Kitabı oku: «Albertine desaparecida»

Yazı tipi:

Título original francés: À la recherche du temps perdu VI. Albertine disparue.

© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO638

ISBN: 978-84-9056-193-5

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

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Índice

Capítulo primero: la pena y el olvido

Capítulo segundo: la señorita de forcheville

Capítulo tercero: estancia en venecia

Capítulo cuarto: nueva faceta de robert de saint-loup

CAPÍTULO PRIMERO

LA PENA Y EL OLVIDO

«¡La señorita Albertine se ha marchado!». ¡Cuánto más lejos psicológicamente llega el sufrimiento que la propia psicología! Un instante antes, mientras me analizaba, había yo creído que aquella separación sin volver a vernos era precisamente lo que deseaba y, al comparar la mediocridad de los placeres que me brindaba Albertine con la riqueza de los deseos que me privaba de realizar, me había creído sutil y había concluido que no quería verla más, que había dejado de amarla, pero aquellas palabras —«La señorita Albertine se ha marchado»— acababan de provocar a mi corazón tal sufrimiento, que tenía la sensación de no poder resistirlo más. Así, lo que había yo creído que no era nada para mí, era, sencillamente, mi vida entera. ¡Qué poco nos conocemos! Tenía que hacer cesar de inmediato mi sufrimiento; con ternura para conmigo mismo, como mi madre para con mi abuela agonizante, y con esa misma buena voluntad con la que nos negamos a dejar sufrir a quienes amamos, yo me decía: «Ten un segundo de paciencia, te encontraremos un remedio, estáte tranquilo, no te dejaremos sufrir así». A esa clase de ideas recurrió mi instinto de conservación para poner los primeros calmantes en mi herida abierta: «Nada de eso tiene la menor importancia, porque voy a hacerla regresar en seguida. Voy a ver cómo, pero, de todos modos, esta noche estará aquí. Por consiguiente, no vale la pena que me preocupe». «Nada de eso tiene la menor importancia»: no me había yo contentado con decírmelo, había intentado dar esa impresión a Françoise, al no dejar translucir mi sufrimiento delante de ella, porque, incluso en el momento en que lo sentía con tamaña intensidad, no olvidaba que debía hacer parecer feliz, correspondido, mi amor sobre todo ante Françoise, quien, como no apreciaba a Albertine, siempre había dudado de su sinceridad. Sí, hacía un rato, antes de la llegada de Françoise, yo había creído que había dejado de amar a Albertine, había creído que no dejaba nada de lado; había creído conocer, como analista riguroso, el fondo de mi corazón, pero, por grande que sea nuestra inteligencia, no puede columbrar los elementos que lo componen y que siguen resultando insospechados, mientras un fenómeno apto para aislarlos no les haya hecho experimentar un comienzo de solidificación desde el estado volátil en el que se mantienen la mayor parte del tiempo. Me había equivocado al creer que veía claro en mi corazón, pero ese conocimiento, que no me habían brindado las percepciones más finas de la inteligencia, acababa de aportármelo —duro, patente, extraño, como una sal cristalizada— la brusca reacción del dolor. Estaba tan acostumbrado a tener a Albertine a mi lado y de repente veía una nueva faceta de la costumbre. Hasta entonces la había considerado sobre todo un poder aniquilador que suprime la originalidad y hasta la conciencia de las percepciones; ahora la veía como una divinidad temible, tan arraigada en nosotros, con su insignificante rostro tan incrustado en nuestro corazón, que, si se desprende, si se aparta de nosotros, esa deidad que apenas distinguíamos nos inflige sufrimientos más terribles que ninguna otra y entonces resulta tan cruel como la muerte.

Lo más urgente era leer la carta de Albertine, ya que quería pensar en los medios que necesitaría para hacerla regresar. Tenía la sensación de disponer de ellos, porque, como el futuro es lo que sólo existe todavía en nuestro pensamiento, nos parece aún modificable por la intervención in extremis de nuestra voluntad, pero al mismo tiempo recordaba haber visto actuar sobre él otras fuerzas distintas de la mía y contra las cuales —aunque hubiera dispuesto de más tiempo— nada habría podido. ¿De qué sirve que no haya sonado aún la hora, si nada podemos influir en lo que ocurrirá? Cuando Albertine estaba en casa, yo estaba totalmente decidido a conservar la iniciativa de nuestra separación y después ella se había marchado. Abrí la carta de Albertine. Era de este tenor:

Amigo mío, perdóname por no haberme atrevido a decirte de viva voz las palabras que te transmito a continuación, pero es que soy tan cobarde, he sido siempre tan poca cosa ante ti, que ni siquiera forzándome he tenido valor para hacerlo. Esto es lo que debería haberte dicho: «La vida entre nosotros se ha vuelto imposible; por lo demás, ya viste, con tu salida de tono de la otra noche, que algo había cambiado en nuestras relaciones. Lo que se podría haber arreglado aquella noche resultaría irreparable al cabo de unos días. Así, pues, ya que hemos tenido la suerte de reconciliarnos, vale más que nos separemos como buenos amigos». Por eso, querido mío, te envío esta nota y te ruego que tengas la bondad de perdonarme, si te causo un poco de pena, pensando en la —inmensa— que sentiré yo. Grandísimo amigo mío, no quiero llegar a ser enemiga tuya, ya me resultará bastante duro volverme poco a poco —y muy pronto— indiferente para ti. Por eso, como mi decisión es irrevocable, antes de encargar a Françoise que te entregue esta carta, le habré pedido mis maletas. Adiós, te dejo lo mejor de mí misma. Albertine.

«Todo eso nada significa», me dije yo, «es mejor incluso de lo que pensaba, pues, como no dice nada de eso en serio, lo ha escrito, evidentemente, tan sólo para asestar un gran golpe, para meterme miedo, para que no vuelva a estar insoportable con ella. Hay que procurar con la mayor urgencia que Albertine haya vuelto esta noche. Resulta triste pensar que los Bontemps son personas indecentes que se valen de su sobrina para sacarme dinero, pero, ¿qué importa? Aunque, para que Albertine esté aquí esta noche, haya de dar la mitad de mi fortuna a la Sra. Bontemps, nos quedará bastante a Albertine y a mí para vivir agradablemente». Y, al mismo tiempo, calculaba si tendría tiempo de ir aquella mañana a encargar el yate y el Rolls-Royce que ella deseaba, sin pensar ya siquiera —pues habían desaparecido todas mis vacilaciones— en que me había parecido poco sensato regalárselos. «Aunque la adhesión de la Sra. Bontemps no baste, si Albertine no quiere obedecer a su tía y pone como condición de su regreso la de disfrutar en adelante de plena independencia, pues bien, por mucha pena que me cause, se la concederé; saldrá sola, cuando guste; hemos de saber aceptar sacrificios, por dolorosos que sean, por lo que más apreciamos y que para mí —pese a lo que creía esta mañana, conforme a mis exactos y absurdos razonamientos— es que Albertine viva aquí». Por lo demás, ¿puedo decir que permitirle esa libertad me habría resultado totalmente doloroso? Mentiría. Con frecuencia había tenido ya la sensación de que el sufrimiento de dejarla libre para portarse mal lejos de mí tal vez fuera menor aún que la clase de tristeza que a veces sentía al notar que se aburría conmigo, en mi casa. Seguramente en el preciso momento en que me pidiera permiso para irse a alguna parte, dejarle hacerlo, pensando en que habría orgías organizadas, me habría resultado atroz, pero la idea de decirle: «Toma nuestro barco o el tren, márchate un mes a tal país, que yo no conozco y donde no sabré nada de lo que hagas», me había gustado con frecuencia, porque, en comparación, lejos de mí me preferiría y se alegraría al regresar. «Por lo demás, ella misma lo desea, seguro; en modo alguno exige esa libertad, a la que, por lo demás, lograría obtener con facilidad —al ofrecerle todos los días placeres nuevos— alguna limitación día tras día. No, lo que Albertine quería era que yo dejara de estar insoportable con ella y sobre todo que me decidiese —como en tiempos Odette con Swann— a casarme con ella. Una vez casados, dejará de interesarle su independencia; nos quedaremos los dos aquí, ¡tan felices!». Seguramente era renunciar a Venecia, pero, ¡qué pálidas, indiferentes, muertas, se vuelven las ciudades más deseadas, como Venecia —y con mayor razón las señoras de su casa, como la duquesa de Guermantes, y las distracciones, como el teatro—, cuando estamos ligados a otro corazón por un vínculo tan doloroso, que nos impide alejarnos de él! Por lo demás, Albertine tiene toda la razón respecto del matrimonio. A mamá misma todos aquellos retrasos le parecían ridículos. Casarme con ella es lo que debería haber hecho desde hace mucho, es lo que habré de hacer, eso es lo que la ha movido a escribir esa carta, ninguna de cuyas palabras está dicha en serio; para lograrlo, ha renunciado durante unas horas a lo que tanto —como yo— debe de desear hacer: volver aquí. Sí, eso es lo que quería, ése era su propósito, me decía mi entendimiento compasivo, pero yo tenía la sensación de que, al decírmelo, mi inteligencia seguía abrigando la misma hipótesis que había adoptado desde el principio. Ahora bien, yo advertía perfectamente que la otra hipótesis era la que no había dejado nunca de verificarse. Seguramente esa segunda hipótesis nunca habría sido lo bastante audaz para formular expresamente la posibilidad de que Albertine estuviera vinculada con la Srta. Vinteuil y su amiga y, sin embargo, cuando me había visto sumergido por la invasión de aquella terrible noticia, en el momento en que entrábamos en la estación de Incarville, había sido la que había resultado verificada. Ésta nunca había entrañado la posibilidad de que Albertine me abandonara por sí sola, de aquel modo, sin avisarme y sin darme tiempo para impedírselo, pero, aun así, si, después del nuevo e inmenso salto que la vida acababa de hacerme dar, la realidad que se me imponía me resultaba tan nueva como aquella ante la cual nos colocan el descubrimiento de un físico, las investigaciones de un juez de instrucción o los hallazgos de un historiador sobre los intríngulis de un crimen o revolución, dicha realidad superaba las poco consistentes previsiones de mi segunda hipótesis, pero, aun así, las cumplía. Ésta no era la de la inteligencia y el pánico que yo había sentido la noche en que Albertine no me había besado, la noche en que había yo oído el ruido de la ventana, no era consecuencia de un razonamiento, pero la de que la inteligencia no es el instrumento más sutil, más potente, más apropiado para aprehender la verdad —y más adelante la veremos corroborada, como muchos episodios han podido indicarlo ya— es simplemente una razón más para comenzar por la inteligencia y no por un intuitivismo del inconsciente, por una fe inconmovible en los presentimientos. La vida es la que —poco a poco, caso por caso— nos permite advertir que lo más importante para nuestro corazón o para nuestro juicio no lo descubrimos mediante el razonamiento, sino mediante otras facultades y entonces es la propia inteligencia la que, al darse cuenta de su superioridad, abdica mediante el razonamiento ante ellas y acepta volverse su colaboradora y su sierva. Es la fe experimental. Me parecía haber conocido ya la desgracia imprevista ante la que me encontraba (como la amistad de Albertine con las dos lesbianas) por haberla leído en tantos signos en los que —pese a las afirmaciones contrarias de mi razón, que se basaban en las afirmaciones de la propia Albertine— había notado el cansancio, el horror, que ella sentía al vivir así, como una esclava, ¡signos trazados como con tinta invisible —al contrario de las tristes y sometidas pupilas de Albertine— en sus mejillas bruscamente encendidas con un rubor inexplicable, en el ruido de la ventana, bruscamente abierta! Seguramente no me había yo atrevido a interpretarlos hasta sus últimas consecuencias y concebir expresamente la idea de su súbita marcha. Sólo había pensado, con un alma equilibrada por la presencia de Albertine, en una marcha dispuesta por mí en una fecha indeterminada, es decir, situada en un tiempo inexistente; así, pues, había tenido sólo la ilusión de pensar en una marcha, como cuando la gente se imagina que no teme la muerte, cuando piensa en ella estando con buena salud y, en realidad, no hace otra cosa que introducir una idea puramente negativa en una buena salud que la proximidad de la muerte alteraría precisamente. Por lo demás, aunque se me hubiera ocurrido mil veces y con la mayor claridad y nitidez del mundo la idea de la marcha de Albertine deseada por ella misma, no habría sospechado mejor lo que sería para mí —es decir, en realidad— aquella marcha, algo original, atroz, desconocido, un dolor enteramente nuevo. Podría haber pensado en dicha marcha, si la hubiera previsto, sin cesar, durante años, sin que esos pensamientos, puestos unos junto a otros, hubiesen tenido la menor relación no sólo de intensidad, sino también de semejanza, con el inimaginable infierno cuyo velo me había alzado Françoise al decirme: «La señorita Albertine se ha marchado». Para figurarse una situación desconocida, la imaginación toma elementos conocidos y, por esa razón, no lo logra, pero la sensibilidad, incluso la más física, recibe —como la estela del rayo— la firma original y durante mucho tiempo indeleble del acontecimiento nuevo. Y yo apenas me atrevía a decirme que, si hubiera previsto aquella marcha, tal vez habría sido incapaz de imaginármela en su horror, ¡y —aun anunciándomela Albertine y yo amenazándola, suplicándole— de impedirla! ¡Qué lejano me resultaba ahora el deseo de Venecia! Como en tiempos, en Combray, el de conocer a la Sra. de Guermantes, cuando llegaba la hora en que ya sólo me interesaba una cosa: que mi madre viniese a mi habitación. Y todas las inquietudes sentidas desde mi infancia eran las que, a la llamada de la nueva angustia, habían acudido, efectivamente, a reforzarla, a amalgamarse con ella en una masa homogénea que me asfixiaba.

Cierto es que nos habíamos prometido evitar ese golpe físico en el corazón que asesta semejante alejamiento —y que, en virtud de la terrible capacidad de retención que tiene el cuerpo, hace del dolor algo contemporáneo a todas las épocas de nuestra vida en las que hemos sufrido—, ese golpe en el corazón sobre el que tal vez elucubre un poco —en vista de lo poco que nos preocupamos por el dolor de los demás— la mujer que desea dar a la pena su máxima intensidad —ya sea porque, al limitarse a esbozar una falsa marcha, sólo quiera pedir condiciones mejores o porque, al marcharse para siempre (¡para siempre!), desee asestar un golpe ora para vengarse ora para seguir siendo amada ora (con vistas a la calidad del recuerdo que dejará) para romper violentamente esa red de hastíos, de indiferencias, que había notado tejerse—, y nos habíamos dicho que nos separaríamos como amigos, pero, al final, esa clase de separación resulta muy poco frecuente, la verdad, pues, de ser amigos, no la habría, y, además, la mujer con la que nos mostramos más indiferentes advierte, de todos modos, vagamente que, al cansarnos de ella, en virtud de una misma costumbre, nos hemos apegado cada vez más a ella y piensa que uno de los elementos esenciales para separarse como amigos es marcharse avisando al otro. Ahora bien, teme que, al avisar, lo impida. Todas las mujeres tienen la sensación de que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, sólo disponen de un medio para marcharse, que es el de huir. Fugitiva por ser reina: así es. Cierto es que hay un intervalo inaudito entre el hastío que inspiraba hace un instante y ese deseo impetuoso —porque se ha marchado— de volver a verla, pero para explicarlo hay —además de las ofrecidas a lo largo de esta obra y otras que se verán más adelante— ciertas razones. En primer lugar, la marcha ocurre con frecuencia en el momento en que la indiferencia —real o supuesta— es mayor, en el punto extremo de la oscilación del péndulo. La mujer piensa: «No, esto no puede seguir así», precisamente porque el hombre no cesa de hablar de abandonarla o de pensarlo y es ella la que lo abandona. Entonces, al volver el péndulo a su otro punto extremo, el intervalo es mayor. En un segundo vuelve a ese punto; una vez más, aparte de todas las razones ofrecidas, ¡resulta tan natural! El corazón palpita y, por lo demás, la mujer que se ha marchado ya no es la misma que estaba ahí. A su vida junto a nosotros, demasiado conocida, se suman de repente aquellas vidas con las que inevitablemente va a mezclarse y precisamente para hacerlo nos ha dejado. De modo, que esa nueva riqueza de la vida de la mujer que se ha marchado tiene un efecto retrospectivo en la mujer que estaba junto a nosotros y tal vez estaba premeditando su marcha. A la serie de fenómenos psicológicos que podemos deducir y que forman parte de su vida con nosotros, de nuestro hastío demasiado pronunciado con ella, de nuestros celos también (razón por la cual los hombres a los que varias mujeres han abandonado lo han vivido casi siempre de la misma manera por su carácter y por reacciones siempre idénticas y previsibles: cada cual tiene su forma propia de ser traicionado, como la de constiparse), a esa serie no demasiado misteriosa para nosotros correspondía seguramente una serie de fenómenos que hemos pasado por alto. Desde hacía algún tiempo debía de mantener relaciones por escrito o verbales, mediante mensajeros, con determinado hombre o mujer, esperar determinada señal que tal vez hayamos dado nosotros mismos sin saberlo, al decirle: «Ayer vino a verme el Sr. X», si habían acordado que, la víspera del día en que debería reunirse con él, el Sr. X vendría a vernos. ¡Cuántas hipótesis posibles! Sólo posibles. Yo reconstruía tan bien la verdad, pero sólo como posibilidad, que, por haber abierto un día por error una carta para una de mis amantes, escrita en un estilo acordado y que rezaba así: Sigo esperando la señal para ir a casa del marqués de Saint-Loup, avisa mañana por teléfono, reconstituí algo así como una fuga proyectada; el nombre del marqués de Saint-Loup figuraba sólo para significar otra cosa, pues mi amante no lo conocía, pero me había oído hablar de él y, por lo demás, la firma era como un apodo, totalmente inteligible. Ahora bien, la carta no iba dirigida a mi amante, sino a una persona de la casa que tenía un nombre diferente, pero que habían leído mal. La carta no estaba escrita con signos convenidos, sino en mal francés, porque era de una americana, amiga, efectivamente, de Saint-Loup, como me contó éste, y el extraño modo como formaba ciertas letras había dado el aspecto de un apodo a un nombre totalmente real, pero extranjero. Así, pues, aquel día yo me había equivocado de medio a medio en mis sospechas, pero el armazón intelectual que en mí había vinculado aquellos hechos, falsos todos, era, a su vez, la forma tan justa, tan inflexible, de la verdad, que, cuando, tres meses después, una amante (que entonces pensaba pasar toda su vida conmigo), me abandonó, fue de forma absolutamente idéntica a la que yo había imaginado la primera vez. Llegó una carta con las mismas particularidades que yo había atribuido erróneamente a la primera, pero aquella vez con el sentido de la señal, y así Albertine había premeditado desde hacía mucho su fuga. Aquella desgracia era la mayor de toda mi vida y, pese a todo, el sufrimiento que me causaba tal vez resultara superado aún más por la curiosidad sobre sus causas: a quién habría deseado o reencontrado Albertine. Pero los orígenes de esos grandes acontecimientos son como las fuentes de los ríos: ya podemos recorrer la superficie de la Tierra, que no las encontramos. No he dicho (porque entonces me pareció simple amaneramiento y malhumor, lo que llamábamos, refiriéndonos a Françoise, «estar de morros») que, desde el día en que había dejado de besarme, había tenido cara de funeral, muy rígida, envarada, con voz triste para las cosas más sencillas y lentitud de movimientos y no había vuelto a sonreír nunca más. No puedo decir que ninguno de esos hechos demostrara una connivencia con el exterior. Françoise no dejó de contarme más adelante que, al entrar en su habitación la antevíspera de su marcha, no había encontrado a nadie en ella, con las cortinas echadas, pero por el olor del aire y el ruido había notado que la ventana estaba abierta y, en efecto, había encontrado a Albertine en el balcón. Ahora bien, no veo con quién habría podido comunicar desde allí y, por lo demás, seguramente las cortinas estaban echadas delante de la ventana abierta, porque sabía que yo temía las corrientes de aire y, aunque las cortinas no me protegían demasiado contra ellas, habrían impedido a Françoise ver desde el pasillo que los postigos estaban abiertos tan temprano. No, no veo nada, sólo un detallito como prueba de que la víspera ya sabía que iba a marcharse. En efecto, la víspera cogió de mi habitación, sin que yo lo notara, una gran cantidad de papel y tela, con los cuales pasó toda la noche embalando sus innumerables batas y saltos de cama para marcharse por la mañana. Eso fue lo único. No puedo atribuir importancia a que aquella noche me devolviese casi a la fuerza mil francos que me debía, cosa que nada tenía de especial, pues era extraordinariamente escrupulosa con los asuntos de dinero.

Sí, cogió el papel de embalar la víspera, pero, ¡ya antes sabía que se marcharía! Pues lo que le hizo adoptar aquella expresión apesadumbrada no fue la pena que la hizo marcharse, sino la resolución que había adoptado de irse, de renunciar a la vida con la que había soñado: apesadumbrada, casi solemnemente fría conmigo, salvo la última noche, en que, tras haberse quedado en mi cuarto hasta más tarde de lo que deseaba, cosa que me extrañó en ella, quien siempre deseaba prolongar esos momentos, me dijo desde la puerta: «Adiós, cariño; adiós, cariño». Pero en el momento no me fijé. Françoise me contó que, la mañana siguiente, cuando le dijo que se marchaba (pero, por lo demás, también es explicable por el cansancio, pues no se había desvestido y había pasado toda la noche embalando, salvo las cosas que debía pedir a Françoise y que no estaban en su habitación ni en su cuarto de aseo), seguía tan triste, mucho más rígida, mucho más envarada, que los días anteriores, que cuando le dijo: «Adiós, Françoise», ésta creyó que se iba a desplomar. Cuando nos enteramos de cosas así, comprendemos que la mujer que nos gustaba ya tanto menos que todas las que encontramos tan fácilmente en los más simples paseos, para con quien sentíamos rencor por sacrificarlas por ella, es, al contrario, la que ahora preferiríamos mil veces. Es que ya no se plantea la disyuntiva entre cierto placer —que, por el uso y tal vez por la mediocridad del objeto, ha llegado a ser casi nulo— y otros, tentadores, arrebatadores, sino entre éstos y algo mucho más fuerte que ellos: la piedad por el dolor.

Al prometerme a mí mismo que Albertine estaría aquella misma noche en casa, me había apresurado al máximo a vendar con una creencia nueva el desgarramiento de aquella con la que había vivido hasta entonces, pero, por rápidamente que hubiera actuado mi instinto de conservación, me había quedado —cuando Françoise me lo había contado— un segundo sin socorro y de nada me servía ya saber que Albertine estaría en casa aquella noche, el dolor que había yo sentido durante el instante en que no me había comunicado a mí mismo ese regreso (el instante que había seguido a estas palabras: «La señorita Albertine ha pedido sus maletas, la señorita Albertine se ha marchado») renacía por sí solo en mí, semejante a lo que había sido, es decir, como si yo hubiera ignorado aún el próximo regreso de Albertine. Por lo demás, tenía que volver, pero por sí misma. Conforme a todas las hipótesis, parecer haber encargado una gestión, rogarle que volviera, habría sido contraproducente. Cierto es que yo ya no tenía fuerzas para renunciar a ella, como en el caso de Gilberte. Más aún que volver a ver a Albertine, lo que yo quería era poner fin a la angustia física que mi corazón, más débil que en el pasado, ya no podía soportar. Después, a fuerza de habituarme a no querer, ya se tratara del trabajo o de otra cosa, me había vuelto más cobarde, pero sobre todo aquella angustia era incomparablemente más fuerte por muchas razones, la más importante de las cuales tal vez no fuese la de que nunca había saboreado placer sensual alguno con la Sra. de Guermantes ni con Gilberte, sino la de que, al no verlas todos los días, a todas horas, al no tener esa posibilidad y, por consiguiente, esa necesidad, mi amor por ellas carecía de la inmensa fuerza de la costumbre. En vista de que mi corazón, privado de voluntad e incapaz de soportar de buen grado el sufrimiento, sólo encontraba una solución —el regreso a toda costa de Albertine— posible, tal vez la solución opuesta (la renuncia voluntaria, la resignación progresiva) me habría parecido propia de una novela, inverosímil en la vida, de no haber optado yo mismo en tiempos por ella en el caso de Gilberte. Así, pues, yo sabía que esa otra solución podía ser aceptada también y por un mismo hombre, pues había yo seguido siendo casi el mismo. Sólo, que el tiempo había desempeñado su función, el tiempo que me había envejecido, el tiempo también que había colocado a Albertine perpetuamente a mi lado, cuando llevábamos nuestra vida en común, pero al menos lo que me quedaba, sin renunciar a ella, de lo que había sentido por Gilberte era el orgullo de no querer ser para Albertine un juguete repelente pidiéndole que volviese: yo quería que lo hiciera sin que pareciese yo desearlo. Me levanté para no perder tiempo, pero el sufrimiento me detuvo: era la primera vez que me levantaba desde que se había marchado Albertine. Sin embargo, tenía que vestirme rápidamente para ir a informarme en su portería.

El sufrimiento, prolongación de una conmoción moral impuesta, aspira a cambiar de forma; esperamos volatilizarlo haciendo proyectos, pidiendo informaciones; queremos que pase por sus innumerables metamorfosis, cosa que requiere menos valor que conservarlo intacto; esa cama en la que nos acostamos con nuestro dolor parece demasiado estrecha, dura, fría. Conque me puse en pie; me movía por el cuarto con una prudencia infinita, me colocaba de tal forma, que no viera la silla de Albertine, la pianola en cuyos pedales apoyaba ella sus chinelas doradas, ni uno solo de los objetos que había usado, todos los cuales parecían querer darme —en el lenguaje particular que les habían enseñado mis recuerdos— una traducción, una versión diferente —anunciarme por segunda vez la noticia— de su marcha, pero, sin mirarlos, los veía; las fuerzas me abandonaron, caí sentado en uno de esos sillones de raso azul cuyo centelleo una hora antes —en el claroscuro de la habitación anestesiada por un rayo de luz— me había hecho concebir sueños apasionadamente acariciados entonces y tan lejos de mí ahora. Nunca me había sentado en él —¡ay!— antes de aquel minuto, salvo cuando Albertine estaba allí. Por eso, no pude quedarme y me levanté y así, a cada instante, había alguno de los innumerables y humildes yoes de que estamos compuestos que ignoraba aún la marcha de Albertine y al que debía notificársela; debía anunciar —cosa que resultaba más cruel que si hubieran sido extraños y no hubiesen tomado mi sensibilidad para sufrir— la desgracia recién ocurrida a todos esos seres, a todos esos yoes que no lo sabían aún; era necesario que cada uno de ellos oyese, a su —y por primera— vez, estas palabras: «Albertine ha pedido sus maletas» —aquellas maletas en forma de ataúd que yo había visto cargar en Balbec junto a las de mi madre—, «Albertine se ha marchado». A cada uno de ellos debía yo comunicar mi pena, la pena que en modo alguno es una conclusión pesimista libremente obtenida de un conjunto de circunstancias funestas, sino la reviviscencia intermitente e involuntaria de una impresión concreta, procedente del exterior, y que no hemos elegido. A algunos de esos yoes no los había yo vuelto a ver desde hacía bastante tiempo: por ejemplo (no me había acordado de que era el día en que venía el peluquero), el yo que era yo cuando estaban cortándome el pelo. Había yo olvidado aquel yo y su llegada me hizo estallar en sollozos, como, en un entierro, la de un viejo servidor jubilado que conoció a la que acaba de morir. Después recordé de repente que, desde hacía ocho días, había sentido a ratos pánicos que no me había confesado a mí mismo. Sin embargo, en esos momentos los rechazaba diciéndome: «Sería ocioso, verdad, pensar en la hipótesis de que se marche bruscamente. Es absurda. Si sometiera dicha hipótesis a un hombre sensato e inteligente (y lo haría para tranquilizarme, si los celos no me impidiesen hacer confidencias), me respondería así: “Pero está usted loco. Es imposible”.». Y, en efecto, aquellos últimos días no habíamos tenido ninguna discusión. «Quien se marcha lo hace por un motivo. Lo dice. Te da derecho a responder. No se marcha así como así. No, es una niñería. Es la única hipótesis absurda». Y, sin embargo, todos los días, al volver a verla por la mañana cuando llamaba yo al timbre, había yo lanzado un inmenso suspiro de alivio y, cuando Françoise me había entregado la carta de Albertine, había estado seguro al instante de que se trataba de aquello que no podía ser, de aquella marcha en cierto modo advertida varios días antes, pese a las razones lógicas para estar tranquilo. Me lo había dicho a mí mismo casi con satisfacción por mi perspicacia dentro de mi desesperación, como un asesino que conoce la imposibilidad de ser descubierto, pero tiene miedo y de pronto ve el nombre de su víctima escrito a la cabecera de un expediente en la mesa del juez de instrucción que lo ha citado. Toda mi esperanza radicaba en que Albertine hubiera partido para Turena, a casa de su tía, donde, a fin de cuentas, estaba lo bastante vigilada y no podría hacer gran cosa hasta que yo volviese a traerla a mi casa. Mi peor miedo había sido el de que se hubiera quedado en París o hubiese partido para Amsterdam o Montjouvain, es decir, que se hubiera escapado para dedicarse a alguna intriga cuyos preliminares me hubiesen pasado inadvertidos, pero, en realidad, al citarme París, Amsterdam, Montjouvain, es decir, varios lugares, yo pensaba en simples lugares posibles; por eso, cuando el portero de Albertine respondió que se había marchado a Turena, aquella residencia que creía yo desear me pareció la más atroz de todas, porque era real, y por primera vez me imaginaba, torturado por la certidumbre del presente y la incertidumbre del futuro, a Albertine iniciando una vida que había deseado completamente ajena a mí, tal vez para mucho tiempo, tal vez para siempre, y en la que realizaría aquel anhelo incógnito que en tiempos me había trastornado tan a menudo, pese a que tenía la dicha de poseer, de acariciar, su exterior, aquel dulce rostro impenetrable y cautivo. Aquel anhelo incógnito constituía el fondo de mi amor.

Delante de la puerta de Albertine, me encontré con una niña pobre que me miraba con ojos muy abiertos y parecía tan buena, que le pregunté si quería venir a mi casa, como lo habría hecho a un perro de mirada fiel. Se le alegró la cara. En casa, la mecí un rato en mis rodillas, pero su presencia, al hacerme sentir demasiado la ausencia de Albertine, no tardó en resultarme insoportable y le rogué que se marchara, tras haberle entregado un billete de quinientos francos y, sin embargo, poco después, la idea de tener a alguna otra niña cerca de mí, pero no estar nunca solo sin el socorro de una presencia inocente, fue el único sueño que me permitió soportar la idea de que tal vez Albertine pasara algún tiempo sin regresar. En el caso de la propia Albertine, apenas existía en mí salvo en forma de su nombre, que, exceptuados algunos respiros al despertar, venía a inscribirse en mi cerebro y no cesaba de hacerlo. Si hubiera pensado en voz alta, lo habría repetido sin cesar y mi verborrea habría sido tan monótona, tan limitada, como si me hubiera convertido en pájaro, en un pájaro igual al de la fábula cuyo canto repetía sin fin el nombre de aquella a quien, siendo hombre, había amado. Lo pensamos y, como lo callamos, parece que lo escribamos dentro de nosotros, que deje su huella en el cerebro y éste deba acabar —como una pared en la que alguien se haya divertido emborronándola— enteramente cubierto por el nombre mil veces reescrito de aquella a quien amamos. Lo reescribimos todo el tiempo en el pensamiento, mientras somos felices, y más aún, cuando somos desgraciados, y al repetir ese nombre que no nos da sino lo que ya sabemos, sentimos renacer, incesante, la necesidad, pero a la larga nos cansa. En el placer carnal ni siquiera pensaba en aquel momento; ni siquiera veía ante mi pensamiento la imagen de aquella Albertine, pese a ser la causa de semejante conmoción en mi ser, no columbraba su cuerpo y, si hubiera querido aislar la idea vinculada —pues nunca deja de haber alguna— con mi sufrimiento, habría sido, alternativamente, la duda sobre las disposiciones con las que se había marchado, con la intención de regresar o no, por una parte, y, por otra, los medios para volver a traerla. Tal vez haya un símbolo y una verdad en el ínfimo lugar que ocupa en nuestra ansiedad aquella por quien la sentimos. Es que, en efecto, su propia persona tiene poco que ver, lo que tiene que ver casi totalmente es el proceso de emociones, angustias, que semejantes azares nos hicieron sentir en tiempos a propósito de ella y que la costumbre ha unido a ella. Lo que lo demuestra perfectamente es —más aún que el aburrimiento que sentimos en la felicidad— hasta qué punto ver o no ver a esa misma persona, ser estimado o no por ella, tenerla o no a nuestra disposición, nos parecerá algo indiferente, cuando ya sólo tengamos que plantearnos el problema —tan ocioso, que incluso dejaremos de hacerlo— en relación con la persona misma, por haber quedado olvidado el proceso de emociones y angustias, al menos en relación con ella, pues puede haberse desarrollado de nuevo, pero transferido a otra. Antes de eso, cuando aún estaba vinculada con ella, creíamos que nuestra felicidad dependía de su persona: dependía sólo del fin de nuestra ansiedad. Así, pues, nuestro inconsciente era más lúcido que nosotros mismos en aquel momento, al empequeñecer hasta tal punto la figura de la persona amada, a quien tal vez hubiéramos olvidado incluso, a quien podíamos conocer mal y considerar mediocre, en el espantoso drama en el que de volver a encontrarla —para no esperarla más— podría depender hasta nuestra propia vida: proporciones minúsculas de la figura de la mujer, efecto lógico y necesario de la forma como se desarrolla el amor, alegoría clara de su naturaleza subjetiva.

La intención con la que Albertine se había marchado era semejante seguramente a la de los pueblos que preparan la labor de su diplomacia mediante una demostración de su ejército. Debía de haberse marchado tan sólo para obtener de mí mejores condiciones, más libertad, más lujo. En ese caso, si hubiese yo tenido fuerzas para esperar —esperar el momento en que, al ver que no obtenía nada, habría vuelto por sí sola—, quien habría vencido —de nosotros dos— habría sido yo, pero, si bien en las cartas, en la guerra, en las que lo único que importa es ganar, se pueden resistir los faroles, muy distintas son las condiciones que crean el amor y los celos, por no hablar del sufrimiento. Si para esperar, para «durar», dejaba yo a Albertine permanecer lejos de mí varios días, varias semanas tal vez, arruinaría el que había sido mi objetivo durante más de un año: no dejarla libre ni una sola hora. Si le dejaba tiempo, facilidad para engañarme todo lo que quisiera, todas mis precauciones resultarían inútiles, y, si al final se rendía, yo ya no podría olvidar nunca más el tiempo en que ella habría estado sola y, aun venciendo al final, el vencido en el pasado —es decir, irreparablemente— habría sido yo.

En cuanto a los medios para volver a traer a Albertine, tenían tantas más posibilidades de dar resultado cuanto más verosímil pareciera la hipótesis de que se hubiese marchado tan sólo con la esperanza de volver a ser solicitada con mejores condiciones y seguramente, para quienes no creían en la sinceridad de Albertine —sin lugar a dudas para Françoise, por ejemplo—, esa hipótesis lo era, pero para mi entendimiento, al que la explicación única de ciertos malos humores, de ciertas actitudes, había parecido, antes de que yo supiera algo, el proyecto concebido por ella de una marcha definitiva, resultaba difícil creer que, en vista de que se había producido su marcha, se tratase de una simple simulación. Digo para mi entendimiento, no para mí. La hipótesis de la simulación me resultaba tanto más necesaria cuanto que era más improbable y ganaba en fuerza lo que perdía en verosimilitud. Cuando nos vemos al borde del abismo y parece que Dios nos ha abandonado, ya no vacilamos en esperar de él un milagro. Reconozco que en toda aquella situación yo fui el más apático —aunque el más dolorido también— de los policías, pero su huida no me había devuelto las cualidades que la costumbre de hacerla vigilar por otros me había quitado. Sólo pensaba en una cosa: en encargar a otro aquella búsqueda. Aquel otro fue Saint-Loup, quien accedió. La ansiedad de tantos días, transferida a otro, me dio alegría y me estremecí, seguro del éxito y con las manos secas de pronto, como en el pasado, sin ese sudor con el que Françoise me había mojado al decirme: «La señorita Albertine se ha marchado». Como se recordará, cuando decidí vivir con Albertine e incluso casarme con ella, fue para retenerla, saber lo que hacía, impedirle reanudar sus hábitos con la Srta. Vinteuil. Había sido consecuencia del desgarramiento atroz de su revelación en Balbec, cuando ella me había dicho como la cosa más natural —y que, pese a tratarse de la mayor pena que había sentido hasta entonces en mi vida, fingí con éxito considerar de lo más natural— lo que ni en mis peores suposiciones habría tenido la audacia de imaginar jamás. (Resulta asombrosa la poca imaginación de los celos, que pasan el tiempo haciendo suposiciones falsas, cuando de lo que se trata es de descubrir la verdad.) Ahora bien, aquel amor, nacido sobre todo de la necesidad de impedir a Albertine comportarse mal, había conservado posteriormente la huella de su origen. Estar con ella apenas me importaba, a poco que pudiera impedir a la «fugitiva» ir aquí o allá. Para lograrlo, había recurrido yo a los ojos, a la compañía, de quienes iban con ella y, con sólo que por la noche me hicieran un pequeño relato muy tranquilizador, mis inquietudes se esfumaban, convertidas en buen humor.

Como me había comunicado a mí mismo la afirmación de que, independientemente de lo que debiera yo hacer, Albertine estaría de regreso en casa aquella misma noche, había suspendido el dolor que Françoise me había causado al decirme que Albertine se había marchado (porque entonces mi persona, cogida desprevenida, había creído por un instante que aquella marcha era definitiva), pero, después de una interrupción —cuando, con un impulso de su vida independiente, el sufrimiento inicial volvía espontáneamente a mí—, seguía siendo tan atroz, por ser anterior a la promesa consoladora que me había hecho a mí mismo de volver a traer a Albertine aquella misma noche. Mi sufrimiento ignoraba la frase que la habría calmado. Para aplicar los medios con los que obtener ese regreso, una vez más estaba condenado a fingir —no porque semejante actitud me hubiera dado nunca buen resultado precisamente, sino porque siempre, desde que amaba a Albertine, la había adoptado— que no la amaba, que no sufría por su marcha, condenado a seguir mintiéndole. Podía ser tanto más enérgico con los medios para hacerla volver cuanto que personalmente parecería haber renunciado a ella. Me proponía escribir a Albertine una carta de despedida, en la que consideraría definitiva su marcha, mientras que enviaría a Saint-Loup a ejercer sobre la Sra. Bontemps —y como si yo no lo supiera— la presión más brutal para que Albertine volviese cuanto antes. Seguramente había yo experimentado con Gilberte el peligro de las cartas con una indiferencia primero fingida y que acaba volviéndose verdadera y aquella experiencia debería haberme impedido escribir a Albertine misivas del mismo carácter que las dirigidas a Gilberte, pero lo que llamamos experiencia no es sino la revelación ante nuestros propios ojos de un rasgo de nuestro carácter, que, naturalmente, reaparece y lo hace con tanta mayor fuerza cuanto que ya nos lo hemos revelado a nosotros mismos una vez, por lo que el impulso espontáneo que nos había guiado en la primera ocasión resulta reforzado por todas las sugerencias del recuerdo. El plagio humano del que resulta más difícil escapar, para los individuos (e incluso para los pueblos que perseveran en sus faltas y van agravándolas), es el de uno mismo.

Yo había mandado llamar al instante a Saint-Loup, quien, como sabía yo, estaba en París; acudió corriendo, rápido y eficaz como lo era en tiempos en Doncières, y accedió a partir en seguida para Turena. Le propuse el plan siguiente: debía apearse en Châtellerault, preguntar por la casa de la Sra. Bontemps y esperar a que Albertine hubiera salido, pues habría podido reconocerlo. «Pero entonces, ¿la muchacha de la que hablas me conoce?», me preguntó. Le respondí que no lo creía. El proyecto de aquella gestión me embargó con una alegría infinita. Sin embargo, resultaba absolutamente contradictoria con lo que yo me había prometido al comienzo: arreglármelas para no parecer que había mandado a buscar a Albertine e iba a parecerlo inevitablemente, pero presentaba —respecto de lo que «habría sido oportuno»— la inestimable ventaja de permitirme pensar en que alguien enviado por mí iba a ver a Albertine, a volver a traerla seguramente, y, si al principio hubiera yo sabido ver con claridad en mi corazón, habría podido prever que aquella solución oculta en la sombra y que me parecía deplorable sería la que prevalecería sobre las soluciones basadas en la paciencia, por las que estaba decidido a inclinarme por falta de voluntad. Como Saint-Loup parecía ya un poco extrañado de que una muchacha hubiese vivido en mi casa todo un invierno sin que yo le hubiera dicho nada al respecto y como, por otra parte, me había vuelto a hablar con frecuencia de la joven de Balbec y yo no le había respondido: «Pero, ¡si vive aquí!», podría haberse sentido ofendido por mi falta de confianza. Es cierto que tal vez la Sra. Bontemps le hablaría de Balbec, pero yo estaba demasiado impaciente por su partida, por su llegada, para querer —y para poder— pensar en las posibles consecuencias de ese viaje. En cuanto a la posibilidad de que reconociera a Albertine (a quien, por lo demás, había procurado sistemáticamente no mirar, cuando había coincidido con ella en Doncières), ésta había cambiado y engordado tanto —lo decía todo el mundo—, que no era probable. Me preguntó si tenía yo un retrato de Albertine. Primero respondí que no, para que no tuviera la posibilidad de reconocer —gracias a mi fotografía, tomada por la época de Balbec— a Albertine, pese a que sólo la había vislumbrado en el vagón, pero después pensé que en la última estaría tan diferente de la Albertine de Balbec como lo estaba ahora la Albertine viva y que no la reconocería ni en la fotografía ni en la realidad. Mientras se la buscaba, él me pasaba la mano por la frente con cariño, para consolarme. Yo me sentía emocionado por la pena que le causaba el dolor que adivinaba en mí. Para empezar, aunque se hubiera separado de Rachel, lo que había sentido entonces no estaba aún tan lejano para que no experimentara una simpatía, una piedad, particular por esa clase de sufrimientos, así como nos sentimos más cercanos a alguien que tiene la misma enfermedad que nosotros. Además, me tenía tanto afecto, que le resultaba insoportable pensar en mis sufrimientos. Por eso, la que me los causaba le inspiraba una mezcla de rencor y admiración. Se imaginaba que yo era un ser tan superior, que, para que estuviese sometido a otra persona, ésta debía de ser absolutamente extraordinaria. A mí me parecía que le gustaría la fotografía de Albertine, pero, como, de todos modos, no suponía que le causaría la impresión de Helena a los viejos troyanos, mientras la buscaba, le decía con modestia: «Mira, no te hagas ilusiones; para empezar, la foto es mala y, además, ella no es nada del otro mundo, no es una belleza, es sobre todo muy buena persona». «Sí, sí, debe de ser maravillosa», dijo con un entusiasmo ingenuo y sincero, mientras intentaba imaginarse a la persona que podía infundirme una desesperación y una inquietud semejantes. «No le perdono que te haga sufrir, pero también era de suponer que un artista hasta el tuétano como tú, que en todo aprecia la belleza con tal adoración, estuviera predestinado a sufrir más que otro, cuando la viese en una mujer». Por fin acababa yo de encontrar la fotografía. «Seguro que es maravillosa», seguía diciendo Robert, quien no me había visto alargarle la fotografía. De repente, la vio y la sostuvo un momento en las manos. Su cara expresaba una estupefacción rayana en la estupidez. «¿Ésta es la muchacha a la que amas?», acabó diciendo con un tono de asombro que atenuaba por miedo a contrariarme. No hizo ningún comentario, había adoptado la expresión razonable, prudente, un poco desdeñosa por fuerza, que inspira un enfermo, aunque hasta entonces haya sido un hombre notable y amigo nuestro, pero que ha dejado de serlo totalmente, pues, presa de la locura furiosa, nos habla de un ser celestial que se le ha aparecido y al que sigue viendo en el lugar en que nosotros, hombres sanos, sólo vemos una furcia. En seguida comprendí el asombro de Robert, el mismo que había sentido yo al ver a su amante, con la única diferencia de que había reconocido en ella a una mujer a la que ya conocía, mientras que él creía no haber visto nunca a Albertine, pero seguramente la diferencia entre lo que uno y otro veíamos en una misma persona era igualmente grande. Lejos quedaba la época en que yo había empezado añadiendo en Balbec a las sensaciones visuales —cuando miraba a Albertine— otras de sabor, olor y tacto. Más adelante, se habían sumado a ellas sensaciones más profundas, más dulces, más indefinibles y después sensaciones dolorosas. En una palabra, Albertine era —como una piedra en torno a la cual ha nevado— el centro generador de una inmensa construcción que pasaba por el plano de mi corazón. Robert, a quien resultaba invisible toda esa estratificación de sensaciones, sólo captaba un residuo que ésta me impedía precisamente advertir a mí. Lo que de Albertine había desconcertado a Robert, cuando había visto la fotografía, no había sido el pasmo de los ancianos troyanos al ver pasar a Helena y decir:

Nuestro mal no vale una sola de sus miradas,

sino el inverso exactamente y que hace decir: «Pero, ¡cómo! ¡Por ésa se ha preocupado tanto, ha padecido tanta pena, ha hecho tantas locuras!». Hemos de reconocer que esa clase de reacción a la vista de la persona que ha causado los sufrimientos, ha trastornado la vida —a veces ha causado la muerte— de alguien a quien queremos se da con una frecuencia infinitamente mayor que la de los ancianos troyanos y, en resumidas cuentas, habitual. No se debe sólo a que el amor es individual ni a que, cuando no lo sentimos, nos resulta natural considerarlo evitable y filosofar sobre la locura de los demás. No, es que, cuando ha llegado hasta el extremo de causar tantos males, la construcción de las sensaciones interpuestas entre el rostro de la mujer y los ojos del amante y el enorme huevo doloroso que lo envuelve y lo oculta tanto como una capa de nieve a una fuente han llegado ya lo bastante lejos para que el punto en que se detienen las miradas del amante, el punto en que encuentra su placer y sus sufrimientos, quede tan lejos de aquel desde el que los demás lo ven como lo está el sol verdadero del lugar en que su luz condensada nos hace verlo en el cielo. Y, además, durante ese tiempo, bajo la crisálida de dolores y ternuras que vuelve invisibles para el amante las peores metamorfosis del ser amado, el rostro ha tenido tiempo de envejecer y cambiar. De modo, que, si bien el rostro que el amante vio la primera vez está muy lejos del que ve desde que ama y sufre, igualmente lejos está —en sentido inverso— del que puede ver ahora el espectador indiferente. (¿Qué habría ocurrido, si, en lugar de la fotografía de quien era una joven, hubiese visto Robert la de una amante anciana?) Y ni siquiera necesitamos ver por primera vez a la que ha causado tantos estragos para sentir ese asombro. En muchos casos la conocíamos, como mi tío abuelo a Odette. Entonces la diferencia de punto de vista se extiende no sólo al aspecto físico, sino también al carácter, a la importancia individual. Hay muchas posibilidades de que la mujer que hace sufrir a quien la ama haya sido siempre muy buena con alguien a quien resultaba indiferente —así como Odette, tan cruel con Swann, había sido la solícita «señora de rosa» de mi tío abuelo— o de que la persona todas cuyas decisiones pondera de antemano —con tanto miedo como la de una divinidad— quien la ama parezca alguien sin importancia, demasiado deseosa de hacer todo lo que le ordenen, a quien no la ama, como la amante de Saint-Loup a mí, quien sólo veía en ella aquella «Rachel cuando del Señor» que tantas veces me habían ofrecido. Recordaba yo mi estupefacción, la primera vez que la vi con Saint-Loup, al pensar en la tortura que sería no saber lo que semejante mujer había hecho determinada noche, lo que podía haber dicho en voz baja a alguien, por qué había tenido deseos de ruptura. Ahora bien, yo tenía la sensación de que todo aquel pasado —pero de Albertine— hacia el que se dirigían todas las fibras de mi corazón, de mi vida, con un sufrimiento vibrátil y torpe, debía de parecer tan insignificante a Saint-Loup como tal vez llegaría a serlo para mí un día, de que tal vez yo pasaría poco a poco —respecto de la insignificancia o la gravedad del pasado de Albertine— del estado de ánimo que tenía en aquel momento al de Saint-Loup, pues no me hacía ilusiones sobre lo que éste pudiera pensar, sobre lo que cualquier otra persona distinta del amante puede pensar, y no me afectaba demasiado. Dejemos a las mujeres guapas para los hombres sin imaginación. Recordaba aquella trágica explicación de tantas vidas que es un retrato genial y sin parecido con el modelo, como el de Odette pintado por Elstir, retrato no tanto de una amante cuanto del amor deformador. Sólo le faltaba ser a la vez —como tantos retratos— de un gran pintor y de un amante (y aún decían que Elstir lo había sido de Odette). Toda la vida de un amante, cuyas locuras nadie entiende, toda la vida de un Swann, demuestran esa diferencia, pero, si el amante es, además, un pintor como Elstir y entonces se pronuncia la palabra del enigma, tenemos por fin ante nosotros esos labios que el vulgo nunca ha visto en esa mujer, esa nariz que nadie le ha notado, ese garbo insospechado. El retrato dice: «Esto es lo que he amado, lo que me ha hecho sufrir, lo que he visto sin cesar». Mediante una gimnasia inversa, yo, quien había intentado añadir con el pensamiento a Rachel todo lo que Saint-Loup le había atribuido por su cuenta, procuraba eliminar mi aportación cardíaca y mental a la composición de Albertine e imaginármela tal como debía parecer a Saint-Loup, como Rachel a mí. Esas diferencias, aun cuando las viéramos nosotros mismos, ¿qué importancia añadirían? Y, cuando en tiempos, en Balbec, Albertine me esperaba bajo las arcadas de Incarville y montaba en mi coche, no sólo no había engordado, sino que, además, gracias a un exceso de ejercicio había adelgazado demasiado; delgada, afeada por un sombrero horrible que sólo dejaba ver una puntita de nariz fea y, por los lados, unas mejillas blancas como gusanos, yo reconocía muy poco de ella, aunque lo suficiente para que, al montar en mi coche, supiese que era ella y que había sido puntual a la cita y no se había ido a otra parte y con eso bastaba. Lo que amamos está demasiado en el pretérito, consiste demasiado en el tiempo perdido juntos para que necesitemos a toda la mujer; simplemente queremos estar seguros de que es ella, no equivocarnos de identidad, mucho más importante que la belleza para quienes aman; las mejillas pueden hundirse y el cuerpo adelgazar, pero incluso para quien antes ha estado más orgulloso, a juicio de los demás, de su dominio sobre una belleza, esos morritos, esa señal en la que se resume la personalidad permanente de una mujer, ese extracto algebraico, esa constante, basta para que un hombre esperado en la más alta sociedad y que gusta de frecuentarla no pueda disponer de una sola de sus veladas, porque pasa el tiempo peinando y despeinando, hasta la hora de dormir, a la mujer que ama o simplemente permaneciendo a su lado para estar con ella o para que ella esté con él o simplemente para que no esté con otros.

«¿Estás seguro», me dijo Robert, «de que puedo regalar así como así a esa mujer treinta mil francos para el comité electoral de su marido? ¿Tan indecente es esa mujer? Si no te equivocas, tres mil francos bastarían». «No, por favor, no economices por algo que tanto me importa. Debes decir lo siguiente, en lo que, por lo demás, hay una parte de verdad: “Mi amigo había pedido esos treinta mil francos a un pariente para el comité del tío de su novia. Se los habían entregado por tratarse de su prometida precisamente y me pidió que se los trajera a usted para que Albertine no se enterara y ahora resulta que ésta lo abandona. Ya no sabe qué hacer. Está obligado a devolver los treinta mil francos, si no se casa con Albertine y, si lo hace, sería necesario, al menos para guardar las apariencias, que volviera inmediatamente, porque, si continuara la fuga, causaría muy mala impresión”. ¿Te parece inventado a propósito?». «¡Qué va!», me respondió Saint-Loup con su bondad y su discreción y porque, además, sabía que con frecuencia las circunstancias son más extrañas de lo que creemos. Al fin y al cabo, no era imposible que en aquella historia de los treinta mil francos hubiese, como yo le decía, una gran parte de verdad. Era posible, pero no cierto, y precisamente esa parte de verdad era una mentira, como en todas las conversaciones en las que un amigo desea sinceramente ayudar a otro, desesperado por amor, pero Robert y yo no mentíamos. El amigo que aconseja, apoya y consuela puede compadecer la angustia del otro, sin sentirla y cuanto mejor se comporta con él, más le miente y el otro le confiesa la ayuda que necesita, pero, precisamente para recibir ayuda, tal vez calle muchas cosas y, de todos modos, el feliz es el que se toma la molestia, hace un viaje, cumple una misión, pero no padece el sufrimiento interior. En aquel momento yo era el que Robert había sido en Doncières, cuando había creído que Rachel lo había abandonado. «En fin, como quieras; si recibo una afrenta, la acepto de antemano por ti y, además, aunque me parezca un poco extraño, ese trato tan poco disimulado, sé perfectamente que en nuestro mundo hay duquesas, e incluso de las más beatas, que por treinta mil francos harían cosas más difíciles que decir a su sobrina que no se quede en Turena. El caso es que me alegro doblemente de hacerte este favor, ya que es necesario para que aceptes verme. Si me caso», añadió, «¿no nos veremos más? ¿No considerarás mi casa un poco la tuya también?...». Se interrumpió de repente, por haber pensado —supuse yo— que, si yo me casaba, Albertine no podría ser para su mujer una amiga íntima y recordé lo que los Cambremer me habían dicho de su probable matrimonio con la hija del príncipe de Guermantes.

Tras consultar el horario, vio que no podría partir hasta la noche. Françoise me preguntó: «¿Hay que sacar del despacho la cama de la Srta. Albertine?». «Al contrario», le contesté, «hay que hacerla». Yo esperaba que volviera de un día para otro y no quería que Françoise supusiese siquiera que se podía poner en duda. Era necesario que la partida de Albertine pareciese algo convenido entre nosotros, que en modo alguno significaba que me quisiera menos, pero Françoise me miró con expresión —si no de incredulidad— al menos de duda. También ella tenía sus dos hipótesis. Las aletas de la nariz se le dilataban, se olía una riña, debía de haberla sentido desde hacía mucho y, si no estaba del todo segura, tal vez fuera sólo porque, como yo, no se atrevía a creer del todo lo que la habría complacido demasiado. Ahora el peso del asunto ya no recaía sobre mi agotada cabeza, sino sobre Saint-Loup. Me sentía alborozado, porque había adoptado una decisión, porque pensaba: «He respondido con la misma moneda».

Apenas debía de haber montado en el tren Saint-Loup, cuando me crucé en mi antesala con Bloch, a quien no había oído llamar, por lo que me vi obligado a recibirlo un instante. Hacía poco, me había encontrado con él, un día en que me acompañaba Albertine (a quien él conocía de Balbec) y ésta estaba de mal humor. «He cenado con el Sr. Bontemps», me dijo, «y, como tengo cierta influencia sobre él, le he dicho que me había entristecido que su sobrina no fuera más amable contigo, que debería pedírselo». La cólera me ahogaba: esos ruegos y lamentos destruían todo el efecto de la gestión de Saint-Loup y me ponían directamente en entredicho ante Albertine, a quien parecía yo implorar. Para colmo de males, Françoise, que se había quedado en la antesala, estaba oyéndolo todo. Hice todos los reproches posibles a Bloch, diciéndole que en modo alguno le había hecho yo semejante encargo y que, por lo demás, no estaba en lo cierto. A partir de aquel momento, Bloch no cesó de sonreír, menos —creo yo— de alegría que de embarazo por haberme contrariado. Manifestaba su asombro riendo por haber despertado semejante cólera. Tal vez lo dijese para quitar importancia ante mí a su indiscreta gestión, tal vez porque era de carácter cobarde y vivía, alegre y perezosamente, entre mentiras, como las medusas a flor de agua, tal vez porque, aun cuando hubiese sido otra clase de hombre, los otros, al no poder situarse nunca en el mismo punto de vista que nosotros, no comprenden la importancia del daño que pueden hacernos sus palabras pronunciadas al azar. Acababa de acompañarlo hasta la puerta, al no encontrar remedio alguno para lo que había hecho, cuando volvió a sonar el timbre y Françoise me entregó una citación de la comisaría. Los padres de la niña a la que había llevado yo durante una hora a mi casa habían querido poner una denuncia contra mí por rapto de una menor. Hay momentos en la vida en que nace como una hermosura de la multiplicidad de los problemas que nos asedian, entrecruzados como motivos wagnerianos, y también de la idea, que surge entonces, de que los acontecimientos no están situados en el conjunto de reflejos mostrados en el pobre espejito que lleva ante sí la inteligencia y que ésta llama futuro, que están fuera y surgen tan bruscamente como alguien que acude a comprobar un delito flagrante. Por sí solo, un acontecimiento se modifica, ya sea porque el fracaso nos lo magnifique o la satisfacción lo reduzca, pero raras veces ocurre solo. Los sentimientos suscitados por cada uno de ellos se contraponen y el miedo es en cierta medida —como yo lo experimenté, al acudir a la comisaría— un revulsivo al menos momentáneo y bastante activo de las tristezas sentimentales. Me encontré en la comisaría con los padres, que me insultaron y me dijeron: «Nosotros no pasamos por ahí», me devolvieron los quinientos francos, que yo no quería aceptar, y el comisario, quien, al proponerse como ejemplo inimitable la facilidad de los presidentes de audiencias para las «réplicas», tomaba una palabra de cada frase que yo decía para confeccionar una respuesta ingeniosa y abrumadora. En mi inocencia ni siquiera se pensó, pues fue la única hipótesis que nadie quiso admitir ni por un momento. No obstante, dadas las dificultades para formular una acusación, me libré del apuro recibiendo sólo la bronca, extraordinariamente violenta, mientras estuvieron presentes los padres, pero, en cuanto se hubieron marchado, el comisario, al que gustaban las niñas, cambió de tono y me reprendió como un compadre: «La próxima vez, tiene usted que ser más hábil. ¡Qué caramba! Ésas no son formas de dedicarse al asunto: así, tan bruscamente, sale mal. Por lo demás, encontrará a puñados niñas mejores que ésa y mucho más baratas. Era una suma absurdamente exagerada». Como noté claramente que, si intentaba explicarle la verdad, no entendería, aproveché, sin decir palabra, el permiso que me dio para retirarme. Hasta que volví a casa, todos los transeúntes me parecieron inspectores encargados de espiar mis actos y gestos, pero ese leitmotiv, como el de la cólera contra Bloch, se esfumó y cedió el sitio exclusivamente al de la partida de Albertine. Ahora bien, éste volvía a manifestarse, pero de forma casi gozosa desde que Saint-Loup se había marchado. Desde que se había encargado de ir a ver a la Sra. Bontemps, mis sufrimientos se habían dispersado. Yo creía que era por haber actuado, lo creía de buena fe, pues nunca se sabe lo que se oculta en nuestra alma. En el fondo, lo que me hacía feliz no era haber descargado mis indecisiones en Saint-Loup, como yo creía. Por lo demás, no me equivocaba del todo; lo específico para remediar un acontecimiento desgraciado (las tres cuartas partes de los acontecimientos lo son) es una decisión, pues su efecto es el de interrumpir, mediante un trastocamiento repentino de nuestros pensamientos, la corriente de los que proceden del acontecimiento pasado y prolongan la vibración, el de quebrantarla mediante otra inversa de pensamientos contrarios, procedentes del exterior, del futuro, pero esos pensamientos nuevos nos resultan sobre todo satisfactorios (y así era en el caso de los que me asediaban en aquel momento) cuando desde el fondo de dicho futuro lo que nos aportan es una esperanza. Lo que en el fondo me hacía tan feliz era la certidumbre secreta de que, como la misión de Saint-Loup no podía fracasar, Albertine había de regresar por fuerza. Lo comprendí, pues, al no haber recibido ya el primer día respuesta de Saint-Loup, empecé a sufrir otra vez. Así, pues, mi decisión, mi concesión a él de plenos poderes, no eran la causa de mi alegría, que, de lo contrario, se habría prolongado, sino la idea de que «el éxito es seguro», que había concebido cuando decía «sea lo que Dios quiera», y la —despertada por su tardanza— de que podía ocurrir, en efecto, algo diferente del éxito me resultaba tan odiosa, que perdí la alegría. Nuestra previsión, nuestra esperanza de acontecimientos felices, es la que, en realidad, nos embarga con una alegría que atribuimos a otras causas y, si dejamos de estar tan seguros de que lo que deseamos se realizará, cesa y nos hace recaer en la pena. Siempre es esa invisible creencia la que sostiene el edificio de nuestro mundo sensible y, privado de ella, éste se tambalea. Como hemos visto, constituye para nosotros el valor o la nulidad de las personas, la embriaguez o el fastidio al verlas. Constituye también la posibilidad de soportar una pena que nos parece mediocre simplemente porque estamos convencidos de que se le va a poner fin o una brusca intensificación hasta que una presencia valga tanto —y a veces más— que nuestra propia vida. Por lo demás, una cosa acabó de devolverme al corazón, tan agudo como había sido en el primer minuto y había dejado —he de reconocerlo— de serlo. Fue la relectura de una frase en la carta de Albertine. Por mucho que amemos a las personas, el sufrimiento por perderlas —cuando con el aislamiento ya sólo nos encontramos ante aquella a quien nuestra mente da, en cierta medida, la forma que quiere— es soportable y diferente de aquel —menos humano, menos nuestro, tan imprevisto y extraño como un accidente en el mundo moral y en la zona del corazón— cuya causa son menos directamente las personas mismas que la forma de enterarnos de que no volveríamos a verlas. Yo podía pensar en Albertine, llorando dulcemente, aceptando no poder verla aquella noche como la anterior, pero releer mi decisión es irrevocable era otra cosa, era como tomar un medicamento peligroso, que me hubiese provocado un ataque cardíaco del que podía no sobrevivir. En las cosas, en los acontecimientos, en las cartas de ruptura, hay un peligro particular que amplifica y desnaturaliza el dolor mismo que las personas pueden causarnos, pero ese sufrimiento duró poco. Pese a todo, estaba yo tan seguro del éxito y la habilidad de Saint-Loup, el regreso de Albertine me pareció algo tan inexorable, que me pregunté si había tenido razón en desearlo. Sin embargo, me alegraba. Por desgracia para mí, que creía concluido el asunto de la comisaría, Françoise vino a anunciarme la llegada de un inspector para informarse de si tenía yo la costumbre de traer niñas a mi casa, que el portero, creyendo que se refería a Albertine, había respondido que sí y que, desde aquel momento, la casa parecía vigilada. Así, pues, iba a resultarme para siempre imposible mandar venir a una niña para que me consolara de mis penas, sin arriesgarme a la vergüenza de que apareciera un inspector delante de ella y me tomara por un malhechor, y al instante comprendí hasta qué punto vivimos —más de lo que creemos— para ciertos sueños, pues aquella imposibilidad de acunar nunca más a una niña me pareció privar la vida de todo valor, pero, además, comprendí hasta qué punto es lógico que las personas rechacen fácilmente la fortuna y se arriesguen a morir, cuando nos imaginamos que el interés y el miedo a la muerte son los móviles del mundo. Es que, si hubiera pensado que incluso una niña desconocida pudiese hacerse —por la llegada de un policía— una idea vergonzosa de mí, ¡cuánto más habría preferido matarme! No había siquiera comparación posible entre los dos sufrimientos. Ahora bien, en la vida las personas nunca piensan que aquellos a quienes ofrecen dinero o amenazan de muerte pueden tener una amante o incluso un amigo simplemente cuya estima les importa, aun cuando no les importe la suya propia, pero de repente —en virtud de una confusión en la que no caí (en efecto, no pensé que Albertine, por ser mayor de edad, podía vivir en mi casa e incluso ser mi amante)— me pareció que el rapto de menores podía aplicarse también a Albertine. Entonces la vida me pareció cerrada por todos lados y, al pensar en que no había vivido castamente con ella, advertí —en el castigo que se me infligía por haber acunado a una niña desconocida— la relación casi siempre existente en los castigos humanos, por la cual casi nunca se da una condena justa ni un error judicial, sino algo así como una armonía entre la idea falsa que se hace el juez de un acto inocente y los actos culpables que no ha tenido en cuenta, pero entonces, al pensar en que el regreso de Albertine podía entrañar para mí una condena infamante, que me degradaría ante ella y tal vez le causara a ella un perjuicio que no me perdonaría, dejé de desear su regreso, que me espantó. Me habría gustado telegrafiarle que no regresara y al instante me embargó el deseo apasionado de que volviera y cubrió todo lo demás. Es que, tras haber pensado por un instante en la posibilidad de decirle que no volviese y vivir sin ella, de repente me sentí, al contrario, dispuesto a sacrificar todos los viajes, todos los placeres, todos los trabajos, ¡para que Albertine volviera! ¡Ah! ¡Hasta qué punto mi amor a Albertine, cuyo destino había creído poder prever conforme al que había sentido por Gilberte, se había desarrollado en perfecto contraste con éste! ¡Cuán imposible me resultaba seguir sin verla! Y, para cada acto, incluso el más insignificante, pero que antes estaba inmerso en la atmósfera feliz que era la presencia de Albertine, debía todas las veces —con nuevo esfuerzo, con el mismo dolor— volver a empezar el aprendizaje de la separación. Además, la competencia de las otras formas de la vida rechazaba hasta la sombra ese nuevo dolor y durante aquellos días, los primeros de la primavera, tuve incluso —en espera de que Saint-Loup pudiese ver a la Sra. Bontemps e imaginando Venecia y hermosas mujeres desconocidas— algunos momentos de calma agradable. En cuanto lo advertí, sentí en mí un terror pánico. Aquella calma que acababa de disfrutar era la primera aparición de esa gran fuerza intermitente que iba a luchar en mí contra el dolor, contra el amor, y acabaría venciendo. Lo que acababa de sentir por adelantado, junto con su presagio, era por un instante sólo lo que más adelante sería en mí un estado permanente, una vida en la que ya no podría sufrir por Albertine, en la que habría dejado de amarla, y mi amor, que acababa de reconocer al único enemigo —el olvido— que podía vencerlo, se echó a temblar, como un león que en la jaula en la que lo han encerrado ha advertido de pronto la serpiente pitón que lo devorará.

No dejaba de pensar en Albertine y, al entrar, Françoise nunca me decía con la suficiente rapidez: «No hay cartas», para abreviar mi angustia, pero de vez en cuando conseguía —haciendo pasar tal o cual corriente de ideas a través de mi pena— renovar, airear un poco, la viciada atmósfera de mi corazón. Ahora bien, por la noche, si lograba conciliar el sueño, era como si el recuerdo de Albertine hubiese sido el medicamento que me había procurado el sueño y cuya influencia, al cesar, me despertaría. Mientras dormía, pensaba todo el tiempo en Albertine. Era un sueño suyo especial que me ofrecía ella y en el que, por lo demás, ya no habría sido libre —como durante la víspera— para pensar en otra cosa. El sueño, su recuerdo, eran las dos substancias mezcladas que nos hacen tomar a la vez para dormir. Por lo demás, una vez despierto, mi sufrimiento, en lugar de disminuir, iba en aumento todos los días. No es que el olvido no llevara a cabo su labor, pero ahí mismo favorecía la idealización de la imagen añorada y con ello la asimilación de mi sufrimiento inicial a otros sufrimientos análogos, que lo reforzaban. Aun así, aquella imagen era soportable, pero, si de repente pensaba en su habitación, en que la cama seguía vacía, en su piano, en su automóvil, perdía todas las fuerzas, cerraba los ojos, inclinaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, como quienes van a desmayarse. El ruido de las puertas me hacía casi tanto daño, porque no era ella quien las abría.

Cuando podría haber habido un telegrama de Saint-Loup, no me atrevía a preguntar: «¿Hay un telegrama?». Llegó por fin, pero lo retrasó todo, al decirme: «ESAS SEÑORAS SE HAN MARCHADO Y VAN A ESTAR FUERA TRES DÍAS». Seguramente, si había yo soportado los cuatro días durante los cuales ella había faltado, era porque pensaba: «Es sólo cuestión de tiempo, antes del fin de la semana estará aquí». Pero ese motivo no impedía que para mi corazón, para mi cuerpo, el acto por realizar era el mismo: vivir sin ella, volver a casa sin encontrarla en ella, pasar por delante de su cuarto —para abrirlo aún no tenía yo valor— sabiendo que no estaba en él, acostarme sin haberle dado las buenas noches, cosas que mi corazón había debido hacer en su terrible integridad y como si no fuera a volver a ver a Albertine. Ahora bien, que lo hubiese realizado ya cuatro veces demostraba que ahora era capaz de seguir haciéndolo (podría decirme: «Nunca volverá», y, aun así, vivir como ya lo había hecho durante cuatro días) y tal vez pronto dejara de necesitar la razón que me ayudaba a seguir viviendo así —el próximo regreso de Albertine— como un herido que ha recuperado la costumbre de caminar y puede prescindir de las muletas. Desde luego, por la noche, al regresar a casa, volvía a encontrar —y me dejaban sin respiración, me asfixiaban con el vacío de la soledad— los recuerdos, yuxtapuestos en una serie interminable, de todas las noches en que Albertine me esperaba, pero ya volvía a encontrarme con el recuerdo de la víspera, de la antevíspera y de las dos noches anteriores, es decir, el recuerdo de las cuatro noches transcurridas desde la partida de Albertine, durante las cuales había estado sin ella, solo, y, sin embargo, había vivido, cuatro noches ya que formaban una porción de recuerdos muy inferior a la otra, pero que tal vez fuese a consolidar cada día que pasara. No diré nada de la carta de declaración que recibí en aquel momento de una sobrina de la Sra. de Guermantes, que tenía fama de ser la muchacha más guapa de París, ni de la gestión que hizo conmigo el duque de Guermantes de parte de los padres resignados —por la felicidad de su hija— a la desigualdad del partido, a semejante mal casamiento. Incidentes así, que podrían ser sensibles para el amor propio, son demasiado dolorosos, cuando amamos. Nos gustaría —pero no tendríamos semejante indelicadeza— darlos a conocer a quien abriga sobre nosotros un juicio menos favorable, que, por lo demás, no cambiaría, si se enterara de que podemos ser objeto de otro totalmente distinto. Lo que me escribía la sobrina del duque no habría podido hacer otra cosa que impacientar a Albertine.

Desde el momento en que me despertaba y volvía a sentir mi pena en el punto en que me encontraba antes de quedarme dormido, como un libro cerrado por un instante y que no me abandonaría hasta la noche, todas las sensaciones —ya procediesen de fuera o de dentro— tenían que ver con un pensamiento relativo a Albertine. Llamaban al timbre: «¡Será una carta de ella, ella misma tal vez!». Si me sentía bien, no demasiado desgraciado, ya no sentía celos, ya no tenía agravios contra ella, me habría gustado volver a verla al instante, besarla, pasar alegremente toda mi vida con ella. Telegrafiarle «VEN EN SEGUIDA» me parecía haber pasado a ser ahora de lo más sencillo, como si mi nuevo humor hubiera cambiado no sólo mis disposiciones, sino también las cosas exteriores a mí, las hubiese vuelto más fáciles. Si estaba de talante melancólico, renacían todas mis cóleras contra ella, ya no deseaba besarla, sentía la imposibilidad de ser feliz jamás gracias a ella, ya sólo quería hacerle daño e impedirle pertenecer a otros, pero de esos dos talantes opuestos el resultado era idéntico: debía volver lo antes posible. Y, sin embargo, por grande que fuera la alegría que pudiese darme en el momento su regreso, tenía la sensación de que no tardarían en presentarse las mismas dificultades y de que la búsqueda de la felicidad en la satisfacción del deseo moral era algo tan ingenuo como la empresa de alcanzar el horizonte caminando hacia delante. Cuanto más avanza el deseo, más se aleja la posesión verdadera: de modo, que, si se puede encontrar la felicidad o al menos la ausencia de sufrimientos, no es la satisfacción, sino la reducción progresiva, la extinción final del deseo, lo que se debe buscar. Intentamos ver lo que amamos, pero deberíamos procurar no verlo, porque sólo el olvido acaba trayendo la extinción del deseo, y me imagino que, si un escritor formulara verdades de ese tipo, dedicaría el libro en que figurarían a una mujer a quien le gustaría aproximarse, así, diciéndole: «Este libro es el tuyo». Y así, al decir verdades en su libro, mentiría en su dedicatoria, pues le interesaría que el libro fuera de esa mujer como de él la piedra preciosa procedente de ella y que sólo le sería cara mientras la amase. Los vínculos entre una persona y nosotros sólo existen en nuestro pensamiento. La memoria, al debilitarse, los afloja y, pese a la ilusión por la que nos gustaría vernos engañados y con la que —por amor, por amistad, por cortesía, por respeto humano— engañamos a los otros, existimos solos. El hombre es el ser que no puede salir de sí mismo, que sólo conoce a los demás en sí mismo y, al decir lo contrario, miente y, si hubiera sido posible hacerlo, si me hubiesen privado de esa necesidad de ella, de ese amor de ella, habría yo sentido tal miedo, que me convencía a mí mismo de que era precioso para mi vida. Poder oír pronunciar sin embeleso ni sufrimiento los nombres de las estaciones por las que pasaba el tren para ir a Turena me habría parecido una disminución de mí mismo (en el fondo, simplemente porque así habría demostrado que Albertine habría llegado a resultarme indiferente). Estaba bien —pensaba yo— que, al preguntarme sin cesar lo que podía estar haciendo, pensando, queriendo ella a cada instante, si pensaba venir, si lo haría, yo mantuviera abierta aquella puerta de comunicación que el amor había abierto en mí y sintiese la vida de otra sumergir, mediante esclusas abiertas, el depósito que no habría deseado quedarse de nuevo estancado. Al prolongarse el silencio de Saint-Loup, una ansiedad secundaria —la espera de un telegrama, de una llamada por teléfono de mi amigo— no tardó en ocultar la primera: la inquietud del resultado, saber si volvería Albertine. Espiar todos los sonidos en espera del telegrama me resultaba tan intolerable, que la llegada de éste, lo único en lo que yo pensaba ya, fuera cual fuese su tenor, pondría —me parecía— fin a mis sufrimientos, pero, cuando por fin lo recibí y me enteré de que Robert había estado con la Sra. Bontemps, pero, pese a todas sus precauciones, había sido visto por Albertine, con lo que se había ido todo al traste, estallé de furia y desesperación, pues eso era lo que yo había querido evitar ante todo. Al enterarse de él Albertine, el viaje de Saint-Loup hacía parecer que yo la necesitaba, lo que había de impedirle por fuerza volver y cuyo horror era, por lo demás, lo único que había yo conservado del orgullo que distinguía a mi amor en la época de Gilberte, ya desaparecido. Yo maldecía a Robert y después pensé que, si aquel medio había fracasado, recurriría a otro. Puesto que el hombre puede actuar sobre el mundo exterior, ¿cómo no iba a lograr yo —recurriendo a la astucia, la inteligencia, el interés, el afecto— suprimir aquella atrocidad: la ausencia de Albertine? Creemos que cambiaremos las cosas que nos rodean conforme a nuestro deseo, porque, aparte de eso, no vemos solución favorable alguna. No pensamos en la que se produce con la mayor frecuencia y que también es favorable: no logramos cambiar las cosas conforme a nuestro deseo, pero poco a poco éste cambia. La situación que esperábamos cambiar, porque nos resultaba insoportable, se nos vuelve indiferente. No hemos podido superar el obstáculo, como deseábamos absolutamente, pero la vida nos ha hecho rodearlo, sobrepasarlo y apenas si podemos entonces —al volver la vista al lejano pasado— distinguirlo, de tan imperceptible como ha quedado. En el piso de encima del nuestro oí tonadas de Manon interpretadas por una vecina. Yo aplicaba su letra, que conocía, a Albertine y a mí y me sentía embargado de un sentimiento tan profundo, que me eché a llorar. Eran éstas:

Ay, el pájaro que huye de lo que considera esclavitud,

De noche vuelve, la mayoría de las veces, con vuelo

/ desesperado a llamar a la vidriera,

y la muerte de Manon:

¡Manon, respóndeme! — Único amor de mi alma,

¡Hasta hoy no he comprendido la bondad de tu corazón!

Puesto que Manon volvía con Des Grieux, me parecía que yo era para Albertine el único amor de su vida. Por desgracia, es probable que, si ella hubiera oído en aquel momento la misma tonada, no habría sido —¡ay!— a mí a quien habría querido bajo el nombre de Des Grieux y, si simplemente se le hubiese ocurrido esa idea, mi recuerdo le habría impedido enternecerse al escuchar aquella música, pese a que correspondía muy bien —si bien estaba mejor escrita y era más fina— al estilo de la que le gustaba.

Por mi parte, no tuve el valor de abandonarme a la dulzura de pensar que Albertine me llamaba «único amor de mi alma» y había reconocido haberse equivocado sobre lo que «había considerado esclavitud». Yo sabía que no podemos leer una novela sin atribuir a la protagonista los rasgos de aquella a quien amamos, pero, por feliz que sea el final del libro, nuestro amor no ha dado un paso más y, cuando lo hemos cerrado, aquella a la que amamos y que por fin ha venido hasta nosotros en la novela ha dejado de querernos en la vida. Telegrafié, furioso, a Saint-Loup para que volviera cuanto antes a París, para que al menos no pareciese ejercer una insistencia agravante en una gestión que tanto me habría gustado ocultar, pero, antes incluso de que hubiera vuelto, como le había yo indicado, fue la propia Albertine quien me envió este telegrama:

«AMIGO MÍO, HAS ENVIADO A TU AMIGO SAINT-LOUP A VER A MI TÍA, COSA INSENSATA. MI QUERIDO AMIGO, SI ME NECESITABAS, ¿POR QUÉ NO ME ESCRIBISTE DIRECTAMENTE? HABRÍA TENIDO MUCHO GUSTO EN VOLVER. NO VUELVAS A HACER ESAS GESTIONES ABSURDAS». «¡Habría tenido mucho gusto en volver!». Así, pues, si decía eso, era porque lamentaba haberse marchado y sólo buscaba un pretexto para volver. Por tanto, bastaba con hacer lo que me decía, escribirle que la necesitaba y volvería. Por tanto, iba a volver a verla, a ella, la Albertine de Balbec (pues desde su marcha había vuelto a serlo para mí: como una concha a la que ya no prestamos atención, cuando la tenemos siempre sobre la cómoda, y, una vez que nos hemos separado de ella para regalarla o por haberla perdido, pensamos en ella, cosa que habíamos dejado de hacer, me recordaba toda la gozosa belleza de las montañas azules del mar). Y no era sólo ella la que se había vuelto un ser de la imaginación, es decir, deseable, sino que, además, la vida con ella se había vuelto imaginaria, es decir, libre de todas las dificultades, por lo que yo me decía: «¡Qué felices vamos a ser!». Pero, puesto que tenía la seguridad de su regreso, no debía dar la impresión de apresuramiento, sino, al contrario, borrar el mal efecto causado por la gestión de Saint-Loup, a quien siempre podría yo desautorizar diciendo que había actuado por iniciativa propia, porque siempre había sido partidario de aquel matrimonio.

Sin embargo, releía su carta y me sentía, de todos modos, decepcionado de lo poco que de una persona hay en una carta. Desde luego, los caracteres trazados expresan nuestro pensamiento, cosa que hacen también nuestras facciones; siempre nos encontramos ante un pensamiento, pero, de todos modos, éste no se nos presenta en la persona hasta después de haberse difundido en esa corola del rostro abierta como una ninfea, lo que, de todos modos, la modifica mucho, y tal vez una de las causas de nuestras perpetuas decepciones amorosas sean esas perpetuas desviaciones en virtud de las cuales, al esperar a la persona ideal a la que amamos, cada cita nos presenta a una persona que encarna ya tan poco de nuestro sueño y, además, cuando reclamamos algo a esa persona, recibimos de ella una carta en la que queda muy poco de ella, así como en las letras del álgebra ya no queda la determinación de las cifras de la aritmética, que ya no cuentan con las cualidades de los frutos o las flores sumados, y, sin embargo, el amor, verse amado, sus cartas, tal vez sean, de todos modos, plasmaciones —por insatisfactorio que sea pasar de uno a otro— de la misma realidad, ya que la carta sólo nos parece insuficiente al leerla, pero sudamos sangre y pasión, mientras no llega, y basta para calmar nuestra angustia, ya que no para saciar con sus pequeños signos negros nuestro deseo, en vista de que en ella no hay, de todos modos, sino la equivalencia de una palabra, de una sonrisa, de un beso, no esas cosas mismas.

Contesté a Albertine:

Amiga mía, precisamente iba a escribirte y te agradezco que me hayas dicho que, si te hubiera necesitado, habrías acudido corriendo; está bien por tu parte que comprendas de forma tan elevada la abnegación para con un antiguo amigo y mi estima por ti ha de aumentar por fuerza con ello, pero no, no te lo había pedido y no te lo pediré; volver a vernos, al menos de aquí a mucho tiempo, tal vez no te resultara doloroso, muchacha insensible. Para mí, a quien a veces consideraste tan indiferente, lo sería mucho. La vida nos ha separado. Tú has adoptado una decisión que yo considero muy acertada y lo has hecho en el momento deseado, con un presentimiento maravilloso, pues partiste el día siguiente a aquel en que acababa yo de recibir el asentimiento de mi madre para pedir tu mano. Te lo habría dicho al despertarme, cuando recibí su carta (¡al mismo tiempo que la tuya!). Tal vez hubieras temido apesadumbrarme al marcharte justo entonces y tal vez habríamos unido nuestras vidas mediante lo que habría sido para nosotros —¿quién sabe?— la desdicha. Si hubiera debido ser así, que Dios te bendiga por tu sensatez. Perderíamos todos sus frutos al volver a vernos. No es que no sería una tentación para mí, pero no es un gran mérito por mi parte resistirla. Ya sabes lo inconstante que soy y lo rápidamente que olvido. De modo, que no soy digno de compasión precisamente. Tú me lo has dicho muchas veces: soy sobre todo un hombre de hábitos. Los que estoy empezando a adquirir sin ti no están aún muy arraigados. Evidentemente, en este momento los que tenía contigo y que tu partida ha trastocado siguen siendo los más fuertes. No lo serán durante mucho tiempo más. Precisamente por eso, había pensado en aprovechar estos últimos días —en los que vernos no será aún para mí lo que será dentro de dos semanas, antes tal vez (perdóname la franqueza): un trastorno— para zanjar contigo, antes del olvido final, pequeñas cuestiones materiales en las que habrías podido prestar, como buena y encantadora amiga, un servicio a quien durante cinco minutos se creyó tu prometido. Como yo no dudaba de la aprobación de mi madre, como, por otra parte, deseaba que tuviéramos cada uno de nosotros toda esa libertad que tú me habías ofrecido demasiado amable y abundantemente en un sacrificio que se podía admitir para una vida en común de unas semanas, pero que tan odioso habría resultado para ti como para mí, en vista de que íbamos a pasar nuestra vida juntos (casi me apena al escribirte pensar que estuvo a punto de suceder, que por unos segundos no haya sido así), había pensado en organizar nuestra existencia de la forma más independiente posible y, para empezar, quería que tú tuvieras ese yate en el que habrías podido viajar, mientras yo, demasiado enfermo, te habría esperado en el puerto: había escrito a Elstir para pedirle consejo, porque su gusto te complace, y en tierra me habría gustado que tuvieras tu automóvil propio, tuyo y sólo tuyo, en el que saldrías, viajarías, cuando gustaras. El yate estaba ya casi listo, se llama, conforme a tu deseo expresado en Balbec, El Cisne, y, al recordar que tú preferías más que ninguna otra la marca Rolls, había encargado uno. Ahora bien, como no vamos a volver a vernos nunca más, como no espero poder lograr que aceptes el barco ni el coche (a mí no me servirían para nada), había pensado —puesto que los había encargado a un intermediario, pero a tu nombre— que tal vez podrías librarme de ese yate y ese coche inútiles anulando el encargo, pero, para eso como para muchas otras cosas, tendríamos que haber hablado. Ahora bien, creo que, mientras exista la posibilidad de que vuelva a amarte, que no durará demasiado, sería una locura vernos, por un barco de vela y un Rolls-Royce, y poner en juego la felicidad de tu vida, en vista de que, según tú, consiste en vivir lejos de mí. No, prefiero conservar el Rolls e incluso el yate y, como no los utilizaré y podrían quedarse para siempre en el puerto, desarmado —uno— y —el otro— en el garaje, mandaré grabar en el yate (Dios mío, no me atrevo a poner un título inexacto y cometer una herejía que te escandalizaría) estos versos de Mallarmé, que te gustaban:

Un cigne d’autrefois se souvient que c’est lui

Magnifique, mais qui sans espoir se délivre

Pour n’avoir pas chanté la region où vivre,

Quand du stérile hiver a resplendi l’ennui.[1]

Como recordarás, es el poema que comienza así: «Le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui».[2] Hoy ya no es —¡ay!— ni virgen ni hermoso, pero quienes, como yo, saben que muy pronto harán de él un «mañana» soportable no son soportables precisamente. En cuanto al Rolls, tal vez habría merecido estos otros versos del mismo poeta, que, según decías, no podías entender:

Dis si je ne suis pas joyeux

Tonnerre et rubis aux moyeux

De voir en l’air que ce feu troue

Avec des royaumes épars

Comme mourir pourpre la roue

Du seul vespéral de mes chars.[3]

Adiós para siempre, mi querida Albertine, y gracias de nuevo por el hermoso paseo que dimos juntos la víspera de nuestra separación. Conservo muy buen recuerdo de él.

P.S. - No respondo a lo que me dices sobre los supuestos ofrecimientos que Saint-Loup (quien, por lo demás, no creo que esté en Turena) ha hecho a tu tía. Es algo como de Sherlock Holmes. ¿Quién te has creído que soy yo?

Seguramente, así como en otro tiempo había yo dicho a Albertine: «No te quiero», para que me quisiera; «cuando no veo a las personas, me olvido de ellas», para que nos viésemos muy a menudo; «he decidido dejarte», para prevenir cualquier idea de separación, ahora —como deseaba absolutamente que volviera al cabo de ocho días— le decía: «Adiós para siempre»; como quería volver a verla, le decía: «Me parecería peligroso volver a verte»; como vivir separado de ella me parecía peor que la muerte, le escribía: «Tienes razón, seríamos desgraciados juntos». Debería haber previsto la posibilidad de que el efecto de aquella carta fingida —al escribirla para no parecer interesado en ella (el único orgullo que quedaba de mi antiguo amor a Gilberte en mi amor a Albertine) y también por el placer de decir ciertas cosas que sólo podían emocionarme a mí y no a ella— fuera —¡ay!— el de recibir una respuesta negativa, es decir, que consagrara lo que yo decía, la probabilidad incluso de que así fuera, pues, aunque Albertine hubiese sido menos inteligente de lo que era, no habría dudado un instante de la falsedad de mis palabras. En efecto, sin detenerse a pensar en las intenciones que enunciaba yo en aquella carta, el simple hecho de que la hubiera escrito, aun cuando no hubiese sido posterior a la gestión de Saint-Loup, bastaba para demostrarle que deseaba su regreso y aconsejarle que me dejara enredarme en el anzuelo cada vez más. Además, tras prever la posibilidad de una respuesta negativa, no debería haber dejado de suponer que esa respuesta me devolvería bruscamente —y con su más extrema vivacidad— mi amor a Albertine y —también antes de enviar mi carta— debería haberme preguntado si, en caso de que Albertine respondiera en el mismo tono y no quisiese volver, podría dominar mi dolor lo suficiente para forzarme a permanecer en silencio y no telegrafiarle: «VUELVE», y no enviarle algún otro emisario, cosa que, después de haberle escrito que no volveríamos a vernos, equivalía a mostrarle con la máxima evidencia que yo no podía prescindir de ella y cuyo resultado sería el de que se negara aún más enérgicamente, el de que, al no poder soportar más mi angustia, yo fuera a su casa y tal vez —¿quién sabe?— no fuese recibido. Y seguramente habría sido —después de tres enormes torpezas— la peor de todas, tras la cual ya sólo me quedaría matarme delante de su casa, pero la desastrosa construcción del universo psicopatológico hace que el acto torpe, el acto que deberíamos evitar por encima de todo, sea precisamente el que más nos calma, el que, al abrirnos —hasta que sepamos su resultado— nuevas perspectivas de esperanza, nos libera momentáneamente del intolerable dolor que la negativa ha engendrado en nosotros, por lo que, cuando el dolor es demasiado fuerte, nos apresuramos a caer en la torpeza consistente en escribir, en encargar a alguien que transmita nuestros ruegos, en ir a ver a aquella a quien amamos, en demostrar que no podemos vivir sin ella.

Pero yo no preví nada de eso. El resultado de aquella carta me parecía que sería, al contrario, el de hacer regresar a Albertine de inmediato. Por eso, al pensar en ese resultado, había sentido una gran dulzura al escribirla, pero al mismo tiempo no había cesado de llorar al hacerlo: primero, de forma bastante parecida al día en que había yo interpretado la falsa separación, porque esas palabras, al representarme la idea que me expresaban, aunque tendieran a un objetivo contrario (pronunciadas mendazmente para no confesar, por orgullo, que amaba), llevaban consigo su tristeza, pero también porque tenía la sensación de que algo de verdad había en aquella idea.

Como el resultado de aquella carta me parecía seguro, lamenté haberla enviado, pues, al representarme el regreso, en resumidas cuentas, tan fácil de Albertine, todas las razones que hacían de nuestro matrimonio algo malo para mí volvieron bruscamente con toda su fuerza. Yo esperaba que ella se negaría a volver. Cavilaba que mi libertad, todo el futuro de mi vida, dependían de su negativa, que había hecho una locura al escribirle, que debería haberme quedado con mi carta —ya echada, ¡ay!—, cuando Françoise, al entregarme también el periódico que acababa de subir, me la trajo, por no saber con cuántos sellos debía franquearla, pero al instante cambié de opinión; deseaba que Albertine no volviera, pero quería que esa decisión procediese de ella para poner fin a mi ansiedad y sentí el deseo de devolver la carta a Françoise. Abrí el periódico: anunciaba la muerte de la Berma. Entonces recordé las dos formas diferentes como había visto Fedra y ahora fue con una tercera como pensé en la escena de la declaración. Lo que yo me había recitado con tanta frecuencia a mí mismo y había oído en el teatro era —me parecía a mí— el enunciado de las leyes que debía experimentar en mi vida. Hay en nuestra alma cosas que no sabemos hasta qué punto nos interesan o, si nos interesan, es porque aplazamos día tras día, por miedo a fracasar o a sufrir, la posibilidad de poseerlas. Eso es lo que me había sucedido con Gilberte, cuando había creído renunciar a ella. Si, antes del momento en que estamos totalmente desapegados de esas cosas, muy posterior a aquel en que creemos estarlo, la muchacha a la que amamos se promete, por ejemplo, con otro, nos volvemos locos, no podemos soportar más la vida, que nos parecía tan melancólicamente tranquila, o, si la cosa está en nuestro poder, creemos que nos resulta una carga, que con gusto nos desharíamos de ella: eso es lo que me había ocurrido en el caso de Albertine. Pero, si nos vemos privados por su partida de la persona que nos resulta indiferente, ya no podemos vivir. Ahora bien, ¿acaso no reunía el «argumento» de Fedra los dos casos? Hipólito quiere partir. Fedra, que hasta entonces ha procurado ofrecerse a su enemistad, por escrúpulos —dice ella o, mejor dicho, la hace decirlo el poeta—, porque no ve adónde llegaría y no se siente amada, ya no puede más. Acude a confesarle su amor y ésa es la escena que yo me había recitado con tanta frecuencia:

Dicen que una pronta marcha os aleja de nosotros.

Seguramente ese motivo para la partida de Hipólito es accesorio —podemos pensar— en comparación con el de la muerte de Teseo e igualmente, cuando, unos versos más abajo, Fedra aparenta por un instante haber sido mal entendida:

Habré perdido todo cuidado por mi gloria,

podemos creer que es porque Hipólito ha rechazado su declaración:

Señora, ¿olvidáis que

Teseo es mi padre y vuestro esposo?

Pero, aunque no hubiera expresado esa indignación, Fedra, ante la felicidad alcanzada, habría podido tener la misma sensación de que valía poca cosa, pero, en cuanto ve que no se ha alcanzado, que Hipólito cree haber entendido mal y se disculpa, entonces quiere, como yo al acabar de devolver la carta a Françoise, que la negativa proceda de él, quiere llevar hasta sus últimas consecuencias su suerte:

¡Ah, cruel! Me has entendido demasiado bien.

Y tampoco faltan en esa escena las duras palabras dirigidas por Swann a Odette o las mías a Albertine y que substituyen el amor anterior por otro nuevo, compuesto de piedad, enternecimiento y necesidad de efusión y que no hace sino variar el primero:

Tú me odiabas más y yo no te amaba menos.

Tus desdichas te atribuían nuevos encantos.

La prueba de que la preocupación por su gloria no es lo que más interesa a Fedra es que, si no se hubiera enterado en ese momento de que Hipólito ama a Aricia, habría perdonado a Hipólito y habría desoído los consejos de Enone: hasta tal punto son los celos, que en el amor equivalen a la pérdida de toda felicidad, más sensibles que la pérdida de la reputación. Entonces es cuando deja a Enone calumniar (que no es sino el nombre de la peor faceta de sí misma) a Hipólito sin encargarse de la misión de defenderlo y envía, así, a quien no quiere saber nada con ella a un destino cuyas calamidades en modo alguno la consuelan, por lo demás, puesto que su muerte voluntaria sigue poco después a la de Hipólito. Así al menos —reduciendo el papel de todos los escrúpulos «jansenistas», como habría dicho Bergotte, que Racine atribuyó a Fedra para hacerla parecer menos culpable— es como se me presentaba esa escena: algo así como una profecía de los episodios amorosos de mi propia existencia. Por lo demás, aquellas reflexiones en nada habían cambiado mi determinación y entregué mi carta a Françoise para que la echara por fin al correo con el fin de hacer ante Albertine ese intento que me parecía indispensable desde que me había enterado de que no se había materializado. Y seguramente nos equivocamos al creer que la realización de nuestro deseo es poca cosa, ya que, en cuanto creemos que puede no serlo, volvemos a experimentarlo y hasta estar del todo seguros de no verlo frustrado no consideramos que no valiera la pena perseguirlo y, sin embargo, también tenemos razón, pues, si bien esa realización y la felicidad parecen pequeñas sólo por la certidumbre, no por ello dejan de ser algo inestable de lo que sólo pueden resultar penas y éstas serán tanto más intensas cuanto más completamente se haya cumplido el deseo, tanto más imposibles de soportar cuanto más se haya prolongado —contra la ley de la naturaleza— la felicidad, cuanto más haya recibido la consagración de la costumbre. También en otro sentido las dos tendencias —la que me hacía empeñarme en que mi carta saliera y, cuando creía que así había sido, lamentarlo— entrañan, tanto una como la otra, su verdad. En el caso de la primera, es más que comprensible que corramos en pos de nuestra felicidad —o nuestra desdicha— y que al mismo tiempo deseemos situar ante nosotros, mediante esa acción nueva que va a empezar a desarrollar sus consecuencias, una espera que no nos abandone a la desesperación absoluta: en una palabra, que intentemos hacer pasar por otras formas, que nos resultarán —así lo imaginamos— menos crueles, el mal que padecemos, pero la otra tendencia no es menos importante, pues, por deberse al convencimiento del éxito de nuestra empresa, es pura y simplemente el comienzo anticipado de la desilusión que no tardaríamos en experimentar ante la satisfacción del deseo, la pena de haber retenido para nosotros, a expensas de los demás, excluidos de ella, esa forma de felicidad. Yo había entregado la carta a Françoise, al tiempo que le decía que se apresurara a echarla al correo. En cuanto hubo salido mi carta, volví a concebir el regreso de Albertine como algo inminente. No dejaba de infundir a mi pensamiento imágenes atractivas que con su dulzura neutralizaban un poco los peligros que atribuía yo a su regreso. La dulzura, perdida desde hacía tanto tiempo, de tenerla junto a mí me embriagaba.

Pasa el tiempo y poco a poco todo lo que nos decíamos como mentira se vuelve verdad, lo había yo experimentado demasiado con Gilberte; la indiferencia que yo había fingido, cuando no cesaba de sollozar, había acabado realizándose; poco a poco, la vida, como decía yo a Gilberte con una fórmula mendaz y que retrospectivamente había resultado verdadera, nos había separado. Yo me lo recordaba, me decía: «Si Albertine deja pasar algunos meses, mis mentiras llegarán a ser verdad y, ahora que lo más duro ha pasado, ¿no sería de desear que dejara pasar esos meses? Si vuelve, renunciaré a la vida verdadera que aún no estoy —cierto es— en condiciones de saborear, pero que progresivamente podrá empezar a presentar para mí encantos, mientras el recuerdo de Albertine vaya debilitándose». No digo que el olvido no comenzara a hacer su labor, pero uno de los efectos del olvido —al hacer que muchos de los aspectos enojosos de Albertine, de las horas aburridas que pasaba con ella, hubieran dejado de presentarse a mi memoria, hubiesen dejado, por tanto, de ser motivos de desear que no estuviera ya allí, como lo deseaba cuando aún estaba— era precisamente el de darme una idea somera, embellecida, de todo el amor que había sentido por otras. De esa forma particular, el olvido, pese a contribuir a habituarme a la separación, me hacía desear más —al mostrarme a Albertine más dulce, más bella— su regreso.

Desde que se había marchado, muchas veces —cuando me parecía que no se podía notar que yo había llorado— llamaba a Françoise y le decía: «Habría que ver si la señorita Albertine ha olvidado algo. Acuérdese de arreglar su habitación para que esté lista cuando regrese». O simplemente: «Precisamente el otro día la señorita Albertine me decía; hombre, mire, justo la víspera de su marcha...». Quería yo reducir en Françoise el detestable placer que le causaba la marcha de Albertine dándole a entender que sería por poco tiempo; también quería mostrar a Françoise que no temía hablar de ello, mostrarlo —como hacen ciertos generales que llaman a los retrocesos forzosos retirada estratégica y conforme a un plan preparado— como deseado, como un episodio cuyo significado verdadero ocultaba yo momentáneamente y en modo alguno como el fin de mi amistad con Albertine. Al nombrarla sin cesar, quería hacer entrar por fin, como un poco de aire, algo de ella en aquella habitación en la que su marcha había hecho el vacío y en la que ya no se podía respirar. Después intentamos reducir las proporciones de nuestro dolor haciéndolo entrar en el lenguaje hablado entre el encargo de un traje y el de una cena.

Al preparar la habitación de Albertine, Françoise, curiosa como era, abrió el cajón de una mesita de madera de rosa, en la que mi amiga guardaba los objetos íntimos que se quitaba para dormir. «Oh, señor. La señorita Albertine ha olvidado sus sortijas, se han quedado en el cajón». Mi primer impulso fue el de decir: «Hay que enviárselas», pero así parecía no ser seguro que fuera a volver. «Muy bien», respondí tras un instante de silencio, «para el poco tiempo que va a estar ausente, no vale la pena. Démelas y ya veré». Françoise me las entregó con cierta desconfianza. Detestaba a Albertine, pero, atribuyéndome sus propias actitudes, se imaginaba que no se me podía confiar una carta escrita por mi amiga sin temor a que la abriera. Tomé las sortijas. «Procure el señor no perderlas», dijo Françoise, «¡son preciosas, la verdad! No sé quién se las regalaría, si el señor u otro, pero, ¡de lo que no me cabe duda es de que se trata de alguien rico y con buen gusto!». «No he sido yo», respondí a Françoise, «y, por lo demás, no proceden las dos de la misma persona: una se la regaló su tía y la otra la compró ella». «¡Que no son de la misma persona!», exclamó Françoise. «El señor bromea. Son iguales, salvo el rubí añadido a una de ellas, incluso tienen la misma águila las dos, las mismas iniciales en el interior». No sé si Françoise notaba el daño que me hacía, pero empezó a esbozar una sonrisa, que ya no desapareció de sus labios. «¿Cómo que la misma águila? Está usted loca. En la que no tiene rubí hay un águila, en efecto, pero lo cincelado en la otra es como una cabeza de hombre». «¿Una cabeza de hombre? ¿Dónde ha visto eso el señor? Incluso con mis lentes tan sólo, he visto en seguida que era una de las alas del águila; coja el señor su lupa y verá la otra ala al otro lado, la cabeza y el pico en el medio. Se ve cada una de las plumas. ¡Ah, es un trabajo precioso!». El ansioso deseo de saber si Albertine me había mentido me hizo olvidar que debería haber conservado alguna dignidad delante de Françoise y denegarle el maligno placer que le daba —si no de torturarme— al menos de perjudicar a mi amiga. Yo jadeaba, mientras Françoise iba a buscar mi lupa, la cogí, pedí a Françoise que me mostrara el águila en la sortija del rubí, no le costó hacerme reconocer las alas, estilizadas del mismo modo que en la otra sortija, el relieve de cada una de las plumas, la cabeza. Me indicó también inscripciones semejantes, a las que se sumaban —cierto es— otras en la sortija del rubí, y dentro de las dos la inicial de Albertine. «Pero me extraña que el señor haya necesitado todo eso para ver que se trataba de la misma sortija», me dijo Françoise. «Aun sin mirarlas de cerca, se nota perfectamente la misma factura, la misma forma de trabajar el oro. Nada más verlas, habría yo jurado que tienen la misma procedencia. Se reconoce como los guisos de una buena cocinera». Y, en efecto, a su curiosidad de sirviente avivada por el odio y habituada a advertir detalles con una precisión espantosa, se había sumado, para ayudarla en aquella pericia, el gusto que tenía, el mismo gusto, en efecto, que mostraba en la cocina y que tal vez avivara, como había notado yo al partir para Balbec en su forma de vestirse, su coquetería de mujer que ha sido hermosa, que ha mirado las joyas y el vestuario de otros. Si me hubiera equivocado de caja de medicamento y, en lugar de tomar unos sellos de veronal un día en que sentía que había bebido demasiadas tazas de té, hubiese tomado otros tantos sellos de cafeína, mi corazón no habría latido tan violentamente. Pedí a Françoise que saliera del cuarto. Me habría gustado ver a Albertine inmediatamente. Al horror de su mentira, a los celos del desconocido, se sumaba el dolor por que se hubiera dejado ofrecer, así, regalos. Yo le hacía más, cierto es, pero una mujer a la que mantenemos no nos parece una mantenida, mientras no sabemos que lo es por otros, y, sin embargo, como yo no había cesado de gastar para ella tanto dinero, la había aceptado, pese a esa bajeza moral, que yo había mantenido en ella y tal vez la hubiera aumentado y creado tal vez. Además, como tenemos el don de inventar cuentos —como, cuando nos morimos de hambre, llegamos a convencernos de que un desconocido va a dejarnos una fortuna de cien millones— para acunar nuestro dolor, imaginé a Albertine en mis brazos, mientras me explicaba en dos palabras que por el parecido de la fabricación había comprado la otra sortija y había sido ella quien había encargado que pusieran sus iniciales, pero esa explicación seguía siendo frágil, aún no había tenido tiempo de hundir en mi ser sus raíces benéficas y no se podía calmar mi dolor tan deprisa y pensé que tantos hombres que hablan a los demás de la bondad de su amante sufren torturas semejantes. Así mienten a los demás y a sí mismos. No mienten del todo; pasan con esa mujer horas en verdad dulces, pero, ¡piénsese en todas las horas desconocidas —tras esa bondad que tienen con ellos delante de sus amigos y que les permite glorificarse y tras la que tienen a solas con sus amantes y que les permite bendecirlos— en las que el amante ha sufrido, ha dudado, ha hecho por doquier investigaciones inútiles para averiguar la verdad! A semejantes sufrimientos va unida la dulzura del amor, del encantamiento con las palabras más insignificantes de una mujer, que como tales reconocemos, pero las perfumamos con su olor. En aquel momento, yo ya no podía deleitarme respirando con el recuerdo de Albertine. Abrumado, con las dos sortijas en la mano, miraba aquella águila despiadada, cuyo pico me atenazaba el corazón, cuyas alas con plumas en relieve se habían llevado la confianza que seguía profesando a mi amiga y bajo cuyas garras mi afligido pensamiento no podía escapar ni un instante a las preguntas formuladas sin cesar sobre aquel desconocido cuyo nombre simbolizaba seguramente aquella águila sin dejarme leerlo y al que seguramente había amado en otro tiempo y seguramente ella había vuelto a ver no hacía mucho, pues el día, tan dulce, tan familiar, del paseo juntos por el Bois, había sido el primero en que había visto yo la segunda sortija, aquella en la que el águila parecía hundir el pico en la capa de sangre clara del rubí.

Por lo demás, si bien, de la mañana a la noche, no cesaba yo de sufrir por la marcha de Albertine, no por ello pensaba sólo en ella. Por una parte, como su encanto había ido extendiéndose poco a poco a objetos que acababan estando muy alejados, pero no por ello estaban menos electrizados por la misma emoción que me infundía ella, si algo me hacía pensar en Incarville o en los Verdurin o en un nuevo papel para Léa, me asaltaba una corriente de sufrimiento. Por otra parte, lo que yo mismo llamaba pensar en Albertine era pensar en la forma de hacerla volver, de reunirme con ella, de saber lo que hacía. De modo, que, si, durante aquellas horas de incesante martirio, un gráfico hubiera podido representar las imágenes que acompañaban mi sufrimiento, se habrían visto las de la estación de Orsay, de los billetes de banco ofrecidos a la Sra. Bontemps, de Saint-Loup inclinado sobre el pupitre de una oficina de telégrafos, en el que rellenaba una fórmula de telegrama para mí, pero nunca la de Albertine. Así como en todo el transcurso de nuestra vida nuestro egoísmo ve todo el tiempo ante sí los objetivos preciosos para nuestro yo, pero nunca mira ese yo mismo que no cesa de contemplarlos, así también el deseo que dirige nuestros actos desciende hacia ellos, pero no remonta hasta sí mismo, ya sea porque, por ser demasiado utilitario, se precipite a la acción y desdeñe el conocimiento, porque busquemos el futuro para corregir las decepciones del presente o porque la pereza mental lo incite a deslizarse por la cómoda pendiente de la imaginación, en lugar de remontar la abrupta pendiente de la introspección. En realidad, en esas horas de crisis en las que nos jugaríamos toda nuestra vida, a medida que la persona de la que ésta depende revela mejor la inmensidad del lugar que ocupa para nosotros, al no dejar nada en el mundo que no resulte trastocado por ella, su imagen decrece proporcionalmente hasta dejar de resultar perceptible. En todas las cosas encontramos el efecto de su presencia por la emoción que sentimos; a ella misma, la causa, no la encontramos en parte alguna. Durante aquellos días estuve tan incapacitado para imaginarme a Albertine, que casi habría podido creer que no la amaba, como mi madre —en los momentos de desesperación en que no podía imaginarse nunca a mi abuela (salvo una vez en el encuentro fortuito de un sueño cuyo valor advirtió hasta tal punto, pese a estar dormida, que se esforzó, con las fuerzas que le quedaban en el sueño, por hacerlo durar)— habría podido acusarse —y así lo hacía, en efecto— de no añorar a su madre, cuya muerte la mataba, pero cuyas facciones eludían su recuerdo.

¿Por qué había yo de creer que no gustaban las mujeres a Albertine? Porque había dicho, sobre todo en los últimos tiempos, que no le gustaban, pero, ¿acaso no descansaba nuestra vida en una mentira perpetua? Nunca, ni una sola vez, me había dicho: «¿Por qué no puedo salir libremente? ¿Por qué preguntas a otros por lo que hago?». Pero era, en efecto, una vida demasiado singular para que no me lo hubiese preguntado, si no hubiera entendido por qué. ¿Y acaso no era comprensible que a mi silencio sobre las causas de su enclaustramiento correspondiese por su parte un mismo y constante silencio sobre sus perpetuos deseos, sus innumerables recuerdos, sus innumerables deseos y esperanzas? Françoise parecía saber que yo mentía cuando aludía al próximo regreso de Albertine y su creencia parecía basada en un poco más que en esa verdad que solía guiar a nuestra sirviente: la de que no gusta a los señores verse humillados delante de sus servidores, por lo que de la realidad sólo les dan a conocer lo que no se aleja demasiado de una ficción lisonjera, apropiada para mantener el respeto. Aquella vez, la creencia de Françoise parecía basada en otra cosa, como si ella misma hubiera despertado y mantenido la desconfianza en el corazón de Albertine, que hubiese excitado al máximo su cólera, en una palabra, la hubiera llevado hasta el extremo en que hubiese podido predecir como inevitable su marcha. Si era cierto, mi versión de una marcha momentánea, conocida y aprobada por mí, había de inspirar por fuerza incredulidad a Françoise, pero la idea que tenía del carácter interesado de Albertine, la exageración con la que, con su odio, magnificaba el «provecho» que Albertine obtenía supuestamente de mí, podían dar al traste con su certidumbre. Por eso, cuando yo aludía delante de ella —como a una cosa totalmente natural— al próximo regreso de Albertine, Françoise me miraba a la cara (del mismo modo que, cuando el jefe de comedor, para molestarla, le leía, cambiando las palabras, una noticia política —por ejemplo, el próximo cierre de las iglesias y la deportación de los curas— que ella se negaba a creer, Françoise, incluso desde el extremo de la cocina y sin poder leer, miraba instintiva y ávidamente el periódico), como si hubiera podido ver si estaba escrito de verdad, si no estaría yo inventándomelo.

Pero, cuando Françoise vio que, después de haber escrito una carta larga, ponía la dirección de la Sra. Bontemps, aumentó su espanto, hasta entonces tan vago, de que Albertine volviera. Cuando una mañana hubo de entregarme con el correo una carta en cuyo sobre había reconocido la escritura de Albertine, a aquel espanto se sumó una auténtica consternación. Se preguntaba si la marcha de Albertine no habría sido una simple comedia, suposición que la afligía doblemente, como si asegurara definitivamente para el futuro la vida de Albertine en la casa y como si constituyese para mí —es decir, como señor de Françoise que era— y para ella misma la humillación de haber sido engañado por Albertine. Por impaciente que estuviese yo por leer la carta de ésta, no pude por menos de contemplar por un instante los ojos de Françoise, de los que habían desaparecido todas las esperanzas, al inducir de aquel presagio la inminencia del regreso de Albertine, así como un aficionado a los deportes de invierno concluye con alegría que el frío está próximo, al ver la marcha de las golondrinas. Por fin, Françoise se marchó y, cuando me hube asegurado de que había vuelto a cerrar la puerta, abrí sin hacer ruido, para no parecer ansioso, la carta, que decía así:

Amigo mío, gracias por todas las cosas agradables que me dices, estoy a tus órdenes para anular el encargo del Rolls, si crees que puedo hacerlo y así lo creo yo. Basta con que me escribas el nombre de tu concesionario. Tú te dejarías engatusar por esa gente, que a lo único que aspira es a vender, ¿y qué harías con un auto, tú, que no sales nunca? Me ha emocionado mucho que hayas conservado un buen recuerdo de nuestro último paseo. Puedes estar seguro de que, por mi parte, no olvidaré aquel paseo dos veces crepuscular (puesto que se acercaba la noche e íbamos a separarnos) y que sólo se borrará de mi alma con la noche cerrada.

Comprendí perfectamente que esta última era una simple frase y que Albertine no habría podido conservar hasta su muerte un recuerdo tan dulce de aquel paseo, que, desde luego, ella no había disfrutado en modo alguno, puesto que estaba impaciente por abandonarme, pero también admiré lo dotada que estaba la ciclista, la golfista, de Balbec, quien, antes de conocerme, sólo había leído Esther, y cuán acertado había estado yo al considerar que en mi casa se había enriquecido con nuevas cualidades que la hacían diferente y más completa. Y así la frase que yo le había dicho, sin creerla y tan sólo para que considerara beneficioso verme y superar el aburrimiento que podía causarle, en Balbec: «Creo que mi amistad te será preciosa, que soy precisamente la persona que podría aportarte lo que te falta» —en una fotografía le había yo escrito esta dedicatoria: Con la certeza de ser providencial— que había dicho había resultado ser cierta también, como, en resumidas cuentas, cuando le había dicho que no quería verla por miedo a enamorarme de ella. Lo había dicho porque sabía, al contrario, que con la frecuentación constante mi amor se apagaba y la separación lo exaltaba, pero, en realidad, la frecuentación constante había engendrado una necesidad de ella infinitamente más fuerte que el amor de los primeros tiempos en Balbec.

Pero, en resumidas cuentas, la carta de Albertine no adelantaba nada la situación. Sólo me hablaba de escribir al concesionario. Había que salir de aquella situación, precipitar los acontecimientos y se me ocurrió la idea siguiente. Mandé llevar inmediatamente una carta a Andrée, en la que le decía que Albertine estaba en casa de su tía y me sentía muy solo, que, si venía a instalarse en mi casa unos días, me daría un placer inmenso y, como no quería andarme con secretos, le rogaba que se lo avisara a Albertine y al mismo tiempo escribí a Albertine, como si no hubiera recibido aún su carta:

Amiga mía, perdóname lo que entenderás perfectamente: detesto tanto los secretos, que he querido que tanto ella como yo te avisáramos. Tras haberte tenido tan agradablemente en mi casa, me he habituado a no estar solo. Puesto que hemos decidido que tú no volvieras, he pensado que la persona que mejor te substituiría, porque gracias a ella el cambio sería mínimo, la que me recordaría más a ti, sería Andrée y le he pedido que venga. Para que todo eso no parezca demasiado brusco, le he hablado sólo de unos días, pero, dicho sea entre nosotros, creo que esta vez es para siempre. ¿Te parece acertada mi decisión? Como sabes, vuestro grupito de muchachas de Balbec siempre ha sido la célula social que ha ejercido en mí el mayor prestigio, al que tuve la máxima fortuna de poder sumarme un día. Seguramente se nota aún la influencia de dicho prestigio. Puesto que la fatalidad de nuestros caracteres y la desventura de la vida han querido que mi amada Albertine no pudiera ser mi mujer, creo que tendré, de todos modos, una mujer —menos encantadora que ella, pero a la que un carácter más compatible tal vez permita ser más feliz conmigo— en Andrée.

Pero, después de haber enviado aquella carta, me vino de repente la sospecha de que, cuando Albertine me había escrito: Habría tenido mucho gusto en volver, si me lo hubieras escrito directamente, lo había hecho sólo porque yo no se lo había escrito directamente y, si lo hubiera yo hecho, no habría vuelto, de todos modos, y de que se alegraría de saber que Andrée viviría en mi casa y después sería mi mujer, con tal de que ella, Albertine, fuera libre, puesto que ahora, desde hacía ya ocho días, podía —tras destruir las precauciones que yo había tomado durante más de seis meses en París— entregarse a sus vicios y hacer lo que, minuto a minuto, había yo impedido. Yo me decía que probablemente hiciera un mal uso, allí, de su libertad y, desde luego, aquella idea me entristecía, pero no dejaba de ser general, no me mostraba nada particular, y, por el número indefinido de amantes posibles que me hacía suponer, al no dejarme detenerme en ninguna, arrastraba mi mente, en cierto modo, a un movimiento perpetuo no exento de dolor, pero que por falta de imagen concreta resultaba soportable. Ahora bien, dejó de serlo y se volvió atroz cuando llegó Saint-Loup. Antes de decir por qué me volvieron tan desdichado las palabras que éste me dijo, debo relatar un incidente que se sitúa inmediatamente antes de su visita y cuyo recuerdo tanto me trastornó después, que debilitó, si no la penosa impresión que me produjo la conversación con Saint-Loup, al menos su alcance práctico. Aquel incidente consistió en lo siguiente. Ardiendo de impaciencia por ver a Saint-Loup, estaba yo esperándolo en la escalera (cosa que no habría podido hacer, si mi madre hubiese estado en ella, pues era lo que más detestaba en el mundo, después de «hablar por la ventana»), cuando oí las siguientes palabras: «¡Cómo! ¿No sabe usted librarse de alguien que le desagrada? No es difícil. Basta, por ejemplo, con que esconda usted las cosas que debe llevar; entonces, en el momento en que los señores tienen prisa, lo llaman, no las encuentra, pierde la cabeza; mi tía le dirá a usted, furiosa con él: “Pero, ¿qué está haciendo?”. Cuando llegue, con retraso, todo el mundo estará furioso y no habrá llevado lo que debía. Al cabo de cuatro o cinco veces, puede usted estar seguro de que lo despedirán, sobre todo si procura usted ensuciar a escondidas lo que debe traer limpio, y mil otros trucos así». Me quedé mudo de estupefacción, pues la voz que había pronunciado aquellas maquiavélicas y crueles palabras era la de Saint-Loup. Ahora bien, yo lo había considerado siempre una persona tan buena, tan compasiva con los desdichados, que me causaba el mismo efecto que si estuviera interpretando el papel de Satán, pero no podía ser que hablara en su nombre. «Pero todo el mundo tiene que ganarse la vida», dijo su interlocutor, que, como vi entonces, era un lacayo de la duquesa de Guermantes. «¿Y a usted qué le importa, si así lo beneficiará?», respondió, con mala intención, Saint-Loup. «Tendrá usted, además, el placer de disponer de una víctima. Puede usted muy bien volcar tinteros en su librea en el momento en que venga a servir una gran cena, en una palabra, no dejarle ni un minuto de descanso, para que acabe prefiriendo marcharse. Por lo demás, yo le echaré una mano, diré a mi tía que admiro la paciencia de usted, al servir con un zafio y descuidado semejante». Aparecí y Saint-Loup se dirigió hacia mí, pero mi confianza en él había quedado quebrantada desde que acababa de oírle decir cosas tan diferentes de aquellas a las que estaba habituado en él y me pregunté si alguien capaz de actuar tan cruelmente para con un desdichado no habría desempeñado el papel de traidor para conmigo, en su misión ante la Sra. Bontemps. Aquella reflexión sirvió sobre todo para no hacerme considerar su fracaso como una prueba de que yo no podía conseguir lo que me proponía, una vez que me hubiera dejado, pero, mientras estuvo junto a mí, yo pensaba en el Saint-Loup de otro tiempo y sobre todo en el amigo que acababa de separarse de la Sra. Bontemps. Primero me dijo: «Crees que debería haberte telefoneado más, pero siempre me decían que estabas ocupado». Pero, cuando mi sufrimiento se volvió insoportable, fue cuando me dijo: «Por comenzar por donde me había quedado en mi último telegrama: después de haber pasado por una cochera, entré en la casa y, al final de un largo pasillo, me introdujeron en un salón». Al oír aquellas palabras de «cochera», «pasillo», «salón», y antes incluso de que hubiera acabado de pronunciarlas, el corazón me dio un vuelco con mayor rapidez que una corriente eléctrica, pues la fuerza que da más veces la vuelta a la Tierra en un segundo no es la electricidad, sino el dolor. ¡Cómo repetí, renovando el sobresalto con gusto, aquellas palabras de «cochera», «pasillo», «salón», cuando Saint-Loup se hubo marchado! En una cochera se puede uno esconder con una amiga y a saber lo que haría Albertine en aquel salón, cuando su tía no estuviese. Pero, bueno, ¿es que me había imaginado, entonces, la casa en la que vivía Albertine como carente de cochera y de salón? No, en modo alguno me la había imaginado sino simplemente como un lugar impreciso. Había yo sufrido una primera vez cuando se había individualizado geográficamente el lugar en el que estaba, cuando me había enterado de que, en lugar de estar en dos o tres lugares posibles, estaba en Turena; aquellas palabras de su portera habían marcado mi corazón como en un mapa el lugar en el que se debía sufrir por fin, pero, una vez habituado a la idea de que estaba en una casa de Turena, no había yo visto la casa; nunca me había venido a la imaginación aquella atroz idea de salón, cochera, pasillo, que ahora me parecía —teniendo ante mí la retina de Saint-Loup— que los había visto, aquellos lugares por los que Albertine iba, pasaba, vivía, aquellos lugares en particular y no una infinidad de lugares posibles que se habían destruido unos a otros. Con las palabras de «cochera», «pasillo», «salón», comprendí la locura que había sido por mi parte haber dejado a Albertine ocho días en aquel lugar maldito cuya existencia (y no la simple posibilidad) acababa de revelárseme. Cuando Saint-Loup me dijo también que en aquel salón había oído cantar a voz en grito en un cuarto contiguo y que era Albertine quien cantaba, comprendí con desesperación que, tras haberse librado por fin de mí, ¡estaba feliz! Había reconquistado su libertad. ¡Y yo que pensaba que iba a venir a ocupar el lugar de Andrée! Mi dolor se volvió cólera contra Saint-Loup. «Pero, ¡si eso es lo que te había pedido que evitaras! ¡Que ella se enterase de que ibas!». «¿Es que te crees que era fácil? Me habían asegurado que no estaba allí. ¡Oh, sé de sobra que no estás contento de mí! Lo noté perfectamente en tus telegramas, pero no eres justo: hice lo que pude». Suelta de nuevo, tras haber abandonado la jaula en la que permanecía en mi casa días enteros sin que yo la mandara llamar a mi habitación, Albertine había recuperado para mí todo su valor, había vuelto a ser aquella a la que todo el mundo seguía, el ave maravillosa de los primeros días. «En fin, resumamos. En cuanto a lo del dinero, no sé qué decirte, la mujer con quien hablé me pareció tan delicada, que temí ofenderla. Ahora bien, cuando le hablé del dinero, no me puso objeción. Incluso me dijo, un poco después, que estaba emocionada al ver que nos entendíamos tan bien. Sin embargo, todo lo que dijo a continuación era tan delicado, tan elevado, que me parecía imposible que hubiera dicho en relación con el dinero que le ofrecí: “Nos entendemos muy bien”, pues en el fondo lo que yo estaba haciendo era grosero». «Pero tal vez no entendiese, tal vez no lo oyera, deberías habérselo repetido, pues eso es con toda seguridad lo que habría dado el resultado perfecto». «Pero, ¡cómo quieres que no lo oyera! Se lo dije como te estoy hablando a ti: no es sorda ni está loca». «¿Y no hizo ningún comentario?». «Ninguno». «Deberías habérselo repetido una vez». «¿Cómo iba a repetírselo? En cuanto vi, nada más entrar, la expresión que tenía, pensé que te habías equivocado, que me habías hecho tirarme una plancha y resultaba terriblemente difícil ofrecerle ese dinero así. Con todo, lo hice, para obedecerte, convencido de que mandaría ponerme de patitas en la calle». «Pero no lo hizo. Por tanto, o no te había oído y había que volver a empezar o podías continuar comentándolo». «Dices: “No te había oído”, porque estás aquí, pero te repito que, si hubieras asistido a la conversación, habrías visto que no había ningún ruido, lo dije bien alto, no es posible que no comprendiese». «Pero, en fin, está convencida, ¿verdad?, de que yo quería casarme con su sobrina». «No, sobre eso, si quieres saber mi opinión, ella no creía que tuvieras la menor intención de hacerlo. Me dijo que tú mismo habías dicho a su sobrina que querías dejarla. No sé siquiera si ahora está de verdad convencida de que quieres casarte con ella». Aquello me tranquilizaba un poco, al mostrarme menos humillado y, por tanto, más proclive a ser amado, más libre para hacer una gestión decisiva. Sin embargo, me sentía atormentado. «Me siento mal, porque veo que no estás contento». «Sí, sí. Estoy emocionado, agradecido por tu amabilidad, pero me parece que habrías podido...». «Hice todo lo que pude. Otro no habría podido hacer más ni lo mismo siquiera. Prueba con otro». «No, no, al contrario, si lo hubiese sabido, no te habría mandado, pero el fracaso de tu gestión me impide hacer otra». Le hice reproches: había intentado hacerme un favor y no lo había conseguido. Al marcharse, Saint-Loup se había cruzado con unas muchachas que entraban. Yo ya había supuesto con frecuencia que Albertine conocía a algunas muchachas por allí, pero era la primera vez que sentía la tortura al respecto. No podemos por menos de creer que la naturaleza ha dado a nuestra inteligencia la facultad de segregar un antídoto natural que aniquila las suposiciones que hacemos a la vez sin tregua y sin peligro, pero nada me inmunizaba contra aquellas muchachas que Saint-Loup había visto. Ahora bien, ¿acaso no eran todos aquellos detalles lo que yo había intentado precisamente obtener sobre Albertine por mediación de todos? ¿Acaso no había sido yo quien, para conocerlos con mayor precisión, había pedido a Saint-Loup, llamado por su coronel, que pasara a toda costa por mi casa? ¿Acaso no era yo, entonces, quien los había deseado, o, mejor dicho, mi dolor hambriento, ávido de crecer y alimentarse con ellos? Por último, Saint-Loup me había dicho que había tenido la agradable sorpresa de encontrarse muy cerca de allí —única figura conocida y que le había recordado el pasado— a una antigua amiga de Rachel, una hermosa actriz que pasaba las vacaciones cerca de allí, y su nombre bastó para que yo pensase: «Tal vez sea con ésa»; bastaba para que viera a Albertine sonriente y roja de placer en los brazos mismos de una mujer a la que no conocía. Y, en el fondo, ¿por qué no había de ser así? ¿Acaso había dejado yo de pensar en otras mujeres desde que conocía a Albertine? La noche en que había estado yo por primera vez en casa de la princesa de Guermantes, cuando había entrado, ¿acaso no había sido mucho más pensando en esta última que en la joven de la que Saint-Loup me había hablado y que iba a las casas de citas y en la doncella de la Sra. Putbus? ¿Acaso no había regresado yo a Balbec por esta última? Más recientemente, había deseado ir a Venecia: ¿por qué no había de desear Albertine ir a Turena? Sólo, que, en el fondo, ahora lo comprendía, no la habría dejado, no habría ido a Venecia. Incluso en el fondo de mí mismo, al tiempo que decía: «Pronto la dejaré», sabía que no lo haría, como también sabía que ya no me pondría a trabajar ni a llevar una vida higiénica: en una palabra, todo lo que todas las noches me prometía para el día siguiente. Sólo, que, creyera lo que creyese en el fondo, me había parecido más hábil dejarla vivir bajo la amenaza de una perpetua separación y seguramente, gracias a mi detestable habilidad, la había convencido demasiado bien. En todo caso, ahora aquello ya no podía durar así, no podía dejarla en Turena con aquellas muchachas, con aquella actriz; no podía soportar la idea de aquella vida que se me escapaba. Esperaría su respuesta a mi carta: si se comportaba mal —¡ay!— un día más o menos no importaba (y tal vez pensara eso porque —al haber perdido la costumbre de que me contaran cada uno de sus minutos, uno de los cuales en el que hubiera estado libre me habría enloquecido— mis celos no tenían la misma división del tiempo), pero, en cuanto recibiera su respuesta, si no volvía, iría yo a buscarla; la apartaría de grado o por fuerza de sus amigas. Por lo demás, ¿acaso no valía más que fuese yo mismo, tras haber descubierto la maldad, hasta entonces insospechada por mí, de Saint-Loup? ¡A saber si no habría organizado él toda una conspiración para separarme de Albertine! ¿Sería porque había yo cambiado, porque no había podido suponer entonces que unas causas naturales me conducirían un día a aquella situación excepcional? Pero, ¡cómo habría mentido entonces, si le hubiera escrito que, como le decía yo en París, deseaba que no le ocurriese ningún accidente! ¡Ah! Si le hubiera ocurrido, mi vida, en lugar de estar envenenada para siempre por aquellos celos incesantes, habría recuperado al instante, si no la felicidad, al menos la calma mediante la supresión del sufrimiento.

¿La supresión del sufrimiento? ¿Pude creerlo jamás de verdad? ¿Creer que la muerte no hace sino borrar lo que existe y dejar lo demás tal como está, que suprime el dolor en el corazón de aquel para quien la existencia del otro ya no es sino una causa de dolores, que se lleva el dolor y no pone nada en su lugar? ¡La supresión del dolor! Al repasar los sucesos en los periódicos, lamentaba no tener valor para formular el mismo deseo que Swann. Si Albertine hubiera podido ser víctima de un accidente, habría yo tenido —en caso de que hubiese salvado la vida— un pretexto para correr junto a ella y —de haber muerto— habría recuperado, como decía Swann, la libertad para vivir. ¿Me lo creía? Él, aquel hombre tan fino y que creía conocerse bien, lo había creído. ¡Qué poco sabemos lo que abrigamos en el corazón! ¡Cómo habría podido yo, un poco más adelante, si hubiese seguido con vida, hacerle saber que su deseo, además de criminal, era absurdo, que la muerte de aquella a la que amaba no lo habría librado de nada!

Renuncié a todo el orgullo para con Albertine, le envié un telegrama desesperado en el que le pedía que volviese con cualesquiera condiciones, que haría todo lo que ella quisiese, que sólo le pedía poder besarla un minuto tres veces a la semana antes de que se acostara y, si ella hubiese dicho: «Sólo una vez», yo lo habría aceptado. Nunca volvió. Cuando acababa de salir mi telegrama, recibí otro. Era de la Sra. Bontemps. El mundo no está creado de una vez por todas para cada uno de nosotros. A lo largo de la vida, se le suman cosas que no sospechábamos. ¡Ah! No fue la supresión del sufrimiento lo que me infundieron las dos primeras líneas del telegrama: «POBRE AMIGO MÍO, NUESTRA QUERIDA ALBERTINE HA DEJADO DE EXISTIR. PERDÓNEME QUE LE CUENTE ESTA ATROCIDAD, A USTED, QUE TANTO LA QUERÍA. SU CABALLO LA ARROJÓ CONTRA UN ÁRBOL DURANTE UN PASEO. PESE A NUESTROS ESFUERZOS, NO PUDIMOS REANIMARLA. ¡OJALÁ HUBIERA YO MUERTO EN SU LUGAR!». No, no la supresión del sufrimiento, sino un sufrimiento desconocido, el de enterarme de que nunca volvería, pero, ¿acaso no había yo pensado varias veces que tal vez no volviera? Lo había pensado, en efecto, pero ahora me daba cuenta de que por un instante no lo había creído. Como necesitaba su presencia, sus besos, para soportar el daño que me causaban mis sospechas, había adquirido la costumbre, después de la época de Balbec, de estar siempre con ella. Incluso cuando había salido, cuando estaba yo solo, seguía besándola. Había seguido así desde que ella se había ido a Turena. Yo necesitaba menos su fidelidad que su regreso y, si bien a veces mi razón podía ponerlo en duda impunemente, mi imaginación no cesaba ni un instante de representármelo. Instintivamente, me pasé la mano por el cuello, por los labios, que se veían besados por ella desde que se había marchado y no volverían a verse así nunca más; pasé la mano por ellos, como mi madre me había acariciado a la muerte de mi abuela, al tiempo que me decía: «Pobrecito mío, tu abuela, que tanto te quería, no volverá a besarte». Sentí que se me había arrancado del corazón toda mi vida futura. ¿Mi vida futura? ¿Acaso no había pensado a veces en vivirla sin Albertine? ¡Qué va! Entonces, ¿le había consagrado desde hacía mucho todos los minutos de mi vida hasta la muerte? ¡Pues claro! Aquel futuro indisoluble de ella no había sabido yo verlo, pero, ahora que acababa de quedar despegado, sentía yo el lugar que ocupaba en mi corazón abierto. Françoise, que aún no sabía nada, entró en mi habitación; con expresión furiosa, le grité: «¿Qué pasa?». Entonces (a veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que aquella que está junto a nosotros, nos aturden tanto como un vértigo) me dijo: «No necesita el señor parecer enfadado. Al contrario, se va a alegrar mucho. Son dos cartas de la señorita Albertine». Más adelante pensé que debí de poner los ojos de quien ha perdido el equilibrio mental. No me sentí siquiera contento ni incrédulo. Me sentía como quien ve el mismo lugar de su habitación ocupado por un sofá y por una gruta. Al no parecerle real ya nada, cae al suelo. Albertine había escrito las dos cartas poco antes del paseo en el que había muerto. La primera decía:

Amigo mío, te agradezco la prueba de confianza que me das al comunicarme tu intención de hacer que Andrée vaya a tu casa. Estoy segura de que aceptará con alegría y creo que será una gran felicidad para ella. Con sus grandes dotes, sabrá aprovechar la compañía de un hombre como tú y la admirable influencia que sabes ejercer en las personas. Creo que esa idea tuya puede ser beneficiosa tanto para ella como para ti. Por eso, si ella pusiera la menor dificultad (cosa que no creo), telegrafíame: yo me encargo de convencerla.

La segunda carta estaba fechada un día después. En realidad, debía de haber escrito las dos pocos instantes después una de la otra, tal vez juntas, y haber antedatado la primera, pues yo había estado imaginando todo el tiempo absurdas intenciones por su parte, que habían sido exclusivamente las de volver junto a mí y que alguien desinteresado —un hombre sin imaginación, el negociador de un tratado de paz, el comerciante que examina una transacción— habría juzgado mejor que yo. Sólo contenía estas palabras:

¿Sería demasiado tarde para que yo vuelva junto a ti? Si aún no has escrito a Andrée, ¿consentirías en volver a aceptarme? Me inclinaré ante tu decisión, te suplico que no tardes en dármela a conocer, puedes imaginarte la impaciencia con la que la espero. Si es la de que vuelva, cogeré el tren inmediatamente. Con todo mi corazón, Albertine.

Para que la muerte de Albertine hubiera podido suprimir mis sufrimientos, habría sido necesario que el choque la hubiera matado no sólo en Turena, sino también dentro de mí. Nunca había estado más viva ahí. Para entrar en nosotros, una persona se ha visto obligada a adoptar la forma, a doblegarse al marco del tiempo; al aparecérsenos exclusivamente en minutos sucesivos, nunca ha podido entregarnos de ella sino un solo aspecto a la vez, ofrecernos una sola fotografía suya. Gran debilidad seguramente para una persona, la de consistir en una simple colección de momentos; gran fuerza también; corresponde a la memoria y la memoria de un momento no es informada de todo lo que ha ocurrido en adelante; el momento que ha registrado sigue durando, sigue viviendo y con él la persona que en él se perfilaba. Y, además es que esa parcelación no sólo hace vivir a la muerta, sino que la multiplica. Para consolarme, no debería haber olvidado a una, sino a innumerables Albertines. Cuando había logrado soportar la pena de haber perdido a ésta, había que volver a empezar con otra, con otras cien.

Entonces mi vida cambió enteramente. Lo que había constituido —y no por Albertine, sino paralelamente a ella, cuando estaba yo solo— su dulzura era precisamente el perpetuo renacimiento de momentos antiguos, evocado por momentos idénticos. El sonido de la lluvia me devolvía el olor de las lilas de Combray; la movilidad del sol en el balcón, las palomas de los Campos Elíseos; el ensordecimiento de los ruidos con el calor de la mañana, el frescor de las cerezas; el sonido del viento y el regreso de la Semana Santa, el deseo de Bretaña o de Venecia. Llegaba el verano, se alargaban los días, hacía calor. Era el momento en que muy de mañana alumnos y profesores van a los parques públicos a preparar los últimos exámenes bajo los árboles, para recoger la única gota de frescor que deja caer un cielo menos encendido que con el ardor del día, pero ya tan estérilmente puro. Desde mi obscura alcoba, con un poder de evocación igual al de otro tiempo, pero que ya sólo me infundía tristeza, sentía que fuera, con la pesadez del aire, el sol declinante ponía en la verticalidad de las casas, de las iglesias, un enlucido leonado y, si Françoise, al volver, movía sin querer los pliegues de las grandes cortinas, yo contenía un grito por el desgarramiento que acababa de producirme aquel rayo de sol antiguo que me había embellecido la fachada nueva de Bricquevielle l’Orgueilleuse, cuando Albertine me había dicho: «Está restaurada». No sabiendo cómo explicar mi suspiro a Françoise, yo le decía: «¡Ah! Tengo sed». Ella salía y regresaba, pero yo apartaba la vista violentamente, bajo la dolorosa descarga de uno de los mil recuerdos invisibles que en todo momento estallaban a mi alrededor en la sombra: acababa de ver que había traído sidra y cerezas, aquella sidra y aquellas cerezas que un mozo de granja nos había traído en el coche, en Balbec, especies bajo las cuales habría yo comulgado perfectamente, en tiempos, con el arco iris de los comedores obscuros en los días ardientes. Entonces pensé por primera vez en la granja de Ecorres y me dije que ciertos días en que Albertine me decía en Balbec que no era libre, que estaba obligada a salir con su tía, tal vez estuviese con alguna de sus amigas en una granja en la que sabía que yo no la encontraría y que, mientras —por si acaso— yo me entretenía en Marie Antoinette, donde me habían dicho: «Hoy no la hemos visto», tal vez usara con su amiga las mismas palabras que conmigo, cuando salíamos: «No se le ocurrirá buscarnos aquí y así no nos molestará». Yo decía a Françoise que volviera a cerrar las cortinas para dejar de ver aquel rayo de sol, pero éste seguía filtrándose, tan corrosivo, en mi memoria. «No me gusta, está restaurada, pero mañana iremos a Saint-Martin-le-Vêtu, pasado mañana a...». Mañana, pasado mañana, era un futuro de vida en común —tal vez para siempre— que comienza; mi corazón se lanzaba hacia él, pero ya no estaba ahí: Albertine estaba muerta.

Pregunté la hora a Françoise: las seis. Por fin, gracias a Dios, iba a desaparecer aquel pesado calor del que en tiempos me quejaba ante Albertine y que tanto nos gustaba. El día tocaba a su fin, pero, ¿qué ganaba yo con ello? Se alzaba el frescor del anochecer, era la puesta de sol; en mi memoria, al cabo de un camino por el que nos internábamos juntos para regresar, divisaba yo, más allá del último pueblo, algo así como una estación distante, inaccesible, para la noche misma en que nos detendríamos en Balbec, siempre juntos; juntos entonces, ahora había que detenerse en seco ante aquel mismo abismo: ella estaba muerta. Ya no bastaba con echar las cortinas, yo intentaba cerrar los ojos y tapar los oídos de mi memoria, para no volver a ver aquella faja anaranjada del ocaso, para no oír aquellos pájaros invisibles que se respondían de un árbol a otro a cada lado de mí, a quien entonces abrazaba tan tiernamente la que ahora estaba muerta. Intentaba eludir las sensaciones que da la humedad de las hojas por la noche y la subida y la bajada por los caminos a lomos de asno, pero ya habían hecho presa en mí, me habían llevado bastante lejos del momento actual para que tuviera toda la distancia, todo el impulso necesarios para golpearme de nuevo, la idea de que Albertine estaba muerta. ¡Ah! Nunca volvería yo a entrar en un bosque, no volvería a pasearme entre árboles, pero, ¿me resultarían menos crueles las grandes llanuras? ¡Cuántas veces había yo cruzado, para ir a buscar a Albertine, la gran llanura de Cricqueville! ¡Cuántas veces la había recorrido, al regreso con ella, ora con tiempo brumoso en el que la inundación de la niebla nos infundía la ilusión de estar rodeados por un lago inmenso ora en noches límpidas en las que la luz de la luna, al desmaterializar la tierra, al hacerla aparecer a dos pasos celeste —como es— durante el día, sólo a lo lejos, encerraba los campos, los bosques, con el firmamento al que los había asimilado, en el ágata arborizada de un solo azul!

Françoise debía de estar contenta de la muerte de Albertine y he de reconocer que, en virtud de algo así como una conveniencia y un tacto, no simulaba tristeza, pero las leyes no escritas de su antiguo código y su tradición de campesina medieval que llora como en las canciones de gesta eran más antiguas que su odio a Albertine y a Eulalie. Por eso, en uno de aquellos atardeceres, como yo no había ocultado bastante rápidamente mi sufrimiento, advirtió mis lágrimas, gracias a su instinto de antigua campesinita que en tiempos la hacía capturar y hacer sufrir a los animales, experimentar tan sólo alegría al estrangular los pollos y al cocer vivos los bogavantes y, cuando estaba yo enfermo, observar, como las heridas que hubiera infligido a una lechuza, mi mala cara, que a continuación anunciaba con tono fúnebre y como un presagio de desgracia, pero la «etiqueta» de Combray no le permitía tomarse a la ligera las lágrimas, la pena, cosas que consideraba tan funestas como quitarse la chaqueta o comer de mala gana. «¡Oh, no, señor! No debe llorar así, ¡le sentará mal!» .Y, al querer interrumpir mis lágrimas, tenía una expresión tan inquieta como si hubieran sido raudales de sangre. Lamentablemente, yo adopté una expresión fría, que cortó en seco las efusiones que ella esperaba y que, por lo demás, tal vez hubiesen sido sinceras. Para ella, tal vez ocurriese con Albertine lo mismo que con Eulalie y, en vista de que mi amiga ya no podía obtener de mí ningún beneficio, Françoise había dejado de odiarla. Sin embargo, quiso mostrarme que se daba cuenta perfectamente de que yo lloraba y de que, siguiendo tan sólo el funesto ejemplo de los míos, no quería yo «que se viera». «No debe llorar, señor», me dijo, con tono más sosegado aquella vez y más para mostrarme su clarividencia que para manifestarme su piedad, y añadió: «Tenía que ocurrir: era demasiado feliz, la pobre, y no pudo saber hasta qué punto lo era».

¡Cuánto tarda el día en morir en esos desmesurados atardeceres del verano! Un pálido fantasma de la casa de enfrente seguía indefinidamente pintando con acuarela en el cielo su persistente blancura. Por fin se hacía la obscuridad en el piso y yo chocaba con los muebles de la antesala, pero en la puerta de la escalera, en medio de la obscuridad que creía yo total, la parte acristalada estaba translúcida y azul, de un azul de flor, de un azul de ala de insecto, de un azul que me habría parecido hermoso, si no hubiese tenido la sensación de que era un último reflejo, que cortaba como un acero, un golpe supremo que con su incansable crueldad me asestaba aún el día.

Sin embargo, acababa llegando la obscuridad completa, pero entonces bastaba con una estrella vista junto al árbol del patio para recordarme nuestras salidas en coche, después de la cena, por los bosques de Chantepie, tapizados por la luz de la luna, e incluso en las calles aprehendía a veces el respaldo de un banco, recogía la pureza natural de un rayo de luna, en medio de las luces artificiales de París, sobre la cual hacía reinar —al hacer entrar un instante para mi imaginación la ciudad en la naturaleza, con el infinito silencio de los campos evocados— el doloroso recuerdo de los paseos que había dado por ellos con Albertine. ¡Ah! ¿Cuándo acabaría la noche? Pero, con el primer frescor del alba, me estremecía, pues ésta me había traído la dulzura de aquel verano en el que tantas veces nos habíamos hecho compañía de Balbec a Incarville y de Incarville a Balbec hasta el amanecer. Yo ya sólo tenía una esperanza para el futuro —mucho más desgarradora que un temor—: la de olvidar a Albertine. Sabía que la olvidaría un día, como no había dejado de olvidar a Gilberte, a la Sra. de Guermantes y a mi abuela. Y nuestro castigo más justo y más cruel del olvido tan total, apacible, como los de los cementerios, mediante los cuales nos hemos separado de aquellos a los que hemos dejado de querer, es el de vislumbrar ese mismo olvido como inevitable respecto de aquellos a los que aún queremos. A decir verdad, sabemos que es un estado no doloroso, un estado de indiferencia, pero, al no poder concebir a la vez lo que yo era y lo que sería, pensaba con desesperación en todo ese tegumento de caricias, de besos, de sueños amigos, del que pronto debería dejarme despojar para siempre. El impulso de aquellos recuerdos tan tiernos, al ir a romperse contra la idea de que Albertine estaba muerta, me oprimía con el choque de corrientes tan contrapuestas, que no podía permanecer inmóvil; me levantaba, pero de pronto me detenía, consternado; el mismo amanecer que veía en el momento en que acababa de separarme de Albertine, aún radiante y caliente con sus besos, venía a lanzar por encima de las cortinas su hoja, ahora siniestra, cuya blancura fría, implacable y compacta entraba y me asestaba como una cuchillada.

No tardarían en empezar a oírse los ruidos de la calle, que permitirían averiguar —por la escala cualitativa de sus sonoridades— el grado de calor cada vez mayor en el que resonarían. Lo que yo encontraba en aquel calor, que unas horas después se embebería con el olor de las cerezas (como en un remedio al que basta la substitución de una de las partes componentes por otra para volverlo —de eufórico y excitante que era— deprimente), no era ya el deseo de las mujeres, sino la angustia de la partida de Albertine. Por lo demás, el recuerdo de todos mis deseos estaba tan impregnado de ella —y de sufrimiento— como el de los placeres. A aquella Venecia en la que había creído yo que su presencia me resultaría inoportuna (seguramente porque tenía la confusa sensación de que me resultaría necesaria), ahora que Albertine había dejado de existir, prefería no ir. Albertine me había parecido un obstáculo interpuesto entre todas las cosas y yo, porque era para mí su continente y de ella, como de un jarrón, era de quien podía recibirlas. Ahora que dicho jarrón estaba destruido, ya no me sentía con valor para cogerlas, no había ni una de la que no me apartara, abatido, pues prefería no saborearlas. De modo, que mi separación de ella en absoluto abría para mí la esfera de los placeres posibles que había creído cerrada por su presencia. Por lo demás, el obstáculo que tal vez hubiera sido, en efecto, su presencia para mí a la hora de viajar, de gozar de la vida, me había ocultado simplemente, como siempre ocurre, los demás obstáculos, que reaparecían intactos, una vez desaparecido aquél. Así también en otro tiempo, cuando alguna visita amable me impedía trabajar, si el día siguiente me quedaba solo, tampoco trabajaba. Si una enfermedad, un duelo, un caballo desbocado nos hacen ver la muerte de cerca, habremos gozado intensamente de la vida, de la voluptuosidad, de países desconocidos de los que vamos a vernos privados y, una vez pasado el peligro, volvemos a encontrarnos con la misma vida triste en la que nada de todo eso existía para nosotros.

Desde luego, esas noches tan cortas duran poco. Acabaría llegando el invierno, en el que ya no habría de temer el recuerdo de los paseos con ella hasta el alba, demasiado temprano alzada, pero, ¿acaso no me traerían las primeras heladas —conservado en su hielo— el germen de mis primeros deseos, cuando a medianoche mandaba a buscarla, porque me parecía tan larga la espera de su llamada al timbre, que ahora podría esperar eternamente en vano? ¿Acaso no me traerían el germen de mis primeras inquietudes, cuando en dos ocasiones creí que no vendría? En aquella época la veía muy poco, pero incluso aquellos intervalos de entonces entre sus visitas, que la hacían aparecer al cabo de varias semanas, desde una vida desconocida que yo no intentaba poseer, me garantizaban la calma, al impedir a las veleidades sin cesar interrumpidas de mis celos conglomerarse, formar un bloque, en mi corazón. Así como aquellos intervalos habían sido tranquilizadores en aquella época, así también estaban, retrospectivamente, impregnados de sufrimiento desde que lo desconocido que ella hubiera podido hacer durante su duración había dejado de resultarme indiferente y sobre todo ahora que ya no podría esperar nunca más visita alguna de ella; de modo, que aquellas noches de enero en que ella venía —y que, por esa razón, me habían resultado tan dulces— me inspirarían ahora con su áspero cariz una inquietud que entonces no conocía y me traerían el primer germen —pero ahora pernicioso— de mi amor. Y entonces —al pensar en que volvería a ver comenzar ese tiempo frío que, desde la época de Gilberte y mis juegos en los Campos Elíseos, me había parecido siempre tan triste, en que volverían noches parecidas a aquella, nevada, en que había esperado en vano, durante muchas horas, a Albertine— yo, en aquellos momentos, lo que moralmente temía aún más, para mi pena, para mi corazón, como un enfermo que, por su parte, adopta el punto de vista del cuerpo respecto de su pecho, era el regreso del frío intenso y pensaba que lo más duro de pasar sería tal vez el invierno. Para que yo perdiera el recuerdo de Albertine, vinculado como estaba a todas las estaciones, habría tenido que olvidarlas todas, con el riesgo de empezar a conocerlas de nuevo, como un anciano aquejado de apoplejía y que vuelve a aprender a leer; habría tenido que renunciar a todo el universo. Sólo —me decía— una verdadera muerte de mí mismo podría (pero es imposible) consolarme de la suya. No es que yo pensara que la muerte propia sea imposible ni extraordinaria, sino que se consuma todos los días, sin que nos enteremos y, en caso necesario, contra nuestra voluntad, y sufriría la repetición de toda clase de días que no sólo la naturaleza, sino también circunstancias facticias, un orden más convencional, introducen en una estación. Pronto volvería la fecha en que había yo ido a Balbec, el verano anterior, y en que mi amor, que aún no era inseparable de los celos y no se inquietaba por lo que hiciera Albertine durante todo el día, iba a experimentar tantas evoluciones antes de volverse el tan diferente de los últimos tiempos, tan particular, que aquel año final en que había empezado a cambiar y había concluido el destino de Albertine me parecía lleno, diverso, inmenso como un siglo. Después vendría el recuerdo de días más tardíos, pero en años anteriores: los domingos de mal tiempo, en que, sin embargo, todo el mundo había salido, en el vacío de la tarde, en que el sonido del viento y la lluvia me habría invitado en tiempos a hacer de «filósofo bajo los tejados», ¡con qué ansiedad vería acercarse la hora en que Albertine, tan poco esperada, había venido a verme, me había acariciado por primera vez y se había interrumpido cuando Françoise había traído la lámpara, en aquel tiempo dos veces muerto en que era ella la que sentía curiosidad por mí, en que mi cariño por ella podía abrigar legítimamente tanta esperanza! Incluso aquellas noches gloriosas, en una estación más avanzada, en que las oficinas, los pensionados entornados como capillas, bañados por un polvo dorado, dejan coronarse la calle con esas semidiosas que, mientras hablan no lejos de nosotros con sus semejantes, nos infunden la fiebre de penetrar en su existencia mitológica, ya sólo me recordaban la ternura de Albertine, que, junto a mí, me resultaba un impedimento para acercarme a ellas.

Por lo demás, al recuerdo de las horas incluso puramente naturales se sumaría por fuerza el paisaje moral que hace de ellas algo excepcional. Cuando más adelante oyera la corneta del cabrero, con un primer buen tiempo, casi italiano, el mismo día mezclaría sucesivamente con su luz la ansiedad de saber que Albertine estaba en el Trocadero, tal vez con Léa y las otras dos muchachas, y después con la dulzura familiar y doméstica, casi común, de una esposa que entonces me parecía molesta y a la que Françoise iba a traerme a casa de nuevo. Yo había creído que aquel mensaje telefónico de Françoise que me había transmitido el homenaje obediente de Albertine, quien volvía con ella, me enorgullecía, pero me había equivocado. Si me había embriagado, había sido porque me había hecho sentir que aquella a quien yo amaba era mía efectivamente, vivía sólo para mí e incluso a distancia, sin que yo hubiera de ocuparme de ella, me consideraba su esposo y su dueño y volvía cuando yo se lo pedía. Así, aquel mensaje telefónico había sido una partícula de dulzura, procedente de lejos, emitida desde ese barrio del Trocadero, donde resultaba haber para mí veneros de felicidad que dirigían hacia mí moléculas tranquilizadoras, bálsamos calmantes, que devolvían por fin una tan grata libertad espiritual, que ya había podido esperar —mientras me entregaba sin la restricción de una sola inquietud a la música de Wagner— la llegada segura de Albertine, sin fiebre, con una absoluta falta de impaciencia, en la que no había sabido reconocer la felicidad y la causa de aquella felicidad de que ella volviese, me obedeciera y me perteneciese era el amor, no el orgullo. En aquel momento me habría dado completamente igual tener a mis órdenes a cincuenta mujeres que volvieran cuando se lo pidiese con una señal, no de Trocadero, sino de las Indias, pero aquel día, al saber que Albertine, mientras estaba yo solo en mi habitación haciendo música, venía, dócil, hacia mí, yo había respirado —diseminada como una polvareda al sol— una de esas substancias que —así como otras son saludables para el cuerpo— sientan bien al alma. Luego, media hora después, había habido la llegada de Albertine y después el paseo con ella, que yo había creído aburridos, porque iban acompañados para mí de la certidumbre, pero que, gracias a ésta precisamente, habían transcurrido —a partir del momento en que Françoise me había telefoneado que volvía con ella— con una calma dorada en las horas siguientes, las habían vuelto algo así como un segundo día muy diferente del primero, porque tenía un trasfondo moral muy distinto, que hacía de él un día original, que iba a sumarse a la diversidad de los por mí conocidos hasta entonces, un día que nunca habría podido yo imaginar —así como no podríamos imaginar el descanso de un día de verano, si días semejantes no existieran en la serie de los que hemos vivido—, un día del que no podía yo decir que lo recordara, pues a aquella calma se sumaba ahora un sufrimiento que hasta entonces no había sentido, pero mucho más adelante, cuando volví a recorrer en sentido inverso las épocas por las que había pasado antes de amar tanto a Albertine, cuando mi cicatrizado corazón pudo separarse sin sufrimiento de Albertine, ya muerta, cuando pude recordar por fin sin sufrimiento aquel día en que Albertine había ido a hacer recados con Françoise, en lugar de quedarse en el Trocadero, rememoré con placer aquel día como perteneciente a una estación moral que no había yo conocido hasta entonces; lo recordé por fin exactamente, sin sumarle ya sufrimiento y, al contrario, como se recuerdan ciertos días de verano que nos parecieron demasiado calurosos cuando los vivimos y de los que hasta después no extraemos la ley sin aleación de oro fijo e indestructible azul.

De modo, que aquellos años no imponían sólo al recuerdo de Albertine, que los volvía tan dolorosos, los colores sucesivos, las modalidades diferentes, la ceniza de sus estaciones o sus horas —de los atardeceres de junio a las noches de invierno, de las luces de la luna sobre el mar al alba, al volver a casa, de la nieve de París a las hojas muertas de Saint-Cloud—, sino también de la idea particular que yo me hacía sucesivamente de ella, del aspecto físico con el que me la imaginaba, de la frecuencia mayor o menor con que la veía en aquella estación, que a consecuencia de ello resultaba como más dispersa o más compacta, de las ansiedades que había podido causarme con la espera, del deseo que tenía yo en determinado momento de ella, de esperanzas concebidas y después perdidas; todo aquello modificaba el carácter de mi tristeza retrospectiva tanto como las impresiones de luz o de perfumes asociados con ella y completaba cada uno de los años solares que había yo vivido y que, junto con sus primaveras, sus otoños, sus inviernos, eran ya tan tristes por el recuerdo inseparable de ella, al sumarle algo así como un año sentimental en el que las horas no estaban marcadas por la posición del sol, sino por la espera de una cita, en que la duración de los días o los avances de la temperatura se medían por el vuelo de mis esperanzas, los avances de nuestra intimidad, la transformación progresiva de su rostro, los viajes que ella había hecho, la frecuencia y el estilo de las cartas que me había dirigido durante una ausencia, su mayor o menor precipitación para verme al regreso. Por último, si aquellos cambios de tiempo, aquellos días diferentes, me devolvían —cada uno de ellos— otra Albertine, no era sólo por la evocación de los momentos semejantes, pero, como se recordará, siempre, antes incluso de que la amara, cada uno de ellos había hecho de mí un hombre diferente, con otros deseos porque tenía otras percepciones y que, por haber soñado la víspera con tempestades y acantilados exclusivamente, si la luz indiscreta de la primavera había deslizado un olor a rosas en el recinto mal cerrado de su sueño entreabierto, se despertaba a punto de salir para Italia. Incluso en mi amor, ¿acaso el estado cambiante de mi atmósfera moral, la presión modificada de mis creencias, no habían disminuido su visibilidad un día, no la habían extendido indefinidamente otro día, no la habían embellecido otro, no la habían contraído hasta la tormenta otro? Somos sólo por lo que poseemos, sólo poseemos lo que tenemos en verdad presente, ¡y son tantos aquellos de nuestros recuerdos, de nuestros humores, de nuestras ideas que salen a hacer viajes lejos de nosotros, en los que los perdemos de vista! Entonces ya no podemos tenerlos en cuenta en ese total que es nuestro ser, pero tienen caminos secretos para entrar en nosotros y algunas noches, tras haberme dormido sin casi añorar ya —sólo se puede añorar lo que se recuerda— a Albertine, me encontraba, al despertar, con toda una flota de recuerdos que habían venido a patrullar en mí con mi más clara conciencia y yo distinguía a la perfección. Entonces yo lloraba por lo que veía tan bien y que la víspera era para mí una pura nada. El nombre de Albertine y su muerte habían cambiado de sentido; sus traiciones habían recuperado de pronto toda su importancia.

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Litres'teki yayın tarihi:
10 ekim 2024
Hacim:
410 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788490561935
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