Kitabı oku: «Lupicinio y los secretos de la calle Abtao»

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LUPICINIO Y LOS SECRETOS DE LA CALLE ABTAO

Dedicatoria

Indice

NOTA DE AUTOR

PRÓLOGO

1

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3

4

5

6

7

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EPÍLOGO

Recuerdos

Esbozo de proyecto

Discurso de Rosa

Destino de los personajes

GLOSARIO DE TÉRMINOS

FOTOGRAFÍAS

Acerca del autor


LUPICINIO Y LOS SECRETOS DE LA CALLE ABTAO

Marco León Linares

Primera edición: febrero de 2022

© Copyright de la obra: Marco León Linares

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-124649-6-2

Código ISBN digital: 978-84-124649-7-9

Depósito legal: B 20356-2021

Ilustración portada: María Gavilán Herrera

Corrección: Teresa Ponce

Diseño y maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier me- dio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o trans- formación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titula- res, excepto excepción prevista por la ley»

Dedicatoria

Dedicado a la memoria de los vecinos de tantos barrios de Madrid, que padecieron y sufrieron las consecuencias de un régimen represivo y golpista, que representa el momento más triste de la historia reciente de España. No sé si para recordar, pero sí para no olvidar.

Este libro no hubiera salido a la luz sin la lucha callada y arriesgada de mi padre, que día a día era víctima de tanta persecución vengativa.

Indice

Nota de autor

Prólogo

1. Rosa Martínez y sus conversaciones con Macandito

2. Infante, esencia de Lupicinio

3. Torturas

4. Silencio y terror

5. Martín el carretero

6. La excursión

7. Alejandro y Sotero

8. La poza

9. Los pendientes

10. El circo

11. La verbena

12. Ramón y sus condecoraciones

13. El hijo del botijuela

14. Botellas milagrosas

15. Mariluz y Palmiro

16. La raza patriótica

17. Adopción fallida

18. Familia Villar. El taller de la fábrica de ampollas

19. Rocío y Leandro

20. El golpe de Estado

21. El proyecto de Rosa

22. Vaquería precintada

23. Ubaldo

24. Los corralones

25. El acuerdo

26. Monólogo interior de Rosa

Epílogo

Recuerdos

Esbozo de proyecto

Discurso de Rosa

Destino de los personajes

Glosario de términos

Fotografías

NOTA DE AUTOR

Querido lector:

Corría el mes de febrero de 1941, y al preso número 12234 le comunicaban libertad provisional bajo juramento al Régimen y fidelidad al Movimiento Nacional, para que, en combinación con un alto mando del Glorioso Movimiento, pusiera a su servicio todos sus conocimientos profesionales para la construcción de un canal de experiencias en el municipio de El Pardo y un convento en La Puebla de Montalbán, provincia de Toledo. El proyecto iba a ser lento, y el alto mando destinó al preso Francisco Herrera a La Puebla de Montalbán para ser presentado al prior del futuro colegio-convento. Dos días más tarde, le mandaron llamar para darle instrucciones de los pasos a seguir en los nuevos encargos, atribuírle la responsabilidad total y absoluta de maestro de obras del Canal de Experiencias del Municipio de El Pardo y encomendarle la finalización del colegio-convento para el año 1949. El preso Francisco Herrera fue a presentarse e identificarse al despacho de su superior, y, para su sorpresa, dentro del despacho se encontraba esperándole un viejo conocido, un ingeniero de minas y arquitecto llamado Miguel Ángel García, que tiempo atrás dirigió las minas de Linares (Jaén), donde Francisco Herrera era su mano derecha. Una vez resuelta la incógnita de su puesta en libertad del campo de concentración y con vistas a su futuro, comentó a su superior que para cuándo iba a comenzar la actividad, y este le contestó que todo era urgente y que hasta no terminar el colegio no empezarían con el canal de experiencias. Miguel Ángel entregó dos sobres a Francisco Herrera, uno para el prior de los franciscanos del convento y otro para él, el cual contenía trescientas pesetas de la época para cubrir los gastos del viaje a La Puebla de Montalbán, la manutención de su familia y sus emolumentos.

Herrera agradeció a Miguel Ángel tanto favor, y este le contestó: «Sigue aplicando tu talento como cuando nos conocimos, que me sentiré holgadamente pagado».

Cuando llegó a su casa y comentó a Rosa Martínez, su mujer, todo lo acontecido, esta respiró en hondo sentir la alegría de la buena nueva.

El colegio de La Puebla de Montalbán se terminó en la fecha prevista, y Herrera y Rosa vieron incrementada la familia con un varón nacido en 1943 llamado Rafael, siendo el humilde servidor que está narrando estos hechos.

Herrera nunca pudo olvidar las miserias del campo de concentración, ni el trato vejatorio y amenazante, que los temblores de las mañanas no correspondían a las escarchas del frío campo, sino a la lectura de las listas de aquellos inocentes que tenían la calamidad y el azote de ser elegidos para ir llenando cunetas. Y Herrera no tenía otra obsesión que derecha, izquierda, derecha, izquierda... Según bailaba el «azar» del listero, así alargaba o acortaba la vida de tantos inocentes.

Herrera vivía en una pensión de La Puebla de Montalbán, y allí, después de salir del trabajo, en los papeles de estraza de los alimentos que la cocinera de la pensión le guardaba escribía todas sus experiencias, tanto del campo de batalla, nada más empezar la guerra, como de tiempo después, cuando fue hecho presionero a finales de 1936 en la frontera francesa de Perpiñán por las tropas alemanas.

Un día mi padre me dijo: «Rafael, hijo, ¿quieres venir conmigo a La Puebla y de esta forma conoces más chicos de tu edad, y cuando yo salga de trabajar te cuento cosas de los libros que leo, y así aprenderás muchas historias de la vida?». Yo le contesté: «Sí, padre, pero tendrá que ser el mes que viene, que me dan las vacaciones en el colegio».

De esta forma yo empecé a conocer a mi padre, su sentir, pero sobre todo sus pensamientos. Era un devorador de libros y, en general, de toda la cultura. La señora Amanda, bajo secreto, le enseñó un cuarto lleno de libros muy antiguos y le concedió el usar todo cuanto quisiera. Mientras estábamos en el cuarto mi padre me leía en voz alta, y yo, como si fuera una esponja, captaba todas las palabras, y aquello que no entendía me lo explicaba para mi buena comprensión. A él le debo el amor a tantos y tantos libros que por suerte pasaron por mis manos, para hacer de mí un hombre que solo soñó en aprender. Un día estando dentro del cuarto de los libros, la señora Amanda le comentó a mi padre que el ilustre Fernando de Rojas, siendo niño, también se alimentaba de las riquezas culturales de aquel cuarto secreto.

De tantas conversaciones como tuve con mi padre en La Puebla, recuerdo con amor cuando un día me dijo: «Todo cuanto te he contado y leído, así como los escritos en papel de estraza, quiero que los grabes en tu memoria y los guardes en sitio perpetuo de tu conocimiento, y el día que se pueda lo saques a la luz, y nunca olvides la grandeza de tu madre, que ella buena guía para tu vida será.

Una vez ya afincado en la calle Abtao, y mi padre trabajando en el Canal de Experiencias, yo seguí las enseñanzas del colegio religioso y mis andaduras y correrías fueron las de un niño más por el barrio.

Justo a la altura del número 26 de la calle Abtao, pisaba un farol de gas que se ganó todo el cariño del barrio, tanto de mayores como de toda la chiquillería, y fue bautizado con el nombre de su farolero, Lupicinio Infante. Lupicinio alumbraba las reuniones vecinales en verano, donde las conversaciones entre los vecinos tenían el ruido del querer ser y el silencio del no poder. Pero sí es verdad que entre las familias del barrio existía cierta fidelidad y un vínculo de unión secreto entre todas ellas, ya que estaban unidas por el papel de estraza y sus manchas de aceite. Infante representaba secretamente con sus notas el poder evitar cualquier error que pudiera afectar a un descuido vecinal, ya que la información que él recibía se la aportaba su hermano, que trabajaba en los archivos de Gobernación.

La barriada de mi niñez era una mezcla de pobreza y de familias pudientes, donde la indiferencia de estos últimos los convertía en lenguaraces contra la clase humilde, ya que contaban con el apoyo del jefe de barrio. El jefe de barrio, impuesto por los altos mandos falangistas y de nombre Battista, era un italiano que vino a luchar contra la República y, una vez terminada la contienda, como servil del régimen franquista, solicitó un cargo de servicio al Régimen y, como fiel delator que era, fue recompensado con la categoría de jefe de barrio ―de modo que todas las gestiones, tanto administrativas como ejecutivas, tenían que pasar por su mano― y con un segundo empleo de chivato laboral en una empresa metalúrgica. Este personaje era la crueldad de la ignorancia, pues su única misión era acaudalar denuncias en el barrio para aflorar el miedo en las familias.

Como consecuencia de la situación opresiva que se estaba creando en el barrio, el señor Herrera mandó llamar a Frutos, el Manquillo, y al señor Cócera ―dos vecinos ejemplares― para elaborar un plan de aviso al vecindario, con el fin de tomar medidas de protección por las llegadas nocturnas que realizaba la Político Social (PS) con sus bulos para el registro de los hogares. El plan consistía en que Infante (el farolero) traería la información que le suministraba su hermano y la introduciría, en forma de notas, en la rendija de la puerta de alimentación de gas del farol llamado Lupicinio, para ser recogidas más tarde por Cócera o el señor Herrera y repartidas por su cantidad correspondiente, depositándolas en el chiscón de la limpieza de cada finca. Después, cualquier miembro de cada una de las familias recogía una nota y la llevaba a su casa, y siempre antes del cierre de los portales por el sereno. El plan se aprobó y se puso en marcha en el más absoluto de los silencios.

Rosa Martínez tuvo una importancia vital en la unión y estructura de la colaboración vecinal, dada su fuerte personalidad. Querido lector, cuando leas el monólogo de Rosa entrarás espiritualmente en lo que Rosa llama el mundo «irreal», que, a diferencia de la vida «real» que vivimos, es esa vida espiritual en la que solo participamos nosotros, con esas conversaciones internas donde lo existente es eterno.

Y ya para terminar, quiero que sepas que toda esta historia está contada por uno de tantos hombres humildes que sufrieron las mayores vejaciones de una posguerra tiránica que esquilmó a tanta generación sacrificada.

Marco León Linares

PRÓLOGO

Año 1906

Fuente del Pisar, Linares, Jaén

Con tan solo seis años, Rosa Martínez iba con un cántaro a la fuente del Pisar cuando un pastor le salió al paso y le dijo:

—¿Vas a por agua y no a la escuela?

Y Rosa Martínez contestó:

—Somos pobres y servimos.

Macandito, el pastor cabrero, astuto, sagaz e ingenioso como la madre tierra contestó:

—Servir al señorito es servir al diablo, porque nunca serás libre. ¡Solo serás libre cuando vayas a la escuela.

1
Rosa Martínez y sus conversaciones con Macandito

Macandito fue un ser parido en sangre de rojo sol poniente. Su madre, por lecho, cueva le dio. Criado fue en pecho materno y a los tres años de vida campeó con el ganado que su madre desollaba para ganarse el sustento. Años de sabiduría materna recibió de esta, humildad, integridad y la protección de su alma cuando el mal acechaba.

El honor y el respeto a su madre fue su arma más valiosa para luchar en la vida. A los diez años, crecido y envuelto en sabiduría del bien que siempre le proporcionó su causa materna, manejaba el rebaño con los trinos de su voz y su carea llamada Luna, que le miraba esperando el silbido del camino al redil. Nunca fallaban, era una coordinación perfecta. Su raíz maternal le obligó a que el amor por su madre le empujara al deseo de que ella dejara de trabajar, él procuraría el sustento. Pero nunca llegó con Macandito, porque el señorito falleció y heredó el tirano de su hijo. Las leyes para el cabrero cambiaron, y el sustento pasó a ser frutos silvestres, leche y queso de sus cabras. Falleció su madre y oscurecieron sus días. Enterró a esta bajo la copa de un nogal que ellos cuidaban como parte de su alimento, y su delicadeza fue tan hermosa al enterrarla que entre sus brazos le dijo: «Fui parido en sangre de rojo sol poniente y dísteme el amor a mi ser, a mi ser real de hoy y mañana. Te cantaré en el tiempo y bautizaré mis canciones con el aliento de tu parto, porque eterno será en mí, ¡madre!».

Mis sueños son como los gritos a la libertad que claman en el vacío de la «nada», ¡y yo me veo presa en una sinrazón que me ata a lo impuesto! El sueño me cubre en «azul» y el resplandor que recibo me ciega en completo sentir, y camino en soledad como el verbo en el espacio mudo, donde la «nada» encuentra su silencio. Acompañada me veo, pero no distingo quién. Sujeto mi vara a dos manos y busco a Macandito por el olor de su ganado, presa quedo en mi ceguera cuando en llamada le oigo. ¡Y sé que rica seré en saberes! Porque en mis oscuras dudas él allanará los caminos de mis andares y encontraré su rebaño acompañándome en el tiempo, hasta ser alumbrada con sus conocimientos y el sentido de su propia existencia, que alcanzará mi ser hasta romper la duda del tiempo en mi «irrealidad».

—Macandito, ¿qué es el tiempo?

—Es el gozo que acompaña al bien cuando la bondad gobierna en la eternidad.

—¿Y la eternidad?

—¡El espíritu del tiempo!

—¿Y el alma?

—¡Es la compañera del «ser» que sufre los quebrantos en «lo real»!

—Macandito, si no has ido a la escuela, ¿por qué sabes tantas cosas?

—Porque mi escuela han sido los caminos de la vida.

—¡Pues ya me dirás cuáles son esos caminos! ¿Eh, Macandito?

Macandito siempre fue pobre en riquezas materiales, solo conocía el cobijo de una cueva y el cercado de piedra para su rebaño. Se alimentaba de frutos silvestres y leche de su ganado porque su señor no aportaba ni quinqués para alumbrar las cercas. Sus botas eran de madera en su base y forradas de tela vieja que le daban en algún que otro pueblo, y él hábilmente se protegía los pies acolchando las telas que le daban con hojas de parra y así poder caminar por tortuosos senderos. Pero era tan rico en saberes que nunca le faltó la luz para recorrer tantos trechos de alegrías y sinsabores. A sus careas les puso el nombre de Sol y Luna para su buena compaña en los días y las noches.

En la puerta de su cueva representó con piedras de pedernal todas las estrellas que él veía por las noches, y había formado un firmamento con la fuerza de su imaginación y la expresión que él recibía del cosmos. ¡Era una auténtica obra de arte! Macandito repartía riqueza allá donde iba, jamás negó un saber a quien lo necesitara, porque su humildad crecía con el aumento de sus pensamientos y su nobleza era comparada con el amor del eco a sus montañas. Gritaba, gritaba y gritaba con la fuerza de un trueno porque quería recibir el don de la eternidad y repartirlo con su rebaño, dándole a sus careas las coronas de guiarlos en el tiempo. Así era Macandito.

—Macandito, he tenido un sueño muy extraño. Caminando a por agua, se me apareció un hombre muy bien vestido y me preguntó que dónde había una fuente porque tenía mucha sed. Le dije que yo iba a por agua y se ofreció a acompañarme hasta la fuente del Pisar. Cuando llegamos, empezó a beber y la fuente se secó. Yo no le dije nada y, al terminar de beber, yo no reconocía su cara, era otro señor. Entonces me dijo: «Me han contado que te gusta la escuela y que quieres aprenderte todos los libros que hay en ella, ¿es cierto?». Y yo le contesté: «¡Sí, señor! Pero como soy pobre y mi madre sirve a unos señoritos, yo no puedo ir porque tengo que cuidar de mis hermanos». Y el señor me preguntó: «¿Y esos señoritos a los que sirve tu madre... cómo se llaman?». «Les llaman los Lujaneros y tienen muchas tierras y ganado», contesté yo. El señor me miró fijamente y me dijo que si yo quería ir a la escuela hablaría con los Lujaneros. Y yo le dije que sí, pero me puso una condición: que cuando acabara los estudios yo tendría que servirle a él. Yo callé y solo le dije que por qué tenía otra cara y no me contestó, me miró y me dijo: «Volveré a verte y hablaremos». Desapareció de la fuente y esta empezó a manar agua a raudales. ¡Tengo mucho miedo! ¿Qué he de hacer, Macandito?

—No tengas miedo, porque tú vienes del «tiempo irreal impuesto», y él no tiene sitio en tu principio eterno. Yo te limpiaré las huellas de tu sueño y ya no volverás a tener miedo. Los Lujaneros tienen la maldición del diablo, porque este les dio todas las riquezas que tienen. Y al final de sus días tendrán que pagar a su amo todos los intereses de su vida. Y como no tendrán medios, porque los gastaron en el tiempo, tendrán que pagar con su alma. Y la eternidad les marcará el camino a tomar. Y siempre serán siervos del diablo. Tú eres limpia y pura, tu existencia eterna no conoce mal, por eso fuiste engendrada en el tiempo. Tu camino «real» estará lleno de adversidades, pero tu honra final estará llena de honores y esplendor.

—Macandito, ¿qué es la sabiduría?

—La sabiduría, Rosita, es la esencia divina que la naturaleza te regala gratuitamente todos los días, ¡todo está en ella!

—¿Algún día seré sabia?

—No tienes que preocuparte porque, si recoges las lágrimas de la naturaleza y su humildad y nunca te dejas llevar por la soberbia y la petulancia, tu integridad será de acero y tu humildad allanará los caminos del falto. Porque la humildad del sabio es saber que ignora todo.

—Macandito, ¿cuántos dioses hay? Porque siempre le oigo a mi madre decir: «¡Ay, Dios mío!», y las penas y las quejas siguen en mi casa. ¿Acaso hay dioses ricos y dioses pobres?

—Rosita, los dioses no existen. Lo que se conoce como Dios es la palabra cobarde que el hombre y las religiones han utilizado para atemorizar a la humanidad. Solo existe lo que ves y la comunicación interna de tu espíritu con la grandiosidad de tu «irrealidad», siendo esta tu punto de partida en el tiempo. Y tu energía, el valor de tu ánimo, porque la eternidad seguirá abrazada al tiempo y en el tiempo estamos todos como las estrellas del firmamento.

—Macandito, no entiendo la forma de vivir en «lo real». Es una amalgama de hechos, circunstancias y situaciones, unas concretas y otras no, que, aunque se sepan las causas, no se pone remedio para que no oscile el equilibrio de nuestra existencia. Para mí, es un desatino, y no casual, del tratamiento que el propio hombre se administra como si fuera una droga necesaria para su propia existencia, cuando los resultados son totalmente negativos en el tiempo.

—Rosita, el hombre camina ciego porque su corazón no tiene ojos. Solo entiende que únicamente para él se creó la vida. Y la vida es la existencia de todo cuanto vemos, sentimos y compartimos en el tiempo. Y ya sabes que el tiempo es el gozo que acompaña al «bien» si la bondad gobierna. Pero el hombre no entiende que su propio «bien» es que le gobierne la bondad. Porque la bondad no es engañarse, es un sentimiento que rechaza todos los despropósitos que perjudican al «ser real». Y en ese sentido el corazón está coronado para que su rectitud sea un camino de perfección que marca las directrices espirituales de la bondad.

—Macandito, si el bien y el mal existen, ¿nunca seremos bendecidos por la bondad?

—Rosita, la bondad es eterna, porque su tiempo también lo es, y el mal es una actuación en «lo real» que no tiene cabida en «lo irreal», porque «lo irreal» es eterno y «lo real» limitado.

Macandito fue ese espíritu de sueños que siempre te acompañaba en tus ilusiones. Su humildad hacía florecer los campos que pisaba con sus botas bendecidas por su imaginación y un rebaño y dos careas, Sol y Luna, que le aportaban la alegría de vivir.

Era caminante de sueños en la noche, contaba las estrellas y hablaba con ellas, y para cada una tenía una copla, y ellas parecían sonreírle con gestos de amor y le mandaban besos y abrazos que él agradecía con sus coplas. Su trino de voz hacía envidiar a los pajarillos silvestres que de mañana componían las más bellas notas para agradecerle al día la luminosidad del sol. Macandito hacía lo propio para estar en paz por el regalo que recibía del cielo. Una mañana su carea Luna enfermó y murió de viejecita. La enterró bajo una higuera para que su aroma acompañara los ladridos de su eterno viaje. Macandito susurraba en paz y decía:

—No buscaré más caminos y piedras porque mi guía en la noche siempre me la marcó mi Luna. Cantaré y trinaré en mis recuerdos porque ladridos de amor me diste, y acariciabas mis manos, cortadas por el frío, con tu lengua. Tú me las curabas, y yo te abrazaba junto a Sol, y con la manta guiñapeada nos dábamos calor los tres en la cueva, como amantes sin destino. ¡No tendré más que una Luna, y esa Luna serás tú!

Un día fui a por agua más temprano que de costumbre y cuando llegué Macandito no había venido. Me extrañó mucho porque él siempre acudía muy temprano. Hice tiempo y al rato vi acercarse a Sol a beber agua y tuve un presagio. Al ver a Macandito triste imaginé que a Luna le había pasado algo. Le pregunté y al darme la noticia lágrimas brotaron de mis ojos, y no tuve por menos que abrazar a mi amigo y consolarle en la medida en que yo podía.

La falta de Luna fue un golpe tan duro que Macandito nunca se recuperó. Luna fue su primera compañera, de tantas y tantas fatigas como pasaron por aquellos caminos, y siempre tuvieron la fidelidad de la hija al padre. Macandito no volvió a ser el mismo, yo le colmé de cariño, pero su semblante pasó a ser el reflejo de un espejo donde el tiempo ya no cuenta.

Una mañana, acudí a por agua y Macandito no apareció. Me volví rápido a mi casa después de llenar el cántaro y se lo dije a mi padre, y me dijo que se enteraría si le había pasado algo. Cuando volvió mi padre al mediodía me dijo que nadie le había visto por Linares, y yo tuve una corazonada. No volví a verle jamás, solo en sueños. En uno de mis sueños comprendí que su marcha ya estaba en el tiempo. Macandito dejó la huella del ser, quería ser recordado y amado eternamente.

2
Infante, esencia de Lupicinio

En Madrid, noviembre de 1947. A la altura del número 26 de la calle de Abtao, Lupicinio rezumaba rocío desde el pico de su sombrero de chapa pavonada, junto a sus cuatro anclajes de ajuste, que bajaba sobre su robusto tronco cilíndrico-cónico, con la compaña de sus vetustas hendiduras de columna romana, llegando hasta la falda central y ensanchada por sus centros como si tapara sus vergüenzas, prolongando su conicidad hasta la base de sujeción al firme.

Lupicinio guardaba en sus entrañas todas las amarguras y el miedo tenebroso de las detenciones nocturnas de tantos vecinos que no regresaron y que cambiaron sus viviendas por tenebrosas cunetas. Los «corianas» obligaron a parte del vecindario a cambiar de vivienda por el mero hecho de haber tenido un familiar que le hubiera «olido la axila izquierda». Esta situación tan cruel de los corazones encogidos en hombres vencidos era debida a la codicia de un dictador cuya única obsesión era entrar espada en mano como Santiago Matamoros para salvar a la patria y ser recibido bajo palio. Había sembrado ríos de sangre para conseguir sus fines.

Al empezar la caída de la tarde, su gran amigo Infante apareció de súbito con la sonrisa más sedosa para darle a sus seis pezones el haz de luz más radiante y que Lucipinio pudiera ver con claridad cómo se desarrollaría la llegada de los bochacas y su frialdad de ánimo. Tocaban las puertas al azar o se iban de borrachera; al fin y a la postre, eran corianas curtidas de astucia y habilidad, adoctrinadas por los fundadores del yugo y las flechas.

Infante hizo un descanso para liar un cigarro de caldo de gallina (cigarrillos de tabaco picado), y ofreció al señor Amalio, el zapatero, la amabilidad de acompañarle mientras conversaban.

—¿Qué tal fue el día de ayer?

Y con mucho sigilo contestó Amalio:

—Tarde muy muy gris, tarde de jarrear, típico de perros. ¡En la casa de la pensión tres familias andaluzas fueron al hondo a cambiar su vivienda por cunetas!

—¡Ah, sí, cerca de la Pirenaica! —exclamó Infante—. Según han comentado, también iban tres jovencitos de unos catorce o quince años; los subieron a la camioneta 3HC y ya no han vuelto. Este es nuestro pan de todos los días, ¿hasta cuándo? No sé si es mejor sufrir y gachear con tiernos quejidos de dolor hasta el agotamiento del alma.

—¿Dónde se ha metido Dios, que no da la cara? —clamó el señor Amalio.

Después de conversar y consumir aquel caldo de gallina, Infante apoyó la vara de encendido en la puerta de Amalio, se dirigió hasta Lupicinio y, sujetándose a la base, se inclinó y se sentó en el encintado de la acera haciendo el disimulo de atarse la bota de trabajo para introducir una nota informativa en una ranura de la base de Lupicinio, practicamente invisible, pues coincidía con la tapa de alimentación de gas (solo conocida por Infante y dos más). Aquella noche, Alfonso Cócera sabía que tenía que recoger la nota. Una vez cerrado su taller de matricería, se dirigió como todas las noches a saludar a Lupicinio y fumarse un cigarro de cuarterón de liar, expendido en el estanco del guardia a cambio de dos cupones de la cartilla de racionamiento.

Antes de encender el cigarro, apareció el señor Herrera con el cansancio de catorce horas de trabajo en una obra experimental en El Pardo.

—¿Qué tal se dio el trabajo hoy? —preguntó Alfonso.

—Como siempre —contestó Herrera—, esta obra va para largo por sus complicaciones.

—¿Qué, nos echamos un rato al bordillo, descansamos y terminamos los cigarros?

—Sí, sí, vamos a descansar cinco minutos.

Había mucho que hacer. Herrera cogió la nota que había dejado Infante, se la enseñó a Cócera y se miraron fijamente. Los cigarrillos duraron poco, el tiempo apremiaba. Se levantaron, se despidieron y en silencio marcharon a sus casas.

Al señor Herrera y a Cócera les unía una gran amistad con Infante. Tuvo que ser en encuentros de muchas dificultades y de fríos escarchados donde algunos pensamientos buscaban unirse en el aire y poder escapar juntos de aquellos infiernos.

Una vez dentro de sus casas, Herrera enseñó la nota a su mujer, la señora Rosa, miliciana en la República y convencida de sus ideas, pero, ante todo, era madre.

—Herrera —le dijo—, ahí tienes encima de la alacena el papel de estraza y la tacita de aceite. No tardes, las gachas no pueden esperar mucho y tus hijos tienen «ajopatas» en el estómago.

Herrera cortó el papel de estraza en trozos irregulares y ungió cada uno de ellos con tres manchas de aceite. El momento era muy difícil para el barrio: se esperaba la llegada de algún apalpador rastreando en combinación con algún bochaca y la pesadez fastidiosa de los buzanos.

Tanto Herrera como Cócera cumplieron con su misión clandestina y volvieron a sus casas a esperar acontecimientos. Las terribles compañeras de los padres del yugo y las flechas siempre tenían sitio para llenar los huecos de sus cunetas, los vecinos estaban alertados. Ya dentro de sus casas, los héroes del papel de estraza cenarían sus gachas y su sopita de caldo Maggi, y, si esa noche había suerte, la sopa iría acompañada de unos cuantos raquíticos bailarines de clase baja: fideos finos.

Entrada la noche, sobre las diez horas, Víctor, el sereno, hacía su ruta y cerraba los portales de las casas. Este personaje era una coriana que vestía una bata grisácea al estilo de los balandranos. Este despiadado cafre, que disfrutaba contando las penalidades del barrio, por las noches solía dormir en el coche del médico falangista de los altos mandos militares que vivían por la zona, y en el coche rugía y rumiaba como vacas en prado.

En la historia de esta coriana servil, había una sombra eterna que le perseguiría hasta los últimos días de su vida: la muerte de un muchacho de diecisiete años, hijo de un republicano, el maquis, que vivía en la calle Juan de Urbieta.

Este guerrillero había venido de los Montes de Toledo a ver a su familia y, cuando intentaba marchar de nuevo al monte, fue interceptado por el «¡Alto! ¿Quién va?» del sereno. El hijo estaba alerta y ayudó a escapar a su padre, pero el despiadado y brutal asesino golpeó al muchacho con el chuzo en la cabeza hasta causarle la muerte. Este «gandinga» asesino vio frustrada su ambición, y el resultado le otorgó el título de criminal. Ya en la huida, el padre juró volver y hacer justicia a su hijo. Marchó a los Montes de Toledo y hasta pasados muchos años no pudo regresar a Madrid. El homicida fue recompensado por el Régimen con una paga vitalicia de dieciocho pesetas semanales y un diploma de agradecimiento del jefe de barrio, por el servicio prestado en honor a la salvaguardia de la patria.

El ambiente en la calle estaba sumido en un óxido mental, donde la incertidumbre y la duda continua de la sospecha de ser tú el «elegido» por una denuncia falsa hacía ver a todo el barrio un final que solo se podía comparar con los autos de fe que los comisarios de la Inquisición ejercían sobre el denunciado.

—¡¡Battista, Battista, ven rápidamente para que veas lo que están haciendo en las tapias de los patios de luces que dan al solar de los corralones!! ¡¡El hijo de Urbano Quilón, el pequeño, está pintando!! ¡¡Parecen unas porterías de fútbol y está acompañado de dos más que no sé quiénes son!! Ponte enérgico con ellos, ya sabes que estos actos de desobediencia están castigados con la multa de tres pesetas. Y no se te olvide que haga la carta de disculpas, para eso eres la máxima autoridad del barrio.

Battista, falangista de adopción, con voz quebrada por guiños esperpénticos y babas blancas compañeras de las comisuras de sus labios, le dijo a su mujer:

—¡Muy bien, Adoración, esta es tu misión! Recuerda las palabras del jefe de centuria cuando me fue concedido el puesto de jefe de barrio: me deberás obediencia plena y colaboración en todo lo que concierne al control, tanto político como social. ¡Las leyes las haré cumplir con puño de hierro y mearé en los escondrijos donde están camuflados todos los rojos, y saldrán como hormigas pidiendo clemencia!

Adoración, mujer «acecharroscas» de pelijas arratonadas y barriga prominente, hacía gala de su mandil con más estampados de grasa que los algodones de un mecánico, pues lo utilizaba con frecuencia para llevar en su regazo cualquier hortaliza o patatas que le regalaban aquellos apalpadores que escupían en su oído algunas informaciones de falta de honra y que, en más de una ocasión, hicieron temblar de miedo a muchas familias. Battista, con libreta y lápiz en mano, bajó hasta el solar, y su sorpresa fue ver que no había nadie. Solo pudo comprobar la existencia de una portería de fútbol pintada con yeso blanco sobre unas tapias de patios de luces. ¡No había nada más! Se quedó un poco perplejo, pero pensó en volver por la tarde.

El jefe de barrio era un excombatiente italiano afincado en España que se afilió a la Falange Española, donde, por sus «méritos de guerra», le ofrecieron un puesto de jefe de barrio y un trabajo de «chivato laboral», indecente trabajo, propio de algún «abisinio perdiguero» alimento del fascio italiano.

Aquella tarde estuvo merodeando por el solar y los corralones, pero no consiguió dar con ninguno de los artistas de la obra. Realmente era difícil dar con ellos, el frío y la niebla del mes de enero no acompañaban para hacer de Tommaso Ponzi. Seguramente estarían jugando al pimpón en la parroquia. Decidió personarse en casa de la familia Quilón. Una vez en la puerta, llamó con estrépito y dureza, pues presumía de sus entrenamientos y practicaba dando puñetazos en los árboles del bosque hasta sangrar (en realidad se le estaba encallando la mano). Siempre alardeaba de que algún día sería compensado por el Régimen y le darían un buen destino como policía de la PS. Para no defraudar, dirigía sus entrenamientos a emplearlos en los bajos del Ministerio de la Gobernación practicando torturas contra aquellos inocentes que pudieran sufrir denuncias falsas ―lo cual estaba a la orden del día, ¡¡todo cuanto pudiera oler a rojo había que exterminarlo, eran los enemigos del Régimen!!―. Después de insistir varias veces, la señora Encarna abrió la puerta y, dando las buenas tardes, preguntó al jefe de barrio que en qué podía servirle, a lo que este contestó con voz gruñida y fonética articulada por los vinos de La Ardosa con los que el señor Alberto siempre le agraciaba por aquello de «el chivato siempre contento».

—¿Sabe quién soy? —preguntó Batista.

La señora Encarna contestó:

—Sí, señor. Es usted el marido de Adoración. ¿Ocurre algo?

—¡Pues sí! Tengo que hablar con su hijo José Luis en presencia de ustedes dos. ¿Está su marido?

—No —respondió la señora Encarna.

—Bien, bien... ¿Y su marido cuándo vuelve a casa?

—Cuando termina en el Museo del Ejército, no tiene hora fija.

—¿Y su hijo?

—Se marchó con su tío a Talamanca del Jarama y no vendrá hasta el domingo.

—Bien, bien. Pues entonces vendré el domingo y solucionaremos esta situación. ¡Buenas tardes!

Antes de salir del portal, el jefe de barrio dio media vuelta y volvió a llamar donde la familia Quilón. Abrió la puerta la señora Encarna y dijo:

—¿Otra vez aquí?

—Sí, le recuerdo que esta situación de desobediencia que ustedes han creado está sujeta a una multa de tres pesetas y una carta de disculpas de su hijo hacia mí de la que tendré que dar aprobación.

Battista marchó a casa orgulloso de haber cumplido con su deber y, como ya era la hora de cenar, pudo comprobar que sus hijos Raulito y Teresita, sentados a la mesa, no tocaban pan hasta la presencia de su padre. Adoración repartió la lombarda cocida. Esa noche el maná nocturno tocaba a morado y antes de echar mano a los cubiertos hicieron oración y agradecimiento al Régimen, sobre todo por sus panes achuscados y bien cocidos, que Battista a escondidas recogía de la rubia estraperlista que operaba junto al metro de Pacífico. Semejante panocha traficaba con todo tipo que manejara pesetas, pero, si se trataba del jefe de barrio, siempre se balanceaba hacia el interior del quiosco para buscar los tres mejores chuscos, que la rubia siempre envolvía muy bien. Aunque, eso sí, el quiosco muy estrecho, pero podía albergar los cuerpos de estos dos indeseables.

Volviendo a la cena, el jefe de barrio susurró a su mujer:

—Pronto comeremos morcilla de Burgos y chorizos de Salamanca porque, con los méritos que estoy haciendo, seguro que mi jefe de centuria me dará pronto el carnet del economato.

Aquella noche, aparentemente tranquila, transcurrió con paseos de vigilancia, amargados por algún andarrio. Las tragedias no tardarían en aparecer. A la mañana siguiente, Lupicinio amaneció muy húmedo por la niebla de la noche. Sus pezones de alumbrado parpadeaban como si barruntaran que algo iba a pasar muy pronto en el barrio, pero prefirió mostrar cara de alegría y ver a sus vecinos salir de sus casas con dirección a sus trabajos como todos los días. En su interior notó como del parpadeo de sus pezones salían lágrimas de gas cristalizado por la amargura de tener que iluminar tanta injusticia bendecida por las jerarquías eclesiásticas.

El jefe de barrio esa mañana inició su andadura al trabajo caminando hacia el túnel del ferrocarril, donde camiones de transporte cargaban un tipo de líquido viscoso llamado melaza. El túnel conducía a la calle Méndez Álvaro y el camino era un hervidero de trabajadores que acudían a las fábricas, y una buena zona para carnaza de denuncias. El «paniaguao» andaba con mucha soltura por la zona, pero los obreros pensaban bien y escurrían cualquier conversación con las chivatas corianas. Este camino era su itinerario de todos los días hasta llegar a las tapias de la constructora HC. Enfrente había un edificio de cuatro plantas donde trabajaba Battista. La empresa se dedicaba a la fabricación de casquillos de bombillas, y sus funciones eran las de almacenar herramientas y entregarlas a cualquier trabajador que las necesitase, bajo trueque de una chapa numerada. Todas las herramientas tenían que estar en sus respectivas gavetas y colocadas por orden alfabético. La chapa numerada correspondía a la sección del trabajador y su número afectaba al obrero por la constancia de su nombre y apellidos. Cierto es que su misión laboral era esa, pero en realidad lo que desempeñaba era la vigilancia verbal de cada uno de los trabajadores que pasaban por el almacén, siendo su control la información necesaria para comunicar a sus superiores políticos. Estos eran los camaradas falangistas que se distribuyeron por todas las empresas del país.

Estas corianas no eran otra cosa que parlanchines de tasca, cuya fuerza radicaba en el miedo que infundían con falsos chivatazos. Cobardemente se cubrían con capas de salón donde salían disfrazados, rizados o teñidos para nuevas investigaciones, que realizaban de forma clandestina y llevaban a otras ciudades del país.

Ya de vuelta del trabajo, el jefe de barrio fue a casa de la familia Quilón a cobrar la multa y recoger la carta de disculpa. Pero nadie le atendió porque nadie había en la casa, Battista frunció su horroroso ceño y marchó camino de su casa.

El día de antes, José Luis Quilón y su hermano Armando tuvieron una reunión con los amigos que les ayudaron a pintar la portería, justamente en casa del Kiki, para que nadie pudiera sospechar nada. La familia del Kiki era una familia de quincalleros que se afincaron en unas casas bajas medio derruidas y que ellos, con su esfuerzo, las acomodaron como vivienda. Hay que destacar que era una familia generosa, de buen corazón y muy agradecida al señor Herrera. En la reunión acordaron pagar la multa entre todos y hablar con el jefe de barrio para resolver las diferencias, porque, de no ser así, las familias implicadas podrían llegar a tener problemas muy graves con él. Una vez resuelto el problema con el jefe de barrio, terminaron de pintar las porterías, que en realidad era lo que querían los chavales. El pago de la multa trastocó todos los planes de las familias que sufrían la crueldad del hambre, ¡¡pero el hambre no se olvida!!

Pasaron varias noches y los vecinos tenían la sensación de que algo extraño sucedía. Cuatro días sin inspección eran martirio de pensamientos que acorchaban todas las posibilidades de momentánea tranquilidad, porque la tortura del miedo les hacía sospechar hasta de los mendigos que cantaban sus desgracias a ritmo del folclore del mester de juglaría.

La noche se presentaba como todas y el movimiento de la calle era aparentemente normal. Infante hizo presencia rápida, iluminó a Lupicinio y solo paró para abrocharse la bota de trabajo. Lupicinio parpadeó sus pezones y quedó extrañado por tanta prisa.

Cuando cerró el taller, Alfonso Cócera marchó a tomar un vino a La Ardosa hasta la llegada del señor Herrera. Minutos más tarde y como de costumbre, echaron a liar un cigarro de cuarterón, tomaron el vino y salieron a hacerle compañía a Lupicinio sentándose en el encintado junto al farol. El señor Herrera sacó la nota informativa de Infante. Después de leerla desencajado, se la pasó a Alfonso. La nota angustiaba al más recio de los mortales. Casi sin despedirse, fueron a sus casas, donde ya tenían preparado el papel de estraza y el aceite. Prepararon los avisos con tres manchas de aceite y un roto en el papel ―en ellos hacían ver que la vigilancia de la noche iba a ser peligrosa―, y con sigilo y rapidez los distribuyeron todos.

Volvieron a sus casas y no hicieron el más mínimo de los comentarios, pero la señora Rosa, sagaz como lobo a por la presa, dijo a su marido, el señor Herrera:

—¡Noche en vela y sin aceite en las luminarias!

A las tres de la mañana, el gruñido del motor de una camioneta 3HC quedó estancado sin parar el motor frente al número 25 de la calle. Víctor, el sereno, abrió el portal y tres uniformes azulados bajaron al sótano por el corredor y sacaron a dos hombres y tres mujeres introduciéndolos en la caja de la camioneta. Eran familiares de los Galán, que una semana antes habían venido a Madrid procedentes de un pueblo de Badajoz. Se sabe que el camino de la camioneta fue el hondo o la hondanada, porque ese iba a ser su nuevo domicilio.

El desastre familiar se convirtió en una tragedia de gran calibre. Evangelina no pudo soportar la matanza de sus hermanas y cuñados, como tampoco la de la abuela. Todo ello producto de un chivatazo proveniente de la sacristía de la parroquia, en donde sus hijos Mariano y Gregorio eran los monaguillos. Nadie conocía le existencia de los familiares de Evangelina, solamente su marido Mariano y sus hijos.

El silencio del barrio daba escalofríos, pero las dudas de aquella matanza apuntaban a un chivatazo por problemas de tipo amoroso que terminaron en el patio de la sacristía bajo losas de piedras de granito.

Evangelina no salía de su depresión, su estado era preocupante, pues hablaba sola y, cuando alguna vecina la paraba, siempre contestaba lo mismo:

—¡¡Yo no sé nada, yo no sé nada!!

Quince días después de la tragedia, salió de su casa con dirección al metro de Pacífico. Sacó su billete, bajó al andén y cuando apareció el convoy se tiró a las vías perdiendo la vida al instante. Dos años más tarde, Mariano, su marido, se casó con su cuñada Salu, hermana de Evangelina.

Pasado un tiempo, se supo que la denuncia había sido obra del ayudante del sacristán por no haber sido correspondido por Evangelina, aludiendo a la presencia de los familiares de esta como unos rojos venidos de Badajoz para practicar el estraperlo, ya que disponían de tierras de labranza, y así poder asistir al maquis de la zona centro.

3
Torturas

Los fríos arreciaban Madrid con pocas ganas de dejar paso a los días soleados. La chiquillería campaba a sus anchas y cuando había acuerdo entre ellos jugaban al bote bolero, hoy llamado bote botero.

Ya entrada la mañana, Juanito, el tabernero, acompañado de Alberto, propietario de La Ardosa, sacaron en volandas de la bodega al señor Amancio, padre de Clara y marido de la señora María, víctima de una «media granaína» de blanco Valdepeñas, compañero fiel en sus andanzas al santuario de la alegría de la calle de Abtao. Tampoco le faltaba nunca su fiel mascota, el Curro, perrillo de orejas aplutadas y pelo ensortijado del color de las panochas. Llamaron a la puerta estrepitosamente y salió la señora María diciendo:

—¡Echadlo al trono!

El trono era una cama turca con un colchón de borra con más durezas que el rigor de una ley fascista. El somier era de tela metálica, sin crucetas de sujeción. Lo cierto es que cuando cayó en la cama su postura quedó como una alcayata gitana. La señora María, su mujer, apostilló:

—¡Cuando vengan tus hijos ya te dirán calamocano! Eso es lo que eres, ¡un calamocano!

Atardeció y apareció Clara, venía de trabajar de un restaurante de la Cuesta de las Perdices llamado El Plantío, en la carretera de La Coruña, con las manos y los dedos hinchados por el frío del agua de fregar tantos platos. Nada más entrar a su casa, su madre empezó a contarle la odisea del padre, a lo que ella contestó que el médico había dicho que no había solución, que el alcoholismo no se curaba. Después de la conversación llamaron a la puerta, era la señora Rosa, la portera. Clara abrió y dijo:

—Sí, sí, ya me ha contado mi madre lo sucedido con mi padre esta mañana.

Rosa contestó:

—No he venido por lo de tu padre. Solo quería decirte que esta mañana han venido dos señores preguntando por tu hermano Rafa, y me da la espina que son de la policía, y creo que volverán. No he querido decirle nada a tu madre por no preocuparla.

Ya anochecido, en efecto volvieron y preguntaron a Rosa, a lo que esta contestó:

—No sé si ha venido. Llamen ustedes a ver si ya está en su casa.

Llamaron a la puerta y salió Clara a averiguar qué se les ofrecía. Preguntaron por su hermano Rafa, y ella les contestó que hacía varios días que no sabía nada de él porque, al parecer, se iba a ir de viaje a comprar materiales para su trabajo de joyería y bisutería fina.

Al instante los visitantes sacaron unas placas y se presentaron como policías. Clara quedó perpleja y sin habla. Le dijeron que les acompañara, a lo que ella respondió con mucho miedo:

—¿A dónde?

—Ahora en el coche se lo diremos. ¡¡Vamos, vamos, que hay prisa!! —espetaron los policías.

Clara no salía de su asombro, pero sobre todo tenía un miedo cerval porque la situación no pintaba bien. La señora Rosa al oír a Clara salió y preguntó si pasaba algo. Uno de los policías la arrolló por el pasillo diciendo:

—¡Quítese de en medio o también tendrá que acompañarnos!

Salieron del portal y metieron a Clara en un coche negro, un Citroën 15 ligero cuyo destino era la Puerta del Sol, es decir, el Ministerio de la Gobernación.

Aquella noche el vecindario estaba muy nervioso y solo respondió con un silencio absoluto. El miedo les tenía totalmente paralizados por si se trataba de una redada y volvieran a visitarlos.

El número 26 de la calle de Abtao tenía los muros desencajados por la crueldad del trato dado a una vecina ejemplar, la incertidumbre desgarraba el corazón de los vecinos. Lupicinio bajó la intensidad de su luz como si barruntara que los infames PS volverían a la caza. Clara estuvo siete días en Gobernación incomunicada, y todos los días era llevada mañana y tarde a un interrogatorio sanguinario y despiadado que más tarde le dejó secuelas en la memoria y en su vida cotidiana. Los dedos de las manos se le quedaron agarrotados sin saber ella las causas, pero cuando salió de Gobernación era un despojo de mujer y fue recuperándose lentamente gracias a los cuidados de la señora Rosa.

A los seis días del viaje, su hermano Rafa fue detenido por la policía en Zaragoza con un botín de joyas y bisutería fina que, se supone, sustrajo del taller de joyería en el que trabajaba. Fue trasladado a Madrid, donde, sin juicio alguno, le culparon de colaborar con el Partido Comunista y subvencionar al grupo revolucionario del maquis. Tuvo un juicio sumarísimo y le condenaron a pena de muerte.

Ante la gravedad de la condena, Clara habló con la señora Rosa, y esta emprendió la búsqueda de una solución y se arriesgó a ponerla en marcha. Aquel mismo día, estuvo maquinando cómo enfocar el hecho de que apenas tenía posibilidades de éxito. Rosa se dirigió a una persona conocida por ella y por la familia Herrera y le planteó el caso. Este señor era un oficial del juzgado de Gobernación apodado Frasquito por su corta estatura y genio agrio. Cuando empezaron a hablar, Frasquito vio que era un caso muy difícil y le dijo a la señora Rosa:

—Déjame que vea el caso y mañana te contesto.

—Gracias, hijo, estoy convencida de que harás todo lo que puedas y más.

Antes de salir Rosa de su despacho, Frasquito dijo:

—Buscaré una solución, porque, si no, la señora María me echa de casa.

Él se echó a reír y miró a Rosa con la ternura de un hijo.

En la familia de Frasquito eran todos altos mandos de la Guardia Civil y muy respetados en las altas esferas militares, pues su padre llegó a organizar las audiencias del Dictador. Cuando él nació, la señora María no podía criarle porque no tenía leche materna, y la señora Rosa lo hizo dándole de mamar junto a su hijo Andrés, nacido en fecha cercana. La madre de Frasquito sentía adoración por Rosa ya que ella salvó a su hijo y siempre estuvo muy agradecida. Al día siguiente Frasquito habló con Rosa y le comentó los resultados de su gestión: había conseguido que le conmutaran la pena de muerte por cadena perpetua y trabajos forzados, siendo enviado a Cuelgamuros, hoy la Cruz de las Caídos. Rosa respiró y dio un beso de madre a Frasquito diciéndole:

—La leche que te di siempre fue buena, como tú lo eres conmigo.

Rosa marchó a darle la noticia a Clara y esta, al verla, exclamó con miedo y tristeza a la vez:

—¿Qué, Rosa, qué? ¿Le han conmutado la pena de muerte?

Clara rompió a llorar por la alegría de saber que su hermano viviría.

Después de cuarenta años, ya indultado Rafa y muerto el Dictador, apareció un día por la calle de Abtao. Asombrado de que nada era igual a lo que él había dejado, entró en la bodega de La Ardosa y no conocía a ningún dependiente. Nadie había de aquellos años, solamente la Pili, mujer de Alberto, que regentaba el establecimiento. Rafa preguntó por Pili y esta salió para ver quién se interesaba por ella, y cuando vio a Rafa no le reconoció hasta que este se presentó. Se fundieron en un abrazo y Rafa le preguntó por su hermana Clara y su sobrino Antonio. Pili le dio la dirección de dónde vivía, pues se había mudado a la calle Sánchez Barcáiztegui con su hijo Paquito. Rafa puso cara de asombro y calló, se despidió de Pili y fue a casa de su hermana. Consiguió dar con su paradero y juntar las alegrías del encuentro después de tantos años. Conoció a su nuevo sobrino, Paquito, hijo de un novio clandestino de Clara, que al parecer llegó a tener uniforme gris y botones dorados. Preguntó por su sobrino Antonio, y su hermana le dijo que llevaba muchos años en Suiza y allí tenía su casa. Le preguntó que si podía darle su dirección para escribirle y pedirle que le buscara una colocación, porque, ya que estaba limpio políticamente, se quería ir de España y empezar una nueva vida. Rafa consiguió marchar a Suiza y allí empezó a vivir algo nuevo que le hizo olvidar tantos años de sufrimiento y penalidades en España. Clara ya mayor, ingresó en una residencia y Paquito se casó con una tendera del mercado de Pacífico, en la calle Valderribas.

4
Silencio y terror

Después del suicidio de Evangelina, todo el barrio estaba bajo un shock tan traumático que disminuyó hasta la comunicación del vecindario. El hecho tuvo una gran repercusión en la prensa nacional, y a la vez hubo distorsión de la noticia, ya que cada periódico lo contaba según su más o menos sensacionalismo político. Esta situación no beneficiaba al barrio, sobre todo porque había zonas de viviendas de mandos militares y falangistas que, según la prensa, estaban desprotegidos y convenia reforzar la vigilancia.

Entrando la tarde-noche, Infante se acercó a Lupicinio y con suavidad acarició los pezones de las luminarias de gas y embelleció toda la corona con el brillo de la luz. Lupicinio miró contento su resplandor y esperó a que Infante cumpliera con su ritual y se atase la bota de trabajo, acariciando su base de descanso para que el señor Herrera y Cócera pudieran llevar a cabo su misión.

Tan de costumbre como siempre, Herrera y Cócera partieron a fumar un cigarrillo de cuarterón amarillo que regaló al primero un arquitecto que mucho le apreciaba y que sabía que a este le gustaría, pues era picadura selecta solo para los grandes gerifaltes del Ejército. Liaron sus cigarrillos y saborearon la calidad de la que justamente hacía gala. Como tal evento merecía ser celebrado, para completarlo se tomaron un par de vinos, y Herrera, como buen amigo, dividió el cuarterón en dos y lo compartió con su amigo Cócera.

Salieron de la bodega, se sentaron al pie de Lupicinio y terminaron de absorber las últimas caladas de sus nobles cigarrillos. Cogieron la nota, la leyeron y cada uno marchó a su casa. Aquella noche la nota era llana en explicaciones, lo que hacía prever una vigilancia sorda.

Hubo salidas a escondidas hacia los refugios del hondo hasta llegado el amanecer, especialmente de familias republicanas venidas de Andalucía huyendo de la tiranía de Queipo de Llano, que escaparon de sus pueblos por la represión ejercida por el alcoholizado y totalitario represor. La mayoría de estas familias vivían alquiladas en la casa de la pensión de Cavanilles, pero todas sabían el riesgo al que estaban sometidas, pues era una casa de vigilancias esporádicas llevadas a cabo por la policía secreta.

Otras familias pedían auxilio compartido en las casitas bajas de los corralones. De esta forma pasaban más desapercibidos, ya que los corralones era una zona transitada y habitada por quincalleros, más bien olvidada por los servicios del Régimen. La actividad de estos era trabajar la quincalla haciendo objetos metálicos de poco valor para poder subsistir.

Pasadas las once de la noche, entonaron unas palmas dirigidas al sereno. Era Máximo, el cabezón. Máximo era hijo y nieto de militares y tenía una tara cerebral. Su comportamiento era de una persona disminuida intelectualmente, y sus ausencias las trataba un médico especialista. Este médico psiquiátrico era capitán del Ejército.

Llegó el sereno y vio que Máximo venía tocado de vino, con un saco de arpillera al hombro. Víctor, el sereno, le preguntó:

—¿Qué llevas en el saco?

Máximo, asustado, contestó:

—Un gato negro para que le haga compañía a mis hermanas, porque desde la muerte de mi tío... Él fue un juguete para ellas, con él solo jugaban por las noches y durante el día siempre estaban durmiendo, y ¡ya estoy harto de tener que comprar la comida todos los días! ¡¡¡Yo las espío por las noches!!! Y les digo que me dejen jugar, pero siempre me echan fuera de la habitación.

El militar que había vivido con ellas era un primo lejano que se estableció en su casa con el beneplácito de su madre, y Máximo siempre creyó que era su tío.

Máximo sacó diez céntimos y se los dio al sereno de propina excusándose de que no tenía más dinero y subiendo las escaleras que llevaban a su casa. Víctor le miró con desgana y cerró el portal. Se oyeron, procedentes de la calle, unos gritos y quejidos de dolor. El sereno estaba apaleando a un mendigo solamente por el hecho de estar apoyado en el coche del jefe médico de los militares y falangistas, que a su vez era el coche donde descansaba en los días de frío. Máximo llamó a su casa, y nada más abrir su hermana Benita, soltó el saco, cogió las llaves y bajó al portal. Abrió la puerta y vio al sereno castigando con dureza al mendigo y, gritando al sereno, le espetó:

—¡Víctor! ¿Qué estás haciendo? ¿No ves que es el hermano de Angustias, la estraperlista?

En ese momento el violento y despiadado sereno dejó de golpear al mendigo. Este siguió su camino, pero antes advirtió al sereno:

—¡Mañana vendrán a verte!

Máximo subió a su casa, sacó al gato y lo soltó por el pasillo. Sus hermanas nunca tuvieron una relación muy familiar con él y entre las dos urdieron un plan para deshacerse de este. El plan consistía en hacer ver al médico que la convivencia con su hermano era más peligrosa cada día y encontrar la forma de ingresarlo en alguna residencia de disminuidos. Como el médico era largo en faldas, tuvo a bien estudiar el caso, pero anteponiendo a las dos hermanas ciertas condiciones.

María Teresa y Benita, hermanas de Máximo, eran finas de andares, elegantes en sus poses, así como presuntuosas de su soltería y buena posición económica, dada por la pensión de su padre, militar de carrera. También tenían cierta inclinación por las botonaduras de las entrepiernas masculinas, así es que acordaron tener ambas una cita con el médico y conseguir que el psiquiatra ingresara a Máximo en un centro. El acuerdo se llevó con el mayor de los sigilos y con la aceptación de las tres partes, y consistía en la «amistad» personal del médico en la intimidad de la casa de las hermanas. Así lo rubricaron verbalmente y así se mantuvo durante quince años hasta el fallecimiento del médico. Benita no pudo digerir la falta de Fernando, que así se llamaba el psiquiatra, pues, aunque tenía que compartirlo con su hermana, para ella había sido el amor de su vida. Atravesó los tiempos depresivos más difíciles de su existencia y hasta pasados varios años no recuperó una situación más o menos estable para valerse por sí sola.

María Teresa, su hermana, mujer más fría y bochaca, no fue afectada por la falta del psiquiatra y encarriló su vida con un trabajo de profesora de Filosofía y Letras que le gestionaron en el Ministerio del Ejército, pues era titulada y estaba bajo la concesión de una excedencia profesional. Máximo falleció víctima de un derrame cerebral. Después del fallecimiento de su hermano, ambas fueron ingresadas en una residencia regentadas por médicos especialistas del Ejército.

5
Martín el carretero

Todo el barrio era un hervidero de confusiones. Los vecinos tenían sus quehaceres interrumpidos por la incertidumbre creada por tantos acontecimientos, lo que les hacía sentir el freno del miedo. El frío de la mañana hacía retardar el movimiento de la calle, no por la álgida temperatura, sino por la inquietante situación a la que estaba sometida la barriada, totalmente desprotegida, siendo su presentimiento el sentir de lo que pudiera acaecer.

Entrada la mañana, los carreteros transportaban los toneles de vino y cerveza en una carreta de madera tirada por dos caballos percherones de indudable fuerza y belleza. Resbalando por el lomo de su cuello su tusa de pelo largo, grueso y con un saludable brillo, les hacía acreedores de una notable estampa digna de contemplar. Siempre descargaban tres toneles de vino y dos de cerveza de pinchar. Los dejaban apoyados sobre la base central de Lupicinio hasta ser recogidos por los bodegueros para introducirlos dentro del establecimiento.

Unos minutos antes de la marcha de los carreteros, hizo presencia Battista y, dirigiéndose a uno de estos, le pidió la documentación y el permiso de buena conducta que debía tener como trabajador.

Martín, que así se hacía llamar el carretero, contestó al jefe de barrio que lo único que tenía era una cédula de identidad, la cual entregó un poco tembloroso. Cuando Battista la inspeccionó, comentó que la cédula era falsificada, a lo que Martín contestó diciendo que llevaba tres meses trabajando y que no había tenido ningún problema en su empresa. El jefe de barrio le escuchó y le dijo que tenía que acompañarle a la Dirección General de Seguridad del Ministerio de la Gobernación. Martín quedó desconcertado y le preguntó si podía entrar al retrete de la bodega. El italiano accedió. Martín entró al patio donde se encontraba el retrete, se subió a una tapia que daba al patio de la portera de la calle Abtao 28, llamada Primitiva, la sorda, y aprovechando los tablones subió, saltó y salió en dirección a los corralones. Una vez allí, llamó a casa del Manquillo, padre del Kiki, y le confesó lo que le estaba sucediendo. El Manquillo le dijo:

—Métete aquí.

Era una cueva donde guardaba la quincalla que vendía por los pueblos. Estaba camuflada con un mueble viejo ajustado a la pared y bordeado de cubos, barreños, cazos y toda clase de enseres que vendía por sus andanzas con su carro y su burro.

El jefe de barrio entró a la bodega y le preguntó a Alberto si había visto salir al carretero. Este contestó:

—Sí, hace ya un buen rato que salió en dirección a Valderribas.

A Alberto no le interesaba que se supiera que su patio tenía salida conjunta por el corral interior de la casa colindante, a ningún domicilio particular del vecindario. Battista llamó para la búsqueda de Martín reforzando la vigilancia y luego se dirigió al otro carretero compañero de Martín y le estuvo hostigando a preguntas. Tal fue el acoso que Enrique Pontón, que así se hacía llamar, no tuvo más remedio que acceder a trabajar encubierto por la Político Social hasta dar con el paradero de Martín. Pasados los seis días de control reforzado, salió a dar una vuelta de vigilancia. El Kiki, viendo despejadas las calles, se lo comentó a su padre y este le dijo a Martín que las calles estaban limpias de controles. Martín, muy agradecido, le comentó al Manquillo que si podía aguantar en su casa hasta la medianoche, y el cabeza de familia le abrió las puertas de nuevo y le dijo que podía quedarse hasta que se sintiera seguro.

Pasada la medianoche, el Kiki y su padre acompañaron a Martín a una salida de los corralones solo conocida por los quincalleros y la señora Nieves, una anciana de corazón noble y de ideales republicanos. Su hijo mayor fue asesinado por un falangista de un tiro en la nuca en los descampados del hondo, y tirado a una cuneta desconocida.

La salida era una cueva con pasadizos que conducían a la calle de los bulevares. Martín se despidió muy agradecido a todos y a tantos como le ayudaron, y escapó por las vías subterráneas que conducían a la calle del bulevar. Aquella tarde Juanito, el dependiente de la bodega, y Facundo, hermano de Alberto, introdujeron los toneles de vino y cerveza dentro de La Ardosa y libraron la calle de paso. Minutos más tarde llegó Arturo, el zocato, a la zapatería del señor Amalio para el arreglo de unas botas de trabajo que estaban más exprimidas que unas albarcas de Pirelli.

Al entrar comentó el zapatero:

—¡Cuánto tiempo sin verte, Arturo! ¿Va todo bien?

Este contestó:

—Como las cenas del monaguillo, dos hostias y a dormir.

Amalio le hizo un comentario diciéndole lo sucedido con el carretero Martín. Nadie en el barrio sabía que eran hermanos por miedo a las denuncias. Arturo se quedó sorprendido, pues no sabía nada de la noticia, ya que su trabajo le tenía ocupado diez días seguidos en la construcción de una presa en las cercanías de Madrid. Estaba impresionado por lo que acababa de escuchar, su pensamiento se fue a su hermano Martín y sintió pánico. Con voz apagada le preguntó al señor Amalio si había sido detenido, y respiró cuando el zapatero le dijo que había escapado hábilmente y que estaba en paradero desconocido, pero que habían tenido, prácticamente toda la semana, un control férreo en todo el barrio.

Arturo esperó a la noche para ir en busca de su hermano, ya que sabía dónde tenía su refugio. Se desplazó hasta el final de la calle de Abtao, lindando con Martínez Sarmiento, y en una especie de caseta medio abandonada encontró a su hermano. Le llevó ropa para que abandonara el uniforme de trabajo. Se abrazaron y con la velocidad de un relámpago empezó una nueva huida campo a través.

Enrique Pontón sabía que Martín tenía un hermano que vivía en la calle de Cavanilles y para salvar su pellejo lo denunció al jefe de barrio. Battista no tardó en hacer la visita pertinente a casa de Arturo y, con la chulería satánica de los indeseables policías asesinos del Régimen, golpeó la puerta con la agresividad de una hiena muerta de hambre. Al abrir Arturo se encontró con la amenaza de una pistola apuntándole a la cabeza y una pregunta:

—¿Dónde está el rojo de tu hermano? ¡Dilo sin titubear, cabrón!

Arturo quedó estremecido ante tal situación, dando como contestación:

—Lo ignoro, desconozco el paradero de mi hermano desde hace mucho tiempo.

Battista le obligó a salir de su casa y, ya en la calle, lo metió en un coche negro y lo llevó a Gobernación.

Arturo padeció durante cuarenta y cinco días las torturas más espantosas y aterradoras que cualquier ser humano pueda imaginar. Sus pies y sus manos quedaron totalmente agarrotados, su expresión de hombre quedó reducida a una impotencia ocasionada por tantas corrientes con humedad que le practicaron en su vientre. Cuando su mujer y su hijo fueron a recogerle, solo era un despojo más de los asesinatos y las torturas de la Político Social.

Martín consiguió llegar hasta Navarra y allí se estableció como pastor cabrero durante muchos años.

Después de tantos acontecimientos, el barrio no salía de tanto desasosiego que terminaba en un temor que te hacía sobresaltar. Y a cada paso que se daba, se perturbaba la poca quietud que se tenía.

Llegada la tarde noche, Lupicinio empezó a sentir la falta de su gran amigo Infante. Este se retrasó media hora por la avería ocasionada en la perilla del encendido. Por fin llegó Infante, miró los pezones de Lupicinio y le sonrió. Con un gesto presionó la perilla de la vara de encendido y les cosquilleó, dándole la alegría de vivir como si fuera una estrella.

Infante saludó a Amalio el zapatero y le invitó a un cigarrillo de liar, a lo que este contestó negativamente diciendo:

—No, gracias, acabo de apagar un veguerito cubano que me ha regalado el señor Faustino Andrade.

Este era un vecino recién llegado de Hinojosa de Duero, Salamanca, y que tenía amistad con Lorenzo Vidriales, muy amigo de Amalio.

Infante preguntó a Amalio:

—¿Qué tal, va todo bien? ¿Se barrunta tranquilidad o tendremos baile de verbena sin caballitos del tiovivo?

—Pues no lo sé, yo tranquilo no estoy.

—Bueno, señor Amalio, esperemos a mañana y que el sol sea sin uñas ―espetó Infante.

—¡Sí, sí! Que sea así y que no tengamos que aumentar más desgracias en el barrio.

Infante, que no estaba al tanto de lo sucedido con Arturo, fue informado por señor Amalio, a lo que el farolero contestó:

—El tiempo de dolor ha de pasar vencido por la satisfacción del consuelo, porque el sosiego ya no tendrá cabida en nuestras vidas. Señor Amalio, nos ha tocado vivir el tormento de la injusticia y habremos de soportar con entereza las burlas y las ofensas como las injurias a nuestra dignidad. La razón está de parte del Dictador y el clero su aliado.

Infante se despidió de Amalio y se sentó al lado de Lupicinio. Como todas las noches, empezó a atarse la bota de trabajo acariciando la base de sujeción de Lupicinio.

Horas más tarde, llegaron a su cita diaria el señor Herrera y Alfonso Cócera y, como de costumbre, departieron los episodios del día y de la jornada laboral. Como no tenían ninguna novedad se hicieron su cigarrillo de cuarterón picado. Entraron en La Ardosa y completaron su encuentro con un caldo de Valdepeñas que el bodeguero guardaba para ciertos vecinos de rectitud inmejorable. Salieron a la calle y, como cada día, se sentaron en el encintado, acariciaron la base de Lupicinio y sacaron la nota de Infante. La leyeron, sonrieron con cierta sospecha y acordaron que las notas de aviso fueran solo con una mancha de aceite y un rasgado. Los receptores de las notas ya sabían el significado.

El jefe de barrio había recibido una notificación de sus superiores que decía lo siguiente: «Se ha venido observando que en ciertas viviendas se originan interferencias de ondas de radiofrecuencia, y es de máxima urgencia inspeccionar y averiguar la calidad de estas y su procedencia, para desmontarlas si no tuvieran el permiso pertinente de la autoridad del barrio».

Para la inspección, Battista se hizo acompañar de dos bochacas: Julio el soplón y Enrique Lapuerta. Estos dos idiosos, personas malintencionadas, estaban llamados a hacer el trabajo sucio del delator y seguir oprimiendo al noble y acobardado vecindario. Las inspecciones duraron cerca de una semana, pero lo interesante no era la búsqueda de un radioreceptor, sino la posibilidad de encontrar alguna nota subversiva que pudiera dañar la imagen del Régimen. Puesto que no se encontró ninguna prueba que justificara la inspección, todo se saldó con normalidad, pero siempre quedó la duda de la inflexible vigilancia a la barriada.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2025
Hacim:
221 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412464979
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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