Kitabı oku: «Las letras del horror. Tomo II: La CNI»

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© LOM Ediciones Primera edición, 2012 Segunda edición, 2013 ISBN Impreso: 9789560003881 ISBN Digital: 9789560013330 RPI: 223.189 Fotografía de Portada: © Vicente Vergara P. Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 88 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

A Vanessa Tobar Leighton, en su camino a las estrellas.

Índice

  A modo de presentación

  Capítulo I. La derrota de Manuel Contreras

  Capítulo II. El MIR inicia su retorno

  Capítulo III. Balas, tortura y dinamita

  Capítulo IV. Combates en el llano y en la montaña

  Capítulo V. El duro inicio de los años 80

  Capítulo VI. Las brigadas de exterminio

  Capítulo VII. La cofradía de los impunes

  Anexo I. Cronología analítica del período 1977-1990

  Bibliografía

A modo de presentación

Con la publicación del segundo volumen de Las letras del horror, esta vez enfocado en la Central Nacional de Informaciones, CNI, el periodista Manuel Salazar da un paso más en la tarea de develar los entretelones y el modus operandi de la maquinaria de violencia y muerte utilizada por el régimen en contra de gran parte de la población del país, durante los diecisiete años que duró la dictadura militar en Chile tras el derrocamiento de Salvador Allende en 1973.

A la persecución indiscriminada de los primeros tiempos –emanada principalmente de las direcciones de inteligencia de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas–, la sucede una represión articulada en una estructura monolítica y, en los hechos, autónoma de cualquier supervisión institucional, a no ser la del propio Augusto Pinochet: la DINA. Dirigida por el entonces coronel Manuel Contreras, las repercusiones internacionales de las operaciones de esta en el exterior –como los atentados en contra de Carlos Prats, Orlando Letelier y Bernardo Leighton, y los constantes reclamos de organismos de derechos humanos y de gobiernos democráticos de todo el mundo– obligaron al régimen a cancelar su existencia. Sin embargo, su disolución no significaría un cese de la violencia de Estado, sino que esta tendría su particular aggiornamento en el nuevo organismo que se caracterizó por un trabajo represivo de mayor especificidad, lo que significó la creación de diferentes brigadas encargadas de perseguir a los militantes de los distintos partidos en la clandestinidad y de una “profesionalización” de sus miembros y métodos, si un término como este le cabe al vil oficio del exterminio programado. En esta nueva etapa de operaciones de la CNI, y que se prolongó hasta el momento de la vuelta a la democracia en 1990, innumerables seguirían siendo los casos de violación a los derechos humanos, algunos de ellos de los más emblemáticos de que se tenga memoria en el trágico compendio del horror en nuestra historia política.

A partir de la investigación de este período particular y su agenda de imposición de un modelo neoliberal extremo, resulta imprescindible tener en cuenta que como sustento de los regímenes totalitarios y sus estructuras represivas (la DINA y la CNI), existió la Doctrina de Seguridad Interior del Estado, cuya verdadera función no era otra que la de cautelar los intereses del capital económico y que indefectiblemente se aplicaba allí en donde este se sintió amenazado por demandas y pretensiones de justicia e igualdad social.

En el caso de estas dos entidades chilenas de triste memoria, ambas fueron los medios de aplicación de estas políticas de guerra antisubversiva, que el Ejército chileno y su Academia de Guerra adoptaron en la Latin American Ground School y luego en la Escuela de las Américas o Instituto de Cooperación para la Seguridad del Hemisferio Occidental, SOA, como se conoce hoy; pero de igual modo en Brasil, en el Centro de Instruçao de Guerra na Selva –el Centro de Entrenamiento de las Fuerzas Especiales de Manaos–, donde muchos oficiales latinoamericanos, entre ellos militares chilenos que tendrían activa participación en el Golpe de Estado y la represión posterior, recibieron instrucción de parte de exmiembros franceses de los servicios de inteligencia. Estos, que durante la guerra de Argelia en la década del 50 del siglo pasado sistematizaron por vez primera los métodos de tortura y desaparición de los adversarios, tuvieron en una parte de la oficialidad chilena adiestrada en Inteligencia, alumnos aventajados.

Aun cuando en los años que siguieron a la dictadura distintas entidades e investigadores se dieron a la tarea de indagar en los hechos de violencia dirigida desde el Estado, muchos casos siguen, cuarenta años después, en la más absoluta oscuridad y otros apenas cuentan con algunos antecedentes que solo permiten vislumbrar los padecimientos y destino de miles de nuestros compatriotas. Sin embargo, nos asiste la mayor de las convicciones de que un texto de esta naturaleza, con su duro estatuto de documento de un difícil período de la historia chilena reciente, es capaz de inscribir a fuego en nuestras conciencias el hecho indesmentible de que no se trató de un mal sueño colectivo, sino de una realidad demasiado escabrosa como para, simplemente, dejarla pasar.

Para Lom ediciones, la publicación de los dos volúmenes de Las letras del horror es una forma de contribuir a la construcción de una memoria del país, en el entendido de que esta no es una operación que pueda cerrarse sin más al cabo de un determinado tiempo, sino que cada testimonio, cada evidencia e investigación permite un acercamiento más detallado y fiel a los sucesos del pasado y se constituyen como un manifiesto moral ofrecido a las generaciones chilenas actuales y futuras.

Capítulo I. La derrota de Manuel Contreras
1.1. El frustrado secuestro del director de Qué Pasa

La Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, comandada por el coronel Manuel Contreras Sepúlveda, impuso el terror a partir de fines de 1973. En sus cuarteles secretos las diversas brigadas de la DINA torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a decenas de prisioneros del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR; del Partido Comunista, PC; del Partido Socialista, PS; y de ciudadanos de diversos orígenes y procedencias que habían sido partidarios del presidente Salvador Allende y del gobierno de la Unidad Popular.

El coronel Contreras, que solo obedecía al general Augusto Pinochet, extendió sus actividades represivas hacia Argentina, Uruguay, Brasil y otros países de América y Europa. Los agentes de la DINA asesinaron al general Carlos Prats en Buenos Aires; intentaron matar al dirigente demócrata cristiano Bernardo Leighton en Roma; y atentaron contra algunos de los principales líderes de la Unidad Popular en el exilio. En septiembre de 1976, volaron de un bombazo el automóvil del excanciller Orlando Letelier en el centro de Washington, en Estados Unidos, acabando con la vida del exministro y de su secretaria, Ronnie Moffitt.

Al iniciarse 1977 las actividades de la DINA complicaron cada vez más a la dictadura militar y, en especial, a los civiles que colaboraban con los uniformados y trataban de imponer el modelo económico neoliberal en Chile. El fiscal estadounidense Eugene Propper empezó a aproximarse a los asesinos de Orlando Letelier y, paralelamente, los organismos de derechos humanos, las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos, la Iglesia Católica y la solidaridad internacional, aumentaron las presiones en contra de la Junta Militar que encabezaba Pinochet.

Así, al promediar 1977 el coronel Contreras redoblaba sus esfuerzos para mantenerse al frente de la DINA, mientras el general Pinochet medía cuidadosamente el nuevo escenario que comenzaba a enfrentar.

En la tarde del martes 28 de junio de 1977 el director de la revista Qué Pasa, el abogado Jaime Martínez Williams, salió de la sede de la publicación luego de un intenso día de trabajo. Subió a su automóvil, se acomodó en el asiento del conductor y cuando se disponía a encender el motor un hombre escondido en el asiento trasero le puso una pistola en la nuca. Un segundo sujeto abrió la puerta lateral y se sentó a su lado. Martínez saltó del vehículo y empezó a gritar pidiendo ayuda. De la revista salieron varios empleados que rodearon al abogado y uno de ellos anotó el número de la patente de un automóvil Fiat 125 que velozmente se acercó al vehículo de Martínez y recogió a los frustrados secuestradores; más tarde se sabría que el móvil pertenecía a la Municipalidad de Quinta Normal, cuyo alcalde se negó a proporcionar cualquier antecedente, invocando una orden superior del Ministerio del Interior.

El intento de secuestro del director de Qué Pasa conmocionó aquella noche a varios de los ámbitos más influyentes del país. Martínez Williams era un abogado estrechamente ligado a prominentes miembros de la derecha criolla1. A través de Hernán Cubillos y Roberto Kelly, Martínez se vinculaba con el diario El Mercurio y con la Armada, promotores del modelo económico neoliberal y de los principales empresarios y ejecutivos que estaban asesorando a los militares desde los ministerios de Hacienda, Economía, Oficina de Planificación Nacional (Odeplan), del Banco Central, de la Dirección de Presupuesto y desde todas las principales entidades de control financiero y económico.

Los gremialistas, que dirigía Jaime Guzmán, y los “Chicago boys”, que encabezaban Roberto Kelly, Sergio de Castro y Miguel Kast, habían logrado finalmente coincidir en un modelo de desarrollo económico, político y social que pretendían imponer en Chile a través del régimen militar. Y lo estaban consiguiendo, pese a los esfuerzos de algunos nacionalistas –militares y civiles– que se les oponían tenazmente, entre ellos el coronel Manuel Contreras, cabeza de la DINA.

El fallido secuestro de Jaime Martínez tuvo su origen en un intento por intimidar a las revistas informativas Qué Pasa y Ercilla –las únicas dos existentes– que investigaban el confuso rapto del joven Carlos Veloso Reidenbach, de 16 años, hijo de un empleado de la Fundación Cardjin, muy cercana a la Vicaría de la Solidaridad, quien había sido sometido a torturas e incluso violado por una banda de cuatro sujetos relacionados con “grupos terroristas de la oposición”, según la versión entregada por el gobierno.

Periodistas de ambos semanarios publicaron las numerosas discrepancias entre los dichos oficiales y los testimonios de los familiares de los supuestos autores y de testigos de los hechos, además de antecedentes incluidos en los recursos de amparo presentados a favor del muchacho y de los acusados como responsables del crimen.

Lo que realmente había ocurrido era un burdo pero dramático montaje de la DINA para comprometer a la Iglesia Católica en acciones subversivas y en la incipiente reorganización de sectores laborales que poco a poco se atrevían a levantar la voz para reclamar por sus derechos.

El proceso contra los acusados de tenencia ilegal de armas, asociación ilícita, organización para derrocar al gobierno constituido, incitación a la formación de grupos armados, atentados o privación de libertad a las personas, usurpación de funciones, abusos deshonestos y lesiones se inició por un requerimiento del Ministerio del Interior, firmado por su titular, el general César Benavides, que señaló:

Los hechos delictivos que habrían cometido las personas mencionadas y que al parecer serían sus responsables directos, se inician con su relación con la Fundación Cardjin, organismo dependiente de la Vicaría de la Solidaridad, y en consecuencia, en forma indirecta del Arzobispado de Santiago; las señaladas personas formaban parte de un grupo subversivo de aquellos que se han formado en esta fundación y cuyo objetivo fundamental consiste en cumplir labores subversivas al amparo de una actividad eclesiástica y religiosa, tendiente a socavar el actual gobierno del país2.

Los cuatro sujetos detenidos –William Zuleta Mora, Osvaldo Figueroa Figueroa, Humberto Drouillás Ortega y Luis Mardones Geza– en verdad fueron capturados por agentes de las DINA entre el 9 y el 12 de mayo y sometidos a golpizas y duros apremios antes de ser acusados y puestos a disposición de la justicia militar, tras obligarlos a firmar confesiones falsas. El joven Veloso, en tanto, fue secuestrado por dos agentes de la DINA a la salida de la Fundación Cardjin, en calle Cienfuegos al llegar a Erasmo Escala, un barrio situado al poniente del centro de Santiago donde se ubican la sede del arzobispado y otras dependencias de la Iglesia Católica.

El menor llevó ese día un recado de su padre, Carlos Veloso Figueroa, a un compañero de trabajo, luego de enterarse de que era buscado por civiles desconocidos. Veloso Figueroa había sido coordinador de la Central Única de Trabajadores, CUT, y dirigente nacional de la Confederación de Trabajadores del Plástico. Tras dos años de cesantía, finalmente consiguió un trabajo en la Fundación Cardjin y en ella ayudó a escribir a máquina una declaración emitida por 126 federaciones de sindicatos el primero de mayo.

Los agentes de la DINA subieron al muchacho a un automóvil Chevy negro y de inmediato lo empezaron a golpear y a interrogar sobre las labores de su padre. Lo vendaron y llevaron a una casa donde lo siguieron castigando, le apagaron cigarrillos en las manos y en el cuerpo, lo condujeron a una pieza cercana donde le mostraron a un hombre que sangraba profusamente y lo amenazaron con que le pasaría lo mismo.

Luego le exhibieron fotografías de algunos vecinos en la Villa México y acusaron a su padre de ser colaborador de la DINA. Más tarde, tras advertirle que su progenitor corría serio peligro, lo liberaron cerca de la medianoche a pocas cuadras de la casa de su abuela.

En los días siguientes la familia Veloso Reidenbach y las de los otros secuestrados por la DINA acudieron a la Vicaría de la Solidaridad y recurrieron de amparo ante los tribunales. El caso inquietó a los obispos, algunos de los cuales incluso fueron a entrevistarse con el general Augusto Pinochet. El asunto siguió agravándose hasta fines de ese mes de mayo. El día 23 dos sujetos a bordo de un automóvil Ford Falcon blanco esperaron a la salida de la Fundación Cardjin al sacerdote Luis Antonio Díaz Herrera, asesor de la entidad y exsecretario del cardenal Raúl Silva Henríquez. El religioso abordó su vehículo Volkswagen y se percató de que era seguido; intentó eludirlos, pero los hombres de la DINA le lanzaron el Ford Falcon encima en repetidas oportunidades. El cura logró escapar de sus perseguidores y refugiarse en la iglesia de los Ángeles Custodios, en la comuna de Providencia, desde donde pidió ayuda.

En cosa de semanas el caso sufrió un vuelco espectacular. Todos los acusados recuperaron su libertad y fueron sacados del país. Luego del intento de secuestro del director de Qué Pasa, el escándalo llegó a los medios de prensa y a los tribunales. El diario El Mercurio editorializó en duros términos y afirmó que “la acción de ciertos sectores extremistas está ahora revestida de características que no se ajustan a los moldes habituales del comunismo o la ultraizquierda marxista”. Al mismo tiempo, los comentarios de repudio de los mismos partidarios del gobierno militar llegaron rápidamente a oídos de Pinochet.

Por esos días se efectuaba el Curso Básico en la Escuela de Inteligencia de Nos, donde el jefe del Departamento de Servicio Secreto del Cuerpo de Inteligencia del Ejército, CIE, el teniente Julio Corbalán Castilla, asistido por el sacerdote español Felipe Gutiérrez, exhibía a sus alumnos un video ilustrativo sobre la estructura de la Iglesia Católica chilena. El entonces teniente del Servicio Religioso del Ejército, Felipe Gutiérrez, al culminar su curso básico de Inteligencia, escribió la correspondiente memoria de requisito sobre el tema “Aspectos Éticos de la Inteligencia Militar”. En los días y semanas siguientes le ayudaría al teniente Corbalán a penetrar algunos de los más delicados archivos del Arzobispado de Santiago.

Subrepticiamente, la DINA intentaba en aquellos meses cazar a los integrantes de la nueva dirección del Partido Socialista. El 2 de mayo fue capturado Jaime Troncoso Valdés, 27 años, apodado “Iron”, miembro suplente de la Comisión Política clandestina del PS. Una docena de agentes lo atraparon en la esquina de las calles Diez de Julio con Arturo Prat cuando intentaba establecer contacto con uno de sus enlaces en el partido. Troncoso caminaba apoyado por muletas desde que una poliomielitis fulminante lo dejara inválido cuando apenas tenía un año de edad. Acosado por los agentes, solo alcanzó a lanzar al aire sus muletas y gritar desesperadamente su nombre por si alguien lo escuchaba y daba cuenta de su captura.

Varios sujetos lo levantaron del suelo y lo introdujeron a un vehículo de color plateado, sin placa, que enfiló hacia el poniente. Lo apretaron en el piso del automóvil y le pusieron una capucha. Intentó protestar, pero lo callaron metiéndole el cañón de una pistola en la boca.

Media hora más tarde sintió la vibración del vehículo sobre un suelo empedrado y los cerrojos de un portón que se abría. Era el cuartel secreto de calle Borgoño, muy cerca del río Mapocho, al norte del centro de la ciudad. Lo arrastraron hasta una sala subterránea donde le quitaron la capucha y le vendaron los ojos. En ese breve instante se percató de que estaba en una habitación amarillenta y sucia, habilitada como recinto de primeros auxilios, con una camilla, un armario blanco, un mesón con instrumental de cirugía, jeringas y apósitos, y unos frascos con lo que parecía eran órganos humanos.

Mientras el terror lo invadía, lo esposaron a una silla y empezaron a golpearlo. Luego lo trasladaron a otra pieza, lo dejaron en el suelo y le pusieron electrodos en diversas partes del cuerpo. Una magneto rudimentaria empezó a girar y sintió las descargas eléctricas en la boca, en los genitales y en el aparato ortopédico de su pierna derecha. Perdió la noción del tiempo hasta que lo dejaron tranquilo. Pudo escuchar el movimiento de mucha gente, la emisión de una radio que transmitía música de moda e incluso a un agente prometerle por teléfono a una hija que le llevaría chocolates en la noche.

En las ocho jornadas siguientes Jaime Troncoso fue torturado tres veces al día en sesiones que se prolongaban por más de una hora. Pudo oler el hálito alcohólico de sus interrogadores y el aroma a colonia Flaño en algunos. Al noveno día, ya exánime, lo trasladaron a una habitación más pequeña y a través de los bordes de la venda vio un sillón de dentista empotrado en el suelo y un lavatorio. Cada cierto tiempo sus captores lo tomaban en vilo y lo arrojaban por unas escaleras. Un día lo envolvieron en una frazada y lo metieron a una camioneta donde lo trasladaron a Villa Grimaldi. Allí estuvo dos días encerrado en una jaula de concreto de un metro por lado hasta que lo devolvieron a Borgoño.

Durante una nueva sesión de tortura, al recuperarse de un desmayo, se encontró rodeado por varios médicos que lo examinaban y le ponían una máscara de oxígeno. La pesadilla parecía interminable, hasta que el 23 de mayo, tres semanas y un día después de su arresto, lo subieron a un vehículo y lo condujeron hacia un destino indefinido. Pensó lo peor, pero de pronto se detuvieron, lo bajaron y los agentes le dijeron que no se sacara la venda de los ojos hasta que ellos estuvieran lejos. Esperó un par de minutos y al descubrirse la vista, se encontró en un sitio baldío. A lo lejos divisó las luces del Estadio Nacional.

Jaime Troncoso permaneció ocho meses oculto en un convento de monjas en Puente Alto hasta que tras varios intentos fallidos logró abandonar el país rumbo a Suecia.

Su enlace en el PS, el estudiante Vicente Israel García Ramírez, con quien debía reunirse el día de su detención, había caído tres días antes en manos de la DINA junto a su esposa y varios familiares. García extravió una correspondencia que Troncoso le había pedido que enviara a miembros de la dirección del PS en el exterior, pero un descuido hizo que esos mensajes fueran sustraídos por colaboradores del servicio de seguridad, quienes aparentemente estaban infiltrados entre sus conocidos. La cónyuge y los parientes de García recuperaron la libertad; el estudiante socialista, en tanto, permanece desaparecido hasta hoy3.

El 18 de junio de 1977, luego de tres años en prisión sin que se formularan acusaciones formales en su contra, el exsenador comunista Jorge Montes fue canjeado por 13 presos de la República Democrática Alemana, RDA, tras lo cual la dictadura declaró que “no quedaba en Chile ningún detenido en virtud de la ley de Estado de Sitio”. Ese mismo mes un grupo de familiares de detenidos desaparecidos inició una huelga de hambre en la Cepal pidiendo saber el paradero de sus parientes.

1.2. Antorchas nocturnas en el cerro Chacarillas

Desde 1975 los gremialistas controlaron la Secretaría Nacional de la Juventud y eligieron el 9 de julio para recordar a los 77 jóvenes muertos en el combate de La Concepción durante la Guerra del Pacífico. Ahora, en 1977, cuando Jaime Guzmán Errázuriz por fin había convencido al general Pinochet para que fijara un calendario de normalización institucional, otros 77 jóvenes serían condecorados en el torreón de Chacarillas, una de las cumbres del cerro San Cristóbal4. La ceremonia sellaría el compromiso entre Pinochet y sus generales más cercanos con los gremialistas y los Chicago boys para instaurar el modelo neoliberal de desarrollo político y económico.

El arquitecto italiano Vittorio Di Girólamo asumió la producción, ayudado por Enrique Campos Menéndez, asesor cultural de la Junta Militar desde el golpe, recompensado más tarde con el Premio Nacional de Literatura en 1986 y nombrado embajador de Chile en España.

El Frente Juvenil de Unidad Nacional, brazo político de la Secretaría Nacional de la Juventud, a cargo del ingeniero agrónomo Ignacio Astete, se hizo cargo de movilizar a los jóvenes hacia el cerro. El movimiento estaba inspirado en la organización juvenil del régimen franquista, el Frente de Juventudes de la Falange Española.

A los casi mil jóvenes que asistieron se les entregaron dos antorchas a cada uno. Las llamas representaban “la instauración de una democracia autoritaria, protegida, tecnificada y de auténtica participación social”, el sueño de Guzmán. Los símbolos de aquella noche fueron elocuentes: el fuego en manos de los jóvenes que miraban el cielo, los compromisos que los presentes debieron corear en voz alta, el general Pinochet enfundado en una capa gris que lo cubría entero, gran presencia de militares y marchas castrenses como sonido de fondo. La nostalgia del nazismo y del fascismo se palpaba en el aire.

El abogado Javier Leturia, y los veinteañeros Luis Cordero y Juan Antonio Coloma colaboraron para que el plan de Jaime Guzmán resultara perfecto. En primera fila se ubicaron Sergio Fernández, Gonzalo Vial, José Piñera y Jovino Novoa, todos los cuales pocos meses más tarde ingresaron al gabinete.

Cristián Larroulet, quien trabajaba con Joaquín Lavín en Odeplán, recordaría años más tarde:

Sé que en ese momento hubo una discusión muy intensa al interior del régimen. Los nacionalistas tenían mucha fuerza. Chacarillas fue un punto de quiebre que permitió la institucionalización del gobierno militar y la llegada, meses después, de un gabinete blando.

Sergio Fernández también rememoraría aquel instante:

Sabíamos que las Fuerzas Armadas no podían seguir gobernando como tales. Tampoco era conveniente que el poder se ejerciera colectivamente por una junta. Teníamos el mal ejemplo de los otros países latinoamericanos donde las juntas habían terminado muy mal. Chacarillas enfatizó por ello el rol de Pinochet como conductor, pero impuso un calendario para volver a la normalidad democrática.

El discurso que leyó Pinochet fue íntegramente redactado por Guzmán. En él se delinearon tres etapas para democratizar el país. Una primera, que se inició ese día y que debía terminar como máximo el 31 de diciembre de 1980, período en que las Fuerzas Armadas ejercerían integralmente el poder con la colaboración de los civiles. Una segunda etapa de cinco años se extendería hasta el 31 de diciembre de 1985. En ella la Junta conservaría sus atribuciones legislativas, aunque perdería poder real. Paralelamente, los civiles podrían crear una especie de Cámara Legislativa designada por Pinochet y la Junta Militar. Una tercera etapa de “normalización” comenzaría el 31 de diciembre de 1985 cuando una cámara legislativa parcialmente elegida designara a un Presidente de la República por seis años. Para concluir, se declaró “fenecida” la Constitución de 1925 y se les entregó a los militares el papel de “garantes de la institucionalidad” en la Constitución de 1980.

Ignacio Astete fue el encargado de pronunciar el discurso donde por primera vez se habló de “pinochetismo”. “Nos declaramos hoy pública y explícitamente pinochetistas y llamamos a todos los chilenos a estrechar filas en torno a una movilización cívica que convierta al pinochetismo en la fuerza arrolladora que consolidará la institucionalización democrática”, afirmó el dirigente gremialista.

Un mes después, en agosto, Pinochet precisó:

Cuando señalé que habría participación de la comunidad muchos afloraron de inmediato hablando de elecciones y en mil tonos decían que tenían que ir a las urnas. A ellos les vuelvo a repetir: las elecciones para representantes de una Cámara Legislativa no se harán antes de ocho o diez años, en el mejor de los casos5.

1.3. El retorno de un adversario temible

En julio de 1977, diez meses después del asesinato de Orlando Letelier en Washington, el FBI detuvo a algunos cubanos anticastristas que reconocieron a Juan Williams Rose –una de las identidades falsas de Michael Townley– como el sujeto rubio que había participado en el atentado.

Ese mismo mes el general Pinochet comunicó a Contreras su decisión de terminar con la DINA.

El 12 de agosto de 1977 se anunció oficialmente la disolución del organismo represivo y su reemplazo por la Central Nacional de Informaciones, CNI. La noticia se hizo pública durante la permanencia en el país de Terence Todman, asistente del secretario de Estado de Estados Unidos, quien en un gesto de apoyo a la defensa de los derechos humanos visitó la sede de la Vicaría de la Solidaridad.

Ese mes se registraron muy pocas detenciones. Desde hacía varias semanas los arrestos e interrogatorios los venían practicando los integrantes de la Brigada de Asaltos de la Policía de Investigaciones.

Por medio del Decreto Ley N°1.876, del 13 de agosto de 1977 se derogó el Decreto Ley N°521 que había dado creación legal a la DINA. El Decreto Ley N°1.878, que ese mismo día creó a la CNI, le entregó el personal y el patrimonio de la DINA y justificó su existencia por “la conveniencia de estructurar de acuerdo a las actuales circunstancias las atribuciones de un organismo creado en situación de conflicto ya superada”.

La CNI quedó constituida de un modo muy similar a la DINA en cuanto a su definición, características, funciones y objetivos. Las diferencias más importantes fueron su subordinación jerárquica, pues pasó a depender del Ministerio del Interior y no de la Junta de Gobierno, como era en el caso de la DINA; y una nueva función genérica de “mantener la institucionalidad vigente”. Según el artículo primero del decreto de creación, la CNI fue definida como un “organismo militar especializado de carácter técnico profesional”. Para ello podía “reunir y procesar todas las informaciones a nivel nacional provenientes de los diferentes campos de acción que el Supremo Gobierno requiera para la formulación de políticas, planes, programas” y se le facultó para “la adopción de medidas necesarias de resguardo de la seguridad nacional, y el normal desenvolvimiento de las actividades nacionales, y mantención de la institucionalidad constituida”.

A la CNI se le entregaron atribuciones para arrestar, en virtud de una orden judicial, para allanamientos a locales habitados o deshabitados en que se presumiera la existencia clandestina de armas de fuego, explosivos, sustancias químicas, etc., o la comisión del delito de organización de milicias privadas6.

Tras la muerte legal de la DINA, Contreras quedó nominalmente al frente de la CNI, pero bajo la intervención del jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, el general Héctor Orozco.

Por esos días Pinochet fue invitado por el gobierno del presidente Jimmy Carter para asistir el 5 de septiembre junto a todos los gobernantes del continente, a la firma del tratado que devolvería a Panamá la soberanía sobre la zona del canal que une a los océanos Pacífico y Atlántico. Contreras le pidió que lo autorizara a designar a los mejores oficiales de la DINA para que lo acompañaran a Washington. Sería –le dijo– como un gesto de reconocimiento al trabajo que habían efectuado. Pinochet aceptó y el propio Contreras gestionó las visas para él y 54 de sus hombres. El trámite se lo solicitó como un favor especial al delegado del FBI en Buenos Aires, Robert Scherrer, quien no dudó en otorgárselas. El agente federal norteamericano consideró que era una oportunidad única para tener las fotografías de los más sobresalientes cuadros de la DINA. En uno de los pasaportes que ya se tramitaban en el consulado estaba el de un tal Morales Alarcón, el propio Contreras. Todos los documentos con sus respectivas fotografías fueron copiados. Los permisos para porte de armas solo fueron 13.

Durante las últimas semanas de septiembre y en el mes de octubre Contreras se mantuvo cerca de los agentes civiles de la DINA. Los oficiales de carrera empezaron a volver a las filas de sus respectivas instituciones. En los primeros días de la primavera estalló una serie de bombazos en El Mercurio, en el Citibank y en la antigua residencia de Pinochet. Muchos periodistas y el personal de la embajada de EE.UU. estaban convencidos de que los responsables pertenecían a la DINA.

El 22 de octubre, en extrañas circunstancias, se suicidó de un balazo en la cabeza el jefe de Protocolo de la Cancillería, Guillermo Osorio, quien era considerado un testigo clave por haber firmado los pasaportes que fueron utilizados por algunos de los implicados en el asesinato de Orlando Letelier. La muerte del funcionario diplomático ahondó aún más las sospechas sobre la DINA.

En noviembre de 1977 Pinochet convocó a su despacho al coronel Contreras.

–Dime, Mamo, ¿dónde quieres que te destine? Elige lo que quieras –ofreció el general.

–Mi decisión está tomada, general: el Comando de Ingenieros –replicó.

Pinochet le pidió a Contreras que asumiera como consejero especial en materias de seguridad nacional y que actuara como delegado suyo en el manejo de las delicadas relaciones con Argentina, tarea que entusiasmó sobremanera al exjefe de la DINA7.

En las horas siguientes el coronel Manuel Contreras fue ascendido a general junto a otros siete coroneles y destinado al Comando de Ingenieros. Pocos días después una delegación de oficiales del arma de Ingeniería, al mando del director de la Escuela de Tejas Verdes, coronel Julio Bravo Valdés, llegó hasta las instalaciones del Comando en calle Santo Domingo, en Santiago.

–Soy un oficial disciplinado. Si mi general Pinochet tomó la decisión de terminar con la DINA, por algo será. Él es el comandante del Ejército. Yo ahora dedicaré todos mis esfuerzos a conseguir que la mayor cantidad de oficiales del arma de Ingenieros ingrese a la Academia de Guerra y llegue a los altos mandos de nuestra institución. Ese es ahora mi desafío y quiero pedirles a ustedes que me ayuden a conseguirlo –les dijo Contreras.

No obstante, la complacencia del general tuvo un vuelco inesperado cuando se enteró de que Pinochet había nombrado como director de la CNI a uno de sus principales enemigos, el general (r) Odlanier Mena, a quien Contreras creía haber vencido para siempre hacía dos años. Todas las informaciones que tenía indicaban que el elegido para ese cargo sería el general (r) Fernando Paredes. La designación de Mena lo indujo a pensar que estaba siendo marginado del principal anillo de influencias que rodeaba al comandante en jefe. Presintió también el peligro, el inesperado riesgo de que algunos de sus hombres fueran entregados a la justicia estadounidense. Desconfiaba profundamente de algunos de los asesores más asiduos al piso 22 del Edificio Diego Portales, donde tenía su despacho Pinochet, a quienes consideraba demasiado sumisos a los intereses de Washington.

Mena había sido un aventajado miembro de la inteligencia militar durante nueve años, antes de que en 1973 lo designaran comandante del Regimiento Rancagua, con asiento en Arica. Ahora Pinochet lo reintegraba al Ejército y lo traía de regreso de Uruguay, donde estaba como embajador.

El nuevo director de la CNI llegó a comienzos de diciembre de 1977 al cuartel central de calle Belgrado 11 con un grupo de ayudantes de su total confianza. En las siguientes tres semanas fueron eliminados cerca de mil agentes, la mayoría civiles, a través de renuncias voluntarias o despidos. Decenas de miembros de lo que había sido la DINA debieron abandonar sus puestos.

Los removidos estaban en una lista que se distribuyó en todos los accesos y puestos de guardia de la CNI. La orden era perentoria: los incluidos no podían ingresar a ninguna oficina ni cuartel de la institución.

A la jefatura de Inteligencia Interior accedió primero el coronel Juan Jara Cornejo, que luego ocupó la Dirección de Operaciones, dejando su puesto al coronel (r) Daniel Concha.

Una tarde de enero de 1978 Concha apareció en el cuartel central acompañado de Andrés Terrisse Castro, ingeniero electrónico dedicado a la computación y asesor del mayor Ítalo Seccatore Gómez en L5, la Unidad de Computación de la CNI. Estaban haciendo una encuesta sobre los métodos de trabajo de la DINA. Mena transformó a L5 en un centro de apoyo a la dirección y lo trasladó al primer piso de un edificio ubicado en Vicuña Mackenna 69. Terrisse diseñó un sistema que permitía archivar, procesar la información y centralizar el trabajo de las brigadas.

Como unidad operativa piloto se eligió a la brigada Caupolicán, a cargo de los partidos de izquierda, al mando del capitán Manuel José Provis Carrasco (“Francisco Valenzuela”) y recién instalada en el Cuartel Borgoño, un vetusto edificio que había pertenecido al Servicio Nacional de Salud, ubicado en el comienzo de lo que es hoy la comuna de Independencia.

La exmirista Luz Arce, colaboradora de la DINA, cuenta en su libro:

Tuve acceso a parte del trabajo de Andrés Terrisse. Además del desarrollo y del sistema que comenzó a probarse en Caupolicán, existía otro denominado “LIDES”, nemotécnico con el cual hacían referencia al “Listado de Desaparecidos” […] También se comenzó a ingresar la información del archivo de microfichas de la subdirección de la CNI. Es un trabajo que realizó el personal de digitadores de L5 […] En una oportunidad le dije a Andrés Terrisse que la información de los detenidos de la DINA la había manejado el suboficial Manuel Lucero Lobos. Dijo no saber nada al respecto8.

El 7 de diciembre de 1977 la comisión de las Naciones Unidas que investigaba la situación de los derechos humanos en Chile resolvió en contra del gobierno de Pinochet. Una semana después, el 14 de diciembre, la Asamblea General aprobó la resolución “con preocupación especial e indignación” por el “incumplimiento de promesas del gobierno chileno de que mejoraría la situación de los derechos humanos”. Noventa y seis países votaron en contra del gobierno de Pinochet, 26 se abstuvieron y solo 14 se pronunciaron a favor.

Pinochet decidió convocar a un plebiscito –que luego llamaría Consulta Nacional– para el 4 de enero, argumentando que el pueblo chileno debía manifestarse frente a la condena de las ONU. Al día siguiente de la convocatoria, la Fuerza Aérea condenó el acto señalando que era “propio de regímenes personalistas” y que violaba los estatutos de la Junta, sobrepasando los propios límites que se había fijado el jefe de Estado.

El almirante José Toribio Merino, por su parte, lo consideró improcedente tanto en el fondo como en la forma. La Armada agregó que Pinochet “con su actuar, ha vulnerado y atropellado las atribuciones de la Honorable Junta de Gobierno y la ha marginado de la más importante de las decisiones políticas de los últimos años”, insistiendo en su completo desacuerdo con la realización del plebiscito, al igual que todos los almirantes.

Héctor Humeres, el Contralor de la República, también coincidió con la ilegalidad de la consulta. Lo mismo que los expresidentes Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva y Gabriel González Videla.

El 27 de diciembre Pinochet informó que convocaría a la consulta a través de un decreto supremo –el DL 1308– sin necesidad de pedir la firma a los miembros de la Junta Militar de Gobierno. Al día siguiente, el Contralor insistió públicamente en que la consulta no tenía sustentación jurídica, recomendando que se tramitara mediante un decreto ley que requería la firma de todos los miembros de la Junta. Humeres afirmó ante los periodistas que la Contraloría rechazaba en la forma y en el fondo la consulta.

Pinochet ordenó entonces que se diera curso a la jubilación de Héctor Humeres y nombró, en cosa de horas, mediante el decreto supremo 1295, a un nuevo contralor que le otorgara validez legal a la consulta: el elegido fue el abogado puntarenense Sergio Fernández, recomendado por Mónica Madariaga.

Los primeros días de 1978 se caracterizaron por una dura represión en contra de quienes se atrevieron a llamar a votar No. Sin las mínimas garantías que requiere un proceso plebiscitario, el 4 de enero el Sí obtuvo el 75 por ciento de los sufragios.

El 14 de enero, acusados de participar en reuniones políticas, fueron relegados a distintas localidades apartadas del país 12 integrantes del Partido Demócrata Cristiano que habían osado manifestarse públicamente a favor del No: ellos eran Tomás Reyes, Andrés Aylwin, Belisario Velasco, Ignacio Balbontín, Juan Manuel Sepúlveda, Samuel Astorga, Guillermo Yunge, Hernán Mery, Georgina Aceituno, Elías Sánchez, Juan Claudio Reyes y Enrique Hernández.

1.4. La caída del “Pelao” Carmona

El 7 de diciembre fue asesinado Augusto Heriberto Tadeo Carmona Acevedo (“Oslo”), 38 años, casado, dos hijas, periodista, redactor de la revista Punto Final, miembro del Comité Central del MIR y del secretariado que dirigía la resistencia en el interior. Carmona murió en un falso enfrentamiento con efectivos de seguridad, en un inmueble del populoso barrio de San Miguel.

Los hechos transcurrieron de un modo diferente a lo informado por la CNI. Cerca de las 20:30 horas de ese día llegó hasta el vecindario una veintena de vehículos que cubrió todo el barrio. De ellos descendió un numeroso grupo de civiles fuertemente armados. Allanaron la vivienda ubicada en la Calle Barcelona número 2425 y la contigua a esta. Entraron disparando pero no había nadie. Luego ordenaron a todos los vecinos que fueran a sus casas. A pocos minutos de la medianoche llegó Augusto Carmona caminando, se paró frente al umbral de su casa y extrajo las llaves para abrir la puerta. En ese momento le dispararon desde dentro de la vivienda dos o tres veces y el periodista cayó al suelo. Los agentes abandonaron rápidamente al lugar.

Los agentes de la CNI habían dado con Augusto Carmona gracias a una información que les fue proporcionada por una detenida.

Cuando lo mataron, intentaba asilar a un colega, también del partido. Aquel mirista había abierto poco antes algunos flancos por donde la CNI pudo finalmente detectar y golpear la red que trabajaba con Carmona.

Frente a la detención y desaparición de compañeros, agudizadas en 1975 y 76, “El Pelao” inició de inmediato una campaña de denuncias al extranjero. Escribía hasta altas horas de la noche, mientras su mujer, la periodista Lucía Sepúlveda, trataba de aislar las paredes para evitar que los vecinos escucharan su Olivetti portátil. Cuando se realizó la reunión de Cancilleres de la OEA, Carmona organizó la campaña para denunciar la situación de los desaparecidos9.

1.5. El verano caliente de 1978

Los diarios de Santiago, todos proclives a la dictadura, acogían en sus páginas, sin confirmación alguna, los comunicados que les entregaban los servicios de seguridad. Así, cuando en enero de 1978 la CNI comenzó a buscar intensamente a Hernán Aguiló Martínez, máximo dirigente del MIR en Chile, los periódicos publicaron fotografías suyas y entregaron los datos proporcionados por los agentes. Según estos, Aguiló tenía 31 años, era ingeniero de Ejecución, 1,78 de estatura, pelo rubio, ojos claros. Había sido presidente del sindicato del diario Clarín y del Provincial Santiago de la CUT. En 1973 pasó a integrar el Regional Santiago del MIR como encargado de trabajos sindicales y en 1974 llegó al comité central, en calidad de suplente de la comisión política. Ese mismo año quedó a cargo de Organización. El vespertino La Segunda, dirigido entonces por el abogado Hermógenes Pérez de Arce, agregó:

En 1975 Aguiló estuvo a cargo de los vínculos internacionales de la organización recibiendo remesas de dinero de Argentina, de las que se apropió. En el mes de octubre de 1975, cuando se asilaron los líderes máximos, pasó a ser secretario general del MIR. Era casado con Margarita Marchi Badilla, pero luego convivió con Pilar Achurra Rodríguez. Usa los nombres de “Nancho”, “Roberto” y “Aldo”. También emplea la identidad falsa de Carlos Pedro Guirardi Giordano. En 1976 huyó por minutos de un allanamiento en calle Venecia 172210.

En la mañana del 17 de enero dos microbuses con carabineros y agentes de la CNI llegaron a un departamento situado en el tercer piso del edificio signado con el número 010 en la calle Pablo Goyeneche Iver, en La Cisterna, a la altura del paradero 24 de la Gran Avenida, en Santiago. Lanzaron gases lacrimógenos y empezaron a disparar. En su interior el ingeniero mirista Gabriel Octavio Riveros Rabelo, 28 años, soltero, ingeniero en Ejecución Mecánica, repelió el asedio por casi media hora, pero finalmente lo mataron de un balazo en la cabeza.

En el lugar fueron detenidas la pareja de Riveros, Sara Eliana Palma Donoso, y la madre de esta, Sofía Donoso Quevedo, y llevadas a Villa Grimaldi, donde fueron torturadas durante varios días. Luego fueron trasladadas a la Cárcel de Mujeres y de allí expulsadas del país.

Gabriel Riveros formaba parte del apoyo logístico de Germán Cortés y de Haydée Palma Donoso y en su departamento esporádicamente se reunía la dirección del MIR.

El día que mataron a Riveros, Hernán Aguiló se dirigía hacia el lugar en un taxi para intentar retomar contacto con Cortés, quien no había llegado a algunos puntos de encuentro en los días previos.

Dos días más tarde la CNI informó que a las 0:20 del miércoles 18 de enero agentes de seguridad ultimaron al exseminarista Germán de Jesús Cortés Rodríguez (“Cura Luis”, “Jerónimo”, “Bascur” o “Atrala”), 29 años, miembro del Comité Central del MIR. La versión oficial sostuvo que Cortés era jefe del aparato militar y que tras ser detenido se le llevó a su casa, donde extrajo una pistola oculta bajo una cama y disparó a los funcionarios de seguridad, quienes, al repeler el ataque, le ocasionaron la muerte.

La verdad, sin embargo, era muy distinta. Germán Cortés fue detenido el 16 de enero y conducido a Villa Grimaldi. Tras ser intensamente torturado se le trasladó a su domicilio en calle Estados Unidos N°9192, en La Florida, para luego sacarlo y ejecutarlo fríamente. Una persona que estuvo cautiva junto con él relató que unos días después de su aprehensión fue conducida a la casa de Germán Cortés, a quien llevaban en otro automóvil. Al llegar a ese lugar pudo apreciar cómo lo sacaron arrastrando y con la cabeza caída, ya que se encontraba en muy mal estado debido a las torturas recibidas. Un instante después escuchó los balazos y la voz de uno de los guardias dando cuenta por un transmisor de que Cortés ya estaba muerto.

Años después, Sofía Donoso Quevedo entregaría su testimonio sobre lo vivido en aquellos días:

El día 16 de enero de 1978 llegaron a la casa donde vivía mi hija Haydée, a eso de las 14 horas. La golpearon en la cara, le botaron los lentes y casi aturdida la llevaron a Villa Grimaldi junto a otras personas. Después, como a las 4 de la tarde llegaron a mi casa, donde yo vivía con mi hija Eliana y su compañero Gabriel Rivero Rabelo, quien trabajaba en la Embotelladora Andina. Venían armados con metralleta, entraron violentamente golpeando a mi hija, quien se defendía con mordiscos y patadas. En ese momento no me daba bien cuenta de lo que pasaba, porque todo era una confusión; donde sentían un ruido ametrallaban… comencé a gritar desde el baño qué era lo que pasaba. Yo me libré solamente en un rincón… todo lo demás quedó hecho pedazos con la metralleta. Hasta que uno de los hombres me hizo salir con las manos en alto –de mi hija Eliana no supe dónde se la habían llevado– y me condujeron por toda la casa que estaba completamente destrozada. Me preguntaron acerca de quién era esa persona que estaba ahí (por el compañero de mi hija); ellos dijeron que era un extremista y continuaron disparando hacia las piezas donde él se encontraba. Luego pidieron refuerzos a Carabineros, quienes empezaron a tirar bombas lacrimógenas, las que le produjeron asfixia a mi yerno. Este se acostó en su cama y ahí un carabinero le dio el golpe de gracia con un disparo en la cabeza. Ellos querían que yo fuera donde mi yerno para matarme también y así no quedara ningún rastro. Yo verdaderamente no lloré, tenía rabia en ese momento y me encontraba impotente al no poder hacer nada.

Me subieron a un auto con carabineros y militares a cada lado, armados. No dejé de hablar y saqué mi mano fuera del vidrio, grité que nos llevaban detenidos, que no teníamos armas y esto que hacían era un atropello a personas que no tenían nada que ver con lo que ellos buscaban. En ese momento no sabía que habían tomado a mi hija Haydée.

Cuando llegué a la Villa Grimaldi lo hice con mi hija Eliana, a quien la sacaron primero; a mí me dejaron con la vista vendada, con la cabeza agachada afirmada en el auto. Sentía de lejos los gritos de mi hija. Sería esto como a las nueve de la noche. Momentos después, cuando aún estaba con la cabeza agachada comenzaron a pasar unos hombres y cada uno de ellos me golpeaba en la espalda, en la cara, en la boca, hiriéndome en un ojo y botándome un diente. Después de esto me llevaron a otro lugar custodiada por un militar al que yo le enrostré lo que hacían.

Durante esa noche y a pesar de estar vendada, traté de ver a las otras personas que allí había. Reconocí a mi hija Haydée, a la señora que le arrendaba una pieza y a Germán Cortés –un joven que era amigo nuestro desde hacía muchos años–, al que lo tenían con las manos atrás, parado y apenas podía sostenerse en pie. Cada vez que a Germán lo llevaban a las sesiones de tortura, me ponían en una silla al lado de él para que yo sintiera todo lo que le hacían; pero a mí me pasó algo extraño, no sentía dolor, ni alegría, ni pena; me quedé en blanco, pero me daba cuenta de todo y escuchaba cuando a Germán lo golpeaban y le decían: ‘Oye cura, tú que fuiste cura llama a tu Dios para que te venga a salvar’. Otra noche llegaron otros hombres y le preguntaron: ‘¿Y bueno, este cura habló?’. ‘No ha hablado ninguna palabra, está mudo’. ‘¡Ah! Este que está mudo yo lo voy a hacer hablar para que su Dios lo venga a salvar’. Y le dio un tremendo golpe con la culata de la metralleta en el estómago, dejándolo inconsciente. Al día siguiente, de amanecida, lo llevaron a su casa, donde lo asesinaron disparándole en la cabeza.

Todos los días de esa semana y a cada momento llevaban a mis hijas a sesiones de tortura, aplicándoles corriente y otros tipos de flagelaciones y tormentos. Yo sentía los gritos desde lejos11.

El viernes 20 de enero de 1978 fueron puestas a disposición de la Tercera Fiscalía Militar otras seis personas detenidas por la CNI. Se trataba de Bernarda Nubia Santelices Díaz, conviviente de Cortés Rodríguez, detenida en el domicilio de calle Estados Unidos; Guillermina Reina Figueroa Durán, Aurora Giadrosic Figueroa y Dinko Giadrosic Figueroa, domiciliados en San Isidro 1414; y Sofía Haydée Donoso Quevedo y Sara Eliana Palma Donoso, detenidas en el departamento de Riveros Rabelo.

1.6. Bultos secretos en un vapor alemán

El 27 de febrero de 1978 el embajador de Estados Unidos en Chile, George Landau, entregó a la Cancillería un exhorto de la justicia norteamericana relativo al asesinato de Orlando Letelier. El documento venía acompañado de las fotografías de dos hombres jóvenes y de pelo corto. A comienzos de marzo periódicos de Estados Unidos y de Chile publicaron cuatro fotografías, que correspondían a tres oficiales de Ejército y al ciudadano estadounidense Michael Townley, identificado como un militante del desaparecido Frente Nacionalista Patria y Libertad.

En las semanas siguientes, los nuevos mandos de la CNI y las jefaturas de la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, conocieron la verdad del asesinato de Letelier.

El 2 de marzo de 1978 Manuel Contreras habló con Townley. “El gringo” estaba inquieto; temía ser traicionado y desaparecer en manos de ejecutores enviados a cerrar sus labios para siempre. Tres días después, hizo lo mismo con Fernández Larios, al que convocó a su casa en las Rocas de Santo Domingo. El capitán también se veía nervioso. Las instrucciones para ambos fueron perentorias: nieguen los viajes al extranjero.

Contreras intentaba tapar todos los orificios que dieran origen a una posible filtración. En eso estaba cuando el 20 de marzo de 1978, el vicecomandante del Ejército, el general Carlos Forestier, lo convocó a su oficina y le comunicó que Pinochet había decidido cursar de inmediato su baja del Ejército. El exjefe de la DINA recibió la noticia como un martillazo en mitad de la frente.

Aquella noche todas las luces de la residencia de la avenida Príncipe de Gales se encendieron para recibir a quienes llegaban a solidarizar con Contreras. A los oficiales de la DINA se sumaron mandos de la FACh, de Carabineros e incluso el ministro de Defensa, el general Herman Brady. Cerca de las 22 horas hizo su entrada la esposa del general Pinochet, Lucía Hiriart, que abrazó efusivamente al general en desgracia.

Los nombres de los generales Sergio Covarrubias, René Vidal y René Escauriaza sonaron en los pasillos y en los jardines. Los amigos de Contreras lo culpaban de haberse aliado con los ministros civiles y con Jaime Guzmán, el influyente líder gremialista que se había transformado en uno de los principales asesores de Pinochet.

En las dos semanas siguientes los acontecimientos se precipitaron. Townley, arrinconado por todos, decidió ponerse a disposición de Odlanier Mena; mientras, en Estados Unidos, emisarios de Pinochet acordaban los términos para la entrega del agente de la DINA que aparecía como el autor material del asesinato de Letelier. Una de las exigencias chilenas era que las confesiones de Townley no se emplearan para investigar otros episodios donde estuviera involucrada la policía política que había dirigido Contreras, especialmente el asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires.

En la noche del viernes 7 de abril del 78 Townley fue llevado al cuartel central de la Policía de Investigaciones convencido de que sería enviado a Concepción, donde tenía un juicio pendiente12. En la madrugada siguiente, al llegar a la losa del aeropuerto y ver a dos agentes del FBI parados junto a la escalerilla de un avión de Ecuatoriana de Aviación, “El gringo” percibió que había sido traicionado y que su única salida era hablar, contarlo todo.

En medio de esos turbulentos días, el general Contreras llevó del brazo a su hija camino al altar para ser desposada por el subteniente Carlos Moller. Al término de la ceremonia religiosa, varios jóvenes oficiales desnudaron sus sables y se sumaron al tradicional arco nupcial que los militares realizan en esas ocasiones. Contreras estaba radiante.

Sin embargo, habituado a leer los pequeños indicios que revelan la cercanía de acontecimientos mayores, Contreras sentía el peligro. Si era eliminado se borraría para siempre cualquier vestigio que pudiera incriminar al régimen militar. Decidió ser precavido y con algunos de sus hombres más cercanos, optó por sumergirse en un seguro refugio en el litoral central.

Reapareció el jueves 20 de abril para dirigirse por vía aérea a Punta Arenas y embarcar 23 maletas en el carguero alemán “Badenstein” rumbo al puerto de Hamburgo. Otros bultos misteriosos los envió a través de Lufthansa con destino Nueva York-Frankfurt. Ese despacho, que Contreras ha negado hasta hoy, fue confirmado por fuentes seguras a la revista Qué Pasa y al vespertino La Segunda, medios que dejaron constancia del hecho en sus páginas. Versiones posteriores indicaron que la carga que iba en Lufthansa fue transferida a Braniff e interceptada en Nueva York por el FBI.

El 2 de agosto de 1978 se ordenó el arresto de Contreras junto al capitán Armando Fernández Larios, y los coroneles Pedro Espinoza y Vianel Valdivieso. Todos fueron instalados en el Hospital Militar.

Muchos de los hombres de Contreras le seguían fieles, pero el general sabía que Odlanier Mena era un peligroso enemigo. Ordenó entonces a algunos de sus hombres de mayor confianza que quemaran los archivos de la DINA.

Al promediar 1978 el coronel Pedro Espinoza cumplía una de las misiones más importantes de su carrera militar como comandante del Regimiento de Infantería N°10 “Pudeto”, en Punta Arenas. Las relaciones con Argentina empeoraban y la frontera se calentaba por la disputa de tres islas en el canal Beagle. Espinoza diseñó una cuidadosa red de servicio secreto que se extendió hasta Río Turbio y Río Gallegos, en territorio argentino, y que entregaba un permanente flujo de datos sobre las fuerzas aéreas y militares trasandinas que, desde abril de ese año, crecían progresivamente en el denominado Teatro de Operaciones Austral.

A fines de julio, cuando supo que sería detenido, Espinoza debió hacer rápida entrega de la comandancia del “Pudeto” y antes de salir hacia la capital, reunió a su plana mayor y le dijo:

–Señores, estamos en presencia de una hábil maniobra de la CIA para perjudicar a nuestro gobierno.

Espinoza había llegado a comandar el “Pudeto” tras desempeñarse como agregado militar en Brasil, con asiento en Brasilia, junto a otro oficial que había sido miembro de la DINA, el mayor Marcelo Moren Brito.

El exagente de la DINA, Osvaldo Romo Mena, refugiado varios años en Brasil, relató más tarde en los tribunales de justicia chilenos que uno de los departamentos que ocupó en los inicios de su estadía en el país carioca, se lo arrendó personalmente al coronel Espinoza.

Hijo de un suboficial de Infantería, Espinoza egresó de la Escuela Militar en 1953 como alférez de la misma arma en que había servido su padre. En la Academia de Guerra se especializó en Inteligencia, llegando a ser profesor del ramo en ese instituto superior castrense. De su primer matrimonio, tuvo dos hijos, ambos militares y también del arma de Infantería.

Amigo cercano de la agente DINA conocida como Liliana Walker, la eligió personalmente para cumplir una misión en Washington junto al capitán Armando Fernández Larios, oficial con prestigio de seductor impenitente y el que habría recibido la imperativa orden de Espinoza de “no tocarle ni un pelo” a la mujer.

Su gran ambición era llegar a ser general de Ejército y muchas de sus acciones –según algunos de sus cercanos– las emprendió sin vacilar, suponiendo que el acatar y cumplir en la mejor forma las mismas, lo conduciría hacia las tan ansiadas presillas de cuatro estrellas, deseo que finalmente no pudo lograr.

Desde comienzos de 1987 Espinoza –en comisión de servicios del Ejército– estuvo destinado en Sudáfrica, cumpliendo funciones administrativas con el rango de consejero de la embajada chilena. En aquel tiempo, informes de prensa argentinos lo sindicaron como el contacto chileno con la empresa Anglo American Corporation, AAC, transnacional sudafricana que intensificó en esa época su presencia en Chile y en Brasil para la extracción de oro, mineral del cual se extraen porcentajes no despreciables de uranio. La AAC era una de las principales explotadoras del uranio de Namibia, motivo por el cual las Naciones Unidas acusaron a Sudáfrica de expoliar económicamente a ese territorio, ocupado ilegalmente.

1.7. Arrivederci Chile

A comienzos de abril de 1978 los neofascistas italianos que colaboraban con la DINA, encabezados por Stefano Delle Chiaie, decidieron abandonar Chile. Ellos habían sido confirmados como asistentes de la CNI por el general Odlanier Mena, sobre todo en tareas de análisis de inteligencia, aspecto en que el aparato represivo presentaba deficiencias. Un día impreciso de aquel mes, en condiciones bastante precarias, uno de los militantes de Acción Nacionalista Revolucionaria, Pedro Medina Murúa13, sacó a los italianos apresuradamente del país por el paso fronterizo de Puyehue, en Osorno.

Antes, hicieron una escrupulosa entrega a Medina de gran parte del material que les había confiado la DINA y la CNI: seis equipos de radio VHF-UHF, varios sets de fotografías aéreas de instalaciones de radar en el sector sur del territorio peruano, fotografías de bases móviles de misiles tierra-aire y un número impreciso de carpetas con antecedentes misceláneos.

Medina tomó contacto con un oficial de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes y le consultó acerca del mejor destino posible para ese material. El oficial le sugirió que lo más lógico era ponerlo a disposición del general Manuel Contreras. Medina accedió de inmediato.

Poco después, en altas horas de la noche y con el mayor de los sigilos, el teniente coronel Rolf Wenderoth, entonces subdirector de la Escuela de Ingenieros, concurrió a la casa del oficial contactado por Medina e incautó todo el material abandonado por los italianos.

Oficialmente no se supo más de ellos. Tan solo el abogado Guido Poli afirmaría más tarde haber seguido teniendo contacto epistolar con Delle Chiaie.

Al promediar el otoño de 1978 Pinochet empezó a enfrentar un creciente deterioro en su gobierno. A la condena de la ONU se sumó la creciente tensión con Argentina, el impacto del caso Letelier y la ruptura de relaciones con Bolivia. Decidió entonces cambiar la imagen de su régimen otorgando un papel preponderante a los civiles, la mayoría de ellos vinculados al movimiento gremialista.

El primer ministro del Interior civil fue el abogado Sergio Fernández, el mismo que hacía poco más de tres meses había sido nombrado Contralor de la República para que aprobara la realización de una Consulta Nacional. Una de las primeras tareas de Fernández fue promulgar una Ley de Amnistía para cubrir los crímenes de la DINA, quedando al margen solo el caso Letelier.

En una entrevista concedida a la revista Qué Pasa, en tanto, el nuevo jefe de la CNI, Odlanier Mena, marcó el rumbo de sus pretensiones.

–Usted, como director del organismo máximo de inteligencia del país, debe manejar un cúmulo de información y de personal. ¿Podría ocurrir que, sin su conocimiento, alguno de sus funcionarios se “arranque con los tarros” y se extralimite en sus funciones? –preguntó la periodista.

–Absoluta y categóricamente no. La CNI está conformada como una unidad militar, con procedimientos normales de relaciones entre las personas al uso de las unidades militares. Hechos como detenciones no pueden pasar inadvertidos por el director. De eso puedo dar fe. En cualquier momento me pueden preguntar cuántos detenidos hay, en qué lugar, en qué circunstancias y por qué razones…

–¿Cuántos hay actualmente?

–Ninguno. El sábado pasado entregamos cinco a la justicia. No puede ser que alguien corra con colores propios. Esta es una organización jerarquizada, disciplinada, con valores éticos y morales propios como cualquier unidad militar. Y todos los procedimientos son absolutamente legales.

A comienzos del mes de julio, en la ciudad de La Serena, los máximos dirigentes del Frente Juvenil de Unidad Nacional, controlado por el gremialismo, llamaron a los chilenos a crear un movimiento cívico, “el pinochetismo”, el que debería transformarse, según ellos, “en una fuerza arrolladora que consolide la nueva institucionalidad democrática”.

El comandante de la Fuerza Aérea, el general Gustavo Leigh, envió entonces una carta a Pinochet cuyos principales contenidos hizo trascender concediendo una entrevista al periódico italiano Il Corriere della Sera.

En ella, Leigh reveló que había solicitado a Pinochet la ejecución de cinco medidas inmediatas. Ellas eran: la normalización del país en un plazo de cinco años, la redacción de estatutos para el funcionamiento de los partidos políticos, la restauración de los registros electorales, una ley de elecciones y la preparación de una nueva Constitución.

La sola mención de un itinerario para devolver la democracia a Chile fue considerado por Pinochet y sus asesores más cercanos como un gesto de alta traición a la Patria.

Seis días después de conocerse las declaraciones del general Leigh, Pinochet ordenó la ocupación militar del Ministerio de Defensa y de los alrededores del Edificio Diego Portales. Simultáneamente, decretó la destitución de Leigh de la Junta Militar de Gobierno. De los 20 generales de la Fuerza Aérea, solo uno decidió seguir en servicio activo14.

1.8. Espías en Argentina

El 1 de agosto el fiscal estadounidense Eugene Propper acusó a ocho personas ante un juez federal por el asesinato de Orlando Letelier. Cinco eran cubanos y tres, chilenos. Una semana más tarde, el 10 de agosto de 1978, un incesante repiquetear de cacerolas se escuchó en las poblaciones mineras de Chuquicamata. Aquella célebre forma de protesta que había impuesto la oposición al gobierno de la Unidad Popular, retornaba para manifestarse en contra de la dictadura militar. Pinochet decretó el Estado de Sitio y relegó a diez dirigentes de la División Chuquicamata a la localidad de Chonchi, en los confines de Chiloé.

El 16 de agosto se concluyó la redacción del anteproyecto de reforma constitucional. En sus páginas nada se mencionó sobre el proceso de transición a la democracia. Casi un mes más tarde, el 11 de septiembre, durante la celebración de un aniversario más del golpe militar, Pinochet informó que el anteproyecto de reforma constitucional sería estudiado por el Consejo de Estado. Luego sería examinado por la Junta de Gobierno para enseguida ser plebiscitado. Si llegaba a promulgarse, se iniciaría una transición de seis años. En ese período se instalaría un Parlamento enteramente designado por la Junta de Gobierno. En ningún caso, agregó, habría elecciones antes de 1985. Catorce meses antes, en el discurso de Chacarillas, Pinochet se había comprometido a realizar elecciones libres en 1985.

A fines de septiembre del 78 Pinochet anunció la creación de un nuevo rango en el Ejército, el de teniente general, otorgándoselo a los generales Herman Brady, César Benavides y Carlos Forestier, que habían cumplido ya 41 años de servicio.

Simultáneamente envió al general Sergio Covarrubias, hasta entonces jefe del Estado Mayor Presidencial, a la jefatura de la Quinta División en Punta Arenas, nombrando en su reemplazo al general René Escauriaza. Otro cambio importante en el Ejército fue la remoción del general Héctor Orozco desde la jefatura de la Dirección de Inteligencia.

El 18 de octubre del 78 el ministro del Interior Sergio Fernández anunció nuevas facultades extraordinarias para reorganizar la administración pública y la proscripción de siete confederaciones y federaciones de trabajadores que agrupaban a más de 150 mil obreros y empleados.

En los primeros días de noviembre los servicios de inteligencia argentinos detuvieron a varios exagentes de la DINA que operaban en el país trasandino, acusándolos de espionaje. Entre ellos figuraban algunos hombres que habían tenido una relevante participación en los preparativos para asesinar al general Carlos Prats y en la desaparición de numerosos chilenos. Los arrestados eran Enrique Arancibia Clavel, Mario Igualt Pérez, Nicolás Díaz Pacheco, Germán Vogel Blaya, Jaime Patricio Arrau y Eduardo Segundo Quilodrán, todos chilenos, además de los argentinos Eladio Vicuña y Humberto Zanelli15.

En Santiago, mientras, las investigaciones realizadas por obispos y vicarios sobre las violaciones a los derechos humanos durante la existencia de la DINA llevó a la Conferencia Episcopal a emitir una severa declaración el 9 de noviembre de 1978. En ella, los obispos expresaron que “las personas detenidas desaparecidas deben, a nuestro parecer, darse por detenidas por los servicios de seguridad del gobierno”. Y agregaron: “Hemos llegado a la conclusión de que el gobierno no realizará una investigación a fondo de lo ocurrido”.

Entretanto, los continuos atropellos cometidos en contra de los derechos laborales, decidió a la central sindical estadounidense AFL-CIO a presentar una moción ante la Organización Regional Interamericana de Trabajadores, ORIT, para declarar un boicot en contra del gobierno de Pinochet. Similar actitud se tomó en contra del régimen de Anastasio Somoza, en Nicaragua, y de Fidel Castro, en Cuba.

1.9. La esposa que pudo dormir tranquila

A fines de julio del 78 la justicia chilena ordenó el arresto de Contreras, Pedro Espinoza, Armando Fernández Larios y Vianel Valdivieso. La resistencia fue mínima y solo verbal. El 2 de agosto los cuatro se instalaron en el Hospital Militar. Contreras se puso a escribir un “Ayudamemoria” de lo ocurrido, provocando el nerviosismo entre sus partidarios y enemigos.

Cierta mañana Contreras recibió en su habitación del sexto piso del Hospital Militar al que había sido uno de sus más enconados adversarios: el prefecto de Carabineros de Santiago, el general Germán Campos.

Durante 1977 ambos se enfrentaron en ásperas disputas. El jefe policial recibía diarios informes recogidos de los siete mil carabineros distribuidos en las calles de la capital. Una oleada de bombazos sacudía los barrios y los uniformados habían observado sospechosos movimientos.

En las horas previas a las explosiones se habían visto los mismos tipos de vehículos, la misma rubia bonita que ya era conocida y las mezclas de los detonantes eran similares, entre otros numerosos y repetidos indicios. Campos concluyó que los atentados los efectuaban los mismos agentes de la DINA.

El ministro del Interior, el general Herman Brady, había enfrentado a Contreras y Campos ante la presencia del jefe de la Guarnición y del Intendente de Santiago, los generales Enrique Morel Donoso y Rolando Garay. No obstante, pese a las advertencias, el prefecto no se había dejado intimidar.

Uno de los episodios más oscuros se registró cuando una patrulla de carabineros detuvo a tres sujetos por el robo de una renoleta, propiedad de un ciudadano francés. En una rápida investigación, los policías ubicaron a los ladrones y cayeron repentinamente sobre ellos. La sorpresa fue mayúscula: los arrestados eran el cabo de Carabineros Emilio Troncoso, el cabo de Ejército Manuel Leyton Robles y el sargento de Carabineros Heriberto Acevedo, todos adscritos a la DINA.

El grupo había recibido una orden del capitán de Ejército Germán Barriga Muñoz, “Don Jaime”, miembro de la plana mayor de la Brigada de Inteligencia Metropolitana de la DINA, uno de los encargados de ubicar y detener a los dirigentes del Partido Socialista. Barriga les había encargado que “consiguieran” una renoleta porque estaban “faltos de repuestos”.

Cerca de la medianoche del 24 de marzo de 1977 Campos recibió un llamado telefónico:

–Campos, tengo perdida una patrulla. Probablemente los secuestraron o los mataron. ¿Puedes ayudarme?

–Voy a poner a 400 hombres de las fuerzas especiales a buscarlos. Avísame si querís más.

Contreras se enteró en los minutos siguientes que sus hombres estaban en poder de Carabineros. Tomó el teléfono y llamó nuevamente a Campos.

–Campos, ¿me estái hueveando…?

–No, Contreras. No puedo hacer nada. Están detenidos y van a ser puestos a disposición de la justicia militar.

–Qué huevá estái haciendo, Campos. No me arrastrís el poncho…, podís cagar –respondió el jefe de la DINA.

Contreras ordenó que se alistara la guardia del cuartel central. Minutos después en varios automóviles salió rumbo a la comisaría donde estaban detenidos los tres agentes de la DINA.

–¡Vengo a buscar a mi gente! –dijo Contreras al ingresar con sus hombres al recinto policial. Portaba en sus manos una metralleta.

–Un oficial intentó oponerse.

–¡Hácete a un lado, concha de tu madre! ¡Ya, entréguenmelos! ¡Si no, aquí queda la cagá!

Contreras salió con los tres agentes de la DINA, rodeado por su guardia. Los carabineros no se atrevieron a reaccionar.

La investigación siguió su curso en la justicia militar. El día 30 de marzo del 77, Leyton debía presentarse a declarar. La DINA informó que había muerto de un infarto al corazón, producto de los apremios ilegítimos a que había sido sometido por carabineros. Años después, Michael Townley reveló en Estados Unidos que el cabo había sido asesinado con gas sarín por sus propios compañeros luego de comprobarse que había declarado en contra de su jefe, el capitán Barriga.

Leyton era el mismo que años atrás, a instancias del capitán Miguel Krassnoff, había contactado a Osvaldo Romo para que colaborara con la DINA.

Poco antes de que Contreras tuviera que internarse bajo arresto en el Hospital Militar, el jefe de la Guarnición Militar de Santiago, el general Enrique Morel, recibió una sorpresiva visita del prefecto Campos.

–Tu general Contreras corre peligro de muerte –dijo Campos secamente.

Morel esbozó una sonrisa.

–Lo van a matar y no son extremistas –agregó el prefecto.

–¿De qué mierda estás hablando? –preguntó el general mientras el semblante de su cara cambiaba bruscamente.

–Te estoy diciendo que van a matar a Contreras. Pero esa es una cuestión de ustedes. Yo no me voy a meter.

–¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

–Mi información es firme. Te advierto, voy a impedir que maten a Contreras. Yo soy el responsable de lo que pase en Santiago y no voy a aceptar que ocurra esto.

–¿Qué más sabes?

–Lo van a matar en su casa, en Príncipe de Gales. Le van a disparar cuando vaya saliendo. Con tu apoyo o sin tu apoyo, voy a poner a cien carabineros de las fuerzas especiales frente al equipo militar que tienes ahí.

–¡No puede ser! ¡Tus fuentes están equivocadas!

–Averigua tú mismo. Llama a inteligencia militar…

–¡Pero esta es una cagá muy grande! ¡Es muy jodido! Dame un poco de tiempo. Tengo que preguntar.

Cuando Campos se retiró, el “Tigre” Morel hizo tres llamados telefónicos. El cuarto fue al mismo Campos.

–Tienes razón. Procede no más y pon a tu gente. Desde este momento no hay más soldados frente a la casa de Contreras. Y si aparece uno, dispárale.

Dos unidades de las fuerzas especiales de Carabineros, de 50 hombres cada una, se apostaron rodeando la casa del general Contreras. Los comandos del Ejército que permanecían allí abandonaron el lugar poco después.

El mayor a cargo de la fuerza policial se presentó ante la señora María Teresa Valdebenito para comunicarle que desde ese instante estaba a cargo de la seguridad de su casa.

La esposa del exjefe de la DINA agradeció. Los carabineros, fuertemente armados, tomaron posiciones dentro y fuera de la propiedad.

Permanecieron allí durante más de dos meses.

Por eso aquel día, en la pequeña habitación de Contreras, ambos hombres se miraron a la cara y el jefe de la DINA estiró su brazo estrechando la mano del prefecto Campos.

–Gracias, mi general. Mi esposa ahora duerme tranquila.

En los minutos siguientes los dos oficiales analizaron la salida del general Gustavo Leigh de la Junta de Gobierno y de la comandancia de la FACh a fines de julio. Coincidieron en que Pinochet recibía muy malos consejos16.

Llegó la primavera de 1978. El general Contreras seguía escribiendo y leía mucho: novelas de espionaje y lo que le llevaran sobre los servicios de inteligencia del mundo, su tema preferido.

En noviembre empezaron a formarse, primero tímidamente y luego incluso con publicaciones en los diarios, los Comités de Ayuda para la Defensa de Manuel Contreras. El primero en aparecer públicamente fue el de Osorno. Lo integraban Gustavo Galdámez, Ricardo Schilling, Gustavo Ellwanger, Marta de Hamann, Germán Waeger, Hernán Follert, Estanislao Vásquez, Harry Jürgensen, Roberto Vicenzio y Jorge Butte.

A fines de 1978 los chilenos se vieron enfrentados a dos momentos dramáticos. El 30 de noviembre quedaron en evidencia los métodos utilizados para hacer desaparecer a los disidentes. En la localidad rural de Lonquén, a unos pocos kilómetros al oeste de Santiago, sepultados en unos antiguos hornos de ladrillos, fueron encontrados los cadáveres de 15 hombres asesinados después del golpe militar. En su interior, con sus manos atadas con alambres de púas a la espalda, se hallaron 15 cuerpos cubiertos con cal. Varios de esos hombres, en su mayoría campesinos, habían sido detenidos y sepultados vivos en los últimos meses de 1973.

Todos los antecedentes fueron puestos a disposición de los tribunales. El juez Adolfo Bañados estableció la verdad, identificó a los culpables y luego se declaró incompetente. En la justicia militar el caso fue prontamente amnistiado17.

Por esos mismos días la guerra estuvo a las puertas de las fronteras. El 20 de diciembre de 1978 iba a iniciarse la invasión militar argentina18.

A fines de año un capitán que prestaba servicios en la Escuela Militar fue destinado a la CNI para integrarse a la brigada encargada de combatir al MIR. Su nombre era Carlos Herrera Jiménez19.

A fines de 1978 el director de la CNI, el general (r) Odlanier Mena, ordenó al coronel Fernando Suau Baquedano, un destacado oficial de inteligencia, crear un Estado Mayor de Inteligencia (EMI) “para reorganizar y centralizar el análisis de la información política de todo orden”. De ese Estado Mayor dependieron todas las divisiones, departamentos y brigadas operativas que siguieron los pasos de los líderes de oposición, escucharon y grabaron sus conversaciones instalando micrófonos en sus casas y oficinas.

1.10. Batalla entre hombres duros

En el verano de 1979 Santiago volvió a estremecerse por los bombazos. Los peritajes de la Policía de Investigaciones y de Carabineros señalaban que los artefactos eran fabricados con trotil; la CNI sostuvo que el trotil solo lo empleaban las Fuerzas Armadas. En los tres organismos se pensaba que los autores de los atentados eran exmiembros de la DINA. Desde el estallido de una bomba el 22 de noviembre de 1978 en la casa del presidente de la Corte Suprema, Israel Bórquez –poco después de que decidiera acoger a proceso la petición de la justicia estadounidense para extraditar a Manuel Contreras, Pedro Espinoza y Armando Fernández Larios–, hasta fines de marzo de 1979, la prensa informó de la colocación de 23 artefactos explosivos, 19 de los cuales estallaron y los otros cuatro fueron desactivados. De los 19 que explotaron, ocho lo hicieron en casas particulares; otros once en locales fiscales, empresas privadas y secretarías gubernamentales; y uno en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura. Todas las bombas eran de baja potencia, ubicadas en lugares estratégicos para evitar heridos y con mecanismos de relojería para que explotaran por las noches. Hasta marzo de 1979 no se registraban heridos entre las víctimas de los atentados, pero sí seis muertos entre los presuntos autores: tres en una explosión en Coquimbo, dos durante un tiroteo en Santiago y uno al estallar un artefacto que se preparaba en una casa de Quinta Normal.

En el mismo período se informó de 46 detenidos como confesos fabricantes de bombas o cómplices. De esos 46, cuatro quedaron en libertad por falta de méritos y 15 fueron amnistiados. De los 27 restantes, 12 estaban siendo procesados por infracción a la Ley de Seguridad del Estado y solo 15 en tribunales militares por delitos a la Ley de Control de Armas.

El ministro de la Corte de Apelaciones Sergio Dunlop –que investigaba la bomba en casa del juez Bórquez cuando estalló otra en la suya– afirmó que las bombas estaban fabricadas con trotil. También el general Germán Campos, entonces prefecto de Carabineros de Santiago, aseguró que todas las bombas que estallaron en 1978 estaban fabricadas con trotil. La CNI, en cambio, fue enfática para afirmar que “no son de trotil, porque este elemento es usado solo por las Fuerzas Armadas”. Desde entonces, los medios de prensa informaron que, según fuentes de seguridad, tal o cual bomba era de polvo de aluminio o amongelatina. Pero hubo excepciones: el 14 de febrero de 1979, El Mercurio dio cuenta de una bomba que estalló en el sector de La Granja y que, según Carabineros, “estaba confeccionada con 500 gramos de trotil”.

El 14 de mayo de 1979, en un fallo de primera instancia, el presidente de la Corte Suprema, el ministro Israel Bórquez, anunció su rechazo a las extradiciones de Contreras y Espinoza solicitadas por el gobierno de Estados Unidos.

Seguros de que las condiciones habían cambiado, ambos exjefes de la DINA decidieron iniciar un fulminante contraataque y el 31 de mayo acusaron constitucionalmente a los ministros del Interior, de Relaciones Exteriores y de Educación, Sergio Fernández, Hernán Cubillos y Gonzalo Vial, respectivamente.

Contreras y Espinoza los culpaban de haber interferido en sus defensas e influir de mal modo ante diversas instancias públicas para que no se les ayudara. Afirmaban que uno de sus abogados, Jorge Balmaceda, jefe del Departamento Jurídico del Ministerio de Educación, había sido presionado por el ministro Vial para que abandonara el caso.

De acuerdo a la acusación de los exjefes de la DINA, el embajador estadounidense George Landau habría señalado a Cubillos su inquietud por la situación irregular de Balmaceda. Y este, junto a Fernández, habría acicateado a Vial para que presionara a Balmaceda. Para Contreras y Espinoza esa conducta resultaba inadmisible. Se trataba de una intervención extranjera que, con la complicidad de tres ministros, comprometía e1 honor de Chile y atentaba contra el legítimo derecho de defensa que tiene todo ciudadano.

La Junta de Gobierno se reunió y determinó que no procedía jurídicamente la acusación constitucional. El gobierno, en tanto, declaró que jamás se había pretendido intervenir en el proceso sobre las extradiciones, ni para privarlos de defensa, ni para entorpecer la acción de la justicia.

Los ministros aludidos no guardaron silencio. En una enérgica declaración emitida a últimas horas de ese mismo día refutaron los cargos que se les imputaban, manifestando que nunca han aceptado presión alguna y reiterando su adhesión a los valores de la dignidad y honor de la Patria. Y agregaron:

Resulta entre audaz y grotesco, por decir lo menos, que los referidos reclamantes se atrevan en estas circunstancias a formular semejantes declaraciones de índole moral y jurídica, con lo que queda de manifiesto que su propósito es el de intentar una burda maniobra política.

Manuel Contreras, por su parte, replicó al día siguiente:

Lo único que puedo declarar es lo siguiente: mi general Pinochet ha estimado que esta situación está totalmente superada. Yo, como militar, estoy dispuesto a cumplir, una vez más, las órdenes de mi general, pese a la actitud ignominiosa de algunos de los lacayos que actualmente lo rodean.

Pinochet reiteró su confianza a los ministros y el Ejército se cuadró con su comandante en Jefe. A las 8:30 de la mañana del jueves 7, llegó hasta el gabinete de Pinochet el cuerpo de generales a presentarle su saludo con motivo del día de la Infantería. En representación de ellos, el general René Escauriaza manifestó su adhesión el gobernante:

Queremos decirle a aquellos ilusos que aún pretenden minar la lealtad de la institución, que no confundan serenidad con temor ni silencio con desafección, pues cuando el Ejército, cuyo símbolo humano es la infantería, tiene que responder, sabe hacerlo sin titubeos20.

Casi un mes antes, el 26 de abril, el canciller Cubillos había invitado a almorzar a su casa al embajador estadounidense George Landau, a quien le confidenció que en las últimas dos semanas había recibido dos amenazas de muerte de Contreras.

En un documento secreto de tres páginas desclasificado por el gobierno norteamericano en marzo de 2001, Landau había informado en abril de 1979 al Departamento de Estado: “Cubillos me dijo que había recibido dos amenazas de muerte porque había firmado el original de la orden de arresto en su contra y que estaba muy consciente que la política exterior de Chile enfrentaría serios problemas si la Corte falla en contra”.

Los chilenos presenciaban por esos días las primeras grandes batallas de una guerra al interior del régimen militar que se prolongaría más allá del fin de su existencia. Los bandos en pugna fueron identificados como “duros” y “blandos”, atribuyéndoles características y posiciones antagónicas en el manejo económico, en las relaciones exteriores, en los planes políticos, en la educación, en suma, en todos los ámbitos ideológicos y administrativos del gobierno.

El general Pinochet decidió impulsar un gran movimiento cívico-militar que robusteciera los pilares de su gestión. La tarea recayó en el mismo hombre que poco después del golpe militar de septiembre de 1973 le recomendó reemplazar sus incrustaciones de oro en la dentadura, despejar su frente y levantar la altura de su gorra: el publicista Federico Willoughby. Trabajaría codo a codo con un coronel de Ejército en Cema Chile y emplearía como verdaderas monitoras de la idea a las esposas de los oficiales y de los funcionarios de las intendencias regionales.

En los últimos meses de 1979 Willoughby había logrado fichar a 240 mil chilenos. No obstante, la sombra del corporativismo con un penetrante olor a fascismo había caído sobre el tan esperado movimiento y Pinochet ordenó congelarlo hasta una nueva orden.

1.11. El conglomerado empresarial del “Mamo”

Manuel Contreras había previsto el fin de la DINA, su retiro y el de sus hombres. Pensando en ello creó una sociedad de responsabilidad limitada –Pedro Diet y otros– destinada a dotar de casas a todo el personal que conformaba el estado mayor del organismo de inteligencia. También, en sociedad con Vianel Valdivieso –Víctor Víctor, como le decían en la DINA– formó la empresa CONAS, dedicada a los servicios técnicos de ingeniería y mantenimiento.

Otras empresas bajo el control de Contreras al iniciarse los años 80 eran Conapala, una compraventa de automóviles; Enelectro, de artículos electrodomésticos; Impromet, en el rubro de la metalurgia; y su empresa regalona: Servicios de Asesorías Integrales Alfa Omega Ltda.

El general decidió instalarse en el tercer piso de Santa Lucía 270, en unas oficinas que arrendó a su amigo y exagente DINA Eduardo Romero Olmedo, que justo las había rematado poco tiempo antes.

Romero era dirigente de los camioneros durante la Unidad Popular, época en que se hizo muy amigo de Contreras.

En mayo de 1980 se descubrió una gigantesca evasión tributaria, superior a 250 millones de pesos –unos 20 millones de dólares– que involucró a la empresa Union Trading Co. Ltda., propiedad de Romero, y ubicada un piso más abajo de las dependencias que ocupaba Contreras.

Entre mayo y agosto, tanto la Brigada de Delitos Económicos de Investigaciones, Bridec, como los medios de prensa, recogieron múltiples antecedentes que indicaban la presencia de un grupo económico con vínculos y negocios insospechados.

Los principales socios de Romero, con dilatada trayectoria en el mundo empresarial, eran el colombiano nacionalizado estadounidense Jorge Bendek Bendek; su cuñado, Jorge Masihy Duery, y Manuel López Jiménez, un hombre que también había trabajado en la DINA, en el departamento encargado de falsificar cédulas de identidad y pasaportes21.

“No nos van a amedrentar y les aseguro que vamos a llegar hasta las últimas consecuencias y no nos vamos a detener, caiga quien caiga, porque es necesario investigar a fondo los alcances del fraude”, dijo el general Ernesto Baeza, director de Investigaciones, al contar en esos días a los periodistas que tanto los agentes de la Bridec como sus familiares habían sido amenazados.

En uno de los muchos nexos del escándalo, un nombre llamó la atención de los investigadores: Álvaro Miguel Barría Duque, que aparecía como el principal proveedor de cobre para exportación de Union Trading. Entre mayo de 1979 y marzo de 1980 Barría había cobrado IVA por 245 millones de pesos, cheques de Tesorería que él mismo había cambiado en la sucursal Avenida Matta del Banco Español-Chile.

¿Que había de extraño? Álvaro Miguel Barría Duque había sido detenido por agentes de la DINA desde su domicilio el 15 de agosto de 1974 y visto por última vez en la casona de calle Londres. Era un detenido desaparecido.

Otra de las personas que aparecían cobrando cheques de IVA era Bonifacio Catacora Zarzuri, nombre falso del exsargento Juan de la Cruz Cepeda Baraona.

Romero, López y Cepeda fueron a dar al Anexo Cárcel de Capuchinos, vigilados muy de cerca por el teniente primero de gendarmería Orlando Manzo Durán. Ese gendarme, adscrito a la DINA, había estado entre 1974 y 1977 a cargo del campo de prisioneros de Cuatro Álamos, y el 2 de octubre de 1978 había declarado ante el ministro en visita Servando Jordán, que investigaba algunos casos de detenidos desaparecidos, entre ellos el de Barría Duque.

El abogado Jorge Villalobos Bolt, exfiscal de la DINA, asumió la defensa de Romero Olmedo.

Dos de los principales involucrados alcanzaron a huir de Chile antes de que los detectives los ubicaran para detenerlos. Se trataba de Jorge Masihy, cuñado de Romero, y Jorge Bendek Bendek.

Ese fraude, como muchos otros procesos, abandonó las páginas de los diarios y de las revistas, pasando bruscamente al olvido.

El miércoles 5 de septiembre de 1990, diez años después de lo relatado, en una operación conjunta del Departamento de Control de Drogas y Prevención Delictual de Carabineros, OS-7, y del Servicio de Aduanas, se descubrió una red internacional de tráfico de drogas, dependiente del Cartel de Medellín, que operaba enviando cocaína desde Santiago a Miami.

La conexión surgió cuando fueron detenidos en el aeropuerto de Pudahuel tres chilenos y un colombiano portando 61 kilos de cocaína, avaluada en el mercado negro en 1.200 millones de pesos, unos tres millones de dólares.

Cinco días después el OS-7 informó que los detenidos en Pudahuel eran Jaime García Ruiz, 49 años, colombiano; y los chilenos Fernando Cortese Stevenson, 43 años; Francisco Canales de la Cerda Fuentes, 31 años; y, Miguel Ángel Candia Morales, 53 años. En los días siguientes, los agentes antinarcóticos habían arrestado a Óscar Barker Cárdenas, 43 años, chileno; Guillermo Franjola Orellana, 43 años, chileno; Carlos Guevera Bonilla, 38 años, chileno, Florencio Fuentealba Aguayo, 56 años, chileno, y Jorge Bendek Bendek, 62 años, ingeniero químico, colombiano nacionalizado estadounidense.

El colombiano Bendek, el mismo que había sido socio de Romero Olmedo en el fraude al IVA detectado en 1980, era el jefe de la operación en Chile y trabajaba junto a un cubano-estadounidense, entrando y saliendo de Chile desde 1988.

Su lugarteniente, Florencio Fuentealba Aguayo, tenía también un pasado interesante. El miércoles 12 de septiembre de 1990, el diario La Tercera de la Hora escribió sobre él:

La “ficha” de Florencio Celedonio Fuentealba Aguayo –uno de los nueve detenidos por el grandioso descubrimiento de cocaína– comenzó a nutrirse en junio del año 1970, cuando sustrajo armas de regimiento, donde servía con el grado de capitán.

En esa oportunidad, Florencio Celedonio Fuentealba Aguayo, acompañado de su primo, Luciano Cruz Aguayo, fallecido en extrañas circunstancias hace algunos años atrás, se dirigió a la población La Bandera, donde pretendieron instalar un foco armado de resistencia extremista de izquierda. Después del 11 de septiembre estuvo enrolado en organismos de seguridad.

En la actualidad a Fuentealba Aguayo se le conoce como fuente laboral una oficina exportadora de figuras en lapislázuli, de escaso movimiento, pero con una numerosa planta de personal.

Hace pocos meses estuvo conectado a un empresario español que pretendió instalar máquinas tragamonedas en Santiago, a lo que se opusieron la Municipalidad y la Intendencia, fallo que confirmó la Corte de Apelaciones de Santiago. Ese empresario residió antes en Colombia.

En 1981, poco antes de que Alfa Omega entrara en su fase terminal, Contreras había logrado reunir junto a él a los generales en retiro Galvarino Mandujano y Pablo Schaffauser Acuña, ambos del arma de Ingenieros; Agustín Toro Dávila, de Infantería, y al coronel Ramón Larraín.

Entre sus principales clientes estaban la discoteca Eve, la planta de Vicuña Mackenna de IRT y numerosas financieras pequeñas. Para satisfacer sus compromisos comerciales, tenía a diez analistas de seguridad, todos exoficiales de Ejército.

Una de sus ventajas era ofrecer servicios de seguridad casi exactamente iguales a los que exigía la comandancia de la Guarnición Militar de Santiago.

En uno de aquellos días Contreras, con algunos tragos en el cuerpo, después de concluir una comida de camaradería con sus colaboradores de Alfa Omega, se emocionó al recordar los funerales del generalísimo Francisco Franco en 1975, a los cuales asistió acompañando a Pinochet. Narró que miles de falangistas luciendo sus camisas azules saludaron con el brazo en alto el entierro del gobernante español en el Valle de los Caídos, mientras entonaban el “Cara al Sol”, himno de la Falange que fundara José Antonio Primo de Rivera.

Contreras, con lágrimas en los ojos, comentó:

–¡Esa es la mística que necesitamos en Chile!

–¡Tómese el gobierno, mi general, nosotros lo apoyamos! –lo instó uno de sus asesores.

–¡Sí, mi general! ¡Usted sabe que hay muchos que estarán junto a usted! –se entusiasmó otro.

El general pareció reflexionar algunos segundos. Luego, respondió:

–No; mi lealtad hacia mi general Pinochet es irrestricta, pero les aseguro que voy a quitar de circulación a esos cabrones de los gremialistas.

1 Entre ellos Jaime Guzmán Errázuriz, Gonzalo Vial, Emilio Sanfuentes, Francisco Bulnes Ripamonti, Hermógenes Pérez de Arce, Francisco Orrego Vicuña, Ricardo Rivadeneira, Orlando Sáenz, Cristián Zegers Ariztía, Ricardo Claro Valdés, Hernán Cubillos Sallato y Roberto Kelly.

2 Ver Eugenio Ahumada y otros: Chile. La Memoria Prohibida; Tomo II. Santiago de Chile: Pehuén Ediciones, 1989.

3 Proceso rol N°21.485 del Segundo Juzgado del Crimen de La Granja, iniciado el 24 de mayo de 1977. Ver también Marcelo Miranda: “El Vía Crucis de un torturado”, El Periodista, 3 de diciembre de 2004.

4 En ese lugar se ubica hoy la piscina Antilén.

5 Andrea Lagos A.: “A 25 años del encuentro de Chacarillas. La noche en que nació el Pinochetismo”, Siete+7; 28 de junio de 2002. Ver también “El descenso de Chacarillas”, diario La Tercera, 30 de junio de 2002.

6 Las leyes N°18.314 y 18.315, del 17 de mayo de 1984, que tipificaron las conductas terroristas, facultaron a la CNI y a otras fuerzas de orden para detener previa orden del Ministerio del Interior, de los intendentes regionales, de los gobernadores provinciales o de los comandantes de guarnición, sin necesidad de una orden judicial. También se le autorizó a detener en sus propias dependencias.

7 A comienzos de enero de 1978 Pinochet decidió encomendarle al general Manuel Contreras una misión delicada y confidencial. El exjefe de la DINA debía viajar a Argentina y convencer al general Jorge Rafael Videla para una reunión con Pinochet. Contreras tuvo éxito y el 19 de enero ambos jefes de Estado se reunieron en el aeropuerto Plumerillo de Mendoza.

8 Ver Luz Arce Sandoval: “Confesiones de una agente DINA-CNI”. Declaración de Luz Arce ante la Comisión Rettig: Revista Página Abierta, Santiago de Chile, 18 de marzo de 1991.

9 Ver Ernesto Carmona. Morir es la noticia. Santiago de Chile: Ernesto Carmona Editor, 1998. También: El Combatiente, Periódico Oficial de la Comisión Militar del MIR, N°11, noviembre-diciembre de 1989.

10 La Segunda, viernes 20 de enero de 1978.

11 “Dónde Están”. Boletín 4, enero-abril 1984; Agrupación Nacional de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

12 Michael Townley planificó un asalto a una central eléctrica en Concepción desde donde el gobierno de la UP interceptaba con un oscilador las emisiones piratas de Canal 5 de Televisión, dependiente de Canal 13 de Santiago, que dirigía el sacerdote Raúl Hasbún. En el asalto, efectuado por un comando de Patria y Libertad el 20 de marzo de 1972, encabezado por Juan Manuel Sessa y Carlos Vial, resultó muerto por asfixia el obrero José Tomás Henríquez, a quien los atacantes amarraron, le pusieron tela adhesiva en la boca y le aplicaron cloroformo. Townley y sus secuaces escaparon de la justicia viajando a Argentina.

13 Hijo del coronel Pedro Medina Arriaza y sobrino de Jorge Medina Arriaza, uno de los implicados en el secuestro del general René Schneider.

14 Ver Verónica Valdivia Ortiz de Zárate: El golpe después del golpe. Leigh vs. Pinochet. Chile 1960-1980. Santiago de Chile: Lom ediciones, septiembre de 2003.

15 Ver Manuel Salazar: Las letras del horror. Tomo I La DINA. Santiago de Chile: Lom ediciones, 2011.

16 Ver Manuel Salazar: Contreras. La historia de un intocable. Santiago de Chile: Grijalbo-Mondadori, 1995.

17 Ver Claudio Orrego y Patricia Verdugo: Una herida abierta. Santiago de Chile: Editorial Aconcagua, marzo de 1980.

18 Ver Ernesto Videla: “Historia secreta del conflicto Chile-Argentina”, serie publicada por el diario La Segunda en seis fascículos entre el viernes 23 de julio de 2004 y el viernes 27 de agosto del mismo año.

19 Carta de Herrera Jiménez al director de la DINE fechada el 9 de noviembre de 1990.

20 Blanca Arthur: “Las granadas de Contreras”, revista Ercilla, Santiago de Chile, 13 de junio de 1979.

21 El periodista Gabriel Figueroa publicó un completo cuadro de las empresas a las que, de una u otra forma, estaba vinculado Romero. Entre ellas aparecían: Sociedad de Turismo Costa Brava Ltda.; Caroicar y Cía. Ltda.; Sociedad Minera Pucalán Ltda.; Sociedad de Buses Flecha Verde Ltda.; Romero y Cia. Ltda.; Romero Bendex Ltda.; Masihy Alfaro y Ortega Ltda.; Romero y Diez Ltda.; Transportes Internacionales Santiago Ltda.; Metalúrgica Lamifor Ltda.; Union Trading Ltda.; Comercial Fundación Ltda.; Agrícola y Forestal La Cascada Ltda.; Compañía Nacional Metalera Ltda.; Cofema Ltda.; Minera y Mercantil Ramayana; Comercial Hual Ltda.; Somalco M.R.; Turismo Alfa Tour; Tisal Tour; Fundicol Ltda., y Comercial y Minera World. Romero aparecía, además, conectado a una red de negocios en el exterior, donde figuraban la agencia aduanera Elissalde y Poblete, y las sociedades panameñas Marbat S.A. y Ketol S.A. También había intentado conseguir la representación para Chile de las tarjetas de viaje Big Travel Club Inc., de Miami, Florida, empresa presidida por el cubano norteamericano Ray Velásquez. Entre las personas ligadas a estas sociedades –aparte de Romero, Bendek, Masihy y López Jiménez– destacaban: José Navarrete González, Miriam Bannura Babul, Abraham Jarur Puery, Manuel Ortega Pizarro, Osvaldo Huerta Pino, Alfredo Alfaro Motles, Nayo Rojas Abud, Héctor Palacios Green, Miguel Navarrete Cáceres, Carmela Hernáez Aute, Cornelio Albornoz Allende, Julio Solar Solar y Jorge Díaz Utrera. Ver revistas Hoy 151, 158 y 161, entre junio y agosto de 1980.

Capítulo II. El MIR inicia su retorno
2.1. De la propaganda armada a la ofensiva de combate

El 15 de octubre de 1975 los agentes de la DINA cayeron sorpresivamente sobre una parcela en Santa Eugenia de Malloco, cerca del camino viejo hacia Valparaíso. Allí permanecían ocultos Andrés Pascal Allende, Nelson Gutiérrez, Marie Anne Beausire, María Elena Bachman, Dagoberto Pérez y Martín Hernández Vásquez, los máximos jefes del MIR tras la muerte de Miguel Enríquez.

Al iniciarse el ataque se encontraron con una fiera resistencia de Dagoberto Pérez (“Dago”), jefe del aparato militar del MIR, quien premunido de una metralleta AKA cubrió la retirada de sus compañeros hasta caer abatido.

Nelson Gutiérrez, herido, y Pascal interceptaron un Volkswagen rojo y eludiendo los controles carreteros se dirigieron a Santiago.

El domingo 2 de noviembre la DINA ubicó a Hernández, refugiado por el sacerdote Rafael Maroto en la casa de otro religioso, Gerardo Whelan, en Lo Barnechea. Cinco días más tarde, con la DINA pisándoles los talones, Pascal y Marie Anne Beausire consiguieron llegar a la casa del embajador de Costa Rica, Tomas Soley. Esa noche, Gutiérrez y su compañera fueron subidos por un sacerdote a un Peugeot 404 y conducidos a la Nunciatura, donde se les acogió como refugiados.

Aquel episodio fue considerado como la derrota definitiva del MIR. No obstante, los jefes de la DINA celebraron anticipadamente lo que solo había sido una batalla más de la empecinada resistencia de los miristas.

La conducción del partido fue asumida por Hernán Aguiló (“Nancho”), Augusto Carmona (“Oslo”) y Germán Cortés (“El Cura”), los que diseñaron una nueva estructura, del tipo vertical, para restablecer los vínculos con la dispersa militancia.

En el verano de 1976 empezó a salir de las cárceles y de los campos de concentración un número significativo de miristas que optaron por quedarse en el país y sumarse a la rebelión. A diferencia de los cuadros dirigentes anteriores, decidieron instalarse en las poblaciones obreras periféricas y construir desde allí sus redes de apoyo.

Se les sumaron pronto algunos miembros de las denominadas “colonias”, células de miristas que provenían de las provincias y que buscaban retomar contactos con el movimiento.

Una de las primeras estructuras que retomó las acciones de resistencia fue la llamada “Fidel Arias Pino”, que operaba desde la avenida Departamental hacia el sur. Otra agrupó a los sectores de Melipilla, Padre Hurtado y Talagante, dirigida por un exintegrante del Movimiento Campesino Revolucionario, MCR, al que denominaban “El Punta”. También resurgió una pequeña fuerza en la zona suroeste de la capital, coordinada por Rodrigo Muñoz (“Dionisio”).

Todos efectuaban pequeñas acciones, en muchos casos individuales, destinadas a mantener la moral en alto y atraer a nuevos integrantes.

Grupos de milicianos se organizaron en Cerrillos, Renca, Lo Valledor, en las poblaciones Clara Estrella y Santa Olga, en Quinta Normal y Pudahuel. Se reunían en torno a clubes deportivos, ollas comunes, centros culturales, comunidades cristianas de base, juntas de vecinos y cualquier instancia que les permitiera encubrir su militancia en la resistencia.

En el otoño de 1977 el MIR había logrado recomponer parcialmente sus filas en las zonas norte, sur, poniente y oriente de Santiago, e inició la organización de mítines relámpago en ciertas empresas situadas en los excordones industriales. Paralelamente, se incorporó a los organismos defensores de los derechos humanos, a sindicatos de base y a los balbuceantes nuevos centros de estudiantes universitarios y secundarios.

Al morir “Oslo” y “El Cura”, se incorporaron a la dirección Ricardo Ruz (“Alexis” o “Agustín”) y el argentino José Ratier (“José”). A comienzos de 1977, aproximadamente, el MIR había reconstituido cuatro Grupos Político Militares, GPM, y mantenía un quinto en carácter de “flotante”. Ricardo Ruz, en tanto, trabajaba reorganizando el Regional Santiago y crecían las tareas en las bases, concentradas en áreas como Delegados de sección y taller en industrias, Comisiones para la vivienda, Comisiones de participación estudiantil, Coordinadora de juventud y enseñanza media, Bolsas de cesantes y Coordinadoras zonales y Comités de defensa de los derechos humanos.

También operaba una incipiente fuerza militar, restablecida a partir de exmiembros de la Armada y la Fuerza Aérea que habían recuperado su libertad luego de ser condenados por consejos de guerra inmediatamente después del golpe militar de 1973. Así, entonces, la dirección exterior del MIR procedió a dar un nuevo paso que consideraba decisivo.

2.2. Preparativos en Cuba

El 4 de octubre de 1977, al cumplirse tres años de la muerte de Miguel Enríquez, durante el discurso de homenaje que se le hizo en La Habana, Nelson Gutiérrez (“El guatón Wilson”), segundo hombre en la jerarquía del MIR, anunció el inicio de la denominada Operación Retorno. “El partido requiere hoy concentrar y centralizar en Chile, en el frente, el máximo de su capacidad de dirección, de organización, el máximo de su capacidad para el trabajo de masas y de la realización de la línea militar”, afirmó Gutiérrez. Y agregó:

Hay que concentrar esa experiencia, esos cuadros, esos hombres en el frente. Esa es la principal tarea de la retaguardia. Necesitamos preparar esos hombres, esos cuadros, los combatientes para la fase de la lucha que comienza. Esa es la orden del día: de la resistencia y la lucha revolucionaria. Este es un deber histórico y exigencia perentoria de nuestra moral de clase.

La Operación Retorno fue concebida en su origen por el mismo Nelson Gutiérrez, por René Valenzuela Bejas (“El Gato”) y Arturo Villabela Araujo (“El coño Aguilar”) en Francia y aprobada en Cuba durante una reunión del comité central del MIR, al que asistieron Andrés Pascal Allende, Nelson Gutiérrez (“Javier”), Manuel Cabieses (“Félix”), Hernán Aguiló (“Nancho”), Arturo Villabela, Patricio Rivas (“Gaspar”), Víctor Toro, “El Vilo”, Carlos Díaz Cáceres (“El pecho de buque”) y “El cura Cortés”, entre otros dirigentes.

Antes y después del anuncio en la capital cubana decenas de miristas fueron contactados en los diversos continentes para explicarles en qué consistía el “regreso al frente” e instarlos a que se incorporaran a las diversas tareas programadas.

El MIR debía impulsar la lucha contra la dictadura a niveles superiores y retomar el combate en las calles de Santiago, de Valparaíso y de Concepción. Se instalaría también “en el monte”, en zonas selváticas sureñas de la cordillera de Los Andes y de Nahuelbuta, en pleno territorio mapuche, para construir dos focos rebeldes.

En las escuelas guerrilleras cubanas de Pinar del Río, Punto Cero, Monte Pinares, Guanabo, Los Troncos y en la Escuela de Cuadros Ñico López, decenas de miristas siguieron el curso de Milicia Aplicada a Chile. Durante un período mínimo de cuatro meses se les enseñaron materias como manejo de explosivos, uso de armas cortas y largas, chequeo y contrachequeo, diversionismo y minas, conocimiento del enemigo, táctica individual de combate y estrategia militar.

Seis miristas ya habían sido enviados a mediados de 1976 a Argentina para foguearse en el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, pero todos cayeron en manos de los servicios de seguridad trasandinos y permanecen desaparecidos hasta hoy. Ellos eran Jorge Machuca, Luis Espinoza Barahona, Homero Catalán Avilés, Miguel Orellana, Francisco Leal y el paraguayo Claudio Melquiades.

En 1978, tras cumplir su adiestramiento en Cuba, la mayoría de los miristas volvió a Europa, donde les esperaba la documentación falsa necesaria para reingresar a Chile. En París, Praga o Berlín se les entregaban las últimas instrucciones, sus nuevos pasaportes y se les indicaba la ruta de entrada elegida para cada uno de ellos.

Así, al promediar 1980 ya estaba constituida en Chile la Dirección Nacional Militar (DNM), tres mandos zonales militares –Valparaíso, Santiago y Concepción–, la Jefatura de Milicias Populares (MP) y a lo menos tres grupos de combate (GC) dependientes de esta.

Los miristas con mayor formación militar y experiencia se empezaron a aglutinar en la denominada Fuerza Central (FC), encargada de las operaciones de mayor envergadura.

Al llegar a Chile, los retornados arrendaban pequeñas casas o piezas en diversos barrios de Santiago, aparentando ser empleados, profesores o vendedores ambulantes. Trataban de pasar inadvertidos, de no levantar la más mínima sospecha para no ser detectados por los aparatos represivos o la inteligencia de las Fuerzas Armadas.

En Cuba, en tanto, desde el Departamento América del comité central del Partido Comunista Cubano, PCC, encargado de “asistir al movimiento revolucionario latinoamericano”, se siguieron muy de cerca las evoluciones de la Operación Retorno.

El Departamento América, creado en 1974, era dirigido por el comandante Manuel “Barbarroja” Piñeyro, un hombre que había estudiado administración de empresas en la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, y cuyo padre ofició muchos años como representante de Baccardi en la provincia de Matanzas. Piñeyro se casó en Nueva York con la bailarina estadounidense Lorna Burdsall. Luego se incorporó a la revolución cubana en la Sierra Maestra, donde se hizo cargo de las labores de inteligencia. Más tarde, en el segundo frente de combate, que comandaba Raúl Castro, formó el aparato de inteligencia y seguridad cubano, que poco después se transformaría en el Departamento de Seguridad del Estado, conocido con la sigla de G-2. Desde 1962 encabezó la Dirección General de Inteligencia, DGI, en el Ministerio del Interior, cediendo las labores de contrainteligencia, pero asumiendo la conducción del Departamento Liberación, cuya misión era apoyar los movimientos revolucionarios en América Latina.

En 1974 Piñeyro fue removido del Ministerio del Interior y pasó a dirigir el Departamento América. Su despacho estaba inmediatamente al lado del que ocupaba Fidel Castro, en el Palacio de la Revolución. En la década del 70 se casó con su segunda esposa, la periodista, escritora y teórica chilena Marta Harnecker, a quien conoció durante el gobierno de Salvador Allende, y que poco después se transformó en la escritora más vendida en el continente, solo superada por Gabriel García Márquez22.

El Departamento América mantenía un promedio de un especialista y cinco funcionarios para las relaciones con cada uno de los países latinoamericanos. En el caso de Chile, el operativo a cargo era Héctor Sánchez (“Humberto”), quien había permanecido un tiempo prolongado en Santiago durante el gobierno de la Unidad Popular. Conocido también como “Humbertico”, Sánchez era un entusiasta partidario del MIR y como tal participó activamente en la Operación Retorno. Ello, hasta después de haber contraído matrimonio por segunda vez, momento en que se enredó en actividades vinculadas a la pornografía infantil y fue detenido por los aparatos de seguridad cubanos23.

Piñeyro, en tanto, se mantuvo en su cargo hasta 1992, cuando se le marginó de sus responsabilidades luego de conocerse en La Habana los vínculos que había establecido el MIR chileno con la ETA en España para generar dinero a partir de secuestros de empresarios. Uno de los mejores amigos de Piñeyro, el chileno René “Gato” Valenzuela, fue detenido en Madrid, juzgado y condenado por su responsabilidad en aquellos delitos24.

2.3. El “Comando Carevic” y las amenazas del ojo por ojo

Los académicos y funcionarios del Centro de Estudios Humanísticos de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile trabajaban normalmente a fines de abril de 1979. Una mañana, de improviso, un grupo de hombres ingresó a la recepción de la amplia y señorial casona que había pertenecido hasta hacía algunos años a la embajada de España.

Aparentemente sorprendido, uno de los sujetos, que parecía dirigir a los otros, exclamó:

–¡Pero cómo! ¿Todavía hay gente trabajando aquí?

En seguida se identificaron como miembros de la CNI y aseguraron que la casa había sido adquirida por el “servicio”.

El estupor cundió entre los residentes. Se hicieron las consultas al director del organismo universitario, Enrique D’Etigny. Nadie sabía. El decano tampoco estaba enterado de ninguna negociación al respecto. En las horas siguientes se conoció la noticia. La universidad había vendido el inmueble a la entidad que dirigía el general Mena. Hubo que empezar a embalar.

En los días siguientes varias cuadrillas de operarios iniciaron las faenas para habilitar allí, en avenida República 517, las dependencias de algunas de las principales divisiones de la CNI. Una de las tareas más urgentes era instalar en el amplio subterráneo las plantas técnicas que les permitirían intervenir varios miles de teléfonos en la capital25.

En el viejo edificio ubicado en la esquina de las calles López con Santa María, una cuadra al norte del río Mapocho, el hoy desaparecido Servicio Nacional de Salud, SNS, controlaba antaño el estado sanitario de las prostitutas capitalinas. En el frontis de esa construcción, en las inmediaciones del cuartel Borgoño de la CNI –llamado oficialmente Cuartel Santa María– el 23 de abril de 1978 una bomba colocada por el MIR despedazó al teniente de Ejército Luis Carevic Muñoz, exintegrante de la DINA y miembro de la Unidad Antiexplosivos de la CNI, cuando intentaba desactivar el aparato explosivo.

Días después en los muros de Santiago empezaron a aparecer rayados y consignas amenazantes. Un “Comando Lautaro”, que hacía recordar los nombres mapuches de las brigadas y agrupaciones de la DINA, prometía exterminar a los marxistas; otro, el “Comando Carevic”, reclamaba venganza “ojo por ojo” por la muerte del teniente Carevic. En el gobierno, en tanto, se preparaba una nueva legislación antiterrorista.

A través de la televisión se empezó a transmitir una serie de spots que condenaban el “violentismo” y destacaban la acción de “extremistas del MIR” a quienes se culpaba de la colocación de bombas en la capital26.

La redacción de las medidas legales estaba a cargo de una comisión que integraban la ministra de Justicia, Mónica Madariaga; el auditor general del Ejército y un asesor jurídico personal de Pinochet. Además de los aspectos propiamente legales, el texto final debería incluir un perfeccionamiento de los servicios especiales de investigación y una acción múltiple en el campo familiar, educacional, económico, laboral y social, según lo anunció la ministra Madariaga en una clase magistral dictada en la Escuela de Derecho de la Universidad Católica.

A fines de abril, el decreto ley 2.691 fue publicado en el Diario Oficial. Tenía como objetivo “prevenir con eficacia los actos terroristas y la organización de agrupaciones que persigan esas finalidades, así como castigar con severidad la ejecución de tales actos, que son atentatorios del ser mismo de la nación toda”.

La anatomía del decreto surgió de la ley de armas, del Código Penal, de la ley de Seguridad Interior del Estado y de las medidas contra la piratería aérea. En resumen, se agravaron ciertas penas y se creó un nuevo tipo delictual: el de la omisión de denuncia, que buscaba institucionalizar la delación y el soplonaje, las ansias de venganza y de desquite.

Las innovaciones más comentadas y criticadas fueron:

–Se agregó al artículo 292 del Código Penal un segundo inciso que estableció: “Se presumirá que la asociación ha tenido algunos de los objetos –ilícitos– que se indican en el inciso anterior, cuando uno o más de sus miembros ha ejecutado algún acto que constituya un atentado contra el orden social, las buenas costumbres, las personas o las propiedades”.

–Se agregó un artículo 295 bis, nuevo, que castigaba al que, “habiendo tenido noticias verosímiles de los planes o de las actividades desarrolladas por uno o más miembros de una asociación ilícita, omitiere ponerlas oportunamente en conocimiento de la autoridad”.

–“Cuando se trate de los delitos indicados precedentemente, incluidos el de asociación ilícita, no procederá la excarcelación del procesado, ya que no existe duda alguna de que en tal caso está absolutamente y totalmente comprometida la seguridad de la sociedad”.

–“En estos mismos delitos no procederá, tampoco, la remisión condicional de la pena, aun cuando eventualmente se cumplieren las exigencias que al efecto contempla la ley N°7.821, que regula esta importante materia”27.

El 3 de mayo de 1979 la CNI informó que una semana antes había detenido en Rengo, en la provincia de Cachapoal, a dos dirigentes del MIR: Julio Iván Ibarra Maripangui y Nora de las Mercedes Muñoz Pavez. Ambos fueron puestos a disposición de la Fiscalía Militar. Otros dos miristas fueron arrestados en el campamento Nuevo Amanecer, en el sector suroriente de Santiago: Guillermo Zamora Zamora (“Memo”), de 26 años, y Jorge Santos Díaz Cornejo (“Gabriel”), 32 años, a quien se le sindicó como integrantes de la Fuerza Central.

Tres días después de conocerse el nuevo decreto contra el terrorismo se hizo más evidente el accionar del Comando Carevic cuando empezó a enviar por correo cartas a medios de comunicación y a diversas casas comerciales e industrias.

A mediados de mayo desconocidos llegaron de noche a la casa del abogado y exministro de Frei Montalva, Alejandro Hales, en avenida Grecia 1970. Hales no estaba, solo su hija Mónica. En la puerta de la casa pintaron una swástica con la leyenda “Muerte”. Al retirarse rompieron algunos faroles.

En las sedes y campus universitarios se hizo habitual la presencia de sujetos desconocidos que haciéndose pasar por reporteros gráficos de algún medio de prensa, tomaban fotografías de profesores y alumnos que osaban manifestarse en contra del gobierno.

Al iniciarse el mes de junio un comando de siete miristas asaltó un camión cargado con productos lácteos de Soprole, los que distribuyeron entre los habitantes de la población La Victoria.

2.4. Secuestro de Rodrigo Anfruns Papi

En la tarde del domingo 3 de junio de 1979, Rodrigo Anfruns Papi, de seis años, desapareció después de salir a jugar con otros menores frente a la casa de sus abuelos, ubicada en calle Juan Agustín Barriga, en la comuna de Providencia. Los atribulados padres, el ingeniero Jaime Anfruns Stange y Paola Papi Beyer, consiguieron en las horas y días siguientes, conmover a todos los chilenos. Miles de afiches con el rostro del pequeño tapizaron las vitrinas del comercio, los taxis y los microbuses de la locomoción colectiva. Lucía Hiriart, la esposa del general Pinochet, se dirigió al país en cadena nacional pidiendo que el niño fuera devuelto y recordando que ella tenía un nieto de la misma edad.

Influyentes familiares y amigos de los Anfruns Papi, como el entonces coronel de Carabineros Rodolfo Stange Oelckers; el animador de televisión Don Francisco; la ministra de Justicia Mónica Madariaga; y el hermano de la madre, el abogado Mario Papi Beyer, hicieron múltiples esfuerzos para ubicar al menor, pero no tuvieron éxito.

En la mañana del jueves 14 de junio, once días después de la desaparición del niño, la Policía de Investigaciones anunció el esclarecimiento del caso. Los detectives, dijo el general Baeza a la prensa, habían encontrado el cadáver desnudo del menor en un sitio baldío a solo 150 metros de la casa de sus abuelos. La policía civil anunció que estaba detenido el presunto responsable del horroroso crimen: Patricio Pincheira Villalobos, de 16 años, a quien la prensa solo identificó con las iniciales PPV.

El primero en manifestar sus dudas fue el entonces abogado de la familia Anfruns, Mario Neumann, a quien el comisario José Opazo, jefe de la Brigada de Homicidios, quien encabezó las pesquisas, respondió categóricamente: “Pongo mis 25 años de experiencia, mi placa y mi revólver sobre la mesa si las cosas no son como digo”.

Según las conclusiones de los detectives, PPV asfixió a Rodrigo Anfruns al intentar violarlo y luego lo sepultó en un hoyo de unos 20 centímetros de profundidad, junto a la muralla que colindaba con la casa de los abuelos paternos. Al día siguiente volvió al lugar, tomó uno de los zapatos del pequeño y lo lanzó frente a la casa de los abuelos. De allí fue a un teléfono público para comunicarse por primera vez con la familia. Más tarde hizo un segundo llamado tratando de que encontraran el cadáver.

Carabineros había rastreado a diario los alrededores con perros doberman y ovejeros. La abuela del niño, Nelly Beyer Bórquez, declaró en el proceso: “Me consta personalmente que el mismo día 3 de junio se rastreó el sitio eriazo que queda detrás de la casa de los abuelos paternos […] y no se encontró nada”.

Los detectives argumentaron que los arbustos de palqui existentes en el lugar habían inhibido el olfato de los perros. No obstante, al día siguiente del hallazgo del cadáver, los carabineros volvieron a pesquisar el lugar con sus perros, los que demoraron solo algunos minutos en ubicar el sitio exacto donde había sido levantado el cuerpo de Rodrigo.

El sargento José Alberto González declaró en el proceso: “Entre los lugares que recorrí dentro del sitio, estuve en el montículo en que más tarde se encontró al menor. Miré debajo de los arbustos y no vi rastro alguno del niño. No he podido comprender cómo pudo haber estado en el sitio donde fue hallado, pues yo registré precisamente ese sector y no encontré rastro alguno”.

Testigos como Andrés Nazar y un niño de 9 años, identificado por sus iniciales AML, dijeron haber visto a cuatro hombres subiendo a Rodrigo a un automóvil en calle Manuel Montt. Hasta ese lugar, precisamente, llegaba el rastreo de los perros policiales.

Otra de las crecientes interrogantes apuntaba a la ausencia total de insectos en el lugar donde el cuerpo habría permanecido, supuestamente, por once días.

El doctor Alberto Teke, de Investigaciones, llamó por teléfono a un hermano de Jaime Anfruns para informarle que la data de muerte del niño no superaba los dos días. Lo mismo le aseguró Lorenzo Reuss, del Instituto Médico Legal, a la ministra Mónica Madariaga.

El primer informe de autopsia afirmó que la muerte había ocurrido cuatro días antes y que el niño presentaba quemaduras en el estómago, en la boca y en los glúteos. Mostraba también señales de ataduras en los tobillos. En el estómago tenía trozos de carne y papas. Las paredes del estómago estaban constreñidas, indicando que estuvo varios días sin comer y luego fue forzado a hacerlo. La causa de la muerte, agregaba, era asfixia.

Aquel primer informe fue desechado. El oficial fue conocido el 15 de junio de 1979 y omitió la probable fecha de muerte. Esta autopsia, de modo inaudito, no fue refrendada por el médico jefe de Tanatología del Servicio Médico Legal, el doctor Julio Veas Ovalle. El forense afirmaría más tarde que fue la única autopsia que no visó en sus 39 años de servicios.

El 20 de junio se evacuó un segundo informe. En él por primera vez se fijó la data de muerte alrededor de 10 o 12 días antes de la autopsia. Sorprendentemente, fue un ginecólogo del Hospital Militar, el doctor José Luis Vásquez, quien hizo la autopsia. Ningún profesional del Servicio Médico Legal fue autorizado para ello por el director del organismo, el doctor Claudio Molina Fraga.

El 1 de diciembre de 1980, el doctor Julio Veas Ovalle entregó un informe que le solicitó el tribunal donde sostuvo que Rodrigo, al momento de ser encontrado, no podía tener más de cuatro días de muerto. Agregó que las lesiones y quemaduras que presentaba el cadáver fueron causadas en vida.

El periodista Víctor Osorio, en un artículo publicado en la revista La Huella en julio de 2002, reveló que el doctor Molina, el 14 de septiembre de 1979, fue responsable administrativo del lanzamiento, en un pequeño cementerio, de los restos de los campesinos detenidos desaparecidos encontrados en los hornos de Lonquén, mientras los familiares de las víctimas esperaban en la Recoleta Franciscana la entrega de los mismos con el objeto de realizar una misa y posterior entierro de sus seres queridos.

Osorio también relató que en el proceso judicial abierto contra Pinochet por el caso de la Caravana de la Muerte, Molina fue quien elaboró uno de los informes periciales sobre la salud del exdictador, concluyendo que Pinochet “no podía valorar sus acciones” y, en consecuencia, era inimputable e irrecuperable.

Otra de las incógnitas de la investigación han sido los restos de alimentos en el estómago de Rodrigo Anfruns. La abuela materna, Nelly Beyer, afirmó que tres días antes de que se encontrara el cadáver, el sicólogo de Investigaciones Hernán Tuane Escaff preguntó por la comida que el niño había ingerido el día que desapareció. La señora Beyer declaró que pese a que la consulta le pareció extraña, la respondió: carbonada.

Días después, en el informe oficial de autopsia, apareció la mención de papas y carne sin digerir en el estómago del menor.

Tuane contó después a la prensa que había cumplido un papel determinante en el esclarecimiento del caso y había logrado arrancar de PPV la confirmación de su responsabilidad en el crimen a través del uso de sus conocimientos sobre sicología criminal. En julio de 1982 Tuane publicó en Editorial Planeta un libro sobre el caso: Rodrigo: Una Interpretación Criminológica. Allí se menciona que el autor del libro había servido los cargos de director de Relaciones Humanas de Gobierno (septiembre de 1973-1975), asesor psico-social del ministro del Interior (1976-1977) y secretario ejecutivo del Consejo Social de Ministros. Fue también asesor en la redacción de los Principios de la Junta de Gobierno (1974). Poco después, el periodista Jorge Escalante describió en el diario La Nación, en abril de 2002, el papel de Tuane en la elaboración de “planes de guerra sicológica” en los meses siguientes al golpe de Estado de 1973.

PPV fue sometido a proceso por el ministro en visita Ricardo Gálvez Blanco, magistrado que luego integró la Corte Suprema. Entre sus decisiones llamó la atención su rechazo a la petición de los querellantes en el caso Tucapel Jiménez de cambiar al ministro en visita Sergio Valenzuela Patiño.

Por haber actuado “sin discernimiento”, PPV fue recluido en tres centros de rehabilitación, hasta que recuperó su libertad en octubre de 1982.

El jefe de la sección de Psicología del Centro de Observación de Menores, Luis González Riffo, que examinó a Patricio Pincheira, atestiguó que “después de una serie de entrevistas sostenidas con el menor, queda la duda acerca de la participación directa en el hecho que se le imputa. El menor parece estar guardando u ocultando información para proteger a tercera o terceras personas”.

En una nota enviada a su madre, luego de su detención, el joven escribía: “Mamita, le juro por Dios que soy inocente. Estoy muy asustado. Tengo miedo que me vaya a pasar algo. Pero si me pasara algo le ruego que me crea que soy inocente”. Meses después, en una grabación enviada a sus familiares, señalaba: “Jamás le digan a nadie que yo no he sido el culpable… Si hubiera dicho quienes fueron realmente, algo que ustedes jamás pensarían le pasaría a la familia… Si yo salgo algún día, siempre tendré miedo de andar por las calles, de saber que me pueden callar para siempre”.

En julio de 2009 la periodista Soledad Pino, entrevistó para el diario La Nación a Patricio Pincheira28.

–¿Usted es culpable del crimen del niño Anfruns? –inquirió la periodista.

–No, yo no maté a Rodrigo.

–¿Por qué se autoinculpó hace 30 años?

–Nunca tuve nada que ver con él. Esa supuesta confesión es falsa, yo nunca afirmé que haya matado a Rodrigo, ni nada parecido; recuerdo que dentro del cuartel me dijeron ‘confiesa y te podrás ir a tu casa’, pero ni siquiera ahí confesé. Me han dicho se supone que yo confesé ante el ministro (Ricardo) Gálvez y alguien más, pero no me acuerdo de eso. Además, la firma que está puesta en esa supuesta declaración ni siquiera es mía, yo no tenía firma en esa época.

Las dudas del abogado Mario Neumann, en la medida que transcurrieron las primeras semanas de la investigación judicial se transformaron en convicción: “Pienso que el móvil fue venganza”, repetía a los reporteros. En los años siguientes no quiso referirse al tema: tuvo que enfrentar numerosas amenazas anónimas y el intento de secuestro de uno de sus hijos.

La primera pista para la hipótesis de una eventual venganza fue proporcionada por la revista Qué Pasa, el 21 de junio de 1979, la cual registró que “rumores no confirmados, indican que el coronel (r) Alberto Irazábal, casado en segundas nupcias con la abuela paterna de Rodrigo, mientras se desempeñó como subdirector de Correos habría practicado un sumario interno por irregularidades y de cuya investigación habría resultado comprobada la participación de algunos funcionarios”.

Poco antes de la desaparición de Rodrigo apareció en Las Últimas Noticias la información del sumario instruido por el coronel, el cual afectó a las siguientes personas: Mario Ernesto Farías Bandera, Manuel Jesús Lara González, Jorge Perley Muñoz, Edmundo Amaro Amaro y Guillermo Picardo Olivos. Los funcionarios eran acusados de violar la correspondencia y apropiarse de diferentes especies de valor.

En septiembre de 1980 circuló en la clandestinidad un libro titulado Defensa del Gobierno de la UP y de Salvador Allende. En el texto, según el periodista Víctor Osorio, se indicaba que los funcionarios habían sido impuestos por Manuel Contreras Sepúlveda, los cuales “además de violar la correspondencia desde 1974, abrían y fotografiaban las cartas de ministros de Estado, generales, jefes de servicios, miembros de la Junta y ministros de la Corte Suprema”.

El coronel Irazábal tenía un hijo de su anterior matrimonio, el capitán de Ejército Luis Irazábal Lobos, del arma de Ingenieros, experto en energía nuclear, exmiembro de la DINA y en comisión de servicios en la CNI; el oficial tenía un niño casi de la misma edad de Rodrigo, al que algunos fines de semana dejaba al cuidado de su padre y que, en muchas ocasiones, jugaba con el niño Anfruns. Ese domingo 3 de junio, sin embargo, Rodrigo estaba solo.

Tras el crimen del pequeño, el capitán Luis Irazábal Lobos prometió todo tipo de ayuda. Pero a los pocos días se fue con su familia a España

–incluida su suegra, que era la secretaria personal del general Ernesto Baeza en Investigaciones–, donde permaneció dos años. Irazábal prosiguió su carrera vinculada desde el Ejército al negocio de las armas. Entre 1990 y 1992 dirigió la Academia Politécnica Militar y más tarde fue director de Famae. En esa calidad acompañó a Pinochet, en 1995, en su viaje a Inglaterra y Malasia. También encabezó una delegación militar que visitó al exdictador en su millonaria prisión de Virginia Waters, en 1999. En esa ocasión fue portador de la condecoración 11 de Septiembre, que los exuniformados otorgan “a quienes se destacan por sus valores y principios”. En el año 2002 estuvo en la Comisión de Defensa de la Cámara de Diputados, insistiendo en la viabilidad del fracasado proyecto Rayo, junto con un representante de la Royal Ordenance. Por aquel tiempo era un asiduo visitante de sus amigos encarcelados, Manuel Contreras y Álvaro Corbalán.

2.5. Cacería fallida en El Arrayán y un profesor asesinado

En noviembre de 1978 uno de los correos del MIR, el periodista César Fredes Rojas (“Rogelio”), se reunió con Andrés Pascal Allende en París y recibió el encargo de preparar en Santiago el regreso de uno de los principales dirigentes del movimiento. Meses antes, Fredes había sido identificado por la CNI y los agentes de seguridad seguían muy de cerca sus pasos, convencidos de que los llevaría hasta algunos de los jefes del movimiento subversivo.

En todas las capitales y en las principales ciudades de los países europeos, la DINA primero y luego la CNI establecieron redes de agentes y contactos para vigilar a los exiliados y monitorear los desplazamientos de los principales dirigentes de la resistencia a la dictadura militar chilena. En esas tareas contaron con el apoyo de miembros de los servicios de inteligencia y de las policías locales, y con la colaboración de integrantes de grupos ultraderechistas de Francia, España, Portugal, Alemania, Italia, Bélgica y Holanda, entre otras naciones.

La vigilancia se ejerció no solo sobre los viajeros que portaban pasaportes chilenos, sino que también sobre hombres y mujeres que exhibían documentos de casi todos los países de habla hispana. Desde Chile se emitieron miles de alertas rojas hacia Interpol, lo que permitió a la CNI y a la Policía de Investigaciones recibir casi al instante la información sobre los movimientos de las personas encargadas.

Eran años en que arreciaba el terrorismo internacional de los más variados cuños y orígenes, en medio de una Guerra Fría que se extendía a los cuatro confines del mundo. En ese enfrentamiento global, donde las sutilezas estaban ausentes, la izquierda chilena tenía domicilio conocido y la dictadura del general Pinochet también. Así, en aquellos tiempos los pasaportes chilenos eran prolijamente revisados. Sus portadores caían bajo las sospechas de ser agentes de una de las peores dictaduras sudamericanas o, en cambio, estar vinculados a los grupos terroristas de la izquierda mundial.

Un número hasta ahora no precisado de los miristas que formaron parte de la Operación Retorno combatieron en Angola, en Nicaragua o en El Salvador; otros recibieron entrenamiento en lugares tan distantes como Libia, Corea del Norte y Yemen del Norte. Muchos de ellos, además, habían salido de Chile desde las cárceles al exilio por medio de la conmutación de sus penas o como asilados. Todos esos casos estaban debidamente registrados por los servicios de seguridad. Los riesgos, entonces, de que fueran identificados al regresar eran altísimos; no obstante, los corrieron.

A las 20:45 horas del sábado 4 de agosto de 1979 los agentes de la CNI rodearon la parcela 36-A en el camino El Cajón, en los faldeos precordilleranos de El Arrayán, en el sector oriente de Santiago. Desde el interior de la vivienda situada en el lugar algunos de sus moradores intentaron una precaria pero heroica resistencia. A los pocos minutos fue abatido Antonio Lagos Rodríguez (“Gabriel”), 35 años, casado, exminero de Vallenar, guardaespaldas de Pascal Allende; y resultó herida Ana Luisa Peñailillo Parra (“Ani” o “Leonor”), 28 años, quien había salido en 1974 hacia Perú, luego a Cuba y que desde mayo de 1978 estaba en Francia, para desde allí volver a Chile en septiembre de 1978. El jefe del MIR logró escapar del lugar en un automóvil IKA Renault, modelo Torino, color plateado, cuyo motor había sido adaptado para conseguir más potencia. En los instantes previos al enfrentamiento la CNI detuvo al que fungía como chofer del jefe del MIR, el periodista César Fredes, ligado anteriormente a los partidos Demócrata Cristiano, PDC; Izquierda Cristiana, IC; y al Movimiento de Acción Popular Unitaria, Mapu.

En los interrogatorios a “Rogelio” y “Leonor”, los agentes de la CNI se enteraron de que uno de los principales contactos que tenían en París era una mujer llamada “Alicia” y que esta era la esposa del “Gato” Valenzuela. También supieron que en la parcela de El Arrayán había estado algunos días un antiguo militante mirista apodado “José Manuel”, que había recibido adiestramiento militar en Cuba y en la RDA, y que había salido hacia el sur de Concepción para hacerse cargo de la instalación de un foco guerrillero. Los oficiales de la CNI percibieron entonces que algo importante se estaba gestando29.

En los días siguientes, los aparatos de seguridad inundaron la prensa de Santiago con todo tipo de versiones distractoras. El 9 de agosto el diario Las Últimas Noticias informó que la Junta Revolucionaria Popular, que agrupaba a la subversión del continente, se preparaba para reunirse en Chile el día 15 y que Pascal había ingresado a organizar la reunión:

Sabido es que los grupos subversivos son ‘oxigenados’ desde Alemania y Estados Unidos. Los países socialistas no exportan dinero sino revolucionarios. Cuba se limita a levantar la moral con palabras y no concreta su ayuda ni en dinero ni en armas. Castro ha insistido que las armas, el dinero y los alimentos de los cubanos son para los cubanos y a ellos les cuesta mucho ganarlos. La documentación incautada permite conocer que realmente el MIR en Chile ya no existe. La llegada de Pascal Allende ha sido inoficiosa para el grupo que ya no ostenta ideologías, sino que se balancea en la cuerda floja de la delincuencia, camino que para ellos resulta fácil de recorrer30.

Federico Renato Álvarez Santibáñez, profesor de Química, casado, un hijo de tres años, fue aprehendido, junto a Raúl Ramón López Peralta, a las 5:30 horas del 15 de agosto por el funcionario de la Novena Comisaría de Carabineros Eduardo Araya Pardo, en la esquina de Manuel Rodríguez con Compañía, después de que huyera al ser sorprendido en la intersección de Manuel Rodríguez con Balmaceda, arrojando panfletos del MIR y –según la versión oficial– haber colocado una bomba explosiva bajo un bus de Carabineros. En su detención resultó con una herida contusa parietal media y otra occipital media y una contusión lumbar derecha, lesiones de carácter leve, producto de lumazos, según el informe del Servicio de Urgencia del Hospital J.J. Aguirre, donde fue conducido a las 6:30 horas.

Permaneció detenido por infracción a la Ley de Seguridad Interior del Estado en la Novena Comisaría hasta las 16:30 horas, momento en que, dando cumplimiento al Decreto Exento N°2449 de esa misma fecha, emanado del Ministerio del Interior, fue entregado a miembros de la CNI, los que se habían constituido en dicha unidad policial desde las 10 horas. Desde allí fue trasladado al cuartel de la CNI en Borgoño 1470, donde lo recibieron con las mismas lesiones descritas. Fue interrogado por un equipo de cuatro funcionarios, comandado por Jorge Andrade Gómez, y permaneció privado de su libertad hasta las 13:30 horas del día 20 de agosto, cuando fue puesto a disposición de la Primera Fiscalía Militar de Santiago, donde se encontraba el abogado Jaime Hales, quien pudo ver el mal estado en que se encontraba el detenido.

En el cuartel Borgoño también estaban detenidas las profesoras Luisa Gatica, Sonia Orrego y Josefina Rodríguez, a las que la CNI presumía involucradas con Álvarez y López y que fueron víctimas de crueles torturas. Dos de ellas más tarde relataron que “estaban en una casa en avenida Santa María que tenía un portón negro, teniendo al otro lado del río a la Estación Mapocho, como en diagonal”. Agregaron que fueron golpeadas y sometidas luego completamente desnudas a la parrilla eléctrica. Vieron a Luisa Gatica que venía muy mal y casi no podía subir las piernas a la camilla. Agregaron que se trataba de un lugar muy especial, con piezas pintadas de color negro, para abrumar sicológicamente; perros que ladraban y cumplían funciones extrañas y médicos que llegaban a examinar a los detenidos. “En la pieza del lado –expresó Josefina Rodríguez– había dos hombres. Uno de ellos se quejó mucho durante toda la noche. Eran quejidos tremendos en medio de arcadas y gritos”.

Tras ser interrogado a las 19:30 horas del 20 de agosto en la Primera Fiscalía Militar, ese tribunal dispuso que el profesor Renato Álvarez fuera trasladado en calidad de detenido e incomunicado a la Penitenciaría de Santiago con expresa orden de internarlo, debido a su mal estado de salud, en la enfermería del plantel a fin de que se le prestaran los cuidados médicos adecuados. Recibido a las 19:45 horas en dicha enfermería y habiéndose agravado su estado físico, por decisión del médico de turno fue conducido a las 23:40 horas a la Posta Central, donde luego de ingresar a las 0:40 horas del 21 de agosto y de hospitalizársele, dada su gravedad, en la Unidad de Tratamiento Intensivo, falleció a las 6:50 horas con diagnóstico de contusión toráxica complicada, contusión pulmonar bilateral y distress respiratorio del adulto. Antes de morir relató que había recibido golpes y múltiples contusiones en diversas partes del cuerpo desde hacía más o menos seis días.

Realizada la autopsia por el Instituto Médico Legal se constató que la causa de muerte había sido una fractura en el cráneo complicada y que las complicaciones habían sido aspiración de sangre no reciente, bronconeumonía bilateral incipiente final y aspiración final de vómitos.

El vicario de la Solidaridad, Juan de Castro, dijo en los días siguientes que “la Corte de Apelaciones ha dejado una vez más sin cumplir el mandato que le impone el artículo 308 del Código de Procedimiento Penal, que otorga plazo de 24 horas para fallar el recurso de amparo. Tampoco ha ejercido su facultad de provocar el habeas corpus del amparado, diligencia que habría evitado el trágico desenlace”. El presidente de la Corte de Apelaciones, Enrique Paillás, respondió los cargos afirmando que ese tribunal “hizo lo que legalmente le correspondía”.

Álvarez Santibáñez estaba contratado desde hacía tres meses en el Liceo N°73 de Maipú. El Colegio de Profesores afirmó que no figuraba en sus registros. La CNI sostuvo que dirigía una célula operativa del MIR y que había llegado al cargo de secretario regional del Norte Chico. El fiscal militar, Hernán Montero, comunicó que el profesor estaba en un sitio que no podía ser revelado por razones de seguridad y detenido por orden del general Odlanier Mena.

El ministro en visita Alberto Chaigneau del Campo pidió una ampliación del informe forense donde se especificó que la fractura de cráneo fue producto de un golpe directo inferido por terceros. El juez hizo público su informe al juez militar, general Enrique Morel, afirmando que los hechos investigados constituirían un delito de homicidio y se declaró incompetente para proseguir la investigación por aparecer implicadas en el caso personas con fuero militar.

Los bombazos seguían estremeciendo los diversos barrios de Santiago. El 6 de septiembre el obrero Juan Carlos Díaz Godoy, 18 años, se dirigía a su trabajo cuando vio un tarro de pintura que pensó olvidado; al tomarlo, explotó arrancándole la mano derecha y dos dedos de su mano izquierda. La bomba había sido ubicada junto al exdomicilio del subsecretario del Interior, Enrique Montero Marx. Consultado por la prensa el funcionario de gobierno, oficial de Justicia de la FACh, declaró que el atentado no le sorprendía, porque en el operativo de El Arrayán, donde huyó Pascal Allende, se encontró un archivo con direcciones de autoridades. Horas después, un niño también resultó herido en una feria libre al explotarle un paquete dejado bajo un carro de arrastre.

El MIR emitió un comunicado anunciando una severa investigación interna y afirmando que tomaría todas las medidas para que sus ataques a la dictadura no dañaran víctimas inocentes. Agregó que se estaba recurriendo al expediente de asesinar con cargas explosivas a los combatientes de la resistencia previamente detenidos, como había ocurrido con dos miristas muertos en Concepción, donde según la versión oficial llevaban una bomba para instalar en la Radio Nacional.

La noche del 23 de junio de 1979 una fuerte explosión estremeció el centro de Concepción. La CNI informó que dos jóvenes –Alberto Salazar Briceño e Iris Vega Lizama– murieron en calle Maipú al explotarles una bomba que pretendían colocar en el frontis de la Radio Nacional. Lo cierto es que ambas víctimas habían sido detenidas previamente y conducidas a ese lugar drogadas. Se les hizo bajar de un vehículo asegurándoles que podían marcharse. Ambos llevaban adosados a sus cuerpos poderosos artefactos explosivos que los agentes de la CNI hicieron detonar segundos después, destrozando a los muchachos.

Más de 150 personas habían sido detenidas desde comienzos de 1978 por ser “confesos fabricantes de bombas” y fotografiadas por la prensa en su calidad de autores de tal o cual atentado. La mayoría había recuperado su libertad incondicional por falta de méritos. A octubre de 1979, 45 personas enfrentaban procesos en los tribunales militares por infracción a la ley de control de armas. En la justicia civil las investigaciones seguían sin lograr éxitos. Un mes después de ser nombrados, tres ministros en visita archivaron por falta de pruebas las causas abiertas por atentados contra las residencias de Israel Bórquez, presidente de la Corte Suprema; Sergio Dunlop, ministro de las cortes Marcial y de Apelaciones, y Arturo Fontaine, director de El Mercurio.

2.6. El asesinato de Daniel Acuña Sepúlveda

En la madrugada del lunes 13 de agosto de 1979 tres violentas explosiones rompieron la calma en la zona de Tierras Blancas, muy cerca de La Serena. La CNI señaló que “informados por Carabineros de Coquimbo que en la localidad de Tierras Blancas se había producido una explosión a las 05:00 horas, se concurrió al lugar y las diligencias condujeron rápidamente a una parcela habitada por Daniel Acuña Sepúlveda, 69, fundador y exsecretario regional del proscrito Partido Socialista” y que al llegar al lugar los efectivos de seguridad “fueron recibidos por un sujeto que les lanzó un artefacto explosivo y de inmediato huyó hacia la casa habitación de la parcela”.

“Antes de llegar a la casa se produjo una segunda explosión que destruyó casi en totalidad los ventanales de inmueble” y “encontraron en el cuarto de baño los restos de una persona víctima de la explosión”, agregó el comunicado.

El intendente Luis Patricio Serre afirmó que el sujeto que recibió a los agentes huyó del lugar y que luego fue detenido en el hospital de La Serena. El acusado como presunto autor era Roberto Acuña Aravena, hijo del propietario de la parcela.

Tres semanas después de los hechos, el 6 de septiembre, la Corte de Apelaciones de La Serena designó como ministro en visita al magistrado Kerima Navia Pefaur para que investigara lo ocurrido. La solicitud de un ministro la presentó el abogado Pedro Escandón, director de la Oficina de Acción Social y Caridad del Arzobispado de La Serena, a expresa solicitud del arzobispo de la diócesis, Francisco Fresno.

El tribunal interrogó al hijo de la víctima fatal. Este relató que el lunes 13 de agosto llegó hasta su casa aproximadamente a las dos de la madrugada y se acostó a dormir. Transcurridas algunas horas fueron despertados por el insistente sonido del timbre, ubicado en el portón de entrada a la parcela, distante 70 metros de la casa.

Al llegar a unos ocho metros del portón sentí un objeto que, lanzado desde la calle, cayó a mi lado. Era similar a una cajetilla de cigarrillos y emitía una luz fosforescente de color naranja. Ante eso me detuve y de inmediato pregunté quién era. Desde el portón se me contestó “¡Carabineros!”. Simultáneamente con la respuesta, un disparo hecho por mi lado izquierdo me atravesó el estómago con salida de proyectil. Caí por efecto del disparo y, a gatas, me arrastre por entre los matorrales y los árboles hasta llegar a un desnivel del terreno, mientras gritaba a mi padre que se trataba de un asalto.

Amparado por la oscuridad de la noche y la abundante vegetación llegué a un huerto de hortalizas hasta alcanzar un cerco de cañas secas que rompí con mis manos para atravesarlo. Después de caminar alrededor de ocho kilómetros logré llegar hasta la casa de mi prima.

Según los familiares, Daniel Acuña se escondió en un clóset, ubicado en el baño contiguo al dormitorio, detrás de unos ternos. Los perseguidores abrieron la puerta del baño y dispararon hacia el muro del costado derecho. Luego se percataron de que Acuña estaba en el clóset. Estando a menos de un metro le apuntaron sus armas a una altura no superior a un metro y dispararon una tercera ráfaga. Las balas atravesaron la ropa, alcanzaron a Daniel Acuña y finalmente quedaron incrustadas en la pared donde estaba adosado el closet. La víctima cayó aferrada a las ropas que colgaban del mueble, deformándose los ganchos por el peso de su cuerpo.

De inmediato tomaron el cuerpo sin vida y lo trasladaron al dormitorio de al lado, donde perdió gran cantidad de sangre. Después rastrearon el baño retirando vainas y balas percutadas para no dejar señales del crimen.

Con el mismo fin procedieron a desmontar el clóset del baño e hicieron desaparecer la madera. Luego trasladaron el cadáver al preciso lugar donde había estado el clóset. Allí lo tendieron poca abajo y le pusieron uno o más artefactos explosivos en la región abdominal y toráxica, zonas que presentaban el mayor número de impactos de bala. La explosión destrozó casi completamente a la víctima, dejándola prácticamente irreconocible, salvo los pies, los brazos y las manos.

La autopsia señaló la posibilidad de que la muerte se hubiera producido por una acción de terceros. Cuando se quiso verificar esa hipótesis, realizando una nueva necropsia del cuerpo para apreciar el estado en que quedaron las manos de la víctima y ver si él era quien manipulaba el artefacto explosivo, estas desaparecieron misteriosamente tras la exhumación del cadáver.

El magistrado que sustanció la causa se declaró incompetente al determinar que había personas con fuero militar comprometidas en los hechos.

Vicente Papic, hoy sociólogo, recordó en diciembre de 2010 el día en que mataron a Daniel Acuña, su tío. Papic estaba en la casa donde acudió el hijo de Acuña aquella noche del allanamiento.

El primo de mi madre al poco rato de habernos contado que habían sido atacados en su parcela por una cuadrilla de carabineros que habían ametrallado todo y dinamitado desde diferentes flancos su propiedad, se acomoda en el sillón donde yo lo había dejado al recibirlo en la madrugada, y notamos un pequeño charco de sangre que de a poco fue creciendo hasta darnos cuenta que estaba muy mal herido. Había corrido más de 6 kilómetros con una bala de metralleta que le había atravesado el vientre, pero él con la impresión de los sucesos no había notado nada hasta que el cuerpo se le empezó a enfriar sentado en ese sillón, de donde solo se paró para subirlo a una camioneta en la que lo llevamos a la Iglesia San Agustín en La Serena donde operaba la Vicaría de la Solidaridad. No alcanzamos a que entrara cuando una patrulla de militares nos detiene y a él se lo llevan detenido; por sus heridas fue trasladado al Hospital, fue operado y su recuperación fue en una camilla desvencijada y engrillado por todas sus extremidades como si en ese estado hubiese podido arrancar a una libertad que nunca necesitó expiar. Mientras eso le sucedía, con mi madre nos habíamos armado de valor y partimos a la parcela de mis tíos y al entrar encontramos unas patrullas de militares destruyéndolo todo. Hacían fogatas con los libros, los discos de música clásica, las partituras de piano, en fin, con cuanto creían podía reflejar una conciencia político cultural que contrariara los mandatos del General. Mi madre empezó a vociferar que eran unos descabellados, inconscientes, brutos, animales; mientras tanto yo recorría estupefacto los alrededores en el que circulaba por los cráteres de las granadas o dinamitas que habían lanzado desde diferentes puntos tratando de hacer parecer que habían sido atacados desde dentro de la parcela. Mi madre me grita que me acerque y al lado de ella había una suerte de oficial de ejército que con desparpajo nos indica que “el viejo se había suicidado” y que “no era bueno que viéramos ese espectáculo grotesco en el que había quedado”. Con mi madre nos miramos, nos tomamos de las manos y caminamos hacia el interior de esa casa que me había cobijado desde niño. Veía cómo soldados con sus fusiles partían las paredes y desprendían los anaqueles botando al suelo cientos de recuerdos con los que crecí hacia lo que soy hoy. Entramos al dormitorio de mi tío Daniel Acuña Sepúlveda y lo encontramos en miles de pedazos, algunos con restos de su cabellera, diseminados por todas partes de su habitación y baño. Lo habían asesinado arrojándole una granada; lo recogimos con nuestras propias manos, sin guantes: era nuestro tío, lo quisimos, nos contó historias, nos educó. En una bolsa de basura negra cupo entero de a pedazos31.

En el proceso pudo identificarse a tres personas como presuntos autores del asesinato, pero la familia de Acuña, amedrentada por desconocidos, no quiso seguir investigando. El expediente original se extravió más tarde en la Corte Marcial.

Más de 30 años después, amigos y compañeros de Acuña han reunido antecedentes sobre los presuntos responsables de aquella masacre de 1979. Las sospechas apuntan hacia el capitán de Ejército Patricio Padilla Villén, el cabo segundo de Ejército Gustavo Camilo Ahumada y el sargento de Carabineros Rigoberto Alejandro Gallardo Tabilo.

2.7. La reaparición de la Fuerza Central

El lunes 3 de septiembre de 1979 unos 50 familiares de detenidos desaparecidos ocuparon cuatro parroquias y 13 jóvenes ingresaron a la embajada de Dinamarca; todos iniciaron una huelga de hambre. Pedían, además de saber de sus parientes, que fueran devueltos los cadáveres hallados en Lonquén en diciembre y que se derogara la ley de amnistía, que concedió la libertad provisional, previa fianza de tres mil pesos, a los ocho carabineros implicados en el caso. Al día siguiente se sumaron ocho huelguistas en Concepción y tres en Valparaíso. En diversas ciudades europeas, exiliados chilenos iniciaron un movimiento similar.

En la parroquia San Cayetano estaba el grupo mayor: once personas. Entre ellas, Corina Maureira Muñoz, María Hernández Flores y Rosario Rojas Astudillo, familiares de las víctimas de Lonquén. En la parroquia Recoleta Dominicana, Norma Matus González, madre de Carlos Carrasco, exguardia del campamento Cuatro Álamos, detenido en su hogar el 4 de marzo de 1975, declaró: “Nuestra acción es definitiva. Nosotros queremos, por lo menos, darles una sepultura cristiana a nuestros familiares. Poder llevarles, aunque sea, una flor a su tumba. Y hasta ese derecho se nos niega”.

Clara Espinoza Arriagada, de 68 años, trató de incorporarse al grupo de participantes en la huelga de hambre en el Arzobispado de Concepción, pero al comprobarse su delicado estado de salud fue enviada al hospital regional, donde falleció el viernes 7 de marzo. Tenía un hijo desaparecido. Al día siguiente, el sábado 8 hubo graves incidentes con carabineros en la población La Legua, en Santiago, cuando fieles de la parroquia Los Parrales fueron a solidarizar con las mujeres que estaban en huelga de hambre en San Cayetano.

En diversos templos, a las horas de misa, grupos de personas se manifestaban diariamente pidiendo justicia por los muertos de Lonquén. El gobierno hizo saber su molestia al Arzobispado de Santiago. Entonces, 200 sacerdotes y diáconos le escribieron una carta al cardenal Silva donde le pidieron que no se efectuara el Te Deum del 18. El prelado resolvió finalmente efectuar la ceremonia litúrgica, pero abrevió su homilía. Explicó que los párrafos eliminados podrían haberse interpretado como alusiones a materias muy contingentes.

La cuarta huelga de hambre efectuada en los últimos tres años terminó al décimo día, el 19 de septiembre, con un gran desborde emocional en la parroquia Nuestra Señora de Andacollo, en calle Mapocho, donde el obispo auxiliar de Santiago, Enrique Alvear, oficiaba la misa de término de un ayuno de 130 monjas y sacerdotes en apoyo de la huelga. Minutos antes el obispo había recibido un discreto recado: la Corte Marcial había resuelto la devolución de los restos de Lonquén. Cuando el prelado hizo el anuncio las más de mil personas presentes comenzaron un aplauso estruendoso. Tomados de la mano, muchos de ellos llorando, cantaron el Himno de la Alegría.

La CNI seguía, mientras, empecinada en desarticular la creciente estructura de propaganda del MIR. El 7 de octubre desbarató una imprenta clandestina en la Villa San Cristóbal, en el paradero 21 de Vicuña Mackenna, donde se imprimía El Rebelde. Fue detenido Ulises Gómez Navarro (“Francisco Rojas”), 33 años, periodista, hermano de Juan Carlos Gómez Iturra, quien había sido abatido por efectivos de seguridad en un enfrentamiento ocurrido el recién pasado 21 de junio en calle Buzeta, ambos hijos del periodista José Gómez López, director del diario Puro Chile durante la Unidad Popular. También fue arrestado Roberto Zamorano Núñez, de 23 años, estudiante universitario, dueño de la vivienda donde funcionaba la imprenta. En los días siguientes, la CNI entregó a los medios de prensa supuestos documentos encontrados en el lugar allanado. Uno de ellos, difundido por Las Últimas Noticias bajo el título “MIR acusa a Pascal de burgués y de llevar una vida de lujo”, revelaba supuestas divergencias entre Andrés Pascal Allende y Hernán Aguiló.

La Junta de Gobierno aprobó, a comienzos de noviembre de 1979, la primera de una serie de reformas en la CNI. Así, mediante el DL 2822 se modificó el DL 1878 que había creado el organismo de seguridad y se estableció que el director podría delegar en el vicedirector la dictación de resoluciones y las instrucciones internas. El vicedirector y el contralor de la CNI se designarían por decretos supremos. El personal –un 65 por ciento conformado por civiles– sería considerado desde esa fecha en adelante como integrante de las Fuerzas Armadas para todos los efectos jurisdiccionales y disciplinarios. Habría, a su vez, fondos reservados para el organismo en la Ley de Presupuestos, al margen del que se le designara por medio de leyes especiales.

Las nuevas medidas fueron celebradas por los agentes de la CNI, en especial por los civiles. Un grupo de ellos realizó un regado festejo en la Casa de Piedra del cajón del Maipo, propiedad de Darío Saint Marie, exdueño del diario Clarín, que había sido ocupada como cuartel secreto de la DINA, pero que ahora estaba transformada en un lugar de esparcimiento para el personal civil y sus familias. Allí había un parque muy cuidado, con una gran fuente de mármol y piscina. Adentro, albergaba un amplio living con chimenea y piso de mármol, muebles funcionales y varios dormitorios con camas y colchas de alegres colores.

La alegría, sin embargo, les duraría poco. La Operación Retorno del MIR ya estaba en pleno desarrollo y un grupo selecto de militantes se aprestaba a su primera acción, planificada aquella vez por José Ratier.

A las 15:30 horas del 25 de noviembre de 1979 una camioneta recaudadora del Banco de Concepción llegó hasta el supermercado Agas, situado en Manquehue 181, esquina Isabel La Católica, en la comuna de La Reina, a recoger el dinero de las ventas. Un carrito de helados Bresler estaba aparcado en el estacionamiento casi desierto. Los dos carabineros que custodiaban la camioneta de valores bajaron de ella y sorpresivamente el vendedor abrió la tapa de los helados y extrajo una metralleta. El cabo segundo de Carabineros Bruno Burdiles Vargas, 33 años, casado, cinco hijos, intentó extraer su arma de servicio, pero no alcanzó a hacerlo. Cayó acribillado por los disparos del heladero. El compañero de Burdiles, el cabo Martín Ojeda Bahamondes trató desesperadamente de reaccionar. Tampoco pudo lograrlo. Una mujer que estaba muy cerca disparó sobre él con una pistola, hiriéndolo en sus antebrazos y forzándolo a caer de rodillas. El comando mirista, dirigido por Jaime Riquelme (“El Yeti”), estaba integrado por seis hombres y dos mujeres; todos vestían buzos azules y viseras amarillas sobre sus cabezas. Las dos mujeres desplegaron una bandera chilena con una gran R en el centro, maniobra que fue fotografiada por uno de los sujetos. Dos de los asaltantes intentaron abrir la parte trasera de la camioneta a balazos, pero les fue imposible. En segundos, arrebataron las subametralladoras de los policías y abordaron dos automóviles Fiat 125 y una camioneta, perdiéndose a gran velocidad hacia la zona sur de la ciudad. En las semanas siguientes las fotografías captadas por los miristas llegaron a las redacciones de casi todos los medios de prensa de Santiago.

La ira cundió entre las policías y los servicios de seguridad. Tres días después, al mediodía del 28 de noviembre, en un control vehicular rutinario en Pedro de Valdivia con Las Encinas, muy cerca de la Escuela de Suboficiales de Carabineros, en la entonces comuna de Ñuñoa, una patrulla uniformada detuvo a un taxi con patente de Quinta Normal y pidió los documentos a su único pasajero. El hombre extrajo una pistola Browning de 9 mm y empezó a disparar, bajó del automóvil y corrió hacia el sur. A unos 30 metros fue abatido. Tenía unos 26 años y portaba una cédula de identidad a nombre de Rafael Rivero. En un maletín llevaba una metralleta, una granada y una pistola automática con dos cargadores. En las horas siguientes, dependientes del supermercado Agas lo reconocieron erróneamente como uno de los participantes en el atraco a la camioneta recaudadora. Su verdadera identidad era la de Ricardo Delfín Ruz Zañartu (“Alexis”), 34 años, uno de los máximos dirigentes del MIR en Chile.

En esas semanas de noviembre, un extraño hecho fue ocultado a los medios de comunicación. Un día no precisado desconocidos llegaron en un camión a la vivienda de un oficial de Ejército en calle Canciller Dollfuss con Bilbao, en Providencia, para entregarle a la dueña de casa un voluminoso libro. La dama fue alertada por una vecina, a quien le pareció raro que un individuo captara varias fotografías del trámite. Avisado el personal militar de seguridad, verificó que el interior del libro estaba hueco y contenía una poderosa bomba, la que fue desactivada. Lo que más sorprendió a los familiares es que la designación del oficial como agregado militar en Madrid era conocida por muy pocas personas. Se trataba del capitán Luis Irazával Lobos, estrechamente vinculado a los aparatos financieros de la DINA y la CNI y que, además, aparecía ligado a la familia del secuestrado y asesinado niño Rodrigo Anfruns Papi, ocurrido pocos meses antes.

La primera semana de diciembre de 1979 los abogados Fabiola Letelier, Pedro Barría, Alfonso Insunza, Jorge Sellán, Sergio Concha, Carlos López y Luis Egidio Contreras ofrecieron una conferencia de prensa donde dieron cuenta de múltiples casos de personas detenidas desaparecidas por la DINA. Afirmaron que la comprobación de los mismos no había podido hacerse efectiva por incapacidad del Poder Judicial. Entregaron cuatro razones que, a juicio de ellos, los hacía ser pesimistas con el resultado de las investigaciones. En primer lugar, el secreto en torno a las actividades de la DINA, que impedía la identificación de los autores, salvo la de algunos como Osvaldo Romo, de quien entregaron un completo currículo y fotografías. En segundo lugar, la negativa de concurrir a declarar de los pocos agentes identificados. En tercer lugar, la negativa de la ex-DINA a que los jueces se constituyeran en los lugares secretos de detención y, en cuarto lugar, la destrucción de los documentos referidos a las actuaciones de la DINA. Los abogados afirmaron que, al margen de las dificultades objetivas, el Poder Judicial “se ha colocado también trabas subjetivas y se ha autolimitado pese a que tiene las herramientas legales y constitucionales para determinar los casos que investiga y sancionar a los culpables”. Agregaron que “la tortura sigue siendo práctica habitual entre los servicios de seguridad y en el interior de retenes y comisarías de Carabineros se apalea brutalmente a las personas”32.

2.8. El verano caliente de 1980

A comienzos de 1980 se conoció un nuevo hallazgo de restos humanos en la zona de Concepción cuando, apremiada por una querella presentada por el arzobispado penquista, la secretaria del Segundo Juzgado de Los Ángeles, Olga Morales, debió constituirse el jueves 27 de diciembre de 1979 en el fundo Pemehue, en Mulchén.

En el agreste lugar, situado a 70 kilómetros de Collipulli, cerca de la frontera con argentina, se encontraron dos tumbas hechas por los lugareños. En la primera, personal del Instituto Médico Legal recogió la zona inferior de un cuerpo, parte del cráneo, botas de goma y una esquirla de plomo. Posteriormente, se determinó que eran los restos del trabajador agrícola Juan Roa Riquelme.

En la segunda tumba, situada a poca distancia de la anterior, solo se encontraron algunos huesos y proyectiles. Horas después, el tribunal investigó en el fundo Carmen Maitenes, colindante con el primero. Se encontró una tumba, con evidencias de haber sido removida, sin que contuviera restos humanos.

¿Qué había sucedido en este paraje forestal de belleza casi idílica? La querella presentada por el abogado Jorge Barudi, integrante del departamento jurídico del arzobispado entregaba la respuesta: “La represión llegó hasta el último rincón del Biobío”. Tras el golpe militar de septiembre de 1973, en la zona se realizaron varios operativos militares. Se creía que Carlos Altamirano, secretario general del PS, estaba oculto allí. También se buscaba a personal de la Endesa, que supuestamente huía hacia Argentina.

Entre el 5 y el 7 de octubre de 1973 una patrulla formada por 30 carabineros y militares, además de cinco civiles, agricultores de la zona, llegó con armamento de guerra a Mulchén. Allí allanaron un local sindical y recogieron una lista de campesinos sindicalizados. Premunidos con la lista llegaron hasta el fundo Carmen Maitenes. Este predio forestal era de la Corporación de Reforma Agraria, CORA, la que se lo había cedido a la Corporación Nacional Forestal, Conaf, mientras era expropiado. Al momento de llegar la patrulla había trabajadores agrícolas y sus familias reforestando.

Luego de allanar el lugar, lista en mano, la patrulla separó a diez trabajadores: los hermanos José Ligorio, Florencio y José Lorenzo Rubilar Gutiérrez; los hermanos Daniel Alfonso, José Guillermo y Alejandro Albornoz González; los tres hijos de este último, Miguel, José y Germán Albornoz González; y a Luis Alberto Godoy Sandoval. Sus familiares fueron conminados a encerrarse en sus casas.

La detenidos fueron sometidos a crueles apremios. Los golpearon con las armas, puños y pies, incluso les enterraron espuelas en la espalda, mientras estaban tendidos en el suelo. Luego, soltaron a José y Germán Albornoz, después de hacerles un simulacro de fusilamiento. Los ocho trabajadores fueron ultimados con ráfagas de metralleta, y enterrados a unos 200 metros de las casas patronales.

José Guillermo Albornoz quedó vivo. Fue envuelto con alambres de púas y llevado por la patrulla rumbo al fundo Pemehue. Hay testigos que lo vieron en ese estado. Poco después, sobre el puente de un río, fue lanzado al agua y acribillado a balazos.

En el fundo Pemehue, también administrado por Conaf, se repitió el drama con distintos nombres. Mientras sus familias permanecían encerradas, se quedaron con la patrulla los hermanos Alberto y Felidor Albornoz González; Jerónimo Sandoval Medina, Fernando Gutiérrez y Juan de Dios Roa Riquelme. Fueron conducidos en fila a un lugar apartado y se escucharon ráfagas de metralleta. Los cadáveres de los cuatro primeros fueron encontrados días después por los familiares. Como no apareció el cuerpo de Juan de Dios Roa, sus familiares continuaron la búsqueda. Lo encontraron tiempo después en el bosque. Su tumba quedó aislada de la de los otros cuatro trabajadores.

Los lugares donde fueron enterrados los campesinos del fundo Carmen Maitenes y el sector donde sepultaron a los trabajadores de Pemehue, se convirtieron en sitios de peregrinaje en la zona, pese a que el temor amordazó por mucho tiempo a los lugareños.

Cuando la Corte Suprema se preocupó por los casos de detenidos desaparecidos, alguien visitó las tumbas colectivas y extrajo los restos de huesos. Descortezaron los árboles cercanos que tenían restos de balas. La tumba de Roa no fue tocada porque desconocían su ubicación.

La querella del Arzobispado de Concepción individualizó a cuatro de los cinco civiles participantes en el operativo. Uno de ellos, el agricultor e industrial maderero Romualdo Guzmán, era recordado por los campesinos por el alarde que hacía de la necesidad de “matar a los marxistas”. Los otros nombres se mantuvieron en reserva.

Las dificultades para que se hiciera una adecuada investigación fueron muchas. El abogado Barudi expuso algunas de ellas:

No había juez titular en Mulchén, que correspondía por la localidad. Entregamos la querella a la secretaria del juzgado. Ella se inhabilitó porque era pensionista en la casa de Romualdo Guzmán. La subrogaba un abogado local. También tuvo que inhabilitarse por ser abogado de uno de los cinco civiles acusados. Finalmente, pasó al juzgado de Los Ángeles. Allí se juega ping pong. Una semana está uno de turno y lleva el caso. A la semana siguiente, el otro33.

En Santiago, en tanto, el 10 de enero y bajo el sofocante calor de mediodía, un centenar de familiares de detenidos desaparecidos rindió homenaje a “los compañeros N.N. del patio 29” del Cementerio General. En el acto se lanzaron claveles rojos sobre las sepulturas no identificadas que –según la Vicaría de la Solidaridad– contendrían dos o más cuerpos cada una.

Eduardo Bonel, en representación del grupo, dedicó el acto “a todos aquellos que fueron enterrados clandestinamente, luego de haber sido detenidos y asesinados por fuerzas militares en septiembre y octubre de 1973” y aseguró que se comprometían “a continuar nuestra lucha, sin claudicaciones, para que ustedes recobren sus nombres, para que sus familiares puedan darles digna sepultura, porque se haga justicia y por saber dónde están todos y cada uno de los compañeros detenidos-desaparecidos”.

El día anterior el grupo se había entrevistado con el presidente de la Corte Suprema, Israel Bórquez. El magistrado leyó una carta donde se le informaba “de la nueva amenaza formulada en contra de un familiar nuestro, por parte de un grupo terrorista autodenominado E. de la M.”.

La nota, supuestamente enviada por un “Escuadrón de la Muerte”, fue dirigida a Violeta Zúñiga, esposa del desaparecido Pedro Silva Bustos. Y aseguraba que “matamos a tu marido hace dos años”, para luego proponer que –a cambio de 20 mil pesos– podría obtener algunas prendas del detenido. Mencionaban un reloj de marca italiana que efectivamente poseía Silva.

En la carta a Bórquez, los miembros de la AFDD le recordaron anteriores amenazas recibidas del “Comando Carevic”, una de las cuales también estuvo dirigida en contra de Violeta Zúñiga. Más adelante, le expresaron que “nos preocupa seriamente que la orden dada al Ministerio del Interior para que adoptara las medidas pertinentes de protección, no se hayan llevado a la práctica”. Al final solicitaban que la justicia adoptara medidas eficaces para descubrir y sancionar a los grupos terroristas.

Carmen Vivanco relató el epílogo de aquella entrevista:

Bórquez leyó nuestra carta y luego la devolvió con varias anotaciones en el sobre. Dijo que se trataba de los artículos legales que establecía que nuestra queja debíamos presentarla al juzgado y agregó que no dejáramos que nuestros abogados siguieran engañándonos. Por último, dijo que él ya había hecho suficiente por los desaparecidos. Cuando le recordamos que lo único que había hecho era decir que los detenidos desaparecidos lo tenían ‘curco’, se enojó y nos echó de la sala.

A fines de febrero de 1980 el MIR volvió al ataque con una ola de asaltos perpetrados en diversos puntos de Santiago. El primero de los atracos tuvo lugar en la industria de instalaciones eléctricas Elevap, en la comuna de Renca. Hasta allí llegaron tres sujetos armados pidiendo el dinero de los sueldos. Como aún no llegaba la remesa, decidieron retirarse. Casi a la misma hora dos sujetos asaltaron la industria Metalúrgica Belga, donde hirieron al recaudador. Más tarde, asaltaron la sede del Seguro Social de Las Condes.

En el verano de 1980 el gobierno retomó su línea represiva: se renovó el Estado de Emergencia, se reimpuso la censura a escritores y editoriales y nuevas disposiciones legales otorgaron al gobierno la totalidad de las facultades de que disponía con el Estado de Sitio, aparentemente derogado hacía dos años. A comienzos de marzo se denegó el permiso para celebrar el 8 el Día de la Mujer, pero cientos de personas acudieron al acto. La policía reprimió violentamente y más de 100 personas fueron detenidas. Tras cinco días arrestados en diversas comisarías, 12 de ellos fueron relegados a pequeñas localidades del norte y el sur del país. Entre los jóvenes sancionados figuraba Alejandro Goic Jerez, 21 años, miembro de la Juventud Socialista y alumno de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Pocos días después el padre del muchacho, el médico y académico Alejandro Goic, escribió una carta pública dirigida al ministro del Interior, Sergio Fernández, donde le manifestó:

Gracias a usted conoceré Freirina.

Hasta hoy era para mí el nombre de un oscuro rincón en la geografía de mi Patria. De ahora en adelante será un lugar incorporado a mis vivencias y mis recuerdos. Allí deberá pasar obligatoriamente tres meses uno de mis hijos, porque usted así lo ha dispuesto. ¿Qué hacer?, usted tiene el poder y la fuerza. Yo y los míos, la fidelidad a nuestras ideas y la esperanza de un Chile libre y justo.

Para usted, mi hijo ha quebrantado la legalidad existente. Es cierto. Su legalidad, la de usted y no la que libremente se haya dado la comunidad chilena. Pero la legalidad, usted bien lo sabe, es un concepto aleatorio. Lo que fue legal ayer, no lo es hoy y, tal vez, sí mañana. Pero yo soy un hombre de razón, un universitario. Ni usted, ni nadie me podrán convencer jamás de que mi hijo, un muchacho de poco más de 20 años, sano de corazón y de alma, es un peligro para la seguridad del Estado. Si una pacífica demostración callejera significa para usted un riesgo para la seguridad de Chile, yo le digo a usted que es muy precaria la seguridad que usted defiende.

La relegación de mi hijo es arbitraria e injusta y usted lo sabe. Además, una sanción desproporcionada a la eventual “falta”. Y usted lo sabe. Solo un pensar afiebrado podría sostener o contrario. Resulta penoso observar que un hombre instruido en el Derecho claudique en sus actos de principios morales que sustentan ese saber. Por el contrario, la línea de acción recuerda más a la de los comisarios que caracterizan los totalitarismos. Es una triste manera de iluminar una vocación profesional.

¿Podría usted llegar a comprender que los jóvenes son por naturaleza generosos, de impetuoso corazón y, por ello, tal vez algo irreverentes? Para comprenderlo hay que haber sido de corazón joven alguna vez. Para comprenderlo es necesario haber amado alguna vez. Mi hijo, gracias a Dios, tiene un corazón joven y generoso. Por eso cuenta con mi adhesión y cariño fraternos.

Yo acuso a usted de agraviar a una familia chilena, honorable y hermosa, y de perturbar su patrimonio; de sustraer con violencia a un hijo de su seno, privándolo así de su protección y afecto cotidianos.

Su actitud y tono altaneros para amenazar con las más severas sanciones a los jóvenes disidentes –y concretarlas– no me sorprenden ni me inmutan. Usted es político y yo soy médico. Veinticinco años de profesión me han permitido conocer la grandeza y las miserias de los hombres. ¿Cómo habrán de sorprenderme hoy miserias más o miserias menos? También he aprendido que tras las fachadas del poder y la gloria no pocas veces se oculta una extrema debilidad, donde se agitan las turbulencias de la angustia y el temor.

Yo no lo odio a usted. ¿Cómo podría? Ser cristiano es un difícil negocio. Todos tenemos tarde o temprano que responder ante la justicia de los hombres de los abusos que cometemos o las humillaciones que infligimos a nuestros hermanos. Si así no fuere, está la justicia inmanente de Dios, que ha de juzgar nuestros actos; de ella, sí, no nos libramos.

Rezaré por usted. Rece por mí.

Gracias a usted conoceré Freirina.

Dr. Alejandro Goic.

Santiago, 12 de marzo de 198034.

El verano de 1980 culminó abruptamente el 27 de marzo cuando el general Pinochet debió suspender en pleno vuelo su viaje a Filipinas. El gobierno de Ferdinand Marcos canceló la visita del dictador ocasionando el principal bochorno experimentado por la Cancillería chilena en su historia. Resurgió entonces la pugna entre el gremialismo, los denominados “blandos”, y los nacionalistas, calificados como “duros”. El abogado Jaime Guzmán, líder indiscutido de los primeros, a comienzos de enero los había descalificado agriamente: “No hubo ningún momento en que pudiesen haber obtenido éxito. No me extraña su rechazo del plan económico, porque son fascistas, y los fascistas son socialistas. Por algo el nazismo alemán se llamó nacional socialismo. Y si a veces admiten la conveniencia de la economía social de mercado, es sin captar el verdadero contenido de ella”35.

La movilización de la CNI se intensificó desde comienzos de abril en prevención de una ofensiva opositora en los días previos al 1 de mayo. Diez dirigentes de la Confederación Unidad Obrero-Campesina, que en la mañana de viernes 11 de abril se encontraban en las oficinas de los abogados Francisco Justiniano y Ramón Toledo en calle Santo Domingo, en Santiago, fueron interrumpidos por 15 individuos de civil que allanaron el local portando metralletas y armas cortas. Luego de registrar la oficina y los documentos de cada uno de los presentes, los ataron de pies y manos con esposas o cinturones, los encapucharon con bolsas de papel grueso y los conminaron violentamente a responder por supuestas actividades preparatorias del Día del Trabajo, su conexión con partidos políticos y tenencia de armas. Enseguida les tomaron impresiones digitales, los fotografiaron y filmaron con equipos de video frente a carteles con consignas políticas que previamente habían pegado con cintas adhesivas al muro. Los abogados Ramón Toledo y Manuel García y los dirigentes Humberto Vergara y Carlos Ulloa también corrieron la misma suerte. Antes de marcharse, los sujetos estamparon en un baño una gran “R” con pintura negra.

Todos los antecedentes del allanamiento fueron incluidos en un recurso de amparo que al día siguiente presentaron los abogados Diego Corvera, Ramón Toledo, Jorge Donoso y Fabiola Letelier. El recurso se interpuso a favor de ocho personas que habían sido “conducidas a algún lugar de detención, encontrándose presumiblemente incomunicadas”.

Casi a la misma hora en que los desconocidos allanaban la sede de la Confederación Unidad Obrero-Campesina en el centro de Santiago, a lo menos tres comandos operativos del MIR asaltaron simultáneamente tres sucursales bancarias –del Banco de Chile, de Concepción y de Crédito e Inversiones– ubicadas en las calles Rodrigo de Araya y Santa Elena, en un concurrido barrio industrial del suroriente de Santiago, sustrayendo 27 millones de pesos y más de 15 mil dólares.

El atraco comenzó aproximadamente a las diez de la mañana y tuvo una duración de cinco a diez minutos. Seis de los autores llegaron en un taxi, robado horas antes en el sector de Estación Central. En el portamaletas de vehículo estaba amarrado su propietario. Los sujetos, todos hombres y armados, dirigidos por uno que se cubría el rostro con una media, dieron primero una vuelta por la plaza situada frente a los bancos.

Dos de ellos, premunidos de pistolas, ingresaron al Banco de Concepción. Víctor Lobos, un guardia de seguridad, intentó oponer resistencia vaciando los seis tiros del cargador de su arma dejando, según relató, aparentemente herido a uno de los asaltantes.

Su acción fue repelida por estos, quedando llenas de perforaciones las vitrinas de la sucursal. Tras reducir a clientes y funcionarios, huyeron con un millón y medio de pesos.

Mientras tanto, otros tres sujetos robaron el Banco de Crédito e Inversiones –en un edificio pareado con el anterior– sin que nadie pudiera intervenir. Hicieron varios disparos contra un ventanal y huyeron en un taxi llevándose cuatro millones y medio de pesos. Mientras, a cien metros de allí era asaltado el Banco de Chile. Ambos grupos, según testigos, eran coordinados por un sujeto con banderas de color verde y rojo, en tanto otro tomaba fotografías de los hechos.

Casi no llamó la atención que una camioneta C-10 de color azul –similar a las que usan las entidades bancarias– se estacionara frente al banco. Los viernes las empresas del sector suelen realizar depósitos o piden importantes remesas para cancelar jornales. Los asaltantes estaban muy bien informados.

Cuando ingresaron a la oficina cinco hombres armados, ya había allí otros tres que simulaban ser clientes. Obligaron a todas las personas a tenderse en el piso y golpearon en la frente al cajero Antonio Doria para que entregara las llaves de la bóveda. Tras hacer algunos disparos al techo, huyeron con 21 millones de pesos y 15 mil dólares.

La fuga coordinada de ambos vehículos fue casi sin sobresaltos. Al menos en el Banco de Crédito e Inversiones dejaron un maletín con dos bombas en el interior. Cuando, cerca de diez minutos después, llegaron los efectivos policiales y de la CNI, las hicieron estallar en la plaza.

Al huir, a los ocupantes de la camioneta se les cayeron dos bolsas y se bajaron a recogerlas. Una testigo dijo que ellos arrojaron miguelitos a un Fiat 600 con carabineros que los seguía. Una hora después ambos vehículos fueron ubicados en el sector sur de la capital. La camioneta se encontró sin patente: había sido robada dos meses antes.

Al día subsiguiente, el domingo 13, la CNI aseguró que –tras redadas, controles y allanamientos– había dos detenidos, uno de los cuales sería el médico que le realizó una cirugía estética en el rostro al secretario general del MIR, Andrés Pascal Allende. La información era falsa.

De cara a la conmemoración de un nuevo aniversario del Día del Trabajo, el periodista Gabriel Figueroa entrevistó para la Revista Hoy al presidente de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales, ANEF, Tucapel Jiménez, quien graficó el momento que vivían los integrantes de su gremio:

–¿Cómo describe usted la situación económica de los trabajadores del sector público?

–Es peor que el desastre de Rancagua la situación en este minuto. El trabajador fiscal no tiene poder adquisitivo y lo poco que gana es para subsistir, ya que el 80 por ciento está entre los grados 31 al 19 de la Escala Única de Remuneraciones y sus sueldos van de 3.694 a 7.140 pesos.

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9789560013330
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