Kitabı oku: «Bazar de decisiones»
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A mis hijos Noemí y Samuel.
Son mi admiración
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A ti… ¿cómo te gustaría ser recordado?
INTRODUCCIÓN
Desde que nacemos, continuamente estamos tomando decisiones. Primero nuestros padres o terceras personas lo hacen por nosotros, empezando con que ellos nos ponen nuestro nombre, que es nuestra carta de presentación de todos los días. Ellos deciden en qué escuela vamos a estudiar; ellos deciden si nos orientan en la vida espiritual; ellos deciden si nos dan los valores, si nos dan el apoyo que muchas veces necesitamos; ellos son los que deciden si nos dan su tiempo y sus enseñanzas; ellos deciden si cultivan nuestros dones y nuestros valores. En otras palabras, ellos van formando nuestra personalidad y nuestra vida.
Pero poco a poco nos vamos independizando y vamos tomando nuestras propias elecciones, al principio sin experiencia, dándonos topes por lo que escogimos, pero nos dan conocimiento. Algunas que tomamos sin reflexionar y nos arrepentimos toda la vida, otras bien tomadas que supimos valorar. Una decisión puede variar en trascendencia.
Muchas veces escogemos sin pensar, dejándonos llevar por nuestros sentimientos, por nuestro estado de ánimo, por no razonar con detenimiento, por capricho, por confiar, por despecho, y todo esto cambia la dirección de nuestras vidas.
Los jóvenes deben enfrentar un conjunto de desafíos en su proceso de convertirse en adultos como son los valores, estudios, amistades, trabajo, pareja. La decisión que tomen en esta etapa repercutirá en su porvenir.
Día a día, minuto a minuto, nos enfrentamos a la toma de decisiones. Desde que nos despertamos decidimos si nos levantamos inmediatamente o nos quedamos más tiempo; después decidimos qué ropa usaremos; elegimos qué desayunar; nos vamos al trabajo en donde va a haber muchas otras tomas de decisiones; en la noche decidimos dónde ir a divertirnos; decidimos qué amigos tener, ellos influirán para construcción o destrucción de nuestras vidas. Así como estas, hay muchas otras decisiones cotidianas.
Muchas veces no nos damos tiempo de reflexionar y pensar antes de actuar, no tomamos en cuenta que las malas decisiones pueden generan desequilibrio personal y desorden social, lo cual causa sufrimiento.
Cuando tomamos decisiones debemos asumir las consecuencias de los actos, aprender de los errores cometidos.
Es interesante escuchar cómo se conocieron las parejas que finalmente se casaron, muchas de ellas por haber tomado una decisión que nunca pensaron que fuera a ser tan trascendental en sus vidas. Hay historias interesantes como la de quien fue a una comida a la que no tenía deseos de ir y ahí se encontró a su futuro esposo, o esa historia en la que iba a entrar una persona por una puerta del taxi pero decidió entrar por la otra y al darse la vuelta se topó con quien llegaría hacer su tan amada pareja.
En fin, tantas decisiones que tomar, tanto que pensar y meditar para escoger nuestros caminos, que me siento como cuando voy a un bazar en donde primero tomamos lo que buscamos, algunas veces lo analizamos y decidimos si nos va a servir o no, o solamente vamos, nos dejamos llevar por lo que vemos y tomamos una mala decisión.
Me siento como si estuviera en un bazar de decisiones.
Este libro se basa en una historia de la vida real. Nuestro personaje principal se encontró en bazares poco comunes. Como todos, sus padres influyeron mucho para que tuviera una vida con muchas experiencias increíbles pocas veces escuchadas.
Los nombres utilizados en esta obra no son reales.
CAPÍTULO UNO
DECIDIR QUÉ LIBRO LEER
Roberto seguía sintiendo ese vacío dentro de su ser que había tenido a lo largo de sus 36 años, ese vacío que, por tratar de llenarlo en una forma equivocada, fue motivo para que llegara donde se encontraba en esos momentos: en la penitenciaría de las islas Marías.
Ha probado de todo en su corta vida, pero nunca se le ha quitado esa desesperación que algunas veces se adormecía pero otras no, como en esos momentos, en esa tarde, llena de sol con ese bello paisaje que, hacia donde volteara la mirada encontraba ese mar azul que está en continuo movimiento como diciéndole que está vivo, en donde los peces nadan en libertad, la libertad que no tenía. Son lugares que tantas personas disfrutan en familia: los niños con sus padres jugando con la arena, sintiendo en sus pies la caricia del mar cuando llega muchas veces de sorpresa, sentir cómo se sumen cuando el agua regresa, ver las olas que terminan con espuma como burbujas, como si el mar también estuviera contento al darnos esa alegría. Él estaba sintiendo el mismo sol que recibe toda la humanidad sin importar cómo somos, qué hacemos, qué pensamos, en dónde estamos.
Ahí, rodeado de sus compañeros convictos y de policías que continuamente los están vigilando, consciente de que está pasando esto por las decisiones que tomó en su vida.
Roberto ignoraba que esa era la última tarde que iba a permanecer en ese lugar. Llevaba seis años viviendo ahí.
Después de haber visto el mar sentado en un acantilado sobre una piedra con sus pies colgando, sintiendo y saboreando el aire salado que sentía en su cuerpo y su paladar, se paró sin saber a dónde ir. Caminó hacia la biblioteca. No acostumbraba entrar ahí, pero sus pies lo llevaron a ese lugar. Al entrar vio que las mesas estaban vacías, solo estaba el bibliotecario. En realidad no tenían muchos libros, ya que era poca la gente que los ocupaba.
—Buenas tardes, Roberto. Qué gusto verte por aquí. ¿Quieres leer algo en especial? —le dijo el bibliotecario, que era también un convicto.
—No, gracias; solo vengo a ver.
Pasó por la estantería de libros y los estuvo observando. Tomaba uno, lo leía, lo hojeaba y lo volvía a dejar. Algunos de ellos estaban con polvo; soplaba para verlos y volverlos a acomodar.
Mientras veía la librería, le llamó mucho la atención uno que se refería a México, decidió tomarlo; percibió un olor del libro que le recordó su niñez. Al hojearlo admiró los paisajes de la República Mexicana tan variada, saboreó la comida típica de cada estado, disfrutó al ver las festividades tradicionales de su país, se asombró de los animales y flores tan exóticos, observó los frutos con sus bellos colores. Lo que más valoró fue ver a la gente; todos irradiaban felicidad, se mostraban alegres sin importar su condición social. Vio la sonrisa de una niña pegándole a la piñata con sus ojos tapados; lo hacía tan fuerte que hasta sus trenzas brincaban con alegría. Y qué decir de la sonrisa de los niños en su edad de inocencia, y los ancianos con esas arrugas que daban ternura.
Empezó a meterse muy de fondo dentro del libro. Quería sentir todo eso que pudo haber vivido y no supo aprovechar.
Conforme lo iba hojeando, vio una cuartilla que leyó con ese corazón que tan sensible se hallaba en esos momentos:
“VIVO SINTIÉNDOME ORGULLOSAMENTE MEXICANO
Cuando despierto, estoy lleno de energía, ya que, dentro de mí, llevo sangre de mis indios antepasados tan valerosos. Siento que nuestro linaje está tan entrelazado, que me transmiten su fuerza y su sabiduría tan reconocidas.
Mientras voy corriendo en las mañanas, admiro grandes obras, como si estuviera en una galería de arte, que son nuestros paisajes mexicanos, disfrutando de un clima tan hermoso que muchos países desearían tener.
Cómo me deleito en escuchar el gran concierto de los pajarillos al amanecer; oigo como si los padres regañaran a sus hijos por no dar buen testimonio; pongo mayor atención en como orientan a sus pequeños dándoles los valores más preciados que todo el oro amarillo, blanco, verde o negro de nuestro país. No falta el solfeo de un cenzontle que con orgullo canta al ver cómo ha cosechado todo el esfuerzo y tiempo que ha dedicado en poner en buena tierra a sus hijos.
Cuando me agito al correr, siento que mi sangre empieza a sentir uno de nuestros bellos bailables folclóricos tan aplaudidos, un día al son del jarabe tapatío, o tal vez al ritmo de la bamba tratando de entender qué es esa cosita que necesito tener después de una poca de gracia, como dice la canción.
De regreso, disfruto ver ondear la gigantesca bandera mexicana; por algo es la más bella de nuestro planeta. Cuánta fuerza me da el ver los ojos del águila llenos de adrenalina como los de cualquier madre tiene cuando atacan a sus hijos.
Llego a casa a saborear la gran variedad de frutas que tenemos; y qué decir de nuestra cocina mexicana, llena de diferentes y exquisitos sabores y colores. Por algo estamos entre los tres primeros lugares en la mejor gastronomía internacional.
Degusto mi música mexicana salpimentada con mariachi, cuyos sombreros son mágicos ya que, cuando nos los ponemos, nos enorgullecemos, al igual al ver la cara de alegría de los extranjeros cuando regresan a sus países y los portan.
Visto con las bellas prendas llenas de energía de las manos, de los ojos y de la creatividad que pusieron mis compatriotas hiladores en cada punto que hicieron para elaborarlas. Por algo se ven en las pasarelas internacionales.
Hago mis labores con entusiasmo y honradez sacando provecho de los dones que Dios me ha dado para cumplir mi buen propósito aquí en la tierra y, si se me presentan piedras en el camino, saco mi cincel y mi martillo y trabajo en ellas tomando la habilidad de mis hermanos artesanos y, así, formar huellas que dejaré aquí en mi México con un toque de ejemplo y admiración para mis futuras generaciones.
Cómo disfruto de mis amistades y seres queridos, de cuyos cuerpos salen moléculas positivas que entrelazamos con las que vamos tejiendo caminos de hermandad, de ánimo, de alegría, de apoyo, adornando el camino con lazos de la picardía que nos caracteriza.
Oro con esa fe no fingida por mi México para que salga adelante en las adversidades que se van presentando y, por qué no, también oro por las personas que obstaculizan el progreso de nuestro país para que recapaciten y se den cuenta de que la mejor satisfacción que pueden sentir ellos mismos es guiar todo su coraje a una buena actitud después de haber sufrido alguna crisis existencial. Esta herencia es la más valiosa que uno puede dejar, como lo ha hecho mi padre.
Me acuesto con esa paz que me da al saber que he puesto un granito de arena, procurando ponerla en una de nuestras paradisíacas playas que tanto disfruto con mi familia, para que mi país crezca.
Y duermo con una sonrisa en mis labios al sentirme orgullosamente mexicano”.
Roberto súbitamente cerró el libro y lloró con amargura pensando: “Cuánto daño he hecho. No he sabido valorar a mi país. Yo he sido uno de los causantes de que el águila de mi bandera tenga esa adrenalina en sus ojos cuando he atacado a su hijo: México. Y lo peor de todo: ¿para qué? No soy feliz, sigo vacío. He tenido de todo, pero me he sentido sin nada. Todo por un dinero que no enriquece, que no satisface el alma ni el ser, que son lo más valioso de nuestras vidas”.
“¿Por qué tomé estas decisiones?”, se preguntaba con arrepentimiento.
“Solo tengo una vida y no la supe aprovechar”, se recriminaba.
Recargó su espalda en la pared y se fue deslizando poco a poco hasta llegar al piso. Se sintió como polvo, se sentía moralmente desecho. “He hecho mucho daño, he sido uno de los causantes para obstaculizar el progreso de México. Y sí, efectivamente, hubo momentos en que reflexionaba y sabía que estaba haciendo algo indebido, pero nunca recapacité. Me dejé llevar por la pasión, por esos instintos que luchamos día a día. Quisiera volver el tiempo atrás y haber hecho otras cosas. No estaría en este lugar; a lo mejor me encontraría en una playa en otras circunstancias, disfrutándola tal vez con unos hijos, con una esposa que, al igual que yo, me comprendiera, me amara, me apoyara y que juntos entrelazaramos esa magia interna que inyecta vida, energía, paz. Las mujeres que conocí, bellas físicamente, se entregaban muy fácil, en esos momentos las buscaba por la necesidad que tenía de una compañía, no reflexionaba que no era un amor real, era solo pasión, no me daba cuenta que ellas solo se acercaban por interés, ese interés que, con tal de obtenerlo, son capaces de soportar lo que sea siempre y cuando reciban ese dinero que tanto anhelan aunque sean denigradas y dañadas física y psicológicamente. Ahora que me encuentro en la cárcel y sin nada, ¿se acordarán de mí? No, estarán con otras personas que le dan todo lo que yo les di. Qué vacía he hecho mi vida. ¿Cómo fui capaz de desperdiciarla? Esta única vida que voy a tener y todo, ¿para qué? Hasta ahora me doy cuenta que la herencia más valiosa en la vida es dejar una huella positiva a los demás que dure por siempre, no como los que ya trascendieron y uno los recuerda por el daño que dejaron.
Y yo, ¿qué puedo hacer para corregir mi vida?, ¿cómo voy a quitar todo el mal que he hecho? Sé que falta poco tiempo para permanecer aquí y me asusta pensar esto, saliendo, ¿qué va a ser de mí? ¿Hacia dónde me voy a dirigir? ¿Cómo puedo sanar todo lo malo que hice?”.
Roberto estaba desesperado. Sintió que se hundía en un pozo sin fondo, sin saber dónde agarrarse viendo al final el círculo de luz que cada vez se hacia más pequeño cuando, de repente, se abrió la puerta y vio que se acercaba el oficial Candelario y le dijo: “Te tienes que presentar con el director del penal ahora mismo”.
DECIDIR QUÉ RUTA TOMAR
6:20 de la mañana. Bip, bip, bip, suena un despertador. El brazo de una mujer emerge entre las sábanas, se estira para apagarlo.
Con pereza se levanta Marcia de la cama; se dirige, como sonámbula, al baño. Prende la luz y lo primero que ve es su imagen en el espejo. Se acercó a él. Notó como el tiempo pasaba, cada vez querían sobresalir más las arrugas que tenía al lado de sus ojos, las comisuras de sus labios se hacían cada vez más flácidos, ya en dos días iba a cumplir medio siglo de vida, no le preocupaba esto. Para ella esos pliegues eran signo de orgullo, ya que esto significa vivencia, sabiduría, madurez, respeto que hemos obtenido al caminar en nuestra vida.
A ella le daba ternura ver las arrugas de las personas; parecía como si se formaran facciones angelicales. Solo Dios sabía por cuántas pruebas habrían pasado.
Marcia se estaba preparando, ya que en quince días iba hacer ese maratón que tanto anhelaba, era una forma de festejar sus 50 años de vida.
Tomó su ropa deportiva, se cambió, así era como empezaba a disfrutar de su día. Agarró su bote de agua, su fruta, su toalla. Subió a su coche, prendió las luces, aún estaba oscuro.
En el camino escuchaba las noticias de la mañana.
—Ayer capturaron a un grupo de sicarios, tenían con ellos 100 rifles AK-47, 30 kg de cocaína…
Marcia no entendía cómo había personas que no alcanzaban a comprender todo el daño que causaban a la sociedad y a ellos mismos; pensaba que ellas, por todo lo que hacían, no podían disfrutar la vida, ellos se imaginan que teniendo grandes lujos iban a sentir satisfacción, llega un momento en que no saben qué hacer con tanto dinero. Tienen mansiones, coches, yates, joyas, mujeres, hasta felinos como mascotas y, a pesar de esto, no se sienten satisfechos, no pueden vivir una vida normal, no sienten paz, viven con miedo.
El obtener así el dinero no trae paz interior, esa paz que es la fuente máxima de la felicidad y la alegría, sino que trae más frustración, más sospechas, más ansiedad, a veces más celos y desconfianza.
Llegó al parque Tangamanga, cómo gozaba esa área de 411 hectáreas boscosas rodeada de lagos e inmensos árboles. Consideraba que ahí se encontraban los pulmones de la ciudad de San Luis Potosí.
Marcia se estacionó, se encuentra con sus compañeros corredores.
—Buenos días —dijo Marcia ajustando su chamarra.
—Buenos días —llegó el entrenador saludando a cada uno—. Bueno, hoy vamos a tener un entrenamiento ligero —todos estaban escuchando con atención mientras se movían para empezar a calentar—, ya que en quince días correremos el maratón de la ciudad para el que tanto hemos estado entrenando. Será trote suave; ustedes escogen la ruta que quieran. Si quieren ir por las tres fuentes o por donde está el avión.
Empezaron a trotar todos en grupo.
Marcia gozaba mucho esos momentos. Le gustaba hacer deporte, sentir el aire sobre su cara como una caricia, el ver tan bellos amaneceres. La impresionaban los cambios de colores del cielo mientras salía el sol, ver cómo los bordes de las nubes se pintaban de repente de un color rojo intenso, después pasaba al anaranjado, al morado, al rosa que va palideciendo hasta llegar al color blanco como si fueran algodones de azúcar que flotan en ese azul intenso tan característico. En octubre admiraba las lunas más hermosas del año; gozaba ver como cambiaban los colores de las hojas, de los árboles de un color negro a contraluz hasta una gama de color verde cuando llegan los primeros rayos del sol, ver cómo algunas flores empiezan a abrir sus pétalos, estirándose después de un relajante sueño.
“El arte verdadero solo se encuentra en la naturaleza”, pensaba.
Mientras corría, pasó por el avión azul Douglas DC 3 tan conocido en el parque. Recordó cuando su padre la traía desde niña, la llevaba a esta aeronave e iban a ver las películas que transmitían dentro de él. Qué agradable sensación la primera vez que entró, pensaba que en realidad iba a despegar cuando cerraban la puerta y empezaban a transmitir la cinta.
Un domingo, su padre la llevó a ver un filme. Cuando salió del avión bajando las escaleras, tomó la mano de él y mientras se iban retirando, lo observó volteando la cara sin soltarse de su mano.
Le preguntó:
—Papá, ¿este avión llegó a volar?
—Claro que sí, hijita, fue un gran avión —su padre, con ternura, le contestaba.
Lo veía de reojo y se preguntaba: ¿qué lugares habrá volado?, ¿quién sería el dueño del avión? Sea lo que sea, para ella era un símbolo del parque y lo disfrutaba mucho.
Siguió corriendo mientras pasaba el Douglas DC 3 con una sonrisa en la boca por tan gratos recuerdos de su niñez que le traían ese lugar.
Sentía cómo su respiración se agitaba, cómo el sudor corría sobre su frente. Terminando su recorrido, empezó a caminar para establecerse en su respiración. Cuando llegaron todos los corredores y empezaron a caminar alrededor, se acercó el entrenador.
—Atletas: estiren muy bien, recuerden que es muy importante después de cada entrenamiento para evitar lesiones posteriores. Ya acabamos nuestro entrenamiento. Les recuerdo que empiecen a hidratarse muy bien, dos o tres días antes, coman alimentos altos en carbohidratos y descansen para que su cuerpo esté preparado para el maratón. Recuerden que la carrera es dentro de dos domingos, a las 7 de la mañana es la salida. La meta será el avión.
Fue lo último que nos dijo el entrenador, tomamos nuestras pertenencias y nos fuimos a nuestras labores.
Marcia nunca se imaginó que la próxima vez que iba a regresar a ese lugar ese avión lo iba a ver con otros ojos, iba a tener las respuestas de todas las preguntas que se hizo de niña. Iba a conocer la verdadera historia de él.
DECIDIR QUÉ ESTACIÓN DE RADIO ESCUCHAR
—¡Balto! ¡Balto! Ya es hora de irnos. Ya son las 8 de la noche.
Por la parte de atrás del oscuro jardín sale apresurado como un fantasma un perro de raza springer de manchas cafés con blanco corriendo muy alegre. Se le movían las orejas largas muy graciosas como si también ellas manifestaran alegría, ya que sabía que lo iban a sacar de casa y esto lo disfrutaba mucho.
Era una noche en que se veían pocas estrellas ya que había una gran luna, se sentía un clima tan agradable que la invitaba a estar con ella fuera de su casa.
Abrió la puerta del coche y su mascota se coloca en su lugar destinado para él.
Arrancó el vehículo. Bajó las ventanas y Balto se acomodó en una de ellas, asomando su cara irradiando felicidad. Estaba muy agitado de la emoción por lo que traía la lengua de fuera.
Marcia tenía la costumbre de prender el radio para escucharlo mientras manejaba.
—A ver si encontramos buena música en el radio, Balto —le dijo Marcia.
“Soy infeliz porque no estás aquí…”, recitaba la canción.
—Ay, no, ¿qué es esto? —exclamó.
Cambia de estación de radio.
“Hubo otra balacera y los sicarios se dieron a la fuga…”.
“¿Y los padres de estas personas? ¿En dónde estaban ellos cuando más los necesitaban?”, siempre se cuestionaba.
Ellos no nacieron siendo malos.
Ser padres no es fácil, desde que nacen tenemos una gran responsabilidad en sus manos, debemos de estar atentos y en comunicación con ellos, con quién se juntan y qué hacen. Muchos jóvenes que están en la cárcel hubieran deseado que sus padres los hubieran disciplinado, a pesar de que en esa edad no les gustaba porque no lo entendían y renegaban tanto.
Marcia, como educadora, sabía cómo un niño era distinto cuando él recibía atención de los padres, se los veía desde sus expresiones, su forma de hablar, su forma de ver las cosas, de relacionarse, hasta en su capacidad intelectual.
Sí, hay varios niños que nacen con problemas genéticos, hereditarios, pero esos niños se pueden encaminar con un poco más de esfuerzo y ayuda profesional.
Muchos padres no quieren batallar y quieren que los maestros tomen la responsabilidad con su educación personal, al igual que la espiritual.
Ella veía en cada generación que pasaba que había menos lugar para lo moral. Sabía que se deberían de promover los valores humanos, los cuales se tienen que implementar día y noche, dentro de nuestras familias. Al igual que debemos prestar oído a la voz interna para tratar de incrementar o preservar la parte buena de la naturaleza humana, la idea de compartir con otro, de querer al otro.
Cada familia tiene el potencial para proveer buenos valores básicos; solo hay que usar la razón y el corazón.
Y también, ¿por qué no inculcarles desde niños el deporte? Es bueno que empiecen con una disciplina. Ahora los niños son cada vez más indisciplinados; ya no respetan ni a las personas mayores.
Volvió a cambiar de estación.
“Les ofrecemos grandes descuentos en la sección de…”.
—En esta estación, puros anuncios —replicó.
Presionó otro botón del aparato y escuchó:
—Sí, les voy a dar el testimonio de mi vida…
A Marcia le llamó la atención esta frase. Llegó a su destino, se estacionó, se acomodó en su asiento del coche afuera de la escuela de sus hijos mientras escuchaba. A su vez, Balto estaba muy a la expectativa a que los alumnos salieran para reconocer a sus grandes amigos.
Era una noche tranquila. Marcia no recordaba que sus hijos le habían informado que iban a salir más tarde. Pero en lugar de enfadarse, se alegró, ya que tuvo el gozo de escuchar esta historia, nunca se imaginó que iba a hacer inspiración para escribir este libro.
DECIDIR QUÉ MATERIA ESCOGER
Mi niñez la viví en un estado del norte de México. Mi familia era muy reconocida por el éxito del trabajo de mi padre y por lo caritativa que era mi madre. Ellos me inscribieron en uno de los colegios más reconocidos de la ciudad; era una escuela que tenía la más alta tecnología del país. Yo tenía 15 años; en ese tiempo empezaban a comercializar las computadoras. Nos daban a escoger, entre otras materias, la de computación, la cual yo tomé.
Fue tanto mi gusto por esta materia que la aprendí rápidamente. Sentí que tenía habilidad para esto; nunca me imaginé en qué forma me iba a beneficiar esta decisión años después.
Me llevaba muy bien con mis amigos, muchos teníamos algo en común: ese sentimiento de soledad tan característico que uno refleja cuando los padres son ausentes.
Mis padres fueron muy buenos, pero sentía que no existía esa comunicación por todos sus compromisos que tenían. Parecía que tenían contados los minutos para platicar conmigo.
Vivíamos en una casa muy lujosa con pisos de mármol de diferentes colores que formaban elegantes diseños. En las áreas principales había tapetes marroquíes y adornos de todas partes del mundo. Cuando entraba, llegaba ese olor tan peculiar que lo daba el cedro que estaba labrado en cada rincón. Tenía un comedor muy grande, el cual muchas veces se utilizaba en las grandes fiestas que se organizaban. Había una alberca forrada de mosaicos chicos de diferentes tipos de color azul, los cuales formaban dibujos de sirenas. Este lugar era mi preferido, ya que disfrutaba nadar y más cuando invitaba a mis amigos y nos pasábamos muchas horas jugando sin sentirlas. Desde este lugar tenía una vista al gran jardín, en donde frecuentemente se organizaban carnes asadas.
Yo, al ser hijo único, me hicieron un cuarto inmenso. Contaba con un televisor, toda clase de juegos que estaban de moda, instrumentos musicales, raquetas, pelotas de diferentes deportes, había armarios grandes donde guardaba tanta ropa que algunas veces ni me acordaba que existían y cuando me las ponía ya no me quedaban.
Parecía que lo tenía todo, pero esto no me daba felicidad, sentía insatisfacción.
En las tardes gozaba trabajar en la computadora que me regalaron en Navidad.
Siempre en este día, cuando bajaba a ver los regalos que estaban en el árbol, me encontraba con dos grupos, uno de los que me daban mis papás, donde había todo lo que había pedido, y el otro era una montaña de regalos de los más sofisticados y difíciles para conseguir. Cada año para mí era un misterio, ya que no sabía quién me los enviaba, era un secreto que siempre mis padres guardaban, cuando les cuestionaba, ellos bajaban su mirada, se les reflejaba una tristeza tan profunda que decidí no volver a preguntar.
Me cuestionaba: ¿quién será esa persona? ¿Por qué me los envía a mí? ¿Yo qué significo para él o ella? ¿De dónde obtuvo estos juegos electrónicos que no conocía? ¿Lo habré visto algún día? ¿Por qué me los envía si no lo conozco?
Todas estas preguntas se me esfumaban cuando gozaba de ellos.
Una Navidad, en ese grupo de regalos tan misteriosos, encontré una computadora. En ese tiempo era muy difícil conseguir una de ese diseño tan especial. Era una máquina con una tecnología poco vista.
Especialmente en esa ocasión les insistí más a mis padres, al grado de exigirles, que me dijeran acerca de esta persona tan generosa y cuál era el motivo para que él me diera este tipo de regalos; pero, como siempre, no tuve respuesta, me enfadé con ellos, les grité y hasta llegué a insultarlos de desesperación. Me fui a mi cuarto y me sentí más solo que nunca. Al darme cuenta de que mis papás me ocultaban algo, hacía que no confiara en ellos.
Se hacía cada vez más grande la distancia entre nosotros. Yo quería estar con ellos más tiempo, jugar, hablar, estudiar juntos. Sin embargo, pocas veces podían. Pero ahora, por lo que he pasado en mi vida, ya alcancé a entender por qué me ocultaban la verdad acerca de estos regalos, verdad que nunca me hubiera gustado haber conocido.
DECIDIR A CUÁL AMIGO HABLARLE
Cuando llegué a mi cuarto sollozando porque no me quisieron responder las preguntas que les hacía cada año, me tiré a mi cama pensando que en poco tiempo se iba a abrir la puerta y que iban a entrar mis padres para consolarme o decirme ese secreto. Pero no fue así: tenían un compromiso. Oí cuando Raymundo, el chofer, puso en marcha el coche y los dos se subieron a él. Tenían tanta prisa que ni siquiera tuvieron tiempo de despedirse. Les había quitado un poco de su tiempo al hacerles esas preguntas…
Me acosté bocarriba. Miré todas las estrellas y planetas fosforescentes que tenía en el techo de mi cuarto. Tenía ganas de estar con alguien, pero todos mis amigos estaban con sus familiares o con sus hermanos, y yo no tenía a nadie.
Mientras pensaba, recordé que un día, saliendo de la escuela, Ramón, mi compañero de clase tan misterioso, se acercó a mí, me enseñó un pequeño bulto que tenía adentro de su calceta, me dijo que era algo que me iba a gustar probarlo, ya que me sentiría muy bien; iba a tener momentos de relajación. Se dio cuenta de que quería saber más, por lo que me dio una tarjeta, la cual guardé.
Desesperado, abrí mis cajones moviendo y sacando todo para encontrarla; mis armarios los abrí para buscarla en algún lugar, sin tener éxito. Tenía que encontrarla, busqué entre los libros, adentro de la mochila, en las bolsas de mis abrigos. Quería saber de qué se trataba. Lo necesitaba.
Después de mucha búsqueda, logré encontrarla, la sostuve en mis manos y me vino una mala sensación, por lo que la tiré y busqué a otro amigo por teléfono para ver si lo encontraba, pero no tuve éxito. Me volví a acostar. Estaba desesperado. Escuchaba a lo lejos canciones navideñas y las voces de nuestros vecinos que se juntaban con sus familias; las risas de los niños, el ladrido de un perro que jugueteaba.
Agarré uno de los libros de Historia universal que tanto disfrutaba.
Pero no pude más, tomé la tarjeta. Sin pensar con detenimiento, descolgué el teléfono y le hablé a ese amigo que se me hacía tan extraño. Marqué su número. Esperé en la bocina pensando que no lo iba a encontrar.
—¿Bueno? —se oyó una voz somnolienta.
—Hola, Ramón.
—¿Quién habla? —lo dijo con desconfianza.
—Soy Roberto, tu compañero de la escuela.
—Ahhh, sí. Sí, te recuerdo.
—Pensé que por la fecha no te iba a encontrar —le comenté.
—No, aquí estoy. Me da mucho gusto oírte, qué bueno que me hablaste. Estoy solo en casa.
—Quisiera hablar contigo —le dije con un tono un poco desesperado.
—Claro, para eso están los amigos. ¿Deseas que vaya a tu casa?
—No, no, yo mejor voy a la tuya. —Anhelaba salir; no quería estar ahí.
Llamé al chofer y le indiqué hacia dónde se dirigiera.
Cuando llegamos, vi que era una casa con una reja muy alta; el jardín estaba seco y descuidado; los árboles se veían tristes, de color café. Había muchas hojas tiradas.
Presioné el timbre. Salió corriendo un perro rottweiler color negro, grande y gordo. Con trabajos por su peso se abalanzó a la reja ladrando, me mostró sus dientes enseñando sus grandes colmillos como amenazándome, estaba recargado en la reja sobre las dos patas, sin dejar de ladrar. Tenía en su grueso cuello un collar negro con puntas metálicas.
—¡Whisky! ¡Whisky! ¡Ya cálmate! —le gritó Ramón al perro.
—¡Soy Roberto! —le grité sin acercarme a la reja por temor.
—Pásale, pásale. —Agarró al perro por la correa y abrió la puerta.
Pasé con desconfianza y miedo que se le fuera a soltar, entré a su casa. Ya adentro lo soltó. Ramón se dirigió a mí y me dijo, dándome un abrazo:
—Roberto, no sabes qué gusto me da verte y más al saber que pensaste en mí. Como ya te había dicho, quiero que sepas que cuentas conmigo para lo que quieras. Tenme confianza —me dijo mientras ponía su brazo sobre mis hombros y caminábamos rumbo a su cuarto.
Su casa estaba sola, a excepción de su perro. Era una casa un poco oscura; las cortinas amarillas estaban cerradas, no tenía adornos, ni cuadros, ni flores. Solo tenían lo más esencial para vivir.
Me llevó a su cuarto. Era muy grande. Había solo una cama desarreglada, encima de ella tenía desde ropa arrugada, libros aventados, mochilas abiertas, una lata de refresco vacía. En las paredes tenía pósteres de grupos de rock. Escuchaba una música que me lastimaba mucho los oídos no solo porque tenía la bocina muy fuerte, sino que no me sonaba a una melodía, eran solo ruidos y gritos que no distinguía lo que decían, y llegaba un momento en que dolía la cabeza. Le bajó al volumen.
—Roberto, no sabes qué gusto me da verte —lo dijo con una rara expresión.
—Vengo a visitarte porque un día me comentaste…
—Sí —me interrumpió Ramón, contestando con seguridad, como que sabía por qué lo buscaba.
—¿Sabía lo que le iba a decir? —me cuestioné, mientras me sentaba en su cama, moviendo unos libros para tener espacio.
—Sí, Roberto, recuerdo que te dije un día que conmigo ibas a sentirte bien, ya que tengo algo que te va hacer feliz.
Estiró su brazo para sacar una llave en la parte de arriba de su librero, se le subió la playera y se asomó un tatuaje de una calavera en la parte baja de la espalda. Sentí miedo.
Sacó de un armario que estaba bajo dos cerrojos unos cigarros. Yo ya había empezado a fumar a escondidas de mis padres, y sí, me daban un placer momentáneo, pero no me daban esa felicidad que tanto me prometía Ramón.
Cuando los acercó, los vi diferentes y al olerlos fue un aroma que nunca había olido.
—No, Ramón. Yo ya he fumado varias veces, no me ofrezcas cigarro.
—No: este cigarro es diferente a todos los que tú has fumado. No temas, solo inhálalo y verás que te sentirás que flotas. Sentirás un bienestar tal que no querrás dejarlo —me lo dijo con un tono de desesperación.
Percibí que no era algo bueno. Tenía ganas de salir corriendo, pero ¿dónde? Con pensar que me estaba esperando afuera ese perro que parecía satánico, no podía hacer otra cosa más que quedarme. Me sentía encarcelado, Ramón cada vez me presionaba para que fumara. Me dio mucho miedo y no sabía qué decirle para salir de esa situación que tanto me incomodaba, por lo que le dije:
—Oye, si dices que son tan maravillosos, ¿en cuánto salen estos cigarros? Porque no traigo dinero y deben de ser muy caros —deseaba me dijera que regresara después.
—No, hombre. Tú no te preocupes: este te lo regalo. Si quieres más, ya te los cobro, pero no te mortifiques: lo que importa es que los pruebes para que tú solo te des cuenta de que no es mentira lo que te estoy diciendo —se acercaba cada vez más hacia mí.
Tomé el cigarrillo, lo puse en la punta de los labios de mi boca con temor. Ramón rápidamente prendió un encendedor como si tuviera mucha prisa de hacerlo. Hice mi primera inhalación.
—Inhálalo profundamente y con suavidad para que sea más efectivo —me dijo Ramón como con súplica.
Y así lo hice. Empecé a sentir que el cuarto se transformaba; como que yo estaba y no estaba dentro de mí. A Ramón lo veía muy lejos, con una gran sonrisa en su cara, como si hubiera atrapado a una presa. Volvió a subir el volumen de su música y puso sus manos en posición de tocar una guitarra real. No podía pensar, solo sentir; como si estuviera en otra dirección. No podía reaccionar ante nada, no me sentía solo. Sentía que me acompañaba alguien, pero esas personas no eran como nosotros; eran personas distintas a mí. Aunque sabía que eran extrañas, no me daban miedo. Al sentir eso fumé una y otra vez hasta que el cigarrillo se terminó.
Sentí una realidad que no existe.
Después de un rato regresé a mi vida real. Estaba Ramón al lado; seguía con su música fuerte y, con un gran gozo, se acercó a mí y me dijo:
—¿Verdad que no te mentí? Cuando quieras volver a sentir lo mismo, vuélveme a llamar. Pero recuerda que el primer cigarrillo era gratis; los siguientes ya tendrán un costo. Vente, amigo mío. —Me abrazó—. Tú sabes que cuentas conmigo.
Cuando llegué a casa y entré a mi cuarto me sentí más solo que antes. Percibí la necesidad de regresar con Ramón, pero ya era noche y la servidumbre tenía órdenes de que yo no saliera después de las 10.
A partir de entonces fui un gran “amigo” de Ramón. Cada vez que iba con él ya no se expresaba con tanta amabilidad como lo hacía en los primeros días que iba a su casa. Es más, había días en que lo buscaba desesperado y no lo encontraba, a pesar de que al principio estaba muy al pendiente de mis llamadas. Ahora tenía que esperarlo mucho tiempo, sabía que me iba a quedar en lo que él regresaba después de ir en la búsqueda de nuevos “amigos”.
Cómo me hubiera gustado que mis padres me hubieran hablado acerca de las drogas, del daño que estas causan. Cuánto dinero derroché con Ramón por solo uno de sus cigarrillos. Me empecé a sentir preso de él.
DECIDIR JUGAR CON LA BOTELLA
Los días, semanas y meses pasaron. Cada día sentía más la necesidad de visitar a Ramón.
Empecé a bajar mis calificaciones, no retenía igual mis estudios. La vida la veía distinta, mis intereses eran diferentes. Siempre me veía como un gran empresario; ahora me daba igual serlo o no.
Mis padres no se daban cuenta de lo que me estaba pasando ya que los veía poco, lo que me daba temor era que Raymundo —mi chofer— percibiera que me estaba haciendo adicto a la marihuana, pero como me estaba volviendo experto en esto, sabía cuánto tiempo esperar para que él me recogiera y no viera algún signo distinto en mí.
Ramón llevaba la droga dentro de su calcetín. Llegaba a la escuela, se levantaba el pantalón mostrándonos el bulto y emitía una sonrisa maliciosa. No sé si algunas veces hacía como que no le surtían para que le compráramos más al saber que tal vez iba a tardar tiempo en volver a tenerla.
El costo se elevaba cada vez más, muchas veces no me alcanzaba, llegué a robarles a mis padres, sabía dónde escondían el dinero, tomaba poco para que no se dieran cuenta. Incluso en una ocasión le robé a mi mamá una sortija que según yo no se iba a dar cuenta ya que veía que casi no la ocupaba, pero al notar que no estaba, terminó despidiendo a la empleada que nos ayudaba a pesar que tenía muchos años con nosotros. Ella tenía que mantener a toda una familia junto con su padre discapacitado. Yo no tuve la fuerza de explicarle a mi madre que yo era quien se lo había robado.
Ya no convivía con los compañeros de antes, ahora mis “amigos” eran los que también eran dependientes de la marihuana como yo, incluso en muchas ocasiones nos juntábamos para drogarnos.
En una ocasión nos reunimos porque Ramón nos iba a dar una muestra de otra droga que era mejor que la marihuana. “Ya debemos cambiar a otra más fuerte, no sentir siempre lo mismo”, decía.
Nos encontrábamos en la casa de él. Whisky ya nos conocía muy bien a todos. En esa ocasión éramos seis compañeros reunidos en su cuarto.
—¡Taraaaán! Les voy a mostrar mi nueva adquisición, sé que la van a disfrutar —nos dijo Ramón mostrándonos una pequeña bolsa que tenía en su mano levantada.
En un momento sentí miedo al ver su sonrisa. Podía retirarme, pero si lo hacía, mis “amigos” me odiarían, se burlarían, por lo que decidí quedarme. Además, tenía mucha curiosidad.
Ramón nos acercó la pequeña envoltura de plástico que empezó a desenvolver, todos estábamos absortos para ver que había dentro de ella, cuando terminó vimos unas bolsas con un polvo blanco.
—¿Qué es esto? —le dijo Fernando—. ¿Esto también se fuma?
—Ja, ja, ja, ja —rio Ramón—. Qué poco sabes de estas cosas. Yo estoy a la vanguardia de esto para que ustedes se sientan “bien”. Esta cantidad es más que suficiente para todos.
—¿Para todos? —contestó Juan—. Por una parte, qué bueno, porque así ocuparemos menos y nos costará más barato, yo ya no sé de dónde sacar dinero, ya he vendido muchas cosas mías, más bien casi las regalo con tal y que me den algo por ellas.
—Bueno, sí se ocupa muy poco —dijo Ramón—, pero es de tan buena calidad que aumenta el precio.
—¿Cómo? ¿Más cara? Yo ya no puedo pagar más. Un día llegué a robar la cartera de mi tío, que aprecio tanto, para sacarle dinero —comentó Álvaro.
—Pues cuando pruebes esto, valdrá la pena conseguir dinero de donde sea, es más, muchos artistas, ya sean cantantes, pintores, escritores, actores, entre otros, lo ocupan para trabajar.
—Ah, entonces no es dañino, porque con la marihuana ya no puedo estudiar igual —lo dijo Fernando, ilusionado.
—No preguntes por lo dañino: fíjate en el gozo y el placer que vas a recibir.
Todos estábamos absortos en todo lo que nos decía. Sentíamos una gran curiosidad mezclada con miedo.
“Si no me gusta lo que voy a probar, le sigo con la marihuana”, pensaba, ignorando que esa sustancia era altamente adictiva desde el primer momento.
—Oye, pero ¿cómo la vamos a fumar? —preguntó Gerardo.
—¿Fumar? No, hombre. Eso es cosa del pasado. Esto se inhala.
—¿Se inhala? Pero ¿cómo vamos a inhalar ese polvo?
—No se preocupen; yo les voy a explicar paso a paso. ¿Quién quiere ser el primero?
Nos quedamos viéndonos unos a otros; nadie se animó a ser el primero.
—No tengan miedo, no pasa nada. Lo que vamos hacer es sentarnos formando un círculo, ponemos una botella en medio, la giro y en quien se detenga la punta, será quien lo inhale primero.
Aceptamos. Nos sentamos en el piso. Nos mirábamos unos a otros con susto. Ramón giró la botella. Observamos como se iba parando poco a poco, cuando veía que se acercaba a mí, mi corazón se aceleraba cada vez más. Cuando lo hizo, la punta se quedó señalándome como si me estuviera acusando.
Todos emitieron una carcajada apuntándome con el dedo.
Sentí gran miedo.
Ramón llegó con un pedazo de vidrio, puso un poco de ese polvo blanco, lo dispersó con una navaja para que estuviera más pulverizado. Me lo acercó sarcásticamente.
—Mira, tápate una fosa nasal y haz una inhalación —dijo Ramón, sonriendo.
Sentía la mirada de todos sobre mí, hice lo que me indicó Ramón, representando valentía, pero tenía tanto miedo que hizo que mi sensación humana se hiciera más aguda.
Al hacer la inhalación empecé a sentir que estaba suspendido sin ningún soporte; me movía libremente, ligero, una sensación de falta de gravedad como lo sentía en la alberca, pero aquí sí podía respirar. Oía a lo lejos las voces de los demás que decían: “¿Qué sientes? ¿Qué sientes?”. Mis sentidos empezaron a cambiar de funciones. Vi por la ventana como la savia de las hojas circulaban como la sangre en nuestras venas, escuchaba que las mariposas y las flores cantaban. Olían los colores, oía los aromas, no tuve noción del tiempo.
Cuando empecé a regresar a la vida real, sentí que descendía de las alturas muy suave como una pluma. Empecé a percibir como que un temblor de tierra hubiera sucedido sin que yo me diera cuenta, ya era de noche, ninguno de mis compañeros estaba ni siquiera Ramón. Sentí dolor en la fosa nasal donde hice mi inhalación, tenía mucha sed por mi gran resequedad en la garganta, pero lo que más sentí fue una gran ansiedad, ansiedad que nunca antes había sentido.
Al poco tiempo llegó Ramón. Con agresividad le reclamé el que me haya dejado solo.
—No estabas solo; estaba recibiendo una mercancía. ¿Qué tal tu experiencia? Increíble, ¿verdad?
No quise responderle; solo le pedí su teléfono para que Raymundo me recogiera.
Al llegar a casa, me sentía una persona rara, una persona extraña en su propio hogar, no tenía apetito, no tenía sueño, no recordaba exactamente lo que había pasado, sentí dolor en mis piernas, cuando me quité el pantalón me impresionó lo que vi.
Al día siguiente amanecí enfadado, sentía un gran enojo con muchas personas, ese sentir nunca lo había tenido, tenía ganas de pelear, de discutir, de ofender. No podía dominarme a mí mismo; solo veía cómo los empleados de la casa me miraban con temor.
Al ver a mis compañeros que estaban cuando hice mi primera inhalación, me dirigí hacia ellos reclamándoles porque se habían ido.
—¡Son unos miedosos! —les grité enfadado.
—No, Roberto: nosotros no nos fuimos. Ramón nos sacó.
—¿Cómo que los sacó?
—Sí. Empezaste a gritar que te quitaran las arañas que tenías en las piernas; tomaste un cuchillo y, en ese instante, Ramón nos sacó del cuarto.
Cuando me dijeron esto, supe por qué tenía tantas heridas en mis piernas.
Ese día Ramón no había asistido a la escuela; creo que lo hizo para evitar un enfrentamiento.
A partir del día que tuve esa experiencia, mi vida cambió; la veía distinta, sufría de depresiones y pensamientos suicidas, tenía un sentimiento nuevo dentro de mi ser, mi mente decía que no debería de seguir drogándome, pero mi cuerpo me pedía que siguiera, llegó un momento que me lo exigía a costa de lo que fuera.
Nada de este sentir se compara a la belleza de la vida real, el amar y ser amado. Cuando inicié en esto, en lugar de mejorar las cosas, las empeoré.
Estaba destruyendo mi única vida drásticamente; esto lo comparo como cuando veo que estamos destruyendo violentamente nuestro único planeta. Me estaba envenenando a mí mismo como lo estamos haciendo con nuestro mundo.
Qué gran error la decisión que tomé ese día. Empecé a cavar mi propio pozo en donde caí al vacío, sentía que volaba ignorando que me dirigía hacia la muerte. Nunca pensé que el decidir jugar a ese juego y el experimentar esa curiosidad iba a arruinar mi vida.
DECIDIR ESCUCHAR
LA CONVERSACIÓN
Una tarde iba camino a la alberca con mi traje de baño y mi toalla sobre el hombro cuando escuché que mi padre hablaba por teléfono, como siempre lo hacía en el poco tiempo que estaba en casa.
Al pasar por el estudio, me llamó la atención que mi padre conversaba en una forma poco usual; estaba alterado como nunca lo había escuchado. Se me hizo muy extraño, por lo que decidí acercarme a oír. Me dirigí a la puerta, que estaba entreabierta.
Mi padre estaba exaltado. Me asomé sigilosamente y vi que mi madre estaba sentada en una silla al lado de él, con cara de desesperación.
—No, Nemesio: no le puedo decir esto a Roberto. No es prudente que me esté hablando… Sí, sé su situación… Perdóneme, pero no puedo hacer lo que me pide… Nosotros aceptamos el compromiso siempre y cuando ustedes nos respetaran lo que acordamos.
Mi madre se veía muy nerviosa y desesperada y le decía a mi padre:
—Dile que nos respete. Han pasado 15 años, ¿por qué ahora quiere quebrar lo que acordamos? ¿Por qué ahora que han pasado tantos años?
Mi padre, ya desesperado, le gritó:
—¡No me vuelva a hablar! Trato de entenderlo, pero usted también entiéndanos. Mejor no salga de Tancuayalab. No se le ocurra venir. Es más: Roberto ignora que tiene un abuelo.
Cuando escuché esto me quedé paralizado.
Mi padre colgó el teléfono con fuerza. Estaba furioso; nunca lo había visto así. Abrazó a mi madre, que estaba sollozando.
—No te preocupes, Nemesio no va a venir. Tranquila, tranquila. —Pero el rostro de mi padre no irradiaba tranquilidad.
Seguí mi camino por el piso de mármol del pasillo con las paredes forradas de paneles de madera que me conducía hacia la alberca. Consternado por lo que había escuchado, tiré la toalla al piso e inmediatamente con un clavado entré a la alberca sintiendo el agua en mi cuerpo. Cómo gozaba estar en contacto con ella, me encantaba sumergirme, cerrar los ojos y sentir esa presión del líquido en todo mi cuerpo como si me estuvieran abrazando, sentir la falta de gravedad cuando flotaba, cuando movía la cabeza sentía el pelo como si me estuvieran acariciando la cabeza, cuando me balanceaba sentía como si me estuvieran masajeando, pero no podía permanecer siempre en el fondo, cuando me faltaba aire, salía de mi refugio hacia afuera para inhalar rápidamente y volverme a sumergir.
En esa ocasión se me vino a la mente todo lo que había escuchado en esa conversación.
”¿Quién será Nemesio? ¿Mi abuelo?”, me cuestionaba. “Pero si yo no tengo abuelos. Nunca me habían hablado de él. ¿Tancuayalab? ¿En dónde se encontraba ese lugar? ¿Por qué nunca me habían hablado de él?”.
Cuando salí para tomar nuevamente aire fuera del agua, vi a mis padres. Estaban afuera de la alberca, en la parte de atrás de la arquería que la rodeaba. Me observaban. Mi padre tenía su brazo sobre los hombros de mi madre, mi madre tenía recargada su cabeza sobre el pecho de mi padre con sus manos juntas. Los dos tenían expresión de tristeza. Me pidieron que saliera.
Salí de mi refugio por las escaleras sintiendo poco a poco el aire sobre mi cuerpo. Tomé la toalla, me tapé y me acerqué a ellos. Tenía los ojos rojos. No sabía si era por el cloro del agua o por las lágrimas.
Mis padres me abrazaron, sin importarles que se mojaran con mi cuerpo; mi madre estaba sollozando.
Me dijeron que me amaban. Reconocieron que había pasado el tiempo, que yo había crecido y que estaban arrepentidos de no haberlo aprovechado conmigo.
Los tres nos abrazamos. Fue un abrazo como nunca lo había sentido y, mientras lo hacíamos, me dijeron: No volveremos a dejarte tanto tiempo solo.
Alrededor de nosotros estaban el vapor y la humedad que salían de la alberca como si nos estuviera cobijando.
“Ojalá no sea demasiado tarde”, pensé.
Fue un momento muy feliz para los tres, pero ignorábamos lo que nos iba a suceder.
DECIDIR A QUIÉN AYUDAR
A mis padres les gustaba mucho participar en la Iglesia, ayudaban al prójimo como si haciendo esto fuera una garantía para irse al cielo cuando murieran.
En una ocasión, hubo una reunión, ahí escucharon que había un misionero que tenía grandes proyectos; era una persona muy conocedora, tenía gran entusiasmo y ganas para que el proyecto creciera, y más en estos momentos en que mucha gente se iba retirando poco a poco.
Esta persona necesitaba mucho apoyo para poder cumplir sus expectativas; tenía una forma de hablar muy convincente además de que tenía una cara angelical.
Dentro de sus proyectos estaba crear grandes escuelas y universidades para que tanto los hijos como los padres de familias pudieran estar tranquilos ahí y recibir una educación de una calidad poco conocida en nuestro país.
Cada familia tomaba una opción en donde ellos quisieran participar. Mis padres, al conocer que daba buenos resultados, se sintieron convencidos y decidieron apoyarlo.
Era delgado, alto, blanco, de pelo castaño, barba medio cerrada. Caminaba como un santo, tenía buena forma de vestir, además de que era hábil para tratar con la gente, para darse a querer. Su personalidad impresionaba; vendía su persona y su figura. A quienes veía con debilidad por la grandeza les decía: “Vamos a formar banqueros, ingenieros, orientadores de compañías. Vamos a tener influencias sobre universidades. Vamos a tener prestigio”. Quería formar una legión.
Muchas familias adineradas estaban tan entusiasmadas con él que no dudaron incluso en darle parte de sus herencias.
Esta persona era muy insistente, muchas veces lo vi aquí en grandes cenas que mis padres organizaban en donde platicaban acerca de todos los proyectos que tenían en mente. No solo comía con nosotros, sino que también se hospedaba en casa varios días, para ellos él era un ser muy especial, decidieron entregar su tiempo y sus vidas sin importar que me estuvieran quitando lo que me correspondía.
Mis padres ya tenían todo listo para realizar un viaje para esta obra a la Ciudad de México. Estarían allí cinco días.
—Hijo, acabando con este compromiso, como te dijimos, vamos a procurar viajar menos. El misionero quiere poner, entre otras cosas, una gran universidad en la Ciudad de México. Nos va a enseñar su proyecto, a lo mejor algún día tú puedas estar estudiando ahí. Como tú sabes, él tiene grandes metas con base en la educación. No solo eso: vemos cómo atrae a muchos jóvenes para que se hagan personas prósperas, y nos gusta mucho ver cómo está siempre con ellos.
Esta salida coincidía con un viaje de estudios que yo iba a realizar a la ciudad de Guadalajara.
Tuvimos una despedida muy emotiva. No quería que se fueran, pero tenía la ilusión de que, cuando ellos regresaran, nuestra relación iba a ser muy diferente.
Cuando ellos se marcharon y llegué otra vez solo a mi cuarto, se me vino a la mente la conversación que había escuchado el día anterior cuando me disponía a nadar. Traté de recordar los nombres que escuché, eran nombres raros que nunca había oído.
“¿Cómo se llama el señor?”, me pregunté. “Manesio… Minesio… Monesio… No al parecer Nemesio. ¿Y el pueblo que mencionaron? Tancuala… Tancula… ¡Tancuayalab!”.
Me paré inmediatamente y fui por mi computadora. Puse el programa del Atlas mundial y empecé a rastrear ese pueblo.
“Se encuentra en México, en el estado de San Luis Potosí. Es la región de la Huasteca Potosina. Nunca había oído hablar de esta región”, medité.
Empecé a ver la distancia que había desde el lugar donde me encontraba.
De repente se me vino una idea a la cabeza. Traté de desecharla, pero insistía.
DECIDIR QUÉ CAMIÓN TOMAR
Al día siguiente mis padres se fueron muy temprano a la Ciudad de México. En cuanto oí que se marcharon, apresuradamente hice mi maleta poniendo lo esencial para estos días que mis padres ya sabían que iba a estar ausente por el viaje de estudios que iba a realizar la escuela a Guadalajara. Tomé de mi cajón parte del dinero que ahorré con lo que me daban semanalmente. A pesar de que mis padres tenían mucho dinero, yo no tenía la libertad de gastarlo. Me fijé en que ya casi no podía ahorrar desde que conocí a Ramón.
Ya que tenía todo listo, desayuné y empecé a maquinar la idea que había decidido tomar. Me acerqué a la cocina.
—Raymundo, ya vámonos… Ya es hora de que me lleves.
—Pero joven Roberto, su mamá me dijo que lo llevara hasta dentro de 3 horas —se tapó un poco la boca con la mano. Aún estaba desayunando.
—No. Es necesario que me lleves ahorita, me avisaron de la escuela que hubo un cambio de planes. Me espero que termines de desayunar pero, por favor, no tardes.
—Muy bien, como usted diga, joven —se limpió la boca con una servilleta.
Subí al coche Malibú color gris, puso Raymundo mi maleta en la cajuela y después de que nos abrieran la cochera, nos dirigimos a la calle.
—Raymundo, como le dije, hubo cambio de planes, anoche me avisaron que no vamos a salir de la escuela: vamos a salir de la central de autobuses.
—¿Cómo, joven? Siempre los autobuses salen de la escuela —me miró por el espejo retrovisor.
—¿No te acuerdas que un día tuvieron problemas con la compañía de autobuses? ¿Y que tuvimos que salir de la central? —le contesté viéndole los ojos en el espejo.
—Ah, sí, sí. Recuerdo, joven. No hay problema: lo entrego con la maestra y me regreso.
—No, Raymundo; ya tengo 15 años. Me dejas y te vas.
—No, joven, ahí es un lugar distinto a los anteriores, en los lugares en donde lo dejo es porque ya los conozco.
—No, no, no, esta vez me dejas. No dejes que mis compañeros se burlen de mí —le dije con voz de mando.
—Muy bien, usted me dice en dónde quiere que lo deje, pero me espero hasta que me diga que ya están sus maestros.
Cuando llegamos a la central camionera, no permití siquiera que entrara al estacionamiento. Abrió la cajuela, me entregó mi veliz y, sin darle oportunidad de que me interrogara, me despedí de él como siempre lo había hecho.
Me fui simulando que tenía prisa porque me estaban esperando. Cuando llegué a la puerta, hice como si estuviera buscando a mi maestra, después le hice señas a Raymundo diciéndole que sí estaba. Le indiqué que ya se fuera.
Cuando entré, sentí temor. Era la primera vez que viajaba solo. A pesar que siempre he sido una persona muy independiente y atrevida, sentí miedo ya que no sabía a dónde iba, iba a un lugar desconocido con una persona desconocida.
Vi a lo lejos como se marchaba Raymundo en el coche que cada vez se perdía entre el tráfico como si los coches lo estuvieran devorando.
Cuando me vi solo rodeado de gente que no conocía, me llegó la idea de desistir lo que había planeado, pero ya estaba allí y no había vuelta atrás.
Llegué a un mostrador.
—Joven, ¿para dónde quiere su boleto?
—A Tancuayalab —le dije.
—¿A dónde me dijo?
—Tancuayalab —le repetí con trabajos al hablar.
—Nunca había oído ese nombre. ¿En qué estado se localiza?
—En el estado de San Luis Potosí.
—Voy a preguntar en dónde se encuentra exactamente para recomendarle qué ruta tomar —se paró de su silla y se dirigió a una oficina.
Cuando la señorita se alejó del mostrador, veía a toda la gente que se juntaba en ese lugar, muchos comprando los boletos, otros observando con atención las salidas viendo el boleto que tenían en la mano, otros dormidos tranquilamente en los asientos. Se escuchaba en las bocinas la salida de los autobuses. Había mucho movimiento.
Regresó la señorita y me comentó:
—Primero tiene que llegar a la capital del estado y de ahí toma otro autobús que lo llevará a la ciudad de Valles; de ahí otro que lo lleve a Tamuín, de ahí no sé si haya uno que lo lleve a Tancuayalab.
“Muy bien”, pensé, “ojalá no tenga problema para llegar ahí”.
—¿Cuántos boletos quiere?
—Uno, por favor.
—¿Viaja usted solo?
—Sí —le dije con seguridad y tratando de hacer más grave mi voz.
—Pero ¿usted es mayor de edad?
—Sí. Tengo 19 años. —Como siempre he sido muy grande y alto, representaba más edad que la que tenía.
—Muy bien, joven, aquí tiene su boleto en donde viene su lugar designado, el camión sale en 1 hora por la salida B. Cuando llegue a San Luis Potosí, compre su boleto inmediatamente; solo salen en la sección de segunda clase. Tengo entendido que tienen salidas continuas.
—Muchas gracias por su información —saqué el dinero de mi cartera.
—Que tenga buen viaje —me dio el boleto.
Tuve una hora para pensar si me regresaba. El día anterior había hablado a la escuela para reportarme enfermo, para que no fueran a llamar a casa; les dije que tenía malestar en el estómago, por lo que no iba a ir al viaje de estudios que habían organizado.
Podía retirarme, llamar a Raymundo para que regresara por mí, pero la curiosidad, esa voz interna que estaba dentro de mí, no me dejaba tranquilo. Prefería correr ese riesgo que tener en toda mi vida esa duda, y al parecer el señor Nemesio tenía urgencia de estar en contacto conmigo. Fue la conclusión que había sacado después de haber escuchado esa conversación.
—Los pasajeros que van a la ciudad de San Luis Potosí, favor de abordar por la salida B —se escuchó una voz femenina por el altavoz.
Tomé mi maleta y me dirigí al autobús.
DECIDIR A CUÁL CHOFER
CONTRATAR
Después de un largo y caluroso viaje, llegué a la ciudad de Valles.
Ya eran las 8 de la noche. Empezaba a oscurecer, estaba en un lugar desconocido, con desconocidos. Hacía una semana no me hubiera imaginado que iba a estar aquí solo; me imaginaba que iba a estar con mis compañeros en Guadalajara visitando los museos, centros comerciales, fábricas de dulces, la plaza Garibaldi, comiendo arrayanes, escuchando a los mariachis.
El taxi que tomé era muy diferente a los que yo conocía; cuando me senté, tenía los asientos sumidos, el tablero estaba cubierto con peluche, tenía colgando un rosario en el espejo retrovisor, sobre el tablero, tenía una imagen de la virgen de Guadalupe iluminada; estaba oxidada la herrería, pero lo que más me llamó la atención fue que en el centro del techo tenía colgando una esfera cubierta de pedazos de espejo que se movía según íbamos avanzando.
—¿Qué pasó, jefe? ¿A dónde quiere que lo lleve? —el taxista puso en marcha el vehículo.
—A esta dirección, por favor —le mostré la hoja que me había escrito la vendedora de boletos en San Luis.
—No sé, leyer. ¿Me lo podría decir?
—Sí, sí, claro. El hotel se llama Huasteca.
—A, pos es el mejor hotel que tenemos aquí en la ciudá.
Íbamos rumbo al hotel. Me estaba deshaciendo por el calor en el taxi; cuando abría la ventana, entraba una corriente de aire caliente; además, en la calle había mucha tierra suelta que entraba por la ventana.
El chofer me miró y me dijo:
—Usté es una persona que no está acostumbrado a estos calores, ¿verdá? ―me dijo sonriendo—. Hemos llegao hasta los 54 grados —cuando su sonrisa fue más grande, resplandecieron todas las piezas dentales llenas de metal como flashazos.
Esa noche no descansé a pesar de las horas de viaje ya que estaba nervioso por no saber con qué me iba a encontrar. Tenía grandes deseos de que amaneciera.
Al día siguiente me desperté con un nerviosismo inusual en mí. Mientras me bañaba, empecé a cuestionarme: “¿Quién será el señor Nemesio? ¿Lo encontraré? No sé siquiera su apellido, los únicos datos que tenía era su nombre y el lugar donde vivía ¿Por qué dijo mi padre que yo era su nieto? ¿Por qué me quería ver? Se me vinieron tantas cosas en la mente que empecé a experimentar una sensación extraña en mi estómago. En pocos momentos voy a tener la respuesta a todas estas preguntas”, me dije muy seguro.
No tuve deseos de desayunar. Recogí mis cosas, pagué la cuenta del hotel. Al salir, sentí de nuevo la humedad y el calor. Tomé un taxi que me llevó a la central camionera.
—Un boleto para Tamuín, por favor —le dije a la señorita del mostrador.
—Sí, joven. Dentro de 45 minutos sale el siguiente camión.
—¿A qué hora hay salidas de Tamuín para Tancuayalab? —le pregunté.
—No, joven. No hay camiones para llegar a ese lugar.
—¿No? Entonces, ¿cómo puedo llegar?
—¿No conoce a alguien de Tamuín que lo lleve?
—No, señorita; recomiéndeme qué puedo hacer para llegar ahí.
—Mire, yo tengo unos amigos choferes que todos los días van a ese lugar. ¿Quiere a alguien en especial?
—No. Usted decida por mí.
—Bueno, le voy a recomendar a un amigo que no es chofer, pero sí le puede ayudar. Voy a llamarlo.
Esperé un momento a que ella regresara.
—Sí, joven, me dice que él lo espera. Su nombre es Cirilo Rivera. Tiene una camioneta color azul claro. Lo va a estar esperando afuera de la línea de autobús.
Mientras esperaba a que pasara el tiempo me puse a caminar en la central. Me llamó la atención ver a señores y niños acostados en el piso sobre unas cobijas. En lugar de velices tenían cajas de cartón amarrados con mecates. Vi a una señora con el pecho descubierto amamantando a un bebé. Lo que más me impactó es que, mientras lo alimentaba, le estaba poniendo los zapatos a otro de sus hijos y el hijo al que estaba amamantando succionaba con más fuerza para no soltarse.
Veía a niños, con sus caras llenas de granitos de varicela, agarrados de las enaguas de las mamás, que estaban conviviendo con señoras embarazadas.
Puse atención en las manos de los señores: eran ásperas, rudas, fuertes, con surcos, con ampollas. Sus venas gruesas saltaban a la vista. Tenían callos; después supe que se les formaron así por utilizar las herramientas al labrar la tierra, manos trabajadoras. Sus caras tenían una piel resquebrajada por el sol y llenas de surcos que formaban las arrugas por los años de su edad y la vida que han tenido.
Me había informado también la señorita que aquí eran regiones agrícolas; cosechaban caña, maíz y naranja. También pueblos ganaderos.
Llegó la hora de abordar. Cuando subí, me sorprendió que el autobús tenía las ventanas abiertas ya que no contaba con aire acondicionado. Estaba sucio. Había señoras con canastas sobre sus piernas, niños llorando, un olor a humo y a sudor, además del calor insoportable. En este momento me acordé de mis padres. Ellos se imaginaban que estaba en Guadalajara con mis maestros y compañeros. Jamás les pasaría por la mente que me encontraba en un lugar como este.
Emprendimos el viaje. Tuve la suerte de estar al lado de una ventana, ya que, además de recibir el aire que necesitaba, podía apreciar la vegetación, los pueblos que pasábamos y lograr escuchar los sonidos de los insectos.
El camión se paraba constantemente en todas las rancherías que pasábamos, los pasajeros subían y bajaban con costales, comida, canastas, hasta bicicletas, las señoras utilizaban blusas blancas bordadas de flores de diferentes colores; encima de su pelo, un tocado en forma de corona hecho de hilos con los mismos colores de sus blusas, sus faldas negras y, en sus pies, huaraches. Los señores tenían sus sombreros que no se quitaban incluso adentro del autobús y veía como le bailaba una bolita de estambre que le colgaba en la parte trasera. Todos estábamos brillosos por el sudor.
Llegó un momento en que me desesperé porque estábamos apretados, había personas paradas y el chofer seguía subiendo gente. Al lado mío venía una huasteca que no dejaba de mascar el chicle, además que traía una canasta, al observarla traía una mantilla bordada color blanco, me llamó la atención que estaba manchada de rojo, después me di cuenta que traía enchiladas huastecas recién hechas que llevaba para vender. Se le subió un niño por un lado de la canasta, su hijo no dejaba de llorar a causa de tantas curvas que pasábamos, se veía que la gente estaba acostumbrada a este tipo de carretera que se formaba porque estábamos pasando por los cerros que forman la Sierra Madre Oriental, tenían una apretada y exuberante vegetación, de repente veía espejos de agua que eran albercas naturales que me apetecía echarme un chapuzón. También encontraba algunos cultivos de maíz y frijol.
Por fin llegamos a Tamuín.
Salí del autobús buscando la camioneta azul claro que me estaría esperando. La vi estacionada, pero no encontré a Cirilo. Tuve que esperarlo unos minutos bajo los rayos del sol. De repente apareció un muchacho muy tranquilo con dos refrescos en la mano; usaba unos pantalones de mezclilla, un cinturón que tenía una hebilla gruesa, una camisa a cuadros arremangada y unas botas color café.
Él era alto, delgado, de cabello negro lacio; su nariz un poco grande, labios amplios que cuando sonreía parecía llegaban a las orejas. Usaba bigote y tenía un lunar en el cuello.
—Hola, güerito, tú debes de ser Roberto. Mi amiga Miriam me habló desde Valles para que te recibiera.
—Sí, yo soy —le di mi mano para saludarlo.
—¿Y qué le trae por estas tierras? ¿A poco se va a comprar un ranchito?
—No, ¿cómo cree? Estoy buscando a un señor que se llama Nemesio, en Tancuayalab.
—¿Nemesio? ¿Cómo se apellida? Para dejarlo ahí. —Me ofreció un refresco.
Esta pregunta hizo que mi sangre se fuera hasta los pies. Me daba pena decirle que no sabía.
—Los únicos datos que tengo son su nombre y el lugar en donde vive.
—¿Pos cómo va a saber quién es el Nemesio que busca? Ahí viven varios con ese nombre.
Desilusionado, le pregunté:
—¿Usted cuántos conoce?
—En este pueblo no somos muchos. Conozco a cada habitante y hay 4 Nemesios.
—Qué bueno que no hay muchos —le contesté aliviado y refrescándome con la bebida—. Le pido de favor me lleve con los Nemesios que usted conoce, ¿cuánto me cobraría?
—No sé por qué los que viven en la ciudá mencionan inmediatamente el dinero.
No tuve palabras para responderle. Tenía mucha razón.
Nos subimos a su camioneta. Era de un modelo viejo. Tenía muchas partes tan oxidadas que se le formaron hoyos. Cuando prendió el motor todo se movía; hacía mucho ruido. En donde estaba la palanca de velocidades tenía un gran boquete por donde se veía el camino y entraba la tierra. Las ventanas no tenían manijas, el camino era de terracería y, cuando caíamos en cualquier hoyo, brincábamos y nos meneábamos por todos lados como si fuéramos en un juego mecánico. Prendió el radio, seleccionó una estación que transmitían música de banda; aumentó el volumen como si quisiera que todos los que estaban alrededor la escucharan y emprendimos el viaje a Tancuayalab. Conforme íbamos avanzando dejábamos una estela de tierra en el camino.
Mientras avanzábamos, siempre se escuchaba “¡Cirilo!, ¡Cirilo!”. Y él accionaba el claxon y levantaba la mano para saludar. Eran personas de todas las edades: un niño, un campesino, un trabajador, hasta un doctor con su bata blanca.
—Se ve que tiene muchos amigos —lo volteé a ver.
—Sí, güerito —me contestó cambiando una velocidad de la camioneta, y sin dejar de observar el camino, siguió—: Lo considero como un privilegio, ya que para mí esto es un tesoro, mis amigos son como mis hermanos, y tienen para mi más valor, ya que soy hijo único, por lo que siento que tengo muchos hermanos. Bromeo con mi mamá: le digo que no sabía que tenía tantos hijos.
Cirilo era una persona muy agradable, me llevaba por 10 años, nunca me imaginé que íbamos hacer tan grandes amigos.
Gran parte del camino veníamos platicando. Se me olvidó momentáneamente la razón por la que estaba en ese lugar.
Nunca imaginé con lo que me iba a encontrar.
DECIDIR CUÁL NEMESIO
Llegamos a Tancuayalab. Después de una hora de muchos brincos, hubo momentos que me tenía que agarrar fuertemente de donde fuera. Saltábamos tan alto que me di varios topes en la cabeza con el techo de la camioneta. Esto le hacía sonreír a Cirilo, por lo que le daba más fuerte sin importarle que su camioneta se destartalara más.
Era un lugar en donde tenían pocas calles pavimentadas, las casas eran de adobe, sus techos de palma y otras hechas con palos de madera. Algunas no tenían piso, era solo tierra. Muchas de ellas estaban abiertas, alcanzaba a ver qué adentro de ellas, tenían una modesta decoración; había varias personas afuera, sentadas en unas sillas que sacaban para recibir el fresco de la tarde. Todas estaban rodeadas de mucha vegetación. La mayoría de las casas tenían hamacas. Después supe que las ocupaban para dos propósitos: para que al cuerpo le llegue aire por todas partes cuando se meten en ellas y para que no sean atacados fácilmente por algún animal ponzoñoso.
El pueblito tenía su jardín típico en donde está la iglesia. Había señoras sentadas en las bancas platicando mientras los niños jugaban a la pelota.
Conforme íbamos avanzando observaba cada vez con más detenimiento las calles, pensando cual será la casa que buscábamos. De repente, se paró.
—Güerito, aquí vive un Nemesio, espero sea el que usté busca —me dijo mientras ponía la camioneta en neutral y accionaba el freno de mano con el pie, metiéndolo hasta el fondo.
Mi corazón se empezó a acelerar. Yo creo que mi cara irradiaba susto. Me costó trabajo abrir la puerta de la camioneta, ya que tenía, en lugar de manija, un hilo que se jalaba para abrir.
Conforme nos íbamos acercando a la casa, llegó a mi naríz un olor a comida casera, de leña. En ese momento mi estómago empezó a hacer ruido, no me había acordado que no había desayunado, como que mi estómago estaba gritando por si acaso mi boca no decía que tenía hambre, para que todos se dieran cuenta.
Cirilo tocó la puerta y salió una señora tímida: era una viejecita que no veía bien, tenía una carnosidad en el ojo. Se oían el cacarear de las gallinas y los ladridos de unos perros.
—Mmmmmhhh. Llegamos a muy buena hora, doña Chole —dijo Cirilo masajeando en forma circular su estómago.
—Pásinle, pásinle —contestó muy contenta al vernos.
—Doña Chole, busco a Nemesio. —La abrazó.
—No ta si jue a la milpa —le contestó muy cohibida—. Si jueron hace una hora, no tardaran en lligar.
—A, pos, si no tiene inconveniente, doña Chole, lo esperamos. Oiga, qué rico huele. ¿A poco hizo bocolitos?
Doña Chole nos sirvió lo que llaman bocolitos, unas gorditas deliciosas hechas de masa de maíz revuelta con queso y manteca, acompañados de unos frijoles refritos y una salsita picosita. De tomar, nos dio un café muy caliente, que para soportar más el calor.
En eso se oyeron unos ruidos de pisadas fuertes como sacudiendo los pies.
—Ya lligaron —exclamó doña Chole.
Mi corazón se volvió a alborotar, volteé y vi a una persona mayor quitándose el sombrero, cuando lo hizo su pelo se quedó marcado en forma circular por el sudor, como si fuera una corona. Venía con él un joven como de mi edad.
—Qué gusto verte, Cirilo. Hace mucho que no vinías —le dijo la persona mayor dándole esa mano como las manos trabajadoras que vi en el autobús.
—Pos traigo aquí a este güerito que anda buscando a un Nemesio y pensé en su hijo.
Cuando escuché estas palabras, se me fue la sangre a mis pies.
Cuando nos subimos de nuevo a la camioneta, le dije a Cirilo levantándole la voz:
—No, Cirilo, la persona que busco es una persona mayor.
—Pos güerito, usté no me había dicho nada. ¿Cómo quiere que yo adivine? A ver, ¿de qué edad es el Nemesio que busca?
—No sé —le dije, desilusionado.
Cirilo de repente frenó, se formó una gran polvareda que pasó sobre nosotros, me volteó a ver y me dijo:
—No, pos qué divertida cosa: viene a un lugar que no conoce, a buscar a una persona que tampoco la conoce, no sabe qué edad tiene y solo sabe que se llama Nemesio. A ver, ¿qué otros datos me puede dar?
—Mmmmm… que tiene un nieto —le dije pensando que con ese dato podría ubicarlo.
—Ja, ja, ja, ja, ja. Pos aquí no sabe cómo somos de prolíficos, incluso muchas veces nos encontramos con varias sorpresas. A ver entonces a cuál otro Nemesio quiere que lo lleve, ¿o tiene algún otro dato que me dé?
Me sentí como si estuviéramos jugando a los detectives, como lo hacía cuando era niño.
—No, no sé más. Ahhh, tengo otro dato, al parecer tiene un nieto, que vive en Monterrey.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —se rio con esa risa tan característica de él y me dijo—: No, pos como le dije. —Se acercó y me dijo en voz baja—: Aquí de repente se encuentra uno que tienen hijos en otro lado, cuando se fueron a trabajar a otras ciudades.
—No, pues no tengo ningún otro dato. Lo único que sé es que le urgía hablar conmigo, como que tenía prisa de hacerlo —le dije desesperanzado.
—Ahhh, me acaba de dar un buen dato. Hay un Nemesio que vive en una ranchería; está muy enfermo. Dicen que ya no dura, que ya no llega para las fiestas parroquiales. Este señor es muy buen hombre. Era muy alegre, pero desde que su hijo se fue, cambió mucho su carácter. Está triste y pensativo. Dicen que su hijo se hizo multimillonario, pero que Nemesio no quiere recibir un solo centavo de él. Usté dígame si decide ir y yo lo llevo.
—Pues sí suena interesante lo que me dices.
—Oiga, güerito, y aquí entre nos: ¿por qué tanta urgencia de buscarlo?
—Ni yo mismo sé —respondí con dejo de desilusión.
—¿Que quééééé? —respondió dando un respingo—. No, no puede ser posible lo que estoy oyendo, definitivamente las personas de las grandes ciudades se trastornan con el esmok. No hay como vivir en el campo, al aire libre, sentirse libre.
Prendió de nuevo la camioneta y nos fuimos a buscar al segundo Nemesio.
Salimos de la ciudad, íbamos por terracería, pasamos por muchos charcos, había momentos en que pensaba que la camioneta se iba a atascar. Con esfuerzo del vehículo y destreza de Cirilo, lográbamos salir. Ya no se veían casas, sino solo vegetación. A lo lejos sobresalían chozas con techos de palma. Se divisaban muchos corrales con ganado. Había muchos tipos de vegetación, enredaderas y plantas que crecieron con el tiempo encima de los arboles que colgaban y bailaban al ritmo del aire. Cuando de repente Cirilo señaló con un dedo y dijo:
—Mire: es esa casa que se ve a lo lejos —volvió a colocar su mano sobre la palanca de velocidades.
Vimos una casa color hueso. Parecía que no vivía nadie. Lucía muy abandonada.
Yo sentía mucho calor, a pesar de que traía abierta la ventana. Mi pelo estaba revuelto. Tenía una gran mancha de sudor que hizo que se oscureciera mi camisa color beige en cada axila. Ya se me habían formado manchas blancas, como de yeso en mi pantalón de mezclilla.
Cuando llegamos se escuchaban fuertes sonidos de los insectos como diciéndonos que son pequeños, pero que ahí estaban.
—¿Estás seguro de que ahí es? —le dije a Cirilo, intrigado.
—Pos oiga, güerito, claro que sí, tengo aquí viviendo 25 años y conozco cada piedra, cada árbol, le puedo decir cuántos becerros ha tenido Lucy, la vaca de mi compa, conozco cada movimiento en este pueblo —exclamó sonriendo.
—Pero se ve esta casa muy sola, como que no hay movimiento.
—Ya le había dicho, güerito, que este Nemesio tiene una gran tristeza que nadie sabemos por qué, solo que cuando su nuera murió hace 15 años y su hijo se fue, ya no fue el mismo Nemesio alegre de antes. Incluso ha dicho que cuando muera no lo velen, sino que lo entierren inmediatamente, ya que no tiene familiares.
Cuando me fijé, mi playera estaba más mojada, no sabía si era por el calor o por el nerviosismo que sentía. Mis pantalones estaban pegados a mi cuerpo, el reloj ya no se movía en mi muñeca, ya que con el sudor no se deslizaba tan fácilmente. Sentía cómo bajaban las gotas de la frente a la cara; tenía momentos que sentía que me faltaba el aire por la humedad que había en ese lugar. Se sentía sofocante. Me asombraba cuando veía a la gente, muy tranquila, llevando una vida normal.
Nos bajamos de la camioneta. Ya tenía experiencia para abrir la puerta jalándole al hilo. No sé por qué algo me decía que aquí vivía el Nemesio que tanto buscaba.
Nunca pensé que en aquel momento mi vida iba a cambiar.
DECIDIR IRNOS O NO
Tocamos la puerta y esperamos. Nadie salió. Volvimos a tocar. Esperamos unos minutos. No tuvimos éxito.
—Ya ves, Cirilo: te dije que no hay nadie —le repliqué.
—Güerito, no sea desesperado. Así me ha pasado varias veces cuando vengo a visitarlo.
Volvimos a tocar. No abría nadie.
—No, Cirilo. Ya decidí mejor irnos y vamos a buscar a los otros Nemesios. No quiero que se haga de noche —le comenté, desanimado.
—No, güerito: espéreme. La última vez que vine a visitarlo, Nemesio ya no caminaba bien. Ha estado enfermo. A ver, vuelva a tocar y voy a arrimar mi oído a la puerta.
Toqué con más fuerza y se oyó una voz muy leve.
—Pásile, no me puedo parar.
—¿Ya ve, güerito? Y usté que duda de mí —me dijo mirándome y abriendo la puerta.
Entramos a la casa. Se sentía tristeza. En este pueblo se ven casas humildes, pero las señoras se esmeraban hacerlas bonitas con ese carcterístico toque femenino según sus posibilidades, ya sea poniéndoles macetas llenas de flores, carpetas tejidas o bordadas a mano, adornos de cerámica colgadas en la pared, y no faltaba su recipiente de alimento para los pájaros bajaran, pero esta era distinta, percibí que antes había sido una casa similar a las anteriores, pero ahora las macetas se encontraban llenas de plantas silvestres, los muebles lucían viejos, había una televisión antigüa, las carpetas que estaban arriba de los muebles se veían desgastadas, algunas de ellas agujeradas, afuera tenía una hamaca ya con el tejido deshilachado. El jardín estaba muy descuidado, lleno de hierbas. Había una banquita de madera rota.
Seguimos caminando y al final había un cuarto en donde vimos a un señor mayor muy delgado sentado en un sillón color café, en el respaldo una pequeña cobija tiernamente tejida. Usaba una playera blanca en donde se leía el nombre de una refaccionaria, tenía en su mano una vara gruesa que ocupaba como bastón. Sus manos eran rudas, curtidas, como las que había visto antes. Se miraban las venas de sus manos delgadas como si fueran ríos que en algún momento llevaban mucha agua, pero ya se estaban secando. Eran manos ya cansadas. Tenía los hombros anchos que se le formaron, al parecer, por el trabajo tan pesado que realizó en su vida. Aparentaba haber sido un hombre fuerte, pero ahora su espalda estaba encorvada. Traía unas sandalias con lodo ya seco en donde mostraba sus pies con sus uñas gruesas y cafés, su rostro estaba muy quemado por el sol que tal vez recibió tantos años. Se le veían arrugas, las cuales me dieron ternura. Casi no tenía dientes. Sus labios se sumían adentro de la boca por la falta de ellos. Se le formaban dos grandes surcos en las mejillas a causa de su delgadez. Lo que me llamó la atención era que casi no tenía canas. Su pelo estaba despeinado; tenía un pequeño copete levantado en la parte de atrás, ese que se forma cuando nos recargamos en el respaldo de un sillón.
—Yo pensaba que era Juan, que me trae de comer. Se me hizo raro que haya tocado —nos dijo este hombre con una voz muy leve y temblorosa.
—¿Pos qué le pasa, don Nemesio? Échele ganas. Cada vez que lo veo está más apagado.
—Ay, Cirilo, sigues siendo el mismo. Desde que eras chico siempre fuiste muy alegre y activo. Recuerdo que siempre te sacaba a palos de mi casa porque querías comerte las galletas que cocinaba mi nuera mientras se enfriaban.
—Pos sí, don Nemesio: no me dolían los palos que me daba comparándolos con lo que disfrutaba comiendo esas galletitas que cocinaba su nuera. No sabe la tristeza que me dio su muerte.
—Condenado Cirilo, nada más por las galletas, ¿verdad?
—¿Cómo cree? Si era rete buena persona. Dios la tenga en su gloria —lo dijo alzando sus ojos al cielo—. A ver, Nemesio: se ha de preguntar quién es este güerito. No es el nuevo doctor del pueblo que lo viene a visitar —se le acercó al oído y en voz baja le dijo—: Él está buscando a un Nemesio y lo raro es que no sabe para qué. Ya ve cómo son los citadinos.
—¿En qué puedo servirle, jovencito? —tosió levemente.
—¿Se llama usted Nemesio? —le dije acercándome pensando que no oía bien, ya que Cirilo había hecho lo mismo.
Cuando estuve cerca de él, me llamaron mucho la atención sus ojos. Eran de color café y, al darle el sol de lado, le aparecía como un rayo de luz color miel, efecto que yo tenía.
—Sí, jovencito, yo me llamo Nemesio, para sirvirle. Favor, tome asiento.
Tomé una silla. Se sentía muy frágil. Me dio temor que se fuera a romper con mi peso. Cirilo tomó otra silla, con mucha confianza, como si estuviera en su casa. Se sentó por el lado contrario de ella abriendo sus piernas, recargó sus brazos sobre el respaldo y su quijada sobre sus manos. Puso atención.
Traté de no emocionarme para después no sentir desilusión.
—Don Nemesio, hace cinco días —le dije— llegó una llamada en casa que me desconcertó.
Vi que Nemesio se alteró un poco y se movió de su sillón con dificultad.
—Esta llamada no la tomé, pero sabía que era dirigida a mí. Solo escuché tres cosas que me hicieron que viniera a este lugar a buscarlo.
Al decir esto, Cirilo prestó más atención y Nemesio se puso nervioso.
—¿Y qué palabras escuchó? —tosió más fuerte.
—Estas palabras fueron su nombre, Nemesio; después el lugar, Tancuayalab; y, por último, que buscaba a un nieto.
Nemesio empezó a respirar fuertemente y muy seguido como con dificultad, se le empezó a nublar la vista porque se le acumularon las lágrimas en sus ojos, movió la cabeza. Quería decir algo, pero no le salía la voz.
Cirilo se paró inmediatamente para auxiliarlo.
—Nemesio, Nemesio, ¿qué tiene? ¿Qué le pasa? —lo agitaba con delicadeza, como si con esto pudiera emitir alguna palabra.
—No tengo nada, Cirilo —le contestó dándole una palmada en el brazo.
Cirilo acercó más la silla hacia esta persona mayor tan respetable tal vez habría necesidad de poder auxiliarlo inmediatamente por si volvía a faltarle la respiración. Se sentó a su lado.
Nemesio se enderezó con la ayuda de su bastón y de Cirilo, tomó aire profundamente y dijo:
—¿De dónde vienes?
—Vengo de Monterrey.
Vi que Nemesio se endureció, y como con dificultad, dijo la siguiente pregunta:
—¿Cómo te llamas?
—Roberto Moreno Garza.
Nemesio se volvió a alterar. Cirilo, como ya estaba a la expectativa, actuó inmediatamente.
—Voy a ir rápidamente por un doctor para que lo auxilie.
Nemesio lo tomó de la mano y le dijo:
—Estoy bien, no te preocupes. Estoy muy bien —volvió a decir.
—Tus padres ¿cómo se llaman?
—Roberto Moreno García y Adelaida Garza García.
Se vio que Nemesio se alteró al oír esto, pero guardó compostura, respiró muy hondo y trató de decir unas palabras, como que esperaba algún día poder decirlas. Ese era el momento tan esperado y tan importante en su vida. Y mencionó:
—Yo soy tu abuelo —lo dijo muy directo. Sentí como si lo hubiera ensayado muchas veces. Sorprendido, le contesté:
—Discúlpeme, señor Nemesio, pero usted debe estar equivocado. Yo no tengo abuelos: los padres de mis padres fallecieron.
—Hijito mío, ellos no son tus verdaderos padres.
Me quedé sin palabras, mi mundo se detuvo. Solo se escuchó una expresión:
—¡Áijoezu! —exclamó Cirilo.
Vinieron muchas cosas a mi cabeza. Sentí que mi mente me daba muchas vueltas, iban y venían imágenes desde mi niñez hasta ahora, de mi vida, del amor de mis padres, de mis supuestos abuelos, de por qué estaba ahí. Yo creía que esta persona era honorable. ¿Cómo era posible que me pudiera decir semejante mentira? Era un embustero.
Quería salir de este lugar. Tenía grandes deseos de correr.
Cirilo se me quedó viendo con los ojos y la boca abierta y Nemesio me veía con una mirada paternal.
Nadie quería volver a emitir una palabra hasta que Nemesio me dijo:
—Te entiendo. Esto debe de ser muy duro para ti. Me hubiera gustado que supieras esto en otro lugar, en otras circunstancias y que te lo hubieran dicho otras personas, pero el destino ha hecho que yo sea esa persona.
—Necesito que me explique bien lo que me acaba de decir —le dije con voz de mando.
—Sí, hijito. Tengo tantas cosas que decirte. Pero antes de empezar, solo quiero darte las gracias por que hayas venido. No sabes lo que significa para mí el conocerte, no sabes cuántas oraciones he hecho por ti, no sabes cuánto amor te he mandado hasta el lugar donde te encontrabas sin saber cómo te encontrabas. Mi mayor deseo era verte de nuevo antes de morir; ahora, sí voy a poder morir en paz. Doy gracias a Dios —elevó su cara, sus ojos y sus manos al cielo.
Tenía ganas de abrazarme, pero se contuvo.
Se acomodó muy bien Cirilo en su silla, estiró su cuello con expresión de poner atención.
Y Nemesio me empezó a decir…
DECIDIR DARME EN ADOPCIÓN
—Yo tuve solo un hijo. Mi esposa, quien fue una gran mujer, murió en el momento del parto cuando nació Rigoberto. Él era todo mí ser; era un pedazo de mi esposa que Dios me había dejado para sentir siempre su amor y su presencia a través de él. Rigoberto fue muy buen muchacho, muy trabajador, fue un gran compañero para mí, era mi orgullo, era mi ser.
Se acomodó y afinó su voz con la garganta.
—Desde niño conoció a María, tu madre, siempre fue una persona caritativa, trabajadora y cariñosa. Se enamoraron, tu padre no quiso esperar, se quiso casar a los 18 años. Como ambos me querían mucho, decidieron vinirse a vivir conmigo, lo cual les agradecí, estábamos los tres muy adaptados, cada uno desempeñándonos en nuestras actividades. Tu madre supo llevar muy bien la relación entre nosotros.
»Nos llegó la noticia que María estaba embarazada, no te imaginas la alegría que reinaba en esta casa, parecía que aquí ya no cabía mas felicidad, todos nos gozamos, nos admirábamos como iba su vientre creciendo cada día más grande, con orgullo se acercaba a nosotros para que sintiéramos las pataditas que dabas. Rigoberto se sentía pleno.
»Llegó el momento del parto. Tu padre siempre tuvo temor de ese momento desde que supo cómo murió su madre. En aquel entonces no contábamos con alguna clínica cercana, ni siquiera un doctor, solo teníamos parteras. Pero cuando tu madre estuvo embarazada, ya contábamos con una de ellas; no dejaba de ir con el doctor para que la revisara cada mes, esto le daba algo de tranquilidad a tu padre. Además, tu madre siempre había sido muy sana y fuerte.
Se le empezaron a salir lágrimas a Nemesio como si tuviera un par de fugas en sus ojos; estas corrían entre los surcos que se formaban en las arrugas.
Cirilo le acercó un pañuelo. Se limpió los ojos y continuó.
—Tu madre estaba esperando el momento de tenerte en sus brazos. Tenía todo listo para recibirte. La última vez que la vi, fue con una gran sonrisa, ya que iba a dar a luz a un ser que deseaba tanto, te amaba sin aún haberte conocido, anhelaba llegara ese momento. Nunca se imaginó el desenlace que iba a tener.
Cirilo exclamó: “¡Ay, caray!”, él ya sabía lo que iba a suceder. Su madre se lo había contado.
—En el momento del parto, tu madre tuvo un sangrado muy fuerte que no le podían parar. Tu padre salió rápidamente rumbo a la clínica, llegó corriendo el doctor, le ayudó a la partera a que tú nacieras. Al ver toda la sangre que tu mamá derramaba, tu padre gritó: “¡¡Por favor, ayúdela!!”. Pero el doctor no pudo hacer nada; desgraciadamente, no tenía los instrumentos necesarios para detener el sangrado tan fuerte que tuvo, tu papá estaba desesperado. No se pudo hacer nada, tu madre falleció.
»Después, tu padre investigó y supo que el gobierno había dado dinero para equipar esa clínica pero nunca llegó, se quedaron en los bolsillos de los “servidores” públicos.
Cirilo tenía una expresión muy triste, también se le empezaron a derramar las lágrimas.
Yo no sabía qué pensar, ya que he querido a otra madre toda mi vida.
—Después, ¿qué pasó? ¿Qué fue de mi padre? ¿Por qué no se hizo cargo de mí? —le cuestioné, con deseos de que me contestara inmediatamente.
Cirilo meneaba la cabeza de arriba abajo, alzó los hombros como diciendo que él también desearía saber.
—Tu padre, a raíz de entonces, cambió mucho. Ya no era la misma persona, ya no quería trabajar, no tenía ilusión para hacerlo. Yo trataba de animarlo sin lograrlo, hasta que un día decidió irse a la capital.
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