Kitabı oku: «¿Qué fue el nazismo? Breve análisis del imperio de la barbarie»
MARCELO ROLANDO BLANCO
¿Qué fue el nazismo?
Breve análisis del imperio
de la barbarie

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EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
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Índice
1 PALABRAS PRELIMINARES
2 INTRODUCCIÓN
3 PARTE I Capítulo I Breve análisis de “mi lucha” I.1) Las ideas sobre la democracia como forma de gobierno I.2) La libertad de prensa I.3) ¿Por qué el Partido se catalogaba como “Socialista”? I.4) La idea sobre las masas I.5) La lucha por el “espacio vital” I.6) Las “Sturmabteilung”, o SA I.7) El racismo I.8) El antisemitismo Capítulo II La plataforma política del nacionalsocialismo II.1) Análisis de “los 25 puntos” II.2) Manifiesto Oficial del Partido sobre la Posición del NSDAP con respecto a la población campesina y a la Agricultura (6 de Marzo de 1930) capítulo iiibreve análisis de las conversaciones privadas de hitler. “de sobremesa con el führer” III.a) El comunismo. El bolchevismo III.b) La conquista del espacio vital. El lebensraum III.c) La libertad de prensa III.d) La política socialista III.e) Las masas populares III.f) El racismo III.g) El antisemitismo III.h) La religión. El Cristianismo III.i) El ámbito del Derecho y la Ley
4 PARTE II Capitulo IV ¿Qué fue el nazismo? elementos que lo caracterizan IV.1) Movimiento de masas IV.2) ¿Fascismo? ¿Totalitarismo? IV.3) El nacionalismo virulento. El necesario componente del odio. Las consecuencias de la paz de 1918 La puñalada por la espalda El Tratado de Versalles Cláusulas territoriales Cláusulas militares, navales y aéreas Cláusulas políticas Cláusulas económicas IV.4) Racismo. Eugenesia. Darwinismo social. La cacería de los propios alemanes. Las razas inferiores La aplicación del racismo contra el pueblo alemán El programa de eutanasia, Aktion T4 IV.5) Antisemitismo racial El antisemitismo nazi ¿Intencionalismo o funcionalismo? ¿Antisemitismo económico? IV.6) Antibolchevismo. ¿Alemania, la próxima Rusia? IV.7) Anticristianismo. Anticlericalismo. El nazismo como pseudoreligión política
5 PARTE III Capítulo V Nazismo y derecho Alguna legislación en particular Normas generales para los alemanes (no dirigidas a regir en forma exclusiva a la comunidad judía) La principal legislación antisemita Ley de ciudadanía del Reich Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes El Poder Judicial y la doctrina de los jueces Capítulo VII Epílogo. A manera de reflexión final
6 notas
7 bibliografía
Landmarks
1 Table of Contents
palabras preliminares
Estas palabras iniciales constituyen una explicación sencilla, pero importante, del ¿por qué? y en especial el ¿para qué? de este trabajo. No soy historiador, soy abogado hace casi treinta años. Sin embargo siempre tuve una gran pasión por la historia, y a manera de esparcimiento o distracción de las cuestiones de la profesión, he estudiado mucho, en especial sobre historia contemporánea. Desde bastante jóven me sentí atraído por las preguntas que, una vez que se enfoca el surgimiento del nazismo y la segunda guerra mundial, es común hacerse: ¿cómo fue aquello posible? ¿hasta dónde puede llegar el odio del hombre? ¿que falla en una sociedad civilizada y moderna para llevar al poder a un dictador y luego venerarlo y seguirlo como a una especie de ser superior? Estos y otros cuestionamiento hicieron que me interesara mucho por la historia del Movimiento Nacionalsocialista alemán y sus consecuencias. Hace ya casi diez años que me involucré más seriamente en el tema, estudiando y analizando un voluminoso material entre libros, artículos, archivos, documentos, aunque siempre como actividad secundaria al ejercicio profesional como abogado. En este período intenté entender y dar una explicación “racional” a lo inentendible, que es la fundamentación, desarrollo y mecánica del Holocausto. Luego, a medida que profundicé en el tema y llegué a tener algunas cosas claras (sólo algunas), surgieron otros interrogantes que podían combinar la historia con mi profesión: ¿qué hizo el nazismo con la ley y el Derecho? ¿Modificaron conceptos y principios para avalar su régimen criminal? ¿Forjaron una legislación y doctrina judicial propia que diera cobertura a su ideología? ¿o simplemente se trató de un régimen sin ley?
No existe otro tema sobre el cual se haya escrito más que sobre el nazismo y todo lo que lo rodea. Desde la literatura histórica hasta la de ficción, Hitler, el nazismo, el Holocausto, la segunda guerra mundial, constituyen por lejos, por muy lejos, los temas de los que más se ha escrito en el mundo entero. Y si hablamos del cine, otro tanto podemos concluír. Aún después de más de setenta años de su apocalíptico final, llama la atención la cantidad de nuevas obras sobre muy diversos temas que siguen editándose. Sin embargo dentro de los miles de libros y artículos sobre el nazismo en general, es poco, comparativamente, lo que se ha escrito sobre el Derecho nazi, o la Justicia nazi. Como también he tenido siempre un gran interés por escribir, tomé la decisión, luego de años de estudio y análisis del tema, de volcar en un trabajo escrito lo relativo al Derecho del nazismo. Sin embargo, pronto llegué a la conclusión de que sería imposible explicar algunas cuestiones sin antes esbozar un análisis más general de la ideología del nazismo. Así nació la idea de este trabajo y así se terminó el mismo. Prefiero llamarlo “trabajo” antes que darle la calificación ampulosa de “obra”. Tal como dije, no soy historiador y no pretendo tener el conocimiento global o la formación de un historiador. Este trabajo no va dirigido entonces a especialistas en la materia, que seguramente podrían escribir mucho mejor y más profundamente sobre estos temas. No he pretendido descubrir nada nuevo, nada que no se haya tratado con anterioridad. He escrito con el mayor de los respetos por aquellos que conocen el tema, que han analizado fuentes dispersas por todo el mundo, y que han escrito obras monumentales difíciles de superar. La finalidad de este trabajo es mucho más sencilla. Está dirigido a despertar interés en aquellos que no conocen el tema, o que lo conocen superficialmente, aquellos que aún no se han hecho las preguntas que antes señalaba, aquellos que no se han animado todavía a leer sobre algo que duele como seres humanos, pero que obligatoriamente deberíamos conocer y pensar. Porque el nazismo fue, a mi entender, la mayor tragedia que ha vivido la civilización. El Holocausto nos coloca frente a un hecho irracional que fue obra de hombres comunes, no de dementes o seres endemoniados. Y no es un fenómeno irrepetible. El nazismo nos coloca también frente al análisis del hombre como ser, ¿bueno por naturaleza? ¿o malo por naturaleza?, y al papel que la Ley y la Justicia juegan ante esa naturaleza humana. El tema trasciende lo meramente histórico y plantea una problemática por demás compleja. Por eso creo que es importante conocer su orígen, su ideología, y por sobre todo saber que existe un momento en el que el mal se hace irrefrenable, en que el camino no tiene vuelta atrás. La humanidad debe intentar no llegar nuevamente a eso. Sin embargo los odios y el fanatismo siguen existiendo, la persecución y las matanzas por motivos religiosos, raciales, sociales o de nacionalismos, continúan a diario en el mundo.
El conocimiento de la peligrosa ideología del nazismo, y todas sus consecuencias, entre las que reviste enorme trascendencia el Holocausto, es una tarea que debemos imponernos todos aquellos a los que el tema nos ha resultado no sólo interesante sino preocupante. Este trabajo es entonces también una especie de legado que quiero dejarle a mis hijos, a quienes adoro, y para quienes deseo que vivan siempre en libertad y en un Estado de Derecho, donde la ley justa impere por sobre todo y todos.
Dicho esto, paso a explicar la metodología de este trabajo. Está dividido en tres partes, a saber, a) el análisis de cuatro fuentes sobre la ideología del nazismo (“Mi Lucha”, la obra de Adolf Hitler; los 25 Puntos del Partido Nacionalsocialista; el Programa del Partido con relación a la política agropecuaria de Alemania; y las conversaciones “de sobremesa” de Hitler con sus allegados); b) el análisis de los elementos característicos que, conforme mi opinión, identifican al nazismo; y finalmente, c) lo relativo al Derecho, la legislación y el Poder Judicial durante el dominio del nazismo en Alemania.
No quiero terminar estas palabras preliminares sin antes agradecer a los historiadores Andres Reggiani, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella, y muy especialmente a Marcia Ras, profesora de la Universidad Nacional de Buenos Aires, por sus enseñanzas, sus orientaciones, y por el interés que han despertado en mí para abordar un tema por demás complejo como éste.
Buenos Aires, Junio de 2016
introducción
La historia de la humanidad es rica, a través de miles de años, en eventos que han marcado esa historia. Hechos que han puesto una bisagra en el desarrollo de la humanidad y que señalan un antes y un después de los mismos. Cualquiera podría preguntarse cuál de esos eventos considera el más importante o el que ha provocado los cambios más profundos. Seguramente habría una inmensa diversidad de opiniones y un enorme abanico de hechos que son considerados así. Se trata obviamente de una materia muy opinable y todas las ideas son respetables.
Luego de analizar largamente el tema, he llegado a considerar que el ascenso del nazismo al poder en la Alemania de 1933, y sus consecuencias más directas, el Holocausto (o la Shoa, en términos hebreos) y la segunda guerra mundial, constituye el proceso histórico más importante que ha vivido la humanidad. Antes de que el lector se sorprenda o, peor aún, se indigne, aclaro que “importante” no signifca necesariamente “bueno” o “positivo”. El análisis y explicación de lo que ha sucedido en ese corto período de tiempo, teniendo en consideración que tenemos miles de años de historia estudiada por el hombre, es, a mi entender, el mayor desafío de los historiadores y especialistas en el tema.
No creo que haya existido otro evento a lo largo de la historia de la humanidad que sea tan difícil de entender en su génesis (¿cómo una sociedad moderna, avanzada y civilizada pudo aceptar y aplaudir la llegada de un régimen de terror único en su especie? ¿cómo pudieron llevarse adelante y permitirse las atrocidades más grandes que el ser humano haya visto?), y que, a la vez, haya generado consecuencias que han cambiado al mundo definitivamente. El mundo no fue el mismo luego de 1945. Como producto de la victoria de unos “aliados” demasiado distanciados en sus ideologías, la humanidad quedó dividida irreconciliablemente por casi cincuenta años. Los avances tecnológicos pusieron al hombre al borde de su propia extinción, en caso de un nuevo conflicto a escala mundial.
A partir de la realidad generada por el nazismo podemos preguntarnos si el hombre como especie que domina la vida en la tierra es un ser “bueno” o si la “maldad” es una característica latente en todo ser humano, esperando el momento adecuado para explotar y mostrarse. A partir de los hechos que el mundo conoció, en especial luego de la segunda guerra mundial, cabe preguntarnos si “todo es posible” que suceda, aún las cosas más aberrantes. No me caben dudas de que la respuesta afirmativa se impone. Ningún otro evento causó la muerte de cincuenta o sesenta millones de seres humanos (nunca sabremos la cifra exacta). Nunca el mundo había visto este nivel de destrucción y devastación. Nunca antes se había tomado conciencia del poder de aniquilación masiva en una sola arma. Ningún otro proceso tuvo como objetivo la extinción total y completa a una escala continental (y quizás mundial) de un pueblo, de una raza, o mejor dicho de distintas comunidades o grupos sociales (no podemos olvidar a los gitanos, los homosexuales, los “asociales”, los discapacitados, los eslavos, las otras “razas inferiores”, entre otros casos). El nazismo no inventó nada, o casi nada, todo estaba ya escrito, pensado, expuesto, pero nadie lo había llevado a la práctica, nadie había llegado tan lejos y mucho menos con tanto apoyo popular (esto último es, quizás, lo más escalofriante). ¿De qué es capaz el hombre cuando está desesperado, cuando no tiene esperanza, o trabajo, o comida? Seguramente cualquiera diría que el hombre común, el “hombre corriente”, no llegaría a extremos aberrantes. Además no fueron solamente los “desesperados” los que apoyaron la llegada de este régimen único en su género. Sin embargo, vamos a cambiar la pregunta y la respuesta no será tan sencilla ¿de qué es capaz el hombre cuando el Estado le permite traspasar límites insospechados? ¿De qué es capaz cuando no sólo lo que antes era “malo” ahora es permitido, sino que el Estado invierte los conceptos y ahora empuja y premia la comisión de actos otrora impensados? ¿De qué es capaz cuando se vive en un mundo sin ley, o peor, cuando la ley es injusta? ¿Qué sucede cuando el Derecho y sus operadores, jueces y abogados, son devastados y puestos al servicio de las ideologías y gobiernos de turno?
El nazismo ha puesto de resalto una enorme cantidad de debates que aún, luego de más de setenta años, no están resueltos. Desde la ciencia jurídica diremos que se ha reabierto el debate entre positivistas e iusnaturalistas. Volvemos a la vieja pregunta de si cualquier ley o norma debe ser respetada y cumplida, diga lo que diga. Y pone obviamente de resalto la importancia del imperio del Derecho y la Ley en cualquier sociedad que pretenda vivir en paz.
Ningún otro suceso ha generado la impresionante bibliografía que se ha escrito, de tan distintos temas, todos ellos vinculados, como lo referente al nazismo, y la segunda guerra mundial. Harían falta varias vidas para poder leer todo lo que se escribió y se sigue escribiendo al respecto. Y a eso le podemos añadir la innumerable cantidad de trabajos cinematográficos, documentales, series televisivas, trabajos monográficos, estudios, tesis, etc.
Luego de muchos años tratando de no ver la realidad que habían vivido, casi llegando a una especie de amnesia general, los historiadores alemanes se permitieron escribir sobre el tema, sobre “su” pasado. Es altamente elogiable que lo hayan hecho ya que aún esperamos que algún historiador japonés exponga la barbarie desatada por el “Imperio del Sol” o que los historiadores estadounidenses se atrevan a hablar de genocidio al analizar la historia de Hiroshima o Nagasaky, o inclusive el inhumano bombardeo sobre Dresden (cuya ignominia comparten los angloamericanos). Los historiadores alemanes han dado lugar inclusive al llamado “debate de los historiadores”. La “Historikerstreit” o “disputa de los historiadores”, tuvo lugar en la República Federal de Alemania a mediados de los años ochenta. Constituyó por sobre todo un debate político que giró en torno a la interpretación de Alemania durante el Nazismo, y cómo se tenía que analizar y entender el nacimiento de esa ideología y su ascenso hasta llegar al poder. Allí los revisionistas, encabezados por Ernst Nolte han intentado introducir nuevas teorías, por cierto menos inculpatorias, respecto del régimen nazi.
La segunda guerra mundial y su indiscutible generador -el nacionalsocialismo- han dejado una huella imborrable en la humanidad y en el mundo que vino a su término. Dos países, Alemania y Austria, dejaron de existir jurídicamente, al menos por un tiempo; dos ciudades, Berlín y Viena, vieron a su población interna dividida entre los aliados; Alemania sufrió una división política desgarradora de la que surgieron dos países con una misma nación; un nuevo estado, Israel, fue creado como “compensación” por el Holocausto; hubo consecuencias geográficas; Alemania perdió territorios; se produjeron deportaciones masivas de alemanes que vivían fuera de su país en territorios que habían sido conquistados; marcó el fin del predominio de Europa en la hegemonía mundial; terminó con la influencia de los intelectuales alemanes; catapultó al comunismo como una forma de gobierno extendida por el mundo a la fuerza; terminó definitivamente con el aislacionismo de Estados Unidos, que adoptó de allí en más su rol de “guardián de la democracia”; y marcó la peligrosa división ideológica del mundo en su eje este-oeste. Y por qué no mencionar también que muchos símbolos, gestos, saludos, frases, lemas, himnos o insignas, quedaron prohibidos (legal o socialmente). Una forma de pensar quedó prohibida, por más autoritario que suene decirlo, y puede constituir delito según el país. Y hasta determinada combinación de colores, formas de vestir o estilos, están mal vistos y reprimidos socialmente. Pensemos, como simple ejemplo, si alguien se atrevería hoy a caminar libremente con un bigote “recortado a lo Hitler”, por más banal que esto parezca.
Interesantísimos temas de debate se han abierto en el estudio de la génesis, desarrollo y conclusión del proceso nacionalsocialista. A modo de ejemplo señalamos algunos de ellos.
¿Qué fue el nazismo? ¿Es un modo de fascismo? ¿Ha sido un sistema totalitario? ¿Que lo diferencia del bolchevismo y del stalinismo? ¿Fue una reacción necesaria al bolchevismo ruso? ¿Que influencia tiene en su análisis el racismo biológico?
¿Cuál fue la causa del profundo antisemitismo? ¿Fue la solución final, el exterminio, premeditado desde el ascenso al poder, o se generó en el camino por otras causas? ¿Estaba inserto en la forma de ser de los alemanes?
¿Fue la primera guerra mundial y el Tratado de Versalles el prólogo de esta segunda guerra, haciéndola inevitable?
¿Qué participación tuvo el pueblo alemán en este proceso devastador? ¿Quiénes apoyaron la llegada de este régimen político único? ¿Qué sabían los alemanes de lo que ocurría?
¿Fue el nazismo un régimen capitalista o socialista?
¿Fue Adolf Hitler un demente, un estadista, un estratega, un genio militar? ¿Fue sólo él quien ordenaba lo que debía suceder? ¿Tuvo un programa de gobierno o un plan preconcebido para desarrollar una política o fue desarrollando su política conforme sucedían los acontecimientos?
¿Fueron pocos los que leyeron lo que Adolf Hitler había escrito o simplemente no le creyeron capaz de llevar a la práctica su ideología?
¿Fue la Alemania nazi un Estado sin ley, o tuvo un régimen jurídico que amparó sus actos?
Muchos de estos interrogantes llevan aún hoy a debates intensos y que no parecen tener una solución definitiva.
La variedad y vastedad de temas vinculados al ascenso del nazismo y a la segunda guerra mundial como hecho socio-político, es inmensa. Abordarlos todos resulta casi imposible. Sin embargo creemos que sería importante comenzar por analizar, mucho antes de entrar en algunas de las cuestiones de debate que expusimos arriba, lo que el propio “padre” del nazismo plasmó como su ideología política y plan de gobierno. No podemos soslayar que Adolf Hitler dejó escrito lo que pensaba, aunque en el momento de escribirlo fuera casi imposible creer que lo llevaría a la práctica.
PARTE I
capítulo i
breve análisis de “mi lucha”
Adolf Hitler es el autor de “Mein Kampf” o “Mi Lucha”. Es un libro escrito durante el año 1924 en sus meses en la prisión de Landsberg. Estuvo allí recluído cumpliendo una condena a cinco años de prisión, por haber planificado y ejecutado el fallido Golpe de Múnich el año anterior. A pesar de su condena, Hitler contaba con trato preferencial y recibía visitas libremente. Rudolf Hess también fue enviado a Landsberg por haber participado en el golpe, y se convirtió en el copista de Hitler, quien comenzó a dictarle “su obra”.
Hitler había titulado el libro originalmente “Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, estupidez y cobardía”, pero Max Amann, coordinador de las publicaciones del Partido nazi, lo convenció de reducirlo a “Mi lucha”. No todo el libro fue escrito en Landsberg, Hitler continuó trabajando en el primer volumen en su casa de los Alpes Bávaros, el Berghof, cerca de Berchtesgaden, al salir de la prisión, habiendo cumplido algo menos de un año de la condena. El libro se publicó en 1925.
En 1933, año en que Hitler subió al poder, las ventas se dispararon y del libro se vendieron un millón de ejemplares, ritmo que conservó hasta la caída de la Alemania Nazi, siendo el libro más vendido en este período, después de la Biblia. Debido a que la principal fuente de ingresos de Hitler era la venta de este libro, en 1933 se volvió millonario y se convirtió en el autor alemán más próspero.
Por orden de Hitler el libro era regalado a las parejas que se casaban, y a los estudiantes cuando se graduaban. Al final de la guerra se habían distribuido en Alemania aproximadamente 10 millones de ejemplares del libro y había sido traducido a 16 idiomas.
Algunos historiadores han sostenido que una amplia lectura del libro podría haber alertado acerca de los propósitos de Hitler. Es nuestra intención demostrar la absoluta veracidad de esta afirmación. Si los políticos europeos de la época se hubiesen tomado el tiempo necesario para leer en detalle y analizar las ideas expuestas por Hitler en su libro, es muy probable que se hubiese podido detener su avance, una vez llegado al gobierno de Alemania, sin necesidad de desencadenar la tragedia posterior.
Es cierto que muchos debieron creer que no era posible que llevara a la práctica sus ideas, lo que demuestra que en la historia del hombre, todo es posible.
No es la intención de este trabajo hacer un análisis integral o total de lo escrito en Mi Lucha, por cuanto tampoco se trata de un libro sobre Mi Lucha. Solo abordaré, quizás en forma un tanto arbitraria, los que he considerado como los puntos más salientes o importantes que se exponen en ese libro, para entender lo que luego vendría.
I.1) Las ideas sobre la democracia como forma
de gobierno
El desprecio de Hitler por los sistemas democráticos de gobierno y por los políticos en general era absoluto y visceral.
Su primer análisis lo hace respecto del Parlamento del Imperio Austro-Hungaro. Señala el fracaso del Parlamento austríaco por la falta de una mayoría alemana. Pero agrega que el problema es el propio parlamentarismo al que cataloga como “manifestación de la decadencia de la Humanidad. La democracia del mundo occidental es hoy la precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin ella. Es la democracia la que en primer término proporciona a esta peste mundial el campo propicio donde el mal se propaga después”. Concluye en la absoluta inutilidad del Parlamento, lo que da lugar a la idea de su eliminación (1).
Para Hitler el sistema parlamentario falla por cuanto se trata de una masa de hombres que deben decidir por mayorías asuntos de los cuáles muchas veces no tienen idea. Dice que los Parlamentos están llenos de incapaces con falta de conocimientos de las materias que deciden y por sobre todo falta de honestidad. Aprovecha la crítica para hacer la comparación con un sistema de gobierno en el que las decisiones las toma un único líder. Por el contrario, en el parlamentarismo los diputados se “esconden” tras la masa del grupo y ninguno se hace responsable de las decisiones. “El parlamentarismo democrático de hoy no tiende a constituir una asamblea de sabios, sino a reclutar más bien a una multitud de nulidades intelectuales, tanto más fáciles de manejar cuánto mayor sea la limitación mental de cada uno de ellos. Ninguna medida, por perniciosa que fuere para el país, pesará entonces sobre la conducta de un bribón conocido por todos, sino sobre la de toda una fracción parlamentaria. Prácticamente, pues, no hay responsabilidad, porque la responsabilidad solo puede recaer sobre una individualidad única y no sobre un gallinero de parlanchines que son las asambleas parlamentarias”. “En oposición a ese parlamentarismo democrático está la genuina democracia germánica de la libre elección del Führer, que se obliga a asumir toda la responsabilidad de sus actos” (2).
Poco más adelante señala que la forma de destruir al Parlamento es entrando en él con un movimiento político y minándolo desde adentro, o bien atancando desde fuera la misma institución parlamentaria (3). Con ocho años de anticipación Hitler señaló claramente lo que haría en el Paralamento cuando su organización política creciera lo suficiente. Nadie lo creyó capaz seguramente.
Culpa directamente al Parlamento alemán respecto de la derrota de 1918 en la Gran Guerra. Los partidos comunista y social demócrata se oponían a la guerra y no permitieron ampliar la instrucción militar del pueblo alemán para continuar la lucha (4). Esto llevaría a la famosa teoría del “puñal por la espalda” esgrimida siempre por Hitler como argumento contra los políticos y los judíos, haciéndolos responsables por la derrota alemana. Ello le serviría también como plataforma para eliminar el Parlamento, los partidos políticos y a los políticos opositores mismos.
Con la más brutal sinceridad señala Hitler que su movimiento político es antiparlamentario y que su participación en esa institución será al solo efecto de destruirla por dentro por ser el parlamentarismo sinónimo de decadencia. Y agrega que su misión no es la de fundar una Monarquía o consolidar una República, sino la de crear un Estado germánico (5). El rechaza el parlamentarismo como sistema basado en la decisión de las mayorías, porque ese principio degrada al “Führer” a la condición de simple ejecutor de la voluntad y opinión de los demás. ¿Cabe alguna duda de lo que haría si tuviera la posibilidad de llegar al poder? Ni Imperio ni República, su única idea era la de ser el único líder de un gran Estado germánico. La idea del totalitarismo ya estaba clara, lo que agrava la responsabilidad de aquellos que en 1933 permitieron su ascenso al poder. Basta aquí decir que Hitler no llegó al poder por ningún golpe de estado, sino que, dada la importancia de su movimiento político (ya que consideramos que no fue simplemente un partido), se le ofreció la Cancillería de Alemania. Ello a pesar de que nunca tuvo mayoría absoluta en ninguna de las elecciones que se celebraron previo a su ascenso al poder.
Para finalizar este acápite del análisis, Hitler defiende la idea de que sólo un político o un partido debe lograr la victoria y critica las coaliciones típicas del parlamentarismo europeo. “Jamás debe olvidarse que todo lo realmente grande en este mundo no fue obra de coaliciones, sino el resultado de la acción triunfante de uno solo. El éxito de las asociaciones ya trae en su origen el germen de la corrupción futura. Las grandes revoluciones ideológicas de trascendencia universal son imaginables y factibles únicamente como luchas titánicas de grupos individuales y nunca como empresas de concertación. En consecuencia el Estado Nacionalsocialista jamás será creado por la voluntad condicionada de una “cooperativa nacionalista”, sino solo gracias a la férrea voluntad de un Movimiento único que sepa imponerse por encima de todos los demás” (6). Es ésta una de las tantas aplicaciones que Hitler hará en su política del darwinismo social, el éxito del mejor, la victoria del más fuerte dominando a todos los demás.
I.2) La libertad de prensa
Como hija de los sistemas democráticos de gobierno, también la libertad de prensa sería motivo de brutales análisis y consideraciones por parte de Adolf Hitler.
Señala en su libro que la prensa tiene la función de información pública y como tal de “escuela para adultos”. Pero se queja por cuanto ese poder de formación no está en manos del Estado, sino “bajo las garras de elementos que en parte son de muy baja ralea”. Argumenta que la prensa es capaz de convertir en poco tiempo algo insignificante en cuestión de Estado o bien hacer olvidar a las masas los verdaderos problemas. Se refiere a los periodistas como “la chusma que en más de dos teceras partes fabrica la llamada opinión pública, de donde surge el parlamentarismo...” (7).
Cataloga más adelante a los lectores de los períodicos en tres categorías: a) los que admiten todo lo que leen, que son para él la mayoría; b) los que no creen nada; y c) los espiritus críticos que analizar y piensan lo que leen. Señala el enorme peligro que para él significa que los “educadores” de la prensa tengan como principal sector a los ingenuos y crédulos que son las mayoría de las masas, ya que de ellos después dependen cuestiones políticas en los regímenes parlamentaristas. Agrega “una de las tareas primordiales del Estado y de la Nación es evitar que este sector del pueblo caiga bajo la influencia de pésimos educadores ignorantes e incluso malintencionados. El Estado tiene, por tanto, la obligación de controlar su educación y oponerse al abuso. Ante todo la prensa debe ser objeto de una estricta vigilancia, porque la influencia que ejerce sobre esas gentes es la más eficaz y penetrante de todas... Es deber del Estado no olvidar que su actitud, cualquiera que sea, debe conducir a un único fin y no debe dejarse sugestionar por la cháchara de la llamada “libertad de prensa” olvidando de esta forma sus deberes, con perjuicio del alimento del que precisa la Nación para la conservación de la salud mental” (8).
En todo momento vincula Hitler el uso de la prensa con los intereses judíos y su permanente maldad. “Llegará un día en que el judío grite bien alto en sus periódicos, cuando sienta que una mano fuerte está dispuesta a poner fin a este vergonzoso uso de la prensa, poniendo ese instrumento de educación al servicio del Estado, quitándolo de la mano de extranjeros y enemigos de la Nación. Creo que esa prensa será para nosotros los jóvenes, menos incómoda de lo que fue para nuestros padres. Una granada de treinta centímetros habla más fuerte que mil víboras de la prensa judaica” (9).
A partir de la llegada al poder del Partido Nacional Socialista, la prensa independiente, libre, y la libertad de prensa como principio democrático, tendrían sus días contados. Una vez más la verdad no estaba oculta, había sido descripto con detalle lo que ocurriría.
I.3) ¿Por qué el Partido se catalogaba como “Socialista”?
Mucho se ha discutido sobre la caracterización de este singular movimiento político. Algunos lo han colocado en el análisis como un partido de las más extremas derechas, inclusive al servicio del capitalismo mundial, otros historiadores señalan que en muchos aspectos se trató de una ideología con tendencia al socialismo.
Adolf Hitler dejó expresadas algunas ideas al respecto que nos pueden orientar sobre este debate. Vamos a analizar aquí solo “sus” ideas, ya que dentro del Partido hubo siempre tendencias de sus distintos miembros importantes, algunas más proclives a la izquierda (el caso claro de Julius Streicher, por mencionar sólo un ejemplo) y otras, más comunes, más proclives a la derecha.
En su libro Hitler ataca con dureza las diferencias sociales exageradas y exacerbantes que tuvo que vivir en sus años en Viena. Señala que él creció en un hogar representativo de la pequeña burguesía, un mundo con muy poca conexión con la clase netamente obrera. Agrega que esas dos categorías sociales si bien no gozan de una situación desahogada, están separadas por un enorme abismo. El temor a descender nuevamente a la clase obrera y el amargo recuerdo de la miseria hacen que el pequeño burgués vea insoportable el contacto con gente de un nivel cultural ya superado por ellos. Señala que tuvo la suerte de despegarse en Viena de la pequeña burguesía y empezó a conocer a los hombres en su esencia íntima, volviendo al mundo de la pobreza. Expresa más adelante: “Al finalizar el siglo XIX Viena se contaba entre las ciudades de condiciones sociales más desfavorables. Riqueza fastuosa y repugnante miseria caracterizaban el conjunto de la vida en Viena... Frente al enorme conjunto de oficiales de alta graduación, funcionarios, artistas, y científicos, había un ejército mucho más númeroso de proletarios, y frente a la riqueza de la aristocracia y del comercio, reinaba una degradante miseria. Delante de los palacios.... pululaban miles de desocupados y en los trasfondos de esa Via Triunphalis de la antigua Austria, vegetaban vagabundos en la penunbra y entre el barro de los canales”. Esta situación hace crecer su aversión por las ciudades multitudinarias que apiñan a los trabajadores para luego despreciarlos cruelmente (10).
Poco más adelante señala que igualmente tristes eran las condiciones de habitabilidad. La escasez de casas para los ayudantes de peón en Viena es descripta como deprimente, y como “tétricas madrigueras, los albergues y habitaciones colectivas”. Y aquí llega su advertencia sobre la venganza de los pobres: “¿Qué no podría salir de ahí cuando de esos antros de miseria los esclavos enfurecidos se lanzasen sobre la otra parte de la humanidad exenta de cuidados y despreocupada?” (11).
Llega entonces a conclusiones que ligan su pensamiento con ideas claramente socialistas. Dice que sólo se puede salir de la situación existente con un doble procedimiento: “Establecer mejores condiciones para nuestro desarrollo, a base de un profundo sentimiento de responsabilidad social, aparejado con la férrea decisión de anular a los depravados incorregibles... En Viena durante mi lucha por la existencia, me di cuenta de que la obra de acción social jamás puede consistir en el ridículo e inútil lirismo de beneficencia, sino en la eliminación de aquellas deficiencias que son fundamentales en la estructura económico-cultural de nuestra vida y que constituyen el origen de la degeneración del individuo, o por lo menos de su mala inclinación” (12).
Hace luego Hitler un claro enlace entre el socialismo, como crítica a la pobreza y a la marginación de las clases obreras, y el nacionalismo, junto con un crudo ataque la burguesía. Allí radica la explicación del “nacionalsocialismo”. Describe gráficamente y a modo de ejemplo la vida de un niño y luego jóven que ha crecido en la pobreza y la marginalidad y que luego sale a la vida de adulto. Y se pregunta si se le puede pedir un espíritu nacionalista a esa persona. La burguesía se admira de la falta de entusiasmo de esos jóvenes ciudadanos, se sorprenden de la falta de moral o de la indiferencia nacional de la gran masa del pueblo. Remata el tema con esta idea: “El problema de la nacionalización de un pueblo consiste, en primer término, en crear sanas condiciones sociales como base de la educación individual; porque solo aquel que haya aprendido en el hogar y en la escuela a apreciar la grandeza cultural y, ante todo, la grandeza política de su propia Patria, podrá sentir y sentirá el orgullo de ser súbdito de esa Nación. Sólo se puede luchar por aquello que se ama. Y se ama sólo lo que se respeta, pudiéndose respetar sólo aquello que se conoce” (13).
Mucho más adelante en su libro realiza una fuerte crítica al trabajo inhumano en las fábricas modernas y la absurda introducción de los antiguos horarios de trabajo artesanales en las condiciones de procedimientos intensivos de ese momento. Califica al obrero de fábrica como un desheredado social. Finalmente critica la disminución de los salarios y el empobrecimiento del trabajador y la cada vez mayor riqueza del patrón. Enaltece el trabajo rural en el cual el señor y el criado hacían el mismo trabajo y comían del mismo plato, mientras que ahora se había producido una perniciosa separación del trabajador y el patrón (14).
En cuanto a la igualdad de los trabajadores y los salarios podemos ver también ideas claramente socialistas: “La vergüenza que se siente por el trabajo material es una consecuencia de los pequeños salarios que a su vez rebajan el nivel cultural del obrero y, con ello, pretenden justificar el menor valor en que es tenida su actividad. Justamente por este motivo se debe evitar en el futuro una gran disparidad de salarios... Sería el más deplorable síntoma de decadencia de una época si el estímulo para las más altas realizaciones espirituales dependiese sólo de un salario elevado... Es aquí donde le corresponde un cometido especial al Movimiento Nacionalsocialista, que predice el advenimiento de una época en que a cada uno se le dará lo que necesite para su existencia, cuidando, sin embargo, como cuestiones de principio, que el hombre no viva pendiente únicamente de los bienes materiales. Esto encontrará un día su expresión en forma de una gradación sabiamente limitada de los salarios, de tal suerte que hasta el último de los que trabajen honradamente pueda contar en todo caso, como ciudadano y como hombre, con una existencia honesta y ordenada” (15).
Finalmente nos adelantamos a decir que en el Programa de los 25 puntos del Partido Nacionalsocialista, que serán analizados más adelante, como asimismo en el Manifiesto del Partido respecto de la población campesina y la agricultura, existen claras ideas de carácter socialista.
Por lo tanto y más allá de las discusiones existentes en torno al tema, no parecen quedar demasiadas dudas respecto a que las ideas de Adolf Hitler coincidían con muchos principios del socialismo moderno de la época, pero no puramente de izquierda, sino un socialismo muy particular. Un socialismo nacionalista. Está claro entonces que no se trató de una ideología capitalista. Ese carácter socialista se vio reflejado en númerosas normativas que impuso el gobierno de Hitler para la comunidad del pueblo alemán, y que veremos más adelante. El Movimiento Nacionalsocialista alemán ha sido, cabe decirlo desde ahora, un caso socio político único en el mundo.
I.4) La idea sobre las masas
Se pueden decir y escribir muchísimas cosas sobre la personalidad y el gobierno de Adolf Hitler, se pueden tener muy diversas opiniones de muy variados temas, pero quizás aquello en lo que no se puede disentir es en su increíble manejo de las masas, del pueblo, del “volk”. Está fuera de discusión que se ganó a las masas y que las manejó para sus ideales e intereses, con su carácter de líder carismático. Otra cuestión es ¿por qué se las ganó? O ¿qué condiciones debieron darse para que eso sucediera? Pero su idea sobre las masas populares y la utilidad de las mismas estaba clara.
Señala Hitler en su libro que tuvo en su estancia en Viena a George Von Schönerer y a Karl Lüeger como a sus dos grandes formadores de ideas políticas. Pero establece una clara diferencia aprendida entre ambos pangermanistas austríacos. El primero no entendió, a su criterio, que era la gran masa del pueblo la que debía prestarse a la lucha en pro de convicciones políticas, por cuanto la burguesía no tenía espíritu combativo por depender siempre de intereses económicos que le infundían el temor de sufrir perjuicios si se jugaba por sus ideales. La fuerza combativa de la burguesía no alcanzaba para hacer triunfar al Movimiento Pangermanista. Por el contrario Lüeger consagraba su actividad política a ganarse la adhesión de las capas sociales cuya existencia se encontraba amenzada. Comprendió la importancia de tener consigo a las capas inferiores del pueblo (16).
Entendió Hitler rápidamente la forma de llegar a las masas. De allí su preocupación por la oratoria. Un discurso puede estar vació de contenido, pero su fuerza y llegada a la masa del pueblo está en su “forma”, no en su “fondo”. El análisis de lo que se dice queda para las clases pensantes, los analistas políticos. La forma, el modo, es lo que llega a las masas y las enciende. Y en esto, pocos pueden dudar de su astucia y de sus logros. Durante su gobierno sus discursos multitudinarios han estado vacíos de contenido profundo o de ideas importantes, son meras repeticiones de frases y afirmaciones incendiarias (Goebbels afirmaba que una mentira repetida diez veces se transforma en verdad), pero la forma en que se expresaba y llegaba al pueblo bastaba para encender a la masa. Es por eso que en su libro critica al Movimiento Pangermanista diciendo que cuando sus discursos quedaban en el seno del Parlamento Austrohúngaro, se convirtió en un “club de disertaciones académicas”. Señala entonces que “desde tiempos inmemoriales la fuerza que impulsó las grandes avalanchas históricas de índole política y religiosa no fue jamás otra que la magia de la palabra hablada. La gran masa cede ante todo al poder de la oratoria. Todos los grandes Movimientos son reacciones populares, son erupciones volcánicas de pasiones humanas y emociones afectivas aleccionadas, ora por la Diosa cruel de la Miseria, ora por la antorcha de la palabra lanzada en el seno de las masas....” (17).
Reconoce que todo Movimiento que tenga grandes ideales no puede perder de vista el contacto con la masa del pueblo ya que sin la fuerza de la masa del pueblo no pueden realizarse grandes ideas. El Movimiento no debe ir en dirección del Parlamento, sino en la dirección “del taller y de la calle”. La masa, una vez agitada en una dirección le da fuerza y tenacidad al ataque (18).
La indudable habilidad que tenía Hitler en el manejo de las masas lo llevó a pensar que es una condición importante para la fuerza de la masa, que la misma se mantenga unida, bajo un ideal. Y para ello se debe concentrar a la masa en la idea del “enemigo único”, el “adversario”. Dice entonces que los grandes conductores de pueblos tienen el arte de no dispersar la atención del pueblo y sí en concentrarla contra un único adversario. Porque cuanto más concentrada esté la voluntad combativa de un pueblo, mayor será la atracción magnética de un Movimiento y mayor será la fuerza del golpe. Llega a afirmar Hitler que ese arte de los conductores está también en hacer parecer que pertenecen a una sola categoría inclusive varios adversarios diferentes, para que la masa no vea a varios enemigos a la vez y siga concentrada. De aquí surge en forma indudable su permanente insistencia de la amenaza “judeobolchevique” para Alemania y el germanismo. ¿Por qué juntar en un mismo problema al antisemitismo y al anticomunismo si no es para seguir la idea de concentrar a la masa contra “un solo” enemigo? Para él los grandes enemigos de Alemania eran los judíos y los bolcheviques. No es cierto ni necesario afirmar que los judíos eran comunistas, o que los comunistas eran judíos. Pero la idea de juntarlos no hace más que seguir la línea política de concentración de la masa en un adversario mortal, uno solo, al que habrá que eliminar.
Hitler afirma “de ahí que sea necesario que una mayoría de adversarios sea siempre considerada en bloque, de manera que la masa de los propios adeptos estime que la lucha se dirige contra un enemigo único. Esto fortalece la fe en la propia causa y aumenta la indignación contra el enemigo” (19).
La experiencia de Viena le hizo ver lo que para él era lo mejor de los dos grandes Movimientos, el Pangermanista y el Cristiano Social. Extrae las mejores ideas de ambos y señala claramente los errores políticos que ambos cometieron y por lo cual no lograron salvar al Imperio Austríaco (sólo a éste ya que Hitler despreciaba fuertemente la mezcla de razas que se había generado con la creación del Imperio Austrohúngaro y la consiguiente mayoría eslava).
El Movimiento Pangermanista a su criterio había manejado muy bien la idea de la regeneración y supremacía alemana, era nacionalista, tenía un concepto nuevo de antisemitismo racial y no religioso, que no había profundizado pero que en todo caso “estaba por buen camino”, según sus concepciones. Pero había fallado fatalmente al no luchar para ganarse el favor de las masas. Y finalmente su lucha contra la confesión cristiano-romana había sido tácticamente errada. Hitler destacaba la importancia política del apoyo de una institución tan importante como la Iglesia católica. Volveremos más adelante sobre un aspecto de vital importancia que significa el cambio de concepto de antisemitismo tradicional por el racial, que se constituyó en la base y pilar del Movimiento Nacionalsocialista, transformando a Alemania en un caso único en la historia de la humanidad.
El Movimiento Cristiano-Social en Viena no tenía una clara idea del nacionalismo y tampoco del problema del judaísmo, pero era el que tenía sí una excelente noción de la importancia de las masas y de la cuestión social y la importancia del socialismo (20).
Aparece entonces ahora como muy claro el origen de las ideas de Hitler sobre el nacionalismo y el socialismo, y su unificación política en un “nacionalsocialismo”. Pero debemos seguir en el análisis de este aspecto de vital importancia que es la relación con las masas populares.
Hitler afirma que la lucha contra el marxismo no puede darse desde un partido “burgués” o de “derecha”, ya que éstos partidos no atraen a las masas proletarias y son antagónicos con sus intereses. Insisite en que la lucha debe darse desde un gran Movimiento que atraiga a las masas (21).
El concepto relativo a las masas va estar en “Mi Lucha” muy ligado a otro tema de vital importancia en la vida del nacionalsocialismo, que es la propaganda. Para Adolf Hitler la capacidad receptiva de las masas era muy limitada, su capacidad de comprensión iba paralela a su falta de memoria. Estas afirmaciones nos dejan una clara idea de que lo suyo no era un “amor” socialista por las masas del pueblo, sino simple y llano “utilitarismo”, ya que las masas eran el pilar con el cual construir el ideal de su Movimiento. La fuerza de las masas servía a su causa. Sentado entonces que la capacidad de las masas tiene grandes limitaciones, señala que la propaganda es eficaz sólo cuando se dedica a muy pocos puntos y sabe explotarlos. La masa no es capaz de retener ni entender una multiplicidad de temas. Remata el tema escribiendo “la propaganda, por consiguiente, no fue creada para proporcionar a esos señores blasés una distracción interesante y sí para convencer a la masa. Esta necesita, por ser de más lenta comprensión, de un determinado período de tiempo, antes de estar en condiciones de tomar conocimiento de un hecho y, solamente después de repetirles millares de veces los conceptos más elementales, es cuando su memoria entrará a retenerlos. La variación de la propaganda no debe alterar jamás el sentido de aquello que es objeto de esa propaganda” (22).
Hitler comienza en su obra a acuñar un término importante que es el concepto de “nacionalización de las masas”. El logro del Movimiento político debía ser en primer lugar ese. El concepto era, ni más ni menos, buscar que las masas polulares se hagan nacionalistas y tengan en mira el bien de la Nación. Y aquí entonces vuelve a tener conceptos claramente socialistas al afirmar que sólo es posible el incremento económico sostenido para los empresarios, cuando se restablece la solidaridad con el pueblo. Y sostiene que la educación nacional de la gran masa se lleva a cabo únicamente mediante un mejoramiento social para que el pueblo participe del acervo cultural de la Nación. Esa gran masa del pueblo no está constituída en su opinión, ni por académicos ni por diplomáticos, sino por el pueblo obrero. Y para nacionalizarlo se debe obrar con un “criterio intolerante y fanáticamente parcial”. Hitler tiene una fuerte tendencia a exaltar todo lo emocional frente a lo intelectual y pensante, que desprecia visceralmente. Desde lo emocional señala que hay que conquistar a la masa. “La fe es más difícil de estremecer que el saber, el amor está menos sujeto a transformaciones que la inteligencia, el odio es más duradero que la simple antipatía. Y la fuerza motriz de los grandes cambios, en todos los tiempos, no fue el conocimiento científico de las masas, sino un fanatismo entusiasta y, a veces, una ola histérica que los impulsa”. Insiste en que el Movimiento debe buscar sus adeptos en las poblaciones obreras y sólo recurrir a los intelectuales en la medida en que éstos hayan entendido el objetivo buscado. Sin embargo agrega que lo que en ese momento alejaba al obrero de la comunidad nacional, era la actitud hostil de sus dirigentes hacia la Nación. El ataque al Sindicalismo, con su clara tendencia marxista e internacionlista (lo que choca de frente con el nacionalismo) comienza ya en Mi Lucha. Ese ataque se llevaría a la práctica, brutal y fanáticamente, el 2 de Mayo de 1933, prohibiendo y eliminando los Sindicatos, y encarcelando o deteniendo en campos de concentración a sus dirigentes (23).
Junto a la idea de la nacionalización de las masas y la propaganda dirigida a ellas, está la importancia de la oratoria. Es sabido que Hitler, luego de la Gran Guerra, se descubrió a sí mismo como un gran orador, obviamente para las masas populares. En su libro expresa en conjunto, y quizás en forma desordenada, estas ideas. Afirma que su Movimiento debe reclutar a sus adeptos de las masas obreras, a las que debe arrancarse la utopía del internacionalismo comunista, “libertarle de su miseria social y redimirle del triste medio cultural en que vive, para convertirlo en un valioso factor de unidad animado de sentimientos nacionales...”. La propaganda debe tener un objetivo definido y dirigise a un grupo determinado. “No se debe perder de vista también que las más bellas ideas de una doctrina... solo se propagan a través de los espíritus más simples. No se debe considerar lo que tiene en mente el genial creador de una idea, sino en qué forma y con qué éxito el defensor de esa idea la comunicará a las grandes masas... En una asamblea popular no es el mejor orador aquel que espiritualmente se acerca más a los oyentes de la clase pensante, sino aquel que sabe conquistar el alma de la muchedumbre... La propaganda no debe dirigirse hacia las personas que ya militan entre los Nacionalsocialistas, sino hacia los enemigos del Nacionalsocialismo, siempre que sean de nuestra raza” (24).
Masas, propaganda, y oratoria. Elementos necesarios para llegar al fanatismo. El fanatismo es para Hitler una forma esencial de hacer política, y llegaría a ser un pilar de su Movimiento y más tarde de sus tropas y del pueblo que lo siguió. Asegura que “el futuro de un Movimiento depende del fanatismo y hasta de la intolerancia con que sus adeptos sostengan su causa como la única justa y la impongan sobre otros Movimientos... La magnitud de toda organización poderosa que encarna una idea, estriba en el religioso fanatismo y la intolerancia con que esa organización, convencida íntimamente de la verdad de su causa, se impone sobre otras corrientes de opinión” (25). “La fuerza de la palabra de un estadista que habla a su pueblo no se debe medir por la impresión que produce en el ánimo de un profesor de Universidad, sino por el efecto causado en el seno del pueblo mismo. Y es sólo ésto lo que da medida para apreciar la genialidad de un orador” (26). Nadie puede discutir que logró su objetivo de nacionalizar a las masas del pueblo alemán, que las manejó utilitariamente para cumplir sus ideas, que la propaganda de su Movimiento fue eficaz, y que fue un orador admirable, poseedor de un magnetismo único para el público no pensante, para la muchedumbre fanatizada. Todo esto ¿lo convierte en un estadista? No es el momento para discutir este aspecto. Lo que sabemos con seguridad es que todo esto no lo hace menos responsable por haber desatado un infierno que nunca antes la humanidad había vivenciado. Sin embargo debemos advertir que estos elementos -masas populares, propaganda, una gran oratoria, fanatismo- siguen al alcance de la mano de cualquier “estadista” astuto y capaz. De allí que el peligro de que la historia se repita no es irreal.
I.5) La lucha por el “espacio vital”
“Lebensraum” es un término que en alemán significa “espacio vital”. Esta expresión fue acuñada por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel (1844-1904), influido por el biologismo y el naturalismo del siglo XIX. Establecía la relación entre espacio y población, asegurando que la existencia de un Estado quedaba garantizada cuando dispusiera del suficiente espacio para atender a las necesidades del mismo. Alemania había perdido en la Gran Guerra una porción importante de su territorio, llegando inclusive a quedar dividida por el famoso “corredor polaco” y la Ciudad Libre de Danzig, jurisdicciones éstas que le habían pertenecido antes de la primera guerra mundial. Pero era un Estado con una población númerosa y en crecimiento (mucho más que Francia y Gran Bretaña, por ejemplo). Casi 62 millones de habitantes contra menos de 40 millones en Francia.
Este hecho generó en Adolf Hitler la preocupación por el tema del “espacio vital”. El veía a Alemania, derrotada, y “apretada” con su enorme población, entre su vecina venenosa, Francia, y la “nueva” Polonia creada por los Tratados de París de 1919. Y más allá el gigante ruso con su extensa geografía, y la amenza del comunismo y la eslavización europea, vista como raza “inferior” (concepto contrario a la “germanización”, como éxito de la raza superior). He aquí un verdadero cóctel para el desarrollo de una sus ideas más claras (no por ello justas) expresadas en Mi Lucha.
Afirma Hitler que Alemania tiene una población que crece en 900.000 personas por año. Esto llevaría en un corto tiempo al problema de la búsqueda de sustento para evitar el hambre de esas masas. Esta desproporción entre población y recursos alimenticios, tendría a su criterio cuatro posibles soluciones, lo que no significa que esté de acuerdo con todas ellas. La primera solución sería imitar a Francia y restrigir artificialmente la natalidad. Pero ésta no es una limitación impuesta por la Naturaleza, sino por el hombre mismo. El sostiene que las limitaciones impuestas por la Naturaleza son las únicas aceptables por cuanto allí sobrevive el más apto, el más fuerte, desplazando al débil e inútil. Darwin ya comenzaba a hacerse presente en sus ideas raciales. Cuando es el hombre el que limita la procreación, y la población no crece, luego debe esforzarse por mantener con vida a todo aquel que nace y se desarrolla, inclusive a aquellos débiles y enfermos que la Naturaleza hubiese expulsado por aquello de la supervivencia del más fuerte. En su concepto un pueblo que proceda de esa forma está destinado a la extinción porque se irá degenerando progresivamente.
La segunda solución es la llamada colonización interior. Es ni más ni menos que la política de compensar el aumento de población alemana con una intensificación brutal del cultivo agrícola consiguiendo mayor producción de alimentos. Sin embargo advierte que con esta política el hambre sobrevendría en distintos momentos, producto de malas cosechas o de la total fatiga de los suelos que ya no poducirían lo necesario. Ya se encarga de señalar en este análisis que todavía hay en el mundo suelo en extensiones formidables a la espera de quien quiera conquistarlo y cultivarlo. Y ese suelo no estaría reservado para una Nación en particular por cuanto la Naturaleza no conoce fronteras políticas. Ese suelo está reservado a los pueblos que tengan la energía para conquistarlo. Critica esta solución ya que las extensiones de suelo existentes en Alemania no alcanzarían para asegurar el futuro de la Nación, “sin la conquista de nuevos territorios”.
La tercera opción, la menos explicada por Hitler, es la adquisición de nuevos territorios por medios pacíficos colocando allí a millones de nuevos habitantes a fin de mantener la Nación sobre la base de la propia subsistencia.
La cuarta opción es puramente comercial y radica en que la industria y el comercio alemanes se desarrollen y produzcan para la demanda extranjera, generando las riquezas necesarias para que la población viva a costa de los beneficios resultantes.
Es decir que, en resumen, las opciones son de política territorial o de política comercial. Hitler critica la decisión de Alemania de principios del siglo XX de seguir una política comercial en lugar de expansión territorial. En un adelanto claro de lo que sería su política exterior señala “si es cierto que el mundo ofrece espacio suficiente para todos, entonces que se nos de también el suelo necesario para nuestra vida. Esto naturalmente, no será hecho de buena voluntad. El derecho a la propia conservación dejará entonces sentir sus efectos y lo que es negado por medios disuasorios tiene que ser tomado por la fuerza. En consecuencia la única posibilidad hacia la realización de una sana política territorial radicaba para Alemania en la adquisición de nuevas tierras en el continente mismo.... Si hubiese el deseo de adquirir territorios en Europa, tendría que darse de un modo general a costa de Rusia. El nuevo Reich debería nuevamente ponerse en marcha, siguiendo la senda de los guerreros de antaño, a fin de, con la espada alemana, dar al arado alemán la gleba y a la Nación el pan de cada día” (27).
Estaba entonces claro que la expansión territorial sería una política que el nacionalsocialismo desarrollaría buscando el “espacio vital” para su población. Pero además ya estaba claro que el objetivo sería buscar ese territorio en la inmensa extensión de Rusia. La invasión a Rusia había sido predicha por Adolf Hitler, diecisiete años antes de producirse.
En su libro señala una crítica a la política de Alemania anterior a la Gran Guerra, por la cual el país renunció a la expansión territorial y por el contrario intentó dominar al mundo por el crecimiento económico e industrial. Eso llevó a Alemania a una brutal industrialización y crecimiento del proletariado urbano en contra de la clase agricultora y produjo un brusco contraste entre el rico y el pobre. “La ostentación y la miseria vivían tan cerca una de la otra, que las consecuencias fueron y debieron ser lógicamente funestas. La pobreza y el paro creciente comenzaron su siniestro juego, sembrando el descontento y la exacerbación en la gente. El resultado fue la lucha política de clases” (28).
Fue parte de la política exterior de Hitler, previa a la guerra, la idea de anexionar antiguos territorios que habían pertenecido a Alemania antes de la Gran Guerra y perdidos como consecuencia del Tratado de Versalles. Si bien esta idea es distinta al “lebesraum”, ambas tienen la misma raíz expansionista. Y sin ocultamiento alguno Hitler predice lo que haría al respecto: “La reintegración de territorios perdidos no se realizará por la sola virtud de invocaciones al Todopoderoso o por esperanzas piadosas en la justicia de una Liga de las Naciones, sino únicamente por la fuerza de las armas” (29). “Del mismo modo que nuestros antepasados no recibieron como don del Cielo el suelo sobre el que vivimos, sino que lo ganaron con riesgo de sus vidas, así también no será por concesión graciosa que nuestro pueblo obtenga en el futuro el espacio vital, y con él la seguridad de su subsistencia. Será únicamente por obra de una espada victoriosa” (30).
Vuelve más adelante a inisistir en la expansión territorial que garantice la subsistencia ante el aumento de la población germánica. Pero aparece nuevamente claro el objetivo: “Terminemos con el eterno éxodo germánico hacia el Sur y el Oeste de Europa y dirijamos la mirada hacia las tierras del Este... El coloso del Este está maduro para el derrumbamiento. Y el fin de la dominación judaica en Rusia será al mismo tiempo el fin de Rusia como Estado” (31).
En este punto analiza Hitler inclusive la posibilidad de una alianza con Rusia, previa a la guerra de aniquilación entre las dos grandes potencias. Advierte que la Rusia bolchevique tiene como objetivo conquistar toda Europa y que Alemania constituye el gran objetivo de su lucha. Nada de esto dejó de suceder más adelante en la realidad. Esa lucha es vista por Hitler como la supervivencia de la raza más fuerte, una lucha de extinción para una de las dos. Finalmente establece una especie de Código de política exterior, al afirmar que la Nación alemana no debe permitir la formación de dos potencias continentales en Europa (con lo cual “permite” la existencia y fortaleza de Gran Bretaña). Alemania no debía permitir la formación en sus fronteras de una segunda potencia militar. Y termina la idea señalando “no olvideis nunca que el derecho más sagrado en este mundo es el derecho sobre la tierra que queremos cultivar y el sacrificio más sagrado, la sangre que derramaremos por esa tierra” (32).
Es hora de preguntarse si cabía alguna duda a los políticos europeos de la época sobre la conducta que seguiría el líder nazi al llegar al poder y contar con una Alemania unida y rearmada. Alguna vez la historia también deberá ocuparse de juzgar a aquellos que por omisión y teniendo a la vista con claridad los acontecimientos que podrían suceder, nada hicieron para evitarlo. En este caso la responsabilidad es aún mayor por cuanto lo que sucedería ya estaba escrito. Sin embargo, creo que el mundo occidental ha aprendido esa lección luego de su desangramiento más terrible. No dejar que los líderes mesiánicos crezcan, se popularicen y se armen, puede parecer una intromisión violatoria de los derechos soberanos de cada Estado. Sin embargo a la luz de las experiencias vividas en Europa en los años treinta, esa actitud parece tener justificación. El nacimiento y desarrollo del nazismo no debería olvidarse jamás, como ejemplo de lo que la humanidad no debe permitir. A ello podríamos sumar, obviamente, muchos otros ejemplos, que no son parte de este trabajo.
Ese crecimiento y desarrollo que tuvo el nazismo en Alemania se fundó en uno de sus pilares más importantes que fueron sus “fuerzas de choque”. Todo Movimiento político que desee “ganar la calle”, enfrentarse a sus enemigos, hacerse bien visible, y finalmente, sembrar el terror en sus opositores, necesita gente fanatizada y decidida a enfrentarse a todo. Adolf Hitler logró con éxito solidificar a ese grupo de fanáticos, y mediante ellos, deshacerse de sus enemigos políticos.
I.6) Las “Sturmabteilung”, o SA
También podríamos denominarlas “tropas de asalto” o, como Hitler las menciona en su libro, “tropas del orden”. Creadas justamente como cuerpo de ex combatientes, dedicados a “mantener el orden” de los intensos y continuos mítines que el futuro dictador de Alemania organizaba. Ese mantenimiento del orden significaba en un primer término enfrentarse y destruir a los “rojos” comunistas, y más tarde, a todo opositor político.
Veamos cómo analizaba Hitler la importancia de este cuerpo dentro del Movimiento.
En primer lugar señala como su característica más saliente el hecho de tener la fama de ser una “comunidad” de combatientes decididos hasta el extremo y no un “club de debates”. Formar parte de esta comunidad requería coraje, brutalidad, y total fanatismo para defender una idea.
La creación de las SA tiene íntima relación con la forma en la que Hitler veía el peligro de una revolución marxista para Alemania. Es éste un tema de particular debate, ¿corría Alemania el riesgo de seguir los pasos de Rusia? ¿Existía el riesgo de bolchevización? Serán puntos de análisis para más adelante ya que ahora debemos centrarnos, para no desviar el tema, en el análisis de lo escrito por el propio Adolf Hitler. “El pueblo alemán no estaba todavía maduro para ser arrastrado al sangriento fango bolchevique, como ocurrió con el pueblo ruso. En buena parte se debía ésto a la homogeneidad racial existente en Alemania entre la clase intelectual y la clase obrera” (33). Hitler señala que el uso de la fuerza brutal fue el método con el que los comunistas ganaron las calles en Alemania y no había entonces otro modo de enfrentarlos que con la misma fuerza brutal. Los parlamentaristas, la democracia, la burguesía, no podrían jamás hacer frente, a su criterio, a los métodos de los marxistas.
Hitler dejó escrito en su libro cuál era la función de las SA y cuáles debían ser sus características. Afirma que no debían tener nada de parecido con una organización militar, sino que simplemente eran medios de protección y educación del Movimiento Nacionalsocialista. Tampoco debían trabajar como sociedades secretas u organizaciones terroristas. Esta claro entonces que jamás los líderes de las SA podían aspirar a reemplazar con esta fuerza al Ejército en Alemania. “Lo que nosotros los Nacionalsocialistas, necesitábamos y necesitaremos siempre, no son cien o doscientos conspiradores, sino cientos de miles de fanáticos adeptos que luchen por nuestra ideología. Nuestra obra no ha de realizarse en conciliábulos, sino en imponentes demostraciones populares, y tampoco valiéndose del puñal, ni del veneno ni de la pistola, sino conquistando en abierta lid el dominio de la calle. Tenemos que enseñarle al marxismo que el futuro dueño de la calle ha de ser el Nacionalsocialismo, que un día también será dueño del Estado” (34). Nuevamente se muestran descarnadamente sus ideas. El nazismo sería primero dueño de la calle, mediante la lucha brutal de sus fuerzas de choque, y mediante la persecución del “enemigo”; y luego, dueño del Estado mismo. Esto último contiene una idea que resume precisamente al totalitarismo, como es el hecho de la fusión entre Partido y Estado. El Estado desaparece y se subsume en el Partido o Movimiento totalitario.
Para finalizar señala Hitler las características que debía tener esta organización de “tropas del orden”, dado que, como ya dijimos, debía quedar bien claro que no se trataba de un organización militar. Tres son las características señaladas: 1) Su instrucción no debía ser militar, sino que debía efectuarse en miras a la conveniencia del Partido; 2) debía evitarse que tuvieran un carácter secreto y por ello recomienda que marchen al aire libre, creando con ésto una práctica que siga el camino que le conviene al Partido; y 3) la forma de la organización y el uniforme y equipo no debían copiarse de los modelos del Ejército, sino elegirse conforme a las necesidades del cometido de la organización (35).
Dentro de la inmensidad de temas que Adolf Hitler trata en esta fuente primaria que es su libro “Mi Lucha”, he seleccionado algunos temas que me parecen de vital importancia para entender la naturaleza del nacionalsocialismo. Sin embargo existen dos temas que he dejado para analizar al final de este enumerado por la interrelación que tienen entre sí y la trascendencia y definición que han tenido en el Nazismo: el racismo y el antisemitismo.
I.7) El racismo
Veamos que dejó explicitado Hitler sobre este tema. Me anticipo a señalar que sólo puedo efectuar un breve resumen de sus ideas ya que su libro está repleto de referencias tanto a este tema como al antisemitismo y judaísmo. Sin perjuicio de lo repetitivo que se torna su discurso, pretender un análisis completo de estos temas con lo que surge de su libro sería una tarea similiar a transcribir grandes partes de la obra, lo que obviamente no es el objetivo de este trabajo.
El tema de la raza es, en la ideología de Hitler, absolutamente central. Señala tempranamente que “no debe olvidarse que la finalidad suprema de la razón de ser de los hombres no reside en el mantenimiento de un Estado o de su gobierno: su misión es conservar su Raza” (36). Es decir que la raza está ya por encima de la idea de Estado como entidad rectora y forma de organización social. El Estado es sólo un medio para defender el fin último que es el mantenimiento y triunfo de la raza. A partir de esta simple construcción se puede concluir que todo el universo que rodea al ser humano quedará subsumido y condicionado a la protección de una raza determinada. Es ésta la piedra fundacional del primer y único Estado Racial que ha conocido el mundo.
Su gran crítica al Imperio Austrohúngaro (donde por cierto le tocó nacer) es justamente que los germanos de Austria hayan permitido la mezcla perniciosa de razas, en especial con los eslavos que terminaron incorporando en igualdad de condiciones a su Imperio.
Se instala asimismo la idea de una clase de antisemitismo nuevo, que ya no es religioso, o económico, o social, como había conocido el mundo hasta entonces, sino racial. Insisto en señalar que ambos conceptos centrales de la ideología nazi (racismo y antisemitismo) estarán íntimamente relacionados en forma permanente y por ello haré referencia a ambos temas a la vez en muchas ocasiones. Hitler sostiene que el gran error del Partido Cristiano Social austríaco fue querer imponer un antisemitismo religioso y no racial, por lo cual no pudo salvar a Austria.
La lucha contra el judío será entonces una guerra de razas. Y por lo tanto debe solucionarse con políticas raciales. Afirma entonces la existencia de pueblos zánganos que logran infiltrarse y formar un verdadero Estado dentro de otro. “Esto se da en primer lugar en un pueblo cuyo parasitismo, sobre todo hoy, el resto de la Humanidad soporta: el pueblo judío. El “Estado Judío” no estuvo jamás circunscripto a fronteras materiales... sus límites conciernen a una sola raza. Por eso el pueblo judío formó siempre un Estado dentro de otros Estados. Constituye uno de los artificios más ingeniosos de cuantos se han urdido, hacer aparecer un “Estado” como una “religión” y asegurarle de este modo la tolerancia que el elemento ario está en todo momento dispuesto a conceder a las condiciones religiosas” (37).
Creo que a esta altura ya se puede hacer alguna afirmación sobre un aspecto que ha generado dudas y debates. ¿Fue el nazismo un Movimiento antisemita y por eso adoptó el racismo como política de Estado? ¿O más bien fue un Movimiento basado en la ideología racial de una raza superior y por eso derivó en su brutal antisemitismo? Mi postura es afirmar esta segunda hipótesis. El nacionalsocialismo ha sido antes que nada un Movimiento racista que ha defendido la superioridad y los derechos de una raza (la aria) por sobre las demás. Ese Movimiento fundó un Estado racial. Y pegado a ello, indisolublemente, se tornó en brutal y fanáticamente antisemita. Justamente porque el judaísmo es la raza que amenzaba a la raza superior parasitándola y destruyéndola. Si bien ambos conceptos están, insisto nuevamente, íntimamente ligados y dieron forma al nazismo, no puedo dejar de señalar la mayor importancia de lo racial por sobre el antisemitismo. Dentro de lo racial el antisemitismo ocupa un lugar de privilegio dado el orden de valores o jerarquía que los nazis daban a las distintas razas. La única verdaderamente peligrosa para la subsistencia de la raza germánica, era la raza judía. Lucha de razas, en lugar de lucha de clases.
Pero sin desviarnos debemos seguir con el análisis de lo escrito por Hitler. Para él el matrimonio no puede ser considerado un fin en sí mismo, sino que debe servir a un fin más elevado, cual es la multiplicación y conservación de la especie y de la raza. Para ello Hitler sostiene que debe fomentarse el matrimonio entre jóvenes ya que pueden engendrar “productos más sanos y más resistentes”, y por otro lado el aumento de la natalidad hace que la selección natural funcione a pleno, sobreviviendo solo los más aptos. Sin embargo esto se combina necesariamente con políticas sociales que el Estado debe organizar para que los jóvenes tengan acceso al trabajo y a la vivienda (38). A partir de 1933 el nacionalsocialismo llevaría todo esto a la práctica, desde las políticas sociales hasta las “fábricas de bebés arios”, con un notable éxito en el fuerte incremento de los matrimonios y el aumento de la población.
La política racial definirá asimismo para Hitler la política educativa. “La educación, por ejemplo, debe tender a que el tiempo libre del que dispone el educando, sea empleado en un provechoso entrenamiento físico... debe dedicarse a fortalecer su joven organismo para que, cuando un día ingrese en la lucha por la existencia, la realidad de la vida no lo encuentre desprevenido. Esa es la tarea de la educación para la juventud. Su papel no consiste exclusivamente en insuflar sabiduría. Es también su cometido anular la concepción errónea de que el ejercicio físico es cuestión personal de cada uno. No existe la libertad de pecar a costa de la progenie y con ello de la Raza” (39). Esto sería rápidamente puesto en práctica por el Nacionalsocialismo en las Juventudes Hitlerianas y en las escuelas especiales denominadas Napolas (Nationalpolitische Erziehungsanstalt) o las Escuelas Adolf Hitler. Es coherente con esta ideología que los jóvenes alemanes fueran educados durante el nacionalsocialismo, mucho más en cuestiones físicas que intelectuales, por lo cual se produjo un notorio descenso del nivel educativo tradicional durante esos años.
Es también por demás conocido el programa de eutanasia puesto en práctica en la propia Alemania por el Nazismo. Ese programa obedecía a cuestiones estricamente raciales y justamente no estaba vinculado al antisemitismo. Nueve años antes de llegar al poder Hitler tanía claras sus ideas. Había que leerlo para saber simplemente lo que haría. Afirma en su libro que la libertad individual debe ceder el sitio a la conservación de la raza. La importancia de este antecedente hace imprescindible la transcripción textual: “Es un contrasentido dar a los enfermos incurables la posibilidad constante, por así decirlo, de contagiar a los sanos. ¿Qué sentimiento de humanidad es ese según el cuál por no hacer daño a uno solo se deja que otros cien sucumban? La cuestión de hacer imposible a los seres tarados la procreación de una descendencia también tarada es un imperativo de la más clara razón y significa... la más humana acción de la sociedad. Ahorrará sufrimientos a millones de seres inocentes y finalmente determinará para el porvenir un mejoramiento progresivo. Si el caso lo requiere se deberá proceder sin piedad al aislamiento de los enfermos incurables; bárbara medida para el infeliz afectado pero una bendición para sus contemporáneos y para la posteridad...” (40).
La cuestión de la raza tiene obvia vinculación con la Naturaleza y su selección “natural”, en especial a partir de las enseñanzas de Charles Darwin, con las teorías de la supervivencia de los más aptos. La Naturaleza tendrá para Hitler y para muchos jerarcas nazis una influencia vital en sus ideas. Así como en la Naturaleza no se mezclan las especies, Hitler sostiene que el cruzamiento de razas trae aparejado el rebajamiento del nivel de la raza más fuerte y la regresión física e intelectual y por ello el comienzo de la destrucción de esa raza superior. Todas las grandes culturas del pasado cayeron, según Hitler, en decadencia debido a que la raza de la cual habían surgido, envenenó su sangre con la mezcla con otras razas inferiores.
La condición más esencial para la formación de una cultura elevada es para Hitler la existencia de una raza inferior de la cual la superior debe servirse. Hitler afirma que primero fue la esclavización de los pueblos vencidos lo que generó las grandes civilizaciones. Mucho más tarde el hombre se sirvió de los animales para hacer sus tareas, primero se sirvió de las razas inferiores y débiles. Por eso sostiene que el ario debe seguir ese camino, y no debe mezclarse con otros pueblos a los que solo corresponde esclavizar. La mezcla de razas solo lleva, para él, a la igualación con las razas inferiores (41). Esto, que parece haber sido escrito siglos antes de Cristo, por algún filósofo o pensador de alguna gran civilización de la antigüedad, fue escrito en 1924 y puesto en práctica descarnadamente a partir de la conquista por Alemania del Este de Europa (1939 y más aún a partir del 22 de junio de 1941), ya que allí residían las razas inferiores dentro de la jerarquía racial nazi. Sin embargo, existía una raza, la antirraza en realidad, que debía ser destruida por su peligrosidad. El judío no debía ser usado como esclavo o aprovechada su potencialidad de trabajo. Esto responde una pregunta tantas veces hecha: ¿por qué los alemanes mataban a los judíos en lugar de aprovechar su trabajo, más aún en momentos de crisis de guerra? Aquellos que se lo preguntan no han entendido correctamente la naturaleza del Nacionalsocialismo. Volveremos obviamente sobre el tema.
En la concepción nazi del Estado, éste solo debe velar por la conservación de la raza superior. Por ello vuelve a sostener Hitler que el Estado debe cuidar que sólo los sanos engendren hijos y tengan descendencia. Se debe prohibir engendrar estando enfermo o siendo defectuoso. Considera execrable privar a la Nación de niños sanos. Y habla por primera vez en forma directa sobre la necesidad de los tratamientos de esterilización forzoza. “El Estado deberá obrar prescindiendo de la comprensión o incomprensión, de la popularidad o impopularidad que provoque su modo de proceder en este orden” (42). Vemos a un Hitler dispuesto a todo para imponer sus ideas raciales.
La raza tiene también para Hitler una vinculación especial con la ciudadanía, lo que luego generaría terribles consecuencias para millones de personas. Critica ferozmente la política de ciudadanía de Alemania, en la que ninguna vinculación existe con la raza. Cualquiera podía ser ciudadano alemán. “El Estado Racista clasifica a sus habitantes en tres grupos: ciudadanos, súbditos y extranjeros. El hecho de nacer en territorio alemán no supone más que la calidad de súbdito, calidad que como tal no capacita para investir cargos públicos, ni menos para actuar en política, sea activa o pasivamente. Es fundamental establecer la raza y la nacionalidad original de cada súbdito”. Para obtener la nacionalidad alemana el jóven debe concurrir a la instrucción escolar obligatoria, pasar por el entrenamiento físico obligatorio y finalmente realizar el Servicio Militar. Recién pasadas esas etapas en las que el jóven debía ser adoctrinado en la ideología racial, se le otorga su carta de ciudadanía, y el certificado de salubridad para el matrimonio. Con esto tiene todos los derechos del ciudadano alemán. En cuanto a las jóvenes alemanas, sólo serían súbditas, adquiriendo el carácter de ciudadanas a través del matrimonio. Matrimonio que debía ser expresamente permitido por las leyes raciales (43).
Una vez más todo sería llevado a la práctica a partir del ascenso del Nacionalsocialismo al poder. Es importante destacar la importancia jurídica que tendría esta política por la cual nacer en Alemania no significaría nada, ni daría ningún derecho como ciudadano, lo que permitió a los nazis generar decenas de miles de apátridas, sin nacionalidad alguna.
Asimismo para la victoria de la doctrina racial Hitler afirma que debe el Movimiento tener un Programa que sea inalterable y que no esté sometido a discusiones internas. Así el Programa de los veinticinco puntos del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores era considerado inconmovible, de acuerdo a una ideología autoritaria. Analizaremos más adelante ese Programa de gobierno.
Una consecuencia más de la ideología racista al extremo que tenía Hitler se puede ver en el final mismo del nacionalsocialismo y la derrota y destrucción catastrófica de Alemania. La doctrina racial implica la supervivencia del más apto. Dice entonces refiriéndose a Alemania: “Si un pueblo de cien millones tolera el yugo de la esclavitud, solo para conservar la integridad del Estado, eso es peor que si tal Estado o tal pueblo hubiese sido destrozado” (44). Hitler admitió en sus últimos momentos en su búnker de Berlín que el pueblo alemán no merecía vivir por haber sido derrotado por los rusos, un pueblo considerado inferior y que en origen debía ser esclavo del pueblo germánico. ¿Alguien podía esperar seriamente que Hitler se rindiera y evitara la total destrucción de su pueblo y su país? La “Naturaleza” estaba señalando que el camino de Alemania era su aniquilación.
I.8) El antisemitismo
En este breve análisis de las ideas expuestas por Adolf Hitler en “Mi Lucha”, llegamos al tema que indudablemente ocupó, ocupa y seguirá ocupando la mayor atención de los estudiosos por las monstruosas consecuencias que ha tenido y la cicatriz imborrable que ha dejado en la humanidad.
Debo aclarar que en mi opinión es el antisemitismo un tema inseparable del anterior, el racismo. No puede entenderse el primero sin la concepción particular de la Alemania nazi sobre la raza.
Asimismo vuelvo a aclarar que pretender analizar cada manifestación o idea de Hitler esbozada en su libro sobre los judíos, es una tarea equivalente a reproducir dicho texto, ya que se encuentra plagado de conceptos referidos al judaísmo, particularmente al judío como raza especialmente destructiva. Ello desvirtuaría este trabajo, por lo que sólo analizaré los puntos más salientes e importantes que sobre el tema surgen del libro. Intentaré brevemente llevar una respuesta posible a algunos interrogantes que los historiadores y estudiosos hacen. ¿Por qué este tipo de antisemitismo particular en Hitler? ¿Su idea era exterminar a los judíos desde un comienzo, o se fueron buscando distintas alternativas a la cuestión judía, cada vez más radicalizadas? ¿Conocía Hitler lo que se hacía en Europa con los judíos durante todo su mandato, o fueron sus seguidores quienes desarrollaron las ideas y políticas antisemitas?
Como última aclaración debo señalar que, de acuerdo al plan de este trabajo, haremos ahora un análisis ceñido a lo que surge estrictamente de “Mi Lucha”. Más adelante desarrollaremos algunos de estos temas relativos al antisemitismo, desde otra óptica.
A poco de comenzar el Capítulo II del libro (que relata sus vivencias en Viena) ya señala Hitler que su estancia en dicha ciudad le hizo abrir los ojos frente a lo que considera dos peligros de “espeluznante trascendencia para el pueblo alemán: el marxismo y el judaísmo”. Hitler comienza ya desde temprano a colocar estos dos conceptos en plena unión haciendo de ellos un elemento de real peligro para el germanismo. Es notable en estas primeras páginas de su libro el enorme hincapié que hace respecto de la miseria reinante en Viena y a las enormes diferencias sociales entre ricos y pobres, considerándose obviamente dentro de éstos últimos, lo que parece haber afectado grandemente su forma de pensar. ¿Pudo haber sido su ideología posterior una suerte de venganza por estos años de miseria pasados en Viena? ¿Veía al judío como sinónimo de acumulación desmedida de riqueza? Si fuese así resulta algo contradictorio vincular también y al mismo tiempo al judío con el bolchevismo.... ¿Tenía el judío para Hitler ambos perfiles, aquellos muy adinerados defensores del capitalismo y la acumulación, y aquellos otros vinculados al marxismo internacionalista, y por tanto antinacionalista?
Hitler vincula al Partido Socialdemócrata con el judaísmo. “...yo ya había percibido el vínculo entre esa doctrina de destrucción y el carácter de una cierta raza para mí hasta entonces deconocida. Solo el conocimiento del judaísmo da la clave para la comprensión de los verdaderos propósitos de la Socialdemocracia. Quien conoce a este pueblo se le cae de los ojos la venda que le impedía descubrir las falsas concepciones sobre la finalidad y el sentido de dicho partido, y entre la niebla de la palabrería de su propaganda, ve aparecer el fantasma del marxismo, mostrando sus dientes” (45). En el mismo sentido vincula la Revolución marxista de Munich con la traición de los judíos a la patria alemana.
Sus ideas sobre el pueblo judío se van haciendo más claras en el Capítulo IX (“La Nacionalidad y la Raza”). Allí descarga concepciones que, analizadas que sean, arrojan algo de luz (si es que así se puede decir) sobre lo que sucedería después. Sabemos que Hitler tenía una fuerte concepción darwinista en cuanto a la lucha por la supervivencia y la supremacía del más fuerte. Hace entonces una afirmación que, a mi entender, explica su antisemitismo racial y sus terribles consecuencias. Señala expresamente: “El antípoda del ario es el judío. Ningún otro pueblo posee un instinto de conservación más poderoso que el llamado pueblo elegido. ¿Qué otro pueblo, en los últimos dos milenios, sufrió menos alteraciones en su disposición intrínseca, en su carácter, etcétera, que el pueblo judío? ¿Qué pueblo, en fin, sufrió mayores trastornos que éste, saliendo, sin embargo, siempre liberado en medio de las más violentas catástrofes de la Humanidad? La voluntad de vivir, de una resistencia infinita para la conservación de la especie, habla a través de estos hechos.... Como el judío jamás poseyó una cultura propia, los fundamentos de su obra intelecutal siempre fueron tomados de fuentes ajenas a su raza, de modo que el desarrollo de su intelecto tuvo lugar en todos los tiempos dentro del ambiente cultural que lo rodeaba. Porque si bien el instinto de conservación del pueblo judío no es menor, sino más bien mayor que el de otros pueblos, y aunque también sus aptitudes intelectuales despiertan la impresión de ser iguales a las de las demás razas, en cambio, le falta en absoluto la condición esencial inherente al pueblo culto: el sentido idealista” (46).
Como podemos ver Hitler no tiene al judío como un ser infrahumano o débil o incapaz. Muy por el contrario, en la lucha de razas el judío ya está catalogado por él como el enemigo peligroso a vencer. Tiene fuerza de resistencia para conservar “su especie”, es inteligente, astuto, se mimetiza con aquellas culturas que lo rodean. Y es la antípoda del ario por no tener sentido idealista, por ser materialista, mundano. El hombre ario para Hitler tenía los más altos valores humanos, y debía llevarse por sus ideales y defenderlos a ultranza. Lejos de ese concepto está el judío, que, para Hitler, no tiene ideales y sólo sobrevive a expensas de las otras razas.
Estos conceptos desatarán una lucha de razas donde el único destino de aquél que quiere sobrevivir es destruir a su enemigo, aniquilarlo, para que sobreviva el más fuerte. Hitler pone esta lucha en los mismos términos que la Naturaleza lo hace con las especies animales. La peligrosidad del judío está justamente en el poder de su raza para sobrevivir a todo. Lo que para los marxistas es la lucha de clases para la victoria del proletariado y la destrucción de las clases económicamente superiores, para los nazis será la lucha de razas. Es ésta, a mi entender, la única forma de analizar y entender la necesidad fanática del exterminio de una raza. Por eso hablamos no ya de antisemitismo, sino de antisemitismo racial. Las demás razas, el negro, el eslavo, el indio, podían sobrevivir como esclavos sirviendo a la raza superior aria, porque son infrahumanos, incapaces. Pero el judío, la única raza capaz de confrontar al ario por su astucia, debía desaparecer. La victoria, en la ideología nazi, es de una sola de ambas razas, matar o morir. Las bases de estas ideas no son creación ni de Adolf Hitler, ni de los nacionalsocialistas, sino que están dadas por el darwinismo social y el biologismo social, conceptos en boga a principios del siglo XX, sobre los que volveremos más adelante.
Dónde radica la peligrosidad del judío, se explica también en “Mi Lucha”. Afirma Hitler que el espíritu de sacrificio del judío no va más allá de su instinto de conservación. Es un ser altamente egoísta e individualista, y que por sobre todo carece de Estado territorial. Por ello vive mimetizado en otros Estados a los que termina corrompiendo. Se entiende que para un nacionalista, defensor de la Gran Alemania (un Reich que aglutine a toda la nación alemana), nada puede ser más detestable que la idea de un pueblo que vive en todos lados, sin patria, sin Estado, y que a lo largo del tiempo ha tomado las muchísimas nacionalidades de aquellos Estados en los que vive.
La ideología basada en la Naturaleza surge entonces con gran claridad: “... el nómada puede parecer extraño a los pueblos arios, pero nunca desagradable. Eso no sucede con el judío. Este nunca fue nómada, y sí un parásito en el organismo nacional de otros pueblos, y si alguna vez abandonó su campo de actividad, no fue por voluntad propia, sino como resultado de la expulsión que, de tiempo en tiempo, sufriera de aquellos pueblos de cuya hospitalidad había abusado. Propagarse es una característica típica de los parásitos, y es así como el judío busca siempre un nuevo campo de nutrición.... El judío es y siempre será el parásito típico, un bicho que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que lo hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez... Así vivió el pueblo judío, en todas las épocas, en los estados ajenos, fomando allí su propio Estado... El judaísmo nunca fue una religión, sino un pueblo con características raciales bien definidas... La doctrina judaica es, en primer lugar, una guía para aconsejar la conservación de la pureza de la sangre, así como la regulación de las relaciones de los judíos entre sí, y más aún con los no judíos, es decir con el resto del mundo” (47).
Aquí está entonces la explicación más concreta que se puede tener de la ideología nazi respecto del judaísmo. La claridad de lo escrito por Adolf Hitler (no por ser claro es correcto, obviamente), no merece casi mayor análisis. El judío parasita a otros pueblos de los cuáles vive y a los cuáles extermina consumiéndolos o bien mezclándose con ellos. Y por sobre todo no es una religión, sino una raza. Se acaba entonces el viejísimo antisemitismo religioso, y se pasa al concepto mucho más poderoso y peligroso de antisemitismo racial. La única forma de evitar la propagación de un parásito, y que termine eliminando al huésped, es matarlo. Brutalmente claro.
Hitler llega a hacer en su libro una descripción detallada y extensa de los pasos por medio de los cuáles el judío logra penetrar y enquistarse, y luego dominar y destruir a otros pueblos. El primer paso es el de su aparición llegando como negociante y sin que le preocupe disfrazar su nacionalidad, es un comerciante extranjero. El segundo paso es introducirse en la vida económica de la comunidad no como productor sino como intermediario, haciendo uso de su experiencia mercantil milenaria. Es así como comienza a tener el monopolio del comercio y a prestar dinero con intereses usurarios. El tercer paso es el establecimiento completo en medio de una comunidad desarrollando sus negocios. A los negocios bancarios y el comercio le añade el judío lentamente la propiedad de la tierra, que obviamente no explota en forma personal. En esta etapa según Hitler se comienza a producir la indignación del pueblo por su acumulación de riqueza, y, de tanto en tanto, hay explosiones populares en contra de los judíos. El cuarto paso es la aproximación del judío a los gobiernos. Entonces comienza a mendigar privilegios que obtiene a cambio de préstamos importantes a las casas gobernantes, con intereses que se pagan explotando al pueblo. Este lento proceso hace que los viejos príncipes gobernantes (se refiere fundamentalmente a lo sucecido en Alemania) se vayan alejando de sus pueblos ya que se destruyen los lazos que antes los unían por culpa de la explotación. El judío se encarga de hacer que las monarquías requieran permanentemente sus servicios financieros y así logran debilitarlas hasta su fin. Esta etapa finaliza con el judío dejándose bautizar para entrar en posesión de todas la ventajas y derechos de los ciudadanos del país de turno. En la quinta etapa el judío comienza la metamorfosis. Ya deja de ser “judío”, y por lo tanto muy identificable. A lo largo de cientos de años, logra dominar el idioma alemán y profesa la fé de los germanos como judío converso. Sin embargo, afirma Hitler que lo que nunca podrá cambiar es su sangre, su raza. Y ¿por qué el judío decide esta conversión? La expliación del autor de Mi Lucha es sencilla, porque sabe que el poder de las monarquías ha comenzado a desaparecer. Ya se ha transformado del “judío cortesano” en “judío nacional”. Mientras tanto su dominio de la economía se hace cada vez más importante, hasta que controla las fuentes nacionales de producción, habiendo adquirido empresas y explotanto al trabajador. Desde esa posición el judío entiende que para tener una posición dominadora total debe conquistar también a las capas populares, las masas. Para ésto se vale entonces de un medio formador de la opinión pública, que es la prensa. El judío toma el control de los medios masivos de prensa.
En esta etapa del proceso el judío se muestra amigo del progreso, de la libertad, de la humanidad, y del saber. Pero siempre utiliza esas ideas para mantener a salvo su raza. Para mantener su sangre, dice Hitler que el judío evita que el varón se case con una cristiana, pero fomenta el matrimonio de judías con cristianos influyentes. Así los hijos siempre mantienen el lado judío de su madre. Mientras tanto fomenta la idea de igualdad de todos los hombres, sin distinción de color o raza.
El proceso final de esta etapa es “la victoria de la democracia, o como el judío la interpreta: la hegemonía del parlamentarismo... El resultado final habría de ser la caída de la Monarquía” (48). Ya hemos analizado antes lo que Hitler pensaba del parlamentarismo. Aquí está entonces la explicación de su odio a ese sistema de gobierno. Para él es un invento de dominación de los judíos y la forma de acabar con el poder de las casas reales a las cuáles obviamente no puede acceder. Así, al finalizar esta etapa, el judío se hace con el poder político, además de poseer el económico.
Comienza ahora una nueva etapa del proceso. El judío es conciente de las impresionantes diferencias de las clases sociales y de la aparición del proletariado urbano, a quien ahora se dirigirá a conquistar. “Antaño se sirvió de la burguesía como arma contra el mundo feudal; ahora va a azuzar al obrero contra el burgués. Si a la sombra de la burguesía él alcanzó, por los medios más sucios, la conquista de los derechos de ciudadanía, espera ahora encontrar, en la lucha del obrero por sus derechos, el camino para implantar su dominio político” (49). Es así como el judío comienza a acercarse al obrero y a fomentar el odio contra los que más poseen. A esa lucha le da un carácter de universalismo y funda entonces el judío la doctrina marxista. Vemos así como, para Hitler, esta verdadera “plaga humana” es el origen de todos los males: ha concentrado el poder económico, ha hecho caer a las nobles monarquías, ha tomado el poder mediante el detestable sistema parlamentario, y finalmente ha creado al monstruo marxista para dominar a las masas. Así, no es difícil comprender la idea hitleriana del “judeobolchevismo” y la total vinculación del judaísmo con el marxismo. Destruir a uno sería tanto como destruir al otro.
Según Hitler el judío logra de este modo y ya en esta etapa, destruir los conceptos de Nación y Raza, que para él son elementales para la civilización humana. Mediante el control de la prensa, fomenta el pacifismo que termina destruyendo, en su concepto, el nacionalismo como elemento aglutinador de un pueblo, de una raza. “En este punto el judío no retrocede ante nada. Se vuelve tan ordinario en su vulgaridad, que nadie se debe admirar de que, entre nuestro pueblo, la personificación del diablo, como símbolo de todo mal, tome la forma de judío de carne y hueso” (50).
En la próxima etapa, la última, con el judío instalado en el poder, manejando la economía y los medios de producción, la prensa, y controlando a las masas proletarias, el judío vuelve, con absoluta seguridad y confianza, a mostrarse como judío, como raza judía. Ya no necesitan mimetizarse con la sociedad de los distintos países que los han recibido. Ahora políticamente el judío sustituye la idea de la democracia por la de la dictadura del proletariado. Llegan al dominio económico, político y cultural, haciendo desaparecer los pilares de la nacionalidad del pueblo al que han dominado. Así el judío se transforma en sanguinario y tiranizador de pueblos mediante el marxismo. “El ejemplo más terrible en este orden lo ofrece Rusia, donde el judío, dominado por un salvajismo realmente fanático, hizo perecer de hambre o bajo torturas feroces a treinta millones de personas, con el solo fin de asegurar de este modo a una caterva de judíos, literatos y bandidos de la Bolsa, la hegemonía sobre todo un pueblo. La consecuencia final no será solo la muerte de la libertad de los pueblos orpimidos, sino también acarreará la destrucción de ese parásito internacional. Después de la inmolación de la víctima, desaparece también, tarde o temprano, el vampiro” (51).
Esta es, a grandes rasgos, una breve reseña de la explicación que Hitler da en su libro sobre el proceso de penetración y destrucción que el judío hace de los pueblos en los que se inserta. Resulta entonces fácil comprender que si este proceso es considerado “inevitable”, ya que el judío lo desarrollará siempre y con gran astucia, la única forma de librarse de él será exterminándolo, aniquilándolo. Ello por cuanto, como ya hemos señalado, en la ideología nazi, la raza es inmutable, y todos los defectos que se llevan en la sangre, no podrán jamás cambiarse o mejorarse. La combinación del biologismo, el darwinismo social, las teorías raciales y el antisemitismo racial, dieron lugar a la creación de un “cóctel” que debería terminar, casi necesariamente, en la masacre más devastadora que haya vivido la humanidad.
Continuando con las ideas y argumentos de Hitler sobre “el ser judío”, no encontramos en Mi Lucha demasiadas referencias (como uno podría creer sin leerlo) a “qué hacer con el problema judío”. Recién en medio de la extensa explicación del proceso de dominación que realiza el judío, Hitler da alguna primera idea al respecto. Allí señala que el judío seguirá siendo jefe de las masas y de la cuestión social, hasta tanto otra fuerza popular les aclare esta cuestión y les muestre la infamia de los judíos, o “hasta que el Estado aniquile tanto al judío como a su obra” (52). Es ésta una primera manifestación sobre lo se debía hacer con los judíos. Claro está que podemos discutir a qué se refiere la palabra “aniquilar” o bien si la misma está dicha en un contexto en el que no signifique lo que luego se desataría. Pero es, dentro del enorme fárrago de palabras del libro, la primera advertencia que se encuentra.
Dentro de las muchas alternativas que se podían encontrar, en la teoría, para segregar al judío, para la década de 1920 (y desde fines del Siglo XIX) ya era muy conocido el sionismo. Para no distrernos del análisis de Mi Lucha solo diremos aquí que el sionismo ha sido un movimiento político internacional que propugnó desde sus inicios el restablecimiento de una patria para el pueblo judío en la Tierra de Israel. No es éste el lugar para analizar este movimiento y sus variantes y las consecuencias que ha traído, pero sí diremos que, visto desde la óptica de aquellos antisemitas que querían una Alemania y una Europa libre de judíos, se trataba de una posible solución. En especial porque durante la Primera Guerra mundial la declaración Balfour de 1917 apoyó la creación de una Patria Judía en el Mandato Británico de Palestina. En 1922, la Sociedad de Naciones hizo suya la declaración formulada en el mandato que dio a Gran Bretaña, por la cual el Mandatario debía garantizar el establecimiento de un Hogar Nacional Judío. Como vemos, el “problema judío” no es patrimonio de los nazis... Ahora bien, ¿era ésta una solución viable para Hitler y su ideología? ¿Cabía la posibilidad de forzar la creación de un Estado Judío y así erradicarlos de Europa? ¿Era ésto suficiente?
El autor de Mi Lucha tiene una clara idea al respecto. El considera que si bien el sionismo se esfuerza por hacer creer a todos que la creación de un Estado en Palestina les llevaría satisfacción, los judíos seguirían causando el mal. “No piensan en absoluto en implantar en Palestina un Estado para vivir allí. Lo que desean es, únicamente, un centro de organización autónomo, al abrigo de las influencias de otras potencias. Quieren nada más que un refugio seguro para sus canalladas; esto es, una Academia para la educación de criminales” (53). Pareciera entonces que la erradicación del judío de las tierras europeas y su emigración a una tierra propia tampoco era una solución a considerar por Hitler, al menos al momento de escribir su libro.
Más adelante se encarga de definir escuetamente la diferencia fundamental entre la ideología Nacionalsocialista y el marxismo. Así afirma que la primera no solo le da valor al concepto de la raza, sino que le da significación a la personalidad en lugar de dar importancia a la masa. El marxismo representa un instrumento de la aspiración judía para su tendencia a anular la significación preponderante de la personalidad y sustituirla por el número de la masa (54).
El gran enemigo a vencer por Alemania era entonces el marxismo, representado por el judío, en definitiva el judeobolchevismo. “No se debe olvidar jamás que el judío internacional, soberano absoluto en la Rusia de hoy, no ve en Alemania a un posible aliado, sino solo a un Estado predestinado a la misma suerte que Rusia... El mal en el que Rusia sucumbió gravita como un peligro permanente sobre Alemania. Solamente el burgués ingenuo es capaz de imaginar que el peligro bolchevique esté superado. En su manera superficial de pensar, el hombre corriente no tiene la menor idea de que aquí se trata de un proceso genético instintivo, es decir, de una acción automática para el dominio de la Tierra por parte del pueblo judío. Este procura infiltrarse entre los pueblos y carcomerlos, luchando también con sus armas, es decir con la mentira y con la calumnia, el veneno y la corrupción, intensificando la lucha hasta la sangrienta extirpación del enemigo odiado. Debemos descubrir en el bolchevismo ruso la tentativa del judaísmo, en el Siglo XX, de apoderarse del mundo... Alemania constituye para el bolchevismo el gran objetivo de su lucha” (55).
La ideología de Hitler es clara. Luego veremos si el peligro del bolchevismo era real o no en Alemania, pero no se puede dejar de afirmar que en su concepción el peligro de que Alemania sufriera la misma descomposición y destrucción que Rusia, era patente. Y el “portador” del marxismo era el judío. Destruir a uno era lo mismo que destruir al otro.
Hitler nunca creyó en la derrota alemana en la Primera Guerra. La rendición de Alemania, habiendo derrotado a Rusia (debido ello obviamente a su salida de la guerra por la Revolución), no habiendo sido vencida “totalmente” por las armas, y con su territorio intacto y no invadido por ningún enemigo, afectó sin lugar a dudas su sentido de nacionalismo. Siempre endilgó la culpa de esta rendición a la traición de los marxistas y socialistas (políticos siempre representados por el judío), que con su sentido de pacifismo internacionalista, bajaron las armas. Es la famosa teoría del “puñal por la espalda” que el judeobolchevismo habría dado a Alemania. No es éste el momento de analizar esta cuestión ya que mi meta es no desviarme, ahora al menos, del análisis de Mi Lucha. Lo cierto que es Hitler siempre creyó que la derrota alemana en la Primera Guerra era un golpe asestado por la izquierda y “sus” judíos. Es necesaria esta breve explicación para entender sus afirmaciones en el sentido de que “en 1918 tuvimos que pagar sangrientamente el error de no haber triturado en los años 1914 y 1915, de una vez por todas, la cabeza de la víbora marxista. Toda idea de resistencia contra Francia sería una locura de remate si no se declarase la guerra a muerte a los elementos marxistas que, cinco años antes, impidieron que Alemania continuase la lucha en las líneas del frente” (56).
A continuación Hitler da cuenta de cuál hubiera sido la solución para evitar esta situación que llevó a la derrota de Alemania. Y es aquí donde encontramos la referencia más notoria y clara (y casi la única en su libro) respecto de lo que años más tarde sucedería. “Si en el comienzo y durante la Guerra, se hubiera también sometido a la prueba de los gases asfixiantes a unos doce o quince mil de esos judíos, de esos corruptores de los pueblos, prueba que en los campos de batalla sufrieron centenas de miles de nuestros mejores trabajadores, de todas las categorías, no se habría cumplido el sacrificio de millones de nuestros compatriotas en las líneas del frente. La eliminación de doce mil bellacos, en el momento oportuno, habría tal vez influído sobre la vida de un millón de hombres honestos, tan útiles para la Nación en el futuro. Es característico de los estadistas burgueses no vacilar en el sacrificio de la vida de millones en los campos de batalla y ver en diez o doce mil traidores, ladrones, usureros y mentirosos, preciosas reliquias de la Patria, a los que proclaman como insustituibles” (57).
Se llega así finalmente a la idea de la eliminación del enemigo, mediante el gaseamiento. Aniquilar a unas cuantas decenas de miles para salvar a millones, en definitiva para salvar a Alemania. Si bien no podemos sostener que esta afirmación en su libro sea el antecedente de los campos de exterminio, sí es posible razonar que su objetivo de salvar a Alemania de la destrucción judeobolchevique, llevaría al nacionalsocialismo a tomar las medidas más extremas y brutales que el mundo haya conocido jamás.
Es común entre los historiadores e investigadores y estudiosos del tema la pregunta respecto de ¿cuál es el origen del antisemitismo furibundo de Hitler? Se ha sostenido la tesis de su abuelo judío, la de la muerte de su madre cuyo médico era judío, su experiencia en Viena con los judíos, la miseria que habría pasado en Viena contrastada con la riqueza acumulada por los judíos, etcétera. Creo que todas estas teorías no llevan a determinar por qué Hitler era un profundo antisemita. A mi modo de ver antes que antisemita Hitler era un profundo nacionalista que creía dogmáticamente en la grandeza de una raza superior, los arios, de los cuáles los germanos eran el modelo ideal, y por debajo de los cuáles estaban todas las demás razas inferiores. Ese nacionalismo racista tan particular lo llevó a no poder aceptar jamás la derrota alemana en la Gran Guerra. Esa derrota, que puso de rodillas a la “raza superior”, y que llevó al oprobio del Tratado de Versalles, tenía su causa, conforme la visión de Adolf Hitler, en la traición de los políticos y parlamentarios alemanes que eran por sobre todo, izquierdistas, socialistas, y que con su pacifismo e internacionalismo, obligaron a Alemania a rendirse, sin ser derrotada en el campo de batalla. Hitler no hacía distinciones de matices con la izquierda, todos eran marxistas que llevaban a Alemania al bolchevismo, con el riesgo de vivir la destrucción y desintegración de Rusia. Y el pueblo que encarnaba políticamente al bolchevismo era justamente el judío (ya analizamos más arriba la explicación de Hitler sobre este aspecto y por qué el judío se hace bolchevique). De allí el judeobolchevismo. Por lo tanto había que destruir el origen de todos los males de Alemania: el judío, que representaba al parlamentario marxista, y al bolchevique, que había traicionado la grandeza nacional de Alemania y la llevaba a la destrucción. Creo entonces que Hitler era, antes que nada, un fanático nacionalista racial, profundamente antimarxista, y por ello antisemita. Esta conclusión, que saca el antisemitismo de Hitler del centro de su ideología, no le quita un centímetro de importancia al inenarrable genocidio vivido por el pueblo judío.
Muchas veces no nos resulta creíble una plataforma política de un determinado Partido, o pensamos que las expresiones y afirmaciones de un político son meras cuestiones propagandísticas, tendientes a ganar votos. Sin que ésto resulte ninguna defensa para el nacionalsocialismo, es realmente una tragedia que el mundo no haya creído a tiempo lo que este movimiento pregonaba. Todo se iba a cumplir de una manera inexorable y paso por paso.
El libro en análisis, “Mi Lucha”, fue publicado en dos tomos. El primero apareció el 18 de Julio de 1925, casi ocho años antes de acceder el Nacionalsocialismo al poder en Alemania. Y el segundo tomo apareció en 1928. Tuvo una traducción al francés en 1934 y recién al inglés en 1943 en plena guerra. Pero esto no debería excusar a los políticos europeos de la época por no haber tenido en cuenta las advertencias tan claras explicitadas en el libro. En todo caso no creo que haya sido insuperable la dificultad para poder saber cuáles eran las ideas del líder del Partido Nacionalsocialista, en un país que siempre representó una amenaza para la paz europea. Sin embargo, a fuerza de la tragedia sufrida, Occidente parece haber aprendido la lección.
Es cierto que el libro pasó en sus primeros años casi inadvertido. Fue reconocido y alabado por el inglés germanófilo Houston Stewart Chambelain, yerno de Wagner y furibundo racista y antisemita. Más adelante se fue abriendo camino en forma lenta, pero desde 1929 hasta 1933 (y obviamente después de ese año), con motivo de una crisis arrolladora marcada por el paro, la proletarización y la miseria absoluta, el partido nacionalsocialista comienza a crecer en forma exponencial, y con él la difusión de su biblia, de su “nuevo evangelio” político. La llegada del autor al poder ponía la coherencia de las “enseñanzas” del libro en peligro de quebrarse si Hitler hubiese obrado (como erróneamente creían en Occidente) como los políticos de los países liberales que, luego de acceder al poder, olvidan generalmente lo escrito y vociferado en sus discursos de campaña. Sin embargo, contrariamente, el acceso a la Cancillería del Recih fue para Hitler un medio para pasar de la teoría a la práctica, la doctrina expuesta en “Mi Lucha”. A partir de allí el libro se convierte en la obra de cabecera de todo alemán, voluntaria o forzadamente. Ninguna biblioteca se podía permitir no tenerlo, lo que obligaba a adquirirlo en cantidades. Cada nuevo matrimonio recibía el día de la ceremonia un ejemplar. Los miembros del partido, ayudados por la prensa, la radio y el cine, difundieron por toda Alemania las enseñanzas del nuevo “evangelio”. En consecuencia las cifras de venta de la obra asendieron fabulosamente. Un millón y medio de ejemplares en 1934, dos millones y medio en 1936, tres millones doscientos mil en 1937, más de cuatro millones en cercanías del comienzo de la guerra, y más de seis millones para Abril de 1940. Ha sido, a no dudarlo, el éxito literario más formidable y vertiginoso que el mundo ha conocido. Hitler mismo admitía en 1939 que no necesitaba cobrar nada del Estado alemán, en su calidad de “Führer”, ya que vivía exclusivamente de las ganancias que le generaba su libro.
capítulo ii
la plataforma política
del nacionalsocialismo
Cabe aún agregar a lo dicho hasta aquí, el análisis de documentos importantes que componen el ideario de Hitler. Adolf Hitler escribió Mi Lucha a partir de 1924, pero ya tempranamente en 1920 el Partido Nacionalsocialista había establecido sus bases en el “Programa de los 25 Puntos”. Lo dicho en Mi Lucha no se aleja en absoluto de esta plataforma política. Resulta también de imporancia, para completar el análisis de la ideología del nacionalsocialismo, el Manifiesto del Partido relativo a la cuestión de la política agropecuaria, que tiene especial interés por lo que para los nacionalsocialistas significaba el “regreso al campo”, la “vuelta a la naturaleza” y la importancia de la tierra. Veamos también brevemente estos documentos.
II.1) Análisis de “los 25 puntos”
El 24 de Febrero de 1920 se celebró a petición de Hitler el primer mítin multitudinario del Partido Obrero Alemán en Munich, donde se leyó el Programa de los 25 puntos del NSDAP, redactados por Hitler y Anton Drexler. En esta misma Asamblea se resuelve cambiar el nombre del Partido por el de Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de los Trabajadores (NSDAP).
Transcribimos a continuación los 25 Puntos, intercalando algunos breves comentarios para su análisis, cuando ello lo merezca.
“1. Exigimos la unión de todos los alemanes para constituir una gran Alemania fundada en el derecho de la independencia de que gozan las naciones”.
El Partido tiene en este primer punto su carácter eminentemente nacionalista. Busca la unión de todo el pueblo (volk) alemán en una gran nación. Los dos pueblos “alemanes”, es decir germánicos, por excelencia, eran obviamente Alemania y Austria. Sin embargo cabe destacar que el Tratado de Versalles prohibía expresamente a Alemania la posibilidad de unirse a Austria. El art. 80 de este Tratado establecía: “Alemania reconoce y respetará estrictamente la independencia de Austria, dentro de las fonteras que pueden ser fijadas en un tratado entre ese Estado y las principales Potencias Aliadas y Asociadas, que acuerdan que esta independencia sea inalienable, salvo con el consentimiento del Consejo de la Liga de las Naciones”. El Tratado simbolizaba una afrenta para la creación de la gran nación alemana.
También el Tratado de Saint Germain firmado entre los aliados y Austria en Septiembre de 1919 contemplaba en su art. 88 la expresa prohibición de Austria de unirse con Alemania ya que se la obligaba a permanecer como un Estado independiente.
“2. Exigimos para el pueblo alemán la igualdad de derechos en sus tratados con las demás naciones y la abolición de los Tratados de Paz de Versalles y Saint-Germain”.
El Tratado de Versalles merecería el trabajo de una obra dedicada especialmente a su análisis. Aquí solo diremos que es el Tratado que los vencedores de la Gran Guerra exigieron a Alemania, con tres aspectos fundamentalmente negativos para ese país, entre muchos otros: las compensaciones económicas a las estaba obligada Alemania para con los aliados, la imposibilidad de unirse con otros pueblos alemanes, y la carga de la culpabilidad de la guerra, es decir la imputación directa de haber sido el país culpable del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Este último aspecto ha sido quizás el más humillante que debió sostener Alemania. Volveremos sobre este aspecto más adelante.
El Tratado de Saint-Germain fue el firmado entre los aliados y la derrotada Austria, ya disuelto definitivamente el Imperio Austro-Húngaro. Si bien mucho menos gravoso que el Tratado de Versalles, el Partido también exigía la abolición de este Tratado.
3. Exigimos espacio y territorio para la alimentación de nuestro pueblo y para establecer a nuestro exceso de población.
Alemania era para 1920, a pesar de los muertos en la Gran Guerra, el segundo país europeo más poblado, luego de Rusia. Su territorio quedó reducido en aproximadamente un diez por ciento, por las pérdidas sufridas en el Tratado de Versalles. No contaba con un territorio rico para la producción de alimentos para su población por lo que le era necesario contar con la imperiosa importación de alimentos. De allí la idea del Partido de exigir territorios. Lo que para Gran Bretaña y Francia eran las riquezas de sus colonias, para Alemania debían ser territorios en el propio continente, tratados como colonias. Este punto daría lugar a la política del Lebensraum que ya hemos explicado.
4. Nadie, fuera de los miembros de la nación, podrá ser ciudadano del Estado. Nadie, fuera de aquellos por cuyas venas circule sangre alemana, sea cual fuere su credo religioso, podrá ser miembro de la Nación. Por consiguiente, ningún judío será miembro de la Nación.
La norma que establece este punto es clara. Había que esperar simplemente hasta las Leyes de Nuremberg de 1935 para ver en la práctica esta política racial que discrimina quién es ciudadano y quien deja de serlo. La ciudadanía sería obtenida por la sangre, en definitiva por la pertenencia a una raza. El no ciudadano es considerado ajeno a la comunidad del pueblo. La política racial comienza entonces a tener consecuencias jurídicas de vital importancia.
5. Quien no sea ciudadano del Estado, sólo residirá en Alemania como huésped y será considerado como sujeto a las leyes extranjeras.
Aquel que no tuviera sangre alemana, tendría este novedoso carácter de “huésped”. Como se sabe, el huésped puede ser obligado a dejar el lugar donde se “hospeda” cuando el que tiene el poder lo considere. Más tarde las leyes de Nuremberg crearían la categoría legal del “súbdito” que estaba debajo del “ciudadano”.
6. El derecho a sufragar para la formación del Gobierno del Estado y para la sanción de las Leyes será ejercido únicamente por ciudadanos del Estado. Exigimos, en consecuencia, que todas las funciones oficiales, sea cual sea su naturaleza, tanto en la nación como en el campo y las localidades menores, sean desempeñadas exclusivamente por ciudadanos del Estado.
Nos oponemos a la corruptora práctica parlamentaria de llenar los puestos teniendo en cuenta solamente consideraciones de partido en lugar de carácter o de idoneidad.
Este punto es plenamente coherente con los dos anteriores. Los derechos políticos son solo para los ciudadanos. Pero además es el antecedente de la legislación que, una vez en el poder, los nazis pondrían en práctica y por la cual los funcionarios que no fuesen ciudadanos alemanes debían dejar de inmediato sus cargos. Así los judíos iban a ser expulsados de sus puestos en el funcionariado de Alemania, lo que constituyó la primera y rápida segregación ya en 1933.
7. Exigimos que el Estado contemple como su primer y principal deber el promover el progreso de la industria y el velar por la subsistencia de los ciudadanos del Estado. Si no fuera posible alimentar a toda la población del Estado, será indispensable que los residentes extranjeros sean excluidos de la nación.
El Partido Nacionalsocialista se preocupó desde su llegada al poder por el bienestar de los “ciudadanos” del Estado. Está claro que los residentes extranjeros (no olvidemos que la calidad de extranjero lo da la no pertenencia a la raza alemana, aunque se haya nacido en Alemania, y aunque se tengan padres alemanes), no tenían la más mínima importancia pudiéndose excluirlos, lo que implica lisa y llanamente la posibilidad legal de deportarlos fuera de Alemania. Todo ocurriría en la realidad tan solo trece años más tarde.
8. Hay que impedir toda inmigración no alemana. Exigimos que se obligue a todo no ario llegado a Alemania, a partir del 2 de agosto de 1914, abandonar inmediatamente el territorio nacional.
Aquí se encuentra plasmado el principio de “Alemania para los alemanes”. Todo aquél que no tuviese sangre alemana (y por lo tanto ciudadanía), y hubiese llegado a Alemania a partir del inicio de la Primera Guerra, estaría obligado, según esta idea, a abandonar el país. Se dejaba fuera de esta norma a aquellos que no siendo germanos se encontraban en el país asentados desde antes de la Gran Guerra. Cabe señalar que las ideas establecidas en este punto no se pusieron en práctica “legalmente” sino hasta un momento cercano al comienzo de la Segunda Guerra. Sin embargo, la persecución sistemática del régimen contra aquellos considerados no arios, hizo que voluntariamente abandonaran Alemania muchísimos “alemanes” no ciudadanos.
9. Todos los ciudadanos del Estado gozarán de iguales derechos y tendrán idénticas obligaciones.
10. El primer deber de todo ciudadano del Estado consiste en trabajar con la mente o con el cuerpo. Las actividades individuales no estarán reñidas con los intereses generales, sino que se adaptarán al marco impuesto por la comunidad y tendrán en cuenta las conveniencias de la misma.
Este punto -que puede parecer claro y de un simple entendimiento- define, ya en 1920, algunos de los perfiles más importantes del Movimiento Nacionalsocialista. En primer lugar y en cuanto al trabajo, el Movimiento tenía un fuerte ideal en el trabajo del hombre como actividad productiva, contrario a la idea de la especulación o de generar ganancias con la actividad financiera (lo que se verá plasmado en el próximo punto). Para ellos adquiere suma importancia el trabajo con el cuerpo, ya sea industrial y por sobre todo el trabajo rural. No olvidemos que Hitler fue crítico del urbanismo impulsado por la industrialización que llevaba al proletario a vivir en condiciones infrahumanas en las zonas marginales de las ciudades. El movimiento implicaba también una vuelta a la naturaleza, al campo, al bosque, en consonancia con su carácter neopagano, de creencia en los mitos nórdicos. Ello es en parte una especie de rebelión contra la “modernidad”, enfatizando y contrastando la vida sana rural al materialismo corrupto de las ciudades.
No niegan, obviamente, la posibilidad de que el trabajo, como actividad productiva, se genere con la “mente”, ya que ello implicaría cercenar toda actividad intelectual, pero el culto al cuerpo, para la creación de la identidad aria, tendrá para los nacionalsocialistas una gran influencia que se pondría en evidencia a partir de 1933 con reformas en la educación escolar, y con la creación de organizaciones que fomentaban la actividad física. Las Juventudes Hitlerianas han constituido el más claro ejemplo de ello.
Sin embargo la restante idea de este punto es aún más importante. Se trata de la actividad individual sometida a la conveniencia de la comunidad. El “Volk” (la comunidad de hombres que sienten un común y colectivo deseo o interés), adquiere suma importancia. La ideología völkish define un nacionalismo étnico. La palabra “Volk” se traduce al español por “pueblo”. Sin embargo desde la ideología nazi se trata de la comunidad del pueblo vista como un organismo vivo que tiene prioridad sobre cada uno de los individuos que la conforman. La voz en idioma alemán “Volksgemeinschaft” es de muy difícil traducción, pero se relaciona con la idea de crear una nueva sociedad que rechaza las antiguas religiones, idiologías y diferencias de clase, para formar en cambio una identidad unida del pueblo alemán, alrededor de las ideas de raza, sangre y suelo. El concepto ha sido objeto de un profundo análisis por parte de los historiadores. Aquí, y a fin de no exceder el marco de este breve análisis de los 25 puntos, no corresponde extendernos sobre el particular. Sin embargo, es importante destacar nuevamente la aparición de la idea de “comunidad”, y el principio de que las actividades particulares no pueden ir en contra de los intereses de esa comunidad de pueblo. Esos intereses terminarán siendo “diseñados” por los ideólogos del Partido con el fin de evitar cualquier tipo de resistencia u opoisición al régimen, una vez llegado al poder.
11. Exigimos la abolición de todo ingreso no conseguido por medio del trabajo.
-Abolición de la Servidumbre impuesta por el Interés del Dinero-
En absoluta coherencia con el punto anterior, para el Movimiento Nacionalsocialista el dinero se debe ganar mediante el trabajo, intelectual y -aún mejor- corporal. Los ingresos habidos mediante la especulación, la actividad financiera, los intereses de los préstamos, la renta de los bienes, iban contra el concepto de “trabajo” de los nazis. El punto está particularmente dirigido a castigar una de las actividades más difundidas entre los judíos (según la óptica del nacionalsocialismo), tal como era su intermediación en el dinero, ya sea con la propia actividad bancaria, o mediante hipotecas de préstamos privados.
12. En vista de los enormes sacrificios de vidas y propiedades que exige toda guerra, el enriquecimiento personal logrado merced a los conflictos armados internacionales se considerará como un crimen contra la Nación. Exigimos, en consecuencia, la confiscación implacable de todas las ganancias por medio de la guerra.
No debe perderse de vista que este programa político fue establecido en 1920, tan sólo dos años después de la finalización de la Primera Guerra con la consiguiente derrota de Alemania, y menos de un año después de la firma del Tratado de Versalles. El fin de la guerra significó un verdadero caos interno para Alemania, desde lo político, social y económico. La medida establecida en este punto, de carácter claramente socialista, se dirige contra aquellos que habían especulado con la guerra generando ganancias a costa de la misma, y contra aquellos que seguían especulando con la miseria general en la que se vio sumido el pueblo alemán. En el ideario nacionalsocialista, eran nuevamente los judíos los especuladores que se habían beneficiado y lo seguían haciendo, en medio de la escasez de elementos de primera necesidad que se vivía en toda Alemania. Durante la vigencia de la República de Weimar hasta 1933 ninguna medida general de esta naturaleza se tomó en Alemania, sin perjuicio del castigo de aquello que configurara un delito. Tampoco Hitler tomaría medidas drásticas y generales como la que propone el punto 12. Sin embargo, sí se tomarían medidas contra la economía judía en forma gradual a partir de 1933.
13. Exigimos la nacionalización de todos los negocios que se han organizado hasta la fecha en forma de agrupaciones de sociedades (trusts).
Le medida se refiere, sin decirlo, a la novedosa organización de negocios bajo el paraguas legal de las sociedades anónimas que impiden conocer quiénes son los verdaderos dueños. Los nazis consideraban esta forma de organización como meramente especulativa, contraria al concepto de trabajo, llevada adelante por inversionistas que ganaban dinero sin moverse. Y nuevamente eran los judíos el blanco de ese concepto. Sin embargo es destacable que la idea es general y podría haber afectado inclusive intereses de ciudadanos alemanes no judíos. Estas sociedades deberían pasar al dominio del Estado. La medida no tuvo acogida obviamente durante la República de Weimar, y tampoco en forma directa durante el gobierno de Hitler, sin perjuicio de la arianización de las empresas y negocios judíos, que no guarda estricta relación con este punto.
14. Exigimos que las utilidades del comercio al por mayor sean compartidas por la Nación.
15. Exigimos que se ponga en práctica un plan gradual de asistencia social a la vejez.
16. Exigimos la creación y mantenimiento de una sana clase media, la nacionalización inmediata de las propiedades utilizadas en la especulación, a fin de que se alquilen en favorables condiciones a pequeños comerciantes, y que se tengan especiales consideraciones para con los pequeños proveedores del Estado, de las autoridades de distrito y de las localidades menores.
Lo referente a la “creación” de una sana clase media se puede explicar sólo si nos posicionamos en el año en que estos 25 puntos fueron establecidos, es decir 1920. Alemania salía de una guerra devastadora, su economía estaba seriamente dañada, debía pagar gigantescas cuentas de reparaciones a los vencedores, y la enorme cantidad de parados hacía pensar en la posiblidad de una revolución bolchevique, con las consecuencias que ello tendría para cualquier clase media y alta, conforme la experiencia que se estaba viviendo en Rusia. El crecimiento de las clases proletarias significaba la posible cercanía al bolchevismo. Por lo tanto no había mejor camino para evitar ello que crear y fortalecer a una sólida clase media de trabajadores, comerciantes, profesionales, que impidiera el “peligro rojo”. Esta defensa de las clases medias podría dar lugar a sostener, como han hecho muchos autores marxistas, que el Nacionalsocialismo ha sido un Movimiento capitalista o un títere del capitalismo, lo cual dista mucho de ser real.
Hay que analizar con algún detenimiento la restante parte de este punto en lo que hace a la exigencia de la “nacionalización de las propiedades utilizadas para la especulación”. Por “nacionalización” debemos entender “estatización”, es decir que dichas propiedades pasaran a ser del Estado alemán. Ello con el objeto, de tinte claramente socialista, de alquilarlas a pequeños comerciantes en condiciones favorables. Cabe señalar que hay una obvia vinculación entre ambas partes de este punto. Favorecer al pequeño comerciante es una forma de crear una sólida clase media. Pareciera una normativa dirigida, además, solo a las propiedades de carácter comercial, al menos no se clarificaba si quedaban incluidas las propiedades destinadas a vivienda.
Una vez más, sin decirlo, se trata de una idea dirigida a la comunidad judía, quienes, conforme la visión de los nacionalsocialistas, acumulaban propiedades con fines especulativos, rentándolas, evitando de esa manera tener que ejercer un trabajo, una actividad productiva, y explotando a los pequeños comerciantes. Afirmamos esto ya que el régimen Nacionalsocialista respetó en todo momento la propiedad privada, a menos que perteneciera a la comunidad judía. La emigración forzada por las persecusiones, las deportaciones y la “arianización” de las empresas judías, llevaron efectivamente a una nacionalización de sus propiedades. Pero la medida solo afectó a los judíos, y nunca a los ciudadanos alemanes, muchos de los cuáles se beneficiaron con estas medidas tomadas en contra de sus vecinos judíos. Tendremos oportunidad de analizar este tema en profundidad, más adelante.
17. Exigimos la reforma de la propiedad rural para que sirva a nuestros intereses nacionales; la sanción de una ley ordenando la confiscación sin compensación de la tierra con propósitos comunales; la abolición del interés de los préstamos sobre tierras y la prohibición de especular con las mismas.
En consonancia con el punto anterior, la propiedad rural, tanto como la comercial, debían estar al servicio de la Nación alemana. El Movimiento Nacionalsocialista daba una gran trascendencia a la producción rural. Sabemos que tenían una política crítica respecto de las grandes aglomeraciones provocadas por el urbanismo y pretendían una “vuelta a la naturaleza”, a privilegiar la producción agrícola para con ello alimentar al pueblo. Daban importancia a volver a trabajar la tierra, “el suelo alemán”. Más que una política económica fue una ideología filosófica sobre la formación de la nueva raza alemana.
Proponen entonces confiscar sin indemnización la tierra para aplicarla a fines “comunales”. No definen qué son “fines comunales”, pero se debe entender que pretenderían dar esa tierra a familias de colonos alemanes que debían trabajarla y producir. También puede ser vista como una medida tendiente a frenar la creciente cantidad de parados en las ciudades de la Alemania de la post guerra.
Estas medidas, de claro corte socialista, se combinan con el resto del punto 17, que exige la prohibición de especular con la propiedad rural (tanto como con la comercial), y la abolición de los intereses de los préstamos dados sobre tierras. Este último aspecto se refiere, seguramente, a los préstamos con hipotecas sobre las tierras. Nuevamente vemos una medida cuyo objetivo parecían ser los judíos, a quienes se acusaba de usureros y prestamistas, explotadores, que, en definitiva lograban quedarse con la propiedad rural cuando el dueño no podía pagar los intereses usurarios. En la visión nacionalsocialista, el judío seguía especulando con la propiedad rural y corrompía de este modo la economía de Alemania.
18. Exigimos la persecución despiadada de aquellos cuyas actividades sean perjudiciales al interés común. Los sórdidos criminales que conspiran contra el bienestar de la Nación, los usureros, especuladores, etc. Deben ser castigados con la muerte, sean cuales fueren su credo o su raza.
Es éste uno de los “puntos” más claros de este Programa político en análisis. Los nazis se caracterizaron, a partir de su llegada al poder en 1933, por la inmensa vaguedad de sus ordenes, leyes, decretos, reglamentaciones Fueron artífices del eufemismo. La indefinición los caracterizaba. No me caben dudas de que se trata de una estrategia planificada. Dejar las cosas claras crea responsabilidades. La vaguedad permite la especulación y la toma de decisiones por quien debe interpretar aquello que es vago, eximiendo de responsabilidades a quien escribe las vaguedades. Será otro el momento para analizar esta característica. Ahora debemos seguir con este punto 18. Sin embargo cabe aquí esta pequeña introducción por cuanto estamos ante una norma extrañamente clara. Es una de las pocas ocasiones en que podremos encontrar la afirmación del Nacionalsocialismo de que se debe “matar” a determinadas personas. Su permanente eufemismo los llevó a no mencionar el genocidio de los judíos y otros conjuntos de personas. Ese mismo eufemismo los llevó a no mencionar claramente la política de eutanasia de Estado practicada a partir de 1939 con la Aktion T4. Sin embargo estamos ante una norma cuya claridad asombra.
En primer lugar se establece la necesidad de una “persecución despiadada” contra quienes lleven a cabo actividades contrarias a la comunidad, al interés común, al interés del Völk. Nos remitimos a lo explicado al analizar el punto 10. El concepto de “comunidad” será el pilar sobre el cual los nazis construirán la unidad del pueblo alemán detrás de su líder.
Pero además añade que los especuladores y usureros (a quienes hasta ahora había que nacionalizar sus propiedades y expropiar sus campos, conforme puntos 16 y 17), debían ser castigados con la muerte. Sea cual fuere “su credo o raza”. El punto es de carácter general, es decir, se dirige a todo aquel que tenga actividades contrarias a la comunidad, especule sin trabajar productivamente, viva de la usura, pudiendo ser cristiano o judío, alemán o no. Sin embargo no hay que hacer un gran esfuerzo de análisis para saber que se trata de un principio político dirigido contra la comunidad judía. No es menos cierto que muchos alemanes “arios” (conforme la ideología nazi) fueron castigados con la muerte por sus conductas asociales, criminales, homosexuales, u opositoras al régimen. Pero la mención del “credo o raza” lleva necesariamente a pensar en una política racial claramente antisemita.
Insisto finalmente en señalar la claridad de la conclusión de este punto, es decir el castigo con la muerte, ya que no tendremos oportunidad de ver en el régimen nacionalsocialista, ordenes o normas muy frecuentes que expresen lo que “realmente” se ha querido decir o hacer.
19. Exigimos que el Derecho Romano, que sirve al régimen materialista del mundo, sea reemplazado con un sistema legal concebido para toda Alemania.
Se trata de un punto central en el análisis que se pretende en este trabajo. El Nacionalsocialismo creó un sistema legal propio, único en la historia del Derecho, en el cual podremos analizar “leyes injustas”(con el debate que esta expresión misma entraña), la voluntad del Führer como expresión de la ley no escrita, la interpretación de la voluntad del Führer hecha por un mundo de funcionarios y organismos que lo rodeaban (con la subjetividad que esto acarrea), y en definitiva la ausencia total de Ley. Fue el Imperio de la ausencia de Ley, el Imperio del “antiderecho”. Ese fue el “sistema legal concebido para toda Alemania”, al que nos abocaremos en la parte final de este trabajo.
El Derecho Romano es el derecho de la civilización occidental por excelencia. Es la creación jurídica más importante que ha visto el mundo, y el sistema que, más allá de sus falencias, permite que el hombre desarrolle sus actividades e intereses en paz y libertad. Los griegos nos dieron la filosofía, pero los romanos nos dejaron la forma de vivir civilizadamente y resolver los problemas de manera justa. La expresión “Derecho romano” designa en general el ordenamiento jurídico que rigió a los ciudadanos de Roma y del Imperio, y que se extiende hasta mediados del siglo VI d. C., época en que tiene lugar la labor compiladora del emperador Justiniano I, el conocido desde el Renacimiento como Corpus Iuris Civilis. Si bien la expresión “Derecho romano” hace referencia fundamentalmente al derecho privado, lo cierto es que otros aspectos, tales como el derecho penal, el público, el administrativo, caben dentro de la denominación.
El Derecho Romano ha tenido, en especial desde el imperio de Constantino, una fuerte influencia del Cristianismo. Es un derecho que, a pesar de su antigüedad, por sobre todo tiende a proteger al individuo y a la propiedad privada, aún en contra del Estado (conceptos cuyos alcances obviamente no son los mismos que en el siglo XX). Es un derecho que protege al individuo de los daños que se cometan en su contra, obliga al cumplimiento de los contratos, crea el concepto de “responsabilidad” y le da al concepto de “culpa” un alcance de suma importancia imbuido por ideas Cristianas. El rol de la “culpa” aparace recién en la época del Bajo Imperio. La admisión general de la noción de culpa se ha operado paulatinamente, pero el concepto logra afinarse al final del Alto Imperio (para el año 284 de nuestra era). A partir de allí la culpa se consolida como un criterio común de responsabilidad. Una de las razones es que la base espiritual sobre la que se levantaría la máxima categoría de imputación humana y que se extendería al Derecho estaba conformada. Era la moral cristiana. La noción cristiana de “libertad”, de “libre albedrío” gravitó fuertemente en la sociedad romana. La culpa se presenta así como el único factor que reconoce en el hombre ese otro aspecto metafísico (la libertad), y por lo tanto, sólo es causa para lo humano la causa libre, la culpa. Así se edifica la culpa como imputación humana del acto, primero en el plano religioso-moral, traspasándolo al jurídico. La idea de culpa es inseparable de la responsabilidad moral. La generalización de este hecho cultural (la imputación de un hecho como consecuencia de la libertad de obrar y no como consecuencia de la mera causalidad) significó la elevación del hombre dentro de la colectividad y frente a sus semejantes. De la época bárbara se pasaba a la del Derecho. Ese Derecho comenzará entonces a mirar y valorar la intención subjetiva del autor de un hecho, reconociendo que era imposible responder de igual manera en todos los supuestos.
Los juristas nazis rechazaron esta idea de la culpa como factor subjetivo de atribución de responsabilidad por excelencia, ya que ello les impedía objetivar el castigo contra determinadas conductas sin importar el análisis de la culpabilidad. Es una vuelta a la barbarie.
Podríamos decir que el Derecho Romano es el “padre” de los derechos individuales y patrimoniales. Sin embargo toda exaltación del individuo irá contra la ideología del Nacionalsocialismo. El interés del individuo, en su visión sociopolítica, es inferior al de la comunidad y al interés general. La comunidad del pueblo es un verdadero organismo vivo que está por sobre el individuo que es sólo un engranage reemplazable para la vida del Völk.
En el Derecho Romano la expresión “ius” es la que se utiliza para señalar al derecho. Esta expresión se opononía para los romanos a la de “fas”, que designa a la voluntad divina. Esta clara delimitación entre derecho y religión es patente ya en testimonios que datan desde el s.III a. C. Esta idea se contrapone a la ideología nazi. Como veremos más adelante la voluntad del Führer (¿voluntad divina?) es la fuente principal de la ley. El régmien nacionalsocialista desdibujó la delimitación entre derecho y voluntad del líder espiritual.
El Derecho Romano ha sido eminentemente escrito, lo que se contrapone a la marea de ordenes verbales a las que los funcionarios nazis se aconstumbarían. Ley no escrita, justamente por ser sólo la voluntad del líder lo que importa.
Pero por sobre todo el Derecho Romano, imbuido de ideas Cristianas, estaba para los nacionalsocialistas, infectado por el Judaísmo. En efecto, a pesar de lo que podían expresar públicamente, los nazis consideraban al Cristianismo un hermano menor del Judaísmo, con las mismas raíces, y por lo tanto con la misma peligrosidad. Las ideas judeocristianas que influenciaron el Derecho Romano y que le dieron a la Europa continental y a América Latina la base de todos sus derechos, debían ahora desaparecer. Todo esto se traduce en la exigencia de abolir el Derecho Romano como cuerpo normativo.
20. Con el fin de proporcionar a todo alemán competente e industrioso la posibilidad de una mejor educación y promover así el progreso, el Estado abordará la reconstrucción total de nuestro sistema nacional de educación. El plan de estudios de todo establecimiento educativo deberá hallarse de acuerdo con las necesidades prácticas de la vida. El inculcar y hacer comprensible la idea de Estado (Sociología del Estado) debe ser uno de los propósitos fundamentales de la educación y comenzará con el primer destello de inteligencia del alumno. Exigimos que el Estado eduque a sus expensas a los niños dotados de superior talento e hijos de padres pobres, sean cuales sean la respectiva clase u ocupación de estos últimos.
El Movimiento Nacionalsocialista ha sido, antes de acceder al poder y luego una vez en el poder, un movimiento “igualador”. Su tendencia fue claramente igualadora de la sociedad. Es obvio señalar que la igualación solo valía para los arios, los considerados germanos. No habría igualación alguna para los inferiores, los subhumanos, o inclusive para aquellos alemanes inútiles para el trabajo productivo, para las “vidas indignas de ser vividas”, aunque fueran alemanes de pura sangre. Uno de los elementos que muestra a las claras esta tendencia igualadora y sin “clasismos”, es justamente la unificación de la educación para “todo alemán competente e industrioso”. Y como sistema revolucionario, buscaría el cambio de la “vieja” educación por un nuevo modelo educativo. Ese modelo debía estar pensado acorde con las “necesidades prácticas de la vida”. Y para los nazis esas necesidades no pasaban tanto por lo académico sino más bien por una vuelta a los oficios, al trabajo rural, y por sobre todo al cuidado de la salud física para la formación de una raza perfecta. Todo dentro de una idea general por la cual el individuo dejaría de importar y solo formaría parte de un gran cuerpo que sería la “comunidad”, el Völk.
A partir de 1933 las asociaciones de estudiantes en las que coincidían ostensiblemente el privilegio social y el educacional fueron oficialmente eliminadas. La educación igualitaria fue, para el Movimiento Nacionalsocialista, un pilar vital de su política ya que la formación de las futuras generaciones en la ideología del Partido garantizaba la estabilidad del régimen y la total adhesión del pueblo. El 10 de Mayo de 1933 alumnos universitarios de toda Alemania iban a arrojar al fuego toneladas de libros prohibidos y justificarían su vandalismo intelectual como un acto de purificación moral. Había que estandarizar la educación de todos los miembros de la Nación para lograr uniformidad en el comportamiento y la actitud. En lugar de formar ciudadanos reflexivos los docentes de la era nazi (para 1937 el 97% de los maestros pertenecía a la Liga Nacionalsocialista de Maestros), alentaban a sus alumnos a convertirse en “gente de acción”. Bernard Rust, quien fuera Ministro de Ciencia, Educación y Cultura Popular en el Reich, reformó el sistema de escuelas alemanas y las convirtió en escuelas nazis a imagen y semejanza de los campamentos de los guardias de asalto. Basaba los éxitos de los alumnos en la entrega a la causa nazi y en la enseñanza carismática más que en méritos académicos. La educación racial era la base de toda la educación. La conciencia en la propia etnia y el rencor por las demás razas peligrosas para la salud de la problación alemana formaban parte de los manuales básicos. Los jóvenes debían ser educados como humildes eslabones de una comunidad étnica transgeneracional que se perpetuaría a sí misma. “Los organizadores proponían caminatas, deportes y contacto con la cultura vernácula, así como más cantos alrededor de las hogueras para elevar la moral y fortalecer los vínculos étnicos... Alfred Rosemberg exponía que la cuestión no es que los asistentes (a los campamentos y retiros de las distintas organizaciones nacionalsocialistas) enriquezcan sus conocimientos, sino que se equipen física, mental y espiritualmente para comprender la experiencia del nacionalsocialismo... Los pedagogos nazis rediseñaron su enfoque para minimizar el odio racial más acérrimo y potenciar la creación de una “conciencia del nosotros” de la que los considerados racialmente diferentes desapareciera” (58).
Pero obviamente para preparar a la juventud y moldearla en una ideología previamente hay que formar a sus docentes. En 1938 las dos terceras partes de los docentes de Alemania habían estado en campamentos obligatorios asistiendo a cursos de adiestramiento, de un mes de duración, donde se tendía a despersonalizar a los participantes. Todos los docentes de menos de cincuenta años estaban obligados a seguir cursos de educación física. Como es lógico el deporte adquirió una importancia sin precedentes en los programas escolares. Las sesiones de educación física de dos veces por semana fueron aumentadas a tres en 1936 y a cinco veces por semana en 1938. El boxeo se hizo obligatorio en las escuelas superiores. Las calificaciones bajas en educación física podían significar la expulsión de la escuela y la prohibición de seguir estudiando. Otras materias que adquirieron importancia con los nazis fueron historia, biología y alemán. La importancia de la biología estaba dada, obviamente, por el énfasis del régimen en los fenómenos de la raza y la herencia.
Mientras tanto la enseñanza de la religión perdió terreno a pasos agigantados. En 1935 la formación religiosa dejó de ser una asignatura del examen final de la escuela. En 1937 se prohibió a los sacerdotes dar clases de religión en las escuelas. Las clases de religión se redujeron a una por semana para los mayores de doce años, y finalmente durante la guerra fueron completamente suprimidas para todo alumno de más de catorce años. Las ceremonias religiosas a las que los estudiantes estaban acostumbrados pasaron a ser ceremonias del Partido.
Hubo en general en los doce años de gobierno del nacionalsocialismo un descenso marcado y notorio en todos los niveles de la educación. Es notable que la Wehrmacht (el histórico y emblemático ejército alemán), se quejara del nivel de sus reclutas. Sostenían que la juventud alemana había adquirido principios correctos en la esfera física de la educación pero se negaba a extender eso a la esfera mental. El ejército declaraba con crudeza: “muchos de los candidatos a oficiales muestran una falta de conocimientos elementales sencillamente inconcebible” (59).
Se crearon bajo el gobierno nacionalsocialista dos tipos de escuelas especiales en las que se permitía el ingreso a los más aptos, capaces, y que cumplieran con el concepto racial de arianidad. Fueron los sistemas de las Escuelas Napolas y las Escuelas Adolf Hitler. No es ésta pequeña reseña a propósito del análisis del punto 20 el lugar adecuado para profundizar el tema. Simplemente diremos que en estas escuelas de elite no se daba importancia alguna al origen social del estudiante, tendiendo a la igualación social por capacidad. Y era fundamental la capacitación en todo lo atinente a la salud física, los deportes y la camaradería, más que lo estrictamente académido. Estos dos sistemas no eliminaron las escuelas secundarias comunes que siguieron funcionando para el resto de la comunidad.
En lo referente a la extensión de la educación a grupos socialmente no privilegiados, la actuación del régimen fue clara. Cuando se trató de reforzar las debilitadas filas de la enseñanza, las oportunidades educativas se extendieron a estratos sociales antes excluídos; en la preparación de la segunda generación de líderes del partido, las posibilidades económicas que durante mucho tiempo habían hecho de la educación una reserva de la clase media, dejaron, hasta cierto punto, de ser tomadas en cuenta (así en 1940 las Napolas tenían un 13% de alumnos procedentes de la clase obrera -aproximadamente el doble que las escuelas secundarias ordinarias-) (60). La tendencia socialista de la política educativa del régimen nazi aparece nuevamente en estos conceptos.
Finalmente, señalamos que se destaca en este punto 20 en análisis, la idea de que debe ser el Estado quien se haga cargo de la educación de aquellos que tengan un talento superior o bien de los hijos de padres pobres, con indiferencia de sus origenes u ocupación. El Estado debía formar a aquellos que por su capacidad y sin importar clase social alguna, podían ser moldeados en la ideología nazi para ser futuros líderes. Se trata de una idea de corte socialista, progresista, que vuelve a demostrar en muchos aspectos la lejanía de este Movimiento con una ideología estrictamente capitalista.
21. El Estado procurará elevar el nivel general de la salud de la Nación amparando a las madres e infantes, prohibiendo el trabajo de los niños, aumentando la eficiencia corporal mediante la gimnasia obligatoria y los deportes y apoyando sin restricciones a los clubes fundados con el objeto de promover el mejoramiento físico de la juventud.
Es éste un punto totalmente coherente con el anterior. El cuidado de la salud de la población en aras de producir una comunidad racialmente sana. Se observa en especial lo dicho respecto de la importancia de las madres y los niños.
Las mujeres fueron objeto, durante el régimen nazi, de la política de las llamadas “tres K”: “Kinder, Küche, Kirche”. Es decir, la mujer al cuidado de los niños, a la cocina y a la Iglesia. La frase se le atribuye en realidad al último emperador alemán, el Kaiser Guillermo II. Pero fue puesta en práctica por los nazis luego del “liberalismo femenino” de la República de Weimar. La mujer fue efectivamente protegida durante el régimen nazi, pero sólo en tanto y en cuanto debía ser el sostén del cuidado de la familia y la procreadora de la nueva raza superior. Por lo tanto descontamos que el punto 21 hace referencia a la protección de la salud de las madres en este sentido.
El papel de la mujer adquiriría vital importancia por su rol biológico. Las mujeres alemanas obtuvieron del Tercer Reich la reducción de la desocupación en los primeros tiempos, el aumento de la natalidad después y, finalmente, las raciones de comida preferentes. Muchas permanecieron en una feliz inconciencia del hecho de que la función de “paridoras” a las que se las había destinado era una ofensa a su dignidad humana. Muchas otras habrán considerado que la seguridad económica y el culto a la maternidad compensaban sobradamente la discriminación sexual y la muerte política a la que fueron sometidas (61).
Por lo demás, en lo referente a la eficiencia corporal y el mejoramiento físico de los niños y la juventud, nos remitimos a lo dicho en el análisis del punto anterior.
22. Exigimos la abolición del ejército mercenario y la formación de un ejército nacional.
El Tratado de Versalles había prohibido a Alemania tener un ejército de más de cien mil hombres y asimismo estaba vedado el servicio militar obligatorio. Esto se lo impusieron a un país de estricto origen militarista y acostumbrado a la importancia de su ejército nacional. No olvidemos que se dijo de Prusia (el Estado más importante en la formación del Imperio Alemán) que “no es un Estado con ejército, sino un ejército con un Estado”. Los alemanes (y menos los nacionalsocialistas) no iban a digerir tranquilamente esta situación y la aniquilación de su orgullo militar. Su carácter nacionalista iba necesariamente acompañado de una fuerte idea militarista.
El art. 160 del Tratado de Versalles señalaba: “Mediante una fecha que no podrá ser posterior al 31 de marzo de 1920, el Ejército alemán no debe abarcar más de siete divisiones de infantería y tres divisiones de caballería. Después de esa fecha el número total de efectivos del Ejército de los Estados que constituyan Alemania no debe superar los cien mil hombres, entre oficiales y establecimientos de depósitos. El Ejército se destinará exclusivamente al mantenimiento del orden dentro del territorio y el control de las fronteras”. El art. 173 establecía: “El servicio militar obligatorio se suprimió en Alemania. El Ejército alemán sólo puede ser constituido y reclutados por medio de alistamiento voluntario”. El art. 177 prohibía la enseñanza militar: “Establecimientos educativos, las universidades, las sociedades de soldados licenciados, los clubes de tiro o de turismo y, en general hablando de asociaciones de todo tipo, cualquiera que sea la edad de sus miembros, no deben ocuparse con cualesquiera cuestiones militares. En particular, se prohíbe dar instrucciones o el ejercicio de sus miembros o para que puedan ser instruidos en el profesión del ejército o el uso de armas. Estas sociedades, asociaciones, establecimientos educativos y las universidades no deben tener ninguna relación con los Ministerios de Guerra o ninguna autoridad militar”.
Todas estas prohibiciones con muchas otras de carácter militar se conjungaron fatalmente con las durísimas reparaciones económicas impuestas y por sobre todo con el nefasto art. 231 que humillaba a Alemania haciendole reconocer (injustamente a mi entender) su exclusiva responsabilidad en el origen de la Gran Guerra. El texto decía expresamente: “Los gobiernos aliados y asociados afirman y acepta Alemania, la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado todos los daños y perjuicios a los que las potencias aliadas y asociadas a los gobiernos y sus nacionales han sido sometidos como consecuencia de la guerra que les impone la agresión de Alemania y sus aliados”.
23. Exigimos la adopción de medidas legales contra la impostura política deliberada y su difusión por medio de la prensa. Para facilitar la creación de una prensa nacional alemana:
a) Que todos los editores de periódicos y sus asistentes, cuando empleen la lengua alemana, sean miembros de la nación.
b) Que la aparición de periódicos no alemanes no tenga lugar sino en virtud de un permiso especial acordado por el Estado. No será indispensable que tales órganos se impriman en alemán.
c) Que se prohiba por Ley la participación financiera o la influencia de no alemanes en los periódicos germanos, estableciendo como penalidad para los infractores la supresión del periódico y el inmediato destierro de los no alemanes implicados en el asunto.
Debe prohibirse la publicación de órganos cuyos propósitos no contemplen el bienestar nacional. Exigimos que se persiga legalmente a todas las tendencias artísticas y literarias pertenecientes a algún capaz de contribuir a la disgregación de nuestra vida como Nación, y la supresión de cualquier institución cuyos fines estén reñidos con la citada exigencia.
El punto 23 en análisis se refiere a la libertad de prensa y establece la posición del Partido al respecto. Ya hemos tenido oportunidad de analizar lo que Hitler años más tarde escribiría sobre este importantísimo tema.
El punto comienza exigiendo la toma de “medidas legales” (lo cual no sería por cierto una práctica común para los nazis cuando requerían alcanzar un objetivo, a excepción de la existencia de leyes sancionadas a medida para sus fines) a efectos de evitar el engaño político deliberado y su difusión al pueblo alemán. Para tomar medidas legales antes hay que tener las normas que permitan tal aplicación. Y la República de Weimar se había caracterizado, dentro de un mundo en el cual la libertad de prensa no tenía los alcances de la actualidad, por su amplitud de criterio y permisividad. No había pues normas que prohibieran en general la difusión de ideas políticas. De allí la exigencia puntual que hace el Partido Nacionalsocialista en los items a, b, y c de este punto.
La idea matriz es la creación de una “prensa nacional alemana”. Para ello el item “a” establece que los editores de periódicos y sus asistentes debían ser miembros de la nación alemana. Pero hasta allí esto se hacía exigible cuando redactaran en idioma alemán. Ser miembro de la nación alemana es sinónimo de ser ciudadano alemán. Debo remitirme a lo expuesto al analizar el punto 4 de este programa político. Es decir, que sólo un miembro de la nación alemana, un ciudadano alemán, por lo tanto un ario por sus antecedentes de sangre, podría publicar periódicos en idioma alemán. La gran masa del pueblo alemán no hablaba otro idioma que no fuera obviamente el natural de origen. Por lo tanto la prensa editada en otros idiomas tendría una nula influencia sobre el “Völk”.
El item “b” va cerrando el circuito. Allí se establece que los periódicos editados en otros idiomas (cuyos dueños podrían ser no alemanes) deberían requerir un permiso especial del Estado para poder aparecer. El Estado sería entonces quien discriminaría qué periódicos editados por “no alemanes” podrían leerse en otros idiomas. Es imaginable que podrían subsistir sólo los “amigos” del Estado.
El item “c” va aún más allá que el “a” y está directamente apuntado no ya a los “editores” sino a los verdaderos dueños de los periódicos, los inversores, aquellos que tienen participación financiera en la edición de los mismos. Sólo los alemanes, ciudadanos del Estado, podrían tener esas participaciones, financiar periódicos, cuando los mismos se editaran en idioma nacional. En caso de que se incumpliera esta norma se cancelaría el periódico y se podría expulsar del país a los infractores no alemanes.
Entonces tenemos, periódicos en idioma alemán sólo editados por ciudadanos arios, imposibilidad de financiar periódicos para los no arios cuando sean en idioma alemán, y finalmente los periódicos editados en otros idiomas con la venia expresa del Estado. El control y cercenamiento de la libertad de prensa sería, como vemos, un punto alto en la política del Nacionalsocialismo. De allí su obsesión, como todo totalitarismo, por controlar aquello que podían leer las masas.
En el último párrafo de este punto se exige la prohibición de todo medio que no tenga como finalidad el “bienestar nacional”. Es obvio señalar que serían el Partido y el Estado (en esa gran confusión entre ambos que produjo el nazismo) quienes definirían los alcances y límites del bienestar de la Nación. El bienestar nacional es un concepto sumamenta elástico, vago, laxo, acomodable a distinstos momentos y circunstancias. La vaguedad de los conceptos -y fundamentalmente el eufemismo en la terminología utilizada- es una característica típica que mantendrá el Partido Nacionalsocialista en toda su existencia, más aún siendo gobierno en Alemania. La unidad de la nación, del pueblo, del Völk, en definitiva la “comunidad” del pueblo, vuelve a transformarse en un organismo vivo independiente y superior a quienes lo conforman y por cuyo bienestar y “salud” se debe velar. Dentro de los medios de difusión masivos no solo los nazis atienden a los medios gráficos (diarios, periódicos), sino como vemos atacan también a las tendencias artísticas y literarias que no se encuentren “coordinadas” con la ideología nazi del bienestar de la nación alemana. En conjugación con ello exigen entonces la eliminación de cualquier institución que no esté alineada en la misma idea.
Todos estos temas relativos a la prensa, lo artístico, lo literario y las instituciones u organizaciones existentes en la República de Weimar, y sus cambios a partir del 30 de Enero de 1933, darían pie para escribir un libro extenso. No es esa la idea en este trabajo. Pero se debe hacer una somera mención a cómo los nazis pusieron en práctica dramáticamente este punto 23 cuyos conceptos hacen a las libertades individuales.
Antes de la toma del poder por los nazis, Alemania poseía no menos de 4.700 diarios de diferente audiencia. Ya para 1942 uno de los fundadores del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores, Max Amann, se convirtió en el primer magnate periodístico de Alemania (y seguramente del mundo), controlando el 82 por ciento de la prensa del país. El “Völkischer Beobachter” fue el periódico oficial del Partido y la punta de lanza del imperio periodístico de Amann. La prensa nazi tenía el control casi absoluto de los medios gráficos. La prensa socialdemócrata y comunista desapareció totalmente después de la toma del poder, siguiéndole de cerca en este destino los diarios católicos. Sin embargo se permitió que siguieran existiendo algunos periódicos liberales de gran reputación (el “Frankfurt Zeitung” o el “Berliner Tageblatt”) ya despojados de su anterior relación con grupos económicos judíos. El Partido había impuesto como forma de control y censura previa, las “reglas del lenguaje”, es decir directrices contenidas en instrucciones del Ministerio de Propaganda y transmitidas a todas las redacciones de periódicos del país. Allí se establecía en qué terminos debían referirse las notas en determinados temas, o bien qué personas públicas debían mencionarse con agrado y cuáles otras no podían siquiera ser nombradas. Las purgas de periodistas y las medidas de “coordinación” ideológica entre los medios y el Partido crearon serios trastornos que anularon totalmente en la práctica la libertad de prensa. Del total de 4.700 diarios en el momento de la toma del poder, diez años más tarde solo aparecían menos de 1.000 diarios, lo que marca en parte el declive de la vida intelectual de Alemania durante el nazismo.
Por otra parte la literatura fue el campo de las artes en que la toma del poder por los nazis tuvo sus efectos más inmediatos. Unos dos mil quinientos escritores abandonaron el país voluntaria u obligadamente. Entre ellos había ganadores del Premio Nobel y grandes escritores a nivel mundial. Fue una diáspora única en la historia de la humanidad. A los ojos del mundo autores expatriados como Thomas Mann, Heinrich Mann, Erich Maria Remarque, Jacob Wassermann, Emil Ludwig, Vicki Baum, León Feuchtwanger, Leonhard Frank, Bruno Frank Arnold Zweig, o Franz Werfel, como asimismo los dramaturgos George Kaiser, Ernst Toller, Carl Zuckmayer y Bertolt Brecht siguieron siendo los representantes de la literatura y teatro alemanes. Sin embargo la opinión del mundo ya no era importante para un país cuyo aislacionismo y ensimismamiento cultural era decretado por el gobierno.
Entre los autores prohibidos, además de los nombrados arriba, se pueden contar, entre otros, a Walter Benjamin, Ernst Bloch, Max Brod, Otto Dix, Alfred Döblin, Albert Einstein, Marieluise Fleißer, Sigmund Freud, Iwan Goll, George Grosz, Jaroslav Hašek, Heinrich Heine, Ödön von Horvath, Heinrich Eduard Jacob, Franz Kafka, Erich Kästner, Alfred Kerr, Egon Erwin Kisch, Siegfried Kracauer, Karl Kraus, Theodor Lessing, Alexander Lernet-Holenia, Karl Liebknecht, Georg Lukács, Rosa Luxemburg, Klaus Mann, Ludwig Marcuse, Karl Marx, Robert Musil, Carl von Ossietzky, Erwin Piscator, Alfred Polgar, Ludwig Renn, Joachim Ringelnatz, Joseph Roth, Nelly Sachs, Felix Salten, Anna Seghers, Arthur Schnitzler, Carl Sternheim, Bertha von Suttner, Ernst Toller, Kurt Tucholsky, Franz Werfel, Grete Weiskopf, Arnold Zweig y Stefan Zweig.
No sólo se encontraban autores de lengua alemana en las listas, sino también nombres de autores franceses, como André Gide, Romain Rolland y Henri Barbusse, americanos, como Ernest Hemingway, Upton Sinclair, Jack London y John Dos Passos, y muchos autores soviéticos, como Máximo Gorki, Isaak Bábel, Lenin, León Trotski, Vladímir Mayakovski e Ilyá Ehrenburg.
La literatura nazi se fundamentaría en cuatro grandes pilares que eran la Raza, la Tierra, el Movimiento y la Guerra. De esos temas se podía escribir, siempre que la producción de la pluma del autor estuviese “coordinada” con la ideología nazi. Es casi obvio señalar que el libro más leído y más difundido de la época fue “Mi Lucha” de Adolf Hitler. En 1940 con seis millones de ejemplares vendidos encabezaba muy lejos la lista de best-sellers alemanes.
Al comenzar la guerra en Septiembre de 1939 la demanda de literatura religiosa fue en progresivo aumento hasta 1941. Allí el régimen privó a las editoriales religiosas de papel, negándole en la práctica a las Iglesias la posibilidad de acceder al público lector.
No puede sin embargo terminarse este punto de breve análisis relativo a la literatura, sin mencionar la conocida y famosa quema de libros por los nazis. Si bien se produjeron a partir de la toma del poder por los nazis una gran cantidad de quema de libros prohibidos en diferentes fechas y lugares, la que ha pasado con mayor importancia a la historia y al conocimiento popular es la tristemente célebra quema de libros realizada el 10 de Mayo de 1933 en la Plaza de la Opera de Berlín. Lo singular de esta acción brutal e intolerante es que no fue llevada a cabo por los ignorantes e incultos miembros de las SA, sino por estudiantes universitarios. Fue una acción planeada y realizada por las asociaciones de estudiantes alemanes en la que estudiantes, profesores y miembros del partido nazi echaron al fuego en un acto público libros de autores condenados al ostracismo y la prohibición. Ya durante la República de Weimar la asociación de estudiantes alemanes se encontraba fuertemente influenciada por la ideología del nazismo, y en especial por un acentuado nacionalismo.
El 12 de abril de 1933 se promulgaron las “12 tesis contra el espíritu anti-alemán”. Incluían las ideas y objetivos de la acción que se iba a llevar a cabo, además de denunciar el pensamiento judío, socialdemócrata, comunista y liberal, así como a sus representantes. Las tesis se escribieron en letra gótica y en tinta roja, y fueron expuestas en forma de carteles en las universidades alemanas, además de ser publicadas por muchos periódicos. Es de suma importante el texto concreto de estas tesis, que describen a las claras la ideología de los estudiantes universitarios alemanes de la época:
1.- El lenguaje y la literatura tienen sus raíces en el pueblo. El pueblo alemán tiene la responsabilidad de que su lengua y su literatura sean una expresión pura de de sus tradiciones.
2.- Hoy se abre una contradicción entre la literatura y la tradición del pueblo alemán. Este estado es una ignominia.
3.- ¡La pureza de de lengua y literatura depende de tí! Un pueblo te ha dado su lengua para que la guardes fiel.
4.- Nuestro adversario más peligroso es el judío y aquel que le escucha.
5.- El judío solo puede pensar judío. Si escribe en alemán, miente. El alemán, que escribe alemán, pero piensa de forma no alemana, es un traidor. El estudiante que habla y escribe de forma no alemana, además, es un necio y es desleal a su deber.
6.- Queremos eliminar la mentira, queremos señalar la traición, no queremos para los estudiantes lugares de la irreflexión, sino de la disciplina y de la educación política.
7.- Queremos despreciar al judío como forastero y queremos tomar las tradiciones en serio. Por lo tanto exigimos de la censura: las obras judías se publican en lengua hebrea. Si se publican en alemán, deberán señalarse como traducciones. Intervenciones inmediatas contra el abuso de la escritura alemana. La escritura alemana sólo está disponible para los alemanes. El espíritu anti-alemán será eliminado de las bibliotecas.
8.- Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para el conocimiento independiente y las decisiones propias.
9.- Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para mantener la pureza de la lengua alemana.
10.- Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para superar el intelectualismo judío y las ideas decadentes liberales asociadas en la vida espiritual alemana.
11.- Exigimos la selección de estudiantes y profesores según la seguridad de su pensamiento en el espíritu alemán.
12.- Exigimos que la educación superior alemana sea un baluarte de las tradiciones y un campo de batalla para la fuerza del espíritu alemán.
La quema simbólica de libros fue una de las primeras manifestaciones cuasi litúrgicas de los nazis luego de tomar el poder. Para los estudiantes era un acto de purificación del espíritu alemán que entregaba a las llamas el objeto de su perdición así como en la antigüedad se le daba al fuego una acción purificante y sanadora. El 6 de Mayo se saquearon las bibliotecas y librerías de todo el país y el 9 de Mayo las distintas asociaciones de estudiantes prepararon las “Proclamas del fuego”, que debían ser leídas en medio de la liturgia de quema de los libros “degenerados”. Es importante observar la mística y el carácter ritual del texto que se leería al día siguiente por parte de un representante de los estudiantes, en el acto público, mientras se echaban al fuego sanador los libros de la perdición aria. La Proclamas decían lo siguiente:
1ª proclama: ¡Contra la lucha de clases y el materialismo, por la unidad del pueblo y una actitud idealista!
Entrego a las llamas los escritos de Marx y Kautsky.
2ª proclama: ¡Contra la decadencia y la ruina moral! ¡Por la disciplina y la moralidad en la familia y el estado!
Entrego a las llamas los escritos de Heinrich Mann, Ernst Glaeser y Erich Kästner.
3ª proclama: ¡Contra los bajos ideales y la traición política, por una entrega al pueblo y al estado!
Entrego a las llamas los escritos de Friedrich Wilhelm Foerster.
4ª proclama: ¡Contra el destructivo exceso de valor de la carnalidad, por la nobleza del alma humana!
Entrego a las llamas los escritos de Sigmund Freud.
5ª proclama: ¡Contra la falsificación de nuestra historia y la degradación de sus grandes personalidades, por la devoción a nuestro pasado!
Entrego a las llamas los escritos de Emil Ludwig y Werner Hegemann.
6ª proclama: ¡Contra el periodismo extraño al pueblo y de carácter democrático-judío, por la colaboración responsable en la obra de la construcción nacional!
Entrego a las llamas los escritos de Theodor Wolff y Georg Bernhard.
7ª proclama: ¡Contra la traición literaria a los soldados de la Gran Guerra, por la educación del pueblo dentro del espíritu militar!
Entrego a las llamas los escritos de Erich Maria Remarque.
8ª proclama: ¡Contra la petulante adulteración de la lengua alemana, por el cuidado del más precioso bien de nuestro pueblo!
Entrego a las llamas los escritos de Alfred Kerr.
9ª proclama: ¡Contra el descaro y la arrogancia, por el respeto y la devoción al inmortal espíritu del pueblo alemán!
¡Engulle, llama, también las obras de Tucholsky y Ossietzky!
Solo un pueblo con características muy particulares podía llegar en tan poco tiempo a semejante nivel de fanatismo mesiánico.
Las artes plásticas también sufrieron los horrores de la ideología nazi. Ya en la propia República de Weimar, sobre sus últimos años, existía una tendencia de los antimodernistas de extrema derecha a destruir todo lo creado bajo el liberalismo de Weimar. A partir de la toma del poder por los nazis, rápidamente hay un regreso a lo clásico grecoromano. Hitler, un artista, pintor y arquitecto frustrado, exigió el uso de colores “reales” para describir la naturaleza. Se prohibió el uso de colores diferentes a los que percibía el ojo humano en la naturaleza. El arte debía eliminar toda evocación al dolor o a lo feo (símbolo del triunfo sobre “la fealdad del judío”). A partir de 1936 se confiscaron y destruyeron más de 16.000 pinturas, dibujos, y esculturas, de las que 4.000 fueron quemadas en el patio del cuartel de bomberos de Berlín en 1939.
En 1937 el régimen nazi organizó, a modo de burla con el arte anterior a 1933, una enorme Exposición de Arte Degenerado en Munich. Esta exposición de autores “degenerados” fue el acto más popular de todos los muchos que organizó el Tercer Reich. Se estima que asistieron dos millones de visitantes a la muestra. Las pinturas estaban expuestas en absoluto desorden, sin marcos, de pie o tumbadas, y acompañadas de títulos y explicaciones vulgares. Nunca podrá saberse cuántos de los espectadores fueron llevados por una morbosa curiosidad y cuántos acudieron a dar una última mirada a obras de arte condenadas al olvido y la destrucción.
El “arte degenerado” describía virtualmente todo el arte moderno, que quedaba prohibido en favor de lo que los nazis llamaban “arte heroico”. El arte tildado de “degenerado” fue prohibido en el territorio alemán, menospreciado como “no alemán” por sus connotaciones o influencias bolcheviques y judías. Aquellos tildados de “artistas degenerados” fueron sujetos a sanciones. Esto incluía ser despedido de posiciones en la docencia, prohibición de exhibir o vender su arte, y, en algunos casos, hasta prohibirles el producir obras de arte.
Algunos de los autores “degenerados” eran los siguientes: Ernst Barlach, Max Beckmann, Hans Bellmer, Marc Chagall, Otto Dix, Max Ernst, Otto Griebel, George Grosz, Wassily Kandinsky, Ernst Ludwig Kirchner, Paul Klee, Emil Nolde, Franz Marc, Edvard Munch, Max Pechstein, Karl Schmidt-Rottluff, Gustave Courbet, Eugen Hoffmann, Paul Bindel, Otto Baum, Lovis Corinth, Edwin Scharff. Y los estilos castigados por los nazis fueron el dadaísmo, el cubismo, el expresionismo, el fovismo, el impresionismo y el surrealismo, entre otros.
24. Exigimos la libertad para todas las denominaciones religiosas dentro del Estado mientras no representen un peligro para éste y no militen contra los sentimientos morales de la raza alemana.
El Partido defiende, en su carácter de tal, la idea del cristianismo positivo, más no se compromete, en materia de credo, con ninguna confesión en particular. Combate el materialismo judío filtrado entre nosotros y está convencido de que nuestra nación no logrará la salud permanente sino dentro de sí misma y gracias a la aplicación de este principio.
El Interés común antes que el Propio.
Punto del Programa político dedicado a la libertad reliogiosa. El Nacionalsocialismo se declara un partido laico, no confesional, que no apoya a ninguna confesión en particular, pero defiende “la idea” del cristianismo, lo cual no es lo mismo que defender a la religión cristiana en forma directa. Previamente, en el primer párrafo del punto, se define la libertad religiosa para todos los cultos que no representen un peligro para el Estado o la raza alemana. La única religión que se combatiría, no tanto ya por la religión en sí sino por quienes la practicaban, sería el judaísmo. El partido se declara ya desde su origen, contrario al judaísmo. Esta religión sí representaría para los nazis un peligro para el Estado y la raza alemana.
La supuesta defensa de la libertad religiosa (a excepción claro está del judaísmo) no es sino una declaración acomodaticia y falsa, utilizada sólo para no alejar de las filas de este partido a los millones de alemanes cristianos, ya fueran católicos o protestantes. Los nazis nunca pudieron en este sentido lograr su verdadero objetivo a este respecto, que era crear una verdadera religión racial que volviera a las fuentes de la mitología nórdica y al misticismo pagano. Se puede afirmar que los vedaderos nazis eran paganos. El neopaganismo de los más fanáticos nazis rechazaba la figura de Cristo y la sustituía por el culto a la Naturaleza, centrado en el sol. El culto solar neopagano coincidía a veces con la afición al nudismo, al excursionismo, y a los baños, que se generalizó entre los jóvenes. La actitud del partido ante la religión se basaba en la total oposición de Alfred Rosenberg (quizás el mayor ideólogo del nazismo) al cristianismo en cualquiera de sus formas. Sin embargo, los cortos doce años de gobierno, la necesidad de no generar frentes de conflictos internos durante la guerra, y por sobre todo el colapso catastrófico de los últimos años, impidieron erradicar al cristianismo del pueblo alemán. Pueblo de importantes convicciones religiosas con un tercio de su población católica (especialmente en el sur del país y por sobre todo en el importante estado de Baviera) y dos tercios protestantes (ubicados mayoritariamente en zonas del norte y este del país).
El nazismo cuidó siempre su relación con las Iglesias cristianas, recibiendo por cierto siempre mucho más apoyo de la Iglesia protestante y de sus adeptos, que de la Iglesia católica. Sin embargo es explícito que la intención, luego de ganar la guerra, dominar Europa y haber sacado de la faz de la tierra a los judíos, sería la de encargarse de los cristianos, y someterlos gradualmente a un neopaganismo.
Sin embargo el disfraz de tolerancia religiosa en general y de defensa del cristianismo en particular, eran necesariamente oportunistas. Lo contrario hubiese significado para el Partido en sus orígenes no contar con ningún apoyo de la población, más allá de las distintas clases sociales.
La importancia que los nazis daban al “cuidado” de las relaciones con las Iglesias y en especial con la católica y por ende con el Vaticano, lo demuestra la muy habilidosa maniobra que llevó a la firma del Concordato entre el Reich y la Santa Sede el 20 de Julio de 1933, apenas cinco meses después de que Hitler se hiciera con el gobierno. Este acuerdo diplomático regulaba las relaciones entre ambos estados. Fue firmado por el Presidente de Alemania por aquel entonces, Paul von Hindenburg, a través del Vicecanciller alemán Franz von Papen y el Cardenal Eugenio Pacelli (futuro Pío XII), en nombre del Papa Pío XI. Si bien la firma formalmente es del Presidente Hindenburg, la negociación fue llevada adelante por el Canciller (Hitler) y su entorno. El Concordato favorecía a ambas partes ya que para Alemania significaba el reconocimiento formal de su nuevo gobierno nada menos que por la Santa Sede, con su influencia en el mundo católico, y para el Vaticano era un importante pacto con un gobierno profunda y radicalmente anticomunista que impediría el avance de ese gran peligro anticlerical en un Estado de vital importancia para el centro de Europa, como Alemania; y además defendía la posición de los católicos en un país de mayoría protestante.
El Concordato ha tenido obviamente sus detractores y defensores entre los historiadores. Tiene algunos puntos salientes que, al menos brevemente, es importante destacar.
El Artículo 1 establecía que el Reich alemán garantizaba la libertad de profesión y del público ejercicio de la religión católica y reconocía el derecho de la Iglesia católica de regular y de administrar libremente los propios asuntos, y de emanar, en el campo de su competencia, leyes y ordenanzas que obliguen a sus miembros.
El Artículo 5 protege directamente a los sacerdotes católicos en el ejercicio de su actividad sacerdotal ya que los eclesiásticos gozarían de la protección del Estado del mismo modo como la disponen los empleados del Estado. Esto impediría las ofensas contra sus personas o a su calidad de eclesiásticos, asimismo, impediría que fueran molestados en los actos de su ministerio. Protección por demás importante en medio de un Estado totalitario y con un gobierno que ya tenía en sus manos la concentración del poder.
El Artículo 9 adquiere una importancia relevante en un país donde la delación y las denuncias a la Gestapo y a otros organismos estatales respecto de quienes pensaban distinto del régimen se transformó en una situación habitual. Por este artículo los eclesiásticos no podían ser intimados por los magistrados o por otras autoridades a dar informaciones sobre cosas o materias que les habían sido confiadas en el ejercicio de la “cura de almas”, y que por ello caen bajo el secreto propio de su oficio espiritual. El secreto de confesión se hallaban entonces amparado legalmente.
Sin embargo a partir del Artículo 14 comienza a verse la injerencia del Estado en los asuntos de la Iglesia. Este artículo establece que: 1) Los sacerdotes católicos, que desempeñan en Alemania un cargo eclesiástico o que ejercitan una actividad en la cura de almas o en la enseñanza, deben: a) ser ciudadanos alemanes; b) haber obtenido un certificado de capacitación que habilite para el estudio en una escuela superior alemana; c) haber cumplido estudios filosófico-teológicos en una alta escuela estatal alemana, o en un instituto académico eclesiástico alemán o en una alta escuela pontificia en Roma al menos por un trienio. Aparece aquí entonces tempranamente llevado a la práctica (ya en Julio de 1933) por el Nacionalsocialismo lo relativo a los derechos que otorgaba la ciudadanía alemana y quiénes podían ser ciudadanos alemanes, lo que ya se ha analizado anteriormente. Los sacerdotes católicos debían por ley ser ciudadanos del Reich, su origen germánico no podía estar en duda. No podía entonces haber extranjeros predicando su credo en el país. Alemania para los alemanes también en lo relativo al espíritu y la religión.
Pero además la norma agrega algo de mucha trascendencia como es dónde esos sacerdotes debían haber realizado su formación: en escuelas o institutos eclesiásticos alemanes, o bien directamente en una escuela pontificia de Roma. Esto aseguraba en la práctica que los sacerdotes católicos fueran formados en las ideas que el régimen permitiera.
El mismo artículo 14 continúa con la injerencia del Estado al establecer en un apartado segundo que antes de expedir las bulas de nombramiento para los arzobispos, obispos, y otros prelados, se debía comunicar a un funcionario del Reich, en el estado competente, el nombre de la persona escogida para constatar que no existiesen contra ella objeciones de carácter político general. Esto impediría entonces el nombramiento de sacerdotes cuyas ideas públicas fuesen contrarias al régimen nazi.
El Artículo 16 contiene un verdadero sometimiento de la Iglesia al poder del Estado. La norma señala que los obispos, antes de tomar posesión de sus diócesis, debían prestar, en manos de un funcionario del Reich (Reichsstatthalter) en el estado competente o bien en manos del Presidente del Reich, un juramento de fidelidad según la siguiente fórmula: “Delante de Dios y sobre los Santos Evangelios, juro y prometo, como corresponde a un obispo, fidelidad al Reich alemán y al Estado... Juro y prometo respetar y hacer respetar por mi clero el Gobierno establecido según las leyes constitucionales del Estado. Preocupándome, como es mi deber, del bien y del interés del Estado alemán, en el ejercicio del sagrado ministerio que se me ha confiado, trataré de impedir todo daño que pueda amenazarlo”.
Huelgan los comentarios. Con esta norma los sacerdotes católicos estarían prácticamente obligados a guardar silencio respecto de sus posibles críticas al régimen. Esto no impidió que unos pocos clérigos valientes alzaran su voz en años posteriores para denunciar los abusos de un régimen criminal. Pero bastaría la queja del Estado alemán ante la Santa Sede para que la orden de cumplir el Concordato llegara a los sacerdortes alemanes. La norma se transformaría en una verdadera mordaza para acallar las posibles críticas.
Inmediatamente después de una norma como el artículo 16, llega una concesión del Estado alemán a la Santa Sede sobre un tema conflictivo como es la protección de los bienes de la Iglesia. El Artículo 17 señala que se garantizarán la propiedad y los demás derechos sobre lo propios bienes, de los entes de derecho público, de los institutos, de las fundaciones y de las asociaciones de la Iglesia católica. La Iglesia católica debía callar, pero tenía garantizada la subsistencia y protección de sus bienes. Cada uno podrá sacar de esto sus propias conclusiones. No resulta fácil oponerse a una dictadura, menos a un régimen criminal, pero también es cierto, tal como afirmó Edmund Burke, escritor y político irlandés, que “para que el mal triunfe solo hace falta que los hombres buenos no hagan nada”.
El Artículo 22 vuelve a mostrar la injerencia del Estado. Allí se dispone que la contratación de docentes de religión católica se llevaría a cabo de común acuerdo entre el Obispo y el Gobierno del Estado particular. Es decir que el poder ejecutivo de cada estado que conformaba Alemania debía estar de acuerdo en quiénes impartían clases en las escuelas católicas de ese estado.
La importancia de inculcar a la población la idea del Reich y de la “comunidad del pueblo alemán” se plasma en el Artículo 30. Esta norma obligaba en los domingos y en las fiestas de precepto, en las iglesias catedrales, como también en las parroquiales, filiales y conventuales del Reich alemán, a recitar al final del servicio religioso principal, una oración por la prosperidad del Reich y del pueblo alemán. Es decir que cada domingo los sacerdotes católicos se veían obligados a elevar una oración por el bienestar de un estado anticlerical y criminal.
Uno de los objetivos logrados por el Nacionalsocialismo con la firma del Concordato fue eliminar la posible oposición política católica desarrollada a través del Partido de Centro que fue históricamente el Partido católico alemán. La inclusión del artículo 31 del Concordato es, lisa y llanamente, la aceptación de la mansedumbre política de los católicos alemanes. El Zentrum (Partido de Centro) nunca fue un partido de masas pero en el extremo multiparidismo de la República de Weimar jugó muchas veces un papel trascendente en las alianzas políticas. El Artículo 31 señala expresamente: “Las organizaciones y asociaciones católicas, que tuvieren finalidades exclusivamente religiosas, culturales o caritativas y que como tales dependieren de la Autoridad eclesiástica, serán protegidas en sus instituciones y en sus actividades. Las organizaciones católicas, que, además de los fines religiosos, culturales y caritativos tuvieran también otros fines, por ejemplo sociales o profesionales, sin perjuicio de su eventual inserción en las uniones del Estado, gozarán de la protección de la cual se habla en el artículo 31 párrafo 1, en tanto y en cuanto den garantía de desarrollar sus actividades fuera de todo partido político. El catálogo de las organizaciones y asociaciones, que caen bajo las disposiciones de este articulo, se confeccionará de mutuo acuerdo entre el Gobierno del Reich y el episcopado alemán”.
Sencillamente los católicos alemanes no podían formar organizaciones que tuvieran fines políticos. En la práctica esto marcó el fin del Partido de Centro.
Todo lo dicho en el comentario al artículo 31 se remata en forma coherente con las disposiciones del Artículo 32 que estipula la prohibición de los eclesiásticos y religiosos para pertenecer a cualquier partido político o desarrollar actividades en favor de los mismos. Es llamativa la transparencia de este último artículo que establece una suerte de compensación o devolución de favores entre ambos estados ya que la prohibición antes citada sería dada por la Santa Sede por las garantías creadas por Alemania para salvaguardar los derechos y libertades de la Iglesia Católica. Un claro cambio de favores: Hitler se saca de encima la posible oposición de los católicos y su clero, y el Vaticano resguarda sus bienes y la libertad de profesar su Fé en el “Reich de los mil años”.
Con la firma del Concordato se vivieron algunos años de relación estable entre los católicos y el nazismo. Sin embargo, a pesar de ello, el Nacionalsocialismo promovió actos de persecución y ataque al cristianismo y en especial a la Iglesia católica. En 1935 dejó de ser obligatorio el rezo de las oraciones en las escuelas. En 1936 se declaró obligatoria la afiliación a las Juventudes Hitlerianas de todos los jóvenes de diez a dieciocho años, con lo cual se los alejaba de las organizaciones sociales y deportivas católicas. Entre 1936 y 1937 se sometió a un sector del catolicismo (monasterios y conventos) a una gran campaña oficial de difamación. Cientos de monjes y religiosas fueron llevados a juicio bajo acusaciones que iban desde transacciones monetarias ilegales hasta perversiones sexuales. Goebbels obligó a todos los periódicos del país a publicar íntegramente las crónicas de estos juicios para que tomaran estado público. En 1938 fueron prohibidos en las escuelas el canto de villancicos y las representaciones dramáticas navideñas, la palabra Navidad fue abolida oficialmente durante la guerra y reemplazada por Julfest. El desplazamiento de la cruz, símbolo por excelencia del Cristianismo, fue intentado por distintos medios. En 1937 se ordenó retirar los crucifijos de las aulas. La indignación general hizo que la medida se revocara. Pero durante la guerra se produjo una gradual eliminación de este símbolo de los hospitales y las escuelas. A partir de 1941 fue totalmente suprimida la enseñanza religiosa para los mayores de catorce años. Todas las actividades religiosas no realizadas dentro de las Iglesias pasaron, durante la guerra, a depender de un permiso oficial. Hubo incautación de conventos católicos en Renania y de seminarios protestantes en Württemberg, y finalmente en 1943 se clausuraron editoriales de teología.
En este brevísimo resumen de los ataques del nazismo a las Iglesias y en particular a la Católica, podemos observar, una vez más como tantas, el absoluto desprecio que los nazis tenían por los acuerdos, los pactos, los contratos y la Ley en general. El Estado Nacionalsocialista fue un habitual y consuetudinario incumplidor de todo aquello que había pactado con alguna otra parte. Un verdadero imperio sin Ley (62).
En 1937 el Vaticano esbozó una importante reacción al régimen por parte del propio Papa Pío XI. Emitió una Encíclica dedicada a la preocupación que generaba la situación de los católicos en Alemania. La Encíclica lleva el nombre “Con ardiente preocupación” (“Mit Brennender Sorge”). Está dirigida al clero alemán y en ella se señala, entre otras cosas lo siguiente: “Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos en el espíritu y en las obras; y todo esto en aquella nación y en medio de aquel pueblo al que San Bonifacio llevó un día el luminoso mensaje, la buena nueva de Cristo y del reino de Dios. Esta nuestra inquietud no se ha visto disminuida por los informes que los reverendísimos representantes del episcopado, según su deber, nos dieron, ajustados a la verdad, al visitarnos durante nuestra enfermedad. Junto a muchas noticias muy consoladoras y edificantes sobre la lucha sostenida por sus fieles por causa de la religión, no pudieron pasar en silencio, a pesar de su amor al propio pueblo y a su patria y el cuidado de expresar un juicio bien ponderado, otros innumerables sucesos muy tristes y reprobables. Luego que Nos hubimos escuchado sus relatos, con profunda gratitud a Dios pudimos exclamar con el apóstol del amor: No hay para mi mayor alegría que oír de mis hijos que andan en la verdad (3Jn 4). Pero la sinceridad que corresponde a la grave responsabilidad de nuestro ministerio apostólico y la decisión de presentar ante vosotros y ante todo el mundo cristiano la realidad en toda su crudeza, exigen también que añadamos: No tenemos preocupación mayor ni más cruel aflicción pastoral que cuando oímos: Muchos abandonan el camino de la verdad. Cuando Nos, venerables hermanos, en el verano de 1933, a instancia del Gobierno del Reich, aceptamos el reanudar las gestiones para un concordato, tomando por base un proyecto elaborado ya varios años antes, y llegamos así a un acuerdo solemne que satisfizo a todos vosotros, tuvimos por móvil la obligada solicitud de tutelar la libertad de la misión salvadora de la Iglesia en Alemania y de asegurar la salvación de las almas a ella confiadas, y, al mismo tiempo, el sincero deseo de prestar un servicio capital al pacífico desenvolvimiento y al bienestar del pueblo alemán. ... Sin embargo, el fin de la presente carta, venerables hermanos, es otro. Como vosotros nos visitasteis amablemente durante nuestra enfermedad, así ahora nos dirigimos a vosotros, y por vuestro conducto, a los fieles católicos de Alemania, los cuales, como todos los hijos que sufren y son perseguidos, están muy cerca del corazón del Padre común. En esta hora en que su fe está siendo probada, como oro de ley, en el fuego de la tribulación y de la persecución, insidiosa o manifiesta, y en que están rodeados por mil formas de una opresión organizada de la libertad religiosa, viviendo angustiados por la imposibilidad de tener noticias fidedignas y de poder defenderse con medios normales, tienen un doble derecho a una palabra de verdad y de estímulo moral por parte de Aquel a cuyo primer predecesor dirigió el Salvador aquella palabra llena de significado: Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos...”.
La Encíclica, si bien con terminología diplomática, es clara y advierte sobre los peligros de un régimen persecutorio. Muy probablemente esta reacción haya conseguido frenar, no eliminar totalmente, los ataques del nazismo a la Iglesia. Sin embargo no tendría el clero cristiano en general la misma actitud de condena y denuncia frente a otros atropellos, aún mucho peores, que cometería el nazismo.
25. Para realizar todo lo que precede, exigimos la creación de una poderosa autoridad central del Estado; incuestionables atribuciones del parlamento políticamente centralizado sobre toda la Nación y sobre su organización, y la formación de una Cámara representando a las clases y profesiones, con el propósito de poner en práctica en los diversos estados de la confederación las leyes generales promulgadas por la autoridad.
Es este el último punto del programa político del Partido Nacionalsocialista. Para llevar a cabo estas políticas en sus más diversos aspectos, pero en especial en lo que respecta a las cuestiones raciales, era necesario construir un Estado fuerte, con gran autoridad centralizada dirigiendo la vida de los demás estados confederados que conformaban Alemania y obviamente la de aquellos que conforman la llamada “comunidad del pueblo”. Un Estado con injerencia en todos los aspectos de la vida de los alemanes y aquellos no alemanes que habitaran en su suelo. Un Estado que totalice y aglutine las voluntades del pueblo. Un Estado “totalitario”. Sin embargo el nazismo fue mucho más que un mero estado totalitario.
II.2) Manifiesto Oficial del Partido sobre la Posición del NSDAP con respecto a la población campesina
y a la Agricultura (6 de Marzo de 1930)
Con bastante posterioridad a los 25 puntos, ya analizados, el Partido emite un documento oficial que fija la posición con relación a la política agropecuaria, de vital importancia para un país que pretendiera darle alimento a su pueblo, en plena expansión, y con la idea del “espacio vital” por delante. Por lo tanto este Manifiesto forma parte de la plataforma política del nacionalsocialismo.
Veremos brevemente las ideas que se desprenden de dicho documento.
1) Importancia de la población campesina y de la Agricultura para Alemania.
La Nación Alemana obtiene una cantidad considerable de los víveres que necesita para su subsistencia merced a la importación de sus productos alimenticios procedentes del extranjero. Antes de la Gran Guerra lográbamos pagar dicha importación con nuestro comercio y con los intereses de nuestros capitales colocados en el extranjero. El resultado de la guerra puso fin a esta posibilidad.
Hoy estamos pagando nuestras importaciones de víveres principalmente con la ayuda de empréstitos extranjeros, que endeudan cada vez más a la Nación, hipotecando su patrimonio en favor de los financistas internacionales que le suministran los créditos.
De continuar las cosas como en la actualidad, el pueblo alemán se irá empobreciendo en medida cada vez mayor. La única posibilidad de escapar a esta esclavitud radica en la capacidad de Alemania para producir por sí misma los alimentos esenciales. El aumento de la producción agrícola constituye, por consiguiente, una cuestión de vida o muerte para el país.
Además, la existencia de una población rural económicamente sana y grandemente productiva es condición indispensable para la prosperidad de nuestra industria, que en lo porvenir habrá de contar cada vez más con las posibilidades que le brinda el mercado interno.
También contemplamos a la población campesina como al depositario de la herencia de salud, fuente de la juventud de la Nación, y como la espina dorsal de sus fuerzas armadas.
La existencia de una clase rural eficiente, cuya importancia crezca a medida que aumente la población general del país, es un punto esencial del Programa Nacionalsocialista, porque nuestro Movimiento tiene en cuenta el bienestar de nuestro pueblo representado por las generaciones futuras.
Con relación a este primer punto del Manifiesto se debe señalar en primer lugar la preocupación que generaba para 1930 al Nacionalsocialismo el nivel de endeudamiento de Alemania y la necesidad de producir los alimentos esenciales para la población sin depender de las importaciones de los mismos, así como la importancia que el Partido daba a la formación de una clase rural alemana fuerte.
La devastadora hiperinflación que sufrió Alemania en los comienzos de los años veinte, con su punto más alto en 1923, dejó una marca imborrable en la población, con consecuencias trágicas. Como ejemplo diremos que a comienzos de 1922 un dólar tenía un valor de casi 200 marcos, y en diciembre de 1922 llegaba a 10.000 marcos. En Enero de 1923 el dólar pasó a costar 50.000 marcos, en Mayo 150.000 marcos, a finales de Septiembre su valor era de 160 millones de marcos, y para finales de 1923 superaba los 1.000 millones de marcos. Se trata de la cuarta peor hiperinflación de la historia, luego de los casos de Hungría en 1945, Zimbawe en 2008 y Yugoslavia en 1994, en ese orden.
La clase obrera se vio sumida en la más absoluta miseria, y las clases medias sufrieron un grave “desclasamiento” y empobrecimiento general.
Entre 1924 y 1928 Alemania logró revertir este proceso y estabilizar su economía. Sin embargo ese particular desarrollo estaba basado ciertamente en los préstamos recibidos. En 1930 Alemania debía 15.900 millones de marcos oro de los que 14.800 lo eran a corto plazo (el 39% procedía de Estados Unidos y el 15% de Gran Bretaña). Esto dejaba a Alemania en una situación crítica al depender del capital financiero exterior. En 1928 se observaron las primeras caídas en el consumo interior. Alemania reclamaba dinero internacional con altas tasas de interés para liquidar las reparaciones de guerra que le imponía el Tratado de Versalles. En calidad de tal recibió grandes cantidades de dinero a corto plazo, llamado “hot money” por la rapidez con que podía ser reclamado por los acreedores.
Con el “crac” de 1929 la situación de Alemania se agravó notablemente. Se retiraron los préstamos de Estados Unidos que dejaron al Reichsbank casi sin divisas. El desempleo llegó a 1,9 millones de parados. El recuerdo de la hiperinflación de 1923 agravaba el miedo general. Para 1931 la situación iba a ser aún peor. Los fondos extranjeros (que constituían el 40% de los pasivos alemanes) asustados por la tensión social huían del país. En Mayo de ese año Estados Unidos exigió el reembolso de 288 millones de Reichsmarks de créditos extranjeros. Los bancos alemanes comenzaron a quebrar y en Julio se decretó el cierre de todos los bancos y la inmovilización de los créditos extranjeros (63).
Como se puede ver la preocupación esbozada por el Manifiesto Nacionalsocialista en su punto primero distaba mucho de ser simple “propaganda partidaria”.
Alemania siempre había tenido que importar enormes cantidades de alimentos y materias primas. Necesitaba entonces dinero y capital extranjeros para pagar las importaciones y financiar el desarrollo económico. En relación al campo, a la producción agropecuaria, el sector agrario sacó tajada de la hiperinflación al comienzo, ya que podían pagar sus hipotecas en moneda devaluada y hacía suculentos negocios con los ciudadanos hambrientos que acudían a ellos por alimentos. Pero esta espiral inflacionaria no ayudó a resolver los problemas a largo plazo para el campo alemán. El sector agrario fue el primero en sufrir las consecuencias de la Gran Depresión. Los agricultores obviamente le echaron la culpa al “sistema” de gobierno de Weimar. La caída de los precios agropecuarios con la crisis de 1929 sumió a la agricultura en una crisis similar a la de los primeros años de la década de 1920. El sector agrario no disfrutó de los años dorados de la República de Weimar y los agricultores no tardaron en poner la culpa en los políticos socialistas y los judíos. El endeudamiento fue un verdadero azote para la agricultura alemana. Los agricultores no cayeron en las garras de la deuda durante la inflación pero sí inmediatamente después. Deseosos de adquirir más tierras se dedicaron a invertir cuando el negocio les fue bien, y sufrieron las consecuencias cuando los precios cayeron en picada y no pudieron pagar las hipotecas con la crisis de 1929 (64).
Para mediados de la década del veinte se estima que el 60% de los granjeros alemanes vivían de ingresos proletarios, cuando la Gran Depresión vino a agravar aún más la situación. Ya en 1926 la obligada venta de tierras de los agricultores había superado el promedio de antes de la guerra, y entre 1927 y 1932 casi 25.000 granjas fueron subastadas. La República de Weimar impuso aranceles y subsidios para proteger por sobre todo a los grandes productores de cereales de las tierras al Este del Elba. A pesar del apoyo estatal a las instituciones rurales de crédito, los grandes terratenientes obtenían préstamos en condiciones más favorables que los propietarios medios y pequeños. En total los intereses en la década de los veinte eran prácticamente el doble de los que existían antes de la guerra. Asimismo la agricultura alemana triplicó sus costos de trabajo de antes de la guerra. En definitiva la agricultura durante Weimar no aplicó un programa de racionalización que aumentase la producción y redujese costos, sobre todo porque el costo de la maquinaria y de los productos químicos era fijado por la industria. En el punto álgido de la Depresión los precios de los alimentos en Alemania duplicaban a los de otros países, mientras que los agricultores alemanes tenían precios de producción no competitivos al obtener aumentos de productividad que daban lugar a ganancias cada vez menores (65).
Hacia mediados de la década del veinte la Alemania rural hacía mucho que estaba angustiada por una fuga a largo plazo de la tierra y por la competencia de producos extranjeros más baratos. Si bien con la hiperinflación los campesinos lograron cancelar deuda a precios baratos, no tardarían en volver a estar endeudados en especial con motivo de los gravámenes que pesaban sobre ellos. Al desaparecer el crédito barato a largo plazo, estaban obligados a recurrir a crédito caro y a corto plazo. Se produjo un endeudamiento rural crónico. Y eran cada vez más marcadas las diferencias entre los tres millones de campesinos con menos de cinco acres cada uno y los de las tres mil fincas con más de quinientos. En definitiva las subastas y ejecuciones forzadas se conviertieron en moneda corriente entre los campesinos. Hubo más de diez mil subastas de propiedades agrícolas solo en 1931 (66).
Esta era, a grandes trazos, la situación del sector rural en Alemania para finales de la década del veinte.
2) El Estado de hoy descuida a la clase rural y a la agricultura.
La producción agrícola, capaz de ser aumentada, tropieza con graves escollos, porque la insolvencia creciente de los agricultores impide a éstos adquirir las cosas necesarias para el cultivo, y debido al hecho de que la agricultura que no compensa las fatigas del labriego, no estimula a aumentar la producción.
Las razones por las cuales la agricultura no retribuye debidamente los esfuerzos del trabajo habrán de buscarse en lo siguiente:
a) En la política fiscal existente, que agobia a la agricultura con indebidas gabelas. Esto se debe a consideraciones de Partido y a que el mundo judío - que es quien domina en realidad a la democracia parlamentaria de Alemania - desea destruir la agricultura alemana, para tener a nuestra Nación, y especialmente a nuestra clase trabajadora, a su merced.
b) En la competencia de los agricultores extranjeros, que trabajan en condiciones más favorables, y por no existir ninguna política de protección a los agricultores alemanes.
c) En las extravagantes utilidades de los grandes intermediarios mayoristas que se interponen entre el productor y el consumidor.
d) En las abrumadoras tarifas que el agricultor debe pagar en concepto de energía eléctrica y abonos artificiales a empresas dirigidas principalmente por judíos.
La mezquina recompensa del trabajador de la tierra no alcanza para satisfacer las elevadas contribuciones. El agricultor se ve obligado a endeudarse, tomando préstamos a intereses usurarios; se humilla cada vez más al yugo impuesto por esta tiranía y acaba cediendo cuanto posee al prestamista judío. La clase rural alemana está siendo expropiada.
El Nacionalsocialismo sostiene en este punto que la actividad agrícola no compensa los esfuerzos del productor y por ello de ese modo no se estimula un aumento de la producción. Y encuentra las causas de esta situación en cuatro aspectos que, a tenor de lo expuesto en estos puntos, parecen estar bastante acertados. Sin embargo, como siempre, y debido al acérrimo antisemitismo que los caracterizaba, también encontrarán el núcleo de todos los males en el enemigo judío.
Esos cuatro aspectos son: la política fiscal con la imposición de gravámenes exagerados; la competencia de la agricultura extranjera; las enormes ganancias de los mayoristas que se interponen entre poductor y consumidor; y las tarifas inadecuadas por servicios y elementos necesarios para la producción.
El primer y último aspecto mencionado encuentran en este Manifiesto su causa directa en el judío, que impone una política fiscal a través del Parlamento y que maneja la industria que debe satisfacer necesidades del campo para producir. Y de allí se deriva que la clase rural está siendo expoliada y expropiada por el “judío usurero”.
Que la clase rural esuviese siendo expropiada no parece una afirmación del todo falsa. Sin embargo detrás de esta verdad el Nacionalsocialismo completa el cuadro poniendo la culpa en su eterno enemigo, al cual sólo se debe eliminar.
3) En la Nación, tal cual esperamos verla nosotros, se respetarán los derechos del campo y habrá una política agrícola para Alemania.
No puede haber esperanzas de una mejora trascendental en las condiciones de pobreza en que se debate el país, ni un renacimiento de la agricultura, mientras el gobierno alemán esté en realidad dominado por los magnates financieros, ayudados por el sistema parlamentario democrático de gobierno; porque éstos desean destruir la pujanza de Alemania, que radica en el campo.
En el nuevo y enteramente diferente Estado Alemán, al cual aspiramos, los labradores y la agricultura serán tratados con las consideraciones que merecen, en virtud del hecho de que constituyen uno de los principales puntos de apoyo de un verdadero Estado Nacional Alemán:
1) La tierra de Alemania, adquirida y defendida por la Nación Alemana, estará al servicio del país, así en su carácter de morada como en su carácter de medio de subsistencia. Quienes ocupen la tierra la administrarán de manera que satisfaga estas finalidades.
2) Sólo los miembros de la Nación Alemana podrán poseer tierras.
3) Las tierras legalmente adquiridas por los mismos serán consideradas propiedades heredables. El derecho de tener propiedades implica, empero, la obligación de emplear éstas con arreglo al interés nacional. Se establecerán tribunales especiales para vigilar esta obligación; estos tribunales se compondrán de representantes de terratenientes de todas las esferas y de un representante del Estado.
4) La tierra alemana no podrá ser objeto de especulaciones financieras (Cf. Punto 17 del Programa del N.S.D.A.P.), ni proporcionar a su propietario un ingreso inmerecido.
Solamente podrá ser adquirida por aquél que se proponga cultivarla por sí mismo. Por lo tanto, el Estado tiene derecho de prioridad en toda operación de tierras.
Está prohibido hipotecar la tierra a prestamistas particulares. Los préstamos necesarios para el cultivo serán acordados al agricultor en condiciones fáciles, por asociaciones reconocidas por el Estado o por el Estado mismo.
5) El Estado percibirá derechos por el uso de la tierra, conforme a la superficie y calidad de la propiedad. El impuesto a la tierra evitará todo nuevo tributo a la propiedad raíz.
6) No es posible establecer una regla inflexible en lo tocante a la superficie cultivada.
Desde el punto de vista de nuestra política de población, necesitamos gran número de granjas pequeñas y medianas. Así y todo, el cultivo en gran escala desempeña un papel importantísimo y, si conserva una saludable relación con respecto a los establecimientos agrícolas menores, estará justificado.
7) Será necesaria la sanción de una ley de herencia que impida la subdivisión de la propiedad y la acumulación de deudas sobre la misma.
8) El Estado tendrá derecho a incautarse de la tierra, en cambio de una compensación adecuada, en los casos siguientes:
a) Cuando no sea propiedad de un miembro de la Nación.
b) Cuando - a juicio del Tribunal de la Tierra - se compruebe que su propietario no procede, merced a una mala manera de cultivar, de acuerdo con los intereses nacionales.
c) Con el propósito de establecer en ella agricultores independientes en los casos en que el propietario no lo cultive por sí mismo.
d) Cuando así lo exijan fines del Estado que contemplen el interés nacional (verbigracia: comunicaciones, defensa nacional, etcétera). La tierra ilegalmente adquirida (conforme a la Ley Alemana), podrá ser confiscada sin compensación.
9) El Estado tiene el deber de colonizar toda tierra disponible con arreglo a un plan fundado en las altas consideraciones de una política de población. La tierra será adjudicada a los colonos como posesión hereditaria, bajo condiciones que tornen posible la subsistencia. Los colonos habrán de escogerse examinando sus aptitudes cívicas y profesionales. Deberá favorecerse en primer término a los hijos de agricultores que no pueden heredar (ver Punto 7 de este Manifiesto).
La colonización de las fronteras orientales es de importancia suma. No bastará en este caso con el mero establecimiento de granjas; será necesario, además, fundar poblaciones que sirvan de mercado, según la nueva rama de la industria. Ésta será la única forma de crear la posibilidad de que las granjas más pequeñas resulten un negocio conveniente. Será deber de la política exterior de Alemania el proporcionar grandes extensiones para la nutrición y el establecimiento de la creciente población de Alemania.
La primera definición importante para destacar es que la “pujanza de Alemania radica en el campo”. En plena urbanización e industrialización, el Nacionalsocialismo tenía en su espíritu una “vuelta a la Naturaleza”. La combinación de Sangre y Suelo constituía el punto neurálgico de su ideología racial. La idea de que el ario rubio y fuerte viviera de la labranza de su propia tierra, en una vida sana y natural, alejada del proletariado urbano, completaba la pintura.
Sangre y suelo (“blut und boden” en su expresión alemana) se refiere a una doctrina que se centra en el origen étnico, basado en dos factores: la ascendencia (la sangre de un pueblo) y el suelo, en tanto fuente de alimentación por la agricultura y no sólo como “hábitat natural”. La expresión exalta la relación de un pueblo con la tierra que ocupa y cultiva. Por extensión, concede un gran valor a las virtudes de la vida rural y al campesinado como origen racial esencial del pueblo alemán.
Los nacionalsocialistas primitivos, aquellos fundadores de la ideología, estaban convencidos de que la proliferación de grandes centros urbanos era síntoma de la decadencia de una nación (falta de arraigo al suelo y la patria, desplome de la natalidad en las ciudades, derrumbe de la agricultura). Defendían un modelo agrario y rural, no basado en el comercio exterior, sino en la autosuficiencia interna y la relación entre el individuo y la tierra: en lo posible, cada ciudadano alemán debía tener un mínimo de tierra. Para llevar a cabo este modelo etno-agrario, Alemania debía apropiarse también del Lebensraum extranjero (concepto que ya hemos analizado), concretamente en las mejores tierras agrícolas del mundo europeo, Ucrania y otros territorios de la Unión Soviética.
El argentino Richard Walther Darré (nacido en Buenos Aires en 1895 y que llegara a ser ministro de agricultura del Tercer Reich y Director de la Oficina Central para la Raza y el Reasentamiento, y Jefe de los Campesinos Alemanes) fue quien popularizó la frase en la época del ascenso nacionalsocialista. En 1930, escribió un libro titulado “Neuadel aus Blut und Boden” (Una nueva aristocracia basada en la sangre y el suelo), en el cual proponía un programa de eugenesia sistémica, bajo la idea de que la crianza era la única solución para los problemas del Estado. Como vemos ya antes de su ascenso al poder, los nacionalsocialistas buscaban el retorno de las ciudades al campo.
Se define también en esta introducción que la tierra debe estar al servicio del país, ya fuera usada como lugar de vivienda ya como mero lugar de trabajo. El ocupante de la tierra, por el titulo que fuese, la debería administrar teniendo en cuenta este fin.
Sin embargo esto no constituye una “invención” del Partido Nacionalsocialista, sino que ya se econtraba refrendado en la Constitución de la República de Weimar de 1919. Esa Ley Fundamental en su artículo 155 establecía: “El reparto y utilización del suelo serán vigilados por el Estado en forma que se impida el abuso y se tienda a proporcionar a todo alemán una morada sana... El cultivo y explotación de la tierra es un deber de su propietario para con la comunidad. El incremento del valor del suelo que se obtenga sin emplear trabajo o capital en el mismo quedará a beneficio de la comunidad...”. Como se puede ver el uso social de la tierra ya era un deber establecido en la propia Constitución.
El punto segundo establece sí una limitación (no legal ya que solo se trata de un programa político) que no encontramos en la Constitución mencionada ni en otra legislación previa. Esta limitación es absolutamente coherente con lo que hemos revisado hasta aquí en cuanto a los 25 puntos del Partido. La propiedad de la tierra quedaría en forma exclusiva para los alemanes “nacionales”, es decir los miembros de la Nación. Se excluiría entonces a todos aquellos que no fueran ciudadanos alemanes y por sobre todo, a los judíos.
Las tierras así adquiridas por los ciudadanos (arios), serían heredables, pero siempre teniendo en mira el interés de la comunidad (punto tres).
El punto cuarto elimina la posibilidad de que la tierra sea usada para negocios financieros o especulativos. Pero además establece una limitación al derecho de propiedad sobre la misma ya que sólo puede adquirir tierra aquél que la trabaje. Entendemos que cuando el punto dice “cultivarla por sí mismo” no excluye la posibilidad de tener obreros empleados en la actividad rural. Lo contrario llevaría necesariamente a la prohibición de poseer grandes extensiones de superficie, lo que sería contradictorio con el punto seis de este mismo Manifiesto.
Tampoco resulta nuevo lo dicho en relación a que “el Estado tiene prioridad en toda operación de tierras”. La Constitución de Weimar establecía en el mismo artículo 155 ya citado: “La propiedad territorial cuya adquisición sea indispensable para satisfacer necesidades de alojamiento, fomento de la colonización interior y las roturaciones o desarrollo de la agricultura, podrá ser expropiada”.
Finalmente respecto de este punto, se prohibían los préstamos privados garantizados con hipoteca sobre la tierra. En una idea de tinte claramente socialista, y tendiente a evitar la especulación, el crédito debería entonces buscarse en asociaciones aprobadas por el Estado o a través del Estado mismo.
Los puntos seis y siete deben analizarse en conjunto ya que ambos conforman una unidad lógica. La tendencia política del nacionalsocialismo era la de tener en Alemania gran cantidad de granjas individuales, familiares, pequeñas y medianas, en las cuáles cada familia que “volvía a la vida natural” tuviese posibilidad de cultivar su propio sustento. Sin embargo no renegaban de las grandes extensiones. El cultivo intensivo era absolutamente necesario para dar alimento a la población urbana industrial. Sin embargo esas grandes extensiones de tierra tenían que guardar un delicado equilibrio con las granjas familiares. La traducción práctica de ésto es sencillamente evitar las grandes concentraciones de riqueza rural, los grandes terratenientes, y la especulación que podría producirse con una gran concentración del capital agrario en pocas manos.
Más importante aún es lo que se dispone en el subpunto siete de este punto tercero del Manifiesto. Se trata de una norma tendiente a evitar la subdivisión de las tierras en unidades menores como consecuencia del fallecimiento de los propietarios de los campos. La medida tiende a mantener las unidades económicas agrarias intactas. Sin embargo no se establecía en este punto distinción alguna entre grandes extensiones y pequeñas. La medida tiene absoluta lógica, desde el punto de vista de la política agraria, cuando las extensiones son pequeñas y su subdivisión por vía hereditaria trae como consecuencia la pérdida de productividad. Esta idea sí fue puesta en práctica en forma rápida por el nacionalsocialismo al llegar al poder.
El Ministro de Agricultura, Darré, inició ya el 29 de septiembre de 1933, una revolución agrícola con una ley que le valió una gran popularidad a Hitler entre los agricultores. La ley era aplicable sólo a la extensiones de tierras de hasta 30 acres, y creaba la figura del “Bauern” (campesino) cuyo “Erbhofe” (bien hereditario) era indivisible, inenajenable, heredable solamente por el hijo primogénito, inembargable, no hipotecable y estaba exento de impuestos. Como ministro de Agricultura, Darré se convirtió en el Reichsbauernführer (Führer de los Campesinos del Reich). Algunos puntos principales de esta ley eran los siguientes:
- Sólo quien es de sangre alemana o de razas asimiladas puede ser campesino.
- Quien, por sus antepasados paternos o maternos, tiene sangre judía o de color, no es de sangre alemana o de razas asimiladas.
- Antes que la hija tienen derecho a la herencia los nietos, el padre, los hermanos, los sobrinos y sobrinos nietos. El sexo masculino tiene la prioridad.
- Los hijos adoptivos no heredan.
- Se contemplan los casos de pobreza inmerecida en los cuales los hijos menores tienen derecho a habitar el Erbhof del primogénito.
- Tanto el bien hereditario como su cosecha agrícola son inembargables por una deuda de dinero.
En la Alemania prenazi había una fuerte concentración de las areas cultivables. Los “Junkers” (miembros de la nobleza terrateniente de Prusia y del Este de Alemania que dominó Alemania a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX) mantuvieron un fuerte poder político durante la época del II Imperio y también en la República de Weimar. Una sexta parte de los campos cerealeros del este del Elba estaba en manos del 0,5% de todos los agricultores propietarios. Y una sexta parte más era propiedad del 65% del total de agricultores. Predominaban por lo tanto las pequeñas extensiones de menos de 12 acres (casi 5 hectáreas).
Ya en Junio de 1933 el régimen promulgó una ley limitando la tasa de interés de las hipotecas al 4,5% anual y concedió créditos para el mejoramiento de las condiciones de los campos (alojamiento de trabajadores, construcción de silos).
Otro de los objetivos de la política agraria del nacionalsocialismo sería repoblar el campo y dar marcha atrás al éxodo de los trabajadores rurales hacia las ciudades. Nos adelantamos a señalar que no lo lograron. Pero uno de los aspectos que obraban en contra de esta idea era justamente la aplicación de la ley de primogenitura que los propios nazis pusieron en práctica. Las dificultades que padecían los coherederos a causa de la imposición de esta ley no eran solamente de orden matrimonial. Las esperanzas de muchos jóvenes de vida rural se habían centrado en la herencia de un pequeño trozo de tierras paternas, la cual junto con la dote de su esposa en forma de tierra, constituía una pequeña unidad suficiente para vivir de ella. Esas esperanzas se derrumbaron con la aplicación de la ley de primogenitura. Los coherederos desposeídos de sus derechos se unieron entonces al éxodo rural.
El nazismo fracasó en la construcción de su utopía agraria, ya que durante la etapa de paz despobló el campo, que tenía que volver a ser el centro de la vida nacional.
El subpunto ocho establecía los casos en que el Estado alemán podía incautar las tierras con una “compensación adecuada”, es decir la expropiación con indemnización. Se observa en el primer caso apuntado (item a) que el Estado podía proceder así cuando se trataba de tierras de un propietario que no era miembro de la Nación, es decir alguien que no era ciudadano del Reich. En conclusión, los judíos propietarios de tierras serían expropiados, pero debía pagárseles una indemnización adecuada. Si bien es sabido que nunca fueron “adecuados” los precios pagados a los judíos por sus bienes no es menos cierto que en una primera etapa del gobierno nacionalsocialista, esto funcionaría de esa forma. Más adelante la radicalización de las medidas raciales del régimen llevaría a ejecutar las deportaciones forzosas sin pagar precio alguno por los bienes que los judíos abandonaban.
Los restantes casos de incautación de tierras por parte del Estado son claros y no merecen mayor detenimiento en ellos. El item c plantea otra medida para la posible colonización del campo por parte de agricultores independientes cuando el propietario no cultiva la tierra en forma personal.
Finalmente la tierra ilegalmente adquirida podría ser incautada también pero sin compensación alguna.
El subpunto nueve, finalmente, guarda una estrecha relación con la política expansionista del nacionalsocialismo y el ya analizado concepto del lebensraum. La enorme importancia que el Partido otorgaba a la producción de alimentos para la autosuficiencia alimenticia de Alemania, daba lugar a que se propugnara la colonización de tierras disponibles por parte del Estado y su entrega a “colonos”, quienes debían ser seleccionados obviamente por sus aptitudes como ciudadanos (obviamente arios) y como profesionales capaces de trabajar la tierra en pos del interés de la comunidad. Sin embargo la idea está orientada fundamentalmente a la entrega de esas nuevas tierras a aquellos hijos de agricultores que conforme las ideas de primogenitura que ya hemos analizado (y que los nazis pusieron realmente en práctica después), no tenían capacidad legal de heredar la tierra de sus padres. Esos alemanes desplazados de la herencia podrían beneficiarse con las nuevas tierras colonizadas por el Estado.
A renglón seguido el punto en análisis pone el acento en la importancia de la colonización de tierras en las fronteras orientales (con Polonia). Y allí surge claro el concepto expansionista. La captación de grandes extensiones de tierra que permitan la producción de alimento y el establecimiento mismo de la importante y creciente población alemana, iba a depender, según esta idea, de la política exterior de Alemania. Si la que debe intervenir es la política exterior, se apunta desde ahora a una política de agresión hacia el este, ya sea por medios diplomáticos o por vías de facto. Esto pone más clara aún la idea sostenida desde el programa político de los “Veinticinco puntos”, mantenida y clarificada por Hitler en “Mi Lucha”, respecto de lo que sería la búsqueda del “espacio vital” a costa de las tierras del este europeo. Era previsible la política exterior agresiva que utilizaría Alemania una vez rearmada y cuáles serían sus objetivos.
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