Kitabı oku: «Emociones a la carta»


EMOCIONES A LA CARTA
© 2021, María Bernarda Vergara
© 2021, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, mayo de 2021
Investigación
Dra. María Bernarda Vergara
Diego Nicolás Salamanca
Juan Esteban Salamanca
María Alejandra Vargas
Edición
María Alejandra Mouthon - Diego Nicolás Salmanca
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico y producción
David Reyes Navarro
Ilustración
Leonardo Parra
Fotografía de portada de Dra. María Bernarda Vergara
Noé Herrera
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B - 70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
ISBN 978-958-757-979-6
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso del editor.
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Contenido

Prólogo
Introducción:
Tiempo de creación
Capítulo 1:
Nuestro camino como cavernícolas
Capítulo 2:
La comida es la madre
Capítulo 3:
Tu cuerpo te habla de tus mamuts y tus decisiones
Capítulo 4:
Como te relacionas con la comida, te relaciones con la vida
Capítulo 5:
Una intención sin acción se vuelve ilusión
Capítulo 6:
El propósito de los mamuts en mi vida
Capítulo 7:
Si lo crees, lo creas
Referencias

Nuevamente, a mi esposo, Edgar, y a mi hija, Sara Luna, mi gran equipo a la hora de domar nuestros mamuts en este confinamiento. Este gran apoyo me llevó al nacimiento de este libro.

Agradecimientos

A Dios, que insiste en utilizarme como herramienta para su propósito.
A mis pacientes, las protagonistas de este libro, que con nombres distintos abrieron sus corazones para ponerle un límite al silencio.
A Gilberto y Conchita, mis padres, por su adn, que es la perfección que me constituye.
A mi equipo de investigación, Nicolás, Juan Esteban, Alejandra, por su impecable trabajo y compromiso.
A todos los pacientes que nos han confiado sus procesos por encima de la virtualidad.
A mis hermanas, que aportan y se involucran en el proyecto como si fuera propio.
Al Doctor Santiago Rojas por la poesía en su prólogo.

Prólogo

No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones.
Jorge Bucay
“Caras vemos, corazones no sabemos”, reza el adagio popular tomado del pueblo aborigen mexicano totimehuacán, que originalmente se refería a nutrir una vida virtuosa con dos partes de una persona, la cara y el corazón, que, sin embargo, en nuestra acepción cotidiana traduce que no sabemos lo que en realidad hay en el interior de cada persona, a pesar de que podemos ver su rostro, más ahora incluso que vemos un poco menos por la mascarilla que lo cubre. Ahora bien, un ser humano se asemeja mucho a una muñeca matrioska, de origen ruso, hecha de madera con varios tamaños y que se guardan una dentro de la otra, como si fuera una sucesión infinita, pues al pequeño ser que empieza la vida desde el vientre materno y en su tierna infancia, se le “adicionan capas” durante su crecimiento, que sirven para encubrir su verdadera esencia, que al ser herida de diversas maneras, deja una huella permanente, hasta que un artista, más propio que ajeno, permita reparar el daño, sanando sus heridas, recobrando el gozo y disfrute saludable en la vida.
Ya la autora nos había llevado de su mano a reconciliarnos con la alimentación, mostrándonos que nos comportamos hacia la comida como lo hacemos con la vida, explorando de una manera muy interesante y útil la relación que existe entre el alimento y la gestión de las propias emociones. Todo esto en su obra La domadora de mamuts, para poder, desde la toma de conciencia, no cargar con un peso que no nos pertenece.
Ahora, avanza aún más para llegar al núcleo de nuestra matrioska, ese niño(a) interior, donde están nuestras heridas recibidas, que, al no ser gestionadas de una manera adecuada, se vuelven el patrón con el que se aborda la vida en todo momento, determinando la manera de comportarse y vivir en cada día, con todo lo que significa no haber logrado sanarlas.
Este libro nos regala, en época de caras ocultas, una visión al descubierto de los “corazones heridos” que todos tenemos, permitiendo una manera posible para que sanemos nuestras emociones, lo que nos llevará a disfrutar con salud integral nuestra propia vida. Así, entonces, el adagio popular cobrará su sentido original, y el rostro, junto al cuerpo, sano y virtuoso, reflejará en realidad un corazón emocional pleno y saludable.
SANTIAGO ROJAS POSADA M.D.
El 2020 significó un reto para todos. La llegada de una pandemia, totalmente inesperada, nos enfrentó a una situación sin precedentes y para la que la inmensa mayoría de nosotros no estaba preparada. No fue diferente para mí ni para mi clínica.
Apenas empezábamos a llevar a cabo la planeación que habíamos hecho para el año cuando nos vimos obligados, de un día para otro, a cerrar nuestras instalaciones, cancelar la agenda programada e irnos cada uno a su casa a esperar cómo iba a evolucionar la situación.
Esto ocurrió finalizando marzo. Y tras un mes de cuarentena, era claro que la situación no iba a volver a la normalidad pronto –aún me pregunto: ¿será que volveremos a la normalidad? Y ¿pronto?–.
En mi caso, tuve que gestionar mi propio proceso emocional. Al principio sentía algo de frustración, principalmente por ver a mi hija en su adolescencia sin la posibilidad de salir a interactuar y disfrutar con normalidad de su vida como todos queremos a esa edad. Pensar que se estaba viendo privada de la posibilidad de seguir desarrollando sus habilidades y sus dones, y que sus expectativas quedaban frenadas mientras sus sueños debían posponerse frente a una pantalla de computador, fue una situación retadora y dura para todos. Además, me enfrenté al desafío de adaptar mi quehacer a las nuevas condiciones. En principio no lo tenía muy claro, después pudimos generar una estrategia junto al equipo de trabajo. Pero al poco tiempo, una parte de las personas que conformaban el equipo no logró adaptarse y no siguieron con nosotros, lo que nos obligó a replantear gran parte de la idea inicial. Tuvimos que probar cosas nuevas que funcionaron y otras que no. Incluir gente nueva, explicar una y otra vez a nuestras pacientes cómo iba a funcionar la logística y pedirles y agradecer su paciencia, la cual siempre encontramos.
Todo esto mientras en el día a día pasaba por las situaciones normales de la convivencia, que como en cualquier casa no estaban libres de discusiones, enojos o disgustos, pero también de alegrías, risas y tiempo en familia; tener que extrañar al resto de mis familiares, pasar a celebrar los eventos personales por vía virtual o resignarme a que no iba a ser posible cumplir con la agenda que tenía programada para el año que incluía varios eventos importantes a nivel profesional.
Y no podía evitar sentir un poco de angustia cada vez que me imaginaba las dificultades por las que debían estar pasando mis pacientes. Fueron tantas situaciones vividas y tantos cambios tan repentinos, que sentí como si cada mañana me levantara y mis mamuts me estuvieran esperando con un menú de emociones variadísimo, preguntándome qué es lo que iba a consumir. Y teniendo todas las emociones a la carta entendí que era yo quien debía elegir y que la única forma de hacer que esas elecciones me acercaran a mi meta era tomando el control.
Para ese momento, me había mentalizado para encontrar la forma de poder hacer consulta en este nuevo contexto, pues sentía la responsabilidad de transmitir la información que tenía en mis manos a la mayor cantidad de personas posible. Este mes coincidió con el lanzamiento de mi primer libro La domadora de mamuts, lo que hizo que, además, una gran cantidad de personas empezaran a buscar la manera de verse conmigo en consulta.
De esta manera, convencida de que debía convertir esta situación en un tiempo de creación, logré, con el apoyo y compromiso de mi equipo de trabajo, generar una modalidad de atención virtual que, en perspectiva, no solo ha cumplido con el objetivo de seguir llevando la información que he puesto al alcance de mis pacientes en el método Los 5 no negociables© a quienes nos buscan, sino que, además, me ha permitido hacer uso de herramientas increíbles que hoy nos brinda la tecnología para poder llegar a una comunidad mucho más grande y que se compone de personas en todas partes del mundo, hispanohablantes y de las más variadas nacionalidades.
Al decidir lanzarme al mundo de la virtualidad, temía no lograr establecer una conexión con mis pacientes como en una consulta presencial. Hoy, después de haber avanzado en todos los sentidos desde aquel primer taller virtual en mayo, puedo decir que no solo logré establecer esa conexión, sino que gracias a mis pacientes, que a pesar de la distancia física que nos separa me abrieron sus corazones y me permitieron conocer en profundidad cada uno de sus casos, miedos y experiencias, he logrado recopilar y organizar la información que ya había venido identificando en mi consulta durante más de veinte años de forma presencial y en este año desde la virtualidad, y que ha servido como insumo para crear esta guía emocional, que estoy segura de que será el complemento perfecto en el proceso de cada una de las personas que la lea.
Entonces, Emociones a la carta es el resultado de haber estudiado con mi equipo de investigación una serie de comportamientos, reacciones y rasgos emocionales repetitivos que habíamos podido identificar en miles de pacientes que habían pasado por mi consulta y que nos dedicamos a profundizar y estudiar, a partir de los procesos de entrega de peso de las más de seiscientas personas que hicieron parte de nuestros talleres virtuales durante el 2020.
En este libro encontrarás un análisis explicativo de las emociones que cada cavernícola experimenta al tener que enfrentarse a sus mamuts y el origen de estas. Esto, por supuesto, respaldado desde la ciencia. Entonces, tras hacer una revisión juiciosa de las diferentes teorías que han abordado el estudio de las emociones, pudimos constatar que diferentes corrientes de la psicología han desarrollado todo tipo de estudios, análisis y teorías al respecto. Lo que buscamos a lo largo de los capítulos de este libro es apoyarnos tanto en esta revisión como en los hallazgos encontrados en nuestros más de seiscientos pacientes virtuales, para entregarte una guía sencilla y clara que te permita tener más herramientas en tu proceso de introspección y entender de dónde aparecieron las emociones que te genera tu relación con la comida.
Si estás leyendo este libro, es muy probable que ya tengas claro que cuando hablo de los “mamuts” me refiero a aquellas circunstancias, personas, experiencias o situaciones que interfieren con nuestras decisiones y en muchas ocasiones terminan avasallándonos. Este libro te va a permitir identificarlos, entender su origen y tener diferentes planes de acción, respaldados por herramientas concretas que te permitirán enfrentarlos, por complicados o dolorosos que sean.
Es decir, cada uno de los mamuts que se te presenta en tu proceso de entrega de peso, determina tu comportamiento y tus decisiones frente a la comida. Y como nos comportamos con la comida, nos comportamos con la vida, y la comida es la madre, como siempre digo. Por eso es tan fundamental entender el proceso emocional por el que pasamos cuando queremos entregar ese peso que no nos pertenece. Porque, como siempre he dicho, entregar los kilos, debe ser solo la consecuencia de generar un cambio en los hábitos mentales y las conexiones adecuadas para tener una relación sana con la comida: operarse el pensamiento.
Fue justamente el hecho de tener que cambiar abruptamente nuestra rutina al vernos obligados a estar en casa para salvaguardar nuestra salud y seguridad, lo que me hizo reflexionar y darme cuenta, a partir de las experiencias que me relataron a diario mis pacientes, y de las mías propias, de que al estar “encerrados” con nuestros mamuts, sin poder evadirlos con el afán del día a día como solíamos hacerlo, consumimos un coctel emocional en cada momento y es fundamental tener las herramientas para poder enfrentarlo.
No me refiero necesariamente a que las personas con quienes convivimos sean nuestros mamuts. Lo que quiero decir es que vernos obligados a desarrollar la vida en un mismo lugar y pasar de un importante grado de libertad a tener restricciones para todo lo que solíamos hacer, obligatoriamente nos confronta con todos los problemas, disgustos o frustraciones que habíamos estado evadiendo por el afán de cumplir con la rutina y seguir desenfrenadamente con las actividades que solíamos realizar. Además del sinnúmero de nuevos retos que significa tener que adaptarse al nuevo contexto. Esta transformación tan radical puede no resultar nada bien si no es gestionada adecuadamente. Por eso, al distinguir todo esto que te cuento, lo que hice fue empezar a tomar las acciones coherentes que me permitieran convertir este período en un tiempo de creación.
Ahora bien, además de la explicación psicológica, para poder entender las emociones es necesario también entender que la especie humana ha vivido un proceso histórico que la ha enfrentado a situaciones para las que no venía preparada.
Es decir que, tal cual como nos ocurrió a la gran mayoría de nosotros durante este contexto de pandemia, el proceso de nuestra cavernícola también tenía unas dinámicas que cambiaron de un momento a otro. Y al igual nosotros, ella también se encontró con un menú de emociones que la llevaron a tomar sus decisiones de una u otra manera.

Déjame contarte un poco de este proceso. En algún lugar entre África y Oriente Medio, hace unos 132 000 años, apareció el Homo sapiens sapiens o, para ponerlo en términos más sencillos, los primeros ancestros de nuestra cavernícola. Esto fue el resultado de la aparición de herramientas con filo que permitían desgarrar carne y dieron la posibilidad de incluir en la dieta las proteínas animales, llevando a que el cerebro se desarrollara hasta alcanzar un volumen cercano a 1,5 litros, que es muy similar al nuestro de hoy en día.
La verdad es que hay varias teorías sobre esos primeros miles de años desde que evolucionamos hasta este punto, pero sabemos que más o menos cuarenta mil años después comenzamos a viajar por el mundo. Nuestros antepasados salieron de África y a través del Medio Oriente emprendieron largas y complicadas migraciones que los llevaron hacia lo que hoy conocemos como Eurasia, esta es una zona que comprende varios países ubicados al sur de Europa y al occidente de Asia.
Hace unos 74 000 años ocurrió en Indonesia la erupción del Supervolcán que cambió el clima terrestre. La temperatura global disminuyó y convirtió a los territorios que hoy corresponden a Europa y China a ser prácticamente inhabitables por efecto de la glaciación. Este evento amenazó la especie casi hasta la extinción, pues se calcula que apenas sobrevivieron entre mil y dos mil individuos. Entre estos pocos sobrevivientes, estaba la familia de nuestra cavernícola. Y tal cual como nosotros entrando en la cuarentena, debieron enfrentarse a tener que decidir si ser superados por las dificultades o hacer de su nueva realidad una oportunidad de crecimiento e innovación. Entre otras decisiones, tuvieron que optar por migrar en busca de unas mejores condiciones. Es decir que, en nuestra naturaleza y nuestra genética, todos somos y siempre hemos sido migrantes, pues venimos de esos sobrevivientes. Migrar ante la adversidad es parte de nuestra esencia.
Definitivamente, la decisión fue innovar. Al verse en esta situación extrema, tuvieron que hacer uso de todos los avances tecnológicos que tenían a su disposición y aprovechar la herencia que traían de sus ancestros, incluyendo, no solo sus experiencias y conocimientos, sino también sus frustraciones y miedos, las cuales utilizaron para permitir la aparición de la creatividad por medio de expresiones como el arte. A partir de ese momento, fueron incluidas acciones que serían fundamentales para el recorrido de la cavernícola y su clan, como pensar, planear y comunicarse.
Las migraciones continuaron por varios miles de años y aquellos primeros grupos de humanos cada vez fueron llegando más lejos; para el año 40 000 a.C. ya habían ocupado los territorios a los que hoy conocemos como Inglaterra, China o incluso Rusia. Para ese momento sabemos que el alimento era algo escaso, la Tierra era bastante más fría que en la actualidad y en su mayoría estaba compuesta de extensas planicies e interminables desiertos. Aun así, nuestra cavernícola y su clan recurrían a la pesca, para la que empleaban huesos afilados, así como a la caza de algunos mamíferos; estas actividades se desarrollaban en grupo y el alimento obtenido se repartía entre todos. En esta etapa, se genera un vínculo que quedaría hasta nuestros días entre el alimento y la madre tierra. La cavernícola interiorizó que la comida es la madre y esa información sigue estando en nuestro adn y en nuestro cerebro cavernícola, que como te he contado antes en La domadora de mamuts, es quien gobierna todas las situaciones que amenazan nuestra supervivencia.
Igualmente, tuvieron que transcurrir varios miles de años para que nuestros antepasados llegaran por fin a nuestro hermoso continente; esto sucedió más o menos en el año 18 000 a.C., para ese momento el planeta seguía siendo muy frío y fue precisamente ese hecho el que permitió la generación de puentes de hielo naturales que conectaron a Norte América con Asia y Europa, permitiendo así que los migrantes llegaran a nuestro continente.
Estas extensas formaciones de hielo, producidas por las bajas temperaturas globales, se encontraban en todo el mundo y se les conoce como glaciales, es por esto que a este periodo se le conoce como la era glacial; cuando esta terminó, en el año 10 000 a.C. los grupos humanos por fin pudieron dejar de migrar y comenzaron a establecerse, es decir que, como especie, pasamos de ser nómadas a ser sedentarios –me surge una inquietud en este punto: desde esa época, al sentirnos en peligro ¿la decisión de la tribu es “quédate en casa”? ¿El sedentarismo quedó grabado en nuestro subconsciente como una herramienta de sobrevivencia?–, pues el fin de aquella era glacial trajo consigo un aumento general en la temperatura del planeta, lo que permitió la aparición de los bosques.
Pero no todo era felicidad por aquellos días, pues como consecuencia de los cambios en el clima y el exceso de caza en una misma zona, desaparecieron varias especies de animales, entre ellas nuestro querido mamut, que no estaría más en la tierra, pero persistiría en un lugar muy especial de ese cerebro más evolucionado de cada cavernícola, llamado hipocampo, que se estrenaba en ese momento y desde entonces sería donde almacenaríamos y procesaríamos los recuerdos y las emociones.
Aun así, las temperaturas más cálidas trajeron consigo nuevas especies, nuevas formas de caza y nuevas herramientas. En esa época nuestros antepasados inventaron utensilios para moler, pudiendo así incluir en su dieta ciertos frutos que antes no les era posible consumir; también aparecen las primeras siembras, pues el estar de manera permanente en un territorio determinado les permitió conocer los periodos de siembra y cosecha de diferentes alimentos, en especial cereales y algunos vegetales, pues al no tener unos buenos modales, nuestra cavernícola y su clan solían hacer un manejo de residuos inadecuado y, al cabo del tiempo, encontraban que esos residuos habían dado frutos. También habían aparecido herramientas como la lanza o el cuchillo que les permitían cazar y pescar con más facilidad.
A partir de ese momento, los diferentes clanes empezaron a establecerse en territorios determinados. Pero todos venimos de la misma fuente por más que en el camino nos hayamos separado físicamente. En el adn de cada uno de nosotros hay parte de esos pocos miles sobrevivientes que decidieron no dejarse superar por el gran mamut que tuvieron que enfrentar y tomar las acciones coherentes para sentar las bases de todo lo que ha venido después. Al establecerse en pequeñas aldeas, comenzaron a domesticar animales, siendo las cabras y ovejas las primeras especies. Esto permitía que la comunidad pudiera alimentarse sin necesidad de tener que ir a cazar, e incorporó los lácteos y otros derivados animales como huevos a la dieta de nuestra cavernícola. El sedentarismo también trajo consigo el perfeccionamiento en las técnicas agrícolas, fueron inventados los primeros sistemas de riego y se empezó a conocer que había tierras más adecuadas para sembrar uno u otro alimento.
Todos estos cambios, que sucedieron bastante más rápido de lo que había sucedido hasta entonces, se conocen como la revolución neolítica. Este periodo de la humanidad se caracteriza principalmente por el paso de la vida nómada a la sedentaria y todo lo que esto significó para la cavernícola y su familia como la especie que comenzaba a conquistar el planeta –vean ustedes todo lo que transforma el “quédate en casa”–. Estos primeros asentamientos se caracterizaban por ser sociedades donde no existía un sistema económico, los recursos y responsabilidades se repartían equitativamente de acuerdo con las necesidades y capacidades de cada integrante del grupo: los hombres se ocupaban de la caza y la pesca y las mujeres del cuidado de los niños y las labores agrícolas y de recolección.
A medida que pasó el tiempo, se hicieron cada vez más y más comunes, y más y más grandes los asentamientos. Esto generó que los territorios de caza y recolección comenzaran a limitarse y, entonces, aparecieron las primeras ciudades, que eran lugares donde se juntaban varios grupos que habían coincidido en un mismo territorio. Esto trajo consigo que las diferentes poblaciones se especializaran en oficios específicos, como las actividades agrícolas, agropecuarias o de pesca, lo que derivó en una primera y muy incipiente economía de trueque entre ciudades. Así acabó la economía colectiva y también la libertad sobre la tierra y, en ese momento, se terminó la paz de la cavernícola y su clan. En las ciudades se tuvieron que establecer gobiernos y mandatarios para organizar y controlar a los ciudadanos y así mismo comenzaron los problemas entre unos y otros por el territorio y los recursos. Es decir que nuestra cavernícola se vio obligada a pelear por la madre que la nutría; a pelear por la tierra. En algunas partes del mundo, incluso, se edificaron muros para proteger ciudades e impedir que invasores robaran o desestabilizaran la tranquilidad del lugar, y de esta forma fue como comenzó lo que a la cavernícola le vendieron como la civilización. Para entonces, incluso su nombre cambió y pasó a entenderse como un individuo de la sociedad.

En la actualidad, las dinámicas que la civilización le pone por delante constantemente a nuestra cavernícola, y el predominio de la competencia como práctica social, significan una dificultad permanente que también interfiere con el manejo de las emociones. En este sentido, nuestro equipo de investigación ha hecho una aproximación interdisciplinar a todos estos aspectos desde diferentes enfoques de las ciencias sociales (como la sociología, la psicología o la politología) para que, desde la consulta virtual ofrecida en Medicina para la Estética, en un principio, y ahora desde Emociones a la carta, tengas a tu disposición una serie de políticas y recomendaciones que te orienten y te permitan aprender a gestionar esa marea emocional que hoy se presenta como el más grande de tus mamuts.
Y lo que te quiero hacer ver con esta explicación es que, en muchas ocasiones, cuando el entorno nos pone por delante unas determinadas emociones, nuestras decisiones están más allá de nuestra voluntad o nuestra racionalidad y es nuestra cavernícola quien está al mando, con sus miedos, sus frustraciones, sus experiencias.
Una de las preguntas más recurrentes entre las pacientes que inician sus procesos de entrega de peso conmigo y los lectores de La Domadora de Mamuts es ¿cómo puedo identificar mis mamuts? Para esto, diría que no hay una respuesta, pues no a todos se nos manifiestan de las mismas formas, como digo todo el tiempo, cada paciente y cada caso es un universo único y diferente de todos los demás.
Sin embargo, sí estoy convencida de que la identificación de tus mamuts solo es posible en la medida que entiendes el origen de tus emociones. Cuando logras entender por qué cada situación te lleva a sentirte de una manera determinada, ya estás en el camino para identificar y domar tus mamuts. Recuerda que cada mamut viene a nuestra vida a dejarnos un aprendizaje. Su propósito es mostrarnos algo que necesitamos sanar, permitir o liberar; algo sobre nosotros mismos. Entonces, la ruta para empezar a entender nuestros mamuts es el conocimiento y el entendimiento propio. No te preocupes que todo esto lo verás más claro después de leer todo lo que nuestra cavernícola nos va a enseñar en los siguientes capítulos.
Soy una convencida de que la herencia que traemos en nuestros genes, determina cómo nos comportamos y explica por qué tomamos las decisiones y hacemos las elecciones de una u otra manera, frente a la comida, frente a la vida y en general en todos los aspectos.
A lo largo de los capítulos de este libro, hemos recopilado diferentes testimonios de pacientes que han llegado a mi consulta, que ilustran como las experiencias de nuestro pasado, de nuestros antepasados y en general de nuestro clan, impactan de forma contundente en nuestros procesos emocionales y de toma de decisiones. Estas historias son reales y agradezco a las protagonistas por abrirme su corazón, permitirme contarles sus casos y hacer un análisis a partir de ellos para buscar explicarles el origen de los mamuts que enfrentamos y cómo debemos combatirlos y gestionarlos. Sin embargo, los nombres de los personajes en cada uno de los testimonios han sido cambiados por nombres ficticios para garantizar la privacidad y reserva de las historias clínicas.
Como siempre lo hago, en este libro he buscado un respaldo científico serio y contrastado, que complementado con mi experiencia en la consulta de miles de pacientes, me permita brindarte una información clara, completa, pero, sobre todo, práctica y fácil de entender a la hora de aplicarla. Para ello, me he basado en diferentes disciplinas del conocimiento, principalmente la psicología. Con el apoyo de mi equipo de trabajo, hemos hecho una recopilación interdisciplinar que también incluye información histórica, sociológica y, por supuesto, médica, que te servirá para entender el origen de ese menú emocional al que te estás enfrentando.
Desde la psicología se ha hablado desde Freud de la conexión que existe entre las experiencias vividas en las primeras etapas de la vida y la personalidad o las características emocionales de las personas ya en la adultez. Desde hace años se habla del niño herido o el niño interior. La autora francesa Lise Burbeau fue quien acuñó el término “heridas de la infancia” y las catalogó en cinco heridas: traición, injusticia, rechazo, abandono y abuso. En mi opinión, todos hemos sufrido algo de estas las heridas. Sin embargo, hay casos en los que la herida que más daño nos ha hecho, termina por moldear aspectos específicos de nuestra personalidad y nuestras emociones.
En cada capítulo, te contaré una historia sobre cada una de las heridas, cuáles son sus características, sus consecuencias y las herramientas de las que disponemos para gestionarla.
En el año 2018, recibí en consulta a Isabel Lucía, uno de los casos más impactantes que ha llegado a mi consulta, y hoy en día, uno de los casos de éxito más contundentes que he tenido en mi vida profesional desde que atiendo pacientes con diagnóstico de sobrepeso.
Isabel Lucía llegó a mi consultorio pesando 114 kilogramos. Después de hacer la sesión de valoración y hacer sus números, concluimos que su diagnóstico era obesidad grado iii u obesidad mórbida, y que el peso saludable para su estatura y estructura ósea eran sesenta kilogramos. Es decir, debía entregar más de cincuenta kilogramos para poder restablecer su salud. Pero su diagnóstico respecto al peso era apenas la parte visible de las dificultades que Isabel Lucía pasaba.
Desde aquella sesión de valoración, logramos establecer una conexión y, a pesar de que ella llevaba varios meses negándose a aceptar una orientación profesional para sus problemas, encontró en mi asesoría y en el método lo que necesitaba para empezar su proceso. Y así lo hizo. Iniciamos el tratamiento y empezaron a llegar los resultados.
Ella daba su máximo esfuerzo e iba entregando kilos en la medida que cumplía, algunas veces más y otras menos, las indicaciones recibidas en consulta. Sin embargo, mi sensación era que, a pesar de que de a poco empezaba a tomar el camino hacia su meta, las cosas no fluían ni su entusiasmo parecía el de alguien que hubiera encontrado lo que había buscado por un largo tiempo.
Mi sentir era, en muchos momentos, que los excelentes resultados en cuanto a entrega de peso eran la única razón por la que ella seguía poniendo todo de su parte, pero hasta ese momento no evidenciaba que estuviera logrando ese cambio de mentalidad que he visto en tantas otras de mis pacientes y que es la clave para que sus procesos, no solo sean un éxito por entregar los kilos que no les pertenecen, sino que les permitan adquirir y consolidar unos hábitos saludables y acordes con sus objetivos y realmente reconciliarse con la comida.
Es decir, Isabel Lucía seguía luchando con su cerebro primitivo y hasta ese momento no habíamos conseguido que trajera a la conciencia sus mamuts, por lo que a pesar de estar tomando acciones coherentes, había momentos en los que su cavernícola era quien tomaba el control y ella se encontraba frente al abismo, el miedo y la incertidumbre de sentir que no iba a ser capaz y que nuevamente iba a regresar al punto donde había empezado, ese punto en el que no quería estar más.
Así pasaron varios meses en los que nos fuimos conociendo y, a pesar de las dificultades, Isabel Lucía seguía poniendo todo de su parte para no entregar el poder a las excusas y adherirse al método tanto como le era posible.
Una noche recibí una llamada de ella en mi teléfono. Mis pacientes tienen muy claro que solo me comunico con ellas en unos horarios determinados que hemos acordado previamente y que no contesto llamadas pues, cuando estoy en consulta no estoy pendiente del celular, y cuando termino consulta no atiendo asuntos relacionados con mi clínica. Por ese motivo, en principio no respondí su llamada, confiando en que si me necesitaba para algo específico me enviaría un mensaje de chat, que es el medio por el que suelo comunicarme con mis pacientes en la semana. Pero no fue así. Me llamó por teléfono una segunda y hasta una tercera vez.
En ese momento me di cuenta de que debía estarle sucediendo algo extraordinario y decidí tomar la llamada. Al otro lado del teléfono, estaba ella muy alterada y sollozando, tratando de explicarme con desesperación lo que había sucedido. Apenas logré entender lo que trataba de decirme y lo que más llamó mi atención fue el tono infantil con el que balbuceaba. Me dio la sensación de estar hablando con una niña y no con esa abogada brillante y elocuente que había estado viendo en mi consulta los últimos meses.
Además, pude percibir en sus palabras una sensación de profundo dolor que encontraba desproporcionado para ese episodio en particular. Es decir, lo que te voy a contar a continuación era un evento frustrante y relativamente grave para su proceso, pero todo el dolor que ella expresaba no se correspondía con lo ocurrido.
Esa noche Isabel Lucía, una vez más, había caído. Después de meses de resistirse, en esta ocasión no había podido aguantar. De nuevo, había terminado sentada en aquella panadería comiendo lo que no debía, a la hora que no lo había indicado el método, en unas cantidades salidas de todo orden. En esta oportunidad se había sentado desde la tarde y había comido tanto pan como había podido. Había pasado varias horas ahí sentada, sola, comiendo pan. Y solo en el momento en que el hastío no le permitió comer ni uno más, se dio cuenta de que había perdido el control y había incumplido con todas las indicaciones de la consulta.
Fue ahí cuando sin saber qué hacer, la frustración y el llanto se apoderaron de ella y decidió llamarme, en medio de un estado de confusión mezclado con rabia e impotencia y un sentimiento de fatalidad.
No entendía por qué había pasado eso. Estaba desorientada y se sentía avasallada. Me repetía en el teléfono una y otra vez que no iba a poder, que esto era muy difícil y que así quisiera, su obsesión por el pan era más grande que su convicción de estar en el método y de cambiar sus hábitos. Se preguntaba, y me preguntaba cómo era posible que después de tantos meses de esfuerzo, no hubiera podido parar de comer pan.
Ella estaba totalmente impactada de pensar que ni siquiera se tratara de satisfacer el antojo, sino que tras comerse el primero de aquellos panes, se viera absolutamente despojada de su voluntad, y de la forma más primitiva hubiera procedido a simplemente consumir otro y otro y otro, sin medir consecuencias y sin pensar en nada. Ni en su proceso, ni en su salud, ni en el esfuerzo de meses. Solo esperando terminar, para comerse el siguiente.
Después de un rato en el teléfono, con lo que logró desahogarse, conseguí que se calmara un poco y la pude convencer de irse a su casa a descansar. Le dije que la vería en mi consultorio al día siguiente y que allí conversaríamos con calma de lo que había ocurrido.
Esa noche quedé atónita. Yo también sentía algo de frustración, pero, sobre todo, tenía la sensación de que si no llegábamos al fondo de este asunto, era muy probable que todo lo logrado con Isabel Lucía hasta ese momento se perdiera. Y me resistía a que fuera así, pues la había visto hacer su mejor esfuerzo durante meses y entendía que en este momento tan crítico mi obligación como médica tratante era poner a su disposición todas las herramientas que podía brindarle desde mi profesión para conseguir que siguiera adhiriéndose al tratamiento.
La experiencia y la ciencia me han mostrado que los pacientes con sobrepeso tienden a presentar un cuadro clínico que no solo se limita a los problemas físicos que aparecen como consecuencia de un exceso de peso, sino que además suelen presentar alteraciones y condiciones relacionadas con su estado mental, psicológico y anímico causados por esa condición frente a su peso. Por eso, tengo la convicción de que se debe hacer un abordaje integral del diagnóstico de sobrepeso, trabajando tanto la parte física y nutricional, como el tema emocional y la salud mental.
Isabel Lucía llegó al día siguiente a mi consultorio. Estaba más calmada. Se veía mucho menos alterada y sonaba como ella. Ya no como una niña mucho más pequeña. Empezamos a hablar y, haciendo uso de una de las técnicas que utilizo en el método, logré indagar en sus experiencias para llevarla a un punto en donde logramos establecer una relación entre la comida y la emoción.
Después de un rato de consulta ella logró hacer un proceso de retrospección en el que recordó y revivió un episodio que le había ocurrido años atrás, estando en su niñez y que hasta entonces no era tan claro para ella.
Esta historia que conoceremos a continuación es solo una más de las muchas historias que en este país, Colombia, se han visto afectadas por un conflicto interno, que hoy lleva más de setenta años y tristemente parece interminable. Pues, a pesar de la firma del Acuerdo de Paz en 2016, se me arruga el corazón al ver que transcurridos solo dos meses del 2021 las cifras nos mostraban que en mi país ya habían sido asesinados al menos veintidós líderes sociales, siete firmantes del Acuerdo de Paz y se habían perpetrado doce masacres.
En el momento que se desarrolla la historia de nuestra protagonista, buena parte del país se encontraba dominado por diferentes grupos guerrilleros, que tras una serie de negociaciones fallidas con varios gobiernos, habían logrado fortalecer sus estructuras y así se habían establecido en muchos de los territorios del país, con el objetivo de cercar la capital para presionar al Gobierno y obligarlo a cumplir sus exigencias políticas. Este conflicto no ha hecho diferenciación entre combatientes y sociedad civil, y, como veremos a continuación a lo largo de esta trágica historia, los que más han perdido como consecuencia de este conflicto han sido los hijos, las madres y las familias de todos aquellos que han muerto en esta guerra sin sentido; quien más ha perdido ha sido el pueblo colombiano.
Entonces la violencia ha estado presente en nuestro país durante toda nuestra vida. Millones de colombianos se han visto afectados por esta situación y nuestra sociedad está marcada por flagelos propios de la guerra como el desplazamiento, el secuestro o la pérdida de familiares o personas conocidas, incluso y en la mayoría de los casos, sin tener nada que ver con los bandos en conflicto.
Y esa situación no se limita a las muertes. Pues las heridas que han quedado en las almas de quienes lo han vivido, y aunque parezca imposible, todavía hoy determinan sus comportamientos y aspectos como su relación con la comida, pues la comida es la madre.
Isabel Lucía vivía en la región de los Llanos Orientales colombianos y tenía unos cuatro o cinco años de edad. Esta zona ha sido históricamente golpeada por el conflicto y para aquella época se vivía uno de los momentos más crueles y violentos. En casa vivían sus padres, su hermano y ella. Su madre era la rectora de la escuela que quedaba justo al frente de su casa, y esa era la escuela a la que asistían los niños del sector. En casa, además, era ella quien determinaba las reglas e impartía autoridad.
Su casa se encontraba en una apartada zona rural, ubicada a varias horas del casco urbano y que tenía la característica de estar próxima a un terreno montañoso. Para la época, la fuerza pública había organizado un campamento en la parte alta de la montaña, para combatir un asentamiento enemigo que se situaba en la parte baja. Esto ponía al grupo de viviendas, entre las que se encontraba la de Isabel Lucía y su familia, y a la escuela, justo en la mitad de los dos campamentos. Así, cuando se daban los combates y bombardeos entre las dos fuerzas, se volvió recurrente que quienes vivían allí, y los hogares de todos ellos, quedaran en medio del enfrentamiento.
Cada vez se volvió más recurrente la situación de encontrarse en fuego cruzado. Cuando esto sucedía, su madre solía venir a casa y esconder a Isabel Lucía y a su hermano bajo la cama, y acto seguido regresaba a la escuela para cuidar que los niños a su cargo estuvieran a salvo. Eventualmente, algunos profesores venían a casa a revisar que Isabel Lucía y su hermano se encontraran bien, y su madre regresaba solo al final del enfrentamiento, cuando había garantizado que todos los niños de la escuela se encontraban seguros.
La indicación que la rectora daba a sus hijos siempre era parecida: “No salgan de ahí, mientras yo no regrese.” Y además, solía ir acompañada de una promesa: “Yo regreso cuando esto pase”.
Estos episodios se convirtieron en un tormento para Isabel Lucía, como es apenas lógico. Solo escuchar las hélices del “mosquito”, uno de los helicópteros que participaba por entonces en aquellos combates, la ponía en un estado de pánico y su reacción inmediata era tratar de concentrarse en cualquier otro sonido, como tratando de ignorar la inminencia del enfrentamiento y tratando de evadir la escena de su madre escondiéndolos y dejándolos solos, con la promesa de volver.
Un día ocurrió de nuevo. Esta vez, estaba próxima la hora del almuerzo. Cuando la rectora vino a casa, hizo lo que siempre. Escondió a sus niños, les ordenó no salir y se comprometió a regresar pasado el combate. Isabel Lucía le suplicó que no se fuera y le recordó que pronto sería hora de comer. Su madre le explicó que debía regresar a cuidar a sus alumnos y le dejó en el escondite varias bolsas de pan, que era lo único que había en la alacena de la casa. Isabel Lucía le volvió a suplicar que no se fuera y se quedó entre el llanto en su escondite, moviendo los paquetes de pan y tratando concentrarse en el sonido de las bolsas para ignorar al “mosquito”.
Estuvo escondida por horas. Varias más de lo normal. Y durante todo ese tiempo, lo único que hizo fue comer pan y esperar a su mamá. Uno tras otro. Como la noche que me llamó llorando desde la panadería; comiendo pan, sin parar, mientras esperaba el regreso de su madre.
Cuando escuchó a alguien entrando en casa, tenía toda la esperanza de que su mamá hubiera regresado. Pero al salir de su escondite se dio cuenta que no era así y que esta vez, quien regresó primero fue su papá y su cara anunciaba lo que ella, en el fondo de su corazón, ya presagiaba: aquella noche su madre no regresaría a casa.
Hoy en día, cuando Isabel Lucía analiza con cabeza fría este episodio, logra establecer dos conclusiones claras. La primera es que, durante mucho tiempo, no entendió por qué su mamá “prefería” ir a cuidar a los niños de la escuela, en vez de quedarse acompañando a sus hijos y garantizando que estuvieran a salvo. Si los demás profesores venían a casa a ver cómo estaban ellos, ¿por qué no podía su mamá quedarse, y que los demás profesores se encargaran de los niños de la escuela? Su sentimiento es de traición. Siente que su mamá debió ponerlos a ellos primero y se siente defraudada de que la promesa de regresar haya sido incumplida.
La segunda conclusión es que lo entiende. Ahora, siendo adulta, al analizar la situación, y el gran sentido de responsabilidad y profesionalismo de su madre, sabe que ella debía ir a la escuela. Pero eso no cambia la herida que quedó en aquella niña asustada debajo de esa cama, ni el inevitable sentimiento de traición que sintió entonces y aún hoy está en ella.
Entonces, Isabel Lucía es un caso que ejemplifica perfectamente las consecuencias que se manifiestan en la adultez cuando una herida de infancia no fue sanada. En su caso en particular, la herida abierta es la de la traición. El hecho de que madre le incumpliera la promesa que le hizo, llevó a Isabel Lucía a sentirse traicionada y a pasar por una sensación de que su confianza fue defraudada.
Hablemos un poco sobre la traición y lo que los diferentes estudios y corrientes han concluido sobre este tema. Al realizar una búsqueda detallada acerca de la traición, se evidencia que son pocas las fuentes académicas que han explorado este concepto desde el ámbito psicológico, sin embargo, se han identificado algunos elementos importantes que llevan a comprender la traición como una experiencia de la vida humana.
Los seres humanos tienen la habilidad de crear expectativas, las cuales surgen a partir de aquello que se desea y se espera tanto de la vida propia como de las personas que los rodean; estas expectativas se proyectan en las vivencias cotidianas presentes y futuras. Lo que se espera de alguien o de algo, está basado en las creencias que tienen los individuos, estas son el marco de referencia en el que se ponen sus expectativas; el sujeto espera, según las normas sociales e institucionales, según sus prejuicios, recibir lo mismo que él ha dado a los demás como un acto de reciprocidad.
Esta información está instaurada en nuestro subconsciente. A pesar de que socialmente se nos ha enseñado que lo correcto es dar sin recibir nada a cambio, nuestro cerebro cavernícola maneja una información diferente. Al respecto, esto fue muy bien expresado por el doctor Bert Hellinger, quien planteó que: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real, un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo resulta ser tóxico”.
La traición se percibe cuando ese alguien no responde a dichas expectativas, pero, en cambio, sí incumple o realiza todo lo contrario a los acuerdos invisibles y muchas veces no verbalizados, a la palabra dada y a los consensos sociales que, aunque no son explícitos a modo de contrato, están presentes hasta en los grupos más pequeños. En el marco institucional, la traición es un delito contra deber público, así que responde a un castigo proporcionado por la falla cometida. Sin embargo, en el ámbito social, lo que refiere a la interacción entre personas, no existen castigos que puedan subsanar con tal efectividad, pues a nivel emocional se producen heridas causantes de dolor mental y emocional e, incluso, rupturas en las relaciones interpersonales.
Una de las principales consecuencias de la experiencia humana de la traición es que se experimenta una pérdida en varios sentidos; una de ellas es que, al ser traicionado, se rompe un esquema mental (creencia) que se tenía acerca de una persona en específico, es decir, se pierde la idea constituida de aquel sujeto, de modo que existe falta de entendimiento o conocimiento sobre esa persona; otra forma de pérdida, consecuente a la anteriormente descrita, es la pérdida o separación a nivel corpóreo y vincular con esa persona; así mismo, se experimenta una pérdida en la autoestima de la persona que fue traicionada, pues es común que la persona se sienta minimizada y poco importante, pues la traición invalidó sus deseos, sentimientos y expectativas. Por último, y de hecho la pérdida más relevante, es la pérdida de la confianza.

En este punto quisiera hablarte como me gusta, en los términos más sencillos, dos aspectos que acabo de mencionar: las creencias y la confianza. Entonces para empezar, hablemos de las creencias. Es importante que tengamos claro de dónde vienen esas creencias o qué son esas creencias.
Nuestro cerebro funciona como un computador. Los computadores tienen la posibilidad de almacenar información que ejecutan por medio de diferentes programas. De igual manera, nuestro cerebro también acumula información (experiencias), las cuales interpreta a través de sistemas de pensamiento que vienen instalados de forma predeterminada: las creencias. También, al igual que en tu computador, tu cerebro tiene la capacidad de incorporar nuevos programas en la medida que los va requiriendo. Atravesar una situación determinada que fue dolorosa, puede dejar instalado un nuevo programa.
En el caso específico de Isabel Lucía, por ejemplo, aquel sentimiento de traición instaló en su cerebro el programa de la desconfianza. Y es así como nuestras vivencias y experiencias nos van dejando instaladas creencias que nos hacen interpretar el mundo y lo que nos pasa cada día, de una u otra manera. Por ejemplo, en mi consulta, recibo un gran número de pacientes que tienen la creencia que son gordas. Muchas de ellas han estado tanto tiempo en un diagnóstico de sobrepeso, o han pasado por tantas situaciones relacionadas con esa condición, que les cuesta mucho pensar que eso es solo una creencia y se esfuerzan inconscientemente porque sus acciones confirmen su creencia, lo que dificulta que puedan ver otra realidad.
Y es que ocurre algo más con las creencias. Ellas están instaladas en tu subconsciente. Los estudios sostienen que apenas el cinco por ciento de la información que hay en tu cerebro se procesa en el consciente. Es decir que, el 95 por ciento de los pensamientos que tienes cada día, están ligados a tus creencias. Entonces, mientras no traigas al consciente esas creencias que no corresponden a la realidad –como creer que eres gorda y estás condenada a serlo toda tu vida–, no será posible desinstalar ese programa de tu computador.
Ahora, lo valioso de entender esta información es tener la posibilidad de indagar en cada uno y empezar a cambiar esas estructuras de pensamiento que nos están bloqueando y tienden a sabotear aquellas metas que nos vamos trazando. Por eso, quiero contarte un poco cómo podrías empezar a cambiar tus creencias.
Para lograr modificar una creencia, lo primero que se debe hacer es identificar el origen de esta misma. ¿De dónde obtuve esa idea? ¿Cuándo empecé a creer eso? Generalmente, muchas creencias las hemos adquirido como una herencia familiar. Es decir, nuestra constitución genética trae incorporadas una serie de ideas que asume como ciertas, pues durante años las generaciones anteriores de nuestro clan, nuestros ancestros, han asumido esas ideas como ciertas. Entonces, una buena manera de identificar el origen de nuestras creencias es fijándonos en las ideas que están instauradas y son repetidas constantemente en nuestra casa.
En mi casa, por ejemplo, mi papá siempre decía que “la única forma de conseguir dinero limpio es trabajando duro y sin descanso”. Por años estuve convencida de que eso era así y trabajé tanto y por tanto tiempo, que terminé por enfermarme. Hoy en día, tras un proceso largo y en que me he tenido que esforzar, he logrado modificar esa creencia y me he dado cuenta de que, en la medida que ponga mis dones al servicio de la humanidad y consiga conectarme con mi abundancia, hay muchas maneras de conseguir dinero bien habido sin necesidad de sudar hasta la última gota de esfuerzo y disfrutando del proceso.
Entonces, una vez que identifiques esos programas que están instalados en tu cerebro y que están interfiriendo con tus objetivos, lo que debes hacer es cuestionarlos. Cuestiona la creencia limitante. Pregúntate, ¿es verdad que yo soy gorda? ¿Es verdad que el dinero solo se puede conseguir trabajando duro y sin descanso? ¿Es verdad que no podré sanar la herida de traición que sufrí? En muchos casos te darás cuenta, al analizarlo objetivamente, que estas afirmaciones no son absolutamente ciertas o son muy debatibles.
Después de que cuestiones tu creencia, el tercer paso es que establezcas cuál es la creencia que quieres implementar. Es por eso que, cuando inicio los procesos de entrega de peso, la primera pregunta que hago a los pacientes es ¿cuál es tu qué? ¿Qué quieres conseguir? Entonces, pregúntate cuál es tu qué en cualquier área de tu vida. Porque en ese orden de ideas, cuando tienes claro cuál es la nueva creencia que quieres implementar, ya vas a poder establecer el camino a dónde quieres llegar. Pongamos un ejemplo: cuando un paciente con sobrepeso llega conmigo, suele decir: “es que yo soy gorda y toda la vida he sido gorda”. Yo cuestiono: “¿Tú eres gorda o estás gorda?”. Generalmente, veo la sorpresa en sus caras cuando me responden: “Wow, estoy gorda, no lo soy”.
Entonces, ¿qué es lo que quieres? “Quiero llegar a mi peso saludable y estoy en capacidad de llegar a mi peso saludable”, esa es la nueva creencia en la que voy a trabajar. Luego, desde hoy empieza a repetirte y a repasar que, con acciones coherentes, poco a poco te vas acercando a la meta que te propusiste. Es decir que, lo cuarto que debes hacer, es empezar a implementar la nueva creencia, hasta lograr la coherencia. Recuerda que para que una acción sea coherente, debe cumplir con tres características: ser voluntaria, repetitiva y, sobre todo, premeditada.
Porque lograste cuestionar tu creencia de lo que eras, pero además empezaste a implementar lo que quieres ser, ¿quiere decir que todo pasa de un día para otro? No. Aquí, con acciones repetidas, con acciones coherentes, con acciones dirigidas hacia un qué que tú estableciste, segurísimo que empiezas a ver tus resultados y tu biología empieza a cambiar; probablemente, si alguien hoy viene y te dice es que tú eres gorda, ¿qué es lo primero que haces? Primero, cuestionarte: ¿yo soy gorda? No, no lo soy, tan es así que ya estoy a pocos kilos de llegar a mi meta, tan es así que ya estoy haciendo las acciones que requiero para lograrlo; ya no lo aceptas, en este punto es muy difícil que tú lo aceptes, a veces lo dudas, pero sabes y entiendes que cuando tu acción está siendo coherente, esa creencia cada vez va perdiendo más fuerza.
Una vez que entendiste que cuando haces tú elección consciente entre lo que piensas y lo que sientes, tus acciones te llevan a convertirte en lo que realmente eres. ¿Qué es lo único que hace la diferencia? El cambio en tu actitud, el cambio en tu interpretación, el cambio en tu creencia, ese es el secreto para poder hacer ese cambio y hacer esa conexión que te va a generar lo que tú quieres que te genere. Entonces, dime tú, cuando lees esto, si no resulta espectacular entender que el 95 por ciento de lo que pasa es mi cuerpo y en mi vida depende de una creencia, o sea, un programa instalado en mi subconsciente, y que eso me da el poder maravilloso de que pueda ser yo la única persona que determine qué voy a mantener y qué voy a soltar para lograr el cambio que yo quiero.
¡Ah! ¿Que voy a requerir de hacer un proceso repetitivo hasta llegar al punto que quiero llegar? Hay que hacerlo, lo hemos venido haciendo hasta aquí y lo hemos venido haciendo en un aspecto, ¿se dan cuenta por qué digo que la comida es la madre? Porque tal cual como lo he hecho con la comida, puedo elegir exactamente el área de la vida que no esté funcionando, identificar las creencias que tengo allí y empezar el proceso de cambio con acciones repetitivas y premeditadas para que me lleven al punto donde yo quiero llegar; identifica cuál es la creencia a cambiar y establece cuál es la creencia que quieres instaurar, y empieza a generar las acciones que te van a llevar hacia ese nuevo punto, para que puedas desinstalar este programa y dejar instalado en tu subconsciente el nuevo programa que tú elijas.
Acuérdate, tu consciente es el barco, pero tu subconsciente es el capitán, luego ese capitán tendrá el entrenamiento que tú decidas darle. Espero que esta información haya sido para ustedes tan reveladora como fue para mí en algún momento de mi vida, y que con esta lectura estés logrando recorrer tu cerebro y hayas podido identificar, por lo menos, dos creencias que debieron venir a su mente en este proceso y puedas decir: “claro, con esta creencia en mi subconsciente es imposible que yo logre este deseo en mi consciente”.
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