Kitabı oku: «Mujeres que tocan el corazón de Dios»

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Título original: Mulheres que tocam o coração de Deus

Traducción: Óscar Madrigal Muñiz

Diseño de portada e interiores:

Paola Álvarez Baldit

Ilustraciones:

Ricardo Aguilar

© 2020 Ediciones Dabar, S.A. de C.V.

Mirador, 42

Col. El Mirador

C.P. 04950, Ciudad de México

Teléfonos: (55) 5603 3630 / 5673 8855

E-mail: contacto@dabar.com.mx www.dabar.com.mx EdicionesDabar edicionesdabar

ISBN: 978-607-612-213-6

Hecho en México

ÍNDICE


PRESENTACIÓN

Mujeres de la memoria bíblica

Las comadronas hebreas: ingenio que defiende la vida

Débora: La victoria no le pertenece a un hombre

Ana: Murmullo sin palabras

La Sunamita: El camino del amor

Rut y Noemí: Solidarias en el infortunio

Mujeres sanadas por Jesús: Con toda la dignidad

Marta y María: Escuchar la Palabra y actuar

María de Magdala: Apóstola de los apóstoles

Lidia: Trabajadora y apóstola

Priscila: Ministra que enseña con autoridad

María, la madre de Jesús

María de Nazareth

María de la Visitación

María, madre de Jesús

María del Destierro

María de los Dolores

María de las Alegrías

Mujeres del cristianismo primitivo

Tecla de Iconio

Perpetua y Felicidad

Cecilia, la romana

Lucía, ojos de gracias

Inés de Roma

Bárbara de Nicomedia

Mónica, madre de san Agustín

Mujeres cristianas del medioevo y la época moderna

Hildegarda de Bingen

Eduviges, patrona de los desvalidos

Viridiana, la peregrina

Clara de Asís

Isabel de Hungría

Zita de Lucca

Catalina de Siena

Rita de Casia

Juana de Arco

Teresa de Ávila

Rosa de Lima

Margarita María de Alacoque

Juana Inés de la Cruz

Mama Antula

Mujeres cristianas de la época contemporánea

Nha Chica de Baependi

María de Araújo

Conchita: esposa, madre y mística

Paulina del Corazón Agonizante de Jesús

Bakhita, la niña esclava

Bakhita, la hija del “Buen Señor”

Teresa del Niño Jesús

Isabel de la Trinidad

María Goretti

Edith Stein

Teresa de Calcuta

Dulce de los pobres

Veva Tapirapé

Dorothy Stang

Adelaide Molinari

Zilda Arns

Jean Donovan

PRESENTACIÓN

Orar es entrar en el corazón de Dios. La fe nos dice que él todo lo sabe y todo lo ve, hasta nuestros pensamientos. Él es infinitamente más grande que nuestras expresiones humanas. Sin embargo, nosotros nos expresamos a través de palabras, gestos, actitudes e imágenes humanas. Dios nos acoge por entero, y toma parte en nuestra manera de comunicarnos con él.

Oramos en comunidad, en grupo, en compañía de alguien, y también individualmente. Lo hacemos con palabras de la Biblia, con cánticos, con rezos de la tradición cristiana, con el rosario, con bendiciones de la devoción popular, con fórmulas que aprendemos en la familia y en la catequesis. Oramos de forma espontánea, en silencio, en contemplación, dejando que nuestro corazón se abra a Dios.

Jesús oraba, y lo hacía incluso en medio de la multitud. A veces optaba por retirarse a un lugar apartado. Llegó a pasar noches enteras en oración, hablando con el Padre. Él fue quien nos enseñó a llamar a Dios de esa manera, y nos legó el Padrenuestro (Lucas 11,1-4 y Mateo 6,9-13). Platicaba con Dios en su lengua materna, el arameo, nombrándolo cariñosamente como Abbá, papito. También nos hizo saber que Dios es comunidad de amor: Trinidad santísima y bendita, un solo Dios en tres Personas. Y se reveló Hijo de Dios y hermano nuestro, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Padre es la palabra humana que activa en nosotros la gratitud, la confianza, la búsqueda de protección, y nos ayuda a acercarnos más a la presencia de Dios, como nuestro creador y protector.

No obstante, la Biblia evidencia también una dimensión maternal en el amor de Dios. “Pero, ¿puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti…” (Isaías 49,15). Tal como las madres consuelan a sus hijos, Dios conforta a su pueblo (Isaías 66,13); extiende sus alas sobre él y lo lleva sobre sus plumas como un águila que defiende a sus polluelos (Deuteronomio 32,11). En muchos salmos se leen expresiones como: “A la sombra de tus alas me cobijo” (por ejemplo, en el Salmo 57,2).

Jesús se valió de esa imagen al orar sobre la ciudad que oprimía al pueblo: “¡Jerusalén, Jerusalén qué bien matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, y tú no has querido!” (Mateo 23,37).

En 1978, el interés de los teólogos del mundo se despertó a partir de una afirmación que el papa Juan Pablo I hizo a la hora del Ángelus. Al mencionar que Dios nos ama con un amor inagotable, un amor tierno, añadió: “Él es Padre, más aun, es Madre”.

A partir de esa sensibilidad, las páginas siguientes ofrecen una invitación a orar en femenino, con inspiración en el testimonio de diversas mujeres. En su mayor parte, se trata de mujeres históricamente reconocibles. Algunas de ellas, cuya referencia consta en los textos bíblicos, son personas reales, representantes de las aspiraciones y del caminar de las mujeres del pueblo de Dios.

Además, en diferentes épocas, en distintas culturas y de múltiples formas, vivieron un amor operante al prójimo, a la humanidad, a todas las criaturas. Amaron a los demás por encima de sí mismas. Por eso tocaron el corazón de Dios, eterna e infinitamente enamorado de todos los seres por él creados, redimidos, sanados, liberados, glorificados.


Mujeres
de la memoria bíblica

Dios habla a través de la Biblia. Los textos bíblicos fueron inspirados por el Espíritu Santo. No obstante, pasaron por las manos de los hombres, casi siempre convencidos de que eran superiores a las mujeres.

Debido a ello, también debemos buscar en la Biblia lo que Dios expresa a partir de las mujeres. Fueron mujeres de inquebrantable fe en Dios liberador; valientes cuando de ayudar a su pueblo se trataba. Y se convirtieron en parte de la Biblia, en la que aparecen en fragmentos preciosos, o entre líneas en las historias contadas por los varones.

Respondieron Raquel y Lía [a Jacob]: ¿Acaso tenemos que ver algo todavía con la casa de nuestro padre, o somos aún sus herederas? ¿No hemos sido tratadas como extrañas después que nos vendió y se comió nuestra plata? Pero Dios ha tomado las riquezas de nuestro padre y nos las ha dado a nosotras y a nuestros hijos. Haz, pues, todo lo que Dios te ha dicho.

(Génesis 31,14-16).


Las comadronas hebreas:
Ingenio que defiende la vida

La Palabra de Dios se pronuncia al estilo humano. Incluso a través de la memoria popular de las mujeres. Esto queda evidenciado en las campesinas que, en Egipto, ayudaban a las mujeres hebreas en sus partos (Éxodo 1,8-22).

A los hebreos que habían migrado hacia Egipto, el faraón los sometía a trabajos forzados y a una gran opresión. Y ordenó a Sifra, Púa y las demás parteras que atendían a las mujeres hebreas, que mataran a los bebés varones y solo dejaran vivir a las niñas. Pero las parteras tenían temor de Dios. Esto quiere decir que siguieron mostrando un profundo respeto por él, confiaron en su acción libertadora y desobedecieron al faraón. Este les preguntaba por qué dejaban que los bebés de sexo masculino vivieran, a lo que ellas respondían: “Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias. Son más robustas y dan a luz antes de que llegue la partera”. Dios fue benévolo con las comadronas, así que los hebreos avecindados en Egipto iban convirtiéndose en un pueblo numeroso y fuerte. Entonces el faraón decretó que los hebreos debían lanzar al río a todos los niños que nacieran.

No había salida. Pero aquellas parteras creían que Yahvé protege la vida de los indefensos. Que el proyecto de Dios vence los proyectos de muerte de la autoridad humana injusta y absurdamente violenta. Ellas pusieron el temor a Yahvé por encima del miedo. Y como estaban acostumbradas a visitar a las mujeres embarazadas en sus casas, utilizaron el argumento de que las hebreas eran más fuertes, con lo cual quedan demostrados su ingenio y su creatividad.

En este relato bíblico se repiten muchas veces las palabras nacer y vivir. Esto muestra que al “no hacer” de las parteras se corresponde el “hacer” de Dios a favor de la vida de los indefensos. Evidencia, asimismo, que la resistencia inteligente y valiente de aquellas mujeres, preparó la gran victoria de los hebreos. Con Yahvé de su lado, ellos se liberaron de la opresión de Egipto atravesando el Mar Rojo. Moisés fue quien lideró al pueblo hebreo en su salida del país africano; de hecho, él fue justamente uno de los salvados de las aguas por la acción de las mujeres.

La profetisa Miriam, hermana de Aarón, estuvo al frente de una destacada participación de las mujeres en la celebración de la fiesta de la victoria. Miriam tomó un pandero y entonó su cántico: “Cantemos a Yahvé, que se hizo famoso; arrojó en el mar al caballo y su jinete”. Las mujeres la siguieron, tocando panderos y danzando a coro (Éxodo 15,20-21).

Al lado de Dios, somos capaces de defender la vida y la justicia, aun en las situaciones extremas.


Pero tienes lástima de todo, porque todo

te pertenece, ¡oh Señor, que amas la vida!

(Sabiduría 11,26).


Oh, Dios, creador y protector de la vida,

dame la sabiduría y la dedicación de la partera

para defender y promover la vida

en todas sus formas, etapas y situaciones.

Protege a las parteras

que van apresuradas a lugares difíciles,

donde no hay médicos ni recursos sanitarios,

y contribuyen a que ocurra el milagro de la vida.

Bendice a las médicas y a las enfermeras

que atienden partos.

Libra mi corazón de todo pensamiento violento.

Quiero ayudar a la humanidad a superar

todo proyecto que mate, cualquier pena

de muerte, toda forma de esclavitud

y toda el hambre sin razón.

Que se haga tu voluntad

en la vida plena para todas tus criaturas.


Amén.

Débora:

La victoria no le pertenece a un hombre

En uno de los textos literarios más antiguos de la Biblia (Jueces 4 y 5), la Palabra de Dios se expresa a través de la memoria viva de una mujer sabia y valiente: Débora.

Liberados de Egipto, los hebreos enfrentaron la vida en el desierto y se propusieron la conquista de Canaán, la tierra prometida por Dios. Allí se unieron a otras tribus de su mismo origen, que estaban siendo oprimidas por los reyes de las ciudades fortificadas. Fueron doce las tribus de hebreos que se congregaron en torno de la fidelidad a Yahvé, conformando una alianza llamada Israel. En los primeros tiempos, no tenían rey, así que las necesidades eran atendidas por líderes transitorios, conocidos como jueces.

Débora está entre los seis grandes jueces que quedaron como héroes en la memoria del pueblo de Israel. Además de jueza era profetisa, pues sabía discernir y orientar a la gente en los momentos críticos. Su método consistía en sentarse debajo de una palmera para resolver los casos que se le presentaban.

Los campesinos israelitas estaban siendo atacados por numerosos reyes cananeos que esclavizaban a la gente, robaban el ganado y se apoderaban de las cosechas. Por si fuera poco, el general Sísara, jefe militar del rey Yabín, los atacó con un arsenal de guerra. Desmotivado, disperso y con sus aldeas muertas, en el pueblo de Israel no había nadie que tuviera el valor de reaccionar.

Débora tomó la iniciativa de ponerse de acuerdo con cada una de las tribus de Israel. Mandó llamar a Barac y le dijo que, por orden de Yahvé, debía organizar a la gente para la guerra. Pero Barac le respondió que solo enfrentaría a Yabín y a Sísara si ella lo acompañaba. Así, Débora se comprometió a ir con él, aunque le advirtió que la gloria de la expedición no le pertenecería: “Yahvé entregará a Sísara en manos de una mujer”.

La victoria del pueblo de Israel se celebra con el Cántico de Débora, que es un agradecimiento a Yahvé (Jueces 5). En el canto se enaltece también a otra mujer: Yael, esposa de Heber, un extranjero que practicaba la herrería y reparaba las armas de los cananeos. Sísara lo consideraba su aliado, así que no tuvo recelos cuando lo invitaron a refugiarse en su tienda. Pero Yael se unió al movimiento liderado por Débora y mató al general, utilizando una estaca de la tienda y un martillo. Por ello, los israelitas la llamaron “bendita entre las mujeres”.

Débora fue una mujer que confió en Yahvé más allá de cualquier cosa. Creyendo en sí misma y en la fuerza del pueblo unido, puso de acuerdo a las tribus, las convocó y las ayudó a organizarse. Además, invitó a la gente a asumir responsabilidades a partir de su fe. En su canto, ella también celebra el triunfo de Dios en la victoria de los campesinos de Israel.


La política… es una altísima vocación,

es una de las formas más preciosas de la caridad,

porque busca el bien común.

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium 205).

¡Oh Dios todopoderoso, eres fortaleza

de los débiles y los vulnerables que se unen

en una alianza de paz y fraternidad!

Perdóname si me acobardo

en los momentos críticos

que vive la sociedad de la que formo parte.

Quiero practicar la caridad

en la noble forma que representa

el ejercicio de la política.

Quiero amar a mis semejantes,

haciendo política por el bien común.

Con tu gracia seré una mujer activa

en todo lugar, al servicio del pueblo

que busca condiciones humanas de vida.

Ampara a las mujeres que sufren difamación

y persecución, porque hacen política

con ética y principios cristianos.

Amén.

Ana:

Murmullo sin palabras

Como señala el relato bíblico del primer libro de Samuel (1,1-2,10), Ana es una mujer que se regocija en el Dios de

la vida. Su nombre significa agraciada, pues se convirtió en madre por la gracia de Yahvé, que la libró de la esterilidad.

Elcaná, su esposo, tenía otra mujer, Penena, con la cual había procreado; sin embargo, amaba más a Ana. Penena provocaba a Ana y la insultaba por su esterilidad. De hecho, se aprovechaba de su propia fertilidad para humillarla. En su dolor, Ana lloraba, dejaba de comer y se aislaba, pidiendo a Dios que revirtiera su condición, que le diera un hijo. Al darse cuenta de su tristeza, Elcaná le dijo: “Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué estás triste y no comes? ¿Acaso no valgo para ti más que diez hijos?”.

Pero Ana quería que las cosas cambiaran. Por eso suplicaba a Yahvé que la quitara de padecer aquella humillación. Era una mujer osada y generosa. A pesar de que en aquel tiempo las mujeres no podían tener acceso a lo divino por sí mismas, Ana tomó la iniciativa de presentarse directamente ante Dios y pedirle un hijo. Además, le hizo el juramento de que el niño se dedicaría por completo al servicio religioso. Actuó sola, sin consultar a Elcaná, que era un israelita practicante de la ley. De esta manera, Ana ignoró la norma de que una mujer solo podía hacer un juramento si estaba avalada por un hombre: el padre si era soltera, y el marido si había contraído matrimonio.

Ana siguió orando mientras Helí, un sacerdote, la observaba. Sus labios se movían en un murmullo tan bajo, que era imposible escuchar sus palabras. Derramaba su corazón delante del Creador. Helí, pensando que estaba borracha, la reprendió. Sin embargo, ella se justificó: no había bebido; en su tristeza y aflicción, lo que hacía era desahogarse ante Yahvé. El sacerdote le dijo entonces: “Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que has pedido”. Llena de esperanza, Ana se fue, y comió. Dios atendió su súplica, convirtiéndola en madre de Samuel.

Tan pronto como dejó de amamantar al niño, Ana cumplió su promesa. Y mientras Samuel crecía a la sombra del santuario, Dios les concedió a ella y a Elcaná tres hijos más y dos hijas. Samuel se convirtió en sacerdote, profeta y juez del antiguo Pueblo de Dios.

Justo después de relatar lo anterior, la Biblia nos presenta la Oración de Ana (1 Samuel 2,1-10), que dice: “¡En Dios me siento llena de fuerza!” Esta oración influyó en la literatura cristiana: el Cántico de María (Magnificat), incluido en el evangelio de Lucas (1,40-55), tiene muchas similitudes con el Cántico de Ana.


Proclama mi alma la grandeza del Señor,

y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador,

porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora

todas las generaciones me dirán feliz.

l Poderoso ha hecho grandes cosas por mí…

(Lucas 1,46-49).

¡Oh, Dios, mi fuerza y mi todo,

derramo en ti mi corazón!

Tú ves el vacío que hay en mi alma

y el nudo en mi garganta!

Conoces el peso de las discriminaciones

que me mantienen postrada

y percibes tu imagen

en lo más profundo de mi ser.

Busco tu mano, que me levanta

de las situaciones sin sentido

y me hace florecer en todo mi ser femenino.

Hazme fértil, fuerte, digna y hermosa;

enséñame a ser madre

con tus entrañas de compasión.

Amén.

La Sunamita:
El camino del amor

En la Biblia, el libro del Cantar de los Cantares incluye una colección de canciones populares sobre el amor. Este libro fue escrito poco después del exilio de los judíos en Babilonia. Su tierra estaba devastada; Jerusalén y el templo habían sido destruidos. El reinicio de la existencia del pueblo dependía del amor en pareja, puesto que es una chispa de la vida del mismo Dios.

Entre tanto, el sustento de la gran familia y de la identidad judía era responsabilidad de la madre. Es a partir de la casa materna y en torno a ella donde se desarrolla el camino del amor de una campesina de piel morena, la Sunamita, novia de un pastor de ovejas. Pero ella es conducida a la corte del rey Salomón, y de pronto se ve en su palacio y entre sus mujeres. El rey insiste en seducirla, pero la Sunamita se resiste, fiel a su amado. Al resto de las jóvenes, las hijas de Jerusalén, les dice que sus hermanos se volvieron en su contra, porque le ordenaron cuidar los viñedos, y de esa manera no puede vigilar sus propios sembrados.

Un día, la Sunamita escucha los pasos de su amado y, a través del enrejado del jardín del palacio, logra conversar un momento con él: entona para el hombre un canto campesino, y luego, atemorizada de que el rey lo encuentre y los castigue, le pide que se vaya. Cierta noche, despierta llena de angustia y sale a recorrer la ciudad, buscándolo. Y cuenta: “… encontré al amado de mi alma. Lo abracé y no lo soltaré más hasta que lo haya hecho entrar en la casa de mi madre” (Canto 3,4).

Sin embargo, los apasionados encuentros de los novios se ven interrumpidos por las tentativas de seducción del rey.

En una ocasión, mientras duerme en palacio, la Sunamita oye la voz del novio y percibe que manipula la cerradura de la puerta. Su corazón se estremece. Entonces se levanta para abrir, pero el amado ya huye de los guardias. Ella sale preocupada por él, y lo llama; los guardias la persiguen, la hieren y le arrancan el velo que cubre su rostro. La Sunamita vuelve a su aposento y suplica a las hijas de Jerusalén: “… si encuentran a mi amado… ¿Qué le dirán? Que estoy enferma de amor” (Canto 5,8).

La campesina crea un poema para su amado y le dedica sus danzas. El rey termina dando la orden de liberarla. La Sunamita va entonces detrás de su novio, mientras el coro canta: “¿Quién es esa que sube del desierto apoyada en su amado?” (Canto 8,5).

Con todo, la revolución del amor no está completa. El novio todavía tiene que huir. Y ella va siempre en pos de él, tal como la gente siempre tiene que vivir buscando permanentemente a su Dios amado.

La Sunamita es la mujer-paz, que en su ser más profundo incorpora la vida del Pueblo de Dios. Es, también, una mujer fuerte, llena de la belleza de la sabiduría.


Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás

con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges,

corregirás con amor; si perdonas,

perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado

en ti, ninguna otra cosa sino amor

serán tus frutos.

(Agustín de Hipona).

¡Oh Santísima Trinidad,

amor total que se da y que circula

en Tres Personas Divinas

y en todas las criaturas!

En tu comunión me sumerjo por completo:

cuerpo, espíritu, afecto,

con sed de encuentro y hambre de infinito.

Integra en ti mi amor y pasión,

mis sentimientos y mi razón,

mi don y mi carencia, mi entrega

y mi receptividad, mi ímpetu y mi espera.

Líbrame de todo ensimismamiento egoísta,

porque quiero amar sin miedo

y sin medida.

Amén.

Rut y Noemí:

Solidarias en el infortunio

En la Biblia, el Libro de Rut nos presenta una historia del tiempo de los Jueces, en la cual se habla del genuino amor entre dos viudas. En aquella época, la mujer no podía ser independiente, porque la sociedad estaba dominada por el poder masculino. De hecho, las viudas no heredaban nada de sus maridos; por el contrario, quedaban bajo la protección de sus hijos mayores. Si carecían de descendencia, regresaban al hogar paterno. Si tampoco tenían padre, caían en la pobreza más absoluta, vulnerables a toda forma de opresión y a merced de los jueces deshonestos.

Huyendo del hambre, cierta familia de judíos que habitaba en Belén migró al país de Moab. Se trataba de Elimelec, su esposa Noemí y sus dos hijos, Majalón y Guilyón. Elimelec murió. Los hijos, casados con mujeres moabitas, perecieron también. Así, las tres mujeres quedaron viudas. Noemí decidió volver a su tierra; en el camino, insistió a Rut y Orfa, sus nueras, que volvieran a sus familias y a su religión, porque el futuro era incierto. Orfa siguió su consejo, pero Rut se mantuvo firme y decidió quedarse con su suegra, diciéndole que solo la muerte podría separarlas: “No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues a donde tú vayas, iré yo; y donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” (Rut 1,16-17).

Las viudas llegaron a Belén cuando comenzaba la cosecha de la cebada. Noemí tenía en aquel lugar un pariente político importante, llamado Booz. Rut pidió permiso a su suegra para recoger espigas en algún sitio donde el propietario se lo permitiera. Era costumbre que los indigentes recogieran las sobras de las espigas cuando los segadores terminaban su trabajo. Sin saberlo, la nuera moabita fue a espigar justamente en la propiedad de Booz, y trabajó todo el día, sin descansar.

Al enterarse de cuán generosa era Rut con su suegra, Booz comenzó a tratarla muy bien, invitándola a comer a su mesa y permitiéndole espigar sin problema. Noemí recordó entonces que la ley establecía que las viudas podían casarse con el pariente más próximo del marido fallecido, para que tuvieran un hijo de él y pudieran así rescatar su herencia. De esta manera, Rut siguió los consejos de su suegra. Booz hizo las negociaciones, rescató el derecho de otro pariente cercano, cumplió los protocolos y rituales, y se casó con Rut. Dios los bendijo con un hijo: Obed, padre de Jesé y este, a su vez, padre del rey David.

Noemí se hizo cargo de su nieto adoptivo, y las mujeres le decían: “Bendito sea Yahvé, que no ha permitido que un pariente cercano de un difunto faltase a su deber con este, sin conservar su apellido en Israel. Este niño será para ti un consuelo y tu sustento en tus últimos años, pues tiene por madre a tu nuera, que te quiere y vale para ti más que siete hijos” (Rut 4,14-15).


Doblemente pobres son las mujeres

que sufren situaciones de exclusión,

maltrato y violencia…

entre ellas encontramos constantemente

los más admirables gestos

de heroísmo cotidiano en la defensa

y el cuidado de la fragilidad de sus familias.

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium 212).

¡Oh Espíritu Divino, Padre de los pobres,

luz de los corazones!

En ti, la fuerza femenina

vence todas las flaquezas.

Concédeme tus dones

para que siga yo el camino

de las mujeres buenas y valerosas,

que se unen solidariamente

en la construcción de la justicia y la paz.

Creo en la fuerza de la unión

que llena el vacío, y hace florecer la vida

en medio del desierto.

Amén.

Mujeres sanadas por Jesús:

Con toda la dignidad

Jesús dejó de lado las leyes sociales y religiosas que marginaban y excluían a las personas, especialmente a las mujeres. Con ellas se mantuvo cercano y en diálogo. Escuchaba sus peticiones y dejaba que lo tocaran; las sanó, las hizo vivir con dignidad y hasta aprendió de ellas. Las incluyó en su movimiento, y muchas de ellas se convirtieron en discípulas suyas.

En particular, Jesús quebrantó las normas y rituales del sistema de pureza. Las mujeres eran consideradas impuras, sobre todo en sus días de menstruación y en la etapa posterior al parto. En tales momentos no podían tocar a las personas ni ciertos objetos.

El evangelio de Marcos (5,21-43) habla de una mujer considerada permanentemente impura, porque padecía un flujo crónico de sangre. Además de la aflicción física, tenía que soportar el sufrimiento social, al verse privada de la convivencia con los demás. Sin poder relacionarse ni tener hijos, estaba condenada a la marginación y a ser vista como una pecadora.

Hacía ya doce años que aquella mujer luchaba por curarse. Había gastado en médicos todo lo que tenía, pero la hemorragia solo empeoraba. Entonces, aprovechando que Jesús se dirigía a casa de Jairo para sanar a su hija, la dismenorreica se le aproximó en medio de la multitud. Su fe en Jesús era tan firme, que tenía esta certeza: le bastaría tocar la orla de su manto. Así, se le acercó por detrás y lo tocó. La hemorragia cesó al instante; la mujer trató de alejarse sin que se dieran cuenta.

Sin embargo, Jesús percibió aquel tacto. Sintió que de él había brotado una energía, de manera que interrumpió su caminata y preguntó quién lo había tocado. La mujer se postró temblando a sus pies, le confesó que había sido ella y le contó su historia. Jesús le dijo entonces: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Jesús liberaba a las mujeres por completo, dándoles la oportunidad de llevar la cabeza erguida. Así queda constatado en Lucas 13,10-17. Era un sábado, y Jesús enseñaba en una sinagoga cuando vio a una mujer tan encorvada que era incapaz de ver el rostro de las personas. Había vivido ya dieciocho años en esa condición. Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu mal”. Le impuso las manos y ella se irguió al instante, ¡curada! Después, al discutir con el presidente de la sinagoga que lo criticó por haber realizado la sanación en día de sábado, Jesús se refirió a la mujer como “hija de Abraham”.

Durante la pasión de Jesús, atemorizados, casi todos los discípulos se encerraron en una morada. Sin embargo, varias mujeres lo acompañaron, aunque fuera desde lejos. Algunas de ellas incluso se mantuvieron junto a la cruz, lo mismo que su madre y el apóstol Juan.


La ley humana no debe controlar

la intimidad del ser humano.

(Tomás de Aquino).

¡Oh Jesús misericordioso,
tú eres el camino, la verdad y la vida!
Creo en ti, resucitado, amigo y libertador.
Aléjame del miedo y el conformismo,
quítame el complejo de inferioridad,
ayúdame a cambiar los hábitos insanos,
líbrame de la arrogancia
que disfraza mis inseguridades.
No permitiré que me traten
como el sexo débil,
ni que usen mi cuerpo como un objeto
o resten importancia a mis sentimientos.
Que, como tú, me deje tocar
por quien padece,
que sea yo un instrumento de tu fuerza,
para que tu poder brille en la dignidad
de todo ser humano.

Amén.

Marta y María:

Escuchar la Palabra y actuar

Si unimos las versiones del Evangelio de Jesús difundidas por Lucas (10,38-42) y Juan (11,1-44), nos encontramos con esta hermosa anécdota:

Las hermanas Marta y María, junto con su hermano Lázaro, vivían en Betania, una aldea muy cercana a Jerusalén. Jesús visitaba con frecuencia su casa, donde compartía la amistad, el alimento, el descanso y la consagración al Reino de Dios.

María acostumbraba dejarlo todo para sentarse a los pies de Jesús y escucharlo atentamente. Su actitud era inusitada, en comparación con las tradiciones y las costumbres sociales y religiosas que primaban en aquel tiempo. Jesús, el divino maestro, daba lugar al aprendizaje y el liderazgo de las mujeres. Por su parte, Marta, ama de casa presa de las actividades del hogar, se ahogaba en los detalles. Pero Jesús le abrió el horizonte, mostrándole su capacidad para crecer como persona y como discípula.

Lázaro enfermó. Jesús se enteró por las hermanas y, tan pronto como pudo, se dirigió a verlo. Los discípulos no querían dejarlo ir, porque las autoridades de Jerusalén estaban persiguiéndolo. Pero él les dijo que Lázaro había muerto; logró llegar a las proximidades de la aldea, acompañado por sus discípulos, cuatro días después de que su amigo había sido sepultado. La casa de Marta y María se encontraba llena de judíos que habían ido a consolarlas.

Marta, mujer activa y sabia, supo que Jesús estaba cerca y fue a encontrarlo hasta las afueras del poblado. Hablando con Jesús, expresó toda su confianza en él y proclamó su fe: “¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios!” Enseguida llamó a su hermana y le dijo al oído, porque se hallaban presentes personas que querían matar a Jesús: “El maestro está aquí, y quiere verte”. María se levantó de prisa y fue al encuentro de Jesús.

Creyendo que María había ido a la tumba de su hermano para llorar, los judíos se dirigieron allá. Pero ella se encaminó a donde estaba Jesús y se arrojó a sus pies. “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Todos lloraban. Conmovido, Jesús pidió que lo llevaran al lugar donde descansaba Lázaro. Allí también él lloró. Y resucitó a su amigo.

Aun en aquella situación tan delicada, Marta y María se unieron al proyecto de Jesús con toda su fe y su valentía. En ese momento se convirtieron en sus discípulas, desafiando las normas impuestas por los varones del poder judío y del poder romano.


Si la gente crece con los duros golpes de la vida,

también podemos crecer con suaves toques en el alma.

(Cora Coralina).

¡Maestro Jesús, creo en ti!

Quiero ser tu discípula.

Tú me llamas: heme aquí, dispuesta

a ser una mujer nueva.

Soy Marta, laboriosa, servicial e impaciente;

soy también María, postrada a tus pies,

apasionada aprendiz.

Cargo un pesado fardo de tareas y obligaciones,

pero sé el tipo de mujer que soy y puedo florecer.

Quiero armonizar ambas personalidades:

ser Marta en contemplación,

y María, que ora a través

de la acción transformadora.

Que no me pierda en el exceso

de las cosas pasajeras.

En el horizonte de tu Reino,

¡elijo lo que vale la pena!

Amén.

María de Magdala:

Apóstola de los apóstoles

Los cuatro evangelios se refieren a María Magdalena como “María, la de Magdala”, pues era aquella una pequeña ciudad próxima al Mar de Galilea. Para conocer a esta María, consultaremos particularmente Lucas 8,1-3 y Juan 20,1-18, así como los escritos llamados apócrifos, es decir, los que quedaron fuera de la Biblia.

María fue sanada por Jesús, quien hizo que salieran de su cuerpo “siete demonios”. De acuerdo con la mentalidad de la época, se consideraba que las enfermedades eran provocadas por espíritus malignos. Cuando se trataba de un padecimiento crónico o muy grave, se responsabilizaba a “siete demonios”. Curadas, María y muchas otras mujeres siguieron a Jesús y a sus discípulos varones en su camino por Galilea, contribuyendo con sus propios bienes al sostenimiento del grupo.

María de Magdala caminó al lado de Jesús y le fue fiel hasta el mismo pie de la cruz. El domingo posterior a la muerte del maestro, salió de su casa de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Al llegar a la tumba, se dio cuenta de que la piedra que la cerraba había sido movida y que la sepultura estaba vacía. Corrió entonces a dar aviso a Pedro y a Juan. Ellos se dirigieron allá de inmediato, constataron el hecho y se retiraron. María, en cambio, se mantuvo a la salida del sepulcro. Ángeles y, después, un supuesto jardinero, le preguntaron: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Ella respondió: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Luego, le pidió a quien creyó que era el vigilante del huerto: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré”. Pero el hombre aquel era nada menos que Jesús, y la llamó por su nombre: “María”. Inmediatamente ella se dio la vuelta y exclamó: Rabboní (maestro de maestros). Jesús replicó: “Suéltame, pues aún no he subido al Padre”, y la mandó a anunciar a los discípulos que había resucitado.

María Magdalena, fuerte y afectuosa, lideró el grupo de mujeres que testimoniaron antes que nadie los hechos que rodearon la resurrección de Jesús. Ella comprendió el mensaje del maestro mejor que los discípulos varones. En los primeros tiempos del cristianismo, fue apóstola y evangelizadora. Diversas comunidades de fe se desarrollaron en torno a su ministerio.

Lamentablemente, la memoria histórica de las muchas discípulas de Jesús fue quedando en la sombra. Y la historia de María Magdalena terminó mezclándose con las de otras mujeres con fama de pecadoras. A lo largo de muchos siglos, fue recordada como una pecadora pública, una prostituta arrepentida.

A pesar de lo anterior, los cristianos de Oriente siempre la reverenciaron como “la apóstola de los apóstoles”. El catolicismo sigue recordándola con el título de Santa María Magdalena. En 2016, por deseo expreso del papa Francisco, su celebración se elevó a nivel de gran festividad, tal como ocurre con las de los demás apóstoles.


Ya no hay diferencia entre judío y griego,

entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia

entre hombre y mujer, pues todos ustedes

son uno solo en Cristo Jesús.

(Gálatas 3,28).

¡Oh María Magdalena, apóstola llena de amor,

corazón en sintonía con el del Maestro Jesús,

primera mensajera de su victoria pascual!

Cuando el vacío de un sepulcro

y la incertidumbre del rumbo

me hagan llorar en la madrugada oscura y fría,

colócame bajo la mirada misericordiosa de Jesús.

En él encontraré la cura de todo lo que impide

el florecimiento de mi dignidad humana

y de mi dignidad de mujer.

Con la luz del Cristo resucitado,

iré a los hermanos para compartir con ellos

mi experiencia de fe.

Que el amor hable más alto, que nadie sea excluido,

que el Reino de Dios se realice.

Amén.

Lidia:

Trabajadora y apóstola

Como leemos en los Hechos de los Apóstoles 16,11-55, Lidia era artesana y comerciante. Había nacido en Tiatira, pero vivía en Filipos. Vendía telas que compraba en su ciudad natal, y que eran más baratas porque la púrpura utilizada para teñirlas no procedía de un molusco, sino de una planta. Previamente convertida al judaísmo, al escuchar las enseñanzas del apóstol Pablo y su compañero Silas, se convirtió en cristiana. Y, como era líder de las mujeres que frecuentaban la casa de oración, muchas siguieron su ejemplo.

Bajo el poder romano que dominaba aquella sociedad, las mujeres estaban sometidas a los hombres y carecían de voz y voto. En las comunidades cristianas, sin embargo, era distinto; allí convivían fraternalmente, sin discriminaciones.

Así, Lidia ofreció su propia casa para que se llevaran a cabo las reuniones de los cristianos. Aquella fue la primera comunidad cristiana en la región de Macedonia. Lidia la administraba, protegía a sus miembros y puso a su disposición los bienes materiales con que contaba. Muchas veces, era ella misma quien dirigía a la comunidad, aunque se apoyaba en otras personas, porque ella viajaba bastante debido a su trabajo. Además de todo lo anterior, Lidia brindaba hospitalidad y protección política a los hermanos de fe que llegaban de otros lugares.

Es importante recordar que los apóstoles y los misioneros cristianos eran víctimas de persecución. Por ello, Lidia invitaba a Pablo y a Silas a que se quedaran en su casa. Cierta vez, ambos fueron juzgados y condenados por las autoridades de la ciudad, debido a que Pablo había desenmascarado a un supuesto “espíritu adivino” que se ocultaba tras las profecías de una joven. Además de padecer marginación por ser mujer y gentil, la adivina era esclava, y con sus augurios generaba mucho dinero para los hombres que la explotaban. Pablo y Silas fueron desnudados, atados, azotados y apresados, bajo la acusación de atentar contra las costumbres romanas. Cuando salieron de prisión, los dos se dirigieron a la casa de Lidia.

Como vemos, la contribución de Lidia a la evangelización de los llamados gentiles o paganos, y a la expansión de las comunidades cristianas entre ellos, fue muy grande. Fue una importante colaboradora del apóstol Pablo. Era líder, trabajadora y maestra, y fue convirtiéndose poco a poco en una verdadera apóstola.

Al mismo tiempo, ayudó a fomentar las relaciones fraternas e igualitarias entre todos los cristianos. A su alrededor, muchas mujeres –incluso las esclavas– se sentían acogidas, respetadas y reconocidas en su dignidad.


La tierra es nuestra casa común

y todos somos hermanos.

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium 183).

Padre querido, aquí estoy, sola delante de ti.
Sé que tu mirada compasiva
abarca a tantas personas ligadas a mi vida,
a mi trabajo, a mis desplazamientos;
gente cercana y lejana, necesitada y dispersa.
A veces, lo más difícil es unir
a quienes están más cerca,
proteger a quien convive conmigo
en el día a día.
Otras veces, me siento tentada
a encerrarme en mi mundo
y olvidarme de todos los dramas
de la gran familia humana.
¡Despierta mi ser femenino,
oh Padre de todas y todos!
Ayúdame a abrir los brazos y el corazón,
y usar mis dones para unirme
a quienes buscan crear fraternidad.

Amén.

Priscila:

Ministra que enseña con autoridad

Priscila y Áquila eran una pareja de judíos convertidos al cristianismo. Leemos sobre ellos en Hechos 18 y 19. Trabajaban como artesanos de tiendas de campaña. Fabricar aquellas tiendas era una labor muy dura, que desempeñaban sobre todo los esclavos y ex esclavos.

Priscila y Áquila también eran misioneros. Viajaban mucho, así que habían vivido ya en varios lugares, obligados por las circunstancias políticas o debido a la misión. En algún tiempo residieron en Roma, pero ellos y otros judíos cristianos fueron expulsados de allí. La pareja se mudó entonces a Corinto.

El apóstol Pablo, convertido después que ellos, también se avecindó en esa ciudad. Allí los conoció y se fue a vivir a su casa. Con ellos trabajaba fabricando tiendas para mantenerse, al mismo tiempo que difundía el Evangelio, formaba comunidades cristianas y las acompañaba.

Tras un largo tiempo en Corinto, Priscila y Áquila viajaron al lado de Pablo para fundar la Iglesia de Éfeso. Pero allí enfrentaron un gran problema.

Un orfebre llamado Demetrio fabricaba nichos de plata con la figura de la diosa Artemisa, con lo cual ganaba mucho dinero. Artemisa era la diosa más importante de la ciudad de Éfeso, cuyos moradores sostenían que la estatua que la representaba había caído del cielo. Los orfebres se veían muy beneficiados, comercializando toda suerte de objetos con la imagen de la diosa. Demetrio reunió a los artesanos y trabajadores del ramo, y los incitó en contra de Pablo, porque estaba convirtiendo a mucha gente y la diosa perdía adeptos a consecuencia de ello. La agitación se propagó por toda la ciudad. Pablo iba camino al teatro, pues ahí difundía su mensaje, pero sus amigos lo salvaron al impedirle que se acercara al lugar.

El apóstol fue expulsado de la ciudad de Éfeso, pero Priscila y Áquila se quedaron allí para continuar el trabajo de evangelización. En todos los sitios donde residió la pareja, su hogar se convirtió en una casa-iglesia.

Pablo recibió mucha ayuda de Priscila y Áquila, tanto en el conflicto vivido con los orfebres de Éfeso, como cuando estuvo preso. Su relación con la pareja fue siempre grata, pues ellos arriesgaron su vida para salvarlo a él y a otros varios integrantes de la comunidad, como vemos en Romanos 16,3.

Priscila era muy conocida entre los cristianos por su liderazgo y por ser una ministra de Iglesia que enseñaba con autoridad. Es por ello que, en contra de la costumbre que determina nombrar primero al marido, en los relatos bíblicos del Nuevo Testamento por lo general se le cita antes que a Áquila.


… la relación fecunda de la pareja

se vuelve una imagen para descubrir

y describir el misterio de Dios,

fundamental en la visión cristiana

de la Trinidad que contempla

en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor.

(Papa Francisco, Amoris Laetitia 11).

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