Kitabı oku: «A la sombra de las muchachas en flor»
Título original francés: À la recherche du temps perdu II. À l’ombre des jeunes filles en fleurs.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO627
ISBN: 978-84-9056-182-9
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Dedicatoria
Primera parte: a propósito de la sra. Swann
Segunda parte: Nombres de países. El nombre
Dedico este trabajo a la memoria de Luis Martín Santos, Alejo Carpentier y José Lezama Lima y a Rafael Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo, mis maestros en el arte de la prosa clásico-barroca castellana contemporánea, prácticamente inexistente, por lo demás, salvo en sus obras o fracasada —puramente imitativa de cierto modelo extranjero— en las de un Juan Benet qualunque.
EL TRADUCTOR
PRIMERA PARTE
A PROPÓSITO DE LA SRA. SWANN
Como —cuando se habló de invitar por primera vez a cenar al Sr. de Norpois— mi madre se lamentó de que el profesor Cottard estuviese de viaje y ella misma hubiera cesado por completo de frecuentar a Swann, pues uno y otro habrían interesado seguramente al antiguo embajador, mi padre respondió que un comensal eminente, un sabio ilustre, como Cottard, nunca podía quedar mal en una cena, pero que Swann, con su ostentación, su forma de pregonar a voz en grito hasta sus menores relaciones, era un vulgar fanfarrón a quien el marqués de Norpois habría considerado seguramente «hediondo», como él decía. Ahora bien, esa respuesta de mi padre requiere unas palabras de explicación, pues algunos recordarán tal vez a un Cottard muy mediocre y a un Swann que llevaba hasta la más extrema delicadeza —en materia mundana— la modestia y la discreción, pero, por lo que a éste se refiere, había sucedido que el antiguo amigo de mis padres había sumado —a la de «Swann hijo» y también a la del Swann del Jockey— una personalidad nueva y que no iba a ser la última: la de marido de Odette. Adaptando a las humildes ambiciones de esa mujer el instinto, el deseo, la industria que siempre había tenido, se las había ingeniado para construirse —muy por debajo de la antigua— una posición nueva y apropiada a la compañera que la ocuparía junto con él. Ahora bien, en ella se mostraba como otro hombre. Puesto que —sin dejar de frecuentar él solo a sus amigos íntimos, a quienes no quería imponer la presencia de Odette, cuando no le expresaban espontáneamente su deseo de conocerla— comenzaba una segunda vida, en común con su mujer, entre personas nuevas, se podría haber entendido que, para calibrar su rango y, por consiguiente, la satisfacción del amor propio que podía experimentar al recibirlas, no hubiera utilizado, como punto de comparación, a los miembros más brillantes de su sociedad anterior a su matrimonio, sino relaciones anteriores de Odette, pero, aun sabiendo que con quien deseaba codearse era con inelegantes funcionarios, con mujeres taradas, ornato de los bailes de ministerios, asombraba oírlo —a él, que en el pasado e incluso ahora disimulaba tan elegantemente una invitación de Twickenham o de Buckingham Palace— recalcar bien alto que la esposa de un director general había ido a visitar a la Sra. Swann. El motivo era —se dirá tal vez— que la sencillez del Swann elegante no había sido en él sino una forma más refinada de la vanidad y que, como algunos judíos, el antiguo amigo de mis padres había podido presentar los estados sucesivos por los que habían pasado los de su raza: desde el esnobismo más ingenuo y la zafiedad más grosera hasta la cortesía más fina. Pero la razón principal —y aplicable a la Humanidad en general— era la de que nuestras propias virtudes no son algo libre, que flote y esté permanentemente a nuestra disposición; acaban asociándose tan estrechamente en nuestra alma con las acciones en relación con las cuales nos hemos impuesto el deber de ejercerlas, que, si se nos presenta una actividad de otra clase, nos pilla por sorpresa y sin que se nos ocurra siquiera la idea de que podría entrañar la aplicación de esas mismas virtudes. El Swann solícito con aquellas nuevas relaciones, a las que citaba orgulloso, era como esos grandes artistas modestos o generosos que, si al final de su vida se dedican a la cocina o a la jardinería, ostentan una satisfacción ingenua por los elogios dedicados a sus platos o a sus arriates, en relación con los cuales no admiten la crítica que aceptan gustosos para sus obras maestras o que, si bien son capaces de regalar una de sus telas, no pueden perder cuatro cuartos al dominó sin malhumorarse.
En cuanto al profesor Cottard, volveremos a verlo por extenso mucho más adelante, en casa de la Señora, en el castillo de la Raspelière. Baste ahora observar, ante todo, esto: en el caso de Swann el cambio puede sorprender, si acaso, porque ya se había producido y yo no lo sospechaba cuando veía al padre de Gilberte en los Campos Elíseos, donde —como, por lo demás, no me dirigía la palabra— no podía hacer alarde delante de mí de sus relaciones políticas: cierto es que, si lo hubiera hecho, tal vez yo no habría advertido al instante su vanidad, pues la idea que durante mucho tiempo nos hemos hecho de una persona ciega ojos y oídos; tampoco mi madre distinguió, durante tres años, los afeites que una de sus sobrinas se ponía en los labios, como si hubieran estado invisiblemente disueltos en un líquido, hasta el día en que una partícula suplementaria o cualquier otra causa originó el fenómeno denominado supersaturación, todos los afeites no distinguidos cristalizaron y mi madre —ante aquel repentino exceso de colores— declaró, como habrían hecho en Combray, que era una vergüenza y cesó casi por completo las relaciones con su sobrina, pero, en cambio, en el caso de Cottard la época en que lo hemos visto asistir a los comienzos de Swann en casa de los Verdurin estaba ya bastante lejana; ahora bien, los honores, los títulos oficiales, llegan con los años. En segundo lugar, se puede ser inculto, hacer retruécanos estúpidos y contar con un don que ninguna cultura general puede substituir, como el de un gran estratega o un gran clínico. En efecto, sus colegas no consideraban a Cottard tan sólo un facultativo obscuro que, con el tiempo, había llegado a ser una celebridad europea. Los más inteligentes de los médicos jóvenes declaraban —al menos durante algunos años, pues las modas, por haber nacido, a su vez, de la necesidad de cambio, cambian— que, si alguna vez caían enfermos, Cottard sería el único maestro al que confiarían su piel. Seguramente preferían el trato con ciertos jefes más letrados, más artistas, con quienes podían hablar de Nietzsche, de Wagner. Cuando había música en casa de la Sra. Cottard, en las veladas en que ésta recibía —con la esperanza de que llegara algún día a ser decano de la Facultad— a los colegas y a los alumnos de su marido, éste, en lugar de escuchar, prefería jugar a las cartas en un salón contiguo, pero alababan la prontitud, la profundidad, la seguridad, de su ojo clínico, de su diagnóstico. En tercer lugar, por lo que se refiere a los modales desplegados por el profesor Cottard con un hombre como mi padre, hemos de observar que el que revelamos en la segunda parte de nuestra vida no siempre es —aunque lo sea con frecuencia— nuestro primer carácter desarrollado o debilitado, amplificado o atenuado; a veces es un carácter inverso, un auténtico traje vuelto del revés. Salvo en casa de los Verdurin, que se habían encaprichado con él, la expresión vacilante de Cottard, su timidez y amabilidad excesivas lo habían hecho, en su juventud, objeto de perpetua chacota. ¿Qué amigo caritativo le habría aconsejado adoptar expresión glacial? La importancia de su situación se lo facilitó. Por doquier, salvo en casa de los Verdurin, donde volvía a ser instintivamente él mismo, se volvió frío, silencioso, perentorio —cuando no le quedaba más remedio que hablar— y no olvidaba decir cosas desagradables. Pudo ensayar aquella nueva actitud delante de clientes que —por no conocerlo— no estaban en condiciones de comparar y a quienes habría asombrado mucho saber que no era un hombre de una rudeza natural. Sobre todo se esforzaba por adoptar una actitud impasible e incluso en su servicio del hospital, cuando soltaba algunos de sus retruécanos, que hacían reír a todo el mundo, desde el director de la clínica al externo más reciente, lo hacía siempre sin que se moviera un solo músculo en su rostro, irreconocible, por lo demás, desde que se había afeitado la barba y el bigote.
Para acabar, digamos quién era el marqués de Norpois. Había sido ministro plenipotenciario antes de la guerra y embajador cuando los acontecimientos del 16 de mayo y, aun así, más adelante gabinetes radicales a los que un simple burgués reaccionario se habría negado a servir y que —por su pasado, sus relaciones, sus opiniones— deberían haberlo considerado sospechoso le habían encargado varias veces —cosa que constituyó un gran motivo de asombro para muchos— representar a Francia en misiones extraordinarias, incluso en la de interventor de la deuda en Egipto, donde gracias a sus grandes capacidades financieras había prestado servicios importantes, pero aquellos ministros avanzados parecían darse cuenta de que con semejante designación mostraban su amplitud de miras en lo relativo a los intereses superiores de Francia y resultaban incomparables con los políticos, al merecer que el propio Journal des débats los calificara de estadistas, y, por último, se beneficiaban del prestigio que entraña un apellido aristocrático y del interés que despierta la sorpresa de una elección inesperada y también sabían que, recurriendo al Sr. de Norpois, podían obtener esas ventajas sin tener motivos para temer una falta de lealtad política por su parte, contra la que la cuna del marqués no debía ponerlos en guardia, sino darles garantías, y en eso el Gobierno de la República no se equivocaba. En primer lugar, porque cierta aristocracia, educada desde la infancia para considerar su apellido una ventaja interior de la que nada puede privarla —y cuyo valor conocen sus pares o quienes son de condición aún más alta— sabe que puede evitarse —pues nada le pueden brindar— los esfuerzos que sin resultado ulterior apreciable hacen tantos burgueses para profesar opiniones exclusivamente respetables y frecuentar tan sólo a personas de bien. En cambio, esa aristocracia, deseosa de engrandecerse ante familias principescas o ducales por debajo de las cuales se encuentra inmediatamente situada, sabe que sólo puede lograrlo sumando a su apellido algo de lo que carecía, algo que, en igualdad de condiciones, la hará prevalecer: una influencia política, una reputación literaria o artística, una gran fortuna. Y prodigará —a los políticos, aunque sean masones, que pueden hacer llegar a las embajadas o patrocinar en las elecciones a los artistas o los científicos cuyo apoyo ayuda a «abrirse camino» en el sector en el que sobresalen, y a todos aquellos, por último, que están en condiciones de conferir una nueva ilustración o propiciar el matrimonio con un buen partido— los gastos de que se dispensa con el inútil hidalgüelo solicitado por los burgueses y cuya estéril amistad no le agradecería un príncipe.
Pero, en el caso del Sr. de Norpois, lo que influía sobre todo era que, en un largo ejercicio de la diplomacia, se había imbuido de ese espíritu negativo, rutinario, conservador, llamado «mentalidad de gobierno» y que es, en efecto, la de todos los gobiernos y, en particular, la de todas sus cancillerías. Había adquirido en la Carrera la aversión, el temor y el desdén a los procedimientos más o menos revolucionarios —y, como mínimo, incorrectos— de la oposición. Salvo en algunos iletrados del pueblo y de la alta sociedad, para quienes la diferencia de géneros es letra muerta, lo que aproxima no es la comunidad de opiniones, sino la consanguineidad de mentalidades. Un académico del tipo de Legouvé, quien sería partidario de los clásicos, habría aplaudido de mejor grado el elogio dedicado a Victor Hugo por Maxime Du Camp o Mézières que el de Claudel a Boileau. Un mismo nacionalismo basta para acercar a Barrès a sus electores, quienes no deben de distinguir demasiado entre el Sr. Georges Berry y él, pero no a aquellos de sus colegas de la Academia que, por tener —pese a sus afinidades políticas— otra clase de mentalidad, preferirán incluso a adversarios como los Sres. Ribot y Deschanel, de quienes monárquicos fieles se sienten, a su vez, mucho más próximos, que a Maurras y a Léon Daudet, pese a que éstos también desean el regreso del Rey. El Sr. de Norpois —parco en palabras no sólo por hábito profesional de prudencia y reserva, sino también porque aquéllas tienen más valor, ofrecen más matices a hombres cuyos esfuerzos durante diez años para reconciliar a dos países se resumen, se plasman, dentro de un discurso, de un protocolo, en un simple adjetivo, en el que, pese a ser trivial, ven todo un mundo— tenía fama de muy frío en la Comisión en la que se sentaba junto a mi padre y en la que todo el mundo felicitaba a éste por la amistad de que le daba muestras el antiguo embajador. El primer asombrado de ello fue mi padre, pues, como solía ser poco amable, se había acostumbrado a no estar solicitado fuera del círculo de sus íntimos y lo reconocía con naturalidad. Tenía conciencia de que en las atenciones del diplomático había un efecto de ese punto de vista totalmente individual que cada cual adopta para decidir sus simpatías y según el cual todas las cualidades intelectuales o la sensibilidad de una persona no serán —para uno de nosotros, a quien aburre o irrita— una recomendación tan buena como la franqueza y alegría de otra que a muchos parecería una nulidad vacía y frívola. «De Norpois ha vuelto a invitarme a cenar: es extraordinario; en la Comisión, donde no tiene relaciones particulares con nadie, todos están estupefactos. Estoy seguro de que va a contarme más cosas emocionantes sobre la guerra del 70». Mi padre sabía que tal vez hubiera sido el Sr. de Norpois el único en avisar al Emperador del poder en aumento y de las belicosas intenciones de Prusia y de que Bismarck apreciaba su inteligencia muy en particular. Últimamente, en la Ópera, durante la gala ofrecida al rey Teodosio, los periódicos habían señalado la prolongada conversación que el soberano había concedido al Sr. de Norpois. «Tengo que enterarme de si esa visita del Rey tiene de verdad importancia», nos dijo mi padre, quien se interesaba mucho por la política exterior. «Sé que Norpois es muy cerrado, pero conmigo se abre muy amigablemente».
En cuanto a mi madre, el embajador tal vez no tuviera en sí mismo el tipo de inteligencia por el que se sentía más atraída y debo decir que la conversación del Sr. de Norpois era un repertorio tan completo de las formas caducas del lenguaje propias de una carrera, una clase y una época que para esa carrera y esa clase podría muy bien no estar totalmente abolida, que a veces lamento no haber conservado pura y simplemente en la memoria las palabras que lo oí pronunciar. Así, habría logrado un efecto de estilo anticuado con la misma facilidad y del mismo modo que aquel actor del Palais-Royal que, cuando le preguntaban dónde podía encontrar sus sorprendentes sombreros, respondía: «No los encuentro. Los guardo». En una palabra, creo que mi madre consideraba al Sr. de Norpois un poco «chapado a la antigua», cosa que distaba de parecerle desagradable desde el punto de vista de los modales, pero le encantaba menos en la esfera —ya que no de las ideas, pues las del Sr. de Norpois eran muy modernas— de las expresiones. Ahora bien, notaba que hablarle con admiración del diplomático que le daba muestras de una predilección tan poco común era halagar delicadamente a su marido. Al fortalecer en mi padre la buena opinión que tenía del Sr. de Norpois y, con ello, moverlo a abrigarla también de sí mismo, tenía conciencia de cumplir con aquel de sus deberes consistente en hacer agradable la vida a su esposo, como hacía cuando velaba por que la cocina fuese primorosa y el servicio silencioso, y, como era incapaz de mentir a mi padre, se entrenaba por sí misma en la admiración del embajador para poder alabarlo con sinceridad. Por lo demás, apreciaba con naturalidad su expresión de bondad, su cortesía un poco anticuada —y tan ceremoniosa, que, cuando iba caminando con su alto talle erguido y divisaba a mi madre, quien pasaba en coche, antes de descubrirse para saludarla, arrojaba lejos un puro recién comenzado—, su conversación tan mesurada, en la que hablaba de sí mismo lo menos posible y tenía siempre en cuenta lo que podía ser agradable para el interlocutor, su puntualidad tan sorprendente al responder a una carta, que, cuando mi padre acababa de enviarle una y reconocía su escritura en un sobre, lo primero que se le ocurría era que por mala suerte su correspondencia se había cruzado: parecía que en Correos hubiese recogidas suplementarias y de lujo para él. Mi madre se maravillaba de que fuese, pese a sus muchas ocupaciones, tan puntual y, pese a sus muchas relaciones, tan amable, sin pensar en que los «pese a» son siempre «porque» desconocidos y en que —así como los viejos asombran para su edad, los reyes resultan tan sencillos y los provincianos están al corriente de todo— los propios hábitos eran los que permitían al Sr. de Norpois atender a tantas ocupaciones y ser tan ordenado en sus respuestas, agradar en la alta sociedad y ser amable con nosotros. Además, el error de mi madre, como el de todas las personas demasiado modestas, estribaba en tener siempre en menos —y, por consiguiente, aparte de los demás— todo lo que le atañía. Separaba de la numerosa correspondencia diaria del amigo de mi padre la respuesta que —tan meritoriamente, en su opinión: escribiendo, como escribía, tantas cartas al día— nos había enviado con tanta rapidez, sin pensar en que se trataba de una más; tampoco se paraba a pensar en que una cena en nuestra casa era para el Sr. de Norpois uno de los innumerables actos de su vida social ni en que en otro tiempo la diplomacia había acostumbrado al embajador a considerar las cenas en la ciudad como parte de sus funciones y a mostrar un encanto inveterado, por lo que pedirle que se abstuviera de ello precisamente cuando venía a nuestra casa habría sido demasiado.
La primera cena del Sr. de Norpois en casa, un año en que yo jugaba aún en los Campos Elíseos, se me quedó grabada en la memoria, porque aquel mismo día por la tarde iba yo a ir por fin a ver a la Berma en Fedra y también porque, al platicar con el Sr. de Norpois, me di cuenta de repente y de forma nueva de hasta qué punto los sentimientos despertados en mí por todo lo relativo a Gilberte Swann y sus padres diferían de los que esa misma familia inspiraba a cualquier otra persona.
Seguramente al advertir el abatimiento en que me sumía la proximidad de las vacaciones de Navidad, durante las cuales no iba a poder —como me había anunciado ella misma— ver a Gilberte, un día mi madre, para distraerme, me dijo: «Si aún sigues deseando tanto ver a la Berma, creo que tu padre tal vez te permitiría ir al teatro: podría acompañarte la abuela».
Pero mi padre, hasta entonces tan hostil a que fuese a perder el tiempo y me expusiera a caer enfermo por algo que consideraba —para profundo escándalo de mi abuela— inútil, estaba próximo a considerar aquella velada recomendada por el embajador parte de un impreciso conjunto de recetas preciosas para el logro de una carrera brillante, porque el Sr. de Norpois le había dicho que debía dejarme ir a ver a la Berma, que era un recuerdo digno de conservar para un muchacho. Mi abuela —quien, al renunciar al provecho que, en su opinión, habría entrañado para mí ver a la Berma, había hecho un gran sacrificio en pro de mi salud— se asombró de que, por una simple propuesta del Sr. de Norpois, se pudiera dejar de protegerla. Como tenía puestas sus invencibles esperanzas de racionalista en el régimen —basado en la exposición al aire libre y el acostar temprano— que me había prescrito, deploraba como un desastre esa infracción que yo iba a cometer y decía en tono afligido: «¡Qué poco serio eres!», a mi padre, quien respondía, furioso: «¡Cómo! ¡Ahora es usted quien no quiere que vaya! ¡Hay que ver! ¡Usted, que nos repetía sin cesar que podía venirle bien!».
Pero el Sr. de Norpois había cambiado en un sentido mucho más importante para mí las intenciones de mi padre. Éste había deseado siempre que yo fuera diplomático y yo no podía soportar la idea de que, aunque estuviese algún tiempo destinado en el ministerio, corriera el riesgo de ser enviado algún día como embajador a capitales en las que Gilberte no viviría. Habría preferido volver a los proyectos literarios que en otro tiempo había concebido y abandonado en mis paseos por la parte de Guermantes, pero mi padre se había opuesto constantemente a que optara por la carrera de las letras —muy inferior, a su juicio, a la diplomacia e indigna incluso del título de carrera— hasta el día en que el Sr. de Norpois, quien no apreciaba precisamente a los agentes diplomáticos de las nuevas hornadas, le había asegurado que con la literatura podía granjearme tanta consideración, ejercer tanta influencia y conservar más independencia que en las embajadas.
«¡Pues vaya! Nunca lo habría creído: Norpois no se opone lo más mínimo a que te dediques a la literatura», me dijo mi padre. Y, como él mismo era bastante influyente y creía que nada había que no se arreglara, no encontrase solución apropiada, en la conversación de las personas importantes, añadió: «Voy a traerlo a cenar una noche de éstas, al salir de la Comisión. Hablarás un poco con él para que pueda evaluarte. Escribe algo bueno para que puedas enseñárselo; es muy amigo del director de La Revue des Deux Mondes y con lo astuto que es, conseguirá que te admitan, eso por descontado; y, fíjate, parece opinar que la diplomacia hoy...».
La felicidad que me daría no verme separado de Gilberte me infundía el deseo —pero no la capacidad— de escribir algo hermoso que pudiera enseñar al Sr. de Norpois. Tras algunas páginas preliminares, del aburrimiento se me caía la pluma de las manos, lloraba de rabia al pensar que nunca tendría talento, que no estaba dotado y ni siquiera podría aprovechar la suerte que la próxima visita del Sr. de Norpois me brindaba de permanecer siempre en París. Lo único que me distraía de mi pena era la idea de que iban a dejarme oír a la Berma, pero, así como sólo deseaba ver tormentas en las costas en que eran más violentas, tampoco habría querido oír a la gran actriz sino en uno de esos papeles clásicos en los que, según me había dicho Swann, rayaba en lo sublime, pues, cuando con la esperanza de un descubrimiento precioso deseamos recibir ciertas impresiones de la naturaleza o del arte, sentimos cierta aprensión a la hora de dejar a nuestra alma acoger en su lugar impresiones inferiores, que podrían confundirnos sobre el valor exacto de la belleza. En Andrómaca, en Los caprichos de Marianne, en Fedra, la Berma era una de esas cosas famosas que mi imaginación tanto había deseado. Si llegaba a oír algún día a la Berma recitar estos versos:
Dicen que una pronta partida os alejará de nosotros,
Señor, etc.,
iba a sentir el mismo arrobo que el día en que una góndola me llevara al pie del Tiziano de los Frari o de los Carpaccio de San Giorgio dei Schiavoni. Los conocía por su simple reproducción en blanco y negro en las ediciones impresas, pero, cuando pensaba —como en la realización de un viaje— en que los vería por fin inmersos en la atmósfera y la insolación de la voz dorada, sentía palpitaciones: un Carpaccio en Venecia, la Berma en Fedra, obras maestras del arte pictórico o dramático que el prestigio de que iban acompañadas volvía tan vivaces, es decir, tan indivisibles, que, si hubiera ido a ver cuadros de Carpaccio en una sala del Louvre o a la Berma en una obra de la que nunca hubiese oído hablar, ya no habría experimentado el mismo asombro delicioso por tener al fin los ojos abiertos ante el objeto inconcebible y único de tantos millares de mis sueños. Además, como esperaba del arte de la Berma revelaciones sobre ciertos aspectos de la nobleza, del dolor, me parecía que su grandeza, su realidad, en aquel papel debía de ser mayor, si la actriz lo superponía a una obra de un valor auténtico, en lugar de borrar, en una palabra, verdad y belleza en una trama mediocre y vulgar.
Por último, si iba a oír a la Berma en una obra nueva, no me resultaría fácil juzgar su arte, su dicción, pues no podría distinguir entre un texto que no conocería de antemano y lo que le añadirían las entonaciones y los gestos que me parecerían inseparables de él, mientras que las obras antiguas que me sabía de memoria me parecían vastos espacios reservados y listos, en los que podría apreciar con toda libertad las invenciones gracias a las cuales la Berma los cubriría, como en una pintura al fresco, con perpetuos hallazgos de su inspiración. Por desgracia, llevaba años —desde que había abandonado los grandes escenarios y brindaba el éxito a un teatro de vodevil cuya estrella era— sin interpretar obras clásicas y en vano consultaba yo las carteleras: siempre anunciaban obras muy recientes, compuestas expresamente para ella por autores de moda, cuando una mañana, al buscar en la columna de los teatros las sesiones de tarde de la semana de Año Nuevo, vi por primera vez —como final de función, después de una obra introductoria probablemente insignificante y cuyo título me pareció opaco, porque anunciaba todos los detalles de una acción que yo ignoraba— dos actos de Fedra, con la Sra. Berma, y en las tardes siguientes El mundo galante, Los caprichos de Marianne, nombres que, como el de Fedra, eran para mí —de tanto como me conocía la obra— transparentes, colmados de pura claridad, iluminados hasta el fondo por una sonrisa artística. Me parecieron infundir nobleza a la propia Sra. Berma, cuando leí en los periódicos, después del programa de esas funciones, que había sido ella quien había decidido mostrarse de nuevo ante el público en algunas de sus antiguas creaciones. Así, pues, la artista sabía que ciertos papeles tienen un interés que sobrevive al carácter de su aparición o al éxito de su reposición, las consideraba —interpretadas por ella— obras maestras de museo que podía resultar instructivo volver a mostrar ante los ojos de la generación que la había admirado en ellas o de la que no la había visto. Al anunciar así —entre obras exclusivamente destinadas a hacer pasar el tiempo de una velada— Fedra, cuyo título no era más largo que los suyos y no estaba impreso en caracteres diferentes, añadía como el sobreentendido de una señora de su casa que, al presentarnos a sus comensales en el momento de sentarse a la mesa, nos dice entre nombres de invitados que son simples invitados y con el tono con que ha citado a los otros: el Sr. Anatole France.
El médico que me atendía —el que me había prohibido viajar— desaconsejó a mis padres que me dejaran ir al teatro: volvería enfermo, tal vez para mucho tiempo, y, a fin de cuentas, me daría más sufrimiento que placer. Ese temor habría podido disuadirme, si lo que hubiera esperado de semejante representación hubiese sido tan sólo un placer que un sufrimiento posterior puede, en una palabra, anular por compensación, pero lo que yo pedía a esa sesión de tarde era —como al viaje a Balbec, al viaje a Venecia, que tanto había deseado— algo muy distinto de un placer: verdades pertenecientes a un mundo más real que aquel en el que vivía y de cuya adquisición, una vez lograda, no podrían privarme accidentes insignificantes —aunque fueran dolorosos para mi cuerpo— de mi ociosa existencia. Como máximo, el placer que me brindara la función me parecía la forma tal vez necesaria de la percepción de dichas verdades y era suficiente para que desease que las indisposiciones predichas no comenzaran hasta después de concluida la representación a fin de que no la comprometieran ni falseasen. Imploré a mis padres, que, después de la visita del médico, ya no querían dejarme ir a ver Fedra. Me recitaba sin cesar este parlamento:
Dicen que una pronta partida os alejará de nosotros...
buscando todas las entonaciones con las que se podía pronunciar para calibrar mejor lo inesperado en aquella con la que la Berma acertara. La divina Belleza que debía revelarme el arte de la Berma —escondida, como el sanctasanctórum, tras el telón que me la ocultaba, por lo que yo le atribuía a cada momento un aspecto nuevo, según las palabras de Bergotte, en el opúsculo recuperado por Gilberte, que me venían a la mente: «nobleza plástica, cilicio cristiano, palidez jansenista, princesa de Trézène y de Clèves, drama micénico, símbolo délfico, mito solar»— reinaba, noche y día, en un altar perpetuamente iluminado en el fondo de mi alma, sobre la cual mis padres, severos y livianos, iban a decidir si encerraría o no, y para siempre, las perfecciones de la Diosa revelada en aquel mismo lugar en que se alzaba su forma invisible y, con los ojos clavados en la imagen inconcebible, luchaba de la mañana a la noche contra los obstáculos que mi familia me oponía, pero, cuando éstos hubieron caído, cuando mi madre —aunque aquella sesión de tarde coincidiera precisamente con el día de la sesión de la Comisión después de la cual mi padre iba a traer al Sr. de Norpois a cenar— me hubo dicho: «Bueno, mira, no queremos apenarte: si crees que te dará tanto placer, tendrás que ir», cuando aquel día de teatro, hasta entonces prohibido, ya sólo dependió de mí, me pregunté por primera vez —al no tener ya que ocuparme de que dejara de ser imposible— si era deseable, si no deberían haberme hecho renunciar a ella otras razones distintas de la prohibición de mis padres. Primero, tras haber detestado su crueldad, su consentimiento me los volvía tan queridos, que la idea de causarles pena me la causaba a mí mismo, con lo que ya no me parecía objetivo de la vida la verdad, sino el cariño y aquélla ya no me parecía buena o mala sino en la medida en que mis padres fueran felices o desgraciados. «Si va a afligiros, preferiría no ir», dije a mi madre, quien, al contrario, se esforzaba por disiparme ese recelo de que pudiera entristecerla, pues, según ella, me amargaría el placer que me daría Fedra y por consideración del cual mi padre y ella habían decidido revocar la prohibición, pero entonces esa como obligación de sentir placer me parecía muy gravosa, y, además, si volvía enfermo, ¿me curaría lo bastante aprisa para poder ir a los Campos Elíseos, una vez acabadas las vacaciones, en cuanto volviera a ellos Gilberte? Con todas aquellas razones confrontaba yo —para decidir lo que debía primar— la idea —invisible tras su velo— de la perfección de la Berma. Yo colocaba en uno de los platillos de la balanza «notar a mamá triste, correr el riesgo de no poder ir a los Campos Elíseos» y en el otro «palidez jansenista, mito solar», pero esas propias palabras acababan desdibujándose en mi mente, no me decían ya nada, perdían todo peso; mis vacilaciones se iban volviendo poco a poco tan dolorosas, que, si entonces hubiera optado por el teatro, ya sólo habría sido para hacer que cesaran y verme liberado de ellas de una vez por todas. Para abreviar mi sufrimiento y ya no con la esperanza de un provecho intelectual y cediendo al atractivo de la perfección, no me habría dejado conducir hasta la Diosa de la Sabiduría, sino hasta la implacable divinidad sin rostro y sin nombre con la que la habían substituido subrepticiamente bajo su velo, pero de pronto todo cambió: mi deseo de ir a ver a la Berma recibió un nuevo latigazo que me permitió esperar con impaciencia y alborozo aquella «sesión de tarde»; tras haber ido a hacer ante la columna de los teatros mi parada cotidiana —desde hacía poco tan cruel— de estilita, había visto —húmedo aún— el cartel detallado de Fedra que acababan de pegar por primera vez (y en el que, a decir verdad, el resto del reparto no me aportaba ningún atractivo nuevo que pudiera hacerme decidir). Ahora bien, daba a uno de los fines entre los cuales oscilaba mi indecisión una forma más concreta y —como el cartel no llevaba la fecha del día en que yo lo leí, sino la de aquel en que se celebraría la representación y de la hora incluso a la que se alzaría el telón— más inminente, ya en vías de realización, hasta el punto de hacerme saltar de alegría ante la columna al pensar que aquel día, exactamente a aquella hora, estaría listo para oír a la Berma, sentado en mi butaca y, por miedo a que mis padres no tuvieran ya tiempo de encontrar dos buenas localidades para mi abuela y para mí, volví a casa a todo correr, espoleado por aquellas palabras mágicas que habían substituido en mi pensamiento a «palidez jansenista» y «mito solar»: «Las señoras no serán admitidas en el patio de butacas con sombrero; a las dos de la tarde se cerrarán las puertas».
Aquella primera sesión de tarde fue —¡ay!— una gran decepción. Mi padre nos propuso dejarnos a mi abuela y a mí en el teatro camino de su Comisión. Antes de salir de casa, dijo a mi madre: «Procura que haya una buena cena, recuerda que voy a traer a De Norpois». Mi madre no lo había olvidado y, desde la víspera, Françoise —feliz de entregarse a ese arte de la cocina, para el que tenía, sin lugar a dudas, un don, y estimulada, por lo demás, por el anuncio de un comensal nuevo y sabiendo que debería preparar, con un método suyo exclusivo, «carne de vaca con gelatina»— vivía en la efervescencia de la creación; como atribuía extrema importancia a la calidad intrínseca de los materiales que debían entrar en la preparación de su obra, iba personalmente al mercado de Les Halles a buscar los mejores trozos de lomo y jarrete de vaca, de pie de ternera, así como Miguel Ángel pasó ocho meses en las montañas de Carrara eligiendo los bloques de mármol más perfectos para el monumento a Julio II. Françoise desplegaba en aquellas idas y venidas tal entusiasmo, que mamá, al ver su rostro encendido, temía que nuestra vieja sirvienta cayera enferma de agotamiento, como el autor del mausoleo de los Médicis en las canteras de Pietrasanta, y ya en la víspera había enviado a asar en el horno de la panadería, protegido con miga de pan, como con mármol rosa, lo que ella llamaba jamón de «Neu» York. Por considerar la lengua menos rica de lo que es y sus propios oídos poco seguros, seguramente la primera vez que había oído hablar de jamón de York había creído —al considerar de una prodigalidad inverosímil en el vocabulario que pudieran existir a la vez York y Nueva York— haber entendido mal y que habían querido decir el nombre que ya conocía. Por eso, desde entonces las palabras «de York» iban precedidas en sus oídos o ante sus ojos, si leía un anuncio, de «New», que pronunciaba «Neu», y con la mejor fe del mundo decía a la chica de la cocina: «Vaya a buscarme jamón a donde Olida. La señora me ha insistido en que sea de Neu York». Aquel día, mientras que Françoise tenía la ardiente certidumbre de los grandes creadores, a mí se me había reservado la cruel inquietud del investigador. Desde luego, mientras no hube oído a la Berma, sentí placer. Lo sentí en la placita que precedía al teatro y cuyos desnudos castaños iban a brillar, unas horas después, con reflejos metálicos en cuanto los faroles de gas encendidos iluminaran los detalles de sus ramajes, como también delante de los porteros, cuya elección, ascenso y suerte dependían de la gran artista —la única que tenía poder en aquella administración a cuya cabeza se sucedían obscuros directores efímeros y puramente nominales— y que tomaron nuestros boletos sin mirarnos, centrados como estaban en comprobar si se habían transmitido, en efecto, todas las prescripciones de la Sra. Berma al personal nuevo, si había quedado bien claro que la claque no debía aplaudirla a ella en ningún momento, si estaban las ventanas abiertas, mientras no hubiera salido a escena, y hasta la última puerta cerrada después, y si había un tarro de agua caliente disimulado cerca de ella para que cayera el polvo del escenario. Dentro de un momento su coche, tirado por dos caballos de largas crines, iba a detenerse, en efecto, delante del teatro, ella se apearía envuelta en pieles y, respondiendo con gesto huraño a los saludos, enviaría a una de sus doncellas a informarse sobre el palco de proscenio reservado para sus amigos, la temperatura de la sala, la composición de los palcos, la vestimenta de las acomodadoras, pues teatro y público no eran para ella sino un segundo traje más exterior en el que entraría y el medio mejor o peor conductor que su talento habría de cruzar. Fui feliz también en la propia sala; desde que sabía que —contrariamente a lo que me habían representado por tanto tiempo mis imaginaciones infantiles— sólo había un escenario para todo el mundo, pensaba que los demás espectadores nos impedirían ver bien, como en medio de una multitud; ahora bien, me di cuenta de que gracias a una disposición que es como el símbolo de toda percepción, cada cual se siente, al contrario, el centro del teatro, con lo que comprendí por qué, cierta vez que habían enviado a Françoise a ver un melodrama en la tercera galería, había asegurado a su regreso que su sitio era el mejor posible y, en lugar de sentirse demasiado lejos, se había visto intimidada por la misteriosa y viva proximidad del telón. Mi placer aumentó aún más cuando empecé a distinguir, tras dicho telón bajado, ruidos confusos como los que se oyen bajo la cáscara de un huevo, cuando el pollito va a salir, que no tardaron en aumentar y de pronto —de esa forma impenetrable a nuestra mirada, pero que nos veía con la suya— se dirigieron indudablemente a nosotros en la imperiosa forma de tres golpes tan emocionantes como las señales procedentes del planeta Marte, y, cuando —una vez alzado aquel telón— un escritorio y una chimenea, bastante comunes y corrientes, por lo demás, significaron que los personajes que iban a entrar no serían actores que hubieran acudido a recitar, como yo había visto en una velada, sino hombres viviendo en su casa un día de su vida en la que yo penetraba mediante efracción sin que pudieran verme, persistió mi placer; fue interrumpido por una breve inquietud: justo cuando aguzaba yo el oído antes de que comenzara la representación, entraron en escena dos hombres, muy irritados, porque hablaban lo bastante fuerte para que en aquella sala con más de mil espectadores se distinguieran todas sus palabras, mientras que en un café pequeño hemos de preguntar al camarero qué dicen dos personas que están discutiendo, pero en el mismo instante —asombrado de que el público los escuchara sin protestar, sumergido como estaba en un silencio unánime en el que no tardaron en ir a chapotear una risa aquí, otra allá— comprendí que aquellos insolentes eran los actores y que acababa de comenzar la obrita introductoria. Le siguió un entreacto tan largo, que los espectadores, de vuelta en sus asientos, se impacientaban, pateaban. Me asustaron, pues, así como —cuando leía yo en la crónica de un proceso que un hombre de buen corazón iba a ir, sin tener en cuenta sus intereses, a prestar testimonio a favor de un inocente— siempre temía que no se portaran bastante bien con él, que no se lo agradeciesen lo suficiente, que no lo recompensaran con creces y que, descorazonado, se pusiera de parte de la injusticia, así también temía —y con ello asimilaba el genio a la virtud— que la Berma, despechada por los malos modales de un público tan descortés —en el que me habría gustado que, al contrario, reconociera con satisfacción a algunas celebridades a cuyo juicio hubiese atribuido importancia—, le expresara su contrariedad y su desdén actuando mal y miraba con expresión suplicante a aquellos brutos pateadores que con su furia iban a desbaratar la frágil y preciosa impresión que había ido yo a buscar. Por último, mis momentos postreros de placer correspondieron a las primeras escenas de Fedra. El personaje de Fedra no aparece en ese comienzo del segundo acto y, sin embargo, desde que se alzó el telón y se retiró otro de terciopelo rojo, que desdoblaba la profundidad del escenario en todas las obras en las que actuaba la estrella, entró por el fondo una actriz de rostro y voz como los de la Berma, según me los habían descrito. Debían de haber cambiado el reparto, toda la atención que yo había puesto para estudiar el papel de la mujer de Teseo resultaba inútil, pero otra actriz dio la réplica a la primera. Debía de haberme equivocado al considerarla la Berma, pues la segunda se le parecía aún más y tenía —más que la otra— su dicción. Por lo demás, las dos añadían a su papel gestos nobles —que yo distinguía claramente y cuya relación con el texto comprendía, mientras ellas elevaban sus bellos peplos— y también entonaciones ingeniosas —ora apasionadas, ora irónicas— que me hacían comprender el significado de un verso leído en mi casa sin prestar demasiada atención a lo que quería decir, pero de repente, al apartarse el telón rojo del santuario, como en un bastidor, apareció una mujer y al instante —por el miedo que sentí, mucho más ansioso que el que pudiera sentir la Berma, a que la molestaran abriendo una ventana, a que alterasen el sonido de una de sus palabras al chafar un programa, a que la indispusiesen aplaudiendo a sus compañeras y no aplaudiéndola lo suficiente a ella, por mi consideración, más absoluta aún que la de la Berma, desde aquel instante, de la sala, del público, de los actores, de la obra y de mi propio cuerpo como simple medio acústico que sólo tenía importancia en la medida en que era favorable para las inflexiones de aquella voz— comprendí que las dos actrices a las que admiraba desde hacía unos minutos no presentaban semejanza alguna con aquella a quien había ido a ver. Al mismo tiempo, todo mi placer había cesado; ya podía clavar mis ojos en la Berma, aguzar los ojos, los oídos, la mente, para que no se me escapara nada, que no conseguía recoger ni una migaja de las razones que me daría para admirarla. Ni siquiera podía distinguir en su dicción y en su arte —como tampoco en los de sus compañeras— entonaciones inteligentes, gestos hermosos. La escuchaba como si estuviera leyendo Fedra o como si la propia Fedra hubiese dicho en aquel momento las cosas que yo oía, sin que el talento de la Berma pareciese haberles añadido nada. Me habría gustado detener, inmovilizar, un buen rato ante mí cada una de las entonaciones de la artista, cada una de las expresiones de su fisionomía, para poder profundizar en ellas, para intentar descubrir la belleza que había en ella; al menos intentaba —a fuerza de agilidad mental, teniendo preparada la atención antes de que pronunciara un verso— no distraer en preparativos ni un segundo de la duración de cada palabra, de cada gesto, y, gracias a la intensidad de mi atención, llegar a penetrar en ellos tan profundamente como lo habría hecho si hubiese dispuesto de horas para ello, pero, ¡qué breve era esa duración! Apenas recibía mi oído un sonido, cuando ya lo substituía otro. En una escena en que la Berma permanece un instante inmóvil, con el brazo alzado a la altura de su rostro, inmersa gracias a un artificio de la iluminación en una luz verdosa, delante del decorado que representa el mar, la sala prorrumpió en aplausos, pero la actriz había cambiado ya de sitio y el cuadro que me habría gustado estudiar había dejado de existir. Dije a mi abuela que no veía bien y me pasó sus gemelos. Ahora bien, cuando creemos en la realidad de las cosas, valernos de un medio artificial para que nos las muestre no equivale del todo a sentirnos cerca de ellas. Me parecía que ya no era a la Berma a quien veía, sino su imagen en el cristal de aumento. Aparté los gemelos, pero tal vez la imagen que recibían mis ojos, disminuida por la lejanía, no fuese más exacta: ¿cuál de las dos era la Berma auténtica? En cuanto a la declaración a Hipólito, había puesto muchas esperanzas en ese pasaje, en el que, a juzgar por el significado ingenioso que sus compañeras me revelaban en todo momento en partes menos hermosas, tendría sin duda entonaciones más sorprendentes que las que, al leer la obra en mi casa, había intentado imaginar, pero ni siquiera alcanzó las que Enone o Aricia habrían encontrado, aplanó con una melopea uniforme todo el parlamento, en el que quedaron confundidas oposiciones, pese a ser tan marcadas, cuyo efecto una actriz trágica mínimamente inteligente, incluso alumnas de instituto, no habrían descuidado; por lo demás, lo declamó tan deprisa, que hasta llegar al último verso no tomó conciencia mi mente de la monotonía que había impuesto voluntariamente a los primeros.
Por fin, estalló mi primer sentimiento de admiración: lo provocaron los aplausos frenéticos de los espectadores. Sumé a ellos los míos e intenté prolongarlos para que, al superarse la Berma, agradecida, pudiera yo tener la certeza de haberla visto en uno de sus mejores días. Lo que, por lo demás, resulta curioso es que en el momento en que se desencadenó aquel entusiasmo del público fue, como supe después, aquel en que la Berma ofrece uno de sus más bellos hallazgos. Parece que ciertas realidades transcendentes emiten en derredor rayos a los que la multitud es sensible. Así, por ejemplo, cuando se produce un acontecimiento —cuando en la frontera un ejército está en peligro o derrotado o victorioso—, las noticias bastante confusas que se reciben y de las que el hombre culto no sabe extraer gran cosa infunden a la multitud una emoción que la sorprende y en la que —una vez puesta al corriente por los expertos de la verdadera situación militar— reconoce la percepción por el pueblo de esa «aura» que envuelve los grandes acontecimientos y puede resultar visible a centenares de kilómetros. Nos enteramos de la victoria a posteriori, cuando la guerra ha acabado, o en seguida, al ver la alegría de la portera. Descubrimos un rasgo genial del arte de la Berma ocho días después de haberla visto, por la crítica, o en el momento, por las aclamaciones del patio de butacas, pero, como ese conocimiento inmediato de la multitud se mezclaba con otros cien erróneos, los aplausos no estaban la mayoría de las veces justificados, aparte de que los provocaba mecánicamente la fuerza de los aplausos anteriores, así como en una tormenta, una vez agitado el mar lo bastante, sigue aumentando, aunque no lo haga el viento. El caso es que, a medida que aplaudía, me parecía que la Berma había actuado mejor. «Al menos», decía a mi lado una mujer bastante corriente, «ésa se desvive, se da unos golpes como para hacerse daño, corre: hay que ver, eso es actuar». Y, feliz de descubrir esas razones de la superioridad de la Berma, sin por ello dejar de dudar que la explicaran, como tampoco explica la de La Gioconda o la del Perseo de Benvenuto la exclamación de un campesino: «¡La verdad es que está bien hecho! ¡Todo de oro! ¡Y bonito! ¡Qué trabajo!», compartí, embriagado, el vino peleón de aquel entusiasmo popular, pero no por ello dejé de sentirme, al caer el telón, decepcionado de que aquel placer tan deseado no hubiera sido mayor y al mismo tiempo la necesidad de prolongarlo, de no abandonar nunca, al salir de la sala, aquella vida del teatro que durante unas horas había sido la mía y de la que me habría separado como en una partida para el exilio, al volver directamente a casa, si no hubiera esperado enterarme de muchas cosas sobre la Berma por mediación de su admirador, al que debía el permiso de ir a ver Fedra: el Sr. de Norpois. Me lo presentó antes de cenar mi padre, quien me llamó para ello a su despacho. A mi entrada, el embajador se levantó, me tendió la mano, inclinó su alto talle y clavó en mí una mirada atenta de sus azules ojos. Como los extranjeros de paso que le presentaban, en la época en que representaba a Francia, eran personas —incluso cantantes conocidos— más o menos insignes y sabía entonces que más adelante, cuando pronunciaran su nombre en París o en San Petersburgo, podría decir que recordaba perfectamente la velada pasada con ellos en Munich o en Sofía, había adquirido la costumbre de indicarles con su afabilidad la satisfacción de conocerlos, pero, además —convencido de que en la vida de las capitales, en contacto con individualidades interesantes que por ellas pasan y a la vez con los usos del pueblo que las habita, se adquiere un conocimiento profundo, y que los libros no brindan, de la historia, la geografía, las costumbres de las diferentes naciones, del movimiento intelectual de Europa—, ejercía con todos los recién llegados sus facultades de agudo observador para saber en seguida ante qué especie de hombre se encontraba. El Gobierno no había vuelto a asignarle un puesto en el extranjero, pero, en cuanto le presentaban a alguien, sus ojos, como si no hubieran recibido notificación de su paso a la situación de excedente, empezaban a observar con provecho, al tiempo que con toda su actitud procuraba mostrar que el nombre del extraño no le resultaba desconocido. Por eso, al tiempo que me hablaba con tono bondadoso y con el aire de importancia de un hombre consciente de su inmensa experiencia, no cesaba de examinarme con una curiosidad sagaz y provecho para él, como si hubiera sido yo un uso exótico, un monumento instructivo o una estrella de gira, y, así, mostraba para conmigo a la vez la majestuosa amabilidad del sabio Mentor y la curiosidad estudiosa del joven Anacarsis.
No me ofreció absolutamente nada para La Revue des Deux Mondes, pero me formuló varias preguntas sobre mi vida y mis estudios, sobre mis gustos, de los que oí hablar por primera vez como si pudiese ser razonable satisfacerlos, cuando hasta entonces yo había creído que existía el deber de contrariarlos. Como me inclinaban hacia la literatura, no me desvió de ella; al contrario, me habló al respecto con deferencia, como de una persona venerable y encantadora de cuyo selecto círculo, en Roma o en Dresde, hubiera conservado el mejor recuerdo y lamentara volver a ver tan raras veces por culpa de las necesidades de la vida. Parecía envidiarme —sonriendo con aire casi pillín— los buenos momentos que, más feliz y libre que él, me haría pasar, pero los propios términos que empleaba me mostraban la Literatura como demasiado diferente de la idea que me había hecho yo de ella en Combray y comprendí que había tenido doble motivo para renunciar a ella. Hasta entonces tan sólo me había dado cuenta de que no tenía el don de la escritura; ahora el Sr. de Norpois me quitaba incluso el deseo de practicarla. Quise explicarle lo que había soñado; temblando de emoción, procuré escrupulosamente que todas mis palabras fueran el equivalente más sincero posible de lo que había sentido y nunca había intentado formular, es decir, que mis palabras carecieron de la menor claridad. Mientras le exponían algo, el Sr. de Norpois —ya fuera por hábito profesional o en virtud de la calma que, sabiendo que conservará en sus manos el dominio de la conversación, deja al interlocutor agitarse, esforzarse, padecer a gusto o para hacer valer el carácter de su rostro (según él, griego, pese a sus grandes patillas)— conservaba una inmovilidad en el rostro tan absoluta como si su interlocutor hablara ante un busto antiguo —y sordo— en una gliptoteca. De repente, cayendo como el martillo del subastador o como un oráculo de Delfos, la voz del embajador, al responderte, te impresionaba tanto más cuanto que nada en su rostro hacía sospechar la clase de impresión que le habías causado ni el dictamen que iba a emitir.
«Precisamente», me dijo de pronto —como si fuera caso juzgado y después de haberme dejado farfullar ante unos ojos inmóviles que no se desviaban de mí ni un instante—, «el hijo de uno de mis amigos es mutatis mutandis como usted» (y adoptó para hablar de nuestras comunes disposiciones el mismo tono tranquilizador que si, en lugar de para la literatura, hubieran sido para el reumatismo y hubiese querido demostrarme que no se trataba de una enfermedad mortal), «conque ha preferido dejar el Quai d’Orsay, pese a tener ya trazado en él todo el camino por su padre y, sin preocuparse del qué dirán, se ha puesto a componer. La verdad es que no tiene motivo para arrepentirse. Hace dos años publicó —por lo demás, es mucho mayor que usted, desde luego— una obra relativa al sentimiento del infinito en la ribera occidental del lago Victoria-Nyanza y este año un opúsculo menos importante, pero redactado con pluma ágil, a veces acerada incluso, sobre el fusil de repetición en el ejército búlgaro, que le han granjeado una reputación sin par. Ya ha avanzado de lo lindo, no es hombre que se detenga a medio camino y sé que, sin que se haya expresado la idea de una candidatura, han sacado a relucir su nombre dos o tres veces en la conversación y de forma no desfavorable precisamente en la Academia de Ciencias Morales. En una palabra, si bien no se puede decir aún que esté en el pináculo, ha conquistado, luchando denodadamente, una estupenda posición y el éxito, que no siempre sonríe a los alborotadores y a los enredadores, a los folloneros, casi siempre embaucadores, ha recompensado su esfuerzo».
Mi padre, quien ya me veía académico al cabo de unos años, exhalaba una satisfacción que el Sr. de Norpois llevó a su culmen cuando, tras un instante de vacilación durante el cual pareció calcular las consecuencias de su acto, me dijo, al tiempo que me entregaba su tarjeta: «Conque vaya a verlo de mi parte y él podrá darle consejos útiles», palabras con las que me causó una desazón tan fuerte como si me hubiera anunciado que el día siguiente me embarcaría como grumete a bordo de un velero.
Mi tía Léonie me había nombrado heredero —al tiempo que de muchos objetos y muebles muy incómodos— de casi toda su fortuna líquida, con lo que reveló después de su muerte un afecto por mí que yo no había sospechado durante su vida. Mi padre, quien debía administrar dicha fortuna hasta mi mayoría de edad, consultó al Sr. de Norpois sobre ciertas inversiones. Éste aconsejó títulos de poco rendimiento, pero, a su juicio, particularmente sólidos, sobre todo los «consolidados» ingleses y el cuatro por ciento ruso. «Con esos valores de primera», dijo el Sr. de Norpois, «si bien el rendimiento no es muy elevado, al menos tiene usted la seguridad de no ver nunca disminuir el capital». Por lo demás, mi padre le dijo, en líneas generales, lo que había comprado. El Sr. de Norpois puso una imperceptible sonrisa de felicitación: como todos los capitalistas, consideraba la fortuna cosa envidiable, pero le parecía más delicado felicitar tan sólo por una señal de inteligencia apenas confesada a propósito de la poseída; por otra parte, como él mismo era inmensamente rico, consideraba de buen gusto parecer juzgar considerables las rentas ajenas inferiores, al tiempo que volvía, alegre y sereno, con el pensamiento a la superioridad de las suyas. En cambio, no vaciló en felicitar a mi padre por la «composición» de su cartera, «de un gusto muy seguro, muy delicado, muy fino». Era como para pensar que atribuía a las relaciones de los valores bursátiles entre sí e incluso en sí mismos algo así como un mérito estético. De uno, bastante nuevo y desconocido, del que mi padre le habló, el Sr. de Norpois, como quienes han leído libros que creíamos ser los únicos en conocer, le dijo: «Pues sí, durante un tiempo me divertí siguiendo su cotización: era interesante», con la sonrisa retrospectivamente cautivada de un subscriptor que ha leído la última novela por entregas de una revista. «No le desaconsejaría subscribir la emisión que se va a lanzar próximamente. Es atractiva, pues ofrecen los títulos a precios tentadores». En cambio, respecto de ciertos valores antiguos, mi padre, como ya no recordaba exactamente sus nombres, fáciles de confundir con los de acciones similares, abrió un cajón y enseñó los propios títulos al embajador. Su visión me encantó: estaban adornados con agujas de catedrales y figuras alegóricas, como ciertas antiguas publicaciones románticas por mí hojeadas en tiempos. Todo lo que pertenece a una misma época se parece; los artistas que ilustran los poemas de una época son los mismos a quienes las sociedades financieras contratan y nada hace pensar tanto a ciertas entregas de Nuestra Señora de París y de obras de Gérard de Nerval, exhibidas en el escaparate de la tienda de ultramarinos de Combray, como una acción nominal —en su recuadro rectangular y florido, que sostenían divinidades fluviales— de la Compañía de Aguas.
Mi padre sentía por una clase de inteligencia como la mía un desprecio suficientemente corregido por el cariño para que su sentimiento sobre todo lo que yo hacía fuera, en resumidas cuentas, una indulgencia ciega. Por eso, no vaciló en enviarme a buscar un poemilla en prosa por mí compuesto en Combray al regreso de un paseo. Lo había escrito con una exaltación que comunicaba —me parecía— a quienes lo leyeran, pero no debió de convencer al Sr. de Norpois, pues me lo devolvió sin decir palabra.
Mi madre, llena de respeto por las ocupaciones de mi padre, vino a preguntar, tímida, si podía ordenar que empezaran a servir. Temía interrumpir una conversación en la que no debía inmiscuirse y, en efecto, en todo momento mi padre recordaba al marqués alguna medida útil que habían decidido apoyar en la próxima sesión de la Comisión y lo hacía con el tono particular que adoptan juntos en un medio diferente —semejantes en eso a colegiales— dos colegas a quienes sus hábitos profesionales crean recuerdos comunes a los que no tienen acceso los demás y a los que se refieren excusándose delante de profanos.
Pero la perfecta independencia de los músculos del rostro que el Sr. de Norpois había logrado le permitía escuchar sin parecer oír. Mi padre acababa embrollándose: «Había pensado solicitar el dictamen de la Comisión...», decía al Sr. de Norpois, después de largos preámbulos. Entonces del rostro del aristocrático virtuoso que había conservado la inercia de un instrumentista antes de que llegue el momento de ejecutar su parte, salía con caudal uniforme, en tono agudo y como si se limitara a acabar, pero confiada esa vez a otro timbre, la frase iniciada: «Que, naturalmente, no dudará usted en convocar, tanto más cuanto que conoce individualmente a sus miembros, quienes pueden desplazarse con facilidad». Evidentemente, no era en sí misma una terminación de lo más extraordinaria. Pero la inmovilidad que la había precedido la hacía destacar con la nitidez cristalina, la subitaneidad casi maliciosa, de esas frases mediante las cuales el piano, hasta entonces silencioso, replica, en el momento oportuno, al violoncelo que acabamos de oír, en un concierto de Mozart.
«Bueno, ¿qué? ¿Te ha gustado la sesión teatral?», me preguntó mi padre, mientras pasábamos a la mesa para que me luciera y pensando que mi entusiasmo me haría quedar bien ante el Sr. de Norpois. «Ha ido esta tarde a ver a la Berma, ¿recuerda que hablamos de ello?», dijo volviéndose hacia el diplomático con el mismo tono de alusión retrospectiva, técnica y misteriosa que si se hubiera tratado de una sesión de la Comisión.
«Debe de haberle encantado, sobre todo si era la primera vez que la veía. Su señor padre temía las consecuencias que esa escapadita podía tener en su salud, pues, según creo, está usted un poco delicado, un poco débil, pero yo lo tranquilicé. Hoy los teatros ya no son lo que eran hace tan sólo veinte años. Hay butacas más o menos cómodas, una atmósfera renovada, aunque aún nos falte mucho para llegar al nivel de Alemania e Inglaterra, que, a ese respecto, como en muchas otras esferas, nos llevan un adelanto enorme. Yo no he visto a la Berma en Fedra, pero he oído decir que estaba admirable, conque, ¿le habrá encantado, naturalmente?».
El Sr. de Norpois era mil veces más inteligente que yo, debía de conocer esa verdad que yo no había sabido extraer del arte de la Berma e iba a descubrírmela: al responder a su pregunta, iba a rogarle que me dijera en qué consistía esa verdad y así justificaría el deseo por mí sentido de ver a aquella actriz. Sólo disponía de un momento, debía aprovechar y orientar mi interrogatorio hacia los aspectos esenciales, pero, ¿cuáles eran? Centrando mi atención por entero en mis impresiones, tan confusas, y sin pensar en modo alguno en granjearme la admiración del Sr. de Norpois, sino en obtener de él la verdad deseada, yo no intentaba substituir las palabras que me faltaban por frases hechas, sino que balbuceé y, al final, para intentar incitarlo a declarar lo que de admirable tenía la Berma, le confesé que me había decepcionado.
«Pero, ¡cómo!», exclamó mi padre, contrariado por la lamentable impresión que el reconocimiento de mi incomprensión podía causar al Sr. de Norpois. «¿Cómo puedes decir que no te ha dado placer? Según nos ha contado tu abuela, no te perdías ni una palabra de lo que decía la Berma, se te salían los ojos de las órbitas, eras el único con esa actitud en la sala».
«Pues claro, escuchaba con la mayor atención para ver lo que de tan extraordinario tenía. Desde luego, está muy bien...».
«Pues, si está muy bien, ¿qué más quieres?».
«Una de las cosas que sin lugar a dudas contribuyen al éxito de la Sra. Berma», dijo el Sr. de Norpois, al tiempo que se volvía, muy atento, hacia mi madre para no dejarla fuera de la conversación y cumplir concienzudamente con su deber de cortesía para con la señora de la casa, «es el perfecto gusto que demuestra en la elección de sus papeles y con el que se granjea siempre un rotundo éxito y de buena ley. Raras veces interpreta mediocridades. Ya ven, ha acometido el papel de Fedra. Por lo demás, ese gusto lo demuestra en sus trajes, en su arte. Aunque haya hecho frecuentes y fructíferas giras por Inglaterra y América, no se le ha pegado la vulgaridad —no voy a decir de John Bull, pues sería una afirmación injusta, al menos referida a la Inglaterra victoriana, sino— del tío Sam. Nunca colores demasiado chillones, gritos exagerados, y, además, esa admirable voz que tan bien le sirve y con la que juega a las mil maravillas: ¡como un músico!, siento la tentación de decir».
Mi interés por el arte de la Berma no había cesado de aumentar desde que había concluido la representación, porque ya no sufría la presión y los límites de la realidad, pero experimentaba la necesidad de encontrarle explicaciones; además, había recaído con igual intensidad, mientras actuaba la Berma, sobre todo lo que ofrecía, en la indivisibilidad de la vida, a mis ojos, a mis oídos; nada había separado ni distinguido; por eso, se alegró de descubrir una causa razonable en esos elogios sobre la sencillez, el buen gusto, de la artista, los atraía hacia sí con su capacidad de absorción, se apoderaba de ellos como el optimismo de un hombre embriagado de las acciones de su vecino en las que encuentra un motivo de enternecimiento. «Es cierto», me decía yo: «¡Qué hermosa voz! ¡Qué ausencia de gritos! ¡Qué trajes tan sencillos! ¡Qué inteligencia al haber ido a elegir Fedra! No, no me ha defraudado».
La vaca fría con zanahorias hizo su aparición, extendida por el Miguel Ángel de nuestra cocina sobre enormes cristales de gelatina semejantes a bloques de cuarzo transparente.
«Tiene usted un cocinero de primera, señora», dijo el Sr. de Norpois. «Y ya es decir. Yo, que en el extranjero hube de mantener cierto nivel en la casa, sé lo difícil que suele ser encontrar un cocinero perfecto. Nos ha convidado usted a un auténtico ágape».
Y, en efecto, Françoise, excitadísima con la ambición de lograr para un invitado ilustre una cena por fin plagada de dificultades dignas de ella, se había tomado una molestia a la que ya había renunciado cuando estábamos solos y había recuperado su incomparable estilo de Combray.
«Esto es lo que no se puede conseguir en un restaurante —y me refiero a los mejores—: un estofado de vaca en el que la gelatina no huele a cola y la vaca ha adquirido el perfume de las zanahorias; ¡es admirable! Permítame repetir», añadió haciendo una seña para indicar que quería más gelatina. «Me gustaría juzgar ahora a su Vatel con un plato muy diferente: me gustaría verlo lidiar, por ejemplo, con la vaca al estilo Stroganof».
El Sr. de Norpois, para contribuir también él al encanto del banquete, nos brindó diversas historias con las que a menudo deleitaba a sus colegas de carrera: citando ora un período ridículo pronunciado por un político en quien era algo habitual y que los hacía largos y llenos de imágenes incoherentes ora cierta fórmula lapidaria de un diplomático colmado de aticismo, pero, a decir verdad, el criterio que distinguía para él esos dos tipos de frases en nada se parecía al que yo aplicaba a la literatura. Muchos matices se me escapaban; las palabras que recitaba entre carcajadas no me parecían demasiado diferentes de las que le parecían extraordinarias a él. Pertenecía a la clase de hombres que de las obras que a mí me gustaban habría dicho: «¿Comprende usted? Yo confieso que no comprendo, no estoy iniciado», pero yo habría podido pagarle con la misma moneda: no captaba la gracia o la simpleza, la elocuencia o la ampulosidad, que él veía en una réplica o en un discurso y la ausencia de razón perceptible alguna por la que esto estaba mal y aquello bien hacía que esa clase de literatura me resultara más misteriosa, me pareciese más obscura, que ninguna. Lo único que discerní fue que repetir lo que todo el mundo pensaba no era en política una marca de inferioridad, sino de superioridad. Cuando el Sr. de Norpois recurría a ciertas expresiones que abundaban en los periódicos y las pronunciaba con énfasis, se notaba que por el simple hecho de haberlas empleado se volvían un acto que suscitaría comentarios.
Mi madre tenía puestas muchas esperanzas en la ensalada de piña y trufas, pero el embajador, después de haber ejercido por un instante la penetración de su mirada de observador, la comió ateniéndose a una discreción diplomática y no nos reveló su opinión. Mi madre insistió para que repitiera, cosa que el Sr. de Norpois hizo, pero diciendo tan sólo, en lugar del cumplido esperado: «Obedezco, señora, pues veo que se trata de un auténtico ukase por su parte».
«Hemos leído en los “papeles” que conversó usted por extenso con el rey Teodosio», le dijo mi padre.
«En efecto, el Rey, quien tiene una memoria poco común para las fisionomías, tuvo la bondad de recordar, al divisarme en el patio de butacas, que yo había tenido el honor de verlo varios días en la corte de Baviera, cuando no pensaba en su trono oriental: ya saben que fue llamado por un congreso europeo e incluso vaciló mucho a la hora de aceptarlo por no considerar esa soberanía del todo a la altura de su linaje, el más noble, heráldicamente hablando, de toda Europa. Un edecán vino a decirme que fuera a saludar a Su Majestad, orden que me apresuré, naturalmente, a obedecer».
«¿Y le satisficieron los resultados de su estancia?».
«¡Me encantaron! Había motivos para concebir cierta aprensión sobre la forma como un monarca aún tan joven saldría de tan difícil trance, sobre todo en coyunturas tan delicadas. Por mi parte, tenía confianza plena en el sentido político del soberano, pero confieso que mis esperanzas resultaron más que colmadas. El brindis que pronunció en el Elíseo y que, según informaciones de fuente totalmente autorizada, había redactado personalmente desde la primera hasta la última palabra, era del todo digno del interés que despertó por doquier. Fue pura y simplemente una jugada magistral, un poco atrevida, lo reconozco, pero de una audacia que, a fin de cuentas, el acontecimiento justificó por completo. Las tradiciones diplomáticas tienen su lado bueno, sin duda, pero en aquella ocasión habían acabado haciendo vivir a su país y al nuestro en una atmósfera cerrada que resultaba ya irrespirable. Pues bien, una de las formas de renovar el aire —evidentemente, una de las que no podemos recomendar, pero que el rey Teodosio podía permitirse— es la de romper los cristales y lo hizo con un buen humor que encantó a todo el mundo y también con una exactitud en los términos en la que al instante se reconoció la estirpe de los príncipes letrados a la que pertenece por parte de madre. No cabe duda de que, cuando habló de las “afinidades” entre su país y Francia, la expresión —por inusitada que pueda resultar en el vocabulario de las cancillerías— era singularmente afortunada. Como ve, la literatura no viene mal, incluso en la diplomacia, incluso en un trono», añadió dirigiéndose a mí. «Ya se había comprobado desde hacía mucho, lo reconozco, y las relaciones entre las dos potencias habían llegado a ser excelentes, pero faltaba decirlo. Se esperaba esa palabra, fue una elección maravillosa: ya han visto el efecto que causó. Por mi parte, aplaudí con las dos manos».
«Su amigo el Sr. de Vaugoubert, quien llevaba años preparando el acercamiento, debió de alegrarse».
«Y tanto más cuanto que Su Majestad había querido darle —cosa bastante habitual en él— una sorpresa. Por lo demás, constituyó una completa sorpresa para todo el mundo, empezando por el ministro de Asuntos Exteriores, quien, según me han dicho, no la apreció precisamente. A alguien que se lo comentó, le respondió, al parecer, con toda claridad y en voz lo bastante alta para que lo oyeran las personas vecinas: “Ni se me ha consultado ni se me ha avisado”, para indicar claramente que declinaba toda responsabilidad en aquel acontecimiento. Éste ha dado mucho que hablar —hay que reconocerlo— y no me atrevería a afirmar», añadió con sonrisa maliciosa, «que algunos de mis colegas para quienes la ley suprema parece ser la del menor esfuerzo no vieran perturbada su quietud. En cuanto a Vaugoubert, ya saben que había sido muy atacado por su política de acercamiento con Francia y debió de sufrir tanto más cuanto que es una persona sensible, de un corazón exquisito. Puedo atestiguarlo tanto mejor cuanto que, aunque sea mucho menor que yo, lo he tratado mucho. Somos amigos desde hace mucho y lo conozco bien. Por lo demás, ¿quién podría no conocerlo? Es un alma de cristal. Ése es incluso el único defecto que se podría reprocharle, no es necesario que el corazón de un diplomático sea tan transparente como el suyo. Aun así, hablan de enviarlo a Roma, lo que constituye un espléndido ascenso, pero se trata de un hueso muy duro de roer. Dicho sea entre nosotros, creo que Vaugoubert, por mucho que carezca de ambición, se alegraría mucho y en modo alguno pide que alejen de él ese cáliz. Tal vez haga maravillas allí; es el candidato de la Consulta y, por mi parte, lo veo perfectamente —a él, tan artista— en el marco del palacio Farnese y la galería de los Carracci. Parece que al menos nadie debería poder odiarlo, pero en torno al rey Teodosio hay toda una camarilla más o menos enfeudada con la Wilhelmstrasse, cuyas inspiraciones sigue dócilmente y que ha intentado ponerle chinas en el camino. Vaugoubert no ha tenido que afrontar sólo las intrigas de pasillos, sino también las injurias de folicularios a sueldo que más adelante —cobardes como son todos los periodistas asalariados— han sido de los primeros en pedir el aman, pero entretanto no han vacilado en valerse, contra nuestro representante, de las ineptas acusaciones de personas sin credenciales. Durante más de un mes los enemigos de Vaugoubert bailaron en torno a él la danza del escalpelo», dijo el Sr. de Norpois, recalcando con fuerza esta última palabra. «Pero, como hombre prevenido vale por dos, rechazó esas injurias a puntapiés», añadió más enérgicamente aún y con mirada tan feroz, que por un instante dejamos de comer. «Como dice un hermoso proverbio árabe: “Los perros ladran, la caravana pasa”». Tras soltar esa cita, el Sr. de Norpois se detuvo a mirarnos y apreciar el efecto que nos había causado. Fue intenso; conocíamos ese proverbio: había substituido aquel año a este otro para los hombres de gran valía: «Quien siembra vientos recoge tempestades», que necesitaba descansar, por no ser infatigable y vivaz como esta expresión: «Trabajar para el rey de Prusia», pues la de aquellas personas eminentes era una cultura alterna y generalmente trienal. Cierto es que las citas de esa clase —y con las que el Sr. de Norpois gustaba de salpicar sus artículos de la Revue— en modo alguno eran necesarias para que éstos pareciesen sólidos y bien informados. Aun desprovistos del ornamento que le aportaban, bastaba con que el Sr. de Norpois escribiera —cosa que no dejaba de hacer— en el momento oportuno: «El Gabinete de Saint-James no fue el último en sentir el peligro» o «En el Pont-aux-Chantres, donde se seguía con inquietud la política egoísta, pero hábil, de la monarquía bicéfala, hubo gran preocupación» o «En Montecitorio se oyó un grito de alarma» o «Ese eterno doble juego, tan propio de Ballplatz». Ante esas expresiones, el lector profano reconocía al instante y saludaba al diplomático de carrera, pero al empleo atinado de citas —cuyo modelo consumado seguía siendo entonces éste: «Hágame una buena política y yo le haré unas buenas finanzas, como acostumbraba a decir el barón Louis» (pues aún no se había importado de Oriente ésta: «La victoria recae, como dicen los japoneses, en aquel de dos adversarios que sabe sufrir un cuarto de hora más que el otro»)— se debía la opinión de que era algo más, de que tenía una cultura superior. Esa reputación de gran letrado, junto con un auténtico genio para la intriga oculto bajo la máscara de la indiferencia, había granjeado al Sr. de Norpois el ingreso en la Academia de Ciencias Morales y, el día en que —refiriéndose a que estrechando la alianza con Rusia podríamos llegar a un entendimiento con Inglaterra— no vaciló en escribir: «Sépanlo bien en el Quai d’Orsay, enséñenlo en adelante en todos los manuales de geografía que resultan incompletos a ese respecto, rechácese despiadadamente a todo candidato a bachiller que no sepa repetirlo: “Si bien todos los caminos llevan a Roma, el que va de París a Londres pasa necesariamente por San Petersburgo”», algunas personas pensaron incluso que no estaría fuera de lugar en la Academia Francesa.
«En resumidas cuentas», prosiguió el Sr. de Norpois dirigiéndose a mi padre, «Vaugoubert logró un gran éxito entonces, superior incluso al previsto. En efecto, esperaba un brindis correcto, que, después de las nubes de los últimos años, habría sido ya espléndido, pero nada más. Varios de los asistentes me han asegurado que, al leer ese brindis, no se puede comprender el efecto que causó, pronunciado con maravillosa claridad por el Rey, quien, como maestro de la dicción que es, subrayaba al paso todas las intenciones, todas las sutilezas. A ese respecto me han contado un detalle bastante sabroso y que pone de relieve una vez más esa estupenda gracia juvenil del rey Teodosio con la que tan bien se gana los corazones. Me han dicho que, al oír precisamente esa palabra —“afinidades”—, que era, en resumen, la gran innovación del discurso y seguirá siendo la comidilla durante mucho tiempo —ya lo verán— en los comentarios de las cancillerías, Su Majestad, previendo el júbilo de nuestro embajador, quien iba a encontrar en ella la justa coronación de sus gestiones, de su sueño —podríamos decir— y, a fin de cuentas, su bastón de mariscal, se volvió a medias hacia Vaugoubert y clavando en él esa mirada tan cautivadora de los Oettingen, recalcó esa palabra tan bien elegida —“afinidades”—, esa palabra que era un auténtico hallazgo, con un tono que hacía saber a todo el mundo que la empleaba a sabiendas y con pleno conocimiento de causa. Al parecer, a Vaugoubert le costó mucho dominar su emoción y en cierta medida he de confesar que lo comprendo. Una persona digna de todo crédito me ha confiado incluso que el Rey se acercó a Vaugoubert después de la cena, cuando Su Majestad se puso a departir con los asistentes, y le dijo a media voz: “¿Está usted contento de su alumno, mi querido marqués?”. No cabe duda», concluyó el Sr. de Norpois, «de que semejante brindis contribuyó más que veinte años de negociaciones a estrechar de nuevo entre los dos países sus “afinidades”, según la pintoresca expresión de Teodosio II. Es una simple palabra, si se quiere, pero vean qué éxito ha tenido, como repite toda la prensa europea, qué interés despierta, con qué novedad ha resonado. Por lo demás, es muy propia del estilo del soberano. No voy a llegar hasta el extremo de decirles que todos los días encuentre diamantes puros como ése, pero resulta muy raro que en sus estudiados discursos o —más aún— en la conversación espontánea no dé su filiación —iba a decir: no ponga su firma— con alguna palabra terminante. Yo soy tanto menos sospechoso de parcialidad al respecto cuanto que soy enemigo de las innovaciones de esa clase. Diecinueve veces de veinte resultan peligrosas».
«Sí, yo he pensado que el reciente telegrama del Emperador de Alemania no ha podido gustarle a usted», dijo mi padre.
El Sr. de Norpois alzó los ojos al cielo, como diciendo: «¡Huy, ése!», antes de responder: «En primer lugar, es un acto de ingratitud. Más que un crimen, es un error y una estupidez, ¡que me atrevo a calificar de piramidal! Por lo demás, si nadie le para los pies, el hombre que ha despedido a Bismarck es muy capaz de repudiar poco a poco toda la política bismarckiana, lo que sería un salto a las tinieblas».
«Y, según me ha dicho mi marido, va usted a llevarlo tal vez uno de estos veranos a España: me encantaría por él».
«Pues sí, es un proyecto de lo más atractivo y del que me congratulo. Me gustaría mucho hacer ese viaje con usted, amigo mío. Y usted, señora, ¿ha pensado ya en lo que va a hacer en vacaciones?».
«Tal vez vaya con mi hijo a Balbec, no sé».
«¡Ah! Balbec es agradable, pasé por allí hace unos años. Están empezando a construir hotelitos muy lindos: creo que le gustará el sitio. Pero permítame preguntarle a qué se debe su elección de Balbec».
«Mi hijo anhela ver algunas de las iglesias de esa región, sobre todo la de Balbec. Yo temía un poco por su salud con la fatiga del viaje y sobre todo de la estancia, pero me he enterado de que acaban de construir un hotel excelente que le permitirá vivir en las condiciones de comodidad idóneas para él».
«¡Ah! Tendré que dar esa información a una señora que no dejará de aprovecharla».
«La iglesia de Balbec es espléndida, ¿verdad, señor de Norpois?», pregunté yo, mientras procuraba vencer la tristeza de haber sabido que uno de los atractivos de Balbec radicaba en sus lindos hotelitos.
«No, no está mal, pero, en fin, no se puede comparar con esas auténticas joyas cinceladas que son las catedrales de Reims, Chartres y, para mi gusto, la perla de todas: la Sainte-Chapelle de París».
«Pero la iglesia de Balbec, ¿no es en parte románica?».
«En efecto, es de estilo románico, que es ya de suyo extraordinariamente frío y en nada presagia la elegancia, la fantasía, de los arquitectos góticos, quienes tallan la piedra como si fuera encaje. La iglesia de Balbec merece una visita de quien se encuentre en esa región: es bastante curiosa; si un día de lluvia no sabe usted qué hacer, puede entrar en ella y verá la tumba de Tourville».
«¿Estuvo usted ayer en el banquete del Ministerio de Asuntos Exteriores? Yo no pude ir», preguntó mi padre.
«No», respondió el Sr. de Norpois con una sonrisa, «confieso que lo substituí por una velada bastante diferente. Cené en casa de una mujer de quien tal vez haya usted oído hablar: la hermosa señora Swann».
Mi madre reprimió un estremecimiento, pues, como tenía una sensibilidad más viva que mi padre, se alarmaba por él de lo que tardaría aún un instante en contrariarlo. Ella era quien advertía en primer lugar los disgustos que le sucedían, como esas malas noticias que conocemos más en el extranjero que en casa, pero, deseosa de saber a qué clase de personas podían recibir los Swann, preguntó al Sr. de Norpois por las que allí había visto.
«Huy, Dios mío... es una casa a la que sobre todo van —me parece—... señores. Había algunos hombres casados, pero sus mujeres no se encontraban bien aquel día y no los habían acompañado», respondió el embajador con sutileza velada de bondad, al tiempo que lanzaba en derredor miradas cuyas dulzura y discreción aparentaban atemperar y cuya malicia exageraban con habilidad.
«Para ser totalmente justo», añadió, «he de decir que hay, no obstante, mujeres, pero... pertenecientes más... —¿cómo podría yo decir?— al mundo republicano que a la sociedad de Swann (lo pronunciaba “Svan”). ¿Quién sabe? Tal vez llegue a ser un día un salón político o literario. Por lo demás, parecen contentos así. Me parece que Swann lo manifiesta un poco más de la cuenta. Nombró a las personas a cuya casa estaban invitados su mujer y él la semana que viene y de cuya intimidad no hay, sin embargo, razón para enorgullecerse con una falta de reserva y gusto, casi de tacto, que me asombró en un hombre tan fino. Repetía: “No tenemos ni una noche libre”, como si fuera un motivo de honra y como un auténtico advenedizo, cosa que, sin embargo, no es, pues Swann tenía muchos amigos e incluso amigas y, sin arriesgarme demasiado ni pretender cometer una indiscreción, creo poder decir que no todas, ni la mayoría siquiera, pero una al menos y que es una gran señora tal vez no se habría mostrado refractaria a la idea de entrar en relaciones con la Sra. Swann y en ese caso probablemente más de uno la habría seguido como un corderito, mas no parece que Swann esbozara gestión alguna en ese sentido. ¡Cómo! ¡Otro pudding a lo Nesselrode! No va a bastar la cura de Carlsbad para reponerme de semejante festín de Lúculo. Tal vez sintiera Swann que había demasiada resistencia por vencer. La boda —de eso no cabe duda— no gustó. Se habló de la fortuna de la mujer, cosa verdaderamente ridícula, pero, en fin, nada de eso pareció grato, y, además, es que Swann tiene una tía excesivamente rica y de posición admirable, esposa de un hombre que es, financieramente hablando, un potentado. Pues bien, no sólo se negó esa señora a recibir a la Sra. Swann, sino que, además, hizo campaña en regla para que sus amigas y conocidas hicieran lo propio. No quiero decir con eso que algún parisino de la buena sociedad haya faltado al respeto a la Sra. Swann... ¡No! ¡Y cien veces no! Pues el marido es, por lo demás, hombre capaz de recoger el guante. En todo caso, resulta curioso ver la solicitud de Swann, quien tantos conocidos tiene y de los más selectos, para con una sociedad que está —es lo menos que se puede decir— muy mezclada. Yo, que lo conocí en otro tiempo, me sentí —lo confieso— tan sorprendido como divertido de ver a un hombre tan bien educado, tan en boga en los ambientes más exclusivos, agradecer con efusión su visita al director del gabinete del ministro de Correos y preguntarle si podría la Sra. Swann tomarse la libertad de ir a ver a su esposa. Sin embargo, debe de sentirse desplazado; resulta evidente que no es el mismo mundo. Aun así, no creo que Swann sea desgraciado. En los años que precedieron a su matrimonio hubo —cierto es— maniobras bastante viles de chantaje por parte de su mujer; privaba a Swann de su hija, siempre que éste le denegaba algo. El pobre Swann, tan ingenuo como refinado, creía siempre que la privación de su hija era una coincidencia y se negaba a ver la realidad. Por lo demás, ella le hacía escenas tan constantes, que, el día en que lograra su propósito y se casase con él, ya nada la detendría —era como para pensar— y la vida de esa pareja sería un infierno. Pues bien, ocurrió lo contrario precisamente. La forma como Swann habla de su mujer inspira muchas bromas, burlas incluso. No es que pretendiéramos, claro está, que, más o menos consciente de ser... (ya conocen ustedes la palabra que emplea Molière al respecto), fuese a proclamarlo urbi et orbi, pero no por ello deja de parecer exagerado cuando dice que la suya es una excelente esposa. Ahora bien, no es tan falso como se suele creer. A su modo, que no es el que todos los maridos preferirían —pero, en fin, me parece difícil, dicho sea entre nosotros, que Swann, quien la conocía desde hacía mucho y no es precisamente un tonto de capirote, no supiera a qué atenerse—, no se puede negar que ella parece tenerle afecto. No digo que no sea voluble y, si hemos de creer a las malas lenguas, que —como pueden ustedes imaginar— no descansan, el propio Swann no deja de serlo, pero le está agradecida de todo lo que ha hecho por ella y —al contrario de los temores que inspiraba a todo el mundo— parece haberse vuelto dulce como un ángel».
Tal vez no fuera aquel cambio tan extraordinario como le parecía al Sr. de Norpois. Odette no había creído que Swann acabaría casándose con ella; siempre que le anunciaba tendenciosamente que un hombre como Dios manda acababa de casarse con su amante, le había visto guardar un silencio glacial y si acaso —si ella lo interpelaba directamente preguntándole: «Entonces, ¿no te parece que está muy bien, que es muy hermoso, lo que ha hecho por una mujer que le dedicó su juventud?»— responder seco: «Pero si yo no te digo que esté mal, cada cual se comporta como Dios le da a entender». Se inclinaba incluso a pensar que —como se lo decía en momentos en que estaba encolerizado— la abandonaría del todo, pues no hacía mucho había oído decir a una escultora: «De los hombres se puede esperar cualquier cosa: son tan groseros», e, impresionada por la profundidad de máxima tan pesimista, se la había apropiado y la repetía a cada momento con expresión de desaliento, que parecía decir: «Al fin y al cabo, nada parece imposible, hay que ver qué suerte tengo». Y, por consiguiente, la máxima optimista que hasta entonces había guiado a Odette en la vida —«A los hombres que te aman se les puede hacer cualquier cosa: son tan idiotas»— y que se expresaba en su rostro con el mismo guiño que podría haber acompañado palabras como éstas: «No temáis: no romperá nada», había perdido toda su virtualidad. Entretanto, atormentaba a Odette lo que pensaría de la conducta de Swann una de sus amigas, con quien un hombre se había casado tras una relación más corta —y sin hijos— que la de Swann con ella y a quien —relativamente considerada como estaba ahora— invitaban a los bailes del Elíseo. Un especialista más profundo que el Sr. de Norpois habría podido diagnosticar que la amargura de Odette se debía a ese sentimiento de humillación y vergüenza, que el carácter infernal de que daba muestras no le era intrínseco, no era una enfermedad sin remedio, y no le habría resultado difícil prever lo que había ocurrido, a saber, que un régimen nuevo —el matrimonial— haría cesar con una rapidez casi mágica esos penosos accidentes cotidianos, pero en modo alguno orgánicos. Aquella boda asombró a casi todo el mundo, cosa, a su vez, asombrosa. Seguramente pocas personas comprenden el carácter puramente subjetivo del fenómeno amoroso y la clase de creación que representa de una persona suplementaria, distinta de quien lleva el mismo nombre en la sociedad y la mayor parte de cuyos elementos proceden de nosotros mismos. Por eso, pocos son quienes pueden considerar naturales las enormes proporciones que acaba cobrando para nosotros una persona distinta de la que ven. Sin embargo, parece que en el caso de Odette podrían haber advertido que, si bien nunca había comprendido del todo, desde luego, la inteligencia de Swann, al menos se sabía los títulos, todos los detalles, de sus obras, hasta el punto de que el nombre de Vermeer le resultaba tan familiar como el de su modisto, y conocía a fondo los rasgos de su carácter que el resto del mundo ignora o ridiculiza —esos rasgos a los que nos aferramos, incluso a los que más desearíamos corregir, tanto que, gracias precisamente a que una mujer acaba, como nosotros mismos y nuestros padres, por lo demás, acostumbrándose, indulgente y cariñosamente burlona, a ellos, las relaciones ya antiguas presentan parte de la dulzura y la fuerza de los afectos familiares— y cuya imagen, parecida y amada, sólo posee una amante o una hermana. Los vínculos que nos unen a una persona resultan santificados cuando se sitúa en el mismo punto de vista que nosotros para juzgar una de nuestras taras y, entre dichos rasgos particulares, había también algunos correspondientes tanto a la inteligencia de Swann como a su carácter y que —por nacer, pese a todo, de éste— Odette había discernido con mayor facilidad. Se quejaba de que, cuando Swann ejercía de escritor, cuando publicaba estudios, no se reconocieran dichos rasgos tanto como en sus cartas o en su conversación, en las que abundaban. Le aconsejaba que recurriese más a ellos. Así le habría gustado, porque eran los que ella prefería, pero, como los prefería por ser más propios de él, tal vez no anduviese errada al desear que se traslucieran en lo que escribía. Tal vez pensara también que obras más intensas, al granjearle el éxito por fin, le habrían permitido a ella crear lo que en los Verdurin había aprendido a colocar por encima de todo: un salón.
Entre quienes consideraban ridícula esa clase de matrimonio —personas que, en su propio caso, se preguntaban: «¿Qué pensará la Sra. de Guermantes, qué dirá Bréauté, cuando me case con la Srta. de Montmorency?»—, entre quienes profesaban esa clase de ideal social, habría figurado, veinte años antes, el propio Swann, quien se había esmerado para ser recibido en el Jockey y en aquella época había contado con lograr un matrimonio brillante, que, al consolidar su situación, habría acabado de convertirlo en uno de los hombres más destacados de París. Sólo que, para no desdibujarse y borrarse completamente, las imágenes que representa semejante matrimonio ante el interesado deben —como todas las imágenes— recibir un alimento del exterior. Nuestro sueño más ardiente es el de humillar a quien nos ha ofendido, pero, si —por haberse trasladado a otro país— nunca más volvemos a oír hablar de él, nuestro enemigo acabará careciendo de la menor importancia para nosotros. Si durante veinte años hemos perdido de vista a todas las personas en relación con las cuales nos habría gustado entrar en el Jockey o en el Instituto, la perspectiva de formar parte de una u otra de esas agrupaciones no nos tentará. Ahora bien, una relación prolongada —como una jubilación, una enfermedad, una conversión religiosa— substituye las imágenes antiguas por otras. Cuando Swann se casó con Odette, no hubo por su parte una renuncia a las ambiciones mundanas, pues desde hacía tiempo lo había alejado —en el sentido intelectual del término— de ellas Odette. Por lo demás, si no hubiera sido así, habría tenido aún más mérito. Precisamente porque entrañan el sacrificio de una situación más o menos lisonjera a una dicha puramente íntima es por lo que los matrimonios infamantes son los más estimables: en efecto, no se puede entender por «matrimonio infamante» el contraído por dinero, pues no existe, al respecto, ejemplo alguno de matrimonio en el que la esposa o el marido se hayan vendido y no hayan acabado admitidos en sociedad, aunque sólo fuera por respeto de la tradición y por la fuerza de tantos precedentes y para no aplicar dos pesos y dos medidas. Por otra parte, tal vez hubiera experimentado Swann, como artista, ya que no como depravado, cierta voluptuosidad, en cualquier caso, al acoplar consigo —como en uno de esos cruces de especies que practican los seguidores de Mendel o como los que describe la mitología— a una persona —archiduquesa o casquivana— de raza diferente, al contraer una alianza regia o al «casar mal». Sólo había habido una persona en la alta sociedad cuya opinión le había preocupado, siempre que había pensado en la posibilidad de casarse con Odette y era —y no por esnobismo— la duquesa de Guermantes. En cambio, ésta a Odette poco le preocupaba, pues sólo pensaba en las personas situadas inmediatamente por encima de ella y no en un tan difuminado empíreo, pero, cuando Swann, en sus momentos soñadores, veía a Odette convertida en su esposa, se representaba sin falta el momento en el que la llevaría —a ella y sobre todo a su hija— a casa de la princesa Des Laumes, quien no tardaría en pasar a ser duquesa de Guermantes a la muerte de su suegro. No deseaba presentarla en ninguna otra, pero se enternecía al imaginar —enunciando las palabras él mismo— todo cuanto diría la duquesa de él a Odette y ésta a la Sra. de Guermantes, el cariño que con mimo prodigaría esta última a Gilberte y con ello lo haría sentirse orgulloso de su hija. Se figuraba la escena de la presentación con la misma exactitud en los detalles imaginarios que quienes repasan el modo como emplearían —si les tocara— un premio de lotería, cuyo importe fijan arbitrariamente. En la medida en que una imagen que acompaña a una de nuestras resoluciones la motiva, podemos decir que, si Swann se casó con Odette, fue para presentarla —a ella y a Gilberte— sin que hubiera nadie presente, sin que —en caso necesario— nadie lo supiese jamás, a la duquesa de Guermantes. Como veremos, esa única ambición mundana que había abrigado para su esposa y su hija fue precisamente aquella cuya realización le resultó vedada y con veto tan absoluto, que Swann murió sin suponer que la duquesa pudiera llegar a conocerlas jamás. Como también veremos, la duquesa de Guermantes trabó, al contrario, amistad con Odette y Gilberte tras la muerte de Swann y tal vez habría sido más prudente —en la medida en que podía conceder importancia a tan poca cosa— no hacerse una idea demasiado sombría del futuro a ese respecto y no descartar que la reunión deseada se produjera efectivamente cuando él ya no estuviese presente para gozarla. La labor de la causalidad que acaba surtiendo casi todos los efectos posibles y, por consiguiente, también los que lo eran —según habíamos creído— menos es a veces lenta, retardada un poquito más aún por nuestro deseo, que, al intentar acelerarla, la obstaculiza, por nuestra propia existencia, y no llega a su término hasta que hemos cesado de desear y a veces de vivir. ¿Acaso no lo sabía Swann por su propia experiencia y acaso no era ya en su vida —como una prefiguración de lo que debía llegar después de su muerte— una dicha post mortem el matrimonio con aquella Odette a quien había amado apasionadamente —pese a no haberle gustado en un principio— y con quien se había casado cuando ya no la amaba, cuando la persona que en Swann tanto había deseado vivir —y tanto había desesperado de conseguirlo— toda su vida con Odette había muerto?
Yo me puse a hablar del conde de París, a preguntar si era amigo de Swann, pues temía que la conversación pasara a versar de otro asunto. «Sí, en efecto», respondió el Sr. de Norpois, al tiempo que se volvía hacia mí y clavaba en mi modesta persona la mirada azul en la que flotaban, como en su elemento vital, sus grandes facultades de trabajo y su capacidad de asimilación. «Y le aseguro por Dios», añadió dirigiéndose de nuevo a mi padre, «que no creo traspasar los límites del respeto que profeso al príncipe —sin por ello mantener con él relaciones personales que dificultarían mi situación, por poco oficial que ésta sea— citándole el divertido caso de que, no hace más de cuatro años, en una pequeña estación de ferrocarril de uno de los países de la Europa central, el príncipe tuvo ocasión de ver a la Sra. Swann. Ninguno de sus familiares se tomó —cierto es— la libertad de preguntar a Su Alteza qué le había parecido. Habría sido faltar al decoro, pero, cuando por casualidad salía a relucir su nombre en la conversación, el príncipe parecía dar a entender de bastante buen grado por ciertos signos —imperceptibles, si se quiere, pero inequívocos— que su impresión distaba, en una palabra, de haber sido desfavorable».
«Pero, ¿no habría habido la posibilidad de presentarla al conde de París?», preguntó mi padre.
«Pues no se sabe, con los príncipes nunca se sabe», respondió el Sr. de Norpois. «A veces los más gloriosos, quienes mejor saben lograr que se les dé lo que se les debe, son también quienes —por poco que lo exija el deseo de recompensar ciertos afectos— menos se atienen a los dictados de la opinión pública, ni siquiera a los más justificados. Ahora bien, de lo que no cabe la menor duda es de que el conde de París ha correspondido siempre con mucha amabilidad la adhesión de Swann, quien, por lo demás, es un joven de talento donde los haya».
«Y su impresión, ¿cuál fue, señor embajador?», preguntó mi madre por cortesía y curiosidad.
Con energía de viejo entendido que contrastaba con la moderación habitual de sus afirmaciones:
«¡Por completo excelente!», respondió el Sr. de Norpois.
Y —sabedor de que el reconocimiento de la intensa sensación causada por una mujer cuadra, siempre y cuando se haga con jovialidad, con cierta forma particularmente apreciada del arte de la conversación— soltó una risita que se prolongó unos instantes, humedeció los azules ojos del viejo diplomático e hizo vibrar las aletas de su nariz, surcadas de fibrillas rojas en forma de nervaduras.
«¡Es absolutamente encantadora!».
«¿Estaba en esa cena un escritor llamado Bergotte, señor embajador?», pregunté yo tímidamente para intentar impedir que la conversación se centrara en otro asunto.
«Sí, allí estaba Bergotte», respondió el Sr. de Norpois, al tiempo que inclinaba la cabeza hacia mí con cortesía, como si, con su deseo de ser amable para con mi padre, atribuyese a todo lo que se refería a él verdadera importancia e incluso a las preguntas de un muchacho como yo, a quien resultaba inusitado recibir trato tan educado de personas de la edad del embajador. «¿Lo conoce usted?», añadió, al tiempo que clavaba en mí esa mirada clara cuya penetración admiraba Bismarck.
«Mi hijo no lo conoce, pero lo admira mucho», dijo mi madre.
«¡Huy, Dios mío!», dijo el Sr. de Norpois (quien, cuando vi que lo que yo colocaba miles y miles de veces por encima de mí, lo que me parecía más elevado del mundo, estaba para él en lo más bajo de la escala de sus admiraciones, me inspiró dudas más graves sobre mi propia inteligencia que las que me desgarraban habitualmente). «Yo no comparto ese modo de ver. Bergotte es lo que yo llamo un flautista; por lo demás, toca su instrumento —hay que reconocerlo— admirablemente, aunque con mucho manierismo, afectación, pero, a fin de cuentas, tan sólo es eso, lo que no es gran cosa. Nunca encontramos en sus obras sin garra lo que podríamos llamar el armazón. Carecen de acción o es muy poca, pero sobre todo de fuerza. Sus libros fallan por la base o, mejor dicho, carecen de la menor base. En una época como la nuestra, en la que la complejidad cada vez mayor de la vida apenas deja tiempo para leer, en la que el mapa de Europa ha sufrido modificaciones profundas y está en vísperas de sufrir otras aún mayores tal vez, en la que se plantean por doquier tantos problemas amenazadores y nuevos, convendrán ustedes conmigo en que tenemos derecho a pedir a un escritor que no sea simplemente un hombre culto capaz de hacernos olvidar con consideraciones ociosas y bizantinas sobre méritos puramente formales la posibilidad de vernos invadidos de un instante a otro por una doble ola de bárbaros: los de fuera y los de dentro. Ya sé que eso es blasfemar contra la sacrosanta escuela de lo que esos señores llaman «el Arte por el Arte», pero en nuestra época hay tareas más urgentes que la de disponer palabras de forma armoniosa. La de Bergotte es a veces —no lo niego— bastante seductora, pero en conjunto todo eso es muy escaso, pobre y poco viril. Ahora comprendo mejor, remitiéndome a su admiración totalmente exagerada de Bergotte, las líneas que me ha enseñado usted antes y que sería muy impropio por mi parte no pasar por alto, puesto que, según ha dicho usted mismo con toda sencillez, eran simples garabateos de niño» (lo había dicho, en efecto, pero no creía ni palabra). «Todo pecado es digno de misericordia y sobre todo los de juventud. Al fin y al cabo, otros, además de usted, cargan con otros semejantes en su conciencia y no es usted el único que se haya creído poeta en su momento, pero en lo que me ha enseñado usted se ve la mala influencia de Bergotte. Evidentemente, no le extrañará si le digo que todas sus cualidades estaban ausentes de ese texto, puesto que él ha adquirido maestría en el arte —totalmente superficial, por lo demás— de cierto estilo del que a su edad no puede usted contar ni siquiera con un rudimento, pero se trata ya del mismo defecto: ese contrasentido de alinear palabras muy sonoras y sólo en segundo término preocuparse del fondo. Es como colocar la carreta delante de los bueyes. Incluso en los libros de Bergotte todas esas pejigueras formales, todas esas sutilezas de mandarín delicuescente, me parecen muy vanas. Ante unos fuegos artificiales agradablemente lanzados por un escritor, se proclama al instante que se trata de una obra maestra. ¡Las obras maestras no son frecuentes precisamente! Bergotte no tiene en su haber, en su bagaje —podríamos decir—, una novela de cierta elevación, uno de esos libros que colocamos en el rincón preferido de nuestra biblioteca. No veo ni una sola así en su obra. Lo que no quita para que la obra sea en él infinitamente superior al autor. ¡Ah! Ése sí que da la razón al estudioso según el cual sólo se debe conocer a los escritores mediante sus libros. Resultaría imposible encontrar a una persona que desentonara más con los suyos, más suntuosa, más solemne, más repelente. Así es Bergotte: alguien a ratos vulgar y que habla a los demás como un libro y ni siquiera como un libro suyo, sino como un libro aburrido, cosa que al menos no son los suyos. Tiene una mente de lo más confusa, alambicada, lo que nuestros padres llamaban un culto latiniparlo y que vuelve aún más desagradables —por su forma de enunciarlas— las cosas que dice. Según cuenta Loménie o Sainte-Beuve —no recuerdo cuál—, Vigny repelía por cojear del mismo pie, pero Bergotte nunca ha escrito Cinq-Mars ni Le Cachet rouge, algunas de cuyas páginas son auténticas piezas de antología».
Aterrado por lo que el Sr. de Norpois acababa de decirme del fragmento que le había yo enseñado y pensando, por otra parte, en las dificultades que experimentaba yo cuando quería escribir un ensayo o simplemente entregarme a reflexiones serias, sentí una vez más mi nulidad intelectual y que no estaba hecho para la literatura. Seguramente en otro tiempo ciertas impresiones muy humildes en Combray o una lectura de Bergotte me habían infundido un estado de ensoñación que me había parecido de gran valor, pero mi poema en prosa reflejaba ese estado; el Sr. de Norpois había advertido y calado al instante —no se podía dudar— lo que en él me parecía hermoso tan sólo en virtud de un espejismo enteramente facticio, ya que el embajador no se había dejado engañar por él. Al contrario, acababa de mostrarme el ínfimo lugar que me correspondía (cuando me juzgaba desde fuera, objetivamente, el entendido mejor dispuesto y más inteligente). Me sentía consternado, disminuido, y así como mi inteligencia —cual fluido cuyas dimensiones se adaptan a las del recipiente que lo contiene— se había dilatado antes para abarcar las inmensas capacidades del genio, así también había quedado ahora —con su posterior contracción— enteramente reducida a la estrecha mediocridad en que el Sr. de Norpois la había recluido y confinado de pronto.
«El encuentro entre Bergotte y yo», añadió, al tiempo que se volvía hacia mi padre, «no dejaba de resultar bastante espinoso, lo que, a fin de cuentas, resulta divertido. Es que, hace bastantes años, Bergotte hizo un viaje a Viena, cuando yo estaba allí de embajador; me lo presentó la princesa de Metternich, vino a inscribirse y deseaba ser invitado. Ahora bien, por estar en el extranjero representando a Francia, a la que, en resumidas cuentas, honra él en alguna medida —en escasa medida, deberíamos decir, para ser exactos— con sus escritos, yo habría pasado por alto la desfavorable opinión que tengo de su vida privada, pero no viajaba solo y, además, se negó a aceptar la invitación sin su compañera. No creo ser más pudibundo que cualquier otro y, como soy soltero, tal vez habría podido abrir un poco más las puertas de la Embajada que si hubiese estado casado y hubiera sido padre de familia. Con todo, hay un grado de ignominia al que no puedo —debo confesarlo— avenirme y que resulta aún más repulsivo por el tono, más que moral —podríamos decir lisa y llanamente— moralizador, que adopta Bergotte en sus libros, en los que sólo vemos análisis perpetuos y —dicho sea, por lo demás, entre nosotros— lánguidos, de escrúpulos dolorosos, remordimientos enfermizos y auténticas prédicas —por simples pecadillos— facilonas, cuando resulta que da muestras de tanta inconsciencia y cinismo en su vida privada. En una palabra, que eludí responder y la princesa volvió a la carga, pero sin el menor éxito. Así, pues, supongo que ese personaje no debe de tenerme en demasiado alto concepto y no sé hasta qué punto apreciaría la atención de Swann de invitarlo al mismo tiempo que a mí, a no ser que fuera él quien lo pidiese. No se puede saber, pues en el fondo se trata de un enfermo. Ésa es incluso su única excusa».
«¿Y estaba en aquella cena la hija de la Sra. Swann?», pregunté yo al Sr. de Norpois, aprovechando un momento en que, al pasar al salón, podía disimular mi emoción con mayor facilidad que en la mesa, inmóvil y bañada de luz.
El Sr. de Norpois pareció buscar un instante en el recuerdo:
«Sí, ¿una joven de catorce o quince años? En efecto, recuerdo que me la presentaron antes de la cena como la hija de nuestro anfitrión. He de decir que la vi poco, pues fue a acostarse temprano o iba a casa de unas amigas, ya no recuerdo bien, pero ya veo que está usted muy al corriente sobre la familia Swann».
«Juego con la Srta. Swann en los Campos Elíseos: es deliciosa».
«¡Ah! ¡Claro! ¡Claro! Pues a mí me pareció, en efecto, encantadora. Ahora bien, no creo —debo confesárselo— que llegue jamás a la altura de su madre, si es que puedo decirlo sin herir en usted un sentimiento demasiado intenso».
«Yo prefiero el rostro de la Srta. Swann, pero admiro también enormemente a su madre: voy a pasearme al Bois con la esperanza de verla pasar».
«¡Ah! Pues voy a contárselo: se sentirán muy halagadas».
Mientras pronunciaba aquellas palabras, el Sr. de Norpois estuvo, durante algunos segundos aún, en la situación de todos cuantos, al oírme hablar de Swann como de un hombre inteligente, de sus padres como de agentes de cambio honorables, de su casa como de una casa hermosa, creían que hablaría de tan buen grado de otro hombre tan inteligente, de otros agentes de cambio tan honorables, de otra casa tan hermosa; es el momento en que un hombre mentalmente sano —al hablar con un loco— no ha advertido aún que de un tal se trata. El Sr. de Norpois sabía que no hay cosa más natural que el placer de contemplar a las mujeres bonitas, que, cuando alguien nos habla apasionadamente de una de ellas, es de buen tono hacer como que se cree que está enamorado de ella, tomarle el pelo al respecto y prometerle secundar sus designios, pero, al decir aquel hombre importante que iba a utilizar a mi favor el gran prestigio de que debía de gozar ante la Sra. Swann que hablaría de mí a Gilberte y a su madre —lo que me permitiría, como una divinidad del Olimpo que ha adquirido la fluidez de un soplo o, mejor dicho, el aspecto del anciano cuyas facciones toma prestadas Minerva, penetrar, a mi vez, invisible, en el salón de la Sra. Swann, atraer su atención, ocupar su pensamiento, instigar su gratitud por mi admiración, aparecerle como amigo de un hombre importante, parecerle en el futuro digno de ser invitado por ella y de entrar en la intimidad de su familia—, me inspiró de súbito tal ternura, que me costó contenerme para no besar sus suaves manos blancas y arrugadas, como si hubieran permanecido demasiado tiempo dentro del agua. Hice incluso el ademán, que sólo yo —me pareció— advertí. En efecto, a todos nos resulta difícil calcular exactamente en qué escala se sitúan para los demás nuestras palabras o nuestros movimientos; por miedo a exagerar nuestra importancia y agrandando en proporciones enormes el campo sobre el que se ven obligados a extenderse los recuerdos de los demás a lo largo de su vida, nos imaginamos que las partes accesorias de nuestras intervenciones, de nuestras actitudes, apenas penetran en la conciencia y con mayor razón no permanecen en la memoria de aquellos con quienes hablamos. A una suposición de esa clase obedecen, por lo demás, los criminales cuando rectifican una palabra que han dicho y respecto de la cual creen que no se podrá confrontar esa variante con ninguna otra versión, pero es muy posible que, aun en lo referente a la vida milenaria de la Humanidad, la filosofía del folletinista según la cual todo está condenado al olvido sea menos cierta que una filosofía contraria que predijera la conservación de todas las cosas. En el mismo periódico cuyo editorial nos dice de un acontecimiento, de una obra maestra y con mayor razón de una cantante, que tuvo «su hora de celebridad»: «¿Quién recordará todo eso dentro de diez años?», con frecuencia el informe de la Academia de las Inscripciones habla en la tercera página de un poema de poco valor de la época de los faraones que aún no conocemos íntegramente. Tal vez no sea del todo así en el caso de la corta vida humana. Sin embargo, algunos años después, en una casa en la que el Sr. de Norpois estaba de visita y me parecía el apoyo más sólido que podía yo encontrar en ella, por ser amigo de mi padre, indulgente e inclinado a desearnos el bien a todos y estar, por lo demás, habituado por su profesión y sus orígenes a la discreción, me contaron, nada más marcharse el embajador, que había aludido a una velada de tiempo atrás en la que había «visto el momento en que iba [yo] a besarle las manos», no sólo enrojecí hasta las orejas, sino que, además, me dejó estupefacto enterarme de que fueran tan diferentes de lo que habría yo creído no sólo la forma como el Sr. de Norpois hablaba de mí, sino también la composición de sus recuerdos. Aquel chisme me aclaró las inesperadas proporciones de distracción y presencia de ánimo, de memoria y olvido, de que está hecha la mente humana y tuve una sorpresa tan maravillosa como la del día en que leí por primera vez, en un libro de Maspéro, que se conocía exactamente la lista de los cazadores a quienes, diez siglos antes de Cristo, Asurbanipal invitaba a sus batidas.
«¡Oh! Señor embajador», dije al Sr. de Norpois, cuando me anunció que comunicaría a Gilberte y a su madre la admiración que sentía yo por ellas, «si hiciera eso, si hablara de mí a la Sra. Swann, no me bastaría toda mi vida para atestiguarle mi gratitud, ¡y esa vida le pertenecería! Pero debo informarlo de que no conozco a la Sra. Swann y nunca nos han presentado».
Había añadido estas últimas palabras por escrúpulo y para que no pareciera que me jactaba de una relación inexistente, pero, al pronunciarlas, sentí que ya resultaban inútiles, pues, en cuanto empecé a expresar mi agradecimiento, de un ardor refrigerante, había visto pasar por el rostro del embajador una expresión dubitativa y descontenta y en sus ojos esa mirada vertical, estrecha y oblicua —como, en el dibujo en perspectiva de un sólido, la línea huidiza de una de sus caras— dirigida a ese interlocutor invisible que tenemos en nosotros, en el momento en el que se le dice algo que el otro interlocutor, el señor —yo, en aquel caso— con quien hablábamos hasta entonces, no debe oír. Me di cuenta al instante de que aquellas frases por mí pronunciadas y que —débiles aún en comparación con la efusión agradecida que me embargaba— debían conmover —me había parecido— al Sr. de Norpois y acabar de decidirlo a una intervención que tan poco trabajo le habría costado y a mí me habría dado tanto gozo, tal vez fueran —de todas las que hubiesen podido buscar diabólicamente quienes me quisieran mal— las únicas que podían inducirlo a renunciar a ello. En efecto, al oírlas el Sr. de Norpois, quien sabía que nada era menos costoso y más fácil que ser recomendado a la Sra. Swann e introducido en su casa y vio que para mí, al contrario, representaba tal valor y, por consiguiente, una gran dificultad seguramente, pensó —como en el momento en que un desconocido con quien acabamos de intercambiar impresiones gratas que habríamos podido considerar semejantes sobre unos transeúntes en cuya vulgaridad convenimos, nos muestra de pronto el abismo patológico que lo separa de nosotros, al añadir, como quien no quiere la cosa, al tiempo que se tienta el bolsillo: «Qué pena que no lleve el revólver: no habría quedado ni uno»— que el deseo —normal en apariencia— por mí expresado debía de ocultar algún pensamiento diferente, alguna intención sospechosa, alguna falta anterior por la cual nadie hasta entonces había querido —con el convencimiento de desagradar a la Sra. Swann— encargarse de transmitirle un recado de mi parte, y comprendí que nunca lo transmitiría, que podría ver diariamente a la Sra. Swann durante años, sin por ello hablarle ni una sola vez de mí. Sin embargo, unos días después le pidió una información que yo deseaba y encargó a mi padre que me la transmitiera, pero no consideró oportuno decir para quién la pedía. Así, pues, ella no iba a enterarse de que yo conocía al Sr. de Norpois y tanto deseaba ir a su casa, pero tal vez no fuera una desgracia tan grande como yo creía, pues la segunda de esas noticias probablemente no habría contribuido demasiado a la eficacia —por lo demás, incierta— de la primera. Para Odette, la idea de su propia vida y de su morada no despertaban ninguna turbación misteriosa, quien la conocía y la visitaba en su casa no era un ser fabuloso, como me lo parecía a mí, que habría arrojado una piedra a las ventanas de los Swann, si hubiera podido escribir en ella que conocía al Sr. de Norpois: estaba convencido de que, más que indisponerla contra mí, semejante mensaje —aun transmitido de forma tan brutal— me habría granjeado mucho más prestigio ante la señora de la casa, pero, aun cuando hubiera podido advertir que la misión no desempeñada por el Sr. de Norpois habría resultado inútil o, más aún, habría podido perjudicarme ante los Swann, yo no habría tenido valor —en caso de que él se hubiera mostrado dispuesto a hacerlo— para liberar al embajador de ella y renunciar a la voluptuosidad —por funestas que pudieran ser las consecuencias— de que mi nombre y mi persona se encontraran, así, por un momento junto a Gilberte, en su casa y su vida, tan desconocidas.
Cuando el Sr. de Norpois se hubo marchado, mi padre echó una ojeada al periódico vespertino; yo volví a pensar en la Berma. El placer por mí experimentado al oírla exigía ser completado tanto más cuanto que distaba de igualar al que me había yo prometido; por eso, asimilaba inmediatamente todo lo que podía alimentarlo: por ejemplo, aquellos méritos que el Sr. de Norpois había reconocido en la Berma y que mi entendimiento había bebido de un solo trago, como un prado demasiado seco cuando se le vierte agua. Ahora bien, mi padre me pasó el periódico, al tiempo que me indicaba un suelto concebido en estos términos: «La representación de Fedra ante una sala entusiasta, en la que figuraban las principales notabilidades del mundo de las artes y de la crítica, ha brindado a la Sra. Berma, quien desempeñaba el papel de Fedra, la oportunidad de obtener un triunfo como raras veces ha tenido a lo largo de su prestigiosa carrera. Volveremos a referirnos más por extenso a esa representación que constituye un auténtico acontecimiento teatral; digamos simplemente que, según convenían en declarar los jueces más autorizados, semejante interpretación renovaba enteramente el papel de Fedra, uno de los más hermosos y trabajados de Racine, y constituía la más pura y más alta manifestación artística que nuestra época haya tenido oportunidad de presenciar». En cuanto mi entendimiento concibió aquella idea nueva de «la más alta y pura manifestación artística», ésta se unió al imperfecto placer por mí experimentado en el teatro, le insufló un poco de lo que le faltaba y su reunión formó algo tan exaltante, que exclamé: «¡Qué gran artista!». Seguramente se puede considerar que yo no era absolutamente sincero, pero piénsese más bien en tantos escritores descontentos del pasaje que acaban de escribir, que, si leen un elogio del genio de Chateaubriand o evocan a determinado gran artista hasta cuya altura han deseado elevarse, tarareando, por ejemplo, para sus adentros determinada frase de Beethoven cuya tristeza comparan con la que deseaban infundir a su prosa, se hinchen hasta tal punto de esa idea de genio, que la añaden a sus propias producciones al volver a pensar en ellas, dejan de verlas como se les habían presentado en un principio y, aventurándose a un acto de fe en el valor de su obra, se dicen: «¡Al fin y al cabo!», sin darse cuenta de que en el total que determina su satisfacción final introducen el recuerdo de páginas maravillosas de Chateaubriand que asimilan a las suyas, pero que, a fin de cuentas, no han escrito. Recordemos a tantos hombres que creen en el amor de una amante de quien sólo conocen las traiciones y también a todos cuantos esperan ora una supervivencia incomprensible en cuanto piensan —si son maridos inconsolables— en una mujer que han perdido y a quien aún amaban o —si son artistas— en la gloria futura de la que podrán gozar, ora una nada tranquilizadora, cuando su inteligencia recuerda, al contrario, las faltas que sin ella habrían de expiar después de su muerte. Pensemos también en los turistas exaltados por la belleza de conjunto de un viaje que tan sólo les inspiró, día tras día, tedio y digamos si en la vida en común que llevan las ideas en nuestra mente hay una sola de las que más dicha nos procuran que no haya ido primero, como auténtico parásito, a pedir a una idea ajena y vecina la mayor parte de la fuerza que le faltaba.
Mi madre no pareció demasiado satisfecha de que mi padre hubiese dejado de pensar en la «carrera» para mí. Creo que —deseosa como estaba, ante todo, de que una norma de vida disciplinara los caprichos de mis nervios— lo que lamentaba no era tanto verme renunciar a la diplomacia cuanto entregarme a la literatura. «Pero, bueno, déjalo», exclamó mi padre. «Ante todo hay que disfrutar con lo que se hace. Ahora bien, ya no es un niño. Ahora sabe perfectamente lo que le gusta, no es probable que cambie y ya puede comprender lo que lo hará feliz en su vida». En espera de que, gracias a la libertad que me concedían, fuese yo o no feliz en mi vida, las palabras de mi padre me causaron aquella noche mucho pesar. Toda la vida, sus atenciones imprevistas me habían inspirado —cuando se producían— tal deseo de besar, por encima de su barba, sus encendidas mejillas, que, si no me entregaba a él, era tan sólo por miedo a desagradarle. Aquel día —así como un autor se asusta al ver que sus propias ensoñaciones, carentes, a su juicio, de valor, porque no las separa de sí mismo, obligan a un editor a elegir un papel, a emplear caracteres tal vez demasiado bellos para ellas—, me preguntaba yo si mi deseo de escribir era algo lo bastante importante para que mi padre prodigara por ello tanta bondad, pero sobre todo, al hablar de mis gustos, que no cambiarían, de lo que estaba destinado a dar felicidad a mi vida, insinuaba en mí dos terribles sospechas. La primera era la de que —mientras que todos los días me consideraba yo como en el umbral de mi vida aún intacta y que no se iniciaría hasta la mañana siguiente— mi vida estaba ya iniciada y, más aún, que lo que iba a seguir no iba a ser demasiado diferente de lo anterior. La segunda sospecha —simple variante, a decir verdad, de la primera— era la de que yo no estaba situado fuera del Tiempo, sino sometido a sus leyes, como esos personajes de novela que precisamente por eso me infundían tamaña tristeza, cuando leía su vida en Combray, en el fondo de mi caseta de mimbre. Teóricamente, sabemos que la Tierra gira, pero, en realidad, no lo advertimos; el suelo sobre el que caminamos parece no moverse y vivimos tranquilos. Lo mismo ocurre con el tiempo en la vida y, para volver apreciable su huida, los novelistas se ven obligados a hacer salvar al lector —acelerando locamente los latidos de la aguja— diez, veinte, treinta años en dos minutos. En lo alto de una página, hemos dejado a un amante embargado de esperanza y, al pie de la siguiente, volvemos a encontrárnoslo octogenario, dando a duras penas su paseo cotidiano por el patio de un asilo y sin apenas responder a las palabras que se le dirigen por haber olvidado el pasado. Al decir de mí: «Ya no es un niño, sus gustos no cambiarán, etcétera», mi padre acababa de repente de hacerme aparecer a mí mismo en el Tiempo y me causaba la misma clase de tristeza que si hubiera sido —ya que aún no el asilado decrépito— uno de esos protagonistas de quienes el autor —con tono indiferente que resulta particularmente cruel— nos dice al final de un libro: «Cada vez abandona menos el campo. Ha acabado instalándose en él definitivamente, etcétera».
Sin embargo, mi padre, para adelantarse a las críticas que habríamos podido hacer a nuestro invitado, dijo a mamá:
«Reconozco que el bueno de Norpois ha estado un poco “ladrillo”, como dices tú. Cuando ha dicho que hacer una pregunta al conde de París habría sido “faltar al decoro”, he temido que os echarais a reír».
«Pero, ¡qué va!», respondió mi madre. «Me gusta mucho que un hombre de su valía y su edad haya conservado esa inocencia, que revela un fondo de honradez y buena educación».
«¡Ya lo creo! Eso no le impide ser fino e inteligente: bien que lo sé yo, que lo veo en la Comisión con actitudes muy diferentes de las de aquí», exclamó mi padre, contento de que mi madre apreciara al Sr. de Norpois y deseoso de persuadirla de que era superior aún a lo que ella pensaba, porque la cordialidad sobreestima con tanto gusto como el que siente la guasa al menospreciar. «¿Cómo era eso que ha dicho... “con los príncipes nunca se sabe...?”».
«Claro que sí, justo como dices. Ya lo había yo observado: es muy fino. Se ve que tiene una profunda experiencia de la vida».
«Es asombroso que cenara en casa de los Swann y se encontrase en ella con personas normales, funcionarios. ¿De dónde los habrá sacado la Sra. Swann?».
«¿Has notado con qué malicia ha comentado: “Es una casa a la que van sobre todo hombres”?».
Y los dos intentaban reproducir la forma como el Sr. de Norpois había dicho esa frase, como habrían hecho con una entonación de Bressant o de Thiron en L’Aventurière o en Le Gendre de M. Poirier, pero la que más había apreciado una de sus afirmaciones había sido Françoise, quien, muchos años después, seguía sin poder «contener la risa», si le recordaban que el embajador la había tratado de «jefe de cocina de primera», que mi madre había ido a transmitirle como un ministro de la Guerra las felicitaciones de un soberano de paso después de «la revista». Por lo demás, yo la había precedido hasta la cocina, pues había hecho prometer a Françoise, pacifista pero cruel, que no haría sufrir demasiado al conejo que iba a matar y no había tenido noticias al respecto; Françoise me aseguró que había ido del mejor modo y muy rápido: «Nunca había visto un animal igual; ha muerto sin decir palabra: parecía que fuera mudo». Como yo no estaba demasiado al corriente sobre el lenguaje de los animales, alegué que el conejo tal vez no gritara, como el pollo. «¡Cómo se nota que no ha visto ninguno!», me dijo Françoise, indignada de mi ignorancia. «Como si los conejos no gritaran tanto como los pollos. Tienen incluso una voz más fuerte». Françoise aceptó los parabienes del Sr. de Norpois con la orgullosa sencillez, la jovial y —aunque fuera de momento— inteligente mirada de un artista a quien hablan de su arte. Mi madre la había mandado en tiempos a ciertos grandes restaurantes para que viera cómo cocinaban. Aquella noche, al oírla tildar de figones los más célebres, sentí tanto gusto como tiempo atrás al enterarme de que la jerarquía de los méritos —en el caso de los artistas dramáticos— no era la misma que la de sus reputaciones. «El embajador», le dijo mi madre, «asegura que en ninguna parte se come una carne fría y soufflés como los suyos». Con expresión de modestia y de rendir homenaje a la verdad, Françoise convino en ello, sin dejarse, por lo demás, impresionar por el título de embajador; decía del Sr. de Norpois, con la amabilidad debida a quien la había tomado por un «jefe de cocina»: «Es un buen viejo como yo». Había intentado verlo, cuando había llegado, pero, como sabía que mamá detestaba que hubiera alguien tras las puertas o en las ventanas y pensaba que se enteraría —pues Françoise no veía por doquier sino «envidias» y «cotilleos», que desempeñaban en su imaginación el mismo papel permanente y funesto que para otras personas las intrigas de los jesuitas o los judíos— por los otros sirvientes o por los porteros de que había estado al acecho, se había contentado con mirar por la ventana de la cocina «para no tener que discutir con la señora» y, con su momentánea vislumbre del Sr. de Norpois, había creído que «se trataba del Sr. Legrandin» por su agilidad y pese a que no tenían ni una sola de sus facciones en común. «Pero, en fin, ¿cómo explica que nadie haga la gelatina tan bien como usted (cuando quiere)?». «No sé por qué concurre eso», respondió Françoise (que no sabía deslindar bien los verbos «ocurrir» y «concurrir»). Por lo demás, decía la verdad, en parte, y podía —y deseaba— revelar la misteriosa razón a la que se debía la superioridad de sus gelatinas o sus natas tan poco como una señora muy elegante la de sus vestidos o una gran cantante la de su canto. Sus explicaciones no nos dicen gran cosa; lo mismo ocurría con las recetas de nuestra cocinera. «La cuecen demasiado aprisa y corriendo», respondió refiriéndose a los grandes restaurantes, «y, además, no todo al mismo tiempo. La carne tiene que volverse como una esponja y entonces se embebe de todo el jugo hasta el fondo. Sin embargo, había uno de esos cafés en el que sí que sabían un poco —me parece— cocinar. No digo que fuera del todo mi gelatina, pero lo hacían muy despacito y los soufflés tenían la nata como Dios manda». «¿Cuál? ¿“Henry”?», preguntó mi padre, quien se había incorporado a nuestra conversación y apreciaba mucho el restaurante de la plaza Gaillon, en el que celebraba, en fechas fijas, banquetes con sus colegas. «¡Oh, no!», dijo Françoise con una dulzura que ocultaba un profundo desdén. «Me refería a un pequeño restaurante. Donde ese Henry está muy bueno, desde luego, pero no es un restaurante, es más bien... ¡una tasca!». «Entonces, ¿Weber?». «¡Ah, no, señor, me refería a un buen restaurante! Weber está en la Rue Royale: no es un restaurante, es una cervecería. No sé si sirven siquiera lo que ofrecen. Creo que ni siquiera ponen mantel, lo dejan de cualquier modo sobre la mesa: a la buena de Dios». «¿Cirro tal vez?». Françoise sonrió: «¡Oh! Yo creo que allí el surtido principal es de mujeres de mundo». (Quería decir «mujeres galantes».) «Es algo que la juventud necesita, ¡qué caramba!». Estábamos advirtiendo que, con su expresión de sencillez, Françoise era para los cocineros célebres una «colega» más terrible que la más envidiosa e infatuada actriz. Sin embargo, sentimos que tenía una concepción acertada de su arte y el respeto de las tradiciones, pues añadió: «No, me refiero a un restaurante en el que parecía haber una buena cocinita burguesa. Es una casa aún bastante importante. Trabajaba mucho. ¡Ah! ¡La de cuartos que hacían allí dentro!». (Françoise contaba, ahorrativa, en cuartos, no en luises, como los desplumados en el juego.) «La Señora lo conoce bien: a la derecha, en los grandes bulevares, un poco hacia atrás...». El restaurante del que hablaba con aquella equidad, entreverada de orgullo y bonhomía, resultó ser... el Café Anglais.
El día de Año Nuevo, hice primero visitas de familia con mamá, quien, para no cansarme, las había clasificado de antemano —con ayuda de un itinerario trazado por mi padre— por barrios más que por el grado exacto de parentesco, pero, nada más entrar en el salón de una prima cuya morada no quedaba tan lejana de la nuestra como el parentesco, horrorizó a mi madre ver —con sus castañas confitadas o garrapiñadas en la mano— al mejor amigo del más susceptible de mis tíos, a quien contaría que no habíamos comenzado nuestra ronda por su casa. Dicho tío se iba a sentir herido sin lugar a dudas, le habría parecido más que natural que hubiéramos ido de la Madeleine al Jardín Botánico, donde vivía, antes de detenernos en Saint-Augustin para después dirigirnos a la Rue de L’École de Médecine.
Acabadas las visitas (mi abuela nos dispensaba de la de su casa, porque íbamos a cenar en ella aquel día), corrí hasta los Campos Elíseos a llevar a nuestra vendedora —para que se la entregara a la persona de la casa de los Swann que iba varias veces a la semana a buscar los alfajores— la carta que el día en que mi amiga me había causado tanta aflicción había decidido enviarle por Año Nuevo y en la que le decía que nuestra antigua amistad desaparecía con el año transcurrido, que olvidaba mis agravios y decepciones y a partir del 1 de enero íbamos a trabar una nueva amistad, tan sólida, que nada la destruiría, tan maravillosa, que Gilberte dedicaría —esperaba yo— cierto esmero a conservar su belleza y a avisarme a tiempo —como también yo prometía hacer— en cuanto sobreviniera el menor peligro que pudiese menoscabarla. De regreso a casa, Françoise me hizo detenerme, en la esquina de la Rue Royale, delante de un puesto al aire libre en el que escogió —de regalo para ella— fotografías de Pío IX y de Raspail y yo, por mi parte, compré una de la Berma. Las innumerables admiraciones que suscitaba la artista hacían desmerecer un poco aquel rostro singular de que disponía para corresponder a ellas, inmutable y precario, como la ropa de quienes no tienen otra para cambiarse, y en el que tan sólo podía exhibir siempre la arruguita encima del labio superior, el arqueo de las cejas, algunas otras particularidades físicas, siempre las mismas, que estaban, en una palabra, a merced de una quemadura o un choque. Por lo demás, aquel rostro no me habría parecido en sí mismo hermoso, pero inspiraba la idea —y, por consiguiente, el deseo— de besarlo por todos los besos que había habido de soportar y parecía solicitar aún —desde el fondo de la «tarjeta para álbum»— con aquella mirada de una ternura coqueta y aquella sonrisa artificiosamente ingenua, pues la Berma debía de sentir efectivamente por muchos hombres jóvenes aquellos deseos que confesaba cubierta bajo el personaje de Fedra y a cuya fácil satisfacción debía de contribuir todo, incluso el prestigio de su nombre, que realzaba su belleza y prorrogaba su juventud. Caía la noche y me detuve ante una columna con carteles de teatro, en la que se anunciaba la representación que la Berma iba a dar el día de Año Nuevo. Soplaba un viento húmedo y suave. Era un tiempo que yo conocía: tuve la sensación y el presentimiento de que el día de Año Nuevo no era un día diferente de los demás, que no era el primero de un nuevo mundo en el que —con suerte aún totalmente intacta— habría yo podido volver a conocer a Gilberte, como en el momento de la Creación, como si aún no existiera pasado, como si —junto con los indicios que al respecto se podrían haber desprendido para el futuro— se hubieran aniquilado las decepciones que a veces me había causado: un nuevo mundo en el que nada subsistiera del antiguo... salvo una cosa: mi deseo de que Gilberte me amara. Entonces comprendí que, si mi corazón deseaba esa renovación en torno a sí de un universo que no le había satisfecho, era porque mi corazón no había cambiado y me dije que no había razón para que Gilberte hubiese cambiado más; sentí que —así como no están separados de los otros por un abismo los años nuevos que nuestro deseo, al no poder alcanzarlos ni modificarlos, cubre, sin que lo sepan, con un nombre diferente— aquella nueva amistad era la misma. En vano dedicaba yo aquél a Gilberte y —así como una religión se superpone a las ciegas leyes de la naturaleza— intentaba imprimir en el día de Año Nuevo la idea particular que me había hecho de él; tenía la sensación de que no sabía que lo llamaban día de Año Nuevo, que acababa en el crepúsculo de un modo ya conocido para mí: en el viento suave que soplaba en torno a la columna de los carteles había yo reconocido, había sentido reaparecer, la materia eterna y común, la humedad familiar, la ignorante fluidez de los días antiguos.
Volví a casa. Acababa de vivir el 1 de enero de los hombres viejos, quienes ese día difieren de los jóvenes —no porque no se les hagan regalos, sino— porque ya no creen en el Año Nuevo. Regalos había recibido yo, pero no el único que me habría agradado: una nota de Gilberte. Sin embargo, yo era aún joven, en cualquier caso, puesto que había podido escribirle una mediante la cual esperaba —al comunicarle los sueños solitarios de mi cariño— despertar en ella otros iguales. La tristeza de quienes han envejecido radica en que ni siquiera se les ocurre escribir cartas semejantes, cuya ineficacia conocen por experiencia.
Cuando me hube acostado, los ruidos de la calle, prolongados hasta más tarde aquel día de fiesta, me mantuvieron despierto. Pensaba en todos cuantos acabarían la noche con placeres —el amante, la cuadrilla de juerguistas tal vez— y debían de haber ido a buscar a la Berma al final de aquella representación anunciada —había yo visto— para aquella noche. Para calmar la agitación que aquella idea hacía nacer en mí en aquella noche de insomnio, no podía decirme siquiera que la Berma tal vez no pensara en el amor, ya que los versos que recitaba y que había estudiado detenidamente le recordaban en todo momento que es delicioso, como, por lo demás, sabía perfectamente ella hasta el punto de infundir sus conocidos tormentos —pero con una intensidad nueva y una dulzura insospechada— a espectadores maravillados, pese a que cada uno de ellos los había sentido por sí mismo. Volví a encender la vela apagada para contemplar una vez más su rostro. Al pensar que seguramente estaban acariciándolo en aquel momento aquellos hombres y brindándole —y recibiendo de ella— gozos sobrehumanos e imprecisos que no podía yo impedir, experimenté una emoción más cruel que voluptuosa, una nostalgia intensificada por el sonido de la trompa, como el que se oye de noche mediada la Cuaresma y en las de muchas otras fiestas y —por carecer entonces de poesía— resulta más triste, en boca de un tabernero, que «de noche en lo profundo del bosque». En aquel momento tal vez una nota de Gilberte no habría sido lo que habría necesitado. Nuestros deseos se ponen trabas mutuamente y en la confusión de la vida raras veces una dicha corresponde exactamente a aquel que la había reclamado.
Seguí yendo a los Campos Elíseos los días de buen tiempo por calles cuyas elegantes y rosadas casas estaban inmersas —por ser la época en que estaban tan en boga las exposiciones de acuarelistas— en un cielo móvil y ligero. Mentiría, si dijera que en aquella época los palacios de Gabriel me parecían de mayor belleza que los palacetes contiguos o de época distinta. Veía más estilo —ya que no en el Palacio de la Industria— al menos en el de Trocadéro y lo habría considerado más antiguo. Mi adolescencia, sumida en un sueño agitado, envolvía en un mismo ensueño todo el barrio por el que lo paseaba y nunca se me había ocurrido que pudiera haber un edificio del siglo XVIII en la Rue Royale, como también me habría asombrado enterarme de que la puerta Saint-Martin y la puerta Saint-Denis, obras maestras de los tiempos de Luis XIV, no eran contemporáneas de los inmuebles más recientes de aquellos sórdidos barrios. Una sola vez uno de los palacios de Gabriel me hizo detenerme largo rato; es que, por haber llegado la noche, sus columnas, desmaterializadas por la luz de la luna, parecían recortadas en cartón y, por recordarme un decorado de la opereta Orfeo en los infiernos, me daban por primera vez una impresión de belleza.
Ahora bien, Gilberte no siempre volvía a los Campos Elíseos y, sin embargo, yo habría necesitado verla, pues ya ni siquiera recordaba su rostro. La mirada investigadora, ansiosa, exigente que dirigimos a quien amamos, nuestra espera de la palabra que nos infundirá o nos disipará la esperanza de una cita para el día siguiente y —hasta que dicha palabra sea pronunciada— nuestra imaginación alterna —ya que no simultánea— de la alegría y la desesperación hacen que nuestra atención ante la persona amada sea demasiado trémula para que pueda obtener una imagen bien nítida de ella. Tal vez esa actividad de todos los sentidos a la vez y que intenta conocer tan sólo con las miradas lo que está más allá de ellas sea también demasiado indulgente con las mil formas, con todos los sabores, con los movimientos de la persona viva a quien, cuando no amamos, solemos inmovilizar. En cambio, el modelo querido se mueve; siempre tenemos de él fotografías fallidas. Yo ya no sabía, la verdad, cómo eran las facciones de Gilberte, salvo en los divinos momentos en que las exhibía para mí: sólo recordaba su sonrisa. Y, al no poder volver a ver aquel rostro querido, por mucho que me esforzara por recordarlo, me irritaba encontrar —dibujados en mi memoria con una exactitud definitiva— los —inútiles y sorprendentes— del hombre del tiovivo y de la vendedora de pirulíes: así, quienes han perdido a un ser querido a quien nunca vuelven a ver, se exasperan, mientras duermen, al encontrar sin cesar en sus sueños a tantas personas insoportables con cuyo conocimiento en estado de vela basta y sobra. Con su impotencia para representarse el objeto de su dolor, casi se acusan de no sentir dolor y a mí me costaba rechazar la idea de que, al no poder recordar las facciones de Gilberte, la había olvidado incluso y había dejado de amarla.
Por fin volvió a jugar casi todos los días y a poner ante mí nuevas cosas que desear, que pedirle, para el día siguiente, con lo que no dejaba de renovar todos los días mi cariño, pero una cosa cambió una vez más y bruscamente la forma como todas las tardes, hacia las dos, se planteaba el problema de mi amor. ¿Habría descubierto el Sr. Swann la carta que yo había escrito a su hija o es que Gilberte se limitaba a confesarme mucho después —y para que yo me mostrara más prudente— un estado de cosas ya antiguo? Cuando estaba diciéndole lo mucho que admiraba a su padre y a su madre, adoptó aquella expresión nebulosa, cargada de reticencias y secreto, que ponía cuando le hablaban de lo que debía hacer, de sus recados y sus visitas, y de repente acabó diciéndome: «¡Es que, mira, no te tragan!», y, escurridiza cual ondina como era, se echó a reír. Con frecuencia su risa en disonancia con sus palabras parecía —como la música— describir en otro plano una superficie invisible. El Sr. y la Sra. Swann no pedían a Gilberte que cesara de jugar conmigo, pero habrían preferido —pensaba ella— que nunca hubiéramos comenzado. No veían con buenos ojos mis relaciones con ella, pues no me tenían en alto concepto moralmente y se imaginaban que había por fuerza de ejercer en su hija una mala influencia. Yo me imaginaba que esa clase de jóvenes poco escrupulosos a quienes —según creía el Sr. Swann— me parecía yo detestaban a los padres de la muchacha a quien amaban, los halagaban en su presencia, pero se burlaban de ellos cuando estaban a solas con ella y la incitaban a desobedecerlos y, una vez que habían conquistado a su hija, les impedían incluso verla. ¡Con qué ímpetu oponía mi corazón a esos rasgos —que nunca son aquellos que el mayor miserable ve en sí mismo— los sentimientos que abrigaba para con Swann, tan apasionados, al contrario, que no me cabía duda de que, si los hubiera sospechado, se habría arrepentido de su juicio sobre mí como de un error judicial! Me atreví a escribirle todo lo que sentía por él en una larga carta que confié a Gilberte, junto con el ruego de que se la entregara. Ella accedió. Resultó —¡ay!— que veía en mí a un impostor mayor aún de lo que yo pensaba y puso en duda aquellos sentimientos que yo creía haber descrito, en dieciséis páginas, con tanta verdad: la carta que le escribí, tan apasionada y sincera como las palabras que había yo dicho al Sr. de Norpois, no tuvo más éxito. El día siguiente, después de haberme llevado aparte, tras un seto de laureles, en una callecita del parque en la que nos sentamos cada uno en una silla, Gilberte me contó que, al leer la carta, que me devolvía, su padre había dicho, al tiempo que se encogía de hombros: «Todo esto nada significa y prueba aún más que estoy en lo cierto». Yo, conocedor de la pureza de mis intenciones y la bondad de mi alma, me sentí indignado de que mis palabras no hubiesen rozado siquiera el error de Swann, pues se trataba de un error, no lo dudé en aquel momento. Me parecía que había descrito con tanta exactitud ciertas características irrecusables de mis sentimientos generosos, que, si Swann no los reconocía gracias a ellas y no venía a pedirme perdón y confesar que se había equivocado, debía de ser porque nunca había sentido, a su vez, esos nobles sentimientos, lo que debía de incapacitarlo para comprenderlos en otros.
Ahora bien, tal vez supiera Swann simplemente que con frecuencia la generosidad no es sino el aspecto anterior que cobran nuestros sentimientos egoístas cuando aún no los hemos nombrado y clasificado. Tal vez hubiera reconocido en la simpatía que yo le expresaba un simple efecto —y una confirmación entusiasta— de mi amor a Gilberte, que más adelante regiría fatalmente mis actos, en lugar de mi veneración secundaria para con él. Yo no podía compartir sus previsiones, pues no había logrado abstraer de mí mismo mi amor, hacerlo entrar en la generalidad de los otros y calibrar experimentalmente sus consecuencias; me sentía desesperado. Tuve que separarme por un instante de Gilberte, pues Françoise me había llamado. Hube de acompañarla a un pequeño pabellón con un enrejado verde, bastante parecido a las oficinas municipales de arbitrios del antiguo París y en el que habían instalado, hacía poco, lo que en Inglaterra llaman “lavabos” y en Francia —por una anglomanía mal informada— water-closets. Las húmedas y antiguas paredes de la entrada, ante la que me quedé esperando a Françoise, desprendían un fresco olor a cerrado, que —al aliviarme al instante de las preocupaciones que acababan de infundirme las palabras de Swann transmitidas por Gilberte— me embargó con un placer diferente de los otros, que nos dejan más inestables, menos aptos para provocarlos, con un placer, al contrario, consistente —delicioso, apacible, grávido de una verdad duradera, explicada y cierta— al que podía entregarme. Me habría gustado —como en mis paseos de otro tiempo por la parte de Guermantes— intentar ahondar en el encanto de aquella impresión sobrevenida y permanecer inmóvil interrogando a aquella emanación anticuada que no me proponía gozar del placer tan sólo brindado por añadidura, sino descender a la realidad no revelada, pero la encargada del establecimiento, anciana de mejillas maquilladas y peluca pelirroja, se puso a hablarme. Françoise la consideraba «de muy buena familia». Su «jovencita» se había casado, según Françoise, con «un mozo de buena familia» y, por consiguiente, alguien a quien consideraba más diferente de un obrero que Saint-Simon a un duque de un hombre «procedente de la hez del pueblo». Seguramente la encargada, antes de serlo, había tenido reveses, pero Françoise aseguraba que era marquesa y pertenecía a la familia de Saint-Ferréol. Aquella marquesa me aconsejó no permanecer al fresco y me abrió incluso un excusado, al tiempo que me decía: «¿Quiere entrar? Aquí tiene uno muy limpio: para usted será gratis». Tal vez lo hiciera tan sólo como las señoritas de donde Gouache, quienes, cuando íbamos a hacer un pedido, me ofrecían uno de los caramelos que tenían en el mostrador bajo campanas de cristal y que mamá me prohibía —¡ay!— aceptar; tal vez también —y menos inocentemente— como una anciana florista a quien mamá encargaba llenar sus «jardineras» y que me daba una rosa, al tiempo que me miraba con ojos cariñosos. En todo caso, si la «marquesa» sentía inclinación por los muchachos, al abrirles la hipogeica puerta de aquellos cubos de piedra en los que los hombres se acuclillan como esfinges, no debía de aspirar con sus generosidades tanto a corromperlos cuanto a experimentar el placer de mostrarse vanamente pródiga para con lo amado, pues nunca vi junto a ella a otro visitante que un viejo guarda forestal del parque.
Un instante después, me despedí de la «marquesa», acompañado de Françoise, y me separé de esta última para volver junto a Gilberte. La vislumbré en seguida, sentada en una silla, tras el seto de laureles, para que no la vieran sus amigas —estaban jugando al escondite— y fui a sentarme a su lado. Llevaba un gorro plano que le llegaba hasta los ojos y les prestaba la misma mirada «de soslayo», soñadora y pícara, que tenía la primera vez que la vi en Combray. Le pregunté si había alguna posibilidad de que tuviese yo una explicación verbal con su padre. Gilberte me dijo que ella misma se lo había propuesto, pero él la consideraba inútil. «Ten», dijo, «quédate con tu carta, que hay que volver con las otras, pues no me han encontrado».
Si Swann hubiera llegado entonces, justo antes de que la recuperara yo, aquella carta de la sinceridad por la que había sido tan insensato —me parecía a mí— de no dejarse persuadir, tal vez hubiese visto que era él quien tenía razón, pues, al acercarme a Gilberte, quien, echada hacia atrás en la silla, me decía que cogiera la carta, pero no me la alargaba, me sentí tan atraído por su cuerpo, que le dije:
«Venga, impídeme cogerla, vamos a ver quién puede más».
Se la colocó a la espalda, yo pasé las manos tras su cuello, al tiempo que levantaba las trenzas que llevaba —ya fuera porque fuesen aún propias de su edad o porque su madre quisiera hacerla parecer niña durante más tiempo para rejuvenecerse, a su vez— y luchamos arqueándonos. Yo intentaba atraerla hacia mí y ella se resistía; sus mejillas encendidas por el esfuerzo estaban rojas y redondas como cerezas; se reía como si le hubiera hecho cosquillas; yo la tenía apretada entre mis piernas como un arbusto al que hubiese querido trepar y, en plena gimnasia, sin que aumentara apenas el jadeo que me provocaba el ejercicio muscular y la pasión del juego, derramé —como unas gotas de sudor arrancadas por el esfuerzo— mi goce, en el que no pude entretenerme ni siquiera el tiempo de experimentar el gusto; al instante cogí la carta. Entonces Gilberte me dijo, bondadosa:
«Mira, si quieres, podemos seguir luchando un poco más».
Tal vez hubiera sentido obscuramente que mi juego tenía un objeto distinto del confesado, pero no había podido comprobar si yo lo había alcanzado, y yo, temiendo —y cierto movimiento retráctil y contenido de pudor ofendido que hizo un instante después me movió a pensar que no me había equivocado al respecto— que lo hubiese notado acepté seguir luchando, por miedo a que creyera que no me había propuesto otro objetivo que aquel tras cuya consecución ya no deseaba sino permanecer tranquilo junto a ella.
De regreso a casa, vislumbré, recordé bruscamente, la imagen, oculta hasta entonces, a la que me había aproximado, sin dejarme verla ni reconocerla, el fresco, que olía casi a hollín, del pabellón enrejado. Era la del cuartito de mi tío Adolphe, en Combray, que exhalaba, en efecto, el mismo perfume de humedad, pero no pude comprender —y dejé para más tarde su búsqueda— la razón por la que el recuerdo de una imagen tan insignificante me había brindado tamaña felicidad. De momento, me pareció que merecía de verdad el desdén del Sr. de Norpois: hasta entonces había preferido —de todos los escritores— aquel a quien él llamaba «flautista» y lo que me había infundido una auténtica exaltación no había sido una idea importante, sino un olor a mohecido.
Desde hacía un tiempo, en ciertas familias, el nombre de los Campos Elíseos, si algún visitante lo pronunciaba, era acogido por las madres con la expresión malévola que reservan para un médico reputado a quien, según dicen, han visto emitir demasiados diagnósticos erróneos para seguir teniendo confianza en él; aseguraban que ese parque no sentaba bien a los niños, que se podía citar más de un dolor de garganta, más de un sarampión y numerosas fiebres de los que era responsable. Sin poner en duda abiertamente el cariño de mamá, quien seguía enviándome a él, algunas de sus amigas deploraban al menos su ceguera.
Tal vez sean los neurópatas «aprensivos», pese a la expresión consagrada, quienes menos «aprensión» demuestran: notan en sí mismos tantas cosas de las que, como después comprenden, no debían alarmarse, que acaban no prestando atención a ninguna. Su sistema nervioso les ha gritado tan a menudo: «¡Socorro!», como en el caso de una enfermedad grave, cuando simplemente iba a nevar o iban a cambiar de piso, que se acostumbran a dejar de tener en cuenta esos avisos tanto como un soldado, quien, con la fogosidad de la acción, los advierte tan poco, que, pese a estar agonizando, es capaz de continuar algunos días más llevando la vida de un hombre con buena salud. Una mañana, con la coordinación interior de mis indisposiciones habituales, de cuya circulación constante e intestina se ocupaba siempre mi mente tan poco como de la de mi sangre, corrí, alegre, hacia el comedor, donde mis padres estaban ya sentados a la mesa y —tras pensar, como de costumbre, que tener frío no necesariamente significa que debamos abrigarnos, sino, por ejemplo, que hemos sufrido una reprimenda, y no tener hambre, que va a llover y no que no debamos comer— me senté a la mesa, cuando, en el momento de tragar el primer bocado de una apetitosa chuleta, una náusea, un mareo, me detuvieron, respuesta febril del comienzo de una enfermedad cuyos síntomas había ocultado, retrasado, el hielo de mi indiferencia, pero que rechazaba con obstinación el alimento que yo no estaba en condiciones de absorber. Entonces, en el mismo segundo, la idea de que, si advertían que estaba enfermo, me impedirían salir, me infundió —como el instinto de conservación a un enfermo— la fuerza para arrastrarme hasta mi cuarto, donde vi que tenía 40º de fiebre y a continuación prepararme para ir a los Campos Elíseos. Mediante el languideciente y permeable cuerpo que lo rodeaba, mi risueño pensamiento anhelaba, exigía, el dulce gozo de una partida de tejo con Gilberte y, una hora después, sosteniéndome apenas, pero feliz junto a ella, tuve fuerzas para saborearlo una vez más.
Al regreso, Françoise declaró que me había sentido «indispuesto», que debía de haberme «enfriado», y el doctor, a quien llamaron al instante, declaró «preferir» la «severidad», la «virulencia» del acceso febril que acompañaba mi congestión pulmonar e iba a ser «simple fuego de paja», a formas más «insidiosas» y «larvadas». Llevaba ya un tiempo padeciendo ahogos y nuestro médico —pese a la desaprobación de mi abuela, quien ya me veía muriendo de alcoholismo— me había aconsejado —además de la cafeína que me prescribían para que me ayudara a respirar— tomar cerveza, champán o coñac, cuando notara la llegada de un ataque. Éstos abortarían —decía— con la «euforia» causada por el alcohol. Con frecuencia me veía obligado —para que mi abuela permitiera que me los administraran— a no ocultar, a exhibir casi, mi estado de ahogo. Por lo demás, en cuanto sentía que se acercaba, siempre inseguro de las proporciones que adoptaría, me inquietaba por la tristeza de mi abuela, que yo temía mucho más que mi padecimiento, pero al mismo tiempo mi cuerpo —ya fuera porque estuviese demasiado débil para conservar para sí el secreto de aquél o porque temiera que, por desconocer la enfermedad inminente, me exigiesen algún esfuerzo que le hubiera resultado imposible o peligroso— me infundía la necesidad de avisar a mi abuela de mis indisposiciones con una exactitud propiciada en última instancia como por un escrúpulo fisiológico. En cuanto advertía en mí un síntoma enojoso que aún no había discernido, mi cuerpo sentía angustia hasta que no se lo hubiera comunicado a mi abuela. Si ella fingía no prestarle la menor atención, aquél me pedía que insistiera. A veces yo exageraba y el rostro querido, que ya no dominaba tan bien sus emociones como en otro tiempo, dejaba traslucir una expresión de piedad, una contracción dolorosa. Entonces mi corazón se sentía torturado por el espectáculo del dolor que ella sentía: como si mis besos hubieran debido borrar aquel dolor, como si mi ternura hubiese podido infundir a mi abuela tanta alegría como mi felicidad, me arrojaba en sus brazos y, como, por otra parte, los escrúpulos resultaban aplacados por la certidumbre de que ella conocía la indisposición sentida, mi cuerpo no se oponía a que la tranquilizara. Yo aseguraba que en modo alguno se trataba de una indisposición dolorosa, que no había motivo alguno para compadecerme, que podía estar segura de que estaba contento: mi cuerpo había querido obtener exactamente la piedad que merecía y, con tal de que supieran que tenía un dolor en su costado derecho, no veía inconveniente en que yo declarara que no se trataba de una enfermedad ni representaba un obstáculo a mi felicidad, pues mi cuerpo no se entregaba a la filosofía, que no era de su incumbencia. Durante mi convalecencia tuve casi todos los días esos ataques de ahogo. Una noche, muy tarde, mi abuela entró en mi alcoba y al ver —a diferencia de aquella misma tarde, en que, al separarse de mí, me encontraba bastante bien— que me faltaba la respiración, exclamó con las facciones descompuestas: «¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto padeces!». Salió en seguida, oí al instante la puerta cochera y volvió un poco después con coñac, que había ido a comprar, porque en casa no quedaba. No tardé en empezar a sentirme contento. Mi abuela, un poco colorada, tenía expresión de incomodidad y en sus ojos había un aire de cansancio y desánimo.
«Prefiero dejarte y que aproveches un poco esta mejoría», me dijo, al tiempo que salía bruscamente. Sin embargo, yo la besé y sentí algo mojadas sus frescas mejillas y no pude saber si se debía a la humedad del aire nocturno que acababa de atravesar. El día siguiente, no acudió a mi alcoba hasta la noche, porque había tenido —me dijeron— que salir. Me pareció una muestra de profunda indiferencia para conmigo y me contuve para no reprochársela.
Como —pese a que ya no se podían explicar por la congestión, desaparecida mucho tiempo atrás— persistieron mis ahogos, mis padres solicitaron la presencia del profesor Cottard para que me reconociera. No basta con que un médico, llamado a examinar casos de esa clase, tenga preparación. Al encontrarse ante síntomas que pueden ser los de tres o cuatro enfermedades diferentes, su olfato, su ojo clínico, son, a fin de cuentas, los que deciden de cuál puede tratarse, pese a las apariencias prácticamente semejantes. Ese don misterioso no entraña una superioridad en los otros aspectos de la inteligencia, por lo que una personalidad muy vulgar, que guste de la peor pintura, la peor música, y carezca de la menor curiosidad intelectual, puede tenerlo. En mi caso, lo que era materialmente observable podía estar causado tanto por espasmos nerviosos, por un comienzo de tuberculosis, por el asma, por una disnea toxialimentaria con insuficiencia renal, por una bronquitis crónica como por un estado complejo en el que hubieran intervenido varios de esos factores. Ahora bien, los espasmos nerviosos requerían un trato desdeñoso; la tuberculosis, grandes atenciones y un tipo de sobrealimentación que habría sido contraproducente para una afección artrítica como el asma y habría podido resultar peligroso en caso de disnea toxialimentaria, que exige un régimen nefasto, en cambio, para un tuberculoso, pero las vacilaciones de Cottard fueron breves y sus prescripciones imperiosas: «Purgantes fuertes y drásticos, leche durante varios días y sólo leche. Nada de carne ni de alcohol». Mi madre murmuró que yo necesitaba, sin embargo, algo muy reconstituyente, que ya era bastante nervioso, que aquella purga de caballo y aquel régimen me debilitarían mucho. Vi en los ojos de Cottard, tan inquietos como si temiera perder el tren, que se preguntaba si no se habría dejado llevar por su natural bondadoso. Intentaba recordar si había pensado en adoptar una máscara de frialdad, como quien busca un espejo para ver si ha olvidado anudarse la corbata. En la duda y para compensar, por si acaso, respondió, grosero: «No acostumbro a repetir dos veces mis prescripciones. Déme una pluma. Y sobre todo andando con la leche. Más adelante, cuando hayamos yugulado los ataques y la agripnia, no me importará que tome algunos potajes y después purés, pero siempre con leche, con leche. Le gustará. Después volverá progresivamente a la vida normal, pero, siempre que vuelvan la tos y los ahogos, purgantes, lavados intestinales, leche y lecho». Escuchó, con expresión glacial y sin responder, las últimas objeciones de mi madre y, como nos dejó sin haberse dignado explicar las razones para aquel régimen, mis padres lo consideraron improcedente para mi caso e inútilmente debilitante y no me hicieron probarlo. Naturalmente, procuraron ocultar al profesor su desobediencia y, para lograrlo con mayor seguridad, evitaron todas las casas en las que habrían podido encontrárselo. Después, como mi estado se agravó, se decidieron a hacerme seguir al pie de la letra las prescripciones de Cottard; al cabo de tres días, me habían desaparecido los estertores y la tos y respiraba bien. Entonces comprendimos que Cottard, además de verme —como dijo más adelante— bastante asmático y sobre todo «chiflado», había discernido que lo que predominaba en mí en aquel momento era la intoxicación y que vaciándome el hígado y lavándome los riñones descongestionaría mis bronquios, me devolvería el aliento, el sueño, las fuerzas, y comprendimos que aquel imbécil era un gran clínico. Por fin pude levantarme, pero hablaban de no enviarme más a los Campos Elíseos. Decían que era por el aire pernicioso; a mí no me cabía la menor duda de que aprovechaban aquel pretexto para que no pudiera ver más a la Srta. Swann y yo me forzaba a repetir todo el tiempo el nombre de Gilberte, como ese lenguaje natal que los vencidos se esfuerzan por mantener para no olvidar la patria que no volverán a ver. A veces mi madre me pasaba la mano por la frente, al tiempo que me decía:
«¿Qué? ¿Ya no cuentan los niños a sus mamás las penas que tienen?».
Françoise se me acercaba todos los días diciendo: «¡Ay, qué cara tiene el señorito! ¿No se ha mirado en el espejo? ¡Parece un muerto!». Cierto es que, si hubiera yo tenido un simple resfriado, Françoise habría puesto la misma expresión fúnebre. Aquellas lamentaciones se debían más a su «clase» que a mi estado de salud. Yo no distinguía entonces si aquel pesimismo era en Françoise doloroso o satisfecho. Concluí provisionalmente que era social y profesional.
Un día, a la hora del correo, mi madre dejó sobre mi cama una carta. La abrí, distraído, pues no podía llevar la única firma que me habría hecho feliz, la de Gilberte, con quien, fuera de los Campos Elíseos, no mantenía yo relaciones. Ahora bien, lo que vi —al pie del papel, timbrado con un sello de plata que representaba a un caballero con casco bajo el que se contorneaba esta divisa: Per viam rectam, debajo de una carta escrita con letra grande y casi todas cuyas frases parecían subrayadas, simplemente porque la raya de las t, al no estar trazada a través de ellas, sino por encima, situaba un trazo bajo la palabra correspondiente de la línea superior— fue precisamente la firma de Gilberte, pero, como lo consideraba imposible en una carta dirigida a mí, verlo —sin creerlo— no me dio alegría. Durante un instante, lo único que consiguió fue teñir de irrealidad todo lo que me rodeaba. Con una velocidad vertiginosa, aquella firma sin verosimilitud jugaba a las cuatro esquinitas con mi cama, mi chimenea, mi pared. Veía vacilar todo, como quien se cae de un caballo, y me preguntaba si habría una existencia totalmente distinta de la que conocía, en contradicción con ella, pero que fuese la verdadera y que, al mostrárseme de repente, me embargaba con esa vacilación que los escultores que han representado el Juicio Final han infundido a los muertos resucitados en el umbral del otro mundo. «Querido amigo», decía la carta, «he sabido que estás muy enfermo y que ya no vas a los Campos Elíseos. Yo tampoco voy apenas, porque muchos están enfermos, pero mis amigas vienen a merendar todos los lunes y viernes a casa. Mamá me ha encargado decirte que nos encantaría que vinieras tú también, en cuanto te repongas, y podríamos reanudar en casa nuestras interesantes charlas de los Campos Elíseos. Adiós, querido amigo, espero que tus padres te permitan venir con frecuencia a merendar. Con toda mi amistad, Gilberte».
Mientras leía aquellas palabras, mi sistema nervioso recibía con admirable diligencia la noticia de que me sobrevenía una gran dicha, pero mi alma —es decir, yo mismo y, en una palabra, el principal interesado— seguía ignorándolo. La dicha —la dicha por mediación de Gilberte— era algo con lo que no había dejado de soñar, algo totalmente propio de los pensamientos, era, como decía Leonardo de la pintura, cosa mentale. Una hoja de papel cubierta de caracteres es algo que el pensamiento no asimila en seguida, pero, en cuanto hube terminado de leer la carta, pensé en ella, pasó a ser un objeto de ensueño, pasó a ser, también ella, cosa mentale y la amaba ya tanto, que cada cinco minutos tenía que releerla, besarla. Entonces experimenté la felicidad.
La vida está sembrada de esos milagros que siempre pueden esperar quienes aman. Es posible que aquél fuese provocado artificialmente por mi madre, quien, al ver que desde hacía algún tiempo había perdido totalmente las ganas de vivir, tal vez hubiera mandado pedir a Gilberte que me escribiese, así como, en la época de mis primeros baños de mar, entregaba —para infundirme el gusto de sumergirme, cosa que yo detestaba, porque me cortaba la respiración— a hurtadillas a mi instructor de natación maravillosas cajas con conchas y ramas de coral, que yo creía encontrar por mí mismo en el fondo de las aguas. Por lo demás, en relación con todos los sucesos que en la vida y sus situaciones contrastadas se refieren al amor, lo mejor es no intentar comprender, ya que en lo que tienen de inexorable e inesperado parecen regidos por leyes más mágicas que racionales. Cuando un multimillonario —hombre, pese a ello, encantador— ha de separarse —a petición de ella— de la mujer pobre y sin atractivo con quien vive, recurre —por desesperación— a todos los poderes del oro y pone en juego todas las influencias de la Tierra, sin conseguir que se retracte de su decisión, más le vale —ante la invencible terquedad de su amante— suponer —antes que buscar una explicación lógica— que el Destino quiere aplastarlo y matarlo de una enfermedad del corazón. Esos obstáculos contra los que deben luchar los amantes y que su imaginación, sobreexcitada por el sufrimiento, en vano intenta adivinar estriban a veces en cierta singularidad de carácter de la mujer que no pueden recuperar: en su necedad, en la influencia que han ejercido sobre ella y los temores que le han sugerido personas a quienes el amante no conoce, en la clase de placeres que pide momentáneamente a la vida y que ni su amante ni su fortuna pueden ofrecerle. En todo caso, el amante no está precisamente en condiciones de conocer la naturaleza de los obstáculos que la astucia de la mujer le oculta y que su propio juicio, falseado por el amor, le impide apreciar con exactitud. Se parecen a esos tumores que el médico acaba reduciendo, pero sin haber conocido su origen. Como ellos, esos obstáculos siguen sumidos en el misterio, pero son temporales. Sólo, que por lo general duran más que el amor y, como éste no es una pasión desinteresada, el enamorado que ha dejado de amar no intenta averiguar por qué se negó obstinadamente y durante años la mujer pobre y ligera a quien amaba a que siguiese manteniéndola.
Ahora bien, el propio misterio que —cuando de lo que se trata es del amor— oculta con frecuencia la causa de las catástrofes rodea con la misma frecuencia la subitaneidad de ciertas soluciones afortunadas —como la que me había brindado la carta de Gilberte— o que al menos parecen serlo, pues muy pocas lo son realmente, cuando se trata de un sentimiento tal, que cualquier satisfacción que le brindamos no hace por lo general sino desplazar el dolor. A veces, sin embargo, se concede una tregua y durante un tiempo nos hacemos la ilusión de estar curados.
Por lo que se refiere a la carta a cuyo pie Françoise se negó a reconocer el nombre de Gilberte, porque la G historiada y apoyada en una i sin punto parecía una A, mientras que la última sílaba estaba indefinidamente prolongada con ayuda de una rúbrica dentada, tal vez podamos pensar —si nos empeñamos en buscar una explicación racional del brusco cambio que expresaba y me hacía tan feliz— que, por mi parte, lo debiera yo a un incidente, a mi juicio, de lo más idóneo, al contrario, para perderme por siempre jamás ante la mentalidad de los Swann. Poco tiempo antes —estando en mi alcoba el profesor Cottard, a quien, desde que seguía su régimen, habían mandado llamar de nuevo—, vino a verme Bloch. Acabada la consulta, tras la cual Cottard permaneció tan sólo como visitante, porque mis padres le habían pedido que se quedara a cenar, dejaron entrar a Bloch. Como —cuando estábamos charlando todos— Bloch había contado que, según había oído decir a una persona con la que había cenado y que era, a su vez, muy amiga de ella, la Sra. Swann me apreciaba mucho, me habría gustado responder que se equivocaba de medio a medio y hacer constar con toda claridad —por el mismo escrúpulo que me había movido a declarárselo al Sr. de Norpois y por miedo a que la Sra. Swann me tomara por un mentiroso— que no la conocía y nunca había hablado con ella, pero no tuve valor para rectificar el error de Bloch, porque comprendí perfectamente que era voluntario y que la razón para inventarse algo que la Sra. Swann no había podido decir, en efecto, era la de hacer saber —cosa que consideraba lisonjera y era falsa— que había cenado junto a una de las amigas de esa señora. Ahora bien, sucedió que, mientras que el Sr. de Norpois, al enterarse de que yo no conocía —y me habría gustado conocer— a la Sra. Swann, se había abstenido de hablarle de mí, Cottard, su médico, tras deducir de lo oído a Bloch que yo la conocía mucho y ella me apreciaba, pensó que decir, cuando la viese, que yo era un muchacho encantador con quien tenía amistad no podía revestir utilidad alguna para mí y sería halagador para él, dos razones que le decidieron a hablar de mí a Odette en cuanto tuvo ocasión.
Conque conocí aquel piso del que emanaba hasta la escalera el perfume utilizado por la Sra. Swann, pero que embalsamaba mucho más aún el particular y doloroso encanto que desprendía la vida de Gilberte. El implacable portero, convertido en una benévola euménide, adoptó la costumbre —cuando yo le preguntaba si podía subir— de indicarme —al tiempo que alzaba su gorra con mano propicia— que atendía mi ruego. Cuando, en la temporada de buen tiempo, pasaba toda una tarde con Gilberte en su cuarto, tenía ocasión de abrir yo mismo las ventanas que desde fuera interponían entre mi persona y los tesoros que no me estaban destinados una mirada luminosa, distante y superficial, la mirada misma —me parecía— de los Swann, para dejar entrar un poco de aire e incluso asomarme junto a ella —si era el día en que su madre recibía— para ver llegar las visitas que con frecuencia —alzando la cabeza al apearse del coche— me saludaban con la mano, al confundirme con algún sobrino de la señora de la casa. En aquellos momentos, las trenzas de Gilberte me tocaban la mejilla. Me parecían —con la finura de su grama, a la vez natural y sobrenatural, y el poderío de su artístico follaje— una obra única para la que se había utilizado el propio césped del Paraíso. ¡Qué herbario celeste no habría yo dado como relicario a un mechón, por ínfimo que hubiera sido, de ellas! Pero, como no esperaba obtener uno de verdad, si al menos hubiera podido poseer su fotografía, ¡cuánto más preciosa me habría sido que la de florecillas dibujadas por Da Vinci! Para conseguir una, caí —ante amigos de los Swann e incluso fotógrafos— en bajezas que no me procuraron lo que deseaba, pero me hicieron trabar relación por siempre jamás con personas muy aburridas.
Ahora los padres de Gilberte, quienes durante tanto tiempo me habían impedido verla, si —cuando yo entraba en la sombría antecámara en la que planeaba perpetuamente la posibilidad, más tremenda y deseada que en tiempos la aparición del Rey en Versalles, de encontrármelos y en la que por lo general, tras haber chocado contra un enorme perchero con siete brazos, como el Candelabro de las escrituras, me deshacía en saludos ante un lacayo sentado, con su largo faldón gris, en el cofre de madera y a quien en la obscuridad había confundido con la Sra. Swann— acertaba a pasar uno de ellos en el momento de mi llegada, lejos de poner expresión irritada, me estrechaban la mano sonriendo y me decían:
«Hola, ¿qué tal?» (con una entonación que, una vez de vuelta en casa, no cesaba yo de imitar con voluptuosidad). «¿Sabe Gilberte que estás aquí? Entonces te dejo».
Más aún: las propias meriendas que Gilberte ofrecía a sus amigas —y que por tanto tiempo me habían parecido la más infranqueable de las separaciones acumuladas entre ella y yo— pasaban ahora a ser una ocasión para reunirnos de la que me avisaba mediante una nota, escrita —por ser yo aún una relación bastante nueva— en un papel de cartas siempre diferente. Una vez estaba adornado con un caniche azul en relieve que coronaba una leyenda humorística escrita en inglés y seguida de un punto de exclamación; otra vez, timbrado con un ancla marina o con la cifra G. S., desmesuradamente alargada en un rectángulo que ocupaba toda la altura de la hoja o también con el nombre «Gilberte», ora trazado de través en un ángulo en caracteres dorados que imitaban la firma de mi amiga y acababan en una rúbrica, por debajo de un paraguas abierto impreso en negro, ora encerrado en un monograma en forma de sombrero chino que contenía todas sus letras en mayúsculas sin que se pudiera distinguir una sola. Por último, como la serie de papeles de cartas que Gilberte poseía, por numerosa que fuese, no era ilimitada, al cabo de algunas semanas volvía yo a ver de nuevo el que llevaba —como la primera vez que me había escrito— la divisa: Per viam rectam, por encima del caballero con casco, en una medalla de plata bruñida. Y ella elegía cada uno de ellos tal día en lugar de tal otro en virtud —pensaba yo entonces— de ciertos ritos, pero más bien —creo ahora— para recordar los que había utilizado las otras veces a fin de no enviar nunca el mismo a uno de sus corresponsales, al menos de aquellos por los que se tomaba la molestia para quedar bien, salvo a intervalos lo más alejados posible. Como —por la diferencia de las horas de sus clases— algunas de las amigas a quienes Gilberte invitaba a aquellas meriendas se veían obligadas a marcharse justo cuando llegaban las otras, desde la escalera oía yo salir de la antecámara un murmurio de voces que, con la emoción que me infundía la imponente ceremonia a la que iba a asistir, rompía bruscamente —mucho antes de que llegara al rellano— los vínculos que me unían aún a la vida anterior y me impedía recordar incluso que debía quitarme el pañuelo del cuello, una vez que estuviera en un ambiente cálido, y mirar la hora para no volver a casa con demasiado retraso. Por lo demás, aquella escalera —toda ella de madera, como las hacían entonces en ciertas casas de vecindad, con aquel estilo Enrique II que durante tanto tiempo había sido el ideal de Odette y que pronto iba a abandonar y con un cartel sin equivalente en nuestra casa, en el que se leían estas palabras: «Prohibido bajar en el ascensor»— me parecía algo tan prestigioso, que se trataba —dije a mis padres— de una escalera antigua traída de muy lejos por el Sr. Swann. Mi amor de la verdad era tal, que no habría vacilado en darles esa información, aun cuando hubiese sabido que era falsa, pues sólo así podían sentir el mismo respeto que yo ante la escalera de los Swann. Así, ante un ignorante que no puede comprender en qué consiste el genio de un gran médico consideramos oportuno no confesar que no hay un tratamiento para el catarro nasal, pero, como yo no tenía el menor espíritu de observación, como, en general, no sabía ni el nombre ni la especie de las cosas que se encontraban ante mis ojos y sólo comprendía que, si estaban próximas a los Swann, debían de ser extraordinarias, no me pareció indubitable que, al comunicar a mis padres el valor artístico y la lejana procedencia de aquella escalera, dijese una mentira. No me pareció indubitable, pero debió de parecerme probable, pues sentí que me ponía muy colorado, cuando mi padre me interrumpió diciendo: «Conozco esas casas; he visto una y son todas iguales; simplemente Swann ocupa varios pisos; los construyó Berlier». Añadió que había querido alquilar una de ellas, pero había renunciado, porque no le habían parecido cómodas y la entrada bastante obscura; lo dijo, pero yo sentí instintivamente que mi entendimiento debía hacer, ante el prestigio de los Swann y mi felicidad, los sacrificios necesarios y, mediante una imposición autoritaria, aparté —pese a lo que acababa de oír— por siempre jamás de mí —como un devoto la Vida de Jesús de Renan— la disolvente idea de que el suyo fuese un piso cualquiera en el que hubiésemos podido vivir nosotros.
Sin embargo, aquellos días en que iba a merendar, al ascender —despojado ya de mi pensamiento y mi memoria, reducido ya a simple juguete de los más viles reflejos— por la escalera peldaño a peldaño, llegaba a la zona en que se dejaba sentir el perfume de la Sra. Swann. Ya creía ver la majestad de la tarta de chocolate, rodeada de un círculo de platos con pastas y grises servilletitas damasquinadas con dibujos, exigidas por la etiqueta y particulares de los Swann, pero aquel conjunto invariable y ordenado parecía —como el universo necesario de Kant— suspendido de un acto supremo de libertad, pues, cuando estábamos los dos en el saloncito de Gilberte, de repente, tras mirar la hora, decía ella:
«Hombre, mi almuerzo empieza a estar lejos y no ceno hasta las ocho, tengo ganas de comer algo. ¿Qué me dices?».
Y nos hacía entrar en el comedor, sombrío como el interior de un templo asiático pintado por Rembrandt y en el que una tarta arquitectónica, tan bonachona y familiar como imponente, parecía reinar allí a todo evento, como un día cualquiera, para el caso de que se hubiese antojado a Gilberte descoronarla de sus almenas de chocolate y abatir sus murallas con declives carmelitas y empinados, horneados como los bastiones del palacio de Darío. Más aún: para lanzarse a la destrucción del pastel ninivita, Gilberte no consultaba sólo su hambre; consultaba también la mía, mientras extraía para mí del monumento desplomado todo un lienzo de pared barnizado y tabicado con frutas escarlatas, al estilo oriental. Me preguntaba incluso a qué hora cenaban mis padres, como si yo lo supiera, como si la turbación que me dominaba hubiese dejado persistir la sensación de inapetencia o de hambre, el concepto de cena o la imagen de la familia en mi memoria vacía y mi estómago paralizado. Por desgracia, aquella parálisis era sólo momentánea. Llegaría un momento en que habría de digerir los pasteles que tomaba sin darme cuenta, pero aún quedaba lejos. Entretanto, Gilberte me hacía «mi té». Lo bebía indefinidamente, pese a que una sola taza me impedía dormir durante veinticuatro horas. Por eso, mi madre solía decir: «Hay que ver: siempre que este chico va a casa de los Swann, vuelve enfermo». Pero, ¿acaso sabía yo, cuando estaba en casa de los Swann, que lo que bebía era té? Si lo hubiera sabido, lo habría tomado igual, pues, suponiendo que hubiese recuperado por un instante el discernimiento del presente, no por ello habría recobrado el recuerdo del pasado y la previsión del futuro. Mi imaginación no estaba en condiciones de llegar hasta el lejano momento en que podría ocurrírseme acostarme y sentir la necesidad de dormir.
No todas las amigas de Gilberte estaban sumidas en ese estado de embriaguez en el que resulta imposible adoptar una decisión. ¡Algunas rechazaban el té! Entonces Gilberte decía —con expresión muy extendida en aquella época—: «¡La verdad es que no tengo demasiado éxito con mi té!». Y, para suprimir aún más la idea de ceremonia, añadía, al tiempo que deshacía el orden de las sillas en torno a la mesa: «Esto parece una boda. ¡Huy, Dios mío, qué tontos son los sirvientes!».
Comisqueaba, sentada de lado en un asiento en forma de X y colocado de través, e incluso, cuando la Sra. Swann, cuyo «día» solía coincidir con las meriendas de Gilberte, tras haber acompañado a una visita hasta la puerta, entraba, un momento después, corriendo —a veces vestida de terciopelo azul, a menudo con un vestido de raso negro cubierto de encaje blanco—, y decía —como si su hija hubiera podido tener tantas pastas a su disposición sin haberle pedido permiso— con expresión de asombro: «Hombre, parece bueno eso que tomáis, me da hambre veros comer cake». Gilberte respondía: «Pues mira, mamá, te invitamos».
«No, tesoro, ¿qué dirían mis visitas? Aún están ahí la Sra. Trombert, la Sra. Cottard y la Sra. Bontemps, ya sabes que mi querida Sra. Bontemps no hace visitas cortas y apenas acaba de llegar. ¿Qué dirían todas esas bellísimas personas, si no me vieran volver? Si no viene nadie más, volveré a charlar con vosotros, cosa que me divertirá mucho más, cuando se hayan marchado. Creo que merezco un poco de tranquilidad, he tenido cuarenta y cinco visitas, ¡y cuarenta y dos de ellas han hablado del cuadro de Gérôme! Pero ven un día de éstos», me decía a mí, «a tomar tu té con Gilberte: te lo hará como te gusta, como lo tomas en tu “estudio”», añadía, al tiempo que volvía a reunirse con sus visitas y como si hubiera sido algo tan sabido de mí como mis costumbres —aunque fuese, al parecer, la de tomar té, en caso de que lo hubiera tomado alguna vez; en cuanto al «estudio», no estaba yo seguro de tenerlo o no— lo que había ido a buscar en aquel mundo misterioso. «¿Cuándo vendrás? ¿Mañana? Te haremos tostadas tan buenas como las de donde Colombin. ¿No? Eres un canalla», decía, pues desde que también ella había empezado a tener un salón adoptaba los melindres de la Sra. Verdurin, su tono de despotismo zalamero. Como las tostadas me resultaban, por lo demás, tan desconocidas como Colombin, aquella última promesa no habría podido aumentar mi tentación. Más extraño parecerá —puesto que todo el mundo habla así y ahora tal vez en Combray incluso— que, cuando oí que la Sra. Swann elogiaba a mi anciana nurse, no comprendiera en el primer minuto a qué se refería. Yo no sabía inglés, pero no tardé en comprender que aquella palabra designaba a Françoise. Yo, que en los Campos Elíseos había tenido tanto miedo de la pésima impresión que aquélla debía de causar, me enteré por la Sra. Swann de que todo lo que Gilberte le había contado de mi nurse era lo que les había inspirado a ella y a su marido simpatía por mí. «Se nota que es una servidora tan leal, tan buena». (Al instante cambié enteramente de opinión sobre Françoise. Por la misma razón, dejó de parecerme tan necesario tener una institutriz con impermeable y penacho.) Por último, comprendí —por algunas palabras que se le escaparon a la Sra. Swann sobre la Sra. Blatin, cuya bondad reconocía, pero cuyas visitas temía— que las relaciones personales con aquella señora no me habrían resultado tan preciosas como había creído yo y en nada habrían mejorado mi situación en casa de los Swann.
Si bien ya había comenzado a explorar con aquellos estremecimientos de respeto y gozo la esfera mágica que, contra toda previsión, había abierto ante mí sus avenidas hasta entonces cerradas, era tan sólo como amigo de Gilberte. El reino en que se me acogía se encontraba, a su vez, dentro de otro más misterioso aún en el que Swann y su mujer llevaban su vida sobrenatural y hacia el cual se dirigían tras haberme estrechado la mano, cuando cruzaban al mismo tiempo que yo, pero en sentido inverso, la antecámara, pero no tardé en penetrar también en el centro del Santuario. Por ejemplo, Gilberte no estaba y el Sr. o la Sra. Swann se encontraban en casa. Habían preguntado quién había llamado a la puerta y, al enterarse de que era yo, me habían rogado que entrara un instante a verlos, porque deseaban que yo ejerciera en tal o cual sentido, para esto o para lo otro, mi influencia sobre su hija. Yo recordaba aquella carta tan completa, tan persuasiva, que tiempo atrás había escrito a Swann y a la que éste no se había dignado siquiera responder. Yo admiraba la impotencia del intelecto, del razonamiento y del corazón para realizar la menor conversión, para resolver una sola de esas dificultades que después la vida, sin que sepamos cómo lo ha hecho, deshace con tanta facilidad. Mi nueva posición de amigo de Gilberte, dotado de excelente influencia sobre ella, me hacía gozar ahora del mismo favor que si —por haber tenido de compañero, en un colegio en el que hubiera sido siempre el primero de la clase, al hijo de un rey— hubiese debido a ese azar mis entradas en Palacio y audiencias en la sala del Trono. Swann, con una bondad infinita y como si no hubiera estado abrumado por ocupaciones gloriosas, me hacía entrar en su biblioteca y durante una hora me dejaba responder con balbuceos, silencios de timidez interrumpidos por breves e incoherentes arranques de valor, a expresiones de las que mi emoción no me dejaba comprender ni una sola palabra; me mostraba objetos artísticos y libros que podían, a su juicio, interesarme y que debían de superar —no me cabía la menor duda de antemano— todos los que poseen el Louvre y la Biblioteca Nacional, pero cuya contemplación me resultaba imposible. En aquellos momentos su mayordomo me habría dado muchísimo gusto pidiéndome que le entregara mi reloj, mi alfiler de corbata y mis botines y que firmase un documento que lo reconociera como mi heredero: según la hermosa expresión popular, cuyo autor —uno de esos ingenios inventivos y modestos que conocemos todos los años, a los que se deben hallazgos como «poner nombre a una cara», pero que no revelan sus propios nombres— ignoramos —como el de las más célebres epopeyas—, pero que —como el de éstas y en contra de la teoría de Wolf— existió sin lugar a dudas, yo ya no sabía lo que me hacía. Si acaso, me asombraba, cuando la visita se prolongaba, a qué nulidad de realización, a qué ausencia de conclusión afortunada, conducían aquellas horas vividas en la casa encantada, pero mi decepción no se debía ni a la insuficiencia de las obras maestras mostradas ni a la imposibilidad de fijar en ellas una mirada distraída, pues no era la belleza intrínseca de las cosas lo que me hacía considerar milagroso estar en el despacho de Swann, era la adherencia a aquellas cosas —que podrían haber sido las más feas del mundo— del sentimiento particular, triste y voluptuoso que yo localizaba en ellas al cabo de tantos años y que lo impregnaba aún; asimismo, la multitud de los espejos, los cepillos de plata, los altares a San Antonio de Padua esculpidos y pintados por los mayores artistas, sus amigos, nada tenían que ver con la sensación de mi indignidad y su bondad regia que me inspiraba la Sra. Swann cuando me recibía un momento en su alcoba, en la que tres hermosas e imponentes criaturas —sus doncellas primera, segunda y tercera— preparaban sonriendo vestimentas maravillosas y hacia la cual —ante la orden proferida por el lacayo con pantalones de media caña de que la señora deseaba verme— recorría yo el sinuoso sendero de un pasillo totalmente embalsamado a distancia por las preciosas esencias que sin cesar emanaban desde el cuarto de aseo sus efluvios odoríferos.
Cuando la Sra. Swann había vuelto con sus visitas, seguíamos oyéndola hablar y reír, pues, aun estando ante dos personas y como si hubiera tenido que dirigirse a todos los «compañeros», elevaba la voz, lanzaba las palabras, como tantas veces había oído hacer —en el pequeño clan— a la «Señora», en los momentos en que ésta «dirigía la conversación». Como las expresiones que acabamos de tomar prestadas de los demás son las que —al menos por un tiempo— más nos gusta emplear, la Sra. Swann elegía ora las que había tomado de personas distinguidas que su marido no había podido por menos de presentarle (de ellas procedía el manierismo consistente en suprimir el artículo o el pronombre demostrativo delante de un adjetivo que calificaba a una persona) ora otras más vulgares —por ejemplo: «Es una nadería», expresión favorita de una de sus amigas— y procuraba insertarlas en todas las historias que —conforme a una costumbre adquirida en el «pequeño clan»— gustaba de contar. Después decía con mucho gusto: «Me gusta mucho esta historia», «¡Ah! ¡Reconozcan que es una historia pero que muy hermosa!», que procedía —por mediación de su marido— de los Guermantes, a quienes no conocía.
La Sra. Swann había abandonado el comedor, pero su marido, que acababa de llegar a casa, hacía, a su vez, una aparición ante nosotros. «¿Sabes si está sola tu madre, Gilberte?». «No, aún tiene visitas, papá». «¡Cómo que aún! ¡A las siete! Es atroz. Debe de estar deshecha, la pobre. Es odioso». (En casa yo siempre había oído pronunciar la palabra odioso como trisílaba, pero el Sr. y la Sra. Swann la hacían cuadrisílaba.) «Imagínate: ¡desde las dos de la tarde!», proseguía volviéndose hacia mí. «Y Camille me ha dicho que entre las cuatro y las cinco han venido sus buenas doce personas. Pero, ¡qué digo! Creo que me ha dicho catorce. No, doce; en fin, es que ya no sé. Cuando he llegado, no me acordaba de que era su día y, al ver todos esos coches delante de la puerta, creía que había una boda en el inmueble y en el poco tiempo que he estado en mi biblioteca no ha cesado de sonar el timbre: palabra de honor, que me ha dado dolor de cabeza. ¿Y hay aún muchas visitas con ella?». «No, sólo dos». «¿Sabes quiénes son?». «La Sra. Cottard y la Sra. Bontemps». «¡Ah! La esposa del jefe de gabinete del ministro de Obras Públicas». «Sé que su marido trabaja en un ministerio, pero no sé exactamente de qué», dijo Gilberte en tono infantil.
«No te pongas tontita y no hables como si tuvieras dos años. ¡Cómo que trabaja en un ministerio! Es nada menos que jefe de gabinete, jefe de toda la casa y, ahora que pienso —¿dónde tendré la cabeza? La verdad es que soy tan distraído como tú—, no es jefe, sino director, del gabinete».
«¡Voy a saberlo yo! Entonces, ¿es mucho ser el director del gabinete?», respondió Gilberte, quien nunca perdía ocasión de manifestar indiferencia por todo lo que inspiraba vanidad a sus padres (por lo demás, lo único que hacía —podía pensar— era realzar una relación tan brillante aparentando no concederle demasiada importancia).
«¡Cómo que si es mucho!», exclamó Swann, quien, en lugar de esa modestia, que podía haberme dejado dudando, prefería un lenguaje más explícito. «Pero, ¡si es que es pura y simplemente el primero después del Ministro! Es incluso más que el Ministro, pues él es quien lo hace todo. Al parecer, es muy capaz, un hombre de primer orden, una persona de lo más distinguida. Es oficial de la Legión de Honor. Se trata de un hombre encantador, muy apuesto incluso».
Por lo demás, su esposa se había casado con él contra viento y marea, porque era una «persona hechizadora». Tenía —cosa que puede bastar para constituir un conjunto delicado y poco común— una barba rubia y sedosa, facciones agraciadas, voz nasal, mal aliento y un ojo de vidrio.
«He de decirte», añadía dirigiéndose a mí, «que me divierte mucho ver a esas personas en el Gobierno actual, porque son los Bontemps, de la casa Bontemps-Chenut, prototipo de la burguesía reaccionaria, clerical, de ideas estrechas. Tu pobre abuelo conoció muy bien, al menos de reputación y de vista, al anciano Chenut padre, quien, pese a ser rico para la época, sólo daba una perra chica de propina a los cocheros, y al barón Bréau-Chenut. Toda la fortuna se perdió en el crac de la Union Générale —tú eres demasiado joven para haber conocido todo aquello— y, qué caramba, se recuperaron como pudieron».
«Es el tío de una niña que iba a mi colegio, en un curso muy inferior al mío, la famosa “Albertine”. Seguro que llegará a ser muy fast, pero de momento tiene una pinta muy rara».
«Mi hija es asombrosa: conoce a todo el mundo».
«No la conozco. Simplemente la veía pasar, oía gritar “Albertine” por aquí, “Albertine” por allá, pero conozco a la Sra. Bontemps y tampoco me gusta».
«Estás totalmente equivocada: es encantadora, bonita, inteligente. Es incluso ingeniosa. Voy a ir a saludarla y a preguntarle si cree su marido que va a haber guerra y si podemos contar con el rey Teodosio. Debe de saberlo, verdad, él, que conoce el secreto de los dioses».
No era así como hablaba Swann en tiempos, pero, ¿quién no ha visto a princesas reales muy sencillas —si diez años antes se dejaron raptar por un ayuda de cámara e intentan volver a tener relaciones sociales y notan que no reciben visitas espontáneas— adoptar espontáneamente el lenguaje de las viejas pesadas y, cuando alguien cita a una duquesa de moda, no las ha oído decir: «Ayer estuvo en mi casa», y: «Vivo muy al margen»? Por eso, resulta inútil observar las costumbres, ya que se puede deducirlas de las leyes psicológicas.
Los Swann compartían esa actitud con las personas cuya casa es poco frecuentada; la visita, la invitación, una simple palabra amable de personas un poco destacadas eran para ellos un acontecimiento al que deseaban dar publicidad. Si la mala suerte había dictado que los Verdurin estuvieran en Londres, cuando Odette había dado una cena un poco brillante, se las arreglaban para que, por mediación de algún amigo común, se les telegrafiara la noticia allende el Canal. Ni siquiera las cartas, los telegramas lisonjeros, recibidos por Odette podían guardarse los Swann para sí. Hablaban de ellos a los amigos, se los pasaban de mano en mano. De modo que el salón de los Swann se parecía a esos hoteles de estaciones balnearias en los que clavan los telegramas en un tablero público.
Por lo demás, quienes no sólo habían conocido al antiguo Swann fuera de la alta sociedad, como yo, sino también en ella —en aquel círculo de Guermantes en el que, exceptuadas las altezas y las duquesas, había una exigencia infinita en punto a ingenio y encanto, en el que se condenaba a la exclusión a hombres eminentes considerados aburridos o vulgares— habrían podido asombrarse al comprobar que el antiguo Swann no sólo había dejado de ser discreto, cuando hablaba de sus relaciones, sino también difícil a la hora de elegirlas. ¿Cómo no iba a exasperarlo la Sra. Bontemps, tan ordinaria, tan malintencionada? ¿Cómo podía decir que era agradable? El recuerdo del círculo de Guermantes debería —era lo menos que se podía esperar— habérselo impedido; en realidad, contribuía a ello. En los Guermantes, a diferencia de las tres cuartas partes de los círculos mundanos, había —cierto es— gusto, un gusto refinado incluso, pero también esnobismo, lo que explicaba la posibilidad de una interrupción momentánea en el ejercicio del gusto. Si se trataba de alguien que no era indispensable para ese clan, de un ministro de Asuntos Exteriores, republicano un poco solemne, de un académico charlatán, se ejercía el gusto a fondo contra él: Swann compadecía a la Sra. de Guermantes por haber cenado junto a semejantes comensales en una embajada y prefería mil veces a un hombre elegante, es decir, un hombre del círculo de Guermantes, una nulidad, pero dotado con el ingenio de los Guermantes, alguien del mismo clan. Ahora bien, si resultaba que una gran duquesa o una princesa de sangre real cenaba con frecuencia en casa de la Sra. de Guermantes, formaba parte también de aquel clan, sin tener el menor derecho a ello, sin compartir su espíritu. Pero, puesto que la recibía, la alta sociedad —a falta de poder decir que la recibía porque la consideraba agradable— se las ingeniaba, con su ingenuidad, para considerarla agradable. Cuando la alteza se había marchado, Swann acudía en socorro de la Sra. de Guermantes y le decía: «En el fondo, es buena mujer, tiene incluso cierto sentido de la comicidad. No creo que haya estudiado —¡no, por Dios!— a fondo la Crítica de la razón pura, pero no es desagradable».
«Soy absolutamente de su opinión», respondía la duquesa. «Y eso que estaba intimidada, pero ya verá usted como puede ser encantadora». «Es mucho menos pesada que la Sra. XJ» (la esposa del académico charlatán, que era notable), «quien te cita veinte volúmenes». «Pero si es que no hay comparación posible».
La de decir tales cosas —decirlas sinceramente— era una facultad que Swann había adquirido en casa de la duquesa y la había conservado. Ahora recurría a ella respecto de las personas a quienes recibía. Se esforzaba por discernir, por apreciar, en ellas las cualidades que todo ser humano —si lo examinamos con prevención favorable y no con el hastío de los delicados— revela; ponía de relieve los méritos de la Sra. Bontemps como en otro tiempo los de la princesa de Parma, quien debería haber sido excluida del círculo de Guermantes, si no hubiera habido en él entrada de favor para ciertas altezas y si sólo se hubiese tenido en cuenta —incluso en su caso— el ingenio y cierto encanto. Por lo demás, Swann, como ya hemos visto, gustaba —y ahora de forma más duradera— de intercambiar su situación mundana con otra que en ciertas circunstancias le convenía más. Sólo las personas incapaces de descomponer, en su percepción, lo que a primera vista parece indivisible creen que situación y persona son una y la misma cosa. Una misma persona, considerada en momentos sucesivos de su vida, se encuentra inmersa en diferentes grados de la escala social en ambientes que no necesariamente son cada vez más elevados y, siempre que en un nuevo período de la vida trabamos —o volvemos a trabar— vínculos con cierto círculo y nos sentimos mimados en él, comenzamos — como la cosa más natural del mundo— a apegarnos a él y a echar raíces.
Por lo que se refiere a la Sra. Bontemps, creo también que a Swann, al hablar de ella con aquella insistencia, no le preocupaba que mis padres se enteraran de que acababa de ver a su esposa. A decir verdad, en casa el nombre de las personas que aquélla iba llegando a conocer poco a poco —más que picar la curiosidad— inspiraba admiración. En nombre de la Sra. Trombert, mi madre decía:
«¡Ah! Pues ahí tiene una nueva prosélita y que le aportará otras».
Y, como si mamá hubiera comparado la forma un poco sumaria, rápida y violenta como la Sra. Swann conquistaba sus relaciones con una guerra colonial, añadía:
«Ahora que están sometidos los Trombert, las tribus vecinas no tardarán en rendirse».
Cuando se cruzaba en la calle con la Sra. Swann, al volver a casa, nos decía:
«He visto a la Sra. Swann en pie de guerra, debía de ir a alguna ofensiva fructífera entre los masechutos, los cingaleses o los Trombert».
Y de todas las personas nuevas que yo le explicaba haber visto en aquel ambiente un poco heterogéneo y artificial, en el que en muchos casos habían sido introducidas con dificultad y procedentes de mundos bastante diversos, adivinaba en seguida el origen y hablaba de ellas como si se tratara de trofeos comprados a muy alto precio. Decía:
«Procedente de una expedición en casa de los Fulanos de Tal».
En el caso de la Sra. Cottard, asombraba a mi padre que la Sra. Swann pudiera obtener alguna ventaja de atraer a aquella burguesa poco elegante y decía: «Pese a la situación del profesor, confieso no comprenderlo». En cambio, mi madre comprendía, por su parte, muy bien; sabía que gran parte de los placeres que experimenta una mujer al entrar en un círculo diferente a aquel en el que vivía en otro tiempo no serían tales, si no pudiera informar a sus antiguas relaciones sobre las —relativamente más brillantes— que las han substituido. Para ello hace falta un testigo al que dejan entrar en ese mundo nuevo y delicioso, como en una flor un insecto zumbante y voluble, que después, con el azar de sus visitas, difundirá —así lo esperan al menos— la noticia, el germen secreto de envidia y admiración. La Sra. Cottard, de lo más indicada para desempeñar esa función, pertenecía a esa categoría especial de invitados que mamá, quien en algunos aspectos compartía la mentalidad de su padre, llamaba los «Extranjero, ve a decir a Esparta». Por lo demás —aparte de otra razón que no se supo hasta muchos años después—, la Sra. Swann, al invitar a aquella amiga benévola, reservada y modesta, no tenía motivos para temer la introducción en las brillantes recepciones de su casa a un traidor o a una rival. Conocía el enorme número de cálices burgueses que, cuando iba armada del copete y del portadocumentos, podía visitar en una sola tarde aquella activa obrera. Conocía su poder de difusión y, basándose en el cálculo de probabilidades, tenía fundamento para pensar que con mucha probabilidad determinado asiduo de los Verdurin oiría contar sin falta dos días después que el Sr. Le Hault de Pressagny, presidente del Concurso Hípico, los había llevado a ella y a Swann a la gala del rey Teodosio; suponía a los Verdurin informados tan sólo de esos dos acontecimientos lisonjeros para ella, porque las materializaciones particulares con las que nos representamos y perseguimos la gloria son poco numerosas por defecto de nuestra mente, incapaz de imaginar a la vez todas las formas que en líneas generales no dejará de revestir —esperamos fervientemente, por lo demás— a un tiempo para nosotros.
Por lo demás, la Sra. Swann tan sólo había obtenido resultados en el llamado «mundo oficial». Las mujeres elegantes no iban a su casa. No era la presencia de notabilidades republicanas lo que las había ahuyentado. En la época de mi primera infancia, todo lo que pertenecía a la sociedad conservadora era propio de la alta sociedad y en un salón respetable no se habría podido recibir a un republicano. Quienes vivían en semejante círculo se imaginaban que la imposibilidad de invitar jamás a un «oportunista» y, con mayor razón, a un horrible «radical» era algo que duraría siempre, como las lámparas de aceite y los ómnibus de caballos, pero la sociedad —como los caleidoscopios que giran de vez en cuando— coloca sucesiva y diferentemente elementos que se habían considerado inmutables y compone otra figura. Aún no había hecho yo la primera comunión, cuando ya señoras bien pensantes se quedaban estupefactas al encontrarse en una visita a una judía elegante. Esas nuevas disposiciones del caleidoscopio son producidas por lo que un filósofo llamaría un cambio de criterio. El caso Dreyfus ocasionó otro, en una época un poco posterior a aquella en la que yo empezaba a ir a casa de la Sra. Swann, y el caleidoscopio invirtió una vez más sus pequeños rombos de colores. Todo lo judío pasó abajo, incluida la señora elegante, y obscuros nacionalistas subieron a ocupar su lugar. El salón más brillante de París fue el de un príncipe austríaco y ultracatólico. En cuanto al lugar del caso Dreyfus, si hubiera sobrevenido una guerra con Alemania, la vuelta del caleidoscopio se habría producido en otro sentido. Como los judíos habían demostrado —para asombro general— ser patriotas, habrían conservado su situación y nadie habría querido ya ir —ni confesar haber ido jamás— a casa del príncipe austríaco. Ello no impide que, siempre que la sociedad está momentáneamente inmóvil, quienes viven en ella se imaginen que no habrá otro cambio, del mismo modo que, por haber visto la aparición del teléfono, no quieren creer en el aeroplano. Sin embargo, los filósofos del periodismo condenan la época anterior, no sólo el tipo de placeres que se experimentaban en ella y que les parece la última palabra de la corrupción, sino también las obras de los artistas y los filósofos que, para ellos, han dejado de tener valor alguno, como si estuvieran indisolublemente unidas a las modalidades sucesivas de la frivolidad mundana. Lo único que no cambia es que en todos los casos parece haber «cierta transformación en Francia». En el momento en que fui a casa de la Sra. Swann, aún no había estallado el caso Dreyfus y algunos grandes judíos eran muy poderosos. Ninguno lo era tanto como Sir Rufus Israels, cuya esposa, Lady Israels, era la tía de Swann. Personalmente, no tenía intimidades tan elegantes como su sobrino, quien —como, por otra parte, no le tenía cariño— nunca la había cultivado en demasía, pese a que probablemente fuese a ser su heredero. Pero era la única de las parientes de Swann que estaba al corriente de la situación mundana de éste, pues las otras habían permanecido siempre en la misma ignorancia al respecto que nosotros. Cuando uno de los miembros de una familia emigra a la alta sociedad —cosa que le parece un fenómeno excepcional, pero que, según comprueba a diez años de distancia, ha logrado de otra forma y por razones diferentes más de un joven con quien se había criado—, describe en torno a sí una zona de sombra, una terra incognita, muy visible en sus menores matices para todos cuantos viven en ella, pero que no es sino noche y pura nada para quienes no entran en ella y la bordean sin sospechar, muy cerca de ellos, su existencia. Como ninguna Agencia Havas había informado a las primas de Swann sobre las personas a quienes frecuentaba, se contaban con sonrisas de condescendencia —antes de su horrible boda, naturalmente— que habían dedicado «virtuosamente» el domingo a ir a ver al «primo Charles», a quien —por considerarlo un poco envidioso y pariente pobre— llamaban, ingeniosas —parafraseando el título de la novela de Balzac—, «El primo tonto». Por su parte, Lady Rufus Israels sabía a las mil maravillas quiénes eran esas personas que prodigaban a Swann una amistad que ella envidiaba. La familia de su marido —la equivalente, más o menos, de los Rothschild— llevaba varias generaciones administrando los negocios de los príncipes de Orléans. Lady Israels, excesivamente rica, tenía una gran influencia y la había ejercido para que ninguno de sus conocidos recibiera a Odette. Una sola había desobedecido, a escondidas: la condesa de Marsantes. Ahora bien, quiso la desgracia que, en cierta ocasión en que Odette había ido a visitar a la Sra. de Marsantes, entrara casi al mismo tiempo Lady Israels. La Sra. de Marsantes estaba en ascuas. Con la cobardía de las personas que podrían, sin embargo, permitírselo todo, no dirigió ni una vez la palabra a Odette, quien en adelante no se sintió animada a profundizar aún más una incursión en un mundo que en modo alguno era, por lo demás, aquel en el que le habría gustado ser recibida. Con ese completo desinterés por el Faubourg Saint-Germain, Odette seguía siendo la casquivana iletrada, muy diferente de las burguesas empapadas de los menores detalles genealógicos y que con la lectura de las memorias antiguas engañan la sed de relaciones aristocráticas que la vida real no les brinda, y, por otra parte, todas aquellas particularidades de una antigua amante seguían pareciendo seguramente agradables u ofensivas a Swann, pues oí con frecuencia a su mujer proferir auténticas herejías mundanas sin que —por un resto de cariño, una falta de estima o la pereza que le daba instruirla— intentara corregirla. Tal vez fuera también una manifestación de aquella sencillez que durante tanto tiempo nos había engañado en Combray la que lo movía ahora a desear que —aunque seguía conociendo, al menos por su cuenta, a personas muy brillantes— pareciera en la conversación que no se les atribuía la menor importancia en el salón de su mujer. Por lo demás, la tenían más que nunca para Swann, pues el centro de gravedad de su vida se había desplazado. En todo caso, la ignorancia de Odette en materia mundana era tal, que, si surgía en la conversación el nombre de la princesa de Guermantes después del de la duquesa, su prima, decía: «Hombre, esas dos son princesas, o sea, que han ascendido de grado». Si alguien decía: «el príncipe», refiriéndose al duque de Chartres, ella rectificaba: «El duque: es duque de Chartres y no príncipe». Respecto del duque de Orléans, hijo del conde de París: «Es curioso, el hijo es más que el padre», y, como era anglómana, añadía: «Te haces un lío con esas Royalties», y a una persona que le preguntaba de qué provincia eran los Guermantes, respondía: «De Aisne».
Por lo demás, Swann estaba ciego, por lo que se refería a Odette, no sólo ante las lagunas de su instrucción, sino también ante la mediocridad de su inteligencia. Más aún: siempre que Odette contaba una historia ridícula, Swann escuchaba a su mujer con una complacencia, una alegría, casi una admiración, en la que debían de figurar restos de voluptuosidad, mientras que en la misma conversación Odette solía escuchar sin interés y muy pronto con impaciencia las cosas finas y profundas que él mismo podía decir y a veces lo contradecía con severidad, y, si pensamos, inversamente, en tantas mujeres superiores que se dejan fascinar por un cernícalo, censor implacable de sus palabras más delicadas, mientras que ellas se extasían, con la infinita indulgencia del cariño, ante sus gracias más insulsas, habrá quien concluya diciendo que ese sometimiento de la personalidad selecta a la vulgar es la norma en muchos matrimonios. Volviendo a las razones que en aquella época impidieron a Odette entrar en el Faubourg Saint-Germain, conviene decir que la vuelta más reciente del caleidoscopio mundano había sido provocada por una serie de escándalos. Señoras a cuya casa se iba con toda confianza habían resultado ser mujeres públicas, espías inglesas. Durante un tiempo se iba a exigir ante todo a las personas —así se creía al menos— una posición respetable, muy asentada... Odette representaba exactamente todo aquello con lo que se acababa de romper y, por lo demás, reconciliarse de inmediato —pues los hombres, como no cambian de la noche a la mañana, buscan en un nuevo régimen la continuación del antiguo—, pero en forma diferente, que permitía engañarse y creer que ya no era la sociedad de antes de la crisis. Ahora bien, Odette se parecía demasiado a las señoras «quemadas» de aquella sociedad. La gente de mundo es muy miope; en el momento en que abandonan todas las relaciones con señoras israelitas a las que conocían, mientras se preguntan cómo colmar ese vacío, descubren —aparecida de improviso como en virtud de una noche de tormenta— a una señora nueva, israelita también, pero, gracias a su novedad, no la asocian mentalmente con las anteriores, con lo que deben —según creen— detestar. Ella no pide que se respete a su Dios. La adoptan. En la época en que yo comencé a ir a casa de Odette, no se trataba de antisemitismo, pero ella era idéntica a lo que se quería rehuir por un tiempo.
Por su parte, Swann iba a visitar con frecuencia a algunas de sus relaciones de otro tiempo y, por tanto, pertenecientes todas a la más alta sociedad. Sin embargo, cuando nos hablaba de las personas a quienes acababa de ver, observé que, para elegir de entre las conocidas en otro tiempo, se guiaba por el gusto —artístico a medias y a medias histórico— propio del coleccionista que había en él y, al advertir que —así como compraba un dibujo, si lo había descrito Chateaubriand— con frecuencia tal o cual gran señora desclasada le interesaba porque había sido la amante de Liszt o porque Balzac había dedicado una novela a su abuela, sospeché que en Combray habíamos substituido el error de considerar a Swann un burgués que no frecuentaba la alta sociedad por otro: el de creer que era uno de los hombres más elegantes de París. Ser amigo del conde de París nada significa. ¿Cuántos de esos «amigos de príncipes» hay que no serían recibidos en un salón un poco exclusivo? Los príncipes saben que lo son, no son esnobs y, por lo demás, se consideran en verdad tan por encima de todos cuantos no son de su sangre, que los grandes señores y los burgueses les parecen —por debajo de ellos— casi en el mismo nivel.
Por lo demás, Swann no se contentaba con buscar en la sociedad —tal como existe y apegándose a los nombres que el pasado ha inscrito en ella y que aún se pueden leer— un simple goce de letrado y artista, se entregaba también a una diversión bastante vulgar: la de hacer como ramilletes sociales agrupando elementos heterogéneos, reuniendo a personas procedentes de aquí y de allá. Esas experiencias de sociología divertida —o que así parecía a Swann— no tenían en todas las amigas de su mujer —al menos de forma constante— una repercusión idéntica. «Tengo intención de invitar al mismo tiempo a Cottard y a la duquesa de Vendôme», decía riendo a la Sra. Bontemps, con la golosa expresión de un gastrónomo que se propone hacer el experimento de substituir en una salsa los clavos de olor por pimienta de Cayena. Ahora bien, ese proyecto que iba a parecer, en efecto, grato —en el sentido antiguo de la palabra— a los Cottard, tenía la virtud de exasperar a la Sra. Bontemps. Los Swann la habían presentado recientemente a la duquesa de Vendôme y ella lo había considerado tan agradable como natural y presumir de ello al contárselo a los Cottard no había sido la parte menos sabrosa de su placer, pero, como los recién condecorados que, en cuanto lo son, quisieran ver cerrarse el grifo de las cruces, la Sra. Bontemps habría deseado que, después de ella, nadie de su círculo propio fuera presentado a la princesa. Maldecía en su fuero interno el depravado gusto de Swann, que —para realizar una miserable extravagancia estética— le hacía disipar de una vez toda la pólvora arrojada a los ojos de Cottard, al hablarle de la duquesa de Vendôme. ¿Cómo iba a atreverse, por su parte, a anunciar a su marido que el profesor y su esposa iban a tener, a su vez, su parte de ese placer que le había alabado como único? ¡Si al menos los Cottard hubieran podido saber que no los invitaban de verdad, sino como diversión! Cierto es que lo mismo había sucedido en el caso de los Bontemps, pero —como Swann había tomado de la aristocracia ese eterno donjuanismo que, al tratar con dos mujeres sin importancia, hace creer a cada una de ellas que es la única destinataria del amor serio— había hablado a la Sra. Bontemps de la duquesa de Vendôme como de una persona con quien debía cenar. «Sí, pensamos invitar a la princesa junto con los Cottard», dijo unas semanas después la Sra. Swann, «mi marido cree que esa conjunción puede resultar divertida», pues, si bien había conservado del «pequeño núcleo» ciertas costumbres caras a la Sra. Verdurin, como la de gritar mucho para que la oyeran todos los fieles, empleaba, en cambio, ciertas expresiones —como «conjunción»— caras al círculo de Guermantes, cuya atracción sufría —como el mar la de la Luna— así, a distancia, y sin saberlo, sin por ello aproximarse a él. «Sí, los Cottard y la duquesa de Vendôme, ¿no le parece divertido?», preguntó Swann. «Creo que saldrá muy mal y lo único que les granjeará será problemas, no hay que jugar con fuego», respondió la Sra. Bontemps, furiosa. Por lo demás, ella y su marido, así como el príncipe de Agrigento, fueron invitados a aquella cena, que la Sra. Bontemps y Cottard contaron de dos formas diferentes, según los personajes a quienes se dirigieran. A unos, la Sra. Bontemps, por su parte, y Cottard, por la suya, contaban con indiferencia, cuando se lo preguntaban, quién más había asistido a la cena: «Sólo el príncipe de Agrigento: fue una cena muy íntima». Pero otros podían estar mejor informados (una vez alguien había dicho incluso a Cottard: «Pero, ¿no estaban también los Bontemps?». «Se me había olvidado», había respondido Cottard, ruborizándose, a semejante torpe, al que en adelante clasificó en la categoría de las malas lenguas). Para ésos, los Bontemps y los Cottard adoptaron —cada cual por su cuenta, sin ser consultados— una versión cuyo marco era idéntico y en la que sólo los nombres respectivos estaban intercambiados. Cottard decía: «Pues sólo estaban los señores de la casa, el duque y la duquesa de Vendôme» —y sonriendo con suficiencia—, «el profesor y la Sra. Cottard y —que me lleve el diablo, la verdad, si supimos jamás por qué, pues no pegaban allí ni con cola— el Sr. y la Sra. Bontemps». La Sra. Bontemps recitaba exactamente el mismo pasaje, pero los nombrados con énfasis satisfecho entre la duquesa de Vendôme y el príncipe de Agrigento eran el Sr. y la Sra. Bontemps y los pelagatos a quienes al fin acusaba de haberse invitado a sí mismos y que desentonaban eran los Cottard.
Con frecuencia Swann volvía de sus visitas poco antes de la hora de cenar. En aquel momento de las seis de la tarde, en que en otro tiempo se sentía tan desgraciado, ya no se preguntaba qué podría estar haciendo Odette y le preocupaba poco que tuviera visitas o hubiese salido. A veces recordaba que muchos años antes había intentado leer a través del sobre una carta dirigida por Odette a Forcheville, pero aquel recuerdo no le resultaba agradable y, en vez de ahondar en la vergüenza que sentía, prefería hacer una muequita con la comisura de los labios, completada, en caso necesario, con un movimiento de la cabeza, que significaba: «¿Qué puede importarme?». Cierto es que la hipótesis que en otro tiempo había analizado con frecuencia —según la cual las imaginaciones de sus celos eran las únicas que ensombrecían la vida, en realidad inocente, de Odette, hipótesis benéfica, en una palabra, ya que, mientras había durado su enfermedad amorosa, había disminuido sus sufrimientos al hacérselos parecer imaginarios— no era —consideraba ahora— la verdadera, sino que sus celos eran los que habían acertado y, si bien Odette lo había amado más de lo que él había creído, también lo había engañado más. En otro tiempo, cuando sufría tanto, se había jurado que, en cuanto dejara de amar a Odette y ya no temiera disgustarla o hacerla creer que la amaba demasiado, se daría la satisfacción de elucidar con ella —por simple amor de la verdad y como un asunto histórico— si se había acostado o no con Forcheville el día en que él había llamado al cristal y no le habían abierto y ella había escrito a Forcheville que quien había llegado era un tío suyo, pero el problema tan interesante que, nada más disiparse los celos, esperaba poner en claro había perdido precisamente todo interés para Swann cuando había dejado de estar celoso: sin embargo, no inmediatamente. Aunque ya no sentía celos de Odette, la tarde en que había llamado en vano a la puerta del hotelito de la Rue La Pérouse había seguido inspirándoselos. Era como si los celos —en cierto modo semejantes en eso a esas enfermedades que parecen tener su sede, su fuente de contagio, menos en ciertas personas que en ciertos lugares, en ciertas casas— no hubieran tenido por objeto tanto la propia Odette cuanto aquel día, aquella hora del pasado perdido, en el que Swann había llamado a todas las entradas del hotelito de Odette. Era como si aquel día y aquella hora hubiesen sido los únicos en fijar algunas últimas parcelas de la personalidad amorosa que Swann había tenido en otro tiempo y ya sólo las recuperara allí. Hacía mucho que no le preocupaba que Odette lo hubiera engañado y lo engañase aún y, sin embargo, tanto había persistido en él la dolorosa curiosidad de saber si aquel día, tan lejano, estaba Odette acostada, a las seis de la tarde, con Forcheville, que durante unos años había seguido buscando a antiguos sirvientes de Odette. Después aquella curiosidad misma había desaparecido sin que por ello cesaran sus investigaciones. Seguía intentando enterarse de lo que ya no le interesaba, porque su yo antiguo, alcanzada su extrema decrepitud, seguía actuando maquinalmente, conforme a preocupaciones abolidas, hasta el punto de que Swann ya ni siquiera lograba representarse aquella angustia, pese a haber sido tan intensa en otro tiempo, que no habría podido imaginarse entonces que se libraría jamás de ella y sólo la muerte de aquella a quien amaba —la muerte, que, como mostrará más adelante en este libro una cruel prueba en contrario, en nada disminuye los sufrimientos provocados por los celos— le parecía capaz de allanar para él el camino, enteramente cortado, de su vida.
Pero esclarecer un día los hechos de la vida de Odette a los que había debido él aquellos sufrimientos no había sido el único deseo de Swann; había dejado en reserva también el de vengarse de ello cuando, al haber dejado de amar a Odette, hubiera dejado de temerla; ahora bien, se había presentado la ocasión precisamente de realizar ese deseo, pues Swann amaba a otra mujer, quien no le daba motivos de celos, pero, aun así, él los sentía, porque ya no era capaz de renovar su forma de amar y aquella que había aplicado a Odette le servía también para otra. Para que los celos de Swann renaciesen, no era necesario que aquella mujer fuese infiel, bastaba que, por alguna razón, estuviera lejos de él (en una velada, por ejemplo— y hubiese parecido divertirse en ella. Era suficiente para despertar en él la antigua angustia, lamentable y contradictoria excrecencia de su amor, que alejaba a Swann de lo que era como una necesidad de alcanzar (el sentimiento real que aquella joven abrigaba por él, el deseo oculto de sus días, el secreto de su corazón), pues interponía entre Swann y aquella a quien amaba un cúmulo refractario de sospechas anteriores, inspiradas por Odette o por alguna otra que tal vez la hubiera precedido y que ya no permitían al amante envejecido conocer a su amante del presente sino mediante el fantasma antiguo y colectivo de la «mujer que despertaba sus celos», en el que había encarnado arbitrariamente su nuevo amor. Sin embargo, con frecuencia acusaba Swann a aquellos celos de hacerlo creer en traiciones imaginarias, pero entonces recordaba que había brindado a Odette el beneficio del mismo razonamiento y equivocadamente. Por eso, todo lo que la joven hacía en las horas en las que él no estaba con ella dejaba de parecerle inocente, pero, si bien en otro tiempo había jurado que, si alguna vez dejaba de amar a quien un día sería —sin que él lo adivinara— su mujer, le manifestaría implacablemente su indiferencia, por fin sincera, para vengar su orgullo por tanto tiempo humillado, ya no le interesaban las represalias que ahora podía ejercer sin riesgo, pues, ¿qué podía importarle cumplir el juramento y verse privado de aquellas entrevistas con Odette que en otro tiempo le resultaban tan necesarias? Junto con el amor había desaparecido el deseo de mostrar que ya no había amor y él, que, cuando sufría por Odette, había deseado tanto hacerla ver un día que estaba prendado de otra, en aquel momento en el que habría podido hacerlo tomaba mil precauciones para que su mujer no sospechara aquel nuevo amor.
En adelante no sólo participé en aquellas meriendas, a causa de las cuales había sentido en otros momentos la tristeza de ver a Gilberte dejarme y volver a casa más temprano, sino que, además, el Sr. y la Sra. Swann me admitían en las salidas que hacían —ya fuera para ir de paseo o a una función de tarde y que, al impedirle ir a los Campos Elíseos, me habían privado de ella los días en que me quedaba solo a lo largo del césped o ante el tiovivo— y tenía un lugar en su landó e incluso me preguntaban a mí si prefería ir al teatro, a una clase de danza en casa de una compañera de Gilberte, a una reunión de sociedad en casa de amigos de los Swann —lo que ella llamaba «un pequeño meeting»— o a visitar las tumbas de Saint-Denis.
Los días en que iba a salir con ellos, me presentaba en su casa para el almuerzo, que la Sra. Swann llamaba lunch; como la invitación era para las doce y media y en aquella época mis padres almorzaban a las once y cuarto, después de que se hubiesen levantado de la mesa era cuando me dirigía yo hacia aquel barrio lujoso, bastante solitario a todas horas, pero en particular a aquella en que todo el mundo había vuelto a casa. Si hacía bueno, incluso en invierno y aun cuando hubiera helado, me paseaba —apretando de vez en cuando el nudo de una magnífica corbata de Charvet y procurando que mis lustrosos botines no se ensuciaran— de un lado para otro por las avenidas en espera de las doce y veintisiete. Vislumbraba de lejos, en el jardincito de los Swann, el sol, que hacía relucir, como escarcha, los árboles desnudos. Cierto es que en él sólo había dos. Lo inhabitual de la hora infundía novedad al espectáculo. Con aquellos goces de la naturaleza —avivados por la supresión de la costumbre e incluso el hambre— se mezclaba la emocionante perspectiva de almorzar en casa de la Sra. Swann; no los disminuía, sino que, al dominarlos, los sometía, los convertía en accesorios mundanos, de modo que, si a aquella hora, en la que por lo general yo no los percibía, me parecía descubrir el buen tiempo, el frío, la luz invernal, era como un prefacio para los huevos con nata, como una pátina, una rosada y fresca transparencia sobre el revestimiento de aquella misteriosa capilla que era la morada de la Sra. Swann y en cuyo centro había, en cambio, tanto calor, perfumes y flores.
A las doce y media, me decidía por fin a entrar en aquella casa que, como un gran zapato de Navidad, debía brindarme —me parecía— goces sobrenaturales. (Por lo demás, el nombre de Navidad era desconocido para la Sra. Swann y Gilberte, quienes lo habían substituido por el de Christmas y no hablaban sino del pudding de Christmas, de los regalos que habían recibido por Christmas, de ausentarse —cosa que me hacía enloquecer de dolor— por Christmas. Incluso en casa, yo me habría considerado deshonrado hablando de Navidad y ya sólo decía Christmas, cosa que parecía a mi padre extraordinariamente ridícula.)
Al principio sólo me encontraba con un lacayo, quien, tras hacerme cruzar varios grandes salones, me introducía en otro muy pequeño y vacío, al que comenzaba ya a hacer soñar la tarde azul de sus ventanas; permanecía yo solo en compañía de orquídeas, rosas y violetas sumidas —como personas que esperan a nuestro lado, pero no nos conocen— en un silencio que su individualidad de cosas vivas volvía más impresionante y recibían, frioleras, el calor de un fuego incandescente de carbón, preciosamente situado tras una vitrina de cristal, en una cuba de mármol blanco en la que hacía desplomarse de vez en cuando sus peligrosos rubíes.
Me había sentado, pero, al oír que abrían la puerta, me levantaba con precipitación: era simplemente otro lacayo y después un tercero y el escaso resultado que surtían sus idas y venidas, inútilmente emocionantes, era el de añadir un poco de carbón al fuego o agua a los jarrones. Se iban y, una vez cerrada la puerta que la Sra. Swann acabaría abriendo sin falta, volvía a encontrarme solo y la verdad es que me habría encontrado menos confuso en un antro mágico que en aquel saloncito de espera en el que el fuego me parecía realizar transmutaciones, como en el laboratorio de Klingsor. Resonaba un nuevo ruido de pasos y ya no me levantaba, pues debía de ser de nuevo un lacayo, pero era el Sr. Swann. «¿Cómo? ¿Estás solo? En fin, es que mi pobre esposa nunca ha sabido estar atenta a la hora. La una menos diez: cada día más tarde. Y ya verás como llegará sin apresurarse por creer que le sobra tiempo». Y, como seguía neuroartrítico y se había vuelto un poco ridículo, tener una esposa tan impuntual —que volvía tan tarde del Bois, se pasaba las horas muertas en casa de su modista y nunca llegaba a tiempo para el almuerzo— inquietaba a Swann por su estómago, pero lo halagaba en su amor propio.
Me enseñaba nuevas adquisiciones que había hecho y me explicaba su interés, pero la emoción, unida a la falta de costumbre de estar aún en ayunas a aquella hora, al tiempo que me agitaba la mente me la dejaba en blanco, por lo que, si bien podía hablar, no podía escuchar. Por lo demás, me bastaba con que las obras que poseía Swann estuvieran allí situadas, formaran parte de la deliciosa hora que precedía al almuerzo. Aunque hubiera figurado entre ellas La Gioconda, no me habría causado mayor placer que una bata de la Sra. Swann o sus frascos de sales.
Seguía esperando, solo o con Swann y a menudo con Gilberte, que había venido a hacernos compañía. La llegada de la Sra. Swann, preparada por tan majestuosas entradas, había de ser —me parecía— algo inmenso. Yo estaba pendiente de cualquier crujido, pero una catedral, una ola en la tempestad, el salto de un bailarín nunca nos parecen tan altos como habíamos esperado; después de aquellos lacayos con librea, semejantes a los comparsas cuyo cortejo, en el teatro, prepara —y, por eso mismo, menoscaba— la aparición final de la Reina, la Sra. Swann, al entrar furtivamente con un abriguito de nutria y el velo bajado sobre una nariz enrojecida por el frío, no estaba a la altura de las promesas prodigadas a mi imaginación durante la espera.
Pero, si había permanecido toda la mañana en casa, cuando llegaba al salón, lo hacía vestida con una bata de crespón de China de color claro que me parecía más elegante que todos los vestidos.
A veces, los Swann decidían quedarse en casa toda la tarde y entonces, como habíamos almorzado a hora tan tardía, veía yo muy pronto en el muro del jardincito declinar el sol de aquel día que tan diferente había de ser —me había parecido— de los demás y —por mucho que los sirvientes trajeran lámparas de todos los tamaños y todas las formas, cada una de las cuales ardía en el altar consagrado de una consola, un velador, una «rinconera» o una mesita, como para la celebración de un culto desconocido— nada extraordinario nacía de la conversación y me marchaba decepcionado, como a menudo nos ocurre en la infancia después de la misa del gallo.
Pero aquella decepción era tan sólo espiritual. Yo no cabía en mí de gozo en aquella casa en la que Gilberte —cuando no estaba aún con nosotros— iba a entrar y al cabo de un instante me daría, durante horas, su palabra, su mirada atenta y risueña, tal como la había yo visto por primera vez en Combray. Si acaso, me sentía un poco celoso al verla desaparecer con frecuencia en grandes cuartos a los que se llegaba por una escalera interior. Obligado a permanecer en el salón, como el enamorado de una actriz que sólo dispone de su asiento en el patio de butacas y piensa, inquieto, en lo que ocurrirá entre bastidores, en los camerinos, hice yo preguntas a Swann —con frecuencia veladas, pero en un tono del que no conseguía desterrar cierta inquietud— sobre aquella otra parte de la casa. Me explicó que el cuarto al que iba Gilberte era el planchador, se ofreció a enseñármelo y me prometió que, siempre que Gilberte hubiera de dirigirse a él, la obligaría a llevarme. Con sus últimas palabras y el alivio que me depararon, Swann suprimió de pronto para mí una de esas atroces distancias interiores desde las cuales una mujer a la que amamos nos resulta tan lejana. En aquel momento, experimenté por él un cariño más profundo —me pareció— que el que sentía por Gilberte, pues, como dueño de su hija que era, me la ofrecía, mientras que ella, en cambio, se me negaba a veces, no tenía yo sobre ella el mismo dominio que —indirectamente— sobre Swann. Es que a ella la amaba yo y, por consiguiente, no podía verla sin sentir esa turbación, ese deseo de algo más, que nos priva —estando junto a la persona amada— de la sensación de amar.
Por lo demás, la mayoría de las veces no nos quedábamos en casa, sino que nos íbamos de paseo. A veces, antes de ir a vestirse, la Sra. Swann se ponía a tocar el piano. Sus bellas manos, saliendo de las mangas rosadas o blancas, con frecuencia de colores muy vivos, de su bata de crespón de China, alargaban sus falanges sobre el piano con la misma melancolía que embargaba sus ojos y no su corazón. Fue uno de aquellos días cuando se le ocurrió interpretarme por primera vez la sonata de Vinteuil en la que figura la frasecita que tanto había gustado a Swann, pero con frecuencia —si se trata de una música un poco complicada que escuchamos por primera vez— no oímos nada y, sin embargo, cuando más adelante me tocaron dos o tres veces dicha sonata, resultó que la conocía perfectamente. Por eso, no deja de ser apropiado que digamos «oír por primera vez». Si de verdad no hubiésemos distinguido nada —como creíamos— en la primera audición, la segunda y la tercera serían en la misma medida primeras y no habría razón para que comprendiésemos algo más en la décima. Probablemente lo que falta la primera vez no es la comprensión, sino la memoria, pues la nuestra es —respecto de la complejidad de las impresiones que debe arrostrar mientras escuchamos— ínfima, tan breve como la de un hombre que al dormir piensa mil cosas al instante olvidadas o que, por haber vuelto a medias a la infancia, no recuerda, un minuto después, lo que acaban de decirle. La memoria no puede brindarnos de inmediato el recuerdo de esas impresiones múltiples, pero éste se va formando en ella poco a poco y respecto de las obras que hemos oído dos o tres veces somos como el colegial que ha leído varias veces, antes de dormirse, una lección que creía no saber y que recita de memoria la mañana siguiente. Sólo, que hasta aquel día yo no había oído aún ni una nota de aquella sonata y lo que para Swann y su esposa era una frase nítida resultaba tan lejano de mi percepción clara como un nombre que intentamos recordar y en lugar del cual sólo encontramos la nada, una nada de la que una hora después, sin pensarlo, se elevarán por sí solas, de un salto, las sílabas en vano solicitadas antes, y no sólo no retenemos en seguida las obras de verdad poco comunes, sino que, además, las partes menos preciosas —dentro de cada una de ellas— son incluso —como me ocurrió a mí con la sonata de Vinteuil— las primeras que percibimos. De modo que no sólo me equivocaba yo al pensar que la obra no me reservaba ya nada más (razón por la cual pasé tanto tiempo sin intentar oírla), puesto que la Sra. Swann me había interpretado su frase más famosa (a ese respecto era yo tan estúpido como quienes no esperan ya experimentar asombro ante San Marcos de Venecia, porque la fotografía les ha dado a conocer sus formas), sino que, además, siguió siéndome —incluso cuando hube escuchado la sonata de cabo a rabo— casi por entero invisible, como un monumento del que la distancia o la bruma permiten columbrar sólo pocos aspectos. A eso se debe la melancolía que acompaña al conocimiento de tales obras, como de todo lo que se realiza en el tiempo. Cuando se me descubrió lo que está más oculto en la sonata de Vinteuil, empezaba ya —arrastrado por el hábito lejos del alcance de mi sensibilidad— a desvanecérseme, a escapárseme, lo que había distinguido, preferido, al principio. Por no haber podido apreciar sino en momentos sucesivos todo lo que me aportaba aquella sonata, nunca la poseí entera: se parecía a la vida. Pero esas grandes obras —menos decepcionantes que la vida— no comienzan dándonos lo mejor que encierran. En la sonata de Vinteuil, las bellezas que descubrimos antes son aquellas de las que nos cansamos más aprisa y por la misma razón seguramente: la de que difieren menos de lo que ya conocíamos. Pero, cuando se han alejado, nos queda por apreciar determinada frase que su orden, demasiado nuevo para ofrecer a nuestra mente otra cosa que confusión, nos había vuelto indiscernible y había conservado intacta; entonces es ésa —ante la que pasábamos todos los días sin saberlo y que se había reservado, se había vuelto, en virtud exclusivamente de su belleza, invisible y había permanecido desconocida— la última en llegar hasta nosotros, pero también será la última de la que nos separaremos, y la apreciaremos durante mucho más tiempo que las otras, porque habremos tardado mucho más en apreciarla. Por lo demás, ese tiempo que necesita una persona —como lo necesité yo con aquella sonata— para penetrar en una obra un poco profunda no es sino el escorzo y como el símbolo de los años, de los siglos a veces, que transcurren antes de que el público pueda apreciar una obra maestra en verdad nueva. Por eso, el genio —para protegerse contra los desdenes de las muchedumbres— tal vez piense que, como los contemporáneos carecen de la perspectiva necesaria, sólo la posteridad debería leer las obras escritas exclusivamente para ella, como ciertas pinturas que a poca distancia no se pueden apreciar correctamente, pero, en realidad, toda pusilánime precaución para evitar los juicios erróneos resulta inútil, porque son inevitables. La causa de que una obra genial difícilmente sea admirada en seguida es la de que quien la ha escrito es singular y pocos se le parecen. Su obra misma, al fecundar las pocas mentes capaces de comprenderla, es la que las hará crecer y multiplicarse. Fueron los cuartetos de Beethoven —XII, XIII, XIV y XV— los que tardaron cincuenta años en engendrar, en engrosar, su público, con lo que lograron, como todas las obras maestras, un progreso —ya que no en el valor de los artistas— al menos en la sociedad espiritual, hoy compuesta en gran medida de lo que resultaba inencontrable cuando apareció la obra, es decir, personas capaces de apreciarla. La llamada posteridad es la de la obra. Es necesario que la obra —sin tener en cuenta, para simplificar, a genios que en la misma época pueden preparar paralelamente para el futuro un público mejor, del que se beneficiarán otros genios— cree por sí misma su posteridad. Así, pues, si se mantuviera la obra en reserva y sólo fuese conocida por la posteridad, ésta no sería para ella tal, sino una asamblea de contemporáneos que simplemente hubieran vivido cincuenta años después. Por eso, es necesario que el artista —si quiere que su obra pueda seguir su rumbo— la lance —y eso es lo que había hecho Vinteuil— hasta donde hay bastante profundidad, en pleno futuro lejano, y, sin embargo, si bien no tener en cuenta ese tiempo por venir, auténtica perspectiva de las obras maestras, constituye el error de los malos jueces, a veces tenerlo en cuenta es el peligroso escrúpulo de los buenos. Seguramente es fácil imaginarse —con una falsa ilusión análoga a la que uniformiza todas las cosas en el horizonte— que todas las revoluciones que ha habido hasta ahora en la pintura o la música respetaban, de todos modos, ciertas reglas y que lo que tenemos de inmediato ante nosotros —impresionismo, búsqueda de la disonancia, empleo exclusivo de la gama china, cubismo, futurismo— difiere extremadamente de lo que lo ha precedido. Es que lo precedente es juzgado sin tener en cuenta que una larga asimilación lo ha convertido para nosotros en una materia varia seguramente, pero, en resumidas cuentas, homogénea, en la que Hugo está contiguo a Molière. Basta con que pensemos en los chocantes contrastes que nos presentaría — si no tuviéramos en cuenta el tiempo por venir y los cambios que entraña— un horóscopo de nuestra propia edad madura expuesto ante nosotros en nuestra adolescencia. Sólo, que no todos los horóscopos aciertan y la obligación de que una obra de arte incluya en la totalidad de su belleza el factor del tiempo equivaldría a mezclar con nuestro juicio algo tan azaroso y, por tanto, tan carente de verdadero interés como cualquier profecía cuyo incumplimiento en modo alguno entrañará mediocridad por parte del profeta, pues lo que engendra las posibilidades y las excluye no es forzosamente competencia del genio; se puede haberlo tenido y no haber creído en el futuro de los ferrocarriles ni de los aviones o —aun siendo un gran psicólogo— en la falsedad de una amante o de un amigo, cuyas reacciones habrían previsto otros más mediocres.
Aunque no comprendí la sonata, me encantó oír tocarla a la Sra. Swann. Me parecía que su ejecución —como su bata, el perfume de su escalera, sus abrigos, sus crisantemos— formaba parte de un todo individual y misterioso, en un mundo infinitamente superior a aquel en que la razón puede analizar el talento. «¿Verdad que es hermosa esta sonata de Vinteuil?», me dijo Swann. «El momento en que está obscuro bajo los árboles, en que los arpegios del violín hacen caer el fresco. Hay que reconocer que es muy bonito; encarna todo el estatismo de la luz de la luna, que es lo esencial. No es de extrañar que un tratamiento a base de luz, como el que está recibiendo mi esposa, surta efecto en los músculos, ya que la luz de la luna impide moverse a las hojas. Eso es lo que está tan bien representado en esa frasecita: el Bois de Boulogne presa de la catalepsia. Al borde del mar resulta aún más impresionante, porque se oyen muy bien las débiles respuestas de las olas: naturalmente, puesto que todo lo demás permanece inmóvil. En París es al revés: apenas si se ven insólitos fulgores sobre los monumentos, ese cielo iluminado como por un incendio sin colores y sin peligro, ese como inmenso suceso adivinado, pero en la frasecita de Vinteuil —y, por lo demás, en toda la sonata— no es así: ocurre en el Bois, en el gruppetto se oye nítidamente la voz de alguien que dice: “Casi se podría leer el periódico”». Aquellas palabras de Swann habrían podido falsear, más adelante, mi comprensión de la sonata, al ser la música demasiado poco exclusiva para alejar absolutamente lo que en ella —nos sugiere— encontramos, pero por otras afirmaciones de Swann comprendí que los follajes nocturnos eran simplemente aquellos bajo cuya espesura había oído muchas noches —en muchos restaurantes de los alrededores de París— la frasecita. En lugar del sentido profundo que en tantas ocasiones le había pedido Swann, lo que le evocaba eran aquellos follajes ordenados, enroscados, pintados en torno a ella (y le infundía el deseo de volver a verlos, porque le parecía su ser interior, como un alma), era toda una primavera de la que no había podido gozar en tiempos, por no tener —inquieto y apenado como estaba entonces— bienestar suficiente para ello y que —como se hace, para un enfermo, con las delicias que no ha podido comer— le había guardado. Pese a que Odette lo acompañaba, junto con la frasecita, no habría podido preguntar a ella por los gozos que le habían hecho experimentar ciertas noches en el Bois y que la sonata de Vinteuil podía evocarle, pero entonces Odette estaba tan sólo a su lado —no en él, como el motivo de Vinteuil—, por lo que no veía —ni aunque hubiera sido mil veces más perceptiva— lo que en ninguno de nosotros —al menos yo durante mucho tiempo creí que esa regla no tenía excepción— puede exteriorizarse. «En el fondo es bastante bonito, ¿verdad?», dijo Swann, «que el sonido pueda reflejar, como el agua, como un espejo, y fíjate en que la frase de Vinteuil no me muestra sino aquello a lo que no prestaba yo atención en aquella época. De mis preocupaciones, de mis amores, de aquella época, nada me recuerda ya: los ha substituido». «Charles, me parece que es poco halagador para mí todo lo que estás diciendo». «¡Poco halagador! ¡Las mujeres son magníficas! Quería decir simplemente a este joven que lo que la música evoca —al menos a mí— en modo alguno es la “voluntad en sí” y “la síntesis del infinito”, sino, por ejemplo, al tío Verdurin con levita en el Jardín Botánico. Esa frasecita me ha trasladado consigo mil veces —sin salir de este salón— a Armenonville. Dios mío, siempre es menos aburrido que ir allí con la Sra. de Cambremer». La Sra. Swann se echó a reír: «Es una señora que, según dicen, estuvo muy prendada de Charles», me explicó con el mismo tono con el que un poco antes —refiriéndose a Vermeer de Delft, a quien, para asombro mío, conocía— me había respondido: «Es que, verás, el señor se ocupaba mucho de ese pintor cuando me hacía la corte. ¿Verdad, Charles querido?». «No hables a tontas y a locas de la Sra. de Cambremer», dijo Swann, en el fondo muy halagado. «Pero, ¡si me limito a repetir lo que me han dicho! Por lo demás, es, al parecer, muy inteligente, aunque yo no la conozco. Tengo entendido que es muy pushing, cosa que me asombra en una mujer inteligente, pero todo el mundo dice que estuvo loca por ti. No hay nada ofensivo en eso». Swann guardó un mutismo de sordo, que era como una confirmación y una prueba de fatuidad. «Puesto que lo que toco te recuerda el Jardín Botánico», prosiguió la Sra. Swann, aparentando en broma haberse molestado, «podríamos elegirlo esta tarde como meta de nuestro paseo, si le apetece a este muchacho. Hace muy bueno, ¡y volverías a encontrarte con tus gratas impresiones! A propósito del Jardín Botánico, ¿sabes que este joven creía que apreciábamos mucho a una persona, la Sra. Blatin, a quien “evito”, al contrario, siempre que puedo? Me parece muy humillante que se la considere amiga nuestra. Imagínate que hasta el bueno del doctor Cottard, quien nunca habla mal de nadie, la califica de “infecta”». «¡Qué horror! Lo único bueno que tiene es parecerse tanto a Savonarola. Es exactamente el retrato de Savonarola por Fra Bartolomeo». Aquella manía de Swann de encontrar parecidos así, en la pintura, era defendible, pues incluso lo que llamamos la expresión individual es —como advertimos con tanta tristeza cuando amamos y nos gustaría creer en la realidad única del individuo— algo general y ha podido encontrarse en diferentes épocas, pero, de creer a Swann, los cortejos de los Reyes Magos, ya tan anacrónicos cuando Benozzo Gozzoli introdujo en ellos a los Médicis, lo habrían sido aún más, pues habrían figurado en ellos los retratos de una multitud de hombres, contemporáneos, no de Gozzoli, sino de Swann, es decir, posteriores —no ya sólo quince siglos a la Natividad, sino cuatro— al propio pintor. Según Swann, en aquellos cortejos no faltaba ni un solo parisino notable, como en ese acto de una obra de Sardou en el que —por amistad para con el autor y la intérprete principal y también por moda— todas las notabilidades parisinas —médicos célebres, políticos, abogados— intervinieron en escena, para divertirse, uno cada noche. «Pero, ¿qué relación tiene con el Jardín Botánico?». «¡Todas!». «¡Cómo! ¿Crees que tiene un trasero azul cielo como los monos?». «Charles, ¡tienes unas inconveniencias! No, me refería a lo que le dijo el cingalés. Cuéntaselo, que tiene mucha gracia». «Es una tontería. Ya sabes que a la Sra. Blatin le gusta dirigirse a todo el mundo con expresión que cree amable y es sobre todo protectora». «Lo que nuestros buenos vecinos del Támesis llaman patronizing», interrumpió Odette. «Hace poco fue al Jardín Botánico, donde hay negros, cingaleses, creo, me ha dicho mi mujer, que está mucho más versada en etnografía que yo». «Vamos, Charles, no te burles». «Pero si no me burlo lo más mínimo. El caso es que se dirigió a uno de esos negros: “¡Hola, negro!”». «¡Hay que ver!». «En cualquier caso, ese calificativo no gustó al negro: “Yo, negro”, dijo con cólera a la Sra. Blatin, “¡y tú, camello!”». «¡Qué gracia tiene! Me encanta esa historia. ¿Verdad que tiene “gracia”? No cuesta imaginar a la tía Blatin: “Yo, negro, ¡y tú, camello!”». Yo manifesté un profundo deseo de ir a ver a aquellos cingaleses, uno de los cuales había llamado «camello» a la Sra. Blatin. No me interesaban nada, pero pensaba que, para ir al Jardín Botánico y volver, pasaríamos por la Avenida de las Acacias en la que tanto había admirado yo a la Sra. Swann y que tal vez el mulato amigo de Coquelin, ante quien nunca había podido mostrarme saludando a la Sra. Swann, me vería sentado junto a ella en un «Victoria».
Durante los minutos en que Gilberte, quien había ido a prepararse, no estaba en el salón con nosotros, complacía al Sr. y a la Sra. Swann revelarme las extraordinarias virtudes de su hija y todo lo que yo observaba parecía probar que decían la verdad: notaba yo que, como me había contado su madre, tenía no sólo para con sus amigas, sino también para con los sirvientes, para con los pobres, atenciones delicadas, largamente meditadas, un deseo de agradar, un miedo a disgustar, que se plasmaban en cositas que con frecuencia le costaban mucho. Había hecho unas labores para nuestra vendedora de los Campos Elíseos y salió en plena nevada para entregárselas en persona y sin esperar un día siquiera. «No puedes hacerte idea del corazón que tiene, porque lo oculta», decía su padre. Tan joven aún como era y parecía mucho más razonable que sus padres. Cuando Swann hablaba de las grandes relaciones de su esposa, Gilberte apartaba la cara y guardaba silencio, pero sin expresión de censura, pues no le parecía que su padre pudiese ser objeto de la más ligera crítica. Un día en que yo le había hablado de la Srta. Vinteuil, me dijo:
«No quiero conocerla nunca, por una razón: no fue buena con su padre y según dicen, lo hizo sufrir. A ti, que no podrías sobrevivir a tu padre mejor que yo al mío, cosa, por lo demás, de lo más natural, te parece igualmente incomprensible, ¿verdad? ¿Cómo podríamos olvidar a alguien que queremos desde siempre?».
Y, un día en que estaba particularmente cariñosa con Swann y, cuando éste se había alejado, se lo comenté, dijo:
«Sí, pobre papá, por estos días es el aniversario de la muerte de su padre. Ya te puedes imaginar lo que debe de estar sufriendo: tú lo comprendes, sobre eso tenemos los mismos sentimientos, conque intento ser menos mala que de costumbre». «Pero si no le pareces mala: te considera perfecta». «Pobre papá, es porque es demasiado bueno».
Sus padres no se limitaron a elogiarme las virtudes de Gilberte: aquella misma Gilberte que, antes incluso de que la hubiera yo visto jamás, se me aparecía delante de una iglesia, en un paisaje de Île-de-France, y después —al evocarme ya no mis sueños, sino mis recuerdos— estaba siempre delante del seto de espinos rosados en el repecho por el que subía yo siempre que me dirigía a la parte de Méséglise. Cuando pregunté a la Sra. Swann, esforzándome por adoptar el tono indiferente de un amigo de la familia que siente curiosidad por las preferencias de una niña, a cuáles de sus compañeras era a las que Gilberte quería más, la Sra. Swann me respondió:
«Pero si tú debes de llevarme ventaja en sus confidencias, tú, que eres el gran favorito, el gran crack, como dicen los ingleses».
Seguramente en esas coincidencias tan perfectas —cuando la realidad se repliega y se aplica sobre aquello con lo que durante tanto tiempo hemos soñado— nos lo oculta enteramente, se confunde con ello, como dos figuras iguales y superpuestas que forman una sola, mientras que, para dar todo su sentido a nuestro gozo, nos gustaría, al contrario, que todos esos puntos de nuestro deseo, en el momento mismo en que lo alcanzamos —y para estar más seguros de que se trata, efectivamente, de ellos—, conservaran el prestigio de ser intangibles, y el pensamiento no puede siquiera reconstituir el estado antiguo para confrontarlo con el nuevo, pues carece ya de campo libre: el conocimiento que hemos experimentado, el recuerdo de los primeros minutos inesperados, las palabras que hemos oído, están ahí y obstruyen la entrada de nuestra conciencia y gobiernan mucho más las salidas de nuestra memoria que las de nuestra imaginación: tienen más efecto retroactivo en nuestro pasado, que ya no podemos ver sin tenerlos en cuenta en la forma, que ha permanecido libre, de nuestro futuro. Durante años había podido yo creer que ir a casa de la Sra. Swann era una vaga quimera por siempre inalcanzable; tras haber pasado un cuarto de hora en su casa, lo que se había vuelto quimérico y vago como una posibilidad que la realización de otra ha anulado era el tiempo en que no la conocía. ¿Cómo habría podido seguir soñando con el comedor como con un lugar inconcebible, cuando no podía hacer un movimiento mental sin encontrarme con los rayos infrangibles que emitía hasta el infinito tras él, hasta mi pasado más antiguo, el bogavante a la americana que acababa de comer? Y Swann debía de haber visto producirse —en lo que le atañía— algo análogo, pues se podía considerar aquel piso en el que me recibía el lugar en el que habían ido a confundirse —y coincidir— no sólo el piso ideal que mi imaginación había engendrado, sino también otro: el que el celoso amor de Swann, tan inventivo como mis sueños, le había descrito con tanta frecuencia, aquel piso común de Odette y de él que tan inaccesible le había parecido una noche en que Odette lo había llevado junto con Forcheville a tomar naranjada en su casa, y lo que había ido a fundirse, para él, en el plano del comedor en el que almorzábamos era aquel paraíso inesperado en el que en otro tiempo no podía él imaginarse —sin turbación— diciendo a su mayordomo aquellas mismas palabras —«¿Está lista la señora?»— que lo oía yo pronunciar ahora con ligera impaciencia, mezclada con cierta satisfacción del amor propio. Como tampoco podía yo —seguramente como Swann— conocer mi felicidad y, cuando la propia Gilberte exclamaba: «¡Quién iba a decirte que la niña a quien, sin hablarle, contemplabas jugar al marro sería tu gran amiga y que la visitarías en su casa todos los días que te apeteciese!», hablaba de un cambio que yo no podía por menos de reconocer desde fuera, pero que no poseía interiormente, pues se componía de dos estados que no conseguía pensar —sin que dejaran de ser distintos uno del otro— a la vez.
Y, sin embargo, aquel piso —por haber sido tan apasionadamente deseado por la voluntad de Swann— debía de resultarle aún grato, a juzgar por el misterio, que no había perdido, sino que seguía inspirándome a mí. Al penetrar en la casa de los Swann, yo no la había despojado totalmente de aquel encanto singular en el que estaba —había yo supuesto durante tanto tiempo— inmersa su vida; lo había hecho retroceder, domeñado por aquel extraño que era yo, aquel paria que había sido, y a quien la Srta. Swann ofrecía ahora gentilmente —para que tomara asiento en él— un sillón delicioso, hostil y escandalizado, pero en mi recuerdo percibo aún a mi alrededor aquel encanto. ¿Será porque aquellos días en que el Sr. y la Sra. Swann me invitaban a almorzar, para después salir con ellos y con Gilberte, imprimía yo con mi mirada —mientras esperaba a solas— en la alfombra, en las butacas, en las consolas, en los biombos, en los cuadros, la idea grabada en mí de que la Sra. Swann o su marido o Gilberte iban a entrar? ¿Será porque esas cosas han vivido después en la memoria junto a los Swann y han acabado tomando algo de ellos? ¿Será porque, sabiendo que pasaban su vida entre ellas, yo erigía todas ellas en emblemas de su vida particular, de sus costumbres, de las que había yo estado excluido durante demasiado tiempo para que no siguieran pareciéndome extrañas, incluso cuando me hicieron el favor de mezclarme con ellas? El caso es que —siempre que pienso en aquel salón que parecía a Swann, sin que en modo alguno entrañara esa crítica la intención por su parte de contrariar los gustos de su esposa, tan heterogéneo, porque, pese a estar aún concebido con el estilo, a medias invernadero y a medias taller, del piso en el que había conocido a Odette, ésta había empezado a substituir en aquel batiburrillo numerosos objetos chinos que ahora le parecían un poco «fules», del todo «fuera de lugar», por una multitud de mueblecitos tapizados con antiguas sedas Luis XVI, por no citar las obras maestras traídas por Swann del hotelito del Quai d’Orléans— presenta, al contrario, en mi recuerdo —aquel salón heteróclito— una cohesión, una unidad, un encanto individual que nunca tienen ni siquiera los conjuntos más intactos que hemos recibido del pasado ni los más vivos, en los que se destaca la huella de una persona, pues sólo nosotros podemos infundir a ciertas cosas que vemos —con el convencimiento de que tienen una vida propia— un alma que después conservan y desarrollan en nosotros. Todas las ideas que me había yo hecho de las horas —diferentes de las que existen para los demás hombres— que los Swann pasaban en aquel piso —que era al tiempo cotidiano de su vida lo que el cuerpo es al alma y debía expresar su singularidad— estaban repartidas, amalgamadas —igualmente inquietantes e indefinibles por doquier— en la colocación de los muebles, en el espesor de las alfombras, en la orientación de las ventanas, en el servicio de los domésticos. Cuando, tras el almuerzo, íbamos a tomar el café, al sol, ante el gran ventanal del salón, mientras la Sra. Swann me preguntaba cuántos terrones de azúcar quería, no era sólo el taburete de seda que me ofrecía el que exhalaba —junto con el doloroso encanto que había yo sentido en otro tiempo, bajo el espino rosado y después junto al seto de laureles, en el nombre de Gilberte— la hostilidad que me habían demostrado sus padres y que aquel mueblecito parecía haber conocido y compartido hasta tal punto, que no me sentía yo digno y me veía incapaz de imponer mis pies a su acolchado sin defensa; un alma personal lo vinculaba en secreto con la luz de las dos de la tarde, diferente de lo que era en cualquier otro sitio en el golfo en el que esparcía a nuestros pies sus olas de oro, de entre las cuales emergían como islas encantadas los sofás azulinos, y los vaporosos tapices, y hasta el cuadro de Rubens colgado por encima de la chimenea presentaba también el mismo género y casi el mismo poder de seducción que los botines con lacitos del Sr. Swann y aquel abrigo con esclavina que tantos deseos me había inspirado de llevar uno igual y que ahora, para estar más elegante, debía Swann substituir —le pedía Odette— por otro cuando les hacía yo el honor de salir con ellos. Iba también ella a vestirse, aunque yo hubiera asegurado que ningún vestido «de calle» podría compararse ni por asomo con la maravillosa bata de crespón de China o de seda —rosa senescente, cereza, rosa Tiépolo, blanca, malva, verde, roja, amarilla, lisa o estampada— que la Sra. Swann llevaba durante el almuerzo y que iba a quitarse. Cuando yo decía que debería salir así, se reía: para burlarse de mi ignorancia o complacida con mi cumplido. Se excusaba de tener tantas batas, porque sólo con ellas se sentía —decía— a gusto y nos dejaba para ir a ponerse uno de esos trajes soberbios que causaban sensación a todo el mundo y entre los cuales a veces me pedía, sin embargo, que eligiera —y se ponía— el que prefiriese yo.
¡Qué orgulloso me sentía en el Jardín Botánico —cuando acabábamos de apearnos del coche— de avanzar junto a la Sra. Swann! Mientras que con sus indolentes andares dejaba flotar su abrigo, yo le lanzaba miradas de admiración, a las que ella respondía, coqueta, con una larga sonrisa. Si entonces nos encontrábamos con alguno de los compañeros o compañeras de Gilberte, que nos saludaba de lejos, yo era visto, a mi vez, por ellos como una de esas personas a quienes tanto había envidiado yo, uno de esos amigos de Gilberte que conocían a su familia y entraban en el otro ámbito de su vida, la que no sucedía en los Campos Elíseos.
Con frecuencia nos cruzábamos en las alamedas del Bois o del Jardín Botánico con tal o cual gran señora amiga de Swann que nos saludaba y a quien a veces éste no había visto y su esposa se la indicaba: «Charles, ¿no has visto a la Sra. de Montmorency?». Y Swann, con la amistosa sonrisa debida a una gran familiaridad, se descubría, sin embargo, con una ostentosa elegancia suya exclusiva. A veces la señora se detenía, dichosa de tener para con la Sra. Swann una cortesía sin importancia y de la que ésta no intentaría —se sabía— aprovecharse más adelante, pues Swann la había habituado insistentemente a mantener una actitud discreta. No por ello había dejado ella de adquirir todos los modales de la alta sociedad y, por elegante y noble de porte que fuera la señora, la Sra. Swann nunca le iba a la zaga al respecto: tras detenerse un momento junto a la amiga con quien su marido acababa de encontrarse, nos presentaba —a Gilberte y a mí— con tanta soltura, conservaba tanta libertad y calma en su amabilidad, que resultaba difícil decir cuál de las dos —la esposa de Swann o la aristocrática paseante— era la gran señora. El día en que fuimos a ver a los cingaleses, cuando regresábamos, divisamos —dirigiéndose hacia nosotros y seguida de otras dos que parecían escoltarla— a una señora de edad, pero aún hermosa, enfundada en un abrigo obscuro y tocada con una capota atada al cuello con dos cintas. «¡Ah! Ahí viene alguien que va a interesarte», me dijo Swann. La anciana señora, a tres pasos ya de nosotros, nos sonreía con una dulzura cariñosa. Swann se descubrió, la Sra. Swann se inclinó con una reverencia y quiso besar la mano de la señora semejante a un retrato de Winterhalter, quien la hizo levantar y le dio un beso. «A ver, ¿quiere ponerse su sombrero, usted?», dijo a Swann, con voz fuerte y un poco desabrida, como de amiga íntima. «Te voy a presentar a Su Alteza Imperial», me dijo la Sra. Swann. Mientras ésta hablaba del buen tiempo y de los animales recién llegados al Jardín Botánico con Su Alteza, Swann me llevó aparte un momento. «Es la princesa Mathilde», me dijo, «verdad, la amiga de Flaubert, de Sainte-Beuve, de Dumas. Imagínate, ¡es la sobrina de Napoleón I! Fue solicitada en matrimonio por Napoleón III y por el emperador de Rusia. ¿No es interesante? Háblale un poco, pero no quisiera que nos hiciese estar una hora aquí de pie». «Me he encontrado con Taine, quien me ha dicho que la princesa había reñido con él», dijo Swann. «Se portó como un cerdo», dijo ella con voz ruda y pronunciando la palabra como si hubiera sido el nombre del obispo contemporáneo de Juana de Arco. «Después del artículo que escribió sobre el Emperador, le dejé una tarjeta de despedida». Yo sentía el mismo asombro que se siente al abrir la correspondencia de la duquesa de Orléans, princesa palatina de nacimiento y, en efecto, la princesa Mathilde, animada de sentimientos tan franceses, los experimentaba con honrada rudeza, como la que existía en tiempos en Alemania y que seguramente había heredado de su madre wurthenberguesa. Su franqueza un poco zafia y casi masculina se suavizaba, en cuanto sonreía, con languidez italiana y todo ello iba enfundado en un atavío tan Segundo Imperio, que, aunque la princesa lo llevara seguramente por apego a las modas que le habían gustado, parecía haber tenido la intención de no cometer una falta de color histórico y responder a las esperanzas de quienes esperaban de ella la evocación de otra época. Susurré a Swann que le preguntara si había conocido a Musset. «Muy poco, señor mío», respondió con aparente expresión de enfado y, en efecto, decía en broma «señor mío» a Swann por tener gran intimidad con él. «En cierta ocasión cenó en casa. Lo había invitado para las siete. Como a las siete y media no había llegado, nos sentamos a la mesa. Se presentó a las ocho, me saludó, se sentó, no despegó los labios y se marchó después de cenar sin que yo hubiera oído el sonido de su voz. Estaba borracho perdido. No sentí deseos precisamente de repetir». Swann y yo estábamos un poco aparte. «Espero que esta pequeña sesión no vaya a prolongarse», me dijo, «me duelen las plantas de los pies, conque no sé por qué alimenta la conversación mi mujer. Después será ella quien se queje de estar cansada y yo ya no puedo soportar estar así, tanto tiempo, de pie». En efecto, la Sra. Swann, quien había recibido la información de la Sra. Bontemps, estaba diciendo a la princesa que el Gobierno, tras comprender por fin su grosería, había decidido enviarle una invitación para asistir en las tribunas a la visita que el zar Nicolás iba a hacer dos días después a los Inválidos, pero la princesa —quien, pese a las apariencias, pese al estilo de su círculo, compuesto sobre todo de artistas y hombres de letras, había seguido siendo en el fondo y siempre que debía actuar la sobrina de Napoleón— respondió: «Sí, señora, la he recibido esta mañana y se la he devuelto al ministro, quien a estas horas debe de tenerla ya en su poder. Le he dicho que yo no necesitaba invitación para ir a los Inválidos. Si el Gobierno desea que yo vaya, no será en una tribuna, sino en nuestro panteón, donde se encuentra la tumba del Emperador. Para eso no necesito tarjetas. Tengo mis propias llaves. Entro cuando quiero. El Gobierno puede hacerme saber si quiere que vaya o no, pero, si voy, será allí o en ningún sitio». En aquel momento nos saludó —a la Sra. Swann y a mí— un joven que le dio los buenos días sin detenerse y a quien no sabía yo que conociera: Bloch. A mi pregunta al respecto, la Sra. Swann me respondió que se lo había presentado la Sra. Bontemps y que era agregado al gabinete del ministro, cosa que yo ignoraba. Por lo demás, no debía de haberlo visto con frecuencia —o bien no había querido citar el nombre, que tal vez considerara poco «distinguido», de Bloch—, pues dijo que se llamaba Sr. Moreul. Yo le aseguré que se confundía, que se llamaba Bloch. La princesa enderezó una cola que se desplegaba tras ella y que la Sra. Swann miraba con admiración. «Es precisamente una piel que el emperador de Rusia me envió», dijo la princesa, «y, como acabo de ir a verlo, me la he puesto para mostrarle que se ha podido hacer con ella un abrigo». «Parece ser que el príncipe Louis se ha alistado en el ejército ruso: la princesa va a estar desolada de no tenerlo a su lado», dijo la Sra. Swann, quien no veía las señales de impaciencia de su marido. «Bien que lo necesitaba. Como yo le dije: “No es una razón que hayas tenido un militar en la familia”», respondió la princesa, aludiendo con aquella brusca sencillez a Napoleón I. Swann no podía permanecer allí ni un segundo más. «Señora, voy a ser yo quien haga de Alteza y le pida permiso para despedirnos: es que mi mujer ha estado muy enferma y no quiero que permanezca más tiempo inmóvil». La Sra. Swann volvió a hacer la reverencia y la princesa nos brindó a todos una sonrisa divina que pareció traer del pasado, de las gracias de su juventud, de las veladas de Compiègne y que se deslizó intacta y dulce por el rostro antes gruñón y después se alejó seguida de las dos damas de honor, quienes se habían limitado —al modo de intérpretes, niñas formalitas o enfermeras— a puntuar nuestra conversación con frases insignificantes y explicaciones inútiles. «Deberías ir a inscribir tu nombre en su casa, un día de esta semana», me dijo la Sra. Swann; «no hay que dejar tarjeta con esas realezas, como dicen los ingleses, pero, si te inscribes, te invitará».
A veces, en aquellos últimos días del invierno, entrábamos —antes de ir de paseo— en una de las exposiciones que se inauguraban entonces y en las que Swann, coleccionista insigne, era saludado con particular deferencia por los marchantes de cuadros en cuyas galerías se celebraban. Y en aquel tiempo aún frío aquellas salas, en las que una primavera ya avanzada y un sol ardiente daban reflejos violáceos a los Alpilles rosados y la transparencia obscura de la esmeralda al Gran Canal, despertaban mis antiguos deseos de viajar al Sur y a Venecia. Si hacía mal tiempo, íbamos al concierto o al teatro y después a merendar en un «salón de té». En cuanto la Sra. Swann quería decirme algo y no deseaba que las personas de las mesas contiguas o incluso los camareros que servían lo entendieran, me lo decía en inglés, como si fuese una lengua conocida sólo por nosotros dos. Ahora bien, todo el mundo sabía inglés, sólo yo no lo había aprendido aún y me veía obligado a decírselo a la Sra. Swann para que cesara de hacer —sobre quienes tomaban el té o quienes lo traían— comentarios que yo adivinaba descorteses sin comprenderlos y de los que la persona aludida no se perdía ni palabra.
Una vez, a propósito de una función teatral de tarde, Gilberte me causó profundo asombro. Era precisamente el día —del que ya me había hablado— del aniversario de la muerte de su abuelo. Teníamos que ir, ella y yo, a escuchar con su institutriz los fragmentos de una ópera y Gilberte se había vestido con la intención de asistir a aquella interpretación musical y conservando el aire de indiferencia que solía mostrar por lo que íbamos a hacer, al decir que podía ser cualquier cosa, con tal de que me gustara y fuera del agrado de sus padres. Antes del almuerzo, su madre nos llevó aparte para decirle que no era del agrado de su padre que fuésemos al concierto aquel día. Me pareció de lo más natural. Gilberte permaneció impasible, pero se puso pálida con una cólera que no pudo ocultar y no dijo ni palabra. Cuando volvió el Sr. Swann, su esposa lo llevó al otro extremo del salón y le habló al oído. Swann llamó a Gilberte y la llevó aparte en el cuarto contiguo. Se oyeron gritos. Sin embargo, yo no podía creer que Gilberte, tan sumisa, tan cariñosa, tan formal, se resistiera a la petición de su padre en semejante día y por una causa tan insignificante. Por fin Swann salió diciéndole:
«Ya sabes lo que te he dicho. Ahora haz lo que quieras».
El rostro de Gilberte permaneció contraído durante todo el almuerzo, después del cual fuimos a su cuarto. Luego, de repente, sin la menor vacilación y como si no la hubiera tenido en ningún momento, exclamó: «¡Las dos! Pero si sabes que el concierto empieza a las dos y media». Y dijo a su institutriz que se diera prisa.
«Pero», le dije yo, «¿no molestará a tu padre?».
«Ni lo más mínimo».
«Sin embargo, temía que pareciera extraño en el día de ese aniversario».
«¡Y a mí qué me importa lo que piensen los demás! Me parece grotesco hacer caso a los demás en asuntos de sentimientos. Sentimos para nosotros, no para el público. Para esta señorita, que tiene pocas distracciones, es una fiesta ir a ese concierto: no voy a privarla de ello para agradar al público».
Y cogió su sombrero.
«Pero, Gilberte», le dije cogiéndola del brazo, «no es para agradar al público, sino a tu padre».
«No irás a ponerte a hacerme advertencias, espero», me gritó con voz dura, al tiempo que se soltaba enérgicamente.
Los Swann no me excluían siquiera —favor más precioso aún que llevarme consigo al Jardín Botánico o al concierto— de su amistad con Bergotte, a la que se había debido el hechizo que me habían inspirado cuando —antes incluso de conocer a Gilberte— pensaba yo que por su intimidad con el divino anciano habría sido para mí la más apasionante de las amigas, si el desdén que debía yo de inspirarle no me hubiera vedado la esperanza de que me llevara jamás en sus visitas con él a sus ciudades amadas. Ahora bien, un día la Sra. Swann me invitó a un gran almuerzo. Yo no sabía quiénes iban a ser los comensales. Al llegar, me desconcertó un incidente en el vestíbulo que me intimidó. La Sra. Swann raras veces dejaba de adoptar los usos considerados elegantes durante una temporada y que, al no lograr mantenerse, no tardan en ser abandonados (como muchos años antes había tenido su hansom cab o imprimía en una invitación a almorzar la noticia de que era to meet a un personaje más o menos importante). En muchos casos dichos usos nada tenían de misteriosos y no exigían iniciación. Así, por ejemplo, Odette había encargado para su marido —mínima innovación de aquellos años e importada de Inglaterra— tarjetas en las que el nombre de Charles Swann iba precedido de «Mr.». Después de la primera visita que le hice, la Sra. Swann había dejado en mi casa uno de esos «cartones», como ella decía. Nadie me había dejado nunca una tarjeta; sentí tal orgullo, emoción, gratitud, que, tras juntar todo el dinero que tenía, encargué un magnífico canastillo de camelias y se lo envié a la Sra. Swann. Supliqué a mi padre que fuera a dejar una tarjeta en su casa, pero que antes encargara la grabación de su nombre precedido de «Mr.». No obedeció a ninguno de mis dos ruegos, lo que me sumió en la desesperación durante varios días y después me pregunté si no habría tenido razón él, pero el uso del «Mr.», aunque inútil, era claro. No ocurría lo mismo con otro que, el día de aquel almuerzo, se me reveló y que no carecía de significado. En el momento en que iba yo a pasar de la antecámara al salón, el mayordomo me entregó un sobre fino y largo en el que estaba escrito mi nombre. Sorprendido, se lo agradecí, pero me quedé mirando el sobre sin saber tan poco lo que debía hacer con él como un extranjero con uno de esos pequeños instrumentos que se dan a los comensales en las cenas chinas. Vi que estaba cerrado, temí mostrarme indiscreto abriéndolo en seguida y me lo metí en el bolsillo con aire de entendido. La Sra. Swann me había escrito unos días antes para pedirme que fuera a un «almuerzo íntimo». Sin embargo, había dieciséis personas, entre las cuales se encontraba —cosa que yo ignoraba— Bergotte. La Sra. Swann, quien acababa de «nombrarme», como ella decía, ante varias de ellas, pronunció de repente, tras mi nombre, del mismo modo que acababa de decirlo —y como si fuéramos simplemente dos invitados del almuerzo que debían alegrarse en la misma medida de conocerse— el nombre del dulce cantor de pelo blanco. Aquel nombre de Bergotte me hizo estremecer como el ruido de un revólver disparado contra mí, pero instintivamente, para mostrar aplomo, saludé; ante mí, me devolvió el saludo —como esos prestidigitadores que columbramos intactos y con levita por entre el polvo de un disparo del que sale volando una paloma— un hombre joven, rudo, bajo, robusto y miope, con nariz roja en forma de concha de caracol y perilla negra. Me sentí mortalmente triste, pues lo que acababa de quedar pulverizado no era sólo el lánguido anciano del que nada quedaba ya, sino también la belleza de una obra inmensa que yo había podido alojar en el organismo desfalleciente y sagrado que había construido, como un templo, a propósito para ella, pero que ningún lugar tenía reservado en el cuerpo rechoncho, lleno de vasos sanguíneos, huesos, ganglios, del hombrecillo de nariz chata y perilla negra que tenía ante mí. Todo el Bergotte que yo mismo había elaborado lenta y delicadamente, gota a gota, como una estalactita, con la transparente belleza de sus libros resultaba de pronto no poder ya ser útil, pues había que conservar la nariz de caracol y utilizar la barbilla negra, como tampoco sirve para nada la solución que habíamos encontrado para un problema cuyos datos habíamos leído incompletos y sin tener en cuenta que el total debía dar determinada cifra. La nariz y la perilla eran elementos tan ineluctables y tanto más molestos cuanto que, al obligarme a reedificar enteramente el personaje de Bergotte, parecían aún entrañar, producir, segregar sin fin, cierta clase de mentalidad activa y satisfecha de sí misma, cosa inaudita, pues nada tenía que ver con la clase de inteligencia vertida en sus libros, tan bien conocidos por mí y henchidos de una grata y divina sabiduría. Partiendo de ellos, nunca habría llegado a aquella nariz de caracol, pero, partiendo de aquella nariz que no parecía preocuparse, sino que se mantenía aparte con su extravagancia, iba yo en una dirección muy distinta de la obra de Bergotte, llegaría —parecía— a una mentalidad de ingeniero apresurado, como esos que, cuando los saludamos, creen apropiado decir: «Gracias, ¿y usted?», antes de que les hayamos preguntado y, si nos declaramos encantados de haberlos conocido, responden con la abreviación que se imaginan en boga, inteligente y moderna, en el sentido de que evita perder en fórmulas vanas un tiempo precioso: «Igualmente». Seguramente los nombres son dibujantes caprichosos que nos dan bosquejos de las personas y los países tan poco parecidos, que con frecuencia sentimos como un estupor cuando tenemos ante nosotros, en lugar del mundo imaginado, el visible (que, por lo demás, no es el verdadero, pues nuestros sentidos tienen tan poco don del parecido como la imaginación, por lo que los dibujos aproximativos que se pueden obtener de la realidad son al menos tan diferentes del mundo visto como éste lo era del mundo imaginado), pero, en el caso de Bergotte, la molestia del nombre anterior nada era en comparación con la que me causaba la obra conocida, a la que me veía obligado a unir, como tras un globo, al hombre con perilla sin saber si conservaría la fuerza para elevarse. No obstante, parecía en efecto que había sido él quien había escrito los libros que yo tanto había adorado, pues, como la Sra. Swann se había considerado en el deber de decirle lo mucho que me gustaba uno de ellos, no mostró el menor asombro de que se lo comunicara a él y no a otro comensal y no pareció considerarlo consecuencia de un error, pero, henchiendo la levita que se había puesto en honor de todos aquellos invitados con un cuerpo ávido del próximo almuerzo y con su atención ocupada en otras realidades importantes, sonrió —como ante un episodio pasado de su vida anterior y como si hubieran aludido a un traje del duque de Guisa, que se hubiese puesto cierto año en un baile de disfraces— al recordar la idea de sus libros, que al instante decayeron para mí —arrastrando en su caída todo el valor de lo bello, del universo, de la vida— hasta la categoría de simple diversión mediocre de hombre con perilla. Yo me decía que debía de haberse aplicado al respecto, pero que, si hubiera vivido en una isla rodeada de bancos de madreperlas, se habría entregado con éxito al comercio de perlas. Su obra ya no me parecía tan inevitable y entonces me pregunté si la originalidad prueba de verdad que los grandes escritores son unos dioses cada uno de los cuales impera en un reino propio y exclusivo o si no habrá un poco de fingimiento en todo eso, si no serán las diferencias entre las obras resultado del trabajo más que expresión de una diferencia radical de esencia entre las diversas personalidades.
Entretanto, habíamos pasado a la mesa. Junto a mi plato había un clavel cuyo tallo estaba envuelto en papel de plata. Me azoró menos que el sobre que me habían entregado en la antecámara y ya había olvidado por completo. Su uso, pese a ser igualmente nuevo para mí, me pareció más inteligible, cuando vi a todos los comensales masculinos coger un clavel semejante que acompañaba a su cubierto e introducirlo en el ojal de su levita. Hice lo propio con la expresión natural de un librepensador en una iglesia, quien no conoce la misa, pero se levanta cuando todo el mundo lo hace y se arrodilla un poco después de que lo haya hecho todo el mundo. Otro uso desconocido y menos efímero me desagradó más. Al otro lado de mi plato había otro más pequeño lleno de una materia negruzca, que era —aunque yo no lo sabía— caviar. No sabía qué se debía hacer con ella, pero decidí no comerla.
Bergotte no estaba lejos de mí, por lo que yo oía perfectamente sus palabras. Entonces comprendí la impresión del Sr. de Norpois. En efecto, tenía un órgano extraño; nada altera tanto las cualidades materiales de la voz como la transmisión del pensamiento: la sonoridad de los diptongos, la energía de las labiales, resultan, así, influidas; la dicción, también. La suya me parecía por completo diferente de su forma de escribir e incluso las cosas que decía de aquellas que llenan sus obras, pero la voz sale de una máscara bajo la cual no basta para hacernos reconocer un rostro que hemos visto al descubierto en el estilo. En ciertos pasajes de la conversación en los que Bergotte tenía la costumbre de ponerse a hablar de un modo que sólo parecía afectado y desagradable al Sr. de Norpois, tardé mucho en descubrir una correspondencia exacta con las partes de sus libros en las que su forma resultaba tan poética y musical. Entonces veía en lo que decía una belleza plástica independiente del significado de las frases y, como la palabra humana está en relación con el alma, pero —a diferencia del estilo— sin expresarla, el habla de Bergotte parecía casi sin sentido, salmodiando ciertas palabras, y, si perseguía por debajo de ellas una sola imagen, hilándolas sin intervalo como un solo sonido, con cansina monotonía. De modo, que un habla presuntuosa, enfática y monótona era la señal de la calidad estética de sus palabras y el efecto —en su conversación— de ese mismo poder que producía en sus libros la sucesión de las imágenes y la armonía. Me había costado tanto más advertirlo al principio cuanto que lo que decía en aquellos momentos —precisamente porque era en verdad de Bergotte— no parecía serlo. Era una profusión de ideas precisas, no incluidas en el «estilo Bergotte» que muchos cronistas se habían apropiado y aquella desemejanza probablemente fuera —vista de forma confusa durante la conversación, como una imagen tras un cristal ahumado— otro aspecto de la particularidad de que, cuando leíamos una página de Bergotte, nunca era lo que habría escrito cualquiera de aquellos insulsos imitadores, quienes en los periódicos y en los libros adornaban, sin embargo, su prosa con tantas imágenes y pensamientos «a lo Bergotte». Esa diferencia de estilo se debía a que «el Bergotte» era ante todo un elemento precioso y verdadero, oculto en el núcleo de todas las cosas y después extraído de ellas por aquel gran escritor gracias a su genio, extracción que era el fin del dulce cantor y no el de escribir a lo Bergotte. A decir verdad, lo hacía a su pesar, pues era Bergotte, y en ese sentido cada nueva belleza de su obra era la pequeña cantidad de Bergotte oculta en una cosa y que había obtenido de ella, pero, si bien cada una de dichas bellezas estaba, por esa razón, emparentada con las otras y resultaba reconocible, no por ello dejaba de ser particular, como el descubrimiento que la había revelado, nueva y, por consiguiente, distinta de lo que se llamaba el estilo Bergotte, vaga síntesis de los Bergottes ya encontrados y redactados por él, que en modo alguno permitían a hombres sin genio augurar lo que descubriría en otra parte. Así ocurre con todos los grandes escritores, la belleza de sus frases es imprevisible, como lo es la de una mujer a quien aún no conocemos; es creación, ya que se aplica a un objeto exterior en el cual —y no en sí— piensan y que aún no han expresado. Un autor de memorias de hoy que quiera escribir —sin aparentarlo demasiado— como Saint-Simon podrá como máximo escribir la primera línea del retrato de Villars: «Era un hombre moreno y bastante alto... con una fisionomía viva, abierta, expresiva», pero, ¿qué determinismo podrá hacerle encontrar la segunda línea, que comienza por «y en verdad un poco loca»? La verdadera variedad radica en esa plenitud de elementos reales e inesperados, en la rama cargada de flores azules que se eleva —contra toda previsión— del seto primaveral que parecía ya colmado, mientras que la imitación puramente formal de la variedad —y lo mismo se podría decir de todas las demás cualidades del estilo— es puro vacío y uniformidad, es decir, lo más opuesto a la variedad, y sólo a quien no la haya comprendido en los maestros puede brindar en los imitadores la ilusión al respecto y suscitar su recuerdo.
Por eso, así como la dicción de Bergotte habría hechizado seguramente, si él mismo hubiera sido un simple imitador que recitara un texto a lo Bergotte, en lugar de estar, como estaba, vinculada al pensamiento de Bergotte en obra y en acción mediante relaciones vitales que el oído no distinguía inmediatamente, así también había en su lenguaje —precisamente porque Bergotte aplicaba dicho pensamiento con precisión a la realidad que le gustaba— algo positivo, demasiado nutritivo, que defraudaba a quienes esperaban oírlo hablar sólo del «eterno torrente de las apariencias» y de los «misteriosos estremecimientos de la belleza». Por último, la calidad siempre poco común y nueva de lo que escribía se plasmaba en su conversación con una forma tan sutil de abordar una cuestión, prescindiendo de todos sus aspectos ya conocidos, que parecía hacerlo por uno nimio, andar errado, recurrir a la paradoja y, así, sus ideas parecían la mayor parte de las veces confusas, pues cada cual llama ideas claras las que presentan el mismo grado de confusión que las suyas. Por lo demás, como toda novedad entraña la eliminación previa del tópico al que nos habíamos habituado y que nos parecía la realidad misma, toda conversación nueva —como toda pintura, toda música, originales— parecerá siempre alambicada y cansina. Descansa en figuras a las que no estamos acostumbrados, nos parece que quien habla lo hace exclusivamente mediante metáforas, cosa que cansa y da la impresión de falta de verdad. (En el fondo, las formas antiguas del lenguaje fueron también en tiempos imágenes difíciles de seguir, cuando el oyente no conocía aún el universo que representaban, pero desde hace mucho nos imaginamos que era el universo real, nos apoyamos en él.) Por eso, cuando Bergotte decía de Cottard —cosa que parece muy simple hoy— que era un ludión en busca de su equilibrio y de Brichot que, «más aún que a la Sra. Swann, el cuidado de su peinado le exig[ía] gran esfuerzo, porque, doblemente preocupado como est[aba] por su perfil y su reputación, la disposición de su cabellera le da[ba] el aspecto a la vez de un león y de un filósofo», inspiraba en seguida fatiga y deseos de descansar sobre algo más concreto, según se decía, en el sentido de más habitual. Había que atribuir sin lugar a dudas las palabras irreconocibles procedentes de la máscara que tenía yo ante los ojos al escritor al que admiraba: no se habrían podido insertar en sus libros como piezas de un rompecabezas que encajan entre otras, estaban en otro plano y requerían una transposición mediante la cual encontré en ellas —un día en que me repetía yo frases que había oído decir a Bergotte— todo el armazón de su estilo escrito, cuyas diferentes piezas pude reconocer y nombrar en aquel discurso hablado que tan diferente me había parecido.
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