Kitabı oku: «Más allá de las caracolas», sayfa 5
«Pero ¿y si Nina esperaba que fuese yo quien la buscase?», continué con mis divagaciones. «El cacao mental y las dudas los tengo yo, y quizás esperaba que la buscase para demostrarle que había superado mis conflictos y, al no hacerlo, es posible que piense que otra vez le estoy dando vueltas y quiere darme tiempo…».
Ya no me quedaban más escenarios ni más guiones, así que tomé la determinación de pasarme por su casa al día siguiente. No podía pasar un día más con aquella zozobra.
Me levanté de nuevo casi sin haber podido dormir. Me dirigí al bar para desayunar y también por si Nina aparecía. A media mañana me armé de valor y me acerqué a su casa. Yanira estaba sentada tomando el sol y me indicó que me sentase a su lado.
—¿Está Nina? —le pregunté mientras la saludaba.
—¡Ah! Vienes a verla a ella. Pensé que venías a verme a mí —respondió mientras me miraba con la misma sonrisa guasona de su hija.
—No, Yanira —contesté también sonriendo—. Tengo que hablar con ella, pero también venía a verte a ti.
—Pues no habías vuelto desde el día de la comida.
—Sí, es verdad, tienes razón. Pero he estado haciendo cosas y…
Yanira me interrumpió, tomando una de mis manos.
—No tienes que buscar disculpas. Nina es Nina y yo soy yo. Puedes venir a verme siempre que te apetezca sin problemas. Me agradas y me gusta mucho hablar contigo.
—Gracias, Yanira. Te aseguro que vendré a visitarte más a menudo. A mí también me gusta mucho hablar contigo.
—Sí, pero ahora querías hablar con Nina… No está y no sé cuándo volverá.
—Entonces ¿está fuera? ¿Dónde?
En ese momento apareció Lucía, a tiempo para oír mis preguntas.
—Alguien la necesitaba —explicó Yanira mirando a Lucía—. Vinieron a buscarla.
Noté algo extraño en las miradas de ambas, pero no pensaba marcharme de allí sin saber algo más.
—Pero ¿quiénes han venido a buscarla? ¿De la ciudad? ¿De algún pueblo?
—Sí —respondió con rapidez Lucía—. Está en una de las aldeas que hay cerca del parque natural. Posiblemente esté aquí mañana.
Aunque me pareció un poco raro, pues nunca había oído mencionar que Nina actuase como curandera fuera del pueblo, lo cierto es que saber que estaba fuera me tranquilizó y volatilizó todos los pensamientos y dudas de los días anteriores. «Pero también podía haberme avisado», pensé a continuación. Como si hubiese oído mi pensamiento, igualito igualito que su preciosa hija, Yanira indicó que habían venido a buscarla la misma noche que regresamos de la ciudad, lo que eliminó mi último reproche.
Lucía preparó unas infusiones de hierbas, sacó unas pastas que hacía ella misma y se sentó con nosotras. Estuvimos charlando un par de horas y comprobé que Yanira, de vez en cuando, me miraba con interés y sonreía. Tras prometerles que en la próxima visita les llevaría una quesada, hecha según la receta cántabra de mi abuela paterna, para que la probasen, di un beso a Yanira y me fui. Lucía me acompañó hasta el borde del jardín, me besó en ambas mejillas, sonrió, acarició mi cara y dijo, refiriéndose a Nina:
—Seguro que mañana ya estará aquí. No te preocupes.
Camino de mi casa, reparé en el «no te preocupes» de Lucía, que parecía indicar que conocía mi preocupación al no ver a Nina, como si supiese lo que había sucedido tres días antes. Sabía que ambas eran íntimas amigas. «¿Le habrá contado algo Nina?», me pregunté. La cosa no me hacía mucha gracia, pero no seguí pensando en ello, ya que, al pasar por el bar, reparé en que los tres vehículos de la aldea estaban aparcados allí. «Entonces ¿cómo ha ido Nina a la otra localidad?», pensé. «Bueno, qué tontería. Está claro que, si han venido a buscarla, vendrían en coche y ellos mismos la traerán de vuelta».
Aquella noche por fin pude descansar, aunque la impaciencia por volver a verla me tenía en ascuas. Me levanté temprano y desayuné en casa. Después estuve regando el huerto, echando de comer a mis estupendas gallinas y me puse manos a la obra en la cocina para preparar dos quesadas y tres bizcochos para repartirlos entre el bar y Yanira.
Ya por la tarde, salí a dar una vuelta con los perrillos y me acerqué a los acantilados. El paisaje desde arriba era maravilloso. Aquella tarde el océano no estaba demasiado alborotado y las olas llegaban a las calas más suavemente que otros días. Estaba admirando la belleza y la fuerza de la naturaleza cuando, al mirar la pared vertical del acantilado con el que limitaba la pequeña playa más cercana a la aldea, vi a sus pies, bordeando sus rocas como si viniese de la otra ensenada, una de las dos barcas de pesca de la aldea. Me extrañó, pues en aquella época salían a pescar por la noche. Atracó al lado de unas rocas que hacían las veces de muelle y vi que bajaba de la barca Miguel, el marido de Amanda, lo que me extrañó aún más, puesto que él se encargaba de la gasolinera y el taller, pero no salía a pescar. A continuación desembarcaron Manuel, el marido de Elena, dos mujeres más y en último lugar Nina.
No podía creer lo que estaba viendo. «¿Nina? ¿Pero no me habían dicho que estaba en otra aldea?», me pregunté mientras los veía dirigirse al camino que, serpenteando por la ladera, llevaba hasta el pueblo. Era obvio que si venían por el mar no lo hacían de ninguna otra localidad, ya que la más cercana quedaba demasiado lejos y nunca había oído que llegasen hasta ella en barca. ¿De dónde venían entonces? ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué Yanira y Lucía me habían mentido? ¿Qué hacía allí Miguel?
Las preguntas empezaron a darme vueltas en la cabeza. No entendía nada, pero lo que estaba claro es que allí pasaba algo raro y a mí me mantenían al margen de lo que fuese. Recordé lo de las mujeres que intercambiaban sus idas y venidas cada cierto tiempo, tema que había llamado mi atención y que, sin embargo, por todo lo que estaba sucediendo en mi campo emocional, no había tenido tiempo de preguntar a Amanda.
Si a todo ello le añadía las a veces enigmáticas palabras de Nina y mi experiencia con el agua, eran datos más que suficientes para espolear mi curiosidad, que siempre se había disparado ante cualquier indicio que pudiera oler a misterio o secreto, por lo que mis antenas se desplegaron y con ellas mi determinación de averiguar qué es lo que estaba ocurriendo en aquella aldea. Mi intuición me decía que no había nada oscuro ni siniestro detrás de aquello, pero, aunque no hubiese sido así, me propuse investigarlo.
Tras estas cavilaciones, permanecí como una hora más dando un paseo con los perros y cuando regresé a casa ya había anochecido. Acababa de ponerles la comida y cambiarles el agua cuando, al dirigirme de nuevo a la cocina, reparé en un paquete que había encima de la mesa del salón. Lo abrí con curiosidad y encontré una gran caracola sin abrillantar, como si acabasen de sacarla del fondo del océano, con una nota de Nina:
Siento que no estés. Me habría encantado verte, pero no puedo esperar.
Mañana tengo cosas urgentes que hacer. Vendrán a buscarte Lucía y Amanda para llevarte a un lugar que no conoces. Ve con ellas.
Haré todo lo posible para poder acercarme yo también, pero disfruta de aquel rincón. Tiene magia y estoy segura de que te gustará.
Besos.
Nina
P.D. Esta caracola sí que tiene cobertura.
Creo que leí la nota unas veinte veces y maldije haberme quedado más tiempo en los acantilados. No imaginaba que me buscaría nada más llegar al pueblo. No conseguía nunca adivinar el siguiente movimiento de Nina con respecto a mí y siempre lograba sorprenderme, como lo había hecho con el contenido de aquella nota. ¿Un lugar que no conocía? Si había escudriñado ya todos aquellos parajes… Más misterios. Y sobre su ausencia, ni una palabra, ni tampoco seguridad de que nos veríamos al día siguiente. Me dio la impresión de que quería mantener la tensión emocional.
Ni que decir tiene que, otra noche más, apenas pude dormir. Estuve dando vueltas y más vueltas a todo aquel enigma, que me propuse aclarar al día siguiente, bien con Nina, bien con Amanda y Lucía. Quería respuestas. Y respuestas claras.
LA CAVERNA

Amaneció lloviendo casi torrencialmente. «Vaya, —me dije— ya se estropeó el invento», pues pensé que lloviendo de aquella manera no podíamos ir a ninguna parte. Así que solté a Tao y Greta por el jardín, los sequé cuando entraron y me senté a desayunar. Acababa de recoger la cocina cuando llegaron Lucía y Amanda, embutidas en sus impermeables.
—¿Todo preparado para la excursión? —preguntó Amanda.
—¿Excursión? ¿Con la que está cayendo, creéis que se puede ir de excursión? Anda, anda, sentaos, que os preparo un café.
—Ya lo creo que se puede —respondió Lucía—. Precisamente, es un día idóneo para esta excursión. Venga, ponte el chubasquero y las botas y vámonos.
—Estáis locas. ¿Pero habéis visto cómo llueve?
—Que sí, que ya lo vemos —dijo Amanda—. Venga, confía en nosotras. Ya verás como al final te alegrarás de habernos hecho caso.
Viendo su empeño, me armé de paciencia, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero y las seguí al exterior. Vi que se dirigían al camino que por la ladera llevaba a la cala y pensé de nuevo que estaban locas, pero fui tras ellas, aunque no acertaba a adivinar dónde querían ir si bajábamos a la playita. Pero al llegar abajo se dirigieron a una gran oquedad, en la parte del acantilado más cercana a la ladera, donde guardaban las dos zódiacs. Ya ni me molesté en preguntar dónde íbamos. Llevamos la embarcación al agua, nos subimos a ella, Lucía puso en marcha el pequeño motor fueraborda y salimos al mar. Bordeando las rocas de los acantilados pasamos la siguiente ensenada, y unas seis calitas más allá me sobrecogió contemplar desde abajo la enorme mole del altísimo despeñadero que caía totalmente vertical hasta hundirse en el mar. Allí no había cala, pero la fuerza del agua, golpeando día tras día, había conseguido abrirse paso a través de las rocas, moldeándolas y formando pasillos entre varios farallones, así como una especie de túnel, escondido tras una de las grandes rocas, por el que el océano se adentraba en el interior de la pared rocosa.
Me sentí como una auténtica hormiga ante aquella naturaleza inmensurable. El acantilado, que abajo se hundía en el agua, por arriba parecía tocar el cielo, y la violencia de las olas golpeando fuertemente contra las rocas me hizo recordar de pronto la sensación de la fuerza y el poder que me arrastraban y que no conseguía dominar en mi experiencia con el agua.
No conocía aquella zona. Allí solo se podía llegar por el mar. Me di cuenta de que había pateado todos los rincones alrededor de la aldea, pero nunca había salido con ellos en barca. Las olas, frenadas en parte por los farallones, permitieron que Lucía se acercara sin problemas a las rocas y nos adentrásemos en aquella galería en la que, a medida que íbamos avanzando, las aguas calmaban su ímpetu arrollador.
Tras un kilómetro aproximadamente, aquel oscuro pasadizo marino se fue agrandando hasta desembocar en una laguna donde el agua, tras golpear suavemente contra las rocas, regresaba de nuevo al océano, en un viaje inacabable de ida y vuelta. Lucía atracó la zódiac en un extremo de la pequeña laguna. Amanda sacó tres linternas frontales, nos entregó dos y se dirigió a la izquierda del fondo de la cueva, donde varias rocas colocadas estratégicamente hacían las veces de una escalera. Lucía me indicó que las siguiese. Yo no salía de mi asombro y no me quedaba ya ninguna duda de que el destino final de nuestra excursión, como decía Nina en su nota, me iba a gustar. Así que las seguí con gran agitación y curiosidad.
Subimos por aquella escalera improvisada y unos tres metros más arriba la luz de las linternas iluminó un pasillo, como de un metro de ancho y casi dos de alto, que se adentraba en la roca, pero no hacia el interior, sino hacia la izquierda, y calculé que en sentido paralelo al océano. Tras avanzar como otro kilómetro, desembocamos en una gruta que me dejó sin habla. Ya no necesitábamos linternas. En la parte superior de uno de los extremos de la caverna, que tendría aproximadamente unos quince metros de altura, existían varias aberturas en la pared lateral por las que entraba la luz del día, por lo que deduje que debía de ser el paredón de alguno de los acantilados. Imaginé que aquellas aberturas se debían a la fuerza del viento, que había conseguido horadar con el paso del tiempo aquel tabique rocoso.
A la derecha del corredor por el que habíamos accedido a la gruta, y casi en el centro de esta, había un estanque ovalado, de unos sesenta metros cuadrados, que despedía un tenue vapor, por lo que supuse que eran aguas termales procedentes de las capas subterráneas. Desde el estanque, las ventanas naturales quedaban al fondo y a la izquierda. A la derecha, casi detrás del estanque y un poco más elevada que este, había otra gran abertura en la roca, como si fuese el comienzo de otra caverna. Pero al entrar en aquella cavidad, que se cerraba unos metros más allá, contemplé fascinada nada más y nada menos que una suave cascada de agua que se precipitaba desde lo alto de una de las paredes, seguramente algún manantial o corriente cuyo origen estaría en las montañas cercanas a aquella parte de los acantilados. El agua quedaba embalsada en una especie de poza que apenas si llegaba a las rodillas y, al no rebasar hacia el estanque, deduje que continuaba su camino filtrándose a través del suelo rocoso.
Frente al estanque, al fondo de la gruta, al otro lado del paredón de los ventanales, el terreno era un poco más elevado y dos aberturas en la pared indicaban el inicio de otras dos galerías que, en ese momento, ignoraba si conducían a alguna parte o eran simples túneles ciegos en la roca. Por último, observé también que justo en el rincón que hacía el muro de los ventanales con la pared frontal habían organizado un área de descanso con varios colchones cubiertos con mantas y cojines y cuatro bases de piedra que hacían de mesitas, con varias velas y unas cuantas toallas encima. Me pareció un espacio chill out. Solo le faltaba la música. Me encantó.
Amanda y Lucía me contemplaban divertidas, esperando que yo dijese algo, pero mi sorpresa era tan enorme que solo podía admirar una y otra vez aquella maravilla de la naturaleza, incapaz de pronunciar palabra alguna. Finalmente, y después de haber recorrido todos los rincones de la caverna, cuya extensión aproximada era de unos mil metros cuadrados, las miré, me acerqué a ellas y las abracé.
—Teníais razón. ¿A quién le importa la lluvia?
—¿Lo ves? Sabíamos que te iba a gustar —respondió Amanda.
—¿Pero por qué no me habíais traído antes? ¿Es que este lugar es uno de vuestros secretitos? —pregunté con ironía.
Ambas se miraron y, tras unos segundos, Lucía contestó.
—Cada secretito tiene su tiempo.
—Y aún queda alguno más, ¿no?
—Vamos —replicó Amanda—. ¿Por qué crees que tenemos secretos?
—Porque lo sé. Porque sé que esta aldea esconde algún misterio. Porque sé que aquí está sucediendo algo que nadie me cuenta.
—Bueno… Supongamos que fuese así y supongamos que no tiene nada que ver contigo. ¿Por qué habría que contarte… lo que sea, que no tengo ni idea de lo que es? —preguntó una sonriente Amanda.
—Para empezar, porque no me gusta que me mientan. Y para terminar, porque creía que me habíais aceptado y que confiabais en mí, pero estoy viendo que no es así y lo siento. Si no confiáis en mí, es lógico que me ocultéis cosas —finalicé con cierta tristeza.
—Pero ¿quién te ha mentido? —inquirió Amanda.
—Pues ahora mismo tú y anoche Lucía. No sé dónde estaba Nina, pero desde luego no estaba en ninguna otra aldea. Pero tienes razón. Al fin y al cabo, si no tiene nada que ver conmigo no tengo ningún derecho a haceros preguntas, así que os pido disculpas.
Amanda miró extrañada a Lucía, pues desconocía lo de la noche anterior. Entonces Lucía se acercó a mí y me abrazó.
—Lo siento. Te dije lo primero que se me ocurrió para tranquilizarte. En aquel momento no podía decirte otra cosa. Puedes tener la seguridad de que tienes nuestra confianza, pero, aun así, todas las cosas tienen su tiempo, como las estaciones de la naturaleza.
Amanda también se acercó y me dio un beso.
—Tú sabes que ya formas parte de nuestras vidas. No es falta de confianza, sino de momentos adecuados o de preparación.
—Te advierto de que yo aprendo muy rápido —la interrumpí riéndome y, en el fondo, queriendo zanjar el tema, pues me había dado cuenta de que tenían razón en lo de los tiempos. Por otro lado, pensé también que no debía entrometerme demasiado. Si había algún secreto, debía esperar a que quisieran contármelo y si no lo hacían debía respetar su decisión.
—Sé paciente —finalizó Lucía mientras me daba otro beso—. Y ahora dinos qué opinas de este lugar.
—¡Es fantástico! ¡Es increíble! —exclamé con entusiasmo—. No podéis imaginaros lo que siento, sobre todo el sobrecogimiento que me produce saber que estoy en el interior de la tierra, en el interior de un acantilado, y que el océano está ahí, al otro lado de las rocas. Me siento un poco como los protagonistas de Viaje al centro de la Tierra.
—No estamos tan abajo —respondió Amanda riéndose.
—Bien —apremió Lucía—, ¿qué tal si seguimos la conversación dándonos un baño?
Y dicho y hecho. Vi como de la forma más natural se quitó el impermeable, las botas, el resto de la ropa y se quedó completamente desnuda mientras yo la miraba con admiración. Era escultural vestida, pero desnuda… No quería ser indiscreta, pero no era capaz de apartar mis ojos de su cuerpo. Sus pechos eran absolutamente proporcionados y preciosos y, para qué voy a engañarles, sentí un deseo enorme de acariciarlos.
En ese momento oí la risa de Amanda, quien también acababa de desnudarse y se metía en el estanque. Lucía fue detrás y ambas me animaban con sus gestos para que me uniese a ellas. Yo tenía dos opciones, quedarme allí inamovible, como una roca más, lo cual iba a resultar un poco raro, o despojarme de mi timidez, además de mi ropa, y lanzarme al agua con ellas. La primera me parecía una estupidez, pues el baño me apetecía, sobre todo porque tenía las perneras de los pantalones caladas y mis piernas igual. La segunda me daba un «no sé qué», más que nada por una cuestión de estética. A ver, modestia aparte, a pesar de mi edad, me conservo muy bien y reconozco que mi cuerpo no está nada mal, pero eso antes de haber visto el cuerpazo de Lucía. Después de haberlo contemplado, el «no sé qué» iba creciendo, así que hice un esfuerzo y, superando el embarazo de tener que desnudarme ante ellas, me quité la ropa a la velocidad de la luz y con la misma rapidez me zambullí en aquella maravillosa piscina. El agua estaba templada y mi cuerpo lo agradeció. Disfruté del baño a placer. Estar en aquella bañera natural, elevar la vista, contemplar la gruta y saber dónde nos encontrábamos me emocionó por completo.
No sé qué profundidad tendría aquella poza, pero debía de ser bastante, puesto que solo se podía hacer pie en la orilla de uno de los extremos de la figura oval, donde un montón de rocas permitía ponerte de pie, con el cuerpo sumergido casi hasta los hombros. En el lado contrario, otra gran piedra plana e inclinada en rampa, que no sé si era su posición natural o la habían colocado así, permitía sentarse y hasta tumbarse en ella con el agua cubriendo todo o parte del cuerpo. Di unas cuantas brazadas y me eché sobre ella mirando hacia el techo de la caverna. Después cerré los ojos y sentí que mis músculos se relajaban poco a poco.
La temperatura en el interior de la cueva era agradable. El calor que desprendía el agua caldeaba el ambiente y calculé que debía de haber entre trece y dieciocho grados, dependiendo de la proximidad o lejanía de aquella poza. Recordé alguna de mis estancias en balnearios, donde me encantaban las saunas y los baños de contraste, y me di cuenta de la suave cascada que tenía al otro lado. Abrí los ojos. Amanda se había sentado a mi lado, mientras que Lucía seguía en el agua.
—Oye, supongo que puedo meterme debajo de la cascada como si fuese una ducha…
—¿Para qué crees tú que la naturaleza la ha colocado ahí?
Nos levantamos a la vez y, bordeando el estanque, pisando las piedras templadas, entramos en aquella oquedad, que era como un espacio privado, y nos pusimos debajo de aquella pequeña catarata. El agua, como era de esperar, estaba fría y me estimuló completamente. Repetí la operación dos o tres veces y volví a tumbarme en la rampa, agradeciendo el calorcillo del agua. Acababa de cerrar otra vez lo ojos para dejarme llevar por las sensaciones cuando oímos que alguien llegaba. Me senté y vimos aparecer a Miguel y a Nina. Al darme cuenta de mi desnudez me dio un ataque de pudor y me metí rápidamente en el agua.
Ambos se acercaron al borde y nos saludaron. Nina buscó mis ojos y me sonrió. A continuación, también con la mayor naturalidad, Miguel se quitó la ropa y se metió en el agua. Nina lo hizo un poco más despacio. Yo estaba de pie donde las rocas me lo permitían, mirándola. Y ella, deleitándose en la impresión que sabía me estaba causando, comenzó a desnudarse muy lentamente, sin dejar de mirarme y con aquella sonrisa provocadora. Cuando la vi desnuda, acercándose a la rampa que quedaba a mi izquierda, sentí una oleada de deseo y una sensación de calor eléctrico que recorrió todo mi cuerpo.
Mi excitación estaba a punto de estallar. Mis ojos recorrieron su cuerpo, imaginé mis manos acariciando sus brazos, su cintura, sus pechos, sus piernas, imaginé mi boca buscando la suya y mis labios besando su cuello… En esas andaba cuando Nina, tras meterse en el agua, nadó hacia donde yo me encontraba y, poniéndose también de pie en las rocas, se acercó a mí y, en un movimiento rápido, apretó su cuerpo contra el mío, me besó en los labios y se lanzó al agua. Y yo me quedé allí, contemplándola e intentando tener la suficiente fuerza de voluntad para pasar lo que quedase del día sin que los demás se diesen cuenta de lo que sucedía. Pero era un verdadero tormento, sobre todo sabiendo que Nina iba a seguir con sus jugueteos.
Miguel y Amanda habían salido del agua y se habían sentado en el borde del estanque. Lucía estaba saliendo también en aquel momento y Nina seguía nadando. Al cabo de un rato, yo salí también por la rampa y me dirigí a la cascada. Necesitaba más que nunca que aquellos chorros de agua enfriasen mi anatomía. Me metí debajo de aquella ducha natural, en uno de sus extremos, donde el agua caía con menos fuerza. Apoyé mis manos contra la pared y dejé que resbalase por mi cabeza, mi cara y mis hombros, pero no conseguía calmar mi impaciencia. Llevaba varios minutos en aquella posición, preguntándome cuándo iba a ser posible que pudiese estar a solas con ella, aunque tenía la impresión de que aquellos tiempos tampoco los gestionaba yo. De improviso, sin haberla oído llegar, la sentí detrás de mí. De nuevo sus brazos rodeando mi cintura, abrazándome contra su cuerpo, besando mi cuello… Sentí sus firmes pezones contra mi espalda y me olvidé de Miguel, de Amanda, de Lucía, de mi edad y hasta de mi nombre. Me volví hacia ella, la abracé, acaricié sus labios con los míos y sentí su lengua buscándome. La empujé suavemente contra la pared. Me apreté contra ella, tomé su cara con mis manos, volví a besarla y comencé a acariciarla, primero sus brazos, su cintura, subiendo lentamente hasta sus senos. Busqué con mi boca sus pezones, por los que resbalaba el agua del manantial, y los acaricié con mi lengua, una y otra vez, mientras sentía las manos de Nina recorriendo mi espalda y una de sus piernas colocarse entre las mías. Me apreté más contra ella, acaricié sus muslos, seguí lamiendo sus pezones y mi mano buscó con ansiedad su sexo, acariciando su pubis y su clítoris hasta que la convulsión de su cuerpo me indicó que había alcanzado el orgasmo.
Nos abrazamos con fuerza, Nina buscó mi boca y volvió a colocar su pierna entre las mías, frotándola contra mi sexo. Esta vez fue ella quien me dio la vuelta, me apretó contra la pared y comenzó a acariciarme. Sus manos sobre mis pechos, después sus labios. Siguió masajeándome con su pierna para seguir con su mano, que buscó también mi sexo, acariciándolo hasta que el incendio que tenía dentro de mi cuerpo estalló, haciéndome alcanzar el clímax más increíble que había tenido en mi vida.
Continuamos besándonos durante un rato más hasta que Nina me separó con dulzura.
—Ven, salgamos de aquí.
—No —dije apretándome de nuevo contra ella—. Quédate un rato más, por favor.
Tomó con su mano mi mentón y me besó en los labios.
—Se han ido. No hay nadie.
—¿Se han ido? —pregunté con incredulidad.
—Sí, hace un rato.
—Pero… ¿por qué no me lo has dicho antes?
—Porque no me has dado tiempo —respondió tras soltar una carcajada.
Me cogió de la mano y volvimos a la piscina. Después del tiempo que habíamos permanecido debajo del agua fría de la cascada, a pesar de nuestros calores, agradecimos el baño y la agradable temperatura del agua. Tras nadar unos minutos, Nina se tumbó en la rampa y yo, a su lado, continué acariciándola. Besé sus pies, sus piernas, sus muslos y mi boca buscó su sexo, que rocé con mi lengua, sintiendo que la pasión me hacía arder de nuevo. Ella separó mi cabeza, me atrajo hacia arriba y me besó.
—Lo siento —dije—. ¿No te gusta?
—Hummm… Me encanta, pero esta vez quiero que lleguemos a la vez. Anda, ven.
Se levantó y fue a buscar unas toallas. La miré con embeleso mientras se secaba.
Nina, riéndose, se acercó y, tras abrazarme y besarme, cogió mi toalla y empezó a secarme. Me colocó mirando hacia la entrada de la cascada y dijo:
—No te muevas ni te des la vuelta hasta que venga a buscarte.
Al cabo de un rato regresó y volvió a abrazarme.
—Te voy a dar la vuelta, pero cierra los ojos. No los abras hasta que yo te diga.
Me tomó de la mano y la seguí. Me indicó dos veces que subiera otros tantos peldaños en la roca y se paró.
—Ya puedes abrirlos.
Estaba frente al espacio chill out. Nina lo había rodeado de velas, colocadas encima de las piedras, logrando un ambiente acogedor y romántico. Se dirigió a los colchones tapados con fundas, mantas y edredones, se tumbó y extendió su brazo invitándome a que me echase a su lado. Lo hice muy despacio mientras mis ojos recorrían su cuerpo. Me tumbé junto a ella y comencé a acariciar sus piernas para ir subiendo hacia su cintura y sus senos. Mientras, Nina me rodeaba con sus brazos, acariciaba mi espalda y buscaba mi boca.
Así permanecimos bastante rato, con mi pierna entre las suyas, sintiendo su sexo y con el mío frotándose contra su muslo, notando sus pezones tocando los míos. De nuevo sentí que ardía por dentro.
—Tengo ansias de ti —le dije mientras la besaba una y otra vez.
Nina me apretó aún más contra ella.
—Pues sáciate —respondió mientras besaba mi cuello y sus manos acariciaban cada centímetro de la parte posterior de mi cuerpo.
Empecé a besar y lamer sus pezones, bajando poco a poco, besando cada curva y cada rinconcito de su cuerpo hasta llegar a sus piernas, que acaricié con mis labios hasta sus pies para volver a ascender y llegar a sus muslos, que se abrieron ofreciéndome su sexo. Lo acaricié una y otra vez con mis labios y mi lengua mientras ella se movía y notaba su excitación. En ese momento Nina, que acariciaba mi espalda, me tomó por los hombros, atrayéndome hacia arriba y buscando mi boca.
—Quiero que sea aún más mágico. Quiero que lleguemos a la vez — susurró en mi oído a la vez que me abrazaba y me daba la vuelta.
Después hizo el mismo recorrido que yo había hecho por su cuerpo hasta encontrar también mi sexo. Me es imposible describir con palabras las sensaciones que ella provocaba en mí. Cuando estaba a punto de estallar de placer, volvió a reptar hacia arriba hasta que sentí sus pezones sobre mis pechos y en un movimiento rápido elevó una de mis piernas, apretándose contra mí hasta que sentí su clítoris contra el mío. Nos movimos cadenciosamente, una y otra vez, hasta que nuestra excitación se tornó en una exaltación sensorial y en un estremecimiento que recorrió nuestros cuerpos. Tuve una sensación de vértigo. Seguimos besándonos, abrazadas y con las piernas entrelazadas, hasta que una sensación de paz me inundó totalmente.
Nunca había sido tan feliz. Quería detener el tiempo, quería eternizar aquellos instantes igual que los que captaba en mis fotografías. Sentirla allí, a mi lado, y notar sus dedos recorriendo mi piel me hacía enloquecer y devolverle sensualmente cada caricia. Experimentaba su ternura y se desbordaba la mía. La quería tanto… No podía controlar mi emoción y sentí las lágrimas en mis ojos. Nina se dio cuenta, me abrazó y besó con ternura mis labios, a la vez que susurraba:
—Te amo. Lo sabes, ¿verdad?
—No, no lo sabía —respondí bromeando mientras correspondía a sus besos.
—¿Ah, nooo? —Nina se echó a reír—. Pues te lo he estado diciendo con mis ojos y he estado seduciéndote desde que nos conocimos.
—Sí, de tus jueguecitos doy fe —dije mirándola burlonamente.
—Me gusta jugar contigo —reconoció Nina soltando una carcajada—. Me divierte mucho ponerte nerviosa. Eres un encanto.
—¡Qué graciosa! Pues me has hecho pasar unos ratos…
—No, yo no. Te los hacías pasar tú con tus absurdos miedos y fantasmas.
—Sí, ya sé, mis conflictos internos. Pero mis temores son lógicos.
—A ver, ¿lógicos por qué?
—Nina, hay una realidad que no puedes negar. Te llevo casi veinte años.
—No, no la niego, pero ¿qué importa eso?
—A mí sí… A mí sí que me importa.
—¿Por qué? Exactamente, ¿por qué te importa tanto?
Me quedé mirándola sin comprender por qué ella no veía que esos diecisiete años de distancia entre nuestros nacimientos eran un obstáculo en nuestra relación y me esforcé en hacérselo entender.