Kitabı oku: «Puerto Vallarta de película»



Puerto Vallarta de película.
Cine, imaginario urbano y desarrollo local
se terminó de editar en el mes de octubre de 2021
en las oficinas de la Editorial Universidad de Guadalajara,
José Bonifacio Andrada 2679, Lomas de Guevara, 44657. Guadalajara, Jalisco.
Índice
Introducción
Primera parte. El cinematógrafo y el imaginario citadino
Capítulo I. Cine, imaginarios y realidad
Capítulo II. Ciudades, películas y cine
Cine e imaginarios urbanos
La ciudad: morada natural de la industria fílmica
La ciudad como espacio fílmico
Ciudades del cine
Capítulo III. Contexto nacional y ciudades del cine en México
Cine e “identidad nacional”
Escenarios no urbanos: Durango, un caso excepcional
Ciudades mexicanas del cine que no han sido “ungidas” por el cinematógrafo
Ciudades mexicanas que sí han sido “ungidas” por el cinematógrafo
Segunda parte. Puerto Vallarta: ciudad de película
Capítulo IV. La noche de la iguana
Vallarta antes de La noche de la iguana: de la economía primario-exportadora a la economía turística, con prevalencia de la identidad comunitaria
Puerto Vallarta durante la filmación de La noche de la iguana
Prolegómenos y aventuras del rodaje
Impacto inmediato del rodaje en la comunidad vallartense
Capítulo V. De “pueblo a ciudad”. Evolución de Puerto Vallarta después de La noche de la iguana
Fase de “exclusividad” y turismo “residencial”
Fase de “masificación temprana”
Fase de “masificación en expansión”
Fase Stop and Go, barruntos de “diversificación”
Fase de “competencia” con mayor diversidad y oferta inmobiliaria “residencial”
Fase de estabilidad con crisis del imaginario urbano cinemático
Capítulo VI. Retrospectiva general
Screenscape y Puerto Vallarta
Capítulo VII. ¿Qué hacer con el set de La noche de la iguana?
Cong/Innisfree
Matamata/Hobbiton
Tozeur-Nefta/Mos Spa
Casablanca/Rick’s Cafe
Viena/Dritte Mann Museum
Burgos/Sad Hil
Regreso a Puerto Vallarta
Apéndice
Bibliografía
Para Ana
Para Pavel, Paola y Anna Paulina

Introducción
Este libro trata del influjo del cine en la configuración del espacio urbano y la creación de los imaginarios correspondientes. Además, intenta demostrar que los más importantes supuestos que están detrás de la explicación de ese proceso, se han verificado en el caso de estudio de la presente obra: Puerto Vallarta. El cine, en este caso particular, ayudó a “crear” una ciudad, al incidir en el sentido y la dirección de las transformaciones que sucedieron en un pequeño pueblo serrano típico, una hermosa “villa de pescadores”, situada en el litoral del Pacífico mexicano.
Cuando se habla del cine, evidentemente la referencia es la famosa cinta que se filmó en Puerto Vallarta en el relativamente lejano año de 1963. Tanto que, a pesar de las casi seis décadas transcurridas, hablar de Puerto Vallarta es referirse a la película La noche de la iguana. A despecho del tiempo y de los relevos generacionales, amén de la evidente transformación de la ciudad en el periodo mencionado, esta película sigue moldeando el imaginario urbano de los vallartenses y forma parte de su identidad colectiva, aunque no sea, ni de lejos, con la misma intensidad.
Cuando se dice que la ciudad fue también “creada” por el cine, se asume que la ciudad es la concreción espacial de relaciones, símbolos y discursos sociales: que “es una entidad social con forma espacial”, como diría Simmel. En las páginas de este trabajo se argumenta que el imaginario urbano surgido a partir de la histórica filmación de La noche de la iguana, además de contribuir a la identidad colectiva, estructuró la imagen percibida del antiguo poblado y proyectó una imagen idílica de la ciudad, contribuyendo al mismo tiempo a la articulación del imaginario turístico de la “demanda” y del atractivo internacional de Puerto Vallarta.
El libro pretende dar cuenta de estos fenómenos y buscarles una explicación razonable, hasta donde sea posible hacerlo. También quiere dar seguimiento a su evolución en el tiempo, y obtener las conclusiones más inquietantes de la dirección que siguió el desarrollo local, dada la lógica que se le impuso a la ciudad, con el transcurso del tiempo. Se verá que el rumbo impuesto por la fuerza de los hechos, ha provocado una crisis en el imaginario fundante del destino y ha comprometido su principal patrimonio, tanto urbano como social y medioambiental.
Se puede intuir ya que este libro asume conjeturas que seguramente no son compartidas por muchos estudiosos de la historia regional de Puerto Vallarta. La idea de que La noche de la iguana tuvo un rol crucial para el desarrollo de la ciudad, goza de poca aceptación en los medios académicos. Aquí se intentará ofrecer argumentos en sentido contrario, esperando enriquecer los estudios regionales y contribuir al debate natural que se da en ese contexto.
La idea de escribir este libro nació en el año 2013, con el aniversario de los 50 años de la filmación de La noche de la iguana, y los esbozos iniciales de la argumentación central se empezaron a perfilar durante los primeros meses del año siguiente. Sin embargo, otros asuntos me obligaron a dejar de lado el proyecto, a la espera de una oportunidad para dedicarle el tiempo que requería. Finalmente, el año pasado pude retomarlo y dedicarle toda la atención de mi parte. Los resultados están a la vista, y tocará a los probables lectores juzgar sobre su contenido.
Evidentemente, en el trayecto de la elaboración pude contar con el apoyo de distintas personas, y de gran ayuda fue la conversación con distintos personajes de Puerto Vallarta, que colaboraron a despejar dudas, a obtener información de primera mano y escuchar opiniones valiosas en varios sentidos. Debo reconocer primero la colaboración del Dr. Ismael Ortiz Barba y la Dra. Cecilia Shibya, en un trabajo temprano sobre el tema de este libro, abordado desde un enfoque distinto. Más allá de ese trabajo en particular, pude recurrir al consejo y la amistad de ambos cuando fue necesario.
En distintos momentos pude establecer un diálogo fructífero con María José Zorrilla y Pilar Pérez, dos importantes ciudadanas que han contribuido enormemente al desarrollo de la cultura en Puerto Vallarta. En este sentido, también fueron valiosas las numerosas anécdotas que pude escuchar en palabras de Luis Reyes Brambila, Héctor Pérez y Nacho Cadena —tres personajes a cuya memoria quiere contribuir este libro—, además de Humberto Famanía y Sergio Toledano.
El contacto con distintas personalidades del cine nacional e internacional, gracias al Festival Internacional de Cine en Puerto Vallarta, que me tocó promover durante mi estancia al frente del Centro Universitario de la Costa-Universidad de Guadalajara, enriqueció mi perspectiva sobre el séptimo arte y me ayudó a reforzar algunas hipótesis de trabajo que germinaron y florecieron con el tiempo. La colaboración en esta empresa de Paola Cortés Almanzar, Lino Francisco Gómez, Judith Saldate, Lupita Basulto, Paola Cortés, Joel Rodríguez y Eduardo Olivares me facilitó capitalizar la experiencia y articular la información relativa a una gran cantidad de películas.
Durante el año pasado, y a causa de la pandemia del covid 19, como muchas personas a lo largo del mundo, debí enclaustrarme y cumplir con mis obligaciones como profesor e investigador de la Universidad de Guadalajara de manera virtual. Esta circunstancia me proporcionó al menos la oportunidad de concentrarme también en el presente libro, y dedicarle el tiempo requerido para avanzar en la investigación y procesar los resultados. Aprovecho el punto para agradecer al Dr. Jorge Téllez, rector del Centro Universitario de la Costa, y al Dr. Juan Manuel Durán, rector del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, ambos de la Universidad de Guadalajara, por su apoyo y comprensión.
Para ello debí recurrir también a muchas fuentes y a una bibliografía de regular extensión. Prácticamente toda la información sobre el abultado número de películas que se mencionan en las siguientes páginas, procede de la International Movie Database, un verdadero prodigio en materia de bases de datos sobre la producción fílmica en el mundo, desde los albores del cinematógrafo hasta la fecha.
De gran utilidad me fue también la obra de un expatriado norteamericano, Howard Johns, que vivió en Puerto Vallarta y escribió un valioso libro dedicado a la filmación de La noche de la iguana. El conocimiento y el acceso a este trabajo fue posible gracias a la intermediación de Michael Nolen, otro expatriado procedente de Estados Unidos, con quien además pude colaborar en distintos proyectos (como el programa Good Morning Wake Up Show, de Radio UdeG en Puerto Vallarta, del cual Nolen fue conductor), y cultivar una valiosa amistad.
En distintos momentos de la investigación platiqué con Pavel Cortés, director del Premio Maguey, sección del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, y obtener opiniones esclarecedoras y orientación oportuna. Un ejemplo es la consideración de las bases neurológicas de lo que en el libro se llama “efecto de realidad”, y el papel que juegan las llamadas “neuronas espejo” en la experiencia de ver películas.
También debo manifestar mi gratitud al Dr. José Luis Cornejo, por el levantamiento de dos encuestas entre la población de Puerto Vallarta y los turistas que la visitan, y que fueron particularmente valiosas en la redacción de los capítulos 6 y 7.
Finalmente, dejo también un testimonio de agradecimiento a Nelly Galván, una mujer legendaria en Puerto Vallarta, testigo y protagonista del rodaje de La noche de la iguana, y del desarrollo ulterior de la ciudad. Sus palabras de aliento y la calidez de su trato hicieron más fácil y gratificante el trabajo invertido en el presente libro.
Primera parte.
El cinematógrafo y el imaginario citadino

Capítulo I.
Cine, imaginarios y realidad
El cine tiene el poder de reflejar, proyectar y moldear imaginarios colectivos (es decir, conjuntos de creencias, representaciones e imágenes significativas del mundo), con un alcance, profundidad y velocidad que no ha tenido ninguna otra expresión creativa o artística en la historia de la cultura. Sin duda, es el vehículo por excelencia para llevar a las grandes masas sociales el fruto inigualable que surge de la singular comunión entre artes visuales y escénicas, música y literatura.
Su relevancia, por otra parte, obedece al hecho de que el mundo contemporáneo habría transitado de “la civilización del texto leído a la civilización del texto visto”, o lo que es lo mismo “de la inteligencia alfabética a la inteligencia visual”, como sostiene Miguel Rojas Mix (2006). Para abundar y parafraseando a Marshall McLuhan, diríase que la civilización contemporánea sobrepasó la “Galaxia Gutenberg”, y después de transitar por la “Constelación de Marconi” (McLuhan, 1969), se adentró de lleno a lo que podría denominarse la Galaxia Lumière.
Ahora, respecto a lo que afirma Rojas Mix, cabe matizar diciendo que en el fondo se trata de una cuestión de énfasis, ya que, de acuerdo con Hiernaux y Lindon, las palabras y las imágenes son indisociables, pues ambas “se unen en el pensamiento”. Reafirmando esta aseveración, ambos autores citan los siguientes conceptos de Bernard Debardieux: “la función figurativa y emblemática de la imagen, se acopla perfectamente con la función narrativa y argumentativa del discurso, que establece la justificación” (Hiernaux y Lindon, 2012: 9). La imagen, con todo, ha tomado la delantera, por así decirlo.
Se trata, en el cine, de un imaginario distintivo configurado bajo el influjo de un discurso, la diégesis típica de la cinematografía, que se va tejiendo mediante la combinación excepcional e inigualable de imágenes visuales primordialmente, creadas en un nivel de realidad que se asemeja, se traslapa o incluso sobrepasa la realidad “material” del mundo. Es un nivel de realidad que no mengua su poder evocativo y performativo por la ausencia de sensaciones olfativas, táctiles o gustativas, mismas que, si no se experimentan sinestésicamente, al menos no se extrañan en la fruición con que se consumen las creaciones cinematográficas.
Ciertamente, el cine hace eco de las creencias, símbolos y significados sociales y colectivos, de las mentalidades en suma (imágenes y discurso), pero su principal rasgo es el de la creación, a partir de ese dato, de una narración que regresa, bajo nuevos códigos de construcción discursiva y renovado, con el aura de algo desconocido, extraordinario y fantástico. Así crea percepciones e imágenes distintas y novedosas para el espectador, que las decodifica con el bagaje cognitivo y apreciativo que ha acumulado en su ciclo vital, pero, sobre todo, que las vive y experimenta como lo hace con las novedades que le acontecen en su vida cotidiana.
Y es que, para empezar, por el hecho mismo de que el espectador sólo ve lo que se encuadra en la pantalla, esta última “difumina los límites entre realidad y ficción, entre realidad y verdad. La imagen fática, que fuerza la mirada y retiene la atención, sólo se centra en zonas específicas, mientras el contexto desaparece en la indeterminación de una experiencia espacio-temporal desanclada. De esta forma, el cine puede alterar lo percibido y llevar a cabo no una representación, sino más bien la recreación de lo que existe” (Martínez Puche, 2010: 156).
A diferencia del resto de las disciplinas artísticas, con la excepción quizás limitada del teatro, en el cine las cosas (narradas) suceden “realmente” en el momento mismo del consumo de una obra. En palabras de John Huston: “sobre el papel puedes contar que algo ha pasado y, si lo dices bastante bien, los lectores te creen. En el cine, si lo haces bien, ocurre realmente ahí, en la pantalla” (Agee, 2001: 249, 250).
Esa fuerza cultural propia del cine se origina en la peculiar naturaleza de la experiencia cinematográfica, desde el punto de vista del espectador: la composición artificial de imágenes, sonidos y palabras produce sensaciones y emociones reales, experiencias propias de la vida normal, las más de las veces acentuadas. De aquí la capacidad que tiene el cine de conmover al espectador, y llevarlo a experimentar fuertes emociones, desde una carcajada hasta las lágrimas. “El cine, decía Apollinaire, es creador de una vida” (Morin, 2001: 15).
Lo esencial de esa experiencia fue inicialmente sugerida por el concepto “Train effect”, con el que Yuri Tzivian (Mennel, 2008: 2) se refería a la reacción de azoro, estupefacción y susto que provocó entre los primeros espectadores el corto proyectado por los hermanos Lumière, durante la mítica función en el café del Boulevard des Capuchines, donde se registraban las imágenes (bastante rudimentarias, por cierto) de un tren arribando a una estación. Y aún en el supuesto de que, como afirma Mennel, se trata de una anécdota exagerada, el concepto “Train effect” alude correctamente a la experiencia distintiva que se suscita al ver una película determinada.
Se trata, en términos generales, y para abundar sobre el punto, de lo que también se ha denominado, más recientemente, un “efecto de realidad” (Martínez Puche, 2010: 158), es decir, la sensación resultante del acto de ver cine, en la que el espectador, si bien distingue los distintos niveles de realidad involucrados en el disfrute de una película, al final termina sobreponiéndolos en la experiencia vivida en ese momento particular. “Por su verosimilitud, la información suministrada a lo largo del espectáculo, se integra en el flujo experiencial, confundiéndose con el resto de vivencias y, en ocasiones, propiciando una indiscriminación efectiva entre realidad y ficción…” (Gómez Tarín, 2002: 3).
El cine es capaz de conmover al espectador, gracias a su capacidad para movilizar emociones reales mediante historias, las más de las veces, ficticias. Ocurre algo parecido a la experiencia sinestésica: la sucesión de imágenes visuales y auditivas (ya en el caso del cine sonoro), en una secuencia narrativa que ocurre en la pantalla, el espectador las experimenta tan vívidamente como las experiencias de su vida diaria. Y no se trata de una evocación de tales sensaciones y emociones, sino de una vivencia actual.
Las neurociencias han logrado explicar este fenómeno gracias al descubrimiento de las llamadas neuronas espejo. Se ha dicho que “con la teoría de las neuronas espejo, se abrieron nuevos horizontes a la explicación del aprendizaje vicario o por imitación y a la empatía emocional. Según esta teoría, en el momento en que reconocemos emociones en otra persona, se activarían las neuronas espejo, debido a que nosotros, por ser de la misma especie, tenemos la posibilidad de experimentarlas, y de algún modo, cuando la observamos, la experimentamos, de forma que entran en juego las emociones sociales y los estados del ‘como si’”. (Perogil Acedo, 2018).
También cuando vemos una película, las neuronas espejo “comportan una implicación en primera persona por parte del observador, que le permite tener una experiencia inmediata (de un) acontecimiento, como si fuera él mismo quien lo realiza, y captar así, plenamente su significado” (Rizzolati y Sinigaglia, 2006, citado en Aertsen, 2017: 251). Pero incluso a diferencia de la observación de acciones reales “contempladas en directo, el cine aporta la ventaja añadida de la movilidad de la mirada del espectador: mediante el montaje y el movimiento de la cámara, el observador cinematográfico puede observar la acción desde perspectivas privilegiadas”. (Aertsen, 2017: 251).
Podría decirse que entre el concreto “Train effect” y el más abstracto y general “Efecto de realidad” media un proceso de aprendizaje cultural de décadas, en el que los espectadores han aprendido a ver cine. Los primeros espectadores —pensemos en los azorados asistentes a la función de los hermanos Lumière—, todavía “tenían que enseñarse a negociar cognitivamente con el nuevo medio, hasta encontrar el balance entre creer o no en su nivel de realidad, lo que constituye la precondición para disfrutar el cine” (Mennel, 2008: 2). Este balance se logra en la ontogénesis y la filogénesis, es decir, en los planos colectivo e individual a través de los relevos generacionales y el ciclo de vida.
Lo sobresaliente es que el “Efecto de realidad” no mengua, ni mucho menos desaparece, por el desarrollo de las capacidades cognitivas y perceptivas requeridas para entender la experiencia cinematográfica, es decir, las vivencias que le van asociadas permanentemente, dadas sus bases neurológicas: se trata de experiencias cercanas a las vivencias cotidianas, pero, hay que reiterarlo, la mayoría de las veces diferente en intensidad e impacto emocional, por la posición privilegiada del espectador. Y esto no cambia con la habituación progresiva de las generaciones al disfrute de las obras cinematográficas, en razón de que siempre entran en funcionamiento las “neuronas espejo”, produciendo una experiencia siempre novedosa, conforme se observan y disfrutan nuevas producciones, y por lo tanto, nuevas tramas e historias.
En ello radica una explicación de fondo que permite entender mejor el porqué el historiador del cine mexicano, de origen español, Emilio García Riera, llegó a afirmar, en varias ocasiones, que “El cine es mejor que la vida”. En el mismo tenor, el periodista mexicano Catón escribió, más recientemente, que el cine “es un retrato de la vida tan cabal que se diría —al modo de Oscar Wilde— que no es el cine el que copia la vida, sino la vida la que copia al cine… en el cine hay más vida que en la vida, y más interesante” (Catón, 2014).
Un influyente teórico del cine, de origen alemán, autor de un libro con un título más que sugerente, Teoría del cine: la redención de la realidad física, describe la experiencia de ver cine recurriendo a sus propias vivencias experimentadas a una edad temprana:
Yo era aún un niño cuando vi mi primera película. Tuvo que causarme una impresión embriagadora, porque de inmediato resolví poner la experiencia por escrito. Por lo que puedo recordar fue ése mi primer proyecto literario. No sé si alguna vez llegó a materializarse, pero lo que no he olvidado es su pomposo título, que apunté en una hoja tan pronto volví a casa: El cine como descubrimiento de las maravillas de la vida cotidiana. Y tengo todavía presentes, como si fuera hoy, esas maravillas. Lo que tan profundamente me había emocionado era una vulgar calle de suburbio, llena de luces y sombras que la transfiguraban. Había varios árboles, y, en primer término, un charco en el que se reflejaban las fachadas invisibles de las casas y un trozo de cielo. De pronto, una brisa agitaba las sombras, y las fachadas y el cielo, allí abajo, empezaban a oscilar. El tembloroso mundo de arriba en el charco turbio: esta imagen jamás me ha abandonado (Sigfried Krakauer, citado en Espinosa Mijares, 2011).
Sin duda, el manejo libre del tiempo, la libertad respecto de las leyes de la física, como de las ataduras emocionales, de los códigos estéticos rígidos y estrechos, y respecto de la ley y de la moral que es dable experimentar en la fruición cinematográfica, constituyen características inseparables del cine y abundan en la explicación de la particular naturaleza de la experiencia vivida en el disfrute de las películas.
Por ello, ya en los albores del siglo XX, un afamado escritor ruso, Andrei Bely, después de ver el filme inglés The fatal sneeze (1907), de Lewin Fitzhamon, emitió una sentencia que se adelantaba en el tiempo y resultaba premonitoria: “El cinematógrafo (afirmó convencido Bely), reina en la ciudad, reina sobre la tierra. En Moscú, París, Nueva York, Bombay, el mismo día quizás a la misma hora, miles de personas acuden a ver a un hombre que estornuda —que estornuda y explota. El cinematógrafo ha cruzado las fronteras de la realidad. Más que los sermones de hombres sabios, el cinematógrafo ha demostrado a todos qué es la realidad” (Andrei Bely, 1908, citado en Mennel, 2008: 1).
Se puede afirmar, por lo tanto, que los imaginarios modernos, los que permiten percibir, pensar y significar distintos aspectos, asuntos y acontecimientos de la vida personal y social, del mundo y la naturaleza, no serían los mismos sin la presencia avasalladora del cine en la cultura contemporánea.
Para empezar por la particularidad ya señalada de las vivencias que se producen en el consumo de las obras cinematográficas, pero también porque el cine es el arte adecuado, y expresa la sensibilidad propia del mundo en los siglos XX y XXI. Alguien ha dicho que el cine es el arte que mejor expresa “el modo perceptual de la modernidad y su manera de abrirse al mundo” (Pezzella, 2004: 14).
Walter Benjamin sostuvo que las trasformaciones culturales ocurridas a lo largo de la historia han configurado nuestro sentido de la percepción: “dentro de largos periodos históricos, escribió, junto con el modo de existencia de los colectivos humanos, se transforma también la manera de su percepción sensorial. El modo en que se organiza la percepción humana —el medio en que ella tiene lugar— está condicionado no sólo de manera natural, sino también histórica” (2003: 47). Es decir, los sentidos y la percepción no son capacidades físicas abstractas. Marx ya entendía que son facultades social e históricamente determinadas y que evolucionan junto con la sociedad y la cultura: la sensibilidad y la capacidad perceptiva del hombre de la antigüedad es distinta a la del medioevo, y ésta al de la sociedad moderna. El ojo que miraba una pintura rupestre no es igual al que miraba una obra pictórica del Renacimiento, o al que mira una del impresionismo (hablando de observadores viviendo en cada una de esas épocas).
Cada época, entonces, tiene un modo de la sensibilidad humana que le es propio y característico. El sensorium de la modernidad es el que surge de la nueva forma de experimentar el mundo, donde la discontinuidad y la fragmentación (causadas por la división técnica y social del trabajo, por la abstracción de las categorías del espacio y el tiempo), deben ser superadas recomponiéndolas de manera distinta a formas sociales pasadas —donde ello sucedía de un modo natural y espontáneo—, ahora mediante un acto intencional y premeditado como ocurre en el producto material de la producción, o en el producto experiencial de la existencia personal. Los cursos de sentido fijados por la tradición se rompen, y el significado debe ser recompuesto reflexivamente por los individuos de manera continua a lo largo de su existencia.
El sentido de la vida, antes coherente, fijo y heredado, ahora debe ser reconstruido constantemente —y ab initio con alguna frecuencia como ocurre con la sicosis—, junto con las escalas de valor que lo permiten. Baudrillard decía que “la experiencia en la modernidad se equipara a lo ‘transitorio, fugaz y contingente’”, y las categorías de espacio y tiempo, antes enraizadas en las realidades concretas, se vuelven abstractas, “desancladas”.
Se trata de un cambio profundo que también ha sido descrito por un influyente estudioso del fenómeno urbano. Henri Lefebvre afirma que
mientras que el espacio social y psicológico de la sociedad premoderna formaban una totalidad vivida, íntimamente relacionada, la modernidad ocasionó su completa colonización por un espacio abstracto, asegurando su disyunción y fragmentación. El mundo antes percibido como una ‘totalidad vivida’, por así decirlo, ya no puede ser experimentado de manera completa y coherente. El sello distintivo del extraño, por ejemplo, es que él o ella es inmediatamente próximo en el espacio físico, pero distante en el espacio social; que los mundos social y físico ya no fueran limítrofes dio origen a una nueva clase de presencia virtual o espectral… del extraño. La ambivalencia del extraño representa la ambivalencia del mundo moderno. Tiempo y espacio ya no son estables, sólidos, fundacionales (Lefebvre, 1991. Cursivas mías).
A diferencia del teatro, donde la trama sigue la continuidad narrativa de las obras dramáticas, con un principio, desarrollo y desenlace sucesivos en el tiempo que dura la representación, en el cine las escenas finales pueden filmarse antes que las del inicio o el desarrollo: el orden no importa, sino la necesidad de racionalizar y optimizar los recursos técnicos, financieros, materiales y logísticos, disponibles para la realización de una película. Los fotogramas son instantáneas que unidas dan la impresión de movimiento, igual que la sucesión de planos y escenas, las que, engarzadas por las técnicas del montaje y la edición, se presentan al final como una narración que se teje con la misma solución de continuidad y coherencia que la obra dramática, aunque no sea el caso (Pezzella, 2004).
Así como la cámara es una reproducción mecánica del ojo humano, se puede leer en otra parte, el lenguaje cinematográfico imitó los procedimientos mentales mediante los cuales percibimos y aprehendemos la realidad en su dimensión espacial y temporal. Es decir, por medio de fragmentos o tomas. En un recorrido captamos hechos y detalles que la mente selecciona y que la memoria conserva. De la misma manera el lenguaje cinematográfico —basado en la fragmentación del tiempo y del espacio— reconstruye la realidad. Así, una película es una especie de realidad condensada en 90 minutos. Por eso se suele decir que el cine es mejor que la vida, ya que nos presenta los mejores momentos y recurre a las emociones más intensas (Quiroz Rothe, s/f).
Por otra parte, desde que el mundo no es aprehensible directamente, sino que pasa por el tamiz de los sentidos y las categorías del pensamiento que construyen la experiencia, la percepción de la realidad tiene un rasgo de virtualidad inevitable. Ese rasgo es magnificado por el cine a través de la diégesis cinematográfica, produciendo un traslape de imaginarios, de niveles de realidad y de experiencias vividas.
Los videojuegos fueron los dispositivos encargados de llevar ese traslape a niveles antes inconcebibles, gracias a los vertiginosos avances en las modernas técnicas informáticas digitales; y éstas han sido trasladadas al cine, originando la era digital del cinematógrafo, con una magnificación y ampliación sin precedentes de la experiencia vivida por las audiencias frente a la pantalla.
Se entiende pues que los filtros cognitivos, apreciativos y evaluativos (morales), las mentalidades de las audiencias, también son afectados por el cine. Las películas son fuentes de información acerca de una infinidad de asuntos relacionados de manera íntima con la vida de las personas. Gracias al cine podemos conocer costumbres, formas de vida, historias, personajes y acontecimientos de todas las culturas en las distintas épocas de la historia de la humanidad. En especial, muchos países y ciudades son familiares para la gente que no las ha visitado nunca, gracias a que el cine disemina globalmente imágenes e historias situadas entre sus paisajes y calles.
Por otra parte, para entender cómo influye el cine socialmente habría que establecer algunas distinciones ad hoc entre grupos sociales: primero, una divisoria entre quienes acostumbran ver cine con alguna frecuencia y quienes no lo hacen; entre las audiencias de los distintos géneros cinematográficos, y otra vez entre todos ellos y el resto de la población no aficionada al cine. Eventualmente, las audiencias varían en volumen con frecuencia, dependiendo de varios factores: recursos económicos; uso del tiempo libre, estilos de vida, edad, gustos; salas de cine existentes, tipo y diversidad de la oferta cinematográfica; atractivo, carisma y fama de los protagonistas de los filmes, entre otros.
La diversidad de imaginarios que se producen desde el cine, permea en la sociedad de diversas maneras: directamente a través de las audiencias cinematográficas (es decir, los espectadores habituales), e indirectamente por medio de la información que acerca de la industria cinematográfica se difunde en los medios de comunicación de masas. Los pormenores de la producción de películas se abordan cotidianamente en estas plataformas, junto con las vicisitudes y acontecimientos que tienen a los actores, actrices, directores, productores y otros actores de la industria como sus principales protagonistas. Normalmente, el público recibe una cantidad prolífica de noticias, comentarios y críticas que abordan, además de información convencional, chismes, sucesos escandalosos, indiscreciones o secretos, que la maquinaria mediática resalta con efusividad.
Este mundo que se construye alrededor del cine redondea el imaginario construido en la interacción de las audiencias con las películas mismas, en la fruición cinematográfica, y lo expande hacia el resto de la sociedad, por medio de lo que podría denominarse la “conversación social”.
Un caso particular es el impacto que genera la filmación de una película en una localidad determinada, que procura la atención de sus habitantes sobre los acontecimientos y vicisitudes del rodaje y conmociona su vida cotidiana. Por eso, como veremos para el caso de Puerto Vallarta, una película puede tener un impacto social excepcional aun si no ha sido vista por la totalidad, o la mayoría al menos, de los miembros de una comunidad. Las audiencias directas y los medios de comunicación diseminan los imaginarios en la interacción social, y ella retroalimenta los contenidos de las producciones cinematográficas ampliando su impacto e influencia.
Por otra parte, esos imaginarios se difunden bien sea conservando sus rasgos intrínsecos en el proceso de difusión y diseminación en la colectividad, o bien sumando los rasgos (o sesgos) que se adicionan en el proceso de interpretación en un contexto dado, del que reciben agregados, modificaciones y adaptaciones según la circunstancia social e histórica prevalecientes. El imaginario se ve reprocesado, incorporando elementos idiosincrásicos, valorativos, apreciativos, morales o ideológicos, como también por el ciclo de vida o los cambios generacionales.
Los mensajes implícitos en toda obra cinematográfica, por otra parte, modifican las mentalidades sociales, especialmente cuando está ocurriendo ya un proceso de crisis, disposición al cambio o bien modificación en curso de algunas dimensiones de ellas (es decir, si existe ya una movilización psicológica en ciernes como sostenía el sociólogo argentino Gino Germani (1963). Y lo hacen si ese es el potencial de los mensajes, construido en la confluencia del discurso fílmico y el contexto de su recepción. Hay muchos contenidos que refuerzan las creencias existentes o promueven un regreso a tradiciones olvidadas o perdidas.
Hiernaux ha precisado el término imaginario de la siguiente manera: “en la formación del imaginario se ubica nuestra percepción transformada en representaciones a través de la imaginación, proceso por el cual la representación sufre una transformación simbólica. El imaginario es justamente la capacidad que tenemos, de llevar esta transformación a buen término”. En este sentido, la importancia del imaginario así entendido es que opera fundamentalmente como “guía de acción”; es decir, el imaginario orienta la acción social, y en esto radica su especial “fuerza creativa” (Hiernaux, 2007: 20).
De ahí también la capacidad del cine para, justamente, incidir en los cursos de la interacción social y orientar su trayectoria. Valga la pena un ejemplo de la influencia transformadora en los imaginarios sociales que pueden tener el cine y las películas. Se trata del documental rumano Chuck Norris contra el comunismo (2014), obra dirigida por Ilinca Calugereanu, que consigna el surgimiento de una red ilegal de traducción, reproducción y distribución (en la segunda mitad de la década de los 80) de películas occidentales videograbadas en formato VHS, principalmente cine de Hollywood, y cuya exhibición estaba prohibida en Rumania. Lo sobresaliente es que, si bien la rudimentaria elaboración de copias de películas en formato VHS degradaba la calidad de la imagen, y además de que la voz de una sola mujer traducía los diálogos de todos los personajes en cada cinta, el entusiasmo y la experiencia excepcional vivida por los espectadores rumanos no se veía menguado. De hecho, la traductora, Irina Nistor, se volvió una leyenda en su país, pues su voz omniabarcante llegó a los oídos de millones de rumanos.
Se trató de un fenómeno extendido que originó un amplio público clandestino en este país, audiencias que utilizaron al cine como una ventana por la cual asomarse para ver, juzgar y valorar una realidad distinta a la suya: un sistema de costumbres, actitudes y valores que, vehiculadas por la fascinación del cinematógrafo, terminaron ejerciendo un influjo poderoso en el proceso de deslegitimación del orden socialista (el régimen opresor de Ceaucescu) y que además alimentaron la disposición a “rebelarse” y “derrocarlo” (como finalmente ocurrió en 1989). Un lúcido testimonio recogido en el documental resume el asunto con pocas palabras: “Durante la Revolución de 1989 todos salieron a la calle porque sabían que podían tener una vida mejor. ¿Cómo lo supieron? A través de las películas”.
Y es que como anota Rojas Mix, “Sabemos muchas cosas simplemente por haberlas visto. En la civilización de la imagen el recuerdo de los acontecimientos aparece cada vez más ligado al panorama visual” (2006: 30).
Ahora bien, el “sentido de realidad” propio del cine da lugar a experiencias vividas, pero no implica ya sea aceptación, o bien rechazo automáticos de los contenidos de una narración: es, de hecho, independiente de esto. El mismo ocurre dentro de un contrato espectador-producción, en el que el primero juzga la veracidad de lo que ve al tiempo que suspende su evaluación moral de acontecimientos cuestionables. Un espectador acude a ver un filme que va contra todas sus convicciones personales, por ejemplo, gracias a ese contrato implícito. Pero aún así, se trata de una experiencia viva y actual que activa los sentidos, pero también la conciencia moral, los conocimientos, emociones, valores, hábitos y estilos de vida de las audiencias. Es precisamente esa incorporación amplia de dimensiones lo que la hace que se experimente como vivencias reales, y la evaluación que el individuo hace de una película supone el ejercicio de su facultad de juicio mediante un proceso que involucra elementos morales y cognitivos, pero, sobre todo, estéticos.
Cualquier influjo del cine sobre la sociedad presupone, pues, un paso complejo por filtros culturales de distinta índole, pero es seguro, de cualquier manera, que el cine tiene la influencia, variable en amplitud y profundidad, que se le atribuye desde muchos puntos de vista. En fin, el cine es una forma de entretenimiento, entre otros, y busca divertir, en el sentido amplio del término. La “evasión de la realidad” puede ocurrir, pero lo peculiar es que aún entonces, o precisamente por ello, produce experiencias reales y puede impactar en la realidad de las personas y las colectividades.

Capítulo II.
Ciudades, películas y cine
Cine e imaginarios urbanos
Las formas de la sensibilidad que son características de las sociedades modernas no se explican sin las trasformaciones originadas en y promovidas por el surgimiento y evolución de las ciudades como centros y ejes de la moderna configuración del espacio geográfico y social. Los imaginarios modernos son por ello imaginarios urbanos esencialmente, es decir, configuraciones de la mentalidad social construidas en la compleja red de vicisitudes de la vida urbana, y a partir de las experiencias vitales que ocurren en este contexto.
En la actualidad, la población urbana suma cerca del 55% de la población mundial, y en las regiones desarrolladas (y algunas en desarrollo) se aproxima al 80% o más. Pero aún cuando estas proporciones eran menores, en los albores del cine, es decir, del siglo XX, las ciudades eran ya los “lugares centrales” de prácticamente toda configuración espacial en proceso de modernización. La producción simbólica o imaginaria del espacio pasó a ser estructurada por el crecimiento de las ciudades y su predominio histórico y geográfico.
Lo que importa anotar, de cualquier manera, es que la cultura, y en general la visión del mundo de la población mundial es fundamentalmente la que predomina en las ciudades: la población que habita en las áreas rurales está cada vez más influenciada y permeada por la cultura y los estilos de vida de las concentraciones urbanas. Son pocos los casos y reducidos los segmentos de la sociedad en los que la mentalidad propia de lo rural predomina hasta cierto grado sobre la citadina, como ocurría en los albores de la urbanización (algo que se veía claramente en la época dorada del cine mexicano o en el éxito del género del wéstern). A lo sumo, se dan mixturas ocasionales donde se mezcla lo rural con lo urbano, combinando de distintas maneras, en diversas configuraciones, los elementos provenientes de estos ámbitos.
El sensorium urbano, esto es la forma de la sensibilidad moderna que nace con las ciudades, se entreteje en el entramado de las relaciones, entre la realidad material y objetiva de las aglomeraciones urbanas (casas, edificios, calles, avenidas, parques, vehículos de transporte, equipamiento eléctrico e hidráulico, alumbrado público, señalizaciones, monumentos, etc.), por una parte; y su realidad imaginaria y simbólica (estilos arquitectónicos, nomenclatura urbana, lugares con significación histórica, religiosa o cultural, señalización, la ciudad misma representada como un objeto con personalidad propia), por la otra. Todo ello es experimentado por sus habitantes en los contornos de una nueva manera de concebir el tiempo y el espacio, el movimiento y su duración.
David Harvey, el conocido geógrafo inglés, afirmaba que “no es posible entender una ciudad sino como una construcción de capas de realidad y fantasía que se superponen y complementan; en la ciudad el hecho y la imaginación deben fusionarse inevitablemente”. (Citado en Franco Salgado, 2017: 45). Precisando que los hechos de por sí adquieren significación gracias a una conexión imaginada (es decir, mediada por el lenguaje y el habla, la memoria y la reflexión) que tiene lugar en la psicología de las personas y se construye en la interacción de unas con otras.
El cine, por su parte, es un fenómeno cultural también esencialmente urbano. El cinematógrafo vio su alumbramiento en las ciudades, pero más que nada es concebido como la expresión artística típica de los modos y procesos que configuran los imaginarios citadinos, o de los imaginarios sociales que se originan en las representaciones urbanas. Por esta razón, y siguiendo de nuevo a Harvey, se afirma que si “el desarrollo de las comunicaciones y el transporte conduce a una compresión del espacio-tiempo en las dinámicas urbanas”, que son por su naturaleza espacios fragmentados, “por su propia ontología, el cine es la forma de arte que mejor representa estas circunstancias. Existe una especie de paralelismo en la forma como el transporte y las comunicaciones conectan las distintas partes del espacio geográfico de las ciudades, con la manera en que el montaje en el cine articula fotogramas y escenas filmadas separadamente, para conseguir una cohesión narrativa y espacial”, que resulta coherente e inteligible. (Franco Salgado, op. cit.: 45).
En general, hay coincidencias en el sentido de que el cine es la expresión cultural que mejor embona con la experiencia de la vida en una ciudad moderna: que está embebida en la lógica contenida en una amplia variedad de sus rasgos definitorios. Me refiero aquí a la discontinuidad con la que se experimenta el mundo, además del imprescindible fenómeno de la urbanización, la creciente división del trabajo, los procesos de secularización, la emergencia de la racionalidad científica e instrumental, la pérdida de autoridad de la tradición como guía de la existencia y cimiento de la personalidad, la discontinuidad de la existencia por efecto de la movilidad espacial y social, como también en razón del carácter contingente de las experiencias vitales, debido a la fragmentación del espacio vivido y las correspondientes asincronías en los flujos temporales.
Este es el caso también de un pensador tan influyente como Walter Benjamin, quien, por ejemplo, afirmaba que “el cine corresponde a una serie de cambios profundos en el aparato perceptivo, cambios que son experimentados a escala individual por el hombre que se desplaza por las calles y entre el tráfico de la gran ciudad” (2003). “Desde hace más de un siglo, escribe Stephen Barber, la afinidad entre el cine y el espacio urbano ha dado lugar a una fuerza determinante que subyace en los modos de visualización y mediación de la historia y del cuerpo humano” (Barber, 2006).
Krakauer, a su vez, sostenía que la ciudad, “y especialmente la calle, es un ejemplo esencial del espacio cinematográfico, en sintonía con la experiencia de lo contingente, lo fluido y la indeterminación ligadas a la modernidad” (Robertson, s/f). Por eso, finalmente, también alguien ha llegado a afirmar que la “vida en el pueblo es narrativa… en una ciudad, las impresiones visuales se suceden unas a otras, se superponen y entrecruzan: son cinematográficas.” (Pound, 1921).
En razón pues de que el cine —como expresión artística, industria cultural y espectáculo de masas—, fue una creación de y en las ciudades, y puesto que en ellas se ha desarrollado y ha desplegado su influjo más distintivo, la urbanización progresiva ha sido lógicamente el fenómeno concomitante al entronamiento del cine como espectáculo y medio de comunicación de masas.
No en balde, la capacidad que ha tenido el cine para influir en los imaginarios, alternativos o no, sociales o incluso políticos (como en el ejemplo de Rumania), como también para moldear la imagen que proyectan las ciudades entre propios y extraños (es decir, entre quienes habitan una ciudad y entre quienes viven en otras ciudades o en el ámbito rural).
Pero también la diversidad de estilos de vida, el pluralismo cultural, el dinamismo de la vida urbana, la posibilidad de experiencias diversas, y un público más abierto, son indispensables para la variedad de géneros, como también para la gran cantidad de historias, tramas, argumentos y enfoques que se ensayan en la producción cinematográfica. La ciudad le ofrece a la industria la base cultural y la mentalidad propicia para diversificar la oferta y ampliar los mercados del cine.
En fin, digamos que en “la civilización de la imagen” (Rojas Mix, 2006), el cine es el medio privilegiado en el proceso de emergencia y estructuración de los imaginarios urbanos, es decir, de las representaciones que los individuos se hacen de la ciudad, representaciones visuales preponderantemente. Son, por supuesto, constructos sociales, tejidos alrededor de vectores de sentido y significaciones culturales que se vehiculan por medio de la imagen cinética del espacio citadino. Por lo demás, el imaginario urbano cumple una función social de primer orden, pues opera como “carta de navegación”, que orienta y da sentido al desplazamiento de los individuos por la geografía de la ciudad, y le confiere significación a las experiencias vividas en sus flujos espacio-temporales (Lindon, 2007: 10).
La ciudad: morada natural de la industria fílmica
Alguien ha señalado que por el tipo de interrelación entre la ciudad y el cine, “el ascenso del cinematógrafo siguió las huellas de la urbanización y la industrialización, y su producción y exhibición tempranas fueron completamente urbanas. Más que nada, la ciudad ha demostrado ser tanto un tema como un escenario de gran riqueza y diversidad” (Robertson: s/f).
Sólo que esta observación no repara lo suficiente en el primer aspecto del vínculo, y que ha sido tan importante como el que se enfatiza. Quisiera recordar que en el origen del cinematógrafo sobresale un afán de innovación tecnológica casi exclusivamente. Encontrar la forma de reproducir el movimiento real en imágenes fotográficas, como un fin en sí mismo, consumió los esfuerzos de los pioneros del cine. Todo mundo sabe que consultados al respecto, los hermanos Lumière creían que su invento, con todo lo relevante que era, no tenía otra utilidad que la de permitir el avance tecnológico en el campo de reproducción de imágenes. La fortuna quiso que un mago, George Méliés, discrepara de los ilustres hermanos y adivinara el enorme potencial artístico de su invento, o que Charles Pathé y Léon Gaumont adquirieran la patente del invento de los Lumière, y luego de perfeccionarlo sustentaran en ello las primeras dos grandes productoras de películas en el mundo.
Con esto quiero señalar lo evidente: además de tema y escenario de las películas, la ciudad es la localización de la industria que las produce, las filma y las distribuye. Para rodar una película se requiere antes la existencia del equipo de filmación en sí mismo, pero también de una compleja estructura que incluye escenarios construidos, sofisticados equipos de iluminación, transporte, maquinaria ad hoc, personal capacitado en una gran cantidad de tareas especializadas y, por supuesto, salas de exhibición.
El cine, como empresa económica, creó desde sus orígenes y con una velocidad inusitada, una industria tan compleja como próspera. Y como no podía ser de otra manera, la localización de esta industria fueron al inicio las grandes ciudades, y sólo ocasionalmente le tocó esa suerte a poblados más pequeños, de los países más desarrollados. Localización que se democratizaría pasado el primer tercio del siglo XX, al llegar a ciudades de los principales países en vías de desarrollo (cuadro 1).
Con el cine surgen simultáneamente las grandes casas productoras y los grandes estudios, animados por el enorme potencial de este nuevo medio de comunicación y entretenimiento, que maravillaría a su creciente público por más de un siglo hasta la actualidad, al ofrecerle una experiencia que continúa insuperable en muchos sentidos. Como ya lo mencioné, los pioneros de la industria cinematográfica en forma fueron Gaumont (1895) y Pathé (1896) dos casas productoras fundadas en Francia, cuna además del cinematógrafo, a las que acompañaría pocos años después (1905) la empresa italiana Itala Film. Las tres empresas fueron en su tiempo las más grandes del mundo y, señaladamente, Gaumont y Pathé se extendieron rápidamente hacia otros países europeos y hacia los Estados Unidos.
Entre 1910 y 1928 vieron la luz otras 12 casas productoras y estudios cinematográficos, todas ellas en cuatro países. Se fundan estudios en Checoslovaquia (Praga, 1), Rusia (Mosfilm, en Moscú, 1), Inglaterra (Borhamwood, 1), Alemania (Múnich, Postdam y Berlín, 3) y seis grandes estudios en los Estados Unidos (California).
Estas últimas seis casas asentadas en Los Ángeles incluyen: Universal, Paramount, Walt Disney, RKO, Warner Brothers y Metro Goldwyn Mayer. Originalmente nacida en Nueva York, la industria norteamericana del cine se trasladó a la costa oeste, a causa de la famosa guerra de las patentes, convirtiendo muy pronto a la ciudad de Los Ángeles en la meca del cine en el mundo, pues pasaría progresivamente a dominar el mercado cinematográfico internacional.
Si se toma el conjunto de las empresas creadas en la era del cine silente, se observarán 15 estudios que dan origen y forma a una industria apenas en ciernes, pero ya floreciente y próspera.
El tránsito al cine sonoro no detuvo la llegada de nuevas empresas en más países, de modo que en las dos décadas siguientes, las 30 y 40, se crean 11 estudios cinematográficos adicionales, para sumar 25 estudios existentes para estas fechas. En esta segunda ola, además de Los Ángeles (con la 20th Century Fox, principalmente), sobresalen Londres (Shepperton Studios y Pinewood Studios), Roma, Italia, con Cinecittá y México con los Estudios Churubusco.
| Cuadro 1. Principales estudios cinematográficos en las primordiales ciudades de la industria fílmica | |||
| País | Ciudad | Estudios | Año |
| Francia | París | Gaumont | 1895 |
| Pathé | 1896 | ||
| Estados Unidos | Los Ángeles | Universal Studios | 1912 |
| RKO | 1928 | ||
| 20th Century Fox | 1935 | ||
| Hollywood, Ca. | Paramounth Studios | 1912 | |
| Burbank, Ca. | Walt Disney Studios | 1923 | |
| Warner Brothers Studios | 1923 | ||
| Culver City, Ca. | Metro Goldwin Mayer Studios | 1924 | |
| Tucson, Az. | Tucson Studios | 1939 | |
| Italia | Roma | Itala Film | 1905 |
| Cinecittá | 1937 | ||
| De Paolis Studios | 1954 | ||
| Elios Film Studios | 1963 | ||
| Alemania | Múnich | Bavaria Studios | 1919 |
| Potsdam | Studio Babelsberg | 1912 | |
| Berlín | Estudios UFA | 1920 | |
| Inglaterra | Iver Heath | Pinewood Studios | 1934 |
| Shepperton | Shepperton Studios | 1932 | |
| Londres | Ealing Studios | 1931 | |
| Hertofordshire | Leavesden Studios | 1994 | |
| Borehamwood | Elstree Film Studios | 1925 | |
| Rusia | Moscú | Mosfilm | 1920 |
| República de Irlanda | Bray | Ardmore Studios | 1958 |
| Irlanda del Norte | Belfast | Titanic Studios | 2000 |
| España | Madrid | Estudios CEA | 1932 |
| Sevilla Films | 1941 | ||
| Estudios Bronston | 1943 | ||
| Barcelona | Orphea Film | 1932 | |
| Estudios Balcázar-Esplugas City | 1951 | ||
| Alicante | Ciudad de la Luz Studios | 2005 | |
| México | México, D. F. | Estudios Churubusco | 1945 |
| Rosarito, B. C. | Baja Studios | 1996 | |
| China | Hengdian | Hengdian World Studios | 1995 |
| India | Bombay | Film City | 1977 |
| Rumania | Bufte | MediaPro Studios | 1950 |
| Bucarest | Castel Film Studios | 1992 | |
| República Checa | Praga | Barrandov Studios | 1921 |
| Hungría | Budapest | Korda Studios | 2007 |
| Bulgaria | Sofía | Nu Boyana Film Studios | 1962 |
| Marruecos | Ouarzazate | Kansaman Studios | - |
| CLA Studios | 2004 | ||
| Atlas Corporation Studios | 1983 | ||
| Australia | Sídney | Fox Studios | 1998 |
Fuente: https://listas.20minutos.es/lista/el-cine-y-los-grandes-estudios-de-rodaje-388116/.
Durante los veinte años posteriores, los cincuenta y los sesenta, el ritmo de ascenso en el número de estudios ya no se sostiene, cayó a solamente seis estudios abiertos en este lapso de tiempo, y todavía menos en los setenta y ochenta, cuando solamente se añaden dos nuevas casas productoras y estudios. No obstante, resalta en este último periodo la creación de Film City en Bombay (cuando Bollywood alcanza su máximo esplendor).
En los noventas y la década del 2000 se da un ligero repunte en comparación con las cuatro décadas precedentes, y se crean ocho nuevos estudios cinematográficos, sobresaliendo en este caso los Hengdian World Studios en China, Leavesden Studios en Inglaterra y los Baja Studios, en Rosarito B. C., México.
La lista de estudios importantes consignada en el cuadro 1 no es pequeña, y podría ser más larga si se añadieran estudios menores existentes en otros países y ciudades que tienen una producción significativa de películas. En todo caso, la lista de países que sobresalen con mucho por su presencia en la producción de películas y, por lo tanto, en la industria cinematográfica internacional, no es tan amplia. Son 18 naciones, pero no todas, además, con el mismo peso e influencia en la industria. Evidentemente, Los Ángeles es la principal capital del cine en el mundo, seguida de Bombay, y a mucha distancia por Londres, Roma, Hengdian, Múnich y Madrid.
En la gran mayoría de los casos, el desplazamiento de los grandes estudios cinematográficos se da en ciudades con una larga historia, famosas y apreciadas por distintas razones (paisaje urbano, patrimonio arquitectónico y monumental, herencia cultural, o, en general, personalidad e imagen urbana). A ello se agrega al patrimonio físico y simbólico que acompaña el establecimiento de esos estudios. Ciudades como Los Ángeles, París, Berlín, Roma, Bombay o Moscú sobresalen en este sentido.
La ciudad como espacio fílmico
Las ciudades son el lugar sede de la industria fílmica, pero además de “proporcionar el trasfondo” de las películas (Sorlin, 2001: 21), han sido siempre escenarios privilegiados para filmarlas. Así que la ciudad ha venido jugando un rol crecientemente importante y de mayor envergadura, además de albergar la industria del cine, porque ella proporciona los escenarios adecuados, fuera de estudios, para la gran mayoría de los géneros cinematográficos. Si bien en principio, además de referirse aquí a los elementos del paisaje urbano que suelen filmarse, también se incluyen los escenarios no urbanos que se construyen ex profeso en los estudios de filmación; lo destacable, por supuesto, son los escenarios de la ciudad que se seleccionan y se filman. En este contexto, los escenarios naturales, urbanos o no, han sido relevantes en la filmación fuera de estudio, especialmente si hablamos de géneros como el wéstern o el cine de aventuras. Progresivamente, el cine se ha ido saliendo del set construido en estudios, para recurrir a escenarios reales, no simulados, tanto urbanos como rurales.
Pero volviendo al primer asunto, es claro que la cantidad de ciudades que albergan estudios y productoras de películas, es mucho menor que las ciudades susceptibles de convertirse en escenarios fílmicos, y también, desde luego, mucho menor que el número de ciudades con locaciones que han sido efectivamente filmadas. Prácticamente toda capital o ciudad importante, en algún sentido, ha ofrecido lugares convenientes para escenificar episodios de películas y contribuir con imágenes ad hoc a la narrativa visual que luego se proyecta en la pantalla (la “grande” y la “pequeña”, si se añade la TV). Conforme se diversifican los géneros cinematográficos y se multiplican las historias y narrativas fílmicas, así se han ido abriendo las posibilidades de cada vez más ciudades para contribuir con elementos de su paisaje a la concreción espacial de la diégesis cinematográfica, en sus distintos géneros y tramas, enriqueciendo con ello al cine en general.
En este sentido, se puede hablar, a grandes rasgos, de Ciudades de la Industria cinematográfica (como las anotadas en el cuadro precedente), de Ciudades Escenario de películas (sin industria), y de ciudades que conjugan ambos aspectos. De las enlistadas, quizás Hengdiang, Ouzazarte, Iver Heath, Culver City, Tucson o Rosarito B.C. podrían nombrarse como ejemplos de ciudades con estudios, pero sin o con poca experiencia como escenarios fílmicos. Ciudades cinematográficas sin estudios internacionales o industria, pero que han servido reiteradamente de escenarios importantes, la más obvia es Nueva York, pero también se pueden agregar muchísimas más ciudades y metrópolis importantes, como Buenos Aires, Río de Janeiro, Acapulco, Dublín, Montreal, Casablanca, Lisboa, Puerto Vallarta, San Francisco, Nueva Orleans, Sevilla, Dubrovnic, San Petersburgo, Brujas, Saigón, Venecia, Tokio, Pekín, Sídney, Viena, Florencia, Estambul, Ciudad del Cabo, Tánger, El Cairo o Jerusalén, por mencionar algunos ejemplos de entre una lista enorme. Por último, los ejemplos más emblemáticos de ciudades que combinan ambos aspectos serían París, Berlín, Los Ángeles, Moscú, Roma o Londres y, en mucha menor medida, Madrid, Belfast o México.
El registro de la generalidad de los ejemplos de ciudades y películas filmadas en ellas que se pueden mencionar, arrojaría una lista enorme y, hasta cierto punto, innecesaria. Más útil sería quizá referirse a casos emblemáticos de películas que han trascendido por su importancia en la historia del cine y, por supuesto, a las ciudades donde fueron rodadas, gracias a lo cual han visto proyectada su imagen sociourbana y adquirido o acrecentado su fama internacional. Volveré sobre este punto en el próximo apartado.
Las películas han proyectado por más de un siglo una enorme diversidad de lugares y objetos urbanos, principalmente los que tienen algún significado o atractivo especial, en principio para la trama de una narrativa filmada, pero también para darle atractivos adicionales a las películas que se producen, y ampliar su mercado entre las audiencias, y, por añadidura, quizá también para difundir los atractivos de un potencial destino turístico.
Alguien ha escrito que “en un sentido significativo, el cinema es un ‘arte de la ciudad’. Desde los hermanos Lumière, el cine ha representado distintos espacios, estilos de vida y condiciones humanas de la ciudad. Formalmente, el cine ha tenido una llamativa y distintiva habilidad para capturar y expresar la complejidad espacial, la diversidad y el dinamismo social de las ciudades por medio de la mise-en-scène, la iluminación, la fotografía o la edición” (s/a: “Constructing the city in cinema”).
Se trata de una dinámica cultural que ha transformado a las ciudades en personajes de propio derecho en las producciones cinematográficas, pero que también retroalimenta la dinámica urbana junto con la imagen que de las ciudades se hacen los espectadores y las audiencias. De alguna manera, por ejemplo, “gracias al cine las ciudades mismas se han vuelto espectáculos; también ellas son rediseñadas constantemente de acuerdo con los deseos de la gente influenciada por imágenes cinematográficas. En la actualidad, los centros comerciales, los parques de diversión, los museos, jardines, decorado de las calles, etc., vuelven espectacular a la ciudad, y todo ello se construye, en gran medida, a partir de imágenes cinematográficas”. (“Constructing the city in cinema”: 81).
Por eso cuando otro autor se pregunta “¿dónde está el cine?”, la respuesta que encuentra más lógica es: “está ahí fuera a tu alrededor, el cine está en toda la ciudad: esa continua y maravillosa representación de películas y escenarios” (Baudrillard, 1988: 56, citado en Clark, 1997).
Por su calidad de escenarios recurrentes, las ciudades filmadas terminan añadiendo una cualidad distintiva a su imagen y “personalidad”. Gracias a las imágenes registradas en el celuloide y difundidas en las pantallas, las ciudades enriquecen enormemente la percepción que tienen de ellas sus habitantes y quienes las visitan. Y la redondean porque se trata de una vivencia actual, donde el espectador suele también proyectar en la ciudad misma las experiencias acumuladas en la fruición cinematográfica (es decir, viendo películas), a lo largo de su propia historia como espectador.
Sólo así es posible entender un rasgo peculiar del registro fílmico de los objetos y espacios urbanos. Sorlin toma nota de la importancia de los escenarios citadinos y reconoce su enorme significado tanto para el cine como para las ciudades mismas. Pero recuerda que “aun así”, en estas cintas hay muy poca información sobre las metrópolis. Si extrajéramos de las películas las imágenes de Nueva York, Londres o París, encontraríamos las mismas imágenes recurrentes (algunas veces exactamente los mismos planos, usados dos o más veces) y sería imposible hacer documentales con ellas. Hasta la década de los sesenta la mayoría de las ciudades cinematográficas parecían más modelos de ciudad que lugares reales” (Sorlin, 2001: 21).
Cabe en este punto recordar las primeras películas realizadas en los albores del cine. Predominan escenas breves de algún acontecimiento ocurrido en una ciudad determinada. Ejemplos obligados son El Puente Leeds, La llegada del tren, La salida de la fábrica o Un bombero americano. Aún con estas breves imágenes registradas muy tempranamente, el cine habría cambiado la manera de percibir a la ciudad. Recuérdese la experiencia narrada por Sigfried Krakauer.
Pero si bien desde sus inicios las cintas suelen proyectar “muy poca información sobre las metrópolis”, y las escenas donde aparece la ciudad real pudieran ser relativamente exiguas, lo que no es siempre el caso, de todas maneras, las imágenes que se proyectan en la pantalla cumplen bien su finalidad de estimular la curiosidad y el imaginario del público, para hacerse de una representación más inclusiva que las solas escenas y lugares filmados. “En este sentido, escribe Lorente Bilbao, la imagen de la ciudad no se reduce a lo visible, a lo efectivamente construido, sino que abarca también el horizonte de referencia en el que se dan cita múltiples representaciones y relatos que construyen y reconstruyen, escriben y reescriben la ciudad y sus imaginarios” (Lorente Bilbao: 595).
Por su parte, Sorlin no ignora ese contexto significativo, pero en lugar de referirse a él como lo estoy entendiendo aquí, trata de deconstruir la imagen general, una imagen moral en varios aspectos, que las películas proyectan sobre la gran ciudad (la “metrópoli”), y que establece una línea divisoria entre la simplicidad de la vida fuera de las ciudades y el mal y los peligros que acechan a quienes viven en ellas. Esto no me interesa, sino el marco de experiencias personales del espectador, que también es interpelado por cada representación de una ciudad en alguna película.
La fruición cinematográfica activa varios elementos que estructuran la recepción que las audiencias hacen de las películas, es decir, la forma como perciben las imágenes que proyectan, la historia que narran y el efecto dramático que procuran. Sobre este trasfondo se construye la percepción del espectador respecto de las ciudades donde trascurren las tramas de las películas, especialmente cuando la localización espacial de la historia es significativa en algún grado.
El cine evoca y genera imágenes, creencias y emociones relacionadas con una ciudad, lo que abona a su capacidad de conmover al espectador, sin olvidar que la fruición misma produce una experiencia del espacio urbano nueva y palpitante, gracias al “efecto de realidad”. En general, los actos de evocar y crear experiencias no emanan sólo de lo observado en la pantalla, también remiten al contexto en que son insertados, es decir, a la mentalidad y experiencias del observador, vale decir, su propio marco perceptivo.
Grosso modo, junto con los filtros cognitivos, apreciativos y evaluativos (es decir, actitudinales) y el temperamento del espectador, distinguiría específicamente los siguientes elementos contextuales de dicho marco perceptivo. Quizás habría que considerar primero los gustos del espectador en materia de géneros cinematográficos. En segundo término, la estructura emocional de la persona. En tercer lugar, su nivel educativo y su bagaje cultural. En cuarto término, su conocimiento de diversas ciudades, y en este punto su experiencia como visitante de algunas de ellas (como “turista”, por ejemplo). En quinto lugar, su “ciudadanía” en términos de identidad urbana: es decir, la mentalidad característica de los habitantes de una ciudad determinada que comparte en algún grado. En sexto lugar, el peso variable que pueden tener los elementos idiosincráticos de esta identidad, es decir, por ejemplo, el grado de “parroquialismo” del espectador. Y en general, las experiencias significativas vividas como “ciudadano”: es decir, las que activan la experiencia de vivir en una ciudad dada, al momento de percibir las imágenes citadinas que observa en la pantalla.
Finalmente, cuenta, por supuesto, la propia vivencia particular que se experimenta en el momento mismo de observar una película, donde confluyen el marco perceptivo, de un lado, con las características de la películas observadas, del otro: me refiero aquí a la relevancia de la historia narrada y la verosimilitud de la trama, a la ciudad(es) donde transcurre, al efecto dramático que la narración produce en el espectador (es decir, el grado en que logra conmoverlo) y al efecto neto de realidad que genera.
Si la ciudad es un elemento importante y visible de la trama y la historia filmada, y en la confluencia de los elementos mencionados (subjetivos y objetivos, del mensaje y del receptor), el cine logra entonces contribuir a la definición del “carácter” y la “personalidad” de las ciudades como “personajes” (Glasgow film, 2015; Raz, 2015). Por ello, Sorlin se ve obligado a citar a George Simmel, quien llegó a sostener que “la ciudad no es una entidad espacial con consecuencias sociológicas, sino una entidad social con forma espacial” (Sorlin, 2001: 28).
Uno de los beneficios concretos que el cine brinda a las concentraciones urbanas, es llamar la atención y convocar el interés de los potenciales visitantes y turistas, gracias a la “imagen” y el “carácter” de una ciudad que se proyecta entre los espectadores. Pero no solamente esto es lo que ocurre: los rasgos y elementos más emblemáticos de una ciudad, proyectados por el cinematógrafo, logran comunicar hacia fuera, entre los que no viven en ella, una identificación urbana de la ciudad en cuestión, mientras que al mismo tiempo contribuyen a posicionar significativamente esos rasgos como focos de identidad colectiva entre quienes la habitan. Se trata de una especie de juego de espejos, donde la identidad y el “carácter” fílmico de una ciudad se experimentan, en un punto específico, con un matiz distinto entre los “locales” y los “foráneos”.
Si, como escribe Simmel, la ciudad es “una entidad social con forma espacial”, se debe entender que la proyección de la ciudad por medio de las imágenes cinematográficas, puede muy bien cristalizar en una percepción colectiva sobre la que se estructuran los imaginarios urbanos, es decir, representaciones con sentido y significación social de los paisajes citadinos reflejados en la pantalla. En este sentido, el concepto screenscape refiere a la imagen cinematográfica de una ciudad sobrepuesta a las percepciones de la ciudad real, ambos niveles mezclados en la representación social de la ciudad como paisaje (cityscape), y como horizonte de la interacción social, de los desplazamientos y las experiencias cotidianas de sus habitantes (Baudrillard, 1988).
Ciudades del cine
Nowell-Smith habla de ciudades “imaginarias” y de ciudades “reales”, dependiendo de si los escenarios de una ciudad son reproducidos y simulados en un estudio cinematográfico, o si más bien son filmados en locaciones reales y en “exteriores”. Las películas rodadas en ciudades “imaginarias” pertenecen a la categoría “Studio Shot”, mientras que las filmadas en ciudades reales corresponden a la categoría “Location shot” (2001: 101). Además de las implicaciones más evidentes de esta distinción, llama la atención que Nowell Smith no puede dejar de mencionar que “el atractivo de los filmes de esta última categoría (ciudades reales) puede ser turístico”. Pero incluso las del primer tipo pueden tener este atractivo, como se verá cuando se aborde la experiencia de la cinta Casablanca.
En este apartado continúo con la cuestión de las ciudades en su calidad de escenarios fílmicos, refiriendo ahora una variedad interesante de casos emblemáticos. Evidentemente, se incluyen aquí las ciudades que, al ser “ciudades de la industria”, también han sido escenarios reiteradamente filmados a lo largo de la historia del cine. En ambos casos, salvo pocas excepciones, las películas que se mencionan son producciones pertenecientes a la categoría “Location shot”. Es necesaria esta precisión porque existen casos excepcionales famosos de cintas que, al pertencer a la categoría “Studio shot”, han trascendido en el imaginario del público como si se hubieran filmado en “locaciones” reales.
Antes es conveniente contextualizar todos esos casos particulares, entreviendo el estado general de la producción cinematográfica en el mundo, con el fin de complementar la perspectiva que se empezó a demarcar en la breve revisión de ciudades “sede de la industria”. Se verá que hay correspondencias lógicas entre las ciudades más importantes en materia de producción cinematográfica, y el volumen de producciones donde aparecen también como escenarios privilegiados.
En una primera aproximación se reportan a continuación estadísticas relativas a la generalidad de las producciones para el cine y para la televisión filmadas en distintos países (cuadro 2). Como es de esperarse, entre los cinco países más filmados son Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia, con la inclusión un tanto sorpresiva de Canadá. También es previsible que Italia e India se incluyan entre los diez más filmados, y llama la atención que en este grupo se encuentre Australia y, particularmente, México.
| Cuadro 2. Países más filmados. Producciones de cine y TV | |
| Estados Unidos | 139,506 |
| Reino Unido | 25,768 |
| Canadá | 21,088 |
| Alemania | 12,567 |
| Francia | 10,338 |
| España | 10,333 |
| México | 9,053 |
| Australia | 8,860 |
| Italia | 8,004 |
| India | 5,944 |
Fuente: Business 08/01/2018 14:29 EDT | Updated 08/01/2018 14:35 EDT https://www.huffingtonpost.ca/2018/08/01/worlds-most-filmed-cities_a_23493983/.
La diferencia entre el número de producciones de cine y TV filmadas en Estados Unidos y el resto de los países es abismal: comparado con el Reino Unido, la cifra es 5.4 veces mayor, es 6.6 veces más elevada que Canadá, 11 veces superior a la de Alemania y 13 veces más que la de Francia y España.
México es un caso singular en este contexto. Como se ve, el volumen de producciones filmadas está en un nivel muy cercano a los de Francia, España y Australia e Italia, y supera considerablemente al de la India. Cabe suponer que el gran número de filmaciones que hacen a México un país altamente filmado, se explica por su cercanía con la ciudad de Los Ángeles, además de que este país ha sido el principal productor de programas de televisión en América Latina durante varias décadas (telenovelas, por ejemplo), aunque no se debe olvidar que a mediados del siglo XX su industria cinematográfica también era, quizás, la más prolífica de la región. Además, tiene una trayectoria mucho más añeja que la India, y ha podido acumular un número correspondiente de producciones más alto, pues como mencioné, hoy la India produce filmes a la par con Los Ángeles, y mucho más que los de México.
Al atender ahora a las ciudades más filmadas en producciones para cine (cuadro 3), sobresale la ciudad de Los Ángeles con más de 33 mil, seguida a distancia de Nueva York y Londres. El predominio de Estados Unidos también se confirma en este renglón, pues de las 15 ciudades incluidas en este cuadro, 8 son estadounidenses. Se incluyen 3 ciudades canadienses y 2 europeas. Retomo esta información con algunas reservas, pues las cifras pueden ser menores a la realidad. Sin embargo, las utilizo en el supuesto de que reflejan el ranking aproximado de las ciudades mencionadas, según su importancia como escenarios del cine.
| Cuadro 3. Ciudades más filmadas. Cine producciones | |
| Los Ángeles | 33,669 |
| Nueva York | 17,738 |
| Londres | 11,526 |
| Toronto | 5,737 |
| Vancouver | 4,110 |
| Chicago | 4,003 |
| San Francisco | 3,398 |
| Buenos Aires | 2,913 |
| Las Vegas | 2,789 |
| Atlanta | 2,568 |
| Barcelona | 2,564 |
| Sídney | 2,492 |
| Montreal | 2,449 |
| Austin | 2,257 |
| Filadelfia | 1,908 |
Fuente: Tencer: 2018.
Naturalmente, la información referida obliga a suponer que los escenarios urbanos más difundidos entre las audiencias globales corresponden, en principio, a paisajes de las ciudades enlistadas, y, por lo tanto, que se trata de las ciudades más “conocidas” mundialmente, gracias al cinematógrafo. No obstante, aunque esta es una conclusión lógica y obligada, hay casos donde se ilustra que el número de películas filmadas en una ciudad o población no está en relación directa con su fama como escenario fílmico. A vuelo de pájaro menciono uno de esos casos: se trata de Cong, una pequeña localidad con menos de mil habitantes, situada en Irlanda del Sur, donde se filmó una cinta famosa en 1952. Sin embargo, por las características de la película en cuestión (volveré más adelante sobre ello), ella vale por una cantidad mucho mayor de filmaciones.
Esto es, si el número de películas filmadas en una ciudad es de enorme relevancia, también lo son algunos aspectos cualitativos del asunto. No hay que dejar de lado, para empezar, los gustos de espectador en materia de géneros, el efecto dramático de las realizaciones cinematográficas, el “efecto neto de realidad” que producen, junto con la calidad y atractivo de las locaciones, en tanto elementos importantes que inciden en la profundidad con que se imprimen las imágenes urbanas en el imaginario de los espectadores. Unas películas son, para decirlo en pocas palabras, más memorables que otras.
| Cuadro 4. Selección de películas filmadas en distintas ciudades del mundo | |||
| Ciudad | Película | Año | Director |
| Nueva York | Manhattan | 1979 | Woody Allen |
| Breakfast at Tiffany’s | 1961 | Blake Edwards | |
| Midnight cowboy | 1969 | John Schlesinger | |
| Londres | London Simphony: a poetic journey through the life of a city | 2017 | Alex Barret |
| 28 días después | 2002 | Danny Boyle | |
| RocknRolla | 2008 | Guy Ritchie | |
| Los Ángeles | Sunset Bulevard | 1950 | Billie Wilder |
| El graduado | 1967 | Mike Nichols | |
| Pulp Fiction | 1994 | Quentin Tarantino | |
| París | Études sur Paris | 1928 | André Sauvage |
| Cleo from 5 to 7 | 1962 | Agnès Varda | |
| Amélie | 2001 | Jean-Pierre Jeunet | |
| Hong Kong | The World of Suzie Wong | 1960 | Richard Quines |
| Police Story | 1985 | Jackie Chan | |
| The Killer | 1989 | John Woo | |
| Roma | La gran belleza | 2013 | Paolo Sorrentino |
| Roman Holiday | 1953 | William Wyler | |
| Roma | 1972 | Federico Fellini | |
| San Francisco | Vértigo | 1958 | Alfred Hitchcock |
| The Conversation | 1974 | Francis Ford Coppola | |
| Milk | 2008 | Gus Van Sant | |
| Berlín | Berlín: sinfonía de una gran ciudad | 1927 | Walter Ruttmann |
| Las alas del deseo | 1987 | Wim Wenders | |
| The Bourne Supremacy | 2004 | Paul Greengrass | |
| Chicago | The Blues Brothers | 1980 | John Landis |
| El fugitivo | 1993 | Andrew Davis | |
| Widows | 2018 | Steve McQueen | |
| Washington | Todos los hombres del presidente | 1976 | Alan J. Pakula |
| Sin salida | 1987 | Roger Donaldson | |
| Wag the Dog | 1997 | Barry Levinson | |
| Moscú | Walking the Streets of Moscow | 1964 | Georgiy Daneliya |
| Moscú no cree en las lágrimas | 1979 | Vladimir Menshov | |
| La sirena | 2007 | Anna Melikian | |
| Brighton | Brighton Rock | 1947 | John Boulting |
| Quadrophenia | 1979 | Franc Roddam | |
| 20,000 Days on Earth | 2014 | Ian Forsyth, Jane Pollard | |
| Bombay | Salaam Bombay | 1988 | Mira Nair |
| Quisiera ser millonario | 2009 | Danny Boyle | |
| Amor a la carta | 2013 | Ritesh Batra | |
| Estambul | Desde Rusia con Amor | 1963 | Terence Young |
| Uzak | 2002 | Nure Bile Ceylan | |
| Cruzando el puente: los sonidos de Estambul | 2005 | Fatih Akin | |
| Madrid | Las chicas de la Cruz Roja | 1958 | Rafael J. Salvia |
| Abre los ojos | 1997 | Alejandro Amenábar | |
| Truman | 2015 | Cesc Gay | |
| Dublín | The Commitments | 1991 | Alan Parker |
| Ordinary Decent Criminal | 2000 | Thaddeus O’Sullivan | |
| The Drummer and the Keeper | 2017 | Nick Kelly | |
| Beijing | El último emperador | 1987 | Bernardo Bertolucci |
| La bicicleta de Pekín | 2001 | Wang Xiaoshuai | |
| Beijing Love Story | 2014 | Chen Sicheng | |
| Tokio | Lost in Translation | 2003 | Sofía Coppola |
| Sonata de Tokio | 2008 | Kiyoshi Kurosawa | |
| Tokio! | 2008 | Boong Joon-ho, Léos Carax, Michel Gondry | |
| Lisboa | Historia de Lisboa | 1994 | Wim Wenders |
| Capitanes de Abril | 2000 | Maria de Medeiros | |
| Tren nocturno a Lisboa | 2013 | Bille August | |
| Casablanca | Casablanca | 1942 | Michael Curtiz |
| Syriana | 2005 | Stephen Gagan | |
| Red de mentiras | 2008 | Ridley Scott | |
| Johannesburgo | Tsotsi | 2005 | Gavin Hood |
| Invictus | 2009 | Clint Eastwood | |
| Distrito 9 | 2009 | Neil Blomkamp | |
| Buenos Aires | Nueve reinas | 2000 | Fabián Bielinsky |
| El hijo de la novia | 2001 | Juan José Campanella | |
| El secreto de sus ojos | 2009 | Juan José Campanella | |
| México | Los caifanes | 1967 | Juan Ibáñez |
| Amores perros | 2000 | Alejandro González Iñárritu | |
| 007: Spectre | 2015 | Sam Mendes | |
| Río de Janeiro | El hombre de Río | 1964 | Phillipe de Broca |
| Ciudad de Dios | 2002 | Fernando Meirelles, Kátia Lund | |
| Rio, Eu te Amo | 2014 | Varios | |
| Santiago | Taxi para tres | 2001 | Orlando Lübert |
| No | 2012 | Pablo Larraín | |
| Una mujer fantástica | 2017 | Sebastián Lelio | |
| Brujas | The Killer is on the Phone | 1972 | Alberto de Martino |
| In Brugues | 2008 | Martin McDonagh | |
| PK | 2014 | Rajkumar Hirani | |
| Venecia | Locuras de verano | 1955 | David Lean |
| Muerte en Venecia | 1971 | Luchino Visconti | |
| Pan y tulipanes | 2000 | Silvio Soldini | |
| Acapulco | La dama de Shanghái | 1947 | Orson Welles |
| Mil caras tiene el amor | 1965 | Alexander Singer | |
| No se aceptan devoluciones | 2013 | Eugenio Derbez | |
| Viena | El tercer hombre | 1949 | Carol Reed |
| Before Sunrise | 1995 | Richard Linklater | |
| Sissi | 1955 | Ernst Marischka | |
| Sevilla | Lawrence de Arabia | 1962 | David Lean |
| Carmen | 2003 | Vicente Aranda | |
| Cruzada | 2005 | Ridley Scott | |
Fuente: elaboración propia a partir de información tomada del International Movie Database, entre otras fuentes.
Por otra parte, ya mencioné que una lista de ciudades filmadas puede tener la extensión que se desee, según los criterios que se consideren importantes a la hora de elaborarla. En el cuadro 4 presento una lista tentativa, donde se incluyen las ciudades más filmadas en la historia del cine, a las que se suman otras ciudades que, si no son el caso, su “personalidad” urbana las ha destacado como “personajes” atractivos en realizaciones importantes. Al mismo tiempo, seleccioné tres cintas por ciudad, representativas de distintos géneros, que incluyen cierta profusión de escenarios reales y que lograron proyectar de manera sugestiva algunos rasgos de su identidad urbana (las locaciones insertas en una percepción más genérica de la ciudad en cuestión). Un criterio adicional fue contemplar solamente películas con sus credenciales en forma, si hablamos de la calidad fílmica que las caracteriza.
Cae por su peso la dificultad casi insuperable que representa filtrar el gran número de producciones importantes, para seleccionar solamente tres por ciudad. Indudablemente, y más allá de los criterios mencionados en el párrafo anterior, en esta tarea es también inevitable que la decisión contenga un cierto grado de arbitrariedad, junto con la imposibilidad de dejar completamente de lado los gustos de quien hace la selección. Así que también no es difícil encontrar películas que podrían sustituir algunas de las consignadas en este cuadro, o incrementar la diversidad de géneros representados. En fin, reconocido esto, considero de todos modos que se trata de una lista interesante y, sobre todo, adecuada para los objetivos de este libro.
Como la lista es larga, sólo comentaré algunos ejemplos significativos, en el contexto de la argumentación y el análisis que he venido realizando. Empiezo necesariamente con París, Berlín y Londres, mencionando sendas filmaciones, las tres pertenecientes a un género cinematográfico que vio pocas realizaciones y fue rápidamente soslayado. Podrían pasar por películas documentales, pero no lo son rigurosamente, como no fue esa la intención de sus respectivos realizadores. Por ello se le denominó al género “City Simphony Genre” (“Sinfonía urbana”), el realizador ruso Dziga Vertov es uno de sus representantes más conspicuos.
En la lista no se le incluye, pero la obra de Vertov es quizás el ejemplo más destacado y reconocido de este género cinematográfico, y aunque lo menciono aparte, se le reconoce aquí su enorme relevancia. La cinta referida lleva de título Man with a Movie Camera, fue rodada en el año 1929 y las imágenes y escenarios corresponden a tres ciudades ucranianas: Odessa, Kharkiv y Kiev.
Para abundar un poco al respecto, refiero enseguida lo que escribe el realizador independiente Alex Barret (2014): “En los albores de los 1920s, cuando la era del cine mudo seguía en su apogeo, emergió el género de la Sinfonía urbana. Lo que constituye exactamente una Sinfonía urbana es algo fluido, pero hablando en general se le puede definir como un documental poético, experimental, que presenta un retrato de la vida diaria en una ciudad, al tiempo que intenta capturar algo de su espíritu distintivo”. Lógicamente, “el término se refiere a cintas que son influidas por la estructura y la forma de una sinfonía” (op. cit.: 5).
Este sería el género cinematográfico donde la ciudad aparece como el personaje central si no es que el único. Constituye una forma de experimentar con el uso de las cámaras y con los escenarios urbanos que registran, a fin de ejemplificar lo que constituye la esencia y la originalidad del arte de narrar con imágenes, de la especificidad de la diégesis cinematográfica, pero también conforme a la mixtura de formas arquitectónicas urbanas con estructura y patrones de una sinfonía musical.
De las cintas que sí incluyo, menciono enseguida el filme Études sur Paris, dirigida por André Sauvage en 1928, y “Berlín: sinfonía de una ciudad”, filmada en 1927, bajo la dirección de Walter Ruttmann. A lo largo de 76 minutos y 79 minutos, respectivamente, las cintas van armando una representación de la personalidad urbana de París y Berlín, convirtiéndolas en el objeto y contenido del efecto dramático y emotivo que provocan. Sobra decir que el espectador termina de ver cada película deseando vivir la misma experiencia, pero ahora en alguna de las dos, o ambas, ciudades reales.
Londres recibe el mismo tratamiento, con similares resultados, en una producción mucho más reciente, en una obra que precisamente rinde tributo al género. Se trata de la película London Symphony: a Poetic Journey Through the Life of a City, dirigida por el ya citado Alex Barret en 2017.
El resto de las ciudades consignadas en el cuadro 4, también son protagonistas de las películas enlistadas, pero de otra manera y en diferente grado. Son aún un elemento o personaje importante de la historia y de la trama, pero no llegan a ser los personajes únicos, como sucede en Sinfonías urbanas. Según la relevancia que revistan en el cuerpo de la narración, van de contribuir con los lugares por donde se desplazan la historia y sus personajes, hasta ser la fuerza que le da forma espacial a la trama y al argumento. Al saber que ambas cosas ocurren simultáneamente, se puede establecer de todos modos una direccionalidad de ida o vuelta, para decirlo de algún modo: la ciudad le da forma espacial a la narración fílmica o esta narración le da forma discursiva a la ciudad. Se trata de un matiz variable en grado, según la ciudad y la película, donde, podría decirse, en un caso la ciudad es proyectada, mientras que en otro caso es construida. Insisto que no son momentos excluyentes de manera inapelable: más bien, se trata de pensar de qué lado, del de la ciudad o del de la trama, recae el peso mayor al momento en que el espectador arma su percepción fílmica de un espacio urbano.
De las películas enlistadas en el cuadro 4, de las que cuadran con la primera categoría (la ciudad le da forma espacial a la narración) destacaría las siguientes: Manhattan, de Woody Allen; La gran belleza, de Paolo Sorrentino; Cleo de 5 a 7, de Agnès Varda; Quadrophenia, de Franc Roddam; Sonata de Tokyo, de Kiyoshi Kurosawa; Roman Holyday, de William Wilder; El tercer hombre, de Carol Reed; Bejing: love Story, de Chen Sicheng; In Brugues, de Martin McDonagh, y Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles y Katia Lund.
Puede decirse que las historias en esta categoría no podrían tener lugar en otras locaciones, de tan estrechamente que las imágenes de la ciudad le dan cauce a la historia y constituyen el fundamento básico de su verosimilitud. Manhattan, de Woody Allen, sería un ejemplo de lo primero, y no sólo por el título del filme. En esto son idénticos los casos de In Brugues, Sonata de Tokyo o Beijing Love Story. Aunque no va impreso el nombre de Roma en el título, La gran belleza no pudo tener forma física en otra ciudad, igual que Roman Holiday o El Tercer Hombre. En la película In Brugues, por ejemplo, el recorrido de los protagonistas por lugares emblemáticos de esta ciudad belga, está tan embebido en el argumento, que era imposible dejar de filmar en escenarios reales de la ciudad.
Por otra parte, cuando se dice que la ciudad le da forma espacial a la historia, uno se refiere al espacio geográfico y a los rasgos físicos de la ciudad, es decir, al paisaje urbano, pero no tiene que ser exclusivamente. La dimensión espacial incluye también elementos simbólicos originales, propios de una historia social que ha vivido. Ya consigné antes lo que al respecto escribe Lorente Bilbao: “la ciudad no se reduce a lo visible, sino que abarca también el horizonte de referencia en el que se dan cita múltiples representaciones y relatos”.
Menciono como ejemplo típico el caso de Quadrophenia. Brighton es un espacio insustituible y obligado para este filme, por un rasgo que al ser uno de los ejes de la trama, deriva su verosimilitud justamente de la historia de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX (particularmente los años 60). Para entonces, Brigthon es un lugar de vacaciones obligado para los londinenses, más que nada por sus playas. Pero también es el frente donde se dirime la rivalidad entre dos tribus urbanas de la época: los “Rockers” vs. los “Mods”. La ciudad era algo así como el destino socorrido de ambas identidades, siendo la confrontación violenta uno de sus momentos rituales más emblemáticos. Y al tiempo que la película retrata esta circunstancia de la ciudad, esta misma conforma el contexto significante para el conflicto que vive el protagonista del filme: Jimmy, un “Mod” en conflicto con sus familiares y amigos, que sufre también una profunda crisis de identidad, crisis que implosiona irreversiblemente cuando en un intento por recuperarla regresa de Londres a Brighton, sólo para cerrar el ciclo con un suicidio que nunca ocurre en realidad.
De las pertenecientes a la segunda categoría (la trama le da forma discursiva a la ciudad), destacaría Distrito 9, de Neil Blomkamp; Abre los ojos, de Alejandro Amenábar; 007 Spectre, de Sam Méndez; No, de Pablo Larraín; Invictus, de Clint Eastwood; El hijo de la novia, de Juan José Campanella; Lost in Translation, de Sofía Coppola; Tren nocturno a Lisboa, de Bille August; Red de mentiras, de Ridley Scott, y No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez.
En estos casos, la narrativa, los argumentos y la trama encuentran en cada una de las ciudades donde fueron rodadas los escenarios más adecuados para “espacializarse”. La ciudad es revelada en la trama y el argumento, porque éstos refieren a la ciudad.
Esta segunda categoría se puede, a su vez, subdividir en otras dos subcategorías. Están los casos de historias que le confieren visibilidad a una ciudad, y se filmaron efectivamente en ella. De las películas mencionadas en el párrafo anterior, en este casillero entran No (una película sobre del plebiscito chileno de 1988, para decidir la continuidad, o no, de Pinochet en el poder), Invictus (filme sobre el seleccionado sudafricano de Rugby durante la presidencia de Nelson Mandela), o Lost in Translation (sobre una mujer joven y un hombre maduro que se acercan para confrontar su soledad, intensificada por la estancia temporal en una ciudad hipermoderna y culturalmente extraña), y también cintas como Tren nocturno a Lisboa, 007: Spectre, Siryana, Red de mentiras y No se aceptan devoluciones.
Una segunda subcategoría de películas es aquella cuya trama tiene lugar en una ciudad conocida, pero fueron filmadas en otra parte, que simula ser la de la trama (inclusive en estudios). De las enlistadas en el cuadro 4 se pueden mencionar Lawrence de Arabia (la trama sucede en Arabia, pero fue filmada en locaciones de Sevilla y Marruecos), y Cruzada (filmada en Sevilla, Huesca y Córdoba, pero la trama sucede en Jerusalén y Kerak). Para abundar un poco, se pueden mencionar otras películas no incluidas en el cuadro 4. Argo, de Ben Affleck (la trama sucede en Teherán, pero se filmó en Estambul); Desaparecido, de Costa-Gavras (trama en Santiago de Chile, pero se filmó en la Ciudad de México); Pura suerte, de Nadia Tass (trama en Puerto Vallarta, pero se filmó en Acapulco); El magnífico, de Phillipe de Brocca (trama en Acapulco, pero se filmó en Puerto Vallarta); Green Zone, de Paul Greengrass (trama en Bagdad, pero fue rodada en Marruecos). Finalmente, en esta misma subcategoría de películas debe incluirse Casablanca.
Lo importante es que la ciudad mentada en la trama es la que se puede posicionar en la mente del espectador, a despecho de que las imágenes correspondan a otra ciudad, donde fueron efectivamente filmadas. El espectador de Cruzada, por ejemplo, queda persuadido de que una parte de la historia se desarrolla en Jerusalén, aunque no sea el caso. Lo mismo se puede decir de Desaparecido, donde los escenarios de la Ciudad de México pasan por locaciones de Santiago, dejando la impresión de que es esta ciudad la que se ve en la película.
Al final, el resultado de ver películas donde las ciudades son personajes (secundarios o principales), es que ellas pasan a imprimirse en el imaginario del espectador inevitablemente, aparte de la profusión de escenas, tomas y locaciones efectivamente registradas en el “acetato”. Por supuesto, como también lo dije antes, unas ciudades filmadas impactan más que otras al espectador y, por lo tanto, unas son más memorables que otras. Hay que agregar que son muchos los ejemplos de películas cuyo recuerdo es promovido intencionalmente por instituciones públicas o privadas, en razón de que ellas forman parte de la historia urbana y sirven para atraer visitantes y turistas, o son focos importantes de identificación colectiva para sus habitantes.
El cine impregna de imágenes urbanas el deseo de viajar de las personas cuando se quieren volver turistas. Le dan un contenido anticipado a la “ensoñación” (Hiernaux, 2015: 70) que se incuba primero en el potencial visitante de una ciudad, y a las “fantasias” que presagian las vivencias y experiencias posibles, en una ciudad que le ha resultado particularmente atractiva y, sobre todo, que ha despertado en él emociones particulares como espectador, y que desea vivirlas in situ en el destino de su interés. Pero incluso esta “ensoñación” y las “fantasías” (ibid.) consiguientes pueden sustituir el viaje real por uno imaginado, cuando no se tienen los medios necesarios para trasladarse físicamente. En este terreno, y, de cualquier manera, el cine incuba experiencias imaginadas que “pretenden” volverse reales.

Capítulo III.
Contexto nacional y ciudades del cine en México
Los capítulos precedentes han dejado ya establecido el marco de conceptos y la estrategia de análisis esencial. Quisiera continuar por la misma ruta, pero con la intención ahora de acercarme más al caso de estudio del presente libro, aunque todavía sin entrar de lleno en su disección. Pretendo que este capítulo sea el puente entre el marco general construido en los capítulos precedentes y las especificidades del caso aludido, que se abordarán en el capitulado subsiguiente.
Aquí me enfoco en dos tareas: la primera consiste en mostrar la situación de la relación ciudades/cine en México, se describen las experiencias más importantes; la segunda busca dar luz sobre el caso de estudio al referir casos significativos tanto nacionales como de otros países.
Cine e “identidad nacional”
Ya se vio que México es una de las reservas de locaciones más importantes del mundo. Si se consideran juntas las producciones fílmicas de cine y televisión, el país logra posicionarse en el séptimo lugar entre los países más filmados del mundo (cuadro 2). Curiosamente, ninguna ciudad mexicana aparece entre las 10 o 15 más filmadas, aunque con toda probabilidad la Ciudad de México se encuentra entre las 50 más socorridas en este punto.
Paralelamente, México tiene un volumen de audiencias de los más robustos a nivel global: en 2018 se registra un total de 332 millones de “Admisiones” en las salas de exhibición; estadística que posiciona a México en el cuarto lugar mundial, después de China, India y USA/Canadá (BFI, 2019: 9). Canacine confirma estas cifras, con pocas diferencias, pues en 2019 registró 350 mil boletos vendidos, casi el doble más que los adquiridos por los espectadores en el 2010.
De entrada, hay que establecer entonces que México, como país, constituye una referencia natural (“rural”) y urbana de mucha importancia en materia de escenarios fílmicos tanto para el cine nacional como para el extranjero. Respecto a la producción de películas, podría catalogársele como una potencia intermedia, obviando por supuesto la abismal distancia que lo separa de Estados Unidos y la India, vale decir, de Hollywood y de Bollywood. La producción anual de estas dos naciones supera las 500 películas y frecuentemente ronda las mil. En toda su historia, en México se habrían producido y filmado alrededor de tres mil películas nacionales e internacionales (2,547, con la exclusión de documentales y cortometrajes, más películas rodadas en espacios rurales o ciudades distintas a las ciudades que se registran en el cuadro 5), es decir, una cifra que en tres o cuatro años alcanzan estos dos países. Pero aún así, insisto, la perteneciente a México es una cantidad respetable de películas, en el entendido que ningún otro país del mundo se acerca al poderío fílmico de Estados Unidos y la India.
La diversidad y belleza de paisajes existente en México es el primer factor que habría que mencionar para entender la pujante industria fílmica mexicana (con sus ciclos y vaivenes). El otro es la vecindad con Estados Unidos y la proximidad de la ciudad de Los Ángeles, es decir, Hollywood, con la frontera mexicana. Otros elementos han sido de carácter histórico, como es el caso de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, que desplazó mucho de la producción fílmica de Hollywood hacia México, impulsando con ello también la consolidación de una industria fílmica propia. Y como un subproducto de esto último, está la creación de grandes estudios cinematográficos, como los Estudios Churubusco, en la capital del país, a los que se sumarían mucho después los estudios ubicados en Rosarito, Baja California, desde la década de los 90 (primero Fox Studios y luego Baja Studios).
Pero el cine también ha sido importante para el país por razones de otra naturaleza. Silva Escobar nos recuerda que “El cine es un hecho de cultura que produce, y en abundancia, símbolos con los cuales identificarse construyendo un saber iconográfico. Como señala Martín-Barbero, ‘en los tiempos de la modernización populista, años 30-50, los medios masivos de comunicación contribuyeron a la gestación de un poderoso imaginario latinoamericano hecho de símbolos cinematográficos’. De ahí que el cine se constituya en uno de los más importantes medios de comunicación de masas, en donde se aprende lo que es ser mexicano, al favorecer la gestación de una identidad que se desborda a gran parte de la región, donde es resignificada en cada uno de los contextos locales” (Silva Escobar: 2011. Martín-Barbero, 2000: 18).
Lo mismo, pero con otras palabras, escribió alguna vez Carlos Monsiváis: “El país requería bases comunes, lazos colectivos. El cine y la radio se cohesionan como factores irreemplazables de unidad nacional. Un público se sorprende al compartir entusiasmos y catarsis, integrado a una nación” (citado en Martín-Barbero, 2008: 163). Pero especialmente el cine “[…] unifica en sus espectadores la idea básica que tienen de sí mismos y de sus comunidades, y consolida actitudes, géneros de canción, estilos de habla, lugares comunes del lirismo o la cursilería, las tradiciones a las que la tecnología lanza en vilo ‘a todo lo que permite la pantalla’; en suma, todo lo que en un amplio número de casos termina por institucionalizarse en la vida cotidiana” (Monsiváis, 2003: 261, citado en García Benítez, 2020: 2)
Al hacerse de una industria fílmica boyante, con ciclos de prosperidad y declive, México permanece como una de los países más importantes de América Latina en este respecto. Una industria capaz de promover un imaginario nacional distintivo que, al tiempo que proyectó algunos signos icónicos que han identificado “lo mexicano” hacia el exterior, también proveía a la población nacional de focos imprescindibles de su identidad colectiva. Este imaginario ha sido un factor determinante para unir a un país geográficamente heterogéneo y culturalmente diverso, primero durante el proceso de modernización posrevolucionaria (con los ingredientes obligados de urbanización, secularización e industrialización), y después durante el agotamiento del imaginario nacionalista y su recomposición en el marco de la democratización política, la apertura hacia el exterior y el proceso de globalización. Y no está de más señalar que no son pocos los símbolos de esa identidad que tienen su origen en el folclore y la idiosincrasia del estado de Jalisco, y que aún permanecen vigentes.
Pero esta reflexión no debería obviar el hecho de que los espectadores no sólo consumen cine nacional. La realidad es que cada vez lo consumen menos, comparado con el volumen de películas extranjeras, especialmente norteamericanas, que se proyectan en las salas mexicanas. El sentido de nacionalidad que construye el cine, y que se reitera a lo largo del siglo XX y hasta la actualidad, sólo es un fragmento de los imaginarios más amplios, precisamente los que construyen y modelan las identidades personales (valores culturales y morales, preferencias de consumo, actitudes frente a las distintas dimensiones de la vida cotidiana, estilos de vida, etc.).
Haría falta reparar también en el dato verificado de que el cine nacional, desde su época de oro, mimetiza temas, estilos narrativos, tramas y personajes tomados de las recetas, los estereotipos y los modelos armados dentro de la corriente predominante en el cine de Hollywood. Hay excepciones, como las cintas de Buñuel o las típicas películas de charros, por ejemplo, pero que de todas maneras no dejaron de incorporar algunos elementos del wéstern (muy tropicalizados, eso sí).
El cine es global desde sus inicios, porque en sus temáticas contempla cuestiones y referentes universales, al menos porque tratándose de una industria lucrativa, uno de sus propósitos fundamentales es cubrir mercados internacionales, culturalmente diversos. En su evolución, el cine ha venido progresando en este aspecto, al grado de que, si bien Hollywood predomina en las audiencias internacionales, la presencia de otros países como el Reino Unido, Francia, España, la India o Italia es importante y abre el abanico de opciones que se le ofrecen al espectador.
En fin, la intención es reconocer que la identidad nacional es sólo un ingrediente, y a veces no el mas importante, de la identidad personal (que es el compuesto de varias identidades e identificaciones).
Escenarios no urbanos: Durango, un caso excepcional
En este contexto, México se ha hecho de sus propias Ciudades del cine (García Gómez y M. Pavés (2014). Es decir, ciudades que han sido atractivas para filmar películas, en razón de sus paisajes urbanos característicos. Los escenarios no urbanos (“rurales”) también son abundantes en el país, y han sido debidamente utilizados como sitios para filmar producciones tanto nacionales como internacionales. Cabe entonces referirse a los escenarios no urbanos, porque son parte del potencial fílmico que ha caracterizado a México, aunque no sean el tema central de este libro.
Por ello traigo a cuento solamente un ejemplo, el más notable, por cierto, de la profusión de escenarios rurales y de su aprovechamiento reiterado, principalmente por Hollywood. Naturalmente, aquí me refiero al estado de Durango, del que cabe mencionar algunos datos. Desde 1954, en esta entidad mexicana se han filmado 79 cintas extranjeras y 33 nacionales (112 en total). Estas cifras son excepcionales, pues mientras en el caso de las filmaciones urbanas la regla es que el número de películas nacionales es mayor que las extranjeras, en el caso de las filmaciones no urbanas, hablando del estado de Durango, ocurre lo inverso. Aquí los filmes extranjeros superan en un 239% a los nacionales.
El primer antecedente fílmico en esta entidad mexicana fue el rodaje de la cinta de corta duración Un tren llega a Durango, producida por personeros de Thomas Alba Edison en 1898. Por su parte, el primer largometraje extranjero se filmó 56 años después, es decir, en 1954. Se trató de la cinta White Feather (“Pluma blanca”), dirigida por Robert D. Webb y protagonizada por Robert Wagner, Jeffrey Hunter, John Lund y Debra Paget. Las locaciones donde se filmó esta ultima película, el poblado de Chupaderos, ubicado a 14 kilómetros de la ciudad de Durango, se convirtió a partir de entonces en un set famoso, recurrente por el abultado número de filmes rodados en la entidad.
En razón del género cinematográfico al que pertenece una parte importante de estos filmes, las palabras wéstern y Durango se asocian automáticamente. John Wayne, uno de los principales íconos de este género cinematográfico, filmó siete películas en locaciones duranguenses, llegando incluso a adquirir una famosa locación, el rancho “La Jolla”, ubicado en este mismo estado mexicano. Las películas que Wayne filmó aquí incluyen los siguientes títulos:
Ladrones de trenes (The Train Robbers, 1973). Dirección de Burt Kennedy, con participación de Ann-Margret.
El gran Jack (Big Jack, 1971). Dirección de George Sherman y el mismo Wayne.
La soga de la horca (Cahil U.S. Marshall, 1973). Dirección de Andrew V. McLaglen, coprotagonizado con George Kennedy.
Los indestructibles (The Undefeated, 1969). Dirección de Andrew V. McLaglen, compartiendo créditos con Rock Hudson.
Chisum (The Legend, 1970). Dirección de Andrew V. McLaglen.
Los cuatro hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder, 1965). Dirección de Henry Hathaway, coestelar con Dean Martin.
Ataque al carro blindado (The War Wagon, 1967). Dirección de Burt Kennedy y coestelar con Kirk Douglas.
Otros “wésterns” más elaborados, y títulos de acción y aventura que cabría mencionar de entre las 79 películas extranjeras rodadas parcialmente en Durango, sobresalen:
El Renacido (2015). Dirección de Alejandro González Iñárritu. Actuaciones de Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Will Poulter y Domhall Gleeson.
El Bueno, el Malo y el Feo (1966). Dirección de Sergio Leoni. Actuaciones de Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef.
Los 7 magníficos (1960). Dirección de John Sturguess. Actuaciones de Yul Brinner, Steve McQueen, Charles Bronson y Eli Wallach.
La máscara del zorro (1998). Dirección de Martin Campbell. Actuaciones de Antonio Banderas, Anthony Hopkins, Catherine Zeta-Jones y José María de Tavira.
También hay que destacar que Durango fue un lugar preferido por el prestigiado director estadounidense Sam Peckinpah, quien rodó tres de sus más famosas películas en locaciones duranguenses: The Wild Bunch (1969), protagonizada por William Holden, Robert Ryan y Ernst Borgnine; Pat Garret y Billy the Kid (1973), con James Coburn, Kris Kristoferson, Richard Jaeckel y Katy Jurado, y finalmente Mayor Dundee (1965), con Charlton Heston, Richard Harris, Jim Hulton y James Coburn.
En fin, como es de suponerse, no todas las películas son wésterns o géneros periféricos. De las películas importantes, pertenecientes a otros géneros cinematográficos, cabría destacar los siguientes títulos:
Romancing the Stone (Dos bribones tras la esmeralda perdida, 1984). Dirección de Robert Zemeckis. Actuaciones de Michael Douglas, Kathleen Turner y Danny DeVito, y género comedia-aventura.
First Knight (El primer caballero, 1995). Dirección de Jerry Zucker. Actuaciones de Sean Connery, Richard Geere y Julia Ormond, y género drama, de época.
Ben Hur (1959). Dirección de William Wilder. Actuaciones de Charlton Heston, Stephen Boyd y Haya Hararet, y género drama-época.
Conan the Destroyer (Conan el destructor, 1984). Dirección de Robert E. Howard. Actuaciones de Arnold Schwarzenegger, Grace Jones y Olivia d’Abo, pertenece al género fantasía-aventura.
La fama internacional que adquirió Durango como escenario predilecto para la filmación de cintas famosas, junto con la presencia de estrellas igualmente renombradas en el mundo, entra como un ingrediente más, entre los que proporciona el cine en el proceso de identificación de los mexicanos en el exterior, y un motivo de satisfacción que abona a la identidad colectiva de los mexicanos en el interior. Es decir, como “lugar” de cine, y por las funciones de este medio en la creación de un imaginario nacional (fincado aquí en el territorio y el patrimonio natural, principalmente), Durango figura como factor importante en la proyección internacional de México desde fuera, en la que se reconocen los mexicanos que saben de esta circunstancia particular. Aquí cabe recordar que la mayoría de las cintas filmadas han sido producciones de Hollywood —y como tales llegan a las audiencias globales—, y recordar también que México, a su vez, tiene uno de los públicos más asiduos al cine del mundo (ya se vio que está entre los cinco países con mayor número de “Admisiones”).
Ciudades mexicanas del cine que no han sido “ungidas” por el cinematógrafo
Por supuesto, otro tanto corresponde decir acerca del resto de la filmografía que ha acumulado el país a lo largo de casi un siglo, y que se ha realizado en las ciudades más emblemáticas de México. La diferencia es, naturalmente, el tipo y significación cultural de los escenarios urbanos, comparados con los rurales. Pero más allá de las diferencias, las ciudades mexicanas “del cine”, gracias a sus atractivos paisajes y arquitectura urbana, han sido filmadas con frecuencia en producciones internacionales, principalmente de Hollywood, aunque también de otros países europeos.
En el cuadro 5 procedo a enlistar las ciudades mexicanas más filmadas en la historia del cine, la gran mayoría a partir de la década de los 40. Naturalmente, sólo se contabilizan las cintas filmadas en las locaciones urbanas correspondientes, aparte de si se filmaron segmentos de ellas en el campo, en estudios o en varias ciudades. Lo mismo si en la trama aparecen como si se tratara de otra ciudad, real o ficticia.
Si sumamos números, tendríamos que en los escenarios urbanos más atractivos de México se han rodado 2,546 películas, tanto nacionales como extranjeras (siempre de acuerdo con la información de la International Movie Database). De este total, 415 corresponden a cintas extranjeras solamente (equivalentes al 16% del total). No es el número completo de las películas rodadas en escenarios urbanos del país, como tampoco incluye las cintas filmadas en escenarios no urbanos, pero es una cifra que no está muy lejana de la totalidad. Cabe precisar que aquí se excluyen filmes documentales, cortometrajes y películas para la TV.
| Cuadro 5. Películas filmadas en ciudades mexicanas del cine | ||||
| Ciudad | Películas extranjeras (1) | % (1 de 3) | Películas nacionales (2) | Total (3) |
| Rosarito | 21 | 72.4 | 8 | 29 |
| Puerto Vallarta | 34 | 68.0 | 16 | 50 |
| Tijuana | 52 | 45.2 | 63 | 115 |
| San Miguel de Allende | 9 | 32.1 | 19 | 28 |
| Veracruz | 26 | 27.0 | 70 | 96 |
| Acapulco | 42 | 19.0 | 179 | 221 |
| Cuernavaca | 21 | 18.1 | 95 | 116 |
| Guanajuato | 13 | 18.0 | 59 | 72 |
| Guadalajara | 11 | 11.8 | 81 | 93 |
| México | 186 | 10.7 | 1,541 | 1,727 |
Fuente: International Movie Database (IMDb) (sólo se incluyen largometrajes de ficción).
Esto significa llanamente que el cuadro 5 no contempla todas las ciudades o espacios filmados, pero me parece que sí incluye las ciudades más significativas y las más importantes en materia de espacios y locaciones para filmar películas. Hay que precisar también que las ciudades están ordenadas según el porcentaje de películas extranjeras filmadas, como parte del total.
En todo caso, se trata de una selección de las ciudades que ofrecen el mejor referente comparativo, útil para identificar las particularidades más significativas de Puerto Vallarta, concebida aquí como una de las ciudades del cine más importantes del país, y que es el objeto de estudio del presente libro.
Para ello empiezo sobre aquellas ciudades que, al ser espacios idóneos para rodar películas, no deben a alguna o algunas películas en especial, su proyección en el país y en el extranjero. En segundo término, volveré enseguida sobre aquellas ciudades que, al contrario, sí le deben a algunas o alguna película en especial su fama como lugares o destinos especialmente atractivos. En esta categoría de ciudades incluiré después ejemplos de otros países, destacando datos y características que permiten establecer un contraste también con la experiencia de Puerto Vallarta en el mismo sentido. Paso a la primera categoría de ciudades.
Ciudad de México
Como era de esperar, la ciudad más filmada es la capital del país, con 1,727 películas en total, de las cuales 186 corresponden a cintas extranjeras, lo que representa el 10.7% de aquellas. Se trata de una cifra lógica (el total mencionado), en razón de que la Ciudad de México tiene concentración urbana con la mayor diversidad de paisajes y escenarios, con las características necesarias para funcionar como locaciones idóneas en un amplio rango de géneros cinematográficos: estilos arquitectónicos, patrimonio monumental, cantidad y diversidad de edificaciones, dimensiones variables de calles y avenidas, abundante tránsito citadino —peatonal y vehicular—, riqueza de paisajes, como también infraestructura, logística y estudios de cine. Amén de la enorme centralización política, económica y administrativa que la favoreció hasta finales del siglo XX.
Lógicamente, fue la primera ciudad mexicana en recibir los inventos pioneros del cine. En una casa de lo que sería la avenida Francisco I. Madero, John Roslyn presentó en enero de 1895 el kinetoscopio, invento de Thomas Alba Edison, que pasó desapercibido para el gran público de la ciudad. No fue este el caso del cinematógrafo de los hermanos Lumière, que fue recibido personalmente por el propio presidente de México, Porfirio Díaz, en una función (6 de agosto de 1986) donde el concesionario de los Lumière, Claude Ferdinand Bon Bernard, junto al técnico Gabriel Veyre, presentaron al mandatario y a su familia las primeras realizaciones de los Lumière.
Se sabe que, gracias al éxito conseguido con Díaz, la primera presentación pública se realizaría unos días después, el 14 de agosto del mismo año, logrando una aceptación generalizada entre los capitalinos. “Después de su exitosa presentación, Veyre y Bon Bernard inician el registro de asuntos mexicanos. El 25 de agosto de 1896 se muestran al general Díaz y a su familia algunas de estas vistas, Grupo en movimiento del general Díaz y de algunas personas de su familia, Escenas en los Baños de Pane, Un paseo en el Canal de la Viga y Alumnos del Colegio Militar. Desde el primer momento, Díaz aprecia las ventajas propagandísticas de que su efigie filmada se difunda a lo largo y ancho del país y del mundo, por lo que Veyre y Bon Bernard captan al general en toda clase de eventos oficiales y familiares” (Dávalos y Ciuk, 2011: 698; García Riera, 1969).
Pero, además, y como ya lo adelanté, la capital del país cuenta con uno de los estudios más grandes del mundo, los “Estudios Churubusco”, inaugurados en 1945. Se trata de una ventaja competitiva más de la Ciudad de México que, por supuesto, abonó para concentrar en ella un gran número de producciones tanto nacionales como internacionales.
Un dato curioso, señalado por Emilio García Riera (1998: 27), es que la primera película rodada en los Estudios se filmó un año antes de su inauguración, en 1944. Se trató de la película Song of Mexico, dirigida por James A. Fitzpatrick, y estelarizada por Adele Mara, Edgar Barrier y George J. Lewis. En el año siguiente, el arranque oficial de los Estudios coincidió con la filmación de dos producciones importantes: la primera de uno de los directores más destacados de México, Emilio Fernández, y la segunda de uno de los directores más importantes del mundo, John Ford. Del primero fue la cinta La Perla, estelarizada por Pedro Armendáriz y María Elena Marqués, cinta galardonada con el Globo de Oro a la mejor fotografía. Del segundo, se trató del filme The Fugitive, protagonizada por Henry Fonda, Dolores del Río y Pedro Armendáriz.
La Ciudad de México ya tenía una imagen reconocida y de indiscutible fama internacional, antes de que el cine fuera una de las actividades culturales de gran relevancia en el país. Los fotogramas y las películas vinieron en todo caso a incrementar esa fama, y a proyectarla de manera diferente, ahora conforme a las extraordinarias propiedades comunicativas del cine. Hacia el interior del país se afianzó una imagen que, debido al centralismo, consolidó un sentido más o menos definido de nacionalidad, y hacia el extranjero se proyectó una imagen sustentada en los atractivos de una capital moderna, rodeada de una gran diversidad biológica y una enorme riqueza paisajística, como también de evidentes rasgos de una identidad pluriétnica y pluricultural, coronada con un aura de misterio, magia y exotismo, para nombrar solamente los aspectos positivos. A esta fama contribuyeron también muchos personajes de la cultura (los muralistas, por ejemplo) incluidos los cineastas (Buñuel, El “Indio” Fernández, Gabriel Figueroa, Fernando de Fuentes), pero también algunas de la expresiones más destacadas de la literatura como, por ejemplo, el surrealismo (Luis Buñuel, André Breton) o la generación Beat (William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Ginsberg).
La capital de México acaparó el 70% de las películas filmadas en las ciudades mexicanas más importantes a lo largo de siete u ocho décadas. Podría decirse que ha sido el equivalente de la ciudad de Los Ángeles, pero con estas cifras la supera sobradamente en el grado de concentración. Aunque en este punto cabe añadir que el porcentaje (30%) que le corresponde al resto de las ciudades enlistadas ha sido de todos modos importante, porque aún cuando no lo refleja, se han abierto nuevas opciones y espacios fílmicos en México. Me explico: si nos concentráramos en la época de oro del cine en México (década de los 40 y 50), de seguro el porcentaje de cintas filmadas en la capital del país se acerca al 90% del total. La situación es diferente en la actualidad. En 2019, por ejemplo, de los largometrajes filmados por estado en la república, sólo el 42.6% se rodó en la Ciudad de México. Sigue el predominio de la capital, pero se ha ido diluyendo el grado de concentración. Por cierto, a Jalisco le correspondió el 12%, al ser la segunda entidad más filmada después de la capital (IMCINE, 2019: 40).
En segundo lugar, si se observan las cintas extranjeras solamente, se verá que, al contrario de las producciones nacionales, su realización está mucho menos concentrada espacialmente en esas siete u ocho décadas. Primero, de las filmaciones totales en la Ciudad de México, los filmes extranjeros representan apenas el 10%. En segundo término, del total de cintas extranjeras, sólo el 45% se rodó en la Ciudad de México, lo que significa que la mayoría, el 55%, recurrió a paisajes urbanos del “interior” del país.
En fin, sólo para tener una idea del tipo de producciones rodadas en la Ciudad de México, me apresuro a mencionar algunos títulos importantes.
Primeramente, de la filmografía nacional:
Allá en el Rancho Grande (1948). Dirección de Fernando de Fuentes.
Los olvidados (1950). Dirección de Luis Buñuel. Actuaciones de Alfonso Mejía, Roberto Cobo y Estela Inda.
El ángel exterminador (1962). Dirección de Luis Buñuel.
Cabeza de Vaca (1990). Dirección de Nicolás Echeverría.
Solo con tu pareja (1990). Dirección de Alfonso Cuarón.
La invención de Cronos (1991). Dirección de Guillermo del Toro.
Amores Perros (1999). Dirección de Alejandro González Iñárritu. Actuaciones de Emilio Echavarría, Gael García Bernal y Goya Toledo.
Roma (2018). Dirección de Alfonso Cuarón. Actuaciones de Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Diego Cortina Autrey y Carlos Peralta.
En segundo término, de la filmografía extranjera:
Mistery in México (1947). Dirección de Robert Wise. Actuaciones de William Lundigan, Jacqueline White y Ricardo Cortez.
Butch Cassidy and the Sundance kid (1968). Dirección de George Roy Hill. Actuaciones de Paul Newman, Robert Redford y Katharine Ross.
Bring me the Head of Alfredo García (1974). Dirección de Sam Peckinpah. Actuaciones de Warren Oates, Isela Vega y Robert Webber.
Dune (1884). Dirección de David Lynch. Actuaciones de Kyle MacLachlan, Virginia Madsen y Francesca Annis.
Total Recall (1989). Dirección de Paul Verhoeven. Actuaciones de Arnold Schwarzenegger, Sharon Stone y Michael Ironside.
Romeo+Juliet (1996). Dirección de Baz Luhrmann. Actuaciones de Leonardo DiCaprio, Claire Danes y John Leguizamo.
Man on Fire (2004). Dirección de Tony Scott. Actuaciones de Denzel Washington, Christopher Walken y Dakota Fanning.
Sicario (2015). Dirección de Denis Villeneuve. Actuaciones de Emily Blunt, Josh Brolin y Benicio del Toro.
Spectre (2015). Dirección de Sam Mendes. Actuaciones de Daniel Craig, Christoph Waltz, Léa Seydoux y Ralph Fiennes.
Cuernavaca
La así llamada “Ciudad de la eterna primavera” entra también en la categoría de ciudades que no deben su fama originaria ni la imagen correspondiente al poder divulgador del cine. Como la Ciudad de México se ha beneficiado del cine ciertamente, pero ya cuando habían fincado su personalidad urbana en otros factores y circunstancias. De todos modos, resalta que es la tercera ciudad más filmada del país, con un abundante predominio de producciones nacionales. Las películas extranjeras representan sólo el 18% del total, aunque es una proporción mayor a la de la capital del país.
Es una opinión bastante difundida que el Hotel Casino de la Selva de Cuernavaca, Morelos, fue considerado el impulsor del turismo en esta ciudad desde los años 30. “El clima de este lugar y su ubicación lo hizo un lugar de encuentro e inspiración” por lo que “albergó a figuras de todo el mundo. Hoy ya no existe” (Nota de El Universal, 14/03/2020).
Una de esas figuras fue el escritor inglés Malcolm Lowry, quien inició su novela “Bajo el volcán” durante una estancia en el mencionado hotel, y residió en Cuernavaca entre 1936 y 1938 (Mejía Madrid: 2009). Además de Lowry, radicaron en Cuernavaca personajes como Elena Garro, Iván Illich y Erich Fromm, por mencionar unos pocos.
La cercanía con la ciudad de México sumado a los atributos climáticos, los escenarios de la Ciudad, el folclore y la cultura, y en particular proyectos como el Casino de la Selva, le imprimieron a Cuernavaca una identidad definida, de gran atractivo para el turismo nacional e internacional. Pero, de todos modos, el cine vino a capitalizar estos recursos devolviéndole a la ciudad la oportunidad de difundir, en el país y en el extranjero, imágenes de espacios urbanos atractivos, escenarios emblemáticos, junto con muestras valiosas de su espléndido patrimonio arquitectónico.
Por esta razón está entre las tres ciudades más filmadas de México, con 116 cintas en total, de las cuales 21corresponden a producciones extranjeras. Debo resaltar que la lista de filmaciones empezó hasta la segunda mitad del siglo XX, en la década de los 50, con tres cintas extranjeras y una nacional. De las primeras fueron Second Chance, 1953; Veracruz, 1954 y The Rivers Edge, 1957, y de la segunda se trata de El inocente, 1956.
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