Kitabı oku: «Versiones de la Biblia»

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Versiones de la Biblia

Pautas para evaluar las diferentes traducciones

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Marcos G. Blanco

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Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina

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Versiones de la Biblia

Pautas para evaluar las diferentes traducciones

Marcos G. Blanco

Dirección: Gabriela S. Pepe

Diseño del interior: Giannina Osorio

Diseño de tapa: Carlos Schefer

Ilustración: Shutterstock (Banco de imágenes)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e Book

MMXIX

Es propiedad. © Asociación Casa Editora Sudamericana 2019.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-701-973-5

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Blanco, Marcos G.

Versiones de la Biblia : Pautas para evaluar las diferentes traducciones / Marcos G. Blanco / Dirigido por Gabriela S. Pepe. – 1ª ed. – Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-701-973-5

1. Teología. I. Pepe, Gabriela S., dir. II. Título.

CDD 220.5

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Publicado el 31 de julio de 2019 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Clave de abreviaturas de versiones de la Biblia

BC: Sagrada Biblia, traducción Bover-Cantera

BJ: Biblia de Jerusalén

BLP: La Palabra, versión Española

BLPH: La Palabra, versión Hispanoamericana

BP: La Biblia del peregrino

DHH: Dios habla hoy

LBLA: La Biblia de las Américas

NBE: Nueva Biblia española

NC: Sagrada Biblia, Nácar-Colunga

NTV: Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente

NVI: Santa Biblia, Nueva Versión Internacional

PDT: La Biblia, versión Palabra de Dios para todos

RVA: Santa Biblia, versión Reina-Valera Antigua

RVC: Santa Biblia, versión Reina-Valera Contemporánea

RVR: Santa Biblia, versión Reina-Valera, Revisión 1960

RVR 95: Santa Biblia, versión Reina-Valera, Revisión 1995

TLA: La Biblia, Traducción en Lenguaje Actual

VM: Santa Biblia, Versión Moderna (1893, Pratt)

Introducción

La versión Reina-Valera ha sido, sin lugar a dudas, la versión favorita de protestantes, de evangélicos y de adventistas que tienen como lengua madre el idioma de Cervantes. Es cierto que, a lo largo de las últimas décadas, han aparecido otras versiones. Mientras que, en el pasado, la mayoría de las Biblias (producidas por estudiosos protestantes y católicos romanos) se basaban en la Douay-Rheims Bible (publicada entre 1582 y 1609), a partir de la segunda mitad del siglo XX, comenzó a existir una proliferación de traducciones modernas basadas en fuentes más antiguas. Algunas de esas versiones son: Biblia de Nácar-Colunga (1944), Biblia de Bover-Cantera (1947), Biblia Comentada de Juan Straubinger (1948-1951), Biblia de Jerusalén (1967), Reina-Valera 77 (1977), Reina-Valera 95 (1995), La Biblia del peregrino (1993) y Nueva Versión Internacional (1999).

Algunos estaban descontentos con el idioma un tanto arcaico de la Reina-Valera de 1960. Así, en 1999, salió al mercado la Nueva Versión Internacional. Desde entonces, de todos los intentos por reemplazar a la Reina-Valera 1960 (RVR), la Nueva Versión Internacional (NVI) es la que más éxito ha tenido. ¿La razón? Quizá sea no solo porque utiliza un lenguaje más moderno, sino también porque fue realizada por biblistas latinoamericanos. El resultado es un lenguaje más fresco y comprensible para Latinoamérica, alejado del “vosotros” español. Sociedades Bíblicas Unidas, dueña del copyright de la RVR, trató de contrarrestar el avance de la NVI con la Traducción en Lenguaje Actual (TLA), pero no tuvo una buena acogida.

En 2012, se presentó la Reina-Valera Contemporánea (RVC). Realizada por biblistas latinoamericanos, utiliza un castellano clásico y moderno, con una actualización de las palabras caídas en desuso. Quizá la principal diferencia sea el cambio del plural españolizado “vosotros” por el más latinoamericano “ustedes”. Por su parte, en España, la traducción La Palabra, lanzada en 2010, “tiene un carácter eminentemente formal (o literal), que en ocasiones pasa a ser funcional (o dinámico) según lo requiera el propio texto”.1

En el ámbito de devoción personal, algunos preferían una versión más dinámica, como la versión Dios habla hoy. En los ámbitos académicos y eruditos, muchos optaban por la Biblia de Jerusalén. Sin embargo, muy pocos se atrevían a llevar estas versiones un sábado de mañana a la iglesia. La versión que se utilizaba colectivamente, en el ámbito litúrgico, era la Reina-Valera.

Hoy contamos con una cantidad antes impensada de versiones de la Biblia. La pregunta que muchos se hacen es: ¿Cuál versión debemos escoger? Una respuesta fácil y rápida es que ninguna Biblia es perfecta. Ninguna refleja con total exactitud los escritos originales. Lo que sí se puede hacer es, del amplio espectro de versiones con las que contamos en la actualidad, elegir las mejores.

Hay dos razones básicas que hacen que las versiones de la Biblia sean diferentes. En primer lugar: se basan en familias de manuscritos relativamente distintas. En segundo lugar: tienen diferencias con respecto al estilo de traducción. Abordaremos en profundidad estos dos asuntos, además de estudiar temas introductorios necesarios, como el concepto bíblico de Revelación e Inspiración, y la formación del Canon.

Uno de los mayores aportes de este libro es que señala pautas de evaluación de las distintas versiones, con el objetivo de que los lectores puedan tomar una decisión informada a la hora de escoger entre tantas diferentes traducciones y versiones de la Biblia. Finalmente, se analizan algunas problemáticas actuales, como el ataque a ciertas versiones modernas como la NVI y otras teorías conspirativas.

1 José Luis Andavert, Palabra Viva, nº 30 (3er trim. de 2010), p. 18. Disponible en línea: www.sociedadbiblica.org/web_images/magazinesPdf/16/palviva-30-web2-pdf.pdf

Capítulo 1
¿Cómo se escribió la Biblia?

Dado que nací en un hogar cristiano, no puedo recordar el momento en que tuve una Biblia en mis manos por primera vez. Desde que tengo uso de razón, las Escrituras forman parte de mi vida cotidiana. Pero, no puedo dejar de imaginar las sensaciones de una persona joven o adulta que se encuentra por primera vez con un ejemplar de las Sagradas Escrituras. ¿Qué pasará por su mente? ¿Qué preguntas se hará con respecto a su origen?

Al tomar un libro, lo primero que hago, luego de leer su título, es ver quién es su autor. En su tapa, la Biblia no lo dice. Como alguien acostumbrado a trabajar en el ámbito editorial, sé a dónde ir para encontrar esa información: la ficha técnica, que generalmente se encuentra luego de la portada o de la portadilla del libro. Pero ¡oh, sorpresa!, allí tampoco aparece esa información. ¿Qué debe suponer el lector “primerizo”, aquel que se acerca por primera vez a la Biblia? ¿Quién la escribió? ¿Cómo llegó a formarse?

Por supuesto, incluso un lego en asuntos religiosos sabe que los cristianos afirman que la Biblia tuvo su origen en Dios mismo, pero ¿significa eso que la Biblia cayó del cielo, tal y como la conocemos ahora; o tuvo Dios sus “secretarios” o redactores? ¿Fue escrita por Dios o por los hombres?

Definición bíblica

Una de las decisiones clave que debemos tomar al abordar el fenómeno de la Biblia es determinar si la vamos a analizar desde puntos de vista ajenos a ella o si vamos a darle prioridad a la manera en que ella se define a sí misma. No sería hacerle justicia al Libro y a su autor (o sus autores) no tomar en consideración, en primer lugar, lo que la Biblia dice acerca de sí misma y de su origen.

Uno de los escritores más prolíficos de la Biblia, el apóstol Pablo, señala contundentemente: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:16, 17). Por su parte, el apóstol Pedro va en la misma dirección: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:19-21).

El autotestimonio bíblico afirma que la Escritura es “inspirada” por Dios; los profetas hablaron “siendo inspirados” por el Espíritu Santo. Los dos versículos anteriores tienen abundante y profunda información acerca del origen y la naturaleza de la Biblia. Se afirma que (1) las Escrituras tuvieron su origen en Dios: Dios es el que toma la iniciativa de revelarse, de comunicarse con el ser humano; además, que (2) esa revelación se produce mediante el fenómeno de la “Inspiración” (theopneustos), que abordaremos más adelante; y que (3) ese fenómeno abarca toda la Biblia.

Al analizar estos versículos sobre el origen de la Biblia, es importante tomar en cuenta tanto lo que afirma como lo que no. Si bien se hace énfasis en que Dios es el autor de la Biblia, no se asevera que él sea el escritor de ella. Los escritores, “los santos hombres de Dios”, fueron los que registraron la Revelación bajo “Inspiración” divina.

Así, el apóstol Pedro afirma claramente que, si bien el ser humano es el agente material de las Escrituras, el origen de la Revelación –la fuente del material que se encuentra plasmado en la Escritura– pertenece a Dios. La actividad humana participa, pero no es la fuente de la que surgen las explicaciones, las exposiciones o las interpretaciones contenidas en las Escrituras.

Sin embargo, todavía nos queda la pregunta: ¿De qué modo debemos entender la relación entre el autor divino y los escritores humanos? ¿Qué parte desempeña cada uno de estos actores? ¿De qué manera se plasmó en “las Escrituras” ese proceso de Revelación?

Cuatro modelos básicos

Una aproximación superficial a la Biblia como libro es suficiente para darse cuenta de que la escritura de la Biblia no fue un fenómeno monolítico que se desarrolló en poco tiempo y de la misma forma. Por el contrario, la Biblia, tal como nos ha llegado, es fruto de unos cuarenta escritores, que dejaron su testimonio a lo largo de quince siglos, en tres idiomas diferentes: hebreo, arameo y griego. Una aproximación más erudita nos dirá que hay muchos estilos literarios, que responden a la cantidad de autores y a las diferentes culturas representadas. Entonces, ¿cómo se conformó la Biblia?

Los versículos que brevemente hemos analizado (2 Tim. 3:16, 17; 2 Ped. 1:21) afirman categóricamente que Dios “inspiró” las Escrituras; sin embargo, este es un término demasiado amplio como para elaborar una explicación de la manera en que, en la práctica, funciona el método divino para transmitir la voluntad de Dios de manera escrita. Al analizar las declaraciones de la misma Escritura, y la Biblia en su forma escrita, los eruditos han tratado de elaborar varios “modelos” para describir cómo funciona el fenómeno de la Inspiración. Estos modelos son construcciones teóricas que tratan de explicar la manera en que la Biblia fue escrita. Y, si bien parten del mismo material, llegan a conclusiones diferentes:

1 Inspiración mecánica: Generalmente, está asociada con la teoría de que todas las palabras de las Escrituras, incluso hasta los puntos de las vocales hebreas, fueron dictadas por el Espíritu Santo. Este modelo niega el factor humano de las Escrituras, y considera al profeta como la “pluma” o el amanuense del Espíritu Santo.

2 Inspiración verbal: Plantea que el Espíritu Santo guio a los escritores, no solo cuando los profetas recibían el mensaje divino, sino también cuando lo comunicaban, sin eliminar completamente la personalidad y el estilo de los escritores. Sin embargo, el énfasis está puesto en el producto terminado de todo el proceso de la Inspiración: las palabras de las Escrituras.

3 Inspiración plenaria: Afirma que la Biblia fue inspirada en su totalidad, sin hacer distinción entre palabras dictadas o no. Algunos prefieren utilizar esta posición para poder distinguirse de toda comprensión mecánica de la Inspiración.

4 Inspiración del pensamiento: Otros prefieren decir que el escritor es el que fue inspirado. En esta visión, el Espíritu Santo transmite los pensamientos de Dios al escritor; este, entonces, escoge las palabras adecuadas para expresar estos pensamientos, bajo la continua conducción del Espíritu. Sin embargo, esta teoría tiene la desventaja de que lleva a que se plantee una dicotomía entre el pensamiento y las palabras de las Escrituras.

¿Cuál de estos modelos es el más adecuado? ¿Cuál refleja con más fidelidad la manera en que se plasmó nuestra Biblia? Podríamos pensar que el método más “seguro” y “confiable” sería la Inspiración mecánica, porque el profeta se limita a dejar por escrito cada palabra que le es dictada por Dios; o según algunos enfoques, el profeta es solo una especie de médium que aporta su cuerpo como condición material indispensable para la escritura. Aun así, si el profeta se limitara a escribir lo dictado por Dios, cabe un margen de error, de equivocación, propio de una tarea mecánica como esta.

En ese caso, podríamos pensar que el mejor método habría sido que la Biblia “cayera del cielo” en una especie de material indestructible e inalterable (más seguro que las “tablas de la Ley”, que fueron quebradas por Moisés); y entonces, tendríamos el método mejor y más seguro, sin margen de error, sin discusiones acerca de origen, autoría o confiabilidad. Pero, Dios decidió trabajar en conjunto con el ser humano, en el marco del plan de salvación. Y, si bien podría haber utilizado agentes celestiales para realizar esta tarea, decidió encargársela a seres humanos finitos.

Aunque, como adventistas, rechazamos la teoría de la Inspiración mecánica (es decir, no creemos que las palabras de las Escrituras fueron dictadas), sí creemos que el proceso de Revelación e Inspiración alcanzó las palabras de los profetas. Es decir, el Espíritu Santo guio a los profetas en el proceso de escritura, garantizando así que las propias palabras de los profetas expresaran, de forma fidedigna y confiable, el mensaje que recibían. De modo que “las palabras son intrínsecas al proceso de Revelación e Inspiración”.2

Para profundizar en la manera en que Dios se comunica con el ser humano, y en cómo esa Revelación nos ha llegado hasta nuestros días, haremos un doble abordaje. En primer lugar, analizaremos la parte que desempeña Dios, para luego estudiar el fenómeno desde el punto de vista del profeta.

Dios como Revelador

Antes de comenzar a hablar de Dios como Revelador, haremos alguna distinción de términos. Hay dos conceptos que están relacionados con el origen de las Escrituras:

Revelación: Se refiere al proceso mediante el cual la información que está en la Biblia llegó a la mente del escritor humano. Es la forma en que el Espíritu Santo transmitió las ideas de Dios al profeta. Del concepto de Revelación se desprenden tres conclusiones: (1) el hombre es incapaz, por medio de sus propios recursos o por su propia observación, de percibir cierta clase de información; (2) Dios está dispuesto a comunicarse; y (3) este proceso se desarrolla dentro de la historia humana.

Inspiración: Se refiere al proceso mediante el cual los escritores bíblicos pusieron por escrito (o transmitieron oralmente) los contenidos, las ideas y la información que recibieron a través de la Revelación. Es la forma en que el Espíritu Santo condujo y guio a los profetas para que transmitieran, mediante un testimonio escrito, lo que se les había revelado.

¿Por qué necesita comunicarse Dios a través de profetas? En el principio, no era así. Cuando Dios creó a la primera pareja y la puso en el entorno ideal que había formado para ella, Dios se comunicaba cara a cara con el hombre. La entrada del pecado (Gén. 3) interpuso una barrera en esa relación directa. Ahora, el pecado interpuso una barrera, la comunicación personal con Dios dejó de ser natural, y Dios entonces utilizó intermediarios para comunicar su voluntad.

El Dr. Roger Coon3 ha distinguido al menos siete métodos por los cuales Dios se ha comunicado con los profetas:

1 Teofanías (manifestaciones visibles de Dios): Abraham se encontró con el Cristo preencarnado y dos ángeles, cerca de su tienda en Mamré (Gén. 18); Jacob luchó con un “ángel” en Peniel, solo para descubrir: “Vi a Dios cara a cara” (Gén. 32:30); y en el monte, Moisés habló con el Señor “cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éxo. 33:11).

2 Ángeles: Estos “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14), con frecuencia han entregado mensajes a la humanidad: de consuelo y esperanza (Dan. 10:11, 12; Gén. 32:1); para conducir a los siervos de Dios hacia los corazones receptivos a la verdad de Dios (Hech. 8:26); o para advertir de los desastres inminentes si no se prestaba atención a la Palabra de Dios (Gén. 3:24).

3 La voz audible de Dios: A veces, es Dios mismo el que habla. En el Sinaí, los Diez Mandamientos fueron declarados en voz alta por la Deidad.

4 Fenómenos visibles: Durante la peregrinación en el desierto, el pectoral del sumo sacerdote tenía dos grandes piedras: el urim y el tumim. Cuando el sacerdote consultaba a Jehová, se iluminaba una de las piedras si la respuesta era afirmativa; o la otra, si la respuesta era negativa.

5 Echar suertes: En el Antiguo Testamento, Dios también se comunicaba cuando el pueblo echaba suertes “delante de Jehová nuestro Dios” (Jos. 18:6). En el Nuevo Testamento, ese fue el método para escoger a Matías, el reemplazante de Judas entre los discípulos (Hech. 1:26).

6 Visiones a “cielo abierto”: Los profetas recibían visiones, a veces entrando en una especie de trance (1 Sam. 3:1; Núm. 12:6; Joel 2:28-32; Hech. 16:9).

7 Sueños proféticos durante la noche: A menudo, los profetas recibían visiones durante la noche. No existe evidencia de que los sueños proféticos nocturnos estuvieran acompañados por fenómenos físicos ni hay evidencias de que la clase de mensajes dados durante la noche fueran de alguna manera diferentes de los transmitidos en visiones nocturnas.

Podrían agregarse algunos métodos más, pero los ya mencionados nos dan una idea bastante completa de la manera en que Dios ha decidido comunicar el plan de salvación a una humanidad que, de otra manera, estaría perdida en el pecado. Sin embargo, es necesario mencionar una más. Y la he dejado para el final, no porque sea menos importante, sino porque, al contrario, es la máxima expresión de la Revelación de Dios. Así lo declara la Epístola a los Hebreos: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1:1, 2).

Sí, Cristo vino a esta Tierra para demostrar quién es Dios y cuánto nos ama. Él es Emanuel, Dios con nosotros, el Dios en túnica y sandalias, dispuesto a morir en una cruz por amor a la humanidad. No hay expresión más pura y genuina de la Revelación de Dios que Cristo, el Hijo de Dios.

Luego de haber repasado el método divino para comunicarse con los hombres, hablemos con más detenimiento acerca de los profetas.

El profeta como “megáfono” de Dios

El término “profeta”, en el Antiguo Testamento, proviene del hebreo nabi, que significa “llamado por Dios” o “quien tiene una vocación de Dios”. El profeta es una persona llamada, y calificada en forma sobrenatural, como portavoz de Dios. El diálogo entre Moisés y Dios frente a la zarza ardiente ejemplifica muy bien la acepción de este término.

En esta escena, Dios llama a Moisés como libertador de Israel, su pueblo. Moisés se siente incapacitado para esta tarea, y una de las excusas que pone es su patente dificultad para hablar. Entonces, Dios le responde: “¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón. Tú hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios” (Éxo. 4:14-16).

Dado que Moisés no creía tener la capacidad de hablar en público, Aarón sería “el profeta de Moisés”; es decir, “él será tu portavoz”, tal como lo traduce la Nueva Traducción Viviente. Aquí se ve claramente la función del profeta: hablar en lugar de Dios, ser su portavoz, o su “megáfono”.

Mientras, en los tiempos del Antiguo Testamento, los sacerdotes eran los representantes del pueblo ante Dios, sus portavoces y mediadores, el profeta, en un sentido especial, era el representante oficial de Dios entre su pueblo sobre la Tierra. El sacerdote había sido designado para oficiar en el Santuario, como mediador en el sistema de sacrificios. En cambio, la instrucción religiosa era tarea primordial del profeta. Esto hacía de la figura del profeta un maestro de justicia, de espiritualidad y de conducta ética; un reformador por excelencia, que transmitía mensajes de instrucción, consejo, amonestación y advertencia, y que, con frecuencia, predecía eventos futuros.

Tal como el término en hebreo lo afirma, el profeta, y el don profético resultante, eran producto de los actos de Dios, como en el caso de Moisés (Éxo. 3; 4), Isaías (Isa. 6:8, 9) o Amós (Amós 7:15). Por lo tanto, el profeta era consciente de que el mensaje que entregaba no era propio, sino de Dios (Eze. 2:7; 1 Rey. 22:14). Así, mientras que el oficio sacerdotal era hereditario, la designación de un profeta provenía del llamado divino.

Estas características hacen de la Revelación un fenómeno único, en el que se combinan lo divino y lo humano: el mensaje divino infalible y perfecto está contenido y es transmitido por el mensajero humano, falible e imperfecto. Este fenómeno, en cierto sentido, guarda ciertas semejanzas con la encarnación de Cristo, en quien se unieron misteriosamente lo divino y lo humano.

Aquí volvemos a retomar la discusión acerca del papel que desempeña el profeta en el proceso de Revelación e Inspiración. Si es solo un “instrumento inerte”, que transmite mecánicamente lo que Dios le dicta, entonces el “margen de error” será mínimo, ya que es mínima la participación del profeta. Pero, si el profeta interviene en la formulación idiomática (elección de las palabras, frases y giros idiomáticos que transmiten mejor el concepto que se le ha revelado), entonces agregará a la ecuación las características humanas de falibilidad.

Cómo funciona la Inspiración

Este apartado tiene un título engañoso, ya que no podemos comprender cabalmente cómo funcionó la Inspiración en la práctica, dado que la Biblia sencillamente no lo explica. Todo lo que podemos hacer es tomar, de aquí y de allá en el registro bíblico, esos pocos pasajes en que los profetas mismos nos explican cómo pusieron por escrito lo que se les había revelado.

En primer lugar, analicemos algunos conceptos preliminares. Es necesario, desde el comienzo, trazar una distinción entre vehículo y contenido. El contenido se refiere a lo que se dice en las Escrituras: información, nociones y razonamientos. El vehículo se refiere a las características del soporte cognitivo-lingüístico utilizado para expresar los contenidos de la Revelación. Tomemos las noticias como ejemplo. El contenido serían los datos de lo que sucedió: cuándo, cómo, quién, dónde. El vehículo sería la manera en que se obtuvo la información: radio, televisión, periódicos, oralmente. Sin embargo, si bien podemos distinguir entre el vehículo y el contenido de la Revelación, no podemos separarlos; el vehículo pertenece al proceso de Revelación e Inspiración tanto como su contenido.

En este contexto, como fenómeno lingüístico-cognitivo, el proceso de Revelación e Inspiración utiliza el lenguaje humano, no el divino. Si bien hemos visto que Dios es el originador del conocimiento revelado y transmitido, se da en el ámbito del conocimiento humano. Por lo tanto, no deberíamos esperar encontrar en las Escrituras expresiones perfectas, sino imperfecciones ocasionales; la clase de imperfecciones propias de los modos de conocer y comunicar humanos. No obstante, la imperfección no se extiende al contenido de las Escrituras. La perfección de contenido y la imperfección del vehículo no son incompatibles.

Esto se debe a las diferencias entre el conocimiento divino y el humano. En el proceso de Revelación, Dios utiliza su conocimiento perfecto, que incluye alcance ilimitado (omnisciencia: Heb. 4:13; 1 Juan 3:20), precisión exacta (Sal. 38:9; 139:1-18; 147:5; Mat. 10:30) y veracidad absoluta (Juan 14:6). Por contraste, el modo humano de conocimiento es limitado en alcance, inexacto en precisión y parcial en veracidad. El conocimiento humano se limita a unos pocos datos que reunimos con el tiempo; nunca podrá tener el panorama completo de alguna cosa, ni siquiera en el transcurso de toda una vida.

Además, en la transmisión del conocimiento humano, participa el lenguaje, que es el modo más confiable de comunicación. Y, sin embargo, el lenguaje está lejos de alcanzar la precisión o la perfección. Hay diferentes niveles de sofisticación entre los idiomas humanos, y no todo pensamiento o idea tiene una palabra que lo describa. En este sentido es que decimos que el conocimiento de Dios es perfecto, pero que el conocimiento y el lenguaje humano son imperfectos. Esto ¿significa que la Biblia contiene imperfecciones? Con respecto al vehículo humano, podría tenerlas, pero no en relación con el contenido revelado.

El propósito de las Escrituras es comunicar los pensamientos de Dios a la humanidad (Amós 4:13). Esta comunicación se refiere al contenido, no al conocimiento y al lenguaje humanos. En la Biblia, un vehículo imperfecto comunica una verdad perfecta. Sin embargo, no podemos separar el contenido del vehículo; es imposible. La perfección imperfecta de las Escrituras coloca su confiabilidad y veracidad en su contexto adecuado.

Dado que “todo lo que es humano es imperfecto”,4 incluyendo el lenguaje utilizado por los escritores bíblicos, no se puede pedir infalibilidad en el vehículo que utilizaron para transmitir la verdad divina. En este sentido, dado que el profeta utiliza el lenguaje humano –no un lenguaje divino infalible–, a partir de sus propias capacidades cognitivas imperfectas, puede cometer errores ortográficos o gramaticales, al igual que otras imperfecciones del lenguaje, como lapsus linguae (error en el uso del lenguaje) o lapsus memoriae (alguna equivocación relacionada con la falta de memoria).

Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo, encontramos un lapsus linguae, cuando cita a Zacarías, pero menciona a Jeremías en relación con las treinta piezas de plata (ver Mat. 27:9; Zac. 11:12, 13; Jer. 32:6-9). Podría también mencionarse el hecho de que, en Números 10:29, se presenta a Hobab como el cuñado de Moisés, en tanto que, en Jueces 4:11, se lo identifica como el suegro. El autor de 1 Samuel 16:10 y 11 identifica a David como el octavo hijo de Isaí, mientras que el autor de 1 Crónicas 2:15 dice que David era el séptimo hijo. Lucas 3:36 menciona a Cainán en la genealogía de Jesús, un personaje que no se nombra en Génesis 11:12. La consideración que hace Pablo de la rectificación del primer Pacto en Hebreos 9:19 no está totalmente en armonía con la de Éxodo 24:3 al 8.

Si bien estos hechos plantean serias dificultades para aquellos que creen en la Inspiración verbal, no así para los que creen en una Inspiración plenaria, en la que el mensaje divino es transmitido por el profeta en un vehículo humano imperfecto.5 Al mismo tiempo, es interesante destacar que este tipo de “errores” no afectan ningún punto importante de doctrina ni perjudican la comprensión de la salvación. Son detalles menores sin impacto doctrinal.

Dos patrones distintivos

De las maneras en que Dios ha decidido comunicarse, tomaremos dos de ellas que, por sus características, nos ayudarán a comprender la manera en que funciona el proceso de Revelación e Inspiración; también, nos ayudarán a determinar cuál de los modelos de inspiración se acerca más a la realidad bíblica, y el papel que desempeña el ser humano dentro de este proceso.

El patrón profético clásico: En este patrón, la Revelación puede llegar a través de una teofanía (manifestación visible de Dios), un sueño o una visión, acompañados o no de la transmisión verbal de ideas, pensamientos y conceptos.

La introducción al libro del Apocalipsis puede servirnos de ejemplo para extraer algunos elementos distinguibles:

“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca” (Apoc. 1:1-3).

Más que un fenómeno de dictado y escritura entre Dios y el profeta, vemos aquí una “cadena profética”. Dios le dio el contenido del Apocalipsis a Jesucristo, que se lo comunica a un ángel, quien a su vez le lleva la información a Juan. Cristo mismo le encomienda a Juan que escriba en un libro el testimonio de lo que vio (Apoc. 1:11). El contenido de la Revelación pasa por una cadena de transmisores hasta llegar al profeta. A este le llega mediante visiones o sueños sobrenaturales, que contienen representaciones visuales y palabras. Juan recibe el contenido divino mediante sueños y visiones (Revelación) y lo pone por escrito (Inspiración).

Es claro que a Juan no se le dictó el Apocalipsis palabra por palabra. No funcionó como el amanuense de Dios. Esto se hace patente al analizar las numerosas veces en las que no encuentra palabras para describir lo que vio: “Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe [...]” (Apoc. 4:3); “el aspecto de las langostas era semejante a caballos preparados para la guerra [...]. Tenían corazas como corazas de hierro; el ruido de sus alas era como el estruendo de muchos carros de caballos corriendo a la batalla; tenían colas como de escorpiones [...]” (Apoc. 9:7-10). Vemos también un proceso similar en el Antiguo Testamento, como el caso de Ezequiel (Eze. 1) y Daniel (Dan. 7, 9).

Mediante el proceso cognitivo, la información pasa a formar parte del profeta, quien interpreta lo que ve y lo que oye, y luego es transmitida mediante el lenguaje. Al escribir, también se da el proceso cognitivo de escoger las palabras que describan mejor lo que se mostró y dijo. En este patrón, es muy difícil sostener una teoría de la Inspiración “del dictado”.

El patrón del historiador: Dado que Dios se revela de muchos modos (Heb. 1:1-3), el profeta responde al ajustar su recepción e interpretación de la Revelación. Como Dios actúa históricamente y temporalmente en nuestro mundo, en forma principal a través de la providencia, sus actos en la historia humana son una forma de revelación. Gran parte del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento es un registro de esta revelación histórica, a manera de narración histórica.

En este proceso, el profeta es testigo de los eventos portentosos de Dios, de la intervención divina en la historia, y registra esa actividad providencial en una narración bíblica. Es más, en algunos casos, el profeta ni siquiera es testigo y recibe la Revelación a través de fuentes escritas u orales. Por ejemplo, Miqueas (4:1-3) tomó de Isaías (2:2-4). Y el escriba que compiló 2 Reyes (18-20) también tomó prestado de Isaías (36-39).

El que se ha dado en llamar el “modelo lucano” de Inspiración es un caso paradigmático del patrón del profeta como historiador. En su prólogo (Luc. 1:1-4), Lucas explica cómo escribió su Evangelio. Aquí, describe un proceso diferente del de los sueños y visiones, origen de los libros bíblicos: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido”.

Lucas explica el procedimiento por el que armó su evangelio. Pero, lo que no dice también es significativo. Al examinar el prólogo de Lucas, su silencio en dos aspectos es más que sugestivo. En primer lugar, Lucas no afirma que la fuente de su información acerca de la vida y el ministerio de Jesús sean sueños y visiones. En segundo lugar, identifica a un grupo que fue testigo directo del ministerio de Jesús, pero él no se incluye entre ellos. Si Lucas no fue testigo ocular, y si no recibió la información acerca de la vida de Jesús por medio de sueños y visiones, ¿de dónde la obtuvo?

En esa introducción, Lucas señala que los testigos oculares fueron su fuente primaria. En este grupo se podrían incluir a los apóstoles, los discípulos, las personas que escucharon predicar a Jesús, los que fueron sanados por él y la familia sanguínea de Jesús. Además, el evangelista menciona a los “ministros de la palabra”. Hay eruditos que sugieren que estos ministros de la palabra fueron escogidos por la iglesia cristiana primitiva para memorizar los sermones, las parábolas y los milagros de Jesús. Luego, durante el culto o para instrucción religiosa, repetían fragmentos de lo que habían memorizado.

Lucas le escribe a Teófilo que él había preparado un registro ordenado de la vida de Jesús. Sin embargo, este orden no sería cronológico (comparar con Mateo y con Marcos), sino más bien un orden temático. Lo que Lucas afirma en su prólogo es bien claro. Él usó a los testigos oculares y a los ministros de la Palabra como las fuentes de su Evangelio. Luego, compuso un registro temático de la vida de Jesús sobre la base de su investigación. En este sentido, Lucas presenta un modelo de Inspiración que usa la investigación histórica, y sus habilidades como escritor y teólogo.

Así, esta comprensión de la Inspiración, como proceso en el que el profeta utiliza sus capacidades cognitivas y transmite el mensaje divinamente revelado por medio de sus habilidades lingüísticas, se aleja de una comprensión de la Inspiración centrada en el texto (haciendo del profeta una mera pluma inerte movida por Dios), para centrarse en la Inspiración del profeta en sí. El escritor/profeta bíblico recibe contenido proposicional por parte del Espíritu Santo y procesa esa información en su mente. Inspiración, entonces, es el proceso lingüístico por medio del cual la Revelación divina queda registrada en las Escrituras.

En este contexto, los profetas son responsables de la composición literaria de los libros bíblicos. Por ejemplo, Dios sencillamente le ordenó a Moisés que registrara los eventos históricos en un libro (Éxo. 17:14); o a Jeremías y a Juan, que registraran la profecía que él ya les había revelado (Jer. 30:2; Apoc. 1:11). El amplio abanico de estilos literarios, trasfondos culturales y elecciones lingüísticas presentes en la Biblia indica que Dios dejó librado a los profetas la manera de registrar por escrito la Revelación, siempre guiándolos en este proceso, pero no anulándolos. En el proceso de Revelación, Dios “genera” el contenido bíblico. En el proceso de Inspiración, lleva ese mensaje a su expresión literaria. De esta manera, Dios participa del proceso por el que la información llega a la mente del profeta, su organización, la selección de fuentes literarias, la escritura y, si fuera necesario, de una edición posterior de lo ya escrito.

Si en el proceso de escritura Lucas desempeñó un papel activo, utilizando sus capacidades cognitivas para investigar, seleccionar y bosquejar temáticamente su Evangelio, surge la pregunta de hasta qué punto esta participación humana no puso en peligro la Revelación divina. Elena de White respondió a esta problemática, afirmando que el Espíritu Santo “Guio la mente de ellos en la elección de lo que debían [...] escribir”.6 Si tomamos al pie de la letra la declaración de Lucas, de que él “investigó con diligencia las cosas desde su origen”, se puede concluir que tuvo a disposición mucha más información de la que registró. Fue guiado por Espíritu para discernir qué debía incluir y qué debía dejar afuera.

Esta guía divina, sin embargo, no interfirió en Lucas como autor. Muchos cristianos no soportan la idea de un “autor humano”, creyendo que esto implica que este escribió a partir de su propia imaginación. Elena de White entiende que, en la Biblia, “la diversidad de estilo de sus diferentes libros muestra la individualidad de cada uno de sus escritores”.7 Lejos de negar el elemento humano, “escritos en épocas diferentes y por hombres que diferían notablemente en posición social y ocupación, y en facultades mentales y espirituales, los libros de la Biblia presentan amplios contrastes en su estilo, como también diversidad en la naturaleza de los temas que desarrollan”.8

De esta manera, el elemento humano, dentro del proceso de Inspiración, utiliza activamente sus capacidades cognitivas, tiñendo sus escritos con su propia subjetividad, sin negar ni apagar la objetividad del mensaje divino transmitido: “Un escritor queda más fuertemente impresionado con un aspecto del tema; capta esos puntos que armonizan con su experiencia o con sus facultades de percepción y apreciación; otro nota un aspecto diferente; y cada cual, bajo la dirección del Espíritu Santo, presenta lo que ha quedado impreso con más fuerza en su propia mente; [quiere decir que encontramos] un aspecto diferente de la verdad en cada uno, pero una perfecta armonía en todos de principio a fin”.9

Es que en realidad, para Elena de White, Dios no inspiró las palabras o las expresiones de los escritores bíblicos, sino que guio; y ellos, a su vez, expresaron con sus propias palabras la Revelación divina:10 “No son las palabras de la Biblia las inspiradas, sino los hombres son los que fueron inspirados. La Inspiración no obra en las palabras del hombre ni en sus expresiones, sino en el hombre mismo, que está imbuido con pensamientos bajo la influencia del Espíritu Santo. Pero las palabras reciben la impresión de la mente individual”.11

De esta manera, la forma de expresión, las palabras escogidas para transmitir el mensaje divino, fueron elección de los escritores bíblicos, guiados pero no anulados por el Espíritu Santo: “La Biblia fue escrita por hombres inspirados, pero no es el modo de pensamiento y expresión de Dios. Es el de la humanidad. Dios, como escritor, no está representado. Con frecuencia los hombres dicen que cierta expresión no refleja a Dios. Pero Dios no se ha puesto a sí mismo a prueba en lo referente a las palabras, la lógica y la retórica de la Biblia. Los escritores de la Biblia fueron los escribientes de Dios, no su pluma”.12

Si bien los escritores bíblicos utilizaron el vehículo “imperfecto” del lenguaje humano, la Palabra de Dios “es infalible” y debería ser aceptada “tal como está escrita”.13 Así como se reafirmó anteriormente, en la Biblia el vehículo humano imperfecto comunica una verdad perfecta. Sin embargo, de la misma manera en que no se puede separar la naturaleza divino-humana de Cristo, tampoco se puede separar, en la Biblia, el contenido del vehículo; es imposible. Como fenómeno divino-humano, Dios genera la información y guía el proceso de escritura sin anular la individualidad ni las habilidades humanas, pero se asegura de que el resultado de todo el proceso sea confiable.

Al resumir el concepto de Revelación e Inspiración, el Dr. Fernando Canale enumera sus aspectos más importantes:

“Debemos entender que la inspiración divina de las Escrituras, de la que hablaron Pablo, Pedro y Elena G. de White, incluye al menos los siguientes aspectos:

“1. La ‘guía’ o ‘dirección’ divina actuó directamente en el agente humano en el proceso de la Revelación/Inspiración.

“2. La ‘guía’ o ‘dirección’ de los agentes humanos siguió las diversas formas de la Providencia divina que actúan dentro del devenir del acontecer histórico, no como un poder soberano absoluto e intemporal de Dios que actúe mediante decretos eternos y que anule la libertad de los escritores bíblicos.

“3. Dios guio la recepción de la información, así como la formación de ideas en los escritores bíblicos, por medio de un proceso histórico de revelaciones cognitivas divinas que les fueron dadas según una diversidad de patrones.

“4. La ‘guía’ o ‘dirección’ divina de los agentes humanos abarcó múltiples patrones de actuaciones divinas, tanto en el proceso de la Revelación como en el de la Inspiración (Heb. 1:1), con mucho énfasis en el primero. Ese énfasis permite la inclusión de la dinámica de la Inspiración de ‘pensamiento’ en el modelo bíblico.

“5. Todas las Escrituras fueron a la vez reveladas e inspiradas. Como tal, el modelo bíblico de la RI es plenario, porque abarca la totalidad de las Escrituras.

“6. La ‘guía’ o ‘dirección’ del Espíritu Santo tomó las riendas de la libertad y las dotes literarias de los agentes humanos en su desarrollo histórico y espiritual. La anulación divina del agente humano no fue el patrón principal de la ‘guía’ o ‘dirección’ divina, sino un posible último recurso para evitar la tergiversación humana.

“7. Dado que la guía del Espíritu Santo respetó las formas humanas de pensar y escribir, no es lógico que esperemos encontrar en las Escrituras la perfección absoluta que corresponde únicamente a la vida interna de la Trinidad. Al contrario, no debería sorprendernos encontrar en ellas imperfecciones y limitaciones que, esencialmente, corresponden a las formas humanas de conocer y de escribir.

“8. Aunque la ‘guía’ o ‘dirección’ divina actuó en agentes humanos, llegó a través de ellos a las palabras de las Escrituras. En este sentido, el modelo bíblico de la RI es “verbal”.

“9. La ‘guía’ divina en el proceso de la escritura no garantizó una perfección divina absoluta, pero las Escrituras, en su totalidad, representan verdadera y fidedignamente las enseñanzas, la voluntad y las obras de Dios.

“En resumen, Dios, y no los escritores humanos, es el autor de las Escrituras en el sentido de que él es el origen del contenido, de la acción y de la interpretación”.14

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