Kitabı oku: «Aprendizajes que inspiran»



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
| Leone, Marco Antonio Aprendizajes que inspiran : una reflexión sobre lo indispensable para una vida con sentido / Marco Antonio Leone. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021. 382 p. ; 21 x 14 cm. ISBN 978-987-708-948-6 1. Desarrollo Personal. 2. Coaching. 3. Psicología. I. Título. CDD 158.1 |
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Leone, Marco Antonio
© 2021. Tinta Libre Ediciones

Aprendizajes
que inspiran
CONTENIDO
Agradecimientos | 17
Prólogo | 21
Introducción | 27
PARTE 1.
El camino (del sentido)
Capítulo 1.
¿Cómo logramos cambiar? | 39
1. 1. ¿Qué es saber? | 41
1. 1. 1. ¿Cuándo decimos que hemos aprendido? | 42
1. 1. 2. Cerebro, mente y aprendizaje | 44
1. 1. 3. El aprendizaje habita en el cuerpo | 46
1. 2. Obstáculos del aprender (…y del cambiar) | 52
1. 2. 1. Decir “Yo ya lo sé” | 52
1. 2. 2. Confundir “saber” con “tener información” | 53
1. 2. 3. El fenómeno de la ceguera cognitiva | 54
1. 2. 4. “Es difícil” versus “no sé” | 55
1. 2. 5. Decir “Dado como soy, no puedo aprender” | 55
1. 2. 6. No tener preguntas sobre nuestras preguntas | 56
1. 2. 7. Decir “No tengo tiempo” | 57
1. 2. 8. Vivir en enjuiciamiento permanente | 57
1. 2. 9. Confundir las explicaciones con el fenómeno explicado | 58
1. 2. 10. Querer tener todo claro, todo el tiempo: los buscadores de “la” verdad | 59
1. 2. 11. Incapacidad para incorporar el cuerpo en el aprendizaje | 59
1. 2. 12. Incapacidad para crear el contexto emocional adecuado para el aprendizaje | 60
1. 2. 13. La gravedad | 61
1. 2. 14. La trivialidad | 61
1. 2. 15. La desconfianza | 63
1. 2. 16. La incapacidad para desaprender | 63
1. 2. 17. La falta de apertura a aprender “en red” | 64
1. 3. Etapas del aprendizaje | 65
1. 4. Ejes para nuestras próximas reflexiones | 67
Capítulo 2.
El desafío de evolucionar | 69
2. 1. Premisas básicas de nuestro desafío como seres humanos | 70
2. 1. 1. Primera premisa | 70
2. 1. 2. Segunda premisa | 72
2. 1. 3. Tercera premisa | 74
2. 2. Nuestro devenir como adultos | 75
Capítulo 3.
Conquistando la adultez | 81
3. 1. Lo propio | 81
3. 2. Construyendo mi propia identidad | 86
3. 3. Dominios de la adultez | 90
3. 4. Sobre preocupaciones | 91
3. 5. Dimensiones constitutivas de la adultez | 93
PARTE 2.
EL LENGUAJE (DEL SENTIDO)
Capítulo 4.
Ser en el lenguaje | 99
4. 1. El lenguaje es lo fundamental de lo humano | 103
4. 2. ¿Qué existe fuera del lenguaje? | 104
4. 3. Nota breve sobre lenguaje descriptivo y lenguaje generador | 106
4. 4. Definición constructivista de “observación” | 107
4. 5. ¿Cuáles son los actos lingüísticos? | 110
4. 6. ¿Qué significa que somos seres “en” el lenguaje? | 112
4. 7. A modo de conclusión | 115
Capítulo 5.
¿Descubrimos o generamos? | 117
5. 1. Afirmaciones y declaraciones | 120
5. 2. Las afirmaciones | 121
5. 2. 1. La crisis de la objetividad | 124
5. 2. 2. Creando relaciones de valor | 126
5. 2. 3. ¿Para qué sirven las afirmaciones? | 128
5. 3. Las declaraciones | 129
5. 3. 1. ¿Qué necesitamos para hacer declaraciones? | 130
5. 3. 2. ¿La autoridad se declara por consenso? | 132
5. 3. 3. ¿Por qué fallamos? | 133
Capítulo 6.
Haciendo juicios | 135
6. 1. Los juicios | 135
6. 2. ¿Qué significa que estén fundados? | 139
6. 3. Vivimos con respuestas a preguntas que nunca nos hemos hecho | 139
6. 4. La declaración de compromiso | 143
6. 5. Los juicios son declaraciones. Las declaraciones no son juicios | 145
6. 6. El sentido de hacer juicios | 145
6. 7. La doble cara de hacer juicios | 146
6. 8. Desafíos fundamentales al hacer juicios | 148
6. 9. Fundando juicios | 150
6. 9. 1. ¿Cuál es el impacto que tiene el vivir de juicios infundados? | 152
6. 9. 2. ¿De qué manera los juicios nos sirven para coordinar? | 153
6. 10. Aprendiendo a ser responsables de nuestro conversar y sus resultados | 154
Capítulo 7.
Las declaraciones fundamentales | 157
7. 1. Declaración del SÍ | 159
7. 2. Declaración del NO | 160
7. 3. Declaración del NO SÉ | 161
7. 4. Declaración del PERDÓN | 161
7. 4. 1. ¿Cómo nos damos cuenta cuando hemos perdonado? | 163
7. 5. Declaración del GRACIAS | 165
7. 6. Declaración de AMOR | 166
7. 6. 1. ¿Qué declaramos cuando declaramos amor? | 168
7. 7. Declaración de VISIÓN o de futuro | 169
7. 8. Declaración de QUIEBRE o de que necesito ayuda | 171
7. 9. Declaración de QUIÉN SOY o de IDENTIDAD | 174
PARTE 3.
EL SENTIR (DEL SENTIDO)
Capítulo 8.
El arte de coordinar
y colaborar con otros | 189
8. 1. El pedir | 190
8. 2. El ofrecer | 193
8. 3. El prometer | 197
8. 4. Compromisos sociales implícitos en cada acto lingüístico | 199
Capítulo 9.
El fenómeno del escuchar | 201
9. 1. ¿Qué nos pasa? | 202
9. 1. 1. ¿Por qué nos pasa? | 203
9. 1. 2. ¿Cómo nos sentimos cuando reconocemos lo que nos pasa? | 205
9. 1. 3. Poniendo atención a lo que somos | 206
9. 2. Lo público, lo privado y el drama de ser quiEnes somos | 207
9. 2. 1. Yo pregunto, ¿quién responde? | 208
9. 3. La escucha “previa” | 209
9. 4. Incertidumbre, miedo y expectativas | 210
9. 4. 1. ¿Qué son las expectativas? | 210
9. 4. 2. ¿A qué le decimos NO cuando decimos NO? | 212
9. 5. Escuchar es más que oír | 214
9. 5. 1. ¿Qué es el mensaje? | 215
9. 6. Conciencia de los límites | 217
9. 6. 1. ¿Control o diseño? | 217
9. 6. 2. Empecemos por el silencio | 218
9. 7. Tipos de escucha | 220
9. 7. 1. Escucha generosa y escuchar “para” | 221
9. 8. Niveles de Escucha | 223
Capítulo 10.
Mundos emocionales | 227
10. 1. Asomándonos a la ventana de la neurobiología | 228
10. 2. ¿Cómo llegamos a ser quienes somos? | 229
10. 3. Poniendo en palabras el sentir | 231
10. 4. ¿Qué son las emociones? | 232
10. 5. Emociones y sentimientos | 233
10. 6. Dinámicas emocionales | 237
10. 7. La confianza | 240
10. 7. 1. Confianza básica | 241
10. 7. 2. Ingenuidad, confianza y desconfianza | 242
10. 7. 3. Confianza, compromiso y diseño de futuro | 244
10. 7. 4. ¿Por qué es tan importante confiar? | 245
10. 7. 5. Fundamentos de la confianza | 245
10. 7. 6. La confianza como identidad | 248
10. 7. 7. Recuperando la confianza perdida | 249
10. 7. 8. Revocar promesas | 251
10. 7. 9. Confianza y amor | 251
10. 8. El amor | 253
10. 9. La dignidad | 256
10. 9. 1. ¿Qué es la dignidad? | 257
10. 10. El miedo | 261
10. 11. La valentía | 262
10. 12. La culpa | 263
10. 12. 1. ¿Por qué la culpa tiene una connotación negativa? | 265
10. 13. La alegría | 269
10. 14. La serenidad | 270
10. 15. La gratitud | 273
Capítulo 11.
Estados de ánimo, emociones
y posibilidades | 277
11. 1. Emociones y estados de ánimo | 279
11. 1. 1. La ira y sus causas | 284
11. 2. Disponibilidad y deseo | 287
11. 3. Distinguiendo emociones y estados de ánimo según preocupaciones | 290
11. 3. 1. Primera categoría. Inquietud por la identidad | 290
11. 3. 2. Segunda categoría. Inquietud por el destino o los resultados de otras personas | 291
11. 3. 3. Tercera categoría. Preocupación por defender la autonomía y dignidad | 291
11. 3. 4. Cuarta categoría. Preocupación por cómo traemos el pasado al presente | 292
11. 3. 5. Quinta categoría. Preocupación por los juicios de ganancias y pérdidas | 292
11. 3. 6. Sexta categoría. Emociones gatilladas por los juicios que hacemos sobre nuestras propias acciones | 293
11. 4. Calificando los estados de ánimo según el juicio de “positivo o negativo” | 294
11. 4. 1. Juicios típicos de algunos estados de ánimo negativos | 295
11. 4. 2. Juicios típicos de algunos estados de ánimo positivos | 296
11. 5. Estados de ánimo “existenciales” | 296
11. 6. Emociones del Self | 297
11. 7. La autoconfianza como centro de mi nueva identidad | 300
11. 8. Mapa de intervención en nuestros estados de ánimo | 301
11. 9. ¿Mundo o Mundos? | 302
PARTE 4.
EL PODER (DEL SENTIDO)
Capítulo 12.
Vivir con poder | 309
12. 1. Poder y resultados | 313
12. 2. Poder y futuro | 315
12. 3. Poder y finitud | 316
12. 4. El poder del compromiso | 317
Capítulo 13.
Vivir en compromiso | 321
13. 1. Centramiento | 322
13. 2. Enfocar en lo fundamental | 324
13. 3. Convivencia | 326
13. 4. Gratitud y liviandad | 328
13. 5. Ser un aprendiz de la vida | 329
13. 6. Cuando el mundo es la amenaza | 330
PARTE 5.
HABILIDADES INDISPENSABLES
PARA UNA VIDA CON SENTIDO)
Capítulo 14.
Vivir en el orden | 337
14. 1. ¿Qué es un sistema? | 339
14. 2. Pertenencia | 340
14. 3. Equilibrio entre el dar y el tomar | 341
14. 3. 1. Dar y tomar | 342
14. 4. El respeto por la jerarquía | 346
14. 5. Todo sistema tiene una conciencia | 347
Capítulo 15.
El valor de las crisis | 349
15. 1. ¿Qué preguntas pueden ser fundamentales en una crisis? | 351
15. 1. 1. ¿Cómo es mi relación con la incertidumbre? | 351
15. 1. 2. ¿Cuál es la fuente de mi acción? | 351
15. 1. 3. ¿Quién soy? | 352
15. 1. 4. ¿Cómo aprendemos a vivir? | 354
15. 1. 5. ¿Resistente o Resiliente? | 355
15. 1. 6. Empatía, altruismo y resiliencia | 356
PARTE 6.
CONCLUSIONES
Capítulo 16.
Habilidades para vivir una vida heroica | 365
16. 1. La convivencia con otros | 366
16. 1. 1. Relación, conversación y acción | 367
16. 1. 2. Lo dicho y lo no dicho | 368
16. 2. Ser adulto | 369
16. 3. Tomando decisiones | 370
16. 4. El aprecio por la tragedia | 370
16. 5. Declarándonos completos con la vida | 372
16. 6. Cultivar el maravillarse por el fenómeno particular y global de la vida | 373
16. 7. Aprender a morir | 374
16. 8. Vivir en compasión | 374
16. 9. Vivir con sentido | 376
16. 10. Vivir con poder | 377
16. 11. Cultivar la gratitud | 378
16. 11. 1. ¿Pero cómo lo hicimos? | 378
Capítulo 17.
Bibliografía | 383
Dedicatoria
A Graciela “Grace” Rossi
Porque tu legado de amor y posibilidad
sigue presente en el impulso a servir de aquellos
que fuimos tocados por tu inspiración.
Agradecimientos
Escribir es el intento de bajar al papel las conversaciones que vamos teniendo con nosotros mismos, a veces repetidas y tediosas. Otras, las menos, ocurren en esos momentos en donde algo en nosotros conecta con una nueva comprensión. En ese instante, una pequeña parte del misterio de la vida se devela, creando una sensación de sentido y, a su vez, haciendo crecer una imperiosa necesidad de compartir con quien quiera participar.
Es una forma de escucharse, de reconocer quién es uno mismo, qué piensa y siente y en qué posibilidades habita. En definitiva, escribir es manifestar el ser en esa aventura tan compleja y a veces contradictoria que implica el vivir.
Para ello, me permito comenzar haciendo una declaración. No escribo porque soy alguna forma de sabio o un ser iluminado. Escribo porque estoy vivo y haber llegado a tener cierta conciencia de mi vivir, es condición suficiente para desear compartirlo. Aspiro a ser una expresión de un camino y ofrezco mi traducción de algo de lo recorrido como una evidencia de mi propia humanidad y al mismo tiempo, de mi gratitud ante el regalo de la existencia. Escribo para invitarlo, querido lector, a que nos expresemos.
Este escrito es un intento de compartir algunas de mis comprensiones más esenciales sobre lo que nos caracteriza como seres humanos y lo que nos lleva al bien-estar. A veces nos proponemos generar transformaciones, pero no siempre alcanzamos a reconocer qué es lo indispensable para que un cambio sustancial sea posible para nosotros mismos, nuestras familias y las comunidades que habitamos.
En lo últimos 25 años he estado investigando, estudiando, “desarmándome y armándome de nuevo” de la mano de grandes maestros. Todo mi agradecimiento y gratitud, en principio al Dr. Fernando Flores (filósofo e ingeniero que dio lugar al “diseño ontológico”). Sus enseñanzas e inspiraciones están presentes en cada reflexión en este libro. Deseo que este libro lo lleve, estimado lector, a querer profundizar mucho más en su obra.
Otro gran maestro que he tenido el privilegio de conocer es Bert Hellinger, terapeuta alemán y padre de las “configuraciones sistémicas”. Aprendí en el reflejo de sus enseñanzas a reconocerme continuamente en red, sabiendo que somos parte de un entramado de vínculos que vienen de lejos y se expanden más allá de nuestro espacio de vida.
Agradezco profundamente a la vida que haya cruzado mi camino, aún siendo muy joven, con un ser humano extraordinario, la Dra. Elena Espinal; psicóloga y coach profesional, referente mundial en temas de transformación personal y organizacional. Le reconozco haber sido el comienzo de mi inspiración, mi origen en este camino de aprender a diseñar el vivir. Ella es un ejemplo del entusiasmo por servir, no solo para mí sino para tantos otros alrededor del mundo.
Gracias especiales a la Dra. Koncha Pinós Pey, neuropsicóloga fundadora de The Wellbeing Planet Foundation, quien ha creado en mí un particular interés en la comprensión de la neurobiología y la necesidad de aprender a entrenar la mente y regular nuestras emociones. Explorar de su mano cómo desarrollar habilidades de compasión y de resiliencia ha sido un nuevo despertar en mi proceso.
Gracias especiales a José Luis Valle, compañero de vida y extraordinario profesional que se puso al hombro la tarea de corregir de comienzo a final cada expresión de este libro. Gracias a quienes me acompañan y me alentaron cada día a continuar este proyecto: Cecilia de Lucio, María Amelia Morelli, Pamela León, Ramiro Torres, Teresa Espaillat, Fernanda Guerra. Sin su presencia, interés, observaciones y provocaciones, este libro no hubiera sido posible. Junto a ellos, incluyo a mis colegas de equipo de la Fundación Aprendizaje para el Cambio Argentina.
Gracias a mis hermanos Elisa y Carlos, por ser quienes me alientan a ir más lejos y me apoyan con su amor, confianza y alegría. Gran parte de quien soy hoy es el resultado de tantos años de amor y de apoyo.
Finalmente, agradezco a mis alumnos, pacientes y participantes en cursos, conferencias y entrenamientos. Celebro el regalo único de conversar con tanta gente de diferentes países, lugares y culturas que he tenido el privilegio de visitar en estos más de veinticinco años de labor ininterrumpida en Argentina, México, Colombia, Chile, Perú, Uruguay, Paraguay, República Dominicana, EE. UU. y España. Hoy puedo reconocer que, a pesar de vivir en diferentes tradiciones, momentos históricos, políticos, económicos, etc. en un nivel profundo, tenemos las mismas necesidades y enfrentamos desafíos esenciales.
A cada uno le debo mi gratitud y reconocimiento por la confianza en explorar juntos la aventura de aprender a diseñar una vida que merezca el valor de ser vivida.
Gracias a todos los que saben que, de una u otra manera, hemos creado un nuevo sentido en cada encuentro.
Están en mi corazón.
Marco Leone,
junio 2021
Prólogo
A fin de cuentas, esto es solo el Prólogo. No te dejes llevar tanto por él, porque no es el libro. Soy una humilde lectora del libro y más humilde conocedora del autor por los últimos 30 años. Escribirlo es como afinar una guitarra para que suene bonito, o más bonito, un contenido maravilloso que relata aprendizajes desde las vivencias y no desde las teorías. Por eso, se trata de afinar la guitarra y, luego, cada lector escuchará la música que le evoque. Este no es un autor que te imponga la música a escuchar.
A estas alturas de la historia del coaching, diría que aún estamos intentando ponernos de pie, dar los primeros pasos. Y hay quienes, como Marco Leone, nacieron casi al mismo tiempo que el coaching en Latinoamérica y, sin vergüenzas, muestra su camino: La Psicología de la que viene, la Ontología que le llegó, las Constelaciones que buscó en la necesidad de dar respuestas, la Neuropsicología, a la que accedió un poco más tarde. En su búsqueda de aprendizajes, explicaciones y respuestas, fue dando vueltas, soltando amarras, siendo re-inventor de cada una de las teorías aprendidas. Y esto es así porque nadie comprende una teoría como realmente es, sino como puede comprenderla.
Sin embargo, pone su alma al pie, te la muestra para que en cada lectura, en cada capítulo, te encuentres con él, converses y te lleves lo que quieras de su aprendizaje de vida. El coaching es demasiado nuevo para grandes compendios que no caigan en desuso en poco tiempo. Mejor esta sencillez de mostrar el alma y ofrecer, como quien tiende una mano, una comprensión del mundo interior de cada uno, para que pueda abrir nuevas fronteras.
Respetaré el ritual de los prólogos. Te mostraré mi propio impacto. Y luego te hablaré de Marco. Aunque lo conozcas, Marco es diferente con cada persona que se le acerca y siempre es amable, solícito, preocupado por el otro y presto para dar. Tal vez, este, mi Marco, tenga algún dato distinto que, sabiendo llegar, puedas despertar si te interesa. También, si tú has conocido a otro Marco, me gustaría conocerlo y aceptar y sorprenderme frente a cada cambio, como me ha pasado hasta ahora.
La búsqueda que este libro nos plantea, es el bien-estar. El sentirnos dignos, escuchados y sostenidos en redes por otros. El aprender a revisar nuestra vida y nuestra natural caída a espacios de sufrimiento, reconocerlos como históricos y poder cambiarlos. Siempre comprendiendo humildemente que la vida es como es y, sin importarle la interpretación que le pongamos, hace su trabajo y cambia constantemente. Es un juego eterno de adaptación a un universo que no para de cambiar, de evolucionar. En ese escenario y con las reglas planteadas, nos vemos animales de manada. Lo somos desde el origen y no podemos negarlo. Necesitamos del otro para re-conocernos. El lenguaje, nuestro gran distintivo, también nos ha encerrado en un mundo imaginativo y solo podemos reconocer de fuera aquello que haya incorporado y distinguido. Y ese trabajo, el de Sísifo, parece interminable. Solo cuando puede aceptar que el éxito es empujar la piedra, puede ser feliz.
Nuestra conquista es aceptar nuestro encierro y es que aceptando, se producen los milagros de la apertura y la transformación casi constantes. Lamentablemente, vivimos en una sociedad que lleva siglos haciendo que se repitan las experiencias de unos a otros. No querríamos pasarlas de nuevo. Sabemos lo que nos hicieron sufrir y sin embargo, las aplicamos con los demás, como la receta por la que se aprende desde el dolor. Por eso, nos muestra en el libro que hacer un cambio o lograr una transformación es ir en contra de lo que siempre hicimos y pensamos; que hay que sobreponerse desde el compromiso para dar vuelta una historia. Este compromiso enfrenta el miedo, las ganas y sobre todo, nos orienta claramente hacia el futuro que queremos crear.
¿Qué nos lleva a no cambiar? La inercia, las emociones a las que estamos acostumbrados. Marco usa una metáfora hermosa: dice que el caballo son las emociones y el jinete es la razón. Todos sabemos que un caballo requiere de un hábil jinete, o el caballo tomará las decisiones por sí mismo. Los caballos no saltan porque el jinete los manda, sino porque les gusta saltar. De este equilibrio y esta relación, puede generarse una vida que valga la pena y colabore en la generación de nuestra trascendencia a través de “soltarnos de nuestro propio recorrido”. Será aprender a usar nuestro caballo, no para controlarlo, sino para alentarlo a hacer aquello que naturalmente haría de manera extraordinaria.
La vida es un camino a la conquista de nuestra libertad. Para ello, el mayor enemigo lo cargamos nosotros mismos: nuestras propias historias, los cuentos en los que vivimos, los límites impuestos por la cultura, nuestra necesidad de agradar para ser amados. Ir venciendo uno a uno esos límites y tener en claro los valores desde los que queremos basar nuestra existencia, generarán la vida que elijamos construir. Estos son los viajes del héroe que nos toca a cada uno, especialmente diseñado, si queremos conquistar nuestro poder para hacer la vida que consideramos que vale la pena. El precio es romper con las creencias culturales, a veces parecer locos, pero en realidad ese ha sido el camino de los genios: atreverse a desafiar lo que siempre fue.
Así es como Marco Leone nos invita a vivir una vida heroica, a respetar nuestro propio camino, a dar lugar a nuestra originalidad. Y lo hace a través de once habilidades indispensables. Todas ellas se entremezclan en la cotidianeidad, haciendo difícil saber si es la adultez, la valoración del dolor —propio y ajeno—, la completud, el vivir en la vivitud que dan el asombro y la maravilla como estados de ánimo, entre otros; los que nos hacen vivir el bien-estar. Vivir la disposición a aceptar lo que es y a cambiar el número de veces que sea necesario, mientras buscamos nuestra particular manera de trascender y dejar un mundo un poco mejor del que encontramos.
No sé si en este último párrafo hablo del libro o de Marco. Sé que no hay este libro sin Marco, ni Marco sin este libro que transpira su identidad, su camino y sus aprendizajes.
Lo he visto transitar dolores inconmensurables, la pérdida de referentes que lo llevaron a ser adulto siendo demasiado joven. Aún recuerdo su mirada profunda de entonces, en sus ojos hundidos como buscando adelante, en el futuro, una respuesta o posibilidad fuera del dolor vivido. Recuerdo que su compromiso con el aprender es trascendente y se juega entero en cada proceso, permitiéndose cambiar y transformarse a cada paso. Reconozco su gratitud a la vida y su amar incondicional, casi romántico, que lo lleva a ver posibilidades en el otro siempre, a pesar de todo. Ese amor es un gran paraguas donde se alojan su familia, su amor, sus amigos, sus maestros, sus colegas y la humanidad entera. Viaja sin medir consecuencias, en un cuerpo que decide recordarle su humanidad a cada paso, para llegar a otros. Cada conferencia suya conmueve porque habla no solo de lo que sabe, sino de lo que vive. Sus aprendizajes son carne. Y si su historia del héroe, que no me animo a contar ni a imaginar completamente, incluye el dolor físico y su abrazo a él; eso también lo ha hecho.
Pido ejercer al leerlo algunas de las habilidades que recomienda: un profundo respeto por sus ideas. En vez de descartar, tomar con curiosidad y conversar. Dejarse apapachar (acariciar con el alma, en lengua náhuatl), sintiendo profundamente lo leído, o si aún sigue creyendo que saber es lo mismo de experienciar.
Con respecto a ti, Marco, no puedo dejar de agradecerte tu presencia en mi vida. Lo hago público porque no solo nos queremos, sino que nos hemos influido mutuamente de forma personal, familiar, profesional. Y si quedara algún ámbito, nos hemos acompañado en los éxitos y hemos llorado juntos los fracasos.
Con respecto a tus ancestros… Emanuelle, aquí no hay guerras. Tu hijo no entra en ellas, pero transforma las luchas en danzas. Puedes estar tranquilo. Y Magdalena, tú puedes estar orgullosa. Él se hizo hombre-de-bien. El mundo lo reconoce. Descansa en paz.
Elena Espinal
Ciudad de México, junio 2021
Nota de verdad al pie:
José Luis Valle, mi cómplice, me ayudó a ponerlo bonito.
Introducción
El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo
lo que no se puede explicar
Gabriel García Márquez
Reflexionar sobre lo esencial no es una tarea simple. Se nos suele hacer más fácil recuperar las explicaciones que le dieron sentido al ayer y actuar sin reflexión, para lograr con ello cierta seudotranquilidad, imaginando que quizás, de esa forma, podemos vencer la incertidumbre.
Así que la pregunta que me hago ahora es… ¿cómo empezar una reflexión sobre lo esencial, con ustedes, estimados lectores?
De esa pregunta deviene una primera propuesta: armar un mapa de mi experiencia como persona y como profesional que quizás, al menos en parte, pueda permitirles, a quienes estén del otro lado de esta página, usarla como un espejo que les dé pie para reflejar su experiencia con la única pretensión de encender una luz, por más tenue que sea, a la complejidad del universo humano; mirado desde la cotidianeidad de nuestras vivencias nunca iguales, casi nunca fáciles, al menos no las esenciales.
Diseñar un mapa no es recorrer un territorio, pero sirve para declarar el compromiso con un camino que se irá haciendo al andar. El propósito de un mapa es darle dirección a la aventura que aspiramos recorrer y esa dirección trae aparejada una promesa: que el camino nos llevará a lugares donde encontraremos algún sentido y que el sentido creará más valor.
La primera parada del mapa es la afirmación de una necesidad humana fundamental: abrazar alguna explicación que le otorgue sentido a quiénes somos, por qué sufrimos, que nos permita reconocer qué es posible para nosotros y qué necesitamos desarrollar como habilidades para vivir una vida en bienestar; principalmente, cuando esta nos desafía empujándonos al límite de nuestras fuerzas.
El supuesto fundamental del que parte esa afirmación es que las habilidades esenciales para vivir en bienestar —sobre las que sostenemos nuestras relaciones con nosotros mismos, los demás, el misterio de la vida y el tiempo (pasado, presente y futuro)— deberíamos haberlas aprendido e incorporado en nuestra infancia y juventud, cuando nuestro cerebro estaba abierto a tomar todo y a reconocer lo básico e innegociable para vivir en bien-estar. Eso significa que deberíamos haber aprendido lo esencial en nuestra casa de la infancia y en la escuela. Aunque quizás coincidan conmigo, no siempre, o al menos no para todos, ocurrió de esa manera.
Esta premisa nos lleva a uno de los desafíos más grandes que debemos enfrentar, lo que constituye nuestra segunda parada: ser adulto no es una cuestión de edad, sino de conquistar habilidades indispensables. Podemos tener edad adulta y seguir sufriendo o haciendo sufrir a otros como si fuéramos niños, en una repetición continua de patrones y hábitos de los que no sabemos salir, porque la mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes de ellos. Definimos nuestra identidad a través de hábitos automáticos que apenas reconocemos, cerrándonos a toda posibilidad de cambio. Lo que sabemos hacer y lo que sabemos ser, cuando entramos a la adultez biológica, no siempre es lo que necesitamos como mínimo indispensable para entrar a su vez, en una madurez emocional.
Incluso haciendo su mejor esfuerzo, nuestra educación falló en el propósito de prepararnos para vivir en un mundo extremadamente cambiante, donde tener habilidades es más importante que tener información. No supimos ver que tener información no es lo mismo que saber, que saber no implica saber hacer —ni mucho menos saber ser— y que quien no tenga conciencia de su ser, viviría desconectado de una de las necesidades fundamentales de nuestra existencia humana: dar sentido. Nos pasamos gran parte del tiempo haciendo interpretaciones sobre nuestro vivir, pero no siempre nos ocupamos de que nuestras interpretaciones aporten sentido al recorrido que hacemos.
Por ello, comienzo con una mirada simple y quizás extremadamente básica, de qué nos caracteriza como humanos; lo que podemos visualizar como nuestra tercera parada en el mapa de nuestro viaje.
Los humanos somos seres con conciencia de nuestra existencia. Así creamos una relación con el tiempo, en la necesidad continua —que no siempre logramos satisfacer— de ir creando, a cada paso, un sentido a nuestro vivir.
Somos seres biológicos, lo que nos permite almacenar nuestros aprendizajes, crear hábitos, adecuarnos a lo que va aconteciendo y desarrollar habilidades que sirvan para adaptarnos a la realidad y también que nos permitan expandirla, transformarla, modificarla.
Al ser biológicos, nacemos con sensaciones físicas y luego desarrollamos conciencia sobre nuestras emociones, a partir de la relación que creamos con el entorno relacional que habitamos. Más tardíamente, aprendemos a ponerle palabras a las experiencias, a “sacarlas a la luz” a través del lenguaje y así nace nuestra racionalidad, en una danza entre nuestra habilidad para interpretar, crear explicaciones, conectarlas y crear historias, para luego relacionarnos con ellas (muchas veces como si no fuéramos nosotros mismos quienes las creamos).
Gran parte de nuestro tiempo viviremos ciegos al hecho de que lo que entendemos como verdad no es más que otro cuento que nos hemos contado, creado por nosotros mismos, y vivido como si le perteneciera a la “realidad”, como si esta existiera con independencia de quien la cuenta.
Somos seres emocionales, que usamos nuestra racionalidad para organizar, interpretar y luego expresar nuestro mundo emocional. Si todo va bien, eso es lo que hacemos. De lo contrario, peleamos, empujando nuestra cabeza a una esquina del ring y a nuestro mundo emocional a la otra. Y cuando la vida nos desafía, comienza una pelea para decidir cuál de las dos —emoción o razón— toma el mando de las decisiones y acciones ante la situación. De esta manera, empieza la disociación: la incapacidad para que la emoción y la razón trabajen juntas en la reflexión sobre una situación determinada y en la toma de decisiones para el logro de lo que nos proponemos empezar, alcanzar, transformar o evitar.
Somos seres lingüísticos, lo que significa que nuestro lenguaje es el contexto en donde ocurre nuestro ser. Es nuestra mayor posibilidad y también nuestro mayor límite. Define nuestra conciencia sobre lo que vemos y también nuestras cegueras. Y lo que sea que pueda existir fuera de él, no existe para nosotros mientras no sea nombrado. Lo que llamamos “realidad” ocurre como un efecto del ser “en” el lenguaje. El lenguaje también nos permite la recursividad, el hacernos preguntas sobre nuestras preguntas y reflexionar a niveles que, hasta donde sabemos, solo los seres humanos podemos alcanzar.
Por vivir en el lenguaje, somos seres con compromiso. El compromiso es acción y los seres humanos siempre estamos en alguna acción, aun cuando creemos que no hacemos nada. Nuestro compromiso, nuestra fuerza y dirección, se orientan en cada momento hacia alguna acción. Hacemos la diferencia cuando la acción deja de ser una expresión automática y se realiza en acciones previamente diseñadas, a través de una reflexión consciente que tiene como propósito la concreción de ciertas metas o resultados de valor.
Siempre estamos comprometidos con algo, no existe el no compromiso. La pregunta fundamental es:
¿Dónde (en qué acción) tengo puesto en este momento mi compromiso?
Si aceptáramos la posibilidad de que podemos rediseñarnos, de que no estamos destinados sino impulsados por el pasado:
¿Es este el compromiso que quiero ser?
Somos también seres históricos. Como tales estamos arrojados a vivir en una determinada geografía, en una época particular, con sus devenires, emergencias y contingencias. Somos lo que somos, dadas las posibilidades que la historia misma nos regala. Sin dudas, no es lo mismo haber nacido en la Italia renacentista del siglo XV que en la Italia de la actualidad. Y no es lo mismo haber nacido en una familia acomodada, que ser hijo de una madre soltera en una comunidad que penaliza o discrimina una situación de esas características. Somos, en gran parte, el producto de la historia. Lo que nos tocó vivir. Y lo que hicimos con eso.
Tomando todos estos aspectos es posible concluir que somos seres existenciales, constituidos por los aprendizajes y tradiciones del pasado del lugar y la época a la que fuimos arrojados, y también en relación con los tiempos que vendrán, con el futuro que aún no sabemos cómo será. Es nuestro sentido de trascendencia el que nos llevará a la inquietud de dejar huella, de contestar a la pregunta:
¿Qué va a ser diferente en el mundo
a partir de mi paso por él?
Hacerle espacio a esta reflexión posiblemente nos lleve a dimensionar la complejidad a la que estamos sometidos por el solo hecho de pertenecer a esta aventura de estar vivos. La vida humana es una experiencia extraordinaria, abundante, misteriosa y llena de contradicciones y paradojas.
La vida es misterio, por ello está plagada de aventuras. Y por ser misterio y aventura, tiene también tragedias.
Comprender la complejidad del fenómeno de la vida y su misterio puede servirnos como base para reconocer que también nosotros, como producto existente de esta vida y su complejidad, somos una de sus expresiones.
Estamos dentro de la vida. No nos pertenece. Nosotros le pertenecemos a ella. Ella es grande, nosotros pequeños. No estamos separados de ella, ni somos sus dueños. Somos una experiencia más del fenómeno insondable del vivir, quizás no la única interesante, pero, sin duda, una digna de ser explorada.
Personalmente, me interesa que aprendamos a vivir una vida en la que, a los albores de su final, mirando el camino recorrido, podamos hacer tres declaraciones:
–Siento serenidad por mi vida, así como fue, también con sus desafíos y sus tragedias.
–Estoy en gratitud por el regalo de la vida como aventura existencial, tal y como fue.
–Me retiro de esta aventura de vivir, en la conciencia de haber contribuido en dejar un mundo con mayor conciencia y bienestar del que encontré, al menos para aquellos con los que hice contacto.
Este viaje comienza entonces con una exploración, con la intención de diseñar un camino que permita esbozar las habilidades necesarias para poder decir de nosotros mismos que somos adultos, que alcanzamos lo que se espera (y necesitamos) en cada etapa y para cada desafío que tengamos que atravesar.
Por ello, los invito, estimados amigos y amigas, a caminar juntos una respetuosa reflexión sobre la aventura que somos, los desafíos a los que hemos sido arrojados en el vivir, y las habilidades que necesitaremos desarrollar para “surfear” estas aventuras con determinación, gratitud y, sobre todo, confianza en el proceso.
Esta es una invitación a llevar la experiencia de vivir a donde considero que merece estar: al universo de lo simple. La vida es simple, aunque a veces nos sea difícil vivirla. Solo me limitaré a hablar sinceramente, a expresarme en palabras no demasiado técnicas sino buscando la simpleza y en ella, la profundidad de lo que pueda ser esencial para comprender lo complejo.
Espero mis palabras se entrelacen con las suyas y hagan de esta reflexión una compañía para todos nosotros como comunidad, en la humanidad compartida en donde nada de lo humano nos es ajeno; reconociendo que no sabemos, de lo importante, casi nada.
Le dedico estas reflexiones a nuestro propio esfuerzo conjunto de crear sentido, sabiendo que estamos vivos y que somos seres finitos con la expectativa de ser infinitos. También a quienes quieran iluminar su propio camino con reflexiones que abran mundos de posibilidades nuevos para sí mismos y para sus compromisos más importantes.
Para todos aquellos que tienen como misión acompañar a otros en su camino de aprender a expandirse, a diseñar su vida presente y sus relaciones con mundos nuevos de posibilidades.
¿Comenzamos?
PARTE 1.
El camino
(del sentido)

Un día de primavera, un viajante descansaba tranquilamente al borde del camino bajo un árbol. Mirando la naturaleza que lo rodeaba, observó cómo la oruga de una crisálida de mariposa intentaba abrirse paso a través de una pequeña abertura aparecida en el capullo. Estuvo largo rato contemplando cómo la mariposa iba esforzándose hasta que, de repente, pareció detenerse.
Tal vez la mariposa —pensó aquel hombre— había llegado al límite de sus fuerzas y no conseguiría ir más lejos. Así que, decidido a ayudar a la mariposa, tomó unas tijeras de su mochila y ensanchó el orificio del capullo. La mariposa, de esta forma, salió fácilmente. Su cuerpo estaba blanquecino, era pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre, preocupado, continuó observándola, esperando que, en cualquier momento, la mariposa abriera sus alas, las estirara y echara a volar. Pero pasó el tiempo y nada de eso ocurrió. La mariposa nunca voló, y las pocas horas que sobrevivió las pasó arrastrando lastimosamente su cuerpo débil y sus alas encogidas hasta que, finalmente, murió.
Aquel caminante, cargado de buenas intenciones, con voluntad de ayudar y evitar el sufrimiento a la mariposa, no comprendió que el esfuerzo de aquel insecto para abrirse camino a través del capullo era absolutamente vital y necesario, pues esa era, precisamente, la manera que la naturaleza había dispuesto para que la circulación de su cuerpo llegara a las alas, y estuviera lista para volar una vez hubiera salido al exterior.
Cuento anónimo
Capítulo 1.
¿Cómo logramos cambiar?
Sabemos lo que somos
pero aún no sabemos lo que podemos llegar a ser.
William Shakespeare
Todos los seres humanos, en diferentes momentos de nuestro vivir, deseamos hacer cambios. A veces queremos cambiar las condiciones que nos llevan a tener lo que tenemos: queremos tener más, menos o diferente. Otras veces deseamos cambiar lo que hacemos. Y algunas veces, las más esenciales (quizás cuando estamos atravesando algún tipo de crisis), queremos cambiar lo que somos, nuestras maneras de ser, sentir o reaccionar. En definitiva, cambiarnos a nosotros mismos.
Sin embargo, rara vez nos preguntamos: ¿qué es cambiar? ¿Qué implica? ¿De qué depende que cambiemos o no? Para ello, necesitamos revisar las bases de cómo llegamos a aprender lo que sabemos, en la conciencia de que el aprendizaje nos cambia y que cambiamos cuando aprendemos algo nuevo.
Según nuestra tradición cultural, tendemos a creer que tener información es lo mismo que saber. Eso hemos aprendido y desde esa creencia, confundimos el conocimiento con el tener información, el saber con el saber hacer.
Hoy más que nunca, un propósito fundamental de quienes estamos interesados en el bien-estar es investigar nuestra naturaleza humana, social, emocional, lingüística y existencial, sus bases y características, hasta convertir nuestras cegueras e incompetencias en recursos disponibles para el buen vivir.
Exploremos entonces, el fenómeno del aprendizaje y cómo se conecta con el cambio.
–Aprendizaje: Del lat. apprehendĕre. Adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia.
–Cambio: Del lat. cambiāre. Dejar una cosa o situación para tomar otra. Modificarse la apariencia, condición o comportamiento.
–Transformación: Del lat. Transformāre. Hacer cambiar de forma a alguien o algo.
Aprendizaje, cambio y transformación se refieren, los tres, en un sentido práctico, al mismo fenómeno. Llegar a aprender algo apunta a emprender una práctica que, en algún momento y de cierta manera, va a modificar nuestra habilidad para producir resultados en un determinado dominio o área de nuestro vivir y se evidenciará en que podremos emprender una acción que antes de haber aprendido, no podíamos hacer.
El cambio, al mismo tiempo, implica que hay algo que hemos podido modificar. En muchos aspectos de la vida (principalmente aquellos que dependen de nuestra capacidad para tomar decisiones) el cambio será la evidencia de lo aprendido.
Se pone en juego aquí una ley sistémica que establece que cuando en un conjunto de elementos comienzan a conservarse ciertas relaciones, se abre espacio para que todo cambie y se transforme en torno a las relaciones que se conservan. Esto quiere decir que cuando uno sabe lo que quiere conservar, todo lo demás cambia en torno a lo que uno conserva. Lo central es tener en claro qué es lo que se quiere conservar porque el futuro resulta según lo que hacemos en el presente.
Transformación significa, en un sentido etimológico, cambiar la forma habitual de ser o de hacer, en un aspecto o en determinada área.
Aunque no son sinónimos estrictamente hablando, podemos distinguir que son fenómenos intrínsecamente conectados.
1. 1.¿Qué es saber?
¿Qué sentimos cuando decimos que sabemos? ¿Nos sentimos más seguros? ¿Está relacionado, en nuestro modelo cultural, el saber con el sentir seguridad?
Para la tradición cultural aún vigente en Occidente, existen en nuestra vida cotidiana ciertos juicios o creencias —no siempre cuestionadas— que asocian el saber con tener poder, autoridad o con el ser “superiores” (“dueños de la verdad”). De esta manera, el saber (entendido como posesión de información) nos brinda una sensación de seguridad frente a una existencia que, en lo fundamental, es y será un misterio.
Esta reflexión intenta abrir otra pregunta: ¿Saber es conocer? Y si así es, entonces: ¿Cómo conocemos?
Cuando sabemos hacer o cuando somos capaces de realizar una acción efectiva, decimos que “sabemos”. En palabras de Maturana, reconocido biólogo y epistemólogo chileno, “conocer es hacer y hacer es conocer”.
A partir de este supuesto, cuando hacemos, conocemos. Y entonces también, decimos que sabemos. Cuando nos preguntamos sobre el saber estamos apuntando directamente al hacer. Nos preguntamos cómo hacemos lo que hacemos. La pregunta sobre el saber se responde con un hacer. Si alguien me pregunta: “¿puede decirme donde queda la calle San Martín?”. Yo respondo: “tiene que caminar tres cuadras derecho en esta misma dirección, doblar a la izquierda y cruzar hacia la peatonal. Allí comienza la calle San Martín”. La pregunta es sobre el saber y la respuesta implica el mostrar un hacer. El saber tiene que ver con el hacer, con lo que uno hace cuando distingue lo que distingue.
Aprender es la apertura de espacios nuevos de posibilidades de acción que hasta ese momento no estaban disponibles para nosotros.
1. 1. 1.¿Cuándo decimos que hemos aprendido?
Cuando comparamos nuestra acción en dos momentos diferentes en el tiempo: ayer nos subíamos a la bicicleta y no lográbamos sostener el equilibrio; hoy podemos pedalear y al mismo tiempo pensar en otra cosa o hasta hablar con quien va a nuestro lado, sin caernos ni perder la estabilidad.
El aprendizaje implica un cambio en nuestra biología (en nuestras redes neuronales) y eso se evidencia en que el cuerpo puede repetir una acción determinada sin que tengamos que reflexionar sobre ella para ejecutarla. Cuando manejamos un automóvil, no estamos pensando en cuándo acelerar y cuándo frenar. Cuando nos cepillamos los dientes, no necesitamos reflexionar sobre cómo mover el cepillo o en qué dirección. Es mecánico.
Si el cuerpo puede emprender una acción sin el esfuerzo de la reflexión o del recuerdo, podemos decir que hemos aprendido.
Siguiendo esta interpretación, si en nuestro presente no logramos tener la serenidad o la alegría con la que deseamos vivir (en la medida que sea lo que nos proponemos), cabe hacernos una pregunta:
¿Qué es lo que aún no he logrado aprender
para que mi relación con la vida se base
en la serenidad y la alegría como formas habituales de mi manera de ser?
Si estas cualidades no ocurren en nuestra persona automáticamente, es porque aún no son un estado de ánimo instalado o, dicho de otro modo, no hemos desarrollado una habilidad que con el tiempo se convierta en un hábito emocional y luego, en un patrón de conducta. Podemos sentir alegría como una emoción experimentada de a ratos, disparada por ciertos eventos; pero no define nuestra manera de estar en este mundo. No es parte de la estructura de nuestro carácter o nuestra personalidad. Me detendré más profundamente sobre este fenómeno en capítulos posteriores, cuando reflexionemos sobre la emocionalidad.
Les invito entonces a mirar nuestra forma de ser no como una “cosa dentro nuestro” sino como ese presente continuo, cambiante, que se expande, se adapta y que, entonces, en esa adaptación y en ese desarrollo, va a producir una evolución.
1. 1. 2.Cerebro, mente y aprendizaje
Es posible plantear aquí que la piedra angular de la tradición cultural occidental parte de una confusión: en nuestra vida cotidiana solemos usar los términos “mente” y “cerebro” como si fueran sinónimos. Estos fenómenos, aunque están conectados, son intrínsecamente diferentes.
El cerebro es un órgano del cuerpo que hace posible que seamos quienes somos, y a partir del cual todos nuestros aprendizajes ocurren y se organizan físicamente de una manera única y particular. Es un fenómeno biológico que ha evolucionado de diferentes maneras en el devenir de la humanidad y está en continuo desarrollo.
La mente es el espacio de interacción y relación con los demás y con el mundo, que incluye las creencias, emocionalidades, disposiciones, caracterizaciones y valores, que van a abrir o cerrar el espacio de posibilidades de esa configuración relacional. No es un fenómeno biológico sino social: nos define en la relación con el entorno y eso incluye nuestras experiencias pasadas, presentes y las suposiciones sobre el futuro.
Como humanos, no logramos distinguir lo que ocurre en nuestra experiencia del vivir cotidiano. He dicho anteriormente —y lo repetiré varias veces más en esta conversación— que los seres humanos somos tanto seres emocionales como racionales y estos son aspectos fundamentales de nuestra condición humana, pero no tienen la misma jerarquía temporal. Como decía Maturana en sus comienzos como conferencista: “la emoción es el ‘caballo’ y la razón es el ‘jinete’: la razón va a caballo de las emociones”.
Necesitamos que razón y emoción cabalguen juntos, que nuestra razón siga siendo, de alguna manera, la que le permita a nuestro caballo coordinar su fuerza para saber a dónde va. Una persona solamente emocional es un peligro para sí misma y para los demás. De igual manera, una persona solamente racional estará orientada a actuar desde los supuestos que existen detrás de sus creencias y evaluaciones (sea o no consciente de ellos) y no tendrá en cuenta, entre otras posibilidades, el impacto de sus acciones y de su decir en su entorno.
Es necesario jerarquizar e integrar nuestro aspecto racional y nuestra emocionalidad, ya que los dos son indispensables para la condición humana. Y más indispensable aún, es que existan en un balance continuo, que nos permita desarrollarnos y expandirnos en forma íntegra y empática con el entorno.
Sin duda, uno de los principales desafíos para lograr ese equilibrio es superar el paradigma de disociación generalizado en nuestra cultura, por el cual experimentamos el sentir y el pensar como opuestos no complementarios. Por ejemplo, al querer tomar una decisión importante, muchas veces terminamos en un callejón sin salida: “¿Hago lo que siento que es mejor o lo que pienso que es mejor?”. Este mecanismo es en sí mismo una trampa, porque desde donde sea que decidamos (el sentir o el pensar) lo haremos parcialmente, excluyendo aspectos y condiciones cruciales para tomar una decisión con fundamento. Elegir significa que al tomar algo, rechazamos todas las otras posibilidades; es decir que implica muchas renuncias, y saber renunciar no suele ser una habilidad común porque la falsa disputa entre el sentir y el pensar la oculta.
Si aceptamos que aquello a lo que llamamos mente es una forma particular de relación con el mundo, queda por reconocer que la mente no está en el cerebro, sino en toda la biología. Se manifiesta en todo nuestro cuerpo y también en el cuerpo del otro; se contagia conviviendo así en un espacio psíquico, un campo común, que incluye los cuerpos y también el espacio o configuración relacional que nos conecta.
No existe un aprendizaje sostenido si nuestra razón y emoción no funcionan integradas y en armonía. Cualquier “exceso” de emoción o de razón interferirá en nuestro proceso de aprender, llevándonos a incorporar maneras de ser y de pensar que luego podrían ser contraproducentes. Quienes se relacionan demasiado emocionalmente, tienden a ser muy dramáticos ante los errores y tienen poca tolerancia a frustrarse en el camino de ser un aprendiz. Quienes son demasiado racionales, creerán que saben algo porque pueden repetir la información en detalle, pero cuando tienen que poner la información en acción, se encuentran muchas veces con carencia de recursos y de la creatividad necesaria para inventar en el camino de ir aprendiendo.
1. 1. 3.El aprendizaje habita en el cuerpo
Una de las paradojas más extraordinarias de la existencia humana radica en el hecho de que incorporar (hacer cuerpo) lo que aprendemos, y adaptarnos a ello, representa al mismo tiempo una gran posibilidad y una de nuestras mayores limitaciones. Cada hábito que creamos —nos sirva o no en el presente para lo que nos proponemos lograr— va a provocar una inercia en el cuerpo, y nos va a impulsar de forma mecánicamente a que este lo sostenga. Esa misma inercia, que existe en nuestra naturaleza biológica a partir de los hábitos mecanizados en nuestro cuerpo, va a dar lugar al fenómeno del compromiso.
Como primer acercamiento, llamaremos compromiso a la acción elegida en el presente que nos conecta con el futuro deseado y existe fuera de la “re-acción” mecánica.
Para crear algo nuevo es necesario comprometernos “fuera” de la inercia de nuestros hábitos —más allá de ella— si lo que queremos es cambiar una manera de ser o de hacer que ya está establecida en nuestros patrones de conducta aprendidos.

Aceptar esto permite reconocer la siguiente premisa como un aspecto fundamental de nuestros hábitos emocionales: cada vez que decidimos desde el “me gusta” o “no me gusta”, hacemos referencia a alguna forma de adicción o forma mecánica de ser. ¡Los gustos son adicciones!
Insisto: cada vez que nos propongamos cambiar algo, tendremos que ir en contra de la inercia de nuestros hábitos, sobre todo la de aquellos que están conectados con nuestras antiguas maneras de ser y hacer. Y debemos contar con la fuerza necesaria para ir en contra de esa inercia, corporal, mecánica, aprendida y sostenida por años de condicionamiento y repetición.
En numerosas ocasiones, no somos capaces de reconocer que comprometernos a cambiar algo no es solo una declaración de posibilidad, aunque nos llene de entusiasmo conectarnos con el resultado que nos proponemos alcanzar. Necesitaremos la determinación para generar una acción nueva, aun en contra de las sensaciones corporales asociadas a la inercia de los hábitos de nuestra historia particular de aprendizajes.

Muchas veces no tenemos la fuerza para comprometernos porque ir en contra de la inercia de lo que sabemos hacer es incómodo. Pero esto sucede al comienzo, hasta que un nuevo hábito se instala y nuestro cerebro crea nuevos canales neuronales de repetición, incorporando así otras maneras automáticas de hacer y de ser.
Compromiso entonces, implicará la siguiente declaración:
“Lo hago aun sin ganas”.
“Lo hago aun con miedo”.
“Lo hago por el sentido que tiene el futuro al que aspiro,
más allá de que sienta o no ganas de hacerlo”.
Cuando no logramos algo nos justificamos, llenándonos de explicaciones para tranquilizar al jinete (la razón) que, a pesar de ser supuestamente quien manda, sabe que en muchos momentos el control lo tiene el caballo (la emoción).
Para aceptar este proceso es necesaria una gran cuota de compasión hacia nosotros y hacia cada uno de nuestros esfuerzos. Cada vez que decimos: “Yo no tengo lo que debo tener”, o “No soy lo que debería ser para poder producir el cambio en mí que tanto me importa”, estamos manifestando que nuestro cerebro está conformado para repetir un hábito y que, al aceptar esa explicación que surge desde la impotencia, ya no tendremos que vencer esa inercia de nuestro cuerpo y de nuestra manera de sentir. O sea, estamos diciendo: “Me resignaré a no lograr lo que me propuse y a cambio, regresaré a la supuesta comodidad de lo conocido”.
En este marco de compromiso, determinaciones y decisiones, es importante traer a colación que los seres humanos vemos lo que vemos, porque nuestra historia causa un efecto en el presente y eso es lo que llamamos historicidad. Nuestra historicidad —la forma en que hemos aprendido algo— crea una particular relación con el mundo, una manera de mirarlo, una dirección, un impacto del pasado en el presente, una expresión única. En ella tenemos la habilidad para emprender ciertas acciones y sostener prácticas ya conocidas: vivimos en tradiciones que sostenemos, aunque no las hayamos inventado, y algunas abrirán posibilidades y otras las cerrarán.
El desafío es crear conciencia para reconocer la diferencia. Somos nuestra historia de aprendizajes, como individuos y también como sistemas sociales, instituciones, culturas, mundos de prácticas compartidas.
Nuestro pasado existe en nuestra biología como información, no solo como recuerdo. De hecho, las mismas historias que creemos saber cómo fueron, se van modificando en nuestro relato con el paso de los años: cambiamos la manera de mirarnos y juzgar la vida; y por ende, nuestras memorias sobre como fue nuestra historia. Las memorias son construcciones que dependen de nuestra particular relación en el presente con aquello que estamos evocando. No son recuerdos, aunque las vivamos como tales.
El pasado puede convertirse en un obstáculo: cuando no podemos estar en paz con nuestra vida como fue o con lo que nos tocó vivir, estos se convierten en obstáculos. Pero pueden convertirse en recursos si les hacemos un lugar, los integramos convirtiéndolos así en una fuente de fuerza para vivir, más que en la razón de su pérdida.
El reconocimiento y aceptación de nuestro pasado es condición fundamental para poder diseñar el futuro y así, entrar en la serenidad. Principalmente vivir con serenidad con aquello sobre lo que no tenemos control alguno. La serenidad crece cuando podemos confiar en nosotros mismos y en nuestra propia capacidad de ser, dejar de ser, y ser diferentes.
El camino de la transformación reside en convertir los obstáculos en recursos, y de esa alquimia, crear la fortaleza emocional para alcanzar plenitud y sentido.
Toda ayuda debe dirigirse primero a darnos fuerza para asumir el destino que nos toca vivir (condiciones y eventos fuera de nuestro control), como parte esencial del misterio único que somos.
El proceso de aprender podríamos resumirlo en cuatro momentos: expresión (mostrar al mundo quiénes somos y qué sentimos), experimentación (mantenernos abiertos a nuevas experiencias y oportunidades de aprendizaje), integración de lo aprendido en uno mismo y del sentido del proceso en su totalidad (también podríamos llamarla incorporación) y trascendencia (poner todo al servicio de otros y, al final, soltarme de mi propio recorrido).
El interés por el aprender no es una novedad. Desde épocas antiguas el hombre se ha preguntado y ha generado diferentes respuestas a este fenómeno. El aprender a aprender es entonces, una competencia ontológica crucial ya que involucra al mundo de las acciones y también al de nuestras formas de ser; se trata de un requisito fundamental en una era de cambios acelerados. Cuando digo que es “ontológica”, me refiero a que es una habilidad del “ser” más que un aprendizaje puntual sobre una nueva acción.
Aprender a navegar la incertidumbre del futuro y ser agradecidos con las contingencias de nuestro pasado, hará la diferencia a la hora de vivir en el bienestar o en un continuo y repetido malestar, definiendo de esa manera nuestra relación con las posibilidades.
1. 2.Obstáculos del aprender
(…y del cambiar)
¿Cuáles son las creencias o prejuicios que interfieren o imposibilitan nuestra capacidad de aprender? Los llamaré obstáculos del aprender. Paradójicamente, estos son aprendidos, no innatos; y cada cultura crea los propios. Se trata de patrones o hábitos que naturalizamos a través de las tradiciones y las conversaciones culturales que compartimos.
A continuación, detallaré algunos de estos obstáculos que comienzan como actitudes culturales frente al fenómeno del aprender, para manifestarse luego como maneras de ser, sentir y actuar de las personas.
1. 2. 1.Decir “Yo ya lo sé”
Cuando decimos continuamente “yo ya lo sé”, cerramos las posibilidades de aprender y la emoción que podemos reconocer en nosotros es la de la certidumbre. Vivir en la certidumbre es un placebo contra el miedo a la incertidumbre y al cambio que cada vez es más acelerado e impredecible.
Declarar “no sé” es un recurso indispensable, fuente para el aprendizaje, que pone sobre la mesa la declaración de ignorancia durante muchos años entendida en términos culturales como una evaluación descalificatoria (para muchos aún lo es, por lo que viven con miedo al no saber y esconden su ignorancia con vergüenza a ser rechazados o descalificados).
Aceptar la ignorancia nos abre la puerta a la habilidad más importante a alcanzar, como manera de relacionarnos con el cambio y la incertidumbre: el aprender a aprender. Esta habilidad es la que nos lleva a reconocer el camino recorrido, qué de lo aprendido sirve para el mundo que se presenta hoy, qué es completamente nuevo y requerirá nuevas habilidades de observación y de acción.
A su vez el aceptar el no saber cambia nuestra relación con el error. El error siempre es posterior a la experiencia. Nadie hace algo con el propósito de equivocarse. El error aparece después, en la reflexión. Las personas actuamos pensando que estamos haciendo lo correcto. El error no es la acción sino la reflexión que señala que lo que hice antes, desde mi mirada actual, no es válido. Entonces cabe la disculpa. En general vivimos en un mundo más centrado en la desconfianza que en la confianza y consecuentemente castigamos los errores; y cuando hacemos eso, invitamos a la mentira. Las personas cuando tienen miedo, esconden o echan la culpa a otro por miedo al castigo. Por lo tanto, el error es algo que requiere ser conversado hasta encontrar una oportunidad para un nuevo aprendizaje.
Tenemos certezas (cómo nos llamamos, en qué país hemos nacido, qué edad tenemos, a qué nos dedicamos), pero eso no significa que vivamos en certidumbre.
1. 2. 2.Confundir “saber” con “tener información”
Hablamos de información como un conjunto de datos que se pueden acumular. Tener información es solo un momento y una posibilidad dentro del fenómeno del aprender, es un primer eslabón del aprendizaje que puede ser importante en ciertos dominios, pero dada nuestra tendencia a sobrevaluar la razón, en ocasiones creemos que sabiduría es sinónimo de información. Esta creencia suele hacernos ciegos al hecho de que existen quienes tienen muy poca información y una gran sabiduría.
La sabiduría tiene que ver con el arte de vivir y tener información no es suficiente para decir que aprendimos.
Saber hacer implica tener las competencias para fundar los juicios sobre cuál es la información válida que nos permite generar la acción efectiva, a fin de lograr el resultado que nos proponemos.
Lo central en este punto es distinguir el tener información del comunicar. La comunicación tiene que ver con la relación con el otro. Y el punto central de la comunicación está en nuestra capacidad conjunta de reflexionar, hacernos preguntas sobre los supuestos que sostienen lo que decimos y finalmente abrirnos a la plasticidad de cambiar de opinión si es necesario.
1. 2. 3.El fenómeno de la ceguera cognitiva
Generalmente actuamos organizando nuestras vidas a partir de lo que conocemos, dando sentido a lo que hacemos desde las distinciones, historias y competencias que poseemos; no de las que no tenemos. Así, nos posicionamos en un lugar que nos hace sentir “dueños de la verdad”, en el que no podemos concebir que existan vastos dominios del conocimiento que “no sabemos que no sabemos”. A este fenómeno se lo denomina ceguera cognitiva.
Muchas veces no tenemos la más mínima idea de diferentes áreas del conocimiento que puedan existir y estar disponibles, no tenemos idea de aquello que actualmente está siendo inventado.
Solo un momento de duda en el que estemos dispuestos a cuestionar nuestros conocimientos, a liberarnos de nuestros presupuestos actuales, será el camino que nos abrirá a la posibilidad de que exista ante nuestros ojos algo nuevo: aquello que “no sabemos que no sabemos”.
1. 2. 4.“Es difícil” versus “no sé”
En el vivir de cada día, estamos inmersos en una serie de juicios y opiniones que le pertenecen a nuestra cultura y que solemos repetir en forma automática. Estos se convierten, por no ser cuestionados, en el espacio a partir del cual actuamos (o evitamos hacerlo). Así, las posibilidades se recortan y tendemos a ver y evaluar el mundo de la misma manera, aunque las emociones, personas, opciones y situaciones sean diferentes.
¿Qué queremos decir cuando decimos que algo “es difícil”?
En términos de acciones, podríamos decir que declaramos “Es difícil” cada vez que no sabemos emprender una acción específica o no vemos posibilidad en un dominio o espacio de nuestras vidas en particular. Es una manera encubierta de decir: “No soy competente en esto, no sé cómo hacerlo”.
¿Qué cambia para nosotros si declaramos simplemente “No lo sé hacer” en vez de “Es difícil”? En primer lugar, ese cambio en el observar nos llevará a la posibilidad de hacernos responsables de nuestra incompetencia en un terreno particular; por ende, a pedir la ayuda de alguien que juzguemos competente y —a partir de darle autoridad— que nos enseñe lo que nos falte aprender en ese dominio y desde ciertos estándares.
1. 2. 5.Decir “Dado como soy, no puedo aprender”
Cuando ante lo nuevo decimos: “Yo nunca podría aprender eso”, nos cerramos a aprender. Detrás de esa frase pueden habitar diferentes supuestos como “No soy lo suficientemente hábil para entender esto” o “Esto es demasiado complicado para mí”. Podríamos tener una lista interminable de “Dado la persona que soy, no podría aprender eso”.
Esta reacción ante lo nuevo genera la pérdida de la autoconfianza, nos predispone al cierre de la posibilidad de accionar y limita nuestra capacidad de comprometernos o de arriesgar. Al convertir nuestras propias evaluaciones limitantes en aspectos fundantes de nuestra identidad, nos hacemos ciegos a que también nuestras definiciones de “quiénes somos” son construidas y por lo tanto pueden ser cambiadas. Nuevas acciones nos llevan a la posibilidad de hacer nuevas evaluaciones sobre quiénes somos y, más aún, quiénes podríamos llegar a ser.
1. 2. 6.No tener preguntas sobre nuestras preguntas
Hacemos preguntas y creemos que, porque las hicimos, deben ser contestadas; pero no vemos los presupuestos que están detrás. Para investigar este obstáculo los invito a que se hagan interrogantes y a que, en lugar de responderlos, observen cuáles son los pre-supuestos que los sostienen. Luego sigan el ejercicio, haciendo una pregunta que ponga en cuestión los supuestos de la primera. Es posible que no encuentren una única respuesta: esa es la habilidad de cuestionarse y reconocer de qué manera construimos nuestras propias observaciones y en el caso particular, en qué nos estamos basando. Esta es la puerta de entrada a cambiar la inercia de otro hábito cultural en el que vivimos en automático, la pretensión de que vivimos en un sentido común.
Por ejemplo, si yo le digo a un compañero durante una reunión de trabajo: “¿Por qué será que estas reuniones son tan improductivas y aburridas?”, estoy suponiendo, primero, que mi compañero hace los mismos juicios que yo sobre las reuniones; segundo, que compartimos los mismos estándares para “improductivo” o “aburrido”. Por último, supongo que ese es un buen momento para que yo le comparta a mi compañero lo que opino sobre las reuniones… ¡Y la lista podría seguir!
1. 2. 7.Decir “No tengo tiempo”
No darle prioridad al aprendizaje parece ser un síntoma de nuestra época. Confundimos, en la velocidad del vivir y el cambio en el que estamos inmersos, lo urgente con lo importante. Desde allí percibimos el tiempo como escaso, por lo que disponerlo para el aprendizaje es entendido como un lujo para pocos.
Esta postura nos deja en casi una única posibilidad: la de necesitar de las crisis y de los momentos de dolor para aprender o hacernos preguntas. Para muchos, estos son los únicos espacios en donde se dan tiempo para la reflexión sobre el vivir, el escuchar, revisar la manera en que se relacionan con los demás, con ellos mismos y con el futuro.
Tomar decisiones desde el dolor, la pérdida o el miedo como contexto emocional, suele reducir nuestras oportunidades, imposibilitando la creación de una relación con el aprendizaje que se base en la alegría, la liviandad y la capacidad de elección.
1. 2. 8.Vivir en enjuiciamiento permanente
Tenemos la tendencia de opinar mecánicamente sobre distintas situaciones, nos demos cuenta o no. Al hacer tantos juicios generamos la ilusión de que sabemos algo, cuando muchas veces somos ciegos a nuestra propia ignorancia en la materia de la cual estamos opinando. En este hábito, sentimos que lo que decimos es verdadero, sin hacernos preguntas ni cuestionar nuestros fundamentos.
Confundimos opinar con saber. Y nos quedamos encerrados en los límites de nuestra propia observación.
1. 2. 9.Confundir las explicaciones con el fenómeno explicado
Nuestra tradición cultural tiende a creer que las explicaciones le pertenecen al fenómeno explicado; cuando en realidad, las explicaciones le pertenecen al observador que explica. Dos formas diferentes de explicar van a crear dos formas diferentes de intervenir y, así, dos oportunidades muy diferentes para la acción.
Recuerdo una maestra en la escuela primaria a quien, luego de haber hecho mal un ejercicio de Matemáticas, llorando le comentaba que mi papá me había dicho que era un inútil y que —según yo— lo hizo porque no me quería. Ella amablemente solo me preguntó: “Si no te quiere, ¿por qué se toma tiempo en decir cosas sobre ti y que además las escuches? ¿Será que no te quiere o que le importan tus resultados y que te sientas bien con ello; y esta sea la única manera en que sabe impulsarte a mejorarlos?”. Un evento, dos interpretaciones: una cierra posibilidades y otra las abre.
Parte fundamental de nuestra inteligencia emocional radica en elegir la interpretación que más puertas abra a nuestro futuro. Para eso, necesitamos reconocer fehacientemente que lo que creemos es solo una interpretación entre tantas posibles. Las interpretaciones no son “cosas”, por lo que no tienen permanencia, a menos que las tratemos como tales.
1. 2. 10.Querer tener todo claro, todo el tiempo: los buscadores de “la” verdad
Hay quienes han desarrollado ansiedad por tener claro todo, todo el tiempo. No aceptan la reflexión, ni el tiempo necesario para habitar en las preguntas nunca antes formuladas. Viven necesitando respuestas para sentirse más seguros y, de esta manera, evitan la incertidumbre del adentrarse en lo desconocido. No declaran la necesidad de ayuda y usan las crisis para movilizar decisiones, o solo la piden cuando la situación es casi insostenible.
Querer tener todo claro todo el tiempo, nos priva de la posibilidad de vivir la confusión como un momento valioso de todo aprendizaje. El que acepta su confusión, se abre a reflexionar con mayor profundidad a través de habitar nuevas preguntas y cuestionar sus propios supuestos.
El saber tiene como proceso previo necesario el sentir confusión, aceptando que no sabemos todo y que solo podemos observar desde nuestra propia perspectiva actual y nuestra capacidad de distinguir la experiencia que se presenta ante nosotros.
1. 2. 11.Incapacidad para incorporar el cuerpo en el aprendizaje
Tradicionalmente tendemos a creer que aprender es un proceso de la mente y olvidamos, como se ha visto unas líneas más arriba, que el aprendizaje involucra el cuerpo porque este es el que realiza las acciones; y desde este enfoque, es un dominio primario para que se dé el aprendizaje.
Hablamos de in-corporar como llevar al cuerpo y esto hace referencia a que cuando aprendemos se producen cambios a nivel de nuestro sistema nervioso; por ende, también en nuestra corporalidad. Las neuronas sostienen lo aprendido a través de sus interconexiones y estos “surcos neuronales” cambian según cómo se los ejercita. El aprendizaje implica la creación y el sostén de nuevas prácticas que, repetidas en el tiempo, generan la transparencia en el vivir cotidiano.
En estos últimos diez años hemos aprendido más sobre el cerebro y el aprendizaje que en los últimos cien. Nuestro cerebro no es fijo. Plasticidad neuronal implica que estamos en posibilidad de cambiar la estructura y funcionalidad de nuestro cerebro a partir de nuevas prácticas y del aprendizaje que estas nos aporten. Nuestra plasticidad conductual nos permite ser, dejar de ser y ser diferente.
1. 2. 12.Incapacidad para crear el contexto emocional adecuado para el aprendizaje
Todos podemos recordar al menos una vez en que hayamos reconocido una conexión directa entre nuestra capacidad para aprender y lo que sentimos cuando estamos aprendiendo algo.
No se aprende igual desde el miedo, la culpa o la vergüenza. De esta manera hay emociones que están disponibles para nosotros en nuestros momentos de aprendizaje y otras que no.
Un ejemplo que se ha visto en los párrafos anteriores es la arrogancia, que puede definirse como la emoción que está ligada a la declaración “Yo todo lo sé y no hay nada más que necesite aprender”. En la arrogancia simplemente no estamos disponibles al aprendizaje, quedándonos atrapados en los límites de lo que creemos.
1. 2. 13.La gravedad
Es un emocionar que se caracteriza por interpretar lo que ocurre como complicado o complejo. Quienes habitan en este espacio emocional suelen caracterizarse por sus voces graves (tonos bajos), aires de superioridad y miradas de cierto desprecio hacia quienes consideran ignorantes.
Ante ellos tendemos a alejarnos, dejarlos solos. De hecho, no solo se afecta su aprendizaje, sino el contexto en sí de la relación. Es un espacio emocional en donde no hay posibilidad para la pregunta.
Solemos confundir la gravedad con la seriedad. Nos olvidamos que la seriedad es el espacio en donde nos hacemos preguntas y, también, preguntas sobre las preguntas. La seriedad nos permite la risa, principalmente la saludable posibilidad de reírnos de nosotros mismos; pudiendo de esta manera vivir los errores con liviandad más que con miedo, culpa o vergüenza. Al conectarnos con la liviandad, la seriedad es un medio para mirar con gratitud lo que hacemos; más aún, los errores o desaciertos. Al evitar hacer un drama de la expectativa rota, es que podemos reírnos también de lo que no fue como hubiésemos esperado. La seriedad es el corazón de la reflexión.
1. 2. 14.La trivialidad
Es uno de los contextos emocionales más nocivos a la hora de aprender. Si los que habitan la gravedad viven pretendiendo la seriedad, los triviales pretenden evitarla. Viven en la risa, en el sarcasmo y la ironía, en pos de la “buena onda”. Por supuesto, evitan el reírse de sí mismos y viven riéndose de los demás. Generan a su alrededor una atmósfera de miedo al ridículo o a la descalificación. Evitan ser confrontados y se disfrazan de simpáticos o de buenas personas.
Cuando la trivialidad se convierte en el contexto predominante en un determinado sistema u organización, los resultados tienden a ser mediocres, medidos con los estándares más bajos. Es un espacio en donde no hay preguntas porque no existe la posibilidad de la reflexión.
No dar autoridad para que otro me enseñe.
La única forma de llegar desde lo que no sabemos hacia el saber, es confiando en un maestro y dejándonos guiar por él. Luego de declarar nuestra ignorancia en algún dominio específico de acciones, el segundo paso es declarar que queremos aprender. Para eso es necesario darle autoridad a alguien que nos enseñe. Esto se llama declaración del maestro. Implica que, además de reconocer que sabe, le damos autoridad y confianza para que sea él quien nos enseñe sobre eso que no sabemos y queremos aprender. Y también le otorgamos el poder para que evalúe nuestro proceso de aprendizaje. La autoridad es una forma de poder, es poder “concedido”; y así como lo otorgamos, lo podemos retirar. A veces, aunque el maestro nos diga que estamos aprendiendo, nosotros mismos nos descalificamos declarando que no estuvo bien o deberíamos haberlo hecho aún mejor.
Todo desarrollo de habilidades y hábitos lleva tiempo, al menos cinco meses de práctica continua. Necesitamos animarnos a correr el riesgo de probar, aceptando el error, aunque lo sintamos como un fracaso. Por eso es indispensable contar con buenos maestros a quienes les demos previamente la autoridad para que nos muestren aquello que no vemos aún, permitiéndonos de esa manera el acceso al próximo nivel de habilidad. El juicio del maestro evoca el camino del aprendizaje. Y sostiene el compromiso con aprender más allá de la frustración, el aburrimiento o la impotencia ante los errores o desaciertos.
1. 2. 15.La desconfianza
Cuando concedemos autoridad a alguien para que nos enseñe, estamos diciendo que confiamos en esa persona, en sus competencias en ese dominio y en su compromiso a asistirnos en el proceso de aprender.
¿Qué ocurre cuando declaramos que no confiamos? ¿Qué se abre y qué se cierra como posibilidad cuando la desconfianza es el espacio desde el cual actuamos?
El espacio de posibilidades se amplía o se limita drásticamente ante la presencia o la ausencia de la confianza. Me detendré en ella en próximos capítulos para reflexionar en profundidad sobre sus fundamentos.
1. 2. 16.La incapacidad para desaprender
Este obstáculo se relaciona directamente con aquellas experiencias propias que juzgamos exitosas, nuestros logros anteriores; y más aún, las fórmulas o procedimientos que nos llevaron a ellos. Sostener que “si ayer sirvió, hoy debe seguir haciéndolo”, puede ser una ilusión peligrosa.
Traer el pasado al presente nos cierra a la posibilidad de reconocer el tiempo actual y accionar desde las nuevas condiciones. Desaprender no implica olvidar, sino crear una relación diferente con lo que ya sabemos.
1. 2. 17.La falta de apertura a aprender “en red”
Los seres humanos no vivimos en soledad, aunque muchas veces podamos sentirnos solos: construimos quienes somos en convivencia con otros.
Si miramos este fenómeno dentro de nuestra inquietud de aprender algo, es fundamental reconocer la necesidad de crear una “comunidad de aprendizaje” a nuestro alrededor y entregarnos a ella.
Aprender solos en oposición a aprender dentro de una comunidad que tiene el mismo propósito de aprendizaje, puede hacer la diferencia entre tener información y alcanzar una habilidad. Una comunidad de aprendizaje deviene en una “comunidad de prácticas nuevas”, lo que facilita y asegura la reflexión, el sostener un estado de ánimo positivo ante los fracasos y errores, y el crear un compromiso conjunto con aquello que queremos alcanzar.
Un individuo solo no puede hacer un aprendizaje serio; y probablemente, resulte abrumador. Aprender seriamente implica crear una comunidad nueva que se recree permanentemente y provoque que el cambio genere nuevas posibilidades.
Pertenecer a una comunidad es central para cultivar un nuevo hacer.
–Redes
–Maestros
–Escuelas
–Linajes
La invitación es a apoyarnos en todo esto, más que en la pretensión de saber o en la vergüenza de mostrarnos ignorantes.
1. 3.Etapas del aprendizaje
Aprender lleva tiempo y tiene condiciones que, si las reconocemos, pueden hacer más liviano el camino de llegar a adquirir competencias.
Primero expondré en qué nos convertimos cuando no entramos en la posibilidad de declararnos aprendices en algún dominio.
–El arrogante. Cree que sabe, pero no sabe que no sabe y, por lo tanto, no aprende.
–El elefante en el bazar. Cree que sabe porque tiene algunas “nuevas palabras”, pero no es competente a la hora de conectar las distinciones con la acción. Es peligroso por su ceguera a que no sabe y generalmente declara que necesita ayuda solo cuando cometió errores (a veces muy costosos). Lo caracteriza la arrogancia y la torpeza.
Cuando entramos en la posibilidad de ser aprendices, podemos reconocer las siguientes etapas:
–El principiante. Sabe que no sabe y puede pedir ayuda para que alguien le enseñe. El principiante busca reglas y controlar el resultado a través de herramientas y procedimientos fijos. Quiere saber “cómo” se hace algo.
–El principiante avanzado. Ha incorporado las nuevas distinciones de ese dominio en el que quiere aprender y algunas acciones. Puede comenzar a moverse, pero necesita supervisión. Se apoya en procedimientos estandarizados o herramientas con las que sentirse seguro al actuar. Puede ser efectivo, pero mecánico.
–El competente. Puede hacer promesas en determinado dominio de acciones y cumplirlas. Se diferencia del principiante avanzado por la consistencia en su accionar y porque puede actuar sin necesitar supervisión directa en cada momento. También reconoce que hay habilidades en sus maneras de ser que impactan en lo que hace. Tiene conciencia de sus límites y puede pedir ayuda a tiempo.
–El virtuoso. Además de ser competente, es capaz de innovar en ese dominio, cambiando las condiciones de satisfacción de lo que ofrece. Puede hacer lo que hacen otros pero con un estilo propio y conectándolo con otros aprendizajes, lo que agrega valor a su propuesta y un estilo único en su forma de hacer y/o de ser.
–El maestro. Crea nuevos juegos en algún dominio que luego otros seguirán. La maestría verdadera es acción a la mano, sin mucha reflexión. Implica el desarrollo de habilidades y sensibilidades. La maestría no depende de herramientas o procesos. Surge como una nueva relación entre el maestro, su escucha sobre lo que falta y una habilidad notable en saber crear a tiempo el acceso a lo que es necesario para cada momento.
–La leyenda. A partir de los nuevos juegos que crea desde la maestría, posibilita la transformación o creación no solo de posibilidades, sino de mundos de posibilidades. Tiende a trascender su período de vida, impactando mucho más allá, hacia otras épocas, personas y mundos.
Reconocer esta simple manera de observar el proceso de aprender puede ser útil para distinguir, a la hora de cambiar algún aspecto o resultado, en qué momento del aprendizaje nos encontramos y qué puede requerir avanzar al próximo nivel.
1. 4.Ejes para nuestras próximas reflexiones
–La pregunta sobre el saber se responde con un hacer. El saber tiene que ver con el hacer, no con el ser en sí sino con lo que uno hace cuando distingue lo que distingue. El ser no es fijo, es cambiante e impermanente.
–Los hábitos se expresan como una inercia de nuestro cuerpo. Cambiar implica aceptar “hacer en contra” de esa inercia. Al ir en contra de la inercia aparece lo que llamamos “compromiso”.
–El fenómeno de la interpretación es diferente al fenómeno de la información. En vez de abrumarnos con cantidades incontables de distinciones, lo que necesitamos es abrirnos a nuevas prácticas.
–El aprendizaje rígido no hace sentido en mundos que están en continuo cambio. La posibilidad está en desarrollar habilidades. Las habilidades no son reglas fijas, son un fenómeno que se cultiva.
–No existen paquetes de herramientas fijas y dadas. Existen diferentes niveles de sensibilidad y aprendizaje. En eso se basa la maestría en cualquier dominio de acción.
–La educación tradicional no se hace cargo del “ser” de cada persona que está aprendiendo. Necesitamos salir de los procedimientos, herramientas y técnicas, y “cultivar el cultivo” de nuevas maneras de relacionarnos, accionar y crear habilidades con otros. Eso requiere cambios biológicos, cambios sociales y tiempo.
–Integrar en nosotros el sentir y pensar es condición innegociable de nuestro bienestar y la habilidad de tomar decisiones con éxito.
–Todo aprendizaje conlleva etapas. Aceptar el proceso de aprender nos llevará, además de incorporar nuevas habilidades, a disfrutar del proceso de lograrlo.
Capítulo 2.
El desafío de evolucionar
La alegría está en la lucha, en el esfuerzo,
en el sufrimiento que supone la lucha
y no en la victoria misma.
Mahatma Gandhi
Nuestras principales habilidades para vivir, siendo seres inmersos en una realidad impredecible, podrían resumirse en una sola, desde donde se despliegan las reflexiones fundamentales:
La habilidad de devenir como adultos
en seres maduros, seres conscientes de nuestros límites y posibilidades, reconociéndonos
en evolución permanente.
Llegamos a la edad adulta por el paso del tiempo, pero no siempre ese proceso implica madurez emocional. Nuestra biología crece y se desarrolla automáticamente, en un ciclo dentro del espacio-tiempo que incluye cuatro momentos: nacer, crecer, reproducirse (en hijos o en proyectos) y morir.
Todos los años celebramos haber alcanzado un año más, caminando inevitablemente hacia la maduración biológica, sin elegirla. Envejecer nos sucede por decisión innegociable de nuestra naturaleza. De hecho, algunos hacen grandes esfuerzos para que no se note que han envejecido.
La maduración biológica es un devenir del que somos parte. La maduración emocional se manifiesta en nuestra habilidad para tomar decisiones que vayan en coherencia con quienes decimos que somos (identidad) y con los valores y virtudes que elegimos para nosotros (dignidad).
2. 1.Premisas básicas de nuestro desafío como seres humanos
2. 1. 1.Primera premisa
Uno llega a la adultez, pero no necesariamente madura emocionalmente como adulto
con libertad de expresión y de acción.
La adultez es un juicio que hacemos sobre habilidades y maneras de ser, en relación con la edad biológica y las expectativas culturales sobre lo que las personas deberíamos haber alcanzado en cada etapa de nuestro devenir.
¿Cuáles son las habilidades que nos constituyen en un ser adulto? Esta pregunta implica, primero, reconocer que todos los seres humanos tenemos un ciclo de vida biológico. Y es nuestra biología la que conforma la primera base de nuestro mapa experiencial de evolución.
La psicología moderna distingue nuestro desarrollo evolutivo en cinco etapas: infancia, adolescencia, adulto joven, adulto maduro, adulto mayor. En ellos podemos encontrar crisis, desarrollos y estancamientos.
En nuestra niñez, las maneras de ser, aprender y relacionarnos son diferentes a las que nos caracterizarán en la adultez. Comprender cómo miran, perciben y sienten el mundo los niños, nos da un acceso a las bases de nuestra experiencia como seres humanos. Reconocer las etapas iniciales de nuestro desarrollo y sus desafíos, nos permitirá ser conscientes de qué logros son los que impulsarán más adelante, la conquista de nuestra madurez como adultos. También nos dan una pauta de cómo es el proceso de aprendizajes y conquistas que nos lleven desde la niñez a entrar en la adultez. Esto nos permite entrar en la pregunta: ¿qué ocurre con nuestra maduración emocional si en nuestra niñez no se completan los procesos necesarios?
Como experiencia, la adultez implica:
–Conservar lo aprendido, como condición necesaria para nuestra supervivencia.
–Adaptarnos a los cambios del entorno, constituyendo quiénes somos a cada paso del camino.
–Desarrollar la capacidad de rediseñarnos, en relación con el futuro que deseemos alcanzar.
Los adultos tenemos algo que potencialmente existe en la niñez, pero que no se desarrolla hasta que se dan ciertos aprendizajes que serán fundamentales para nosotros: podemos conquistar nuestra propia libertad. Los niños no son libres, dependen de la mirada de los mayores, de su validación, de sus permisos para ser y hacer, del modelo que los adultos somos para ellos. De lo que perciban a través de su relación con nosotros, crearán sus primeras estrategias de relación con ellos mismos, los demás y el mundo. La primera parte de ese proceso de aprendizaje es la imitación.
Solemos creer que los niños aprenden principalmente a través de lo que les decimos o enseñamos. Sin embargo, hoy sabemos que su primera estrategia de aprendizaje es copiar la relación que los adultos con los que conviven tienen con ellos mismos, imitando la manera en que se tratan a sí mismos y entre sí.
Así, entendemos que los seres humanos somos solo potencialmente libres. Y conquistar nuestra libertad como adultos implicará primero haber incorporado aprendizajes fundamentales.
2. 1. 2.Segunda premisa
La libertad es una conquista a la que todos estamos llamados aunque no todos la alcancen. La dignidad será el primer paso —y el último—
en la conquista de nuestra libertad.
Desde nuestra adolescencia la inquietud por ser y sentirnos libres se manifiesta con más fuerza. Para alcanzar nuestro sentido de libertad debemos cultivar la dignidad: no existe libertad sin dignidad.
Tenemos derecho a ser quienes somos, a valorarnos y sabernos valorados por ese hecho; y a tener el permiso de cambiar tantas veces como lo decidamos en el recorrido de nuestro camino, como seres únicos, irrepetibles y en continua evolución.
Los niños son dignos solo cuando los adultos podemos reconocerlos, valorarlos y regalarles en nuestra convivencia con ellos, el respeto que se merecen a ser únicos e irrepetibles. Ese respeto se lo debemos desde su primer instante de vida. Si les retiramos ese derecho, como niños que son, es muy poco lo que podrán hacer para defenderse.
Más adelante me detendré en cómo es posible definir la dignidad y reconocer cuándo la tenemos y cuándo la hemos perdido.
Una de nuestras principales fuentes de pérdida de poder será entonces el llegar a nuestra adultez, siendo adultos infantiles. Ser infantiles —más allá de la edad que tengamos— implica que hay ciertos aspectos de nuestro ser que aún no hemos alcanzado y evidencia que no estamos pudiendo hacernos cargo de habilidades centrales para la maduración emocional, aunque hayamos alcanzado la madurez biológica.
Para alcanzar la madurez emocional será necesario que aquellos con quienes nos relacionamos puedan ver en nosotros un adulto (muchas veces con comportamiento infantil) y renunciar a la tentación de tratarnos como a un niño en un cuerpo de adulto (justificándonos en nuestras carencias, faltas, traumas de le infancia, etc.). La ayuda solo sirve si es brindada por un adulto a otro adulto. Cualquier intento de relacionarnos desde hábitos infantiles o respondiendo a los hábitos infantiles de la otra persona, terminará en frustración, sufrimiento o pérdida de interés en la relación.
2. 1. 3.Tercera premisa
Todo lo que hacemos en la búsqueda del desarrollo personal es una forma de declarar nuestra propia dignidad, base para la identidad de poder que buscamos proyectar en el mundo.
Si la dignidad es la base de la libertad, la identidad de poder es el resultado de tener dignidad. La identidad es la respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”, y también a “¿Quiénes dicen los otros que soy?”. Siempre cambiante, nunca fija ni determinada.
Podemos simplificar de la siguiente manera nuestras principales conquistas emocionales como seres adultos:

2. 2.Nuestro devenir como adultos
Como se vio, devenimos en quienes somos a partir de las experiencias de aprendizaje que atravesamos. Eso significa que en nuestro vivir tenemos que crear los aprendizajes que permitan el desarrollo de las habilidades con las que podamos definir nuestra madurez como adultos, en relación con nosotros mismos, los demás y el mundo.
Estos desafíos, en principio, son cuatro:
1.El primero y fundamental es el de aceptar las diferencias. Necesitamos conocer nuestras propias similitudes y necesidades, para despejar las pretensiones o expectativas que no pertenecen a nuestra experiencia de relación en ese momento con esa persona. Si aprendemos a mirar nuestras diferencias con curiosidad y no como una amenaza, podríamos expandir a través de la mirada del otro nuestra propia capacidad de observar.
2.El segundo es reconocer nuestro poder. El poder personal implica la capacidad de movilizar personas, acumular y administrar recursos en pos de un determinado objetivo, para abrir nuevos horizontes de posibilidades en otros. Esto es lo que el Dr. Fernando Flores llama “ser un embajador de posibilidades”. Más adelante dedicaré un capítulo a este tema.
3.Aceptar el poder también es aceptar que somos capaces de hacer daño. Estemos o no alertas a cuándo, cómo y a quiénes. Todos hacemos —y nos hacemos— daño. No se trata de intencionalidad, sino más bien de ser ciegos al impacto que tenemos en los demás y en nosotros mismos cuando actuamos —y también cuando no actuamos—. Somos con otros, somos en red, y nos afectamos mutuamente todo el tiempo.
Debemos asumir la culpa de que todos hemos hecho daño, hacemos daño y seguiremos haciéndolo.
Tendemos a creer que la culpa es una emoción que no sirve, que paraliza o empequeñece. Pero, en realidad, lo que nos afecta negativamente es el querer evitarla: la pretensión de ser inocentes y libres de las consecuencias de nuestras propias acciones atenta contra nuestra habilidad para dar respuestas efectivas y reparar lo que rompimos o afectamos negativamente, en el camino de aprender.
Cuando queremos evitar sentir culpa, entramos en la necesidad de mostrarnos inocentes de nuestras acciones y resultados. La pretensión de inocencia y depositar en otros la responsabilidad, es una actitud de la niñez que responde a la manera más básica de pertenecer al mundo de los adultos. Si podemos estar tranquilos ante los ojos de los adultos y ser considerados “buenos” e “inocentes”, pertenecemos. Si no lo logramos, nacerá el resentimiento como el estado de ánimo disponible cuando no nos sintamos reconocidos.
4.Nuestro cuarto gran desafío es aprender a cerrar los duelos. Permitir que lo que se terminó, de verdad termine, y permanezca como recuerdo y experiencia del pasado. Que eso sirva en mi presente como aprendizaje, sin que ejerza un dolor emocional que tiña la experiencia de permanecer aquí y ahora. Para ello, la primera habilidad a desarrollar será aprender a despedir a nuestros muertos. Sobre todo, a aquellos que aún son significativos para nosotros.
Una de las primeras expresiones de la pérdida de poder como seres adultos es nuestra incapacidad para hacer duelos. Confundimos el amar con tener cercanía física con nuestros afectos y, de esa manera, cuando alguien muere, nuestra forma de amarlo —conscientemente o no— nos retira internamente del camino a la vida y nos orienta a querer irnos con quien ya no está físicamente. Esto es un movimiento emocional infantil que nos puede llevar al fracaso, al sufrimiento y, en el extremo, a perder interés en nuestra propia vida.
Bert Hellinger distingue tres movimientos emocionales —casi siempre inconscientes— que ocurren en nuestra incapacidad de hacer duelos y que pueden llevarnos a enfermar, tener accidentes o vivir en reiteradas crisis o en sufrimientos innecesarios. Los denomina “dinámicas del amor infantil o del amor ciego”:
–Yo en tu lugar / yo como tú. Vemos sufrir a alguien que amamos y le prometemos internamente tomar su lugar, vivir su destino. Enfermamos con el otro y en el extremo, morimos con el otro. Esa extrema asociación no solo no evita el destino de aquel que murió primero, sino que llena de culpa a todo el sistema. Otra expresión de la fidelidad ciega del amor infantil es prometer que no lo vamos a superar en alegría o en vivir una vida con más sentido o con menos sufrimiento: “Yo sufriré como tú y no tendré más alegría ni más amor que el que tú tuviste”.
–Yo te sigo. Cuando nos toca sobrevivir a la muerte de nuestros seres queridos, para muchos la primera vivencia emocional es la culpa: sentirse culpable por seguir en la vida, como si estuviéramos fallando al amor que le tenemos al ser que acaba de partir. Esto nos lleva a declarar que, si no es posible que el ser amado regrese, entonces “lo sigo” a la muerte, por ejemplo. Lo que podría acercarnos a comprender por qué hay familias en donde el suicidio se repite de generación en generación. Al mirar detenidamente podemos observar que lo que podría estar funcionando como dinámica interna es la fidelidad ciega del suicida a alguien que murió antes que él.
–Vivir en un amor interrumpido. Muchos adultos tienen dificultades en expresar amor en el contacto físico hacia sus seres más cercanos. También pueden expresar un vínculo ambivalente: cuando tengo cerca a quien amo no puedo expresárselo o peor aún, lo evito (o rechazo el contacto físico). Por otro lado, cuando estoy lejos, lo añoro, lo extraño; siendo capaz de declarar amor solo en la distancia. Este amor interrumpido es la expresión de un trauma de las primeras etapas de la infancia, en donde el niño, en el ejemplo más común, fue separado al nacer en forma brusca de su madre (por nacer con dificultades o por problemas físicos de la madre durante el nacimiento del hijo). Esa separación temprana y tan contundente hace que el bebé, siendo separado físicamente de la madre y sobreviviendo en una incubadora, tenga que sobreadaptarse a esa separación. Luego, cuando la madre ya puede acercarse físicamente (muchas veces semanas o meses después) la expresión automática del bebé es de rechazo. También puede manifestar dificultades en tomar del pecho cuando la mamá le ofrece su alimento. Y puede ser muy frustrante para esa mamá no encontrar el camino en reparar el vínculo lastimado con su bebé. Mientras más tiempo hayan estado separados físicamente (situación que se agrava si el niño tuvo nulo o muy poco contacto físico con otros humanos), más posibilidades de agudizar este síntoma de desconexión del vínculo afectivo se podría manifestar. Reconocer el dolor de la separación y luego poder entrar en la conciencia del presente de que hemos sobrevivido y que el dolor ya paso, que “al final todo salió bien”, será el camino por recorrer para alcanzar esa reparación.
La muerte es una separación fundamental. Quien no puede aceptar eso, pierde parte de su disponibilidad emocional para estar en el presente de su vida. Si no logramos despedirnos y aceptar la separación, nuestro mundo emocional se orientará a “irse” internamente con los que ya no están físicamente. Eso no significa necesariamente orientarnos hacia la muerte física, pero puede obstaculizar la capacidad para vivir en el presente en conexión emocional e íntima con otros. Y sin dudas, nos cierra a la posibilidad de disfrutar y agradecer nuestra vida como nuestro mayor recurso.
Este desafío incluye aprender a morir, a reconocer e incluir nuestra propia muerte como aspecto fundamental de la vida. La vida es un misterio con muy pocas certezas, pero la muerte es una de ellas. Todos sabemos que vamos a morir, aunque no sepamos si ese es el final o simplemente el término de una dimensión de la vida y, por ende, el comienzo de otra manifestación.
De estos cuatro desafíos se desprenderán varias habilidades que tienen que ir conectadas y es fundamental que armemos un recorrido sin abrumarnos en la complejidad del proceso.
Esta es la propuesta de reflexión que les propongo hoy.
No está completa. No es definitiva. Es solo una experiencia, que quizás los impulse a experimentar su propio andar, para luego armar su propio diseño o enriquecer el que ya tengan.
La invitación es a que reflexionemos sobre nosotros mismos, a revisar lo que creemos que sabemos. Hasta que podamos transformar la información que tengamos en una habilidad para vivir con más serenidad, más alegría y, de esa manera, con más gratitud por la posibilidad única que tenemos hoy de estar vivos.
Reconociendo en la vida el mayor de los recursos con que podemos contar. Aceptando que la vida es un regalo que nos fue dado sin mérito alguno.
Esa sola conciencia nos llevará a vivir en gratitud.
Gratitud por el solo hecho de estar vivos. Hasta nuestro último suspiro.
Capítulo 3.
Conquistando la adultez
Los dos días más importantes de tu vida son
el día en que naces y el día en que descubres para qué.
Mark Twain
3. 1.Lo propio
Entrar en la madurez implica entrar en lo propio. Dejar de lado mandatos, creencias y expectativas y asumir el misterio de la vida como una experiencia colectiva, pero con el derecho a reconocerla a través de nuestra particular manera de observar, evaluar,y luego actuar.
Abrazar las renuncias que deberemos hacer para poder elegir se convierte en condición fundamental para alcanzar la madurez, en el desafío constante de conquistar nuestra propia libertad.
Un obstáculo central en esa conquista es la incapacidad para renunciar al hecho de que no vamos a lograr todo lo que queremos o nos proponemos. Vinculado a esto, la renuncia a que no vamos a llegar a ver todo lo que tenemos que ver y el precio de nuestras cegueras se traducirán en errores, muchas veces muy caros, y, en algunos casos, significarán daños o pérdidas irreparables.
Por ello también expandiremos nuestra conciencia a través de entrar una y otra vez, como dije antes, en el reconocimiento de lo que no sé que no sé. Aceptar que todos, sin excepción, somos ciegos a algo. El acto de interpretar es en sí un acto de ceguera, ya que cuando hacemos una interpretación nos hacemos ciegos a todo aquello que queda fuera de esa particular manera de evaluar.
Al entrar en nuestras cegueras podremos llegar a expandir las opciones de nuestra caja de conocimientos, nuestro espacio de posibilidades conocidas.
Una vez que entramos en lo que no sabemos que no sabemos y vemos algo que hasta ese momento no habíamos considerado, lo que distinguimos como novedoso pasa a estar dentro de la caja de posibilidades que conocemos, a ser otra opción aprendida. Ese solo acto expande el espacio del conocer, que se traduce como la “caja de confort”, el espacio de lo conocido, en el que habitamos.
Esta metáfora define claramente la diferencia entre un ser humano y otro. Lo aprendido nos expande y por otro lado, lo no aprendido en su debido tiempo, nos contrae y reduce nuestra capacidad para ser, percibir y accionar.
Hay gente que vive en enormes espacios de posibilidades. Y hay gente que vive en espacios muy pequeños, del tamaño de una cajita de fósforos.
Hay personas que no tienen expansión porque no han tenido las reflexiones suficientes para poder saber quiénes son como posibilidad, con independencia de los eventos que tuvieron que atravesar y de las evaluaciones que hicieron sobre sí mismos a partir de esos eventos.
En el capítulo anterior se vio que el niño, en sus primeras etapas de desarrollo, no se ve a sí mismo desde lo que le es propio, lo que le pertenece como ser único, sino que se vive a sí mismo como si le perteneciera a sus padres y sus padres le pertenecieran a él. En su vivencia temprana, los padres viven por él y él vive por sus padres (padres biológicos o quienes ocupen ese rol), con lo cual es difícil reconocer algo que realmente le pertenezca, separado de su mundo de relaciones fundamentales.
Vamos desarrollando lo propio como una forma de crecimiento emocional en el camino de madurar como adultos.
Declaré también que los seres humanos envejecemos solo porque el tiempo pasa y que eso no significa en sí mismo que estemos madurando emocionalmente. La madurez vendrá a través de las habilidades que desarrollemos para construir nuestra propia identidad: Ir más allá de las tradiciones incorporadas en nuestra historia personal y social, y aprender a crear una relación con nuestra experiencia como seres humanos que nos habilite a elegir con qué valores y virtudes vamos a contestar a la pregunta “quién soy”, y con qué estándares los vamos a medir.
El cuerpo envejece, pero no necesariamente se abraza a lo propio. Puede envejecer conservando el juego emocional de cuando era un niño sumiso (o un niño rebelde). Así crecerá bajo la premisa de que si no es bueno e inocente no lo van a querer y tendrá que cuidarse de que los demás lo juzguen de esa manera para evitar el rechazo. Por ello, muchas veces dejará de ser o de hacer desde su propio criterio y elección, para hacer y ser a través de las expectativas que los demás tengan sobre él. Las expectativas ajenas sobre su persona se convertirán en las paredes de la caja en la que existirá, en sus límites —para muchos— innegociables. Vivirá en el convencimiento de que “vive y hace por y para los demás”, definiendo el amar a través de esa dinámica; y creará en paralelo una triste situación: quedará excluido del amor que le ofrece a los demás, fuera de lo bueno que sea capaz de darle a otros. Lo que se esfuma en este escenario son las emociones que existen en la base de la construcción de sí mismo, comenzando por la autoestima. Con los demás será, por ejemplo, un ser abierto y comprensivo; consigo mismo, vivirá en la autoexigencia y en el rechazo.
Gran parte de esto no es consecuencia de nuestra naturaleza sino más bien de nuestra tradición cultural. En general, nuestra cultura funciona a través del mecanismo de búsqueda de control (como intento de encausar las acciones o formas de ser de otra persona). Cuando sentimos miedo y no logramos desarrollar niveles mínimos de confianza, la respuesta automática que tenemos más a mano es el control. Y para tener más control, buscamos más información (si queremos saber qué hizo nuestra pareja o con quién conversa, nos otorgamos el derecho de revisar secretamente los mensajes en su celular, sus emails privados, etc.). El control es una respuesta ante el miedo. Es una reacción esperable, que si se expande demasiado, nos llevará a la desconfianza o a reacciones extremas como el pánico.
En una dimensión de la conciencia, la vida es un juego de polaridades que viviremos como opuestos irreconciliables en una continua batalla entre “buenos y malos”, “lindos y feos”, “merecedores y no merecedores”. Sin embargo, los opuestos son complementarios y es la relación entre ellos, lo que da origen y permanencia a cada uno, creando las posibilidades que su integración permite. Imaginemos como ejemplo los opuestos “hombre” y “mujer”: sin duda la vida depende de la integración de estos dos y cada uno, a su vez, existe gracias a la presencia del otro.
Una de las polaridades más interesantes, al mirar las tradiciones de Oriente y Occidente, vive en lo que priorizamos como central en nuestra comprensión de lo que nos hace humanos.
Occidente apostó por el lenguaje, la comunicación, el hacer acuerdos. Allí se nos hace visible la realidad.
Oriente apostó por el silencio, en la convicción de que lo que vemos es una ilusión. El silencio como camino para salir de la ilusión sobre la realidad. De allí se desprende el meditar como una práctica para salir de lo efímero y entrar en lo esencial de la vida y de nuestra propia naturaleza como seres vivos.
Podemos reconocer los dos aspectos como necesarios de quienes somos. Nos es propio el ser en el lenguaje, y por ello habitamos el silencio. Si no pudiéramos hacer silencio, no podríamos escucharnos. Por otro lado, sin quien escuche, el hablar perdería completamente su sentido de existir. Sin silencio no habría lenguaje y sin lenguaje, no habría silencio. Uno es el espacio que le da existencia al otro.
La fuerza aparece en la complementación de los opuestos. Los opuestos no se superan, se integran. El aprender a integrarlos será uno de nuestros mayores desafíos evolutivos. Salir del uno “o” el otro para entrar en el “y”. Aprender a sumar recursos en vez de restar posibilidades, encerrados en defender nuestras pretensiones o certezas.
Ser conscientes de que el miedo se esconde detrás de nuestra certidumbre. Y la necesidad de control vive en el miedo.
Propongo repasar aquí algunos puntos esenciales de nuestra conversación hasta este momento:
–Somos un misterio para nosotros mismos.
–Somos seres lingüísticos y lo que llamamos realidad es una posibilidad que creamos (y cambiamos) a partir de nuestra particular forma de relacionarnos. Nuestro lenguaje nos permite tener conciencia sobre quiénes somos, “hablar sobre el hablar” y crear explicaciones de los fenómenos gracias al lenguajear que nos es propio. Somos conscientes y podemos ser conscientes de nuestra conciencia (seres con meta-conciencia).
–Podemos ponerle palabras a nuestro sentir, y reconocernos también como seres racionales, a partir de ordenar en el decir lo que sentimos y percibimos.
–Desde nuestras diferentes formas de ser en nuestro conversar, vamos creando, conscientes o no, diferentes maneras de relacionarnos con nosotros mismos. Y este será el aspecto central del mundo de habilidades necesarias para vivir en el bienestar.
3. 2.Construyendo mi propia identidad
Construir una identidad implica la habilidad de ser conscientes de quiénes declaramos que somos, a través de la capacidad propia para hacernos preguntas sobre la relación con nosotros mismos, nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro y lo que somos capaces de ofrecer como valor a los otros. La declaración de identidad comienza cuando damos respuestas a esas preguntas a partir de nuestros propios criterios y definiciones. Básicamente son preguntas relacionadas a quién decimos que somos, sumadas a la conciencia sobre las posibles respuestas, estándares, valores y fundamentos.
Por ejemplo, podríamos reconocer a la filosofía, desde una mirada simple del recorrido evolutivo, como la proyección en nuestra adultez de las preguntas fundamentales de los niños en la infancia (¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?). Y la química, como la proyección de la forma en la que hemos cocinado nuestros alimentos jugando con fuego desde las primeras expresiones de nuestros ancestros.
Todas nuestras tradiciones como adultos vienen de alguna forma básica de ser, que luego se expande y se constituye en una práctica generalizada que se va renovando momento a momento.
¿Cuánto tiempo le dedicamos a reflexionar sobre nuestra vida? Vivimos en automático porque es más rápido dar información que hacernos preguntas. No está mal que seamos así, pero esa es solo una parte del proceso.
Hoy casi todos tenemos acceso a información a través de Internet, simplemente por tener un teléfono inteligente. Tenemos más información a la mano que la que cualquier humano nos pueda dar en una conversación o en una clase, información accesible y prácticamente gratuita. Contamos con acceso a más información que la que podríamos aprender en el tiempo en el que transcurre nuestra vida.
Lo que es necesario hoy no es el tener información sobre cómo vivir o qué es correcto hacer en cada caso. Necesitamos más bien aprender a cultivar la habilidad para vivir en un mundo emocional que traiga alegría, serenidad y sentido. Y eso no lo puede provocar hoy la información, como se vio en el Capítulo 1:
No se trata de tener información,
sino de desarrollar habilidades.
Más que saber, es “saber hacer” y “saber ser”.
Para alcanzar esas habilidades requerimos de buenos maestros, habitando en comunidades de aprendizaje (la experiencia relacional siempre es en convivencia con otros) y teniendo práctica, práctica y más práctica, hasta incorporar lo aprendido en el cuerpo y poder evocarlo sin necesitar de reflexionar antes de actuar.
El aprendizaje comienza como una sensación corporal, sigue por el reconocimiento de la emoción y luego por la capacidad de hacer declaraciones y evaluaciones sobre lo que sentimos y sobre qué posibilidades vemos y podemos diseñar. Eso nos permitirá crear el contexto necesario para la transformación propia y de la gente a nuestro alrededor.
Quien distingue que lo experimentado, sobre todo si fue doloroso o difícil, puede ser la fuente para desarrollar habilidades que den origen a nuevas ofertas de vida, se encamina hacia la construcción de su propia identidad de poder, orientada a crear futuro, siempre al servicio de la vida propia y de otros.
Lo que vemos como obstáculos (errores, fracasos, hábitos negativos, situaciones inesperadas en las que perdimos algo o a alguien), se transforman en recursos cuando logramos integrarlos y aprender de ellos. Quien se vive a sí mismo teniendo muchos obstáculos, como “cosas que le pasan” (pero no le enseñan nada sobre sí mismo) vive como si tuviera la materia prima pero no la fórmula para transformarla. Huevos, azúcar, leche y fuego no son un flan, y hasta pueden ser interpretados casi como inservibles, a menos que alguien atienda la relación entre los ingredientes y el proceso que lleva a un resultado posible.
Quien no se oriente a provocar que sus obstáculos emocionales y vivencias dolorosas devengan en recursos de valor para sí mismo y para otros, creará una relación con el vivir donde escuchará solamente: “no debería haber sido así”, “no deberías haber sufrido eso”, “no deberías haber hecho lo que hiciste”, y vivirá resentido o sintiendo culpa, en la pretensión de que la vida le debe algo o que su ser no merece nada bueno.
De la misma manera en que si alguien nos promete algo y no cumple, sentimos el derecho a reclamar. Algunas personas toman sus propias expectativas como promesas que el Universo o Dios le hizo a ellos. En consecuencia, viven en el reclamo sordo de no haber sido suficientemente escuchados, sintiéndose traicionados, y convencidos de que se les debe algo y que por eso pueden habitar en el dolor, con el permiso a sufrir o a hacer sufrir por lo que les tocó vivir.
¿Alguien nos prometió que la vida iba a ser justa y fácil? No, ¿verdad? Entonces, no hay a quién reclamar semejante expectativa.
Aceptar que la vida no es siempre justa (y menos, fácil) puede ser el primer paso para entrar en la responsabilidad personal y, desde allí, construir una identidad de poder.
3. 3.Dominios de la adultez
Fernando Flores, en su libro Conversaciones para la acción, nos invita a hacer una mirada de la adultez que desafía nuestra interpretación cultural vigente. En lo que sigue usaré parte de su desarrollo para profundizar la reflexión del capítulo anterior.
–La adultez es el juicio que hacemos cuando vemos a alguien que se hace cargo de los intereses y preocupaciones que lo convierten en quien es, en el momento de vida que sea se encuentre. Nadie puede evitar ninguno de esos dominios de intereses, la vida nos pone en ellos, son permanentes e inevitables para todos nosotros.
–No significa que hacerse cargo de estos dominios, esto es, ser un adulto en ellos, requiera alcanzar la excelencia sobre estos. Más bien, ser un adulto y hacerse cargo, es un juicio que hacemos sobre el nivel de competencia que tenemos en trece dominios o áreas de nuestro vivir. Hacerse cargo implica el aceptar la necesidad de tomar acción, actuando uno mismo para alcanzar lo que se propone, o aceptando que uno no sabe lo que necesita saber para tomar acción. Entonces, se hace cargo pidiendo ayuda (en la relación con la adolescencia de los hijos, por ejemplo) o delegando en otros el tomar acción, aunque sea uno mismo quien necesite cuidar un resultado determinado (contratar un contador ante la incompetencia para hacerse cargo de la relación con el dinero y las finanzas). También existen dominios en los cuales la adultez requiere que nosotros personalmente nos hagamos cargo y no deleguemos en otros.
–La adultez es algo que desarrollamos o de lo que nos alejamos en edades sucesivas y diferentes de nuestras vidas. Los dominios o áreas de interés inevitables de la adultez son:
–La familia
–El trabajo, carrera
–El dinero
–El tiempo libre, el juego, el ocio
–La espiritualidad
–El cuerpo y el bienestar
–La sociabilidad
–La pertenencia
–La dignidad
–La trascendencia
–La autoconfianza
–La situación, la época, la historia
–El mundo
3. 4.Sobre preocupaciones
La inquietud detrás de toda la conversación de este libro es construirnos a nosotros mismos como observadores y diseñadores de nuestra propia vida. Por ejemplo, indagar nuestras autoevaluaciones y caracterizaciones nos permite revisar el fundamento de los juicios que tenemos de nosotros mismos. Y luego revisar cómo conecta nuestra manera de mirar el mundo con nuestro sentir emocional.
Nuestras acciones y posibilidades tienen la estructura de las preocupaciones que somos.
Detengámonos en esta frase. Primero, ¿a qué llamamos “acciones”? Normalmente, la mayoría de nosotros considera que las acciones son movimientos de nuestros cuerpos y que nuestras posibilidades para la acción son generadas por las posibilidades de movimiento que nuestros cuerpos nos dan. Tendemos a reducir el mundo a lo tangible, a las cosas que podemos ver y tocar: la mano que toma el celular y escribe un texto. Sin embargo, la mirada de Fernando Flores nos desafía a reflexionar en la posibilidad de que la construcción del mundo no surge de la mano ni de la capacidad de escribir en teclado digital, sino de la declaración: “Voy a enviar un mensaje al profesor de Ciencias”, de la pregunta: “¿Puedes compartir conmigo el número de celular del profesor?“, de la promesa del profesor: “Si lo necesitan pueden escribirme un mensaje al celular”, etc. Hacemos que las cosas sucedan en los compromisos que hacemos con los demás. La conversación, entonces, no es solo un preludio a la acción, sino que es su esencia.
En segundo lugar, hablamos de preocupaciones para alejarnos del supuesto que las personas tenemos necesidades y deseos claros. Esto solo lo podemos suponer para nuestras transacciones más rutinarias, como cuando hacemos la compra en el supermercado, o cuando un cirujano pide un bisturí en la sala de operaciones. En esos casos el futuro es claro e inmediato y el lenguaje puede reducirse a transmisión de información, porque tanto el deseo como la acción que lo satisface son muy específicos. Pero no siempre tenemos necesidades claras y específicas, por ejemplo cuando se está inventando un nuevo tipo de taller o productos, o cuando se está cerrando un trato con un cliente. En este caso el lenguaje no es la transferencia de información, sino que es el lugar donde las personas creamos juntas el futuro al hacer compromisos en torno a lo que nos importa. Las preocupaciones tienen que ver con lo que nos importa, y operan de manera latente motivando nuestras acciones.
Entonces, lo que estamos diciendo entonces es que al vivir, no actuamos al azar, sino en respuesta a las preocupaciones en las que vivimos. En ese sentido, nuestra estructura de preocupaciones, si bien puede ser transparente, es constitutiva de nuestro ser.
Observarnos que estos trece dominios de la adultez son una conversación permanente para todos los seres humanos, que debemos abordar con paciencia y perseverancia.
3. 5.Dimensiones constitutivas de la adultez
A partir del reconocimiento de estos dominios como áreas de preocupación común, distinguimos tres dimensiones constitutivas de una persona adulta: plenitud, autoconfianza y trascendencia. Estas son evaluaciones sobre cómo una persona participa en los trece dominios de intereses simultáneamente y a lo largo de su vida:
–Una persona adulta tiene plenitud cuando puede sostener un compromiso aceptable en todos los dominios de interés.
–Tiene autoconfianza cuando ha desarrollado la fuerza para correr riesgos de tomar acciones nuevas y también es consciente de sus límites en cada área y puede pedir ayuda cuando lo considere necesario.
–Desarrolla trascendencia cuando es capaz de proyectar sus elecciones más allá del tiempo de vida que pueda tener, creando sentido también en construir un legado, como regalo y posibilidades para los que existan cuando ya no esté físicamente. Cada uno de nosotros morirá, mientras el mundo con otras personas y en otros tiempos posteriores seguirá existiendo. Dar ayuda a otros para que se hagan cargo de los intereses que ellos son, implica trascender nuestra propia vida. Trascendemos en la herencia de posibilidades que somos capaces de crear para quienes vivirán después de nosotros. Trascender implica entonces el sentir amor por las generaciones futuras y disponerse a contribuir con ellas, convirtiendo nuestra vida en un legado para quienes vengan cuando ya no estemos.
Los invito entonces a que nos preguntemos: “¿Qué identidad tengo hoy sobre mi persona?”, “¿Qué identidad tienen los que me rodean sobre mi persona?”, “¿Es esa la identidad que quiero ser?”, “¿Qué nuevas acciones, declaraciones y decisiones podrían abrir el camino para crear una identidad con más poder, plenitud y autoconfianza?”, “¿Qué legado quiero dejar en este mundo?”; “¿Cómo quisiera que me recuerden?”, “¿Qué mundos de posibilidades aspiro a que tengan las generaciones futuras?”, “¿Cómo podría hoy contribuir con esos mundos?”, “¿Quién tengo que ser para que mi legado trascienda mi tiempo de vida?”.
PARTE 2.
EL LENGUAJE
(DEL SENTIDO)

Un líquido es un estado de la materia sin una forma particular.
Cambia fácilmente y solo queda definido por el recipiente que lo contiene.
El cuerpo humano es un 70 % agua.
Capítulo 4.
Ser en el lenguaje
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.
Ludwig Wittgenstein
La comunicación ocurre en el lenguaje y pretender comprenderla implica primero conocer qué es el lenguaje.
Como primer paso reflexivo fundamental tomaremos el origen de lo humano como distinción, para entender qué clase de seres vivos somos los humanos. En nuestra historia evolutiva, lo humano surge con el lenguaje. De una manera extremadamente simple, hace aproximadamente tres y medio millones de años, en el convivir en las prácticas de la cotidianeidad. Como familia humana, vivíamos en pequeñas tribus conviviendo adultos con niños. En esa coordinación de prácticas, sentires y emociones surge el lenguaje como manifestación, aparentemente impulsado por el contacto físico de caricias y cuidados que nuestra biología nos permite.
Somos los primeros y únicos animales (primates, concretamente) que tenemos la peculiaridad de vivir —en un fluir constante e ininterrumpido— una doble dimensión de experiencia: la primera es la experiencia inmediata (las emociones) que nos ocurren a todos los animales, según la cual algo simplemente sucede; la segunda (que hasta donde sabemos, le ocurre solo al primate humano) es la explicación sobre la experiencia que tiene lugar en el lenguaje. Solo en el lenguaje se admite la existencia, por ejemplo, de categorías de opuestos como bueno-malo, justo-injusto, que permiten dar sentido a eso que sucede. Las adjetivaciones no son verdades o realidades independientes de quien las observa y por ello, decimos que viven solo en el lenguaje.
Ahora bien, el lenguaje consiste en un hacer recursivo de lo que Maturana denomina coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales. Según esta perspectiva, cada palabra o gesto no está relacionado con algo exterior a nosotros sino con nuestro quehacer y con nuestra coordinación para eso que estamos queriendo hacer con los otros. Por ejemplo, si le pedimos a alguien “por favor, cierre la puerta” (y señalamos con el dedo qué puerta), hay una primera coordinación que son las palabras que tenemos consensuadas de antemano y que podemos significar de la misma forma. Decimos “por favor, cierre la puerta” y la otra persona sabe qué es “cerrar”, qué es “puerta” y hasta qué connota en la relación entre nosotros que diga “por favor”. Una segunda coordinación es el gesto de la mano en donde con el dedo apuntamos qué puerta es la que queremos que cierre. Otra más es el estado emocional con el que lo pedimos y con el que la otra persona lo escucha (manifestado en nuestro tono de voz y la postura corporal). Otra coordinación va a ocurrir en la respuesta: “sí”, “ya voy”, “como no”. Si, como mínimo, tomamos estos diferentes niveles de consenso y los ponemos juntos en el acto de comunicar, podemos hacernos una idea de la cantidad de dificultades con la que podemos tropezar a la hora de querer comunicarnos efectivamente.
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