Kitabı oku: «Letras viajeras»

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Letras viajeras

Manuel Rico


ISBN: 978-84-15930-57-0

© Manuel Rico , 2015

© Punto de Vista Editores, 2015

http://puntodevistaeditores.com

info@puntodevistaeditores.com

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Índice

El autor

Introducción

Gentes y tierras con corazón de roble

Donde termina la alta Alcarria

Caminata con Rubén Caba por tierras del Arcipreste

Visita a Bécquer en su celda de Veruela

Calaceite, Donoso y el boom latinoamericano

Corazón de roble II: de Soria a San Esteban

John Dos Passos, de Nueva York a La Mancha profunda

Con Azorín, en Riofrío de Ávila

Los foramontanos de Víctor de la Serna

La sierra del poeta olvidado: otro Madrid

Cela, la Alcarria y los más débiles

Corazón de roble III: hacia Aranda de Duero

Con Richard Ford, por tierras de Albarracín

Andersen visita Cádiz y Granada

“Horas en Córdoba”, con Azorín

Las Hurdes caminadas por Unamuno

Sarnago y la Alcarama de Abel Hernández

Viaje a la Soria sucedida de Gerardo Diego

Juan Goytisolo, viajero por los campos de Níjar

Verano del 62: Juan Marsé viaja al sur

Cádiz, de la sierra al mar

Por el sueño navegable de Castilla con Guerra Garrido

Richard Ford nos lleva a la Cantabria del siglo XIX

En el Café Gijón de Francisco Umbral

El Duero de Julio Llamazares I

El Duero de Julio Llamazares II

Cees Nooteboom y El desvío a Santiago

Pessoa, guía turístico de Lisboa

Miguel de Unamuno llega a Coimbra

El canto viajero de Claudio Rodríguez

Con Mestre en el otoño de El Bierzo

Por las Hurdes con Ferres y López Salinas

Por la sierra de Ayllón con Jorge Ferrer-Vidal

En la “ciudad castellana” de Azorín

En “La isla dorada” con Miguel de Unamuno

El año en Provenza de Peter Mayle

En Trás-os-Montes, con Julio Llamazares (I)

Viajar por Soria con Antonio Machado

Por Donde Las Hurdes se llaman Cabrera, con Ramón Carnicer

En Trás-os-Montes, con Julio Llamazares (II)

Corazón de roble IV, de Peñaranda a Maderuelo

Por las Rías Bajas con Miguel de Unamuno

Jesús Torbado y su Camino de plata

En León, con Gamoneda y su infancia

El autor

Manuel Rico (Madrid, 1952) es poeta, narrador y crítico literario. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, ha colaborado en diversos diarios y revistas (El Mundo, El Sol, Cuadernos Hispanoamericanos, Ínsula, Letra Internacional, Mercurio, Turia…). En la actualidad, además de sus colaboraciones en revistas, ejerce la crítica de poesía en el suplemento Babelia, del diario El País. Es autor, entre otras obras, de los libros de poemas La densidad de los espejos (Premio Juan Ramón Jiménez de 1997), Donde nunca hubo ángeles (Visor, 2003), y De viejas estaciones invernales (Igitur, 2006). Una amplia selección de su obra poética se recoge en la antología Monólogo del entreacto. 100 poemas. (2007) publicada por Hiperión. Trenes en la niebla (Espasa, 2005) y Verano (Alianza, 2008) son sus últimas novelas, esta última galardonada con el Premio Ramón Gómez de la Serna 2009. Es autor del único ensayo publicado sobre la totalidad de la poesía de Manuel Vázquez Montalbán, Memoria, deseo y compasión (Mondadori, 2001) y del libro de viajes Por la sierra del agua (Gadir, 2007). Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores y la sección de cultura del diario digital Nueva Tribuna.

Con su libro Fugitiva ciudad, obtuvo el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández en su edición de 2012.

Los textos que componen esta obra provienen del blog del autor “Letras viajeras”

(http://www.eco-viajes.com/blogs/letras-viajeras/).

Introducción

Escribió el comediógrafo belga Francis de Croisset: “La lectura es el modo de viajar de aquellos que no pueden tomar el tren”. La literatura de viajes es, en el fondo, otra forma de viajar. Aunque hayamos visitado determinados paisajes o ciudades, aunque los conozcamos a fondo por haber vivido en ellos durante un tiempo, cuando leemos un libro, o una pieza literaria en la que se cuenta el recorrido de un determinado escritor por esos lugares, volvemos a vivir nuestra experiencia. Filtrada por la mirada del escritor, enriquecida por perspectivas nuevas, que se mezclan con nuestros recuerdos, nuestra mirada y nuestra memoria hasta fundirse con la apuesta narrativa o poética del autor.

Intento recordar cuáles fueron mis primeras lecturas viajeras y me viene a la cabeza alguna de las leyendas de Bécquer. Aunque se trataba de un relato, tuvo la virtud de hacerme viajar al monasterio de Veruela, a los paisajes del Moncayo. Después leí al Unamuno de Por tierras de Portugal y de España, al Azorín de Castilla y, sin solución de continuidad, desemboqué en el Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela.

Recuerdo aquellos “viajes” con la imaginación en tardes de verano en mi casa familiar en un barrio periférico de Madrid. Con Unamuno, olía los bosques de la sierra de la Peña de Francia, en Salamanca, o sentía el bochorno del sol implacable de algún pueblo de Castilla al mediodía o el fresco, oloroso a cuero y a madera, de alguna casa solariega con zaguán en sombra de algún capítulo del libro de Azorín, o el frío matinal en la estación de Atocha cuando Camilo José Cela se dirigía, al amanecer, al tren de madera que habría de llevarlo a Guadalajara, primera estación de su viaje inmortal.

Eran letras viajeras, invitaciones a conocer ciudades, cordilleras, caminos, aldeas, con el poderoso instrumento de la imaginación avivada por la palabra. Después vendrían muchos libros más. Muchos viajes sin tomar el tren. A lugares que, con el paso del tiempo, pasarían de la imaginación a la realidad.

Las páginas que siguen recuperan esa experiencia, tienen algo de sedimento de mi relación con todos esos lugares. Su textos, nacidos de mi compromiso con la regularidad que requiere un blog inserto en una revista online de viajes (Eco-Viajes.com), son el fruto de sucesivas lecturas y relecturas, de reencuentros con libros que leí hace mucho tiempo y de descubrimientos inesperados, de acercamientos a libros viajeros aparecidos en los últimos años. En su escritura he caído en la cuenta de que también en géneros como la poesía y el relato hay mucho de literatura viajera, que es posible, en ambos, descubrir y degustar su proteína visitando escenarios, paisajes y localidades de la mano del narrador o del poeta de una forma nueva, imprevista: captando sus olores, sus ruidos, su música, su esencia en definitiva.

Todo ello (y quizá mucho más, pero eso ha de juzgarlo el lector) está en Letras viajeras. En la palabra de otros he encontrado realidades conocidas convertidas en nuevas realidades. En mi palabra, un instrumento para gozar de ellas y para transmitir ese gozo a los lectores. En eso consiste, tal vez, el misterio de la literatura. Y no sólo de la viajera. Buena lectura.

Gentes y tierras con corazón de roble

En la primavera de 2011 leí los primeros capítulos de Corazón de roble, de Ernesto Escapa, un apasionante viaje a lo largo del río Duero y sus afluentes. Desde Urbión y los campos de Soria a la urbe de Oporto. Libro denso de lectura fluida (aunque parezcan términos contradictorios) que nos acerca las gentes, los pueblos, las aldeas y la naturaleza que el Duero baña. Dada la variedad y la extensión del viaje que Escapa nos cuenta, me referiré a él en otros capítulos.

En el que ahora abordamos, es Soria, provincia en la que nace y en torno a cuya capital, como escribió Machado, “traza el Duero su curva de ballesta”, la protagonista. Ernesto Escapa entra en la ciudad de iglesias románicas y calles de soportales y sombras, visita el instituto donde don Antonio daba sus clases de francés, nos cuela en la iglesia de Santo Domingo, o en la de San Nicolás, o en la Concatedral de San Pedro y nos invita a meditar en sus interiores frescos y olorosos a incienso; desciende, caminando, hasta el río y sus extensas praderas, nos acerca a Numancia y sus ruinas, nos devuelve a la ciudad, baja de nuevo al río, hasta el mágico y dorado (dorada piedra del románico) monasterio de San Juan de Duero y nos deja paseando bajo los álamos hasta llegar a la ermita de San Saturio (“álamos del camino en la ribera / del Duero, entre San Polo y San Saturio”).

Ese viaje con las palabras a la orilla del Duero me trajo a la memoria una tarde de julio de 2008: había un cielo de nubes rizadas y viento calmo. Contemplé, a lo lejos, San Saturio con una luz especial y vi la posibilidad de atrapar el instante. Guardo como oro en paño la fotografía.

Desde este Madrid urgente y millonario de habitantes, visitar, aunque sea con la lectura, una ciudad como Soria, en la que la modernidad se posa sin que se quiebre la sensación de tiempo detenido que se respira en sus calles, en sus cafés, en sus tiendas (mercerías, papelerías, pastelerías, alguna antigua taberna), en su viejo y sabio Casino Numancia —en cuyo edificio tiene su sede la Fundación Antonio Machado y en una de cuyas salas he tenido la fortuna de leer poemas—, es una experiencia que gratifica, invita e incita. ¿A qué? Pues a tomar el coche, o el tren, o el autobús, y perderse por un par de días como poco entre sus calles centenarias para vivir la experiencia a la que el libro de Escapa nos conduce inevitablemente. Y sentir que, al menos en parte, nuestro corazón tiene algo de ese Corazón de roble cuya coronaria avanza desde Urbión a Oporto. Y que, en Soria, late alimentado por versos de Gerardo Diego, por la prosa densa e iluminadora de Gaya Nuño, por las memorias de Dionisio Ridruejo o por los poemas de García Nieto evocando Covaleda. Pero eso, Covaleda, vendrá después. Buenas tardes.

Donde termina la alta Alcarria

“Ahí, donde termina

la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta

las viñas, nacen sin esperanza

los centenos; ahí,

donde se oye sobre la piel el canto

de los grajos, está mi pueblo.

Lugar donde la noche se hace

desfiladero, sombra,

cañada...”

La pequeña ciudad se ve a los pocos kilómetros de abandonar Villaconejos de Trabaque en dirección a Priego, en la carretera provincial que llega de Guadalajara. Allí respira una palabra afilada, bruja, que ha convertido el aire, los cañones de los ríos (la Hoz de Beteta, el Estrecho de Priego) o la plaza del pueblo en raras bóvedas de templos góticos. El poeta, cuyo nombre es Diego Jesús Jiménez, duerme en el cementerio asomado a las cumbres que rodean Priego, pero su palabra está en sus libros: con ella viajamos a la orilla del Escabas, nos miramos en el espejo de sus aguas como se miran los juncos y los mimbrales, o la propia infancia del poeta, nos adentramos en los bosques donde todavía respira una naturaleza no vulnerada, avanzamos hasta Fuertescusa en busca del balneario de Solán de Cabras (un reducto del reposo y de la ensoñación en medio de pinos y roquedas), el agua nos sabe a alfarería ─ahora entiendo, tanto tiempo después, por qué Jiménez tituló la colección de poesía que dirigió en los años 70 con el nombre de Alfar─, a arcilla todavía húmeda, a barro sin cocer, a paja y a granero. Ahí está, en los poemas de La ciudad, de Coro de ánimas, de Fiesta en la oscuridad, esa sierra casi virgen que tan poco se conoce.

Pocas veces un poema nos invita a viajar como lo hace en la escritura de Diego Jesús Jiménez. Digo más: nos lleva de viaje casi en volandas por espacios que ni imaginábamos. Recuerdo cómo, hace mucho tiempo, llegué a esos parajes después de haber leído “Fiestas en Priego”, o “En el silencio”, o “Fabulación” y los viví con aún mayor intensidad que si nunca hubiera tenido entre mis manos uno de sus libros. La Fuente de los Tilos, el casco urbano de Cañamares, muy cerca de los pinares que protegen el río Escabas, Cañizares, el pueblo de Beteta, son escenarios tocados por la poesía de Jiménez de los que, tras haberlos recorrido, uno no puede apartarse durante mucho tiempo. “Casi se han convertido en templos / las azadas, / en puras herramientas del corazón”. En las vegas, en las orillas veraniegas frecuentadas por le libélula y el abejorro, en los pinares que huelen a tomillo, a hongos, a rosas silvestres, en los bosques inexcrutables que cubren las laderas (“En la oscura paciencia de los bosques”, otro poema de Jiménez), por encima de los precipicios de roca que presiden la carreteras que horadan la serranía y que conducen a Albarracín y sobrevuelan los buitres, está el lenguaje del poeta.

Pero están también las piedras, aún no devastadas y a la espera de restauración, que conforman las ruinas del Convento del Rosal, en las afueras de Priego, donde, cuando anochece, despiertan los fantasmas, los viejos monjes, los santos a los que el poeta da vida en un magnífico texto, “Ante las ruinas del Convento del Rosal”, el poema del libro Bajorrelieve con el que quedamos invitados a acudir a esa serranía tan próxima y desconocida, tan apegada a la palabra poética.

En todo caso, concluyo abriéndoos la puerta a un viaje al universo evocador del río Escabas en el poema que lleva su nombre:

“Tiene la vieja luz de los nogales,

el resplandor descalzo de los suelos sagrados

donde oscuros aromas de maderas mojadas

habitan su penumbra. Entre el olor amargo

de los mimbres aún verdes y la lluvia, teje la claridad áspera

de la higuera su perfume dormido.”

Caminata con Rubén Caba por tierras del Arcipreste

El 8 de mayo de un año indeterminado de la década de los setenta del pasado siglo (probablemente fuera en 1974, o en 1975), un escritor hoy apenas conocido, Rubén Caba, hacía noche en la villa alcarreña de Hita. Pernoctó, en la casa particular de Marta, una feligresa recomendada por el párroco (no sabemos más detalles) puesto que, según escribió el propio Caba, “el pueblo no dispone de fonda ni hay nadie que alquile habitaciones”. Al día siguiente emprendió el viaje, a pie y “en cabalgadura” (que sería en unos tramos mula en otros burro), que nos cuenta en un libro hoy inencontrable titulado Por la ruta serrana del Arcipreste (publicado en 1977 y reeditado en 1995), libro que tuvo, además, una versión previa aún más inencontrable, Salida con Juan Ruiz a probar la sierra. He comprobado, de todos modos, que la magia de Internet puede facilitar la tarea del lector/viajero al que acucie la curiosidad y el deseo de poseerlo.

Leer hoy ese libro es hacer un doble viaje: al tiempo de Juan Ruiz, a los episodios que cuenta en sus Cantigas y que discurren a comienzos del siglo XIV y, sobre todo, a la realidad de los años setenta del siglo XX en un territorio tan cercano a Madrid como poco conocido. Rubén Caba caminó y cabalgó a lo largo de más de 400 kilómetros de la mano del Arcipreste.

Así nos cuenta su salida de Hita de camino a Uceda y Torrelaguna: “Morral a cuestas, garrota en mano, pie calzado con bota caminera y el prurito de partir hacia la sierra. Con el primer sol, el lector pone proa a Taragudo, aldea que no tiene campo de fútbol ni cancha de frontón (...), sino una explanada donde los jóvenes practican el baloncesto”. De ese modo comienza, tras un pequeño capítulo descriptivo de la villa de Hita, Rubén Caba su caminata. Y así iniciamos, metiéndonos en su piel, nuestro viaje.

Un viaje que discurre, en veinticinco jornadas, por llanadas de verdes trigales, por alamedas inmensas al cruzar el puente sobre el Jarama antes de enfilar hacia la sierra, que sube por una casi desconocida carretera de montaña entre Torrelaguna y Lozoyuela (allí se mezclan jara y abismos de roca por igual), que se adentra en el valle del Lozoya y sus praderas y sus pueblos ribereños hasta llegar a Rascafría y al monasterio cartujo de El Paular ─donde evocará a un poeta olvidado y cantor de sus bosques, Enrique de Mesa─ y enfilar hacia el puerto de montaña de Malagosto hasta llegar a Sotosalbos y más tarde a Segovia para entrar en la “otra sierra del Guadarrama”, subir a la Fuenfría y llegar a San Rafael, a La Tablada, a Guadalix.... hasta volver por Torrelaguna, Valdepeñas de la Sierra, Tamajón, Cogolludo y al fin Hita. Casi un mes caminando, ¡se dice pronto!

Con la palabra de Ruben Caba nosotros caminamos también. Y sentimos bajo nuestras posaderas la grupa de la yegua Paola o del burro Chaparro. Respiramos el aire, oloroso a cerveza y a humo, de Casa Paca, lugar de las partidas de naipes de las tardes en Oteruelo, cenamos en Rascafría al arrullo de las melodías que cantan una chicas a la puerta de la fonda, conocemos a los párrocos de Sotosalbos y Rascafría, dialogamos con un ciclista británico perdido por aquellos caminos, recorremos el itinerario que, en Segovia, hacía Antonio Machado cada mañana para ir al instituto y olemos al lobo, como lo hace la yegua, entre Valdepeñas de la Sierra y Tamajón, ya de vuelta al lugar de partida.

Pero si algo nos sorprende de manera especial es ver en el libro, en el mapa que precede al relato, el nombre de una auténtica y desconocida maravilla. Se trata de las ruinas de un monasterio cisterciense casi desconocido, el monasterio de Bonaval, una celebración entre románica y gótica cercana a Tamajón y Retiendas Y, cómo no, leer términos a punto de perderse como cayada, trocha, marañal, breñas, o labores, que en la ciudad hemos olvidado del mismo modo que olvidamos las palabras que las nombran: “apriscar la yeguada”, por ejemplo. Es decir, llevarla al refugio del aprisco (otra hermosa palabra).

Terminamos el viaje deseando iniciarlo de nuevo. Y preguntándonos, al cerrar el libro, qué ha sido, más de treinta años después, de los personajes que nos han salido al paso durante los veinticinco días en que hemos acompañado a Rubén. También de Paola, la yegua, y de Chaparro el rucio. Casi nada.

Visita a Bécquer en su celda de Veruela

A Félix Romeo, in memoriam.

“Hace dos o tres días, andando a la casualidad por entre estos montes, y habiéndome alejado más de lo que acostumbro en mis paseos matinales, alcancé a descubrir, casi oculto entre las quiebras del terreno y fuera de todo camino, un pueblecillo cuya situación, por extremo pintoresca, me agradó tanto, que no pude por menos de aproximarme a él para examinarlo a mis anchas”.

Estas palabras, en las que Gustavo Adolfo Bécquer nos cuenta, al comienzo de la tercera de sus cartas Desde mi celda, su paseo matinal por los caminos de las estribaciones del Moncayo, fueron escritas desde la celda que ocupó, entre diciembre de 1863 y octubre de 1864, en el Monasterio de Veruela, una maravilla de piedra dorada del románico, nacida en el siglo XII a partir de una abadía cisterciense y perdida entre la vegetación de una de las carreteras que llevan a Vera del Moncayo. El pueblecito al que se refiere es un pequeño enclave, al pie del Moncayo, llamado Trasmoz. En las palabras de Bécquer y en el librito que en 2008 publicó la editorial Olifante, titulado Carta tercera Desde mi celda, hay una puerta que todos podemos abrir. Es la puerta a otro tiempo y a un lugar maravilloso y envolvente que es preciso visitar: la comarca del Moncayo, el propio Moncayo y, sobre todo, el por tantas razones inquietante, casi inverosímil, monasterio citado.

Viajar con la palabra de Bécquer es, también, sentarse junto a él en la fría celda a escribir a la luz de la vela, es recobrar sus leyendas, hechas de ruinas catedralicias, luces nocturnas, amores furtivos y extrañas pesadillas con los espíritus de El monte de las ánimas. Es recobrar un tiempo frío, de achacosas diligencias, de trayectos a caballo por caminos amenazados por ladrones, frecuentados por mendigos y llenos de posibilidades imprevistas. Era el siglo XIX, un siglo todavía no mecanizado en el que sólo el ferrocarril recién nacido podía competir con los viajes en carro o a caballo (aunque sólo en algunos trayectos) de un país todavía ineficiente y subdesarrollado. Por ello, trasladarse, como hizo el autor de Rimas, de Tarazona a Veruela, a lomos de un mulo y en pleno invierno era, entonces, una tarea casi titánica. A ello se refiere Jesús Rubio Jiménez, autor del prólogo y de la edición del libro: “El trayecto final en mulo se hace brusco e incómodo para el débil poeta”. Y así lo cuenta el propio Gustavo Adolfo: “anduvimos no sé cuántas horas, porque no tenía conciencia del tiempo”.

Bécquer nos lleva a Veruela, nos hace pasear sobre la hojarasca de los caminos de los alrededores, enamorarnos de la arquería gótica de claustro e iglesia y detenernos ante los pequeños cementerios de aldea a los que tanta devoción mostró (“en más de una aldea”, nos dice, “he visto un cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado una impresión siempre melancólica”). También nos invita a pensar en la vida y en la muerte y, de manera muy especial, alimenta y y alienta nuestra vocación viajera. Es decir, nos invita a acudir al Moncayo, a conocer Vera, o Litago, o el pequeño Trasmoz, ese lugar donde hoy se levanta, como un homenaje permanente, la Casa del poeta gracias al impulso de una pequeña editorial, Olifante, y de una auténtica poeta de la edición, Trinidad Ruiz Marcellán. Viajemos, con Gustavo Adolfo Bécquer, hasta allí. Nos esperan.

Calaceite, Donoso y el boom latinoamericano

En 2005 apareció un libro, que pasó inadvertido, titulado Tinta y piedra. Llevaba como subtítulo Calaceite, el pueblo donde convivieron los autores del Boom. Su autor, director de la película Morente. El barbero de Picasso, es Emilio Ruiz Barrachina. Se trata de un emocionante recorrido por este maravilloso, casi mágico pueblo aragonés, situado en la comarca del Matarraña. Su autor nos cuenta su deambular, a lo largo de cinco días, por la localidad y sus alrededores y recupera su peculiar historia cultural. Allá, en el límite entre Aragón (Teruel) y Cataluña (Tarragona) se levanta un auténtico monumento de piedra dorada. Muros centenarios, calles estrechas que ascienden sobre firmes de adoquines, blasones, pequeños jardines ocultos tras altas tapias también de piedra, arcos ojivales, un bosque de caserones ancestrales, construidos entre los siglos XIII y XVI, llevan al viajero que intente adentrarse en su interior a una realidad que parece detenida en otra época. Calaceite, tierra seca y de mediodías calurosos en verano; tierra fría, de hielos afilados y cierzo, es un pueblo casi irreal de tan bien conservado.

Pero el encanto de Calaceite no sólo se encuentra en su arquitectura, ni en los alrededores, esa comarca rara e híbrida del río Matarraña, sino en determinados habitantes. Pocos saben que allí vivieron, durante dos años y en un refugio de libros y amistades, de pasión por sus paisajes y escritura, el gran narrador chileno José Donoso y su mujer Pilar Serrano. Su vida allí, iniciada tras una invitación del traductor al francés de El obsceno pájaro de la noche, convirtió Calaceite, en las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, en un foco de intensa actividad cultural: atrajo la presencia, unas veces fugaz y otras con vocación de continuidad, de los escritores, españoles e hispanoamericanos, que comenzaban a consolidarse en aquellos años. Vargas Llosa, García Márquez o Carlos Fuentes protagonizaron veladas, que imaginamos intensas y emocionantes, al calor de la chimenea de la casa (piedra y madera) de José Donoso. Jorge Edwards, Bryce Echenique, Luis Buñuel, Carlos Barral, junto con poetas como Ana María Moix, artistas plásticos como la ceramista Natacha Seseña o el pintor Albert Ràfols-Casamada... De esa experiencia dejó constancia el propio José Donoso en su Historia personal del “boom”, fechado en Calaceite en 1971. Y Pilar Serrano, en El “boom” doméstico.

Imaginemos los inviernos de Calaceite, los encuentros de aquellos intelectuales, la vida de una niña llamada Pilar Donoso, alejada del mundanal ruido y descubriendo un mundo rural y extraño. Imaginemos la soledad de sus calles azotadas por el cierzo. Y viajemos a tan evocador lugar con las palabras viajeras. Con las de Pilar Donoso, que así empieza su evocación:

“Por navidades hace mucho frío en Calaceite, el pueblito del Bajo Aragón en España donde vivimos varios años Pepe, mi marido, nuestra hija Pilarcita, nuestro perro “Peregrine” y yo, amén de tres gatos que allí acogimos. Aquel año 1971 el cierzo (viento helado de la región) soplaba con particular encono. La gente del pueblo, acostumbrada a pasar frío en sus antiquísimas casonas de piedra, lo soportaba sin mayores comentarios, preparándose para celebrar las fiestas de fin de año”.

Y así comienza el relato de Emilio Ruiz Barrachina en Tinta y piedra:

“Aparece Calaceite, difuminado, borroso, detrás de la lluvia. Desde la carretera nadie imagina, de no conocerlo, el pueblo escondido en la falda del otero. Es un cuento de hadas amarillas, sus casas de piedra, la historia oculta en las juntas perfectas de los sillares.”

Y allí está, viva todavía y ocupada por otras gentes, la casa que compró y habitó el escritor chileno. Mejor dicho, las casas: porque, tal y como nos cuenta Ruiz Barrachina en su libro, Donoso compró, por 100.000 pesetas, tres casas de piedra que convirtió en su hogar durante dos años. En esa casa, hoy vive Jane, una mujer inglesa que fue diseñadora de modas y que un buen día se enamoró de Calaceite y decidió, en 1984, trasladar su vida a ese lugar mágico.

Del libro surgió un magnífico documental. En él se da cuenta de lo que fue la vida cultural y literaria (también su cotidianidad) en aquel tiempo. Su título, Calaceite: tinta y piedra, donde el viaje con las palabras se complementa con el viaje a través de las imágenes.

Corazón de roble II: de Soria a San Esteban

Quedó atrás la ciudad de Soria en el viaje que Ernesto Escapa nos cuenta en su hermoso libro Corazón de roble (Gadir, 2011), que ya conocemos bien. Y quedaron atrás Duruelo, Vinuesa, y la Laguna Negra, el escenario trágico de la historia que Antonio Machado narra y poetiza en La tierra de Alvargonzález, ese estremecedor poema integrado en su libro Campos de Castilla. También quedaron atrás Covaleda, y los pinares interminables a los que cantaran Gerardo Diego y José García Nieto. Avanzamos, con Escapa, hacia el límite de Soria con Burgos acompañando al Duero en su último tramo como río soriano, paseamos Berlanga (“Calles recogidas y tiradas de soportales apeados sobre viejos troncos de enebro dan paso al recinto singular de su Plaza Mayor, una de las estancias más equilibradas y hermosas del urbanismo castellano”, leemos en Corazón de roble) y, cuando queda atrás, nos asomamos a pueblos pequeños, casi aldeas, en los que siempre nos sorprende una vida cotidiana que difícilmente podríamos asumir los bichos capitalinos: muchas veces, cuando en tren o en coche, he pasado cerca de esos pueblos desconocidos, he intentado ubicar mi vida allí, pensar en qué ocuparía el tiempo, cómo contemplaría la existencia, y siempre me ha invadido una extraña sensación de quietud, de serenidad. También, todo hay que decirlo, un incierto vértigo hecho del miedo a la soledad, a la rutina, a un mundo pequeño aunque apacible. Eso nos ocurre, incluso en la lectura, con nombres como Matute de Almazán, Tejerizas, Matamalo, Alcubilla del Marqués, Pedraja de San Esteban...

Tierras de pinar y tierras de trigo. Ermitas románicas que, sin esperarlo, se asoman a nuestro interior como invitaciones al retiro o a la meditación. A un lado queda La Rasa, donde nació el sindicalista Marcelino Camacho, ciudad que fue núcleo ferroviario en la edad de oro de las locomotoras de carbón y los vagones de tercera (“siempre sobre la madera / de mi vagón de tercera”, escribió don Antonio), y a otro Ucero, y el cañón del Río Lobos, y el Burgo de Osma con su catedral, agregación de piedra y de siglos “desde sus vestigios románicos hasta el esplendor neoclásico”.

San Esteban de Gormaz es, tal vez, la ciudad más integrada con el Duero de todas las que Escapa describe en Corazón de roble. Sus iglesias románicas, de una pureza extrema (San Miguel, Santa María del Rivero) se complementan con el Parque del Románico, en el Molino de los Ojos, en plena ribera del Duero, un lugar casi mágico, como extraído de algún libro de cuentos de la Europa central, acostumbrada a convivir, desde el principio de los tiempos, con los ríos. Así describe Escapa ese lugar: “Al otro lado del río se van las casas de campo con sus embarcaderos y los jardines que se derraman en el Duero. Este paraje de los Ojos solía pasar inadvertido a los visitantes del Duero soriano por su apartamiento de las rutas convencionales”. Pues bien, como este lugar, parte de la ciudad de San Esteban de Gormaz, son muchos los rincones desconocidos que suelen ocultarse, casi siempre, a la mirada del viajero. En Corazón de roble los conocemos a fondo, incluso en su temblor más íntimo. Gracias a la palabra. A la literatura que viaja y nos hace viajar. ¿Es así o no?

John Dos Passos, de Nueva York a La Mancha profunda

¿Imaginamos a John Dos Passos, el autor de la mítica novela Manhattan Transfer, la epopeya de la Nueva York de los años veinte del pasado siglo, viajando por la Castilla profunda, deteniéndose en fondas, cantinas y aldehuelas que pudo visitar Don Quijote? No es fácil imaginarlo, es verdad. Pero ahí estuvo. Vivió en España una temporada, en los “felices veinte” (los años de El Gran Gatsby de Scott Fitzerald) y pateó el territorio que separa Madrid de Toledo. Aquella experiencia lo llevó a escribir una sucesión de estampas periodísticas. Tales estampas fueron recogidas en un libro titulado Rocinante vuelve al camino, reeditado, en español, hace nueve años.

Dos Passos habla con taberneros, con viajantes de comercio, con arrieros, con “el panadero de Almorox”, conoce a Pastora Imperio o a Vicente Blasco Ibáñez, asiste a conferencias, entre ellas una, que relata en el libro, de Valle-Inclán, o es testigo del entierro de Galdós: “La calle de enfrente era un lento río de gente silenciosa que marchaba arrastrando los pies, pies con botas de charol y botines, pies con zapatos cuadrados, zapatos puntiagudos, alpargatas”. ¿No es magistral el viaje que realiza por la distinta condición social de los asistentes al entierro con sólo echar una mirada a sus pies, a su calzado?

Pero más allá de esas anécdotas, lo que verdaderamente importa es que leer Rocinante vuelve al camino es hacer un doble viaje: en el tiempo, porque retrocedemos, con la palabra de Dos Passos y con nuestra imaginación, a una España detenida todavía en el siglo XIX; en el espacio, porque podemos vivir la realidad de entonces de pueblos y aldeas, o de ciudades como Madrid y Toledo, entre otras, y compararla con la del siglo XX. A ese doble viaje se añade otro: el que inevitablemente hacemos a la mente de un intelectual norteamericano comprometido con la literatura y, también, con la sociedad de su tiempo, pero profundamente interesado en lo que él llama la “esencia nacional” de España. Hacemos nuestra su mirada, respiramos el polvo del camino, olemos y saboreamos los platos de la época, conversamos con cuantos personajes le salen al encuentro y nos acercamos a espacios urbanos que conocemos gracias a otros escritores: el Madrid suburbial de Baroja o el institucionista de la Residencia de Estudiantes y Giner de los Ríos, la afilada y espiritual ciudad de Toledo filtrada por la mirada de El Greco, la Argamasilla quijotesca y cervantina, la Castilla de Machado o los parajes de Cataluña en los poemas de Joan Maragall. De la cosmopolita Nueva York a La Mancha más castiza y cereal. De la modernidad de los rascacielos al adobe y la piedra de los pueblos castellanos.

Leamos dos fragmentos de este singularísimo (y extraño) libro viajero. El primero refleja una mirada al río Manzanares:

“Desde la ribera opuesta del Manzanares, un mermado arroyo que corre casi oculto por los tendederos donde flotan las ropas interiores de todo Madrid, puede uno, desde algunos sitios, ver aún la silueta de la ciudad tal como Goya la dibujó repetidas veces: montones de casas desconchadas sobre una colina chata hacia San Francisco el Grande; más allá, la ondulante línea del cielo con cúpulas y campanarios barrocos, irguiéndose entre las súbitas luces y sombras de las nubes”.

El segundo, al final de su viaje a pie desde la capital, nos lleva a una panorámica de Toledo:

“En la cumbre, una venta con mulas atadas a los muros, y allá en lo hondo, el Tajo y el gran puente de Toledo. // Contra el anfiteatro gris y ocre se destacaban, a la luz naranja del sol poniente, lienzos de muralla, rematados por almenas y torres cuadradas. Cúpulas y agujas recubiertas de pizarra descollaban sobre los tejados amarillos que, en confuso montón, caían desde los puntos más altos y se derramaban fuera de las murallas en dirección al río, hasta tocar los estribos de donde arrancaba el enorme arco del puente”.

Estos son sólo unos apuntes de ese fascinante viaje. Para vivirlo a fondo no hay más que leer el libro. Buena lectura... y mejor viaje.

Con Azorín, en Riofrío de Ávila

“En el otoño se celebra en Madrid la feria de los libros. En el otoño... han pasado los días ardientes del verano. Ha quedado un cielo azul ─un poco pálido─ y un ambiente gratamente fresco. Los higos comienzan a amarillear. Se recogen las frutas que en las anchas cámaras campesinas, allá en los pueblos, allá en las llanuras y montañas, han de esperar el invierno colgadas con vencejos de largas cañas colocadas en blandos lechos de paja”.

Así inicia Azorín una pequeña joya literaria hoy inexplicablemente descatalogada y sólo encontrable en las librerías de viejo (o por Internet). El libro es, sin ninguna duda, un libro viajero. Su título, evocador: Un pueblecito. Riofrío de Ávila. Azorín, el escritor de palabra nítida, frase contenida e indagación en el alma del paisaje, nos invita a viajar en y con él. Es un viaje peculiar, puesto que se inicia en la feria del libro viejo (supongo que se refiere a la Cuesta de Moyano) de Madrid, en otoño, y culmina en un pueblecito cercano a la ciudad de Ávila, Riofrío, gracias a una suerte de incunable de título extenso e irreproducible que encuentra en uno de sus tenderetes y del que es autor un tal Jacinto Bejarano Galavis y Nidos. El incunable es, de por sí, un viaje. Aunque el título es duro de pelar, sí reproduzco un par de frases que nos pone en ambiente y que se puede leer en su portada: “Se tienen los coloquios al fuego de la chimenea en las noches de invierno. Los interlocutores son el cura, cirujano, sacristán, procurador y el tío Cacharro”. Se trata de un cúmulo de reflexiones, evocaciones, recorridos, descripciones de ambientes y de experiencias realizados por el referido Bejarano Galavis con el citado pueblo como protagonista.

Los títulos de algunos de los apartados y capítulos nos ilustran respecto al contenido: “Entre montañas”, “Lejos del mundo”; “Las estaciones del año”; “Pastores y labradores”, “Las mulas”, “Estampas finas”... Es decir, una visita por una realidad pequeña, próxima y, a la vez y tal y como reza en el título de uno de los apartados, lejos del mundo. El incunable está impreso, según nos cuenta Azorín, en 1791, lo que al aliciente que supone meternos en las largas conversaciones frente al fuego de la chimenea sobre la vida cotidiana del pueblecito, aporta un factor complementario: la realidad cotidiana no es la de principios del siglo XX (el presente de la obra de Azorín es, sin embargo, de 1916), sino la de finales del siglo XVIII.·Entre reflexiones sobre Blanchard, Rousseau, Mérimée, Juan Valera o Nietzsche, el escritor de Monóvar nos va conduciendo por sus viejas páginas como si fuéramos caminantes que respiramos las calles del pueblo, nos detenemos ante sus animales, compartimos con cirujano, cura y demás notables de la localidad, la conversación frente al fuego, salimos a hablar con pastores y labradores y establecemos una inevitable comparación entre la vida allí , sumida en el mundo rural, y el mundo urbano: no ya el que vivía Azorín a principios del siglo pasado, sino el que vivimos hoy, en la segunda década del siglo XXI. El río, la iglesia, la sabiduría innata e intuitiva de los lugareños, las mulas, los toros, la nieve y la lluvia son aspectos de esa realidad que Bejarano Galavís no pasa por alto y que Azorín recrea con devoción y destreza (ese lenguaje de frase corta e incisiva en el que los objetos y paisajes se huelen y se tocan): “Las estaciones del año en Riofrío no son lo mismo que en París o en Madrid.”, escribe, y se pregunta: “¿Hay estaciones del año en las grandes ciudades?”. Y su pregunta no es vana: la proximidad hombre y naturaleza que se da en un pueblo como Riofrío nos permite experimentarlas en toda su profundidad, algo que es improbable o mucho más difícil en las grandes urbes.

Un maravilloso libro que desde hace más de treinta años está pidiendo una nueva edición y un maravilloso viaje cuyo comienzo podemos imaginar en las siguientes palabras del alicantino: “Nuestro autor”, se refiere a Jacinto Bejarano, “ahora en estos días en que escribe su obra, se halla en un pueblecito, casi una aldea, de la tierra de Ávila. Se halla el pueblecito en lo hondo de un barranco y el sol apenas traspasa las altas montañas y desliza sus luces hasta la techumbre de las casas”. El final está en el epílogo, estructurado muy al estilo de determinados pasajes de su libro Castilla, que divide en dos apartados: el primero, fechado en 1789, al despedirse de Bejarano y del pueblo: “No tiene más consuelo que la lectura y sus paseos solitarios por el campo; charlas también con los labriegos”; el segundo, en 1916, momento en el que el narrador recapitula sobre el libro leído y sobre el que él mismo da por terminado: “En distintas ocasiones, mientras redactábamos estas páginas, hemos estado a punto de hacer el viaje a Riofrío de Ávila. No quedará ya en aquel pueblecito ni rastro de Bejarano Galavis... (...) El viaje se ha quedado sin hacer. Pero con la imaginación hemos corrido de Madrid a Ávila y de Ávila a Riofrío. Con la imaginación hemos entrado en la vieja ciudad; luego nos hemos aposentado en la fondita que está delante de la catedral...”. Escritor y lector han viajado, es verdad, con la imaginación. Pero... ¿hubiera sido posible ese viaje sin las palabras de Bejarano en el libro encontrado en la feria del libro viejo? ¿Y sin las de Azorín al escribir Un pueblecito. Riofrío de Ávila? Por supuesto que no. Pues eso: nunca tuvo más sentido el título de este libro. ¿Es o no así?

Los foramontanos de Víctor de la Serna

“Era una emigración en masa de gentes de las estribaciones orientales de los Picos de Europa, donde están las Mazcuerras, hacia Bricia, Campóo y Saldaña. Bajan de Cabuérniga y Cabezón por la Braña del Portillo, hasta el nacimiento del Ebro, pasan cerca de Reinosa, y al penetrar en la llanura, se convierten en foramontanos”.

Esa denominación, foramontanos, transcrita de los Anales del historiador Pérez de Urbel por Alfonso de la Serna en la nota preliminar, es el apoyo esencial a la trama que se desarrollará, en forma de libro viajero, en Nuevo viaje de España. La ruta de los foramontanos, de su progenitor Víctor de la Serna. Un libro extraño ─al que accedí gracias a la información de mi buen amigo Pepo Paz─ que nos envuelve, que nos lleva por caminos y parajes, a veces conocidos y a veces ignotos, que se despliegan en esa España en transición que enlaza Cantabria con la alta Castilla, una Castilla que en el tiempo en que Víctor de la Serna escribió sus distintos capítulos, a principios de la década de los cincuenta del pasado siglo, tenía por nombre, no sé si por capricho del franquismo, Castilla la Vieja. El libro se publicó por vez primera en 1955 y su contenido procedía de una colección de artículos que Víctor de la Serna elaboró, para el diario ABC, durante 1953 y 1954. La edición que manejo es, sin embargo, de 1998, y forma parte de una colección lamentablemente desaparecida, “Andar y ver”, que para la editorial Maeva dirigía Luis Carandell.

Estamos ante el viaje reposado, el viaje lleno de anécdotas en el que, gracias a la palabra, se mezclan paisajes, gastronomía, reflexiones sobre la vida y sobre la muerte, y sobre todo, nos adentramos en lugares que el lenguaje literario convierte en mágicos. Víctor de la Serna desciende desde el norte marino a la Castilla profunda, desde los valles empozados en humedales eternos y en cortinas de niebla de Asturias o Cantabria, a las llanuras de horizontes ilimitados y cielos de un azul insobornable, de Palencia o Burgos. Las aldeas insignificantes, la Castilla navegable en busca de un mar imposible, las cumbres que toman por nombre Picos y por apellido el asturiano Bulnes, las industrias elementales perdidas en cualquier vallecillo de León o de la Palencia norteña, los viejos seminarios, los monasterios, los ríos de montaña (Nalón, Narcea, Pigüeña) y los gigantescos e inabarcables Duero o Ebro. Víctor de la Serna proyecta sobre las tierras y las gentes de esa España híbrida la mirada del periodista, sin duda. Pero también la del escritor que es capaz de captar el más profundo temblor en un paisaje (“el chopo sale a dar sombra a los caminantes desde los bordes de las carreteras, y no es destrozón como su compañero de camino, el olmo, que se mete a veces hasta las casas y las tira”) o la cotidianidad en movimiento que, a veces, nos pasa inadvertida (“A nuestra espalda ululan las sirenas de las fábricas de Palencia. Es la hora del descanso. Las carreteras empiezan a desflecarse en bicicletas. Los obreros vuelven a los pueblos cercanos. ¡Es el vivir!”).

“El bosque de las martas”, “El área de las sacras piedras”, “Vergel bajo la lluvia”, así titula De la Serna algunos de los capítulos del libro. Son puertas, invitaciones a sumergirnos en los territorios que en ellos se contienen. De Astorga a Valdeón, de Liébana a Bedoya. De Avilés a las “urbes” de León o Palencia. Los foramontanos fueron la emigración fundacional de la vieja Castilla, según Víctor de la Serna. Una Castilla que tuvo como puerto de mar, en aquellos años cincuenta, el de Santander, la sexta provincia de aquella región de vocación imperial.

Llanuras, montes, bosques y mar encuentran su complemento en las gentes que allí viven, que se cuelan en cada capítulo contempladas en su faenar de cada día: campesinos, ganaderos, comerciantes, obreros (en bicicleta), dependientes y dependientas de pequeñas tiendas... Que, además, testimonian un país y una época: la España de los años cincuenta del siglo XX. Un país en blanco y negro, sombrío, en el que, a veces, asoma una brizna de modernidad. Leamos una muestra: “Por ahí ─escribe Víctor de la Serna─ rifan Vespas. En Panes rifan novillas: una novilla suiza de un año, linda como una porcelana”. La Vespa, importada del neorrealismo italiano. La novilla suiza, del primer aliento europeísta surgido en el corazón de la dictadura de Franco.

El Nuevo viaje de España es un libro a leer. A viajar. Buscadlo en Internet porque está descatalogado desde hace trece años. Y si algún editor lee estas palabras, que se atreva a reeditarlo, que no duele.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
151 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788415930570
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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