Kitabı oku: «Brumas del pasado»
BRUMAS DEL PASADO

MARGARITA HANS
BRUMAS DEL PASADO
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2018
BRUMAS DEL PASADO
© Margarita Hans
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2018.
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ISBN: 978-84-17334-54-3
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
MARGARITA HANS
BRUMAS DEL PASADO
Crees saber quién eres.
Pero… ¿estás en lo cierto?
Para Encarni y Francisco…
La vida no es una alfombra de suave terciopelo de pétalos de rosa. La vida es un camino donde igual posas tus pies y tus ilusiones en suaves pliegues benévolos, que percibes el cruel ataque de alguna de sus espinas.
Pero cada espina que hiere tu piel te muestra una lección de vida. Ser feliz no significa eludirlas, sino tener la suficiente fuerza interior para sacarlas de tu piel.
OS QUIERO.
Me gustaría dar mi más profundo agradecimiento a cuantas personas han hecho posible esta historia.
Comenzando por mis hijos, siempre por ellos, porque son los que están ahí, apoyando y animando a su madre para que viva su sueño de escribir.
Continuando por el resto de mi familia, que me han incitado a continuar y me han soportado en mis bajones.
A mis amigos, lectores sufridores de todas las versiones que han ido surgiendo.
Y por supuesto, a las otras tres partes del cuarteto maravilloso y mágico que formamos mis inseparables y yo. Esas tres mujeres excepcionales que me han servido de inspiración y que en ningún momento me han dejado caer.
Gracias de nuevo a Exlibric y a ti, Inmaculada Pavía, por creer en mí.
Y evidentemente, a ti, querido lector, que has estado en todo momento presente en el desarrollo de estas páginas. Precisamente por ti he querido mezclar un poco de sentido del humor, aderezarlo con misterio, salpimentarlo con ligeros toques de realidad escondidos… y endulzarlo con esencia de magia.
Espero haber logrado la dosis justa de todo ello. Gracias por estar aquí, junto a mí, leyendo esta historia y sintiendo conmigo, escuchando, anhelando aquello que alguna vez ocultaron las
Brumas del Pasado
PRÓLOGO
Un suave mar azul refresca en las noches de verano tus sentidos. Una brisa que acaricia con suavidad tu alma dormida y te transporta a otras épocas, días de antaño que marcaron tu existencia.
De boca en boca se cantan las hazañas de los antiguos guerreros, para muchos, dioses míticos forjadores de milagros y segadores de daños.
Antaño se llamaban leyendas, historias. Hoy, mitología. Y si bien la palabra mito significa “relato”, “cuento”, se puede ampliar este concepto como aquella historia contada para ensalzar hazañas ocurridas y explicar lo quizás inexplicable.
¿Forzosamente un mito ha de ser falso? ¿Una exageración? ¿Una historia irreal para crédulos?
No.
También un mito puede ser un pilar fundamental de apoyo a una cultura hermosa y prolífera. Una cultura que al fin y al cabo, se extiende a través de susurros, una cultura que gusta de danzar provocativa entre las brumas del pasado.
– 1 –
Su grito se escuchó por todo el valle.
––¿Cómo he podido ser tan estúpido? ¿Cómo he podido caer en la trampa?
Con el corazón desgarrado, hincó las rodillas sobre la tierra sin tan siquiera sentir la herida de las rocas en ellas. No le importó el dolor, ni tampoco mirar cara a cara a la rabia. Solo sabía que la había perdido… ¡La había perdido!
Con los ojos abnegados en lágrimas y la furia ardiendo por dentro, se giró una vez más y gritó al averno…
––¡Me mentiste!
Solo una sonrisa cruel se escuchó venida desde el mismo interior de la tierra, mientras una suave brisa soplaba y aquellas hojas, antaño azules, volvían a recobrar el tono verdoso de lo cotidiano y su soledad.
Se dejó caer abatido. Nada le importó salvo aquél dolor que le desgarraba las entrañas. Tan solo un momento antes la había tenido cerca, tan cerca…, pero ahora…
El recuerdo trágico de su sonrisa inerte, del velo que cubría atronador y cruel la que antes fue su mirada, el corazón detenido en el tiempo y el tiempo detenido sin ella. ¿Puede la muerte llegar y sustraer corazones sin más? ¿Acaso tiene permiso para ello? Crueldad desgarradora que se había llevado la vida de su joven esposa amada. Arañó el suelo con sus manos hasta hacer sangrar sus uñas empapando la tierra con su dolor…
La propia muerte sintió compasión y un pañuelo de fina seda transparente en color azul cielo salió de aquel negro agujero que se la había llevado. Las esperanzas volvieron a brotar en su pecho y se irguió tan enorme en su lucha como en su milagro esperado…, para comprobar horrorizado que tan solo era un pañuelo que olía a ella… Un pañuelo impregnado con sus lágrimas, con las lágrimas de ambos.
El rugido que emitió se escuchó por doquier asustando a todos los habitantes del lugar y haciendo que aquel instrumento, que había sido su salvación y su aliado, se convirtiese para él en un objeto de horror y desapego.
Lloró. Lloró hasta que de sus lágrimas brotaron hojas. Hojas de color verde… y hasta que fue tanta la pena y el abatimiento, que la única solución posible para él era seguir el camino de ella. Morir.
Fue entonces cuando la vio. Pequeña e indefensa, una pequeña florecilla azul permanecía oculta bajo los vestigios de su llanto. Con suavidad la tocó y sintió su tacto aterciopelado y empezó a sentir dentro de sí de nuevo una extraña sensación, algo así como…
La fragancia de ella llegó hasta él a través de aquel pequeño milagro. De pronto, sabía lo que había de hacer.
No todo estaba perdido.
–Esperaré. Te esperaré, mi amor. Te esperaré, y cuando ello ocurra, destruiré el mismísimo averno si es necesario, para que esta vez nada ni nadie se interponga.
– 2 –
–¿Estás seguro de que todo saldrá bien? Podemos matarla en un descuido –dijo ella.
– No soy estúpido, ni es la primera vez que hago esto –gruñó él.
–Es tan pequeña…
–Ya lo hemos hablado. Ella será nuestro billete a la riqueza. Sédala más, no debe despertar antes de tiempo. No soporto más sus llantos.
La chiquilla se movió inquieta. Estaba volviendo en sí y Alejandra temió que volviese a llorar de nuevo.
–¿Y si nos equivocamos?
Marcelo fue consciente de las dudas de ella. Dudas que no podía permitir. Recordó el incidente de tan solo unas horas antes. Ni siquiera sabía si había matado al viejo. Y la mocosa les había visto la cara, no podía correr riesgos. O la sacaban del país o tendría que deshacerse de ella.
–Lo hemos hablado mucho. Ahora no puedes echarte atrás.
Alejandra sintió la fuerza en las manos de él, agarrándola con furia de los antebrazos, y miró la negra profundidad de sus ojos. El pequeño cuerpo oculto bajo la gruesa tela maloliente empezaba a moverse de nuevo. Mejor sedarla, era tan pequeña… así tal vez no lloraría, no sentiría tanto miedo, no olería aquel tufo e incluso su culpa se tranquilizaría.
–Prométeme que todo saldrá bien, Marcelo… –Terminó rogándole con lágrimas en los ojos.
Él la tomó de la cintura y la acercó hacia sí. Estaba muy seguro de la reacción que provocaría en ella con ese gesto. La había escogido bien. Una mujer sola, ya algo mayor, carente de autoestima.
La besó casi de forma salvaje. Aprisionó entre sus manos las curvas de ella, las que le gustaban y las que no, debía encender sus sentidos, hacerla sentir poderosa, lasciva y, sonrió para sí mismo, dependiente de él.
Alejandra solo podía pensar en que él la amaba. Alguien que la besaba con esa pasión no podía estar fingiendo. Solo tenía que aguantar aquella situación un poco más. Después serían libres para siempre. Estarían forrados y podrían vivir bien durante mucho tiempo. Y la niña… Sintió una punzada de remordimiento, pero la tapó con más engaños. La niña estaría bien. Se la iban a vender a una familia rica. Seguro que estaría bien…
– 3 –
–¡Selena, por favor, deja ya a tu hermana tranquila!
Risas y gritos se mezclan cada mañana junto al olor suave del café y las tostadas. Cada día se repite la misma letanía. Cada día tengo la sensación de estar viviendo algo ya vivido. Desde que el despertador suena por la mañana a las siete y media, una especie de engranaje interior comienza a hacer de las suyas. Mi cuerpo y mi mente se alinean en uno solo, que sabe lo que ha de hacer. A veces pienso que si al levantarme por las mañanas me rebelase contra el mundo y permaneciera inmóvil y con los ojos aún cerrados, mi cuerpo por sí solo se abriría paso en el laberinto de mi monotonía diaria.
Mientras me dirijo a la cocina, me voy transformando. Dejo de ser una tranquila mujer y paso a convertirme en una especie de madre sargento, capaz de impartir órdenes sin riesgo de ser desobedecida.
Cada día es idéntico, al menos de lunes a viernes. También son idénticos los fines de semana entre sí. A pesar de ello, no me estoy quejando. Me considero una mujer con suerte. Quiero a mi marido, tengo dos hijas maravillosas y una vida tranquila y apacible.
Soy el ama de casa perfecta. Sin problemas económicos ni de otra índole. Mi mundo es… casi perfecto.
Supongo que nadie es feliz al cien por cien. ¿Qué otra explicación puede haber para esto que siento cada día con más fuerza? Desde hace un tiempo, y sin motivo aparente, una pequeña vocecita interior me susurra al oído mientras duermo. Una voz que no deja de decirme que en mi vida falta algo importante, que estoy viviendo a medias. Pero no puedo dejar de repetirme a mí misma, una y otra vez, que todo deben ser meras bobadas. ¿Qué más se puede pedir?
Aún recuerdo las sabias palabras de mi abuela Angustias, que siempre me decía con todo el cariño del mundo…
–Cariño, el que no llora no mama.
Pues menudito consejo me dio mi abuela. A mis treinta y nueve años he llorado pocas veces. Cuando Pablo López me dijo que no quería ser mi novio, cuando dos días después Azucena le dio un beso delante de mis narices, la muy hija de pu…, la muy hija de puta. Y desde luego, cuando mi abuela murió, que lloré hasta quedarme vacía por dentro. Creo que fue la primera vez que sentí realmente esa sensación angustiosa, que hace que aunque quieras frenar tus sentimientos, ello es, “por suerte”, imposible.
Soy hija única, pero jamás me he sentido sola. Nuestra familia siempre ha sido feliz. Por supuesto que, como todos, tuvimos nuestras dificultades y piedrecitas en el camino, pero vivíamos bien. Mis padres, Andrés y Consuelo, siempre han sido unos padres cariñosos, comprensivos y, en cierta forma, tradicionales. Tradiciones que yo misma he compartido con mis hijas. Una especie de ciclo vital que se va transmitiendo de generación en generación. Una rueda que gira y gira en perpetuo movimiento haciendo que todo continúe.
–¡Por Dios Maia! ¿Qué haces? –le grito esta vez a mi hija pequeña.
–Lo siento mami, se me ha caído –me contesta con cara inocente.
Cara de no haber roto un plato en su vida, cosa falsa por otro lado, es más, acaba de romper uno. Otro más de muchos.
–De veras, no sé en qué pensáis. ¡No tenéis cuidado con nada! ¡Venga, no sea que encima te cortes! ¡Date prisa! ¡No toques, ya te he dicho que lo dejes! Uf, señor…
–No te enfades mamita, te salen arrugas en los ojos –me dice Maia con una sonrisa picaruela.
–¡Fernando! ¿Te has caído por las tuberías? ¡Baja ya, que las niñas van a llegar tarde! –le grito como una especie de posesa endemoniada a mi marido que aún no ha bajado a tomar su café.
Es alucinante lo que puede complicarse un desayuno familiar. Cada mañana mi cocina se transforma en una especie de batalla campal. Hoy hemos tenido bajas. Un plato y un vaso yacen inertes hechos trizas, como mi ánimo esta mañana.
Miro alrededor y de veras que no sé por dónde voy a empezar a recoger cuando todos se marchen. Esto es un auténtico desastre. ¿Para qué puñetas quería yo tener una enorme cocina? A más grande, más trastos caben. “So gilipollas”, me digo a mí misma.
Y Fernando. ¿Cómo puede tardar tanto un hombre en arreglarse? ¡No tiene que maquillarse por Dios!
Con gestos rápidos y precisos me teletransporto a coger el cepillo y el recogedor. Voy a retirar los cadáveres antes de que alguien se corte. En el umbral de la puerta de la cocina, casi me como a mi marido que acaba de hacer su aparición en ella. Por fin. Es como si cuando le he gritado hace un segundo, él ya estuviese aquí. Pero claro, eso no puede ser, porque entonces habría entrado en la cocina antes y tal vez hubiese detenido el caos que tienen montado estas dos. ¿Verdad?
Lo miro con aprensión, pero él me sonríe y... mmm. Cómo huele. Acaba de afeitarse y ducharse. Impecable. Traje de chaqueta gris y camisa azul cielo, como sus ojos. Cada día más guapo. Hoy viste tan elegante porque tiene una importante reunión de negocios. Ya lo decía yo antes, soy una tía con suerte. Aquí, mi atractivo marido, con cuarenta y un años, es alto, rubio, ojos azules y todo un espectáculo para la vista.
–Buenos días guerrillera –me susurra mientras me besa la frente.
–Buenos días.
Hace un par de años o cosa así, se empezó a obsesionar con que estaba gordo, que no hacía deporte, que se notaba “engarrotado”, que había que cuidarse. Pensé que moriría de inanición cuando de pronto empezó a tomar cosas sin sal y a reducir grasas de una manera rápida y, desde luego, efectiva. Creí que me daba un patatús cuando le vi sustituir su bocata de chorizo medianero por una manzana. Incluso se apuntó a un gimnasio y poco a poco, y de forma gradual, todo comenzó a dar sus frutos y él empezó a perder peso.
Tiene una empresa heredada de su padre a medias con su hermano Ángel, nueve años mayor que él. El padre de ambos, Tomás, montó en su día un pequeño taller de mecánica. Con el paso del tiempo, se convirtió en la empresa familiar y en uno de los talleres más importantes de la región, con importantes beneficios y un personal que no dejaba de crecer.
Mi cuñado, Ángel, es un auténtico manitas de la mecánica. Le gusta mancharse las manos de grasa y escuchar el ruido de un motor que vuelve a rugir con fuerza.
Por su parte, Fernando, es más de números. La contabilidad, las ideas empresariales y, por supuesto, el marketing. En su día, terminó convenciendo a su padre para que llevase a cabo innovaciones importantes y finalmente terminaron por fundar “Gutiérrez e hijos”.
Cuando Tomás se jubiló, dejó en el haber de la empresa una buena cantidad de fondos, así como a tres personas trabajando en la zona del taller y dos en la oficina. Hoy en día la plantilla ha ido aumentando. Dos mecánicos y, desde hace unos meses, una administrativa más, Celeste, y un abogado laboralista, Claudio. La empresa crece.
Ahora, aquí en el umbral de la cocina con esta sonrisa maravillosa, no puedo dejar de pensar que mi marido es uno de esos afortunados a los que los años le sientan muy bien. Si bien comienza a tener canas en las sienes, ello le da un aspecto más interesante. De esta guisa, trajeado y perfumado, nadie diría que su lugar de trabajo es una empresa de mecánica, pero Fernando asume todas las relaciones laborales, marketing, reuniones con nuevos inversores, viajes de negocios, dirección de la empresa…
Cada mañana baja a última hora del desayuno y, en consecuencia, se pierde la guerra inicial de cereales, tortitas o tostadas con el consiguiente derrame de leche, café, cacao, o lo que cada día toque. En este instante de cabreo estoy meditando, ya me parece a mí mucha casualidad que día tras día evada el espectáculo del desayuno.
Ajeno a mis pensamientos, termina de adentrarse en el caótico mundo de la cocina, les guiña un ojo a las niñas y mi imaginación oye como en ese guiño va implícito el “mamá es una exagerada”. Una extraña sensación sube por mi garganta cuando veo cómo impone la paz tan solo con su presencia. Él parece notarlo y regresa a por mí, me coge de la mano y me lleva con él. Me da un ligero beso en los labios, me sonríe como un actor de cine y luego pregunta a las niñas sin despegar sus ojos de mí:
–Niñas, ¿verdad que mamá está hoy aún más guapa que ayer?
Pero mi corazón y mi cerebro me dicen que en su interior también piensa: “No tienes paciencia con las niñas, mira cómo se hace”.
Y ya está.
Se toma el café de pie, apoyado sobre la encimera de la cocina. Más de una vez ha tenido que ir a cambiarse los pantalones porque se los mojaba con algún resto existente en ella. Se apoya en el mismo punto exacto cada día mientras toma su café, observa el caos reinante en la cocina a esas horas del día y yo creo que respira aliviado de partir fuera de casa. Por ello yo he añadido una nueva costumbre a mi ya tradicional lista de ellas. Mantener limpia y seca la encimera en la zona en la que él se apoya.
–Cariño, deberíamos ir de vacaciones –me dice de repente.
Yo lo miro como si hubiese dicho: “Cariño, he visto un cocodrilo amarillo en el sofá”. No sé cuántas veces ha hecho ya promesas de ir de vacaciones, pero jamás llega ese momento. La empresa lo absorbe por completo.
–¿A dónde, Fernando? Y sobre todo, ¿cuándo? Porque me encantaría.
–A donde tú quieras ir.
–¿Dónde sea?
–Pues claro tonta.
Ojalá eso fuese verdad. Aun así, vuelvo a repetir una vez más, como cada vez que me lo pregunta.
–A Grecia.
Fin de la conversación. Una vez más. Las niñas ni han reaccionado a ello. Ya han escuchado millones de veces lo del tema de las vacaciones. Y lo de Grecia. Me muero por ir a ese lugar. Me fascina, me atrae, me seduce, me subleva, me transporta…, ¡me encantaría ir!
Después, como si nada, ellos se van. Incluso tengo que recordar a las niñas que me den un beso antes de marcharse, mientras salen riendo y hablando de forma animada entre ellos y yo me quedo en este caos culinario. He de encargarme de que todo esté perfecto, para cuando los que lo han causado regresen. Qué ironía.
Una vida sencilla para una mujer sencilla, normal. Parece que estoy escuchando las palabras de mi amiga Carmela, que además es mi cuñada, mujer de Ángel.
–¡¿Qué puñetas significa eso, Helena?! ¿Qué es ser normal?
– 4 –
De forma automática me pongo a recoger los distintos objetos que están por todas partes sin deber estar ahí. Se supone que he de darme prisa, ya que precisamente hoy vienen Carmela y mi amiga Inés, para no sé qué cosa de apuntarme a un gimnasio. ¡Con la de cosas que tengo yo que hacer cada día!
Recojo lo más rápido que puedo la cocina y vuelo a los dormitorios. Tanto mi madre como mi abuela me decían más de una vez…
“Si las camas están hechas y los platos fregados, parece que todo está terminado”.
De pronto recuerdo que se me ha olvidado algo importante y corro rauda al teléfono.
–Gutiérrez e hijos. Dígame.
Esa voz. ¡Ah, sí!
–¿Claudio?
–Hola, Helena. ¿Qué tal?
–Bien. ¿Te tienen atendiendo al teléfono? ¿Y Celeste?
–Ha salido a hacer un recado, y sí, tu marido es un negrero. Hace tiempo que no te veo por el taller, ¿estás bien?
Claudio siempre tan atento. Desde que entró a trabajar con Ángel y Fernando le he visto en un par de ocasiones. Quizás en la que más tiempo hablamos fue en la pasada comida de Navidad. Fernando tomó aquella comida como una oportunidad para hacer negocios y Claudio fue muy amable haciéndome compañía. Es un hombre muy educado, por cierto. Su mujer no pudo acompañarle aquella noche, así que, como a mí mi marido me tenía abandonada, hablamos bastante.
–Oh, sí, estoy bien. Gracias, Claudio. ¿Y Fernando? Necesitaría hablar con él.
–No ha llegado todavía. Supongo que estará a punto de llegar. ¿Quieres que le dé algún recado?
–No, gracias. Ya están abusando bastante de ti, le llamaré al móvil.
–Como quieras. A ver si nos visitas pronto y pones un poco de color en este lugar.
–¿Con la de administrativas guapas que hay por ahí? ¡Venga ya! –No sé cómo lo hace, pero cada vez que hablo con este hombre, termino riendo–. Pero gracias por el piropo.
–De nada –contesta él y sé que también sonríe.
–Hasta luego, entonces.
–Adiós.
Miro el reloj. ¿Dónde se habrá metido este hombre? Por la hora en la que se fue debería llevar ya bastante rato en el taller. No me gusta llamarlo a su móvil, por si está en alguna reunión con un cliente, pero hoy me voy a arriesgar.
–Dime, Helena –me contesta su voz.
–Perdona que te moleste, Fernando. Te he llamado al taller, pero Claudio me dijo que no habías llegado aún. Imagino que estás con algún cliente. Se me olvidó decirte que por favor no regreses hoy muy tarde. Recuerda que las chicas y yo hemos quedado para ir a visitar esa fiesta medieval en la que tanto interés tiene Carmela. No me perdonará si no llego a tiempo. Por fa… –le suplico con voz de pena, a ver si así se apiada y me hace caso.
–No puedo garantizarte nada, Helena. Sabes que tengo una reunión muy importante y no puedo saber a qué hora terminaremos. Además, también sabes que siempre ofrezco tomar algo a los posibles clientes.
Lo entiendo, pero… Está bien, no te preocupes –suspiro admitiendo mi derrota–. Si veo que no llegas a tiempo me llevaré a las niñas. Lo que pasa es que me hacía ilusión que por una vez fuésemos nosotras tres nada más. Inés y Carmela van solas.
–Inés no tiene hijos y los de Carmela son adultos. Tú tienes otras circunstancias. De todas formas, lo intentaré, pero no puedo prometerte nada. ¿De acuerdo?
–Claro que sí. Conduce con cuidado. Te quiero.
–Y yo.
Cuelgo el teléfono y me siento un poco tonta. Respiro hondo y me pongo en movimiento. Mi cuñada y mi amiga están a punto de llegar y yo aún estoy en pijama y bata. Soy un desastre.
Voy a tomar una ducha, aunque sea rápida. No me da tiempo a lavarme el pelo, lo llevo casi por la cintura y tarda mucho en secarse. Abro el cajón de mi mesita de noche y cojo mi ropa interior. Sencilla, cómoda, de algodón. Un chándal y unas zapatillas de deporte completarán mi atuendo. Vamos a un gimnasio, vistámonos para la ocasión.
Me recojo el pelo con una pinza sobre la cabeza y tomo esa ducha rápida. Me envuelvo en mi súper maravillosa y gigantesca toalla y comienzo a secarme con movimientos rápidos y enérgicos. Y entonces paro. Sin saber muy bien por qué, me detengo de repente y me dirijo a mi dormitorio donde hay un espejo de pie. Un espejo grande, de cuerpo entero. Y me observo desnuda en él.
Hace mucho tiempo que no me dedico a observarme a mí misma. Mi amiga Inés se pasa media vida mirándose en los espejos porque no le gusta ir despeinada o llevar mal el maquillaje. Dice que no hay nada peor que dejar de cuidarse a una misma y empezar a parecer desaliñada.
Me acerco algo más al espejo y me fijo bien en mi rostro. Casi siento miedo de mirar más abajo. Por ello, me concentro en mi cara. Mis ojos se ven hoy algo tristones. Mi pelo necesita un nuevo tinte. Tan solo hace tres semanas que lo teñí la última vez. Me encargo yo misma, aquí en casa. Es fácil, es de color castaño claro y existen infinidad de tintes de esa tonalidad. Pero lo cierto y verdad es que cada vez me dura menos el dichoso tinte de las narices.
Mi rostro se ve pálido. Las raíces blancas que comienzan a surgir traicioneras en la base de mi pelo, junto con la falta total y absoluta de maquillaje, hacen que parezca enferma. Para colmo de los colmos, estas dichosas manchas que han empezado a salirme en la cara. Tendré que comprarme algún protector solar de esos de pantalla total. Sonrío para mis adentros. Con quince años, esto eran pecas. Con treinta y nueve, son manchas solares.
Luego me retiro un poco del espejo para tomar algo más de conciencia sobre mi cuerpo. Mis brazos parecen ser más redondeados y me temo que al levantarlos cuelga de ellos algo que antes no estaba ahí. Claro que he ganado unos kilitos desde que nació mi pequeña Maia, que por cierto, ya tiene ocho años. Es increíble lo rápido que pasa el tiempo.
Mis pechos no están nada mal, aunque quizás también estén un poco más bajos que antes. Pero lo que de veras llama mi atención es mi nuevo amigo grande, hermoso, redondeado, incitador a todas las dietas posibles, habidas y por haber, y de las que nunca jamás fui capaz de llevar a cabo. Mi gran amigo el michelín. Cada vez gana más terreno el condenado. Cuando empezó a salir, bromeaba diciéndole a Fernando que me lo estaba dejando crecer en honor a la conocida marca de neumáticos. Ahora ya se ha apoderado de mí el desagradecido.
No estoy gorda, pero tampoco estoy delgada. Mi cuerpo está raro. Distinto. Mis glúteos también parecen haber bajado. Y mi piel aparece muy rara en las piernas. Surquitos asquerosos, los llamaría yo. ¿Qué ocurre aquí? ¡Maldita ley de la gravedad!
Esta no soy yo. Es una señora mayor que se ha metido en mi espejo. Dejo de observarme y me dirijo de nuevo al cuarto de baño. De pronto me siento un poco mareada… un poco… no sé, no me encuentro bien.
La habitación empieza a inclinarse y, de pronto, todo está tumbado. ¿O soy yo la que está tumbada? Me pitan los oídos y veo unas manchas amarillentas y anaranjadas frente a mí. Cierro los ojos un momento y todo se calma. Huelo un suave perfume, escucho una suave melodía y siento como si debajo de mí hubiese hierba fresca en lugar de un terrazo frío.
“Mi adorada esposa, eres la mujer más hermosa del mundo, la más bella, mi amor, mi vida…”.
Abro los ojos con rapidez, asombrada y asustada. Ya no escucho música y siento de nuevo la dureza del suelo. También ha desaparecido el suave perfume. Esa voz… Me ha hecho sentirme diferente por un instante, fuerte, incluso hermosa. ¿Me habré golpeado la cabeza al caer sin darme cuenta? ¡De dónde ha salido esa voz! Una voz vibrante que me llamó esposa…, pero que no era la voz de Fernando.
Noto un agujero en la boca del estómago y me falta el aire. Me siento aturdida. He tenido que perder el conocimiento un instante aunque yo crea que no. No encuentro otra explicación.
El espejo me devuelve un rostro pálido y unas ojeras marcadas. Y justo al lado del espejo, el reloj me recuerda que estoy parada en el tiempo. ¡Tengo que vestirme! La más bella… y un pimiento, pienso enfadada mientras, aun temblando, cojo mi elegante, cómodo y amplio chándal azul.
– 5 –
–Tienes que animarte un poco, Helena, verás cómo te alegras de esto –me dice mi traicionera cuñada.
–Vamos a estar estupendas de aquí al verano –añade Inés con una sonrisita confabuladora.
–¿De aquí al verano? ¡Pero si el verano acaba de terminar! ¿No podemos volver en junio? –pregunto yo.
–¡No seas boba! –casi me pega Carmela.
Señor, ya es tarde. Aquí estamos las tres discutiendo sobre el tema, por así denominarlo, en el aparcamiento del gimnasio Líneas, un nuevo gimnasio para mujeres repleto de una serie de máquinas ideales para el cuerpo femenino. Y digo yo, ¿serán tan fantásticas como para ponerte en forma con tan solo apuntarte al gimnasio?
Inés quería ir a uno mixto, pero Carmela le dijo que si Ángel se enteraba que iba en pantalones cortos y hacía determinados movimientos ante otro tío, se iba a montar gorda.
Yo, como siempre, neutral. Si es que soy así, como el queso de un sándwich. Es más, mi hija Selena, la mayor de mis dos pequeñas, ya me dice a sus catorce años de edad que, o me espabilo, o me espabilan.
–¡Mamá, que a los tontos se los comen por sopas!
–Y a los nerviosos le dan ataques al corazón, cariño.
Es muy probable que lleve razón y, en un par de años o tres, alguien me engulla junto a un trozo gigantesco de pan.
Mi hija mayor está en el Instituto, cursando el tercer curso de la ESO. ¿Qué tipo de educación seria denomina a un ciclo tan importante de la vida como ESO? Lo cierto y verdad es que los catorce no son una edad fácil. Ella es prudente, simpática, inteligente, muy guapa. Cabello rubio a media espalda, ojos marrones, complexión media, moderna. Amante de la ecología y casi herbívora. En este caso, las alitas de pollo me salvaron de que realmente lo fuese.
Por su parte, mi pequeña Maia tiene el pelo del color del chocolate, como el mío, y sus ojos también son marrones. Ninguna de mis hijas ha heredado los bellos ojos azules de su padre (qué le vamos a hacer, cosas de la genética).
Cuando Maia nació, nos dijeron a su padre y a mí que tenía un pequeño problema en una cadera. El tiempo nos diría si era algo temporal, o por el contrario, algo serio y permanente. Conforme comenzó a crecer y empezaron a hacerle pruebas médicas, comprobamos que no tenía nada de importancia, pero que su pierna derecha es ligeramente más corta que su pierna izquierda. Aproximadamente unos dos centímetros. Ello no le impide llevar a cabo su vida de una forma normal, pero sí es cierto que ella misma se limita a veces. No quiere participar en muchos deportes a pesar de que le gustan, porque no se ve a la altura de los demás y jamás utiliza faldas porque no quiere que nadie vea que lleva un alzador en una de sus botas ortopédicas.
Ella dice que no le importa, pero lo cierto es que los niños pueden ser muy crueles y a veces pueden coartar bastante. Lo único que me alivia en esta situación es la forma de ser de Maia. Es una niña muy madura para su edad. Habla con suavidad, y a veces, tiene argumentos que los adultos no tienen.
Y hablando de problemas. Acabamos de entrar en uno muy grande. Aquí estamos las tres, en este maravilloso y rosa gimnasio donde nos recibe una encantadora joven embutida en unas ajustadas mallas negras, con un hermoso chaleco, poco mayor que un sujetador, en un bonito tono rosa bebé.
–Hola, ¿qué tal? ¿Puedo ayudaros? ¿Queréis visitar el gimnasio? –nos pregunta solícita.
–¡Nos encantaría! –responde una alegre Carmela–. Llamé hace dos días por teléfono y estuve hablando con Ana. Me dijo que podíamos venir y visitar las instalaciones y que alguien nos explicaría como funciona todo esto.
–Sí, la recuerdo. Yo soy Ana. Encantada de conoceros.
La muchacha, imagino que de forma inevitable, nos mira a las tres en una rápida inspección. Carmela viste una minifalda muy mona con un chaleco de punto caído. A sus cuarenta y siete años está en forma, motivo por el que estoy furiosa con ella, pues tiene un metabolismo envidiable. Come, bebe y no engorda. La envidia me corroe.
Inés, de cuarenta y tres, viste camisa y vaqueros muy ajustados. Mi amiga es de esas chicas que saben sacar lo mejor de sí mismas. Ella es delgadita por arriba y algo más gruesa de cintura para abajo, pero sabe qué ropa usar para que el conjunto sea favorecedor. Por supuesto, también viene perfectamente maquillada y peinada. Yo vengo con mi maravilloso, cálido, cómodo y amigable chándal, coleta y una buena capa de protector solar factor cincuenta.
–Tenemos varios programas en función de cuál sea vuestra idea para practicar deporte. Por un lado podemos ofreceros la llamada sala de máquinas, donde una serie de máquinas aeróbicas, como la bicicleta elíptica, la cinta de andar, o la bicicleta de spinning, hacen que podamos perder calorías con rapidez.
Me asomo a la correspondiente sala y observo con asombro que no está pintada de rosa. Qué bien. Sus paredes lucen un bonito tono marfil. Un gran ventanal conecta esta sala con el exterior. Maravilloso, pienso. Te pones a sudar como un cerdo, y todo el mundo puede verte. Genial. Sala de máquinas. Mi mente me ofrece mejores definiciones…”Potro de la tortura”, “Inquisición medieval”…
–Aquí al lado –nos dice Ana en tono profesional y amable–, tenemos la sala que da nombre a nuestro gimnasio: la sala Línea. Se compone de máquinas que ayudan a esculpir el cuerpo de la mujer y darnos mayor agilidad y flexibilidad. Son hidráulicas, por lo que no desarrollan la musculatura hasta un punto que pueda resultar antiestético y moldean a la vez que nos ayudan a quemar calorías.
Creo que me voy a desmayar. Por cierto, esta sala sí está pintada de un bonito tono rosa pastel, a juego con la camiseta–sujetador de la monitora.
–Además, el gimnasio cuenta con otros programas de actividades, como step, gap, pilates…
Mi mente ha dejado de escuchar todas esas palabras raras que me causan cansancio solo de oírlas. Pero claro, he de regresar al mundo y seguir escuchando.
–Y por supuesto –continúa Ana–, queremos que la clienta pueda relajarse y para ello, tenemos clases de relajación. Tenemos en proyecto una sala para poder dar masajes, sobre todo, para poder ayudar a las mujeres que padecen contracturas musculares.
Ajá, por fin encontré mi sala ideal. No pienso salir de esa sección del gimnasio ni bajo coacción.
–Fantástico. Esto es mucho mejor de lo que ya me esperaba –dice una muy animada y contenta Carmela.
–¿Estáis interesadas entonces? –pregunta Ana.
–¡Por supuesto! –vuelve a añadir mi traidora cuñada.
–Un momento, un momento. No hemos hablado del precio –señalo.
Necesito que cueste una cantidad bárbara para que así mis amigas desistan de su empeño y yo pueda volver a mis rutinas diarias.
–Tenemos una oferta especial. Si se inscriben en este mes en curso, la matrícula les sale gratis y el precio mensual al inscribirse las tres, será de 25 euros al mes.
Oh, oh. La ofertita dichosa acaba de fastidiarme.
–¡Genial! Es asequible y, en proporción a lo que ofrece, me parece irrechazable –dice Inés.
–Por supuesto, quiero que tengan en cuenta que hay servicios que van aparte. A veces, organizamos excursiones de senderismo y otras actividades al aire libre que no entran en el precio.
–Oh, vaya desilusión. Pensé que te referías a guapos monitores –dice una bromista Inés.
–No. Por supuesto todas las monitoras son mujeres –añade una seria Ana, que no ha cogido la broma, me temo.
–Bien. Chicas, ¿podemos hablarlo ante un helado o un café con un dulcecito? –pregunto yo.
–¡Ni hablar! ¡Aquí no hay nada que hablar! ¡Nos inscribimos las tres ahora mismo!
Me temo que la capitana Carmela ya ha tomado una decisión inamovible. Solo tengo ganas de resoplar, pero recuerdo el incidente de hace un rato en casa y, sí, mejor salir y hacer deporte, aunque ese deporte bien puede ser andar a paso rápido. De veras, todas estas máquinas me han puesto mal cuerpo.
Miro a Carmela y veo tal expresión en su cara que hasta me da miedo. Madre mía. Parece un teniente coronel de la armada a punto de impartir una orden de vital importancia. Pues sí que está decidida. Decidida y algo más. No sé lo que es, pero sí noto una obstinación muy especial. Tal vez sea una ama de casa tranquila, pero tengo un olfato especial para los “gatos encerrados”. Y aquí hay uno muy, muy gordo.
– 6 –
–En serio, Carmela. Yo no quiero apuntarme. Estoy gordita, lo sé. Pero, ¿qué quieres? Tengo casi cuarenta y soy pre-menopáusica. Está justificado de sobra –casi le suplico a mi cuñada.
–Pero vamos a ver, Helena, ¿qué más te da? ¡Tienes tiempo de sobra! Y por el dinero no será, digo yo. Que las dos sabemos que puedes permitirte pagar 25€ al mes. Te gastas mucho más en clases de inglés o deportes para tus hijas. ¡Y Fernando también va a un gimnasio!
–Lo sé, pero es que él quiere ir. Mírame, Carmela. Inés y tú os estáis tomando una infusión y yo una copa de helado. ¿Para qué quiero ir yo a un gimnasio?
–Para empezar, querida cuñada, porque te lo pido yo como un favor. Si vamos las tres juntas será más divertido. Además, te importa tu peso o, de lo contrario, no te pondrías ropa tan holgada. Eso solo puede ser para “tapar”.
–O para ir cómoda –contesto molesta.
Mientras Carmela y yo discutimos, Inés permanece en un silencio absoluto. Se limita a mover su cabeza de una a otra sin más.
–¿Inés? ¿Qué opinas tú? –le pregunto.
–Creo que nos vendrá bien. Pero…
–¡Ajá! –grito victoriosa–. ¡Hay un pero!
–Ya sabéis que quiero quedarme embarazada y no sé si el deporte puede ser bueno.
–Bueno, no. Mejor –le contesta Carmela.
–¿Estás segura?
–¡Claro que sí! Te ayudará a fortalecer partes de tu cuerpo necesarias. Además, en el momento que quieras puedes dejarlo o pasar a ejercicios más suaves.
–Supongo que es cierto.
Maldición. Inés sonríe y sé que Carmela ha salido victoriosa de esta batalla. Ambas me miran expectantes.
–No puedo creer que seas tan facilona, Inés. Está bien. Nos apuntaremos –cedo al fin.
Carmela lanza un grito de júbilo que hace que varias personas se giren hacia nosotras.
–No te arrepentirás, Helena. Ya verás.
–Ya me estoy arrepintiendo –mascullo rebañando con una fuerza innecesaria mi copa de helado.
Desde que tengo uso de memoria esto ha sido así. Carmela es mi amiga, además de mi cuñada. Siempre es fuerte y toma decisiones sin dudar. Inés es una especie de punto medio, mientras que yo soy la que siempre cede. Levantar la voz, llevar la contraria, o poder dar mi opinión sin estar segura de no quedar en ridículo, me hacen callar muchas veces.
–¡Gracias, Helena!
Sí, sí, gracias, pero la he cagado. ¿Quién quiere hacer deporte y sudar? Miro mi copa de helado. Ya está vacía y de pronto, sin saber por qué, siento deseos de llorar. Imagino que de pura frustración. También siento deseos de pedir otra copa de helado extra.
Pero mi mente se distrae. Una música suave, melodiosa, comienza a escucharse en cierta forma… lejana, pero a la vez, como si con suavidad me envolviese. Es como la melodía que me pareció escuchar en casa antes de salir. Sin darme cuenta, empiezo a mecerme con ella. Es hermosa y me hace sentir muy bien. Cierro los ojos por un momento, solo un instante, y me parece sentir una tibieza en mi hombro, como si alguien me rozase, así que abro los ojos de inmediato. Asombrada observo que Inés y Carmela siguen hablando sin parar y la música ya no se escucha.
–¿Qué ha pasado con la música?
–¿Qué música? ¿Ves, cuñada? ¡Necesitas deporte! Ya escuchas en el silencio –me dice sonriendo.
Pero yo he escuchado una música suave.
–Ahora solo nos queda marcharnos a casa a ponernos guapas. ¡Esta noche retrocedemos en el tiempo hasta el mercado medieval!
–Esto…, chicas…, tengo algo que deciros.
–¿No irás a echarte atrás, verdad? –me pregunta Inés.
–No. Pero tal vez vaya acompañada con mis hijas. Fernando tiene una reunión de negocios muy importante y puede regresar tarde.
–Eso no es problema. Iremos todas. Cinco buscadoras de secretos.
–Ay, Carmela. Tú y tu imaginación desbordante.
–La vida hay que tomarla así, como una aventura. De lo contrario, un día puedes levantarte sintiéndote apartada de todo.
Ha intentado que su tono sea normal, pero a mí no me engaña. Esa actitud no es propia de ella.
–¿A las ocho entonces? –pregunta Inés.
–A las ocho menos cuarto te recojo en tu casa y pasamos por Helena y las niñas. ¿Es buena hora, Helena?
–Sí. Para esa hora ya habrán terminado los deberes y eso.
–Hasta luego entonces, chicas. ¡Estoy impaciente por que empecemos a ponernos en forma! –vuelve a insistir Carmela.
–Sí, yo también –le contesto irónica.
A pesar de que Carmela ha intentado animarse en el último instante, sé que algo no va bien. Supongo que habré de esperar para conocer la respuesta.
De repente soy consciente de la hora. He de recoger a mis hijas del colegio y del instituto. Miro mi reloj de pulsera y veo que ya son las dos. Tengo menos de quince minutos para llegar al primer punto de encuentro, y a veces el tráfico se vuelve imposible.
–Chicas, tengo que irme.
–¿Te dará tiempo a todo? ¿Quieres que recoja yo a alguna de las chicas? –me pregunta Inés.
–No, gracias, pero tengo que irme ya.
–Vale, nos vemos luego.
Inés se sube a su pequeño Nissan Micra de color marfil. Es tan amable y cariñosa que no entiendo cómo la madre naturaleza no la ha bendecido ya con lo que más desea en este mundo: ser madre.
Ella y Marcos llevan ya casi quince años de matrimonio y siguen sin tener descendencia. Mi amiga intenta aparentar normalidad, pero yo sé que está agobiada, cada vez más. Tanto ella como Marcos son profesores, y concretamente Inés, ejerce en la actualidad como profesora del primer ciclo de preescolar. Chicos de tres años. Con sus caritas sonrientes, sus comentarios graciosos y sus mentes de ángel.
Carmela y yo subimos al coche. Voy a dejar a mi cuñada en el taller. Al parecer, Ángel le está haciendo una puesta a punto a su coche. Ello me da la oportunidad perfecta.
–Carmela, me gustaría que fueras sincera conmigo. ¿Qué te pasa?
–¿A mí? Nada.
–Carmela… –insisto.
–No me pasa nada, Helena. ¿Por qué piensas que ocurre algo? ¿Por lo del gimnasio?
–Por tus ojos. Por tus frases a medias, por tu insistencia casi enfermiza con lo de inscribirnos en el gimnasio, y porque te estás comiendo las uñas camino del taller.
–¡Joder, Helena! ¿Por qué eres tan condenadamente intuitiva?
–Mamá naturaleza, que me dio esta percepción –bromeo–. Cuéntame.
–No es nada relevante. Es solo que últimamente Ángel está raro. Le noto preocupado, nervioso, ausente. Cuando le pregunto qué le ocurre me dice que nada, pero sé que oculta algo. Pensé que podía ser algo relacionado con el trabajo, pero… él insiste en que todo va bien.
–¿Desde cuándo le notas así?
–Desde hace casi cinco meses.
–Y los chicos, ¿han notado algo?
–Si lo han hecho, no me han dicho nada. Ya sabes que yo no tengo esa comunicación que tú tienes con las chicas.
–¿Yo? Se llevan genial con Fernando. Yo soy más bien la mamá quita problemas.
–Eso no es cierto y lo sabes. Te quieren con locura.
–Y me vuelven loca en igual proporción. Pero no me cambies de tema, listilla. ¿Qué más has notado?
–Está muy distante.
De pronto calla y noto que duda si continuar con su revelación o no. Veo cómo se estruja las manos y se muerde el labio. Mi inamovible amiga Carmela, ¿nerviosa? Ahora sí que estoy segura que ocurre algo importante.
–El otro día salí de la ducha con un conjunto de encaje morado transparente, muy, muy sugerente y él ni lo notó.
–Por favor, Carmela. ¿Después de tantos años? Estaría cansado o no se daría cuenta de que era nuevo.
–Créeme, Helena. Él siempre se da cuenta de esas cosas. Te lo aseguro.
Ante esta confesión no sé qué decir. Tampoco es tan raro que tu marido no se fije en la lencería nueva. Fernando nunca lo hace. Pero es normal, la rutina del día a día, el trabajo, las niñas…
–No creo que estés así por un conjunto de lencería.
Ella sigue hablando como si no hubiese escuchado mi comentario. Su vista parece fijarse en un punto concreto en el horizonte.
–Antes hacíamos mucho el amor –me dice de repente mirándome de forma fija.
–Carmela, tesoro, lleváis veintisiete años casados. Es normal que la cosa haya caído un poco, no le des más importancia.
–No soy tonta, Helena. Hace ya bastante tiempo que pasamos de follar como conejos a hacerlo diez o doce veces por semana y después a tres o cuatro. Lo normal.
Ay, madre. ¿Se estará burlando de mí? ¿Después de veintisiete años juntos me está hablando de hacer el amor tres o cuatro veces a la semana?
–Ahora, solo una vez a la semana. Con suerte, a veces dos. El ritmo ha bajado, ¿no crees?
–Pero, ¡es normal con el tiempo! Quiero decir, yo veo cómo os miráis y él te quiere.
–Lo sé. Pero también sé que me oculta algo.
De pronto empieza a sonreír y me doy cuenta de que su mente está a años luz.
–Cuando Ángel y yo nos conocimos, yo ya había tenido un novio antes. ¿Recuerdas? Andrés se llamaba. Tuve mala suerte con él. Era algo violento.
–Jamás me contaste nada de eso.
–Quedó en el pasado. Ángel me conoció un día que yo corría con un ojo poniéndose morado por la calle. No dijo nada. Nos conocíamos del instituto, pero nunca habíamos tenido contacto. Se quitó su chaqueta, me la colocó por encima y me llevó a casa. Al día siguiente, mi ex novio desde la noche anterior, no asistió a clases. Al cabo de tres días se presentó con el rostro lleno de moratones. Alegó que había tenido un accidente, pero yo había visto los nudillos de Ángel.
–Eso sí lo recuerdo. Te pregunté qué le había pasado a Andrés y me dijiste que ni lo sabías ni te importaba.
Es curioso. Había olvidado todo aquello. Ya estamos llegando al taller y no quiero detener esta conversación, pero tampoco puedo entretenerme mucho o llegaré tarde a recoger a mi hija. Carmela no se da cuenta y sigue con su historia. Parece que he abierto la caja de Pandora.
–Empecé a salir con Ángel y descubrí lo que es enamorarse y el verdadero deseo. La pasión en mayúsculas. ¿Sabes lo que es temblar como una gelatina solo de pensar en él? O mejor aún, mojarse las bragas solo de ver cómo me comía con los ojos…
–Tampoco hace falta entrar en detalles... hay algunos detalles que prefiero no saberlos.
Mi cuñada sonríe.
–Ay, Helena, tú como siempre. Si no fuese por tus dos hijas, hay veces que pensaría que eres virgen. Hasta te has puesto colorada –me dice tiernamente.
–No es eso, es que es algo muy íntimo.
–Con Ángel todo era intenso. Y muy frecuente. Ambos disfrutamos del sexo. Y lo seguimos haciendo. Sí es cierto que con el tiempo la frecuencia disminuye, pero la calidad… nos conocemos mejor y eso se nota.
–Sí, en eso te doy la razón.
Mejor le sigo la corriente, porque si mi cuñada supiese la frecuencia con la que Fernando y yo hacemos el amor… o tal vez deba decírselo. Así se quedará más tranquila.
–Hasta haciendo el amor está diferente.
El taller ya aparece ante nuestros ojos. Me gustaría entrar y saludar a Fernando, pero he venido muy despacio todo el camino para darle tiempo a Carmela a hablar y se me ha hecho muy tarde.
–Carmela, sé que tu marido está loco por ti. Te contará lo que le pasa, ya lo verás.
–Eso espero, Helena. Porque yo ya tengo una ligera sospecha.
–¿Sospecha? Explícate –le pregunto mientras aparco frente a la puerta del taller y veo a Ángel a través de la gran puerta corredera.
Él también me ha visto a mí y levanta una gran mano cubierta de grasa al aire a modo de saludo. Una gran mano, sí. Mi cuñado es un tío “grande”. Debe medir un metro noventa y algo y no está delgado. Hace un amago de sonrisa, pero no le sale bien. Ahora soy yo la que, después de la conversación, me quedo un poco pasmada. Además, al contrario que otras veces, no ha salido fuera del taller. Como si eludiese mi mirada.
Miro a Carmela y me doy cuenta de que su mirada, fija en él, se humedece y me mira a mí. Le tiembla un poco la voz al hablar.
–Helena, creo que Ángel tiene una amante.
– 7 –
Menudo espectáculo nos esperaba cuando llegamos a la Plaza Mayor. Multitud de colores, olores, sensaciones, sentidos a flor de piel. El tiempo ha retrocedido varios siglos y aquí, mis amigas, mis hijas y yo, empezamos nuestra aventura nocturna.
Fernando no ha llegado a tiempo. Reconozco que me ha molestado. Me gusta ir con mis hijas, pero lo admito, me hubiera gustado haber venido esta noche sola con las chicas. Una noche de chicas. Sin horarios de regreso. Curiosear el lugar, pasear, hacer compras, bromas de adultos y sentarnos en uno de estos tenderetes improvisados y magníficos a degustar estas exóticas viandas. Y quizás, a partir de alguna hora determinada, Carmela y yo podríamos regresar juntas y continuar nuestra conversación.
Ninguna de mis dos hijas ha manifestado un gran interés en venir al mercado medieval. Si bien Maia dice que resulta curioso y muestra el interés propio de una niña, en el caso de Selena, su bello rostro muestra tal incomodidad y escepticismo que me agota el entusiasmo.
Miro alrededor e intento captar todos los detalles, hasta los más pequeños. La Plaza Mayor se ha transformado de forma espectacular. Es un lugar muy amplio, con mucho espacio y muchas posibilidades. Se trata de una plaza de origen románico, con una protagonista indudable: la pequeña catedral que se levanta como un gigante de piedra, contrastando con el cielo. El espacio se cierra, por así decirlo, con una especie de claustro como el de los monasterios románicos, incluyendo en el centro de la plaza una gran fuente.
La piedra es, sin lugar a dudas, la protagonista, ella y el agua que surge con fuerza de los cuatro caños que tiene la fuente circular. Ya es de noche y la luna también quiere ser importante, así que esta noche luce hermosa y llena, en el negro cielo, con su séquito de estrellas. Toda la plaza está repleta de carpas de colores colocadas para la ocasión. Multitud de carpas cuadradas y redondas de intensos colores, con techos acabados en punta y doble colorido alternando burdeos y ocre. Estandartes, guirnaldas, banderillas… Olor a asado y algo más, una especie de esencia de flores, incienso, plantas aromáticas…
En una sección de la plaza han colocado carpas a modo de tiendas. En ellas se pueden observar cómo distintos objetos curiosos se mezclan con los habituales, todos expuestos a la venta.
Por otra parte, se distinguen una serie de carpas más grandes que actúan como improvisados bares. En estos han colocado toneles a modo de mesas y grandes candelabros y jarras de barro llenan el lugar.
Me muero de curiosidad por entrar ya y ver qué hay más al fondo, cuando de repente veo marchar a un grupo de caballeros con sus cotas de malla y sus cascos. Pobres, estos deben estar pasando bastante calor.
–¡Qué maravilla! ¿Verdad chicas? –les pregunto a mis hijas con evidente intención de animarlas–. Por algún motivo, me siento viva de pronto, entusiasta, con ganas de explorar todo.
–No está mal –contesta Selena en un tono que me hace ver cómo mis ganas de explorar todo se van llorando de aquí.
–Mami, no he terminado todos los deberes –me aclara Maia.
¡Viva el espíritu aventurero de mis hijas!
Carmela me mira y en sus ojos puedo leer con claridad “Fernando se ha vuelto a salir con la suya”. Inés, sin embargo, mira para todos lados alucinada, y creo que es ajena al poco entusiasmo de mis hijas.
Una brisa fresca sopla y noto una pequeña caricia en el brazo, como un leve roce del viento y percibo un dulce aroma a rosas. La brisa aumenta y me siento positiva de nuevo. A mis ojos, todo alcanza una nueva dimensión. Me giro y veo a una joven disfrazada de la época, con su larga cabellera cobriza y rizada ondeando al viento. Ella parece intuir mi mirada y se vuelve hacia mí, sonriendo. En su brazo derecho lleva un canasto de mimbre repleto de flores. De pronto, es como si el tiempo se detuviese. El olor a rosas se intensifica y en el ambiente hay algo que no puedo describir. Me siento… acalorada. Es como si toda yo quisiese danzar como la actriz que acabo de ver con su cesto de flores. Elevar los brazos y girar y girar, cosa imposible en alguien tan aburridísima como yo. Me quedo como hipnotizada y Maia me saca de mi ensoñación.
–Mamá, podríamos comprar alguna chuchería de aquel puesto –me dice señalando uno de los tenderetes.
–Claro, cariño – me giro buscando a la joven actriz, pero ha desaparecido, al igual que esa sensación de euforia, así que vuelco mi atención en mis hijas–. Pero primero quiero mostraros algo. Mirad al frente, ¿qué veis?
–La plaza del pueblo llena de guirnaldas –me contesta Selena de mal humor.
Me acerco a mi hija mayor y tomo su rostro en mis manos mientras le sonrío con dulzura.
–Respuesta equivocada, mi cielo. No son guirnaldas normales, son guirnaldas mágicas. Cerrad los ojos.
–¡Mamá! –protesta Selena–. ¡Ya no soy una niña! ¡Me estás avergonzando!
–Cerrad los ojos y prestadme atención y os prometo llevaros al concierto ese que tanto nombráis.
¡Ah, palabras mágicas! Sonriente, observo cómo mis dos hijas han cerrado los ojos de forma rápida y efectiva. Maia en concreto parece que no puede apretar más las pestañas.
–Cuando cuente hasta tres abriréis bien los ojos y volveréis a mirar. Y esta vez, quiero que soñéis.
Tras la cuenta atrás, ambas abren los ojos y miran alrededor. Antes de que les dé tiempo a hablar, yo comienzo a susurrarles.
–¿Qué veis ahora?
–Mucha luz –dice Maia–. Hay colores vivos por todos lados.
–Y huele bien –añade Selena–. Me está entrando hambre.
–Es bonito –continúa Maia–. ¡Hay libros!
Ahora suena en verdad entusiasmada.
–¡Y pociones! –Añade Selena.
–¿Podemos ir, mamá? ¿Podemos? –pregunta Maia.
–Por supuesto, gráciles damiselas. Pero quiero que tengáis claro que nos reuniremos en la fuente mágica dentro de media hora.
–¡Chachi! –grita Maia.
Ambas salen corriendo y es entonces cuando me percato de la cara de asombro de Carmela e Inés.
–¿Qué ha ocurrido aquí, Houdini? ¿Qué has hecho con mi amiga? –pregunta Carmela.
–Oh, es un viejo juego que practicamos de vez en cuando. Se trata de cerrar los ojos y, por un instante, intentar ver a través de los ojos de los demás. Intentar cambiar a lo positivo e imaginar justo lo que queremos ver. A veces, nos sale tan bien, que realmente ese “algo” aparece, como esta noche, con los libros y las pociones.
–Eres una madraza –me dice Inés.
–Soy una superviviente de los agobios de la adolescencia y las inquietudes de la niñez –le sonrío yo.
–Pues te ha salido genial. Anda, vamos a dar una vuelta, estoy muy intrigada con todo esto –me dice Inés.
Divertidas pasamos entre un grupo que escucha a un juglar, mientras una serie de doncellas ataviadas con sus ropas de época y delantales de colores diversos pasean entre la gente ofreciéndoles distintos productos para que puedan probar. Tipos de chacina, queso, incluso una pequeña cata de algunos tipos de licor.
Recuerdo a la joven de las flores. Espero volver a verla y así poder comprarle un ramillete o algún tipo de perfume si es que los lleva. Aún tengo impregnado el exquisito aroma a rosas que dejó tras ella al pasar junto a nosotras
Una joven hada risueña se planta ante nosotras y nos ofrece un folleto. Nos invita a participar en las artes de cetrería y observar en primera fila las batallas entre caballeros. El mercado medieval se va a llevar a cabo durante todo el fin de semana, y mañana sábado, comenzará la jornada con un torneo. Finalizará el domingo con unos espectaculares juegos artificiales.
Un grito llama mi atención y al girarme veo que se trata de un pequeño que se lo está pasando en grande en una colchoneta con forma de castillo que han preparado en otra sección de la plaza, donde también hay jóvenes pintando las caras a los chiquillos y colocándoles hadas a unos y verrugas a otros.
–Mira Inés, un puesto de jabones y perfumes –exclama Carmela.
Inés es la “coqueta” del grupo. No puede resistirse a los perfumes. Yo por mi parte, voy a ir encantada. Justo al lado hay un tenderete de velas, especias y plantas aromáticas.
De repente suena el teléfono. Se trata de Fernando. Perfecto, así podrá venir y pasaremos un rato todos juntos.
–¡Hola, Fernando! –respondo animada.
–Hola, Helena, solo quería decirte que voy a llegar más tarde de lo que creía. Esto se ha complicado un poco.
–Fernando, ¿sabes qué hora es?
–Pues sobre las siete o así supongo, a ver… ¡Cielos, Helena! ¡Lo siento! ¡Ya son las diez!
–¿Dónde estás?
–Sigo aquí con los chicos. La reunión ha ido bien, tanto que quieren un plan de viabilidad para ampliar la empresa. Acabo de pedir pizzas para cenar aquí. Lo siento, Helena, de veras. Por cierto, ¿qué es todo ese ruido? ¿Música celta?
–Sí. Estoy en el mercado medieval.
–¿Con las niñas?
–Pues claro, con ellas, con Carmela y con Inés. ¿Está Ángel contigo?
–No. ¿Por qué?
–Por nada, curiosidad –intento disimular–. Por un momento me ilusioné con que pudieseis venir y pasar una noche todos juntos.
–Cuando todo este nuevo plan acabe te compensaré, te lo prometo.
–No te preocupes Fernando. No trabajes hasta muy tarde.
–Pásalo bien.
Fin de la conversación. ¿Y por qué le he preguntado por Ángel? Supongo que porque por mucho que haya intentado convencer a Carmela de que sus suposiciones referentes a que él esté viviendo una aventura son totalmente infundadas, ha sembrado la duda en una parte de mí.
Levanto la mirada y observo que mi cuñada me mira atenta. Parece que ha leído mi pensamiento. Me siento fatal. Así que me voy para ella, la cojo del brazo y le hago una proposición indecente.
–¿Qué tal si hacemos unas compras y luego nos sentamos a esperar a las niñas en la posada que hay junto a la fuente? Si estamos en la Edad Media, hoy todas bebemos vino. ¿Qué os parece?
Carmela me mira. Me sonríe con los labios, pero su sonrisa no llega a sus ojos.
–Bien. Estoy de acuerdo.
–¡Mamá, mamá! –una sonriente Maia viene hacia mí con tres libros bajo el brazo y al verla, no puedo evitar sonreír. Ha heredado mi amor por la lectura–. ¿Puedo ir con Selena a pintarnos las caras? Ella está allí, hablando con aquél chico –añade señalando a su hermana.
Una especie de pellizco se me coge en el estómago. En efecto, allí está, hablando con un muchacho pelirrojo. Él le muestra una especie de colgante y ella lo mira embelesada, y no me refiero al colgante.
–¿Quién es él, Maia?
–Un compañero de su clase. Se llama Peter.
–¿Peter? Será Pedro –pregunta Carmela.
–Es que su madre es inglesa y su padre español.
¿Mi hija está flirteando? Porque eso es lo que parece desde aquí. De pronto me siento rara. ¿Mayor? La vida corre demasiado, el tiempo pasa rápido. Casi no te das cuenta.
Una nueva brisa vuelve a soplar y de nuevo huelo a rosas. Maia ya se dirige al puesto de colgantes. Oh, no. No quiero que su hermana piense que la estamos espiando. Corro tras ella y sin darme cuenta tropiezo fuertemente con alguien alto, quedando mi cara justo delante de su pecho. Juraría que he rebotado, no estoy segura, pues me siento algo aturdida. Él ha parecido notarlo, ya que durante un instante me sujeta entre sus brazos para impedir que caiga.
Ruborizada me disculpo y me dispongo a soltarme. Noto una ligera resistencia por su parte, aunque imagino que son imaginaciones mías. Al levantar la vista veo a un hombre con el pelo largo que le llega casi a los hombros y tan negro como la noche, salvo en sus sienes, donde aparece plateado. Sus ojos… son de un color grisáceo. Me sonríe y sin pretenderlo, me llevo la mano a la boca del estómago. Casi escucho mi corazón golpear contra mi pecho. Siento algo… inexplicable. Es como si acabase de encontrar… ¿de encontrarme? Todo se detiene tan solo un instante en que el olor a rosas regresa y los ojos de ese hombre es todo lo que existe en mi mundo. No puedo dejar de mirarle a los ojos, con tal intensidad, que temo sentir vértigo. La algarabía de antes queda silenciada y tan solo se escucha un ligero sonido tenue y armonioso. Una música celestial. ¿Arpa? ¿Violín?
Una sensación realmente agradable y de bienestar se instaura en mí y el extraño susurra levemente en mi oído… “lira”.
¿Lira?
–Ha llegado el momento –me susurra con esa voz que mece mis sentidos.
–Lo siento, iba distraída –le digo aturdida, intentando comprender qué efectos me provoca y el significado de sus palabras.
Él no contesta, solo sonríe y después me suelta. ¿Por qué me suelta? Es como si de nuevo pudiese perderme.
Siento algo en mi cabello, como una suave caricia. De pronto, es como si el ruido volviese y soy consciente de donde estoy. Desvío la mirada un segundo para ver si veo a Maia, que ya ha llegado donde está Selena. Y es como si una fuerza invisible me rodease y me hiciese girar de pronto. El extraño… me vuelvo hacia él de nuevo… pero no hay nadie.
Durante un instante, siento que estoy fuera de lugar, que no pertenezco a este sitio. Busco con la mirada esos ojos que me han abandonado, que me han dejado de nuevo…
El gentío, los disfraces, los ruidos, yo solo busco una explanada bajo un gran roble gigantesco con hojas… ¿azules?
¿Cómo es posible sentir esto que estoy sintiendo? ¿He perdido la razón? Es como si todo se hubiese detenido. Como si solo yo tuviese movimiento y busco con desesperación si él también se mueve. Si está cerca. Tiene que estar por aquí. ¿Quién será? ¿Por qué me ha mirado así? Tengo la sensación de conocerle. Sus ojos, conozco esos ojos. Estoy segura de ello. Esos ojos que se han ido sin más.
Miro a Inés y Carmela que me miran embobadas, mientras yo solo puedo sentir un vacío inmenso, como si me hubiesen arrebatado una parte de mí misma.
–¡¿Qué?!
Inés se acerca a mí y coge algo de mi pelo. Luego me lo da. Yo la miro interrogativamente y ella asiente. Deduzco que ese hombre misterioso la ha puesto ahí. ¿Pero cómo? No he notado nada. ¿Cómo no he podido notar cómo alguien me enganchaba en el pelo una hermosa rosa roja con casi veinte centímetros de tallo?
Un escalofrío me recorre, pero no es algo desagradable, al contrario, por primera vez desde hace mucho tiempo noto algo “especial”, cálido. Ahora soy yo la que observa a su alrededor y todo parece más hermoso. Los colores, e incluso olores, son más intensos, más vivos, más reales, y el viento... ¿Puede susurrar el viento?
– 8 –
Pienso en tirar la flor, pero no puedo. Es como si me hubiese quedado pegado a ella de por vida. Es como si teniéndola entre mis manos, nada pudiese dañarme, ni siquiera las burlas de Inés y Carmela, o el enfado de Selena al ver a Maia acercarse y a mí observarla.
Peter se marchó al sentirse observado y eso no nos ha ayudado mucho tampoco.
Y yo me siento triste. Echo de menos a Fernando y no quiero que ningún desconocido me regale una rosa, quiero que mi marido venga y pasee conmigo y nuestras hijas. Así que me llevaré esta rosa y pondré a Fernando muy celoso.
–¡Vamos a comer! –en los últimos años lo soluciono todo comiendo–. Tengo hambre.
–¿Podemos irnos ya, mamá? –me pregunta Selena.
¿Ya? ¡Qué pena! No me ha dado tiempo a comprar velas. Y me hubiese gustado comprar algún colgante o pulsera para las niñas.
–¿Mamá? ¿Tía? –Escucho la voz de mi sobrino tras nosotras.
–¿José? No sabía qué ibas a venir. ¿Tú en un mercado medieval? Se alegra Carmela.
–Ya ves. Hola, Inés. ¡Hola, tía! Las tres mosqueteras, ¿eh? Y vosotras qué, ¿os lo pasáis bien? –les pregunta a mis hijas.
–Estupendamente –contesta irónica Selena.
–Pues yo estoy bien –dice Maia–. ¡Hola, primo!
–¡Hola, enana!
Mi sobrino José es el mayor de los tres hijos de Ángel y Carmela. Un joven de veinticinco años, encantador y poseedor de un sentido del humor extraordinario. Veinticinco años, pues sí que pasa rápido el tiempo. Tengo dos sobrinos más, Julián, de veintidós, y María, de dieciocho. María es mi salvadora en más de una ocasión con Selena.
–¿Queréis venir conmigo? –les pregunta José.
–¿A dónde? –pregunta Maia.
–A casa. El nuevo novio de María, ya sabes, ese chico que ha venido hace poco, el que tiene una madre extranjera, nos invita a todos a pizza esta noche. Vamos a ver una peli. Algo juvenil, que papá está en casa –añade con tono tranquilizador mirándonos a Carmela y a mí–. Nos ha dado permiso para celebrar una mini fiesta improvisada en el garaje. Por cierto, el novio de mi hermana va a traer a su hermano, creo que está en tu clase prima. ¿Peter se llama?
Selena se ha puesto nerviosa de pura expectación, mientras, Maia va a protestar, lo sé, lo noto en su mirada. Así que ataco. Creo que le debo una a mi hija mayor.
–Y tú podrías terminar los deberes, Maia, y comer pizza en lugar de pollo. Yo aceptaría. ¿Verdad, José?
Mi sobrino sonríe. Está claro que la invitación no es atractiva para Maia, pero aun así la convence.
–A mi hermano le encantará ayudarte, ya sabes que quiere ser profe de mayor –le dice guiñándole un ojo.
–¿Qué dices tú, Selena? –pregunta Carmela.
–Me parece bien.
Cómo no le va a parecer bien, si Peter entra en el lote. Mi sobrino se acerca a mí y me aparta un poco del grupo.
–Pasadlo bien tía. Te mereces salir de vez en cuando, y ya de paso, ayuda a mi madre. Sé que le pasa algo. No quiere contármelo, pero está triste.
–Eres un buen hijo. Solo está con la crisis de los cuarenta algo atrasada –bromeo quitándole importancia. Al parecer, sí que han notado algo mis sobrinos, al menos José.
–Sí, claro –responde para nada convencido–. Anda tía, dame un beso y no te preocupes por las primas. Recógelas cuando quieras, no hay prisa. Es más, déjalas a dormir si quieres.
–Eres un encanto, sobrino.
–Emborracha a mi madre esta noche, anda, a ver si la escucho reírse un poco. ¡Venga chicas! ¡Vamos a disfrutar de una peli y pizza!
Selena se acerca a mí y me da un beso en la mejilla.
–Gracias, mamá. Esto es un poco rollo.
–Tranquila, mi vida. Pásalo bien con los primos.
Es la primera vez en toda la noche que he visto sonreír a Selena de veras. Mi niñita está ilusionada con un chico. ¿Cómo es posible? Se hace mayor y ni siquiera me ha avisado de que tenía pensado crecer tan rápido.
Un zumbido persistente hace vibrar mi móvil y durante un instante lo miro. Igual es Fernando que ha cambiado de opinión. Tomo el móvil casi con necesidad y veo un mensaje de número desconocido. “Él no está trabajando. Una mujer como tú no merece que la engañen”.
Siento una sensación de vértigo, un ligero zumbido en los oídos. ¿Quién? ¿Qué? Debe ser una broma o alguien se habrá confundido de número.
–Mami, ¿puedo quedarme a dormir con los primos? ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo? –pregunta Maia.
Durante un instante la miro casi sin reconocer a mi propia hija. Trago saliva y respiro. Seguro que todo es un malentendido.
–Puedes tesoro. Dame un beso y pórtate bien –le digo intentando parecer normal.
–Hasta mañana, entonces –nos dice José despidiéndose de nosotras.
–¡Bueno chicas! ¡Vamos ahora a ver esos perfumes! Seguro que hay alguno afrodisiaco –nos dice Inés entre risas.
Juntas nos acercamos al tenderete de los perfumes y jabones. Mmm, cómo huele aquí. Qué maravilla. Justo al lado, hay una carpa con accesorios y complementos. Voy a comprar unas pulseras a mis hijas. Pero antes tomo el teléfono y marco el número de Fernando, porque para qué mentirme a mí misma. Ese mensaje me ha dejado mal cuerpo.
–¿Sí? –Se escucha mucho ruido.
–Fernando, perdona que te llame, es que las niñas se van a pasar la noche con Carmela, solo quería decírtelo. Se escucha mucho ruido, ¿no?
–Sí, Helena. Estamos probando las rotativas. Espera un segundo… ¡Joaquín para las máquinas un momento! Perdona, Helena, es que tengo mucho jaleo, lo siento.
–No, no, tranquilo. No llegues tarde, ¿vale? Recuerda que tendremos la casa para nosotros solos –añado imprimiendo a mi voz un tono seductor.
–Haré lo que pueda. Diviértete.
Está trabajando. ¿Pero qué me pasa? ¿Paranoia? ¡Venga, a divertirse! Ahora sí, me voy con una gran sonrisa para el puesto de complementos.
–Hola –me dirijo a la dependienta.
–Hola, señora ¿en qué puedo ayudarla?
–Pues, no sé. Quería comprar unas pulseras. Éstas de aquí son muy bonitas. ¿Son piedras?
–Así es. Son piedras con propiedades. Éstas de cuarzo rosa, son un amuleto para el amor. Éstas de ámbar, dan suerte y protección, y éstas de granate dan fuerza y energía sexual.
–¿Alguien ha dicho energía sexual? Yo quiero dos de ésas –interviene Inés.
–Yo quiero dos de ámbar –le digo yo.
–Venga chicas, ¿no creeréis en eso de las propiedades? –nos inquiere Carmela.
–¿Y por qué no? –le rebate Inés.
–Oh, chicas. Compremos las pulseras y vayamos a la posada. Invito a la primera ronda.
–¡Hecho! –contestan las dos a la vez.
Mientras la dependienta está metiendo las pulseras en unos simpáticos saquitos de tela, algo llama mi atención. Es uno de los colgantes que hay en el tenderete. Casi es imperceptible desde donde nosotras estamos, pero la brisa de la noche lo ha puesto en movimiento y ha lanzado un pequeño brillo plateado.
No puedo apartar los ojos de él y la muchacha me informa.
–¿Le gusta? Es un amuleto de la suerte –me dice.
–Oh, por favor –farfulla Carmela.
Pero yo no las escucho a ninguna. Me siento muy atraída por ese amuleto y lo acaricio. Cuando me doy cuenta lo tengo en la mano. Se trata de una pequeña estrella de mar. Está sujeta con un cordón de cuero y yo acaricio mi cuello desnudo, como si me faltase algo.
–¿Eso? Hay otros más bonitos, mira ese de ahí –me dice Carmela señalando un hermoso aro con inscripciones.
–Este –nos explica la muchacha señalando el que le ha gustado a mi cuñada– es un amuleto griego del siglo III a. de C. Es una especie de tabla de predicción de la fortuna.
–¡Oh, venga ya! –vuelve a exclamar Carmela.
Yo sigo con mi pequeña estrella en la mano, al mismo tiempo que vuelvo a sentir ese pequeño regocijo en la boca de mi estómago, como cuando tropecé antes con aquel desconocido. Es como si no fuese la primera vez que esta estrella estuviese en mis manos.
–Quiero este –le digo segura.
–Buena elección sin duda. Casualmente, también es un amuleto griego. Es una estrella de mar. Dice la leyenda que un joven pescador de Creta penaba de amor por una chica que era pretendida por otro hombre rico. La chica dudaba, porque el pescador era dulce y amoroso, pero no podía darle la seguridad que le daría el otro pretendiente. El pescador pidió ayuda a Poseidón, el rey del mar. Este, se apiadó del muchacho y apagó las estrellas del cielo e hizo que cayesen al fondo del mar en forma de estrellitas como ésta. Poseidón se las regaló al pescador y él, a su vez, se las entregó a la chica que las aceptó encantada, al igual que también aceptó al pescador. Por todo ello, la leyenda dice que las estrellas de mar son un regalo de los dioses.
–Qué historia más bonita – suspira Inés.
–Sí. La estrella de mar tiene cinco brazos, como las cinco puntas de un pentagrama, uno natural otorgado por la naturaleza. Por ello, te otorgará suerte en lo que te propongas, será tu tótem para iniciar cualquier nuevo proyecto en tu vida. Aunque esta tiene una punta un poquito más corta. Puedo cambiarlo por otro si quiere.
–No, es perfecto, gracias –le digo como en trance.
–Oh, ya está bien. Yo la pagaré. Considéralo un regalo de parte de tu cuñada, para que el proyecto del gimnasio te vaya bien –me dice Carmela.
–¿Quieres tú otra? –le pregunto suave.
–No. Es tu amuleto. Te ha seducido nada más verlo.
Y así ha sido. Lo anudo a mi cuello y me siento bien. No puedo dejar de tocarlo. Es algo rugoso y me encanta su tacto.
–Oh, Helena. Se te ve radiante –me dice Inés.
De nuevo el olor a rosas. Y la joven. Ahí está.
–¡Eh, espera! ¡Quiero comprarte flores! –le grito a la vez que me dirijo hacia ella.
Mis amigas me miran como si me hubiese vuelto loca, pero yo las ignoro y sigo a la muchacha, sin saber bien por qué. Casi la he alcanzado cuando gira y no está. ¿Dónde se ha metido? Carmela e Inés me siguen de cerca.
–Helena, esta noche estás de lo más rara. Créeme –me dice Carmela.
Pero no les hago caso. Sigo buscando a la chica casi con desesperación. Necesito hablar con ella.
–Chicas, mirad –de repente, la exclamación de Inés capta mi atención, haciendo que olvide por un instante a la joven.
Ante nosotras hay una carpa morada. La parte de arriba está llena de estrellas y tiene un gran letrero en la entrada. “Oráculo de Delfos”.
–¡Vamos a entrar! –nos dice Inés entusiasmada.
–Inés, por el nombre debe ser algo de adivinación. Venga ya, ¿no querrás entrar ahí de verdad?
–Sí, por favor. Helena, tú has tenido tu momento con la estrella esa y yo quiero entrar aquí. Por favor.
Carmela y yo nos miramos. No creo que sea una buena idea. Estoy segura de que quiere preguntar acerca de su maternidad, pero el rostro de Inés nos está suplicando apoyo.
–¡Qué diablos! ¡Venga! ¡Las tres para dentro! –suelta Carmela.
Echo otro vistazo a mi alrededor. Al no encontrar a la chica, finalmente desisto de buscarla, por lo que asiento, aceptando, y entramos.
Realmente, parece que hemos hecho un viaje en el tiempo y estamos en la Edad Media. Qué bien conseguido está todo. Es alucinante. Se me han puesto los vellos de punta. Rara combinación de colores, eso sí. Las paredes son oscuras, tonos rojizos, pero en el centro de la habitación hay una mesa circular con un paño morado, como el exterior de la carpa. Hay cojines por todos lados, como si fuese un palacio árabe. También hay muchas velas, es igualito a esas pelis. Solo falta que salga una bella mujer de larga cabellera, con ojos hipnotizadores, sinuosas curvas y un pañuelo morado en la cabeza junto a millones de pulseras doradas en sus brazos.
–¿Hay alguien ahí? –pregunta Inés.
El suelo está alfombrado, así que pensamos que la propietaria del lugar no nos ha escuchado. Carmela está nerviosa y no deja de dar pequeños saltitos de un pie al otro.
–¿Tres jóvenes en busca de fortuna? –escuchamos una voz con un ligero acento extranjero.
Un ruido suena y tras una cortina de piedrecitas, que ni siquiera habíamos visto, sale una mujer, pero no es precisamente como yo la había imaginado. Se trata de una anciana. Es la mujer con la cara más amable que he visto en mi vida. Sus ojos son claros y transmiten paz. Viste de negro, totalmente. Incluso su pelo, blanco, está cubierto por una especie de gasa negra. No puedo evitar observar que lleva un delantal. También negro. Al igual que sus gruesas medias y sus zapatos. Debe estar pasando calor. Pero ella no muestra incomodidad alguna.
–¿Quién será la primera? –nos pregunta con una voz dulce.
–¡Yo! –nos dice Inés.
–Señora, no quiero ser imprudente, pero si lo ve conveniente, las demás podemos esperar fuera. Solo va a decirle lo bueno que vea, ¿verdad?
Ella sonríe y mira mi colgante de estrella. Luego me mira a los ojos.
–Que os quedéis o no depende de vosotras. Sois amigas, ¿verdad?
–Sí.
–Podéis quedaros, entonces.
Inés se sienta nerviosa, pero expectante. La anciana le pregunta.
–¿Cartas, runas, lectura de manos?
–No sé. Cartas.
Ella sonríe y saca una baraja de cartas. Enciende una vela de color amarillento, que huele a vainilla. La baraja es preciosa. Tiene los bordes dorados y un reverso morado. Las mezcla una y otra vez y termina colocándolas en una hilera.
–Elige tres de ellas. Tómate tu tiempo si lo deseas. Piensa en lo que quieres saber y te diré lo que perciba.
Inés elige tres cartas al azar. Su mano tiembla al cogerlas. La anciana las pone boca arriba y las observa. Creo que a mi amiga le va a dar algo.
–El Colgado…, la Templanza… y la Emperatriz.
Entre carta y carta se toma su tiempo, y el suspense se puede palpar en el ambiente. Incluso mi cuñada contiene la respiración.
–Veo que la vida te pone en este momento a prueba. Hay algo que deseas mucho. Tienes un buen matrimonio y paciencia en la vida, aunque comienzas a desesperar. Te esperan sorpresas. Y esta carta –dice señalando a la Emperatriz– puede significar fecundidad. Vas a ser madre.
Inés no dice nada. Solo llora.
–Gracias –susurra.
–No me las des. Eres tú misma la que has de labrar tu futuro y tu destino. Las cartas solo te muestran una parte del camino. Ello no quiere decir que sea fácil, ni tampoco, que no tengas que realizar tu parte del trabajo.
–De nuevo, gracias.
Inés se levanta y la anciana mira a Carmela. Esta se levanta y se sienta algo reticente en la mesa.
–Esto es voluntario. Noto mucho escepticismo en ti. ¿Estás segura de continuar?
Carmela asiente. También está nerviosa, no deja de entrecruzar las manos, y la anciana repite la operación anterior tras haber barajado muy bien las cartas.
–La Sacerdotisa Invertida…, la Fuerza… y los Enamorados. Sientes rencor por dentro, dudas, obsesión, pero vencerás a la bestia.
–No estoy segura de entender.
–Entenderás –responde la anciana mirándola a los ojos.
–Gracias –responde Carmela un poco dubitativa, separándose de la mesa.
No estoy convencida de que Carmela haya aclarado lo que quería, pero supongo que esto de las cartas no es como poner la tele y ver una película. Hay directrices, pero son interpretables de diversas formas. Una cosa sí me ha gustado. Le ha dicho que vencerá a la bestia. Quien quiera que sea.
Mi turno. Es curioso. Yo no estoy nerviosa. Al fin y al cabo, lo tengo todo. Solo puedo esperar cosas buenas, sobre todo ahora, con mi estrella de la suerte. Tomo asiento y la anciana me mira y observa de nuevo mi amuleto, al igual que la rosa que llevo enganchada ahora en mi pelo. Se concentra mucho, como si al hacerlo, entrase en una especie de trance más profundo.
–El Diablo…, la Muerte… y la Rueda de la Fortuna.
La anciana dice esto y se queda en silencio. ¿El Diablo? ¿La Muerte? Estoy temblando. Miro a la anciana impaciente por escuchar lo que me tiene que decir. Ella se mantiene serena. Levanta su rostro hacia el mío.
–Engaños, cambios, pérdidas…
Yo ya no puedo dejar de temblar. La angustia crece en mí a pasos agigantados. Creí que solo iba a contarnos lo bueno. Mi vida es buena, esto no puede ser cierto…
–Y la Rueda de la Fortuna. Si escuchas a la madre y sigues a la luna, el orden, el universo, el cosmos se abrirá a ti y juntos seréis uno fuerte e invencible. Ya fuiste luchadora antes, hace muchos años, en otra tierra…, donde naciste hermosa y fuerte. No te niegues a ti misma, y los demás no podrán negarte. Sigue tu estrella aunque tengas que ir lejos, muy lejos.
¿Qué? ¿Qué está pasando? Me he quedado sin habla. Tengo frío y una sensación curiosa. Vértigo, incluso náuseas. Engaños, pérdida… ¿ese mensaje?
–Esa carta, la Muerte. ¿Va a morir alguien?
–Esta carta supone cambios, no una muerte como tal. Escucha a tu corazón, sigue tu instinto y recuerda, ayuda a la luna y escucha a la madre.
–Gra… gracias. ¿Cuánto le debemos, señora?
–Nada.
–¿Nada?
–Solo intento ayudar a las almas perdidas. Mi recompensa es su felicidad. –me dice cariñosamente.
No entiendo nada. ¿Qué habrá querido decir con eso? Tal y como pronuncia esas palabras, la anciana suspira, dice que está muy cansada y que debemos marcharnos. Así que nos marchamos. Inés, contenta. Carmela, igual que entró, y yo, angustiada.
Juntas nos dirigimos en silencio a la posada y nos tomamos una jarrita de vino con unas tapitas de queso, cada una sumida en los pensamientos provocados por las palabras de la anciana. “Si escuchas a la madre y sigues a la luna, el orden, el universo, el cosmos se abrirá a ti y juntos seréis uno fuerte e invencible”. ¿Qué significa?
Lo que iba a ser una tarde animada con mis amigas, se ha convertido en toda una velada de misteriosos encuentros. El hombre de la rosa, la joven de las flores, la anciana del Oráculo de Delfos, el mensaje de texto advirtiéndome sobre Fernando… De repente, la ansiedad empieza a apoderarse de mí.
–Chicas, yo he de volver al Oráculo de Delfos. Necesito aclarar lo que me ha dicho esa anciana.
–A mí me ha dicho que seré madre –susurra Inés.
–A mí me ha dejado igual –comenta Carmela.
–Yo necesito volver –les repito.
Mis amigas parecen notar mi nerviosismo y asienten. Las tres nos levantamos, y casi en una especie de levitación llegamos al lugar de antes, pero la carpa no está.
Un agente de seguridad de la zona se acerca a nosotras al ver nuestra incertidumbre.
–¿Puedo ayudarlas en algo, señoras?
–El Oráculo de Delfos que estaba aquí. ¿Qué ha pasado?
–¿Cómo? No, deben estar confundidas. Aquí no había nada.
–Pero… estaba aquí. Era una carpa de adivinación –comenta Inés.
–No se ha incorporado ninguna carpa de adivinación al mercado.
–Pero hemos estado aquí hace solo una hora –insisto.
–No lo tomen a mal señoras, pero vienen de la posada, ¿cierto?
–¿Qué insinúa? –pregunta Carmela aumentando el tono de voz ante nuestra cara atónita.
–Tal vez bebieron de más.
–¡Menuda falta de respeto! –grita mi cuñada.
–Mis disculpas, señoras. Pero en serio, pregunten a quien quieran. Ese Oráculo que ustedes dicen, jamás ha estado aquí.
– 9 –
Qué bien me siento en este lugar. Estoy sentada en la pequeña ladera de un río. Tengo los pies descalzos, sumergidos en el agua, y me siento muy relajada.
Comienzo a balancearlos, adelante y atrás, adelante y atrás. Me fijo en mis uñas. ¿Están pintadas de rosa? No recuerdo desde cuándo no me pinto las uñas de los pies y menos de ese color. Me fijo mejor en ellos. Son bonitos y muy pequeños. ¿Me han encogido los pies? ¿Y las piernas? Ello me da risa y esta sale de mi garganta produciéndome cosquillas y sorprendiéndome. Suena rara. Muy rara. Me pongo de pie y me miro el cuerpo. ¡Soy una niña! Visto un mono vaquero. Me asomo con cuidado al río y miro mi reflejo en el agua. ¡Sí, soy una niña! Llevo unas coletas y unos lazos rojos.
En el reflejo otra persona se une a mí. Es un anciano. Me mira y me sonríe con una ternura increíble.
Entonces empieza a hablarme y no entiendo lo que me dice. Debe ser bonito, porque su rostro es muy amable, pero no puedo entenderlo y me desespero un poco. Entonces resbalo con una de las piedras y a pesar de que el anciano intenta cogerme, termino cayendo al agua. Una especie de murmullo suave roza con suavidad mi oído. Lo último que puedo ver antes de que todo se vuelva oscuro es un extraño cartel de madera con unos símbolos muy raros grabados en él. Una mano fuerte me agarra y tira de mí, mientras yo pataleo. De pronto siento mucho miedo.
Y entonces vuelve la luz al despertarme. Otra vez ese sueño. No es la primera vez que me ocurre, pero sí es cierto que ya hacía tiempo que no lo tenía. Supongo que la anciana me dejó ayer algo preocupada. Cada vez que estoy muy nerviosa, o preocupada, el sueño se repite.
Me siento en la cama y veo que Fernando aún duerme. Miro el despertador de la mesita. Son las ocho. ¡Y hoy es sábado! ¡Las niñas no están! Una idea empieza a germinar en mi mente. Creo que voy a despertar a mi marido y preguntarle qué planes tiene para la próxima hora. ¡Qué puñetas! ¡No le preguntaré nada! ¡Me lo voy a comer para desayunar!
Despacio empiezo a tocarle el hombro. Como no se mueve, empiezo a pasar mi mano por su espalda y sigo descendiendo hasta rozar el borde de sus calzoncillos. Este no se escapa. Anoche, cuando llegué a casa, ya dormía. Oh… anoche…
Al llegar a casa y ver a Fernando dormido sentí mucha pena. Llevaba la rosa de tallo largo que aquel extraño me había regalado sujeta entre los dientes. Yo, que no soy de impulsos. Pero al verlo dormido, sentí algo por dentro que se rompía. Tomé la rosa entre mis manos y pensé convertirla en la víctima de mi pesar, pero, algo en mí no me hizo verla como una planta sin más, sino que aquella emoción tan extraña que sentí con aquél hombre… volví a sentirlo. Sin saber ni cómo, ni por qué, termine buscando una bonita botella de cristal tallado que me regaló mi abuela e introduje la rosa en él.
Después, la puse en un lugar bien visible, para que, cuando mi maridito despertase, fuera lo primero que viese.
Pero está como un tronco. Como un tronco pesado. Y yo aquí, con mi mano surcando el borde de sus calzoncillos mientras empiezo a susurrarle en el oído.
–Fernando, hola, despierta –le digo dándole un pequeño bocado en la oreja y acariciando su pelo.
–¿Hay fuego? –me pregunta adormilado.
–En la casa… no.
–Duerme, Helena. Tengo sueño, ayer trabajé mucho.
–Pero estamos solos…
Un ronquido es la respuesta a mi insinuación. Detengo mi mano y siento el corazón frío.
Me levanto de la cama con lágrimas en los ojos. Igual soy yo, llevo unos días tan rara... Trabaja muchísimo, lo dejaré dormir y tomaré una buena ducha. Muy fría. Las duchas frías son estupendas para la circulación y para la lucha contra la maldita ley de la gravedad con incidencia directa en los pechos. Aunque no voy a negar que en este instante, solo puedo pensar en este sentimiento feo y asqueroso, denominado frustración.
Pero como siempre, me arrepiento, y al final, la ducha es tibia, como las lágrimas que no sé por qué han empezado a salir solas.
Bajo las escaleras y me dirijo a la cocina. Necesito un café. Me he visto muy pálida en el espejo del baño. Con ese gran sentimiento de pena, me dirijo al armario de la cocina donde guardo las tazas y termino preparándome ese café con un extra de azúcar. Necesito algo dulce hoy en mi vida.
Quito uno de los taburetes de debajo de la encimera y lo acerco a la ventana. Me gusta observar el exterior mientras tomo café. Siempre quise hacer una especie de gran ventanal en esta cocina, ya que paso mucho tiempo aquí. Me gusta cocinar y observar cómo las hojas de los árboles van cayendo en esta época del año, descendiendo en un baile lento.
–Buenos días, pesada –me dice Fernando que entra vestido solo con los pantalones del pijama. Se rasca la cabeza y se le ve muy sexy.
–Buenos días.
–Has sonado a mujer enfadada –me dice acercándose y quitándome la taza de café para terminarla él.
–¿Por qué no te preparas tu propio café? –respondo malhumorada.
–Pues sí. Hoy estamos de malas pulgas. No deberías poner tanto azúcar. No es buena para ti. Y hablando de todo, ¿esa rosa en la botella? ¿Es un regalo para mí?
La diablesa que está dentro de mí me hace sentirme más animada.
–Me la regaló anoche un hombre guapísimo en el mercado medieval.
–Me alegro por ti, cariño.
La animación se acaba de convertir en un sentimiento raro. Se suponía que eso lo pondría celoso.
–¿No me crees o no crees que alguien pueda regalarme flores?
–Cariño, eres una mujer guapa, pero no es normal que nadie le regale una rosa de tallo largo a una mujer casada.
–¿Es que llevo un letrero en la frente que dice que soy casada? –respondo algo contrariada–. No era de aquí. No le había visto nunca.
–Ah, sería eso. Te vería sola y pensaría que tal vez quisieses compañía.
–¿Y por qué iba a pensar eso? –ahora mi irritación es notable.
–No sé. A veces muestras aspecto de sentirte sola o de no importarte tu aspecto –me dice volviéndose a pasar la mano por el pelo de manera agitada.
Está nervioso. ¿Por qué? Las palabras de la anciana vuelven a mí. Pero no, todo en mi vida es perfecto. Lo sé. Por eso cambio de tema.
–Me he apuntado a un gimnasio. ¿Qué opinas?
–¿En serio? Eso es fantástico. Te vendrá muy bien, te sentirás mejor. Venga, ya, no sigas enfadada conmigo. Estoy muy cansado, pero te invito a una cena esta noche. Me acostaré sin calzoncillos si quieres –responde más tranquilo.
Terminamos riendo, y aunque pienso que es mejor decirle que no bromee conmigo en ese tema, quiero, necesito, que el día se arregle después de todo.
–Tengo que ir al trabajo.
–¿Hoy? Pero es sábado y las niñas están en casa de tu hermano. Podíamos aprovechar para pasar un día romántico. No hay por qué esperar a la cena –añado traviesa–. Ya sabes, el aquí y el ahora. Fernando, te necesito –ahora mi tono es serio–. Quiero pasar todo un día entero contigo, por favor.
–Y lo haremos cariño. Pero hoy no. Te prometo que cuando termine el plan de viabilidad, me tomaré unos días y nos iremos donde quieras –me dice sonriendo.
Es en este momento cuando ve la pequeña estrellita que cuelga de mi cuello.
–¿También un regalo de un desconocido?
–No. Me lo ha regalado Carmela.
–Muy bonito. Aunque tienes colgantes más hermosos que ése.
–Gracias. Pero me gusta este –respondo llevándome una mano al colgante en un gesto inconsciente. Sin poder evitarlo, noto cómo mi voz está impregnada de tristeza y siento unos deseos inmensos de volver a llorar de nuevo. ¿Pero qué mierda me pasa?
–Anímate, Helena. Mi Helena de Troya, con ganas de guerra un sábado por la mañana –me dice conciliador.
–Sí. Helena de Troya. Anda vete, no te preocupes, me entretendré haciendo un caballo de madera.
Me sonríe, y me da un beso en la frente. ¡¡En la frente!!
Él sube a ducharse y yo estoy segura de que me espera otro sábado de limpieza más. O tal vez no. Iré a por mis hijas y haremos algo especial hoy. No tengo ganas de limpiar. Y ni siquiera espero que Fernando termine de arreglarse. ¡Qué diantres! ¡Estoy furiosa con él ahora mismo! Siempre trabajando. Puedo entender que lo hiciese cuando las niñas eran más pequeñas y las cosas no nos iban demasiado bien económicamente. Pero ahora, creo que nos hace falta tener más momentos juntos.
Levanto el auricular. ¿Estará Carmela levantada? Ángel coge el teléfono.
–Hola, Helena ¿qué tal? –La voz al otro lado suena normal, como cada vez que hemos hablado, y me descubro buscando indicios de algún cambio en ella. ¿Culpabilidad, quizás? ¿Vergüenza? Creo que la conversación con Carmela está haciendo mella en mí.
–Hola cuñado –intento sonar como siempre, aunque creo que se nota un poco mi nerviosismo. Ojalá hubiera cogido el teléfono mi cuñada–. ¿Y las niñas? ¿Dan la lata? ¿Se han levantado ya?
–No dan la lata y sí, ya se han levantado. Creo que van para tu casa con Carmela.
–¿Descansas hoy?
–No. Aunque pienso volver para el mediodía y llevar a Carmela a almorzar.
–Me parece fantástico –en verdad me lo parece. Parece que después de todo sí van a ser imaginaciones de Carmela–. Pasadlo bien.
–Oye, Helena, ¿y Fernando? ¿Duerme?
–No. Se está preparando para ir a trabajar. Por lo del proyecto ese de viabilidad.
–Ah, sí. Lo quieren pronto.
–Por cierto, Ángel, podríais venir a cenar una noche de éstas. Tengo ganas de que tengamos una de esas cenas familiares en las que todos nos reímos tanto.
–Claro. ¿Estás bien? Te noto preocupada.
–No. Estoy bien. Es que tu mujer me ha apuntado a un gimnasio y estoy traumatizada –disimulo.
Se escucha una carcajada al otro lado de la línea.
–No dejes que su entusiasmo te arrastre.
–Lo intentaré, cuñado. ¡Ah! ¡Ya están aquí! Nos vemos pronto –me despido y cuelgo el teléfono.
Carmela y Fernando se cruzan en la entrada. Ella llega, él se va. Las niñas le dan un beso a su padre, enérgico, con ganas. Vienen contentas.
–Hola, chicas –las saludo.
–¡Hola, mamá! ¡Fue genial! ¿Podemos ir más veces? –me pregunta Selena.
–Supongo que eso dependerá de tu tía –le contesto sonriendo.
–Tienes mala cara, mamá –me dice Maia.
–¡Qué va! Es que no he dormido bien, pero tú, por el contrario, estás fantástica.
Parece convencerle la respuesta, porque acto seguido las dos niñas corren al interior, pero Carmela se me acerca preocupada. A ella no he podido engañarla.
–Es verdad que se te ve fatal, ¿qué pasa?
–Fernando. No deja de trabajar. Y hoy cuando ha visto la rosa, se ha burlado de mí –confieso.
–Venga ya, Helena. Sabes cómo son esos dos para el trabajo.
–¿Y Ángel? ¿Has hablado con él? Siéntate, toma un café conmigo. El mío me lo han quitado. No puedo creer que lo que me comentaste ayer pase de verdad. Él te quiere Carmela.
–Está muy raro, Helena. Pero hoy no vamos a hablar de él. Vamos a hablar de ti. ¿Has llorado?
–No.
–Mientes mal. Y eso no te lleva a nada bueno cuñada. Soy como un endemoniado acosador asqueroso. No te dejaré en paz hasta que me digas qué te pasa.
El bullicio de las niñas se escucha con fuerza.
–¿Te quedas un poquito conmigo?
–Intenta echarme de aquí –responde retadora.
Tan solo un instante después, ambas nos sentamos en los taburetes de la cocina, a solas.
No sé cómo decirle lo que me pasa a Carmela. No voy a decirle nada de Fernando y su falta de “ganas de mí”. Pero quizás sí le hable de mis pesadillas y de esta sensación extraña que tengo últimamente.
Justo cuando voy a abrir la boca, mi móvil lanza un pitido, provocando que dé un saltito. Tengo que cambiar ese sonido. De nuevo, un mensaje.
–Un segundo, Carmela.
–Tengo todo el tiempo del mundo.
Lo miro y veo que es un mensaje de Fernando. Mi corazón da un vuelco. Me parece un poco extraño porque es muy breve y, además, él jamás me envía mensajes. Pero eso no me importa. “Estoy solo. Ven y salimos a comer”.
La alegría debe haberme entrado por el cuerpo porque miro a Carmela con una intensidad que hasta ella se sorprende.
–Fernando quiere que vaya a comer con él. Y me apetece un montón. Quiero ponerme guapa.
–Lo capto. Ya me contarás qué demonios te pasa. Ahora, ¿te apetece venir de compras?
–¿De compras? –pregunto sorprendida. No teníamos planeado hacer nada para esta mañana y la casa está un tanto desordenada.
–¿Por qué no? Cómprate algo bonito y dale una sorpresa. Preséntate en esa comida como si fueses a una fiesta. Vuélvelo loco. Cómprate un tanga indecente.
–Estás como una cabra... pero... –me hago un poco la difícil–, pero la verdad es que me ha convencido.
–¡Ajá! ¡Te ha gustado el plan! ¡Nos vamos de compras!
–Voy al trabajo, quizás no sea conveniente pasarme mucho, aunque me ha dicho que está solo.
–Veo la lujuria en tu mirada cuñada. ¡Vamos!
Una idea empieza a germinar en mi mente.
–Carmela, la estrella, el cambio. ¡No tiene por qué ser nada negativo, puede ser bueno! –De repente me siento mucho más animada–. Quizás lleves razón. Puedo comprarme algo sexy y sorprenderlo. Tal vez reviva la chispa. No sé. ¡Me parece buena idea! Aunque las niñas…
–No seas boba. Ángel y yo vamos a comer hoy juntos y tus sobrinos han quedado para ir al centro comercial a comprar discos. Las chicas pueden acompañarlos. Me apuesto lo que quieras a que el Peter ese está allí.
–¿Seguro?
–Claro que sí tonta. Venga, ¡vamos de compras!
– 10 –
¿Cómo he podido dejarme convencer? Me veo un poco ridícula, pero tengo que admitir que me veo distinta, guapa, incluso sexy.
Estoy muy nerviosa. Me he comprado un bonito conjunto de lencería en un color… ¿cómo dijo la dependienta? Ah, sí, plomo. Parece que está de moda. A mi pálida piel le sienta muy bien. Incluso he comprado un liguero y unas medias a juego. Es increíble lo que una ropa adecuada puede hacer. He dejado que la dependienta me asesore y, por una vez, he cerrado los ojos al precio. El resultado, espectacular.
Vuelo a casa y me meto en una bañera llena hasta arriba de sales de baño. Me lavo el pelo tan a conciencia que creo que me voy a quedar calva de tanto masajear mi cuero cabelludo. He comprado un perfume de jazmín y unos zapatos de tacón de infarto. Esto es una locura. Incluso me he comprado una bonita gabardina roja. Hoy no llueve, pero me hace una ilusión tremenda sorprenderle vestida tan solo con la ropa interior y envuelta en la gabardina. Un paquetito tentador.
Llevaré vino y dos copas. Beberemos y nos dejaremos llevar, ya almorzaremos después.
Tampoco conduciré. Si escucha el coche la sorpresa se puede venir abajo. Así que lo que haré es que tomaré un taxi y me bajaré al lado del taller, pero no delante. Luego caminaré unos diez u once metros hasta la pequeña puerta lateral de la que tengo una llave para emergencias. Si resulta que hay alguien trabajando allí, como llevo la gabardina, podré disimular. Pero si está solo, me quitaré la gabardina antes de entrar en la oficina y lo dejaré sin palabras. Después, que me traiga él a casa para cambiarme o no podremos ir a ningún restaurante decente. Tras este último pensamiento se me escapa una risita nerviosa. ¡Oh, señor! ¡Estoy muy nerviosa! ¡Y eufórica! ¡Por fin siento algo de vida dentro de mí!
Me quito la estrellita del cuello. Hoy voy de vampiresa y el colgante inspira más bien dulzura. Utilizo mejor unos largos pendientes, me rizo el cabello y me maquillo utilizando incluso doble rímel y un atrevido tono cereza en los labios.
Temblando, me dirijo afuera y tomo el taxi, que ya ha llegado. También llevo la rosa. Cuando me asegure que no hay nadie más, me la colocaré entre los dientes de nuevo, y esta vez... esta vez no dejaré que me diga que no.
Conforme nos vamos acercando me pongo más y más nerviosa. El taxista, un señor que debe estar a punto de jubilarse, me mira con disimulo a través del espejo retrovisor. Soy consciente de la imagen que debo proyectar a estas horas del día, con este sol y yo con gabardina y un montón de maquillaje. Por no hablar de la poca ropa que llevo debajo. ¿Me he vuelto loca? ¡Pero sí yo solo soy la aburrida Helena!
–Señorita, son siete con ochenta.
–Gracias.
–¿La espero?
–No. Vuelvo por mi cuenta, gracias. Por favor, ¿puede retroceder para no pasar por delante del ventanal del taller? Quiero dar una sorpresa a mi marido –le explico animada.
–Por supuesto. Ojala mi mujer me sorprendiera a mí de vez en cuando –me dice con una sonrisa.
¿Siete con ochenta? En fin, qué más da. Mucho más me he gastado en todo lo demás. Sujeto con fuerza la bolsa donde llevo el vino. Siento una sensación rara en el estómago.
No hay nadie. ¡¡No hay nadie!!
Siento cómo mi corazón bombea la sangre con una fuerza arrolladora. Conforme voy pensando en su reacción noto cómo yo misma, junto al nerviosismo, empiezo a tener otras sensaciones. Me voy sintiendo animada por momentos, deseosa, calurosa, húmeda.
En este instante me siento una mujer deseable, hermosa, apetecible y segura de sí misma.
Respiro hondo y miro bien para todos lados. No he hecho el menor ruido con la llave. No se ve a nadie por aquí. Perfecto, vamos bien. Voy andando de puntillas para no hacer ruido. Aunque las oficinas están por el otro lado, no quiero que me escuche si tiene la puerta abierta.
Con alivio veo que no están los vehículos de los empleados. Está solo. Ha llegado el momento.
Con cuidado suelto la bolsa y me quito la gabardina. De repente me siento algo insegura y compruebo que todo esté donde debe estar. Me veo reflejada en un cristal del taller y pienso. Sí. Me coloco la rosa en la boca y me dispongo a hacer mi entrada triunfal.
En una mano sujeto dos copas y en la otra la botella de vino. La flor bien sujeta entre los dientes, la cabeza alta, el cabello suelto, la provocación en los ojos y el deseo en el cuerpo.
Me parece escuchar algo. ¿Música? ¡Me ha visto! ¡Y ha puesto música! Feliz, radiante, abro la puerta de su despacho…
Las copas, el vino y la rosa caen al suelo estrellándose junto a mi vida.
Claro que hay música. Y ahí está Fernando. Ardiendo como el carbón, pero no por mí. Él semidesnudo, Celeste, su ayudante, desnuda de cintura para arriba y colocada a horcajadas sobre él.
El diablo ya está aquí.
– 11 –
No fue agradable verla salir de aquella forma. Apretó los puños con fuerza y tuvo que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para no correr hacia ella y abrazarla.
Llevaba varios días siguiéndola. No podía evitarlo. Al fin la había encontrado.
La espera había sido larga, más de lo que él jamás pudo imaginar. El día del mercado medieval no pudo evitar acercarse a ella y rozar un instante su cuerpo, aspirar el aroma de su cabello, observar la profundidad dormida de sus ojos.
Helena... Un nombre hermoso. No era el nombre con el que una vez la amó, pero no se había enamorado de un nombre, sino de ella, de su esencia.
No le gustaba lo que estaba pasando, ni lo comprendía. La vio salir por la mañana con aquella amiga suya y las siguió a ambas mientras iban de una tienda a otra. La había visto reír, la había visto sonrojarse mientras pagaba aquellas diminutas prendas que él mataría por ver sobre su cuerpo. Cuánto ansiaba volver a acariciarla...
El dolor y los celos de aquel otro, que había llegado a su vida antes de que él la encontrase, volvió a darle un latigazo por dentro. Pero sabía que debía ser así. Ya lo profetizó su abuela. Tendría que encontrarla sin que fuese suya. Tenía que recuperarla sin que ella supiese la realidad. Ella debía reconocerle, debía despertar de su letargo dormido, despejar las brumas de su pasado y aceptarle.
Tenía que regresar a su casa, a su hogar, pero dejarla así... Él ya sabía de la infidelidad de su marido. Pero también había recibido instrucciones precisas. No podía intervenir por mucho que lo desease. Y lo deseaba. Porque había visto que en aquel edificio había alguien más. Había visto que se trataba de la misma persona que también la seguía, escondido, agazapado como un cazador listo para atacar. Y sabía quién era él. La historia intentaba repetirse, él lo intentaba de nuevo, con malas artes y trampas.
Y Helena era su presa.
Se moría por acercarse a ella, por contarle, por advertirla de aquel hombre que ella creía amigo y era un lobo disfrazado de cordero. Pero no podía hacerlo.
–No puedes interferir en su vida. Debe llegar a ti por sí misma, encontrarte como tú una vez la encontraste a ella, o todo volverá a estropearse de nuevo y esta vez no tendrás otra oportunidad.
Acarició la suavidad de aquel pañuelo que tanto había resistido a pesar del tiempo y la distancia. Esta vez esperaría su momento, aunque la rabia le corroyera por dentro y amenazara con quemarle.
– 12 –
¿Se puede morir en vida?
–Helena, tienes que comer algo
–¿Tía Carmela, qué le ocurre a mamá?
–Está triste, Maia. Necesita descansar.
–¿Pero por qué? ¿Qué le ha pasado tía? ¿Y dónde está papá? –termina preguntando Selena entre sollozos.
–No sé, Selena. Por favor chicas, dejadla un poco más. Vuestra madre necesita descansar.
¿Cuánto tiempo llevaré aquí en la cama? He perdido la conciencia del tiempo. Lo último que recuerdo, es aquella imagen grabada a fuego en mi cerebro y en mi corazón. Fernando y Celeste. Las manos de él en ella. La sorpresa, el horror, ese golpe fuerte en el pecho, dolor en estado puro, y la vergüenza.
Él no dijo ni una sola palabra. Me miró con todo lo que quería decir reflejado en la cara. No estoy segura de si el asombro que mostraba era por verme allí, por verme casi desnuda, o por el ruido del cristal al caer al suelo.
Ni siquiera recuerdo cómo salí del taller. Quiero recordar el sonido de la voz de Celeste, pero no entendí que decía. Solo sé que en lugar de pies tenía alas. Quizás Fernando gritase mi nombre. No estoy segura. Solo estoy segura de que todo pasó rápido, pues al salir a la calle, la luz del sol me deslumbró.
Notaba algo salado en mis labios. ¿Serían las lágrimas o mi corazón? Un coche chirrió a mi lado. El taxista que me había traído al taller aún estaba en la zona. Tan solo con verme creo que entendió. Paró el taxi a mi lado y se bajó corriendo del coche. Se quitó la chaqueta y me cubrió con ella. Seguía en ropa interior y ni siquiera me había percatado de ello.
–Señora, ¿se encuentra bien? ¿Puedo ayudarla?
En ese momento en el que yo intentaba reconocer a esa persona que me hablaba, Fernando salía raudo del garaje. Aún desnudo de cintura para arriba y gritando.
–Por favor, ¿puede llevarme a casa? No recuerdo la dirección, donde me recogió. Que él no me alcance, por favor…
–Por supuesto señora. Suba a mi coche y no se preocupe por nada. La sacaré de aquí de inmediato.
El taxista aceleró haciendo un extraño ruido. No hizo ni una sola pregunta. Luego detuvo su coche frente a mi casa y me ayudó a bajar. Me preguntó algo acerca de si tenía llave. ¿Qué? ¿Llave? No. He dejado el bolso en el garaje. No tengo llave.
–Comprendo. Le parecerá extraña mi sugerencia, le prometo que no suelo hacerla a menuda, pero si quiere, mi mujer y yo estaremos encantados de recibirla con nosotros hasta que consiga usted su llave.
–Mis niñas…
–¿Tiene hijas?
–Dos.
–¿Están en casa?
–No.
Eso es lo último que recuerdo haber pronunciado.
Después ocurrió algo que no puedo explicar. Ángel y Carmela llegaron a toda velocidad en su coche y se bajaron de inmediato. Ángel maldecía. Fue a pagar al taxista, pero el hombre no aceptó coger dinero. Mi cuñada hablaba algo referente a cortarle los huevos a alguien. No la entendía bien. Solo sé que cerré los ojos y cuando los abrí, estaba acostada en mi cama. Se escuchaban voces en la parte de abajo. Eran Fernando y Ángel.
Por favor, dejad de discutir. Dejadme sola. Dejadme sola. Que mis hijas no me vean así.
–Helena, cariño, escúchame. Tienes que reaccionar, me estás asustando. ¡Helena! ¿Inés? Sí. Soy Carmela. Por favor Inés, ven a casa de Helena lo antes posible. Sí, ha ocurrido algo –¿Carmela llora?–. ¡El muy cerdo! Se fue a darle una sorpresa al taller y se la llevó ella. Está muy mal, Inés. No reacciona. No sé qué hacer. Por favor, ven, ayúdame.
¿Por qué está tan triste Carmela? Ángel no era el infiel, era Fernando. Mi Fernando. El maravilloso hombre con el que llevo casada casi quince años.
Nuestro primer beso viene a mi mente, tan suave. Nuestros flirteos y paseos. Y aquella primera vez que hicimos el amor. Alquilamos una casita en el campo y nos fuimos a pasar nuestro primer fin de semana. Era una noche de verano espléndida. Casi un año juntos y aún no había ocurrido nada íntimo entre nosotros, salvo algunos besos y torpes caricias. Una cabaña preciosa, con leños de madera por paredes y todas las comodidades de un hogar. Pero no. Nosotros escogimos un lecho de hierba con las estrellas por techo para nuestra primera vez.
Fernando lo llenó todo de velas a nuestro alrededor. Extendió una manta y empezamos una tímida exploración que terminó bien para él y en una extraña sensación para mí. Pero aun así, me sentía distinta, ubicada en el mundo. Volvimos a repetir al día siguiente, con más tranquilidad y en la cama. Y esta vez sí. Esta vez ambos compartimos fuegos artificiales.
Tres años después nos casamos. En nuestra noche de bodas decidimos regresar a aquella cabaña y repetir aquella primera vez bajo las estrellas. Aquella noche además había una hermosa luna llena, y bajo ella y su influjo, nos hicimos declaraciones de amor de por vida. No pudo ser más perfecto. No pudo. No podía haber nadie en el mundo que no fuera Fernando. Y poco después de un mes, descubrimos que nuestra Selena iba a formar parte de nuestro paraíso.
No he dejado de quererle jamás. Nunca he notado en él nada que delatase que algo había cambiado. Siempre ha sido cariñoso y encantador. Sí es cierto que tras el nacimiento de Maia se fue creando algo de distancia. Pero no es igual una pareja sola, que un joven matrimonio con dos hijas. Una llora, otra quiere comer. La casa, la ropa, la comida, las compras, el trabajo, la convivencia… La vida no es como en las novelas rosas, en las que las faenas se hacen solas y los niños siempre visten de domingo y nunca lloran. La vida es mucho más. Y el distanciamiento sexual era normal. Ya no somos adolescentes.
Yo era feliz así. Era feliz. Él lo era todo para mí. Y ahora no me queda nada.
–Helena, Helena…
¿Inés? Es su voz. ¿Cuándo ha llegado?
–¡Te juro que como no reacciones y hables te llevaré a un hospital! –me amenaza Carmela, llorando.
¿Cuánta gente hay aquí?
–Por favor, dejadme hablar con ella. Creo que soy el único capaz de hacerla reaccionar.
Fernando. Silencio. Protestas de Carmela. Inés convenciéndola. Y más silencio. Ángel interviene. Las voces se alejan. El llanto de Carmela se aleja. Y finalmente, de nuevo, la voz de Fernando.
–Lo siento mucho, Helena. Sabes que te quiero, ¿verdad?
¿Que me quiere? Sí, es evidente que está loco por mí, su expresión de lujuria junto a Celeste me lo ha dejado más que claro.
–Creí morir cuando te vi allí, como una aparición, tan bella, y yo… de veras que lo siento Helena. Ni siquiera sé cómo pasó. Yo te quiero, no he dejado de quererte. Pero hemos cambiado. Los años han ido pasando y hemos tomado caminos distintos. Yo ahora quiero otras cosas, necesito otras cosas y me siento un poco perdido. Celeste me ha ayudado mucho y cuando me he dado cuenta estaba enamorado de ella. No quiero agrandar la herida, pero no es solo sexo, Helena. Estoy enamorado de Celeste.
Mi cabeza está tapada con la colcha de la cama. Incluso a mí misma me cuesta trabajo escuchar mi propia voz mientas consigo susurrar.
–¿Desde cuándo?
El breve silencio me hace pensar que tal vez no me haya escuchado.
–Dos años.
¡¡¡¡¡¡¡Dos años!!!!!!!
–¿No pudiste decírmelo antes, Fernando? No lo entiendo. ¿Merezco haberme enterado así? –le digo con una ansiedad inmensa y la cara aun cubierta bajo una fina sábana que por desgracia no tiene el poder de trasladarme a otro lugar. Me siento tan avergonzada…
Un pequeño silencio sigue a mi pregunta, hasta que al fin él decide responder.
–Cuando te vi en el umbral del despacho, me recordaste a la joven dinámica, alegre y sexy que conocí. No eres tú, soy yo, necesito otras cosas. Tú eres muy buena madre, pero, desde hace tiempo, solo madre. Y yo necesito, además, una mujer.
–¿Una mujer? ¿Tienes idea de la cantidad de noches enteras que he estado sin dormir ansiando que te dieses la vuelta y me abrazases? ¿Sabes cuántas duchas he tomado de madrugada? ¡Eres un cerdo asqueroso y un cabrón! –le grito como si en vez de estar a escasos centímetros de mí, estuviese a kilómetros. Y realmente lo está.
Del dolor surge una especie de rencor fuerte. Por primera vez desde no estoy segura cuándo, saco la cabeza de la almohada y me siento de golpe en la cama sobresaltando a Fernando. Estoy furiosa. Quiero herirlo, hacerle daño.
–¿Sabes tú lo que es ser mujer? ¡Claro que soy madre! ¡Tú siempre estás en el taller! ¿Qué querías que hiciese?
–Helena…
–¡Me duele! ¡Me duele el alma! Me duele por dentro, siento que me ahogo y que mi vida se ha terminado y, ¿sabes? Eres lo que más quiero en esta vida además de mis hijas y ahora no puedo ni mirarte. No quiero pelearme contigo porque en este momento tengo deseos inmensos de golpearte, y a ella… –¿qué voy a hacer ahora? ¿Qué decirle a las niñas?
Ya no puedo más. Las lágrimas que quedaban retenidas empiezan a salir sin más. No puedo dejar de llorar, ni quiero. Siento cierto alivio por dentro y merezco algo de ese alivio.
–Helena…
Intenta acercarse a mí, pero no se lo permito. De un salto salgo de la cama y me enfrento a él con un odio nacido del dolor. Mi mirada de rabia lo detiene en seco. La vergüenza que siento sigue arraigando en mi interior. En este instante estoy dolida, furiosa, y a la vez, creo que si Fernando me lo pidiese, lo olvidaría todo. ¿Dónde está mi dignidad? ¿La tengo? De nuevo la imagen de ellos en el despacho viene a mí, y también una duda.
–¿Quién más lo sabe, Fernando?
–Nadie.
–Por favor, no me mientas más. Me debes algo de respeto después de todos estos años, ¿no crees que ya me has mentido bastante? –no puedo evitar el tono de reproche y la dureza de mi mirada.
–Ángel.
–¿Qué?
–Nos pilló un día y la montó gorda. Me amenazó con hablar contigo y hasta con despedir a Celeste. Pero ella no ha tenido la culpa, me enamoré de ella, de su forma de ser, de su manera de expresarse, de cómo me escucha y me entiende. Yo fui a por ella y la convencí. Ella se siente mal por ti y ya me ha pedido varias veces que hablase contigo. Pero yo no podía. Te miraba ahí cada mañana, con las niñas, con tu rostro de impotencia y tus suspiros. No podía.
–¿Por eso me enviaste un mensaje? ¿Para que os pillara?
Su cara muestra tal desconcierto que a punto estoy de creerlo cuando me responde. Pero no. No se puede creer a quien miente tan bien.
–No sé de qué mensaje me hablas.
–¡Venga, Fernando! Me enviaste un mensaje diciéndome que comiéramos juntos. Por eso me presenté allí de esa guisa. Me hice ilusiones y me encontré… ¿No os podíais permitir un hotel? Bah, qué más da. ¿Desde cuándo no me amas?
–Ya te he dicho que aún te quiero. Pero Helena, yo no soy tan cruel. Debes creerme. Yo jamás te hubiese mandado un mensaje para que vieses con tus propios ojos… también fue violento para Celeste…
–Oh, ¡pobrecita ella! –claro, no quería que fuera violento para Celeste, su dulce y comprensiva Celeste.
–Yo no te envié ningún mensaje. Yo quería hablar contigo. Te quiero.
–Querer y amar no es lo mismo.
–De veras, lo siento, eres una gran mujer. Sé que ahora te duele, pero el tiempo…
Le miro mientras me habla y veo su aspecto demacrado. Pero no siento pena, sino más rabia. No quiero que nadie esté conmigo por compasión o, peor, porque me considere “una buena persona”. Antes de que pronuncie esa temida expresión, decido que es mejor cortarle. Incluso yo me sorprendo de mi tono de voz calmado.
–Vete. No puedo verte.
–Eres una mujer especial…
–Vete.
–Helena…
–Si alguna vez me amaste de verdad, deja de decir cosas que no me sirven. Soy tan especial que llevas dos años con otra mujer. ¿Sabes que Carmela pensaba que era Ángel quien tenía una aventura? Menudo favor nos has hecho a tu hermano y a mí.
–¿Qué puedo decir?
–Nada. Ni siquiera sé porque estoy hablando contigo –le digo levantando la voz.
–¿Quieres que me marche?
–Quiero que te vayas de la casa y de mi vida. ¡Ya!
–¿Y las niñas?
–¿Ahora piensas en ellas?
–Nos has tenido muy preocupados a todos.
–Seguro que a ti también.
–Sí, Helena. A mí también. Tenemos que hablar de muchas cosas.
–Te llamaré cuando pueda hacerlo. Al fin y al cabo, ambos tenemos nociones distintas del paso del tiempo. Para ti, dos años no son nada, y quince tampoco. Pero ahora solo puedo verte como a un monstruo y siento que eres un cabrón hijo de puta –las palabras brotan solas, sin control, y un dolor continuo corroe mis entrañas–.
–Hablaré contigo cuando te tranquilices –contesta en un tono de voz exasperado.
–No tengo más que hablar. Jamás vuelvas a sentir lástima por mí. ¡Jamás!
Se pone de pie y se dispone a salir de la habitación, no sin que antes yo sienta que él también tiene lágrimas en el rostro. Nada más abandonar él la habitación, Carmela entra y se sienta junto a mí, acariciando mi cabello como si yo fuese una niña pequeña. Apenas consigo articular las palabras.
–¿Cuántas horas llevo así Carmela? ¿Cuánto tiempo me han visto mis niñas en este estado?
–¿Horas?–me dice ella llorando al mismo tiempo que yo–. Llevas dos días en este estado.
– 13 –
Engaños, cambios, pérdidas…
Hemos hablado con las niñas y puedo decir, sin lugar a equivocarme, que de los peores momentos de mi vida, tal vez este haya sido el que se ha llevado el premio. Pero tienen derecho a saber al menos una parte de la verdad. Ha sido muy duro. Maia estuvo llorando todo el tiempo. Selena se mantuvo excesivamente serena. Solo hizo una pregunta. Quién había tomado la decisión.
¿Qué contestar a eso? Si le decía que su padre, no iba a creerme sin delatarle. Si le decía que había sido yo, me odiaría. Ella siempre ha tenido predilección por su padre.
De nuevo, Fernando salvó la situación.
–Decisión mutua. Los dos sabemos que no podemos continuar juntos, pero ello no quiere decir que cambie nuestra relación con vosotras.
–¿Te vas de casa, papá? –preguntó Maia.
–Sí. Vosotras y mamá os quedaréis aquí. Yo me marcho a un piso más pequeño –le contestó intentando secar las lágrimas que regaban su carita.
–¿Puedo irme contigo papá? –preguntó Selena empezando también a llorar.
Creo que eso fue el golpe más duro. Un puñal directo al corazón.
–Es mejor que te quedes con mamá, Selena. Yo trabajo muchas horas y pasarías mucho tiempo a solas y así podrá follar tranquilamente con su amada secretaria a todas horas.
–Pero papá, no me importa. Ya soy mayor. Cumpliré quince años en tres meses.
–Tal vez sea así, pero tienes que tener en cuenta que aún eres menor de edad. Cuando cumplas los dieciochos podremos volver a hablarlo.
Pobre Selena. Sé que adora a su padre, al igual que Maia. Pero mi pequeñina me necesita aún mucho. Por el contrario, mi hija mayor ya quiere independencia. Esto me provoca un dolor desgarrador, y al mismo tiempo, una furia inmensa.
Por un segundo, me hubiese gustado poder decirle a mi hija, “tu padre no quiere que vayas con él porque tiene una aventura con otra mujer”. Pero eso no cambiaría la situación, pondría a mis hijas contra su padre, y las dañaría. Y los hijos jamás deben pagar por las desavenencias entre sus padres. Ellos no son más que víctimas de una situación triste y dolorosa.
–De todas formas, vais a pasar mucho tiempo con los dos. Y todavía tenemos muchos asuntos que tratar. Lo importante es que no os preocupéis o dudéis de que ambos os queremos muchísimo –les dije.
Y fin de la conversación por ahora. Las chicas decidieron subir a sus habitaciones. Imagino que tenían mucho de qué hablar. Fernando y yo también.
–¿Estás bien? –me preguntó él.
–Supongo que todo lo mejor que se puede estar en una situación así. Tengo que hablar contigo de temas muy serios y no sé por dónde empezar.
–Dime.
–No. Hoy no. Y menos con las chicas arriba. ¿Podemos quedar mañana en algún sitio?
Durante un momento, Fernando dudó, pero terminó aceptando.
–Gracias por no desvelar lo de Celeste –¿qué pensaba, que soy un monstruo? ¿Que le provocaría ese daño a mis hijas solo por herirlo a él?
–Gracias por no llevarte a Selena –contesto en tono apaciguador, intentando tranquilizarme.
–Oh, por favor, Helena. ¿Qué nos ha pasado?
–A mí, nada. A ti, de todo –vuelve a salir veneno de mis labios.
–Hemos de hablar de tu asignación.
–¿Mi qué?
–Perdona, quiero decir que las niñas tienen derecho a una cantidad mensual y como tú no trabajas también debes percibir una cantidad compensatoria.
–¡No, ni hablar! –¿De verdad cree que voy a aceptar su dinero? No, gracias, no acepto limosnas de nadie. Todavía me queda algo de dignidad–. Creo que ya hemos tenido suficiente por hoy. Mejor seguimos hablando mañana.
–Como quieras.
Y tras esto se marchó.
Suspiro para coger fuerzas y tranquilizarme. Miro las escaleras como si estuviesen repletas de serpientes de cascabel, pero tengo que ver si las niñas están bien. Empiezo a subir y no puedo dejar de pensar que algún insensato hijo de puta ha añadido escalones extras sin avisarme. Toco con suavidad en la puerta del dormitorio de Selena. Sé que las dos están ahí.
–Toc, toc. ¿Se puede?
–Como quieras –contesta mi hija mayor en tono desinteresado.
Abro la puerta suavemente y las veo a las dos tumbadas en la cama, abrazadas. Una imagen que me encoge el corazón.
–Siento mucho todo esto. Os prometo que no vais a tener problemas para poder ver a papá siempre que queráis.
–¿Siempre? ¿Incluso antes de dormir o para desayunar? –me ataca Selena de nuevo.
–Al principio será muy duro. Para mí también lo es. Pero lo superaremos juntas.
–Claro que sí mamá –me dice Maia, abrazándome.
–¿Por qué, mamá? –insiste Selena que permanece fría y rígida sobre la cama, ahora sentada con el cuerpo muy erguido.
–No lo sé, hija. Las personas cambiamos. ¿Prefieres que sigamos juntos si ya no es lo mismo?
–Sí –otra estocada directa al pecho.
–¿Incluso si eso significa que no seamos felices?
–Y a lo mejor encontrar a otra persona, ¿no? –esta nueva acusación me pilla por sorpresa.
–¿Otra persona?
–Sí. Como el hombre que te dio la flor en el mercado.
¡Así que es eso! Mi hija mayor cree que hay otro hombre en mi vida y que por ello nos separamos. Oh, no. Esto es muy injusto.
–Créeme. No hay ningún hombre en mi vida. No sé quién era ese desconocido.
–Pero guardaste la rosa.
–¡Para reírme con tu padre!
–Pues no lo entiendo, si os vais a separar, qué más te daba a ti lo de la flor.
Me ha pillado.
–Mamá, ¿es porque estás gordita? –interviene Maia.
–¡Por supuesto que no! ¿De dónde has sacado eso?
–Me lo ha dicho Selena.
–¡Chivata! –le grita su hermana.
–¡Chicas! No os habléis así –¿eso es lo que realmente piensa Selena? Noto cómo comienza a instalarse un nudo en mi garganta que me dificulta el habla–. El físico no es lo más importante de la relación, sino el interior de las personas. Por favor, daos un beso. No quiero veros discutir más entre vosotras.
A regañadientes, se acercan la una a la otra y se dan un beso. Yo aprovecho para dar por terminada la conversación, por ahora, y salir del dormitorio para correo hacia el baño a desahogarme sin que me vean. Esto va a ser más difícil de lo que yo creía. Mucho más difícil.
Mientras entro en el baño vuelvo a escuchar a las niñas.
–¡Eres tonta! ¡Has hecho llorar a mamá otra vez!
–¡Nos ha destrozado la vida! Que llore. Para ella es fácil, se queda con nosotras y con la casa. ¿Y papá?
Mi llanto aumenta de forma considerable, aunque eso sí, qué bien he aprendido a llorar en silencio.
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