Kitabı oku: «Pedestales y prontuarios»
Una severa estatua en una plaza, el piadoso vitral de una iglesia, la simpática efeméride en la portada de una revista infantil representan objetos portadores de significado social, diseñados para transmitir una determinada impronta donde el pasado se temporaliza en un presente épico, perpetuo e inamovible. Desde lo alto del pedestal, el héroe nos asegura que las cosas sucedieron así y no de otra manera, aunque el proceso recordatorio puesto en escena tergiverse el hecho que representa.
El patrimonio conmemorativo tiene como misión didáctica naturalizar un relato convincente e imponer una determinada visión política para glorificar a las elites dominantes, que diseminan estereotipos adecuados a sus intereses, mientras ocultan los prontuarios correspondientes de ciertos personajes encumbrados en pedestales de mármol de Carrara. El arte conmemorativo puede tener mil calificaciones, la única que no le cabe es la de inocencia.
El autor desenmascara, con su agudo análisis y en un estilo ameno, esta sutil operación simbólica que falsea la realidad mediante un discurso verosímil que nos condena a ser pensados con categorías mentales opresoras. En la periferia del mundo, la dependencia no solo es económica…
Si después de la lectura de este libro, la observación de una estatua nos provoca cierta inquietud, su objetivo estará cumplido.

Marcelo Valko es psicólogo egresado de la UBA. Dedicado a la investigación sobre genocidio indígena. Profesor titular y fundador de la Cátedra “Imaginario Étnico, Memoria y Resistencia”. Especialista en etnoliteratura. Investigador de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Integrante del Comité Académico del Simposio Latinoamericano de Ciencias Sociales y Humanidades. Miembro del Núcleo de Producción de Conocimiento Psicología y Pueblos Indígenas de América Universidad de Sao Paulo y ULAPSI. Asesor histórico del Proyecto “Hacia el Bicentenario – Teatro e Historia” de la Comedia de la provincia de Buenos Aires. Conferencista del programa “Café Cultura” de la Secretaría de Cultura de la Nación. Promotor de distintas leyes nacionales y provinciales en relación con los pueblos originarios. Realizó trabajos de investigación en el noroeste argentino, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y México. Ha dictado conferencias en universidades nacionales, de Latinoamérica, USA y Europa.
Sus trabajos han sido publicados en medios locales y del extranjero y merecieron el Auspicio Institucional de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación y de la Dirección General de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, y han sido declarados de interés del Congreso Nacional y legislaturas provinciales. Autor de más de 50 textos, entre los que se destacan sus libros: Pedagogía de la desmemoria, Cazadores de poder, El malón que no fue, Ciudades malditas, ciudades perdidas, Belgrano para chic@s, Descubri MIENTO de América, Viajes hacia Osvaldo Bayer: Anecdotario, Desmonumentar a Roca, Pachamama, Bayer para chic@s y Los indios invisibles del Malón de la Paz.
Marcelo Valko
Pedestales y prontuarios Arte y discriminación desde la conquista hasta nuestros días

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Índice
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo - El arte de la asimetría
Cepos y encepados
Idas, vueltas y volteretas
El extirpador de idolatrías
Futuro de ausencias
Rayos y paracaídas
Asesinos en la Casa del Señor
El otro Bosco
“Un arte opinable”
El poder premia al poder
El Matatodo
El Führer de Yucatán
Una simpática leyenda local
¿Dónde están los indios argentinos?
Sioux en Los Toldos
Bronce sin destino
Palmeras en Tierra del Fuego
Discrimina discriminador
Encuentros, Descubris y MIENTOS…
¿Todo es Historia?
Sobre escobas y extinciones
Naturaleza desnuda
Pensar o ser pensados… esa es la cuestión
Material de archivo Archivos Publicaciones periódicas Siglas empleadas
Bibliografía
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Al espíritu revolucionario de Mayo
“Ved en el trono a la noble igualdad”
Todo lo que nos rodea es falso e irreal, falsa la historia
que nos enseñaron, falsas las creencias económicas
con que nos imbuyeron, falsas las perspectivas mundiales
que nos presentan, falsas las disyuntivas políticas que nos ofrecen, irreales las libertades que los textos aseguran.
Raúl Scalabrini Ortiz
Prólogo
El arte de la asimetría
El piadoso vitral de una iglesia, la simpática efeméride en la portada de una revista infantil o una severa estatua en una plaza representan objetos portadores de significado social diseñados para transmitir una determinada impronta donde el pasado se temporaliza en un presente épico, perpetuo e inamovible. El héroe desde lo alto del pedestal nos asegura que las cosas sucedieron así y no de otra manera. Aunque: ¡oh, sorpresa!, no siempre el proceso recordatorio puesto en escena guarda relación con el hecho que conmemora. Historia y memoria no siempre van de la mano ni significan lo mismo; sin embargo, la reiteración de imágenes y su persistencia a lo largo del tiempo actúan como una sobredosis que nos anestesia y nos acostumbra al corsé de ser pensados por la práctica discursiva en lugar de pensar los hechos.
Los símbolos no ocurren solos, no emergen de la nada. El patrimonio conmemorativo tiene como misión didáctica naturalizar un relato convincente e imponer una determinada visión política para glorificar al segmento dominante que disemina estereotipos adecuados al gusto de su paladar. Es un negocio circular en el que el ideólogo de la estatua es el dueño del poder y por eso la erige para adormecer, autocelebrarse o devaluar situaciones inconvenientes reproduciendo relaciones asimétricas que sobreviven agazapadas en forma explícita en la pureza del mármol de Carrara o en la hermosa transformación de la luz que atraviesa los vitrales. El arte conmemorativo puede tener mil calificaciones, la única que no le cabe es la de inocencia, lo que lleva a Nietzsche a señalar que “la estética subvierte la historia”. Las estatuas arrastran culpas, no son ingenuas en tanto símbolos portadores de un orden que viene de lejos. Incluso Marx en El 18 de Brumario afirma que “la herencia de todas las generaciones muertas acosa la mente de los vivos como una pesadilla”, y en este caso los monumentos constituyen una heredad que no cesa de aturdir con la fingida inmovilidad de la piedra.
Ricardo Rojas (1882-1957) advirtió tempranamente la funcionalidad ideológica de los monumentos y por eso planteó “la pedagogía de las estatuas” para que las mismas accionaran como una suerte de catecismo patriótico propiciando un celoso culto a los héroes. Su objetivo buscaba fomentar la argentinidad frente a la marea inmigratoria que con sus reclamos laborales amenazaban las prerrogativas del patriciado local. La ciudad en tanto objeto impregnado de historia debe aleccionar a propios y extraños sobre la grandeza del pasado robusteciendo un presente nacionalista. En aquellos primeros años del siglo XX en que se instaura el Servicio Militar Obligatorio, Leopoldo Lugones eleva el Martín Fierro al sitial de héroe mítico contradiciendo en apariencia el paradigma sarmientino que afirma que la única utilidad del gaucho consiste en abonar el suelo con su sangre. A esa altura el personaje descripto por Hernández había desaparecido y podía ascender al panteón patrio. Sin embargo, Rojas con su docencia desde el arte pretendía ir más lejos dado que buscaba incluir a los grandes caciques como Calfucurá, una intención que quedaría trunca. Un indio no deja de ser un indio y difícilmente logra evadir el estereotipo con el que fue guionado. Además era demasiado para el rancio pedigree de la elite pese a su cacareado catecismo de argentinidad. Así comienza a emerger una serie de centinelas o mojones de la nacionalidad y de la religión que sostiene el Estado diseminados en espacios públicos a tono con la historia oficial que se transforman en una telaraña difícil de advertir y, por ende, de evadir. En pocos años surgen réplicas de aquel jinete mencionado por Borges “que, alto en el alba de una plaza desierta / rige un corcel de bronce por el tiempo”. Y así la invención del pasado comenzó a ser creída a rajatabla aun por sus propios creadores persuadidos de constituir un legítimo apéndice de Europa.
El acervo recordatorio pone en escena una práctica social de asimetría que pretende domesticar a todos por igual y, aunque aquí, por una cuestión de simpleza didáctica, utilizo ejemplos que guardan relación con el rol de la mujer y grupos considerados subalternos como pueblos originarios y afrodescendientes, disciplina a todos por igual. La peligrosidad de la estatuaria radica en su aparente quietismo donde la belleza que emana de las obras procura obturar nuestra percepción ante la incesante producción de sentido en el que la efeméride funciona como una sutil coartada y el arte oficia como un atractivo anzuelo.
La intención de Pedestales y prontuarios es de-velar, quitar el velo del doble rostro de una historiografía especializada en vanagloriarse de una supuesta objetividad cuando no hace más que hablar con la voz monocorde de un único sector siempre complaciente ante las voces de mando, etiquetando con comodidad vitrinas y estantes mientras ningunea pruebas y documentos. Detrás de la mascarada de asepsia las elites desempeñan un papel trascendente en la elaboración e imposición de imágenes que adjudican características reales o imaginarias para héroes, santos y distintos segmentos sociales. Para ello propongo una mecánica simple, mediante una batería de casos modélicos el lector que por primera vez se asoma a estas cuestiones podrá comprender de inmediato el proyecto del texto. Si bien todos los capítulos se encuentran concatenados, en cada uno de los ejemplos se irán deslizando análisis y conclusiones. De esa forma, quien esté interesado en utilizar el libro como una herramienta didáctica podrá recortar con facilidad los ejemplos que considere más atinados.
Desde hace tiempo colegas y estudiantes me plantearon la necesidad de contar con un material que actúe como soporte del seminario “Imagen y discurso represivo”. Hasta el momento solo había publicado de modo disperso algunos artículos. Recién en 2013 agrupé varios ejemplos en un breve ensayo referido a la Estatuaria oficial como dialéctica disciplinadora, en el que reflexionaba sobre lo peligroso que resulta el patrimonio monumental, la señalética urbana y resaltaba además la tarea de Osvaldo Bayer en pos de desmonumentar al general Roca y otros personajes consagrados como ejemplos a seguir. Esta propuesta es más ambiciosa y busca una mirada global del fenómeno para demostrar lo extendido de una práctica que abarca casi todo el espectro de la imaginería oficial.
Varios casos fueron impuestos por “el azar” de los viajes e incluso algunos fueron “denunciados” por los asistentes de las conferencias. Supongo que este libro tendrá continuidad dada la cantidad de ejemplos que por una cuestión de espacio quedan fuera de esta edición y otros que seguramente saldrán a la luz debido al compromiso de tantos lectores que me emocionan con esa delicada cercanía que solo un libro puede producir, a quienes invito a comunicarse por e-mail a marcelovalko@yahoo.com.ar o vía Facebook a mi nombre.
Un texto de estas características tiene mucho que agradecer. A Marisa Pizzi, Alejandro Valko, Pablo Noriega, Jazmín González, Nelly López, Soledad Castro, Germán Cavallero, Lilen Guillet y Leo Faryluk por su valiosa colaboración. A Gustavo Martínez y Fernando Hadad de la CTA Autónoma de Santa Fe. A los periodistas Alfredo Montenegro, Luisa Valmaggia, Antonio Martínez Noroña y Enrique Coria. Al hermoso empeño de Hernán Nemi, Laura Font, Naty y Claudio Ricartes, Pablo Badano, Isabel Gallina, Marcos Ongini, Marcelo Constant, Valeria Reta, los compañeros de ECOS de Saladillo, Silvia Starcich, Ariel Roldán, Fiti Perrone, Carlitos Blanco, Luis Puentes y Miguel Benestante. A la Editorial Sudestada que viene soplando contra la desmemoria, al documentalista Sebastián Díaz, a Jorge Gurbanov de Ediciones Continente por creer en la Artillería del Pensamiento, a la tenacidad del Centro Gramsci de Santiago del Estero y siempre al Maestro Osvaldo Bayer donde quiera que esté.
Sin más preámbulo los invito a cambiar su mirada sobre las coartadas que encubren las imágenes y su proceso de naturalización que cercena el pasado, restringe los hechos, acota la verdad e inocula un relato intencional que se distancia del episodio que conmemora hasta convertirlo en otra cosa y así, en lugar de pensar, somos pensados por el nefasto sistema que Orwell intuyó en 1984. Si desde ahora la observación de una estatua provoca cierta inquietud, el objetivo del libro estará cumplido.
Cepos y encepados
Felipe Guamán Poma de Ayala no solo fue el primer cronista indígena, sino uno muy particular. Hacia 1580 resuelve escribirle al rey Felipe III, el monarca más poderoso del mundo de aquel entonces. Escribe y escribe durante casi treinta años. Aquello que empezó como una carta termina transformándose en el extenso manuscrito Nueva Crónica y Buen Gobierno,con 1180 páginas y 397 dibujos realizados con increíble economía de trazos que los tornan aún más pregnantes. Este inusual historiador había servido como lengua, es decir, intérprete del dominico Cristóbal de Albornoz cuando encabezó la represión del movimiento de restauración andina del Taky Onkoy. Pese a ser un colaboracionista, quizás no del todo convencido, años más tarde emprende ese relato único, original, una denuncia descarnada. Dada su posición junto al extirpador Albornoz, había sido testigo de crueldades de toda clase perpetradas por funcionarios reales y eclesiásticos contra los indígenas. Al volcarlas en cientos de folios, desliza mucho más del propósito inicial que era advertirle a Felipe III lo que acontecía en estos reynos con sus desgraciados vasallos para que pusiera fin al suplicio. “Escribir es nunca acabar”, dice y las palabras lo llevan cada vez más lejos. Escribe y escribe hasta terminar amonestando al monarca más poderoso de Europa “porque sin los indios, vuestra Majestad no vale gran cosa porque se acuerde [que] Castilla es Castilla por los indios” (Guamán Poma, 1613: 1060).

Para comenzar me voy a detener en una página en la que se explaya sobre una serie de severos castigos corporales ordenados por un corregidor. Guamán Poma hace alusión a las minas de Huancavelica de donde se extrae el tóxico azogue (mercurio) indispensable para amalgamar la plata del Cerro Rico de Potosí. Acusa a los funcionarios “que tienen poco temor de la justicia” y martirizan “de todas formas posibles a los pobres indios”. Los tormentos, como se aprecia en la imagen de la página siguiente vienen acompañados de un largo párrafo donde se explaya sobre las torturas que son bien variadas: colgar al desgraciado por los pies, trasquilarlo, es decir, cortarle el pelo, una grave afrenta a la virilidad, además de no abonarle dinero alguno por el trabajo. Describe a los corregidores como individuos que carecen de “misericordia por Dios”, se aprovechan de sus cargos para “forzar a las mujeres indígenas y desvirgar a sus hijas”. De todo el conjunto de castigos, me interesa detenerme en el cepo que se muestra en el extremo inferior derecho del dibujo realizado “para ilustrar a su majestad”. Sobre el particular, el cronista explica que se mantenía allí al reo durante días “sin darle de comer ni agua” (Guamán Poma, 1613: 540).
Ahora bien, el manuscrito, del que describí apenas unas líneas, data de fines del siglo XVI y muestra un cepo que pese al transcurso de los siglos reaparece una y otra vez para seguir aprisionando a los invisibles de siempre. Por ejemplo, en la araucanía, hacia 1860, el fotógrafo Enrique Herrmann lo capta en toda su cruel dimensión. La imagen se encuentra en el repositorio del Museo Mapuche Juan Antonio Ríos (Chile) que reproduce el texto Mapuche. Fotografías siglos XIX y XX (2001: 179). Este alemán, que tenía su estudio en Santiago y firmaba sus trabajos como B. Herrmann, muestra a un indígena encepado. Se encuentra al costado de una especie de cobertizo, está descalzo, trasquilado y viste un poncho tejido. Lo interesante es que en un último gesto de resistencia logra quitar su rostro al lente de la cámara que únicamente alcanza a captarlo de perfil. Al parecer es un detalle mínimo. Pero es el único movimiento que tiene a su alcance. Y voltea la cara y huye con su rostro para no ser capturado por esa máquina que va a reproducir el castigo y su entereza a través del tiempo.
Para aquel entonces, José Hernández habla de los castigos que le imponen al soldado que en más de una ocasión se trata de un “indio amigo”, ya que los prisioneros eran enrolados a la fuerza en el Ejército. Por ejemplo, Rosas en su campaña utiliza un tercio de indios amigos, y cuando Roca avanza al sur, un sexto de sus tropas tiene esa procedencia. El Martín Fierro cuenta que “aunque no hicieran nada les daban cepiada”, es decir, le imponían el castigo del cepo. En el Museo Udaondo de Luján, existe una habitación que exhibe los maderos de un cepo original en el que aparecen los orificios para tobillos y manos, incluso uno central para el cuello, como observamos en la imagen de la página siguiente.
Casi un siglo después, a comienzos de la década del 40 volvemos a encontrar el mismo castigo y a los mismos prisioneros tal como lo había dibujado Guamán Poma para Felipe III. La fotografía tomada en el noroeste argentino (NOA) pone en evidencia cómo los dueños de inmensos ingenios azucareros imponen el orden a su antojo con sus propias leyes y policías. A principios del siglo XX, el Ingenio La Esperanza de los hermanos Roger y Walter Leach era el establecimiento más importante de la región con 190.000 hectáreas, seguido por Ledesma con 72.279 y La Mendieta con 19.043 (Constant, 2014: 16).

Es necesario detenerse en esta imagen. Además de los comuneros “revoltosos” encepados, vemos al capataz o capanga que luce satisfecho con un cigarrillo en la boca. Exhibe un largo facón a la cintura y un rebenque que junto al winchester era el trío que imponía el statu quo del ingenio y el obraje. A su lado, de traje claro, a tono con su cutis, el amo y señor tiene las manos en los bolsillos y da la impresión de encontrarse un tanto incómodo con un espectáculo que, sin embargo, es la base de su riqueza. No se aprecia el rostro de los prisioneros que expían su condena a la intemperie, a la vista de todos los peones inculcando la pedagogía de la impunidad, en definitiva el terrorismo simbólico que destaco en Cazadores de Poder. Al pie de la foto, alguien escribió con ironía: “Después de las últimas elecciones. En una comisaría de campaña. Bel paese l’América”. Como es sabido, “comisaría de campaña” no es más que un eufemismo que encubre el aparato represivo de cada establecimiento que la imagen ilustra en forma contundente. Los indios que eran llevados a los ingenios u obrajes por las buenas o por las malas carecían de toda clase de derechos y en general, finalizada la cosecha, salían tan pobres como habían entrado. La causa es simple como lo explicita el siniestro Lehmann-Nitsche: “El indígena proporciona la mano de obra barata y fácil de manejar de que se sirve uno cuando la necesita, y que en la época cuando no se trabaja, no ocasiona gastos ni de casa ni de comida” (1907: 54).

En definitiva, vemos al mismo cepo atravesar el tiempo emergiendo una y otra vez. Un desencantado León Felipe advirtió en su propio contexto el espanto de esa espiral laberíntica en unos versos certeros: “¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?”. Se trata de lo mismo. No son hechos aislados, forman parte de un continuum. Rodolfo Walsh comprendió como pocos que los avances sociales no son relatos separados como nos adoctrinan quienes “han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”. La historia no es esquizoide, no es una sucesión de compartimentos estancos. La reiteración cíclica de una problemática que viene de lejos, donde los mismos de siempre se mantienen erguidos en pedestales sin prontuarios en tanto los invisibles no logran abandonar los cadalsos ni las posiciones subalternas, es el tema de este libro.
Idas, vueltas y volteretas
Al igual que una moneda, toda estatua posee dos caras. Una es el símbolo que representa, y la otra es la geografía que ocupa, ya que el espacio no resulta indiferente. En ocasiones, el lugar donde está emplazada puede desvalorizar la obra; en otros, le añade un plusvalor que la potencia. En Ciudades Malditas, Ciudades Perdidas expuse la trascendencia de ciertos territorios que no pueden mensurarse con la vara del sistema métrico. No se trata de un espacio útil, normado, limitado, sino un espacio simbólico. En sintonía con el axioma propuesto por Christopher Tilley en Fenomenología del paisaje podemos afirmar que no existe el espacio sino los espacios. Sitios que no tienen equivalentes. Y en determinados casos muy puntuales logran teñir la geografía de sacralidad. Me refiero a territorios a los que la memoria social reviste de un poderoso simbolismo comunitario tanto por un episodio histórico (Muro de Berlín), un hecho divino (desembarco de Cristo en Nazaret o ascensión a los cielos de Mahoma en el Domo de la Roca) o incluso por estar asociado a una carga de muerte (Auschwitz). Estos últimos, al encontrarse asociados a la crueldad, como la ESMA, buscan ser evitados; en cambio, los otros son sitios valiosos, escasos y, por lo tanto, disputados como la ciudad de Jerusalén por la que pujan y batallan al menos tres religiones hace siglos. Y por ese mismo motivo, tales puntos singulares, acotados, puntuales son reocupados para utilizar en provecho del nuevo inquilino: la sacralidad que emana del sitio. El espacio no reviste interés en tanto lugar en sí, sino en relación con lo humano y por ello es un territorio de uso, de significación. Menciono algunos aspectos para redondear la idea. En la Ciudad de México, el emplazamiento del principal templo de Tenochtitlán fue reocupado por el catolicismo erigiendo la Catedral, cuyos cimientos edificados sobre lo que fue un pantano hoy se están hundiendo tragados por las pacientes fauces de Huitzilopochtli. Se trata de geografías que ejercen enorme fuerza sobre los creyentes, como Santiago de Compostela para la cristiandad, la Kaaba de La Meca para el islam, Sarnath para el budismo o las fuentes del Ganges o Benarés para el hinduismo. En Tepeyac, el cerro donde los mesoamericanos peregrinaban para rendir culto a Tonantzintla (Madre Tierra) fue el lugar donde casualmente apareció la Virgen de Guadalupe. De ese modo lograron neutralizar el potencial anterior, reutilizando la sacralidad espacial en favor de la religión invasora. En Moscú, a poco de la caída de la URSS, la primera marca occidental que instala un local en el corazón de la Plaza Roja es McDonald’s, evidenciando con la exhibición de su logo el aplastante triunfo del capitalismo. En momentos en que escribo estas líneas, la misma cadena de comida rápida acaba de abrir su primera sucursal en Hanói, y así lo que fue una derrota táctica se convierte desde el poder que emana de lo simbólico en un triunfo estratégico. El vencedor siempre procura demostrar su victoria enrostrándole sus símbolos al enemigo vencido apoderándose públicamente de ese espacio arquitectónico cargado de un plusvalor simbólico que lo convierte en único por el residuo de sacralidad que emana del mismo. Pero dejemos atrás Medio Oriente, Tenochtitlán, Moscú o el Ganges y vayamos a un par de ejemplos más cercanos ubicados en pleno centro de la Capital Federal.
La Geografía Sagrada es tan escasa que existen casos en los que se mezquina hasta un pequeño punto donde nadie acepta ceder ni siquiera un metro cuadrado de tierra consagrada. Un ejemplo muy simple de tal avaricia territorial lo tenemos en el centro porteño. Si observamos desde el exterior la nave de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, vemos que en su lateral derecho insertaron un cubículo. Se trata del mausoleo donde yacen los restos del general revolucionario José de San Martín. Por su condición de masón, el clero no permitió que sus despojos descansaran en el territorio consagrado de la Catedral y solo aceptaron adosar ese habitáculo que en la cuidadosa planificación arquitectónica de la Catedral luce como una inserción contra natura debido a la avaricia de sacralidad de su territorio. La Iglesia niega la cuestión con vehemencia. Argumenta que se construyó fuera de la nave del templo debido a la dimensión del mausoleo del Libertador. Sin embargo, la cabeza del ataúd del revolucionario permanece inclinada ligeramente hacia abajo, como símbolo impuesto por la curia para aquellos impíos destinados a arder en las llamas infernales.
El paisaje es neutral hasta que la superficie se accidenta con un suceso que lo despierta del letargo topográfico normado, limitado y mensurable para santificarlo, herirlo o condenarlo. El evento trascendental puede ser un episodio aislado o sucesos concatenados a lo largo del tiempo que irrumpen y se instalan en un espacio como la Plaza de Mayo, un punto del país que convoca a sus ciudadanos desde 1810. Allí la percepción de lo geográfico toma el partido de la memoria y de los recuerdos con los que cada generación tamiza y reconstruye su herencia espacio-temporal actualizándola con agregados, olvidos y sustituciones. Y de pronto, la presencia de una estatua cuya inauguración ajustada al paladar de la época fue celebrada con toda pompa y honor, décadas más tarde se torna problemática y su presencia comienza a objetarse, como el caso de la estatua de Cristóbal Colón ubicada detrás de la Casa Rosada.
No pretendo hacer un historial del extenso debate que se generó de manera inocente o intencional cuando el gobierno de Cristina de Kirchner decidió reemplazar la estatua del almirante por otra de Juana Azurduy. Los trabajos para desmontar la obra del artista italiano Arturo Zocchi (1862-1940) comenzaron en junio de 2013. En aquel momento, un comunicado emitido por la Secretaría General de la Presidencia en el punto siete resumía el asunto: “La Sra. Presidenta de la Nación, Dra. Cristina Fernández de Kirchner, ha entendido que en la sede del Gobierno Nacional, resulta más justo e histórico que acompañe una estatua que representa a una mujer heroína en las luchas por la Independencia de la Argentina y de los hermanos Países de América del yugo colonial de entonces” (Telam, 01/06/2013). En ese entonces, Colón no era tema de debate social como sí lo es desde hace casi dos décadas la estatua ecuestre de Julio Roca ubicada en la Diagonal Sur.
En primera instancia y evidenciando una planificación descuidada pensaron trasladarla a la costa atlántica: “el objetivo del gobierno nacional es mudar el monumento a un paseo que se construirá en Mar del Plata” (Infobae, 29/06/2013), advirtiendo luego que por una cuestión de patrimonio histórico el Colón de mármol tenía prohibido abandonar Buenos Aires. No le pertenecía a la Nación sino a la ciudad capital. Finalmente, resolvieron emplazarla en el Espigón Puerto Argentino de Costanera Norte. Entre tanto, mientras desmotaban el complejo escultórico con muy poco criterio y al parecer con el único objeto de irritar sin más a los defensores de la presencia del almirante, dejaron diseminados durante largos meses los 254 bloques de mármol de Carrara, incluida la estatua de seis metros de don Cristóbal que, victimizado en esa posición, o “volando” sostenido por la grúa que lo quitó como si fuera una remake del film Good bye, Lenin!, fue fotografiado hasta el cansancio. Semejante destrato a una obra que de todos modos sería reubicada evidencia una mala praxis hacia una comunidad tan numerosa como italiana que, por intermedio de Antonio Devoto, había donado la escultura para el Centenario. Entre tanto, cierto periodismo alertaba sobre “la destrucción patrimonial” con títulos catástrofe: “Escándalo por el monumento a Colón” (Perfil, 01/06/2013), “Recurren a la justicia para impedir que se lleven el monumento de Colón” (Clarín, 01/07/2013), “La estatua de Colón sigue tirada detrás de la Casa Rosada” (La Nación, 01/07/2013).
En agosto de 2013 publiqué una nota reprobando la impericia comunicacional del gobierno que, frente a poderosos formadores de opinión como los periódicos citados, invirtió el eje de la cuestión haciendo hincapié en la ida de Colón en lugar de priorizar la llegada de Azurduy (Valko 2013c). En este caso, el orden de los términos afecta al producto. ¿A qué me refiero? La idea fundamental, más que erradicar al almirante del patio trasero de la Casa Rosada, era emplazar allí a una figura de la emancipación. Veamos a qué me refiero.
La geografía que circunda la Plaza de Mayo es el centro neurálgico del poder simbólico del país. A vuelo de pájaro su sacralidad abarca el Cabildo, la austera Pirámide de la Revolución, la estatua ecuestre de Belgrano y la Casa Rosada. Desde allí emerge una línea visual que la conecta con el Congreso Nacional. La Plaza de Mayo es el epicentro político, por ende, que en sus inmediaciones merodee don Cristóbal no es lógico. En cambio, resulta comprensible que, así como el frente de la Casa Rosada está custodiado por la estatua ecuestre de Manuel Belgrano, sea acertado que la parte posterior se encuentre amparada por Juana Azurduy conformando los ejes de un mandala protector de las guerras de independencia.
Finalmente, la estatua de bronce de Azurduy, elaborada por Andrés Zerneri y que fuera costeada por el gobierno boliviano, se inauguró el 15 de julio de 2015 en una ceremonia a la que asistieron Evo Morales y Cristina de Kirchner. Sin embargo, las idas y vueltas no habían terminado. A la polémica sobre la mudanza y el reemplazo se sumó un inconveniente adicional: Juana no estaba terminada. En el apresuramiento por inaugurar la obra no le dieron tiempo a Zerneri para darle el patinado final que no solo le otorga un color definido sino que protege el metal de las inclemencias del tiempo.
Había algo más. A la controversia pública sobre cuál de las dos estatuas merecía ocupar aquel espacio, se sumó la variable estética comparando la representación de Colón, esculpido en mármol de Carrara en Italia por el internacionalmente consagrado Arnaldo Zocchi, frente a Juana Azurduy, elaborada en un galpón de la ex-ESMA por el compatriota Andrés Zerneri con bronce donado por Bolivia. Con un racismo evidente agazapado entre líneas, distintos medios hicieron un festival de sapiencia estética castigando duramente la hechura de la revolucionaria altoperuana: “la obra encargada a Andrés Zerneri no resiste las mínimas pautas de calidad artística. Se trata de una obra mediocre de una elaboración tan pobre como su imagen” (Clarín, 15/12/2015); “el monumento a Azurduy deja mucho que desear en cuanto a calidad estética: no sólo no armoniza con el estilo arquitectónico de la Casa de Gobierno sino que fue esculpido con un material de baja calidadque le da, a poco de inaugurado, un desagradable aspecto de deterioro” (Infobae, 19/01/2018).
El resultado electoral de diciembre de 2015 no hizo más que precipitar las cosas para que la presencia de Juana en el patio trasero de la Casa Rosada tuviera la fugacidad de un cometa. El domingo 16 de septiembre de 2017 a raíz de las obras del Parque del Bajo fue trasladada hasta la Plaza del Correo. Se trata de una relocalización más que curiosa, ya que el actual gobierno de Cambiemos posee una visión histórica muy diferente de la de su antecesor. Si no hubiera sido por una cuestión del enorme costo del traslado, sin duda la habrían invisibilizado arrojándola a espacios menos neurálgicos, como alguna plazoleta ignota del barrio de Barracas, Lugano I y II o el Bajo Flores. Sin embargo, terminan moviéndola apenas unos cientos de metros reubicándola no lejos del emplazamiento anterior, en un sitio de enorme potencialidad perceptiva como es la plaza frente a la ex Secretaría de Comunicación, rebautizada luego Correo Central y aún hoy Centro Cultural Kirchner. Vale destacar que su nueva posición permite una cercanía con el conjunto escultórico que posibilita que el público la aprecie y se tome fotos con la enorme revolucionaria, como con el dinámico sector posterior que Azurduy carga a su espalda, transformándose en una nueva postal turística de la ciudad, contradiciendo la opinión de tanto especialista en preconceptos.

Mientras escribo estas líneas, Juana Azurduy todavía carece del recubrimiento para ocultar la base de concreto. Pasado más de un año del traslado, la desidia del Gobierno de la Ciudad es evidente, apenas culminó los trabajos del patinado para evitar el deterioro, en tanto terminaron de ensamblar a Colón en el espigón de la Costanera Norte donde disfruta del aire del río/mar que lo trajo a este lado del mundo, comenzando la larga noche del Descubri-MIENTO. Algunas organizaciones que le han tomado gusto a la pulseada de que sí y de que no presentaron ante la Corte Suprema un recurso de amparo para que el almirante regrese a su lugar original. Incluso, en diciembre de 2017 se realizó en el Teatro San Martín de la ciudad de Buenos Aires una selección pública para determinar qué obra debía ocupar ese disputado espacio sagrado. El proyecto denominado “Monumental” de las artistas plásticas Sofía Medici y Laura Kalauz contó con el auspicio de la Dirección de Cultura de la Ciudad y realizó en 2017 un concurso público, para el cual fui designado como jurado, donde se invitó a la comunidad a presentar propuestas para ser emplazadas en ese espacio. Mi voto, como consta en actas, fue para Juana Azurduy.
Entre tanto, pocos tienen presente que los bloques de mármol de Carrara de la obra de Zocchi aún lucen las heridas provocadas por el impacto de las bombas que la aviación arrojó en 1955 contra las inmediaciones de la Casa Rosada en el mayor atentado terrorista que registra la historia argentina.
Con sus idas y vueltas, con sus detractores y defensores, las estatuas nos acompañan como si fueran deidades que padecen y participan de las luchas e intrigas de los seres humanos. Nunca están inmóviles. Fingen. Con su puesta en escena nos ofrecen un quietismo que tiene más de simulación que de inocencia. Desde su infinita temporalidad de bronce y de mármol buscan disciplinarnos con modelos a seguir como el severo exorcizador que nos aguarda en un amable jardín franciscano.
El extirpador de idolatrías
El caso que veremos a continuación es, a mi juicio, la muestra más explícita de la práctica de racismo comunitario de nuestro territorio y por ello le destiné una serie de notas preliminares que, si bien breves dado el espacio, fueron útiles para llamar la atención (Valko, 2008a, 2010, 2013b). Hace más de una década tropecé con ella de pura casualidad. Vale la pena rescatar el episodio, ya que muchas veces el azar interviene en las investigaciones, al menos en las mías. Al final de una conferencia en la ciudad de Santiago del Estero, un grupo de asistentes me advirtió que no podía regresar a Buenos Aires sin echarle al menos un vistazo. Así es que esa noche, después de cenar, me llevaron para que pudiera constatar si era tan ofensiva como me habían advertido. Al verla comprendí que el problema es mucho más vasto que la conflictiva estatuaria de ciertos caballos con generales.
Se trata del conjunto escultórico en honor del santo Francisco Solano (1549-1610) emplazado en el jardín del “Convento de San Francisco que fue el principal y más noble durante el siglo XVI y principios de XVII” (Di Lullo, 1960: 14). Este fraile llega a América en 1589 donde comienza su tarea religiosa evangelizando a destajo a muchedumbres de indios. Recorre la zona andina, Tucumán, Paraguay y también Santiago del Estero, donde lo encontramos hacia 1593. Cuando comenzó la construcción del templo franciscano, muchos lo tildaron de “fraile loco” porque orientó la puerta hacia el poniente dando la espalda al caserío. Fue uno de los difusores de “la leyenda profética acerca de que la ciudad sería arrasada”, evento que ocurrió al desbordarse el río Dulce barriendo todo a su paso. El fraile también vaticinó que algún día la ciudad quedaría al frente del convento, como sucede en la actualidad (Di Lullo, 1960: 53).
Solano ejerce su tarea misionera en un periodo oscuro y bien complejo, ya que a fines del primer siglo de la Conquista se registra un abrupto descenso demográfico de la población indígena. El desastre epidemiológico producido por la irrupción de patologías para las cuales los indígenas carecían de anticuerpos, tales como la gripe, el sarampión o la viruela, causó una descomunal caída demográfica a la que debemos sumar matanzas, deportaciones e incluso “las ganas de no vivir”, como lo consigna más de un cronista. Mencionemos un par de datos. Por ejemplo, en 1630 México cuenta apenas con el 3 % de la población que habitaba la región en vísperas de la aparición de Cortés. Por su parte, el Perú de Atahualpa de 1533 con 9.000.000 de individuos se derrumba a 1.300.000 para 1570. Son datos escalofriantes que no son suministrados por indigenistas mexicanos o peruanos, sino por meticulosos demógrafos de las universidades de Berkeley y Los Ángeles basados en los libros de tributos (Borah y Cook, 1963: 100) (Sauer, 1984: 235, 304). Datos, cifras, estadísticas que no logran dar cuenta de lo que sucedió con cada una de esas personas. Aunque es imposible equiparar lo ocurrido en América con las “soluciones finales” aplicadas en el siglo XX a armenios, gitanos, judíos, camboyanos, tutsis, kurdos o bosnios, es innegable que lo sucedido en nuestro continente fue un genocidio de proporciones que se extendió en tiempo y espacio por más esfuerzos que se realicen por edulcorar el Descubri-MIENTO caratulándolo como “Encuentro de dos mundos”.
Los mesoamericanos se convencen de que las enfermedades desconocidas son fruto de una maldición divina. Claro está que semejante “convencimiento” cuenta con la correspondiente orientación teológica, como acontece en México con el franciscano Toribio de Benavente conocido como “Motolinía”, que para explicar el desastre demográfico no tiene mejor idea que asociar a México con el Egipto faraónico castigado por la extraña vara justiciera de Jehová que demuestra su amor por el Pueblo Elegido eliminando niños egipcios que cometieron el pecado de la primogenitura. Con absoluta liviandad, el franciscano Motolinía en su Historia de los indios de la Nueva España revela que la mortandad de los indios es debida a las plagas enviadas por Dios para escarmentar los pecados de toda índole que los salvajes cometen con sus vidas licenciosas. La historia demuestra que, según de quién se trate, el cadáver es el culpable de su asesinato.
A su vez, en la zona andina, Guamán Poma habla con pesar acerca del “milagro de las pestilencias que Dios envía de sarampión y viruelas y garrotillo y paperas y con ellos se han muerto muy mucha gente”. En su extenso manuscrito previene al rey sobre la caída poblacional de manera muy sutil haciendo hincapié en que la baja demográfica traería aparejada una merma en la recaudación impositiva: “Y cómo se perderá la tierra y quedara despoblado y solitario todo el reyno y quedará muy pobre el Rey (…) y no hay remedio… por donde no multiplica ni multiplicarán los indios de este reyno” (Guamán Poma, 1613: 88, 454).
Francisco Solano estaba persuadido de su misión y por eso se dedicó a predicar sin descanso para rescatar las almas de los infieles. Uno de sus recursos predilectos para atraerlos era la música, de hecho en algunos lugares se lo conoce como “el santo del violín”. Destinaba su energía contra aquello que ofendía a Dios y, de acuerdo a su obtuso criterio, casi todo atentaba contra las posibilidades de salvación. Ya afincado en Perú atacó sin tregua hasta “las representaciones teatrales” de los indios, a las que calificaba como “espectáculos demoniacos”. Su orden, como las demás congregaciones, participaba de una verdadera cruzada para liberar al indígena de su ignorancia y sus pecados y ganarlos para el orbis christianus,para lo cual plantearon diferentes estrategias de evangelización para adaptarse a la idiosincrasia de cada parcialidad. Teresa Gisbert cuenta que para la zona andina los agustinos optaban por la sustitución de un símbolo por otro buscando puntos de relación entre la racionalización de las deidades reales o supuestas. Un ejemplo sencillo es identificar a Dios con el Sol y así evitar un rechazo tajante en una región donde la adoración de Inti (el sol) estaba muy enraizada, mientras que los dominicos, siempre temerosos de la deriva idolátrica, ejercían una prohibición total de imágenes paganas, tal como todavía planteaba Juan Meléndez en el siglo XVII para eliminar incluso lo que “provocaba sospecha o leve conjetura”:
Quitarles de los ojos todo aquello no solo que manifiestamente fue ídolo adorado o Huacas celebradas de los antiguos, sino aun aquellas cosas que se puede sospechar, aunque sea con leve conjetura que tiene visos de antigüedad entre ellos y se puede temer semejanza a las otras que adoraban que las tengan por divinas: y así se tiene mandado que no solo en las Iglesias, sino en ninguna parte se pinte el sol, la luna ni las estrellas por quitarles la ocasión de volver a sus antiguos delirios y disparates (Meléndez, 1681: 62).
Por su parte, los jesuitas hicieron hincapié en la racionalización de las deidades reales o supuestas. Demostraban con simpleza que si al sol lo tapa una nube “entonces no es una divinidad poderosa” (Gisbert, 1994: 30). Guillermo Wilde en Religión y Poder coincide al señalar que la orden de Ignacio de Loyola desplegó “astutas estrategias de reutilización conceptual” (2009: 94). En este sentido evidenciaban una posición contraria a los franciscanos que profesaban un profundo recelo en la capacidad de la razón para iluminar cuestiones que tuvieran relación con la fe. Los miembros de esta congregación, cuando desembarcan en Centroamérica, desarrollaron otra táctica evangelizadora que consistía en encontrar puntos de relación entre las creencias locales y la importada. No obstante, como señala Gisbert, las deidades indígenas lograron sobrevivir ocultándose bajo una vestidura cristiana que era difícil de advertir y complejo de desmontar. Como vemos, América fue un campo experimental de la semiología, aunque también debemos reconocer que frente a una concepción indígena de “un mundo contaminado” por lo sobrenatural, donde hasta las montañas se dividen en machos y hembras, la Iglesia acabó por aceptar que existía un límite para la extirpación del mal, una periferia que rozaba las fronteras de lo real habitadas por los sueños, la embriaguez y las visiones, una barrera que era difícil y hasta peligroso traspasar.
Sin embargo, el extirpador de idolatrías y bestialidades homenajeado en Santiago del Estero conocía y en ocasiones traspasaba ese límite sutil, su fama como taumaturgo era innegable y se le atribuyen milagros y magias diversas. El santiagueño Bernardo Canal Feijóo hacia 1932 lo describe como “un santo nervioso y malhumorado. Los actos, milagros y profecías que de él se recuerdan, más bien se justifican por la omnipotencia del Señor de los Ejércitos que por la gracia del padre” (Rossi, 2014: 62). La fama de milagrero y la presión franciscana llevaron a que Clemente X lo beatificara en 1675. Medio siglo después fue canonizado por Benedicto XIII en 1726. Vale aclarar que las distintas órdenes religiosas siempre batallaron solapadamente por la cantidad de santos que integran las filas de unas y otras.
Sus restos descansan en el Convento de Jesús en Lima. En 1970 enviaron a Santiago del Estero una partícula de su cráneo que se encuentra a la veneración de los fieles. Para quienes desconocen semejantes prácticas, tales reliquias (que pueden ser restos humanos u objetos que inspiran fervor, como el Santo Sudario, sangre coagulada de un mártir, fragmentos de la cruz o clavos de la crucifixión) son entidades habituales de devoción. En momentos de las Cruzadas no había iglesia que no se preciara en poseer alguno o varios de estos objetos. De hecho, la partícula del cráneo de Solano viaja a Santiago del Estero con el debido certificado extendido por el cardenal primado del Perú y arzobispo de Lima “autenticando” la reliquia sagrada.
Ahora que sabemos de quién se trata, pasemos por fin a la estatua que honra la actividad que desarrolló Solano y que me llevaron a conocer aquella noche. En Santiago del Estero a principios del siglo XX se creó una comisión de notables que fijaron para el 2 de febrero de 1907 la fecha para presentar los proyectos para el templete anunciándolo en distintos diarios del país. La propuesta elegida fue la del catalán Miguel Blay y Fábregas (1866-1936) que realizó la obra en su taller de Barcelona. La idea era conmemorar en 1910 los tres siglos del fallecimiento del santo coincidiendo también con el Centenario. Finalmente, con casi un año de retraso el conjunto viaja a Buenos Aires y de allí en una hilera de carretas hasta la ciudad de Santiago donde se inauguró el 23 de julio de 1911. Se trata de un grupo escultórico con Solano como figura central tallado en mármol de Carrara (blanco) que se encuentra elevado sobre un pedestal, en tanto, en un plano inferior, lo flanquea una pareja de indígenas fundidos de bronce (oscuros). El fraile, que se yergue en lo alto del soporte de mármol, alza en su mano derecha un crucifijo, mientras que en la otra sostiene un violín. La cruz y el instrumento musical se conjugan de manera perfecta: la música que atare y calma a los salvajes permite luego catequizarlos. Adosado a la plataforma, un indio reducido, parado en puntas de pie, e incluso trepado a un pequeño peldaño se esfuerza por besar las sandalias del santo varón ubicadas a la altura de su rostro. Una de las manos del indígena se aferra al pedestal ayudándose en su intento besador, en tanto que la otra mano sostiene hacia abajo una maza en clara señal de sometimiento. Ya no combate. Pero el indio no está solo. En el otro lateral de la obra que glorifica a Francisco Solano “Patrono de América” se encuentra en cuclillas su mujer pudorosamente vestida amamantando al niño de ambos. El escultor contratado por la curia crea un receptáculo adecuado e interpreta fielmente el mensaje a transmitir. El mármol habla con su pesada y maciza voz de dureza que le otorga a la obra el carácter de “petricidad” como alguna vez señaló Henry Moore para casos similares con su expresión hierática, el santo aparece en toda su potestad mientras el indio exhibe el estereotipado tocado de plumas, en tanto que la mujer queda relegada a la tarea doméstica que le compete de acuerdo a su sexo. Las distintas escenas que componen el conjunto funcionan como ensambles espacio-temporales de un relato uniforme que persigue la reproducción de una sociedad estratificada. Solano con gesto severo propio de un exorcisador alza la cruz poniendo freno a la deriva idolátrica y logra con su violín amansar a los bravos indígenas que no solo deponen las armas, como lo demuestra la posición del hacha, sino que el sometimiento llega a un punto extremo al besar los pies del fraile. Por su parte, la presencia de una única mujer prueba que dejó atrás la poligamia y plasma el modelo de la familia monogámica que impone una ideología que busca concentrar el capital en pocas manos. El conjunto escultórico muestra una sociedad organizada y clasificada en la que a cada uno le corresponde un rol determinado. Ese indio reducido, destinado a hacer producir al encomendero, representa lo que requiere una sociedad semifeudal como la santiagueña de 1910: brazos de trabajo sometidos, prácticamente siervos de la gleba. Pocos días antes de la inauguración del templete, un diario local se jactaba con estos términos: “respecto a la importancia artística de la obra a inaugurar, pocas ciudades del interior podrán ostentar un monumento más bello y de concepción más feliz que el inspirado al escultor Blay” (El Liberal, 10/07/1911: 5).

Hoy la obra que el 25 de junio de 1942 fue declarada monumento nacional (decreto 123.529) es eje de ciertas controversias en la ciudad, como lo pude constatar personalmente. De hecho, una autora local, que en 2014 compila un trabajo en el que rescata las actas de la Comisión de Homenaje Pro Monumento a Solano, formula una cuestión atinada “cuanto de todo esto aún persiste inscripto en prácticas cotidianas, en acceso a lugares de decisión, en asignación de roles dentro del proyecto comunitario y del Estado (…) cumpliendo ese mandato paterno y civilizador que los excluye” (Rossi, 2014: 64). Estos últimos años parte de la sociedad se ha manifestado sobre la ofensiva actitud que presenta al indígena besando los pies de Solano. Una postura inadmisible. Sin embargo, desde el convento franciscano sostienen una visión muy diferente del asunto. Hace más de una década interpelé a uno de los sacerdotes diciéndole: “Padre, mire lo que tienen ustedes allá afuera…”. Sin ruborizarse y mirando a los ojos aseguró que yo estaba equivocado. De ninguna manera la obra de Blay y Fábregas expresa tal sometimiento, sino que el indio brinda una muestra de respeto a la tierra, sus labios no se posan en el cuero gastado de las sandalias del fraile, sino que “besa a la Pachamama en actitud de agradecimiento”. Ruego que el lector vuelva a observar la imagen con detenimiento. ¿Acaso la Madre Tierra tiene distintos niveles? ¿Una cota superior donde se apoyan los pies del fraile y un horizonte inferior donde está des-ubicado el indio y su mujer? Nada más absurdo. La construcción es concluyente desde la misma elección de los materiales. El santo en el afamado mármol de la cantera de Carrara y la pareja indígena en algo más usual como bronce. El religioso está en lo alto, abajo el indígena que en puntas de pie trata de alcanzar con sus labios los pies del franciscano. Se trata de mojones del poder que jamás se cansan en confiscar sueños y tergiversar verdades mientras siembran un letargo de inmovilidad que remite a un statu quo invariable.
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