Kitabı oku: «Novelas ejemplares y amorosas»

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María de Zayas y Sotomayor

Novelas ejemplares y amorosas


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4064066062804

Índice

PRIMERA PARTE.

INTRODUCCIÓN.

AVENTURARSE PERDIENDO.

LA BURLADA AMINTA, Y VENGANZA DELHONOR.

EL CASTIGO DE LA MISERIA.

EL PREVENIDO ENGAÑADO.

LA FUERZA DEL AMOR.

EL DESENGAÑADO AMADO, Y PREMIO DELAVIRTUD.

AL FIN SE PAGA TODO.

EL IMPOSIBLE VENCIDO.

EL JUEZ DE SU CAUSA.

EL JARDÍN ENGAÑOSO.

SEGUNDA PARTE.

INTRODUCCIÓN.

LA ESCLAVA DE SU AMANTE.

LA MÁS INFAME VENGANZA.

LA INOCENCIA CASTIGADA.

EL VERDUGO DE SU ESPOSA.

TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.

AMAR SOLO POR VENCER.

MAL PRESAGIO CASAR LEJOS.

EL TRAIDOR CONTRA SU SANGRE.

LA PERSEGUIDA TRIUNFANTE.

ESTRAGOS QUE CAUSA EL VICIO.

PRIMERA PARTE.

Índice

INTRODUCCIÓN.

Índice

Juntáronse a entretener a Lisis, hermoso milagro de la naturaleza y prodigioso asombro de esta corte (a quien unas atrevidas cuartanas tenían rendidas sus hermosas prendas), la hermosa Lisarda, la discreta Matilde, la graciosa Nise y la sabia Filis, todas nobles, ricas, hermosas y amigas, una tarde de las cortas de diciembre, cuando los hielos y terribles nieves dan causa a guardar las casas y gozar de los prevenidos braseros que en competencia del mes de julio quieren hacer tiro a las cantimploras, y lisonjear las damas para que no echen menos el prado, el río, y las demás holguras que en Madrid se usan.

[1] Doña María de Zayas y Sotomayor nació en Madrid muy a principio del siglo XVII: su padre, don Fernando, madrileño también, fue caballero del hábito de Santiago y capitán de infantería.

La primera parte de sus novelas, que comprende diez, se imprimió en Madrid en 1636, en 8.º, con el título de Honesto y entretenido sarao: dos años después se reimprimió en Zaragoza, en 8.º. La segunda parte, o sean las diez últimas novelas, se imprimieron igualmente en Zaragoza con el título de Desengaños, en 1647, en 4.º. Ya después se han reimpreso siempre juntas con el título de Novelas amorosas y ejemplares de doña María de Zayas.

Lope de Vega hace en su Laurel de Apolo un elogio de esta escritora, y Baena, en sus Hijos de Madrid, dice que también compuso otros varios papeles y aun comedias; pero no han llegado a nuestra noticia.

Pues como fuese tan cerca de Navidad, tiempo alegre y digno de solemnizarse con fiestas, juegos y burlas, habiendo gastado la tarde en honestos y regocijados coloquios, porque Lisis, con la agradable conversación de sus amigas, no sintiese el enfadoso mal, concertaron entre sí un sarao, entretenimiento para la Nochebuena y los demás días de Pascua; convidando para este efecto a don Juan, caballero mozo, galán, rico y bien entendido, primo de Nise y querido dueño de la voluntad de Lisis, a quien pensaba ella entregar en legítimo matrimonio las hermosas prendas de que el cielo la había hecho gracia; si bien don Juan, aficionado a Lisarda, prima de Lisis, a quien deseaba para dueño, negaba a Lisis la justa correspondencia de su amor, sintiendo la hermosa dama el tener a los ojos la causa de sus celos y haber de fingir agradable risa en el semblante, cuando el alma, llorando mortales sospechas, había dado motivo a su mal y ocasión a su tristeza, y más viendo que Lisarda, contenta como estimada, soberbia como querida, y falsa como competidora, en todas ocasiones llevaba lo mejor de la amorosa competencia.

Convidado don Juan a la fiesta, y agradecido por principal de ella, a petición de las damas se acompañó de don Álvaro, don Miguel, don Alonso y don Lope, en nada inferiores a don Juan, por ser todos en nobleza, gala y bienes de fortuna iguales y conformes, y todos aficionados a entretener el tiempo discreta y regocijadamente: juntos pues todos en un mismo acuerdo, dieron a la bella Lisis la presidencia de este gustoso entretenimiento, pidiéndole que ordenase a cada uno lo que se había de hacer; la cual excusándose como enferma, viéndose importunada de sus amigas, sustituyendo a su madre en su lugar, que era una noble y discreta señora a quien el enemigo común de las vidas quitó su amado esposo, se salió de la sala, obligación en que sus amigas la habían puesto.

Laura, que este es el nombre de la madre de Lisis, repartió en esta forma la entretenida fiesta: a Lisis su hija, que como enferma se excusaba, y era razón, dio cargo de prevenir de músicos la fiesta; y para que fuese más gustosa, mandó expresamente que les diese las letras y romances que en todas cinco noches se hubiesen de cantar.

A Lisarda, su sobrina, y a la hermosa Matilde mandó que inventasen una airosa máscara, en que ellas y las otras damas con los caballeros mostrasen su gala, donaire, destreza y bizarría la primera noche después de haber danzado.

Y porque los caballeros no se quejasen de que a las damas se les daba la preeminencia, mezclando a los unos con los otros, salió la segunda noche por don Álvaro y don Alonso; la tercera, a Nise y Filis; la cuarta, a don Miguel y don Lope; y la quinta y última noche, a la misma Laura, y que la acompañase don Juan: feneciendo la pascua con una grandiosa cena que quiso Lisis, como la principal de la fiesta, dar a los caballeros y damas, para la cual convidaron a los padres de los caballeros y a las madres de las damas, por ser todas ellas sin padres y estos sin madres, que la muerte no deja a los mortales los gustos cumplidos.

Lisis, a quien tocaba dar principio a la fiesta, hizo buscar dos músicos, los más diestros que pudieron hallarse, para que acompañasen con sus voces la angélica suya, que con este favor quiso engrandecerla.

Quedaron avisados que al recogerse el día y descoger la noche el negro manto, luto bien merecido por el rubicundo señor de Delfos, que por dar a los indios los alegres días daba a nuestro hemisferio con su ausencia oscuras sombras, se juntasen todos para solemnizar la noche buena con el concertado entretenimiento en el cuarto de la hermosa Lisis, en una sala que aderezada de unos costosos paños flamencos, cuyos boscajes, flores y arboledas parecían las selvas de Arcadia, o los pensiles huertos de Babilonia.

Coronaba la sala un rico estrado con almohadas de terciopelo verde, a quien las borlas y guarniciones de plata hermoseaban sobremanera: haciendo competencia a una vistosa camilla, que al lado del vario estrado había de ser trono, asiento y resguardo de la bella Lisis, que como enferma pudo gozar de esta preeminencia, y era asimismo de brocado verde, con flecos y alamares de oro.

Estaba ya la sala cercada toda alrededor de muchas sillas de terciopelo verde y de infinitos taburetes pequeños, para que, sentados en ellos los caballeros, pudiesen gozar de un brasero de plata que, alimentado de fuego y diversos olores, cogía el estrado de parte a parte.

Desde las tres de la tarde empezaron las señoras, y no solo las convidadas sino otras muchas, que a las nuevas del entretenido festín se convidaron ellas mismas a ocupar los asientos, recibidas con grandísimo agrado de la discreta Laura y hermosa Lisis, que, vestida de la color de sus celos, ocupaba la camilla, que por la honestidad y decencia, aunque era el día de la cuartana, quiso estar vestida.

Ya la sala parecía a los campos alumbrados del rubio Apolo cuando, vertiendo risa, alegran los ojos que los miran; tantas eran las velas que daban luz a la rica sala, cuando los músicos, que cerca de la cama de Lisis tenían sus asientos, prevenidos de un romance que después de haber danzado se había de cantar, empezaron con una gallarda a convidar a las damas y caballeros a ir saliendo de una cuadra con hachas encendidas en las manos para que fuese más bien vista su gallardía.

El primero que dio principio al airoso paseo fue don Juan, que por guía y maestro empezó solo, tan galán, de pardo, que llevaba los ojos de cuantos le veían, cuyos botones y cadenas de diamantes parecían estrellas. Siguiole Lisarda y don Álvaro, ella de las colores de don Juan y él de las de Matilde, a quien sacrificaba sus deseos. Venía la hermosa dama de noguerado y plata; acompañábale don Alonso, galán, de negro, porque salió así Nise, saya entera de terciopelo liso sembrada de botones de oro; traíala de la mano don Miguel, también de negro, porque aunque miraba bien a Filis no se atrevió a sacar sus colores, temiendo a don Lope por haber salido como ella de verde, creyendo que sería dueño de sus deseos.

Habiendo don Juan mostrado en su gala un desengaño a Lisis de su amor, viendo a Lisarda favorecida hasta en las colores, la cual, dispuesta a disimular, se comió los suspiros y ahogó las lágrimas, dando lugar a los ojos para ver el donaire y destreza con que dieron fin a la airosa máscara, con tan intrincadas vueltas y graciosos laberintos, lazos y cruzados que quisieran que durara un siglo.

Mas viendo a Lisis que, con pedazos de cristal, acompañada de los dos músicos, quería enseñar en la destreza de su voz sus gracias, tomando asiento todos por su orden, dieron lugar a que se cantara este romance:

Escuchad, selvas, mi llanto,

Oíd, que a quejarme vuelvo,

Que nunca a los desdichados

Les dura más el contento.

Otra vez hice testigos

A vuestros olmos y fresnos,

Y a vuestros puros cristales

De la ingratitud del cielo.

Oísteis tiernas mis quejas,

Y entretuvisteis mis celos

Con la música amorosa

De estos mansos arroyuelos.

Vio tierno su sinrazón,

Probó mi firmeza Celio,

Procuró pagar finezas,

Sino que se cansó presto.

Salí a gozar mis venturas,

Alegre de ver que en premio

De mi amor, si no me amaba,

Le agradecía a lo menos.

Pequeña juzgaba el alma,

De su viveza aposento,

Estimando por favores

Sus desdenes y despegos.

Adoraba sus engaños,

Aumentando en mis deseos

Sus gracias para adorarle,

¡Qué engañado devaneo!

¿Quién pensara, dueño ingrato,

Que estas cosas que refiero

Aumentaran de tu olvido

El apresurado intento?

Bien haces de ser cruel,

Injustamente me quejo,

Pues siempre son los dichosos

Aquellos que quieren menos.

Tu amor murmura la aldea,

Mirando en tu pensamiento

Nuevo dueño de tu gusto,

Y en tus ojos nuevo empleo.

Y como te quiero, lloro tu olvido,

Y tus desdenes siento.

No fuera verdaderamente agradecido tan ilustre auditorio si no diera a la hermosa Lisis las gracias de su voz; y así, con las más corteses y discretas razones que supo don Francisco, padre de don Juan, en nombre de todos mostró cuánto estimaban tan engrandecido favor, dando con esto a la hermosa dama, a pesar del mal, aumento a su belleza con los nuevos colores que a su rostro vinieron, y a don Juan, para caer en la cuenta de su poco agradecimiento; si bien volviendo a mirar a Lisarda, volvió a enredarse en los lazos de su hermosura, más viéndola prevenirse de asiento más acomodado para referir la maravilla que le tocaba decir esta primera noche; la cual viendo que todos, colgados de su dulce boca y bien entendidas palabras, aguardaban que empezase, buscando las más discretas que pudo delatarle su claro entendimiento y extremado donaire, dijo así:

NOCHE PRIMERA.

NOVELA PRIMERA.

AVENTURARSE PERDIENDO.

Índice

El nombre, hermosísimas damas y nobles caballeros, de mi maravilla es Aventurarse perdiendo; porque en el discurso de ella veréis cómo, para ser una mujer desdichada, cuando su estrella inclina a serlo, no bastan ejemplos ni escarmientos: si bien servirá el oírla de aviso para que no se arrojen al mar de sus desenfrenados deseos, fiadas en la barquilla de su flaqueza, temiendo que en él se aneguen, no solo las flacas fuerzas de las mujeres, sino los claros y heroicos entendimientos de los hombres, cuyos engaños es razón que se teman, como se verá en mi maravilla, que es la siguiente.

Por entre las ásperas peñas de Monserrate, suma y grandeza del poder de Dios y milagrosa admiración de las excelencias de su divina Madre, donde se ven en divinos misterios efectos de sus misericordias, pues sustenta en el aire la punta de un empinado monte a quien han desamparado los demás, sin más ayuda que la que le da el cielo, que no es la de menos consideración el milagroso y sagrado templo, tan adornado de riquezas como de maravillas: tantos son los milagros que hay en él, y el mayor de todos aquel verdadero retrato de la serenísima reina de los ángeles y señora nuestra.

Después de haberla adorado, ofreciéndola el alma llena de devotos afectos, y mirando con atención aquellas grandiosas paredes, cubiertas de mortajas y muletas, con otras infinitas insignias de su poder, subía Fabio, ilustre hijo de la noble villa de Madrid, lustre y adorno de su grandeza, pues con su excelente entendimiento y conocida nobleza, amable condición y gallarda presencia, la adorna y enriquece tanto como cualquiera de sus valerosos fundadores, y de quien ella, como madre, se precia mucho.

Llevaba este virtuoso mancebo por tan ásperas malezas deseos piadosos de ver en ellas las devotas celdas y penitentes monjes que han muerto al mundo por vivir para el cielo.

Después de haber visitado algunas, y recibiendo sustento para el alma y cuerpo, y considerando la santidad de sus moradores, pues obligan con ella a los fugitivos pajarillos a venir a sus manos a comer las migajas que les ofrecen; caminando a lo más remoto del monte por ver la nombrada cueva que llaman de san Antón; así por ser la más áspera, como prodigiosa, respecto de las cosas que allí se ven, tanto de las penitencias de los que la habitan, como de los asombros que les hacen los demonios; que se puede decir que salen de ellas con tanta calificación de espíritu, que cada uno por sí es un san Antón.

Cansado de subir por una estrecha senda, respecto de no dar lugar su aspereza a ir de otro modo que a pie, y haber dejado en el convento la mula y un criado que le acompañaba, se sentó a la margen de un pequeño arroyuelo, que derramando sus perlas entre menudas yerbecillas, descolgándose con sosegado rumor de una hermosa fuente, que en lo alto del monte goza regalado asiento, pareciendo allí fabricada más por manos de ángeles que de hombres, para recreo de los santos ermitaños que en él habitan; cuya música y cristalina risa, ya que no la veían los ojos, no dejaba de agradar a los oídos.

Y como el caminar a pie, el calor del sol y la aspereza del camino le quitasen parte del animoso brío, quiso recobrar allí el perdido aliento.

Apenas dio vida a su cansada respiración, cuando llegó a sus oídos una voz muy suave, que en bajos acentos mostraba no estar muy lejos el dueño. La cual tan baja como triste, por servirle de instrumento la humilde corriente, y pensando que nadie la escuchaba, cantó así:

¿Quién pensara que mi amor,

Escarmentado en mis males,

Cansado de mis desdichas,

No hubiera muerto cobarde?

¿Quién le vio escapar huyendo

De ingratitudes tan grandes,

Que crea que en nuevas penas

Vuelva de nuevo a enlazarme?

Mal hayan de mis finezas

Tan descubiertas verdades,

Y mal haya quien llamó

A las mujeres mudables.

Cuando de tus sinrazones

Pudiera, Celio, quejarme,

Quiere amor que no te olvide,

Quiere amor que más te ame.

Desde que sale la aurora,

Hasta que el sol va a bañarse

Al mar de las playas indias,

Lloro firme y siento amante.

Vuelve a salir y me halla

Repasando mis pesares,

Sintiendo tus sinrazones,

Llorando tus libertades.

Bien conozco que me canso,

Sufriendo penas en balde;

Que lágrimas en ausencia

Cuestan mucho y poco valen.

Vine a estos montes huyendo

De que ingrato me maltrates;

Pero más firme te adoro,

Que en mí es sustento el amarte.

De tu vista me libré,

Pero no pude librarme

De un pensamiento enemigo,

De una voluntad constante.

Quien vio cercado castillo,

Quien vio combatida nave,

Quien vio cautivo en Argel,

Tal estoy, y sin mudarme.

Mas pues te elegí por dueño,

Matadme, penas, matadme;

Pues por lo menos dirán:

Murió, pero sin mudarse.

¡Ay bien sentidos males!

Poderosos seréis para matarme,

Mas no podéis hacer

Que amor se acabe.

Con tanto gusto escuchaba Fabio la lastimosa voz y bien sentidas quejas, que aunque el dueño de ellas no era el más diestro que hubiese oído, casi le pesó de que acabase tan presto.

El gusto, el tiempo, el lugar y la montaña le daban deseo de que pasara adelante, y si algo le consoló el no hacerlo, fue el pensar que estaba en parte que podría presto con la vista dar gusto al alma, como con la voz había dado aliento a los oídos; pues cuando la causa fuera más humilde, oír cantar en un monte era de no pequeño alivio para quien no esperaba sino el aullido de alguna bestia fiera.

En fin, Fabio, alentado más que antes, prosiguió su camino en descubrimiento del dueño de la voz que había oído, pareciéndole no estar en tal parte sin causa, llevándole enternecido y lastimado a oír quejas en tan áspera parte. Notable piedad y generosa acción enternecerse de la pasión ajena.

Iba Fabio tan deseoso de hablar al lastimado músico, que no hay quien sepa encarecerlo: y porque no se escondiese, iba con todo el silencio posible.

Siguiendo en fin por la margen de la cinta de cristal, buscando su hermoso nacimiento, pareciéndole que sería el lugar que atesoraba la joya que a su parecer buscaba con alguna sospecha de lo mismo que era; y no se engañó, porque acabando de subir a un pradillo que en lo alto del monte estaba, morada solo para la casta Diana o para alguna desesperada criatura, al cual hacía por una parte espaldas una blanca peña, de donde salía un grueso pedazo de cristal, sabroso sustento de las flores, verdes romeros y graciosos tomillos, vio recostado en ellos un mozo, que al parecer su edad estaba en la primera de sus años, vestido sobre un calzón pardo, una blanca y erizada piel de algún cordero, su zurrón y cayado junto a sí, y con sus abarcas y montera.

Apenas le vio, cuando conoció ser el dueño de los cantados versos, porque le pareció estar suspenso y triste, llorando las pasiones que había cantado.

Y si no le desengañara a Fabio la voz que había oído, creyera ser figura desconocida, hecha para adorno de la fuente: tan inmóvil le tenían sus cuidados. Tenía un nudo hecho de sus blancas manos, tales que pudieran dar envidia a la nieve, si ella de corrida no hubiera desamparado la montaña. Si su rostro se la daba al sol, dígalo la poca ofensa que le hacían sus rayos, pues no les había concedido tomar posesión en su belleza, ni ejercer la comisión que tienen contra la hermosura.

Tenía esparcidas por entre las olorosas yerbas una manada de ovejas, mas por dar motivo a su traje, que por el cuidado que mostraba tener con ellas, porque más eran causa de traerle perdido.

Era la suspensión del hermoso mozo tal, que dio lugar a Fabio de llegarse tan cerca, que pudo notar que las doradas flores del rostro descendían al traje, porque a ser hombre ya debía dorar la boca el tierno velo; y para ser mujer era el lugar tan peligroso, que casi dudó lo mismo que veía; mas viéndose en parte, que casi el mismo engaño le culpaba de poco atrevido, se llegó más cerca, y le saludó con mucha cortesía.

A la cual el embelesado zagal volvió en sí con un ay tan lastimoso, que parecía ser el último de su vida; y como aún no le había la montaña quitado la cortesía, viendo a Fabio levantose, haciéndosela con discretas caricias, preguntándole de su venida por tal parte.

A lo cual Fabio, después de agradecer sus corteses razones, satisfizo de esta suerte:

—Yo soy un caballero de Madrid, vine a negocios importantes a Barcelona, y como les di fin, y era fuerza volver a mi patria, no quise ponerlo en ejecución hasta ver el milagroso templo de Monserrate. Visité devoto, y quise piadoso ver las ermitas que hay en esta montaña. Y estando descansando entre esos olorosos tomillos, oí tu lastimosa voz, que me suspendió el susto y animó el deseo por ver el dueño de tan bien sentidas quejas, conociendo en ellas que padeces firme y lloras mal pagado; y viendo en tu rostro y en tu presencia que tu ser no es lo que muestra tu traje, porque ni viene el rostro con el vestido, ni las palabras con lo que procuras dar a entender, te he buscado, y hallo que tu rostro desmiente a todo, pues en la edad pasas de muchacho, y en las pocas señales de tu barba no muestras ser hombre; por lo cual te quiero pedir en cortesía me saques de esta duda, asegurándote primero que si soy parte para tu remedio, no lo dejes por imposibles que le estorben, ni me envíes desconsolado, que sentiré mucho hallar una mujer en tal parte y con ese traje, y no saber la causa de su destierro, y asimismo no procurarle remedio.

Atento escuchaba el mozo al discreto Fabio, dejando de cuando en cuando caer unas cansadas perlas, que con lento paso buscaban por centro el suelo. Y como lo vio callar, y que aguardaba respuesta, le dijo:

—No debe querer el cielo, señor caballero, que mis pasiones estén ocultas, o porque haya quien me las ayude a padecer, o porque se debe de acercar el fin de mi cansada vida, y pretende que queden por ejemplo y escarmiento a las gentes; pues cuando creí que solo Dios y estas peñas me escuchaban, te guió a ti, llevado de tu devoción, a esta parte, para que oyeses mis lástimas y pasiones, que son tantas y venidas por tan varios caminos, que tengo por cierto que te haré más favor en callarlas que en decirlas, por no darte que sentir; demás de que es tan larga mi historia, que perderás tiempo si te quedas a escucharla.

—Antes —replicó Fabio— me has puesto en tanto cuidado y deseo de saberla, que si me pensase quedar hecho salvaje a morar entre estas peñas, mientras estuviere en ellas no he de dejarte hasta que me la digas, y te saque, si puedo, de esa vida, que sí podré, a lo que en ti miro; pues a quien tiene tanta discreción no será dificultoso persuadirle que escoja más descansada y menos peligrosa vida, pues no la tienes segura respecto de las fieras que por aquí se crían y de los bandoleros que en esta montaña hay; que si acaso tienen de tu hermosura el conocimiento que yo, de creer es que no estimaran tu persona con el respeto que yo la estimo.

—Pues si es así —dijo el mozo—, siéntate, señor, y oye lo que hasta ahora no ha sabido nadie de mí, y estima el fiar de tu discreción y entendimiento cosas tan prodigiosas, y no sucedidas sino a quien nació para extremo de desventura, que no hago poco sin conocerte, supuesto que de saber quién soy corre peligro la opinión de muchos deudos nobles que tengo, y mi vida con ellos; pues es fuerza que por vengarse me la quiten.

Agradeció Fabio lo mejor que supo, y supo bien, el quererle hacer archivo de sus secretos, y asegurándole, después de haberle dicho su nombre, de su peligro, y sentándose juntos cerca de la fuente, empezó el hermoso zagal su historia de esta suerte.

—Mi nombre, discreto Fabio, es Jacinta, que no se engañaron tus ojos en mi conocimiento; mi patria Baeza, noble ciudad de la Andalucía, mis padres nobles, y mi hacienda bastante a sustentar la opinión de su nobleza.

Nacimos en casa de mi padre un hermano y yo, él para tristeza suya, y yo para su deshonra; tal es la flaqueza en que las mujeres somos criadas, pues no se puede fiar a nuestro valor nada, porque tenemos ojos que a nacer ciegos menos sucesos hubiera visto el mundo, que al fin viviéramos seguras de engaños.

Faltó mi madre al mejor tiempo, que no fue pequeña falta, pues su compañía, gobierno y vigilancia fuera más importante a mi honestidad que no los descuidos de mi padre, que no le tuvo en mirar por mí y darme estado (yerro notable de los que aguardan a que sus hijas le tomen sin gusto): quería el mío a mi hermano ternísimamente, y esto era solo su desvelo, sin que se le diese yo en cosa ninguna: no sé qué era su pensamiento, pues había hacienda bastante para todo lo que quisiera emprender.

Diez y seis años tenía yo cuando una noche, estando durmiendo, soñaba que iba por un bosque amenísimo, en cuya espesura hallé un hombre tan galán que me pareció (¡ay de mí! y cómo hice despierta experiencia de ella) no haberlo visto en mi vida tal; traía cubierto el rostro con el cabo de un ferreruelo leonado, con pasamanos y alamares de plata.

Pareme a mirarle, agradada del talle y deseosa de ver si el rostro conformaba con él: con airoso atrevimiento llegué a quitarle el rebozo, y apenas lo hice cuando, sacando una daga, me dio un golpe tan cruel por el corazón que me obligó el dolor a dar voces, a las cuales acudieron mis criadas y despertándome del pesado sueño me hallé sin la vida del que me hizo tal agravio, la más apasionada que puedas pensar, porque su retrato se quedó estampado en mi memoria de suerte que en largo tiempo no se apartó de ella.

Deseaba yo, noble Fabio, hallar para dueño un hombre de su talle y gallardía, y traíame tan fuera de mí esta imaginación que le pintaba en ella, y después razonaba con él, de suerte que a pocos lances me hallé enamorada sin saber de quién; y me puedes creer que si fue Narciso moreno, Narciso era el que vi.

Perdí con estos pensamientos el sueño y la comida, y tras esto el color de mi rostro, dando lugar a la mayor tristeza que en mi vida tuve, tanto que casi todos reparaban en mi mudanza. ¿Quién vio, Fabio, amar a una sombra? Pues aunque se cuenta de muchos que han amado cosas increíbles y monstruosas, por lo menos tenían forma a quien querer.

Disculpa tiene conmigo Pigmalión, que adoró la imagen que después Júpiter le animó; y el mancebo de Atenas, y los que amaron el árbol y el delfín; mas yo que no amaba sino una sombra y fantasía, ¿qué sentirá de mí el mundo? ¿Quién duda que no creerá lo que digo, y si lo cree me llamará loca? Pues doyte mi palabra, a ley de noble, que ni en esto ni en lo demás que te dijere, adelanto nada más de la verdad.

Las consideraciones que hacía, las reprensiones que me daba, créeme que eran muchas; y asimismo que miraba con atención los más galanes mozos de mi patria, con deseo de aficionarme de alguno que me librase de mi cuidado; mas todo paraba en volverme a querer a mi amante soñado, no hallando en ninguno la gallardía que en aquel.

Llegó a tanto mi amor, que me acuerdo que hice a mi adorada sombra unos versos, que si no te cansases de oírlos te los diré, que aunque son de mujer, tanto más grandeza, porque a los hombres no es justo perdonarles los yerros que hicieren en ellos, pues están adornados y purificados con arte y estudio; mas una mujer que solo se vale de su natural, ¿quién duda que merece disculpa en lo malo, y alabanza en lo bueno?

—Di, hermosa Jacinta, tus versos, dijo Fabio, que serán para mí de mucho gusto, porque aunque los sé hacer con algún acierto, préciome tan poco de ellos, que te juro que siempre me parecen mejor los ajenos que los míos.

—Pues si así es —replicó Jacinta—, mientras durare mi historia no he menester pedirte licencia para decir los que hicieron a propósito; y así digo que los que hice son estos:

Yo adoro lo que no veo,

Y no veo lo que adoro;

De mi amor la causa ignoro,

Y hallar la causa deseo:

Mi confuso devaneo

¿Quién le acertará a entender?

Pues sin ver vengo a querer

Por sola imaginación,

Inclinando mi afición

A un ser que no tiene ser.

Que enamore una pintura,

No será milagro nuevo,

Que aunque tal amor no apruebo,

Ya en efecto es hermosura:

Mas amar a una figura

Que acaso el alma fingió,

Nadie tal locura vio;

Porque pensar que he de hallar

Causa que está por criar,

¿Quién tal milagro pidió?

La herida del corazón

Vierte sangre, mas no muero:

La muerte con gusto espero,

Por acabar mi pasión:

De estado fuera razón,

Cuando no muero, dormir;

¿Mas cómo puedo pedir

Vida ni muerte a un sujeto

Que no tuvo de perfecto

Más ser que saber herir?

Dame, cielo, si has criado

Aqueste ser que deseo,

De mi voluntad empleo,

Y antes que nacido amado;

¿Mas qué pide un desdichado,

Cuando sin suerte nació?

¿Porque a quién le sucedió

De amor milagro tan feo,

Que le ocupase el deseo

Amante que en sueños vio?

¿Quién pensara, Fabio, que había de ser el cielo tan liberal en darme aun lo que no le pedí? Porque como deseaba imposibles, no se atrevía mi libertad a tanto, si no fue en estos versos, que fue más gala que petición. Mas cuando uno ha de ser desdichado, también el cielo permite su desdicha.

Vivía en mi mismo lugar un caballero natural de Sevilla, del nobilísimo linaje de los Ponces de León, apellido tan conocido como calificado, que habiendo hecho en su tierra algunas travesuras de mozo, se desnaturalizó de ella, y casó en Baeza con una señora su igual, en quien tuvo tres hijos, la mayor y menor hembras, y el de en medio varón.

La mayor casó en Granada, y con la más pequeña entretenía la soledad y ausencia de don Félix, que este era el nombre del gallardo hijo, que deseando que luciese en el valor y valentía de sus ilustres antecesores, seguía la guerra, dando ocasión con sus valerosos hechos a que sus deudos, que eran muchos y nobles, como lo publican las excelentes casas de los duques de Arcos y condes de Bailén, le conociesen por rama de su descendencia.

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17 ocak 2025
Hacim:
810 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
4064066062804
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Telif hakkı:
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