belleza de escritores y poetas; la poesía popular modela composiciones (zéjel, muasaja) en las se prefiguran las primeras huellas romances. A lo largo del siglo X, los califas de Córdoba levantan, como escaparate de su magnificencia, el palacio de Medina Al-Zahra y la mezquita.

Una doble frontera, política y cultural, ahonda la península; frente a la grandiosidad de Córdoba, los territorios del norte se ruralizan, alicaídos en los valles pirenaicos y cántabros, y forjan en ellos una conciencia militarizada. La creciente población en esos pequeños territorios anima a asaltar las tierras fronterizas (Duero, Cataluña Vieja, la Rioja) entre los dos mundos; la puesta en cultivo de esas regiones consagra a la aldea como célula fundamental. Las concesiones regias a monasterios, iglesias y familias nobiliarias pronto darán a grandes patrimonios latifundistas.


la baja edad media (siglos xii — xv)

En el siglo XI el mundo musulmán se desintegra tanto en Oriente como en Occidente. En España, tras una guerra civil, se produce en 1031 la disolución del califato de Córdoba cuyo territorio se divide en varios reinos (taifas) que, como los cristianos, unas veces se alían para luchar contras los reinos cristianos y las más luchan entre ellos. Muchas taifas, para evitar su desaparición, aceptaron el pago de tributos a las monarquías cristianas. La caída de Toledo en 1085 en manos cristianas fue un golpe durísimo para todos los musulmanes; los monarcas de las taifas de Badajoz, Sevilla y Granada pidieron ayuda, una vez más, a sus correligionarios en la fe del otro lado del Estrecho de Gibraltar. El norte de África estaba entonces en poder de una dinastía bereber muy radical en sus creencias musulmanas: los almorávides. Los almorávides surgieron como un movimiento religioso rigorista en el que se integraban tribus bereberes del Sáhara occidental, y crearon un imperio que se extendía por el norte de África y, luego, por al—Ándalus cuando fue solicitada ayuda por parte de reyes de taifas tras la ocupación de Toledo (1085) por el monarca castellano Alfonso VI. En el año 1086, Yusuf ibn Tasfin derrota a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas y, a partir de entonces, se extienden por el sur y centro de la península hasta Zaragoza, teniendo como capital a Granada en este lado del Estrecho y a Marraquech en el norte de África. Los almohades volvieron a obtener una gran victoria en la batalla de Uclés (1108), pero poco después fueron vencidos por el rey aragonés Alfonso I el Batallador en Zaragoza (1118). Tras esta derrota empieza su declive y sus posesiones en España se dividieron en numerosos reinos de taifas.

Llamados por sus hermanos en la fe, una nueva oleada de fanáticos musulmanes, los almohades, desembarcaron en Algeciras y en pocos años se hicieron con todos los territorios musulmanes de la península. Los almohades habían nacido entre las tribus bereberes del Atlas marroquí como una secta musulmana caracterizada por su purismo y radicalismo ortodoxo cuyo líder se arrogaba el título de mahdi; rápidamente se extendieron por todo el norte de Marruecos y saltaron a España en tiempos del líder llamado Abd al-Mu´min (1130—1163); rápidamente se hicieron con las taifas de Sevilla (1147), Córdoba (1149), Granada (1154) y otras. Los almohades, que habían establecido su capital en Rabat, eligieron Sevilla como centro de poder en al-Ándalus. Bajo la dirección de Abu Yusuf Ya´qub (1184—1199) derrotaron a los cristianos en Alarcos (1195) hasta que son derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), cuando inician su declive y dejan tras de sí un montón de nuevos reinos de taifas. Su fanatismo religioso no impidió que figuras como Maimónides y Averroes brillaran durante su dominio en España. Desde el punto de vista artístico, las obras más importantes fueron la Giralda y la Torre de Oro, ambas en Sevilla.

Tras la victoria de las Navas de Tolosa los reinos musulmanes ya no se repondrían nunca más y nunca más se unificarían de nuevo. Sin embargo, la Reconquista no finalizó en ese momento, lo que se explica, entre otras causas, por la división entre los reinos cristianos, por la falta de población para continuar la colonización de nuevas tierras y también porque los monarcas cristianos preferían cobrar parias (impuestos) a los emires de los reinos musulmanes antes que conquistarlos militarmente. Los reinos cristianos que desde el principio de la Reconquista se habían formado en el norte de España (reinos de León, Aragón, Navarra y los condados catalanes) continuaban la expansión hacia el sur, a costa de los reinos musulmanes que encontraban a su paso. Pero estaban lejos de unirse; la Alta Edad Media es una sucesión de reinos, batallas, uniones, desuniones y eventos que hace muy difícil resumir la historia de los mismos desde el siglo XI al XV. Siempre hubo un cierto espíritu de unión peninsular, a veces facilitado por el matrimonio de los herederos de dos dinastías, pero al final la división prevaleció. Las fronteras no siempre fueron las mismas y todos los reinos cambiaron con el tiempo sus fronteras, unas veces a costa de los musulmanes y otras a costa de otro reino cristiano.

A mediados del siglo X surgió un nuevo reino: el de Castilla. Castilla, cuyo núcleo inicial estaba en la zona de la actual provincia de Burgos, era una marca (zona militar) dependiente del reino de León y que tradicionalmente estaba dirigido por un conde. Como pasó con los condados catalanes de la Marca Hispánica, esos condes tendieron a ser hereditarios hasta que en el año 960 el condado de Castilla se independizó de facto del reino de León con el conde Fernán González, aprovechando la decadencia del reino leonés provocada por los embistes de Almanzor. A partir de entonces, Castilla será un bastión ofensivo contra los reinos musulmanes, pero su historia se mezclará con la de Navarra, la de León e incluso con la de los condados catalanes, hasta que en 1230, con Fernando III se puede hablar de unidad política de los reinos de León y el de Castilla; pero no de fusión o identificación de leoneses y castellanos, que mantendrán sus Cortes separadas por un siglo más. Pero con el tiempo, Castilla prevalecerá sobre León.

El reino de Galicia se conforma en el año 910 cuando el rey Alfonso III de León asignó a cada uno de sus hijos los territorios de su reino y correspondió a Orduño lo que hoy es la región de Galicia, aunque García, el mayor de los hermanos, y fundador de la dinastía leonesa, conservaba la soberanía sobre la totalidad de los territorios de su padre. Galicia había adquirido importancia tras el descubrimiento de los restos del apóstol Santiago en el año 813 en Iria Flavia, una parroquia de Padrón; este descubrimiento supuso para la región el inicio de las peregrinaciones a través del Camino de Santiago. A finales del siglo XI, el reino de Galicia es dividido administrativamente en dos condados, tomando como referencia al río Miño, estableciendo el condado de Galicia en el norte y el condado de Portugal en el sur. En 1230, Fernando III de Castilla reúne definitivamente Galicia al reino de Castilla y León. La denominación de reino de Galicia fue conservada durante el Antiguo Régimen, hasta ser sustituida oficialmente con la reforma administrativa española de 1833, aunque siguió siendo empleada con fines honoríficos y protocolarios. Algunos sectores políticos han propuesto su recuperación como denominación oficial de la Comunidad Autónoma de Galicia.


Las uniones, separaciones, alianzas y enfrentamientos de la historia de al-Ándalus y de los reinos cristianos occidentales tienen su semejanza en la zona oriental de la península. El reino de Navarra se había formado alrededor de la ciudad de Pamplona sometido a la presión de los francos por el norte y de los musulmanes por el sur. En el año 788, los vascones que habitaban en la parte pirenaica de Navarra sorprenden en las proximidades de Roncesvalles a las tropas de Carlomagno que regresaban a Francia después de haber acudido en auxilio de los Banu Qasi de Zaragoza. La primera dinastía regidora de la zona comenzó en el siglo IX con Iñigo de Arista que mantiene un equilibrio entre la presión islamista y la dependencia de la monarquía carolingia. Una nueva dinastía (dinastía Jimena) se hace con el poder en el siglo X, la cual extiende sus dominios por la Rioja; el matrimonio de García Sánchez (905—925) con la heredera del condado de Aragón se tradujo en la unión del condado y del reino de Pamplona que se mantuvo hasta el siglo XI. Tras los ataques de Almanzor, el rey Sancho III (1000—1035), denominado el Mayor, convierte al reino de Pamplona en el mayor de la España cristiana incorporando tierras aragonesas y casándose con la heredera del condado de Castilla. Pero a su muerte dividió sus territorios entre sus hijos. Poco tiempo después, el reino navarro se incorpora al de Aragón hasta que en 1134 recuperan la independencia proclamando rey a García Ramírez, con dominios disminuidos respecto a los de sus antepasados y ahora rodeados por los emergentes reinos de Aragón y el de Castilla. Poco tiempo después, Navarra pierde los territorios de Guipúzcoa y una parte de Álava en beneficio de Castilla. Con el paso del tiempo, Navarra pasará a manos de la dinastía francesa de Champaña, lo que explica que durante toda la Alta Edad Media Navarra estará inclinada a los intereses franceses, teniendo sus territorios divididos a una y otra parte de los Pirineos, hasta el punto de que en algún momento la corona francesa de los Capetos reinará también a este lado pirenaico. Las dinastías francesas estuvieron también presentes hasta el siglo XIV; con Juan II de Aragón, el reino de Navarra pasará a la órbita de la corona de Aragón y tras nuevas desuniones, será bajo Fernando el Católico cuando Navarra quedó incorporada a la corona de Castilla (1512).

Alfonso I (1162—1196) fue el primer monarca efectivo de la llamada corona de Aragón al heredar los dominios de su madre (Petronila, reina de Aragón) y de su padre (Ramón Berenguer IV, conde Barcelona, cuyo título se había consolidado como cabeza de los diversos condados de la Cataluña Vieja) aunque cada territorio mantuvo su personalidad jurídica, administrativa y cultural. Es necesario señalar que el concepto de «corona de Aragón» fue elaborado en el siglo XVI (aunque el término fue utilizado en algunos textos medievales) y abarca al conjunto de reinos, condados, señoríos, etc. que a raíz del matrimonio mencionado se encontraban bajo una misma dinastía, pero con instituciones separadas. Tanto Aragón como Cataluña llevan a cabo una importante penetración política en el sur de Francia durante el siglo XII (territorios que se perderían poco después, tras la derrota que Pedro II sufrió en Muret —1213— frente al francés Simón de Monfort) al mismo tiempo que se extienden por tierras musulmanas del sur de Aragón y el campo de Tarragona (la Cataluña Nueva). Aragoneses y catalanes ocuparon el reino (musulmán) valenciano y los catalanes llevaron su expansión hasta las islas Baleares y Valencia, incorporadas a la confederación aragonesa en tiempos de Jaime I (1213—1276) y que pronto se convirtieron ellas mismos en reinos. La ocupación de Mallorca fue obra de colonizadores catalanes y el nuevo reino estará unido a Cataluña, incluso cuando tenga rey privativo. Cuando Jaime I murió (1276), dejó en su testamento que el reino de Aragón fuera para su hijo Pedro y el nuevo reino de Mallorca para su otro hijo, Jaime II; el reino de Mallorca comprendía además de las islas Baleares una serie de territorios del sureste de Francia. En 1349, el reino de Mallorca se incorpora definitivamente al reino de Aragón. El reino de Valencia fue ocupado conjuntamente por catalanes y aragoneses que intentaron, por separado, imponer sus costumbres y leyes, lo que obligó al monarca a crear un reino independiente y distinto del de Aragón, el reino de Valencia, unido a los anteriores por la corona. Tras las anteriores anexiones, el reino de Aragón inicia una expansión estratégica hacia el Mediterráneo central. Pedro III (1276—1285) incorpora Sicilia en 1282, defendiendo la herencia de su esposa Constanza de Suabia, en oposición al bando liderado por el francés Carlos de Anjou tras una revuelta en la isla contra la presencia francesa (Vísperas Sicilianas, 1282). Jaime II (1291—1327) iniciaba la conquista de Cerdeña y en 1380, bajo el reinado de Pedro IV (1336—1387), se añadirían los ducados de Atenas y Neopatría, aunque se perdieron poco tiempo después. Aquí se inició la orientación de la política aragonesa, y luego española, hacia Italia (que tanto influirá en la política española en los siguientes siglos) al mismo tiempo que se desentiende de los intereses sobre el norte de África y Marruecos. El dominio aragonés del Mediterráneo fue tan decisivo que por entonces se decía que hasta los peces debían llevar las barras aragonesas para poder nadar por el dicho mar. Estas guerras crearon en la corona de Aragón una gran cantidad de soldados mercenarios (llamados almogávares) que agrupados en compañías actuaban a menudo por su cuenta en busca de botín. Estuvieron presente en la conquista de Sicilia y, cuando se quedaron sin faena en favor de los aragoneses, llegaron a un acuerdo con el emperador de Bizancio Andrónico para apoyarle en su lucha contra los turcos, pero tras lograr bastante éxito en el campo de batalla las buenas relaciones pronto se deterioraron y para deshacerse de ellos el emperador invitó a la flor y nata de almogávares y cuando estaban en el banquete los hizo asesinar. Cuando el resto de mercenarios se enteraron, arrasaron con pueblos y personal: ese hecho se conoce como «la venganza catalana» y por aquellos lugares todavía se acuerdan de ello. Libres de alianza con los bizantinos, los almogávares crearían un pequeño imperio en Grecia (los ducados de Atenas y Neopatría) que pusieron bajo la soberanía de los reyes aragoneses los pocos años que duraron. Aquí se hicieron famosos los caudillos Roger de Flor y Roger de Lauria, que todavía resuenan en la actualidad.

El siglo XIII es un periodo de expansión de los reinos cristianos, iniciado con la derrota sobre los almohades de las Navas de Tolosa (1212, un año bonito que merece recordar). A pesar de esta expansión, los reinos peninsulares acentuaron la incorporación económica y social con Europa, facilitada por la venida de los peregrinos que hacían el Camino de Santiago y con la creación de monasterios de origen europeo como fueron los cluniacenses y cistercienses. La llegada de las fronteras de los reinos de Portugal y de Castilla al Estrecho facilita la navegación cristiana entre el Atlántico y el Mediterráneo y con ello los intercambios comerciales con las ciudades italianas y flamencas. Por su parte, solo Navarra permanecía encajonada entre Castilla y Aragón, quedando al margen de la expansión de los reinos peninsulares, lo que acentuó sus relaciones con el mundo francés. Durante la segunda mitad del siglo XIII, al finalizar el impulso expansivo de los siglos anteriores, los reinos cristianos peninsulares se ven envueltos en rebeliones nobiliarias que desafían el poder de los monarcas. Hay variadas causas, pero una era la creciente importancia de mercaderes y juristas. Tanto Alfonso X en León (1252—1282) como Jaime I (1208—1276) sufrieron la embestida política nobiliaria con consecuencias en la política exterior de los dos reinos.


Como hemos visto, la procedencia y origen de los conquistadores y colonizadores de las tierras musulmanas tendrán una gran importancia para el momento y para el futuro (cuyas consecuencias llegan hasta hoy día). Los castellanos colonizarán el campo andaluz y murciano y trasladarán a ellos su idioma y sus costumbres. Sevilla se transformará en ciudad comercial gracias a la llegada de mercaderes genoveses, catalanes y francos interesados en el comercio italiano—flamenco; en Murcia, la permanencia de muchos musulmanes permitirá conservar la agricultura de huerta de época islámica frente al cultivo extensivo castellano—andaluz. Artesanos y mercaderes catalanes serán atraídos por los núcleos urbanos de Mallorca y del litoral valenciano (donde permanecerán huertanos musulmanes), mientras que el interior de Valencia, conquistado por nobles aragoneses, continuará dedicado a la agricultura y hablará aragonés. Por el tratado de Almizra (1244), los soberanos de Castilla y de Aragón fijarán los límites de la expansión de sus reinos en el antiguo reino taifa de Murcia, fijándose el límite por la actual provincia de Alicante (lo que explica que en dicha provincia haya pueblos cuyo idioma natural sea el español mientras que en otros vecinos se hable el valenciano).

Las campañas de reconquista entregaron muchas tierras a los reinos cristianos. Pronto el nuevo territorio castellano—leonés se organiza en un conjunto de núcleos urbanos a los que la monarquía les reconoce un estatuto de singularidad mediante fueros especiales (inmunidad fiscal, consideración social de infanzones, autonomía de gobierno) con la obligación de cultivar el alfoz (terreno agrícola circundante alrededor del núcleo urbano) y el compromiso de ayuda militar al rey en caso de necesidad. Y así, apenas cae Toledo, surgen ciudades como Salamanca, Ávila, Cuéllar, Segovia… La entrega de fueros facilita la llegada de artesanos y comerciantes (muchos de ellos de origen europeo) que da lugar a otras serie de villas a lo largo de vías de peregrinaje (Jaca, Pamplona, Estella, Logroño). La rapidez con que se asaltan los cursos altos del Guadiana y La Mancha, y la debilidad demográfica, imponen una repoblación señorial y latifundiaria de cuño pastoril a la nobleza laica y a las órdenes militares. En el ámbito de la corona aragonesa o en el reino murciano, por el contrario, la pervivencia de la población musulmana obligó a realizar pequeños lotes que se solapaban con los derechos de la minoría nobiliaria. Por otra parte, la incorporación de Andalucía, Levante y Murcia introduce en las sociedades cristianas una gran diversidad étnico—religiosa, sustrato de no pocos conflictos. En Cataluña, la tradición carolingia respalda modelos vasalláticos particulares; al pago de las rentas de la tierra acompañarán otras cargas a títulos personas (los llamados usos y malos usos). Al acercarse el siglo XIII la sociedad hispana aparece, por tanto, jerarquizada de acuerdo con la posesión de riqueza territorial; los tiempos caminan hacia el progresivo sometimiento de los pequeños propietarios libres y su reducción a meros colonos instalados en tierras de señoríos y obligados por ello al abono de un conglomerado de cargas y rentas. Habrá ciertos alivios de esas cargas, excepto en Cataluña donde los malos usos mantienen su vigor hasta el siglo XV; especialmente gravoso era el de la remensa, que obligaba al campesino a indemnizar a su señor en caso de abandono del cultivo. En cambio, es en Cataluña donde la burguesía (ciutadans honrats) apuntala su ascendencia en el gobierno de las ciudades.


Escenario de la batalla de las Navas de Tolosa. El escenario de la batalla de Tolosa se encuentra en las inmediaciones de Despeñaperros, donde actualmente se encuentra un museo conmemorativo de la batalla. Foto del autor.

La reconquista diversifica los rendimientos de las tierras. La inestabilidad bélica catapultó la ganadería ovina, fácil de ser transportado en caso de peligro. Para mantener esa cabaña y mediar en los conflictos con los campesinos nacerán diversas juntas de ganaderos que dan lugar a la instauración del Honrado Concejo de la Mesta (1273), obra de Alfonso X de Castilla, que supone la etapa inicial de imposición de los intereses ganaderos sobre los agrícolas. En Cataluña, los afanes comerciales de la ciudad de Barcelona se ven compensados con la instauración del Consulat del Mar con el que los comerciantes catalanes se equiparon con un instrumento de defensa corporativa. No obstante, la nobleza siempre será un factor de contrapeso a la acción real y verán involucrarse en los asuntos de gobierno por medio de instituciones como las Cortes, que jugarán un papel importante a la hora de fijar impuestos; las primeras (del mundo) se reúnen en León (111). En Cataluña, sus ciudadanos arrancan a Pedro el Ceremonioso en 1359 el nombramiento de la Diputación General de Cataluña, organismo encargado de recaudar impuestos y controlar su gasto, que con la llegada de los Trastámara (una dinastía elegida) se trasforma en un órgano de gobierno del principado.

Para una mentalidad moderna es difícilmente comprensible cómo los reyes medievales disponían de sus reinos a su antojo y los repartían o unían según el deseo de cada uno. La explicación es que el lenguaje moderno nos traiciona; al hablar de reinos no podemos comparar el concepto medieval y el moderno. Los reinos medievales eran patrimoniales (patrimonio de los monarcas, como un piso actual lo es de su propietario. Un propietario moderno puede tener un piso en Madrid y otro en París y disponer de ellos como quiera, aunque en cada caso siguiendo leyes de aquí o de París, sin tener en cuenta a los inquilinos que en cada momento puedan alojar en los pisos). En la Edad Media, los reyes eran (casi) soberanos absolutos de sus territorios y los podían dividir a su antojo, sin tener en cuenta a sus habitantes. El rey respondía (casi) solo ante Dios, valor supremo en aquellos tiempos, y su poder se transmitía a través de su representante en la tierra, el papa. El sistema social, político y económico de los tiempos es denominado feudal, muy matizado por los historiadores actuales, pero que, en esencia, significaba que los individuos estaban sometidos a unos señores, y estos a otros hasta llegar al rey o al papa. Ese sometimiento era en forma de impuestos, posesión de las tierras que ocupaban, trabajos que se tenían que hacer para los señores… y obligaciones militares para con cada señor. El sistema había comenzado con la decadencia del mundo romano allá por el siglo V, cuando las invasiones germánicas dieron lugar a un vacío político e inseguridad que avocó a que los la ciudadanía menos favorecida buscara el auxilio de los más poderosos (y de la Iglesia). Con el tiempo la sociedad se estructuró en varias capas que, de manera resumidas, eran los nobles, el clero y el resto de población que podemos llamar vasallos. La fidelidad (que hoy tenemos a un país… o a un club de fútbol) entonces no era a una nación, sino a su señor, que disponía de ellos como su voluntad quisiera.

Para ilustrar lo dicho anteriormente quizás valga la historia de Sancho II el Mayor, rey de Navarra desde el año 1000 al 1035. Estuvo a punto de acabar con la Reconquista y unificar toda la península si hubiera tenido tiempo… y un poco más de sentido común. En su tiempo, Navarra llegó a ser el reino más poderoso de los cristianos peninsulares: conquistó parte de Aragón, logró el vasallaje de los condes catalanes, ocupó Castilla y hasta asumió el título de emperador cuando tomó León. Pero luego, en su testamento reparte todo lo ganado y cede Navarra a su hijo García III, Castilla para su otro hijo que sería el rey Fernando I y Aragón lo heredó su hijo Ramiro I. A partir de esta división, Castilla y Aragón, hasta entonces condados, se fueron convirtiendo en reinos. Fernando, el más activo, derrotó y mató al rey de León (su hermano) así como a varios reyezuelos de las taifas de Toledo, Sevilla y Badajoz, pero llegada la hora de su muerte, divide sus conquistas entre sus hijos: Castilla para su hijo Sancho II; el reino de León, para Alfonso VI; Galicia (que hasta entonces no era reino) para García; y las ciudades de Toro y Zamora para sus hijas Elvira y Urraca. Muerto el rey García de Navarra (el único hermano que había heredado el título de rey) en la batalla de Atapuerca en el año 1054, la situación jurídica se invierte y el nuevo monarca navarro, Sancho IV (1054—1076) será vasallo del castellano. ¡Así se explica por qué tardó tanto en acabarse la Reconquista!

Me siento obligado a hablar, aunque sea en este punto, de un personaje que quizás represente mejor lo que era la vida y el sistema de relaciones de la Baja Edad Media: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Vivió en los años posteriores al desmembramiento del Califato de Córdoba (primeros años del siglo XI), prototipo del caballero medieval, convertido en popular héroe y fuente de inspiración para novelistas y poetas (como el que escribió, siglos después de la vida del protagonista, el poema Cantar del Mío Cid). Rodrigo había nacido en un pueblo cercano a Burgos, Vivar, allá por al año 1043 y se crio con el infante Sancho, hijo del rey Fernando I de León. Luchó contra los musulmanes de Zaragoza y ahí ganó el sobrenombre del Cid, que significa «señor»; años después, en las luchas contra navarros por asuntos fronterizos, se ganó el otro apodo: el Campeador. Tras la muerte de Sancho II en el cerco de Zamora (1072) por conflicto entre Sancho y su hermano (el futuro Alfonso VI) pasó a ser vasallo del nuevo rey, pero las relaciones serían tensas desde el principio, quizás como consecuencia de hacer jurar a Alfonso que no tenía que ver con la muerte de Sancho. A pesar de no verse muy favorecido en la repartición de cargos palatinos por el rey Alfonso, Díaz de Vivar se casó con Jimena, sobrina del monarca, pero la situación de Rodrigo siguió empeorando hasta que fue desterrado, rompiéndose el vínculo de vasallaje que unía al Cid y al rey. Rodrigo tuvo que abandonar Castilla en el año 1081, junto con una mesnada de fieles vasallos, y empezó a ofrecerse como guerrero a quien así lo pudiera necesitar. Luchó por los intereses de los condes de Barcelona, pero también en las filas del rey musulmán de Zaragoza, lo que le llevó a luchar contra otras huestes cristianas e incluso llegó a hacer prisionero a Berenguer II de Barcelona. La llegada de los almorávides a la península propició que Alfonso VI y el Cid se reconciliarán en 1086, aunque aún hubo nuevos destierros hasta la definitiva reconciliación en 1097. El mayor éxito de Rodrigo llegaría con la conquista del Valencia en el año 1094, que tendría como efecto contener la expansión almorávide hacia Aragón y Cataluña. En el año 1096, el Cid se instalaba con su familia en el alcázar valenciano y renovaba el vasallaje a Alfonso VI. Rodrigo Díaz de Vivar permanecería en Valencia hasta julio de 1099, fecha de su muerte. Desde entonces hasta 1102, la ciudad se mantuvo bajo el gobierno de la viuda Jimena, que probablemente contó con el apoyo de Ramón Berenguer III, su yerno. Una nueva embestida de los almorávides obligó a Alfonso VI, a quien Jimena había pedido auxilio, a ordenar evacuar la ciudad, no sin antes incendiar la ciudad. Hasta aquí la historia; la leyenda y las novelas son otras cosas.

A estas alturas de la presente historia el lector inteligente habrá averiguado que el devenir de los tiempos ha hecho que conceptos que tomamos actualmente por unívocos o perennes no lo son. Casi ninguna verdad lo es al cien por cien. Ya advertí al principio que el vocabulario de hoy no se adapta correctamente a los conceptos y nociones del pasado. Esto es algo que siempre debe tener en cuenta el lector advertido.


Tumbas reales de la ciudad de Fez (Marruecos). Marruecos siempre ha estado presente en la historia de España. Foto del autor.

Como esta historia intenta explicar la realidad presente, permítame el lector introducir algunas explicaciones sobre dos temas que conviene dejar ya claro. La Baja Edad Media, como habrá advertido ya el lector, empieza a configurar la unidad peninsular y es donde algunos autores y políticos quieren buscar razones para fundamentar posiciones nacionalistas, manipulando, a veces, la misma historia. He tenido cierto reparo en utilizar los términos España y Cataluña (menos todavía lo de País Vasco o Euskadi) porque, ya lo digo, esos términos son equívocos. Lo que hoy llamamos España o Cataluña no existían en la época que hemos estudiado hasta aquí; irremediablemente los he utilizado para simplificar la narración y focalizar el espacio geográfico en la que se desarrollan los acontecimientos.

El origen de la voz Cataluña permanece incierto aunque han sido varias las posibilidades señaladas. El topónimo como tal se encuentra por primera vez en forma escrita hacia 1117 en la forma latina que aparece en el poema pisano Liber maiolichinus de gestis pisanorum illustribus. En ese texto, en el cual se describen las gestas que los pisanos realizan con los catalanes para abordar la conquista de Mallorca, aparecen varias referencias al conde Ramón Berenguer III (dux Catalanensis, rector Catalanicus hostes, Catalanicus heros, Christicolas Catalanensesque) así como referencias étnicas como catalanenses o catalanensis y al territorio de estos, Catalania. Posteriormente, también aparece la expresión Catalonia en unas donaciones que el rey Alfonso II hizo a su esposa en 1174, así como en diversas ocasiones (Cathalonia) en el testamento del rey y en cantos de trovadores occitanos (Catalonha). En tiempos de su hijo y sucesor Pedro el Católico vuelve a mencionarse en la declaración de la asamblea de Paz y tregua de 1200, en que se delimita su ámbito de vigencia: «Haec est pax quam dominus Petrus (...) constituit per totam Cataloniam, videlicet a Salsis usque ad Ilerdum». La primera vez que aparece en catalán es en el Llibre dels fets de Jaime I el Conquistador, en la segunda mitad del siglo XIII. Sin embargo, el origen de este nombre no está claro. Algunos postulan que la palabra procede de Gotholandia (país de los godos) a través de Gothia o Gotiaque, que era como los francos denominaban también la Marca Hispánica, debido a la presencia de población visigoda (godos) en Septimania y el norte de la actual Cataluña tras la caída del reino visigodo. De igual modo, se sugiere Gothoalania (país de godos y alanos) pese a no haber referencias de este segundo pueblo en territorio catalán. Otra propuesta sugiere que por las necesidades defensivas de la marca se levantaron muchas fortificaciones y sus guardas eran los castellanos que en el bajo latín medieval tomarían el nombre de castlanus, de cuya voz surgen las formas catalanas castlà, catlà y carlà. De estas formas, los extranjeros que pasaban por sus tierras habrían comenzado a nombrar así a los habitantes y su territorio (català, Catalonia, Catalaunia), por lo que Cataluña significaría «tierra de castillos». Sin embargo, esta explicación ha sido cuestionada por dificultades fonéticas. Autores modernos defienden que el topónimo procede de una alteración de la latina referida a los lacetanos. Actualmente, esta etimología y la referida a los godos son las más extendidas. Además de las comentadas hay aún más propuestas etimológicas menos conocidas. Por ejemplo, tanto catalán como castellano podrían derivar de una fusión de las palabras góticas guta y athala, con el significado de «noble godo» o «hidalgo godo». Cualquiera que sea el origen de la palabra, lo que está claro es que Cataluña, en la época que comprende este capítulo, no tuvo una organización política unificada y nunca fue un espacio unificado social ni históricamente. Ya hemos mencionado el origen y evolución de lo se conoce como Marca Hispánica y cómo el territorio que hoy conocemos como Cataluña estuvo formado por una Cataluña Vieja, en la que diversos condes ejercían sus dominios y que poco a poco fue adquiriendo cierta unidad bajo la primacía del conde de Barcelona; y luego una Cataluña Nueva (como, por otra parte sucedió a Castilla) a medida que la reconquista alcanzaba el campo de Tarragona y la zona de Tortosa. Socialmente, siempre hubo una Cataluña del interior y otra del litoral, que se distinguieron, y a veces lucharon entre sí, por sus intereses y la estructura social que las definían.

En cuanto a los vascos, ya en capítulos anteriores hemos visto el origen y la movilidad de ese concepto, que merecería una explicación más profunda pero que tenemos que dejarlo como está. Lo que sí está claro que lo que hoy son provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya tampoco formaron en la Edad Media una unidad territorial ni institucional y que los territorios y habitantes que hoy denominamos con esos nombres actuaron independientemente, sin acción coordinada. La provincia de Álava entró en relación directa con el núcleo reconquistador de Asturias desde muy pronto y ya a fines del siglo IX se menciona el nombre de Álava en algunas crónicas. La región no fue fuertemente islamizada y a comienzos del siglo IX se configura como un señorío condal ligado a la familia de los Velas y tanto navarros como castellanos tuvieron relaciones con ella. Fue el rey navarro Sancho el Sabio el que fundó en 1181 la ciudad de Vitoria pero la zona sufrió vaivenes de dominio de un lugar a otro. Fue en los años treinta del siglo XIV cuando los señores que gobernaban el territorio entregaron su jurisdicción al rey castellano Alfonso XI, a cambio del respeto y jura de unos fueros por parte del monarca. En el caso de la actual provincia de Guipúzcoa sucedió cosa parecida pero es por el año 1200 cuando los guipuzcoanos pactaban con Alfonso VII de Castilla la incorporación a la corona. Más complicada es explicar la incorporación a la corona de Castilla del señorío de Vizcaya, creación de la familia López de Haro, que fueron agregando territorios a su patrimonio inicial; en 1379 coinciden en la persona del rey Juan II la corona de Castilla y el señorío de Vizcaya, y a partir de entonces los monarcas castellanos serán señores de Vizcaya y tendrán que prestar juramento de respeto a sus fueros. Curiosamente, siguió la plenitud foral de las provincias vascas cuando la nueva dinastía de los Borbones en el siglo XVIII, pues los fueros no fueron suprimidos ni modificados por los decretos de Nueva Planta. El último rey que juró los fueros fue Isabel II, casi a finales del siglo XIX.

A finales del siglo XIV, la península había recorrido un gran camino histórico. La unidad se había buscado por imperativos del territorio (una península), la unidad religiosa y un cierto sentimiento de unidad que venía de los tiempos visigóticos. Al mismo tiempo que se busca la unidad, el espacio geográfico y político de la península se abre a Europa a través del Camino de Santiago, las órdenes monásticas extranjeras, el comercio, la expansión territorial y los matrimonios; varios reyes se casaron con princesas europeas (Fernando III se casó con Beatriz de Suabia y Jaime I con Violante de Hungría; no fueron los únicos) lo que motivó que incluso alguno buscara el cetro imperial alegando derechos de su esposa.

Muchas veces, el arte expresa mejor que nada el momento histórico en el que florece. La Edad Media es el tiempo del arte románico: compacto, muchas sombras para realzar pocas luces, misticismo, religiosidad… que, con el paso de los siglos, da lugar a uno más luminoso, perfeccionado, estilista: el arte gótico.

En este breve, e incompleto, resumen de la historia de España durante la Baja Edad Media nos hemos dejado muchos, muchísimos, eventos y personajes en el tintero. Nueva tarea para el lector inteligente: la historia de los acontecimientos y los personajes que protagonizaron los siglos XI al XIV es apasionante, a veces compleja, que animo a que se continúe y se disfrute; merece la pena.

la españa de los reyes católicos (siglos xv — xvi)


Salón del trono del Alcázar de Segovia.

Foto del autor.

A principios de siglo XV, la península ibérica todavía estaba dividida en varios reinos: Portugal, Navarra, Castilla y León, la corona de Aragón y Granada. Portugal se había afianzado como reino independiente y estaba en camino de iniciar una expansión atlántica gracias a la «escuela de navegantes» fundada por Enrique el Navegante (1394—1460). Navarra permanecía enclaustrada entre el Ebro y los Pirineos, rodeada por reinos más poderosos y al acecho de cualquier debilidad. Castilla y León parece querer romper fronteras con la conquista de Tetuán (1400), el comienzo de la conquista de las Islas Canarias e incluso con embajadas al reino asiático de Tamorlán. El reino de Granada es lo que quedaba del antiguo dominio musulmán en la península.


Los reinos de Aragón y Valencia, el principado de Cataluña y el reino de Mallorca formaban lo que se denomina corona de Aragón, una confederación cuya unión estaba representada por un monarca común. Aragón y Cataluña se habían unido en 1162 con Alfonso II, heredero de Petronila (reina de Aragón) y de Ramón Berenguer IV (conde de Barcelona). Posteriormente, Jaime I (1208—1276), en su testamento, cede lo que va a ser reino de Mallorca (con posesiones en el sur de Francia) y el reino de Aragón a dos de sus hijos: el de Aragón pasa a Pedro III (1276—1285). La conquista de Sicilia por Pedro III en 1282 supuso una oportunidad que aprovechan los nobles de los distintos territorios para conseguir prerrogativas a costa del monarca. Poco a poco, Cataluña se convierte en el centro político de la corona, aunque el título de rey de Aragón preceda al de conde de Barcelona. Una guerra civil enfrenta a los catalanes entre 1462 y 1472, resultado de las tensiones con el rey, las de los comerciantes barceloneses con la nobleza y la de todos con los campesinos, ansiosos por conseguir su libertad personal; es la lucha entre la Biga y la Busca, es decir, entre los intereses de los mercaderes y la de los campesinos: una constante en la Cataluña de esos y los posteriores siglos.

En 1412 se produjo otro hecho fundamental para la historia de España. En 1409, había muerto sin descendencia el joven rey de Aragón, Martín I; de momento se elige a Jaime de Urgel como lugarteniente del reino, pero no gusta a casi nadie (ni a los catalanes), por lo que los dirigentes de los territorios deciden que el nuevo rey se elegirá (pocas veces en la historia se elige a un rey) mediante un acuerdo de las Cortes de Aragón, Cataluña y Valencia. Tras dos años de guerra civil, en 1412 nueve delegados (tres de Aragón, tres de Cataluña y tres de Valencia, entre ellos el dominico Vicente Ferrer) se reúnen en el pueblo aragonés de Caspe y eligen como rey de la corona de Aragón a Fernando de Antequera, castellano, de la familia Trastámara, familia que ya reinaba en el reino de Castilla desde 1369. Tenía derechos a heredar un francés (Luis de Anjou), pero el asesinato de su defensor en la reunión (el arzobispo de Zaragoza) dejó esa candidatura sin apoyo. El acontecimiento se conoce como el Compromiso de Caspe y a partir de entonces una misma familia, la Trastámara, reinaría en los dos reinos más importantes de la península. Fuera quedaba el reino de Navarra. La decisión tomada en 1412 ha sido enjuiciada de muchas maneras. Casi todos estudiosos están de acuerdo en que el compromiso evidenciaba la división que reinaba entre los distintos territorios de la corona de Aragón, incluso dentro de cada uno de ellos. Algunos lo consideran como una traición de los compromisarios catalanes. Otros, una decisión motivada por la diversidad de leyes hereditarias: en Aragón no podían heredar las mujeres ni transmitir la herencia, mientras que en Cataluña la herencia se trasmitía por vía masculina. Las tropas castellanas y el apoyo del papa Benedicto XIII acabaron de asentar a Fernando I Trastámara como rey de Aragón, que reinaría desde el 1412 al 1416. Como es un rey elegido, tiene que pactar de nuevo con los diversos territorios y con las facciones dentro de cada uno de ellos. En 1443, otro rey aragonés, Alfonso V el Magnánimo (1394—1458) da otro paso importante para el futuro: es proclamado rey de Nápoles, en contra de intereses franceses. Italia será pocos años después un campo de batalla entre España y Francia.

En el campo de la corona de Castilla, el siglo XV se caracteriza por revueltas nobiliarias y guerras civiles. La primera fue de 1366 a 1369 cuando un importante sector de la nobleza liderada por Enrique de Trastámara (hijo bastado de Alfonso XI) se rebela contra el rey Pedro I (hijo legítimo y sucesor de Alfonso XI). Inicialmente Pedro I salió vencedor de los primeros encuentros, pero paralelamente Pedro I entró en guerra con Pedro IV de Aragón (en lo que se conoce como la «guerra de los dos Pedros»), cosa que aprovecharon los partidarios del Trastámara para reiniciar la revuelta, esta vez con apoyo de aragoneses y franceses; a su vez, Pedro I buscó la ayuda de los ingleses. El conflicto se resolvió en la batalla de Montiel (1369) en la que resultó vencedor Enrique de Trastámara e instaura en Castilla la nueva dinastía. Tras la derrota, Pedro I se refugió en el castillo de Montiel y aceptó negociar con su hermano, el Trastámara; cuando los dos estaban reunidos, Enrique asesinó a su medio hermano Pedro; desde este fratricidio ningún rey de España ha muerto de manera violenta. Esa guerra civil se decidió, por primera vez en la historia de España, con ayuda de tropas mercenarias extranjeras: las inglesas del príncipe Negro, príncipe de Gales, y las de las compañías Blancas, francesas, a las órdenes de Bertrand Duguesclin, porque no hay que olvidar que franceses e ingleses estaban en esa época enfrascados en la guerra de los Cien Años. Pocos años después, en 1380, naves castellanas penetraron por el Támesis y saquearon los arrabales de Londres. Otro rey castellano posterior, Juan I (1379—1390), quiso hacerse con el reino de Portugal, pero fue derrotado en la batalla de Aljubarrota (1385), cosa que todos los niños portugueses recuerdan desde entonces.

La otra guerra civil castellana sería ya a finales de la Edad Media y sus consecuencias fueron decisivas para el coronamiento de Isabel, la Católica, como reina de Castilla. Enrique IV (1454—1474) (el de las Mercedes, por los amplios privilegios que dio a los nobles) vio su reinado amenazado por el poder de los nobles (entre ellos un tal Beltrán de la Cueva) y las guerras civiles. En 1465, una parte de la nobleza rebelde a Enrique le destrona simbólicamente (farsa de Ávila) y eligen como soberano a su hermanastro Alfonso; la muerte prematura de este (1468) reabre el problema sucesorio que se resuelve con un acuerdo (Pacto de Guisando, 1468) por el cual Enrique IV acepta que a su muerte le suceda su hija Isabel en perjuicio de su otra hija, Juana (llamada la Beltraneja, por considerarla ilegítima e hija del noble Beltrán de la Cueva). Pero unos años después, el rey se desdice de lo pactado y vuelve a reconocer a Juana como sucesora del reino, que contará con el apoyo de su tío, el rey portugués Alfonso V; los partidarios de Isabel no se resignan y la guerra civil continuará durante varios años.

Por cierto, que en el difícil reinado de Enrique IV hay que señalar una curiosidad que pudo cambiar el curso de la historia de España. Enrique IV se vio involucrado en otra guerra civil que se libraba en la corona de Aragón, en el transcurso de la cual los catalanes ofrecieron a Enrique ser su príncipe, en perjuicio de Juan II que era el que les tocó. La indecisión de Enrique trastocó la jugada.

Mientras Isabel luchaba por sus derechos al trono castellano, en octubre de 1469 se casó en secreto con el príncipe Fernando, hijo y heredero del rey aragonés Juan II, después de que su padre, el rey Enrique de Castilla, la hubiera intentado casar con el rey de Portugal (desde hace tiempo, fruto buscado por los reyes de Castilla). Fernando tuvo que recorrer toda Castilla disfrazado de criado para llegar a lugar de la boda. Se casaron en Valladolid; la novia tenía dieciocho años, uno menos el novio y se casaban sin el preceptivo permiso del rey; además, Isabel y Fernando eran primos segundos y para casarse también necesitaban una dispensa papal.

A la muerte del rey Enrique IV en 1474, Isabel I consigue con energía sorprendente ser proclamada reina de Castilla en Segovia y allí mismo se firmó la Concordia de Segovia: un arbitrio judicial en el que se estipularon las condiciones del matrimonio y sobre el papel de cada uno en la nueva situación; allí se convino que la reina de Castilla sería Isabel y de que Fernando tendría la facultad de reinar con ella. Esto quizás contradiga la creencia general de que la unidad de España se consiguió en esta época: lo único que se había conseguido con el matrimonio era la unidad dinástica de los reinos de Castilla y Aragón y una cierta colaboración en la gobernanza de los reinos respectivos. Esa colaboración se demostraría casi inmediatamente pues el rey de Portugal se opuso a los acuerdos e intentó durante varias veces invadir Castilla; pero el ejército castellano, levantado por Isabel y conducido en el campo de batalla por Fernando, logró desbaratar los esfuerzos portugueses: los españoles no seríamos portugueses. ¿Se imaginan, queridos lectores, cómo hubiera sido la historia de los siglos venideros si en la península ibérica se hubiera dividido en esos momentos en dos reinos: el castellano—portugués y el existente reino de Aragón? Pero lo que propongo no es historia; sigamos con la historia.

En 1479 el rey de Aragón Juan II muere y Fernando accede al trono aragonés; ahora, los reinos de Aragón y Castilla tienen los mismos reyes; no es un nuevo reino, pero se ha dado un paso hacia la unión territorial. El hecho es tan importante que los historiadores están casi unánimemente de acuerdo en coincidir que una nueva época ha comenzado: la Época Moderna. No existe tal unanimidad en ver los pasos anteriores como un plan preconcebido por los Reyes Católicos o como fruto de los acontecimientos. No vamos a entrar en esas discusiones, pero lo que sí es claro es que los pasos que dan los nuevos soberanos van encaminados hacia la unidad, sin vuelta atrás.

Quizás sea la conquista del reino musulmán de Granada uno de los episodios centrales del reinado de Fernando e Isabel. Podía parecer milagroso que dicho reino perdurara tanto tiempo al ímpetu reconquistador de los reinos cristianos. Las razones pueden ser varias; en primer lugar, el reino de Granada era una fuente de ingresos para los reyes de Castilla desde hacía tiempo a través de las parias que los musulmanes debían de pagar a los castellanos; la riqueza y dificultad del paisaje granadino jugaban a favor de su defensa; también, las inestabilidades internas de Castilla y Aragón ayudaron al mantenimiento de la independencia de los reyes moros. En 1481, esos equilibrios se rompieron; en ese año el rey Muley Hacén se negó a pagar el tributo anual y se declaraba una guerra civil en el reino nazarí en la que resultaría vencedor un nuevo sultán: Boabdil. El rey Fernando planeó la conquista con esmero y en esta ocasión la guerra no iba ser una cuestión de incursiones esporádicas y temporales: los castellanos hicieron una guerra por fases, bien planeada, y donde se forjó un nuevo ejército nacional en el que habría de sobresalir un gran jefe: Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Fue una guerra casi moderna; hubo una campaña de espionaje, se conformaron nuevas unidades, nuevos reclutamientos e incluso actuaron las marinas de Aragón y Castilla. El resultado fue que el bando musulmán no pudo resistir y, el 2 de enero de 1492, Boabdil el Chico entregó a los Reyes Católicos las llaves de Granada: la Reconquista había terminado. Boabdil recibiría tras su rendición un señorío propio en las Alpujarras, pero pocos años después prefirió partir a morir a Fez (Marruecos). La población musulmana de Granada al principio fue respetada gracias a la parsimonia de fray Hernando de Talavera, pero el cardenal Cisneros exigirá poco después la conversión forzosa.

Alhambra de Granada. La belleza del palacio nazarí expresa el refinamiento de la cultura musulmana en España. Foto del autor.

Los acontecimientos de Granada fueron presenciados por un extranjero que buscaba con ahínco una entrevista con los reyes: se llamaba Cristóbal Colón y es hoy día más conocido que lo que lo era entonces. A Colón se le han atribuido distintas nacionalidades (catalán, mallorquín… e incluso que era nacido en Cogolludo, un bonito pueblo del norte de Guadalajara), pero hoy día se da por seguro que nació en Génova y que navegó en barcos portugueses en las exploraciones de estos por el oeste de África. Adquirió una gran experiencia marinera y leía casi todo sobre la materia. Era y es un personaje misterioso y de personalidad contradictoria: con mentalidad entre moderna y medieval; culto, pero también ambicioso, vanidoso, soberbio, megalómano; pero, sobre todo, entusiasta de una idea: que la navegación de Europa hacia la India se podía hacer tomando la dirección oeste, cuando las evidencias en aquel tiempo eran que solo se podía hacer rodeando el continente africano. Era lo que estaban haciendo los portugueses desde hacía décadas, los más experimentados marineros de la época. Hay muchos misterios en la vida y en la obra de Colón (anímese, lector, y profundice en ello), uno de ellos habla de que don Cristóbal había encontrado en una ocasión a un marinero extraviado que le había contado que existía un continente más allá del Atlántico. Sea como sea, Colón logró vender su teoría a los Reyes Católicos, después de habérsela ofrecido al rey de Portugal. Gracias a algunas casualidades y al acceso a personajes influyentes en la corte española, Colón es recibido por los reyes en el campamento de Santa Fe, levantado para el asalto a la ciudad de Granada; tras muchas discusiones y dudas, finalmente las dos partes llegan a un acuerdo (Capitulaciones de Santa Fe) por el que se autoriza a Colón a reclutar marineros de la zona de Palos (por cierto, como castigo a estos por haber navegado sin permiso por aguas africanas, bajo soberanía portuguesa) y a armar dos carabelas (la Pinta y la Niña) y una nao (la Santa María, llamada anteriormente la Gallega). Noventa aventureros, entre ellos tres no españoles, ninguno soldado ni cura, partieron de Palos un 3 de agosto de 1492. El 12 de octubre llegan a las primeras tierras de lo que después se llamará América; Colón dice en su diario que él fue el primero que avistó la nueva tierra (quizás para embolsarse el premio que había prometido la reina Isabel al primero que lo hiciera), pero la historia asigna tal privilegio a Rodrigo de Triana. Todos los manuales de historia del mundo han mencionado aquella fecha, el 12 de octubre de 1492, como una fecha transcendental en la historia de la humanidad; ahora hay muchos que la quieren hacer olvidar.

Quizás se pregunten por qué era tan importante llegar a la India; la respuesta es porque en esa zona se producía una cosa que ahora nos parece ridículo que entonces representaba en la economía mundial lo que hoy es el petróleo: especies alimenticias; todo el mundo las quería y su producción y comercialización eran fuentes de riquezas inmensas. Aunque parezca mentira. Desde la expansión de los musulmanes y de los turcos por Oriente Medio, los Balcanes y Asia, el comercio terrestre para llegar a las tierras de producción de esas especies se había interrumpido y, por tanto, encontrar una nueva vía (marítima) era fundamental para restaurar el comercio de tales productos.

Colón realizó cuatro viajes a la zona, sin saber que era un nuevo continente; una de sus desgracias fue que las nuevas tierras se deberían de haber llamado quizás Colombia, en honor suyo, y no América, en honor del florentino Américo Vespucio quien, a pesar de haber hecho también viajes al nuevo mundo, merecería menos que Colón en perpetuar su nombre en la denominación del nuevo continente. Las relaciones de Colón con los monarcas españoles, y con muchos de sus colaboradores, acabaron mal. El 2 de mayo de 1506 falleció en Valladolid; primero se le enterró en esa ciudad; luego se trasladó su cuerpo a Sevilla y, en 1526, por deseo de su hijo Diego, los restos fueron trasladados a la catedral de Santo Domingo. Tras la conquista de la isla de Santo Domingo en 1795 por los franceses, los restos de Colón se trasladaron a La Habana y, tras la independencia cubana en 1898, los restos fueron de nuevo trasladados a bordo del crucero conde de Venadito hasta Cádiz y desde allí con destino a la Catedral de Sevilla, donde reposan en un suntuoso catafalco. Los dominicanos actuales no están de acuerdo con esa narración de los hechos: opinan que la caja encontrada en 1877 en la catedral de su capital son los restos de Colón. La cosa todavía no está clara. Colón: una gran gesta; muchas polémicas.

Tras la conquista de Granada, los Reyes Católicos decidieron iniciar la conquista del norte de África con el argumento de proseguir la Reconquista cristiana y eliminar los focos de piratería berberisca de la zona. En 1497, los reyes autorizaron al duque de Medina Sidonia a que montara una expedición con personal reclutado entre poblaciones andaluzas de la zona de Cádiz; la expedición, mandada por el comendador Pedro de Estopiñán, se hace el 28 de septiembre de ese año con Melilla; los moros de la zona intentaron repetidamente reconquistarla: fracasaron y desde entonces esa ciudad norteafricana es parte de España sin solución de continuidad. Las conquistas siguieron con la toma de Mazalquivir (en 1505) y posteriormente con la ocupación del Peñón de Vélez, Orán, Bugía, Argel, Túnez, La Goleta y Trípoli. En todas esas conquistas fue personaje clave el cardenal Cisneros, confesor de la reina Isabel, arzobispo de Toledo y probablemente la tercera persona más influyente en la España de su época. La conquista del norte de África se interrumpió en 1510 debido a la reanudación de las guerras en Italia; quizás fue un error, pues el norte de África siempre será una fuente de preocupaciones en este lado del Estrecho.

A finales del siglo XV parecía que la unidad territorial peninsular estaba a punto de realizarse. Los Reyes Católicos buscaron a través del matrimonio de sus hijos la unión con Portugal, pero repetidamente los intentos fracasaron. Quedaba el reino (o reyno) de Navarra. Este reino había tenido su apogeo a principios del siglo XI, con el rey Sancho III el Mayor, que casi consigue el solo la unidad peninsular; después de ese periodo, Navarra fue perdiendo importancia y territorios ante la pujanza de sus vecinos los reinos de Castilla y Aragón. En el siglo XV, el reino de Navarra (que comprendía territorios a este y al otro lado de los Pirineos) entra en un periodo de decadencia y de luchas internas entre facciones nobiliarias que acaban, para resumir mucho, ligando el reino a intereses franceses, en contra de las pretensiones dinásticas de Fernando el Católico. En 1512, finalmente el rey Fernando decide acabar con esa situación y ordena a don Fadrique Álvarez de Toledo, II duque de Alba, la conquista del reino pirenaico. Apoyados por fuerzas voluntarias alavesas y guipuzcoanas, las tropas del duque de Alba completan la conquista de todo el reino hasta los Pirineos (los últimos reductos de resistencia fueron en el castillo de Maya/Amaiur, hasta el 19 de julio de 1522, y en la fortaleza de Fuenterrabía, que resistió hasta marzo de 1524). A pesar de intentos de reconquistas de fuerzas navarras—francesas, en 1512, las Cortes de Castilla anexionaron Navarra al de Castilla, con la promesa de mantener sus fueros y sus Cortes, cosa que sucedió hasta 1841 cuando el hasta entonces denominado reyno de Navarra desparecería oficialmente.

El proceso unificador de los Reyes Católicos comprendió tanto la existencia de una única dinastía en los reinos peninsulares (excepto Portugal) como la neutralización del poder nobiliario (a los que convirtió en aristocracia cortesana y honorífica), la creación de un embrión de ejército nacional, las reformas de la iglesia española (como por ejemplo, la instauración de un regalismo que permitía a los soberanos intervenir en los nombramientos de cargos eclesiástico, además de otras reformas emprendidas por el cardenal Cisneros) y la unificación religiosa de los súbditos. En este último aspecto, tomaron dos decisiones controvertidas en su tiempo y, con cierta falta de perspectiva histórica, mucho más criticadas en la actualidad: la instauración de la Inquisición y la expulsión de los judíos, decretadas ambas en el año 1492. Los dos hechos han pasado a formar parte de eso que se llama leyenda negra de España.

La Inquisición española, o Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, fue fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos. La Inquisición española tiene precedentes en instituciones similares existentes en Europa desde el siglo XII, especialmente en la fundada en Francia en el año 1184 para combatir la herejía albigense. La Inquisición, como tribunal eclesiástico, solo tenía competencia sobre los judíos que habían renegado de su fe y se habían bautizado, aunque su jurisdicción se extendió a la práctica totalidad de los súbditos del rey de España. Hoy día, la labor de la Inquisición española está en revisión y se puede afirmar categóricamente que los juicios y los resultados de los mismos no fueron tantos como antaño se dijeron, aunque la represión moral y psicológica no fue desdeñable e indudablemente contribuyó de manera decisiva a la unidad religiosa de la España que surgía en el siglo XVI. Su abolición sería aprobada en las Cortes de Cádiz en 1812 por mayoría absoluta, pero no se abolió definitivamente hasta 1834.

En parecida dirección iba encaminada la orden de 1492 por la que los Reyes Católicos ordenaban la expulsar a los judíos que no renegaran de su religión. Los judíos tuvieron larga historia de represión en la España desde los visigodos; no solo en España, sino entonces y después en casi toda Europa. La religión, pero también su forma de vivir y las actividades a las que se dedicaban, procuraron siempre la animadversión de los cristianos; a veces se les consideraba como una quinta columna de las previsibles amenazas del mundo musulmán. Unos ciento cincuenta mil tuvieron que abandonar España con la orden de expulsión de 1492; la mayoría emigraron al norte de África y otros se dirigieron a Portugal, Países Bajos y los Balcanes. Hay algunos autores que piensan que esta decisión de los Reyes Católicos libró a España de futuras guerras de religión que asolarán otros países europeos, como Francia.


El último escenario al que prestaron atención los Reyes Católicos durante su reinado fue el de Italia, donde Fernando se empleó con astucia y sentido de estado para defender las posesiones e intereses heredados como rey de Aragón. Allí chocó con las pretensiones de los franceses y los conflictos dieron lugar a una serie de guerras que habrían de durar hasta mediados del siglo XVI. En estas guerras acabó de deslumbrar como genio militar y político Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, quien, aunque castellano, defendió los intereses de Aragón como propios, un símbolo más de la unidad conseguida entre los dos reinos. En Italia nacería un nuevo ejército, basado en la infantería —no en la caballería aristocrática de la Edad Media— y que habría de dominar los campos de batallas europeos durante siglo y medio. Las batallas de Ceriñola y Garellano (las dos en 1503) son algunas de las que conviene acordarse para hacer justicia al Gran Capitán.

Sin embargo, todos los esfuerzos desplegados por Isabel y Fernando casi van al traste cuando la muerte inexorable acechaba a los dos reyes. Su unión matrimonial había sido una casualidad (pues ninguno de los dos estaba llamado a ser rey o reina de sus respectivos territorios) y su sucesión fue un cúmulo de infortunios que pudo acabar lo contrario de lo que ambos planearon. Su primogénito, el infante don Juan, murió prematuramente en 1497 (en Salamanca, camino de la boda de su hermana); su hija Isabel se casó primero con el infante Alfonso de Portugal, pero este murió y se casó entonces con el padre de su difunto marido, el rey Manuel I —con lo que la unión con Portugal parecía asegurada—; pero al dar a luz a un hijo, Isabel murió. Las esperanzas de la sucesión pasaban a este hijo, Miguel, jurado heredero de Castilla, de Aragón y de Portugal, pero un año después de su nacimiento murió en el 1500. Otra hija de los Reyes Católicos, Catalina, se casó con el príncipe inglés Arturo Tudor y, cuando este murió, con el rey Enrique VIII de Inglaterra, que es bien conocido que la repudió y el matrimonio acabó mal. Quedaba otra hija a los Reyes Católicos: Juana, a la que todos conocemos como Juana la Loca. Juana se casó en 1495 con Felipe de Austria, conocido por estos lares como Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano I de Austria; para consumar el matrimonio Juana tuvo que abandonar Castilla por Flandes y allí tuvieron un hijo, Carlos, nacido en el año 1500; pero nadie esperaba que ni los padres ni el hijo ocuparan algún día la corona de España. Pero las casualidades y la historia tenían otro destino.

Isabel la Católica murió el 26 de noviembre de 1504 en Medina del Campo y en su testamento pidió que se le enterrara con humildad en el monasterio de San Francisco de la Alhambra. Fernando quedó viudo y sin derecho a ocupar el trono de Castilla, que pasó a Juana; como ya se le detectaban rasgos de locura, en Salamanca se acordó que el gobierno castellano fuera compartido entre la reina Juana, el consorte —también rey (Felipe I)— y Fernando el Católico. Pero pronto surgieron desavenencias entre suegro y yerno y Fernando abandonó Castilla en 1506 para irse a su reino de Aragón. Pero unos meses después, en ese mismo año de 1506, muere repentinamente Felipe (I) —por beber agua fría tras llegar caluroso de una jornada de caza— y se nombra regentes del reino al cardenal Cisneros y a Fernando hasta que se hiciera cargo del trono el príncipe Carlos cuando fuera mayor de edad.

El rey Católico, instalado en su reino de Aragón, se casó con Germana de Foix, francesa ella, mucho más joven que él, y entre lo ardiente de la francesa y el ímpetu que demostró el rey Fernando en tener nueva descendencia que heredara su reino de Aragón, murió en Madrigalejo (Cáceres) en 1516. Fernando tuvo hijos con Isabel la Católica, varios más con varias mujeres y uno con Germana que murió horas después de haber nacido; pero murió sin descendencia adecuada para su reino de Aragón. Su heredero en el reino de Aragón sería Carlos, el hijo de Juana la Loca.

El trono de España, y mucho más, pasaba a un joven de entonces veinte años que será conocido como Carlos I de España y V de Alemania. La cosa podía haber pasado de otra manera (y las consecuencias también), pero muchas veces la historia de España está escrita con renglones torcidos.

Los restos de los Reyes Católicos reposan en la Capilla Real de Granada.

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415 s. 43 illüstrasyon
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9788411141741
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