Kitabı oku: «EN LA ZONA 303(MUN2)»
MARCELO NICOLÁS UBICI
EN LA ZONA 303(MUN2)

Ubici, Marcelo Nicolás
EN LA ZONA 303(MUN2) / Marcelo Nicolás Ubici. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2380-8
1. Narrativa. 2.Cuento corto. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
DEDICATORIAS
A mi padre, quien guió con el ejemplo.
A mi hija, por su delicadeza, su gracia.
A mi madre, por su responsabilidad, su esfuerzo.
A la Fundación Natalí Dafne Flexer, de ayuda a niños y jóvenes con cáncer, por su muy valiosa tarea, y por permitirme aportar mi granito de arena donando la totalidad de la ganancia por las regalías que me correspondan como autor por la venta de este libro.
A Betina, por el camino transitado.
A mi amigo y compañero Hernán Chale, por su interesante amistad, por el regalo de su permanente estímulo, por ser el impulsor de tantas inspiraciones.
A mi hermano y su familia, por su nobleza.
A mi amigo Ignacio, su esposa Guillermina, y los restantes integrantes de su familia, por tantas vivencias compartidas.
A mi tía Elda, por su permanente afecto, y por su ejemplo de fortaleza.
A Ana Laura Orsini, por su templanza.
A mi prima Marcela Villanueva, y a mi primo Alejandro Campanella, quienes fueron compañeros indispensables de mi niñez, porque desde el cielo me iluminan, acompañan, protegen.
A mi prima Victoria, por el regalo de su belleza y fineza, propios de una verdadera dama.
A mi primo Carlos Horacio, por su interés en nuestros orígenes y antepasados familiares, lo que ha permitido que todos los integrantes nos hayamos virtualmente conocido, y permanezcamos comunicados.
A Mercedes Bonifasín, por el mutuo aprecio y el regalo de su habitual fino y cordial trato.
A mi vecino, el Sr. Gustavo Piccirillo, recientemente fallecido, por el permanente recuerdo que ha dejado su tan valiosa persona, y por haber sido mutuo el afecto y consideración.
A Gabriel Beaín, por su diario esfuerzo en la difícil tarea de tratar de lograr el bienestar común.
A Sonia Barreneche, porque la mutua amistad, el afecto, la cercanía, permanecen intactos a lo largo del tiempo sin que sean necesarios los frecuentes encuentros.
A Gustavo Luján, por el sincero y mutuo aprecio, y por su valiosa ayuda, compañía, e interesantes anécdotas.
A Diana Sueldo, por su calidez, y por estar siempre atenta y valorando mis escritos.
A Martín Etchandi, por su andar apacible repartiendo siempre buena onda y bondades.
A Gabriela Gimenez Vega, porque me cuida y protege desde que era su aprendiz.
A los señores despachantes, sus dependientes y empleados que me han brindado un cordial y respetuoso trato.
A todos los que me ofrecen nada menos que su amistad y consideración, a los que me estimulan a seguir escribiendo, y a aquellos que quizás, en algunos casos, hasta sin ellos saberlo, con su personalidad o comportamiento, me han dado inspiraciones. Hago mención de sólo algunos: Cintia P.; Daniel G. y flia., y su reciente fallecida esposa Ana María G.; Miguel B.; Lidia R.; Fernando A.; Sergio M.; Matías F.; Reimond R.; Esteban T.; Carolina R.; Eduardo M.; Sandra; Gustavo M.; Cristina H.; Eduardo F.; Georgina F.; Eduardo J.; Juan y su esposa Gloria; Sergio S.; Fernando C.; Facundo B.; Mariano C.; Natalia R.; Víctor M.; Hernán G.N; Julián C.; Fabiana L.; Gustavo C.U.; Maricarmen B.; Omar O.; Miguel C.; Raul T.; Nadia R.E.; Ricardo O.; Martín P.; Gustavo S.; Paula R.M.R.; Omar M.; César C.; Daniel M.; Majo; Eduardo M.; Florencia B.; Gonzalo C.; Juan Pablo A.; Marcelo P.; Pablo Z.; Eduardo Fl.; Facundo C.; José A. E.; Juan P. M.; Gustavo V.; Laureano L.; Lucila M.D.; Luis D.V; María A.; Mariana y Martina; Martín A.; Nahuel A.; Pablo L; Ricardo B.; Rodolfo S.; Silvia C.; Yanina I.; Claudia; María L. R; Leonardo B.; Fabricio O.; Diego V.; Darío R.
Tabla de contenidos
1 CONTAR Y VALORAR
2 Cuentos y relatos Alicia Acta de constatación Vida El desterrado Volver a nacer El delegado La historia cuenta (los datos históricos de este cuento son reales) Enry Diluyente La pregunta De gala Uniendo Mate Volver a sentir Late Equilibrio La temporada del calamar Constructores Felicidades No es cuento Escáner Juan Domingo El último blandengue Flanders El despegue Memorias Memorias en tercera En la oscuridad Quiénes son ellos Fuga Nadador Palomas mensajeras Malvada Pura Charlito el medidor Maldito desagradecido Señales Distintas vidas felices No eras para mí Ganaron la partida No son nada Argumento del cuento número cien Lanzamiento de tres Blíster Tres menús Distanciamientos Mañana. Hogar de madre Tarde. Hogar de niña Noche. Hogar de abuelo Es mejor regresar Tigre Dar “Tofi” y “¡Un aplauso para el asador!” Set Itinerario Despacito Hereje Dueño de la lente
3 PERCIBIR
4 Poesías y poemas Madera dura La he visto vivir Barrenando a pecho Mi sombra Difícil Palabras que no vencen Hay que jugar El niño le escribe al mar Penumbras Péndulo Hoy te sentencio a que me ames Rieles Cuánto No es necesario que hables Ganaron Respuestas en silencio
5 LEVERAGE
6 Aforismos Características opuestas Descortés o caballero De avanzada o de retirada Idealista y capitalista Calificativos Indeciso y holgazán Cuerdo Inmaduro Líder Ganador Soñador Conformista, determinado, terco Conocimiento Definiciones Dios Incentivos Juventud y vejez Muerte Refranes modificados Sentimientos Amistad Amor Desamparo Deseo Dolor Depresión Enojo Envidia Felicidad Frustración Odio Soledad Vacío Optimismo Sufrimiento Culpa Guerra Tiempo Valores Bondad Caridad Compañerismo Ejemplo Grandeza Humildad Paciencia Perdón Cautela Respeto Sinceridad Solidaridad Resignación Honestidad Antivalores Maldad Mentira Materialismo Falsedad Ambición Injusticia Arrogancia Desprecio Superficialidad Traición Oportunismo Egoísmo Ostentación Con forma de consejos Vida
Landmarks
1 Table of Contents
Prólogo
Hay dos motivos por los cuales hablo de «la zona». Uno de ellos es porque fue justamente allí, en la zona, en un entorno cercano, donde encontré mis inspiraciones, en lo simple, en lo cotidiano, en la belleza de lo humilde, y en aquellas personas que poseen un interior con la riqueza de ser nuevos mundos para mí. Cada persona es un planeta que posee interesantes relieves donde hurgar, analizar, valorar y extraer enseñanzas.
El segundo motivo es porque debo reconocer que, para alcanzar estas inspiraciones, fue necesario ejercitarme, al igual que lo hace un deportista o un pianista, desarrollar cierta habilidad, abstracción, lograr una elevada concentración donde la sensación de control y conciencia misma de la acción desaparece. Tuve que aislarme mentalmente para estar inmerso en esta actividad que me propuse ejercitar, enfocar la energía, confiar en el subconsciente, entrenar el cerebro a dejarlo sentir, en mi caso, la música literaria y dejarlo bailar. Sin buscarlo, así, logré entrar «en la zona», también conocida en psicología con el nombre de «Flujo», un estado mental operativo donde uno simplemente fluye en la actividad, donde se alcanza un razonamiento instintivo, que se diferencia del razonamiento habitual lógico-matemático, ése que me era más familiar por mi formación de Contador Público, dándole espacio a mi mente, y a mí, a la creatividad.
Así es como di vida a mi segunda pasión, después de mi profesión y la matemática, por ello es que conservé, como con cierto resabio, en parte del título, la forma de una fórmula. Fue un barajar y dar de nuevo. Alterné entonces el orden de las iniciales de mi nombre y apellido, quedando ahora al azar MUN. Y a esas iniciales les incorporé el número dos, por el nacimiento de mi segundo y nuevo interés. Como resultado se forma la palabra destino de este singular viaje que decidí comenzar, sin deber abandonar «la zona» para llegar a nuevos «mundos».
La corrección de estos escritos, donde cada corrección fue como ir cincelando el bloque de mármol para intentar encontrar «La Piedad» o a «David», la he finalizado en una fecha particularmente capicúa: El 22/2/22. Incluí en este trabajo cincuenta y cinco cuentos cortos y relatos, y doscientos treinta y dos aforismos. Números capicúa ambos, y al incorporar dieciséis poesías y poemas, la suma total de como resultado otro número capicúa: trescientos tres.
Es este resultado, el de la suma antes enunciada, el motivo de su mención en el título, donde cada sumando me ha significado trabajo de exploración y conquista. Y todo ello está incluido, a su vez, en trescientas tres páginas e-book, vistas en el dispositivo de una computadora, siempre en función de que el lector elija el mismo tamaño de tipografía con el que yo he elegido visualizarlas.
Todos números capicúa que, como tales, pueden leerse desde cualquiera de sus extremos, al igual que este libro, donde se puede iniciar también su lectura desde el extremo o el título que más se desee, o que mayor curiosidad despierte.
Aseguran que los números capicúa traen suerte, y eso es lo que deseo. Que este libro sea del agrado del lector y que se puedan vender numerosos ejemplares. No es que este deseo se sustenta en querer perseguir mi propio beneficio. Mi compromiso, y el móvil para la conclusión de este e-book, ha sido, y es, que la totalidad de la ganancia por todas las regalías que me correspondan como autor por su venta, sea donada a la Fundación Natalí Dafne Flexer, de ayuda a niños y jóvenes con cáncer, y así quiero dejarlo públicamente plasmado en este prólogo. Es por ello que me he puesto en comunicación, para ultimar detalles de esta colaboración, con la Sra. Leticia García, que es la directora ejecutiva de la antes mencionada fundación. Fundación que se encarga, para los que no la conocen, de la valiosa tarea de brindar ayuda, al momento de la presente redacción, a más de mil doscientos chicos con cáncer y a sus familias.
* * *
En mis cuentos, poemas y poesías, intento impregnar con sentimientos a las letras, y la muy difícil tarea de transformar en letras a los sentimientos. Y a esos sentimientos y vivencias, que atrapé en un papel, los encontré de la vida diaria, en algunos casos dentro del ámbito familiar, en el club, en los talleres literarios, pero mayormente dentro del espacio de tareas.
Mis relatos pretenden acercar lo literario a lo laboral, describir la personalidad de algunos compañeros de trabajo y valorar su labor, en un escenario donde la amistad, el compromiso, el compañerismo, la gratitud, las búsquedas, las alegrías y tristezas, la satisfacción del deber cumplido, el sacrificio, las reacciones y conflictos propios del ser humano, el esfuerzo, el dolor de tener que estar lejos del hogar, las despedidas, las pérdidas, las esperanzas, la solidaridad, están presentes.
Titulé el capítulo de mis aforismos «Leverage». A algunos de los aforismos les incorporé una cuota de ironía o de juego de palabras. Leverage económico se le llama al efecto palanca positivo que se produce en las utilidades netas, al utilizar más productivamente un costo fijo. Las utilidades crecen más que proporcionalmente al incremento en el volumen de producción y venta. Y eso es lo que intento. Me tomo el atrevimiento de invitarte a pensar, a ser mi crítico, a estar de acuerdo o a disentir, puesto que no defino a los aforismos como verdades, sino como un intento de aproximarse a la verdad por parte de quien los escribe, un resumen de sus vivencias, o la síntesis de alguna reflexión. Y así, quizás, éste, sirva de punto de apoyo para que tú crees tus propios aforismos, y estos crezcan en diversidad, más que proporcionalmente a mi esfuerzo.
CONTAR Y VALORAR
Alicia
Allí viene Alicia. Caminando lento como todas las mañanas la cuadra que dista desde la parada donde la deja el colectivo hasta la puerta de ingreso a la Aduana.
Trae como de costumbre, la cartera y una carpeta con papeles de trabajo en una mano, y en la otra, un bolso lleno de galletitas, servilletas de papel, manzana, pera, saquitos de té y mate cocido. Es que tiene un largo día de trabajo por delante y es bueno tener provisiones.
Haciendo equilibrio acaricia con el pie a su amiga Úrsula, la gata que la espera en la puerta.
Tiene planeado hacer todo lo que ha hecho siempre. Tampoco quiere llamar la atención con una vestimenta distinta a la habitual.
Entra sonriente saludando con un «¿qué hacés nene?».
Su cabello, algo rebelde, lo luce como anticipando su personalidad. Sin nada especial para la ocasión.
Trae blusa blanca impecable, pulóver azul, y su característica pollera gris calzada en su cintura a distinta altura del lado derecho que del izquierdo, con su cierre corrido a un lado. Al fin de cuentas piensa que nadie se va a fijar tanto en ella como para notar que no está centrado.
Ingresa a su oficina y arregla las flores que tiene en su escritorio. Les cambia el agua y agrega alguna que a la pasada ha arrancado con cariño y picardía del jardín, con el espacio de la mano que entre tantos bultos deja siempre libre para ese propósito. Una vez que han quedado a su gusto, las acerca para oler su perfume con notorios gestos de placer.
Luego ordena los sellos por orden de su tamaño en el porta sellos. Todos quedan mirando para el mismo lado. Los utiliza muchas veces al día y así los encuentra fácil, ya casi sin mirarlos, al igual que ejecuta un pianista.
Un papelito en el bolsillo de su blusa que dice «broches», le recuerda que debe guardarlos en su cartera para llevarlos a su hogar. Son broches de madera liviana, desarmados, ya que les ha quitado el resorte central. Los trajo hace mucho tiempo para utilizarlos si es necesario como inofensiva arma voladora. Pero los deja un tiempo más. Presume que pronto pueden llegar a ser útiles. Efectivamente eso ocurre. Alguien graciosamente pasa y la llama «¡turca!».
Así se desata una nueva batalla.
«¡No entres a la oficina administrativa que Alicia te tira con los broches!», esas son las voces de advertencia.
Desde su escritorio, con un ojo cerrado para mejorar su puntería, y detrás de unos biblioratos que hacen de escudo para resguardarse de una posible contraofensiva, sonríe ante cada uno de los ocasionales blancos.
Por encima de su improvisado escudo, aparecen algunas canas de su abultada cabellera que apuntan al cielo haciendo la suerte de antenas sensibles al peligro. También asoman, por momentos, la mitad de sus ojos, para enterarse de los últimos movimientos en el teatro de operaciones.
Está convencida que con cada golpe hace justicia, venga a sus antepasados armenios, y también nos hace escapar a todos un rato de la rutina diaria.
La tristeza que la historia inyectó en su alma no le impide tener humor.
A pesar que la batalla es desigual en número, ya que abrió varios frentes de ataque, la armenia mantiene una ofensiva encarnizada, sostenida, y amenaza con utilizar munición pesada comenzando a deslizar su mano hacia los sellos. Arma que no utiliza aún para no hacer dispendio de los recursos estatales.
Ante ese comportamiento hostil y malicioso, planeamos un ataque envolvente en forma de tenaza, mientras que otro combatiente sorprende a la insurrecta por la ventana, e inicia la ofensiva carapintada por la retaguardia con su rostro tiznado con tinta de carbónicos.
Aún nos reservamos la posibilidad de usar un grupo de mercenarios, chicos sucios que no conocen el jabón o el enjuague bucal, con quienes confiamos sofocar al foco rebelde en la lucha cuerpo a cuerpo, pero las armas químicas de olor, por decoro, quedan para ser utilizadas sólo como último y desesperado recurso.
Llama el teléfono y se inicia una tregua. Es un compañero de trabajo notificando su ausencia. «Cuídate mucho de tu enfermedad y espero que pronto te sientas bien», se escucha que le dice.
Observa a otro compañero que se dirige hacia la calle y le grita: «¡Abrigate nene!, ¡llevá campera que es temprano y afuera hace frío!». Sus sentimientos de madre protectora no puede dejarlos en su casa y los trae siempre junto a sus petates.
Mas tarde acomoda unos papeles. Es que hoy quiere dejar todo prolijo. Va a llevar a su casa todas esas carpetas con apuntes de las materias que estudió, siendo ya mayor, para tener el secundario completo. Entre tantas cosas encuentra una foto del momento en que le entregaron el diploma y otra de cuando logró el ascenso.
Llega la hora de su mate cocido con galletitas. Se la ve tranquila. Sabe que su deber está cumplido. Es un cumplido conforme utilizando términos aduaneros.
Mira el reloj. Sus ojos la traicionan. Se le escapa una lágrima. Falta media hora y aunque quiera negarlo son sus últimos minutos de trabajo. Ha llegado el momento de jubilarse.
Todos nos reunimos para darle un beso. La abrazamos. Alguien tímidamente inicia un aplauso. Lo acompañamos. Nos sumamos.
Alicia mira hacia afuera buscando a Úrsula y la ve en la ventana. Ella también está y también la mira. Ambas se despiden a través del vidrio tan sólo con la mirada.
Ahora sí. Es tiempo de ir a casa.
Se pone su campera, pero duda. Se la quita y la deja acomodada, acariciándola, en el respaldo de su silla. Hoy no es necesario que lleve su campera de abrigo con el logo de la Administración Federal de Ingresos Públicos. Afuera también está bueno.
Acta de constatación
«En la ciudad de Mar del Plata, a los 5 días del mes de Junio de 2012, el agente de Aduana Juan Palomino Guzmán, de tez morocha, nacido el cuatro de Enero de 1976, a la hora cuatro, hijo de Doña Josefa Ezcurra, de profesión ella carnicera, profesión que heredara de mi abuelo, e hijo de Don Alejandro Palomino Guzmán, vendedor de perfumes durante el día y casinero durante la noche, con asistencia perfecta a esa sala de juegos, según consta en los tickets de entrada que celosamente mi padre conservara en una carpeta al efecto, con anotaciones al dorso de cada uno que le servían para llevar estadísticas persiguiendo la suerte, haciendo caso a lo que en matemática se denomina la “ley de los grandes números”, que dice que cada número tiene igual probabilidad de salir, por lo que los menos sorteados serán los próximos favorecidos, proviniendo de aquí mi sobrenombre de “Colorado”, ya que en el día y a la hora de mi nacimiento salió felizmente favorecido apostando al colorado el cuatro; me constituyo en la planta perteneciente a la firma “Carga China Arriba y Abajo Concomitantemente SRL”, sita en la calle Calabozo 66 de esta ciudad, a fin de constatar el correcto funcionamiento del acceso a la red de AFIP, equipamiento de PC y del Sistema de CCTV, su visualización y grabación. En esta oportunidad siendo recibido, sin café ni cortado, por el Sr CHIN SISTEMA en su carácter de encargado».
Lo leo una vez más para convencerme de que haya quedado bien redactado y con todo lo absolutamente necesario. Mañana en el lugar redactaré el resto con las novedades.
Es mejor que ahora me vaya a descansar, ya que esta nueva tarea de control, como todo lo nuevo, me preocupa y estresa.
Seis de la mañana, suena el despertador, ese invento que habrá diseñado un traidor, un amigo del apocalipsis.
Intento levantarme, pero siento el cuerpo pesado. Con mucho sacrificio lo logro. Encorvado inicio así otro día más, probablemente calcado al de ayer, igual al de mañana.
Mis piernas dirigen mi cuerpo automáticamente hacia la ducha, sorteando el caos de juguetes tirados en el piso. Luego mis manos preparan unos mates acompañados por esas tortas compradas llamadas «Caseritas». Hace años que no como torta casera, reflexiona mi cerebro que recién ahora despierta.
Pongo en marcha el auto, y sin que nadie me despida ni note mi ausencia, me dirijo hacia la empresa donde se realizará la carga de exportación. Llevo la novedad, mi acta de constatación confeccionada a medias.
Para llegar a destino debo atravesar barrios humildes. Veo a los padres llevando a sus hijos al colegio en el improvisado asiento trasero de sus bicicletas. Me llama la atención la sonrisa de ambos, la felicidad de esos padres con la que empujan cada pedal hacia algo mejor.
Y yo, mientras tanto, en este auto cero kilómetro, con doble airbag, asiento regulable en altura, volante regulable en altura y profundidad, y faros antiniebla que nunca logro disipar, avanzo buscando con desesperación en la radio algo que me entretenga o me haga reír.
Aprovecho el semáforo para enviarle un mensajito a mi hijo mayor, para que lo lea cuando despierte. «Hijo, el sábado vamos a andar en bicicleta para volver a disfrutar como hace tanto no hacemos».
Llego a la planta y tomo los datos del camionero. En medio de una rápida conversación, donde le transmito mis miedos por lo que veo, me dice: «El peor enemigo de uno es uno mismo, mi amigo».
Mi temor es el color de la carga. Están cargando un pescado de carne muy oscura.
Pasa un chino filetero con cuchilla en mano. Mal presagio pienso. Me recuerda a la cuchilla con la que me perseguía mi madre carnicera cuando yo le rompía con la pelota una maseta del patio. El chino me ve serio, preocupado. Habiendo escuchado el motivo de mi preocupación dice sonriente, con una sonrisa que presenta a sus dos grandes dientes incisivos propios de los castores, «que de la “blanca” viene después». Su contestación confieso que no me tranquiliza en absoluto.
Exponiendo mi acta, me acompañan unos orientales a un lugar oscuro y húmedo, en un rincón dentro de la cámara de frío donde se encuentra el gabinete que dice «para uso exclusivo del personal de Aduana». Allí me abandonan.
Trato de entrar y no puedo. Forcejeo el picaporte y es imposible abrir. Prendo la linterna de mi celular, y detrás del vidrio empañando, constato con asombro la presencia de un masculino con su campera de aduana puesta, sentado en su silla, y recostado sobre la mesa. En el extremo de su puño, algo amarillo parece ser un precinto botella con el que nunca nada alcanzó a cerrar.
Intento en vano una vez más abrir el gabinete. Le grito y no responde. Parece un cuerpo helado, frío. Me intriga saber de quién se trata, qué compañero es para llamarlo por su nombre. En el vidrio parece que intentó dejar un desesperado y macabro mensaje que no puedo revelar. Pienso cuántos serán los sueños truncos e inconclusos de este compañero ahora caído en el cumplimiento de su deber. Me pregunto: «¿Que habrá visto para ser encerrado aquí? ¿Será quizás alguien que yo quería? ¿Me habré permitido decírselo?»
Puede que sea el negro Hernán, el compañero, el querido por todos, quien hace pocos días almorzando en un bar me preguntaba a los gritos, y en presencia de otros compañeros, si lo quería o no. «¡Sí o no!, decime, ¡sí o no!», fueron sus súplicas. Y mi machismo, mi dura educación, impidió responderle. Ahora comprendo esos gritos desesperados, propios de alguien que seguramente se sentía amenazado.
«¡Si negro!, ¡te quiero!», le grito detrás del vidrio gélido de mis sentimientos, como tratando de lavar mi conciencia, intentando engañarla sabiendo que ahora era tarde.
Presiento, por todo lo que veo y constato, que estoy transitando mis últimas horas. Que se acerca inexorablemente mi fin. Le envío un mensaje rápido a mi esposa con mi celular a modo de despedida. Tiemblan mis manos cuando escribo palabras que hace mucho no decía: «te amo».
Ahora sí. Se acercan. Son tres chinos. Vienen por mí. Es el fin. Mi fin. De eso estoy seguro. El negro Guzmán, apodado el Colorado al nacer, morirá irónicamente en manos amarillas.
«¡Entre allí!, ¡entre allí!», me dicen con un amenazante español poco claro, señalando el gabinete que será mi segura y desafortunada morada final.
Me trato de consolar pensando que finalmente tendré compañía, y mi egoísta deseo es que ella sea Hernán.
Un oriental forcejea uno de ellos el picaporte y la puerta finalmente se abre. Entregado a mi destino entro. No opongo resistencia. Constato aliviado, y con manos sudadas vuelco en al acta, que lo que se veía desde afuera era una campera azul olvidada por un compañero en el respaldo de una silla, con sus mangas sobre el escritorio, que lo amarillo era un caramelo masticable, y que en el vidrio puedo leer, ahora al derecho, un desagradable texto que tiene mucho de macabro: «Boca campeón».
Cuando llega el verificador de la mercadería, me aclara que la carga se había iniciado con aleta de Raya, y que luego continuarían con la blanca carne del filete de Merluza.
Al fin de la jornada laboral, y habiendo cumplido mi tarea, regreso por fin a mi casa, recordando las sabias palabras del camionero. Sabiduría que seguramente le diera la larga ruta de la vida.
Al abrir la puerta, mi señora me recibe sonriente como hace mucho no lo hacía, y con un beso me dice que ella también me ama, y se retira veloz como quien esconde algo.
Veo al mayor de mis hijos limpiando contento su bicicleta. Hace mucho que no lo veía tan feliz. Me saluda con sus pulgares en alto.
Allí es cuando recibo un pelotazo del chiquito, celoso, en medio de mi estómago. Caigo en la silla y me recuesto sobre la mesa haciéndome el muerto, quizás imitando al compañero helado, frío, solitario, que creí ver esta tarde encerrado en aquel gabinete.
Con mi cara oculta entre mis brazos pienso y me pregunto si ese no sería el «yo» que hoy quiero abandonar.
Se acercan asustados mis hijos, y cuando se dan cuenta de que me río, ellos también ríen. Y así, riendo los tres, me pongo de pie, y sacando pecho, propio de los que están orgullosos, los alzo y los llevo feliz uno en cada brazo hacia la cocina, atraído por un rico olor que sale del horno e invade nuevamente el hogar. Olor a torta casera.
Vida
Indicadores señalaban que ese podía ser el escenario del génesis, el momento del origen.
El medio era hostil, distinto, aparentemente sin oxígeno de la manera conocida, con regulares volcanes que en el pasado sólo habían dejado tristeza y desolación. Hacía pocos días se había manifestado uno, y era nuestro deseo que esa fuera la última erupción por un largo período.
La calma era aparente. Quedaban algunos ríos de lava roja que amenazaban todo intento de vida. Los pronósticos traían malos presagios.
Allí a lo lejos, muy profundo, en medio de tanta adversidad, en medio de tanta soledad, se divisaba algo que abrigaba esperanzas a nuestra búsqueda: un lago de agua tibia.
Era un lago muy pequeño, pero su hallazgo nos llenó de gozo. Sabíamos que allí se podía albergar vida, o por lo menos eso decían los expertos. Aún debíamos ser cautelosos.
Los fuertes y arremolinados ríos, últimos guerreros del reinado del volcán, amenazantes, celosos custodios de un territorio que sólo concebían arrasado, prometían avanzar sin piedad. Y cumplieron. Lo encontraron. Lo invadieron. Lo desplazaron de su lugar. El lago, cuna de agua, se tiñó de rojo. Ya no parecía cuna. Ya no era agua.
Un milagro y sólo eso permitiría allí encontrar vida. Teníamos fe. Nos habíamos aferrado a ella. Le rezamos a la Virgen de Luján de quien siempre fuimos fervientes devotos. No era casualidad para nosotros que el posible hallazgo del génesis, haya coincidido con el día anual de la Virgen: Un ocho de mayo.
Tanto mi compañera de esta misión de búsqueda, como yo, no nos dimos por vencidos, y volvimos días más tarde a analizar el lugar, siempre con la ayuda de un experto, sobrevolándolo una vez más con cámaras especiales, con tecnología robada a los delfines, a los murciélagos.
«¡Milagro!», fue el grito antecesor de abrazos y besos. El agua del lago estaba otra vez limpia, tanto como el agua de nuestras lágrimas.
Las condiciones para encontrar vida ahora estaban dadas. Buscamos y buscamos en su interior, en sus profundidades. Revisamos todo. No había nada. Era un lago y solamente eso. La decepción trajo más lágrimas, tantas que parecieron ampliar el tamaño del lago.
Días después, la sensible cámara ahora detectó movimientos en el escenario, detectó leves cambios. Cada novedad era motivo de festejos, de divinos agradecimientos.
Fue más adelante en el tiempo cuando sobrevino un hallazgo. Un gran hallazgo. Se constataron latidos. Eran latidos positivos dijeron los avezados en este tipo de búsquedas. Un pequeño punto titilaba al igual que titilan las estrellas. La misión vida se convertía ahora en todo un éxito.
Nos llevó varios días poder ver formas. Estas parecían al principio sólo cercanas a las humanas. El feliz hallazgo tenía una cabeza desproporcionada con respecto al cuerpo, y ampliando la imagen, su rostro presentaba grandes cavidades oculares propias de los extraterrestres.
Pasaron días y meses de más estudios y comenzaron a constatarse formas iguales a las humanas.
Hallamos un ser divino. La delicadeza en sus movimientos, su gracia angelical, nos hicieron suponer que hasta podía tener sexo, y nuestra convicción, nuestro sentimiento, aseguraba que este era femenino. La denominamos entonces Angelina.
Con cada observación yo sentía que se acrecentaba mi enamoramiento. Me sentía como un adolescente. No hacía otra cosa más que pensar en ella. Hasta mis palabras hacia Angelina eran las de un enamoradizo. Mi compañera, en cambio, utilizaba palabras maternales. Ella le decía, antes de cada observación, que era lo que debía hacer. Como jugando se creaba un diálogo que parecía existir: «¡Saludá mami, saludá!», le decía. Entonces, con débil energía, la criatura extendía sus brazos, y permitiendo vérsele cinco dedos desplegados, respondía dócilmente a lo solicitado. Así, saludando, le sacamos fotos que guardamos como el más preciado de nuestros tesoros.
Un día estaba muy pícara Angelina y quiso hacerme rabiar, jugar con mis deseos de querer verla, y en todo momento me dio la espalda. Se la persiguió desde varios ángulos y ella no dejó ver su delicado rostro. Simulaba jugar a las escondidas. La imaginé reírse de mí.
También la vimos nadar. La vimos sumergirse y darse vuelta con gracia sobre su eje. Bailaba en el agua como una atleta olímpica haciendo piruetas de nado sincronizado.
En otra oportunidad estaba muy coqueta, parecía tocarse la cabeza para arreglar su cabello. Yo supuse que seguramente lo hacía por mí. Para verse linda ante mis ojos. Intuí que quería cautivarme, seducirme. Confieso que lo lograba.
Yo quería, casi desesperado, traerla ya mismo a mi lado. Conocí la ansiedad. Mi corazón se aceleraba cada vez que la veía, y hasta me autoengañaba pensando que el suyo hacía lo mismo al verme. No quería atender la razón que me decía que no era el momento. Me dominaban los sentimientos. Fui esclavo de ellos y de ella.
Finalmente comprendí que Angelina estaba aún aprendiendo, que estaba creciendo y que yo también debía hacerlo a su lado. No sería en vano el paso del tiempo. Debía prepararme para el encuentro.
Me aliviaba el saber que finalmente caería rendida en mis brazos. Que dormiríamos juntos. Que amanecería viéndola recostada sobre mi pecho. Que le gustarían mis caricias y que hasta dejaría que le dé un beso y que le diga que la amaba.
Por ahora sólo restaba esperarla, como hay que saber esperar a una dama. Había que aguardar que ella, sintiéndose más segura, elija el día para abandonar su cuna de agua que dulcemente la cobijaba.
Sabía que llegaría el día que iba a querer abandonar el vientre de su madre, de mi querida esposa, mi compañera en este viaje de búsqueda, para venir a mis brazos, a nuestros brazos.
Mientras tanto yo ensayaba mi presentación para ese momento. Solía vérseme por entonces vagar feliz hablándole al viento, repitiendo una y otra vez: «Soy papá. Aquí estoy amada Angelina. Hija».








Dibujos de la hija del autor, a la edad de tres años, luego de que le leyeran el cuento titulado Vida.
El desterrado

Dibujo de escenario en grafito realizado por el autor.
Leopoldo Lugones, en un trabajo sobre las misiones jesuíticas, que culmina con la obra «El imperio jesuítico», es acompañado a San Ignacio, en Misiones, por Horacio Quiroga como fotógrafo.
La tierra, a este último escritor, lo atraparía para siempre. Las ruinas históricas serían para él, el portal mágico que lo hacen quedar a vivir en la selva considerándola presente.
Son muchos los cuentos que desde San Ignacio escribe con personajes reales. «Los desterrados» es uno de ellos. A Lugones no le interesaban los notables del pueblo. Siempre había una barrera de hielo que lo separaba de ellos. Por el contrario, el escritor prefería a los que él llamaba «los desterrados», aquellos que a semejanza de las bolas de billar han nacido con efecto. Eran para él mucho más ricos, como personajes literarios, estos sufridos obreros que abrían a machete los secretos de la selva desentrañando su espesura.
Se le cuestiona, a veces, si realmente él amaba a la gente del lugar, a quienes veía como un observador no participante, quizás algo osco, citadino. Ellos lo consideraron siempre «el de afuera», el hombre de ciudad.
Y en esa mesa de billar hubiera puesto su atención, de seguro, en nuestro amigo y compañero, quien prefiere ser algo itinerante, casi nómade. Yo diría que desterrado por sí mismo. Que, al pegar en una de las bandas, sale disparado sin destino ni dirección a un lugar distante de la mesa de juego.
Es común verlo entrar a alguna oficina ya hablando, y de igual manera, al cabo de un rato, retirarse. Siempre tiene temas cotidianos que va hilvanando con soltura y que caen de su boca en forma de catarata misionera, casi verborrágico, quizás intentando ocultar su interior, y mantenerlo allí, muy profundo, en la abigarrada y tupida espesura de la selva de sus comentarios.
Generalmente habla de todo aquello que acaricia sus afectos y que, si bien pueden ser cotidianos, tiene la habilidad de convertir en interesantes: de su casa, de su señora, de sus nobles caballos de salto y, sobre todo, de sus hijos, de cómo ellos progresan, o de lo mucho que comen.
Cuánta sería la letra que este compañero lleno de anécdotas y de personalidad única, le hubiera dado al escritor uruguayo nacionalizado argentino.
Hoy yo también lo rescato, pero no como simple observador, porque mucho con él he interactuado, o como si me sirviera ahora como personaje de un interesante cuento, sino desde el sincero afecto, por considerar que Dany, desde su simpleza, es una interesante persona, quien con firme determinación ha sabido saltar todos los difíciles y enriquecedores obstáculos presentes en los caprichosos recorridos de las pistas que arma la vida.
Volver a nacer
Quién hubiera podido imaginar que la llegada de la Fragata Libertad a Mar del Plata, aquel 9 de enero, luego de estar retenido dos meses y medio en el puerto de Tema en Ghana, a raíz de que un juez avaló un pedido de fondos buitre, y ser liberada por orden del Tribunal Internacional del Mar, uniría para siempre sus vidas.
Georgina salió temprano de su departamento rumbo al garaje donde guarda su preciado VW Escarabajo color amarillo. Una raya más producida por aquella maldita columna que se le cruzaba entre ella y la puerta de salida de la cochera, señalaba el inicio de una nueva jornada. Feliz, como todas las mañanas, manejaba bailando y cantando rumbo a la Aduana, mientras escuchaba la vieja radio Motorola con la que venía equipada su unidad rodante. El doctor le había aconsejado comenzar licencia debido a su estado, pero ella, como buena compañera, quiso postergarla lo más posible, para dejar todo prolijo y en orden.
Mientras tanto Nicolás hizo un semicírculo más en la sección clasificados del diario local, lo recortó y lo pegó en la pared reservada al efecto. Tenía más de trescientos anuncios de ventas de inmuebles, los más viejos llevaban colgados allí más de diez años. Todas eran oportunidades que dejaba escapar por la parte abierta del círculo. Las excusas eran varias. A veces porque era muy lejos y otras porque era demasiado céntrico. O porque no tenía balcón y otras porque el balcón era demasiado grande. En realidad, no se sentía ser merecedor de algo mejor y de abandonar ese departamento improvisado que alquilaba, casi desprovisto de ventanas, armado en el entrepiso de un viejo edificio.
Se le había hecho tarde. Nicolás dejó a su único compañero y testigo de sus indecisiones: el mate. Cerró la puerta. Bajó las escaleras corriendo para ir a la Aduana en su Fiat Duna modelo año 1984.
Georgina y Nicolás trabajaban en distintas secciones, pero se reunían siempre después de hora. Ella para adelantar trabajo, y él, para tomar unos mates esta vez acompañado.
Ese día 9 de enero estaban solos en el edificio, debido a que muchos se fueron a cumplir con la formalización de entrada labrando el acta de ingreso al país de la fragata, y otros porque simplemente querían estar presentes como testigos del histórico momento.
El personal de prefectura mucho después confesó, lamentándose no haber intervenido, haber sentido los gritos de ella, y un profesor de la universidad lindera, dijo haber visto a un masculino correr los escritorios para formar una improvisada cama.
Georgina había roto bolsa y cumpliéndose los presagios de su doctor, llegó el momento del nacimiento de su primogénito.
Tanta era la gente que quería ver el arribo del buque escuela, que impidió la llegada a tiempo de la ambulancia a la que habían llamado.
Nicolás no lo dudó. Con una seguridad que desconocía, tomando los conocimientos aprendidos en Discovery Chanel, asistió el parto inminente, y felizmente cuando llegaron los doctores, él tenía en brazos al bebé.
Ya en la clínica, con la humilde satisfacción de haber sido útil, se sentó en un sillón, y semidormido, vio llegar a sus compañeros aduaneros. Creyendo que venían enterados de lo ocurrido, a ver solamente al recién nacido, hizo a la distancia señas de la ubicación de la habitación. Pero vio que no se desviaban. Que todos se aproximaban a él para abrazarlo, para avivarlo, a disfrutar todos juntos, olvidando y perdonándose mutuos rencores, que se vieron empequeñecidos ante la grandeza de lo acontecido.
El padre del bebé, también presente, comunicó públicamente que, junto a Georgina, lo habían elegido a Nicolás como padrino de la criatura, y que le pondrían su nombre.
La alegría fue en aumento y Nicolás no quiso esperar a bajar otra vez. Mientras estaba en el aire lanzado por sus compañeros, sacó su celular y todos alcanzaron a escuchar lo inesperado: le confirmaba a la inmobiliaria lo decidido, que compraría la casa vista recientemente que tenía una hamaca y un tobogán en el parque.
Con lágrimas en los ojos, nos dimos cuenta de lo que estaba pasando aquella tarde. Estábamos de pie, orgullosos de lo que éramos capaces, hermanados, y al igual que el pequeño Nicolás, nosotros, como todos los argentinos, sentíamos también las fuerzas renovadas, como si hubiéramos logrado volver a nacer aquel día.
El delegado
Nada me producía mayor desesperación que perder algo, por más que el objeto perdido sea insignificante. Podía ser que se tratara sólo de una lapicera, pero mi descontrol era mayúsculo. Debía de tener una explicación psicológica. Quizás se trataba de que no me permitía en ningún momento perder lo que creía ser el control de las cosas.
Ahora, el haber perdido las llaves del auto estando en la oficina, justo el día en que iniciaba mis vacaciones, fue terrible. Recordaba haberlas llevado en el bolsillo del pantalón cuando salí caminando desde mi lugar habitual de trabajo hacia un café donde suelo almorzar. Me maldije muchas veces. «¿Para qué llevar las llaves del auto si tenía planeado ir caminando?», me recriminaba sin piedad. Para colmo de males, el trayecto había sido sinuoso. «¿Dónde había cruzado?, ¿en qué lugar de esa interminable cuadra de ese abrasador fin de Diciembre?».
Salí desesperado a la calle mirando hacia el piso como perro rastreador. No aparecían por ningún lado y mi desesperación aumentaba al punto de querer llorar. En mi casa tenía una copia, pero mi billetera para tomar un taxi estaba dentro del auto, y las llaves de mi hogar también. Era un problema serio. Mi mundo bajo control se estaba derrumbando en mil pedazos. Se me había hecho una laguna que no me permitía recordar si la llave la tenía cuando regresé de mi periplo o no. Además, ese día, tenía planeado salir con mi auto de viaje y toda mi familia estaría aguardándome en lo de mis suegros.
Después de muchos recorridos perrunos, regresé a la oficina. Revolví nuevamente los cajones de mi escritorio y todos los papeles que estaban sobre él. Ya exhausto, me senté en la silla y miré abatido, perdido, el armario. «En aquel lugar no he buscado», me dije, y poniéndome de pie, comencé a tirar con desesperación todos los biblioratos al piso, hasta que al agarrar uno que estaba caído, vi que por debajo aparecía el objeto más hermoso que había visto en años: «las preciosas llaves de mi auto».
«¡Aquí están!» grité con fuerza, aunque con una voz ahogada, rara. Pronto comenzó a invadirme una alegría y paz desconocida. Esa paz que sólo se siente cuando se remedia un terrible sufrimiento, como si se tratara de una prueba de ensayo de aquello de «bienaventurados los que sufren, porque de ellos será el reino de los cielos». Se ponía fin a semejante desventura, y esto se veía acompañado a que en diez minutos estaría afuera, iniciando mis largas vacaciones de un mes.
Lo demás fue de rutina, pasar por mi casa, tomar mi bolso que estaba listo hace una semana, pasar a buscar a mi familia, e irnos todos juntos a Villa Gesell a descansar.
Al llegar a la Villa pregunté en la secretaría de turismo por un hotel que estuviera bien ubicado y no muy caro. De eso se trataba, de ser un buen economista, de asignar recursos escasos al cumplimiento de fines múltiples. Por lo menos eso rezaban todos los libros de economía que me habían hecho leer en la facultad como a la Biblia misma.
Los puntos marcados en el mapa por la señorita de turismo eran demasiados para mi gusto, ya que lo único que quería era llegar de una vez, sacar todos los petates del auto y salir a caminar por la orilla del mar pensando en la nada misma, esa nada que es placentera, aunque por desgracia, dura muy poco. Pronto se interrumpe cuando sale la luna, momento en que tu señora comienza a impacientarse y quiere salir a ver vidrieras, y tus hijos quieren ir a jugar a los ruidosos juegos electrónicos.
Tenía entonces que decidir el hotel rápidamente, para extender lo más posible, la «nada» que mi mente había estado esperando hace tanto tiempo. El esfuerzo de todo un año en el loquero de la gran ciudad, para tener el placer de tener, al menos una hora parecida a la inteligente vida de nuestros «incivilizados» hermanos los indios.
Así fue como elegí el hotel, rápido y al tanteo. El parque del frente parecía lindo. Al tocar el timbre, desde el fondo, comenzó a aproximarse entre la tupida vegetación, quien seguramente sería el encargado o el dueño.
Tenía larga cabellera y barba. Ambas eran blancas. Como nada sabía este hidalgo caballero sobre mi apuro por la nada, su caminar era lento, acompasado. Parecía envuelto en una parsimonia, en una tranquilidad incomprensible para alguien acelerado y ansioso como yo.
Al acercarse vi que sonreía y abría sus brazos como para abrazarme. Yo no sabía de quien se trataba, y sin esperar a que abra las rejas, también estiré mis brazos para abrazarlo reja de por medio. Quise acelerar el trámite para poder salir desesperado en busca de esos escasos minutos restantes del día.
«¡Cómo andas tanto tiempo pibe!», fueron sus primeras palabras con una voz mezcla de grave y serena. «¿Te acuerdas de mí?», me dijo apretándome contra la reja que mi torpeza había dejado en medio de ambos cuerpos.
«¡Claro!», le dije sin tener la más pálida idea de quien se trataba. «Trabajamos juntos», arriesgué.
«¡Qué memoria pibe! ¡Te felicito!», dijo abriendo por fin los fríos, incómodos y punzantes barrotes de metal. «Pensé que no te ibas a acordar de mí, ya que yo renuncié a la Aduana al poco tiempo que vos habías entrado. Además, mírame como estoy ahora, mucho más gordo, con el pelo largo, con barba. Nada que ver a quien era», agregó sin abandonar en ningún momento su sonrisa.
Y fue justamente el brillo de sus ojos, su amigable mirada, la que me hizo recordar de quien se trataba. Era Hernán. Ahora no tenía dudas. Era aquel que me había dado la bienvenida y la confianza necesaria en mis temerosos primeros días de trabajo. Entonces agregué el clásico y mentiroso «¡pero si estás igual!». Mis fríos cálculos contables arrojaban el resultado de que, con estas mágicas y reconfortantes palabras, me haría al final un buen precio por mi estadía.
«¡Pero pasen che, no se queden allí!, por lo que veo vienen a mi hotel a pasar unos días, así que como estarán cansados ya mismo los llevo a una habitación. Este hotel lo compré con el dinero de la venta de mi casa en Mar del Plata. El comienzo fue difícil. Con decirles que no teníamos casi plata para pagar la luz y el gas, pero de a poco fue repuntando el negocio y lo fui equipando, TV en cada habitación, aire acondicionado, etc., etc. Todavía faltan servicios, pero creo que estarán bien. Recientemente le incorporé Wifi, ya que la gente quiere estar siempre comunicada con alguien distante, aunque no hablen y no conozcan a quienes tienen a su lado, o a sí mismos. En fin. Aquí tienen, su cuarto. Cuando puedas seguimos charlando pibe, ¿sí?».
«Con gusto» le dije, dando palmadas cortas en su hombro que me permitían apartarlo un poco para cerrar por fin la puerta de la habitación. Pronto me puse las ojotas, la malla, una remera y salimos todos por la costa.
Lo siguiente fue lo planeado, caminar con la mente en blanco por la orilla, luego un cafecito y ver esas malditas vidrieras por las que las damas te pasean queriendo comprarse lo primero que ven diciendo: «¡mirá qué lindo!», sonriendo, buscando también tu sonrisa, y cuando lo hacés, te ves obligado a comprarlo porque pareciera que sin ese objeto su vida ya no tendrá sentido. Y ves que su felicidad es infinita, o crees eso, pero no, porque dura hasta la vidriera de al lado donde ve otra cosa «imprescindible» y te vuelve a sonreír, para hacerte nuevamente sentir el macho proveedor, y vuelves a comprar, entrando en un mundo capitalista que no es el tuyo, porque con la malla, la remera y las ojotas eras feliz.
Por último, la cena y los juegos electrónicos, donde comienzas a gritarle a los chicos «¡dale!, ¡manejá!, ¡prendé las luces!, ¡tocá bocina!», pero ellos sólo miran para un costado buscando otro juego en donde poder subirse cuando acabe en el que están, porque a ellos la gran variedad de la oferta los hace entrar también en el insaciable y desenfrenado consumo.
Al volver al hotel, cansado después de semejante día, lo único que más deseaba era dormir, pero para mi sorpresa, en un sillón del inevitable jardín que no podía sortear, porque era camino obligado entre la calle y las habitaciones, me esperaba mi antiguo compañero, y por lo visto, muy dispuesto a charlar.
Por suerte la noche era agradable. El aire parecía acariciar suavemente mi rostro, y nobleza obliga, acepté de Hernán una copa. Saludé a mi familia para ser yo el único mártir de la noche que se inmole en la ineludible conversación que avenimos celebrar entre él, el alcohol y yo.
«¿Tu nombre era…?»
«Juan, mi nombre es Juan», apuré la contestación para que no se vea en aprietos.
«¿Te acuerdas Juan que yo era delegado gremial? Siempre me gustó ayudar a los demás, tratar de que la gente se sienta bien, que se sienta valorizado. Y ella era mi lucha. Tenía ideales muy fuertes, y los compañeros me eligieron durante años porque los compartían. Yo entonces, me debía a ellos. Sentía que tenía que ser fiel a mi palabra. A mi espíritu transformador. Pero a veces eso no se entiende. Cuando uno es fiel a las ideas iniciales te vuelves algo inflexible y corres el riesgo de que te tilden de traidor. Y eso fue lo que me pasó. Yo trataba de que comprendan mis colegas delegados, que hay cambios necesarios, y que debíamos tener la fortaleza ante presiones de llevarlas a cabo. Que no podíamos seguir siendo plantas acuáticas que acompañen la corriente para pasarla más relajados. Yo exponía mis principios abierto al diálogo. Pero hay gente más cerrada, que consideraba que tenía enemistad con quienes no compartían mis pensamientos. Nada de eso era cierto Juan, te lo juro. Jamás he odiado a nadie, no sé de qué se trata eso. ¿Otro vinito?», me dijo sonriente señalando mi vaso. Acepté.
Luego prosiguió: «Después venían todas esas palabras armadas, vacías de real contenido, que cuestionaban mi fidelidad, mi entrega, mi lealtad, mi acompañamiento en los difíciles tiempos políticos que corren, mi incondicionalidad. Todos obstáculos, todas luces de semáforo en rojo en esa avenida en la que quería avanzar.
» El desgaste fue grande y yo me sentí tironeado por todos lados. El trabajo requería cada vez más tiempo y era más riesgoso y estresante. Mi familia, mis hijos, también necesitaban más de mí, de mi presencia. Mi tarea gremial también. Así es que un día me hice un replanteo: ¿por qué seguir así?, ¿por qué no cambiar, quemar las naves e iniciar una nueva vida? Si mi misión sentía que era ayudar al prójimo. ¿Por qué no hacerlo desde otro lugar más simple?
» Estando aquí, vi que tenía más ratos libres para dedicarlo a los míos y a mí. Y comencé a estudiar actuación. Esto me gustó porque me ayudaba a dar batalla a mi timidez. Y luego me dieron la oportunidad de actuar en el teatro local, teniendo yo algún papel secundario. Veía como la gente se divertía, reía, aplaudía. ¡Qué felicidad! Y más sabiendo que el precio de la entrada era un alimento no perecedero que luego llevábamos a hogares carenciados.
» Recobré así, de a poco, mi equilibrio. Ya el año pasado, para esta época, tuve un papel protagónico, y la semana pasada vinieron de la sociedad de fomento a pedirme que repita este año mi papel. ¡Imagínate!, cuadras y cuadras repletas de gente queriendo aproximarse a vos. Yo ya dije que no estoy para esos trotes, pero que aceptaba hasta que ellos me necesiten y el cuerpo aguante. Aunque créeme que no añoro la juventud, ya que esta presenta desafíos, incertidumbres, miedos. Estoy feliz, no con lo que tengo, sino con lo que soy y con el camino recorrido.
» A propósito, mañana es el gran día. Te espero Juan para que veas lo que hago a las cinco de la tarde en la calle Tres, la del centro. ¿Podrás venir? Porque esto hay que verlo, sentirlo, no se puede contar».
«Sí, allí estaré Pablo. Te dejo para que sigas preparando todo, ensayando, además supongo que estarás nervioso», le dije poniéndome de pie.
«Algo, pero vale la pena. Está todo bajo control pibe. ¡Hasta mañana Juan!».
A las cinco en punto de la tarde estuve allí. Eran cuatro cuadras adornadas con banderines y había gran cantidad de público.
El actor no aparecía y los presentes comenzaron a aplaudir. De pronto muchos gritaron: «¡Allí viene! ¡Allí viene!».
Con un traje rojo y gorro rojo con pompón blanco, alguien se acercaba con su voluminoso cuerpo rollizo cargando una pesada bolsa. Los niños se le abalanzaban, y luego felices corrían con sus nuevos juguetes.
Se escuchaba la risa cada vez más nítida, y teniéndolo frente a mí, «Papá Noel» me guiñó el ojo. Se aproximó, y yo lo abracé en forma sincera, conmovido como quien abraza al Papa. Sentía que ese hombre había asumido ahora como delegado de Dios en la tierra. Fue el primer abrazo de mi vida sin sentir frías rejas de por medio.
También emocionado, entusiasta, gritando para superar el bullicio y asegurarse así de que yo escuchara, tomando mis brazos y sacudiendo, desempolvando mi cuerpo en medio de una gran alegría colectiva, me dijo: «¿Entendés de que se trata pibe?».
«Sí, ahora entiendo», le respondí. Y poniendo fuerza de voluntad, abandonando por fin mi egoísmo, lo dejé seguir su glorioso y heroico camino.
Me fui a la playa en busca de mi señora esposa que se había quedado allí comprando bijouterie a un vendedor ambulante africano. Caminaba con un pensamiento que era mucho más placentero que la nada misma. Contuve en lo que pude la emoción. Mis hijos, alegres con sus flamantes juguetes, y orgullosos de que su padre fuera amigo de Papá Noel, no entendían el porqué de mis delatoras y traicioneras lágrimas.
Sentía la misma paz y felicidad que había experimentado el día anterior cuando encontré las llaves de mi vehículo. Pero eran sentimientos multiplicados, aumentados, potenciados. Una llave mucho más importante que las de un auto había acabado de encontrar.
La historia cuenta
(los datos históricos de este cuento son reales)
Corría el año 2010. Luego de agotadores preparativos, me despedí de mi esposa que estaba embarazada del que sería mi primer y único hijo, e inicié un viaje en bus a la Capital. La fecha prevista de regreso recuerdo que era el 13 de diciembre. Había sido designado por ser funcionario aduanero y profesor de historia, para formar parte de un equipo de investigación que redacte un trabajo sobre historia de la Aduana. Los recientes festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo habían despertado un renovado interés ciudadano por la historia.
Pronto de iniciado el viaje me entregué a un profundo sueño. Cuando desperté tenía un gran dolor en el cuerpo y mi sorpresa fue enorme al verme en un carruaje tirado por caballos. Mi primera reacción fue huir, pero me sujetaron de ambos brazos dos personas que viajaban junto a mí.
Al detenernos en una casa me bajaron gritando: «Don Manuel José de La Valle y Cortés, somos del cuerpo militar Blandengues de la Frontera. Aquí traemos a su hijo, a Juan Galo, cuya búsqueda nos había encomendado».
«Gracias por atender mi pedido señores», dijo Don Manuel, recordándoles que había estallado la revolución y que el cuerpo había pasado a denominarse: «Regimiento de Caballería de la Patria».
Por fin me soltaron y saludando se retiraron.
Al acercarse Don Manuel, le dije muy irritado que yo no era su hijo, y que mi apellido no era De La Valle sino Lavalle. Poniendo su mano sobre mi cabeza me dijo: «Entiendo que estés molesto a tal punto de no querer reconocerme como tu padre, todo por no dejarte cumplir tu deseo de ingresar como cadete en el Regimiento de Caballería. Seguramente han influido en tus deseos todas aquellas historias que te he contado desde chico sobre el Conquistador de México Hernán Cortés, de quien somos descendientes directos. Pero no vuelvas a huir de casa hijo sólo por pedirte que sigas mi tarea como contador general de las Rentas y el Tabaco del Virreinato y mi función de colector en la Aduana de Buenos Aires. A la Patria se la sirve no sólo en los campos de batalla, sino que también cuidando con honestidad los ingresos a las arcas, mejorando los servicios aduaneros, combatiendo el contrabando. Las rentas de Aduana serán la principal fuente de sostenimiento económico para el nuevo gobierno».
Y prosiguió a modo de concesión: «Con respecto al apellido, podrás cambiarlo cuando cumplas quince años, abandonando De La Valle por el de Lavalle para desprenderte de nuestro origen español, como sé que lo hacen muchos jóvenes patriotas».
Me acercó un espejo con la intención de que viera el estado deplorable en el que me encontraba, remarcando que, por mi estado, no era merecedor de pertenecer a una familia de la alta sociedad. El espejo me devolvía la imagen de un joven de trece años, de cabello rubio y cara alargada, con rasgos familiares, cercanos a los que hacía unos minutos eran los míos.
Sugirió luego que fuera a dormir, ya que al día siguiente nos esperaba Don José de Proyet, funcionario de la Real Hacienda y ahora devenido en el primer Administrador de Aduana de la Patria, quien permitiría mi ingreso a la institución que representaba.
Bien temprano ordenó Don Manuel alistar los mejores caballos para conducirnos a la Aduana de Santo Domingo, ubicada a espaldas del convento de Santo Domingo, sobre la calle del mismo nombre. Reconocí la importante puerta de doble hoja con cuarterones y arco escarzano. Era el edificio que yo había visto en libros de historia como la Aduana Vieja. Irónicamente debería ahora esperar, para ver la Aduana Nueva, o también llamada Aduana Taylor, hasta el año 1859, y recién en 1910 se inauguraría el palacio de la calle Azopardo 350, que era el destino del viaje que había iniciado el día anterior en bus.
Así comencé, o podría decir que retomé, mis tareas como funcionario de aduana, pero ahora en otro tiempo y en otro cuerpo. Mi función era anotar importaciones en un libro que se había habilitado con una primera operación el 1ro de junio de 1586, consistente en el desembarco de mercaderías arribadas en la carabela «Nuestra Señora del Rosario» al mando del Capitán Alonso de Vera y Aragón, con carga procedente de las costas del Brasil. También registraba exportaciones en el libro llevado a ese efecto, donde la primera operación databa del 2 de Setiembre de 1587, cuando zarpó con destino a los puertos del Brasil la carabela «San Antonio» conducida por el Capitán Antonio Pereyra transportando frazadas, sombreros, sobrecamas y otros artículos artesanales.
Luego del trabajo, en casa del Contador Don Manuel, ahora «mi padre», se hablaba sobre temas económicos. Se criticaba el desabastecimiento que produjo el monopolio comercial impuesto por la metrópoli y cómo los comerciantes lo habían burlado con el ingreso de productos ingleses mediante el contrabando. También se hablaba de la bondad del nuevo «Reglamento Provisorio» que establecía la libertad comercial. Se recordaba que el recientemente depuesto Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros debió soportar presiones, por un lado de los Hacendados que representados por Mariano Moreno solicitaban la apertura comercial para exportar cuero y derivados vacunos, y por otro lado, de los comerciantes y de los industriales que presionaban para que se mantuvieran las restricciones, ya que así los primeros podían cobrar por los productos ingleses precios superiores que si el mercado fuese legal, y los segundos para proteger las artesanías de las ciudades del interior.
Pujas y conflictos no resueltos aún después de doscientos años, reflexionaba yo, pero sin expresarlo.
Un día, en estas tertulias, un periodista que era autor de artículos sobre economía, política, educación, en el periódico «Correo de Comercio de Buenos Aires», contó cómo habían influido en él, las ideas de libertad, igualdad, bien público y la búsqueda del provecho general, transmitidas por autores como Campomanes, Jovellanos, Adam Smith y Quesnay. Movido por estos ideales había decidido aceptar los riesgos, abandonando las comodidades de la Capital, y comandar en breve campañas militares, cosa que de otra forma no hubiera hecho por estar enfermo y por considerar que no tenía grandes conocimientos para ello.
Esto me hizo comprender que el curso de la historia de una persona podía ser modificado. A veces mediante las ideas transmitidas por otros, como era el caso del periodista, y otras veces, cuando esto es insuficiente, como lo fueron todos los consejos que le diera Don Manuel de La Valle a su hijo, tomando otro su lugar, reemplazándolo, como parecía ser mi misión.
Yo debía ser un descendiente de Lavalle con la profesión que debió haber tenido mi antecesor, ya que la persona que ahora encarnaba finalmente no aceptó los consejos de su padre y fue militar en vez de funcionario en la Aduana, donde quizás hubiera aportado cambios de importancia a la institución. Si bien el militar fue figura destacada de la Guerra de la Independencia, también fue quien, instigado, ordenó fusilar en Navarro el 13 de diciembre de 1828, al entonces Gobernador de la Provincia de Buenos Aires Manuel Dorrego, uno de los principales referentes del federalismo rioplatense. Esta orden, que pesaría sobre su conciencia el resto de su vida, fue el comienzo de una cruenta guerra civil, y se convirtió en el primer golpe militar a un gobierno legítimamente elegido por el pueblo. Indignado por la guerra civil que Lavalle había provocado, San Martín prefirió volver al exilio, privándose la Patria y nuestra historia de más de sus valiosos aportes por estas tierras.
Mirándome el periodista, como intentando darme un mensaje, dijo que: «En la historia han merecido aprecio todos aquellos que han puesto el cimiento a alguna obra benéfica a la humanidad. El miedo sólo sirve para perderlo todo. Lo que no hagamos nosotros lo dejaremos como tarea a nuestros descendientes».
Y agregó: «Mis intenciones no son otras que el evitar la efusión de sangre entre hermanos.
» Me glorío de no haber engañado jamás a ningún hombre.
» Sé que en vano los hombres se empeñan en arrastrar a su opinión a los demás cuando ella no está cimentada en la razón.
» Pido ayuda. Quiero volar, pero mis alas son chicas para tanto peso.
» Yo no sé más que hablar la verdad y expresarme con franqueza. Esto me lo he propuesto desde el principio de la revolución y he seguido y seguiré así.
» Lo que creyere justo lo he de hacer, sin consideraciones ni respetos a nadie.
» Los hombres no entran en razón mientras no padecen.
» En mis principios no entra causar males sino cortarlos».
Intuí por sus consejos que sabía quién era yo. Quise entonces saber quién era él en la historia. Le pregunté cómo se llamaba. Me respondió que uno de sus apellidos paternos era Peri. No pude recordar ese dato, por lo que en ese momento no logré saber de quién se trataba, y quizás eso ayudó a que no le diera mayor crédito a sus máximas y pensamientos.
Llegó el 13 de diciembre, día previsto que yo debía partir de Buenos Aires, y no tuve la grandeza de quedarme para cambiar el curso de la historia. Tuve el egoísmo de dejar que otro aceptara el desafío.
Inicié en carruaje el viaje, siguiendo el mismo trazado por donde había llegado. Mientras avanzaba en el camino también lo hacía en la historia. Al llegar a Navarro pude verme dejando atrás el inocente joven de trece años. Sentí el fuerte ruido de la explosión de fusiles y vi caer a Manuel Dorrego en soledad. Cerré los ojos. Perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en un bus llegando de regreso a mi ciudad y al año 2010.
Han pasado muchos años ya de lo que relato y de que estoy aquí, en mi tiempo, pero como Juan Lavalle, con el cargo de conciencia por lo que para ambos significó pasar un 13 de diciembre por Navarro.
Ayer mi hijo, que es lo más preciado para mí, a quien pude ver nacer y crecer, y que ahora tiene dieciocho años, viajó a Buenos Aires para cumplir con su deseo y vocación largamente heredada de ingresar a la Aduana.
Le di un fuerte abrazo a sabiendas de los riesgos, como del riesgo que me persiguió estos dieciocho años de perderlo, sabiendo que a él también, por ser un Lavalle, podía reclamarlo la historia para intentar subsanar sus errores. «Lo que no hagamos nosotros lo dejaremos como tarea a nuestros descendientes», me habían querido anticipar.
Ahora con gran renunciación eran míos los principios de «no causar males sino cortarlos».
Le aconsejé que no tema, ya que «el miedo sólo sirve para perderlo todo», como alguna vez me dijo el periodista, político, abogado, militar y nuestro primer economista, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Peri.
Era verdad, «los hombres no entran en razón mientras no padecen». Fueron sus palabras y pensamientos los que me permitieron con el tiempo revelar quién era Peri, reconocerlo. Palabras que, como ecos tardíos, volvían a mis oídos presagiantes de un inesquivo familiar destino.
Enry
Esta vez abro mi netbook no para escribir un cuento más, sino para despedir con palabras escritas, ya que me son más cómodas, a un amigo.
En diciembre de 1984 ingresé en el Banco Nacional de Desarrollo, y poco tiempo después ingresaba un ingeniero llamado Enrique. Les había ganado a otros aspirantes porque contaba con dos títulos de Ingeniería.
En poco tiempo logró que se formaran círculos para oír sus palabras. Vi, desde mi escritorio, sus ademanes, sus manotazos en el aire con los que acompañaba sus encendidos relatos.
En un asado que se realizó para despedir a un compañero bancario, comenzamos a conversar. Yo había rendido recientemente «Contabilidad de Costos», y él venía de realizar en Brasil un curso sobre costos. Así recuerdo fue cómo comenzamos a charlar sobre el «apropiado tema» para una fiesta, de costeo por órdenes y costeo por procesos. Se iniciaba una amistad que duraría muchos años, ya que el destino quiso que se continuara como compañeros en la Aduana.
Siempre le voy a agradecer haberme escuchado. Confieso que no siempre estaba de acuerdo con mis dichos, y con muchos manotazos en el aire los retrucaba. Yo lo escuchaba atentamente, porque cada una de sus palabras encerraba enseñanzas, reflexiones profundas o cosas leídas. Sus palabras eran para mí palabras paternales, y recuerdo por suerte habérselo dicho.
Decía, «a mí que me quieran o que me odien, pero lo que no quiero es que me ignoren». Estoy seguro que lo logró. Creo que, para nosotros en la Aduana, para los despachantes y para algún exportador de Raya, producto que, gracias a sus investigaciones, logró cambiar de posición arancelaria, no fue uno más.
La fortaleza con la que llevó una cruel enfermedad es un ejemplo para todos. También es un ejemplo la delicada compañía de su esposa, nuestra querida compañera Patricia.
«Esta bendita enfermedad me enseñó muchas cosas», me dijo sinceramente agradecido.
«Yo cada día proyecto algo. Vivo con intensidad el día a día. Vivo el hoy, no el mañana. Digo hoy voy a hacer tal cosa y lo hago». Hay en sus palabras mucho para imitar.
Cuando un amigo en común hace un tiempo lo saludó preguntando cómo estaba, le respondió: «mientras haya agua voy a seguir remando».
El día del aduanero quiso estar con nosotros. Yo elegí estar a su lado, como en aquel asado entre bancarios de hace tantos años. Debemos agradecerle su esfuerzo por venir quizás a despedirse. Lamento no haber tenido el coraje para tomar el micrófono y decirlo a viva voz.
Al poco tiempo de ello, una madrugada se despertó, y vio que el río de su vida tenía poca agua, entonces cambió sus planes. Seguramente dijo entusiasta: «Hoy voy a visitar a Dios».
Hace unos días, a mi hija, le retiré de sus manos cosas que podrían dañarse, con el objeto de cuidarlos, de protegerlos, y de protegerla. Ella pataleó, lloró. Hasta me pegó mientras yo la miraba sonriente. Sé que lo hizo porque aún no comprende el porqué.
Nosotros ahora también lloramos. Dios, sonriente, nos mira.
Diluyente
Él nadaba por un carril y ella por otro. Y yo iba por el del medio entre ambos. Los rasgos del señor eran orientales, cercanos a los japoneses. Los de ella no. Eran occidentales.
El oriental era entrado ya en años, bajo de altura, con ancha espalda y cintura afinada, con cara más bien cuadrada, pelo negro grueso con puntas firmes, cejas tupidas también negras. Nadaba bien pero muy estructurado, siguiendo todas las reglas teóricas que marcan los libros, lo que indicaba lo férrea de su formación. Su malla era de natación, con estampado atigrado, como logrando por fin evadirse de lo clásico, y mostrando que nada del qué dirán ya le importaba. Llevaba un gran reloj negro. Seguro que completo y preciso. Testigo de su paso por el tiempo.
Ella era muy joven, con curvas atrayentes, levemente excedida de peso, pero todo la hacía más hermosa. Muchas veces la perfección del cuerpo no siempre juega a favor. Tenía una sugerente malla roja pasión, y su nadar era suave, tranquilo, grácil.
Dicen que cada uno nada como se es en la vida.
El hecho de respirar yo cada tres brazadas, y para ambos lados, me permitía observarlo todo. Y estos ocasionales compañeros me daban motivo de pensar en algo, de disparar psicológicos análisis. Pensamientos que permiten acelerar las agujas de un tiempo que parece ralentizarse bajo el agua.
Cuando ella terminó su rutina lo esperó sentada. Lo miraba atenta. Como se mira a alguien al que se admira y respeta. Cuando él concluyó, fue a la ducha seguido por la dama, y ambos se ducharon al pie de la pileta y, para mi sorpresa, se fueron abrazados al vestuario.
Los encontré nuevamente en el sauna. «¡Qué buena oportunidad!», pensé, para saber más de ellos. Cada uno sentado en su silla, pero enfrentados. Mirándose atentos las caras. Sus piernas descansaban en alto, a los costados de la silla de su oponente, podría decirse que estaban entrelazados.
Ambos conversaban bajo y reían. Pero era para mí un murmullo que no descifraba del todo, aun agudizando mi audición. Y esa dificultad de saberlo más, me inquietaba.
Ya en el vestuario de caballeros le pregunté al asiático la hora, para saber si comprendía bien el castellano, y sí, comprobé que lo hablaba perfecto.
Al día siguiente los encuentro en la playa del club, compartiendo charlas con otros socios. Le vi a ambos, mis intrigantes desconocidos, algo más, un dato nuevo e importante. Brillar en uno de sus dedos, copiando la luz del sol, sus anillos de casamiento. Mostraban ser una pareja feliz, a pesar de las diferencias que tanto a mí me preocupaban.
Más tarde lo cruzo a él nuevamente en la confitería. Hablaba con otra persona allí presente, sobre una hermana que vivía en Tokio, y que a pesar de ser ella nativa de allí, se perdía en semejante urbe. Decía que había trenes que pasan por un mismo lugar, pero que no siempre el destino era el mismo, por lo que subirse a uno, podía tener un final no esperado.
Agregó que todo estaba escrito en japonés, que recién después de los juegos olímpicos, hay carteles en inglés, pero que la mayoría de la gente no lo habla, y que su señora esposa, que maneja a la perfección el inglés, estando allí de visita junto a él, sufría por no poder comunicarse.
Me saludó sonriente, atento, compasivo. Quizás identificándome a mí, por mi comportamiento algo desorientado, como otro visitante en Tokio. Perdonándome el seguramente saber, por mi inquisidora mirada, que mi lógica no comprendía ni aprobaba su éxito con tan bella y joven mujer.
Al día siguiente los vi a ambos partir, desde el amarradero del club, en un hermoso velero hacia nuevos, apacibles y desconocidos destinos.
Yo seguía aferrado a mi seguridad en tierra firme. Físicamente subido a un tren que me conduce al mismo, rutinario y certero destino, y mi mente subida a otro que me lleva a lugares equivocados.
Los despedía como quien despide a amigos, aunque no me haya animado a preguntar siquiera sus nombres.
Entre ellos y yo había otra vez agua. Pero esta vez allí, en ese líquido elemento, se diluyeron finalmente mis juicios y mis preconceptos. Y sobre ese fluido, sobre ese mar, ellos mostraron experiencia en saber navegar.
La pregunta

Diseño de rostro en grafito realizado por el autor.
Cada una de las gotas que caían de la canilla del baño, marcaban un nuevo segundo. Un segundo más..., un segundo menos.
El despertador ponía fin a tan largo insomnio.
Con mucho esfuerzo, levantó su ya desgastado cuerpo que lo había acompañado durante sus ochenta y un años.
Se vio al espejo siempre al ritmo del fluido golpeante. Todavía quedaban resabios del galán que fue.
Se peinó a la gomina, filosas cuchillas lo despojaron de su algo blanca y crecida barba. Un poco de loción para después de afeitar le devolvieron frescura.
Faltaba la tortuosa tarea de vestirse, ésa que le recordaba su dolor en los huesos.
Tomó un desayuno rápido, como aquel de cada mañana cuando trabajaba como agente en la Aduana, tarea muchas veces en ambientes fríos, donde había dejado su sapiencia, parte de su vida y de su salud.
Se sentía ilusionado. Era principio de mes y debía ir al banco a cobrar su jubilación. Pero no estaba entusiasta por el dinero, sino porque allí encontraría nuevamente a aquella señora, a Clarita, también jubilada, con la que charlaba mes a mes, poniendo horas de intervalo a su soledad.
Los tacos de sus zapatos lustrosos acentuaban sus pasos en aquellas limpias cuadras, interrumpiendo nada menos que él, Juan Manuel, el silencio del pueblo, acompañado en esa tarea, por el cantar de los pájaros. Ellos sí recién despertaban.
Vio a la señora desde lejos, muy coqueta, con fino vestido de color amarillo y zapatos blancos, con peinado de peluquería, haciendo fila, esperando la apertura del banco, y quizás también, esperándolo.
Debía caminar bien erguido, sabiendo que mostrando buena postura podría lucir mejor su traje marrón con finos cuadros en negro.
Por fin, aquel mutuo saludo con la cabeza que tanto había esperado durante un mes. Y poniendo nuevamente en marcha la capacidad de quien fuera otrora gran conquistador, invitó esta vez a la dama a tomar un desayuno, luego de que pasaran ambos por aquella especie de confesionarios adornados no con cruces, sino con signo pesos, en que se han convertido las ventanillas bancarias.
La confitería elegida era agradable y una suave música ponía el necesario marco.
El café con leche humeante anticipaba en forma vaporosa futuros sabores.
La charla no costó en arrancar, y fue Juan Manuel quien la inició con soltura contando sobre su pasado como ingeniero y aduanero, de su afición por la natación desde niño, y por los tallados en madera.
La señora Clarita continuó la charla con contenidos más domésticos, familiares. De su marido ya fallecido, y contando de su hijo, de lo bueno y trabajador que era, y que estaba casado con una mujer que a ella no la quería. Y fue tomando el relato un tono fuerte, describiendo la personalidad de esa mujer que le había robado y arrebatado de sus brazos a su ya crecido bebé.
Juan Manuel iba perdiendo su sonrisa, abrumado ante problemas que le eran ajenos, y se le desdibujó mirando con labios apretados hacia un costado del piso, como queriendo evadirse a la soledad de su hogar, mientras tomaba con sus manos la alta temperatura de la tasa, único motivo que lo mantenía allí preso, cautivo de ese torbellino de palabras, e iba sintiendo nuevamente el peso en su cuerpo y cómo la gravedad se apoderaba de los músculos de su cara.
El monólogo incrementaba su tono, cuando se acercó el dueño del local. Los miró a ambos, y con voz suave y agradable, propio de los lugares finos, preguntó algo fuerte, tajante, algo que no permite contestaciones intermedias: «¿Lo están pasando bien?».
La pregunta no había sido si necesitaban algo de él, por lo que la contestación dependía exclusivamente de los interrogados.
El rostro de Juan Manuel lo dijo todo sin añadir palabras. Sus pupilas movedizas hacia ambos costados respondían que no.
Esta pregunta sacudió a Clarita, quien lo observó desconcertada, y le permitió caer nuevamente a tierra, comprender de su egoísmo, origen de mucho de sus males, tomar la pregunta como eje conductor para el resto de sus días, dejar de ver sólo su ombligo, levantar la vista para mirar al otro, y al hacerlo, ver la cara de sufrimiento y desilusión que ocasionaba, en este caso la de quien compartía la mesa con ella.
Con mucha vergüenza e incómoda respondió: «Sí señor, muchas gracias», con ánimo de cortar el para ella feroz, salvaje, abrupto, intempestivo, indiscreto e impiadoso interrogatorio, y tratar de componer rápido el escenario de las cosas.
Miró con dulzura y compasión a Juan Manuel, y gracias a esa pregunta, esa luminosa mañana, extendió sus brazos sobre la mesa, doblegada, abriendo por fin su alma, con tembloroso pulso, en silencio.
Fue esa pregunta la que le allanó el camino a Juan Manuel y, recobrando su sonrisa, le permitió sentir por primera vez sobre sus manos, el bello regalo de las de su candidata.
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