Kitabı oku: «Didier»
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ISBN: 978-84-1114-339-4
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I
«Búscate un hombre con quien compartir tu vida».
Cómo odiaba esa frase, y todo el mundo se empeñaba en repetírsela hasta la saciedad.
Lo había intentado, pero de momento, ninguna relación cuajaba. «Es que tú les exiges mucho», le decían sus amigos de tarde en tarde. «¡Que yo les exijo mucho!», exclamó en voz alta sin darse cuenta, mientras seguía sacando ropa del armario y decidiendo qué iba a llevar al viaje.
Era en esos momentos cuando echaba en falta tener a una persona especial a su lado para compartir experiencias. En las dos últimas ocasiones que viajó después de romper con su anterior pareja, coincidió que varias amigas hacían el mismo itinerario que ella, pero ese año nadie quiso ir a Madagascar porque preferían lugares más cercanos y de trayectos cortos, ya que no querían pasarse la mitad de sus pequeñas vacaciones en medios de transportes.
Disponía de quince días y los iba a consumir todos en aquella tierra que desde el año pasado rondaba por su cabeza, gracias a unos amigos que le habían descrito con todo lujo de detalles las maravillas que descubrieron en un lugar perdido del océano Índico y que les había hecho cambiar el concepto que tenían de paraíso.
El sonido del teléfono la sacó de sus cavilaciones.
—Hola. ¿Puedo hablar con Susana, por favor? —preguntó una voz masculina.
—Soy yo. ¿Quién es? —Quiso saber pasados unos segundos en los que intentó reconocer al interlocutor.
—Soy Alberto Sárate y llamaba por el anuncio. —Hubo una pausa en la que ambos dudaron, Susana por no entender a qué se refería y Alberto pensando que había llegado tarde—. ¿Ya has encontrado a tu compañero de viaje? —le preguntó al fin, un poco decepcionado.
—¿Anuncio? ¿Compañero de viaje? ¿De qué me hablas? Creo que te has confundido.
Susana estrujó su cerebro intentando entender algo de lo que le decía aquel hombre que se había identificado como Alberto y que ella desconocía.
—En internet hay una página web de viajes con un anuncio de Susana, donde aparece este número de teléfono porque estás interesada en encontrar un compañero de viaje.
—Perdona, pero creo que ha habido un malentendido. Yo no he puesto ningún anuncio —le dijo muy segura.
—Pues si miras en la página de Amigos por el mundo, lo verás. Quieres contactar con alguien que vaya a Madagascar y que quiera compartir experiencia. —Berto empezaba a creer que su suerte se había truncado y que sus planes se desvanecían sin apenas darle una oportunidad.
—Lo único cierto es que me voy próximamente de viaje, pero no buscaba a nadie. —Por un segundo recordó la última conversación en casa de su familia, cuando volvieron a insistir en lo de buscarse un hombre y todo lo demás. Entonces lo tuvo claro. Su querida sobrina y sus ideas ingeniosas—. Me parece que alguien me ha gastado una broma —consiguió añadir muy enfadada—. Me pondré en contacto con esa página y retiraré el anuncio. Lo siento, pero me han jugado una mala pasada —se disculpó ruborizándose en la distancia. Si hubiera tenido a Adriana junto a ella, la hubiera fulminado.
—Bueno, tal vez no. —Alberto no estaba dispuesto a perder esa oportunidad, así como así—. Yo me voy también en esa fecha y a lo mejor nos interesaría hablarlo un poco más.
Susana Almonte se quedó unos segundos reflexionando. Cuando les comentó a los suyos su intención de hacer ese viaje, pusieron el grito en el cielo. ¿Cómo se iba a ir sola tan lejos? ¿Y si le pasaba algo? Insistieron tanto que hasta ella misma empezó a sentirse insegura de su decisión. Tal vez aquella proposición sería la solución adecuada para todos. Por conocerlo no iba a perder nada y lo cierto era que su voz le transmitía cierta confianza y seguridad.
—No sé. Nunca me lo había planteado —empezó a decir, pero Alberto no la dejó continuar. Necesitaba verla y borrar cualquier atisbo de duda.
—No tomes ninguna decisión sobre la marcha. ¿Tienes tiempo para un café? Puede que sea una buena opción para ambos —le aseguró convencido.
Susana volvió a meditar unos segundos. No se le podía llamar una «cita a ciegas», solo era un acuerdo, por lo tanto, no implicaba nada más, o eso le gritaba una voz desde su interior.
—¿Entonces te viene bien dentro de una hora? ¿Conoces el Café Buen Día, en la Plaza Mayor? —Alberto no esperó respuesta por temor a que se negara—. Te espero allí.
—Bueno. Vale.
Le asombraba con qué facilidad él organizó el encuentro y cómo de su garganta habían salido las palabras sin dudarlo. Por un instante le pareció como si hubiera quedado con un antiguo amigo que llevaba un tiempo sin ver y que sentía la necesidad de saber cómo le iban las cosas. Su mente se debatía, pero por momentos, ganaba la curiosidad a la cordura.
Ella era muy recelosa por naturaleza. Se cuidaba mucho de los desconocidos. Normalmente le costaba entablar amistad con la gente por su manía de ver fantasmas donde no los había y ahora, al colgar, le parecía increíble lo que acababa de escuchar.
Todo era muy raro, qué casualidad que tan cerca de ella hubiera una persona que hiciera el mismo viaje, en la misma fecha, al mismo sitio y que su sobrina pusiera un anuncio así.
No le gustaba nada la situación en la que se estaba viendo envuelta, y después de unos minutos de analizarlo, llamó a su sobrina para pedirle explicaciones y sobre todo para serenarse un poco antes de enfrentarse a un nuevo reto que le deparaba la vida sin ella haberlo previsto.
—Hola, tía —le respondió directamente Adriana Ribas cuando vio quién era en la pantalla del auricular.
—¡Por dios, Adriana! —gritó por saludo.
—Para, para —la detuvo la joven cuando su sexto sentido le advirtió que la había descubierto y que estaba bastante enfadada—. No creerías que te iba a dejar ir sola a esos confines del mundo sin intentar algo, ¿verdad? Cuéntame, ¿quién te ha llamado?
Notó cómo su tía se relajaba, dispuesta a entablar una conversación civilizada sin darle demasiada importancia a lo que le había hecho. La conocía muy bien y si le concedía un minuto para situarse en el problema, las cosas las encajaba mejor. En cambio, como tratara de imponer su propio criterio de entrada, no había forma de razonar con ella.
—Ay, Adriana, un día de estos te voy a desheredar —suspiró, imaginándose a la joven sentada de cualquier manera, expectante por saber que había pasado—. Me ha llamado un tal Alberto Sárate y no sé cómo me ha convencido para ir a tomar un café dentro de un rato. Él también viaja al mismo sitio y por lo visto va solo y quiere que nos conozcamos. Cree que sería interesante para ambos.
—¡Qué bien! —gritó llena de gozo la joven, encantada al comprobar que su idea empezaba a cobrar vida.
—¿Cómo que bien? ¿Cuándo dejarás de meterme en líos, querido trasto? —le recriminó Susana indignada—. ¿Te imaginas que sea un asesino en serie o un maníaco?
—No seas exagerada. Seguro que también es otro solitario. Por alguna razón andaba en la página donde puse el anuncio, ¿no crees? Algo tenéis en común, ya verás que me lo vas a agradecer. Al final, el mundo está lleno de pirados como tú. Por favor, tía, conoce a nueva gente y sé menos desconfiada, serás más feliz.
—Ya soy feliz con mis amistades actuales y sabes perfectamente que odio los imprevistos, y no se te ocurra llamarme aburrida. —Oyó como del otro lado del auricular sonaba la risita típica de su sobrina cuando intentaba contenerla y fue ella la que se rio con ganas imaginándosela.
—Querida mía, te dejo. Tengo que ponerme presentable en pocos minutos, y para tu información, hasta yo estoy intrigada con lo que me tiene que contar ese tipo, pero que sepas que esto no se va a quedar así. Después de terminar con él, pasaré por tu casa a dejarte mutilada, así que te recomiendo que me esperes y encuentra alguna buena razón para que te deje seguir viviendo. Hazme el favor de quitar ese dichoso anuncio mientras tanto.
No le dio tiempo de responder y colgó, suponiendo la cara de su sobrina, roja de ira al no haber podido decir la última palabra, como era habitual en ella.
Algo en su interior se había despertado. Una angustia que hacía tiempo que no sentía la empezó a invadir, recordando su primera cita. Realmente era idiota, la situación no se podía comparar. Tan solo iba a encontrarse con un posible compañero de viaje, se dijo mientras intentaba decidir qué se ponía para la ocasión.
Tardó más de lo previsto y al ver que ya había pasado la hora, el corazón le dio un vuelco. Cogió el bolso y las llaves, y abandonó su casa a toda prisa en dirección al lugar de encuentro.
Cuando llegó al bar, se dio cuenta de que no le había preguntado cómo lo reconocería. No tenía por costumbre encontrarse en esa situación. Era la primera vez que iba a conocer a alguien sin saber nada de su aspecto físico y empezó a ponerse más nerviosa si cabía, maldiciendo su sentido de la curiosidad.
Echó una rápida mirada al interior del local y no fue capaz de ver a ningún hombre sentado solo. Un poco aturdida, dio media vuelta con la intención de marcharse, cuando alguien la sujetó del brazo.
—¿Susana?
—Sí —respondió con un sonido casi inaudible—. ¿Eres Alberto?
—Sí, Berto Sárate —afirmó con una amplia sonrisa—. No puedo creer que tuvieras la intención de marcharte —le recriminó guiñándole un ojo.
Al ver que ella no reaccionaba, le estampó dos besos en las mejillas y la condujo hacia la mesa que había ocupado unos minutos antes.
—Encantado de conocerte —continuó hablando Berto, dándole tiempo para que se habituara a la nueva situación.
Ambos se observaban intentando descubrir más allá de su apariencia física. Querían encontrar algo que les pusiera en alerta de lo que podría esconder el otro, pero llegaron a la conclusión de que tenían aspectos demasiados normales para sacar nada en claro justo en ese momento.
Los dos llevaban vaqueros y camisetas muy informales. Hacía una tarde especialmente cálida y no se requería más abrigo. Susana pensó que había acertado al elegir la indumentaria, no quería que el hombre imaginara cosas que estaban lejos de la realidad.
Nada más verla entrar, estuvo seguro de que ella era la persona que encajaba en sus planes. Para nada llamaba la atención. Tenía una expresión de mujer madura satisfecha de la vida que llevaba, con una sonrisa capaz de convencer a su interlocutor de lo que quisiera, un poco espontánea y muy natural. Por eso cuando detectó en su expresión algo de desconcierto, adivinó que su intención era marcharse sin apenas haber llegado, y se puso de un salto junto a ella, dispuesto a retenerla y sobre todo a convencerla de que ese viaje debían hacerlo juntos.
Susana no podía controlar sus nervios, que le oprimían la garganta, impidiéndole decir palabra. Berto tuvo que emplearse a fondo para no hacer ni decir nada que estropeara la aventura que estaba a punto de iniciar con su ayuda.
—¿Qué quieres tomar? —le preguntó mientras le hacía una señal a la camarera para que se acercara.
—Un refresco de manzana está bien, gracias —respondió dirigiéndose a la chica que le sonreía—. ¿Llevas mucho esperando? —La mujer empezaba a serenarse, después de la angustia del primer momento.
—No, qué va, acabo de llegar y pedir el refresco, justo cuando te vi entrar.
—¿Cómo supiste que era yo? —le preguntó Susana, empezándose a sentir más a gusto en la compañía de aquel desconocido—. ¿Tan evidente era mi expresión de «dónde-me-he-metido»?
Ahora empezó a fijarse en sus ojos de color verdes oscuros, su barba de dos días, su cabeza rapada —probablemente por una calvicie prematura, porque no le echaba más de cuarenta y cinco años—, con rasgos y mandíbula muy marcados, como si su vida hubiera sido una lucha constante. Se trataba de un hombre con un aire misterioso, pensó.
—No, lo que pasa es que no me di cuenta de hablarte de mi bola de villar para que me reconocieras. —Se acarició la cabeza con una mirada pícara—. Eso tienen las prisas. Probé suerte y mira por dónde, acerté.
Durante unos momentos se observaron de nuevo. Para ambos la situación era nueva y por alguna razón intentaban no causar mala impresión al otro. Berto entonces tuvo muy claro que ella era la persona perfecta para su plan y empezaba a confiar que tenía una nueva vía de investigación por la que continuar, seguro de que al fin conseguiría algún resultado positivo.
—Bueno, pues como te dije por teléfono —comenzó a relatar la situación, un poco más tranquila—, el anuncio lo puso mi sobrina. No le hace gracia que haga un viaje tan lejos sola y creyó que sería buena idea que fuera con alguien medianamente conocido, si a esto se le puede llamar así.
Berto meditó lo que le iba a responder. No deseaba que, por una palabra mal dicha, todo se le fuera al garete.
—Creo que tu sobrina tiene razón. La verdad que cuando decidí hacer este viaje, no lo pensé, pero después de ver el anuncio, creo que es la mejor opción.
—Te repito —insistió un poco desairada—, que no lo puse yo.
—Bueno, no importa quién lo haya puesto. El caso es que me gustó la idea de conocer a alguien que hiciera la misma ruta. —Bebió un poco y esperó a que la camarera se marchara después de servirle el refresco—. ¿Puedo preguntarte a qué te dedicas?
—Trabajo de administrativa para la administración pública, ¿y tú?
—Yo estoy de excedencia, también soy funcionario. Quise tomarme un año lejos del cuerpo y venirme aquí. Hasta hace unas semanas vivía en Madrid, ahora trabajo de jefe de seguridad en una cadena de hoteles.
—¿Y ya te dan vacaciones?
Berto sonrió ligeramente, tuvo la impresión de que durante el viaje iba a tener que medir muy bien sus palabras si no quería que todo se estropeara o que Susana corriera peligro, porque para estar nerviosa no se le escapaba una.
—No exactamente. Pedí estos días porque quería ir a ver a mi hijo. Hace tiempo que no lo veo. Acaba de ser papá y me gustaría conocer a mi nieta —se limitó a decir.
«Vaya, tiene un hijo allá y hace un viaje organizado». Susana lo miró intentando que las dudas no se reflejaran en su rostro. Realmente a ella no le interesaba la vida de Berto. Ya que había llegado hasta allí y que de todas formas coincidirían en el viaje, ¿qué importancia tenía el resto? Estaba segura de que no habría ningún problema y por lo tanto cruzarían algún comentario durante el trayecto, nada más.
—¿No te acompaña la madre de tu hijo?
Susana hizo la pregunta sin pensar en las consecuencias de la respuesta, simplemente por su curiosidad natural, que en más de una ocasión ya la había metido en algún que otro aprieto. Al ver la expresión del hombre, fue consciente de lo inapropiada de la cuestión, pero ya no podía dar marcha atrás.
—Perdona si te molesté.
—No te preocupes, es lógico. Hasta a mí me gustaría saberlo. Lo cierto es que estoy en trámites de separación. La madre de mi hijo está en Madrid.
—Pues tardará más en conocer a su nieta, parece. —Ella se removió en el asiento, un poco violenta. La conversación estaba tomando un camino que ya no le agradaba mucho. No quería saber nada de la vida de aquel hombre. Realmente no quería tenerlo de compañero de viaje, pero ya era tarde para echarse atrás.
Berto la miraba sin saber cómo salir del lío en el que él mismo se había metido, así que lo único que se le ocurrió fue hablar del viaje y no de su vida.
—Dijiste que nunca te habías ido tan lejos. ¿Conoces algo de Madagascar?
—La verdad que no mucho. —Susana volvió a cambiar de postura y agradeció el giro de la conversación—. Unos amigos fueron el año pasado y vinieron encantados. Dicen que sus paisajes son únicos, sus habitantes acogedores y que nada de lo que se encontraron allí lo habían visto en otros lugares, y te puedo asegurar que han estado en bastantes. Me comentaron muchas cosas y por eso me picó la curiosidad.
Berto la miraba sin ninguna expresión en su rostro, parecía como si todo lo que le contaba era bien conocido para él, así que continuó relatando lo poco que había tenido tiempo de averiguar.
—Me hablaron de la importante deforestación. Hay leyes que prohíben la tala, pero no las respetan y está cambiando el ecosistema. Algunas especies únicas, que solo viven allí, han desaparecido en los últimos años. Ya sabes, donde el humano pone sus garras, lo acaba destruyendo todo. Bueno, si existe un sitio tan maravilloso, pues una tiene que ir a conocerlo antes que nuestros congéneres lo terminen de aniquilar, ¿no crees? —concluyó Susana pensando que le había dado una explicación excesiva.
—Por supuesto. Mi nuera procede de allí. Sus padres emigraron muy jóvenes a Francia, donde han estado hasta hace pocos años. Se conocieron en la universidad y mi hijo solo necesitó una visita para enamorarse de la isla. Viven allí desde que se casaron. Los dos son unos defensores de la naturaleza y Madagascar se ha convertido en su caballo de batalla precisamente por lo que dices. Su lucha es incesante.
Berto permaneció unos segundos recordando lo que insistió en su día para que ambos jóvenes se quedaran en París y desde ese lugar hicieran lo que les apeteciera para salvar el mundo de gente dispuesta a destruirlo.
Tal vez, si les hubieran hecho caso, ahora no estarían viviendo su pesadilla particular; al contrario, tendrían una vida apacible y con otros problemas seguramente, pero su pequeño estaría a su lado.
—Vaya, qué bien —Susana respiró hondo y de su mente surgieron nuevas preguntas, pero miró a su alrededor y volvió a la realidad. No quería involucrarse más en la vida de aquel desconocido y tampoco quería causarle una impresión equivocada, así que decidió que había llegado el momento de acabar la conversación. Le dio otro sorbo a su refresco con la intención de marcharse sin parecer grosera.
—Pues quedamos en eso. Ya nos vemos en el aeropuerto el día de la partida.
Al ver que se ponía en pie, Berto la imitó. No le interesaba retenerla más tiempo si su deseo era marcharse. No quería decir nada que le hiciera sospechar algo raro y en su intento de tranquilizarla se jugara la misión que estaba a punto de emprender.
Con lo que le había comentado era suficiente para hacer creíble su plan. Tal vez lo de su hijo tuvo que habérselo callado hasta cuando llegaran a la isla, pero después de todo, no era nada del otro mundo que fuera a un país extranjero de viaje y de camino visitara a su familia.
—Sí. Estamos en contacto.
Se despidieron y cada uno fue en dirección contraria.
Susana Almonte no podía quitarse de la cabeza que todo aquello le sonaba muy raro. Si bien existía el dichoso anuncio, todo lo demás no le encajaba y empezó a reflexionar seriamente lo que le iba a decir a la muchacha, porque ya esta última actuación había colmado su paciencia.
No iba a soportar que se metiera más en su vida y aunque era consciente de que solo trataba de protegerla, después de los acontecimientos de los últimos tiempos eso tenía que acabar. Ya se sentía con fuerzas suficientes para afrontar los embistes que la vida le quisiera seguir poniendo en su camino.
En cambio, Berto notó perfectamente que Susana intuía que la historia estaba envuelta en cierto misterio, pero se dijo que era por la seguridad de la mujer. Cuanto menos supiera, más segura estaría en aquel país que para ella resultaba idílico, según vio reflejada en su mirada mientras le relataba lo que conocía de aquella tierra que ahora mismo para él solo resultaba el lugar donde los suyos pasaban un verdadero calvario. Ya durante el viaje, si se encontraba en la obligación de contárselo, lo haría.
Susana llegó a casa de su sobrina con la escopeta cargada, no pensaba dejar títere con cabeza. ¿Cuándo iba a parar de hacerle jugarretas? La encontró con una sonrisa de oreja a oreja que más la desquició.
—Adriana, deja de buscarme acompañante, por favor te lo ruego. Vas a conseguir que me cabree de verdad.
—Tía, solo es un amigo para un viaje. Anda, cuéntame cómo te ha ido. —La agarró del brazo después de darle dos sonoros besos en las mejillas como señal de tregua y juntas se sentaron en el sofá.
—Es normal, tiene la cabeza rapada, de unos cuarenta y tantos. Parece un tío legal o eso espero, porque me lo voy a tropezar durante dos semanas en Madagascar. Como sea un pervertido o un asesino, lo llevo claro. —Susana le guiñó el ojo.
—¿Está separado?
—Eso dice.
No tenía muy claro nada de la conversación mantenida. Cada frase que añadía el hombre, más dudas le producía.
—Se supone que está solo —continuó Susana, tratando de autoconvencerse—, porque, si no, llevaría a su chica. Apenas hablamos, solo quedamos en el aeropuerto el día de la salida. Ya conversaremos durante el viaje, si quiere. Yo no estoy por la labor de saber más de él. —La mujer suspiró, recordando su desastrosa última relación, que terminó como el rosario de la aurora por no mandarlo a freír espárragos antes.
Ambas volvieron a suspirar, cada una con sus recuerdos de relaciones imposibles y de hombres que no los entienden ni sus propias madres. Les costaba creer que fueran precisamente mujeres quienes los trajeran a este mundo.
Cuando más felices y tranquilas estaban, más pronto sacaban de la manga alguna artimaña para dejarlas colgadas con aquello de «No estoy seguro», «Últimamente has cambiado», o «Ya no siento lo mismo». En definitiva, no terminaban de reconocer que esas cosas les estaban pasando a ellos porque en el fondo seguían sin saber lo que realmente buscaban.
—Su, estoy convencida de que nuestro hombre está en algún lugar, lo encontraremos y seremos felices.
—Me encanta que sigas confiando en el sexo masculino. Yo no estoy tan segura —reflexionó Susana unos segundos—: los de los cuarenta y tantos o están casados y de entrada te cuentan milongas para meterse en tu cama y luego salen con el que no se quieren involucrar tan rápido. Quieren vivir lo que no han vivido en los años anteriores, pero lo deciden después de destrozarte el corazón. Luego los de los cincuenta, raro el que tiene claro lo que quiere, pero pobre de una como te tropieces con los que solo buscan trofeos veinteañeros para restregárselos en las tertulias a los amigos. ¿Tú me quieres decir dónde se consigue un hombre normal que busque una pareja para compartir la vida? Simple y sencillamente eso.
—Lo hay, lo que pasa es que no buscamos bien —le respondió Adriana, segura de que nadie le haría pensar de otra manera.
Estaba convencida de que el género humano fue concebido para amarse sin ninguna condición, con el máximo respeto y sin violencia física ni psíquica, aunque después trataran de arreglarlo pidiendo perdón, como le ocurrió a ella.
Pero el daño ya estaba hecho.
Siempre tuvo claro que cuando se pasaba el límite una vez, solo era cuestión de tiempo para que llegara la segunda.
—Bueno, no me sigas comiendo el tarro con los hombres, que se presenten los que quieran, ya tomaré yo mis decisiones —le aseguró alejando de su mente las inseguridades que su enfermedad le había dejado y que de tarde en tarde pugnaban por volver a aflorar—. ¿Has sabido algo de tu hermana en las últimas semanas? —cambió de tema Susana; no quería que su sobrina la pusiera de más mal humor de lo que la había dejado el encuentro con Alberto y sus incoherencias.
—No. —Adriana se levantó y fue a mirar por la ventana—. Sigue viviendo con esas chicas, terminará mal, ya vas a ver. —Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. Su hermana se empeñaba en amargarle la existencia a todos los que la querían.
—A mí no me escucha. Ya no sé cómo rogarle para que se venga a vivir conmigo —respondió Susana muy triste por su comportamiento.
—No lo hará. No sé lo que pretende, pero se está destrozando la vida. —Ambas se sentían impotentes por la forma de ser de Marta—. Bueno, que nada nos amargue el momento. ¿Ya tienes todo preparado? —quiso saber Adriana.
—Necesito comprar algunas cosas. Lo haré mañana, ¿te apuntas? —le preguntó Susana tratando de calmarse un poco.
—Por supuesto. No tengo ninguna cita y si la tuviera, los hombres no se merecen que deje colgada a mi tía favorita por ellos. Por cierto, no me ha dado tiempo de decirte que esta mañana me llamaron para empezar a trabajar en el hotel.
—Seguiste adelante con tu intención de dejar tu actual trabajo —le recriminó Susana mirándola muy alarmada, convencida de que cometía un error.
—Justin dio marcha atrás. Ya no vuelve a Londres y yo no quiero verlo más.
—Pero Adri, vas a dejar un empleo excelente para irte a un hotel, mal pagada y puteada con esos horarios de infarto. ¿Lo has pensado bien?
Susana miraba fijamente a su sobrina, conocedora del sufrimiento que su exnovio le estaba causando. Lo que realmente le molestaba era que él continuara con su vida y fuera la chica quien tuviera que sacrificar la suya.
—No te lo he terminado de contar. Al final no voy a trabajar en la recepción, sino en las oficinas. Más que mis estudios turísticos, han valorado la experiencia en el bufete. Seguiré teniendo un trabajo de administrativa con horario de mañana y con fines de semana libres. ¿Así te parece mejor el cambio?
—Bueno, si eso es lo que tú quieres, adelante —la animó Susana.
—De verdad, por mi salud mental no puedo seguir viendo a ese pedazo de carne con patas. Encima se pavonea por delante de mí a ver si le digo algo. ¿Tú has visto cosa igual? No puedo más. Seguramente cuando yo me haya ido, él regresará a Londres. Tal vez entonces volveré a hablar con ellos y pediré mi antiguo empleo. No están tan mal los cambios, nos abren nuevos horizontes. Siempre me has dicho eso.
—Lo sé, lo que me da rabia es que ese capullo te siga haciendo daño —se quejó Susana muy apenada—. Debiste denunciarlo —sentenció con furia.
—No te preocupes, cuando lo pierda de vista lo olvidaré del todo —le respondió su sobrina no muy convencida—, solo fue una torta.
Se fundieron en un abrazo, como solían hacer muy a menudo para dejar fuera de ellas cualquier influencia negativa.
A veces se arrepentía de no haberlo denunciado, pero fue tanto lo que le dolió su actuación, que solo deseaba que saliera de su vida para siempre, una vez roto su corazón.
II
—Jean-Pierre quiere verte.
—¿Para qué? —Alberto Sárate miró a su compañero de trabajo un poco con la mosca detrás de la oreja. Aún se preguntaba qué vio el señor Coll en él, porque alguien que es capaz de liquidar a su antiguo jefe, según solía alardear, no le producía la más mínima confianza.
Tal vez no se fiaba de un tipo así porque se había convertido en el mayor fantasma que pisaba la tierra. Dudaba mucho que en su Marruecos natal hubiera hecho daño a nadie, por eso, a menudo solía decirle que tendría un brillante futuro en el cine, afirmación que llenaba de orgullo al hombre, imaginándose rodeado de estrellas del celuloide.
Fuera como fuese, su jefe lo apreciaba bastante a pesar de llevar poco tiempo a su servicio, por lo tanto, necesitaba andarse con cuidado. En una profesión como la suya debía guardarse bien las espaldas.
—¿Entonces? —insistió Berto al ver que el otro no se daba por aludido y permanecía aislado del mundo que lo rodeaba.
—¿Entonces qué, tío? —le preguntó Kabir sin mucho interés mientras no quitaba ojo a un yate que estaba haciendo la maniobra de atraque en el bonito puerto deportivo, situado justo delante del edificio de oficinas, desde donde se podía disfrutar del bello espectáculo de naves de incalculable valor fondeadas, cada cual más esbelta, pertenecientes a la alta cuna de empresarios de la zona.
Alrededor de las embarcaciones se distinguían a los trabajadores esmerándose en retocar los pequeños detalles, dejándolas perfectas para regocijo de sus jefes.
Kabir Handal aspiraba a codearse con la élite de la sociedad local, para ello necesitaba adquirir una de aquellas maravillas puestas al alcance de pocos. Era conocedor del valor de los yates, pero ya buscaría alguna manera de conseguir el dinero.
—¿Por qué me quiere ver el jefe? —insistió Berto armándose de paciencia. Kabir apagó el cigarro y se acercó—. ¿Tienes idea de si se enteró ya de la que se armó anoche en el pub?
—No, tío. —El hombre se había sentado como si no le preocupara nada en la vida y menos las cavilaciones de su interlocutor—. Ya sabes que es adivino. Tiene un especie de radar que le advierte. Se las ve venir todas. Si nadie le ha ido con el chisme, seguro que lo soñó.
—No seas animal. Aún es temprano y la policía no intervino; además, todo quedó en dos o tres puñetazos. Pasará a los anales del lugar como un triste acontecimiento aislado entre turistas —afirmó convencido Berto, porque conocía muy bien el mundo nocturno en el que se movía.
—¿Dos o tres puñetazos? Los chicos tienen brechas en la cabeza y una mano rota. Estarán de baja una temporada, chaval. Si eso es nada para ti, pues vale —respondió contrariado su compañero.
A Kabir Handal le encantaba empezar la mañana algo entonado y sin una o dos ginebras no era nadie. Ya se había tomado la primera antes de salir de su apartamento, mientras empujaba a la dama de turno para que se marchara sin alborotar mucho, por si a los vecinos se les ocurría la fatal idea de quejarse del ruido ante el presidente de la comunidad; la segunda la acababa de terminar y se dijo a sí mismo que una tercera no le iba a sentar mal después de la ajetreada noche que había soportado.
—Tú no has visto nada. ¿Cuánto llevas aquí? —El otro frunció el ceño, no deseaba hacer cuentas. Lo único que le preocupaba era conseguir otra copa—. ¿Unos meses? Se te va a caer el culo y regresarás a Marruecos, de donde no debiste salir. Amigo, esto por el día es un paraíso, de noche cambia todo. La gente se revoluciona. Supongo que sabes de qué te estoy hablando.
—Sí, tío, pero una cosa te digo: este lugar sin turismo no es nada y las autoridades no van a dejar que la cosa siga subiendo de tono.
—Claro que no. No interesa a nadie perder el filón y estos se gastan una pasta en seguridad. Sabes tan bien como yo que el dinero es quien pone los puntos y las comas. Este lugar no es una excepción. Tengo el triste presentimiento de que va a estallar por algún lado y solo espero no estar por los alrededores cuando eso ocurra —sentenció Berto muy seguro de lo que decía.
El tema de la seguridad en los locales nocturnos, no ya solo en las zonas turísticas, sino en otros lugares, dejaba mucho que desear. Las autoridades debían frenar un poco la violencia que generaban los chicos jóvenes, que se habían convertido en un peligro para ellos y para la propia sociedad ante la indiferencia de algunos padres que no eran conscientes —o no querían serlo— de la vida que llevaban cuando salían por la noche a dar una vuelta.
Las agrupaciones de hoteleros no se cansaban de exigir más vigilancia policial en la zona, a lo cual la persona competente en materia de seguridad prometía nuevos efectivos que nunca llegaban y así estaba el asunto hasta que ocurriera algo grave y a más de uno se le fuera el cargo a hacer puñetas.
No se podía quitar a Susana de la cabeza. Se preguntaba si sería una buena idea seguir con el plan que había trazado. Las cosas se habían precipitado en las últimas horas. La información que le llegaba de Madrid lo llevaba a pensar que todo saldría a la luz en cualquier momento.
Ni siquiera estaba seguro de poder coger ese avión. Tal vez tuviera que irse antes. Estaba hecho un mar de dudas.
Pensó en llamarla a ver cómo reaccionaba al oír su voz. La conversación que habían mantenido le había dejado con mal cuerpo y tenía la impresión de que ella no se había quedado mejor.
Decidió que después de ver a Jean-Pierre la llamaría para solo recordarle que existía y que por lo menos viajarían juntos. A partir de ahí, dependía totalmente de ella lo que ocurriera después.
La primera vez que Alberto Sárate puso los pies en aquel lugar, quedó impresionado. A sus escasos dieciséis años, la noche, las luces y sobre todo el gran número de mujeres extranjeras con sus vestidos ceñidos y demasiados escotados lo embrujaron, haciéndole perder la cabeza.
Adoraba esas noches, donde bebían hasta caer redondo en la playa acompañado de alguna sueca de cabellos dorados y mirada penetrante, deseosa de llenar sus maletas de nuevas experiencias, porque ellas venían a pasarlo en grande y lo hacían, le pesara a quien le pesara.
Dichas vivencias pertenecían al pasado, ya jamás volverían esos tiempos donde nadie ocasionaba problemas y se divertían pacíficamente. Ahora, con las explosivas mezclas que se distribuían por todos los locales nocturnos de ocio, perdían el control enseguida, generando una violencia irrefrenable, y para cuando conseguían serenarse ni siquiera recordaban sus nombres.
Permanecieron unos segundos pensando en lo que estaban hablando sin quitar ojo a la embarcación, que ya había terminado las maniobras de aproximación. El día despuntaba con calor, la poca brisa que les diera de lleno cuando se acercaban a la oficina dejó paso a un aire caliente y amenazador que presagiaba un sol intratable con el riesgo de acabar como cangrejos.
El mar, de un intenso azul, invitaba a todo aquel que lo observara a disfrutar. Tenía una tonalidad especial ese día, como si por la noche también hubieran lavado su imagen, dándole un aspecto embriagador.
La zona, en los últimos años, había crecido desmesuradamente, desde la orilla hasta la montaña. No quedaba un solo metro sin edificar. Los hoteles se disputaban a los clientes, ofreciéndoles el mejor reclamo porque tenían que cubrir las plazas a cualquier precio. Una noche perdida suponía miles de euros a lo largo del año y eso afectaba a la regularidad del hotel, donde a menudo se veían obligados a despedir personal muy a su pesar y a estar bajo mínimos para llegar a los beneficios estimados.
Estaba cansado de oír al gran jefe que debían llegar al presupuesto, porque si no lo hacían, los accionistas caerían sobre sus cabezas para sacarles los ojos.
Muchas veces se preguntaba si Jean-Pierre tenía voz y voto en sus empresas, porque daba la impresión de ser uno más trabajando para otros. Se ponía rojo de ira al ver las cuentas de la tercera semana y comprobar lo mal que se presentaba el cierre de mes. Entonces recortaba todos los pagos y los proveedores que hacían cola en su oficina para cobrar terminaban marchándose hasta mejor ocasión.
Los meses que ocurría un percance así, todos los jefes de departamento pasaban por su despacho y más de uno salía con cara de ir inmediatamente en busca de otro trabajo donde valorasen más su labor, ya que Jean-Pierre Coll tenía la destreza de sacar de sus casillas al más tranquilo y seguro de sus empleados.
—Perdonen, caballeros —una elegante mujer que hablaba fatal el castellano (peor incluso que Kabir, a pesar de llevar algunos años viviendo en la región), les interrumpió—, el jefe quiere verle, señor Sárate. Llevo toda la mañana llamando a su móvil y no lo cogía.
—No. Lo siento, me entretuve en el Oasis más de lo que pensaba. —De repente se detuvo, no tenía ninguna necesidad de darle explicaciones a la petarda de Marie, porque no veía más allá de su jefe.
Desde la primera vez que la divisó cerca del francés, como si ella fuera la dueña y señora de su imperio, sintió cierta desconfianza, y más cuando le llegaron rumores fidedignos de que estaba liada con él.
—Me termino el café y voy —añadió convencido de que la mujer pondría el grito en el cielo.
Para ella, cuando el jefe les reclamaba, les reclamaba, y nada ni nadie podía impedirles acudir prestos ante su presencia. La secretaria se marchó sin insistir y Berto regresó a la terraza para contemplar de nuevo la silueta de su adorada isla.
Algunas veces se arrepentía de haberla abandonado tantos años atrás. Allí se sentía protegido. Aunque cuando llegó contaba con muy pocos años, pronto aprendió a quererla como si hubiera nacido en ella. Sus padres le inculcaron el valor que tiene ser de un lugar y él se sentía gomero, aunque por accidente naciera y viviera en Madrid muchos años de su vida.
Le encantaba recorrer los parajes solitarios de las cumbres. No se cansaba de subir y bajar las montañas por caminos de cabras, muchos de ellos ya abandonados, jugándose el pellejo en cada paso.
Pasaba las horas sentado en lo más alto, divisando todo el verde y cuidado valle, plantado hasta la misma costa de plataneras.
El añorado mar, donde en más de una oportunidad, muy a lo lejos, consiguió ver la colonia de delfines y ballenas que solía surcar las aguas acompañando al barco de línea regular, sorprendiendo a los de a bordo con sus impresionantes saltos; y cómo no, la isla hermana, soñando que ya le faltaba poco para ir a aquella tierra, donde los mayores del lugar le decían que se ganaban la vida mejor.
Dejaba transcurrir las horas escuchando con la esperanza de que se le apareciera el espíritu de los dos hombres que habían muerto por aquellos montes perdidos de la mano de dios, según le contara don Eusebio, el cabrero, quien un día le aseguró que sus almas andaban errantes por allí y que en más de una ocasión los sintió caminar junto a él, clamando tal vez justicia, por unos hechos que fueron olvidados muy pronto.
A su corta edad no acabó de entender cómo un hombre mata a su mejor amigo por una mujer, y el anciano le explicó entonces su primera lección sobre el amor, de cómo a veces puede llegar a cegar a las personas y volverlas locas hasta el punto de asesinar. Con el paso de los años, ejerciendo su profesión, descubriría que cualquiera es capaz de matar por el mero hecho de hacerlo.
Le gustaba bañarse en la piscina del pueblo, que se encontraba a varios kilómetros de la casa familiar. Su madre le tenía terminantemente prohibido el baño en la playa, aún recordaban al pobre primo tragado de repente por las olas y que nunca más se supo de él. Hubo quien aseguró que fue la maldición de su novia por haberla engañado.
En la localidad, las cosas que parecían no tener explicación racional la encontraban en el mundo de lo oculto, de esa manera ahorraban tiempo y esfuerzo mental, y más los habitantes de mayor edad, que se empeñaban en conservar todas las tradiciones y leyendas más inverosímiles.
—Mira que tienes cojones —Kabir le sacó de sus recuerdos—. El tío esperándote y tú ahí, contemplando tu isla. Deberías verte cuando pierdes la vista en el horizonte. No creo que hayas mirado a una mujer nunca de esa manera.
No, nunca había mirado a una mujer así porque para él, hasta ese momento, la tierra que le acogió en su más tierna infancia era pura, cálida y le alegraba la vista. En cambio, las mujeres, y más en los últimos tiempos, solo le ocasionaban problemas. Le costaba llegar a comprenderlas, ni siquiera a Tere, después de tantos años de convivencia. Jamás reaccionaban como él pensaba que lo harían. Cada una lo sorprendía más que la anterior.
En su tierra podía confiar, en una mujer no. Cuando menos se lo esperaba, le traicionaba a sus espaldas sin darle la más mínima explicación.
—¿No recuerdas tú Marruecos? —le reprochó sonriendo mientras llenaba los pulmones con el aire que le llegaba del océano.
—Desde luego, pero si se me ocurre asomar las narices por allá, me linchan. La verdad es que no tengo ganas de volver, aunque echo de menos algunos pares de tetas, no lo dudes —respondió kabir, como siempre tan explícito, recordando al último par que estrujó entre sus manos y que no pudo volver a disfrutar porque tuvo que poner mar por medio, ya que el marido, un árabe de dos metros, afamado y algo mayor que su padre, puso precio a sus huesos, prometiéndole que cuando lo tuviera delante, ni el mayor de los milagros conseguiría dejarle la cabeza y otros atributos en el lugar que siempre los había tenido.
—Si alguna vez te pierdes por mi tierra, no vas a echar de menos nada. Allá se disfruta viviendo, aquí solo vivimos —sentenció Berto orgulloso de lo que decía.
Cuando le hicieron la entrevista para el trabajo, aunque su recomendación era bastante buena y no iban a rechazarlo, por si las moscas, insistió mucho en su etapa vivida en Canarias y casi nada mencionó de Madrid.
Su plan tenía que salir perfecto, ningún inconveniente de última hora podía alejarlo de su empeño de encontrar al pequeño Didier. En unos días, cuando viajara con Susana a Madagascar, todo el mundo en su entorno laboral debía saber que se iba a Madrid por problemas personales.
En el poco tiempo que llevaba en los hoteles no había conseguido averiguar casi nada de los negocios ilícitos que Jean-Pierre Coll se traía entre manos. Toda la información le llegaba desde la Central.
Cuando por la noche se quedaba solo en las oficinas, comprobaba que lo que allí tenían archivado era completamente legal. Suponía que los dos hermanos actuaban de la misma forma en sus dos enclaves. La parte legal a la vista de todos, y la parte fraudulenta la escondían en sus casas o en alguna guarida habilitada para tal menester, lejos de ojos curiosos como los suyos.
—Me imagino. Cuando las cosas no marchen por aquí, o si vuelvo a tener problemas con un marido cabreado, iré, construiré una choza, y con un rebaño de cabras pasaré el resto de mi vida —le aseguró riendo el marroquí.
—Pues no es mala idea, por lo menos nadie te molestará. Vamos a dejarnos de sentimentalismos. —Colocó el resto del café sobre la bandeja y se puso en pie—. Voy a ver qué cuenta hoy el míster.
—Todo tuyo.
Sabía lo maniático que a veces resultaba su jefe para la presencia: «Por la vida tiene que ir uno impecable», solía decir tajantemente. Intentó ponerse bien la corbata y la chaqueta en el espejo del pasillo, que estaba colocado estratégicamente junto a la puerta de su despacho para que todos, antes de entrar a verle, se acicalaran de la mejor manera si deseaban recibir una bronca y no dos.
Tenían muy claro que, si sus feudos marchaban bien, el jefe no se acordaba de ellos, pero cuando descolgaban el teléfono y oían la dulce voz de Marie Lefaire citándolos, sus estómagos se revolucionaban y el corazón empezaba a galopar desbocado, preguntándose qué había fallado en los departamentos que tenían a su cargo.
Llevaba poco tiempo tratando a Jean-Pierre, pero ya le había cogido el punto. Pese a ser un narco, en el fondo no era mal tipo. No entendía por qué lo movía la avaricia. Con sus negocios legales no tenía problemas. La otra parte de su vida muy pronto le iba a pasar una buena factura.
Tras unos leves toques en la puerta, apareció un hombre de unos cincuenta años, de ojos claros que resaltaban sobre su piel tostada por el sol. El cabello lo llevaba impecable, salpicado con unos mechones blancos que le hacían más enigmático. Tenía un cuerpo atlético, pero no de gimnasio, probablemente dedicaba algunas horas al día a nadar.
Jean-Pierre Coll arribó a la isla un día por casualidad. Quería viajar a algún destino africano, pero la señorita de su agencia de viajes habitual le recomendó unas islas paradisíacas perdidas en el Atlántico y de las cuales contaban maravillas. Al llegar, solo le bastó una mirada para quedar prendado de su paisaje, su tranquilidad y, sobre todo, que estaban en auge.
Resultaba el sitio ideal para invertir, porque había muchas parcelas en venta, lugares cerca de playas tan exóticas que le costaba creer que aquel lugar perteneciera a la triste y húmeda Europa.
El norte le pareció de una belleza irrepetible, tantas veces puesta en bocas de los más ilustres visitantes, pero ya estaba demasiado saturado. En cambio, el sur despertaba a la vida y a los discretos samaritanos dispuestos a dejarse los cuartos en buenos hoteles y áreas de diversión para turistas europeos que, como él, ignoraban la existencia de aquel bello y abrumador vergel, y más cuando sabían con toda certeza que cualquier cantidad que invirtieran, por pequeña que fuera, la recuperarían con creces y en periodos de tiempo relativamente cortos.
Por todas esas razones trasladó su cuartel allí. En poco tiempo se convirtió en uno de los empresarios más fuertes del lugar y en agradecimiento a la señorita que le ayudó a descubrir el paraíso terrenal, le ofreció un sueldo que Marie no pudo rechazar, además de otros favores.
Poco a poco se ganó el respeto y admiración de todos y él intentó hacer su trabajo lo mejor posible, rozando muchas veces la ilegalidad. Sabía que en la vida todos tienen un precio y siempre consiguió averiguar el que le interesaba para seguir adelante con su proyecto de expansión.
La clave residía en que invertía una buena suma de dinero en prestigiosos abogados que le sacaban de más de un embrollo cada cierto tiempo.
En definitiva, su vida resultaba de lo más placentera, lejos de su país natal y de su pasado, que nadie se tomó la molestia de averiguar.
Lo rodeaban una serie de muebles caros y emblemáticos, destacando la enorme librería colmada de toda clase de ejemplares, muchos en su lengua materna que, como la mayoría de sus pertenencias, habían viajado desde el viejo continente. Admiraba a la gente que tenía la suficiente paciencia para sentarse a leer un libro. No recordaba el último que empezó y terminó en un tiempo prudencial.
Aún se le ponían los pelos de punta cuando le venía a la mente su corta vida de estudiante y la de veces que su padre tuvo que pagar o hacer donaciones a los colegios a los que decía que acudía para obtener unos títulos que bajo ningún concepto mereció.
Lo suyo nunca fueron los libros, prefería la experiencia y vivir. Estaba convencido de que escuela mejor que la vida no se encontraba en ninguna parte.
Sobre todas las cosas, necesitaba estar en movimiento. El poco tiempo que le quedaba libre lo prefería dedicar a la naturaleza, perdiéndose por los montes, y recuperar caminos olvidados o buscar calas recónditas donde solo se podía llegar atravesando montañas o por el mar. Para él, esa era la mejor forma de pasar un día diferente.
Solía reunirse con sus amigos biólogos y se adentraban en el valle más profundo y lleno de vida que nunca conoció, a las faldas de un inmenso pico pelado, coronado con un vetusto volcán al cual los nativos del lugar tenían demasiado respeto como para no estar pendientes de todas sus incidencias.
Disfrutaba oyendo las conversaciones de los expertos en la materia, de cómo se emocionaban al descubrir una nueva clase de escarabajo, desconocida para ellos hasta ese momento, o una flor que jamás vieron sus ojos con anterioridad, tomando infinidad de fotos que luego pasarían a engrosar sus futuros libros o artículos. Le hacían muy feliz esas pequeñas cosas que llenaban su vida, aparte de los negocios.
Alberto Sárate, antes de hablar, solía escudriñar la más mínima arruga del rostro del hombre que le adelantara su estado de ánimo para saber cómo abordarlo, pero jamás conseguía ver un cambio de expresión.
Sentía una curiosidad desbordada por saber si cuando se tiraba a la secretaria cambiaba de expresión y en varias ocasiones estuvo a punto de preguntarle a Marie, pero aún no tenía la suficiente confianza con ella y temía que no le sentara muy bien la pregunta.
Ni siquiera recordaba si lo había visto sonreír, solo de vez en cuando le oía dar alaridos al que tuviera cerca en ese momento, pero nada más.
—Buenos días, señor Sárate. —Le tendió la mano como solía hacer siempre a cualquier persona que entrara en el despacho.
—Buenos días, señor Coll. Me ha dicho la señorita Lefaire que me buscaba. Antes de venir preferí pasar por el Oasis para ver si habían terminado las obras.
—¿Cómo lo vio? —Se habían sentado uno frente al otro alrededor de la mesa de cristal que tantos secretos inconfesables guardaba.
—Bien. Ayer dejaron todo a punto. El arquitecto me comentó que los obreros se fueron anoche de madrugada y que todo quedó prácticamente listo. Ahora está el equipo de limpieza terminando también. Lo único que quiero pedirle es que contrate a dos o tres agentes de seguridad más. La fiesta está teniendo bastante repercusión. Ya se han vendido todas las entradas y el local va a quedarse pequeño con las invitaciones que hemos distribuido.
—No hay problema. Ocúpese usted.
Jean-Pierre se había levantado y observaba su embarcación, el Blue Mar, que acababa de atracar. El barquito le había costado un pastón, pero valió la pena. Era ideal para los futuros proyectos que tenía en mente.
—No sé si este fin de semana o el próximo voy a dar una fiesta para inaugurar el barco —le indicó, señalando el puerto donde ya los empleados se afanaban en dejarlo listo—. Vendrán muchos amigos y espero que pueda encargarse de la seguridad. Es más, sé que es su día libre, pero preferiría que acudiese usted mismo.
El hombre lo miró unos segundos sin saber qué responder. Era la primera vez que le pedía que trabajara en sus horas libres y, sobre todo, que lo hiciera en su barco particular, aunque supuso que a la fiesta acudiría gente influyente y que le podría ayudar en su investigación.
Por unos segundos estuvo a punto de decirle que en esas fechas se ausentaría por problemas personales, pero optó por esperar. Cuanto menos conociera sus planes, menos problemas habría.
—No se preocupe, allí estaré —le aseguró, convencido de no cumplir su palabra.
—Quiero que todo salga perfecto. Téngame al corriente de cómo están dejando el pub y que no se duerma nadie. Hay que abrir en la fecha prevista salga el sol por donde salga.
—De acuerdo.
Alberto optó por tampoco contarle lo de la pelea que provocaron los clientes la noche anterior. Llegó a la conclusión de que esa estupidez, lejos de informarle, le produciría indiferencia, porque esas pequeñeces no le importaban lo más mínimo.
Jean-Pierre dio por finalizada la conversación tendiéndole la mano y dejando al cargo de su empleado cualquier imprevisto que surgiera.
Alberto salió de la oficina, y más tarde del edificio, agradeciendo que su jefe no tuviera ninguna queja de su trabajo, porque no estaba seguro de cuál sería su reacción si le alzaba la voz o le recriminaba algo.
No quería perder los papeles con él, había mucho en juego, tanto como la vida de su pequeño.
Él tenía mucha experiencia con tipos como aquel. En los años pasados en la comisaría y luego en el cuerpo especial, donde prestó servicios, se había tropezado con delincuentes de ese calibre, pero seguía sin entrarle en la cabeza cómo hombres tan inteligentes se metían en ese mundo y no aprovechaban el bien con que les había dotado la naturaleza para sacarle partido de una forma legal a su infinita sabiduría.
Suponía que esa clase de personas llevaban el delito mezclado en su torrente sanguíneo. Podría decirse que formaba parte de la chispa de sus vidas. Cometer delitos sin ser descubiertos era su reto en definitiva y llevaban esas ideas hasta sus últimas consecuencias.
De repente recordó a Susana y se reprochó haberla metido en sus planes y hasta cierto punto se preguntó si valía la pena correr ese riesgo, o si tal vez no sería más fácil encontrar solo a su nieto.
III
—¿Qué sucede? —le preguntó Marcos alarmado. Sara Almonte permanecía con el teléfono en las manos y muy pálida—. ¡Por Dios, Sara! ¡Dime qué ha pasado!
Pero ella continuaba sin poder reaccionar, con los ojos llenos de lágrimas y su pensamiento retrocediendo en el tiempo, algunos años atrás, cuando comenzó toda aquella maldita historia, cuando descubrieron por casualidad que el amado marido de Silvia y padre de sus dos hijas llevaba una vida doble compartiendo apartamento con otra mujer, y de inmediato pidió el divorcio.
Habían ocurrido tantas desgracias desde entonces, sus vidas iban de tropiezo en tropiezo… Aún no se reponían de un disgusto, cuando ya se avecinaba otro.
—¿Qué sucede? —insistió el hombre intentando controlarse.
—Es Marta —se llenó los pulmones de aire porque la rabia y la impotencia casi le impedían respirar—. Está en el hospital —consiguió decir al fin, abrazando a su marido muy fuerte, intentando reponerse una vez más de otro de los disgustos a los que ya les tenía acostumbrados su sobrina.
—¿Es grave?
Marcos Gutiérrez continuaba sujetándola. La llevó hasta el sofá y se sentaron para que pudiera serenarse.
—No lo sé. La encontraron anoche tirada en la calle, semidesnuda, drogada o borracha, ¡qué sé yo! —De nuevo la abrazó, preguntándose dónde estaba el final de aquella dichosa historia.
—Cálmate. Nada conseguirás con ponerte de esta manera, así no la vas a poder ayudar —sentenció indignado.
—¡Cómo quieres que me calme! Sabes perfectamente que la quiero, que deseo hacerla cambiar de parecer, pero no me deja.
—Ya se dará cuenta del mal que se está ocasionando —repuso sin mucho convencimiento Marcos, conocedor de los precarios últimos años de la vida de las mujeres.
—¿Y si se da cuenta cuando ya sea demasiado tarde? ¿Y si pasa una tragedia?
Tenía los nervios destrozados, ya ni llorar la consolaba, el tema de su sobrina se le había escapado de las manos. La fatalidad estaba presente y poca esperanza le quedaba de un desenlace favorable.
Marcos Gutiérrez siempre la apoyaba. Desde que la conoció unos años atrás, ya para entonces las chicas estaban en Ronda con el padre, y su hermana Silvia, destrozada al no tenerlas, implicó a toda la familia, que se sentía incapaz de ayudarla.
Él fue un alivio en su sobresaltada vida. Lo conoció un día tranquilo, se lo presentaron unos amigos en plena calle, posteriormente coincidieron en varias cenas y decidieron empezar una relación porque consideraron que tenían muchas cosas en común.
Se entendían a la perfección, resultaban un complemento ideal uno para otro. Lo único que no llevaban tan bien era el tema referente al número de hijos que tendrían: Sara con uno se daba por satisfecha, en cambio, él no veía su futuro sin dos chiquillos dándole la tabarra. Creía que un hermano debe crecer en compañía de otro en quien apoyarse. No acababa de comprender que no importaba el número, sino la educación, porque muchos padres habían olvidado que esa misión se la encomendaron exclusivamente a ellos.
Su sobrina Marta siempre fue una niña problemática y rebelde. Cuando se le intentaba ayudar, ella lo rechazaba con absoluta indiferencia. Había tanto odio en su interior que le impedía ser feliz y disfrutar de la vida. Solo pretendía acabar lo más bajo posible, destruirse y luego, si la dejaban, descansar en paz.
—Vístete, iremos a verla —sugirió Marcos acariciando levemente su mejilla, intentando ser lo más paciente que su indignación le dejaba.
—Sí. Será lo mejor. —Se alejó en dirección a la habitación, pero se detuvo en el rellano—. Deberíamos llamar a Silvia; a pesar de todo, sigue siendo su madre.
—Tranquila, yo lo haré.
Ella respiró hondo. Sabía muy bien cuál sería la reacción de su hermana. Marta había muerto para ella el día que se marchó a vivir con su padre, cuando aún contaba con pocos años para darse cuenta de la faena que les estaba jugando el progenitor, aprovechándose de la situación.
Intentó obligarla a cambiar de actitud, pero solo consiguió silencio e indiferencia. Para su hermana, Marta dejó de existir aquel desdichado día. Lo que le había hecho lo consideraba demasiado agravio como para perdonarla.
Entendía que se sintiera traicionada y humillada por la sangre de su sangre, pero con esa edad y una malcriadez que ponía de mal humor a cualquiera, no se podía esperar otra cosa.
Tanto ella como su esposo fueron consentidores de casi todo, y un buen día el pequeño mundo infantil de la criatura se desmoronó. Ya no quedaba un dulce hogar, unos consentidores padres, una familia en quien apoyarse.
Todo eso dio paso a un sinfín de acusaciones, insultos y amenazas. De la noche a la mañana se encontró sola y, sobre todo, vacía. ¿Cómo pretendía su hermana acusar a Marta de su actuación? Era consciente de que nada ni nadie la iba a hacer cambiar de opinión con respecto a la muchacha.
La generación de su sobrina vivía inmersa en un mundo que les dedicaba poco tiempo. Por desgracia, los jóvenes echaban de menos esos momentos que sus padres no tenían. Se encerraban en su mundo y de pequeñas decepciones hacían un castillo porque nadie se preocupó de enseñarles a enfrentar los problemas con valentía, con coraje, tal y como lo habían hecho con ellos en su día.
Todo lo achacaban a las complicaciones de la vida, a la falta de tiempo, y cuando ya no había ninguna salida, acudían a la evasión perfecta, las drogas.
Menudo legado pretendía dejarle a su futuro hijo, pensó amargamente Sara, terminándose de vestir.
Cuando hablaban de ello, siempre les asustaba la idea de tener hijos conflictivos como Marta. Al analizar la situación, buscaban la raíz, llegando al mal entendimiento de los padres como causa fundamental del conflicto. Ante esa realidad, solo les quedaba la esperanza de comportarse de una forma coherente cuando llegara el momento y no cruzar esos extremos.
Tal vez Marta no supo enfrentarse a su vida crudamente. Tal vez todos le fallaron y tal vez ella se viera impotente sin saber cómo seguir adelante, sin disponer de ningún referente que le marcara las pautas correctas. Tenía que encontrar el modo de abrirle los ojos. Se lo debía.
Estaba convencida de que todos le dieron la espalda, ella la primera por no saber retenerla cuando le planteó que se marchaba a vivir con unas amigas. Si por aquel entonces hubiera sabido impedírselo, ahora estaría en su casa, con su familia, y no en una cama de hospital.
Durante el trayecto no hablaron. Marcos respetaba el silencio impuesto por su esposa, no quería interrumpir sus pensamientos, tampoco tenía necesidad de preguntar nada, podía adivinarlo.
Al llegar a la sala de espera vieron a Adriana Ribas y a su padrastro, Carlos Barrera, muy afectado por la noticia. La joven fue al encuentro de su tía diciendo palabras incoherentes.
—¡Bueno! ¡Bueno! Tu hermana se va a poner bien —sonrió al comprobar que repetía lo que momentos antes le dijera su marido.
Eran hermanas, pero resultaban tan diferentes. Marta, idéntica a su padre en todo; sin embargo, Adriana había heredado una mezcla equilibrada de los dos, nunca dio excesivos problemas, creció como todos los niños y si en algo le afectó la separación de sus padres, muy pronto lo superó.
Adriana Ribas vivió con su madre hasta fechas recientes, que se había independizado para compartir piso con Justin, su novio inglés. Era feliz mientras su hermana no se metiera en problemas, ya que todo lo relativo a ella le afectaba mucho.
Nunca se entendieron, pero se adoraban demasiado para pasar un solo minuto enfadadas. La complicidad de los primeros años dio paso al enfrentamiento de la adolescencia, para volver al inmenso amor de la madurez, que rompía cualquier barrera entre ellas.
—Tía, cuéntame exactamente lo que pasó —le rogó cuando se sintió con ánimos de saber la locura que Marta Ribas había cometido.
—No lo sé. La encontraron tirada en la calle, probablemente se emborrachó y se cayó en una esquina. La policía la trajo aquí y me avisaron. Eso es todo, lo mismo de siempre con ella.
—¿Hasta cuándo durará esto? ¿Cuándo la perdonará? Así no podemos seguir. —La indignación de la joven se palpaba.
—Ya conoces a tu madre. Jamás cederá, su orgullo es más poderoso que el amor que le profesa a su hija.
Estaban de acuerdo en eso. En ningún momento hubieran imaginado que llevara hasta sus últimas consecuencias la afirmación de que renegaba de su hija, para ella había muerto. De su anterior matrimonio solo reconocía a Adriana, y que nadie se atreviera a decirle lo contrario.
El tiempo, más que ablandarle el corazón, se lo convirtió en una implacable piedra muy difícil de resquebrajar.
—¿Silvia no quiso venir? —le preguntó Sara Almonte a su cuñado. Carlos negó con la cabeza y la mujer no necesitó saber más. Su expresión hablaba por él.
Hacía varios años que era el hombro donde terminaba desahogándose Silvia Almonte cuando llegaba a casa y la veía perdida en su mundo de tinieblas, desesperada porque en el fondo cada vez tenía más presente la cuenta pendiente con su hija y lo peor de todo era que no lo quería reconocer. Prefería consumirse en su soledad y su agonía que dar marcha atrás y poner fin a su sufrimiento sin sentido.
Pasados unos minutos se unió al grupo Susana Almonte, que también mostraba en el rostro preocupación por Marta. Después de saludarse, todos se dirigieron a la sala de espera, conscientes de que tardarían un largo rato en informarles del estado en que se encontraba la joven, permaneciendo en silencio, cada uno con sus cavilaciones en torno a la muchacha.
Después de hablar con Jean-Pierre Coll, Berto se encaminó a los hoteles propiedad de la empresa para comprobar que su personal estaba en sus respectivos lugares de trabajo y sobre todo que no tenían novedad. Alrededor de las doce acababa su jornada de mañana y hasta las ocho no empezaba la nocturna.
Por suerte, disponía de un buen equipo de profesionales conocedores de las normas de la empresa, que muy sabiamente su antecesor en el cargo se había propuesto inculcarles y que las cumplían a la perfección, evitándole estar todo el tiempo sobre de ellos recordándoselas.
Los hoteles daban poco trabajo, el quebradero de cabeza se lo producían los locales nocturnos. En los últimos días se había desmadrado de tal forma que le obligó a buscar más personal para controlar la jauría humana que se acercaba a los pubs en busca de diversión y también de problemas.
Llegó al primer establecimiento y, como supuso, en su puesto encontró al vigilante sin novedad. El hotel acababa de ser reformado y todos estaban de acuerdo en que valió la pena el dineral que se había invertido en la restauración.
El cambio fue radical. Lo único que conservaron fue la estructura, porque nada, desde la primera hasta la última planta, hacía recordar al antiguo recinto. En el hall colocaron obras de pintores franceses de principio de siglo muy valiosas, por lo tanto, siempre tenían a dos hombres por los alrededores. Jean-Pierre no escatimó en gastos porque, como siempre, quería rodearse de lo mejor.
A esas horas, la tranquilidad era absoluta. Los niños disfrutaban en la piscina, los mayores reposaban bajo las palmeras y, lógicamente, la juventud reponía fuerzas para estar preparados al anochecer.
«Sociedad de vampiros», los llamaba Kabir. Evitaban salir de día, guardando toda su entereza para la noche. Su único objetivo consistía en divertirse a costa de lo que fuera. Todo resultaba válido: peleas, enfrentamientos peligrosos, destruir el mobiliario…, con tal de que su diversión, mal interpretada, llegara al cien por cien.
El alcohol en sus venas se convertía en fuego que los hacía personas fuera de control y muy agresivas. Luego, una vez en su tierra, volverían a ser normales, ocupando sus puestos de trabajo, donde tendrían un comportamiento ejemplar y respetarían al prójimo, dispuestos a ahorrar como bellacos para repetir la hazaña lo antes posible.
El concepto de diversión en la actualidad consistía en alcohol, violencia, droga, baile y sexo. Eso buscaban en los ambientes nocturnos y eso encontraban.
Cada vez más jóvenes se echaban a la calle noche tras noche viviendo al límite sin importarles otra cosa que tener una copa en las manos y los bolsillos llenos de sustancias altamente nocivas para el cuerpo y la mente.
En muchas ocasiones los chicos les decían que la vida debía vivirse a tope, muy deprisa, porque mañana no sabían dónde iban a estar. Cuando llegaban a ese extremo, los miraba con pena y murmuraba: «Pobres idiotas, con esos pensamientos no llegarán muy lejos».
La frase de moda «son cosas de la edad» le revolvía las tripas, porque por mucho que intentara entenderlo, le parecía estúpida la actitud desmadrada que tenían algunos jóvenes, aunque muchas veces se decía que más que los chicos, los padres estaban detrás de esos comportamientos tan desbordantes, al llegar al límite de su paciencia y permitir que se tomaran todo a la ligera.
No se preocupaban de sus hijos y dejaban que la sociedad o la propia calle los educaran y así no se podía contener a unos muchachos faltos de comprensión que no buscaban el dinero de sus padres, sino algo más valioso, que permanecieran un rato con ellos. Dedicarles tiempo para simplemente saber cómo les iba tratando la vida, para impedir que salieran a la calle con una violencia desmesurada, dispuestos a descargarla ante el primer inocente que simplemente les mirase.
«Un mundo con una juventud en esas condiciones no llega muy lejos», solían comentar en el cuerpo cuando hablaban del asunto. Tenía claro que los que consiguieran sobrepasar los veinte intactos y sin muchos complejos mentales, enfrentarían la vida normal como adultos.
Después de comprobar que todo permanecía en orden, se acercó a la recepción, extrañado de no encontrar a la chica nueva que debía empezar ese día.
Jean-Pierre se había esmerado especialmente en ese rincón del hotel, decía que la entrada de una casa es lo principal y si el amigo que te visita disfruta de un espectáculo divino nada más le abras la puerta, ¿por qué no hacer lo mismo en su gran hall?
Aparte de las valiosas pinturas, mandó fabricar cada mueble con un diseño especial. En todos los rincones se podía encontrar una pieza única, las cortinas, las alfombras, las lámparas, las columnas, los llaveros diseñados por un importante escultor, incluso la fuente del centro, fueron traídas de Francia.
Todos conocían las excentricidades de Jean-Pierre Coll y por eso le admiraban. Muchos turistas que visitaban su casa, como le gustaba llamar a sus hoteles, lo hacían por el gusto de alojarse en uno de los complejos más caros e impresionantes jamás construido sin importarles pagar una pequeña fortuna por noche con tal de tener el honor de disfrutar de todas sus maravillas.
—Buenos días, Rosy, ¿qué haces aquí? —La joven levantó la cabeza y respiró hondo, ya que tenía delante de ella a su último amor secreto, con sus pantalones de pinzas y su camisa azul que lo convertían en todo un caballero.
Bebía los vientos por él desde el primer día que lo vio aparecer por allí, presentándose como el nuevo jefe de seguridad de la empresa. Tenía algo especial en la mirada que le volvió loca.
—Ya ves. A la nueva la mandaron para las oficinas de repente y avisaron a la que nunca se niega a trabajar y nunca tiene otra cosa mejor que hacer que trabajar —recalcó con una sugerente sonrisa.
—Qué faena, ¿no?
Alberto Sárate se daba perfecta cuenta de que Rosy coqueteaba con él descaradamente cada vez que tenía la oportunidad de tenerlo cerca, y le divertía. En ningún momento dejó de bromear con ella por eso, suponía que cualquier día la joven se daría cuenta de que no estaban hechos el uno para el otro. Era cuestión de tiempo, nada más.
—Y tanto —refunfuñó la recepcionista—, se están pasando. Llevo sin librar diez días, el cuerpo me va a pasar factura de un momento a otro. Si le salto a la yugular a algún buen cliente, luego no me vengan a pedir responsabilidades —rio por la mueca que acababa de hacer Berto—. Tú que estás al lado del gran jefe deberías decirle que somos seres humanos y necesitamos descansar un poco.
La joven llevaba algunos años en esa empresa. Le gustaba lo que hacía, pero empezaba a estar harta de la escasez de personal que padecían últimamente y que siempre recayera sobre sus espaldas la reorganización del servicio.
—No te quejes tanto, que anoche me dieron las cinco y yo lidiando con las fieras sin conseguir meterlas a camino —le comentó su compañero mientras terminaba de repasar los documentos que le había entregado Rosy en un sobre.
—Ya me enteré de la que se armó. Esto no es lo que era —afirmó con nostalgia—, se está desbordando de mala manera.
—Sí, gracias que nunca son los mismos. Se dan cuatro hostias, los llevas al hospital hasta que se van a su país y encima te acusan de incompetente si son ellos los que empiezan el cotarro. —Berto se rascó la mejilla, recordando que de puro milagro ahora la tenía sana y no con un moratón.
Usaba su regla de oro: si la pelea estaba en pleno auge, esperaba a que se dieran unos golpecillos más. Cuando las fuerzas comenzaban a flojear, los agarraba por detrás y a empujones los sacaba del local y rara vez necesitaba llamar a una ambulancia porque no terminaba de llegar la sangre al río. Apreciaba mucho su integridad física como para meterse por medio y conseguir un puñetazo dirigido a otro.
—La verdad, no sé cómo aguantas —comentó Rosy.
—Qué remedio. Por mí, los dejaba que se matasen entre ellos y cuando ya no tuvieran aliento los metía en el primer avión rumbo a casa y prohibida la entrada en la isla mientras no maduraran, pero el dinero que dejan es importante para nuestra economía. Obrar así es mala imagen y eso no interesa a nadie.
—Estos pensamientos no se los cuentas al jefe, ¿verdad? —le murmuró su compañera susurrando ante la proximidad de clientes—. Tengo que ir un día de marcha contigo, seguro que nadie me molesta —se atrevió a insinuarle sin pensarlo dos veces.
—Cuando quieras. Avísame, que seré tu guardaespaldas —rieron mientras Berto ponía rumbo al garaje bajo la atenta mirada de la joven, que hacía inmensos esfuerzos para concentrarse en lo que el cliente le pedía.
El resto de los hoteles estaban separados unos de otros y necesitaba ir en coche. Antes de llegar, el teléfono móvil sonó, y le indicaron desde la recepción que un señor quería verlo, y sin darle muchas vueltas al asunto volvió sobre sus pasos.
—Rosy, te has empeñado en no dejarme marchar hoy, ¿eh? —le guiñó un ojo y ella le indicó dónde estaba el hombre sentado.
A medida que se acercaba, aquella silueta le resultaba más familiar, pero no consiguió identificarlo hasta llegar prácticamente a su altura.
—Buenos días. —Berto se sorprendió de encontrar al comisario Darío Meléndez frente a él—. ¡Darío, qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?
De repente viejos recuerdos afloraron en su interior. El hombre que tenía delante, su viejo compañero de penas en el departamento y, sobre todo, amigo, que tanto le había ayudado en sus comienzos, lo miraba fijamente sin creer que estuviera en aquel lugar, como le habían informado el día anterior el superior de Berto antes de subirse en un avión rumbo a Tenerife.
—¡Puñetero!, cuánto tiempo sin verte. —Se abrazaron con fuerza—. ¿Dónde te has metido estos meses? Ya me tenías preocupado. ¿Y Tere y los chicos? —Ante la pregunta de su viejo amigo, Berto cambió de expresión.
Durante el tiempo que llevaba en la isla había hablado muy poco con ella, solo para decirle cómo iba avanzando la investigación, que prácticamente se encontraba en el mismo punto.
—Me imagino que sigue bien en Madrid. —Darío lo miró y cabeceó—. Lo nuestro acabó, ya lo sabes.
—Sí, pero confiaba en que lo arreglaríais.
—Lo intentamos por los chicos, pero no hubo forma. Nos separaba un abismo insalvable o, por lo menos, eso pensábamos. Los chicos están bien, con sus vidas, como siempre —se limitó a decirle sin mucho entusiasmo.
—Entiendo. —El comisario no insistió porque desde hacía tiempo lo veía venir. Ese matrimonio estaba terminado y no había más que hablar—. ¿Cómo es eso que abandonaste el cuerpo? No me lo creo, ¿pediste excedencia?
—Sí, quería alejarme de la urbe y regresar al principio de mi vida, a ver si por aquí consigo encauzarla —rio Sárate, no muy convencido.
—¡Qué locura has cometido, chico! Tirar por la borda tus años de experiencia. No me lo puedo creer —seguía diciéndole Darío moviendo la cabeza de un lado a otro—. Y encima en esta empresa. ¿No conseguiste algo mejor?
El inspector jefe Alberto Sárate lo miró con curiosidad. Si su amigo le hablaba así, era porque también se traía algo entre manos. Arqueó una ceja, dispuesto a averiguar qué pasaba allí, sin intención de contar nada de sus planes y poner en peligro al pequeño Didier.
—¿Por qué lo dices? Es un empresario como otro cualquiera del lugar. No me asustes —le rogó el inspector jefe Sárate—, porque cada vez que me dices algo, sale cierto.
A veces le insinuaba que se pusiera una bata y se dedicara a leer el futuro. Nunca se equivocaba cuando se empecinaba en algún tema.
—Ojalá tengas razón.
El comisario Darío Meléndez no podía informarle de la investigación que la Interpol llevaba a cabo contra los hermanos Coll, tanto en Tenerife como en Madagascar, desde hacía algunos meses, por mucho que le doliera la suerte que corriera su amigo.
Cuando fue al departamento en su busca para pedirle ayuda en ese caso tan importante se le hundió el mundo bajo sus pies al saber la realidad actual de Berto. Ahora que lo tenía delante, más le costaba creer que había abandonado el cuerpo y trabajaba para uno de los hombres más corruptos que tenía entre ceja y ceja la policía en los últimos tiempos. Lo único que podía hacer era recomendarle que saliera corriendo mientras pudiera.
—Cuéntame, ¿qué pasa? —le pidió Berto sospechando que el comisario actuaba así porque había algo muy gordo.
—¿Cuánto llevas en este cargo?
—Pocos días.
Berto intentó ser lo más sincero que pudiera. Bajo ningún concepto le interesaba que Darío lo cogiera en algún error, más que nada porque tampoco conocía qué iba a hacer su antiguo compañero.
—Ándate con cuidado. Esto va a estallar en mil pedazos en menos que canta un gallo —le advirtió muy serio—, hay una investigación en marcha, ya sabes. Te digo esto para que te busques otro trabajo y dejes este de inmediato. No sé si podremos protegerte luego, y por descontado que cuento con tu absoluta discreción.
Darío lo miró profundamente, tratando que su famoso sexto sentido le diera alguna información más que su excompañero se negaba a hacer.
—Nunca he visto nada raro —mintió Berto desviando la mirada, intuyendo lo que pretendía el comisario—, solo sé que tiene cuatro hoteles y cinco pubs. Por la noche últimamente hay movidas raras, pero es normal entre tanto turista joven. Todo su personal parece legal, incluso él no actúa de forma especial. No puedo decirte más.
—Ojalá tengas razón. —Los dos llegaron a la conclusión de que en ese momento sus olfatos de policía no estaban activados y que el otro no soltaría prenda, por lo que decidieron dejar la conversación para más adelante.
—Ana los echa mucho de menos —cambió de tema al entender que nada iba a conseguir de Berto.
—Cuando hable con Tere se lo comentaré por si quiere ir a verla. Yo estaré aquí una temporada, por el momento no tengo pensado regresar a Madrid. Si aquí no me acabo de adaptar, me voy a La Gomera a ayudar a mis padres con las casitas rurales, ya sabes que están mayores y mi hermana no está por la labor de hacerse cargo del negocio familiar. —Darío lo volvió a mirar muy sorprendido.
—Chico, a ti te han cambiado. ¿Regresar a La Gomera? A ti te han cambiado —volvió a insistir cabeceando—. Ve con cuidado, compañero, y si ves algo que te llame la atención sal pitando a La Gomera o a donde te dé la gana, pero aléjate de Coll, su imperio hace agua por todas partes, ¿entiendes?
—Lo tendré en cuenta, viejo amigo —Darío se alejó rumbo a los aparcamientos después de darle un fuerte abrazo.
De nuevo se volvieron a abrir en Berto las dudas y las preguntas que se hacía sobre Coll. Le costaba creer que un tipo con su inteligencia y recursos se jugara su futuro prometedor por verse envuelto en el tráfico de drogas si realmente no lo necesitaba.
Desde la lejanía de unas oficinas en Madrid lo vio todo muy claro, pero ahora que lo tenía a su alcance le costaba creer todos los rumores que se contaban de él en las redes de narcotraficantes y de qué manera había hilado la tela de araña para nunca dejar pruebas claras en sus andares por ese mundo.
Era de suponer que había muchos intereses por medio, pocas operaciones muy certeras y con mucho dinero de fondo, como si esa fuera su afición preferida para dedicarle alguna que otra semana al año y listo.
Cualquier forma que llevara su negocio clandestino, Alberto Sárate intuía que el final de esa aventura, para los hermanos Coll, tenía los días contados.
Fuera como fuese, la inesperada visita de su viejo compañero lo dejó muy nervioso, y con intención de recabar información se encaminó a un lugar más tranquilo para llamar a la Central y que el Capitán le sacara de dudas, porque ya no sabía a qué atenerse.
IV
—¿Susana, ya tienes tu viaje preparado? —le preguntó su cuñado Marcos para intentar calmar un poco a las tres mujeres.
—Sí, pero a ver qué nos dice el médico. Si lo tengo que suspender, lo haré. No me puedo marchar sin saber que esta pequeña delincuente está bien.
—No te preocupes, tía. Marta no va a ser siempre el centro de nuestras vidas —comenzó diciendo Adriana—. Sabes que daría la vida por mi hermana, pero empiezo a estar harta de su egoísmo. Ella nos exige a nosotros comprensión y es ella la que pasa un kilo de todo. Le hemos ofrecido nuestras casas, nuestra ayuda y mira cómo nos paga. —La muchacha comenzó a llorar y Susana la abrazó muy fuerte sabiendo perfectamente que, como siempre, tenía razón.
—No te preocupes, esta vez lo conseguiremos. Nosotros la sacaremos de ese odioso mundo donde se empeña en caer una y otra vez —aseguró Susana, no muy convencida de lo que decía.
—Lo dudo. No entra en razón. ¿Qué pretende? —Vieron que se acercaba un facultativo y prestaron atención a ver a quién se dirigía.
—La familia de Marta. —Los cinco se acercaron—. Soy el doctor Huertas, acompáñenme, por favor.
Expectantes, lo siguieron hasta una pequeña salita anexa, reservada para la intimidad que requería el momento.
—¿Es usted la madre de Marta? —le preguntó a Sara, quien negó con la cabeza, sintiéndose un poco incómoda.
—No, somos sus tías y su hermana. La madre está indispuesta y no ha podido venir —mintió, muy a su pesar.
—Bien. Marta está despierta y no ha manifestado que no debiéramos dar información de su estado. Usted es Sara entonces, quien ella mandó a avisar, ¿verdad? —La mujer afirmó mientras el médico se tomaba unos segundos para organizar mejor el mensaje que quería transmitirles.
—De acuerdo. La paciente se encuentra estable, dentro de su estado. Ingresó intoxicada al ingerir alta cantidad de bebidas alcohólicas mezcladas con drogas de dudosa procedencia. Mi consejo como médico es que la lleven a un centro de desintoxicación. —Hizo una pausa para darles tiempo a asimilar sus palabras—. Nosotros podremos hacer muy poco después de unas horas más. —Los observó con atención y luego les mostró una tarjeta—. Aquí tienen esta dirección. Yo les recomiendo que la lleven allí, porque quizá la próxima vez nadie la va a poder ayudar y acabará muy mal, se lo aseguro.
—Muchas gracias. —Sara cogió la tarjeta—. Espero que recapacite y nos escuche. Es la rebeldía personificada. —La mujer hacía grandes esfuerzos para no derrumbarse.
El médico, como siempre que tenía una familia en frente con problemas de jóvenes con la droga, sentía mucha lástima. En los últimos tiempos, el número de pacientes en esa misma situación se había disparado. Se le encogía el corazón al pensar que cualquier familia, sin importar la clase social, se podía ver involucrada. Las drogas estaban en la calle, al alcance de la curiosidad de los jóvenes y, peor aún, de los niños.
Como profesional, se sentía impotente porque era exclusivamente decisión de los jóvenes salir de ese mundo o no y por lo poco que sabía de esta muchacha, se repetía el mismo patrón una y otra vez. Hijos rebeldes con problemas difíciles de resolver para ellos y la única salida que ven ante sus narices es la evasión con las drogas.
Durante la conversación que había intentado mantener con Marta anteriormente, sintió impotencia con su arrogante comportamiento. Solo cuando le dijo que debía hacer un informe para pasarlo a la policía, consiguió que se abriera y comenzara a explicarle lo que había pasado y su historia no era diferente a la de otros jóvenes encandilados por la noche, unas cuantas frases bonitas, unos billetes en el bolso y una cantidad de droga por las venas que anulaban sus sentidos.
Por más que se encontrara con casos como el de ella, demasiado a menudo, le seguía sorprendiendo la actitud de los jóvenes frente a las consecuencias de sus actos.
¿Cómo con sus escasos años podían estar de vuelta y media con el mundo que los rodeaba? Tenían unas familias detrás que intentaban, por todos los medios, sacarlos del atolladero donde se habían metido, pero por ambas partes no conseguían descubrir el camino de retorno.
El doctor se despidió dándoles ánimos, insistiendo en que necesitaba ayuda urgente y precisa, cosa que ellos no ignoraban, pero de momento se limitaron a dirigirse a la habitación, donde encontraron a Marta postrada, tan delgada, tan pálida, tan poquita cosa, que solo destacaban los aparatos y el suero que tenía alrededor.
Permanecieron mirándola unos segundos, preguntándose cómo podrían ayudar a alguien en contra de su voluntad.
Muchas veces le habían suplicado que cambiara, pero no accedía a nada, miraba a su interlocutor, decía que todo estaba bien, que no había razón para preocuparse y, sobre todo, que la dejaran en paz.
Un buen día se cansó de oír sermones y se marchó.
Hacía pocos meses que vivía con unas chicas en un apartamento del centro de la ciudad y ya empezaban a verse los resultados. No había que ser muy listo para darse cuenta de que estaba a punto de tocar fondo. Su vida se le había escapado de las manos, ya no tenía ningún control.
Estaba dispuesta a llegar hasta el final sin importarle nada, aunque ese final fuera la muerte.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Sara apoyada en la puerta.
Cuando oyó su voz, Marta Ribas abrió los ojos y al ver las caras de sus familiares los volvió a cerrar. Aún no le apetecía enfrentarse a ellos.
—No lo sé. Ojalá cambie de opinión y vuelva a casa conmigo. —Adriana se había aferrado a la mano de su hermana para impedir con todas sus fuerzas dejarla marchar.
—No te preocupes tanto —le susurró Susana abrazándola—. Entre todos la convenceremos para que se quede en casa con nosotros, aunque tengamos que amarrarla a la pata de la cama.
Marta empezó a mover la cabeza para hacerse notar y que dejaran de hablar de ella como si se tratara de un personaje lejano y ausente.
Susana se dirigió al gran ventanal desde donde se veía la ciudad. El tráfico como siempre era insoportable, agravado por las obras que nunca terminaban, preguntándose por qué siempre las hacían todas a la vez. Cosas del alcalde, como solían decir los vecinos muy convencidos ante tanta eventualidad.
De repente le vino a la mente Berto y el viaje. Su sobrina no estaba tan mal después de todo. El alta se la darían en pocas horas, a lo mejor cuando se le acabara el suero, que ya iba por la mitad.
Como les dijera el médico, en urgencias no podían hacer más por ella. Necesitaba un centro, un psicólogo y una hoja de ruta a seguir. La familia haría lo que estuviera en su mano, pero era ella misma la que tendría que decir basta, y por mucho que anulara el viaje tuvo la impresión de que no valdría para nada.
Estaba decidida a quedarse todo el tiempo que fuera necesario con su sobrina hasta que le prometiera que esos primeros días los pasaría en casa de su hermana, supervisada por su tía, mientras ella regresaba. A la vuelta, ya se ocuparía de obligarla a vivir en su casa por mucho que se negara a entrar en razón.
Ya los juegos se habían acabado, ahora debían tomar decisiones y poner en marcha actuaciones que de una vez por todas pusieran a Marta en el camino correcto por donde dirigir su vida.
—Dejad de cuchichear. Me aburrís. —Marta se incorporó en la cama un poco, dispuesta a mandarlos a todos a trabajar y que la dejaran en paz—. ¿No tenéis obligaciones?, ¿os han despedido a todos? —sonrió con picardía pese a su situación.
—Ya veo que no estás tan mal, hermanita. —Adriana la besó en la mejilla y se apartó para que el resto la saludara—. Te diré que de aquí no me pienso marchar sin ti. Te vienes a mi casa.
—¡Dios, Adriana! No me agobies. Si me quieres ayudar, me puedes acercar a la mía. Eso sí te lo agradecería. —Todos se miraron y cabecearon indignados porque volvía al punto de inicio.
—En una cosa sí le doy la razón a Marta, hay que ir a trabajar. Chicos, ya podéis marchaos. Yo estoy de vacaciones, me quedaré aquí y los mantendré informados —llegaron a la conclusión de que Susana tenía razón.
—Precisamente hoy no estoy en condiciones de faltar al trabajo. Si le dan el alta, la llevas a casa y allí nos vemos por la tarde. —Marta los miraba sin entender a qué se refería su hermana.
—En estas semanas me he perdido cosas, ¿no? —le preguntó mirándola muy triste y algo aturdida aún.
—Sí, llevas perdiéndote cosas una larga temporada, hermanita, pero te juro por lo que más quieras que eso pasó a la historia; o te dejas ayudar, o yo misma te mando para el otro barrio —la amenazó con un dedo en alto.
—Tampoco te pongas chulita, que soy mayor de edad y nadie me da órdenes. —Las dos empezaban a subir el tono y fue Susana, como siempre, quien tuvo que poner orden entre ellas.
—Todo el mundo fuera —pidió—. No os preocupéis, yo me quedo hasta que le den el alta. Tenemos mucho de que hablar —comentó mientras con la vista buscaba una silla donde ponerse cómoda, cuando el móvil la sobresaltó.
Al comprobar que era Berto dudó entre cogerlo o no, pero fue Marta quien le aconsejó que por ella no perdiera la llamada, agradeciendo en el fondo que la dejara tranquila un rato para tratar de planear una estrategia que la sacara del atolladero en el que se había metido otra vez.
La mujer salió de la habitación y respiró hondo antes de enfrentarse a la persona que estaba al otro lado del teléfono.
—¿Susana? —Su interlocutor se quedó un instante esperando oírla porque la cobertura telefónica era poca.
—¿Me oyes? —respondió acercándose a la ventana para encontrar algo de señal.
—Sí, ya te oigo. ¿Te cojo en mal momento? —preguntó Berto encantado de haberla encontrado.
—No te preocupes, siempre anda una liada. ¿Tienes todo listo? —quiso saber su interlocutora muy sorprendida de escuchar su voz.
En las últimas horas había pensado en la nueva situación que se presentaba en su vida, y si bien no quiso darle más importancia de la que tenía, lo cierto era que estaba algo intranquila.
—Creo que sí. Me falta alguna cosa que organizar en el trabajo, pero nada importante. Estoy deseando irme ya —respondió muy seguro.
Parecía que las horas no pasaban y estaba desesperado por tener alguna noticia del pequeño, confiando en que en Madagascar encontraría pistas fiables de su paradero.
—Pues nos vemos entonces en el aeropuerto, como habíamos quedado —agregó Susana sin ser capaz de decirle nada más por mucho que buscó en su cerebro, bloqueada como seguía.
—Sí. —El policía no sabía si comentar o no su primer encuentro porque deseaba seguir hablando con ella y en ese momento no se le ocurrió otro tema de conversación—. No sé qué impresión te llevaste cuando nos conocimos. A lo mejor no supe expresarme bien. Si fue así, te pido mil disculpas. No estoy acostumbrado a estos menesteres que a veces la vida le pone a uno.
—Yo también estuve un poco seca. Lo cierto es que era una situación rara para ambos. Tenemos quince días por delante para aclararlo, si es que hubo algún malentendido, que no creo —lo tranquilizó Susana, consciente de que por ambas partes estaban a la expectativa de qué les iba a deparar la relación que habían iniciado inesperadamente.
—Tienes razón, hay tiempo suficiente. —Berto respiró hondo, satisfecho con la pequeña conversación mantenida.
—Vale, entonces. Que tengas buen día —le deseó la mujer volviendo a la realidad del hospital.
—Tú también.
Susana se quedó un instante apoyada en la pared esperando a que su cuerpo reaccionara a la conversación que había mantenido con Berto, pero no conseguía encaminar sus pasos hacia la habitación de su sobrina.
No entendía lo que le estaba sucediendo ni conseguía explicarse el bloqueo que ahora mismo estaba sufriendo. Respiró hondo y se obligó a andar, agradeciendo para sus adentros cuando se vio al fin sentada junto a la cama de la joven.
Pasaron algunos minutos hasta que Marta abrió de nuevo los ojos y se encontró con la dulce mirada de su tía, ya repuesta del sofocón que le había producido escuchar la voz de Berto.
Por primera vez en mucho tiempo, no notó ningún atisbo de reproche y sí de comprensión, que le llegó al alma, haciendo que extendiera su mano en busca de la de la mujer.
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