Kitabı oku: «Penélope: El día que me casé, otra vez»

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Penélope. El día que me casé, otra vez
Caci Zunino


Legales

Penélope. El día que me casé, otra vez

© de los textos: María Cecilia Zunino, 2020

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2021

Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: María Belén Lacentra

Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo

1ª edición: febrero 2021

Producción editorial: Tequisté

contacto@txtediciones.com.ar

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-65-6

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Zunino, María Cecilia

Penélope, el día que me casé, otra vez / María Cecilia Zunino. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-65-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Mujeres. I. Título.

CDD A863

A mis amigas de ayer.

A mis amigas de hoy.

A mis amigas de siempre.

Y a cada mujer soñadora que se proponga alcanzar su propia estrella...

Agradecimientos

A Pablo, mi marido, por hacerme sentir que mi sueño de escribir era posible.

A mis amigas que me han leído, releído y criticado con amor y paciencia en mis etapas de prueba.

Gracias totales a Carolina Martínez Ochab, Sabrina Rossi, Paula Bossel, Puppe Meyer, Laura Pessagno, Marina Huber y Rosario Sáez (siempre en mi corazón) por brindarme el ánimo y acompañamiento vitales en este proceso vertiginoso.

A Fernanda Karageorgiu y Alejandro Arrojo por su sensibilidad y talento.

Introducción

¡Me caso! ¡Encontré a mi futuro marido! ¡Sí! ¡Al fin puedo gritarlo! El hombre ideal. Mi Hombre, con mayúscula.

El único detalle es que lo encontré a mis cuarenta años, tengo tres hijos de distintos padres y un divorcio encima, pero, bueno… “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” Yo, por mi parte, no puedo tirar ninguna. ¡Ni siquiera las encuentro!

Siento un gran alivio al tenerte a mi lado, hombre de mis sueños. Sí. Debo reconocer que aquello de los cuentos de hadas ha disparado más de una ilusión archi-romántica en mí, a lo largo de la vida. He crecido con ciertas ideas fijas que me han costado prácticamente cuatro décadas para recién comenzar a superarlas. Pero, como dije, ¿a quién no le ha costado quitarse los velos e intentar encarar la vida con reglas propias y no impuestas o heredadas? Como mujer nacida en el siglo veinte, soy una más de las tantas que añoró un deseo ajeno y lo defendió con uñas y dientes, como si en realidad hubiese sido el suyo…

Después de grandes sufrimientos y desazón por haberme caído, y de un golpazo haber entendido que nuestros verdaderos sueños a veces están reprimidos y ocultos detrás de todos los velos y mandatos impuestos desde el día en el que pisamos este mundo; luego de haber padecido lo indeseado y llorado como una Magdalena, me puse intransigente. Me fui de mambo (como decimos en Argentina), y me senté, lápiz afiladísimo en mano, y elaboré mi famosa listita. Sí, sí. La Listita. La listita del hombre de mis sueños. No me avergüenzo, porque sospecho que no soy ni seré la única en haberla redactado. Y, claro, después de que te quemás con leche... con más razón afinás el lápiz con saña.

Y, bueno, la listita tenía como ciento veinticinco ítems e incluía desde tu signo del zodíaco, pasando por tu estructura ósea y tus dotes como amante, hasta que supieras cortar cebolla con la precisión de un cocinero experto… realmente no eras fácil de encontrar, amor de mi vida… pero aquí estamos, a punto de pisar el altar…

Cuando nos conocimos, yo ya tenía a mi primera hija: una pequeña demonio de un año y medio, y rulos rojos y enloquecidos, más un divorcio en mi haber. Pero me dije: o lo encuentro con los ciento veinticinco ítems o me voy de monja. ¿De monja? ¡Sí! ¡De monja! La historia de la humanidad está repleta de mujeres que buscaron refugio y bienestar en un convento. Eso de andar saliendo con tipos que te presentan, que ni te calientan o que tienen manitos delicadas (signo de comodidad y poco esfuerzo) o con el pelito súper bien peinado, o con ganas de revolcarse un rato y nada más… no. Definitivamente, eso no es para mí. Ni pensarlo… O al altar con el hombre que cumpla con los ciento veinticinco ítems (y, de ser posible, algunos más) o al convento. Nada de términos medios. Llegué a la conclusión de que ya no me conformo con lo que hay. Por primera vez, creo entender lo que quiero, y eso es lo que deseo encontrar. Intransigente, he dicho.

¿Y si no aparece semejante ser? Me preguntaba, no sin algo de angustia en la garganta (y debo confesar que con un rosario en la mano y cuarenta velitas prendidas a los cuarenta santos que venera mi mamita y que se encarga de que me cuiden y me bendigan desde el cielo). ¿Qué más da? Me respondía, no sin dudar de mis dotes de novicia (porque, a pesar de las cuarenta velitas a los cuarenta santos y el rosario de pétalos de rosas bendecido por el mismísimo Papa y traído del Vaticano especialmente para mí, la verdadera católica es mi mamita).

Por las dudas, visualicé una linda rutina: yo, cual “Novicia rebelde”, cantando y cocinando para las hermanitas del convento, siguiendo una vida tranquila, criando a Mía (mi pequeñuela) al mejor estilo Luisa Kuliok en “La extraña dama”, con el permiso y apoyo incondicional de la madre superiora, por supuesto… Cada vez que transitaba esa fantasía, sentía que no estaba del todo mal. Me sentía capaz de enmendar los pecados que, supuestamente, había cometido (según mi mamita) y de purificar mi alma y la de mi hija.

Eso sí: siempre y cuando no se me cruzara por la mente el cura que me casó la primera vez. ¡Ay, ay, ay, ay, ay! ¡Santa María Purísima! ¡Qué difícil no visualizarlo! El padre Pío… ¡Qué pedazo de hombre! No. Hombre, no, me decía a mí misma mientras trataba de no recorrerlo de punta a punta. ¡Es un religioso consagrado! ¡Qué pensamientos sacrílegos! Ay, ay, ay… pero, claro… decían las malas lenguas que había estado con todas, y cuando digo todas es, literalmente, TODAS las del barrio. Si hubiera aprovechado cuando pude… ya no me permitía que se colara en mis fantasías nuevas. Igualmente, no podía evitar imaginar qué hubiera pasado de haberme atrevido… yo era tan mojigata para entonces que me lo perdí. Me perdí la chance de vivir una aventura que le pusiera más pimienta a la vida. Qué se le va a hacer… Live and learn… no queda otra.

Veamos un poquito qué fue lo que pasó…

Capítulo 1

Soy Penélope Baldwin Cavagnola. Sí, Penélope. ¡Cuántas veces debí soportar el “Hola, Pene” ¡No! ¡Mil veces no! Soy Penny, como “Penny Lane”. A veces siento que nadie me entiende… Yo y mis linajes… Mi identidad partida…

Yes, sure. Explicarle a mis compañeritos del colegio, en la Argentina, que mi sobrenombre es Penny, como en “Penny Lane”, la legendaria canción de los cuatro de Liverpool, no me resultó sencillo. Eventualmente, gracias a mis modales y encantos, mi cabello dorado anglosajón, mi mirada color ámbar Génova casi tan clara como mi cabello y mi piel también dorada en composé, logré que me llamaran Penny.

Con mi primer apellido pude justificar mi nombre, claro, pero ¡¿a quién se le puede ocurrir poner el Cavagnola detrás del Baldwin?! ¿Era necesario? Sí, nena. «Serás muy inglesita como tu padre, pero también sos italiana», afirmaba mi madre: tana, re-tana, de esas que amasan tallarines, ravioles y cappelettis y que se comen religiosamente en familia los domingos al mediodía. «¡Y del norte! Que no se te olvide, ¿eh?». Así fue que me estamparon el Cavagnola después del Baldwin y al que estoy a punto de adosarle el Filiberti, de mi futuro marido. What??? ¡Qué combinación! Pero es así. Como todo en mi familia: no hay términos medios, pero esa es otra historia…

Lo que la puja familiar entre ingleses e italianos (del norte) pasó descaradamente por alto es que yo, Penélope Baldwin Cavagnola, soy Argentina. Complicadito, ¿no?

De todas formas, creo que el peor linaje que enredé en mi familia fue el del primer hombre que le llevé al tío Gerardo (y con el que me fui directo al altar…) ayyyy… ¡¡¡Es que no me explicaron nada!!! «Nena, ¡el amor es para siempre! Te ponés de noviecita e, inmediatamente, te me casás de blanco, ¿eh?», me lo han machacado y machacado, y ahí quedó, tatuado en mí. Dicen que borrarse un tatuaje implica someterse a un dolor profundo. Doy fe.

Borrón y cuenta nueva.

Antes de proseguir con los benditos linajes, debo presentar a mi tío Gerardo Cavagnola: mi figura paterna. ¡Qué tipo divino! Famiglia de Genoveses de La Boca, el barrio portuario de inmigrantes por excelencia. Un colorado pícaro, cabrón, cuida y adorable. Un porteño de pura cepa. El zio nació en Italia, a principios de los años treinta, y emigró de chico a la vera del Río de la Plata. Mi mamá, nacida en Buenos Aires, quedó a su cargo tras quedar huérfanos al poco tiempo de llegados a América. Amante del tango, de los cafetines, de la cortesía, de la picardía y del buen fútbol. El tío Gerardo es el lazo estrecho con mi niñez. Mi protector. El varón que me llevó de la mano a la escuela, a la ferretería a comprar cueritos para la canilla rota, un sábado a la mañana, o a la cancha de Boca Juniors, un domingo a la tarde. Jamás se perdió un acto mío de la escuela. Aunque todavía sigue siendo un don Juan; la discreción, ante todo. Seductor a más no poder y con un sentido del humor único, tiene la capacidad de hacerte reír hasta el ahogo con solo contar un chiste de salón. Un hombre comprometido. Él, siempre junto a mi madre. Nunca nos faltó cariño u apoyo gracias a él.

Perdí a mi padre inglés de muy niña, mi linaje directo a las islas británicas. Él era un hombre sobrio, conservador y acartonado. O, tal vez, es la imagen que me hice de él porque casi no lo recuerdo. Sin embargo, lo que se hereda no se roba. Sobre todo si tenés una abuela inglesa que te graba a fuego tu linaje cada vez que te ve. «Los modales, querida. Say please and thank you at any time». ¡Te lo enseñan antes que a decir mamá!

¿Y el five o’clock tea? No es folklore. ¡Es todo verdad! Ese acento soberbio, agudo y seco todavía me retumba en la cabeza. No es que reniegue de mi gringaje, por el contrario, me ha brindado más de una virtud sin las cuales hoy por hoy no podría vivir. Lo que sucede es que, en lo afectivo, los ingleses se expresan de un modo muy distinto al argentino y, al fin y al cabo, eso es lo que soy: Argentina (ni inglesa ni italiana como cada rama de la familia me ha querido inculcar). Aunque resulta complicado encontrar un parámetro afectivo en un país de inmigrantes, el estilo inglés no se jacta de ser el más expresivo, lo que no quiere decir que no sientan, of course. Las formas siempre cuentan. Manners, manners, manners… Afortunadamente, la vida me compensó con los entrañables Cavagnola. Cariñosos y expresivos, sí. Exagerados y sobreprotectores, también. Al fin y al cabo, y como dije al principio, nadie es perfecto.

En la Argentina, somos todos argentinos, pero, entre familias de inmigrantes, a principios del siglo veintiuno, todavía perduran ciertas picas pintorescas.

Existe, desde el vamos, la competencia con los países limítrofes: los argentos nos chicaneamos con chilotes, brasucas, paraguas, bolas y charrúas… entre nosotros nos matamos por esto o por aquello, pero la verdadera pica siempre pasa por el fútbol.

Y, si hablamos de las colectividades que habitamos las provincias unidas del sur, las variedades son casi infinitas. Fieles a nuestro estilo, tenemos nombres para todos, aunque más de uno puede caer en la misma categoría nominal que otro a quien no se le parece ni en lo blanco del ojo. Así somos.

Podemos mencionar a los tanos, o sea, los italianos; a los gallegos o gaitas, que vienen a ser casi todos los españoles, ya que los vascos son los vascos. Hay portugueses, que pensamos que emigraron todos al Brasil, pero, en Argentina, está lleno. Bajo la nomenclatura gringos, se contempla un abanico dispar en sí mismo que va desde los ingleses, pasando por los alemanes, cada uno de los países celtas, llegando hasta los escandinavos (para ser francos, un gringo viene a ser cualquier persona de tez blanca y de ojos claros que habite en la Argentina). Una de las colectividades más distintivas son los moishes, o sea, los judíos de todos los colores y formas. Hay armenios en cantidad; griegos con apellidos imposibles, y turcos a roletes, ya que dicha nomenclatura contempla una enorme variedad de razas como ser turcos, sirios y árabes o cualquiera que venga del medio oriente, sin distinción. Tenemos a los franchutes o franceses, y una categoría muy interesante: los rusos. Los rusos pueden ser rusos, ucranianos o de, prácticamente, cualquier país de la ex Unión Soviética, o bien los mismísimos judíos (del origen geográfico que sean). No podemos dejar de lado a los croatas, y razas aledañas, y a los polacos (calentones por excelencia). Los chinos abarcan a cualquier ser humano de cualquier raza que tenga los ojos rasgados. Pero los chinos, japoneses, taiwaneses o vietnamitas también suelen ser llamados ponjas. Los negros son otra enorme categoría que va desde los negros azules del África a los pueblos originarios y hasta cualquier individuo que tenga la piel un tono más oscuro que el estándar porteño o argento medio (aunque negro puede ser tanto una expresión de cariño como un terrible insulto…). No puedo dejar afuera a algún que otro yankee que pasó por acá y se quedó entre nosotros por algún motivo laboral o sentimental.

Los argentinos no tenemos ni un drama en convivir o mezclarnos en términos de raza, nos chicaneamos, nos gastamos, sí. De lo contrario no seríamos argentinos. Pero, a la hora de los matrimonios, algunas colectividades se prefieren entre sí. No hay vuelta que darle. Como diría Orwell: «Somos todos iguales, pero algunos somos más iguales que otros».

Y el primer hombre que le llevé a mi tío Gerardo era un típico gallego-argento. López y López. ¡López y López! Pero eso no fue nada: también era hincha de River. En este bendito país, un cuadro de fútbol también puede generar rispideces. Especialmente si se trata del clásico de clásicos porteño. ¿Qué digo porteño? ¡De la nación entera! La rivalidad River-Boca llega, en este país, a límites insospechados. Somos, de hecho, un país extremo. ¡Ni hablar cuando de política se trata! Es una utopía ponernos de acuerdo…

—¡Pero es lindo, tío! —le decía yo para convencerlo.

A mí, ciertos gallegos me pueden, pero ¡cómo explicárselo al tano que no hizo más que soñarme casada con otro genovés!

—¡Se parece a Antonio Banderas! A Banderas en Átame… ayyy, ¿te acordás, Laura?

—¡Sí! ¡Obvio! ¡Qué bombón!

Y bueh… la cosa es que a mí Banderas me gustaba, el mandato decía: “tenés que casarte”, entonces fui y me casé.

Pobre tío, ¡lo que sufrió! Mamá, en cambio, estaba contenta: había casado a la nena, (aunque fuera con un gallego; y aunque, por pura rebeldía mía, el vestido no haya sido blanco). «¡Y, bueno, Gerardo! ¡Hay que adaptarse! ¡Esto no es Génova!», lo consolaba mamá.

El tema es que mi mamita no se esperaba lo que vino después. A decir verdad, ¡yo tampoco! Las generaciones nuevas no nos manejamos con tantos tapujos e hipocresías. Cuando nació Mía, con Banderas nos dimos cuenta de que no nos poníamos de acuerdo ni para elegir dónde colgar el repasador. Mucho menos podíamos afrontar la crianza de una hija juntos sin revolearnos un plato por la cabeza cada media hora.

Así fue que, tras haberme aprendido cada uno de los diálogos de La familia Ingalls (serie formadora por excelencia), tras horas y horas de catecismo, y tras haberme casado para tutta la vita, ¡me separé! Me divorcié. Me quedé sola, con la nena.

Y, sí… o los ciento veinticinco ítems o el convento…

Mi madre se vistió de luto por años, lo cual no es extraño porque ella guarda consigo todas las estrictas costumbres italianas, por más que en su país natal ya se hayan extinguido. Recién ahora lo está abandonando. Mi tío, en cambio, y muy a pesar de todo, estaba contento. Nunca lo quiso al gallego. Nunca sabré si por gallego o por hincha de River.

En retrospectiva, creo que mi padre se casó con mi madre para llevarle la contra a mi abuela. Creo, firmemente, que yo hice lo propio con Banderas. Ni tano ni gringo. Es así. Lo que se hereda…

Capítulo 2

Tarde de calor. Pero calor en serio. Treinta y siete grados a la sombra. Literalmente. Sequía desde hacía un año y medio, gracias a la corriente de la bendita niña. Twingo, modelo 96, negro por fuera, fucsia por dentro. Usadísimo. No. Me quedé corta. Baqueteado a más no poder. Y sin aire acondicionado. Mi hija de un año y medio y de rulos rojos y enloquecidos, en el asiento trasero, dormida, agobiada de calor, colorada como un morrón, más de lo que ya es. Y yo, por las rutas bonaerenses en busca de una tranquera en medio de la nada y con instrucciones de paisano de a caballo. ¡Ja! Es así. Estás sola, sos joven, te llama la “aventura”…

Las rutas de la provincia de Buenos Aires tenían por esos tiempos ese no sé qué… ese no sé dónde estoy, esa falta de antenas, de señales, de carteles, y a los únicos seres a los que se les podía consultar una dirección o una coordenada eran a las mismísimas vacas. Sí, es lo único que abunda. Campo y vacas. Llanura interminable. Y vacas. Y yo. Con la nena, en un auto destartalado.

Pero bueno, punto a mi favor, porque encontré la tranquera cuya señalización era la de un eucaliptus a medio crecer a la vera de una ruta idéntica a casi todas las que trazan la llanura pampeana. Ese pequeño gran gesto llamó tu atención. Al llegar a la tranquera sana y salva pero agobiada de calor seco, te miré torcido. ¿Qué hace este acá? Ni siquiera tuve una mirada de cortesía por haber ido con la comitiva a recibirme. Me había tomado unos días de vacaciones para estar sola y olvidarme del mundo exterior y no me cuadraba tu presencia.

Luego te recordé… a vos ya te había visto un año atrás (y todos los años anteriores, desde que conozco a los Arizmendi) en la cena de cumpleaños de mi anfitriona del campo… ¡Sí! ¡Por supuesto! El padrino de la nena de la casa. Vos que, según los cuentos de Carmela, eras el soltero empedernido del grupo de amigos de Barrio Norte, donde se criaron. Te miré de reojo, con cierto desprecio, y me dije: «Mmm… este no te corta una cebolla ni a palos…» Pero me equivoqué. Primer error a enmendar: eliminar los preconceptos… Así comenzó nuestra historia.

Capítulo 3

Me viste. Te vi. Nos habíamos visto antes. Quedaba claro que, en algún rincón de la memoria, estaba la fotografía de aquel encuentro en particular.

¿Te acordás, Luciano? Era invierno y llovía a mares, pero era el cumpleaños de Carmela. Carmela y Justo Arizmendi venían muy poco para Buenos Aires, y los natalicios eran la excusa perfecta para vernos en la ciudad y ponernos al día. No podía perdérmelo. Se lo había prometido a Mela, con quien me costaba bastante comunicarme durante el año por la falta de señal del celular, y me venía bien despejarme. Yo, madre primeriza y sola, porque mi maridito siempre se inventaba algún asunto cuando de mis planes se trataba, me empilché, me maquillé un poco, me acomodé mis ondas rubias, simplemente para sentirme más mujer, y partí. Dejé a Mía con mamá y, aprovechando entonces que Banderas se había impuesto una reunión de negocios para evadir mi tertulia, decidí salir a tomar una bocanada de aire e intentar mantener una conversación relajada y adulta sobre temas que no involucraran pañales, chupetes y baberos.

Me fui sola al restorán de siempre. Si bien los Arizmendi venían de su estancia en el medio del campo argentino, donde allí residían permanentemente desde hacía ya un tiempo, el punto de reunión de rigor a la hora de la cena o algún festejo era nada menos que una parrilla de campo en plena ciudad. Por suerte, al Twingo todavía le andaban los limpiaparabrisas. Vos tampoco podías faltar. «Seguro que va Luciano, como todos los años, pensé, el padrino de la nena». La nena es Renata, la única hija de Justo y Carmela. Luciano, el amigo soltero, ese que según Carmela siempre está disponible para la joda. Pero a mí no me lo pareció. Las veces que lo había visto, me resultaba un hombre reservado, casi taciturno. El resto de los invitados consideró que era una noche ideal para ver llover por las ventanas de sus casas. La cena fue para cuatro. Dos parejas. Dos parejas es lo que simulamos ser esa noche, a modo de juego, y sin decir nada.

Desde ya que yo lo ignoraba, pero aquella noche lúdica se transformaría en mucho más que una bocanada de aire: me encontraba nada menos que en la antesala del resto de mi vida con vos.

Cuando te vi en el campo, en la tranquera, enseguida lo supe, Luciano. Todo volvió a mí. Esa sonrisa… aquella conversación… tus ojos verdes, tu voz profunda… ¡Pero yo, el día de aquella cena, era una mujer casada! ¡Casada con el doble latinoamericano de Antonio Banderas! Por eso te borré de mi mente. Tuve que proponérmelo dado el tremendo impacto de tu presencia y de todo tu ser.

Durante mi matrimonio, yo estaba convencida de que llegaba a casa y me esperaba el doble de Charles Ingalls (y no, el de Banderas) con la camisa sudada, y que yo le diría Oh, Charles! y que viviríamos felices por siempre. La real realidad es que ese no era el caso. Nunca lo sería. ¡Cuán naive fui de joven! Al llegar a casa, Banderas sería el mismo estorbo de siempre: inútil con la nena, obsesivo con todo, insulso para una conversación elevada y estructurado en el amor. Debo reconocer que no era su culpa. Él era así. Yo era la que quería ver otra cosa. En algún punto no lo culpo por su engaño… llegar a tu casa y que tu mujer te ponga cara de asco por no ser lo que ella fantasea de vos no debe ser nada fácil.

La farsa duró menos de lo que yo esperaba. A la semana de aquel lluvioso cumpleaños de Carmela, Banderas hizo las valijas y se mandó a mudar con su secretaria. Hueca como un zapallo, ella, pero con más plata que los ladrones y una vida de country top a fuerza de empeño y no de linaje. Todo lo que a él le fascinaba. Todo lo que él aspiraba a tener. Él también quiso que yo fuera otra. No pudo ser.

Capítulo 4

Recuerdo el episodio emblemático de aquel viajecito al campo. ¡Qué caída del catre!

¡Por Dios!

Ya no en un restorán, un día lluvioso de invierno, sino en una tórrida temporada estival, en un campo en el medio de la nada: la vida quiso que fuéramos cuatro, otra vez. Dos parejas. Y dos nenas, por supuesto. Renata y Mía. A Mía le gustaste en seguida. ¡Cómo te espiaba por detrás de las velas y los adornos de la mesa ratona del living de la estancia! ¿Te acordás, Luciano? No había electricidad. ¡Qué noches habríamos de pasar en ese campo aislado! Noches eternas a la luz de la luna y al canto de los grillos desesperados por un poco de humedad. Tragos largos, charlas interminables. ¡Qué miedo me daba conocerte! Dejarme llevar…

Durante el día hacía calor y más calor. Lo único indivisible era el aire elevándose de la tierra en ondas resecas y los pájaros sedientos con el pico abierto pidiendo una gota que los salpicara. Como era lógico, todos nos congregábamos en la pileta, y vos, con tu cuerpo esbelto, ese bronceado que realzaba el verde de tus ojos, y ese traje de baño que me resultó tan sugestivo. Me atreví a mirarte un poco, de reojo. ¿Cómo puede ser? La mojigata parecía descubrir al sexo opuesto por primera vez. ¡Cuánta represión! Inaudito y ridículo. Habría de caer en la cuenta, tras tomar coraje y animarme a observar, grandulona yo, que no todos los hombres vienen del mismo tamaño…

Wow! Tachamos otro punto más de la lista. ¡A veces sí podemos tenerlo todo!

¡Cómo te reíste cuando te lo confesé! Con mucha paciencia e infinita ternura, fuiste enseñándomelo todo…

Estaba tan empeñada a seguir el librito de mandatos, que jamás me permití a mirar a mi alrededor con honesta claridad.

Capítulo 5

Tus manos. A pesar de tu atractivo que pude admirar en la pileta, en realidad, lo primero que miré con sumo interés fueron tus manos.

En ese viaje, pude ver algo de lo que eran capaces. En el futuro las vería desplegar todas sus virtudes y bondades.

Esas manos grandes, fuertes, no parecían ser las manos de un niño bien de Barrio Norte. No, señor. Esas manos eran capaces de todo y de mucho. Esas manos lucían sabias y experimentadas. Ansiaba descubrir si eran ásperas o suaves, a pesar de su aspecto. Deseaba superponerlas con las mías y comparar su tamaño, color y textura. Deseaba descubrir quién era el dueño de esas manos que me seducían sin razón aparente.

En principio, me llevaron a tachar un par de ítems más de mi listita…

La segunda noche de estadía en el campo nos daría ciertas pistas de quiénes éramos los dos. Primero: ¡Sabías cortar cebolla! Segundo: Yo me adelantaba a lo que vos esperabas. Intuitivamente. Espontáneamente. Eso llamó de nuevo tu atención.

Tus manos, fuertes y varoniles, habrían de hacer maravillas en mí. Armarían fuegos en ardientes chimeneas; cocinarían boccatos di cardinalle solo para mi boca; rozarían mi cuerpo con fricción ardiente como el fuego de aquellas chimeneas; llenarían mi cabello de caricias como de ángeles del mismísimo cielo, y también el cabello de mi hija, de mis hijos… de tus hijos… de nuestros hijos.

Durante esa noche en el campo, tus manos mostraron seguridad y sabiduría: sujetaron con firmeza tabla, carne y cuchillo, y encararon un corte de cebollas delicioso. Una tras otra.

Quedé absorta. Jamás de los jamases hubiese imaginado que podría enamorarme de una mano sosteniendo un cuchillo y rebanando un vegetal. Enorme gracia. Enorme firmeza. Enorme deseo el mío. Es que los gestos y el lenguaje corporal lo dicen todo, si es que uno se atreve por fin a mirar más allá.

Luciano y Justo se quedaron preparando tacos para la cena. Mela y yo nos fuimos cuchicheando al pueblo en busca de una señal telefónica y de víveres varios. Traje un par de cervezas rubias para maridar con los tacos. Esas que no me pediste, pero que deseabas beber. Cumplí con tu deseo callado. Otra vez llamé tu atención. Vos también me estabas observando.

Ni bien llegué de aquel caluroso viajecito al campo, mandé a imprimir algunas fotos. Cuando se las mostré a mamá, brujita como siempre, de inmediato pegó un salto y te señaló.

—¿¿Quién es el de la foto??

—Es Luciano, el padrino de Renata.

—¿Es italiano, nena?

—Sí —respondí—, la familia es piamontesa…

—¡Del Norte! ¡Qué bien, nena! ¿Es soltero? —insistió.

—Sí —respondí.

—¿Tiene hijos?

—No.

—Ah, este me gusta, creo que me puedo morir en paz, nena.

—¡Ay, mamá! Nada que verrrr… además, es de River.

Silencio.

One hundred and twenty-four out of one hundred and twenty-five, no está nada mal… en realidad, no se puede tener todo en la vida, pensé…

—¿Y por qué es soltero? —irrumpió.

Silencio.

En el momento no puede contestar. El tiempo me regaló la respuesta: porque me estabas esperando a mí, Luciano Filiberti.

«Te soñé», me dijiste un atardecer inolvidable, tiempo después; no sabías que yo existía, dijiste…

Sos mi sueño hecho realidad, Luciano… qué bueno que existas…

Capítulo 6

Cuando estábamos casados, Banderas trabajaba veinticuatro horas al día con el lápiz en la oreja como buen gallego; y, cuando no trabajaba, pensaba en cómo sería si estuviera trabajando. ¡Ayyy! ¡No entendía el concepto de la Dolce Vitta!

Para mí, el trabajo era un accesorio y procuraba hacer de él lo más placentero posible, no sé… que ocupara la menor cantidad de horas o esfuerzo necesarios. ¿Cómo amalgamar semejante brecha conceptual?

Yo miraba un pino y admiraba su fresca fragancia, su siempre verde elegancia, su gracia elástica alardeando contra el poderoso viento costero, su susurro de puntiagudas pinochas… Él veía, en cambio, cómo explotar la zona, a quién venderle el pino, cuánto dinero sacaría y en qué invertir lo ganado…

Agotador. Agotador para los dos. Poesía y ambición. Insisto. No lo culpo. La hueca, en cambio, ya era dueña del pino y soñaba con conquistar el pinar entero, y eso lo fascinó.

¿Y yo? Yo dormía en poesía…

De cuando en cuando ojeo mis diarios íntimos (sí, mi infancia transcurrió en los años ochenta, ¿y qué?) Los tengo todos guardados, ya que me obsesiona la escritura. No lo puedo evitar.

Esta vez doy vuelta las páginas y encuentro esto… escribir y aprender, escribir y digerir.

La traición

La traición se te clava en las entrañas, en el corazón, cala bien hondo, y se te queda ahí, clavada, encallada, apretando como un puño.

El tiempo la transforma en un pellizco molesto y desagradable, y no se va, se queda ahí.

No es causal de muerte, pero cuesta que desaparezca. Queda una escara, una marca, el recuerdo de un dolor amargo. El recuerdo. Una mancha negra en la línea blanca y grisácea de la vida. Un agujero, un vacío, un fuerte dolor en el pecho. Eso es la traición.

Los daños colaterales consisten en la pérdida de la confianza en el otro, el actuar a la defensiva, el sentir una constante, permanente y persistente sospecha. La eterna incógnita. Ese tremendo gancho y punto que rasgan y atraviesan los tejidos internos. Aquellos tejidos antes sanos y rosaditos de amor. Esos que te cuidaban, amaban y confiaban.

Cuando conocí tu capacidad contemplativa, Luciano, me sentí en el paraíso. Veíamos el mismo costado de la vida. La vida dulce, por más que no lo fuera. La Dolce Vitta. Ese dulce que no engorda ni empalaga, sino que te alimenta.

Los gustos hay que dárselos en vida. Hay ciertos conceptos que confirmás y reconfirmás cuando te acercás a los filosos acantilados de la existencia, de los que podés verte cayendo hacia el inmenso vacío en cualquier momento. Es ahí, en ese borde sin manija, con ese vértigo en el estómago, donde tomás conciencia del valor de tu vida.

Y la tuya no había sido sencilla últimamente. Yo no lo sabía, pero se te notó en tus sabios conceptos.

Te vi y te quise en esa Dolce Vitta mía de mis sueños. La Dolce Vitta de mi lista.

Capítulo 7

La pregunta es: ¿Cómo se llega a una tranquera con una hija pequeña, habiendo dejado tanto atrás? ¿Cómo es que llegás a un campo con una listita de ciento veinticinco ítems?

¿Cómo llegás a valorar un par de manos que cortan cebolla? Los otros atributos son fáciles de apreciar, desde ya, pero ¿cómo es que llegás a entender que la vida es mucho más que un tipo que se parece a Banderas y un mandato ancestral de un casamiento único y duradero cueste lo que cueste?

Es un proceso de transformación, pero no es una transformación total. Se trata de volver a la fuente. Es un proceso donde uno se anima a ser uno mismo, pero por primera vez. Un proceso donde uno se despoja de lo que no le pertenece, o de lo que ya no quiere que le pertenezca. Es un proceso que purifica, que sana y que, a su vez, está colmado de situaciones que uno jamás pensó atravesar…

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios.”

Vayamos un poco más atrás. ¿Qué pasó contigo, Penélope Baldwin Cavagnola? ¿Cómo fue que te transformaste? ¿Cómo fue que volviste a la fuente?

Capítulo 8

No es fácil ser una mujer divorciada, aún a principios del siglo veintiuno. Bah, creo que con más razón es difícil afrontarlo en el incipiente siglo veintiuno, donde los valores se encuentran trastocados y el viva la pepa de muchos genera resquemor en los otros.

El tema de los mandatos no se restringe solo a las mujeres, no. Los mandatos y su cumplimiento cunden por doquier. Si no, ¿cómo se explica que la gente se vuelve distinta ante una flamante divorciada? Sí. Es tan real como absurdo. Sus miradas cambian. Se tejen fantasías nuevas acerca de una recién divorciada. Para algunos, “volviste al mercado”; para otros, te volviste un objeto de deseo; y para otros, te volviste una loba, una cazadora de hombres. Cualquier hombre.

Solo una sabe que sigue siendo, en esencia, la misma de la semana pasada, capaz de exactamente las mismas cosas, con los mismos valores de siempre. Es cierto que una se hace más fuerte y desea vivencias nuevas, pero ninguna de esas vivencias iría en contra del más íntimo ser. Es más, el divorcio me resultó un fructífero camino de reflexión e inmensa introspección.

De cualquier manera, una no se la pasa asegurándole a los demás que no tienen nada de qué temer… Una sencillamente intenta vivir y avanzar en la vida como puede y con lo que tiene: con las migajas que te han quedado de tu otra vida y con los viejos trastos de lo que fuiste olvidando y dejando atrás en pos de adaptarte a quien tenías al lado. Es como cuando entrás a tu altillo y encontrás esas cosas que de repente volvés a mirar, a agarrar, a acariciar, a oler y que elegís volver a colocar en la vitrina principal de tu casa. Pero también comenzás a ahondar y a descubrir ese potencial dormido, esas virtudes latentes que jamás te atreviste a destapar.

Sí, es inevitable que la gente cambie ante una flamante divorciada. Pensándolo bien, una ya no es del todo la misma después de una separación.

Hay amigas que se vuelven locamente celosas de vos. Se creen que una entra en el fascinante mundo de la libertad y el libertinaje y quieren, de pronto, estar en tu idealizado lugar. En la profundidad de su alma, detestan a sus maridos y a sus eternas rutinas y desean habitar tu ser.

Otras se vuelven miedosas. Se creen que vos les vas a envidiar sus matrimonios “perfectos” o que vas a querer encamarte con sus maridos así porque sí, por el solo hecho de que ellos son hombres y que vos estás sola.

Otras te reclaman día y noche. Te reclaman atención, te reclaman actitudes, te reclaman que cambies, te reclaman que no cambies, te reclaman algo, siempre, algo.

Y también las hay de las que no soportan que un día vuelva a caer la taba a tu favor y que comiences a rehacer tu vida… ¡No! ¡No lo toleran! ¡Te quieren ahí, para ellas! Quieren tener a ese alguien a quien le va peor. No te quieren bien, te quieren para tapar sus frustraciones y para nutrir sus fantasías con tus historias truncadas. Les encanta escuchar tu última pelea con tu ex, saber de ese pescado que te quieren presentar y que vos no querés, les encanta escuchar lo amarga que se torna la vida cuando se desmorona una familia… Se entretienen con vos porque siempre tienen un nuevo cuento para chismearles a otras en sus horas de aburrimiento… Siempre te quieren ahí: divorciada, conflictuada, sola.

Hasta los maridos de tus amigas te miran distinto. ¿Qué se imaginan? ¿Que pueden caer a tomar un café en tu casa porque ya no hay moros en la costa y tirarse una cañita al aire con la “pobre y muerta de hambre” de la amiga de su mujer? ¡Qué desfachatados! No pueden sacar sus tentaciones recurrentes de sus pensamientos.

Tus amigos varones se creen que, finalmente, esta es la suya, que ya estás otra vez en el ruedo y que esta vez sí les va a tocar a ellos. ¡Hasta tu ex marido piensa lo excitante que sería engañar a su actual con su ex!

¿Y en el trabajo? Y… en el trabajo, peorrr…

Después de tanto mambo colectivo, segurísimo que me voy de monja, pensaba…

Cuando se desata la crisis, los verdaderos amigos son aquellos que perduran y se quedan en tu vida, pase lo que pase. Ellos están y estarán, y serán dignos de tu amor por siempre jamás. En mi caso, aparte de Justo y Carmela, están Laura y Armand. Dos seres de fierro. Dos de mis humanos favoritos.

Cuando se desata la crisis, hay nuevas almas que se acercan, que te ven en tu transparencia, a las que les gustás por lo que sos y que comienzan a formar parte de tu vida y tenés la certeza de que llegaron para quedarse, y que nunca te dejarán.

Y hay otros a quienes sí irás dejando por el camino de la vida. Estuvieron, te acompañaron, los acompañaste y luego los abandonaste o te abandonaron… Nunca dejaré de apreciarlos, pero, en las bifurcaciones de la vida, hay rumbos que ya no convergen. Y está bien que así sea.

Capítulo 9

Me acuerdo de Dani, uno de mis alumnos particulares de las empresas en las que yo daba inglés, aprovechando los saberes de mi linaje. Ay, las empresas… ¡Qué mundillos! Allí, en una empresa, se voló mi ex. Allí se mezclan las almas descarriadas. Allí se sacude el cubilete y se vuelven a tirar los dados una y otra vez.

Dani… pobre Dani. Huérfano de madre. Necesitado de afecto maternal. Estaba felizmente casado. Hacía ya un par de años que le daba clases en su oficina. Siempre me hablaba de su adorada Andy, su mujer. Y yo le contaba de mí, de que soy hogareña, de las pastas que me enseñó a amasar mi mamá, de los postres ingleses que vienen de generaciones en mi familia y que yo le preparaba a mi maridito…

Fui madre en el ínterin y también se transformó en tema de conversación. Es que las clases de inglés a veces se convierten en gabinetes de psicología barata que amainan un poco la soledad del que está de ocho a nueve horas encerrado en un cubículo, con extraños que ni les interesa conocer, pero con quienes debe interactuar como si fueran todo lo que tienen.

Con Dani, cuando me divorcié, todo fue distinto. Empezó a mirarme de otra forma, a hablarme en un tono desconocido por mí. Empezó a mirarme con deseo. Yo, para variar, no me daba cuenta por qué. Me gustaba ir a esas clases porque me sentía importante, tenía un rato de desahogo, por una vez en la vida, a mi favor.

Un día, me quiso contar un sueño. Un sueño que había tenido conmigo. La paparula, o sea yo, le dijo:

—Dani, as long as you say it in English you may tell me whatever you want.

Hete aquí que sus fantasías oníricas estaban ampliamente fuera de lugar, aunque debo admitir que fueron expresadas en un excelente inglés.

Cuando al fin comprendí lo que estaba intentando proponerme, me tomó de la mano con la intensión de tranquilizarme y, con inmensa ternura y ojitos de perro abandonado me dijo:

—Yo no te quiero solo para las horas que compartimos aquí. Ya no me bastan. Yo quiero verte en la intimidad, quiero que me cocines, que me hagas el desayuno desnuda, luego de hacer el amor, quiero que me mimes y que me cuides y también quiero que seas mi mamá.

«What???, me tengo que ir de acá YA», pensé.

¡Qué momento! ¡Qué situación! Juro que lo comprendo, que lo abrazo con mi alma. No lo juzgo. ¿Cómo lo voy a juzgar? Pero nada de eso pude darte, Dani. Nada.

Pobre Dani y su vacío, y su inmensa soledad de ocho a nueve horas al día. Llegaba a su casa y estaba completamente solo. Andy era asistente de dirección en la tele y trabajaba hasta entrada la madrugada. ¡Qué soledad!

No es bueno que el Hombre esté solo. Dani quería una madre-mujer-amante. Y yo lo abandoné.

Se quedó sin mí también.

El sueño del hombre-niño no podía ser.

Afortunadamente, la historia de Dani y su Andy tuvo final feliz. Me lo crucé hace unos años y me dio la buena nueva: había sido padre de una hermosa beba que le llenó la vida. Su mujer dejó su trabajo tras bambalinas, y se acogió a las bondades de la vida en familia. Me dio una inmensa alegría y, por sobre todo, mucha paz. Todos tenemos nuestros momentos flacos. Lo importante es poder capitalizarlos y salir adelante con más fuerzas.

Capítulo 10

Los primeros tiempos después de una separación son como una zona gris. Ya entendés que no lo querés y que el motivo de tu angustia no es el hombre que se fue, sino la idea de un hombre que ya no está. La idea de un padre para tus hijos. La idea de una familia. Y entonces, como todo es tan reciente y una está tan, pero tan aturdida, se da lugar a todo tipo de fantasías que, a la larga o a la corta, prueban ser impracticables. Fantaseás con que todo puede cambiar y con que se puede volver. Después de todo, todavía no hay nada firmado. Sentís que te merecés una segunda oportunidad. Y por más de que el tipo se haya ido con su secretaria, tenés la esperanza de que haya salido un cretino de tu casa y de que vuelva el mismo cretino, pero convertido, esta vez sí, en Charles Ingalls.

¡Y dale con Charles Ingalls!

Un buen (o mal) día, entonces, te permitís el clásico de clásicos: el revival sexual apasionado. Te encontrás, te mirás, y le das para adelante. ¡Pero, sí! ¿Si todavía el cretino este que se parece a Antonio Banderas en “Átame” sigue siendo tu marido? El divorcio está en marcha, pero no hay nada firmado ¿Por qué no? ¿A quién estás engañando? ¿A qué moral? Y te lo permitís. Pero, cuando todo acabó, te das cuenta de que no te dejó nada, de que fue simplemente un desahogo con matices, algunos nuevos, otros revisitados y otros… otra vez los otros… bueh… ok… Y ahí está. Y lo mirás y tenés claro, más que nunca, que no lo querés, pero querías ver. Tenías que ver. Querías confirmar que, sin dudas, no habría cambios y que Banderas jamás iría a virar de cretino a ese idílico Charles Ingalls. Por supuesto que no.

¿Pero quién te quita lo bailado? Al fin y al cabo, y por más que estuviera con otra, todavía era tu marido… tu maridito… y, sí… de paso te diste un gustito, una pequeña vendetta. Yo también me di el gusto de jugar un poco con vos y de dibujarle una osamenta a tu actual, al mejor estilo Merryl Streep en “It’s Complicated!”…

Recorro mi diario íntimo de aquel día y esto es lo que encuentro…

Aquel día llegó con sorpresas. Los dos pensamos en lo mismo. Fuimos, lo buscamos, y causó el efecto deseado. Todo culminó con una yapa. Una pizca de pasión. Un impulso y una explosión. Pero no hay dolor. Una descarga. Un buen momento compartido, pero sin nostalgia, sin puñales. Nada. Estoy muy tranquila. Puedo disfrutar de un momento así, solo por el momento en sí. Es extraño. Es una nueva sensación. Si bien no es lo que siempre aspiré a tener... no es malo. No es negativo. Lo vivo y está bien. Nada más. Después, dormir tranquila, en mi gran cama, confortable, en paz. El descanso. Me hace bien, me cambia la jornada el acostarme temprano y tranquila, sin presiones, sin obligaciones, sin obsesiones ajenas. Solo descansar: de la mano de una taza de té, unas palabras cruzadas, una novela, una plegaria, o solamente contemplando la nada, o los ojos profundos y rasgados de mi gato.

Capítulo 11

Laura es artista y es brillante. Laura es mi amiga de toda la vida y siempre lo será. Ella ve la vida a todo color. La vida es un enorme lienzo y ella lo llena de colores maravillosos cuando nadie puede ver nada. Pero es difícil seguirle el tren, porque Laura es Laura y los que quieran estar con ella tienen que danzar a su ritmo y mancharse con sus colores. Es inevitable que te salpique.

Hija de arquitectos exitosísimos y súper dedicados a su arte cuadriculado y milimétrico. Qué paradoja… de tal palo… bueno, en este caso salió otra astilla… Roberto y Liliana Montalbán trabajaban de sol a sol, construyendo casas, mansiones o edificios modernos con minuciosa dedicación. A Laura le fomentaban sus dotes artísticas y, si bien el arte de Laura era diametralmente opuesto al de sus padres, ellos nunca le impusieron su mirada. Lo que fuera, con tal de sacársela del medio para poder diseñar, producir y construir. El build, build, build de sus padres fue art, mess, freedom para Laura. Polaroid de colores.

La tuvo a Francesca de muy joven. Se fue al Brasil por su cuenta un verano a «encontrarse con su arte» y volvió con Francesca en sus entrañas. Fran es increíble, es su clon. Si bien no conoció a su padre, parece no haber rencor. Ellas se siguen la una a la otra, mezclando colores a su paso. Cada una va dejando sus estelas que se entrecruzan para generar tonos y matices nuevos. Fran y Laura: puro movimiento y color. Viven gracias a los colores.

Para Laura, mi divorcio fue lo mejor que me pudo haber pasado. No tolera las ataduras. Laura es «libre, como los pájaros»… Igualmente, aunque sin comprenderme, me ha sostenido durante mi proceso de transición hacia la luz al final del túnel. Fuimos a infinidad de brujas y chamanas. Yo no creo demasiado, pero debo reconocer que, en mi recorrido por aquellos ritos sobrenaturales y ancestrales, salía bien clarito que «encontraría mi verdadero camino, siempre y cuando me despojara de mis mandatos y me saliera de mi sendero actual»… Y, justamente, aquella cena de cumpleaños con Justo y Carmela, la tranquera de la estancia Arizmendi, todo ese recorrido fuera del sendero habitual nos trajo hasta acá, Luciano, nuestro verdadero camino. Alto, tan alto.

Capítulo 12

Armand, mi amigo querido. En realidad, Armand se llama Carlos María González, pero él siempre quiso ser Armand. Sí, Armand… qué sé yo… Armand Lousteau o Armand Chevallier. Siempre quiso ser fino y extravagante, pero definitivamente NO podía serlo llamándose Carlos María González.

Yo iba a la primaria con una de las hermanas de Armand, y vivíamos a la vuelta. Si bien él es mayor que yo, no nos costó nada hacernos amigos. Me acuerdo de que, de chiquitos, mamá solía decir: «Ay, ay, ay… le ponen ese tapadito tan suave y delicado al pobre Carlitos…» Yo no entendía lo que mamá quería decir. ¿Qué insinuaba? ¿Qué Carlitos tendría calor? Con el tiempo creí comprender: o el tapadito de los botones dorados le gustó demasiado a Carlitos o fue una corazonada de madre, sabia ella, o sabia su intuición, la que lo vestía como a él le gustaría…

Salir del closet en el siglo veinte no es lo mismo que hoy en día. ¡Cómo le costó hallarse a Armand! Pero ¿qué digo? ¿A quién no le ha costado hallarse en esta vida? Es que se da por sentado que la vida del heterosexual está allanada. ¡Qué falacia! Nadie tiene la vida simple. Desconfío de quien se jacte de semejante vida, libre de obstáculos.

Pero Armand está bien. Tuvo una vida dura en su niñez y adolescencia. Muy dura. Hoy ha llegado a la plenitud. Es un ser de una enorme entereza. Él encontró a su auténtico príncipe azul mucho antes que yo, y pienso que cometió la mitad de los errores que yo cometí, por ingenua. Las amarguras de sus primeros años no lograron destruirlo ni quebrarlo. Lo hicieron sabio. Al cabo de unos años juntos, Armand y Gabriel, entraron en la dulce espera, acariciando la panza de una extraña, soñando con una beba que vendría… papás casi a los cincuenta… qué sé yo… ¿Quién los podría juzgar? Dos almas bellas con todo, todo para dar. Estoy convencida de que esa criatura no podría caer en mejores brazos. Esa mocosa de la elite correntina que había engendrado a una hija por negligencia a los dieciséis años les ofrecía el fruto de su vientre. Armand y Gabriel habían vivido y habían sufrido demasiado. Les había llegado la hora de dar todo el amor del que eran capaces. Ese que llevaron latentes en sus cuerpos y que encontraron donde hacerlo germinar. Era hora de recibir.

A Armand lo crio doña Lola, su mamá. Una santa mujer que se aguantó todo por sus hijos. La pobre no tenía oficio más que el subestimado rol de ama de casa. Venía de una familia humilde y no tenía las herramientas de hoy para enfrentar al machismo feroz de su época. Esa mujer de manos coloradas e inflamadas de tanto fregar, de rostro cansado y agrietado de tanto tolerar, de estómago de acero de tanto masticar bronca e impotencia ante los exabruptos despiadados de su marido. Encarcelada en un matrimonio sin salida, doña Lola puso su cuerpo y alma a disposición de sus hijos queridos. Amor incondicional. Atención y dedicación sin chistar. Dolor contenido. Sonrisa forzada. Esas fueron sus herramientas para tumbar la balanza y compensar tanta crueldad. Así expresó su amor. Así los salvó de la violencia descarada de quien no se podía librar. En una Argentina sin ley y sin divorcio, no había quien la defendiera del machismo de un milico de facto.

Armand despreciaba a su padre. El tipo era un militar de carrera, de los desgraciados y violentos, pero, afortunadamente, bastante ausente. Eran épocas controvertidas en nuestro país, por lo que su presencia en el hogar era muy escasa. Por más escasa que fuera, sabía dejar marcas. A su llegada, una nube negra se posaba sobre el rostro tierno de mi amigo Armand. Sufría por él mismo. Sufría por doña Lola quien ponía una y otra vez la otra mejilla.

Para ella, Carlitos siempre fue especial: el mayorcito de los González. Su mimado, su defensor, su tesoro más preciado. El que enfrentó a su marido una vez que lo igualó en altura. Al que no le tembló el pulso a la hora de hacer justicia. Él la adoraba a su madre. Ella era su musa, su pirámide de cristal, su diosa toda-poderosa a quien empoderó y reivindicó para siempre el día en que fueron juzgadas las juntas militares y el desgraciado cayó en cana de por vida. De por vida, digo, ya que murió en su celda antes del infame indulto.

A partir del encarcelamiento de su padre, los González salieron adelante en todo sentido. Armand abandonó inmediatamente el liceo al que su padre lo había confinado. Entró al bachillerato. De ahí directo a la facultad de psicología, carrera que terminó en cuatro años. Su mente brillante lo llevó al estrellato. Salió del closet de la mano de Gabriel. Le devolvió la dignidad a su madre y ayudó a sus hermanas a progresar. Ese es mi amigo Armand: de oro.

Capítulo 13

Recuerdo cuando le conté a mamá lo de mi separación. Me mandó directo a lo del cura a expiar la culpa, librarme de los pecados, purificarme después de semejante y catastrófico pecado en el que había incurrido y no sé cuántas cosas más…

—¡Pero, mamá! ¿Qué vaya a ver al padre Pío? ¿El que nos casó? ¡No! ¡Dejá! ¡Ni loca! Encima dicen que anda con todas, te imaginás que yo no voy a… —pensé.

Y pensé.

Y pensé de nuevo.

Y lejos de purificarme, caí en la tentación. Era hora de romper con tanto cartón. Si decían que el padre Pío había estado con todas las del barrio… ¿qué le haría una mancha más al tigre? Grrr…

—Ok, mamita. Me voy a ver al cura. Solo porque vos me lo pedís —le dije con cara de niña aplicada…

En el camino a lo del padre Pío Martorel Moretti, mi mente comenzó a volar y a ramificarse de manera extraordinaria.

Es increíble cómo, a veces, tu nombre puede marcar tu destino. Pío Martorel Moretti: condenado a cura o a capo-mafia. El padre Pío era, en efecto, un hombre piadoso. Su obra en la parroquia era magnífica, reconocida, innegable. Pío, además de padre y, fuera cual fuera su fama, era un hombre de bien. Padre Pío, ¿por qué te hiciste cura si te gustan tanto las mujeres? ¿No te das cuenta, tontita? Tengo lo mejor de dos mundos y el perdón garantizado. Soy un buen sacerdote, no se puede negar, mis obras ya son legendarias. Me merezco un poco de satisfacción en pos de un bien mayor, ¿no te parece, chiquita? Después de todo, no soy más que un hombre, un simple mortal, no podría ser un buen pastor si me dejara cegar por la soberbia de la perfección. Uff… después de tanta sequía, este bombón me parecía más que sanador. Además, me quitaría un poco la culpa. ¡La culpa! ¡La bendita culpa judeocristiana! Sí. La vida después de un divorcio sería posible. Con o sin marido. Con o sin convento. Además, no le haría daño a nadie, por el contrario, estaría haciéndole un favor al pobre y sacrificado padre Pío Martorel Moretti.

Y de tanto volar y volar en las ramificaciones de mi mente, al dar vuelta la esquina casi me llevo puesto al padre Pío Martorel Moretti que llegaba justo de dar la misa a las mismas cinco viejas de cada tarde.

Padre Pío, necesito hablar con usted.

Vení, pasá a la sacristía que vamos a estar más cómodos.

¡Chan!

Capítulo 14

Fastidiada, frustrada, asqueada y aturdida. Así salí de la sacristía y me eché a correr en dirección a lo de Armand, sin pensarlo, como los caballos. Me pegué al segundo B del portero eléctrico. Bajó, me abrió y extendió sus brazos de oso. Necesitaba ese abrazo.

—¿Qué te pasa, Rubia? ¿Ahora qué? —me dijo con su ternura habitual. Sollozo. No puedo ni respirar. Sigo sollozando.

—¡Es que no logro nada! ¡No sirvo para nada! ¿¿No ves lo que soy?? ¡Un desastre! ¡Un desparpajo!

—Tranquila, Rubia —así siempre me llamaba Armand—. Subamos, y me contás.

Me arrojé en el sofá a llorar un poco más. Al silbar la pava, el mate calentito me permitió empezar a hablar. No hay conversación posible entre mis amigos y yo sin un mate de por medio.

—Es que… no es justo… una vez que me la juego y me digo, ¡ma, sí! No me caso ni me voy de monja, me tiro una cañita al aire con el cura, el cura con el que estuvieron TODAS, ¡pero TODAS! Voy y le cuento que me separé, que estoy sola y abandonada, ¡por poco le digo “maestro” y me le tiro encima a lo Adriana Brodski! ¿¿Me entendés?? ¡Yo! Insinuándome al cura, en un acto de rebeldía y osadía total…

—¿Qué cura?

—Idea de mamá, por supuesto. De que me tire encima del cura no. De que le vaya a confesar mis pecados. Y yo, entonces, en el camino pienso…

—Pará, Penny, ¿qué cura?

—¡El cura! ¡El bombón que me casó con Banderas! ¡El cura!

—¿¿El padre Pío??

—¡Sí, Armand! El padre Pío Martorel Moretti. ¿Me vas a escuchar o no? Y de pronto Armand largó una carcajada.

—¿Qué te pasa, Armand? ¿Ahora vos te reís de mí también? ¡No sé ni para qué vine! Al final vos sos como tod…

—¡Pará, Penny! —me dijo tratando de contener la risa y con su mirada siempre tierna—, el padre Pío nunca te va a dar calce. Jamás lo haría. Y no es que no lo valgas, Rubia, sabés que si yo no fuera gay te hubiera correteado toda la vida, pero no es el estilo del padre Pío. Él no anda con mujeres.

Silencio.

—¿Qué? ¿¿Me vas a decir que también es gay??

—No. Nada que ver. Ni es gay ni estuvo con esas mujeres. Puro chusmerío de barrio. No le perdonan la facha, nada más. Sentate, tomate otro mate, y te cuento.

Yo, para esta altura, no entendía más nada. ¿Qué podía saber Armand del padre Pío Martorel Moretti? ¿Me estaba mintiendo para calmar mi desazón? Tomé aire. Solo me quedaba escucharlo.

—Ay, Rubia, esta historia no la sabe nadie.

—¿Ni Laura?

—Ni Laura. Pero creo que ya es hora de sacarme este yunque de mi pecho.

Le tomé la mano, la estrujé.

—Acá estoy. Te escucho.

—¿Te acordás de mis años del liceo?

—¡Nefastos, Armand! ¡Los dos peores años de tu vida! ¿Cómo olvidarlos? Todavía no puedo creer que tu propio padre te haya forzado a entrar a ese lugar. Vos sos todo lo contrario. Y eras tan chico…

—Pío Martorel Moretti también fue arrojado al liceo y en la misma camada que yo.

—Me dejás helada, Armand… ¿Qué pasó?

A medida que Armand desplegaba su historia de abusos de poder y de violencia que se gestaban en ese maldito liceo, a mí se me estrujaba el alma.

—Fue un episodio que no quiero repetir ni en mi propia memoria. Ahí fue donde me violaron, Penny. Y yo lo salvé a Pío de esa monstruosidad. Instintivamente, sabía que a mí me costaría menos superarlo que a él. Pío es un santo, no se lo merecía.

Me tapé la boca de horror.

—Pero ¿cómo decís eso? ¿Cómo que te iba a costar menos? ¿Qué estás diciendo, Armand?

—Esa experiencia —murmuró con la voz quebrada— yo ya la había tenido que soportar…

—Armand —le dije con un hilo de aliento—, ¿cuándo te pasó eso antes?

—De chico, Penny… una vez… y en mi propia casa.

—¿Quién? ¿El hijo de puta de tu viejo?

Se produjo el silencio más doloroso de mi vida. Nos quebramos y lloramos abrazados hasta secarnos las lágrimas. Me sentí una estúpida. Una ilusa soñadora. ¡Qué vida la de Armand! ¿De qué me estaba quejando yo? ¿De qué?

Tremendo e inesperado desahogo. Siempre con él, el desahogo. Pero esta vez, fue un desahogo para los dos. Armand jamás lo había contado. Solo Gabriel, su amor, tal vez conociera la oscuridad de su pasado. Ellos se comprenden desde un lugar al que yo nunca accederé, y Armand me protege de todo lo que puede.

Nos despedimos, más livianos. Ambos necesitábamos soltar algo pesado.

Armand, ¡cuánto has sufrido! Te merecés todo lo mejor. A tu Gabriel. A tu beba. Todo.

Capítulo 15

Salí en busca de Mía a lo de mamá. Yo ya no era la misma. Necesitaba algo de introspección y de perspectiva. Ahí fue cuando decidí llamar a Carmela.

Carmela Santos de Arizmendi. La conocí en la Academia de lenguas. Sus carcajadas y su calidez me unieron a ella con un imán. Vivíamos cerca, ya que su mudanza a la estancia de su flamante marido, en una de las zonas ganaderas más prósperas de la argentina, se llevó a cabo al concluir sus estudios. Una mujer sencilla, educada, encantadora, amable. De familia irlandesa por parte de madre, y Santos, por parte de padre. Desde ya, Carmela era muy católica, por consiguiente, mamá la adoraba.

Al salir de la academia, solíamos juntarnos en su departamento a tomar el té con Apple Crumble y, de tanto en tanto, practicar uno de los deportes favoritos de Mela: ver su video de casamiento. El mandato me perseguía a través de Carmela. ¡Pero a ella le sentaba tan bien! Su boda se celebró en El Santísimo, iglesia de alcurnia, pero con tal sencillez… Acudió la créme de la créme de hacendados bonaerenses, quienes se alojaron, ni más ni menos, que en sus propias moradas porteñas. Celebraron el matrimonio en el Palacio San Miguel con toda la pompa que semejante enlace merecía. Madrinas engalanadas en largos vestidos de alta costura. Damas de honor en sugestivos atuendos en colores pasteles para matizar sus visibles deseos de conseguir marido. El padrino de la boda, de elegantísimo jaquet, fue Luciano Filiberti. Boda a la cual no asistí, gracias a una gripe demoledora. Indudablemente, todavía no era tiempo de cruzar nuestros caminos.

Carmela y Justo se instalaron en la estancia, tuvieron a la pequeña Renata y me invitaron infinidad de veces. La edificación antigua, color rosa viejo, molduras blanqueadas y sus imponentes columnas como dos anfitrionas inmóviles escoltando las escalinatas de mármol, contaba con capacidad para albergar a un buen número de huéspedes. Claro que la eterna crisis argentina y la sequía asediante la transformaron en un caserón inhóspito. Las tejas flojas, los techos de madera roídos por el tiempo y las alimañas, los pisos de mayólicas desgastadas formando senderos cotidianos desteñidos por mil pisadas, las rosetas de las cuales colgaban ostentosas arañas apagadas de polvo, con velas derretidas hacía siglos, exhibían sus pétalos derruidos y le daban a la estancia un aspecto lúgubre. Hay que reconocer que Mela le aportó su alegría, sus carcajadas y su calor de hogar, y que Justo le echaba bastante leña al fuego para hacer del invierno un momento más agradable.

Nunca me animé a ir a la estancia. Me atemorizaban el frío, la humedad, la falta de electricidad y comunicación. ¿O serían los paisajes inmóviles de la llanura pampeana los que me cerraban la garganta? ¿O bien el hecho de entrar a un territorio desconocido y, sin quererlo, sentirme mejor que en la comodidad del terreno cotidiano? No lo sé. Lo que sí sé es que semejante lugar se transformó de golpe y porrazo en el oasis al que me quería escapar. En verano.

—Mela, acepto tu invitación al campo. No, no, ahora no. En enero. Me va a venir bien una temporada afuera, en la soledad del campo. Necesito desesperadamente cambiar de aire y no ver a nadie. Desconectarme. Desde mi separación ando boyando sin rumbo, sin encontrar mi espacio, ni un silencio en mis pensamientos. Necesito, desesperadamente, aquietar mi mente, mi cuerpo, mi alma. Me voy a la paz de las pampas, al horizonte llano, al aire despojado de ruido, a los aromas aislados de emanaciones humanas: sí es allí donde intentaré ordenarme…

Faltan unos meses, pero al menos estoy proyectando. Tengo, aunque sea, un objetivo que alcanzar a mediano plazo.

Sí, ya sé que todavía falta mucho para huir de esta ciudad y de este embrollo. Ya surgirá algo en el camino. Voy a confiar. Necesito confiar. Voy a atravesar estos meses. Mi norte será mi viaje con Mía al campo de los Arizmendi. En enero. Es julio —me dije. Y me eché a llorar. Una vez más.

Lo que yo no me imaginé era que todo lo contrario estaba por suceder. El campo, sí. El bienestar, también. La soledad, no.

Esa misma madrugada me puse a escribir. A escribir como loca, sin parar. Me dolían las manos, los dedos, pero no podía evitarlo. El episodio de aquella tarde me llevó a mirar en mi interior, a surcar mi alma en una expedición para entender y recordar quién era yo realmente, qué me había pasado y qué era lo que quería para mí.

He aquí algunos retazos de mis diarios de aquel camino hacia la luz… Lo primero que debía entender era mi soledad y aprender a convivir con ella, sin remordimiento, sin nostalgia, sin culpa. Debía conocer la plenitud más allá de un otro…

Aquella noche estrellada, templada, la niña ya dormida y, de repente, ¡Bum!

Salgo al jardín. Los aromas me invaden. Subo a la terraza. El aire fresco y cálido a la vez me regocija. Es el aire de primavera. Las copas de los árboles están casi verdes. En aquel claro, desde donde provienen los estruendos se ve una lluvia de estrellas de colores, una tras otra.

Adoro los fuegos artificiales en una noche fresca y cálida de primavera.

Faltó el abrazo tierno que contiene, que me cubre por la espalda de la briza lenta, mientras se comparte el silencio estruendoso, colorido por una lluvia incesante de estrellas.

Ayer leí una frase: «La felicidad es real solo si se la comparte»

Aquel pudo haber sido un momento feliz. Pero no hubo con quién compartirlo. Fuegos artificiales en una noche de primavera…

Pudo haber sido real.

Y más adelante escribí:

EXTRAÑO EL MAR.

TENGO QUE REGRESAR PRONTO.

Y así sería. Al mar regresaría… muy pronto.

Capítulo 16

Inés es una de mis amigas de la adultez. Inés me da paz. Ella todo lo comprende. Ella está en otra etapa y ha vivido mucho. Es viuda desde hace añares y se dedica a viajar y a disfrutar de sus nietos. Es dueña de una empatía asombrosa y auténtica. No nos vemos muy seguido, pero sé que siempre está, y eso me hace bien. Tiene la mirada de mundo que a mí me falta. Entre otros atributos, se jacta del don de la oportunidad, y tiene razón. Una noche, se me apareció en casa con una botella de champagne bien helada y unas latitas de mariscos del pacífico que me vuelven loca. Y, además, puso un juego de llaves en mis manos.

—Estas son las llaves de mi casa en la playa. La casa azul. Usala. Usala todo lo que la necesites. Dejá de dar vueltas, Penny. Necesitás encontrarte en la soledad.

¿Qué mejor que Inés para decirme esas palabras? Inés, a quien le arrebataron a su marido en un instante efímero en una ruta que conocía de memoria. Inés entendió la soledad de un golpe. De un segundo al otro. Sin opciones ni términos medios. La muerte es irreparable y las consecuencias son ineludibles. Inés me exigió encontrarme en la soledad que ella transitó y de la que salió airosa. Y eso fue lo que hice. Salí al encuentro de la soledad. Salí en busca del confort en esa, mi soledad.

Era pleno invierno, Mía se iba de vacaciones con su papá. Y yo, entonces, emprendí mi camino hacia la casa azul de Inés en la playa a la que tanto ansiaba volver.

Fue un momento extraordinario. Mágico. Resultó ser aquello que las brujas y chamanas me habían anunciado: salirme del camino e iniciar un nuevo sendero de sanación y reconstrucción de mis entrañas, de conectarme con la Madre Natura y de llenarme de lo esencial.

Me llevé a la perra de mamá, Coquita, y partimos las dos en el Twingo, al que, para esa época, ya no le funcionaba el levantavidrios del conductor, por lo tanto, tenía que abrir la puerta para pagar los peajes mientras maniobraba para que Coquita no saliera disparando por los campos aledaños… Si volvía sin la perra de mamá, más vale que no volviera…

Recuerdo cómo se exaltaron mis sentidos al acercarme al bosque. El bosque frondoso y oscuro era el preludio de altísimas dunas y, luego, la inmensidad del mar. Esas cuatro horas de viaje solitario fueron el comienzo de mi propio viaje interior. Todos los eventos de los últimos días me lanzaron a mi vida nueva. No sabía todavía si sería monja o amante (por lo menos, no del padre Pío Martorel Moretti, eso estaba claro) o qué diablos.

Lo que sí puedo decir es que allí fue donde comencé a redactar mi listita de los ciento veinticinco ítems. Por si acaso, ¿viste? Es que, durante el primer tramo de mi transformación, me dediqué a definir lo que lisa y llanamente no quería para mí. La listita vino después, y el primer ítem se refería a la aceptación. Aquel hombre imaginario de mi listita debía abrazar ciertas realidades que yo misma estaba comenzando a abrazar. Esta real realidad me incluía a mí, con mis virtudes y mis defectos, y la incluía a Mía, mi pequeña demonio de rulos rojos y enloquecidos. También incluía un Twingo detonado, sin aire acondicionado y sin levantavidrios del lado del conductor; incluía a la mama tana-re-tana que amasa ravioles, tallarines y cappelettis y que se persigna cada media hora; al tío Gerardo, hincha de Boca; a mi Granny inglesa y mi abuelo soñador, y a la mar en coche. Y, ¿por qué no? incluía un ex marido que, por el momento, se la pasaba revoloteando a mi alrededor, por si acaso... En fin, el que me quisiera debía comprar el combo completo. Esa sería la gran prueba de amor: combo grande con papas y gaseosa XXL y con todos los aderezos posibles.

Después de semejante decisión, a la vuelta del viaje debería ponerme a buscar convento… los combos grandes pueden llegar a caer pesados. No muchos querían comprarlos.

La casa azul en la playa me hizo volver, definitivamente, a la fuente. Me gusta recorrer mi mente y rememorar ese mágico lugar. El mar me hace volver a la isla y al puerto de mi sangre. Es como volver al vientre materno. La casa azul siempre será, para mí, un templo de sanación y de aprendizaje. Fueron días fríos, al calor de la inmensa chimenea, rodeada de un vidrio espeso que me separaba del bosque y del mar. Allí, en la enorme poltrona, sola para mí y Coquita, pasaría días y noches eternas, plagadas de silencios. El silencio allí está salpicado de mar y del crujir de los troncos ardientes, está inundado de color: el turquesa plomizo del mar, el negro del cielo nocturno, el verde del pinar infinito.

Me gusta leer y releer fragmentos de mi diario que evocan mi paso por la casa azul:

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
181 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789874935656
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

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