Kitabı oku: «La parte de Guermantes»
Título original francés: À la recherche du temps perdu III. Le Côté de Guermantes.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO635
ISBN: 978-84-9056-190-4
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria del traductor
Dedicatoria
Primera parte
Segunda parte
Capítulo primero
Capítulo segundo
Dedico este trabajo a la memoria de los grandes estilistas clásico-barrocos contemporáneos —André Breton, E. M. Cioran, Giorgio Bassani, Henry James, Malcolm Lowry y Evelyn Waugh— con la traducción de cuyas obras me he deleitado durante muchos años.
EL TRADUCTOR
A LÉON DAUDET
AL AUTOR DE Le Voyage de Shakespeare,
Le Partage de l’enfant, L’Astre noir, Fantômes et vivants,
Le Monde des images
Y DE TANTAS OBRAS MAESTRAS.
AL AMIGO INCOMPARABLE EN PRUEBA DE AGRADECIMIENTO Y ADMIRACIÓN
M. P.
PRIMERA PARTE
El piar matinal de los pájaros parecía insípido a Françoise. Cada palabra de las «criadas» la sobresaltaba; hacía cábalas sobre todos sus pasos, que la incomodaban; es que nos habíamos mudado. Cierto es que los sirvientes no se movían menos en el «sexto» de nuestra antigua morada, pero los conocía; sus idas y venidas habían llegado a ser amistosas para ella. Ahora prestaba al silencio mismo una atención dolorosa y, como nuestro nuevo barrio parecía tan apacible como ruidoso era el bulevar al que daba nuestra vivienda anterior, la canción —clara incluso de lejos, cuando era débil como un motivo de orquesta— de un hombre que pasaba hacía saltar las lágrimas a Françoise en el exilio. Por eso, si bien yo me había burlado de ella, que, desconsolada por tener que abandonar un inmueble en el que «todos nos apreciaban tanto», había hecho las maletas llorando, conforme a los ritos de Combray, mientras declaraba superior a todas las casas posibles la que había sido la nuestra, yo, en cambio, que asimilaba las cosas nuevas con tanta dificultad como facilidad tenía para abandonar las antiguas, me sentí próximo a nuestra anciana sirviente cuando vi que la instalación en una casa en la que no había recibido del portero, quien aún no nos conocía, las señales de consideración necesarias para su buena nutrición moral, la había sumido en un estado próximo al abatimiento. Sólo ella podía comprenderme; un joven lacayo no lo habría hecho, desde luego; para él, que no podía ser menos de Combray, instalarse y vivir en otro barrio era como irse de vacaciones, en las que la novedad del ambiente infundía la misma quietud que haber viajado; se creía en el campo y un catarro nasal le dio —como una «corriente de aire» recibida en un vagón cuyo cristal cerrara mal— la deliciosa impresión de haber visto mundo; a cada estornudo, se alegraba de haber encontrado un lugar tan agradable, pues siempre había deseado tener señores que viajaran mucho. Por eso, sin ocuparme de él, me dirigí derecho a Françoise; como con motivo de una separación que me había dejado indiferente me había yo reído de sus lágrimas, se mostró glacial para con mi tristeza, porque la compartía. El egoísmo de los nerviosos crece junto con su supuesta «sensibilidad»: no pueden soportar la exhibición por parte de los demás de inquietudes a las que ellos prestan en sí mismos cada vez mayor atención. Françoise, quien no dejaba pasar ni la más ligera de las que experimentaba, apartaba la cara —si yo sufría— para que no tuviese el placer de ver mi sufrimiento compadecido ni advertido siquiera. Lo mismo hizo, en cuanto quise hablarle de nuestra nueva casa. Por lo demás, como al cabo de dos días Françoise había tenido que ir a buscar ropa olvidada en la que acabábamos de abandonar, mientras yo tenía aún, a consecuencia de la mudanza, «temperatura» y me sentía —semejante a una boa que acaba de tragar un buey— penosamente abullonado por un largo bargueño que mi vista debía «digerir», volvió diciendo —con la infidelidad de las mujeres— que había creído asfixiarse en nuestro antiguo bulevar, que, para dirigirse a él, se había sentido del todo «descaminada», que nunca había visto escaleras tan incómodas, que no volvería a vivir allí «ni por un imperio» y aunque le dieran millones —hipótesis gratuitas— y que todo —es decir, lo relativo a la cocina y los pasillos— estaba mucho mejor «dispuesto» en nuestra nueva casa. Ahora bien, ya es hora de decir que nuestro piso —y habíamos ido a vivir en él porque mi abuela, que no andaba demasiado bien de salud, necesitaba aire puro— era una dependencia del palacete de Guermantes.
A la edad en que los nombres, al ofrecernos la imagen de lo incognoscible que hemos vertido en ellos, nos obligan —en la medida misma en que designan también para nosotros un lugar real— a identificar uno con el otro, hasta el punto de que vamos a buscar en una ciudad un alma que no puede albergar, pero que ya no podemos expulsar de su nombre, y no sólo confieren —como las pinturas alegóricas— una individualidad a las ciudades y a los ríos, no sólo esmaltan el universo físico con diferencias y lo pueblan con maravilla, sino también el social: entonces todo castillo, todo palacete o palacio famoso tiene su dama o su hada, como los bosques sus genios y sus divinidades las aguas. A veces, el hada, oculta en el fondo de su nombre, se transforma al albur de la vida de nuestra imaginación, que la alimenta; así, los colores de la atmósfera en la que la Sra. de Guermantes existía en mí, tras haber sido durante años el mero reflejo de un cristal de linterna mágica y de una vidriera de iglesia, empezaban a apagarse, cuando sueños muy diferentes lo impregnaron con la espumosa humedad de los torrentes.
Sin embargo, si nos aproximamos a la persona real a la que corresponde su nombre, el hada perece, pues el nombre comienza entonces a reflejar aquélla, que nada alberga de ésta; si nos alejamos de la persona, el hada puede renacer, pero, si permanecemos junto a ella, muere definitivamente y con ella su nombre, como la familia de Lusignan que había de extinguirse el día en que desapareciera el hada Melusina. Entonces el nombre, en cuyos retoques sucesivos podríamos acabar encontrando el hermoso retrato original de una extraña a la que nunca hayamos conocido, no es ya sino la tarjeta fotográfica de identidad a la que recurrimos para saber si conocemos, si debemos o no saludar, a una persona que pasa, pero, si una sensación de un año del pasado permite a nuestra memoria —como esos instrumentos de grabaciones musicales que conservan el sonido y el estilo de los diferentes artistas que los interpretaron— hacernos oír ese nombre con el timbre particular que tenía entonces para nuestro oído y en apariencia inalterado, sentimos la distancia que separa uno de otro los sueños que significaron sucesivamente para nosotros sus idénticas sílabas. Por un instante, a partir del gorjeo vuelto a oír que lo acompañaba en determinada primavera antigua podemos obtener —como de los tubitos de pintura— el matiz justo, olvidado, misterioso y fresco de los días que creíamos haber recordado, cuando conferíamos —como los malos pintores— a todo nuestro pasado extendido por una misma tela los tonos convencionales —e iguales todos— de la memoria voluntaria. Ahora bien, cada uno de los momentos que lo compusieron empleaba —para una creación original, en una armonía única al contrario— los colores de entonces que ya no conocemos y que de pronto me dejan arrobado otra vez, si, al haber recuperado —gracias a ese azar— el nombre de Guermantes por un momento, después de tantos años, el sonido —tan diferente del de hoy— que tenía para mí en el día de la boda de la Srta. Percepied, me restituye, por ejemplo, aquel malva tan dulce, demasiado brillante, demasiado nuevo, que aterciopelaba la ahuecada chalina de la joven duquesa y —como una hierba doncella inalcanzable y de nuevo en flor— sus ojos iluminados con una sonrisa azul. Y el nombre de Guermantes de entonces es también como esos pequeños matraces en los que han encerrado oxígeno u otro gas: cuando logro perforarlo, hacer salir su contenido, respiro el aire de Combray de aquel año, de aquel día, mezclado con un olor de majuelos agitado por el viento de la esquina de la plaza, precursor de la lluvia, que sucesivamente hacía desvanecerse el sol, lo dejaba extenderse por la alfombra de lana roja de la sacristía y revestirla con una carnación brillante, casi rosada, de geranio y con esa dulzura —por decirlo así— wagneriana en el júbilo que confiere tanta nobleza a esa festividad, pero, cuando, en la ensoñación, incluso aparte de minutos poco comunes como ésos, en los que sentimos bruscamente vibrar la entidad original y recuperar su forma y su cinceladura en sílabas hoy muertas, si bien los nombres han perdido —en el vertiginoso torbellino de la vida corriente, en la que ya sólo tienen un uso enteramente práctico— todo color, como una peonza prismática que gira demasiado deprisa y parece gris, reflexionamos, procuramos —para volver sobre el pasado— aminorar, suspender, su movimiento perpetuo, al que nos sentimos, en cambio, arrastrados, poco a poco vemos reaparecer —yuxtapuestos, pero eternamente distinguibles unos de otros— los matices que durante nuestra existencia nos presentó sucesivamente un mismo nombre.
Desde luego, qué forma se recortaría ante mis ojos en ese nombre de Guermantes, cuando mi nodriza, que seguramente ignoraba, tanto como yo hoy, en honor de quién había sido compuesta, me arrullaba con esa antigua canción —Gloria a la marquesa de Guermantes— o cuando —unos años después— el anciano mariscal de Guermantes se detenía en los Campos Elíseos y henchía a mi niñera de orgullo, al decir: «¡Qué niño más hermoso!», y sacar de una bombonera de bolsillo una pastilla de chocolate, es algo que no sé. Aquellos años de mi primera infancia ya no son parte de mí, sino exteriores a mí, sólo puedo conocerlos —como lo sucedido antes de nuestro nacimiento— por los relatos de otros, pero más adelante encuentro sucesivamente en la permanencia en mí de ese mismo nombre siete u ocho rostros distintos; los primeros eran los más hermosos: poco a poco mi sueño, forzado por la realidad a abandonar una posición insostenible, se escudaba de nuevo un poco más acá hasta que se veía obligado a retroceder de nuevo y —al mismo tiempo que la Sra. de Guermantes— cambiaba su morada, procedente también de ese nombre, que, al fecundar año tras año tal o cual palabra oída, modificaba mis sueños; aquella morada los reflejaba en sus propias piedras, que se habían vuelto reflectantes como la superficie de una nube o un lago. Un torreón de dos dimensiones —simple faja de luz anaranjada desde cuya altura el señor y su dama decidían sobre la vida y la muerte de sus vasallos— había cedido su lugar —en el extremo de aquella «parte de Guermantes», por la que, en tantas tardes hermosas, seguía yo con mis padres el curso del Vivonne— a aquella tierra torrencial, donde la duquesa me enseñaba a pescar truchas y a conocer el nombre de las flores con ramilletes violáceos y rojizos que decoraban los muros bajos de los cercados circunstantes; después había sido la tierra hereditaria, la hacienda poética, en la que aquella altiva raza de los Guermantes se elevaba —como una torre amarillenta y con florones que atraviesa ya las eras— sobre Francia: cuando el cielo estaba aún vacío allí donde más adelante surgirían Nuestra Señora de París y Nuestra Señora de Chartres; cuando la nave de la catedral se había posado en la cima de la colina de Laon, como el Arca del Diluvio —lleno de patriarcas y justos, ansiosamente asomados a las ventanas para ver si se había apaciguado la cólera de Dios, y cargado con todos los tipos de vegetales que se multiplicarían en la Tierra, desbordante de animales que se escapan hasta por las torres, en las que unos bueyes, paseándose apacibles por la techumbre, contemplan desde arriba las llanuras de Champaña— en la cumbre del monte Ararat; cuando el viajero que abandonaba Beauvais al final del día no veía aún las negras y ramificadas alas de la catedral que lo seguían —desplegadas en la pantalla dorada del ocaso— serpenteando. Era —aquel Guermantes— como el marco de una novela, un paisaje imaginario que me costaba representar y tanto más deseaba descubrir, enclavado en medio de tierras y caminos reales que de repente se impregnarían de particularidades heráldicas, a dos leguas de una estación; recordaba yo los nombres de las localidades vecinas, como si estuvieran situadas al pie del Parnaso o del Helicón, y me parecían preciosas como las condiciones materiales —en la ciencia tipográfica— de la producción de un fenómeno misterioso. Volvía a ver los escudos de armas pintados en los zócalos de las vidrieras de Combray y cuyos cuarteles se habían llenado, siglo tras siglo, con todos los señoríos que, por matrimonios o adquisiciones, aquella ilustre casa había hecho volar hasta sí desde todos los rincones de Alemania, Italia y Francia: tierras inmensas del Norte, ciudades poderosas del Sur, acudieron a juntarse y acomodarse en Guermantes y, durante su materialidad, inscribir alegóricamente su torreón de sinople o su castillo de plata en su campo de azur. Yo había oído hablar de los célebres tapices de Guermantes y los veía —medievales y azules y un poco gruesos— destacarse como una nube sobre el nombre amaranto y legendario, al pie del antiguo bosque en el que tan a menudo cazó Childeberto, y me parecía que aproximándome por un instante a la Sra. de Guermantes, señora del lugar y dama del lago penetraría tanto como mediante un viaje en los secretos de ese fino fondo misterioso de las tierras, esa lejanía de los siglos: como si su rostro y sus palabras hubiesen debido tener el encanto local de los oquedales y las riberas y las mismas particularidades seculares que el antiguo protocolo de sus archivos, pero entonces había conocido yo a Saint-Loup, quien me había informado de que el castillo se llamaba Guermantes sólo desde el siglo XVII, en que su familia lo había adquirido. Hasta entonces, ésta había residido en las cercanías y su título no procedía de esa región. El pueblo de Guermantes, construido después del castillo, había recibido su nombre de éste y, para que no arruinara sus perspectivas, una servidumbre que seguía en vigor regulaba el trazado de las calles y limitaba la altura de las casas. En cuanto a los tapices, comprados en el siglo XIX por un Guermantes aficionado, eran de Boucher y estaban situados —junto a los mediocres cuadros de caza que él mismo había pintado— en un salón muy feo, revestido de tela de algodón y felpa. Con aquellas revelaciones, Saint-Loup había introducido en el castillo elementos ajenos al nombre de Guermantes que no me permitieron seguir extrayendo únicamente de la sonoridad de las sílabas la mampostería de sus construcciones, por lo que en el fondo de aquel nombre se había eclipsado el castillo reflejado en su lago y lo que se me había revelado, en torno a la Sra. de Guermantes, como su morada había sido su palacete de París, el palacete de Guermantes, límpido como su nombre, pues no había elemento material y opaco alguno que interrumpiera y ocultase su transparencia. Así como «iglesia» no significa sólo «templo», sino también «asamblea de los fieles», así también aquel palacete de Guermantes albergaba a todos cuantos compartían la vida de la duquesa, pero aquellos íntimos a quienes nunca había visto yo eran, para mí, meros nombres célebres y poéticos y, como sólo conocía a personas que eran, a su vez, meros nombres, contribuían a intensificar y proteger el misterio de la duquesa, al extender en torno a ella un gran halo que iba, como máximo, degradándose.
En las fiestas que daba, como no imaginaba cuerpo alguno —bigote alguno, frase alguna pronunciada que resultara trivial o incluso original de forma humana y racional de los invitados—, aquel torbellino de nombres que introducían menos materia que una comida de fantasmas o un baile de espectros, en torno a aquella estatuilla de porcelana de Sajonia que era la Sra. de Guermantes, conservaba una transparencia de vitrina en su palacete de cristal. Después, cuando Saint-Loup me hubo contado anécdotas relativas al capellán y a los jardines de su prima, el palacete de Guermantes había llegado a ser —como pudo haber sido en tiempos un Louvre— como un castillo rodeado, en medio del propio París, de sus tierras poseídas por herencia, en virtud de un derecho antiguo extrañamente superviviente y en las que aún ejercía privilegios feudales, pero aquella última morada se había esfumado, a su vez, cuando habíamos ido a vivir —muy cerca de la Sra. de Villeparisis— en uno de los pisos vecinos del de la Sra. de Guermantes y en un ala de su palacete. Era una de esas antiguas moradas, que tal vez existan aún, en las que el patio principal tenía con frecuencia a los lados —ya fueran aluviones acarreados por la riada en ascenso de la democracia o legados de tiempos más antiguos, en los que los diversos oficios estaban agrupados en torno a su señor— trastiendas, talleres o incluso un tenderete de zapatero o de sastre —como los que se ven apoyados en los flancos de las catedrales y que la estética de los ingenieros no ha retirado— o un portero y zapatero remendón que criaba gallinas y cultivaba flores y en el fondo, en la vivienda «principal», una «condesa» que —cuando salía en su vieja calesa de dos caballos, mostrando en su sombrero unas capuchinas que parecían escapadas del jardincillo de la portería y con un lacayo junto al cochero que bajaba a entregar tarjetas de visita con una esquina doblada en cada uno de los palacios aristocráticos del barrio— enviaba indistintamente sonrisas y buenos días con la mano a los hijos del portero y a los inquilinos burgueses del inmueble que pasaban en aquel momento y a quienes confundía con su desdeñosa afabilidad y su igualitaria altanería.
En la casa a la que habíamos ido a vivir, la gran señora del fondo del patio era una duquesa, elegante y aún joven. Era la Sra. de Guermantes y no tardé en obtener —gracias a Françoise— informaciones sobre el palacete, pues los Guermantes, a quienes Françoise designaba a menudo con las palabras «ahí abajo», «abajo», eran su constante obsesión desde la mañana, en que, tras echar —mientras peinaba a mi madre— un vistazo prohibido, irresistible y furtivo al patio, decía: «¡Hombre, dos hermanitas de la Caridad! Seguro que van ahí abajo», u: «¡Oh! ¡Qué hermosos faisanes en la ventana de la cocina! No hace falta preguntar de dónde procederán: el duque debe de haber ido de caza», hasta la noche, en que, si oía —mientras me daba la ropa de dormir— un sonido de piano, un eco de cancioncilla, deducía: «Ahí abajo hay alegría, tienen visita»; en su rostro de facciones regulares, bajo su pelo, ahora blanco, una sonrisa de su juventud animada y decente ponía entonces por un instante cada una de éstas en su lugar, las acordaba en un orden afectado y fino, como antes de una contradanza.
Pero el momento de la vida de los Guermantes que más excitaba el interés de Françoise, más satisfacción le daba y también le dolía más era precisamente aquel en que, tras abrirse la puerta cochera, la duquesa montaba en su calesa. Solía ser poco después de que nuestros sirvientes hubiesen acabado de celebrar aquella como pascua solemne —su almuerzo— que nadie debía interrumpir y durante la cual constituían tal «tabú», que ni siquiera mi padre se habría tomado la libertad de llamarlos con la campanilla, sabedor, por lo demás, de que ninguno de ellos se habría molestado ni al quinto ni al primer campanillazo, por lo que habría cometido una inconveniencia para nada, pero no sin perjuicio para él, pues Françoise, quien desde que era una anciana ponía a cada paso cara de circunstancias, no habría dejado de ponerle todo el día una cara cubierta de marquitas cuneiformes y rojas que desplegaban en el exterior, pero de forma poco descifrable, la larga relación de sus quejas y las razones profundas de su descontento. Las exponía, por lo demás, para la galería, pero sin que pudiéramos distinguir bien las palabras. Lo llamaba —por considerarlo desesperante para nosotros, «mortificante», «incomodante»— decir todo el santo día «misas bajas».
Acabados los últimos ritos, Françoise, que era a la vez —como en la iglesia primitiva— el celebrante y uno de los fieles, se servía un último vaso de vino, se quitaba la servilleta del cuello, la plegaba, tras secarse en los labios un resto de agua enrojecida y de café, la metía en un servilletero, daba las gracias con expresión triste a «su» joven lacayo —quien para dar muestras de celo le decía: «Vamos, señora, unas pocas uvas más, que son exquisitas»— y se apresuraba a abrir la ventana con el pretexto de que hacía demasiada calor «en [aquella] miserable cocina». Al echar con destreza —al tiempo que giraba el picaporte de la ventana y tomaba el aire— un vistazo desinteresado al fondo del patio, ocultaba furtivamente la certeza de que la duquesa no estaba aún lista, se comía con sus desdeñosas y apasionadas miradas el coche con los caballos enganchados, las alzaba —tras haber prestado ese instante de atención a las cosas de la tierra— al cielo, cuya pureza había adivinado de antemano al sentir la suavidad del aire y el calor del sol, y miraba en el ángulo del techo el lugar en el que todas las primaveras acudían a hacer su nido —justo encima de la chimenea de mi cuarto— palomas semejantes a las que arrullaban en su cocina, en Combray.
«¡Ah! Combray, Combray», exclamaba. (Y el tono, casi cantado, con el que declamaba aquella invocación habría podido —tanto como la arlesiana pureza de su rostro— hacer suponer un origen meridional de Françoise y que la patria perdida que lloraba era simplemente adoptiva, pero tal vez habría sido un error, pues parece que no haya provincia que no tenga su «Sur», ¡y cuántos saboyardos y bretones no encontramos en los que vemos todas las dulces transposiciones de largas y breves que caracterizan el acento meridional!) «¡Ah! Combray, ¿cuándo volveré a verte, pobre tierra mía? ¿Cuándo podré pasar todo el santo día bajo tus majuelos y nuestras pobres lilas escuchando los pinzones y el Vivonne, con su murmurio como de alguien que susurra, en lugar de oír esa horrible campanilla de nuestro señorito, que nunca pasa media hora sin hacerme correr por este maldito pasillo? Y, además, es que no le parece que vaya bastante deprisa, tendría que haber oído antes de que haya llamado y, si llego con un minuto de retraso, “entra” en unas cóleras espantosas. ¡Ay! ¡Pobre Combray! Tal vez no vuelva a verte sino muerta ya, cuando me tiren como una piedra al agujero de la tumba. Entonces no volveré a oír tus hermosos majuelos, tan blancos, pero en el sueño de la muerte creo que oiré aún esos tres campanillazos que ya habrán sido mi condena en vida».
Pero la interrumpían las llamadas del chalequero del patio, quien tanto había gustado en tiempos a mi abuela el día en que había ido a ver a la Sra. de Villeparisis y no ocupaba un rango menos elevado en la simpatía de Françoise. Tras haber alzado la cabeza, al oír abrir nuestra ventana, llevaba ya un rato intentando atraer la atención de su vecina para saludarla. La coquetería de la muchacha que había sido Françoise afinaba entonces, para el Sr. Jupien, el rostro gruñón de nuestra vieja cocinera, recargado por la edad, el mal humor y el calor del horno, y, con una encantadora mezcla de reserva, familiaridad y pudor, dirigía al chalequero un saludo gracioso, pero sin responderle con la voz, pues, si bien violaba las recomendaciones de mi madre al mirar al patio, no se habría atrevido a desafiarlas hasta el extremo de charlar por la ventana, cosa que tenía la virtud, según Françoise, de granjearle, por parte de la señora, «una buena regañina». Le señalaba la calesa con los caballos enganchados, como diciendo: «Hermosos caballos, ¿eh?», pero murmurando al tiempo: «¡Qué carrozona!», y sobre todo porque sabía que él iba a responderle, llevándose la mano a la boca para que lo oyese aun hablando a media voz: «También ustedes podrían tenerlos, si quisieran, e incluso más tal vez que ellos, pero no les gusta todo eso».
Y Françoise —tras hacer un signo de modestia, evasivo y embelesado, cuyo significado era más o menos éste: «Cada cual con su estilo; aquí, es el de la sencillez»— volvía a cerrar la ventana por miedo a que llegara mi madre. Esos «ustedes» que habrían podido tener más caballos que los Guermantes éramos nosotros, pero Jupien tenía razón al decir «ustedes», pues, exceptuados ciertos placeres de amor propio puramente personales —como el de empeñarse, cuando tosía sin cesar y toda la casa tenía miedo a coger su catarro, en decir con una irritante risa burlona que no estaba constipada—, Françoise —semejante a esas plantas que un animal al que están enteramente unidas nutre con alimentos que atrapa, come, digiere para ellas y les ofrece en su último y totalmente asimilable residuo— vivía en simbiosis con nosotros; éramos nosotros los que —con nuestras virtudes, nuestra fortuna, nuestro tren de vida, nuestra situación— debíamos encargarnos de elaborar las pequeñas satisfacciones de amor propio que constituían —si le sumamos el derecho reconocido a ejercer libremente el culto del almuerzo siguiendo la antigua costumbre que entrañaba el sorbito de aire en la ventana, cuando había concluido, cierto callejeo al ir a hacer las compras y una salida los domingos para ir a ver a su sobrina— la parte de contento indispensable para su vida. Por eso, es comprensible que Françoise se sintiera languidecer, los primeros días, presa —en una casa en la que aún no eran conocidos todos los títulos honoríficos de mi padre— de un mal que ella misma llamaba «extrañeza», en el enérgico sentido que tiene en Corneille o en la pluma de los soldados que acaban suicidándose porque «extrañan» demasiado a su novia, su pueblo. La añoranza de Françoise no había tardado en curar gracias a Jupien precisamente, pues le procuró en seguida un placer tan intenso y refinado como el que habría sentido, si nos hubiéramos decidido a tener un vehículo. «De la mejor sociedad, esos Julien» (pues Françoise asimilaba de buen grado las palabras nuevas a las que ya conocía), «muy buenas personas y se les trasluce en la cara». En efecto, Jupien supo comprender y revelar a todo el mundo que, si no teníamos carruaje, era porque no queríamos. Aquel amigo de Françoise pasaba poco tiempo en su casa, pues había conseguido un puesto de empleado en un ministerio. Chalequero al principio, junto con la «chiquita» a la que mi abuela había tomado por su hija, había dejado de tener interés en ejercer el oficio, cuando la pequeña que, casi niña aún, sabía ya muy bien recoser una falda, en la época en que mi abuela había ido a hacer una visita a la Sra. de Villeparisis, se había pasado a la costura para señoras y se había hecho costurera de faldas. Tras ser «aprendiza» con una modista, dedicada a hacer un punto, a recoser un volante, a prender un botón o un «automático», a ajustar un talle con corchetes, no había tardado en ascender a oficiala segunda y después primera y, tras conseguirse una clientela de señoras de la mejor sociedad, trabajaba por su cuenta, es decir, en nuestro patio, la mayoría de las veces con una o dos de sus compañeras del taller, a las que empleaba como aprendizas. Así, pues, la presencia de Jupien había resultado menos útil. Claro, que la pequeña, quien ya se había hecho mayor, había de hacer aún chalecos con frecuencia, pero, ayudada por sus amigas, no necesitaba a nadie. Por eso, Jupien, su tío, había solicitado un empleo. Al principio podía volver a casa al mediodía y después —tras haber substituido definitivamente a aquel a quien secundaba— no antes de la cena. Por fortuna, hasta unas semanas después de nuestra instalación no se produjo su «titularización», por lo que la amabilidad de Jupien pudo ejercerse durante el tiempo suficiente para ayudar a Françoise a superar sin demasiados sufrimientos los primeros tiempos, tan difíciles. Por lo demás, sin negar la utilidad que tuvo, así, para Françoise como «medicamento de transición», debo reconocer que Jupien no me había gustado demasiado a primera vista. Visto a unos pasos de distancia —con lo que desaparecía enteramente el efecto que, de lo contrario, habrían causado sus gruesas mejillas y su buen color—, sus ojos desbordados por una mirada compasiva, desolada y soñadora hacían pensar que estaba muy enfermo o acababa de perder a un ser muy querido. No sólo no era así, sino que, además, en cuanto hablaba —muy bien, por cierto— era más bien frío y burlón. De esa discordancia entre su mirada y su habla se desprendía algo falso y antipático y de lo que él mismo parecía sentirse tan molesto como un invitado con chaqueta en una velada en la que todo el mundo fuera vestido con frac o como alguien que, al tener que responder a una Alteza, no supiese exactamente cómo se le debía hablar y eludiese la dificultad reduciendo sus frases a casi nada. Las de Jupien, al contrario, —pues se trata de una pura comparación— eran encantadoras. En efecto, en seguida discerní en él una inteligencia poco común, tal vez correspondiente a aquella inundación del rostro por los ojos, a la que dejabas de prestar atención, cuando lo conocías, y una de las más naturalmente literarias que he tenido oportunidad de conocer, en el sentido de que, pese a carecer probablemente de cultura, dominaba o había asimilado, con la simple ayuda de algunos libros apresuradamente hojeados, los giros más ingeniosos de la lengua. Las personas más dotadas que yo había conocido habían muerto muy jóvenes. Por eso, estaba convencido de que la vida de Jupien acabaría pronto. Tenía bondad, compasión, los sentimientos más delicados, los más generosos. Su papel en la vida de Françoise había dejado pronto de ser indispensable, pues ésta había aprendido a substituirlo.
Incluso cuando un proveedor o un sirviente venía a traernos un paquete, Françoise —al tiempo que aparentaba no ocuparse de él y se limitaba a indicarle con expresión distante una silla, mientras continuaba con su trabajo— aprovechaba tan hábilmente los instantes que aquél pasaba en la cocina esperando la respuesta de mi madre, que raras veces se marchaba sin la certeza, indestructiblemente grabada en él, de que, «si no teníamos», era «porque no queríamos». Por lo demás, si tanto le interesaba propalar que teníamos dinero, que éramos ricos, no era porque la riqueza por sí sola, la riqueza sin la virtud, fuese para Françoise el bien supremo, pero la virtud sin la riqueza tampoco era su ideal. La riqueza era para ella como una condición necesaria de la virtud, a falta de la cual ésta carecía de mérito y encanto. Las separaba tan poco, que había acabado atribuyendo a cada una de ellas las cualidades de la otra, exigiendo cierto acomodo en la virtud, reconociendo algo edificante en la riqueza.
Una vez cerrada la ventana, bastante aprisa (porque, si no, mi madre le habría infligido, al parecer, «todas las injurias imaginables»), Françoise se ponía a suspirar y a recoger la mesa de la cocina.
«Hay unos Guermantes que residen en la Rue de la Chaise», decía el lacayo. «Un amigo mío trabajó en su casa; era segundo cochero con ellos. Y conozco a alguien —no un amigo mío, sino su yerno— que hizo la mili con un palafrenero del barón de Guermantes. “Y, al fin y al cabo, qué caramba, ¡no es mi padre!”», añadía el lacayo, que tenía la costumbre, mientras canturreaba las canciones del año, de salpicar sus parlamentos con nuevos chistes.
Françoise, con sus cansados ojos de mujer ya de edad y que, por lo demás, veían todo lo de Combray en una vaga lontananza, no distinguió el chiste que encerraban aquellas palabras, sino sólo que debía de haberlo, pues no guardaban relación con lo que seguía y habían sido lanzadas con fuerza por alguien que era —lo sabía— un bromista. Por eso, sonrió con expresión benévola y arrobada y como diciendo: «¡Siempre el mismo, este Victor!». Por lo demás, estaba contenta, porque sabía que oír pullas de ese estilo tiene una lejana relación con esos placeres honestos de la sociedad por los cuales quienes en todas las esferas se apresuran a arreglarse corren el riesgo de coger frío. El caso es que creía que el lacayo era un amigo para ella, pues no cesaba de denunciarle con indignación las terribles medidas que la República iba a adoptar contra el clero. Françoise no había comprendido aún que los más crueles de nuestros adversarios no son quienes nos contradicen e intentan persuadirnos, sino quienes cargan las tintas al transmitir noticias que pueden contrariarnos o las inventan, sin por ello darles una apariencia de justificación para disminuir nuestra pena e inspirarnos una ligera estima por una actitud que desean mostrarnos —para completo suplicio nuestro— a la vez atroz y triunfante.
«La duquesa debe de estar emparentada con todos ellos», dijo Françoise reanudando la conversación sobre los Guermantes de la Rue de la Chaise, como quien reanuda un fragmento en andante. «Ya no recuerdo quién me dijo que uno de ésos se había casado con una prima del duque. En todo caso, es del mismo “parentazgo”. ¡Son una gran familia, los Guermantes!», añadía con respeto, basando la grandeza de esa familia a la vez en el número de sus miembros y en el brillo de su ilustración, como Pascal la verdad de la religión en la razón y la autoridad de las Escrituras, pues, al disponer sólo de aquella palabra —«grande»— para las dos cosas, le parecía que formaban una sola, ya que su vocabulario, como ciertas piedras, presentaba así, en ciertos puntos, un defecto que proyectaba obscuridad hasta el pensamiento de Françoise.
«Me pregunto si no serán “ésos” los que tienen el castillo en Guermantes, a diez leguas de Combray, conque deben de ser también parientes de su prima de Argel». Mi madre y yo nos preguntamos durante mucho tiempo quién podía ser aquella prima de Argel, pero al final comprendimos que Françoise se refería con el nombre de Argel a la ciudad de Angers. Lo que nos queda lejano puede resultarnos más conocido que lo próximo. Françoise, que conocía el nombre de Alger por los horribles dátiles que recibíamos el día de Año Nuevo, ignoraba el de Angers. Su lenguaje, como la propia lengua francesa, y sobre todo su toponimia, estaba sembrado de errores. «Quería comentarlo con su jefe de comedor. A ver, ¿cómo le dicen?», se interrumpió, como planteándose una cuestión de protocolo y se respondió a sí misma: «¡Ah, sí! Le dicen Antoine», como si Antoine hubiera sido un título. «Él es el que habría podido decírmelo, pero es un verdadero señor, un gran pedante, parece que le hubieran cortado la lengua o que se hubiese olvidado de aprender a hablar. Ni siquiera te da respuesta cuando le hablas», añadía Françoise, quien decía «dar respuesta», como Madame de Sevigné, «pero», añadió, insincera, «en cuanto sé lo que se cuece en mi marmita, no me ocupo de las de los demás. En todo caso, no es muy católico y, además, es que es un hombre que carece de coraje» (esta apreciación habría podido hacer creer que Françoise había cambiado de opinión sobre la bravura, que, según ella, rebajaba a los hombres al nivel de los animales feroces, pero no era así. «Tener coraje» significaba tan sólo «ser trabajador»). «También dicen que es ladrón como una urraca, pero no siempre hay que creer los chismes. Aquí todos los empleados se marchan, informan en la portería, los porteros son envidiosos y malmeten a la duquesa, pero lo que sí que se puede decir es que es un verdadero vago, ese Antoine, y su “Antoinesse” no es mejor que él», añadía Françoise, que, para encontrar un femenino al nombre de Antoine que designara a la mujer del jefe de comedor, tenía seguramente en su creación gramatical una inconsciente rememoración de «canóniga» y «canonesa» y no se equivocaba a ese respecto. Aún existe cerca de Notre-Dame una calle llamada Rue Chanoinesse, nombre que le dieron —porque sólo vivían en ella canónigos— aquellos franceses de antaño de los que Françoise era, en realidad, contemporánea. Por lo demás, inmediatamente después venía un nuevo ejemplo de ese modo de formar los femeninos, pues Françoise añadía: «Pero segurísimo que el castillo de Guermantes es de la duquesa y ella es allí la señora alcaldesa. No es moco de pavo».
«Ya lo creo que no es moco de pavo», dijo con convicción el lacayo, que no había discernido la ironía.
«Conque, ¿tú crees que no es moco de pavo? Pero para gente como “ésos” ser alcalde y alcaldesa es bastante menos que nada. ¡Ah! Si el castillo de Guermantes fuera mío, no me verían a menudo en París. Hay que ver qué ocurrencia la de que unos amos, personas que tienen con qué, como el señor y la señora, se queden en esta miserable ciudad en lugar de irse a Combray, puesto que son libres para ello y nadie los retiene. ¿A qué esperan para jubilarse, si no les falta de nada? ¿A haberse muerto? ¡Ah! Con que yo tuviera tan sólo pan seco que comer y leña para calentarme en invierno, hace mucho que estaría en mi tierra, en la pobre casa de mi hermano, en Combray. Allí te sientes vivir al menos, no tienes todas estas casas delante, hay tan poco ruido, que por la noche oyes las ranas cantar a más de dos leguas».
«Debe de ser bonito de verdad», exclamaba el joven lacayo con entusiasmo, como si esta última característica hubiera sido tan particular en Combray como la vida en góndola en Venecia.
Por lo demás, por haber entrado a servir en la casa en época más reciente que el ayuda de cámara, hablaba a Françoise de asuntos que —aunque no a él— podían interesar a ella y Françoise, que ponía mala cara cuando la trataban de cocinera, tenía para con el lacayo, quien se refería a ella como «la gobernanta», la benevolencia especial de algunos príncipes de segundo orden para con los jóvenes bien intencionados que les atribuyen el título de Alteza.
«Al menos se sabe lo que se hace y en qué estación se vive. No es como aquí, que no habrá un mal ranúnculo más en Pascua que en Navidad y, cuando alzo mi vieja osamenta, no distingo siquiera un pequeño ángelus. Allí se oye a cada hora, es sólo una pobre campana, pero te dices: “Ya va a volver mi hermano del campo”, ves bajar el día, allí tocan por los bienes de la Tierra, tienes tiempo de volverte antes de encender la lámpara. Aquí se hace de día, se hace de noche, te vas a acostar y no podrías decir lo que has hecho: igualito que los animales».
«Al parecer, también Méséglise es muy bonito, señora», interrumpió el joven lacayo, para quien la conversación iba adquiriendo un cariz un poco abstracto y recordaba por azar habernos oído hablar en la mesa de Méséglise.
«¡Oh! Méséglise», dijo Françoise con la amplia sonrisa que se dibujaba siempre en sus labios cuando se pronunciaban esos nombres de Méséglise, Combray, Tansonville. Formaban hasta tal punto parte de su propia existencia, que, al encontrárselos fuera, al oírlos en una conversación, experimentaba una alegría bastante próxima a la que un profesor infunde en su clase al aludir a determinado personaje contemporáneo cuyo nombre no habrían creído sus alumnos que pudiera bajar nunca de lo alto del estrado. Su placer se debía también a sentir que esos pueblos eran para ella algo —viejos compañeros con los que se han jugado muchas partidas— que no eran para los demás y les sonreía como si le parecieran con gracia, porque reconocía en ellos mucho de sí misma.
«¡Y que lo digas, hijo! Es bastante bonito Méséglise», proseguía riendo con finura, «pero, ¿cómo es que has oído hablar tú de Méséglise?».
«¿Que cómo es que he oído yo hablar de Méséglise? Pero si es que es muy conocido; me han hablado de él y, además, con mucha frecuencia», respondió con esa criminal inexactitud de los informadores que, siempre que intentamos apreciar objetivamente la importancia que puede tener para los demás algo que nos atañe, nos colocan en la imposibilidad de lograrlo.
«¡Ah! Os respondo que se está mejor allí bajo los cerezos que cerca del horno».
Les hablaba incluso de Eulalie como de una buena persona, pues, desde que Eulalie había muerto, Françoise había olvidado completamente que en vida no la había querido demasiado, como no quería demasiado a cualquier persona que no tuviera qué comer en casa, que fuese «una muerta de hambre», y después viniera, como una nulidad, gracias a la bondad de los ricos, a «andarse con remilgos». Ya no sufría por que Eulalie hubiera sabido granjearse tan bien «la moneda» de mi tía todas las semanas. En cuanto a ésta, Françoise no cesaba de cantar sus alabanzas.
«Pero entonces, ¿era en Combray, en casa de una prima de la Señora, donde estaba usted?», preguntó el joven lacayo.
«Sí, en casa de la Sra. Octave, donde siempre había con qué y de lo mejorcito. ¡Ah! Una mujer muy santa, hijos míos, una buena mujer, podéis estar bien seguros, que, en punto a perdigones y faisanes, no le dolían prendas, que podías llegar a las cinco, a las seis, y no era carne lo que faltaba precisamente y de primera calidad, además, y vino blanco y tinto, cuanto hiciese falta». (Françoise empleaba la expresión no «doler prendas» en el mismo sentido que La Bruyère.) «Todo corría siempre a su cargo, aunque la familia se quedara meses y años». (Esta alusión no era descortesía alguna para con nosotros, pues Françoise era de una época en que la expresión «a cargo» no estaba reservada al estilo judicial y significaba sólo «gasto».) «¡Ah! Os respondo que nadie se marchaba de allí con hambre. Como nos hizo ver muchas veces el señor cura, si hay una mujer que puede contar con ir junto a Dios Nuestro Señor, seguro y fijo que ha sido ella. Pobre señora, aún la oigo decirme con su vocecita: “Mire usted, Françoise, yo no como, pero quiero que esté tan bueno para todo el mundo como si yo comiese”. Ya lo creo que no era para ella. Teníais que haberla visto, no pesaba más que un cucurucho de cerezas. No quería creerme, nunca iba al médico. ¡Ah! Allí no se comía aprisa y corriendo precisamente. Quería que sus sirvientes estuvieran bien alimentados. Aquí, esta mañana misma, no hemos tenido tiempo siquiera de tomar un bocado. Todo se hace perdiendo el culo».
Lo que sobre todo la exasperaba eran los biscotes que comía mi padre. Estaba convencida de que lo hacía para andarse con remilgos y hacerla «derrochar». «Puedo asegurar», aprobaba el joven lacayo, «¡que nunca había visto semejante cosa!». Lo decía como si lo hubiera visto todo y si, en su caso, las enseñanzas de una experiencia milenaria abarcaran todos los países y sus usos, entre los cuales no figuraba en parte alguna el del pan tostado. «Sí, sí», mascullaba el jefe de comedor, «pero todo eso podría muy bien cambiar, los obreros van a hacer una huelga en el Canadá y el ministro dijo la otra tarde al Señor que ha recibido por ello doscientos mil francos». El jefe de comedor no lo censuraba ni mucho menos por ello, lo que no quiere decir que no fuera él mismo totalmente honrado, pero, como consideraba a todos los políticos trigo poco limpio, el delito de concusión le parecía menos grave que el más leve robo. No se preguntaba siquiera si había oído, en efecto, esa histórica palabra y no le sorprendía la inverosimilitud de que la hubiera pronunciado el propio culpable ante mi padre, sin que éste lo hubiese puesto en la calle, pero la filosofía de Combray impedía a Françoise abrigar la esperanza de que las huelgas en el Canadá tuviesen una repercusión en el uso de los biscotes: «Mire, mientras no se hunda el mundo», decía, «habrá amos para hacernos trotar y sirvientes para atender sus caprichos». Pese a la teoría de ese perpetuo trote, hacía ya un cuarto de hora que mi madre, quien probablemente no recurriera a las mismas medidas que Françoise para apreciar la longitud del almuerzo de ésta, decía: «Pero, bueno, ¿qué estarán haciendo? Llevan más de dos horas a la mesa». Y llamaba tímidamente tres o cuatro veces. Françoise, su lacayo y el jefe de comedor no oían los campanillazos como una llamada y sin pensar en acudir, sino como los primeros sones de la afinación de los instrumentos, cuando está a punto de reanudarse un concierto y ya sólo quedan —tenemos la sensación— unos minutos de entreacto. Por eso, cuando las llamadas empezaban a repetirse y a volverse más insistentes, nuestros sirvientes se ponían a prestarles atención y, por considerar que ya no disponían de demasiado tiempo y que la reanudación del trabajo estaba próxima, ante un tintineo de la campanilla un poco más sonoro que los otros, lanzaban un suspiro y, con actitud resignada, el lacayo bajaba a fumar un cigarrillo delante de la puerta, Françoise, después de formular algunas reflexiones sobre nosotros, como «la verdad es que no pueden tener la mano quietita», subía a atender sus ocupaciones en el sexto y el jefe de comedor, tras haber ido a buscar papel de cartas a mi habitación, expedía rápidamente su correspondencia privada.
Pese a la expresión de altivez de su jefe de comedor, Françoise había podido informarme, ya los primeros días, de que los Guermantes no vivían en su palacete en virtud de un derecho inmemorial, sino de un alquiler bastante reciente, y de que el jardín al que daba por la parte que yo no conocía era bastante pequeño y semejante a todos los jardines contiguos y, por último, me enteré de que no se veía en él ni caza señorial ni molino fortificado ni estanque para la cría de peces ni palomar con pilares ni horno común ni granero con nave ni castillete ni puentes fijos o levadizos, como tampoco peajeros ni agujas ni cartas murales ni mojones siquiera, pero así como Elstir había devuelto a la bahía de Balbec —cuando de repente, tras perder su misterio, había pasado a ser para mí una parte cualquiera, intercambiable con cualquier otra, de las masas de agua salada que hay en el Globo— una individualidad, al decirme que era el golfo de ópalo de Whistler en sus armonías de un azul plateado, así también el nombre de Guermantes había visto morir, bajo los golpes de Françoise, la última morada procedente de él, cuando un viejo amigo de mi padre nos dijo un día hablando de la duquesa: «Tiene la mejor situación en el Faubourg Saint-Germain, tiene la primera casa del Faubourg Saint-Germain». Desde luego, el primer salón, la primera casa, del Faubourg Saint-Germain, era muy poca cosa en comparación con las otras moradas con las que yo había soñado sucesivamente, pero, en fin, ésta tenía aún —e iba a ser la última— algo, por humilde que fuera, que constituía, allende su propia materia, una diferenciación secreta.
Y poder buscar en el «salón» de la Sra. de Guermantes, en sus amigos, el misterio de su nombre me resultaba tanto más necesario cuanto que no lo encontraba en su persona, cuando la veía salir por la mañana a pie o por la tarde en coche. Cierto es que ya en la iglesia de Combray se me había mostrado, en el fogonazo de una metamorfosis, con mejillas irreductibles, impenetrables, al color del nombre de Guermantes y de las tardes a la orilla del Vivonne, en lugar de mi sueño fulminado, como un cisne o un sauce en el que se hubiera convertido un dios o una ninfa y que, por estar en adelante sometido a las leyes de la naturaleza, se deslizaría hasta el agua o sería agitado por el viento. Sin embargo, esos reflejos esfumados —en cuanto me alejaba de ella— volvían a formarse, como los reflejos rosados y verdes del sol después del ocaso, tras la rama que los ha quebrado, y en la soledad de mi pensamiento el nombre no tardaba en apropiarse el recuerdo del rostro, pero ahora la veía con frecuencia en su ventana, en el patio, en la calle, y —al menos yo— no conseguía integrar en ella el nombre de Guermantes, pensar que era la Sra. de Guermantes, y acusaba a la impotencia de mi entendimiento para ir hasta el fin del acto que le pedía, si bien ella, nuestra vecina, parecía cometer el mismo error, cometerlo —más aún— sin desconcierto, sin ninguno de mis escrúpulos, sin la sospecha siquiera de que lo fuese. Así, la Sra. de Guermantes mostraba en sus vestidos el mismo deseo de seguir la moda que si, por considerar que se había vuelto una mujer como las demás, hubiese aspirado a esa elegancia del vestir en la que mujeres cualesquiera podían igualarla, superarla tal vez. Yo la había visto en la calle mirar con admiración a una actriz bien vestida y por la mañana, en el momento en que iba a salir a pie —como si la opinión de los transeúntes, cuya vulgaridad hacía resaltar al pasear familiarmente entre ellos su inaccesible vida, pudiera ser un tribunal para ella—, podía columbrarla ante su espejo desempeñando —con una convicción exenta de desdoblamiento e ironía, con pasión, con mal humor, con amor propio, como una reina que ha aceptado representar a una doncella en una comedia de corte— ese papel, tan inferior a ella, de mujer elegante, como en el olvido mitológico de su grandeza nativa, miraba a ver si su velo estaba bien estirado, se alisaba las mangas, se ajustaba el abrigo, así como el cisne divino hace todos los movimientos de su especie animal, conserva sus dos ojos pintados a los dos lados de su pico sin mirarlo y se arroja de repente, cual cisne, sobre un botón o un paraguas sin recordar que es un dios, pero, como el viajero decepcionado por el primer aspecto de una ciudad, quien se dice que tal vez cale en su encanto visitando sus museos, trabando conocimiento con el pueblo, trabajando en las bibliotecas, yo me decía que, si hubiera sido recibido en casa de la Sra. de Guermantes, si fuese uno de sus amigos, si calara en su existencia, conocería lo que bajo su envoltorio anaranjado y brillante encerraba su nombre real, objetivamente, para los otros, ya que el amigo de mi padre había dicho, a fin de cuentas, que el medio de los Guermantes era algo aparte en el Faubourg Saint-Germain.
La vida que se llevaba —suponía yo— en él se derivaba de un venero de la experiencia tan diferente y que habría de ser —me parecía— tan particular, que no habría podido imaginar en las veladas de la duquesa la presencia de personas a quienes yo hubiera frecuentado en tiempos, personas reales, pues, al no poder cambiar súbitamente de naturaleza, habrían dicho en ella cosas análogas a las que yo conocía; sus interlocutores tal vez se hubieran rebajado a responderles en el mismo lenguaje humano y, durante una velada en el primer salón del Faubourg Saint-Germain, habría habido instantes idénticos a otros que yo había ya vivido: cosa imposible. Cierto es que mi alma se sentía violenta ante ciertas dificultades y la presencia del cuerpo de Jesucristo en la hostia no me parecía un misterio más obscuro que aquel primer salón del Faubourg situado en la ribera derecha y cuyos muebles oía remover por la mañana desde mi alcoba, pero, aun siendo sólo ideal, la línea de demarcación que me separaba del Faubourg Saint-Germain, no por ello dejaba de parecerme más real; sentía yo perfectamente que el felpudo de los Guermantes, extendido al otro lado de ese ecuador y del que mi madre se había atrevido a decir, al vislumbrarlo como yo, un día en que su puerta estaba abierta, que estaba pero que en muy mal estado, era ya el Faubourg. Por lo demás, ¿cómo no iba a parecerme que su comedor, su galería obscura, con muebles cubiertos de felpa roja, que podía vislumbrar a veces por la ventana de nuestra cocina, presentaban el misterioso encanto del Faubourg Saint-Germain, formaban parte de él de forma esencial, estaban situados geográficamente en él, ya que ser recibido en aquel comedor era haber ido al Faubourg Saint-Germain, haber respirado su atmósfera, y todos cuantos se sentaban —antes de pasar a la mesa— junto a la Sra. de Guermantes en el diván de cuero de la galería eran del Faubourg Saint-Germain? Seguramente en otros sitios, en ciertas veladas, se podía ver a veces —pavoneándose majestuosamente entre el vulgar clan de los elegantes— a uno de esos hombres que son meros nombres y cobran sucesivamente —cuando intentamos representarlos— el aspecto de un torneo o un bosque comunal, pero allí, en el primer salón del Faubourg Saint-Germain, en la galería obscura, estaban sólo ellos. Eran las columnas —de materia preciosa— que sostenían el templo. Incluso para las reuniones familiares sólo entre ellos podía elegir la Sra. de Guermantes a sus invitados y, reunidos en torno al mantel servido en las cenas de doce personas, eran como las estatuas de oro de los Apóstoles de la Sainte-Chapelle, pilares simbólicos y consagradores, delante de la Santa Mesa. En cuanto al rinconcito del jardín que se extendía entre altas murallas detrás del palacete y en el que la Sra. de Guermantes encargaba servir, después de la cena, licores y naranjada, ¿cómo no iba yo a pensar que sentarse, entre las nueve y las once de la noche, en sus sillas de hierro —dotadas de tanto poder como el canapé de cuero— sin respirar las brisas particulares del Faubourg Saint-Germain era tan imposible como hacer la siesta en el oasis de Figuig sin estar, por eso mismo, en África? Sólo la imaginación y la creencia pueden diferenciar de los demás ciertos objetos y a ciertas personas y crear una atmósfera. Seguramente no tendría yo nunca —¡ay!— la posibilidad de poner los pies entre aquellos parajes pintorescos, aquellos accidentes naturales, aquellas curiosidades locales y me contentaba con estremecerme al vislumbrar desde alta mar como un minarete avanzado, como una primera palmera, como el comienzo de la industria o la vegetación exóticas —y sin esperanza de arribar jamás a él—, el desgastado felpudo de la orilla.
Pero, si bien el palacete de Guermantes comenzaba para mí a la puerta de su vestíbulo, sus dependencias debían de extenderse mucho más lejos, a juicio del duque, quien —por considerar a todos los inquilinos campesinos, palurdos, compradores de bienes nacionales, cuya opinión no contaba— por la mañana se afeitaba en camisón la barba junto a la ventana, bajaba al patio, según hiciera más o menos calor, en mangas de camisa, en pijama, con chaquetón escocés de color raro, de pelo largo, con chaquetones claros más cortos que el chaquetón, y hacía trotar delante de él, sujeto de la brida por uno de sus palafreneros, algún caballo nuevo que había comprado e incluso más de una vez el caballo estropeó el escaparate de Jupien, quien indignó al duque al pedir una indemnización. «Aunque sólo fuera por consideración de todo el bien que la señora duquesa hace en la casa y en la parroquia», decía el Sr. de Guermantes, «constituye una infamia por parte de ese fulano reclamarnos nada». Pero Jupien se había mantenido firme, por lo que no parecía saber en modo alguno qué «bien» había hecho jamás la duquesa y, sin embargo, lo hacía, pero el recuerdo de haber colmado a uno —como no se puede hacer extensivo a todo el mundo— es una razón para abstenerse de hacerlo a otro, a quien se inspira tanto más descontento. Por lo demás, desde puntos de vista distintos del de la beneficencia, el barrio parecía al duque una mera prolongación —y hasta grandes distancias— de su patio, una pista más extensa para sus caballos. Después de haber visto cómo trotaba solo un nuevo caballo, mandaba engancharlo, cruzar todas las calles vecinas, con el palafrenero corriendo a lo largo del coche y sujetando las riendas, haciéndolo pasar y volver a pasar por delante del duque, parado en la acera, de pie, gigantesco, enorme, vestido de claro, con un puro en la boca, la cabeza alta y el monóculo curioso, hasta el momento en que saltaba al pescante, guiaba el caballo él mismo para probarlo y salía con el nuevo tiro a encontrarse con su amante en los Campos Elíseos. El Sr. de Guermantes daba los buenos días en el patio a dos parejas que sentían más o menos apego a su mundo: unos primos suyos, que, como los matrimonios de obreros, no estaban nunca en casa para cuidar a los hijos, pues la mujer se marchaba por la mañana a la «Schola» a aprender el contrapunto y la fuga y el marido a su taller de escultura de madera y cueros repujados, y, además, el barón y la baronesa de Norpois, que salían, siempre —la mujer de acomodadora y el marido de enterrador— vestidos de negro, varias veces al día para ir a la iglesia. Eran los sobrinos del antiguo embajador al que conocíamos y a quien precisamente mi padre había encontrado bajo la bóveda de la escalera, pero sin comprender de dónde venía, pues pensaba que tan considerable personaje, que había mantenido relación con los hombres más eminentes de Europa y probablemente fuera muy indiferente a vanas distinciones aristocráticas, apenas debía de frecuentar a aquellos nobles obscuros, clericales y de cortos alcances. Hacía poco que vivían en la casa; Jupien había ido a decir unas palabras en el patio al marido, quien estaba saludando al Sr. de Guermantes, y lo llamó «Sr. Norpois», por no saber exactamente su nombre.
«¡Ah! ¡Señor Norpois, ah! ¡Qué afortunada expresión! ¡Paciencia! ¡Este individuo no tardará en llamarlo ciudadano Norpois!», exclamó, al tiempo que se volvía hacia el barón, el Sr. de Guermantes. Por fin podía exhalar su malhumor contra Jupien, quien lo llamaba «señor» y no «señor duque».
Un día en que el Sr. de Guermantes necesitaba una información relativa a la profesión de mi padre, se había presentado en persona con mucha gentileza. Desde entonces tenía con frecuencia favores que pedirle como vecino y, en cuanto lo veía bajar la escalera pensando en algún trabajo y deseoso de evitar cualquier encuentro, el duque abandonaba a sus palafreneros, se dirigía hacia mi padre en el patio, le arreglaba el cuello del abrigo, con la obsequiosidad heredada de los antiguos ayudas de cámara del Rey, le cogía la mano y, reteniéndola en la suya, se la acariciaba incluso para demostrarle, con impudor de cortesana, que no le regateaba el contacto con su preciosa carne y lo llevaba como a un perrito, muy fastidiado y loco por escaparse, hasta más allá de la puerta cochera. Un día en que se nos había cruzado cuando salía en coche con su mujer, nos había hecho grandes saludos; debía de haberle dicho mi nombre, pero, ¿qué posibilidad había de que ella lo recordara, como tampoco mi cara? Y, además, ¡qué endeble recomendación la de ser designado sólo como uno de sus inquilinos! Más importante habría sido la de conocer a la duquesa en casa de la Sra. de Villeparisis, quien precisamente me había pedido, por mediación de mi abuela, que fuera a verla y, sabedora de que tenía intención de dedicarme a la literatura, había añadido que conocería en ella a escritores, pero a mi padre le parecía que yo era aún muy joven para ir a reuniones mundanas y, como mi salud no dejaba de inquietarlo, no quería brindarme ocasiones inútiles de nuevas salidas.
Como uno de los lacayos de la Sra. de Guermantes hablaba mucho con Françoise, oí nombrar algunos de los salones a los que ella iba, pero no me los imaginaba: ¿acaso no resultaban —por ser una parte de su vida que yo sólo veía mediante su nombre— inconcebibles?
«Esta noche hay una gran velada de sombras chinescas en casa de la princesa de Parma», decía el lacayo, «pero no vamos a ir, porque, a las cinco, la Señora toma el tren de Chantilly para ir a pasar dos días en casa del duque de Aumale, pero van a ir la doncella y el ayuda de cámara. Yo me quedo aquí. No le va a dar una alegría precisamente a la princesa de Parma: ha escrito más de cuatro veces a la señora duquesa».
«Entonces, ¿ya no van a ir ustedes este año al castillo de Guermantes?».
«Es la primera vez que no estaremos allí: por el reúma del señor duque, el doctor ha prohibido que volvamos hasta que haya un calorífero, pero antes pasábamos allí todos los años hasta enero. Si no está listo el calorífero, la Señora tal vez vaya unos días a Cannes a casa de la duquesa de Guise, pero aún no es seguro».
«¿Y al teatro van?».
«A veces vamos a la Ópera, unas veces a las veladas de abono de la princesa de Parma, cada ocho días; al parecer, es muy elegante lo que se ve: hay obras de teatro, música, de todo. La señora duquesa no ha querido coger abonos, pero igual vamos una vez a un palco de una amiga de la Señora, otra vez a otro, muchas veces al palco de platea de la princesa de Guermantes, la mujer del primo del señor duque. Es la hermana del duque de Baviera».
«Y entonces, ¿sube usted así, a su casa?», decía el lacayo, quien, pese a identificarse con los Guermantes, tenía de los señores en general una idea política que le permitía tratar a Françoise con el mismo respeto que si estuviera colocada en casa de una duquesa. «¡Qué salud tiene usted, señora!».
«¡Ah! ¡Si no fuera por estas malditas piernas! En llano, aún se aguanta, pero lo malo son esas malditas escaleras» («en llano» quería decir en el patio, en las calles en las que Françoise no detestaba pasearse; en una palabra: en terreno plano). «Adiós, señor, tal vez volvamos a verlo esta noche».
Deseaba tanto más hablar de nuevo con el lacayo cuanto que éste la había informado de que los hijos de los duques llevan con frecuencia un título de príncipe que conservan hasta la muerte de su padre. Desde luego, el culto de la nobleza, combinado con cierto espíritu de rebelión contra ella y también de acomodación, hereditariamente bebido en las glebas de Francia, debía de estar muy arraigado en su pueblo, pues, como Françoise —a quien se podía hablar del genio de Napoleón o de la telegrafía sin hilos sin conseguir atraer su atención y sin que aminorara un instante los movimientos con los que retiraba las cenizas de la chimenea o ponía la mesa— se enterase de esas particularidades y de que el hijo menor del duque de Guermantes se llamaba generalmente príncipe de Oléron, exclamaba: «¡Qué hermoso!», y se quedaba arrobada como ante una vidriera.
Françoise se enteró también por el ayuda de cámara del príncipe de Agrigento, quien había hecho amistad con ella al acudir con frecuencia a llevar cartas a casa de la duquesa, de que había oído hablar mucho, en efecto, en la alta sociedad de la boda del marqués de Saint-Loup con la Srta. de Ambresac y que ya casi estaba decidida.
Aquella quinta, aquel palco de platea, en que la señora de Guermantes trasegaba su vida, no me parecían lugares menos mágicos que sus pisos. Los nombres de Guisa, Parma, Guermantes-Baviera, diferenciaban —de todos los demás lugares de verano a los que se dirigía la duquesa— las fiestas cotidianas que la estela de su coche enlazaba con su palacete. Si me decían que en esos lugares, en esas fiestas, consistía sucesivamente la vida de la señora de Guermantes, no me aclaraban nada sobre ella. Cada una de ellas confería a la vida de la duquesa una determinación diferente, pero se limitaban a cambiar su misterio, sin que aquélla dejara esfumarse nada del suyo, que tan sólo se desplazaba, protegido por un tabique, encerrado en un recipiente, en medio de las olas de la vida de todos. La duquesa podía almorzar delante del Mediterráneo en Carnaval, pero en la quinta de la señora de Guisa, donde la reina de la sociedad parisina era ya —con su vestido de piqué blanco, entre numerosas princesas— una simple invitada igual a las demás y, por tanto, más conmovedora aún para mí, más ella misma, al renovarse como una estrella de la danza que, con la fantasía de un paso, va a ocupar sucesivamente el lugar de cada una de las bailarinas, sus hermanas; podía mirar sombras chinescas, pero en una velada de la princesa de Parma, y escuchar la tragedia o la ópera, pero en el palco de platea de la princesa de Guermantes.
Así como localizamos en el cuerpo de una persona todas las posibilidades de su vida, el recuerdo de aquellos a quienes conoce y acaba de abandonar o con quienes va a reunirse, así también yo —si, al enterarme por Françoise de que la señora de Guermantes iba a ir a pie a almorzar en casa de la princesa de Parma, la observaba hacia el mediodía bajar de su casa con su vestido de raso de color carne, por encima del cual su rostro tenía el mismo tono, como una nube en el ocaso— veía todos los placeres del Faubourg Saint-Germain delante de mí, bajo aquel pequeño volumen, como en una concha, entre aquellas valvas glaseadas con nácar rosado.
Mi padre tenía en el Ministerio un amigo, un tal A. J. Moreau, quien, para distinguirse de los demás Moreau, procuraba hacer preceder siempre su nombre de esas dos iniciales, por lo que, para abreviar, lo llamaban A. J. Ahora bien, no sé cómo aquel A. J. llegó a ser propietario de una butaca para una velada de gala en la Ópera; se la envió a mi padre y, como la Berma, a quien yo no había vuelto a ver desde mi primera decepción, iba a interpretar un acto de Fedra, mi abuela consiguió que mi padre me la cediera.
A decir verdad, no concedía yo la menor importancia a aquella posibilidad de ver a la Berma, quien unos años antes me había causado tanta agitación, y no sin melancolía comprobé mi indiferencia para con lo que en tiempos había preferido a la salud, al reposo. No es que fuera menos apasionado que entonces mi deseo de contemplar de cerca las preciosas parcelas de realidad vislumbradas por mi imaginación, pero ésta ya no las situaba en la dicción de una gran actriz; después de mis visitas a Elstir, había trasladado a ciertos tapices, a ciertos cuadros modernos, la fe interior que había tenido en tiempos en esa interpretación, en aquel trágico arte de la Berma. Como mi fe y mi deseo ya no acudían a rendir un culto incesante a la dicción y las actitudes de la Berma, el «doble» que abrigaba yo de ellos en mi corazón se había marchitado poco a poco como los de los difuntos del antiguo Egipto, a los que había que alimentar constantemente para mantenerlos con vida. Aquel arte había pasado a ser insulso y lamentable. Ya no abrigaba alma profunda alguna en su seno.
En el momento en que, aprovechando la localidad recibida por mi padre, subía la gran escalinata de la Ópera, vi delante de mí a un hombre a quien al principio confundí con el Sr. de Charlus, pues tenía un porte semejante al suyo; cuando volvió la cabeza para pedir una información a un empleado, vi que me había equivocado, pero no por ello vacilé a la hora de situar al desconocido en la misma clase social, por la forma no sólo como iba vestido, sino también como hablaba al portero y a las acomodadoras, que lo hacían esperar, pues, pese a las particularidades individuales, en aquella época había aún —entre un hombre gomoso y rico de aquella parte de la aristocracia y otro del mundo de las finanzas o la alta industria— una diferencia muy marcada. Mientras que uno de estos últimos habría creído afirmar su elegancia con un tono tajante, altivo, para con un inferior, el gran señor, afable, sonriente, parecía considerar, ejercer, la afectación de humildad y paciencia, la apariencia de ser un espectador cualquiera, un privilegio de su buena educación. Es probable que, al verlo disimular así, bajo una sonrisa henchida de llaneza, el infranqueable umbral del pequeño universo especial que abrigaba en su interior, más de un hijo de rico banquero, al entrar en aquel momento en el teatro, habría tomado a aquel gran señor por un hombre de poca monta, en caso de no haberle encontrado un asombroso parecido con el retrato, recientemente reproducido por las revistas ilustradas, de un sobrino del Emperador de Austria, el príncipe de Sajonia, que precisamente se encontraba en París en aquel momento. Yo sabía que era un gran amigo de los Guermantes. Al llegar, a mi vez, junto al portero, oí al príncipe de Sajonia, o supuesto tal, decir sonriendo: «No sé el número, su prima me ha dicho que bastaba con que preguntara por su palco».
Tal vez fuera el príncipe de Sajonia; tal vez fuese a la duquesa de Guermantes —a la que, en ese caso, podría yo vislumbrar viviendo uno de los momentos de su vida inimaginable, en el palco de platea de su prima— a quien los ojos de aquél veían con el pensamiento, cuando decía: «Su prima me ha dicho que bastaba con que preguntara por su palco», hasta el punto de que aquella mirada sonriente y singular y aquellas palabras sencillas me acariciaban el corazón —mucho más que un ensueño abstracto— con las antenas alternativas de un gozo posible y un prestigio incierto. Al menos al decir aquella frase al portero, empalmaba con una vulgar velada de mi vida cotidiana el posible paso a un mundo nuevo; el pasillo que le indicaron, después de haber pronunciado las palabras «palco de platea», y por el cual se internó estaba húmedo y agrietado y parecía conducir a grutas marinas, al reino mitológico de las ninfas de las aguas. Yo tenía ante mí a un simple señor de frac que se alejaba, pero le aplicaba —como con un reflector torpe y sin conseguir centrarlo exactamente en él— la idea de que era el príncipe de Sajonia e iba a ver a la duquesa de Guermantes, y, aunque fuera solo, aquella idea exterior a él, impalpable, inmensa y entrecortada como una proyección, parecía precederlo y conducirlo como esa divinidad, invisible para el resto de los hombres, que permanece junto al guerrero griego.
Llegué a mi sitio, mientras intentaba encontrar un verso de Fedra que no recordaba exactamente. Tal como yo me lo recitaba, no tenía el número de pies necesarios, pero, como no intentaba contarlos, entre su desequilibrio y un verso clásico me parecía que no existía nada en común. No me habría extrañado que se hubiera habido de quitar más de seis sílabas a aquella frase monstruosa para hacer de ella un verso de doce pies, pero de repente lo recordé y las irreductibles asperezas de un mundo inhumano se disiparon como por arte de magia; las sílabas del verso colmaron al instante la medida de un alejandrino, las que le sobraban se desprendieron con tanta facilidad y agilidad como una burbuja de aire que acaba de reventar en la superficie del agua y, en efecto, aquel disparate con el que yo había luchado era un simple pie.
Habían puesto a la venta cierto número de butacas de patio, que habían comprado esnobs o curiosos, quienes querían contemplar a personas a las que no tendrían otra ocasión de ver de cerca, y era, en efecto, un poco de su verdadera vida mundana, habitualmente oculta, lo que se iba a poder contemplar públicamente, pues, como la princesa de Parma había distribuido, a su vez, entre sus amigos los palcos primero y segundo y los de platea, la sala era como un salón en el que cada cual cambiaba de lugar, iba a sentarse aquí o allá, cerca de una amiga.
Junto a mí había personas vulgares y deseosas de mostrar —por no conocer en persona a los abonados— que podían reconocerlos y los nombraban en voz muy alta. Añadían que aquellos abonados acudían allí como a su salón, con lo que querían decir que no prestaban atención a las obras representadas, pero lo que sucedía era lo contrario. Un estudiante genial que ha comprado una butaca para ver a la Berma no piensa sino en no ensuciarse los guantes, no molestar, congeniar con el vecino que el azar le ha asignado, perseguir con sonrisa intermitente la mirada fugaz, eludir con expresión descortés aquella con la que se ha cruzado de una persona conocida a la que ha descubierto en la sala y a quien, tras mil perplejidades, decide ir a saludar en el momento en que los tres toques, al resonar antes de que haya llegado hasta ella, lo obligan a escapar como los hebreos en el mar Rojo entre las agitadas olas de los espectadores y las espectadoras a quienes ha hecho levantarse y cuyos vestidos desgarra o cuyos botines aplasta. En cambio, sólo las personas de la alta sociedad, precisamente porque estaban en sus palcos —tras el balcón en forma de terraza— como en saloncitos suspendidos de los que hubieran eliminado uno de los tabiques o en cafetines a los que hubiesen ido a tomar una bamba sin sentirse intimidados por los espejos con marcos dorados y los asientos rojos del establecimiento de tipo napolitano, precisamente porque dejaban reposar una mano indiferente en los fustes dorados de las columnas que sostenían aquel templo del arte lírico, precisamente porque no los conmovían los excesivos honores que les rendían —parecía— dos figuras esculpidas que tendían palmas y laureles hacia los palcos, habrían tenido la inteligencia libre para escuchar la obra, si no hubieran carecido de ella.
Primero hubo sólo unas vagas tinieblas, en las que se percibía de repente —como el rayo de una piedra preciosa que no se ve— la fosforescencia de dos ojos célebres o —como un medallón de Enrique IV sobre un fondo negro— el perfil inclinado del duque de Aumale, a quien una señora invisible gritaba: «Permítame, monseñor, que le quite el abrigo», mientras el príncipe respondía: «Pero, hombre, pero si es la Sra. de Ambresac». Ella lo hacía, pese a aquella vaga defensa, y todos le envidiaban semejante honor.
Pero en los otros palcos de platea, casi por doquier, las blancas deidades que moraban en aquellas sombrías estancias se habían refugiado contra los obscuros tabiques y permanecían invisibles. Sin embargo, a medida que avanzaba el espectáculo, sus formas vagamente humanas se destacaban, una tras otra y con suavidad, de las profundidades de la noche que tapizaban y, al elevarse hacia el cielo, dejaban surgir sus cuerpos semidesnudos e iban a detenerse en el límite vertical y en la superficie clarobscura en la que sus brillantes rostros aparecían tras la marejada jovial, espumosa y ligera de sus abanicos de plumas, bajo sus cabelleras de púrpura enmarañadas con perlas que parecía haber encorvado la ondulación de la corriente; después comenzaban las butacas de patio, la estancia de los mortales por siempre jamás separada del sombrío y transparente reino al que servían —aquí y allá— de frontera, en su superficie líquida y plana, los límpidos y reflectantes ojos de las diosas de las aguas, pues los traspontines de la ribera y las formas de los monstruos de la orquesta se reflejaban en aquellos ojos siguiendo tan sólo las leyes de la óptica y según su ángulo de incidencia, como sucede con esas dos partes de la realidad exterior a las que —por saber que no tienen alma alguna, por rudimentaria que sea, análoga a la nuestra— consideraríamos insensato dirigir una sonrisa o una mirada: los minerales y las personas con quienes no mantenemos relaciones. En cambio, más acá del límite de su ámbito, las radiantes hijas del mar se volvían en todo momento sonriendo hacia tritones barbudos colgados de las anfractuosidades del abismo o hacia algún semidiós acuático con un guijarro pulido —de cráneo— sobre el que la ola había llevado un alga lisa y —de mirada— un disco de cristal de roca. Se inclinaban hacia ellos, les ofrecían caramelos; a veces la ola se entornaba delante de una nueva nereida que iba —tardía, sonriente y confusa— a abrirse desde el fondo de la sombra; después, acabado el acto, las divinas hermanas —al no esperar ya oír los melodiosos rumores de la tierra que las habían atraído a la superficie— desaparecían —sumergiéndose todas a la vez— en la noche, pero de todos aquellos hasta cuyo umbral llevaba a las diosas curiosas, que rehúyen el contacto, el atrevido deseo de ver las obras de los hombres, el más célebre era el bloque de semiobscuridad conocido con el nombre de palco de platea de la princesa de Guermantes.
La princesa, como una gran diosa que preside de lejos los juegos de las divinidades inferiores, había permanecido —voluntariamente— un poco al fondo en un diván lateral, rojo como una roca de coral, junto a una amplia reverberación vítrea, que probablemente fuera un espejo, y recordaba a una sección —perpendicular, obscura y líquida— practicada por un rayo en el deslumbrado cristal de las aguas. Una gran flor blanca, a la vez pluma y corola, como ciertas floraciones marinas, vellosa como un ala, descendía de la frente de la princesa a lo largo de una de sus mejillas, cuya inflexión seguía con una agilidad coqueta, amorosa y viva y parecía encerrarla a medias, como un huevo rosado en la dulzura de un nido de alción. Por la cabellera de la princesa se extendía una redecilla —que bajaba hasta sus cejas y después reaparecía más abajo, a la altura de su garganta— hecha de conchas blancas pescadas en ciertos mares australes y mezcladas con perlas, mosaico marino apenas salido de las olas que por momentos se veía sumido en la sombra al fondo de la cual la resplandeciente motilidad de los ojos de la princesa revelaba, incluso entonces, una presencia humana. La belleza que la realzaba muy por encima de las otras hijas fabulosas de la penumbra no estaba del todo inscrita, material e inclusivamente, en su nuca, en sus hombros, en sus brazos, en su talle, pero la deliciosa e inacabada línea de éste era el punto exacto de partida, el esbozo inevitable de líneas invisibles —maravillosas, engendradas en torno a la mujer como el espectro de una figura ideal proyectada en las tinieblas— en las que el ojo no podía por menos de prolongarse.
«Es la princesa de Guermantes», dijo mi vecina al señor que estaba con ella, procurando pronunciar delante de la palabra «princesa» varias pes para indicar que esa denominación era ridícula. «No ha escatimado en perlas. Me parece que, si yo tuviera tantas, no haría semejante alarde; no parece —creo yo— que sea lo más apropiado».
Y, sin embargo, al reconocer a la princesa, todos cuantos intentaban saber quién estaba en la sala sentían elevarse en su corazón el trono legítimo de la belleza. En efecto, para la duquesa de Luxemburgo, la Sra. de Morienval, la Sra. de Saint-Euverte y tantas otras, lo que permitía identificar su rostro era la conexión de una gran nariz roja con un labio leporino o de dos mejillas arrugadas con un bigote fino. Por lo demás, esos rasgos eran suficientes para encantar, ya que, al tener tan sólo el valor convencional de una escritura daban a leer un nombre célebre y que imponía, pero también acababan infundiendo la idea de que en la fealdad hay algo aristocrático y resulta indiferente que el rostro de una gran señora —si es distinguido— sea hermoso, pero, como ciertos artistas que, en lugar de las letras de su nombre, ponen al pie de su tela una forma —una mariposa, un lagarto, una flor— bella en sí misma, la princesa situaba también en el ángulo de su palco la forma de un cuerpo y un rostro deliciosos, con lo que mostraba que la belleza puede ser la más noble de las firmas; es que la presencia de la Sra. de Guermantes, quien sólo hacía acudir al teatro a personas que el resto del tiempo formaban parte de su intimidad, era, para los aficionados a la aristocracia, el mejor certificado de autenticidad del cuadro presentado en su palco de platea, como una evocación de una escena de la vida familiar y especial de la princesa en sus palacios de Múnich y París.
Como nuestra imaginación es como un organillo estropeado que toca siempre una tonada distinta de la indicada, siempre que había oído yo hablar de la princesa de Guermantes-Baviera, había empezado a cantar en mi interior el recuerdo de ciertas obras del siglo XVI. Ahora que la veía ofrecer bombones helados a un señor alto y con frac, debía despojarla de él. Desde luego, distaba yo mucho de concluir que sus invitados y ella fueran personas iguales a las demás. Lo que allí hacían era —lo comprendía perfectamente— un simple juego y, para preludiar los actos de su vida verdadera, cuya parte importante no vivían seguramente allí, convenía que —en virtud de ritos por mí ignorados— fingieran ofrecer y rechazar caramelos, gesto carente de su significado y regulado de antemano como el paso de una bailarina que sucesivamente se pone de puntillas y gira en torno a un chal. ¿Quién sabe? Tal vez en el momento en que ofrecía sus caramelos, la diosa dijera con este tono de ironía, pues yo la veía sonreír: «¿Quiere usted caramelos?». ¿Qué me importaba? Me habría parecido de un refinamiento delicioso la sequedad deseada, al estilo de Merimée o Meilhac, de esas palabras dirigidas por una diosa a un semidiós, quien sabía, por su parte, cuáles eran los pensamientos sublimes que los dos resumían —seguramente para el momento en que reanudarían su verdadera vida— y, prestándose a ese juego, respondía con la misma malicia misteriosa: «Sí, acepto con mucho gusto una cereza». Y yo habría escuchado aquel diálogo con la misma avidez que determinada escena de El marido de la debutante, en que la ausencia de poesía, de grandes pensamientos, cosas tan familiares para mí y que Meilhac habría sido —supongo— mil veces capaz de infundirle, me parecía por sí sola una elegancia convencional y, por tanto, tanto más misteriosa e instructiva.
«Ese gordo de ahí es el marqués de Ganançay», dijo con expresión resignada mi vecino, que no había entendido bien el nombre susurrado detrás de él.
El marqués de Planacy, con el cuello estirado, la cara oblicua y su gran ojo redondo pegado al cristal del monóculo, se desplazaba despacio en la sombra transparente y parecía ver tan poco al público del patio de butacas como un pez que, sin hacer caso a la multitud de visitantes curiosos, pasa tras el vítreo tabique de un acuario. En ciertos momentos se detenía —venerable, musgoso y resoplando— y los espectadores no habrían podido decir si sufría, dormía, nadaba, estaba poniendo un huevo o simplemente respiraba. Nadie me inspiraba tanta envidia como él, por lo acostumbrado que parecía estar a aquel palco de platea y la indiferencia con la que dejaba a la princesa ofrecerle caramelos; entonces ella le lanzaba una mirada de sus hermosos ojos, tallados en un diamante que la inteligencia y la amistad parecían fluidificar perfectamente en aquellos momentos, pero que, cuando estaban en reposo, reducidos a su pura belleza material, a su único resplandor mineralógico, incendiaban —si el menor reflejo los desplazaba ligeramente— la profundidad del patio de butacas con sus fuegos inhumanos, horizontales y espléndidos. Sin embargo, como iba a comenzar el acto de Fedra que interpretaba la Berma, la princesa se acercó al frente del palco; entonces —como si fuera, a su vez, una aparición de teatro, en la zona diferente de luz que cruzó— vi cambiar no sólo el color, sino también la materia de sus adornos y en el palco desecado, emergido, que ya no pertenecía al mundo de las aguas, la princesa, al cesar de ser una nereida, apareció enturbantada de blanco y azul como una maravillosa actriz trágica disfrazada de Zaire o tal vez de Orosmane; después, cuando se hubo sentado en la primera fila, vi que el dulce nido de alción que protegía tiernamente el nácar rosado de sus mejillas era una inmensa ave —mullida, resplandeciente y aterciopelada— del paraíso.
Entretanto, una mujercita mal vestida, fea, con ojos ardientes, que vino, seguida de dos jóvenes, a sentarse a unas butacas de mí, desvió mis miradas del palco de la princesa de Guermantes. Después se alzó el telón. No pude por menos de comprender con melancolía que no me quedaba nada de mis disposiciones de otro tiempo, cuando —para no perderme nada del extraordinario fenómeno que habría ido a contemplar al fin del mundo— mantenía mi mente preparada como esas placas sensibles que los astrónomos van a instalar a África, a las Antillas, con vistas a la observación escrupulosa de un cometa o un eclipse; cuando temblaba por que alguna nube —mala disposición de la artista, incidente en el público— impidiera que se produjese el espectáculo con su máxima intensidad, cuando habría creído no haberlo presenciado en las mejores condiciones, si no me hubiese dirigido al teatro mismo a él consagrado como a un altar, del que los interventores con clavel blanco nombrados por ella, el zócalo de la nave por encima de un patio de butacas lleno de gente mal vestida, las acomodadoras que vendían un programa con su fotografía, los castaños de la plaza —todos aquellos compañeros, aquellos confidentes de mis impresiones de entonces y que me resultaban inseparables de ellas— me parecían formar parte aún —si bien accesoria— de su aparición bajo el teloncito rojo. Fedra, la «escena de la declaración» y la Berma tenían entonces para mí como una existencia absoluta. Por estar retiradas del mundo de la experiencia corriente, existían por sí mismas, tenía yo que ir hacia ellas, penetraría lo que pudiera en ellas y, abriendo los ojos y el alma de par en par, seguiría absorbiendo muy poco, pero, ¡qué agradable me parecía la vida! La futilidad de la que yo llevaba carecía de la menor importancia, como los momentos en que nos vestimos, en que nos preparamos para salir, ya que más allá existían, de forma absoluta, aquellas realidades —buenas y de difícil aproximación, imposibles de poseer por entero— más sólidas: Fedra y la «forma de actuar de la Berma». Saturado, como estaba, por aquellas ensoñaciones sobre la perfección en el arte dramático de las que —si se hubiera analizado en aquella época mi alma en cualquier minuto del día y tal vez de la noche— se habría podido extraer entonces una dosis importante, yo era como una pila que se carga de electricidad y había llegado un momento en que, aun enfermo, aunque hubiera creído morir, habría tenido que ir a ver a la Berma, pero ahora, como una colina que a lo lejos parece de azul cielo y de cerca entra en nuestra visión vulgar de las cosas, todo aquello había abandonado el mundo de lo absoluto y no era ya sino una cosa semejante a las demás, de la que me enteraba por estar allí, los artistas eran personas de la misma esencia que las que yo conocía, intentando pronunciar lo mejor posible aquellos versos de Fedra, que, por su parte, ya no formaban una esencia sublime e individual separada de todo: versos más o menos logrados, listos para entrar en la inmensa materia de los versos franceses con la que estaban mezclados. Sentía un desánimo al respecto tanto más profundo cuanto que, si bien había dejado de existir el objeto de mi deseo tenaz y activo, persistían, en cambio, las mismas disposiciones a una ensoñación fija, que cambiaba de año en año, pero me infundía un impulso brusco, despreocupado, del peligro. Cierto día en que partía, enfermo, para ir a ver en un castillo un cuadro de Elstir, un tapiz gótico, se parecía tanto al día en que había ido a Venecia, a aquel en que había ido a ver a la Berma o a Balbec, que el objeto presente de mi sacrificio me dejaría —sentía de antemano— indiferente al cabo de poco y podría entonces pasar muy cerca de él sin ir a contemplar aquel cuadro, aquellos tapices por los cuales habría afrontado en aquel momento tantas noches insomnes, tantas crisis dolorosas. Por la inestabilidad de su objeto sentía la vanidad de mi esfuerzo y al mismo tiempo su enormidad, en la que no había creído, como esos neurasténicos cuya fatiga duplican haciéndoles darse cuenta de que están fatigados. Entretanto, mi ensueño daba prestigio a todo lo que podía vincularse con él e incluso en mis deseos más carnales, siempre orientados en determinada dirección, concentrados en torno a un mismo sueño, habría podido reconocer como primer motor una idea: una idea por la que habría sacrificado mi vida y en el punto más central de la cual —como en mis ensueños durante las tardes de lectura en el jardín de Combray— estaba la idea de perfección.
No volví a tener la misma indulgencia que en otro tiempo con las justas intenciones de ternura o cólera que había notado entonces en la elocución y la interpretación de Aricia, Ismene e Hipólito. No es que aquellos artistas —pues eran los mismos— no siguiesen procurando con la misma inteligencia infundir —unas veces— a su voz una inflexión cariñosa o una ambigüedad calculada y —otras— a sus gestos una elevación trágica o una dulzura suplicante. Sus entonaciones ordenaban a dicha voz: «Sé dulce, canta como un ruiseñor, acaricia», o al contrario: «Ponte furiosa», y entonces se precipitaban sobre ella para intentar arrastrarla en su frenesí, pero ella, rebelde, exterior a su dicción, seguía, irreductible, siendo su voz natural, con sus defectos o sus encantos materiales, su vulgaridad o su afectación cotidianas y desplegaba, así, un conjunto de fenómenos acústicos o sociales que no había alterado el sentimiento de los versos recitados.
Asimismo, el gesto de dichos artistas decía a sus brazos, a su peplo: «Sed majestuosos», pero los insumisos miembros dejaban pavonearse entre el hombro y el codo un bíceps que nada sabía del papel; seguían expresando la insignificancia de la vida de todos los días y haciendo resaltar, en lugar de los matices racinianos, conexiones musculares, y el ropaje que elevaban volvía a caer según una vertical en la que tan sólo una agilidad insípida y textil rivalizaba con las leyes de la caída de los cuerpos. En aquel momento la señora que estaba junto a mí exclamó: «¡Y ni un aplauso! ¡Y qué acicalada va! Pero es demasiado mayor, ya no puede: en esos casos hay que renunciar».
Ante los «chsss» de los vecinos, los dos jóvenes que la acompañaban intentaron sosegarla, por lo que ya sólo daba rienda suelta a su furia en los ojos. Por lo demás, dicha furia sólo podía ir dirigida contra el éxito, contra la gloria, pues la Berma, quien tanto dinero había ganado, no tenía otra cosa que deudas. Tras fijar citas profesionales o de amistad a las que no podía acudir, tenía a botones corriendo por todas las calles para anularlas, suites de hotel reservadas por adelantado y que nunca acudía a ocupar, océanos de perfumes para lavar a sus perras, indemnizaciones que pagar a todos los directores. A falta de gastos más considerables y siendo, como era, menos voluptuosa que Cleopatra, habría encontrado la forma de gastar provincias y reinos enteros en continentales y en coches de la Urbaine, pero aquella señora era una actriz que no había tenido suerte y profesaba un odio mortal a la Berma. Ésta acababa de entrar en escena y entonces —como esas lecciones que en vano nos hemos agotado para aprender por la noche y que, después de haber dormido, encontramos asimiladas, aprendidas de memoria, como también esos rostros de difuntos que los esfuerzos apasionados de nuestra memoria persiguen sin encontrarlos y que, cuando hemos dejado de pensar en ellos, tenemos ahí, ante nuestros ojos, con el parecido de la vida— el talento de la Berma, que me había rehuido cuando tan ávidamente intentaba yo aprehender su esencia, ahora, después de aquellos años de olvido, en aquel momento de indiferencia, se imponía —¡oh, milagro!— con la fuerza de la evidencia a mi admiración. En otro tiempo, para intentar identificar dicho talento, descontaba yo en cierto modo de lo que oía el papel mismo, parte común a todas las actrices que interpretaban Fedra y que había estudiado previamente para poder substraerlo y recoger como residuo tan sólo el talento de la Sra. Berma, pero aquel talento que intentaba vislumbrar aparte del papel era una sola cosa con él. Así también en el caso de un gran músico —así era, al parecer, en el de Vinteuil, cuando tocaba el piano— su interpretación es la de un pianista tan grande, que ya no sabemos siquiera si ese artista lo es, porque —al no interponer todo ese aparato de esfuerzos musculares, aquí y allá coronados con efectos brillantes, toda esa salpicadura de notas en las que al menos el oyente que no sabe a qué recurrir cree encontrar el talento en su realidad material, tangible— dicha interpretación ha llegado a ser tan transparente, tan colmada con lo que interpreta, que acaba resultando, por su parte, invisible y volviéndose una simple ventana que da a una obra maestra. Yo había podido distinguir las intenciones que rodeaban, como una orla majestuosa o delicada, la voz y la mímica de Aricia, Ismene, Hipólito, pero Fedra se las había interiorizado y mi entendimiento no había logrado arrancar a la dicción y a las actitudes, aprehender en la avara sencillez de sus superficies unidas, aquellos hallazgos, aquellos efectos que —de tan profunda como había llegado a ser su compenetración— no la sobrepasaban. La voz de la Berma, en la que no subsistía ya un solo desecho de materia inerte y refractaria al alma, no dejaba discernir en torno a ella ese excedente de lágrimas que veíamos derramar, porque no habían podido embeberse con ella, sobre la voz de mármol de Aricia o Ismene, pero había sido delicadamente suavizada en sus menores células como el instrumento de un gran violinista en quien —cuando se dice que tiene un sonido hermoso— se pretende alabar no una particularidad física, sino una superioridad del alma y —como en el paisaje antiguo, en el que en el lugar de una ninfa desaparecida hay una fuente inanimada— una intención discernible y consciente se había transformado en ella en cierta calidad del timbre, de una limpidez extraña, apropiada y fría. Los brazos de la Berma, que los propios versos, en la propia emisión mediante la cual hacían salir su voz de sus labios, parecían alzar sobre su pecho, como esos follajes que el agua desplaza al correr; su actitud en el escenario, que había constituido lentamente y modificaría aún y que se debía a razonamientos de una profundidad distinta de la de aquellos cuyo rastro se advertía en los gestos de sus compañeros, pero que habían perdido su origen voluntario, fundidos como en una irradiación en la que hacían palpitar, en torno al personaje de Fedra, elementos ricos y complejos, pero en los que el fascinado espectador no veía un logro de la artista, sino un dato de la vida; aquellos blancos velos mismos, extenuados y fieles, que parecían materia viva y haber sido hilados por el sufrimiento —medio pagano y medio jansenista— en torno al cual se contraían como un capullo frágil y contraído: todo aquello —voz, actitudes, gestos, velos— no era —en torno al cuerpo de una idea que es un verso y, al contrario que el cuerpo humano, no es ante el alma como un obstáculo opaco que impide verlo, sino como un vestido purificado, vivificado, en el que se emite y volvemos a verla— sino envolturas suplementarias que, en lugar de ocultarla, transmitían más espléndidamente el alma que se las había asimilado y se había derramado en ellas, como vaciados de substancias diversas, vueltas translúcidas, cuya superposición no hace sino refractar con mayor riqueza el rayo central y prisionero que las atraviesa y volver más extensa, preciosa y bella la materia embebida de llama en que está enfundado. Así la interpretación de la Berma era —en torno a la obra— una segunda obra, vivificada también por el genio.
Mi impresión —más agradable, a decir verdad, que la de otro tiempo— no era diferente. Sólo, que ya no la confrontaba con una idea previa, abstracta y falsa, del genio dramático y comprendía que en eso precisamente consistía éste. Poco después pensaba que, si la primera vez que había visto a la Berma no había sentido placer, había sido porque, como en tiempos, cuando veía a Gilberte en los Campos Elíseos, acudía hasta ella con un deseo demasiado intenso. Entre las dos decepciones tal vez no hubiera sólo esa semejanza, sino también otra, más profunda. La impresión que nos causa una persona y una obra (o una interpretación) muy caracterizadas es particular. Hemos llevado con nosotros las ideas de «belleza», «estilo elevado», «patetismo», que podríamos, si acaso, abrigar la ilusión de reconocer en la trivialidad de un talento, de un rostro, correctos, pero nuestra inteligencia atenta tiene ante sí la insistencia de una forma, de cuyo equivalente intelectual carece, cuya incógnita debe despejar. Oye un sonido agudo, una entonación extrañamente interrogativa. Se pregunta: «¿Es hermoso? ¿Es admiración lo que siento? ¿Es eso la riqueza del colorido, la nobleza, la fuerza?». Y lo que de nuevo le responde es una voz aguda, un tono curiosamente inquisitivo, la impresión despótica causada por una persona a la que no conocemos, totalmente material, y en la que no se deja espacio vacío alguno para la «amplitud de la interpretación». Por eso, las obras en verdad hermosas, si las escuchamos sinceramente, son las que más deben decepcionarnos, porque, en el repertorio de nuestras ideas, ninguna hay que corresponda a una impresión individual.
Eso precisamente era lo que me mostraba la interpretación de la Berma. Eso era precisamente la nobleza, la inteligencia, de la dicción. Ahora me daba cuenta de los méritos de una interpretación elevada, poética, potente o, más bien, era aquello a lo que se ha convenido conferir títulos, pero del mismo modo que se da el nombre de Marte, Venus, Saturno a estrellas que nada tienen de mitológicas. Sentimos en un mundo y pensamos, nombramos, en otro, podemos establecer entre ellos una concordancia, pero no colmar el intervalo. Ese intervalo, esa falla, era precisamente lo que yo había debido salvar en cierto modo, cuando —el primer día en que había ido a ver actuar a la Berma y tras haberla escuchado con la mayor atención de mis oídos— me había costado un poco conciliarla con mis ideas de «nobleza de interpretación», de «originalidad», y no había estallado en aplausos hasta después de un momento de vacío y como si no nacieran de mi propia impresión, como si las vinculara con mis ideas previas, con el placer que sentía al decirme: «Por fin veo a la Berma». Es que la diferencia que hay entre una persona, una obra marcadamente individual y la idea de belleza, existe también —y es grande— entre lo que nos hacen sentir y las ideas de amor, de admiración. Por eso, no las reconocemos. No me había dado placer ver a la Berma (como tampoco me lo había dado ver a Gilberte). Me había dicho: «Entonces no la admiro». Pero, entretanto, no pensaba yo entonces sino en profundizar en la interpretación de la Berma, no me preocupaba otra cosa, intentaba abrir mi pensamiento lo más posible para recibir todo lo que contenía: ahora comprendía que eso precisamente era admirar.
¿Era pura y simplemente el de Racine aquel genio cuya simple revelación era la interpretación de la Berma?
Así lo creí al principio. Iba a desengañarme, una vez acabado el acto de Fedra, después de las llamadas a escena del público, durante las cuales mi anciana vecina rabiosa, tras erguir su minúscula estatura y poner su cuerpo en posición sesgada, inmovilizó los músculos de su rostro y se colocó los brazos en cruz sobre el pecho para mostrar que no se sumaba a los aplausos de los demás y dar mayor evidencia a una protesta que consideraba sensacional, pero que pasó inadvertida. La obra siguiente era una de esas novedades que, por su falta de celebridad y desprovistas como estaban de existencia fuera de la representación que de ellas se hacía, debían parecer —consideraba yo entonces— menores, particulares, pero no sentía, como en el caso de una obra clásica, esa decepción de ver la eternidad de una obra maestra resistir sólo la longitud de las candilejas y la duración de una representación que la realizaba tan bien como una obra circunstancial. Después, a cada parlamento que gustaba —sentía yo— al público y que un día sería famoso sumaba —a falta de la celebridad que no había podido tener en el pasado— la que tendría en el futuro, mediante una operación mental inversa a la consistente en imaginarse obras maestras en el momento de su débil aparición, cuando su título, nunca oído aún, parecía ir a resultar un día confundido en una misma luz, junto a los de las otras obras del autor. Y un día colocarían aquel papel en la lista de los suyos más hermosos, junto al de Fedra. No es que no estuviera en sí desprovisto de valor literario alguno, pero la Berma estaba tan sublime en él como en Fedra. Entonces comprendí que la obra del escritor no era para aquella actriz trágica sino una materia —casi indiferente en sí misma— para la creación de su obra maestra de interpretación, así como el gran pintor que había yo conocido en Balbec, Elstir, había encontrado el motivo de dos cuadros equivalentes en un edificio escolar sin carácter y en una catedral, que es, en sí misma, una obra de arte. Y así como el pintor disuelve casa, carreta y personajes en un gran efecto de luz que los hace homogéneos, así también la Berma extendía las vastas capas de terror, de ternura, sobre las palabras fundidas por igual, todas aplanadas o realzadas, y que una artista mediocre habría separado, una tras otra. Desde luego, cada cual tenía una inflexión propia y la dicción de la Berma no impedía distinguir el verso. ¿Acaso no constituye ya un primer elemento de complejidad ordenada, de belleza, sentir —al oír una rima, es decir, algo que es a la vez igual a la rima precedente y distinto de ella, que está motivado por ella, pero introduce en ella la variación de una idea nueva— dos sistemas que se superponen, uno de pensamiento y otro de métrica? Pero la Berma hacía entrar, de todos modos, las palabras —incluso los versos, incluso los parlamentos— en conjuntos más vastos que ellas, en cuya frontera era un encanto verlos obligados a detenerse, a interrumpirse, así como un poeta se complace en hacer vacilar un instante, con la rima, la palabra que va a elevarse y un músico en confundir las palabras diversas del libreto en un mismo ritmo que las contrapone y las arrastra. Así, en las frases del dramaturgo moderno como en los versos de Racine, la Berma sabía introducir esas vastas imágenes de dolor, nobleza, pasión, que eran sus obras maestras y en las que se la reconocía como se reconoce a un pintor en cuadros que ha compuesto a partir de modelos diferentes.
Yo ya no deseaba, como en otro tiempo, poder inmovilizar las actitudes de la Berma, el hermoso efecto de color que causaba por un momento sólo en una iluminación al instante disipada y que no se reproducía ni al hacerla repetir cien veces un verso. Comprendía que mi deseo de otro tiempo era más exigente que la voluntad del poeta, de la actriz, del gran artista decorador que era su director y que aquel encanto derramado al vuelo sobre un verso, aquellos gestos inestables y perpetuamente transformados y aquellos cuadros sucesivos eran el resultado fugitivo, el objetivo momentáneo, la móvil obra maestra que el arte teatral se proponía y que la atención de un oyente demasiado prendado destruiría, al querer inmovilizarlo. Ni siquiera deseaba yo volver otro día a ver de nuevo a la Berma; estaba satisfecho de ella; cuando admiraba yo demasiado y para no sentirme decepcionado por el objeto de mi admiración —ya fuera éste Gilberte o la Berma—, pedía por adelantado a la impresión del día siguiente el placer que me había negado la de la víspera. Sin intentar profundizar en el gozo que acababa de sentir y al que tal vez habría podido dar un empleo más fecundo, me decía, como en otro tiempo uno de mis compañeros de colegio: «A la Berma es en verdad a la que pongo en primer lugar», al tiempo que sentía confusamente que aquella afirmación de mi preferencia y de aquel lugar «primero» concedido tal vez no plasmara muy exactamente el genio de la Berma, por mucha calma que me infundieran, por lo demás.
En el momento en que comenzó aquella segunda obra, miré hacia el palco de la Sra. de Guermantes. Aquella princesa acababa de volver la cabeza —mediante un movimiento engendrador de una línea deliciosa que mi mente perseguía en el vacío— hacia el fondo del palco; los invitados estaban de pie, vueltos también hacia el fondo y, entre el doble seto que formaban, entró —con su seguridad y su grandeza de diosa, pero con una dulzura desconocida y debida a la fingida y risueña confusión de llegar tan tarde y hacer levantar a todo el mundo en plena representación— la duquesa de Guermantes, del todo envuelta en blancas muselinas. Fue derecha hacia su prima, hizo una profunda reverencia a un joven rubio sentado en la primera fila y, tras volverse hacia los monstruos marinos y sagrados que flotaban en el fondo del antro, dio a aquellos semidioses del Jockey-Club —quienes en aquel momento, y en particular el Sr. de Palancy, eran los hombres que más me habría gustado ser— unos buenos días familiares de vieja amiga, alusión al estado actual de sus relaciones con ellos desde hacía quince años. Yo sentía el misterio, pero no podía descifrar el enigma de aquella mirada risueña que dirigía a sus amigos, con el destello azulado con el que brillaba, mientras entregaba su mano a unos y otros, y que tal vez me habría revelado —si hubiera podido yo descomponer su prisma, analizar sus cristalizaciones— la esencia de la vida desconocida que en ellos aparecía en aquel momento. El duque de Guermantes seguía a su mujer, los reflejos de su monóculo, la risa de su dentición, la blancura de su clavel o de su plastrón plisado, apartando —para hacer sitio a su luz— sus cejas, sus labios, su frac; con un gesto de su mano tendida, que bajó sobre sus hombros, muy derecho, sin mover la cabeza, mandó volver a sentarse a los monstruos inferiores que le abrían paso y se inclinó profundamente ante el joven rubio. Parecía que la duquesa hubiera adivinado que su prima —de cuyas exageraciones, nombre que les aplicaba y que desde su punto de vista, ingeniosamente francés y muy moderado, cobraban en seguida la poesía y el entusiasmo germánicos, se burlaba, según decían— iba a llevar aquella noche uno de esos vestidos con los que parecía «disfrazada» y hubiese querido darle una lección de gusto. En lugar de los maravillosos y suaves plumajes que de la cabeza de la princesa descendían hasta su cuello, en lugar de la redecilla de conchas y perlas, la duquesa llevaba en el pelo un simple airón, que, al dominar su nariz aguileña y sus ojos saltones, parecía las plumas de un ave. Su cuello y sus hombros salían de una ola nevosa de muselina azotada por un abanico de plumas de cisne, pero después el vestido —cuyo corsé llevaba como único adorno innumerables lentejuelas ora de metal, en forma de varillas y cuentas, ora de brillantes— ceñía su cuerpo con precisión totalmente británica, pero, por diferentes que fueran uno de otro los dos vestidos, después de que la princesa hubiese cedido a su prima la silla que hasta entonces ocupaba, se las vio admirarse —volviéndose una hacia la otra— recíprocamente.
Tal vez pusiera la Sra. de Guermantes una sonrisa el día siguiente cuando hablara del peinado demasiado complicado de la princesa, pero, desde luego, declararía que no por ello estaba ésta menos encantadora y maravillosamente arreglada, y la princesa, para cuyo gusto la forma de vestir de su prima era un poco fría, un poco seca, un poco de modisto, descubriría en esa estricta sobriedad un refinamiento exquisito. Por lo demás, la armonía, la universal gravitación preestablecida de su educación, neutralizaban los contrastes no sólo de ajuste, sino también de actitud, entre ellas. En esas líneas invisibles e imantadas que la elegancia de los modales tendía entre ellas, iba a expirar el temperamento expansivo de la princesa, mientras que la rectitud de la duquesa se dejaba atraer, desviarse, hacia ellas, se volvía dulzura y encanto. Como en la obra que se estaba representando, para comprender la poesía personal que exhalaba la Berma, bastaba con confiar el papel que interpretaba —y sólo ella podía interpretar— a cualquier otra actriz: el espectador que hubiera alzado los ojos hacia el piso principal habría visto, en dos palcos, una «combinación» —que, según creía ella, recordaba a los de la princesa de Guermantes— infundir simplemente a la baronesa de Morienval la apariencia excéntrica, presuntuosa y maleducada y un esfuerzo a la vez paciente y costoso para imitar los vestidos y la elegancia de la duquesa de Guermantes y hacer a la Sra. de Cambremer parecerse sólo a una muchacha provinciana de pensionado, erguida, enjuta y picuda, con un penacho de plumas verticalmente erigido en el pelo. Tal vez el lugar de esta última no fuera una sala en la que sólo con las mujeres más brillantes del año componían los palcos —e incluso los de los pisos más altos, que desde abajo parecían grandes banastas punteadas con flores humanas y sujetas al telar de la sala por las bridas rojas de sus separaciones de terciopelo— un panorama efímero que las muertes, los escándalos, las enfermedades, las desavenencias no tardarían en modificar, pero inmovilizado en aquel momento por la atención, el calor, el vértigo, el polvo, la elegancia y el aburrimiento, en ese como instante eterno y trágico de espera inconsciente y calmoso embotamiento que parece —retrospectivamente— haber precedido a la explosión de una bomba o a la primera llama de un incendio.
La razón por la que la Sra. de Cambremer se encontraba allí era la de que la princesa de Parma —carente de esnobismo como la mayoría de las verdaderas altezas y, en cambio, devorada por el orgullo y el deseo de caridad, que igualaban en ella al gusto por unas supuestas artes— había cedido aquí y allá algunos palcos a mujeres que —como la Sra. de Cambremer— no formaban parte de la alta sociedad aristocrática, pero con las cuales estaba relacionada por sus obras de beneficencia. La Sra. de Cambremer no apartaba los ojos de la duquesa y la princesa de Guermantes, cosa tanto más fácil cuanto que, por no mantener de verdad relaciones con ellas, no podía parecer que buscara un saludo. Sin embargo, ser recibida en casa de aquellas dos grandes señoras era el fin que perseguía desde hacía diez años con paciencia incansable. Había calculado que seguramente lo lograría al cabo de cinco, pero, por padecer una enfermedad que no perdona y cuyo carácter inexorable creía —pues presumía de conocimientos médicos— saber, temía no poder vivir hasta entonces. Al menos aquella noche estaba contenta al pensar que todas aquellas mujeres a las que apenas conocía verían junto a ella a uno de sus amigos, el joven marqués de Beausergent, hermano de la Sra. de Argencourt, quien frecuentaba igualmente las dos sociedades y con cuya presencia las mujeres de la segunda gustaban mucho de engalanarse ante los ojos de las de la primera. Se había sentado detrás de la Sra. de Cambremer en una silla situada de través para poder mirar con los gemelos a los otros palcos. Conocía a todo el mundo que en ellos había y para saludar —con la encantadora elegancia de su hermoso porte juncal, de su fina cabeza de pelo rubio— alzaba a medias su cuerpo erguido, con una sonrisa en sus azules ojos y una mezcla de respeto y descaro, con lo que grababa con precisión en el rectángulo del plano oblicuo en el que estaba situado, como una de esas antiguas estampas que representan a un gran señor altivo y cortesano. Aceptaba con frecuencia ir, así, al teatro con la Sra. de Cambremer; en la sala y a la salida, en el vestíbulo, se mantenía, valiente, a su lado, en medio de la muchedumbre de amigas más brillantes que tenía allí y a las que se guardaba de hablar, porque no quería molestarlas, como si estuviera con una mala compañía. Si entonces pasaba la princesa de Guermantes, hermosa y ligera como Diana y arrastrando tras sí una capa incomparable, con lo que hacía a todas las cabezas volverse y a todos los ojos —los de la Sra. de Cambremer más que todos los demás— seguirla, el Sr. de Beausergent se sumía en una conversación con su vecina y sólo a la fuerza y con reserva bien educada y la caritativa frialdad de alguien cuya amabilidad puede haberse vuelto momentáneamente molesta respondía a la sonrisa amistosa y deslumbrante de la princesa.
Aunque la Sra. de Cambremer no hubiera sabido que el palco de platea pertenecía a la princesa, no por ello habría dejado de advertir que la Sra. de Guermantes era la invitada, porque parecía sentir un mayor interés por el espectáculo de la escena y la sala que por mostrarse amable con su anfitriona, pero, al tiempo que aquella fuerza centrífuga, una fuerza inversa, engendrada por el mismo deseo de amabilidad, devolvía la atención de la duquesa hacia su propio atuendo —su airón, su collar, su corsé— y también hacia el de la propia princesa, cuya súbdita y esclava parecía proclamarse la prima: como si hubiera acudido sólo para verla, lista para seguirla a otra parte, si la titular del palco hubiera sentido el capricho de marcharse, y mirara como compuesto de extraños curiosos el resto de la sala, pese a contar en ella con numerosos amigos en cuyo palco se encontraba otras semanas y para con los cuales no dejaba de dar entonces pruebas de la misma lealtad exclusiva, relativista y semanal. Asombraba a la Sra. de Cambremer ver a la duquesa aquella noche. Sabía que ésta prolongaba mucho su estancia en Guermantes y suponía que estaría aún allí, pero le habían contado que a veces, cuando en París había un espectáculo que consideraba interesante, la Sra. de Guermantes, nada más haber tomado el té con los cazadores, mandaba enganchar uno de sus coches y, a la puesta de sol, partía al trote largo, por entre el bosque crepuscular y después por la carretera, para ir a tomar el tren en Combray y estar en París por la noche. «Tal vez haya venido a propósito de Guermantes para ver a la Berma», pensaba con admiración la Sra. de Cambremer y recordaba haber oído decir a Swann, en esa jerga ambigua que éste tenía en común con el Sr. de Charlus: «La duquesa es una de las personas más nobles de París, de la minoría más refinada, más selecta». Yo, que atribuía a los nombres de Guermantes, Baviera y Condé la vida y el pensamiento de las dos primas y ya no podía hacerlo con sus rostros, pues ya no me eran desconocidos, habría preferido conocer su juicio sobre Fedra antes que el del mayor crítico del mundo, ya que habría encontrado en él tan sólo inteligencia, superior a la mía, pero de la misma naturaleza. Ahora bien, imaginaba lo que pensaban la duquesa y la princesa de Guermantes —inestimable documento para mí sobre la naturaleza de aquellas dos criaturas poéticas— con ayuda de sus nombres y le atribuía un encanto irracional y lo que pedía —con la sed y la nostalgia de un afiebrado— que me transmitiese era el encanto de las tardes estivales en las que me había paseado por la parte de Guermantes.
La Sra. de Cambremer intentaba distinguir qué clase de atuendos llevaban las dos primas. Por mi parte, yo no dudaba que eran particulares de ellas, no sólo en el sentido en que la librea de cuello rojo o de solapa azul pertenecía en tiempos exclusivamente a los Guermantes y a los Condé, sino también, como en el caso de un ave, el plumaje, adorno de su belleza, pero también extensión de su cuerpo. El atuendo de aquellas dos señoras me parecía como una materialización nevosa o esmaltada de su actividad interior y las plumas que descendían de la frente de la princesa y el corsé deslumbrante y bordado de lentejuelas de su prima parecían tener, como los gestos que había yo visto hacer a la princesa de Guermantes y que correspondían —no me cabía duda— a una idea oculta, un significado que me habría gustado conocer, ser en cada una de ellas atributo suyo exclusivo: el ave del paraíso me parecía tan inseparable de una como el pavo real de Juno; no me parecía que mujer alguna pudiera usurpar el corsé bordado de lentejuelas de la otra, como tampoco la égida, centelleante y a franjas, de Minerva. Y, cuando dirigía mis ojos a aquel palco de platea, mucho más que al techo del teatro, en el que había pintadas frías alegorías, era como si hubiese visto, gracias al milagroso desgarramiento de los nubarrones habituales, la asamblea de los dioses contemplando el espectáculo de los hombres bajo un toldo rojo, en un claro luminoso y entre dos pilares del cielo. Contemplaba yo aquella apoteosis momentánea con una turbación que combinaba la paz con el sentimiento de no ser conocido de los inmortales; la duquesa sí que me había visto una vez, junto con su marido, pero no debía —seguro— recordarlo y yo no sentía que estuviera —por el lugar que ocupaba en el palco— mirando las madréporas anónimas y colectivas del público en el patio de butacas, pues notaba, por fortuna, mi persona disuelta entre ellas, cuando —en el momento en que, en virtud de las leyes de la refracción, fue a representarse seguramente en la impasible corriente de los dos ojos azules la forma confusa del protozoario desprovisto de existencia individual que era yo— vi que una claridad los iluminaba: la duquesa, convertida de diosa en mujer y mil veces más hermosa —me pareció— de repente, alzó hacia mí la mano enguantada de blanco que tenía apoyada en el borde del palco, la agitó en señal de amistad y mis miradas se sintieron cruzadas por la incandescencia involuntaria y los fuegos de los ojos de la princesa, quien los había hecho entrar, sin que lo supieran, en conflagración con sólo moverlos para intentar ver a quién acababa de saludar su prima, y ésta, que me había reconocido, hizo llover sobre mí el resplandeciente chaparrón de su sonrisa.
Ahora, todas las mañanas, mucho antes de la hora en que salía ella, iba yo, mediante un largo rodeo, a apostarme en la esquina de la calle por la que solía ella bajar y, cuando me parecía próximo el momento de su paso, subía con aire distraído, mirando en dirección opuesta y alzando los ojos hacia ella nada más llegar a su altura, pero como si en modo alguno hubiera esperado verla. Los primeros días —para estar más seguro de que no se me escaparía— esperaba incluso delante de su casa y, siempre que la puerta cochera se abría y dejaba pasar sucesivamente a tantas personas que no eran aquella a la que yo esperaba, su estremecimiento se prolongaba después en mi corazón en oscilaciones que tardaban mucho en calmarse, pues ningún fanático de una gran actriz, para él desconocida, que iba a «ponerse de plantón» delante de la salida de los artistas, ninguna muchedumbre exasperada o idólatra reunida para insultar o llevar en triunfo al condenado o al gran hombre que está —creemos— a punto de pasar, todas las veces en que oímos ruido procedente de la cárcel o del palacio, estuvieron jamás tan emocionados como yo, al esperar la salida de aquella gran señora, quien, con su sencillo atuendo, sabía —mediante la gracia de sus andares (totalmente distintos de los que exhibía cuando entraba en un salón o en un palco)— hacer con su paseo matinal —para mí, sólo ella en el mundo se paseaba— todo un poema de elegancia y el más fino adorno, la más curiosa flor del buen tiempo, pero, al cabo de tres días, para que el portero no se diese cuenta de mi maniobra, me fui mucho más lejos, hasta un punto cualquiera del recorrido habitual de la duquesa. Antes de aquella velada en el teatro, hacía yo, así, con frecuencia pequeñas salidas antes del almuerzo, cuando hacía buen tiempo; si había llovido, bajaba, en cuanto escampaba, a dar unos pasos y de repente veía venir —por la acera aún mojada, transformada por la luz en laca de oro, en la apoteosis de un cruce en el que se levantaba una polvareda de niebla curtida y dorada por el sol— a una colegiala seguida de su institutriz o a una lechera con sus mangas blancas y me quedaba inmóvil, con una mano pegada al corazón, que ya se lanzaba hacia una vida extraña; intentaba recordar la calle, la hora, la puerta por la que la muchacha —a la que a veces seguía— había desaparecido sin volver a salir. Por fortuna, la fugacidad de aquellas imágenes acariciadas y que me prometía intentar volver a ver les impedía grabarse intensamente en mi recuerdo. Aun así —después de haber visto que las calles de París, como las carreteras de Balbec, estaban adornadas con aquellas bellezas desconocidas que tantas veces había yo deseado ver surgir de los bosques de Méséglise y cada una de las cuales despertaba un deseo voluptuoso que sólo ella parecía poder saciar—, me sentía menos triste de estar enfermo, de no haber tenido aún jamás el valor de ponerme a trabajar, a comenzar un libro, la Tierra me parecía una morada más agradable, la vida un recorrido más interesante.
Al regresar de la Ópera, había sumado para el día siguiente —a las que desde hacía unos días deseaba volver a ver— la imagen de la Sra. de Guermantes, alta, con su peinado de pelo rubio y ligero, con la ternura prometida en la sonrisa que me había dirigido desde el palco de su prima. Seguiría el camino que, según me había dicho Françoise, tomaba la duquesa y, sin embargo, procuraría —para volver a encontrarme con dos muchachas a las que había visto dos días antes— no perderme la salida de una clase o un catecismo, pero, entretanto, volvía a recordar de vez en cuando la centelleante sonrisa de la Sra. de Guermantes y a sentir la dulzura que me había brindado, y, sin saber demasiado lo que hacía, intentaba situarlas —así como una mujer mira el efecto que haría en un vestido cierta clase de botones de pedrería que acaban de regalarle— junto a las ideas novelescas que abrigaba desde hacía mucho y que la frialdad de Albertine, la marcha prematura de Gisèle y, antes aún, la separación deseada y demasiado prolongada de Gilberte habían liberado (por ejemplo, la de ser amado por una mujer, tener una vida en común con ella); después era la imagen de una u otra de las dos muchachas la que aproximaba a dichas ideas, a las que, un instante después, intentaba adaptar el recuerdo de la duquesa. Junto a dichas ideas, el recuerdo de la Sra. de Guermantes en la Ópera era muy poca cosa: una estrellita junto a la larga cola de su cometa resplandeciente; además, conocía muy bien dichas ideas mucho antes de conocer a la Sra. de Guermantes; el recuerdo, en cambio, lo dominaba imperfectamente: se me escapaba por momentos. Durante las horas en que —de flotar en mí por la misma razón que las imágenes de otras mujeres hermosas— pasó poco a poco a una asociación única y definitiva —exclusiva de cualquier otra imagen femenina— con mis ideas novelescas tan anteriores a él, durante esas horas en las que lo recordaba mejor, debería haber reflexionado para saber exactamente en qué consistía, pero no sabía yo entonces la importancia que iba a cobrar para mí; era dulce sólo como una primera cita de la Sra. de Guermantes en mí, era el primer esbozo, el único verdadero, el único inspirado en la vida, el único que era en verdad la Sra. de Guermantes; durante las horas en que tuve el gozo de abrigarlo sin saber prestarle atención, dicho recuerdo iba a ser, sin embargo, muy encantador, pues a él volvían siempre —libremente, sin prisa, sin fatiga, sin la menor necesidad ni ansiedad— mis ideas de amor; después, a medida que dichas ideas lo asentaron más definitivamente, cobró gracias a ellas una gran fuerza, pero se volvió, a su vez, más vago; no tardé en verme imposibilitado para recuperarlo y en mis ensoñaciones seguramente lo deformaba por completo, pues, siempre que veía a la Sra. de Guermantes, observaba una distancia —siempre diferente, por lo demás— entre lo que había imaginado y lo que veía. Cierto es que ahora, en el momento en que la Sra. de Guermantes desembocaba en lo alto de la calle, veía yo aún, todos los días, su talle alto y aquel rostro de mirada clara bajo una cabellera ligera, cosas todas por las que estaba yo allí, pero, en cambio, unos segundos después, cuando —tras haber apartado la vista en otra dirección para no parecer esperar aquel encuentro que había ido a buscar— los alzaba hacia la duquesa en el momento en que llegaba a su nivel en la calle, lo que entonces veía eran marcas rojas —y no sabía si se debían al aire o al acné rosáceo— en un rostro huraño que —con una seña muy seca y muy alejada de la amabilidad de la noche de Fedra— respondía a aquel saludo mío cotidiano —pues no parecía gustarle— con apariencia de sorpresa. Sin embargo, al cabo de unos días durante los cuales el recuerdo de las dos muchachas luchó en desigualdad de condiciones por la dominación de mis ideas amorosas con el de la Sra. de Guermantes, éste fue, como por sí solo, el que acabó renaciendo con más frecuencia, mientras que sus competidores se esfumaban; a él acabé transfiriendo —voluntariamente aún, en una palabra, y como por elección y placer— todos mis pensamientos de amor. No volví a pensar en las muchachas del catecismo ni en cierta lechera y, sin embargo, ya no abrigaba la esperanza de encontrar en la calle lo que había ido a buscar en ella: ni la ternura prometida en el teatro con una sonrisa ni la silueta y el rostro claro bajo la cabellera rubia, que sólo eran tales de lejos. Ahora no habría podido decir siquiera cómo era la Sra. de Guermantes, en qué la reconocía, pues todos los días el rostro era —en el conjunto de su persona— diferente, como el vestido y el sombrero.
¿Por qué cierto día, al ver avanzar hacia mí bajo una capota malva un rostro dulce y terso de encantos distribuidos con simetría en torno a dos ojos azules y en el que la línea de la nariz parecía difuminada, supe con una conmoción gozosa que no volvería a casa sin haber visto a la Sra. de Guermantes? ¿Por qué sentía yo la misma turbación, aparentaba la misma indiferencia, desviaba la vista del mismo modo distraído que la víspera ante la aparición de perfil, en una calle adyacente y bajo una cofia azul marino, de una nariz aguileña a lo largo de una mejilla roja, interceptada por un ojo penetrante, como cierta divinidad egipcia? En cierta ocasión no fue sólo una mujer con nariz aguileña lo que vi, sino como un pájaro mismo: el traje y hasta la cofia de la Sra. de Guermantes eran de piel y, al no dejar ver ninguna tela, parecía cubierta de piel de forma natural, como ciertos buitres cuyas espesas, parejas, leonadas y suaves plumas parecen como un pelaje. En medio de aquel plumaje natural, la cabecita encorvaba su nariz aguileña y los ojos saltones eran penetrantes y azules.
Otro día, acababa de pasearme para arriba y para abajo por la calle durante horas sin ver a la Sra. de Guermantes, cuando de repente, en el fondo de una mantequería oculta entre dos palacetes en aquel barrio aristocrático y popular, se destacó el rostro confuso y nuevo de una mujer elegante a la que estaban enseñando unos quesitos blancos y, antes de que hubiese yo tenido tiempo de distinguirla, me alcanzó —como un relámpago que hubiera tardado menos en llegar hasta mí que el resto de la imagen— la mirada de la duquesa; otra vez, al no haberla visto y oír las doce del mediodía, comprendí que no valía la pena seguir esperando y me dirigí tristemente de vuelta a casa y, absorto en mi decepción, advertí de pronto, al mirar sin ver un coche que se alejaba, que la seña con la cabeza hecha por una señora desde la portezuela iba dirigida a mí y que aquella señora, cuyas facciones relajadas y pálidas o, al contrario, tensas y vivas componían, bajo un sombrero redondo debajo de un alto airón, el rostro de un extraño que me había parecido no reconocer, era la Sra. de Guermantes, a cuyo saludo ni siquiera había contestado. Y a veces me la encontraba al volver a casa, en el rincón de la portería, donde el abominable portero, cuyas miradas investigadoras detestaba yo, estaba haciéndole grandes saludos y seguramente dándole también «informes», pues todo el personal de los Guermantes, disimulado tras los visillos, espiaba temblando el diálogo que no oía y a consecuencia del cual la duquesa no dejaba de privar de sus salidas a tal o cual sirviente a quien el «cancerbero» había vendido. Dadas las apariciones sucesivas de rostros diferentes que ofrecía la Sra. de Guermantes y que ocupaban una extensión relativa y variada —unas veces reducida, otras vasta— en el conjunto de su atuendo, mi amor no estaba vinculado con tal o cual parte cambiante de carne y tela que ocupaba, según los días, el lugar de los otros y que podía modificar y renovar casi enteramente sin alterar mi turbación, porque mediante ellas, mediante la nueva esclavina y la mejilla desconocida, sentía yo que seguía siendo la Sra. de Guermantes. Lo que me gustaba era la persona invisible que ponía en movimiento todo aquello, era ella, cuya hostilidad me apenaba, cuya proximidad me trastornaba, cuya vida me habría gustado aprehender para expulsar a sus amigos. Podía lucir una pluma azul o mostrar un cutis encendido sin que sus acciones perdieran importancia para mí.
Si no hubiese notado yo mismo que la Sra. de Guermantes estaba harta de encontrarme todos los días, lo habría notado indirectamente por el rostro rebosante de frialdad, reprobación o piedad de Françoise, cuando me ayudaba a prepararme para aquellas salidas matinales. En cuanto le pedía lo que necesitaba, sentía que un viento contrario se elevaba en las facciones contraídas y hundidas de su rostro. Ni siquiera intentaba ganarme la confianza de Françoise: sentía que no lo conseguiría. Tenía ella —para saber inmediatamente lo desagradable que podía ocurrirnos a mis padres y a mí— un poder cuya naturaleza me resultó siempre obscura. Tal vez no fuera sobrenatural y se hubiese podido explicar por medios de información particulares: así se enteran algunos pueblos salvajes de ciertas noticias días antes de que el correo las haya aportado a la colonia europea y que no les han transmitido, en realidad, por telepatía, sino de colina a colina mediante hogueras. Así, en el caso particular de mis paseos, tal vez los sirvientes de la Sra. de Guermantes hubieran oído a su señora expresar su fastidio de encontrarme inevitablemente en su camino y hubiesen repetido sus palabras a Françoise. Cierto es que mis padres habrían podido asignar a mi servicio otro sirviente, pero yo no habría ganado con ello. En cierto sentido, Françoise era menos sirviente que los otros. En su forma de sentir, de ser buena y piadosa, dura y altiva, fina y de cortos alcances, de tener la piel blanca y las manos rojas, era la señorita de pueblo cuyos padres «eran muy de su casa», pero, al arruinarse, se habían visto obligados a ponerla a servir. Su presencia en nuestra casa era el aire del campo y la vida social en una granja de cincuenta años atrás transportados a nuestra morada, gracias a un viaje inverso en el que el lugar de destino es el que va hacia el viajero. Así como la vitrina de un museo regional está decorada por esas curiosas labores que las campesinas ejecutan y pasamanan aún en ciertas provincias, así también nuestro piso parisino lo estaba con las palabras de Françoise inspiradas por un sentimiento tradicional y local y regidas por normas muy antiguas y sabía describir, como con hilos de colores, los cerezos y las aves de su infancia, la cama en la que había muerto su madre, y que aún veía, pero, pese a ello, en cuanto había entrado en París a nuestro servicio, había compartido —y con mayor razón lo habría hecho cualquier otro en su lugar— las ideas, las jurisprudencias de interpretación de los sirvientes de los otros pisos, con lo que se resarcía del respeto que estaba obligada a mostrarnos, al repetirnos lo que la cocinera del cuarto decía de su señora y con tal satisfacción de sirviente, que, al sentir por primera vez en nuestra vida como una solidaridad con la detestable inquilina del cuarto, nos decíamos que tal vez fuéramos, en efecto, amos. Tal vez fuese inevitable esa alteración del carácter de Françoise. Algunas vidas —como la que el Rey llevaba en Versalles entre sus cortesanos, tan extraña como la de un faraón o un dux y, mucho más que la del Rey, la de los cortesanos— son tan anormales, que deben engendrar fatalmente ciertas taras. La de los sirvientes es seguramente de una extrañeza más monstruosa aún y que sólo la costumbre nos oculta, pero precisamente en detalles aún más particulares me habría yo visto condenado, aunque hubiera despedido a Françoise, a conservar el mismo sirviente, pues más adelante varios otros entraron a mi servicio: provistos ya de los defectos generales de los sirvientes, no por ello dejaban de experimentar conmigo una rápida transformación. Como las leyes del ataque imponen las de la defensa, para que las asperezas de mi carácter no les hicieran mella, todos hacían un repliegue idéntico en el suyo y en el mismo lugar y, en cambio, aprovechaban mis lagunas para hacer avanzadas en él. Eran lagunas que yo no conocía, como tampoco los salientes que creaban sus oquedades, precisamente porque eran lagunas, pero mis sirvientes, al ir estropeándose poco a poco, me las revelaron. Gracias a sus defectos invariablemente adquiridos me enteré de mis defectos naturales e invariables, su carácter me presentó como una prueba negativa del mío. En tiempos nos habíamos burlado mucho mi madre y yo de la Sra. Sazerat, quien decía refiriéndose a los sirvientes: «Menuda raza, menuda especie». Pero debo decir que la razón por la cual no tenía yo motivo para desear substituir a Françoise por cualquier otro era la de que éste habría pertenecido igual e inevitablemente a la raza general de los sirvientes y a la especie particular de los míos.
Volviendo a Françoise, nunca en mi vida experimenté una humillación sin encontrar por adelantado en su rostro las condolencias ya preparadas y, cuando, encolerizado al verme compadecido por ella, intentaba afirmar, al contrario, que había obtenido un éxito, mis mentiras iban en vano a romperse contra su incredulidad respetuosa, pero visible, y contra la conciencia que tenía ella de su infalibilidad, pues sabía la verdad; la callaba y se limitaba a hacer un ligero movimiento de los labios, como si tuviera aún la boca llena y estuviese acabando un bocado. ¿La callaba? Así lo creí al menos durante mucho tiempo, pues en aquella época me imaginaba aún que mediante palabras es como revelamos a los demás la verdad. Incluso las palabras que me decían depositaban tan perfectamente su significado inalterable en mi sensible alma, que consideraba tan imposible que quien, según me había dicho, me quería no me quisiera como que la propia Françoise no habría podido dudar —cuando lo había leído en un periódico— que un sacerdote o un señor cualquiera pudiese —mediante una solicitud dirigida por correo— enviarnos gratuitamente un remedio infalible contra todas las enfermedades o un medio de centuplicar nuestros ingresos. (En cambio, si nuestro médico le daba la pomada más simple contra el resfriado nasal, gemía —ella, tan resistente a los padecimientos más duros— por haber tenido que sorber y aseguraba que le «pelaba la nariz» y que ya no sabía uno dónde irse a vivir.) Pero Françoise fue la primera en darme un ejemplo —que no iba yo a comprender hasta más adelante, cuando me lo diese de nuevo y más dolorosamente, como veremos en los últimos volúmenes de esta obra, una persona que me era más querida— de que no es necesario decir la verdad para que se manifieste y que tal vez se pueda obtener con mayor seguridad sin esperar a las palabras y sin tenerlas en cuenta siquiera, en mil señales exteriores, incluso en ciertos fenómenos invisibles, análogos en el mundo de los caracteres a lo que son —en la naturaleza física— los cambios atmosféricos. Tal vez podría haberlo sospechado, ya que yo mismo decía entonces con frecuencia cosas que no encerraban la menor verdad, mientras que la manifestaba mediante numerosas confidencias involuntarias de mi cuerpo y mis actos (y que Françoise interpretaba perfectamente); tal vez podría haberlo sospechado, pero para ello habría sido necesario saber entonces que era mentiroso y bribón. Ahora bien, la mentira y la bribonería se me imponían —como a todo el mundo— de una forma tan inmediata y contingente —y para su defensa— por un interés particular, que mi entendimiento, centrado en un hermoso ideal, dejaba a mi carácter realizar en la sombra esas tareas urgentes y modestas y no se volvía para verlas. Cuando, por la noche, Françoise estaba amable conmigo y me pedía permiso para sentarse en mi habitación, me parecía que su rostro se volvía transparente y veía yo en ella la bondad y la franqueza, pero Jupien, quien tenía raptos de indiscreción de los que no me enteré hasta más adelante, reveló que, según decía ella, yo valía menos que la cuerda con la que colgarme y que había procurado hacerle todo el daño posible. Aquellas palabras de Jupien tiraron al instante ante mí —con tinta desconocida— una prueba de mis relaciones con Françoise tan diferente de aquella en la que me complacía con frecuencia fijar mis miradas y en la que —sin la más leve indecisión— Françoise me adoraba y no perdía ocasión de celebrarme, que comprendí que no es sólo el mundo físico el que difiere del aspecto con el que lo vemos, que tal vez toda realidad sea tan desemejante de la que creemos percibir directamente y componemos con ayuda de ideas que no se revelan, pero actúan, así como los árboles, el sol y el cielo no serían tales como los vemos, si fueran conocidos por seres que tuviesen ojos de constitución diferente o contaran para esa tarea con órganos distintos de los ojos y dieran equivalentes de los árboles, del cielo y del sol, pero no visuales. Tal como se presentó, aquel brusco punto de vista que en cierta ocasión me brindó Jupien sobre el mundo real me espantó y eso que sólo se trataba de Françoise, quien me importaba poco. ¿Sería así en todas las relaciones sociales? ¿Y a qué desesperación podía conducirme un día, si sucedía lo mismo en el amor? Ése era el secreto del futuro. Entonces se trataba sólo de Françoise. ¿Pensaría sinceramente lo que había dicho a Jupien? ¿Lo habría dicho sólo para malquistar a Jupien conmigo, tal vez porque no tomáramos a la sobrina de Jupien para substituirla? El caso es que comprendí la imposibilidad de saber de forma directa y segura si Françoise me quería o me detestaba y, así, fue ella la primera que me inspiró la idea de que una persona no está —como había creído yo— clara e inmóvil ante nosotros con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos, sus intenciones para con nosotros (como un jardín que contemplamos con todos sus arriates a través de una verja), sino que es una sombra en la que nunca podemos penetrar, para la que no existe conocimiento directo, respecto de la cual concebimos numerosas creencias con ayuda de palabras e incluso de acciones que sólo nos ofrecen —unas y otras— informaciones insuficientes y, por lo demás, contradictorias, una sombra en la que podemos imaginar sucesivamente y con la misma verosimilitud que brillan el odio y el amor.
Yo amaba de verdad a la Sra. de Guermantes. El mayor honor que podría haber pedido a Dios habría sido el de que hiciera caer sobre ella todas las calamidades y que acudiese —arruinada, desacreditada, desprovista de todos los privilegios que me separaban de ella, sin casa ya en la que morar ni personas que consintieran en saludarla— a pedirme asilo. La imaginaba haciéndolo e incluso las noches en que algún cambio en la atmósfera o en mi propia salud me traía a la conciencia algún rollo olvidado en el que estaban inscritas impresiones de otro tiempo, en lugar de aprovechar las fuerzas de renovación que acababan de nacer en mí, en lugar de emplearlas en descifrar en mí mismo pensamientos que habitualmente no llegaba a entender, en lugar de ponerme a trabajar, prefería hablar en voz alta, pensar de forma agitada, exterior, simples discursos y gesticulaciones inútiles, toda una novela puramente de aventuras, estéril y sin verdad, en la que la duquesa, hundida en la miseria, venía a implorarme, a mí, que había llegado a ser —a consecuencia de circunstancias diversas— rico y poderoso, y, cuando había pasado horas así, imaginando circunstancias, pronunciando las frases que diría a la duquesa al acogerla bajo mi techo, la situación seguía siendo la misma; yo había escogido —¡ay!— en la realidad precisamente para amarla a la mujer que tal vez reunía más ventajas diferentes y ante la cual no podía yo aspirar —precisamente por eso— a prestigio alguno, pues era tan rica como el más rico que no fuese noble, por no hablar de su encanto personal que la hacía estar en boga, al hacer de ella —de entre todas— como una reina.
Yo notaba que le desagradaba al salir todos los días a su encuentro, pero, aun cuando hubiera tenido valor para permanecer dos o tres días sin hacerlo, tal vez la Sra. de Guermantes no habría advertido esa abstención que habría representado para mí tal sacrificio o la habría atribuido a algún impedimento independiente de mi voluntad y, en efecto, sólo habría logrado yo dejar de cruzarme con ella aceptando verme en la imposibilidad de hacerlo, pues la necesidad, que renacía sin cesar, de ir a verla, de ser durante un instante el objeto de su atención, la persona a la que se dirigía su saludo, era más fuerte que la pena de desagradarle. Debería haberme alejado por un tiempo, pero no tenía valor para hacerlo. A veces lo pensaba. Entonces decía a Françoise que me hiciera las maletas y un instante después que las deshiciese y, como el vicio del remedo y de no parecer chapado a la antigua altera la forma más natural y segura de uno mismo, Françoise decía —tomando prestada la expresión del vocabulario de su hija— que yo estaba chalupa. No le gustaba, decía que yo no dejaba de «oscilar», pues empleaba —cuando no quería rivalizar con los modernos— un lenguaje propio de Saint-Simon. Cierto es que le gustaba aún menos cuando yo hablaba como un amo. Sabía que no me resultaba natural y no me sentaba bien, cosa que traducía diciendo que «el tono de autoridad no se [m]e da[ba]». Sólo habría tenido valor para partir en una dirección que me aproximara a la Sra. de Guermantes. No era cosa imposible. Si me hubiese alejado muchas leguas de la Sra. de Guermantes, pero en casa de alguna persona que ella conociera, que considerara difícil en la elección de sus relaciones y me apreciase, que podría hablarle de mí y —ya que no obtener de ella lo que yo deseaba— al menos hacérselo saber, alguna persona gracias a la cual —tan sólo porque examinaría con ella la posibilidad o no de que se encargara de tal o cual mensaje para ella— daría yo, en cualquier caso, a mis ensoñaciones solitarias y mudas una forma nueva, hablada, activa, que me parecería un avance, casi una realización, ¿acaso no habría sido encontrarme, en efecto, más cerca de ella que en la calle por las mañanas, solitario, humillado, sintiendo que ninguno de los pensamientos que me habría gustado dirigirle llegaba nunca hasta ella, en aquel estancamiento en el sitio de mis paseos, que podían durar infinitamente sin permitirme avanzar nada? ¿No sería intervenir —incluso de forma indirecta, como con una palanca, valiéndome de alguien a quien no le estuvieran vedados el palacete de la duquesa, sus veladas, la conversación prolongada con ella— en lo que ella hacía, durante la misteriosa vida de la «Guermantes» que era, un contacto más distante, pero más eficaz, que mi contemplación en la calle todas las mañanas?
La amistad, la admiración, que Saint-Loup me profesaba me parecían inmerecidas y me habían resultado indiferentes. De pronto les atribuí un valor, me habría gustado que se las revelara a la Sra. de Guermantes, habría sido capaz de pedirle que lo hiciese, pues, en cuanto nos sentimos enamorados, quisiéramos poder divulgar a la mujer a la que amamos todos los pequeños privilegios desconocidos que tenemos, como hacen en la vida los desheredados y los latosos. Sufrimos de que no los conozca, intentamos consolarnos diciéndonos que, precisamente porque no están nunca visibles, tal vez sume a la idea que tiene de nosotros esa posibilidad de ventajas desconocidas.
Hacía mucho que Saint-Loup no podía venir a París, ya fuera —como él decía— por las exigencias de su profesión o, más bien, por los pesares que le causaba su amante, con quien había estado ya dos veces a punto de romper. Con frecuencia me había dicho lo mucho que le agradaría que fuera a verlo en aquel cuartel cuyo nombre me había causado —el día siguiente a aquel en que había abandonado Balbec— tanta alegría, cuando lo había leído en el sobre de la primera carta que recibí de mi amigo. Quedaba menos lejos de Balbec de lo que el paisaje enteramente rural podía hacer pensar, en una de esas pequeñas ciudades aristocráticas y militares, rodeadas de extensos campos, en las que —cuando hace bueno— flota tan a menudo en lontananza como un vaho sonoro e intermitente que —así como una cortina de álamos traza con sus sinuosidades el curso de un río que no vemos— revela los cambios de lugar de un regimiento en maniobras, que la propia atmósfera de las calles, las avenidas y las plazas ha acabado contrayendo como una perpetua vibratilidad musical y guerrera y el ruido más grosero de vagoneta o tranvía se prolonga en ella en vagas llamadas de clarín indefinidamente repetidas —en los oídos alucinados— por el silencio. No quedaba tan lejos de París como para que no pudiera yo, tras apearme del rápido, volver a casa, reunirme con mi madre y mi abuela y acostarme en mi cama. En cuanto lo comprendí, turbado por un deseo doloroso, tuve demasiada poca voluntad para decidir no volver a París y quedarme en la ciudad, pero demasiado poca también para impedir a un empleado llevar mi maleta hasta un coche de punto y no encarnar —al caminar tras él— el alma desamparada de un viajero que vigila sus efectos personales y al que ninguna abuela espera, para no montar en el coche con la desenvoltura de alguien que —por haber dejado de pensar en ello— parece saber lo que quiere y no dar al cochero la dirección del cuartel de caballería. Pensaba yo que Saint-Loup vendría a dormir aquella noche en el hotel en el que me alojaría para volverme menos angustioso el primer contacto con aquella ciudad desconocida. Un soldado de guardia fue a buscarlo y yo lo esperé en la puerta del cuartel, delante de aquel gran navío retumbante por entero con el viento de noviembre y del que a cada instante —pues eran las seis de la tarde— salían parejas de hombres a la calle, titubeando como si bajaran a tierra en un puerto exótico en el que se hubieran detenido momentáneamente.
Llegó Saint-Loup, sin poder estarse quieto y dejando volar su monóculo delante de él: yo no había dicho mi nombre y estaba impaciente por gozar de su sorpresa y su alegría.
«¡Ah, qué rabia!», exclamó, al verme de pronto y poniéndose rojo hasta las orejas. «Acabo de empezar a estar de semana, ¡y no voy a poder salir hasta dentro de ocho días!».
Y, preocupado por la idea de verme pasar solo aquella primera noche, pues conocía mejor que nadie mis angustias vespertinas, que con frecuencia había observado y aliviado en Balbec, interrumpía sus quejas para volverse hacia mí y dirigirme sonrisitas, tiernas miradas desiguales, unas procedentes directamente de sus ojos y otras tamizadas por su monóculo, y que aludían —todas— a su emoción por volver a verme, alusiones también a algo que yo seguía sin comprender, pero que ahora me importaba: nuestra amistad.
«¡Dios mío! ¿Y dónde vas a ir a dormir? La verdad es que no te aconsejo el hotel en el que nos alojamos, junto a la Exposición, donde van a comenzar unas fiestas: ibas a tener todo un gentío. No, vale más que vayas al Hotel de Flandes, es un palacete del siglo XVII con tapices antiguos. “Resulta” bastante “antigua morada histórica”».
Saint-Loup empleaba a cada paso esa palabra —«resultar»— por «parecer», porque la lengua hablada, como la escrita, experimenta de vez en cuando la necesidad de esas alteraciones del sentido de las palabras, de esos refinamientos de la expresión, y así como con frecuencia los periodistas ignoran de qué escuela literaria proceden las «elegancias» a que recurren, así también el vocabulario, la dicción misma, de Saint-Loup se debían a la imitación de tres estetas diferentes, a ninguno de los cuales conocía, pero cuyos modos lingüísticos le habían inculcado indirectamente. «Por lo demás», concluyó, «ese hotel está bastante adaptado a tu hiperestesia auditiva. No tendrás vecinos. Reconozco que es una triste ventaja y, como otro viajero puede, en resumidas cuentas, llegar mañana, no valdría la pena elegir ese hotel por unos resultados precarios. No, por el aspecto es por lo que te lo recomiendo. Las habitaciones son bastante simpáticas y todos los muebles antiguos y cómodos: resulta en cierto modo tranquilizador». Pero, para mí, menos artista que Saint-Loup, el placer que puede brindar una casa hermosa era superficial, casi nulo, y no podía calmar la angustia que ya empezaba a sentir, tan penosa como la que sentía en tiempos en Combray, cuando mi madre no venía a darme las buenas noches o la que había sentido el día de mi llegada a Balbec en la habitación demasiado alta que olía a espinacardo. Saint-Loup lo comprendió por mi mirada fija.
«Pero a ti te importa poco, querido, ese hermoso palacio, estás muy pálido; yo, como un bruto, te hablo de tapices que ni siquiera tendrás ánimos para contemplar. Conozco la habitación que te destinarían y que, personalmente, me parece muy alegre, pero me doy perfecta cuenta de que, para ti, con tu sensibilidad, no es lo mismo. No creas que no te entiendo, yo no siento lo mismo, pero me pongo perfectamente en tu lugar».
Un suboficial que estaba muy ocupado probando un caballo en el patio haciéndolo saltar, y no respondía a los saludos de los soldados, sino que lanzaba andanadas de injurias a los que se cruzaban en su camino, dirigió en aquel momento una sonrisa a Saint-Loup y, al advertir entonces que éste estaba con un amigo, saludó, pero su caballo se alzó cuan alto era y espumeando. Saint-Loup se lanzó a su cabeza, lo cogió por la brida, logró calmarlo y volvió junto a mí.
«Sí», me dijo, «te aseguro que me doy cuenta, que sufro por lo que sientes; lo lamento mucho», añadió, llevándome, afectuoso, la mano al hombro, «al pensar que, si hubiera podido quedarme a tu lado, tal vez habría podido disipar, charlando contigo hasta el amanecer, un poco de tu tristeza. Podría prestarte muchos libros, pero, estando así, no podrás leerlos y no voy a poder lograr que alguien me substituya; ya lo he hecho dos veces seguidas, porque venía mi niña».
Y fruncía las cejas de preocupación y también de concentración para buscar, como un médico, el remedio que podría aplicar a mi mal.
«Oye, corre a encender fuego en mi cuarto», dijo a un soldado que pasaba. «Vamos, aprisa, arrea».
Luego se volvió de nuevo hacia mí y su monóculo y su mirada miope aludían a nuestra gran amistad.
«¡Hay que ver! Tú aquí, en este cuartel en el que tanto me he acordado de ti, no puedo dar crédito a mis ojos, me parece estar soñando. Bueno, ¿qué? ¿Qué tal la salud? ¿Va mejor? Luego me cuentas todo eso. Vamos a subir a mi cuarto, no nos quedemos aquí, en el patio, que hace un viento que para qué; yo ya ni siquiera lo noto, pero tú, que no estás acostumbrado, temo que cojas frío. ¿Y el trabajo? ¿Has empezado? ¿No? ¡Qué raro eres! Si yo tuviera tus aptitudes, creo que escribiría de la mañana a la noche. Te divierte más no hacer nada. ¡Qué desgracia es que sean siempre los mediocres como yo los dispuestos a trabajar y que los que podrían no quieran hacerlo! Y no te he preguntado por tu abuela. ¡No me separo de su Proudhon!».
Un oficial —alto, apuesto, majestuoso— desembocó con paso lento y solemne de una escalera. Saint-Loup lo saludó e inmovilizó la perpetua inestabilidad de su cuerpo durante el tiempo justo para mantener la mano a la altura del quepis, pero la había precipitado con tanta fuerza, irguiéndose con un movimiento tan impulsivo y, nada más concluir el saludo, la hizo bajar con una descarga tan brusca, cambiando todas las posiciones del hombro, la pierna y el monóculo, que fue un momento —más que de inmovilidad— de tensión vibrante, en el que se neutralizaban los movimientos excesivos que acababan de producirse y los que iban a comenzar. Entretanto, el oficial, sin acercarse, con calma, benévolo, digno, imperial, representante, en una palabra, de todo lo opuesto a Saint-Loup, alzó, también él, pero sin precipitarse, la mano hacia su quepis.
«Tengo que hablar un momento con el capitán», me susurró Saint-Loup, «ten la amabilidad de ir a esperarme en mi cuarto: es el segundo a la derecha, en el tercer piso, dentro de un momento estoy contigo».
Y, partiendo a paso de carga y precedido de su monóculo que volaba en todas las direcciones, se dirigió, derecho, hacia el digno y lento capitán cuyo caballo traían en aquel momento y que, antes de prepararse para montar, estaba dando unas órdenes con una nobleza de gestos estudiada, como en un cuadro histórico y como si fuera a partir para una batalla del primer Imperio, cuando, en realidad, volvía simplemente a su casa, a la vivienda que había alquilado para el período que pasara en Doncières y situada en una plaza, ¡llamada, como por una ironía anticipada para con aquel napoleónida, plaza de la República! Me interné por la escalera no sin riesgo de resbalar a cada paso por aquellos peldaños claveteados, mientras observaba dormitorios de paredes desnudas y con la doble alineación de camas e impedimenta. Me indicaron el cuarto de Saint-Loup y me quedé un instante delante de la puerta cerrada, pues oí ruidos dentro: cosas movidas, cosas que caían; sentía que el cuarto no estaba vacío y que había alguien en él, pero era sólo el fuego que ardía. No podía mantenerse tranquilo, desplazaba los tarugos y con mucha torpeza. Entré: hizo rodar uno y humear otro. Incluso cuando no se movía dejaba oír todo el tiempo —como la gente vulgar— ruidos que —puesto que veía subir la llama— se me mostraban como de fuego, pero que, si hubiera estado al otro lado de la pared, me habrían parecido proceder de alguien que se sonaba y caminaba. El caso es que me senté en el cuarto. Colgaduras de liberty y antiguas telas alemanas del siglo XVIII lo preservaban del olor —grosero, soso y corruptible como el del pan moreno— que exhalaba el resto del edificio. Allí, en aquel cuarto encantador habría yo cenado y dormido con gozo y calma. Saint-Loup parecía casi presente en él gracias a los libros de trabajo que tenía sobre la mesa, junto a fotografías, entre las cuales reconocí la mía y la de la Sra. de Guermantes, gracias al fuego que había acabado habituándose a la chimenea y, como un animal acostado en una espera ardiente, silenciosa y fiel, tan sólo dejaba caer de vez en cuando una brasa que se desmigajaba o lamía con una llama la pared de la chimenea. Yo oía el tictac del reloj de Saint-Loup, que no debía de estar demasiado lejos de mí. Aquel tictac cambiaba de lugar a cada momento, pues yo no lo veía; me parecía proceder de detrás de mí, de delante, de la derecha, de la izquierda, a veces extenderse como si estuviera muy lejos. De repente, descubrí el reloj sobre la mesa. Entonces oí el tictac en un lugar fijo desde el que no volvió a moverse. Creía oírlo en aquel lugar; no lo oía, lo veía: los sonidos no tienen lugar. Al menos los relacionamos con movimientos y así tienen la utilidad de avisarnos de ellos, de parecer volverlos necesarios y naturales. Cierto es que a veces ocurre que un enfermo al que han taponado herméticamente los oídos no oiga ya el ruido de un fuego semejante al que machaconeaba en aquel momento en la chimenea de Saint-Loup, al tiempo que se dedicaba a hacer tizones y cenizas que después dejaba caer en su canasto, ni tampoco oiga el paso de los tranvías como aquellos cuya música emprendía el vuelo, a intervalos regulares, en la gran plaza de Doncières. Entonces, si el enfermo lee, las páginas pasarán silenciosas, como si fuesen hojeadas por un dios. Se atenúa, se aligera y se aleja el estruendo de un baño que están preparando, como un murmullo celeste. El alejamiento del ruido, su reducción, le quitan todo poder agresivo para con nosotros; enloquecidos antes por unos martillazos que parecían cuartear el techo sobre nuestra cabeza, ahora nos complacemos en acogerlos, ligeros, acariciadores, lejanos como un murmurio de follajes que juegan junto al camino con el céfiro. Tenemos éxitos con cartas que no entendemos, hasta el punto de que creemos haberlas movido, que se mueven por sí solas y, adelantándose a nuestro deseo de jugar con ellas, se han puesto a jugar con nosotros y a ese respecto podemos preguntarnos si por el amor (sumemos al amor el amor a la vida, el amor a la gloria, puesto que hay, al parecer, personas que conocen estos dos últimos sentimientos) no deberíamos actuar como quienes, en lugar de implorar que cese, se taponan los oídos contra el ruido y, a su semejanza, volver a dirigir nuestra atención, nuestra defensa, a nosotros mismos, darles, como objeto que reducir, no la persona exterior a la que amamos, sino nuestra capacidad de sufrir por ella.
Volviendo al sonido, si hacemos más espesas las bolas que cierran el conducto auditivo, éstas obligan a pasar al pianissimo a la muchacha que tocaba por encima de nuestra cabeza una tonada turbulenta; si impregnamos dichas bolas de una materia grasa, su despotismo es obedecido al instante por toda la casa, sus leyes se extienden incluso al exterior. Ya no basta el pianissimo, la bola hace cerrar instantáneamente el teclado y la lección de música se acaba bruscamente; el señor que caminaba sobre nuestra cabeza cesa de pronto su ronda; la circulación de los coches y los tranvías queda interrumpida, como si se estuviera esperando la llegada de un Jefe de Estado, y a veces esa atenuación de los sonidos trastorna incluso el sueño, en lugar de protegerlo. Ayer aún, los ruidos incesantes, al describirnos de forma continua los movimientos en la calle y en la casa, acababan adormeciéndonos como un libro aburrido; hoy, en la superficie de silencio extendida sobre nuestro sueño, un golpe más fuerte que los otros logra hacerse oír, ligero como un suspiro, sin relación con ningún otro sonido, misterioso, y la petición de explicación que exhala basta para despertarnos. En cambio, si se retiran por un instante al enfermo los algodones superpuestos a su tímpano, de repente la luz, el sol pleno del sonido, se muestran de nuevo, cegadores, renacen en el universo; a toda velocidad vuelve el mundillo de los ruidos exiliados; asistimos —como si fueran salmodiadas por ángeles músicos— a la resurrección de las voces. Las calles vacías se llenan en un instante con las rápidas y sucesivas alas de los tranvías canores. En la propia habitación, el enfermo acaba de crear —no, como Prometeo, el fuego, sino— su ruido y, al aumentar, al aflojar los tapones de guata, es como si se hiciera intervenir uno y otro de los dos pedales que se han añadido a la sonoridad del mundo exterior.
Sólo, que hay también supresiones de ruido que no son momentáneas. Quien ha quedado totalmente sordo no puede siquiera calentar junto a sí una olla de leche sin dejar de acechar con los ojos, sobre la tapadera abierta, el reflejo blanco, hiperbóreo, semejante al de una tempestad de nieve y que es la señal premonitoria a la que es prudente obedecer cortando —como el Señor detenía las olas— la corriente eléctrica, pues ya el huevo ascendente y espasmódico de la leche que hierve crece en unas elevaciones oblicuas, se infla, redondea algunas velas zozobrantes que habían plegado la nata, lanza a la tormenta una de nácar y la interrupción de la corriente —si se conjura a tiempo la tormenta eléctrica— hará arremolinarse todas y las arrojará a la deriva, convertidas en pétalos de magnolia. Si el enfermo no hubiera tomado lo bastante aprisa las precauciones necesarias, sus libros y su reloj engullidos no tardarían en emerger apenas de un mar blanco después de ese macareo lácteo, se vería obligado a pedir socorro a su anciana criada, quien, aun cuando fuera un político ilustre o un gran escritor, le diría que tiene menos juicio que un niño de cinco años. En otros momentos, en el cuarto mágico, delante de la puerta cerrada, una persona que no estaba ahí antes ha hecho su aparición, es un visitante al que no se ha oído entrar y que sólo hace gestos, como en uno de esos teatrillos de marionetas, tan descansados para quienes se han hastiado del lenguaje hablado. Y, como la pérdida de un sentido añade más belleza al mundo que su adquisición, ese sordo total ahora se pasea deleitado por una Tierra casi edénica, en la que aún no se ha creado el sonido. Las cascadas más altas desenrollan —más apacibles que el mar inmóvil, puras como cataratas del Paraíso— su manto de cristal para sus ojos exclusivamente. Como el ruido era para él —antes de su sordera— la forma perceptible que revestía la causa de un movimiento, los objetos movidos sin ruido parecen serlo sin causa; desprovistos de cualquier cualidad sonora, muestran una actividad espontánea, parecen vivir; se mueven, se inmovilizan, se incendian por sí solos. Por sí solos salen volando como los monstruos alados de la prehistoria. En la casa solitaria y sin vecinos del sordo, el servicio, que, antes de que la invalidez fuera completa, mostraba ya más reserva y se hacía silenciosamente, corre a cargo ahora —con cierto carácter subrepticio— de mudos, como ocurre con un rey de comedia de magia. También como en la escena, el monumento que el sordo ve desde su ventana —cuartel, iglesia, alcaldía— es un simple decorado. Si un día llega a desplomarse, podrá emitir una nube de polvo y escombros visibles, pero —menos material incluso que un palacio de teatro, de cuya delgadez carece, sin embargo— se desplomará en el universo mágico sin que la caída de sus pesados sillares empañe con la vulgaridad de ruido alguno la pereza del silencio.
El —mucho más relativo— que reinaba en el cuartito militar en el que me encontraba desde hacía un momento fue roto. Se abrió la puerta y Saint-Loup, dejando caer su monóculo, entró muy apresurado.
«¡Ah! Robert, ¡qué bien se está en tu cuarto!», le dije. «¡Qué bien estaría que se pudiera comer y dormir en él!».
Y, en efecto, si no hubiera estado prohibido, qué reposo sin tristeza habría disfrutado yo allí, protegido por aquella atmósfera de tranquilidad, vigilancia y alegría que mantenían mil voluntades reguladas y sin inquietud, mil talantes despreocupados, en esa gran comunidad que es un cuartel, donde, al haber cobrado el tiempo la forma de la acción, la triste campana de las horas era substituida por la gozosa charanga de aquellas llamadas con que era mantenido perpetuamente en suspenso sobre los adoquines de la ciudad, desmenuzado y pulverulento, el recuerdo sonoro: voz segura de ser escuchada y musical, porque no era sólo la imposición por la autoridad de la obediencia, sino también la de la dicha por la sensatez.
«¡Ah! Preferirías acostarte aquí, junto a mí, que ir solo al hotel», me dijo Saint-Loup riendo.
«¡Oh! Robert, eres cruel al tomártelo con ironía», le dije, «pues sabes que es imposible y que tanto voy a sufrir allí».
«Pues, mira, me halagas», me dijo, «pues precisamente yo he tenido, por mi cuenta, esa idea de que preferirías acostarte aquí esta noche y eso es precisamente lo que he ido a pedir al capitán».
«¿Y te lo ha permitido?».
«Sin el menor problema».
«¡Oh, lo adoro!».
«No, eso es demasiado. Ahora déjame llamar a mi ordenanza para que se ocupe de nuestra cena», añadió, mientras yo me volvía para ocultar las lágrimas.
Varias veces entraron uno u otro compañero de Saint-Loup. Los ponía en la puerta.
«Venga, lárgate».
Yo le pedía que los dejara entrar.
«Que no, que te fastidiarían: son personas totalmente incultas, que sólo pueden hablar de carreras, por no decir de la limpieza de los animales, y, además, lo hago también por mí, pues me arruinarían estos preciosos instantes que tanto he deseado. Fíjate en que, si hablo de la mediocridad de mis compañeros, no es porque todo lo militar carezca de intelectualidad. Muy al contrario. Tenemos un comandante que es un hombre admirable. Ha impartido un curso en el que presenta la historia militar como una demostración, como un álgebra en cierto modo. Incluso estéticamente es de una belleza totalmente inductiva y deductiva, que no te resultaría indiferente».
«¿No es el capitán que me ha permitido permanecer aquí?».
«No, gracias a Dios, pues el hombre al que “adoras” por tan poco es el mayor imbécil que haya dado la Tierra jamás. Es perfecto para ocuparse de lo corriente y de la vestimenta de sus hombres; pasa horas con el sargento mayor y el sastre. Ésa es su mentalidad. Por lo demás, desprecia mucho, como todo el mundo, al admirable comandante de que te he hablado. Nadie frecuenta a éste, porque es masón y no va a confesarse. El príncipe de Borodino nunca recibiría en su casa a ese pequeño burgués y constituye, la verdad, una prueba de la mayor caradura por parte de un hombre cuyo bisabuelo fue un pequeño agricultor y que, de no haber sido por las guerras de Napoleón, sería probablemente agricultor también. Por lo demás, se da un poco cuenta, desde luego, de la ambigua situación que tiene en la sociedad. Apenas va al Jockey, por lo incómodo que se encuentra en él, ese supuesto príncipe», añadió Robert, que, por haberse sentido movido por un mismo espíritu de imitación a adoptar las teorías sociales de sus maestros y los prejuicios mundanos de sus padres, unía, sin darse cuenta, al amor de la democracia el desdén a la nobleza del Imperio.
Yo miraba la fotografía de su tía y, al pensar que, como era propiedad de Saint-Loup, tal vez podría regalármela, sentí más cariño por él y deseé hacerle mil favores que me parecían poca cosa a cambio de ella, pues aquella fotografía era como un encuentro más, añadido a los que ya había tenido yo con la Sra. de Guermantes; más aún: un encuentro prolongado, como si —mediante un brusco avance en nuestras relaciones— se hubiera detenido junto a mí, tocada con una pamela y me hubiese dejado por primera vez contemplar con creces aquella mórbida mejilla, aquella curva de nuca, aquella comisura de cejas —hasta entonces veladas para mí por la rapidez de su paso, el aturdimiento de mis impresiones, la inconsistencia del recuerdo— y su contemplación —igual que la del cuello y los brazos de una mujer a quien sólo hubiera visto con un vestido sin escote— me resultaba un descubrimiento voluptuoso, un favor. En él podría estudiar —como en un tratado de la única geometría que tenía valor para mí— aquellas líneas que casi me parecía vedado contemplar. Más adelante, al mirar a Robert, me di cuenta de que también él era como una fotografía de su tía y en virtud de un misterio casi tan emocionante para mí, ya que, si bien el rostro de él no era un producto directo del de ella, los dos tenían un origen común. Las facciones de la duquesa de Guermantes, que estaban prendidas en mi visión de Combray —la nariz como pico de halcón, los ojos penetrantes— parecían haber servido también para recortar —en otro ejemplar análogo y delgado y de piel demasiado fina— el rostro de Robert casi superponible al de su tía. Miraba yo en él con envidia aquellas facciones características de los Guermantes, de aquella raza que había seguido siendo tan particular en plena alta sociedad, donde no se perdía y permanecía aislada en su gloria divinamente ornitológica, pues parecía resultante, en las eras de la mitología, de la unión de una diosa y un ave.
Sin conocer sus causas, Robert se sentía conmovido por mi enternecimiento, que, por lo demás, aumentaba con el bienestar brindado por el calor del fuego y el vino de Champaña y hacía perlar a un tiempo gotas de sudor en mi frente y lágrimas en mis ojos; servía para regar los perdigones de la cena, que comía yo con la admiración de un profano, sea del tipo que fuere, cuando encuentra en una vida que no conocía algo que ésta, a su juicio, excluía (por ejemplo, la de un librepensador al disfrutar de una cena exquisita en un presbiterio). Y la mañana siguiente, al despertarme, fui a echar —por la ventana de Saint-Loup, desde la que, por estar bastante alta, se veía toda la región— una mirada de curiosidad para conocer a mi vecina, la campiña que no había podido ver la víspera, por haber llegado demasiado tarde, a la hora en que dormía ya en la noche, pero, por temprano que se hubiera despertado, no la vi, al abrir la ventana, como se la ve desde una ventana de castillo, por la parte del estanque, aún envuelta en su suave y blanca capa matinal de niebla que apenas me permitía distinguir nada, pero sabía que, antes de que los soldados encargados de la limpieza de los caballos en el patio hubieran acabado sus tareas, la desvestiría. Entretanto, sólo podía yo ver una colina árida, que alzaba ante el cuartel su espalda ya libre de sombra, menuda y rugosa. A través de los visillos calados por la escarcha, no apartaba los ojos de aquella extraña, que me miraba por primera vez, pero, cuando adquirí la costumbre de acudir al cuartel, la conciencia de que la colina estaba allí —más real, por consiguiente, incluso cuando no la veía, que el hotel de Balbec, que nuestra casa de París, en los que pensaba como en ausentes, como en muertos, es decir, sin creer ya apenas en su existencia— hizo que, aun sin que me diera cuenta, su reverberada forma se perfilara siempre sobre las menores impresiones que tuviese en Doncières y, comenzando por aquella mañana, sobre la buena impresión de calor que me dio el chocolate preparado por el ordenanza de Saint-Loup en aquel cómodo cuarto que parecía un centro óptico para contemplar la colina, pues la idea de hacer otra cosa que contemplarla y pasearse por ella resultaba imposible, dada la propia niebla que había. Aquella niebla, que embebía la forma de la colina e iba asociada al gusto de chocolate y toda la trama de mis pensamientos de entonces, vino —sin que yo pensara lo más mínimo en ella— a mojar todos mis pensamientos de aquella época, así como cierto oro inalterable y macizo había permanecido unido a mis impresiones de Balbec o como la presencia vecina de las escaleras exteriores de gres negruzco infundía grisura a mis impresiones de Combray. Por lo demás, no persistió hasta avanzada la mañana: el sol comenzó a utilizar inútilmente contra ella algunas flechas que la pasamanaron con brillantes y después la vencieron. La colina pudo ofrecer su gris grupa a los rayos, que, una hora después, cuando bajé a la ciudad, infundían en las rojizas hojas de los árboles, en los rojos y los azules de los carteles electorales pegados a las paredes, una exaltación que me elevaba a mí mismo y me hacía golpear, cantando, con los pies los adoquines, sobre los que —de no haberme contenido— habría saltado de alegría.
Pero el segundo día tuve que ir a dormir al hotel y sabía de antemano que en él encontraría fatalmente la tristeza. Era como un aroma irrespirable que desde mi nacimiento exhalaba para mí cualquier habitación nueva, es decir, cualquier habitación: en aquella en la que vivía habitualmente no estaba yo presente, mi pensamiento permanecía en otra parte y, en su lugar, enviaba tan sólo la costumbre, pero no podía encargar a aquella sirviente menos sensible ocuparse de mis cosas en un país nuevo, donde la precedía o llegaba solo y debía hacer entrar en contacto con las cosas aquel «yo» con el que no me reunía hasta después de años de intervalos, pero siempre el mismo y que no había crecido desde Combray, desde mi primera llegada a Balbec, llorando, sin posible consuelo, en el rincón de una maleta deshecha.
Ahora bien, me había equivocado. No tuve tiempo de entristecerme, porque no estuve ni un instante solo. Es que quedaba del antiguo palacio un excedente de lujo, inutilizable en un hotel moderno y que, por estar desprovisto de destino práctico alguno, había adquirido con su desocupación como una vida: pasillos que volvían sobre sus pasos, cuyas idas y venidas cruzabas en todo momento, vestíbulos largos como pasillos y adornados como salones, que más parecían habitar allí que formar parte de la vivienda, que no habían podido añadir a ningún apartamento, pero merodeaban en torno al mío y en seguida acudieron a ofrecerme su compañía... como vecinos ociosos, pero no alborotadores, fantasmas subalternos del pasado a los que habían autorizado a morar en silencio a la puerta de las habitaciones alquiladas y que, siempre que me los encontraba en mi camino, mostraban una silenciosa deferencia para conmigo. En una palabra, la idea de una vivienda, simple continente de nuestra existencia actual y que sólo nos preserva del frío, de la vista de los demás, era absolutamente inaplicable a aquella morada, conjunto de habitaciones, tan reales como una colonia de personas, de vida —cierto es— silenciosa, pero que debías por fuerza ver, evitar, acoger, al regresar. Intentabas no molestar y no podías mirar sin respeto el gran salón, que había adquirido, desde el siglo XVIII, la costumbre de extenderse entre los soportes de oro viejo, bajo las nubes de su techo pintado, y sentías una curiosidad más familiar por los cuartos pequeños que, sin la menor preocupación por la simetría, se extendían en torno a él, asombrados, huyendo en desorden hasta el jardín, adonde tan fácilmente descendían por tres peldaños desportillados.
Si quería salir o entrar sin tomar el ascensor ni ser visto en la gran escalera, una más pequeña, privada, abandonada, me ofrecía sus peldaños tan diestramente colocados, uno tras otro, que parecía existir en su gradación una armonía perfecta, del estilo de las que en los colores, los perfumes, los sabores, acuden con frecuencia a conmover en nosotros una sensualidad particular, pero, para conocer la que entraña subir y bajar, había tenido que ir allí, como en tiempos a una estación alpina, para saber que el acto —habitualmente no percibido— de respirar puede ser una voluptuosidad constante. Recibí esa dispensa de esfuerzo que sólo nos conceden las cosas que llevamos mucho tiempo usando, cuando pisé por primera vez aquellos peldaños, familiares antes de conocerlos, como si tuvieran —tal vez depositada, incorporada en ellos por los maestros de antaño a quienes acogían todos los días— la dulzura anticipada de costumbres que no había adquirido aún y que incluso habrían de debilitarse por fuerza cuando hubieran llegado a ser mías. Abrí una habitación, la doble puerta volvió a cerrarse tras mí y las colgaduras hicieron entrar el silencio en el que me sentí como una embriagadora dignidad real; una chimenea de mármol, adornada con cobres cincelados y de la que habría sido un error pensar que sólo sabía representar el arte del Directorio, me daba fuego y un silloncito bajo de portes me ayudó a calentarme tan cómodamente como si hubiera estado sentado en la alfombra. Las paredes ceñían la habitación y la separaban del resto del mundo y, para dejar entrar en ella, encerrar en ella, lo que la completaba, se apartaban delante de la biblioteca, reservaban el vano de la cama, a cuyos dos lados unas columnas sostenían ligeramente el techo realzado de la trasalcoba, y la habitación se prolongaba en profundidad con dos gabinetes tan anchos como ella, en el último de los cuales había —colgado de la pared, para perfumar el recogimiento buscado en él— un voluptuoso rosario de granos de iris; las puertas, si bien las dejaba abiertas mientras me retiraba a aquel último reducto, no se contentaban con triplicarlo, sin que dejara de ser armonioso, y no se limitaban a hacer saborear a mi mirada el placer de la extensión después de la concentración, sino que, además, añadían al placer de mi soledad, que permanecía inviolable y cesaba de estar encerrada, la sensación de la libertad. Aquel cuchitril daba a un patio, hermoso y solitario, que me alegró tener de vecino, cuando, la mañana siguiente, lo descubrí, cautivo entre sus altas paredes, en las que no se abría ventana alguna, y con sólo dos árboles amarillecidos que bastaban para dar una dulzura malva al cielo puro.
Antes de acostarme, quise salir de mi habitación para explorar todo mi dominio mágico. Caminé siguiendo una larga galería que me hizo ofrenda sucesivamente de todo lo que podía ofrecerme, si no tenía sueño: un sillón situado en una esquina, una espineta, sobre una consola un jarrón de loza lleno de cinerarias y en un marco antiguo el fantasma de una señora de otro tiempo, con pelo empolvado y mezclado con flores azules y que sostenía en la mano un ramillete de claveles. Al llegar al extremo, su pared lisa en la que no se abría puerta alguna, me dijo, ingenua: «Ahora hay que volver, pero, como ves, estás en tu casa», mientras que la mullida alfombra añadía, para no irle a la zaga, que, si aquella noche no lograba dormir, podía perfectamente ir descalzo y que las ventanas sin postigos que daban al campo pasarían —me aseguraban— una noche en blanco y, al volver a la hora que quisiera, no debía temer despertar a nadie. Y detrás de una colgadura sorprendí sólo un gabinetito que, al quedar detenido por la muralla y no poder escapar, se había ocultado allí, muy avergonzado, y me miraba con espanto desde su tragaluz azulado por la luz de la luna. Me acosté, pero la presencia del edredón, las columnitas, la pequeña chimenea, al fijar mi atención en un punto distinto del que tenía en París, me impidió entregarme a la rutina habitual de mis ensueños, y, como ese estado particular de la atención es el que envuelve el sueño y actúa sobre él, lo modifica, lo pone al mismo nivel que tal o cual serie de recuerdos, las imágenes que llenaron mis sueños, aquella primera noche, procedían de una memoria enteramente distinta de aquella a la que recurría por lo general mi sueño. Si hubiera sentido la tentación de dejarme arrastrar de nuevo hacia mi memoria habitual, la cama a la que no estaba acostumbrado, la cumplida atención que me veía obligado a prestar a mis posiciones, cuando me daba la vuelta, bastaban para rectificar o mantener el hilo nuevo de mis sueños. Con el sueño ocurre como con la percepción del mundo exterior. Basta una modificación en nuestras costumbres para volverlo poético, basta que, al desvestirnos, nos hayamos quedado dormidos sin querer sobre la cama para que cambien sus dimensiones y se sienta su belleza. Nos despertamos, vemos en el reloj que son las cuatro, sólo las cuatro de la mañana, pero creemos que ha transcurrido todo el día, pues hasta tal punto nos ha parecido —ese sueño de unos minutos y que no habíamos buscado— caído del cielo, en virtud de algún derecho divino, enorme y lleno como el globo de oro de un emperador. Por la mañana, preocupado al pensar que mi abuelo ya estaba listo y me esperaban para salir hacia la parte de Méséglise, me despertó la fanfarria de un regimiento que todos los días pasaba bajo mis ventanas, pero dos o tres veces —y lo digo, porque no se puede describir bien la vida de los hombres, si no la sumimos en el sueño en el que se sumerge y que, noche tras noche, la rodea como una isla a medias cercada por el mar— el sueño interpuesto fue bastante resistente en mí para contrarrestar el choque de la música y no oí nada. Los otros días cedió un instante, pero mi conciencia, aún aterciopelada por el sueño, se veía —como esos órganos previamente anestesiados, que no perciben una cauterización, al principio insensible, hasta el final y como una ligera quemadura— afectada sólo levemente por las puntas agudas de los pífanos que la acariciaban con un vago y fresco gorjeo matinal y, después de aquella ligera interrupción, en la que el silencio se había vuelto música, reanudaba su sueño antes incluso de que los dragones hubieran acabado de pasar y me hurtaba los últimos haces abiertos del sonoro ramo que brotaba. Y la zona de mi conciencia que sus saltarines tallos habían rozado era tan estrecha y estaba tan rodeada por el sueño, que después, cuando Saint-Loup me preguntaba si había oído la música, no estaba seguro de que el sonido de la fanfarria no hubiera sido tan imaginario como el que durante el día oía elevarse —tras el menor ruido— por encima de los adoquines de la ciudad. Tal vez lo hubiese oído sólo en sueños por miedo a ser despertado o, al contrario, a no serlo y no ver el desfile, pues con frecuencia, cuando permanecía dormido en el momento en que había pensado, al contrario, que el ruido me despertaría, durante una hora creía estarlo aún, mientras dormitaba, y me representaba a mí mismo en finas sombras sobre la pantalla de mi sueño los diversos espectáculos a los que me impedía —pero yo creía falsamente— asistir.
En efecto, a veces lo que deberíamos haber hecho durante el día sólo se cumple, al salir el sol, en sueños, es decir, después de la inflexión del adormecimiento, siguiendo una vía distinta de la de la vigilia. La misma historia cambia y tiene otro fin. Pese a todo, el mundo en el que vivimos durante el sueño es tan diferente, que quienes tienen dificultad para conciliar el sueño intentan sobre todo salir del nuestro. Después de haber dado vueltas, desesperadamente, durante horas y con los ojos cerrados, a pensamientos semejantes a los que habrían tenido con los ojos abiertos, cobran ánimo, si advierten que el minuto anterior ha quedado recargado con un razonamiento en contradicción formal con las leyes de la lógica y la evidencia del presente, pues esa corta «ausencia» significa que está abierta la puerta por la que tal vez puedan escapar, dentro de un rato, de la percepción de la realidad, ir a hacer un alto más o menos lejos de ella, lo que les brindará un sueño más o menos «bueno», pero, cuando se da la espalda a la realidad, cuando se alcanzan los primeros antros en los que las «autosugestiones» preparan —como brujas— el infernal estofado de las enfermedades imaginarias o de la recrudescencia de las enfermedades nerviosas y acechan la hora en que se desencadenarán con bastante fuerza las crisis superadas durante el sueño inconsciente para hacerlo cesar, ya se ha dado un gran paso.
No lejos de ahí está el jardín reservado en el que se cruzan —como flores desconocidas— los sueños tan diferentes unos de otros: sueño de datura, de cáñamo indio, de los múltiples extractos del éter, sueño de la belladona, del opio, de la valeriana, flores que permanecen cerradas hasta el día en que el desconocido predestinado vaya a tocarlas, abrirlas, y exhalar durante largas horas el aroma de sus sueños particulares en un ser maravillado y sorprendido. En el fondo del jardín está el convento de ventanas abiertas donde se oyen repetir las lecciones aprendidas antes de conciliar el sueño y que no sabremos hasta despertar, mientras hace resonar su tictac ese despertador interior, presagio de aquel, tan bien regulado por nuestra preocupación, que, cuando nuestra ama venga a decirnos: «Son las siete», nos encontrará ya listos. En las paredes obscuras de esa habitación que se abre a los sueños y en la que trabaja sin cesar ese olvido de las penas amorosas cuya tarea, en seguida reanudada, queda a veces interrumpida y deshecha por una pesadilla llena de reminiscencias, cuelgan —incluso después de que nos hayamos despertado— los recuerdos de los sueños, pero tan entenebrecidos, que con frecuencia no los advertimos por primera vez hasta la tarde, cuando el rayo de una idea similar los alcanza fortuitamente; algunos, armoniosamente claros mientras dormíamos, resultan tan irreconocibles, que, al no haberlos reconocido, no podemos por menos de apresurarnos a devolver a la tierra, como muertos demasiado rápidamente descompuestos u objetos tan gravemente afectados y próximos al polvo, que ni el restaurador más hábil podría devolverles una forma ni sacar nada de ellos.
Cerca de la verja, está la cantera a la que los sueños profundos van a buscar substancias que impregnan la cabeza con baños tan duros, que, para despertar al durmiente, su propia voluntad se ve obligada —incluso en una mañana de oro— a asestar grandes hachazos, como un joven Siegfried. Más allá aún se encuentran las pesadillas que, según la estúpida opinión de los médicos, fatigan más que el insomnio, cuando, en realidad, permiten al pensador evadirse de la atención, las pesadillas con sus álbumes caprichosos, en las que nuestros parientes muertos acaban de sufrir un grave accidente que no excluye una próxima curación. Entretanto, los mantenemos en una ratonera en la que resultan más pequeños que ratones blancos y, cubiertos de gruesos granos rojos y enarbolando todos ellos una pluma, nos pronuncian discursos ciceronianos. Junto a ese álbum está el disco giratorio del despertar, gracias al cual sufrimos por un instante el enojo de tener que volver después a una casa destruida desde hace cincuenta años y cuya imagen borran, a medida que se aleja el sueño, otras, antes de que lleguemos a la que se presenta sólo una vez, tras detenerse el disco, y que coincide con la que veremos con los ojos abiertos.
A veces no había yo oído nada, por estar en uno de esos sueños en los que caemos como en un agujero del que un poco después nos sentimos contentísimos de salir, pesados, sobrealimentados, digiriendo todo lo que nos han aportado, semejantes a las ninfas que alimentaban a Hércules, esas ágiles potencias vegetativas, cuya actividad se intensifica mientras dormimos.
Se lo llama sueño pesado: parece que nos hayamos vuelto, nosotros mismos, durante unos instantes después de que haya cesado, de plomo. Ya no somos nadie. Entonces, ¿cómo acabamos —buscando nuestro pensamiento, nuestra personalidad, como si buscáramos un objeto perdido— encontrando nuestro propio yo y no cualquier otro? No vemos lo que dicta la elección ni por qué —de entre los millones de seres humanos que podríamos ser— encontramos precisamente el que éramos la víspera. ¿Qué es lo que nos guía, cuando ha habido en verdad una interrupción (ya sea porque el sueño haya sido completo o los sueños enteramente distintos de nosotros)? Ha habido en verdad muerte, como cuando el corazón ha cesado de latir y tracciones rítmicas de la lengua nos reaniman. Seguramente la habitación, aunque sólo la hayamos visto una vez, despierta recuerdos a los que están suspendidos otros más antiguos o bien algunos, de los que tomamos conciencia, dormían dentro de nosotros. La resurrección al despertar —después de ese benéfico acceso de alienación mental que es el sueño— debe parecerse, en el fondo, a lo que ocurre cuando recuperamos un nombre, un verso, un refrán olvidados. Y tal vez la resurrección del alma después de la muerte sea concebible como un fenómeno de la memoria.
Cuando había acabado de dormir, atraído por el cielo soleado, pero retenido por el frescor de esas últimas mañanas tan luminosas y tan frías con las que comienza el invierno, para mirar los árboles, cuyas hojas indicaban ya sólo una o dos pinceladas de oro o rosa que parecían haber permanecido en el aire, en una trama invisible, levantaba la cabeza y extendía el cuello, mientras conservaba el cuerpo medio oculto bajo las mantas; como una crisálida en vías de metamorfosis, yo era un ser doble a cuyas diversas partes no convenía el mismo medio; a mi mirada le bastaba el color, sin calor; mi pecho, en cambio, deseaba calor y no color. No me levantaba hasta que estaba encendido el fuego y miraba el panorama tan transparente y suave de la mañana malva y dorada, a la que acababa de añadir artificialmente las partes de calor que le faltaban atizando el fuego que ardía y humeaba como una buena pipa y me daba, como habría hecho ésta, un placer a la vez grosero, porque descansaba en un bienestar material, y delicado, porque tras él se difuminaba una pura visión. Mi baño estaba cubierto con un papel de un rojo violento que salpicaban flores negras y blancas, a las que debería haberme costado, al parecer, acostumbrarme, pero no dejaron de parecerme nuevas, de forzarme a entrar —no en conflicto, sino— en contacto con ellas, de modificar la alegría y los cantos de mi levantar, no dejaron de ponerme en el centro como de una amapola para mirar el mundo, que veía muy distinto del de París, desde el alegre biombo que era aquella casa nueva, con diferente orientación de la de mis padres y a la que afluía un aire puro. Algunos días, me agitaba el deseo de volver a ver a mi abuela o el miedo a que estuviera enferma o, si no, se trataba del recuerdo de algún asunto pendiente en París y que no avanzaba: a veces también una dificultad en la que, incluso allí, me las había arreglado para caer. Una u otra de esas preocupaciones me había impedido dormir y me veía sin fuerzas para luchar contra mi tristeza, que en un instante llenaba para mí toda la existencia. Entonces enviaba a alguien del hotel al cuartel, con una nota para Saint-Loup: le decía que, si le resultaba materialmente posible —sabía que era muy difícil—, tuviese la bondad de pasar un instante a verme. Al cabo de una hora, llegaba y, al oír su llamada al timbre, me sentía liberado de mis preocupaciones. Sabía que, si bien eran más fuertes que yo, él era más fuerte que ellas y mi atención se apartaba de ellas y se volvía hacia él, quien debía decidir. Acababa de entrar y ya me había rodeado con el aire en el que desplegaba tanta actividad desde la mañana, medio vital muy diferente de mi habitación y al que me adaptaba yo inmediatamente mediante reacciones apropiadas.
«Espero que me perdones haberte molestado; hay algo que me atormenta, ya has debido de adivinarlo».
«No, qué va, he pensado simplemente que tenías ganas de verme y me ha parecido muy grato. Me ha encantado que me mandaras llamar, pero, ¿qué? ¿Algo va mal, entonces? ¿En qué puedo servirte?».
Escuchaba mis explicaciones y me respondía con precisión, pero, antes de que hubiera hablado, ya me había hecho semejante a él; ante las importantes ocupaciones que lo tenían tan apresurado, tan alerta, tan contento, las penas que antes me impedían permanecer un instante sin sufrir me parecían, como a él, desdeñables; era yo como un hombre que, al no poder abrir los ojos desde hace varios días, manda llamar a un médico, quien con pericia y suavidad le aparta el párpado y le quita y le enseña un grano de arena; el enfermo queda curado y tranquilizado. Todas mis preocupaciones se resolvían en un telegrama que Saint-Loup se encargaba de mandar. La vida me parecía tan diferente, tan hermosa, me sentía inundado con tal exceso de fuerza, que quería actuar.
«¿Qué vas a hacer ahora?», decía a Saint-Loup.
«Voy a dejarte, porque dentro de tres cuartos de hora salimos de marcha y me necesitan».
«Entonces, ¿te ha importunado mucho venir?».
«No, no me ha importunado, el capitán ha estado muy amable, ha dicho que, puesto que era para ti, debía venir, pero es que no quiero dar la impresión de abusar».
«Pero, si me levantara en seguida y fuera, por mi cuenta, al lugar al que vais a hacer las maniobras, me interesaría mucho y tal vez podría hablar contigo en las pausas».
«No te lo aconsejo; no has podido dormir, te has preocupado mucho por algo que carece —te lo aseguro— de importancia, pero, ahora que ya no te agita, vuélvete sobre el almohadón y duerme, lo que resultará excelente contra la desmineralización de tus células nerviosas; no te duermas demasiado deprisa, porque nuestra maldita música va a pasar bajo tus ventanas, pero inmediatamente después creo que tendrás paz y volveremos a vernos esta noche a la hora de cenar».
Pero, cuando empecé a interesarme por las teorías militares que exponían en la cena los amigos de Saint-Loup y el deseo que pasó a caracterizar aquellos días en mí fue —así como alguien cuyo principal estudio es la música y vive en los conciertos se complace en frecuentar los cafés en los que se puede codear con músicos de orquesta— el de ver más de cerca a sus diferentes jefes, con frecuencia iba yo, un poco después, a ver el regimiento hacer maniobras en el campo. Para llegar al terreno de las maniobras, debía darme grandes caminatas. Por la noche, después de la cena, las ganas de dormir me daban vahídos a ratos, como a consecuencia de un vértigo. El día siguiente, me daba cuenta de que no había oído la fanfarria, como en Balbec, después de las noches en que Saint-Loup me llevaba a cenar a Rivebelle, no había oído el concierto en la playa, y, en el momento en que quería levantarme, sentía una deliciosa incapacidad para hacerlo; me sentía pegado a un suelo invisible y profundo por las articulaciones, que la fatiga me volvía sensibles, de raicillas musculosas y nutricias. Me sentía lleno de fuerza, la vida se extendía más larga ante mí; es que había retrocedido hasta las saludables fatigas de mi infancia en Combray, la mañana siguiente a los días en que nos habíamos paseado por la parte de Guermantes. Los poetas afirman que recuperamos en un momento lo que fuimos en tiempos al entrar en determinada casa, en determinado jardín, en los que vivimos de jóvenes. Se trata de peregrinaciones muy azarosas que nos deparan tantas decepciones como éxitos. Vale más encontrar en nosotros mismos los lugares fijos, contemporáneos de años diferentes. Para eso puede servirnos, en cierta medida, una gran fatiga a la que sigue una noche de descanso perfecto. Para hacernos descender a las galerías más subterráneas del sueño, en las que ningún reflejo de la víspera, ningún fulgor de la memoria aclaran ya el monólogo interior, en caso de que este mismo no haya cesado, revuelven tan profundamente el suelo y la toba de nuestro cuerpo, que nos hacen recuperar —allí donde nuestros músculos se hunden, retuercen sus ramificaciones y aspiran la vida nueva— el jardín en el que estuvimos de niños. No es necesario viajar para volver a verlo, hay que descender para recuperarlo. Lo que la tierra ha cubierto ya no está sobre ella, sino debajo, la excursión no basta para visitar la ciudad muerta, son necesarias excavaciones, pero ciertas impresiones fugitivas y fortuitas nos hacen —como veremos— volver mucho mejor aún hacia el pasado, con precisión más fina, con vuelo más ligero, más inmaterial, más vertiginoso, más infalible, más inmortal, que esas dislocaciones orgánicas.
A veces mi fatiga era mayor aún: había seguido —sin poder acostarme— las maniobras durante varios días. ¡Qué bendición era entonces el regreso al hotel! Al meterme en la cama, me parecía haber escapado por fin de unos encantadores, de unos brujos, como los que pueblan las «novelas» predilectas de nuestro siglo XVII. Mi sueño hasta las tantas de la mañana no era ya sino un encantador cuento de hadas: encantador y tal vez benéfico también. Me decía que los peores sufrimientos tienen su lugar de asilo, que siempre se puede encontrar —a falta de algo mejor— el reposo. Esos pensamientos me llevaban muy lejos.
Los días en que había descansado y, sin embargo, Saint-Loup no podía salir, iba yo con frecuencia a verlo en el cuartel. Era lejos; había que salir de la ciudad, cruzar el viaducto, a los dos lados del cual había una vista inmensa. Casi siempre soplaba una brisa fuerte en aquellas alturas y se engolfaba en los edificios, construidos en tres lados del patio, que bramaban sin cesar como un antro de los vientos. Mientras esperaba a Robert, ocupado con algún servicio, delante de la puerta de su cuarto o en el refectorio, charlando con algunos de sus amigos, que me había presentado y a los que más adelante fui a visitar a veces, incluso cuando él no estaba, al ver por la ventana, a cien metros debajo de mí, el campo desnudo, pero en el que sembrados nuevos, con frecuencia mojados aún por la lluvia e iluminados por el sol, formaban, aquí y allá, algunas franjas verdes de un brillo y una limpidez translúcida de esmalte, oía hablar de él y muy pronto pude darme cuenta de lo querido y popular que era. En algunos voluntarios, pertenecientes a otros escuadrones, jóvenes burgueses ricos que veían la sociedad aristocrática sólo desde fuera y sin entrar en ella, a la simpatía que les inspiraba lo que sabían del carácter de Saint-Loup se sumaba el prestigio que tenía para ellos el joven a quien con frecuencia —cuando iban de permiso a París— veían, los sábados por la noche, cenando en el Café de la Paix, con el duque de Uzès y el príncipe de Orleáns y, por esa razón, en su hermoso rostro, en su desgarbada forma de caminar, de saludar, en la perpetua danza de su monóculo, en la «fantasía» de sus quepis demasiado altos, de sus pantalones de tela demasiado fina y demasiado rosada, veían una «distinción» de la que carecían, a su juicio, los oficiales más elegantes del regimiento, incluso el majestuoso capitán a quien yo debía la posibilidad de dormir en el cuartel, demasiado solemne, en comparación, y casi común y corriente.
Uno decía que el capitán había comprado un nuevo caballo. «Puede comprar todos los caballos que quiera. El domingo por la mañana me encontré a Saint-Loup en el paseo de las Acacias: ¡monta con una elegancia muy distinta!», respondía el otro y con conocimiento de causa, pues aquellos jóvenes pertenecían a una clase que, si bien no frecuenta al mismo personal mundano, no difiere —gracias al dinero y al ocio— de la nobleza en la experiencia de todas las elegancias que se pueden comprar. Si acaso, en la suya había —por ejemplo, en lo relativo a la ropa— algo más aplicado, más impecable, que aquella libre y descuidada elegancia de Saint-Loup, quien tanto gustaba a mi abuela. Representaba no poca emoción para aquellos hijos de grandes banqueros o agentes de cambio ver en una mesa vecina a la suya —mientras comían ostras, a la salida del teatro— al suboficial Saint-Loup. ¡Y cuántos relatos se oían en el cuartel el lunes, al volver del permiso, por parte de uno de ellos, del mismo escuadrón de Robert, a quien había saludado «muy amable», por parte de otro que no era de ese mismo escuadrón y a quien, aun así, Robert había —le parecía— reconocido, pues había dirigido su monóculo dos o tres veces hacia él!
«Sí, mi hermano lo vio en “la Paix”», decía otro, que había pasado el día en casa de su amante; «al parecer, llevaba incluso un frac demasiado amplio y que no le sentaba bien».
«¿Cómo era el chaleco?».
«No llevaba chaleco blanco, sino malva, con unas como palmeras: ¡estupefaciente!».
Para los veteranos —hombres del pueblo que desconocían el Jockey e incluían sólo a Saint-Loup en la categoría de suboficiales muy ricos, en la que clasificaban a todos los que, arruinados o no, llevaban cierto tren de vida, tenían unos ingresos bastante elevados o deudas y eran generosos con los soldados—, los andares, el monóculo, los pantalones, los quepis de Saint-Loup, si bien no veían en ellos nada aristocrático, no por ello dejaban de presentar menos interés y significado. Reconocían en esas particularidades el carácter, el género, que habían asignado de una vez por todas a aquel el más popular de los suboficiales del regimiento, modales distintos de los de todo el mundo, desdén de lo que pudieran pensar los jefes y consecuencia natural —les parecía— de su bondad para con el soldado. El café de por la mañana en el cuarto o el descanso en las camas por la tarde parecían mejores cuando algún veterano ofrecía a la escuadra ávida y perezosa algún detalle sabroso sobre un quepis de Saint-Loup.
«Tan alto como mi impedimenta».
«Oye, chaval, no te quedes con nosotros, no podía ser tan alto como tu impedimenta», interrumpía un joven licenciado en Letras, que procuraba —recurriendo a ese dialecto— no parecer un reclutón y ver confirmado —atreviéndose a contradecirlo— algo que le encantaba.
«¡Ah! ¡Conque no es tan alto como mi impedimenta! ¿La has medido tú acaso? Te digo que el teniente coronel se lo ha quedado mirando como si quisiera meterle un paquete y no vayas a creer que mi buen Saint-Loup se dejaba pasmar, iba y venía, bajaba la cabeza, volvía a alzarla y el monóculo siempre danzando. Veremos a ver qué dice el capitán. ¡Ah! Puede que no diga nada, pero lo que es seguro es que no le va a hacer gracia precisamente. Ahora, que ese quepis no es nada del otro mundo precisamente. Al parecer, en su casa, en la ciudad, tiene más de treinta».
«¿Cómo lo sabes, chaval? ¿Por nuestro dichoso cabo?», preguntaba el joven licenciado con pedantería, exhibiendo las nuevas formas lingüísticas que acababa de aprender y con las que le daba orgullo engalanar su conversación.
«¿Que cómo lo sé? ¡Por su ordenanza, claro está!».
«¡Hombre, ése sí que no debe de pasarlo nada mal!».
«¡Ya lo creo! Tiene más pasta que yo, ¡eso seguro! Y, encima, le da toda su ropa y esto y lo otro. No tenía bastante con lo que le daban en la cantina, conque mi De Saint-Loup cogió y se fue para allá y esto es lo que tuvo que oír el cocinero: “Quiero que esté bien alimentado, cueste lo que cueste”».
Y el veterano compensaba la insignificancia de las palabras con la energía del acento, con una imitación mediocre, que hacía furor.
A la salida del cuartel, daba yo una vuelta y después —en espera del momento en que iba diariamente a cenar con Saint-Loup, en el hotel en el que él y sus amigos se alojaban— me dirigía al mío, en cuanto se ponía el sol, para disponer de dos horas en las que descansar y leer. En la plaza, el atardecer dejaba en los tejados del castillo, en forma de polvorín, unas nubecillas rosadas que hacían juego con el color de los ladrillos y acababa el retoque templando estos últimos con un reflejo. Afluía a mis nervios tal corriente de vida, que ninguno de mis movimientos podía agotarla; cada uno de mis pasos, tras haber tocado un adoquín de la plaza, rebotaba, me parecía llevar en los talones las alas de Mercurio. Una de las fuentes estaba llena de un resplandor rojo y en la otra la luz de la luna daba ya al agua color de ópalo. Entre ellas jugaban, lanzaban gritos, describían círculos unos chiquillos, obedeciendo a una necesidad de la hora, como vencejos o murciélagos. Junto al hotel, los antiguos palacios nacionales y el naranjal de Luis XVI, en los que se encontraban ahora la Caja de Ahorros y el cuerpo de ejército, estaban iluminados por dentro por las pálidas y doradas bombillas del gas ya encendido que, cuando aún no había desaparecido la claridad del día, favorecía a aquellas altas y vastas ventanas del siglo XVIII, en las que no se había borrado aún el último reflejo del ocaso, como lo habría hecho a una cara avivada de rojo un adorno de carey dorado, y me persuadía para que fuera a reunirme con mi fuego y mi lámpara, la única que luchaba —en la fachada del hotel en el que vivía— contra el crepúsculo y por la cual regresaba yo, antes de que fuese noche cerrada, por placer, como para la merienda. Conservaba en mi cuarto la misma plenitud de sensación que había tenido fuera. Abombaba de tal modo la apariencia de superficies que con tanta frecuencia nos parecen lisas y vacías, la llama amarilla del fuego, el papel del cielo en el que el atardecer había emborronado, como un colegial, los tirabuzones de un dibujo rosado, la alfombra de dibujo singular de la mesa redonda sobre la cual una resma de papel escolar y un tintero me esperaban con una novela de Bergotte, que en adelante esas cosas han seguido pareciéndome cargadas de toda una clase particular de existencia que sabría —me parece— extraerles, si lograra recuperarlas. Pensaba con gozo en aquel cuartel que acababa de abandonar y cuya veleta giraba con todos los vientos, como un buceador, al respirar por un tubo que sobresale por encima de la superficie del agua. Para mí, sentirme como vinculado a aquel cuartel —aquel alto observatorio que dominaba el campo surcado de canales de esmalte verde y bajo cuyos cobertizos y a cuyos edificios contaba como privilegio precioso, que deseaba duradero, poder dirigirme cuando quisiese, siempre seguro de ser bien recibido— era como estar conectado con la vida saludable, con el aire libre.
A las siete, me vestía y volvía a salir para ir a cenar con Saint-Loup en el hotel en el que se alojaba. Me gustaba ir a pie. La obscuridad era profunda y a partir del tercer día empezó a soplar, nada más llegar la noche, un viento glacial que parecía anunciar la nieve. Mientras caminaba, me parecía que no debía dejar ni un instante de pensar en la Sra. de Guermantes; para intentar sentirme más próximo a ella había ido al cuartel de Robert, pero un recuerdo, una pena, son móviles. Hay días en que se van tan lejos, que apenas los divisamos, creemos que han desaparecido. Entonces prestamos atención a otras cosas y las calles de aquella ciudad no eran aún para mí, como allí donde estamos habituados a vivir, simples medios para ir de un lugar a otro. La vida que llevaban los habitantes de aquel mundo desconocido debía de ser —me parecía— maravillosa y con frecuencia los cristales iluminados de una vivienda, al colocar ante mis ojos las escenas verídicas y misteriosas de vidas en las que no entraba, me retenían largo rato inmóvil en la noche. Aquí el genio del fuego me mostraba en un cuadro purpurado un local de venta de castañas en el que dos suboficiales, cuyos cinturones descansaban sobre sillas, jugaban a las cartas sin sospechar que un mago los había hecho surgir de la noche, como en una aparición de teatro, y los evocaba tal como eran efectivamente en aquel preciso momento para un transeúnte detenido al que no podían ver. En una tiendecita de lance, una vela medio consumida, al proyectar su resplandor rojo sobre un grabado, lo transformaba en sanguina, mientras que la claridad de la gran lámpara —luchando contra la sombra— tostaba un trozo de cuero, nielaba un puñal de lentejuelas centelleantes, en cuadros que eran simples copias malas, depositaba un dorado precioso como la pátina del pasado o el barniz de un maestro y convertía, por último, aquel tugurio, en el que no había otra cosa que género charro y mamarrachos, en un inestimable Rembrandt. A veces alzaba la vista hasta cierto vasto piso antiguo cuyos postigos no estaban cerrados y en el que hombres y mujeres anfibios, readaptándose todas las noches a vivir en un elemento distinto del día, nadaban lentamente en el raso líquido que, a la caída de la noche, brota incesantemente del depósito de las lámparas para llenar las habitaciones hasta el borde de sus paredes de piedra y de cristal y en cuyo interior propagaban, al desplazar sus cuerpos, remolinos untuosos y dorados. Reanudaba mi camino y con frecuencia en la callejuela negra que pasa por delante de la catedral, como en tiempos en el camino de Méséglise, la fuerza de mi deseo me detenía; me parecía que iba a surgir una mujer para satisfacerlo; si de repente sentía pasar en la obscuridad un vestido, la violencia misma del placer que experimentaba me impedía creer que aquel roce fuera fortuito e intentaba rodear con mis brazos a una transeúnte aterrada. En aquella callejuela gótica había, para mí, algo tan real, que, si hubiera podido seducir y poseer en ella a una mujer, me habría resultado imposible no creer que era la antigua voluptuosidad la que iba a unirnos, aun cuando dicha mujer hubiera sido una simple buscona apostada allí todas las noches, pero a la que hubiesen conferido su misterio el invierno, el extrañamiento, la obscuridad y la Edad Media. Pensaba en el futuro: intentar olvidar a la Sra. de Guermantes me parecía atroz, pero razonable y, por primera vez, posible, fácil tal vez. En la absoluta calma de aquel barrio, oía delante de mí palabras y risas que debían de proceder de paseantes medio borrachos que volvían a casa. Me detenía a verlos, miraba hacia donde había oído el ruido, pero me veía obligado a esperar mucho tiempo, pues el silencio circundante era tan profundo, que había dejado pasar con una claridad y una fuerza extremas ruidos aún lejanos. Por fin, llegaban los paseantes no delante de mí, como había creído, sino muy lejos y por detrás. Ya fuera que el cruce de las calles, la interposición de las casas, hubiese causado, por refracción, aquel error de acústica o que resulte muy difícil situar un sonido cuya localización desconocemos, me había equivocado —además de sobre la distancia— sobre la dirección.
Se intensificaba el viento. Estaba muy erizado y granado con nieve cercana; volvía a la calle principal y montaba en el pequeño tranvía desde cuya plataforma un oficial que parecía no verlos respondía a los saludos de los soldados palurdos de paseo por la acera, con la cara pintarrajeada por el frío, y recordaba —en aquella ciudad que el brusco salto del otoño a aquel comienzo de invierno parecía haber arrastrado más hacia el Norte— a la cara rubicunda con que Brueghel pinta a sus campesinos alegres, comilones y curdelas.
Y precisamente en el hotel en el que tenía cita con Saint-Loup y sus amigos y al que las fiestas que comenzaban atraían muchas personas del vecindario y forasteros era donde —mientras cruzaba directamente el patio que daba a cocinas enrojecidas, en las que giraban pollos ensartados, se asaban cerdos y arrojaban bogavantes aún vivos a lo que el hotelero llamaba el «fuego eterno»— una afluencia —digna de un «Censo en Belén», como los que pintaban los antiguos maestros flamencos— de recién llegados se reunía en grupos en el patio para pedir al dueño o a uno de sus ayudantes —quienes, cuando no les gustaba su aspecto, solían indicarles un alojamiento en la ciudad— si podían servirles y hospedarlos, mientras pasaba un camarero llevando del cuello un ave de corral, que se resistía, y a una comida del Evangelio, ilustrado con la ingenuidad de tiempos antiguos y la exageración de Flandes, recordaba también —en el gran comedor, que crucé el primer día, antes de alcanzar el cuartito en el que me esperaba mi amigo— el número de pescados, capones, urogallos, becadas, palomos, traídos —muy decorados y humeantes— por camareros sin aliento y que se deslizaban por el entarimado para avanzar más deprisa y los depositaban en la inmensa consola, en la que en seguida los trinchaban, pero en la que se acumulaban —pues muchas comidas tocaban a su fin, cuando yo llegaba— inutilizados, como si su abundancia y la precipitación de quienes los traían se debieran —mucho más que a las peticiones de los comensales— al respeto del texto sagrado escrupulosamente seguido a la letra, pero ingenuamente ilustrado con detalles reales tomados de la vida local, y al deseo estético y religioso de mostrar el esplendor de la fiesta mediante la profusión de las vituallas y la diligencia de los servidores. Uno de ellos soñaba, inmóvil en el extremo de la sala y junto a un aparador, por lo que —a fin de preguntarle, por ser el único que parecía bastante tranquilo para responderme, en qué sala habían preparado nuestra mesa— me dirigí derecho —avanzando, con riesgo de ser derribado por los otros, por entre los hornillos encendidos aquí y allá para impedir que se enfriaran los platos de los rezagados, lo que no impedía que en el centro de la sala sostuviera los postres un muñeco enorme a veces situado sobre las alas de un pato de cristal, al parecer, pero, en realidad, de hielo, cincelado todos los días con hierro al rojo por un cocinero escultor, con gusto muy flamenco— hacia aquel servidor, en el que creí reconocer a un personaje tradicional de esos motivos sagrados y cuyo chato, ingenuo y mal dibujado rostro reproducía escrupulosamente, con expresión soñadora, ya a medias presciente del milagro de una presencia divina que los otros no han sospechado aún. Añadamos que, en vista seguramente de las próximas fiestas, a esa representación habían sumado un suplemento celeste reclutado por entero en un personal de querubines y serafines. Un joven ángel músico, de pelo rubio que enmarcaba un rostro de catorce años, no tocaba, a decir verdad, instrumento alguno, pero soñaba despierto delante de un gong o una pila de platos, mientras ángeles menos infantiles se apresuraban por los desmesurados espacios de la sala, agitando el aire con el movimiento incesante de las servilletas que descendían a lo largo de su cuerpo en forma de alas de primitivos, con puntas agudas. Huyendo de aquellas regiones mal definidas, veladas por una cortina de palmeras, de cuyo empíreo parecían —de lejos— proceder los celestes servidores, me abrí paso hasta la salita en la que estaba la mesa de Saint-Loup. Encontré en ella a algunos de sus amigos, que cenaban siempre con él, nobles, salvo uno o dos plebeyos, pero en quienes aquéllos habían visto, desde el colegio, posibles amigos y con quienes habían trabado amistad con mucho gusto, con lo que demostraban no ser, en principio, hostiles a los burgueses, aunque fueran republicanos, con tal de que tuviesen las manos limpias y fuesen a misa. Ya la primera vez, antes de que nos sentáramos a la mesa, llevé a Saint-Loup a un rincón del comedor y delante de todos los demás, pero sin que nos oyeran, le dije:
«Robert, el momento y el lugar no son los más adecuados para decírtelo, pero va a ser sólo un segundo. Siempre se me olvida preguntarte en el cuartel si la que tienes sobre la mesa es una fotografía de la Sra. de Guermantes».
«Pues claro que sí: es mi tía».
«Anda, pero si es verdad, estoy loco, ya me lo habías dicho y no se me había ocurrido. ¡Huy, Dios mío! Tus amigos deben de impacientarse, hablemos rápido, que nos están mirando, o, si no, en otra ocasión, no tiene la menor importancia».
«Que sí, hombre, sigue, que esperen».
«Que no, que quiero ser cortés; son tan amables; además, es que, mira, no es que me interese tanto».
«¿La conoces, a la “buena de Oriane”?».
Ese «la buena de Oriane» no significaba que Saint-Loup considerara a la Sra. de Guermantes particularmente buena. En su caso, «buena», «excelente», eran simples refuerzos de «la», destinados a designar a una persona a la que conocen los dos interlocutores y de la que no sabemos qué decir ante alguien ajeno a nuestro círculo íntimo. «Buena» sirve de aperitivo y permite esperar un instante para encontrar lo que sigue: «¿La ves con frecuencia?», o: «Hace meses que no la he visto», o: «Voy a verla el martes», o: «Ya no debe de ser demasiado joven».
«No te puedes imaginar cómo me divierte que sea su fotografía, porque ahora vivimos en su casa y me he enterado de cosas inusitadas sobre ella» (¡no habría sabido decir cuáles!), «por lo que me interesa mucho, desde un punto de vista literario, verdad, desde un punto de vista —¿cómo podría decir?— balzaciano; tú, que eres tan inteligente, lo comprendes con medias palabras, pero acabemos aprisa, ¿qué van a pensar tus amigos de mi educación?».
«Pero si no piensan nada, les he dicho que eres sublime y están mucho más intimidados que tú».
«Eres muy amable, pero precisamente: la Sra. de Guermantes no sospecha que te conozco, ¿verdad?».
«No lo sé; no la he visto desde el año pasado: no he ido de permiso desde que regresó».
«Es que, mira, me han asegurado que me considera totalmente idiota».
«Eso no lo creo: Oriane no es un águila, pero, de todos modos, no es estúpida».
«Ya sabes que, en general, no tengo el menor interés en que difundas los buenos sentimientos que abrigas para conmigo, pues carezco de amor propio. Por eso, lamento que hayas dicho cosas amables sobre mí a tus amigos (con los que vamos a reunirnos dentro de unos segundos), pero, en el caso de la Sra. de Guermantes, si pudieras hacerle saber, aun con un poco de exageración, lo que piensas de mí, me harías un gran favor».
«Pues con muchísimo gusto, si sólo tienes que pedirme eso, no es demasiado difícil, pero, ¿qué importancia puede tener lo que piense ella de ti? Supongo que te traerá sin cuidado; en todo caso, si sólo es eso, podemos hablar de ello delante de todo el mundo o cuando estemos solos, porque temo que te canses de estar hablando de pie y de forma tan incómoda, cuando tenemos tantas ocasiones de hablar a solas».
Aquella incomodidad era precisamente la que me había infundido valor para hablar a Robert; la presencia de los otros era, para mí, un pretexto que me autorizaba a decir unas pocas palabras deshilvanadas, gracias a las cuales podía disimular más fácilmente la mentira que pronunciaba al decir a mi amigo que había olvidado su parentesco con la duquesa y no darle tiempo a preguntarme los motivos para desear que la Sra. de Guermantes supiera de nuestra amistad: preguntas que me habrían angustiado tanto más cuanto que no habría podido darles respuesta.
«Robert, me extraña que alguien tan inteligente como tú no comprenda que no se debe hablar sobre lo que da placer a los amigos, sino hacerlo, pero, si tú me pidieras algo y debo decir incluso que me gustaría mucho que lo hicieses, te aseguro que no te pediría explicaciones. Voy más lejos de lo previsto; no es que me interese conocer a la Sra. de Guermantes, pero debería haberte dicho, para ponerte a prueba, que deseaba cenar con ella y sé que no me lo habrías facilitado».
«No sólo lo habría hecho, sino que, además, voy a hacerlo».
«¿Cuándo?».
«En cuanto vuelva a París, dentro de tres semanas, seguramente».
«Ya veremos; de todos modos, ella no querrá. No tengo palabras para expresarte mi agradecimiento».
«Pero que no, si no es nada».
«No me digas eso: es inmenso, porque ahora veo lo amigo que eres; que lo que te pido sea importante o no, desagradable o no, que me interese en realidad o sólo para ponerte a prueba poco importa; dices que lo harás y con eso demuestras la finura de tu inteligencia y tu corazón. Un amigo idiota se habría puesto a discutir».
Eso era precisamente lo que acababa de hacer, pero tal vez quisiera yo picarle el amor propio; tal vez fuese yo sincero también, pues la única piedra de toque del mérito me parecía la utilidad que podía él tener para mí en relación con la única cosa que me parecía importante: mi amor.
«¡Oh! ¡Robert! Mira», dije también a Saint-Loup durante la cena... «¡Oh! Es tan cómica esta conversación entrecortada y, por lo demás, no sé por qué. En relación con la señora de la que acabo de hablarte...».
«Sí».
«¿Sabes bien a quién me refiero?».
«Pero, bueno, me tomas por un cretino del Valais, por un retrasado».
«¿Te importaría regalarme su fotografía?».
Pensaba sólo pedirle que me la prestara, pero en el momento de hablar sentí timidez, me pareció indiscreta mi pregunta y, para no traslucirlo, la formulé más brutalmente y la intensifiqué aún más, como si hubiera sido de lo más natural.
«No, pero primero debo pedirle permiso», me respondió.
Al instante se ruborizó. Comprendí que había tenido una reserva mental y que me atribuía otra a mí, que sólo iba a servirme a medias en relación con mi amor, a reserva de ciertos principios de moralidad, y lo detesté.
Y, sin embargo, me sentía conmovido al ver hasta qué punto se mostraba Saint-Loup diferente para conmigo, cuando ya no estábamos a solas, sino delante de sus amigos. Su mayor amabilidad me habría dejado indiferente, si hubiese creído que era a propósito, pero yo sentía que era involuntaria y alimentada exclusivamente por todo lo que debía de decir sobre mí, cuando yo estaba ausente, y que callaba, cuando estábamos a solas los dos. Cierto es que en nuestras reuniones a solas yo sospechaba el placer que sentía al hablar conmigo, pero permanecía casi siempre inexpresado. Ahora vigilaba con el rabillo del ojo para ver si las mismas palabras mías producían en sus amigos el efecto con el que había contado y que debía corresponder a lo que les había anunciado. La madre de una debutante no prestaría mayor atención a las réplicas de su hija y a la actitud del público. Si yo hubiera dicho una palabra que, a solas conmigo, lo hubiese hecho sonreír, temía que no se comprendiera bien, me decía: «¿Cómo, cómo?», para hacerme repetir, para que prestaran atención y al instante, volviéndose hacia los otros y convirtiéndose, sin querer, al verlos riendo afables, en el incitador de su risa, me transmitía por primera vez la idea que tenía de mí y que debía de haberles expresado con frecuencia. De modo que de repente yo me veía a mí mismo desde fuera, como alguien que lee su nombre en el periódico o se ve en un espejo.
Una de aquellas noches quise contar una historia bastante cómica sobre la Sra. Blandais, pero me detuve inmediatamente, pues recordé que Saint-Loup la conocía ya y que, al ir a hacerlo el día siguiente al de mi llegada, me había interrumpido diciendo: «Ya me la contaste en Balbec». Conque me sorprendió verlo exhortarme a continuar, asegurándome que no conocía aquella historia y que le divertiría mucho. Le dije: «La has olvidado, pero vas a recordarla en seguida». «No, qué va, te juro que te confundes. Nunca me la has contado. Anda, sigue». Y durante todo el relato clavaba febrilmente sus miradas ora en mí ora en sus amigos. Hasta que hube acabado en medio de las risas de todos, no comprendí que, como había pensado que daría una excelente idea de mi agudeza a sus amigos, había fingido no conocerla. Así es la amistad.
La tercera noche, uno de sus amigos, con el que yo no había tenido ocasión de hablar las dos primeras veces, estuvo charlando largo rato conmigo y lo oí decir a Saint-Loup el placer que le daba y, de hecho, estuvimos hablando casi toda la velada juntos delante de nuestras copas de vino de Sauternes, que no vaciábamos, separados, protegidos, de los otros por los magníficos velos de una de esas simpatías entre hombres, que, cuando no tienen como base la atracción física, son las únicas totalmente misteriosas. De semejante naturaleza enigmática me había parecido en Balbec aquel sentimiento que Saint-Loup abrigaba por mí, que no se confundía con el interés de nuestras conversaciones, separado de todo vínculo material, invisible, intangible y cuya presencia en sí mismo sentía él como un flogístico, en cierto modo, un gas, lo suficiente para mencionarlo sonriendo, y tal vez hubiera al respecto algo más sorprendente aún en aquella simpatía nacida en una sola velada, como una flor que se hubiera abierto en unos minutos con el calor de aquella salita. No pude por menos de preguntar a Robert, cuando me hablaba de Balbec, si estaba de verdad decidida su boda con la Srta. de Ambresac. Me declaró que no sólo no lo estaba, sino que, además, nunca se la había planteado, nunca la había visto, no sabía quién era. Si yo hubiese visto en aquel momento a algunas de las personas de la alta sociedad que habían anunciado dicha boda, me habrían comunicado la de la Srta. de Ambresac con alguien distinto de Saint-Loup y la de Saint-Loup con alguien que no era la Srta. de Ambresac. Les habría asombrado mucho al recordarles sus predicciones contrarias y aún tan recientes. Para que ese jueguecito pueda continuar y multiplicar las noticias falsas acumulando sucesivamente sobre cada nombre el mayor número posible, la naturaleza ha dado a esa clase de jugadores una memoria tan corta como grande es su credulidad.
Saint-Loup me había hablado de otro de sus compañeros que también estaba allí y con el cual se entendía particularmente bien, pues eran en aquel medio los dos únicos partidarios de la revisión del proceso de Dreyfus.
«¡Oh! Él no es como Saint-Loup, es un energúmeno», me dijo mi nuevo amigo. «Ni siquiera tiene buena fe. Al principio, decía: “Basta esperar, tenemos ahí a un hombre de buena fe, rebosante de finura, de bondad, el general de Boisdeffre; podremos aceptar, sin vacilar, su dictamen”. Pero, cuando supo que Boisdeffre proclamaba la culpabilidad de Dreyfus, aquél pasó a carecer del menor valor; el clericalismo, los prejuicios del Estado Mayor le impedían juzgar sinceramente, pese a que nadie sea —o, al menos, no fue— tan clerical, antes de su Dreyfus, que nuestro amigo. Entonces nos dijo que, en todo caso, se sabría la verdad, pues el caso iba a estar en manos de Saussier y éste, como soldado republicano que era (nuestro amigo es de una familia ultramonárquica), era un hombre de bronce, una conciencia inflexible, pero, cuando Saussier proclamó la inocencia de Esterhazy, encontró nuevas explicaciones para ese veredicto, desfavorable —no para Dreyfus, sino— para el general Saussier. El espíritu militarista cegaba a Saussier (y nótese que él es tan militarista como clerical o al menos lo era, pues ya no sé qué pensar de él). Su familia está consternada al verlo sostener esas ideas».
«¿Ves?», dije volviéndome a medias hacia Saint-Loup para que no pareciera que me aislaba, así como hacia su compañero, y para hacerlo participar en la conversación. «Es que la influencia que se atribuye al medio es aplicable sobre todo al medio intelectual. Somos hombres de nuestras ideas; hay muchas menos ideas que hombres, por lo que todos los hombres que profesan una misma idea son iguales. Como una idea nada tiene de material, los hombres que están sólo materialmente en torno al hombre de una idea no la modifican en nada».
En aquel momento me interrumpió Saint-Loup, porque uno de los jóvenes militares acababa de señalarme sonriendo y diciendo: «Duroc, lo que se dice Duroc». Yo no sabía qué quería decir, pero sentía que la expresión del rostro intimidado era más que condescendiente. Saint-Loup no se contentó con aquellas comparaciones. Con un delirio de alegría, que intensificaba seguramente la que le infundía hacerme brillar delante de sus amigos, con una volubilidad extrema, me repetía acariciándome como a un caballo que ha llegado el primero a la meta: «¿Sabes lo que te digo? Eres el hombre más inteligente que conozco». Rectificó y añadió: «Junto con Elstir. Espero que no te enfades. Escrúpulo, verdad. Comparación: te lo digo como se lo habrían dicho a Balzac, es usted el mayor novelista del siglo, junto con Stendhal. Exceso de escrúpulo, verdad, en el fondo admiración inmensa. ¿No? ¿No comulgas con lo de Stendhal?», añadía con una confianza ingenua en mi juicio, que se plasmaba en una encantadora interrogación sonriente, casi infantil, de sus verdes ojos. «¡Ah, bien! Ya veo que eres de mi opinión. Bloch detesta a Stendhal, me parece una idiotez de su parte. La Cartuja es, de todos modos, algo colosal, ¿verdad? Me alegro de que seas de mi opinión. ¿Qué es lo que más te gusta en La Cartuja? Responde», me decía con impetuosidad juvenil y su fuerza física, amenazadora, daba cierta connotación temible a la pregunta. «¿Mosca? ¿Fabrice?». Yo respondía tímidamente que Mosca recordaba un poco al Sr. de Norpois, lo que provocaba un ataque de risa al joven Sigfried-Saint-Loup. No había acabado yo de añadir: «Pero Mosca es mucho más inteligente, menos pedante», cuando oía a Robert gritar «¡bravo!», aplaudiendo efectivamente, riendo hasta troncharse y gritando: «¡Qué exacto! ¡Excelente! Eres increíble». Cuando yo hablaba, la aprobación de los otros parecía de más a Saint-Loup, exigía silencio y, así como un director de orquesta interrumpe a sus músicos dando golpecitos con su arco, porque alguien ha hecho ruido, reprendió al perturbador: «Gibergue», dijo, «hay que callar, cuando alguien está hablando. Ya lo dirás después. Hale, continúa», me dijo.
Respiré, pues había temido que me hiciera comenzar desde el principio.
«Y, como una idea», continué, «es algo que no puede intervenir en los intereses humanos y no podría gozar de sus ventajas, los hombres de una idea no están influidos por el interés».
«Caramba, eso tira de espaldas, chicos», exclamó, después de que yo hubiera acabado de hablar, Saint-Loup, quien me había seguido con los ojos con la misma solicitud ansiosa que si hubiera caminado por la cuerda floja. «¿Qué querías decir, Gibergue?»
«Decía que este señor me recuerda mucho al comandante Duroc. Me parecía estar oyéndolo».
«Pues sí, yo también lo he pensado muchas veces», respondió Saint-Loup. «Tienen mucho en común, pero ya verás como éste tiene mil cosas de las que carece Duroc».
Así como un hermano de ese amigo de Saint-Loup, alumno de la Schola Cantorum, en modo alguno opinaba sobre cualquier nueva obra musical como su padre, su madre, sus primos, sus compañeros de club, sino exactamente como todos los demás alumnos de la Schola, así también aquel suboficial noble —del que Bloch se hizo una idea extraordinaria, cuando le hablé de él, porque, pese a que le emocionó enterarse de que era del mismo partido que él, lo imaginaba, por sus orígenes aristocráticos y su educación religiosa y militar, de lo más diferente, adornado con el mismo encanto que un nativo de una región lejana— tenía una «mentalidad», como se empezaba a decir entonces, análoga a la de todos los defensores de dreyfusistas en general y de Bloch en particular y sobre la cual no tenían ascendiente alguno las tradiciones de su familia y los intereses de su carrera. Así, un primo de Saint-Loup se había casado con una joven princesa de Oriente que, según decían, componía versos tan bellos como los de Victor Hugo o Alfred de Vigny y a la que, pese a ello, atribuían una índole diferente de lo que se podía concebir, propia de una princesa de Oriente recluida en un palacio de Las mil y una noches. A los escritores que tuvieron el privilegio de tratarla fue reservada la decepción o, mejor dicho, la alegría de oír una conversación que no daba la idea de una Scherezade, sino de una persona genial del estilo de Alfred de Vigny o Victor Hugo.
Me complacía sobre todo charlar con aquel joven —como con los otros amigos de Robert, por lo demás, y con el propio Robert— del cuartel, de los oficiales de la guarnición, del ejército en general. Gracias a aquella escala inmensamente aumentada con la que vemos las cosas, por pequeñas que sean, en medio de las cuales comemos, hablamos, llevamos nuestra vida real, gracias a ese formidable aumento que experimentan y en virtud del cual el resto, ausente del mundo, no puede luchar con ellas y cobra, a su lado, la inconsistencia de un sueño, había yo empezado a interesarme por las diversas personalidades del cuartel, por los oficiales que veía en el patio, cuando iba a ver a Saint-Loup o, si estaba despierto, cuando el regimiento pasaba bajo mis ventanas. Me habría gustado saber detalles sobre el comandante, al que tanto admiraba Saint-Loup y sobre el curso de historia militar, que me habría encantado «estéticamente incluso». Sabía yo que en Robert había cierto verbalismo que con demasiada frecuencia resultaba un poco vacuo, pero otras veces significaba la asimilación de ideas profundas para cuya comprensión estaba muy dotado. Por desgracia, desde el punto de vista del ejército, Robert estaba sobre todo preocupado en aquel momento por el caso Dreyfus. Hablaba poco al respecto, porque era el único dreyfusista de su mesa; los otros eran violentamente hostiles a la revisión, exceptuado mi vecino de mesa, mi nuevo amigo, cuyas opiniones parecían bastante fluctuantes. Mi vecino, admirador convencido del coronel, considerado un oficial notable y que había condenado la agitación contra el ejército en diversos órdenes del día por los que se lo consideraba enemigo de Dreyfus, se había enterado de que su jefe había dejado escapar afirmaciones de que abrigaba —se deducía— dudas sobre la culpabilidad de Dreyfus y seguía estimando a Picquart. Sobre esto último, el rumor de que el coronel fuera relativamente dreyfusista carecía, en todo caso, de fundamento, como todos los rumores de procedencia desconocida que surgen sobre cualquier asunto importante, pues, poco después, aquel coronel, tras recibir el encargo de interrogar al antiguo jefe de la Oficina de Información, lo trató con una brutalidad y un desprecio nunca hasta entonces igualados. Fuera como fuese y aunque no se hubiera aventurado a informarse directamente con el coronel, mi vecino había tenido la cortesía para con Saint-Loup de decirle —con el tono con que una señora católica anuncia a una señora judía que su párroco censura las matanzas de judíos en Rusia y admira la generosidad de algunos israelitas— que el coronel no era un adversario fanático, estricto, del dreyfusismo —o de cierto dreyfusismo al menos— como lo habían presentado.
«No me extraña», dijo Saint-Loup, «pues es un hombre inteligente, pero, aun así, los prejuicios de cuna y sobre todo el clericalismo lo ciegan. ¡Ah!», me dijo, «el comandante Duroc, el profesor de Historia Militar de que te he hablado, ése sí que comulga en el fondo, al parecer, con nuestras ideas. Por lo demás, lo contrario me habría extrañado, porque es no sólo de una inteligencia sublime, sino también radical-socialista y masón».
Tanto por cortesía para con sus amigos, a quienes las profesiones dreyfusistas de Saint-Loup resultaban penosas, como porque el resto me interesaba más, pregunté a mi vecino si era cierto que aquel comandante hacía una demostración de la historia militar de auténtico valor estético.
«Así es exactamente».
«Pero, ¿qué entiendes por tal?».
«Pues bien, por ejemplo, todo lo que lees, supongo, en el relato de un narrador militar, los hechos más insignificantes, los acontecimientos menos relevantes, son simples señales de una idea que se debe extraer y que con frecuencia oculta otras, como en un palimpsesto. De modo que representa un conjunto tan intelectual como cualquier ciencia o arte y que resulta satisfactorio para la inteligencia».
«Ejemplos, si no es mucho pedir».
«Resulta difícil decírtelo así», interrumpió Saint-Loup. «Lees, por ejemplo, que tal cuerpo intentó... Antes incluso de seguir, el nombre del cuerpo, su composición, no carecen de importancia. Si no es la primera vez que se ha ensayado la operación y si mediante ella vemos aparecer otro cuerpo, puede ser la señal de que los precedentes han resultado aniquilados o muy menoscabados, han dejado de estar en condiciones de llevarla a cabo correctamente. Ahora bien, hay que preguntarse cuál era aquel cuerpo, hoy aniquilado; si eran tropas de choque, dejadas en reserva para asaltos potentes, un nuevo cuerpo de calidad inferior tiene pocas posibilidades allí donde aquéllas fracasaron. Además, si no es al comienzo de una campaña, ese nuevo cuerpo mismo puede tener cualquier composición, lo que puede brindar indicaciones —sobre las fuerzas de que aún dispone el beligerante, sobre la proximidad del momento en que serán inferiores a las del adversario— que darán a la propia operación que dicho cuerpo va a emprender un significado diferente, porque, si ha dejado de estar en condiciones de reparar sus pérdidas, sus próximos éxitos no harán otra cosa que encaminarlo, aritméticamente, a la aniquilación final. Por lo demás, el número designativo del cuerpo que se le oponga no tiene menos importancia. Si, por ejemplo, es una unidad mucho más débil y que ya ha consumido varias unidades importantes del adversario, la propia operación cambia de carácter, pues —aunque debiera concluir con la pérdida de la posición que ocupaba el defensor— el de haberla mantenido durante un tiempo puede ser un gran éxito, si con muy pequeñas fuerzas ha bastado para destruir otras muy importantes del adversario. Como puedes comprender, si, en el análisis de los cuerpos empeñados, encontramos, así, cosas importantes, el estudio de la propia posición, de las carreteras, de las vías férreas que domina, de los revituallamientos que protege reviste la mayor trascendencia. Hay que estudiar lo que podemos llamar todo el marco geográfico», añadió riendo. (Y, en efecto, se sintió tan satisfecho de esta expresión, que, más adelante, siempre que la empleó, aun meses después, se rió del mismo modo.) «Mientras uno de los beligerantes prepara la operación, una de las conclusiones que puedes sacar —si lees que una de sus patrullas resulta aniquilada en los alrededores de la posición por el otro beligerante— es la de que el primero intentaba averiguar las obras defensivas mediante las cuales el segundo se propone dar al traste con su ataque. Una acción particularmente violenta en un punto puede significar el deseo de conquistarlo, pero también el de retener ahí al adversario, de no responderle allí donde ha atacado, o incluso no ser sino un fingimiento y ocultar, mediante esa intensificación de la violencia, el traslado de tropa desde ese lugar. (Es un fingimiento clásico en las guerras de Napoleón.) Por otra parte, para comprender el significado de una maniobra, su fin probable, y, por consiguiente, qué otras le acompañarán o seguirán, no resulta indiferente consultar, en lugar de lo que anuncia su mando y que puede ir destinado a engañar al adversario, a disimular un posible fracaso, los reglamentos militares del país. Siempre es de suponer que la maniobra emprendida por un ejército es la que prescribía el reglamento en vigor en circunstancias análogas. Si, por ejemplo, el reglamento prescribe que un ataque frontal vaya acompañado de un ataque de flanco, si —en caso de que este último haya fracasado— el mando alega que carecía de vinculación con el primero y era una simple diversión, es posible que se deba buscar la verdad en el reglamento y no en las afirmaciones del mando y no se trata sólo de los reglamentos de cada uno de los ejércitos, sino también de sus tradiciones, sus hábitos, sus doctrinas. Tampoco se debe desatender el estudio de la acción diplomática, siempre en estado perpetuo de acción o reacción sobre la acción militar. Incidentes en apariencia insignificantes, mal entendidos en su momento, te explicarán que el enemigo, contando con una ayuda de la que esos incidentes revelan que se ha visto privado, ejecutó, en realidad, sólo una parte de su acción estratégica. De modo que, si sabes leer la historia militar, lo que es un relato confuso para el común de los lectores es para ti un encadenamiento tan racional como un cuadro para el aficionado que sabe mirar lo que el personaje lleva encima, sujeta en las manos, mientras que el visitante atolondrado de los museos se deja aturdir e infundir jaqueca por colores vagos, pero, como en el caso de ciertos cuadros —en los que no basta con observar que el personaje sostiene un cáliz, sino que es necesario saber por qué se lo ha puesto el pintor en las manos, lo que quiere simbolizar con ello—, esas operaciones militares, independientemente incluso de su objetivo inmediato, están habitualmente —en la intención del general que dirige la campaña— calcadas de batallas más antiguas, que son, si quieres, como el pasado, la biblioteca, la erudición, la etimología, la aristocracia de las batallas nuevas. Fíjate en que no hablo en este momento de identidad local —¿cómo diría?— espacial, de las batallas. También existe. Un campo de batalla habrá sido o no será a lo largo de los siglos el campo de una sola batalla. Si ha sido campo de batalla, es porque reunía ciertas condiciones de situación geográfica, de naturaleza geológica, de defectos incluso apropiados para molestar al adversario —un río, por ejemplo, que lo divida en dos— y que hacían de él un buen campo de batalla. Por tanto, lo ha sido y lo será. No se hace un taller de pintura con cualquier habitación ni tampoco un campo de batalla con cualguier lugar. Hay lugares predestinados, pero, una vez más, no me refería a eso, sino al tipo de batalla que se imita, a un como calco estratégico, como remedo táctico, si quieres: las batallas de Ulm, Lodi, Leipzig, Cannes. No sé si volverá a haber guerras ni entre qué pueblos, pero, si las hay, puedes estar seguro de que habrá —y a sabiendas por parte del jefe— un Cannes, un Austerlitz, un Rossbach, un Waterloo, por no hablar de las otras. Algunos no tienen reparo en decirlo. El mariscal Von Schlieffen y el general Von Falkenhausen prepararon de antemano contra Francia una batalla de Cannes, del tipo de la de Aníbal, con fijación del adversario en todo el frente y avance por las dos alas, sobre todo por la derecha en Bélgica, mientras que Bernhardi prefiere el orden oblicuo de Federico el Grande, es decir, Leuthen a Cannes. Otros exponen con menos crudeza sus opiniones, pero te garantizo absolutamente, muchacho, que Beauconseil, el jefe de escuadrones que te presenté el otro día y que es un oficial con el mayor futuro, se ha empollado el pequeño ataque de Pratzen, se lo conoce al dedillo, lo tiene en reserva y, si alguna vez tiene ocasión de ejecutarlo, no fallará y nos lo ofrecerá con rotundidad. Como haya guerras, el hundimiento del centro en Rivoli volverá a hacerse, ya verás. Está tan poco pasado como la Ilíada. Añado que estamos casi condenados a los ataques frontales, porque no queremos volver a caer en el error del 70, sino hacer ofensivas, sólo ofensivas. Lo único que me preocupa es que, si bien sólo veo a mentalidades retrógradas oponerse a esa magnífica doctrina, uno de mis más jóvenes maestros, hombre de genio, Mangin, desea que se deje sitio —provisional, naturalmente— a la defensiva. Nos resulta muy violento responderle, cuando cita como ejemplo Austerlitz, en la que la defensiva sólo es el preludio del ataque y la victoria».
Aquellas teorías de Saint-Loup me hacían feliz. Me hacían abrigar la esperanza de que en mi vida de Doncières tal vez no me dejara engañar —respecto de esos oficiales de los que oía hablar, mientras bebía vino de Sauternes, que proyectaba sobre ellos su reflejo encantador— por esa amplificación que me había hecho considerar enormes, mientras permanecí en Balbec, al rey y a la reina de Oceanía, a la pequeña sociedad de los cuatro gastrónomos, al joven jugador, al cuñado de Legrandin, entonces disminuidos para mí hasta parecerme inexistentes. Lo que me gustaba ahora tal vez no llegara a serme indiferente en el futuro, como siempre me había ocurrido hasta entonces, la persona que aún era yo en aquel momento tal vez no estuviese condenada a una próxima destrucción, ya que a la pasión ardiente y fugitiva que sentía, aquellas noches, por todo lo relativo a la vida militar Saint-Loup añadía —con lo que acababa de decirme sobre el arte de la guerra— un fundamento intelectual, de naturaleza permanente, apto para vincularme con suficiente fuerza a fin de poder creer, sin intentar engañarme a mí mismo, que, una vez que me marchara, seguiría interesándome por los trabajos de mis amigos de Doncières y no tardaría en volver entre ellos. Sin embargo, para estar más seguro de que ese arte de la guerra lo es, en efecto, en el sentido espiritual de la palabra, dije a Saint-Loup:
«Me interesas mucho, pero dime, hay un aspecto que me inquieta. Siento que podría apasionarme por el arte militar, pero para ello sería necesario que no lo considerara diferente hasta tal punto de las otras artes, que la regla aprendida no lo fuera todo en él. Me dices que se calcan batallas. En efecto, me parece estético, como tú decías, ver bajo una batalla moderna otra más antigua, no puedes imaginarte lo que me gusta esa idea, pero entonces, ¿es que el genio del jefe no es nada? ¿No hace otra cosa que aplicar reglas? O bien a igualdad de ciencia, ¿hay grandes generales como hay grandes cirujanos que —siendo los elementos proporcionados por dos estados patológicos los mismos desde el punto de vista material— sienten por un detallito de nada, tal vez resultado de su experiencia, pero interpretado, que en tal caso deben hacer más bien esto y en tal otro más bien aquello, en tal caso conviene más operar y en otro abstenerse?».
«Pues, ¡claro que sí! Verás a Napoleón no atacar, cuando todas las reglas imponían el ataque, pero una obscura adivinación se lo desaconsejaba: por ejemplo, mira en Austerlitz o, en 1806, sus instrucciones a Lannes, pero verás a generales imitar escolásticamente determinada maniobra de Napoleón y obtener el resultado diametralmente opuesto. Hay diez ejemplos de ello en 1870, pero, incluso en cuanto a la interpretación de lo que puede hacer el adversario, lo que hace es sólo un síntoma que puede significar muchas cosas diferentes. Si nos atenemos al razonamiento y a la ciencia, cada una de ellas tiene las mismas posibilidades de ser la verdadera, del mismo modo que en ciertos casos complejos toda la ciencia médica del mundo no bastará para concluir si el tumor invisible es fibroso o no, si se debe hacer la operación o no. El olfato, la adivinación del estilo —tú ya me entiendes— de la Sra. de Thèbes, es lo que decide en el caso del gran general como en el del gran médico. Así, te he dicho, por ponerte un ejemplo, lo que podía significar un reconocimiento al comienzo de una batalla, pero puede significar otras diez cosas: por ejemplo, hacer creer al enemigo que vamos a atacar en un punto, cuando, en realidad, queremos atacar en otro, extender un telón que le impida ver los preparativos de la operación real, obligarlo a llevar tropas, a fijarlas, a inmovilizarlas en un lugar distinto de aquel en que son necesarias, darse cuenta de las fuerzas de que dispone, tantearlo, obligarlo a descubrir su juego. A veces incluso emplear en una operación tropas enormes no es la prueba de que sea la verdadera, pues se puede ejecutarla de verdad, aunque sólo sea un fingimiento, para que tenga más posibilidades de engañar. Si tuviera tiempo para contarte desde ese punto de vista las guerras de Napoleón, te aseguro que esos simples movimientos clásicos que estudiamos —y que nos verás hacer en las maniobras, mientras tú te limitarás a pasearte por placer, cabrito: no, ya sé que estás enfermo, ¡perdona!—, en una guerra, cuando sientes tras ellos la vigilancia, el razonamiento y las profundas investigaciones del alto mando, te emocionan, como ante los simples fuegos de un faro, luz material, pero emanación del espíritu y que explora el espacio para señalar el peligro a los navíos. Tal vez haga mal yo incluso al hablar sólo de literatura de guerra. En realidad, así como la constitución del suelo y la dirección del viento y de la luz indican por qué parte crecerá un árbol, las condiciones en las que se hace una campaña, las características de la región en la que se maniobra, imponen en cierto modo —y limitan— los planes entre los cuales puede elegir el general. De modo, que a lo largo de las montañas, en un sistema de valles, en determinadas llanuras, puedes predecir —casi con el carácter de necesidad y belleza grandiosa de las avalanchas— la marcha de los ejércitos».
«Ahora me niegas la libertad en el jefe, la adivinación en el adversario deseoso de leer sus planes, que antes me concedías».
«Pero, ¡qué va! Recuerda aquel libro de filosofía que leíamos juntos en Balbec: la riqueza del mundo de lo posible respecto del mundo real. Pues bien, también es así en el arte militar. En una situación dada, habrá cuatro planes pertinentes entre los cuales haya podido elegir el general —así como una enfermedad puede seguir diversas evoluciones con las que el médico debe contar— y también en eso la debilidad y la grandeza humanas son nuevas causas de incertidumbre, pues supongamos que, entre esos cuatro planes, razones contingentes —como fines accesorios por alcanzar o el tiempo que apremia o el pequeño número y el mal revituallamiento de sus efectivos— hagan preferir al general el primer plan, menos perfecto, pero de ejecución menos costosa, más rápida, y como terreno una región más rica con vistas a alimentar a su ejército. Tras haber comenzado con ese primer plan, que el enemigo, al principio inseguro, no tardará en interpretar, puede no salir airoso, por culpa de obstáculos demasiado grandes, abandonarlo —es lo que yo llamo el azar de la debilidad humana— y emprender el segundo o el tercero o el cuarto plan, pero puede también que haya emprendido el primero —y eso es lo que yo llamo la grandeza humana— sólo para fingir, para fijar al adversario a fin de sorprenderlo allí donde no creía poder ser atacado. Así, en Ulm, Mack, que esperaba al enemigo por el Oeste, fue rodeado por el Norte, donde se creía muy seguro. Por lo demás, mi ejemplo no es demasiado bueno y Ulm es un mejor tipo de batalla envolvente, que en el futuro se reproducirá, porque no es sólo un ejemplo clásico en el que los generales se inspirarán, sino también una forma en cierto modo necesaria (necesaria entre otras, lo que deja posibilidad de elección, variedad), como un tipo de cristalización, pero todo eso es igual, porque esos marcos son, pese a todo, facticios. Vuelvo a nuestro libro de filosofía: es como los principios racionales o las leyes científicas, la realidad se ajusta a ello, más o menos, pero recuerda al gran matemático Poincaré, quien no está seguro de que las matemáticas sean rigurosamente exactas. En cuanto a los propios reglamentos, de los que te he hablado, son, en una palabra, de importancia secundaria y, por lo demás, se los cambia de vez en cuando. Así, en nuestro caso, los de caballería, vivimos con el Servicio en campaña de 1895, del que podemos decir que está superado, puesto que se basa en la antigua y anticuada doctrina según la cual el combate de caballería tiene tan sólo un efecto moral, por el espanto que la carga despierta en el adversario. Ahora bien, los más inteligentes de nuestros militares, los mejorcitos de la caballería y, en particular, el comandante de que te hablaba, opinan, al contrario, que se obtendrá la decisión mediante una auténtica refriega en la que se luchará con sable y lanza y en la que el más tenaz vencerá no sólo moralmente y mediante la impresión de terror, sino también materialmente».
«Saint-Loup tiene razón y es probable que en el próximo Servicio en campaña se vea la huella de esa evolución», dijo mi vecino.
«No me disgusta tu aprobación, pues tus opiniones parecen causar más impresión que las mías a mi amigo», dijo riendo Saint-Loup, ya fuera porque la simpatía naciente entre su compañero y yo le irritara un poco o porque le pareciese amable consagrarla dejando constancia oficial de ella. «Y, además, es que tal vez haya yo rebajado la importancia de los reglamentos. Se cambian, cierto es, pero, entretanto, imponen la situación militar, los planes de campaña y concentración. Si reflejan una falsa concepción estratégica, pueden ser el principio de la derrota. Todo eso es un poco técnico para ti», me dijo. «En el fondo, piensa que lo que precipita más la evolución del arte de la guerra son las guerras mismas. Durante una campaña, si es un poco larga, se ve a uno de los beligerantes aprovechar enseñanzas que le brindan los éxitos y las faltas del adversario, perfeccionar los métodos de éste, que, a su vez, hace lo propio, pero eso es cosa del pasado. Con los terribles progresos de la artillería, las guerras futuras —si es que las hay aún— serán tan cortas, que, antes de poderse pensar en sacar partido de las enseñanzas, se habrá hecho la paz».
«No seas tan susceptible», dije a Saint-Loup, para responder a lo que había dicho antes de estas últimas palabras. «¡Te he escuchado con bastante avidez!».
«Si me lo permites, sin mosquearte», continuó el amigo de Saint-Loup, «añadiré a lo que acabas de decir que, si se imitan y se superponen las batallas, no es sólo por la mentalidad del jefe. Puede ocurrir que un error del jefe —por ejemplo, su insuficiente apreciación del valor del adversario— lo incite a pedir a sus tropas sacrificios exagerados, sacrificios que algunas unidades harán con una abnegación tan sublime, que su papel resultará, por esa razón, análogo al de otra determinada unidad en otra determinada batalla y serán citados en la historia como ejemplos intercambiables: para atenernos a 1870, la guardia prusiana en Saint-Privat, los turcos en Froeschwiller y en Wissembourg».
«¡Ah! Intercambiables, ¡exacto! ¡Excelente! ¡Qué inteligente eres!», dijo Saint-Loup.
Yo no me sentía indiferente a estos últimos ejemplos, como siempre que me señalaban al general a ese respecto, pero el genio del jefe era lo que me interesaba, me habría gustado comprender en qué consistía, cómo —en una circunstancia determinada en la que el jefe sin genio no podría resistir al adversario— actuaría el jefe genial para restablecer la batalla comprometida, cosa que, según Saint-Loup, era muy posible y había hecho Napoleón varias veces, y, para comprender lo que era el valor militar, pedía comparaciones entre los generales cuyos nombres conocía —cuál tenía más madera de jefe, dotes de táctico— aun a riesgo de aburrir a mis interlocutores, quienes al menos no lo mostraban y me respondían con bondad infatigable.
Me sentía separado —no sólo de la gran noche helada que se extendía a lo lejos y en que el pitido de un tren o los tañidos de una hora que, por fortuna, estaba aún alejada de aquella en que aquellos jóvenes deberían recoger sus sables y regresar contribuían de vez en cuando a hacer más intenso el placer de estar allí, sino también— de todas las preocupaciones exteriores, casi del recuerdo de la Sra. de Guermantes, gracias a la bondad de Saint-Loup, a la que la de sus amigos, que se le sumaba, infundía como una mayor densidad, gracias al calor también de aquel comedorcito, gracias al sabor de los platos refinados que nos servían. Daban tanto placer a mi imaginación como a mi glotonería; a veces el trocito de naturaleza del que procedían —concha rugosa de la ostra, en la que quedan algunas gotas de agua salada, o sarmiento nudoso, pámpanos amarillecidos de un racimo de uvas— los rodeaba aún, incomestible, poético y lejano como un paisaje, y hacía sucederse a lo largo de la cena las evocaciones de una siesta bajo una viña o un paseo junto al mar; otras veces era sólo el cocinero quien ponía de relieve esa particularidad original de los manjares, que presentaba en su marco natural, como una obra de arte, y un pescado hervido con media salsa venía en una larga fuente de barro, en la que —como destacaba en relieve sobre alfombras azuladas, infrangible, pero deformado aún por haber sido arrojado vivo al agua hirviendo, rodeado de un círculo de conchas, animálculos satélites, cangrejos, gambas y mejillones— parecía figurar en una cerámica de Bernard Palissy.
«Tengo celos, estoy furioso», me dijo Saint-Loup, medio en broma y medio en serio, aludiendo a las interminables conversaciones que sostenía con mi amigo. «¿Te parece más inteligente que yo? ¿Lo quieres más que a mí? Entonces, ¿qué? ¿Ya sólo hay para él?». (Los hombres que aman intensamente a una mujer y viven en una sociedad de mujeriegos se permiten bromas que otros que verían en ellas menos inocencia no harían.)
En cuanto la conversación se volvía general, se procuraba no hablar de Dreyfus por miedo a ofender a Saint-Loup. Sin embargo, una semana después, dos de sus compañeros observaron lo curioso que resultaba que, viviendo en un medio tan militar, fuera tan dreyfusista, casi antimilitarista. «Es que», dije yo, sin querer entrar en detalles, «la influencia del medio no tiene la importancia que se cree...». Cierto es que pensaba atenerme a eso y no responder a las reflexiones que había expuesto a Saint-Loup unos días antes. Aun así, como le había dicho al menos aquellas palabras casi textualmente, iba a excusarme añadiendo: «Eso es precisamente lo que el otro día...». Pero no había contado con el reverso de la amable admiración de Robert por mí y por algunas otras personas. Dicha admiración se completaba con una tan entera asimilación de sus ideas, que al cabo de cuarenta y ocho horas había olvidado que no eran suyas. Por eso, en lo relativo a mi modesta tesis, Saint-Loup —absolutamente como si yo siempre hubiera morado en su cerebro y no hiciese otra cosa que cazar en sus tierras— creyó oportuno darme la bienvenida calurosamente y aprobar lo que decía.
«¡Claro que sí! El medio carece de importancia».
Y, con la misma fuerza que si hubiera temido que yo lo interrumpiese o no lo comprendiera, añadió:
«¡La verdadera influencia es la del medio intelectual! ¡Nuestras ideas nos condicionan!».
Se detuvo un instante, con la sonrisa de alguien que ha digerido bien, dejó caer su monóculo y, tras clavarme la mirada como una barrena, me dijo con expresión de desafío:
«Todos los hombres que profesan una misma idea son iguales». Seguramente no recordaba que yo le había dicho pocos días antes lo que, en cambio, había él recordado tan bien.
Yo no llegaba todos los días al restaurante de Saint-Loup con las mismas disposiciones. Si bien un recuerdo, una pena que sentimos, pueden abandonarnos, hasta el punto de que dejemos de reparar en ellos, también vuelven y a veces no nos abandonan durante mucho tiempo. Había noches en que, al cruzar la ciudad para ir hacia el restaurante, añoraba tanto a la Sra. de Guermantes, que me costaba respirar: parecía que una parte de mi pecho había sido seccionada por un anatomista hábil, extraída y substituida por una parte igual de sufrimiento inmaterial, por un equivalente de nostalgia y amor. Y, cuando las vísceras son substituidas por la añoranza de una persona, de nada sirve que se hayan puesto bien los puntos de sutura; lo vivimos con bastante inquietud: parece ocupar más sitio, la sentimos perpetuamente; y, además, ¡qué ambigüedad vernos obligados a pensar en una parte de nuestro cuerpo! Sólo, que parece que valga más. A la menor brisa, suspiramos de opresión, pero también de languidez. Yo miraba el cielo. Si estaba claro, me decía: «Tal vez esté en el campo, mirando las mismas estrellas, y a saber si, al llegar al restaurante, no me dirá Robert: “Una buena noticia, mi tía acaba de escribirme, le gustaría verte, va a venir aquí”». No sólo el firmamento me hacía pensar en la Sra. de Guermantes. Un soplo de aire un poco suave que pasaba parecía traerme un mensaje de ella, como en tiempos de Gilberte, en los trigos de Méséglise: no cambiamos, hacemos entrar en el sentimiento que abrigamos por una persona muchos elementos que despierta, pero que le son ajenos y, además, es que hay algo en nosotros que siempre se esfuerza por infundir mayor verdad a esos sentimientos particulares, es decir, vincularlos a un sentimiento más general, común a toda la Humanidad, con el que los individuos y las penas que nos causan nos resultan tan sólo una ocasión para comunicar: lo que mezclaba mi pena con cierto placer era que fuese —lo sabía— una parte pequeña del amor universal. Desde luego, de que creyera reconocer tristezas que había experimentado yo a propósito de Gilberte o cuando por la noche, en Combray, mamá no se quedaba en mi alcoba y también del recuerdo de ciertas páginas de Bergotte, el sufrimiento que experimentaba y con el que la Sra. de Guermantes, su frialdad, su ausencia, no estaban vinculados claramente como la causa al efecto para un científico, no concluía yo que ésta no fuera dicha causa. ¿Acaso no hay un dolor físico difuso que se extiende por irradiación a las regiones exteriores a la parte enferma, pero, si un facultativo toca el punto preciso del que procede, las abandona y se disipa enteramente? Y, sin embargo, antes de eso, su extensión le confería para nosotros tal carácter de imprecisión y fatalidad, que, al no poder explicarlo ni localizarlo siquiera, considerábamos imposible curarlo. Mientras me dirigía al restaurante, me decía: «Ya hace catorce días que no he visto a la Sra. de Guermantes». Catorce días, cosa que sólo me parecía enorme a mí, que, en lo relativo a la Sra. de Guermantes, contaba los minutos. Para mí, ya no eran sólo las estrellas y la brisa, sino también las divisiones aritméticas del tiempo incluso, las que cobraban un carácter doloroso y poético. Ahora todos los días eran como la cresta móvil de una colina incierta: por un lado, sentía que podía bajar hacia el olvido; por otro, me veía arrastrado por el deseo de ver a la duquesa y unas veces estaba más cerca de uno que de otro y viceversa, por lo que carecía de un equilibrio estable. Un día me dije: «Tal vez llegue una carta esta noche», y, al llegar a la cena, tuve el valor de preguntar a Saint-Loup:
«¿No tendrás noticias de París por casualidad?».
«Pues sí», me respondió con expresión melancólica, «y son malas».
Respiré, al comprender que sólo él tenía pena y que las noticias eran de su amante, pero en seguida advertí que una de sus consecuencias sería la de impedir, por mucho tiempo, a Robert llevarme a casa de su tía.
Me enteré de que entre su amante y él había estallado una disputa, ya fuera por correspondencia o porque ella hubiese acudido una mañana a verlo entre dos trenes, y las disputas que habían tenido hasta entonces —aun siendo menos graves— parecían siempre ir a ser insolubles, pues ella se ponía de mal humor, pataleaba, lloraba, por razones tan incomprensibles como los niños que se encierran en su cuarto obscuro, no van a cenar, se niegan a dar explicación alguna y, cuando, ante la falta de razones, les dan cachetes, no hacen otra cosa que intensificar el llanto. Saint-Loup sufrió horriblemente por aquella desavenencia, pero se trata de una forma de hablar demasiado simple y, por tanto, falsea la idea que debe inspirar dicho dolor. Cuando se encontró solo y ya sólo le quedaba pensar en su amante, quien se había marchado con respeto para con él, al verlo enérgico, las ansiedades que había tenido en las primeras horas se esfumaron ante lo irreparable y, como el cese de una ansiedad es algo tan dulce, la desavenencia, una vez confirmada, adquirió para él en parte el mismo tipo de encanto que habría tenido una reconciliación. De lo que empezó a sufrir un poco después fue de un dolor y un accidente secundarios, cuyas corrientes procedían sin cesar de sí mismo, ante la idea de que tal vez ella hubiese querido aproximarse a él, de que no era imposible que esperase una palabra de él, de que entretanto, para vengarse, tal vez hiciera cierta noche, en cierto lugar, cierta cosa y bastaría con telegrafiarle que él llegaba para que no fuese así, de que tal vez otros se aprovecharan del tiempo que él perdía y dentro de unos días sería demasiado tarde para recuperarla, pues ya estaría en manos de otro. De todas esas posibilidades nada sabía él, su amante guardaba un silencio que acabó intensificando con locura su dolor hasta hacerlo preguntarse si no estaría oculta en Doncières o se habría ido a la India.
Se ha dicho que el silencio es una fuerza; en un sentido totalmente distinto, lo es —y terrible— a disposición de quienes son objeto de amor. Aumenta la ansiedad de quien espera. Nada nos incita tanto a acercarnos a una persona como lo que nos separa de ella, ¿y qué barrera más infranqueable hay que el silencio? Se ha dicho también que el silencio es un suplicio y apto para volver loco a quien se ve reducido a él en las cárceles, pero, ¡qué suplicio —más aún que el de guardar silencio— es el de soportarlo en la persona a quien se ama! Robert se decía: «¿Qué estará haciendo, puesto que calla así? ¿Estará engañándome con otros?». También se decía: «Pero, ¿qué he hecho para que calle así? Tal vez me odie y para siempre». Y se acusaba. De modo que el silencio lo volvía loco, en efecto, de celos y remordimiento. Por lo demás, ese silencio más cruel que el de las cárceles es en sí una cárcel. Una clausura inmaterial seguramente, pero impenetrable, ese trecho interpuesto de atmósfera vacía, pero que los rayos visuales del abandonado no pueden atravesar. ¿Acaso hay iluminación más terrible que el silencio que no nos muestra a una ausente, sino a mil, y entregada cada una de ellas a alguna otra traición? A veces, con una repentina relajación, Robert creía que aquel silencio iba a cesar al instante, que la carta esperada iba a llegar. La veía, llegaba, estaba pendiente de todos los ruidos, se sentó ya saciado, murmuraba: «¡La carta! ¡La carta!». Después de haber vislumbrado así un oasis imaginario de ternura, volvía a verse estancado en el desierto real del silencio sin fin.
Sufría de antemano —sin olvidar ninguno— todos los dolores de una ruptura que en otros momentos creía poder evitar, como las personas que arreglan todos sus asuntos con vistas a una expatriación que no ocurrirá y cuyo pensamiento, que ya no sabe dónde deberá situarse el día siguiente, se agita momentáneamente, separado de ellos, semejante al corazón que arrancan a un enfermo y que sigue latiendo, separado del resto del cuerpo. En todo caso, aquella esperanza de que su amante volvería le infundía valor para perseverar en la ruptura, como la creencia en que podremos volver del combate ayuda a afrontar la muerte, y, como la costumbre es —de todas las plantas humanas— la que tiene menos necesidad de suelo nutricio para vivir y la primera que aparece en la roca en apariencia más desolada, tal vez al practicar primero la ruptura con fingimiento acabaría acostumbrándose a ella sinceramente, pero la incertidumbre alimentaba en él un estado que, por estar vinculado con el recuerdo de aquella mujer, se parecía al amor. Sin embargo, se forzaba a no escribirle, pensando tal vez que el tormento de vivir sin su amante era menos cruel que hacerlo en ciertas condiciones o que, después de la forma como se habían separado, esperar sus excusas era necesario para que ella conservara lo que sentía —a su juicio— por él: ya que no amor, al menos estima y respeto. Se contentaba con ir al teléfono que acababan de instalar en Doncières y preguntar si había noticias o dar instrucciones a una doncella a la que había colocado en casa de su amiga. Por lo demás, aquellas comunicaciones eran complicadas y le consumían más tiempo, porque la amante de Robert —siguiendo los consejos de sus amigos literarios sobre la fealdad de la capital, pero sobre todo por consideración para con sus animales, sus perros, su mono, sus canarios y su loro, cuyos incesantes gritos había cesado de tolerar su propietario de París— acababa de alquilar una pequeña propiedad en las inmediaciones de Versalles. Sin embargo, él, en Doncières, ya no dormía ni un instante por las noches. Una vez, en mi habitación, vencido por el cansancio, empezó a hablar, quería correr, impedir algo, decía: «Lo oigo... no... no...». Se despertó. Me dijo que acababa de soñar que estaba en el campo en casa del sargento jefe. Éste había intentado alejarlo de cierta parte de la casa. Saint-Loup había adivinado que el sargento tenía en su casa a un teniente muy rico y muy vicioso que deseaba mucho —lo sabía— a su amiga y de repente en su sueño había oído nítidamente los gritos intermitentes y regulares que solía lanzar su amante en los instantes de voluptuosidad. Había querido obligar al sargento a conducirlo al cuarto y éste lo retenía para impedirle llegar a él y con expresión ofendida por tanta indiscreción, que, según decía Robert, nunca podría olvidar.
«Es un sueño absurdo», añadió, sin aliento.
Pero yo vi perfectamente que, durante la hora que siguió, estuvo varias veces a punto de telefonear a su amante para pedirle que se reconciliaran. Mi padre tenía teléfono desde hacía poco, pero no sé si eso habría servido de gran cosa a Saint-Loup. Por lo demás, no me parecía demasiado conveniente encomendar a mis padres, aunque sólo fuera mediante un aparato situado en su casa, aquel papel de intermediarios entre Saint-Loup y su amante, por distinguida y de nobles sentimientos que pudiera ser ésta. La pesadilla que había tenido Saint-Loup se borró un poco de su cabeza. Vino, con mirada distraída y fija, a verme durante todos aquellos días atroces que trazaron para mí, siguiéndose uno a otro, como la curva magnífica de una rampa duramente forjada desde la que Robert seguía preguntándose qué resolución iba a adoptar su amiga.
Al final, ella le preguntó si consentiría en perdonarla. En cuanto comprendió que se había evitado la ruptura, vio todos los inconvenientes de un acercamiento. Por lo demás, ya sufría menos y casi había aceptado un dolor cuya mordedura tendría que volver a sentir —si se reanudaba la relación— quizá al cabo de unos meses. No vaciló por mucho tiempo y tal vez sólo lo hiciera porque estaba al fin seguro de poder recuperar a su amante, de poderlo y, por tanto, hacerlo. Sólo, que ella le pedía —para poder recuperar la calma— que no volviera a París el 1 de enero. Ahora bien, él no tenía valor para ir a París y no verla. Por otra parte, ella había aceptado viajar con él, pero, para ello, necesitaba un verdadero permiso, que el capitán de Borodino no quería concederle.
«Lo siento por lo de nuestra visita a mi tía, que queda aplazada. Seguramente volveré a París por Pascua».
«Entonces no podremos ir a casa de la Sra. de Guermantes, porque yo estaré ya en Balbec, pero no tiene la menor importancia».
«¿En Balbec? Pero si no fuiste hasta el mes de agosto».
«Sí, pero este año, por mi salud, tienen que enviarme antes».
Lo que más temía él era que, después de lo que me había contado, juzgara yo mal a su amante. «Es violenta sólo porque es demasiado franca, demasiado entera en sus sentimientos, pero es un ser sublime. No puedes imaginarte las delicadezas poéticas que hay en ella. Todos los años va a pasar el día de los difuntos a Brujas. Estupendo, ¿verdad? Si algún día llegas a conocerla, ya verás, tiene una grandeza...». Y, como estaba imbuido de cierto lenguaje que empleaban a su alrededor en los medios literarios, añadió: «Hay en ella algo sideral e incluso viático. ¿Comprendes a lo que me refiero? El poeta que era casi un sacerdote».
Durante toda la cena busqué un pretexto gracias al cual Saint-Loup pudiera pedir a su tía que me recibiese sin esperar a su llegada a París. Ahora bien, me brindó ese pretexto el deseo que sentía yo de volver a ver cuadros de Elstir, el gran pintor a quien Saint-Loup y yo habíamos conocido en Balbec, pretexto en el que había, por lo demás, cierta verdad, pues, si bien en mis visitas a Elstir yo había pedido a su pintura que me guiara hasta la comprensión y el amor de cosas mejores que ella misma, un auténtico deshielo, un auténtico lugar de provincias, mujeres vivas en la playa (si acaso, le habría yo solicitado el retrato de realidades en las que no había sabido yo profundizar, como un camino de majuelos, no para que me conservara su belleza, sino para que me la descubriese), ahora, al contrario, la originalidad, la seducción de aquellas pinturas eran las que excitaban mi deseo y lo que quería ver sobre todo eran otros cuadros de Elstir.
Me parecía, por lo demás, que sus menores cuadros eran algo diferente de las obras maestras de pintores más grandes incluso. Su obra era como un reino cerrado, de fronteras infranqueables, de materia sin par. Al coleccionar con avidez las escasas revistas en las que se habían publicado estudios sobre él, me había enterado de que hasta época reciente no había empezado a pintar paisajes y bodegones, pero que había comenzado con cuadros mitológicos (yo había visto las fotografías de dos de ellos en su taller) y después le había impresionado durante mucho tiempo el arte japonés.
Algunas de las obras más características de sus diversos estilos se encontraban en provincias. Cierta casa de Andelys, en la que se encontraba uno de sus más bellos paisajes, me parecía tan preciosa, me despertaba un deseo tan intenso de viajar, como un pueblo chartrés, en cuyo pedernal está engastada una vidriera gloriosa, y el propietario de aquella obra maestra —aquel hombre que en el fondo de su casa grosera, en la calle mayor, encerrado como un astrólogo, interrogaba a uno de esos espejos del mundo que es un cuadro de Elstir y que tal vez hubiera comprado por varios millares de francos— me inspiraba esa simpatía que une hasta los corazones, hasta los caracteres, de quienes piensan igual que nosotros sobre un asunto capital. Ahora bien, en una de aquellas revistas figuraban tres obras importantes de mi pintor preferido como pertenecientes a la Sra. de Guermantes. Así, pues, la noche en que Saint-Loup me había anunciado el viaje de su amiga a Brujas, pude soltarle sinceramente y como de improviso lo siguiente delante de sus amigos:
«Oye, ¿me permites? Última conversación sobre la señora de la que hemos hablado. ¿Recuerdas a Elstir, el pintor que conocí en Balbec?».
«Pero, hombre, naturalmente».
«¿Recuerdas mi admiración por él?».
«Muy bien y la carta que mandamos entregarle».
«Pues bien, una de las razones, no de las más importantes, sino una razón secundaria por la que desearía conocer a dicha señora, sabes, ¿verdad?, a quién me refiero».
«¡Pues claro! ¡Cuántos paréntesis!».
«Es que tiene en su casa un cuadro muy hermoso de Elstir».
«Hombre, no lo sabía yo».
«Elstir estará seguramente en Balbec en Pascua, ya sabes que ahora pasa casi todo el año en aquella costa. Me gustaría mucho haber visto ese cuadro antes de mi marcha. No sé si tienes relaciones bastante estrechas con tu tía: ¿no podrías pedirle —ensalzándome lo suficiente ante ella para que no me rechace— que me deje ir a ver el cuadro sin ti, ya que no vas a estar allí?».
«De acuerdo, respondo por ella, yo me encargo del asunto».
«Robert, ¡cómo te quiero!».
«Espero que no esté usted preparando su marcha», me dijo uno de los amigos de Robert. «Mire, si Saint-Loup se marcha de permiso, nada debe cambiar, estamos nosotros aquí. Tal vez sea menos divertido para usted, pero, ¡nos esforzaremos al máximo para intentar hacerlo olvidar su ausencia!».
En efecto, en el momento en que creíamos que la amiga de Robert iría sola a Brujas, acabábamos de enterarnos de que el capitán de Borodino, hasta entonces opuesto a ello, acababa de conceder al suboficial Saint-Loup un largo permiso para que fuera a Brujas. Había ocurrido lo siguiente. El príncipe, muy orgulloso de su opulenta cabellera, era un cliente asiduo del mayor peluquero de la ciudad, en tiempos oficial del antiguo peluquero de Napoleón III. El capitán de Borodino tenía muy buena relación con el peluquero, pues, pese a sus modales majestuosos, era sencillo con las personas humildes, pero éste, a quien el príncipe debía una factura —que los frascos de «Portugal», de «Agua de los Soberanos», las tenacillas, las navajas de afeitar y los suavizadores engrosaban no menos que los champús, los cortes de cabello, etcétera— desde hacía al menos cinco años, ponía por encima a Saint-Loup, quien pagaba a tocateja y tenía varios coches y caballos de silla. Al enterarse del problema que tenía Saint-Loup de no poder marcharse con su amante, se lo comentó al príncipe, atado con una sobrepelliz blanca, en el momento en que el barbero le tenía la cabeza echada para atrás y amenazaba su garganta. El relato de aquellas aventuras galantes de un joven arrancó al capitán-príncipe una sonrisa de indulgencia bonapartista. Es poco probable que pensara en su factura impagada, pero la recomendación del peluquero le inspiraba tanto buen humor como malo la de un duque. Tenía aún llena la barbilla de jabón, cuando ya había concedido el permiso, que firmó aquella noche misma. En cuanto al peluquero, que tenía la costumbre de jactarse sin cesar y, para poder hacerlo, se atribuía, con una facultad extraordinaria para la mentira, prestigios enteramente inventados, para una vez que prestó un servicio señalado a Saint-Loup, no sólo no recalcó el mérito, sino que —como si la vanidad necesitara mentir y, cuando no hay lugar para hacerlo, cediese el lugar a la modestia— no volvió a hablar de ello jamás a Robert.
Todos los amigos de Robert me dijeron que, mientras permaneciera en Doncières y en cualquier época en que volviese, si él no estaba, sus coches, sus caballos, sus casas, sus horas de libertad estarían a mi disposición y sentí que aquellos jóvenes ponían de todo corazón su lujo, su juventud, su vigor al servicio de mi debilidad.
«Por lo demás, ¿por qué», prosiguieron los amigos de Saint-Loup, después de haber insistido para que me quedara, «no habría usted de volver todos los años? ¡Ya ve que esta vida sencilla le gusta! E incluso se interesa usted por todo lo que ocurre en el regimiento, como un veterano».
Pues yo seguía pidiéndoles ávidamente que clasificaran a los diferentes oficiales cuyos nombres conocía según la mayor o menor admiración que, a su juicio, merecieran, como en tiempos, en el colegio, pedía a mis compañeros que lo hiciesen con los actores del Théâtre-Français. Si, en el lugar de uno de los generales al que yo oía citar siempre a la cabeza de todos los demás —un Galliffet o un Négrier—, un amigo de Saint-Loup decía: «Pero Négrier es un general de lo más mediocre», y lanzaba el nuevo nombre, intacto y sabroso, de Pau o de Geslin de Bourgogne, sentía yo la misma sorpresa feliz que en tiempos, cuando los nombres agotados de Thieron o de Febvre resultaban rechazados por la repentina plenitud de mi inusitado D’Amaury. «¿Superior incluso a Négrier? Pero, ¿en qué? Denme un ejemplo». Yo quería que existieran diferencias profundas hasta entre los suboficiales del regimiento y esperaba captar —en la razón de ellas— la esencia de la superioridad militar. Uno de aquellos de los que más me habría gustado oír hablar, porque era aquel al que había visto más a menudo, era el príncipe de Borodino, pero ni a Saint-Loup ni a sus amigos —si bien hacían justicia en él al apuesto oficial que velaba por que su escuadrón estuviera impecable en cuanto a vestimenta— les gustaba el hombre. Sin referirse a él, evidentemente, con el mismo tono que ciertos oficiales patateros y masones, que no frecuentaban a los demás y conservaban, en comparación con ellos, un aspecto hosco de brigadas, no parecían situar al Sr. de Borodino entre los demás oficiales nobles, de los cuales difería mucho, a decir verdad, incluso de Saint-Loup, en actitudes. Ellos, aprovechando que Robert era sólo suboficial y su poderosa familia podía, así, alegrarse de que fuera invitado en casa de unos jefes a los que, si no, habría desdeñado, no perdían ocasión de recibirlo en su mesa, cuando se encontraba en ella algún pez gordo que podía ser útil a un joven sargento. El único que sólo tenía relaciones de servicio —excelentes, por lo demás— con Robert era el capitán de Borodino. Es que el príncipe —cuyo abuelo había sido nombrado mariscal y príncipe-duque por el Emperador, con cuya familia había emparentado más adelante por su matrimonio y cuyo padre se había casado, además, con una prima de Napoleón III y había sido dos veces ministro tras el golpe de Estado— tenía la sensación de que, pese a ello, no lo tenían en gran concepto Saint-Loup y la sociedad de los Guermantes, quienes, como no se situaba en el mismo punto de vista que ellos, apenas contaban, a su vez, para él. Sospechaba que, para Saint-Loup, no era —él, que estaba emparentado con los Hohenzollern— un noble de verdad, sino el nieto de un agricultor, pero, en cambio, consideraba a Saint-Loup hijo de un hombre cuyo condado había sido confirmado por el Emperador —en el Faubourg Saint-Germain se los llamaba condes reinstaurados— y le había solicitado una prefectura y después otro puesto muy inferior a las órdenes de S. A. el príncipe de Borodino, ministro de Estado al que llamaban por escrito «Monseñor» y que era sobrino del soberano.
Más que sobrino tal vez. De la primera princesa de Borodino se decía que había hecho más que favores a Napoleón I, a quien siguió a la isla de Elba, y de la segunda que se los había hecho a Napoleón III y, si bien en el plácido rostro del capitán se volvía a ver —ya que no las facciones naturales del rostro de Napoleón I— al menos la majestad estudiada de la máscara, el oficial tenía —sobre todo en la mirada melancólica y bondadosa, en el bigote caído— algo que recordaba a Napoleón III y de forma tan asombrosa, que —por haber pedido después de Sedan que se le permitiera reunirse con el Emperador y habérselo negado Bismarck, ante el que lo habían llevado— este último, tras levantar la vista por casualidad y mirar al joven, quien se disponía a marcharse, advirtió de repente el parecido y rectificó: volvió a llamarlo y le concedió la autorización, que, como a todo el mundo, acababa de denegarle.
Si el príncipe de Borodino no quería dar los primeros pasos para aproximarse a Saint-Loup ni a los demás miembros de la sociedad del Faubourg Saint-Germain que había en el regimiento, mientras que invitaba mucho, en cambio, a dos tenientes plebeyos y agradables, era porque, al considerarlos a todos desde la altura de su grandeza imperial, hacía —entre esos inferiores— la distinción de que unos sabían que lo eran y le encantaba congeniar con ellos, por ser, bajo sus apariencias de majestad, de un humor sencillo y jovial, y los otros se creían superiores, cosa que no admitía. Por eso, mientras que todos los oficiales del regimiento festejaban a Saint-Loup, el príncipe de Borodino, a quien había sido recomendado por el mariscal de X, se limitó a ser amable con él en el servicio, en el que Saint-Loup era, por lo demás, ejemplar, pero nunca lo recibió en su casa, salvo en una circunstancia particular, en la que se vio obligado en cierto modo a invitarlo y, como fue durante mi estancia, le pidió que me llevara. Aquella noche pude discernir fácilmente —al ver a Saint-Loup a la mesa de su capitán— hasta en los modales y la elegancia de cada uno de ellos la diferencia existente entre las dos aristocracias: la antigua nobleza y la del Imperio. Saint-Loup, procedente de una casta cuyos defectos, aunque los repudiaba con toda su inteligencia, habían pasado a su sangre y que, por haber cesado de ejercer una autoridad real desde hacía al menos un siglo, ya no veía en la amabilidad protectora propia de la educación recibida sino un ejercicio como la equitación o la esgrima, cultivado sin objetivo serio, por diversión, a diferencia de los burgueses a quienes dicha nobleza despreciaba lo bastante para creer que su familiaridad los halagaba y que su desparpajo los honraría, tomaba amistosamente la mano de cualquier burgués que le presentaban y cuyo nombre tal vez no hubiera oído y, mientras hablaba —sin cesar de cruzar y descruzar las piernas, echándose hacia atrás, con una actitud desaliñada, cogiéndose el pie con la mano— con él, lo llamaba «querido», pero el príncipe de Borodino, de una nobleza cuyos títulos, al contrario, conservaban aún su significado, provistos como estaban de ricos mayorazgos que recompensaban servicios gloriosos y recordaban altas funciones en las que se manda a muchos hombres y en las que se debe conocerlos, consideraba —ya que no nítidamente y en su conciencia personal y clara, al menos en su cuerpo, que lo revelaba en sus actitudes y sus modales— su rango una prerrogativa efectiva; se dirigía a aquellos mismos plebeyos a los que Saint-Loup habría tocado el hombro y cogido del brazo con una afabilidad majestuosa, en la que una reserva cargada de grandeza templaba una sencillez sonriente que resultaba natural, con un tono cargado a la vez de benevolencia sincera y altivez voluntaria. Se debía seguramente a que estaba menos alejado de las grandes embajadas y de la corte, donde su padre había ocupado los cargos más altos y donde los modales de Saint-Loup, que ponía el codo sobre la mesa y se cogía el pie con la mano habrían desagradado, pero sobre todo a que despreciaba menos a esa burguesía, la gran reserva en la que el primer emperador había tomado sus mariscales, sus nobles, y el segundo había encontrado a un Fould, a Rouher.
Seguramente, como hijo y nieto de emperador que era y que ya sólo debía mandar un escuadrón, las preocupaciones de su padre y de su abuelo no podían —por falta de objetos a los que aplicarse— sobrevivir realmente en el pensamiento del Sr. de Borodino, pero, como el espíritu de un artista sigue modelando muchos años después de que se haya apagado la estatua que esculpió, habían cobrado consistencia en él, se habían materializado, encarnado, eran lo que su rostro reflejaba. Con la vivacidad en la voz del primer emperador dirigía un reproche a un cabo y con la melancolía soñadora del segundo exhalaba la bocanada de humo de un cigarrillo. Cuando pasaba de paisano por las calles de Doncières, cierto brillo en sus ojos, que se escapaba por debajo de su sombrero hongo, hacía resplandecer en torno al capitán un incógnito soberano; cuando entraba en el despacho del sargento jefe, seguido del brigada y del furriel, como de Berthier y Masséna, aquéllos temblaban. Cuando elegía la tela de unos pantalones para su escuadrón, clavaba en el cabo sastre una mirada que podía burlar a Talleyrand y engañar a Alejandro de Rusia y a veces, mientras pasaba revista de policía, se detenía y dejaba soñar a sus admirables ojos azules, se retorcía el bigote, parecía estar edificando una Prusia y una Italia nuevas, pero en seguida, pasando de Napoleón III a Napoleón I, observaba que la impedimenta no estaba lustrosa y quería probar el rancho de la tropa. Y en su casa, en su vida privada, mandaba servir para las mujeres de oficiales burgueses —a condición de que no fueran masones— no sólo una vajilla de Sèvres azul de rey, digna de un embajador (y regalada a su padre por Napoleón y que parecía más preciosa aún en la casa provinciana en la que vivía en la Explanada, como esas porcelanas poco comunes que los turistas admiran con mayor gusto en el aparador rústico de una antigua casa solariega habilitada como granja bien abastecida y próspera), sino también otros presentes del Emperador: aquellos nobles y encantadores modales que también habrían maravillado en algún cargo de representación —si para algunos tener «cuna» no hubiera significado estar destinado para toda la vida al más injusto de los ostracismos—, gestos familiares, la bondad, la gracia e imágenes gloriosas encerraban bajo un esmalte azul también de rey la reliquia misteriosa, iluminada y superviviente de la mirada. Y, a propósito de las relaciones burguesas que el príncipe tenía en Doncières, conviene decir lo siguiente: el teniente coronel tocaba el piano admirablemente, la mujer del médico jefe cantaba como si hubiera tenido un primer premio en el Conservatorio. Esta última pareja, como el teniente coronel y su esposa, cenaban todas las semanas en casa del Sr. de Borodino. Desde luego, se sentían halagados, al saber que, cuando el príncipe iba a París de permiso, cenaba en casa de la Sra. de Pourtalès, en casa de los Murat, etcétera, pero se pensaban: «Es un simple capitán, está demasiado contento de que vayamos a su casa. Por lo demás, es un amigo de verdad para nosotros». Ahora bien, cuando el Sr. de Borodino, que llevaba mucho tiempo haciendo gestiones para acercarse a París, fue destinado a Beauvais y se mudó, olvidó a las dos parejas de músicos tan completamente como el teatro de Doncières y el pequeño restaurante en el que con frecuencia encargaba su almuerzo y ni el teniente coronel ni el médico jefe, quienes habían cenado tan a menudo en su casa, volvieron a tener —para gran indignación suya— noticias de él en toda su vida.
Una mañana, Saint-Loup me confesó haber escrito a mi abuela para darle noticias mías y proponerle —puesto que funcionaba un servicio telefónico entre Doncières y París— la idea de hablar conmigo. En una palabra, aquel mismo día ella me iba a llamar al aparato y me aconsejó estar hacia las cuatro menos cuarto en la estafeta. El teléfono no era en aquella época de uso tan corriente como ahora y, sin embargo, la costumbre tarda tan poco en despojar de su misterio las fuerzas sagradas con las que estamos en contacto, que, al no recibir la comunicación inmediatamente, sólo se me ocurrió que tardaba mucho y era muy incómodo y casi tuve la intención de presentar una queja: como todos nosotros ahora, no me parecía lo bastante rápido para mi gusto, con sus bruscos cambios, la admirable magia a la que unos instantes bastan para que aparezca junto a nosotros —invisible pero presente— la persona con quien queríamos hablar y que —sin levantarse de su mesa, en la ciudad donde vive (en el caso de mi abuela, París), bajo un cielo diferente del nuestro, con un tiempo que no es necesariamente el mismo, en medio de circunstancias y preocupaciones que ignoramos y que va a contarnos— se ve transportada de repente a centenares de leguas —ella y todo el ambiente en el que está inmersa— junto al oído, en el momento en que nuestro capricho lo ha ordenado. Y somos como el personaje del cuento a quien una maga —tras haber expresado él su deseo— hace aparecer, con claridad sobrenatural, a su abuela o su prometida hojeando un libro, derramando lágrimas, recogiendo flores, muy cerca del espectador y, sin embargo, muy lejos, en el lugar en el que se encuentra realmente. Para que se realice ese milagro, basta con que acerquemos los labios a la tablilla mágica y llamemos —a veces durante un rato demasiado largo, lo reconozco— a las Vírgenes Vigilantes, cuya voz oímos todos los días sin conocer jamás su rostro y que son nuestros ángeles de la guarda en las tinieblas vertiginosas cuyas puertas vigilan celosamente; las Todopoderosas gracias a las cuales los ausentes surgen a nuestro lado, sin que se pueda verlos; las Danaides de lo invisible que sin cesar vacían, llenan, se transmiten las urnas de los sonidos; las irónicas Furias que, en el momento en que susurrábamos una confidencia a una amiga, con la esperanza de que nadie nos oyera, gritan crueles: «Al habla»; las sirvientes siempre irritadas por el misterio, las recelosas sacerdotisas de lo invisible, ¡las señoritas del teléfono!
Y, en cuanto nuestra llamada ha resonado, en la noche llena de apariciones en la que nuestros oídos se abren solos, se oye un ruido ligero —un ruido abstracto, el de la distancia suprimida— y la voz de la persona querida se dirige a nosotros.
Es ella, es su voz, quien nos habla, quien está ahí, pero, ¡qué lejos queda! Cuántas veces no he podido escucharla sin angustia, como si, ante esa imposibilidad de ver, antes de muchas horas de viaje, a aquella cuya voz estaba tan cerca de mi oído, sintiera yo mejor cuán decepcionante resulta la apariencia del acercamiento más dulce y a qué distancia podemos estar de las personas amadas en el momento en que bastaría —parece— con extender la mano para retenerlas. Presencia real, esa voz tan próxima... ¡en la separación efectiva! Pero, ¡prefiguración también de una separación eterna! Con mucha frecuencia, al escuchar así, sin verla, a quien me hablaba desde lejos, me pareció que aquella voz clamaba desde las profundidades de las que no se vuelve a subir y conocí la ansiedad que iba a embargarme un día, cuando una voz volviera así —sola e independiente ya de un cuerpo al que yo no iba a volver a ver nunca— a susurrarme al oído palabras que habría yo deseado besar al paso en labios reducidos por siempre jamás a polvo.
Aquel día, en Doncières, el milagro —¡ay!— no ocurrió. Cuando llegué a la estafeta, mi abuela ya me había llamado; entré en la cabina, la línea estaba ocupada y hablaba alguien, seguramente sin saber que no había nadie para responderle, pues, cuando me acerqué el receptor, aquel trozo de madera se puso a hablar como Polichinela; lo mandé callar, como en el guiñol, colgando, pero, en cuanto me lo acercaba, reanudaba, como Polichinela, su parloteo. Acabé —como último recurso, al colgar definitivamente el auricular, ahogando las convulsiones de aquel chisme sonoro que cotorreó hasta el último segundo— y fui a buscar al empleado, quien me dijo que esperara un instante; después hablé y, al cabo de unos instantes de silencio, oí de repente aquella voz que yo creía —pero me equivocaba— conocer tan bien, pues hasta entonces, siempre que mi abuela había hablado conmigo, había seguido lo que me decía en la partitura abierta de su rostro, en la que los ojos ocupaban un lugar principal, pero aquel día escuchaba su voz misma por primera vez y, como dicha voz se me manifestaba en sus proporciones desde el instante en que era un todo y me llegaba así, sola, y sin el acompañamiento de las facciones de la cara, descubrí lo dulce que era; tal vez no lo hubiese sido, por lo demás, hasta ese punto, pues mi abuela, al sentirme lejos y desdichado, creía poder abandonarse a la efusión de una ternura que, por «principios» de educadora, contenía y ocultaba habitualmente. Era dulce, pero qué triste también, primero por su dulzura misma, casi decantada —más que pocas voces humanas han debido de serlo jamás— de cualquier dureza, de cualquier elemento de resistencia a los demás, de cualquier egoísmo; frágil a fuerza de delicadeza, parecía en todo momento a punto de romperse, de expirar en una pura ola de lágrimas y después, al tenerla a solas junto a mí, vista sin la máscara del rostro, noté por primera vez en ella las penas que la habían dejado cascada a lo largo de la vida.
Por lo demás, ¿era sólo la voz la que, por estar sola, me daba aquella impresión nueva que me desgarraba? No, sino más bien que aquel aislamiento de la voz era como un símbolo, una evocación, un efecto directo de otro aislamiento, el de mi abuela, por primera vez separada de mí. Las órdenes o prohibiciones que me dirigía en todo momento en la vida normal, el fastidio de la obediencia o la fiebre de la rebelión que neutralizaban mi cariño para con ella habían quedado suprimidos en aquel momento y así podía ser incluso para el futuro (puesto que mi abuela ya no exigía tenerme junto a sí y bajo su ley, estaba expresándome su esperanza de que me quedara definitivamente en Doncières o, en todo caso, prolongase mi estancia lo más posible, pues podía ser bueno para mi salud y mi trabajo); por eso, lo que tenía yo bajo aquella campana pegada a mi oído era —libre de las presiones opuestas que todos los días le habían hecho contrapeso y, por tanto, irresistible y elevando todo mi ser— nuestro cariño mutuo, que me hacía flotar. Mi abuela, al decirme que me quedara, me infundió una necesidad ansiosa y demente de volver. Aquella libertad que me dejaba en adelante —y que yo no había vislumbrado nunca poder disfrutar— me pareció de repente tan triste como podría serlo la libertad después de su muerte (cuando yo seguiría queriéndola y ella habría renunciado para siempre a mí). Yo gritaba: «Abuela, abuela», y me habría gustado besarla, pero ya sólo tenía junto a mí aquella voz, fantasma tan impalpable como el que tal vez vendría a visitarme, cuando hubiera muerto mi madre. «Háblame», pero entonces ocurrió que cesé de repente de percibir aquella voz, lo que me dejó aún más solo. Mi abuela dejó de oírme, había dejado de estar en comunicación conmigo, habíamos dejado de estar enfrente uno del otro, de estar audibles uno para el otro, yo seguía llamándola a tientas en la noche, en una multitud, la había perdido, angustia no tanto de no poder recuperarla cuanto de sentir que me buscaba, que también las llamadas de ella debían de extraviarse. Palpitaba yo con la misma angustia que había sentido en un momento muy anterior del pasado, un día en que siendo niño y estando entre una multitud, la había perdido de vista, angustia no tanto de no volver a encontrarla cuanto de sentir que estaba buscándome, pensando que yo estaba buscándola, bastante parecida a la que sentiría el día en que hablamos a quienes ya no pueden responder y a quienes quisiéramos al menos hacer oír todo cuanto no les dijimos y la seguridad de que no sufrimos. Me parecía ya una sombra querida que acababa de dejar perderse entre las sombras y, solo ante el aparato, seguía repitiendo en vano: «Abuela, abuela», como Orfeo, al quedarse solo, repite el nombre de la muerta. Decidí abandonar la estafeta, ir a reunirme con Robert en su restaurante para decirle que, como tal vez fuera a recibir un telegrama que me obligaría a volver, quería saber, por si acaso, el horario de los trenes, y, sin embargo, antes de adoptar aquella resolución, me habría gustado invocar por última vez a las hijas de la noche, a las mensajeras de la palabra, las divinidades sin rostro, pero las caprichosas guardianas no habían querido abrir las puertas maravillosas o seguramente no pudieron; en vano invocaron incansables, conforme a su costumbre, al venerable inventor de la imprenta y al joven príncipe aficionado a la pintura impresionista y conductor (que era sobrino del capitán de Borodino), Gutenberg y Wagram dejaron sus súplicas sin respuesta y me marché con la sensación de que la invisible instancia solicitada permanecería sorda.
Al llegar junto a Robert y sus amigos, no les confesé que mi corazón ya no estaba con ellos, que mi marcha estaba ya irrevocablemente decidida. Saint-Loup pareció creerme, pero más adelante supe que desde el primer momento había comprendido que mi incertidumbre era simulada y que el día siguiente no volvería a verme. Mientras sus amigos —dejando enfriarse los platos junto a ellos— buscaban con él en la guía el tren que yo podría tomar para volver a París y oíamos en la noche estrellada y fría los pitidos de las locomotoras, yo no sentía, desde luego, la misma paz que me habían infundido allí tantas noches la amistad de unos, el paso lejano de los otros. Sin embargo, no faltaban, aquella noche, de otra forma en aquella antecocina. Mi partida me abrumó menos cuando ya no me vi obligado a pensar en ella solo, cuando sentí que la acompañaba la actividad más normal y sana de mis enérgicos amigos, los compañeros de Robert, y de aquellos otros seres fuertes, los trenes, cuyas idas y venidas, por la mañana y por la noche, de Doncières a París, desmenuzaba retrospectivamente lo demasiado compacto e insostenible del largo aislamiento de mi abuela en posibilidades cotidianas de regreso.
«No dudo de la verdad de tus palabras y que no piensas marcharte aún», me dijo riendo Saint-Loup, «pero haz como si te marcharas y ven a despedirte mañana por la mañana temprano; precisamente almuerzo en la ciudad, el capitán me lo ha autorizado; tengo que regresar antes de las dos al cuartel, pues nos vamos de marcha todo el día. Seguramente el señor en cuya casa almuerzo, a tres kilómetros de aquí, me traerá a tiempo para estar en el cuartel a las dos».
Apenas había dicho aquellas palabras cuando vinieron a buscarme de mi hotel, porque tenía una llamada en la estafeta. Corrí, porque ésta estaba a punto de cerrar. La palabra «conferencia» reaparecía sin cesar en las respuestas que me daban los empleados. Me sentía en el colmo de la ansiedad, pues era mi abuela quien me había llamado. La oficina iba a cerrar. Por fin, llegó la comunicación. «¿Eres tú, abuela?». Una voz de mujer con marcado acento inglés me respondió: «Sí, pero no reconozco su voz». Tampoco yo reconocía la voz de quien me hablaba, pues mi abuela no me hablaba de «usted». Al final, todo quedó claro. El joven a quien su abuela había llamado tenía un nombre casi idéntico al mío y vivía en un anexo del hotel. Al tratarse del propio día en que yo había querido telefonear a mi abuela, yo no había dudado ni por un instante que era ella quien me llamaba. Ahora bien, por simple coincidencia la estafeta y el hotel acababan de cometer un doble error.
La mañana siguiente, llegué con retraso y no encontré a Saint-Loup, quien ya había ido a almorzar en aquel castillo vecino. Hacia la una y media, me disponía a ir, por si acaso, al cuartel para estar allí a su llegada, cuando, al cruzar una de las avenidas que conducían a él, vi —en la misma dirección que yo llevaba— un tílburi que, al pasar junto a mí, me obligó a apartarme; lo conducía un suboficial con monóculo: era Saint-Loup. Junto a él iba el amigo en cuya casa había almorzado y a quien yo había visto ya una vez en el hotel en el que Robert cenaba. No me atreví a llamar a Robert, porque no iba solo, pero, como deseaba que se detuviera para hacerme montar, llamé su atención mediante un gran saludo supuestamente motivado por la presencia de un desconocido. Yo sabía que Robert era miope, pero pensaba que, si llegaba a verme, no dejaría de reconocerme; ahora bien, vio perfectamente el saludo y lo devolvió, pero sin detenerse, y, mientras se alejaba a toda velocidad, sin sonreír, sin que un músculo de su fisionomía se moviera, se contentó con mantener durante dos minutos la mano alzada al borde de su quepis, como si respondiese a un soldado desconocido. Corrí hasta el cuartel, pero aún estaba lejos; cuando llegué, estaba formando el regimiento en el patio, donde no me dejaron permanecer, y me sentí desolado por no haber podido despedirme de Saint-Loup; subí a su cuarto y tampoco estaba ya; pude informarme con un grupo de soldados enfermos, reclutas dispensados de la marcha —el joven bachiller, un veterano— que contemplaban la formación del regimiento.
«¿Han visto al sargento Saint-Loup?», pregunté.
«Mire, ya ha bajado», dijo el veterano.
«Yo no lo he visto», dijo el bachiller.
«No lo has visto», dijo el veterano, sin ocuparse más de mí, «no has visto a nuestro famoso Saint-Loup, ¡con lo que farda con sus nuevos gayumbos! Cuando el capirulo lo vea, ¡con tela de oficial!».
«¡Ah! ¡Qué ocurrencias tienes! Tela de oficial», dijo el joven bachiller, quien, por estar de baja por enfermedad, no iba a la marcha y procuraba —no sin cierta inquietud— mostrarse atrevido con los veteranos. «Si esa tela es de oficial, yo soy obispo».
«¡Cómo!», preguntó con cólera el «veterano» que acababa de hablar de los gayumbos.
Estaba indignado de que el joven bachiller pusiese en duda que aquellos gayumbos eran de tela de oficial, pero, como era bretón, nacido en un pueblo llamado Penguern-Stereden, y le había costado tanto aprender el francés como si hubiera sido inglés o alemán, cuando se sentía embargado por una emoción, decía dos o tres veces «¡oiga usted!» para ganar tiempo y encontrar las palabras y, después de esa preparación, se entregaba a su elocuencia y se contentaba con repetir algunas que conocía mejor que las otras, pero sin prisa, tomándose precauciones contra su falta de costumbre de la pronunciación.
«¡Ah! ¿Conque no es tela de oficial?», prosiguió, con una cólera cuya intensidad y lentitud de elocución aumentaban progresivamente. «¡Ah! ¿Conque no es tela de oficial? Cuando yo te digo que es tela de oficial, cuando yo-te-lo-digo, puesto-que-yo-te-lo-digo, es que lo sé, creo yo. No nos vengas a nosotros con camelos de chicha y nabo».
«¡Ah! Bueno», dijo el joven bachiller, vencido por aquella argumentación.
«Hombre, mira, ahí va precisamente el capirulo. Oye, pero mira un momento a Saint-Loup: esa forma de lanzar la pierna y, además, la cabeza. ¿Es que son de suboficial? Y el monóculo, ¡ah!, se le va por todos lados».
Pedí a aquellos soldados, a quienes mi presencia no perturbaba, que me dejaran también a mí mirar por la ventana. Ni me lo impidieron ni se molestaron. Vi al capitán de Borodino pasar, majestuoso, haciendo trotar su caballo y dando la impresión de que se hacía la ilusión de encontrarse en la batalla de Austerlitz. Unos transeúntes se habían agrupado delante de la verja del cuartel para ver salir al regimiento. El príncipe, erguido sobre su caballo, con el rostro un poco grueso, las mejillas de una plenitud imperial, los ojos lúcidos, debía de ser objeto de alguna alucinación, como yo mismo siempre que, después del paso del tranvía, el silencio que seguía me parecía recorrido y estriado por una vaga palpitación musical. Me sentía afligido por no haberme despedido de Saint-Loup, pero me marché, de todos modos, pues mi única preocupación era la de regresar junto a mi abuela: hasta aquel día, en aquella ciudad pequeña, cuando pensaba en lo que haría mi abuela sola, me la imaginaba tal como era conmigo, pero suprimiéndome y sin tener en cuenta los efectos en ella de esa supresión; en aquel momento, tenía que librarme lo antes posible, en sus brazos, del fantasma —insospechado hasta entonces y de repente evocado por su voz— de una abuela realmente separada de mí, resignada, que tenía —cosa que yo nunca había visto aún en ella— una edad y que acababa de recibir una carta mía en el piso vacío en el que ya había yo imaginado a mi madre, cuando me había marchado a Balbec.
Ese fantasma fue —¡ay!— el que yo vi cuando, tras entrar en el salón sin que mi abuela hubiera sido avisada de mi regreso, la encontré leyendo. Yo estaba ahí —o, mejor dicho, no estaba aún ahí, puesto que ella no lo sabía— y, como una mujer a la que sorprenden haciendo una labor que esconderá, si entra alguien, estaba entregada a pensamientos que nunca había mostrado delante de mí. De mí sólo estaba allí —en virtud de ese privilegio que no dura y en el que tenemos, durante el corto instante del regreso, la facultad de asistir bruscamente a nuestra propia ausencia— el testigo, el observador, con sombrero y abrigo de viaje, el extraño que no es de la casa, el fotógrafo que viene a tomar una instantánea del lugar que no volveremos a ver. Lo que se produjo —maquinalmente— en mis ojos en aquel momento, cuando vi a mi abuela, fue, en efecto, una fotografía. Nunca vemos a los seres queridos sino en el sistema animado, el movimiento perpetuo de nuestro incesante cariño, que, antes de dejar que las imágenes que nos presenta su rostro lleguen hasta nosotros, las toma en su torbellino, las lanza sobre la idea que tenemos de ellos desde siempre, las hace adherirse a ella, coincidir con ella. Puesto que la frente y las mejillas de mi abuela significaban para mí lo más delicado y permanente en su espíritu, puesto que toda mirada habitual es una necromancia y cada rostro que amamos es el espejo del pasado, ¿cómo no habría omitido yo lo que en ella podía haberse recargado y cambiado, cuando, incluso en los espectáculos más indiferentes de la vida, nuestros ojos, henchidos de pensamiento, pasan por alto, como lo haría una tragedia clásica, todas las imágenes que no concurren en la acción y sólo retienen las que pueden volver inteligible el objetivo? Pero, si en lugar de nuestros ojos, ha sido un objetivo puramente material —una placa fotográfica— el que ha mirado, lo que veremos —por ejemplo, en el patio del Instituto—, en lugar de la salida de un académico que quiere llamar a un coche de punto, será su titubeo, sus precauciones para no caerse hacia atrás, la parábola de su caída, como si estuviera bebido o el suelo estuviese cubierto de hielo. Lo mismo ocurre cuando alguna artimaña cruel del azar impide a nuestro inteligente y pío cariño correr a tiempo para ocultar a nuestras miradas lo que nunca deben contemplar, cuando es adelantado por ellas, que, al llegar las primeras al lugar y abandonadas a sí mismas, funcionan maquinalmente como las películas y nos muestran —en lugar del ser amado que ya no existe desde hace mucho, pero cuya muerte nunca quiso que se nos revelara— la persona nueva que cien veces al día cubría con una cara y mendaz semejanza y, como un enfermo que —al no haberse mirado desde hace mucho y componiendo en todo momento el rostro que no ve, conforme a la imagen ideal que lleva de sí mismo en su pensamiento— retrocede al ver en un espejo, en medio de una cara árida y desierta, la elevación oblicua y rosada de una nariz gigantesca como una pirámide de Egipto, yo, para quien mi abuela era aún yo mismo, yo, que nunca la había visto sino en mi alma, siempre en el mismo lugar del pasado, a través de la transparencia de los recuerdos contiguos y superpuestos, de repente vi —en el diván, bajo la lámpara, de nuestro salón, que formaba parte de un mundo nuevo, el del tiempo, aquel en el que viven los extraños de los que se dice que «envejecen bien» por primera vez y sólo por un instante, pues desapareció en seguida— a una anciana abrumada —roja, pesada y vulgar, enferma, soñando despierta, paseando por encima de un libro unos ojos un poco dementes— a la que no conocía.
A mi pregunta sobre la posibilidad de ir a ver los Elstir de la Sra. de Guermantes, Saint-Loup me había dicho: «Respondo por ella». Y, por desgracia, por ella sólo él, en efecto, había respondido. Respondemos con facilidad por los otros cuando —por disponer en nuestro pensamiento las pequeñas imágenes que los representan— las hacemos maniobrar a nuestro gusto. Seguramente tenemos en cuenta incluso en ese momento las dificultades debidas a la naturaleza de cada cual, diferente de la nuestra, y no dejamos de recurrir a tal o cual medio de acción potente sobre ella —interés, persuasión, emoción— que neutralizará inclinaciones contrarias, pero es también nuestra naturaleza la que imagina esas diferencias con ella; somos nosotros quienes dosificamos esas dificultades, quienes edificamos esos móviles eficaces y, cuando queremos hacer que la otra persona ejecute en la vida los movimientos que en nuestra mente le hemos hecho repetir, todo cambia, topamos con resistencias imprevistas que pueden ser invencibles. Una de las más fuertes es seguramente la que pueden crear en una mujer que no ama el asco que le inspira —insuperable y fétido— el hombre que la ama: durante las largas semanas en que Saint-Loup siguió aún sin venir a París, su tía, a quien había escrito —no me cabía duda— para suplicarle que lo hiciera, no me pidió ni una sola vez que fuese a su casa a ver los cuadros de Elstir.
Recibí señales de frialdad por parte de otra persona de la casa. Fue Jupien. Según él, ¿debería yo haber entrado a saludarlo, a mi regreso de Doncières, antes incluso de subir a mi casa? Mi madre me dijo que no, que no era de extrañar. Según le había dicho Françoise, era así, sujeto a bruscos malhumores, sin razón. Siempre se disipaban al cabo de un tiempo.
Entretanto, el invierno tocaba a su fin. Una mañana, después de unas semanas de chubascos y tormentas, oí en mi chimenea —en lugar del viento informe, elástico y sombrío que me daba ganas de ir al borde del mar— el arrullo de las palomas que anidaban en la muralla: irisado, imprevisto como un primer jacinto que desgarra suavemente su corazón nutricio para que de él brote —malva y satinada— su sonora flor e introductor —como una ventana abierta, en mi habitación, aún cerrada y negra— de la tibieza, el deslumbramiento, la fatiga de un primer día hermoso. Aquella mañana, me sorprendí canturreando una tonada de café cantante olvidada desde el año en que debía ir a Florencia y a Venecia: hasta tal punto la atmósfera, conforme al azar de los días, actúa profundamente en nuestro organismo y saca de las reservas obscuras en las que las habíamos olvidado las melodías inscritas y no descifradas por nuestra memoria. Un soñador más consciente acompañó pronto a ese músico a quien yo escuchaba en mí, sin siquiera haber reconocido en seguida lo que tocaba.
Sentía que las razones por las que, cuando había llegado a Balbec, no había encontrado en su iglesia el encanto que tenía para mí antes de conocerla no eran particulares de aquel lugar, que en Florencia, en Parma o en Venecia mi imaginación no podría substituir a mis ojos para contemplar. Lo sentía. Asimismo, un 1 de enero, a la caída de la noche, delante de una columna de carteles, había yo descubierto la ilusión falsa de que ciertos días de fiesta difieren esencialmente de los otros y, sin embargo, no podía impedir que el recuerdo del tiempo durante el cual había creído que pasaría la Semana Santa en Florencia siguiera haciendo de ella como la atmósfera de la ciudad de las Flores, infundiendo a la vez al día de Pascua algo florentino y a Florencia algo pascual. La semana de Pascua quedaba aún lejos, pero en la hilera de días que se extendía ante mí, los días sagrados resaltaban más claros al final de los intermedios. Tocados por un rayo, como ciertas casas de un pueblo que vemos a lo lejos con un efecto de luz y sombra, retenían sobre sí todo el sol.
El tiempo se había vuelto más suave y mis propios padres, al aconsejarme que fuera a pasear, me brindaban un pretexto para seguir con mis salidas matinales. Había querido ponerles fin, porque en ellas me encontraba con la Sra. de Guermantes, pero precisamente por eso pensaba todo el tiempo en ellas, lo que me hacía encontrar a cada instante una razón nueva para hacerlas, carente de relación alguna con la Sra. de Guermantes, y me persuadía fácilmente de que, si no hubiera existido, no por ello habría dejado de pasearme a aquella misma hora.
Si bien encontrarme con cualquier otra persona distinta de ella me habría resultado indiferente, sentía que, para ella, encontrar a cualquiera, excepto a mí, habría sido —¡ay!— soportable. En sus paseos matinales recibía a veces el saludo de muchos idiotas, a los que consideraba tales, pero su aparición me parecía —ya que no una promesa de placer— al menos un efecto del azar y a veces los detenía, pues hay momentos en que tenemos necesidad de salir de nosotros mismos, de aceptar la hospitalidad del alma de los otros, a condición de que dicha alma, por modesta y fea que fuere, sea ajena, mientras que en mi corazón sentía con exasperación que lo que habría encontrado habría sido a ella. Por eso, cuando —para tomar otro camino— tenía yo otra razón que la de verla, temblaba como un culpable en el momento en que pasaba y a veces, para neutralizar lo excesivo que podía haber en mis iniciativas, apenas respondía a su saludo o le clavaba la mirada sin saludarla ni lograr otra cosa que irritarla más y hacer que empezara, además, a considerarme insolente y maleducado.
Ahora ella llevaba vestidos más ligeros o al menos más claros y bajaba por la calle, en la que, como si fuese primavera, delante de las estrechas tiendas intercaladas entre las vastas fachadas de los antiguos palacetes aristocráticos, en el puesto de la vendedora de mantequilla, fruta y verduras, había ya persianas de protección contra el sol. Yo me decía que la mujer a la que veía de lejos caminar, abrir su sombrilla, cruzar la calle, era, a juicio de los entendidos, la mayor cultivadora actual del arte de esos movimientos para hacer con ellos algo delicioso. Entretanto avanzaba: desconocedor de esa difusa reputación, su cuerpo estrecho, refractario y que nada había asimilado de aquello, iba oblicuamente ceñido bajo un chal de sura violeta; sus huraños y claros ojos miraban, distraídos, hacia delante y tal vez me hubieran visto; se mordía la comisura de los labios; yo la veía alzarse el manguito, dar limosna a un pobre, comprar un ramo de violetas a una florista, con la misma curiosidad que habría sentido al mirar a un gran pintor dar pinceladas y, cuando, una vez que llegaba a mi altura, me hacía un saludo, al que añadía a veces una ligera sonrisa, era como si hubiese ejecutado para mí —añadiendo una dedicatoria— una aguada insuperable. Cada uno de sus vestidos me parecía como un ambiente natural, necesario, como la proyección de un aspecto particular de su alma. Una de aquellas mañanas de Cuaresma, en que iba ella a almorzar en la ciudad, la vi con un vestido de un terciopelo rojo claro, ligeramente escotado. El rostro de la Sra. de Guermantes parecía pensativo bajo su rubio pelo. Yo estaba menos triste que de costumbre, porque la melancolía de su expresión, el enclaustramiento —por decirlo así— que la violencia del color interponía entre el resto del mundo y ella, le daban un aspecto desdichado y solitario que me tranquilizaba. Aquel vestido me parecía la materialización en torno a ella de los rayos escarlatas de un corazón que yo no conocía y tal vez habría podido consolar; refugiado en la luz mística de la tela de olas suaves, me recordaba a una santa de las primeras eras cristianas. Entonces sentía vergüenza de infligir con mi vista aquel martirio. «Pero, a fin de cuentas, la calle es de todos».
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.