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LA SOCIABILIDAD PERDIDA

El Municipio de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires, fue una sociedad abierta y móvil que se expresó en los circuitos sociales, económicos, culturales y políticos. Sus preocupaciones se manifestaron en el intercambio entre la prensa, las instituciones y la opinión pública, lo cual dinamizó la sociabilidad y la vida política. Contribuyeron a ese dinamismo las movilizaciones y fiestas organizadas por las sociedades de socorros mutuos, que potenciaron la esfera pública y propiciaron una integración de la elite y los sectores populares.

En este libro, María del Carmen Angueira aborda la historia de Olavarría, haciendo foco en la población y su participación en la política y cultura de la región, para así destacar la hábil capacidad de cambio social y político por los derechos ciudadanos y democráticos que estaba presente en esta comunidad.

María del Carmen Angueira es doctora en Historia y magíster en Ciencias Sociales. Fue profesora de Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado en el Ciclo Básico Común (UBA) y de Historia Social del Siglo XX e Historia Social Argentina y Latinoamericana (UNICEN). Ha publicado diversos artículos y libros sobre historia argentina.

MARÍA DEL CARMEN ANGUEIRA

LA SOCIABILIDAD PERDIDA

CULTURA, ECONOMÍA, POLÍTICA Y SOCIEDAD EN OLAVARRÍA

1880-1930


Índice

  Cubierta

  Acerca de La sociabilidad perdida

  Portada

  Dedicatoria

  Agradecimientos

  Introducción

  Capítulo 1. ¿Cómo fue Olavarría en sus comienzos? La evolución de los pueblos originarios La conformación del partido Los cambios en la colonización, inmigración y producción entre 1880 y 1930 La producción minera y la agroganadera Las prácticas manufactureras e industriales, 1880-1930

  Capítulo 2. Sociabilidad e identidad El desarrollo demográfico Urbanización, sociabilidad y orden político

  Capítulo 3. Centralismo y autonomía municipal: manipulación electoral en la práctica política El reformismo político nacional de 1912 El debate político en la provincia de Buenos Aires y la implementación de la ley de 1913 (Ahumada) La normativa municipal y la práctica política, 1880-1930 Concentración del poder: atribuciones superpuestas entre autoridades municipales y provinciales La sociabilidad, la esfera pública y las prácticas políticas, 1880-1930

  Conclusión

  Bibliografía Fuentes Entrevistas

  Álbum de imágenes

  Créditos

Para Jesús de Nazaret.

A mis padres.

A mi hijo Sebastián.

A la memoria de Ana María,

hermana del alma.

Agradecimientos

A Luis Alberto Romero, Hilda Sábato, Juan Suriano, Mirta Zaida Lobato, Claudia Touris y Luciano De Privitellio; a cada uno le debo que, con sus observaciones e intercambio, estimularan la realización del presente libro.

Mis gratitudes a colegas profesoras y profesores de la Facultad de Ciencias Sociales de Olavarría: Alejandro Balazote, Rosa María Brenca, Hugo Ratier, Mónica Cohendoz, María Teresa Sanseau, Alicia Villafañe, Carlos Paz, Marcelo Sarlingo, Aurora Alonso de Rocha y Marcela Güerci, quienes reconocieron la validez de esta investigación.

A Lita Chames, quien aportó los conocimientos técnicos para el análisis económico y estadístico de la investigación.

Introducción

Lo escrito en estas páginas cuenta la historia de una comunidad en el centro de la provincia de Buenos Aires: el Municipio de Olavarría.

La temática tratada resalta la democratización y sociabilidad de sus pobladores. A ellos se los encontraba reunidos, en una trama de actividades interindividuales y colectivas, en una esfera pública donde la prensa, la opinión pública y el asociacionismo los conectaban e identificaba. Esta era la referencia de la que se valían los partidos políticos para consensuar los candidatos durante las elecciones.

La región fue de un crecimiento económico constante: producción agropecuaria, minera e industrial, y de allí provino la fluidez cultural y social de la comunidad. Estas circunstancias activaron una reciprocidad urbana-rural que enfocó la solución a los problemas y conflictos. Así lo atestiguan los documentos hallados en la hemeroteca del diario El Popular.

Asimismo, las fuentes encontradas en el Museo Ferroviario Nacional caracterizan la producción minera por antonomasia, según lo prueban los balances comerciales de la empresa del Ferrocarril del Sud, cuyo peso transportado tenía una capacidad de carga cinco veces mayor que la de los rubros agropecuario y ganadero.

La historia micro descifra la dinámica de las relaciones interpersonales propias de un espacio reducido –el de la comuna– donde los vínculos se estrechan entre cada uno y todos.

En función de ello, aflora la fluida movilidad entre la elite y la sociedad; en la historia local se escribe en una dinámica entre micro macro, y a la inversa. Este devenir constante abrió interrogantes alrededor de las similitudes y las diferencias, en el proceso temporal, de la coyuntura estudiada.1

El libro consta de tres capítulos que abordan la historia de la comuna entre 1880 y 1930. El primero abarca unas décadas antes de 1880, a modo de reseña para entender mejor los comienzos de la historia local hasta 1930, cuando la región todavía estaba habitada mayoritariamente por los pueblos originarios –catrieles– y los blancos que se fueron agregando provenientes de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, para probar vida en estas tierras. En otras palabras, comprende también el crecimiento económico, social, agropecuario, minero e industrial experimentado en la región por los inmigrantes que, venidos desde lejos –el continente europeo–, pero también desde más cerca, los de países limítrofes. En fin, de otras regiones del país, más los poblados autóctonos.

El capítulo 2 compone la urbanización que experimentó Olavarría: identidad, sociabilidad, república y democracia. En este aspecto se resalta la conexión entre campo y ciudad.

El capítulo 3 aborda el dinamismo del vínculo entre centralismo político y autonomía municipal, a fin de que dos procesos simultáneos e interconectados muestren una panorámica esfera pública de interrelaciones entre elecciones, competencia partidaria y democracia.

1. “La actitud experimental que ha coagulado, a fines de los años 70, el grupo de estudiosos italianos de microhistoria («una historia con aditivos», como la define irónicamente Franco Ventura) estaba basada en la aguda conciencia de que todas las fases que esconden la investigación son construidas, y no dadas. Todas: la identificación del objeto y la de su relevancia, la elaboración de las categorías a través de las cuales este se analiza, los criterios de prueba, los módulos estilísticos y narrativos a través de los cuales los resultados se transmiten al lector. Según mi parecer, la especificidad de la microhistoria italiana se puede rastrear en esta apuesta cognoscitiva” (Carlo Ginzburg, “Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella”, Entrepasados. Revista de historia, año V, Nº 8, 1995, p. 67).

CAPÍTULO 1
¿Cómo fue Olavarría en sus comienzos?

En 1828 había pobladores blancos que llegaban a estas tierras habitadas por otros, los catrieles, naturales del lugar.

En ese tiempo Juan Manuel de Rosas, coronel de las Provincias Unidas del Río de la Plata y gobernador de Buenos Aires, organizó la extensión de la frontera sur del Estado argentino, y designó al coronel Mariano García para fundar el fuerte de Laguna Blanca, primer asentamiento de corta duración. En la actualidad, esa extensión equivale a la ruta que une Olavarría, Laprida y Coronel Pringles.2

La política de Rosas fijó pactos de convivencia con las tribus de Catriel, Cachul y Venancio, en zonas vecinas al arroyo Azul y Tapalqué.3

El poblado tuvo desde sus comienzos casas de material y ranchos, donde convivía la población originaria dedicada a tareas comerciales y militares junto a criollos blancos. La aldea recibía de las tribus vecinas mercancías, como pieles de animales, tejidos, ropa y, a pesar de su prohibición, alcohol. También ingresaba al lugar gente autorizada para cambiar sus productos por yeguas.4

En 1842, parte del actual partido de Olavarría pertenecía a los partidos de Tapalqué y Azul. El resto, comprendida la zona oeste de las sierras, fue territorio indígena según los tratados de paz.5

El área que ocupa actualmente la ciudad de Olavarría estaba conformada por tierras ubicadas en la zona de frontera, según el Estado disponía. Así, Juan Nepomuceno Terrero, socio y familiar de Rosas, recibió tierras para usufructuar en calidad de propietario, “en puntas del río Tapalqué”. Las otras tierras fueron concedidas a Catriel y a sus tribus; después sus descendientes las reclamarán, porque el Estado no había cumplido con lo dispuesto por la ley de entregárselas.6

El pueblo de Olavarría se funda el 25 de noviembre de 1867 durante la comandancia de Álvaro Barros en la frontera sur de Buenos Aires.

En virtud de la ley provincial de 1877, referida a la tierra del partido, esta fue convenientemente subdividida y entregada a la explotación. La zona comprendía 4 leguas cuadradas alrededor del pueblo, más las 16 leguas cuadradas que alcanzaba el ejido municipal y que fueron entregadas a hombres y mujeres procedentes de los más diversos países, quienes con dedicación y constancia hicieron de la región una de las zonas más ricas de la provincia. El 9 de marzo de 1881 se convierte en partido con una extensión de 7.714 kilómetros cuadrados y una población de 49.333 habitantes, de los cuales 25.000 habitaban en la ciudad.7

Durante esos años “los dueños de Olavarría eran un puñado de hombres, a saber: J. Yarto, Ángel Moya, Lorenzo Garay, L. Quinteros, Joaquín y Manuel Carranza, Manuel Fernández, Vicente Bahía, los 40 de la guardia nacional, el capitán L. Florinda y Agapito Guisasola, quien dijo que la vecindad del cacique Cipriano Catriel no les había inspirado temor alguno. Sin embargo, agregó, aumentaron los pobladores que llegaban de otros lugares, a partir de 1877, cuando no hubo más malones. Tiempo después, tuvo un socio nuevo en el trabajo del hotel José Yarto, Vicente Bahía. Ellos fundaron una estancia donde ahora se encuentra el Pueblo Nuevo”.8

Los pobladores contaban que algunos de ellos hicieron sus pulperías. Otros, como fue el caso de Guisasola, construyeron un gran rancho de cuatro habitaciones montado con maderas de sauce, álamo, cañas de tacuara y sogas; un cuero para puertas, paredes de barro y paja, techo de junco y revoques lisos de mezcla, porque todavía no se conocía la cal. En aquella casa con piso natural, pero bien pisonado, estableció hotel y billar. Más tarde, al poder traer el material desde Azul con la carreta del Estado, consiguió puertas y ventanas de pino, muebles y otros lujos.

Los inmigrantes recibieron las tierras y fueron hombres y mujeres de los más diversos países, quienes con dedicación y constancia transformaron el lugar, en uno de los más prósperos de la provincia bonaerense.

Junto con el cultivo intensivo de la tierra, llegaron a nuestro medio, en 1900, las trilladoras. Fueron sus propietarios don Juan Baldana, don Pedro Ala, don Miguel y Francisco Rossi, don Pablo Fassina y otros […] Las primeras trilladoras con su equipo de casillas, depósitos de combustible, carro aguatero, etc., eran arrastradas por tardos y pesados bueyes. Posteriormente, en 1904, llegaron los primeros motores a tracción, sin que ellos significaran la total sustitución de los bueyes, los que se siguieron empleando por varios años.9

Durante la cosecha la ciudad expresaba pura alegría. Las trilladoras recorrían las calles antes de ir a cada chacra. En un pintoresco desfile, los vecinos saludaban a los conductores. Mientras, niños y mayores arrojaban semilla a cada máquina, como serpentina, para augurar éxitos. La tarea de la cosecha duraba tres o cuatro meses, con 30.000 a 40.000 bolsas de cereal recogidas. Una vez finalizada, los peones eran recibidos en los comercios del pueblo y todos compartían el festejo.

La evolución de los pueblos originarios

Los pueblos originarios fueron denominados de manera distinta, según la época: durante el siglo XVIII, tehuelches septentrionales, y en el XIX, pampas, durante el proceso de mestizaje entre el blanco recién llegado de distintas regiones del país y el mapuche (araucano) procedente de Chile.

Lo llamativo y digno de recalcar es “la persistencia de un tiempo más que importante de lo no araucano, como lo justifica la arqueología de la provincia de Buenos Aires al sur del Salado”.10

Los documentos registran la existencia de una expedición militar, la de Federico Rauch, en 1826-1827, cuyos milicianos eran cuatrocientos tehuelches al mando del cacique Negro junto con otros, pampas, del cacique Juan Catriel. Al mismo tiempo había patagones, tehuelches y araucanos formando, según la clasificación realizada por José Sánchez Labrador, una nación con los indios pampas que era “un agregado de muchos individuos de todas ellas”.11

En 1872 el poblado de Catriel estaba afincado a 4,5 leguas del arroyo Azul, a la vera de la colina de Nievas: “Tenía una extensión de tierra […] a la orilla derecha del arroyo Azul, y dio origen al actual barrio Villa Fidelidad, sobre el camino a Tapalqué, en el partido bonaerense de Azul”.12 El Estado dispuso ganar dichas tierras y desalojó a los catrieles. Las fuentes registran el éxodo, que parecía más el producto de una invasión debido al despliegue de organización y poder demostrado durante cuatro horas.13

Los catrieles respondieron y hubo sucesivos enfrentamientos conducidos por Juan José Catriel, quien con 5.000 indios sitió Azul. Se llevó 500 cautivos y 1.500 cabezas de ganado. También quemó la estancia San Jacinto, propiedad del comandante Celestino Muñoz, atacó la galera de Bahía Blanca en Juárez e invadió Olavarría.

Al año siguiente volvieron a invadir este último pueblo (en ese mismo año llegó el telégrafo a Carhué). En 1877 las tropas enviadas por el gobierno, al mando del teniente coronel Teodoro García, destruyeron las tolderías de Juan José Catriel y Marcelino. Así, todos ellos fueron reducidos.

La matanza de los indios de Catriel en los toldos de Traico provocó el desbande de su tribu y el sometimiento de aquel al Estado nacional. Otro jefe, Manuel Grande, fue derrotado en la laguna de Burgos junto con Chipitruz. Este murió de viejo en Olavarría, cerca de sus parciales, pero ya dispersos en la zona de Sierra Chica hasta la segunda mitad del siglo XX.

La conformación del partido

El poblador Agapito Guisasola relató cómo se realizó la tarea perimetral del pueblo, con la superficie de tierras cuadradas otorgadas al municipio en 1876. El agrimensor fue Juan Coquet, designado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires, según la ley de ejidos de 1870.

En definitiva, 1877 fue el año en que el territorio quedó fraccionado en 120 manzanas de 100 por 100 varas para solares, 196 quintas y 851 chacras. Cada manzana equivalía a 86,60 milímetros, y su medida era de cuatro solares de 50 por 50; una quinta correspondía a seis manzanas y una chacra de seis quintas, más las calles de 20 varas. Todo el suelo fue cuidadosamente amojonado. Dichas tierras limitaban al norte con el Estado nacional y las tierras de Zoilo Miguens y testamentaría de Manuel B. Belgrano; por el noroeste, con las de Martín Colman, el Estado y la escribanía de Manuel Belgrano; por el suroeste, con las de Juan Antonio Martínez Vidal y Eulalio Aguilar, y por el sureste, con las de Celestino Muñoz –San Jacinto– y el Estado.

Por la misma ley, las chacras de Olavarría fueron destinadas a la población de extranjeros, los rusos del Volga. Al poco tiempo, ellos desistieron de habitarlas por no considerarlas aptas para la siembra. Quienes las recibieron fueron otros, un grupo de extranjeros y criollos. Aunque no fueran del todo bien vistos en un principio, accedieron a la posesión de ellas. Esta obra fue realizada durante la gestión de Carlos Tejedor como gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1879. Los derechos de posesión fueron reconocidos en 1882 y más adelante, con la visita de otro funcionario, Dardo Rocha, se convirtieron en propietarios. Asimismo, ellos pagaron el valor de las tierras al municipio un año después, en 1883, y con dichos recursos entre 1890 y 1896 se construyeron puentes, iglesias, etc. Así, la iglesia parroquial fue otra obra realizada para la comunidad de Olavarría durante esos años.14

El cronista militar Remigio Lupo, en su paso por Olavarría durante la expedición de Julio A. Roca al sur, relató con sorpresa que, cuando llegaron a media tarde, le llamaron la atención las muchas casas de material, con relación a un poblado pequeño y apartado. Observó, asimismo, en la mirada de los pobladores, una transparente alegría y esperanza de la paz definitiva para la región, ante la presencia militar, en un territorio lindero a la frontera sur de Río Negro.15

El censo provincial de 1881 registra que la actividad prioritaria era la ganadería. El número de ovejas superaba diez veces a los vacunos, veinte veces a los equinos y treinta a los porcinos. La actividad ganadera creció a partir del comercio entre blancos e indios, pero aún más cuando los catrieles fueron expulsados de la región. Entonces, Olavarría dejó la condición de frontera y se convirtió en partido en 1881. Por último, la llegada del Ferrocarril del Sud en 1883 completó los cambios iniciados. Todos estos elementos contribuyeron al desarrollo de una producción ganadera sostenida en la región.16

Avanzó la producción agrícola con la llegada de inmigrantes rusos alemanes del Volga que se establecieron en las colonias de Nievas, Hinojo y San Miguel. Aprovecharon el territorio fértil donde habían estado los catrieles. Fueron los primeros colonos en introducir los sembrados de trigo, maíz y arrobas de papa, avena, cebada y lino.

La zona contaba con una rica extensión de canteras a 4 leguas de Olavarría, y así se potenció como actividad la explotación minera, en las laderas de los cerros, puesto que tenían mármol de distintos colores y piedras con óxidos férricos y mangánicos.

La Compañía Ferroviaria del Sur, de capitales ingleses, comenzó a funcionar en virtud del decreto provincial del 12 de agosto de 1863. En 1880 experimentó su mayor expansión, vinculada a la explotación agroganadera e industrial en el partido. El pueblo de Hinojo –al oeste de la ciudad–, una zona minera y agrícola, consiguió un creciente desarrollo urbano, gracias a la visión de tres de sus activos comerciantes, Ángel Bardi, David Spinetto y Eugenio Piaggio, que agilizaron los progresos.

Más adelante, los pueblos de Recalde, Rocha, Iturregui, Santa Luisa y otros dispusieron de estaciones de tren, lo que les permitió el traslado de la producción lechera y de cereales.

Otros lugares favorecidos en esta etapa fueron Blanca Grande y Espigas. El primero había sido hasta 1869 un antiguo fuerte convertido en comandancia, y más adelante estancia ganadera de 2.328 hectáreas. Una de las actividades más sobresaliente fue trabajar el ganado cimarrón para aquerenciarlo en la zona: se lo hacía pernoctar en un predio alto, con una reducida pendiente, para que después de cuatro meses se acostumbrara al campo donde estaba.17

La mayoría de los trabajadores en la estancia ganadera eran hombres cuyas actividades eran marcar y castrar el ganado. Las dimensiones de cada una de estas estancias eran enormes, en hectáreas y leguas. En fin, revestían características similares a las existentes en la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XX, cuya faena principal era marcar y castrar el ganado. Es decir, en los campos, que continuaban sin subdividir, solo había pasturas naturales y, como el costo de la hacienda bajó, esta se reproducía para aprovechar la abundante existencia de esas pasturas, importantes para la explotación de la ganadería extensiva.18

En suma, todo un contraste de diferentes modos productivos entre la estancia ganadera y la chacra colona, donde la labor se repartía entre mujeres y varones.

Los problemas de límites en el sur del país con Chile y un probable conflicto bélico entre ambos países movilizaron la actividad ferroviaria para afianzar la frontera nacional. La respuesta no se hizo esperar: para 1895 se proyectó la extensión de las vías desde Bahía Blanca hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén.

En conclusión, era necesario activar la economía de la región y explotar los territorios. En este contexto, el Estado benefició con diversas concesiones a la empresa ferroviaria. Entre ellas, el tendido del telégrafo a la par de las vías para impulsar la concreción de obras.19

La línea ferroviaria se extendió por la provincia de Buenos Aires desde Plaza Constitución, y llegó a Olavarría el 15 de marzo de 1883. El 1 de octubre de 1883 se inauguró la sección de Olavarría a La Gama (hoy General Lamadrid). Más adelante se extendió hasta el puerto (hoy Ingeniero White), pasando por Bahía Blanca, el 7 de mayo de 1884.20

Los cambios en la colonización, inmigración y producción entre 1880 y 1930

Alrededor de 1875, cuando los pueblos asentados en la línea de la frontera sur –Azul, Olavarría– habían conseguido mayor estabilidad, el gobierno nacional comprometió la venta de parcelas en cuotas de las tierras que ellos ocupaban, con la disposición de saldar la deuda en diez años y gastos pagos durante el primer año de instalación para atraer la mano de obra de origen inmigrante.

Las zonas ofrecidas habían pertenecido a la tribu de Catriel: Nievas, Hinojo y San Miguel, en el noroeste del radio actual del partido de Olavarría, un territorio fértil para la explotación agrícola que atraería el interés de los colonos. En la ocasión fueron los rusos alemanes del Volga los interesados en instalarse en la región. Habían ingresado a la Argentina después de una corta experiencia poco exitosa en Brasil. Fue una época propicia para la colonización agrícola en el país y el presidente Nicolás Avellaneda respaldó el nuevo contingente inmigratorio en el discurso que ofreciera al Congreso Nacional.

Los tres factores que contribuyeron a la instalación de los alemanes del Volga fueron la expansión de la frontera, el impulso nacional dado a la colonización agrícola y la construcción de la línea del Ferrocarril del Sud hasta Azul.21

El asentamiento de la comunidad de los rusos alemanes introdujo modificaciones cualitativas en el marco productivo y dio origen a las actividades agrícolas, que hasta el momento casi no existían pues predominaban las ganaderas.

El informe de la Comisión Colonizadora señalaba, en 1882, que la región contaba con un total de 1.537.567 cabezas de ganado, distribuido en lanar (mestizo): 1.052.773, lanar (inferior): 227.526, lanar (fino): 6.093, vacuno: 192.789, caballar: 58.161, y porcino: 225.22 Es decir que la producción ganadera era la principal, el número de ovejas era diez veces mayor con respecto a las cabezas de ganado vacuno y la brecha se acentuaba en números para el ganado caballar y el porcino.23

Una de las razones que en la provincia de Buenos Aires explica el predominio de la explotación del ovino sobre el resto del ganado hasta fines del siglo XIX es la tendencia general a la suba del precio de la lana en el mercado internacional y su gran demanda externa, lo que generaba altas ganancias para la actividad. Por este motivo el Banco Provincia facilitó préstamos a sectores de la campaña interesados en la actividad, que invirtieron transformando la producción mediante la incorporación de nuevas técnicas que aumentaron el número de establecimientos dedicados a este rubro.24

La ley provincial de fundación de las colonias de Olavarría estableció una amplitud de nacionalidades en el asentamiento inmigratorio. En esa ley se fija la ocupación de 16 leguas de ejido. En la tierra inmediata al arroyo de Nievas, los colonos dieron origen a tres aldeas a orillas de los arroyos Hinojos, Nievas y San Jacinto, desde el Nievas hasta el valle de Olavarría.

Allí el terreno es ondulado y está rodeado de serranías de piedra. Los arroyos que cruzan el campo son el Tapalqué, que divide el terreno del ejido en dos partes; el Hinojo, que nace en Sierras Bayas hacia los llanos, y el arroyo Tapalquen, que tiene su origen cerca de Sotuyo Redondo y se desliza de suroeste al noreste.25

El informe de 1882 dispone que los colonos se dedicarán a la explotación agrícola con especial énfasis e incorpora entre sus beneficiarios a colonos argentinos, además de extranjeros. En cuanto a la cantidad de chacras, estas eran 1.251, de 47 hectáreas cada una, con un total de 370 familias colonas.

Pero las chacras no gozaron en la práctica de iguales beneficios, aunque la ley lo fijara. El pueblo del cacique Chipitruz así lo atestigua. Su lenguaraz intercedió por ellos, con la solicitud de bueyes, semillas y un área donde sembrar, pero no obtuvo respuesta. Años después, en 1897, el procurador municipal Isidro Valido volvió a insistir con igual pedido.26

La Comisión Colonizadora se encargó de distribuir entre los nuevos arribados terrenos, semillas, instrumentos agrícolas, animales, y otorgó los beneficios necesarios con el objetivo de lograr la más pronta adaptación al medio ambiente.

En otras palabras, la ley resolvió que el territorio fuera provechosamente subdividido y entregado a la producción, en una expansión de 4 leguas cuadradas alrededor del pueblo y 16 leguas cuadradas del partido. Los hombres que recibieron las tierras fueron de diversas procedencias y produjeron la transformación de Olavarría.

La existencia de las cuatro leguas alrededor del pueblo subdividido en solares, quintas y chacras facilitó la abundancia de colonizadores. Ellos fueron los que impulsaron las actividades agrícolas, ganaderas y mineras del lugar.

Los colonos inmigrantes rusos del Volga se dedicaron a explotar la tierra.27 Estaban acostumbrados a trabajar en comunidad, con clara delimitación de funciones según derechos y deberes estipulados por el juez de paz.

La comunidad organizó la producción en tres áreas: siembra, pastoreo de animales y delimitación de parcelas para su explotación y descanso. Cada actividad fue distribuida por loteo de acuerdo con el número de socios y mediante sorteo público.

Es decir, la sociedad de trabajo quedó establecida mediante un contrato privado, que fijaba un plazo de seis años para la distribución y adquisición de la tierra y la duración de la sociedad en un período de veinte años a partir del 4 de julio de 1883. Cada socio podía instalar una quinta y construir su vivienda, y disponía de una cantidad de animales, en proporción a la extensión del predio recibido.

En otras palabras, revistió el carácter de un contrato mixto que combinaba propiedad individual con organización comunitaria del trabajo. El gobierno dispuso de varias franquicias a favor de los alemanes del Volga con el objeto de estimular el arraigo al lugar de los nuevos inmigrantes. Entre ellas se pueden mencionar las siguientes: los lotes podían pagarse durante un lapso de diez años, se le adelantaba a cada familia la suma de 10.000 pesos para gastos de instalación por un año y, por último, fueron eximidas del pago de contribución directa por diez años.28

El censo provincial de 1881 registra para el partido una producción ovina diez veces superior al existente vacuno y se ensanchaba aún más con respecto a los caballos y porcinos habidos en el lugar.

El cambio lo introdujo el gobierno nacional cuando impulsó la colonización agrícola, facilitándole a los inmigrantes el acceso a la propiedad de la tierra entre 1880 y 1890.29

Durante estos años, las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos y Olavarría abastecían el consumo interno del país, pero era necesario aumentarla mediante la incorporación de un gran número de inmigrantes, que aún faltaban, para modificar de forma drástica las condiciones generales de la economía y la sociedad argentinas.30

¿Cuáles fueron los motivos que influyeron para que la explotación pastoril predominara en el país? Un factor de peso tuvo que ver con una forma específica de la ocupación del suelo muy ligada a la ausencia de líneas férreas, que orientó la organización de las explotaciones en enormes extensiones donde se largaba al ganado, con escasa utilización de mano de obra. En fin, la actividad pastoril fue la que transformó la estructura económica de la pampa, pero al mismo tiempo mantuvo la estructura social basada en un número muy reducido de propietarios.

En definitiva, el origen de la “gran propiedad” en pocas manos está estrechamente relacionado con el funcionamiento de la economía y la estructura de la propiedad, mientras que el reparto de tierras se mueve ligado directamente con el poder. Dicho de otro modo, en un sistema capitalista los dos fenómenos referidos resultan independientes porque si el mercado de tierras fuera casi perfecto, puede no existir una centralización de las propiedades, o, en el caso inverso, una división de tierras originariamente no concentrada puede resultar en una concentración de la propiedad, según aumente o no la rentabilidad de la productividad en función del tamaño de las haciendas.31

En otras palabras, la enorme extensión de la propiedad no responde directamente a motivos de índole institucional o social, sino que se debe a determinadas circunstancias económicas. Esto es, según el precio de la tierra en algunos lugares los propietarios tenían una reducida renta, pero mantuvieron la explotación ganadera, aun cuando las ganancias obtenidas en este rubro fueran menores al costo de la producción.

Esto es, el hecho derivó en empresas extensas, con segura ocupación del suelo, que reforzaron, a su vez, las relaciones de propiedad de la tierra, como también definieron el carácter de los predios antes de la gran inmigración.32

En conclusión, los propietarios eligieron un modo productivo que les convenía más: arrendar sus campos a particulares para el sembrado de cereales y forrajes finos, porque el valor de la tierra había subido vertiginosamente y se habían capitalizado. Ello restó posibilidades a la colonización mediante pequeños propietarios que venía desarrollándose en el país. Aun así, en la década de 1890 la explotación agrícola en las colonias estaba todavía en su apogeo, pero en forma simultánea se instala la agricultura de arrendatarios en el litoral argentino.

En 1884, el precio mundial del trigo cayó en forma abrupta. Ello perjudicó la balanza comercial argentina, pues era uno de los principales exportadores de dicho cereal.

Otros cambios sucedieron: el precio de la tierra subió y la mano de obra, también. Los agricultores quedaron entrampados entre los altos costos y los precios en baja; la única salida era producir más por menos. Las producciones de los colonos se habían llevado a cabo con reducido valor técnico o conocimientos agrícolas. Es decir, carecían de los medios económicos para ampliar la producción y sobrevivir. El mecanismo idóneo había sido conseguir la posesión de sus tierras mediante la amortización de una hipoteca.

En otras palabras, para aquellos que no habían comprado tierras para mediados de la década de 1890 fue casi imposible hacerlo de allí en adelante.33

La producción minera y la agroganadera

El partido de Olavarría está en el centro de la provincia de Buenos Aires y al suroeste limita con Azul, Tapalqué, Juárez, Laprida, Lamadrid, Bolívar y Caseros. A 15 kilómetros de la ciudad de Olavarría se hallan las sierras de Quillalauquen, provistas de rocas calcáreas y arcillas que permiten la explotación minera y la industria del cemento que produjo un crecimiento vertiginoso en los últimos años de la década de 1920. Es decir que cuenta con otros medios provenientes de una rica producción agropecuaria (por ejemplo, en 1929 poseía un número de cabezas de ganado que la colocaba en el primer lugar entre los ciento diez partidos de la provincia de Buenos Aires).

La zona formó un centro ferroviario pues recibía dos líneas del Ferrocarril del Sud desde la ciudad de Buenos Aires: vía Flores y vía General Alvear. Con la proyección del trazado hacia el oeste y el noroeste bonaerenses, que tendrá lugar tiempo después, completará su riqueza económica.34

El partido poseía la reserva fiscal de Sierras Bayas, que dio origen al asentamiento del pueblo homónimo en 1873, que coexistió con la tribu de Catriel. Un pionero del lugar fue el inmigrante italiano Ambrosio Colombo, quien se estableció por esos años, junto con otros extranjeros y nativos que trabajaron las primitivas minas de granito o piedra caliza.

Las explotaciones arrendadas eran de pequeñas dimensiones, en tierras fiscales de la provincia de Buenos Aires. Los productores pagaban un canon anual y el trabajo se hacía a cielo abierto, con una dimensión de 130 metros de frente y otros tantos de fondo.35 Las explotaciones albergaban las viviendas de cada patrón y su familia, junto con la de los obreros en el predio de la mina.36

Estanislao Zeballos describió la aventura que realizó en 1879 por “el país de los araucanos”. Narró, con lujo de detalles, la riqueza minera de las canteras que visitó durante su viaje hacia las sierras donde se hallaban los yacimientos de mármol. Allí encontró trabajadores. Algunos extraían mármoles y otros lo cargaban a las carretas de bueyes hacia Azul. Entonces fue cuando descubrió enormes cantidades de mármol colorado, negro, amarillo y jaspeado, depositadas en las amplias pendientes del cerro.37

En suma, la región en 1900 se caracterizaba por un importante crecimiento agropecuario y minero, con una capacidad productiva superior –para el primer caso– a la del partido de Azul. El ganado vacuno era entonces de 230.000 cabezas en Azul, mientras que en Olavarría era de 250.000; el caballar, de 15.000 y 46.000; el lanar, de 1.500.000 y de 1.900.000. La excepción era el porcino: 4.300 cabezas en Azul y 3.800 en Olavarría. Por último, esta exportaba 600.000 kilogramos de lana más que Azul.38

A propósito del prestigio de Olavarría, este se resume en los derechos que logró en la Legislatura provincial para que la empresa Ferro Sur dispusiera que desde allí partiera el ramal hacia Pringles, el 27 de noviembre de 1900.

Las notas periodísticas se hicieron eco de los arduos debates expresados en La Revista del Sur entre los periodistas de ambas ciudades. Los argumentos evidencian claramente que los vecinos de Azul no lo demandaron en el momento oportuno y perdieron el proyecto de extensión ferroviaria desde allí. En cambio, Olavarría sí lo hizo en tiempo y forma, con los argumentos adecuados, y así le ganó a Azul la pulseada para la construcción del trayecto ferroviario hasta Pringles. Cuando la empresa decidió comenzar el trazado desde Olavarría, según la aprobación de la ley por la Legislatura y la promulgación de esta por el Poder Ejecutivo provincial, los ciudadanos de Azul reclamaron tardíamente y procedieron a la búsqueda de influyentes que torcieran tales designios que se consideraron impropios e injustificados.39

La Sociedad Rural intermedió para que la empresa del Ferrocarril del Sud hiciera la obra desde Olavarría, en tanto a través de varias convocatorias a asambleas extraordinarias de sus accionistas logró conseguir de ellos la autorización para que su comisión directiva gestionara la permuta o venta del local de ferias a dicha empresa, con el objeto de obtener por parte de ella el compromiso de que el ramal arrancara de este pueblo.40

Las condiciones existentes facilitaron la producción minera de granito y cal, que creció a la par de la agropecuaria durante las dos décadas finales del siglo XIX.

Entre 1906 y 1930, la minería representó más del 50% de la producción total de las mercancías transportadas, incluidas las agropecuarias. Y a su vez se la identificó como una actividad predominante del partido de Olavarría.41

Las diferentes localidades mineras distan de la ciudad 15 kilómetros hacia el sur, y casi 30 hacia el sureste. Las estructuras fabriles se diseminan en forma cercana: a partir de Loma Negra (villa Alfredo Fortabat), con su planta de cemento, en dirección este; hacia el oeste Avellaneda –de capitales alemanes–, entre Loma Negra y Sierras Bayas. A continuación se distinguen varias canteras pequeñas (de dolomita, arcilla, piedra caliza y granito): La Providencia, Cerro Negro, Feitis, Cerro Sotuyo, y otras numerosas caleras del mismo tipo se hallan ubicadas en la región de Sierras Bayas bajo el sistema de arrendamiento de tierras fiscales.

La actividad minera y su mano de obra resultaron la infraestructura que articuló la industrialización de cal y cemento de Olavarría. El proceso industrial de la minería presenta dos períodos claramente diferenciados en su desarrollo. El primero comprende la formación de pequeñas empresas extractivas entre 1860 y 1920, con la utilización de técnicas rudimentarias y tecnología movida por la tracción animal y la fuerza humana que le confirieron al desarrollo productivo un carácter manufacturero. El segundo momento productivo se gestó a partir de 1920 y se caracteriza por la instauración de complejas empresas extractivas: la tecnología era desarrollada en procesos de trabajo y gestión profesional de fábrica.

La producción se caracterizó por generar comunidades de fábricas ligadas estrechamente al sistema industrial y adaptó a la población a las exigencias de disponibilidad y disciplina de la mano de obra instalada.

La cualidad que diferenció las plantas industriales modernas y las pequeñas empresas mineras radica en el modo en que aquellas ampliaron no solo el mercado local, regional y nacional, sino también por la dimensión y expansión productiva de esos establecimientos. Es decir, las pequeñas y medianas producciones mostraron un menor rendimiento que las grandes.42

Las comunidades industriales dieron origen a las localidades serranas, satélites de la ciudad de Olavarría, a una distancia de 15 kilómetros: Sierras Bayas, Loma Negra, Calera Avellaneda y otros sitios mineros, entre ellos, La Providencia, que reunía a todo un conjunto de unidades productivas con sus correspondientes comunidades.

En 1930, la estrategia nacional impulsó una decisiva sustitución de importaciones que repercutió en el crecimiento de la industria en el país. En un momento en que la demanda internacional de productos primarios caía, dicha estrategia ofreció una salida complementaria a la economía regional. La nueva coyuntura contribuyó a diseñar en el partido de Olavarría una articulación de fábricas próximas entre sí: desde la zona de Loma Negra y la villa Alfredo Fortabat, con su planta cementera, en dirección este a la ciudad de Olavarría; en orientación noreste se vislumbra la que fue Cementos Avellaneda; en igual dirección, le sigue la planta Cementos San Martín, de capitales norteamericanos.

En los alrededores de dichas fábricas había un copioso número de caleras y canteras pequeñas de dolomita, arcilla, piedra caliza y granito: La Providencia, Cerro Negro, Feitis, Cerro Sotuyo, Villa Mónica y muchas otras de iguales cualidades en la localidad de Sierras Bayas.

Veamos el caso de La Providencia: fue fundada en 1880 por Antonio Datelli y Alfonso Ávila, y su producción consistió en la elaboración de cal viva mediante la extracción de piedra caliza. En 1924 dichos empresarios lograron que el Ferrocarril del Sud extendiera sus rieles hasta el lugar de producción, con la instalación de una playa de maniobra de vagones y desvíos al interior de la cantera.43

Los dueños de La Providencia pusieron un almacén de ramos generales en la campaña. En 1919 cambió la vida cotidiana del lugar, pues nació una sociabilidad inexistente hasta el momento, que fue típica del área serrana, de encuentro e intercambio con todas las comunidades mineras cercanas: Cerro Negro, Feitis, Cerro Sotuyo y Sierras Bayas. Es decir, también fue un centro donde los inmigrantes asistían en búsqueda de trabajo en las serranías.

La organización laboral en las pequeñas empresas durante el primer período señalado incorporó el uso de la fuerza humana y del caballo. Un trabajador entrevistado describe la sencillez de las tareas cotidianas, con tecnología aplicada, donde cada caballo arrastraba cinco o seis vagonetas, con una pechera, dos ganchos y una cadena sostenida en un hierro cruzado; algunos animales duraron veinticinco años en el trabajo.

En la zona serrana, como en el agro pampeano, existió una explotación de tipo familiar, tanto en canteras como en predios rurales bajo el sistema de arriendo de tierras fiscales, modalidad que se extendió también a empresas mayores.

La Providencia se encuentra entre estas. Otro caso fue el de los hornos caleros de Yáñez en Sierras Bayas, que contaron con entre cincuenta y setenta obreros. Ambas producciones caleras debían adaptarse a la fluctuante demanda de materias primas en el mundo y para ello los productores locales combinaban tareas entre las canteras, caleras y chacras, manteniendo así la actividad y el trabajo.

En el circuito de la cal del Azul, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, surgió una posta conocida entre los mineros como Coumeig, encontrada en Boca Sierra. Los carretones transportaban el mineral en bruto y granos hacia la ciudad de Azul y Bahía Blanca, otra zona de embarque y comercialización.

En suma, la comunidad minera produjo un cambio decisivo y proporcionó los medios para el desarrollo industrial, con el que continuó.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
199 s. 33 illüstrasyon
ISBN:
9789876918510
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