Kitabı oku: «El puerto de Dénia y el destierro morisco (1609-1610)»

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EL PUERTO DE DÉNIA Y EL DESTIERRO MORISCO (1609-1610)

Manuel Lomas Cortés

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta obra ha obtenido la IX Beca d’Investigació de l’Ajuntament de Dénia (2005) con un jurado integrado por Pau Reig i Pérez, Vicent Ramon Baldaquí Escandell, Salvador Salort i Vives, Joseba Rodríguez Aizpeolea y Rosa Seser Pérez.


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto­químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per­miso previo de la editorial.

© Del texto: Manuel Lomas Cortés, 2009

© De esta edición: Ajuntament de Dénia y Universitat de València, 2009

Coordinación editorial: Maite Simón

Corrección: Pau Viciano

Realización ePub: produccioneditorial.com

Cubierta:

Ilustración: Vicent Mestre, Embarque de los moriscos en el puerto de Denia (1612-1613).

Col. Bancaja

Fotografía: Juan García Rosell

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-7320-0

A Elodia Sanchis Siscar

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

INTRODUCCIÓN

I. LA VILLA DE DÉNIA Y LOS PREPARATIVOS DE LA EXPULSIÓN

1. VILLA, PUERTO Y PARTIDO

1.1 Dénia a comienzos del siglo XVII

1.2 La elección de Dénia como puerto de embarque

1.3 El distrito morisco de Dénia

2. LA JUNTA DE VALENCIA Y LA FINALIZACIÓN DE LOS PREPARATIVOS EN DÉNIA

2.1 La llegada de los mandos y el inicio de las reuniones

2.2 Reunión y despliegue de las escuadras

2.3 Don Cristóbal Sedeño

2.4 La elección de los comisarios

II. EL EMBARQUE DE LOS MORISCOS

1. PRIMEROS PASOS DE LA EXPULSIÓN

1.1 El edicto de expulsión

1.2 El desembarco del tercio de Nápoles y la ocupación del territorio

2. EL EMBARQUE INAUGURAL

2.1 Don Carlos de Borja y los moriscos del estado de Gandia

2.2 Reunión y partida

2.3 ¿Transporte real o flete privado?

2.4 La salida de la escuadra real

2.5 El abandono de las aljamas

2.6 Finalización y recuento del primer embarque

3. LA SEGUNDA EMBARCACIÓN

3.1 Los moriscos del seis por ciento

3.2 El traslado de la escuadra de España

3.3 La barcada del marqués de Santa Cruz

3.4 El aumento de los contratos de flete

4. LA BARCADA DE NOVIEMBRE

4.1 Tercer embarque en las galeras de Nápoles

4.2 Progresión de los mercantes

III. LA REBELIÓN DE LAGUAR

1. EL INICIO DE LA REVUELTA

1.1 Pánico en las aljamas

1.2 ¿Rebelión o rumor?

1.3 Avisos de Guadalest

1.4 El alzamiento de Xaló y Laguar

2. PRIMEROS PASOS PARA LA SOLUCIÓN DEL CONFLICTO

2.1 El problema de las competencias militares

2.2 La movilización de la Milicia Efectiva

2.3 Reorganización defensiva de la villa y distrito de Dénia

2.4 Consideraciones previas a la salida de don Agustín

3. LA CAMPAÑA DE LA SIERRA

3.1 Desplazamiento de la rebelión de Guadalest

3.2 El socorro de Murla

3.3 Despliegue militar y primeros intentos de negociación

3.4 La extinción de los focos rebeldes de Tàrbena y La Serella

3.5 La llegada de don Sancho y la destrucción del aparato logístico rebelde

3.6 Las primeras capitulaciones de rendición

4. LA DERROTA DE LOS REBELDES

4.1 Distribución de las tropas reales

4.2 El rebato de la Milicia

4.3 Disposición de las fuerzas rebeldes y la toma del castillo de Las Azabaras

4.4 El asalto de la sierra y la batalla por el llano de Garga

4.5 La rendición

4.6 El embarque de los rebelados

IV. DINERO, PERTRECHOS Y SOLDADOS

1. LA FINANCIACIÓN DE LAS GALERAS Y EL CONCIERTO DE FLETES REALES

1.1 Primeras partidas

1.2 Situación económica de la escuadra hasta el primer embarque

1.3 Abastecimiento de las galeras durante el embarque de los moriscos

1.4 El concierto de fletes

2 EL SOCORRO DEL TERCIO DE NÁPOLES Y LAS CONSIGNACIONES ESPECÍFICAS

2.1 Prevenciones para la paga del ejército

2.2 Suministro de pertrechos y socorros durante la rebelión de Laguar

2.3 Las asignaciones de la Milicia Efectiva

V. PRESENCIA MORISCA TRAS LA EXPULSIÓN

1. LA CLAUSURA OFICIAL

1.1 La invernada de la escuadra y la actividad militar en el puerto de Dénia durante la campaña de 1610

1.2 Los esclavos

1.3 Festejos y reconocimientos

2. EL PERFECCIONAMIENTO DE LA EXPULSIÓN

2.1 La pervivencia de niños y mujeres

2.2 Los manifestados

2.3 La salida del seis por ciento

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

APÉNDICE

INTRODUCCIÓN

A partir de septiembre de 1609, y a lo largo de prácticamente un año, la villa de Dénia se vio comprometida por los acontecimientos derivados del inicio de la expulsión de los moriscos. Este proceso, que seguramente conforma junto a la Tregua de los Doce Años los dos sucesos políticos más destacados del reinado de Felipe III, gozó de gran reconocimiento entre sus contemporáneos.[1] La aparición de crónicas y relatos sobre el destierro morisco fue constante a partir de aquellos años y hasta la finalización del reinado, y aunque más tarde esta producción decaería, han abundado desde entonces los estudios que han abordado en mayor o menor medida la cuestión. Desde los escritos revisionistas del XVIII, centrados en buscar un origen para la crisis económica, pasando por el nuevo auge decinonómico o los primeros estudios científicos de mediados del XX, la expulsión ha tenido una suerte diversa, pero adoleciendo siempre del mismo problema. La falta de una explicación general, centrada en el análisis de los diferentes aspectos constitutivos del proceso, siempre se ha perdido en favor del estudio de elementos concretos, ya fueran biografías personales, el desarrollo político de los acontecimientos o el recuento aproximado de los expulsados. Esta circunstancia ha estado sin duda motivada por el enorme volumen de documentación y las numerosas implicaciones del proceso, que siempre han complicado en exceso la determinación a realizar un estudio completo. El análisis exhaustivo de las diferentes expulsiones ejecutadas contra los moriscos entre 1609 y 1614 todavía está lejos de materializarse, pero en todo caso es posible realizar ejercicios de aproximación a una explicación general, a partir del estudio de segmentos temporales concretos localizados sobre regiones bien determinadas.

Este intento de definición es la base sobre la que planteamos la elaboración del presente estudio, que se centra en analizar el desarrollo de la expulsión en el ámbito concreto del distrito morisco de Dénia, uno de los tres en que fue dividido el territorio valenciano como paso previo al inicio del destierro. La significación de este espacio es especialmente revelante. El embarque que sirvió como viaje inaugural se dio a través de su puerto, que acabó por convertirse, tras sucesivos traslados, en la principal plataforma de salida de moriscos en volumen de personas. Auténtico referente de la acción política y la gestión de los embarques, el puerto de Dénia adquirió desde el primer momento un papel protagonista en la expulsión, aupado primero por los intereses del duque de Lerma y sancionado más tarde por el propio desarrollo de los acontecimientos. La rebelión que tuvo lugar en sus límites, y la larga permanencia del tercio y las galeras de Nápoles, son otros elementos a tener en cuenta, y que acaban por perfilar un mosaico rico en matices y posibilidades. La toma de decisión, los diferentes factores que intervinieron en ella, el formidable teatro de preparativos que se siguió, las deliberaciones previas, los embarques, los hechos de la rebelión y los problemas administrativos derivados, son algunos de los procesos que probaremos a caracterizar, tomando siempre como sujeto e hilo conductor la villa de Dénia y su distrito, sin dejar en todo caso de observar la evolución general de la expulsión como marco fundamental para un mejor conocimiento de los factores que incidieron en ella.

La expulsión de los moriscos fue un proyecto elaborado y ejecutado bajo el estricto control de los consejos centrales de Felipe III, hecho que repercute en gran medida en el origen de las fuentes documentales que todavía hoy se conservan para su estudio. No debe por tanto extrañarnos la casi total ausencia de noticias relacionadas con la expulsión que aterosan los fondos del Archivo Municipal de Dénia. La buena sintonía entre las autorizades municipales y los mandos militares asentados en la villa evitó las disputas, y ello se traslada negativamente a unos registros donde sólo emergen contados datos que hacen referencia a pequeñas trifulcas por el control de algunas parcelas de poder. Algo muy similar ocurre al profundizar en el estudio de las series del Archivo del Reino de Valencia. Unas pocas noticias, por lo demás dispersas, nos hablan de comisiones encargadas a los alguaciles reales en el distrito, de pequeños gastos y de alguna queja sorda, que difícilmente se pueden articular sin contar con la estructura que aporta la documentación del Archivo General de Simancas, en este sentido muy rica y abundante.

El cuerpo central de nuestro discurso está elaborado a partir de los fondos de dos de las secciones principales de este último archivo, esto es, las de Estado y Guerra Antigua. En las primeras se encuentra un gran volumen de correspondencia original remitida por los principales encargados del proceso, y los acuerdos a los que llegó el Consejo de Estado de acuerdo con los informes que contenían. Estas referencias son claves no sólo para delimitar un marco general, sino también para aclarar todo tipo de cuestiones. Esta información ha sido en gran parte utilizada en los estudios que hasta el momento se han hecho de la expulsión, pero tiene una grave carencia derivada de las competencias originales del Consejo. La administración y gestión financiera de la expulsión, así como el mantenimiento de los tercios y las escuadras reales, no dependía de este organismo, sino del Consejo de Guerra. La consulta de estos fondos, en relación a la expulsión, no se había llevado a cabo hasta el momento, pese a que tienden a dilucidar y poner en relación una parte muy significativa de datos inconexos contenidos en Estado. El discurso se enriquece así gracias a la complementariedad de ambas secciones, pero el aspecto económico de muchas cuestiones planteadas por el Consejo de Guerra genera igualmente una gran cantidad de dudas si no se profundiza en las derivaciones administrativas de la expulsión, esto es, en la gestión del dinero. Recientemente catalogadas, todavía sobreviven en el Archivo General de Simancas las cuentas del destierro. Elaboradas por el pagador Diego Ferroche y conservadas en los fondos de la Contaduría Mayor de Cuentas, estas relaciones contienen una gran cantidad de información derivada del pago de libranzas, que nos permiten ampliar todavía más la visión que hasta hoy teníamos de los embarques y la rebelión morisca. Clave para entender el pago del ejército y sus problemas derivados, estas cuentas aportan luz sobre aspectos desconocidos de la expulsión, aunque para conseguir perfilar por completo esta materia –y en el caso concreto del distrito de Dénia–, se ha hecho imprescindible el estudio en los archivos italianos.

Las tropas y galeras que se encargaron que ejecutar el destierro morisco en el partido de Dénia provenían del Reino de Nápoles. Su administración y mantenimiento no dependía de los consejos centrales, sino de las instituciones propias de aquel virreinato. Por este motivo el estudio en profundidad de estas unidades pasaba por la consulta de los fondos del Archivio di Stato di Napoli. En él se conservan los registros de la Regia Camera della Sommaria –organismo del cual dependía la administración militar napolitana–, pero la destrucción parcial del archivo en 1943 ha dejado en todo muy pocas opciones de trabajo.[2] Dentro de la Scrivania de Razione, fundamental para el estudio de los salarios, la serie de órdenes reales del ramo militar ha desaparecido hasta 1619, y lo mismo ocurre con los registros contables, que no se inician hasta 1623. Por fortuna el primer legajo correspondiente a los billetes originales emitidos por el virrey comienza en 1609. Parcialmente quemado, este lelajo y los sucesivos aportan noticias valiosas sobre los problemas que a nivel administrativo planteó la larga estancia del Tercio y la escuadra en Dénia, aunque no permiten un estudio en profundidad.

El Archivo de la Corona de Aragón también contituye una pieza clave para el estudio específico de la expulsión a través del puerto de Dénia. Esto se debe a la adquisición de un legajo que contiene la documentación privada de don Cristóbal Sedeño que, como gobernador y procurador general del marquesado, sirvió el oficio de comisario de embarque durante los traslados. Perteneciente a la serie de Adquisiciones, depósitos y donaciones menores, este legajo contiene una gran cantidad de información, sin la que se hubiera hecho imposible perfilar la realidad de la expulsión en este ámbito. Su valiosísima lista alternativa de embarques, pero no sólo ella, aporta datos de primer orden que ayudan al estudio crítico de otras fuentes y completan las noticias que se tenían hasta el momento. La función que este legajo cumple para el análisis de la vertiente naval del destierro es en gran parte asumida, en sus aspectos terretres, por la magnífica crónica que legó Gaspar de Escolano. Nunca reivindicada como se merece, esta obra sigue siendo fundamental para el conocimiento de los hechos acaecidos durante la rebelión de Laguar. Su comparación con los datos contenidos en la documentación oficial evidencia una gran honestidad y exactitud a la hora de recoger y anotar estos acontecimientos, por lo que su estudio tiene un gran peso en una parte determinada de este estudio, que también recoge datos fragmentarios del Archivo Histórico Nacional –relativos a algunas parcelas concretas de la administración ordinaria del reino– y el Archivo Ducal de Medinaceli –sobre todo basados en la gestión patrimonial que el duque de Lerma ejerció durante la expulsión sobre el marquesado de Dénia–.

Este trabajo ha sido realizado en el marco del IX Premio de Investigación del Ayuntamiento de Dénia concedido en abril de 2005. El esquema original presentado a concurso se titulaba La expulsión de los moriscos en la Marina Alta, y pretendía analizar este proceso en los límites exactos de Dénia y su comarca. Esta idea dio paso a la necesidad de estudio de todo el distrito morisco que se englobaba en este territorio, por motivos de lógica histórica y documental. En cualquier caso conserva en gran medida el trazado y división de capítulos contemplado inicialmente. Su elaboración ha sido también facilitada por otras ayudas institucionales. La concesión de una beca de investigación predoctoral adscrita al Departamento de Historia Moderna de la Universitat de València para el período 2004-2008, entidad que, junto al Dipartamento Discipline Storiche «Ettore Lepore» de Nápoles, me facilitó los recursos para la estancia en Italia, ha supuesto un impulso clave para la elaboración de este proyecto, así como también los importantes recursos recibidos del proyecto de investigación del Ministerio de Educación y Ciencia «El Reino de Valencia en el marco de una Monarquía Compuesta: un modelo de gobierno y sociedad desde una perspectiva comparada», (Código HUM 2005-05354) financiado con fondos FEDER. Sin todas ellas este trabajo no hubiera podido llevarse a cabo.

Fondos de Archivo

AGS Archivo General de Simancas

Es. Sección Estado. Legajos 213, 214, 215, 216, 217, 218, 219, 220, 224, 225, 227, 228-1, 228-2, 243, 246, 1434, 1889, 1932, 1298, 1105, 1163, 1886, 2638b, 2639.

Ga. Guerra antigua. Legajos 714, 721, 725, 726, 727, 738, 739, 742, 743.

CMC. Contaduría Mayor de Cuentas, 1.ª época, 1840.

MPD. Mapas, planos, Dibujos, VII.

AMD Archivo Municipal de Dénia

ADM Archivo Ducal de Medinaceli

AH Archivo Histórico, 55, 56, 57, 256.

AHN Archivo Histórico Nacional Consejos, 2402E.

ASN Archivio di Stato di Napoli

SV-VO. Segretaria dei vicerè. Viglieti originali. 1, 3.

ACA Archivo de la Corona de Aragón

DV. Diversos Varia 30, volumen 5.

ARV Archivo del Reino de Valencia

Cancillería, 1363.

Cartas a los virreyes, carpeta 110.

Mestre Racional, Comptes d’administració, 216.

[1] En palabras de Fray Juan de Salazar, la expulsión sería la única empresa por la Felipe III fue digno de «eterna alabanza y su nombre de perpetua memoria», Política Española (Madrid), 1997 (1.ª ed. Madrid, 1619), p. 35.

[2] Jole Mazzoleni: Le fonti documentarie e bibliografiche dal sec. X al XX (Convertate presso l’Archivio di Stato di Napoli), 2 tomos, Nápoles, 1978, tomo I, pp. 105-108 y 245-246. La magnitud de la pérdida sufrida se puede evaluar consultando el catálogo anterior al desastre. Francesco Trinchera: Degli archivii napolitani, Nápoles, 1995 (1.ª ed. Nápoles, 1872).

I. LA VILLA DE DÉNIA Y LOS PREPARATIVOS DE LA EXPULSIÓN

La expulsión de los moriscos, que tan profundo significado habría de tener para la villa de Dénia y su puerto, fue una decisión política que tanto en su gestación como en su posterior organización, tuvo múltiples implicaciones que afectaron a la mayoría de los territorios que conformaban las posesiones de la Monarquía Hispánica en espacio europeo a la altura de 1609. La política de paces con Francia e Inglaterra, la reorientación de la política hispánica del norte de Europa hacia en Mediterráneo, la falta de resultados por los que atravesaba la Corona en política exterior y, sobre todo, la cercanía del acuerdo en Flandes, eran factores que en forma de presión influían sobre la monarquía y la empujaban a tomar una decisión que calmara los ánimos, atenuara las críticas y permitiera alcanzar los objetivos ideológicos marcados desde el comienzo del reinado. Lo cierto es que con el inicio de las conversaciones de paz en Flandes la monarquía se hallaba ante un grave problema político. La dificultad para articular un discurso que justificara política e ideológicamente este acuerdo se presentaba complicada y se unía al desgaste que, los sucesivos fracasos militares, provocaban a su prestigio.[1] Hacía falta encontrar una respuesta a las críticas que venían sucediéndose, y que al mismo tiempo reportara un gran éxito que pudiera ser explotado políticamente. La tregua en el norte parecía abrir una nueva etapa en la que, superadas las cargas políticas heredadas del reinado anterior, por primera vez se tenía la oportunidad de construir una estrategia distinta, un ideario diferente nacido de una nueva monarquía que tenía sus propias prioridades y necesidades.[2] En un momento en que el gobierno impuesto por el duque de Lerma comenzaba a dar sus primeros signos de debilidad,[3] la expulsión de los moriscos nacería como la gran apuesta de aquella nueva política, desafío peligroso que tenía muchos signos de una huida hacia adelante.

El viejo problema de la pervicencia de los moriscos en el territorio hispánico[4] volvió a cargarse así de contenido,[5] en un momento de especial trascendencia política. Aceptado el expediente del destierro, cabía diseñar una estrategia que permitiera afrontar con solvencia el proyecto, para el cual acabó por decidirse la participación de todas las fuerzas militares disponibles en la península Ibérica y el espacio mediterráneo. Esta y otras decisiones serían perfiladas en la importante sesión del Consejo de Estado celebrada el 4 de abril de 1609, fecha en la que curiosamente sería firmada en Flandes la tregua con los rebeldes holandeses. En esta reunión se sentarían las bases del fuerte carácter ideológico con el que nacía el proyecto de expulsión. La más importante de las empresas llevada a cabo por la única monarquía que era verdadera garante de la Cristiandad –según se afirmaba en el acta de su resolución final–, o el proyecto que debía dejar en nada la conquista de Argel, según palabras del comendador mayor de León, son expresiones que nos hablan de la necesidad perentoria de la monarquía por lograr una gran victoria, y de los primeros pasos de una elaboración propagandística que debía cifrar en la expulsión el mayor triunfo nunca conseguido por la Corona. La expulsión era pues la gran respuesta ideológica, el primer acto de una nueva orientación política que había de reportar nuevo prestigio y reputación a la monarquía, y más allá de todo eso la apuesta personal de un monarca, Felipe III, y su valido, el duque de Lerma. Ahora bien, decidido que la expulsión comenzaría por Valencia, y que debía llevarse a cabo antes de finalizar aquel año, no había tiempo que perder. Con los principales proyectos de la monarquía para 1609 ya en marcha, y prácticamente a boca del verano, los preparativos de la expulsión tendrían que trastocar necesariamente los planes trazados hasta el momento, y reorganizar la estrategia global que ya se había marcado para aquella campaña. De acuerdo con esta resolución y durante la primavera de aquel mismo año, fueron cursadas órdenes de movilización en Lombardía, Liguria, Nápoles y Sicilia, obligando así a una revisión de las estrategias militares en el espacio italiano que afectó a los diferentes proyectos y campañas que se ejecutaban en aquellos territorios.[6] Algo muy similar ocurriría en Portugal y Castilla,[7] donde de forma paralela serían reunidas y desplegadas la totalidad de las fuerzas navales encargadas de la vigilancia del tráfico marítimo y la seguridad de las costas peninsulares.

De esta forma y con gran secreto, la gran mayoría de los peones de la monarquía en el Mediterráneo se afanaron en cercar sigilosamente el Reino de Valencia a lo largo de los meses de verano, mientras en la Corte todavía se debatía la estrategia que se iba a adoptar para la expulsión. Todos aquellos preparativos se habían ordenado sobre una base estratégica muy precaria, donde los únicos principios que habían quedado bien fijados eran la necesidad de reunir el mayor número posible de recursos, y que la expulsión se iniciara por Valencia. Pero aparte de este esquema tan básico, a mediados de abril todavía no se había comenzado a concretar lo que en aquel momento no era más que un conjunto más o menos coherente de propuestas. De este modo y si verdaderamente se quería propiciar la expulsión en los plazos que se habían marcado, quedaba una ardua tarea por delante. El trabajo consistía en materializar en propuestas concretas todas aquellas sugerencias que habían sido recogidas por el Consejo de Estado, con el fin de elaborar un proyecto que señalara fechas concretas, las formas de financiación, el reparto de responsabilidades o la estrategia general que debían seguir aquellos que fueran designados para ocuparse de la expulsión. Pero toda esta tarea no recayó directamente sobre el Consejo de Estado –que al parecer sólo se ocupó de realizar un seguimiento de las decisiones que se tomaban–, sino sobre el duque de Lerma. Ayudado por los diferentes secretarios de Estado y Guerra, el valido se encargó de repartir las primeras órdenes y negociar personalmente la adquisición de fondos a través del comisario general de la Cruzada.[8] La principal dificultad estribaba en conseguir coordinar de manera satisfactoria el enorme entramado administrativo en el que ya se estaba convirtiendo la expulsión. Que todas las fuerzas estuvieran reunidas en las fechas señaladas y que pudieran aportar su ayuda al proceso de expulsión, era un objetivo que cada vez se veía más difícil de alcanzar, sobre todo después de recibir las primeras noticias de Italia, que auguraban importantes retrasos en la llegada de las escuadras. En cualquier caso el duque continuó con los preparativos según los planes previstos, y así entre abril y mayo se dio la orden para que todos aquellos oficiales que sirvieran cargos en las las armadas y no estuviesen en sus puestos lo hicieran inmediatamente. Las designaciones del marqués de Villafranca como responsable de la organización naval, y de don Agustín Mexía como jefe de las operaciones en tierra se sucederían de inmediato.

Con los monarcas trasladados a Segovia, entre finales de julio y primeros de agosto se darían los últimos pasos de la fase de preparación de la expulsión. Lejos de las miradas indiscretas y el bullicio de Madrid, Felipe III y el duque de Lerma celebraron una última serie de reuniones previas a la salida de los mandos. En ellas se decidió finalmente la inclusión –dentro del organigrama de la expulsión– de don Luis Carillo, marqués de Caracena y virrey de Valencia, y del arzobispo don Juan de Ribera, que junto al marqués de Villafranca y don Agustín Mexía se integrarían en la denominada Junta de Valencia, organismo elegido para decidir sobre el terreno la administración diaria de la expulsión. Acto seguido serían redactadas sendas cartas con instrucciones precisas para cada uno de los mandos militares y civiles de la operación, que fueron firmadas por el rey el 4 de agosto. El duque de Lerma todavía celebraría nuevas reuniones con Agustín Mexía, pero las grandes decisiones estaban ya tomadas. Lo cierto es que hasta ese momento se había conseguido disimular a la Corte el proyecto de expulsión,[9] aunque la salida casi conjunta hacia Valencia de Villafranca y Mexía acabaría por levantar las primeras sospechas, todavía no bien dirigidas.

Que la posición política del duque de Lerma dentro de la Corte podía depender en buena medida del éxito de la expulsión, es un factor que habría de ponerse en consideración en próximas investigaciones, pero por encima de este elemento también existía una motivación de tipo personal. Antes de ser duque de Lerma don Francisco de Sandoval y Rojas había ostentado el marquesado de Dénia como primero de sus títulos, y en la designación del puerto de esta villa para la expulsión jugaban elementos tales como la significación y el prestigio personal que éste poseía en la Corte. Pero más allá de estas cuestiones, lo cierto era que el puerto de Dénia ofrecía una serie de características que hacían de él un enclave fundamental para el éxito de la expulsión. La seguridad de su fondeadero y la proximidad geográfica a las regiones más densamente pobladas por los moriscos eran razones de peso, y que junto a la influencia del duque acabaron por decidir la inclusión de la villa en el proceso. De este modo cuando Agustín Mexía llegó a Valencia traía ya asignado a Dénia un distrito específico de poblaciones moriscas, las cuales deberían ser embarcadas y transportadas al norte de África a través de aquel puerto. Pero antes de ejecutar las órdenes del rey, quedaba todavía un duro trabajo por delante. Con la llegada de Mexía se daría inicio en Valencia a las reuniones de una junta integrada por el propio maestre de campo, el virrey y el arzobispo Ribera. En su agenda quedaban por tratar aspectos fundamentales de los preparativos, como eran la cuestión de los niños, el control de la nobleza, el reparto de las escuadras y la elección de la fecha en que debía darse comienzo a la expulsión. De entre todas ellas, los retrasos en el despliegue naval se convertirían en el mayor de los problemas para la Junta, que tendrían como gran escenario el puerto de Dénia. La tardanza en recoger al marqués de Villafranca en un primer momento, y más tarde la falta de noticias sobre la llegada de la escuadra de galeras de Nápoles a la villa, harían que Dénia centrase gran parte del discurso político. Debido más al nerviosismo que a un verdadero retraso, tras conocer esta noticia la Junta de Valencia procedería a dar los últimos retoques de esta primera fase del proceso. La entrega de despachos al comisario de embarque don Cristóbal Sedeño, y la designación y salida de los oficiales encargados de transportar a los moriscos hasta el puerto de de Dénia, capitalizarían así la atención en los días previos al inicio de la expulsión.

1. VILLA, PUERTO Y PARTIDO

La elección de Dénia como puerto de embarque para la expulsión de los moriscos tuvo sin duda un factor fundamental en la influencia ejercida por el duque de Lerma. Bajo el gobierno del que fuera quinto marqués, esta villa había experimentado un importante desarrollo, fundamentado en la tendencia alcista y expansiva de todo el Reino de Valencia, pero más particularmente gracias al patronato desempeñado por el Duque. Una vez situado como el primero de los ministros de Felipe III, la influencia del valido sobre el monarca quedaría patente en las diferentes visitas y honores que este último otorgaría a Dénia, y que fueron utilizadas por Lerma de forma indirecta para hacer gala y demostración del favor real con el que ahora contaba. Por esta razón no es de extrañar la inclusión de Dénia como puerto de embarque de los moriscos. Pero fuera de esta consideración sin duda esencial, lo cierto es que el puerto de Dénia contaba con una serie de características poco comunes en la costa valenciana que hacían de él uno de los pocos enclaves en los que realmente se podían ejecutar con garantías los planes que la monarquía estaba trazando. De este modo y antes de la salida de los mandos militares hacia Valencia, este puerto ya había sido seleccionado de manera definitiva para la expulsión, así como también delimitado el distrito morisco que se debía embarcar en él hacia Berbería

1.1 Dénia a comienzos del siglo XVII

Favorecida por el crecimiento demográfico que experimentó la casi totalidad del Reino de Valencia durante el Quinientos, la villa de Dénia conocía a principios del siglo XVII un verdadero período de expansión y florecimiento. Los habitantes de este enclave costero habían pasado de ser poco más de un millar en 1510, y algo menos de mil quinientos a finales de la década de los años sesenta, a más de dos mil cien habitantes en 1609,[10] año de la expulsión de los moriscos. Dada esta especial situación de desarrollo, Dénia se hallaba inmersa en un proceso de expansión urbana, donde los antiguos límites amurallados de la villa, de origen medieval, ya hacía algunas décadas que habían sido superados. Con calles más amplias y casas de reciente construcción, el arrabal de Dénia se erigía ahora como el principal enclave habitado por delante de la antigua villa que, poco a poco, comenzaba a perder su primacía y funciones como centro administrativo.[11] Pero este importante auge de la villa a finales del siglo XVI y principios del XVII no se debería tanto a una creciente trascendencia comercial o económica como al enorme poder político que su señor, don Francisco de Sandoval y Rojas, había de adquirir en la Corte de Felipe III.

La familia de los Sandoval formaba parte de la nueva y poderosa nobleza castellana nacida del avance de la conquista cristiana en la Península. A inicios del siglo XV y bajo el liderazgo de don Diego Gómez de Sandoval, conde de Castro, había logrado una situación preeminente en el seno del gobierno, pero su participación activa en la lucha entre las facciones cortesanas al lado de los infantes de Aragón durante el reinado de Juan II frustró su creciente importancia, siendo al poco desposeída de sus bienes, títulos y oficios en Castilla. A cambio de estas pérdidas, don Diego fue compensado con la entrega de nuevos títulos adscritos a la Corona de Aragón, siendo el más importante de ellos el marquesado de Dénia.[12] De esta forma la villa valenciana pasó a ser la propiedad más preciada de los Sandovales durante el tiempo en que éstos intentaron recuperar su antigua condición en Castilla, tarea que se prolongaría sin grandes avances hasta finales del siglo XVI. Centrados en lograr el ascenso político por medio del servicio al rey y, sobre todo, a los diferentes príncipes herederos,[13] la suerte les sería esquiva hasta la llegada de don Francisco de Sandoval, V marqués de Dénia. Con más éxito que sus antecesores, el nuevo marqués adquirió con gran habilidad un importante ascendiente sobre el príncipe Felipe, que despertaría los recelos no sólo de los más destacados ministros de Felipe II, sino incluso del propio monarca que, para alejarlo de la Corte y de su hijo, le nombraría virrey de Valencia en 1595. Pero pese a estas medidas, nadie podría evitar la vuelta de don Francisco a la Corte tan sólo dos años después, y su afianzamiento como persona de confianza del nuevo monarca tras la muerte de Felipe II. Convertido de inmediato en el hombre fuerte del nuevo gobierno emergente, el marqués de Dénia pronto se haría con el control y la posesión de diferentes nombramientos y riquezas –como el título de duque de Lerma– casi con tanta rapidez como había logrado su vertiginoso ascenso político. Esta nueva posición de don Francisco tendría rápidas repercusiones sobre la villa de Dénia, que durante tanto tiempo había sido la cabeza del patrimonio familiar. Como señaló Roc Chabàs, ésta sería la época más «brillante» de la villa,[14] que pronto lograría beneficiarse de la nueva situación de su señor.

Don Francisco de Sandoval mostró desde fechas muy tempranas un interés evidente por mejorar y acrecentar el marquesado de Dénia, antes incluso de afianzar su posición dentro de la Corte. Esta voluntad se traduciría en la compra en 1580 del señorío de El Verger, población morisca de alrededor de ochenta casas cercana a Dénia, que vino a unirse a las jurisdicciones que el marquesado ya poseía sobre las poblaciones de Miraflor, Mira-rosa, Setla y Ondara.[15]15 Esta política de mejora del marquesado recibiría un impulso final con el advenimiento de don Francisco como principal ministro de Felipe III, momento a partir del cual el incipiente valido intentaría en repetidas ocasiones influir en la voluntad del rey con el fin de que éste respaldara con diferentes acciones y gestos su nueva posición en el seno la Corte. Este intento de reconocimiento personal pasaba por lograr que el rey realizara diferentes gestos políticos que enaltecieran la preponderancia del valido en una estrategia que, a la postre, tendría importantes repercusiones sobre el marquesado.

La mayoría de las noticias que actualmente se conservan sobre el mecenazgo que el duque de Lerma ejerció sobre el marquesado de Dénia antes de la expulsión de los moriscos fueron recopiladas por Marc Antoni Palau en un manuscrito titulado Diana desenterrada (s. XVII). En este importante documento se recoge la idea de cómo el flamante valido siempre tuvo en gran afecto a la villa de Dénia, donde había habitado antes de iniciar su fulgurante carrera política, y donde había nacido don Cristóbal de Sandoval, futuro duque de Uceda. Según el cronista, la relación de Lerma con su señorío siempre había sido provechosa y sin grandes desavenencias, lo que se traduciría en beneficios inmediatos para la villa una vez don Francisco se afianzó como ministro real. De esta forma, una de sus primeras medidas tras situarse al lado del monarca fue la cesión de todas las rentas del marquesado de Dénia a los jurados de la villa, para que éstos se encargasen del cobro de los impuestos y que, con el dinero resultante, se cancelaran los diferentes censos y deudas cargados por sus vasallos en años anteriores. Gracias a esta medida, y siempre siguiendo el relato de Palau, la villa consiguió en poco tiempo eliminar una deuda que rondaba los treinta y siete mil ducados, además de ser satisfechas importantes sumas cedidas al municipio y su señor por diferentes particulares. Esta medida debió de tener, necesariamente, una importante repercusión sobre la economía de los vasallos del Duque, que vieron como las cargas económicas que soportaban se redujeron con el pago de las antiguas deudas. En esta época además, el duque se encargaría de costear el rescate de todos sus vasallos cautivos en Berbería, práctica que se uniría a otras como la condonación de las deudas personales que con él tenían algunos de sus vasallos, la cesión de mayores cantidades de trigo para asegurar la sementera de cada año y el reparto de importantes limosnas para aliviar la situación de los pobres de Dénia y Xàbia.

Esta política tendente a favorecer y privilegiar económicamente a la vieja cabeza de sus posesiones ejerció sin duda un papel clave en el aumento de la población de la villa, ya que por aquel entonces el marquesado debía de representar un auténtico polo de atracción de nuevos pobladores deseosos de beneficiarse de las ventajosas condiciones de los vasallos valencianos del nuevo valido. A este crecimiento demográfico y urbano también habría de contribuir el duque con la fundación de dos nuevos conventos, a saber, uno de recoletos de San Francisco y otro de monjas agustinas descalzas. Junto con estas dos obras pías, el duque también se ocuparía de acrecentar las rentas de la iglesia parroquial. Pero al parecer la mayor inversión de fondos para la construcción se daría en la reforma y ampliación del palacio de la villa y las fortificaciones del castillo, obra ésta última en la que se decía que había gastado cincuenta mil ducados.[16] Según otras referencias, en esta época también se realizarían obras de mejora en el puerto.[17]

La política adoptada por el valido en el marquesado de Dénia parecía evidente. Por medio de las mejoras en las condiciones de vida del marquesado, don Francisco conseguía proyectar sobre sí mismo no tanto la idea del buen señor que compartía sin ambages su nueva fortuna con sus vasallos, como sobre todo la expresión de un nuevo poder económico y político, adquirido gracias a la estrecha relación que ahora le unía al nuevo monarca. Pero las ansias de reconocimiento de Lerma, que resumían las de toda una familia –los Sandovales– apartada de la primera línea de la política durante más de un siglo, iban mucho más allá. Decidido a utilizar la propia figura del rey como catalizador de su nueva condición, el Duque conseguiría que el monarca visitara hasta en tres ocasiones la villa de Dénia en el corto espacio de seis años, algo totalmente inusitado y que sin duda era una manifestación extraordinaria del enorme ascendiente que ejercía sobre el joven Felipe III.

La primera visita del rey a la villa de Dénia tendría lugar en febrero de 1599, con ocasión de la celebración en Valencia de las bodas entre éste y Margarita de Austria, y de la infanta Isabel Clara Eugenia con el archiduque Alberto de Austria. El cronista del rey, Luis Cabrera de Córdoba, recogió de la siguiente forma los festejos y agasajos que se hicieron a Felipe III en la villa con aquel motivo:

Y en tres pasó a Denia (desde Játiva), que fue a los 11, donde le festejaron mucho entrándole una legua en la mar, para lo cual había hecho venir los bajeles de Alicante y de aquella costa, que divididos en dos escuadras, hicieron una batalla naval disparando mucha artillería. Hecho esto sacaron a Su Majestad y a la señora infanta a tierra, donde se les dio una grande merienda, y el domingo a los 14, se les hizo un torneo por los caballeros de Valencia, el cual mantuvo el vizconde de Chelva. Con esta ocasión se ha dicho que Su Majestad incorporará a Dénia y aquel puerto en la Corona Real, y que dará al Marqués en recompensa a Arévalo o a Tordesillas con título de duque.[18]

Como puede observarse, don Francisco de Sandoval invirtió una gran cantidad de dinero en organizar justas y simulaciones para el rey, su hermana, y la primera plana de la Corte y la nobleza castellana que les acompañaban. El aspecto que ofreció la villa fue sin duda magnífico, a lo que por añadidura debió también favorecer el hecho de que Dénia se encontrara en aquellos momentos en una importante fase de expansión urbana. Las opiniones vertidas por el rey sobre su posible incorporación a la Corona pueden ser vistas como un reflejo del nuevo esplendor de la villa, pero sobre todo como una forma de adulación implícita a la figura de don Francisco. Sea como fuere Felipe III aún tendría tiempo para acabar de formarse una opinión de la villa, ya que el Duque todavía conseguiría que en aquel mismo año el rey visitara por segunda vez la villa a la vuelta de la celebración de Cortes en Barcelona. En teoría a causa del riesgo de epidemias si se tomaba el camino de Zaragoza, pero visto por las mayoría de los estudiosos como un nuevo gesto del poder político del valido, el Rey optó por volver a Madrid atravesando de nuevo el Reino de Valencia. Embarcados así en las galeras, los monarcas hicieron escala en Valencia y luego:

Fueron a Denia a ver cierta pesca de atunes que estaba aparejada, la cual se hizo el domingo en Jábea, lugar del Marqués donde están las almadravas a una legua de Denia. Pero sucedió que aquel mismo día hizo excesivo calor, y como el sol reverberaba en el agua hizo daño a Su Majestad, y así volvió a Denia con calentura; al cual subieron en silla a la fortaleza donde se han aposentado, porque el sitio es enriscado, y si no es de aquella manera no se puede subir a ella.

Aquejado de cierta debilidad, el rey decidió permanecer en Dénia hasta que el calor de agosto desapareciese y se atenuasen las temperaturas, despidiendo a la mayoría de sus criados y acompañantes, que pasaron a alojarse en su mayoría en Valencia. Durante el tiempo que pasó en Dénia, Felipe III tuvo ocasión de recibir una embajada del Reino de Aragón, pero sobre todo de pasar por los rigores de lo que no dejaba de ser una villa costera muy falta del confort que ofrecían las grandes ciudades. Según señalaba el cronista Cabrera:

Todos escriben de Denia quejándose de la descomodidad con que allí lo pasan de todas las cosas; pero la afición que el Rey tiene al Marqués debe de suplirlo todo.[19]

Felipe III no permanecería en Dénia más de lo necesario pero, en todo caso, don Francisco había conseguido prolongar la estancia del monarca en la localidad pese a las quejas de los nobles que le acompañaban, lo cual suponía un gran triunfo tanto personal como para la propia villa, señalada con aquella estancia. Después de aquella ocasión la villa debería esperar hasta enero de 1604 para recibir la última de las visitas del rey, el cual se había desplazado de nuevo a Valencia por influencia del duque para presidir unas nuevas Cortes:

Entretanto que se entablaban y disponían los negocios de las Cortes en Valencia, quiso ir su Majestad a Denia para entretenerse algunos días (...) Llegó Su Majestad a Denia, donde le recibieron con mucha salva de la artillería que había en la fortaleza y cierta pieza mató a dos artilleros. Vio Su Majestad un pasadizo que el Duque había mandado hacer muy largo, para bajar cubierto desde la fortaleza hasta la costa de la mar.[20]

En esta última visita Felipe III asistiría a la fundación del convento de las agustinas descalzas, acto que se unió a otros festejos con motivo de la llegada de las galeras del conde de Niebla.[21] Con todo se puede decir que a principios del siglo XVII la villa de Dénia se había configurado como uno de los enclaves de mayor importancia geopolítica del Reino de Valencia, merced a la importancia de su puerto, al aumento progresivo de sus habitantes y el espacio urbano, y sobre todo por la creciente preponderancia política del marqués don Francisco. En el ideario del nuevo duque de Lerma había para Dénia un papel principal dentro de una bien delimitada política de encumbramiento personal, que pasaba por el reconocimiento de su persona a través de los gestos y privilegios con que Felipe III pudiera obsequiar a la villa. Las tres visitas del rey entre 1599 y 1604 eran buena prueba de ello, pero aunque el rey ya no retornara en lo sucesivo a Dénia, el duque de Lerma continuaría ocupándose a lo largo de toda su vida de incluir a la villa en todos aquellos proyectos de importancia que de alguna manera afectaban al Reino de Valencia. De esta forma y tras la última visita del rey, Dénia atravesaría cinco años sin volver a ser protagonista de las crónicas de la época ni escenario de los versos de Lope de Vega,[22] pero no por ello había sido olvidada por el duque. En 1609 el valido albergaba el deseo de situar a Dénia en la primera línea de los nuevos proyectos de la Corona, aunque lejos de lo que pudiera parecer, el futuro de esta aspiración no se gestaba en la villa valenciana, sino en los campos de batalla de Flandes.

1.2 La elección de Dénia como puerto de embarque

La renovada vitalidad de la villa de Dénia se debía a diversos factores, siendo uno de los principales la primacía de su puerto. Considerado uno de los más seguros de todo el Reino, no estaba demasiado bien situado geográficamente según los parámetros generales de ordenación de la organización naval peninsular de la Corona,[23] pero esta carencia la suplía desempeñando un importante papel vertebrador dentro del propio territorio valenciano. Eje natural de los puertos de Vinaròs, Valencia y Alicante, y enclave peninsular más cercano al reino insular de Mallorca, Dénia ofrecía una preciada seguridad a las naves que atracaban en su dársena, y que muchas veces otros puertos como el propio de Valencia no podían suministrar.[24]

El secreto de esta especial condición no es fácilmente apreciable si atendemos a las representaciones del puerto que se conservan para este período. El Archivo General de Simancas conserva en su sección de mapas, planos y dibujos una representación de la villa y arrabal de Dénia en 1575, donde se reconoce el esbozo de un muelle de madera similar al que por aquellas mismas fechas había en el Grao de Valencia y que como aquel, no parece que pudiera ofrecer grandes garantías en caso de temporal o mal tiempo.[25] Algo muy similar ocurre si observamos la representación de la expulsión de los moriscos a través de este puerto pintada por Vicent Mestre en 1613. En ella se identifican los diferentes recintos amurallados de la villa, pero en este caso ni tan siquiera se representa el antiguo muelle, dando así la impresión de que las embarcaciones no contaban con un amarre seguro.[26] Pero lo cierto es que ninguna de estas dos representaciones contemporáneas al período que estudiamos recogió realmente el lugar donde se ubicaba el puerto de Dénia, sobre el límite sur del antiguo fortín que se revela en primer término en la pintura de Vicent Mestre. Este mismo problema ocurre con el dibujo que realizara en 1693 Francisco Casaus con motivo de la elaboración de un plano general del reino, donde la ciudad de Dénia se representaba de manera idealizada con un esquema de la dársena interior del puerto a sus pies. Lo cierto es que tal y como señala Josep Ivars, habría que esperar hasta el siglo XIX para que en un plano de Dénia recogiera la ubicación exacta de la dársena del puerto, según el estudio de 1811 confeccionado por Laborde y Moulinier.[27] Por fortuna, en 1611 el cronista Escolano sí que ocuparía unas líneas en señalar las especiales condiciones de este fondeadero, en la mejor descripción que sobre él se conserva para este período concreto:

Su puerto, donde surgen los navíos con tanta siguridad de tormenta y enemigos. Es verdad que tiene un grande secreto su entrada, porque se toma por una canal rodeada de secos; y assí está como cerrado con llave de noche y de día y no se puede embocar por ella, que no se ponga la mira en una torre del muro viejo, que responde a cierta peña vermeja que se descubre sobre la hermita que llaman de Santa Paula. Y por tanto necessita de piloto plático y bien mirado para no correr riesgo el navío y abrirse en los secos. Surgido una vez dentro es puerto muy seguro, porque quando el agua de la tormenta corre azia tierra, no puede dar la buelta por la canal, y assí toma los navíos por proa y las xarcias no reciben pesadumbre alguna.[28]

Protegidas de los vientos y las mareas, eran muchas las embarcaciones que utilizaban la dársena de Dénia como etapa final antes de arribar a Valencia –sobre todo en las estaciones frías–. Del igual modo no era inusual que ante el miedo a sufrir algún percance en el Grao de Valencia, muchos patrones se decidieran a desembarcar en Dénia su carga para que luego fuera trasladada hasta la capital. Este papel de antepuerto de la capital dotaría a Dénia de una importancia comercial clave para el abastecimiento de la ciudad y para el desarrollo de los intercambios dentro del territorio valenciano, al tiempo que la villa se enriquecía gracias a los ingresos derivados de este tráfico marítimo y del desarrollo de las industrias navales. Por estos motivos no es de extrañar que si atendemos a los recuentos elaborados por Emilia Salvador a partir de la series de Peajes de Mar del puerto de Valencia para el siglo XVI, nos encontremos con que Dénia estaba a la cabeza en cuanto a puerto de origen de una parte muy significativa del total de embarcaciones que atracaban en el Grao. De esta forma, de un total de 16.444 atraques contabilizados, 1.476 provenían de Dénia, lo cual supone casi un once por ciento del total de embarcaciones. Si aparte consideramos que se computaron del orden de trescientos puertos de origen, la importancia de Dénia cobra todo su significado. Pero además de seguridad, la dársena del puerto también ofrecía calado. Como señala Emilia Salvador, dentro del territorio valenciano casi todos los galeones o galeoncetes que arribaban a Valencia lo hacían desde los puertos de Dénia o Alicante, lo que evidencia la adaptación de este puerto a los nuevos modelos de embarcación de alto bordo, de mayor tonelaje y que en el siglo XVI conocerán una gran proliferación por motivaciones tanto militares como comerciales.

Este papel vertebrador también favorecería la estimulación de las exportaciones de la región. Pasas, almendras, higos, aceite, algarrobas leña y algo de pesca –recordemos que Dénia contaba con unas almadrabas de cierta importancia–, serían los principales productos embarcados desde la marina al puerto de Valencia –junto con piezas de artillería y ciertos aparejos y recambios navales–, aunque en el último decenio del XVI cobraría una creciente relevancia la exportación de trigo, ya que la crisis de producción de este cereal en el Mediterráneo fomentó el aumento de las importaciones desde el norte de Europa, que tendrían en el puerto de Dénia un impacto considerable.[29] La franquicia concedida ya por Jaime I a los habitantes de la villa, y la artillería de la cercana fortificación del marqués, acababan de perfilar algunas otras ventajas que hicieron de este puerto uno de los principales motores económicos del marquesado de Dénia y de la región circundante.[30]

Así pues no es de extrañar que el duque de Lerma no encontrara mayores dificultades para designar el puerto de Dénia como uno de los ejes fundamentales de la expulsión de los moriscos, aunque por desgracia hasta el momento no se han encontrado los documentos e informes que ayudaron a facilitar esta designación desde el punto de vista oficial. Como ya hemos señalado, gran parte de los preparativos de la expulsión fueron llevados a cabo en secreto, y la mayoría de este tipo de decisiones fueron tomadas en reuniones privadas de las que no se conservan noticias ni mucho menos actas. En todo caso parece fuera de toda duda que, desde el mismo momento en que fue aprobada la expulsión, nadie debió dudar que Dénia no podía dejar de ser uno de los puertos de embarque. El control del duque de Lerma sobre toda la operación ya era una garantía notable, a la que habría que sumar la buena disposición de Felipe III a conceder este extremo. Pero por encima de todo, y si consideramos las limitaciones estructurales del Reino de Valencia en cuanto a la existencia de fondeaderos seguros, la elección del puerto de Dénia era más una necesidad realista que un imperativo político. No debemos olvidar que la función de las escuadras de galeras y galeones no era sólo el transporte y desembarco de tropas, sino más concretamente servir como pasaje de los moriscos hasta el norte de África. De esta manera la permanencia de las escuadras en las costas valencianas habría de prolongarse durante meses, y ello significaba la necesidad de encontrar puertos seguros que pudieran albergar a un número bastante amplio de embarcaciones.

Pero de acuerdo con esta premisa la elección no se presentaba sencilla. La realidad de la distribución geográfica de la población morisca, y la racionalización de los puertos de embarque según condiciones de proximidad, fueron sin duda los elementos que primaron en los primeros estudios que se realizaron, aunque los informes acerca del estado de aquellos amarres pronto debieron reducir considerablemente las opciones. Esto no quiere decir que el Reino de Valencia no contara con muchos y diversos fondeaderos. Si observamos los datos publicados por Emilia Salvador, en el comercio con la ciudad de Valencia participaban alrededor de sesenta enclaves costeros dentro del propio territorio valenciano. Esta cifra es sin duda muy alta, pero si computamos sólo aquellos puertos que tenían un tráfico más intenso con la capital –y damos por buena la consideración que este mayor tráfico se debía a unas mejores condiciones portuarias–, la lista se reduce a una docena de puertos. Aparte del puerto de Valencia, tenían pues cierta relevancia los fondeaderos de Vinaròs, Benicarló, Peníscola, Castellón, Cullera, Gandia, Oliva, Dénia, Xàbia, Calp, La Vila Joiosa y Alicante.

En el norte Vinaròs era un puerto que ofrecía ciertas garantías para los amarres, e incluso contaba con unas pequeñas atarazanas que habían llegado a construir un galeón para la Jornada de Inglaterra. En cambio los cercanos puertos de Benicarló, Peníscola y Castellón no podían ofrecer la seguridad necesaria en caso de mal tiempo, aunque se beneficiaban, como otros muchos puertos, de ciertas exenciones fiscales que estimulaban su tráfico comercial. Al sur de Valencia, Cullera junto con Dénia cumplía la función ya mencionada de antepuerto de la capital, su rada era segura y contaba con las defensas apropiadas ante un posible ataque. Por el contrario los puertos de Gandia y Oliva, que habían tenido un desarrollo relativo gracias al comercio llevado a cabo por los mudéjares, habían entrado en franco retroceso tras las Germanías y la prohibición de comercio marítimo impuesto a los moriscos. Por su parte Xàbia cumplía la mayoría de las veces funciones de apoyo al puerto de Dénia, Calp era un pequeño enclave dedicado a la exportación de sal, y LaVila Joiosa sólo había adquirido cierta presencia a finales del siglo XVI debido al comercio interior del trigo. De esta forma y al sur de Dénia, el puerto de Alicante era el único que contaba con las infraestructuras necesarias para albergar con garantías a un número relativamente extenso de embarcaciones.[31]

Por todas estas razones, las opciones de aquellos que habían de decidir y delimitar los ejes de la expulsión se redujeron hasta tal punto que prácticamente se hicieron innecesarias las discusiones. De esta forma se decidió que ningún puerto al norte de Valencia fuera usado para el atraque de las galeras, y que los moriscos más septentrionales tuvieran que desplazarse hasta Vinaròs y esperar allí a que las galeras –que tendrían su base al sur de Tarragona, en el puerto de Els Alfacs– descendieran para realizar los embarques. En el sur no surgieron tantas complicaciones, y de esta forma el puerto de Alicante fue el elegido para encargarse del embarque de las aljamas meridionales. En cuanto a la zona centro del reino, la más densamente poblada por los moriscos, tendría a Dénia como único puerto de embarque. La elección de estos enclaves se basó en la división en tres distritos de toda la población morisca, pero aún así subyacen dudas acerca de la exclusión de puertos que podrían haber cumplido una función importante durante la expulsión, como es el caso de Cullera. La eliminación del fondeadero de Valencia parece mucho más coherente por los problemas de seguridad tanto de sus amarres como de la propia ciudad, pero Cullera representa un caso algo más complicado. En este sentido, los motivos más razonables que explican este descarte son el mayor peso político de Dénia, las precauciones de no dividir las escuadras en demasiadas agrupaciones –algo que hubiera restado efectividad– y el intento de separar lo más posible cada uno de los puertos de embarque para evitar confusiones y simplificar los tránsitos. En todo caso lo que esta división evidenciaba era el enorme peso que se iba a otorgar a Dénia durante la expulsión, ya que por sus situación geográfica este puerto sería el encargado de recibir y embarcar a un mayor número de moriscos que el resto.

1.3 El distrito morisco de Dénia

La delimitación de los diferentes partidos en que fue dividida la población morisca valenciana con motivo de la expulsión no es una tarea sencilla. El silencio de las fuentes nos impide conocer el trazado básico de esta distribución, pero aún así es posible concretar una idea aproximada de esta realidad a través de las poblaciones que aparecen recogidas en las posteriores listas de embarque. Estas relaciones por el contrario pueden inducir a error, ya que el propio proceso de expulsión desdibujó sin duda los planteamientos iniciales.

En líneas generales se puede señalar que el partido morisco de Dénia tenía su núcleo principal en torno a las actuales comarcas de La Safor, La Marina Alta, El Comtat y parte de La Costera y La Ribera Alta. Bajo esta demarcación inicial –que se basaba en un principio de proximidad a la costa–, se recogía el principal segmento de población morisca valenciana. Tras los muros cristianos de las poblaciones de la costa comprendida entre Gandia y Callosa –esta ya en la Marina Baixa–, se abría toda una región ocupada mayoritariamente por los moriscos, formada en su gran extensión por pequeños valles irrigados y rodeada de pronunciadas montañas que servían a éstos de defensa y refugio. Este territorio estaba controlado por algunas de las familias más importantes de la nobleza valenciana, aunque también menudeaba una gran cantidad de pequeños señoríos propiedad de la nobleza media. En el extremo septentrional de esta región se enclavaba el primer núcleo importante de poblaciones moriscas, reunidas en torno al monasterio de Santa María de la Valldigna. Esta comunidad representaba la orden religiosa que mayor número de señoríos moriscos poseía en el Reino de Valencia, situados todos ellos en la profunda Vall d’Alfandech. Pero aunque los frailes bernardos de la Valldigna fueran los mayores señores de moriscos de entre todas las órdenes regulares, no lo eran en el conjunto de La Safor. A poca distancia hacia el sur desde la Vall d’Alfandech se descubrían Xeresa y Xeraco, los primeros señoríos del duque de Gandia en la antesala de la huerta del mismo nombre. En ella la familia Borja tenía sus rentas más importantes, al igual que la influyente familia catalana de los Moncada. Junto a Gandia se abrían hacia el sur algunas de las pocas poblaciones moriscas que todavía permanecían junto a la costa, pero era en el interior, en el condado de Oliva –propiedad también del duque de Gandia–, donde esta presencia volvía a ser significativa, en una progresión que continuaba a lo largo del valle y condado de Vilallonga. Cercanos a este último enclave, la Vall de Gallinera y la Vall d’Ebo marcaban el inicio de una región montañosa densamente poblada por moriscos, que se extendían hacia la Vall d’Alcalà. Entre esta región del interior y el propio marquesado de Dénia, todas las poblaciones eran moriscas con la sola excepción de las villas de Pego y Murla. Se llegaba así a los dominios del duque de Lerma, cuya jurisdicción no sólo se limitaba a los moriscos de El Verger, sino también hacía el norte –las poblaciones costeras de Miraflor, Setla y Mira-rosa– y al sur –Ondara o Gata–.

Los Cardona poseían imporantes valles, poblados íntegramente por moriscos, al norte de la Vall de Guadalest, ya dentro de El Comtat. Colindante con la villa de Confrides, la Vall de Seta contaba con casi una docena de poblaciones moriscas, junto con la Vall de Travadell. Dentro de esta región y también en el distrito asignado para la embarcación de los moriscos por Dénia, se encontrarían otros dos valles, esto es, los de Perputxent y Planes, además de las poblaciones del condado de Cocentaina y el distrito de Penàguila, aunque en estos dos últimos casos es difícil conocer con exactitud qué lugares recaían en el partido de Dénia y cuáles en el de Alicante. Fuera de estas cuatro comarcas, existían otras grandes agrupaciones de población situadas en el interior del reino que, aunque más alejadas, también se incluían en el distrito asignado a Dénia. De este modo, dentro de los límites de la Vall d’Albaida fueron comprendidas las aldeas moriscas de la Foia de Salem y, al menos, Castelló de Rugat. Pero sin duda el mayor núcleo morisco fuera de estas cuatro comarcas iniciales era el formado por las poblaciones en torno al hinterland de Xàtiva, donde se sucedían una gran cantidad de pequeños señoríos muy fragmentados y con diversos propietarios. Algo más alejada pero todavía dentro de los límites de la Ribera de Júcar, al menos se situarían también dentro del distrito las poblaciones de Sumacàrcer, Catadau, Llombai, Llaurí y Torís.

El volumen de desplazados que debía soportar la infraestructura del puerto de Dénia, de acuerdo con este reparto, era superior al de Vinaròs y Alicante. De las aproximadamente veinte mil casas moriscas que el virrey de Valencia calculaba para la zona de poniente, Dénia tendría en un principio encomendadas algo más de once mil. Si a estas cifras sumamos el número de casas situadas en la mitad norte del reino de las que se sabe con seguridad que tenían asignado el puerto de Dénia, la cifra rondaría las doce mil casas.

Si contamos con que el número total de fuegos moriscos contabilizados por el virrey rayaba los treinta y dos mil,[32] nos encontramos así con que Dénia tenía asignada para el embarque más de un tercio de la población morisca, esto es, una cifra situada entre las cincuenta y las sesenta mil almas. Este dato concuerda bastante bien con las referencias aportadas por el comisario de embarque Sedeño, quien al finalizar la expulsión señalaba que en un principio se le había encargado el embarque de poco más de cincuenta y cuatro mil personas repartidas en once mil casas.[33] De este modo cuando Agustín Mexía y el marqués de Villafranca salieron de Segovia rumbo a Valencia, tenían perfectamente delimitadas las principales líneas de actuación que se debían llevar a cabo en Dénia antes y durante la expulsión de los moriscos. La exclusión teórica del Grao de Valencia otorgaba a esta villa un carácter central no sólo desde el punto de vista geográfico, sino también en cuanto a volumen de embarques y atraque de las escuadras. Por esta razón Dénia adquiriría un papel protagonista desde prácticamente la llegada de estos personajes al Reino de Valencia, momento especialmente complicado a causa de la extensión de los rumores y los intentos de resistencia por parte de la nobleza valenciana.

2. LA JUNTA DE VALENCIA Y LA FINALIZACIÓN DE LOS PREPARATIVOS EN DÉNIA

Entre finales del mes de agosto y mediados de septiembre Valencia fue el escenario de la fase final del proceso de organización de la expulsión. La Junta de Valencia, pequeño órgano gestor integrado por el virrey de Valencia, el arzobispo Ribera y Agustín Mexía, sería ahora la encargada de trasladar sobre el terreno aquellas decisiones que habían sido adoptadas en el plano teórico en la Corte. En su mano estaba decidir el momento de dar comienzo al proceso, pero antes debían solucionarse algunos problemas todavía por clarificar. Tomar una decisión definitiva acerca del destino de los niños moriscos, y conseguir la coordinación de todas las fuerzas que estaban en proceso de despliegue, se demostrarían como las mayores dificultades en un momento en que la tensión en todo el reino iba en aumento. Los rumores cada vez más insistentes sobre el destino inminente de los moriscos, y el intento de respuesta por parte de la nobleza valenciana, añadirían si cabe más dificultades a esta fase del proceso.

2.1 La llegada de los mandos y el inicio de las reuniones

Con la aparición de don Agustín Mexía en Valencia dieron inicio las deliberaciones de la denominada Junta de Valencia. Este órgano debía ser el encargado de gestionar los últimos preparativos, distribuir las cartas de aviso a los diferentes estamentos del reino y fijar el día preciso para el comienzo de la expulsión. Pero esta junta pronto se vería comprometida por las disensiones internas a causa del problema de los niños moriscos, la falta de noticias sobre las escuadras y la descoordinación de los despachos con el marqués de Villafranca. El secretismo con que se intentaba llevar a cabo estas tareas no era el mejor aliado de la efectividad, pero pese a todo la junta pudo dar por finalizados todos los preparativos a mediados del mes de septiembre.

El jueves 20 de agosto don Agustín Mexía, investido como maestre de campo general de los ejércitos de España, hizo su entrada en la ciudad de Valencia para proceder oficialmente a la inspección de las fortificaciones del reino. Al día siguiente fue recibido por el virrey de Valencia, a quien entregó las instrucciones firmadas por Felipe III el 4 de aquel mes. Puesto así sobre aviso de las verdaderas razones de la presencia de Mexía en Valencia, y de la voluntad del rey en cuanto a la creación de una junta en la ciudad para dirimir las últimas cuestiones relacionadas con la expulsión, el marqués de Caracena dirigió con rapidez un correo para el arzobispo Ribera. En él se le remitían las cartas selladas del rey, y acompañaba una nota en la que se le pedía que se reuniera con ellos aquel mismo día en palacio para iniciar las conversaciones. Pero el prudente arzobispo declinó la invitación. Que el mismo día en que el virrey recibía en audiencia a tal alto cargo militar fuera llamado también con toda urgencia el arzobispo para proceder a una reunión secreta, era más de lo que la opinión pública de la ciudad de Valencia podía soportar en un mismo día, así que Ribera avisó que esperaría un tiempo antes de reunirse con ellos para evitar sospechas, actitud que secundó el propio don Agustín. De esta forma la reunión fue aplazada hasta el 22 de agosto, fecha en la que por fin y con mucha discreción se reunió por primera vez la Junta de Valencia. Sus tres miembros ya habían quedado perfectamente informados de la voluntad real, así que comenzaron rápidamente a debatir sobre los primeros problemas que habían comenzado a surgir tras la llegada de Mexía y el rumor del avance del marqués de Villafranca sobre Dénia para reunirse con sus galeras.[34] La fortificación de Espadán, los primeros movimientos del brazo militar para enviar una embajada al rey, y los informes de diferentes párrocos que avisaban de la inquietud creciente que comenzaba a producirse en todas las aljamas del reino, serían los temas centrales de esta primera reunión, cuyo resultado vino a evidenciar la necesidad de tener a punto cuanto antes todos los preparativos.[35] La segunda sesión de la Junta de Valencia se celebraría tan solo cuatro días después de la primera –el 26 de agosto–, aunque en esa ocación tendría como eje principal otro de los grandes poblemas que planteaba la expulsión, esto es, la forma y extensión del destierro de los niños moriscos.[36] La posición del patriarca Ribera en estos instantes sería por momentos obstruccionista,[37] aunque desde la Corte se llamaría a la calma y al consenso entre todos los miembros de la junta, lo que no evitaría la prolongación de las disensiones internas.[38]

La Junta de Valencia no volvería a reunirse en bastantes días, aunque este hecho no se derivó de las diferencias entre sus miembros. La noticia de la llegada del marqués de Villafranca a Dénia durante los últimos días de agosto se había difundido rápidamente por la capital, y Agustín Mexía había decidido desplazarse de manera inmediata hasta la villa para celebrar una reunión con don Pedro.[39] La rapidez con que Mexía había querido viajar hasta Dénia tenía una motivación evidente. Desde hacía más de una semana el maestre de campo debatía en Valencia sobre cuestiones de índole moral y de política interna, mientras todavía no se tenía una sola noticia de las tropas que debía comandar. Por esta razón no es extraño que Mexía quisiera reunirse cuanto antes con el marqués de Villafranca, con la esperanza de que en Dénia hubieran llegado avisos sobre las fuerzas navales y los tercios que se embarcaban en ellas. Pero la reunión fue decepcionante. El marqués no sabía nada nuevo aparte un único aviso de la llegada de las escuadras a Mallorca, así que poco había que debatir. De esta forma Mexía dejó encargado a Villafranca que se diera toda la prisa posible en el despliegue naval en cuanto tuviera la ocasión, y volvió a Valencia.[40]

De esta forma una tercera reunión de la junta, ya sin Ribera, fue celebrada durante la noche del 6 de septiembre. En ella se trató de la falta de noticias de Dénia –desde donde Villafranca había interrumpido el correo a la espera de las escuadras–, al tiempo que se pactó escribir a la Corte que para todas las cuestiones relacionadas con los niños se dirigieran directamente a Ribera, quien acabaría por recibir las bendiciones del rey para decidir sobre la edad a la que los niños moriscos debían ser expulsados.[41] Mientras tanto, Mexía y Caracena enviaron a la Corte un primer borrador del bando de expulsión. De manera paralela a este envío, Felipe III remitió con fecha de 11 de septiembre las esperadas misivas que debían copiarse y distribuirse entre los grandes titulados, los señores de vasallos moriscos y las ciudades y villas del Reino. En ellas se consignaban las líneas maestras de la justificación orquestada desde el Consejo de Estado, y se pedía a todos la máxima colaboración para respetar las haciendas y las vidas de los moriscos durante la expulsión.[42] Una segunda misiva avisaría a los obispos de Tortosa, Segorbe, Valencia y Orihuela para pedirles que aleccionaran a todos los párrocos de las diferentes diócesis para que predicaran la paz y el respeto hacia los moriscos y sus posesiones.[43]

Agustín Mexía acusó el recibo de estas cartas tan sólo cuatro días después de ser expedidas, esto es, el 15 de septiembre. La llegada de este envío era el último trámite que debía gestionarse desde la Corte, así que la Junta de Valencia tenía a partir de ese momento la potestad de decidir en qué momento se debían distribuir las cartas y publicarse el edicto de expulsión. De forma inmediata, Mexía escribió al marqués de Villafranca para que procediera al despliegue naval,[44] pero el problema residía en que la Junta no tenía una idea clara de dónde se encontraba el marqués. Por esta razón y sólo un día después era el marqués de Caracena quien enviada duplicados de estas mismas órdenes por mar y por tierra a Ibiza, Els Alfacs y Dénia con el fin de asegurarse de que Villafranca recibía el mensaje. La esperanza de Mexía y Caracena era que durante la noche del día 17 todas las escuadras llegaran sobre la costa valenciana.[45]

Pero lo cierto es que la descoordinación derivada del secreto y cautela con la que se intentaban cursar todas estas órdenes restaba mucha eficacia a las decisiones de la junta. Pese a todas las precauciones, a mediados de septiembre la expulsión de los moriscos ya era un secreto a voces en todo el reino, así que Agustín Mexía y el marqués de Caracena no tenían intención de prolongar la espera más de lo necesario. Cada día que pasaba sin conocerse la noticia de la llegada de las escuadras a la costa, las posibilidades de que se organizara la resistencia de los señores o de los propios moriscos se convertían en una probabilidad más preocupante para la junta y, sobre todo, para el marqués de Caracena. De acuerdo con las instrucciones de Felipe III, era el virrey quien debía encargarse de mantener estable el orden social y político a nivel interno, y esta era una tarea que se había vuelto cada vez más dificil. Con las alteraciones sociales en aumento y la nobleza valenciana crispada, pero en gran medida controlada por la propia celeridad con que se quemaban las etapas, la Junta de Valencia puso entonces sus ojos en Dénia. El marqués de Villafranca permanecía en esta villa a la espera de ser recogido por las galeras, paso previo indispensable para proceder al reparto de las escuadras. El retraso en el cumplimiento de estas órdenes no provocaría por el contrario demoras preocupantes, pero sí un gran clima de nerviosismo entre los responsables de la expulsión. Dénia volvería a convertirse así en el centro de todas las atenciones.

2.2 Reunión y despliegue de las escuadras

La distribución de las fuerzas navales acabó por convertirse en el gran problema de organización de las semanas anteriores al inicio de la expulsión. La falta de coordinación entre los mandos fue una constante, y reveló no tanto la escasez de entendimiento como la gravosa supeditación de la practicidad al secretismo. La carencia de noticias sobre los movimientos de las escuadras acabaría por preocupar a la Junta de Valencia, que no podía pasar a la última fase de la operación sin conocer con exactitud la derrota y posición de las fuerzas navales. La prolongada espera del marqués de Villafranca en Dénia a principios del mes de septiembre, y el posterior retraso de las galeras de Nápoles en ocupar el puerto de esta misma villa, marcarían en gran medida el tempo de las operaciones en este período.

El marqués de Villafranca, que había salido de la Corte a mediados de agosto, llegó a la villa de Dénia el 26 de aquel mismo mes, algunos días después de que Agustín Mexía se hubiera establecido en Valencia. En su puerto esperaba encontrar a don Juan Maldonado y la escuadra de galeras de España a su vuelta de una escala en Barcelona, pero el panorama resultó ser bien distinto. Sus galeras no sólo no habían llegado, sino que nadie parecía poseer información acerca de su paradero. Con Mexía y el virrey en Valencia, el marqués se hallaba aislado en Dénia, y sin tener por el momento la capacidad de llevar a cabo la comisión para la que había sido nombrado. Pero esta situación de confusión se había producido por el mismo empeño mostrado por la Corona para mantener en secreto todos sus movimientos. Tal y como señalaba el virrey de Valencia a principios de agosto, y en cumplimiento de ciertas órdenes reales fechadas el 30 de julio, se había procedido a informar a don Joan de Vilaragut –virrey de Mallorca–, de la llegada de las escuadras italianas por medio de dos barcas que habían partido en diferentes días del Grao de Valencia.[46] Estas órdenes incluían un capítulo expreso en el que se señalaba la necesidad de mantener en secreto esta llegada, por lo que se pedía que una vez avistadas se interrumpiera todo tráfico con la Península, con el fin de que esta noticia no se filtrase demasiado pronto y que así la Junta de Valencia tuviera tiempo de maniobra. Vilaragut contestó a estas instrucciones el 15 de agosto. Después de reseñar la escala que la Armada había realizado en la isla a su vuelta de la bahía de Túnez, el virrey afirmaba que hasta el momento no se había tenido noticia de ningún avistamiento, pero que quedaba a la espera.[47] Aunque no se tienen datos concretos acerca del aviso que se tuvo en Valencia sobre este suceso, es posible que se produjera sólo un día después. El 16 de agosto el alguacil de la armada Pedro Martínez partió con despachos de Mallorca e Ibiza rumbo al Grao.[48] Entre los papeles que transportaba es muy posible que se hallara la noticia del avistamiento, pero sea como fuere, a finales de agosto se tenía en Valencia información segura sobre este acontecimiento.

Esta fue la única información de interés que Mexía pudo compartir con Villafranca en la reunión que celebraron en Dénia poco después de la llegada de este último. En ella el marqués evidenció su profunda preocupación no tanto por la falta de noticias de las escuadras italianas como por el hecho de que las galeras de España no hubieran llegado todavía a Dénia. Villafranca temía que tras su partida el rey hubiera ordenado a la escuadra un nuevo destino, lo que podía complicar enormemente el desarrollo de la operación. De esta forma Agustín Mexía, que había salido de Valencia con la esperanza de obtener nueva información de Villafranca, se encontró siendo el más entendido de los dos. Por esta razón decidió no demorar su vuelta a la capital, y convino con el marqués que en cuanto llegaran sus galeras se embarcara en ellas con derrota en Mallorca y que dejara dos galeras en Dénia que pudieran actuar como correo entre él y la junta.[49] El 2 de septiembre Villafranca expresó al rey desde Dénia su malestar por la tardanza de la escuadra. Pese a que Mexía le había tranquilizado diciéndole que hasta que no se recibieran órdenes concretas de la Corte no había necesidad de preocuparse, el marqués tenía por delante una delicada operación de distribución, desembarco y ocupación de pasos, altos y fronteras, y sabía que para ello hacía falta tiempo. En Valencia la junta ultimaba sus deliberaciones, mientras que él acumulaba ya un importante retraso.[50]

Poco tiempo después Villafranca recibió al fin una misiva del veedor de las galeras. En ella le explicaba que siguiendo órdenes precisas había salido del puerto de Barcelona rumbo a Mallorca, lo que explicaba sin duda que él se hallara en Dénia sin tener noticia alguna. Tal y como había supuesto en la reunión que había celebrado con Mexía, se había producido una cambio de planes del que no había sido informado, hecho que había dado como resultado el desconcierto general no sólo de la Junta de Valencia y del propio Villafranca, sino a buen seguro también de las escuadras que hacía días que esperaban sin información en Mallorca. El marqués no ocultó su enfado:

El día que partí de Segovia entendí que se enbiava orden a las galeras para no detenerse en Barcelona y que se viniesen aquí luego. Ha doze días que las espero y oy he tenido noticia de don Juan Maldonado la carta que va con esta, y en ella no aqusa tal orden, y devíala de tener del Consejo de Guerra para yrse ha Mallorca, y con hazerlo de más de dilatar mi embarcación y a lo que vine, desqúbrense las esquadras que allí esperan y en los puestos que an de tomar ya se pierde tiempo, y ansí estoy sangrando ya dos vezes, y quán penado es justo de ver tal desconcierto en cosa tan ymportante.

La única forma para recuperar el tiempo perdido a juicio de Villafranca era cambiar los planes iniciales. En vez de esperar la llegada de las galeras de España a Dénia, embarcarse en ellas y repartir luego las escuadras desde Mallorca, el marqués consideró más efectivo que se diera orden a todas las embarcaciones para que acudieran a reunirse con él en Dénia, y desde allí hacer el reparto. Con esta intención escribió una misiva a Valencia con el fin de obtener el respaldo de la junta,[51] aunque la respuesta a este respecto fue bastante ambigua por parte de Agustín Mexía y el marqués de Caracena:

Por el despacho que va con esta del marqués don Pedro de Toledo entenderá Vuestra Majestad la llegada de las galeras de España a Los Alfaques y la duda que se le ofreçe en quanto a sí cumplirá la orden que tiene de Vuestra Majestad de yr a recoxer las otras escuadras a Mallorca para que desde aquella isla se repartan derechamente a tomar su puesto. Esto me escrive don Pedro de Toledo que le pareçe incombeniente por la dilaçión, juzgando por más breve embiar orden para que se junten todas en Dénia, desde donde dize que podrá repartillas, y aviéndolo comunicado con don Agustín Mexía y considerado el estado que este negoçio tiene, y quánto importa al servicio de Vuestra Majestad no perder un solo punto en la ejecución de lo que está tan bien ordenado y considerado, le escrivimos a don Pedro de Toledo que atiendiendo a esto y considerándolo bien, resuelba lo que juzgare ser más bien, advirtiendo que pareçe que ganará mucho tiempo, y aunque será combeniente para otros fines el venir como queda dicho desde Mallorca las escuadras a sus puestos, a donde cada una podría llegar en un mesmo día y ora y con menos ruydo que juntándose en Dénia.

De este modo la junta daba a Villafranca la libertad para que escogiese la opción que considerase más oportuna, pero sin otorgarle un apoyo expreso. Agustín Mexía y el marqués de Caracena consideraban que lo mejor era mantener los planes iniciales, ya que la llegada de todas las escuadras a Dénia podía suponer un grave inconveniente. Con el brazo militar inquieto pero dividido, los rumores disparados, el problema de los niños en el aire y las cartas para los estamentos todavía sin llegar, la aparición y reparto de las escuadras en Dénia podía provocar que la situación se escapara del control de la junta irremisiblemente, y cuando todavía no tenía capacidad de respuesta.[52] Por esta razón el marqués de Villafranca decidió anteponer la seguridad del proceso a la rapidez en el despliegue –seguramente porque no había obtenido el apoyo que esperaba–, y se reafirmó en las instrucciones originales. El 6 de septiembre remitió así un correo para don Juan Maldonado, en el que le ordenaba el traslado de todas las escuadras a Ibiza y se renovaba la suspensión de las comunicaciones al exterior de las islas. De manera paralela, también comunicó a la junta que había ordenado a Maldonado que con algunas de las galeras se acercase a Dénia para recogerlo. Esta medida fue aprobada por Mexía, pero con condiciones. De acuerdo con lo pactado Villafranca se desplazaría a Ibiza, pero no procedería al reparto de las escuadras hasta recibir órdenes concretas de la junta. Para ello el marqués debería dejar dos galeras en Dénia, que serían utilizadas a su debido tiempo para comunicarle la orden de despliegue.[53]

La carta de Villafranca llegó a Mallorca el 9 de septiembre a bordo de un bergantín, y tan sólo un día después todas las escuadras se hallaban ya en Ibiza. Prácticamente sin detenerse, don Juan Maldonado tomó la capitana de la escuadra y otra de las galeras y siguió viaje a Dénia, a donde arribó dos días después para recoger al marqués de Villafranca.[54] El embarque fue rápido, así que para no perder más tiempo la escolta retornó esa misma noche a Ibiza:

A treze llegan delante Dénia dos galeras, y quedándose a tiro sin entrar en el puerto, dispararon una pieça de señal. Luego echaron el esquife y viniendo a tierra recibieron a don Pedro de Toledo que las estava esperando, y se fueron a Iviça donde aguardava la Armada.[55]

Antes de partir, Villafranca remitió a la Junta de Valencia el esquema definitivo de reparto de las escuadras que había diseñado mientras esperaba su embarque a Ibiza. Las galeras de Sicilia se unirían en Cartagena a la Armada, mientras que las escuadras de España y Génova pasarían a Els Alfacs. Estos movimientos no entrañaban grandes inconvenientes para la junta –que aprobó el expediente sin mayores inconvenientes–, pero el desembarco en Dénia entrañaba un problema. Hasta que no se tuvieran las cartas que se debían repartir entre los estamentos, la llegada de cualquier escuadra sobre la costa del reino era peligrosa y debía evitarse. Por esta razón la junta quería que las galeras de Nápoles esperaran en Ibiza hasta recibir orden de lo contrario, y se apresuró a remitir varios correos duplicados con la esperanza avisar al marqués antes de que se embarcara.[56] No podemos determinar si estas instrucciones llegaron a tiempo de la partida de Villafranca, pero es muy probable que sí. Llegado a Ibiza la mañana del día 13, el marqués actuó con rapidez y transmitió a todos los mandos las órdenes de despliegue, con tanta celeridad que esa misma noche don Pedro de Leiva y sus nueve galeras de Sicilia salieron al encuentro del almirante Fajardo y la Armada en Cartagena. Por su parte Villafranca ordenó el aprestó de las escuadras de España y Génova y partió a Els Alfacs al mismo tiempo, mientras que el marqués de Santa Cruz y la escuadra de Nápoles quedaron en la isla a la espera de instrucciones.[57]

Todavía sin noticias seguras sobre el despliegue naval, la junta recibió las esperadas cartas el día 11 de septiembre. Acto seguido el marqués de Caracena y Agustín Mexía enviaron despachos en diferentes direcciones para conseguir que Villafranca en Els Alfacs, y Santa Cruz en Ibiza, quedaran advertidos de que podían proceder a ocupar sus puertos de embarque. A partir de ese momento, el tempo de las operaciones dependía de ellos, ya que el virrey no distribuiría las cartas hasta saber que todas las escuadras estaban en posición.[58] Sólo dos días después de remitir estas instrucciones Agustín Mexía recibió, por medio de una de las falúas del marqués de Santa Cruz, una carta escrita por Villafranca en Ibiza. En ella se advertía de la orden de despliegue de las escuadras, y las posiciones que éstas ocuparían a la espera de un último aviso. De acuerdo con las propias consideraciones de Santa Cruz, el maestre de campo calculaba que en el plazo de unos tres días las galeras de Nápoles aparecerían frente a Dénia, así que decidió trasladarse hasta la villa en cuanto se confirmara esta noticia, para asistir desde allí a la expulsión. Esta decisión estaba revestida de una gran importancia política, ya que Agustín Mexía había dispuesto instalar en Dénia su centro de mando durante las operaciones de destierro:

Por el secreto que es menester guardar como él lo escrivirá todo a Su Majestad, ale pareçido al Virrey y a mí que ya que no puedo estar en las tres embarcaciones estaré mejor asistiendo a la de Denia, pues está en medio de las otras dos y por mar y por tierra podré tener avisso y dalle de lo que fuere menester, y ansí en sabiendo que el marqués de Santa Cruz está allí me partiré para allá si aquí no fuere menester antes para algo.[59]

Al tiempo que Mexía decidía viajar hasta Dénia, el marqués de Villafranca comenzaba a impacientarse en Els Alfacs. La ocupación del territorio hacía días que debía haberse producido, pero la orden final no parecía llegar nunca. A la espera de los comisarios de alojamiento que debían encargarse de facilitar el establecimiento de las compañías de infantería que iban a ser desembarcadas –cuya presencia ya había solicitado en Dénia antes de partir–, el marqués alertaba de que ya no había nada que esperar, pues nadie en el Reino de Valencia dudaba ya de cuál era el cometido que les había llevado allí y, según las últimas noticias, las cartas de los estamentos ya estaban en manos de la junta.[60] Estas serían las mismas quejas que transmitiría el 16 de septiembre al marqués de Caracena,[61] pero lo cierto era que el virrey tenía razones más que fundadas para no enviar todavía a los comisarios de alojamiento. Pese a que desde el día 14 se habían remitido diferentes embarcaciones para llevar al marqués de Santa Cruz las órdenes para que saliese de Ibiza y tomase el puerto de Dénia, no se tenían noticias de este desembarco. El marqués de Villafranca pese a todo, intentó relativizar la importancia de este hecho:

Vuestra Excelencia me avisa el mal cobro que se dio al despacho que se embió a Dénia [y] me ha obligado a embiar la informaciçión que va con esta. La barca que partió del Grao fácil cosa es que se aya perdido. De Denia llevava más siguridad pues partiendo de allí a medio día descubierta la costa llegara de noche a Iviza por haver menos camino, y la falúa en que yva don Fernando Bazán possible es que tuviesse por bergantín de turcos a la fragata nuestra, y si ella partió a los catorze tarde, a los diez y siete no es tardanza no saber Vuestra Excelencia en Valencia la llegada del marqués de Santa Cruz a Denia, y a él le quedó orden de tener galeras a la mar sobre la ysla por asigurar las barcas que viniessen a ella, y assí me certifico que Vuestra Excelencia havrá salido ya deste cuydado (...) Siento el tiempo que se pierde, mas que lo que no se puede de nadie es culpa, pues asta ocupar estos dos puestos de Denia y Alfaques por lo menos también juzgo que no conviene que se desembarque nada antes, mas también creo que los avisos a Yviza havrán sido muchos, pues quatro y seys duplicados son pocos.[62]

La impaciencia se fue tornando nerviosismo con el paso de los días y la falta de noticias del marqués de Santa Cruz y sus galeras. El 18 de septiembre era el marqués de Caracena quien anunciaba que, en cuanto la escuadra de Nápoles fuera avistada en Dénia, se iniciaría la expulsión sin esperar a que las fuerzas navales que aguardaban en Cartagena llegaran a Alicante. Los comisarios de alojamiento en cambio, ya no se demorarían más y, de acuerdo con aquella nueva situación, partirían de inmediato para facilitar el desembarco de la infantería de los tercios.[63] Pero Santa Cruz seguía sin aparecer. Finalmente el 19 de septiembre, cuando el virrey ya se disponía a ordenar la salida de nuevas embarcaciones en busca del marqués, las dos primeras barcas que había enviado atracaron en el Grao de Valencia con los esperados despachos de Santa Cruz. En ellos se refería la partida desde Ibiza, así que ya no existía ninguna duda de que las galeras de Nápoles se encontrarían en Dénia a esas alturas.[64] Agustín Mexía pronto despejaría las últimas dudas:

A este punto que son las seis de la tarde a llegado abiso de que las galeras de Nápoles a diez y seys deste entraron en Denia, que sólo eso se aguardaba para comenzar a poner en execuçión la horden de Vuestra Majestad, porque don Pedro de Toledo ya estaba en Los Alfaques.

Con el marqués de Santa Cruz en Dénia la expulsión podía comenzar de inmediato. Ese mismo día el virrey envió los comisarios de alojamiento, y se dieron instrucciones precisas al marqués de Villafranca para que ocupara la sierra de Espadán, ya que desde Cartagena se anunciaba que en pocos días la Armada y las galeras de Sicilia y Portugal entrarían en Alicante.[65] Las cartas para los estamentos, ciudades y villas ya estaban preparadas para ser enviadas,[66] así que era momento de avisar a los comisarios de embarque designados en cada uno de los puertos para que facilitaran el desembarco de las tropas y estuvieran aprestados para dar comienzo a la expulsión.

2.3 Don Cristóbal Sedeño

El proceso de elección de los comisarios de embarque que participaron en la expulsión de los moriscos no ha dejado rastro en la documentación. Por este motivo es complicado discernir las motivaciones exactas que jugaron a favor de don Baltasar Mercader para que finalmente fuera nombrado comisario en el puerto de Alicante, o de Jofré de Blanes y Pedro Escrivá en el caso de Vinaròs. Por el contrario, las dudas que existen en estos casos no se plantean en la designación de don Cristóbal Sedeño como comisario de embarque del puerto de Dénia. Hechura del duque de Lerma y gobernador del marquesado, su inclusión no debió de necesitar de un gran debate, ya que el valido ejercía un enorme control ya no en la designación de un cargo como aquel –que recaía en sus propios estados patrimoniales–, sino en todo el proceso de expulsión. En cualquier caso, Cristóbal Sedeño no era una persona inexperta en las nuevas funciones que pronto iba a desempeñar. Natural de la villa de Arévalo, Sedeño formaba parte de aquella pequeña y media nobleza castellana que había elegido el camino del servicio al rey como forma de promoción social. Como tantos otros había iniciado la carrera militar desde su misma base, aunque los datos que se conservan son bastante fragmentarios. Al menos desde 1585 servía como soldado aventajado de infantería, año en que sentó plaza en las galeras de España:

De quinientos y ochenta y çinco començé a servir a Su Majestad en las galeras de España de soldado aventajado, siendo general en ellas el Adelantado de Castilla, y fui el viage quando passó la señora ynfanta doña Catalina a Saboya, y ay me allé en todas las entradas que hiço en Berbería el dicho Adelantado en este año, y en el siguiente de ochenta y seis, y particularmente en la cavalgada de Benegicar y en la toma de las bocas de Alcaçarçeguer, y en la entrada que se hiço por el mesmo, puesto con caballos y infantería y en la presa de las dos naves que tomó (...) sobre Málaga con quatro galeras.

Los dos años que pasó a bordo de la galera Victoria[67] permitieron a Sedeño obtener experiencia en la lucha naval y sobre todo, en las frecuentes expediciones de castigo sobre la costa norteafricana que se llevaron a cabo durante aquellos años. Las galeras de España era además la escuadra naval más cuidada y prestigiosa de la Corona, así que ofrecer en ellas un buen servicio podía ser una buena manera de significarse dentro del escalafón militar. En cualquier caso Sedeño sería trasladado apenas dos años después de haber asentado la plaza de aventajado:

El año ochenta y siete pasé a Portugal en la compañía de don Francisco Porçel de Peralta, que fue quando sacaron los quinientos soldados de las galeras para ynbiar a Lisboa, y llegado el dicho año a Portugal me embarqué en el Galeón San Juan Almiranta de la Armada del marqués de Santa Cruz, y serví en la dicha jornada que fue la última que hiço el Marqués a la Terçera y, acabada esta jornada, volví con la armada a la çiudad de Lisboa donde asistí con la dicha mi compañía ha esta la Jornada de Ynglaterra, que fue en el año de ochenta y ocho.[68]

Cuando don Cristóbal salió de las galeras de España –a finales de 1586– para servir con la compañía de Francisco Porcel contaba tan sólo veinte años, pero ya se le podía reconocer por una imponente cicatriz en medio de la frente, obtenida seguramente en el transcurso de alguna de las campañas en las que había asistido. Después de servir fugazmente como soldado de infantería de la gente de guerra del reino de Portugal, en marzo de 1587 se embarcó de nuevo. Junto con el resto de la compañía de Porcel, sentó plaza en el galeón San Juan, uno de los que componían la armada con la que el marqués de Santa Cruz daría el último golpe a los seguidores del prior de Crato en Terceira, la postrera de las islas Azores que todavía resistía a la conquista iniciada por Felipe II.[69] Pocos meses después sería también movilizado para participar en la fallida Jornada de Inglaterra, para completar así tres años de intensa actividad. La vinculación de Sedeño a los galeones de la Armada se prolongaría durante bastantes años, pero en 1596 decidiría que había llegado el momento de obtener alguna recompensa tras más de una década de servicio. Según refería el almirante don Álvaro de Bazán en su carta de recomendación:

Don Cristóbal Sedeño, soldado de la compañía del capitán don Françisco Porcel de Peralta, a servido en las Armadas del Mar Océano desde el año de ochenta y siete en que se embarcó en Lisboa con ella, hallándose en todas las jordanas y ocasiones que en este tiempo se han ofrecido, procediendo siempre como un honrado y valiente soldado, y haviendo pedido licencia para acudir a los reales pies de Vuestra Majestad, se la e concedido y le acompaño con estos ringlones, suplicando a Vuestra Majestad se sirva de hacerle toda la honra y merced que hubiere lugar según sus servicios.[70]

De esta forma Cristóbal Sedeño pasó a engrosar la tropa de soldados sin ocupación que llegaban a la Corte con el fin de obtener alguna merced o recompensa del rey. Esta época no ha dejado por desgracia rastro en la documentación consultada, así que no se puede determinar en qué momento don Cristóbal entró en la órbita del marqués de Dénia, ni cómo logró que éste le nombrara gobernador del marquesado en su ausencia. Sea como fuere, don Cristóbal debió de hacerse con las simpatías del marqués, que a partir de ese momento actuaría como un verdadero benefactor del antiguo soldado. Su mano parece estar al menos detrás de la entrada de Sedeño en la orden de Montesa, cuyo hábito consiguió en 1602.[71]

La obtención de uno de los hábitos de la orden militar valenciana demuestra tanto el ascendiente que Sedeño tenía sobre el duque de Lerma como la influencia de este último en la distribución de las mercedes reales. No debemos olvidar que don Cristóbal era castellano, y que pese a su posición como gobernador del marquesado de Dénia, no era frecuente que se otorgaran este tipo de privilegios a personas cuyo origen no era estrictamente valenciano.[72] En todo caso, esta no sería la única ocasión en que el duque de Lerma haría valer su influencia para mejorar la posición política de Sedeño dentro del ámbito valenciano. A finales de 1608 el duque conseguiría su nombramiento como maestre de campo de la Milicia Efectiva de la gobernación y marquesado de Dénia:

Don Luis Carrillo de Toledo, marqués de Caracena (...) por quanto la plaza de maestro de campo de la Milicia effectiva y hordinaria de la Gobernación del Marquesado de Dénia y su costa está vaca por promoción del capitán Juan de Herrera que la servía, y haviendo nombrado en el dicho gobierno el duque de Lerma a don Cristóbal Sedeño, conviene al servizio de Su Majestad darle el cargo de las compañías y gente del dicho marquesado (...) por tanto en virtud de la presente (...) havemos tenido por vien de elegirle y nombrarle por maestro de campo dellas.[73]

Esta nueva designación era si cabe más significativa que la anterior, ya que con ella se nombraba a un castellano para un cargo público reservado a los regnícolas valencianos, y cuyo desempeño estaba envuelto de una importante notoriedad dentro del reino.[74] Que una jurisdicción señorial impusiera sus intereses privados sobre un aspecto fundamental de la propia autoridad real en el territorio no era algo frecuente, pero el duque de Lerma debió hacer valer de nuevo su posición de fuerza dentro de la Corte.[75] Con estos antecedentes, no debe pues extrañar el nombramiento de Cristóbal Sedeño como comisario de embarque en septiembre de 1609, ni que una de las cartas que el rey había enviado a la Junta de Valencia para los estamentos –y que debía ser remitida al duque de Lerma–, le fuera directamente despachada a mediados de aquel mes.[76]

Aunque no se puede determinar si durante el tiempo que Villafranca permaneció en Dénia ya había sido informado oficiosamente de la expulsión de los moriscos, un Cristóbal Sedeño ausente de Dénia recibió las primeras instrucciones relacionadas con el proceso el 19 de septiembre. Con las galeras de Nápoles atracadas en el puerto y el marqués de Santa Cruz en tierra, el virrey ordenó a Sedeño que se encargara de facilitar el desembarco de las compañías de infantería que se alojaban en ellas, para lo cual le pedía que se desplazara a Dénia de forma inmediata:

Por quato al serviçio de Su Majestad conviene que la jente de guerra que se a de desembarcar en la villa de Dénia de las Galeras de Nápoles, de que es señor capitán general el marqués de Sancta Cruz, para los efectos de su real serviçio que se an publicado en esta çiudad y reyno, se aloja en la dicha villa y en la de Jávea, y para que esto se encamine con la quietud de los veçinos, es neçesario nombrar personas de las partes y satisfaçión que se requieren, concurriendo las necesarias en la del noble y amado de Su Majestad don Christóbal Sedeño, avemos tenido por vien de cometéroslo y ordenaros y mandaros que aviendo reçivido la presente vayais a la dicha villa de Dénia y reçiváis la dicha gente.

La labor que la junta de Valencia iba a encomendar a Sedeño era de vital importancia, y tenía un ámbito realmente amplio. Ante la imposibilidad de controlar directamente todas las actividades, la junta se hallaba obligada a delegar importantes funciones en los comisarios de embarque, que no sólo se limitaban a gestionar el desembarco. De esta forma se esperaba que Sedeño se ocupara de alojar en Dénia y las poblaciones vecinas a un número de soldados cercano a los dos millares, cuya distribución quedaría a su elección personal. Para ello debía ponerse en negociaciones con las diferentes autoridades municipales, y obtener de ellas el firme compromiso de que colaborarían con el alojamiento y manutención de la tropa:

Será en número de dos mil soldados, los quales repartiréis en la dicha villa y en las partes referidas, en cada una la cantidad que os pareçiera conforme a su dispusiçión y vecindad, haçiendo que los justicias y jurados les den al punto el alojamiento y servicio ordinario que se acostumbra de casa, cama, mesa, luz, lumbre y en que hazer de comer, porque lo demás lo an de comprar de su dinero (...) encargando a los dichos justicias y jurados no consientan que haya desórdenes y que los patrones reçivan los guéspedes con mucho gusto y den el recado que les toca, en que avéis de tener la mano y castigar los que no acudieren a ello, y dieren ocasión.

Por su parte la junta se comprometía a que, a través de ciertas órdenes cursadas por don Agustín Mexía, todos los oficiales del tercio de Nápoles quedaran avisados de mantener a raya a los soldados alojados, para evitar así los más que previsibles desórdenes. Pero para ello no se contemplaba enviar en principio a un auditor para la gente de guerra, sino que también se decidió delegar en Sedeño la vigilancia diaria tanto de oficiales como de soldados:

Por no hazer el rumor [y] alboroto ocasión (...) en quanto toca a la gente de guerra, el maestro de campo general don Agustín Messía, del Consejo de Guerra de Su Majestad, inviará órdenes a los cavos de dicha gente de lo que deven hazer en el cumplimiento destos, a quienes avéis de acudir para que la cumplan y ejecuten, y de no hazerlo nos daréis quenta para que por este camino se remedie, teniendo mucho cuydado con visitar los alojamientos, juntamente con los cavos de la dicha gente de guerra, que aviendo cosa en ellos que remediar se haga por ambos, cada uno en lo que le tocare.

Pero todas estas cuestiones no centraban la parte más importante de la comisión otorgada a Cristóbal Sedeño. Decidida la expulsión de los moriscos el gobernador, ayudado por los justicias y jurados de cada lugar, tendría que poner su mano en controlar a los diferentes comisarios encargados de conducir a los desterrados desde sus poblaciones de origen hasta el puerto de Dénia, y junto con ellos vigilar también a los soldados que les sirvieran de escolta. Esta labor era de vital importancia, ya que era la única forma de garantizar los términos en que sería publicado el bando de expulsión:

Hecho lo susodicho avéis de asistir en la dicha villa de Denia, o donde hiçieren alto las galeras, para recibir la gente que en ella se a de embarcar para pasalla donde Su Majestad manda, a que tamvién avéis de acudir y saber como biven y proçeden los comisarios y personas que les asisten en la conducción de la dicha jente, a los quales mandamos cumplan las órdenes que se les den sin consentir ni dar lugar a que los soldados ni jente de guerra les trate mal de obra ni de palabra, ni hagan otras bejaçiones, como es quererles quitar lo que llevaren, para lo qual haréis se publique el vando que con esta se os entregará, ejecutando con rigor las penas en los que contravinieren. Que para quanto toca a la dicha gente de guerra invía tanvién orden a los cavos el dicho maestro de campo general, para que por su parte cumplan lo que en él se contiene, y mandamos a los justicias y jurados que cada uno en su jurisdicción os asistan y acudan a lo que les tocare y vos les ordenáredes en las materias de alojamiento y provisiones de vastimentos para que no falten para todos, so las penas que les pusiéredes que las executaréis.

Como última instrucción la junta pidió a Sedeño que, en virtud de su nombramiento como maestro de campo de la Milicia Efectiva del marquesado de Dénia, se encargara de levantar la tropa y que con ella asegurara el apoyo militar y la seguridad de los comisarios de conducción. De este modo, el gobernador iba a tener bajo su control la supervisión de todas las fuerzas militares en tierra que recayeran en aquel distrito de embarque, pero esta supervisión no implicaba el mando militar directo. Fuera de las propias compañías de la milicia a su cargo, Sedeño debería observar en todo momento las órdenes de don Agustín Mexía, cuya presencia en la villa era inminente:

Demás de que quedará a vuestro arvitrio dalles otras mayores, en todo lo qual en hazer exeçitar la gente de la miliçia en vuestro distrito como maese de campo que sois de él, y en hazer acudir con lo necesario a los comisarios que por nuestro mandado an de conduçir a los dichos moriscos de los lugares do residen al lugar de embarcadero.[77]

Junto con esta instrucción, el marqués de Caracena remitió al gobernador de Dénia una copia del bando de expulsión, con órdenes concretas para que no fuera publicado en la villa antes del 22 de septiembre, fecha en la que la junta de Valencia había decidido dar comienzo a las actividades de destierro.[78] A Mexía no le sentó bien que el virrey hiciera partícipe de manera unilateral a Sedeño de todas estas decisiones, en un acto que creyó precipitado. Pero en cualquier caso la máquina ya se había puesto en marcha, así que no cabía otra posibilidad que seguir adelante con lo acordado. De esta forma el maestre de campo escribió a Sedeño para que preparara en la villa aposentos suficientes para alojarle a él y otros veinte hombres que formaban su plana:

Al Virrey le ha parecido lo bien que Vuestra Merced le servirá a Su Majestad en esta ocasión, y aunque para esto no hera menester suplicalle a Su Excelencia nada todavía, de mi parte hize en esto lo que me pareçía que combenía al servicio del Rey y provecho mío, porque pienso con el ayuda de Dios en esta ocasión asistir en ese lugar, que será lo más puesto yo pudiere, y ansí suplico a Vuestra Merced que se me tenga señalada posada y para la gente que conmigo fuere, que serán hasta veinte personas, y algunos dellos capitanes y alférez entretenidos.[79]

Con este último requerimiento, Cristóbal Sedeño tenía ante sí una ardua tarea. Su experiencia a bordo de las galeras de España y la armada sin duda le otorgaban ahora la capacidad necesaria para manejar con cierta soltura el desembarco de las tropas y el control de los alojamientos. La posible oposición municipal era todavía una incógnita, pero después de varios años como gobernador en Dénia, don Cristóbal poseía a buen seguro los instrumentos precisos para negociar con los jurados de la villa. Se reunían pues en él la experiencia militar y la práctica en los usos de la administración civil, que eran justamente las condiciones que la Junta de Valencia le reclamaba en este momento. Su gestión futura de la expulsión podía ser vista con optimismo, pero desde Valencia todavía faltaba dotar al gobernador de un medio fundamental para llevar a cabo su nueva comisión. Pese a la libertad de acción que se le otorgaba, la designación de los comisarios de conducción no pertenecía a Sedeño, sino a la Junta de Valencia, y sin ellos no podía dar comienzo la expulsión.

2.4 La elección de los comisarios

Desde inicios del mes de septiembre, el marqués de Caracena había mostrado en las reuniones de la Junta su preocupación por designar cuanto antes a los comisarios que debían hacerse cargo del transporte de los moriscos. Hacía falta un buen número de ellos si se quería que la expulsión avanzara a buen ritmo, por lo el virrey decidió elaborar una lista con los posibles candidatos.[80] El Consejo de Estado no había delimitado ni puesto condiciones a estas designaciones –en principio consideradas menores–, así que dependían por entero del criterio de la junta. Las motivaciones que guiaron la elección de estos comisarios por el momento son totalmente desconocidas, aunque seguramente primó en ellas la cercanía al virrey y sus hechuras. Posteriormente en Castilla, el Consejo de Estado siempre pidió que estos comisarios fueran elegidos por las mismas aljamas moriscas de entre los cristianos viejos que consideraran de confianza, pero en este primer estadio no parece que fuera una norma seguida en Valencia. La proximidad geográfica a los puertos de embarque y lugares de captación también debería ser tenida en cuenta, pero la poca o nula significación política y social de los elegidos hace por momentos imposible rastrear el origen y condición de cada uno de ellos. En todo caso, se conocen los nombres de aquellos once primeros elegidos que recibieron el mandato de ponerse bajo las órdenes de don Cristóbal Sedeño en septiembre de 1609. Vicente Muñoz, Jaime Sereno, Francisco Jerónimo Ramos, Vicente Rajás, Juan Escribá, Andrés Daroqui, Vicente Vila, Martín Antolí, Miguel Juan Boïl, Joaquín Ramón y Juan Bautista Arias serían los encargados de hacer cumplir el edicto de expulsión en el distrito de Dénia,[81] para lo cual recibieron instrucciones detalladas del virrey Caracena.[82]

Las consignas contenidas en las instrucciones entregadas a cada comisario eran muy claras. En ellas se explicaba que la expulsión debería comenzar por las poblaciones más cercanas a cada puerto de embarque, de forma que una vez desalojadas pudieran servir como refugio a las poblaciones que, más alejadas, necesitaban de diferentes etapas para llegar hasta el embarcadero. Cada uno de los comisarios se encargaría así de un lote determinado de poblaciones, que Cristóbal Sedeño indicaría en cada momento de acuerdo con la disponibilidad de embarcaciones y la capacidad alojamiento de la villa de Dénia. De este modo, una vez llegado a una determinada población, el comisario de conducción sería el encargado de publicar el bando de expulsión, y vigilar que durante el plazo fijado los moriscos no huyeran ni excedieran las condiciones de salida señaladas por el rey. Para ello los comisarios se podrían ayudar de una escolta armada, que además tendría la función de ahuyentar a todos aquellos que intentaran agredir a los moriscos por el camino. Por desgracia, no se han conservado los itinerarios elaborados por el virrey. En ellos la junta había dividido por fases el orden de salida de moriscos, las etapas a cubrir, los lugares de pernoctación y las veredas y caminos que debían tomarse en cada caso. Pero pese a todo se han conservado algunas restricciones ordenadas por el virrey al comisario Sedeño. Señaladas para la buena conducción de los moriscos, consistían fundamentalmente en la prohibición de que los comisarios pudieran publicar el edicto de expulsión en más de un lugar a la vez. De este modo los comisarios deberían iniciar su periplo por la primera de las poblaciones que apareciera en la lista que a cada uno se libraría. Esta conducta se debía aplicar sin excepciones, y debía contemplar el traslado de la población hasta el puerto de embarque antes de proseguir con la publicación del bando en el siguiente lugar de la lista. La medida buscaba mitigar los desórdenes que se podían derivar del abandono de las poblaciones tras la publicación del bando, aunque también tenía mucho que ver con evitar la propia codicia de los comisarios.[83]

Sin duda todas estas prevenciones observaban un profundo estudio de las posibles necesidades prácticas de la expulsión, gestadas en la Junta de Valencia durante las primeras semanas de septiembre. Ahora bien, aunque el procedimiento a seguir por los comisarios había sido consensuado por todos los miembros de la Junta, su rápido despliegue provocaría las posteriores quejas del Consejo de Estado, al cual se dejó fuera de aquella toma de decisión. En cualquier caso el desarrollo de los acontecimientos no permitía detenerse a pedir responsabilidades, como tampoco a cuestionar la validez y méritos de los comisarios elegidos. De esta forma Agustín Mexía anunciaba el 19 de septiembre que junto con las cartas para los estamentos, los comisarios de conducción serían remitidos a cada uno de los puertos de embarque de forma inmediata.[84]

En los meses siguientes la villa de Dénia se convertiría en el mayor de los puertos de embarque de la expulsión. Con ello se materializaría una vez más la aspiración que el duque de Lerma albergaba para hacer de la antigua cabeza de sus estados uno de los referentes económicos y políticos del Reino de Valencia, cuyo proceso ya se había iniciado con las sucesivas visitas que Felipe III realizara al comienzo de su reinado. Sin duda la excelencia de su puerto y la seguridad que ofrecía a las embarcaciones que fondeaban en él jugaron a favor de una elección que, en el caso de Dénia, parece supeditada en último término al ascendiente que Lerma poseía sobre el rey. En todo caso la inclusión en la lista de este embarcadero respondía también a una pura concepción práctica del proceso, dada la cercanía geográfica que mantenía con los principales núcleos moriscos del reino. La asignación tal vez no del más amplio de los distritos moriscos, pero sí del más densamente poblado, revela precisamente el valor geoestratégico de Dénia, que fue centro y escenario, junto con Valencia, de los principales movimientos de organización desde finales de agosto hasta el momento mismo de iniciarse la expulsión. La presencia del marqués de Villafranca, la visita de don Agustín Mexía y la llegada de parte de las galeras de España, son ejemplos evidentes de la función clave que Dénia representaba en el proceso, y precedentes de la enorme significación que esta villa habría de tener en los acontecimientos futuros. Hasta el último momento este enclave costero sería el centro de las preocupaciones de la Junta de Valencia, esta vez de forma accidental, ante el retraso en la llegada de las galeras de Nápoles. Todos los responsables de la expulsión miraban pues a Dénia, y esperaban las noticias que de ella habían de llegar para iniciar de manera definitiva la expulsión. Con estas nuevas en la mano, los comisarios de conducción enviados, y apercibido don Cristóbal Sedeño de publicar el bando de expulsión, no cabía más que esperar al 22 de septiembre.

[1] Véase Bernardo José García García: La Pax Hispánica. Política exterior del Duque de Lerma, Lovaina, 1996.

[2] Jonathan I. Israel: La República holandesa y el mundo hispánico 1606-1661, Madrid, 1997 (1.ª ed. Oxford, 1982), pp. 30-31.

[3] Véase Paul C. Allen: Felipe III y la pax hispánica, 1598-1621, Madrid, 2001 (1.ª ed. Yale University, 2000); Antonio Feros: El duque de Lerma. Realeza y privanza en la España de Felipe III, Madrid, 2002.

[4] La bibliografía que trata de los problemas de convivencia entre cristianos viejos y moriscos es extensa. A partir del impulso experimentado por la historiografía de tema morisco a partir de mediados de los años cincuenta aparecen muchas obras consideradas hoy como clásicos. De esta forma podemos señalar a Tulio Halperin Donghi, Un conflicto nacional. Moriscos y cristianos viejos en Valencia, Valencia, PUV, 2008 (1.ª ed. Buenos Aires 1955; 2.ª ed. Valencia, 1980), y la obra de Julio Caro Baroja: Los moriscos de Granada (ensayo de historia social), Madrid, 1957. Clásicas son también las obras de Louis Cardaillac: Moriscos y cristianos. Un enfrentamiento polémico (1492-1640), México 1979 (1.ª ed. Klincksieck, 1977), Joan Reglà: Estudios sobre los moriscos, Valencia, 1971, y Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent: Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, 1978. Más recientemente se debe señalar el estudio también señalado de Rafael Benítez. Para adquirir una idea aproximada de la evolución de la historiografía que ha tratado estos temas debemos por el contrario acercarnos a la obra de Miguel Ángel de Bunes: Los moriscos en el pensamiento histórico, Madrid, 1983, y sobre todo al estudio preliminar que Rafael Benítez realizó para la reedición de la obra de Henry Charles Lea: Los moriscos españoles, su conversión y expulsión, Alicante, 2001 (1.ª ed. Filadelfia, 1901).

[5] Es posible encontrar diferentes compendios que explican los problemas y las soluciones dadas al problema de la expulsión. Aquí hemos utilizado el trabajo de Rafael Benítez y Eugenio Císcar Pallarés: «Conversión y expulsión de los moriscos», incluido en la obra dirigida por Ricardo García Villoslada: Historia de la Iglesia en España, tomo IV, «La Iglesia en la España de los siglos XVII y XVIII», Madrid, 1979, pp. 302-307. En cualquier caso no se puede dejar de señalar la obra clásica de Antonio Magraner Rodrigo: La expulsión de los moriscos, sus razones jurídicas y consecuencias económicas para la región valenciana, Valencia, 1975, así como la reciente aportación de Mary Elizabeth Perry: The Handless Maiden. Moriscos and the Politics of Religion in Early Modern Spain, Princeton, 2005, y en especial el capítulo VI «The Castigation of Carcayona», pp. 133-156.

[6] Existe una variada documentación en el Archivo General de Simancas acerca de esta movilización, y en especial en los legajos 215, 218, 1105, 1163, 1298, 1434, 1886, 1889 de la Sección Estado.

[7] Ibíd. Legajos 214, 219, 2638b, 2639 de la Sección Estado y 725 y 726 de la Sección Guerra Antigua.

[8] AGS, Es, 219. Lerma al comisario general de la Cruzada, julio de 1609.

[9] Luis Cabrera de Córdova: Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 a 1614, Salamanca, 1997 (1.ª ed. Madrid, 1857), p. 375.

[10] Estos números resultan de aplicar un coeficiente estándar del cuatro coma cinco a las cifras aportadas por José Costa Más en su obra El marquesat de Dénia. Estudio Geográfico, Valencia, 1977, p. 72; Roc Chabàs en la edición del censo elaborado por Jerónimo Muñoz entre 1565 y 1572 que recoge en «Descripción del Reino de Valencia», El Archivo (Dénia), 1890, pp. 372-390, esp. p. 382; y por Tomás González en su Censo de población de las provincias y partidos de la Corona de Castilla en el siglo XVI con sus apéndices para completar la del resto de la Península, Madrid, 1829, p. 138.

[11] Josep Ivars Pérez: La ciutat de Dénia. Evolució i permanència del fet urbà, Alicante, 1982, p. 60.

[12] Antonio Feros: El duque de Lerma, p. 77. 13. .

[13] Ibíd., p. 86

[14] Roc Chabàs: Historia de Denia, Alicante, 1985 (1.ª ed. Dénia, 1874), p. 335.

[15] Gaspar Escolano: Década primera de la historia de Valencia, Valencia, 1610 (reeditado en Valencia, 1972), Libro VI, col. 141.

[16] Marc Antoni Palau: Diana desenterrada. Antiguas memorias y breve recopilación de los más notables sucesos de la ciudad de Denia, desde su antiquísima fundación hasta el estado presente, Alicante, 1975, ff. 72-73.

[17] Roc Chabàs: Historia de Denia, p. 335.

[18] Luis Cabrera de Córdova: Relaciones, pp. 7-8.

[19] Ibíd., pp. 33-35.

[20] Ibíd., p. 207. Véase también Maria Lluïsa Muñoz Altabert: Les Corts valencianes de Felip III, Valencia, 2005, p. 23.

[21] Roc Chabàs: Historia de Denia, p. 336.

[22] Lope de Vega escribió, con motivo de la visita del rey a Dénia en 1599, la epopeya Fiestas de Denia, publicada aquel mismo año.

[23] Franciso Felipe Olesa Muñido: La organización naval de los estados mediterráneos y en especial España durante los siglos XVI-XVII, Madrid, 1968, tomo I, p. 138.

[24] Emilia Salvador Esteban: La economía valenciana en el siglo XVI (comercio de importación), Valencia, 1972, p. 132.

[25] AGS, MPD, VII-120.

[26] Manuel Ardit Lucas: Catálogo de la serie pictórica «La expulsión de los moriscos del Reino de Valencia», Valencia, 1997, pp. 142-143.

[27] Josep Ivars Pérez: La ciutat de Dénia.., op. cit., p. 45.

[28] Gaspar Escolano: Década..., op. cit., pp. 125-126.

[29] Emilia Salvador Esteban: La economía valenciana..., op. cit., pp. 134-359.

[30] Gaspar Escolano: Década..., op. cit., col. 126.

[31] Emilia Salvador Esteban: La economía valenciana..., op. cit., pp. 132-360.

[32] AGS, Es, 213. Caracena a Felipe III, Valencia, 19 de agosto de 1609.

[33] ACA, DV/30, vol. 5, 73-81. Cristóbal Sedeño a Felipe III, Dénia, 20 de diciembre de 1609.

[34] AGS, Es, 215. Mexía a Felipe III, Valencia, 23 de agosto de 1609.

[35] Ibíd. Mexía a Felipe III, Valencia, 23 de agosto de 1609.

[36] Ibíd. Mexía a Felipe III, Valencia, 27 de agosto de 1609.

[37] Pascual Boronat: Los moriscos españoles y su expulsión, Granada, 1992 (1.ª ed. Valencia, 1901), tomo II, doc. 14, pp. 522-524. Carta de Ribera a Felipe III, Valencia, 27 de agosto de 1609.

[38] AGS, Es, 2639. Idiáquez a Felipe III, Segovia, 28 de agosto de 1609.

[39] Ibíd., 215. Caracena a Felipe III, Valencia, 1 de septiembre de 1609.

[40] Ibíd. Mexía a Felipe III, Valencia, 1 de septiembre de 1609.

[41] Ibíd., 217. Caracena a Felipe III, Valencia, 7 de septiembre de 1609.

[42] Ibíd., 2638b, ff. 101-104. Felipe III a los grandes titulados, señores de vasallos moriscos y ciudades y villas del Reino de Valencia, San Lorenzo, 11 de septiembre de 1609.

[43] Ibíd., f. 100. Felipe III a los obispos del Reino de Valencia, San Lorenzo, 11 de septiembre de 1609.

[44] Ibíd., 214. Mexía a Caracena, Valencia, 15 de septiembre de 1609.

[45] Ibíd., 217. Caracena a Felipe III, Valencia, 16 de septiembre de 1609.

[46] Ibíd. Caracena a Felipe III, Valencia, 7 de agosto de 1609.

[47] Ibíd., 214. Vilaragut a Felipe III, Mallorca, 15 de agosto de 1609.

[48] Ibíd. Relaçión del alguacil Pedro Martínez, Valencia, 21 de agosto de 1609.

[49] Ibíd., 215. Mexía a Felipe III, Valencia, 1 de septiembre de 1609.

[50] Ibíd., 214. Villafranca a Felipe III, Dénia, 2 de septiembre de 1609.

[51] Ibíd. Villafranca a Felipe III, Dénia, 6 de septiembre de 1609.

[52] Ibíd., 217. Caracena a Felipe III, Valencia, 7 de septiembre de 1609.

[53] Ibíd., 214. Mexía a Felipe III, Valencia, 11 de septiembre de 1609.

[54] Ibíd., Ga, 726. Tomás Aguirre a Felipe III, Ibiza, 12 de septiembre de 1609.

[55] Gaspar Escolano: Década..., op. cit., col. 1857. El embarque del marqués de Villafranca no se realizaría el día trece, sino un día antes, según refiere el contador Tomás Aguirre.

[56] AGS, Es, 215. Mexía a Villafranca, Valencia, 12 de septiembre de 1609.

[57] Ibíd. Villafranca a Mexía, San Carlos de La Rápita, 15 de septiembre de 1609.

[58] Ibíd. Caracena a Villafranca, Valencia, 13 de septiembre de 1609.

[59] Ibíd., 214. Mexía a Felipe III, Valencia, 15 de septiembre de 1609.

[60] Ibíd., 215. Villafranca a Felipe III, San Carlos de La Rápita, 15 de septiembre de 1609.

[61] Ibíd. Villafranca a Caracena, Els Alfacs, 16 de septiembre de 1609.

[62] Ibíd., 217. Villafranca a Mexía, Els Alfacs 18-19 de septiembre de 1609.

[63] Ibíd., 213. Caracena a Villafranca, Valencia, 18 de septiembre de 1609.

[64] Ibíd., 217. Caracena a Villafranca, Valencia, 19 de septiembre de 1609.

[65] Ibíd., 215. Mexía a Felipe III, Valencia, 19 de septiembre de 1609.

[66] Ibíd., 217. Caracena a Felipe III, Valencia, 20 de septiembre de 1609.

[67] ACA, DV/30, vol. 5, f. 1. Tomás Aguirre y Juan Bautista Luyando, Puerto de Santa María, 22 de noviembre de 1612.

[68] Ibíd., ff. 9-12.

[69] Ibíd., ff. 5-6. Tomás de Aguilera, Lisboa, 14 de abril de 1612.

[70] Ibíd., ff. 7-8. Álvaro de Bazán a Felipe II, Cádiz, 16 de noviembre de 1596.

[71] Félix Doménech Roura, Nobiliari general català de llinatges, Barcelona, 1936.

[72] Así se atestigua al menos si nos fijamos en la Breve resolución de todas las cosas generales y particulares de la Orden y Cavallería de Montesa, escrita por Juan de Borja en 1624 y editada por Fernando Andrés en 2004.

[73] ACA, DV/30, vol. 5, ff. 13-14. El marqués de Caracena, Valencia, 4 de diciembre de 1608.

[74] Pablo Pérez García: «Origen de la Milicia Efectiva valenciana: Las vicisitudes del proyecto del marqués de Dénia para la creación, pertrecho y movilización de los tercios del Reino de Valencia (15961604)», en Actes del I Congrés d’Administració Valenciana: de la Història a la Modernitat, Valencia, 1992, pp. 199-211, esp. p. 202.

[75] Federico Udina Martorell y Ernest Belenguer Cebrià: La expulsión de los moriscos de Valencia y Cataluña según el comisario de embarque don Cristóbal Sedeño, Bellaterra, 1980, p. 29.

[76] ACA, DV/30, vol. 5, ff. 25-26. Felipe III a Sedeño, San Lorenzo, 11 de septiembre de 1609.

[77] ACA, DV/30, vol. 5, ff. 17-18. Caracena a Sedeño, Valencia, 19 de septiembre de 1609.

[78] Ibíd., ff. 21-22. Caracena a Sedeño, Valencia, 20 de septiembre de 1609.

[79] Ibíd., ff. 19-20. Mexía a Sedeño, Valencia, 20 de septiembre de 1609.

[80] AGS, Es, 214. Mexía a Felipe III, Valencia, 7 de septiembre de 1609. .

[81] ACA, DV/30, vol. 5, f. 29

[82] AGS, Es, 217. Instrucciones del marqués de Caracena a los comisarios de conducción.

[83] ACA, DV/30, vol. 5, ff. 27-28. Caracena a Sedeño, 23 de septiembre de 1609.

[84] AGS, Es, 215. Mexía a Felipe III, Valencia, 19 de septiembre de 1609.

II. EL EMBARQUE DE LOS MORISCOS

Desde la publicación del edicto de expulsión y hasta el 28 de noviembre, se produjo el embarque oficial de los moriscos del partido de Dénia. A través de las galeras de Nápoles, pero sobre todo gracias a la participación de los navíos mercantes que arribaron en aquellos meses al puerto de la villa, pudieron ser transportados en este período y hasta el norte de África, todos aquellos moriscos que decidieron aceptar la medida de destierro sin intentar rebelarse, esto es, más de treinta mil almas. Estos embarques se dividirían en tres fases fundamentales, cuyo inicio quedó marcado con cada nueva salida de la escuadra al mando del marqués de Santa Cruz. Los inicios de este proceso no serían sencillos, ya que tras el desembarco de las tropas se produciría en algunos lugares del reino una escalada de violencia e inseguridad que estuvo en la base de las rebeliones de Laguar y la Muela de Cortes. Para mitigar esta situación la Junta de Valencia necesitaba iniciar los embarques con un gran golpe de efecto, que calmara los recelos de la comunidad morisca y sirviera de ejemplo para la nobleza valenciana. Don Carlos de Borja facilitaría finalmente esta ocasión mediante la movilización de los moriscos de la huerta de Gandia, que comenzaron a embarcarse en el puerto de Dénia a finales del mes de septiembre, aunque el embarque inaugural de la expulsión todavía se retrasaría hasta principios de octubre. Las malas condiciones climáticas en el mar comprometerían los plazos de esta primera salida, que pese a todo conseguiría avanzar a buen ritmo gracias a la creciente presencia de embarcaciones privadas, y la voluntad por parte de los moriscos de hacerse cargo del pago de los fletes. La segunda fase de los embarques se iniciaría durante la veintena de octubre. Mucho más rápida en su ejecución debido a la tregua concedida por el mar, esta etapa conocería la consolidación definitiva de la modalidad de flete privado, que obligó a la necesaria revisión de las restricciones económicas impuestas a los moriscos. La tercera embarcación no se iniciaría hasta principios de noviembre, momento en el que comenzaron a surgir los problemas. El empeoramiento de tiempo debido a la cercanía del invierno provocó la necesaria retirada de la escuadra de Nápoles tras este último viaje, para dejar todo el peso de los transportes en manos de los mercantes. Pero los últimos contigentes en llegar al puerto de Dénia no estaban dispuestos a hacerse cargo del importe de los contratos, lo que provocaría el colapso del puerto y el envío de algunas partidas de moriscos hacia el fondeadero de Xàbia.

1. PRIMEROS PASOS DE LA EXPULSIÓN

El 22 de septiembre se dio finalmente inicio al proceso de extrañamiento de los moriscos valencianos. Ese mismo día fue publicado en Dénia el texto definitivo que debía servir como guía para desarrollo de las operaciones, y que contemplaba tanto la forma en que debía realizarse la expulsión como su marco jurídico y las excepciones que se habían acordado. Al tiempo que se difundía esta pragmática también se llevaría a cabo la fase final del despliegue militar. De este modo el marqués de Santa Cruz desembarcaría en Dénia cuatro de las nueve compañías del tercio de Nápoles que, al mando del maestre de campo don Sancho de Luna, ocuparon militarmente la villa. Acto seguido, harían otro tanto con las poblaciones de Xàbia, Benissa, Teulada y la fuerza de Bèrnia, para completar con esta última el bloqueo de toda la región costera del partido morisco asignado a Dénia. Pero esta presencia militar, que se desplegó al tiempo que se difundía el edicto de expulsión, no haría sino agravar la ya de por sí tensa situación social. Los conflictos entre cristianos viejos y moriscos se sucedían sin remedio y comenzaban a desestabilizar el proceso, cuando todavía no se había producido siquiera el primer embarque. Los acontecimientos se sucedían con rapidez y las medidas adoptadas por el virrey no parecían ponerles freno. Las voces de la revuelta comenzaban a escucharse por todos los rincones del reino, aunque en un primer momento serían relativizadas por aquellos en cuyas manos se decidía la suerte de los moriscos.

1.1 El edicto de expulsión

En conformidad con los acuerdos tomados por la junta y aprobados por la Corona, el 21 de septiembre el marqués de Caracena distribuyó las cartas para los diputados y estamentos del reino, la ciudad de Valencia, los grandes titulados y señores de moriscos. Poco después fueron remitidas las copias del bando de expulsión, que fue publicado en la ciudad de Valencia el día 22. De forma paralela y durante aquella misma jornada, el gobernador Sedeño haría publicar en la villa de Dénia la copia del edicto que el virrey le había remitido el día 20. El texto que finalmente había sido aprobado se dividía en dos partes fundamentales. La primera de ellas, dedicada a la justificación teórica de la medida, era una composición que se basada esencialmente en la reproducción de los fragmentos más sustanciales de las diferentes instrucciones a los mandos que Felipe III había hecho distribuir desde Segovia a principios de agosto. Se recogía así en este apartado el fracaso de la conversión, los esfuerzos invertidos por la Corona y, en definitiva, se enunciaba el principio fundamental según el cual la seguridad de la monarquía podía peligrar a menos que se tomara una solución definitiva con relación a la comunidad morisca:

Entendido tenéys lo que por tan largo discurso de años he procurado la conversión de los Moriscos deste Reyno, y del de Castilla, y los Editos de gracia que se les concedieron, y las diligencias que se han hecho para instruyllos en nuestra Santa Fee, y lo poco que todo ello ha aprovechado, pues se ha visto que ninguno se aya convertido, antes ha crecido su obstinación (...) Y he entendido por avisos ciertos y verdaderos que, continuando con su apostasía y prodición han procurado y procuran por medio de sus Embaxadores y por otros caminos el daño y perturbación de nuestros Reynos. Y deseando cumplir con la obligación que tengo de su conservación y seguridad, y en particular la de esse de Valencia, y de los buenos y fieles súbditos de él, por ser más evidente su peligro y que cesse la heregía y apostasía. Y aviéndolo hecho encomendar a nuestro Señor, y confiado en su divino favor por lo que toca a su honra y gloria, he resuelto que se saquen todos los Moriscos desse Reyno, y que se echen en Berbería.

Pero este anuncio no cogía a nadie por sorpresa. A finales del mes de septiembre, esta publicación de intenciones no pasaba de ser una simple confirmación de aquello que todo el reino ya tenía por cierto desde hacía semanas. Tanto la nobleza como las propias comunidades cristiana y morisca, habían adoptado poco tiempo atrás una política de hechos consumados al calor de los preparativos de la expulsión, de la que sólo cabía ya preguntarse cuestiones de orden práctico. La respuesta a estos interrogantes centraba de este modo la segunda y más extensa parte del bando, donde el virrey puso de manifiesto el ordenamiento básico del proceso:

Que todos los Moriscos deste Reyno, assí hombres como mugeres con sus hijos, dentro de tres días de cómo fuere publicado este vando en los lugares donde cada uno vive y tiene su casa, salgan de él y vayan a embarcarse a la parte donde el Comisario que fuera a tratar desto les ordenare, siguiéndole y sus órdenes, llevando consigo de sus haziendas muebles lo que pudieren en sus personas para embarcarse en las galeras y navíos que están aprestados para passarlos a Berbería a donde los desembarcarán sin que reciban mal tratamiento ni molestia en sus personas, ni lo que llevaren, de obra ni de palabra. Advirtiendo que se les proveerá en ellos del bastimento que necesario fuere para su sustento durante la embarcación, y ellos de por sí lleven también el que pudieren. Y el que no lo cumpliere y excediere en un punto de lo contenido en este vando, incurra en pena de la vida, que se executará irremisiblemente.

Este era el primero y más importante de los trece puntos en los que el bando dividía el esquema básico de actuación que habría de seguirse durante la expulsión. Tres días para recoger las pertenencias que pudieran cargar sobre sí mismos, sería todo el plazo que los comisarios de conducción darían antes de comenzar el éxodo que debía llevar a los moriscos hasta los puertos de embarque. Esto perjudicaba a aquellas comunidades más cercanas a la costa, ya que mientras las aljamas situadas en el interior tendrían varias semanas para concretar la venta y disposición de sus bienes, los primeros serían expulsados de forma inmediata y sin tiempo, por tanto, para reunir de manera adecuada sus recursos y capitales. En cualquier caso se preveía la posibilidad de que aquella modalidad pudiese coger por sorpresa a muchos moriscos de las regiones costeras o simplemente pobres de solemnidad, así que también se arbitró el compromiso de la Corona de hacerse cargo de la manutención de los moriscos durante el tiempo que duraran los transportes, medida que en un futuro inmediato traería problemas de abastecimiento para las propias escuadras reales.[1] Una vez delimitado este trazado general, la mayoría de los puntos sucesivos tendrían por fin el establecer el marco jurídico de la expulsión. En ese punto lo que se pretendía era anunciar las penas en las que incurrirían todos aquellos moriscos que intentaran huir de sus poblaciones antes de la llegada del comisario, que fueran cogidos por los caminos del reino pasados los tres días preceptivos y sobre todo, que trataran de ocultar o destruir aquella parte de sus bienes que por no poderse cargar, correspondían legítimamente a los señores. La pena que se aplicaría en todos estos casos sería la muerte, adquiriendo en el caso de la destrucción de bienes tintes verdaderamente terroríficos:

Que cualquiera de los dichos moriscos que escondiere o enterrare ninguna hazienda que tuviere por no la poder llevar consigo, o la pusiere fuego, y a las casas, sembrados, huertas o arboledas, incurran en la dicha pena de muerte los vezinos del lugar donde estos sucediere.

Con esta drástica advertencia no se quería sino salvaguardar los intereses de una nobleza cuyo apoyo se revelaba clave para el éxito de la expulsión. La consolidación del derecho útil sobre las tierras dejadas por los moriscos –y los bienes que estos no pudiesen llevar consigo–, era la gran promesa con la que la Corona pretendía ganarse este apoyo, aunque también se habían acordado otras medidas de gracia para apuntalar este compromiso. La posibilidad de mantener a un seis por ciento de la población de las aljamas para sostener activas las explotaciones mientras se daba inicio a la repoblación, era la principal de estas disposiciones complementarias, aunque su permanencia quedaría por entero supeditada a la voluntad de los propios moriscos. Esta misma libertad también tendrían finalmente todos aquellos niños menores de cuatro años, edad a la que definitivamente se había plegado el Patriarca para establecer el límite de años de los moriscos inocentes:

Que los mochachos y mochachas menores de quatro años de edad que quisiesen quedarse y sus padres o curadores (siendo huérfanos) lo tuvieren por bien, no serán expelidos.

Las tesis del marqués de Caracena y don Agustín Mexía, que defendían la eliminación de la obligatoriedad de los padres a dejar a sus hijos, habían triunfado a la postre, y se acompañaban además de otra serie de mandatos con objeto de defender la integridad de los moriscos –aunque en este caso no se definían las penas en que los cristianos viejos podían incurrir–. Del mismo modo también tendrían licencia, y quedarían por tanto excluidos del bando de expulsión, todos aquellos moriscos menores de seis años que fueran fruto de matrimonios mixtos, aunque si en el caso de las uniones formadas por un cristiano viejo y una morisca se permitiría también la permanencia de la esposa, no sería así en el caso de los moriscos casados con cristianas viejas, quienes estarían obligados a salir de los reinos de la monarquía a menos que contaran con el correspondiente permiso episcopal –que se otorgaría sólo en los casos en los que los moriscos consiguieran demostrar su condición de verdaderos cristianos–. Por último estarían también excluidos todos aquellos moriscos descendientes de musulmanes que hubieran abandonado las tierras del Islam para profesar la fe católica.[2]2

Al tiempo que el virrey hacía públicas todas estas disposiciones, el arzobispo Ribera se dirigió en una carta a todos los párrocos de la diócesis valenciana. Con ella quería poner sobre aviso de la medida a la estructura eclesial de una manera más personal, y al tiempo poner en marcha los procedimientos propios que les habían sido otorgados en función del bando. De este modo Ribera se apresuró a delimitar el marco para la concesión de las licencias episcopales, después de advertir todos los casos en los que estaría permitido iniciar los trámites:

Los que de tiempo atrás considerable, como sería de dos años, vivieren entre cristianos sin acudir a las juntas de la aljamas. Item los que recibieren el Santísimo Sacramento con licencia de sus prelados, lo cual se entenderá de los rectores de los lugares donde tienen su habitación. Tendréis mucho cuidado de que esto se ejecute en los que recayeren en vuestra parroquia.[3]

Parece que la voluntad por respetar cada uno de los puntos del edicto de expulsión había sido asumida realmente al menos por los más altos dirigentes, y que por tanto no se pretendía dejar sobre el papel todas aquellas excepciones y medidas de protección. Pero pese a que todos los miembros de la Junta de Valencia tenían la firme convicción de hacer valer los pactos alcanzados, la realidad propia del momento marcaba ya una evolución muy diferente. La seguridad de los moriscos se hallaba en entredicho desde hacía semanas y a lo largo y ancho de todo reino, así que el bando de expulsión iba a actuar como un verdadero detonante de la conflictividad social. Los moriscos no se sentían seguros pese a todas las prevenciones dictadas desde el Real de Valencia, y mucho menos tras asistir al desembarco de los tercios.

1.2 El desembarco del tercio de Nápoles y la ocupación del territorio

De entre todas las tropas de infantería venidas de Italia, el tercio de Nápoles era la fuerza más numerosa e importante. Frente a los aproximadamente ochocientos españoles del tercio de Sicilia, o los poco más de mil soldados provenientes de Lombardía, las once compañías napolitanas embarcadas por el conde de Benavente sumaban una cifra que rondaba los mil setecientos hombres[4] –si se contaban las primeras planas llegaban a una cifra cercana a las dos mil personas–,[5] esto es, casi la misma cifra que integraban conjuntamente los otros dos tercios italianos. Esta fuerza había sido designada por el marqués de Villafranca –seguramente tras recibir instrucciones previas de don Agustín Mexía–, para hacerse cargo de la vigilancia y seguridad de los transportes dentro del distrito morisco de Dénia, aunque por su importancia numérica no todo el tercio de Nápoles sería ocupado en esta labor. El propio marqués de Villafranca había ordenado el traslado de dos de estas compañías en Ibiza, a fin de reforzar el tercio de Lombardía y proceder a la ocupación militar de la sierra de Espadán.[6] De esta forma cuando el marqués de Santa Cruz llegó al puerto de Dénia, contaba con nueve compañías bajo el mando único del maestre de campo don Sancho de Luna.

Pero el desembarco no se produjo de forma inmediata. Después de tocar puerto el día 16 de septiembre, y al igual que le ocurriera a Villafranca en Els Alfacs, el marqués de Santa Cruz se encontró con que todavía no habían hecho acto de presencia los comisarios de alojamiento.[7] Sin estos oficiales las tropas no podían tomar tierra, ya que no estaba permitido por las ordenanzas ocupar arbitrariamente casas particulares que no hubieran sido previamente señaladas para los alojamientos, así que sólo cabía esperar su llegada. Esta tardanza estaba en realidad motivada por el hecho de que el virrey quería retrasar el desembarco hasta el momento mismo en que se publicara el bando, para conseguir así una mayor coordinación. En el caso particular de Dénia, existía además el contratiempo de la ausencia del gobernador Sedeño, que como hemos visto no recibió la orden de acudir a Dénia hasta el día 19, esto es, tres días después de la llegada de las galeras. Por todas estas razones, el marqués de Santa Cruz decidió cumplir con un encargo previo que había aceptado en Nápoles y, al menos desde el día 20 se septiembre, ocho de las diecisiete galeras de su escuadra se trasladaron al puerto de Alicante para desembarcar a las duquesas de Montalvo y Vibona. Acto seguido las galeras volvieron rápidamente a Dénia.[8]

El desembarco final de las tropas se produjo seguramente el 21 se septiembre, aunque no hay referencias concretas sobre ello. De acuerdo con las órdenes dictadas en un primer momento por Felipe III en Segovia, el marqués de Santa Cruz debía encargarse de poner en tierra a un número de soldados que, sin comprometer la seguridad de las propias galeras, tendría como misión ocupar únicamente los castillos de Dénia, Xàbia y Benidorm. Esta era la posición de partida prevista para hacer frente a eventuales problemas durante la expulsión, y que en principio no planteaba la distribución de las tropas en el interior del territorio. En este sentido parece evidente que lo que se buscaba era controlar los principales enclaves del litoral para cerrar la frontera marítima del distrito, al igual que Fajardo en el sur o Villafranca en el norte debían hacer con los pasos y puertos hacia Murcia y Aragón. Se preveía que las Guardas de Castilla se encargaran en este caso de mantener vigilada la retaguardia del partido, así que en origen no había motivo para instalar a los soldados en mitad de unas poblaciones moriscas ya de por sí previsiblemente nerviosas. En todo caso una segunda fase contemplaba el paso de las compañías hacia el interior, aunque sólo si existían indicios suficientes de revuelta:

Que en caso que suceda alteración en el dicho Reyno por respecto de lo que se trata, o que los dichos Patriarca, marqués de Caracena y don Agustín Messía tengan probabilidad cierta y yndubitable de que aya de suceder movimiento de armas en el Reyno o en sus braços principales, que en este caso solamente se acomoden y convengan con ellos para que se asegure el Reyno poniendo guarniçión bastante de la infantería de las galeras y de la Armada del Mar Océano en los presidios de Bernia, Dénia y Peñíscola, la qual gente abrá de ser pagada de las aljamas.[9]

Pero esta primera distribución dio paso con el tiempo a un planteamiento algo más precavido. Dejar el interior de la región sin una vigilancia mínima parecía un riesgo innecesario, así que cuando el marqués de Villafranca salió de la corte ya llevaba consigo los despachos necesarios para proceder a la ocupación del castillo de Bèrnia y la fortificación de su sierra.[10] Estas órdenes serían aceptadas por la Junta de Valencia sin variar su trazado, y es posible que incluso se dispusiera el inicio de ciertas obras de mejora en el castillo. Lo cierto es que según el cronista Escolano algunos técnicos partieron tras la llegada de Mexía con el fin de dar verosimilitud a la comisión que éste llevaba de visitar las fortificaciones, entre las que sin duda se encontraba la fuerza de Bèrnia. Curiosamente poco tiempo después, durante el mes de noviembre, Felipe III respondía a una duda planteada por el Virrey en orden a si era factible nombrar a un nuevo ingeniero del Reino que supliera la plaza dejaba décadas atrás por Giovanni Battista Antonelli, y si ello no sería perjuicio para el privilegio otorgado a Luis Colomer, que en aquellos instantes se encargaba de las obras en el castillo de Bèrnia.[11] Del mismo modo y en las mismas fechas, también se constata la participación activa de Juan Gatulles, contador y veedor de Bèrnia, en algunas comisiones relacionadas con la expulsión,[12] lo que demostraría cierta actividad en la fortaleza.

Sea como fuere y a falta de conocer con seguridad este extremo, de lo que no cabe ninguna duda es de que el marqués de Santa Cruz tenía instrucciones precisas de ocupar la sierra de Bèrnia en el momento del desembarco. De esta forma después de obtener el permiso de Sedeño, y de tener en cuenta el número de compañías que serían necesarias para mantener la integridad de las embarcaciones durante el transporte de los moriscos, el marqués ordenó al maestre de campo don Sancho de Luna que diera en tierra con cuatro de las nueve compañías del tercio. Integradas por 686 soldados, cada una de estas compañías se componía por un número aproximado de entre ciento cincuenta y ciento setenta infantes, siendo la propia de don Sancho de Luna la más numerosa de ellas, aunque no se ha podido hallar hasta el momento ninguna copia de la muestra se que hizo a estas tropas.[13]

En el momento en que pusieron los pies sobre Dénia, estas compañías dejaron de estar bajo la jurisdicción del marqués de Santa Cruz para pasar a depender directamente de don Agustín Mexía. De esta forma y según las órdenes que este último había trasmitido a Villafranca, don Sancho de Luna pasó a encargarse de la protección directa de la villa. Para ello dispuso una guarnición en el castillo y asentó a su compañía entre la villa vieja y el arrabal, pasando así a controlar toda la población mientras acordaba con Sedeño alojamientos y jurisdicciones. Las autoridades del gobierno municipal serían en gran medida apartadas de esta toma de decisión, lo que habría de traer quejas con posterioridad. El resto de compañías salieron de la villa en dirección a Xàbia, cuyo fondeadero debía servir de apoyo a la expulsión ante una posible limitación de espacio de la dársena de Dénia ante el amplio volumen de moriscos que se esperaba. En este enclave se asentaría la compañía de don Diego de Mesa, desde el cual se remitieron cincuenta soldados para reforzar la guarnición de Bèrnia.[14] Para completar este despliegue inicial, las otras dos compañías resultantes del desembarco se situarían en Benissa y Teulada –aunque no aparece en este texto también hay indicios de la fortificación de Benidorm–,[15] a fin de completar el cierre costero del distrito:

En Denia se dio orden que del Tercio de Nápoles se desembarcasen quatro compañías, y que la una dellas, que fue la de su maesse de Campo don Sancho de Luna, se metiesse en la villa. La otra del Capitán Diego de Mesa en Xábea, la tercera de don Sebastián de Neyra, en Tablada, y la quarta, de don Diego de Blanes cavallero de Valencia, en Benisa.[16]

Pero mientras Sancho de Luna aguardaba a la espera de recibir nuevas instrucciones sobre lo que se debía hacer con las compañías todavía alojadas en las galeras,[17] las noticias sobre el desembarco del tercio de Nápoles desataron el terror entre la mayoría de las aljamas del distrito. A los avisos de la expulsión se unía ahora una amenaza mucho más tangible, como era la presencia de los soldados en el territorio. Que los tercios italianos tomaran posiciones alrededor de los principales núcleos moriscos no podía traer nada bueno, y este fue un hecho rápidamente asumido por todos. Por este motivo pronto se difundieron ideas terribles sobre las verdaderas causas que explicaban aquel despliegue. El miedo se iba a apoderar irremisiblemente de los moriscos.

2. EL EMBARQUE INAUGURAL

El puerto de Dénia capitalizaría el primer embarque de la expulsión general de los moriscos valencianos. En esta designación, que tenía mucho de simbólica, tuvo sin duda mucho que ver el deseo de agradar al duque de Lerma, pero también se debió a la predisposición mostrada para ello por el duque de Gandia. Este noble valenciano, el más importante en rentas y vasallos moriscos de todo el reino, podía proporcionar con este embarque una publicidad que la Junta de Valencia entendía como muy necesaria, a fin de doblegar las voluntades de los más reticentes y facilitar un buen inicio de los embarques. De acuerdo con esta idea y después de celebrar una imporante reunión con los representantes de las aljamas, el duque de Gandia daría inicio a los traslados a finales de septiembre. Completada la carga a bordo de las galeras de Nápoles a comienzos del mes siguiente, el marqués de Santa Cruz daría comienzo a un embarque inaugural que muy pronto se vería complicado por la mala climatología. La tardanza en volver al puerto de Dénia sería vista con preocupación, pero el concierto de fletes privados ayudó a minimizar su impacto sobre el ritmo de salida, que se mantuvo constante a lo largo de toda aquella fase gracias, en gran medida, a la creciente voluntad de los moriscos a hacerse cargo del pago de estas contrataciones.

2.1 Don Carlos de Borja y los moriscos del estado de Gandia

Al igual que gran parte de la nobleza valenciana, don Carlos de Borja veía en la expulsión de los moriscos la certeza de la ruina económica. Después de tomar las riendas del ducado en 1595, don Carlos había tenido que hacer frente al fuerte endeudamiento que sufrían sus estados pero, lejos de conseguir mitigar el problema, su gestión no había significado sino el empeoramiento de la situación económica heredada. Agravada con la consolidación definitiva de la propiedad sobre el condado de Oliva en 1597, la deuda contraída en censales superaba a principios del siglo XVII el medio millón libras, y en 1604 el duque ya pedía el secuestro de sus posesiones.[18] Los moriscos eran mayoría en sus señoríos valencianos, y suponían la fuerza de trabajo fundamental e imprescindible de los rentables ingenios del azúcar que poseía en torno a Gandia. Por esta razón don Carlos de Borja, primero de los señores valencianos en rentas y dominios, no podía sino contemplar con gran temor los rumores de una inmediata expulsión. Esta preocupación le había llevado incluso a dirigir un catastrofista memorial al rey momentos antes de la expulsión. En él avisaba de los graves problemas que se seguirían de la expulsión en el ámbito de la repoblación, además se tener por cierta la ruina económica tanto de la Iglesia valenciana como de la propia nobleza, de la que no se salvaría nadie ya que «necesariamente quedarán destruidos los señores y barones del Reyno, alguno en parte, y los más en todo». El problema con los acreedores, o la posibilidad de que el reino acabara por despoblarse del todo con la pérdida de la función abastecedora que realizaban muchos moriscos, eran problemas que también se recogían en este memorial, y que planteaba como solución la posibilidad de una expulsión a Castilla de todos los moriscos varones de entre veinte y sesenta años.[19]

Pero la constatación inequívoca de que el proceso de expulsión era irreversible hizo cambiar rápidamente la estrategia del duque. De esta forma don Carlos pasó de elaborar un discurso lacónico en contra del destierro a mostrarse como uno de sus más fervientes partidarios. La maniobra que se buscaba era bastante clara. De acuerdo con los términos contenidos en las cartas para los grandes titulados que había distribuido el virrey el día 21, el monarca prometía la compensación y agradecimiento para todos aquellos señores que demostraran un comportamiento ejemplar y sirvieran con sus acciones a la buena conclusión de la expulsión. Con todo perdido, el duque pronto entendió que esta vía de gracia podía suponer la única opción de sacar algún provecho de aquella pérdida, así que mientras una parte de los señores todavía ponían sus esperanzas en la embajada que se había enviado al rey, don Carlos ofreció su colaboración a don Agustín Mexía. Este apoyo se concretaba en el compromiso a encargarse personalmente del embarque de los moriscos de su jurisdicción.[20]

Don Carlos no sería el único en darse cuenta de la situación. El mismo día en que había sido publicado el bando de expulsión el virrey avisaba que eran muchos los señores que se habían acercado hasta el Real para mostrar su disposición a procurar la expulsión de sus vasallos. Era tal la avalancha de adhesiones, que se habían producido incluso altercados entre diferentes nobles deseosos de servir a la corona en aquella ocasión. La impresión que aquella situación dibujaba en los planes del virrey era tan positiva, que se llegó a plantear la opción de ordenar a los comisarios de conducción que siguieran el parecer de aquellos señores más importantes que se mostraran solícitos a participar en los traslados:

Aviendo yo visto en casi todos los señores de importancia tanto aparejo, me a pareçido encargalles a ellos propios el que se desea, y ordenar a los cavalleros y comisarios por cuya quenta a de correr esta envarcación que sigan el pareçer y orden de los propios señores, que muchos se ofreçen a llevarlos en persona.[21]

Esta idea fue secundada con presteza por don Agustín Mexía. La posibilidad de que los señores se encargaran de los transportes era realmente muy atractiva, ya que con ello se podían ahorrar muchas complicaciones y escoltas armadas. Por medio de este expediente sólo sería necesario que los comisarios de conducción actuaran como intermediarios entre los oficiales encargados de los embarques y los señores, y no tanto como responsables directos del éxodo. De este modo y a juicio de don Agustín, con alguna pequeña presión se conseguiría simplificar enormemente la expulsión:

El prinçipio ha sido tan bueno que se puede esperar tal el fin. Yo he deseado que se tome uno en el sacar a los moriscos de sus casas al embarcadero, y es que los señores tomen esto a su cargo y que los comisarios que fueren a conduçirlos acudan a ellos, para que con su persuasión y crédito que de sus señores tienen, salgan sin que sea menester hazello por fuerça. Héselo dicho y boy diçiendo a todos los que he ablado, dándoles a entender lo que les estará, ansí por la obligaçión en que pondrán a vuestra Majestad, como por lo que a ellos les combiene que no entren soldados por el Reyno a conduçir los moriscos, que aunque se les tenga la mano, el pays es tan ocasionado para haçer desórdenes que será imposible podellos estorbar todos, y que la poca o mucha hazienda que los moriscos an de dejar para ellos los soldados se las destruyrán, derrocándoles los árboles y matándoles el ganado. A todos los que lo he dicho les ha paresçido bien.

El maestre de campo estaba dispuesto a jugar la baza de la persuasión, pero lo cierto era que este extremo no era en absoluto necesario. Un importante número de señores se sentían ya inclinados a tomar esta decisión, pero de entre todos ellos existía uno especialmente relevante:

Todos an respondido que acudirán con muchas veras al cumplimiento de lo que Vuestra Majestad les manda en ellas. Particularmente el duque de Gandía que llegó esta mañana de su estado ofreçiéndose de servir a Vuestra Majestad en esta ocasión no sólo de la manera que se le manda, mas que si fuere menester llevar sus mesmos vasallos al embarcadero lo hará.

Este ofrecimiento resultaba verdaderamente significativo a ojos del marqués de Caracena y don Agustín Mexía. Don Carlos de Borja no sólo era el más poderoso de los nobles valencianos, sino que también poseía el mayor número de señoríos habitados por moriscos. Que el duque fuera el primero en embarcar a sus vasallos, y que incluso se ocupara personalmente de ello, podía constituir un acto de propaganda de difícil parangón. La oferta no tardó en ser contestada. La junta había recibido la propuesta con mucho interés, y había decidido encargar al duque la inauguración de los embarques. De este modo don Carlos lograría el triunfo político que anhelaba. Ser el primero en ayudar a expeler a sus vasallos le otorgaba una posición de privilegiada ante futuras peticiones de gracia. La junta conseguía a su vez un golpe de efecto que podía ayudar a decidir el éxito de la expulsión. Pero esta decisión también beneficiaba a un tercer e ilustre miembro de la nobleza valenciana, de origen castellano.

No debemos olvidar que Felipe III había dejado especificado que los primeros moriscos en partir fueran aquellos más cercanos a los puertos de embarque, y que por tanto los vasallos de la jurisdicción del marquesado de Dénia debían haber iniciado los embarques. El interés mutuo tanto del duque de Gandia como de la junta había pesado finalmente, aunque también tuvo que ver en ello el deseo de don Cristóbal Sedeño de evitar que los vasallos del duque de Lerma fueran los primeros en salir. Este interés se fundamentaba en una oferta planteada por estas comunidades. En ella los moriscos del marquesado habían esgrimido la promesa de acudir con sus propios bastimentos al embarque siempre y cuando que se les diera el tiempo suficiente para reunirlos.[22] Este ofrecimiento ahorraba dinero a la Corona y sin duda sería del agrado del duque de Lerma en la Corte, así que no cabía la discusión, dado que todas las partes se beneficiaban así de una situación extremadamente delicada. Con esta cuestión decidida, don Carlos se concentró en reunir a sus vasallos para trasladarlos con la mayor brevedad posible al puerto de Dénia, enclave hacia el que también partió Mexía el 25 de septiembre.[23] Un día antes lo habían hecho ya los once comisarios de conducción designados para este puerto.[24]

2.2 Reunión y partida

De acuerdo con las instrucciones remitidas por la Junta, don Carlos de Borja celebró una importante reunión en la villa de Gandia durante la mañana del 24 de septiembre. A ella fueron convocados los representantes municipales de las poblaciones afectadas por la medida, y junto con ellos los miembros más importantes de la comunidad morisca de la huerta de Gandia. Los Monises o los Gazi que señalara el cronista Damián Fonseca,[25] además de los Xep, los Faraig o los Boamit, fueron probablemente algunas de las ricas familias moriscas representadas en esta convocatoria, que tuvo como finalidad explicar los detalles de la orden de expulsión,[26] tranquilizar a los representantes de la aljamas y aprestar a unos y otros para una salida inmediata:

Esta mañana he juntado todos los oficiales de los lugares de moriscos que ay çerca de aquí y los que entre ellos eran poderosos, y les he dicho la merçed que el Rey nuestro señor les haçía, trabajando para que llegasen a entenderla y todos los que asta ahora le han oído conoçen la piedad y merçed que se usa con ellos, y para façilitar más que obedezcan lo que se les manda les he permitido que de la parte desta haçienda que Su Majestad me ha hecho merçed cada particular que venda lo que buenamente pudiere para su socorro.

La posición mostrada por el duque durante este encuentro fue realmente generosa. Permitir que los moriscos se excedieran en el uso de las concesiones económicas recogidas en el bando representaba una gran ventaja para estos, a la vez que simbolizaba el sacrificio tácito de don Carlos a favor de la expulsión. Con esta acción se eliminaban posibles quejas y retrasos por parte de las poblaciones a embarcar, y se lesionaban los derechos económicos del duque sobre los bienes que los moriscos pudieran dejar. Pero don Carlos entendía seguramente que cada paso que diera para facilitar el destierro revertería en mayores beneficios futuros, así que intentó allanar las negociaciones en todos los aspectos en los que los moriscos representaban sus dudas:

Temían casi todos que una vez embarcados en la mar les degollarían. Se les a sigurado que no sólo les dejarán las vidas, pero el buen tratamiento que Su Majestad manda que se les aga, y las penas que pondrá para los que no obedeçieren, y con esto y con deçirles que diez o doçe de los christianos viejos desta tierra que ellos escogieren irán en su compañía asta que desembarquen les asegura, de suerte que a los destos lugares creo no abrán menester más gente para conduçirles a la embarcación. Siguen asta ahora obedientes, y para que estos no muden de propósito y sean ejemplo de los demás, sería importante que se embarcasen los primeros (...) Piden que su embarcaçión sea en los bajeles del duque de Tursi mi hermano, pero esto no puede ser por el puesto que se le ha señalado que es muy lejos de aquí, pero se consolaría con que en su embarcación fuesse la persona de don Melchor de Borja, mi hermano. En esto no ago más de representar a vuestra Excelencia de quánta consideración será que la primera embarcaçión se haga con satisfaçión desta gente, porque los demás vayan con quietud, y que en esto que suplican se aga con ellos lo posible, y quando no vaya con ellos mi hermano don Melchor a lo menos se de liçencia para que los christianos viejos que he dicho pasen con ellos asta dejarlos donde se uvieren de desembarcar, y muchos de los de aquí se me han ofreçido y los hermanos que aquí tengo irán en caso que sean menester.[27]

De acuerdo con los miedos mostrados por los moriscos presentes en la reunión del 24 de septiembre, el duque acabaría por perfilar un modelo de destierro que incluiría elementos que más tarde se intentarían generalizar a todo el proceso. Que fueran nombrados cristianos viejos de confianza para la comunidad morisca en sustitución de los comisarios de conducción, era un elemento que hasta el momento no parecía haber sido contemplado por los encargados de la expulsión, y que además de ahorrar gastos quitaba recelos a unos moriscos temerosos de ser asaltados por los propios encargados de su defensa. Que del mismo modo pudieran ser acompañados por los representantes del señor durante la travesía y hasta el punto de desembarco, eliminaba gran parte de las tensiones que suscitaba el contacto con la marinería y los soldados de las galeras. De esta suerte el duque de Gandia fijó una serie de promesas que realmente parecían asegurar un embarque tranquilo y ordenado, lo que acabaría por decidir que, de acuerdo con los intereses mostrados por don Carlos, los moriscos de la huerta de Gandia fueran los primeros en embarcarse.

Otra de las concesiones hechas a los moriscos del duque de Gandia fue la de rebasar los tres días preceptivos marcados para salir de las poblaciones. Este permiso no aparece reflejado directamente en la documentación, pero quedó reseñado en una de las misivas del duque. Después de la reunión del día 24 los moriscos de las proximidades de Gandia tuvieron, en el peor de los casos, hasta seis días para arreglar sus negocios, y no sería hasta el 30 de septiembre cuando la primera columna de desterrados se puso en camino hacia el puerto de Dénia. Esta medida tendría también su explicación en las precauciones tomadas por don Carlos:

Ayer día de San Jerónimo hiçe dar principio a imbiar Moriscos para embarcarlos. Partió sólo un lugar por ver cómo lo tomaban, y fue con tanta obediençia y tan buena gana de embarcarse que no salió del orden que se le dio. Con partir tarde de aquí estaba envarcado a las quatro de la tarde. Oy han ido todos los demás lugares de la partida de Gandia, con tanta mansedumbre que con el mayor conçierto y quietud del mundo, de manera que me ha maravillado.

El escaso tiempo que se tardaba en realizar el trayecto desde Gandia a la villa de Dénia permitió un rápido traslado que, pese a todo, no estuvo exento de problemas. A pesar de las recomendaciones referidas por el duque, parece ser que finalmente la junta había ordenado el traslado de ciertos comisarios de conducción cuyo comportamiento, unido al de otros cristianos viejos, dificultaba más que allanaba el proceso de destierro:

Advierto a Vuestra Excelencia que si no se toma algún expediente para abreviar las embarcaciones durarán muchos meses y suçederán algunas inquietudes, porque la codicia de robar en la gente es grande, así en los christianos viejos que quedan como en los comisarios que vienen a conduçir los Moriscos, pues por sus intereses permiten y aún dan liçencias por escrito, sigún he entendido, para que después de aver publicado el bando en un lugar puedan salir de él para otros, cosa que es contra lo que Su Majestad manda y que no se devería permitir por quitar ocasiones de robos y homicidios. Vuestra Excelencia lo sabrá remediar como conviene.[28]

La posible codicia de los comisarios ya había sido apuntada por el duque y sus propios vasallos, y esta primera experiencia sirvió para verificarla. En cualquier caso y mientras no pasara a mayores, ni el virrey ni don Agustín Mexía parecieron dispuestos a ponerle freno, seguramente porque no tenían capacidad para ello. Otra cuestión problemática y muy diferente de aquella, era el retraso que poco a poco acumulaba la expulsión. El primer embarque sumaba varios días de demora sólo en la fase de traslado hasta el puerto así que el balance final, después de computarse la posible dilación de las galeras en volver de Berbería, resultaba verdaderamente preocupante. Las estimaciones de don Carlos –que preveían un largo proceso de embarque que duraría meses– parecían confirmarse, más si cabe si se consideraba que era muy posible que las diecisiete galeras de Nápoles no tuvieran capacidad suficiente para absorber el enorme número de moriscos que se acercaba paulatinamente hasta Dénia. Hacía falta arbitrar algunas medidas complementarias o el solo traslado de los moriscos del duque de Gandia necesitaría de varios embarques.

2.3 ¿Transporte real o flete privado?

El problema derivado de la limitación de carga de las galeras de la escuadra de Nápoles se tuvo en cuenta desde un primer momento. Estas galeras contaban en condiciones normales con una media aproximada de entre doscientos treinta y doscientos cuarenta tripulantes,[29] lo cual era una cifra muy respetable –mayor a la necesaria en los grandes y pesados galeones–, a la que había que sumar el refuerzo que suponía la presencia de las cuatro compañías que todavía no se habían desembarcado. La tipología de la galera, con un casco de poco calado diseñado para facilitar la rapidez de movimientos y maniobrabilidad, no permitía más que un almacenamiento mínimo de pertrechos y, dada la numerosa tripulación que necesitaba para su correcto funcionamiento,[30] también de pasajeros. Por este motivo parecía evidente que sería muy difícil acometer con éxito la expulsión desde el punto de vista logístico mientras no se permitiera hacer una interpretación más libre del edicto del día 22. Según las instrucciones dictadas por el rey, todos los moriscos contaban con la garantía de ser embarcados gratuitamente en las escuadras reales, pero el problema era que de acuerdo con la rapidez que se pretendía dar a los transportes, varios miles de ellos se dirigían a un mismo tiempo hacia Dénia para hacer valer este compromiso.

La solución a esta previsible dificultad ya había sido planteada por el Consejo de Estado en su sesión del 21 de junio. En ella se había acordado avisar al virrey de Valencia para que en el transcurso de la expulsión no se sirviese solamente de las escuadras reales, sino que también contemplase el recurso a la utilización de todas aquellas embarcaciones mercantes que se hallaran en la costa del reino.[31] Por medio de los embargos masivos se podría suplir con facilidad las limitaciones estructurales de las galeras, aunque su flete repercutiera en mayores gastos para la Corona. Esta opción debía por tanto ser proveía con suma cautela, a fin de no acentuar demasiado los gastos de la expulsión, pero Caracena se halló compelido a ello desde un primer momento. El 24 de septiembre y ante la enorme suma de moriscos que el duque de Gandia preveía reunir, el virrey escribió una carta al comisario Sedeño para que embargase ciertas embarcaciones del puerto de Dénia:

Para la ocasión desta embarcación me escribe el señor marqués de Sancta Cruz que se allan en esa playa algunos vajeles muy a propósito. Conviene al servicio de Su Majestad que ynformado Vuestra Merced de Su Excelencia se encaute de los que fueren de servicio, quitándoles las velas y timón, que se dará satisfacción de lo que por esta razón ubieren de aver y Vuestra Merced haga el envargo ante un scrivano con día, mes y año.[32]

De acuerdo con esta orden, el marqués de Santa Cruz obtuvo el permiso para utilizar todas aquellas naves mercantes que fueran necesarias para completar el embarque de los moriscos de la huerta de Gandia. El puerto de Dénia se convirtió así en el primero en poder beneficiarse de esta opción durante la expulsión. Pero este uso nacía con importantes limitaciones. El destierro morisco se planteaba como una operación que en todo momento debía estar bajo el control absoluto de los oficiales designados para su ejecución, así que en un principio no se contemplaba la posibilidad de que estas embarcaciones participaran libremente en los transportes. El marqués de Santa Cruz no tenía las suficientes dotaciones para maniobrar todas aquellas naves, así que por ello se decidió desarmar velas y timones. Con esta media no se buscaba otra cosa que privar a los mercantes de toda maniobrabilidad –algo muy común por lo demás en este tipo de embargos–, con una finalidad fácil de delimitar. Los navíos embargados funcionarían solamente como remolques, que las galeras arrastrarían a golpe de remo. De esta forma los navíos podrían ser controlados con una pequeña guarnición, y en ningún momento dejarían de estar a tiro de las galeras. Pero en esta opción existía un problema de financiación que no había sido bien delimitado por el rey:

En Denia e ordenado a don Cristóbal Sedeño, gobernador de aquel marquesado, que embargue algunos bajeles que entendía se hallavan en aquel puerto de mercaderes, para el pasaje. Lo mismo aré con los demas puertos. Los fletes y bastimentos mande Vuestra Majestad avissarme de donde sea servido que se provean.[33]

La Corona no había por tanto señalado hasta el momento sobre qué consignación se cargaría el gasto del embargo de los navíos mercantes, pero los moriscos habrían de dar pronto una solución inesperada que ayudaría enormemente sanear los gastos de la expulsión. El mismo día en que el virrey se preguntaba de dónde sacar aquel dinero, don Agustín Mexía avisaba que ciertas poblaciones moriscas cercanas a Valencia habían planteado la posibilidad de hacerse cargo del flete de algunas embarcaciones francesas que se hallaban en el Grao de la ciudad. Esta opción no había sido contemplada hasta aquel momento, pero tomó forma rápidamente. Si se permitía a los moriscos pagar sus propios fletes no sólo se abreviaría la expulsión, sino que también podrían entrar en liza otros puertos como el Grao, descartados en su momento por no ofrecer garantías para la seguridad de las escuadras. Las posibilidades que se ofrecían eran verdaderamente favorables, ya que se eliminaba gran parte del riesgo de perder en el mar las embarcaciones reales, y se conseguía además proyectar una imagen de benevolencia y liberalidad que sin duda ayudaba a eliminar los recelos de muchos moriscos. Por esta razón don Agustín ordenaría que de manera inmediata se diera luz verde a esta nueva modalidad de embarque.[34] Pocos días después, el día 27, el secretario personal del virrey informaba del creciente interés de muchas comunidades moriscas por adoptar la opción del flete privado,[35] mientras que el propio marqués de Caracena consultaba al rey la posibilidad de remitir más mercantes desde otras costas peninsulares, a fin de agilizar los embarques de cara al inicio del invierno.[36]

Pero esta demanda tenía bastante de precipitada. El primer embarque morisco todavía no se había producido, y los fletes privados no iban a tener una gran incidencia en él, ya que el duque de Gandia no había contado con aquella información a la hora de reunirse con los representantes de las aljamas. Los primeros moriscos de don Carlos iban a embarcarse en las galeras de Nápoles y los navíos embargados por cuenta real, y al menos en aquella primera salida no podía ya plantearse un cambio de orientación como el que desde Valencia planteaban el marqués de Caracena y don Agustín Mexía. En todo caso, el impacto de los fletes privados acabaría también por condicionar esta primera embarcación.

2.4 La salida de la escuadra real

Felipe III había dejado muy claro a todos los mandos navales de la expulsión cuál debía ser la forma de plantear los embarques a bordo de las escuadras reales. El 3 de septiembre había remitido despachos a todos ellos, en los que informaba que se debía embarcar los contingentes de moriscos en cuanto estos llegaran a los puertos, y sin esperar por tanto a reunir un gran número de personas ni aguardar unas escuadras a las otras a la hora de salir de puerto. Con esta medida lo que se pretendía era ralentizar lo menos posible los trayectos, ante los fallos de coordinación que se podían seguir de la reunión de grandes armadas.[37] Otra de las medidas que también se quiso dejar muy clara a los mandos era la promesa real de respetar la integridad y bienes de los moriscos antes y durante los transportes por mar, y precisamente en esta labor de información y concienciación ocupó el marqués de Santa Cruz los días previos a la salida del primer embarque. En aquellas fechas eran muchos los moriscos que se acercaban hasta la villa para escuchar de viva voz aquello que todavía se resistían a creer. El miedo se había extendido por toda la región al calor de los asaltos y las muertes, pero pese a todo el marqués confiaba que la salida de la escuadra se pudiera producir en los primeros días de octubre.[38]

La llegada a Dénia de Agustín Mexía había supuesto un impulso final para los preparativos. Pese a las recomendaciones de don Carlos de Borja, el día 27 había remitido a los once comisarios que habían sido asignados a Sedeño, para que fueran a recoger a los moriscos de la huerta de Gandia y parte del condado de Oliva. De acuerdo con este procedimiento, don Agustín consideraba que en el transcurso del día 28 el bando de expulsión sería publicado en las primeras once poblaciones que debían embarcarse, por lo que razonablemente –y al igual que Santa Cruz– esperaba que la primera embarcación se produjera entre el 31 de septiembre y el 2 de octubre. Finalmente se habían embargado ciertas saetías francesas, así que junto con las diecisiete galeras de Nápoles, y según los cálculos del marqués de Santa Cruz, el maestre de campo estimaba posible la embarcación de unas cinco mil almas, siempre y cuando no se presentaran más poblaciones de las que se preveía. En todo caso y ante las primeras peticiones de flete de embarcaciones privadas, don Agustín dio su aprobación para que comenzaran a concertarse contratos con diferentes patrones franceses.[39]

Tal y como había señalado el duque de Gandia, la primera población morisca en abandonar sus casas para dirigirse al destierro llegó a la villa de Dénia el día 30. Informado de aquella salida, el marqués de Santa Cruz dispuso todo lo necesario para recibirles a bordo de las galeras aquella misma tarde. Estos moriscos provenían de L’Alqueria de la Comtessa, aunque se habían unido a ellos cierto número de personas provenientes del servicio de los denominados como «frailes vasallos del señor Duque». En total este primer contingente sumaba medio millar de personas, para las cuales el marqués había dispuesto acomodo en dos de las galeras de su escuadra.[40] Pero por desgracia no se conservan noticias acerca de la llegada del resto de poblaciones durante los días siguientes. Seguramente tanto Mexía como Sedeño y Santa Cruz decidieron esperar a tener la primera embarcación lista antes de volver a informar del desarrollo de la operación, así que la correspondencia no se restableció hasta el 2 de octubre, día en que se esperaba la partida del primer convoy (tabla 1.1). En todo caso se conserva algún relato sobre la llegada a Dénia de esta primera barcada de moriscos:

Caminaron luego hazia Dénia los pueblos señalados, como si fueran gitanos, unos a pie, otros a cavallo, muchos en carros y algunos en coches (...) Cuando llegavan a los puertos donde estava la infantería Española, se ponían las compañías en hileras, y saliendolos a recebir, los acompañavan hasta la embarcación, que era menester según los muchos ladrones que acudíana estos puestos, [y] ni aún desta suerte se podían librar, particularmente de los forçados de las galeras, que como tan diestros y los Moriscos tan boçales, en el ayre les hazían invisibles los fardeletes. Verdad sea que el que cogían lo pagava por todos.[41]

Esa misma jornada el marqués de Santa Cruz notificaba a la corte el embarque de hasta tres mil ochocientos tres moriscos en las diecisiete galeras de Nápoles, además de otras mil cuatrocientas treinta personas –provenientes de Benieto, Benipeixcar, Bellreguard y otras poblaciones de la huerta de Gandia–, que se habían repartido entre diez pataches y saetías embargados en la dársena del puerto (tabla 1.2). Estas embarcaciones finalmente no fueron desprovistas de sus aparejos, ya que con la introducción definitiva de los fletes privados se imponía la necesidad de darle una total libertad de acción. De este modo el marqués señalaba que saldría aquel mismo día con su escuadra, y que dejaría «fuera estos vageles [los mercantes] que hagan su viaje la vuelta de Orán, y yo haré el mismo».[42] El destino de todo el convoy sería por tanto el puerto de Mazalquivir, ya que pese a la autonomía que se iba a dar a los mercantes, parece ser que estos primeros fletes habían corrido mayoritariamente a cargo de la Corona. Esa misma tarde, don Agustín Mexía reseñó la salida de la armada:

A la hora que me pongo a escribir ésta, que es a la de ponerse el sol, acava de salir el marqués de Santa Cruz deste puerto con las diez y siete galeras de su cargo y otros diez bageles, cargados todos con moriscos (...) La que ya puedo dar a Vuestra Majestad desta embarcaçión es que se ha hecho con mucha quietud, sin que a ningún morisco se le aya hecho la menor pesadumbre del mundo ni de palabra ni de obra, y ansí se an embarcado con mucho contento. Y esta es una de las tres cosas que he procurado en esta embarcación, y la otra que se fuese con mucha brevedad (...) y la otra es que se satisfaçiesen de que la voluntad de Vuestra Majestad no hera de que los hechasen a la mar como pensavan, y lo que me parece que más les ha asegurado es el darles licençia que se bayan a donde quisiesen como no sea a los Reynos de España, y que pudiesen fletar navíos como lo an hecho algunos.

Pero esta embarcación no había sido tan pacífica como Mexía intentaba dibujar. Pese a la evidente omisión de los episodios oscuros que pudieron producirse durante estos días, el maestre de campo dejó entrever en su breve crónica cierto problema producido al intentar separar a los niños moriscos de sus progenitores, ya que como apuntaba, «se ha hechado bien de ber cómo fuera caso ymposible poder separar a los niños de sus padres, porque entiendo que antes se dejarán matar que hir sin ellos».[43] Parece fuera de toda duda que el maestre llegó a esta conclusión después de asistir a un estallido de tensión que, pese a haber quedado silenciado en las fuentes, marcaría una pauta esencial en toda la expulsión. En contradicción con lo reseñado en el bando de expulsión, algunos cristianos viejos no se iban a conformar con quedarse únicamente con los niños menores de cuatro años cuyos padres o tutores accedieran libremente a su cesión. El hurto de niños comenzaba a orquestarse, y de él participarían tanto particulares como soldados y religiosos, que no verían en las autoridades un gran freno a sus actividades. Esto no quiere decir que Mexía no intentara respetar las garantías dadas a los moriscos. En esta primera embarcación partieron tres de ellos encargados de volver con la escuadra para informar a sus congéneres sobre las condiciones del desembarco y el cumplimiento de los pactos. Esta nueva concesión veía a demostrar los esfuerzos de Mexía por extender entre los moriscos una idea de seguridad que no acababa de ser asumida, y que resultaba ser un foco constante de tensión.

Sea como fuere el 2 de octubre se había dado por fin inicio a la expulsión. Ese mismo día también partirían de Valencia los primeros moriscos que habían concertado fletes particulares, y el marqués de Caracena inició las conversaciones con los cónsules de todas las naciones que tenían vínculos comerciales con el reino para que facilitasen la llegada a las costas valencianas de todos los navíos mercantes que pudieran captar. En estos primeros días los moriscos no parecían reparar en el gasto de los fletes, y el negocio se presentaba favorable tanto para los intereses comerciales como para los de la propia Corona. El miedo a embarcarse junto con los soldados de los tercios pesaba en el ánimo de muchos moriscos, así que era necesario explotar al máximo esta nueva opción. Por ello y de manera paralela, el virrey informó que procedería de inmediato a ponerse en contacto con los señores de vasallos moriscos para concertar todos los fletes posibles. La empresa no se revelaba sencilla, ya que el éxito de los embarques privados iba a depender en gran medida de la generosidad y colaboración de los señores, quienes en último término tendrían que decidir si permitían a los moriscos reunir el dinero necesario para ello. Lo cierto es que comenzaban a llegar noticias sobre las pobres condiciones económicas con que llegaban algunas de estas primeras aljamas a los embarques, así que sin el apoyo financiero de los señores, los fletes privados pronto dejarían de tener viabilidad. Como señalaba el virrey, «con los señores y varones abré de perder por este camino la tierra que tenía ganada en materia de buenas voluntades», pero también había mucho que ganar.[44]

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