Kitabı oku: «El árbol de la nuez moscada»

Yazı tipi:

EL ÁRBOL

DE LA NUEZ MOSCADA


SENSIBLES A LAS LETRAS, 80

Título original: The Nutmeg Tree

Primera edición en Hoja de Lata: marzo del 2022

© The Estate of Margery Sharp, 1937

© de la traducción: Raquel García Rojas, 2022

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2022

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección: Olaya González Dopazo

ISBN: 978-84-18918-27-8

Producción del ePub: booqlab

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CAPÍTULO 1
1

Julia, por matrimonio la señora Packett, por cortesía la señora Macdermot, estaba en la bañera cantando La marsellesa. Su magnífico y enérgico contralto, sin embargo, resonaba menos que de costumbre, pues en esa mañana de verano en concreto, además de los accesorios típicos, en el cuarto de baño había una mesita de centro lacada, siete sombrereras, media vajilla, un pequeño reloj de pie, toda su ropa, un colchón individual, treinta y cinco novelas sentimentales, tres maletas y una copia de un ciervo de Landseer. Por lo tanto, faltaba el eco habitual y, si el techo temblaba de vez en cuando, no era por la canción de Julia, sino porque los hombres de la empresa de alquiler de muebles de Bayswater aún no habían terminado de retirar el mobiliario arrendado.

Al otro lado de la puerta, un esporádico arrastre de pies ponía de manifiesto que los dos tipos de la correduría no tenían ni una silla para sentarse.

Así sitiada, Julia cantaba. Con cada aliento, inspiraba a diafragma henchido una generosa bocanada de vapor perfumado de verbena y volvía a dejarlo salir en forma de notas de pecho igualmente generosas. No lo hacía a modo de desafío ni para mantener el ánimo, sino porque a esas horas de la mañana cantar era algo natural para ella. La beligerancia del tono no se debía más que a la beligerancia de la melodía; la elección de la melodía no se debía más que al hecho de que la noche anterior había recibido una carta de Francia.

De modo que Julia cantó hasta que, en la pausa previa al estribillo, una voz cansada y ronca sonó al otro lado de la puerta.

—¿Aún no ha terminado, señora?

—No —repuso ella.

—¡Pero si ya lleva ahí una hora y media! —protestó la voz.

Julia abrió el grifo del agua caliente. Podía quedarse en la bañera casi por tiempo indefinido y a menudo, durante sus periódicos intentos por perder peso, había estado ahí sancochándose dos o tres horas. Nada, sin embargo —como saltaba a la vista en ese momento—, la había hecho adelgazar jamás. A sus treinta y siete años —y con solo un metro sesenta de estatura—, tenía unas medidas de noventa y seis centímetros de pecho, setenta y nueve de cintura y ciento cuatro de cadera; y aunque esos tres puntos decisivos estaban unidos por curvas en extremo agradables, Julia anhelaba una figura a la moda, de mondadientes. Lo anhelaba, pero no con constancia. Sus acomodadas carnes se negaban a sufrir martirios. Consideraba el zumo de naranja un aperitivo, no un sustento vital, y como resultado ahí estaba —recostada en su nube de vapor, la piel rosada por el calor—, con el aspecto de una diosa que presidiera algún techo barroco.

La puerta dio una sacudida.

—Si entran a la fuerza —advirtió Julia subiendo la voz al tiempo que cerraba el grifo—, ¡los llevaré a juicio por allanamiento!

Un silencio sepulcral evidenció que la amenaza había surtido efecto. Se oyeron murmullos y una segunda voz, aún más agotada que la primera, retomó la discusión.

—Son solo cinco libras, señora —suplicaba—. No queremos causar problemas…

—Pues váyanse —replicó ella.

—No podemos, señora. Es nuestro trabajo. Si nos dejara coger las cosas… O mejor aún, si nos pagase las cinco libras…

—No tengo cinco libras —dijo Julia con toda sinceridad y, por primera vez, se le nubló el semblante. No tenía ni una libra: poseía exactamente siete chelines y ocho peniques y debía partir hacia Francia por la mañana. Durante unos cinco minutos se quedó pensativa, repasando, uno tras otro, los nombres de todas aquellas personas que le habían prestado dinero alguna vez. También pensó en aquellos a los que ella había prestado, pero tan inútil resultaba una cosa como la otra. Con auténtico pesar, se acordó del difunto señor Macdermot. Y, por fin, se le vino a la cabeza el señor Lewis.

—¡Oigan! —exclamó entonces—. ¿Conocen esa tienda de antigüedades que hay al final de la calle?

Los cobradores consultaron entre ellos.

—Conocemos una casa de empeños, señora. De un tal Lewis.

—Esa misma —admitió Julia—, pero también es una tienda de antigüedades. Vaya alguno de ustedes en un momentito a por el señor Lewis. Él les pagará.

Los otros volvieron a consultar, pero después de esperar (de pie derecho) durante dos horas, estaban dispuestos a agarrarse a un clavo ardiendo. Julia oyó unas pisadas que se alejaban y otras que se quedaban arrastrándose de un lado a otro. Entonces se secó las manos, se encendió un cigarrillo y alcanzó una carta con sello francés que estaba sobre la mesita de centro.

2

Aunque había llegado apenas la noche anterior, ya se la sabía de memoria.

Querida madre:

Se hace extraño que no vayas a reconocer mi letra. Te envío esta carta a través del banco y, a menos que estés en el extranjero, deberías recibirla casi de inmediato. ¿Podrías venir a verme? Es un viaje largo, pero el sitio es bonito, en las montañas de la zona limítrofe de la Alta Saboya, y estaremos aquí hasta octubre. Sin embargo, me gustaría que vinieras (si puedes) enseguida. La abuela te invita a quedarte tanto tiempo como quieras. Como imagino que ya sabrás, ella y sir William Waring son ahora mis fideicomisarios. La cuestión [aquí la letra, pequeña y pulcra, se agrandaba de repente] es que quiero casarme y la abuela se opone. Sé que hay todo tipo de complicaciones legales, pero después de todo tú eres mi madre y deberían consultarte. Si puedes venir, lo mejor es que cojas el tren de las 23:40 h de París a Ambérieu, donde iría a recogerte un coche. Espero que sea posible.

Con afecto, tu hija,

SUSAN PACKETT

Para una chica de veinte años, enamorada, que escribía a su madre, la carta no era demasiado efusiva, pero Julia lo entendía. Debido a una serie de circunstancias, llevaba dieciséis años sin verla, y el mero hecho de que su hija la recordase y acudiese a ella era tan conmovedor que incluso ahora, al releerla por vigésima vez, dejó caer una o dos lágrimas en la bañera. Eran, no obstante, lágrimas de emoción, no de pena: ante la idea de un viaje a Francia, de un asunto amoroso del que ocuparse, su ánimo remontaba el vuelo. «COJO TREN JUEVES. CON CARIÑO, MAMÁ», había contestado en un telegrama, pero hasta entonces no recordó su extraordinariamente desastrosa situación económica. No tenía dinero ni un vestuario en condiciones y sí un acreedor a punto de ejecutar la hipoteca. Pero nada de eso importaba ahora que Susan la requería. Susan la necesitaba, Susan era infeliz y junto a Susan acudiría…

«¡Pero si la bautizamos Suzanne!», pensó Julia de pronto, y aún tenía la mirada fija en la firma cuando la bienvenida voz del señor Lewis la devolvió al presente.

—¡Mi querida Julia! —gritó este—. ¿Por qué has hecho que fueran a buscarme? No será cierto que quieres ahogarte en la bañera, ¿no? Este hombre…

—Es un cobrador —le aclaró Julia—. Los dos son cobradores. Despáchalos.

Momentos después, las fatigosas pisadas se alejaron y volvieron unas más ligeras.

—Bien, Julia, ¿qué ocurre? Esos hombres…

—¿Se han ido?

—Y con gusto —repuso el señor Lewis—. Son hombres muy modestos, querida, igual que yo. Pero se han quedado en las escaleras.

—¿Pueden oírnos?

—Me oirán si grito pidiendo ayuda. Al parecer, creen que ahí dentro tienes algo más que los accesorios de baño habituales.

—Así es —dijo Julia—. Por eso quería que vinieses. Hay cosas que tengo que vender, cosas buenas, y tú siempre has sido justo conmigo, Joe, así que quiero ofrecértelas antes que a nadie. Hay una mesita lacada y un colchón nuevo y un reloj antiguo de pie y una vajilla preciosa y un cuadro de un ciervo que es una obra original. Aceptaré treinta libras por el lote entero.

—No de mi bolsillo —repuso el señor Lewis.

Julia se incorporó con un chapoteo.

—¡Viejo judío! Pero si solo el ciervo ya lo vale y no tenía intención de incluirlo. Te ofrezco la mesa y el reloj y un colchón nuevo y una vajilla regalados.

—Está bien, déjame echar un vistazo —dijo el señor Lewis con paciencia.

—Ni hablar, estoy en la bañera.

—¿Quieres que compre a ciegas?

—Eso es —asintió Julia—. Apuesta.

El señor Lewis reflexionó. Era un hombre al que le gustaba tenerlo todo claro de antemano.

—¿Así que me vendes, por treinta libras, cosas que ni siquiera he visto, que probablemente no valen ni veinticinco chelines y que ya pertenecen al idiota que te haya estado fiando?

—Correcto —dijo Julia en tono jovial—, salvo por que valen más bien sesenta y yo solo debo cinco. ¿Cuál es tu canción favorita?

—El Danubio azul —contestó el señor Lewis.

Julia se la cantó.

3

Pasó media hora. Los hombres de la empresa de alquiler de muebles de Bayswater se habían ido con el mobiliario arrendado. Un tipo de la compañía del gas había ido a cortar el suministro. Pero los cobradores seguían allí, así como el señor Lewis, pues incluso al otro lado de una puerta cerrada, la personalidad de Julia triunfó. Cuando se cansó de cantar, los entretuvo con anécdotas de sus primeros años sobre el escenario y, cuando se quedó sin anécdotas, empezó a imitar a estrellas de cine, con tanto éxito que el reloj de pie, al dar las doce del mediodía, los pilló a todos por sorpresa.

—¿Esa es la antigüedad? —preguntó el señor Lewis con interés.

—Sí —asintió Julia, que enseguida volvió a los negocios—. Escúchame, Joe: tengo que irme a Francia mañana a primera hora. Necesito diez libras para el billete de ida y vuelta y cinco para estos testarrones. Eso suma quince libras y me quedo con una mano delante y otra detrás. Dame dieciocho libras y diez chelines y te llevas también el ciervo.

—Catorce —regateó el señor Lewis.

—Diecisiete —insistió ella—. ¡No seas malo!

—¡No sea malo, jefe! —repitieron los cobradores, ya sin duda del lado de Julia.

El señor Lewis se notó flaquear. Una mesa de centro, una vajilla, un colchón y un reloj de pie… Todo dependía del reloj. Había sonado bien y, si a Julia le parecía una antigüedad, era probable que se lo pareciese a la mayoría de la gente. Incluso podía serlo, y los relojes de pie antiguos se vendían por mucho dinero…

Julia sabía lo que se hacía cuando apeló a su instinto del juego.

—Dieciséis con diez —dijo el señor Lewis—. Lo tomas o lo dejas.

—¡Hecho! —convino Julia, y al fin salió de la bañera.

CAPÍTULO 2
1

La primera vez que Julia vio a su futuro marido a la luz del día fue una mañana de primavera en 1916, cuando se despertó sobre las diez y media y descubrió que seguía allí dormido, a su lado. Sabía cómo se llamaba, Sylvester Packett, y que era teniente primero de Artillería, y a pesar de que durante seis noches seguidas había bailado con ella desde las doce hasta las cuatro de la madrugada, no le contó nada más. Era el chico más callado que había conocido, ni siquiera el champán le soltaba la lengua, y con pesar (pero resignada) llegó a la conclusión de que bailaba con ella solo porque no podía dormir. A los hombres les pasaban esas cosas en 1916; no le habría sorprendido ni lo más mínimo que hubiera vuelto con ella, la noche anterior, solo para ver si así conseguía conciliar el sueño… Julia, a los dieciocho años, se tomó aquello sin asombro ni rencor: era, como tantas otras cosas, la guerra.

—Pobre muchacho —musitó, pues se conmovía fácilmente y lloraba cada vez que veía una lista de bajas. El joven se revolvió en sueños, suspiró y se durmió de nuevo. Le restaban aún cuatro días de permiso y, si se quedara con ella, pensó Julia, podría dormir así todas las noches…

Sylvester Packett se quedó. Quería irse a Suffolk, pero en Suffolk no podía dormir y con Julia sí. Resultaba desafortunado, pero así era la guerra. Se quedó otros cuatro días y, después, lo arrastraron de nuevo a Francia.

Julia lloró cuando se fue. Su afecto por él había sido al menos desinteresado, pues rechazó cualquier regalo excepto un broche del regimiento de Artilleros, aunque también efímero; salvo por una embarazosa e inesperada circunstancia, jamás habría vuelto a pensar en él.

2

A principios de agosto, tras cinco horas de ensayo con el coro de La bella Louise, Julia se desmayó. Cuando sus amigas la reanimaron, y después de acudir a un experto, se fue a casa y escribió a Sylvester.

No hubo chantaje alguno. La carta solo decía que iba a tener un hijo y que estaba segura de que era suyo, y que si pudiera echarle una mano le quedaría muy agradecida, pero que, si no era así, no debía preocuparse. «Con cariño y mis mejores deseos, Julia». Como respuesta, recibió el sobresalto de su vida.

Sylvester volvió y se casó con ella.

Lo hizo durante un permiso de cuarenta y ocho horas y jamás pasó Julia dos días más a disgusto. Entre el alivio y la satisfacción, su ánimo, que nunca decayó, había alcanzado unas cotas sin precedentes, pero él se las arregló para sofocarlo. Ya no era callado, pero era aburridísimo. Hablaba durante horas y horas sobre un sitio en Suffolk que parecía deprimente, una casa muy vieja llamada Barton, en una vieja pradera, en un pueblo a dieciséis kilómetros de la estación de tren, donde al parecer su familia había vivido, sin coche ni teléfono, durante cientos y cientos de años. De hecho, querría haberla llevado allí, pero no les daba tiempo. Sin embargo, cuando Julia, feliz por haberse librado y deseosa de consolarlo, le propuso ir de visita en su próximo permiso, él empezó a morderse el nudillo del pulgar y cambió de tema. Se comportaba, en realidad, como si el futuro hubiera dejado de afectarle. Ni siquiera quiso comprarse camisas nuevas. Para animarlo, Julia insistió en cenar en el Ritz e ir a una comedia musical, pero incluso tales medidas se demostraron inútiles. Y si la tarde resultó un fracaso, la noche de bodas fue un fiasco.

Julia la pasó sola. Su marido estuvo toda la noche escribiendo una carta. Iba dirigida a su familia, pero no directamente: el banco tenía instrucciones, dijo, para remitírsela en el momento adecuado. Cuando hubo que leerla, se descubrió que consistía en una serie de disposiciones muy detalladas para la crianza y educación de su hijo nonato, al cual se refería en todo momento como «el niño». El niño tenía que nacer en Barton y recibiría el nombre de Henry Sylvester. Debía permanecer en Barton hasta los nueve años y luego acudir a una preparatoria que le diese acceso a Winchester. Después de Winchester, elegiría entre el Ejército y Medicina e iría o bien a Sandhurst o a Cambridge. Si no lo tenía claro, debía optar por el Ejército. «Pero en ningún caso —escribió su padre con insospechada aridez— debe hacerse médico del Ejército».

Eso era, en resumen, lo más importante. También había estipulaciones para un poni —«que debe cambiarse en cuanto el niño sea demasiado grande para montarlo; no hay nada peor para un muchacho que ir arrastrando los pies por el suelo»— y para entrenarse en el críquet durante las vacaciones de verano. A los doce años, el niño debía recibir la antigua escopeta del 20 de su padre; a los dieciocho, la Purdey 12: su abuelo le enseñaría a usarlas. Todo aquello, y muchas otras cosas, quedó pensado, estudiado y puesto por escrito, con correcciones, anotaciones entre líneas y mucho de copia, pues en aquel extenso, detallado y exhaustivo documento, mucho más que en su testamento oficial, estaba plasmada la última voluntad de Sylvester Packett.

Había un breve codicilo:

Nunca se lo he dicho a nadie, pero suele haber un nido de herrerillos en el viejo surtidor al fondo del huerto. También uno de camachuelos en el espino rojo que hay en la esquina del prado grande. Lo importante para vaciar un huevo es ir despacio. Desde luego, nunca cogerás más de uno.

Tu padre, que te quiere,

SYLVESTER PACKETT

Dos meses después lo mataron en Ypres y la criatura que nació en Barton fue una niña.

3

La bautizaron con el nombre de Suzanne Sylvester. Lo eligió Julia, pues le parecía tanto patriótico (al ser francés) como bonito, y los Packett la dejaron hacer. Fueron increíblemente buenos con ella. Como madre de su nieta (aunque del sexo equivocado), la aceptaron con los brazos abiertos. Con afecto, sin condiciones, se convirtió en la hija de la casa. Lo único que querían era que la niña y ella se quedasen allí y que fueran felices.

Y Julia lo intentó. Durante diecinueve meses, el maniquí de la joven señora Packett arregló las flores, hizo visitas, fue a la iglesia y jugó con el bebé cuando la niñera se lo permitía. Noche tras noche, ese maniquí se sentaba a cenar con sus suegros; todas las noches, durante una hora después de la cena, tocaba clásicos fáciles en el piano del salón. En las comedidas fiestas que daban los vecinos, tocaba las mismas piezas en el piano de sus anfitriones. Todos sus vestidos de noche tenían espalda, y dos de ellos, manga larga.

Así era la marioneta fabricada por la gratitud de Julia y solo la gratitud movía los hilos. Julia se sentaba en la habitación de la joven señora Packett y lloraba de aburrimiento, pero incluso sus lágrimas, cuando la veían, se interpretaban como un indicio más del tierno y leal corazón del títere. El corazón de Julia, no obstante, también era tierno: uno de los peores componentes de su aburrimiento era la falta de alguien a quien amar. Tenía a su hija, claro, y la quería mucho, pero «alguien», para Julia, quería decir un hombre. Amar a un hombre u otro era su función natural, solo que el hombre tenía que estar vivo, y allí, y devolverle los besos. El amor por un recuerdo —incluso por el recuerdo de un marido— no era lo suyo…

Hay que admitir que haber aguantado como lo hizo, en tales circunstancias, durante un año y siete meses, tuvo muchísimo mérito; y no se lo resta que, después de ese tiempo, se diese por vencida y volviera a entregarse por completo a la mala vida.

4

La mala vida, al principio, fue hacer de figurante en una comedia de la que Julia oyó hablar a una amiga que tenía un novio que conocía a un tipo en la entonces tambaleante industria cinematográfica británica. Se la encontró en Selfridge’s, en una de sus raras excursiones a la ciudad; se cruzaron (en la sección de medias) poco después de las tres, pero entre que tomaron el té y hablaron de los viejos tiempos y fueron a cenar y luego al Bodega a buscar al novio y más tarde al Café Royal a ver a aquel tipo, Julia perdió el último tren de vuelta. Durmió en un sofá en el piso de su amiga, encantada, con un albornoz que olía a maquillaje teatral; y esa noche y ese olor decidieron su futuro. A la mañana siguiente, en Barton, les dijo a sus suegros que volvería a vivir en Londres.

—Pero… ¿y Susan? —preguntó enseguida la señora Packett.

Julia dudó. La carta de su marido, ahora bajo llave en el joyero de la señora Packett, estaba escrita dando por hecho que la criatura iba a ser un varón, pero aun así era una especie de evangelio. Los ponis, en concreto los de las Shetland, suponían una preocupación constante para el viejo Henry Packett, al igual que las exigencias pedagógicas de Girton lo eran para su esposa…

—La niña debe quedarse aquí, por supuesto —dijo Henry Packett sin rodeos.

—Si Julia puede soportar separarse de ella… —siguió su mujer con más tacto.

Julia decidió que podía. Aquellos diecinueve meses siendo la joven señora Packett habían agotado sus reservas de afecto maternal y, además, era consciente de que, para una niña pequeña, la vida en Barton era mucho más apropiada que la que ella buscaba en la ciudad. Aún no tenía planes muy precisos, pero esperaba y confiaba en que, de hecho, sería muy inapropiada.

—Bueno, si no es mucho estorbo…

—¡Estorbo! —exclamó jovial la señora Packett—. ¿Acaso no es este su hogar? Igual que es el tuyo, querida, siempre que quieras volver.

Después, todo fue como la seda. No lo aprobaban, lo lamentaban, pero se mantuvieron firmes en su bondad. Su patriotismo no había consentido que Julia cobrase la pensión; había vivido en Barton como una hija, con la asignación de una hija, y en ese momento ascendía a trescientas libras al año. Julia, con cierto remordimiento, lo consideraba demasiado, pero los Packett fueron inflexibles. Al parecer no tenían muy buen concepto de su capacidad para obtener ingresos y la viuda de su hijo no podía vivir con menos. Era su herencia, debía aceptarla, y cuando quisiera podía volver a casa.

5

Durante el año siguiente, fue cinco veces. Al otro, volvió para el cumpleaños de su hija, pero no se quedó a dormir. En los siguientes cumpleaños, solo le escribió. Sin embargo, cuando Susan cumplió los nueve, Julia sufrió un repentino arrebato maternal e invitó a la niña a pasar una semana con ella para que conociese la ciudad. La ocasión era propicia, pues el señor Macdermot, cuyo piso ya compartía entonces, había tenido que ir a Menton requerido por su esposa inválida, pero Susan no fue y, en respuesta a su invitación, Julia recibió una contraoferta de suma trascendencia. Los Packett estaban dispuestos, le escribieron, a asumir por completo la tutela de la niña en el presente, y a hacerla su heredera en el futuro, si Julia por su parte renunciaba a cualquier reclamación legal. Si lo hacía, podría ver a Susan cuando quisiera, por supuesto, bien en Barton o allí donde sus abuelos decidiesen, pero no podría llevársela a ningún sitio sin su permiso. Esa última píldora iba dorada por una cordial invitación de la señora Packett para visitarlos y quedarse con ellos durante un mes.

Julia consideró con calma las dos propuestas, aceptó la primera y rechazó la segunda. Se alegraba de que el futuro de su hija estuviera tan bien asegurado, pero no quería ninguna escena de renuncia. Además, estaba muy ocupada, pues se había involucrado, con cierta nobleza de mecenas, en una nueva compañía itinerante que estaba montando por entonces uno de sus amigos del teatro. Iría pronto, les dijo a los Packett, pero no en ese momento.

Dos meses después, volvió a tener noticias suyas. Tras ese decoroso intervalo, la obsequiaron con una única suma de siete mil libras en bonos del Estado para sustituir su asignación. Aquella sorprendente generosidad, Julia la interpretó sin resentimiento como el deseo de deshacerse de ella de una vez por todas, pero solo tenía razón a medias. También era un bálsamo para la conciencia de la señora Packett.

—Con algo de dinero propio —decía esta (que tenía un punto de vista llano y anticuado)—, podrá conseguir marido.

Julia no consiguió marido, pero se embarcó en la gestión teatral. Puso en escena dos obras en seis meses y, cuando la segunda desapareció de la cartelera, de las siete mil libras le quedaban exactamente diecinueve y seis chelines.

6

El fallecimiento del señor Macdermot, unos tres años después, dejó por tanto a Julia en una situación muy precaria. Tenía treinta y un años, demasiado mayor (y también demasiado rolliza) para volver a los coros, había adquirido gustos acomodados, si no lujosos, y no estaba en absoluto capacitada para ningún empleo remunerado respetable. Pero se las arreglaba. Era una persona muy versátil. Seguía haciendo de figurante y en una ocasión (en un espectáculo de un club nocturno) fue «la dama que se cae en la fuente». De vez en cuando, en algún desfile, presentaba los modelos de talla grande. Su alegre sonrisa publicitó una nueva levadura y un tónico para mujeres mayores de cuarenta años. Además, por supuesto, tomaba dinero prestado de algunos caballeros amigos suyos, de los cuales tenía muchos, y esporádicamente aceptaba su hospitalidad. Lo único que Julia jamás se planteó fue volver a Barton con los Packett.

Se había distanciado de ellos para siempre. Con auténtica humildad, se examinó a sí misma y reconoció que no era lo bastante buena. Y desde luego no era lo bastante buena para una hija que (como le informó en su día la señora Packett) iba al colegio en Wycombe Abbey y daba clases de equitación y tenía como mejor amiga a la hija de un lord…

De modo que Julia dio por concluido el asunto y, durante meses y meses (y al estar tan ocupada y siempre sin blanca), casi olvidó su existencia.

Solo entonces, cuando Susan tenía problemas, el instinto maternal de Julia revivió de pronto, pero no sin un propósito. El efecto inmediato, como se ha visto, fue el desconcierto de dos cobradores y la estafa al señor Lewis.

CAPÍTULO 3
1

La dirección desde la que había escrito Susan era «Les Sapins, Muzin, près de Belley, Ain» y, tan pronto como tuvo una vez más el piso a su disposición, Julia revisó toda su ropa para ver qué, si es que había algo, se adecuaba a un destino así. Estaba en el campo, por supuesto, como Barton, y probablemente sería del mismo estilo, solo que más alegre, sin duda, al tratarse de Francia. Extendió sus tres vestidos de fiesta y los miró pensativa: tenía uno de tafetán azul medianoche —con ballenas en el corpiño para prescindir de los tirantes— que un pañuelo o una chaquetilla podrían arreglar, pero al ver los otros dos —uno blanco cuya parte de arriba era en esencia una amapola negra de terciopelo; otro verde con lentejuelas— negó con la cabeza; ni siquiera en Francia los Packett serían tan alegres.

«Tengo que parecer una dama —pensó—. Tengo que ser una dama…».

Aquella idea la inquietó y la reafirmó al mismo tiempo. Sería difícil, pero podía hacerlo. Y en un aspecto, de hecho, Julia tenía más suerte de lo que creía: su concepto de lo que implicaba «ser una dama» era preciso, tan carente de matices ambiguos o pequeñas sutilezas como el boceto de una modista y, al igual que el boceto de una modista, solo tenía en cuenta la apariencia exterior. Las damas por naturaleza no eran damas para Julia. Eran mujeres de buena pasta, que era algo muy distinto. Si le hubieran pedido a bote pronto una definición, probablemente habría dicho: «Las damas nunca beben con la boca llena y jamás coquetean». De preguntarle por qué, habría contestado: «Porque son damas». Si entonces, con descortés insistencia, alguien quisiera saber si había que esperar a ver a una mujer comiendo y bebiendo o a que le hicieran ojitos para distinguirla, Julia habría ampliado la definición. Siempre se podía distinguir a una dama por su ropa. Por muy elegante que fuera, la ropa de una auténtica dama nunca llamaba la atención y, si de pronto quería cambiarse las prendas interiores —esto, por supuesto, tendrían que habérselo sacado antes de que la propia Julia se convirtiera en una dama—, siempre podía hacerlo.

Al final, decidió coger un billete solo de ida y comprarse un vestido nuevo con el dinero que le sobrara. Se compró también un conjunto de lino, un sombrero modelo matrona y tres combinaciones de camisola con calzón. De estas ya tenía de sobra, en realidad, pero todas llevaban policías bordados en las perneras. Y en el andén de Victoria, casi por primera vez en su vida, compró un libro.

Era La saga de los Forsyte y Julia lo eligió en parte porque parecía muy gordo para lo que costaba y en parte porque a menudo había oído hablar de Galsworthy como un buen escritor. Se imaginó que era el tipo de libro que a Susan le gustaría ver leer a su madre y el afecto maternal de Julia era tan fuerte (aunque ciertamente errático) que se leyó tres capítulos enteros entre Londres y Dover.

2

Las damas, cuando viajan solas, jamás hablan con nadie; de modo que Julia solo mostró su agradecimiento con una majestuosa inclinación de cabeza tanto al oficial de marina que la sujetó en la pasarela como al viajante de comercio que le dispuso una silla en cubierta. No fue difícil elegir un sitio aislado, pues los pasajeros eran pocos, y con el abrigo en las rodillas y la Saga abierta sobre el regazo, se acomodó para entregarse de nuevo a la literatura.

Una maestra de escuela envuelta en un impermeable, que buscaba un rincón resguardado, se acercó y se detuvo junto a ella.

—Parece que aquí no dará el aire —conjeturó.

Julia inclinó la cabeza.

—Me temo —continuó la otra, aunque en un tono más formal— que nos espera una travesía con mucho viento.

Julia volvió a inclinar la cabeza. La maestra pasó de largo. Luego (tras un breve intervalo en el que observó cómo embarcaban un Daimler) Julia se leyó tres capítulos de El propietario de una tacada. Si bien se le estaba haciendo un poquito difícil, eso mismo la complacía más que otra cosa, pues confirmaba su opinión de que era un libro muy bueno y, además, nadie podía ser más dama que su heroína. ¡Tener tanto atractivo y no aprovecharlo nunca para divertirse! ¿Qué podía ser más propio de una dama que eso? Así leía y así cavilaba Julia, una dama ella misma para cualquiera que la viese, y apenas levantaba la vista entre párrafo y párrafo.

No pudo evitar fijarse, sin embargo, en cierto grupo formado por una mujer y cinco hombres que estaban de pie junto a la barandilla casi frente a su asiento. Fue la proporción de los sexos lo que le llamó la atención. ¡Una mujer con cinco hombres! Julia volvió a mirarla y no vio nada que mereciese tan buena fortuna. Era bajita, regordeta, cincuentona por lo menos, con el pelo de un dorado tan feroz y los labios de un rojo tan agresivo, y tal montonera de polvos malva claro en la nariz, que ni siquiera el conjunto que llevaba, todo negro, podía disimular su parecido con un guacamayo. Julia no pudo por menos que enarcar las cejas, pero también —antes de volver al libro— echó un vistazo a los cinco tipos. Variaban en estatura desde uno muy alto hasta uno muy bajo, pero eran todos de hombros anchos, espalda recta y caderas estrechas e incluso había una vaga semejanza en sus rasgos, si bien el más alto (al que llamaban Fred) era también, con mucho, el más guapo. Uno de los hombres más guapos que Julia había visto.

«Gente de teatro», pensó, y en ese momento su mirada se cruzó con la de Fred. Tenía los ojos castaños, audaces y atentos, el tipo de mirada que le gustaba. Pero no respondió a ella. «¡Olvídate de eso ahora!», se conminó a sí misma, y empezó con tenacidad el capítulo ocho.

La literatura aún mantenía un precario control sobre su atención cuando el barco, que hasta entonces había avanzado con razonable decoro, empezó a acusar y a transmitir el creciente ajetreo del mar. Las rachas del Canal hacían honor a su nombre y más de un pasajero se fue a toda prisa y dando traspiés para lidiar con ellas abajo. Julia, además de tener muchas otras cualidades útiles, era una excelente marinera y aquello le causaba tan pocas molestias que decidió dar un paseo. Se le habían quedado los pies fríos y las cubiertas vacías le ofrecían espacio suficiente para moverse con energía. Con paso algo inestable (a pesar de su buen equilibrio), recorrió uno de los laterales dos veces en ambas direcciones y luego se dio cuenta de que al otro lado estaría más resguardada y continuó hasta dar la vuelta. Tan lejos de su intención estaba buscar compañía que ver allí a un grupo de cinco hombres la habría hecho retroceder de inmediato, pero su actitud —de desconcierto y consternación— enseguida la atrajo. Se habían arremolinado, por lo que podía distinguir, alrededor de una tumbona y, según se acercaba, una serie de sonoros quejidos femeninos le decían que la víctima, ya fuese de un accidente o del «mal de mar», era la mujer que los acompañaba. Estaba allí tendida, inmóvil, hecha un cuatro, y por un instante Julia pensó que el Daimler se habría soltado y la había atropellado. Solo era mareo, no obstante, como demostró entonces una repentina convulsión, y en cuanto un camarero llegó corriendo hasta ellos, el grupito se deshizo y Fred se apartó un poco. Las adamadas inhibiciones de Julia se derritieron como la nieve.

—Si quiere un poco de brandi —le dijo sin rodeos—, llevo una petaca en el bolso.

Pero Fred negó con la cabeza.

—Ya ha bebido demasiado. Es el cerdo.

—Tiene mala cara —murmuró Julia compasiva. El alivio de abrir la boca, de volver a situarse entre el común de los mortales, fue tan grande que trajo consigo un torrente de auténtico interés y preocupación. En ese momento no solo le habría ofrecido a la enferma su brandi, le habría sostenido la cabeza entre sus manos. Ya había dos hombres sujetándola, sin embargo, y solo se requería compasión.

—Está mal —asintió Fred—. Ma siempre es así: alegre y animada hasta el último momento y, de repente, cree que se va a morir. —Entonces hizo un gesto con la cabeza para señalar a los cuatro plañideros—. Quieren aflojarle el corsé, pero no les deja.

—Y con toda la razón —dijo Julia sin reservas—. El estómago necesita sujeción, no soltarse. Deberían apretárselo más.

—Imposible, no sin matarla. No sé cómo puede respirar llevándolo como lo lleva ya.

Se quedaron escuchando un momento en respetuoso silencio; los quejidos de la doliente señora habían subido de pronto una octava más.

—Buenos pulmones, ¿verdad? —observó Fred con lúgubre orgullo—. Antes podía cantar El acorde perdido desde arriba.

—¿Artistas? —preguntó Julia complacida por su acertada intuición.

Con la destreza de un prestidigitador, el otro sacó su tarjeta. Era bastante más grande de lo normal, pero tenía que serlo a la fuerza. «LOS SEIS GENOCCHIO VOLADORES», anunciaba: «TRAPECIO Y CUERDA FLOJA. Arriesgado, emocionante, increíble. El Koh-i-Noor del espectáculo de acrobacias aéreas». La primera línea estaba impresa en rojo, la segunda en plata y la tercera en azul, de modo que el conjunto era bastante imponente.

Julia apenas había tenido tiempo de admirarla cuando una segunda tarjeta se deslizó sobre la primera. En un cartoncito más pequeño, grabados con recato, leyó el nombre y la dirección del señor Fred Genocchio, Connaught Villas 5, Maida Vale.

—Esta es la personal —dijo Fred—. Quédesela.

Julia se la guardó en el bolso. La mortificaba un poco no tener tarjeta propia para ofrecerle a cambio y, como Fred aguardaba expectante, tuvo que presentarse de palabra.

—Soy la señora Macdermot. Voy a reunirme con mi hija.

—¿En París?

—No, en la Alta Saboya. —Eso le gustó: «Alta Saboya» sonaba muchísimo mejor… Más viajado, más distinguido. En realidad, tendría que haber dicho Ain, por supuesto, pero no sabía cómo pronunciarlo.

—Queda bastante lejos de nuestra ruta —admitió el señor Genocchio—, pero claro, nosotros solo actuamos en las grandes salas. Estrenamos esta noche en el Casino Bleu.

—Hay unos paisajes preciosos —añadió Julia, que creyó que la Alta Saboya no había recibido el crédito que merecía—. Montañas y todo eso. Me encantan los paisajes.

—Igual que a Ma —dijo el señor Genocchio—. Es llevarla a Richmond y ya está como unas pascuas.

Luego miró de nuevo a su espalda, volviendo a los problemas del presente, y enseguida le hicieron señas para que se reuniera con el grupo. Ni siquiera la angustiosa imagen que se le presentó, sin embargo, pudo destruir su sentido de la cortesía.

—Te presento a la señora Macdermot, Ma. Quiere saber…

Pero Julia, para entonces, ya se había dado cuenta de su error.

—Packett —lo corrigió con firmeza.

—La señora Packett, Ma. —Fred aceptó la rectificación sin dar muestra alguna de sorpresa—. Quiere saber si puede ayudar de algún modo.

—Nadie puede ayudarme —gimoteó Ma en medio de su tormento—. Ojalá os fuerais todos. Me estoy muriendo, lo sé, y lo único que quieren es aflojarme el corsé.

Los cinco hombres se miraron primero entre ellos y luego a Julia. «¡Mujeres!», parecía decir esa mirada. «¡Mujeres!».

—Pues no van a hacerlo —le aseguró Julia—. Cuanto más ajustado esté, mejor, y así se lo estaba diciendo al señor Genocchio.

La madre del señor Genocchio —pues tal era aquella mujer— se limitó a gimotear de nuevo. No había forma de reconfortarla, ni siquiera dejarla morir con el corsé puesto.

—¡Marchaos! —sollozó—. ¡Marchaos y dejadme!

Era evidente que nada podían hacer. Durante unos minutos, se quedaron allí de pie, en actitud compasiva pero impotentes, como espectadores alrededor de un caballo caído. Luego Fred cogió a Julia del brazo y la alejó en silencio de allí.

—Tiene razón —le dijo—. No podemos hacer nada. Será mejor que vayamos a tomar una copa.

3

Mientras se acomodaban en el bar, Julia, aún compadecida de tanta aflicción, preguntó si la sexta de los «Genocchio voladores» era la propia Ma.

Fred negó con la cabeza.

—No. Ma no vuela: mi padre era el sexto y aún lo mantenemos así en las tarjetas. Ma cambia las pizarras, ya sabe, en mallas. Y entre usted y yo, ya no está para eso.

—No me parece una prenda lo que se dice favorecedora en ningún caso —repuso Julia con tacto—. Al menos para una mujer. Un hombre con buena figura es otra cosa.

—Debería ver nuestro espectáculo —dijo el señor Genocchio.

Con su hábil gesto de ilusionista, sacó de la nada un abanico de fotografías tamaño postal. Todas, salvo una, mostraban a los «Seis Genocchio voladores» en distintas y asombrosas posturas: lanzándose al vacío, colgados de los dientes… La primera estaba dedicada solo a Fred. Se veía magnífico: en mallas negras, contra un fondo iluminado, parecía un esbelto triángulo equilibrado a la perfección, impecablemente ahusado desde los anchos hombros a los pies estrechos. Julia lo contempló admirada; sobraban las palabras, sus ojos eran lo bastante elocuentes.

—Podría venir esta noche —insistió Fred—. ¿A qué hora sale su tren?

—A las 23:40 h —dijo Julia, pero dudaba.

Ese intervalo de cinco horas en París ya estaba consagrado, en su pensamiento, a la Saga: tenía intención de sentarse en la sala de espera de primera clase, absorta en el mundo de la literatura, mientras los franceses, intrigados e intrigantes, trataban en vano de entablar relaciones con ella. Así era como debía empezar su viaje, pensó, ya que había cambiado el punto de partida a la estación de Lyon. Si iba a un espectáculo de variedades con los Genocchio, ese punto de partida tendría que retrasarse aún más, hasta las mismas 23:40 h, de hecho, lo que significaba tener mucho menos tiempo para ensayar su nuevo papel. Descuidada en todo lo demás —y sobre todo en asuntos del corazón—, Julia se preciaba sin embargo de ser una artista concienzuda, y ahora esas dos caras de su personalidad tiraban otra vez en sentidos opuestos, como el diablo y el panadero de la fábula. Volvió a mirar la postal y ganó el diablo.

—De acuerdo —accedió—. Pero no puedo perder el tren. Mi hija me estará esperando.

La gratitud de Fred se vio interrumpida por la entrada de los otros cuatro Genocchio —tres hermanos y un primo—, que habían seguido el ejemplo de su primera figura, y en compañía de tantos varones Julia volvió a animarse de inmediato. Pasados cinco minutos, ya era el alma de la fiesta. La simpatía, el alborozo, la presión de la rodilla de Fred contra la suya… Todo le resultaba igual de agradable y solo cuando este deslizó también la mano por debajo de la mesa recordó de pronto lo de ser una dama. Fue difícil, pues aquellos dedos musculosos hablaban un idioma familiar y excitante al que su propia carne estaba más que dispuesta a responder, pero triunfó el espíritu y Julia se levantó.

—Voy a ver cómo está Ma —dijo—. Es una vergüenza haberla dejado sola.

Sin embargo, solo consiguió empeorar las cosas. Según subía la escalerilla, un movimiento del barco, que ahora cabeceaba, estuvo a punto de tirarla al suelo. Julia se tambaleó hacia atrás y, de no ser por el fuerte brazo del trapecista, habría perdido el equilibrio. Fred la había seguido y estaba sosteniéndola en un abrazo tan innecesariamente cálido que no dejaba duda alguna sobre sus sentimientos. Se había prendado de ella, por completo, y Julia, siempre sincera consigo misma, sabía que no le habría costado mucho prendarse de él. Pero se contuvo con gran nobleza. Tal vez La saga de los Forsyte, que aún llevaba bajo el brazo y que ahora se le clavaba en las costillas, le dio fuerza moral. En cualquier caso, en vez de estrecharse contra el cuerpo de Fred, se separó un poco.

—Si no se comporta —le advirtió con voz ahogada (en verdad había mucho bullicio en el barco)—, no iré esta noche. Ya se lo he dicho, voy a reunirme con mi hija.

—Está bien —se lamentó él.

Lo entendía. Era un perfecto caballero. Le soltó la cintura y no le dio más apoyo (con una mano bajo el codo) que el que requería estrictamente el balanceo del barco. Y así, muy decorosos, subieron a cubierta para que Ma hiciese de carabina.

Julia estaba triste. Tenía la impresión de que, si las circunstancias hubieran sido distintas, podrían habérselo pasado muy bien.

4

En el tren de París, vacío en tres cuartas partes, los Genocchio, junto con Julia, ocupaban dos compartimentos contiguos. En el primero iba Ma, que después de haber pasado a duras penas la aduana había vuelto a desplomarse de inmediato y seguía atendida por Joe, Jack, Bob y Willie; el otro lo tenían Julia y Fred para ellos solos. La situación era menos peligrosa de lo que parecía, pues cada dos por tres uno de los Genocchio menores entraba a informarlos del progreso de Ma o para fumarse un cigarrillo, pero incluso en los intervalos en los que estaban a solas, el comportamiento de Fred era ahora impecable. Hablaba tranquilo y serio, sobre todo de dinero, y exhibía un orgullo familiar de lo más apropiado. Los Genocchio, le hizo saber, no eran unos simples saltimbanquis; de orígenes italianos, habían llegado a Inglaterra si no exactamente con Guillermo el Conquistador, al menos durante el reinado de Carlos II. Tenían carteles para demostrarlo. Había uno con su nombre en el Museo Victoria y Alberto. Él mismo había ido a verlo de pequeño con su padre y su tío, ambos grandes artistas, y fue su abuelo el que lo donó. No había ninguna otra familia en la profesión —salvo, por supuesto, los magníficos Lupino— que se les pudiera igualar. Julia lo escuchaba embelesada y su interés no decayó cuando Fred fue preparando el terreno para hablar del presente. Mencionó el dinero en el banco y una casa en propiedad en Maida Vale, pues además de artistas, los Genocchio eran también astutos. Ni uno solo, en doscientos años, había tenido que ser enterrado de limosna. Tenían sus altibajos, por supuesto (¿y qué familia no?, ¡fíjese en los Borbones!), pero durante el último siglo no les había faltado ni techo propio ni dinero en el banco…

—Deben de ser unos maridos estupendos —comentó Julia con toda sinceridad.

—Lo somos. Y cuando nos casamos, es para siempre. No somos veletas. Ma no estaría con nosotros ahora si mi padre no hubiera muerto hace seis meses. No parecía capaz de superarlo y se le antojó acompañarnos, así que pensamos que podría animarla. Pero fue un error —terminó Fred con pesar—. Siempre ha tenido el estómago un poco delicado.

Entonces se sumió en el silencio, preocupado por sus asuntos profesionales. Julia, para distraerlo, le preguntó por la nueva generación, pero eso lo apesadumbró aún más.

—Bob y Willie están bien casados, pero solo tienen una hija cada uno. Chiquillas encantadoras y alegres, pero a pesar del apellido no es frecuente que una mujer sea una acróbata de primera clase. Están aprendiendo danza. —Fred suspiró—. Yo también debería casarme, pero hubo una muchacha, hace seis años…

Julia le estrechó la mano. No pudo evitarlo, pero él creyó que era intencionado.

—Cayó en la red —continuó—, aunque en una mala postura. Creo que deseó que no hubiera habido red. El caso es que murió tres meses después y, por un momento, detesté todo esto.

—Me asombra que no lo dejara.

—¿Dejarlo? —Fred la miró sorprendido—. Pues claro que no lo dejé. Pero me afectó, ya me entiende. No voy a decir que no haya vuelto a mirar a una mujer desde entonces, porque no es así, pero casarme es otra cosa.

—No creo —dijo Julia con delicadeza— que ella hubiera querido que no…

—Es cierto. En su lecho de muerte, me dijo: «Dale un abrazo de mi parte a tu esposa, Fred», con esas palabras. ¡Discúlpeme, no pretendía entristecerla!

Y es que Julia ya estaba llorando. Ninguna consideración hacia su aspecto había conseguido jamás reprimir su sensible corazón y las lágrimas se mezclaron con el colorete hasta que el pañuelo de Fred se llenó de manchas rosas. Cuando al fin se sonó la nariz, parecía cinco años más vieja, pero Fred no dio muestras de que le importase. Le rodeó los hombros con un brazo y trató de secarle los ojos él mismo.

—No —sollozó Julia—. Vaya a ver a Ma. Quiero arreglarme.

Él se fue de inmediato, el perfecto caballero. Una vez sola, el llanto cesó rápido, dejándola purgada por la emoción, y se enfrascó con su neceser sin pensar en otra cosa. Desde luego estaba disfrutando en extremo del viaje: su congoja, del todo auténtica mientras duró, no era sino un suceso más en un periplo de lo más interesante y variopinto. No habría querido perdérselo. Incluso la apresurada compostura del maquillaje la divertía y cambió el carmín más tenue (de Packett) por otro a prueba de roces en un tono rojo flamenco. El efecto era imponente, pero cuando regresó el señor Genocchio no pareció darse cuenta.

—Estoy preocupado por Ma —dijo sombrío—. Sigue revuelta.

Julia alzó la vista con interés.

—Y además —continuó el otro—, cuando se le pase, se quedará dormida. Ese idiota de Joe la ha estado atiborrando de coñac como si rellenara una petaca. Creo… —Se dejó caer en el asiento—. Creo que no podrá salir al escenario.

—Bueno, en realidad no es parte del espectáculo, ¿no? —observó Julia en un intento por consolarlo—. Quiero decir que no es como si tuviese que retirarse usted.

—Nos permitía tomarnos un respiro. Viene bien parar un minuto durante la actuación. Además, sé que no lo creerá al verla así, pero Ma es bastante buena. Tiene una sonrisa bonita y cierta presencia. Un brillo especial en los ojos y todo lo demás. Le sorprendería el arte que tiene.

—Eso es la experiencia —repuso ella con ambigüedad—. ¿No pueden recurrir a nadie del teatro?

—Tal vez, pero no tenemos mucho tiempo y detestan a cualquiera que les dé problemas. No sirve de nada preocuparse. Si llega bien, llega bien, y si no…

—Si no, tendré que ayudarles yo misma —dijo Julia.

Apenas aquellas palabras salieron de sus labios, supo que era un error. Hay ocasiones en las que uno debería abstenerse de hacer buenas obras y esta era una de ellas. Cuando vas a reunirte con tu hija —o, en cualquier caso, cuando vas a reunirte con una hija como Susan—, no tendrías que desviarte para ponerte unas mallas prestadas. Pero Fred ya estaba estrechándole las manos con una gratitud casi excesiva y una emoción peculiar recorría los dedos de ambos. Era la emoción del teatro, el entusiasmo de estar entre bambalinas, esa sensación de la que llevaba tanto tiempo alejada y que (ahora se daba cuenta) tanto había echado de menos. «Solo por esta vez —se dijo—. Solo una vez más, ¡antes de que me haga demasiado vieja!».

De modo que, en lugar de seguir hasta la estación de Lyon, Julia se apeó en la estación del Norte.

CAPÍTULO 4
1

De pie sobre una silla frente al exiguo espejo del camerino, Julia se miró detenidamente las piernas. Hacía tanto que no se veía en mallas que sentía a la vez curiosidad y aprensión, sobre todo porque las mallas de Ma eran a todas luces enormes. No obstante, aunque la señora Genocchio era corpulenta, también era bajita y el tejido era muy elástico. Subiéndoselas con maña, había conseguido estirarlas bien y ahora aquel reflejo aplacó sus dudas. Encaramada a los tacones de cinco centímetros de sus propios zapatos plateados, las piernas de Julia se alzaban fuertes y bien torneadas hasta el argénteo faldellín y, si bien no eran como las de una modelo, tenían su propio atractivo.

—A los hombres no les interesan los mondadientes, de todas formas —dijo complacida.

Con cuidado, por los tacones, se bajó de la silla y estudió esta vez la mitad superior de su imagen. Iba apenas cubierta con una especie de cuerpo de traje de baño, negro igual que las mallas, y un bolero color plata. Un tocado compuesto por plumas negras de avestruz que salían de una diadema plateada completaba el conjunto, y quienquiera que lo hubiese diseñado (pensó Julia) debía de tener muy buen gusto.

Al oír unos golpecitos en la puerta, se apartó casi de un brinco del espejo y adoptó una pose despreocupada bajo una luz más favorable.

—Soy yo, Fred —se anunció el señor Genocchio.

—¡Adelante!

El corazón se le había acelerado. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si creía que estaba demasiado… rolliza? Con ferviente repulsa, pensó en todos los dulces franceses que había comido a lo largo de su vida. ¿Por qué se los había comido si siempre supo que serían su ruina? Una vez, para divertir al señor Macdermot, se zampó cuatro éclairs de una sentada… «¡Debería haberse avergonzado de mí!», pensó con amargura; pero si bien su inquietud puede parecer excesiva, es preciso recordar que Julia siempre vivía el presente y que en ese momento su presente era por entero de Fred.

No tenía nada que temer, sin embargo. El rostro del trapecista, cuando apareció en el umbral, rezumaba una admiración empalagosa.

—Está magnífica —dijo al fin.

—Usted también —repuso Julia de corazón.

Y es que ninguna fotografía podía hacerle justicia. Una fotografía solo podía reflejar el brillo de sus mallas negras, no la palpitación de los músculos que había debajo; solo la escultural belleza del equilibrio, no la fluida hermosura del movimiento. Fred cruzó la estancia como una pantera negra y, mientras lo contemplaba extasiada, Julia adquirió sin darse cuenta algo que llevaba largo tiempo codiciando. Adquirió una pizca de cultura, que, si no reconoció como tal, fue porque uno no espera encontrar en el camerino de una sala de variedades lo que busca en los grandes libros. Y sin embargo así ocurrió: una vez vio con sus propios ojos lo mejor de su clase, ya no podía mirar algo de segunda categoría sin reparar en que lo era.

—Voy demasiado emperifollada —afirmó mirándose de nuevo en el espejo.

Fred se quedó desconcertado.

—Está imponente. ¿Qué es lo que no le gusta?

—Todo esto. —Julia se quitó el bolero y el tocado y los sostuvo a su espalda—. Es precioso, Fred, pero creo que debería llevar algo más sencillo…

Uno junto a la otra, examinaron ambos su reflejo, pero sin el contrapunto de las plumas, las caderas de Julia, acentuadas por la faldita plateada, parecían ahora desproporcionadamente grandes. Ella misma hizo un gesto de rechazo con la cabeza.

—No tengo tipo para esto —admitió apenada—. Mejor lo dejo estar.

—Tiene una figura espléndida —dijo Fred. Y lo decía en serio. La miraba con auténtica admiración. Mientras Julia volvía a colocarse el tocado, le preguntó de pronto—: Ese sitio al que va… ¿La espera también allí el señor Packett?

—Murió —contestó ella—. Lo mataron en la guerra.

—Tenía que ser usted una chiquilla para casarse.

—Dieciséis. Él era un chiquillo para que lo matasen.

—Pero un héroe, sin duda.

Julia asintió sin decir nada. Su compasión le agradaba, pero tenía la sospecha de que el espíritu de su difunto marido no lo apreciaría de igual modo. A Sylvester nunca le habían caído bien sus amistades: cuando intentaban decirle lo valiente que era, solía morderse el nudillo del pulgar y se marchaba. Era probable que su fantasma estuviese haciendo lo mismo en ese momento y Julia, para aplacarlo, se apresuró a cambiar de tema.

—¿No estamos ya a punto de salir, Fred?

—Quedan cuatro minutos. ¿Nerviosa?

—Un poco. ¿Es en cuanto los vea saludar?

—En cuanto nos vea saludar, sale y cambia la pizarra, solo tiene que quitar la que hay encima. No puede equivocarse ni aunque lo intente adrede.

Le sonrió para darle ánimos y ella, de pronto, se echó a reír. Al menos durante la próxima hora sus destinos estaban unidos, eran camaradas, compañeros de una troupe que era también una familia.

Durante la próxima hora, Julia no sería la señora de Sylvester Packett, sino la sexta Genocchio voladora…

—¡Alehop! —exclamó, y el traspunte llamó a la puerta.

2

Aunque las piernas de Julia pudieran no ajustarse a los patrones modernos de las modelos, eran muy del gusto de los parroquianos del Casino Bleu. Su segunda entrada fue recibida con vítores y aplausos y, pese a todos sus propósitos en sentido contrario, no pudo evitar hacer ojitos a la concurrida sala. Después de todo, le debía a Fred dar lo mejor de sí misma y lo mejor de sí misma era de hecho muy bueno. Tenía un encanto, una disposición para el disfrute y para hacer disfrutar que le permitía conectar con el público de inmediato y, según avanzaba el número, ese vínculo se hacía más estrecho. Algunos caballeros aquí y allá le gritaban comentarios elogiosos y el francés de Julia, aunque limitado, era suficiente para no defraudarlos.

—Vive la France! —contestaba a voz en cuello—. Vive l’amour! Cherchez la femme! ¡Y a muchas!

No era ingenio, por supuesto, en el sentido tradicional, pero pasaba como tal para sus ahora numerosos admiradores y cada vez que salía los cambios se hacían más largos y clamorosos. En cuanto a ella, el tacto de las tablas bajo los pies, el olor del teatro y el sonido de los aplausos, todo se combinaba para embriagarla. Como toda buena actriz, era un poquito vanidosa; su personalidad se había crecido y solo una sana conciencia profesional le impedía acaparar el espectáculo entero. En cuanto veía al grupo en posición, volvía corriendo entre bastidores y no reaparecía hasta que flaqueaba la última salva de aplausos. Aun así, tenía remordimientos.

—No puedo evitarlo —le susurró a Fred en un momento en el que este no estaba actuando—. Sé que no debería haber respondido, pero lo he hecho sin pensar.

A él le faltaba el aliento para contestar —como era evidente por la soberbia expansión y contracción de su pecho—, pero su sonrisa lo decía todo. Estaba bien, no le importaba; y cuando al final salieron a saludar todos juntos, la cogió del brazo y la sujetó con firmeza a su lado.

—¡Has estado magnífica! —musitó mientras el telón subía y bajaba; y al contacto con su mejilla, pues le había hablado al oído, Julia sintió un delicioso escalofrío que le recorría todo el cuerpo como un trago de vino.

¡Eso, eso era vida! El aire viciado era para ella como una cálida brisa, las personas del público —buenas y malas, limpias y mugrientas— eran sus amigos, su familia, los partícipes de su alegría. Si alguna vez se sintió Julia en comunión con la naturaleza, fue en ese momento. Y si la naturaleza con la que así comulgaba era exclusivamente humana, y por tanto (como se suele creer) menos pura, menos elevada que la inanimada, era culpa de las circunstancias. Los árboles y las montañas la esperaban en Saboya.

3

A unos quinientos kilómetros de allí, la anciana señora Packett se incorporó en la cama y miró la hora. Eran las diez y media; se había acostado demasiado temprano. Susan siempre insistía en que su abuela se fuera pronto a la cama cuando el día siguiente tenía algo de especial y luego, por la mañana, la hacía levantarse tarde.

—¡Pamplinas! —dijo en voz alta.

Se estiró entre las frescas sábanas perfumadas de lavanda: aún sentía aquel viejo cuerpo resistente y vigoroso, con las articulaciones algo agarrotadas, pero muy capaz de permanecer levantado hasta una hora razonable. Esa tarde había estado un poco nerviosa, desde luego, pero quién no lo estaría con una nuera resucitada cerniéndose sobre ti. ¿Acaso no tenía ya a un extraño prácticamente viviendo con ellas? «No he venido aquí para organizar fines de semana campestres —pensó molesta la señora Packett—, sino para descansar y para que Susan perfeccione el francés». Pero Susan, por una vez, estaba siendo poco razonable: en lugar de dedicarse en paz a su Molière, había tenido que enamorarse y adoptar una ridícula actitud de mártir ¡y escribir una absurda carta a una madre a la que apenas conocía! La señora Packett ya no temía la influencia de Julia —Susan (como sabía su abuela mejor que nadie) había pasado la etapa de la juventud maleable—, sino una invitación más de las que cualquier mujer normal podría soportar…

«Dejo que me domine —pensó—. Es una mala costumbre para las dos». Luego, sin querer, sonrió; la tiranía de Susan era muy agradable. Hacía que una se sintiese… preciada. Te mantenía a la altura. Susan era muy exigente, por ejemplo, con los sombreros de su abuela: siempre iba directa a la sección de modelos exclusivos y no miraba nada por debajo de las dos guineas. Una vez, por uno de paja negro con fruncido de terciopelo, le hizo pagar cinco. «Es la forma —le había explicado—. Con él pareces una Romney». La señora Packett siempre cedía. Aún era muy dada a las chaquetas de lana y a las pecheras bordadas, pero sus sombreros eran dignos de admiración…

«Julia nunca se preocupaba», pensó de pronto. Julia nunca se había preocupado de nada. Era buena chica, a su manera, muy dócil y solícita, pero siempre tenía ese aire de estar viva solo a medias… ¡Y luego se fue así sin más, sola, y no volvió nunca! Debía de haber algo en ella, algo que Barton estaba reprimiendo, para lo cual fuese un ambiente hostil. La señora Packett reflexionó sobre aquello. En su juventud, antes de casarse, ella misma había pensado a menudo en vivir a su aire criando spaniels. ¿Acaso Julia tendría ideas similares? No había vuelto a casarse, al parecer, pero ¿qué había hecho con las siete mil libras? ¿Se había limitado a seguir cobrando las rentas? «Yo en su lugar —se dijo decidida—, habría abierto un pequeño negocio». A lo mejor lo había hecho; tal vez en ese momento estaba dejando atrás un salón de té, o una sombrerería, o una floristería de alto copete y, en ese caso, era de esperar que tuviese una encargada en la que podía confiar.

La señora Packett dio una cabezada, se revolvió y se espabiló otra vez. La villa, como el pueblecito que quedaba a sus puertas, estaba muy tranquila y por la ventana abierta entraba una brisa con dulce olor a pino.

«Le vendrán bien unas vacaciones», pensó, pues por algún motivo, en su duermevela, había llegado a la firme convicción de que Julia tenía una pastelería. Disfrutarían hablando largo y tendido sobre ello: seguro que conocía todo tipo de recetas nuevas y, si lograban sacar a Anthelmine de la cocina, incluso podrían probar alguna…

—Tartaletas —murmuró la señora Packett, y con ese grato pensamiento se sumió al fin en un plácido sueño.

4

Mientras tanto, en el taxi que iba de la sala de variedades a la estación de Lyon, Julia recibía una propuesta de matrimonio. Apasionado pero respetuoso (Julia lo mantenía alejado, en realidad, con un codo apoyado en su pecho), Fred Genocchio le ofrecía su mano, su corazón, su dinero del banco y su casa en Maida Vale.

—¡Quédate! —le suplicaba—. Quédate conmigo, que es tu sitio, Julie, y nos casaremos lo antes posible. En cuanto termine la semana, los demás pueden volver y tendremos una luna de miel normal. Eres la estrella del espectáculo, Julie, ¡estás hecha para esto y te quiero así! Y tú también me quieres, Julie, ¡sabes que es cierto!

Sí que lo quería. Dejó caer el codo y, durante un largo minuto, se abandonó a la sobrecogedora sensación del abrazo de un trapecista. El movimiento del taxi los lanzaba de un lado a otro: primero la espalda de Julia, luego la de Fred, golpeaban bruscamente la tapicería, pero ninguno se daba cuenta.

—Te quedarás —dijo Fred.

Su voz rompió el hechizo. Julia abrió los ojos, miró distraída más allá de sus hombros y al fin se fijó en dos manchas blancas que destacaban en la oscuridad. Eran las etiquetas de su equipaje, con una dirección que había escrito en Londres tan solo veinticuatro horas antes: «Les Sapins, Muzin, près de Belley, Ain».

—¡No puedo! —exclamó—. ¡Tengo que ir con mi hija!

Se apartó de él y notó que Fred se agarrotaba a su lado.

—¡Tu hija no te necesita tanto como yo!

—¡Sí, Fred! Es infeliz, y tiene problemas, ¡y me está esperando! No me ha necesitado durante muchos años…

—Entonces podrá arreglárselas sin ti ahora. Julie, querida…

—No —zanjó Julia.

Su congoja no era menos profunda. Saber que sufría, desesperado, cuando con una sola palabra ella podía arreglarlo todo, era una angustia tan opresiva que apenas podía respirar. No estaba en su naturaleza negarse: si tenía amantes con más liberalidad que la mayoría de las mujeres era en gran parte porque no soportaba ver tristes a los hombres cuando era tan fácil hacerlos felices. Su sensualidad era a medias compasión; no podía atarlos corto, razón por la que quizá solo uno se había casado con ella, y ahora —¡qué amargura!—, cuando Fred también quería casarse, tenía que rechazarlo…

—¡Espérame! —le rogó—. ¡Espera a que vuelva!

—No vas a volver —repuso Fred con gesto sombrío—. Harán que te quedes allí. Esa hija tuya…

De pronto, Julia sintió un escalofrío. Hasta entonces, de manera inconsciente, había limitado la existencia de esa hija, y su propio papel como madre, al mes siguiente; en ese momento miró al futuro. Casarse con Fred Genocchio significaría darle a Susan un acróbata como padrastro. ¡Un acróbata entre los Packett! Era algo impensable y Julia se quedó allí sentada, pensando en ello, triste y en silencio, mientras cada sacudida del taxi los acercaba más a la estación de Lyon.

—Hay algo más —dijo Fred al fin. Julia se quedó inmóvil; por la reserva de su voz, por la repentina despreocupación de su actitud, sabía que estaba a punto de revelarle un secreto íntimo—. Hay algo más —repitió—. Nunca he podido hacer un salto mortal hacia delante en la cuerda floja. Pero a veces pienso que, si tuviera un hijo, tal vez él sí podría.

5

Julia no sabía muy bien cómo llegó a subirse al tren ni cómo encontró su coche-cama y le dio propina al maletero. Desde que salieron del taxi, había estado hablando por hablar, ajena a lo que decía, ajena a las respuestas de Fred, ajena a todo salvo a la presión de aquel brazo en su costado. Y sin embargo se las apañó; de un modo u otro, de repente, ella estaba de pie en el pasillo del tren y él en el andén de la estación y había un cristal entre los dos. Fred soberbio y escultural, inmóvil como una roca, el hombre mejor plantado que Julia había visto. Luego el suelo pareció deslizarse bajo sus pies cuando el tren se puso en marcha. Agitó la mano en el aire una vez, como una tonta, se fue dando traspiés hasta su compartimento y cerró la puerta.

Estaba hecha un trapo, y no era de extrañar. Demasiado cansada para llorar y, desde luego, para quedarse despierta. Tras un breve examen del cuartito de aseo —cuya novedad e ingenio no podían dejar de agradarla—, Julia se echó crema y se puso el pijama en un abrir y cerrar de ojos. Un par de moretones, uno en cada antebrazo, atestiguaban la extraordinaria fuerza del abrazo del señor Genocchio. Era lo único que se llevaba de él y acabaría por desvanecerse…

Se metió en la litera y ya estaba dispuesta a dormirse cuando reparó en una puerta estrecha y hasta ahora inexplorada. La curiosidad la empujó a levantarse y a descorrer el pestillo y se vio mirando no el interior de un armario, sino del compartimento contiguo (y vacío).

«¡Qué práctico!», pensó.

Luego volvió a la cama y durmió como un tronco.

CAPÍTULO 5
1

Diez minutos antes de que el tren se detuviera en Ambérieu (eran entonces las seis y veinte), Julia se puso su sombrero modelo matrona y valoró el efecto.

No era muy bueno. El sombrero en sí estaba bien, y valía lo que costaba, pero no la favorecía. Tal vez los acontecimientos del día anterior habían dejado demasiada huella: tenía cierto aire de farandulera veterana, curtida y jovial, pero un pelín ajada…

«Necesito dormir mis horas», pensó al tiempo que se lo ladeaba un poco más. Era de fina paja marrón, tipo hongo, con un ramillete de cintas delante, pero el ángulo en el que se lo había puesto era extraño a su naturaleza. Una señorona viuda en una fiesta a la que le hubieran dado champán en vez de una copita de burdeos podría de hecho suscitar el mismo efecto, solo que no era el que Julia buscaba. Se lo quitó, volvió a plantárselo derecho en la cabeza y lo intentó de nuevo. Bajo el ala, ahora recta, sus ojos oscuros y redondos la miraban con risueña estupefacción; los labios gruesos y el mentón chato no pintaban nada ahí.

—Tienes razón —le dijo Julia a su reflejo—, pero me lo voy a dejar puesto de todas formas, ya lo creo. ¿Es que no sabes que es el tipo de sombrero que ella espera?

Al pensar en su hija, todo lo demás se esfumó. El tren ya estaba reduciendo la marcha; Julia cogió su maletita de mano y salió a toda prisa al pasillo. Quería bajar enseguida y estar lista en el andén para que, cuando Susan llegase corriendo hasta ella, nada les impidiera abrazarse… Y también para asegurarse de que se viera bien la etiqueta de su equipaje. Julia no confiaba únicamente en el instinto filial: había preparado una cartulina especial, de dieciocho centímetros de ancho por diez de alto, con el rótulo «SRA. PACKETT» impreso en mayúsculas. De ese modo, ni siquiera un completo desconocido podría ignorar quién era y, tal como se dieron las cosas —como tan a menudo le sucedía a Julia—, fue un desconocido el que primero se dirigió a ella.

—¿Señora Packett?

—Váyase —contestó ella cortante.

Era un hombrecillo muy menudo y Julia miró por encima de su cabeza, oteando el andén. No había ninguna jovencita ansiosa a la vista; los escasos pasajeros y sus amistades ya se dispersaban a lo lejos. No es que estuviera exactamente intranquila, pero notaba la inquietud acechándola.

—¿Señora Packett? —le rogó de nuevo aquel hombre—. ¿Señora Packett, Les Sapins, Muzin?

Le tendía algo, un sobre, que de hecho llevaba su nombre y, al verlo, se le aligeró el corazón. Esta vez, por lo menos, reconocía la letra.

Querida madre:

Me alegro mucho de que hayas venido, pero no voy a recogerte porque una estación de tren a las seis y media de la mañana es un lugar espantoso para un reencuentro. El hombre que te ha dado esto es el chófer de la estación, él te traerá a Muzin y, si quieres, puedes darte un baño y dormir otro rato antes del desayuno.

Con afecto,

SUSAN

Julia dobló la nota, indicó al chófer cuál era su equipaje y lo siguió hasta el coche. El frescor del aire gris de la mañana la hizo estremecerse: mientras volvía a empolvarse la nariz, escudriñando sus rasgos en el espejito, pensó que tal vez Susan había sido sensata.

—Muy sensata, de hecho —dijo en voz alta. Para su sorpresa, sonó como si intentara convencer a alguien—. Y muy considerada —añadió de mal humor. Luego se echó el abrigo doblado sobre las rodillas y contempló el paisaje. Tenía la impresión de que iban subiendo. Cerró los ojos un momentito y, cuando volvió a abrirlos, el coche se había detenido.

2

Estaban, al parecer, en una granja. Había aves de corral aleteando alrededor de las ruedas, un perro ladraba y, asomado a la media puerta de una cuadra, un caballo los observaba muy atento.

—Qu’est-ce que c’est? —preguntó Julia dando unos golpecitos en el cristal.

—Muzin —contestó el chófer.

Julia miró al caballo, el caballo miró a Julia. Justo por encima de su cabeza, colgado en la pared, había un cartel publicitario muy viejo de máquinas de coser Singer.

—¡Ah! —exclamó satisfecho el otro.

Inclinándose desde su asiento, saludó a un grupo de tres hombres, todos cargados con aperos de labranza, que se habían materializado de pronto en el camino. Llevaban coloridas camisas, pantalones azules y sombreros de paja un poco con forma de salacot que, a ojos de Julia, les daban un extraño aire de exploradores tropicales, aunque evidentemente (y por el contrario) eran autóctonos.

—Bonjour, messieurs —les dijo el conductor—. C’est ici Les Sapins?

El mayor de aquellos señaló un paso bastante estrecho que se abría entre dos graneros. Por ahí, decía el gesto, y subiendo —¡pero mucho!—, se llegaba a Les Sapins. El coche arrancó de nuevo, se arrastró despacio por angostas carreteras, cruzó una placita con una fuente y luego subió y subió, atravesando otras dos granjas, hasta que una alargada puerta de hierro le impidió continuar. El chófer se bajó a abrirla y, cuando las dos hojas empezaron a separarse, Julia vio al otro lado la imponente avanzadilla —inmensos, oscuros, majestuosos— de una avenida de pinos.

Había llegado.

3

La villa de Les Sapins, tal y como se construyó originalmente en tiempos del Primer Imperio, era un edificio blanco no muy grande en parte de dos plantas y en parte de una. Se alzaba sobre la propia ladera: la puerta más alta (la principal) daba a una terraza al pie del viñedo, y la inferior, a otra terraza por encima del huerto. En la planta baja estaban el comedor, la cocina y las despensas; arriba, un salón y tres dormitorios. Este acomodo había bastado hasta más o menos 1890, cuando un nuevo propietario de gustos alegres añadió una sala de billar y dos habitaciones más. Construyó a continuación, sobre el terreno, de modo que convirtió el cuadrado original en un rectángulo, y, además de alargar las terrazas para adecuarlas a la nueva forma, las unió con bellas escalinatas estucadas, una en cada extremo de la casa. Con la construcción de esas escaleras, Les Sapins alcanzó la cima de su gloria, que no duró más que dos años. El jovial propietario se arruinó, la villa quedó vacía o, cuando no, descuidada por una sucesión de inquilinos de verano, hasta que al fin pasó a manos de una solterona inglesa llamada Spencer-Jones que puso un cuarto de baño. La señorita Spencer-Jones conocía a la señora Packett y la señora Packett se la alquiló para el verano de 1936.

Incluso en decadencia, el sitio era encantador. Un enorme jazmín de Virginia dejaba caer sobre el tejado sus flores rojas y cerosas en forma de trompeta y tapaba así los peores desperfectos. En la penumbra que formaba el enramado de los pinos, los muros aún parecían blancos. Los escalones rotos estaban flanqueados por tinas con adelfas; un inmenso tilo extendía su sombra y su perfume por la terraza inferior; los rosales parecían cenadores, y el cenador, un rosal.

Sin embargo, lo más glorioso eran las vistas. Desde lo alto del viñedo, que empezaba justo detrás de la casa, se divisaba una vasta llanura circular —rodeada de montañas, salpicada de aldeas, con algún que otro pequeño cerro y tierras cultivadas hasta el último centímetro— cuyo centro era la diminuta diócesis de Belley. Era el chascarrillo del pueblo que la puerta trasera de Les Sapins estaba sesenta metros más alta que la de entrada, y el orgullo de la villa, que, desde allí, se podía ver el Mont Blanc.

4

Allí arriba y entre los árboles más altos estaba de pie, la mañana que llegó Julia, una muchacha espigada y hermosa con un viejo impermeable. Llevaba así desde las seis, vigilando la carretera de Ambérieu como una guarnición asediada espera las tropas de refuerzo, pero cuando por fin apareció el coche, su expresión no se suavizó. Había hecho venir no a un aliado conocido, sino a una potencia extraña. Con aquella carta, escrita y enviada por impulso, había invitado a una desconocida a su consejo de gobierno más personal; tácitamente había prometido derribar todas las defensas, exponer todas sus debilidades, a cambio de un apoyo cuya fuerza ignoraba.

—¿He sido una idiota? —preguntó Susan Packett a los pinos.

Por supuesto, no obtuvo respuesta. Cuando las puertas rechinaron al abrirse y el coche enfiló la avenida, Susan volvió la espalda a la casa y empezó a subir más y más alto, hacia las rocas desnudas.

CAPÍTULO 6
1

Bajo las rosas del porche, Julia fue recibida por una mujer francesa de edad avanzada que de inmediato la hizo pasar a un amplio y resonante vestíbulo. La francesa, con pantuflas de velarte, caminaba sigilosa como un gato, en cambio sus tacones iban martilleando el suelo y tal vez fue entonces cuando empezó a darle la impresión, una impresión que ya no desaparecería, de que siempre hacía el doble de ruido que cualquier otra persona en esa casa.

—La salle de bain —dijo aquella mujer al tiempo que abría orgullosa una puerta.

—Je vois —contestó Julia—, très chic.

—¿Madame se dará un baño?

—Tout de suite —asintió Julia—. O al menos en cuanto saque una esponja. Éponge, savon. Dans les valises.

—Madame parle français! —exclamó educada su cicerone, y enseguida Julia deseó no haberlo hecho, pues mientras traía las maletas, Claudia fue soltando, en torrentoso y animado francés, lo que ella estaba segura de que serían mensajes de Susan, mensajes de la señora Packett e instrucciones generales sobre cómo proceder allí.

Ya no había más remedio, sin embargo, que sonreír con expresión atenta, y eso fue lo que hizo Julia.

—Et… c’est là la chambre de Madame! —terminó la mujer con gesto triunfal.

Julia se quedó de pie quieta en mitad de la estancia y miró a su alrededor. Nunca había visto una habitación igual: grande, cuadrada, con las paredes blancas, suelo de parqué y dos ventanas por las que entraba el sol y se veían los pinos y una colina azul. Había una cama blanca en un nicho entre dos armarios, un diminuto tocador casi oculto tras un gran ramo de rosas, dos sillas y otra mesa junto a las ventanas dispuesta con una bandeja de desayuno y más flores.

«Está algo desnuda —pensó—, pero es muy espaciosa», y así abrió la maleta más grande de las dos que llevaba y la vació sobre la cama. La bata se había quedado al fondo, pero rebuscó hasta pescarla y luego abrió la otra maletita para sacar su esponja y apartó las rosas del tocador para hacer sitio a sus bártulos de aseo. Para cuando el baño estuvo listo, tras solo diez minutos allí, el aspecto del cuarto había cambiado tanto que hasta la propia Julia se sorprendió un poco.

—Tengo que ser ordenada —se advirtió a sí misma con firmeza. Todas las damas eran ordenadas: tenían cajas especiales para guardar los zapatos y cajas especiales para los guantes y bolsas con la palabra «Colada» para las camisas sucias. Julia también habría tenido todas esas cosas si su situación económica se lo hubiera permitido, pero, como no era así, parecía inútil preocuparse por tales detalles. Un efecto general de amplitud era (como siempre) su objetivo, y en ese momento lo consiguió amontonándolo todo en un armario y cerrando la puerta. Salvo por las rosas en el suelo y una media en el banco de la ventana —y unos zapatos bajo la mesa y una polvera entre los chismes del desayuno—, nadie se habría dado cuenta de que había estado allí.

2

Y entonces, sin duda, mientras yacía triunfante en aquella bañera gala, era el momento de La marsellesa. Sin embargo, de la garganta de Julia no brotó ni una sola nota. Estaba un poco cansada después del viaje y aún un poco sensiblera por lo de Fred, pero la razón fundamental de su silencio era que, por así decirlo, aún no la habían presentado. Se sentía rara, tumbada allí en cueros en una casa en la que ni siquiera había visto a su anfitriona. ¿Qué pensaría Susan si, después de planear con tanto esmero su primer encuentro, su madre anunciara prematuramente su presencia cantando desde el baño? Y como chapotear sería casi igual de malo, Julia se vio a sí misma moviéndose muy despacio, poco menos que furtiva: lavándose la espalda con cuidado, recostándose poco a poco para que no se formase ni una onda. Se vio, de hecho, fingiendo que no estaba allí y, si cerraba los ojos, el efecto era completo. Incluso el agua, inodora, inmóvil, parecía irreal. No era más que una atmósfera cálida en la que flotaba incorpórea, tan irreal como todo lo demás…

—¡No! —gritó sobresaltada—. ¡No puedo quedarme dormida!

El sonido de su propia voz la espabiló y se incorporó a toda prisa, abriendo bien los oídos, para comprobar si había despertado a alguien más. Pero todo seguía en silencio y, con un suspiro de alivio, salió modestamente de la bañera y empezó a secarse. Había dos toallas de baño, grandes y blanquísimas, y una más pequeña de lino con las orillas bordadas; y aunque era imposible sacar auténtico provecho de todas, Julia lo intentó con tanto empeño que oyó las empantufladas pisadas de la doncella en el pasillo, y cómo la puerta de su cuarto se abría y se cerraba, mientras aún se estaba lustrando los muslos.

«Será el desayuno», pensó y, ansiosa por estar donde tocaba cuando tocaba —otra forma de humildad—, se cubrió a toda prisa y volvió corriendo a la habitación. No había nadie, pero sobre la mesa del desayuno habían aparecido panecillos y miel. Preocupada por si la sorprendían con un aspecto inapropiado, Julia se cambió la bata por un vestido de piqué blanco y se empolvó rápidamente la nariz. Y menos mal que lo hizo, pues segundos después llamaron a la puerta y, detrás de esa puerta, había una cafetera y, llevando la cafetera, estaba su hija Susan.

3

En cuanto la vio, a Julia le dio un vuelco el corazón. Susan era hermosa, de una belleza muy femenina. Tenía la estatura y la figura esbelta de los Packett, el cabello rubio de los Packett y los ojos de ese gris claro tan poco común sin una sola mota ni sombra de matices azules. No había nada de Julia en ese rostro ni en su dulce y virginal tono de voz.

—Buenos días —dijo la joven.

Aún sostenía la cafetera en las manos (¿tal vez a modo de protección?), de forma que Julia, preparada para un abrazo, tuvo que replegarse antes de contestar.

—Buenos días. —Intentaba que no le temblara la voz—. Buenos días, Susan.

La muchacha dejó la jarra sobre la mesa (¿sentiría que el peligro había pasado?) y esbozó una sobria sonrisa.

—Sí —le confirmó—. Soy Susan. Espero que no te moleste que no haya ido a la estación, pero…

—Esto es mucho más agradable —se apresuró a concluir Julia.

—La abuela estaba escandalizada, pero creí que tú lo entenderías. —(¡Eso, por lo menos, era alentador!)—. También le resulta chocante —siguió Susan, sonriendo de nuevo— que no la haya dejado levantarse para recibirte. Ahora mismo está sentada en la cama, esperando a que termines de desayunar. Quería tenerte un rato para mí sola, antes de nada.

Aquellas palabras tan gratas, dichas con una voz tan seria y encantadora, colmaron a Julia de regocijo maternal. Era, no obstante, un regocijo aún un poco constreñido: mientras se sentaba a la mesa y dejaba que Susan le sirviera el café, la extraña sensación que había tenido en el cuarto de baño volvió a apoderarse de ella. ¿De verdad era su hija esa jovencita que se afanaba con diligencia sobre la bandeja del desayuno? ¿Era esa casa extraña y desangelada un hogar en el que ella misma tenía de verdad los derechos de una hija? No parecía real. Nada parecía real, ni siquiera el pan que se había llevado a la boca y que tuvo que hacer un esfuerzo por tragar…

—¿Estás nerviosa? —le preguntó Susan de improviso—. Yo sí.

A Julia se le iluminó el rostro.

—Solo hasta que lo has dicho.

Entonces se levantó, llevada por un impulso, pero aún se sentía demasiado cohibida para darle un beso. Susan, a pesar de su gran encanto, no parecía de las besuconas. Cuando aquello se le pasó por la cabeza, le picó la curiosidad de saber algo sobre su joven pretendiente.

—¡Háblame de él! —exclamó con ímpetu al tiempo que iba a sentarse en el banco de la ventana con los oídos y el corazón abiertos.

Susan, sin embargo, tenía sus propios planes. Sonrió cordial, pero negó con la cabeza.

—Se llama Bryan Relton, tiene veintiséis años y es abogado. Se labrará una buena posición. Lo conocerás en el almuerzo, pero no vale la pena hablar de eso ahora, ¿no crees? En fin, hasta que nos conozcas a los dos, no es justo pedirte tu opinión.

Muy correcta, pensó Julia, pero aun así sabía lo que significaba. «No es justo» significaba «es inútil» y, aunque la apreciación era de lo más sensato, tanta racionalidad, en una chiquilla enamorada, se le antojó excesiva. ¿O era más bien prudencia? ¿Era Bryan Relton uno de esos jóvenes de los que no se puede decir mucho, pero que solo tienen que dejarse ver para arrasar con todo? Julia no pensó demasiado en ello; estaba muy ocupada contemplando a su hija. Cuanto más la mirabas —y Susan estaba ahora sentada muy cerca, en el banco de la ventana—, más perfecta la veías. Sus preciosas orejitas apenas se despegaban de la cabeza; sus bellas manos, morenas pero bien cuidadas, nacían delicadas de las muñecas como brotan las hojas de un esbelto tallo. ¡Y era tan limpia! Julia también era limpia, se bañaba todos los días siempre que hubiera gas, pero la de Susan era la limpieza de un manantial, algo tan intrínseco a su naturaleza como su estatura o sus ojos grises.

«No me extraña que esté loco por ella —pensó, volviendo, aunque en silencio, al tema prohibido—. Seguro que es muy poético». Se lo imaginaba alto y delgado y muy serio, de los que aman una vez y para siempre, y también mayor de lo que era en realidad, puesto que en general son los hombres por encima de los treinta los que más atraídos se sienten por la inocencia virginal.

—Apuesto a que la considera una especie de ángel —musitó con aprobación…

—¿Cómo prefieres que te llame? —le preguntó Susan de pronto—. Pareces muy joven para llamarte «madre».

Julia sintió una punzada de desilusión. Claro que quería que la llamase «madre», ¿acaso no había ido hasta allí desde Inglaterra con ese propósito? Quería que la llamase «madre», «mamá», «mami», pero por el tono de Susan supo de inmediato que ninguno de esos términos le parecería aceptable. Igual que antes, había sido muy correcta, pero detrás del tributo a su aspecto, Julia adivinó un encogimiento, una vergüenza, que a su carácter cariñoso le costaba entender.

En lugar de contestar directamente, le dijo con cierta melancolía:

—No te imaginas cuánto me alegró recibir tu carta. Sé que nunca he sido para ti lo que debía… Y fue por mi culpa. Me hace muy feliz que aun así acudieras a mí. Entiendo que no soy como…

En ese momento se interrumpió: el bochorno de su hija era ahora evidente. Susan se había levantado y miraba por la ventana sin pestañear.

—Creo que hiciste muy bien —repuso esta apresurada—. Querías vivir tu propia vida y lo hiciste. No soporto a la gente que se sacrifica a las ideas de los demás. Si quieres saberlo, siempre te he admirado.

—¿Has…? ¿Has sido feliz con ellos? —le preguntó Julia angustiada.

—Muy feliz. La abuela es un encanto, como lo era el abuelo. Y estoy segura de que yo los he hecho felices a ellos. De algún modo, he sido un consuelo por la pérdida de mi padre. —Entonces se dio la vuelta y la miró expectante—. Me gustaría que me hablases de él.

El momento había llegado, ese momento de intimidad, de la larga charla madre-hija que Julia tanto anhelaba. Y sin embargo, en lugar de sentir el corazón dando saltos de alegría, se le cayó el alma a los pies. A la hora de la verdad —cuando la imagen de Sylvester Packett debería haber vuelto íntegra y nítida a su pensamiento—, descubrió que apenas recordaba nada de él.

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